Entra el soldado arrastrando a Antígona.
Creón (entrando): Que pasa?
Soldado: la encontramos tratando de enterrar el cadáver.
Creón: Quedó alguien cuidando el cuerpo?
Soldado: si, dejamos una guardia…
Creón: Está bien, déjeme solo con ella; retírese.
Creón (a Antígona): Es cierto?
Antígona: si.
Creón: Y anoche, la primera vez, fuiste vos también?
Antígona: si.
Creón: Le contaste a alguien lo que pensabas hacer?
Antígona: no.
Creón: ¿Encontraste a alguien en el camino?
Antígona: No, a nadie.
Creón: ¿Estás bien segura?
Antígona: Sí.
Creón: Entonces, escucha: vas a volver a tu casa, te acostás, decís que estás
enferma, que no saliste desde ayer. Que tu criada diga lo mismo. Yo haré
desaparecer a esos tres tipos.
Antígona: ¿Por qué? Usted sabe que volveré a hacerlo.
(Un silencio. Se miran.)
Creón: ¿Por qué intentaste enterrar a tu hermano?
Antígona: Tenía que hacerlo.
Creón: Yo lo había prohibido.
Antígona (suavemente): Tenía que hacerlo, a pesar de todo. Los que no son
enterrados vagan eternamente y nunca encuentran reposo. Si mi hermano vivo
hubiese vuelto molido de una larga cacería, yo le hubiera quitado las zapatos, le
hubiera dado de comer, le habría preparado la cama... Hoy Polinice concluyó la
cacería. Vuelve a la casa donde mi padre y mi madre, y también Eteocles, lo
aguardan. Tiene derecho al descanso.
Creón: Era un rebelde y un traidor, vos lo sabías.
Antígona: Era mi hermano.
Creón: ¿Escuchaste la proclama del edicto en las esquinas? ¿Leíste el cartel en
todas las paredes de la ciudad?
Antígona: Sí.
Creón: ¿Sabías lo que le pasaría a cualquiera que se atreviera a brindarle honores
fúnebres?
Antígona: Sí, lo sabía.
Creón: Tal vez creíste que ser la hija de Edipo, la hija del orgullo de Edipo era
bastante para estar por encima de la ley.
Antígona: No. No creí eso.
Creón: ¡La ley ha sido hecha antes que nada para vos Antígona; la ley ha sido
hecha antes que nada para las hijas de los poderosos!
Antígona: Si hubiese sido una criada que limpiaba la vajilla cuando oí leer el
edicto, me hubiera secado el agua grasienta de los brazos y hubiera salido en
delantal para ir a enterrar a mi hermano
Creón: No es cierto. Si hubieses sido una criada, no hubieras dudado de que ibas
a morir y te hubieras quedado en casa llorando a tu hermano. Pero pensaste que
eras de una raza especial, sobrina mía y prometida de mi hijo y que pasar lo que
pasase no me atrevería a condenarte a morir.
Antígona: Se equivoca usted. Estaba segura de que al contrario, usted me
condenaría a morir.
Creón (la mira y murmura de pronto): El orgullo de Edipo… sos el orgullo de
Edipo. Sí, ahora que lo encuentro en el fondo de tus ojos, te creo. Seguramente
pensaste que te condenaría a morir. ¡Y te pareció un final muy natural para vos,
orgullosa! Bueno, no!. Esos tiempos se acabaron en la ciudad. Yo me llamo
sencillamente Creón, gracias a Dios. Tengo los dos pies puestos sobre la tierra,
las dos manos metidas en los bolsillos y, ya que debo gobernar, he resuelto, con
menos ambición que tu padre, dedicarme sencillamente a hacer un poco menos
absurdo, si es posible, el orden de este mundo. Un gobernante tiene otras cosas
que hacer que ocuparse de sus dramas personales, hijita. (Se le acerca y la toma
del brazo). Así que escúchame bien: Sos Antígona, sos la hija de Edipo, sea, pero
tenés veinte años y no hace mucho todavía todo esto se hubiera arreglado con
una buena penitencia y un par de bofetadas (la mira sonriente.) ¡Condenarte a
morir! ¡te miraste al espejo pajarito! Estás demasiado flaca. Mejor engordá un
poco, para darle un niño robusto a Hemón; la ciudad lo necesita más que a tu
muerte. Te volvés a tu casa enseguida, hacés lo que te dije y te callás. Yo me
encargo del silencio de los otros. ¡Vamos, andá! Y no me fulmines así con tu
mirada. Me tomas por un bruto, ya lo sé, y pensarás que soy decididamente
vulgar, pero te quiero bien a pesar de tu maldito carácter. No olvides que yo te
regalé la primera muñeca, no hace tanto tiempo. (Antígona no responde. Va a
salir. Creón Ia detiene.) iAntígona! Por esa puerta no se va a tu cuarto. ¿Adónde
vas por ahí?
Antígona (se detiene, le responde suavemente, sin fanfarronería): Usted lo sabe...
(Un silencio. Se miran de nuevo de pie uno frente al otro.)
Creón (murmura como para sí) ¿A qué juego estás jugando?
Antígona: No estoy jugando.
Creón: ¿Pero no entendés que si alguien más que esos tres brutos se entera
dentro de un instante de lo que intentaste hacer me veré obligado a condenarte a
morir? Si te callás ahora, si renuncias a esta locura, tengo una posibilidad de
salvarte, pero ya no la tendré dentro de cinco minutos. ¿Comprendes?
Antígona: Debo ir a enterrar a mi hermano, porque esos hombres lo han
descubierto.
Creón: ¿Vas a repetir ese gesto absurdo? Hay otra guardia alrededor del cuerpo
de Polinice, y aunque consigas cubrirlo otra vez limpiarán su cadáver, lo sabes.
¿Qué conseguirás sino ensangrentarte las uñas y hacer agarra de nuevo?
Antígona: Nada más que eso, lo sé. Pero por lo menos puedo hacerlo. Y es
preciso hacer lo que se puede.
Creón: ¿Así que crees de verdad en ese entierro según las reglas? ¿Crees en esa
sombra de tu hermano condenada a andar siempre errante si no se arroja sobre el
cadáver un poco de tierra con la fórmula del sacerdote? ¿Oíste recitar la oración a
los sacerdotes de la ciudad? ¿Viste esas pobres caras de funcionarios fatigados
que acortan los movimientos y se tragan las palabras para terminar rápidamente
con un muerto y seguir con otro antes de la comida del mediodía?
Antígona: Sí, los he visto.
Creón: ¿Y no pensaste nunca que si el cuerpo que está ahí en el cajón fuera el de
una persona a quien de verdad querías te pondrías de golpe a aullar, a gritarles
que se callaran, que se fueran?
Antígona: Sí, lo he pensado.
Creón: Y ahora corres peligro de muerte porque le negué a tu hermano ese
pasaporte estúpido, ese chapurreo repetido sobre sus despojos, esa pantomima
que te avergonzaría y te mortificaría si la hubieras representado. ¡Es absurdo!
Antígona: Sí, es absurdo.
Creón: Entonces, ¿por qué tomás esa actitud? ¿Para los demás, para los que
creen? ¿Para levantarlos contra mí?
Antígona: No.
Creón: ¿Ni para los demás, ni para tu hermano? ¿Para quién entonces?
Antígona: Para nadie. Para mí.
Creón (la mira en silencio): ¿Así que tenés ganas de morir? Ya pareces una
pequeña presa de caza.
Antígona: no se enternezca conmigo. Haga como yo. Haga lo que tiene que hacer.
Pero si es usted un ser humano, hágalo en seguida. Eso es todo lo que le pido. No
tendré coraje eternamente, es cierto.
Creón (se acerca): Quiero salvarte, Antígona.
Antígona: Usted es el rey lo puede todo, pero eso no puede hacerlo.
Creón: ¿Te parece?
Antígona: Ni salvarme, ni impedirme hacer lo que quiero.
Creón: ¡Orgullosa! ¡Pequeña Edipo!
Antígona: Lo único que puede es condenarme a morir.
Creón: ¿Y si te hago torturar?
Antígona: ¿Para qué? ¿Para que llore, para que jure todo lo que quieran y vuelva
a hacerlo otra vez cuando no me duela ya?
Creón (le aprieta el brazo): Escucháme bien. Me ha tocado el papel malo, por
supuesto, y a vos el bueno, y lo sabes. Pero no te aproveches demasiado,
pequeña peste... Si fuera yo un buen bruto, un tirano común, hace rato te hubieran
arrancado la lengua, desgarrado los miembros con tenazas o tirado en un pozo.
Pero vos ves en mis ojos algo que vacila, ves que te dejo hablar en cambio de
llamar a mis soldados; por eso te burlás, atacás mientras podés. ¿Adónde querés
ir, pequeña furia?
Antígona: Suélteme. Me lastima el brazo con su mano.
Creón (apretando más fuerte): No. Yo soy el más fuerte así, también me
aprovecho.
Antígona (lanza un gritito): ¡Ay!
Creón (con ojos risueños): Tal vez es lo que debería hacer después de todo,
sencillamente, torcerte la muñeca, tirarte del pelo como se hace a las mujeres en
los juegos. (La mira otra vez. Se pone grave. Le dice desde muy cerca.) Soy tu tío,
claro está, pero no somos cariñosos en la familia. ¿No te parece curioso, a pesar
de todo, este tipo ridiculizado que te escucha, este viejo que lo puede todo y que
ha visto matar a otros, te lo aseguro, y tan enternecedores como vos, y que está
acá, tomándose tanta molestia para intentar impedir tu muerte?
Antígona (después de una pausa): Aprieta usted demasiado ahora. Ni siquiera me
duele. Ya no tengo brazo.
Creón (la mira y la suelta con una sonrisita. Murmura): Dios sabe sin embargo que
tengo otras cosas que hoy… pero con todo perderé el tiempo necesario para
salvarte, pequeña peste. (La obliga a sentarse en una silla en medio de Ia
habitación. Se quita la chaqueta, Avanza hacia ella, pesado, poderoso, en mangas
de camisa). Los asuntos urgentes esperarán. No quiero dejarte morir por un lío
político. Valés más que eso. Porque tu Polinice, esa sombra desconsolada y ese
cuerpo que se descompone entre sus guardias y todo ese patetismo que te
enciende, no es más que un lío político. Ante todo, no soy tierno, pero soy
delicado; ¿Crees que no me asquea tanto como a vos esa carne que se pudre al
sol? Por las noches, cuando el viento viene del mar, se la huele en el palacio. Me
da náuseas! Sin embargo, ni siquiera cerraré la ventana. Es innoble, y puedo
decírtelo a vos, es estúpido, monstruosamente estúpido, pero es preciso que toda
la ciudad huela eso durante un tiempo. ¡Tenés razón, debería hacer enterrar a tu
hermano aunque más no fuera por una cuestión de higiene! Pero para que los
brutos a quienes gobierno entiendan, el cadáver de Polinice tiene que apestar toda
la ciudad durante un mes.
Antígona: ¡Es usted odioso!
Creón: Sí, hijita. El oficio lo exige. Lo que puede discutirse es si hay que hacerlo o
no. Pero de hacerlo, tiene que ser así.
Antígona: ¿Por qué lo hace?
Creón: una mañana me desperté gobernando la ciudad… y Dios sabe que había
otras cosas en la vida que me gustaban más que ser poderoso...
Antígona: ¡Había que decir que no entonces!
Creón: Pude hacerlo. Pero me sentí de golpe como un obrero que rechaza un
trabajo No me pareció honrado. Dije que sí.
Antígona: Bueno, lo siento por usted ¡Yo no he dicho que sí! ¡que pueden
importarme a mí su política, su necesidad, sus pobres historias! Yo puedo decir
que no todavía a todo lo que no me gusta y soy único juez. Y usted con su corona,
con sus guardias, con su pompa sólo puede hacerme morir, porque dijo que sí.
Creón: Escucháme.
Antígona: si quiero, puedo no escucharlo. Usted dijo que sí. Usted no tiene nada
más de qué enterarme. Yo sí. Está ahí bebiéndose mis palabras. Y si no llama a
los guardias, es para escucharme hasta el final.
Creón: ¡Me divertís!
Antígona: No. Le doy miedo. Por eso trata de salvarme. A pesar de todo sería más
cómodo conservar una pequeña Antígona viva y muda en este palacio. Es usted
demasiado sensible para ser un buen tirano, eso es todo. Pero sin embargo me
hará morir dentro de un instante, usted lo sabe, y por eso tiene miedo. Es feo un
hombre que tiene miedo.
Creón (sordamente): Bueno, sí, tengo miedo de verme obligado a hacerte matar si
te obstinás. No quisiera hacerlo.
Antígona: ¡Yo no me veo obligada a hacer lo que no quisiera! ¿Acaso usted
tampoco hubiera querido negar una tumba a mi hermano? Dígalo: ¿no hubiera
querido?
Creón: Ya te lo he dicho.
Antígona: Y sin embargo lo ha hecho. Y ahora me hará matar sin quererlo. ¡Y eso
es ser rey!
Creón: Sí es eso!
Antígona: ¡Pobre Creón! Con las uñas rotas y llenas de tierra y los moretones que
tus guardias me hicieron en los brazos, con el miedo que me retuerce las tripas,
Yo soy reina.
Creón: Entonces tené lástima de mí, viví. El cadáver de tu hermano que se pudre
bajo mis ventanas, es precio suficiente para que el orden reine en la ciudad. Mi
hijo te quiere. No me obligues a pagar con vos además. Ya he pagado bastante.
Antígona: No. Usted dijo que sí. ¡Ahora nunca dejará de pagar.
Creón (la sacude de pronto fuera de sí): ¡Pero Dios mío! ¡Trata de entenderme un
minuto vos también, chica idiota! Yo he tratado de entenderte. Tiene que haber
quienes digan que sí. Tiene que haber quienes gobiernen el barco. Hace agua por
todas partes, está lleno de crímenes, de estupidez, de miseria… no comprendés?
Antígon a (sacude la cabeza): No quiero comprender. Eso éstá bien para usted.
Yo estoy aquí pana otra cosa que para comprender. Estoy aquí para decirle que
no y para morir.
Creón: ¡Es fácil decir que no!
Antígona: No siempre.
Creón: ¿Me desprecias, verdad? (Ella no contesta; Creón continúa como para sí).
Es curioso. Muchas veces imaginé este diálogo con un hombrecito pálido que
hubiera intentado matarme y de quien no podría obtener nada más que desprecio.
Pero no pensaba que sería contigo y por algo tan tonto... (Se toma la cabeza entre
las manos. Se nota que está extenuado). Pero escúchame por última vez. Mi
papel no es bueno, pero es mi papel y te haré matar. Sólo que antes quiero que
vos también estés bien segura del tuyo. ¿Sabes por qué vas a morir, Antígona?
¿Sabes al pie de qué historia sórdida vas a firmar para siempre con tu nombre
ensangrentado?
Antígona: ¿Qué historia?
Creón: La de Eteocles y Polinice, la de tus hermanos. No, vos crees saberla, pero
no la sabes. Nadie la sabe en la ciudad salvo yo. Pero me parece que vos esta
mañana también tenés derecho a saberla. (Reflexiona un instante, con la cabeza
en las manos, el codo sobre una rodilla. Se le oye mumurar). No es muy
agradable, verás. (Y comienza sordamente sin mirar a Antígona): Ante todo, ¿qué
recordás de tus hermanos? ¿Dos compañeros de juego que seguramente se
burlaban de vos, que te rompían los muñecos, siempre cuchicheandose secretos
al oído para hacerte rabiar?
Antígona: Eran grandes...
Creón: Después debiste de admirar sus primeros cigarrillos, sus primeros
pantalones largos; y luego empezaron a salir de noche, a oler a hombre y ya no te
miraron más.
Antígona: Yo era una mujer...
Creón: Vos veías llorar a tu madre, a tu padre furioso, oías golpear la puerta
cuando volvían y sus risas en los corredores. Y pasaban delante tuyo,
tambaleando, oliendo a vino.
Antígona: Una vez me escondí detrás de una puerta; era a la mañana,
acabábamos de levantamos y ellos volvían. ¡Polinice me vio, estaba muy pálido,
con los ojos brillantes y tan hermoso con su traje de gala! Me dijo: "Vaya, ¿estás
ahí?" Y me dio una gran flor de papel que había traído de la fiesta.
Creón: Y vos conservaste esa flor, ¿verdad?
Antígona (se estremece): ¿Quién se lo dijo?
Creón: ¡Pobre Antígona, con tu flor de cotillón! ¿Sabes quién era tu hermano?
Antígona: ¡Sabía que usted iba a hablarme mal de él en todo caso!
Creón: Un pobre vividor imbécil, un carnicero duro y sin alma, un brutito que sólo
servía para ser más fuerte que los otros, para gastar más dinero en los bares. Una
vez, yo estaba presente, tu padre acababa de negarle una fuerte suma que había
perdido en el juego; se puso muy pálido y le levantó la mano gritando una palabra
asquerosa.
Antígona: ¡Eso no es cierto!
Creón: ¡Su puño de bruto voló a la cara de tu padre! Era lastimoso. Tu padre
estaba sentado a su mesa con la cabeza entre las manos. Sangraba por la nariz.
Lloraba. Y en un rincón del escritorio, Polinice, bromeando, encendía un cigarrillo.
Antígona (ahora casi suplicante): ¡Eso no es ciertol
Creón: Acordate, vos tenías doce años. No lo vieron durante mucho tiempo. ¿Es
cierto eso?
Antígona (sordamente): Sí, es cierto.
Creón: Fue después de aquella pelea. Tu padre no quiso denunciarlo. Polinice se
alistó en el ejército argivo. Y desde que estuvo ahí, con sus enemigos, empezó
contra tu padre la caza del hombre, contra aquel viejo que no se decidía a morir, a
soltar el gobierno. Los atentados se repetían y los matones que agarrábamos
siempre acababan por confesar que habían recibido dinero de él.. No sólo de él
por lo demás. Porque eso es lo que quiero que sepas, los entretelones de este
drama en el que a toda costa querés desempeñar un papel, la cocina. Ayer hice
grandiosos funerales a Eteocles. Eteocles es ahora un héroe y un santo para la
ciudad. Pero voy a decirte algo, que sólo yo sé, algo horrible: Eteocles, ese premio
a la virtud, no valía más que polinice. El buen hijo también había intentado hacer
asesinar a su padre, el monumento a la lealtad había decidido también vender a la
ciudad al mejor postor. Sí, ¿te parece gracioso? Tengo pruebas de que la traición
por la cual el cuerpo de Polinice se está pudriendo al sol, Eteocles, que duerme en
su tumba de mármol se preparaba también a cometerla. Es una casualidad que
Polinice haya dado el golpe antes que él. Pero he tenido que convertir en héroe a
uno de ellos. Como te imaginarás, no podía darme el lujo de tener un crápula en
los dos bandos. Entonces mandé buscar sus cadáveres entre los otros. Los
encontraron abrazados. Estaban hechos papilla, Antígona, casi irreconocibles.
Hice recoger uno de los cuerpos, el menos estropeado de los dos, para los
funerales nacionales, y di orden de que se dejara pudrir el otro donde estaba. Ni
siquiera sé cuál es cuál, y te aseguro que me da lo mismo.
(Hay un largo silencio; no se mueven; están sin mirarse; después Antígona dice
despacito).
Antígona: ¿Por qué me contó esto?
(Creón se levanta, se pone la chaqueta.)
Creón: ¿Era preferible dejarte morir por esa pobre historia?
Antígona: Tal vez. Yo creía.
(Hay otro silencio, Creón se le acerca.)
Creón: ¿Qué vas a hacer, ahora?
Antígona (Se levanta como una sonámbula): Voy a subir a mi cuarto.
Creón: No te quedes mucho tiempo sola. Andá a ver a Hemón esta mañana.
Cásate rápido.
Antígona (en un soplo,): Sí.
Creón: Nuestra discusión no tenía sentido te lo aseguro. Tenés toda la vida por
delante; tenés ese tesoro todavía.
Antígona: Sí.
Creón: No hay otra cosa que importe. ¡Y vos ibas a derrocharlo! Te entiendo, yo
hubiera hecho lo mismo a los veinte años. Sólo pensaba en darlo todo... casate
pronto, Antígona, sé feliz. La vida no es lo que vos crees. Vas a despreciarme otra
vez, pero descubrir eso, ya verás, es el consuelo ridículo de envejecer, la vida
quizá sólo sea, después de todo, la felicidad.
Antígona (murmura, con Ia mirada un poco perdida): La felicidad...
Creón (de pronto con un poco de vergüenza): Una pobre palabra, ¿eh?
Antígona (despacito): ¿Qué será mi felicidad? ¿En qué mujer feliz se convertirá la
pequeña Antígona? ¿Qué mezquindades tendrá que hacer día a día, para
arrancar con los dientes su pedacito de felicidad? Dígame, ¿a quién deberá
mentir, a quién sonreír, a quién venderse? ¿A quién deberá dejar morir apartando
la mirada?
Creón (se encoge de bombros): Estás loca, callate.
Antígona: ¡No, no me callaré! Quiero saber cómo me las arreglaré, yo también,
para ser feliz. En seguidá, porque hay que elegir en seguida. Usted dice que la
vida es tan hermosa. Yo quiero saber cómo me las arreglaré para vivir.
Creón: ¿Amas a Hemón?
Antígona: Sí, amo a Hemón. Amo a un Hemón duro y joven; a un Hemón exigente
y fiel, como yo. Pero si la vida, la felicidad de que usted habla han de pasar por él
con su desgaste, si Hemón no ha de palidecer ya cuando yo padezca, si no ha de
creerme muerta cuando tardo cinco minutos, si no ha de sentirse solo en el mundo
y detestarme cuando me río sin que él sepa por qué, si ha de convertirse a mi lado
en el señor Hemón, si ha de aprender a.decir que sí él también, entonces ya no
amo a Hemón.
Creón: No sabes lo que decís, callate!
Antígona: Sí, yo sé lo que digo; es usted el que ya no me oye… Ahora le hablo
desde muy lejos, desde un reino donde no puede entrar con sus arrugas, su
prudencia, su barriga. (Se ríe). ¡Ahl ¡Me río Creón, me río porque te veo de golpe
a los quince años! El mismo aire de impotencia y de creer que todo se puede. La
vida sólo te ha añadido todas esas arruguitas en la cara y esa grasa que te
envuelve.
Creón (la sacude): ¿Te callás de una vez?
Antígona: ¿Por qué quieres hacerme callar? ¿Por qué sabes que tengo razónl
¿Crees que no leo en tus ojos que lo sabes? Sabes que tengo razón, pero no lo
confesarás nunca porque estás defendiendo tu felicidad en este momento como
una fiera.
Creón: ¡La mía y la tuya imbécil!
Antígona: ¡Todos vosotros me dais asco con vuestra felicidad! Con vuestra vida
que hay que amar cueste lo que cueste. Como perros que lamen todo lo que
encuentran. Y esa pequeña posibilidad para todos los días, si no se es demasiado
exigente. Yo lo quiero todo, en seguida -y que sea completo-, y si no, me niego.
Yo no quiero ser modesta y contentarme con un trocito, si he sido juiciosa. Quiero
estar segura de todo hoy y que sea tan hermoso como cuando era pequeña, o
morir.
Creón: ¡Andá! empezá, empezá como tu padre!
Antígona: ¡Como mi padre, sí! Somos de los que plantean las preguntas hasta el
fin. Hasta que no quede ya en realidad viva una pequeña posibilidad de
esperanza) hasta que no quede sin estrangular la más pequeña posibilidad de
esperanza. ¡Somos de los que saltan encima, cuando la encuentran, a la
esperanza, a vuestra querida esperanza, a vuestra sucia esperanzal
Creón: ¡Callate! ¡Si te vieras gritando esas palabras! Te ponés fea.
Antígona: ¡Sí, soy fea! Son indignos, ¿verdad?' estos gritos, estos sobresaltos,
esta lucha de traperos. Papá solo fue hermoso después, cuando estuvo seguro
por fin de que había matado a su padre, de que se había acostado con su madre,
y de que ya nada, nada podía salvarlo. Entonces se tranquiIizó de golpe, tuvo una
especie de sonrisa y se volvió hermoso. Todo había acabado. ¡Le bastó cerrar los
ojos para no ver nada más! ¡Ah, qué caras las vuestras, pobres caras de
candidatos a la felicidad! Sois vosotros los feos, hasta los más hermosos. Todos
tenéis algo feo en la comisura del ojo o de la boca. Tú lo dijiste hace un instante,
creón: la cocina. ¡Tenéis caras de cocineros!
Creón (le estruja el brazo): Ahora te ordeno que te calles, ¿me oís?
Antígona: ¿Me lo ordenas, cocinero? ¿Crees que puedes ordenarme algo?
Creón: ahí afuera está lleno de gente, te escucharán ¿Querés perderte?
Antígona: ¡Bueno, pues abre las puertas! ¡Justamente, me oirán!
Creón (que trata de taparle la boca a la fuerza): iTe callás de una vez, por Dios!
Antígona (se debate): ¡Vamos, rápido, cocinero! ¡Llama a los guardias!
Creón (grita de pronto): ¡Guardias! (Los guardias aparecen en seguida.)
Llevensela!
Antígona (con un fuerte grito de alivio): ¡Por fin, Creón!