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Derechos y Cosmovisión Indígena

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“Naturaleza y territorio desde la mirada de los pueblos indígenas”

Nina Pacari
(2008)

Para abordar el tema planteado es necesario despejar una primera


interrogante: ¿quién o quiénes ejercen derechos? En la noción occidental, la
persona o el individuo constituye la columna vertebral sobre la cual se asienta el
ordenamiento jurídico, así como el ejercicio de derechos. De ahí que, en materia
de libre asociación que contempla la Constitución Política vigente, las distintas
formas de agrupación, llámense comités, club deportivos, sindicatos, asociaciones
(sean agrícolas, artesanales, entre otras), se caracterizan por ser la suma de
voluntades individuales y espontáneas que deciden agruparse en base a objetivos
comunes que sean de su interés.

Tratándose de los pueblos indígenas, diremos que la situación es


totalmente diferente. El hecho de ser pueblo originario o ancestral no está
supeditado a la voluntad personal o espontánea de querer ser Kichwa, Shwar,
Aymara o Kolla, sino que, quien pertenece a un pueblo indígena, nace, vive y
muere con esa identidad asumida desde su conciencia y aceptada por los demás
como parte integrante de su caminar histórico-cultural e identitario. De ahí que,
en la forma de producir conocimiento, se ha desarrollado la noción relativa al
sujeto colectivo de derechos.

Se podría pensar, entonces, que la supremacía del derecho colectivo


menoscaba el derecho individual. No es así. Al contrario, según la noción indígena,
se pone en evidencia el ejercicio de principios fundamentales, como el del
equilibrio y el de la armonía, es decir, de la convivencia entre el derecho-sujeto
individual y el derecho-sujeto colectivo y, en el momento en que ocurre la ruptura
de estos principios, se pueden vulnerar los derechos individuales o los colectivos.
De ahí que es necesario restaurar la armonía, la paz, por la vía de la reconciliación.

En esta forma de concebir a los sujetos de derechos encontramos un


activo desenvolvimiento de otro de los principios, comúnmente conocido como
holístico, que no es otra cosa que el principio de relacionalidad. Y ¿qué es esto de
la relacionalidad? Según la cosmovisión indígena, todos los seres de la naturaleza están invest
idos de energía que es el samai y, en consecuencia, son seres que
tienen vida: una piedra, un río (agua), la montaña, el sol, las plantas, en fin, todos
los seres tienen vida y ellos también disfrutan de una familia, de alegrías y
tristezas, al igual que el ser humano. Así es como cada uno de estos seres se
relacionan en entre sí, al igual que con el hombre (ser humano), con la cultura, la
organización, la religión, la filosofía, la arquitectura, la salud, el idioma, la política,
la tierra, el territorio, la biodiversidad (recursos naturales), el poder en sí o el
ejercicio del poder gubernativo. En otras palabras, podemos decir que todos
somos parte de un todo; que, no obstante ser distintos, somos complementarios,
nos necesitamos mutuamente. A modo de ejemplo simple podríamos afirmar que
sin las plantas de las cuales extraen los principios activos, no habría avance de la
medicina (medicamentos), ni de la ciencia en sí, y el despoblamiento humano
sería aún más agravado. De ahí que la destrucción de la biodiversidad repercute
en la destrucción del ser humano, de su cultura, de sus conocimientos, de sus
formas de organización y de supervivencia. Las repercusiones del cambio
climático, como consecuencia de políticas irresponsables, de ambiciones
económicas desproporcionadas y de una racionalidad sustentada en el “control de
la naturaleza”, está desatando nuevos desastres que amenazan a la humanidad
entera y, al mismo tiempo, nos está dando señales sobre la necesidad de valorar
otras nociones que pueden garantizar la vida y la curación del planeta.

Es así como, en esa línea de profundizar o adentrarnos en los contenidos


de otras nociones, como aquella que proviene de los pueblos indígenas, urge
compartir sus marcos conceptuales.

La tierra, en la noción occidental, se define como “el planeta que


habitamos”, “parte superficial del planeta”, “tierra no ocupada por el mar”,
“material desmenuzable de que principalmente se compone el suelo natural”,
“suelo o piso” “terreno dedicado a cultivo o propio para ello”, “nación, región o
lugar en que se ha nacido”. En cambio, en el mundo de los pueblos indígenas, no
es sino allpa-mama que, según la traducción literal, significa madre-tierra. ¿Por
qué esto de allpa-mama? Primero, hay una identidad de género: es mujer.
Segundo, es lo más grande y sagrado, es la generadora de vida y producción; sin
ella, caemos en la nada, simplemente somos la nada o no somos nadie, como
dicen nuestros abuelos.

De ahí que, la madre tierra o allpa-mama, al envolver entre su vientre las


semillas que, luego de sus respectivos procesos, se constituyen en el alimento de
los seres vivos, debe ser cuidada, respetada e igualmente alimentada. En esa
relación con la allpa-mama, cuando se producen las cosechas, los pueblos
indígenas entonan sus cánticos (conocidos como el jahuai-jahuai), se preparan
rituales de agradecimiento, se brinda con ella regando en la tierra la chicha
(bebida de maíz fermentado), que no es otra cosa que el compartir el compromiso de seguir
generando vida. Entonces, en la cosmovisión indígena, se entabla una
relación de respeto mutuo, la tierra es parte del ser humano y viceversa; por eso,
cuando nace un wawa (bebé), el cordón umbilical y la placenta se siembran bajo
tierra junto a un árbol, que luego florecerá, dará frutos y nos brindará cobijo o
sombra. Asimismo, cuando se produce la muerte, que es otra forma de vivir (cuya
explicación no forma parte de este texto), nuevamente volvemos a la tierra, a
nuestra allpa-mama y volvemos a ser parte de ella.

Entonces, al producirse el mercadeo, la rentabilidad pura de la allpa-


mama, se está vendiendo nuestro ser y nuestra vida. De ahí que hemos
escuchado decir a nuestros mayores “a una madre no se la vende, la allpa-mama
no está para ser vendida”.
Esta forma de concebir la vida y la muerte o la relación del runa (ser
humano o persona en idioma kichwa) con la naturaleza, la biodiversidad en su
conjunto, no es sino la teoría en ejercicio de los principios invocados al inicio,
como el del equilibrio, el del respeto mutuo y el de la relacionalidad.

Muchos de los lectores creerán que esta forma de pensar raya en el


folklore o que es una cuestión del pasado indígena. No es así. A través de la
costumbre sigue vivo el pensamiento y su consecuente práctica. Precisamente, el
ejercicio de esta noción es lo que ha permitido que, en medio de la destrucción
impulsada por el desarrollismo y el modernismo, el ochenta por ciento (80%) de la
biodiversidad en América Latina se encuentre en territorio de los pueblos
indígenas, según estudios de la UICN.

En la allpa-mama, territorio en la acepción más política, los pueblos


indígenas mantienen e innovan sus costumbres, sus formas de organización y
generación de autoridad, su ciencia y tecnología, sus instituciones jurídicas,
sociales, religiosas o político-gubernativas propias.

En la medida en que, tanto las entidades históricas (pueblos indígenas),


cuanto sus pensamientos, sean incluidos en los espacios de decisión, en las
políticas públicas y en el reconocimiento y fortalecimiento de sus propias
autonomías territoriales, políticas, administrativas, culturales, etc., habremos
dado los primeros pasos en la construcción de un modelo de Estado Plurinacional
que ponga en práctica el principio de la diversidad cultural y, en consecuencia, el
de la convivencia de civilizaciones y de sus racionalidades.

En el lenguaje de los gobernantes del mundo la preocupación retórica


sobre el cambio climático data desde mediados del siglo pasado. Sin embargo,
nada positivo han hecho para revertir el anunciado desastre y modificar su modus
vivendi sustentado en el consumismo, en la prelación del hombre sobre la
Naturaleza y en la extracción sin nombre que hacen de los países empobrecidos,
como el nuestro, que a la vez reproduce la inequidad y la injusticia interna.

Esperamos que la apertura hacia otras formas de producir conocimiento


permita formular nuevos marcos conceptuales viables en sociedades
pluriculturales.

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