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Sociedades Islámicas y Cristianas en la España Medieval

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HISTORIA DE ESPAÑA

Alumno: Ernesto Bravo Núñez


Fecha: 22/11/11

Glick, F. Thomas. Cristianos y musulmanes en la España medieval (711-1250). España:


Alianza, 1994, pp. 66-142.

La base de nuestro análisis comparado de las sociedades islámicas y cristiana de la Península


Ibérica en la Alta Edad Media se apoya en la idea de que ambas sociedades, en el período en
que se estabilizó la frontera (aprox. mediados del XI), estaban ecológicamente diferenciadas.
Así, nuestra concepción de las economías agrícolas y los modelos de utilización de los recursos
de cada sector procede de una visión macroscópica de los ajustes ecológicos humanos,
contemplados en términos de variación geográfica regional. Este acercamiento, que insiste
preferentemente en los factores culturales, parece más válido que una división simplista en
zonas físicamente definidas, siendo la más usual la de España “húmeda” y “seca”. Cualquiera
que sea la variable elegida para definir la frontera de un ecosistema (vegetación, temperatura o
precipitaciones), la frontera diferirá en cada caso. La cultura misma, a través de sus patrones de
colonización, es la que define que frontera o que limite ecológico es significativo. Tampoco hay
que ignorar distinciones climatológicas significativas.

La concepción de las economías agrarias tradicionales se basa en tres supuestos


interrelacionados: 1.- La unidad básica de análisis es el ecosistema agrícola. Todos los
procesos comprendidos en un régimen agrícola, constituyen un sistema interdependiente,
donde cada elemento está vinculado sistemáticamente a todos los otros. 2.- Las técnicas
agrícolas tradicionales están, casi sin excepción bien adaptadas al potencial del medio
ambiente. Se pueden considerar como ecológicamente armoniosas con la importante condición
de que la población humana y de animales domésticos no exceda la capacidad de producción
(bajo prácticas tradicionales) del medio ambiente y 3.- Cuando hay implicados movimientos de
poblaciones culturalmente distintas, como los que tuvieron lugar en la Alta Edad Media, tales
grupos migratorios tenderán a ocupar nichos ecológicos que estén de acuerdo con sus
tradiciones culturales. Cuando un grupo humano ocupa un nicho ecológico, implica una cierta
elección. Los grupos migratorios tienden a moverse en áreas donde es factible su particular
ecología, esta elección está condicionada por una percepción tradicional del medio ambiente y
por unas instituciones y técnicas desarrolladas de acuerdo con modalidades especificas de
agricultura.

Cuando un grupo trata de expandir su viejo nicho (por migración, conquista) implicando su
modificación su éxito dependerá de su capacidad de adaptación. Para lograr esto puede
emplear estrategias culturales como aprender nuevas técnicas, intentar mantener un viejo estilo
en una situación ecológicamente inapropiada (aunque esto no lo lleva a la adaptación sino
posiblemente a una crisis), o seleccionar los elementos del sistema tradicional que si le sirvan
en la nueva situación. En la Iberia altomedieval había varias fronteras ecológicas significativas
que separaban zonas de agrosistemas diferentes o combinados de diferente manera. Una
delimitada por la vertiente sur del sistema montañoso cántabro-pirenaico, separando la
ganadería de montaña y la ecología forestal de un sector caracterizado por un cultivo cerealista
de secano: el viñedo, el regadío complementario y una ganadería local. Otra compuesta por los

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límites septentrionales del cultivo de olivo, correspondiente de manera aproximada a la frontera


política estable entre zonas islámica y cristiana en el año 1000 d.c. El Tajo constituyo un límite
entre un sistema agrario cerealícola hacia el norte, y un paisaje mediterráneo hacia el sur, en el
que los granos de cereal jugaban un papel menos importante. En el sur, musulmán el paisaje
fue sustancialmente orientalizado, mientras en el norte, los montañeses, conforme se movían
hacia las llanuras, se fueron aculturizando a los modelos mediterráneos de agricultura y
colonización.

Los musulmanes como los cristianos percibían al medio ambiente dotado de ricos recursos
naturales. Junto a la imagen del paraíso coránico, había un segundo tema característico de la
percepción de los andalusíes consistente en comparaciones con el paisaje del este islámico.
Los lugares no fueron valorados solo por sus propias características, sino también por analogía
con otras regiones del mundo islámico, alguna de cuyas características se parecía a las de una
ciudad andalusí dada. La unidad climática del Mediterráneo hizo posible el traslado a gran
escala de paisajes de un sector de la cuenca a los otros. Al encontrarse con un contexto
ecológico familiar advirtieron que podían establecerse en los nuevos territorios sin cambiar
sustancialmente sus modelos de asentamiento, sus regímenes agrícolas o su dieta. Puesto que
las condiciones climáticas hacían posible el traslado del paisaje, este traslado se fomentó como
una cuestión política. Lo más notable fue la sirianización del paisaje que tuvo lugar a lo largo del
siglo VII. La introducción de los sistemas agrícolas sirios (maquinaria hidráulica, técnicas de
construcción, motivos decorativos, deliberada importación de vegetación nativa de Siria). Para
los musulmanes, la riqueza mineral tenía un significado real porque se utilizaba y los recursos
existentes, en el XI al menos, eran adecuados a la demanda de la industria artesanal urbana y
del comercio de exportación. Las diferencias culturales juegan un papel sustancial en las
valoraciones ecológicas solamente en el caso de las percepciones climáticas. Cristianos y
musulmanes percibían como templados climas que en la actualidad no se consideran como
tales: los árabes a causa de su dependencia del regadío, disminuyó su temor a la aridez y
contrastó con las expectativas de una cultura con tradiciones arraigadas en el desierto; los
castellanos como habitantes de la montaña aun no habían ensanchado su base agrícola hasta
el punto donde las condiciones climáticas tradicionalmente valoradas llegaran a ser
disfuncionales.

Durante la Alta Edad Meda, las fronteras entre cristianos y musulmanes eran ecológicas con
claras ramificaciones ecológicas que tenían las percepciones de la frontera pero también
necesitaban ajustes ecológicos cuando las fronteras se rompían por conquista y por
asentamientos permanentes. La imagen dominante de la frontera entre los cristianos era de un
desierto, deshabitado por la conquista islámica o inhabitable por la inseguridad. El elemento
básico de la percepción de la frontera por los castellanos y leoneses del los siglos IX y X era la
conciencia de la escasez de su propia población en comparación con el gran número de
musulmanes. La confrontación política y cultural fue moldeada por la presencia de la frontera, y
tuvo repercusiones sociales, sus ramificaciones económicas, y su papel en la difusión cultural.

El modelo agrícola que surgió en Al-Ándalus durante 400 años incluyó, 1.- Continuo incremento
del predominio de la agricultura de regadío y en consecuencia de cultivos dependientes de
agua en abundancia, 2.- Asociación inicial de la agricultura de regadío con focos de

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colonización árabe en las llanuras fluviales, 3.-La relegación de los otros sectores agrícolas
principalmente a los pueblos no árabes, 4.- Incremento, respecto a la época romana, de la
importancia económica de la ganadería, y 5.- Progresivo y general retroceso del cultivo del
trigo.

La asociación de los árabes con el regadío y creciente aumento permitió sostener las
economías urbanas en expansión de las grandes ciudades, y hubo un vasto movimiento de
aculturación. Los sistemas de regadíos en el Al-Ándalus eran de dos tipos: 1.- Sistemas donde
los campos individuales eran abastecidos por acequias que transportaban agua desde saltos de
agua, y 2.- Huertas donde los campos individuales eran abastecidos por pozos, donde el agua
era elevada a la altura de los campos a través de norias accionadas mediante fuerza animal. La
introducción de nuevos cultivos, la rotación de cultivos y el regadío, conjuntamente formaron un
sistema agrícola complejo en que los campos, antes de la conquista islámica, producían a lo
sumo una cosecha al año, ahora daban tres u cuatro cosechas.

El cultivo del trigo en Al-Andalus es una cuestión problemática porque afecta una serie de
procesos, ninguno bien documentado o entendido hasta ahora: 1.- hasta qué punto se
abandonaron áreas productoras de trigo antes de la conquista musulmana, 2.- hasta qué punto
la producción de trigo que pervivió disminuyó a partir de la emigración de los cultivadores de
trigo cristianos a los reinos del Norte, 3.- hasta qué punto los cultivadores de trigo
neomusulmanes emigraron a las ciudades abandonando sus campos, 4.- la aculturación de
cultivadores mozárabes y neomusulmanes de secano a la agricultura de regadío, lo que no le
da mucho valor al trigo. Es difícil establecer con exactitud qué variedades de cereal crecían en
Al-Andalus. Hay pocas dudas de la existencia de poderosas razones climáticas para reemplazar
el trigo blando y el centeno por el trigo duro y el sorgo, respectivamente. El trigo duro era
resistente al calor y la sequía, y el sorgo aunque requiere algo de humedad en su primera etapa
de crecimiento puede madurar en un verano muy cálido y seco.

El modelo general de agricultura andalusí, en su principio al menos, se parecía a la España


visigoda, con una economía monetaria superpuesta. Con el tiempo el equilibrio inicial entre los
sectores agrícolas varió radicalmente, produciéndose el mayor cambio en la reducción de la
importancia del cultivo extensivo de cereal y en el aumento de los cultivos intensivos en los
huertos de regadío alrededor de las ciudades. Las fases más tempranas de la colonización no
dependieron tanto de la conquista como de la ocupación de tierras de nadie y las deshabitadas
zonas de tapón en los condados catalanes orientales de Barcelona y Ausona. Las dinámicas de
crecimiento de la población explican los diferentes ritmos de los primeros movimientos. La
dispersión de la colonización fue inevitable debido al exceso de tierra en relación con el escaso
número de colonizadores.

El violento ataque de los musulmanes y su pronta retirada detrás de una frontera climática
motivaron el despoblamiento de considerables zonas fronterizas entre las dos sociedades. La
temprana agresividad musulmana parece haber motivado el alejamiento de un número
sustancial de los habitantes originales.

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En general la expansión del cultivo del cereal se caracteriza por una sustitución continua en
dirección sur de los bosques y pastos por cultivos de cereal y viñas, cuyo ritmo fue determinado
por el movimiento ascendente de la población. El grano se transformaba en comida por medio
de la fuerza hidráulica y la construcción de molinos de agua es quizá el mejor indicador
documentado y el más importante de la difusión e intensificación del cultivo de cereal. La otra
piedra angular de la expansión de la expansión agrícola cristiana fue la viña, cuya difusión
supuso un complicado entretejido de procesos culturales, climáticos y económicos. Las viñas se
convirtieron en omnipresentes. en una sociedad mediterránea pobre, con escasa producción
cerealícola y una dieta sin variación, los higos y otros frutos constituían una parte importante de
la comida diaria, especialmente entre los pobres. Cuando los cereales fueron disponibles de
forma general, los árboles frutales decayeron como fuente principal de alimento y sus productos
adquirieron el papel familiar de postre. Los cristianos talaban los bosques para abrir tierras al
cultivo.

Collins, Roger. “Los dominios cristianos” en España en la Alta Edad Media. Barcelona: Crítica,
1986, Serie temas Hispánicos, núm. 154, pp. 279-330.

La centuria siguiente a la invasión árabe en 711 es probablemente la peor documentada en la


historia de España. Se posee una crónica conocida como la Crónica de 754 (por la última fecha
que aparece registrada). Parece que fue compilada en Toledo, su autor, aunque anónimo, era
cristiano. Sus principales fuentes de información para la España del siglo VII son las leyes
civiles y una colección de actas conciliares pero estaba mejor informado sobre la historia de los
árabes y del imperio bizantino. También usó una continuación de la obra de Isidoro compilada
con toda probabilidad en Córdoba poco después del 741 (año del último acontecimiento
registrado). La Crónica de 741 se centra exclusivamente en la historia del califato árabe y del
imperio Bizantino, su autor escribía en latín y procedía de África. Ambas crónicas se interesan
por las hazañas de los nuevos conquistadores. El autor de la Crónica de 754 se preocupó por
situar su historia en el contexto pasado reciente de la península, incorporándola a la tradición
isidoriana. Escribió también una historia de las guerras civiles en las que se enfrentaron a
mediados de la centuria los grupos rivales de árabes. Que no conociera ni se interesara por la
rebelión de Asturias y la creación de su pequeño reino cristiano indica que escribía desde la
perspectiva de Toledo y de la tradición de la Iglesia visigoda. Todas las fuentes árabes que han
llegado hasta nosotros sobre la historia del VII en España son posteriores a los acontecimientos
que describen, ofrecen muy pocos datos sobre la historia y la sociedad de esos reinos, así
como sobre el pasado visigodo. Para el estudio del periodo formativo de los estados cristianos
del norte de España tenemos que basarnos en sus propios testimonios en forma de algunas
breves genealogías y listas de reyes, y varias colecciones de cartas. En el caso de Asturias, el
primero que inicio su andadura, la primera carta fue la publicada por el rey Silo (774-783). Para
el IX, y sobre todo para el X, el número de cartas es más numeroso y proporcionan más
información, aunque siguen siendo enormemente graves los problemas que existen para
establecer su autenticidad. Las crónicas, junto con las listas de reyes, son las que permiten
realizar un bosquejo de los acontecimientos.

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La Crónica profética, escrita en abril de 833 y que basándose en una profecía espurea y
pseudobíblica, que el autor atribuye a Ezequiel, predice la expulsión inminente de los árabes de
España un año y siete meses después de la redacción de la crónica. Los árabes no
abandonaran al-Andalus sino hasta el 11 de noviembre de 884 desposeyó a la profecía de todo
su valor pero de todas formas la obra fue conservada por la información histórica cronológica
de su autor. La Crónica de Alfonso III cubre el periodo transcurrido desde el acceso al trono de
Wamba en 672 hasta la muerte de Ordoño I en 866 y ha llegado hasta ahora en dos versiones.
La primera de la sede navarra de Roda, es la más completa de las dos y parece escrita desde
una óptica gallega y eclesiástica, mientras que la otra, parece asturiana y monárquica. La última
de las crónicas, la Crónica de Albelda, fue posiblemente la primera que se escribió., el texto fue
continuado hasta el 976, está dividida en dos partes, la primera abarca del 672 al 881, escrita
probablemente en Asturias, la segunda cubre del 881 a noviembre de 883. La obra imita a la
Historia de Gothorum de san Isidoro y aporta breves noticias de cada reinado en lugar de
relatar los acontecimientos año tras año. La perspectiva de estas obras sobre el periodo inicial
de la historia del reino asturiano se ve influida por los acontecimientos más próximos en el
tiempo al momento en que fueron escritas. Se exagera la importancia de la victoria inicial de
Pelayo sobre los árabes en Covadonga y el acontecimiento esta erróneamente fechado,
asimismo la presentación deliberada del reino asturiano como heredero y sucesor del de Toledo
corresponde a una visión histórica que data del reinado de Alfonso III, que no existió en el
primer momento. Ya sea que aceptemos la fecha tradicional de 718 o la de 722, pocos años
después de la victoria árabe sobre los visigodos, Asturias se rebeló. La derrota de la guarnición
árabe o beréber y la muerte del gobernador de Gijón los alejó de la región para siempre. Ahora
conocida como la batalla de Covadonga fue la primera etapa de la recuperación gradual de la
península por las fuerzas cristianas (la Reconquista). Ocurrida a inicios del VIII es un ejemplo
de la forma en que este y otros núcleos montañosos del Norte aprovechaban los posibles
momentos de debilidad de la autoridad central.

La continuidad entre este episodio y la resistencia que los astures, cántabros y vascones
ofrecieron ante los romanos y visigodos es mayor de lo que se puede pensar a partir de las
interpretaciones posteriores de la victoria. Antes de finalizar el siglo IX la batalla de Covadonga
había adquirido proporciones verdaderamente legendarias. Pelayo había sido elegido rey por
los asturianos antes de la batalla, estableció su capital en Cangas de Onís, donde apenas
habría existido algo más que el emplazamiento de una residencia real y una iglesia y, gobernó
su pequeño reino hasta su muerte ocurrida en 737, sin que los árabes realizaran un intento
serio de reimplantar su autoridad. Es difícil determinar con exactitud la extensión del reino
asturiano en ese momento, probablemente incluía a lo sumo una pequeña parte de Galicia, y en
cuanto a Cantabria, vecino por el Este, poseía su propio dux.

Con Alfonso I el Católico, el pequeño reino comienza a adquirir caracteres mas definidos, la
crónica vincula genealógicamente a Alfonso I y a su padre con los anteriores monarcas
visigodos. En el reinado de Alfonso I, los asturianos aprovecharon las guerras intestinas que
estallaron entre los árabes del sur de la península durante los decenios de 740 y 750, para
ocupar algunas de las principales ciudades de Galicia y de la Meseta.

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Para mantener esta zona tan extensa, expuesta a un posible contraataque árabe, las
poblaciones urbanas fueron trasladadas a Asturias y el valle del Duero. La zona occidental de
Galicia fue devastada y despoblada, quedando así una tierra de nadie entre el reino cristiano y
el emirato omeya de Córdoba. Con la creación de marcas omeyas en el centro de la península
es probable que esa zona fronteriza vacía se convirtiera en una realidad. Con el establecimiento
del emirato y la pacificación de los conflictos internos en el Sur, el reino asturiano se convirtió en
blanco de los ataques de los omeyas, aunque en verdad nunca constituyeron una amenaza real
para su existencia e incluso, algunas veces, dieron a los asturianos la posibilidad de reforzar su
moral por las victorias conseguidas en las escaramuzas. Mayor importancia para el futuro del
reino fueron las campañas de hostigamiento y masacre dirigidas contra las guarniciones
supervivientes en Galicia, que finalmente provocaron su retirada de la región y su regreso a
África. Los vascones, junto con los habitantes de Galicia, constituyeron un tercer elemento,
dotado de su propia personalidad cultural, en la composición del reino.

Aurelio gobernó durante seis años y en su reinado y sus dos sucesores el reino y el emirato
parecen haber mantenido relaciones pacificas. Más de un siglo después de la despoblación del
valle del Duero provocada por Alfonso I, el reino asturiano consiguió finalmente extenderse
hacia el sur de las montañas cántabras, hacia la Meseta, y durante el reinado de Ordoño I
volvieron a ocuparse una serie de ciudades del norte de la región. Al mismo tiempo una
progresiva expansión hacia el Este del reino, en dirección de Alava y el alto valle del Ebro
provocó algunos conflictos con el vecino reino de Pamplona y con los Bañu que trataban de
dominar la región desde sus bastiones de Tudela, Huesca y Zaragoza. La derrota de su jefe
Musa y de su cuñado García de Pamplona en 862, permitió establecer la hegemonía asturiana
sobre Alava durante los cincuenta años siguientes.

A mediados del siglo IX comenzó a desarrollarse la región de Castilla, entre el reino asturiano y
las ciudades del noroeste de la Meseta por un lado y el valle de Ebro por otro. Una zona sin
centros urbanos importantes y su ciudad principal. En Castilla la autoridad era ejercida por un
conde nombrado por el rey pero que gozaba de un grado importante de independencia. Fue en
Castilla en donde Alfonso II el Grande tuvo que refugiarse poco después de haber sucedido a
su padre, al ser expulsado del trono. El éxito fundamental de Alfonso II consistió en la
terminación de proceso de ocupación y repoblación del valle del Duero y de Castilla
comenzando por su padre, a lo que contribuyó la desintegración política de las marcas
fronterizas de los omeyas, esta fue la expansión más importante del reino asturiano desde su
creación y hasta finales del XI. Fue una época de confianza para la monarquía. Alfonso III rey
de los asturianos, gallegos, vascones y mozárabes poseía la cualificación necesaria para el
imperium o gobierno imperial y, se considera que fue en este reinado cuando apareció por
primera vez la ideología de emperador español que se desarrolló durante los reinados de sus
sucesores Alfonso VI y Alfonso VII. En el concepto de imperium del rey asturiano influyeron
notablemente las ideas de los francos y el ejemplo de los carolingios, pues no tenía raíces en el
pasado visigodo ni en la tradición romana española.

El apóstol Santiago se convirtió en el patrón de toda España y como consecuencia de las


noticas de su aparición milagrosa en una serie de batallas cruciales se le adjudicó el epíteto de
matamoros. La primera de estas manifestaciones ocurrió en la batalla de Clavijo de 834. El culto

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al apóstol consiguió su carácter peculiar y su impulso definitivo a comienzos del siglo XII,
fundamentalmente a la labor de un grupo de clérigos compostelanos encabezados por Diego
Glemirez el primer arzobispo. La aparición del culto a Santiago en esta época refleja
probablemente la autoafirmación de los gallegos, en gran medida frente a los reyes asturianos,
a quienes estaban sometidos pues el culto solo se practicaba en Galicia. El traspaso de poder
de Alfonso III a sus hijos en 910 señala el final de la sede de la monarquía en Asturias y el
traslado definitivo del centro de gobierno desde el núcleo central del reino a las zonas
fronterizas del sur. Asturias queda relegada en el proceso de continuo desarrollo de los reinos
cristianos de España y habitualmente se designa al estado gobernado por los hijos y herederos
de Alfonso II como el reino de León. El traslado del gobierno real desde el refugio de las
montañas astures y cántabras al terreno relativamente abierto a la Meseta es sintomático de la
solidez de los nuevos asentamientos y de la confianza de sus gobernantes.

La regla se San Benito que durante el IX y el X presidió la organización de la vida monástica en


muchas partes de Europa occidental, apenas se había extendido por España. Los monasterios
junto con un número reducido de familias nobles eran los principales terratenientes de las zonas
fronterizas, aunque existía también un número importante de pequeños propietarios libres, a
quienes se les hacían concesiones especiales para que se asentaran allí en los períodos de
repoblación

La historia del más pequeño de los estados cristianos del periodo omeya, el reino de Pamplona,
es oscura y controvertida. Es difícil determinar hasta qué punto era vasco el reino de Pamplona,
que constituyó el núcleo del posterior reino de Navarra, término que aparece por primera vez en
1087. En las regiones del Norte predomina la influencia vasca. Hacia 740, los habitantes de
Pamplona expulsaron a su gobernador árabe y a su guarnición y en 778 Carlomagno ocupó la
ciudad en el curso de su expedición hacia Zaragoza. Pero la ciudad tenía nuevamente un
gobernador omeya en 799. Una de las consecuencias de la actividad militar de los omeyas en
el alto valle del Ebro fue la sumisión de Pamplona a los francos en 806. En 824 Pamplona se
había revelado de nuevo. El pequeño condado de Aragón no tardó en quedar bajo la soberanía
de Pamplona, a la que estaba vinculado geográficamente. En las fronteras occidentales los
reyes de Pamplona habían sufrido la presión de la expansión leonesa.

Debido a la configuración geográfica de la península las antiguas provincias romanovisigodas


de la Tarraconense y de la Narbonense podían escapar más fácilmente que Asturias, Galicia y
León al control directo y a los ataques militares del emirato cordobés estos territorios se habían
resistido con frecuencia a los reyes visigodos, dirigiendo su mirada hacia el norte, a los vecinos
francos, en busca de ayuda. Estos lazos se concretaron con la anexión de una parte de estos
territorios por la monarquía franca a comienzos del IX. Una vez que los francos desalojaron y
derrotaron a los árabes su monarquía quedó revitalizada y no tardó en intervenir en los asuntos
de la península y como había ocurrido en el periodo visigodo, recibió diversas peticiones de
ayuda contra el emirato omeya. Cataluña fue sometida y anexada e influida por el reino franco y
con sus tradiciones culturales, legales y administrativas propias, era claramente diferente al
resto de la península Ibérica y tenía ante sí un largo futuro de independencia política. A finales
del primer milenio d.c. se había desarrollado en la península un modelo estable de relaciones
políticas. La estuctura política de España se desgarró en los primeros cuarenta años del XI.

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