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La leyenda de la mula coja

de la provincia de san miguel
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LA MULA COJA - RELATO DEL BARRIO BOLÍVAR Y TRANSVERSALES

La quebrada, que cruza el jirón Bolívar en


San Miguel, (como quien va al actual coso
taurino), guarda un gran secreto, es por
ello lleva el nombre de “Quebrada La
Secreta”. Hace años contaban que las
personas que pasaban por allí tarde de la
noche, escuchaban voces debajo del

puente que les llamaban, hecho tenebroso


que a los que deambulaban por allí les
ponía los pelos de punta de susto y nadie se atrevía a averiguar de qué se trataba; hasta que
una señora movida por la curiosidad y el chisme decidió revelar este misterio que les aturdía,
y profiriendo insultos, con mechero en mano se atrevió entrar debajo del puente a la media
noche y al estar unos metros adentro del conducto, se dio con la sorpresa al ver a un burrito
que hablaba y se carcajeaba el cual le amenazó diciéndole que su curiosidad le va costar muy
caro, y que por admirarse, burlarse e insultarle, como arte de magia quedará embarazada, La
señora por no denigrar su honor y evitar la habladuría de la gente, encubrió muy bien su mala
experiencia y decía que la quebrada guarda el mayor secreto de su vida que ella nunca
revelará, pero poco a poco con el pasar de los días, su barriga iba creciendo en forma
descomunal y al cabo de nueve meses esta señora murió al dar a luz a una mula que tenía
como una de las cuatro patas un brazo humano, y que tan luego de nacer se fue corriendo y
se refugió en el mismo lugar donde habitaba el burrito hablador al cual no le encontró, y desde
ese día, en la penumbra de la noche sale en su búsqueda por las diferentes calles de San
Miguel, muchas personas lo han visto o escuchado tarde de la noche caminar cojeando por la
dificultad que le causa tener solo tres patas y un brazo de humano con el que tocaba las
puertas de las casas, haciendo resonar el suelo solamente con sus tres cascos que al
contacto sacaban chispas de colores, relumbrando sus ojos cuan dos brillosos luceros ,
lanzando improperios y amenazas, y arrastrando una cadena que lleva consigo en el brazo
para capturar a los noctámbulos vagabundos.

Es por ello que los padres antes de acostarse por las noches aseguraban muy bien las
puertas de sus viviendas por el temor a que les vaya a visitar la mula coja y amedrentaban a
sus hijos que no se demoren hasta tarde de la noche en la calle, porque les puede encontrar
la mula coja y les pegue su hechizo.
LEYENDA DE LA CAMPANA ENCANTADA

En el pueblo de Santa Rosa, distrito de San Miguel de Pallaques en


Cajamarca se encuentra el Cerro Campanorco, oscuro cerro que
esconde historias mágicas de los gentiles, antiguas personas que
habitaron alguna vez la región. Por las noches se escuchaba el
sonar de una campana que se decía, vivía en el cerro Campanorco.
El sonido de la campana encantada se escucha a kilómetros,
llegando hasta San Miguel, quien acababa de construir su iglesia
principal de hermosa arquitectura. Los pobladores Sanmiguelinos
solicitaron el permiso del dueño de las tierras donde se encontraba el Campanorco y, con
mucha agua bendita, entraron en el cerro por la mañana, en busca de la campana encantada.
Allí la encontraron, durmiendo dentro de una cueva, grande, hermosa, brillante, digna de estar
en lo alto de su iglesia dando la bienvenida a sus feligreses que, con mucha devoción,
asistían a misa todos los domingos por la mañana. Muy bien atada por fuertes sogas, la
campana fue llevada, tirada por fuertes toros, de Santa Rosa a San Miguel.
¡Todo San Miguel la esperaba y cuando la campana estaba cerca del lugar… Bum! Bam!,
empezaron a sonar los cohetes y la banda le daba la bienvenida con el sonido de
bombos,platillos y trompetas. ¡Fue tal el ruido que la campana despertó! Y comenzó a
moverse fuertemente mientras su sonido ensordecía a toda la población. Los movimientos
eran tan bruscos que rompió las sogas que la ataban y, rodando, regresó a Santa Rosa,
hundiéndose en lo más profundo de la laguna a orillas del cerro Campanor co, donde se
encuentra hasta la actualidad. No se la volvió a ver más. Ninguna persona se atrevió
a sacarla, pero los lugareños afirman que en algunas noches aún se escucha el sonido de la
campana encantada.
EL REZO DEL TORERITO.

Era un 22 de setiembre, estrenaba traje de luces nuevo


como regalo de onomástico, porque a sus cinco años tenía
una marcada afición por la tauromaquia, día a día se lo
veía ensayar su elegante paseíllo imaginativo, sus pases
de pecho, verónicas, molinetes e invitando en puntas de
pie al toro a que entre para colocar las banderillas hechas
de puntas de penca, las que con arrojo y arriesgadamente
lo clavaba en el resto de la hoja de la penca acondicionada
en un madero, que representaba el lomo del bravo, el cual
tenía dos pitones de toro de buen trapío al extremo, con los
que envestía y pasaba rosando su pequeño cuerpecito
vestido de torero haciendo ondear el capote; la abuela que
hacía de público lo celebraba con oles cada pase, ¡ooooleee!, ¡ooooleee! y recíprocamente
era loada recibiendo el brindis que con distinción y seriedad el torerito le ofrecía tirándole la
montera; en seguida llegaba la hora de la estocada con la espada de alambre que tenía que
introducirlo por la penca y alcanzarle en el corazón dibujado en el reverso, él no se hacía
problema porque tenía buena puntería y lo mataba al instante sin necesitar ayuda de la
puntilla, ganándose los elogios de los abuelos: ¡torero!, ¡torero!, ¡bravo!, ¡bravo!, ¡oreja y rabo
para él!…
La abuela alagándolo y aprovechando este juego conquistaba a su nieto con persuasivos
discursos para que aprenda a rezar y dejar de hablar tantas lisuras, pero este palomilla
torerito de eso no quería saber nada.
La abuela se inquietaba mucho porque quería que siga los preceptos con los cuales ella
creció, practicando valores, estudiando, rezando, etc. pues quería educarlo a su nieto en esa
línea, pero el niño había aprendido muy bien el lenguaje cargado de ajos y mieles de sus tíos
los bufos y lo utilizaba muy a menudo.
Se tiene que persistir - decía la abuela - No se rendía a renunciar su buen propósito y como
experimentada maestra, ella ideaba pretextos, pero ninguno era efectivo, hasta que por fin le
surgió una maravillosa idea: utilizar su mejor juego y afición taurina para hacerle rezar, y
empleando algunas imágenes de recortes de revistas para fortalecer su propuesta le dijo:
-Mira hijo los toreros rezan mucho antes de lidiar con el toro, lo velan su traje de luces y tú si
quieres ser igual que ellos también tienes que encomendarte a Dios, yo te enseñaré a rezar
para que seas un gran torero.
El niño quedó mirando convencido y frunciendo la frente dio la venia que aceptaba, y le
contestó:¿cómo se reza? ¿Qué se dice y qué se pide?
La abuela dándole la muestra le respondió:
- Mira, el patroncito San Miguel arcángel, también tiene su capa y espada, ponte de rodillas
ante él y dile que te ayude a tener una buena faena, que tengas suerte y no tengas cornadas
del toro; no es difícil, dile con tus propias palabras, él te entenderá y todo lo que le pidas te va
conceder.
El torerito Luis, al escuchar que puede rezar con sus propio lenguaje, ni corto ni perezoso de
rodillas inicia su oración diciendo:
- Diosito te pido que el toro no me saque la mierda porque si me hace cagar ya no podré
torear y eso yo no quiero…
La abuela con mucho aprieto, cortó la oración, advirtiendo que no siga con la retahíla de
lisuras e interrumpió al instante como si la imagen del santo lo escuchara, entendiera y
reaccionaría de mala manera.
A causa de ello, por unos años no volvió a insistir para que su nieto rezara.
SEMBREMOS HIELO, PA COSECHAR HELADOS.
(Cuento)

Luis, un varoncito próximo a cumplir los cinco años de edad, de facciones muy semejantes a
las de su difunto abuelo, el pelo un poco ensortijado, piel trigueña, ojos pardos, risueño y
bromista, era su abuelo “El Bufo” en persona, hasta el mismo nombre llevaba de él. Su abuelo
se había alegrado mucho con su llegada, presagiando seguramente que era su sucesor “El
Bufito Junior”.
Aquí una de sus sanas ocurrencias, propias de su edad. Cursaba el último año académico en
el jardín Nº 70 de la ciudad de San Miguel, aquel día el tema que trataron con su maestra fue
“El estado sólido del agua, El Hielo”. La maestra ese día, para un mayor aprendizaje había
llevado cubitos de hielo para que sus alumnos tengan contacto directo y el aprendizaje sea
más significativo. Luis y su amigo Jhampol, un cochanerito gringo y vivaz, se aseguraron de
un trozo de hielo para sembrarlo, suponiendo que luego de unos días, tendrían una buena
cosecha de riquísimos helados.
- Lo sembraremos en mi casa, tengo una huerta grande y allí lo podremos ver y cuidar todos
los días. Dijo Luis.
-Sí, ahí lo haremos, contestó el amigo.
Se dirigieron a cumplir con su estupenda idea.
Su padre, al percatarse que jugaban con hielo, y que puede ser perjudicial para su salud, les
resondró pero, los dos amigos, estaban tan interesados en cumplir con su objetivo que
hicieron caso omiso y siguieron con su cometido.
- ¿No tienes una palana, para hacer más hondo el hueco en la tierra? Preguntó Jhampol.
- Mejor lo haremos con esta barretita, para plantarlo más hondo y no se nos vaya escapar.
Respondió ingenuamente Luis.
El trozo de hielo lo habían dejado cerca a un rosal, atrás de ellos, y sin que se hubieran dado
cuenta se había derretido por el calor producido por los rayos solares, quedando mojado el
lugar donde lo dejaron. Cuando el hueco ya estaba listo, las dos cándidas criaturas decidieron
plantarlo.
- Lucho, alcánzame el hielo, pa` metelo en el hueco y taparlo al toque. Irrumpió contento el
cochanerito.
- ¡Mira, el hielo ya no hay! Contestó desconcertado Luis
- Seguramente lo escuchó a tu papá que dijo que no quería hielos en su huerta y de repente
se ha mandau mudar. Expresó con enojo Jhampol.
- Mira en el suelo sus lágrimas, ha llorado. Indicó Luis señalando la parte mojada en el
terreno.
Los dos amigos tristes al ver truncado su plan, observaban a uno y otro lado confundidos al
no poder explicarse lo que había sucedido y conversaban:
-Pobrecito,¿adónde se habrá ido?
-Ya no cosecharemos riquísimos helados. Se lamentaban.
- ¡Mira arriba! Se fue al cielo, debe estar en esa nube blanca con sus papás y hermanos.
Dialogaban las inocentes criaturas.
Cuando de pronto una idea afloró en luis…
-¡Ya sé! Hay que pedirle otro hielo a la profe Tomasa.
- Sí, Pero lo sembraremos en mi casa, donde tu papá no se meta, no joda, no grite, y no lo
asuste, para que no se vuelva a ir. Replicó con ironía Jhampol.
Autor: Wílmer Alberto Mendoza Rivasplata.
EL DUENDE DEL HORNO DE ÑA ENCARNITA.
Relato e historias del Barrio Bolívar y Transversales.

Recopilación y narración Prof. Wílmer A. Mendoza


Rivasplata.
Este horno estaba ubicado en el Jr. Grau, en la cuadra que
es transversal del Jr. Bolívar. (San Miguel de Pallaques –
Cajamarca) Era un horno con tendido grande, muy
conocido en la localidad, de propiedad de la señora
Encarnación Reyes, que de cariño le decían Ña Encarnita,
Dama muy valiente, que no le intimidaban las historias de
almas, malos espíritus y duendes, sino muy por el contrario
a ellos en sus entretenidas historias que compartía con su
clientela, se refería con mucho cariño y les consideraba
como seres bondadosos, bromistas y trabajadores, quizás esta fue la razón para que en una
oportunidad le sucediera la siguiente historia.
Fue una madrugada fría de un primero de noviembre, día de Todos los Santos, con la
característica neblina húmeda que cubría con su blanco manto a nuestro San Miguel. Ña
Encarnita ese día se tuvo que levantar a trabajar mucho antes de lo acostumbrado para hacer las
ricas y tradicionales ofrendas (toros, bollos, etc) que tendrían que deleitar las mesas de tan
dichosa población sanmiguelina, porque ese día Ashuca una de sus ayudantes había caído
enferma. Ella fue sola al horno y se llevó gran sorpresa al encontrar que la masa ya estaba
sobada y que había hinchado lo suficiente, lista para cortarlo y hacer el pan.
–Segurito ha sido mi Filo, pensó Doña Encarnita, a quién lo esperaba con ansias para que le dé la
explicación de ¿quién le había ayudado con ese trabajo?, pues no existía forma de que alguien
ingrese al horno porque solo ella tenía la única llave de herrero de esa puerta hecha por su vecino
Teodoro Lingán y no había explicación alguna de cómo habían podido entrar.
Pasaron unos instantes y ella seguía extasiada por lo sucedido, se dispuso a fisgar por una
rendija de la vieja y agrietada puerta esperando ver llegar a su Filo (la otra ayudante), en ese
instante sintió que una mano pequeña, tan suave y ágil le daba palmaditas en la espalda, ella
muy valiente giró la cabeza rápidamente, observando que un duende con sus botas relucientes y
un sombrero grande le estaba haciendo jugar, este duendecillo no se asustó, pues sabía que Ña
Encarnita era su amiga porque se expresaba muy bien de ellos, y se reía a carcajadas mostrando
sus pequeños dientes muy brillantes que resaltaban ante la tenue luz de un mechero; mientras
ella lo contemplaba con mucha ternura, el duende daba saltos de alegría y bailaba a buen ritmo
en el tendido del horno causándole a ella mucha gracia, fue cuando sus dudas desaparecieron y
comprendió quien le había ayudado ese día con su trabajo al verla sola, anciana y queriendo
ganarse su confianza; dedujo también quien era el que ordenaba muy bien los utensilios del
horno colocándolo cada uno en su lugar después de tan esforzada labor.
A pocos instantes ingresó por la puerta doña Filo y al ver al duende se asustó, hizo la señal de la
Cruz, rezo el Padre Nuestro, ocasionado que el duende desaparezca por un buen tiempo.
La historia del duende fue famosa y distribuida como el pan por toda su clientela, tanto que en
San Miguel no había otra cosa que se hable, sino del Duende.
Al cabo de unos días, los vecinos del Jirón Bolívar, mientras esperaban que salga el pan del
horno, comentaban que lo han visto entrar a sus casas caminando por los techos. Don Gonzalo
revela que había visto a su hijo jugar con el duendecito y que conversaban amenamente, por eso
desde ese entonces ellos se comportaron con mucho sigilo, porque un día el duende había
convencido a la criatura a dar un paseo por los techos y cuando los dos ya habían subido las
escaleras y estaban con los pies sobre el tejado, a tiempo se dieron cuentan y evitaron una
desgracia.
Otra familia manifestaban que en su casa, el servicio de cocina que lo dejaban sucio y
desordenado por las noches, al siguiente día aparecía limpio y ordenado, no encontrando la
explicación, hasta que una noche se mantuvieron en vigilia para ver que sucedía y al escuchar un
ruido se acercaron cautelosamente a la cocina, dándose con la sorpresa al ver al mismo duende,
tal como lo había descrito Ña Encarnita, lavando los servicios.
Hasta la actualidad manifiestan haberlo visto, sobre todo en la fecha de Todos Santos, donde las
almas vistan por las noches los hogares a compartir las ofrendas, por ello los padres no dejan
solos a sus hijos menores por el temor que el duende se les aparezca y los lleve, y para
contrarrestar esa amenaza acostumbrar regar el agua bendita en las habitaciones de las casa
antiguas de San Miguel.
LOS OVILLOS DE HILOS DE LA CANTORA.

Era una noche de novilunio, a la cual se unía la débil y triste


luz eléctrica haciendo su máximo esfuerzo, casi en vano,
para lograr encender las farolas ubicadas en las esquinas de
las calles, que vergonzosas dejaban exhibir su luz que no le
ganaban ni a los mecheros, pero en fin contribuía a ese
ambiente peculiar de las noches tenebrosas en mi pueblo
San Miguel de Pallaques en las que aparecía la mula coja, el
chancho con cadenas, la sirena de Cóndac, la cabeza
voladora, etc.
Esa noche era propicia para que los duendecillos de la cantora repitan sus malignas
travesuras, saliendo a cantar, bailar y reír a carcajadas mostrando sus blanquísimos dientes y
resaltando dentro de sus pobladas y crecidas cejas sus saltones y relucientes ojos claros,
eran criaturas muy simpáticas y divertidas que gozaban causando pánico haciéndolo correr,
gritar, desmayar a la gente que tarde de la noche deambulaba por la pedregosa calle que
conducía al barrio Zaña
En una de esas noches como parte de sus travesuras, soltaron ovillos de muchos colores, los
cuales como pelotas de jebe rebotaban al caer y rodaban por los pies de dos borrachitos
vagabundos que transitaban a media noche por allí, quienes al ver los hermosos ovillos de
hilos brillantes, sin dudarlo y con gran esmero se pusieron a recogerlos a las ganadas, pero
los escurridizos y veloces ovillos se escapaban de sus manos, pasando por entre sus piernas
del uno y del otro, terminando enredados en el suelo, maneados, adoloridos sin poder
levantarse por los tropiezos y estrepitosas caídas causadas; en ese momento clave se les
aparecieron los duendes, mostrando sus delgados dientes al reír a carcajadas y con sus
flacuchentos dedos terminados en garras señalándolos y burlándose de los pobres hombres
que yacían en el suelo inmóviles; ante tal macabro espectáculo los borrachos se atolondraron
y se desesperaron aún más, intentando zafarse del enredo de los hilos, que había tomado la
forma de una telaraña, pero en la desesperación al pretender soltarse, más se golpeaban,
chocándose entre ellos y pasmados de miedo se desmayaron cayendo al piso.
La sorpresa fue grande cuando despertaron, recordaban claramente lo sucedido. La imagen
risueña, burlona de los duendes permaneció grabada por muchos días en su mente,
produciéndoles interminables noches de pesadillas que hacían saltar a su cuerpo dormido
como si estuvieran poseídos por el demonio, obligándolos a ver a un curioso que le haga una
limpia y les traiga el ánimo a su cuerpo.
En adelante les causó mucho terror cruzar por esa calle, esta historia lo compartían con sus
familiares y otras personas, algunos corroboran su veracidad contando que hasta la
actualidad los han visto caminar a los duendes sobre los tejados e ingresar a las casas
abandonadas y a las que tenían hornos por la zona, por lo cual hasta la actualidad existe el
temor de cruzar esta calle tarde la noche.
Dicen que con las damas no eran tan abusivos y crueles, también les hacían caer en la
curiosidad al mostrarlos los ovillos de hermosos colores y ellas por inercia creativa
sanmiguelina, a los hilos de indescriptibles colores se los imaginaban en sus tejidos de
vistosas cubrecamas, alfombras o pullos de multicolores y no dudaban en recogerlos y
llevarlos a sus casas para elaborar sus artesanías, pero cuando se ponían a revisar su
hallazgo, triste era su sorpresa al ver que se habían convertido en animales muertos.
Narración: Wílmer Alberto Mendoza Rivasplata.
EL VILLARÁN

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado

Llegó con su impecable uniforme beige, con boina en la cabeza; llevaba en el pecho una dorada
medalla al tamaño de una moneda de un sol de oro, prendida con cinta bicolor. Con orgullo se
pavoneaba por las calles de San Miguel. Los chiquillos se arremolinaban en su derredor para
escuchar lo que es “servir a la patria”. En la plaza mayor hablaba de las marchas de campaña por
los desiertos de Piura, del agua en la cantimplora y de que hay que tomarla a sorbitos para que
dure; que los platos después de la comida se los “lavaba” con médano, que es una finísima arena
del desierto, que el máuser original peruano 1909 pesaba una barbaridad en las marchas de
campaña más que en los desfiles.

Villarán era un ídolo para la muchachada.

Un domingo al atardecer, un rumor circuló entre la chiquillada.

-Se casa Villarán. Villarán se casa.

Los muchachos se congregaron y acompañaron el cortejo nupcial. No vestía uniforme beige, un


pantalón de dril azul y una camisa blanca era su atuendo de novio. La novia lucía el tradicional
vestido blanco. Villarán parecía empujado por la novia que se iba prendida a su brazo derecho.

El sacerdote ofició con normalidad la ceremonia nupcial. Los muchachos curiosos expectaban.
Cuando el sacerdote preguntó al contrayente:

-¿Acepta usted por esposa la señorita …?

-No, contestó Villarán llorando; y, hecho una zaeta, salió del templo llorando.

Los chiquillos por su tras iban gritándole.

-Eh, eh, eh, Villarán maricón; Eh, eh, eh, Villarán maricón.
Había muerto el líder en mente y corazón de los niños pisadiablos.
CATARATA ENCANTADA

“Cuentan los antepasados, los que pasteaban sus ovejas alrededor de la catarata, que un día
cuando el sol estaba calentando vieron en la catarata, por donde bajaba el agua, a una señorita
muy bonita llamada Cuda, que tenía los siete colores del arcoiris. El pelo lo tenía hasta el pie y
era rubio y brillaba como el oro. Se peinaba con una peinilla brillante de oro y tenía una sola pata.
La pata aparentaba ser de gallina.
Dicen que esa señorita andaba desnuda, a los hombres que veía los encantaba y los escondía.
Cuando la Cuda no les veía no pasaba nada.
La Cuda vive en la catarata encantadora, que está ubicada en el centro poblado Pisit, es un lugar
turístico donde varias instituciones educativas vienen a visitar y a ver las riquezas de la catarata
(guano que los ciudadanos utilizan para el sembrío de sus chacras, colpa para teñir la lana,
también tienen aves silvestres de diferentes especies como las chinalindas, Guayanas, gavilanes,
shingos, halcones, cotorreras, lechuzas, tucos, etc.)
Los que visitan esta catarata han encontrado calaveras de personas, y esas gentes habían
quedado sorprendidas.
SAN LORENZO
A San Lorenzo Centro Poblado, Aladino Núñez canta junto al ichu silbador versos de esperanza y
alegría: “Entre cerros y quebradas;/ entre pampas y laderas/ donde el frío te acaricia/ con su
mano de silencio/ crece un pueblo victorioso,/tantas veces ignorado,/ mi querido, tan querido/ y
añorado San Lorenzo”; como introducción al deleite y gozo de la lectura y creación infantil
sanlorecina. Mitos, historias y Leyendas de San Lorenzo contados por los niños, nos transbordan
a aquel universo pleno de libertad, paz y alegría; ávidos de abrazarlos acariciando sus suaves
rostros quemados por el frío, inclemencias del clima e indolencia de quienes gobiernan. Aquí sus
riquezas guardadas en la memoria colectiva de sus padres y abuelos transmitidas a esta inquieta
generación de nuevos hombres; he aquí la puesta en valor de su herencia oral ancestral vertidas
con cantarina transparencia del cuarto grado de primaria a tercero de secundaria, de 9 y 15 años
de edad. ‘Creación del cementerio’, ‘El toro dorado’, ‘El niño y el caballo’, ‘La mentira de Ramón’,
‘La niña y la neblina’, ‘San Lorenzo, tierra acogedora’, ‘La fiesta de San Juan’, El Cocán’, ‘Las tres
cruces’, ‘El zorro, las ovejas y el perro mitayo’, ‘Origen de la escuela de San Lorenzo’, ‘El cerro
Piruchos’ y ‘El toro malvado’; por alumnos de I.E. 10639 y Colegio “Alfonso Augusto Barrantes
Lingán”: Merli Medina, Alex Gil, Dilmer Gil, Carmendina Suárez, Deysi Gil, Nolberto Malca,
Yolanda Ramírez, Esmilda Villoslada, Yovany Vásquez, Dante Ramírez, Wilder Villoslada,
Rosalina Suárez y Royer Serrano.
EL TORO DORADO

“Hace mucho pero mucho tiempo en San Lorenzo existía un señor que tenía una vaca, pero esa
vaca era la única vaca que existía en todo San Lorenzo y no podían aumentar porque no había
toros.
Pero un día apareció un toro dorado que era de oro pero vivía en una cueva en el cerro Mirador,
quien por las noches cobraba vida. Si lo mirabas a los ojos quedabas convertido en piedra.
Un día, el toro salió de su cueva y empezó a caminar por el cerro, luego por el río y después por
el centro poblado y comenzó a convertir en piedra a los pobladores. Algunos de ellos huyeron
lejos y quedaron a vivir allá.
Al día siguiente el toros se quedó comiendo en una inverna, unos niños que lo estaban
observando le dijeron a los pobladores que el toro estaba encantado.
Un día después el toro vio a la vaca y comenzó a correr hacia ella y desde entonces empezaron a
aumentar las vacas y toros, y así se comenzó la ganadería en San Lorenzo. El toro dorado se
desencantó y los pobladores que estaban convertidos en piedra volvieron a vivir y todos fueron
muy felices”.
Alex Gil Hernández

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