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HP-1 Silver Kane (1970), El Cobarde

Oeste, del mejor escritor de novelas de a duro

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HP-1 Silver Kane (1970), El Cobarde

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Durante toda la noche había estado oyendo el constante martillear

de los que levantaban el patíbulo. Por la mañana, cuando una


claridad color plomo penetró a través de la única ventana de la
celda, se hizo el silencio. A Jerry y a Richard les habían dejado
tranquilos para dormir cuando ya no les quedaba un ápice de sueño.
—Desde aquí puedo ver la horca —dijo Jerry sin moverse de la
litera—. Da risa pensar que un tipo como yo ha estado haciendo
trabajar a cuatro honrados carpinteros durante toda la noche. —
Debes de ser un hombre importante, Jerry —opinó el otro, con los
ojos entrecerrados—. Aquí no levantan un patíbulo por cualquiera.
Cuelgan a casi todo el mundo de un árbol.
Silver Kane

El cobarde
Bolsilibros - Héroes de la pradera - 001

ePub r1.0
Titivillus 19-06-2019
Silver Kane, 1970

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1
CAPÍTULO PRIMERO

LA HORCA ESPERA

Durante toda la noche había estado oyendo el constante martillear


de los que levantaban el patíbulo. Por la mañana, cuando una
claridad color plomo penetró a través de la única ventana de la
celda, se hizo el silencio. A Jerry y a Richard les habían dejado
tranquilos para dormir cuando ya no les quedaba un ápice de sueño.
—Desde aquí puedo ver la horca —dijo Jerry sin moverse de la
litera—. Da risa pensar que un tipo como yo ha estado haciendo
trabajar a cuatro honrados carpinteros durante toda la noche.
—Debes de ser un hombre importante, Jerry —opinó el otro, con
los ojos entrecerrados—. Aquí no levantan un patíbulo por
cualquiera. Cuelgan a casi todo el mundo de un árbol.
—¡Bah! Las costumbres se van haciendo más civilizadas, eso es
todo. Las maestras quieren que los niños amen a los árboles, y les
molesta que la gente deje individuos colgando en ellos. Además,
hoy es fiesta en Sutter. ¿Qué haría yo en medio de la plaza, colgado
mientras los demás se divierten?
Richard esbozó una sonrisa. Quiso que resultara alegre, pero fue
infinitamente amarga.
—Tienes razón. Sería una falta de delicadeza, y tú podrías
enfadarte.
—¡Bah! ¡California! ¡La tierra del oro y de las mujeres bonitas!
¡Maldita California!
Jerry golpeó la pared con ambos pies; partículas de yeso cayeron
sobre la manta de la litera. Un tímido rayo de sol penetró a través
de la ventana.
—Sutter es una población lo bastante rica —murmuró con voz
entrecortada, silbante a causa de la furia—, para costear dos celdas
en su inmunda cárcel. No hay derecho a que un condenado a
muerte tenga que estar encerrado junto a un aprendiz de pistolero,
detenido sólo por armar bronca en un garito.
—Supongo que soy yo el aprendiz de pistolero —replico Richard
semi incorporándose—. Pero no podrás decir que te he molestado
mucho. Ocupo la peor litera…
—No es por eso. Es que pude haber perdido la serenidad. Pude
haberme echado a llorar como un chiquillo…
—¿Y te hubiese avergonzado?
Jerry esbozó una sonrisa.
—No lo sé. Todo depende de la clase de tipo que seas. ¿Qué se te
ocurriría pensar, si yo no pudiese resistir la visión de esa horca?
—Pensaría que es muy lógico. Y lo que es más importante: no
hablaría de ello a nadie.
Jerry se levantó, dando unos pasos por la celda. Era tan alto que sus
ojos llegaban a la ventana de reja, tan ancho de espaldas y de
brazos tan fuertes que había doblado ya dos veces las barras de
metal de su litera, a fin de procurarse un arma.
—Estás condenado a muerte por salteador y asesino —murmuró
Richard—. Sé que es una pregunta estúpida, pero ¿qué diablos te
impulsó a iniciar esa vida?
—No lo sé.
Jerry se volvió de espaldas, tapando parcialmente la luz. Sus anchas
y callosas manos descansaban en el fondo de los bolsillos de su
pantalón tejano, roto por varios lugares.
—Empecé por muy poco; por robar unas cabezas de ganado en
Arizona. Luego, las cosas se fueron complicando; un acontecimiento
trajo otro, y cada bala puso ante el disparador la cápsula siguiente.
—Bien, bien, ¿por qué robaste las primeras cabezas?
Jerry se sentó en la litera, entrelazando las manos y apoyando
ambos codos sobre las rodillas.
—Tengo en Arizona una novia muy hermosa: veintidós años. Yo
quise hacerme rico en poco tiempo, y eso fue todo.
Richard colocó ambas manos bajo, su nuca, y su mirada se hizo
soñadora. Él también había tenido una novia, en Texas, en los
mejores días de su juventud, pero eso pertenecía ya a un pasado
remoto.
—¿Cuántos años tienes, Jerry?
—Yo hubiese cumplido veintinueve… mañana.
Unos pasos se acercaron a la puerta de la celda, y la cabeza del
sheriff asomó por la mirilla. Contempló ostensiblemente su reloj de
oro, colocándolo ante los ojos, y luego se retiró haciendo el mismo
ruido que a su llegada.
—Ha sido un modo elegante de advertirnos que queda poco tiempo
—comento Richard.
—Sí, escasamente una hora.
Jerry echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Pareció como si en
aquellos momentos reflexionase por todos los días de su vida. Luego
apretando los dientes y mirando fijamente a Richard, dijo:
—Tú eres más joven que yo. Apenas tendrás veinticinco años. Por
un momento he pensado que me gustaría que fueses mi hermano
menor, o mi hijo. Así tendría la sensación de que mi vida continúa
de algún modo…
—¿Tienes, acaso, alguna misión que cumplir?
—¡Oh, no! Lo que me ocurre a mí es ridículo, y le ha ocurrido antes
a mucha gente: esa novia de que te he hablado me traicionó. En
realidad, dentro de unos meses ha de casarse con otro individuo.
—Comprendo.
—Un individuo a quien conozco. Y todos los grados del odio no
podrían reflejar el especial sentimiento que yo le profeso.
—Es natural.
Jerry respiró fuertemente, y se marcaron en aquel momento los
poderosos músculos de su cuello.
—Me he acostumbrado a pensar que una joven impresionable e
inexperta no tiene la culpa de nada. Es ese tipo el que no me gusta.
Se llama William; ella se llama Ann.
—Hermoso nombre.
—Celebro que te guste, porque…
Volvió a cerrar los ojos y pareció reflexionar otra vez por todos los
días de su vida. Al fin, habló. Y fue para hacer a Richard la
proposición más extraña que éste había oído nunca:
—Tú me pareces un buen muchacho, Richard. Tienes unas facciones
nobles y miras siempre a la cara. Yo, a pesar de todo, no odio a
Ann. Sólo me da náuseas pensar que un tipo como debe de ser ese
William pueda poseerla. Cuando salgas de aquí, vete a Arizona y
cásate con ella.
Hubo un breve silencio entre los dos, después de estas palabras.
Jerry, por su parte, lo había dicho todo, y Richard estaba tan
asombrado que no sabía cómo contestar. Pero al fin, sonriendo,
opuso una gravísima objeción a la propuesta de su compañero:
—No puedo casarme, Jerry. Estoy casado ya.
El sentenciado dio un respingo y le miró atentamente, desde su
litera.
—¡Hum! No tienes aspecto de eso, la verdad. Se te ve tan joven…
¿Y hace mucho que te casaste?
—Dos años. Mi esposa también se llama Ann.
—¡Qué perra casualidad!
—Pero ésta vive en Nuevo México, cerca de Santa Fe.
—Claro, claro, ya supongo que no íbamos a estar unidos los dos a la
misma mujer. ¿Es guapa esa Ann de tus sueños?
—Mucho. Sobre todo es una muchacha fresca, llena de curvas tan
limpias como un arco de luna. O lo era. ¡Hace tanto tiempo que no
la veo! Lo que no puedo asegurar es que su corazón sea tan
atractivo. No hemos sido felices.
—¿Qué le ocurre? ¿Es ambiciosa?
—Algo por el estilo.
—La Ann de que te estoy hablando solo piensa en el dinero. Yo era
un hombre rico antes de meterme en estos líos, pero ella juzgó que
mi fortuna resultaba insuficiente. Quería marchar al Este, o por lo
menos a San Francisco. Dice que la ciudad va a crecer
prodigiosamente, y ella anhela ser una de sus primeras damas.
¡Cualquiera mantiene a una primera dama!
Richard sonrió.
—Me haces gracia, Jerry. Todo el porvenir que me ofreces al salir
de esta ratonera es cargar con una mujer llena de defectos, y de la
que ni siquiera me has dicho si es realmente hermosa.
—¡Oh, hermosa sí que lo es, diablo! Y créeme que en cuanto uno la
mira tres minutos seguidos, olvida todo lo que tiene contra ella,
abre la boca de admiración y sólo piensa en besarla. Por eso me
irrita tanto el pensamiento de que otro hombre pueda ocupar mi
puesto.
—Tendrás que resignarte a ello, Jerry. Yo, al menos, no puedo
ayudarte. Estoy casado, mi esposa se llama también Ann y vive en
Nuevo México. ¿Cómo quieres que me case otra vez en Arizona?
—¿Tienes hijos?
—No.
—Bueno, de todos modos, comprendo que no puedes ayudarme.
Gracias por tu interés, muchacho. Y ahora voy a decirte algo más:
me pareces un tipo blando, que no sabe lo que hacer con un
revólver. ¿Es cierto que en el saloon te dejaste prender después de
la riña, sin ofrecer la menor resistencia?
—Es cierto.
—Pues eso no es bueno para conservar la salud en el Oeste. Hay que
ser rápido con el gatillo y tirar bien desde la primera bala.
Cualquier día, un granuja te acribillará sin que tú muevas un dedo.
Vamos a ver, ponte en pie.
Richard obedeció. Le habían dejado conservar su cinturón canana,
quizá por el hecho insólito de que en él no llevaba una sola bala.
Sus dos revólveres cargados le habían sido retirados, naturalmente.
—¿Qué movimiento haces tú para sacar el revólver?
Richard echó el codo hacia atrás rápidamente e hizo ademán de
«sacar», rozando con sus dedos la funda. Jerry se echó a reír sobre
su litera, llevándose ambas manos al vientre.
—Tus gestos son tan graciosos que me hacen olvidar hasta mi
próxima muerte, amigo. ¿Con esa velocidad piensas matar a alguien
más allá de la frontera de Luisiana? ¡Podía haber sacado yo dos
veces antes de que tú movieras un dedo, Richard! Eres una especie
de tortuga con camisa a cuadros. ¿Dónde te enseñaron a hacer
«eso»?
—«Eso» me enseñaron a hacerlo en Texas, en los rurales.
Jerry se puso repentinamente serio, pero su expresión no dejó de
ser burlona. Todavía continuó mirando a Richard con un brillo de
hilaridad en los ojos.
—No debiste resultar un discípulo aventajado, amigo. Yo diría que
en tu vida no has sacado el revólver más allá de diez o doce veces.
¿Es cierto?
Richard se dejó caer otra vez sobre su litera, y miró al suelo con una
expresión de tristeza.
—Es cierto —asintió al fin—. No te has equivocado.
En aquel momento se oyeron pasos en el cercano corredor. Eran
unos pasos lentos, solemnes y correspondían a más de una persona.
Los dos presos miraron instintivamente hacia la ventana de la celda
y vieron que había amanecido ya por completo. Que había llegado
el último amanecer.
—Tú, al menos, vivirás —dijo Jerry con voz sorda, mientras sus
manos temblaban en un incontenible espasmo—. Podrás volver a
Nuevo México, ver otra vez el cielo y ver otra vez a tu esposa. Tú, al
menos, tendrás tiempo para aprender a empuñar el revólver,
Richard.
La puerta se abrió de golpe, y el sheriff apareció en el umbral.
Llevaba el sombrero en la mano.
—Ha llegado la hora, Jerry Thompson… —anunció con voz lenta—.
Encomienda tu alma a Dios.
Jerry, el gigante, se puso en pie, a punto de sufrir una crisis
nerviosa.
—¡No sois más que un hatajo de asesinos, una pandilla de…!
Tras el sheriff había dos hombres, y los dos tan gigantescos como
Jerry. Sus manazas cayeron sobre el cuello y los hombros de éste,
agarrotándole.
—¡No le tratéis así! —chilló Richard—. ¡Dejadle, al menos que
muera en paz!
—Eso es lo que pretendemos —gruñó el sheriff—. Y tú, bergante,
vas a presenciar la ejecución. Es norma de la honrada ciudad de
Sutter que todos los granujas de su cárcel tengan la oportunidad de
escarmentar en cabeza ajena.
—No podéis obligarme a eso —protestó Richard—. Sólo estoy
condenado por riña y lesiones. Tengo derecho a que me dejéis en
paz.
El sheriff lo atrajo hacia sí, sujetándole con una mano por el cuello
de la camisa.
—¡Tú harás lo que yo te ordene!
Richard era más alto y más fuerte que el sheriff. En realidad, era
tan alto y tan fuerte, al menos, como Jerry, y habría que buscar
muy bien, aun en una población grande y próspera como Sutter,
para encontrar un tipo que le aventajase. Iba a dejar caer a la vez
sus dos puños contra los flancos del sheriff lo que hubiese
significado una semana de cama para éste, cuando vio el rostro de
Jerry. Y los ojos del condenado hicieron que dejase caer sus brazos
inertes, sin fuerza.
—Está bien. Les acompañaré —dijo.
Jerry se sentía acorralado y solo. Y bastaba ver sus ojos de pobre
animal que va a morir para sentir el deseo de acompañarle en sus
últimos momentos, de prestarle hasta el fin el consuelo, al menos,
de una presencia amiga. Richard comprendió que haría un bien
acompañándole, y por ello no opuso resistencia al sheriff. Por el
contrario, su expresión casi se dulcificó.
—Vamos, sheriff, atienda al condenado y no se ocupe de mí.
El representante de la ley se distanció de Richard. En realidad, éste
sólo estaba condenado a una semana de cárcel y no valía la pena
vigilarle demasiado. Jerry, en cambio, era un pájaro de cuenta. Una
especie de bestia noble y ciega, que mataba de frente, pero tan
peligrosa como un rebaño en estampida. Un año antes, un
condenado a muerte se fugó de la cárcel de Sutter. Y aquel hecho
no se repetiría más. Por eso nadie quitaba el ojo de la corpulenta
figura de Jerry.
Salieron al patio. La horca estaba dispuesta, y alrededor suyo había
unas diez personas; guardianes de la cárcel, el juez, un oficial de la
guarnición e incluso algunos rancheros, pues la ejecución era
pública y las puertas del patio estaban abiertas.
Un cielo intensamente azul flotaba sobre los hombres, como un
saludo de la naturaleza o como una burla. El silencio era tan espeso,
tan agobiante que todos tenían la sensación de que nacía dentro de
sus propios cráneos.
Jerry llegó al pie de la escalinata que conducía al patíbulo.
—Buena suerte, Richard —dijo volviéndose hacia el joven y
tendiéndole la mano—. Si vuelves a Arizona, no olvides visitar a
Ann y saludarla de mi parte.
—Así lo haré, Jerry. Le diré que la has recordado.
Antes de soltar la mano de Jerry, dio a éste un suave golpe en el
brazo alentándole.
—Valor, muchacho.
Valor… Era fácil decirlo, y Richard sabía cuán vacías suenan las
palabras a veces. Pero Jerry se lo agradeció, y para él fue la última
mirada dulce que dirigió en esta vida.
Uno de los ayudantes del sheriff puso la soga alrededor del cuello
de Jerry. Ahora sólo faltaba bajar la trampilla. El ayudante se
apartó, dirigiéndose hacia la palanca.
De repente, uno de los rancheros que presenciaban la ejecución, el
cual no había quitado ojo de Richard desde que le vio aparecer
junto al condenado, gritó, señalándole con el dedo:
—¡Creí que era ése a quien iban a ejecutar! ¿Es que no saben a
quién, tienen ahí delante? ¡Ese tipo es nada menos que Richard
Flanagan, el pistolero!
¡Richard Flanagan! El nombre pareció electrizar a los espectadores.
Hasta el ayudante del sheriff se olvidó de la palanca y de que junto
a él había un hombre a punto de morir.
—Al sentenciarle nos dijo que se llamaba Richard Brent —aulló el
sheriff, con un inútil criterio legalista—. ¿Cómo sabe que se trata de
Flanagan?
—¡Yo mismo le vi en Texas! —rugió el ranchero, mientras
retrocedía un paso—. ¡Le he visto matar y puedo juraros que jamás
un tipo apretó el gatillo con tanta rapidez como él! ¡Apresadle!
Hubo un movimiento general de sorpresa entre todos los presentes.
Por unos segundos, nadie supo qué hacer. Por fin, fue el oficial el
que eliminó las dudas.
—Yo también he pensado lo mismo al verle —gritó—, pero no
estaba seguro. Ahora puedo afirmarlo. Ese tipo es Flanagan, «el rey
de Dallas».
Sorprendentemente, el primero en reaccionar fue el único para
quien todo aquello no tenía interés. Jerry lanzó una carcajada.
—Me engañaste bien, granuja. Querías pasar por este pueblo sin
llamar la atención, ¿eh? Te felicito, muchacho. ¡Y ahora sálvate,
sálvate pronto!
Quiso seguir alentándole, pero el ayudante del sheriff movió
entonces la palanca. Si allí había tiroteo, que al menos la sentencia
hubiese sido cumplida, para que a Jerry no le quedase la menor
posibilidad de escapar. El condenado lanzó un gemido y su cuerpo
se contorsionó en el aire.
—¡Atrapadle!
El sheriff había desenfundado ya, pero Richard, durante aquel
preciso minuto de indecisión, no se durmió. Había que actuar y
pronto, aprovechando las nulas precauciones que habían tomado
alrededor de él, considerándole un preso sin la menor importancia.
De modo que cuando el sheriff hizo ademán de «sacar», él ya volaba
en dirección al ranchero que le había acusado, martilleándole el
rostro con sus dos puños igual que con dos mazas de hierro. Sus dos
ganchos fueron impresionantes por la velocidad y la exactitud de su
colocación, los dos a los ojos del testigo. Éste cayó hacia atrás,
lanzando un alarido, mientras la mano izquierda de Richard le
despojaba de su revólver.
Se arrojó al suelo, haciendo fuego, cuando el sheriff tiraba sobre él.
Los dos fallaron el disparo y durante las fracciones de segundo
siguientes tuvo su oportunidad el más rápido. Richard fue el que
consiguió disparar primero. El sheriff lanzó un aullido y cayó hacia
adelante, con el hombro atravesado.
Ahora el oficial era el rival más peligroso y decidido de todos.
Richard dio una vuelta rapidísima sobre sí mismo, al tiempo que
dos balas mordían rabiosamente el polvo, junto a su cuerpo.
Mientras giraba, y sin que nadie pudiera explicarse cómo, disparó.
La bala se alojó también en el hombro del tirador, hiriéndole
solamente, pero obligándole a soltar el arma.
De un salto, Richard se puso en pie y corrió hacia la puerta,
cruzando frente a dos de los asombrados testigos. Pero la puerta no
estaba desguarnecida. En ella había un hombre con un rifle que
había tenido tiempo para preverlo todo. Apuntó a Richard al ver
que éste se ponía en pie, y cuando estuvo seguro de no errar el
blanco, disparó.
CAPÍTULO II

SONRISA PELIGROSA

A veces en los momentos decisivos de la vida de los hombres,


ocurren cosas tontas que varían su destino y trastruecan todos los
acontecimientos. En el caso de Richard, el suceso al parecer sin
importancia, pero que tuvo la virtud de cambiarlo todo, consistió en
el paso de una mujer.
Como el lector ya sabe, la puerta que daba entrada al patio de la
cárcel estaba abierta, a fin de que cualquiera pudiese presenciar la
ejecución. En esa puerta había un hombre armado con un rifle, que
fue el que hizo fuego contra Richard. Pero en el preciso momento
de ir a apretar el gatillo, apareció a sus espaldas una mujer, una
muchacha más bien, cargada con un repleto cesto. Esa muchacha no
hizo ningún ademán ofensivo, sino sólo un gesto de terror. El cesto
cayó de sus manos y fue a tropezar con las piernas del centinela,
que vaciló en el momento del disparo.
—¡Maldición!
Dio un traspié, no bien recobrado el equilibrio todavía. Cuando
pudo afianzar sólidamente sus dos pies en el suelo Richard ya
estaba junto a él. Su brazo derecho se curvó en forma de gancho y
rasgó el aire como una catapulta. El centinela cayó hacia atrás,
fulminado, mientras Richard saltaba para protegerse tras él. Su
movimiento fue rapidísimo y más oportuno de lo que él mismo
suponía. Dos balas de un ayudante del sheriff atravesaron al
guardián, matándole, antes de que éste pudiera recobrar el
conocimiento.
Richard, al salir, casi tropezó con la muchacha. Ésta le vio pasar,
aterrorizada, llevándose una mano a la boca. La calle estaba
desierta, pues era día festivo y acababa de amanecer. Richard echó
a correr hacia unos lejanos porches y se cobijó tras ellos. Dos
hombres salieron de la cárcel y los dos fueron atravesados, en
puntos no vitales, por las balas del fugitivo. Luego Richard soltó el
revólver, con un seco y despectivo movimiento: en el cilindro ya no
quedaba un solo proyectil.
«Lo divertido empieza ahora —pensó—. ¿Qué diablos voy a
hacer?».
No quedaba más que una solución, y era refugiarse en una de las
casas. Por el momento no podía hacer otra cosa, ya que no había un
solo caballo en todo lo que la vista podía abarcar.
Richard decidió que el edificio que tenía a sus espaldas era tan
bueno como cualquier otro, y ya que no era visto desde la cárcel,
empezó a trepar por las maderas hasta las ventanas del primer piso.
La más cercana de todas ellas estaba abierta, y Richard, sin pensarlo
más, se introdujo en la habitación de un salto. Le recibió una
exclamación ahogada, sorda, que sólo podía provenir de una
garganta femenina.
La habitación estaba en penumbra, pues unas cortinas de terciopelo
cubrían la ventana parcialmente. Richard no vio nada hasta
acostumbrarse a aquella relativa oscuridad. Y entonces sus ojos
distinguieron un fino lecho de caoba, unas finas sábanas y una fina
mujer. ¡Diablos, una finísima mujer! Le miraba con los ojos muy
abiertos y le mostraba sus hombros desnudos con tal generosidad
que Richard, a pesar de su situación, tuvo que parpadear dos veces.
—Lo siento —masculló—. Créame que no he entrado aquí para
comprobar si usa usted gorro para dormir.
La mujer, una vez repuesta de su inicial sorpresa, pareció encontrar
divertida aquella situación. Miró sonriente a Richard, sin
preocuparse de cubrirse un poco mejor con las sábanas.
—No tengo costumbre de recibir admiradores a estas horas, pero
siéntese.
Richard no hizo un movimiento. Contempló cómo la mujer
encendía una lámpara de petróleo colocada sobre su mesilla, y al
extenderse la luz por la habitación, la examinó detenidamente.
Era una pieza de dimensiones normales y contenía pocos muebles,
pero todos de gusto y precio. Se adivinaba que su dueña gozaba de
buena posición. En cuanto a la mujer que estaba en el lecho, era el
mueble más hermoso de cuantos había en la pieza. Desde sus
cabellos rubios a las adornadas puntas de sus dedos, era una
muñeca cara como pocas veces se veían en las poblaciones del
Oeste. Tendría unos veinticinco años y era, por lo menos,
veinticinco veces guapa. Richard pensó que una mujer tan atractiva
no podría reportarle nada bueno.
—¿Por qué te persiguen? ¿Es que quieren casarte con una de las
hijas del sheriff?
—Quieren adornarme el cuello —silbó el hombre—. Y no ha habido
modo de convencerles de que yo no uso corbata.
—Bien. Siéntate —dijo la mujer—. ¿Quieres un cigarrillo?
¡Cigarrillos! Aquella delicada picadura de tabaco envuelta en un
blanco papel era lujo casi desconocido en los pueblos del Oeste,
donde sólo se fumaban bastos y espesos puros de Virginia. Además,
estaban simétricamente dispuestos en una cajita de laca, colocada
en una mesa junto al sillón que se ofrecía a Richard.
—Gracias. Hace tiempo que dejé de fumar. Desearía que…
—Deseas que te oculte hasta que el sheriff y sus gorilas se hayan
aburrido, y a ser posible que te facilite un caballo, ¿no es cierto?
Bien, yo no tengo inconveniente en ello, siempre que lo pagues con
decencia. Al fin y al cabo, vivo de la estupidez de los hombres.
Se levantó y fue en camisa de dormir hasta la mesa, junto a la que
se hallaba sentado Richard, tomando un cigarrillo de la caja y
encendiéndolo en la lámpara con movimientos calmosos. Viéndola
caminar con una especial armonía, con una gracia inimitable que
cautivaba los ojos, Richard la recordó casi de repente. Era Lena, la
principal bailarina del Jezabel Saloon. Una mujer que, en cuanto
empezaba a moverse en el escenario, dejaba sin aliento y sin voz a
los espectadores. A él le dejó también sin respiración, cortado y
confuso como un niño que se hubiera metido en un lío.
—No tengo más que treinta dólares encima —manifestó al fin, un
poco avergonzado—. ¿Sirven?
—Treinta dólares es lo que cobro yo por cada actuación en el
Jezabel, y es mucho menos arriesgado que esto, pero, en fin, valen.
Trato a los hombres según el aspecto que tienen, y tú eres un
ejemplar demasiado selecto para colgar de una horca. ¿Cómo te
llamas?
—Richard Flanagan —dijo él.
Temblaron los ojos de la mujer en un rapidísimo parpadeo.
—No debiste haberme dicho la verdad. Esto convierte las cosas en
mucho más difíciles.
—Lo comprendo.
Lena fue hasta un extremo de la habitación, donde se hallaba el
biombo, y se cubrió con una larga bata de terciopelo rosa.
—De todos modos, te ayudaré. Desciende a la planta baja, donde
hay un dormitorio más pequeño, y quédate allí. Nadie irá a
molestarte.
—Gracias, Lena. Comprendo que te debo mucho más que treinta
dólares.
—La oportunidad de ayudar a un hombre como Richard Flanagan,
no se presenta todos los días. Me consideraré pagada con que me
des un beso.
Richard, en su vida aventurera e incierta, había besado a otras
mujeres como aquélla. Todas llevaban en sus labios una especie de
veneno que dominaba a los hombres. Besó a Lena con miedo y
temblándole los brazos. Pasar de la celda a aquella habitación, era
un cambio demasiado brusco, y además, Lena era demasiado
hermosa. Ella le entregó sus labios con una expresión irónica,
saboreando de antemano el triunfo de su voluntad sobre la de aquel
hombre considerado como invencible. Le acarició los hombros, y al
separarse de él, le miró con expresión de mujer que sabe distinguir
lo que realmente vale.
—Eres un hombre guapo, Flanagan. Me habían hablado de ello,
pero no creí que fuera verdad.
—Parece como si acabases de clasificarme.
—Yo siempre doy a los hombres una especie de número, apenas los
veo. Y tú tienes un número alto, Flanagan. Me gustas lo bastante
para correr este riesgo.
—De saber que en esta habitación había una mujer, no hubiera
entrado. Preferiría que me cobrase mis treinta dólares a ayudarme
por si soy guapo o feo, Lena.
La mujer no se inmutó.
—Desciende a la planta baja y encontrarás la entrada del dormitorio
bajo las escaleras. No te muevas de allí. Yo te avisaré en el
momento oportuno.
Richard obedeció.
La casa no era grande, y parecía vacía por completo. Richard
encontró fácilmente el dormitorio que se le había indicado y se
tumbó en el lecho, agotado, casi resignado de antemano a cualquier
cosa que pudiera venir. La tensión de la última noche pasada junto
a Jerry, ahora ya muerto, y la angustia de su fuga pesaron sobre sus
músculos como un dolor que los agarrotó. Se sintió sin fuerzas,
vencido.
Extrañamente, al cerrar los ojos, logró conciliar un brevísimo sueño.
En realidad, no llegó a perder la noción de las cosas, pero durante
unos minutos fue como si flotase en el vacío. Le volvieron a la
realidad unos suaves golpecitos propinados en la puerta.
Era, sin duda, Lena, que volvía.
—Adelante —gruñó Richard—. ¿Para qué diablos llamas, si estás en
tu casa?
La puerta se abrió mientras Richard se incorporaba, y en efecto, la
que franqueó el umbral era una mujer. Pero no Lena, como Richard
esperaba y tenía motivo para suponer. La que acababa de entrar en
la habitación era la muchacha que inconscientemente le salvara
unos minutos antes.
***
Fue ella la primera en reaccionar. Lanzó un grito y se echó hacia
atrás, tratando de cerrar la puerta.
—No vayas tan aprisa, muchacha.
Él la sujetó por un brazo. Debió de hacerle daño, porque la chica
gimió.
—¡Salvaje!
—No pienso tratarte mal, pequeña. Sólo quiero impedir que salgas a
la calle para dar el soplo. Ven.
La atrajo hacia sí, y mientras tanto la miró atentamente. Era
morena, y no tendría más allá de diecinueve años. Todo en ella era
puro, natural, sencillo y tan cautivador como solo la Naturaleza
puede serlo. Su piel fina y tersa olía a hierba fresca, a lluvia. Sus
ojos eran tan trasparentes y limpios como dos cristales de roca
lavados por el río. Tenía unos labios rojos y húmedos igual que una
flor en la mañana. A Richard se le inmovilizaron los ojos sobre
aquella boca, sobre aquellos labios que se entreabrían y cerraban a
causa de la agitación, del miedo.
—¡Suélteme!
Sin darse cuenta, Richard la soltó. Sus ojos seguían quietos.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?
La muchacha trataba de darse alientos hablando en voz alta, pero
era fácil advertir que estaba aún completamente dominada por el
miedo.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Gizel.
—¿Qué tienes tú que ver en esta casa?
—Traigo bordados, ¿ve? Bordados.
Ahora se fijó Richard en que Gizel llevaba, efectivamente, unos
bordados en las manos. Eran unas piezas primorosas, y aun un
profano como él advirtió que no todo el mundo podía hacer
aquello. De repente, la muchacha le pareció todavía más delicada,
más dulce.
—¿Te dedicas a esto?
Gizel no contestó. Le miraba ahora con una especie de picardía
juvenil en los ojos, no exenta de prevención y de miedo. Richard
adivinó que si la muchacha había venido otras veces a la casa de
Lena, como todo parecía indicar, habría visto siempre algún que
otro hombre a quien la bailarina recibía. Y ahora le estaba tomando
por uno de ellos.
—No, no he venido aquí a ver a Lena —dijo en voz baja—. ¿Crees
que voy a acudir a citas de amor después de fugarme de presidio?
—¿Así no la conoce? ¿Ha entrado aquí por casualidad?
—Sí.
—En tal caso no se fíe de ella. No porque sea mala, sino porque
desde hace una semana es la prometida oficial de Kurt Randall, el
pistolero más famoso de la región y uno de los hombres más ricos
de Sutter. Le ha costado mucho atraerle al matrimonio, y querrá
que él se sienta obligado hacia ella delatándole a usted. Porque
Randall es el presidente de la Junta de Vecinos y el que
verdaderamente responde del orden en Sutter.
Richard se pasó un dedo por la frente, en un gesto habitual en él y
que revelaba intensa preocupación.
—Bien, ¿por qué me dices eso?
Gizel calló, confusa, mirando al suelo. Y Richard comprendió que le
había advertido del peligro sin ningún motivo especial, tan sólo por
hacer el bien y salvar a un hombre de la muerte. Salvarle de la
muerte incluso a él, de quien sólo sabía que le había visto fugarse
de la cárcel.
Richard hundió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia el fondo
de la habitación, donde había una ventana cerrada.
—¿Cómo sabes todo eso? Por tu aspecto y por tu modo de
reaccionar, no pareces vivir en Sutter.
—Lo sé porque hace dos semanas que estoy por los alrededores,
vendiendo bordados y adquiriendo provisiones. Vengo aquí dos
veces al año. Yo, en realidad, vivo siempre en un valle entre dos
montes llamados por los indios Piel Azul y Piel Blanca, en Utah.
—¿Y bordas todo el año?
Ella bajó los ojos.
—Es lo único que sé hacer. Lo único que pudo enseñarme mi madre.
—¿Quién cuida de ti?
—Yo misma. Vivo sola. Pero todos los que habitamos en los
alrededores formamos una gran comunidad y nos ayudamos los
unos a los otros.
Richard estaba sorprendido y un poco deslumbrado. Era
exactamente igual que si después de vivir varias semanas en
tinieblas, le diese en los ojos de repente, un rayo de luz. La
ingenuidad y la pureza de la muchacha le abrumaban un poco.
Volviéndose de improviso, susurró:
—¿Sabes quién soy?
—Yo misma te lo diré, Gizel.
Los dos se volvieron a la vez, para ver cómo se acercaba Lena. La
bailarina llevaba aún la misma bata rosa, pródigamente abierta y se
había peinado y acicalado el rostro. Estaba así deslumbrante,
impresionaba. ¡Pero qué distinta de Gizel!
—Es Richard Flanagan —dijo, sin perder su sonrisa—. ¿No le habías
oído nombrar nunca, Gizel?
La muchacha se estremeció.
—Unos buscadores de oro me hablaron de él cierta vez —contestó
—. ¿No le llamaban… «El rey de Dallas»?
—El «rey de Dallas»… Eso mismo. Tenemos un personaje
importante en la casa, Gizel, y hay que tratarle como a tal.
Se volvió hacia la izquierda, y sin perder para nada la flema ni la
encantadora expresión de su rostro, musitó:
—Puede pasar, sheriff. Richard Flanagan le está esperando.
CAPÍTULO III

DUELO A MUERTE

Richard comprendió que la mujer no bromeaba. Llevó


instintivamente las manos a sus fundas pistoleras, pero recordó
entonces que iba completamente desarmado.
—Eres muy cariñosa, Lena.
Salió de la habitación con pasos lentos, procurando conservar el
dominio de sus nervios, y al cruzar junto a Gizel le dirigió una
mirada de gratitud.
El sheriff y cuatro hombres más le encañonaban desde las ventanas
del vestíbulo. Richard pensó en lo estúpido que había sido y en lo
fácil que habría resultado para Lena orientar a sus perseguidores,
simplemente haciendo señas desde la ventana de su dormitorio.
—Pueden entrar. No voy a darles trabajo.
Fue la misma Lena quien abrió la puerta. Al ver entrar a los cuatro
hombres con sus revólveres por delante, Gizel emitió una especie de
chillido ahogado y sordo.
Richard salió a la calle. Sabía que iba a morir y en estos momentos,
al rememorar en fracciones de segundo lo que había sido su vida, le
sorprendió ser un hombre casado, un hombre que tenía una mujer y
un hogar de que despedirse. Su obligación ahora, antes de que le
colgasen, sería recordar a Ann y la vieja casa en que habían vivido.
Pero no recordó ni una cosa ni otra. No habían sido felices, nadie
podría serlo junto a Ann. Nadie podría siquiera conservar su
dignidad. Era Ann quien le había convertido en el «rey de Dallas».
—Sí «rey de Dallas» —barbotó sordamente el sheriff—. Tu carrera
ha sido rápida, pero ha terminado ya, Flanagan.
—Preferirías volver a los rurales de Texas, ¿no? —dijo
mordazmente uno de los ayudantes.
Richard miró a un extremo y otro de la calle. Hacía sol, un sol
deslumbrador y blanco que impedía abrir del todo los ojos. Frente a
la casa había más de quince personas alineadas. Todas esperaban su
muerte.
—Parece que voy a constituir un espectáculo —masculló, mirando
al sheriff—. ¡Maldito sea! ¡Lo único que lamento es significar para
vosotros una diversión este domingo!
Dos revólveres le empujaron hacia el centro de la calle. A un
extremo de ésta, había dos carros desde cuyo interior le miraban
asombrados rostros redondos e ingenuos de campesinos. Una mujer
de facciones angulosas, casi místicas salió de uno de ellos y se le
quedó mirando junto a las ruedas, con compasión. Richard adivinó
que rezaba. Gizel salió corriendo de la casa y fue, a cobijarse en los
brazos de aquella mujer. Desde allí miró a Richard como un
pajarillo asustado.
Aquéllos eran, al parecer, los vecinos de la muchacha aquellos que
se protegían mutuamente y en cuya compañía Gizel debía hacer sus
dos viajes anuales. A Richard le sorprendieron sus rostros
bondadosos, sus expresiones mitad asustadas y mitad de pena. No
quiso mirarlos más porque al fin hubiera sentido lástima de sí
mismo. Y eso le hubiera restado dignidad y valor en sus últimos
momentos.
—Vamos. Colgarás de la misma horca que tu amigo Jerry.
Richard iba a decir que él, aparte su fama en Texas y Nuevo
México, no estaba reclamado para nada en California y que no
había cometido ningún delito federal, pero comprendió que eso
sería inútil. Aquellos hombres no estarían tranquilos viendo en
libertad a un tipo tan peligroso como él, y por otra parte, todos
debían de estar pensando que acabar con el «rey de Dallas» daría
fama imperecedera a Sutter.
Llegaron a la puerta de la cárcel, que no estaba a mucha distancia.
Jerry aún colgaba del patíbulo y Richard tuvo que cerrar los ojos.
De repente, se escuchó una voz.
—¿Está reclamado este hombre por algún tribunal de California?
Todos se volvieron. Richard vio que el que había hablado era un
tipo alto, corpulento, bien vestido. Se había detenido en el centro
de la calle y les miraba a todos con la cabeza erguida. Sin saber
bien por qué, comprendió que aquél era Kurt Randall, el prometido
de Lena.
—No está reclamado —dijo el sheriff—. Pero acabar con tipos como
él, es obligación de toda ciudad honrada.
—En Sutter no hay más obligaciones que las que yo impongo —
sentenció el hombre, alzando la cabeza un poco más—. Y no creo
que tengamos ningún motivo para matar a este individuo.
Richard volvió un poco la cabeza para mirarle mejor. ¿Cómo era
posible…? ¿Por qué un desconocido pretendía salvarle la vida?
¿Qué interés podía tener Randall en que él no acabase colgando de
una horca?
De repente, vio cómo los labios del presidente de la Junta de
Vecinos se entreabrían un poco, en una sarcástica mueca.
—Con lo cual no he querido decir que ese tipo vaya a salir vivo de
Sutter…
Un murmulló de regocijo partió del grupo de espectadores. El
sheriff se acercó a Randall.
—¿Qué pretende?
—Creo que está claro: legalmente no podemos colgar a este hombre
porque no ha cometido ningún delito en el condado, y ni siquiera
está reclamado por un tribunal de California. Pero en cambio todos
sabéis que se ha refugiado en casa de mi prometida. ¿No es eso una
ofensa personal?
El sheriff lanzó una carcajada que los espectadores corearon
inmediatamente. El regocijo fue en aumento, y un clamor de
entusiasmo se elevó pronto de lado a lado de la calle.
—¡Randall quiere desafiar al «rey de Dallas»!
—¡Es él quien le dará su merecido!
—¡Sus balas son más seguras que la horca, compañero! ¡Prepárate!
Richard se limpió las manos con la pechera de su camisa, tratando
de ver a Randall más allá del sol blanco que le cegaba los ojos. He
aquí que las cosas habían tomado un insospechado sesgo: Randall,
sin duda un cacique de la ciudad, quería afianzar su fama para
siempre y asegurarse las próximas elecciones matando ante todos al
«rey de Dallas». ¿Con qué contaba para hacerlo? Con la fatiga y la
tremenda excitación nerviosa de éste, que le incapacitaban para
manejar el revólver con serenidad, y con el sol. Sobre todo, con el
sol cegador de California, que daba de frente a los ojos de Richard y
que le impedía ver casi por completo las figuras del otro extremo de
la calle. El joven no dejó de comprender cuán nimias eran sus
posibilidades de triunfo, admirando al propio tiempo la astucia de
su rival, que tan hábilmente sabía aprovechar las circunstancias
para obtener una de las victorias más sonadas de su carrera. Pero
aún convenciéndose de que aquel hombre iba a darle muerte, no
sintió odio hacia él. Al fin y al cabo, le salvaba de la horca,
convirtiendo un suplicio infamante en un fin que era el lógico de
cualquier pistolero.
—¡Dadle dos revólveres!
Dos pesados «Colt» volaron por el aire hacia las manos de Richard.
Éste asió uno de ellos, pero apenas pudo ver el otro, que rozó sus
dedos y cayó pesadamente al suelo, entre la risa y el alboroto de los
espectadores.
—¡Fijaos en él! ¡Ya se ha olvidado de cómo se coge un revólver!
—¡Está tan asustado que le tiemblan los dedos!
Randall, al otro lado de la calle, sonrió. Ya había supuesto, por la
posición de Richard Flanagan, que el sol le cegaba, pero ahora
había tenido una clara confirmación. Su triunfo iba a resultar muy
fácil. Repulsivamente fácil, le dijo una parte de su conciencia.
—Yo tiro siempre con dos revólveres —advirtió en voz alta—. Te he
dado a ti esa misma oportunidad. ¡Enfunda tus armas y prepárate
para el duelo!
Richard se inclinó para recoger el segundo revólver. Cuando sus
dedos ya lo rozaban. Randall disparó contra la culata y lo hizo
rodar, trasladándolo de sitio. Una estentórea carcajada se elevó
unánime de entre el grupo de espectadores. Richard estiró un poco
más el brazo y una segunda bala hizo saltar el revólver varios pasos
más allá, también cuando los dedos iban a rozarlo. Las carcajadas
atronaron ahora la calle y el entusiasmo, por unos momentos, se
hizo delirante.
—¡Dadle otro revólver a ese hombre! ¡El del suelo ya no sirve!
Un «Colt» negro voló por el aire.
—¡A ver si ése sabes sujetarlo bien!
Richard lo alcanzó, guardándolo en la funda izquierda.
—¡Está muerto de miedo! ¡Mirad cómo suda!
Unas brillantes gotas, en efecto, surcaban ahora la frente de
Richard. Pero no habían sido causadas por el miedo, sino por el
nerviosismo y la indignación. Randall estaba transformando aquel
duelo abierto en algo mucho más infamante que la horca.
—¡Las manos le tiemblan!
Richard se las miró. Y, en efecto, sus manos temblaban. Era
inexplicable, pero no podía dominarlo. «Siento angustia —pensó—,
pero no es por la muerte. Siento angustia de que todo acabe así, de
esta forma estúpida, baja…».
Los campesinos de los carros empezaron a entonar un himno. Era
un himno extraño y solemne, modulado en voz baja, y en el que
cada palabra tenía una inflexión funeraria. Pero era, a la vez, un
himno majestuoso y consolador, que parecía lavar el espíritu antes
de entrar en la muerte. Richard miró a Gizel y vio que la muchacha
cantaba también. En sus ojos brillaban las lágrimas.
—¡Puedes disparar cuando quieras, Richard Flanagan!
Randall, el pistolero, retrocedió dos pasos, eligiendo mejor su
posición. Richard, aun entornando los ojos, no le veía. Entonces
elevó su mano izquierda lentamente, colocándosela como pantalla
encima de la frente. Un rumor de asombro y de excitación cundió
entre los espectadores. Haciendo esto, Richard no sólo renunciaba a
un revólver, sino que indicaba claramente cuál era la mano con que
iba a tirar, ya que inutilizaba la izquierda.
—¡Está bien, Flanagan! ¡Yo mismo presidiré tu entierro!
Las dos armas de Randall salieron de su funda con una
desconcertante rapidez, poniéndose en línea de tiro.
Era una gran ventaja saber con qué mano iba a disparar Richard,
para inutilizarla al primer balazo y poder luego rematar a placer.
Por eso los dos revólveres de Randall apuntaron instintivamente al
brazo derecho de Flanagan. Pero cuando las balas ladraron en el
aire, aquel brazo no estaba en su sitio. Richard, con un velocísimo
movimiento, había cambiado de guardia, subiendo el brazo derecho
para emplearlo como visera y «sacando» con el izquierdo. Las dos
balas de Randall le rozaron tan sólo, causándole leves arañazos y
desgarrando su camisa. Richard, antes que su enemigo se repusiera
de su asombro, apretó dos veces el gatillo. La mano izquierda de
Randall se crispó, atravesada, y el revólver derecho saltó por el aire
con el cilindro hecho astillas. Una violenta crispación sacudió la
garganta de Randall, mientras el rugido de asombro más intenso
que jamás se había oído en Sutter se expandía en aquel momento
por la calle.
Hasta los campesinos de los carros dejaron de cantar. Un silencio
angustioso y obsesionante pareció aplastar la población entera.
—Ibas a salvarme de la horca y a proporcionarme una muerte más
digna. —La voz de Richard, serena y calmosa llenaba la calle—. Yo
te lo he agradecido. No tengo inconveniente en que sigas
gobernando los destinos de Sutter, Randall.
El vencido ocultaba la mano izquierda entre sus ropas,
empapándolas de sangre. El dolor y la ira le hacían cerrar los ojos.
Richard empezó a retroceder poco a poco, sin abandonar su actitud
vigilante cuando de improviso el sheriff levantó el brazo derecho.
—¡Prendedle!
Un hombre corrió hacia Richard. Éste hizo un solo movimiento de
muñeca, girando el revólver izquierdo y la bala deshizo uno de los
tobillos del atacante. El individuo cayó al suelo, aullando, mientras
una consternación que nadie hubiese sabido cómo describir se
apoderaba de todos los presentes, anulando su voluntad.
Richard dirigió la mirada a su alrededor. Lena, situada en primera
fila de los espectadores, miraba a su prometido con ojos atónitos,
dudando si acercarse a él. Más allá. Gizel contemplaba a Richard
con asombrados ojos de niña. El sheriff, a la derecha de la
muchacha, tenía las facciones rojas como la sangre.
—Nunca he sido un cobarde —proclamó Randall—, y nunca he
rehuido un duelo, aunque las circunstancias fuesen desfavorables.
Me niego a aceptar la gracia de la vida que ese hombre me hace.
¡Estás desafiado nuevamente, Richard Flanagan!
El pistolero se estremeció insensiblemente, mientras separaba
ambas piernas para dominar su nerviosismo.
—No quiero matar a nadie, Randall.
—Pero es posible que alguien quiera matarte a ti. ¿Conoces la
«ruleta rusa»?
—Naturalmente.
—Pues te propongo una variante más entretenida de la misma. Los
dos nos enfrentaremos con una sola bala en el cilindro y
dispararemos por turno. El que antes acierte con la recámara
cargada, será el vencedor.
—Ése es simplemente un juego de suerte —dijo Richard.
—Y yo he sido toda la vida un jugador. He ganado mi dinero con
los naipes y puedo conservar mi vida con la «ruleta rusa». ¿Tienes
tú miedo, Richard Flanagan?
El pistolero sonrió secamente.
—Vendí en Dallas todo el que tenía. Y no he podido volver a
comprarlo.
El trágico juego que Randall proponía no era, por lo visto,
completamente desconocido en Sutter. Al instante, un hombre se
aproximó a cada uno de los contendientes con el fin de revisar sus
armas. Los cilindros fueron vaciados de un solo golpe seco.
—Disparad ahora —indicó el sheriff con voz ronca.
Los dos enemigos apuntaron al suelo y apretaron seis veces el
gatillo. Seis veces cayó el percutor sobre las recámaras produciendo
un «clic» sonoro y cantarín, que parecía, más que presagio de
muerte, el sonido de una campanilla manejada por un niño.
—Vuestros revólveres están bien vacíos. Cargad ahora una bala.
Las que habían sido extraídas de los cilindros estaban en el suelo.
Los dos enemigos se inclinaron y recogieron cada uno un proyectil,
cargándolo.
—Extended vuestros revólveres.
Lo hicieron así, apuntándose. Entonces, los mismos hombres que
antes habían vaciado sus armas, se acercaron nuevamente para dar
un golpe seco a cada cilindro, haciéndolo girar. A partir de aquel
momento, fue ya imposible saber dónde estaba la bala.
—Ha llegado el momento.
Los dos hombres se encogieron un poco, apuntando
cuidadosamente. Randall fue el primero en disparar, y un «clic»
cantarín resonó en la calle.
Richard apretó a continuación el gatillo. Su revólver produjo
también un chasquido al caer el percutor sobre una recámara vacía.
El turno correspondía otra vez a Randall.
Fue entonces cuando una muchacha, despreciando el peligro, se
interpuso entre los dos hombres, mirándoles a ambos con expresión
desafiante. Richard tuvo que entrecerrar los ojos para verla bien, y
en su frente se marcó una arruga al distinguir a Gizel.
—No sois más que unos asesinos —masculló la muchacha—.
Gentuza del Oeste, pistoleros que habéis ensangrentado esta tierra y
la habéis convertido en un infierno. Vivís de vuestros revólveres
mientras otros viven del arado y del hacha, mientras otros trabajan
para crear la riqueza que luego destruís. Paseáis por las calles de las
ciudades, como unos gallos de pelea, luciendo las muescas de los
revólveres, cuando en realidad les tenéis miedo. ¡Sí, miedo!
Incapaces de enfrentaros a la muerte cara a cara, la convertís en un
simple juego de azar. ¿Sabéis cómo se llama eso? ¡Suicidio,
cobardía! ¡Morir sin ni siquiera luchar! Soy muy insignificante, pero
eso mismo me hace útil para escupiros mi desprecio. ¡Ni ante una
simple muchacha de aldea aparecéis como hombres! ¡Sois…!
No pudo continuar. De repente, un sollozo la ahogó, y tuvo que
apartarse cubriéndose el rostro.
—Tienes razón, muchacha.
Richard la había mirado con simpatía, con una especie de nostalgia
en los ojos. La vio alejarse poco a poco y pensó en lo hermosa que
era y en lo hermosa que aún podía ser la vida.
¡Clic!
Randall había disparado otra vez. Se le secó instantáneamente la
boca al oír el chasquido, mientras los músculos del cuello de
Richard se ponían tensos.
Enderezó el revólver, apretando el gatillo.
¡Clic!
De nuevo aquel sonido fatídico, que deshacía los nervios. Ya sólo
quedaban cuatro recamaras por probar, y en una de ellas tenía que
estar la bala. Con los ojos brillantes como chispas, Randall disparó
otra vez. El chasquido pareció arañarle la garganta.
—Anímate, Randall. La próxima vez la posibilidad será de dos
contra uno.
—Si hay próxima vez…
La voz del pistolero había sido casi inaudible. En realidad, no había
querido decir aquello, pero lo pensó, y el nerviosismo hizo que
tradujera sus pensamientos en voz alta.
Richard disparó ahora y se produjo el chasquido. Randall aulló,
apretando frenéticamente el gatillo, y el «clic» saltó también al aire.
La tensión se había hecho insoportable. No sólo sudaban los dos
enemigos, sino que los rostros de todos los espectadores denotaban
un ansia que los hacía palidecer y que había vuelto transparentes
sus ojos.
Otra vez los campesinos se pusieron a cantar. Primero lo hizo la
mujer de las facciones místicas, luego los otros. Ahora iba a morir
un hombre y la canción empezó a acompañarle hacia la tumba.
—Dos probabilidades contra una. Randall…
Richard disparó y nuevamente el percutor golpeó una recámara
vacía. Una vez más, aquel alegre sonido que a todos exasperaba
saltó sobre el silencio.
—Esta vez tienes que acertar. Sólo quedan dos recámaras…
La voz de Richard fue increíblemente serena. Fue serena su
expresión cuando Randall apretó el gatillo. Ni un solo músculo de
su cuerpo se movió cuando un nuevo y último «clic» se extendió en
la calma azul de la mañana.
Ahora le correspondía disparar a él. Mientras enderezaba el
revólver, todos pensaron lo mismo: Randall estaba ya muerto. Era
completamente absurdo suponer que en dos revólveres distintos
cargados, con una sola bala cada uno, ésta hubiese de quedar en
ambos en la última recámara. La probabilidad de que ello ocurriese
era mínima, inapreciable casi. Richard también pensó lo mismo. Y
supo con toda certeza que ahora el disparo sería efectivo, que
Randall estaba tan muerto como si la bala le hubiese cercenado ya
la frente.
Le miró. El amo de Sutter no se movía, pero su barbilla temblaba
espasmódicamente. Temblaba también su mano derecha, con la que
empuñaba el revólver, mientras la izquierda sangraba lentamente,
empapando sus ropas.
—Reza, Randall.
Pero Richard, a pesar de estas palabras, no disparó. No podía
disparar contra un hombre a sangre fría, sin que el otro hiciera nada
por defenderse. Tenía que darle, al menos, una nueva oportunidad,
aunque hacerlo le costase una vida que ya estaba destrozada.
Levantó la mano izquierda e hizo girar el cilindro de un golpe seco,
provocando entre los espectadores un murmullo de asombro. Ahora
había perdido su oportunidad, ahora podría tal vez disparar cuatro
o cinco veces más sin que la bala apareciese.
Fue tal la sensación de seguridad que Richard Flanagan había dado
con aquel gesto, que Randall sintió acrecentarse su miedo y su
nerviosismo hasta llegar a un extremo intolerable. Se dio entonces
cuenta de que estaba realmente ante el «rey de Dallas» uno de los
pistoleros más temibles de Texas, un tipo que estaba, sin duda,
aliado con la muerte. No le importó en este momento perder todo
su prestigio ante los habitantes de Sutter y aparecer como un
cobarde el resto de sus días. Sólo vivir importaba, y el vivir
dependía de una sola recámara donde con toda seguridad estaba
alojada una bala. Apretando los dientes, levantó el revólver,
dispuesto a disparar aun cuando no le correspondía. Richard
adivinó la maniobra y se arrojó al suelo, aun sabiendo que no
podría esquivar el balazo. Sólo un disparo más rápido podía
inutilizar a Randall, pero ese disparo tenía una probabilidad de
efectuarse… contra cinco.
Los dos hombres apretaron el gatillo casi a la vez, pero Richard
Flanagan logró hacerlo primero. Morir o vivir. Todo dependía de un
solo movimiento de dedo. Dos detonaciones aullaron, y todos vieron
cómo el revólver de Randall saltaba al aire, al crisparse la mano de
su dueño. La bala silbó inútilmente sobre los tejados de Sutter,
mientras la que había disparado Richard le cercenaba la frente.
Los espectadores quedaron inmovilizados un momento y luego
corrieron hacia el caído. Richard enfundó el revólver, y con los
hombros hundidos, pensando en el destino que había hecho
detenerse precisamente ante el percutor la recámara cargada, se
dirigió hacia el extremo de la calle. Todos le dejaron pasar. Sólo
una muchacha tardó en apartarse cuando él cruzó por su lado.
Aquella muchacha era Gizel, y sus ojos taladraron el rostro del
hombre. Al fin, se hizo a un lado para dejarle pasar.
—¡Asesino! —dijo con voz sorda, cuando él siguió adelante.
CAPÍTULO IV

LA VUELTA DE RICHARD FLANAGAN

Sutter estaba situado en una zona de California rica en pastos, y,


por consiguiente, rica en caballos. Richard vio una buena manada
de éstos cuando ya sus piernas no le sostenían, al segundo día de
marcha.
Pudo haber reclamado su caballo en Sutter, pero no se atrevió a
hacerlo. Estaba seguro de que si continuaba cinco minutos más en
la población, alguno de los amigos de Randall le acribillaría por la
espalda. Salió, por tanto, a pie, emprendiendo la ruta de las
caravanas. En una de éstas, al fin del primer día, le dieron de comer
y beber, y le curaron los leves rasguños causados por las balas en
Sutter.
Cuando vio el grupo de caballos decidió cazar uno y para ello tuvo
que elegir el más viejo. Cazar sin lazo un potro joven, y domarlo
después, era empresa para perder demasiado tiempo. De modo que
se apostó sobre unas rocas cercanas a un riachuelo, y
pacientemente, aguardó a que los caballos acudieran. Cuando uno
de los tres o cuatro que mentalmente había elegido se situó bajo la
roca, Richard saltó ágilmente sobre su lomo, sujetándole por la crin.
Todos los caballos emprendieron un loco galope y el que él había
elegido trató de derribarle, sin conseguirlo. Estuvo galopando una
media hora, haciendo toda clase de tretas para derribar al jinete,
pero Richard, que se había criado entre caballos, no dejó. Al fin, el
animal se detuvo, reventado.
—Siento que a tu edad hayas tenido que hacer este esfuerzo —dijo
Richard, palmeándole el cuello—, pero presumo que después de
todo esto vamos a ser buenos amigos. Procuraré cansarte poco y
que no tengas queja de mí.
Con aquel caballo, más dócil y manejable de lo que Richard había
creído a primera vista, emprendió la larga ruta de Nuevo México,
atravesando la pequeña porción de terreno que mediaba entre
Sutter y la frontera de Arizona y luego todo este inmenso estado,
hasta llegar a la línea divisoria con Nuevo México. Durante este
camino trabajó en dos ranchos a fin de procurarse una silla, comida
y ropa nueva. En ninguno de ellos fue reconocido ni se le hicieron
preguntas inútiles. Arizona era tierra de hombres silenciosos,
porque los que hablaban demasiado corrían el riesgo de callar para
siempre. Al entrar en Nuevo México, Richard Flanagan tuvo la
sensación de volver a su auténtica patria. Allí se había casado, allí
había vivido con Ann y pensado construir un hogar. El destino le
había convertido en algo muy distinto a un buen esposo. Le había
convertido en el «rey de Dallas», que era como decir en el hombre
más temible de Texas.
Trató de olvidar mientras avanzaba por las rutas polvorientas,
donde sólo se encontraban a veces algunos miserables poblados
construidos con adobes. Trató de olvidar lo que no fuera su
matrimonio con Ann, sus proyectos para ser felices. Al fin y al cabo,
se dirigía a Santa Fe, a su hogar, donde aún tenía un sitio y aún
podría empezar una nueva vida. Pero conforme avanzaba hacia la
tumultuosa ciudad, sus recuerdos se iban haciendo más y más
amargos.
«Ahora hace dos años que me casé con Ann —pensaba—. Dos
años…».
Todo aquello le parecía absurdo y al mismo tiempo infinitamente
penoso. ¿Por qué había fracasado su vida? ¿Por qué esos dos años
se le aparecían en su memoria como un paréntesis negro que mejor
era olvidar?
Richard Flanagan reflexionó demasiado durante su largo camino.
Durante todo el día, a lomos de su viejo caballo, no hacía más que
pensar. Y durante las noches se sorprendía a sí mismo sin dormir,
atónito, contemplando las estrellas.
La certidumbre de que iba a ver pronto a Ann le producía una
emoción indefinible, que quería dominar a toda costa. Y esa
emoción era tanto más extraña por cuanto él reconocía que jamás
había estado verdaderamente enamorado de aquella mujer.
Ann era hermosa, tan soberanamente hermosa, que los hombres se
quedaban petrificados el mirarla. Cuando él la conoció parecía una
muchacha sencilla, parecía, además, estar enamorada… Ahora,
reflexionando, se dijo Richard que sólo la belleza de Ann le había
atraído, no un verdadero y auténtico amor. Pero eso importaba ya
poco.
Mientras recorría la ruta de las diligencias, Richard fue recordando.
Había bastado un mes de matrimonio para que Ann se manifestara
tal cual era: insolente, egoísta, cruel, dominada por la ambición más
brutal y más ciega. Richard aún creía estar oyendo, asombrado, sus
insólitas palabras:
—¿Que por qué te he escogido a ti? Porque eres el hombre más
hábil manejando el revólver que he visto en mi vida. Porque con tus
puños puedes deshacer al que se te ponga por delante, aunque sea
un titán. Por eso te he escogido, Richard Flanagan, no porque tu
corazón me importe, ni porque me importen tu vida ni tu miserable
sentido moral. Te he escogido por las mismas razones que el que va
a comprar un caballo elige el más sano y más fuerte. Contigo a mi
lado conseguiré lo que quiera. Porque tú has nacido para ser rico,
para vencer…
A cualquier hombre le halaga que le digan que ha nacido para
triunfar en la vida, para ser un vencedor. Pero Richard averiguó
bien pronto lo que Ann entendía por triunfar y vencer. Una semana
más tarde le propuso asaltar la diligencia de Denver. Él era valiente
y osado. Lo conseguiría.
—Pero ¿por quién me has tomado? ¿Crees que voy a convertirme en
un bandolero, en un asesino? ¿Hasta qué límites llega tu maldita
ambición?
—No pasarás nunca de ser un simple vaquero. No sacarás de la vida
otra cosa que un miserable jornal con el que ir subsistiendo. Esta
tierra es para los audaces, Richard. Sólo ellos conseguirán que aquí
se perpetúen su especie y su nombre.
Y Ann estaba tan hermosa al decir aquello, que aún hoy, al cabo de
dos años, Richard sentía una intensa emoción recordando sus
palabras.
—Hay muchas formas de hacerse rico sin necesidad de asaltar
diligencias.
Y durante unas semanas, Richard había pensado abandonar su
trabajo y buscar oro en California. Estaba casi decidido cuando le
hablaron de las excelentes pagas que obtenían los Rurales de Texas.
Marchó con Ann para alistarse en ellos, pero la mujer le abandonó
al cabo de diez días pretextando una enfermedad que la obligaba a
volver a Santa Fe. Richard nada dijo. Patrulló por Texas, se
convirtió en una especie de lobo solitario a quien se encomendaban,
las más difíciles y arriesgadas misiones. Trataba de no pensar y de
olvidar la conducta de Ann, la mujer a la que nunca podría
comprender. Por fin, la suerte se le presentó aún más negra: en un
accidente mató a uno de sus compañeros, que estaba bebido, y
todas las circunstancias le acusaron. Richard fue expulsado del
Cuerpo y perseguido. En estas circunstancias llegó a Dallas, la
floreciente ciudad sin conciencia y sin ley.
¡Dallas! Mientras recorría los conocidos caminos de Nuevo México,
Richard pensó en la ciudad maldita que él había visitado. Dallas era
el centro del pistolerismo de Texas y aun del vecino México,
ardiendo en guerras civiles. Dallas era una inmensa tumba abierta
para todos los que entraban en ella. Y la misma noche de su llegada,
él había empuñado las armas para vengar a una mujer a quien los
pistoleros habían ofendido y dado muerte. Tres víctimas ante sus
revólveres. Richard aún tenía que entrecerrar los ojos cada vez que
recordaba a los hombres cayendo, crispándose de dolor ante cada
nuevo balazo. Aquello le había enfrentado con una de las bandas
más poderosas de Dallas, dando lugar a una loca aventura que él
emprendió con la convicción de que iba a ser la última de su vida.
Pero la fortuna protege a los locos, y Richard venció. Los más
temibles pistoleros de Texas cayeron ante sus revólveres, y él se
convirtió en el «rey de Dallas», el hombre a quien todos los
millonarios ofrecían verdaderas fortunas para que se pusiese a su
servicio.
Cuando arrepentido y aburrido de todo, Richard volvió a Santa Fe,
Ann no pudo comprender que no se hubiera aprovechado de su
privilegiada situación y que volviera a la ciudad tan pobre como
había salido de ella. Eso escapaba a su comprensión. Y fue entonces
cuando Richard comprendió claramente que ella más amaba el
dinero cuanta más sangre hubiera costado, y cuando se dio cuenta
de que a su lado jamás podría ser feliz. No podría siquiera ser un
hombre honrado.
Pero estaba casado y había que aceptar las cosas como se iban
produciendo. Richard comprendió que no podría vivir en Santa Fe,
donde los pistoleros cruzaban apuestas para ver quién era capaz de
acabar con el «rey de Dallas», con el invencible. Tuvo que matar a
un hombre y huir. Ann no le siguió. Y entonces la idea de buscar
oro en California volvió a apoderarse del cerebro de Richard. Buscar
oro no era matar. Podía hacerse rico sin necesidad de derramar
sangre humana.
Un año y medio en California. Un año y medio dando tumbos por la
peor tierra de América para los que quisieran vivir en paz. Varios
muertos más en su camino, después de duelos que él no había
provocado. Nada de oro, nada de filones que sólo parecían haber
existido en sueños de los que creyeron descubrirlos. Y ahora, el
regreso. El regreso después de lo de Sutter, con la pena grabada en
el corazón y con atisbo de una vida mejor entrevista a través de los
ojos de Gizel, la mujer imposible.
En realidad, Richard aún quería salvar su matrimonio. Poco había
sabido de Ann desde que partiera, pero si un día la aceptó como
esposa, debía ahora atenerse a las consecuencias. La convencería
para que desistiese de su loca ambición. Tal vez ella, por sí sola,
habría cambiado.
Este pensamiento pareció dar nuevas fuerzas a Richard. Sí, era
posible que Ann hubiese cambiado.
Llegó a Santa Fe mes y medio después de su salida de Sutter. Y llegó
un día cuando ya empezaba a ponerse el sol. La ciudad resplandecía
de rojo, y en cada uno de sus tejados parecía haberse encendido una
pequeña hoguera.
Nadie parecía conocerle. Lentamente, al paso de su caballo, Richard
atravesó la ciudad. Sus recuerdos le llevaban ahora a Sutter y a la
pequeña celda que había compartido con Jerry Thompson. Iba
ensimismado, absorto en sus propios pensamientos. Parecía nada
más un relieve sin importancia, una sombra.
Llegó a la casa en que había vivido y la vio más hermosa y
adornada que nunca. Descendió del caballo, y conteniendo la
respiración, llamó a la puerta. Dos años de recuerdos le
acompañaban en este momento y parecían ahogarle. La misma Ann
le abrió. Llevaba un vestido blanco con amplio escote, sin apenas
mangas, y estaba más hermosa y arrebatadora que nunca. Ella abrió
mucho los ojos, asombrada, al verle, y dio un paso hacia atrás.
Richard la miró calmosamente, con admiración desde la punta de
los zapatos al níveo y fino escote. Y fue entonces cuando vio que
ella lucía el camafeo que él le había regalado tiempo atrás. Un
camafeo con el rostro de un Richard sonriente y joven que parecía
haber muerto ya. Magnífica prueba de fidelidad por parte de Ann
llevar aquel camafeo al cabo de tanto tiempo. Magnífica prueba de
fidelidad a no ser porque junto a éste, colgando de la misma
cadena, había un segundo camafeo con el rostro de otro hombre.
Y —los ojos de Richard se desorbitaron al comprobarlo—, aquel
otro hombre era Jerry Thompson, el ahorcado.
CAPÍTULO V

LA HORA DE LA VERDAD

Tuvo que cerrar los ojos mientras recordaba sus palabras de la


celda: «La Ann de que yo te hablo vive en Nuevo México. No iba a
ser la misma».
Al abrirlos, vio que la mujer había recobrado la serenidad. Le
sonreía de un modo encantador, inocente, y ya tendía hacia él
ambos brazos. Richard aceptó sus besos con los ojos cerrados,
pensando en Jerry y sintiendo un sabor a hiel en la boca.
—¡Richard! ¡Creí que no volverías jamás! ¡Oh, querido, qué feliz me
haces! ¿Has encontrado oro?
Él se apartó un poco de la mujer y contempló el hall de la casa,
ricamente adornado. Contempló los muebles de buenas maderas y
las cortinas de costoso terciopelo. Al marcharse, él no hacia dejado
la casa así.
—No parece que necesites mucho oro, Ann. Al parecer, tú lo has
encontrado ya.
La mujer cerró la puerta, mirándole sonriente. Era imposible
imaginar, viéndola, que en ella pudiese haber un doble fondo, y que
tras la belleza soberana de su busto pudiera existir un corazón tan
corrompido. Incluso el mismo Richard llegó a pensar per un
momento que todo era una diabólica casualidad, que Ann era una
mujer sencilla y pura.
—Tienes que pasar. No puedes quedarte aquí, Richard. Al fin y al
cabo, y aunque no la frecuentes, ésta es tu casa.
—Una casa que tú conservas magníficamente bien.
Se adentró, siguiéndola, por un corredor que casi no conocía, ya
que había sido modificado para darle mayor amplitud. Lujosos
muebles de estilo lo adornaban profusamente. Al fondo había una
sala suntuosa, instalada con los mejores muebles de Nuevo México.
Fue en aquel momento cuando la ira se apoderó de Richard.
Cuando se dijo que tenía que salir inmediatamente de allí o acabar
con Ann de un golpe en la nuca. Aquello era indigno, miserable, y si
seguía un instante más en la casa se convertiría en cómplice de la
mujer. Pero le detuvo únicamente la curiosidad, el deseo de saber
qué es lo que Ann diría para justificar todo aquello. Ella, adivinando
sus por otra parte lógicas sospechas, exclamó:
—Me he dedicado a negocios de ganadería durante todo este
tiempo. La época es buena y he tenido suerte. Más al oeste del
Mississippi sólo los audaces pueden vivir, Richard, y yo soy audaz.
Él se sentó en una de las butacas, teniendo cuidado de no
mancharla. Era una butaca tan solemne como jamás en su vida
había visto otra. Todo en la mansión era fastuoso, selecto, y cada
uno de los detalles proclamaba riqueza.
—Para iniciar un negocio de ganadería, hace falta mucho dinero,
Ann. ¿Quién fue tu capitalista?
Ella tomó asiento junto a él, en un brazo del sillón, y Richard vio
sus torneadas formas tan cerca que tuvo que apretar los puños para
contenerse y no abrazarla. El pensamiento de que aquella mujer era
su esposa le dejó perplejo, sobrecogido durante unos momentos.
—¿Quién fue tu capitalista, Ann?
—La baraja de póquer.
—¿Cómo?
Sí. Ann disfrutaba, sobre todo, de serenidad. Nadie hubiera podido
negarlo ni dejar de reconocer, además, que era una verdadera
artista.
—¿Jugaste aquí o en Arizona?
Richard miraba los dos medallones, aquella especie de colección de
hombres que Ann empezaba a ir formando sobre su pecho. Ella
adivinó también sus pensamientos esta vez.
—Hubo un momento en que pensé ir a California a buscarte. Al fin,
me habías abandonado y, aunque frecuentemente recibía algún
dinero tuyo, ésas no son las relaciones que deben mediar entre
marido y mujer. Llegué hasta Arizona, pero allí el viaje empezaba a
ser demasiado peligroso para mí. Estuve viviendo en Tucson. Ése
fue el lugar donde conocí a un ganadero que me dio buenos
consejos.
—¿Ese otro tipo que llevas colgado al cuello?
Antes de que le llegara la respuesta, Richard pensó con tristeza en el
trágico destino de Jerry Thompson. Había empezado colgando del
cuello de una mujer hermosa para acabar colgado de una horca. ¿Le
ocurriría a él lo mismo?
Ann estaba riendo. Sus carcajadas se le antojaron a Richard como
una profanación.
—Sí, y no te sorprenda —dijo al fin la mujer, mirándole con ojos en
los que había lágrimas de hilaridad—. Era tan bueno y tan
considerado conmigo que prometí dedicarle un buen recuerdo. Él
me regaló este camafeo y lo llevo. ¿Te sabe mal?
Richard estuvo a punto de oprimir el cuello de la mujer. Pero le
detuvo el pensamiento de que una escena así sería sencillamente
ridícula. Sería como la última reacción de su fracaso.
—¿Has vuelto a saber de ese hombre?
—¡Oh, no, Richard! ¡Yo no sería capaz!
Él sufrió un estremecimiento.
—¿Se llamaba Jerry Thompson?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Estuvimos unas horas juntos en una cárcel de California. Ese
hombre murió; puedes retirarlo de la colección.
—¿Murió? ¿Por… por qué?
Richard tuvo que cerrar los ojos y espirar hondo. ¿Por qué? Lo decía
como si ella misma no le hubiera arrastrado a la muerte. Como si
ella misma no fuera responsable de la vida que Jerry Thompson
había emprendido y que tan trágicamente terminó en la cárcel de
Sutter, California.
—No era mal muchacho. Debiste haberlo pensado antes.
Ann se sobresaltó.
—Tú sabes muchas cosas, Richard.
—Sé muchas menos cosas de las que un hombre honrado debe
saber.
En aquel momento oyeron ambos la puerta de la calle. Alguien,
provisto de una llave de casa, acababa de entrar en ella. Ann se
levantó del brazo del sillón donde estaba sentada y, mortalmente
pálida, miró a Richard. Éste no se movió. Un hombre avanzaba por
el pasillo, hacia la sala. Una amarga sonrisa se dibujó en los labios
de Richard.
—¿Otro camafeo para la colección, Ann?
El hombre entró en el salón. Era alto, joven y de una corpulencia
realmente asombrosa. Iba bien vestido, pero bajo la levita de buen
corte lucía dos revólveres con cachas de plata. En cada uno de ellos
había al menos siete muescas.
Ann, al verlo allí, recobró su serenidad casi en un instante.
—Éste es William Hant, mi socio ganadero —dijo sonriente—. Tal
vez lo hayas oído nombrar, Richard. Y éste es Richard Flanagan, mi
esposo.
—¡Ah! ¿El «rey de Dallas»?
Richard no se movió de la butaca. Echó un poco el cuerpo hacia
atrás y miró inquisitivamente al hombre. ¡Claro que había oído
hablar de William Hant! ¡Naturalmente que le conocía! Durante
meses y meses, cuando él patrullaba en los rurales de Texas, fue el
peor cuatrero contra el que tuvieron que luchar. Su sangre fría, su
audacia, la enorme crueldad de que rodeaba todas sus
intervenciones, le habían hecho respetado y temido en todas partes.
Muchas de las muescas en los revólveres correspondían a
compañeros de Richard, en los rurales. ¿Y esa hiena con forma
humana, ese monstruo cuya cabeza valía más que su peso en oro,
era el socio de su dulce esposa Ann?
—Debéis ser buenos amigos —sugirió ella sonriente—. Nos une una
sana relación de negocios.
—Ya.
Richard se puso en pie.
—¿Compra ahora todas las reses que luego vende, Hant?
El otro sonrió de una forma cínica, desafiante.
—Siempre lo hice… amigo.
William Hant se echó un poco hacia atrás, llevándose ambas manos
a la cintura, cerca de los revólveres, mientras Ann se apoyaba en la
pared, inquieta.
—He dicho que debéis ser buenos amigos —susurró—. Al fin y al
cabo, Richard, tú ya no tienes nada que ver con los rurales de
Texas. Y William es ahora un ganadero honrado, uno de los más
prestigiosos de Nuevo México.
Richard se estremeció.
—¿Él paga… todo esto?
No esperó la respuesta de Ann. Su brazo derecho salió disparado
hacia arriba, en forma de gancho, y el puño chocó como una piedra
contra el mentón de William Hant. Éste cayó hacia atrás y dio una
vuelta completa sobre el suelo, igual que si acabase de recibir la
acometida de un toro.
Pero Richard sabía que Hant no era flojo, y aguardó la respuesta.
Esta vino en forma de rapidísimo movimiento del brazo derecho del
caído, en busca del cercano revólver. Richard esperó a que la mano
lograse empuñarlo y entonces propinó un formidable punterazo a la
muñeca de su enemigo, haciéndole lanzar un aullido de dolor. El
revólver saltó por el aire y fue a chocar contra la pared, mientras,
Ann chillaba llena de angustia.
Richard volvió a mover la pierna, justo cuando su enemigo trataba
de incorporarse. La puntera de su bota se aplastó contra la
mandíbula de William Hant, partiéndola. Una bocanada de sangre
brotó de los labios del herido. Quiso insistir y ahora recibió el
puntapié en la nuca. Su cabeza chocó también contra la pared,
produciendo un ruido sordo. Pero ni aun así llegó William a perder
el conocimiento. Su mano izquierda extrajo el otro revólver y se
volvió con él a punto de disparar. Richard hizo fuego a través de la
funda, arrancándolo de sus manos.
—Nunca fuiste un hombre rápido, William Hant… Siempre matabas
por la espalda.
El cuatrero gateó en busca del revólver útil, mientras Richard se
acercaba a dos pasos de él y le propinaba un puntapié en la espalda,
haciéndole caer de bruces cuan largo era. William lanzó un aullido,
alcanzando al fin su revólver.
Con una rapidez increíble, teniendo en cuenta la violencia de los
golpes que acababa de recibir, se volvió e hizo fuego. La bala rozó
el hombro izquierdo de Richard, mientras éste «sacaba» y disparaba
también. La bala atravesó por completo la mano derecha del
cuatrero, que quedó tiesa y con los dedos completamente teñidos de
rojo.
—Esto no es más que una advertencia, William Hant. He podido
matarte, pero mi intención al volver a Santa Fe era vivir en paz.
Márchate de ésta, casa.
El cuatrero se levantó, con las facciones crispadas por el dolor. Y
entonces Richard miró a su esposa. En las facciones de ésta no había
la menor señal de congoja. Sencillamente miraba a William Hant
con un poco de conmiseración y desdén, como si acabase de
comprobar que había depositado su confianza en alguien demasiado
flojo, en alguien que no servía.
—Márchate de esta casa —repitió ella con voz sorda—. Y no
vuelvas a atravesar el umbral de su puerta.
William, como si acabase de recibir un mazazo en el cráneo, miró a
la mujer. Sus facciones se volvieron rojas por la ira.
—¡Miserable del que se fía de ti! —barbotó—. ¡Arpía!
Poco a poco, dejando un rastro de sangre en el corredor, se
encaminó hacia la puerta. Unos instantes después había salido de la
casa.
Ann miró dulcemente a su esposo.
—Ya has visto que sólo te quiero a ti —susurró—. Que ése nada me
importa.
Se acercó mimosamente a Richard y éste apretó los labios para no
decir lo que pensaba. Pero, sin que pudiera evitarlo, su brazo
derecho se movió. Y, aun en contra de su voluntad, pero siguiendo
un impulso que era incapaz de reprimir, su mano se aplastó contra
las facciones de Ann. De los labios de ésta comenzó a brotar un
débil hilillo de sangre.
Nunca había pegado a Ann. Nunca, ni en los más infernales días de
su matrimonio se había atrevido a hacer lo que ahora había hecho.
Por eso un temblor recorrió su espalda, mientras una garra fría
parecía arañarle el corazón.
—No eres más que un pistolero, Richard —dijo ella sordamente—,
un simple asesino.
Era la segunda vez que le llamaban aquello. Gizel también lo había
dicho, y también le había mirado con unos ojos donde se leían el
miedo y el rencor.
—Jamás he querido a otro hombre —declaró Ann, apoyándose en la
pared, mirándole con unos ojos obsesionantes donde parecía bailar
la tentación, donde había una irresistible y violenta hermosura—.
Jamás he amado a otro hombre, Richard, aunque las circunstancias
parezcan indicar lo contrario. Tú eres el que ha llenado de pasión
mis días y mis noches, el único que me ha interesado realmente,
aquél a quien no me ha importado entregarle mi cuerpo y mi sangre
para que hiciese de mí lo que quisiera. Pero yo tengo ambición,
Richard, y la verdad es que tú no has hecho de mí más que una
dulce e inútil esposa. Te has empeñado en tener moral en una tierra
donde no la hay, y has pretendido respetar y defender a los mismos
que te matarían si no fueses tan peligroso y tan fuerte. ¡Necio inútil
que debías haber permanecido en el Este, donde la vida de los
hombres, aún tienen algún valor! Lo que me ha empujado hacia un
camino que tú juzgas erróneo es el deseo de ser rica, de que las
otras mujeres me respeten y me envidien. Por eso he jugado con los
hombres y los he empleado para mis propósitos. ¿No conoces aún la
historia de mis padres? Los dos, que habían defendido la justicia,
murieron ahorcados por unos bandoleros, sin que nadie les
defendiera. ¿Cómo quieres que yo tenga fe? Uno de esos
bandoleros, que entonces era muy joven, vive aún. Es uno de los
ciudadanos más respetables de Santa Fe y se llama Samuel
Pinkerton. No te había explicado eso nunca, ¿verdad? No lo hice
porque no quería que lo matases. Conociendo el secreto de ese
hombre, lo tenía en mi mano para cuando fuese necesario…
Las manos de Richard Flanagan sufrieron un estremecimiento.
—Ann, ¿es posible que seas tan fría, tan calculadora?
—Lo soy, Richard, porque hace falta. Pero aún con toda mi
ambición, jamás te he engañado realmente. Jerry Thompson,
William Hant, no son más que sombras en la vida de una mujer que
te pertenece. —Se acercó a él—. Todavía podemos ser felices,
Richard. Tú y yo, juntos, todavía podemos tener el mundo a
nuestros pies…
Avanzó unos pasos y, antes que él pudiera evitarlo, sus brazos
rodearon el cuello masculino. Sus labios se posaron en las mejillas
del hombre una y otra vez, férvida y ansiosamente, entregándose a
él, haciéndolo suyo al mismo tiempo como una cosa amada.
—Ann, apártate…
Pero él no tenía fuerzas para separarla de su lado. Sabía que ella
había dicho la verdad, que los otros hombres no habían sido sino
sombras en su vida, insignificantes muñecos a los que había
utilizado sin concederles a cambio el menor favor. No obstante, uno
de ellos, después de haberla amado de buena fe, creyéndole soltera,
había muerto en la horca. Ann era dañina, convertía todo lo que
tocaba en muerte y en pecado.
Trató de apartarla de sí, pero nuevamente no pudo. La mujer seguía
besándole, continuaba ansiosamente abrazada a él.
—Te quiero, Richard, te quiero…
Él fue a abrazarla también. La tentación era demasiado fuerte, era
irresistible ya.
—Aún podemos dominar esta tierra —dijo ella con un hilo de voz
—. Todavía hay aquí oro a ganar, Richard, y aún puedo ser yo la
mujer más feliz, más temida, y tú…
—Y yo el hombre más miserable, ¿verdad?
La apartó de sí suavemente, pero con firmeza. Un rictus amargo se
marcaba en su boca. Ann no cambiaría nunca, no dominaría jamás
los negros impulsos de su corazón. Era una mujer decidida a todo.
—Más vale que no volvamos a vernos, Ann.
Terminó de apartarla de su lado y echó a andar hacia la puerta.
Ella, atónita, le vio alejarse sin comprender aún que había sido
vencida. Se puso a llorar y luego a maldecirle. Richard quiso no oír
nada, permanecer sordo e insensible a todo hasta franquear la
salida de la casa. Pero algo le apretaba el corazón y se lo hacía
sangrar poco a poco. Durante su largo camino desde California
había pensado mucho en la posibilidad de rehacer su hogar. Y
ahora se daba cuenta de que nunca lo conseguiría. Ahora acababa
de comprender que siempre caminaría solo y que en cierto modo, su
vida entera había terminado.
CAPÍTULO VI

LAS DEUDAS SIEMPRE SE PAGAN

Y lo peor de todo era que Richard Flanagan tenía sólo veintisiete


años, una edad demasiado hermosa para dar por perdidas todas las
ilusiones y renunciar a vivir.
Cuando salió de la hermosa casa que había sido su hogar y miró el
cielo que se iba oscureciendo, una pena infinita cayó sobre sus
hombros. Una angustiosa desolación hizo presa en él, que se sintió
como nunca derrotado y hundido.
Comenzó a andar por las calles de Santa Fe, la ciudad más
importante y más tumultuosa de Nuevo México. Su casa estaba
enclavada en el lugar más céntrico de modo que en las cercanías
abundaban los hoteles y los establecimientos de diversión. De ellos
partían alegres musiquillas y mujeres hermosas salían o entraban
acompañadas por hombres cuyos ojos brillaban encendidos de
deseo.
Richard, sin rumbo, fue caminando de un lado a otro. No podía
apartar de su mente la idea de que él, en Santa Fe, hubiese llegado
a ser un hombre de posición sólida, pues antes de su ingreso en los
rurales había estado considerado como uno de los mejores
especialistas en la conducción de hatos difíciles, y un insuperable
guía de las rutas hacia el Oeste. Pero eso, para Ann, no era más que
un porvenir mediocre. Ella aspiraba a poseer más que el banquero
Madford, el hombre más rico de la población. Y pensaba además
que lo que Madford había reunido con el trabajo de toda su vida y
de la vida de sus padres, podía ella reunirlo, con la ayuda de un
hombre audaz y dos revólveres, en un par de horas.
Deprimido y únicamente por distraerse, entró en un saloon. Era un
lugar elegante, frecuentado por bailarinas extranjeras y por la más
alta y viciosa sociedad de Santa Fe. En su barra se servían las
mejores bebidas y excitantes espectáculos. No le extrañó encontrar
allí a varios de los capitostes de la ciudad.
Sin querer prestar atención a nada, Richard pidió un whisky.
Una vez se lo sirvieron, se entretuvo mirando el escenario. Aunque
ahora acababa de dar comienzo el espectáculo, y actuaban las
artistas más mediocres, no dejó de reconocer que algunas eran de
gran belleza. Santa Fe había cambiado en dos años, haciéndose más
rica y más tumultuosa. Los establecimientos de diversión y los
garitos brotaban en ella como los hongos en un bosque húmedo.
Bebió aquel whisky y otro sin lograr quitarse aquel sabor amargo de
su boca. Con el vaso en la mano se acercó un poco más al escenario,
intentando distraerse. Actuaban en este momento cinco bailarinas
bastante provocativas. Una de ellas, muy joven, miró a Richard y le
sonrió. Él, sin ganas, correspondió a la sonrisa.
El número terminó en aquel momento, pero el público, con sus
aplausos y aullidos, obligó a repetirlo. Las bailarinas alzaron las
piernas de nuevo, y la más joven no dejó de mirar a Richard,
sonriéndole. Lo hacía con un especial candor y con un aire
provocativo a un tiempo. Sin duda le agradaba el aspecto del joven,
ya que su sencilla indumentaria indicaba que no era hombre de
fortuna. Richard pensó que aquélla era tal vez una muchacha
arrastrada allí por las circunstancias y que necesitaba ayuda.
Correspondió claramente su sonrisa.
—Vea bien dónde mete, las narices, amigo.
Las palabras fueron acompañadas de un violento pisotón que obligó
a Richard a encogerse. Vio entonces que estaba de pie junto a un
hombre elegante, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, el cual
se hallaba sentado a una mesa justamente frente al tablado de las
bailarinas. A esa mesa había sentados también otros dos hombres, y
todas las botellas que tenían ante sus ojos eran de bebidas caras.
Los tres miraron a Richard, sonriendo con una expresión insolente.
—He dicho que vea usted dónde mete, las narices, amigo. Hay tipos
que dejan manchas de baba allí donde se acercan.
Richard retrocedió un paso. Sus ojos miraban fijamente al hombre
que acababa de hablar y ni un músculo de su rostro se movía ahora.
—¿Qué es lo que tiene que ver eso conmigo?
El que había pisado a Richard echó un poco la pierna hacia
adelante, acomodándose mejor en la silla.
—Lo digo porque Irina Watson es mi protegida. Y no me gusta que
un baboso cualquiera le sonría. ¿Me entiende? En cuanto a ella, ya
se acordará de mí.
La música había cesado en este momento, al terminar el número, y
en el repentino silencio que se produjo las palabras del hombre
resonaban secas y duras como un trallazo. Todos los rostros se
volvieron hacia un mismo punto para contemplar la escena.
—Su protegida, ¿eh? ¿Y ya tiene bastante dinero para pagar una
belleza semejante?
El hombre se irguió, mordiéndose los labios.
—Sepa, caballerete, que soy una de las primeras fortunas de Santa
Fe. ¿No ha oído hablar nunca de Samuel Pinkerton?
—¡Samuel Pinkerton! —Las manos de Richard Flanagan se
crisparon en el aire, mientras se entrecerraban sus ojos.
—Y éstos —añadió el hombre, señalando a sus dos compañeros de
mesa—, son mi distinguido hijo Jonás Pinkerton y mi socio
Bradford, que al mismo tiempo es mi guardaespaldas profesional.
Los tres tiramos endiabladamente bien con el revólver. ¿Tiene ya
bastantes datos para saber quién va a marcarle la piel, forastero?
—No soy forastero. Simplemente ocurre que la gente no me
recuerda bien.
Jonás Pinkerton, el hijo del ex bandido, apoyó los codos en la mesa
y miró con más atención a Richard. Éste sabía que el joven que
ahora posaba los ojos en él no era más que un asesino y un
cuatrero, fiel continuador de los negocios de su padre.
—En efecto, no es un forastero —dijo Jonás con un soplo de voz—.
Es Richard Flanagan, el esposo de Ann. —Y añadió con sorna,
llevando las dos manos al cinto—: ¿No le da miedo tener una mujer
tan guapa… y tan asequible?
Los pulgares de Richard Flanagan pasearon por el cinto, como
contando las cápsulas, y luego quedaron quietos.
—Tengo dinero justo para pagar tres ataúdes —susurró—. El
primero será el más lujoso. ¿Quién lo prefiere?
Los tres hombres tenían las manos debajo de la mesa. Richard sabía
que habían empuñado los revólveres ya.
—Arrancadle las orejas… —decretó Samuel Pinkerton—. De
momento sólo eso. Quiero verle sin orejas. Quiero llevarlo ante su
mujer y que se ría contemplándolo.
Richard había decidido tirar bajo, pero ahora cambió de idea.
Esperó a que le acometieran. Jonás fue el primero que lo hizo.
Se levantó mientras con la rodilla echaba la mesa hacia adelante.
Sus dos revólveres hicieron fuego a un tiempo, pero Richard se
había encogido ya. Ambas balas rozaron su cabeza, mientras él
hacía fuego una sola vez. Jonás Pinkerton lanzó un alarido de dolor,
mientras soltaba los dos revólveres y se llevaba ambas manos a un
lado de la cabeza, con la boca abierta por la angustia, cortada la
respiración. Su oreja izquierda había saltado limpiamente arrancada
por la bala.
—Ahora la derecha… hijo mío.
Pero en realidad, Richard no se preocupaba ya de aquel enemigo.
Había hablado sólo para desorientar a los otros. Sabía que alguno
de ellos o los dos reaccionaría cuando desapareciese el asombro en
que les había sumido el increíble disparo de Flanagan. Y no se
equivocaba: Bradford se movió, levantando el revólver derecho.
Richard se lo arrancó de las manos de un limpio disparo, pero
cuando el otro, sobreponiéndose al dolor, levantó el izquierdo,
Richard decidió no perder más tiempo en delicadezas. Una nueva
bala le atravesó el cerebro de parte a parte.
Quedaba Samuel Pinkerton, pues Jonás, transido por el dolor,
gateaba por el suelo lanzando alaridos. Samuel Pinkerton, el
«respetable», el asesino de los padres de Ann. Richard, muy
suavemente, amartilló el revólver.
Varias voces se alzaron entonces, como si de repente todos le
hubieran reconocido.
—¡Cuidado, Pinkerton! ¡Es el «rey de Dallas»!
—¡Debieron darse cuenta antes de provocarle!
—¡Huye, Pinkerton!
El revólver de Richard Flanagan se movió muy suavemente de un
lado a otro como abanicando el aire.
—Aún puede salvarse, Pinkerton. Diga ante todos, en voz bien alta,
que sólo es un asesino y un miserable cuatrero y luego lárguese de
aquí. Llévese esa basura: a su guardaespaldas y a su hijo.
Pinkerton comenzó a sudar. Las gotas nacían en sus sienes y
resbalaban por sus mejillas dejando en ellas un surco helado.
—No puedo decirlo porque… no es cierto —logró balbucir.
Richard enfundó el revólver.
—No hablemos más, Pinkerton. Voy a darle una oportunidad para
defenderse porque yo no soy un asesino como usted. ¡Saque!
El potentado no lo hizo. Se limitó a arañar el aire con los diez
dedos, angustiosamente.
—Yo… Yo…
Richard estaba acostumbrado a tratar a hombres como él y
comprendió en aquel instante que Pinkerton no estaba tan asustado
como para adoptar aquella actitud ridícula. Esperaba ayuda de
alguien y por eso estaba intentando ganar tiempo. Se puso en
guardia, pero no imaginó que el peligro estuviera tan cercano.
—¡Cuidado!
Era una voz proveniente del escenario la que le había advertido.
Richard, sin mirar hacia allí, comprendió que se trataba de la
bailarina. Echándose al suelo, desenfundó su revólver, mientras oía
un silbido junto a su cabeza. El hombre que había disparado era un
tipo de unos treinta años, vestido de negro. Una segunda bala
penetró en el muslo izquierdo de Richard, pero saliendo casi junto
al orificio de entrada y produciéndole poco más que un arañazo. El
hombre de negro distendió sus labios en una sonrisa y disparó otra
vez. Lo hizo al aire. Una bala de Richard le había atravesado antes
el corazón, y el hombre de negro cayó rígido al suelo, con el brazo
extendido y como si aún fuese a tirar de nuevo.
Samuel Pinkerton pudo haber matado a Richard en aquel momento,
pero por un lado creyó que podría hacerlo su compinche, y por otro
le cegó el deseo de vengarse de Irina, la muchacha a la que había
perseguido incesantemente, colmándola de regalos con un propósito
bien claro, y que ahora había puesto sobre aviso a su enemigo
mientras le dirigía a él una mirada de odio. Con los dientes
apretados disparó contra la muchacha, atravesándole el corazón.
Irina cayó sobre el escenario entre un grito de horror de la
muchedumbre. Cayó con los brazos cruzados sobre el pecho y con
los ojos vueltos hacia Richard.
Cuando Pinkerton dio un giro a su revólver vio que Richard
Flanagan, el «rey de Dallas», ya le estaba apuntando. Y leyó la
muerte en sus ojos, en el rictus frío de su boca. Ahora Pinkerton
comprendió que nada podría salvarle y ni siquiera pensó en
emplear su revólver. Se puso a chillar como una mujer. Estuvo a
punto de caer de rodillas. Se tapó los ojos para no ver la muerte.
—¡No! ¡No dispares! ¡Nooo!
La voz del «rey de Dallas» resonó lenta y solemne como si
pronunciara el versículo de un funeral.
—Nunca he matado a nadie que no me hiciera frente, Pinkerton,
pero voy a hacerlo ahora. Y voy a emplear más de una bala en
marcar tu delicada piel. Tú mataste a los padres de Ann y eran dos.
Dos balas…
Apretó el gatillo y dos botones rojos se marcaron en la inmaculada
camisa de Pinkerton.
—Otra por esa muchacha…
La bala atravesó el estómago de Pinkerton. Richard extrajo su otro
revólver, pues había agotado ya las municiones del primero.
—Y otra por mí, miserable…
La última bala atravesó una cabeza. Samuel Pinkerton cayó con las
dos manos unidas en un gesto implorante, pero con un rictus de
odio en su boca. Cayó para siempre como un asesino cobarde.
Richard se levantó y con su revólver cargado hizo un rápido
movimiento de abanico de un lado a otro de la sala.
—¿Hay aquí algún médico?
Se adelantó un hombre ya entrado en años, mal vestido.
—Mire a ver si esa muchacha vive aún.
Se hizo en la sala un expectante silencio. El hombre llegó hasta el
escenario y subió a él. Pudo oírse incluso el roce de sus botas sobre
la madera.
—Está muerta. Nada se puede hacer por ella.
Richard empezó a retroceder hacia la puerta, encañonando a todos.
—Voy a salir. Aquel que se mueva hará compañía a esos hombres.
El sheriff se despegó entonces del grupo de mirones. Ahora, cuando
ya no era necesaria su intervención, sacó a relucir la estrella de su
chaleco.
—Samuel Pinkerton era una personalidad aquí, y su muerte será
vengada. Haré que le prendan, Richard Flanagan.
El joven retrocedió un paso más, sin dejar de encañonar a todos.
Pero ahora sus ojos estaban principalmente atentos a cada
movimiento del sheriff.
—Comprendo. Él era una personalidad y yo no soy más que un
pobre desdichado. No importa quién tenga la razón. Pero si en algo
aprecia su vida, y al parecer la aprecia mucho, no intente seguirme
ahora, sheriff.
Sus espaldas tocaron los batientes de la puerta. Los empujó
rápidamente y salió, encogiéndose, pero en vez de huir a lo largo de
la calle, como parecía lógico, se quedó pegado a un lado de la
puerta, con el revólver a punto. Se armó inmediatamente un gran
revuelo en el interior del local y dos hombres salieron corriendo.
Richard, inclinando un poco el revólver, apretó dos veces el gatillo,
y dos piernas fueron atravesadas. Antes que pudieran darse cuenta
de lo ocurrido, los dos hombres estaban ya en el suelo, inutilizados
para andar. Los dos disparos se oyeron perfectamente desde el
interior, y por debajo de los batientes se vio a los dos hombres
retorciéndose de dolor. Aunque Richard había indicado con
aquellos dos disparos su intención de no matar más, nadie resolvió
probar fortuna. Todos los hombres que estaban dentro del local,
incluido el sheriff, permanecieron quietos.
Richard echó a andar a lo largo de la calle, sin apresurarse. Frente a
la casa de Ann estaba aún su viejo caballo. El joven lo montó y salió
al trote, haciendo esfuerzos inauditos para no mirar hacia atrás. No
quería llevarse de Santa Fe ningún recuerdo porque sabía que no
volvería jamás a la ciudad. Que ya nunca podría volver a ella.
CAPÍTULO VII

UTAH

Los golpes resonaron secos sobre la madera, haciendo retemblar la


valla. Luego, el agente del sheriff se volvió, alejándose. El cartel
quedó sólidamente clavado sobre las tablas.
El pequeño grupo de hombres y mujeres que se había formado en
derredor fue acercándose al cartel, y ojos donde la curiosidad se
mezclaba a cierta ansia lo recorrieron de lado a lado. No era
frecuente que en el pacífico condado el sheriff ofreciese
recompensas por la cabeza de un hombre, y por eso aquel cartel
había llamado tan poderosamente la atención de todos.
Gizel estaba en primera fila. Sus limpios y transparentes ojos
miraron con consternación el rostro que había grabado en el cartel.
Conocía aquellas facciones. Las había visto por primera vez en
Sutter, en California, y ya no las olvidó.
Leyó el texto, mientras una mueca de dolor se dibujaba en sus
labios.
«Se ofrecen 1000 dólares por la captura de Richard Flanagan, vivo o
muerto. Está reclamado en todo el estado de Nuevo México por
asesinato, así como en California y Texas por los mismos motivos. A
su entrada en Utah ha sido declarado fuera de la ley por las
autoridades. Así mismo se premiará con 200 dólares a cualquier
persona que facilite noticias sobre su paradero o coopere a su
captura en forma activa».
El daguerrotipo de donde había sido reproducido el rostro de
Richard era limpio y bien conseguido. Richard se mostraba en él
sonriente, alegre, confiado. Ver debajo la cifra de la recompensa
causaba una brusca sorpresa, una especie de dolorosa desazón.
Gizel dio media vuelta y se alejó poco a poco del grupo. Sus pasos
la llevaron hacia el sendero húmedo de la montaña. Acababa de
llover y la tierra estaba fresca, jugosa. La hierba brotaba en ella con
una extraña potencia. Toda la primavera se anunciaba con un vigor
inusitado y casi salvaje, con una violencia que a Gizel le encogía el
corazón. Porque era como si en aquel rincón donde todo
proclamaba la vida se hubiese alentado de improvisto la muerte.
Gizel iba a cumplir veinte años. Veinte años de soledad, de silencio,
de permanecer encogida en sí misma, sin más horizontes que la
práctica de la virtud. En su vida igual no había más emociones que
las de aquel extraño día de Sutter. Ni más hombres que Richard
Flanagan, el odioso, el asesino cuya cabeza estaba puesta a precio.
Llegó a su casa, construida con troncos por sus padres quince años
atrás. Nada había variado en ella. En un rincón la chimenea con las
viejas escopetas de caza. Sobre una mesa de roble la vieja Biblia
familiar, con bordes de piel desgastados por el tiempo y por el uso.
Tres generaciones habían conocido a Dios a través de ella. El
dormitorio de Gizel era sencillo, pero resultaba la pieza más
confortable de la casa. En los crudos inviernos de Utah la nieve casi
cubría la única ventana, y Gizel había pensado muchas veces que
era hermoso verla desde el interior y pensar en lo que iba a ser su
vida. En cierto modo, Gizel se sentía como una chiquilla a la que le
gustaba soñar. Su soledad le había acostumbrado a ello.
Llegó a la casa y abrió la puerta. Inmediatamente notó algo que no
era normal, que estaba en el aire como una amenaza, aunque sin
poder precisar en qué consistía… Tal vez era simplemente olor a
hombre. Un olor al que Gizel no estaba acostumbrada. Temblando,
llena de inquietud, cerró la puerta a su espalda.
Fue entonces cuando le vio. Él estaba tendido sobre su propio lecho
y parecía dormir. Llevaba barba de varios días, y su camisa estaba
rota por dos sitios. Sus cintos con dos revólveres colgaban del
respaldo de una silla, junto a su mano derecha.
Gizel ahogó un grito. Sus manos temblaron en el aire.
—¡Usted! —susurró—. ¡Usted!
Pero la voz no había brotado de su garganta. El hombre seguía con
los ojos cerrados y ajeno, al parecer, a su presencia.
Cautelosamente, sabiendo lo que se jugaba con aquel acto, Gizel se
acercó al lecho y retiró los cintos con las armas. Luego empuñó un
revólver y lo amartilló suavemente.
—¡Levántese! —chilló—. ¡Con los brazos en alto!
Richard Flanagan elevó los párpados. No levantó los brazos ni hizo
movimiento alguno de alarma o de sorpresa. Pero sus ojos revelaron
cierto asombro al contemplar a la muchacha.
—¡He dicho que se levante!
—Estoy bien así.
Gizel enderezó un poco el revólver.
—¡Soy capaz de disparar!
—¿Lo ha hecho alguna vez?
Ella se mordió los labios. La flema de aquel individuo le hacía más
odioso, más siniestro a sus ojos.
—Aprender no cuesta mucho. Se aprieta simplemente el gatillo…
así.
La detonación hizo temblar los cristales. La bala se empotró en la
almohada, junto a la cabeza de Richard, quien no se movió.
—Comprendido. No has tirado a matar. Pero lo harás la próxima
vez, ¿no es eso lo que has querido indicarme? Habrá que hacerte
caso; veo que sabes manejar las armas.
Lentamente se puso en pie. Gizel vio entonces que el joven estaba
cubierto de polvo y que su actitud denotaba un gran cansancio, una
inmensa pesadumbre.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—No sabía adónde ir. Me han perseguido en dos estados y me he
visto obligado a robar caballos. Pero no he matado a nadie desde
que salí de Santa Fe. Poco a poco me han ido empujando, y en
cierto modo puedo decir que no he sido yo quien ha elegido el sitio
donde estoy ahora.
—¿Pero por qué esta zona? ¿Por qué este lugar de gentes de paz?
—A veces uno se siente atraído por cosas insignificantes y
probablemente estúpidas. Yo me sentía atraído por un recuerdo. No
sé cómo ni por qué, pero así ha sido.
—¿Por… por mi recuerdo?
—Sí. Y me atraía esta tierra precisamente por ser tierra de paz. Eso
ha sido todo.
La muchacha, sin darse cuenta, bajó el revólver. Nunca se había
visto en una situación así y no sabía, en realidad, qué era lo que
convenía hacer.
—¿Sabes que tu cabeza está puesta a precio?
—Lo sé.
—¿Y que han puesto ya pasquines anunciándolo en todo el
territorio del condado?
—He visto y arrancado algunos de ellos.
Gizel, consternada, se dejó caer sobre la silla. Todo esto era
abrumador para ella, y no sabía cómo actuar. Pero se dijo que debía
entregar a aquel hombre.
—Mi obligación es dar cuenta al sheriff de tú presencia en esta
zona. Constituyes un peligro para todos, y nadie me perdonaría si
no obrase así.
Richard volvió a tenderse en el lecho y se llevó una mano a la
frente.
—Hazlo; yo no voy a impedírtelo. Sólo he entrado aquí para
descansar. No podía más.
—¿Y sabías que ésta era mi casa?
—No; entré porque no había nadie en ella. Entonces vi un retrato
tuyo en una de las paredes. Y me quedé.
Gizel torció los labios en una mueca de desprecio.
—Muy razonable. Has elegido la casa de una mujer indefensa para
guarecerte en ella. Eres un valiente, Richard.
—Nunca he pretendido serlo. Pero debo manifestar en mi disculpa
que no he entrado aquí para escudarme en tu debilidad.
Sencillamente he pensado que, si alguien había de entregarme, sería
más bonito que lo hicieses tú.
Gizel se mordió los labios, perpleja.
—No me convencen tus equívocos ni las frases con que intentas
hacerte simpático. Sé que es el diablo el que habla por tu boca. Es
mi obligación delatarte y te delataré.
Poniéndose en pie, se dirigió hacia la puerta, sin soltar los
revólveres. Pensó que Richard intentaría evitar su salida e incluso
hizo un gesto de alarma, previniéndose, al oír un ruido a su espalda.
El hombre, simplemente, había vuelto la cabeza hacia la ventana,
cerrando nuevamente los ojos. Nada hizo para impedir que ella
llegase hasta la puerta.
Gizel sintió que aquello era cobarde por su parte, y que no podía
condenar a un hombre a muerte, con aquélla frialdad. ¡Si al menos
él la hubiese insultado, si hubiera tratado de oponerse!
—¿Dónde está tu caballo? —preguntó, esperando oír de sus labios
alguna frase agresiva.
—Tuve que matarlo sin hacerle sufrir a unas veinte millas de aquí.
Era ya muy viejo y estaba reventado. Además, se le había roto una
pata.
—¿Y has andado veinte millas?
—Eso es. Todo el sábado por la noche. He llegado aquí cuando
todos los campesinos os dirigíais al oficio religioso.
La muchacha abrió la puerta, pero se detuvo en el umbral. No podía
hacer aquello, aunque fuese su deber. Pensó que si entregaba a
aquel hombre a la horca sentiría remordimientos durante toda su
vida.
—Tienes que marcharte —dijo de repente—. Yo te prestaré un
caballo.
Pero de improviso recordó que el sheriff y sus hombres estarían
patrullando por las cercanías y que él sin conocer bien el país, no
podría escapar. Dejarle un caballo sería, además, también, una
prueba contra ella.
Se mordió los labios, presa de desesperación y hundida en un mar
de contradictorios sentimientos.
—No, no te prestaré el caballo —decidió al fin—. Te delataré.
Salió de la casa y echó a andar hacia la población por el húmedo
sendero de la montaña. Dos veces volvió la cabeza para ver si el
hombre la seguía, pero no advirtió el menor movimiento en la casa.
Gizel echó a correr, ansiosa por llegar antes, y al mismo tiempo
siguiendo un oscuro impulso, como si quisiera huir de sí misma.
Estuvo corriendo durante largo rato, hasta que le faltó el aliento.
Entonces se sentó en una piedra redonda del camino y, con la
cabeza entre las manos, se puso a llorar. No trató de evitarlo porque
supo que así calmaría su insoportable tensión nerviosa. Por fin se
serenó, tratando de ver las cosas con más calma.
Estaba sola y la envolvía una serenidad augusta. Las nubes negras
que cubrían el horizonte y avanzaban hacia el valle lo hacían todo
más recogido, más silencioso y quieto. Gizel se sintió sobrecogida
por la misma calma que respiraban todas las cosas. Aquella calma
que en su vida se había roto por la llegada de un pistolero como
Flanagan.
Una larga hora permaneció en aquel lugar, quieta, sin atreverse a
retroceder ni a llegar hasta el poblado para dar la alarma al sheriff.
Al fin, empezó a llover. Gizel, con la cabeza hundida entre los
hombros, se dirigió de nuevo, lentamente, hacia la casa.
Había tomado una decisión. Permitiría que Richard se cobijase allí
hasta la noche y, al oscurecer, si como era probable continuaba la
tormenta, le prestaría un caballo para que escapase, haciéndole
además un plano de la comarca. En una noche de tormenta el
sheriff y sus hombres no se entretendrían en pasear por las
montañas.
Llegó completamente empapada junto a la vieja casa de troncos. Y
entonces vio ya algo extraño. La cuchilla del arado había sido
afilada.
Gizel entró en la casa y no vio en ella a Richard. Atónita, fue a la
cuadra, encontrándole allí. El pistolero estaba herrando uno de los
dos caballos de que Gizel era dueña.
—Pe… pero… ¿por qué? —comenzó la muchacha.
Él se secó el sudor de la frente. Su camisa, además de rota, estaba
sucia ahora. La llevaba abierta y con las mangas recogidas sobre los
brazos.
—Aquí hacía falta un hombre —dijo sencillamente—. Hay muchas
cosas rotas que por ti sola nunca podrás arreglar. Bien, ¿ya has
avisado al sheriff?
Gizel sintió que se le encogía el corazón. ¡Él había estado
trabajando en la casa mientras ella acudía a delatarle!
—No debiste hacer esto —susurró—. Ahora lo has convertido todo
en algo mucho más penoso.
Él dejó de trabajar, alzando la cabeza.
—¿Por qué? Hagas ahora lo que hagas, yo tenía una deuda contigo.
En Sutter, si no recuerdas mal, me salvaste la vida. Considero que lo
menos que puedo hacer para pagarte es arreglar todo esto mientras
tú avisas a los gorilas.
Gizel se apoyó en la puerta. No podía apartar los ojos de la figura
de Richard Flanagan ni podía substraerse a la honda emoción que el
hombre le producía, una emoción que ya había sentido en Sutter y
que muchas veces había recordado, durante sus noches de soledad.
—Sí, aquí hace falta un hombre —asintió en voz baja, sin darse
siquiera cuenta de lo que hablaba—. Siempre pensé en ello.
Richard terminó de herrar el caballo. Se pasó otra vez la mano por
la frente, para secarse el sudor.
—No faltará en esta tierra quien quiera hacerte compañía. No te
preocupes por eso, muchacha. Solamente he arreglado unas cuantas
cosas para que el que venga a vivir contigo no tenga tanto trabajo.
Gizel rehuyó su mirada.
—Es que nadie va a venir a vivir aquí. Es que no me he enamorado
nunca.
—¿Nunca? Es extraño. Pero, en fin, no es ésta ocasión para hablar
de sentimientos. ¿Has encontrado al sheriff en su oficina?
Gizel no contestó. Hizo una extraña pregunta:
—Y tú, ¿no te has enamorado nunca?
—Yo… yo estoy casado ya.
Sufrieron un estremecimiento los hombros de la muchacha.
—¿Casado? ¿Cuándo?
—Lo estaba ya cuando me viste huir de la cárcel de Sutter. Entonces
hacía dos años.
Acarició al caballo y volvió a atarlo al pesebre, dando la espalda a
Gizel. Ella se sintió aliviada; no podía resistir la intensa expresión
de sus ojos.
—De todos modos —musitó, bajando la voz—, yo no puedo
delatarte. No podré hacerlo nunca.
CAPÍTULO VIII

GIZEL

Él se volvió. Sus ojos buscaron los de la muchacha, pero vio que ella
miraba obstinadamente al suelo.
—¿Y por qué no has de delatarme, Gizel? ¿No considerabas que ése
era tu deber?
—Porque no quiero verte ahorcado. Yo no sé lo que tú has hecho,
Richard, pero sé que no quiero verte ahorcado.
Después de aquellas palabras, ella alzó la cabeza para mirarle. Y
Richard se dio cuenta de que en los labios de Gizel aleteaba una
dulce sonrisa, y de que en sus ojos había una nueva luz. Se dio
cuenta de que la muchacha era más hermosa que la primavera
sobre los campos, más sugestiva que el crepúsculo… y más
tentadora que el diablo. Porque había en Gizel algo que dominaba
la voluntad, que ponía en tensión todos los sentidos, sin que se
supiera en qué consistía. Si en su juventud, su dulzura o la belleza
clásica y perfecta de su cuerpo. Richard había tenido aquella
sensación la primera vez que la vio, pero sus sentimientos fueron
ahora tan intensos que tuvo que sobreponerse cerrando los ojos.
—Creo que debo marcharme, Gizel —dijo—. Creo que es mejor que
me largue con viento fresco por allí, a cazar liebres en el bosque.
Ella se acercó un poco, con las manos enlazadas a la espalda.
—No lo hagas hasta la noche. Richard. Sé que el sheriff y sus
hombres están patrullando. Te matarán si dan contigo.
Hubo un momento de silencio entre los dos. Y oyeron entonces,
sordo y uniforme, el monótono rumor de la lluvia. Lo oyeron como
un sonido que les aislase del mundo y que los enfrentase para
siempre a los dos.
—Entré aquí a descansar porque no podía dar un paso más, Gizel,
pero comprendo que éste no es mi camino.
—Lo será hasta que anochezca, Richard.
Había una sorprendente obstinación en la voz de Gizel. Se aferraba
a la presencia del hombre con un interés que no podía disimular,
aunque lo estaba intentando. Era como si, de repente, todo lo que
había pensado en sus noches de soledad se materializase ante ella:
un hombre como Richard Flanagan, un rostro como el suyo, unos
labios y unos ojos como los suyos. Con todas las fuerzas de que
disponía trató de resistir la sugestión que el hombre ejercía sobre
ella, pero el resultado fue dar un paso más hacia adelante.
—Necesitas descansar…
Richard se dio cuenta de lo que ella sentía. Y de repente le pareció
muy niña, muy inocente. Demasiado inocente para vivir allí.
Preguntó:
—¿Cómo es la gente de este lugar? Quiero decir la gente de la
población, la que rodea al sheriff y la que lucha contra él.
—Aquí nadie lucha contra el sheriff. Ésta es tierra pacífica, sana.
Las mujeres se casan jóvenes con hombres a los que han conocido
durante toda su vida y luego se dedican a su trabajo y a sus hijos. A
nada más.
—Pero tú no te has casado, pese a ser la mujer más hermosa de esta
tierra. ¿Por qué?
Gizel bajó la cabeza.
—No lo sé. Aceptaba la compañía de un muchacho antes de ir a
Sutter. Pero desde que volví no puedo soportar su presencia. No sé
por qué.
Richard tragó saliva. Algo nacía en su corazón en aquel momento, y
no le gustaba. Porque, aunque sólo tuviera veintiséis años era ya un
hombre con la vida a punto de acabar. No le gustaba aquella ansia
de existir, de amar, que germinaba en su pecho. Ni le gustaba ver a
Gizel tan hermosa, ésa era la verdad. Echó a andar hacia la puerta,
tras dar una palmada a las ancas de los caballos.
—Ahora llueve y no me buscarán. Me largaré.
Gizel siguió tras él.
—Quédate, al menos, a comer algo.
Él tuvo que aceptar. No había probado bocado durante el día
anterior y ahora el hambre y la debilidad eran ya irresistibles.
Comprendió que si no se reanimaba un poco no llegaría lejos.
—Está bien. Gracias.
Entraron de nuevo en la casa, y Gizel se dio cuenta de que iba
empapada. Aún llevaba los cintos con los revólveres en las manos;
al advertirlo los depositó, sonriendo, sobre una de las sillas. Richard
sonrió también.
—Bueno, voy a cambiarme.
De repente advirtió lo que había dicho. «Voy a cambiarme». Se puso
mortalmente pálida y miró a Richard. Éste esquivó su mirada. Y
entonces Gizel se puso roja como las amapolas. Empezaron a
temblar sus labios. Al fin corrió a encerrarse en su dormitorio,
respirando fuertemente.
«No ha estado jamás en compañía de hombres, pensó él. Y entonces
sus pensamientos le llevaron junto a Ann, y se dio cuenta del
abismo sin fondo que separaba a las dos mujeres».
Cosa extraña, esto le incitó más que nunca a separarse pronto de
Gizel. Él estaba como marcado por la huella de Ann y ensuciaba
cuanto rozaban sus manos. Gizel era pura y debía conservar su
pureza. No podía consentir que su contacto la turbase, que le
hiciese perder la serenidad y la calma a que tenía derecho.
Resolvió que se marcharía inmediatamente después de comer.
Pero a primera hora de la tarde ocurrieron en la comarca sucesos
que hicieron variar por completo la marcha de los acontecimientos.
***
Todo empezó cuando alguien llamó a la puerta. Estaba lloviendo
aún y era extraño que cualquier persona se acercarse hasta aquel
lugar aislado, a no ser por algo muy urgente.
—Debe de ser alguno de mis vecinos. Ocúltate.
—¿Dónde?
Temblaron los labios de Gizel.
—En… en mi dormitorio.
Richard aceptó, e inmediatamente Gizel se dirigió a abrir la puerta.
Era uno de sus vecinos, un anciano chismoso llamado Queck.
—Han ocurrido cosas, Gizel. Cosas importantes y al mismo tiempo
horribles.
—¿Cómo?
—Sí, horribles, hija. Te lo dice el viejo Queck. Aseguran que se ha
descubierto plata en Pie Azul.
—¿Plata? ¿Es cierto?
—¡Hum! No sé. Dicen. Pero han hablado de filones intactos de
plata. De riquezas para todos. Y hay algo que lo demuestra.
—¿Qué?
—Que ya han matado al sheriff.
Gizel tuvo que apoyarse en la puerta. Llevaba veinte años allí y
jamás había escuchado una cosa semejante.
—No… no es posible.
—Han llegado bandidos a la región, atraídos por la noticia. Tú no la
conocías porque los que descubrieron los filones fueron los
hermanos Wander. Con el mayor secreto fueron a Salt Lake City
para registrarlos a su nombre. Pero cuando volvían con los títulos,
esos bandidos les dieron alcance y los mataron. Hace una hora han
llegado a la población, acabando con el sheriff y dos de sus agentes,
y por eso se ha sabido la noticia.
Gizel estaba mortalmente pálida.
—No lo comprendo. Esa clase de gentuza jamás se había asentado
en la comarca.
—Porque parecía pobre. Pero si es cierto que aquí hay plata, ésta se
convertirá en tierra maldita.
Gizel, asombrada, se llevó la derecha a la frente. No sabía qué decir
y no era siquiera capaz de permanecer quieta junto a la puerta. El
viejo Queck la sacó de su turbación echando a correr con sus
débiles piernas.
—Voy a dar la alarma a los otros vecinos, Gizel. Y tú no salgas de tu
casa ni te dejes ver por la población, muchacha. Esos hombres están
hambrientos de sangre y de piel joven. No olvides que vives sola.
—Sí, no lo olvido —repuso ella con un hilo de voz.
Entró en la casa, cerrando la puerta. Richard Flanagan estaba junto
al umbral del dormitorio, mirándola fijamente con sus inquietantes
ojos grises. Y fue entonces cuando la muchacha se sintió tranquila a
su lado, cuando supo que con un hombre como Richard Flanagan
junto a ella, un verdadero diablo manejando el revólver, nada malo
le sucedería.
—Quédate —le dijo entreabriendo los labios—. Te lo suplico.
Y él le contestó que se quedaría.
CAPÍTULO IX

SOLOS ANTE EL DESTINO

Quince días bastaron para que cambiasen el aspecto y las


costumbres en aquella región de Utah, lindante con la tierra de los
mormones. Quince días que transformaron el paraíso en un infierno,
al conjuro de una sola palabra: plata. La plata que había
enriquecido a miles de hombres en Nevada y que cambiaría
también el destino de Utah.
Pero no se sabía aún si el descubrimiento de los hermanos Wander
respondía a una realidad. Por lo pronto habían llegado los
aventureros de la frontera, los indeseables, toda la escoria del Oeste
central. Quince días bastaron para movilizar hacia aquella comarca
a varios centenares de hombres con el rostro blanco y la conciencia
negra. Pero, por si ello fuera poco, se supo también de la amenaza
de otros hombres, estos de rostro rojo; los indios, después de largos
años de paz, habían empuñado de nuevo sus hachas de guerra y
avanzaban hacia el Este.
El sheriff Gesten fue enterrado y nadie se preocupó de sustituirle.
De la capital se recibieron órdenes para no preocuparse de ello. Y
todos comprendieron lo que eso significaba: prácticamente, la
región había sido declarada «zona libre». Ante la amenaza india, se
había considerado prudente no perseguir por el momento a ninguno
de los hombres blancos que se estableciesen allí, por nutridas que
fuesen sus cuentas con la ley. Ellos se encargarían de contener la
avalancha, cuando se produjese, y si morían mejor que mejor.
Perseguirles, hacer que se desplazasen a otras zonas sería
desproveer a aquella región vital de hombres aptos para la lucha.
Esto resolvió momentáneamente la situación de Richard Flanagan.
Supo que mientras permaneciese allí no tendría nada que temer. Y
los quince días fueron bien aprovechados.
Bajó a la ciudad y, con el poco dinero que tenía, compró algunas
herramientas. Durmiendo en la cuadra y trabajando todo el día en
el bosque, remozó los instrumentos de trabajo de Gizel y cambió el
aspecto de su hogar. Comenzó a construirse una pequeña cabaña,
más bien un refugio, para dormir por las noches en él y lograr que
Gizel se sintiese aún más tranquila. Cambió sus ropas y ocultó sus
revólveres en la casa, donde no los tuviese a la vista. Sabía que una
provocación sin importancia puede acabar en muerte si uno tiene
las armas a mano. Y había resuelto ser paciente, no matar más. Si la
región estaba infestada de pistoleros, él no los provocaría. Incluso
aguantaría sus provocaciones. No quería llegar nuevamente junto a
Gizel con las manos manchadas de sangre.
Las relaciones entre los dos jóvenes eran realmente extrañas.
Durante el día trabajaban juntos, pero casi sin hablarse. Por las
noches, Richard recogía una manta y se retiraba a su refugio, del
que no volvía a salir hasta la mañana siguiente. Los dos vivían en
un sorprendente mundo en que cada mirada era como una
insinuación, en que cada palabra era como un grito surgido del
corazón, clamando por la verdad de sus sentimientos. Pero Richard
estaba casado y debía mantenerse fiel a pesar de todo; en cuanto a
Gizel —según pensaba él—, era una muchacha demasiado inexperta
para reflexionar por sí misma, un alma limpia que se había dejado
impresionar por su fama y por la especie de aureola negra que hasta
entonces había rodeado su vida. Ella necesitaba un hombre sin
pasado, hombre de conciencia tan limpia como la suya, junto al que
siempre pudiera vivir sin temores. En cuanto a la irresistible
atracción que ahora parecía sentir por Richard, y contra la que
Gizel luchaba con toda su voluntad, ya pasaría. Todo pasa. Dentro
de seis meses, un año, ella lo olvidaría todo.
Pero era al pensar en esto cuando Richard se sentía más
desasosegado, cuando se daba verdadera cuenta de que estaba
asistiendo como un cadáver al que pudo haber sido el episodio más
bello de su vida.
Sólo una noche, la que hacía doce después de la llegada de Richard
allí, estuvieron a punto de flaquear los dos. Sólo una noche la
tensión se les hizo irresistible, angustiosa, y los dos comprendieron
que habían de separarse o que sus vidas tendrían que cambiar.
Gizel estaba apoyada a un lado de la puerta abierta, mirando a la
noche. Richard recogió su manta y se dirigió hacia afuera, hacia su
refugio. Pero ella, cruzando un brazo en la puerta, le impidió la
salida.
—Hoy ha llegado una nueva banda a la comarca —susurró—. La
peor de todas. Han robado y matado varios colonos.
—¿Sí?
Richard quiso pasar. No le gustaba la actitud de la mujer, no le
gustaba la luz de sus ojos.
—Ésta es ya tierra maldita, Richard. ¿Cuánto tiempo vas a
permanecer aquí?
—¿Para protegerte?
Hubo una luz de sorpresa en los ojos de Gizel, y Richard sonrió. La
muchacha no pensaba en la protección. Pensaba en él, pensaba en
su compañía, en sus palabras. En su vida. Los bandoleros no habían
sido sino más que un pretexto para averiguar sus intenciones.
—Me marcharé apenas esto se tranquilice, Gizel. Puede que sea
pronto, puesto que al fin y al cabo nadie ha visto aún la plata.
—Cierto. Puede que no exista, ya que, además, los hermanos
Wander eran unos visionarios. Pero la gente tardará un año o dos
en convencerse de que se ha equivocado. Y mientras tanto, ¿qué
haremos nosotros? ¿Cuál será nuestra vida?
Richard no quería pensar en ello. Muchas veces se había hecho
aquella misma pregunta, durante las noches, y siempre había
acabado por no contestársela.
—No lo sé. Pienso que sería mejor dejarte.
—¿Para que un día los hombres de cualquier banda lleguen ante la
casa… y me vean?
Richard se mordió los labios.
—Es cierto. Sé que no puedo dejarte. Lo pienso durante las noches,
lo pienso a todas horas. Sé que no puedo dejarte, pero comprendo
que esto no puede seguir.
Hasta la más inocente de las mujeres tiene cuando es joven un
especial don de seducción, una forma de plantear las cosas que lleva
siempre al lugar donde alientan sus sentimientos.
Gizel entreabrió los labios.
—¿Por qué… por qué no puedes continuar, Richard?
—Vamos —dijo él tratando de apartarle el brazo—. Será mejor que
me dejes pasar.
—Es que quisiera saber lo que piensas, Richard. Quisiera saber qué
es lo que sientes ante esta nueva vida de la que soy responsable. Si
llegasen los indios y tuviésemos que emigrar, ¿qué harías?
—Acompañarte. No voy a dejarte sola mientras exista peligro a tu
alrededor.
La muchacha se acercó un poco más. En este momento ya no
pensaba, ya no sabía exactamente qué era lo que en realidad estaba
deseando. Sólo su corazón hablaba por ella, y sólo sabía que un
ansia desconocida la devoraba sin remedio.
—¿Te das cuenta, Richard? ¿Qué va a ser de los dos? ¿Cómo
podemos continuar mirándonos, buscando nuestra presencia y al
mismo tiempo rehuyéndonos uno al otro? Si al menos…
Apretó los labios. Tenía que decirlo, tenía que hablar pese a todo
porque era incapaz de resistirlo más.
—Si al menos pudiese tener alguna esperanza…
Los hombros de Richard sufrieron un estremecimiento. No podía
soportar la rudeza de aquella prueba ni sacar nuevas fuerzas con
qué resistir la pasión amorosa en que Gizel y él se veían envueltos.
Quiso ser violento, quiso acabar de una vez, pero no pudo.
—Te he explicado lo bastante de mi vida para que me conozcas,
Gizel —contestó, acariciándole dulcemente el brazo que le impedía
la salida—, y sabes que nunca habrá esperanza. No te he mentido al
decirte que estaba casado, y no miento ahora al asegurarte que
nada podrá existir entre los dos, porque mi mujer está viva. Por otra
parte…
Respiró fuerte.
—… Por otra parte esto no es más que una pasión de primavera, un
espejismo en que te han sumido tu inexperiencia y tu edad. No
sabes exactamente lo que dices, Gizel. Luego te olvidarás de todo.
Apartó bruscamente el brazo y echó a andar hacia su refugio. Gizel
se quedó apoyada en la puerta, y las lágrimas empañaron sus ojos.
—Ojalá no te hubiese conocido nunca, Richard —dijo para sí misma
—. Ojalá no te hubiese conocido nunca.
CAPÍTULO X

EL COBARDE

La muchacha tenía razón. Aquella tierra ya no era la misma.


Donde antes habitara un grupo de campesinos religiosos y
trabajadores, que consideraban la virtud y el amor a la tierra como
los fundamentos de toda vida humana, se había aposentado ahora
una cohorte de pistoleros, tahúres y mujeres de fortuna. Habían
bastado quince días para eso. Quince días de diabólica tensión que
los antiguos habitantes de la zona no olvidarían nunca. Si vivían
para recordarlo.
Richard Flanagan bajó a la población a buscar nuevas herramientas.
Las tierras de Gizel eran buenas, y con un arado nuevo las haría
cambiar. Deseaba que, antes de alejarse de la vida de la muchacha,
ésta tuviera motivos para conservar un buen recuerdo de él.
Fue al almacén principal y comenzó a examinar los arados. Los
había muy buenos, pero no tenía suficiente dinero para comprarlos.
Al fin, tras mucho pensar, se decidió por uno de ellos, pero pidiendo
al dueño que le dejase pagar la mitad de su importe al mes
siguiente, cuando hubiese reunido algún dinero más.
El hombre no había quitado ojo de encima a Richard desde que éste
entró en la tienda. Recordaba perfectamente el pasquín con la
recompensa y el historial de aquella especie de diablo. Y aunque
durante los quince días últimos había bajado un par de veces a la
población, con intenciones al parecer muy pacíficas, el comerciante
no dejaba de pensar que aquél era un tipo peligroso y que acabaría
despellejando a alguien. Por eso, cuando Richard le hizo aquella
proposición, no encontró palabras para decirle que sí cuanto antes.
—¡Naturalmente! ¡Puede usted pagar cuando quiera, milord! ¿Desea
llevarse algo más? ¿Perfumes para Gizel?
Richard contó unos cuantos billetes de a dólar.
—Con gusto se los llevaría, pero no puedo comprar nada más.
Tome. Esto cubre la mitad del precio.
El comerciante aceptó el dinero con manos temblorosas. «Malo,
malo… —pensó—. Tanta sensatez y tanta modestia significan que
se está burlando de mí. Luego me clavará una bala entre las cejas».
Pero Richard no hizo nada de eso… Dirigió una sonrisa al tendero y
se dispuso a salir.
En aquel momento entró alguien más en la tienda.
Era un tipo de unos treinta años, barbudo, vestido con prendas de
piel. Richard le conocía. Era Massel, un antiguo cazador que se
había hecho famoso por sus asesinatos y sus abusos con mujeres
indefensas. Se decía de él que era capaz de asaltar un rancho
defendido por diez hombres con tal de conseguir a una muchacha.
Acostumbrado a matar liebres con un simple disparo de revólver,
matar hombres, que son mucho más grandes y lentos, era para él
cosa tan fácil como vaciar un vaso de ginebra.
Massel también conocía a Richard Flanagan. Había oído hablar de
él en la frontera de Texas. Y siempre se había preguntado cómo
diablos movería las manos un tipo así y si sería lo bastante rápido
para ponerle a él, Massel, en un compromiso.
Se acercó parsimoniosamente al mostrador, haciendo sonar las
espuelas.
—Me han dicho que eres un buen chico, Flanagan. Que ahora da
gloria verte con la Biblia en la mano y haciendo reverencias a las
muchachas.
Richard se dirigió hacia la puerta. El otro levantó la pierna,
obligándole a detenerse.
—Me han dicho también que vives junte a un bombón. Una chica
llamada Gizel, ¿no? Creo que coge las viruelas con sólo mirarle a
uno.
Sonrió.
—Cualquier día le haré una visita. ¿Te parece, Flanagan?
Richard dejó el arado en el suelo, muy lentamente.
—No quiero peleas, Massel. Ocúpate de lo tuyo y yo me ocuparé de
lo mío.
—Es que lo mío es conquistar chicas, Flanagan.
El tendero se acurrucó en un rincón. Sabía que uno de los dos iba a
«sacar» en cualquier momento. Y mentalmente apostó por Flanagan.
—No quiero peleas, Massel. Uno no tiene que ser siempre,
necesariamente, lo que le obligaron a ser. Sigue tu camino.
Salió de la tienda. Massel estaba tan asombrado que no acertaba a
dar crédito a sus oídos ni a sus ojos. Que Richard Flanagan, el «rey
de Dallas», rehuyese una pelea era algo que no podía comprender.
Con la mano en la culata, le insultó.
—¡Ya que tú no la defiendes, iré esta misma tarde a entretener a la
chica, Flanagan!
Richard estaba pálido, y al salir de la tienda se mordió los labios.
Varios hombres que se disponían a entrar en aquel momento,
oyeron las palabras de Massel y vieron la palidez de Richard.
Atónitos, le vieron alejarse a lo largo de la calle como un muerto de
miedo, como un vulgar cobarde.
Él aún tenía que hacer otras compras menores en la población;
herraduras para los caballos y clavos, y se entretuvo media hora en
la herrería con esta operación. Al salir vio que le quedaban aún en
el bolsillo unas pocas monedas y como el día era caluroso y el
camino de retorno sería largo, decidió entrar en el único saloon a
beber una copa.
Se dio cuenta en seguida, al empujar los batientes, que todos
miraban con curiosidad. Al perecer ya sabían lo hablado en el
almacén, y ya se habían hecho comentarios sobre su extraña
actitud.
Se acodó en la barra, despreocupadamente, y pidió un refrescante.
Cuando dijo que no quería brandy o whisky se escucharon algunas
carcajadas contenidas a su espalda.
De pronto, Richard sintió que tiraban de su hombro derecho. Se
volvió para encontrarse con un tipo de unos veintitrés años. Total,
un poco más joven que él; pero por su expresión se adivinaba que
no había vivido ni la octava parte que Richard. Fuera de esto, era
alto, moreno, y tenía una mandíbula cuadrada que denotaba
energía.
—Es usted un cobarde, señor Flanagan —espetó—. Y un canalla.
Richard se mordió otra vez los labios. Entre los espectadores hubo
un pequeño movimiento de atención, pues todos esperaron por un
instante que Richard «sacaría» y reduciría a eterno silencio al que le
había molestado.
Pero Richard dijo simplemente:
—Suprima lo de «señor». Puede llamarme sencillamente, Flanagan.
El desconocido apoyó ambas manos en las culatas de sus revólveres.
Lo hizo nerviosamente y sin colocarse en una posición correcta para
disparar, pero se adivinaba por su expresión que estaba decidido a
todo.
—Hasta ahora he sido considerado por todos como el único
pretendiente de Gizel al que ésta prestaba atención. Mi intención
era casarme con ella y lo sigue siendo. Usted la ha ofendido, señor
Flanagan. ¡Salve con los revólveres su miserable pellejo, si es que
alguna vez ha disparado de frente!
Hubo un movimiento general de repliegue a espaldas del retador.
Todos los que estaban en la posible línea de tiro se hicieron
inmediatamente a un lado. Pero Richard no se movió.
—¡Le estoy desafiando, cobarde!
—Lo sé. Lo han oído todos. ¿Cómo se llama?
—Samuel Worke.
—Muy bien, Samuel, hijo mío. ¿Y se ha visto usted metido en
muchos desafíos?
—¡No use conmigo ese tono paternal!
—Al contrario. Es un tono respetuoso.
—¿Por qué?
—Porque si tuviera la menor experiencia sabría que no es justo me
invite a «sacar» teniendo usted ya las manos cerradas sobre las
culatas. Sólo lo digo por eso.
Samuel Worke retiró apresuradamente las manos. Sus facciones
estaban lívidas.
—¿Es esto lo que quería? Pues ya es bastante. ¡«Saque»!
—No lo haré, Worke. He dicho ya hace un rato que no quería pelea.
—Todos nos hemos enterado de eso. ¿Y sabe qué pensamos? ¡Que
su leyenda es mentira, señor Flanagan! ¡Que es usted un cobarde!
¡Cobarde! Era la segunda vez que a Richard le llamaban eso en poco
rato. Era la segunda vez que en público le clavaban el infamante
epíteto sin que él hiciese nada por responder a la ofensa.
—Gizel no tiene nada de qué arrepentirse —replicó—. Puede estar
usted tranquilo respecto a ella, señor Worke.
Dio media vuelta y, sin beber lo que había encargado, salió del
local. Al principio se hizo en éste un deprimente y espeso silencio.
Pero de repente brotó una carcajada, y luego otra, otra… Richard
las oyó cuando caminaba por la calle con los hombros hundidos y
los labios apretados, pero no volvió la cabeza.
Tomó su caballo y partió al trote largo hacia la montaña. El día era
caluroso y el sol se derramaba generosamente sobre la tierra, pero
él sentía unas gotas de sudor helado en su frente.
Llegó junto a la casa de Gizel media hora más tarde. En contra de lo
que tenía por costumbre, la muchacha no salió a recibirle. Richard,
extrañado, se apeó del caballo. Abrió la puerta de la casa.
Y dentro encontró la sorpresa.
***
Gizel estaba derribada en el suelo, con los cabellos en desorden y
algunos ligeros desgarrones en el vestido. Todo dentro de la casa
parecía haber sido registrado: el contenido de los cajones yacía por
el suelo, los utensilios de cocina estaban pisoteados y rotos, la
Biblia familiar se hallaba destripada junto a una cacerola.
Pero en nada de eso se fijó Richard. Sólo en Gizel. Dos segundos le
bastaron para llegar junto a ella, poniéndola en pie con un solo
impulso de sus brazos.
—Gizel. ¿Qué ha ocurrido? ¡Gizel!
La muchacha parecía incapaz de hablar. Por fin, clavó en Richard
sus grandes y profundos ojos.
—Han… venido…
—¿Han venido? ¿Quiénes?
—La banda de que te hablé. Los que asaltan… a los colonos.
—¿Cuántos eran?
—Cinco.
—Y… —Richard se mordió los labios—. ¿Y te ha ocurrido algo,
Gizel?
Había tal tono de rabia en la voz del hombre que ella tuvo un
estremecimiento.
—No. A mí nada. Sólo uno de esos hombres me pegó. Me estuvo
pegando hasta que le dolió la mano.
Richard la soltó de repente y Gizel se dejó caer, consternada, sobre
la única silla que seguía en pie.
—¿Cómo era ese hombre? ¿Por qué te pegó?
—Yo… No lo sé. Al verles yo no ofrecí resistencia, de modo que
nadie tenía por qué haberme abofeteado. Empezaron a revolverlo
todo, como si buscasen algo, y sólo el hombre que te digo se me
quedó mirando fijamente. De pronto empezó a bofetadas y
puntapiés conmigo, igual que si sintiese un odio inextinguible. Yo
estaba atemorizada. Creo que incluso, durante unos segundos, me
desmayé.
Richard volvió a sujetar a la muchacha por los hombros.
Gizel entrecerró los ojos, tratando de ordenar sus pensamientos y
concretar las imágenes que conservaba en su memoria.
—Era… era realmente bajo, aunque muy bien proporcionado.
Vestía de negro y llevaba el rostro cubierto por una gruesa tela del
mismo color. No tenía tampoco mucha fuerza, ésa es la verdad,
pero pegaba con saña. Hasta me arañó, ¿ves? Me arañó en el cuello
y en la cara.
Richard se aproximó a ella. El suave perfume que se desprendía de
la piel femenina le turbó aun en aquellas circunstancias, y su
proximidad le hizo sentir un inquietante deseo. Pero supo
dominarse. La mujer no le pertenecía y, además, aquél no era
momento para pensar en su belleza.
Vio los arañazos. Y lo que vio le produjo una sensación extraña,
inquieta, como si se hallara ante algo demasiado desconocido o
extraño para pensar en ello.
Se apartó de Gizel.
—¿Cómo eran los demás hombres? —preguntó—. ¿Había algo que
los distinguiera?
—Sí —dijo Gizel—. A uno alto, joven, le faltaba una oreja.
CAPÍTULO XI

EL INSIGNIFICANTE FLANAGAN

Aquella noche Gizel tuvo pesadillas. Soñó que los bandidos volvían
y que el vestido de negro la abofeteaba una y otra vez, con saña,
hasta dejarle la cara bañada en sangre. Notó que gruesas gotas
corrían por su rostro y se despertó, llena de angustia, lanzando un
chillido. Vio entonces que estaba sola en su dormitorio y que lo que
surcaba su rostro eran gotas de sudor helado.
Tardó mucho en dormirse otra vez. Al fin, lo hizo consolada por
este pensamiento:
«Si vuelven, Richard me defenderá. Nada podrán contra él. Es capaz
de acabar con los seis hombres de sólo seis disparos, y sé que ha de
defenderme hasta la muerte».
***
Cuatro caballos avanzaban al galope hacia la casa. Cuando
estuvieron a unas cien yardas de ella los animales, reventados, se
pusieron al trote.
Gizel, que estaba limpiando los cristales de la casa mientras Richard
partía troncos, fue a entrar apresuradamente.
—Richard, tus revólveres.
—No temas. Ésos no son bandidos. Uno de ellos es Samuel Worke,
según parece, tu pretendiente oficial.
La muchacha se detuvo en el umbral de la casa y miró con más
precisión a los jinetes. Se puso roja como una amapola al distinguir
a Worke, y luego miró a Richard, que seguía partiendo leña.
Aunque lo hacía con toda voluntad y aunque era capaz de partir un
tronco de un hachazo, Richard no tenía tipo de leñador. Gizel se lo
repitió ahora a sí misma una vez más, mientras veía acercarse a los
jinetes.
Fue Samuel Worke el primero en llegar. Los otros, que seguían a
corta distancia, eran Massel y dos desconocidos bien armados.
—Conmovedor —comentó Worke—. El héroe no se atreve a
empuñar los revólveres y se entretiene cortando leña. Además,
estando al lado de una mujer, se siente más protegido.
Gizel miró atónita a los hombres. Ignorante de lo que había
ocurrido el día antes en la población, no comprendía cómo podía
hablar así a Richard, y menos cómo podía él consentirlo.
—¿Qué queréis? —preguntó Flanagan, apoyando ambas manos en
el hacha—. ¿Qué clase de juego organizáis ahora?
Massel se acarició la barba.
—Da gloria verte, Richard. Lo que yo digo: te estás convirtiendo en
un santo. No sólo lees la Biblia, sino que partes leña. Y hasta debes
alimentarte a base de agua y remolacha.
—Al grano —cortó Richard.
—Ha llegado hace muy poco una banda aquí —dijo Worke—. Una
banda como jamás se había conocido otra en esta tierra.
—Lo comprendo. Siga.
—Son ya ocho los colonos asesinados y robados. Centenares de
cabezas de ganado han sido conducidas a un apartadero secreto de
la sierra. Y anoche, para colmo, asaltaron la diligencia, matando a
dos hombres. En vista de ello, todos los ciudadanos honrados…
—¿Ciudadanos? ¿Honrados? —ironizó Flanagan.
—Adivino que lo dices por mí —gruñó Massel—. Pues bien, si he
decidido establecerme en esta tierra puedo considerarme ya
ciudadano de ella. Y en cuanto a honradez, todavía no he cometido
ningún delito en la comarca. Malas lenguas aseguran que es porque
no he tenido tiempo, pero yo sé lo que me hago. Considérame, pues,
como un ciudadano honrado, Flanagan.
—Todas las personas conscientes que sabemos manejar un revólver
hemos decidido unirnos —contestó Worke—. Hay que acabar con
esa banda o ella acabará con nosotros. A pesar de su patente
cobardía de ayer, no podemos olvidar que usted tiene fama de buen
tirador, Flanagan. Y hemos decidido ofrecerle un puesto junto a
nosotros, naturalmente a mis órdenes.
Richard bajó los ojos. Parecía confundido, como si no supiera qué
decir.
—Responda, Flanagan.
—Vamos, decídete, angelito —terció Massel—. Así tendrás
oportunidad de defender a la chica más directamente.
—¿Quién capitanea la banda?
—Nadie lo sabe con exactitud. Quiero decir que nadie conoce la
identidad del jefe. El que participa en todos los asaltos y da órdenes
es un tipo muy joven a quien le falta una oreja, pero se adivina que
el que realmente manda es otro que va enmascarado. Ése no
participa apenas en ningún golpe; se limita a dirigirlos.
Gizel se llevó la mano a la mejilla, recordando. ¿Decían que aquel
tipo no participaba activamente en ningún golpe? ¡Si a ella había
estado a punto de dejarla sin piel!
Richard alzó la cabeza.
—Y en todos esos asaltos, ¿han conseguido mucho dinero?
—¡Hum! ¡Naturalmente! Son fanáticos del oro. Van donde lo hay
sin importarles lo que cueste adquirirlo.
Richard hundió la cabeza otra vez, reflexionando. Cuando la volvió
a alzar, una luz de esperanza empañaba sus pupilas grises.
—Lo siento. No puedo aceptar vuestra oferta.
Gizel lo miró atónita sin comprender. Tanta fue su sorpresa, que
incluso dio un paso adelante.
—Richard, tú…
Por unos instantes sus manos se crisparon en el aire.
—¡Richard, recuerda que me golpearon! ¡Que me han insultado de
la manera más salvaje!
Pero el hombre movió la cabeza de un lado a otro, tercamente.
—He dicho que lo siento. No puedo aceptar.
—No se moleste en averiguar por qué, nena —indicó mordazmente
Massel—. Ese tipo que usted tiene ahí atizando porrazos con el
hacha no es más que un cobarde. Debió matar a cuatro o cinco por
la espalda y eso le dio fama. Pero ahora, cuando se trata de luchar
de verdad, ya ve lo que hace.
—Ayer se acobardó ante mí —dijo Worke—. No quiso empuñar el
revólver a pesar de que le insulté en plena cara.
—Y cuando todos se rieron de él, ni siquiera volvió la espalda —
añadió uno de los tipos que acompañaban a Massel y Worke, y que
hasta entonces no había abierto la boca—. Ésta es una tierra donde
los hombres no presumen de valientes, Gizel, pero hasta ayer jamás
habíamos visto un ejemplo de tal cobardía.
Los ojos de la muchacha, dilatados por el asombro, fueron de los
rostros de los cuatro hombres al de Richard Flanagan. ¿Por qué éste
no decía nada? ¿Por qué aceptaba las acusaciones así, sin protestas
siquiera?
—Di algo, Richard —susurró—. Esos hombres te están insultando.
—Vine una vez aquí con las manos manchadas de sangre —dijo él
—. No quiero volver a verme en las mismas condiciones.
—Todo eso está muy bien —arguyó Worke—, pero lo que le
proponemos es distinto. Se trata de luchar contra una banda de
cuatreros y forajidos que, además, han maltratado e insultado a
Gizel. Si nos dice que para una cosa así tiene escrúpulos morales,
nosotros le diremos que eso merece otro nombre: ¡cobardía!
Richard dejó el hacha clavada en el tronco, de un seco golpe, y pasó
al interior de la casa.
—No tengo más que decir —masculló, ya en el umbral de la puerta
—. Nada.
La carcajada de los cuatro hombres fue estentórea y unánime.
Luego, cuando las risas se calmaron, Worke envolvió a Gizel en una
mirada de pasión, sin darse cuenta de que los ojillos viciosos de
Massel taladraban a la muchacha.
—¿Ha ejercido este hombre alguna violencia sobre ti, Gizel?
—No. De ningún modo. ¿Crees que de no haberse portado
correctamente yo toleraría su presencia?
—Está bien. No puedo oponer ningún reparo a que tengas cuantos
empleados masculinos quieras, y mis referencias son de que, hasta
ahora, Flanagan viene a ser como un empleado tuyo. Pero si en algo
te molesta, yo juro que lo mataré, Gizel.
Hizo volver grupas a su caballo y emprendió el galope hacia la
población. Los otros tres le imitaron, pero Massel, antes de alejarse,
volvió la cabeza y guiñó un ojo a la muchacha. Worke no lo vio.
Atónita, sin poder creer aún que lo que había sucedido fuese una
realidad, Gizel entró en la casa. Richard estaba sentado en una silla
y unía con las manos los eslabones de una cadena de pesebre. Gizel
casi se sobresaltó ante la fuerza impresionante de aquel hombre,
cuyas manos torcían el hierro como si se tratase de un simple
cordón. Y le causó dolor pensar que un hombre tan bien dotado
pudiera ser tan cobarde.
Pero, sin embargo, ella aún no podía creerlo. Había visto en Sutter
aquel duelo que no olvidaría jamás. Había visto cómo Richard hacía
girar el cilindro ante su enemigo cuando tenía frente al percutor la
bala que había de matarle. Aquél no había sido un gesto de
cobarde. Y sin embargo, lo de ahora…, ¿por qué?
Se sentó junto a él y se puso a mirarle, sin dirigirle la palabra.
Viéndole trabajar, viendo sus dedos manejar el hierro, recordó la
frase de Worke: «Flanagan viene a ser como un empleado tuyo». Y,
en efecto, así era. Pero, además, Richard nunca le había pedido
nada. Había cambiado la casa, empleando todo su dinero y sus
esfuerzos en ello, sin reclamar una sola palabra de gratitud. Había
roturado sus pobres tierras, yermas y sin cultivar. Había reunido sus
cabezas de ganado y señalado un buen sitio para que pastasen.
Nunca Gizel podría agradecérselo bastante. Y junto a esto, que al fin
era lo esencial en la vida humana, ¿qué importaba que él fuese un
cobarde?
—Quisiera ayudarte, Richard —declaró—, como tú me has ayudado
a mí. Mira, Richard, mi vida era pobre y desolada hasta que tú
llegaste. No soy más que una triste muchacha sin experiencia y sin
ánimo; de no ser por la ayuda de mis vecinos habría tenido que
abandonar la casa. Desde que tú llegaste esto es muy distinto. Y
aunque no seas capaz de defenderme, sé que eres el hombre que yo
deseo para mi vida. Aunque jamás nuestros labios se rocen, quiero
que vivas aquí, Richard. Quiero que olvides tu antigua existencia
y…
Se pasó las manos por los cabellos, con un ademán triste y
desesperanzado, como si comprendiera de repente que todo aquello
no tenía sentido.
—Sé que estoy diciendo estupideces y que esto no puede llevarnos a
nada práctico. Pero estoy enamorada de ti, Richard. No puedo
evitarlo.
Él alzó la cabeza, y sus labios temblaron al ver a Gizel tan hermosa.
Un violento deseo, un irreprimible impulso nació en él. Se levantó y
fue hasta la muchacha, oprimiéndola por los hombros. La pasión
hacía temblar sus brazos y daba un nuevo brillo a sus ojos. Se
acercó a ella y, de repente, la soltó. Acababa de ver otra vez las
huellas de los arañazos en el rostro de Gizel. Un rictus amargo se
dibujó en su boca.
—Tienes razón. Esto es una locura que no puede llevarnos a nada
práctico.
Gizel quedó quieta, con los labios entreabiertos. Parecía como si, de
repente, una sombra hubiera cruzado su rostro.
Richard volvió a salir de la casa, y hasta la noche estuvo partiendo
gruesos troncos para leña. Luego cenó frugalmente, sin dirigir una
mirada a Gizel.
—He de bajar a la población —dijo al fin—. Tengo una entrevista
importante.
—¿Una entrevista? ¿Con quién?
—Es alguien a quien tú no conoces. Un tipo al que le falta una
oreja. No salgas de la casa mientras yo no regrese.
Gizel, estremeciéndose, quiso retenerle, pero él ya se había ceñido
los revólveres al cinto, saliendo de la casa. Consternada, la joven le
vio marchar.
En la población había ahora, a diferencia de otros tiempos, una
alegre vida nocturna. El único saloon se había remozado ante la
nueva e insospechada clientela, y ahora había música en él, y hasta
chicas. Richard pasó sin detenerse a lo largo de la calle Mayor y
salió de la población por el extremo opuesto. Nadie se fijó en él.
Durante más de una hora estuvo vagando por los campos cercanos,
en busca de huellas que pudieran orientarle, pero sin resultado
positivo. Al fin, desalentado, volvió a la población. Tendría que
buscar a Pinkerton en el saloon, ya que no se le ocurría ningún otro
lugar para encontrarle. Pero no dejó de pensar que sería muy
extraño que un tipo a quien podía reconocerse tan fácilmente por su
oreja cercenada se dejase ver por los lugares públicos de la
población, exponiéndose a un balazo.
Entró en el saloon. Esta vez nadie mostró una atención excesiva
hacia él, aunque en casi todos los rostros se marcaron sonrisas
burlonas. Un par de individuos que jugaban a los naipes cerca de la
puerta carraspearon cuando Richard pasó junto a ellos.
Se apoyó en la barra e hizo una seña al mozo.
—Busco al tipo de la oreja cercenada. ¿Ha aparecido por aquí?
El camarero fingió un cómico terror.
—¿Por aquí? ¡Oh, no se hubiese atrevido!
Una carcajada se escuchó a espaldas de Richard.
—Sabía que ibas a venir tú, monada. ¿Cómo crees que iba a
atreverse a enfrentarse a ti? Hubiese muerto… ¡de risa!
La ocurrencia fue coreada por un fenomenal conjunto de carcajadas.
Richard tragó saliva y la encontró amarga. Salada y amarga.
—¿Es que querías enfrentarte a él, Flanagan? ¡Ah, ya comprendo!
¡El pobre no hubiese podido oír bien cómo temblaban tus dientes!
Las manos de Richard estaban quietas sobre su cinto. Los dedos
temblaban casi por turno: el pulgar, el índice, el anular…, pero sus
manos estaban quietas.
—¡Cucú, pajarito! ¿Quieres que te enseñemos a tirar con revólver?
Los ojos de Richard no veían más que espesas manchas de sangre.
Por ejemplo, el tipo que tenía enfrente, el que acababa de gastarle
la última broma, tenía una frente abombada y maciza. Se abriría al
primer balazo como una fruta madura. Su compañero tenía unos
brazos pesados y lentos; moriría sin darse cuenta, sin poder moverse
siquiera. Si él empuñaba el revólver habría sangre otra vez en sus
manos. Y luego Gizel…, ¿cómo se presentaría de nuevo ante ella
después de administrar la muerte?
—Os he preguntado si habéis visto por aquí a algún miembro de esa
banda. Podéis ahorraros vuestros estúpidos comentarios.
—¿Es que piensas acabar tú solo con los bandidos, Flanagan?
Massel, que estaba sentado al fondo del local, se levantó
pesadamente.
—Te hemos preguntado hoy mismo si querías cooperar con nosotros
en la tarea de destruirla. ¿Qué te ocurre ahora? ¿Es que has bebido
para darte ánimos?
Richard echó la cabeza hacia atrás.
—No quiero matar a nadie, Massel. Únicamente pretendo hablar
con esos tipos.
La carcajada fue ahora estridente, escandalosa. No se recordaba en
el saloon nada igual. Las botas patearon el suelo, y las sillas
cambiaron de sitio. Richard sintió que una luz se encendía y se
apagaba en su cabeza, que algo empezaba a quemar en su interior.
—¿De modo que hablar, eh? Ya vemos lo que quieres. Que esos
individuos te admitan en su banda para engrasarles los revólveres.
Es lo único que sabrás hacer. ¡Y aún con mucho cuidado, para que
no se te disparen!
Las carcajadas continuaron. Por fin, Massel, haciendo enérgicos
ademanes con ambos brazos, impuso silencio a todos.
—Voy a decirte una cosa, Flanagan, para que la oigan todos. Tu
chica me gusta y haré lo posible para quitártela. Si es que eso te
ofende, yo…
—Gizel no es mi chica —cortó Richard en voz baja.
—Veo que ni eso quieres reconocer, para evitarte los riesgos de
defenderla. Pues bien, Flanagan, si lo que acabo de decir no te
ofende, yo te desafío a que me hagas retirar una sola palabra. Te
desafío con el revólver, a la distancia y en el lugar que quieras. ¿Te
parece bien este aviso?
—Yo hago lo mismo —manifestó, poniéndose en pie, un individuo
alto y grueso, muy conocido antaño en California como excelente
tirador—. Yo también desafío a ese hombre, o lo que sea, diciéndole
anticipadamente que Gizel me gusta, y que le considero incapaz de
defenderla.
La expectación creció en el saloon. Otros dos individuos se pusieron
en pie.
—Yo hago esto —barbotó uno de ellos, escupiendo al suelo—. Lo
hago por ti, valiente.
—Y yo te desafío como los otros. Espero que me corresponda a mí
el honor de matarte.
Massel se acercó parsimoniosamente a Richard.
—Ya lo has visto, héroe de las praderas. Hay cuatro hombres,
verdaderos hombres, que te desafían. ¿Qué respondes?
Richard cayó. Tenía los labios apretados en una rígida y extraña
mueca.
—No tengo nada que responder.
Aquello era demasiado. Los que presenciaron la escena, que habían
comenzado por sentir hilaridad, empezaban ahora a sentir asco.
—El valiente no tiene nada que decir —sopló Massel—. Ya veremos
si conserva esa actitud cuando yo empiece a perseguir seriamente a
Gizel.
El puño derecho de Richard se cerró un poco más, hasta quedar los
nudillos completamente blancos, pero no salió disparado. Fue solo
como una muda, como una inútil amenaza.
Miró a los cuatro hombres que le habían desafiado. Los cuatro eran
granujas, eran escoria de la frontera, los miró fijamente y grabó sus
imágenes en la memoria. Pero nada dijo.
—Me despido de vosotros —dijo al fin—. Os deseo una selecta
diversión y espero que todos halléis la fortuna y el amor en esta
tierra.
Echó a andar hacia la puerta. Los rostros que antes le habían
mirado jovialmente, como a un mequetrefe, le miraban ahora con
desprecio, como a un verdadero cobarde. Nunca a Richard le habían
mirado así. Nunca había visto posados en su rostro unos ojos tan
despreciativos, tan insolentes como aquéllos. Pero siguió adelante
sin querer mirarlos, sin querer darse cuenta de nada.
En la calle estaba su caballo. Montó en él y emprendió el regreso al
trote corto, sin querer mirar atrás.
CAPÍTULO XII

LA HORA DEL DESASTRE

Richard Flanagan no se dio prisa en regresar a la casa, donde Gizel


le aguardaría con impaciencia. Iba al paso de su caballo, lenta y
cansinamente, sin querer pensar en lo sucedido ni en nada que
tuviese relación con los últimos sucesos de su vida.
Sin embargo no lograba apartar de su imaginación todo lo que
acababa de ocurrir. Y procuraba darse fuerzas diciéndose que él no
iba a quedarse en aquella tierra, y que prefería despedirse de Gizel
con las manos limpias a tendérselas tintas en sangre.
No comprendía dónde podía haberse ocultado Pinkerton ni la
misteriosa banda de que era lugarteniente. Era lógico suponer que
su guarida no estaría lejos de la población, ya que aparecían
frecuentemente por ésta. Pero no había dado con la menor pista.
Sin embargo, pronto supo a qué lugar se habían dirigido los
bandidos aquella noche.
Cuando estaba a unas mil yardas de la casa de Gizel, vio sobre las
suaves colinas que dominaban el sendero un resplandor rojizo. El
corazón le dio un vuelco en el pecho, presintiendo una terrible
verdad. Puso al galope su caballo y, dos minutos después, pudo
comprobar el sitio exacto de dónde provenía el fuego.
La casa de Gizel ardía por los cuatro costados, igual que una pira. El
fuego debía de haberse iniciado media hora antes y ahora se hallaba
en su apogeo. Las llamas destruían por completo la rústica casa de
troncos y sus dos dependencias: la cuadra y el granero que Richard
había reconstruido tan trabajosamente.
Espoleó aún más al caballo y, segundos más tarde, llegaba a la casa.
Pudo entonces darse perfecta cuenta de la magnitud que el incendio
había alcanzado.
Pero no era sólo eso: hacia el sur, donde estaba resguardado el
rebaño de Gizel restallaban cruelmente disparos de revólver. Los
bandidos no se entretenían esta vez en llevarse el hato a su refugio,
sino que lo deshacían a tiros. En este acto había verdadero odio, y
en el rostro de Richard se dibujó una triste sonrisa al comprenderlo.
Tuvo que detener el caballo bruscamente para no aplastar a Gizel.
La muchacha estaba tendida en el suelo, junto a la casa, y sollozaba
convulsamente.
—¡Gizel! —rugió el hombre—. ¡Gizel!
Saltó del caballo, arrodillándose junto a ella y levantándole la
cabeza con ambas manos. La muchacha tenía los ojos cerrados y los
abrió al sentir el contacto de las manos del hombre. Hubo en ellos
un brillo de esperanza, de fe.
—Esos hombres… —susurró—. Gracias a Dios has llegado,
Richard… Podrás evitar… que lo destruyan todo… Están matando
el ganado. Tú… con unos cuantos movimientos del revólver… los
harás huir… Les harás pagar caros los crímenes que están
cometiendo…
Se adivinaba que Gizel no había sufrido daños de consideración,
pero que estaba embargada por la angustia y la emoción. Miró a
Richard con unos ojos muy abiertos, obsesionantes.
—Es la segunda vez que vienen, Richard… Y han acabado con todo
lo que era mi vida… Excepto tú. No debes permitir que esto quede
impune. Tú puedes… vencerlos.
Richard no se movió. No hizo lo que Gizel le indicaba, y ni siquiera
miró hacia el lugar de donde procedían los estampidos. Éstos
seguían atronando la noche como una canción canallesca,
cobarde… y Richard no se movió. No hizo nada por vengar lo que
estaba sucediendo.
Los ojos de Gizel se abrieron un poco más, y luego fueron
empequeñeciéndose poco a poco. Hubo en ellos al principio
sorpresa, luego repulsión, y por fin dolor. Un dolor invencible.
Contempló a Richard con mirada extraviada y luego se echó a
llorar.
—No creí que lo que decían era cierto. No creí que esto fuera a
suceder nunca, que un hombre pudiera ser tan cobarde, tan… —Sus
frases quedaban cortadas en la garganta—. Esos bandidos nos odian
especialmente a nosotros, Richard… No sé por qué, pero nos odian
más que a nadie. Y tú no eres capaz de defenderme. Ni siquiera eres
capaz de defender el producto de tu trabajo. No quería creer lo que
decían. Richard, pero ahora me convenzo… —hizo una pausa
angustiosa, dramática, tratando de respirar—. Ahora me convenzo
de que eres un cobarde…
Él no contestó. No trató de negar el terrible cargo de que le hacía
objeto. Simplemente cerró los ojos un instante.
—Voy a ayudarte, Gizel.
Se levantó y, por fin, cuando ella creía que iba a montar a caballo y
salir al encuentro de los forajidos, vio con sorpresa y dolor
acrecentados que únicamente trataba de rescatar de las llamas los
objetos de metal que no habían sido destruidos todavía. Se dejó
caer al suelo nuevamente y se tapó la cabeza con las manos; trató
de no verle mientras él saltaba entre las llamas corriendo un riesgo
mil veces peor que el que hubiese corrido enfrentándose a la banda,
pero un riesgo que al fin y al cabo no significaba luchar, y que, por
tanto, sólo en cierto modo era indicio de valentía. Oyó ruido de
cascos de caballos a su espalda y la muchacha adivinó que ahora los
forajidos, concluida su siniestra tarea, regresaban.
Richard los vio pasar. Primero el enmascarado, acercando tanto su
caballo que los cascos de éste casi aplastaron a Gizel. Luego los
otros cinco en confuso grupo, escoltando al jefe. Lo adelantaron y lo
protegieron con sus cuerpos. Si ahora Richard hubiese intentado
hacer fuego habría tenido que hacerlo al montón, al azar.
Pero no lo intentó. Según pensó Gizel, que lo contemplaba dolorida
desde el suelo, tenía miedo de empuñar las armas hasta para
defender su vida. Los forajidos podían matarle, y él lo sabía. Por lo
visto, prefería morir como un cordero antes que morir luchando.
Cerró los ojos otra vez. Aquello era demasiado horrible.
Los cascos de los caballos se perdieron en la lejanía. Y ellos dos
quedaron solos, solos con sus pensamientos, con su dolor y el
secreto de sus corazones.
***
Las llamas, se apagaron al amanecer, una vez hubieron consumido
todo lo que en la casa era combustible. Richard rescató todo lo que
pudo, pero aun así el ajuar de Gizel quedó reducido a un confuso
montón de chatarra que apenas valdría quince dólares.
La luz del alba iluminó un dantesco espectáculo. La casa estaba
reducida a cenizas, y casi todo lo que en ella se guardó había sido
destruido. Richard, en la imposibilidad de salvar a los animales del
establo, había tenido que matarlos a tiros para que no sufriesen. En
un radio de unas cincuenta yardas la hierba estaba salpicada de
restos humeantes. Y por fin, para que a Gizel no le faltara ningún
motivo de dolor en esa aciaga mañana, un corderito de leche, único
superviviente de lo que había sido su rebaño, se acercó balando y se
refugió espantado en brazos de la muchacha.
Gizel, que había tratado de serenarse, no pudo resistirlo más y se
puso a llorar nuevamente.
***
—Con lágrimas no conseguiremos nada. Hay que reconstruir todo
esto.
Habían transcurrido dos días sin hablarse, durmiendo al raso y
alimentándose únicamente de frutas silvestres y de algún ave que
Richard cazó con su revólver. Gizel, cada vez que miraba los restos
de la casa que sus padres levantaron, no podía contener las
lágrimas. Y ahora, en uno de esos momentos de debilidad, Richard
se había acercado a ella.
—¿Reconstruir? ¿Para qué? ¿Para qué esos hombres lo arrasen de
nuevo?
De pronto, ella se puso en pie y miró salvajemente a Richard.
—Sí, reconstruiremos. Lo haré para demostrar que no me doy por
vencida, que tengo sólo veinte años y una juventud para perder. Y
si esos hombres vienen de nuevo, yo los recibiré con mi rifle.
Dispararé contra ellos, mientras me quede aliento y una gota de
sangre en las venas. Y tú, Richard…, tú me cargarás el rifle.
Lo dijo con sorna, queriendo burlarse de él, pero la burla le hizo
daño a ella. Y apenas pronunciadas estas palabras, sus labios se
doblaron en una curva patética y nuevamente rompió a llorar.
—Reconstruiremos —dijo luego—. Esta mañana bajaré al pueblo y
pediré crédito para levantar de nuevo mi casa.
Se había lavado y peinado utilizando agua fría del río. Y, hoy como
nunca, Gizel olía a hierba fresca, a lluvia, a naturaleza virgen.
Richard sintió deseos de besarla y tuvo que apretar las manos
contra sus costados para que no saltasen a la espalda y la cintura de
la muchacha.
—Está bien. Tú conoces a todo el mundo en la población y sabes
bien a quién debes acudir. Yo iré un poco después. Venderé la silla
de mi caballo y me darán por ella unos cuantos dólares. Compraré
madera y clavos para reconstruir la casa.
Gizel no quiso contestar. Le dio la espalda y echó a andar hacia el
sendero.
Pero, unos pasos más allá, se detuvo. Sus ojos jóvenes, y sin
embargo ya extrañamente profundos, miraron a Richard.
—Agradezco lo que haces. Sé que nadie me ayudaría como tú…
excepto en lo más importante. Pero, de todos modos, mis
sentimientos hacia ti no han cambiado, Richard. Aunque me
avergüence de ello, sigues siendo el único hombre de mi vida.
Volvió de nuevo la espalda y ahora sí que se alejó definitivamente
Richard, con los ojos empañados por un insólito halo de emoción, la
vio marchar. Sus manos estaban quietas, rígidas junto a las fundas
de los revólveres.
Media hora más tarde emprendió él el camino de la población, con
la silla del caballo a cuestas. La mañana era plomiza y se respiraba
un aire quieto. Todas las cosas estaban tan en calma que parecían
un presagio de muerte.
Entró por la calle Mayor y se dirigió al saloon. Entre los clientes no
le sería difícil encontrar a alguien que le diera un razonable precio
por la silla. Pero nada más empujar los batientes oyó carcajadas y
gritos en el interior. Oyó también las palabras de Gizel:
—¡Soltadme, canallas! ¡Soltadme!
Los ojos de Richard fulgieron acerados, crueles. Y otra vez frente a
ellos espesas manchas de sangre.
Entró. Vio a Gizel sujeta por cuatro hombres, que la empujaban de
uno a otro entre crueles risotadas. Uno de esos hombres era Massel.
A los otros los conocía también.
—Salid a la calle —dijo con voz fría y calmosa—. Hay cuatro
ataúdes que necesitan cadáver.
CAPÍTULO XIII

LA SENDA DE LA MUERTE

Massel y los otros dirigieron sus rostros hacia él. Le miraron con
perplejidad, con recelo. Esta vez no rieron al ver a Richard, porque
había algo en los ojos de éste que hacía pensar de inmediato y
precisamente en la palabra «cadáver».
—La chica ha venido a solicitar un préstamo —dijo Massel—. ¿No
podemos entretenemos con ella un rato antes de concedérselo?
—Ya no hay tiempo para nada, Massel —la voz de Richard seguía
siendo fría y cortante como la hoja, de un cuchillo—. Es la hora de
morir.
Empujó los batientes dejando la salida franca. Los cuatro hombres,
como hipnotizados, se dirigieron hacia ella. En el fondo estaban
seguros de vencer de aplastar para siempre a aquel hombre que
ahora quería jugar a ser valiente. Pero en sus rostros había
inquietud sin que pudieran evitarlo. El aire frío de la mañana
pareció penetrar por un momento en su corazón para congelarles la
sangre.
Massel fue el primero en salir, empujando a la muchacha. Gizel
cayó sobre las tablas del porche, casi a los pies de Worke; que en
aquel momento se dirigía al saloon. Varios hombres venían tras él,
atraídos por la noticia de que «el cobarde» había vuelto.
—¡Gizel! —exclamó—. ¡Gizel!
Sus ojos, fanatizados por el odio, contemplaron a Massel. Su
derecha fue hacia el revólver y, apretando los dientes, «sacó». Pero
Massel fue más rápido, infinitamente más rápido. La detonación
rasgó el aire antes de que Worke sacara por contrario el arma de la
funda. El joven recibió el plomo en el pecho y dio un traspiés,
cayendo del porche a la calle. Aún se sostuvo en ésta en un precario
y angustioso equilibrio, tratando de levantar el revólver, hasta que
un segundo balazo de Massel le deshizo el hombro. Cayó de bruces
al suelo, hecho un guiñapo, ensangrentando el polvo de la calle.
Gizel ahogó un chillido, pero Richard no hizo un solo movimiento.
—Vamos al centro de la calle —dijo simplemente—. Ahora tengo un
motivo más para desear llenar los ataúdes pronto.
Massel salió del porche el primero, contoneándose. Acababa de
comprobar que su pulso estaba fino esta mañana y se sentía capaz
de ser una décima de segundo más rápido que cualquier otro tirador
del Oeste. Animados por su ejemplo, los otros tres se colocaron
también en el centro de la calle. Dos largas hileras de espectadores
silenciosos se habían formado a lo largo de ésta. Gizel, desde el
porche, contemplaba la increíble escena con los ojos de
hipnotizada.
No llegaba a la población ni un soplo de brisa, ni un ruido que
aliviase aquel silencio obsesionante, la dramática tensión de aquel
momento.
El cielo era gris, espeso.
Richard se colocó frente a los cuatro hombres.
—Los cuatro me desafiasteis —recordó—. No podéis negaros a
pelear conmigo.
Massel mostró sus dientes en una sonrisa de burla.
—Claro que no, angelito. ¿Qué quieres? ¿Uno a uno?
—Dos a dos. Será más rápido.
Un murmullo de asombro se escuchó en la calle. ¿Cómo aquel loco
se atrevía a pelear con dos matones profesionales a la vez? ¿Qué
probabilidades creía tener, si ni siquiera llegaría a tiempo para
desenfundar las armas?
—Tú en el último grupo, Massel.
—De acuerdo.
El forajido se acarició la barba. Sus ojillos se clavaron en Gizel y
pensó que tres minutos después ya nadie la defendería.
Pero esos ojos sufrieron una sacudida al ver cómo Richard sacaba y
hacía girar sus revólveres. Pareció como si sus manos hambrientas
saltasen de alegría al sentir el contacto del acero. En menos de un
segundo las hizo girar tres veces, comprobando su peso. Luego los
volvió a enfundar.
—¿Quiénes?
Dos hombres se adelantaron, colocándose frente a él. Eran de los
que le habían desafiado noches antes. Pero ahora ya no se
mostraban insolentes, y en sus párpados había un temblor, como si
los castigase el sol. Pero no hacía sol…
—Cuando os parezca…
Los hombres no se hicieron repetir la invitación. Los dos al unísono
se encogieron y sacaron. Richard movió ambos codos. Nada más. Ni
las piernas, ni la barbilla, ni los ojos. Sólo los codos. Sus revólveres
salieron a la luz y dos llamaradas color naranja saltaron a la lividez
de la mañana. Uno de los hombres se encogió, sin llegar a disparar,
alcanzado en el vientre. El otro hizo un absurdo disparo a las nubes.
No llegó siquiera a ver a Richard, porque la bala le penetró entre
los ojos.
El aire quieto hizo que sobre la calle se estacionase el olor a
pólvora, que era como el olor a muerto.
—Ahora os toca a vosotros, Massel…
Los otros dos se adelantaron, llegando junto a los cadáveres. Parecía
como si una mano negra hubiese dejado una huella en sus rostros.
Diríase que no respiraban, que habían muerto ya. Ajustaron sus
revólveres con movimientos maquinales.
Richard guardó los suyos. Sabía que ante todo debía preocuparse de
Massel, haciendo como si el otro no existiera. Si éste lanzaba a
tiempo un balazo… mala suerte.
—¡Cuidado, Massel! ¡Estás ante el «rey de Dallas»!
La voz recorrió en un segundo la calle. ¡El «rey de Dallas»! La
actitud de todos había cambiado en un instante. Ahora miraban
como hipnotizados al coloso, al pistolero que sólo había necesitado
dos segundos para enviar a dos hombres al infierno.
—Cuando os parezca…
Las mismas palabras que antes, parecida actitud. Massel, rugiendo,
«sacó». No quería morir. «Sacó» e hizo fuego tres veces, cuatro,
rugiendo de placer. Pero no se dio cuenta de que disparaba desde el
suelo. No se dio cuenta de que sus espaldas se habían encorvado y
de que había una sensación dulce en su corazón, como si éste
trabajase sin esfuerzo, al aire libre… Dos balas le habían seccionado
las arterias… De repente, una bocanada de sangre llenó su boca y él
vio cómo el brillo del revólver situado frente a sus ojos se
obscurecía gradualmente…
Su compañero, aterrorizado, no llegó a disparar. Se vio apuntado
por el revólver de Richard, y entonces supo lo que era el miedo. Él
estaba solo en la calle, frente a la muerte. Y pensó de improviso en
que era joven, que aún tenía madre y amigos, que aún podía y
debía vivir… Pero la bala que había de matarle estaba ya en el
cañón que apuntaba a su frente. Era tarde. Y entonces se arrodilló.
Delante de todos se arrodilló ante Richard, con el revólver sujeto
por el cañón, ofreciéndoselo, y esperó la bala que había de acabar
con su existencia miserable. Como en el circo romano, ojos ansiosos
esperaban cruelmente ver deshacerse su carne. Pero Richard lanzó
el revólver al suelo, sin disparar. Lo arrojó para que levantase en la
calle una nubecilla de polvo.
—Vámonos.
Había hablado dirigiéndose a Gizel, que ya estaba en pie. La
muchacha avanzó tambaleante, pero él no se atrevió a darle la
mano.
Pasaron junto a Worke, que ya estaba siendo atendido por el
médico de la población. Éste hizo con los ojos un gesto negativo.
—Perdón… —balbució el agonizante—. Perdóneme… por haberle
insultado. Sólo usted era un hombre… Cuide de Gizel…, señor
Flanagan.
Y su cabeza cayó a un lado, como un peso muerto.
Pero fue entonces, después de aquellas increíbles escenas, cuando
precisamente sucedió lo que nadie esperaba.
***
Una serie de disparos retumbó en la calle. Los espectadores
corrieron despavoridos a guarecerse en los porches, dominados por
la sorpresa. En un segundo sólo Richard y Gizel quedaron en la
calle, junto a los cadáveres.
Y entonces apareció la banda. Eran seis hombres armados,
montando buenos caballos y disparando a mansalva. El
enmascarado venía entre ellos, confundido con el grupo. Barrieron
la calle de un lado a otro, buscando eliminar obstáculos. Las balas
silbaron junto a la cabeza de Richard y entonces, al final de la calle
sonó una voz:
—¡Han atracado el Banco de Clarendon sin disparar un tiro! ¡Ahora
huyen!
Aprovechando sin duda la expectación que el duelo había
despertado en la calle principal, los forajidos habían logrado
penetrar en el Banco ce Clarendon sin que nadie lo advirtiese.
Ahora escapaban con el producto del asalto, y estaban decididos a
impedir con plomo que cualquier persecución fuese organizada.
Richard sólo miraba al enmascarado. Lo miraba con ojos serenos,
fríos, pero llenos de tristeza. Vio que sólo él llevaba los saquitos de
oro atados a la silla de su caballo. Vio cómo alzaba el revólver para
apuntar a Gizel. Iba a colocarse él ante la muchacha cuando vio que
el enmascarado caía del caballo llevándose una mano a la espalda.
Tras él, Pinkerton acababa de dispararle a quemarropa, y ahora se
apoderaba de las riendas del caballo cargado con el botín. Ni
siquiera había visto a Richard. Éste aulló:
—¡Quieto, Pinkerton!
El caballo del forajido se encabritó al estar su dueño a punto de
perder el equilibrio y Richard esperó que levantase el revólver con
el que acababa de matar al enmascarado, y entonces apretó él el
zatillo de la única arma de que disponía. Pinkerton cayó hacia atrás,
sin lanzar un gemido, con la cabeza atravesada.
Quedaban cuatro, a punto ya de salir de la calle. Richard alzó el
revólver y disparó una, dos, tres, cuatro veces. Un aullido de
entusiasmo se levantaba de la muchedumbre cada vez que uno de
los forajidos hacía una pirueta y caía. Cuatro segundos bastaron
para que ninguno de ellos quedase sobre la silla.
Y entonces se hizo el silencio otra vez. Un gélido y ominoso
silencio. Se oyeron los pasos de Richard al resbalar sobre el polvo,
al avanzar como los de un sonámbulo hacia el cadáver del
enmascarado.
Gizel siguió tras él. Vio una figura armoniosa, la magnífica estampa
del enmascarado, que ahora yacía muerto sobre el polvo y cuya
felina y extraña belleza de movimientos ya le había sorprendido
una vez. Richard se volvió hacia ella, y entonces Gizel vio como un
amago de lágrimas en los ojos duros del hombre.
—Descubre su rostro —le suplicó—. Yo no podría.
Gizel se acercó, temblando, y arrancó el grueso antifaz. Entonces
sus ojos se dilataron de asombro. Los cabellos estaban cortados
como los de un hombre, las ropas estaban hábilmente preparadas
para simular el relieve de un hombre, pero el rostro que todos
tenían delante… ¡era el de una mujer!
—Mi esposa —susurró Richard—. Mi esposa… —Había en sus ojos
una triste luz—. Vino aquí para enriquecerse y para destruirme.
Adiviné que se trataba de ella cuando vi los arañazos de tu rostro,
Gizel. Eran un acto de odio típicamente femenino. Ella te odiaba a
ti más que a mí, pero había planeado destruirnos a los dos.
—Yo… —susurró la muchacha, en el colmo del asombro.
—Tú no conocías a Ann. Para ella no había más ley que la riqueza.
Empleaba a los hombres como juguetes sin concederles ningún
favor, y ésa debe ser la causa de que Pinkerton, despechado y
deseando apoderarse del botín, le haya dado muerte. Ella era capaz
de ser a un tiempo la más arrebatadora mujer y el más cruel y duro
de los hombres… ¿Cómo podía matarla sí habíamos sido unidos
para bien y para mal? ¿Cómo disparar contra el grupo en que
siempre iba confundida, a riesgo de abrirle la cabeza en dos? Éste es
mi secreto, Gizel, y ésta es mi terrible historia. No quería sangre en
mis manos y la ha habido. Tendrás que perdonarme.
Gizel se arrojó en sus brazos, llorando, y él le acarició el cabello.
—Es usted el hombre más valiente que ha pisado Utah —dijo el
presidente de la Junta de Vecinos, acercándose—. Aquí hay una
amplia amnistía para todo lo pasado y usted es un ciudadano
honrado de esta tierra, Flanagan. Nos convendrá un tipo de su
temple para sheriff. Ya estamos autorizados para nombrarlo.
¿Quiere aceptar?
—¿Sheriff? ¿Y eso me ocupará mucho tiempo?
El que había hablado se atusó los bigotes.
—Verá, usted casi nos ha limpiado la población en una mañana, y
toda la gentuza empezará a marcharse apenas se compruebe que
aquí no hay plata, pero, de todos modos, tendrá trabajo. Hay que
organizar una oficina, una cárcel, un…
—¡Hum…! ¡Demasiado trabajo, amigo! ¡No me quedará un minuto
libre cuando empiece a reconstruir nuestra casa! ¡Ya les invitaré a
todos cuando esté terminada!
Todos rieron. Y diríase que el mismo Worke, desde el Más Allá, reía
también. Y que por entre las nubes plomizas que en aquel momento
surcaban los cielos de Utah, el sol hacía penetrar sus rayos.

FIN

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