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Valor de la mujer samaritana en Jesús

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EL VALOR DE LA MUJER ANTE EL SEÑOR.

Lectura bíblica: Juan 4:5-18


5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la
heredad que Jacob dio a su hijo José.
6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del
camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de
beber.
8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.
9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a
mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y
samaritanos no se tratan entre sí.
10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién
es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua
viva.
11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es
hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?
12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este
pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua,
volverá a tener sed;
14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás;
sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que
salte para vida eterna.
15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo
sed, ni venga aquí a sacarla.
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien
has dicho: No tengo marido;
18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu
marido; esto has dicho con verdad.

Reflexión: Sólo en Jesús la mujer encuentra su verdadero valor.

Sólo basta con dar una mirada a los medios informativos, para darse
cuenta de la forma cómo el mundo valora a la mujer. Es increíble el
número de jovencitas que son abusadas sexualmente, muchas
veces incluso por sus propios padres; o qué decir de las muchas que
son engañadas y explotadas sexualmente por personas sin
escrúpulos, y qué de aquella gran cantidad de mujeres que sufren
maltrato en sus hogares tanto físico como psicológico, o las que son
engañadas y usadas convirtiéndose a muy temprana edad en
madres solteras. O de aquellas que son objeto de infidelidad y que
son obligadas a aceptar dicha situación ya sea por su dependencia
económica a su marido, o por temor a ser golpeadas o asesinadas
por estos.

Todo esto, crea en la mujer una auto-estima muy baja que les lleva
a sentirse miserables, y no se ven muchas veces a sí mismas como
personas, sino más bien, como objetos sexuales, o como alguien
que sirve solo para cuidar de la casa y de los hijos; como alguien
que debe someterse sin argumento a los abusos de su marido; pues
carece de derechos por el simple hecho de ser mujer.

Muchas veces debe cargar toda la vida con esos complejos, con
esas heridas causadas desde la niñez en algunos casos, porque esa
es la idea o la imagen que Satanás y el mundo han plasmado en
ella; sin embargo, esa no es la voluntad de Dios para la mujer, y
cuando Jesús estuvo físicamente sobre la tierra, Él no vio a la mujer
como seres seductores responsables del pecado, ni como criaturas
inferiores e incapaces; ¡no!, Él las invitaba a seguirle, les permitía
que le tocasen, las sanaba, las escuchaba; fueron objeto muchas
veces para manifestar en ellas sus milagros, formaron parte de
parábolas y sus discursos.

Además les concedió privilegios grandes como ser las últimas


personas en permanecer a su lado cuando Él murió, y las primeras
en descubrir su resurrección.

1. La condición de la samaritana.

El pasaje bajo consideración es un ejemplo de ese valor que nuestro


Señor Jesucristo dio y da a la mujer.

El pasaje nos habla de una mujer, que solo por el hecho de serlo ya
era vista de una manera inferior en la cultura de su época; carecía
de derechos civiles. Se creía que Dios no trataba de igual manera
con ellas que con los hombres por el simple hecho de ser mujeres.

Además de ser “mujer”, era samaritana; los samaritanos eran vistos


por los judíos como seres despreciables; de tal manera que para
trasladarse de Judea a Galilea, bordeaban la región de Samaria para
no contaminarse; y todo esto agravaba la situación de esta mujer,
pues, además de ser mujer, era samaritana.
Pero no todo acababa ahí, ella era además, una mujer a la cual los
hombres que se habían acercado a ella no la habían valorizado; ella
después de su primer fracaso, había abrazado otras relaciones con
la esperanza de encontrar un hombre que la valorizara, que la
amara, que le diese un hogar, que la sostuviese; pero todos habían
jugado con su dignidad.

Cuando ella pasaba por las calles, las demás mujeres murmuraban
de ella, la miraban como una mujer pícara, corrupta, y los hombres
la miraban como un objeto fácil de obtener; como alguien con quien
podían satisfacer sus fantasías sexuales. Más de alguno quizá hasta
comentaba lo que había hecho con ella.

Se agravaba aun más su situación por su pobreza aunque la biblia


no lo dice, pues el hecho de que ella misma saliese a buscar el agua,
nos habla de su situación económica; no tenía una criada para hacer
el trabajo como podían tenerla otras mujeres; quizá era madre de
más de un hijo y de distinto padre.

Todo esto le hacía sentirse triste; quizá en la soledad de la noche


muchas veces derramó sus lágrimas, probablemente más de alguna
vez, al no encontrar manera de rehacer su vida pensó en suicidarse.

Quizá todo este panorama le hizo tener un carácter agresivo, tozco


y hasta vulgar y deprabado.
Quizá llegó a creer que ella era eso que el mundo decía que ella era;
llegó a creer que era un objeto, un ser sin valor; y así actuaba. Y esa
es muchas veces la imagen que Satanás y el mundo proyectan en
la mujer hoy en día, la desvalorizan, le roban la razón de ser, la
apartan del propósito que Dios tiene para sus vidas.

2. El amor de Jesús.

A pesar de todo, delante de Dios la mujer tiene un valor muy


especial; si bien Satanás vino para matar, hurtar y destruir; Jesús
vino para dar vida y vida en abundancia.

El Señor Jesús se dirigió hasta la entrada de esta ciudad de Samaria


llamada "Sicar", específicamente a ese pozo llamado de Jacob, y no
fue allí por una casualidad; pues aunque esta mujer no lo sabía,
Jesús la conocía y la amaba, Él sabía de su sufrir, de su baja estima,
de la imagen que Satanás y el mundo habían creado en ella, Él sabía
de sus lágrimas, de su desesperación. Él sabe y conoce de cada
una de las luchas y desesperación de cada una de las mujeres del
mundo; Él tan sólo está esperando que abras la puerta de tu corazón
y le permitas a Él llenar tus vacíos, sanar tus heridas, librarte de cada
uno de tus temores, y hacer de ti una mujer nueva.

Por esta razón, envió a sus discípulos lejos; Él quería encontrarse


con esta mujer, con la criticada, la rechazada, la menospreciada; la
que para el mundo no tenía valor, pero que ante los ojos de Dios
tenía un especial valor. Y fue a ese lugar exclusivamente por ella. Y
es que para Dios no existe la casualidad, no es una casualidad que
tu estés leyendo estas líneas. Desde aquí el Señor te está gritando:
"te amo" a pesar de conocerte, a pesar de tus pecados, "te amo" y
quiero perdonarte, quiero cambiar tu vida , quiero derramar en ti ese
amor, esa paz que no haz podido encontrar en lo que este mundo te
ha presentado.

3. El agua que sacia el alma.

Nuestro Señor le pidió agua a esta mujer, y no por que tuviera sed,
mas bien era una excusa para acercarse a ella. Una excusa que la
dejó asombrada, Él un hombre y judío hablarle a ella, una mujer que
además era samaritana (v9); mas el Señor le dijo: Si conocieras el
regalo que Dios quiere darte, y quién es El que te pide de beber, tú
le pedirías a Él y Él te daría agua que saciaría tu alma (v10); no
como lo que haz probado en el mundo que divaga tu pena por un
momento y luego deja en ti un sentimiento de insatisfacción, de
culpabilidad, de vacío. No, lo que Dios ofrece es paz, esperanza,
gozo, seguridad.

4. La necesidad de enfrentarse con si misma.

La mujer se puso ansiosa al oír de esa agua y exclamó: “Dame de


beber, dame de esa agua” (v-15). Pero el Señor sabía que la mujer
debía enfrentarse con ella misma, reconocer su pecado, reconocer
que había estado viviendo alejada del propósito que Dios tenía para
su vida, reconocer que su conducta ofendía a Aquel que la amaba.
Y este es el primer paso para la restauración de toda mujer y de todo
ser humano: Reconocer su necesidad de perdón, reconocer su
indignidad delante de Dios, para poder ver así en Dios, el caudal de
gracia para su alma.
Llama a tu marido -le dijo el Señor, ella se estremeció al ser
confrontada con su pecado, al ser confrontada con su intimidad. No
tengo -le respondió ella; bien has dicho porque cinco maridos haz
tenido, y el que tienes no te pertenece (v.17-18).

Él es especial, me conoce, conoce mi intimidad -pensó ella. Y es que


el Señor conoce la intimidad nuestra, nada podemos ocultar ante su
gloria; por eso debemos acercarnos confiadamente al trono de la
gracia y recibir el oportuno socorro.

Fue solo hasta que esta mujer reconoció su necesidad, se humilló,


sintió el peso de su pecado que comenzó a vislumbrar Quién era El
que estaba con ella. Fue hasta entonces que el Señor se reveló
plenamente a su vida: "Sé que ha de venir el Mesías llamado el
Cristo" (v25). "Yo soy, El que habla contigo" -le dijo el Señor (v-26).

Conclusión.

Esta mujer no volvió a ser la misma, su vida cambió, sus temores se


fueron, una paz que jamás había experimentado inundaba su alma.
Nadie podía estorbarla, pues Aquel que tenía todo poder le había
perdonado, ella había bebido del agua que sacia el alma.

Sin importar hasta dónde hallas caído, hoy el Señor se ha acercado


a ti, hoy el Señor te dice: Yo te amo, morí en la cruz para pagar por
tus pecados, sufrí para poder darte paz y vida eterna; pero es
necesario que reconozcas tu necesidad, que confieses tus pecados
delante de Mí y Me invites a morar en tu corazón, y esa paz que
sobrepasa todo entendimiento llenará tu alma.

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