“Estrategias de intervención clínica para el abordaje del abuso sexual infantil ” 1
ARTÍCULO DE REVISIÓN
REVISIÓN TEÓRICA ACERCA DE LAS ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN
CLÍNICA EN EL ABORDAJE DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL INTRAFAMILIAR
John Libar Brand Tapias
Carolina Hincapié Gómez
ABSTRACT
Child Sexual Abuse (CSA ) is one of the most common forms of violence that are
maintained through time, carrying consequences that negatively impact the life cycle of
the victims, significantly altering their lives. This review article was structured on
conceptual aspects such as CSA, risk factors, protective, consequences and
intervention strategies specifically.
Your objective was described the main theoretical - empirical advances of intervention
strategies in the clinical approach of CSA, you finding classified in: attention on crisis, in
the trauma, on the victim, in the family and to group level too. Cognitive behavioral
therapy presents significant results in the intervention of the CSA, using techniques
such as cognitive restructuring, systematic desensitization , psycho - education , coping
strategies among others , addressing areas of cognition , emotion and behavior altered
after the fact. Such interventions offered to victims of CSA possibilities unfold
compensate effects of the experience , understanding the meaning of the experience .
Through intervention strategies in the CSA , the importance of an integrated treatment ,
that is to say victim and family, so enhance their capabilities, focusing on main goal;
ensure the safety of children while avoiding the occurrence of new events and where
make prevention work with sex offenders .
Key Words: Child sexual abuse, Consequences, Risk factors, Protection factors and
Intervention strategies.
El Abuso Sexual Infantil (ASI) es una de las formas de violencia más frecuentes que
se mantiene a través de los tiempos, acarreando consecuencias que impactan de
manera negativa el ciclo vital de las víctimas, alterando significativamente su vida. El
presente artículo de revisión se estructuró sobre aspectos conceptuales como el ASI y
estrategias de intervención.
Su objetivo fue describir los principales avances teórico-empíricos de estrategias de
intervención en el abordaje clínico del ASI, encontrándose clasificadas en: atención en
crisis, en el trauma, en la víctima, en la familia, a nivel grupal y el victimario. La Terapia
Cognitivo Conductual presenta resultados significativos en la intervención del ASI,
utilizando técnicas como la reestructuración cognitiva, desensibilización sistemática,
psico-educación, estrategias de afrontamiento entre otras, abordando áreas cognitivas,
Asesor: Jaime Moreno
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emociones y conductuales alteradas después del hecho. Dichas intervenciones ofrecen
a las personas víctimas de ASI posibilidades de resarcir efectos que se despliegan de
la vivencia, comprendiendo el significado de la experiencia vivida.
A través de las estrategias de intervención en el ASI, se reconoce la importancia de un
tratamiento integrador, es decir víctima y familia, con el fin de potenciar sus
capacidades, centrándose en el objetivo prioritario; garantizar la seguridad del menor
evitando la ocurrencia de nuevos sucesos, y donde se haga el trabajo de prevención
con los ofensores sexuales.
Palabras clave: Abuso Sexual Infantil, Consecuencias, Factores de Riesgo, Factores de
Protección y Estrategias de Intervención.
Introducción
Cuando se intenta realizar un acercamiento a la compresión del fenómeno y la
práctica del Abuso Sexual Infantil (ASI), se evidencia el reconocimiento de éste como
un fenómeno existente desde tiempo atrás, pero en el que se ha desconocido la
magnitud del mismo en la medida en que no se observa claridad sobre el accionar y las
implicaciones que tiene en la víctima, tal como lo menciona Bernal (2000): El abuso
sexual como manifestación de maltrato hacia los niños no es un fenómeno nuevo. Se
trata de un problema con un gran pasado pero con una corta historia puesto que, a
pesar de haber estado siempre presente, sólo en forma muy reciente se ha despertado
a nivel de la opinión pública una conciencia y preocupación respecto de su magnitud e
impacto (P. 63).
Se entiende por ASI, toda actividad que implique la participación de niños o
adolescentes en actividades sexuales ejercidas por los adultos, los que tienen el
dominio sobre el menor, buscando principalmente la satisfacción de sus propios
deseos, aprovechando la situación de dominio ya sea porque se tiene más fuerza, o
una situación en la que se le otorga más poder frente a la víctima; quienes son
incapaces de comprender el sentido de esta práctica, como tampoco de dar el
consentimiento real para llevarla a cabo, (Galdos, 1995; Kempe, 1978).
Algunas estadísticas referidas por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar
(2014), reportan cifras de maltrato infantil de los cuatro primeros meses del año 2014.
Del total de los casos, 1.364 denuncias corresponden a situaciones de violencia sexual
contra niños, niñas y adolescentes, estas se realizaron al Centro de Atención Integral a
Víctimas de la Fiscalía General de la Nación.
Por otra parte, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses (2013) indica que
los principales victimarios son personas adultas, y que con relación al sexo de las
víctimas del total de casos, el 84,44% fueron niñas y el 15,56% niños; las tasas más
altas se concentraron en el rango de edad de 0 a 17 años, en donde, en el caso de los
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hombres, dicha tasa se presentó de los 5 a 9 años y, en las mujeres, de los 10 a 14
años respectivamente. Además confirmando como principal agresor un familiar, con el
39,61% del total de registros.
No obstante, se aclara que existen casos de Abuso Sexual que no son denunciados,
se mantienen en silencio al interior de los grupos familiares; en algunos casos como
secretos de familia y, en otros, estas prácticas no son concebidas como un abuso.
Saldarriaga (2013), citando a Martínez (2000), refiere que el ASI, especialmente el
abuso que ocurre al interior de la familia, es un problema de considerables
proporciones no sólo en términos epidemiológicos, sino también por las consecuencias
psicológicas y sociales que trae consigo.
Por lo tanto, es indispensable incluir dentro del fenómeno en mención el principal
entorno en el que se encuentran estos comportamientos, a saber, la familia; además se
tiene en cuenta que lo que se observa desde la pasividad en la niñez se practica desde
la actividad en la edad adulta, convirtiéndose en una cadena de abusos que se
mantendrá dentro de los núcleos familiares. Los menores que son abusados pueden
llegar a abusadores en la adultez, de esta manera se extienden estas conductas a
otras comunidades entre las interacciones y las relaciones interpersonales que logra
establecer el ser humano.
De ahí surge la necesidad de cuestionar el papel que juega la familia en el
fenómeno del abuso sexual y la conceptualización del término como tal, dado que ésta
es considerada un lugar armónico y de protección que se constituye un entorno cálido
y afectuoso para todo individuo que haga parte de ella, especialmente para los
menores, quienes a partir de la interacción con los demás miembros del grupo, logran
crear la realidad social. La familia es considera como una célula social cuya membrana
protege en el interior a sus individuos y los relaciona con otros organismos semejantes,
y que conecta al adolescente con el mundo y transforma al niño en adulto (Estrada,
2014).
Conviene aclarar que cada familia tiene formas particulares de funcionar, estas se
acompañan de costumbres y creencias; por consiguiente de maneras de pensar que se
revisten de variados significados; sin embargo, es una generalidad considerar que los
hijos son propiedad de los padres, esa conceptualización lleva a pensar que tienen
sobre ellos derechos ilimitados, incluso para trascender lo permitido desde el hecho de
ser individuo.
El ASI representa una ruptura a los limites personales y al espacio próximo entre un
individuo y otro, porque se realiza sin el consentimiento de uno de ellos e irrumpe en la
inocencia de la víctima, trayendo consecuencias emocionales, psicológicas, físicas,
laceraciones a su integridad y desencadenando una visión negativa de sí mismo y de la
vida, reflejándose en comportamientos, conductas y actitudes de reproche que
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desdibujan la auto-imagen positiva que se construyó a lo largo de su niñez y
adolescencia. Es por ello que se resalta la necesidad de comprender este fenómeno e
indagar acerca del modo en que se ha intervenido dada la necesidad de atenuar el
impacto y la crisis desencadenada en cada víctima a partir del suceso.
Se entiende por crisis un estado pasajero de intensa carga emocional generado por la
dificultad de evaluar objetivamente las circunstancias, y por la incapacidad para
manejar la situación, es decir para tomar decisiones. Sus sentimientos característicos
con miedo, angustia, impotencia o rabia, ya que hablar del tema puede significar un
conflicto o rechazo familiar, entre otros (Rodríguez (2003), citando a Vargas (1995), p,
62).
Cada persona vive las crisis de manera diferente, de acuerdo con las
construcciones que hace desde su individualidad y su capacidad de resiliencia,
entiéndase por esta la capacidad que tiene el ser humano para sortear las diferentes
situaciones y enfrentar los obstáculos que acompañan al ser en el día a día, sin dejarse
absorber por la situación particular por dolorosa que resulte. “Por esta razón, una crisis
puede dar al individuo una posibilidad de salir mejor dotado de lo que estaba antes que
la crisis ocurriera, y de esta manera afrontar el futuro de una forma más adecuada”
(Rodríguez (2003), citando a Slaikeu (1996), p, 62).
Es precisamente los efectos del ASI, que exhortan la realización de una búsqueda de
rigor científico y analítico sobre el estado actual del fenómeno y la manera de cómo se
aborda, considerándose éste como un problema de salud pública que afecta a todo un
colectivo, porque cada individuo es vulnerable y puede llegar a ser víctima de una
situación de abuso.
Desde el área de la salud y específicamente en la psicología, es importante esta
investigación dado que el propósito de la disciplina es la promoción de un estilo de vida
saludable, generando bienestar mental en las personas, no solo a través de la
prevención sino también de intervenir sobre aspectos que crean malestar emocional y
que ponen en riesgo la estabilidad del individuo, es por ello que será también un
objetivo fortalecer la capacidad del ser humano para recuperarse de los retos,
empoderándolo para los nuevos eventos de la vida, asumiendo nuevas oportunidades
una vez enfrentadas las demandas del presente.
De acuerdo a lo anterior y reconociendo las consecuencias que se observan en
personas que han experimentado el abuso sexual infantil, se hace necesario realizar
una revisión acerca de ¿Cuáles son las estrategias de intervención para el abordaje
clínico del abuso sexual infantil? Dadas las estadísticas colombianas que presentan
entidades oficiales como I.C.B.F y el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses,
donde se refleja mayor riesgo en la etapa de la infancia.
La construcción de este artículo de revisión brindará mayor información y conocimiento
a todos los profesionales en psicología acerca de la forma como se puede intervenir y
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al mismo tiempo las estrategias en las que se ha obtenido mejores resultados,
disminuyendo el riesgo de atender o diseñar una intervención de manera inadecuada
donde posiblemente y frecuentemente se observa la revictimización del ser.
Objetivo General
Realizar una revisión de los avances teórico-empíricos acerca de las estrategias de
intervención congnitivo conductuales para el abordaje del abuso sexual infantil.
Objetivos Específicos
1. Conocer las aproximaciones conceptuales desde diferentes autores del
concepto del abuso sexual infantil.
2. Describir los principales avances teóricos sobre las estrategias de intervención
para el abordaje del abuso sexual infantil.
Tipo de investigación
En el presente artículo de revisión plasma los avances teórico-empíricos sobre las
estrategias de intervención para el abordaje del abuso sexual infantil. Para el desarrollo
del artículo se han tenido en cuenta diferentes procesos tales como la búsqueda
bibliográfica, la discriminación o elección de los artículos y la discusión acerca de los
mismos, iniciando con la búsqueda de información mediante la consulta de bases de
datos de revistas científicas a nivel psicológico como fuentes primarias. Los
descriptores o palabras claves para esta indagación han sido ASI, Consecuencias,
Factores de Riesgo y de Protección y Estrategias de Intervención
Marco Teórico
La Organización Mundial de la Salud - Organización Panamericana de la Salud
(2003) realiza su propio aporte definiendo la violencia sexual como: “Todo acto sexual,
la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no
deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la
sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independiente de la
relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de
trabajo” (P. 2).
Para el presente artículo se hace énfasis en el ASI, que se enmarca dentro de la
problemática del maltrato infantil, definido por La Convención de los Derechos de los
Niños de Naciones Unidas en su Artículo 19, como: Toda violencia, perjuicio o abuso
físico o mental, descuido o trato negligente malos tratos o explotación, mientras que el
niño se encuentre bajo la custodia de sus padres, de un tutor o de cualquiera otra
persona que le tenga a su cargo. Citado por el Ministerio de trabajo y asuntos sociales,
(2006).
Señaló Cuadros y Ordoñez (2006), con relación al Abuso Sexual que solo
recientemente se ha entendido éste, como lesivo y traumático para los niños. En la
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antigüedad existían múltiples ejemplos de cómo se les utilizaba para beneficios del
adulto, sin ninguna consideración ni entendimiento del daño al desarrollo psicosexual
del niño. Tiberio, por ejemplo, utilizaba sexualmente lactantes metiéndoles el pene a la
boca. Luis XIII, rey de Francia era sometido a todo tipo de abusos sexuales por parte
de los cortesanos, por ser un niño indefenso (P. 20-21).
En la actualidad se observan situaciones que hacen visible el ejercicio aún de
prácticas inadecuadas frente a la crianza del menor, donde la posición de indefensión
de los mismos los ubica en un mayor grado de vulnerabilidad, convirtiéndose así la
niñez en un factor que predispone la aparición de cualquier tipo de abuso, como puede
ser el físico, el psicológico, por negligencia o abandono y el abuso sexual, todos estos
se enmarcan dentro del maltrato infantil, el cual se define según la Sociedad Española
de Pediatría (2012) como: “Cualquier tipo de maltrato como: acción, omisión o trato
negligente, no accidental, que priva al niño o la niña de sus derechos y bienestar,
que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico o social y cuyos
autores pueden ser personas, instituciones o la propia familia”.
Para el presente artículo se centra la revisión documental sobre el abuso sexual
infantil, revisión bibliografía sobre la conceptualización del término, algunos de estos
son: (Faller, 1988; Kempe, 1998; Mrázek, 1981), consiste en un acto sexual que se
presenta entre un niño, niña o adolescente y un adulto, con el objetivo de satisfacer sus
necesidades sexuales, sin tener en cuenta las consecuencias físicas y psicológicas que
puede provocar en la víctima, aprovechándose la incapacidad del menor para dar su
consentimiento debido a la inmadurez y a la dependencia propia de esa etapa del
desarrollo.
Desde estas definiciones se puede reconocer que el abuso sexual recae sobre la
población infantil en la medida en que aún no ha desarrollado plenamente su condición
física y psicológica, volcándolo en el rol de víctima. Su fragilidad e incapacidad de
reconocer la intencionalidad de otro lo hace vulnerable al sometimiento del adulto,
permitiendo imponer sus deseos a través de mecanismos como engaños, chantajes y
la coerción en muchas ocasiones.
Existen otros autores que realizan la comprensión del fenómeno de manera más
descriptiva en cuanto a las actividades que implica la práctica Intebi, 2007; Putnam,
2003; Saldarriaga, (2012), estos afirman que: El ASI es una experiencia de vida
compleja, que atenta contra la libertad sexual de otro mediante la violencia, por lo tanto
sin el consentimiento del otro, mediante una serie de actividades donde se influye el
coito, intento de coito, contacto oral-genital, las caricias de los genitales directamente o
a través de la ropa, el exhibicionismo o la exposición de los niños a la actividad sexual
de adultos o pornografía, masturbación del niño o en presencia del niño, la utilización
de los niños para la prostitución o la pornografía, el voyeurismo, obligar al niño a que se
involucre en contactos sexuales con animales.
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Cabe anotar que aunque hay avances frente a la conceptualización del término
del ASI, los factores de riesgo, los indicadores que presenta un niño cuando ha sido
víctima de este tipo de abuso y las consecuencias que trae consigo, existe una
distancia entre la terminología y el reconocimiento de una posible víctima, lo que
dificulta la interrupción del abuso y la intervención de manera más próxima en el
suceso. Esta situación puede relacionarse con el aumento de víctimas, dado que a
menor reconocimiento del flagelo, mayor confianza del victimario para seguir
perpetuando el hecho. Esta condición obliga a generar más estrategias que permitan
afrontar el suceso a través de una adecuada intervención y resarcir los efectos del
mismo, pues aun cuando las estadísticas logren mostrar un descenso, siempre existirá
la necesidad de intervenir en el problema.
Cuadros y Ordoñez (2006) manifiestan que: “El comportamiento abusivo en la
sexualidad puede definirse como cualquier evento sexual que ocurre sin
consentimiento, sin equidad entre los participantes, como resultado del ejercicio de la
coerción sobre uno de los individuos”. En el abuso sexual, los niños nunca están en
condiciones de equidad con los adultos o adolescentes por sus propias condiciones de
vulnerabilidad, de ingenuidad, pensamiento concreto e indefensión característica de la
infancia. La agresión siempre implica la explotación del otro, el uso de amenazas, la
intimidación o la manipulación del niño (P. 34).
Es entonces el ASI todo tipo de Conducta Sexual practicada por un adulto y que
involucra a cualquier menor de edad con la intensión de satisfacer sus propios deseos
sexuales, valiéndose de la no compresión del niño (a) para dar consentimiento acerca
de las actuaciones del adulto, y para quien además las interpreta como conductas
adecuadas que hacen parte del vínculo afectivo. Esta actividad se ve acompañada de
una serie de mitos que se tejen acerca de las inadecuadas prácticas sociales y que de
manera indirecta silencian y refuerzan la conducta del victimario.
Entre los mitos encontrados según Hernández & Soria (1994), se relaciona: La
creencia de ligar la agresión sexual al deseo sexual del actor. Ello no es así, en gran
parte de este delito no aparece un delito sexual claramente identificable, pero si una
humillación de contenido sexual hacia la mujer. También el considerar la presencia de
una resistencia física de la víctima; ello no es así, al igual que en el resto de los delitos
la víctima aparece dependiente y sumisa en la mayoría de los casos (P. 19).
Otras situaciones que minimizan la realidad del flagelo es creer que solo se
presenta en los estratos sociales más bajos, con carencias económicas y educativas
como también la falta de credibilidad de parte de los adultos hacia el menor, puesto
que, al expresar la vivencia de un tipo de ASI estas narraciones son tomadas como
producto de fantasías e imaginaciones propias del mundo irreal en el que trascurre y
del que se acompaña esta etapa. Al respecto Intebi (2008), manifiesta que los sectores
sociales bajos corresponde a una franja de la población que está más expuesta a la
intervención comunitaria, lo que facilita el diagnóstico y respecto a la incredulidad
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expresa que ni la más febril imaginación infantil alcanza para sustentar escenas como
la siguiente: “Hoy no quiero jugar, quiero hablar de lo que mi papá me hacía y no quise
contar el otro día. “Mi papá me tocaba la cola, adelante y atrás y me bajaba los
pantalones”. (P. 26-28)
Otro mito es el sustentado en la creencia de que quienes ejercen este tipo de
conductas y comportamientos inadecuados son personas extrañas al menor. Pero
como muestran las estadísticas del Instituto Colombiano de Medicinal Legal (2012) el
entorno más frecuente y de mayor presencia de ASI suele ser el familiar, seguido a
este la pareja sentimental de alguno de sus padres.
Es deber enfatizar en que detrás de la perpetuación de estos hechos se encuentran
factores de riesgo que acrecientan la posibilidad de presentarse un caso de abuso
sexual en el menor, como lo menciona Ezpeleta (2005): “Un factor de riesgo es aquel
que aumenta la probabilidad de que aparezca un trastorno… un factor de riesgo es un
actor asociado que precede al resultado” (P.10).
De allí la relevancia que tiene el reconocimiento por parte del personal adulto en el
entendimiento de los factores de riesgo, los mismos que ubican al menor en un grado
de vulnerabilidad por el poco entendimiento con el que cuentan en una situación
particular como el abuso sexual; toda vez que al tener la compresión clara acerca de
este tipo de maltrato, se evita culpar por parte de los adultos a los menores de esta
vivencia, que desde un inicio ya experimenta ese sentimiento. Es por ello que la (OMS,
2014) reitera que: “No hay que olvidar que los niños son las víctimas y que nunca se
les podrá culpar del maltrato” (N.D 150).
Entre los factores de riesgo se encuentra la edad, teniendo en cuenta que a menos
años de vida más fácil es lograr el abuso por la indefensión y falta de conocimiento en
la distinción de conductas, en este caso sexuales que son propias de los adultos. Otro
factor de riesgo se encuentra en menores con algún tipo de discapacidad cognitiva,
dado que en muchas ocasiones le impide comunicar a los demás los hechos
vivenciados. Otro componente importante hace referencia al establecimiento de lazos
afectivos distantes, dado que los menores que experimentan sentimientos de abandono
y desamparo por parte de las figuras parentales suelen manifestar carencias afectivas y
al mismo tiempo buscan afecto en personas, incluso diferentes al círculo primario.
Las prácticas de crianza que se traducen en desamparo afectivo del niño, niña o
adolescentes, tales como padres ausentes, madre con problemas de salud o
discapacitada, relaciones conflictivas, uso de castigo físico y violencia intrafamiliar,
constituyen factores de riesgo de abuso sexual. Las madres con antecedentes de
haber sido abusadas (con presunción de baja autoestima) evidencian menor
probabilidad de identificar a posibles abusadores de sus hijos e hijas, convirtiéndose en
un factor de riesgo así como también el hecho de pertenecer al sexo femenino y
pertenecer a pobres condiciones socioeconómicas. (Unicef Et. Al, 2011), (Roe-
Sepowitz, D., & Krysik, J. 2008).
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Por lo general, el ASI se puede encontrar en “personas con antecedentes de
maltrato infantil, la falta de conocimientos o las expectativas no realistas sobre el
desarrollo infantil; el consumo indebido de alcohol o drogas, en especial durante la
gestación; la participación en actividades delictivas; las dificultades económicas” (OMS
Et. Al, 2014. N. D. 150).
A nivel familiar se observa en algunos miembros y también en el menor
características como la pasividad, la dependencia y la sumisión; estas particularidades
refuerzan la conducta insana en la disposición en que los comportamientos son
mediados y autorizados por la persona que ejerce el poder sobre el núcleo familiar,
condición que le otorga el derecho a violentar a las demás personas que son
considerados inferiores. Como lo indica Rodríguez (2003), citando por Vargas (Et
al.1995):
También se encuentran aquellos menores que son fácilmente manipulables, que su
autoestima es negativa y están necesitados de atención y afecto, tienen un vínculo
estrecho con sus padres y/o tienen una mala relación con ellos, son muy pequeños o
discapacitados físicamente o intelectualmente, han sido educados por adultos
autoritarios que los obligan a obedecer sin cuestionar las imposiciones de los mayores,
y no saben lo que es el abuso sexual ni la manera de evitarlo o afrontarlo. (Pág. 60).
Existen factores que se relacionan con el contexto social y que están influenciados
con las creencias que se enmarcan en las diferentes culturas; algunas de estas son las
patriarcales, donde predomina el machismo, otorgándole el derecho y la potestad de
iniciar con la vida sexual de las niñas, así lo afirma Rodríguez (Et. al 2003): cuando
manifiesta que, los adolescentes pueden iniciar su vida sexual con niñas que trabajen
como empleadas domésticas; aceptar la iniciación sexual de las hijas con sus padres,
justificando que es una preparación para cuando encuentren pareja o también creer
que una extrema tensión a nivel intrafamiliar puede hacer que la madre no esté
dispuesta a tener relaciones sexuales con su pareja y por ende, lo provoque a cometer
algún tipo de abuso sexual con los miembros de la familia (P. 60).
Como se puede observar, existe un sin número de factores de riesgo que se
anteponen al ASI; sin embargo, cabe señalar que ante una situación de abuso no
necesariamente están presente estos factores mencionados y mucho menos el que
existan, obedece a una situación de abuso, pero el reconocerlos brinda una postura de
alerta que puede impedir el ejercicio de la práctica y el sufrimiento que desencadena
esta circunstancia.
Pese a esto, es reconocido que el abuso sexual en niños implica, en la mayoría de
los casos, un impacto grave en la salud mental no solo de la víctima, sino de todo un
grupo social, incluyendo familia, escuela y cualquier entorno donde interactúe el menor;
también es sabido de las consecuencias de este suceso que acompaña la víctima
durante toda la vida. Estas se pueden clasificar en diferentes tipos de efectos que se
hacen evidentes a corto y largo plazo.
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Por ejemplo existen efectos físicos como alteraciones de sueño, pérdida de control
de esfínteres, cambios en los hábitos de comida. De otra parte los efectos que a nivel
conductual se presentan son el bajo rendimiento escolar, hiperactividad, conductas
auto-lesivas, huidas del hogar y en la edad adulta se presenta consumo de sustancias
psicoactivas, intentos de suicidios y prostitución.
En cuanto al aspecto cognitivo se han encontrado problemas de atención y
concentración, bajo rendimiento académico; igualmente en lo social, problemas para
establecer relaciones con los demás, dificultad para conectarse con los grupos pares y
en cuanto a lo biológico se puede presentar alteración en el sueño, pérdida de control
de esfínteres, trastornos alimenticios y quejas somáticas.
Los diagnósticos más comunes que se establecen en el menor, víctima de abuso
sexual es el Trastorno de Estrés Postraumático TEPT, el cual es definido por Ovejero
(2009), citado por Azcarate (2007), como: un trastorno de ansiedad que una persona
puede desarrollar después de experimentar o ser testigo de un suceso traumático
extremo durante el cual siente un miedo intenso, desesperanza u horror. Las
características dominantes del TEPT son entumecimiento emocional, hipervigilancia
(irritabilidad o alerta constante de peligro) y re-experimentación del trauma (P. 308).
Dentro de estos hechos o sucesos mencionados se encuentra el generado por el
abuso sexual, el cual amenaza con la integridad física y la vida de la víctima,
respondiendo a este acontecimiento con horror intenso, desesperanza y
comportamiento desestructurado; este sentir es potenciado por personas con escaso
apoyo emocional, falta de protección familiar, dificultad en la adaptación social y sin
lugar a duda el tiempo de duración del abuso. Asimismo se presentan implicaciones a
nivel sexual como la promiscuidad, la masturbación excesiva, problemas de identidad
sexual, conductas exhibicionistas.
Es significativo precisar que las consecuencias antes mencionadas se hacen
notorias en el menor al momento de vincularse con todo el entorno, demostrando el
impacto del suceso mediante las formas de relación en el aspecto social, lo cual
evidencia una seria dificultad en las habilidades comunicativas y caracteriza a la
víctima con el retraimiento, aislamiento y conductas antisociales que manifiestan
sentimientos negativos como la rabia y el deseo de venganza por el dolor que le
produce vivir después de lo acontecido.
Cabe aclarar que no todas las personas reaccionan de la misma manera, ni todas
comparten las mismas características y consecuencias ante una situación de abuso
sexual; sin embargo es necesario realizar intervención a todas las víctimas para
minimizar los efectos de esta experiencia que afecta en todos los aspectos a quienes
han sido víctimas del flagelo.
Esta práctica se puede describir como una vivencia oculta, toda vez que las
consecuencias no se observan de manera inmediata al suceso, dado que las marcas y
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lesiones en rara ocasión se evidencian físicamente, por el contrario permanecen en el
silencio, ocultas por las víctimas e invisibles para los expectantes, pero con una
afectación emocional que solo es experimentada por quienes la viven. Es por esta
razón la detención y el reconocimiento de este abuso se pueden volver dificultosos y
lentos, aplazando el proceso de intervención y distanciando la recuperación y el
resarcimiento de los efectos negativos propios del ASI.
Es de aclarar que la intervención que se realiza de manera inmediata al suceso
arroja mejores resultados, “Considerando los efectos severos del abuso físico infantil y
ASI es necesario una temprana intervención para prevenir los síntomas crónicos y la
revictimización” (Resick, 1993, p, 47). La actuación pronta previene la aparición de
síntomas crónicos, además la tendencia de quedarse con la visión negativa del hecho
durante el resto de los días obstaculizando la posibilidad de resignificar la vida.
El proceso de intervención ofrece a todas las personas que han sido víctimas del
ASI la posibilidad de reducir los efectos negativos que se despliegan de la vivencia,
además de la oportunidad de no victimizarse porque nadie puede cambiar la
experiencia; también es cierto que mediante una adecuada intervención se puede tener
una calidad de vida adecuada a pesar de lo traumático que puede representar este
hecho. “La intervención terapéutica requiere modificar actitudes negativas e ideas
distorsionadas sobre la sexualidad, así como abordar mitos y falsas creencias sobre las
enfermedades de transmisión sexual o la homosexualidad” (Echeburúa &
Guerricaechaverría, 2011, p, 481).
A pesar de las consecuencias del ASI a nivel físico, “la intervención debe estar
centrada en las secuelas que se derivan de los aspectos psicológicos, requiriendo
atención inmediata” (Malhotra y Parthasarathy, 2006; Gorey, 1997), pues estas se
relacionan con aspectos emocionales, originando en muchas ocasiones patologías
como la depresión, la ansiedad, temores generalizados, sentimientos de culpa y
vergüenza ante el suceso, concepto pobre de sí mismo, desconfianza hacia los demás
y rencor hacia los adultos, desencadenando la construcción de un significado negativo
de la vida. Se puede precisar que en la intervención clínica el objetivo es la
recuperación o mejoría en la salud mental del menor a través de la búsqueda de
alternativas para garantizar que tal momento traumático no precipite pensamientos
distorsionados frente a sí mismo, los demás o el futuro.
Desde la psicología clínica con enfoque cognitivo conductual se propone al
individuo resolver las distorsiones cognitivas mediante cambios de pensamientos,
sentimientos y comportamientos, consiguiendo así un mayor grado de adaptación y por
ende la capacidad de seguir afrontando las situaciones que acompañan el diario vivir.
Vale la pena resaltar que a través de este enfoque terapéutico emergen propuestas
pertinentes para afrontar este tipo de fenómenos, considerando que este cumple con
varios propósitos a través de la intervención.
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Según Echeburúa y Guerricaecheverría (Et, al 2010): hay pruebas de que la terapia
cognitivo-conductual centrada en el trauma es eficaz. El tratamiento cumple diversas
funciones: la reducción de los síntomas, la comprensión del significado de la
experiencia vivida, la prevención de nuevos abusos y la ayuda a la familia para
expresar sus sentimientos, buscar apoyo y hacer frente a los problemas planteados (P
469).
La intervención terapéutica, según Intebi (2012), tiene como objetivo: disminuir los
factores de riesgo y a reforzar los factores de protección, trabajando con los distintos
niveles –protagonistas- de las situaciones de desprotección, lo que constituye el
componente multimodal de la misma. La implicación y el peso que se pondrá en cada
uno de estos niveles serán diferentes en función de las características y las
necesidades de cada caso (P. 135).
De acuerdo a las revisiones teórico-empíricas realizadas respecto a las estrategias
de intervención, éstas se pueden clasificar en: atención a la víctima; la intervención en
crisis, intervención centrada en el trauma; intervención a nivel familiar, intervención
grupal y la intervención al agresor, las que a continuación se desarrollarán de manera
individual.
Para el caso de la víctima, es decir el menor, se hace énfasis en la evaluación
mediante el examen exhaustivo con el objetivo de identificar los síntomas más
comunes frente a un caso de ASI, teniendo como fin la oportunidad de que mantenga
una estabilidad y funcionalidad consigo mismo y los demás al ir elaborando el proceso
doloroso que está limitando el pleno y sano desarrollo.
No obstante, dicha intervención no se puede limitar únicamente a la víctima, pues
este flagelo amenaza con el bienestar emocional de todo un contexto toda vez que
cuando se habla y se reconoce el abuso se presentan situaciones de conflicto,
presenciándose rechazos entre miembros del grupo familiar, la prisión para el agresor,
entre otros. Es por ello que, según Echeburúa & Guerricaecheverría (2010), afirman
que: “En los casos en los que se considera adecuado tratar directamente a la víctima,
es conveniente intercalar intervenciones (con el menor y con sus familiares)” (P. 482).
En concordancia con lo anterior, se observa la necesidad de involucrar a los
cuidadores en el tratamiento respecto al ASI, dado que estos experimentan también
síntomas por lo sucedido además, en la mayoría de los casos, el principal cuidador que
se ve afectado por el acontecimiento es la madre del menor, la cual es reconocida a
través de la cultura como quien debe ejercer el cuidado permanente del niño, darle
protección y defensa ante situaciones de vulnerabilidad; es por ello que ante un evento
como el abuso sexual se presentan sentimientos de culpa y se responsabiliza del
hecho, demostrándose el sufrimiento y originando la crisis. “La literatura tradicional se
ha centrado en dilucidar el rol de la madre en la génesis del abuso, predominando un
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enfoque culpabilizador que contribuye a su descalificación como figura protectora post-
revelación” (Sinclair & Martínez, 2006, p, 1).
Sin embargo, no es posible decir que los demás miembros perciban el episodio
como un hecho aislado puesto que todos pertenecen al mismo núcleo familiar, por
tanto se ven permeados por las diferentes situaciones que se viven dentro de él, como
lo afirman Echeburúa & Guerricaecheverría (Et al, 2010):
Independientemente de la edad del menor o de las medidas urgentes psicosociales o
judiciales que deban adoptarse para proteger a la víctima, la intervención psicológica
con los familiares es imprescindible. Ellos van a tener que afrontar una situación
dolorosa, así como todas las circunstancias que se deriven de la revelación de los
abusos, y son los que deben garantizar la protección y seguridad del menor (P. 471).
Otro factor importante a tener en cuenta a la hora de intervenir es cuando el
victimario hace parte del núcleo familiar, pues como se ha demostrado mediante las
estadísticas, un alto porcentaje de los abusadores hacen parte del núcleo familiar o
tienen fuertes vínculos afectivos con la víctima, lo que genera mayor desestabilidad y
rompimiento de relaciones entre los miembros, además de sentimientos negativos
como la ira y el descontrol; de allí la importancia de que el terapeuta realice la
evaluación de todo el grupo y así conocer las estrategias de afrontamiento que debe
utilizar.
La respuesta de los familiares ante la revelación del abuso puede llegar a ser más
intensa que la del propio menor, sobre todo en el caso de que la madre tenga que
afrontar el hecho de que su pareja ha abusado de su hija. Todo ello puede generar una
sintomatología ansioso-depresiva (culpa, vergüenza, miedo, cólera) que repercuta
negativamente en la víctima e impida protegerle en el futuro de una forma eficaz.
(Echeburúa & Guerricaecheverría, Et al, 2010, p, 9).
Por otra parte, es importante reconocer que cada caso de ASI tiene sus propias
características y por ende un tipo de intervención diferente, dependiendo de los
recursos psicológicos con los que cuente la víctima y las familias, las intervenciones
lograrán cierto grado de efectividad en tanto a la reducción de los síntomas. Tal como
lo refiere Echeburúa & Guerricaecheverría (Et al, 2010:
La secuenciación de los tratamientos va a venir marcada inevitablemente por las
características y circunstancias propias de cada caso, así como por la toma de
decisiones derivadas de la revelación. El clínico debe considerar todas estas variables
y abordarlas a nivel terapéutico mediante técnicas de relajación y reestructuración
cognitiva, así como mediante estrategias orientadas a reforzar la autoestima en la vida
cotidiana y a recuperar un ritmo de vida adaptativo y gratificante (P. 482).
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Cada ser humano desde su individualidad cuenta con recursos distintos para
afrontar los acontecimientos y sucesos vivenciados, algunos suelen tener la capacidad
de reponerse a situaciones estresantes sin la necesidad de adherirse a procesos
terapéuticos, como lo afirman Echeburúa & Guerricaecheverría (Et al, 2010): La terapia
puede implicar, al menos en algunos casos, una segunda victimización. El tratamiento
está indicado en los niños afectados por síntomas psicopatológicos intensos… En los
demás casos, el apoyo familiar, las relaciones sociales y la reanudación de la vida
cotidiana son suficientes como factor de protección al menor. El papel del terapeuta en
estos casos puede limitarse a servir de orientación y apoyo a la familia y a evaluar
periódicamente el desarrollo psicológico del menor (Pág. 470).
Teniendo en cuenta lo anterior, Vallejo & Córdoba (2012) señalan que: “Diversos
autores han coincidido en señalar que el tratamiento para víctimas de violencia sexual
debe hacerse con apoyo de un equipo multidisciplinar. La necesidad de un trabajo
combinado para estas personas se hace aún más evidente cuando son diagnosticadas
con Trastorno de Estrés Postraumático” (P. 27).
Pese a la consideración anterior se debe tener presente la responsabilidad que
implica el ejercicio del proceso que ofrece amplias perspectiva para la intervención;
también puede dar lugar la discrepancia, distanciándose del objetivo del tratamiento y
permitiendo experimentos de técnicas y metodologías científicas que acrecientan el
problema y profundizan la crisis.
Vallejo & Córdoba (Et al, 2012) concluyeron que la terapia de exposición es un
apoyo efectivo para el TEPT, encontrando que los síntomas de estrés postraumático se
redujeron de forma significativa en las categorías revivencia del trauma, evitación y
excitación. A través de este enfoque se logró disminuir los síntomas de ansiedad y
depresión mediante la modificación de creencias irracionales respecto a la experiencia
del abuso, enfocándose en la reestructuración de la memoria traumática.
Las conclusiones de esta investigación fueron que, a través de esta estrategia de
intervención se logró disminuir los síntomas de ansiedad y depresión mediante la
modificación de creencias irracionales respecto a la experiencia del abuso,
enfocándose en la reestructuración de la memoria traumática, considerándose como
una estrategia de mayor efectividad.
También se encuentra el modelo planteado por Soria y Maeso citado por Rodríguez
(2003), denominado Modelo Psicológico de Atención en Crisis: En un primer momento,
un vínculo de alianza psicólogo – paciente donde se dignifica la victima dando prioridad
a sus necesidades asociadas a la agresión. Posteriormente se reduce el nivel de
excitación, elimina sentimientos de control y de sumisión que han dominado la víctima.
También se le permite al menor la expresión de sentimientos a través de llanto, gritos y
miedos, se induce al retorno de la vida social. Finalmente es importante que la víctima
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“Estrategias de intervención clínica para el abordaje del abuso sexual infantil ”
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realice un breve resumen o síntesis de los pasos inmediatamente posteriores y que han
escrito, garantizando su compresión (P. 63-64).
La intervención en crisis corresponde a la primera atención que se presta a la
víctima, dado que se da al momento de revelar la experiencia. El propósito es aliviar las
tensiones creadas por un suceso que amenaza con la seguridad del individuo o su
entorno y que altera la calidad de vida. Para alcanzar el objetivo es importante generar
un espacio de acercamiento y de escucha que permita al menor sentirse acogido en el
contexto de lo ocurrido.
La intervención con la víctima se convierte en otra estrategia fundamental para la
problemática en mención si se tiene en cuenta que esta experiencia interfiere
negativamente en todas las situaciones que se viven cotidianamente, porque se alteran
las capacidades cognitivas y por consiguiente la capacidad de respuesta. Una vez
controlada la situación de estrés mediante la atención en crisis, se debe dotar al menor
de estrategias adecuadas para evitar nuevas situaciones de abuso, instaurando
habilidades necesarias para informar de la ocurrencia.
Dentro del proceso de intervención individual es importante educar a la víctima en
cuanto a la diferenciación de la propia sexualidad y la del adulto con el fin de establecer
distancia frente a la aparición de conductas con intencionalidad erótica de cualquier
otro tipo de persona.
Lo que se pretende mediante esta estrategia de intervención es la expresión de
sentimientos como la culpa, la vergüenza, la tristeza; y que el menor recupere la
confianza en sí mismo y la autoestima a través del empoderamiento propio que le
permitirá afrontar y resolver la dolorosa situación sin re-victimizarse, y así retomar las
actividades cotidianas, aunque estas se vean permeadas por cambios en la dinámica
del propio entorno.
Se trata de facilitarle la adaptación a su nueva situación, tanto si ha abandonado el
domicilio familiar para integrarse en una familia de acogida o en un piso tutelado como
si se mantiene en un entorno familiar que está conmocionado por el conocimiento de lo
sucedido y en donde hay repercusiones a distintos niveles (conflictos y/o ruptura de
relaciones familiares, afectación emocional de los diferentes miembros o cambios en
las rutinas diarias) (Echeburúa & Guerricaechevarría 2007, p, 476).
La necesidad de intervenir en la víctima siempre será una prioridad por todas
aquellas situaciones que se despliegan de la experiencia negativa y de las
mencionadas con anterioridad.
Es importante resaltar que un adecuado proceso terapéutico reduce la probabilidad
en los menores de convertirse en agresores sexuales en la edad adulta, pues como lo
afirman estas conductas pueden repetirse cuando se alcance la madurez. “Los
menores víctimas de abuso pueden convertirse en potenciales agresores; suelen
manifestar además, conductas hipersexualizadas como la masturbación compulsiva,
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conductas seductoras, o un exceso de curiosidad por los temas sexuales” Villanueva
citando a (Arruabarrena, 1996, p, 5).
Otra estrategia de intervención que se utiliza desde el modelo Cognitivo Conductual
es aquella que se refiere al trauma. Entiéndase por trauma, según Echeberrúa (2004):
“Las reacciones psicológicas que se derivan de los eventos potencialmente traumáticos
(EPT) se les conocen como trauma, el cual tiene la capacidad de romper el sentimiento
de confianza que tiene la persona en cuestión sobre sí misma, los demás y el mundo
en general, conllevando a que se desadapte del entorno con facilidad” (manifestaciones
del trauma) (P15).
De acuerdo con lo anterior, se puede denotar que la experiencia de un episodio de
abuso sexual en cualquier menor genera un desajuste integral inmediatamente
después del hecho, interfiriendo en aspectos sociales, emocionales y psicológicos,
donde de forma automática se percibe cada nueva vivencia como una situación de
amenaza constante e interfiere en la capacidad de respuesta adecuada frente a los
próximos eventos si se tiene en cuenta la distorsión que provoca al bloquear los
recursos con los que se cuenta para resolver los conflictos.
En tal sentido, surge la necesidad de realizar la intervención terapéutica centrada en
el trauma, la cual, según Gillies, Taylor, Gray, O’Brien y D’Abrew (2012), obedece a:
“Ayudar a la persona a identificar patrones de pensamiento distorsionados con respecto
a sí mismos, el incidente traumático y el mundo. Se alienta a las personas a cuestionar
sus pensamientos sopesando la evidencia disponible y mediante la utilización de
diversas técnicas por parte del terapeuta, incluyendo preguntas específicas que lleva al
individuo a desafiar la visión distorsionada” (P. 6).
Stanford (2009) propone que el objetivo principal de la Terapia Centra en el Trauma
(TCEC en adelante) es favorecer que los jóvenes traumatizados conecten su historia
pasada con sus conductas y emociones actuales, centrándose en la creación de
nuevas conexiones y un nuevo repertorio conductual. Esta fue diseñada para reducir
cogniciones negativas, facilitar la expresión emocional, identificar y cambiar respuestas
relacionadas con el trauma, dar maestría con conocimiento y habilidades y reforzar la
relación entre el cuidador y su hijo o menor a cargo (P. 2).
Esta intervención se enmarca en objetivos precisos como la compresión del
significado de la experiencia vivida, y la disminución de los síntomas derivados del
hecho, buscando disminuir o detener la posible aparición de patologías de diversa
gravedad por los desequilibrios frecuentes que se experimentan al revivir de forma
involuntaria el suceso perturbador, interfiriendo profundamente en la salud mental del
menor. También se relaciona directamente con la atención del Trastorno del Estrés
Postraumático, siendo este uno de los primeros desencadenantes que se observa con
mayor frecuencia en el ASI, alterando de manera significativa la calidad de vida del
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menor y, que de no ser intervenido puede desencadenar en un trastorno de estrés
severo. Las autoras Calzada & Reyes (2013), refieren que:
Quienes sufren TEPT, reviven involuntariamente aspectos del suceso traumático de un
modo muy vívido y perturbador. Esto incluye flashbacks en los que la persona actúa o
se siente como si el hecho estuviese ocurriendo de nuevo; pesadillas e imágenes
perturbadoras intrusivas y repetitivas, u otras impresiones sensoriales del suceso (Pág.
6).
La intervención con familias es otra estrategia en el abordaje del ASI, teniendo en
cuenta la afectación no solo del niño, sino también a su grupo primario, la familia, que
por el vínculo afectivo que los une hace que todos los miembros experimenten la
desesperanza, la frustración y los sentimientos de culpa generados ante el
acontecimiento y que trasciende a los límites perceptibles; es por ello que desde el
enfoque cognitivo conductual, se plantea un objetivo de intervención con el fin de
contrarrestar los efectos negativos no solo en la dimensión afectiva, sino también
cognitiva y social, abordando la víctima y los familiares.
Se propone un enfoque integrador en el que se tiene en cuenta tanto a los menores
como a los familiares. Hay también algunas sugerencias para el tratamiento según la
edad de los menores y sobre cómo establecer la secuencia temporal del programa con
las víctimas y los familiares (Echeburrúa & Guerricaechevarría, Et al, 2007, p, 469).
Para la intervención en familia, es importante identificar los factores protectores con
los que cuenta el grupo, pues estos se convierten en una herramienta para el
terapeuta, de donde se parte para empoderar a las familias en el acompañamiento de
la víctima mediante diferentes estrategias que fortalezcan sus recursos psicológicos.
De esta manera, afrontar el trauma se hará de manera más tenue y funcional en tanto
no se resuelve de manera individual.
Es entonces cuando sus familiares y cuidadores desempeñan un papel fundamental en
su recuperación. La intervención terapéutica debe, por tanto, ir orientada a garantizar
su capacidad para supervisar la evolución del menor, dotarle de seguridad y enseñarle
estrategias de afrontamiento adecuadas, así como a superar los efectos psicológicos
que ellos mismos padezcan (Echeburrúa & Guerricaechevarría, Et al, 2007, p, 471).
Por ende, la familia es quien debe enriquecerse por medio de la intervención
psicológica de factores que garanticen el acompañamiento a la víctima y propendan a
superar el trauma y, más aún, evitar que vuelva a ocurrir este tipo de abuso.
En lo que hace a los adultos/as no agresores/as, la intervención estará dirigida a
reforzar al máximo sus capacidades y sus aspectos positivos (factores de protección)
que contribuyan a: tomar conciencia de cómo cuidar y proteger a sus hijos/as;
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acompañar a los/as niños en el proceso de recuperación; y evitar nuevas re-
victimizaciones (Inteb, Et al, 2012, p, 137).
Dentro de las estrategias de intervención a nivel familiar se presentan herramientas
de afrontamiento como trabajos de información y retroalimentación, para ellos es el
punto de partida en el acompañamiento terapéutico que se lleva a cabo; un proceso
que aunque se puede extender por un tiempo prolongado, garantizará un buen
desenlace de la problemática. La integración de factores protectores hará los síntomas
generados por el evento traumático sea más fácil de disminuir y extinguir
posteriormente. Por esta razón se abordan algunas pautas de actuación por parte de
los familiares al menor.
Garantizar la terminación de los abusos sexuales y la separación física entre la víctima
y el agresor. En la madre fundamentalmente, transmitir la determinación de protegerlo
en adelante; capacitar a la víctima para informar de manera inmediata de ulteriores
episodios de abuso. Enseñar a la víctima a identificar y comprender su propia
sexualidad y la del adulto de una forma sencilla y objetiva. Orientar al menor en
técnicas de evitación de situaciones que suponen un claro riesgo de abusos sexuales,
según las experiencias pasadas. Enseñar al niño modos eficaces de asertividad para
rechazar peticiones no deseadas en el ámbito erótico (Echeburrúa &
Guerricaechevarría, Et al, 2007, p, 475).
Vale la pena aclarar que las intervenciones en cuanto a la familia se estructuran
dependiendo si el victimario del ASI hace parte o no del núcleo familiar. Se ha
mencionado que las implicaciones que trae consigo el hecho que el abusador forme
parte del vínculo familiar del vínculo afectivo complejiza la situación y hace que el
proceso de intervención sea más complejo en este caso.
La intervención psicológica para los familiares de la víctima cobra gran importancia en
la medida que el vínculo afectivo es altamente significativo; de allí que ambas partes
logren superar el evento traumático que genera el abuso sexual. La dificultad emerge
en tanto el victimario forme parte del núcleo familiar y las consecuencias que trae a
parte de la parte legal, a nivel afectivo. El impacto que genera tal situación a pesar de
lo altamente significativo, ha sido muy poco abordado en cuanto a estrategias de
intervención (Intebi, 2012, p, 272).
El victimario intrafamiliar evidencia unos antecedentes sociales, familiares y
personales que precipitan su conducta agresiva. Es por ello que uno de los primeros
pasos es realizar una evaluación a cada una de estas dimensiones y poder hacer un
panorama general, no para justificar al victimario, sino para poder facilitar e
implementar el programa de intervención, mediante los factores de riesgo y los factores
de protección demostrados en la familia a través de los contactos previos que
aportaran conocimiento sobre, “los efectos y experiencias traumáticas pudieron haber
provocado en púberes y adolescentes, la dinámica que condujo a que cometieran las
agresiones sexuales” (Intebi, Et al, 2012, p, 279). A partir de la identificación de estos
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sucesos, se plantearía la modificación de las distorsiones cognitivas logrando instaurar
un comportamiento no abusivo, apoyándose en los recursos necesarios para lograr
esos cambios.
Ahora bien, identificar dichos factores o aprendizajes en el victimario es una parte
del complejo proceso de intervención con este último. Una de las principales
estrategias al igual que investigar antecedentes es intervenir en tanto el victimario
identifique su conducta como un problema de salud pública que entorpece el adecuado
desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. El objetivo de este proceso es evitar
que se vuelva a perpetuar el ASI a través de la motivación al cambio. Según afirma
Pérez (2006): “Es importante conocer el patrón de comportamiento habitual de las
personas que han delinquido ya que puede orientar acerca de sus pensamientos,
actitudes y comportamientos más usuales que ayudarán a comprender mejor los
motivos que les han llevado a cometer delitos y sus reacciones ante los factores
situacionales y ambientales que se han producido. De esta forma se pueden desarrollar
programas de prevención y tratamiento en estos sectores de la población delictiva”
(Pág. 30).
La intervención directa con los victimarios propone que los pensamientos,
emociones y comportamientos que se gestan en un contexto específico por parte del
abusador sean evaluados, connotando carencias en las habilidades sociales y
psicológicas que estos manejan. Así, como se hace con la víctima, un proceso de
reestructuración y adaptación a su nueva realidad ha de hacerse con los victimarios. Es
decir un proceso donde se identifique específicamente qué patrones hay que fortalecer.
Para Redondo & Pueyo (2009): “El modelo cognitivo-conductual es el que ha dado
lugar a un mayor número de programas con delincuentes. Desde esta perspectiva se
considera que el comportamiento delictivo es parcialmente el resultado del déficit en
habilidades, cogniciones y emociones. Así, la finalidad del tratamiento es entrenar a los
sujetos en todas estas competencias, que son imprescindibles para la vida social” (Pág.
15).
El tipo de intervención que se realiza con los victimarios no siempre resulta ser la
misma. Como se mencionaba, son diferentes factores que influyen en el
comportamiento agresivo del abusador. Una evaluación altamente estructurada
facilitaría la elección del tipo de tratamiento y estrategias de prevención ante un nuevo
abuso. La condición hereditaria contra los aprendizajes de acuerdo con los
antecedentes sociales, familiares y personales del victimario son la primera impresión
diagnostica para abordar cada uno de los casos.
No todos los ofensores sexuales pueden ser tratados de la misma manera, habrá los
que respondan mejor al tratamiento biológico, aquellos que se adecúan para los
programas basados en el control de la violencia, los que responden mejor a los
tratamientos cognitivo comportamentales y los que se adaptan a las terapias de grupo
(Pinto, 2014, p, 11).
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Es evidente que el ASI trasciende a un problema de salud pública, razón por la cual
la intervención no se puede dirigir únicamente a la víctima a pesar de ser la población
más afectada directamente en cuanto a la vivencia; pese a ello se deben desarrollar
estrategias de intervención pero también de prevención para los cuidadores de la
víctima, las instituciones, los victimarios y demás, reconociendo el fenómeno de ASI
como una realidad que necesita ser atendida. Se debe dar la importancia real a un
asunto de salud pública que progresivamente opaca el desarrollo integral de la
población de interés, a saber, niños, niñas y jóvenes víctimas de este accionar.
La intervención grupal es otra forma de intrusión en cuanto al fenómeno, esta es
definida por Saldarriaga (2013) como: “Un proceso de ayuda donde el profesional líder
del proceso utiliza el sistema grupal para impactar a los individuos participantes del
grupo. Se visualiza el profesional como un facilitador y promotor de cambios a nivel
cognoscitivo, afectivo y conductual de los miembros del grupo” (P.52).
Esta intervención, caracterizada por conformarse mediante grupos terapéuticos o de
apoyo, presenta grandes ventajas para cada una de las personas que están
involucradas de manera directa o indirecta en un caso de ASI teniendo en cuenta que
los miembros del grupo sirven como redes de apoyo entre sí. Además se convierte en
un espacio donde se permite a los participantes exponer la experiencia vivida y los
puntos de vista respecto al flagelo.
Este compartimiento de expresión de sentimientos y sentires logra crear, en los
miembros del grupo, la compresión y re-significación del episodio, generando la
sensación de no ser los únicos que han vivido esta problemática ni tampoco los
últimos; a partir de allí se empiezan a elaborar nuevas estructuras cognitivas orientadas
a la reestructuración, que pretende eliminar las creencias irracionales que aparecen
después del hecho.
Discusión
Las estrategias de intervención están centradas en técnicas de psico-educación,
reestructuración cognitiva, la desensibilización sistemática, abordar las emociones y las
conductas que resultan alteradas después del hecho desde la estructura cognitiva.
El ASI impacta de forma negativa en cualquier menor víctima de este flagelo. Esta
práctica no distingue cultura, religión, edad, sexo, o cualquier otro grupo social, es una
realidad que se acrecienta día a día trayendo consigo secuelas que se extienden a lo
largo del ciclo evolutivo experimentando el sufrimiento, la vergüenza y el temor entre
muchas otras consecuencias, no solo en quien ha vivido esta situación, sino también
en todo su entorno, alterando las estructuras y dinámicas familiares. Es por ello que la
intervención se convierte en una prioridad cuyo objetivo es reducir los síntomas y
mitigar el daño que se genera después del acontecimiento.
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El escenario donde se encuentra el mayor índice de abuso sexual según las
estadísticas es en el contexto intrafamiliar, lo que genera una prioridad en el diseño de
programas de prevención, pero también de intervención. Se reconoce la importancia y
necesidad de un tratamiento integrador, es decir abordar no solo a la víctima, sino
también a toda la familia con el fin de potenciar su capacidad para que puedan
brindarle apoyo al menor, sobre el cual se centra un objetivo prioritario y es el de
garantizar su seguridad y evitar la ocurrencia de nuevos sucesos.
Las terapias más utilizadas para el tratamiento psicológico del abuso sexual son
terapias cognitivo comportamentales que utilizan técnicas como la desensibilización
sistemática, inundaciones y reestructuración cognitiva.
La falta de claridad en la conceptualización del abuso sexual a nivel intrafamiliar
permite la permanecía y la aparición de nuevas víctimas del mismo núcleo familiar; así
mismo, imposibilita el acceso a las intervenciones que disminuyen las consecuencias
físicas y/o psicológicas que resultan de este.
Las intervenciones grupales se convierten en una buena alternativa para el
tratamiento, pues además de ofrecer información acerca de esta práctica inadecuada,
también se educa en materia de violencia sexual, sexualidad, respeto al cuerpo,
logrando así prevenir el ASI en posibles víctimas. En los procesos de intervención se
hace necesario incluir al victimario, con el fin de evitar la reincidencia, y la aparición de
nuevas víctimas.
Es importante reconocer que cada caso de ASI cuenta con características
especiales y diferentes por lo tanto se intervienen de manera distinta, teniendo claridad
acerca de los recursos con los que cuenta cada víctima y su grupo familiar. Las
propuestas de intervención deben hacer énfasis en los factores de protección, los
cuales facilitaran el apoyo en los procesos terapéuticos. En cuanto a la intervención
profesional se debe garantizar la utilización de recursos adecuados que otorgue
seguridad en el proceso terapéutico, dado que la falta de atención y apoyo adecuado a
las víctimas se convierte en fallas que generan baja adhesión a los tratamientos, lo que
no facilitaría la elaboración del trauma.
Cabe aclarar que el impacto positivo de la intervención será mayor si se logra
adherir o vincular a la víctima al proceso terapéutico lo más pronto posible, además si
se cuenta con el acompañamiento del grupo familiar para resignificar de nuevo la vida
del niño.
Para finalizar, es importante que el terapeuta lleve a cabo una intervención
psicoeducativa en la victima orientada a controlar el riesgo de que en la edad adulta se
convierta en un agresor sexual, por las posibles distorsiones que pueden aparecer
después de vivir un episodio como el abuso sexual.
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CONCLUSIONES
Se debe presentar una mirada de inclusión de manera más profunda en cuanto a los
victimarios, pues de observa que estos son estigmatizados, provocando una postura de
juzgamiento y exclusión, dejando de lado la esencia, el objetivo y la razón de ser de la
psicología que es el ser humano en todas sus dimensiones.
Si bien es cierto que la intervención en el abuso sexual infantil se convierte en una
necesidad inmediata, no resulta menos importante considerar que desde la prevención
se puede realizar un abordaje que integre esfuerzos individuales, familiares y de las
comunidades desde la compresión del fenómeno y su conceptualización.
Desarrollar programas de prevención de tipo multimodal en el ASI, desde factores
de protección como el conocimiento que posee sobre el abuso sexual, información
sobre los recursos de apoyo y protección disponibles.
Realizar un estudio de los factores psicosociales que predisponen la perpetuación
del abuso sexual, con el objetivo de efectuar empoderamiento a nivel familiar
(predominio de escenario del abuso) para que se pueda detener una posible situación
de abuso.
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