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Resumen Marx El Capital

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RESUMEN DEL LIBRO I DE EL CAPITAL DE

MARX

Sección Primera: Mercancía y dinero

El libro I de El capital se compone de siete secciones, que tratan, respectivamente,


de la mercancía y el dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor
absoluto, el relativo, la relación entre ambos, el salario y la acumulación de capital. La
primera sección se compone, a su vez, de tres capítulos, el primero de los cuales
–titulado “La mercancía”– fue señalado muchas veces por Marx como el más
importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que, por nuestra parte también,
hayamos hecho del resumen de este capítulo el más largo de todo el libro. Los otros dos
tratan sobre el proceso del intercambio y sobre el dinero.

I. La mercancía. En este primer capítulo, el punto de partida es el siguiente: puesto


que la sociedad moderna, actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un
montón o cúmulo de mercancías, el análisis debe empezar también con la mercancía. Lo
más importante de la mercancía es su carácter dual o doble, su naturaleza bifacética, que
llega a desarrollar una antítesis interna que más tarde se expresará, en la circulación
mercantil, como una antítesis externa. La mercancía es, por una parte, una simple cosa,
y por otra parte una cosa que tiene precio. Ser cosa –o bien, u objeto exterior– es lo
mismo que tener “valor de uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de
propiedades naturales que se manifiestan en su utilidad, aunque dichas propiedades
“naturales” no dejen de estar determinadas históricamente. Por otra parte, su precio no
es sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que presenta una dimensión
cuantitativa inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se desarrollen
también de forma históricamente cambiante).

Por tanto, el valor de uso de la mercancía es la “corteza natural” de la mercancía, su


“cuerpo”; debería ser el objeto de una disciplina especial, la merceología, y constituye
la riqueza material o el “contenido material de la riqueza”. Por su parte, el valor de
cambio de la mercancía parece una contradicción (contradictio in adiecto, dice Marx)
porque en realidad lo que se ve es que la mercancía no tiene uno sino múltiples valores
de cambio. En efecto, cuando se dice que una unidad de la mercancía X equivale a una
cantidad a de la mercancía Y, o a una cantidad b de la mercancía Z, etc., salta a la vista
que todos estos valores de cambio no son sino “formas” de un contenido diferenciable,
expresiones de un algo que es común, que es igual, algo de la misma magnitud presente
a la vez en las dos cosas que se comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una
propiedad corpórea o sensible de la mercancía en cuanto cosa, porque todas las
propiedades de este tipo que caracterizan a los distintos bienes sólo sirven para
distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por consiguiente, si abstraemos de los
diferentes valores de uso todas esas propiedades, y no dejamos ni un ápice o átomo del
valor de uso, a las mercancías sólo les puede quedar una cosa en común: la propiedad de
ser todas ellas producto del trabajo.

1
Ahora bien, el trabajo que es común a todas las mercancías es el trabajo humano
indiferenciado, el trabajo abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que se
manifiesta en los valores de cambio es algo distinto del valor de cambio: es el valor de
la mercancía. Y el valor de cada mercancía, este valor mercantil que subyace a los
valores de cambio, es una sustancia social, la cristalización de esa sustancia social
común. No es por tanto una sustancia natural sino supranatural, abstracta o
suprasensible, y hace de cada mercancía no la mera cosa que es sino también una
gelatina homogénea de trabajo, una crisálida social general con una objetividad
espectral.

Pero en esta sustancia generadora de valor lo esencial es lo cuantitativo: la magnitud


de su valor. Y esta magnitud viene determinada por la cantidad de trabajo, que a su vez
se mide por la duración o tiempo de trabajo, en las unidades habituales de tiempo (día,
hora, año, etc.). Sin embargo, no es cualquier trabajo lo que se mide, sino el trabajo “de
la misma fuerza humana de trabajo”, el trabajo requerido por cada mercancía como
parte del “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de forma que cada fuerza de
trabajo individual se toma sólo con el carácter de una “fuerza de trabajo social media”,
que opera exclusivamente con “el tiempo de trabajo socialmente necesario” en cada
caso. Por consiguiente, la creciente fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá
como consecuencia que la magnitud de valor de la mercancía resultante sea decreciente.

Es muy importante entender que todo lo anterior significa que, absolutamente


siempre, cada mercancía se toma como simple “ejemplar medio de su clase”, así como
el trabajo que se gasta en ella, de forma que si un tejedor manual de telas continuara
trabajando manualmente mientras que el resto de los productores de tela lo hicieran
mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el proceso social de
producción, o modo de producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este
productor continuaría necesitando x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que
ahora usa telares de vapor, sólo requeriría x/2 horas, de forma que también la mercancía
de este productor individual pasará a contener sólo el trabajo gastado en x/2 horas.

Si bien la dualidad de la mercancía es muy importante, Marx señala que era


esencialmente conocida por los economistas que le precedieron (aunque debe tenerse en
cuenta que, desde Aristóteles a Adam Smith y Ricardo, todos ellos distinguieron entre
valor de uso y valor de cambio, pero ninguno, como él, entre valor de uso y valor). Sin
embargo, enérgicamente reivindica Marx haber sido el primero, en la historia de la
economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo representado
en la mercancía, aspecto tan importante que para él constituye el eje sobre el que gira
toda la economía.

El trabajo que crea la mercancía es ante todo trabajo útil, una actividad productiva
específica condicionada por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada
históricamente. Esta actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo, es lo
que los ingleses llaman work, y es lo que, junto a la tierra (es decir, la naturaleza), crea
la riqueza que contiene todo lo producido. Marx se remite aquí a William Petty para
reivindicar su famoso dicho de que la riqueza tiene un padre y una madre: la hand del
trabajador (el trabajo) y la land (tierra o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es a la
vez labour, es decir trabajo humano del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el
cuánto. En este segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de fuerza de trabajo

2
humana, gasto productivo de cerebro, músculo, mano, órganos sensibles... humanos. No
es trabajo específico de sastre o de tejedor, sino trabajo humano puro y simple.

Marx insiste en este trabajo a partir de la siguiente analogía fundamental. De igual


forma que un mismo hombre puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como
tejedor, repartiendo su tiempo de trabajo entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre
con el hombre social cuando la sociedad desarrolla las condiciones para esta
transformación. En la sociedad moderna, capitalista, cuando la evolución de la demanda
exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo humano desde la labor
de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el caso del individuo
anteriormente señalado. Por consiguiente, el trabajo resultante es también trabajo
humano en general, o indiferenciado, cierta cantidad del trabajo medio simple que
puede realizar cualquier hombre común y corriente en cuanto actividad normal de la
vida. Y es precisamente este trabajo simple el único cuya cantidad le va a interesar en
todo El capital, como él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.

Por supuesto, no todos los trabajos son simples, también hay trabajo calificado o
complejo, pero éste queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir la
cantidad de trabajo. En esos términos, el trabajo complejo sólo es trabajo simple
“potenciado, o mejor multiplicado”, y la reducción se produce constantemente por
medio de un proceso social que, no por quedar a las espaldas de los productores, deja de
ser menos real. Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar cualquier
posible confusión: el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor sólo son sustancia del
valor chaqueta o del valor lienzo en tanto que ambos poseen la misma cualidad: la de
ser simple trabajo humano, y consistir en puro gasto fisiológico del organismo de los
hombres sociales.

Este carácter bifacético del trabajo es de fundamental importancia para entender,


además, lo siguiente: es bien posible, por no decir necesario, que aumente la riqueza
material que se crea con el trabajo y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de
valor creado por él. Esto es así porque dada cierta cantidad, x, de trabajo, ésta siempre
será responsable, como hemos dicho, de la creación de la misma cantidad de valor. Sin
embargo, la mayor o menor productividad del trabajo útil y concreto en el que se
manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir el volumen de valores
de uso por unidad de tiempo que resultan del proceso de la producción.

Tras el carácter doble de la mercancía y del trabajo mismo, Marx pasa a una tercera
cuestión central de este capítulo I: la forma de valor, o el valor de cambio, a la que
dedica la parte más extensa de su exposición (de hecho, en la edición de siglo XXI se
incluye como apéndice al libro I la primera versión, no publicada en su momento,
redactada por Marx sobre la “forma de valor”). Aquí también se muestra el autor
orgulloso de su propia aportación, e indica haber sido él el descubridor de la génesis de
la forma dinero a partir del análisis de la forma de valor. Este análisis consiste
precisamente en su desarrollo, que, como dirá más tarde, coincide precisamente con el
propio “desarrollo de la forma mercancía”. En el desarrollo de la forma de valor, Marx
escoge cuatro fases, y por esa razón divide en cuatro apartados el largo epígrafe que
dedica a la misma, a saber: las formas simple, total, general y de dinero.

A. La forma simple o singular de valor contiene, en realidad, todo el secreto. Esta


forma es simplemente:

3
xA=yB (1)

Las dos mercancías que se igualan así no desempeñan el mismo papel, sino que A
tiene un papel activo, mientras que B interpreta un papel pasivo. Más en particular, la
forma de valor tiene dos ingredientes: la forma relativa (A) y la forma de equivalente
(B). Pero estos ingredientes son en realidad extremos excluyentes y contrapuestos, son
dos “polos” de la misma expresión de valor. Por eso, se analizan sucesivamente, por
separado, antes de volverlos a reunir en un análisis conjunto.

En la forma relativa de valor, hay que distinguir su “contenido” de su “carácter


cuantitativo” determinado, y Marx señala que hay que proceder empezando por el
primero, y no, como sucede habitualmente, a la inversa. El contenido de esta forma de
valor es sencillamente A = B, que es el “fundamento” de la ecuación (1), o ecuación de
valor. Esto quiere decir que la dualidad intrínseca, entre el valor de uso y el valor, se
manifiesta ahora como una antítesis externa: la figura del valor de uso A manifiesta su
valor por medio de otra mercancía, la B, que figura aquí sólo como valor, o “espejo de
valor”, de A. Esto tiene la mayor importancia para Marx. Ya que no se trata sólo de la
creación de valor por medio del trabajo. Es verdad que el trabajo humano crea valor,
pero no es valor, dice Marx. Para expresar el valor como gelatina de trabajo humano,
hay que expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en una cosa distinta. Por tanto, B es,
en la relación de valor que representa A = B, un valor, mientras que fuera de dicha
relación, cuando se considera a B por sí misma, esa cosa es simplemente, como en todas
las mercancía, “portadora de valor”.

Por eso es tan importante esto: en la relación de valor, en la “equiparación” de A con


B, en su relación de intercambio, se va más allá de la pura abstracción de valor. Como
hemos dicho, B es valor, y en cuanto valor A es igual a B, tiene su mismo aspecto, por
lo que adopta de esta forma una forma distinta de su forma natural: su forma de valor.
Esta forma relativa o relacional quiere decir que el cuerpo de B hace de espejo de valor
de A, de la misma forma que Pablo puede ser para Pedro tan sólo la “forma en que se
manifiesta el genus hombre” para él.

Pero, además del contenido, está el “carácter determinado cuantitativo” de la


ecuación de valor, pues la forma de valor no sólo expresa “valor en general” sino una
determinada magnitud o cuantía del mismo. Esto quiere decir que el valor relativo
puede variar aunque su valor (su contenido en trabajo humano) siga siendo el mismo; o
bien lo contrario: que el valor relativo puede mantenerse igual a pesar de haberse
modificado el valor que subyace al valor relativo.

En cuanto a la forma de equivalente, sucede lo contrario: no contiene ninguna


determinación cuantitativa del valor. Para Marx, su función es triple:

1) El valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el


valor. Para entenderlo mejor, recurre a una nueva analogía: el trozo de hierro que se
utiliza como pesa en la “relación ponderal” (de peso). Aunque su cuerpo férreo tiene,
por sí mismo, peso, y además un cierto peso, en cuanto polo de la relación ponderal esta
pesa de hierro sólo es “figura de la pesantez”, y en toda la relación viene ya presupuesto
que las dos cosas que se comparan tienen peso.

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2) El trabajo concreto se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el
trabajo abstractamente humano.

3) El trabajo privado se convierte en la forma de manifestación de su contrario:


trabajo bajo forma directamente social.

Y una vez considerados los dos polos de la forma simple o singular de valor (se
entenderá luego mejor por qué liga Marx el adjetivo “simple” a la forma relativa,
mientras que “singular” se vincula a la forma de equivalente), pasa a considerar la
forma en su conjunto. Primero, para rendir homenaje al genio de Aristóteles, que supo
ver que en esta forma se contiene la igualdad de las cosas que se comparan, aunque
señalando al mismo tiempo la raíz de la limitación del análisis del griego en este punto.
Aristóteles no pudo llegar a descubrir el contenido del valor a partir de su análisis de la
forma de valor porque su contexto social se lo impedía. Para que este descubrimiento
hubiera sido posible, habría hecho falta que la Grecia clásica conociera algo que sólo se
ha conocido en la sociedad capitalista moderna: la conversión de todos los hombres en
“poseedores de mercancía” y su igualación por medio de las leyes de la mercancía.
Hubiera hecho falta, no la desigualdad humana y de las fuerzas de trabajo que existía en
la sociedad esclavista de su época, sino la igualdad humana actual que genera el
capitalismo, hasta hacer de ella una verdad con el carácter de un auténtico “prejuicio
popular”.

B. La forma total o desplegada de valor se expresa en una fórmula mercantil


modificada:
z A = u B = v C = w D = x E = etc. (2)

Marx llama ahora a la forma relativa (z A) “forma relativa desplegada”, y considera


que la forma de equivalente (el resto de la fórmula) se descompone en tantas “formas
particulares de equivalente” como miembros aparecen en la ecuación, razón por la cual
considera que esta forma total es siempre incompleta y deficiente, y necesita su
“inversión” en la forma C que estudiaremos a continuación. Una particularidad de esta
forma B es que, según Marx, hace obvio que es la magnitud de valor la que regula las
relaciones de intercambio, y no al revés, puesto que ahora la pluralidad de valores de
cambio de A aparecen todos directamente en esta fórmula. Por consiguiente, si
invertimos la B obtendremos la C.

C. La forma general de valor es general sencillamente porque es simple y común


(unitaria):

Cada uno de los miembros de la izquierda son ahora una “forma relativa social
general (o unitaria)”, y todos se expresan en lo que es el “equivalente general” (la
mercancía A, cuya forma relativa propia, en caso de que necesitáramos expresarla, sería
la forma B, a diferencia de lo que ocurre con las demás mercancías). Marx aprovecha
aquí para recordar que el desarrollo histórico de la forma de equivalente es un resultado

5
del desarrollo histórico de la forma relativa de valor, y que en la medida en que ambas
se desarrollan se desarrolla asimismo la antítesis que expresan. Por consiguiente, es
posible ahora conectar cada una de esas formas con su momento histórico
correspondiente: la forma A se corresponde con el momento en que los intercambios
son fortuitos, ocasionales, excepcionales; la forma B sucede cuando se ha vuelto
habitual el intercambio de algún tipo particular de mercancía, por ejemplo, las reses;
mientras que cuando domina la forma C podríamos decir que “la tarea de darse una
forma de valor” se convierte en una obra común, y no en un asunto privado, del mundo
de las mercancías.

La forma C requiere, por tanto, que la relación social se haga omnilateral, o


multilateral, que se convierta en una “forma socialmente vigente”. Por tanto, sólo
cuando la forma equivalente se circunscribe a una clase específica de mercancía,
adquiere esta forma su consistencia objetiva”, su “vigencia social general”, y se ponen
las condiciones para que esta forma se desarrolle, a su vez, en dirección a la siguiente
(la D), y para que la mercancía que hace de equivalente general “devenga mercancía
dinero”, es decir, funcione realmente como dinero.

D. La forma de dinero, cuyo germen existe ya realmente en la forma A, no es sino


una modificación de la anterior:

Por esta razón, estamos ahora ante una variación que, a diferencia de las dos
anteriores, no es esencial, sino de grado, motivada por la práctica social y
consuetudinaria que hace que una mercancía específica –por ejemplo, el oro– que antes
fue, como todas, sólo un equivalente singular y particular, haya pasado a convertirse en
un equivalente realmente general.

En la fórmula anterior, se pueden sustituir las dos onzas de oro por cualquiera de sus
denominaciones monetarias nacionales, por ejemplo, la libra esterlina, de forma que ya
no resulta misterio alguno la comprensión de la forma de precio. La forma de precio
adoptada por el valor de una mercancía (por ejemplo, v C = 2 £) será, pues, la forma
relativa simple de esa mercancía (expresada) en la mercancía dineraria.

Una vez acabado el repaso a las diferentes formas de valor, y antes de pasar a los
otros dos capítulos que componen esta primera sección de El capital –y que en realidad
pueden entenderse como una explicación más detallada de esta “forma de dinero” que
nos acaba de aparecer–, Marx hace una interesante digresión por uno de sus temas
favoritos, al que volverá más tarde una y otra vez: “el carácter fetichista de la
mercancía, y su secreto”.

Este carácter fetiche de la mercancía –fetichista, fantasmal, enigmático,


fantasmagórico, misterioso, mágico, místico, fantástico, ilusorio, neblinoso..., son
algunos de los adjetivos que le aplica– se reduce esencialmente a algo que no es difícil

6
entender: basándose en la apariencia, los mercaderes, hombres prácticos, y los
economistas, sus teóricos o sicofantes, conceden un carácter social a lo que sólo es lo
natural de la mercancía (por ejemplo, llaman capital a lo que sólo es un medio de
producción); y, a la inversa, toman por natural lo que no es sino su lado social y nada
natural (por ejemplo, el hecho de que la mercancía tenga precio lo toman como una
propiedad natural más de la cosa mercancía). El famoso fetichismo se reduce por tanto a
este doble quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de
comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la “peculiar índole
social del trabajo que las produce”, es decir, debido a que los trabajos privados e
independientes que las producen sólo se vuelven sociales, parte del todo a que
realmente pertenecen, por medio del intercambio y el mercado.

La escisión de la mercancía en cosa y valor sólo se produce auténticamente cuando,


ya en su producción, el producto del trabajo se convierte en mercancía, y el trabajo
privado en doblemente social: ha de cumplir su parte en la división social del trabajo
como algo natural, y ha de materializarse en una mercancía que pueda realizar su valor.
Los productores no saben lo segundo; o más precisamente, no saben que al equiparar en
el mercado sus productos heterogéneos están reduciendo a trabajo humano homogéneo
sus trabajos específicos, pero lo hacen, y este carácter particular de ser valor lo conciben
como algo universal. Sin embargo, un repaso de las distintas formas posibles de
sociedad nos convencerá de lo específico de la forma mercantil.

En una sociedad donde la sociedad se reduce a un solo individuo –la economía de


Robinsón Crusoe– también existe la necesidad de distribuir el trabajo social entre las
distintas necesidades que debe cubrir esta sociedad, pero aquí las relaciones entre
Robinsón y las cosas son “sencillas y transparentes”, por lo que el trabajo total se
distribuirá directamente como algo social. Igualmente, en la sociedad medieval europea,
también la particularidad de los diferentes trabajos naturales individuales es compatible
con su distribución social directa, de forma que las relaciones de las personas como
productores se identifican con las relaciones sociales de tipo personal en que consiste el
feudalismo. Otro tanto sucede con el trabajo colectivo de la familia en la forma
productiva basada en la producción familiar: el gasto de cada trabajo individual está
determinado socialmente de forma directa como parte del conjunto natural del trabajo
social de la unidad familiar. Y lo mismo sucederá, en cuarto lugar, con el cuarto caso
alternativo analizado: en la sociedad colectiva global o asociación de hombres libres, la
distribución planificada del trabajo social será al mismo tiempo la distribución de los
trabajos cualitativamente determinados de cada uno.

Por el contrario, en la producción mercantil de tipo capitalista –pues Marx considera


que las formas de producción mercantil anteriores al capitalismo sólo desempeñaron un
papel subordinado en el contexto de su correspondiente modo de producción dominante
(antiguo, asiático, etc.)–, aparece en la conciencia burguesa el precio de las mercancías
como una necesidad natural porque “la apariencia objetiva de las determinaciones
sociales del trabajo” se les presenta sólo como la apariencia de una realidad pero sin la
comprensión de esa realidad misma –y por cierto, su actitud respecto a las formas
sociales anteriores es la misma que la de las religiones respecto a las demás religiones:
la propia es verdadera porque es natural, las otras son falsas porque son artificiales–, por
lo que es imposible que se planteen correctamente la pregunta crucial: ¿por qué? Más en
concreto: ¿por qué en el capitalismo adopta la producción la forma mercantil o de valor?

7
Al no entender eso, los economistas piensan que el valor es un atributo de las cosas,
mientras que el valor de uso les parece un atributo del hombre (la utilidad les parece
algo que implica al individuo que consume) que no depende tanto de sus propiedades
como cosas; es decir: todo justo al revés.

II. El proceso del intercambio. Cada vez que Marx habla de personas o de
individuos en el plano teórico, se trata siempre de personificaciones de las relaciones
económicas reales, o máscaras (figuras) de las categorías económicas propiamente
dichas. Así ocurrirá en sucesivas secciones de El capital con el capitalista y el
asalariado, y asimismo sucede con las primeras personas que nos aparecen en el relato:
los poseedores de mercancías. Éstos se definen como personas que han de reconocerse
entre sí como propietarios privados que voluntariamente establecen entre ellos una
relación jurídica voluntaria. Pero esta relación presupone una relación económica según
la cual las mercancías que intercambian son para ellos no-valores-de-uso, mientras que
son valores de uso para los no-poseedores (por eso quieren ambas partes cambiarlas de
lugar). Por tanto, las mercancías deben realizarse como valores antes de que puedan
realizarse como valores de uso.

Esto es así porque, históricamente, en la misma medida en que los productos se


convierten en mercancías, se está produciendo la escisión completa, se está
completando el desdoblamiento de la mercancía en mercancía, por una parte, y dinero
por otra. Marx señala que existió primero un intercambio directo de productos, que, más
que por la relación M-M, debería representarse como P-P. En ésta, la fórmula no es
todavía x A = y B, sino tan sólo x valor de uso A = y valor de uso B, y la proporción
cuantitativa en que se cambian es fortuita. Sólo cuando la repetición lo convierte en un
proceso social regular, esta proporción pasa a depender de su producción,
convirtiéndose así en valor. Pero el otro paso, el paso de la fórmula M-M a la forma más
actual de M-D-M se hace con la intermediación de M-M-M, en la cual el papel central
lo ocupa la mercancía que ya está convirtiéndose en dinero pero aún no es dinero
propiamente dicho, ya sean los artículos de cambio más importantes provenientes del
exterior, ya sean los principales objetos que constituyen la propiedad local enajenable
(nunca la tierra). Poco a poco, ciertas propiedades naturales de algunas mercancías
–como la calidad uniforme y la divisibilidad de los metales preciosos– hacen que el oro
se convierta por doquier en esa mercancía general.

El equivalente general tiene tan poca determinación cuantitativa como cualquier otro
equivalente. Como el valor no lo confiere el intercambio sino la producción, el valor del
oro se determina exactamente igual que en el resto de las mercancías, y sólo puede
expresar su magnitud de valor por medio de otras mercancías diferentes, como ocurre
siempre. Por tanto, el enigma que encierra el “fetiche del dinero” no es más que el
enigma que ya encerraba el “fetiche de la mercancía”.

Sección Segunda: La transformación del dinero en capital

IV. Transformación del dinero en capital. Esta sección se compone de un único


capítulo, el cuarto. Marx arranca aquí de la afirmación de que la circulación de
mercancías es el punto de partida del capital, pero por eso mismo el capital es algo más

8
que la simple circulación de mercancías. Dicho de otra manera: el “dinero en cuanto
dinero” y el “dinero en cuanto capital” se distinguen por su distinta forma de
circulación. La forma que corresponde al capital es D-M-D, es decir, la inversa de la ya
conocida y, por tanto, la que podría resumirse bajo el lema de “comprar para vender”.
Ahora bien, este proceso sería “absurdo y fútil”, por ejemplo en comparación con el
atesoramiento, si no se consiguiera una cantidad de dinero mayor al final que al
principio. Por tanto, en realidad estamos ante el ciclo D-M-D’. Si en M-D-M el dinero
corría y se alejaba de su punto inicial, en D-M-D’ sucede lo contrario: refluye siempre a
su punto de partida, y en este ciclo el “motivo impulsor y su objetivo determinante es el
valor de cambio mismo”. Esto significa que D’ = D + ΔD, y este incremento de dinero
es el plusvalor. Asimismo, este nuevo movimiento es lo que transforma al dinero en
capital.

Por consiguiente, el objetivo ya no es externo (como era el consumo en M-D-M),


sino que ahora el proceso no tiene término: puede que 100 libras se conviertan en 110,
pero 110 sigue siendo una cantidad limitada, y lo que distingue al capital del tesoro es
que el primero siempre quiere “valorizar su valor” porque tiende a la riqueza absoluta
por medio de su crecimiento cuantitativo siempre renovado. Como vehículo consciente
de este movimiento, el poseedor de dinero se convierte en “capitalista”, que identifica
así su fin subjetivo con el contenido objetivo de la circulación de capital, y vuelve así en
“racional” la irracionalidad del atesorador. Pero el auténtico sujeto es el valor, que no
hace sino pasar alternativamente por las formas de dinero y mercancía. De esta forma el
valor se vuelve valor en proceso, o dinero en proceso, es decir, se convierte en capital, y
ello sucede en todas las clases de capital que encierra su fórmula general, D-M-D’:
industrial, comercial y “capital que rinde interés”.

Pero lo que caracteriza a la circulación de capital no es la inversión que se produce


respecto a M-D-M, sino el plusvalor que se obtiene. Éste no tiene su origen en la
circulación, ya que ésta, mediante las metamorfosis del intercambio, sólo produce un
cambio formal de la mercancía, pero no en su magnitud de valor. Es verdad que el
comprador gana utilidad al cambiar su dinero por la mercancía, pero el vendedor no la
vendería si el dinero no fuera para él de mayor utilidad. El intercambio de equivalentes
es lo que supondremos siempre en la circulación, y no un aumento del valor, que no se
produce por mucho que aumente la utilidad de las dos partes que participan en el
intercambio. Por consiguiente, tanto el capital comercial como el que rinde interés son
formas “derivadas” y al mismo tiempo “anteriores” a la forma básica del capital, que es
el capital productivo. En efecto, el plusvalor nace de la producción, ya que el poseedor
de mercancías puede “crear valores por medio de su trabajo, pero no valores que se
autovaloricen”. El secreto está en la compra y la venta de fuerza de trabajo, que a la vez
que un intercambio mercantil encierra otro tipo de intercambio. Pero veámoslo en
detalle.

El cambio en la magnitud de valor no puede operarse en el dinero mismo. Tampoco


en el segundo acto de circulación. Tiene que operarse por tanto en la mercancía que se
compra, pero no en su valor sino en su valor de uso, es decir, en su consumo. Tiene que
tratarse de una mercancía que posea el especial valor de uso de ser fuente de valor, y esa
mercancía específica es la (capacidad o) fuerza de trabajo, es decir, el conjunto de
facultades físicas y mentales que existen en la personalidad de un ser humano. Pero se
deben dar ciertas condiciones, históricas y no naturales, para que esta fuerza de trabajo
se haya convertido en una mercancía y el propietario del dinero pueda encontrar en el

9
mercado al “obrero o trabajador libre”. Este obrero debe ser libre o estar liberado en un
doble sentido: debe disponer de su fuerza de trabajo como mercancía propia, y al mismo
tiempo debe carecer de otras mercancías que él mismo pudiera vender para ganarse la
vida o para gastar en ellas su fuerza de trabajo.

Pero esta mercancía tiene un valor, como las demás, y se determina por las mismas
leyes, es decir, por el tiempo de trabajo necesario para su reproducción. Pero como la
fuerza de trabajo sólo existe en el “individuo vivo”, y sólo pervive en el tiempo si éste
puede asegurar la “procreación” de su descendencia, la reproducción de la fuerza de
trabajo consiste en la reproducción del trabajador y su descendencia. Su valor es, por
consiguiente, el valor de los medios necesarios para la familia, es decir, de los medios

de consumo con que satisface ésta sus necesidades naturales (en el sentido histórico, es
decir, de forma cambiante en el tiempo, pero en cuantía dada para cada sociedad y
momento determinados), incluyendo las normas de salud y de formación o educación
que se requieran en cada caso. Se trata de una media diaria, que puede calcularse
mediante la fórmula:

Esta fuerza de trabajo puede reproducirse transitoriamente con una cantidad inferior
de bienes de consumo, pero sólo se reproducirá entonces de forma “atrofiada” –y en los
ejemplos históricos de la sección III, Marx dedicará muchas páginas a ilustrar la
experiencia histórica inglesa de esta reproducción atrofiada real de la fuerza de trabajo,
que sin embargo no puede sostenerse a largo plazo–.

Como en todas las demás mercancías, su valor se determina, pues, antes de entrar en
la circulación –aunque sea el obrero el que “adelanta” en este caso, o abre crédito al
capitalista, ya que éste sólo le paga el salario al terminar el periodo contratado–, pero su
valor de uso sólo reside en la exteriorización posterior de esa fuerza. Una vez
comprada, la mercancía pertenece, como todas y por completo, al capitalista, y éste la
consume. Pero el proceso de su consumo es al mismo tiempo el proceso de producción
de la mercancía y del plusvalor, que se lleva a cabo fuera de la esfera de la circulación y
el mercado. Tenemos por tanto delante no a simples poseedores de mercancías, sino a
dos nuevos actores de nuestro drama: el capitalista y su obrero, protagonistas de la
circulación de capital. Estamos ya en condiciones de abordar la sección tercera.

Sección Tercera: Producción del plusvalor absoluto

En esta sección, compuesta por cinco capítulos, se comienza por la distinción clave
entre “Proceso de trabajo y proceso de valorización” (cap. 5), y su consecuencia, la
distinción entre “Capital constante y capital variable” (cap. 6); y se termina con la
cuestión de la medida de la plusvalía (cap. 7: “La tasa de plusvalor”, cap. 9: “Tasa y
masa de plusvalor”), que no puede pensarse sin relacionarla con la cuestión de “La
Jornada laboral” (el largo capítulo 8, compuesto por casi cien páginas de ilustraciones
reales que sirven de apoyo a la exposición de esta cuestión).

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VI. Capital constante y capital variable. Acabamos de ver que no todos los
elementos o factores del proceso laboral se comportan igual de cara a la valorización. El
obrero adiciona una determinada cantidad de trabajo y, al mismo tiempo, con esa misma
actividad, consigue que el valor de los medios de producción se conserven por medio de
su transferencia desde su cuerpo al de la mercancía. Esta dualidad surge de la propia
dualidad del trabajo mismo. Por decirlo así, con su trabajo concreto (cualitativo)
conserva el valor de los medios de producción, y con su trabajo abstracto (cuantitativo)
crea el valor nuevo. Sólo que no trabaja dos veces: su trabajo tiene las dos dimensiones
simultáneamente. Por consiguiente, si un invento multiplica la fuerza productiva del
trabajo, éste adicionará ahora la misma cantidad de valor nuevo pero transferirá mucho
más valor desde los medios de producción. Con un modo de producción dado, en
cambio, la conservación y transferencia de valor será proporcional a su agregado.

La transferencia de valor desde los medios de producción al producto sólo es posible


en la medida en que ellos mismos pierden su propio valor. Y esto puede ocurrir de
golpe, como en el caso de las materias primas o auxiliares, o la energía usada; o bien
por partes, fraccionadamente, mediante el desgaste progresivo de los medios de trabajo.
Pero ningún medio de producción puede transferir al producto más valor del que él
mismo tiene. Es más: si se trata de medios de producción que son bienes naturales (la
tierra, el viento, el agua, etc.), no transfieren valor alguno ya que ellos mismos no tienen
valor. Por su parte, el obrero no puede crear valor nuevo ni añadir trabajo nuevo sin
conservar al mismo tiempo valores antiguos. Éste es su “don natural”. El trabajo
consigue que el valor de los medios de producción “reaparezca” en el valor del producto
(aunque no lo reproduzca realmente), pero al mismo tiempo reproduce realmente el
valor gastado en la compra de fuerza de trabajo, que se remplaza con valor nuevo.

Al prolongar la creación de valor más allá del valor de la fuerza de trabajo, el


plusvalor es el excedente de valor del producto por encima del valor de los factores
consumidos en la producción, pero todo el excedente es creado por el trabajo. Vemos
ahora que la parte del capital adelantado que se transforma en medios de producción no
modifica su valor; de ahí su nombre de capital constante. Por el contrario, la parte que
se gasta en comprar fuerza de trabajo sí que la modifica, y por eso la llamamos capital
variable. Debe tenerse en cuenta que el capital constante, a pesar de su nombre, no
excluye que sus elementos puedan cambiar de valor: dichos cambios tendrán su origen
en cambios en el modo de producción de dichos elementos (objetos y medios de
trabajo), pero en cuanto tales son independientes del proceso de valorización del
producto, que es lo que estamos considerando aquí (a pesar de que dichos cambios
puedan generar un “efecto retroactivo”, es decir, que retroactúen sobre el valor mismo
del producto que se considera).

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Sección Quinta: La producción del plusvalor absoluto y del relativo

XIV. Plusvalor absoluto y relativo. Son tres los capítulos que componen esta
sección. En el capítulo XIV, se procede a un repaso por las formas específicas de
obtención del plusvalor relativo. Así como la mano y el cerebro forman un conjunto
“natural”, el proceso laboral también los unifica hasta que finalmente uno y otro se
separan en una “antítesis radical”. No obstante, el producto es ahora plenamente
“social”, no individual, y ello obliga a modificar la concepción del “trabajo productivo”,
la actividad que opera con los medios y el objeto de trabajo: para trabajar
productivamente, “ya no es necesario hacerlo directa y personalmente; basta con ser
órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera de sus funciones particulares”; por
tanto, la definición sigue siendo válida, “pero ya no es aplicable a cada uno de sus
miembros, tomado singularmente”. Pero al mismo tiempo que esto amplía la esfera del
trabajo productivo, por otra parte la restringe porque ya no basta con producir cosas,
sino que hay que producir “plusvalor para el capitalista”, hay que producir
“directamente capital” o “servir a la autovalorización del capital”.

En las secciones anteriores, se presentaron ambas formas de plusvalor como


correspondientes a épocas distintas y sucesivas. Esto es correcto porque la producción
de plusvalor absoluto sólo presupone la “subsunción formal” del trabajo en el capital
–es decir, la conversión del obrero en asalariado–, ya que los procesos reales que le
sirven de soporte son comunes a cualquier forma de explotación del trabajo “sin
intervención del capital”. Por el contrario, la producción de plusvalor relativo presupone
“un modo de producción específicamente capitalista” surgido sobre el fundamento de la
subsunción formal, pero evolucionado hasta convertirse en subsunción real. Pero, por
otra parte, no debe olvidarse que el plusvalor relativo es absoluto, y el absoluto es
relativo.

A la pregunta de si existe una “base natural del plusvalor”, hay que responder que la
“benignidad” de las condiciones naturales del hombre se limita a brindar “la
posibilidad”, pero nunca la “realidad”, del plustrabajo (lo que concede es, en realidad,
“tiempo libre”). No es el clima tropical la patria del capital, sino la zona templada
porque no es la “fertilidad absoluta” del suelo, sino su “diferenciación, la diversidad de
sus productos naturales”, lo que constituye el fundamento natural de la división social
del trabajo. Es esa diversidad lo que surte el efecto de que en países diferentes “la
misma masa de trabajo satisfaga diferentes masas de necesidades” y, por tanto, que el
tiempo de trabajo necesario sea diferente.

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