I CUATRIMESTRE 2018
La lectura de un breve cuento del hondureño Augusto Monterroso generó interesantes
reflexiones, una propuesta de escritura y textos tan ricos como variados. Los
compartimos aquí. Expresan la idea que orienta la tarea del taller: porque leemos,
escribimos.
El eclipse
Augusto Monterroso
(Tegucigalpa 1921 Ciudad de México 2008)
Cuando fray Bartolomé Arrazola se
sintió perdido aceptó que ya nada
podría salvarlo. La selva poderosa de
Guatemala lo había apresado,
implacable y definitiva. Ante su
ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin
ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante,
particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una
vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor
redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se
disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en
que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas.
Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal
y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un
eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para
engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio
que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente
sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras
uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las
infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la
comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de
Aristóteles.
Propuesta de escritura:
Escribir un texto que narre un hecho que, al modo de El eclipse, lo trascienda. Se sugiere
utilizar el mismo título/idea.
Para nosotros, la consigna es el pretexto en su doble
acepción. Es la excusa para escribir y es el texto que
antecede a otro. A continuación,
algunos de los textos producidos en el taller.
“El eclipse”
Por Ana María Amarilla
Cuando el reflector bañó la estilizada y etérea figura tuvo la certeza, la inefable
certeza que e se negaba a aceptar. Agotadoras jornadas, interminables ensayos que
ignoraron dolores y fatigas, rigurosas correcciones de posturas y movimientos, no habían
sido en vano.
Entre bambalinas, la oscuridad le permitió desahogar la ambigua sensación que la
envolvía. Hubieron lágrimas por tantos nudos en el estómago antes de pisar el escenario.
Lágrimas por miles de mariposas revoloteando en los oídos como los ecos de aplausos al
final de cada función. Lágrimas por la única decisión que demoró en tomar y era tan cruel
como evidente.
La caída del telón, irónica paradoja, iluminó su razón y develó ante sus ojos la clara
verdad: su discípula, nueva estrella, brillaba y la conducía, grácil, a entrar en su cono de
sombra.
“El eclipse”
Por Pablo Shetman
Cuando terminé séptimo grado mi papá
me mandó de vacaciones a Corrientes.
Era verano y tenía apenas doce años.
Por primera vez viajaba en avión y fui
solo, sin mis dos hermanos menores. En el aeropuerto Cambá Punta me esperaba el trío
encargado de cuidarme y de hacerme pasar unos carnavales imborrables con mi abuela
Fany, mi tío Boris y mi primo hermano Isaac.
Durante el año nos comunicábamos por unas pocas cartas. Los saludos de bienvenida,
fueron breves. Pensé que me iban a preguntar por la experiencia de viajar en avión pero
no fue así: sólo preguntaron cuánto tiempo más pensaba usar pantalones cortos. Mi
abuela y mi tío tenían sus códigos. Eran inmigrantes rumanos y hablaban en idishe
porque, además de resultarles más fácil, yo no podía entender. De tanto repetir la misma
palabra deduje que, cuando se referían a mí, me decían el groiser, “el mayor de los
hermanos”.
Al rato, tomamos un colectivo hasta la casa familiar y, ni bien llegamos, acomodé el bolso
en la cama de un cuarto que aunque tenía una mesita de luz parecía (a primera vista) más
un galpón que un cuarto de huéspedes. Las paredes estaban despintadas y las bolsas de
harina se apilaban hasta rozar el techo de chapas. Había más sombra que luz pero no me
dieron tiempo a decir nada. Enseguida mi tío, que daba más órdenes que explicaciones,
me hizo pasar al bazar que también funcionaba en la casa. La recorrida la encabezó mi
primo hermano. Isaac era corpulento, jugaba al básquet y ya había terminado el
secundario. Me sacaba una cabeza de ventaja y cinco años de edad pero mi abuela y mi
tío lo llamaban Isaquito. A mí el nombre me sonaba a prenda de abrigo y me causaba
gracia pero nunca se lo demostré, nunca me reí en su cara.
El bazar a diferencia del galpón guardaba sus tesoros prohibidos. Entre telas, ollas,
elefantitos, ropa y un montón de productos que nunca supe para qué servían, ofrecía una
estantería llena de bolsas de soldaditos que durante el día se transformaron en mi
pasatiempo preferido. La variedad era increíble. Estaban esos de cascos verdes con los
que armaba feroces luchas contra los invasores japoneses pero la cosa no quedaba ahí.
Había dos bolsas que me podían. Mientras que los azules me servían para refundar el
Regimiento de granaderos a caballo del General San Martín, los rojos cobraban vida como
los odiados realistas.
Días después, llegó el primer fin de semana y fuimos a la peatonal para ver desfilar las
comparsas. Mi familia hinchaba por una que llamaban Ará Berá pero a mí me parecían
todas iguales. Me daba igual que la gente tirara agua o nieve o que las señoras que iban
arriba de los carros vistieran con plumas de papagayo o de tucán. Nunca lo supe, pero
cuando el trío juzgó que le prestaba más atención a los soldaditos que a los supuestos
encantos del carnaval fue mi batalla de Cancha Rayada.
Pasaron cuarenta años y lo recuerdo como si fuera hoy…
Habíamos cenado una sopa de remolachas a la que llamaban borch y, antes de terminar
el postre, mi tío ordenó que esa noche me fuera a acostar al galpón.
Cuando saludé a mi abuela, me dio tres billetes marrones de esos de 100.000 pesos que
tenían la cara de un San Martín ya anciano y me indicó que los pusiera sobre la mesita de
luz. Nunca antes me habían dado plata y me costó calcular cuántas bolsas de soldaditos
podría comprar.
Estaba en la tierra del Padre de la patria y al parecer por lo que vino después, ese fue el
único padre que tuve. Al rato, Isaac abrió la puerta y sin mediar palabra dejó pasar a una
mujer.
-Me llamo Chona- dijo y comenzó a sacarse la ropa. El galpón estaba en penumbras y la
silueta de la mujer sin corpiño logró eclipsar hasta mi respiración. Las únicas mujeres que
había visto desnudas eran las que podían espiarse de reojo en los almanaques del taller
mecánico donde me había animado a pedir aire para la bicicleta. Chona lucía bien distinta.
Era huesuda como una calavera y fea como un camalote de río. Tendría veinte años más
que yo y le faltaban varios dientes. Pensé en pedirle que se fuera pero me pidió que la
dejara trabajar. Me puso boca arriba en la cama y sin sacarme el calzoncillo comenzó a
pasar su mano por mi entrepierna. Mientras yo sudaba pálido llevó mis manos sumisas a
sus pechos. Sospeché que la batalla estaba perdida de antemano y asentí. Recuerdo
vagamente cómo fueron los siguientes movimientos pero solo sé que terminé desnudo.
Mientras el silencio del galpón lo envolvía todo Chona me montó y comenzó a cabalgar
hasta que mi niñez se eclipsó y el ocaso de la inocencia se fundieron en una sombra,
húmeda y triste.
Ni bien Chona dio por terminado su trabajo, se limpió a lo bruto con una servilleta de
papel, se vistió y se dispuso a abandonar el cuarto. No hubo palabras de despedida pero
entre tinieblas noté que del bolsillo trasero de su pollera sobresalían los tres billetes de
cien mil con los que mi familia le había pagado para que dejara los pantalones cortos y
hasta los soldaditos.
“El Eclipse”
Por Romina Regueiro
Cuando la Señorita Aguirre gritó: Rodrigo, tráigame el
cuaderno de comunicaciones, dictaba mi sentencia. La
advertencia de papá solo tenía dos días y sonó firme,
mirá Rodrigo, si vuelve una mala nota, te reviento-.
La señorita Aguirre era algo escuálida, diría la abuela,
delgada, en palabras de mamá, para mí era flaca y
muy alta. Entrada en años, decía la abuela, de edad
mediana, madura, según mamá y para mí una vieja
de mierda. La verdad no era mala y yo no la ayudé pero es seguro que desconocía el
impacto que aquella nota tendría en mi vida.
Cuando llegué a casa esquivé a mamá, pero dejé a mano el cuaderno de comunicaciones.
Le dije que en un rato tomaba la leche y me fui a mi pieza.
La habitación, para un chico es un refugio, su lugar, su pequeño mundo, ese espacio que
queremos pensar como nuestro y donde nos sentimos a salvo y rodeado de las cosas que
nos pertenecen. Esa parte de ser chico la extraño.
Aquella tarde quise distraerme pero fue inútil; el temor, me ganaba conforme pasaba la
hora. Sabía que el final se acercaba.
Cuando escuché la puerta, sentí mi corazón detenerse.
Papá entró y enseguida se encerró con mamá en la cocina. No sé si ella intentó calmarlo o
solo lo enfureció aún más. Mientras atravesaba el pasillo dijo: “si el castigo no se cumple
la amenaza pierde valor”.
En ese instante, cerré fuerte mis ojos y recé, recé como nunca lo había hecho, y como
pocas veces lo haría en mi vida adulta, pero no alcanzó.
Traía su chancleta y comenzó la sentencia. Lo terrible fue que al tercer o cuarto golpe se
le partió y se enfureció y gritó: “mirá la rompiste”. Y se largó a llorar.
La abuela me decía, los hombres no lloran, son fuertes y enfrentan las peleas. Ese día yo
no pude: lloré, lloré y pedí por favor que terminaran los golpes, prometí y pedí perdón.
Ese recuerdo, esa sensación, ese miedo me acompañaría muchos años. Aquel día
descubrí que ni mi habitación ni nada en el mundo era un lugar seguro.
Creo que la señorita Aguirre se enteró de lo sucedido. Ese año no volvió a mandar ninguna
nota. Cuando me miraba se entristecía, quizá por pena, quizá por culpa. Ese día quedó
grabado. Lo recuerdo aún cómo el día en que se oscureció mi cuarto y algo dentro mío. Lo
recuerdo como aquella sentencia que lo motivó: si el castigo no se cumple la amenaza
pierde valor. Lo recuerdo. Como recuerdo a mi padre, con amor, con dolor.
“El eclipse”
Por Erika Sánchez
Los invadió el más absorto silencio, y
así pasaban sus horas, sus días, así
sobrevivían.
Como agua que inexorablemente cae
por un vertiginoso torrente, él
comenzó a bucear por otros
océanos, otros piélagos; algunos, levemente transparentes; otros, un tanto más turbios.
Sin detenerse en sus cualidades, se escabullía por todos. Mientras tanto, ella sumida en la
más grotesca ignorancia, continuaba su vida tan indiferente como su entendimiento se lo
permitía. Si bien la calidez, el diálogo y las manifestaciones de afecto jamás habían
formado parte de sus virtudes, mucho menos se hacían presentes en esos tiempos. Por
entonces, su razón iniciaba un extenso camino al oscurecimiento, a la evasión, a la huida
más misericordiosa y absurda. Su discernimiento, eclipsado por una incesante cortina
tormentosa y profunda, se fundía junto a la memoria y, apagándose, ambos se
desvanecían y evaporaban, para ya nunca más volver. Mientras tanto, Él sumergido en el
más certero y angustioso desconocimiento, continuaba en un sinsentido de errores,
deseando ahogarse de una vez por todas y terminar con esos ingratos momentos de
inagotable mutismo que quemaban su alma como meteoros sobre tierra firme.
Él sabía que no hay soledad más lacerante que la sentida al estar acompañado por el ser
amado. Sin embargo, era una de las pocas cosas que le quedaba de ella. Sentía un cráter
en las entrañas cada vez que la miraba sin poder verla, ella ya no estaba ahí. No obstante,
él sí comenzó a estar... y abandonando su propio abandono, le obsequiaba sus mañanas,
sus noches, sus cuidados y su inagotable esperanza.
Cada atardecer, mientras ella intentaba saborear la sopa tibia que él le acercaba a la boca
con gran ternura y sublime consagración. Sin mover sus labios y enterrándole sus lóbregos
ojos en su compasiva mirada, le preguntaba con infinito desconsuelo ¿por qué?
“El eclipse”
Por Juana
Quiroga
“El que tiene una certeza sólo sabe equivocarse”.
Bersuit Vergarabat
Pensando en las profundidades de la
mente humana se hallaba abstraído el doctor
José Pereiras y, avergonzado de algunos de sus congéneres capaces de conductas
criminales, decidió clasificar tales aberraciones comenzando por las de mayor gravedad.
Siendo un psiquiatra con tantos años de trayectoria se sentía preparado para la
empresa y lograr una clasificación acorde a las formas de actuar del hombre moderno.
Sabiéndose cercano a los últimos años de su carrera, encontraba especial excitación en
haber definido un propósito de investigación y escritura. Imaginaba su nombre, “José
Pereiras”, en las memorias de la Psiquiatría, eludiendo así el eclipse del olvido.
Supuso de tal hondura su empresa, que invirtió horas y horas en planearla y, con la
lucidez y tenacidad que lo caracterizaban, invirtió días y días en su ejecución.
Tal estado de entusiasmo lo mantuvo día tras noche, horas y horas, abroquelado
al estudio de la mente humana, a sus desequilibrios, a los humores, y a los motivos que
llevan a la humanidad a la distorsión de su conducta.
Se sorprendió leyendo y releyendo casos, deteniéndose en aquellos que más lo
consternaban. Las horas frente a la computadora daban cada vez más brillo a la pantalla.
El ambiente oscuro, a media luz, perdía presencia y aquella habitación era sólo esa
pantalla de palabras que daban forma tanto a los horrores de la humanidad como a la
genialidad de sus conceptos. Con paciente resguardo, salvaba su documento párrafo tras
párrafo y la penumbra del lugar sólo cedía por el resplandor frente a sus ojos.
Una exquisita sensación de mareo se mezclaba con el frenesí de sus ideas… y el
mundo giraba conteniendo a toda la maldad humana en su mente. Fue un instante de
claridad suprema. Mientras, la oscuridad crecía y crecía, en un éxtasis de sabiduría; su
silla, giraba. Giraba lenta y parsimoniosamente. A lo lejos, la intensa luz de la pantalla,
tomó la forma de un túnel, un túnel prolongado de luz, de luz blanca, intensa: la luz
radiante de la certeza al ver todo el horror humano. Y, como en un parto en cámara lenta,
se dejó ir… atravesándola.
“El eclipse”
Por Susana Cantore
Algunos dicen que todo termina, que es un
metro y doblaste el codo.
Cuando era chico, todo parecía tan lejano
como posible. Se abría un abanico de
posibilidades y decidir qué camino tomar era
una invitación que fortalecía. Sentirse
responsable de su futuro era un envión
inigualable.
La mirada de los otros lo afianzaba. “Con esa altura se lleva el mundo por delante”,
“Elegante y además conversador, ¿quién se le resiste?” decían por ahí.
Cuando nació el varón tan deseado el metro noventa no le alcanzaba para alojar tamaña
alegría.
Pero ahora, como arena seca entre las manos, transcurren los días…
¿Y los momentos de felicidad?
Una mala maniobra, un desperfecto mecánico, una piedra en el camino oscurecieron el sol
pleno.
Durmió todo lo que pudo. Cuando despertó en el blanco tedioso y oscuro de un hospital
se dio cuenta que tenía las piernas destruidas.
Comprobó que había sido noticia en los diarios: “el conductor se salvó de milagro” y lloró.
El recuerdo vago de hierros que se retorcían sin piedad hicieron que la convalecencia
resultara eterna.
Más de una vez tuvo ganas de colgar los botines pero el eclipse no lo abatió. Tenía familia
y necesitaba seguir como fuera.
Erguido sobre sus piernas, una de palo, un día tomó envión y volvió a trabajar. Podía
tambalearse pero no caer. La sonrisa de su hijo en el potrero lo impulsaba a devolverla.
“El Eclipse”
Por Patricia Cesario
El año 2018 fue catalogado por los
astrónomos de todo el mundo como un
año singular por tres eclipses solares en
lugar de dos. Ya en febrero se produjo el
primero que despertó curiosidad, temor,
ansiedad y hasta malhumor. Virginia, una joven estudiante de Psicología, aceptó la
invitación de sus compañeros que eligieron un lugar, según ellos privilegiado, para
disfrutar de lo que llamaban un espectáculo increíble. La joven, con gran expectativa ni
bien llegó, era un parque en el conurbano, comenzó a sentirse rara. Luego recordaría que,
antes de dormirse profundamente, se le aflojaron las piernas, le temblaron los brazos.
También recordaría después lo que había soñado. Estaba en la antigua Grecia. Algo le
indicaba que era el mes de febrero pero del año 585 AC, justo cuando se produjo un
eclipse solar que terminó con una larga guerra entre dos tribus. Los guerreros vieron que
se hacía la noche en lugar del día y lo interpretaron como un signo de paz contundente y
pusieron fin a las batallas. Quisieron sellar el fin de la guerra con una alianza entre ellos a
través de un matrimonio. La princesa, una hermosa adolescente, tras la noticia que debía
casarse con el príncipe del bando hasta hace poco enemigo quiso escapar de aquel
destino. Tras ella salió su padre el Rey, su príncipe no tan azul y las dos tribus. Sin
casamiento no se afianzaría la paz. Por supuesto que llegaron a alcanzarla. Las mujeres de
su tribu la vistieron para la boda y prepararon el festejo. La novia no paraba de llorar.
Intentó hacerles comprender que, antes que casarse prefería morir. Justo en el momento
en que iba en el carruaje rumbo al sitio destinado, sacó una daga escondida en su vestido.
En esos pliegues estaba cuando se escucharon voces que decían: despertate Virginia.
Despertate… Recordó lo soñado…y también que estaba allí, no tanto por los fenómenos
astronómicos sino por uno de los pibes que la había invitado.
El Eclipse
Por Iliana Rodríguez
Juan Alberto Marquesi era el chico más lindo del barrio. Con su cara perfecta y ojos
penetrantes, tenía enamoradas a todas las muchachas. Su mirada las eclipsaba, las
dejaba perplejas… María Emilia, la muchacha más tímida que jamás Juan había conocido,
apareció en su horizonte. Su piel blanca como de luna, y esos ojos…Junto a ella, él se
sentía más astro que el Rey Sol y pensó que nada impediría sumarla a sus conquistas.
También pensó que sería una más.
Pero no: ella seguía en su mundo de trabajo y estudio y ni siquiera consideró su interés.
Su indiferencia, comenzó a afectarlo. Cada día se sentía más disminuido, opacado. A tal
punto se diluyó su luz que las tantísimas conquistas comenzaron a alejarse. El, habituado
al entorno divertido comenzó a replegarse y penetrar en lo que sentía como un túnel tan
profundo como oscuro. En su olvido del pasado, incluso de María Emilia, no la reconoció
cuando volvieron a cruzarse y esta vez sí, ella se sintió atraída por la luz que ahora él
emanaba.