El sonido del vidrio rompiéndose me hizo reaccionar.
Mis puños estaban embarrados de
sangre fresca y la suciedad del desierto. Caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Todos los
frascos que alguna vez utilice para almacenar comida estaban desparramados en miles de
pedacitos a mí alrededor. Si, los había aventado contra la mesa, las paredes y el piso en un
ataque desenfrenado de ira. Las punzantes puñaladas que revolvían mi estomago estaban
volviéndome loco, incluso más que esta horrible enfermedad.
Sabía que un día de estos iba a morir, pero siempre había pensado que sería lleno de
arrugas en una vieja cabaña de campo junto a una bella y arrugada mujer a mi lado y con un
perrito que tuviese la misma energía que nuestros nietos. Pero no, el cruel virus lo había
arruinado todo. Ahora solo me quedaba esperar una muerte segura cuando estuviese tan
loco que no recuerde mi propio nombre, o quizás suicidarme antes de que llegue aquel
abominable final. Lo único que me daba esperanzas para seguir era la cura que nos habían
prometido hace mucho tiempo atrás.
El dolor ya era irresistible, el tiempo pasaba lento y morir de hambre no se veía como
parte de las opciones, ya no me quedaba nada, ni siquiera había una mísera rata que pueda
calmarme por un rato. Era hora de salir ¿pero después de tanto tiempo?, espero que el
mundo no haya cambiado mucho desde la última vez que salí.
Me encaminé a la pequeña puerta que había dejado sin sellar por algún caso de
emergencia, llevaba la mochila al hombro preparada para salir, no conozco mucho el lugar
pero supongo que esta zona es bastante segura, hasta el momento no he recibido ningún
ataque de Cranks mas allá del final.
Las personas no volteaban a verme, algunos huían, otros corrían, pero nadie estaba más
allá del final. Un grupo estaba reunido en un círculo, las ovaciones del público
sobresaltado despertó una leve intriga que cesó cuando la vereda se llenó de sangre.
Caminé un par de cuadras más hasta dar con un supermercado, es muy idiota pensar que
puede haber comida allí adentro, pues, este lugar está a la vista de todos, las ventanas
estaban rotas y el polvo era una manta que cubría todo el lugar. Las góndolas estaban
vacías, destruidas y acostadas en el piso, lo único que todavía servía era un rollo de papel
higiénico totalmente embolsado. Lo cargué en la mochila, podría ser de utilidad en algún
momento.
No había nada más que ese rollo de papel en todo el lugar. Seguí por un estrecho pasillo
hasta toparme con un matafuego y un baño, no había nadie, pero por fin pude ver a la
persona que quería ver hace mucho tiempo. Me encontraba sucio, pálido, con el cabello
enredado, se veía grasoso y me llegaba hasta los hombros. El espejo era grande y me dejó
apreciar gran parte de mi ropa andrajosa, no me reconocía, hace algún tiempo jamás creí
llegar a verme así. Cuan do vivía en Denver creía estar seguro de La Llamarada, pero veo
que me equivoqué. Lavé mis manos y mi rostro intentando despegarme de esa maldición,
deseando despertar de esta pesadilla. No tuve resultados, todo seguía igual.
Salí del baño y me dirigí a la siguiente puerta, en la cual se leía claramente «SALA DE
MANTENIMIENTO». Puede que aquí haya comida, quizás sea un depósito de mercadería
o quizás solo haya escobas, vale la pena intentar, quizás encuentro un motín dispuesto a
alimentarme hasta el final…
La puerta estaba con llave, tuve que volver por el matafuego para forzar la cerradura. Un
golpe. Dos. Cinco. Nueve golpes y se abrió, posé mi mano sobre el picaporte y algo detrás
de la puerta saltó hacia mí, no me dio tiempo de agarrar el matafuego que una bestia intentó
agarrarme obligándome a correr. Salí del edificio en una persecución, corrí detrás de un
contenedor rogando haberle perdido el rastro. Con la respiración agitada, las punzadas de
hambre latentes y el vértigo acumulados en mis intestinos me invadieron las ganas de
vomitar, solo que mi estomago estaba demasiado vacio como para poder eliminar algo,
sentía que todos mis órganos querían salir escupidos por mi boca. No logré recuperar el
aliento que el Crank se tiró de nuevo hacia mí, logré empujarlo haciéndolo rodar en el
suelo, gateaba lentamente intentando volver a aproximarse cuando un bate lleno de clavos
en la punta se estrelló contra su rostro, una chispa lo envolvió en un cálido fuego
haciéndolo desaparecer.
− Deberías tener más cuidado, idiota.
−L-lo siento, no vengo mucho para estos lados.
−Me he dado cuenta. ¿Qué mierda hiciste para traer ese Cra...?− el sonido de mis tripas
retorciéndose silenció sus reclamos, su cara se apaciguó y un suspiro salió expulsado −
¿hace cuanto que no comes?
−Quizás hace un par de días, ya perdí la cuenta.
−Sabes, a un par de cuadras de aquí hay una fábrica de comida enlatada, puede que todavía
quede algo. Te acompaño hasta allí. Mi nombre es Amanda.
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Gracias a Amanda logré conseguir provisiones para meses. Nos tuvimos que refugiar de
una gran tormenta de rallos en aquella fábrica, pero por suerte no nos volvimos a topar con
otro Crank más allá del final. Me acompañó de regreso hasta el supermercado donde nos
conocimos. La puertecilla seguía igual que como la deje al marcharme, a pesar de eso, algo
se sentía diferente. Guardé todas las latas y paquetes de comida en los estantes de la cocina
cuando sentí unas voces provenientes de la sala principal. Me acerqué sigiloso y me topé
con todos ellos, eran cinco personas, no logré comprender lo que decían, me acerqué más
hasta que no resistí y me enfrenté a ellos.
− ¡Ustedes! ¿Quiénes son? ¿Qué hacen en mi casa?
Me había equivocado, eran más de cinco, eran aproximadamente quince chicos. El chico
rubio abrió la boca para hablar, pero otro con aspecto asiático se le adelantó. Este último se
veía en muy mal estado, tenía la cara llena de sangre.
−¿Qué le pasa este garlopo?, mira niño, nosotros somos más que tú, te vamos a dejar como
a un pedazo de poplus.
No entendí nada de lo que este loco dijo, pero no me agradaba en absoluto
−¿Puedes cerrar tu hocico un momento? Minho− le contesto alguien a quien no logré llegar
a ver.
−Lo siento, soy Thomas. Necesitábamos refugiarnos de la tormenta de anoche y tu casa fue
el primer lugar que encontramos.
−¿son nuevos en la ciudad?
−Sí, bueno, no… nos trajeron aquí para llegar a una base donde nos prometieron la cura.
La cura. ¿Existirá? ¿Será verdad? ¿Al fin me curaré de esta cosa?
−¿Estás loco, Tomas? ¿Cómo pudiste comentarle sobre eso?− agregó un chico de piel
oscura el cual no había notado en su momento
−¿Quién les dijo eso?
−CRUEL− contestó el rubio
−CRUEL y toda esa garlopa que nos dijo la Rata me tienen cansado
−Por favor, llévenme con ustedes, les doy mi comida, pero llévenme con ustedes
Natasha ivancich