Compendio de Lecturas para Bachillerato
Compendio de Lecturas para Bachillerato
REDACCIÓN I
Compendio de Lecturas
COLEGIO DE BACHILLERES DEL
ESTADO DE BAJA CALIFORNIA
FRANCISCO ARTURO VEGA DE LAMADRID
Gobernador del Estado de Baja California
Compendio de Lecturas
Es impresionante que en estos últimos años se nos informe por los medios de comunicación
que los alumnos del nivel medio superior están reprobados en la comprensión lectora ¡esto
es preocupante!, sobre todo para ti que te encuentras ya en la preparatoria a un paso de
llegar a la universidad.
El siguiente material tiene como objetivo brindarte un apoyo para reforzar aún más lo que
el programa de la asignatura de TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I te presenta
y así lograr cómodamente la comprensión del contenido de cualquier texto, sin olvidar la
aplicación de estrategias sencillas y atractivas en las lecturas para lograr llamar tu atención.
Por todo lo anterior iniciaremos en este primer parcial con textos cortos de rápida comprensión,
con el propósito de iniciar con técnicas que te ayuden a conocer las partes que integran un
texto y aprender a seleccionar ideas principales, separarlas de las secundarias, a la vez
aprenderás nuevas palabras que te ayudará a enriquecer tu vocabulario.
Es así pues que te damos la bienvenida a este tu plantel y buena suerte en todo lo que
emprendas, recuerda que la base del éxito es el trabajo y sobre todo la dedicación e
importancia que le des a todo lo que inicias.
ÍN DICE
El hombre de plata ..................................................................................................... 6
Frida ........................................................................................................................... 18
Iniciemos:
Lee y subraya las palabras desconocidas y lo que consideres importante
EL HOMBRE DE PLATA
Isabel Allende
El Juancho y su perra «Mariposa» hacían el camino de tres kilómetros a la escuela dos veces al
día. Lloviera o nevara, hiciera frío o sol radiante, la pequeña figura de Juancho se recortaba en el
camino con la «Mariposa» detrás. Juancho le había puesto ese nombre porque tenía unas grandes
orejas voladoras que, miradas a contra luz, la hacían parecer una enorme y torpe mariposa morena.
Y también por esa manía que tenía la perra de andar oliendo las flores como un insecto cualquiera.
Los días de invierno anochece muy temprano. Cuando hay nubes en la costa y el mar se pone
negro, a las cinco de la tarde ya está casi oscuro. Ese era un día así: nublado, medio gris y medio
frío, con la lluvia anunciándose y olas con espuma en la cresta.
—Mala se pone la cosa, Mariposa. Hay que apurarse o nos pesca el agua y se nos hace oscuro...
A mí la noche por estas soledades me da miedo, Mariposa —decía Juancho, apurando el tranco
con sus botas agujereadas y su poncho desteñido.
La perra estaba inquieta. Olía el aire y de repente se ponía a gemir despacito. Llevaba las orejas
alertas y la cola tiesa.
— ¿Qué te pasa? —le decía Juancho—. No te pongas a aullar, perra lesa, mira que vienen las
ánimas a penar...
A la vuelta de la loma, cuando había que dejar la carretera y meterse por el sendero de tierra que
llevaba cruzando los potreros hasta la casa, la Mariposa se puso insoportable, sentándose en el
suelo a gemir como si le hubieran pisado la cola. Juancho era un niño campesino, y había aprendido
desde pequeño a respetar los cambios de humor de los animales. Cuando vio la inquietud de su
perra, se le pusieron los pelos de punta.
— ¿Qué pasa, Mariposa? ¿Son bandidos o son aparecidos? Ay... ¡Tengo miedo, Mariposa!
El niño miraba a su alrededor asustado. No se veía a nadie. Potreros silenciosos en el gris espeso
del atardecer invernal. El murmullo lejano del mar y esa soledad del campo chileno.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Temblando de miedo, pero apurado en vista que la noche se venía encima, Juancho echó a correr
por el sendero, con el bolsón golpeándole las piernas y el poncho medio enredado. De mala gana,
la Mariposa salió trotando detrás.
Y entonces, cuando iban llegando a la encina torcida, en la mitad del potrero grande, lo vieron.
Era un enorme plato metálico suspendido a dos metros del suelo, perfectamente inmóvil. No tenía
puertas ni ventanas: solamente tres orificios brillantes que parecían focos, de donde salía un leve
resplandor anaranjado. El campo estaba en silencio... no se oía el ruido de un motor ni se agitaba
el viento alrededor de la extraña máquina.
El niño y la perra se detuvieron con los ojos desorbitados. Miraban el extraño artefacto circular
detenido en el espacio, tan cerca y tan misterioso, sin comprender lo que veían.
El primer impulso, cuando se recuperaron, fue echar a correr a todo lo que daban. Pero la curiosidad
de un niño y la lealtad de un perro son más fuertes que el miedo. Paso a paso, el niño y el perro se
aproximaron, como hipnotizados, al platillo volador que descansaba junto a la copa de la encina.
Cuando estaban a quince metros del plato, uno de los rayos anaranjados cambió de color,
tornándose de un azul muy intenso. Un silbido agudo cruzó el aire y quedó vibrando en las ramas
de la encina. La Mariposa cayó al suelo como muerta, y el niño se tapó los oídos con las manos.
Cuando el silbido se detuvo, Juancho quedó tambaleándose como borracho.
En la semi-oscuridad del anochecer, vio acercarse un objeto brillante. Sus ojos se abrieron como dos
huevos fritos cuando vio lo que avanzaba: era un Hombre de Plata. Muy poco más grande que el
niño, enteramente plateado, como si estuviera vestido en papel de aluminio, y una cabeza redonda
sin boca, nariz ni orejas, pero con dos inmensos ojos que parecían anteojos de hombre-rana.
Juancho trató de huir, pero no pudo mover ni un músculo. Su cuerpo estaba paralizado, como si
lo hubieran amarrado con hilos invisibles. Aterrorizado, cubierto de sudor frío y con un grito de
pavor atascado en la garganta, Juancho vio acercarse al Hombre de Plata, que avanzaba muy
lentamente, flotando a treinta centímetros del suelo.
Juancho no sintió la voz del Hombre de Plata, pero de alguna manera supo que él le estaba
hablando. Era como si estuviera adivinando sus palabras, o como si las hubiera soñado y sólo las
estuviera recordando.
Poquito a poco el susto fue abandonando al niño. Vio acercarse al Hombre de Plata, lo vio
agacharse y levantar con cuidado y sin esfuerzo a la inconsciente Mariposa, y llegar a su lado con
la perra en vilo.
—Amigo... Soy tu amigo... No tengas miedo, no voy a hacerte daño... Soy tu amigo y quiero
conocerte... Vengo de lejos, no soy de este planeta... Vengo del espacio... Quiero conocerte
solamente...
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COMPENDIO DE LECTURAS
Las palabras sin voz del Hombre de Plata se metieron sin ruido en la cabeza de Juancho y el
niño perdió todo su temor. Haciendo un esfuerzo pudo mover las piernas. El extraño hombrecito
plateado estiró una mano y tocó a Juancho en un brazo.
Y Juancho, por supuesto, aceptó la invitación. Dio un paso adelante, siempre con la mano del
Hombre de Plata en su brazo, y su cuerpo quedó suspendido a unos centímetros del suelo. Estaba
pisando el brillo azul que salía del platillo volador, y vio que sin ningún esfuerzo avanzaba con su
nuevo amigo y la Mariposa por el rayo, hasta la nave.
Entró a la nave sin que se abrieran puertas. Sintió como si «pasara» a través de las paredes y
se encontrara despertando de a poco en el interior de un túnel grande, silencioso, lleno de luz y
tibieza.
Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco tenía la sensación de estar flotando.
—Soy de otro planeta... Vengo a conocer la Tierra... Descendí aquí porque parecía un lugar
solitario... Pero estoy contento de haberte encontrado... Estoy contento de conocerte... Soy tu
amigo...
Así sentía Juancho que le hablaba sin palabras el Hombre de Plata. La Mariposa seguía como
muerta, flotando dulcemente en un colchón de luz.
—Soy Juancho Soto. Soy del Fundo La Ensenada. Mi papá es Juan Soto —dijo el niño en un
murmullo, pero su voz se escuchó profunda y llena de eco, rebotando en el túnel brillante donde
se encontraba.
El Hombre de Plata condujo al niño a través del túnel y pronto se encontró en una habitación
circular, amplia y bien iluminada, casi sin muebles ni aparatos. Parecía vacía, aunque llena de
misteriosos botones y minúsculas pantallas.
—Sí... Yo quiero conocerte para llevarme una imagen tuya a mi mundo... Pero no quiero asustarte...
No quiero que los hombres nos conozcan, porque todavía no están preparados para recibirnos...
—Yo quiero irme contigo a tu mundo, si quieres llevarme con la Mariposa —dijo Juancho, temblando
un poco, pero lleno de curiosidad.
—No puedo llevarte conmigo... Tu cuerpo no resistiría el viaje... Pero quiero llevarme una imagen
completa de ti... Déjame estudiarte y conocerte. No voy a hacerte daño. Duérmete tranquilo... No
tengas miedo... Duérmete para que yo pueda conocerte...
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Juancho sintió un sueño profundo y pesado subirle desde la planta de los pies y, sin esfuerzo
alguno, cayó profundamente dormido.
El niño despertó cuando una gota de agua le mojaba la cara. Estaba oscuro y comenzaba a llover.
La sombra de la encina se distinguía apenas en la noche, y tenía frío, a pesar del calor que le
transmitía la Mariposa dormida debajo de su poncho. Vio que estaba descalzo.
— ¡Mariposa! ¡Nos quedamos dormidos! Soñé con... ¡No! ¡No lo soñé! Es cierto, tiene que ser cierto
que conocí al Hombre de Plata y estuve en el Platillo Volador —miró a su alrededor, buscando la
sombra de la misteriosa nave, pero no vio más que nubes negras. La perra despertó también, se
sacudió, miró a su alrededor espantada, y echó a correr en dirección a la luz lejana de la casa de
los Soto. Juancho la siguió también, sin pararse a buscar sus viejas botas de agua, y chapoteando
en el barro, corrió a potrero abierto hasta su casa.
— ¡Cabro de moledera! ¡Adónde te habías metido! —gritó su madre cuando lo vio entrar,
enarbolando la cuchara de palo de la cocina sobre la cabeza del niño. ¿Y tus zapatillas de goma?
¡A pata pelada y en la lluvia!
—Ya mujer, déjalo. El cabro se durmió y estuvo soñando. Mañana buscará los zapatos. ¡A tomarse
la sopa ahora y a la cama! Mañana hay que madrugar —dijo el padre.
—Mira hijo... ¿Quién habrá prendido fuego cerca de la encina? Está todo este pedazo quemado.
¡Qué raro! Yo no vi fuego ni sentí olor a humo... Hicieron una fogata redondita y pareja, como una
rueda grande —dijo Juan Soto, examinando el suelo, extrañado.
El pasto se veía chamuscado y la tierra oscura, como si estuviera cubierta de ceniza. El lugar
quemado estaba unos centímetros más bajo que el nivel del potrero, como si un peso enorme se
hubiera posado sobre la tierra blanda.
—Mis botas, taita... Pero parece que se las llevó el Hombre de Plata.
El niño sonrió, la perra movió el rabo y Juan Soto se rascó la cabeza extrañado.
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COMPENDIO DE LECTURAS
LADRÓN DE SÁBADO
Gabriel García Márquez
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche.
Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada
con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque
a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de
magia. Hugo piensa: « ¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el
fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no
regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se
pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de
la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su
casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy
alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de
Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana
es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas
las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando
Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos.A la mañana siguiente Ana despierta
completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y
Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se
llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo.
Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana
inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa
a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior,
mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero
que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal
manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda
dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana
se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se
metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira
alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole
muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón
de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
FIN
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
(1) Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los
ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una
quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
(2) Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los
que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella
como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que
enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más
apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
(3) Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos
cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura
solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas
soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos,
novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien.
Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
(4) Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí
la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella
no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa
a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
(5) Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero
yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada.
Era la oreja de su lado normal.
(6) Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la
suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la
reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos.
Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces
me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el
ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
(7) La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y
me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una
confitería. De pronto aceptó.
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COMPENDIO DE LECTURAS
(8) La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que
pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis
antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente
sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera
era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos,
tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos
fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado;
algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes
merece compartirse el mundo.
(9) Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del
bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
(11) Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada
permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una
franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente
de la hipocresía.
(13) "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado
como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar
por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una
posibilidad."
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
(14) "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su
cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente
escarlata.
"Vamos", dijo.
(15) No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era
una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
(16) Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la
espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una
versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
(17) En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo
mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos
eso.
(18) Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente
hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia.
En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron
muchas veces sobre sus lágrimas.
(19) Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó
el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra. Lloramos hasta el alba.
Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
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COMPENDIO DE LECTURAS
LA TÍA DANIELA
Ángeles Mastretta
La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota.
Lo había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno
y había pensado: “Este hombre se cree Dios”. Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos
desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no
hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de
Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.
Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel
y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de
mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla
porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus
confusiones.
Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces
la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista.
Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres. Lo quiso
convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y
las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los
poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.
Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda
inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.
Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue
una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.
Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía
Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas,
la intensidad de la frente y las entrañas.
Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su
termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío
como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le
ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras
ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.
Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente,
algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin
obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente
le puso un telegrama a su marido diciendo: “Empieza a mejorar, ha llorado un segundo”. Se había
vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como
si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron
más que para echarse en una silla y decirle a su madre: “Te lo ruego, vámonos a casa”.
Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse.
Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! -oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.
Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en
los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la
comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de
abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral.
La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa,
como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con
pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.
Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía
saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago
de aquella náufraga. Era una criatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el
tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto
imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que
la obligaran a seguir viva.
Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier
intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban
como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.
Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la
incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a
un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.
-¿Cómo dices que eran sus manos? -preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía
por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos -le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios? -preguntó la tía Elidé.
-Chicos y fieros -contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
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COMPENDIO DE LECTURAS
-Seguro que era Leo. Así son los de Leo -decía su amiga sacando un libro de horóscopos para
leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo-. De remate, son mentirosos. Pero
no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
-Mentiras sí que dijo -le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos
con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
-Se te nota iluminada -decía su amiga cuando llegaban a puntos así.
Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo
fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y
té.
Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer
sin ofrecerle.
-Le gustaban las uvas -dijo la enferma.
-Entiendo que lo extrañes.
-Sí -dijo la enferma acercándose un racimo de uvas-. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los
hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes -dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
-No te lo voy a decir -contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y
mantequilla.
-¿Rico? -le preguntó Elidé.
-Sí -le contestó la enferma empezando a ser ella.
Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre
por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo. Veinte días después ella
y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo
lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de
recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra
las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.
-Ya no quiero ni vengarme -le dijo una mañana a Elidé-. Estoy aburridísima del tema.
-¿Cómo? No te pongas inteligente -dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón
menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta
buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta encontrarlo y hacer un
escándalo que justifique nuestros viajes.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en
la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y
luego se fue?
Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera
trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos,
Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional
después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.
-Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo -le decía.
-Llegó ayer -le contestó la tía Daniela un mediodía.
-¿Cómo sabes?
-Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
-¿Y qué sentiste?
-Nada.
-¿Y qué te dijo?
-Todo.
-¿Y qué le contestaste?
-Cerré.
-¿Y ahora? – preguntó la terapista.
-Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.
Y se fueron a Italia por la voz del Dante: “Piovverà dentro a l’alta fantasía.”
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COMPENDIO DE LECTURAS
FRIDA
Yolanda Reyes
De regreso al estudio. Otra vez, primer día de colegio. Faltan tres meses, veinte días y cinco horas
para las próximas vacaciones. El profesor no preparó clase. Parece que el nuevo curso lo toma de
sorpresa. Para salir del paso, ordena con una voz aprendida de memoria:
–Saquen el cuaderno y escriban con esfero azul y buena letra, una composición sobre las
vacaciones. Mínimo una pági-na por lado y lado, sin saltar renglón. Ojo con la ortografía, y la
puntuación. Tienen cuarenta y cinco minutos. ¿Hay pre-guntas?
Nadie tiene preguntas. Ni respuestas. Sólo una mano que no obedece órdenes porque viene de
vacaciones. Y un cuaderno rayado de cien páginas, que hoy se estrena con el viejo tema de todos
los años: "¿Qué hice en mis vacaciones?"
"En mis vacaciones conocí a una sueca. Se llama Frida y vino desde muy lejos a visitar a sus
abuelos colombianos. Tiene el pelo más largo, más liso y más blanco que he conocido. Las cejas
y las pestañas también son blancas. Los ojos son de color cielo y, cuando se ríe, se le arruga la
nariz. Es un poco más alta que yo, y eso que es un año menor. Es lindísima.
Para venir desde Estocolmo, capital de Suecia, hasta Cartagena, ciudad de Colombia, tuvo que
atravesar prácticamente la mitad del mundo. Pasó tres días cambiando de aviones y de horarios.
Me contó que en un avión le sirvieron el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo a la hora
de la comida y que luego apagaron las luces del avión para hacer dormir a los pasajeros, porque
en el cielo del país por donde volaban era de noche.
Así, de tan lejos, es ella y yo no puedo dejar de pensarla un solo minuto. Cierro los ojos para
repasar todos los momentos de estas vacaciones, para volver a pasar la película de Frida por mi
cabeza.
Cuando me concentro bien, puedo oír su voz y sus palabras enredando el español. Yo le enseñé a
decir camarón con chipichipi, chévere, zapote y otras cosas que no puedo repetir. Ella me enseñó
a besar. Fuimos al muelle y me preguntó si había besado a alguien, como en las películas. Yo le
dije que sí, para no quedar como un inmaduro, pero no tenía ni idea y las piernas me temblaban y
me puse del color de este papel.
Ella tomó la iniciativa. Me besó. No fue tan fácil como yo creía. Además fue tan rápido que no tuve
tiempo de pensar "qué hago", como pasa en el cine, con esos besos larguísimos. Pero fue suficiente
para no olvidarla nunca. Nunca jamás, así me pasen muchas cosas de ahora en adelante.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Casi no pudimos estar solos Frida y yo. Siempre estaban mis primas por ahí, con sus risitas y sus
secretos, molestando a "los novios". Sólo el último día, para la despedida, nos dejaron en paz.
Tuvimos tiempo de comer raspados y de caminar a la orilla del mar, tomados de la mano y sin decir
ni una palabra, para que la voz no nos temblara.
Un negrito pasó por la playa vendiendo anillos de carey y compramos uno para cada uno.
Alcanzamos a hacer un trato: no quitarnos los anillos hasta el día en que volvamos a encontrarnos.
Después aparecieron otra vez las primas y ya no se volvieron a ir. Nos tocó decirnos adiós, como
si apenas fuéramos conocidos, para no ir a llorar ahí, delante de todo el mundo.
Ahora está muy lejos. En "esto es el colmo de lo lejos", ¡en Suecia! y yo ni siquiera puedo imaginarla
allá porque no conozco ni su cuarto, ni su casa, ni su horario. Seguro está dormida mientras yo
escribo aquí, esta composición.
Para mí la vida se divide en dos: antes y después de Frida. No sé cómo pude vivir estos once años
de mi vida sin ella. No sé cómo hacer para vivir de ahora en adelante. No existe nadie mejor para
mí. Paso revista, una por una, a todas las niñas de mi clase (¿las habrá besado alguien?).
Anoche me dormí llorando y debí llorar en sueños porque la almohada amaneció mojada. "Esto de
enamorarse es muy duro...".
Levanto la cabeza del cuaderno y me encuentro con los ojos del profesor clavados en los míos.
– A ver, Santiago. Léanos en voz alta lo que escribió tan concentrado.
Y yo empiezo a leer, con una voz automática, la misma composición de todos los años:
"En mis vacaciones no hice nada especial. No salí a ninguna parte, me quedé en la casa, ordené
el cuarto, jugué fútbol, leí muchos libros, monté en bicicleta, etcétera, etcétera".
El profesor me mira con una mirada lejana, incrédula, distraída. ¿Será que él también se enamoró
en estas vacaciones?
[Link]
19
COMPENDIO DE LECTURAS
LA CASA NUEVA
SILVIA MOLINA.
(MÉXICO, D.F. 1946)
A Elena Poniatowska
Claro que no creo en la suerte, mamá. Ya está usted como mi papá. No me diga que fue un
soñador; era un enfermo —con el perdón de usted—. ¿Qué otra cosa? Para mí, la fortuna está ahí
o, de plano, no está. Nada de que nos vamos a sacar la lotería. ¿Cuál lotería? No, mamá. La vida
no es ninguna ilusión; es la vida, y se acabó. Está bueno para los niños que creen en todo: “Te
voy a traer la camita”, y de tanto esperar, pues se van olvidando. Aunque le diré. A veces, pasa el
tiempo y uno se niega a olvidar ciertas promesas; como aquella tarde en que mi papá me llevó a
ver la casa nueva de la colonia Anzures.
El trayecto en el camión, desde la San Rafael, me pareció diferente, mamá. Como si fuera otro...
Me iba fijando en los árboles —se llaman fresnos, insistía él—, en los camellones repletos de flores
anaranjadas y amarillas —son girasoles y margaritas—, decía.
Miles de veces habíamos recorrido Melchor Ocampo, pero nunca hasta Gutemberg. La amplitud
y la limpieza de las calles me gustaba cada vez más. No quería recordar la San Rafael, tan triste
y tan vieja: “No está sucia, son los años”, repelaba usted siempre, mamá. ¿Se acuerda? Tampoco
quería pensar en nuestra privada sin intimidad y sin agua.
Tenía la reja blanca, recién pintada. A través de ella vi por primera vez la casa nueva... La cuidaba
un hombre uniformado. Se me hizo tan... igual que cuando usted compra una tela: olor a nuevo, a
fresco, a ganas de sentirla.
Abrí bien los ojos, mamá. Él me llevaba de aquí para allá de la mano. Cuando subimos me dijo:
Había inflado el pecho y hasta parecía que se le cortaba la voz de la emoción. Para mí solita,
pensé. Ya no tendría que dormir con mis hermanos. Apenas abrí una puerta, él se apresuró:
Y la verdad, la puse allí, muy acomodadita en las tablas, y mis tres vestidos colgados, y mis
tesoros en aquellos cajones. Me dieron ganas de saltar en la cama del gusto, pero él me detuvo y
abrió la otra puerta:
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Y yo me tendí con el pensamiento en aquella tina inmensa, suelto mi cuerpo para que el agua lo
[Link] me enseñó su recámara, su baño, su vestidor. Se enrollaba el bigote como cuando
estaba ansioso. Y yo, mamá, la sospeché enlazada a él en esa camota —no se parecía en nada
a la suya—, en la que harían sus cosas sin que sus hijos escucháramos. Después, salió usted
recién bañada, olorosa a durazno, a manzana, a limpio. Contenta, mamá, muy contenta de haberlo
abrazado a solas, sin la perturbación ni los lloridos de mis hermanos.
Pasamos por el cuarto de las niñas, rosa como sus mejillas y las camitas gemelas; y luego, mamá,
por el cuarto de los niños que “ya verás, acá van a poner los cochecitos y los soldados”. Anduvimos
por la sala, porque tenía sala; y por el comedor y por la cocina y por el cuarto de lavar y planchar.
Me subió hasta la azotea y me bajó de prisa porque “tienes que ver el cuarto para mi restirador”. Y
lo encerré ahí para que hiciera sus dibujos sin gritos ni peleas, sin niños cállense que su papá está
trabajando, que se quema las pestañas de dibujante para darnos de comer.
No quería irme de allí nunca, mamá. Aun encerrada viviría feliz. Esperaría a que llegaran ustedes,
miraría las paredes lisitas, me sentaría en los pisos de mosaico, en las alfombras, en la sala
acojinada; me bañaría en cada uno de los baños; subiría y bajaría cientos, miles de veces, la
escalera de piedra y la de caracol; hornearía muchos panes para saborearlos despacito en el
comedor. Allí esperaría la llegada de usted, mamá, la de Anita, de Rebe, de Gonza, del bebé, y
mientras, también escribiría una composición para la escuela: La casa nueva.
En esta casa, mi familia va a ser feliz. Mi mamá no se volverá a quejar de la mugre en que vivimos.
Mi papá no irá a la cantina; llegará temprano a dibujar. Yo voy a tener mi cuartito, mío, para mí
solita; y mis hermanos...
No sé qué me dio por soltarme de su mano, mamá. Corrí escaleras arriba, a mi recámara, a verla
otra vez, a mirar bien los muebles y su gran ventanal; y toqué la cama para estar segura de que
no era una de tantas promesas de mi papá, que allí estaba todo tan real como yo misma, cuando
el hombre uniformado me ordenó:
Ni con el tiempo he podido olvidar: ¡Que iba a ser nuestra cuando se hiciera la rifa!
21
COMPENDIO DE LECTURAS
ENTONCES ME MIRÓ. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta
por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza
y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo.
Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las
patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al
velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo
mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con
una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas
las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul».
Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita
suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al
final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza
encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la
nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia
el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y
tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse
al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora».
Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba
la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez
se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví
a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo.
Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo
para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar
hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el
tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la
segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta
de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego,
donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en
lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella
hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con
la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos
quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos
desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en
el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador.
Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con
el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser
una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente
triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por
arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos
me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando
ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre
había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran
hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes
frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces
creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió
levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce
en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo
sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces,
cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos
en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de
metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna
vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y
me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras
hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada
a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la
calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido
entenderla:
«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que
iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul».
Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber
dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de
las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones,
de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó
a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después
de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de
la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me
dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad,
señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en
sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador.
Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y
escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos
de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el
embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al
velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul»,
hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
23
COMPENDIO DE LECTURAS
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla.
«Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que
mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras
con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le
dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente
. Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar
ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó
el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como
ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en
el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del
velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado
que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije:
«Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a
veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba
un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no
pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar
la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en
todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana
las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en
los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un
ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya
esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si
no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo
leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole
vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― ...en calor», antes que el papelito
se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo
de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer
afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra
amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros
terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así,
desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente
a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez:
«¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto
antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y
yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos
encontrado en otros sueños».
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola
de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de
cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías
todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás
del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí:
«No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero
tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás,
calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a
mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos
de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―.
Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta.
Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―
dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo:
«Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida
sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me
trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo
todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí
afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú.
Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre
la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y
nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior,
pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y
dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente
que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más
olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer
que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una
sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada
durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una
niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».
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COMPENDIO DE LECTURAS
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme
en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para
coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita
pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la
silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la
habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados
en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para
coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su
rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un
momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible
que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta
habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis.
Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente
su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo
de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la
pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente
a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me
pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este
mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era
igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las
mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano
tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha
permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le
había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a
buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado
más cerca de realizar mi deseo.
26
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené
brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara
en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la
fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años
cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza
vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida,
cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que
permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos.
Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y
se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar
durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera
se acordaron de ellos cuando abandonaron la [Link] eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto
se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba
solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la
madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces
fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde
y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha.
No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba
cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó
silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de
la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada,
yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger
nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero
verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me
encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota.
Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó
a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el
marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien
está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con
los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como
si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron
los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años
después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su
sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido.
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COMPENDIO DE LECTURAS
Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando
en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la
ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la
ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo
que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda
son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando
hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia,
sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro
hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que
ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para
avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando
cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto.
Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que
todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la
motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina
vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre
los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó
en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le
chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de
la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una
calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines
hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la
derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas
empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la
mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para
las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de
la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo
de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía
soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas
sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que
había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la
náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima,
supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró
apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio,
éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo
alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo
tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible,
dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja
goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía
bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la
motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los
dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte.
29
COMPENDIO DE LECTURAS
Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del
fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado.
Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa
y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le
doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del
estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre
el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado,
se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que
lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo
que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor
a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de
donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como
la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los
aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más
denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas,
conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se
revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele
a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana
tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era
extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche
sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de
vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una
rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio,
venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra
florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose
a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido
echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el
rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras
trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El
brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado
corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer
un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba
el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos,
respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta.
30
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con
alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía
hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero
que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando
blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran
reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y
pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan,
más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada
y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser
difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos
y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o
confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado
de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada."
Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas
de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la
oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera
luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo
él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde
colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae
las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía
al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la
oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado
con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva,
abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran
el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba,
sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso.
Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el
horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable,
y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en
pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces,
y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno.
Tome agua y va a ver que duerme bien.
31
COMPENDIO DE LECTURAS
Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser,
respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no
quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar
el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto
una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía
ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta
fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo
del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de
fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que
no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un
desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese
hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese
hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe
brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio
mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida,
la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado.
Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a
tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura
del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de
la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él
que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de
lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y
en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía
abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran
lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo.
Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo
derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la
doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos
de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces
se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su
lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba,
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban
adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos
debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del
techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez
del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas,
sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre
lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo
brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón,el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo
rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de
noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de
los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían
pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se
enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia
lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin
imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él.
Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a
tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca
tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo
iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la
altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente
se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la
sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora
con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de
rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los
pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una
última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo
lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía
a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con
el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que
no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo
como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad
asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal
que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del
suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba,
a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
33
COMPENDIO DE LECTURAS
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya
la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A
mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y
el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder
aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados
debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla
tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca
que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin
embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco
de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo
de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido
se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo
sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se
huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por
la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora.
El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La
Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas
para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde
cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún
tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la
creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se
hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí
nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la
barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran
ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir
algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a
la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día
de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no
era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más
seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas
veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se
hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar
a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que
el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al
volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra
corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito
que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca
manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego
no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos
troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no
podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así
fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi
hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la
Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera
un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes
.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran
muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar
con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían
muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de
día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en
el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya
no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para
dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como
sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que
ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre
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COMPENDIO DE LECTURAS
bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto,
pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también
aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya
ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de
retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su
familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor
de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo.
Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda.
Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una
hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora
y dice: "Que Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha,
que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen
ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy
viendo que acabará mal.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado,
con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara
corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale
un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita,
y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada
de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente
comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Es profesor de química, y gana un sueldecillo. Tiene cuarenta años y poco pelo. Ya le fulge el
cráneo por entre unos cabellos tan tenues, que hacen pensar que si se quitara el sombrero durante
un ventarrón, quedaría calvo. Es magro, como corresponde a un hombre que no escapó en su
infancia a la anemia, ni en su adultez del desamor. Parece que su mano vuelve sedosa su piochita,
a fuerza de acariciarla.
Lo que maneja con mayor cuidado son sus espejuelos, que asegura a su oído derecho con una
cadenilla dorada. Si un día le cortasen la oreja de ese lado, le originarían un problema de muy
mal gusto, pues él ama las leyes de la continuidad. Y eso de no tener, de pronto, donde atorarse
el alambrillo de sus lentes, le resultaría tan inconcebible como un Saturno sin anillos o como un
paraguas sin empuñadura.
Y sin embargo...
Una tarde, el profesor había suspirado ya tres veces. Solo, en su casa, con las manos sujetas por
detrás, paseaba frente a un estante lleno de papeles polvosos.
En pantuflas, sus pasos sobre el piso de madera eran tan imperceptibles como el profundo roer
de las polillas (aquellos millares de seres ínfimos que vivían bajo su techo, nutriéndose de su
sabiduría. Es decir, royendo y royendo los cientos de libros guardados en el estante).
Semanas atrás, aquel hombre tan silencioso había notado que le nacía una inquietud. Mala yerba
en el huerto intelectual de un filósofo en pantuflas. Y se dio a la tarea de introducirse en sí mismo,
perdiéndose en el limbo de las ideas turbias. Pero por su ventana de la planta alta, esa que daba
a la calle, se filtraban sonidos claros:
-…no, bárbaro… no me beses… aquí no, en la calle… -suplicaba una vocecita de mujer en tono
de calandria.
-¿Por qué no, chiquita? –preguntaba, gruesa y dulce, la voz del hombre.
-¿…no te da vergüenza?
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COMPENDIO DE LECTURAS
(A veces los profesores son tan curiosos como cualquier vecina. Como que sin la curiosidad no habría
ciencia. Modalidades del mismo impulso; la comadre se pone a espiar por el ojo de la cerradura,
mientras el científico curiosea por el ocular del microscopio, a ver si las bacterias se besan).
Desde su estudio, aquél hombre con anteojos apartó el visillo de su ventana. Por el lado de la
calle, casi todo lo cubrían las enredaderas. Y allí, como queriendo apartase del bullicio de la calle,
estaba la parejita de enamorados. Ya hablaban tan suavemente, que no se les oía. A plena luz del
sol, la muchacha se retorcía laciamente, sujeta de los brazos por unas tenazas férreas y cálidas
que eran las manos de su galán. La gente, mucha gente, pasaba por la acera, y los veía, y un poco
los turbaba.
El profesor, sonriendo, dejó caer el visillo. Y con su opaca sonrisa se retiró musitando:
-Ahora comprendo por qué los enamorados sueñan estar en el Paraíso. No es por la vegetación,
pues para eso, sólo tendrían que internarse en la Huasteca. ¡Sino porque en el Paraíso no habría
tantos mirones! Los únicos curiosos serían algunos monos, un león aburrido y otros animalillos
incapaces de contar lo que vieran. Porque hasta las cotorras serían prodigios de discreción…
Siguió sonriendo; y sin importarle desperdiciar algo de materia gris en imaginaciones humorísticas,
continuó:
-El único chismoso, sin embargo, sería algún ángel haragán. Tan odioso como un gendarme de
barrio, el cual volaría a informar al mismo Padre. Quien, según aseveran los curas, “montaría en
cólera” Y ya montado, tronaría: “¡En este lugar no se permiten esas cosas!”
El profesor iba a continuar divagando grotescamente, pero la puerta del estudio se abrió y pudo ver
el rostro intrigado de su cocinera y ama de llaves:
Por la noche, soñó a la mujercita aquella que gemía dulcemente mientras forcejeaba entre los
brazos de su dueño.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Sabía que el miedo se origina por deficiencia de la glándula suprarrenal. Entonces bastaría con
una droga que actuase sobre tal glándula, para producir valientes a voluntad. La Secretaría de
Guerra debería de preocuparse por enseñar esto en el Colegio Militar. Que los estrategas no solo
conozcan el territorio nacional con sus cordilleras y sus repliegues, sino que también supieran
escudriñar los riñones humanos para preparar batallones de héroes.
La ciencia química haría rejuvenecer a los viejos sin que tengan que venderle su alma al diablo.
Pronto los farmacéuticos corregirán a los maridos ebrios y desobligados, con más eficiencia que
los sermones y los regaños, y habrá elixires para que las señoritas solteronas olviden los versos y
les entren ganas de casarse con el tendero de la esquina.
Pero entre bromas y veras, él, charlando a veces con sus alumnos por los corredores del Instituto
Cervantes, los hacía entrever un mundo aún más desconcertante: las cárceles se convertirían en
grandes centros de transformación humana, donde gracias a la introducción de nuevos y potentes
fármacos, las conductas criminales serían eliminadas o al menos bastante atenuadas. Y no estaría
lejano el día en que cualquier mortal podría ir a la botica y pedir cinco gramos de pudor, diez de
buena voluntad, y el vuelto de esperanza.
Pero he aquí que, aparte imaginaciones, el maestro acabó de divagar… y advirtió que los gérmenes
de su inquietud, eran de origen amoroso.
Sí, un filósofo cuarentón, por filósofo que sea, necesita mujer. Sus carnes magras laten también,
cuando el viento trae risas y quejumbres de hembra gozosa.
Cerca de su casa, hay una iglesia. Y muy tempano, un repiqueteo de taconcitos hace música en
la banqueta, Mujeres de todas las edades apresuran sus pasos para dirigirse a misa. Abundan las
jovencitas de andar menudo; recatadas, frescas, ariscas.
-¿Por qué serán las mujeres las que más aman a Dios? –Se preguntaba- ¿Serían igualmente
devotas si el objeto de su culto fuera una diosa? El profesor hace memoria: durante la revolución,
vio chusmas de “alzados”, que traían en sus sombreros imágenes religiosas. Pero todos aquellos
creyentes calzonudos, preferían vírgenes y santas, para que los librasen en las balaceras. ¿Hasta
las cosas del alma tendrán que oler a sexo? ¡Quién sabe!
Y de tanto pensar en tales cosas, y de tanto oír taconcitos de mujer repiqueteando por la acera, él,
una mañana de domingo, sintió ganas de rezar.
La Química no impide creer en Dio. Él fue creyente, de niño; pero ahora… uno nunca sabe…
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COMPENDIO DE LECTURAS
Ah, y el amor… Sí, le faltaba compañía. Debe ser muy reconfortante reír; reír nomás porque sí. Y
tener quien escuche lo que vas pensando.
Sí, él quisiera una mujer; tenerla allí, aunque no le hablara en mucho rato. No importaba tanto,
como el sentirla allí, cerca de él…
Y junto con la mujer, también le gustaría tener un sillón grande, de esos en que se puede pensar,
estudiar, y hasta dormir…
De la iglesia, las mujeres regresan visiblemente tranquilas. Siempre será confortante tener a quien
pedir lo que necesitamos, aunque no nos lo dé. Las mujeres tienen a Dios para pedirle; y después
de Dios, a sus maridos.
El profesor quería rezar, pero no recuerda oraciones. Además, necesitaría un rezo a la altura de su
criterio científico… Y empieza, como es de rigor, levantando los ojos al cielo raso del techo. Y dice:
-Señor… no estoy seguro de que me escuches. Las mujeres afirman con tal énfasis que las
amparas, que entre duda y duda, lo más racional es rezarte. Señor, yo necesito una compañera y
tú, que otorgas tantas mercedes, no me has de negar lo que acaso hasta te estorbe: una mujercita
que arrodillada desde algún rincón, a la luz de una lamparita, acaso en este mismo instante
estará incomodándote, pidiendo y pidiendo encontrar quien la despose. Me hiciste una mitad de la
existencia. Por favor, complétame, Señor.
Por aquél día no dijo más. Sombríamente fue a la percha, tomó su sombrero y salió a deambular
un poco por las calles de puerto.
-Ojalá, Señor, pudieras concederme aquella rubia llamada Conchita, que sabe reír como manantial.
Sí, aquella. No creas que me importan sus escotes tan amplios. Yo sabré arroparla. Y ojalá también
merezca yo que me concedas la silla mecedora, como la que vi en la mueblería de don Silvestre.
Para que yo pueda divagar en el porche, con mi mujercita rubia sentadita cerca de mí.
-Si no te fuese dable, o no estuviese en tus designios conferirme a Conchita, la rubia, me gustaría
también aquella morenita algo tímida… Sí, Graciela, la de los moñitos morados… tan suave, y
dulce como un chicozapote en marzo. Me hace falta, Señor.
Su sirvienta, alarmada, ha dado por espiarle tras de la puerta entreabierta del estudio.
Mientras, él, con la terquedad de un buen devoto, días después sigue rogando:
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
-En fin, si Graciela, aquella morenita tímida estuviera destinada por Ti a otros fines, puedes darme
cualquiera. Con venir de tus manos, sus pies bendecirán esta casa.
El profesor sale a dar unos pasos por el patio. Bosteza, y vuelve a su alcoba. Cada vez está menos
seguro de que Dios le escuche, y bosteza más.
A la siguiente noche llega cansado. Deja en cualquier parte los libros que trae bajo el brazo. Ni
siquiera se pone a pasear por el corredor, sino que se queda unos instantes untado de espaldas en
la pared. Luego va a sentarse desmañadamente, en el viejo sofá. Pero su postura es incómoda. Se
levanta nuevamente. Y, desde el centro de la habitación, exclama con cierta amargura:
-Por último, Señor, si es que destinas al celibato perpetuo a este resignado hijo tuyo; si no tienes
mujer que concederme, cuando menos otórgame la mecedora.
Su ama de llaves, que estaba espiándolo tras la puerta, no se contiene ya, y asomando la cabeza,
le dice:
Y se va.
El profesor queda perplejo unos instantes. Pero como buen científico, antes de irritarse con su
ama de llaves, medita: es verdad; es característico de las mujeres pedir, pedir y pedir. Con razón
las que no tienen marido, van mucho más a la iglesia. Y los hombres, cuanto más desvalidos, más
devotos también.
Pasa un mes, y ¡allí está la mecedora en el porche! La pagará en abonos, pero allí está.
En cuanto a la compañera, quizás a él sólo le falta necesitarla más. ¿La Química? Fomentar la
función de ciertas glándulas… Audacia en grajeas.
Y en materia de religión… Llama a su criada. La mujer entra secándose las manos en su delantal.
-Disculpe, Ruperta. ¿Usted cree en Dios?
-¡Cómo no he de creer, señor! Pero no en ese Dios de los pedinches, que esperan les caiga todo
del cielo… El Dios en el que creo busca lo mejor para mi vida y hasta me conoce en mis buenos
y malos ratos… No me verá andarle pidiendo cosas como esos hijos de familia rica, que todo
esperan de sus casas… ¡Y luego terminan de limosneros!
Ella quiere seguir compartiéndole su fe al profesor, pero desde la cocina se oye un chirriar de
manteca quemada, y corre:
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COMPENDIO DE LECTURAS
El profesor queda más preocupado. Tiene razón Ruperta: A muchos nos hace falta un concepto de
Dios un tanto diferente… Menos Santa Claus y más un Dios real y verdadero… Un Dios al que se
le ame más por lo que es y no por lo que da… ¡Vaya que es lista esa Ruperta!
Y, viéndola bien, no es ningún adefesio. Cuando se acaba de bañar, deja a su paso el suave aroma
del pachuli…
Sigue paseando, con las manos enlazadas por detrás. Le brillan los ojos, y por primera vez siente
que le golpea el pecho cada sístole, cada diástole.
Por la noche, duerme mal, pero amanece gozoso. Y con ánimo tan nuevo, y tan audaz. Que hasta
se afeita la piochita leve en la que por muchos años remató su rostro. Se observa un poco raro,
aunque satisfecho de la imagen reflejada en el espejo.
Y a la hora del desayuno, le parece advertir que aquella lindísima Ruperta ya no tiene la voz tan
áspera.
-Mire, señor… le hice estos bocolitos de huevo verde que tanto le gustan…
Unos instantes de silencio. Siente que se atraganta, no sabe si por lo picante del huevo, o por
aquél su retumbante corazón.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
UN VIAJE DE NOVIOS
Antón Chejov
Sale el tren de la estación de Balagore, del ferrocarril Nicolás. En un vagón de segunda clase, de
los destinados a fumadores, dormitan cinco pasajeros. Habían comido en la fonda de la estación,
y ahora, recostados en los cojines de su departamento, procuran conciliar el sueño. La calma es
absoluta. Se abre la portezuela y penetra un individu oalto, derecho como un palo, con sombrero
color marrón y abrigo de última moda. Su aspecto recuerda el de ese corresponsal de periódico
que suele figurar en las novelas de Julio Verne o en las operetas. El individuo se detiene en la
mitad del coche, respira fuertemente, se fija en los pasajeros y murmura: «No, no es aquí… ¡El
demonio que lo entienda! Me parece incomprensible…; no, no es éste el coche».
Iván Alexievitch se estremece, mira con estupor al viajero y alza los brazos al aire.
-¡Petro Petrovitch! ¿Tú por acá? ¡Cuánto tiempo que no nos hemos visto! ¡Cómo iba yo a imaginar
que viajaba usted en este mismo tren!
-No va mal. Pero he perdido mi coche y no sé dar con él. Soy un idiota. Merezco que me den de
palos.
Iván Alexievitch no está muy seguro sobre sus pies, y ríe constantemente. Luego añade:
-La vida es fecunda en sorpresas. Salí al andén con objeto de beber una copita de coñac; la bebí,
y me acordé de que la estación siguiente está lejos, por lo cual era oportuno beberme otra copita.
Mientras la apuraba sonó el tercer toque. Me puse a correr como un desesperado y salté al primer
coche que encontré delante de mí. ¿Verdad que soy imbécil?
-Noto que está usted un poco alegre -dice Petro Petrovitch-. Quédese usted con nosotros; aquí
tiene un sitio.
-No sea usted tonto, no vaya a caerse al pasar de un vagón a otro; siéntese, y al llegar a la estación
próxima buscará usted su coche.
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COMPENDIO DE LECTURAS
Iván Alexievitch permanece indeciso; al fin suspira y toma asiento enfrente de Petro Petrovitch. Se
halla agitado y se encuentra como sobre alfileres.
-Yo, al fin del mundo… Mi cabeza es una olla de grillos. Yo mismo ignoro adónde voy. El Destino me
sonríe, y viajo… Querido amigo, ¿ha visto usted jamás algún idiota que sea feliz? Pues aquí, delante
de usted, se halla el más feliz de estos mortales. ¿Nota usted algo extraordinario en mi cara?
-Seguramente, la expresión de mi cara no vale nada en este momento. Lástima que no haya por
ahí un espejo. Quisiera contemplarme. Palabra de honor, me convierto en un idiota. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!,
¡ja! Figúrese usted que en este momento hago mi viaje de boda. ¿Qué le parece?
-Hoy mismo he contraído matrimonio. Terminada la ceremonia nupcial, me fui derecho al tren.
-¡Enhorabuena! -añade Petro Petrovitch-. Por eso está usted tan elegante.
-Naturalmente. Para que la ilusión fuese completa, hasta me perfumé. Me he dejado arrastrar. No
tengo ideas ni preocupaciones. Sólo me domina un sentimiento de beatitud. Desde que vine al
mundo, nunca me sentí feliz.
-Soy feliz hasta lo absurdo. Ahora mismo entraré en mi coche. En un rincón del mismo está sentado
un ser humano que se consagra a mí con toda su alma. ¡Querida mía! ¡Ángel mío! ¡Capullito mío!
¡Filoxera de mi alma! ¡Qué piececitos los suyos! Son tan menudos, tan diminutos, que resultan
como alegóricos. Quisiera comérmelos. Usted no comprende estas cosas; usted es un materialista
que lo analiza todo; son ustedes unos solterones a secas; al casarse, ya se acordarán de mí.
Entonces se preguntarán: ¿Dónde está aquel Iván Alexievitch? Dentro de pocos minutos entraré
en mi coche. Sé que ella me espera impaciente y que me acogerá con fruición, con una sonrisa
encantadora. Me sentaré al lado suyo y le acariciaré el rostro…
-Pondré mi frente en su hombro y pasaré mis brazos en torno de su talle. Todo estará tranquilo.
Una luz poética nos alumbrará. En momentos semejantes habría que abrazar al universo entero.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Los dos amigos se abrazan, en medio del regocijo de los presentes. El feliz recién casado prosigue:
-Y para mayor ilusión beberé un par de copitas más. Lo que ocurrirá entonces en mi cabeza y en mi
pecho es imposible de explicar. Yo, que soy una persona débil e insignificante, en ocasiones tales
me convierto en un ser sin límites; abarco el universo entero.
Los viajeros, al oír la charla del recién casado, cesan de dormitar. Iván Alexievitch se vuelve de
un lado para otro, gesticula, ríe a carcajadas, y todos ríen con él. Su alegría es francamente
comunicativa.
-Sobre todo, señor, no hay que analizar tanto. ¿Quieres beber? ¡Bebe! Inútil filosofar sobre si esto
es sano o malsano. ¡Al diablo con las psicologías!
-Amigo mío -le dice el recién casado-, cuando atraviese usted por el coche doscientos nueve verá
una señora con sombrero gris, sobre el cual campea un pájaro blanco. Dígale que estoy aquí sin
novedad.
-Perfectamente -contesta el conductor-. Lo que hay es que en este tren no se encuentra un vagón
doscientos nueve, sino uno que lleva el número doscientos diecinueve.
-Lo mismo da que sea el doscientos nueve que el doscientos diecinueve. Anuncie usted a esa
dama que su marido está sano y salvo.
-Marido…, señora. ¿Desde cuándo?… Marido, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! Mereces azotes… ¡Qué idiota!… Ella,
ayer, todavía era una niña…
-En nuestro tiempo es extraordinario ver a un hombre feliz; más fácil parece ver a un elefante
blanco.
-¿Pero quién tiene la culpa de eso? -replica Iván Alexievitch, extendiendo sus largos pies, calzados
con botines puntiagudos-. Si alguien no es feliz, suya es la culpa. ¿No lo cree usted? El hombre
es el creador de su propia felicidad. De nosotros depende el ser felices; mas no quieren serlo; ello
está en sus manos, sin embargo. Testarudamente huyen de su felicidad.
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COMPENDIO DE LECTURAS
Diré más todavía: la Sagrada Escritura dice que el vino alegra el corazón humano. ¿Quieres beber
más? Con ir al buffet, el problema está resuelto. Y nada de filosofía. La sencillez es una gran virtud.
-Usted asegura que el hombre es el creador de su propia felicidad. ¿Qué diablos de creador es
ése, si basta un dolor de muelas o una suegra mala para que toda su felicidad se precipite en el
abismo? Todo es cuestión de azar. Si ahora nos ocurriera una catástrofe, ya hablaría usted de otro
modo.
-¡Tonterías! Las catástrofes ocurren una vez al año. Yo no temo al azar. No vale la pena hablar de
ello. Me parece que nos aproximamos a la estación…
-¿Adónde va usted? -interroga Petro Petrovitch-. ¿A Moscú, o más al Sur?
-Para Petersburgo.
Transcurre medio minuto en silencio. El recién casado se levanta y mira a todos con ojos azorados.
-Sí, sí -explica Petro Petrovitch-. En Balagore usted cambió de tren. Después del coñac, usted
cometió la ligereza de subir al tren que cruzaba con el suyo.
-¡Qué imbécil soy! ¡Qué indigno! ¡Que los demonios me lleven! ¿Qué he de hacer? En aquel tren
está mi mujer, sola, mi pobre mujer, que me espera. ¡Qué animal soy!
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
El recién casado, que se había puesto en pie,se desploma sobre el asiento yse revuelve cual si le
hubieran pisado un callo.
-Nada -dicen los pasajeros para tranquilizarlo-. Procure usted telegrafiar a su mujer en alguna
estación, y de este modo la alcanzará usted.
-El tren rápido -dice el recién casado-. ¿Pero dónde tomaré el dinero, toda vez que es mi mujer
quien lo lleva consigo?
Los pasajeros, riendo, hacen una colecta, y facilitan al hombre feliz los medios de continuar el viaje.
FIN
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COMPENDIO DE LECTURAS
-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883, regresaba a casa. Pasando la
velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que
atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio
muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido…
Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: “Esta
noche”.
No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan
profundamente.
No se puede prescindir ni retrasar la muerte; pero, a pesar de todo, es una idea que nuestra
naturaleza repele.
Entonces, al encontrarme en medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento
aullaba lastimeramente, cuando en el contorno no se veía un ser vivo, no se oía una voz humana,
mi alma estaba dominada por un terror incomprensible. Yo, hombre sin supersticiones, corría a
toda prisa temiendo mirar hacia atrás. Tenía miedo de que al volver la cara, la muerte se me
apareciera bajo la forma de un fantasma.
-Aquel miedo infundado, pero irreprimible, no me abandonaba. Subí los cuatro pisos de mi casa y
abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación estaba oscura. El viento gemía en la chimenea;
como si se quejara por quedarse fuera.
Si he de creer en las palabras de Spinoza, la muerte vendrá esta noche acompañada de este
gemido…¡brr!… ¡Qué horror!… Encendí un fósforo. El viento aumentó, convirtiéndose el gemido
en aullido furioso; los postigos retemblaban como si alguien los golpease.
“Desgraciados los que carecen de un hogar en una noche como ésta”, pensé.
No pude proseguir mis pensamientos. A la llama amarilla del fósforo que alumbraba el cuarto, un
espectáculo inverosímil y horroroso se presentó ante mí…
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Fue lástima que una ráfaga de viento no alcanzara a mi fósforo; así me hubiera evitado ver lo
que me erizó los cabellos… Grité, di un paso hacia la puerta y, loco de terror, de espanto y de
desesperación, cerré los ojos.
Aunque el fósforo ardió poco tiempo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mí. Era de brocado
rosa, con cruz de galón dorado sobre la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce indicaban
que el difunto había sido rico; a juzgar por el tamaño y el color del ataúd, el muerto debía ser una
joven de alta estatura.
Sin razonar ni detenerme, salí como loco y me eché escaleras abajo. En el pasillo y en la escalera
todo era oscuridad; los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me
rompí los huesos. En la calle, me apoyé en un farol e intenté tranquilizarme. Mi corazón latía;
la garganta estaba seca. No me hubiera asombrado encontrar en mi cuarto un ladrón, un perro
rabioso, un incendio… No me hubiera asombrado que el techo se hubiese hundido, que el piso se
hubiese desplomado… Todo esto es natural y concebible. Pero, ¿cómo fue a parar a mi cuarto un
ataúd? Un ataúd caro, destinado evidentemente a una joven rica. ¿Cómo había ido a parar a la
pobre morada de un empleado insignificante? ¿Estará vacío o habrá dentro un cadáver? ¿Y quién
será la desgraciada que me hizo tan terrible visita? ¡Misterio!
O es un milagro, o un crimen.
Perdía la cabeza en conjeturas. En mi ausencia, la puerta estaba siempre cerrada, y el lugar donde
escondía la llave sólo lo sabían mis mejores amigos; pero ellos no iban a meter un ataúd en mi
cuarto. Se podía presumir que el fabricante lo llevase allí por equivocación; pero, en tal caso, no
se hubiera ido sin cobrar el importe, o por lo menos un anticipo.
Los espíritus me han profetizado la muerte. ¿Me habrán proporcionado acaso el ataúd?
Es imposible. Soy un miedoso, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al volver a casa, estaba
tan sugestionado que creí ver lo que no existía. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser?
-Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que estaba
ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y entré. Me apresuré a quitarme el abrigo
mojado, lo arrojé al suelo y me dejé caer desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el
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COMPENDIO DE LECTURAS
viento rugía más fuertemente; en la torre del Kremlin sonó el toque de las dos. Saqué los fósforos
y encendí uno. Pero la luz no me tranquilizó. Al contrario: lo que vi me llenó de horror. Vacilé un
momento y huí como loco de aquel lugar… En la habitación de mi amigo vi un ataúd… ¡De doble
tamaño que el otro!
El color marrón le proporcionaba un aspecto más lúgubre… ¿Por qué se encontraba allí? No
cabía duda: era una alucinación… Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes.
Evidentemente, adonde quiera que fuese, por todas partes llevaría conmigo la terrible visión de la
última morada.
Por lo visto, sufría una enfermedad nerviosa, a causa de la sesión espiritista y de las palabras de
Spinoza.
“Me vuelvo loco”, pensaba, aturdido, sujetándome la cabeza. “¡Dios mío! ¿Cómo remediarlo?”
Sentía vértigos… Las piernas se me doblaban; llovía a cántaros; estaba calado hasta los huesos,
sin gorra y sin abrigo. Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una
alucinación. Y, sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los pelos
de punta…
Me volvía loco y me arriesgaba a pillar una pulmonía. Por suerte, recordé que, en la misma calle,
vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido también a la sesión espiritista. Me
dirigí a su casa; entonces aún era soltero y habitaba en el quinto piso de una casa grande.
Mis nervios hubieron de soportar todavía otra sacudida… Al subir la escalera oí un ruido atroz;
alguien bajaba corriendo, cerrando violentamente las puertas y gritando con todas sus fuerzas:
“¡Socorro, socorro! ¡Portero!”
Momentos después veía aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando las escaleras.
Pagastof, parándose, me agarró la mano convulsivamente; estaba lívido, respiraba con dificultad,
le temblaba el cuerpo, los ojos se le extraviaban, desmesuradamente abiertos…
-¿Es usted, Panihidin? -me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? Está usted
pálido como un muerto… ¡Dios mío! ¿No es una alucinación? ¡Me da usted miedo!…
-¡Amigo mío! ¡Gracias a Dios que es usted realmente! ¡Qué contento estoy de verle! La maldita
sesión espiritista me ha trastornado los nervios. Imagínese usted qué se me ha aparecido en mi
cuarto al volver. ¡Un ataúd!
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
-¡Un ataúd, un ataúd de veras! -dijo el médico cayendo extenuado en la escalera-. No soy cobarde;
pero el diablo mismo se asustaría encontrándose un ataúd en su cuarto, después de una sesión
espiritista…
Entonces, balbuceando y tartamudeando, conté al médico los ataúdes que había visto yo también.
Por unos momentos nos quedamos mudos, mirándonos fijamente. Después para convencernos de
que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.
-Nos duelen los pellizcos a los dos -dijo finalmente el médico-; lo cual quiere decir que no soñamos
y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos, sino que existen realmente.
¿Qué vamos a hacer?
Pasamos una hora entre conjeturas y suposiciones; estábamos helados, y, por fin, resolvimos
dominar el terror y entrar en el cuarto del médico. Prevenimos al portero, que subió con nosotros.
Al entrar, encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El
portero se persignó devotamente.
-Vamos ahora a averiguar -dijo el médico temblando- si el ataúd está vacío u ocupado.
Después de mucho vacilar, el médico se acercó y, rechinando los dientes de miedo, levantó la tapa.
Echamos una mirada y vimos que… el ataúd estaba vacío. No había cadáver; pero sí una carta
que decía:
“Querido amigo: sabrás que el negocio de mi suegro va de capa caída; tiene muchas deudas. Uno
de estos días vendrán a embargarlo, y esto nos arruinará y deshonrará. Hemos decidido esconder
lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro
pueblo), procuramos poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás
a defender la honra y fortuna, y por ello te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que
pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor. El ataúd
sólo quedará en tu casa una semana. A todos los que se consideran amigos míos les he mandado
muebles como éste, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo, Tchelustin”.
Después de aquella noche, tuve que ponerme a tratamiento de mis nervios durante tres semanas.
Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó fortuna y honra. Ahora tiene un funeraria y
vende panteones; pero su negocio no prospera, y por las noches, al volver a casa, temo encontrarme
junto a mi cama un catafalco o un panteón.
FIN
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COMPENDIO DE LECTURAS
EL RUISEÑOR Y LA ROSA
Oscar Wilde
-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no
hay una solo rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.
-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios;
poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa
roja.
-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún
sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera
es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha
puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.
-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá
a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la
tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no
hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se
fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.
-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es
alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las
esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla
expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para
adquirirlo a peso de oro.
-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de
cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie
no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no
bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.
-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.
Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la
encina, reflexionando sobre el misterio del amor.
Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.
En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una
ramita.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de
la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te
dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan
sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que
llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del
estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.
-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.
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COMPENDIO DE LECTURAS
-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los
grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis
venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más
rosas este año.
-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio
para que yo la consiga?
-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna
y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas.
Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu
vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.
-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida.
Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro
de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden
en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es
el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?
Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra
y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas
no se habían secado aún en sus bellos ojos.
-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro
de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que
seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea
sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo
color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.
El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le
decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido
su nido en sus ramas.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!
Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente
argentina.
“El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable,
¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de
sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo
el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas.
¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!”
Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.
Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y
estuvo escuchando toda la noche.
Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de
su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre
la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.
Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y
argentada como las alas de la aurora.
La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo
de plata, la sombra de la rosa en un lago.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba
el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.
Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un
enamorado que besa los labios de su prometida.
55
COMPENDIO DE LECTURAS
Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa
seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él
sintió en su interior un cruel tormento de dolor.
Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado
por la muerte, el amor que no termina en la tumba.
Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y
purpúreo como un rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió
sobre sus ojos.
Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.
Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se
detuvo en el cielo.
La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.
El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los
rebaños dormidos.
El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.
Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de
espinas.
-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda
vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.
E inclinándose, la cogió.
56
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.
La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un
perrito echado a sus pies.
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más
roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te
dirá cuanto te quiero.
-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán
me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.
-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un
simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como
las del sobrino del chambelán.
“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la
lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la
gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo
estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.”
Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.
57
COMPENDIO DE LECTURAS
EL GIGANTE EGOISTA
Oscar Wilde
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante.
Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí
y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros
que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se
cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y
cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había
quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que
se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su
mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
—Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y
no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:
Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera,
pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban
alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había
detrás.
58
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el
jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no
cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la
hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra
y volvió a quedarse dormida.
—La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto
del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en
seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la
temporada.
Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo
el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
—¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con
nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la
mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor,
corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
—No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta
cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto
cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los
jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del
Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa
llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de
los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su
ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín,
que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y
el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
59
COMPENDIO DE LECTURAS
—¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para
correr a la ventana.
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado
los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban
tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban
suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor
de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el
Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito.
Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas
alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente
cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las
ramas que parecían a punto de quebrarse.
—¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era
demasiado pequeño.
—¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí.
Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para
siempre un lugar de juegos para los niños.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en
cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez.
Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas
que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre
sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus
ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó.
Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente.
Con ellos la Primavera regresó al jardín.
—Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha
enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los
niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
—Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del
rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el
Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el
Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía
jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de
todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues
sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol
cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos
de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó
junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de
clavos en sus pies.
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COMPENDIO DE LECTURAS
—¿Pero, quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
—¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó
de rodillas ante el pequeño.
—Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el
Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía
dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.
FIN
62
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Ninguna eternidad como la mía Isabel Arango creció intensa y desatada como el olor del café. Había
nacido un catorce de marzo, cerca de la estación de trenes de un puerto azul al que desembocaba
el inmenso río Papaloapan. La mañana de ese día su madre sintió llegar, junto con los avisos del
parto, la primera lluvia de unas nubes que trajeron a la zona el ciclón más fiero que pudo caber en
la memoria de aquel pueblo. Llamado de urgencia, su padre caminó bajo el agua las tres calles que
separaban su casa de la tienda de mercancías varias en la que se ganaba la vida.
Empapado y febril cruzó el patio y alcanzó la escalera para correr hasta el cuarto en que su mujer
paría sin alardes a uno más de sus vástagos. Habían tenido cuatro varones durante los pasados
cinco años, la niña llegó por fin haciendo más ruido que ninguno de sus hermanos.
Mientras abría los ojos al mundo de agua que todo lo rodeaba, en la estación del ferrocarril el
viento arrancó los techos que cubrían a los viajeros en espera de un tren cuyos vagones quedaron
volcados fuera de las vías. Un ruido de diablos caído del cielo estremeció el crepúsculo y no dejó
de llover en tres semanas.
Todo aquel barullo no fue sino el inicio de la inquieta y jaranera niñez de Isabel Arango, la quinta
hija de un matrimonio de emigrantes asturianos que, trabajando a la par, había conseguido hacerse
de la tienda más ecléctica de un puerto en el Atlántico. Lo mismo vendían sardinas que libros de
mecánica, novelas, jamón de jabugo, queso manchego, listones, harina, chiles, bacalao, y pan
para judíos, cristianos y descreídos. Nunca una panadería había dado tantísima variedad de panes
y jamás una tienda de comida se había atrevido con tal descaro y buen orden a dar albergue a un
estante con libros, pero aquel era un puerto capaz de libertades y mezclas como no hubo en el
país otro mejor.
Jugando como un niño y odiando la costura como una niña, Isabel aprendió lo esencial en una
escuela del gobierno que cambió de ideas y reglamentos tantas veces como cambiaron los
gobiernos entre 1908 y 1917, año este último en el que se dio al país una nueva Constitución
Política y a Isabel un certificado de enseñanza media. Lo que siguió fueron las mañanas ayudando
a sus padres en la tienda y las tardes para leer y bailar.
Tenía Isabel un gusto por la danza muy raro en aquellas latitudes. Sin embargo, había dado con
una exiliada rusa que gastaba sus horas bailando y que en dos años le enseñó cuanto sabía y
la ayudó a colocarse entre ceja y ceja la certidumbre de que nada haría mejor en la vida que ser
bailarina. Así las cosas, no hubo nadie capaz de interponerse entre ella y su afán de ir a estudiar
a la ciudad de México. Un año de ruegos diarios convenció a sus padres de que entre ellos y la
contumacia de su hija debía haber todo menos un abismo. Así que le buscaron lugar en la casa
63
COMPENDIO DE LECTURAS
de huéspedes de una mujer con la que habían hecho amistad, cuando ella y su marido pasaron
una temporada en el puerto. Se había quedado viuda y mantenía su casa frente al parque de
Chapultepec dando albergue a quien su entraña le aconsejaba que merecía tal confianza. En
cuanto supo que la hija de los Arango quería vivir en México, escribió poniéndose a las órdenes de
la familia y pidiendo que desde ya la niña y sus padres consideraran suya la casa en que ella tenía
viviendo más de treinta años.
Desde que Isabel era niña, sus hermanos jugaban a bajarle el aroma desatado con un poco de
leche y todavía su padre fue a la estación del tren cargando un vaso con algo de la ordeña matutina
para intentar que ella la bebiera antes de irse, pero Isabel tuvo la precaución de no tocarlo, porque
temía flaquear frente a los ojos de animal abandonado que su padre ocultaba mirando al frente
como si algo se le hubiera perdido en el infinito.
—¿Qué se te pudo ir tan lejos? —le preguntó su madre—. ¿Por qué no te quedas a vivir y a tener
hijos en paz?
Después la abrazó unos minutos largos y cuando la soltó cruzó los brazos esperando la bendición
de todos los días. Su madre creía en el Dios de los cristianos con la misma fe con que hubiera
creído en el de los chinos, si china hubiera sido y no asturiana. Así que le puso la mano en la frente
y luego la bajó hasta su pecho para terminar de persignarla en silencio. Entonces ella volteó a ver
a su padre y le guiñó un ojo.
—Siempre has hecho lo que se te ha pegado la gana, no veo por qué me sorprendo ahora —dijo
él mientras la abrazaba como si quisiera acunarla igual que la primera noche de sus vidas bajo el
ciclón—. Vete con paz. Te queremos, ya lo sabes.
Isabel subió al tren y sacó la cabeza por la ventanilla. Mientras el hermoso animal de fierro
empezaba a girar sus ruedas alejándose despacio de la única tierra y el único mar de todos sus
amores, ella se tragó las lágrimas moviendo los dos brazos como si bailara contra el aire.
—Te lo dejo —contestó ella. Luego metió el medio cuerpo que llevaba de fuera y se sentó a llorar
con la cabeza entre las piernas. Tenía diecisiete años, era enero de 1921.
Se dejó acariciar por el aire cálido y salobre aún que la envolvía. En la ciudad de México haría frío,
en dos semanas estarían por iniciarse los cursos en la única escuela de danza que su maestra
rusa consideraba confiable. Una rara y pequeña institución creada por madame Alice Girón, una
maestra francesa de la Pavlova que llegó a México en los arduos días de la guerra y se instaló a
vivirlo como si reinara la paz. Por recomendación de su primera maestra, tan amiga de la francesa
como aventureras podían ser ambas, a Isabel la había aceptado sin ponerla a prueba.
64
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Le dio tres meses para demostrar que tenía tamaños antes de recibirla en definitiva. El futuro
parecía suyo, pero por primera vez lo miró sin desafiarlo. No conocía a un alma de entre las
muchas que habitaban la ciudad de los palacios y los lagos, la ciudad de la que salían las guerras
y las órdenes presidenciales, la ciudad que despierta a dos mil metros de altura bajo el augurio de
dos volcanes.
Isabel viajó varios días antes de verlos la primera vez. Hasta que una tarde apareció en el horizonte
la luz enigmática y embriagadora que los envuelve. El Popocatépetl y la Ixtazíhuatl, así supo desde
niña que se llamaban. Su madre solía contar la historia de un pariente asturiano que enloqueció
al mirarlos y se volvió sin pensarlo hasta Priesca, el pueblo verde y pobre del que había salido a
buscar fortuna. Fue por recomendación suya que los Arango prefirieron quedarse en tierras bajas,
a la vera del mar, y se lo agradecían. Habían sido felices frente a esas aguas, entre la gente salada
y locuaz de aquella tierra. De todos modos se habían vuelto tan mexicanos como cualquiera de los
que a diario se dejaban deslumbrar por el cielo cercano a los impasibles volcanes, bajo los cuales
encontraron los aztecas un lago con un nopal y encima el águila devorando una serpiente que se
acomodó en el centro de la bandera cuando estas tierras pasaron a llamarse México.
Los volcanes aparecieron frente a los ojos de Isabel mientras el tren llegaba a la estación de
Puebla, y desde entonces quiso reverenciarlos. No se atrevió siquiera a preguntarse las razones
de su atracción por ellos. Le bastó su imponente belleza para considerarlos cosa sagrada, le bastó
saber que ya estaban ahí millones de años antes de que la especie humana llegara al mundo.
Impávidos y heroicos, insaciables y remotos. Ellos sí que mandaban en México, nadie que se
pusiera bajo su amparo estaría solo en esas tierras. En su nueva vida, se prometió, todas sus
pérdidas habrían de pasar por ellos y cuanta historia la conmoviera la sabrían sus abismos. Con
semejante convicción perdió el poco miedo que aún rumiaba y se instaló a vivir en la casa de doña
Prudencia Migoya, una mujer suave y trabajadora que le hacía honor a su nombre dejándola entrar
y salir, comer y dormir a su aire.
—La ciudad todavía está peligrosa —le dijo tras el desayuno la primera mañana en que saldría
al mundo—. Ayer estalló una bomba frente a la casa del arzobispo y otra en la tienda de alhajas
"El Recuerdo". Pero tú no vas a andar por esos rumbos. Cuida que no te quiten la bolsa y si te la
quieren quitar, deja que se la lleven. Baila bien que es lo que importa.
65
COMPENDIO DE LECTURAS
II
Viéndola bailar a solas, sin imaginarse que la mirarían, una tarde cualquiera entre las altas paredes
del salón que albergaba sus clases, madame Alice, la directora de la escuela, entendió que la
índole de Isabel estaba cruzada por la fiebre de quienes viven el arte como una religión. Y no
necesitó más para dejarla quedarse a trabajar en el intento de convertirse en profesional. No sería
fácil, de cincuenta que ingresaban conseguían permanecer menos de siete. La danza es una
disciplina de locos y de jóvenes, por eso Isabel parecía una promesa y cualquiera que la hubiera
visto bailar aquella tarde hubiera estado de acuerdo con su maestra en que la vida valdrá la pena
mientras haya en el mundo seres capaces de hacer magia cuando profesan una pasión.
No estaban los tiempos como para empeñarse en bailar, aún ardían las brasas de lo que fue su
ardiente revolución; sin embargo, Isabel bailaba ocho horas diarias y comía una vez al día. Se
puso delgada como sardina y ojerosa como un mapache, le brincaron los pómulos y le crecieron
los ojos, tenía el vientre plano como un remanso de agua y los pechos firmes y pequeños como
duraznos. El cuello se le estiró junto con las piernas y sólo le quedaban los labios gruesos de su
abuela materna y la mirada oscura de los Arango como prueba irrefutable de que aún era ella.
Así pasaron casi tres años. La ciudad se dejaba vivir y para Isabel fue fácil llenarse de amigos.
No sólo entre sus compañeros de clases, que los tenía de todos tipos: mujeres elocuentes y una
minoría de hombres extraordinarios a los que en un país de pistolas les había dado por bailar, sino
entre los amigos de esos amigos, casi siempre periodistas, poetas o pintores, pero también uno
que otro político y una que otra piruja.
Había en su curso dos muchachos que hacían pareja, y se amaban o peleaban con la misma
fruición que marido y mujer. Cuando la cosa se ponía muy difícil uno de ellos dejaba las lecciones
con tal de no mirar al otro. Si estaban a punto de una ruptura no iba ninguno de los dos. Isabel se
hizo amiga del más joven, un muchacho con la boca suave de una mujer y la hermosa espalda
de un hombre. Un muchacho de pies pequeños y piernas largas que cuando en los ensayos la
tomaba en sus brazos para alzarla al cielo inalcanzable de las bailarinas, le contaba cómo sufría su
corazón en vilo o cuál era la triste incertidumbre de sus finanzas. Al terminar los cursos normales
seguían las pláticas en el tranvía que los llevaba hasta una clase de danza regional que no estaba
en el programa de la escuela, pero que igual les parecía imprescindible. El muchacho se llamaba
Pablo y era un lector desordenado que iba de Rubén Darío a Flaubert y de Jorge Cuesta al barón
de Humboldt. Se reunía a tomar tragos con un grupo de hombres que le hubieran ganado la guerra
de machos a Pancho Villa y que se emborrachaban con decisión y desafuero cuatro de cada siete
días. Al principio porque sus ideas los obligaban a la tolerancia y después porque aprendieron a
quererlo, ellos aceptaban a Pablito en su mesa y jamás hacían bromas sobre sus gustos de sexo
y profesión. De vez en vez, hasta iban a verlo bailar cuando se presentaba en público.
En una de esas noches, que fue Javier Corzas, poeta y telegrafista, descubrió la fiereza
deslumbrante con que se movía Isabel Arango. Bailaba dentro de un grupo, pero él pensó que era
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
ella quien perfumaba el aire por el que iban cruzando su precisa cintura, su espalda pequeña, sus
brazos largos.
En la segunda mitad del programa, Isabel bailó una coreografía para ella sola que había dependido
de su propia inventiva. Era un tristísimo cantar mexicano que cuenta los pesares de una mujer
borracha que debe dejar su pueblo y su amor, para irse a la ciudad siguiendo el destino de su
patrón. Isabel empezó el canto moviéndose con la finura un poco rígida que impone el ballet
clásico, subida en unos zapatos de puntas romas sobre las cuales giraba como una muñeca
de cuerda, presa de una incipiente borrachera. Luego, mientras seguía bailando se desató los
lazos que ataban sus zapatos a sus piernas y terminó por tirarlos lejos mientras el juego de sus
manos rompía la noche en dos y una luz le iluminaba el gesto haciéndola parecer un sortilegio.
La borrachita desgarró su vestido y cayó al suelo donde su cuerpo se estremeció simulando la
embriaguez más acongojada y armoniosa que hubieran visto los ojos de aquel público. Los últimos
acordes la siguieron a perderse extendiendo los brazos desesperados hacia un horizonte de nada.
Javier Corzas se levantó antes que nadie y aplaudió arrebatado, seguro de que eso era lo más
estremecedor y desafiante que alguien había bailado nunca. Tras él quienes llenaban el teatro
demostraron estar de acuerdo con aquello que bien podía llamarse un desafuero y lo aplaudieron
hasta que Isabel se bajó del escenario y corrió a buscar refugio entre los brazos de doña Prudencia,
su gorda y maternal casera. De ahí la separó el llamado de Pablo, a quien Corzas le había exigido
que lo llevara junto a ella.
—¿De qué cielo caíste, mujer endiablada? —dijo el poeta—. Bailas como una diosa.
Isabel lo escuchó decir mientras le recorría el cuerpo con los ojos críticos que hasta entonces
usaba para mirar a los hombres cuando la elogiaban.
Isabel sintió que hasta los volcanes estarían de acuerdo en que a ella le gustara aquel hombre.
Tenía los ojos de desamparo y las manos largas y fuertes. Una sonrisa cínica y una voz de gitano.
Semejante mezcla, lo presentía, era más peligrosa que pacífica, pero no quiso sino rendírsele.
—A comer mañana —contestó ella aplazando la fiesta para darse el tiempo de gozar esperándola.
Esa noche se fue a dormir con una borrachera de euforia tan irrefutable como la que había bailado.
Era viernes. El sol del sábado la despertó hasta las once con el pelo revuelto y el espíritu reticente.
Ya no le parecía tan buena la idea de irse a comer con un desconocido. Además, pensó, ese
hombre en la cara lleva escrito el "yo gano siempre y cuando pierdo arrebato".
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COMPENDIO DE LECTURAS
—No seas miedosa. Siempre es mejor el riesgo que el tedio —le dijo doña Prudencia mientras la
acompañaba a sorber su café.
Isabel le dio un beso y volvió a meterse en la cama. No conocía otro modo de exorcizar el mal
humor de la mañana, sino repetir el final de la noche y rogar porque el siguiente amanecer fuera
con el pie derecho.
Tuvo suerte. Despertó a la una y media recordando sólo el buen gusto del éxito y dispuesta
a olvidarse del terror que tal éxito provocaba en el centro mismo de sus entrañas. Ella estaba
enseñada a trabajar en silencio, a bailar porque sí, por el placer de hacerlo. El asunto de los
aplausos, sobre todo esta vez que habían sido sólo para ella, le daba más desazón que dicha.
Se metió en un clásico vestido de talle largo y falda corta, y buscó los zapatos con los que parecía
andar de puntas. Doña Prudencia la revisó al cruzar la sala y silbó para sus adentros.
—Que la vida te guarde esa melena y esos hombros —le dijo. Luego la acompañó hasta la puerta.
68
TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
III
Javier Corzas la vio salir con la luz del mediodía entre los ojos y pensó que sería bueno abrazarla
desde ya. Isabel extendió la mano fingiendo un aplomo que no sentía y lo saludó con un gesto de
la cabeza.
Fueron hasta un lugar, sobre la calle de Correo Mayor, que era al mismo tiempo comedor y cantina.
Se llamaba "La barca de oro" y tenía dos secciones. Una a la que sólo podían entrar los hombres
que se nombraba "La barca", y otra en la que se permitía la entrada con las mujeres, a quienes
honraron llamando "El oro".
Sin preguntarle a Isabel, Corzas pidió dos cervezas, dos tequilas con limón y dos vasos de ostiones.
—¿Qué otra cosa se podría esperar de una niña de su casa? —dijo el poeta.
Va por tu salud —agregó antes de beberse el tequila de un trago. —Así es como la gente se pierde
las cosas buenas de la vida.
Por puro prejuicio. ¿Qué, el tequila es de pobres, la cerveza de corrientes y los ostiones del mar?
¿Por eso ni los pruebas? Allá tú. Pero nada más imagina de lo que se pierde la gente que no come
frijoles porque son negros. Pobre de ti, no vas a pasar de señorita de provincia.
—Chinga a tu madre —dijo Isabel que al llegar a México había descubierto tan sonora respuesta
y la usaba con un gusto que le embellecía la boca. Se la enseñó su amigo Pablito la primera tarde
en que llegó furioso contra el novio, pero le recomendó que no la dijera más que si quería pleito o
tenía mucha confianza.
—¿A chingadazos quieres que nos llevemos? —preguntó Corzas con la sonrisa como un aguinaldo.
—No —contestó Isabel—. Ni te odio ni te tengo tanta confianza.
69
COMPENDIO DE LECTURAS
—Pues qué lástima —dijo el poeta—. La confianza y el odio son dos de los tres vicios que genera
el amor. Y eso sí que me gustaría provocarte.
—¿Cuál es el tercer vicio? —preguntó Isabel fingiendo que no escuchaba la última frase.
—La terquedad —dijo Corzas—. La más dañina.
—¡Qué horror! —dijo Isabel. Había bebido su tequila en dos tragos y lo sentía abrasándole la
garganta.
—No seas rejega. Te ha de tocar bailar en otra parte. Es ley bailar de amores, embriagarse, ir al
cielo con zapatos y sin futuro, no tener miedo de morirse ni de estar vivo.
—La única ley tangible que conozco —dijo Corzas—. Es ley que de puro enamorado se llegue a
no sentir hambre, ni cansancio, a no tratar con el tiempo y sus desmanes, a ser dueño de la luz y
de la noche. Salud, mi niña, por todos los amores que han de beber en ti, por la pena y la gloria
que te esperan.
Isabel quiso correr de ese hablador que le pronosticaba desgracias y fortunas mientras decía
intimidades como quien dice una estrofa del himno nacional. Pero no se movió de su asiento y
levantó su nueva copa para bebería.
—Aquí la comida llega con sólo pedir bebida —dijo Corzas señalando al mesero cargado de tres
cazuelas que se acercaba a su mesa.
Durante las siguientes horas comieron, conversaron y bebieron hasta que la tarde los alcanzó
creyendo que se conocían desde siempre. Entonces se echaron a caminar por el centro de la ciudad
sin más tregua ni guía que su deseo de seguir juntos. La pálida luz del crepúsculo los encontró en
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
el callejón de las tiendas de antigüedades. Ahí donde las joyas y los simples vejestorios convivían
sin más diferencia que el gusto del cliente y el capricho del vendedor.
Ahí donde las cosas nunca tienen el mismo valor que su precio, y donde entonces eran baratas
porque la época despreciaba lo viejo imaginando que nada podía ser más promisorio que el futuro.
Isabel caminó por las tiendas entre objetos extraños, deleitándose con la extravagancia de cuanto
la rodeaba. Hasta que al entrar a un salón diminuto su cabeza golpeó con las patas de una
mecedora que estaba colgada del techo. Era una de esas piezas de encino que tienen el respaldo
y los barrotes labrados. Le faltaba un barrote, pero en el cabezal tenía la cara de un viejo alegre,
acorralado por su mostacho y sus barbas.
—Debe ser un buen consejero —dijo Isabel que había pedido que le mostraran la silla y se deleitaba
contemplándola.
—¿Quién? —preguntó Corzas mientras pasaba un brazo por los hombros de Isabel.
—Digamos que voy a querer un oyente —explicó Isabel—. Desde ahora, pero sobre todo cuando
sea vieja. Más aún si voy a emborracharme tanto como predices y emborracharse depende tan
poco de uno y si cada borrachera me puede hundir en abismos y noches impredecibles.
—¿Yo dije eso? Ya no me acuerdo. Casi siempre se me olvidan mis discursos, no los tomes en
cuenta —pidió él mientras metía sus dedos en la melena de Isabel como si la peinara.
—Me voy a comprar esta silla —dijo Isabel sacudiendo la cabeza como un potro inquieto.
—Ahorita, en este instante. Con el dinero que me pagaron ayer, con la ganancia de mi primer
borrachera y el compromiso de sentarme a conversar en ella cada vez que esté cruda. Este viejo
me va a oír —dijo acariciando el respaldo de la silla. Luego se puso a regatear con el dueño de
la tienda. Un hombre menos guapo y más pestilente que el de la mecedora, buen conversador y
mejor marchante que entre piropos y zalamerías aceptó el precio que Isabel quiso darle a su silla.
—De ninguna manera. ¿No ves que me urge gastar el primer salario? Lo que sí acepto es que
funjas como padrino de mi encuentro con la silla que escuchará mis crudas —dijo Isabel. Luego
sacó de su bolsa el dinero y tras entregarlo dijo:
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COMPENDIO DE LECTURAS
—Uno que yo me sé —contestó Isabel dirigiéndose hacia la pequeña plaza que habían dejado dos
calles atrás.
En el camino le contó a Corzas la historia de una bisabuela suya que habiéndose aburrido de más
a lo largo de su vida, le heredó a su nieta, la madre de Isabel, la mecedora en que se había sentado
a recordar durante sus últimos inviernos asturianos. Además de la silla le dejó un escrito que debía
repetir antes de usarla por primera vez y le hizo prometer que lo enseñaría a sus hijas como quien
les enseña la única oración necesaria de sus vidas.
Regida por la culpa de no haber cargado hasta México con la mecedora de su abuela, la madre de
Isabel había memorizado el ensalmo y había hecho que lo memorizara su única hija.
—Y dice —comenzó Isabel detenida junto a la mecedora que Corzas puso sobre un prado—: Yo,
Isabel Arango Priede, me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por
los abismos del amor, ni por el miedo que de éste me caiga encima, ni por el olvido, ni siquiera
por el tormento de una pasión contradecida. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a
bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo
que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me alegre. Larga vida prometo, larga paciencia,
historias largas. Y nada abreviaré que deba sucederme, ni la pena ni el éxtasis, para que cuando
sea vieja tenga como deleite la detallada historia de mis días.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
IV
Tras la última palabra de su conjuro, Isabel dio una vuelta sobre sí misma y extendió una larga
caravana frente a su mecedora.
Javier Corzas había oído su juramento como quien oye un desvarío y la quiso besar sin más
preámbulo. Las mujeres encuentran asideros en todas partes, pensó, pero no dijo una palabra.
Isabel se había enderezado y él la tomó de la cintura y se puso a besarla en mitad del parque
oscureciendo. Ella tampoco dijo nada. Se limitó a iniciar el cumplimiento de sus compromisos con
el ensalmo.
Esa noche volvió muy tarde a la casa de doña Prudencia. Cruzó de puntas el salón de la entrada
y cuando empezaba a subir la escalera oyó su voz saliendo del comedor:
—Me fue y me vino —respondió Isabel soltando la risa más permisiva de cuantas se habían
soltado en esa casa.
—Conozco ese síntoma y es más peligroso que los deseos de castidad —dijo doña Prudencia
persignándose—. Te recuerdo que estás aquí para ser bailarina. No vayas a terminar con una
panza como la de tu amiga Esther.
—Sin don, ni tino, ni cuidados —sentenció doña Prudencia—. Y en esto del amor hay que usar la
cabeza tanto como la entrepierna. Ven aquí que te doy unos consejos —dijo, quitando del sillón la
ropa que remendaba y abriendo un lugar para que la muchacha se acomodara junto a ella.
Hablaron hasta que la luz del amanecer encegueció sus ojos desvelados y luego se quedaron
dormidas una contra la otra. El día las despertó dos horas después. Isabel brincó a bañarse y salió
corriendo rumbo a su primera clase. Bailó toda la mañana, ensimismada y misteriosa, provocando
la curiosidad de Pablito que en el descanso de la primera hora se atrevió por fin a pedirle que se
lo contara todo por favor.
—No inventes —pidió Pablito—. Te lo ruego, déjame vivir de prestado, cuéntame una historia de
amor. ¿No ves que me está secando el abandono?
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COMPENDIO DE LECTURAS
—Mejor que se haya ido ese cabrón mentiroso. Tan horrible que bailaba, tan feo aliento que tenía
—le dijo Isabel para distraerlo.
—¿Te parece que tenía feo aliento? —preguntó Pablito a quien la falta de higiene lo horrorizaba
como pocas cosas.
—Aliento de sapo —dijo Isabel, yendo hacia las barras porque iniciaba la siguiente clase.
Los meses que siguieron, la vida fue generosa para todos. Isabel dejó que Javier Corzas le tomara
la existencia, y Pablito escuchó entre clase y clase toda suerte de milagros amorosos.
Al principio cada descanso estaba lleno de anécdotas en torno al color de la luz que había una
tarde y lo frondoso de un ahuehuete en Chapultepec, hasta que el mundo de Isabel se iluminó
como ningún otro y Pablo consiguió llegar cerca del penúltimo recoveco de sus emociones para
enterarse de cómo iban creciendo y complicándose.
—Yo también me doy envidia —decía ella abriendo una risa de cometa.
Unas vacaciones Isabel arrastró a Corzas hasta su puerto a conocer a los Arango y a su mar. Como
las cartas de su hija llegaban cada día más llenas de Javier el poeta, cuando los Arango lo vieron
aparecer con Isabel y la compañía de Prudencia Migoya en calidad de vigilante de recato, ellos lo
recibieron con la calidez conversadora que alegraba sus días. Los hermanos de Isabel se habían
casado como era debido y la casa frente a la estación del tren tenía recámaras de sobra para las
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
visitas. Corzas y doña Prudencia quedaron cada uno en un cuarto. Isabel volvió al que nunca dejó
de ser suyo. Ahí recibía todas las noches la visita clandestina y por lo mismo más desatada que
nunca de Javier Corzas y sus manos, su quimera.
Durante el día, el mar lució sus mejores brillos y el cielo no dejó cruzar una nube por su impasible
azul. En las mañanas, Prudencia Migoya se sentaba en la tienda a conversar con los Arango
hasta la hora de la comida, mientras Corzas y su borrachita caminaban la playa para extenuarla,
asoleándose como iguanas o perdidos entre olas con las que jugaban abrazados incluso cuando
alguna los revolcaba.
—La próxima vez que veamos venir una muy alta, no me sueltes —le pidió Isabel.
—No seas loca. Nos ahoga. No se puede nadar uno sobre otro —dijo Corzas.
—Todo se puede uno con otro. Anda —pidió ella— que nos maltrate lo que nos maltrate, pero que
no logre separarnos.
—Nada nos puede lastimar —contestó ella negándose a soltarlo cuando la ola llegó inmensa y los
arrastró como si fueran caracolas, llevándolos hasta la orilla entre golpes y raspones.
Con una felicidad de pez, Isabel se rió del susto en los ojos de Corzas.
—Te puedes quedar sin piernas, borrachita —sermoneó Corzas acariciándole la cabeza llena de
arena.
—Pero no sin las tuyas —dijo Isabel y se puso a lamerle un raspón en el hombro.
Volvieron a México tras una semana de amores en la sal, todavía más puestos uno en el otro que
al principio. Y la ciudad los cobijó con sus largos días de verano lluvioso.
—La tarde está entrada en sexo —decía Corzas cuando iba por ella a la academia. Y como si no
hubiera bailado toda la mañana, Isabel se desnudaba para una danza de prodigios y desvaríos que
duraba hasta muy entrada la noche.
Después caminaban desde la calle de Artes hasta la casa de Prudencia Migoya y la entretenían
con la ostentación de sus mutuas devociones y con el recuento de sus varias esperanzas. Entre
besos y mimos que a Prudencia le provocaban más hilaridad y remembranzas que pudor, le iban
contando las últimas noticias mientras la acompañaban a beber su agua de tila. Javier Corzas
escribió los únicos poemas alegres de su vida y un editor arriesgado quiso publicárselos.
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COMPENDIO DE LECTURAS
En la academia de danza había un revuelo porque madame Girón, que cada vez era más vieja y
más sabia, decidió ir deshaciéndose de sus ahorros y gastaba en preparar una función de gala,
condescendía con Pablito y dos muchachas que siempre le pagaban tarde y prometía un viaje para
aquel de sus alumnos que demostrara ser el mejor.
—Tú lo vas a ganar —quiso intuir Prudencia Migoya cuando Isabel contó el asunto.
—Yo no voy ni a buscarlo. Estoy feliz aquí, tengo todo por aprender, todo por bailar y mucho que
besar a mi alrededor —dijo acercando su boca a la sonrisa con que la escuchaba Javier Corzas.
—Isabel, niña, tú sigues teniendo avidez de virgen —opinó Prudencia Migoya — Que la vida te la
guarde. No hay como desear lo que se tiene a la mano. —Y al revés —contestó Isabel—. No hay
como tener a la mano lo que se desea. Óyelo bien, Corzas, "por ti contaría la arena del mar" —
cantó abrazándolo como si acabara de encontrárselo.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
V
Agosto llegó como el agua, inolvidable y diáfano. Los volcanes tuvieron nieve a diario. Y a Isabel
le parecieron más elocuentes que nunca. Una tarde subió con Corzas a la azotea de su casa
para mirarlos como si le urgiera preguntarles algo antes de que la luz desvaneciéndose ciñera su
estampa hasta desaparecerlos.
—Cómo te quiero, Corzas. Me doy miedo —dijo Isabel deteniéndose en él para tomarse un pie con
la mano y levantarlo junto con la pierna toda a la altura de su cabeza. Luego giró sobre el otro pie
hasta tenerlo enfrente y lo besó sin bajar la pierna ni temblar—. ¿Me haces el amor? —preguntó.
Bajaron corriendo al cuarto de Corzas, que era el cuarto de todos sus anocheceres, a dar guerra,
leer poesía y murmurarse juramentos indescifrables. Cuatro horas después, salieron a buscarse
una cena con vino como dos camaradas agotados.
—Sabia virtud de conocer el tiempo —sentenció Corzas de repente. Habían terminado de cenar y
bebían una última copa.
—Un amigo mío que fue capaz de hacer un soneto con la palabra tiempo.
"A tiempo amar y desatarse a tiempo como dice el refrán dar tiempo al tiempo que de amor y dolor
alivia el tiempo."
—A España. Me ofrecen un trabajo y la mejor comida del mundo. Calles que son como zarzuelas,
toreros como milagros y mujeres que bailan como diosas. ¿Qué más puedo pedir?.
Isabel lo escuchó como quien oye una tormenta. ¿Quién era ese hombre? ¿De dónde sacaba esa
crueldad de fuego? ¿En dónde estaba el otro, el de hacía una hora, el de la cama con locuras de
apenas un rato antes?
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COMPENDIO DE LECTURAS
—Yo ni madres que me quedo aquí. Yo voy a donde tú vayas. Yo no quiero ser bailarina, ni diosa,
ni viajar a ninguna parte. Yo quiero sólo ser tu mujer o tu sombra.
—No digas más, borrachita. Te oyes fatal. Tú eres una bailarina, una mujer que se basta a sí misma
y una diosa aunque no quieras serlo. Pero yo no soy de amores largos, ni de quedarme quieto, ni
menos de llevarte por el mundo como si fueras mi rabo. Mejor me voy ahora que nos queremos
tanto, me voy antes de que le lleguen los vicios a esto que nos ha salido tan bien. Ya nos tenemos
demasiada confianza, me voy a ir antes de que nos entren la terquedad o el odio.
Isabel se soltó a llorar con las lágrimas que tenía guardadas para días que no había imaginado.
No le cabía en la cabeza, pero menos en la entraña que Javier Corzas inventara irse de su vera.
Que de la misma boca, con la misma lengua que apenas le jugaba como un pez entre los dientes,
le estuviera diciendo tantísima crueldad como quien dice un padre nuestro.
Isabel se quedó quieta un instante, mirándolo como si quisiera guardárselo. Luego se levantó en
silencio y en silencio caminó hacia su casa.
—Hoy no entro —dijo Corzas cuando ella abrió la puerta. Y fue lo último que de él guardaron los
oídos de ella.
Prudencia Migoya la vio entrar desbaratándose en llanto y fingió la misma tranquilidad que si la
hubiera visto entrar cantando.
—¿Por qué llora mi ángel? —dijo a sabiendas de que esa mujer no lloraría así más que por el
hombre que no había entrado tras ella como todas las noches.
—Por favor, ¿quién le va a dar trabajo en España a un telegrafista revuelto con poeta? De eso en
España abunda.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
—Le sobras tú, niña —dijo Prudencia Migoya jalándola de una mano para sentarla junto a ella—.
Cuando los hombres inventan irse de repente, cuando pasan sin aviso de la adoración al desapego,
es cuando ven a su mujer más crecida de lo que soportan. A Corzas le pesa lo buena que eres
en tu oficio, le sobra tu avidez, tu certidumbre de que no hay imposibles, tu terquedad y hasta tu
certeza de que podrías vivir sin él.
—Claro que puedes. Y a eso le tiene pavor este hombre, al día en que te canses y lo dejes. Prefiere
irse él primero que quedarse a esperar cuándo te vas.
—¿Cómo sabes eso? Yo no quiero ir a ningún lado —dijo Isabel recuperando las palabras.
—Una parte de ti no quiere ir, la otra está yéndose hace rato. No bailas todo el día para quedarte
a zurcir los calcetines de Corzas. Ven a la cama. Mañana tienes clases. Y no te preocupes, ellos
nunca se van en el primer intento.
—Hablas como si hubieras tenido más de un hombre —dijo Isabel permitiéndose una lenta sonrisa.
—Niña, yo como Rubén Darío, cuando temo estar triste bendigo mi suerte y repito sin culpa: "Plural
ha sido la celeste historia de mi corazón". Anda, ven a tu cama. Mañana con el sol veremos hasta
siempre.
Por primera vez en tres años, al día siguiente Isabel no tuvo ganas de ir a clases. No había dormido
sino un rato y al despertar sintió que el hueco bajo las costillas con el que se fue a la cama, había
crecido durante la noche hasta volverse un abismo. Salió de su recámara en busca de las luces de
Prudencia Migoya. La encontró en la cocina calentando un poco de leche.
—Bébela y corre si no quieres quedarte sin hombre y sin escuela —le ordenó extendiendo el vaso
con leche. Isabel lo bebió de un tirón y miró a Prudencia como si fuera un hada madrina. Era gorda
y firme, beligerante como un guerrero y cariñosa como un pastel. Usaba unos camisones llenos de
encajes que hubieran parecido los de una abuelita común, si no fuera porque en lugar de blancos
eran de un rojo desorbitado.
—A veces, de sólo mirarte me dan ganas de creer en Dios —le dijo Isabel dándole un beso. Luego
corrió a sus clases.
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COMPENDIO DE LECTURAS
VI
Acostumbrada a exigir puntualidad, después de dos retardos madame Girón suspendía para
siempre el derecho a tomar clases en su academia. De ahí que no entendiera la tardanza de Isabel.
—Nada que la quite de aquí puede ser prodigioso —dijo la madame disgustada. Era lunes, llovía.
Isabel entró como una flecha al principio de la segunda clase. Madame Alice la miró con un reproche
y no mostró compasión al notar sus ojos atribulados, su gesto huidizo, su cuerpo en congoja. De
sobra conocía ella caras como ésa. Las había visto una y otra vez desbaratando la carrera de
mujeres que hubieran sido grandes bailarinas y en cambio fueron medianas madres de familia. No
les tenía piedad.
—Primer y último aviso Isabel Arango. Este lugar es tu vida o te llevas tu vida a otra parte. Endereza
los hombros y párate como si nada te doliera.
—Para bien. El arte necesita una dosis de dolor. No nos cuentes tu pena. Menos si es de amores.
Vamos. Quinta posición. Misma rutina. Adelante.
La música empezó a sonar como otra orden sobre los oídos de Isabel y ella la siguió urgida de una
cura. Había perdido toda la hora de calentamiento y sin embargo podía levantar las piernas más
alto que nunca y estirar la cintura como si los hombros se los jalaran desde el cielo. Sus brazos
alargados expresaban tristeza y toda ella parecía un ensueño de cristal ardiente, bailando como si
no tuviera otro destino.
—¿Te enojaste con Corzas? —le preguntó Pablito una hora después durante el breve descanso.
—¿Él, a qué horas? Me dices tú que estás bailando como nunca de bien, como si sólo esto tuvieras.
—Permíteme que lo dude —dijo Pablito—. Yo lo que oí es que en telégrafos lo trasladan al sureste
y andaba como perro sin dueño queriendo hacerse rico para quitarte del baile.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
—Un rato, chula, no más un rato. Luego todos quieren cama y cocina caliente.
—Todos son distintos hasta que se vuelven iguales —dijo Pablito pasándole un brazo por la cintura
a su desconsolada amiga.
—Retomamos. Isabel, concéntrate. Estás bailando muy bien como para distraerte —dijo madame
Girón haciendo el único elogio que alguna vez le habían escuchado sus alumnos durante una clase.
Nunca elogiaba a la hora de enseñar, corregía siempre y cuando lograba que alguien interpretara
su corrección haciendo las cosas como ella las quería, dejaba salir un lacónico y extragutural
"correcto". Por eso, para Isabel, aquello de "estás bailando muy bien" fue como un bálsamo. La
siguiente hora y media bailó aún mejor que la anterior.
—Poquito mejor que correcto —le dijo madame Girón antes de abandonar el salón.
Habían terminado los ejercicios de ese día con una rutina en el suelo. Y ahí se quedaron Isabel
y Pablito tomados de la mano, curándose los mutuos abandonos. Ahí los encontró cuchicheando
Javier Corzas cuando apareció en busca de Isabel, como todas las tardes de los últimos seis
meses. Al verlo entrar ella rodó el cuerpo y quedó boca abajo, con la cara escondida entre los
brazos.
—¿Tan rápido ya te quieres arrepentir de tus chingaderas? —le preguntó Pablo levantándose de
un salto y enfrentándolo con la gallardía de un soldado.
—Y tú no me empujes, machito de mierda. ¿Qué te crees? Que se puede jugar con la entraña de
mi amiga como si yo no existiera. ¿Por qué le inventas que te vas a España? ¿No tienes corazón
para ser humilde y aceptar que sólo vas aquí a la vuelta?
—A donde quieras —contestó él tirándose junto a ella y abrazándola como si nada hubiera dicho
el día anterior.
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COMPENDIO DE LECTURAS
Luego se levantó riendo, se puso la ropa encima de las mallas y sin quitarse los zapatos de puntas
siguió a Corzas rumbo a la casa en la calle de Artes, como si la noche del día anterior hubiera sido
una pesadilla olvidada.
—Adiós, débil. Que sea para bien —le gritó Pablo desde la puerta.
No subieron a ver los volcanes. En cambio pasaron la tarde yendo y viniendo por sus cuerpos
desolados como si llevaran siglos extrañándose.
—No sé vivir sin ti —dijo Corzas, pasándole un dedo por la espalda—. Quiero que vengas conmigo
a donde se me ocurra.
—Todo fuera como eso —dijo Isabel, metiendo su cabeza entre las piernas de Corzas.
Esa noche no volvió a dormir a la casa de Prudencia Migoya. Le avisó que había recuperado la
fortuna y que no pensaba perderla. A la mañana siguiente faltó a clases y también a la siguiente.
Por una semana nadie supo de ellos. Pasaron los días mirándose las risas y las noches caminando
y bebiendo hasta la madrugada.
—¿A dónde te vas cuando bailas como si te perdieras? —le preguntó Corzas a las tres de la
mañana del sábado.
—Todo.
—Qué terca eres, Isabel —dijo Corzas—. Déjame ir. Sálvate de mí.
—Métete aquí y no me molestes —dijo Isabel llamándolo a la cama. Habían bebido de más y de
más también se quisieron esa noche. Cuando por fin el cansancio los adormeció a uno en el otro,
un gallo de pueblo cantó en mitad de la ciudad y los pájaros empezaron su alboroto como si nada.
Isabel despertó por ahí de las doce con el sol picándole los ojos. Encontró vacío el otro lado de la
cama. Se acurrucó diciéndose que Corzas había bajado a la calle por el periódico. Pero tras media
hora de espera, un susto le picó el ceño. Se levantó de un salto y caminó hacia la mesa en que
Corzas acostumbraba pasar horas leyendo.
Le sorprendió un orden que no había el día anterior. No estaba el tiradero de libros y cuadernos de
Corzas. En su lugar sólo había una caja de madera de olinalá. Isabel la abrió con más curiosidad
que aprensión.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
Dentro encontró el pañuelo de colores que le habían comprado a una gitana el día que les predijo
largos años de amor y felicidad, dos servilletas en las que Corzas le había escrito poemas, el
programa del concierto en que estuvieron el viernes, un pedazo de pared desprendido del muro de
una capilla colonial cuando se besaban recargándose en él, dos caramelos. Y una carta de Corzas
pidiéndole perdón por irse sin ella.
Isabel la leyó sin llorar una lágrima. Luego, se lavó la cara. Peinó sus cabellos en desorden, cargó
la caja y salió del cuarto como quien deja el cielo.
Llegó a la casa de Prudencia Migoya por ahí de las tres de la tarde y la encontró comiendo a solas
en una mesa con platos y cubiertos para una persona más.
—Podría yo suicidarme.
—¿Y cuál otro? —preguntó Isabel, dejando que unas lágrimas gordas le cruzaran la cara.
—Yo diría que quien ha merecido la dicha puede soportar la desgracia, y que toda emoción santifica.
—Pero quisiste el cielo. No hay cielo eterno. Ahora tienes que soportar el desfalco de perderlo.
Pero la tierra también tiene sus encantos. Te voy a dar una probadita de alguno.
Prudencia Migoya se levantó a calentar una sopa de hongos y flores de calabaza. La puso frente
al duelo de Isabel con una cesta de tortillas y una cazo de salsa verde.
—No llores y come un poco. No voy a dejar que te suicides de hambre. Te queda mucho por vivir.
—Con que tengas ganas de algo —le contestó Prudencia acercándole la cuchara a los labios.
Isabel probó un poco de caldo y luego volvió a llorar durante los dos meses que siguieron a esa
tarde. Lloraba camino a las clases y llorando bailaba todas las horas de su rutina diaria. Llorando
comía uno que otro bocado de los muchos que Prudencia Migoya le acercó a la boca, llorando se
iba a dormir y dormida soñó que lloraba.
—Mientras baile así, aunque llore así —dijo Madame Girón, sin mostrar piedad.
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COMPENDIO DE LECTURAS
Prudencia en cambio la consentía hasta llegar al extremo de cantarle en las noches para que se
durmiera.
—No hay como un arco iris cuando llueve —dijo una tarde abrazándola. Luego empezó a planear
una excursión hasta el pueblo de Amecameca en las faldas de los volcanes.
Isabel fue con ella como iba a todas partes, sonámbula y hermosa, llorando.
—Parecen eternos —dijo tras una hora de contemplar los volcanes en silencio.
—Son lo más cercano a la eternidad que conocemos —dijo Prudencia—. Ni tus lágrimas van a
durar tanto.
—Ni mis lágrimas —aceptó Isabel. Había dejado de llorar hacía una hora—.
Espero que ningún desamor sea tan largo. Pero mi breve paso por el cielo, ese sí que duró
tantísimo. Tengo a estos volcanes de testigos. Ninguna eternidad como la mía.
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
BLOQUES CORTE :
I:
II:
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COMPENDIO DE LECTURAS
BLOQUES CORTE : I
I: Practicas el proceso comunicativo
II: Practicas el proceso de lectura y escritura
III: Redactas prototipos textuales
Desempeño esperado del estudiante: Expone ideas y conceptos de manera lógica y creativa.
Realiza escritos claros en los que expone sus ideas, argumentos y mensajes de forma clara y
precisa.
ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE
Reporte de lectura de:
“
INSTRUCCIONES
1. Leer cuidadosamente cada uno de los textos.
2. Contestar con pluma y buena letra los ejercicios que le corresponde a cada texto.
3. Cuidar limpieza y presentación.
4. Elaborar los ejercicios de manera individual.
RECURSOS DIDÁCTICOS Y TECNOLÓGICOS REQUERIDOS
1. Material de apoyo.
2. Biografías de los autores.
3. Consultar en sitios web
CONDICIONES DE EVALUACIÓN
1. La evaluación es de tipo sumativa, valor --- de la calificación parcial.
2. El instrumento de evaluación es la “lista de cotejo Diviértete leyendo”
3. La actividad se llevará a cabo el día ________________
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TALLER DE LECTURA Y REDACCIÓN I
INSTRUMENTO DE EVALUACIÓN
PUNTAJE OBTENIDO:
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COMPENDIO DE LECTURAS
Retroalimentación al alumno:
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