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La noche larga , de Carmen Botello
Tema 9 | Prueba 1
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A continuación se ofrece el texto en prosa en el que basa su Análisis literario
guiado el estudiante de NM que aparece como ejemplo en el tema 9 del libro.
Soñé que te encontraban por la mañana, minutos an- Soñé que, una vez probadas todas las llaves que encon-
tes de las ocho, medio muerta de frío entre los polvo- traste en cajones y estantes y después de cerciorarte una
rientos legajos amarillos y hediondos del archivo de la vez más que la tuya, por alguna razón que aún no te in-
casa. Soñé que tu cuerpo frágil y enjuto se doblaba sobre quietaba, se había esfumado, no cediste todavía al desaso-
la mesa de tu despacho perdido en la laberíntica biblio- siego amenazante y que volviste despacio desde la puerta
teca podrida y oscura de la casa. Tus lágrimas, de deses- principal del archivo, mirándolo todo bien con los negros
peración primero, y de miedo resignado después, dibuja- ojos muy abiertos, punteando apenas tu cara pálida y triste,
ban en tu rostro infantil, de permanente y asombrados como de niña perdida, hasta el rincón de tu despacho. Te
ojos, unos surcos salados y resecos que resbalaban hasta detuviste ante los retratos de los reyes y prohombres anti-
la barbilla temblorosa y terminaban al filo de la gargan- guos, en las armaduras, en los códices y pergaminos ence-
ta, irritada de tanto gritar y pedir socorro. rrados en vitrinas que tanto te gustaban, en las espadas y
Soñé que, absorta y embebida en algún urgente infor- escudos, los pendones y banderolas. Observaste con dete-
me, te dejaste encerrar con candados y cadenas sin que re- nimiento el pan de oro agrietado del fresco principal, ese
cordases de antemano la estupidez reconocida del conserje que representa con gracia infantil la escena de la creación
del último turno. Soñé que las llaves del candado, que por del hombre, con el ángel blanquísimo de fondo, mudo es-
seguridad tú también tenías, desaparecían misteriosamen- pectador marmóreo. Lloraste ante el azul brillante y puro
te del bolsillo de tu gabardina, esa casi blanca, con la que del manto de la reina, porque solo con el azul puede tu pu-
me resultas tan entrañable y descuidadamente atractiva. pila temblar hasta la lágrima, y abriste más aún los oscuros
ojitos al advertir que los pesados flecos de su capa oscila-
Durante largas horas me persiguió el tormento, esta
ban por efecto de una imprecisa ráfaga de aire que parecía
noche, de tu rostro pálido y dolorido gritando. Y de tu
surgir de las propias baldosas rojizas del pavimento.
risa, cuando comprendiste, que la trampa había sido
abierta y habías finalmente caído en ella. Las letras doradas de los lomos, casi ocultas por los
tejuelos grisáceos de los libros, saltaron de improviso de
Muchas veces bromeábamos sobre el asunto. Discu-
su lugar y algunas quisieron depositarse en tus manos, y
tíamos si en realidad el Fantasma del Archivo, del que
buscaron luego hueco entre los pliegues de tu jersey gra-
todos sabíamos que se alimentaba de legajos y que, op- nate. Soñé que no dabas crédito a lo que sucedía, preo-
cionalmente, enriquecía su dieta con la energía despren- cupada, más que por que el fenómeno, por encontrar un
dida por el horror de algún incauto, podría alguna vez motivo lógico con el que tu mente agotada justificase el
apoderarse de nosotros y, socavando nuestra razón, enve- desatino. Aún así, vi cómo sacudías las manos y cómo te
nenarla con los dardos del sinsentido. Acuérdate que co- despegabas del jersey –se adherían a la peluda lana– unas
mentábamos siempre que el Fantasma no conseguiría os y unas ces brillantes y saltarinas, menudas. Impulsa-
romper nuestra barrera; no podría subyugarnos con su das por el mismo vientecillo extraño se alejaron de ti, y
lengua fría y grande; no nos lanzaría al abismo del terror en la distancia, se alinearon formando una pequeña y ri-
para luego crecerse y vivir en él y gracias a él. dícula muralla que pretendía impedir que prosiguieras tu
Claro que entonces se trataba tan solo de una mera camino. Con la certeza de estar sufriendo una alucina-
conversación especulativa de desayuno porque, en reali- ción producto de la sorpresa y los nervios, avanzaste casi
dad, ninguno de nosotros creímos nunca en aquel dicho- con convicción hacia ellas y se desvanecieron.
so esperpento de dudoso gusto que figuraba en los catá- Cuando regresaste a tu mesa te asaltó el convencimien-
logos de la casa como otra rareza más del enjambre de to de que la llave te había sido robada. Soñé que te reías
estanterías carcomidas. entonces, casi víctima del pánico pero aferrada aún a la
Cuando te enviaron sola a esa ala del edificio nos reímos. idea de la lucidez por encima de todo. Una lucidez cada
Dijimos que, finalmente, podríamos atraparlo tirándole, vez más lejana. Porque por fin debías empezar a reconocer
precisamente, de su lengua voraz y atrevida, omnipresente. que te tenía atrapada. Y te inquietaste. Y te rebelaste,
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Botello, Carmen. "La noche larga". La gata roja y otros cuentos tristes. El Nadir Ediciones, 2010.
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Tema 9 | Prueba 1
lloraste, y volviste a reír y quisiste ser razonable y quizá, en dad, de su insistente frialdad de muerte triste, de su deseo
algún momento de esa mi-tu noche, lo conseguiste. de tenerte, de absorberte hasta el fin, aunque supusimos
Siempre me has parecido valiente. siempre que ello no era posible. "Solo extrae fuerzas –ase-
"Tiene la manía de lamerte hasta hundirte en un gurábamos–, casi debíamos ser generosos si llegara el ca-
charco de saliva porque cree que así halaga. En el fondo, so...". Tú tuviste que serlo: aquello no te dejaba camino
debe lamentar el pánico que produce –decíamos– aun- para huir. Recorrió todos los rincones de tu cuerpo, tu ro-
que necesite de cierta dosis de nuestro miedo para per- pa, husmeando en la lana peluda y suave del jersey hasta
sistir como tal". empaparlo. Buceó en la cálida convexidad de tu abdomen
hasta convertirlo en un pozo glacial poblado de miedos
Primero atisbó entre las cortinas y la "forma" que
remotos y eternos; en tus orejas, menudas y blandas, hasta
adoptaba aún era la del airecillo juguetón y cálido. Tus
que los gritos lejanos del mundo desistieron y se alejaron
papeles se movieron, primero imperceptibles casi, luego
del conducto obstruido por su pesadez fangosa, impreg-
con alborozado disimulo, finalmente, hasta el teléfono
nada de un indefinible aroma. Caminó por los surcos de
optó por la danza desenfrenada y los papelotes aperga-
tu edad dibujando con esa lengua enorme su propia exis-
minados de las cercanías crujieron doloridos y se suma-
tencia de soledades y vacíos, arrebatándote con lengüeta-
ron al escándalo. Una vorágine de polvorientos rollos y
zos egoístas todos tus años, los felices y los dolorosos, lle-
resecos volúmenes se transformó, de repente, en una
nos de pasado y cuajados de esperanza. Insistió en alisar
danza ordenada y graciosa aunque tú, naturalmente, no
las palmas de tus manos grandes y fuertes, en perpetuo
consiguieras apreciar el juego del ritmo y la cadencia, la
contrasentido con tu imagen, que siempre se me antojó
musicalidad primitiva y diversa de los folios enloqueci-
vulnerable y difusa, para liberarlas, supongo, de las huellas
dos y crecidos en tu horror. Tu horror que, recuerda, ali-
del amor que el Fantasma no podía sentir. La frialdad de
mentaba y recargaba las energías de la cosa.
su saliva, empleada toda en arrebatarte la historia que ha-
Las cortinas se descolgaron, los tapices rompieron sus bías creado, se tornó torrente helado y celoso para barrer,
ataduras y dejaron jirones en los clavos y los marcos pe-
no solo las líneas marcadas desde tu nacimiento, sino to-
ro, a pesar de sus mutilaciones, se entregaron a la danza
das las añadidas, esas que habías ido creando arropadas
con más vehemencia que los papeles; las sillas menos pe-
por tu mundo de paraísos recorridos palmo a palmo. Te
sadas se unieron a la barahúnda e incluso hubo algún ta-
quería sin duda para sí más de lo que nunca quiso a nadie
pizado de ajado terciopelo y oro que saltó despegado de
porque te intuía enteramente valiosa.
su asiento para envolverse en la lujuria del baile. Tu ga-
bardina inició una suerte de paseíllo grotesco y se deslizó Soñé contigo anoche pero, cuando desperté confusa
por el corredor flanqueado por las altísimas librerías esta mañana, me asaltó de repente una duda extraña y
acristaladas y llegó hasta la puerta del retrete. Abrió y horrible. Un miedo salvaje, distinto a todos los malesta-
entró, y cuando observaste danzar también a las toallas res que regularmente me producen las pesadillas.
y a las servilletas de papel, tuviste ganas de lanzar una La tormenta abrió los ventanales de tu despacho y rom-
sonora carcajada. Soñé que, en ese instante, y sin duda pió los cristales. Algo debió golpearte porque cuando te
debido a que relajaste la guardia, los objetos más pesados encontraron aterida, empapada por la lluvia furiosa, una
desprovistos ya de "vida" dieron con su materia en el larga y limpia herida que ya no sangraba te cruzaba la
suelo. El teléfono se destripó emitiendo toda suerte de frente. Me lo dijeron nada más llegar y comprendí por qué,
disparatados sonidos, una espada se tambaleó y quedó cuando salí de casa, el malestar comenzó a ser más preciso.
postrada inmóvil, los diccionarios y las banquetas de tor- A pesar de ello, nunca imaginé que te tuviera que susurrar
neados apoyabrazos, más bien diseñados para el recreo mi sueño de este modo: tú delirante, con los ojos llenos de
de la mirada que para el descanso, se detuvieron de im- imágenes remotas y terribles. La enfermera, un ser odioso
proviso en cualquier lugar. La mesa de actas se acomodó que quiere deshacerse de mí, me asegura que no tienes
en un rincón y tu portafolios, tan animado hacía solo pulmonía a pesar de la fiebre. Es una hipócrita. Algunos
unos segundos, cesó también en sus saltos, aunque que- creen que solo te asustaste por el fragor de la lluvia que casi
dó abierto y lo que fue su contenido aún volando. inunda el despacho y que llegó, en un reguerito torpe, has-
Fue entonces cuando, entre alegres variaciones, quie- ta el pasillo principal, pero yo sé que su frialdad te ha tras-
bros y recortes de innumerables papelillos, el fantasma pasado por completo y para siempre, y no entiendo cómo
inició su recorrido por ti. No pude llegar a reconocer en escapaste de morir después de tantas horas mojada y a os-
mi sueño forma alguna, solo estuve segura de su hume- curas, sola, tan fría..., estando aquello allí, aún, en acecho.