Desquiciar el presente.
Alternancias entre la especulación y la lectura en
autoras argentinas
Lucía Feuillet
UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
ABSTRACT
This article rehearses a movement between interpretation and speculation
to investigate the dissonances in the knowledge of individual alienations and the
imagination of social alternatives. In this essay, we analyse three Argentinian
fictions: The short story "Deseo" by T. P. Mira-Echeverría, the poetry collection El
fin de la era farmacopornográfica by P. Salmoiraghi and the novel Las indignas by A.
Bazterrica. This corpus contains an intersection between utopia and dystopia, as
well as a gothic horizon that shows the insufficiency of current cognitive materials
to explain what is perceptible.
Keywords: Argentine Literature, speculative fiction, utopia, dystopia, gothic.
El artículo ensaya un movimiento entre lectura y especulación para indagar
disonancias en el conocimiento de las alienaciones individuales que se articulan
con la imaginación de alternativas sociales. Se abordan tres ficciones argentinas
recientes: el cuento “Deseo” de T. P. Mira-Echeverría, el poemario El fin de la era
farmacopornográfica de P. Salmoiraghi y la novela Las indignas de A. Bazterrica. Este
corpus figura un cruce entre lo utópico y lo distópico, así como un horizonte gótico
que muestra la insuficiencia de los materiales cognitivos vigentes para explicar lo
perceptible.
Palabras clave: Literatura Argentina, ficción especulativa, utopía, distopía, gótico.
CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1, 2024, pp. 212-230, ISSN 2036-0967, DOI: [Link]
0967/18918, Dipartimento di Lingue, Letterature e Culture Moderne, Università di Bologna.
CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1
En Espectros de Marx, Jaques Derrida expone una máxima que ordena su
discurrir acerca de la presencia fantasmal de ciertas perspectivas históricas en el
proceso de describir-imaginar el porvenir desde un presente desquiciado (out of
joint): “quisiera aprender a vivir, por fin” (Derrida 1998, 11 cursivas del original), dice
el padre de la deconstrucción, en un sintagma cuya formulación luego desarma,
para sostener que solo se aprende a vivir entre la vida y la muerte. En Arqueologías
del futuro, Jameson observa que la utopía es el espacio donde se funden el tiempo
biográfico y el de la historia, donde lo cotidiano se percibe como una serie de
pliegues en el territorio de lo comunitario, y donde la muerte no se mide respecto
al individuo biológico sino en generaciones (Jameson 2005, 22). La zona de interés
de este trabajo se ubica en estas intersecciones, entre la muerte (o el fin de la
historia) y la vida (o la posibilidad de imaginar alternativas de porvenir), entre los
mundos privados y los diseños de sociedades, y finalmente, entre las itinerancias
de lo habitual y las trascendentales cronologías colectivas.
La frecuencia y radicalización de representaciones de mundos ruinosos en
la literatura argentina reciente revela la dificultad para entrever variables de
transformación social, a pesar de la acelerada percepción del cambio en la
existencia ordinaria. En este sentido, sostengo que la narrativa especulativa actual
yuxtapone la figuración de mutabilidades y marcos de crisis extendidas para
complejizar esta articulación de lo íntimo y lo común. Retomo aquí tres ficciones
de escritorxs argentinxs, el poemario El fin de la era farmacopornográfica (2021), de
Paula I. Salmoiraghi, el cuento “Deseo” (2023), de T. P. Mira-Echeverría, y la novela
Las indignas (2023), de Agustina Bazterrica.
La producción de lxs escritorxs seleccionadxs para este trabajo expone una
mirada amplia sobre los procesos de circulación de lo literario. Esto teniendo en
cuenta que la obra de Salmoiraghi1 y Mira-Echeverría2 se divulga mayormente en
editoriales especializadas e independientes, mientras que la de Bazterrica se
publica en el sello Alfaguara. Asimismo, lxs tres autorxs participaron del podcast
y blog Las escritoras de Urras, un proyecto dirigido por las escritoras Sofía Barker y
Maielis González, que se plantea difundir de manera gratuita textos de autoras
mujeres y no binarixs que dialogan con la literatura fantástica, el terror, el new
weird, el cyberpunk y otros géneros no miméticos. El presente ensayo ofrece, así,
una muestra que no pretende ser representativa, sino más bien ilustrativa de los
1 El poemario El fin de la era farmacopornográfica se ha publicado en 2021 en la editorial argentina
Ayarmanot, dedicada a la ciencia ficción y el fantástico y dirigida por la escritora y editora Laura
Ponce. Otros textos de la autora también se han difundido en editoriales independientes, al igual
que en revistas de ciencia ficción y fantasía.
2 El uso aquí del respectivo pen name y la letra “x” busca respetar la identidad de género
comunicada por Mira-Echeverría desde su blog ([Link] Lx escritorx ha
publicado en varios países (Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos y España), en editoriales
y antologías especializadas en fantasía y ciencia ficción.
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modos en que la literatura argentina en su diversificación de géneros tradicionales
(poesía, cuento y novela) y de difusión mayor o menormente masiva, evoca la
posible ruina universal y sus alternativas. En todo caso, el enfoque se dirige al
modo en que la utopía, la distopía y sus cruces con el gótico traman una lógica de
la vida colectiva en universos ficcionales tan cercados por la catástrofe que
contradicen las expectativas de bienestar globalmente vigentes.
Asimismo, esta propuesta de escritura y reflexión se expande en forma
espiralada, alternando entre la especulación teórica e interpretativa, para
promover un movimiento reflexivo que no privilegie ninguno de estos regímenes
de producción cognitiva. Es decir, el objetivo es poner en escena la interacción
entre teoría y lectura en la crítica literaria para exhibir la inconmensurabilidad de
planos de la experiencia que, leídos en una continuidad histórico-social conflictiva
y desregulada, revelan fisuras de lo inescrutable.
Especulaciones I: más allá de los binarismos
Frente a la reciente popularidad de los nuevos materialismos y desde un
gesto reivindicativo de la tradición frankfurtiana, cabe preguntarse si es posible no
ya “refilosofizar” al marxismo, sino “reteorizar” la crítica. Es decir, virar, en el
terreno de los abordajes críticos de la literatura, hacia lo especulativo, para
borronear las certezas instaladas por la teoría academizada. La deuda de esta
posición con los planteos de Fredric Jameson es indudable, teniendo en cuenta que
el crítico norteamericano ratifica la necesidad de superar los binarismos y
oposiciones clásicas de la dialéctica, para apuntar a un movimiento constante de
la reflexión. Contra las fijaciones y estabilidades de lo sistemático, este gesto
apunta a reforzar el carácter antimercantil y descosificador que el autor atribuye a
la teoría (Jameson 2013, 19).
En sus lectura de la Fenomenología hegeliana, Jameson destaca que el
bosquejo de la oposición binaria es apenas un momento del movimiento hacia un
“más allá”, relacionado con el después de la percepción, o específicamente, con un
modo de organizar nuestras relaciones con las cosas (Jameson 2015, 60). En la
dimensión religiosa, este más allá adquiere la forma de lo esencial divino, pero en
las culturas seculares el vacío de dicho “todo” ordenador del conocimiento tiene
una apariencia más imprecisa. La noción de espíritu absoluto ya aparecía en la
lectura de Adorno vinculada (de una manera siempre conflictiva, en tanto la
designación apunta a lo que está más allá del concepto) a la sociedad o lo colectivo
(Adorno 1974, 36-37).
Por su parte, el último heredero de la Escuela de Frankfurt ilustra esta
invitación a desarticular lo conocido con el siguiente movimiento reflexivo:
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CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1
Sí, el espíritu es lo colectivo, pero no debemos denominarlo así, debido a la
cosificación del lenguaje, debido al carácter positivista de los términos filosóficos
o de los mismos nombres, que precisamente restauran esa empírica ideología del
sentido común cuya destrucción era la prioridad de la dialéctica. Ponerle nombre
a lo social es convertirlo en una cosa o en una entidad empírica (Jameson 2015, 25).
La crítica dialéctica especula sobre estas imposibilidades de nombrar, estas
inconmensurabilidades, o fisuras entre las percepciones de la experiencia y su
sentido en una totalidad social inestable y transformable. Las utopías ofrecen una
vía lateral a la expresión de estas disonancias, porque parten de un análisis de la
diferencia radical, y pergeñan una opción colectiva basada en el impulso crítico, o
en la identificación de los problemas más evidentes en la organización de lo
asociativo. Su potencia está en la negatividad estructural de la forma, porque el
objetivo es hacernos conscientes, no de la posibilidad del lenguaje de nombrar lo
colectivo, sino de los límites de la imaginería disponible en determinada época
(Jameson 2005, 8-12).
Especulaciones II: ¿binarismo utopía-distopía?
La literatura especulativa es el terreno privilegiado para el diseño de
sociedades y sus posibles formas futuras (Atwood 2022, 121, 315). Asimismo, la
superposición entre los subgéneros de la utopía y la distopía es cada vez más
evidente en el marco de un crecimiento incontenible de la escasez, la crisis
ecológica y la preocupación sobre la potencia de la inteligencia artificial o los
avances biotecnológicos (Mohr 2021, 61):
21st-century speculative fiction−plural by nature with its hybrid cross-overs
between utopian, dystopian, new weird, climate, and Anthropocene
fiction−distinctly opens up the narrative content to such notions of a
postanthropocentric postworld and interrogates human, non-human, in-human,
machines and other life forms rationalities, removing humankind from the
exclusive narrative centre and emphasising instead interrelations between all
materialities. In fact, it seems that 21st-century speculative narratives partially
reverse the cognitive estrangement inherent in speculative and science fiction and
simultaneously defamiliarise and familiarise readers with the fuzzy uncertainties
of the often hazy in-between post-worlds the human and non-human actants
inhabit and share (Mohr 2021, 65-66).
Asimismo, lejos de una reconciliación entre paradigmas narrativos
antinómicos, el cruce entre la catástrofe y la expectación de lo porvenir tiende a
exacerbar el sustrato crítico de estas narraciones. Tom Moylan mostró con
consistencia que el espectro utópico se había amplificado ya en la narrativa del
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siglo XX. Las utopías, según este autor, trabajan en función de un paradigma
ausente que no es el mundo empírico sino los puntos de reproducción ideológica
de ese mundo para presentar un orden social alternativo que solo puede ser
creativamente prefigurado. Las utopías críticas, específicamente, ostentan
imaginarios de organizaciones sociales ideales, atravesadas por tensiones o
contradicciones internas (Moylan 2000, 74). Figuran nuevos modos de vivir y
conocer a través del desarrollo de perspectivas emancipatorias, a la vez que llaman
a la reflexión sobre los límites implícitos de estas posibilidades y revelan la
complejidad de la tarea histórica de construir el futuro.
Por su parte, las distopías no rechazan la posibilidad del cambio radical,
más bien examinan con escepticismo la sociedad del presente y los medios para
transformarla (Moylan 2000, 133). Moylan señala que este subgénero también
exhibe un giro en el siglo XX y se muestra más abierto a ambigüedades, alentando
a la creación de maniobras contestatarias individuales o parcialmente colectivas.
Así, lejos de los caracteres de pureza genérica, estos tipos discursivos se resisten a
la ortodoxia y la oposición simplificadora (Moylan 2020, 190) y plantean espacios
de disonancia entre las fantasías colectivas y las vivencias privadas.
Darko Suvin registra esta dialectización de lo utópico desde un punto de
vista más drástico, en parte porque define la utopía 3 de una manera amplia. Para
Suvin la utopía es la construcción imaginaria de una comunidad con instituciones,
relaciones y normativas extremadamente distintas a los de la colectividad del
autor (Suvin 2010, 383). Esta incluye dos subgéneros: la eutopía, que muestra
estructuras sociales radicalmente más perfectas; y la distopía, que implica la
figuración de formaciones comunitarias menos sublimes. Pero esta relativización
interpretativa de las categorías puede radicalizarse aún más. Las eutopías falibles,
dice Suvin, presentan un mundo imaginado que no está exento de peligros
vinculados a la reactivación de las estructuras de violencia estratificada. Por su
parte, las distopías falibles permean universos donde las relaciones humanas y las
reglas sociales degradadas abren un resquicio a la transformación (Suvin 2010,
394-395).
Estas porosidades eutópico-distópicas posibilitan una lectura en alternancia
con el interés teórico por las inconmensurabilidades, ya que su combinación
discordante implica un cisma cognitivo que empuja más allá de los binarismos. La
literatura especulativa, además, motiva a explorar la tensión entre lo singular como
potencia de variación de lo viviente y lo colectivo como fuerza de transformación
3 Aunque en Metamorfosis de la ciencia ficción el autor considera la utopía en un sentido restringido,
vale recuperar algunos aspectos que allí señala. Por ejemplo, que la utopía se presenta como el
revés de la sátira (un posible imposible), en tanto es un imposible posible, donde la subversión y
la retórica se entrelazan (Suvin 1984, 71). Asimismo, es central en esta definición el elemento de la
alternativa histórica, en la cual se apoya la posibilidad de extrapolación del lector y por tanto, en el
impulso hacia la transformación social que es centro y eje de la perspectiva crítica de la utopía.
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que exhibe sus límites en el momento en que revela su potencia. En un contexto en
que las figuraciones de lo excepcional están integradas a visiones cognitivas
hegemónicas, en que los más básicos actos de resistencia han sido deglutidos por
la dinámica del tardocapitalismo, es preciso repensar la antinomia y su desborde
hacia un “más allá” tan misterioso como el hegeliano Espíritu Absoluto.
Especulaciones III ¡Otros binarismos!
Si el desafío de la crítica dialéctica nos expone a las dificultades de la
interpretación de lo cotidiano en el marco de las ocultas dinámicas estructurales,
vale recuperar, en este punto, las nociones de “impulso utópico” y “enclave
utópico” que modulan las relaciones entre lo individual, lo histórico y colectivo en
la teoría jamesoniana. Aunque este punto de vista considera a la imaginación y la
cognición como horizontes claves en la proyección de un futuro social alternativo,
no pretende dejar de lado la distancia entre las esferas del arte y lo político-social.
Es justamente esta no-correspondencia de ambas zonas de la actividad humana lo
que induce a asumir más radicalmente las diferencias dialécticas entre lo
imaginable y lo inimaginable.
En este sentido, es central diferenciar el programa utópico, que incluye la
praxis revolucionaria y la transformación sistémica de lo social (y donde también
tiene un lugar la fantasía, lo ideológico y lo cognitivo), de los impulsos utópicos
que son tan omnipresentes como susceptibles a falsearse en reformas inscritas en
la lógica del capital. Estos últimos pueden tomar la forma de: “reformas liberales
y fantásticas ideas comerciales, estafas engañosas pero tentadoras del aquí y el
ahora en las que la utopía hace de mero atractivo y seducción para la ideología”
(Jameson 2005, 18). Pienso que en este terreno barroso, oscuro y serpenteante del
impulso utópico está la aquiescencia de los cruces eutópico-distópicos, porque este
movimiento repentino de lo esperanzador incluye en sí mismo la catástrofe del
engaño.
De cualquier manera, esta idea no tiene por objetivo reponer la batalla
imposible de la distinción entre lo verdadero y lo falso, sino más bien el modo en
que esos impulsos se articulan con una totalidad social, teniendo en cuenta que
esta articulación nunca es directa, sino mediada y discordante (Jameson 2005). Si
el impulso utópico está asociado a lo individual, y el programa es sistemático,
colectivo y consciente, en todo caso, se deja entrever que hay una membrana
espectral y permeable entre el impulso y las políticas o programas, donde estaría
condensada la posibilidad de interpretar la superficial experiencia cotidiana.
Reconstruir el sentido de estas vivencias ordinarias, o reponer lo que las conecta
con la totalidad social se vuelve un desafío cada vez más urgente, porque allí
radica la dimensión estructural de la realización.
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Como tercer término que evita el encierro en el binarismo
programa/impulso utópico, vale recuperar el “enclave utópico” , que es un
terreno imaginario donde funcionan las fantasías. El enclave es el operador de la
relación entre la utopía y la organización colectiva, o entre la movilidad impulsada
por los cambios y la totalidad social que se presenta como inmutable. Jameson
define el enclave utópico como un cuerpo ajeno en lo social, en el cual se detiene
momentáneamente el proceso de diferenciación para ofrecer un espacio donde
elaborar las imágenes de lo comunitario (Jameson 2013, 32). Es un horizonte
aislado, aunque representativo como “parte” del “todo”: “El enclave irradia un
poder siniestro, pero al mismo tiempo es un poder susceptible de ser eclipsado sin
trazas, precisamente porque está confinado a un espacio limitado” (Jameson 2005,
33). En este remanso florecen las contradicciones entre la fantasía eutópica y la
praxis empírica, porque su imaginación sugiere la apariencia de ciertos periodos
de transición posibles, a la vez que reafirma la distancia entre la práctica política y
la utopía (Jameson 2005, 31).
Me sitúo en los umbrales de estos conceptos, en tanto los textos que retomo
no tienden a reafirmar la utopía sino a promover escenarios de experimentación
en el cruce eutópico-distópico. Por eso, el enclave utópico podrá asumir la forma
de un territorio móvil, de una estructura de sentimientos o de un terreno distópico.
Entre tanto, los impulsos utópicos aparecerán en esta lectura como variable
privilegiada de la narración especulativa, porque entrañan la posibilidad de
volverse contra sí mismos y ser subsumidos por las lógicas del modelo de
producción dominante.
De peces y cangrejos
En el cuento “Deseo”, de T. P. Mira-Echeverría, se narra el encuentro entre
dos figuras anfibias que exponen lo excepcional. Lágrima es una chica-pez
“desprendida” de la contenedora masa oceánica; y Pastor, un soldado-cangrejo
aislado de la neblina de naves guerreras que surca el cielo de este mundo
apocalíptico. El enclave utópico no es en este caso un territorio, sino el despliegue
afectivo que deriva de una experiencia cotidiana. Esta vivencia se inserta, a su vez,
en una corriente histórica donde los personajes son enemigos: la muchacha
pertenece a un cardumen que es víctima de los ataques del rebaño de Pastor. Estas
categorías humano-robótico-animales expresan no solo el impulso utópico de la
mutación física sino una lógica de la no-coincidencia, que aparece como alegoría
del mundo desgarrado, donde la alienación se transparenta como imposibilidad
de articular lo privado con lo comunitario:
Las lágrimas son gotas que se desprenden de la masa acuosa. Pastor entiende. Ella
es una solitaria. […]
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Él conoce una soledad diferente, aunque similar; la de guiar a un grupo sin
terminar jamás de pertenecer a él, pero sin poder separarse del todo del mismo.
Por eso él no tiene pinza armada, por eso él no camina de lado. Igual que ella, él
sabe corregir movimientos azarosos o instintivos, basándose en un pensamiento
consciente, propio, individual (Mira-Echeverría 2023, s/n).
La narración se asume desde la perspectiva del soldado cyborg que aprecia
el esplendor de una muchacha-pez en el instante de su desvanecimiento, al borde
de la muerte. Mientras, las imágenes de un mundo devastado proyectan un
horizonte de enfrentamientos irresolubles y radicalización de la diferencia.
Él sabe que ella va a morir si no hace la transición agallas/pulmones y, sin embargo,
la sigue mirando absorto. Jamás ha visto algo más hermoso en toda su vida. Treinta
y ocho años de guerra desde el útero de plástico donde lo gestaron, hasta hoy,
y recién se da cuenta de lo que es la belleza (Mira-Echeverría 2023, s/n).
El efecto de desfamiliarización no queda anclado a la representación de
cuerpos que sintetizan lo animal, lo humano y lo robótico, sino a un
acontecimiento emocional que confronta lo cotidiano con una dimensión
trascendente del tiempo. La fascinación erótico-amorosa como experiencia vital
toma la forma de una interrupción en la linealidad de la progresión. No obstante,
podemos preguntarnos si esta parálisis es un correlato de la naturalización de la
rutina de extinción en el trasfondo distópico de una guerra eterna, o del temor ante
la amenaza de la pérdida. En todo caso, funciona como excusa para la germinación
de un lenguaje minucioso y poroso, que adquiere la pegajosidad resbaladiza del
traje de goma que cubre a la muchacha-pez. El soldado, atrapado en ese instante
de exaltación afectiva y en la aparatosidad de su armadura inteligente, solo puede
cavilar sobre la ausencia de una estructura de sentimiento que contenga esa oleada
de deseo. Es consciente de la limitación de los materiales cognitivos para asir la
experiencia de un presente excesivo, desbordante y enigmático:
él no ha conocido muchas cosas además de la tristeza, por lo cual no le es extraño
sentir eso: una dulce, dulcísima y suave sensación de melancólica angustia, de
desolación sin fin, mientras la criatura más hermosa que jamás haya visto en toda
su vida agoniza a escasos centímetros de sus pies (Mira-Echeverría, 2023: s/n).
En este punto, la complexión afectiva de las subjetividades animales
nacidas de úteros de plástico reviste la forma de una memoria atávica que se
transforma en impulso utópico. Lo humano aparece como una mitología lejana,
recreable en el relato de los ancianos, en tatuajes que establecen códigos de crianza
o en las canciones de guerra aprendidas en la niñez. La enunciación registra una
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nueva trama de metáforas y asociaciones insólitas que comunica la mutabilidad
no solo de la vida biológica, sino también de un lenguaje a todas luces insuficiente.
La supervivencia de Lágrima y Pastor en esta trama distópica asume la
forma de un impulso utópico íntimo, basado en el encuentro con un otro que es
pura diferencia. La tensión entre un tiempo individual estancado en el deseo
inarticulable, y el salto a la mutabilidad histórica expresada en la memoria
ancestral amplía la experiencia de lo privado hasta rozar los umbrales de lo
colectivo. En un mundo desgarrado por la imposibilidad de definir lo inmediato,
la interrupción de las linealidades de lo humano (lenguaje-tiempo-afectividad)
reinserta esta experiencia privada en las dis-continuidades históricas.
El cosmos por asalto
En el poemario El fin de la era farmacopornográfica, el enclave utópico se
concentra, en cambio, en las intermitencias territoriales. También hay un
movimiento temporal que abarca el desplazamiento hacia el futuro, ya que el texto
convoca a la imaginación de la organización ideal de una comunidad alojada en
naves espaciales, luego de que una enfermedad haya afectado las condiciones de
supervivencia de la humanidad. La recreación del tropo del viaje, familiar en la
literatura de ciencia ficción, sirve para proyectar una crítica del mundo conocido,
tanto más despiadada, cuanto más amplia es la distancia recorrida.
La enunciadora transcurre los últimos meses de un embarazo que ha
comenzado en la Tierra, mientras cría otros tres hijos en el encierro
postapocalíptico que recuerda vívidamente a la última pandemia del COVID-19.
Esta experiencia individual de la reproducción en condiciones catastróficas
impone una transgresión a la evidencia colectiva de la caída de la historia, que
tiene como correlato en el plano colectivo la forzosa organización más justa de los
pocos recursos disponibles. El parto es el final cósmico que testimonia la potencia
del cuerpo femenino, un microacontecimiento subversivo ubicado en el pliegue
dialéctico entre el impulso utópico y la disposición social del cuerpo femenino para
la reproducción humana.
El poema “Cambio de era” expone, por ejemplo, la variación entre
calamidad y expectativa: “Todo ha caído. Todo/ lo que quisimos derribar. /
Tenemos pachakuti/ anarkofeminismo/ heroísmos utópicos. / Si te lo contaba hace
un par/ de años/ Te me cagabas, forro, de risa” (Salmoiraghi 2021, 11). La
organización ideal del presente enunciativo hilvana la detracción de lo
contemporáneo extratextual, específicamente, de la ética posindustrial y
posfordista basada en la modelación de individuos en virtud del consumo
farmacológico y sexual, que impulsa a la creación de subjetividades estereotipadas
y despersonalizadas. A la vez, el tejido discursivo que describe esta era
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farmacopornográfica tiene la forma de una toma por asalto a la distribución
regulada de lo literario, porque el texto repite fragmentos del Testo Yonki de Beatriz
Preciado:
Durante el siglo XX, período/ en el que se lleva a cabo la materialización
/farmacopornográfica, / la psicología, la sexología, la endocrinología han/
establecido su autoridad material transformando/ los conceptos de «psiquismo»,
de «libido», de «conciencia», /de «feminidad y masculinidad», de/
«heterosexualidad y homosexualidad»/ en realidades tangibles,/ en sustancias
químicas, /en moléculas comercializables, /en cuerpos, en biotipos humanos, en
bienes de intercambio / gestionables por las multinacionales farmacéuticas
(Salmoiraghi 2021, 28).
Esta estafa opera tanto en la dimensión del contenido, porque replica el
Testo Yonqui como un diario íntimo de mutaciones en contra de la biorregulación
hegemónica; como en la de la forma, en tanto mecanismo que naturaliza el gesto
plagiario en la literatura.
En todo caso, el postapocalipsis eutópico narrado refracta, como en un
espejo retrovisor, el carácter distópico de la sociedad contemporánea, viciada por
la regulación de la sexualización y la reproducción, la medicalización de la vida,
el ecocidio y la desigualdad. En una adaptación de la estrategia borgeana, el yo
lírico se asume como “Piedra Menard”4 para legitimar la violación de reglas de
propiedad que ya no existen en el cosmos de las naves flotantes, pero sí en el
anverso de este retrovisor. En este espiral que va y vuelve desde el mundo
representado al horizonte histórico de la representación se encuentra el enclave de
una desfamiliarización familiarizada, que ubica la irregularidad de la estafa en el
límite entre la situación de lectura y el mundo imaginado.
Con este procedimiento, lo que se exhibe es un gesto metacrítico, la utopía
reenmarca el texto fustigador de Preciado para duplicar la potencia negativizadora
de la esperanza. Es decir, lo que se presenta desde los mercados santificados por
el capitalismo como posibles impulsos utópicos que habilitan a la eternización de
este modo de producción (la falsa promesa de la trascendencia, transfiguración y
eliminación del sufrimiento corporal a partir de la medicalización de la vida) toma
la forma aquí de un antecedente de la destrucción. Mientras, los extremos se
acoplan en una unidad no sintética, para conformar una trama compleja que
anuncia el fin del tardocapitalismo y también su vigencia, y que postula formas
4Aquí se hace alusión al relato de Jorge Luis Borges, titulado “Pierre Menard autor del Quijote”,
del libro Ficciones (1944). En este cuento, se sostiene que el personaje de Menard ha escrito capítulos
y fragmentos exactamente coincidentes (y al mismo tiempo superiores en estilo) con la célebre
novela de Cervantes, aunque sin plagiarlo.
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eutópicas proyectadas a partir de los nudos gordianos de la crisis que atraviesa la
humanidad.
Especulaciones IV: más allá de lo eutópico-distópico, lo gótico
Para Giovanna Rivero, las distopías latinoamericanas organizan
temporalidades anárquicas donde el capitalismo ha arrasado con el mundo
natural. En estas, el cambio climático, la persistencia de lo ruinoso y los restos
cadavéricos del pasado operan como alegorías del luto que rompe el continuum
temporal, por eso las califica como narrativas del duelo (Rivero 2021). No obstante,
en Las indignas, se escenifica un luto fallido, asediado por anomalías góticas como
la espectralidad de un horizonte de rebelión y organización comunitaria (impulso
utópico) que retorna nostálgicamente.
Un conjunto de rasgos liga indudablemente la novela de Bazterrica a la
tradición del gótico en la literatura. Por ejemplo, la presencia de las atmósferas
terroríficas y ansiedades culturales (Botting 2005) como el ecocidio, los regímenes
autoritarios o la violencia de género. A lo dicho se agrega el encerramiento de la
enunciadora en un castillo o morada laberíntica, la “Casa de la Hermandad
Sagrada”, zona rodeada de paisajes amenazantes y sombríos, de ruinas, cadáveres
y fantasmas, de huesos que brillan en la oscuridad y panópticos transformados en
torres de tortura. Finalmente, quien preside y narra la historia es una reversión de
la estereotipada heroína femenina que intenta escapar de un patriarca cruel
(Negroni 2015) el innominado e invisible regente de la Hermandad.
Asimismo, el interés no es aquí consignar una serie de características de lo
gótico y su cruce con la distopía, sino destacar un aspecto estético de este género
que replica el gesto teórico de la crítica dialéctica, la puesta en duda de un sentido
común establecido como eterno e indiscutible. Según David Punter la ficción
gótica trabaja con la complejidad:
this complexity might precisely be an evasive response to a difficulty, and this
difficulty might reside in the taboo quality of many of the themes to which Gothic
addresses itself incest, rape, various kinds of transgression of the boundaries
between the natural and the human, the human and the divine (Punter 2013, 17).
En este caso, la dificultad que se impone es la disonancia entre la
experiencia del sufrimiento individual, alienado, y las estructuras sociales
oscurecidas por un modelo productivo opresivo y mistificador. Por lo demás, no
es solo el contenido transgresor del género lo que aquí interesa, sino una actitud
narrativo-cognitiva que opera sobre lo inadmisible (en carácter de inimaginable o
fuera de los límites históricamente creados para el conocimiento) porque
desarticula las máscaras del realismo y deshace la conciencia naturalizada.
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En este sentido, Miguel Vedda ha destacado la necesidad de contribuir a la
comprensión crítica del presente como tarea urgente y a la vez problemática.
Teniendo en cuenta el peligro de dejarse llevar por la superficie de la experiencia,
en el marco de una creciente aceleración de la vida privada, el presente es un
problema que debe estudiarse desde una perspectiva historizada. El capitalismo
contemporáneo tiene un efecto hipnótico, dice Vedda, porque la complejidad de la
estructura social resulta más intimidatoria e incompresible que en ningún otro
momento histórico, y a la vez, adquiere cada vez más solidez. En este cuadro,
destaca la eficacia renovada de los fetichismos y mistificaciones, que si bien son
característicos de la era del capital, se ven exacerbados por la potencia de modelos
neoliberales que privilegian el individualismo y la banalidad, e intensifican los
efectos ilusorios de la inmediatez (Vedda 2021, 16-18).
Diáfanas, indignas e iluminadas
Las indignas es una distopía gótica que proyecta espectros cognitivos solo
perceptibles en virtud del despliegue melancólico de un conjunto de impulsos
utópicos. Más auténticos cuanto más transgresores, los deseos privados de
emancipación de la narradora encerrada en un enclave distópico (una morada
medieval gobernada por un autoritarismo brutal) se transforman en asociación
colectiva. De este modo, se atacan modelos de opresión postulados como
inescapables, a la vez que mitologizados en la forma de una religión redentora en
medio de la calamidad. Entretanto, el procedimiento de escritura y el movimiento
especulativo de la voz narrativa revela un sedimento de verdades oscurecidas, casi
invalidadas por el lenguaje disponible en la imaginería de la época.
En estos términos, la novela de Bazterrica plantea un doble desafío, por un
lado, el desenmascaramiento de las complejidades estructurales; por otro, la
identificación de impulsos utópicos individuales en plena vigencia de una visión
catastrófica sobre el futuro, que proyecta una crítica sobre la actualidad. En este
sentido, se puede retornar a lo que señalamos al comienzo respecto a la mirada
derridiana. Justamente, la disyunción o inadecuación del presente consigo mismo
empuja el movimiento reflexivo sobre la inmediatez a un momento espectral fuera
de toda continuidad histórico-cronológica. En Las indignas, el espectro tiene la
forma de un subterfugio colectivo (¿de caos o redención?) que está en el pasado de
la ficción y a la vez en el futuro especulado. En este sentido, se constituye como
una referencia anticipativa de lo porvenir. Dice Derrida sobre el espectro del
marxismo: “Qué es seguir a un fantasma? ¿Y si eso nos llevara a ser seguidos por
él, siempre, a ser perseguidos quizás en la misma caza que venimos a darle? Otra
vez aquí lo que parecía por-delante, el porvenir, regresa de antemano: del pasado,
por-detrás” (Derrida 1998, 24). La misma oscilación sobre el melancólico retorno
“Desquiciar el presente. Alternancias entre la especulación y la lectura…” 223
CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1
del fin de la historia podría leerse en la oscilación formal del gótico hacia la
distopía y la utopía. Lo que se produce allí es un ida y vuelta de repeticiones
imposibles, en la reconstrucción del pasado y la imaginación del futuro se proyecta
un presente descolocado, cuyo imposible secreto nos acecha mientras lo
perseguimos.
La novela narra un postapocalipsis que sucede a la extinción de animales,
la desertización de la tierra y los enfrentamientos por la escasez de agua y
alimentos. Tras los muros de un antiguo monasterio, subgrupos de mujeres con
desiguales privilegios y niveles de sufrimiento, conviven bajo la norma de un
déspota tan invisible y fatídico como el orden capitalista en el mundo empírico. El
relato es un diario secreto que escribe la protagonista, donde la confinación, la
hostilidad y la tortura se modulan con la aspereza de un lenguaje cortado al filo
de interrupciones, ausencias, terrores y borraduras memoriales. Entre los muros
que separan la Casa de la Hermandad Sagrada del afuera antiguamente boscoso y
crecientemente desértico cohabitan Iluminadas, indignas y siervas. Las sumisas
féminas son sistemáticamente mutiladas, torturadas y violadas para habilitar
supuestos modelos opresivos de mediación con la naturaleza y la divinidad.
En esta inestable comunidad se ha vuelto tan imposible descifrar
racionalmente la dimensión estructural de las totalidades sociales, que se otorga
validez absoluta a una verdad irracional, la de la divinidad, alcanzable mediante
sacrificios rituales. Por ejemplo, a las Diáfanas de Espíritu, que pueden percibir el
movimiento del microcosmos de lo viviente, se les corta la lengua para que no
puedan hablar. A las Auras Plenas, que pueden profetizar y descifrar señales
divinas, se les perforan los tímpanos, y, a las Santas Menores, que entonan cánticos
sagrados, se les cosen los párpados. Al mismo tiempo, indignas, diáfanas e
iluminadas, todas las integrantes de esta comunidad se ven permanentemente
asediadas por la amenaza de la aniquilación, aunque se perciben como
privilegiadas ante la hecatombe reinante.
La desfiguración de los cuerpos, además, es la otra cara de una subversión
individual imposible. Se instrumentan así antiguos patrones de abuso y torturas a
las iniciativas privadas de rebelión: a María de las Soledades, la Hermana Superior
le ata cilicio en la boca por sonreír, esto le produce heridas que se infectan y la
deforman, también la azota y le escribe en la espalda con un cuchillo. A Mariel,
otras indignas le clavan agujas en los pezones, la Hermana Superior la azota y
luego la quema viva5. Cada una de estas mortificaciones desata una ponzoña
colectiva, una supuración que va desde abajo hacia arriba, y contamina
simbólicamente las posibilidades de acción conjunta:
5
Algunas de estas torturas parecen inspiradas por las costumbres de la sádica Erzsébet Báthory
en el siglo XVI, narradas por Valentine Penrose en La condesa sangrienta (1962).
Lucía Feuillet 224
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Las siervas susurran ponzoña porque llevan en el cuerpo las marcas, los signos de
haber estado contaminadas, y aunque ya no pueden infectarnos, deben trabajar
para limpiar nuestra suciedad y la suciedad que les corre por las venas. Nos odian
por eso, porque tienen que servirnos. […] La suciedad que anida en la piel de las
siervas, en las células, es la rabia del mar, la furia del aire, la violencia de las
montañas, la indignación de los árboles, la tristeza del mundo (Bazterrica 2023,
40).
Lo que persiste aquí es el gesto alienante, la imposibilidad de descifrar la
relación de los acontecimientos superficiales y ordinarios con el sostenimiento de
una organización social de la vida radicalmente injusta y desigual. No existen
modelos cognitivos para abordar esta inconmensurabilidad. De allí que el
procedimiento de escritura incorpore la tachadura, es decir, la protagonista escribe
y anula, no tanto por los asedios de la censura, sino porque demuele con esto la
seguridad de un decir insuficiente, mientras revela la validez de verdades
espectrales que subyacen “bajo borradura”. En general son términos que ya no
describen el mundo que la rodea, pero en ocasiones son párrafos enteros que
desarticulan todo lo conocido:
En ese momento me pregunté por qué quería ser Iluminada. ¿Quería ser una
emisaria de la luz? ¿Vivir encerrada? ¿Ser la intermediaria entre Dios y este mundo
contaminado? ¿Era necesaria mi ayuda, mi participación? Escapar de la Casa de la
Hermandad Sagrada implica morir en las tierras devastadas. ¿Los milagros de este
espacio bendecido son reales? ¿O es el agua del arroyo de la locura la que nos hace
creer? Cuestionar implica vivir en el desierto. ¿En un cielo sin Dios? (Bazterrica
2023, 119).
El tiempo de la duda abre paso a un futuro de autoconciencia de la
subyugación, donde la meritocracia ya no es un impulso utópico válido (en tanto
demasiado excepcional) ante la amenaza de un afuera desértico. Así resurge la
imaginación nostálgica de lo comunitario que se creía perdido. Estas preguntas
tachadas marcan el ritmo de un relato que se precipita una y otra vez desde la
iniciativa crítica de la distopía al impulso utópico, y desde allí al gesto gótico por
antonomasia. Es decir, el procedimiento empuja el lenguaje hasta abrir una grieta
en la oscuridad de lo naturalizado, donde emerge el espectro de un duelo fallido,
la posibilidad de rebelión.
Para Mark Fisher: “En cierto punto, la negatividad ininterrumpida del
impulso distópico conduce a un gesto perversamente utópico, y la aniquilación
deviene la condición de lo radicalmente nuevo” (Fisher 2022, 61). En una dirección
similar, el impulso utópico se abre paso en este enclave distópico con la llegada de
Lucía, que renueva la estructura de sentimientos de la comunidad implicándose
en el rescate de las indignas. Al mismo tiempo, se abre paso en el enclave una
“Desquiciar el presente. Alternancias entre la especulación y la lectura…” 225
CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1
naturaleza resistente, aparecen avispas que persiguen a las agresoras, la huerta
reverdece y se ven especies de animales extintas en los alrededores del monasterio.
El encuentro de la narradora con esta errante permite recuperar una memoria de
violaciones, duelos, y de supervivencia social (los recuerdos de los cuidados
provistos por la madre y de la solidaridad comunitaria de los niños-tarántula) que
se opone al destructivo con-vivir de sujeción que promueve la Casa de la
Hermandad Sagrada. El futuro se vuelve posible como un impulso utópico
auténtico, mediado por la supervivencia de la fantasía:
Lucía me dijo que había soñado con un lugar que tenía un lago, árboles,
montañas verdes. Un lugar fuera de la Casa de la Hermandad Sagrada. Es
solo un sueño, afuera hay un desierto interminable, un mundo arrasado, le
contesté.
Fue un sueño real (Bazterrica 2023, 152).
La pérdida de la memoria individual es un duelo fallido que anula la
redención comunitaria por venir, por eso es clave que el recorrido narrativo
ostente la forma de un exceso de presente (el diario) en el que se intercala la
rememoración discontinua, conforme se abren los resquicios de la imaginación
colectiva.
De esta manera, más allá del contenido de las fantasías futuras (si refieren
o no a la posible formación de una comunidad más justa) lo que persiste como
impulso utópico es la invención de estrategias que van en contra del exceso de
realidad en función de un irracionalismo mistificador. El espectro del deseo
subversivo regresa en Las indignas para motivar la desarticulación de una lógica
opresiva que se presenta como método único de supervivencia en pleno
cataclismo. Este gesto melancólico es comparable al impulso crítico que proponen
algunos teóricos contra el neoliberalismo, que consiste en negarse a ceder ante lo
que las condiciones ideológico-hegemónicas modulan como real (Fisher 2022, 51).
El retorno espectral del sueño colectivo posibilita que lo especulativo encuentre
una vía de futuridad, abierta en la historización no lineal de la inmediatez.
Especulaciones III: final abierto
Aquí se ha sostenido que la literatura especulativa contemporánea es el
terreno de la fantasías colectivas, donde confluyen las dinámicas contradictorias
de horizontes distópicos y posibilidades eutópicas. No obstante, desde una
perspectiva metacrítica se puede postular que la ilusión más evidente es la del
acceso a los sentidos de una totalidad social cuya opacidad muestra, en cada
movimiento contemplativo, la limitación de la imaginería del presente. El tránsito
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CONFLUENZE Vol. XVI, No. 1
de lectura que precede a este apartado, entonces, debería exceder tanto la
insistencia en los escenarios catastróficos como el trazado imaginario de
alternativas históricas. Debería, en todo caso, exhibir la disonancia insalvable entre
los mundos privados y lo coyuntural, entre la actualidad de un ahora desquiciado
y el retorno nostálgico de redenciones imposibles.
Sobre “Deseo” se ha señalado que presenta la ruina de una humanidad
reducida a la presencia mitológica y espectral de la memoria ancestral. Es tan
intensa allí la certeza del fin como la potencia del vínculo con la ajenidad que
redefine un saber emergente en la fisura temporal entre la vida y la muerte. El
desgarramiento en el acontecer de lo íntimo-inmediato y lo comunitario-histórico
expone una reconstrucción de lo viviente a partir del impulso utópico del deseo.
Sobre El fin de la era farmacopornográfica se ha trazado un mapa de lectura
inverso, porque desde el éxodo comunitario y la reorganización de una sociedad
ideal se presentan los restos de un tardocapitalismo en ruinas. Ambos textos tienen
un lenguaje transgresor, alterado, que vehiculiza la expresión de lo vital en las
series cuerpo-afecto y cuerpo-reproducción, contra la catástrofe colectiva de la
guerra y de la enfermedad para reponer la fuerza del después a partir de la
supervivencia. Entre las discontinuidades temporales y espaciales, lo que se
discute es el fin de la historia como fuerza de lo estabilizado que legitima la
impotencia o la pasividad.
El examen de Las indignas viene a complementar este panorama con una
mirada gótica que actualiza la conciencia sobre la opacidad de lo inmediato. La
certeza de la catástrofe por venir ya no es suficiente para incomodar y producir la
desfamiliarización, es necesario suspender toda pretensión de legibilidad del
mundo, imaginar mistificaciones ostensiblemente irracionales, crueldades
excesivas, comunidades radicalmente estratificadas para movilizar las fuerzas de
la sospecha. La duda está puesta sobre una posibilidad de nombrar lo presente a
todas luces insuficiente pero necesaria, en tanto último recurso disponible, como
el lenguaje tachado del diario que escribe la protagonista.
En este sentido, la relación entre los impulsos utópicos en ocasiones
subsumidos por la tendencia hegemónica y los enclaves utópicos que incluyen
la desestabilización del tiempo, los afectos y los territorios ofrece una clave para
continuar indagando los espacios abiertos entre teoría y lectura. La alucinada
imaginería para la figuración de lo caótico en estos textos (que contiene la destino
de ecocidio, el desalojo de la humanidad del planeta o la mutabilidad de cuerpos
y memorias) también pone en juego fantasías sobre la imperfección de los procesos
de aniquilación. Así, la indagación acerca del binarismo eutópico-distópico debe
impulsarse hacia un “más allá” que movilice la reflexión hacia el discernimiento
de lo inconmensurable. La cognición emergente es una autoconciencia da las
“Desquiciar el presente. Alternancias entre la especulación y la lectura…” 227
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dificultades para vislumbrar la articulación de algunos impulsos individuales con
las estructuras sociales permeables al cambio.
Propongo algunos interrogantes sobre la perspectiva teórica indagada
como colofón. Primero, ¿es posible “aprender a vivir” desestabilizando la sucesión
entre la vida y la muerte, pensando más bien en la grieta o la inconmensurabilidad
de estas experiencias? La literatura especulativa propone una mirada lateral a esta
pregunta, porque impulsa a redefinir la experiencia de lo vital ante las ruinas de
un presente desquiciado y sujeto a la imposibilidad de nombrar lo colectivo. Pero
cabe una advertencia a esta promesa de asumida en la alternancia entre
imaginación y especulación. Valdría la pena volver sobre los pasos del gótico para
subrayar la dificultad para acceder, con las limitaciones ideológico-formales del
pensamiento hegemónico, a un espectral y borroso ordenamiento de lo vital y lo
comunitario. Pues, si la crítica dialéctica afirma la preeminencia del gesto
desestabilizador como conciencia de la opacidad del mundo, ¿no apunta a un “más
allá” donde la percepción dejaría de ser problemática? ¿no proyecta, a su vez, una
utopía cognitiva de conexión entre los planos discordantes de lo individual y lo
colectivo, lo histórico y lo inmediato, lo cotidiano y lo trascendente?
Una posible solución a este dilema se me ha señalado en la lectura de
algunos fragmentos de este trabajo en el “VI Coloquio Literatura y vida”, de la
ciudad argentina de Rosario. El autor de esta reparación es Martín Kohan, quien
sugirió que, así como en el plano de las ficciones conviven utopía y distopía, la
promesa de la teoría podría consistir en un movimiento especulativo similar.
Entonces, ¿podría desmontarse la engolada pretensión de perfectibilidad sobre la
percepción a partir de una suerte de impulso distópico, para volverla falible?
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Lucía Feuillet
Doctora en Letras, docente e investigadora en la Universidad Nacional de
Córdoba. Integra equipos de investigación en la UNC y en la USAL (Bs. As.), es
miembro de la Red Interuniversitaria de Estudios sobre Literaturas de la
Argentina. Ha publicado libros, capítulos y artículos en editoriales y revistas
académicas nacionales e internacionales. Estudia el new weird y la literatura
especulativa en producciones argentinas recientes.
Contacto: lfeuillet@[Link]
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Recibido: 13/01/2024
Aceptado: 01/06/2024
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