0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas110 páginas

Atribución de Responsabilidad Judicial

Es un capítulo acerca de las atribuciones de responsabilidades. Acerca de las denuncias falsas. Credibilidad.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas110 páginas

Atribución de Responsabilidad Judicial

Es un capítulo acerca de las atribuciones de responsabilidades. Acerca de las denuncias falsas. Credibilidad.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

PSICOLOGÍA E INVESTIGACIÓN

JUDICIAL
ÍNDICE

CAPÍTULO 1: CUESTIONARIO DE EVALUACIÓN ...........................................................................................3


CAPÍTULO 2: LOS PROCESOS DE ATRIBUCIÓN DE RESPONSABILIDAD .................................................5
2.1. Atribución de causalidad y explicaciones espontáneas ............................................................................ 6
2.2. La atribución de responsabilidad............................................................................................................... 8
2.3. La atribucion de culpa ............................................................................................................................. 10
CAPÍTULO 3: DETECCIÓN DE LA MENTIRA Y CONDUCTA ENGAÑOSA ..................................................15
3.1. El engaño................................................................................................................................................. 15
3.2. La detección de la mentira ...................................................................................................................... 17
3.3. La denuncia falsa..................................................................................................................................... 24
3.4. Criterios de simulación de psicopatologías para argumentar inimputabilidad en procesos judiciales ... 36
3.5. Falsos recuerdos en pruebas testimoniales ............................................................................................ 43
3.6. Estrategias psicológicas para evaluar veracidad de testimonio.............................................................. 49
3.7. El análisis de contenido basado en criterios (cbca) para evaluar la credibilidad del testimonio en
menores presuntas víctimas de delitos. .................................................................................................. 51
3.8. Conocimiento culpable y detección del engaño ...................................................................................... 58
CAPÍTULO 4: EL RECONOCIMIENTO DE PERSONAS Y RUEDAS DE IDENTIFICACIÓN .........................60
4.1. Variables del testigo que modulan la calidad de una identificación ........................................................ 60
4.2. Estructura y funciones de las rueda de identificación ............................................................................. 62
4.3. La imparcialidad en las ruedas de identificación..................................................................................... 64
4.4. Presentación de las ruedas ..................................................................................................................... 66
4.5. Implicaciones prácticas: optimización y evaluación de la identificación ................................................. 66
4.6. Las ruedas de presos en el sistema legal ............................................................................................... 69
CAPÍTULO 5: ESTUDIO PSICOSOCIAL DEL JURADO .................................................................................71
5.1. El jurado y sus tipos ................................................................................................................................ 71
5.2. Competencias del tribunal del jurado ...................................................................................................... 73
5.3. El tamaño y la regla de toma de decisión del jurado............................................................................... 75
5.4. El proceso de toma de decisión y la productividad del jurado ................................................................ 75
5.5. La comunicación persuasiva ................................................................................................................... 77
5.6. Las presiones hacia el consenso ............................................................................................................ 79
5.7. El tamaño de la mayoría.......................................................................................................................... 79
5.8. Influencia informacional e influencia normativa....................................................................................... 80
5.9. La influencia minoritaria........................................................................................................................... 81
5.10. La fuerza de la fuente .............................................................................................................................. 81
5.11. La dinámica de la influencia minoritaria .................................................................................................. 81
5.12. Proceso de deliberacion del jurado ......................................................................................................... 82
5.13. Análisis del proceso de deliberación ....................................................................................................... 85
CAPÍTULO 6: ESTUDIO PSICOSOCIAL DE JUECES y ABOGADOS...........................................................89
6.1. La socialización de los profesionales del derecho .................................................................................. 89
6.2. La toma de decisión judicial .................................................................................................................... 89
6.3. La conducta de los abogados.................................................................................................................. 93
CAPÍTULO 7: LA TOMA DE DECISIONES EN LAS DIFERENTES INSTITUCIONES JURÍDICAS ..............97
7.1. La importancia de las decisiones jurídicas .............................................................................................. 98
7.2. Los permisos penitenciarios de salidas................................................................................................... 99
CAPÍTULO 8: REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS........................................................................................104

2
CAPÍTULO 2: LOS PROCESOS DE ATRIBUCIÓN DE
RESPONSABILIDAD
El proceso penal puede entenderse como un intento de determinar si el daño ocasionado a una persona es
responsabilidad de un individuo y, si lo es, de garantizar su condena y castigo público. Las leyes procesales y
penales que regulan este proceso se dirigen básicamente a señalar las circunstancias en las que se puede
atribuir la responsabilidad, la culpa y el castigo posterior. Dichas leyes establecen que tanto los delitos como las
faltas se definen en términos de un acto que debe producirse para que el proceso se inicie (elemento objetivo del
tipo penal). Pero no vale cualquier acto, por muy reprensible que pudiera ser, sino aquellos que aparecen
tipificados en el Código Penal.

El acto tipificado es, en principio, independiente de los motivos de quien lo cometa, aunque en la práctica resulta
difícil separar ambos aspectos. Por eso, a la hora de valorar si se ha producido o no un hecho delictivo también
es preciso establecer los motivos, las intenciones y otros elementos psicológicos implicados en su producción.
Esta dimensión psicológica constituye lo que en términos jurídicos se denomina el elemento subjetivo del tipo.

En la mayoría de los procesos penales, la determinación tanto de uno como de otro aspecto resulta problemática.
Pero a veces concurren circunstancias que complican aún más la tarea. En primer lugar, la aplicación del tipo
penal puede hacerse teniendo en cuenta simplemente el elemento objetivo del tipo, como en el caso de los
delitos de imprudencia temeraria, en los que aún sin intención se puede considerar culpable a quien lleva a cabo
un comportamiento imprudente. En tales situaciones la persona puede ser responsable aun cuando no tuviera la
intención de hacer daño; bastaría conque pudiera haber previsto la posibilidad de que se produjera. Lo que se
castiga entonces no es el haber actuado de determinada forma, sino el no haberlo hecho de un modo razonable.

En segundo lugar, se castiga no sólo el delito consumado sino también el frustrado, la tentativa, la conspiración,
la proposición y la provocación para delinquir. Paralelamente, la asociación con el autor del delito puede llevar a
alguien a ser susceptible de una sanción penal, ya sea como cómplice o como encubridor del mismo.

Por si todo esto fuera poco, incluso cuando se haya probado la existencia tanto del elemento objetivo como del
elemento subjetivo del tipo, se puede eximir de responsabilidad penal al acusado, en virtud de condiciones como
un estado de necesidad, o atenuar dicha responsabilidad a partir de circunstancias como la embriaguez no
habitual.

Evidentemente, el proceso requerido para determinar la responsabilidad de un acusado en la producción de un


delito o falta es lo bastante complejo e implica suficientes factores como para justificar el uso de conocimientos
psicosociales. En este sentido existe una larga tradición investigadora en el seno de la Psicología Social
interesada en analizar las condiciones en las que se asigna responsabilidad y culpa a un individuo por un
comportamiento que tiene consecuencias negativas para otra persona. Esta línea de trabajo se ha desarrollado
en torno a las denominadas teorías de la atribución.

En las siguientes páginas se presentan las formulaciones psicosociales más relevantes sobre el tema de la
atribución de responsabilidad. Para ello diferenciaremos entre los juicios de causalidad, responsabilidad, culpa y
castigo asignado, enfatizando que aun estando íntimamente relacionados, no son intercambiables. Ciertamente,
en muchas investigaciones estos conceptos se han usado indistintamente, pero la distinción establecida entre
ellos aparece no sólo en los textos filosóficos morales y legales, sino también entre la gente (Martín, 1990). Al
hacer lo, evitaremos la asunción, bastante común por cierto, de que unos tipos de atribución son condiciones su-
ficientes y necesarias de los otros, dado que las investigaciones más recientes han puesto de manifiesto que la
secuencia no es tan lógica como en principio pudo parecer.

Asimismo, aunque existen muchos datos acerca de cómo determinadas características del observador, de la
víctima, del transgresor o de la situación de juicio llevan a asignar responsabilidad, culpa y/o castigo en mayor o
menor medida (ver p.e. Ferguson y Rule, 1983; Rule y Nesdale, 1976), dadas las características de este texto
vamos a centrarnos más en los mecanismos implicados en este tipo de juicios que en resultados de
investigaciones puntuales referidas a variables individuales concretas. Nuestro objetivo último es, por tanto,

5
proporcionar una visión lo más coherente e integrada de un campo que se caracteriza por su dispersión y
complejidad.

2.1. ATRIBUCIÓN DE CAUSALIDAD Y EXPLICACIONES ESPONTÁNEAS


Las teorías de la atribución asumen que la percepción de las causas de los fenómenos sociales desempeñan un
papel central en la forma en que entendemos la realidad que nos rodea y en cómo actuamos respecto a esa
realidad. Desde esta perspectiva, las personas intentamos asignar causas a los sucesos importantes de nuestra
vida y esta asignación de causalidad se hace de forma sistemática Y tiene efectos importantes sobre las
percepciones y reacciones posteriores. Nuestro comportamiento, especialmente cuando se trata de responder a
las acciones de los demás, es una función de las causas a las que atribuimos lo que ocurre a nuestro alrededor.

El trabajo de Heider (1958) es la primera formulación y el punto de partida de las teorías de la atribución. Para
este autor, las personas somos como científicos ingenuos que buscamos las causas de los fenómenos que se
producen a nuestro alrededor. De este modo, la conducta de los otros nos lleva a inferir la existencia de rasgos
de personalidad relativamente estables que consideramos causas de su comportamiento, siempre que no exista
en el entorno factores que podamos vincular con el mismo. Por lo tanto, la conducta puede ser atribuida tanto a
factores internos como externos. Para que se haga una atribución interna es preciso que se perciba que la
persona en cuestión tiene la capacidad y la motivación necesarias para realizar el comportamiento, combinando
ambos elementos de forma multiplicativa. Si uno de estos elementos se aproxima a cero, se preferirán los
factores externos como causas.

La formulación de Heider (1958) no considera la asignación de causas respecto a la propia conducta, sólo la de
otras personas, y además no precisa qué condiciones favorecen un tipo de atribución interno o externo. En su
modelo, Kelley (1967) intenta subsanar estas deficiencias a partir del principio de covariación. Desde su punto de
vista, lo que el observador hace es buscar pautas de covariación entre el comportamiento propio (autoatribución)
o ajeno (heteroatribución) y tres factores: el consenso, la consistencia y la distintividad.

Las preguntas a las que desea dar respuesta son: a) si otras personas realizan la misma conducta que el actor
(consenso), b) si éste se comporta de la misma forma en la misma situación (consistencia), y e) si la conducta
observada se produce sólo en esa situación concreta (distintividad). Las atribuciones externas se harán cuando
el consenso, la consistencia y la distintividad sean altas; si, por el contrario, estos tres factores son bajos, la
conducta se percibirá como el resultado de las disposiciones personales del actor.

Así, por ejemplo, en la situación clásica planteada por McArthur (1972), en la cual John se ríe viendo a un
cómico, el comportamiento del actor se atribuye a factores externos o situacionales cuando otras personas
también se ríen con el cómico (alto consenso), John se ríe siempre que ve a dicho cómico (alta Consistencia) y
no se ríe con otros cómicos (alta distintividad).

El modelo de Kelley (1967) requiere de la observación repetida tanto de la conducta del autor como de la de otras
personas. Sin embargo, en muchas ocasiones tenemos que establecer el nexo causal rápidamente, a partir de
una sola observación. La formulación de Jones y Davis (1965), conocida como la teoría de las inferencias
correspondientes, se dirige a explicar cuándo un comportamiento determinado se corresponde con una
disposición del actor. Desde su punto de vista, los factores que tiene en cuenta el observador son la no comu-
nalidad de efectos, la relevancia hedónica, la deseabilidad social, la incapacidad percibid a y el personalismo.

En síntesis, cuando el comportamiento observado tiene efectos que también presentan otras conductas
alternativas, no es posible que se infiera una correspondencia entre esa conducta y alguna causa interna al
sujeto. Entonces se hace necesario obtener más información. Si la conducta es deseable socialmente y si tiene
consecuencias gratificantes para el actor, se atribuirá a factores internos del sujeto. Si por el contrario se percibe
al actor como incapaz de realizar dicha conducta, existen otras posibles causas o se considera que la conducta
está mediatizada por la presencia del observador, se tenderá a hacer uso de factores externos.

Estas teorías, así como las principales críticas de que han sido objeto, se describen con bastante detalle en los
manuales de Psicología Social. Por ello preferimos dejar aquí su exposición y centrarnos en aquellos aspectos
más vinculados con la atribución de responsabilidad en sentido estricto.

6
2.1.1. LA ATRIBUCIÓN DE CAUSAS Y DE RAZONES
Las investigaciones sobre atribución de causalidad realizadas al amparo de las teorías de la atribución pueden
agruparse en dos categorías. Por un lado estarían aquellas que analizan quién o qué se percibe como la causa
de un hecho determinado. Por otro, tendríamos las encaminadas a establecer porqué se ha producido dicho acto.
En el primer caso hablaríamos de causas, mientras que en el segundo se trataría de razones (Buss, 1978).

Esta distinción adquiere su verdadero sentido cuando se diferencia también entre lo que llamaremos sucesos y
acciones (Zuckerman y Feldman, 1984). por sucesos entendemos aquellos eventos, acontecimientos, que se
producen sin que medie una voluntad para ello (p.e. un ataque cardíaco). Las acciones por el contrario requieren
de la intencionalidad del actor (p.e. un asesinato). De este modo, los sucesos suelen explicarse mediante causas,
pero no a través de razones, mientras que las acciones permiten tanto unas como las otras.

En general, cuando se habla de explicaciones causales se está haciendo referencia a la atribución de razones
ante acciones, mientras que las atribuciones causales propiamente dichas tienen más que ver con las causas
dadas tanto ante acciones y como ante sucesos. Hay que aclarar sin embargo que en las formulaciones sobre
atribución esta distinción no se suele hacer explícita, a pesar de que ya aparecía en el trabajo pionero de Heider
(1958).

En el modelo de Kelley (1967), por ejemplo, la causa es lo que covaría con el fenómeno observado, mientras que
Jones y Davis (1965) se centran sólo en el comportamiento intencional sin pararse a distinguir entre causalidad e
intencionalidad; sólo Heider (1958) diferencia entre la causalidad personal e impersonal. Tanto la teoría de Kelley
(1967) como la de Jones y Davis (1965) tienen que ver con la relación causal entre conductas y algo en la
persona, enfatizando una explicación de la conducta en términos de fuerzas personales subyacentes.

Afortunadamente, si se analiza más de cerca el campo es posible diferenciar entre las investigaciones sobre
atribución de causas, que no resultan particularmente relevantes aquí, y aquellas centradas en razones,
fácilmente vinculables a la atribución de responsabilidad. Debido a que en los contextos legales una causa se ve
normalmente como una acción humana y el énfasis se pone en averiguar en qué medida dicho comportamiento
produce un resultado, en el siguiente apartado nos centraremos exclusivamente este segundo tipo de juicios,
concretamente en las razones dadas ante comportamientos delictivos en contextos legales, soslayando
intencionalmente la atribución causal estricta.

2.1.2. LAS EXPLICACIONES ESPONTÁNEAS EN EL CONTEXTO JURÍDICO


Existen algunos datos acerca del tipo de explicaciones causales preferidas por ciertos profesionales del sistema
penal, explicaciones que, en algunos casos, se han vinculado con las decisiones que han de tomar en su trabajo
cotidiano. Y aunque las investigaciones de las que proceden han sido realizadas mayoritariamente en Estados
Unidos, país cuyo sistema penal es sustancialmente diferente al nuestro, resultan interesantes de cara al análisis
de nuestra realidad.

Entre los funcionarios de libertad condicional, las atribuciones a causas más estables llevan a estimaciones de
mayor probabilidad de criminalidad futura, que produce, a su vez, una mayor resistencia a la hora de conceder la
libertad condicional, frente a atribuciones menos estables (Carroll, 1978). Esto es muy importante si tenemos en
cuenta que el riesgo de cometer delitos peligrosos en el futuro, junto con la ejecución de la libertad condicional,
explica el 81 por ciento de las decisiones (Carroll y Ruback, 1981). Asimismo no se ha encontrado relación entre
el número de condenas previas y la gravedad del delito, por un lado, y las atribuciones, por el otro (Carroll, 1978).

Se sabe también que los funcionarios de libertad condicional con un patrón de atribución interna se centran más
en el delito y en la persona, mientras que los de atribución externa se fijan másen el ambiente y en la vida en
prisión (Carroll y Payne, 1976). Los externos miran primero la trayectoria vital previa a la institucionalización, el
cambio de planes de vida y el progreso académico en prisión. Se centran más en causas como uso de alcohol,
homosexualidad, inteligencia y drogadicción para explicar el delito. Por el contrario, los internos prefieren fijarse
en los recursos económicos y en el ambiente familiar. Asimismo, las personas inexpertas en este tipo de tareas
se ven más influidos por las dimensiones de estabilidad y externalidad a la hora de evaluar informes sobre
delitos, mientras que los expertos son más sensibles a la información tal como aparece, más que a dimensiones
subyacentes.

7
En nuestro país, la explicación ingenua del delito dada por los profesionales del sistema penal se asemeja más a
la obtenida en el ámbito anglosajón a partir de la población general que a la dada por otros profesionales (Martín
y Rodríguez, 1989). En general, se reproducen casi fielmente las principales teorías acerca de la delincuencia
aunque, a veces, se mezclan distintas orientaciones de un modo no del todo ortodoxo. Las causas que eligen con
más frecuencia son las de tipo psicosociológico, en las que el aprendizaje desempeña un papel central, o causas
mas sociológicas como el paro, la miseria, etc.

Asimismo, en el estudio al que hacemos referencia, los funcionarios de prisiones se diferencian claramente de
jueces y policías en sus elecciones. Estos profesionales se caracterizan por preferir explicaciones que aluden a
causas biológicas, deficiente autocontrol y trastornos mentales, causas que ponen un mayor peso en el individuo
que en la sociedad.

2.2. LA ATRIBUCIÓN DE RESPONSABILIDAD


La expresión «atribución de responsabilidad», tal como aparece en la literatura psicosocial, se refiere a la
asignación de responsabilidad a un actor por un hecho voluntario, normalmente con consecuencias negativas, o
por un accidente. En general no existe una sistematización clara del concepto de responsabilidad en las teorías
clásicas sobre atribución. El trabajo que sirve de referencia a las formulaciones y estudios posteriores es el de
Heider (1958), pero las menciones que hace este autor al tema de la responsabilidad son sólo afirmaciones
hechas de pasada.

Si se toma como punto de partida su teoría es porque propone distintos niveles de causalidad, yendo más allá de
lo que pretendía su análisis «ingenuo» de las relaciones causa-efecto, que pueden entenderse en términos de la
asignación de responsabilidad. Estos niveles reflejan el grado en que contribuyen los factores ambientales y
personales al resultado de una acción y son cinco.

 En el primer nivel, de asociación global, se considera que una persona es la responsable de un


hecho que no ha producido directamente, pero al que está asociada mediante su relación con el
autor del mismo, o simplemente porque existe una contigüidad espacial y/o temporal entre ella y la
consecuencia.

 En el segundo nivel, de asociación ampliada, se considera que una persona es la responsable de las
consecuencias no intencionales y no previstas de un hecho.

 El tercer nivel, de acción por descuido, hace referencia a aquellas situaciones en las que se hace
responsable a una persona por las consecuencia no intencionales pero previsibles de un hecho que
ejecuta.

 El cuarto nivel se reserva para aquellos casos en los que la persona lleva a cabo una acción
intencionalmente, con el propósito de que se produzcan unas consecuencias concretas.

 Por último, el quinto nivel tiene que ver con acciones intencionales pero justificadas y supone una
atribución de responsabilidad atenuada.

De este modo, los nivel 1 y 2 podrían vincularse a los juicios de causalidad, mientras que los restantes se
relacionarían más con juicios de responsabilidad-culpa. Esta jerarquización es una clara muestra del
solapamiento existente en la obra de Heider (1958), y en trabajos posteriores, entre los conceptos de causalidad
y responsabilidad.

Tampoco desde otros planteamientos atribucionales se afronta el tema de la responsabilidad específicamente.


Por ejemplo, Jones y Davis (1965), en su teoría de las inferencias correspondientes, retornan la idea de Heider
(1958) y establecen, únicamente, que el conocimiento por parte del agresor de que un acto tiene ciertos efectos,
y la capacidad para producidos son precondiciones para la asignación de intenciones. De un modo similar, el
principio de covariación de Kelley (1967) sólo permite atribuir una acción a una persona o a una situación, en fun-
ción de los parámetros de consenso, consistencia y distintividad. Kelley (1967) Usa el término responsabilidad al
discutir las evaluaciones morales, afirmando que la teoría de la atribución proporciona un conocimiento muy
parcial de este fenómeno. Se refiere a las evaluaciones morales pero Fincham y Jaspars (1980) consideran que
lo mismo podría decirse de la atribución de responsabilidad.

8
2.2.1. LOS ESTUDIOS SOBRE ACCIDENTES Y LA HIPÓTESIS DE LA ATRIBUCIÓN
DEFENSIVA
El estudio clave en la investigación sobre accidentes es el de Walster (1966), en el que se demuestra que la
gravedad del resultado determina la cantidad de responsabilidad asignada a un sujeto. Esta relación lleva a
aparentes faltas de lógica, como la de culpar a la víctima de un acto fortuito, que han sido explicadas a partir de
una serie de sesgos motivacionales de los que vamos a destacar el más importante: la hipótesis de la atribución
defensiva.

La hipótesis de la atribución defensiva (Walster, 1966) afirma que ante una situación imprevisible, incontrolable y
amenazadora, se tiende a culpabilizar a la víctima, aunque su victimización responda a causas externas. Desde
este punto de vista, a la mayoría de la gente le resulta amenazante creer que el que le ocurran cosas que pueden
afectar seriamente su vida depende de la suerte o de elementos fuera de su control. De este modo atribuyen más
responsabilidad en el caso de un accidente grave, con el propósito de protegerse a sí mismos de la idea de que a
ellos también les puede ocurrir lo mismo. Lo que el observador hace, en último término, es introducir un elemento
de control en la situación de forma que pueda mantenerse a salvo.

Shaver (1970) redefinió la hipótesis original de Walster (1966) postulando que la atribución defensiva se
producirá si la situación es relevante para el sujeto, aunque la dirección de la distorsión presumiblemente estará
determinada por la similitud percibida en relación a la persona estímulo. Por situación relevante se entiende
aquélla en la que el observador percibe cierto grado de similitud en cuanto a la posibilidad de encontrarse en la
misma situación y de, o bien experimentar sufrimientos parecidos a los de la víctima, o bien de infligirlos como
hace el autor del hecho.

La dirección de la distorsión del juicio del observador vendrá dada por el actor con el que se identifique más. Pero
como en general la evitación de la culpa es un factor motivacional poderoso, la identificación con la víctima suele
ser más frecuente. Sin embargo, en gran parte de los estudios sobre atribución defensiva la persona es a la vez
el autor y la víctima del accidente, de modo que queda pendiente en qué punto la amenaza del daño excede la
necesidad de evitar la culpa.

Afortunadamente para nosotros, las atribuciones defensivas son menos frecuentes de lo que en principio se
pensó. Si nos detenemos en ellas aquí es porque las explicaciones en términos de los sesgos motivacionales
han sido durante mucho tiempo el tema dominante de las investigaciones sobre atribución de responsabilidad. De
hecho, gran parte del trabajo experimental realizado tras la publicación de Walster (1966) derivó casi
exclusivamente de alguna versión de la hipótesis de la atribución defensiva.

Este hecho llevó a que las variables estudiadas en relación a la atribución de responsabilidad se restringieran a la
gravedad de las consecuencias del acto y su interacción con la ambigüedad causal y a características de
personalidad como ellocus de control y la empatía. Por esta razón, una teoría de la atribución de responsabilidad
basada sólo en la investigación sobre accidentes daría una visión distorsionada del fenómeno, tal como ocurría
con las teorías clásicas de la atribución, en la medida en que no está claro que las variables implicadas en tales
investigaciones operen de la misma forma o estén siquiera implicadas en las atribuciones no defensivas.

Además, en tales investigaciones se plantea explícitamente lo responsable que es una persona por un resultado
determinado. Este tipo de demanda revela un modelo implícito de la relación entre causa, culpa y responsabilidad
que se ignora en las investigaciones en las que las variables dependientes incluyen además castigo y sanciones
legales. Por supuesto que este problema no es exclusivo de los estudios sobre atribución defensiva sino que
afecta a muchos trabajos sobre atribución de responsabilidad, tal y como hemos comentado ya.

2.2.2. RESPONSABILIDAD PENAL, RESPONSABILIDAD DE ROL Y


PRETERINTENCIONALIDAD
En Derecho existe responsabilidad cuando a una persona se le atribuye un acto tipificado en el Código Penal.
Pero para ello es preciso, en primer lugar, que concurran en esa persona las condiciones legales requeridas para
imputarle dicho acto. Estas condiciones son, a grandes rasgos, ser mayor de 16 años y tener facultades
intelectiva s y volitivas normales. Este primer requisito se refiere al concepto de imputabilidad y, aunque preocupa

9
extraordinariamente a los juristas, supone un paso previo a la atribución de responsabilidad, tal como habíamos
visto al comentar las teorías atribucionales clásicas.

El segundo requisito para asignar responsabilidad criminal a una persona es que ésta tenga una relación
particular con el acto o las consecuencias en consideración, y es la naturaleza de esta relación la que determina
su grado de responsabilidad. Por supuesto esta relación suele ser de tipo causal pero también puede no serio.
En este sentido el concepto de responsabilidad de rol introducido por Hamilton (1978) puede resultar
especialmente ilustrativo.

Según este autor la atribución de responsabilidad es función, entre otras cosas, de las expectativas sociales
respecto al comportamiento, que vienen definidas por el rol de la persona en cuestión. De este modo una
persona puede ser responsable incluso en los niveles 1 y 2 de Heider (1958); bastaría con que las expectativas
de rol vinculasen al actor con el acto en cuestión.

Este concepto nos permite entender cómo en casos de negligencia (imprudencia temeraria), por ejemplo, se
puede considerar responsable a un superior del comportamiento de un subordinado, aunque no actuase
siguiendo sus órdenes, en la medida en que se asume que tiene una serie de deberes respecto a las personas a
las que se haya ligada en función de su rol. Paralelamente, una persona puede verse eximida de responsabilidad
criminal al actuar obedeciendo órdenes (eximente de obediencia debida), ya que se trataría de un simple medio a
través del cual el superior, el verdaderamente responsable, lleva a cabo su propósito. En ninguno de estos casos
es la relación causal actor material-resultado la que determina la responsabilidad.

Otro concepto esclarecedor a este respecto es el de preterintencionalidad al que los textos anglosajones hacen
referencia con el término causa interviniente. Por causa interviniente se entiende la ocurrencia de un suceso
entre la conducta y el resultado, que contribuye a la producción de dicho resultado. Cuando este suceso implica
una acción voluntaria por parte de otra persona y, sobre todo, cuando no puede ser prevista, los juicios de causa,
culpa y restitución se ven reducidos tanto en el ámbito legal como en el sentido común (Fincham y Jaspars, 1980;
Fincham y Roberts, 1985).

Este efecto se debe a que la intencionalidad percibida es un factor crucial en la atribución de responsabilidad,
tanto en la teoría de Heider (1958) como en Derecho. Así, la atribución de responsabilidad es función, no tanto de
las atribuciones internas o externas, como del grado en que la causalidad personal del actor está influida por
factores internos o externos.

Las afirmaciones anteriores no quieren decir sin embargo que el concepto de responsabilidad no esté
íntimamente relacionado con el tema de la causación, tanto en la ley como en el sentido común, ya que en
ambos casos la causalidad percibida es un factor crucial en la determinación de la responsabilidad de la persona.
Apuntan más bien a que en la atribución de causalidad, la relación central es aquella que vincula las intenciones/
disposiciones y la conducta, mientras que en la atribución de responsabilidad el aspecto crucial es la relación
entre acto y el resultado.

Así, a la hora de asignar responsabilidad se intenta explicar sucesos que se perciben, al menos en parte, como
resultados de un acto. No sólo se tiene en cuenta si existe relación entre el comportamiento y algo en el interior
de la persona, sino también entre el acto y el resultado. No en vano en los casos legales esta relación entre acto
y resultado es uno de los puntos básicos a tener en cuenta a la hora de determinar la responsabilidad.
Desgraciadamente en los estudios clásicos sobre atribución de causalidad la atención se ha centrado por el
contrario en conductas expresivas (reírse con un cómico) o en comportamientos instrumentales en los que no se
discute la relación entre el acto y el resultado (Por qué María elige a un pretendiente y no a otro). ..

2.3. LA ATRIBUCION DE CULPA


Dado que la atribución de responsabilidad no implica un proceso de juicio simple, tal vez la mejor forma de
delimitar el concepto de responsabilidad sea contraponerlo a los de juicio moral, atribución de culpa y castigo
asignado. Con este propósito abordaremos en este apartado el tema de los juicios morales, definiendo las
atribuciones de culpa y castigo asignado, para pasar a describir posteriormente cómo las personas combinan
espontáneamente los distintos conceptos abordados.

10
2.3.1. JUICIOS MORALES, ATRIBUCIONES DE CULPA Y ASIGNACIÓN DE CASTIGO
Los juicios morales se definen como actitudes acerca de lo buena o mala que es una j persona por comportarse
de determinada forma. Normalmente consisten en atribuir culpa y/o asignar castigo ante una conducta dada y
están influidos por' el conjunto de normas y deberes que el observador ha aprendido de su cultura y considera
aplicables a la situación de juicio. Son un reflejo de la discrepancia percibid a entre lo que debería haber
sucedido y lo que de hecho sucedió.

El juicio moral varía en función de las normas morales cumplidas o transgredidas, pero no necesariamente con el
grado de causalidad y/o responsabilidad asignado. Hasta tal punto esto es así que hay situaciones en las, que la
norma moral violada desempeña un papel más importante que la intencionalidad del actor. Así por ejemplo, el
que no se suela atribuir responsabilidad causal a la víctima de un accidente, aunque sí se le considere culpable,
puede deberse también a que el hecho de no haber sido cuidadosa sea más importante para el observador que
la intención de hacer daño. Resultados como este hacen que las investigaciones sobre accidentes comentadas
anteriormente sean útiles también a la hora de entender la distinción entre responsabilidad y culpabilidad.

Las personas tenemos jerarquías de normas, en función del grupo social respecto al cual se lleva a cabo la
evaluación moral, de forma que la violación de unas es más importante que la violación de otras. En este sentido,
el continuo de Heider (1958), cuando se considera como reflejo de una jerarquía de deberes, puede verse en
función de dos dimensiones: intencional/no intencional, evitable / inevitable.

Respecto a la evitación del daño, Ferguson y Rule (1983) consideran que ciertas características del agresor y/o
de la situación afectan la valoración que el observador hace al respecto. Por otro lado, la percepción de intención
está estrictamente relacionada con la moralidad de los motivos. Aún dando por I sentado que una persona es
responsable de acciones que dañan a otros, la valoración moral de los fines que se pretenden conseguir afecta
considerablemente la condena de su comportamiento (Rule y Nesdale, 1976).

Los beneficios derivados de m6tivos reprochables pueden ser condenados como malos, pero la misma acción
puede considerarse como buena cuando se adscribe al hecho de ayudar a una persona. Así, las transgresiones
serán condenadas cuando se atribuyen a malicia o negligencia, pero pueden ser aprobadas cuanado se realizan
con el propósito de conseguir fines positivos. El que el observador acepte motivos altruistas o no
malintencionados depende de que el daño causado: a) responda a normas de igual o mayor valor que las
violadas, b) fuera un medio necesario para conseguir el resultado buscado, y c) no sea mayor que el que se
trataba de evitar o que las consecuencias positivas que se trata de conseguir (Rule y Nesdale, 1976).

Sucintamente, el juicio de culpabilidad se centra más en las dimensiones bueno/malo, correcto/íncorrecto que el
juicio de responsabilidad, más vinculado con la intencionalidad. La responsabilidad y la culpabilidad son, en el
terreno conceptual, como actos y deberes respectivamente (Hamilton, 1978). De este modo no resulta
sorprendente que haya factores que afecten diferencialmente los juicios de causalidad, responsabilidad y culpa.

El aumento de la gravedad de las consecuencias, por ejemplo, influye las atribuciones de culpabilidad, pero no
los juicios de causalidad. Sin embargo, tanto la culpa como la responsabilidad son independientes de que el
hecho sea frecuente o raro. También se han obtenido puntuaciones más altas para la causalidad percibida que
para la culpa, lo que parece sugerir que, normalmente, la causalidad es una condición necesaria para la culpa.

De esta opinión participa Shaver (1985), quien ha propuesto uno de los modelos teóricos más acabados sobre la
atribución de culpa. Desde su punto de vista no puede haber culpa si no se establece previamente la existencia
de algún daño, daño que iniciaría por sí mismo el proceso. El siguiente paso sería determinar si es viable que una
persona haya causado el daño o, al menos, que con su imprudencia lo haya hecho posible, de modo que su
comportamiento pudiera considerarse como causa suficiente y necesaria del mismo.

El tercer paso consistiría en determinar la existencia de intencionalidad base para la asignación de


responsabilidad. Sólo cuando se asume tal intencionalidad se puede empezar a hablar de culpabilidad, y aún
entonces es posible eximir a la persona de su culpa o atenuarla. En esos casos la persona se considera
responsable, pero no culpable sino excusable (Peele, 1990).

Desde el punto de vista de Shaver (1985) los juicios de culpabilidad reflejarían el daño causado, el grado de
responsabilidad y las excusas disponibles, pero esto sólo es en teoría. La formulación de este autor, aunque

11
resulta bastante razonable no deja de ser un acercamiento prescriptivo, propuesto como un modelo lógico con el
que contrastar la eficiencia del sistema penal (Stephenson, 1992) y no nos permite describir cómo llevan a cabo
las atribuciones las personas en su vida cotidiana. En el siguiente apartado intentaremos abordar esta cuestión.

En lo que al castigo se refiere, éste puede seguir a la atribución de responsabilidad pero no necesariamente
(Shaw y Reitan, 1969). Los juicios de responsabilidad y culpa legal, por ejemplo, guardan más relación entre sí
que con el castigo (Hamilton, 1976). Estos últimos datos se encontraron en un contexto legal, a través de la
simulación de juicios, y sugieren que la asignación de una sanción por un delito sólo se produce después, y sólo
si se ha determinado y etiquetado apropiadamente la responsabilidad. Sin embargo, Fincham y Roberts (1985)
sugieren que, aunque puede existir una conexión entre la causalidad y la asignación de castigo, no tiene por qué
ser necesariamente así.

2.3.2. LOS JUICIOS ATRIBUCIONALES ESPONTÁNEOS


Las atribuciones de responsabilidad se han estudiado hasta ahora como el resultado de un proceso cognitivo
que, en el mejor de los casos, está influido por factores sociales. Pero estos juicios son en sí mismos actos
sociales con ciertas consecuencias. En el estudio de los accidentes, por ejemplo, el grado de responsabilidad
asignado está influido por la magnitud de los costos y la probabilidad de que se paguen los daños (Lloyd-
Bostock, 1983), de forma que los porcentajes de responsabilidad atribuida son diferentes según se trate de
accidentes domésticos (9,9 por ciento), industriales (40 por ciento) o de tráfico (64 por ciento).

De este modo, las víctimas de muchos accidentes se resisten a considerar responsables de lo ocurrido a otros o
a sus jefes, incluso cuando tal atribución está más que justificada (Lloyd-Bostock, 1983), si las posibilidades de
compensación son escasas. Este tipo de resultados es bastante coherente también con el concepto de
responsabilidad de rol comentado anteriormente.

Relacionado más específicamente con este concepto está el estudio de Hamilton y Sanders (1983) el que se
sugiere que existen diferencias culturales en el grado en que se utilizan las expectativas de rol a la hora de
asignar responsabilidad. Sus resultados apuntan que los japoneses dan más importancia a las relaciones de rol
que los americanos y excusan más a aquéllos que actúan siguiendo una orden o ejemplo. Los americanos por el
contrario dan más importancia al estado mental. Pero en general todos los sujetos tienden a: a) culpabilizar más
a aquellos que tenían autoridad o que estaban comprometidos mediante contratado, b) tener en cuenta las
intenciones, e) verse influido por el daño y d) ser menos duros cuando la influencia de otro era evidente.

Por su parte, Shaver et al. (cit. en Shaver, 1985) han estudiado las distinciones conceptuales que hacen los
expertos que trabajan en el tema de la atribución de culpabilidad y los no expertos. Los expertos se valen de dos
dimensiones: voluntario/coaccionado y controlable/ castigable. También diferencian entre las características de
una acción y la culpabilidad disposicional de la persona que la ejecuta.

A los sujetos no expertos se les pedía que actuasen como jurados decidiendo la suerte de un acusado o como
científicos intentando explicar la conducta de una persona; un tercer grupo servía de control. Los resultados
pusieron de manifiesto que los sujetos utilizaron la dimensión voluntario / coaccionado, tal como hacían los
expertos, independientemente de la condición experimental. Sin embargo, los términos moralmente responsable
y legalmente responsable estuvieron más distanciados en el grupo de los «científicos». Asimismo, la dimensión
controlable/castigable no resultó totalmente equivalente en el caso de los expertos y no expertos.

Otros estudios indican que la gente combina en abstracto información relativa al daño producido, la
responsabilidad causal y personal y las justificaciones disponibles, para determinar la culpabilidad. West (1986),
por ejemplo, pidió que se evaluaran 25 actos agresivos y encontró que habían tres factores importantes a la hora
de determinar cómo agrupaban las personas los distintos actos: la magnitud del daño, la cantidad de provocación
y el grado de conocimiento de las personas implicadas. A la hora de atribuir culpabilidad la magnitud del daño y
la cantidad de provocación fueron los factores más explicativos. Por su parte, Horai y Bartek (1978) encontraron
que el factor crucial de cara a la recomendación del castigo era el daño que se intenta hacer, más que el que
realmente se produce.

En el estudio llevado a cabo por Martín (1990) en nuestro país, tres muestras diferentes de sujetos valoraron 22
episodios delictivos mediante 20 escalas bipolares. Estas muestras correspondían a profesionales del sistema

12
penal jueces, policías y funcionarios de prisiones), reclusos y un grupo de no delincuentes con características
socioculturales semejantes a las de los delincuentes. A través del análisis multidimensional se puso de manifiesto
que los sujetos situaban los episodios en un espacio perceptivo de varias dimensiones.

La naturaleza de estas dimensiones varió dependiendo de la muestra a la que pertenecían los individuos, pero en
todos los casos quedó claro que se diferenciaba entre las 20 escalas utilizadas. Estas escalas reproducían los
principales conceptos manejados en los estudios sobre atribución, así como otros criterios sugeridos por grupos
de sujetos pertenecientes a la población de los delincuentes y del grupo de comparación.

Los resultados obtenidos muestran que las dimensiones más salientes son la gravedad, la intencionalidad y la
responsabilidad. Es interesante destacar a este respecto que los profesionales dan más importancia al tema de la
intencionalidad mientras que los otros dos grupos valoraban antes la responsabilidad. Asimismo, los delincuentes
utilizan también una dimensión de atenuantes, mientras que los profesionales y el grupo de comparación
prefieren tener más en cuenta el protagonismo de la víctima.

En este estudio también se puso de manifiesto la forma en que las personas tienden a agrupar los distintos
juicios, situándolos más próximos o más alejados dentro del espacio perceptivo. La dimensión de gravedad viene
dada por la gravedad del hecho, la gravedad de las consecuencias, la cantidad de castigo y la probabilidad de
ser castigado. La dimensión de responsabilidad engloba las escalas de culpabilidad, responsabilidad y el que se
realice el hecho en provecho propio o ajeno.

Por último, la dimensión de atenuantes incluye la escala hostil/instrumental y el uso del alcohol. En lo que se
refiere a la dimensión de intencionalidad se consideran las escalas calculado / pasional, intencional/no
intencional, uso del alcohol y probabilidad de reincidencia. Por último, la dimensión de protagonismo de la víctima
integra las escalas empezó el agresor /la víctima y simpatía hacia la víctima.

En el modelo de Shaver (1985) comentado anteriormente se considera que la atribución de culpa es un proceso
social en el que el daño causado, la causalidad, la responsabilidad, la justificación y las excusas son elementos a
determinar, pero asumiendo que es necesario ir de un nivel al sucesivo siguiendo el orden prescrito, ya que las
cuestiones relativas a cada nivel se vuelven relevantes sólo cuando las del nivel anterior han sido resueltas. Sin
embargo, el análisis de los enfrentamientos interpersonales que se dan en la vida real ponen de manifiesto que,
por el contrario, el proceso se inicia con la culpa y sigue con una negociación de cara a la modificación de dicho
juicio (Sch6nbach,1990).

En los trabajos de Schönbach (1990) se aborda el proceso de atribución de culpa a través del análisis de lo que
él ha denominado episodios de explicación. El procedimiento que ha seguido este autor consiste en pedir a los
sujetos que improvisen un enfrentamiento entre los personajes de una historia, uno de los cuales alega haber
sido perjudicado por el otro de alguna forma.

A partir de explicaciones surgidas en la interacción entre acusadores y acusados se elaboró una clasificación que
incluye cuatro categorías: concesiones, excusas, justificaciones y negaciones. Sus resultados apuntan que, en
contra de la formulación de Shaver (1985), es el oponente quien atribuye culpa al actor en primer lugar y que,
sólo después, éste busca y expone condiciones antecedentes que sirven para exonerarlo o excusarlo. La forma
en que lo hace varía según sea de sexo masculino o femenino.

Para los hombres el concepto de responsabilidad está unido al poder y a la posición de la persona, y la tarea más
importante es la de explicar las causas del problema. A las mujeres, por el contrario, les preocupa más determi-
nar quién ha de solucionar dicho problema. Los hombres están más dispuestos a acusar y a defenderse negando
la responsabilidad, mientras las mujeres tienden a admitir más dicha responsabilidad y a ofrecer ayudas y
compensaciones. Tanto unos como otros se valen por igual de' excusas y de justificaciones, pero los hombres
utilizan más las negaciones, especialmente en aquellos casos en los que la responsabilidad causal está más
claramente delimitada.

Es interesante aclarar en este punto que, aunque las justificaciones comparten con las excusas el hecho de que
en ambos casos hay una norma que supuestamente ha transgredido la conducta en cuestión, las primeras
niegan la existencia de la ofensa mientras que las segundas la admiten reduciendo el grado de responsabilidad

13
(Scott y Lyman, 1968). Esta distinción es paralela a la establecida en el ámbito legal entre circunstancias que
atenúan y circunstancias que eximen de responsabilidad criminal.

Teóricamente, los procesos penales siguen el modelo de Shaver (1985); pero en la práctica parecen responder
más a la secuencia de Schönbach (1990), en la medida en que es el acusado el que se esfuerza por demostrar
su inocencia y no al revés (Stephenson, 1992).

Después de analizar los principales desarrollos teóricos vinculados a la asignación de responsabilidad por
comportamientos que implican algún tipo de daño, parece evidente que el conocimiento disponible requiere una
mayor sistematización tanto de cara a una mejor integración teórica del mismo como en lo que se refiere a su
aplicación práctica en el ámbito jurídico.

No obstante, también queda claro que cuando se da oportunidad a las personas para que valoren un incidente
con consecuencias negativas, de un modo lo más espontáneo posible, sus juicios no siguen la lógica que se
presupone en los textos clásicos. Si se trata de personas con conocimientos jurídicos, su pericia le lleva a decidir
de forma acorde con la ley, pero tampoco en este caso la lógica seguida es exactamente la misma que la de las
teorías atribucionales clásicas.

Al margen de favorecer los trabajos que se centren más específicamente en el contexto jurídico y en juicios más
espontáneos y socialmente relevantes, la cuestión que podríamos plantear a estas alturas es si la intervención
del psicólogo debe dirigirse más a establecer las inconsistencias entre el proceso prescrito por la ley y el seguido
por el ciudadano de a pie, o bien a analizar en qué medida el jurista sigue la lógica legal en su quehacer
cotidiano. Desde nuestro punto de vista esta decisión es más de tipo ideológico que científico pero, sea cual sea
la opción elegida, repercutirá en un mejor conocimiento de los mecanismos psicosociales implicados en la
administración de justicia.

14
CAPÍTULO 3: DETECCIÓN DE LA MENTIRA Y CONDUCTA
ENGAÑOSA
3.1. EL ENGAÑO
El engaño es concebido como la ocultación de la verdad, es inducir al otro y a uno mismo a tener por cierto lo que
no es, ya sea por medio de palabras u obras fingidas. Etimológicamente, la palabra deriva del latín ingannare,
que significa escarnecer o burlarse de alguien. Pese a que a lo largo de la historia, el engaño y la verdad han
sido vistos como un vicio y una virtud respectivamente, éstos son parte inherente de la naturaleza humana que
surgen de distintas motivaciones, incluida la supervivencia misma. Lejos de la concepción de la mentira como
una conducta antisocial, ella es una forma de adaptación y de relación social aprendida a una edad muy
temprana.

Para el engañador es imposible controlar los distintos aspectos de la actividad psicológica involucrados en el
proceso de engañar, puesto que existen distintas formas de comunicación en las cuales los mensajes verbales
pueden ser traicionados por los no verbales. Esta es la base del desarrollo de la mayoría de las pruebas de
detección de mentiras, tales instrumentos miden cambios fisiológicos relacionados con la ansiedad.

3.1.1. EL ROL SOCIAL DE LA MENTIRA


La mentira es publicamente condenada, pero todo el mundo la practica en su mundo privado (Nyberg en
Lilienfeld et al., 1994) y está inserta en todos los procesos de interacción social cumpliendo funciones de
Manipulación, Formación de Impresiones, fortalecimiento de Autoconfianza y Socialización (Lilienfeld et al, 1994).
El ser honesto aumenta la comunicación entre los individuos, mejora la compresión y predice ideas, sentimientos
y acciones de otros (Redmond, 1995) mientras que la deshonestidad, provoca, generalmente, alta disonancia
cognitiva (Aronson et al., 1997).

Existe una teoría de la honestidad basada en el juicio social, empatía, atribución, información y cognición social y
teorías de la personalidad. Esta teoría combina dos fuentes de información (la experiencia y la fantasía) con tres
métodos de procesamiento de ella (el uso del sí mismo, el uso específico y generalizado de los demás) y dos
formas de respuesta (afectiva y cognitiva) (Redmond, 1995).

3.1.2. TAXONOMÍA DE LA MENTIRA


Los distintos subtipos de mentiras se definen en el siguiente cuadro (DePaulo & Bell, 1996):

Categoría Tipo de mentira.


Sentimientos: sobre las emociones y opiniones sobre personas, objetos o eventos.
Ejecución: sobre logros, fracasos, conocimientos y carencia de éstos.
Contenido: Planes de acción: acerca de lo que él hizo, hace y hará.
Explicación: acerca de las razones de su comportamiento
Actos: acerca de hechos, objetos, eventos o acerca de sus posesiones.
Orientadas hacia sí mismo: para proteger psicológicamente o para ventaja del mentiroso.
Razón:
Otras orientaciones: para proteger psicológicamente o para ventajas de otras personas.
Completa: total falsedad, información completamente falsa o contradictoria de la verdad.
Tipo: Exageración: el mentiroso se pasa de los límites o da una convicción que exceda a la verdad.
Sutil: mentira en donde se evade u omiten detalles relevantes sobre la verdad.
Mentiroso: mentiras referidas acerca de lo que el mentiroso dice que hizo o sintió.
Target: referidas acerca de lo que otra persona dice que hizo o sintió (con quien habla.
Referencia:
Otra persona: referida a otra persona o personas que no sea ni el emisor ni el target.
Objeto o evento: acerca de objetos, eventos o lugares.

15
3.1.3. MENTIRA Y PERSONALIDAD
Se ha observado que las personas con altos puntajes en la escala de Maquiavelismo, son generalmente
manipuladoras, ambiciosas, dominantes, mienten más frecuentemente y aceptan el engaño y lo usan
conscientemente para alcanzar sus propósitos siempre que no exista la posibilidad de venganza por parte de sus
víctimas. Paradójicamente, éstas personas parecen relajadas, talentosas y dignas de confianza ante los ojos de
los demás (Beck & Ajzen, 1991). La personalidad de una persona podría predecir el tipo de mentira que ella dice.
Los que tienen relaciones interpersonales satisfactorias dicen menos mentiras y las que en el algún momento
llegan a decir son de tipo "altruista" y las egoístas o egocéntricas las usan para su propio beneficio (Lilienfeld et
al., 1994). Las personas con psicopatía se caracterizan por presentar tendencia a cometer conductas
deshonestas y a violentar la ley (Beck & Ajzen, 1991).

Frecuencia de la mentira

En un estudio sobre frecuencia de la conducta de mentir, De Paulo et al., (1996) encontraron que las personas
informaban haber dicho, en cualquier contexto, un número de 0 a 46 mentiras durante una semana (De Paulo y
Kashy, 1996).

3.1.4. DETECCIÓN DEL ENGAÑO


En la comunicación, pueden existir dos tipos de señales, las señales verbales transmiten una mayor cantidad de
información que las no verbales. Dentro de las últimas, la expresión facial es generalmente más informativa que
las señales corporales o del tono voz (DePaulo et al, 1980). Para engañar efectivamente, basta con saber
manejar las manifestaciones faciales puesto que éstas son más controlables que el tono de voz y el resto del
cuerpo (manos, piernas y pies) dando éstos últimos, mayores señales de engaño porque pueden enviar
mensajes contradictorios entre sí o con los de la cara (DePaulo et al, 1980). La detección del engaño, es más
fácil cuando se tienen señales verbales, solas o en conjunto con las de otro tipo, que cuando se tienen sólo
señales no verbales. Sin embargo, éstas últimas pueden ser igualmente reveladoras cuando el emisor se
preocupa por lograr ocultar, por ejemplo, su desagrado, porque las señales no verbales pueden estar indicando
tensión, mientras que no lo son tanto, cuando el emisor da información falsa sobre un acontecimiento
determinado, debido a que una opinión incluye información detallada, con sentido y con contenido verbal
(DePaulo et al, 1980).

3.1.5. PREDICCIÓN Y VALIDEZ DE PRUEBAS DE HONESTIDAD


Los autoinformes de honestidad han sido ampliamente utilizados con el fín de determinar las actitudes y la
tendencia a cometer conductas deshonestas (Sackett et al en Lilienfeld et al., 1994). Pese a que distintos
estudios muestran que éstos no cuentan con la riguroza estandarización psicométrica que poseen otras pruebas
de personalidad aplicadas con los mismos fines, muchos de ellos, presentan una modesta validez para predecir
conductas contraproducentes (Lilienfeld et al., 1994).

Para definir la validez de las pruebas de honestidad se cree de gran importancia la determinación de la relación
de éstas con otras variables de la personalidad. Sobre todo cuando se le ha ligado a la moralidad y la
socialización (Goldberg et al en Lilienfeld et al., 1994). La "Reid Report Inventory (RRI)" es una de las pruebas
de honestidad más ampliamente utilizada y que ha sido blanco de variadas investigaciones. Los análisis de
correlación de los puntajes de esta prueba con otras medidas psicométricas arrojan resultados alentadores. Al
relacionársela con la prueba de personalidad 16PF, Kochkin (1987) encontró que los individuos con bajo puntaje
en RRI tendían a tener un ego débil, un super ego fuerte, a ser impulsivos y a carecer de autoconfianza, mientras
que Cunningham, Trucott y Wong (1990) descubrieron correlaciones positivas y negativas con los puntajes de
adecuación social y los de la escala de Maquiavelismo de Christie y Geis, respectivamente. Logan, Koettel y
moore (1986) establecieron correlaciones positivas entre el factor de estabilidad emocional del 16PF y la Fase II
del RRI (Lilienfeld et al., 1994). Un análisis conjunto de estas tres investigaciones, permiten asociar el RRI con la
moralidad y sus bajos puntajes con emociones negativas, tendencia a la angustia y a la evaluación negativa de
uno mismo y los demás (Tellegen et al. en Lilienfeld et al., 1994). Redmond (1995) ha logrado desarrollar una
escala multidimencional del comportamiento honesto. Esta escala consta de siete categorías de análisis de este

16
comportamiento: empatía, rol-conversador, competencia comunicacional, sensibilidad de la conversación y
orientación interpersonal.

En definitiva, se puede definir el engaño como "cualquier instancia donde se intenta hacer creer al otro en algo
que no es, es decir, hacer para como verdad una situación que conscientemente sabemos que no lo es". El
engaño tiene como finalidad impedir al otro ver una situación real o hacerlo creer que una situación falsa es
verdadera, en ambos casos se puede afirmar que se atenta contra la libertad del ser humano, ya que se interfiere
en las relaciones interpersonales. En este punto es importante destacar que la confianza mutua es la base donde
se sustenta una buena relación (intima y placentera), que otorgue un aporte significativo a los individuos.

Es importante destacar que el hecho de no hacer presente una verdad no implica necesariamente engañar, pues
debe tratarse de una verdad que le otro requiere, que le sea importante, decisiva, o simplemente interesante,
para que haya engaño tiene que existir además, cierto compromiso entre los individuos de no hacerse presente
la verdad.

Sin embargo, es indispensable destacar que la conducta de mentir corresponde a una parte habitual de la normal
interacción humana, llegando a ser utilizada generalmente como una defensa de integridad psicológica individual
o de otras personas.

3.2. LA DETECCIÓN DE LA MENTIRA


Una parte de la vida social consiste en no decir la verdad a otros: ello sucede con ocasión de regalos,
invitaciones sociales, relaciones clandestinas, accidentes, faltas y delitos. Mentir es un acontecimiento diario y, a
veces, los mentirosos habituales resultan agradables. Aquí se trata sólo de las mentiras dañosas cuando llegan a
tener consecuencias importantes.

En general, es más fácil mentir bien que detectar bien la mentira de otros. Descubrir a un mentiroso lleva tiempo
y a veces no interesa porque no se sabría cómo proceder. Incluso cuando interesa descubrir la verdad, ello no
resulta posible, porque para un mentiroso profesional, mentir bien es fácil sin experimentar por ello emoción
alguna. Incluso los detectores de mentiras fallan: recuérdese la película “The Liar”, protagonizada por Tim Roth.

Mentir es un acto deliberado, sin previo aviso, para producir en otro una creencia, que el mentiroso considera
falsa. Esto ocurre tanto si se consigue, como si no. Se miente por muchos motivos (Vrij, 2000):

 Causar una buena impresión o protegerse de la desaprobación ajena.

 Obtener ventajas.

 Evitar castigos.

 Beneficiar a otra persona.

 Hacer agradable la vida social.

Según el grado de falsedad, se precisa distinguir entre exageraciones, mentiras sutiles (dar información
incompleta o en un sentido diferente al que desea el interpelante) y mentiras totales.

También se puede distinguir entre mentiras fáciles (o preparadas) y mentiras complejas. La clasificación más
importante es según las consecuencias (graves o leves de la mentira).

Los mentirosos se pueden clasificar en cuatro tipos:

 Manipuladores o maquiavélicos.

 Actores teatrales, con buena expresión y con gran autocontrol.

 Extrovertidos y seguros de sí mismos.

 Inseguros y deseosos de adaptación a los demás.

Cuando se analizan los motivos, grados, maneras y consecuencias de la mentira, es fácil llegar a la conclusión
de que la falsedad no es intrínsecamente mala. De todos modos, muchas veces los seres humanos deseamos
con razón que se nos diga la verdad.

17
3.2.1. COMPORTAMIENTO NO VERBAL DEL MENTIROSO
Si el mentiroso tiene miedo, diga lo que diga, sus emociones se translucen en su comportamiento: lo que le
delate será unas veces su rostro y otras su actitud corporal (tiende a retroceder y a echarse hacia atrás).

No se puede demostrar que los mentirosos se comporten de manera uniforme. Depende de su tranquilidad,
remordimiento, temor y de quién sea el interrogador. Depende de la complejidad de la mentira, de la frialdad de
su carácter y de su costumbre de mentir bien (sin dudas, errores, pausas y sin dejar de mirar al frente).

El que se den señales de excesivo autocontrol, o excesivas emociones les hace sospechosos, pero nada más.
Una lista de comportamientos anormales es la siguiente:

 Vocales: dudas, equivocaciones, repeticiones, incorrecciones sintácticas, cambios de tono,


velocidad, silencios al oír las preguntas, duración y frecuencia de las pausas.

 Rostro: sonrisas, risas, parpadeos, guiños y miradas huidizas.

 Movimientos: manos, pies, cabeza, gestos con la mano y el brazo, gesticulaciones para completar lo
dicho, asentimiento y negación con la cabeza, cambio de postura en la silla, movimientos de piernas
y brazos.

Los resultados obtenidos por una veintena de investigadores en miles de experimentos no dan una respuesta
única, porque no existe un comportamiento típico del mentiroso. Por lo menos, dicho comportamiento no
constituye una prueba procesal. Tal vez un cambio radical en su comportamiento, al aportarse un dato nuevo por
parte del interrogador, indique que algo importante ocurre y que hay que buscar más.

Para observar y medir el comportamiento no verbal del mentiroso se usan vídeos, relojes, anotaciones, cintas
magnetofónicas y detectores de mentiras. Todo lo que se puede obtener es la existencia de diferentes culturas,
hábitos morales, tipos de personalidad y desviaciones en el comportamiento normal cuando la persona
interrogada se siente bajo presión. Nada más.

En resumen, se debe forzar al interrogado a expresarse lo más posible, para que tal vez manifieste emociones o
se vea obligado a fabricar respuestas complicadas sobre la marcha si es que miente, y pierda así el control.

Por lo tanto, los tres aspectos fundamentales que facilitan la detección de la mentira son: emociones, contenidos
complicados y el deseo de controlarse para causar una buena impresión en los demás.

 Emociones

 Complejidad del contenido

 Autocontrol

3.2.2. COMPORTAMIENTO VERBAL DEL MENTIROSO


Si las palabras coinciden con los hechos que conoce el interrogador (porque éste no conoce todos los hechos o
porque el mentiroso adapta sus palabras a los hechos conocidos), el engaño puede pasar desapercibido. Por
ello, hay que examinar otros aspectos verbales:

 Palabras negativas: aversión, mal humor, negativas y descalificaciones.

 Palabras inverosímiles: con un sentido poco razonable.

 Palabras irrelevantes: sobre cosas no preguntadas.

 Uso de palabras absolutamente generales, como “siempre”, “nunca”, “nadie”, “todo el mundo”.

 Referencias a uno mismo, como “mío”, “a mí”, “yo”.

 Afirmaciones directas, tales como decir “me gusta Begoña”, en vez de decir “me gusta estar en
compañía de Begoña”.

 Frases extensas o, por el contrario, excesivamente lacónicas.

18
Sin llegar tampoco a certezas, el comportamiento verbal arroja más luz sobre el engaño que el comportamiento
no verbal. Los mentirosos propenden a ser más negativos, dar respuestas inverosímiles, desviar la atención lejos
del tema, hablar poco sobre sí mismos y dar respuestas indirectas.

3.2.3. UN PROCEDIMIENTO PARA EVALUAR LA VERACIDAD DE UNA AFIRMACIÓN


Este sistema se ha empleado en Alemania en más de 40.000 casos desde 1954. Consiste en tres elementos
principales:

 Una entrevista bien estructurada.

 Análisis del contenido y de la calidad de la afirmación mediante diez criterios.

 Una comprobación del análisis del contenido mediante un conjunto fijo de cuatro grupos de
observaciones.

La entrevista, después de unas preguntas destinadas a reducir la tensión y conseguir un cierto grado de
confianza, tiene que versar sobre hechos específicos dirigidos a obtener información relevante.

Los criterios con los que se analiza la calidad de la información obtenida son:

 Lógica de lo dicho.

 Cantidad de detalles.

 Contexto (tiempo y lugar).

 Complicaciones surgidas.

 Detalles raros o superfluos.

 Malas interpretaciones.

 Referencias al estado mental del interrogado.

 Correcciones espontáneas a lo dicho.

 “No recuerdo”; “lo dudo”; “no sé”.

 Detalles característicos del daño causado por la mentira, si ésta se admite.

La comprobación de lo obtenido en la entrevista se hace analizando los siguientes aspectos:

 Características psicológicas del entrevistado: lenguaje y conocimientos apropiados; sentimientos


adecuados y proporcionados; fortaleza o debilidad ante las sugerencias.

 Características de la entrevista: si las preguntas fueron excesivamente apremiantes o sugestivas o


llevaron a conclusiones incorrectas, los resultados obtenidos bajan de valor o carecen de él.

 Motivación del entrevistado y del entrevistador, tanto para comenzar la investigación como durante la
entrevista.

 Conflictos con datos ciertos y con testimonios de otras personas.

3.2.4. CUALIDADES DEL MENTIROSO EFICAZ


Si se atrapa a un mentiroso, es porque se cansa de mentir, o miente mal, o miente siempre o porque no sabe
controlar sus emociones. El mentiroso profesional:

 Se prepara bien, ocultando información o diciendo cosas imposibles de verificar.

 Es original, desafiando la validez de las supuestas pruebas que se le presentan.

 Reacciona con rapidez, pues el interrogador sospecha si se tarda en responderle.

 Es elocuente, lo que le da ventaja. Los mentirosos profesionales contestan con una larga parrafada
sobre otro tema, mientras piensan la respuesta adecuada. Esto se observa a diario en los políticos.

19
 Tiene buena memoria. Aunque es preferible decir “no recuerdo” a inventarse una historia falsa, sigue
siendo mejor aún acordarse de los detalles verdaderos y comprobables por otros. Una buena
memoria evita contradicciones (sin añadir nuevas mentiras) cuando al interrogado se le pregunta por
segunda y tercera vez.

 Sobre todo, es importante que oculte sus emociones, o que carezca de ellas. Unos tienen miedo y
otros nerviosismo, pero los hay que experimentan placer al ver que sus mentiras son aceptadas.
Cuanto más frecuentemente se miente, se perfecciona esta detestable habilidad y se reducen las
emociones experimentadas con menor riesgo de delatarse.

 El mentiroso que posee dotes teatrales se controla mejor, carece de miedo por la confianza que
siente en sí mismo y así le resulta más fácil mentir convincentemente. El vendedor exagera al
vender, lo que le da experiencia, falta de remordimiento (es su trabajo) y tiene confianza en sí mismo
a causa de las veces que ha tenido éxito.

3.2.5. NORMAS PARA DISTINGUIR A UN MENTIROSO


Como norma, hay que desconfiar sin que se note demasiado. Esto es difícil cuando se trata de compañeros de
trabajo, pero es natural cuando se trata de reclutadores de personal, aduaneros y policía: “Necesito comprobar lo
que me acaba de decir”, o bien, “tenga la bondad de documentar lo que ha dicho”.

Hay que insistir cuando hay sospechas. La repetición de las preguntas con algunas modificaciones obliga al
mentiroso a procurar no contradecirse, no mostrar nerviosismo, controlar su conducta, evitar decir cosas que el
interrogador sabe que son falsas y recordar todo lo dicho u omitido. El mentiroso obtendrá su objetivo si conserva
la calma.

No dar apenas información al interrogado. Si el mentiroso ignora lo que sabe o no sabe el interrogador, corre más
riesgos y el miedo consiguiente le puede obligar a dar pistas de nerviosismo.

Ir a la entrevista bien informado sobre el tema, conociendo incluso detalles técnicos.

Obligar al mentiroso a que repita sus afirmaciones, porque a veces el mentiroso no recuerda lo que ha dicho. El
mentiroso, al ver que se le insiste sobre lo mismo, puede optar por declaraciones más sencillas para no
contradecirse. Esto lleva a frases sin contenido probatorio, lo que por sí mismo es sospechoso.

No creer demasiado en las reglas de siempre: “El mentiroso tartamudea, no mira de frente, retuerce los dedos y
mueve los pies”. Estas cosas ocurren también por motivos que no son la mentira.

Escuchar y observar con cuidado. Cuando esto resulta difícil, se puede completar la observación usando una
cámara de vídeo que recoja el comportamiento del sospechoso desde la cabeza a los pies. Así se puede
observar lo diferente que es su comportamiento cuando miente, comparado con el que tiene habitualmente.

3.2.6. TEORÍAS INGENUAS SOBRE DETECCIÓN DE MENTIRAS


En el contexto legal, personas legas en psicología (p.e. jueces, jurados...) deben evaluar, día tras día, la
credibilidad de los testigos, víctimas y procesados. Para ello deben acudir a las teorías ingenuas que el hombre
de la calle posee sobre las claves asociadas a la detección del engaño. No obstante, estas teorías ingenuas no
siempre se ajustan a las teorías científicas disponibles desde la Psicología del Testimonio.

Los conocimientos que los actores del sistema legal, como individuos pertenecientes a clases profesionales
concretas, poseen sobre los testigos se han visto influenciadas tanto por los conocimientos adquiridos desde las
Facultades de Derecho, las Escuelas de Jurisprudencia, las Escuelas de Trabajo Social, Academias de policía,
etcétera, como por la práctica cotidiana con los testigos a lo largo del proceso legal. Tanto en el contexto de la
formación como en el de la experiencia, la información psicológica recibida sobre las claves asociadas a la
detección del engaño es prácticamente nula en cualquiera de los colectivos profesionales que tienen que ver con
el proceso legal (jueces, abogados, policías, trabajadores sociales,...); tal vez esto explique el que, en muchas
ocasiones, los juicios emitidos sobre la credibilidad de los testigos, víctimas y procesados no concuerden con la
realidad (Alonso-Quecuty, 1998)

Las teorías ingenuas sobre la detección del engaño pueden sintetizarse en tres postulados:

20
(1º) Existen claves que coexisten con la mentira: Se asume que cuando una persona miente experimenta una
fuerte alteración emocional (p.e. culpabilidad, temor a ser descubierta, etcétera) lo que le llevará a experimentar
una serie de cambios fisiológicos automáticos (p.e.: sudoración, cambios en la tasa respiratoria y cardiaca) que
escapan al control voluntario (Reid y Inbau, 1977). Esta alteración fisiológica coexistente con la mentira se explica
a partir de tres mecanismos: el condicionamiento de las respuestas, el miedo al castigo y la competición entre
respuestas (Davis, 1961). Así, se asume que las preguntas relevantes están condicionadas a la experiencia
pasada del sujeto durante el crimen, cuanto más grave sea el delito, mayor alteración se producirá como
respuesta a estas preguntas. Por otra parte, están las consecuencias del fallo del sujeto frente al polígrafo. El
miedo a ser descubierto haría que el sujeto diera una respuesta psicofisiológica alterada ante las preguntas
relevantes. Por último está la explicación des de la competencia entre respuestas: es el conflicto entre decir la
verdad o mentir, lo que activa la reacción emocional.

Por otra parte, el costo cognitivo que supone elaborar una mentira impide al mentiroso prestar la suficiente
atención a su comportamiento por lo que la alteración de sus conductas (p.e.: movimientos de pies y manos,
tocarse la cara, evitar la mirada) y de su voz (cambios en el tono de voz, pausas no prosódicas) pueden ser
empleadas como claves para la detección del mentiroso (Ekman, 1985).

La detección del engaño mediante la observación de las alteraciones conductuales del sospechoso se
fundamenta en siglos de teorías erróneas al respecto. Un ejemplo lo tenemos en la siguiente descripción de un
mentiroso realizada el siglo IX (a.d.C.):

"No responde a las preguntas o da respuestas evasivas; habla sin sentido, frota el dedo gordo del pie contra el
suelo, y tiembla; su cara está descolorida; frota las puntas de su cabello con sus dedos".

Entre los procesos fundamentales que podrían afectar a la expresión conductual del mentiroso, dos suelen
mencionarse en apoyo de esta teoría ingenua: el intento de control y las emociones (Köhnken, 1989). En lo que
se refiere al Intento de control, el mentiroso podría controlar mejor algunos aspectos de su comportamiento (p.e.
la cara) que otros (p.e. tono de voz), pero sería incapaz de controlarlos todos simultáneamente. Este intento de
control provocaría conductas excesivamente planeadas, ensayadas y con falta de espontaneidad (Zuckerman,
DePaulo y Rosehnthal, 1981). En relación con las emociones, se asume que existen tres emociones que co-
existen con la mentira y explicarían el que algunas conductas se escapen al control del mentiroso: el miedo a ser
descubierto, un sentimiento de culpabilidad y el placer que produce el juego del engaño (Ekman y O`Sullivan,
1990). Las tres emociones (miedo, vergüenza, satisfacción), escapando al control del sujeto, quedan reflejadas
en la cara, la voz y el cuerpo del mentiroso, aún cuando éste intente ocultarlas:

"Con frecuencia una mentira falla porque se trasluce algún signo de una emoción oculta. Y cuanto más intensas y
numerosas sean las emociones involucradas, más probable es que el engaño sea traicionado por alguna auto
delación manifestada en la conducta"

(2º) El encargado de la detección es capaz de percibir estas claves (por sí mismo o con ayuda de mecanismos
elaborados al efecto): el mentiroso tiene éxito sólo porque nadie dedica el suficiente tiempo y esfuerzo a
descubrirlo (Ekman y O'Sullivan, 1990). Las respuestas de que disponemos desde la investigación de la
Psicología del Testimonio (ver Alonso-Quecuty, 1991, 1992) no sostienen, sino que refutan este supuesto.

En lo que se refiere a la fiabilidad de la detección mediante técnicas poligráficas. La detección de mentiras


mediante el polígrafo puede dar lugar a dos tipos de error. En primer lugar, el sospechoso -aún siendo inocente-
puede experimentar una gran alteración emocional durante el interrogatorio, y esta alteración psicofisiológica ser
interpretada como indicio de engaño. En este caso se ha producido un tipo de error denominado falso positivo.
También es posible la situación contraria, el sospechoso que -aún siendo culpable- tiene el suficiente control
sobre sus emociones para no presentar ninguna manifestación psicofisiológica que lo delate, con lo que
estaríamos ante el segundo tipo de error: falso negativo (Wrightsman, 1987).

La validez y fiabilidad del polígrafo como detector de mentiras ha sido objeto de estudio tanto en ambientes
reales, como en el laboratorio y en ambos casos se ha encontrado que su grado de acierto no supera lo
esperado por azar (Honts y Devitt, 1993)

21
En la detección de la mentira mediante la observación del comportamiento del mentiroso, las dos formas de error:
falso positivo y falso negativo, se engloban en lo que se conoce como error por la idiosincrasia del emisor. Aquí
cabe hablar de problemas de personalidad, de entrenamiento o, simplemente, de diferencias individuales.

Existen personas cuyas metas incluyen la manipulación y engaño sistemático de los otros en su propio beneficio.
Estas personas no experimentan las emociones que deberían experimentar los mentirosos. No hay sentimientos
de culpa, vergüenza o miedo. La personalidad que reúne estas características ha tomado su nombre:
maquiavelismo, de Nicolás Maquiavelo, el consejero del siglo diecisiete, que asesoró a su príncipe en el empleo
de la manipulación y el control en su propio beneficio. Tal vez la única emoción, de las tres mencionadas, que no
pueden dejar de experimentar sea la del placer producido por el engaño. Ni siquiera el propio Maquiavelo
aparece como capaz de controlar la expresión emocional de placer, o al menos así lo escribía en su día Vilari:

"no podía evitar fácilmente la sarcástica expresión que continuamente jugaba en su boca y reflejaban sus
ojos... él estuvo dominado frecuentemente por su poderosa imaginación"

El maquiavelismo aparece reflejado en su máxima expresión en los psicópatas. Pero no sólo las personas con
problemas psicológicos pueden presentar un comportamiento que no se corresponda con la verdad/falsedad del
episodio que están contando. También el entrenamiento en determinadas habilidades puede hacer que una
persona no muestre los correlatos conductuales que son de esperar en un mentiroso. Este es el caso de los
actores que emplean la técnica de interpretación de Stanislavski en su trabajo. Para Stanislavski, un actor no
debe nunca interpretar una emoción debe sentirla. A estas personas les basta con "sentirse inocentes" para no
mostrar el comportamiento alterado asociado con el engaño. Sin llegar a los actores, otras personas por una u
otra razón llegan a creerse sus propias mentiras. En este último grupo entrarían, las personas que utilizan
mecanismos de defensa para ignorar información sobre sí mismo o sobre los demás, que les resulta dolorosa;
aquellos personajes públicos que pueden llegar a creer en sus propias mentiras a fuerza de tener que repetirlas
frecuentemente y mostrando un alto grado de convicción (p.e. políticos), etcétera. La persona que se encargue
de detectar el engaño debe tener presente que la ausencia de signos de engaño no implica sinceridad (Ekman y
O'Sullivan, 1989).

Más frecuente es el error debido a la existencia de diferencias individuales. Algunas personas muestran
sistemáticamente conductas típicamente asociadas a la mentira tanto si mienten, como si están siendo sinceras.
Entre estas conductas podemos citar: habla indirecta, pausas cortas o largas entre palabras, errores en el habla,
pocos gestos con las manos, poca expresividad facial mientras hablan, muchos gestos con las manos, signos de
miedo, rabia o estrés en sus expresiones faciales. Antes de aceptar sin más estas claves como indicadores
seguros de engaño, es necesario considerar cómo las personas varían en conducta expresiva
independientemente de que estén mintiendo o contando la verdad.

Por último, el encargado de descubrir el engaño debe estar alerta a sus posibles sesgos de cara a realizar la
evaluación con objetividad. Entre éstos podrían estar rasgos de su propia personalidad, fuertes emociones,
presiones hacia la captura de un culpable, información proporcionada por otras personas, o simplemente por la
necesidad de reducir la incertidumbre.

Un ejemplo de las consecuencias que tiene el no ser consciente de estos factores lo tenemos en un tipo de error
idiosincrásico concreto: el denominado error de Otelo. El error de Otelo toma su nombre de la tragedia de
Shakespeare. Otelo acusa injustamente a su esposa Desdémona de adulterio. El miedo de Desdémona a no ser
creída por Otelo la lleva a un arrebato emocional que el celoso Otelo identifica erróneamente con el
comportamiento de una persona que miente. La confusión de Otelo le lleva a estrangular a Desdémona para,
minutos más tarde, conocer su inocencia. Se comete un error de Otelo al considerar que una persona está
mintiendo, cuando realmente está diciendo la verdad, sólo porque su comportamiento es muy alterado:
identificando estrés con culpabilidad.

(3º) En la vida diaria existe la oportunidad de aprender cuales son estas claves gracias a su coexistencia con la
mentira, por lo que es posible desarrollar una capacidad de detección del engaño que haga que la posibilidad de
error sea mínima. De nuevo, la realidad refuta esta teoría errónea. Son muchas las ocasiones en las que no
tenemos ninguna información sobre los juicios de credibilidad que emitimos, tanto si son correctos como si
resultan ser erróneos, por lo que la oportunidad de aprender a detectarlo en la vida diaria es muy escasa.

22
Realmente, sólo ha habido un caso en la historia en el que un indicador conductual y directamente observable
nos ha proporcionado la seguridad de si alguien mentía o decía la verdad: la nariz de Pinocho. Así, tal vez la
solución pase por olvidarnos del testigo y centrarnos en el contenido de su testimonio.

La investigación de la mentira desde la Psicología del Testimonio parte del supuesto de que las declaraciones
verdaderas y las falsas son cualitativa y cuantitativamente diferentes.

Trankell (1972) proponen dos criterios en los que basar la discriminación entre declaraciones verdaderas y falsas:

1) criterio de realidad. Según Trankel (1972), las declaraciones que tienen su origen en percepciones
reales se caracterizan por contener un mayor número de detalles que las declaraciones falsas. Más
aún, el tipo de detalles que contienen ambos tipos de declaraciones son muy diferentes. Así, por
ejemplo, las declaraciones verdaderas incluyen mucha información periférica a la acción, dado que el
testigo lo ha visto todo y no se detiene diferenciar lo que puede ser más relevante para la
investigación criminal. El testigo mentiroso por su parte, elabora su declaración sobre el nudo de la
acción, por lo que no incluye detalles que, al no referirse al episodio crítico, sólo constituirían un
riesgo innecesario para él.

2) criterio de secuencia. Existen modificaciones en lo que un mismo testigo declara a lo largo del
proceso legal, y entiende el criterio de secuencia como el análisis de las sucesivas declaraciones que
da el testigo al ser interrogado en varias ocasiones sobre el mismo incidente. Cuando las
alteraciones en una secuencia de declaraciones se correspondan con aquellas que cabría esperar
desde el conocimiento de los procesos de memoria (p.e. información periférica) esto debería
considerarse como una prueba de que los hechos que narra el testigo son reales.

La idea que subyace a ambos criterios es que un testigo no es capaz de inventar relatos falsos con una cualidad
de contenido similar a los que son resultado de un suceso observado.

Una explicación podríamos encontrarla en teorías de la Psicología Básica como las existentes sobre scripts y
esquemas (Brewer y Nakamura, 1984; Graesser y Nakamura, 1982; Shank y Abelson, 1977). Desde esta
perspectiva, podríamos asumir que las declaraciones falsas serían construidas primeramente sobre el
conocimiento general de la persona contenido en los scripts o esquemas. Por lo tanto, no sería lógico encontrar
sucesos inesperados o anómalos en las declaraciones que no sean verdaderas, ya que estas anomalías no
forman parte del esquema que tenemos de la situación y no es de esperar que las incluyamos en una declaración
elaborada sobre ese conocimiento.

Los resultados obtenidos en la investigación de la credibilidad de las declaraciones desde la hipótesis del control
de la realidad de los recuerdos (Alonso-Quecuty, 1992) se sitúan en esta línea de estudio de la credibilidad desde
la Psicología Básica. El punto de partida de estas investigaciones está en la hipótesis de control de realidad de
los recuerdos (Johnson y Raye, 1981, Johnson, 1991). Según esta hipótesis, la memoria está compuesta por
recuerdos de origen externo e interno; los primeros son el resultado de situaciones realmente observadas,
mientras que los segundos se producen como resultado de situaciones subjetivas o no percibidas. Los recuerdos
generados internamente (imaginados) difieren de los generados externamente (fruto de la percepción) en una
serie de dimensiones. Así, los recuerdos generados externamente incluyen: más información contextual (espacial
y temporal) y m s detalles sensoriales (p.e. colores, ruidos). Los recuerdos de algo imaginado, por su parte,
resultan de procesos mentales e imaginativos y por tanto incluyen: más información interna. Para ello empleamos
principalmente verbos mentales (p.e. yo creí que me seguían, pienso que no debió ocurrir).

Cuando un testigo declara la verdad, está recordando hechos que realmente ha percibido, mientras que si
miente, su declaración está basada en sucesos que no han ocurrido y por tanto sólo existen en su imaginación:
sucesos imaginados. Por lo tanto, podríamos esperar que las declaraciones verdaderas posean m s información
contextual (localizaciones espaciales y temporales) y más detalles sensoriales (p.e. colores, olores) que las
intencionadamente falsas, que a su vez contendrían más información idiosincrásica del testigos (p.e. alusiones a
estados internos) (Alonso-Quecuty, 1992). El empleo de información interna tendría, adema s, la ventaja de su
intensionalidad, una ausencia de compromiso con la verdad-falsedad (Rivière, 1991) que sería muy deseable en
el testimonio falso dado. La investigación experimental de la credibilidad de las declaraciones realizada desde la
hipótesis del control de la realidad de los recuerdos, confirma la viabilidad del empleo de estos criterios de

23
memoria para la discriminación entre ambos relatos (ver Alonso-Quecuty, 1998). Estas claves del mensaje, que
ten acertadamente parecen funcionar para discriminar relatos verdaderos y falsos, son mucho menos conocidas
por el hombre de la calle que, influenciado por nuestra cultura se centra en la detección del mentiroso, ignorando
las claves disponibles para la detección de la mentira. La pregunta ahora es: ¿cuál de las dos opciones defienden
los que tienen, por su trabajo, la ultima palabra a la hora de tomar la decisión sobre la credibilidad de testigos,
víctimas y procesados?

La importancia que el sistema legal otorga a las pruebas testificales hace que, en numerosas ocasiones, la tarea
del juez consista, como el famoso juicio de Salomón, en decidir a cual de las partes creer.

La investigación psicológica se ha desarrollado desde dos perspectivas distintas según haya buscado las claves
fisiológicas y comportamentales que coexisten con la mentira (Ekman, 1985; Köhnken, 1989; Yuille, 1989;
Zuckerman, DePaulo y Rosenthal, 1981), o analizado los criterios que permiten diferenciar un relato falso de otro
verdadero (Alonso-Quecuty, 1992; Honts y Devitt, 1993). Los resultados de las investigaciones realizadas desde
una y otra perspectiva muestran cómo la evaluación de la credibilidad desde la decodificación de claves
asociadas al mentiroso presenta riesgos graves de error. Hoy, la investigación de la credibilidad parece haber
encontrado la solución en el funcionamiento de claves de contenido presentes en los relatos y que permitirían
diferenciar los verdaderos de los falsos (ver Alonso-Quecuty, 1998 para una revisión). Así, de la detección del
mentiroso, hemos pasado a la de la mentira.

No obstante, este avance en el descubrimiento de nuevas estrategias para la detección del engaño no ha
transcendido del laboratorio al hombre de la calle que, fiel a las teorías ingenuas disponibles desde nuestra
cultura (p.e.: mírame a los ojos y sabré si estás mintiendo o no), sigue pensando en la tarea de detección como
una decodificación de las claves directamente observables en el mentiroso.

3.3. LA DENUNCIA FALSA


La Historia y muchas literaturas ilustran diversos tipos de denuncias falsas. Varios guiones de películas
(disponibles en cualquier video-club) describen muy bien distintos aspectos de tan patológico fenómeno, y en
algunos casos puede ser muy recomendable que las víctimas de denuncias falsas dediquen un par de horas a
ver la película que mejor se adapte a su situación, no sólo por las técnicas y argumentos que le aporten, sino
también por mantener alta la autoestima y la moral de quien ha sido denunciado falsamente, y tal vez no
encuentre en quién apoyarse, ni a quién confiar su problema, mientras dura su calvario.

Las denuncias falsas son rápidamente identificadas por sus víctimas, pero resultan lejanas y dudosas a quienes
nunca han sido denunciados falsamente, ni son reconocidas como tales por sus autores, en casi ningún caso.
Una denuncia falsa es, en muchos casos, una intensa prueba de madurez a la que el destino somete a la víctima
por la iniciativa de un querulante o delirante, pero también con la complicidad de quien sistemáticamente piensa
que "cuando el río suena, agua lleva", sin pararse a pensar que ni lo uno ni lo otro es delito, o que algo sea más
falso. Quienes han vivido el impacto social y psicológico de verse acusados falsamente no olvidan, no pueden
olvidar los peores momentos, el alto precio ya pagado, y sobre todo, la duda de quien menos debería haber
dudado. Podemos dar fe deque se pierden los malos amigos, mientras dudan o fastidian.

Chesterton sabiamente decía que las mentiras son más peligrosas cuanto más se aproximan a las verdades. Los
tontos no son capaces de separar unas de otras sin ayuda más inteligente, y por ello es muy recomendable que
un profesional les haga reconocer sin ambigüedades ni reservas las verdades que exculpan al falsamente
denunciado, y también les haga ver y repudiar las mentiras demostradas que inculpan al denunciante falso. Las
técnicas criminalísticas y la criminología más profunda pueden y deben ser aplicadas firmemente tanto al más
frívolo de los cotillas, como al más respetable de los magistrados para liberar pronto y definitivamente a quien el
denunciante falso ha tratado de enredar y complicar con sus maliciosas acusaciones, incluso con una ejemplar
condena en costas y actos de desagravio incluso en público, hasta la plena satisfacción de la víctima.

La denuncia falsa exige tiempo, inteligencia y atención de la víctima, pero no mucho más cuando se cuenta con
un buen asesoramiento técnico y legal. En cierta forma, algunos querulantes son ladrones del tiempo de sus
víctimas, por lo que hay que intentar marcar el ritmo de las actuaciones y disimular o aplazar cualquier
imposibilidad de dedicarse oportunamente a la defensa de los intereses, imagen y derechos de la víctima. Son

24
conocidos algunos querulantes que desde lugares muy mal comunicados, como Huelva, aprovechan la distancia
y el tiempo que consume la personación en "sus juzgados", para coaccionar a sus víctimas más ocupadas,
aumentando así la inteligencia y maldad de su perversión.

Desde la perspectiva criminológica y victimológica se han de catalogar los perfiles del falso denunciante y de su
víctima con cierta definición junto a la esencia de lo que es una denuncia falsa, más allá del error acusatorio.
Pueden encontrarse también elementos comunes entre denuncias falsas de contenido e intención muy diferente
que permiten analizar su núcleo y fenomenología crítica para la política criminal y la mejor defensa de los
afectados. Sin embargo, en este trabajo no se pretende dar consejo legal, sino sólo una visión global y
criminológica-victimológica, desde cuya perspectiva se mejoren las técnicas neutralizadoras contraatacantes en
un procedimiento judicial o policial abierto, especialmente basadas en la peritación judicial de un experto
criminólogo, capaz de proponer y realizar la prueba apropiada dentro del procedimiento judicial abierto
preferentemente en fase de instrucción.

La peor de las motivaciones de una denuncia falsa es la envidia patológica. La relación entre el denunciado
falsamente y el denunciante falso siempre es muy compleja, pero en la mayoría de los casos suele haber un
componente, característica o virtud en la víctima inalcanzable para el querulante que utiliza los ángulos más
frágiles de la reputación para intentar que su objetivo se baje del pedestal en el que él considera que se le ha
subido inmerecidamente y, además, sacar todo el partido de ello que pueda conseguir en algún momento de
debilidad de la víctima.

Los delitos falsamente denunciados pueden ser muy variados, aunque las amenazas y coacciones sin testigos ni
documentos son más habituales, no son infrecuentes muchos otros tipos específicos de acusaciones, como
apropiaciones indebidas, hurtos, incendios, daños, envenenamientos, acosos sexuales, sabotajes y últimamente
una gran variedad de delitos tecnológicos (virus informáticos, descubrimiento y revelación de secretos, piratería
de software, hacking, cracking y phreaking, etc). Pero lo esencial de la falsa denuncia no es el tipo de la
acusación, que en ocasiones puede ser sólo un pretexto inconcreto que invita a la policía (incluyendo a la
municipal) o la guardia civil, y al juez instructor, a iniciar diligencias especialmente molestas, desagradables y
perturbadoras para el denunciado, mientras el denunciante trata de ejercer presión piscológica, social y
profesional negociando un hipotético desestimiento con interesadas condiciones basados en una extorsión legal
inaceptable desde cualquier perspectiva ética o criminológica.

3.3.1. CARACTERÍSTICAS CRIMINOLÓGICAS ESENCIALES DE LA DENUNCIA


FALSA
No es posible definir ninguna perversión por sus modelos ideales, pero sí que se debe de analizar el tipo delictivo
amplia y profundamente, no sólo por su interpretación puramente legal, o la que ha ido acumulando la
jurisprudencia, porque la doctrina criminológica no tiene por qué coincidir necesariamente con la que utilizan, o
pretenden utilizar, los abogados penalistas o los magistrados cuando motivan sus sentencias. No es éste ni el
momento ni el lugar para diferenciar a la Criminología del Derecho Penal pero baste aquí con la consideración de
sus diferencias científicas en sus bases, medios y fines.

Así, el análisis criminológico pretende ser mucho más universal que el del tipo delictivo del correspondiente
artículo del Código Penal de un país en concreto, porque la denuncia falsa, desde la perspectiva criminológica,
es una realidad con independencia de cuáles sean las normas y las tradiciones, o las prácticas judiciales al
respecto en un lugar geográfico y en un momento histórico determinado, porque sea cualfuere su consideración
formal, las denuncias falsas han existido en todas las épocas, y en todas las culturas y sociedades.

La inteligencia y la cultura se definen bien por la forma de razonar ante una falsa acusación. Es muy indicativo el
hecho de que en las poblaciones menos preparadas, con sistemas educativos deficientes y las más aisladas, con
menos intercambios demográficos, las denuncias falsas "prosperan" en mucha mayor medida que entre las élites
de las grandes ciudades, donde resulta mucho más difícil intoxicar y no es aceptable para la comunidad el iniciar
procedimientos legales sin suficiente fundamento y pruebas. También es mucho más fácil denunciar falsamente
al ausente, o al forastero, como bien conocen los cónsules y embajadores de países más civilizados destinados
en los que no lo están tanto.

25
Un caso intermedio entre el error y la querulancia se encuentra en los desvíos de responsabilidad, en el que el
denunciante orienta su acusación no hacia quien él cree que haya cometido un delito, o una falta (a veces le
resulta suficiente la indemnización de la falta, pero si depende del querulante, tratará de elevar la pena), sino a
quien antes y más puede pagar, y también sufrir, por su acusación. Es decir, que se aprecia una perversa
tendencia a dirigir la acusación hacian quien es más solvente o hacia quien está más indefenso, en lugar de
hacia quien es más culpable. Este tipo de casos ofrece una gran variedad de matices y grados que sólo pueden
ser bien resueltos por la lógica de las pruebas en materia criminal.

La denuncia falsa se define mucho más por su intención, generalmente extorsionante, coactiva, difamadora,
injuriosa, calumniosa, y en definitiva, calumniosa y chantajista, que por su falso pretexto penal. Es un error
intelectual, más allá de lo incorrecto jurídicamente, centrar los esfuerzos analíticos sólo en los hechos que se
denuncian antes y más que en la intención del denunciante, porque eso es lo que precisamente desea el
malvado denunciante: que sólo se hable de su denuncia, sintiéndose inmediatamente ofendido e irritado ante
cualquier duda o cuestionamiento de su "ilimitado" derecho a denunciar.

Conviene hacer un esfuerzo para separar la subjetividad maliciosa del denunciante, de la objetividad racional de
los hechos y sus datos conocidos por cada parte, y por quien recibe, instruye o conoce por cualquier
procedimiento el contenido o una noticia de la denuncia, de la afectada subjetividad del denunciado, que en
muchos casos se encuentra indefenso e indignado hasta llegar a la furia. En ciertas denuncias falsas, la reacción
del denunciado puede parecer desporporcionada y muy perjudicial para sus propios intereses, y aunque nunca
es recomendable perder el control de la situación, ni la autoestima, incluso imputado o procesado legalmente por
la más maliciosa actuación de un querulante con perversas patologías clínicas, es pefectamente comprensible y
no puede dejar de ser considerado con mayor benevolencia cualquier error o daño que produzcan las palabras
de un denunciado falsamente, y en cualquier caso, legalmente existe una posibilidad de que la injusta condición
de imputado actúe como atenuante de sus actos, y especialmente de sus palabras. Pero siempre es mejor
advertir a quien acusa imputando falsamente delitos, y a quien instruye policial o judicialmente una denuncia
falsa, que no se dudará en utilizar cuantos derechos asistan al imputado, sin concesiones ni descanso, aunque
con ello se perjudique gravemente al malvado y al necio que no lo reconoce, incluso iniciando acciones legales
por presunta prevaricación de cualquier funcionario que ignore alguno de los derechos del imputado por
denuncias falsas.

La inteligencia criminológica se inicia con la separación de las subjetividades de cada uno de los interlocutores,
denunciante, denunciado y juez, en su sentido más amplio, porque el problema es que, mejor o peor, y antes o
después, todos los que conocen una denuncia falsa la juzgan de alguna manera, y resulta muy difícil para el
denunciado informar a todos de cuando demuestra su falsedad mientras el denunciante hace lo posible por
cultivar ampliamente suspicacias y sospechas. El tiempo que tarde en reaccionar cada juez para desestimar una
denuncia falsa es también una precisa medida de su inteligencia y preparación.

En el primer análisis de una denuncia falsa se evidencia que intenta personalizar mucho más que tipificar, y
busca el castigo mucho antes que cualquier tipo de compensación o solución adecuada al problema, porque su
intención es coactiva y extorsionadora. La máxima criminológica "odia el delito, pero compadece al delincuente",
es completamente opuesta a la inspira al falso denunciante, a quien suele afectarle muy poco la realidad de los
hechos que define con poca precisión, y por el contrario, pretende definir muy detalladamente al denunciado y
sus antecedentes personales para poder utilizar su denuncia como coacción.

También es conveniente relacionar la denuncia falsa con otros delitos, y en nuestra opinión pocos tienen tanto en
común, y tan poco esencialmente diferente a la denuncia falsa, como el "libelo". Evidentemente, publicar una
información falsa, a sabiendas de que es falsa, sólo está al alcance de periodistas y editores, pero todo
ciudadano siempre tiene el derecho de poder presentar una denuncia falsa en una comisaría, cuartelillo de la
guardia civil o juzgado de guardia. Probablemente si pudieran, muchos falsos denunciantes preferirían utilizar un
medio de comunicación en lugar, o además, de un juzgado de instrucción, pero lo cierto es que para la víctima de
una falsa denuncia, o de un libelo, la defensa resulta difícil en ambos casos. No son infrecuentes los casos en los
que el falso denunciante intenta dar la máxima publicidad a su alcance para la denuncia falsa, por lo que la
víctima tiene abiertos dos frentes, uno en el juzgado, y otro en los medios de comunicación social, o en su

26
entorno profesional, familiar o afectivo, por el ataque deliberado a su reputación, prestigio, seguridad jurídica,
patrimonio y modo de vida.

Como toda realidad diversa y compleja, la denuncia falsa presenta una variedad de tonalidades también en la
intención de quien denuncia. Pero sin duda, la más eficaz introspección se encuentra en el hecho inherente de su
falsedad, en la medida en que el denunciante sea consciente de ella. Este punto es crucial para cualquier
planteamiento probatorio eficaz para defensa de la víctima de cualquier denuncia falsa, como se propondrá y
explicará más adelante, porque si puede demostrar que el denunciante es consciente de la falsedad, excluyendo
la posibilidad de que se encuentre en un error, todo lo demás resulta accesorio, o más agravante, en la precisa
denuncia contra el denunciante falseador de hechos.

3.3.2. EL CÓDIGO PENAL VIGENTE EN ESPAÑA Y LA FALSEDAD DE DENUNCIAS Y


TESTIMONIOS
Aunque no quisiéramos perder generalidad limitando a nuestro país, y sólo nuestro tiempo, la tipificación delictiva
de las denuncias falsas, resulta muy conveniente leer atentamente las disposiciones legales vigentes para el
denunciado falsamente. Tenemos interés por comparar esta normativa penal con las de otros países, y también
queremos comprender la evolución desde la Prehistoria, hasta la actualidad, pasando por épocas singulares en
las que se fomentaron inquisitorialmente, o se reprimieron hasta las más probadas denuncias dictatorialmente,
así como todas las variantes de intenciones, falsedades, e imputaciones.

Hasta 1996, el antiguo Código Penal, articulaba en el 325 y su bis (recuerdo que un profesor que tuve en
penología, agudo jurista, decía siempre que cuando veamos un artículo "bis", debíamos echarnos a temblar), el
delito de denuncias falsas. El bis, en este caso ya derogado, intentaba proteger al máximo al denunciante de
"cualquier acto contra la vida, integridad, libertad, seguridad o bienes", incluso después de celebrado el juicio. En
el actual Código Penal, no hay "bis", y nos permitimos recomendar también a continuación la lectura de los
artículos que tipifican el falso testimonio, porque la experiencia pericial demuestra que una gran parte de las
denuncias falsas están asociadas, relacionadas, o en connivencia, con falsos testimonios y peritos o intérpretes
mendaces.

CAPÍTULO V De la acusación y denuncia falsas y de la simulación de delitos

Artículo 456.

1. Los que, con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad, imputaren a alguna
persona hechos que, de ser ciertos, constituirían infracción penal, si esta imputación se hiciera ante
funcionario judicial o administrativo que tenga el deber de proceder a su averiguación, serán
sancionados:

1. Con la pena de prisión de seis meses a dos años y multa de doce a veinticuatro meses, si se imputara
un delito grave.

2. Con la pena de multa de doce a veinticuatro meses, si se imputara un delito menos grave.

3. Con la pena de multa de tres a seis meses, si se imputara una falta.

2. No podrá procederse contra el denunciante o acusador sino tras sentencia firme o auto también firme,
de sobreseimiento o archivo del Juez o Tribunal que haya conocido de la infracción imputada. Estos
mandarán proceder de oficio contra el denunciante o acusador siempre que de la causa principal resulten
indicios bastantes de la falsedad de la imputación, sin perjuicio de que el hecho pueda también
perseguirse previa denuncia del ofendido.

Artículo 457.

El que, ante alguno de los funcionarios señalados en el artículo anterior, simulare ser responsable o
víctima de una infracción penal o denunciare una inexistente, provocando actuaciones procesales, será
castigado con la multa de seis a doce meses.

CAPÍTULO VI Del falso testimonio

27
Artículo 458.

1. El testigo que faltare a la verdad en su testimonio en causa judicial, será castigado con las penas de
prisión de seis meses a dos años y multa de tres a seis meses.

2. Si el falso testimonio se diera en contra del reo en causa criminal por delito, las penas serán de prisión
de uno a tres años y multa de seis a doce meses. Si a consecuencia del testimonio hubiera recaído
sentencia condenatoria, se impondrán las penas superiores en grado.

3. Las mismas penas se impondrán si el falso testimonio tuviera lugar ante Tribunales Internacionales
que, en virtud de Tratados debidamente ratificados conforme a la Constitución Española, ejerzan
competencias derivadas de ella, o se realizara en España al declarar en virtud de comisión rogatoria
remitida por un Tribunal extranjero.

Artículo 459.

Las penas de los artículos precedentes se impondrán en su mitad superior a los peritos o intérpretes que
faltaren a la verdad maliciosamente en su dictamen o traducción, los cuales serán, además, castigados
con la pena de inhabilitación especial para profesión u oficio, empleo o cargo público, por tiempo de seis
a doce años.

Artículo 460.

Cuando el testigo, perito o intérprete, sin faltar sustancialmente a la verdad, la alterare con reticencias,
inexactitudes o silenciando hechos o datos relevantes que le fueran conocidos, será castigado con la
pena de multa de seis a doce meses y, en su caso, de suspensión de empleo o cargo público, profesión u
oficio, de seis meses a tres años.

Artículo 461.

1. El que presentare a sabiendas testigos falsos o peritos o intérpretes mendaces, será castigado con las
mismas penas que para ellos se establecen en los artículos anteriores.

2. La misma pena se impondrá al que conscientemente presente en juicio elementos documentales


falsos. Si el autor del hecho lo hubiera sido además de la falsedad, se impondrá la pena correspondiente
al delito más grave en su mitad superior.

3. Si el responsable de este delito fuese abogado, procurador, graduado social o representante del
Ministerio Fiscal, en actuación profesional o ejercicio de su función, se impondrá en cada caso la pena en
su mitad superior y la de inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio, por
tiempo de dos a cuatro años.

Artículo 462.

Quedará exento de pena el que, habiendo prestado un falso testimonio en causa criminal, se retracte en
tiempo y forma, manifestando la verdad para que surta efecto antes de que se dicte sentencia en el
proceso de que se trate. Si a consecuencia del falso testimonio, se hubiese producido la privación de
libertad, se impondrán las penas correspondientes inferiores en grado.

3.3.3. LA PRUEBA PERICIAL DE LA FALSEDAD DE UNA DENUNCIA


No resulta fácil probar formalmente que un denunciante sabe que los hechos que imputa son falsos, incluso en
los casos más descarados y escandalosos. Pero suele ser técnicamente posible hacerlo si se cuenta con la
paciencia y la inteligencia suficiente para construir una pieza de convicción probatoria del conocimiento de ciertos
hechos por parte del denunciante que son ignorados deliberadamente en la denuncia, o de otros datos que sabe
y no puede dejar de saber que son falsos.

El conocimiento de la falsedad de los hechos denunciados, generalmente hábilmente mezclados con otros que
efectivamente sí que puede demostrarse que son ciertos, junto con la intención maliciosa, están relacionados con
varios conceptos criminológicos y criminalísticos clásicos.

28
Antes de hacer planteamientos probatorios, hemos consultado la doctrina científica y pericial sobre la
intencionalidad, y en un dictamen pericial ya presentado y ratificado en un juzgado de instrucción, destacamos lo
siguiente:

Es muy importante para la prueba pericial que necesita la víctima diferenciar bien entre el error que pueda existir
en cualquier denuncia, de la intencionalidad puramente querulante. La doctrina jurídica y criminológica diferencia
bien entre la imprudencia consciente ("tal vez haya un error, pero seguiré adelante con la acusación por si acaso
puede prosperar así") del dolo eventual ("creo, o incluso sé perfectamente que hay un error, pero no me importa,
porque voy a conseguir que prospere mi acusación"), o del mayor grado de dolo, que es la premeditación con
alevosía ("no tengo ningún derecho ni razón para acusar, pero sigo un buen plan y además voy a impedir que el
denunciado pueda defenderse"). Antes ya se ha mencionado el desvío de la acusación hacia el más solvente, o
hacia el más indefenso, lo que origina toda una gama de matices y grados sobre la intencionalidad del
denunciante más o menos equivocado, o la del querulante más o menos malicioso.

La intencionalidad, está, no puede dejar de estar, muy relacionada con el concepto de imprudencia consciente, y
más aún con el de dolo, en cualquiera de sus interpretaciones legales. Para la determinación del dolo y la
conciencia relacionada con la intencionalidad la doctrina consultada confirma plenamente mis presunciones
iniciales para formarme un criterio pericial aplicable a este caso pues, según he leído en "El dolo y su prueba en
el proceso penal" (Ramón Ragués y Vallés, Ed. J. M. Bosch, Barcelona 1999) "El medio probatorio por excelencia
al que se recurre en la práctica para determinar la concurrencia de los procesos psíquicos sobre los que se
asienta el dolo no son ni las ciencias empíricas, ni tampoco la confesión autoinculpatoria del sujeto activo. Las
enormes dudas que suscita la primera vía y la escasa incidencia práctica de la segunda, llevan a que la mayoría
de los supuestos se acaben resolviendo a través de un tercer medio de prueba: la llamada prueba indiciaria o
circunstancial, plasmada en los denominados juicios de inferencia". Señalo, además, dos partes completas y muy
principales de esta obra, sobre la "determinación del dolo" y sobre la "atribución del conocimiento".

Además, la jurisprudencia del Tribunal Supremo argumenta así:

Sentencia del Tribunal Supremo (STS) de 7 de marzo de 1991 (A 1927, ponente De Vega Ruiz), en la
que se afirma que "sabido es que la existencia del dolo, integrado por elementos psicológicos que yacen
en la mente del sujeto activo, es difícil de acreditar. Y que como todo cuanto se guarda en lo más
profundo del ser anímico, sólo puede probarse por una serie de datos (anteriores, coetáneos y
posteriores) que manifiesten, desempolvando íntimos secretos, la voluntad querida" (el magistrado
ponente de esta sentencia es quien también expresamente destaca lo aquí antes subrayado). La STS de
28 de abril de 1989 (A 3558, ponente Puerta Luis), afirma que "la intención o propósito que anima a las
personas, por residir en su esfera íntima, no es directamente perceptible".

Sin embargo, las pruebas indirectas por presunciones basadas en el principio de identidad, e indicios basados en
el principio de causalidad, permiten estimar efectivamente intenciones, también en el falso denunciante. Pero
siempre será necesaria una mínima capacidad de análisis lógico de los hechos, y una experiencia, para que el
juzgador pueda llegar a la convicción de que una denuncia es falsa intencionadamente, al igual que ocurre con
las pruebas más indirectas de otros delitos que sólo pueden ser instruidos mediante inferencias lógicas, como
suele ser el caso del envenenamiento, el sabotaje, las coacciones y amenazas mafiosas, el espionaje y otros
llamados "delitos de inteligencia".

Para fundamentar la metodología probatoria pericial que cabe aplicar para desenmascarar al falso denunciante
es conveniente considerar a ciertos clásicos, como "La lógica de las pruebas en materia criminal", de Nicola
Framarino dei Malatesta, obra criminalística clásica por excelencia, y "Técnica probatoria. Estudio de las
dificultades de la prueba en el proceso", tratado probático de L. Muñoz Sabaté, en lo que se refiere a la
problemática intrínseca de la prueba de "dolo, culpa, conocimiento e intenciones". Otro libro de referencia, con el
título "La mínima actividad probatoria en el proceso penal" (M. Miranda Estrampes, Ed. J.M. Bosch, Barcelona,
1997) puede resultar muy útil a quien ha de "probar su inociencia".

Malatesta propone muy diversas clasificaciones lógicas de las pruebas, pero para denunciar una falsa denuncia
es necesaria una clara perspectiva de la dualidad de las acusaciones, ya que ambas partes acaban por ser
denunciantes y denunciados recíprocamente. Aceptando que en cualquier caso las pruebas pueden ser

29
acusatorias o exculpatorias, además de corroborantes e infirmantes, son estas últimas, precisamente, las
infirmatorias de las primeras acusatorias, esto es, las que encuentran contradicción o vicio en la falsa acusación
las que mejor permiten demostrar su falsedad, o en otro caso su error, situándonos en la óptica del primer
denunciado convencido de su inocencia, pero con dificultades de prueba, generalmente por un proceso
inquisitorio que le obliga a defender su inocencia mediante "pruebas de hechos negativos" (probatio diabolica).

Así, la infirmación de la falsa denuncia exige un cuidadoso análisis del texto, el contexto y sobre todo, de la
intención y el conocimiento del denunciante a través de cualquiera de sus exteriorizaciones, , en cada momento y
lugar, tanto por la contradicción de sus afirmaciones acusatorias, como por la deliberada omisión de cualquier
dato o prueba que pudiera exculpar al denunciado falsamente. Es decir, que el falso denunciante intenta
acumular indicios sospechosos, pero sin aportar relevantes datos y hechos que conoce del denunciado o de sus
acciones para hacer tan difícil como sea posible la defensa de su víctima, y con frecuencia los relata con
sustanciales diferencias, dependiendo de a quién se dirige. Para aplicar técnica informatoria contra denuncias es
preciso hacer una análisis introspectivo del conocimiento del denunciante, y de su intención, cuya legitimidad
específica aumenta en el caso de que un juzgado de instrucción efectivamente haya imputado algún cargo al
denunciado falsamente. Sin duda, es el concepto amplio de la "instrucción", el que mejor protege al denunciado
falsamente, pero como casi todo en la Administración de Justicia, su alcance, rapidez y los daños injustos que
provoca la instrucción depende de la inteligencia, preparación y capacidad de trabajo del juez instructor, el fiscal,
pero también, y frecuentemente en exceso, del secretario judicial, oficiales y agentes del juzgado, así como de la
Policía Judicial.

Como deducción instrumental, la "intencionalidad específica de la denuncia falsa" se debe demostrar, por
cualquier procedimiento probatorio válido, desde el preciso momento en el que el denunciante es consciente de
la falsedad de su acusación, y no desiste de ella, sino que persiste en cuanto perjudique al denunciado,
deliberadamente. Por lo tanto, cualquier exteriorización del conocimiento que tiene el denunciante de la falsedad
de lo que denuncia sirve para demostrar su dolo al perjudicar y, mientras ello le es posible, no dejar de perjudicar,
al denunciado.

Este conocimiento de la falsedad diferencia con precisión al querulante del delirante, al malicioso del errado, al
delincuente doloso del imprudente ignorante, y permite pedir responsabilidades penales además de las civiles por
los daños y perjuicios ocasionados al denunciado, siendo de alguna manera también responsable el instructor
torpe, lento o inquisidor.

Su prueba pericial es, por lo tanto, económica y criminológicamente esencial, porque la compensación de la
víctima, y la corrección del delincuente como denunciante, depende de este relevante extremo, desde una
perspectiva multidisciplinar, y casi siempre supone un singular desafío para el experto.

El caso más difícil de prueba relacionado con denuncias falsas ha sido el de su inducción por parte de un tercero
oculto. Hay ocasiones en las que el denunciante no es el auténtico cerebro de la envolvente inquisitorial, sino que
es utilizado como una marioneta por alguien mucho más inteligente y perverso que mueve sus hilos induciendo
las denuncias y maniobras. No podemos extendernos aquí sobre esas "falsedades de segunda generación", ni es
posible simplificar la mejor estrategia en cada caso, pero la presunción de inocencia, al menos en las segundas
instancias judiciales, permite una defensa que penetra en la mayoría de las inducciones a la falsedad si la víctima
es tenaz en su trabajo probatorio, y se encuentra bien asesorada jurídica y pericialmente.

3.3.4. CONDENAS Y DISCULPAS, EN SU FONDO, FORMA, INTENCIÓN Y


CONSECUENCIAS
Además de cuanto dispone el Código Penal en la tipificación y condena de las denuncias falsas, conviene tener
muy en cuenta que el artículo 102.2 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal establece que "no podrá ejercitar la
acción penal"..."el que hubiere sido condenado dos veces por sentencia firme como reo del delito de denuncia o
querella calumniosas"... "sin embargo, ejercitar la acción penal por delito o falta cometidos contra sus personas o
bienes o contra las personas o bienes de sus cónyuges, ascendientes, descendientes, hermanos consanguíneos
o uterinos y afines" y también "podrán ejercitar también la acción penal por el delito o falta cometidos contra las
personas o bienes de los que estuviesen bajo su guarda legal".

30
En nuestra opinión, hay pocas condenas o disculpas de denunciantes falsos porque hay pocas instrucciones
sobre denuncias falsas, incluso en los casos más evidentes y maliciosos, por lo que hay muy pocas dobles
condenas en sentencias firmes que impidan a los querulantes seguir ejerciendo acciones penales. Y si existen,
resulta muy difícil conocer estos hechos, porque no se publican este tipo de sentencias.

Toda víctima de denuncias falsas puede y debe intentar conseguir la condena por sentencia firme, no sólo por su
propio interés particular, sino por un mínimo sentido del bien y la mayor seguridad jurídica de la sociedad. Si
nadie lo impide, un querulante irá ampliado y perfeccionando su repertorio hasta convertirse en un auténtico
peligro público, por lo que la sociedad debe agradecer y reconocer a quien se toma la molestia de no olvidarse de
lo ocurrido para evitar que vuelva a ocurrir. Sólo una sincera disculpa, preferentemente con una razonable
compensación (no hay que avergonzarse por exigir una reparación, también en lo material, porque el del dinero
es el lenguaje que mejor entienden los querulantes que profesionalizan su perversión), puede motivar la renuncia
a iniciar un procedimiento penal por denuncias falsas a pesar de que se tenga la convicción de que se ha tratado
de perjudicar deliberadamente con ellas a sabiendas de que eran falsas.

No existen fórmulas para tomar la decisión de renunciar a denunciar al falso denunciante, y en cada caso hay
que sopesar muchas circunstancias según el criterio del denunciado falsamente, el único que debe tomar o dejar
de tomar esa decisión. Pero una vez que se haya tomado, conviene no dudar, porque la duda es el terreno más
fértil para la perversión del querulante y nos podemos encontrar con muchas desagradables sorpresas después
de haber olvidado en falso el mal trago. Hay que custodiar con celo las pruebas exculpatorias, la sentencia o el
auto de sobreseimiento y archivo, o el documento en el que quede plasmada la disculpa, porque es posible que
alguna vez tengamos que mostrárselo a alquien informado parcialmente.

Como decía Malatesta en su estudio "de la disculpa" en "Lógica de las pruebas en materia criminal", el testimonio
que disculpa al acusado de una denuncia probadamente falsa tiene en su contra una sospecha de descrédito que
le quita credibilidad, pues siempre se presume que en provecho propio fácilmente mentimos; y esa presunción de
mendacidad no carece de fundamento.

El hombre, por necesidad ingénita, aspira a no empeorar su propia condición, sino a mejorarla; aspira a alejar los
males y a atraer los bienes; y por esto, cuando del diverso tenor de sus palabras se puede derivar un mal o un
bien para él, fácilmente se comprende que, aun a expensas de la verdad, se verá inclinado a decir lo que le
favorece y no lo que le perjudica. Si probamos como verdadera la culpabilidad del falso denunciante, éste, para
escapar al mal que representa la pena, se dejará llevar, en su testimonio, más a la disculpa que a la confesión.

La mejor prueba contra la denuncia falsa se encuentra entre la disculpa y la confesión del denunciante, pero no
basta decir que para alegar legítimamente en contra del acusado de denuncias falsas la sospecha de que miente,
es necesario que éste sea indicado de modo suficiente por las pruebas como responsable; se requiere, además,
que esa sospecha de mendacidad no pueda hacerse valer con relación a la prueba que es única indicadora de la
culpabilidad, para darle importancia a su valor probatorio frente al testimonio de disculpa del denunciante falso.
Repetimos que toda denuncia, y más aún la que es falsa, surge de la mente y es ahí donde debe probarse su
intención, más allá de la prueba de su falsedad.

Pero la disculpa, que puede llegar a ser todo un arte en la diplomacia, puede ser también una perversión más
para el cínico que sólo busca neutralizar a la víctima cuando ésta ha probado que lo es. Hay que exigir algunas
garantías que de no se va a repetir la falsedad del denunciante, porque a veces es muy fácil ser bueno, pero
mucho más difícil es ser justo, y contra un querulante siempre es mucho más necesaria, más memorable y más
meritoria la justicia inteligente, tenaz y esforzada, que la benevolencia perezosa, cómoda y olvidadiza.

3.3.5. LA PERSONALIDAD Y EL COMPORTAMIENTO DEL FALSO DENUNCIANTE


El falso denunciante reincidente, y más aún quien adapta su modo de vida y profesión a esta repugnante
práctica, tiene una estructura de su personalidad y un comportamiento psicopático y sociopático característico,
generalmente respaldado por una activa inteligencia y una sobravaloración de sus propios derechos en perjuicio
de quienes le rodean, y especialmente de sus denunciados, porque las denuncias falsas no suelen ser la única
"hazaña" de la que es capaz un querulante. Insidias, infundios, conspiraciones, intoxicaciones y todo tipo de
conflictividades surgen a su alrededor de manera difícilmente relacionables con él salvo que se haga un profundo

31
estudio de su evolución a lo largo del tiempo en sus diferentes entornos, según sus presumibles intenciones en
cada momento y lugar. Tanto su personalidad, con sus antecedentes, diagnóstico y pronóstico, como sus pautas
de conducta y capacidad de reacción, exigen un fino análisis que a veces no queda más remedio que basarlo en
sutilezas y gestos del querulante, y en testimonios dispersos, parciales, pocas veces bien artículados, y casi
nunca documentados.

Una de las clasificaciones más aceptadas científicamente también desde una perspeciva forense, es la CIE-10,
última revisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Según puede verse en [Link] CIE-10
describe un rango de patologías que podemos relacionar con el perfil del denunciante falso, así:

F60-F62 Trastornos de la personalidad y del comportamiento del adulto

Incluye diversas alteraciones y modos de comportamiento que tienen relevancia clínica por sí mismos, que
tienden a ser persistentes y son la expresión de un estilo de vida y de la manera característica que el individuo
tiene de relacionarse consigo mismo y con los demás. Algunas de estas alteraciones y modos de comportamiento
aparecen en estadios precoces del desarrollo del individuo, como resultado tanto de factores constitucionales
como de experiencias vividas, mientras que otros se adquieren más tarde a lo largo de la vida.

De las patologías descritas por CIE-10 consideramos dos especialmente adecuadas para identificar y perfilar al
falso denunciante como paranoide y disocial, tanto por su querulancia activa, como por su amoralidad, intentando
obligar a los demás a respetar unas normas legales que él mismo no respeta. En muchos casos, el falso
denunciante es perfectamente capaz de denunciar falsamente los delitos que él mismo comete, incluso hasta
llegar al temible pero bien conocido síndrome del "bombero pirómano".

Las psicopatías y sociopatías características del falso denunciante no sólo se definen por sus incompatibilidades
excluyentes. El paranoide no delira, sino que "conspira contra supuestas conspiraciones", y el sociópata no es
emotivo, sino que permanece impasible ante el daño causado que él mismo nunca soportaría. La intolerancia,
entendida como todo aquello que el indeseable se permite a sí mismo, pero no permite a los demás, es lo
opuesto a la tolerancia, como aquello que no nos permitimos a nosotros mismos, pero que aceptamos, o al
menos "toleramos", si lo hacen otros, pese a que no nos agrade.

Estas dos patologías, con su intolerancia, enmarcan de alguna manera al falso denunciante, generalmente
dotado de una gran inteligencia orientada a la perversión, por lo que nunca conviene despreciar o ignorar su
malicia, y es aconsejable hacerle frente con decisión y contundencia, sin concesiones de ningún tipo, hasta
conseguir una confesión documentable a efectos legales, y un reconocimiento expreso hasta la satisfacción de
los perjudicados, porque por lo general, el falso denunciante interpreta como una victoria cualquier gesto del
denunciado, o cualquier diligencia del instructor.

Esta mayor inteligencia suele servir para perfeccionar su "solipsismo probatorio" en el muy intencionado sentido
de crear y cerrar círculos indemostrables, buscando deliberadamente dejar al denunciado ante un cúmulo de
pruebas diabólicas de hechos negativos en procesos inquisitoriales mientras se cultiva el apoyo de la autoridad
judicial y policial.

En términos puramente clínicos, la clasificación CIE-10 define los dos tipos que mejor enmarcan la personalidad y
la conducta del falso denunciante, así:

F60.0 Trastorno paranoide de la personalidad

Es un trastorno de personalidad caracterizado por:

 Sensibilidad excesiva a los contratiempos y desaires.

 Incapacidad para perdonar agravios o perjuicios y predisposición a rencores persistentes.

 Suspicacia y tendencia generalizada a distorsionar las experiencias propias interpretando las


manifestaciones neutrales o amistosas de los demás como hostiles o despectivas.

 Sentido combativo y tenaz de los propios derechos al margen de la realidad.

 Predisposición a los celos patológicos.

32
 Predisposición a sentirse excesivamente importante, puesta de manifestado por una actitud
autorreferencial constante.

 Preocupación por "conspiraciones" sin fundamento de acontecimientos del entorno inmediato o del
mundo en general.

Incluye:

 Personalidad expansiva.

 Personalidad paranoide.

 Personalidad sensitiva paranoide.

 Personalidad querulante.

 Trastorno expansivo de la personalidad.

 Trastorno sensitivo paranoide de la personalidad.

 Trastorno querulante de la personalidad.

Excluye:

 Esquizofrenia (F20.-).

 Trastorno de ideas delirantes (F22.-).

F60.2 Trastorno disocial de la personalidad

Se trata de un trastorno de personalidad que, normalmente, llama la atención debido a la gran disparidad
entre las normas sociales prevalecientes y su comportamiento; está caracterizado por:

 Cruel despreocupación por los sentimientos de los demás y falta de capacidad de empatia.

 Actitud marcada y persistente de irresponsabilidad y despreocupación por las normas, reglas y


obligaciones sociales.

 Incapacidad para mantener relaciones personales duraderas.

 Muy baja tolerancia a la frustración o bajo umbral para descargas de agresividad, dando incluso lugar
a un comportamiento violento.

 Incapacidad para sentir culpa y para aprender de la experiencia, en particular del castigo.

 Marcada predisposición a culpar a los demás o a ofrecer racionalizaciones verosímiles del


comportamiento conflictivo.

Puede presentarse también irritabilidad persistente. La presencia de un trastorno disocial durante la


infancia y adolescencia puede apoyar el diagnóstico, aunque no tiene por qué haberse presentado
siempre.

Incluye:

 Trastorno de personalidad sociopática.

 Trastorno de personalidad amoral.

 Trastorno de personalidad asocial.

 Trastorno de personalidad antisocial.

 Trastorno de personalidad psicopática.

Excluye:

 Trastornos disocíales (F91.-).

 Trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad (F60.3).

33
Otra clasificación de interés es la D.S.M.-III, que establece tres grupos entre los trastornos específicos de la
personalidad atribuible al denunciante falso:

1. Es en el que se incluyen los extraños o los excéntricos; paranoides, esquizoides y esquizotípicos.

2. Los teatrales, emotivos y volubles; antisocial, límite, histriónico y narcisista

3. Los que parecen ansiosos y temerosos: evitación, dependencia, y obsesivos-compulsivos

Considerando algunos detalles de perfil y conducta que ofrece D.S.M. III, en ciertos casos, las denuncias falsas
pueden encuadrarse en el "juego patológico" como un "trastorno del control de los impulsos" no clasificado en
otros apartados, porque si buscan con afán la notoriedad, inmediatamente dan la máxima difusión a su alcance a
la denuncia.

El Dr. José Antonio García-Andrade, en "Psiquiatría Criminal y Forense" sostiene que "el psicópata fanático es
aquel que tiene unas ideas sobrevaloradas, que ejercen una acción tiránica sobre el campo de la conciencia, por
su permanencia y gran carga afectiva, de tal manera que muchas veces no sabemos en presencia de quien
estamos: si ante un idealista apasionado que por sus ideales es capaz de sacrificar su vida o su porvenir; en
presencia de un fanático que tiene unas ideas sobrevaloradas; o bien ante un paranoico con su vivencia
delirante, puesto que en ocasiones es muy difícil establecer las fronteras entre unos y otros".

Según el Dr. García-Andrade, las falsas denuncias por violación tienen un triple origen: el chantaje económico, la
venganza y la fantasía histérica. Pero las falsas denuncias de otros tipos de delitos distintos de los sexuales,
especialmente en los denunciados por varones adultos con ciertos estudios, pueden tener también un más cierto
afán de notoriedad, tanto para el querulante muy consciente de la falsedad de su denuncia, como en el delirante
mesiánico que alimenta su error con proselitismo.

Si no fueran tan serias y peligrosas las imputaciones penales de las denuncias falsas, el mejor antídoto contra el
veneno psicológico y sociológico del querulante sería el humor. Un buen chiste enfurece al paranoide hasta
dejarlo en evidencia. Una broma bien medida puede ser la mejor prueba de que nos encontramos ante un
enfermo mental con perversas intenciones policiales y judiciales.

En nuestra opinión, desde una perspectiva criminológica, se aprecia el llamado "efecto drácula" en la mayoría de
los querulantes porque suelen haber sido a su vez denunciados anteriormente, siendo muy interesantes los
detalles y la historia de las experiencias que ha tenido el denunciante falso con la Justicia y la policía, porque el
descubrimiento del arma que para él supone una la oficina de denuncias suele iniciarse desde el otro lado,
cuando el querulante ha experimentado por sí mismo la intranquilidad y las molestias de una imputación criminal.

Muchos querulantes se derrumban sólo ante la pregunta ¿es la primera vez que Vd. denuncia algo así?, porque
saben perfectamente que tirando de ese hilo argumental acabarán completamente desacreditados. También es
un punto psicológicamente débil en los falsos denunciantes la envidia patológica que sienten por los méritos, la
reputación o alguna de las posesiones de la víctima.

También existen denunciantes falsos con auténticos complejos de inferioridad hacia el denunciado falsamente. A
veces se tarda más en que un juez descubra que el denunciante es tonto y torpe, incapaz de disimular su
envidia, de lo que tardaría en percatarse de que se trata de un inteligentísimo querulante profesional. Las
personas con más éxito tienen un prudente temor hacia cualquier signo de envidia, porque saben que pueden
acabar difamadas, o incluso denunciadas. Los mitómanos llegan a denunciar con una falsedad que raya en el
delirio, pero no por ello dejan de ser peligrosos. A veces la admiración y el afecto se transforman rápidamente en
infundios, calumnias y denuncias.

Tampoco es inusual que los denunciantes no sean personas físicas, sino jurídicas, porque hay empresas y
asociaciones que declaran no tener ánimo de lucro, cuya principal actividad, y su mayor fuente de ingresos, está
directamente relacionada con los pleitos. En la práctica, algunos querulantes exitosos llegan a consolidar una
auténtica organización empresarial o asociación tras la cual orientan sus denuncias hacia quien más rentable
pueda ser para sus perversos fines. Muchos periodistas especializados en información económica, empresarial o
financiera conocen bien a los informadores chantajistas que callan en público mucho más de lo que dicen saber
en privado para obtener muy variados tipos de compensaciones. Pero los que mejor conocen esta realidad son

34
los financieros que han cometido algún error, o que sin haberlo cometido, han sido el objetivo de alguien capaz
incluso de generar pruebas falsas y de utilizarlas incluso en otro país.

Por todo ello, los antecedentes policiales y judiciales del denunciante, tanto se es un particular, como si es una
empresa, que un imputado y más aún un procesado puede exigir en una ratificación de la denuncia, y por otros
procedimientos más burocratizados y a veces hasta oscurantistas, facilitan el análisis y la evidencia de la malicia
o el error, sin perjuicio de que puedan entremezclarse intencionadamente en ciertos casos, como también es
posible que eventualmente se unan contra la víctima los maliciosos, con los ignorantes.

3.3.6. LAS RELACIONES PROFESIONALES, SOCIALES E INSTITUCIONALES DEL


DENUNCIANTE FALSEADOR
Muchas de las denuncias falsas tienen como objetivo adquirir o mantener una posición, y una negativa, o un
despido, pueden provocar diversos tipos de denuncias. Pero prestando más atención a las denuncias falsas
premeditadas que a las espontáneas por reacción, es decir, a las que tienen más intención extorsionadora, se
aprecian ciertas tendencias a la relación amistosa con funcionarios de la Administración de Justicia y con los
miembros de las Fuerzas de Seguridad. En muchos juzgados, comisarías y cuarteles o dependencias de la
Guardia Civil se conoce bien a más de un querulantes, siendo particularmente peligrosos los que consiguen
establecer vínculos afectivos o de interés porque posteriormente no dudarán en utilizarlos para reforzar el
proceso inquisitivo de alguna de sus denuncias falsas. Es decir, que buscan una cierta recomendación para
aumentar la credibilidad de su persona y de su forma de denunciar aumentando con ello las dificultades de
defensa de sus víctimas.

El falso denunciante critica la ineficiencia de los juzgados al mismo tiempo que la convierte en su cómplice,
incluso provocándola u obstruyéndola, según le convenga en cada caso. Sabe perfectamente que los
procedimientos abreviados duran muchos meses abiertos incluso en los casos en los que resulta más evidente la
inocencia del imputado, y el perjuicio a su imagen que se le causa mientras el procedimiento esté abierto, y aún
después. El querulante sigue de cerca cuantas diligencias ordena el juez instructor incluso si no tiene ningún
derecho a ello, siendo escandalosa su superioridad e inmediatez para conseguir cualquier información judicial
mucho antes que su denunciado. Aprovecha la general ignorancia de los derechos que asisten a cualquier
imputado, y la pereza y comodidad de los funcionarios, porque si su denunciado los ejerciera con eficacia, en
poco tiempo se conocerían las "hazañas" del denunciante falso y cualquier complicidad que pueda tener con
funcionarios de la Administración de Justicia, policías, guardias civiles o peritos. Son especialmente graves las
connivencias entre querulantes y cónsules o funcionarios de embajadas, porque las denuncias a distancia
resultan mucho más difíciles de neutralizar, y su daño pronto es irreversible.

Los funcionarios no pueden, o al menos no deben, contribuir a la perversión de las denuncias falsas. Si lo hacen,
deben ser también conscientes de que, como mínimo, corren el riesgo de que se les abra un expediente, y como
máximo, pueden ser acusados, e incluso condenados, por prevaricación. Es bastante conocida una sentencia
que ha condenado por prevaricación a un juez, y a pesar de los indultos gubernamentales, sigue apartado de la
carrera judicial. Nadie más que él puede saber con total seguridad lo que hizo, y en base a qué conocimiento o
ignorancia actuó en cada momento, mientras que los estudiosos y los peritos sólo podemos investigar sus
exteriorizaciones, buscando y analizando cualquier tipo de prueba, por indirecta y sutil que ésta sea.

Algunas profesiones liberales, además de la de periodista, son especialmente criminógenas en el sentido de que
producen con más frecuencia falsos denunciantes. Entre ellos pueden encontrarse ciertos tipos de detectives e
investigadores privados, guardias jurados o vigilantes, y colaboradores eventuales con la Administración de
Justicia (peritos sin otro oficio conocido, procuradores sin buenos clientes y especialmente sus "sabihondos"
oficiales sin título, administrativos de gestorías, auditorías o despachos de abogados tienen a veces la tentación
de inventarse un caso del que presumir intentando beneficiarse de múltiples maneras a costa del denunciado
falsamente).

Los peores, los más perversos y más inteligentes denunciantes, son capaces de convertir, casi irreversiblemente,
a un buen abogado en una mala persona. De hecho, son los querulantes los que más amargan a los buenos
juristas hasta llegar a confundirles haciéndoles creer que el Derecho es, antes que ninguna otra cosa, lo que a
ellos les conviene en dada momento.

35
Son, precisamente, los mejores profesionales los que antes y mejor detectan al querulante y sus patologías. La
experiencia y la madurez permiten apreciar las diferencias y las convergencias entre los planos de los hechos, y
el del derecho, entre los que el querulante se mueve según su propia conveniencia, aludiendo a hechos y
derechos que siempre le favorecen, e ignorando deliberadamente los que podrían exculpar a la víctima si ésta no
encuentra al profesional capacitado y dispuesto a hacer el esfuerzo de dar el beneficio de la duda al denunciado
falsamente.

Los responsables de los "turnos de oficio" de cualquier Colegio de Abogados conocen bien los casos y los
puntos, personas, intereses o lugares de acumulación con las tendencias más acusadas del fenómeno, pero no
es fácil encontrar expertos entre los letrados, y menos sin tener que pagar una sustanciosa provisión de fondos.
Sí que es posible, y lamentablemente muy frecuente, verse más enredado aún al consultar a los servicios de
Asistencia Jurídica, porque no se debe olvidar que el "letrado de oficio" no es siempre completamente gratuito, y
hay quien se ha llevado la desagradable sorpresa de que, sólo por aceptar a un letrado de oficio, ha tenido que
pagar su minuta al no serle concedida la "justicia gratuita". La asistencia letrada es un derecho, no una
obligación, y por lo tanto, el imputado, si está seguro y bien asesorado, puede prescindir de ella sin que ello
suponga renunciar a ningún otro derecho. Es posible que el denunciado "primerizo" desconozca estos aspectos
que suele dominar y utilizar con mucha mayor habilidad y fino sentido de la oportunidad el denunciante falso, que
acaba convirtiéndose en un estudioso tanto de la no siempre bien llamada "justicia gratuita", como de muchos
otros resortes judiciales y policiales hasta poder practicar impunemente su maliciosa perversión.

La experiencia demuestra que los abogados cómplices de un denunciante falso acaban por pagar ellos mismos
su error porque no resulta difícil iniciar un tormentoso procedimiento ante su "comisión de deontología" y ésa
suele ser la práctica del querulante que considera que ha provisionado demasiado por algo que él mismo sabe
hacer mejor. A la larga, la pieza que más le gusta cazar a un querulante ambicioso es un abogado, y cuanto más
prestigio tenga, mucho mejor. Sin embargo, las víctimas de las denuncias falsas, o de las querellas más
fraudulentas, dudan y vacilan demasiado antes de poner en conocimiento del Colegio de Abogados los excesos,
y las mentiras, del abogado cómplice del denunciante falso. Afortunadamente, hay muchos letrados capaces de
ser críticos no sólo con los querulantes, sino también con los compañeros que siguen el juego a un querulante,
porque aunque resulta difícil disuadir a un querulante, es bastante más fácil que su abogado comprenda bien lo
que ocurre y el daño que injustamente se le está haciendo a la víctima de una denuncia falsa. Un buen abogado
sabe cómo evitar ser cómplice de un querulante sin comprometer su responsabilidad profesional, porque la ética
de los letrados les faculta para llegar muy lejos en la defensa de un inocente, pero les obliga poco para ayudar a
un querulante que trata de convertirles en su fusil de francotirador por medio de acusaciones particulares
maliciosas.

La víctima de una denuncia falsa realmente necesita consejo profesional de un buen abogado, no sólo para que
le asista en el juzgado, sino también fuera de él, tranquilizando y dando la seguridad, al menos jurídica, de que
no se puede condenar a un inocente, y haciendo todo lo posible para que la instrucción del procedimiento le
compense las molestias. Hay dos indicadores de la calidad del buen abogado, y el primero, que ya se ha
explicado, pretende conseguir la prueba da la conciencia y dolo de la falsedad de denunciante por cualquiera de
sus exteriorizaciones del conocimiento de tal falsedad o la omisión deliberada de cualquier dato o hecho
exculpatorio para su cliente. La segunda trata de conseguir la compensación de la víctima, incluyendo en ella su
minuta, porque los abogados realmente buenos a la larga, y los mejores también a la corta, suelen salir muy
baratos a quienes les contratan, al conseguir una ejemplar condena en costas.

3.4. CRITERIOS DE SIMULACIÓN DE PSICOPATOLOGÍAS PARA


ARGUMENTAR INIMPUTABILIDAD EN PROCESOS JUDICIALES
El término forense proviene del latín forum y tiene sus orígenes en el foro de la Roma Clásica. Son muchas las
disciplinas que hoy en día buscan enriquecer los sistemas judiciales. Una de ellas y en la que este artículo se
centra es la Psicología Forense que comprende un área específica de la aplicación de la Psicología Jurídica,
cuya tarea fundamental es el peritaje psicológico y es dentro de esta área que se presenta el problema de la
simulación de psicopatologías. (Clemente, 1995)

36
De acuerdo a lo informado por profesionales del Instituto Nacional de Medicina Legal; en nuestro país han
transcurrido 20 años de trabajo en peritaje, sin embargo, por reporte verbal del Dr. Jorge González, del Centro
Nacional de Referencia, se sabe que no se cuenta con estadísticas sobre simulación y las fuentes bibliográficas
nacionales sobre el tema son precarias. Esta deficiencia nacional puede suplirse porque en el medio forense
internacional si se han realizado investigaciones que describen los casos en los que se usan evaluaciones en las
que psicólogos y otros profesionales de la salud mental, están frecuentemente involucrados en la realización de
éstas, para ser usadas en procedimientos legales, tanto civiles como penales (Borumm y Grisso, 1995)

A continuación se presentarán los conceptos de simulación, cuya característica principal es el acto de fingir algo
que no existe y la inimputabilidad, que es un concepto legal que se aplica a los casos en los que el acusado no
puede responsabilizarse de sus actos, por diferentes razones. Estos conceptos serán ahondados en los
siguientes párrafos.

3.4.1. SIMULACIÓN DE ENFERMEDAD MENTAL


La simulación según Marco, Marti y Bartran (1990) es un tipo de conducta humana tan antigua como la
humanidad. Tanto datos históricos como textos sagrados (La Biblia y las historias de Grecia, Roma y la Edad
Media), nos muestran que la simulación existió en todas las épocas y en todas las civilizaciones.

Uno de los primeros escritos fue el de Galeno con el primer tratado sobre enfermedades simuladas, lo que le dio
gran fama en Roma (González, 1991). Sin embargo, como dice Bonnet (1984), citado Marco y col. (1990) parece
que fue Juan Bautista Silvaticus quien en 1595 publicó la primera obra sobre la simulación de la locura, titulada
"De lis qui Morbum Simulant Reprehendis liber". Y quizá sea Ambrosio A. Tardieu con la publicación en 1872 de
su "Estudio Médico-Legal sobre la locura" el primer autor que profundiza el tema de la simulación de enfermedad
mental, hasta tal punto que la obra de Tardieu no ha sido refutada por autores posteriores, que se han limitado a
perfeccionarla y complementarla, manteniendo sus criterios claves, aún hoy, con plena vigencia.

Hoy en día la simulación de enfermedades mentales es una cuestión muy delicada en el ámbito del peritaje
forense; es necesario poseer profundos conocimientos psicológicos, psiquiátricos y espíritu de observación.
(Delgado, Esbec y Pulido, 1.994)

La etimología de la palabra simulación se deriva del latín simulatio, cuyo significado es la acción de simular o
imitar lo que no se es. La simulación se ha definido desde diferentes disciplinas; sin embargo. una de las más
completas es la que se da desde el punto de vista psicológico siendo una manifestación conscientemente falsa,
con un determinado fin, mediante el engaño de otros. Se podría decir que es una mentira plástica, en la cual el
sujeto puede fingir, alegar, exagerar, falsear el origen y disimular una enfermedad, física y/o psicológica, con el
objeto de engañar a otros con una finalidad determinada, y que con un esfuerzo mantenido durante un tiempo
determinado busca el conseguir un beneficio o provecho inmediato. (González, 1991)

A pesar de que todos estos conceptos apuntan a que la simulación es una conducta humana encaminada a la
obtención de un beneficio, como la resaltan Marco y col. (1990): "no puede negarse por un lado la existencia de
un trasfondo anómalo o patológico en algún simulador, sin embargo, esto no puede generalizarse a los sujetos
que por diferentes motivos dentro de un mismo medio presentan una sola característica en común, la de simular".
(Pág. 1393)

Diferente a la simulación, es la disimulación, en la que la persona procura esconder, disfrazar o modificar su


lesión o enfermedad cuya finalidad engañosa es el beneficio perseguido y /o la utilización del beneficio obtenido.
Esto es frecuente en los exámenes de admisión, en la contratación de seguros, entre otros. (Marco et al.1990)

La simulación se caracteriza, como bien señala Gisbert (sf) referenciado por Ramos y Marlet (1987), por:

 La voluntariedad consciente de fraude.

 La invención o alteración de síntomas mórbidos, y

 La finalidad utilitaria egoísta.

Uno de los puntos de controversia para algunos autores ha sido el de considerar si la simulación puede ser un
indicio de enfermedad mental. La American Phychological Association, APA (1987), citada por Marco et al.

37
(1990), la considera como un síntoma de un déficit psicológico básico o se le coloca en la categoría de codicia,
envidia o falta de fuerza moral. Sin embargo, otros autores la consideran como una forma de enfermedad mental
consistente en una personalidad inadecuada, antisocial o inmadura. Esta posición fue duramente criticada.

Motivaciones para incurrir en simulación

Al estudiar la psicología de la simulación, Vallejo Nágera (sf), citado por Ramos y Marlet (1991) clasifica las
motivaciones para simular y a los simuladores en: sujetos con un íntimo sentimiento de inseguridad, delincuentes
que recurren con mucha frecuencia a la simulación por su propia iniciativa o por sugerencias de otras personas,
personas que se consideran superiores a los demás, los que simulan para atraer la atención de los otros y los
que simulan miedo a la muerte, al ridículo o la vergüenza Por último tenemos a los que hacen de la simulación un
medio de vida.

A diferencia de la simulación, la motivación principal para padecer un cuadro clínico real es inconsciente y tiene el
único fin de evitar o reducir la ansiedad, la motivación para los simuladores y la justificación de su conducta está
basada en contingencias ambientales que lo llevan evadir la responsabilidad penal o judicial del hecho
perpetrado, al ser declarado inimputable.

Inimputabilidad por enfermedad mental

La inimputabilidad es un concepto asociado al de enfermedad mental y simulación en el sistema judicial, la


palabra inimputable es un estado legal, que determinado por la autoridad judicial indica que la persona no es
responsable de sus actos. (Academia Americana de Psiquiatría y Leyes, 1996).

Luego de que un defendido pasa por un juicio o un tribunal de jurados, y es encontrado no culpable por
inimputabilidad o culpable por enfermedad mental, usualmente es confinado a tratamiento en un hospital especial
para enfermos mentales que han cometido crímenes. Así después de un periodo la persona puede apelar a un
nuevo juicio para determinar si ya no representa una amenaza para ella misma o para los demás y mirar si es
aceptable que sea puesto en libertad. Los estudios muestran que cuando una persona es hallada no culpable por
inimputabilidad, por lo general son retenidas al menos por un largo tiempo, incluso más largo que las personas
encontradas culpables y que son enviadas a prisión por crímenes similares (Academia Americana de Psiquiatría
y Leyes, 1996)

Según la Academia Americana de Psiquiatría y Leyes (1996) algunos estudios han mostrado que la defensa de la
inimputabilidad no se utiliza frecuentemente. De acuerdo con un estudio que se realizó en ocho estados, la
defensa de la inimputabilidad era utilizada en menos del 1% de los casos en una muestra representativa. El
estudio demostró que sólo el 26% de estos argumentos de inimputabilidad tuvieron éxito. En éste estudio
además se señaló que la inimputabilidad como defensa se utiliza contra muchos delitos, no solamente homicidio,
la mitad los casos estudiados argumentaban inimputabilidad ante acusaciones de crímenes violentos y menos del
15% fueron juzgados como asesinato. El resto de los procesos fueron sentenciados como robo, daño a
propiedad privada y otros

Otros estudios reportaron resultados similares. De acuerdo con Mitos y Realidades: Un Reporte de la Comisión
Nacional de la Inimputabilidad en [Link], en 1982 sólo 52 de 32000 adultos acusados, fueron representados
por abogados defensores de la oficina de Nueva Jersey que estaban enterados del pleito de inimputabilidad y
sólo 15 de ellos tuvieron éxito. (Bartol, 1999). Aunque estas cifras indican la poca prevalencia de la problemática
es evidente que la evaluación implica un reto para los peritos, de ahí la importancia de los aspectos que se
señalan a continuacion.

Signos para la detección de simulación

Existe un buen número de pistas que se pueden aplicar apropiadamente en la detección del engaño, en
documentos no publicados sobre simulación por la Academia Americana de Psiquiatría y Leyes, escritos por
Vicary y Maloney; referenciados por Jaffe y Sharma (1998) se reportó que el conocimiento que tienen los clínicos
tiene una gran ventaja en la detección de la simulación; y para Marco y col. (1990), Rogers y col. (1996), Jaffe y
Sharma (1998), Irruarizaga (1999) y Stuart y Clayman (2001) existen los siguientes signos como evidencia
objetiva de la simulación:

38
1. Retención de información y Falta de cooperación: La memoria de un simulador tiene vacíos
importantes, es cauteloso y piensa que entre menos información tenga el examinador, es mejor. Con
frecuencia afirman haber olvidado muchas cosas o no saber. (DSM- IV, 1998) Hay el temor de que
una evaluación rigurosa detecte la enfermedad que está simulando. Los sujetos parecen seguir todas
las indicaciones médicas pero toman una actitud totalmente antagonista; tratan de tomar el control de
la entrevista y se comportan de una manera intimidante, gastan tiempo para pensar las respuestas
que van a dar. Presentan abundancia de respuestas evasivas si están dirigidas a una cuestión vital
para el simulador; contestaciones burlescas, irónicas y ridículas; ausencia del trastorno de la
afectividad.

2. Exageración: Los simuladores creen de forma equivocada que entre más extraños parezcan, más
creíbles son. Clemente (1995) lo denominó elevación del número de dramatismos.

3. Llaman la atención sobre su enfermedad: Según Ritson y Forest (1970), citados por Marco et al.
(1990) los simuladores están ansiosos por llamar la atención sobre su enfermedad, lo cual contrasta
con la conducta de los enfermos reales que a menudo, son reticentes a hablar de sus síntomas. El
auténtico enfermo sin proponérselo puede presentar abandono en su cuidado físico tener el pelo
largo, aparecer sin afeitar, con las ropas sucias, desaliñado, con abandono de su limpieza; mientras
que el que finge se pone ropas extravagantes; la camisa al revés; la bufanda fuera de su sitio con
vestimentas artificialmente alteradas; a menudo, esa alteración de su aspecto exterior sólo se da
durante los reconocimientos médicos o declaración ante funcionarios judiciales. (Delgado y col.,
1.994)

4. Los acusados actúan comúnmente como sordos y tontos: se muestran excesivamente psicóticos,
intelectualmente impedidos y con amnesias y delirios. Las personas que fingen actúan como "tontos
y locos" por que ellos creen que las personas mentalmente enfermas son tontas.

5. Ausencia de alteración afectiva clínicamente asociada con la enfermedad que simula: Falta el típico
contenido afectivo de ansiedad en alucinaciones y delirios; o el tono afectivo de temor, rabia o
depresión asociado a cualquier diagnóstico. Si hay auto lesionismo, éste no reviste gravedad,
estando bien calculado el acto. En caso de dolor la persona puede argumentar el máximo de
severidad del dolor, pero la discrepancia es que psicológicamente se presentan libres de todo
síntoma.

6. Ausencia de perseveración: La perseveración es un signo de consistencia en la personalidad y/o en


la patología, por tanto es una conducta que debe presentar constancia en el tiempo, rara vez se ve
en los simuladores. (Marco y col., 1990)

7. Incoherencia entre resultados de pruebas y funcionalidad del evaluado: La falta de coherencia entre
los resultados de test formales y la funcionalidad real del sujeto en su vida cotidiana. Ej. El simulador
puede asegurar o mostrar una incapacidad para trabajar, pero mantiene la capacidad de su
esparcimiento como por ejemplo disfrutar del teatro, ver TV, jugar cartas, etc. La inconsistencia entre
las respuestas del sujeto referida a ejecutar correctamente ejercicios complejos e incorrectamente
ejercicios más sencillos que implican los mismos procesos cognoscitivos y el fallo en ítems muy
simples.. Otros indicadores de este signo son el rendimiento por debajo de lo esperado al azar en
pruebas de elección entre dos alternativas, la inconsistencia en la ejecución de diferentes pruebas
que exploran las mismas funciones, el bajo o nulo rendimiento en pruebas neuropsicológicas que la
mayor parte de los pacientes con lesiones cerebrales graves realizan correctamente. La alta
incidencia de respuestas "aproximadamente correctas" en oposición a las "claramente correctas"
Iruarrizaga (1999).

8. Alteraciones del lenguaje no verbal: El tono y la intensidad de la voz varían significativamente ante la
mentira, la velocidad de fraseo es lenta y evasiva, el evaluado tarda en responder porque necesita
pensar varias veces para contestar con coherencia, produce pausas y errores en el discurso, además
es de carácter indirecto, las expresiones faciales varían contingentemente con el contenido temático.
Rogers (1998), Hall y Pritchard (1996), Nies y Sweet (1994), Eckman (1992) entre otros, citados por

39
Iruarrizaga (1999) Las características de la mirada tienen mucha importancia: la del auténticamente
trastornado se caracteriza por su mirada fija y expresión extraviada; la mirada del simulador es
menos franca, se muestra con una expresión de desconfianza como temeroso de ser descubierto. Un
buen signo es la discordancia entre la expresión facial y el tono y contenido del lenguaje (paraminia y
paratimia), con una excepción: la esquizofrenia, en la que ese signo puede ser de patología real.
(Delgado, y col., 1.994)

9. Los síntomas del simulador son generalmente inconsistentes con los síntomas legítimos de la
enfermedad mental: El simulador actúa de manera normal cuando no se percata de que está siendo
observado, por lo cual hablar con el personal que tiene oportunidad de observar al preso es útil para
descubrir su comportamiento inconsistente. Los síntomas del simulador son generalmente
inconsistentes con los síntomas legítimos de la enfermedad mental: Por ejemplo un farsante dice que
no puede recordar su nombre o la fecha de nacimiento, pero si es capaz de recordar otros eventos
pasados, como la dosis de los medicamentos que ingiere. El simulador por lo general confunde los
síntomas psicóticos con los impedimentos cognoscitivos y cree que la persona que escucha voces no
sabe en que año está. Los amnésicos auténticos generalmente recuerdan cosas como: nombre,
edad, fecha de nacimiento, dirección, nombre de la madre, de familiares cercanos y lo que
desayunaron; lo cual es lo que pretenden olvidar los farsantes; y es muy raro que finjan amnesia
global. Los simuladores pretenden tener alucinaciones visuales o auditivas y hablan con personas
imaginarias. En la exploración clínica de la simulación se señalarán las intermitencias y
modificaciones inexplicables del síndrome mental exhibido; inexistencia de la relación entre el
síndrome o enfermedad aparente y la causa etiológica presumible.

10. La simulación es más difícil de mantener por períodos largos: El hecho de simular exige una
extremada concentración y resulta extenuante por lo cual la persona sana requiere períodos de
descanso. Por eso también hay más oportunidad de descubrir el engaño durante una entrevista
larga.

11. Dificultad para fingir síntomas fisiológicos: Generalmente el simulador desconoce los síntomas
fisiológicos de la enfermedad y por eso no los actúa, si llegara a simularlos puede ser descubierto
porque los sobreactúa o tiene dificultades para hacerlo. Por ejemplo el que simula depresión puede
fingir astenia pero no finge frío en las manos, que es un síntoma que se le asocia. (Rogers y col.,
1996)

12. Simulan síntomas evidentes y en relación con el conocimiento previo de la enfermedad: Los
simuladores tienden a fingir los síntomas más conocidos y característicos de la enfermedad dejando
de lado otros que están asociados con el mismo pero no son tan conocidos u observables. Por
ejemplo en Trastorno disociativo de la personalidad pueden fingir las personalidades múltiples, pero
no saben de las amnesias y no las simulan (Aunque no en todas las expresiones de este trastorno se
manifiesta la amnesia). En personas preparadas académicamente en temas relacionados
(psicólogos, psiquiatras, médicos, etc.) es más difícil detectar la simulación de psicopatologías que en
personas que no tienen una preparación académica extensa o de éste tipo. (Rogers y col., 1996)

Se fingen más síntomas que cuadros diagnósticos íntegros: Los simuladores pueden no ajustarse a ninguna
entidad diagnóstica conocida. Los síntomas pueden haberse elegido de varias enfermedades y por ello pueden
presentar quejas inusuales, atípicas, inexplicables o inconsistentes con los desórdenes conocidos. Las personas
que fingen síntomas muy específicos (falta de concentración) y desórdenes específicos (depresión mayor).(Marco
y col., 1990). Mezclan síntomas pertenecientes a diversos síndromes o entidades gnoseológicas; y a ninguna
entidad clínica en particular.

Informan síntomas severos con aparición aguda en contradicción con el desarrollo crónico conocido por los
clínicos: Los simuladores pueden afirmar haber tenido delirios (o síntomas en general) de comienzo repentino,
cuando en realidad los delirios sistematizados tardan normalmente varias semanas en sistematizarse. Pueden
informar que los síntomas de "locura" comenzaron cuando el imputado tenía 40 años, poco antes del incidente
judicial y el clínico sabe que la esquizofrenia tiene un inicio cerca de los 20 años y la enfermedad se desarrolla
crónicamente.

40
Discrepancia entre el auto- reporte y los archivos médicos: Los evaluados afirman severidad en síntomas en
ausencia de tratamiento psicológico, psiquiátrico, medicación y hospitalización; cuando el perito sabe que la
severidad de síntomas generalmente se asocia a consulta temprana con los expertos y con la existencia de una
historia clínica previa. (Stuart y Clayman, 2001; Marco et al, 1990 e Iruarrizaga, 1999). Los acusados pueden
argumentar alguna psicopatología pero no informan haber estado en un tratamiento previo, y cuando tienen una
cita para un tratamiento de salud mental o para una evaluación la cancelan o llegan más de una vez tarde a las
citas y no cooperan durante el examen psicológico, además, también fallan en seguir un plan de tratamiento para
un diagnóstico.

Los simuladores parecen no tener ningún motivo o comportamiento psicótico asociado a sus ofensas: no
relacionan los delitos con sus síntomas o alteraciones como cometer asesinato con agravantes arraigados, por
ejemplo existe relación entre el síntoma y la conducta del homicida como beber la sangre de la víctima que
asesinó porque creía que los extraterrestres le estaban quitando la suya propia.

Evidencia de complicidad: En los casos en los que se alega que el acusado presenta un determinado tipo de
patología mental, se sospechará simulación si hay un cómplice implicado en el crimen. En efecto, como dice
Resnick (1984) citado por Marco y col., (1990), la mayoría de los cómplices de inteligencia normal no participarán
en crímenes motivados psicóticamente.

Engaños anteriores: Las investigaciones retrospectivas algunas veces revelan evidencias de engaños pasados,
como utilización de alias, escapes de la prisión o mentira en un negocio; es común encontrar un patrón de
comportamiento antisocial engañoso. La enfermedad actual es tan sólo otra instancia de éste patrón.

Historia laboral incoherente con la enfermedad: Según Resnick (1984), citado por Marco y col. (1990), los
simuladores pueden tener un historial laboral desfavorable "la persona que siempre ha sido responsable,
honrada, miembro adecuado de la sociedad es menos probable que simule". Aunque la estabilidad laboral puede
ser positiva previa al aparecimiento de la enfermedad y deteriorarse desde entonces, si se alegan síntomas
crónicos esto alteraría también crónicamente el historial laboral, también puede ser indicador de simulación, ya
que una persona que padece una enfermedad mental, difícilmente puede tener un óptimo funcionamiento laboral.

Los signos de simulación ya enunciados son generales y se pueden encontrar en el fingimiento de cualquier
enfermedad, sin embargo también la literatura reporta signos de simulación específicos para algunos cuadros
diagnósticos.

Se ha visto la necesidad de que quien realice peritajes, independientemente de si psiquiatra o psicólogo posea
un conocimiento suficiente y unificado de las características y signos generales como específicos de
enfermedades mentales para detectar simulación. Ello debido a que una de las dificultades encontradas a la hora
de realizar evaluaciones en simulación ha sido la falta de un adecuado entrenamiento, así como de conocimiento
o experiencia requerida para estas tareas.

Se requiere que en todos los casos al menos se emplee una prueba específica para la detección de simulación.
En algunos casos deberá emplearse pruebas bioquímicas y neuropsicológicas para descartar una enfermedad de
tipo orgánico; ya que son numerosas las herramientas que un perito puede utilizar para la evaluación de
simulación de psicopatologìas.

Se sugiere tener dos peritos que de manera independiente puedan ofrecer su punto de vista de acuerdo una
valoración completa y detallada del caso; pues obtener información de un sólo evaluador puede ser peligroso a la
hora de descartar o aceptar que una persona sea imputable o inimputable.

El relato de personas allegadas al detenido puede ser útil a la hora de obtener datos importantes y que puedan
servir de contrastación con el testimonio del acusado.

Test psicológicos utilizados para la evaluación forense.

Pruebas específicas para evaluar simulación psicopatología forense

1. MMPI ( Minessota Multiphasic Personality Inventory)

Evalúa la personalidad y tiene una considerable efectividad para medir fingimiento

41
2. 16 PF Distorsión Motivacional. Mide personalidad. Puntuaciones superiores a 7 indican falta de
sinceridad

3. Bender Gestalt

Es un buen discriminador siempre que se utilicen los seis criterios para simulación de Bender

4. PAI (Inventario de Valoración de Personalidad)

Parece tener un éxito moderado en la detección de individuos simuladores. La simulación de


psicopatologías se aprecia a través de la escala negativa de impresión NIM

5. Pruebas Identificativas Simples

Consiste en mostrar al sujeto objetos de uso cotidiano, al identificar, el simulador dice que no sabe o se
equivoca.

6. Prueba de Störring

Se le hace calcular al individuo una operación aritmética). Los simuladores manifiestan no acordarse de
estas operaciones o se equivocan en un número

7. Prueba de los Dígitos

Consiste en pronunciar lentamente 6 u 8 dígitos y pedir que los repita. el simulador dice no poder
recordar ni una sola cifra o falla siempre en dos cifras situadas en el mismo lugar en el número.

8. M Test

Sirve para detectar simuladores de esquizofrenia

Pruebas Neuropsicológicas Forenses

9. Batería Halstead- Reitan.

Compara el funcionamiento neuropsicológico de pacientes con daño cerebral e individuos simuladores


señalan que, mientras que los primeros tienden a tener un peor rendimiento en las funciones cognitivas
los individuos simuladores tienden a rendir peor en aquellas pruebas que evalúan el funcionamiento
motor, sensorial y perceptual.

10. PDRT (Test de Reconocimiento de Dígitos de Portland)

Este Test está basado en la idea de que el reconocimiento del individuo simulador será menor de lo
esperado al azar en pruebas de elección entre dos alternativas

11. Polígrafo o detector de Mentiras

Es un examen de detección psicofisiológica del engaño

12. Medidas específicas de Amnesia fingida: SVT (Symptom Validity Test), AVLT Rey 15 (Rey Auditory
Verbal Learning Test), PHI (Entrevista de Historia Personal).

Diversos instrumentos diseñados para evaluar específicamente simulación de amnesia

Es utilizado por lo general para evaluar simulación.

Pruebas Bioquímicas

13. Adolasa

14. BUN

15. DA (Dopamina)

16. MAO plaquetario

17. MHPG.

18. Prueba de Magnesio

42
En definitiva, Se considera que los signos generales para la detección de la simulación de psicopatologías, como
criterio básico para el peritaje, se pueden clasificar en las siguientes tres categorías:

Comportamiento durante la evaluación forense: Retención de información y falta de cooperación (1), exageración
(2), llaman la atención sobre su enfermedad (3), actúan como sordos y tontos (4), ausencia de alteración afectiva
clínicamente asociada con la enfermedad que simula (5), ausencia de perseveración (6), presentan incoherencia
entre resultados de pruebas y funcionalidad vital del evaluado (7), y manifiestan alteraciones del lenguaje no
verbal (8)

Características de los síntomas simulados: inconsistencia de los síntomas en el tiempo (9), no mantienen
síntomas por períodos largos (10), dificultad para fingir síntomas fisiológicos (12), presentan solo síntomas
evidentes en relación con el conocimiento previo de la enfermedad (12), presentan más síntomas que cuadros
diagnósticos íntegros (13), informan síntomas severos con aparición aguda en contradicción con el desarrollo
crónico conocido por los clínicos (14).

Aspectos del historial clínico y judicial: presentan discrepancia entre el autor reporte y los archivos médicos (15),
ausencia de motivaciones psicóticas asociadas a sus ofensas (16), evidencia de complicidad (17), de engaños
anteriores (18) e inestabilidad laboral (19).

Estos signos indicarán la presencia de la simulación de psicopatologías a peritos nacionales y extranjeros en


psicología y psiquiatría forense. No obstante es necesario el conocimiento y la experiencia en la psicopatología
clínica, profundizando en los signos de simulación tanto generales como específicos para cada cuadro
diagnóstico, de tal manera que el dictamen sea más preciso.

Además se considera pertinente enfatizar la investigación de simulación de algunas psicopatologías específicas


que, según se detectó a través de esta revisión, pueden tener mayor probabilidad de ser simuladas como
algunos trastornos de la personalidad, por ejemplo la de tipo antisocial, la cleptomanía, la piromanía, los
trastornos por ansiedad y por estrés agudo.

Con base en estos signos se puede generar un protocolo de evaluación para todos los casos en que se
sospeche de simulación.

Se sugiere que siempre la evaluación sea realizada por dos peritos, de manera independiente, incluyendo
psicólogos y psiquiatras. Adicionalmente sería útil que se unificaran los conocimientos de los peritos para que
evalúen con los mismos criterios, que cada caso fuera evaluado por dos peritos, recurrir a otras fuentes de
información como allegados del imputado. Se aconseja siempre el uso de al menos una de las pruebas ya sean
clínicas, neuropsicológicas, o pruebas específicas de simulación en el medio forense y pruebas bioquímicas.

Es importante que la valoración del psicólogo o psiquiatra forense se realice tempranamente, teniendo en cuenta
que cualquier psicopatología puede ser simulada y mientras más tiempo pase entre la detención y el proceso de
evaluación por parte de peritos, el sindicado tendrá mayor posibilidad de refinar su simulación y por ende
dificultar su detección.

Si el campo de la psicología forense busca generar datos, sería importante no sólo conocer la clase y la
frecuencia de los tests usados en evaluaciones forenses, sino también conocer las opiniones de un grupo
experto, respecto a la importancia de tales tests en tipos específicos de evaluaciones.

3.5. FALSOS RECUERDOS EN PRUEBAS TESTIMONIALES


La procuración y administración de justicia en la época moderna está emplazada a usar con mayor decisión los
resultados de la investigación científica. Sólo a partir del uso adecuado de la información provenida de ésta se
podrán ir asegurando niveles más altos de justicia en el seguimiento de procesos jurídicos. La psicología es quizá
la ciencia auxiliar más importante con la cual cuenta el Derecho en la valoración de las causas y consecuencias
humanas del delito. En la obtención y análisis de las pruebas testimoniales esa relación se hace mucho más
patente. La psicología es la ciencia que mejor explica el funcionamiento de la memoria, base de los testimonios, y
su investigación es la que más puede contribuir en la prevención de los testimonios con falsos recuerdos.

Se conoce como falsos recuerdos (o falsas memorias) a todo reporte memorístico de información en el que hay
parcial o total diferencia con los hechos de interés. La conformación de los falsos recuerdos no depende

43
necesariamente del olvido, aunque en muchos casos estén parcialmente ligados a este (vea Brainerd, 1996;
Brainerd y Hill, 1998). Este fenómeno ha sido plenamente identificado gracias a la intensa investigación que la
psicología cognitiva y legal han desarrollado durante las ultimas dos décadas.

Muchas líneas de investigación demuestran que los falsos recuerdos son causa de grandes errores en la
procuración y administración de la justicia. Están documentados un número muy grande de casos en los que
debido a testimonios basados en falsos recuerdos, personas inocentes han recibido sentencias injustas (vea
Brainerd y Reyna, 1998; Diges, 1997; Brainerd y Hill, 1997; Roediger, 1996; Ceci y Bruck, 1995; Brainerd y
Reyna, 1995a para mayor información sobre el fenómeno).

La procuración de justicia en procesos forénsicos dependientes del testimonio tiene en los falsos recuerdos a su
más poderoso enemigo y al procedimiento aplicado en la obtención de pruebas testimoniales como al mejor
aliado de éstos. La solución de delitos de abuso sexual o físico, tanto como otros delitos del ramo civil y penal,
contra los cuales la evidencia física es insuficiente o inexistente, cuenta con las pruebas testimoniales como el
recurso de mayor beneficio.

Veinte años de investigación básica y aplicada sugieren que las pruebas legales fundadas en reportes
memorísticos sean valoradas con sumo cuidado. Existen pruebas contundentes de que el simple proceso de
obtención del testimonio (especialmente en los que se registran interrogatorios) puede ser fuente de falsificación
involuntaria de la información (Brainerd y Poole, 1998). Con frecuencia, testimonios ricos en detalles y sólidos a
través del tiempo son testimonios falsos (Mojardín, 1997). Esto es muy delicado tomando en cuenta que en la
mayoría de los abogados, la riqueza de detalles y la persistencia del testimonio a través del tiempo son
indicadores de veracidad.

El reconocimiento del cómo y cuándo surgen los falsos recuerdos es crítico para que abogados, ministerios
públicos, jueces, investigadores judiciales, policías, médicos forenses, trabajadores sociales, psicólogos y otros
profesionales relacionados con la procuración y aplicación de la justicia cumplan su trabajo de mejor manera. El
presente artículo tiene como propósito informar sobre los orígenes y naturaleza de los falsos recuerdos y el lugar
más común que éstos pueden tomar en la conformación de las pruebas testimoniales. Dado que el autor de este
documento no ha tenido formación en el área del derecho, se previene al lector para que los conceptos técnicos
del área jurídica se entiendan en su acepción más común.

3.5.1. CARACTERIZACIÓN DE LOS FALSOS RECUERDOS


Se pueden distinguir dos tipos básicos de falsos recuerdos: espontáneos e implantados (vea Brainerd y Poole,
1998; Reyna y Brainerd, 1995a; Reyna y Lloyd, 1998). Los falsos recuerdos implantados resultan de la
exposición de una persona a información engañosa e incorporación de la misma en su repertorio de
conocimiento. Su fuente de origen es un tercer recurso de información (e.g. comentario de una persona sobre un
evento en particular, o una pregunta sugerente de parte del ministerio público). La implantación de falsos
recuerdos obedece tanto a mecanismos cognitivos como a mecanismos socioculturales (Bruck y Ceci, 1993). Los
falsos recuerdos espontáneos resultan de mecanismos internos de distorsión de memoria. Su fuente de origen
puede ser cualquier mecanismo memorístico de elaboración de la información (e.g. inferencias). La invitación del
abogado o el ministerio público para que el testigo haga el esfuerzo de reportar con claridad los hechos puede
ser el detonador para la creación de falsos recuerdos espontáneos.

Existen pruebas muy sólidas de que el simple proceso interrogatorio puede ser fuente de falsos recuerdos
implantados y espontáneos (Brainerd y Poole, 1998). La obtención de las pruebas testimoniales comprende
firmes y múltiples cuestionamientos para que las víctimas y los testigos el delito aporten el mayor número de
detalles sobre éste.

En la pretensión del registro de la información mas nutrida y más clara, los policías, los abogados y los
ministerios públicos desarrollan entrevistas a través de las cuales pueden, involuntariamente, provocar el reporte
de falsos testimonios. Con frecuencia, el tipo de preguntas que se les plantea a víctimas y testigos son preguntas
sugerentes o preguntas que demandan elaboración sobre la experiencia vivida (e.g. «cómo era la persona que
asaltó la farmacia; grande? , moreno? , usaba cachucha? , de qué tipo?») y el espacio en que se formulan estas
son espacios de mucha carga emocional (e.g. frente a un abogado y en la sala de interrogatorios de la policía).

44
Las actitudes de quien formula los interrogatorios, aunque apegadas a procedimiento de ley pueden resultar
intimidatorias (e.g. «...si tu testimonio es falso te vas a meter en problemas muy grandes...) y ser invitación
implícita para que los testigos reporten información que satisface a los entrevistadores sin importar que ésta sea
del todo cierta (e.g. «...que el testigo diga si es cierto, como lo es, que ...» ).

¿Qué mecanismos están detrás de los falsos recuerdos, que los policías, abogados, ministerios públicos y jueces
deben conocer para evitar contribuir en su formación? Brainerd y Reyna (1995} proponen, que los mecanismos
de conformación de los falsos recuerdos no son diferentes a los mecanismos que conforman los recuerdos
verdaderos. El origen de ambos depende del tipo de información que se memoriza (de sentido común o
información más complicada), como se memoriza (vía oral, táctil, auditiva, visual o en forma combinada de
algunas de ellas), cuándo se evalúa la memoria (inmediatamente o tiempo después de sucedido el hecho) y que
procedimientos se siguen para ello (vía reconocimiento o recuerdo libre).

Se sabe que en la memorización de hechos, se registran tanto los significados como los rasgos literales de ellos;
qué los significados y rasgos literales se almacenan simultánea e independientemente en memoria; que los
significados son más resistentes al olvido que los rasgos literales y que éstos últimos son la primer alternativa
para responder a preguntas que exigen recuperación de memoria.

Si para responder una pregunta no se puede recuperar información literal, entonces se busca en memoria la
información semántica de los hechos para hacerlo. En estos mecanismos de funcionamiento de la memoria
humana se finca el reporte de los recuerdos falsos y de los recuerdos verdaderos (Brainerd y Reyna, 1995).

3.5.2. ESTUDIO DE LOS FALSOS RECUERDOS IMPLANTADOS


La literatura registra una mayor actividad investigativa para identificar los mecanismos que determinan a los
falsos recuerdos implantados, que para identificar a los que determinan a los falsos recuerdos espontáneos. De
acuerdo con Brainerd y Reyna (1995) esta tendencia se debe a la preocupación manifiesta en las instancias de
procuración de justicia por que sus métodos de interrogatorio sean más confiables e imparciales. Preocupación
que también se hace patente (sobre todo en países de Europa, Estados Unidos y Canadá) en las bolsas de
dinero que se ofrecen para respaldar la investigación sobre los dos tipos de falsos recuerdos. Evitar que
mediante las preguntas, o la aplicación de algún otro procedimiento, se sugieran respuestas que luego
conformen el testimonio sobre el delito en cuestión, daría a los procesos de obtención de pruebas testimoniales
mayor objetividad y generarían mayor confianza en la sociedad.

La implantación de falsos recuerdos es más fácil cuando los interrogatorios se ejecutan mucho tiempo después
de pasado el delito y las preguntas que se le formulan a los testigos sugieren respuestas. Las preguntas
sugerentes son aquellas en cuya formulación (e.g. «...usted dice que el asalto fue a mano armada, el asaltante
portaba una pistola o un rifle?» ) se provee información que el testigo y/o víctima no han reportado (en este caso
el testigo o víctima no había declarado sobre el tipo de arma, pero para posteriores interrogatorios tendrá las dos
opciones que incluyó la pregunta hecha por el investigador).

Para muchos profesionales del área jurídica, las preguntas sugerentes (del tipo como la señalada arriba) ayudan
a que el testigo recuerde más sobre el evento relacionado con el delito. Esta opinión tiene respaldo en muchos
estudios reportados en la década de los setenta y ochenta (Loftus, 1979; Loftus y Offman, 1989). Sin embargo,
estudios más recientes indican que, las preguntas que abiertamente sugieren respuestas tienen mayor
contribución para el reporte de falsos recuerdos, en posteriores entrevistas, que para el reporte de información
verdadera (Poole y White, 1995; Titcomb, 1996).

La implantación de falsos recuerdos es posible tanto en niños como en adultos y en contextos que suponen
alegato jurídico, tanto como en contextos ajenos a éste (Reyna y Lloyd, 1997). Sobre las diferencias de edad y la
posibilidad de implantar falsos recuerdos no hay una posición definitiva. Mientras que algunos estudios
demuestran que los niños son más fáciles de engañar y de ser persuadidos para reportar información sugerida
(Ceci y Bruck, 1993b), otros estudios demuestran que dependiendo de la información que hay que reportar y el
mecanismo memorístico que permitirá la recuperación de esa información, los adultos pueden ser más
susceptibles a la implantación de falsos recuerdos (Mojardín, 1998; Stein, 1998).

45
Ceci y Bruck (1993b) reportaron estudios con resultados que indican mayor susceptibilidad de los niños a la
influencia de terceras personas en la implantación de falsos recuerdos. Según estos autores, factores sociales,
cognitivos y hasta de personalidad, que forman parte natural del intercambio de información entre niños y adultos
así como entre niños o entre adultos, son los responsables (e.g., Batterman-Faunce & Goodman, 1993; Bruck &
Ceci, 1996; Bruck, Ceci, Francoeur, & Barr, 1995; Cassel & Bjorklund, 1995; Cassel, Roebers, & Bjorklund, 1996;
Goodman & Clarke-Stewart, 1991; Poole & Lindsay, 1995; Warren & Lane, 1995).

Según Ceci y Bruck (1993b), destacan la edad, autoridad, poder y credibilidad de quienes proveen la información
falsa (por lo regular adultos), la carga emocional y afectiva que tienen los sucesos con los que están relacionados
los recuerdos, las limitantes naturales de los niños para analizar con profundidad la información, su limitada
capacidad para realizar razonamientos complejos y la representación que ellos tienen sobre la ley, como los más
potentes de todos los factores. Su sola presencia impide que los individuos tengan clara discriminación de la
veracidad de la información que les es proveída por medio de fuentes distintas a la experiencia directa.

No obstante la claridad de los resultados reportados por Ceci y Bruck (1993), recientemente se presentó
evidencia disidente. Mojardin (1998) y Stein ( 1998) presentaron estudios cuyos resultados demuestran que no
siempre es mayor la posibilidad de implantar falsos recuerdos en niños que en adultos. En muchos casos, los
adultos tienden a ser mas susceptibles a la implantación de información falsa. Sus estudios demuestran, que
dependiendo de las circunstancias en las que se provee esa información, la familiaridad de las personas con el
delito y la congruencia de la información proveída con el significado global de éste, hay ligeros aumentos en la
probabilidad de implantación de falsos recuerdos con el aumento de edad. Además, sus estudios indican que en
casos en que los eventos son ricos en significado y los métodos de exploración memorístico demandan el uso de
este, la tendencia a incorporar la información sugerida que es consistente será marcadamente mayor en los
adultos que en los niños.
Mojardín (1998) y Stein (1998) presentan resultados en los que se demuestra que una información sugerida es
mas fácil de ser aceptada como real cuando se ofrece después de un largo tiempo de que sucedió el delito.
Todavía más interesante, estos resultados indican que la información sugerida puede ser contradictoria con el
significado del evento y aún ser reportada como parte de lo que realmente sucedió (ver Reyna, 1996 para
adicional evidencia). La información que contradice al significado de un evento tiene tanta relación semántica con
éste como lo tiene la información que es congruente (Reyna y Stein, 1997).

Una vez que de manera involuntaria se han implantado falsos recuerdos en los testigos o víctimas de un delito,
queda la preocupación de cuánto tiempo éstos pueden permanecer en su memoria y formar parte del repertorio
de información, que ofrecerán en próximos interrogatorios sobre el delito que se persigue. Lamentablemente, la
evidencia que sobre esto provee la investigación en psicología de la memoria no es muy alentadora.
Existen pruebas, y explicación teórica para ellas, de que las falsas memorias pueden permanecer por largos
periodos de tiempo. Brainerd y Mojardín (1998) presentaron estudios realizados con niños y adultos donde se
encontró que, una vez reportados los falsos y verdaderos recuerdos sobre un evento, éstos se consolidan y
tienden a repetirse en ocasiones posteriores. Lo más preocupante de esto para la procuración de justicia, es que
según los resultados de esos estudios los falsos recuerdos son más resistentes al olvido que los recuerdos
verdaderos. Resultados similares fueron reportados por Brainerd, Reyna y Brandse (1995), McDermott (1996),
Brainerd y Poole (1997) y Mojardin (1998).

Sin duda, la implantación de falsos recuerdos en víctimas y testigos es un problema serio que demanda
soluciones. Como alternativa metodológica para la obtención de testimonios presenciales confiables, las múltiples
líneas de investigación sobre falsos recuerdos implantados han dado como producto la configuración de la
entrevista cognitiva (Ceci y Bruck, 1995). Este tipo de entrevista ha sido denominado cognitiva por dos razones:
1) por que en su procedimiento de interrogación se asegura que las preguntas no sugieran respuestas y, 2) por
que se dan orientaciones sobre el tipo de preguntas que pueden ser planteadas a personas dependiendo de su
edad, historia educativo-cultural y otras características ligadas a su desarrollo cognitivo.

Yuille, Hunter, Joffe y Zaparniuk (1993) reportaron estudios en los que sometieron a prueba la entrevista cognitiva
comparándola con los procedimientos normales de interrogatorio (en los que también se evitaron las preguntas
sugerentes). Sus resultados demostraron una tendencia mayor de los participantes a reportar información falsa
cuando fueron sometidos al interrogatorio común, que cuando fueron sometidos a la entrevista cognitiva. La

46
entrevista cognitiva produjo reportes memorísticos mucho más precisos, que los que produjo la entrevista común.
Según Ceci y Bruck (1995), la solidez de los resultados que emanan de la aplicación de la entrevista cognitiva ha
dado confianza a los abogados para luchar por que su aplicación sea oficializada en muchos estados de los
Estados Unidos y algunos países de Europa.

3.5.3. ESTUDIO DE LOS FALSOS RECUERDOS ESPONTÁNEOS.


La investigación científica sobre los falsos recuerdos espontáneos ha sido mucho menos intensa que la
investigación sobre falsos recuerdos implantados. Aunque la motivación para su estudio ha estado ligada a
propósitos eminentemente teóricos, la información provenida de ésta ha sido de grandes beneficios para el área
legal. De acuerdo con Brainerd (1999), el interés reducido por estudiar los falsos recuerdos espontáneos, en
comparación con los implantados, tiene que ver con la percepción que los investigadores tienen de la influencia
que ejercen los formatos de interrogatorio y las actitudes de los ministerios públicos en la obtención de las
pruebas testimoniales. Casi es consenso en que los falsos recuerdos implantados son los que más hay que
cuidar en la obtención de pruebas testimoniales. No obstante, en reconocimiento al hecho de que los falsos
recuerdos espontáneos emergen de los simples esfuerzos por recuperar la información contenida en memoria, la
preocupación de muchos sistemas jurídicos del mundo está creciendo en referencia a este tipo de falsos
recuerdos.

Se tienen pruebas de que el origen de los falsos recuerdos espontáneos se asocia con: 1) la elaboración
memorística que se hace sobre la información que se tiene acerca del delito perseguido (Reyna y Kiernan, 1994);
2) la invitación explícita o implícita que hacen los policías y abogados al testigo, para que infiera sobre aspectos
del delito de los que solo tiene memorias vagas (Reyna y Kiernan, 1995); y 3) la sola repetición de preguntas (no
sugerentes) durante una sesión de interrogatorio o la repetición de los interrogatorios (Brainerd y Reyna, 1996;
Poole, 1993).

Muchos estudios han demostrado que la frecuencia de falsos recuerdos aumenta cuando las personas tienen
memorias débiles de los aspectos literales de los hechos, pero tienen memorias sólidas de los significados de
estos y cuando sobre éstos se les pide elaboración (e.g. imaginarse aspectos de los hechos). Reyna y Kiernan
(1994) desarrollaron estudios en los que sus participantes presenciaron algunos eventos de la vida cotidiana,
para luego recibir prueba de memoria sobre éstos. Previo a la prueba de memoria, la mitad de los participantes
fueron instruidos para que elaboraran sobre los hechos presenciados. Una parte de ellos fueron instruidos para
imaginar otras formas de presentación de los hechos, otros para hacer inferencias sobre éstos, mientras que la
otra mitad no recibieron instrucciones especiales.

Durante el interrogatorio se llevó registro diferenciado de las respuestas que referían información verídica y de las
que referían información falsa sobre lo presenciado. Las respuestas de quienes fueron instruidos para imaginar
otras formas de presentación de los hechos, o para hacer inferencias sobre ellos presentaron un número mucho
mayor de falsos recuerdos. La precisión de los reportes de los participantes que no recibieron instrucción alguna
para elaborar sobre los hechos memorizados fue mucho más precisos.

Poole y White (1993; 1995) reportaron estudios en los cuales sometieron a prueba la hipótesis de que la simple
repetición de interrogatorios (no sugerentes) sobre hechos presenciados, aumenta la probabilidad de falsos
testimonios sobre éstos. Después de que sus participantes presenciaron actos de delitos menores, fueron
interrogados en varias ocasiones. Los interrogatorios estuvieron separados por espacios de varias semanas y el
último fue hecho a los dos años de haber presenciado los hechos. Sus resultados indican un aumento en la
frecuencia de falsos recuerdos conforme el número de interrogatorios fue aumentando.

Estos resultados no serían de especial interés, por lo que se pudiera atribuir a la influencia del olvido, si no
hubiese sido que el aumento en el número de falsos testimonios fue acompañado también de un aumento en la
frecuencia de testimonios verdaderos. Es decir, conforme el numero de interrogatorios fue aumentando, la
cantidad de información falsa y de información verídica que proveyeron los participantes fue aumentando.

Brainerd y Poole (1998) también reportan estudios que obtuvieron resultados similares. Es más, ellos refieren
algunos estudios en los que el aumento de información falsa fue más grande que el aumento de información
verdadera, a través de los interrogatorios.

47
Esto tiene implicaciones muy importantes para el área legal ya que existe el criterio de que se necesita más de un
interrogatorio para que los testigos y/o víctimas reporten su experiencia con suficiencia. Sobre todo, en casos en
que los delitos perseguidos sucedieron mucho tiempo atrás.

Con frecuencia, en casos de abuso físico y/o sexual, las víctimas son sometidas a múltiples interrogatorios, por lo
regular compuestos por las mismas preguntas. Los padres o seres queridos de la víctima, los médicos legistas,
los abogados, los ministerios públicos y los terapeutas son algunas de las personas que de manera natural
interrogan a la víctima. De acuerdo con la investigación citada arriba y con muchas otras líneas de investigación
en desarrollo, esa multiplicidad de interrogatorios es fuente casi segura de la producción de falsos recuerdos
espontáneos.

Incrementar la investigación sobre falsos recuerdos espontáneos en niños y adultos es crucial. Continuar con
estos esfuerzos, puede dar como resultado la definición de alternativas practicas de interrogatorio, que como la
entrevista cognitiva, ayuden a obtener pruebas testimoniales de la mayor objetividad y solidez.

La Persistencia de los Falsos Recuerdos

Una de las características más preocupantes de los falsos recuerdos es su capacidad para resistir la influencia
del olvido a través del tiempo. Según la evidencia ofrecida por estudios ya referidos (e.g. Brainerd y Poole, 1998;
Payne 1996), una vez que los falsos recuerdos han formado parte del testimonio, éstos seguirán reportándose en
subsecuentes interrogatorios, con tanta o mayor consistencia que los recuerdos verdaderos.

Esto reta la validez del criterio jurídico, adoptado por muchos abogados, de que los testimonios que son
consistentes a través del tiempo son mas creíbles y están más cerca de ser verdad que aquellos que cambian
con el tiempo. De acuerdo con Brainerd y Mojardin (1998), esto es tan valido para los testimonios de adultos
como para los testimonios de niños, lo que significa que no por contar con testimonios de adultos se está fuera
del peligro que esto representa, o por que se cuenta sólo con testimonios de niños desaparece el peligro.

Síntesis de Implicaciones para la obtención de Pruebas Testimoniales

La psicología mantiene líneas de investigación que prometen un gran auxilio para la procuración y administración
de la justicia. En especifico, las investigaciones sobre memoria han identificado el fenómeno de los falsos
recuerdos y las formas en que éstos se pueden producir durante la obtención de pruebas testimoniales.

Involuntariamente, abogados, médicos, ministerios públicos y otros profesionales encargados de obtener


testimonios pueden contribuir para que testigos y víctimas reporten falsos testimonios fundados en falsos
recuerdos. Las formas de contribución más evidente estarían ligadas a:

1. la formulación de interrogatorios compuestos por preguntas sugerentes;

2. dejar pasar el tiempo antes de recoger las pruebas testimoniales de las víctimas y los testigos
presenciales;

3. sugerir, durante el interrogatorio, que los testigos hagan uso de sus imaginación para recuperar
de su memoria la información sobre los hechos, que no tienen clara;

4. ejecutar el interrogatorio adoptando actitudes que resulten intimidatorias para los testigos;

5. aplicar los interrogatorios en espacios y durante tiempos en los que exista mucha carga
emocional.

Se pudiera pensar en que la posibilidad de las memorias implantadas durante la obtención de testimonio se
reduce con la aplicación de la entrevista cognitiva. Sin embargo, aun con acertados cambios como éste, queda la
duda de si los testimonios recogidos fueron verdaderos o fueron definidos en falsas memorias espontáneas.

Tomar en cuenta los factores revisados en este articulo, durante la obtención de pruebas testimoniales, puede
ayudar a que se recoja información mas objetiva y con ella contribuir para que los responsables de emitir las
sentencias lo hagan con mayor seguridad. En consecuencia, contribuir para que se haga justicia en su mas
amplio significado, reconociendo que para ello, otros aspectos jurídicos y sociales habrán de ser cuidados.

48
3.6. ESTRATEGIAS PSICOLÓGICAS PARA EVALUAR VERACIDAD DE
TESTIMONIO
Este ha sido uno de los requerimientos más frecuentes del Derecho hacia la Psicología, en otros aspectos el
Derecho puede mostrarse reticente a aceptar la ayuda de la Psicología, pero ante un aspecto crucial y
plenamente humano resulta atraído por el conocimiento de esta disciplina. A esto se suma el mito de que los
psicólogos tenemos estrategias mágicas para conocer en profundidad a las personas, cuando lo que realmente
se ha hecho es una observación sistemática que permitió identificar indicadores conductuales, lingüísticos y
fisiológicos de la verdad. A estas estrategias es a la que se dedica la presente digresión.

Se hará una descripción crítica de métodos como el Polígrafo, comúnmente denominado detector de mentiras, de
la Hipnosis, del Análisis de Contenido Basado en Criterios, de los Indicadores Conductuales de la Mentira, del
Análisis del Estrés de la voz y de las Entrevistas asistidas con drogas.

3.6.1. POLÍGRAFO
El polígrafo es un instrumento de medición de respuestas fisiológicas, pulso y respiración comúnmente, pero
puede incluir otro tipo de respuestas del Sistema Nervioso central como la respuesta galvánica de la piel, la
tensión arterial. etc. Se basa en el principio de que el hecho de mentir genera una mayor activación autónoma
central que no se aprecia a simple vista, sino que se mide a través de instrumentos adecuados, que se utilizan
mientras se le formula un cuestionario verbal de preguntas de si o no.

Esta máquina, conectada a un ordenador o a una impresora, mide la presión arterial, el pulso, la respiración y el
sudor. No mide si alguien está mintiendo, sino que mide cambios en datos biológicos, que pueden ser
consecuencia de emociones. Se usa desde antes de 1932 y sus “resultados” a veces son admitidos por los
tribunales de justicia.

La aplicación de esta prueba requiere el establecimiento de una línea de base, es decir, de la medición de las
respuestas fisiológicas ante preguntas neutras, así se establece cual es el nivel típico de reacción de la persona y
los resultados de elevación de la activación se realizarán intraindividualmente (del evaluado en comparación
consigo mismo cuando esta tranquilo). De esta manera se superan las críticas con respecto a sujetos ansiosos
que por su neurobiología presentarán respuestas elevadas y serán clasificados como mentirosos, este
procedimiento eleva la validez de la técnica porque aplica un procedimiento justo de no comparación respecto a
las respuestas de otros, sino contra las respuestas de si mismo.

Por supuesto es una estrategia que también ha tenido sus detractores fundamentados en la realidad de personas
que pueden falsear los resultados (psicópatas o personas entrenadas), es decir, no es una técnica infalible y
además es costosa a nivel técnico y humano.

Previendo algunas de estas dificultades y en interés de salvaguardar sus beneficios, aproximadamente la mitad
de los Estados de la potencia del norte han normatizado el uso del polígrafo (debe ser aceptada por todas las
partes del proceso, la admisibilidad de los resultados esta sometida a discreción del juez, entrenamiento del
profesional, condiciones de administración de la prueba, posibilidades de error). Morris (sf) en Raskin (1.994)

El uso del polígrafo sigue ciertas reglas: la máquina y el entrevistador están detrás del sujeto de la prueba, en un
ambiente libre de ruidos. Se supone que es voluntario someterse a la prueba. Se suele empezar con preguntas
neutras que no debieran provocar reacciones anormales. Se sigue con preguntas directas e importantes y se
acaba con preguntas de control y comprobación. Éstas son cuestiones vagas, que cubren largos períodos de
tiempo y que están sólo indirectamente relacionadas con el tema investigado. Son preguntas capciosas a las que
normalmente se contestaría la verdad, pero a las que se responde mintiendo cuando se está sujeto al uso del
polígrafo (llamado indebidamente “máquina de la verdad”).

El polígrafo detecta las mentiras el 90% de las veces, pero tiene un inconveniente fundamental: no es ético
usarlo. La razón es que los que lo emplean someten al interrogado a una presión que va contra la libertad de la
persona. Otra razón es que los que lo emplean mienten al interrogado al decirle que el polígrafo es infalible. Por
eso, en Inglaterra y en Holanda es ilegal usar los resultados obtenidos mediante el polígrafo como prueba ante

49
los tribunales. Además, el 10% de error posible al distinguir entre el inocente y el culpable basta para que la sola
“prueba” del polígrafo no sea suficiente para dictar una condena.

3.6.2. LA HIPNOSIS
Consiste en una técnica de sugestión que lleva al hipnotizado a estados de relajación que se acompañan de un
menor autocontrol y favorecen elicitar los recuerdos. El hecho de que las técnicas de relajación elevan la
capacidad de rememoración es reconocido por las culturas orientales, asiáticas y occidentales, en nuestro
meridiano se ha conocido como una técnica derivada del psicoanálisis y se ha explicado como un
adormecimiento del superego y del yo y por ello una burla de los filtros psicológicos que impiden el recuerdo.

Al parecer es una estrategia que se ha utilizado más con víctimas y testigos que con sindicados, lo cual señala
una de sus debilidades. A esto se agrega que no todos los sujetos son susceptibles de ser hipnotizados, porque
esto depende del nivel de sugestionabilidad de cada sujeto, es decir, su capacidad para ser hipnotizado.

Otra de las críticas que ha recibido es que es una estrategia que favorece la sugestión y así puede inducir
información post-suceso deliberada o involuntarimente, todo lo cual va en detrimento de la preservación de la
prueba y de la cadena de custodia. Esta información inducida posteriormente puede ayudar a que se comentan
injusticias, más que a descubrir la verdad como lo evidencia Loftus en su artículo sobre recuerdos reprimidos.

En Estados Unidos se ha reglamentado su uso y admisibilidad en ciertos estados así por ejemplo se ha
determinado que la declaración previa a la hipnosis se debe preservar en un video, al igual que deben ser
gravadas las sesiones de hipnosis para su posterior análisis crítico, que la sesión se debe realizar por un
psicólogo o psiquiatra con experiencia, que debe ser un profesional independiente, durante el examen solo deben
estar presente el sujeto y el hipnotizador. Morris (sf) citado por Raskin (1.994)

Esta estrategia presenta mayores debilidades que otras y pueden usarse métodos alternativos mayormente
"objetivos" para favorecer el recuerdo como las estrategias mnemotécnicas, la relajación, la entrevista
cognoscitiva, etc.

3.6.3. ANÁLISIS DE CONTENIDO BASADO EN CRITERIOS


Implica el análisis del relato de los hechos posterior a la entrevista con base en la presencia o ausencia de 19
indicadores de realidad propuestos por Steller y Kohenken (1.994) (estructura lógica, elaboración inestructurada,
cantidad de detalles, engranaje contextual, descripción de interacciones, reproducción de conversaciones,
complicaciones inesperadas, detalles inusuales, detalles superfluos, incomprensión de detalles relatados con
precisión, asociaciones externas relacionadas, relatos del estado mental subjetivo, atribución del estado mental
del autor del delito, correcciones espontáneas, admisión de falta de memoria, dudar del propio testimonio,
autodesaprobación, perdón al autor del delito, detalles característicos de la ofensa). Es una estrategia que nació
en Alemania hacia 1.950 y que se ha utilizado específicamente para evaluar la veracidad del testimonio de niños
abusados sexualmente. Existe documentación de que esta técnica se utiliza en países de diversas culturas
(Canadá, Japón, España entre otros) lo cual indica su posibilidad de aplicación transcultural.

3.6.4. INDICADORES CONDUCTUALES DE LA MENTIRA


Consiste en la observación de aspectos no verbales y verbales (debido a que el contenido verbal es más rico en
información para saber si una persona esta mintiendo) de la conducta de una persona que pueden indicar que
está mintiendo, es común entre los abogados y policías la creencia de ciertas conductas acompañan la de mentir,
pero las investigaciones indican que los estereotipos sobre la conducta engañosa son inválidos.

Eugenio Garrido y Massip (2001) enuncian indicadores de la perspectiva de Zuckerman, DePaulo y Rosenthal
como elevación de la activación, filtración de emociones que se acompaña de un distanciamiento del emisor con
su discurso (referencias grupales "nosotros" en vez de "yo", respuestas evasivas, evitación del contacto ocular y
distanciamiento interpersonal), sobrecarga congnoscitiva o gran demanda de recursos cognoscitivos durante el
engaño (acompañada por aumento en la latencia de respuesta, dilatación pupilar, disminución de contacto
ocular), control de la conducta generando poca espontaneidad y discrepancias (inhibición conductual extrema en
los canales de respuesta que tenemos control y aumento de conductas no-controlables).

50
Garrido y Massip (2001) señalan también la perspectiva de Buller y Burgoon (1.998) sobre la mentira como
comunicación estratégica para manipular la verdad para dar la impresión de decir la verdad (poca variedad léxica,
pocas afirmaciones tajantes, pocas referencias a experiencias propias y al pasado) y para proteger la imagen
personal (asentir, sonreír), además de filtraciones no estratégicas con manifestaciones de activación autónoma y
nerviosismo(parpadeos, aumento del tono de la voz).

Los mismos autores citan a Ekman (1989) con sus hallazgos de que el cuerpo es una fuente de información más
rica que el rostro para detectar el engaño, debido a que culturalmente hay mayor aprendizaje y control de la
expresión facial, es decir, el rostro es un buen simulador, por ejemplo encontraron que las expresiones faciales
genuinas duran entre .50 y 4 segundos, las simuladas pueden ser más duraderas o más breves.

En cuanto a las críticas y recomendaciones para su utilización hay que decir que no existe ningún sistema
estandarizado para evaluar los indicadores conductuales de la credibilidad, lo que existen son teorías basados en
estudios que carecen de validez ecológica, que requiere de una amplia investigación y que su aplicación puede
resultar extremadamente costosa en cuanto a tiempo de entrenamiento de la prueba y análisis exhaustivo de
cada evaluado.

3.6.5. ANÁLISIS DEL ESTRÉS DE LA VOZ


También se conoce con el nombre de estilometría, como lo informa Alonso-Quecuty (sf) en Clemente (1995) y
consiste en realizar un análisis de la prosodia (lo no verbal) como el tono, las pausas, la latencia de respuesta,
etc. Algunas de las fuerzas militares la usan con ayuda de un aparato tecnológico para investigaciones internas y
procesos de selección. La deficiencia de la difusión de esta técnica esta relacionada con la inexactitud de sus
hallazgos.

3.6.6. ENTREVISTA ASISTIDA CON DROGAS


El uso de barbitúricos como el amobarbital sódico o "suero de la verdad" ha sido conocido por amplias décadas y
recomendado para encontrar la verdad en casos de trastornos disociativos, psicóticos, postraumáticos, de
amnesias o de simulación. Rogers y Wettstein (sf) en Rogers (1997). La investigación científica sobre el particular
presenta deficiencias debidas a la falta de rigor experimental, a la variedad de las dosis y a efectos particulares
como la personalidad del paciente y la relación médico-paciente, adicionalmente su uso en las investigaciones
judiciales se ha desestimado.

3.6.7. CRÍTICAS GENERALES


Todas estas estrategias han implicado monumentales esfuerzos por parte de los profesionales de la psicología y
los hallazgos no son proporcionales a dicha abnegación, es evidente que la realidad ha presentado acertadas
críticas y limitaciones a cada una de estas técnicas, de modo que humilde y sensatamente la psicología debe
aceptar que aún no puede responder con exactitud tecnológica a la pregunta sobre la veracidad del testimonio de
alguien y es probable que nunca lo pueda hacer. Con esto no pretendo desalentar los esfuerzos de los
investigadores por desentrañar los misterios del comportamiento humano, sino aceptar que el comportamiento
humano es tan complejo y variado que será bastante difícil obtener una técnica exacta para medir veracidad del
testimonio.

3.7. EL ANÁLISIS DE CONTENIDO BASADO EN CRITERIOS (CBCA) PARA


EVALUAR LA CREDIBILIDAD DEL TESTIMONIO EN MENORES
PRESUNTAS VÍCTIMAS DE DELITOS.
Tradicionalmente se ha considerado la imagen del niño como testigo o víctima poco creíble debido a su
tendencia a la fantasía, a su vulnerabilidad a la sugestión, a su dificultad para distinguir entre lo real y lo ficticio y,
por tanto, con tendencia intencionada o ingenua a la falsedad en su declaración (Ceci y Toglia, 1987 citados por
Diges y Alonso-Quecuty, 1994). Otros han insinuado la posibilidad de una mitomanía infantil justificada por el
hecho de llamar la atención de los adultos (Caro, 1974; Battistelli, 1984); también se ha sustraído credibilidad al
infante porque su inteligencia y memoria se encuentran en proceso de maduración y por ello cognoscitivamente
incompetentes para declarar (Ceci y Toglia, 1987 citados por Diges y Alonso-Quecuty, 1994). Incluso la influencia

51
de algunas teorías psicodinámicas de Freud (1906), que han presentado al niño como seductor por el mito de
Edipo, han contribuido para que el sistema judicial minusvalore el testimonio infantil.

Sin embargo, no se dispone de datos científicos que indiquen que los niños difieren de los adultos en su
capacidad para distinguir entre sucesos reales y sucesos imaginados (Diges y Alonso, 1994); y ha quedado
demostrado por la psicología experimental que los niños no son más sugestionables que los adultos (Cohen y
Harnik, 1.980, Marin y col, 1979, citados por Diges y Alonso-Quecuty, 1994), incluso un reciente estudio de
Bussey y Grimbeek (2000) señala que desde los 4 años, los niños tienen una comprensión suficiente de la
mentira y la verdad y tienen suficiente capacidad para participar efectivamente en el sistema legal. Todos estos
acontecimientos están aumentando la credibilidad en el testimonio infantil a lo largo de los años (Diges y Alonso,
1994).

Los resultados de este estudio pretenden coadyuvar en la credibilidad del menor y hacer contrapeso a una de las
reacciones más frecuentes frente el abuso sexual, la incredulidad ante un niño que afirma ser víctima y que
además padece la crueldad de ser ignorado, que se le obliga a callar por evitar la vergüenza o la desintegración
de su propia familia cuando el agresor es miembro de ella, o que es sometido al sistema judicial que no le cree y
no le protege lo suficiente.

3.7.1. TESTIMONIO DE NIÑOS Y TEORÍAS IMPLICITAS


Las teorías implícitas pueden definirse como "las concepciones que las personas sostienen sobre determinados
aspectos de la realidad" (Rodrigo, Rodríguez y Marrero, 1993). Estas teorías son elaboradas por el individuo a
partir de los casos particulares o experiencias que se van almacenando. Así, para cada dominio de la realidad
(niños, educación, publicidad...) elaboramos una teoría general que agrupa diferentes aspectos sobre ese
dominio concreto.

Es muy importante resaltar que es el propio individuo el que elabora su teoría basándose en las experiencias que
le proporciona su grupo o su cultura. Las teorías implícitas serían así redes de experiencias, que se activan para
comprender las diferentes situaciones a las que se enfrenta el individuo en su vida diaria (Rodrigo, 1993).

Hablar de teorías implícitas supone considerar dos niveles de representación del mundo: el nivel de conocimiento
y el nivel de creencia. Entre ambos niveles de representación existen una serie de características distintivas, de
las cuales una de las más importantes es el hecho de que mientras la síntesis de conocimiento incluye
contenidos disponibles en el entorno cultural amplio (p.e. información proporcionada en el contexto de la
universidad) , el nivel de creencias contiene ideas que aparecen en el contexto social próximo al individuo (p.e.
desarrolladas en la familia).

Por otra parte, la representación del conocimiento suele ser explícita o accesible a la conciencia, mientras que la
representación de las creencias se realiza de forma implícita, de modo que el individuo no sabe en qué teorías se
basa para interpretar el mundo y planificar su actividad. Así, el individuo utiliza la teoría a nivel de conocimiento
cuando existe una demanda a nivel teórico (p.e.: reconocer o discriminar ideas: ¿es Vd. Racista?), mientras que
cuando aparece una demanda pragmática el individuo utiliza la teoría a nivel de creencia (p.e.: para planificar su
conducta: ¿Se casaría Vd. Con una persona de otra raza?) (Rodrigo, 1993).

Las teorías implícitas no sólo sirven como marcos de referencia que facilitan la interpretación del mundo, sino que
también influyen en el procesamiento de la información, mediatizando los procesos de codificación y
recuperación de la información y la emisión de juicios, así como determinando la información a la que se presta
atención (Triana,1987; Triana, 1993). En estos aspectos influye, principalmente, el carácter implícito de las
creencias y el valor de verdad que se les atribuye, impidiendo que el sujeto tome conciencia de los posibles
sesgos existentes en su teoría.

En el campo de la Psicología del Testimonio, el interés ha estado focalizado en el estudio de los conocimientos
que las personas legas poseen sobre los factores que afectan a la evaluación de la exactitud del testimonio
(Durham y Dane, 1999; Mira y Diges, 1991; Wells y Lindsay, 1983) y sólo ocasionalmente se ha abordado el nivel
de creencias Testimonio (Alonso-Quecuty, 1998; Hernández-Fernaud y Alonso-Quecuty, 2000).

Los resultados de las investigaciones realizadas desde la Psicología del apuntan a que las estrategias utilizadas
para la valoración de cualquier declaración se basan, efectivamente, en el conocimiento que posee la gente de la

52
calle, obtenido a través de medios tan diversos como la televisión, el cine, la literatura, las tradiciones culturales
de su lugar de procedencia... etcétera.

El interés por el estudio de las creencias existentes sobre este dominio del testimonio, ha llevado a la primera
autora (Alonso-Quecuty, 1998) a estrechar más el cerco y abordar el dominio del testimonio infantil. En el nivel
del conocimiento, las posiciones existentes respecto al testimonio infantil se podrían agrupar en cuatro grandes
categoría, dos de ellas centradas en sus capacidades cognitivas y dos más en su credibilidad. Así el testigo
infantil puede ser considerado:

(a) cognitivamente competente y por tanto capaz de dar un testimonio exacto de lo sucedido

(b) cognitivamente incompetente y por tanto incapaz de prestar testimonio

(c) con una credibilidad similar a la de los adultos

(d) como incapaz de diferenciar realidad y fantasía por lo que su testimonio debería ser rechazado.

Estas cuatro categorías de conocimiento se agrupaban en dos grandes teorías implícitas sobre los niños testigos:

(1) teoría de aceptación que defienden aquellos que asumen que un niño es cognitivamente competente
e incapaz de mentir.

(2) teoría de rechazo, presente en aquellos que asumen que un niño carece de la madurez cognitiva
necesaria para prestar testimonio a la vez que se le considera víctima de su incapacidad para
diferenciar hechos de fantasías.

3.7.2. EL ANÁLISIS DE CONTENIDOS BASADO EN CRITERIOS


El sistema de administración de justicia asume que sus decisiones son infalibles. Es cierto que a través del
principio de la doble instancia se permite la revisión de las decisiones tomadas, pero la decisión judicial suele
basarse en el principio de interpretación única de las pruebas, las cuales son normalmente testimonios. Así, Hans
y Vidmar (1986) estimaron que en torno a un 85% de las decisiones están determinadas por un testimonio
central. Por otro lado, Jones y McGraw (1987) han cuantificado en un 8% el total de testimonios falsos de
víctimas, reduciéndose tal porcentaje a un 2% en casos de menores.

Si a este porcentaje de falsedad unimos las discrepancias que observamos en las vistas entre testigos, nos
encontramos con que una de las claves de la justicia es discernir entre la verdad y la mentira o, lo que es más
sorprendente, el testimonio honesto que no es verídico (Alonso-Quecuty, 1993).

Los esfuerzos científicos al respecto, todos ellos de orden psicológico, se han orientado casi exclusivamente al
testimonio de menores víctimas y de un delito específico, la agresión sexual.

Todo ello ha redundando en dos grandes modelos de análisis de las declaraciones complementarios, el C.B.C.A
(Criteria Based Content Analysis) (Steller y Köhnken, 1989) y el R.M. (Reality Monitoring), originario de Johnson y
Raye ( 1981) para diferenciar recuerdos de origen interno y externo, y aplicado a la falsedad por Alonso-Quecuty
(1990).

Actualmente, la psicología cuenta con procedimientos fiables para evaluar la madurez cognoscitiva de los
testigos infantiles y el grado de realidad de su declaración. Para este segundo aspecto fue diseñada la técnica
CBCA "Análisis de Contenido Basado en Criterios" (Steller y Kohenken, 1982), que ha sido usada durante varias
décadas. El CBCA (Criteria-Based Content Analysis) es un instrumento que busca evaluar el grado de
credibilidad de los testimonios de niños y niñas víctimas de abuso sexual, y tiene su antecedente teórico en las
proposiciones de Arne Trankel y en lo que se ha llamado hipótesis de Undeutsch,(Garrido y Masip, 1998).

Trankel, citado por Alonso-Quecuty (1999), fue el primero en brindar dos claves por las que se debería evaluar la
credibilidad del testimonio: el criterio de realidad (las declaraciones reales tiene un mayor número de detalles
periféricos que las falsas) y el criterio de secuencia (declaraciones verdaderas presentan modificaciones en
aspectos periféricos como momento del día y la duración del incidente).

A partir de los anteriores criterios, el Doctor Undeutsch, psicólogo forense alemán, argumentó que las
descripciones de eventos reales difieren en su contenido, calidad y expresión de aquellos hechos que son

53
producto de la imaginación. Es decir, aquello que contamos tras haberlo percibido, difiere de lo que contamos sin
antes haberlo experimentado; basado en este principio asesoró el sistema judicial alemán en diciembre de 1954,
tras la Segunda Guerra Mundial Alonso-Quecuty (1999).

En el contexto de la reforma del sistema de administración de Justicia alemán, se crearon tribunales especiales
que consultaron diversos expertos para los casos en que el agresor o la víctima fuera menor de veintiún años,
por las dificultades específicas existentes para evaluar menores de edad. Así el 14 de Diciembre de 1954, el
Tribunal Supremo de la República Federal de Alemania pidió a un grupo de especialistas que explicara con qué
recursos contaba el experto en testimonio, que llevaba a cabo un examen fuera de los tribunales, en
comparación con el instructor del caso, a la hora de determinar la credibilidad de un testigo menor de edad,
especialmente en juicios de delito sexual (Garrido y Masip, 1998).

Esta decisión de abrir las puertas de los tribunales a los psicólogos alemanes, le permitió a estos profesionales
entrevistar a miles de niños y adolescentes, y a partir de esta experiencia, una serie de criterios de realidad han
ido desarrollándose de la mano de diversos autores, como indicadores de la credibilidad de la declaración del
menor en casos de abuso sexual, tomando como base la hipótesis de Undeutsch (Garrido y Masip, 1998).

Undeutsch agrupó los criterios en dos grandes categorías: la primera comprendida por los criterios derivados de
las declaraciones aisladas y la segunda categoría implicaba la secuencia de las declaraciones que el niño realizó
en diferentes momentos del relato.

A pesar de las críticas, la técnica continuó difundiéndose y durante los años ochenta ocurrieron tres
circunstancias decisivas para el futuro del protocolo de la Statement Analysis: a) Undeutsch publica tres artículos
en Inglés sobre el tema, b) Köhnken (1982) y luego Max Steller y Günter Köhnken (Köenken y Steller, 1988;
Steller y Köenken, 1989) emprenden la difícil labor de sistematizar e integrar en un único sistema estructurado las
listas de criterios descritas por distintos autores. El resultado de sus esfuerzos, bautizado como Criteria - Based
Content Analysis (CBCA), ha gozado, desde su publicación, de una aceptación entre los especialistas de este
campo y c) Finalmente, en 1989 se celebra en Maratea (Italia) un congreso internacional sobre la evaluación de
credibilidad, en el cual se presentan los primeros trabajos empíricos sobre CBCA, así como la descripción y
sistematización de Steller y Köhnken (Garrido y Masip, 1998).

Steller y Köhnken (SF) hicieron el esfuerzo de integrar los criterios listados por Undeutsch (1967), Arntzen (1970 -
1983), Szewezyk(1973) y Dettenborn (1984) y los publicaron como un capítulo del libro de en Raskin, D. (1.994).
Allí presentaron un sistema revisado de los criterios de contenido usado en el análisis de declaraciones, con
cinco categorías principales y 19 criterios individuales, que se refieren a criterios de contenido que se utilizan
para medir el contenido del relato. Esta reformulación fue la que dio lugar al CBCA ("Criteria Based Content
Analysis") propiamente dicho y sus criterios de contenido para el análisis de declaraciones.

Posteriormente, la CBCA se convirtió en el elemento central de la SVA (Statment Validity Assesment), que es un
protocolo desarrollado en el contexto de la psicología forense para estimar la probabilidad de que las
declaraciones de niños que alegan haber sido víctimas de abuso sexual, se ajusten realmente a lo sucedido
(Garrido y Masip 1998). La SVA se compone de tres elementos que son: a) Una entrevista semiestructurada,
diseñada para recibir el testimonio del niño sin sesgarlo, comenzando con preguntas abiertas e introduciendo
progresivamente las cerradas; b) El análisis de contenidos basado en criterios, que se aplica posteriormente
sobre la transcripción o la grabación de la entrevista para evaluar la presencia de los criterios de realidad, y
finalmente; c) Una lista de validez, que considera el nivel lingüístico y cognoscitivo del niño, si la entrevista se
realizó adecuadamente, si el niño tiene motivos para formular una falsa declaración, y cuestiones como evidencia
externa e incuestionable.

Hasta ahora, la CBCA ha sido objeto de la mayor parte de la investigación y es la única técnica que permite
evaluar la credibilidad de un relato de una forma relativamente válida, pues las técnicas anteriores evaluaban
variables como el grado de ansiedad de los testigos, como ocurre con el detector de mentiras conocido como
polígrafo, con las conductas no verbales denominadas aproximación conductual para evaluar la credibilidad del
testimonio, Garrido y Masip (1998) o conductas o rasgos de personalidad que no se asocian determinantemente
con un delito sexual (Manzanero, 1997).

54
La validez de la técnica está avalada por más de treinta años de utilización, al parecer con excelentes resultados
(Manzanero, 1997) y a partir de las investigaciones empíricas realizadas al respecto.

No obstante, la investigación y la literatura han señalado también las limitaciones de la técnica; por ejemplo,
Steller y Koehnken (SF) señaló "que el Análisis de Declaraciones Basado en Criterios todavía carece de
suficiente investigación científica sistemática para demostrar su validez"p.208 y que "una aceptación total de la
técnica sería imprudente y prematura. Sin embargo debe aplicarse con cautela hasta que se disponga de más
resultados de investigación" p.208

Garrido y Masip (1998) también advierten que "la SVA y la CBCA son herramientas que están en fase de
experimentación, y su empleo en contextos legales no es recomendable hasta que la evidencia empírica así lo
aconseje" (p.26) se citan las palabras de Lamers yWinkelman (1998), quienes sostienen que "es prematura la
consideración de un método cuantitativo para la evaluación del relato infantil. Quizás una aproximación
cuantitativa a dicha evaluación jamás será posible" (P 10).

La aceptación de la técnica CBCA por parte de la comunidad científica y otras circunstancias posibilitaron el
conocimiento del sistema a nivel internacional, acompañado de una gran actividad empírica. En pocos años la
investigación ha proliferado en gran número de países. Hasta el momento, el CBCA se ha investigado en
Alemania, Canadá, Estados Unidos, Finlandia, Holanda, Israel y España (Garrido y Masip, 1998). En España,
esta técnica es relativamente nueva y poco conocida, aunque fue utilizada por primera vez en 1991 y desde
entonces, ha ido extendiéndose por diversas jurisdicciones de este país y se ha aplicado en diferentes tipos de
delitos sexuales contra menores (Manzanero, 1997).

Todo esto lleva a concluir que la técnica no puede ser utilizada como una prueba judicial fehaciente, pero que a
la vista de la carencia de instrumentos puede resultar un buen indicador para el perito y para el sistema judicial.

3.7.3. ESTRUCTURA DE LA TÉCNICA (ANÁLISIS DE CONTENIDO BASADO EN


CRITERIOS)
La técnica nace en Alemania constituyendo un instrumento que tiene como objetivo evaluar el grado de
credibilidad de los relatos de los niños (as) presuntas víctimas de abuso sexual. A pesar de su amplia aplicación
en Alemania desde los años 50, sólo recientemente ha sido sometida a escrutinio empírico, tanto en Europa
como en los Estados Unidos, con el objeto de evaluar su fiabilidad y validez. ( Garrido y Masip, 1998 ).

El principio básico del análisis de declaraciones basado en criterios es que aquellas basadas en observaciones
de sucesos reales (experimentados) se diferencian, en cuanto a la calidad, de las declaraciones que no están
basadas en la experiencia directa sino que son el producto de la fantasía y la invención. Los criterios de realidad
o de contenido reflejan características específicas que diferencian los testimonios verdaderos de los inventados.

Actualmente se manejan cinco categorías principales con 19 criterios individuales.

Características generales

Contiene las características de la declaración; estos criterios de realidad se refieren al testimonio completo

 Criterio 1. Estructura lógica

Los testimonios deben evaluarse teniendo en cuenta su consistencia lógica y/o homogeneidad contextual
(coherencia contextual), "los detalles contextuales pueden combinarse como un todo, sin ninguna discrepancia o
inconsistencia ; también que estos detalles se puedan formar con una coherencia organizada e integrada en la
que los contenidos del testimonio son también consistentes" (Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 2. Elaboración inestructurada

Este criterio tiene sentido, sólo cuando se trabaja con declaraciones en las que el testigo ha ofrecido un relato
libre del suceso, sin la interferencia de excesiva estructura inducida por el interrogatorio directo del entrevistador.
Un estilo expresivo sin barreras y que produce una presentación inestructurada se considera signo de validez de
un relato. Sin embargo, si la declaración muestra inconsistencias que no pueden resolverse en el contexto de la
declaración global, viola la estructura lógica (criterio 1), que indica la falta de credibilidad de la declaración.(Steller
y Koehnken sf).

55
 Criterio 3. Cantidad de detalles

Un gran número de detalles en una declaración es una indicación de credibilidad porque es imposible para la
mayoría de los testigos adornar un testimonio falso con numerosos detalles (Steller y Koehnken, sf ).

Contenidos específicos

En esta fase del análisis de la declaración, se evalúan partes especificas del testimonio en cuanto a la presencia
y fuerza de ciertos tipos de descripciones.

 Criterio 4. Engranaje contextual

Undeuscht 1967 citado por Steller y Koehnken (sf), mencionó que "los sucesos reales deben tener una base
temporal y espacial" (p. 194).

 Criterio 5. Descripción de interacciones

Arntzen (1983) citado por Steller y Koehnken (sf), afirma que: "Aquí se habla de una cadena de acciones mutuas
y reacciones del testigo y de la persona a quienes refiere el testimonio, principalmente en aquellos actos y
discusiones que son mutuamente dependientes y que se relatan con fluidez" (p.195). Para cumplir este criterio es
suficiente que el niño describa las interacciones, incluso en forma torpe o extraña.

 Criterio 6. Reproducción de la conversación

Arntzen (1983) citado por Steller y Koehnken (sf), considera que este requisito se cumple especialmente cuando
el relato incluye el vocabulario y el lenguaje del autor del delito, el cual generalmente es atípico para la edad del
testigo. El relato debe crear la impresión de que el testigo volvió a experimentar el contexto verbal de la situación
al hacer la declaración.

 Criterio 7. Complicaciones inesperadas durante el incidente

El ámbito de estas complicaciones puede incluir, bien una interrupción imprevista, o bien alguna dificultad para la
finalización espontánea del suceso antes de su terminación lógica.

Peculiaridades del contenido

En esta categoría tratamos con ejemplos concretos de una declaración, los cuales aumentan la calidad de su
contenido y que pueden encontrarse en distintas partes de la declaración (Steller y Koehnken, sf ).

 Criterio 8. Detalles inusuales

Una declaración puede ser concreta y vívida por el relato de detalles inusuales o únicos, como la aparición de
detalles extraños que no son claramente reales. Los detalles inusuales tienen baja probabilidad de ocurrencia, y
no se espera que aparezcan en acusaciones inventadas (Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 9. Detalles superfluos

Los detalles que no son esenciales para la acusación pero que el testigo describe en conexión con las
alegaciones, pueden considerarse signos de la validez de una declaración (Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 10. Incomprensión de detalles relatados con precisión

Este criterio se cumple si el niño relata acciones u ofrece detalles que él no comprende pero el entrevistador sí
(Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 11. Asociaciones externas relacionadas

Una asociación externa relacionada está presente cuando el testigo relata conversaciones que se refieren a otros
sucesos, de tal modo que cada uno de los relatos dados contiene un engranamiento traslapado de al menos dos
relaciones (Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 12. Relatos del estado mental subjetivo

Este criterio incluye la descripción de sentimientos, como miedo o asco, y de cogniciones, como pensar en
escapar mientras el suceso ocurría. Arntze citado por Steller y Koehnken, (sf) también destacaba el valor de los

56
relatos sobre la evaluación de las emociones y sus cambios durante el curso de los acontecimientos (Steller y
Koehnken, sf ).

 Criterio 13. Atribución del estado mental del autor del delito

Los estados mentales y motivos que el narrador atribuye al supuesto autor son signos de credibilidad de un
relato, así como las descripciones de reacciones afectivas y estados fisiológicos del autor del delito como criterio
de realidad (Steller y Koehnken , sf).

Contenidos referentes a la motivación

Este grupo de criterios se refiere a la motivación del niño para hacer una declaración o una alegación. Esta
información ofrece la oportunidad de concluir sobre la posible motivación del niño para hacer una acusación falsa
(Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 14. Correcciones espontáneas

Corregirse a uno mismo de forma espontánea durante una entrevista u ofrecer recursos nuevos o aclaratorios, se
considera una característica a favor de la credibilidad de una declaración o al menos cuestionan un relato
completamente ficticio o uno influenciado por una tercera persona.

 Criterio 15. Admitir falta de memoria

Se supone que las personas que dan testimonios falsos de forma deliberada responderán a las preguntas, antes
que admitir una falta de memoria de ciertos detalles. Admitirlo se considera signo de credibilidad (Steller y
Koehnken, sf ).

 Criterio 16. Plantear dudas sobre el propio testimonio

Según Undeutsch (1967), citado por Steller y Koehnken (sf), el plantear objeciones a la corrección del propio
testimonio es también un indicio de la credibilidad de la declaración. Puede suponerse que una persona que está
intentando parecer creíble cuando hace una declaración falsa, no se inclinará a plantear dudas sobre la
veracidad de su alegación.

 Criterio 17. Auto - desaprobación

La auto-acusación del testigo debido a una actitud autocrítica sobre su propia conducta frente al delito y/o
agresor favorece la credibilidad de éste. Esta confesión de conducta inapropiada o errónea no se espera en el
testimonio engañoso que pretende incriminar falsamente al acusado (Steller y Koehnken, sf).

 Criterio 18. Perdón al autor del delito

Si una declaración tiende a favorecer al acusado, o si el testigo no hace uso de posibilidades para otras
incriminaciones, se considera una indicación de la veracidad del relato (Steller y Koehnke, sf ).

Elementos específicos de la ofensa

Los elementos del relato que no se relacionan con la vivencia general de la declaración, pero que normalmente sí
lo hacen con el crimen deben evaluarse específicamente.

 Criterio 19. Detalles característicos de la ofensa

Este criterio está basado en hallazgos empíricos criminológicos sobre el curso típico y características de
crímenes sexuales específicos.

El acuerdo entre el testimonio y las características conocidas de las ofensas se toma como indicador de la
veracidad del relato.

Una vez descritos los criterios de contenido señalados por Steller y Köehnken, es necesario aclarar que los
criterios pueden analizarse como presentes o ausentes, o puntuarse en cuanto a fuerza o grado en que aparecen
en la declaración.

57
Según estas características es requisito que el testigo informe sobre un hecho real o ficticio y que lo haga con
una relativa extensión, ya que un testimonio que consista sólo de una frase, o en casos extremos en un sí o un
no, no puede ser analizado de esta manera (Offe, 2000).

3.8. CONOCIMIENTO CULPABLE Y DETECCIÓN DEL ENGAÑO


No hay ninguna duda de que la vida contiene engaño y que éste está presente en la vida de casi todas las
personas. El deseo de descubrir si una persona miente o no, ha estado presente a lo largo de la historia de la
humanidad.

Este deseo parecía haberse cumplido con el establecimiento de los métodos fisiológicos para la evaluación de la
credibilidad a finales del siglo XIX (Lombroso, 1895 en Abrams, 1989). Sin embargo, desde estos orígenes son
diversas las técnicas desarrolladas para intentar detectar el engaño, sin que ninguna de ellas haya resultado
totalmente eficaz (Vila, 1996).

La mayoría de las técnicas desarrolladas se basan en series de preguntas que se realizan a una persona
mientras se registran diversas variables fisiológicas (conductancia eléctrica de la piel, tasa cardíaca, presión
arterial, respiración, etc.).

Las diferencias entre las diversas técnicas se encuentran normalmente en el tipo de preguntas que se realizan y
en el modo de formularlas.

En la actualidad, son dos las técnicas que más se utilizan. La primera de ellas es el denominado Test de
Pregunta Control (Control Question Test, CQT) (Barland y Raskin, 1973). En esta modalidad de interrogatorio se
formulan a la persona sospechosa preguntas que tienen relación directa con un delito, denominadas preguntas
relevantes (p.e. , ¿El día 11 de septiembre de 1988 cometiste un robo en el banco X?), y preguntas que no tienen
relación directa con el delito, denominadas preguntas control (p.e. , ¿En los 18 primeros años de tu vida te
apropiaste de algo que no era tuyo?). En esta técnica, las preguntas control son de carácter genérico y tratan de
evocar una situación que el individuo no pueda negar y que conlleve una incomodidad social para él (es
prácticamente imposible que alguien pueda asegurar que en los primeros 18 años de su vida no cogiera algo que
no fuera de él). Esta técnica de interrogatorio asume que una persona inocente estará más preocupada y se
implicará emocionalmente más en las preguntas control que en las relacionadas con el crimen, mostrando así
una mayor reactividad fisiológica ante las primeras. El proceso contrario ocurrirá con las personas culpables, se
sentirán más implicadas con las preguntas relevantes respondiendo fisiológicamente más ante ellas.

La segunda técnica es el denominado Test de Conocimiento Culpable (Guilty Knowledge Test, GKT; Lykken,
1960). En esta forma de interrogatorio cada pregunta se presenta con un formato de alternativa múltiple, p. ej. , El
robo se cometió, ¿en un banco?, ¿en una joyería?, ¿en una farmacia?, ¿en una casa?, ¿en una tienda?. Cada
pregunta hace relación a un único detalle del crimen y todas las alternativas que se presentan son igualmente
plausibles, pero sólo una de ellas se refiere al delito tal y como ocurrió. El principio en el que se basa esta técnica
es lo que Lykken (1960) denomina conocimiento culpable. Éste implica que la persona que ha cometido el delito
conoce detalles del mismo que las personas inocentes no pueden conocer, puesto que no han vivido el delito.

Basándose en esto, se espera que los culpables den una mayor respuesta fisiológica cuando la pregunta
formulada haga mención a estos detalles.

El GKT, pese a tener detrás una base lógica más válida que el CQT (Ben- Shakhar, Bar-Hillel y Liebich, 1986), no
se utiliza prácticamente en campo.

Iacono (1985) cita varias razones por las que se da esta situación:

(a) Los poligrafistas que trabajan en campo están convencidos de la validez del CQT,

(b) El GKT requiere una meditación y reflexión profunda para construir un test que contenga aquellos
detalles del delito que, por su saliencia, tengan muchas probabilidades de ser recordados por el
sujeto culpable y

58
(c) La imposibilidad de utilizar el GKT en determinadas circunstancias como cuando la prensa ha
publicado detalles del crimen, cuando en el interrogatorio policial se ha podido poner al sujeto en
antecedentes del caso en cuestión o cuando el sujeto ha podido presenciar el delito.

El principal problemas que persiste en esta técnica es comprobar cómo influye el hecho de ser inocente y
conocer la información relevante sobre el crimen en un interrogatorio utilizando el Test de Conocimiento
Culpable. Esta situación retoma las posibles situaciones de filtración de la información señaladas por Iacono
(1985). Se ha evaluado el efecto de dar a una persona información relevante en un contexto no criminal para
someterla con posterioridad a un interrogatorio GKT. Stern, Breen, Watanabe y Perry (1981) clasificaron
incorrectamente al 8% de sus sujetos. Sin embargo, dando a los participantes inocentes información
explícitamente relacionada con el crimen, Bradley y Warfield (1984) y Bradley y Rettinger (1992) clasificaron
incorrectamente al 25% y al 50%, respectivamente.

Para comprobar cómo influye la información utilizamos una variante del GKT denominada Test de Acción
Culpable (Guilty Actions Test, GAT; Bradley y Warfield, 1984), en el que se pregunta directamente al acusado si
cometió determinados hechos, p. ej. , Cometiste el robo, ¿en un banco?, ¿en una joyería?, ¿en una farmacia?,
¿en una casa?, ¿en una tienda?. Así, si el acusado es inocente y tiene conocimiento culpable, no mentirá al
responder a las preguntas, porque a pesar de saber dónde se llevó a cabo el robo, él no lo hizo (Bradley y
Rettinger, 1992). El GAT permite interrogar a las personas inocentes evitando la confusión entre mentira,
información y culpabilidad. Se ha encontrado que las personas inocentes interrogadas con un GKT pueden ser
clasificadas como culpables.

Bradley, MacLaren y Carle, (1996) informan de que la detección de los sujetos es función de la interacción entre
el tipo de test (GKT, GAT) y la condición del participante (culpable, inocente informado e inocente). Encontraron
que el grupo cuya detección fue menor fue el de los inocentes sin información interrogados con un GAT. No hubo
diferencias en el índice de detección correcta entre los culpables interrogados con cualquiera de los dos
interrogatorios (GKT, GAT) y los inocentes informados interrogados con el GKT. Desde el punto de vista teórico,
el hecho de que las personas informadas reaccionen más fuertemente cuando mienten (esto es, cuando se les
interroga con el GKT) que cuando no lo hacen (esto es, cuando se les interroga con el GAT) parece sugerir que
el engaño juega algún papel en la discriminación de personas inocentes y culpables utilizando el GKT.

La Actividad Electrodermal (AED) ha sido considerada como la respuesta fisiológica que mejor permite clasificar
a una persona como culpable o inocente en estudios en laboratorio (Barland y Raskin, 1973). Sin embargo, son
muy pocos los estudios (Kircher y Raskin, 1988) que han investigado cuales de sus componentes (número de
respuestas, amplitud de las mismas, nivel tónico, tiempo de latencia, tiempo de recuperación) son los mejores
para realizar esta clasificación. Por ello, un segundo objetivo perseguido con este estudio sería analizar qué
componente o componentes de la AED nos permiten una mejor clasificación de las personas en inocentes o
culpables.

Otra variable fisiológica propuesta para la detección del engaño ha sido la Tasa Cardíaca (TC) (Orne, Thackray y
Paskewitz, 1972). Sin embargo, los estudios realizados empleando esta variable presentan resultados dispares.
Así, mientras algunos autores equiparan su eficacia con la de la AED (Bradley y Ainsworth, 1984) en lo que
respecta a la clasificación de los participantes, otros no la consideran válida para discriminar entre culpables e
inocentes (Iacono, Boisvenu y Fleming, 1984). Raskin (1979) sugiere que el GKT, al estar basado en el
reconocimiento de la alternativa relevante, elicita una respuesta de orientación. Esta respuesta fue descrita por
Sokolov (1963) y su función es la de facilitar la percepción de los estímulos ambientales al aumentar la
sensibilidad de los receptores sensoriales. Fisiológicamente hablando, esta respuesta se caracteriza por un
aumento de la conductancia eléctrica de la piel y un descenso en la tasa cardíaca. Raskin (1979) basa su
razonamiento en que el GKT hay un procesamiento mínimo de la información, así para el sujeto culpable sólo la
alternativa relevante debería tener valor de señal y elicitar así la respuesta de orientación, mientras que para el
sujeto inocente todas las alternativas tienen el mismo valor de señal bajo. Se ha encontrado (Podlesny y Raskin,
1978; Raskin y Hare, 1978) un aumento de la conductancia de la piel y una vasoconstricción periférica, lo cual es
consistente con una interpretación de los resultados en términos de respuesta de orientación a las alternativas
relevantes. Siguiendo este marco teórico, un tercer objetivo propuesto es el análisis de la Tasa Cardíaca en un
intento de obtener datos experimentales que avalen la hipótesis de la respuesta de orientación.

59
CAPÍTULO 4: EL RECONOCIMIENTO DE PERSONAS Y RUEDAS
DE IDENTIFICACIÓN
Cuando un testigo presencial de un delito realiza una identificación positiva, se asume que éste ha reconocido al
sospechoso como la persona que cometió el delito, diferenciándola de entre otras de características físicas
semejantes. El sentido común nos dice que este pequeño esfuerzo para reconocer a alguien no debe suponer
ningún problema para una persona de capacidades intelectuales medias. Desde esta perspectiva, la
identificación errónea sería algo anecdótico puesto que, en caso de duda, se abstendría de identificar. Pero sin
embargo, en numerosas ocasiones, los testigos se contradicen en sus declaraciones. En principio pudiera
creerse que se trata de testigos falsos, no obstante, estos se han cuantificado en un 8 % (Arce y Fariña, 1995) y,
en la práctica diaria en los juzgados se desestima un porcentaje mayor de declaraciones de testigos. Por lo tanto,
no se trata del mismo fenómeno, en un caso estaríamos ante testigos falsos y en otro ante errores de
identificación. Así, se diseñaron numerosos trabajos e investigaciones para conocer cómo y porqué se producen
errores en el reconocimiento de un sospechoso en una rueda de identificación.

En la actualidad son muchos los conocimientos que la investigación psicológica ha aportado a la comprensión de
los procesos que desencadenan una mala o buena identificación, proporcionando un corpus metodológico y
técnico que posibilita que la realización de una rueda de identificación sea más imparcial, fiable y efectiva. No
obstante, se ha de tener en cuenta que, tal y como señalan Konecni y Ebbensen (1981), la mayoría de la
investigación en el campo de la psicología jurídica se realiza en el laboratorio. Esta fuente de datos proveniente
de la simulación experimental de laboratorio presenta dos limitaciones, la generalización de los resultados a
ambientes reales, y la magnificación de los resultados como causa del excesivo reduccionismo experimental.

4.1. VARIABLES DEL TESTIGO QUE MODULAN LA CALIDAD DE UNA


IDENTIFICACIÓN
Wells (1978) ha sistematizado las variables que afectan a la exactitud en la identificación por parte de un testigo,
así, distingue entre variables a estimar y variables del sistema.

Las variables a estimar serían todos aquellos factores que afectan a los procesos de codificación y retención de
información, entre que se incluyen la fenomenología de la situación: las condiciones físicas, el tipo de delito,
duración del incidente, actividad del testigo desde el suceso, información extraña; y factores del testigo tales
como raza, sexo, edad, inteligencia, personalidad, confianza, o estrés. Este tipo de variables no permiten su
manipulación en casos reales, por lo que sus efectos solamente se pueden estimar.

Uno de los primeros factores que se estudiaron fue el tiempo. Laughery, Alexander y Lane, (1971), presentando
diapositivas de caras a sujetos experimentales demostraron que cuanto mayor sea el tiempo de exposición, mejor
será el recuerdo.

Por otro lado, con el aumento del intervalo de retención disminuye el recuerdo de características físicas (Sanders
y Warnick, 1979) y también disminuye la tasa de identificaciones correctas (Cutler, Penrod y Martens, 1987); sin
embargo nosotros (Fariña, Arce, y Real, 1994) encontramos que el paso del tiempo media la tasa de errores,
pero no la de aciertos. Es decir, que cuanto más tiempo pase desde la ocurrencia del hecho, hasta la
identificación son mayores las probabilidades de que el testigo o no recuerde o identifique mal. Un intervalo de
retención muy largo deteriora enormemente el rendimiento en la identificación (Shephard, Ellis y Davies, 1982),

Las condiciones físicas de la situación a recordar, tanto iluminación como cercanía o lejanía del lugar del delito,
pueden damos una estimación si el testigo puede estar identificando correctamente, si su recuerdo se ajusta a
unas condiciones físicas previas. En un diseño encaminado a contrastar la ejecución de testigos de un robo en
un ambiente real y uno de laboratorio, encontramos que los sujetos asignados a la situación real ofrecían unas
declaraciones que se caracterizaban por ser más extensas, más ricas en detalles y con un rango más amplio de
información que los sujetos de la situación de laboratorio, y sin embargo y al mismo tiempo ofrecían menos
información sobre el sujeto que cometió el robo (Real, 1995). En relación a lo anterior hay indicios de que se
puede mejorar el recuerdo reinstaurando el ambiente (Mal pass y Devine, 1981 a) en el que se produjo el suceso
a través de las «reconstrucciones de los hechos» que suelen practicar la policía y los jueces (Diges y Mira, 1988).

60
No todos los detalles de un incidente son igualmente salientes o relevantes, así ya Gardner (1933) señalaba que
lo novedoso, lo inusual, lo extraordinario, atraen nuestra atención y sostienen nuestro interés. Atención e interés
son importantes ayuda de memoria. Lo contrario de este principio también es cierto, de tal manera que lo común,
lo rutinario o lo insignificante, raramente se recuerdan como incidentes específicos.

Diferentes tipos de hechos no se perciben y recuerdan igualmente, por lo que se ha de tener en cuenta el tipo de
delito de que se trate a la hora de estimar la ejecución del testigo. Leippe, Wells y Ostrom (1978) comprobaron
que la seriedad del delito puede afectar a la identificación; las tasas de exactitud en la identificación que
presentaban los sujetos experimentales, variaban dependiendo del valor del objeto robado. Clifford y Scott
(1978), señalan que la habilidad para recordar sucesos es significativamente peor cuando se ha visto un suceso
violento que cuando se ha visto una versión no violenta del mismo. La propia situación (robo, agresión...) provoca
ansiedad en el testigo y, dependiendo de los niveles de ansiedad, el recuerdo puede variar. Tal como apuntan
Diges y AlonsoQecuty (1993), la mayoría de los investigadores están de acuerdo en que niveles altos de
ansiedad producen interferencias que empobrecen el rendimiento tal como postula la ley de Yerkes-Dodson
(1908), aunque la manipulación experimental de esta variable no produjo los efectos negativos esperados,
posiblemente porque en el laboratorio conseguir niveles de ansiedad similares a los que sufre una víctima de un
delito es difícil y ética mente reprobable.

La presencia de armas distrae la atención de los sujetos de otros detalles relevantes (características faciales o
indumentaria del agresor) por lo que se reduce la capacidad del testigo para reconocer al culpable. Maas y
Kbhnken (1989) señalan que por motivo del incremento de arousal, se espera que se estreche el campo
atencional tal como sugiere la hipótesis de Easterbrook (1959), por lo que se infrautilizan indicios periféricos y se
intensifica la atención en indicios centrales. Por lo tanto el incremento de arousal puede facilitar la codificación de
indicios faciales si el testigo mantiene atención focalizada sobre la cara del agresor, pero puede interferir en la
codificación de indicios faciales relevantes si el testigo presenta atención focalizada en el arma. Todo parece
indicar que la atención focalizada en el arma durante la codificación interfiere con la posterior identificación
Uohnson y Scott, 1976; Tooley y cols, 1987; Cutler, Penrod y Martens, 1987; Maas y Kbhnken, 1989).

Otra de las variables que se ha de tener en cuenta a la hora de evaluar una identificación como buena o mala,
son las expectativas del testigo. Whipple (1918) señalaba que las personas tienden a ver y oír aquello que
esperan ver y oír. Las expectativas culturales o estereotipos han demostrado tener una gran influencia por lo que
se refiere a la percepción de delitos. Así, Shoemaker, Souht y Lowe (1973) pudieron comprobar que sus sujetos
experimentales tenían una clara tendencia a clasificar las fotografías presentadas en función de estereotipos y
Bull y Creen (1980) encontraron que sus sujetos experimentales, independientemente de su edad, sexo, o de si
eran policías o civiles, participaban de las mismas concepciones estereotipadas.

Uno de los estereotipos más estudiados ha sido el de «lo que es hermoso es bueno» (Dion, Bercheid y Walster,
1972), se suele atribuir a un rostro hermoso más rasgos de conducta socialmente deseable que a una cara poco
atractiva. También se ha encontrado que una fisonomía anormal (cicatrices, por ejemplo) puede ser prueba de
una conducta también anormal (Bull, 1979). Mira y Diges (1986) afirman que la gente cree que los delincuentes
tiene una apariencia física que los delata. En algunos experimentos se ha encontrado alguna evidencia de ello,
como la relación hallada en 1962 por Kozeny (citado en Bull y Clifford, 1979, pp.158159), entre el tipo de delito y
la apariencia física del delincuente. Sin embargo, podemos concluir tal y como apuntan Diges y Mira (1983): «El
uso de estereotipos representa una forma muy corriente de cometer errores de comisión».

Como el recuerdo que el testigo tiene del delincuente, de su fisonomía, se basa normalmente en una impresión
general y no en un recuerdo analítico de los rasgos de la persona (Kuehn, 1974), se pueden cometer errores de
varios tipos como el producido por la influencia de la información posterior al suceso. El diseño básico utilizado en
dichas investigaciones ha sido el empleado por Loftus, Miller y Burns (1978), en el cual los sujetos
experimentales reciben como estímulos una serie de diapositivas referentes a un accidente de tráfico,
posteriormente responden a una serie de preguntas de las cuales algunas contienen la información engañosa (la
señal de «Stop» de las diapositivas se describe como «Ceda el paso»), y otras, que contesta el grupo control, no
mencionan la señal. En un tercer momento se les pasa una prueba de reconocimiento de dos alternativas con
elección forzosa, en una de cuyas preguntas deben decidir entre la señal original y la mencionada en la
información post-suceso, los sujetos que reciben la información engañosa cometen más errores en la pregunta

61
crítica. Diferentes autores han confirmado los efectos de la información post-suceso (Bekerian y Bowers, 1983;
Loftus, 1979; Zaragoza, McCloskey y Jamis, 1987; Wagenaar y Boer, 1984; Wells y Turtle, 1986). El testigo
puede recomponer fragmentos de la situación con base en la información que le es suministrada por factores
externos, tales como otros testigos, comentarios de otros casos o información de la policía que él integra en su
memoria como si fuesen suyos. En nuestra investigación (Real, 1995) se confirman parcialmente estos
resultados, ya que sólo hallamos el efecto de la información post-suceso transcurrida una semana.

Otro tipo de error que se puede cometer es el denominado «transferencia inconsciente» que hace referencia al
hecho de integrar a una persona que se ha visto en el momento contiguo en el tiempo al suceso, dentro dei
suceso, generalmente como el autor del hecho. Buckhout (1974) simuló un asalto ante 141 estudiantes y 7
semanas después le pidió que reconocieran al asaltante de entre un grupo de 6 fotografías; el 60% de los sujetos
realizaron una identificación incorrecta, de los cuales dos tercios seleccionaron a una persona que vieron en la
escena del crimen y que era un espectador totalmente inocente. Loftus (1976), obtuvo resultados similares
utilizando material audiovisual y Mira y Diges (1986) citan un caso real ocurrido en nuestro país. Nosotros
(Fariña, Arce, y Real, 1994) mediante un doble diseño recreamos una situación para suscitar este efecto entre los
sujetos experimentales, unos pertenecientes a una situación real y otros a una de laboratorio. Los sujetos de la
situación real, fueron testigos de un robo (en todo momento creyeron que era auténtico), los de laboratorio,
observaron el mismo incidente mediante una grabación en vídeo. En el suceso aparecía un sujeto vestido de
forma similar al ladrón, de tal manera que en una rueda de identificación posterior al incidente un 17,46 % de los
sujetos de la situación real y un 18,75 % de los de laboratorio, lo identificaban como al ladrón. Craik y Jacoby
(1979) especulan que la información semántica, conocimiento general (tal como la familiaridad facial), puede ser
más fácil de recordar que el contexto específico, Información episódica (tal como el lugar dónde fue vista la cara).
Estas observaciones teóricas podrían ayudar a explicar la transferencia inconsciente (Penrod, Loftus y Winkler,
1982).

Otro tipo de error es el llamado «efecto de compromiso» (Gorenstein y Ellsworth, 1980), que ocurre una vez
hecha una elección incorrecta de un sospechoso (por ejemplo cuando el testigo ha visto muchas fotografías, y
elige erróneamente a un sujeto) posteriormente cuando se realiza la rueda de identificación en vivo, se tiende a
persistir en el error. Por lo que tras la identificación en foto no debería procederse a realizar una rueda en vivo.
Esto resulta muy peligroso dado que la policía en sus pesquisas utiliza este tipo de estrategias con los testigos
presenciales.

4.2. ESTRUCTURA Y FUNCIONES DE LAS RUEDA DE IDENTIFICACIÓN


Los factores asociados a la recuperación, variables del sistema según la clasificación de Wells, son los que han
centrado la investigación sobre las ruedas de identificación, se refiere al modus operandi de la identificación y se
incluirían aquí, la composición de la rueda, el número de componentes, instrucciones, dinámica social, modo de
presentación, ruedas paraleias, efectos de demora, etc. El sistema judicial tiene control directo sobre ellos, y es
posible optimizar el procedimiento para minimizar los errores que producen dichos factores.

El principal objetivo de las ruedas de identificación, bien realizadas por la policía o por jueces, es evitar la
identificación de un sospechoso inocente y facilitar la identificación de un sospechoso culpable. Wells (1993)
señala que las ruedas pueden construirse para probar que el sospechoso Y- el culpable son o no la misma
persona. Debido a que el proceso de identificación es imperfecto, la función de las ruedas de identificación es el
reflejo de la incertidumbre de la prueba. Hay dos enfoques generales para describir esta función de reducción de
la incertidumbre (Wells, 1993). Uno de ellos es presentar los resultados de la rueda (identificación o no
identificación del sospechoso) como un suceso que incrementa o reduce la probabilidad subjetiva de que el
sospechoso es el culpable en relación a la probabilidad antes de la rueda (Wells y Lindsay, 1980; Wells y Luus,
1990aJ. Otro enfoque es el que aporta Navon (1990): según este autor, los resultados de la rueda (identificación
o no del sospechoso) nos informan de la semejanza entre el sospechoso y el culpable, incluso cuando el testigo
presencial ha elegido a un cebo. Esto nos informaría de que el culpable aparentemente tiene unas características
fisionómicas similares a la persona identificada.

La reducción de incertidumbre podría entenderse en el contexto de la distinción entre recuerdo y reconocimiento,


entonces la función de las ruedas de identificación sería extraer algo de la memoria de reconocimiento del testigo

62
que no fue capaz de expresar en la descripción verbai que previamente hizo del culpable (Wells y Luus, 1990a;
Luus y Wells, 1991).

El procedimiento legal de construcción de una rueda se regula en los artículos 369 y 370 de la LECRIM, en los
cuales no se especifica claramente la naturaleza de los miembros que han de comparecer en la diligencia de
reconocimiento junto con el sospechoso. Pudiendo, de esta manera, establecerse dos posibles modelos
diferentes de ruedas de identificación: a) modelo de todos sospechosos, en el cual todos los miembros de la
rueda son sospechosos del delito y son puestos ante el testigo a fin de identificar de entre ellos al culpable; b)
modelo de un solo sospechoso, en el cual la rueda estaría compuesta por un sospechoso del delito y varios
distractores de los cuales se tiene certeza de su inocencia para ei delito en cuestión.

Wells y Turtle (1986) señalan que el modelo de un único sospechoso es más seguro y más informativo que otros
modelos, porque puede reiegar, a! menos, una porción de identificaciones erróneas dentro de la categoría de
error discernible y relativamente inofensivo. Con respecto a esto, nuestros datos nos conducen a concluir también
en pos de ruedas de un único sospechoso y al uso de distractores fotográficos o reales ajenos al contexto del
delito (Fariña, Arce, y Real, 1994). En el modelo de un solo sospechoso se pueden dar tres posibles resultados,
cuando el culpable está presente en la rueda: un acierto, /a identificación a un distractor, o un rechazo incorrecto.
Cuando el culpable no está presente en la rueda los posibles resultados son: una identificación falsa, una
identificación a un distractor o un rechazo correcto (Wells, 1993). Debemos señalar que el término «identificación
falsa» no se emplea para designar a aquellos casos en los que el testigo identifica al distractor sino que se
reserva para aquellos en los que identifica a un sospechoso inocente (Lindsay y Wells, 1980) .

En cuanto al modelo de todos sospechosos, al no existir distractores, se puede dar un resultado en la


identificación que no ocurre en el modelo de un solo sospechoso, la identificación de un sospechoso inocente
(identificación falsa) cuando el culpable está presente en la rueda.

La probabilidad de una identificación falsa es mucho mayor en la rueda de todos sospechosos que en la de un
solo sospechoso (Wells y Turtle, 1986), por lo que su utilización es desaconsejable.

La legislación criminal Española no especifica en ninguno de sus artículos qué grado de semejanza han de tener
entre sí los distractores y el sospechoso. Éste puede ser un problema a la hora de seleccionar a los miembros de
una rueda, si queremos que esta cumpla sus funciones de una manera efectiva.

Diversos autores afirman que los sujetos que forman la rueda han de seleccionarse por su similitud en apariencia
con el sospechoso. Lo que sirve primariamente para proteger a un sospechoso inocente y no impide la
identificación de un culpable (Lindsay y Wells, 1980; Malpass y Devine, 1983; Diges y Mira, 1988J. La razón
subyacente es que el testigo de un hecho criminal posee información de la apariencia única e individual del
culpable y será capaz de distinguirlo de entre otros que posean las mismas características generales (Malpass y
Devine, 1983). Luus y Wells (1991) afirman que una probable anomalía surge cuando consideramos que la
similitud entre distractores y sospechoso es necesaria para una construcción apropiada de una rueda de
identificación. Si esto se tomara en toda su extensión, la identificación podría resultar imposible si todos los
miembros de la rueda parecieran semejantes, es lo que se denomina la anomalía clónica. Estos autores, frente a
la estrategia de seleccionar a los distractores por su similitud con el sospechoso, proponen la estrategia de
escoger/os por su parecido con la descripción previa dada por los testigos presenciales. La similitud del
sospeChoso con la descripción del culpable es el factor más importante por el que éste viene a ser sospechoso, y
éste debe ser el mismo criterio usado para elegir a los distractores para ser miembros de la rueda (Luus y Wells,
1991). Estos autores consideran más adecuada la estrategia de selección por similitud con la descripción debido
a que:

1) Especifica a priori las características físicas que los miembros de la rueda deben compartir.

2) Señala previamente las características físicas que no deben compartir. y tal como señala Gibson
(1969), las características distintivas son críticas para un reconocimiento exitoso. Wells (1993)
denomina a esto heterogeneidad favorable, es decir, las variaciones en la apariencia física de los
miembros de la rueda que ayudan al proceso de un exacto reconocimiento mientras que no sesgan
la rueda en contra de un sospechoso.

63
3) Ayuda a asegurar que la habilidad del testigo para ejecutar la tarea se basa más en reconocimiento
que en el recuerdo (el testigo tiene información en memoria de reconocimiento que excede a la
disponible en recuerdo) .

Sin embargo, en algunas situaciones la selección de los distractores siguiendo la estrategia de similitud con la
descripción puede resultar problemática. Así, cuando la descripción del culpable que hace el testigo no se
asemeja al sospechoso, si se selecciona a los distractores por su similitud con la descripción, el sospechoso
resalta como el único que no coincide a la descripción.

En estos casos Luus y Wells (1991) proponen una estrategia combinada en la que se dan una conjunción de las
características que previamente se recuerdan del culpable y las del sospechoso.

Otro tipo de problema que puede ocurrir en la selección de los distractores, tanto para la estrategia de similitud
con la descripción como para la de similaridad con el sospechoso, es cuando la descripción del culpable que da
el testigo es tan detallada y/o idiosincrásica que no se pueda ubicar en la rueda a un conjunto suficiente de
distractores. Sin embargo, se puede solventar recreando artificialmente esas características sobre los otros
miembros de la rueda u ocultándolos en todos ellos (Luus y Wells, 1991),

Un tercer tipo de problema surge cuando existe más de un testigo y cada uno da una descripción relativamente
diferente. Luus y Wells (1991) apuntan que la solución pasaría por construir ruedas separadas para cada testigo.

4.3. LA IMPARCIALIDAD EN LAS RUEDAS DE IDENTIFICACIÓN


Tal y como se señaló anteriormente, el principal objetivo de las ruedas es evitar el reconocimiento de un
sospechoso inocente y, al mismo tiempo, facilitar la identificación de un sospechoso culpable. A fin de conseguir
este objetivo Y mejorar la calidad de este proceso se establecen dos dimensiones que ha de tener toda rueda
para que se considere imparcial (Malpass, 1981; Malpass Y Devine, 1983):

Tamaño de la rueda

La rueda debe tener un número de componentes que garantice que la probabilidad de señalar a un inocente por
azar sea lo suficientemente pequeña. ASí, si la rueda es de dos sujetos, la probabilidad de señalar a cualquiera
de los miembros es de 0,50. Esta probabilidad se reduce al incrementar el número de miembros de la rueda. El
tamaño nominal de una rueda depende de una decisión a priori así como un apropiado nivel de riesgo al que un
sospechoso inocente puede exponerse (Maipass Y Devine, 1983), usualmente su tamaño comprende entre 5 y 9
miembros.

Sesgo de la rueda

El sospechoso no puede ser diferente al resto de los componentes de la rueda. Mientras que el tamaño de ia
rueda incide sobre la posibilidad de que uno o más distractores puedan ser identificados con una probabilidad
menor que la esperada, el sesgo de la rueda incide solamente en si la identificación del sospechoso se aparta de
lo presumido. Si el sospechoso tiene una probabilidad de identificación mayor que la esperada, la rueda está
sesgada en contra del sospechoso. Por el contrario, si la probabilidad de identificación del sospechoso es menor
que la prevista, entonces la rueda está sesgada a favor del sospechoso (esto es, los distractores se parecen más
al culpable que el sospechoso).

Doob Y Kirshenbaum (1973), sugieren la utilización de testigos simulados sobre cuyas elecciones se estudia la
imparcialidad de ias ruedas. Los testigos simulados son personas que no han presenciado el delito en cuestión
(por lo tanto, no han visto al culpable), a los que se les proporciona la descripción dada por los testigos reales.
posteriormente se les presenta la rueda y se les pide que señalen a la persona que creen es el autor del delito.

Sobre la base de este procedimiento se diseñó una serie de índices para medir la imparcialidad de las ruedas de
identificación:

Tamaño funcional de la rueda (Wells, Leippe y Ostrom, 1979)

Su fórmula es n/d, dónde n es el número de testigos simulados que se utilizan y d es el número de testigos
simulados que señalan al sospechoso.

64
Tamaño efectivo de la rueda (Malpass, 1981)

Para obtener este índice, a las frecuencias de aquellos miembros de la rueda que se eligieron menos de lo
esperado se les resta la frecuencia esperada por azar, esas diferencias, se suman y se dividen por la frecuencia
esperada por azar. El resultado se resta al tamaño nominal de la rueda. Los valores numéricos, tanto de este
índice como del anterior, expresan el número de componentes de la rueda que realmente se tuvieron en cuenta,
en la prueba de reconocimiento.

Proporción de la elección (Malpass y Oevine, 1983)

Su cálculo se basa en la frecuencia con que se señala a cada uno de los componentes de la rueda, esta
frecuencia se compara con la esperada por azar si todos los miembros de la rueda estuvieran bien elegidos. De
tal manera que un miembro de la rueda que sea elegido con una frecuencia de, al menos, el 90 % (o el 75% o el
50 %, depende de lo laxo que se establezca el criterio) de lo esperado por azar se puede considerar un cebo
aceptable. El número de cebos que alcance este criterio preestablecido, será el número de cebos válidos en la
rueda, y la diferencia entre este número y el tamaño nominal, es el grado de reducción del tamaño nominal.

Índice de sesgo del acusado de Ooob y Kirshenbaum (1973)

Se calcula mediante la siguiente fórmula: 1/N-D/n, donde 1/N es la probabilidad de señalar al sospechoso por
azar, siendo N el número de componentes de la rueda. D/n es la frecuencia empírica con que señalan al
sospechoso los testigos simulados, siendo D el número de testigos simulados que señalan al sospechoso y n el
número total de testigos simulados. Si la diferencia entre los cocientes es negativa y estadísticamente
significativa (utilizando las pruebas estadísticas convencionales para proporciones), existe un sesgo en contra del
acusado. Por el contrario, si la diferencia fuera positiva y estadísticamente significativa, entonces existiría un
sesgo a favor del acusado.

Índice de sesgo del acusado de Malpass (1981)

Su cálculo es similar al anterior, pero en este caso el tamaño de la rueda que se tiene en cuenta para estimar la
probabilidad de señalar al sospechoso por azar, es el tamaño efectivo, por lo tanto N sería el tamaño efectivo de
la rueda y el resto del procedimiento sería igual al anterior. Malpass y Oevine (1983) considerando la cuestión de
cuál de los índices existentes es el más conveniente, indican tres criterios a tener en cuenta para decidirse por un
índice en particular:

1. Que sea comprensible para los juristas

2. Que requiera pocas transformaciones matemáticas

3. Que la medida no contenga ningún juicio de valor o decisión que no estén abiertos a la inspección y
comprensión de los juristas.

Basándose en estas consideraciones los autores proponen como medida más aceptable la proporción de la
elección (expresándola en porcentajes). Con el mismo índice podemos conocer el tamaño y el sesgo de la rueda,
previamente hay que establecer un criterio fijo, por debajo y por encima del cual no se considerará un cebo
adecuado (por ejemplo un 10 % o un 20 %) de lo esperado por azar, de tal manera que un sujeto cuyo porcentaje
de elección esté comprendido entre 90 % y 110 (u 80 % Y 120 %, dependiendo del criterio) se considerará un
cebo aceptable. Así mismo, se puede evaluar si existe sesgo a favor o en contra del acusado, si el sospechoso
se elige un 90 % (u 80 %) de lo que se espera por azar, existe un sesgo a favor del sospechoso; por el contrario,
si se elige un 110% o 120 % existiría un sesgo en contra del acusado.

En España, tal y como ponen de manifiesto los datos de que disponemos, el valor probatorio de las ruedas es
nulo. El procedimiento seguido para realizarlas, no permite comprobaciones a posteriori sobre su imparcialidad y
la mera presencia del abogado defensor (generalmente lego en esta materia) no garantiza, aunque la legitime, la
imparcialidad de la rueda. Nosotros proponemos como un procedimiento más operativo el grabarlas en vídeo, y
posteriormente mostrarlas a personas ajenas al caso y computar así el posible sesgo. De esta manera, el
abogado defensor, tendrá elementos objetivos sobre los que pronunciarse antes de dar su visto bueno a la
prueba, junto con el juez. Hay que recordar que en España, una vez que el testigo reconoce al acusado en una
rueda de identificación si el abogado defensor da como válida esa prueba ante el juez, no existe ningún

65
mecanismo jurídico con el que revocar la legalidad de la prueba a posteriori, aunque existan dudas razonables
sobre su manifiesta parcialidad.

4.4. PRESENTACIÓN DE LAS RUEDAS


Uno de los problemas más comunes es que, de facto, muchos testigos creen que la policía no realizaría la
prueba si no tuvieran a un buen sospechoso; por ello, tratan de identificar al verdadero criminal, y, a menudo,
indican a la persona de la rueda que más se asemeja al recuerdo que tienen del agresor (Loftus, 1979), A este
proceso Wells (1984, 1993) lo denomina “juicio relativo” y lo considera especialmente peligroso cuando en la
rueda no está presente el verdadero culpable. Para superarlo propone la presentación secuencial de la rueda, en
vez de presentación simultánea, lo que provocaría un descenso de la tasa de falsas identificaciones, sin que
disminuya el número de aciertos (Lindsay y Wells, 1985). Otro aspecto relacionado con la presentación de la
ruedas y que ha demostrado tener un fuerte impacto en la exactitud del testigo son las instrucciones judiciales o
policiales en la fase de reconocimiento. A este respecto, Malpass y Devine (1981b), mediante una simulación
experimental, comprobaron que sin estar presente en la rueda el autor del delito simulado, el 78 % de los sujetos
a quienes se les decía que el autor del delito estaba probablemente presente en la rueda, identificaban in-
correctamente a un distractor. Mientras que sólo el 33 % de los sujetos, a quienes se les decía que el autor podía
estar o no presente, identificaban incorrectamente a un distractor. Este sesgo producido por las instrucciones no
fue significativo en las condiciones en las que el autor estaba presente. Por otra parte, los indicios no verbales
introducidos por la persona que conduce la prueba de reconocimiento pueden afectar a la elección de un
miembro de la rueda (Smith, Piebam y Shaffer, 1982).

Fabian, Stadler y Wetzels (1992) apuntan la existencia de lo que denominan «error de autenticidad», esto es, un
testigo simulado sería capaz de distinguir al sospechoso de entre los otros miembros de una rueda real que no
son sospechosos (por ejemplo, funcionarios de «relleno»). El origen proviene de la conducta que éste exhibe
durante la prueba, que es vista como más auténtica, y por su estado psicológico, que se percibe como diferente
al de los otros miembros de la rueda. Los testigos simulados perciben al sospechoso como más apático, más
indiferente y que sufre más que los sujetos que hacen de distractores (se encuentra en una situación
comprometida, sea culpable o inocente, algo que no sucede con los otros miembros de la rueda). La importancia
de este efecto se hace evidente cuando se practica una rueda real con un sospechoso inocente del delito que se
le imputa. Obviamente, los testigos podrán ver en él ias características antes mencionadas io que les puede
llevar a cometer una falsa identificación. Las instrucciones sesgadas, del tipo «el sospechoso está en la rueda»,
intensifican ios efectos de los indicios no verbales revelados por el sospechoso.

4.5. IMPLICACIONES PRÁCTICAS: OPTIMIZACIÓN Y EVALUACIÓN DE LA


IDENTIFICACIÓN
Considerando los resultados y descubrimientos de las diferentes investigaciones sobres ruedas de identificación
que se han estado viendo, y las recomendaciones elaboradas por diferentes autores (Diges y Mira, 1988; Wells y
Luus, 199Gb; Arce, Fariña y Real, 1993) podemos enumerar una serie de pautas a seguir para llevar a cabo de
una manera más precisa la identificación de personas mediante ruedas, tanto fotográficas como en vivo:

1. Los posibles testigos han de ser separados tanto como sea posible. Ha de ser uno solo cada vez el
que proceda a identificar al sospechoso y su elección no ha de ser conocida por ningún otro testigo.
También ha de declarar que no conoce de antemano a ninguno de los demás miembros de la rueda.

2. Si hay más de un testigo, la posición del sospechoso en la rueda debería ser cambiada para cada
testigo.

3. El encargado del reconocimiento de fotografías no debería tener conocimiento de quien es el


sospechoso en el caso. De la misma manera, no se deben dar indicaciones de ninguna clase a los
testigos concernientes a si es o no la persona identificada sospechosa en el caso.

4. No se debe hacer creer al testigo que el autor del delito está en el grupo. Las instrucciones más
eficaces para los testigos es informarles sobre la posibilidad de que el culpable no esté en la rueda,
indicaries que sean cautos, y que solo señalen al sujeto cuando estén seguros.

66
5. Las personas que componen la rueda, entre 5 y 9, deben tener el mayor parecido posible entre sí, ya
poder ser, coincidir con la descripción dada por los testigos del culpable. Se ha de procurar que el
sospechoso no destaque en demasía por su parecido con la descripción con respecto a los demás
miembros de la rueda.

6. Cualquier diferencia física del sospechoso (barba, gafas, cicatrices) debe estar presente también en
los otros componentes de la rueda, así como la vestimenta de todos ellos no ha de ser muy diferente.

7. Admitir en los juicios sólo las declaraciones dadas espontáneamente en la primera fase de la
investigación y no las que realice el testigo después de ver al acusado en comisaría, de ver
fotografías suyas o de oír declaraciones de otros testigos.

8. Permitir durante todo el proceso la presencia del abogado defensor.

9. Validar el proceso de identificación mediante algún índice de imparcialidad (por ejemplo, Proporción
de la elección), además, es conveniente, en caso de una identificación, una declaración de la certeza
expresada por el testigo, ambos datos podrían ayudar a sopesar mejor el valor de la prueba por parte
de jueces y jurados.

10. Evitar que los miembros de la rueda transmitan comunicación no verbal. Se debe instruir a los
sujetos para que no hablen entre sí, que no se rían ni hagan gestos, para minimizar el error de
autenticidad.

11. Reinstaurar el contexto a la hora de realizar la prueba puede ayudar a un mejor reconocimiento. Lo
ideal sería realizar la rueda en el lugar del delito.

Si bien las anteriores recomendaciones pueden verse a nivel teórico como muy adecuadas para mejorar el
procedimiento de reconocimiento de personas, somos conscientes de que llevarlas a la práctica no resulta nada
fácil, debido a la complejidad de reunir al mismo tiempo todos los requisitos mencionados, máxime cuando el
tiempo es un factor que juega en contra. Por otro lado los medios de que disponen tanto la policía como los
jueces, no permiten, al menos de momento, desarrollar en su totalidad estas recomendaciones.

Puede resultar interesante, sobre todo para los profesionales del derecho, el disponer de una estimación de la
calidad de una identificación. Nosotros mantenemos que la identificación se podría evaluar cualitativamente por
los factores que la afectan. Por ejemplo, a cada uno de estos factores se le asignaría un valor de O ó 1,
dependiendo de si se considera que incide o no en la identificación que se evalúa. La suma final de estos valores
nos indicaría el grado de calidad de la identificación.

Como ejemplo del procedimiento examinaremos el hipotético caso de un robo en dos versiones diferentes:

Versión 1

El testigo paseaba al anochecer por una calle sin iluminar, cuando oyó un ruido a su espalda, se volvió y vio
durante unos pocos segundos a un sujeto que salía de un almacén corriendo con algo en las manos. Otros
transeúntes allí presentes avisaron a la policía, y posteriormente se trasladaron a comisaría y estuvieron
prestando declaración y revisando álbumes de fotos de los delincuentes más habituales. Al salir de comisaría,
comentaron todos el incidente y la desgracia que le había caído al barrio con tanto ladrón. Al cabo de un mes la
policía avisó a nuestro testigo para una identificación en vivo mediante una rueda, en la cual identificó a uno de
los miembros como el sujeto que salió huyendo del almacén.

Versión 2

El testigo paseaba al anochecer por una calle totalmente iluminada, al oír cierto ruido a su espalda se volvió y
pudo observar durante unos minutos los manejos que se traía un individuo en la puerta de un almacén, una vez
que el sujeto se dio a la fuga avisó a la policía y fue a comisaría a prestar declaración. Al cabo de tres días lo
avisaron para que intentara identificar al sujeto del almacén entre los miembros de una rueda de identificación,
reconociendo a uno de ellos como el que robó el almacén.

Como se puede ver en ambas versiones el testigo identifica a una persona como el sujeto que robó en el
almacén. En sí, esto es una prueba determinante de cara a demostrar la culpabilidad de un acusado en un juicio.

67
Pero, ¿Tiene la identificación la misma calidad en ambas versiones? ¿Tienen, para quien juzga, la misma
credibilidad?

Veamos cada uno de los factores que pueden estar afectando a la identificación en ambas versiones del caso y
puntuemos cada uno de ellos con un 0 ó 1 según proceda.

EN EL PRIMERO

El tiempo transcurrido

Sabemos que un intervalo de retención mayor de una semana, empobrece enormemente el recuerdo. En este
caso el sujeto identifica al cabo de un mes, por lo tanto este factor lo puntuaríamos con un 0.

Tiempo de exposición

El testigo vio al culpable durante escasos segundos, lo que nos lleva a evaluar con un =.

Información postsuceso

Nuestro testigo habló con otras personas implicadas en el caso, por lo que es posible que la información post-
suceso afecte la identificación, este factor puntuaría con un 0.

Condiciones físicas

El suceso ocurrió de noche, la visibilidad, pues, era escasa, este factor recibiría también 0.

Efecto de compromiso

Dado que nuestro hipotético testigo vio fotos del sospechoso antes de la rueda de identificación, hay
probabilidades de que se de un efecto de compromiso, por lo que evaluaríamos este factor con un 0.

EN EL SEGUNDO

El tiempo transcurrido

El testigo reconoció al sospechoso tras un intervalo de tres días, por lo que este factor puntuaría con un 1.

Tiempo de exposición

El testigo vio al culpable durante un intervalo de tiempo lo suficientemente largo, la evaluación, pues, es 1.

Información postsuceso

El testigo de esta segunda versión, no tuvo contacto con otros testigos, ni información sobre el caso de otras
fuentes, con lo que este factor obtendría un 1.

Condiciones físicas

La calle estaba lo suficientemente iluminada, por lo que la visibilidad era buena, la puntuación es, pues, 1.

Efecto de compromiso

El testigo en esta segunda versión, no vio fotos previamente a la prueba de reconocimiento, por lo que es
previsible un efecto de compromiso. puntuaría con un 1.

La puntuación total obtenida en la primera versión sería de un O sobre un total de 5. Sin embargo, la segunda
evaluación es de 5 sobre 5. Lo que quiere decir que en la primera versión la calidad de la identificación es nula.
Evidentemente, esta estimación que obtenemos de la identificación, no es absoiutamente cierta, pero ayuda a
jueces y jurados en la asignación de validez en la identificación. En el caso de la primera versión, calidad nula,
tomar el testimonio identifica dar como única prueba supondría asumir enormes riesgos, independientemente de
que el testigo pretenda ser objetivo.

La puntuación va a depender del número de factores que estén modulando la identificación, los cuales variarán
en cada caso concreto. Hay que tener en cuenta que esta puntuación es una estimación, pues no podemos saber
el peso que tienen cada uno de los factores en la ejecución final de la prueba de reconocimiento, si bien tiene la
virtud de expresar de una forma intuitiva la bondad y calidad de ese reconocimiento.

68
4.6. LAS RUEDAS DE PRESOS EN EL SISTEMA LEGAL
La identificación de un delincuente, para nuestro sistema legal, es la acción de designar ante la presencia judicial
a una persona determinada como responsable de un hecho delictivo. La ejecución de la diligencia de
reconocimiento se denomina tradicionalmente «reconocimiento en rueda de presos» aunque no necesariamente
tenga que estar en prisión el inculpado. Nosotros empleamos la denominación de ruedas de identificación como
un concepto más amplio, en el que se incluirían también las pesquisas policiales encaminadas a identificar a un
culpable, y que está extensamente difundido en la literatura psicológica. Es preciso clarificar que según el artículo
368 de la LECRIM solamente son aceptadas como pruebas aquellas identificaciones realizadas en presencia de
un juez, ruedas de presos. Y aunque nuestro interés se centra en el proceso de identificación como tal,
independientemente si se trata de diligencias judiciales o pesquisas policiales, es necesario analizar como
repercute el marco legal español en los procesos que desencadenan una buena o mala identificación.

La ley de enjuiciamiento criminal detalla la ejecución de la diligencia de reconocimiento en el artículo 369:

“La diligencia de reconocimiento se practicará poniendo a la vista de quien hubiere de verificarlo la


persona que ha de ser reconocida, haciéndola comparecer en unión con otras de circunstancias
exteriores semejantes. A presencia de todas ellas, o desde un punto en que no pudiere ser visto, según
el juez pareciere más conveniente, el que deba practicar el reconocimiento manifestará si se encuentra
en la rueda o grupo la persona a quien hubiese hecho referencia en sus declaraciones, designándola en
caso afirmativo, clara y determinadamente.

En la diligencia que se extienda se harán constar todas las circunstancias del acto, así como los nombres
de todos los que hubiesen formado la rueda o grupo”.

Las condiciones mencionadas en el precedente artículo son a todas luces insuficientes, al menos desde las
garantías exigibles, teniendo en cuenta los resultados obtenidos, por la investigación psicológica, para conseguir
una identificación totalmente imparcial.

 En primer lugar, no se especifica el número de componentes que ha de tener la rueda, quedando al arbitrio
del encargado de realizarla, por lo que si éste es bajo, se elevan, como ya se ha señalado con anterioridad,
las probabilidades de elección de un sospechoso inocente.

 Segundo, tampoco se clarifica la naturaleza de los componentes de la rueda. Así. podría darse el caso de
que los miembros sean todos sospechosos del delito en cuestión, con lo que la probabilidad de identificar a
un sospechoso inocente aumentaría al no poder asegurarse, a priori, la total inocencia de los restantes
miembros de la rueda.

 En tercer lugar, no se precisa cómo ha de hacerse la selección de los miembros de la rueda, la condición de
«circunstancias exteriores semejantes» puede ser válida para un limitado número de casos, en el que
efectivamente la selección de todos los miembros de la rueda se realice por similitud con la descripción dada
por el testigo, de la apariencia del culpable. En este caso, todos tendrían unas circunstancias exteriores
semejantes. La similitud del sospechoso con la descripción del culpable es la principal causa por la que éste
viene a ser el sospechoso, pero lo que se desprende del artículo 369 es que los demás miembros de la rueda
han de parecerse al sospechoso, y no a la descripción del culpable. En consecuencia, el sospechoso se va a
parecer más al culpable que el resto de los miembros de la rueda, lo que incrementará el número de errores
en caso de que el sospechoso no sea el culpable.

También hay que subrayar el hecho de que el testigo pueda sentirse intimidado ante la presencia del
sospechoso, ya que tal y como se señala en este artículo, «según le parezca al juez más conveniente», el testigo
puede o no ser visto por los miembros de la rueda. Esto implica que la ansiedad que de por sí provoca la
situación de reconocimiento en el testigo (miedo a equivocarse, por ejemplo), aumente al encararse con el
sospechoso, con la consabida pérdida en la ejecución, e incluso con la inhibición de la respuesta por miedo a
posibles represalias.

La ley de enjuiciamiento criminal prevé la existencia de varios testigos para una misma identificación y así lo
explicita en el artículo 370:

69
«Cuando fueren varios los que hubieren de reconocer a una persona, la diligencia expresada en el
artículo anterior deberá practicarse separadamente con cada uno de ellos, sin que puedan comunicarse
entre sí hasta que se haya efectuado el último reconocimiento.

Cuando fueren varios los que hubieren de ser reconocidos por una misma persona, podrá hacerse el
reconocimiento de todos en un solo acto».

Este último punto del artículo 370 puede resultar conflictivo, tal y como se señalaba anteriormente, existe una
probabilidad mayor de falsas identificaciones en ruedas donde hay varios sospechosos, que en ruedas de un solo
sospechoso. Ya que existe la posibilidad de identificar a un sospechoso inocente cuando el verdadero culpable
está presente en la rueda.

Finalmente señalaremos que la LECRIM recoge el derecho a solicitar la presencia de abogado para que asista a
las diligencias policiales y judiciales de declaración, e intervenga en todo reconocimiento de identidad (artículo
520,2,c.), pero hemos de recordar que, aunque la presencia de un letrado legitima una prueba de
reconocimiento, no la hace imparcial. En nuestra opinión, ha de validarse la rueda de reconocimiento antes de
ser admitida como prueba tanto por el juez instructor como por el abogado defensor, de esta manera se evitarían
muchos errores judiciales.

70
CAPÍTULO 5: ESTUDIO PSICOSOCIAL DEL JURADO
Salvo escasas excepciones, y en contra de la creencia popular al respecto, la mayoría de las decisiones a las
que se llega en el ámbito de la administración de justicia son tomadas por tres o más personas. En los juzgados,
por ejemplo, las decisiones unipersonales aparecen sólo en las primeras instancias, mientras que en el contexto
penitenciario se limitan a trámites o cuestiones rutinarias. Son los tribunales (palabra que de por sí implica la
existencia de tres partes: el juez, el fiscal y el defensor), en el primer caso, o las juntas, en el segundo, quienes
toman las resoluciones más importantes.

La Psicología Jurídica ha dedicado más atención al estudio de la toma de decisión individual (sobre todo, o
incluso se podría argumentar que de manera exclusiva) que a la grupal. Sin embargo, hay un contexto de investi-
gación psicolegal en el que ha pervivido el enfoque grupal: la deliberación del jurado. Porque en el momento en
que un grupo de personas se sientan para decidir la suerte de un acusado, se pone en marcha una dinámica
psicosocial que trasciende el hecho de si son liberales o conservadoras, legas o expertas en Derecho.

Son muchas las investigaciones llevadas a cabo sobre las ventajas e inconvenientes del jurado, aunque todas
ellas referidas exclusivamente al tipo puro o anglosajón. No obstante, es posible hablar también del tipo es-
cabinado, en la medida en que la falta de evidencia empírica directa puede contrarrestarse haciendo uso de los
conocimientos de que dispone la Psicología Social.

Concretamente, las investigaciones vinculadas a la productividad grupal ya los procesos de influencia social
como la persuasión, la conformidad, la innovación y la obediencia, resultan especialmente relevantes en este
contexto. A ellas acudiremos tanto para estructurar nuestra exposición como para apoyar algunos de nuestros
planteamientos.

5.1. EL JURADO Y SUS TIPOS


En España, el artículo 125 de la Constitución encomienda a una ley del jurado la labor de llevar la participación
popular hasta sus últimas consecuencias. Quince años después de qU2 la Constitución fuera aprobada, la ley del
jurado sigue siendo una cuestión de futuro. Se han elaborado varios borradores de esta ley (Gisbert, 1987), y
aunque el contenido de estos proyectos ha sido difundido parcialmente por la prensa, los sucesivos gobiernos
socialistas no han dado información oficial al respecto.

Los problemas suscitados por los jurados en el pasado (Alejandre, 1981) y las implicaciones políticas y
económicas de la ley del jurado, podrían explicar hasta cierto punto la cautela con la que los sucesivos gobiernos
han llevado el tema. Cualesquiera que sean las razones para este secreto, el hecho es que se dispone de poca
información de primera mano. No obstante, la discusión publicada poco a poco por académicos, juristas y
miembros del gobierno durante los últimos años revela las formas de jurado que han recibido más atención, y al-
gunas claves que nos permiten estimar las características y los tipos de jurado que tienen una mayor probabilidad
de ser adoptados.

Tres son los tipos de jurado que han aparecido en el debate sobre el jurado español. El jurado puro, tradicional
en países como los Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, está compuesto por personas legas en derecho
que deciden la culpabilidad o inocencia de un acusado. El jurado mixto, de escabinos o escabinado, es el sistema
seguido en muchos países europeos (p.e. Francia, Italia, Suiza, Alemania) y está compuesto por personas legas
en derecho y jueces profesionales. Juntos deciden no sólo el veredicto sino también la sentencia, aunque existen
variaciones según el país en el que se encuentre. En Austria, por ejemplo, las personas legas son las que emiten
el veredicto, aunque pueden ser asesoradas por los jueces profesionales. La sentencia, por el contrario, es el
producto de la deliberación conjunta de jueces y legos.

Existe, además, un tercer tipo de jurado, el jurado asesorado, en el cual jueces y profesionales con pericia en el
caso que se decide, deliberan juntos. En este sistema, los expertos sólo tienen voz y su papel se limita al de
meros asesores de los jueces, sin voto en la decisión final. Este jurado parece ser, por lo tanto, apropiado para
casos civiles complejos, pero no para la mayoría de los casos penales.

Hasta ahora, aunque el escabinado no es muy popular entre la opinión pública, los repetidos rechazos de
proyectos de ley en los que se proponía un jurado puro, el hecho de que muchos países europeos tengan jurados

71
de este tipo y las opiniones expresadas por los académicos acerca de la posición que en el debate tienen un
porcentaje importante de jueces y fiscales (Soriano, 1985), nos impulsa a creer que este sistema aún no ha sido
descartado por algunos de los políticos en el poder.

5.1.1. CARACTERÍSTICAS DEL JURADO COMO GRUPO


El Tribunal de Jurado está compuesto por un conjunto de ciudadanos, representativos de la comunidad social
que tendrán que pronunciarse sobre la culpabilidad o inocencia del acusado basándose únicamente en las
evidencias y pruebas presentadas en la vista oral. De este modo, el veredicto es una manifestación del reproche
social ante el delito.

El veredicto final no es la suma de cada una de las opiniones individuales, sino una decisión consensuada
obtenida tras un proceso de discusión conjunto. En ese sentido, los jurados son psicológica y legalmente grupos
pequeños de interacción cara a cara con la obligación de resolver una tarea específica o conjunto de tareas.

Desafortunadamente, la investigación sobre grupos que toman una decisión ha analizado fundamentalmente el
resultado de esa actividad. Quizá ésta sea la explicación de que la mayor parte de los estudios sobre la decisión
colectiva del jurado hayan analizado también el producto y no el proceso de toma de decisión.

Así, los estudios sobre el jurado han prestado poca atención a la interacción sociat extra poI ando al nivel
grupallos cambios producidos a nivel individual (Davis el aL, 1988). Por tanto, ha sido difícil obtener una visión
clara sobre la relación interpersonat el proceso de discusión, y cómo todo ello se relaciona con la decisión
colectiva.

Algunos autores han señalado las características que definen al Jurado como un grupo especial de toma de
decisión y que, por tanto, afectan a su proceso de toma de decisión.

El jurado como grupo tiene una serie de características peculiares (Sealy, 1989):

1. la pertenencia no es voluntaria, de hecho se producen intentos para evitarla.

2. Los miembros son extraídos de un amplio espectro de la sociedad, por lo que

3. cabe esperar que no se conozcan entre sí.

4. Dada la diversidad de intereses entre sus componentes, no se espera que tengan un interés
común.

5. Los jurados son representativos de la comunidad de la que han sido extraídos, pero cada
individuo no defiende un interés particular dentro de ella.

6. Por ejemplo, una mujer miembro de un jurado no representa los intereses de las mujeres de la
comunidad.

7. Legalmente el jurado es anónimo -en tanto que los nombres de los miembros permanecen en
secreto para el público- y además en el grupo no suelen presentarse unos a otros.

8. El jurado toma decisiones de carácter importante, pero no son responsables de ellas, en tanto
que no tienen que dar una explicación sobre el veredicto obtenido ni pueden ser recriminado: en
el caso de que éste sea equívoco.

Sealy considera que los sesgos personales son suprimidos por las demandas impuestas en la deliberación del
jurado (reglas que determinan el peso de la prueba, reglas de la evidencia, etc.). En relación a esto, Levine et al.
(1981) enumeran las reglas que determinan el funcionamiento del Jurado y, por tanto, afectan al proceso grupal:

1. El jurado determina los hechos, el juez interpreta la ley. La especialización de las tareas
juez/jurado reduce los conflictos, ya que la expectativa de los miembros es aceptar el marco legal
proporcionado por el juez.

2. Los jurados deben basarse en la evidencia. Esto proporciona solidaridad en el grupo, ya que
genera una cultura común basada en la experiencia de haber asistido al juicio. Además,
establece una clara definición de lo que es la desviación. También permite que puedan

72
introducirse experiencias y sentimientos personales, dando lugar a la intimidad en el grupo pero
en marcada en el contexto del trabajo grupal.

3. La regla de decisión unánime aumenta la solidaridad en el grupo. Además, produce una


desindividualización, ya que cada jurado se ve presionado a conformarse con la opinión
mayoritaria y le lleva a subordinar aspectos de sí mismo de cara al interés grupal.

4. La ausencia de límite temporal produce dos efectos contradictorios: incrementa la solidaridad, ya


que la tarea que se está realizando es más importante que cualquier otro tipo de actividad
(familia, trabajo, etc.), pero aumenta la posibilidad de debate y de conflicto al facilitar la expresión
de puntos de vista individuales.

5. El voto en conciencia aumenta la individualización. No hay ningún miembro del jurado cuyo voto
tenga más importancia que el de otro.

Levine et al. (1981) concluyen que el jurado es un grupo orientado a la tarea, con unas reglas que le sirven para
reducir la tensión y evitar no tener éxito en el desempeño de su función, es decir, evitar el jurado suspenso.

El jurado como grupo tiene un periodo de vida limitado, estando compuesto por sujetos que no se conocen entre
sí. Una vez que obtiene su decisión, el grupo se disuelve y los miembros vuelven a sus problemas y actividades.
En este sentido, se ha resaltado el paralelismo entre el jurado y los grupos experimentales de solución de
problemas o toma de decisión (Levine et aL, 1981; Davis et aL, 1988). A pesar de esta similitud aparente, no hay
que olvidar que los grupos experimentales suelen decidir sobre tareas simples y generalmente de carácter
artificial. La toma de decisión del jurado presenta dos características diferentes en comparación a las habituales
tareas de los grupos de solución de problemas:

1. La tarea a la que se enfrenta el jurado no puede ser contrastada con un criterio lógico-formal que
permita evaluar objetivamente lo acertado de su decisión. Teniendo en cuenta la distinción entre las
tareas racionales o intelectuales y las evaluativas o de juicio (Laughlin y Early, 1986; Laughlin, 1988),
emitir un veredicto pertenecería a las últimas, ya que no hay posibilidad de demostrar cuál es la
respuesta correcta. El criterio para el éxito del grupo lo proporciona el logro de una respuesta
consensuada o colectiva. Baron et al. (1992) consideran que la tarea a la que se enfrenta el jurado
podría catalogarse como cuasi-evaluativa. Es difícil demostrar cuál es el veredicto correcto, sin
embargo todos los miembros del jurado deben basarse en la presunción de inocencia. Cuando en el
jurado no hay una clara mayoría que defina el veredicto «correcto» socialmente hablando, la
absolución debería ser el veredicto «correcto».

2. La decisión del jurado tiene una gran relevancia social y un gran nivel de implicación, suponiendo la
existencia de un tipo de parámetros sociales que definen el contexto en el que se desarrolla la
discusión (Davis et aL, 1981).

Stephenson (1992), desde una visión negativa del jurado como sistema, señala que las características de la tarea
a la que se enfrenta provocan que muchos miembros del jurado puedan estar poco motivados y prefieran que
sean otros los que hagan el trabajo. Emitir un veredicto es un tipo de tarea no subdivisible (se basa en la
evidencia considerada como un todo) no cuantificable (no se demanda productividad temporal) ni aditiva.
Stephenson concluye su visión crítica resaltando que los jurados no deliberan buscando el punto de vista más
cualificado, sino que se embarcan en la búsqueda de acuerdo y una variedad de procesos sociales operan para
dar la victoria a una facción frente a otra.

5.2. COMPETENCIAS DEL TRIBUNAL DEL JURADO


Son órganos jurisdiccionales colegiados, con sede en la capital de provincia, de la que toma su nombre, y con
jurisdicción sobre ella. Tienen competencia en el ámbito del orden penal y civil. Para una mejor organización del
trabajo las Audiencias Provinciales podrán estar formadas por varias Secciones.

73
5.2.1. EN EL ORDEN PENAL
 Conocen de las causas por delito, a excepción de las que la Ley atribuye al conocimiento de los Juzgados de
lo Penal o de otros Tribunales previstos en la Ley.

 De los recursos que establezca la Ley contra las resoluciones de los Juzgados de Instrucción y de lo Penal
de la provincia.

 De los recursos que establezca la Ley contra las resoluciones de los Juzgados de Vigilancia Penitenciaria en
materia de ejecución de penas y de régimen de su cumplimiento.

 De los recursos contra las resoluciones de los Juzgados de Menores con sede en la provincia y de las
cuestiones de competencia entre los mismos.

5.2.2. EN EL ORDEN CIVIL.


 Conocen de los recursos que establezca la ley contra resoluciones dictadas en primera instancia por los
Juzgados de Primera Instancia de la provincia.

 De las cuestiones de competencia en materia civil y penal que se susciten entre Juzgados de la provincia que
no tengan superior común.

5.2.3. DEFINICIÓN DE EL TRIBUNAL DEL JURADO


Es un órgano colegiado que actúa en el ámbito de la Audiencia Provincial y, en su caso, de los Tribunales que
correspondan por razón del aforamiento del acusado. Quedan excluidos en todo caso los delitos cuyo
enjuiciamiento venga atribuido a la Audiencia Nacional, por ejemplo, narcotráfico y terrorismo.

El Tribunal del Jurado hace posible la participación de los ciudadanos en la Administración de Justicia siendo
competente para el enjuiciamiento de los delitos atribuidos a su conocimiento contenidos en los siguientes
grupos:

 Delitos contra las personas.

 Delitos cometidos por los funcionarios públicos en el ejercicio de sus cargos.

 Delitos contra el honor.

 Delitos contra la libertad y la seguridad.

 Delitos de incendios.

En particular, el Tribunal del Jurado será competente para el conocimiento y fallo de las causas por los siguientes
delitos tipificados en el Código Penal:

 Del homicidio.

 De las amenazas.

 De la omisión del deber de socorro.

 Del allanamiento de morada.

 De los incendios forestales.

 De la infidelidad en la custodia de documentos.

 Del cohecho.

 Del tráfico de influencias.

 De la malversación de caudales públicos.

 De los fraudes y exacciones ilegales.

 De las negociaciones prohibidas a funcionarios públicos.

 De la infidelidad en la custodia de los presos.

74
5.3. EL TAMAÑO Y LA REGLA DE TOMA DE DECISIÓN DEL JURADO
Los jurados se diferencian también según el número de personas que los integren y la regla decisoria que han de
seguir para llegar a un veredicto. Originalmente, los jurados estadounidenses estaban compuestos por doce
miembros que decidían por unanimidad la suerte del acusado. Con el paso del tiempo, y a raíz de dos sentencias
concretas, el número de integrantes se redujo (Williams vs. Florida) y la regla de unanimidad se sustituyó por la
de mayoría (Apodoca vs. Oregon). Estos cambios captaron la atención no sólo de los juristas, sino también de los
psicólogos sociales, y dieron lugar a una serie de investigaciones en las que se analizaron sus consecuencias en
la dinámica del jurado.

En lo que al tamaño del jurado se refiere, Saks y Hastie (1978) consideran que la reducción del número de
integrantes produce una serie de cambios significativos. En primer lugar, la participación en los jurados pequeños
es más equitativa que en los grandes, pero en estos últimos lleva más tiempo ponerse de acuerdo. En segundo
lugar, los jurados pequeños son mucho menos representativos que los grandes. En este sentido, estos autores
ponen de manifiesto que en una comunidad en la que el 90 por ciento son blancos, el 80 por ciento de los jurados
de 12 miembros incluían a una persona negra, mientras que para los de 6 el porcentaje se reducía a141 por
ciento.

Por último, las presiones hacia la conformidad serán mayores en un grupo de 6 que en uno de 12 miembros. Esto
es así básicamente porque aunque la fuerza de la mayoría no se incrementa significativa mente, la probabilidad
de que un sujeto no conforme encuentre un aliado sí crece a medida que el grupo se hace mayor. Al tratar los
procesos de influencia mayoritaria y minoritaria en el seno del jurado volveremos sobre este punto con más
detalle.

Asimismo, se ha constatado que los jurados más grandes recuerdan mejor los hechos y reducen los sesgos
individuales en mayor medida, pero también se declaran incapaces de tomar una decisión con más frecuencia.

En cuanto a la regla de toma de decisión, aparentemente no existen diferencias entre el veredicto al que llegan
los jurados que siguen una regla de unanimidad o mayoría. Sin embargo, se produce un cambio mayor de la
decisión individual en el sentido de la decisión grupal con la regla de unanimidad. Además, con la regla de
mayoría los integrantes del jurado sienten que participan menos, que se les escucha menos, que la discusión es
menos completa, que se discuten menos hechos y que la regla de decisión es menos justa (Hastie, Pemod y
Pennington, 1983; Kaplan y Miller, 1987).

Normalmente los veredictos reflejan la decisión que se toma después de la primera votación (Kalven y Zeisel,
1966), puesto que la mayoría de los jurados funcionan con una regla implícita de mayoría de dos tercios (Davis y
cols., 1975), pero cuando además la regla explícita es de mayoría, la discusión termina antes de llegar al
consenso (Nemeth, 1977). Si no se exige la unanimidad, los jurados toman la decisión de forma más relajada,
corriendo el riesgo de basarse en información inconsistente y de cometer más errores en un sentido u otro.

Con la regla de unanimidad, por el contrario, el debate es más intenso, aumentando la cantidad de información
disponible y de opiniones expresadas (Nemeth, 1977). Asimismo, los miembros de la minoría participan más y
son percibidos como más influyentes (Hans, 1978). El inconveniente es que aumenta el número de jurados
indecisos (Kalven y Zeisel, 1966).

5.4. EL PROCESO DE TOMA DE DECISIÓN Y LA PRODUCTIVIDAD DEL


JURADO
Sea cual sea el tipo de jurado, se espera que lleve a cabo su tarea en secreto. Pero a través de la observación
de jurados simulados y de entrevistas posteriores con jurados reales, se ha elaborado una imagen bastante
coherente del proceso de deliberación (Hastie y cols., 1983). Simplificando, este proceso comienza en cuanto
termina el juicio y los jurados formulan su decisión individual preliminar. Después se reúnen y deciden cuestiones
de forma, como por ejemplo quién será el portavoz, qué quieren decir exactamente las instrucciones del juez, etc.
Entonces se revisan los hechos hasta que se realiza la primera votación.

Esta primera votación es crítica, ya que pone de manifiesto las posibles divergencias entre los distintos miembros
del jurado. En este punto pocos jurados llegan al consenso o son tan pesimistas como para considerarse blo-

75
queados. Normalmente vuelven a deliberar antes de pasar a una nueva votación. Y así sucesivamente hasta que
obtienen un veredicto o se declaran incapaces de tomar una decisión. Algunos jurados requieren varios días para
seguir todo el proceso, pero el 55 por ciento obtiene un veredicto en una hora o menos (Kalven y Zeisel, 1966).

Se ha dicho que el jurado constituye una solución intermedia, en la medida en que sus decisiones no son ni tan
eficientes y tan racionales como los juicios emitidos por los mejores jueces, pero que nunca llega al nivel de
ineficacia, irracionalidad y parcialidad propios de los peores elementos de la judicatura (Lempert, 1981). Sin
embargo, esta conclusión es muy simplista, en la medida en que pretende ser la respuesta a una pregunta
formulada equívocamente por utilizar términos excesivamente generales.

Determinar la efectividad de los grupos que toman decisiones en el ámbito jurídico es un tema complicado porque
nunca podremos saber si la respuesta de condenar o absolver ha sido correcta o incorrecta. Si existiera un
criterio claro para decidir esto, entonces no existirían ni los jueces ni los jurados. Además, es preciso esclarecer
las condiciones en las que ha de tomarse la decisión y cuáles son las normas sociales que se desea satisfacer
con las mismas.

No obstante, algunos científicos sociales suelen citar cierta evidencia para apoyar su creencia de que los jurados,
concretamente los puros, son buenos a la hora de tomar decisiones. Y si decimos buenos y no mejores es con
toda intención. Esta evidencia hace referencia, en primer lugar, a que las personas que participan en un jurado se
toman muy en serio su tarea y se esfuerzan por encontrar la decisión más justa posible (Simon, 1980).

En segundo lugar, de las decisiones de jurados y jueces comparadas por Kalven y Zeisel (1966) respecto a 8.000
casos civiles y penales, se comprobó que coincidían en el 80 por ciento. En el 20 por ciento restante los
desacuerdos fueron en el sentido de que el jurado fue más suave en casos penales, pero en los civiles no había
una tendencia clara en un sentido o en otro. Análisis posteriores indicaron que el 80 por ciento de esos
desacuerdos se daban cuando la evidencia era tan ambigua que el juez reconocía que el veredicto podría ser
cualquiera de los dos (Kalven, 1968).

Algunos autores han argumentado también que las diferencias entre jueces y jurados se deben más al hecho de
que los primeros deciden individualmente, mientras que los segundos lo hacen en grupo, que a características
individuales de los miembros de la judicatura. Dicho sea de paso, las características individuales tanto de unos
como de otros explican muy poco las decisiones que toman (Pemod y Linz, 1986).

Siguiendo con nuestra exposición, en el estudio de Kalven y Zeisel (1966) también se preguntó a los jueces
acerca del sistema de jurado. De los encuestados, un 77 por ciento dijo que era satisfactorio, el 20 por ciento que
tenía desventajas que habría que paliar, y sólo e13 por ciento opinó que era tan insatisfactorio que debería
eliminarse.

En tercer lugar, mientras las decisiones unipersonales parecen estar influídas por una larga serie de factores
irrelevantes, los procesos de decisión en grupo actúan para que la decisión final no esté tan sesgada (Kaplan y
Schershing, 1981). En este sentido, creemos oportuno reiterar que este efecto no es exclusivo del jurado, sino
que es aplicable también a los tribunales compuestos por varios magistrados o a las juntas penitenciarias.

Los jurados mixtos deciden no sólo el veredicto, sino también la sentencia (Soriano, 1985). Hay evidencia que
indica que los jueces tienen más impacto a la hora de decidir sobre un veredicto que sobre una sentencia
(Pomorsh 1975), pero como en el caso español se ha planteado además la necesidad de que la sentencia sea
motivada, de cara a facilitar las apelaciones futuras, el tema se vuelve más complejo.

Dejando al margen la cuestión de que la institución del juradofue concebida como un ente inapelable, capaz
incluso de ir más allá de la ley, es importante poner de manifiesto que, dependiendo de la naturaleza de dicha
justificación, la dinámica del jurado será totalmente diferente. Si se limita a razones factuales o legales o incluye
cualquier otro tipo de justificaciones, la cuestión será bien distinta.

Para llegar a esclarecer este tema, al tiempo que planteamos cómo influye el tipo de delito en la dinámica de la
deliberación, resulta de extrema utilidad la distinción entre cuestiones de hecho y de juicio (Laughlin, 1980).
Cualquier tema de discusión puede situarse en un continuo que va de un extremo de máximos de
demostrabilidad o acierto de la decisión a otro de mínimos. Los asuntos que no tienen una solución correcta y/o

76
demostrable dentro de un sistema conceptual dado están en un extremo, y las soluciones que se barajan al
respecto se evalúan en función del consenso social.

En el extremo opuesto estarían aquellas cuestiones para las que hay un criterio objetivo que permite evaluar qué
soluciones son correctas o más acertadas que otras. Por supuesto entre ambos extremos se situarían temas de
discusión grupal con distintos grados de demostrabilidad/ corrección.

Esta distinción no implica que las cuestiones factuales no incluyan elementos de juicio o a la inversa, ya que, por
un lado, cualquier conocimiento descansa sobre un consenso social implícito acerca de las bases lógicas yepis-
temológicas de dicho consenso y, por el otro, una alternativa jamás se decide exclusivamente a partir de hechos;
con frecuencia verdad y preferencias están muy entrelazadas. La distinción entre cuestiones de hecho y
cuestiones de juicio responde simplemente a la necesidad de sistematizar la explicación de los mecanismos
implicados en este tema.

Dependiendo del tipo de cuestión variará el tipo de influencia ejercido y los esquemas de toma de decisión
elegidos por el grupo (Laughlin y Ellis, 1986). Con los temas de hecho el esquema de toma de decisión que
impera es el la de «la verdad gana», mientras que «el número es la fuerza» suele funcionar mejor con cuestiones
de juicio. A un nivel intermedio, los esquemas de decisión que funcionarían serían del tipo «la verdad apoyada
gana», «el riesgo apoyado gana», etc.

De este modo, una mayoría tendrá más oportunidades en una cuestión de juicio, por ejemplo, en la medida en
que el esquema que funciona es «el número es la fuerza». En las cuestiones de hecho, las minorías tendrían
más probabilidades de ejercer su impacto, ya que lo que interesa es encontrar «la verdad».

A la hora de hablar de la productividad grupal, es preciso también tener en cuenta un fenómeno que puede ser
especialmente relevante en los contextos jurídicos: la polarización. La polarización se define como una
extremización en los juicios que tiene lugar tras una discusión de grupo. Para que el fenómeno se produzca es
preciso que las opiniones individuales previas vayan en una misma dirección, pero habiendo una cierta
discrepancia entre ellas, y que la discusión implique alguna cuestión sobre la cual existan normas culturales o
grupales.

Hay datos para afirmar que la tendencia de los jurados a cambiar hacia veredictos de culpa o inocencia depende
de la distribución de las opiniones previas a la deliberación y sigue las pautas de los procesos de polarización
grupal. Aquellos casos que elicitan juicios suaves previos a la deliberación llevan a veredictos aún más suaves, y
a la inversa (Kaplan y Schershing, 1981).

5.5. LA COMUNICACIÓN PERSUASIVA


Desde el punto de vista de la Psicología Social las personas que componen el jurado de escabinos, a diferencia
de lo que ocurre en el jurado puro, pueden dividirse en dos sub grupos muy distintos. Por un lado estarían los
jueces profesionales, expertos familiarizados con la tarea y el contexto en que se lleva a cabo, conocidos entre sí
y con un prestigio social elevado.

En contrapartida, los restantes miembros de este jurado son legos en Derecho, no han interactuado previamente,
no están familiarizados ni con la tarea ni con el contexto legal y su prestigio social no es, en principio, relevante.
Es evidente que en el proceso de deliberación a través del cual han de tomar una decisión aparecerán
estrategias de persuasión. Y aunque estas estrategias no son ajenas a los miembros de un jurado puro, su
análisis a partir del escabino resultan más esclarecedor.

La persuasión hace referencia a los procesos de cambio de actitud ligados a la transmisión de un mensaje y cuya
efectividad se ha relacionado con características del emisor, de la fuente, del mensaje y del receptor. De entre las
características del emisor se destaca siempre su credibilidad y su atractivo. Ambas características están muy
influidas por el estatus. Es del estatus de los miembros del jurado, especialmente cuando son jueces, y de su
impacto en el cambio de la actitud de aquellos a quienes se dirigen durante la discusión, que vamos a hablar en
este apartado.

77
5.5.1. EL IMPACTO DEL ESTATUS
Hay suficientes datos para afirmar que el esta tus de una persona influye en la conducta de otros y que, algunas
veces, este efecto es independiente de la exactitud y acierto de su postura (Moore y Krupat, 1971). De hecho, las
mismas afirmaciones tienen un mayor impacto cuando proceden de una persona con un esta tus más elevado
(Torrance, 1957).

En la mayoría de los estudios psicosociales, el esta tus se manipula no sólo a través de la edad, la ocupación o el
nivel cultural, sino también a través de la forma de vestir y el uso de un título o tratamiento especial. Sabemos
además que algunas formas de comportamiento, que pueden traducirse en confianza en sí mismo y consistencia,
aumentan la probabilidad de influencia al asociarse al esta tus (Nemeth y Wachtler, 1974). Nos referimos a
conductas como hablar en primer lugar, sentarse a la cabeza de la mesa, etc.

En las investigaciones realizadas con jurados puros, el esta tus social (sexo, educación y ocupación) se relaciona
positivamente con la participación y el impacto ejercido por los miembros del jurado, incluso cuando no son presi-
dentes del mismo. En general, sin embargo, el presidente del jurado es la persona que participa más y ejerce
más influencia. Normalmente se trata de una persona de raza blanca y sexo masculino, que tiene una ocupación
de alto estatus y experiencia anterior como jurado (Hastie y cols., 1983). Además se sienta a la cabecera de la
mesa y es el primero en hablar (Stroedtbeck et al., 1957).

Puesto que los jueces serán con toda probabilidad los presidentes del jurado y, en cualquier caso, tienen todas
las características descritas, van togados y sus formas de comportamiento reproducen aquéllas que aumentan la
influencia, parece coherente esperar que tengan más impacto en el proceso de deliberación que las otras
personas que integran el escabinato.

5.5.2. OTRAS CARACTERÍSTICAS VINCULADAS A LA PERSUASIÓN


Sin embargo, como la relación entre esta tus e influencia no es simple, es preciso llevar a cabo un análisis más
detallado para describir la dinámica de la influencia que los jueces ejercerán durante la deliberación del
escabinado o las personas de más esta tus en el seno de un jurado puro.

En este sentido pueden sernos de utilidad las formulaciones de French y Raven (1959). Según estos autores
existen dos fuentes del poder interpersonal que, a nuestro juicio, son especialmente relevantes a la hora de
considerar el papel que el estatus de los jueces tiene en el seno de un escabinado: el poder de experto y el poder
legítimo.

El poder de experto se basa en la percepción de que una persona tiene un conocimiento o pericia especial
acerca de un tema concreto. El poder legítimo se sustenta en la percepción de que una persona, por ser quien
es, tiene el derecho de prescribir e influir ciertas conductas. Así, la mayor información que los jueces tienen sobre
la ley y la conducta criminal se relaciona con el poder de experto.

Existe evidencia de que las personas legas atribuyen más pericia a los jueces en tribunales laborales del tipo
escabinado (Brandstatter y cols., 1984). Y ciertamente las personas legas tienen buenas razones para atribuir un
estatus más alto como expertos a sus colegas los jueces, y no sólo porque sean jueces profesionales, sino
porque muchos veces disponen de más información sobre el caso concreto que se juzga antes de que empiece
el juicio.

Por otro lado, la autoridad y el estatus social que se ha venido atribuyendo al juez español (ver Toharia, 1975)
puede relacionarse perfectamente con el poder legítimo. Los estudios sobre ocupación, uso de un título, forma de
vestir, etc., comentados anteriormente, pueden tomarse como apoyo indirecto de que la posición social de una
persona le confiere un poder legítimo en circunstancias muy variadas.

En otro grupo de estudios (ver Hegtvedt, 1988) se ha puesto de manifiesto que un nivel alto de características
asociadas al estatus, tanto si son específicas de la tarea a realizar como si son generales, aumentan la
percepción de competencia de una persona. Sin embargo, las características que se asocian específicamente a
la tarea ejercen un mayor efecto sobre las expectativas que las características generales.

Cuando son muchas las características relevantes en una situación, la persona cuyo esta tus es
consistentemente alto en todas ellas ejerce mayor influencia que aquéllos cuyo estatus es inconsistente o

78
consistentemente bajo. Y mientras el esta tus de las personas legas sólo pueden ser alto o bajo en función de
características generales, el estatus de los jueces será consistentemente alto, ya que poseen en un alto grado
tanto las características generales como aquéllas relacionadas con la tarea.

5.6. LAS PRESIONES HACIA EL CONSENSO


A pesar de las diferencias en las opiniones individuales antes de la deliberación, el jurado irresoluto es un hecho
raro que se produce en menos del 6 por ciento de los casos (Kalven y Zeisel, 1966). Para explicarlo, los
investigadores sugieren que las presiones hacia la conformidad de la mayoría son tan poderosas que las
minorías raramente pueden hacerle frente. Una vez que se ha hecho la primera votación e identificado la opinión
mayoritaria, los jurados no sólo vuelven a examinar la evidencia sino que ejercen presiones sobre las minorías
para que se conformen (Saks y Hastie, 1978).

Los estudios con jurados puros muestran que la posición mayoritaria es el veredicto final en el 90 por ciento de
los casos de culpabilidad y en el 86 por ciento de los de inocencia (Kalven y Zeisel, 1966) y que la influencia
minoritaria es prácticamente despreciable en jurados de 6 miembros y significativa, aunque muy pequeña, en
jurados de 12 miembros, particularmente cuando la minoría está compuesta por al menos dos miembros. Si una
mayoría significativa (2/3) defiende un veredicto, dicha opción constituirá la decisión final (Tanford y Pemod,
1984).

Generalmente el efecto de la mayoría es superior al efecto de la minoría. En los estudios revisados por Tanford y
Pemod (1984), la minoría influye alrededor del 10 por ciento de las respuestas de los sujetos, mientras que la
mayoría lo hace por encima del 35 por ciento. Además, los miembros de la minoría tienen una mayor tendencia a
cambiar de opinión que los de la mayoría y, cada vez que esto ocurre, la mayoría adquiere más fuerza,
principalmente porque los jurados sólo cambian una vez de postura durante la deliberación.

5.7. EL TAMAÑO DE LA MAYORÍA


La investigación empírica tradicional ha puesto de manifiesto que el número de fuentes y receptores es el
predictor más importantes de la conformidad (Tanford y Pemod, 1984). La relación entre el tamaño de la mayoría
y la conformidad, aunque sigue una función creciente, no es lineal. Distintos autores han propuesto diferentes
formulaciones matemáticas para representar esta relación.

La mayoría de ellos, sin embargo, están de acuerdo a la hora de admitir el «efecto techo» del que nos informa
Asch (1951). Según este efecto, hay un punto de corte en el momento en que la mayoría está compuesta por
más de tres miembros. Desde esta perspectiva, los incrementos sucesivos en el tamaño de la mayoría producen
aumentos cada vez más pequeños en el número de respuestas de conformidad.

Como en casi todos los países europeos la mayoría inicial de los escabinados está compuesta por 3 o más
miembros, el que algún miembro de la minoría se pase a la mayoría durante la deliberación no aumentará de
forma espectacular la fuerza de esta última. Pero el poder de la minoría sí se vería reducido considerablemente,
ya que el tamaño inicial de ésta, en el mejor de los casos, no excede a tres miembros, y las minorías compuestas
por un solo individuo suelen resistir muy poco tiempo.

Una perspectiva muy interesante a la hora de considerar el tamaño de cada posición dentro de un grupo como el
escabinado es la que nos proporciona Wilder (1977). Este autor afirma que la conformidad no varía simplemente
con el número de miembros de la mayoría sino que se incrementa con el número de entidades sociales
autónomas que la persona percibe, independientemente de si estas entidades son grupos o individuos. Esto
significa que el número de miembros de una mayoría tiene significado sólo cuando la persona percibe que todos
sus integrantes han llegado a esa posición común por sí mismos, independientemente.

De este modo, las mayorías compuestas por personas legas (p.e. Italia, Francia) podrán ejercer mayor o menor
impacto dependiendo del número de personas con que compartan la misma posición, ya que no tienen ninguna
vinculación previa al juicio y serán percibidos como entidades independientes. Pero cuando los jueces son los
que componen la mayoría (p.e. en Alemania), el número de individuos no es tan importante.

Es difícil creer que estos jueces serán percibidos como independientes, en lugar de como un grupo de colegas
que interactúan diariamente y comparten muchas cosas antes, durante y después del juicio. Su posición será

79
percibida con toda probabilidad como un acuerdo previo más que como fruto del convencimiento personal. Desde
este punto de vista, el impacto de los jueces en un jurado de tres jueces y dos personas legas será el mismo que
en un jurado de cinco jueces y dos personas legas.

Tomando conjuntamente ambas perspectivas, parece que el número de personas legas es más importante que el
número de jueces, especialmente cuando hay más de tres miembros en la mayoría y / o la minoría. Los jueces
serán vistos como una unidad dentro del escabinado, tanto si son mayoría como si son minoría y, de hecho, es
muy probable que formen un grupo compacto desde el principio. Tienen muchas cosas en común, han
interactuado en el pasado y lo harán en el futuro y serán, por lo tanto, más unánimes en sus opiniones que el
mismo número de personas legas desconocidas entre sí. Incluso si constituyen una minoría, será una minoría
impactante.

En algunos trabajos (Latané y Wolf, 1981) se sugiere que cuando la cohesión de un subgrupo aumenta, la
capacidad de ese subgrupo para influir en sus miembros, o para resistir la influencia del otro subgrupo,
aumentará también. Asimismo, se ha puesto de manifiesto que en los grupos cuyos miembros tienen igual
estatus, la parte del grupo que ha tomado decisiones conjuntamente en el pasado tiene más impacto que la parte
del grupo que sólo toma parte en una decisión concreta. El efecto de la asociación previa será mucho mayor si
además los miembros «veteranos» tienen un esta tus social y de expertos más alto que los miembros «novatos»,
tal como ocurre en los escabinados.

Las personas legas, en contrapartida, tendrán más dificultades para constituir una posición mayoritaria inicial,
incluso cuando sean una mayoría numérica y, si lo consiguen, de mantenerla impidiendo que los integrantes se
cambien de bando. Cuando son una mayoría inicial, tienen menos oportunidades de convencer alguien de
distinta opinión (un juez) para que se les una, y más oportunidades de perder el apoyo de algún miembro que
decida unirse al otro grupo. Por supuesto, cuanto mayor sea el número de personas legas, mayor será la
probabilidad de constituir una mayoría inicial. Y cuanto mayor sea la mayoría, mayor será el efecto de la
conformidad.

5.8. INFLUENCIA INFORMACIONAL E INFLUENCIA NORMATIVA


El poder legítimo y el poder de experto guardan cierto paralelismo con dos formas de influencia que han recibido
considerable atención en la investigación sobre decisión de grupos: la influencia normativa y la influencia informa-
cional (Deutsch y Gerard, 1955). La influencia informacional se refiere al intercambio de argumentos relevantes o
de información acerca de una cuestión. La influencia normativa, por otro lado, tiene que ver con la exposición a
las preferencias de una persona y con la conformidad con normas implícitas o explícitas que vienen dadas por
dichas preferencias. Una forma de influencia implica la persuasión a través de «qué» se dice acerca de una
cuestión, mientras la otra depende más de «quién» lo dice.

Desde un punto de vista lógico, es más probable que se utilice una u otra forma de influencia dependiendo de la
base de poder más relevante en un momento dado. Mientras la influencia informacional se vería facilitada por el
estatus de experto de los jueces, por su mayor conocimiento de la ley, la influencia normativa vendría dada por el
estatus legítimo de los mismos para establecer normas.

La evidencia empírica indica que las personas con estatus de experto son más activas durante la discusión,
proporcionan más argumentos, mejor y con más efectividad (McGuire, 1969). También los estudios sobre nivel
educativo, ocupación, etc., comentados anteriormente, sugieren que los jueces influirán la conducta de los demás
simplemente presentándoles su postura. La cuestión es determinar cuándo y bajo qué circunstancias los jueces
usarán una u otra base de poder y/o de influencia. La respuesta a esta pregunta depende en gran medida del tipo
de delito que se juzgue y de si, aparte del veredicto, el jurado habrá de dar una sentencia con su correspondiente
justificación.

En lo que al veredicto se refiere, generalmente cuando el delito acerca del cual se delibera se considera una
cuestión de hecho, hay un mayor uso de influencia de tipo informacional, mientras que con delitos asimilables a
cuestiones de juicio se tiende a usar más la influencia normativa. Además, cuando la cuestión es de hecho y la
regla de decisión es de unanimidad, la influencia informacional aumenta considerablemente (Kaplan y Miller,
1987).

80
Si los jueces tienen más poder, tanto de experto como legítimo, frente a las personas legas, es de suponer que
tengan más impacto tanto si la cuestión es de hecho como si es de juicio. La única diferencia estaría en que si
quieren ser más efectivos deberían emparejar la influencia informacional con las cuestiones de hecho y la
influencia normativa con las de juicio.

Respecto a la justificación de la sentencia, si se hiciera en términos de hechos y leyes, la pericia de los jueces les
daría una gran ventaja a la hora de ejercer influencia de tipo informacional. Si por el contrario se permite
cualquier justificación, no está claro que su poder legítimo le favorezca a la hora de utilizar influencia normativa.
El poder hacer uso del sentido común facultaría a las personas legas para hacer uso de sus propios criterios
frente a los de los jueces. Pero la consistencia de las características del estatus, tanto generales como es-
pecíficas, favorecen a los últimos incluso en este caso, en la medida en la que las personas legas les ampliarían
sus competencias a ámbitos que no les son propios.

5.9. LA INFLUENCIA MINORITARIA


Hasta ahora hemos hablado fundamentalmente del efecto de la mayoría, pero existen circunstancias en que la
minoría también ejerce un impacto considerable, bien bloqueando la decisión del jurado} o bien llegando incluso
a invertir el veredicto (Pemod y Hastie} 1980). El éxito de la minoría viene dado en función de características
como son la consistencia de su postura a través del tiempo y la confianza con que se mantiene la misma} así
como la proporción relativa a la mayoría.

Las opiniones minoritarias aparecen y se expresan con más frecuencia en los jurados más grandes. También es
en los jurados de mayor tamaño en los que la probabilidad de que el punto de vista minoritario sea compartido
por más de una persona} lo cual es extremadamente importante si se tiene en cuenta que una minoría de dos
resiste los intentos de influencia e influye significativamente más que una de una persona (Kerr y MacCoun}
1985). Sin embargo} Tanford y Pemod (1984) considerar que el mayor impacto de la minoría se da en grupos de
6 o menos miembros. Por tanto, dado que los escabinados existentes son grupos más bien pequeños, el impacto
de las minoría debería tenerse muy en cuenta, especialmente cuando está compuesta por jueces, en la medida
en que el estatus y sus otras características vinculadas a los procesos persuasivos potenciarían su impacto.

5.10. LA FUERZA DE LA FUENTE


La perspectiva clásica norteamericana considera que cuando se manipula tanto el número de fuentes de
influencia como la fuerza de dicha fuente, esta última sólo explica el 13 por ciento de la varianza (Mullen, 1985).
Pero aunque eso ocurra en ciertos grupos, normalmente ligados a contextos académicos, cuando se desea
conocer la dinámica de la influencia social en grupos que interactúan libremente, es preciso tener en cuenta otros
factores sociales aparte del número de personas.

La fuerza de la fuente es un factor social que se ha manipulado a través de la ocupación, la edad y el nivel
académico (Mullen,1985). Pero en los contextos jurídicos la fuerza de las fuentes viene dada no sólo por estas
características sino también por otras variables como las normas sociales y culturales. Desde nuestro punto de
vista los jueces poseen no sólo estas características sino también aquellas otras propias de una autoridad capaz
de inducir al estado agéntico postulado por Milgram (1974) en sus estudios sobre obediencia.

5.11. LA DINÁMICA DE LA INFLUENCIA MINORITARIA


También la distinción entre influencia normativa e informacional es útil a la hora de analizar el impacto de
mayorías y minorías en los contextos jurídicos. Son pocos los autores que consideran que las diferencias entre
minoría y mayoría son sólo cuantitativas, pero incluso ellos explican la naturaleza de ambos tipos de influencia
usando la distinción informacionaljnormativa.

Las mayorías parecen elicitar ambos tipos de influencia a causa de su mayor número de integrantes. Las
minorías, por el contrario, consiguen su poder casi exclusivamente de la información de la que puedan disponer.
Comparadas con las mayorías, las minorías producen unos focos de atención más amplios, hacen que la gente
se concentre en los estímulos que se discuten y aumentan la actividad cognitiva en relación a dichos estímulos.
La distintividad, credibilidad, capacidad para producir arousal y resistencia ante la presión social median las

81
relaciones anteriores (Maass y cols., 1987). Estas características, dicho sea de paso, están claramente presentes
en la minorías de jueces de los escabinados.

Sin embargo, el tipo de procesos cognitivos elicitados por las minorías no está necesariamente ligado a los tipos
de influencia que ejercen. Tanto la influencia normativa como la informacional pueden producir focos de atención
más amplios o más restringidos, dependiendo de las circunstancias en las que esta influencia se ejerza. Incluso
si damos por sentado que los procesos cognitivos elicitados por las minorías son coherentes con la influencia
informacional, una minoría compuesta por personas de estatus alto, jueces por ejemplo, podría ejercer también
influencia normativa, tal como hemos comentado ya.

Es importante recordar también que los miembros de la minoría participan más y son percibidos como más
influyentes cuando la regla de toma de decisión es la de unanimidad (Hans, 1978). De hecho, la apelación al
consenso suele ser una estrategia bastante utilizada en las primeras fases de la discusión cuando los
negociadores se sienten en una posición minoritaria.

El conocimiento y la intervención en relación al jurado pasa inexorablemente por el análisis de su dinámica como
grupo. Y en ese sentido es importante tomar como punto de partida sus características como tal grupo y
fundamentalmente en qué consiste su tarea. Sería simplista formular conclusiones sobre el jurado en general,
porque incluso una misma modalidad de jurado se materializa de distinta forma, en función del país y la instancia
en los que ejerce sus funciones.

En España, el jurado sigue siendo una cuestión de futuro. Ciertamente podemos analizar los jurados de otros
países e imaginar cómo será el nuestro. Pero al hacerla es importante no olvidar que nuestro sistema legal es
diferente y que la implantación de esta institución implicará reformas procesales substanciales que, en su
momento, también habrá que tener muy en cuenta. Por eso es preciso no perder de vista el contexto sociopolítico
y económico en el que habrá de ver la luz la futura ley del jurado.

Desde el punto de vista de la Psicología Social, el jurado de escabino tomaría decisiones prácticamente idénticas
a las adoptadas por un tribunal de jueces. Tampoco el jurado puro llevaría a veredictos muy distintos en la ma-
yoría de los casos pero, al menos, existe la posibilidad de que lo haga e incluso de que vaya más allá de la ley.
Las cuestiones cruciales son qué es lo que espera el ciudadano medio del jurado y en qué medida sus
representantes democráticos están dispuestos o pueden satisfacer tales expectativas.

Ciertamente corresponde al legislador y no al psicólogo decidir el tipo y las características del jurado que ha de
tener un país. A fin de cuentas se trata de una decisión política y son los políticos quienes han de tomada. Lo que
sí podemos hacer los psicólogos es participar en el debate, aportando los conocimientos de que disponemos al
respecto. Después de quince años los argumentos político-jurídicos esgrimidos a favor y en contra de uno y otro
tipo de jurado, empiezan a repetirse sin que las posiciones iniciales parezcan haberse modificado
sustancialmente. Quizás sea tiempo ya de que los psicólogos, y otros científicos sociales, replanteemos la
discusión en unos términos distintos a los que hasta ahora se ha venido llevado a cabo.

5.12. PROCESO DE DELIBERACION DEL JURADO


5.12.1. FACTORES ESTRUCTURALES QUE INFLUYEN EN LA DELIBERACIÓN
Numero de miembros

Tradicionalmente, como consecuencia de su orígen histórico, el Tribunal de Jurado está compuesto por doce
miembros. En los años 70, en los Estados Unidos se aprobó la constitución de jurados de seis miembros,
considerando que esta reducción no afectaría a la toma de decisión.

Con el fin de comprobar esa equivalencia funcionat se desarrolló una línea de investigación que confirmó que no
hay diferencias en el veredicto en función de las variaciones en el número de miembros (Stoever, 1972; Bermant
y Coppock, 1973; Mills, 1973; Kessler, 1973; Davis et al., 1975; Padawer-Singer et al., 1977).

Pero a pesar de que las variaciones en el tamaño no parecen afectar al producto de la decisión grupal, sí se
producen diferencias en el proceso de deliberación. Los jurados de mayor tamaño recuerdan más elementos del
caso, siendo mayor la gama de opiniones expuestas durante la deliberación (Saks, 1977).

82
En un estudio realizado en nuestro país, comparando jurados simulados de doce o seis miembros, se obtiene
que las deliberaciones de los jurados de mayor tamaño se caracterizan por un predominio de la solicitud de
información, opinión o sugerencias, de modo que estos jurados estarían más centrados en la búsqueda de
información sobre el caso (De Paút 1991).

La reducción del número de miembros podría disminuir la posibilidad de jurados suspensos en los casos en los
que la evidencia a favor y en contra del acusado está balanceada (Baron, et al., 1992). En ese tipo de casos
cabría esperar que la mitad de la población se pronunciase por la absolución y la otra mitad por la condena.
Cuanto más pequeño es el jurado menor es la probabilidad de que estén respresentados los valores de la
población de la que es extraído. Por tanto, los jurados de seis miembros tendrán menos probabilidad de iniciar la
deliberación divididos en dos facciones opuestas e iguales numéricamente, disminuyéndose así la posibilidad de
jurado suspenso. Esta ventaja de la reducción del tamaño es consecuencia, a juicio de Zeisel (1971), de
combinar una menor representatividad, una mayor homogeneidad de opiniones y una reducción de las
capacidades de resistirse a las presiones de la mayoría.

Regla de decisión

La regla de decisión es la que determina el quórum necesario para poder emitir un veredicto. Dos años después
de la institución de jurados de seis miembros, se declaró en Estados Unidos la constitucionalidad de los jurados
no unánimes, basándose también en el presupuesto de la equivalencia funcional.

Se desarrolló una línea de investigación que confirmó la ausencia de diferencias en el veredicto (Da vis et al.,
1975; Kerr et al., 1976; Nemeth, 1977; Padawer-Singer, et al., 1977; Saks, 1977; Vollrath y Davis, 1980; Foss,
1981).

La mayoría de los estudios concluyen que la regla de decisión no unánime disminuye la probabilidad de jurados
suspensos y reduce el tiempo de deliberación (Baron et. al 1992).

Aunque no se han encontrado diferencias entre veredictos emitidos por jurados unánimes y no unánimes, se han
puesto de manifiesto las desventajas de la decisión por mayoría. La posibilidad de veredictos por mayoría facilita
una toma de decisión rápida y dificulta la expresión de divergencias (Nemeth, 1977; Saks y Hastie, 1978; Hastie
et al., 1983).

Davis et al. (1975) y Kerr et al. (1976) encuentran que los miembros de jurados bajo regla de mayoría expresan
un mayor desagrado con la decisión y el proceso de deliberación, considerando los que mantienen posiciones
minoritarias que el veredicto final es una imposición de la mayoría.

Bajo regla de unanimidad, los miembros que pertenecen a una facción minoritaria se sienten más motivados a
defender su opinión, ya que el resto del jurado no puede ignorar o rechazar su postura como ocurre en las
decisiones mayoritarias. Como consecuencia, el proceso de deliberación se caracteriza por intervenciones más
conflictivas y más información y opiniones sobre el caso (Nemeth, 1977; Foss, 1981; Hastie et al., 1983). La
profundidad de la discusión disminuye a medida que los requisitos para alcanzar el consenso son menores,
estando marcado el estilo de deliberación por el deseo de lograr la mayoría requerida.

Algunos estudios (Davis et al. 1977; Davis, 1980) han puesto de manifiesto que la regla formalmente asignada no
siempre coincide con la regla que implícitamente asumen los miembros del jurado, siendo ésta la que influye en
el proceso de deliberación. En un estudio con jurados simulados realizado en nuestro país (De Paút 1991), no se
obtienen diferencias significativas en el proceso de deliberación al comparar jurados bajo regla de unanimidad
con jurados bajo regla de mayoría de dos tercios. Siete de los doce jurados por mayoría obtuvieron un veredicto
unánime. No teniendo en cuenta dos de las deliberaciones que comienzan con una opinión unánime, se podría
concluir que algo más del 40 por ciento de los jurados asumen la unanimidad como regla de decisión. Si se
confirmase esa tendencia, las ventajas de la regla de decisión por mayoría (reducción de costes y tiempo de
deliberación) desaparecería en el caso de los jurados españoles.

Posiciones ocupadas en la mesa de deliberación

Las características estructurales del marco en el que se desarrolla la deliberación pueden afectar al proceso de
discusión. Strodtbeck y Hook (1961) analizan la influencia de las posiciones ocupadas por doce jurados en una

83
mesa rectangular. Los datos indican una mayor probabilidad de ser elegido portavoz si se ocupa una de las
cabeceras de la mesa (el 46 por ciento de los 69 portavoces elegidos en su estudio ocupaban esa posición). En
la misma línea, Bray et al. (1978) encuentran que el 56 por ciento de los portavoces ocupaban la cabecera,
mientras que se esperaba que por azar hubieran sido elegidos sólo un 33 por ciento de los que ocupaban esa
posición. I

Nemeth y Wachtler (1974) diferencian la mera ocupación del asiento de la elección del mismo, ya que esto último
se interpreta por los otros miembros como un signo de seguridad. En relación a esto, parece existir una mayor
tendencia en los hombres a elegir la posición de cabecera. En jurados de seis miembros, el 47 por ciento de los
hombres ocuparon esa posición, frente a un 15 por ciento de las mujeres (Nemeth et aL, 1976).

Teniendo en cuenta lo anterior, se ha expresado la conveniencia de que las salas de deliberación tengan una
mesa redonda y no rectangular (Saks y Hastie, 1978).

El portavoz del jurado

La función del portavoz es la de servir de contacto entre el Tribunal y el Jurado durante la deliberación. Recoge la
votación final y guía la deliberación. Su voto no tiene más peso que el de los demás, pero puede convertirse en el
líder de la discusión.

Algunos estudios indican su mayor nivel de participación durante la deliberación, siendo responsable de un
cuarto a un tercio de los actos verbales (James, 1959; Strodtbeck y Hook, 1961; Hastie et aL, 1983). Hacia el
portavoz se dirigen la mayor parte de los actos comunicativos (James, 1959), y suele ser considerado por los
demás como un miembro que contribuye a la obtención del consenso o acuerdo (De Paúl, 1992).

Sus intervenciones están dirigidas en mayor medida a cuestiones de derecho en comparación con los otros
miembros, siendo menor la manifestación de intenciones de veredicto. Esto ha sido interpretado como un ajuste
del sujeto a su papel de portavoz, dando un tono neutral a su participación (Hastie et aL, 1983).

Los jurados no suelen invertir mucho tiempo en su elección, siendo designada, la mayoría de las veces, la
primera persona que habla (Strodtbeck et al. 1957; Simon, 1967; Cardan, 1968). Pero parece que hay una serie
de factores que facilitan que un miembro del jurado sea portavoz.

Las mujeres son menos elegidas (Strodtbeck et al. 1957). Analizando datos de archivo, Kerr et al. (1982) vuelven
a encontrar esta misma tendencia, a pesar del mayor protagonismo social de la mujer.

Ya que el sexo y la ocupación de la posición de cabecera son dos factores relacionados, esto explicaría la mayor
tendencia a que los portavoces sean hombres.

Otra variable relacionada con la elección del portavoz es el estatus ocupacional. Los estudios de Strodtbeck et al.
(1957) y Simon (1967) clasifican a los jurados en una serie de categorías profesionales, encontrando que los que
ocupaban la categoría más alta de su clasificación eran elegidos como portavoces de dos a dos veces y media
más de lo que cabía esperar por azar.

La experiencia previa de los miembros del jurado también se encuentra asociada a la elección del portavoz.
Aquellos miembros que anteriormente han sido jurados tienden a ser elegidos como portavoces con mayor
frecuencia (Kerr et al., 1982) y, en especial, los que han desempeñado esa misma función anteriormente
(Dillehay y Nietzel, 1985).

Strodtbeck y Lipinski (1985) analizan conjuntamente la influencia del estatus social, la experiencia previa y la
posición ocupada en la mesa. La más determinante es la posición ocupada en la mesa, seguida por el esta tus y,
por último, la experiencia previa. Los miembros del jurado cuyo presidente era de alto esta tus se encontraban
más satisfechos que aquellos en los que el portavoz ocupaba la cabecera o era un miembro con experiencia
previa. Pero la mayor satisfacción con el miembro de alto esta tus disminuía si coincidía con el hecho de ocupar
la cabecera de la mesa. La explicación dada por los autores es que la diferencia en esta tus social, reforzada por
la posición ocupada en la mesa de deliberación, es percibida como una diferenciación excesiva.

Tal y como concluyen Stasser et al. (1982) en su revisión de este tema, el mejor retrato del portavoz de un jurado
es una persona de alto estatus, que interviene el primero en la deliberación, sentado en la cabecera de la mesa y

84
con experiencia previa como miembro del jurado. En relación a la influencia del sexo, consideran que la palabra
«foreman» sigue siendo apropiada.

5.13. ANÁLISIS DEL PROCESO DE DELIBERACIÓN


Dado que el único momento en el que se interrumpe el carácter público del juicio con jurado es cuando éste se
retira a deliberar, los estudios sobre la fase de deliberación se han basado generalmente en el análisis de jurados
simulados y, en menores ocasiones, entrevistando tras la deliberación a los sujetos que han formado parte de un
jurado real.

5.13.1. NIVEL DE PARTICIPACIÓN


Los estudios con jurados simulados han puesto de manifiesto que algunos miembros no participan en absoluto,
contribuyendo solamente en el momento de la votación final. Existen varios factores que influyen en el nivel de
participación durante la deliberación. Hawkins (1962) indica que a medida que la facción mayoritaria aumenta de
tamaño, aumenta también su nivel de participación en conjunto, pero el promedio de participación de cada
individuo disminuye a medida que el tamaño de la facción aumenta. Esto ha sido interpretado como
consecuencia de la mayor sensación que pueden tener los jurados de que los argumentos u opiniones que
podrían introducir en la discusión ya han sido comentados previamente por los otros miembros de la facción
(Hans y Vidmar, 1986).

Como se mencionó anteriormente, el portavoz es más activo que los demás miembros. Por otro lado, algunos
estudios indican que los hombres tienden a participar de forma más activa que las mujeres (Strodtbeck et a/.,
1957; James, 1959). Pero en estos datos está influyendo el desproporcionado número de hombres que fueron
portavoces en esos jurados. Otros estudios no llegan a la conclusión de que los hombres participan más que las
mujeres una vez eliminado el factor de ser portavoz (Nemeth et a/., 1976; Bray et a/., 1978).

Algunos estudios muestran una correlación positiva entre nivel de estudios, estatus ocupacional y nivel de
participación (Strodtbeck et a/., 1957; Simon, 1967; James, 1959; Hastie et a/., 1983).

5.13.2. CONTENIDO DE LA DELIBERACIÓN


Aunque cada estudio ha analizado el contenido mediante procedimientos diferentes, parece existir un patrón
general que indica que los jurados se centran en los hechos y testimonios y, en menor medida, en las
instrucciones del juez (Simon, 1967; Kessler, 1973; Hastie et al., 1983). Además, aproximadamente la mitad de
las intervenciones son comentarios sobre opiniones y experiencias personales con el fin de argumentar una
posicióndeterminada Games, 1959; Simon, 1967).

Las mujeres tienden a centrar sus intervenciones en actos socioemocionales, mientras que los hombres están
más centrados en resolver la tarea (Strodbeck y Mano, 1956; Nemeth et a/., 1976; Hastíe et al., 1983).

Los jurados con mayor nivel educativo tienden a hacer referencia en mayor medida a las instrucciones del juez y
a los procedimientos que debe seguir el jurado durante la deliberación, teniendo mayores dotes de persuasión
Games, 1959).

A pesar de lo que se les indica en las instrucciones, los jurados discuten aspectos que no les corresponden
como, por ejemplo, la evidencia inadmisible (Miller y Fontes, 1979) y las consecuencias de la condena para el
acusado (Simon, 1967).

En la deliberación se reproducen las fases de resolución de problemas en grupo (Bales y Strodtbeck, 1951). A
medida que avanza la deliberación, disminuyen los actos dirigidos al grupo como un todo y se va desarrollando la
fase de conflicto. Una vez que el consenso se ha alcanzado, todas las tensiones y conflictos anteriores se olvidan
y gran parte de las intervenciones de la fase final se vuelven a dirigir al jurado como grupo. (Hans y Vidmar,
1986).

El análisis de contenido de las deliberaciones realizado por Pennington y Hastie (1990) revela que las
discusiones que preceden a los cambios de opinión están más relacionadas con aspectos legales como la
explicación que el juez hace de los veredictos y las instrucciones respecto a los criterios de duda razonable y
peso de la prueba.

85
5.13.3. FENÓMENOS DE INFLUENCIA EN EL PROCESO DE DELIBERACIÓN
Los fenómenos de influencia más estudiados en la toma de decisión del jurado han sido la influencia informativa
y normativa, la influencia de la mayoría, la influencia de la minoría, el sesgo a la benevolencia y la polarización.

Influencia informativa e influencia normativa

En el jurado, el primer tipo de influencia se manifestaría mediante la aportación de evidencias y hechos del caso.
La segunda se relacionaría con la adecuación a las normas expresadas por otros en sus votaciones,
conformándose a ellas con el fin de ganar la aprobación de los demás.

Los tipos de influencia que se desarrollan durante la deliberación difieren según el momento temporal de ésta
(Foss, 1976). Las primeras etapas se caracterizan por la existencia de procesos de influencia informativa
mediante la aportación de datos y la interpretación de la evidencia. Después de un tiempo, ya no es posible
introducir nuevos factores o intepretaciones y se manifesta la influencia normativa con el fin de que se alcance el
consenso.

En la medida en la que puedan existir elementos para evaluar lo correcto de la toma de decisión, la influencia
predominante será la informativa frente a la normativa. Esta hipótesis fue comprobada por Kaplan y Miller (1987)
con jurados simulados en casos civiles, en los que debían fijar una cantidad económica en concepto de
indemnización. Cuando el jurado decidía sobre la indemnización compensatoria (en las que se puede estimar lo
correcto de la respuesta evaluando si la indemnización compensa las pérdidas) la influencia predominante fue la
informativa.

Efecto de la mayoría

Uno de los primeros estudios que puso de manifiesto la influencia de la mayoIría fue el análisis de jurados reales
realizado por Kalven y Zeisel (1966). De los 215 jurados que tenían una mayoría en la primera votación, sólo 6
alcanzan una decisión que no era apoyada inicialmente por la mayoría.

Desde la aproximación del Esquema de Decisión Social, analizando cómo las preferencias de los miembros se
combinan dando lugar a la decisión grupal, se concluye que impera una regla mayoritaria. El veredicto que
inicialmente es preferido por la mayoría de los jurados se convierte en el veredicto final (Saks, 1977; Davis et aL,
1975; Davis, 1980). Las facciones mayores numéricamente tienden a prevalecer más de lo que su tamaño
relativo podría indicar (Stasser et aL, 1989).

En una tarea puramente intelectual, quien defiende la posición o respuesta correcta puede hacer prevalecer su
opinión frente a una mayoría de miembros que defiende la posición incorrecta. Así, en este tipo de tareas está
imperando I

un esquema de decisión que podría expresarse como «la verdad gana». En I una tarea de juicio o evaluativa, el
criterio que impera es el de la decisión de la mayoría, ya que el acuerdo proporciona la única fuente de validación
de la elección del grupo (Laughlin 1988; Stasser, 1992).

La influencia de la mayoría suele ser un esquema de decisión que se ajus- I ta a los grupos que deciden sobre
temas considerados relevantes y que implican y motivan a los miembros (Kerr, 1992).

Algunos estudios han relacionado la influencia informativa y normativa con el predominio de la opinión
mayoritaria. A medida que una facción tiene más miembros, es más capaz de dominar en la discusión, aumenta
la probabilidad de que pueda introducir información y puede contar con un mayor número de argumentos
(Nemeth, 1977). Hay relación entre entre ser mayoría y capacidad de ejercer influencia. También puede
establecerse una relación entre la influencia normativa y tamaño de la facción. La mayoría impone una norma
para definir la realidad social y el temor a su desaprobación puede incrementarse con su tamaño.

El deseo de cumplir con la norma bajo la que delibera el jurado, obtener consenso, aumenta las presiones a la
uniformidad. Generalmente la uniformidad se logra en el jurado mediante dos procesos (Nemeth y Staw, 1989):
apoyar la opinión defendida por un miembro del jurado que tiene poder (por ejemplo, el poder de experto y poder
legítimo que tendrían algunos miembros en el caso de los jurados escabinados), o la opinión mantenida por la

86
mayoría. Aunque la uniformidad se ha vinculado a las presiones de la opinión mayoritaria sobre la minoritaria, en
ocasiones la dirección puede ser inversa.

Influencia de la minoría

Otra posibilidad de obtener el consenso, aunque menos frecuente, es que la opinión defendida por la minoría
logre convencer a la opinión mayoritaria.

Nemeth y Wacht1er (1974) han enfatizado la importancia de que los demás miembros del jurado perciban
consistencia y seguridad en el estilo conductual con el que la minoría defiende su opinión. Generalmente se
suele producir una reacción de rechazo ante el miembro que defiende una postura minoritaria, en especial
cuando su punto de vista evita que el grupo pueda alcanzar la meta.

Una de las ventajas de la existencia de opiniones minoritarias en un grupo es el hecho de que llevan a la
reflexión, independientemente de si la minoría defiende un punto de vista acertado o no (Nemeth, 1986; Nemeth
y Staw, 1989). Aunque la minoría aporte una opinión equivocada, lleva a que el grupo se implique en un
pensamiento divergente, desarrollando procesos más creativos de toma de decisión, estimulando y mejorando la
actuación grupal (Nemeth, 1992).

Aunque el fenómeno de influencia minoritaria en el jurado es poco frecuente, se produce en algunas ocasiones.
En especial, tal y como se ejemplifica en la película «Doce hombres sin piedad», cuando la posición de la minoría
es la de inocencia y es defendida de modo constante (Nemeth, 1977).

Benevolencia

Los miembros del jurado tienen mayor tendencia a la condena antes que después de la deliberación (Bray et al.
1978; Davis et al. 1975, 1977; Stasser y Davis, 1977; Kerr et al., 1979, Tanford y Pemod, 1986), produciendose
así un sesgo hacia la benevolencia. Este sesgo modifica la influencia ejercida por la mayoría. Kalven y Zeisel
(1966) observan que cuando la mayoría defiende veredictos de culpabilidad, en el 86 por ciento de los casos el
veredicto final es de condena, mientras que sólo en un 5 por ciento el veredicto final es de inocencia. Cuando la
mayoría defiende el veredicto de inocencia, en el 91 por ciento de las ocasiones se convierte en el veredicto final
mientras que sólo en un 2 por ciento se da un veredicto final de culpabilidad.

Davis et a/. (1981), consideran que en la decisión del jurado impera un esquema mayoritario pero no simétrico,
siendo mayor la probabilidad de que el veredicto sea el defendido por la mayoría cuando éste es la absolución.
Puede concluirse que cuando la mayoría favorece la absolución, los dos factores (mayoría y benevolencia) se
refuerzan uno a otro. Cuando la mayoría defiende el veredicto de culpa, el sesgo hacia la benevolencia reduce el
poder de la mayoría (Kerr, 1981; Davis, 1980; Kerr y Watts, 1982).

La tendencia a la benevolencia por parte del jurado se confirma al comparar las decisiones de los jurados con las
que en su caso habría tomado el juez (Kalven y Zeiset 1966). Una posible explicación de este sesgo en el jurado
es aludir, como hacen los autores, al hecho de que los jueces tienen acceso a un tipo de información que le está
restringida al jurado (antecedentes, elementos del sumario, etc.). Por otro lado, una de las diferencias existentes
entre la toma de decisión del juez y la del jurado es que la primera se produce individualmente, luego podría ser
la toma de decisión en grupo la causante de la lenidad. Esta hipótesis queda comprobada en el estudio de
MacCoun y Kerr (1988), en el que no se encuentra lenidad cuando no hay discusión grupa!. La deliberación
puede llevar a la benevolencia cuando no hay una preferencia clara sobre el veredicto antes de la deliberación
(Davis et al., 1977; Kerr, 1981) o incluso cuando inicialmente se apoya la condena (Tanford y Pemod, 1986).

Ya que muchos de los datos sobre la toma de decisión del jurado provienen de estudios con jurados simulados
que son estudiantes, otra explicación es que este tipo de población tenga de por sí una tendencia más liberal y
menos punitiva. Pero los estudios de Bray et a/. (1978) y de MacCoun y Kerr (1988), comparando muestras de
estudiantes y de sujetos extraídos del censo, confirman el efecto de benevolencia en ambos tipos de jurados.

Las presiones normativas también podrían explicar la tendencia a la benevolencia. Las normas del sistema de
justicia, creadas para salvaguardar al acusado, enfatizan el principio de duda razonable y la presunción de
inocencia.

87
Es la preferencia del jurado por evitar condenar a un inocente lo que explicaría que la inocencia pueda tener más
influencia en el grupo.

En ese sentido, Nemeth (1977) argumenta que en la deliberación es más fácil defender la inocencia, ya que
resulta más sencillo convencer a los demás de la existencia de una duda razonable. Los que defienden la
condena necesitan argumentos convincentes. Los que defienden la absolución necesitan sólo centrarse en algún
fallo existente en el razonamiento o argumentos de la postura opuesta.

Al no existir evidencia directa, todas estas explicaciones sobre el sesgo a la benevolencia han sido consideradas
especulativas (Stasser, et al., 1982). También podría especularse que la razón se encuentra en las
características del jurado analizado en estos estudios. En la mayoría de ellos se trata de un jurado de hechos que
no se pronuncia sobre la pena, aunque esto no implica que se desinteresen por las consecuencias de su
veredicto. Esto podría llevar, en ocasiones, a una indulgencia excesiva con el fin de prevenir la aplicación de un
castigo considerado excesivamente severo.

Estilos de deliberación

Hastie et al. (1983) definen dos estilos de deliberación basándose en el momento en el que se producen las
votaciones en el jurado. Cuando la votación aparece al principio de la deliberación, la fase de orientación y
exploración sobre los hechos es obviada y la discusión pasa a centrarse en disminuir las diferencias entre una
facción del jurado y otra. A medida que la votación aparece más pronto en la deliberación, más breve es ésta y
menos centrada en las hechos del caso.

Distinguen así entre el jurado orientado a las pruebas y el jurado orientado al veredicto. Este último suele iniciar
la deliberación con una votación pública, expresándose en varias ocasiones la intención de veredicto. El jurado
orientado a las pruebas realiza votaciones una vez avanzada la discusión, siendo menores las manifestaciones
de intención de veredicto a lo largo de la deliberación, tratándose sólo este aspecto al final de la misma.

Existen cinco diferencias entre estos dos estilos:

1. Su aparición en la deliberación viene determinada por la regla resolutoria del jurado, de modo que el
orientado a las pruebas es más frecuente en jurados unánimes y el orientado al veredicto lo es más
en jurados por mayoría.

2. El tiempo de deliberación es mayor en los jurados orientados a las pruebas.

3. Las cuestiones de relación entre los hechos y el derecho son mayores en los jurados orientados
hacia las pruebas.

4. La capacidad de argumentación y el número de opiniones intercambiadas es menor en los jurados


orientados al veredicto.

5. El jurado orientado a las pruebas desarrolla una deliberación más rica y más profunda.

Pennington y Hastie (1990) confirman que la tendencia de los miembros del jurado a confeccionar una historia
sobre el caso se reproduce en la deliberación cuando ésta se ajusta a un estilo orientado a la evidencia. Al inicio
de la deliberación los miembros del jurado ponen en común sus versiones de lo sucedido con el intento de
conseguir una única historia de grupo. Si se consigue ese consenso, se buscará un acuerdo en las definiciones
sobre los veredictos posibles (asesinato en primer grado, homicidio, inocencia, etc.) y se clasificará el caso en un
tipo de veredicto u otro.

Davis et al. (1988) indican que el momento en el que se realiza la votación no influye en el tipo de veredicto. Este
dato es consecuente con el hecho de que el estilo de deliberación no implica un veredicto determinado (Hastie et
aL, 1983), aunque sí parece que la deliberación orientada a las pruebas incorpora muchos de los elementos
socialmente deseables de la toma de decisión en grupo.

88
CAPÍTULO 6: ESTUDIO PSICOSOCIAL DE JUECES y ABOGADOS
6.1. LA SOCIALIZACIÓN DE LOS PROFESIONALES DEL DERECHO
La socialización judicial hace referencia al proceso de adaptación social y psicológico de los profesionales del
Derecho a su contexto de trabajo.

Los estudios parecen indicar que como consecuencia de ese proceso todos los aspectos, incluso los datos
psicológicos, son rechazados o asimilados a categorías y formas legales (Haney, 1984). Por su formación, los
profesionales del Derecho tienden a pensar en términos legales más que en términos abstractos como el
concepto de justicia o bien social (Cohn y Udof, 1979). El predominio de la jurisprudencia hace esperar que los
jueces se adhieran a los principios establecidos en sentencias previas, a menos que tengan suficientes razones
para no hacerla (Laufer y Walt, 1992), tendiéndose así a una inercia en la toma de decisión legal (Lloyd-Bostock,
1988).

Uno de los estudios clásicos sobre la socialización judicial es el de Alpert (1981). Define 5 etapas en ese proceso.
La primera se produce antes de entrar en la carrera judicial, y las cuatro restantes en el desarrollo de la misma:

1. En la fase de socialización profesional se recibe un entrenamiento legal en Derecho, avanzando


algunos aspectos de la práctica legal, aunque no se suele proporcionar una perspectiva real del
desarrollo de la profesión.

2. Durante el primer año se desarrolla la fase de iniciación, caracterizada por ajustarse a la definición
del rol. Puede producirse en esta etapa un conflicto, al intentar ajustar las propias características
individuales a las demandas del rol.

3. Del cuarto al quinto año, durante la etapa de resolución, los roles ya están definidos, aunque pueden
aflorar los problemas de aislamiento y presiones externas.

4. En la fase de establecimiento, del quinto al noveno año de desempeño del cargo, los jueces se
ajustan a aspectos de la vida judicial como el aislamiento social y político. Es en esta etapa cuando
puede experimentarse una crisis en la carrera, llegando algunos a abandonarla.

5. La etapa final de compromiso se caracteriza por un predominio de la satisfacción con los factores
implicados en la vida judicial.

Alpert, retomando la distinción de Carp y Wheeler (1972), diferencia tres áreas de aprendizaje judicial: legat
administrativa y personal. Se interesa por saber de quién y cómo se aprenden esos aspectos. Encuentra que este
aprendizaje es informal basándose en la experiencia pasada y jugando un papel importante los compañeros de
profesión y el personal del juzgado.

Los datos, en nuestro país, a partir de encuestas del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) dirigidas por el
profesor Toharia (1993), revelan un rejuvenecimiento de la judicatura. El 73 por ciento opina que los jueces no
llegan preparados a su primer destino, teniendo que enfrentarse a casos cada vez más complejos. Dada la
preocupación por la formación, el CGPJ ha puesto en marcha un amplio plan de formación y reciclaje, plan que
ha tenido una gran acogida (la mitad de ellos han acudido a algún cursillo de formación). Además de estar mal
preparados y enfrentarse cada vez a asuntos más complejos, todos manifiestan trabajar en condiciones difíciles,
con escasez de medios.

6.2. LA TOMA DE DECISIÓN JUDICIAL


Las decisiones judiciales se caracterizan por su complejidad, dado el alto número de factores implicados, y su
gran repercusión social. Ambas características han hecho de la decisión judicial un área de interés psicosocial.

Resulta difícil integrar los datos que provienen de los distintos estudios. La mayoría presentan graves problemas
metodológicos (Martin, 1988). Existen diferencias en la forma de medir la variable dependiente, clasificando las
sentencias en función de su gravedad (años en prisión o cuantía de la multa) o de su tipo (pena privativa de
libertad, libertad bajo prueba, etc). Algunos estudios son correlacionales a partir de observación, consulta de
archivos legales o entrevistas con jueces; otros son estudios experimentales simulando casos en el laboratorio.

89
Por otro lado, cuando la muestra es de jueces, la sinceridad se ve amenazada por las respuestas defensivas y la
influencia de la deseabilidad social. Los problemas de falta de adecuación se producen cuando la muestra la
componen estudiantes (generalmente de Derecho o de Psicología).

Teniendo en cuenta las limitaciones anteriores, se revisan a continuación algunos estudios psicosociales sobre la
libertad bajo fianza y la sentencia judicial centrados fundamentalmente en el ámbito penal.

6.2.1. LIBERTAD PROVISIONAL BAJO FIANZA


El sistema de fianza permite que el acusado pueda quedar en libertad hasta que se celebre el juicio, favoreciendo
que comparezca en éste con el fin de no perder una cantidad de dinero dejada en depósito. Aunque la mayoría
están de acuerdo con la filosofía de que la pena privativa de libertad no debe ser aplicada a una persona que
presuntamente es inocente, no todos defienden el sistema de fianza, dadas las dificultades que implica (Saks y
Hastie, 1978):

- En muchas ocasiones se carece de la capacidad de diferenciar entre un acusado de alto riesgo y el


que no lo es.

- Es un sistema del que se beneficia un sector reducido, ya que hay muchos que no pueden afrontarlo
y para otros la fianza no va a garantizar su comparecencia en el juicio.

- Se puede, en la práctica, llegar a un sistema injusto en el que la pena privativa de libertad se aplica a
un presunto inocente por el hecho de no poseer los recursos suficientes.

Goldkamp (1987) resalta que de los cuatro tipos de informaciones que normalmente se tienen en cuenta en la
concesión de la libertad provisional -delito, antecedentes, condiciones sociofamiliares y características persona-
les- los tres que más valora el juez son el delito (incluida la probabilidad de condena), los antecedentes y los
recursos económicos. El factor de peligrosidad, el más relacionado con la meta de la protección ciudadana, es el
menos utilizado.

Uno de los modelos más citados, centrado en analizar cómo se determina la cuantía de la fianza, es el de
Ebbesen y Konecni (1975). En un primer estudio presentan casos simulados a dieciocho jueces, variando los
antecedentes y lazos con la comunidad del acusado y las recomendaciones del fiscal y la defensa. En el
segundo, analizan la decisión de cinco de los jueces de la muestra anterior en casos reales en los que se tiene
en cuenta, además de la información anterior, la severidad del delito. En el estudio con casos simulados, los
factores a los que el juez da más importancia son, por este orden, los lazos con la comunidad, las
recomendaciones del fiscal y la presencia de antecedentes. En los casos reales el factor más influyente son las
recomendaciones del fiscal. En éstas se tiene en cuenta los lazos con la comunidad, los antecedentes y la
severidad del delito, por tanto esos factores influyen indirectamente en la decisión.

Los autores explican la discrepancia en los datos por la deseabilidad social que influye en los jueces cuando
colaboran en el primer estudio, lo que les lleva a ajustarse a lo que debería ser una toma de decisión ideal,
sopesando los factores implicados. En el estudio con casos reales, los jueces no son conscientes del escrutinio
por parte de los psicólogos, de modo que muestran sus hábitos rutinarios: aceptar el informe de la acusación.
Saks y Hastie (1978) rechazan esta explicación. A su juicio el problema es que en los casos reales la información
que se le aporta al juez es escasa. En ese sentido, el abogado defensor debe resaltar la información relativa a los
lazos con la comunidad y los antecedentes cuando favorecen a su cliente.

6.2.2. SENTENCIA
Gran parte de los estudios se basan en introspecciones de los jueces, tendiendo éstos a describir un proceso de
establecimiento de la sentencia conscientemente razonado y elaborado en detalle. Los datos coinciden en que en
este proceso el juez toma como referencia un marco general que establece los máximos y mínimos y, teniendo
en cuenta dichos límites, realiza una interpretación individualizada de la ley, defendiendo y motivando su propia
discreción a la hora de dictar sentencia (Hogarth, 1971; Thomas, 1979; Lawrence, 1984).

En el contexto de la interpretación individualizada de la leyes donde cabe diferenciar las distintas metas de la
sentencia. Diamond y Herold (1981) diferencian las sentencias retributivas, cuyo fin es cumplir el principio de que
la sociedad castige al delincuente, y las sentencias utilitarias, que tienen como fin la reducción del delito. Esta

90
reducción puede lograrse interpretando la sentencia como un medio para rehabilitar al delincuente, como una
disuasión general y / o específica, o como mera incapacitación para delinquir.

Las distintas metas de sentencia se relacionan con la justicia distributiva (Stephenson 1992). En ese sentido, los
tres tradicionales procedimientos de distribución de los resultados se reproducen en el sistema penal. La igualdad
(los delincuentes que cometen los mismos delitos deben ser tratados de igual modo), la contribución (la
responsabilidad a la hora de cometer el delito) y las necesidades (tener en cuenta si la pena se ajusta a las
necesidades de reforma del delincuente). El problema es qué filosofía penal debe primar sobre otras, en especial
si tenemos en cuenta que algunas metas de la justicia distributiva son inconsistentes entre sí.

Tradicionalmente el análisis de las sentencias judiciales puede realizarse desde el paradigma de la


discrecionalidad o desde el paradigma de la disparidad (McCall, 1982).

6.2.3. DISCRECIONALIDAD
El paradigma de la discrecionalidad supone analizar la sentencia como una aplicación individualizada de la ley.
Es decir, hasta qué punto las sentencias varían con las características del caso. El análisis se centra en cómo un
agente del sistema de justicia varía a lo largo de sus decisiones. En este caso las variables de rol y de
personalidad permanecen constantes y se considera que los factores situacionales llevan a que el mismo juez
tome decisiones distintas a lo largo del tiempo. McFatter (1986) confirmó esa falta de consistencia presentando a
un conjunto de jueces el mismo delito con unos meses de diferencia. La inconsistencia en la toma de decisión
obedecería a cambios de humor, características azarosas a la hora de percibir el caso, estímulos irrelevantes,
etc.

Desde este paradigma, se ha analizado la influencia de la situación inicial delictiva (delito, delincuente, víctima) y
de la situación inmediata a la toma de decisión (presiones temporales, recomendaciones de los abogados, etc).

Variables de la situación delictiva. Los delitos de tipo sexual (Walsh, 1984) reciben sentencias más severas en
comparación con delitos equiparables pero no de carácter sexual. Además, se produce una valoración de las
consecuencias del delito, de modo que a medida que éstas son más graves la sentencia es más severa (Horai y
Bartek, 1978).

El atractivo físico del acusado parece generar sentencias más benevolentes (Stewart, 1985) y a medida que su
aspecto físico se aproxima al estereotipo del delincuente aumenta la tendencia a la culpabilidad (Macrae y
Shepherd, 1989). Spohn (1990) encuentra que los jueces, independientemente de su raza, tienden a dar
sentencias más severas cuando el acusado es de raza negra.

Los antecedentes determinan sentencias más severas (Hagan, 1974). Cuanto menor es el tiempo transcurrido
entre el delito actual y el anterior, mayor es la severidad de la sentencia (Hogarth 1971; Hood, 1972).

Variables de la situación inmediata. Las presiones políticas y sociales a las que se ven sometidos los jueces
pueden influir en su toma de decisión. Las particularidades del ingreso en la carrera judicial en los Estados
Unidos llevan a que la actividad se vea sometida a una serie de presiones (políticas, la necesidad de que
representen los intereses de determinados grupos sociales, etc.) que están ausentes en otros sistemas. En
ocasiones el juez es nombrado por el gobernador, otras veces por un sistema de votación (ya sea desvinculado
de un partido político o identificado con él) y en otras evaluando sus méritos, entre los que puede encontrarse
haber desempeñado anteriormente el cargo de fiscal.

En cualquier caso, las decisiones judiciales pueden estar sometidas a la presión social de la comunidad, de sus
compañeros de profesión, de abogados y fiscales, etc. En relación a esto, Ebbesen y Konecni (1981) resaltan la
influencia de las recomendaciones de los abogados. En éstas se tienen en cuenta variables de la situación
delictiva, pero el estudio revela que son esas recomendaciones las causantes de la sentencia, dando una papel
pasivo al juez, visión que ha sido muy criticada (Lovegrove, 1986).

Por otro lado, las presiones temporales debidas a la cantidad de trabajo acumulado puede llevar, en ocasiones, a
que se prime la agilidad más que la adecuación del procedimiento empleado.

91
6.2.4. DISPARIDAD DE SENTENCIAS
Este paradigma se centra en la diferencia entre los agentes en lo que se refiere a su rol y variables de
personalidad, siendo los elementos situacionales constantes, aunque en gran parte de las ocasiones se asume
esa constancia, ya que difícilmente se cumple la condición de comparar delitos iguales. En definitiva se analiza
hasta qué punto la sentencia depende más de quién escucha el caso que de los hechos del mismo.

No hay muchos estudios que aborden esta perspectiva debido a la reticencia de los jueces a someterse al
escrutinio de los psicólogos. Hagan (1974) y Lovegrove (1986), al revisar los estudios sobre las variables extra
legales que afectan a la decisión judicial, consideran que ninguno de ellos es concluyente. El único factor que
parece explicar la disparidad es la distinta filosofía penal o meta que el juez quiere alcanzar con la sentencia.

A partir de los cuestionarios y entrevistas realizadas a 71 magistrados, Hogarth (1971) concluye que la
percepción que tienen los jueces sobre los hechos del caso es un predictor de la sentencia más importante que
los hechos en sí mismos. El juez se enfrenta a la sentencia con una mentalidad previa, siendo ésta la que les
lleva a estar más orientados a un tipo u otro de sentencias. Los magistrados que defienden sentencias que
implican pena privativa de libertad suelen dar poca importancia a la rehabilitación, primando la meta de
retribución y disuasión. Los que defienden la libertad bajo prueba se centran en la no peligrosidad del delincuente
y dan importancia al concepto de reinserción. En delitos menores los magistrados guiados por una meta de
rehabilitación eran los que dictaban sentencias más severas. En delitos más serios, las sentencias más severas
correspondían a los magistrados que primaban la disuasión y la retribución.

McFatter (1978) obtiene que la rehabilitación produce sentencias moderadamente severas en delitos menores,
siendo en este caso la meta de retribución la que produce las sentencias menos severas. Pero en este estudio
los sujetos son estudiantes y no eligen la meta a seguir, sino que son asignados al azar a cada grupo. La
disuasión produce más severidad para todos los delitos, aunque en este resultado puede haber influido las
características de la demanda, ya que la disuasión es definida como el intento de imponer una pena lo
«suficientemente severa» para que otros miembros de la comunidad no cometan actos delictivos.

Existe una relación entre la atribución de la conducta delictiva y la distinta filosofía penal. Los jueces cuya meta
principal es la retribución, dan más peso a toda aquella información que indique que la conducta delictiva es con-
trolable e interna, mientras que si la meta es la rehabilitación, el juez dará más peso a la información que indique
que la conducta es inestable y fuera del control del delincuente (Ewart y Pennington, 1987).

Palys y Divorski (1984), presentando casos simulados a un conjunto de 206 jueces, encuentran que éstos
resaltan como hechos más importantes del caso aquellos que son concordantes con el tipo de sentencia dictada.
Respecto a los objetivos legales observan un patrón similar. Las sentencias que implican pena privativa de
libertad resaltan el objetivo de la disuasión general y la protección de la sociedad. Las que no implican
encarcelamiento resaltan la meta de rehabilitación. El problema es que las distintas interpretaciones se refieren a
los mismos hechos y al mismo acusado.

Mc Fatter (1978) encuentra una relación entre la atribución de culpabilidad y la estrategia de sentencia. La
rehabilitación lleva en mayor medida a culpabilizar a la víctima. Argumenta que el énfasis en la rehabilitación
implica empatizar con el delincuente, disminuyendo así la probabilidad de culpabilizarle. La tendencia a
culpabilizar a la víctima más que a las circunstancias accidentales se explicaría por la atribución defensiva, de
modo que se evita considerar que las causas del delito son factores incontrolables.

Carroll y Payne (1977), con muestras de estudiantes y oficiales de libertad bajo prueba, concluyen que el castigo
es mayor cuando el delito se considera causado por el delincuente, mientras que el riesgo de reincidencia
aumenta cuando se considera que la causa del mismo es estable. Carroll et al. (1987), con muestras similares al
estudio anterior, establecen una relación entre creencias, atribución y meta. Una filosofía normativa lleva a
considerar el delito consecuencia de las características del delincuente y a primar la meta de la retribución. Una
filosofía humanística lleva a atribuir el delito a condiciones sociales y a dar importancia a la rehabilitación. De
todos modos, en ambos estudios la muestra es difícilmente equiparable a los que realmente dictan la sentencia.

92
Por último, tanto el error general de atribución (causas de la conducta internas más que situacionales) y el sesgo
del falso consenso (considerar que la mayoría de los jueces coincidirían con él) también se confirma en el caso
de los jueces (Fitzmaurice y Pease, 1986).

6.3. LA CONDUCTA DE LOS ABOGADOS


Existe una opinión, defendida entre otros por Saks y Hastie (1978), de que los abogados son psicólogos sociales
aplicados. Manipulan variables claves en la influencia social, controlan información, atribuciones y se implican en
procesos de negociación. Pero a pesar de esa analogía, los abogados se basan en la intuición y la experiencia
para desarrollar estrategias efectivas y no en un conocimiento científico.

6.3.1. NEGOCIACIÓN, UNA ALTERNATIVA AL JUICIO


A pesar del interés de los psicólogos sociales por el estudio de factores implicados en el juicio, una gran parte de
los casos se resuelve mediante un sistema de negociación. En los casos penales en los Estados Unidos existe la
posibilidad de la llamada «negociación de culpabilidad». El abogado debe convencer a su cliente de que se
declare culpable. Con ello puede evitar un juicio por otro delito más severo, o bien reducir la severidad del castigo
que le correspondería si el caso llegase a juicio. Factores que influyen en la iniciación de este tipo de negociación
es el consentimiento de la víctima, el que el sospechoso no tenga antecedentes y la severidad de los cargos
(Pritchard, 1986).

El tradicional procedimiento de juicio puede dañar la relación entre las partes en litigio. En ese sentido, en gran
medida estos procedimientos son civiles ya que su filosofía se ajusta más al carácter privado del Derecho Civil.

Una de las consecuencias de esta forma de resolución de los conflictos es agilizar la administración de justicia.
Pero este sistema tiene también sus detractores.

Se tiende a reconocer que los abogados ejercen presiones a sus clientes y que estos procedimientos constituyen
una justicia de segunda clase. Los que lo defienden consideran que una de sus ventajas es el mayor
protagonismo de los litigantes, incrementándose la satisfacción y la percepción de que los procedimientos son
justos (Lind y Tyler, 1988).

En este sistema los abogados ya no están en el marco del todo o nada. Suelen adoptar un papel cooperativo,
buscando así que las consecuencias de la negociación sean positivas para ambas partes (Dillehay, 1989). Tal y
como señalan Saks y Hastie (1978), generalmente los abogados no entran en conflicto entre sí, sino que éste se
traslada al cliente y el abogado. El abogado de la defensa debe convencer a su cliente de que aceptando el
proceso de negociación va a obtener resultados más favorables que si el caso va a juicio. Por tanto, además de
habilidades negociadoras, el abogado debe desarrollar sus capacidades de persuasión para convencer a su
cliente.

Los abogados defensores y los fiscales consideran al juez como la persona que tiene más influencia en el
proceso de negociación, siendo percibido el abogado de la defensa como el menos influyente (Rhodes y Conly,
1981).

En los casos penales, los fiscales tienen una mayor tendencia a resolver el caso por negociación (McAllister y
Bregman, 1986). Para el fiscal aceptar este procedimiento le permite, con menos riesgo y esfuerzo, incrementar
el número de casos que terminan en condena. Obtendría además la ventaja de evitar al Estado los costos de un
juicio y agilizar el sistema. Este mayor sesgo hacia la negociación por parte del fiscal hace que su conducta no se
ajuste a un modelo racional de maximización de los resultados, ya que tiende a aceptar la negociación en
ocasiones en las que si el caso fuese a juicio la sentencia sería más severa. Son precisamente esas
circunstancias las que hacen que los abogados defensores acepten la negociación. No siendo así, la defensa
prefiere ir a juicio.

6.3.2. PREPARACIÓN DEL JUICIO


Selección del jurado

En el marco del sistema de adversarios, cobra especial importancia la selección de los miembros que van a
constituir el jurado. En el examen «voir-dire» se pretende seleccionar a jurados imparciales o sin prejuicios

93
respecto al caso. Además es necesario comprobar que los potenciales jurados podrán desarrollar su rol
atendiendo a los principios fundamentales de los que depende el sistema legal. Estos principios implican que el
que debe demostrar la culpabilidad es el fiscal y que si no lo hace más allá de duda razonable deben considerar
al acusado inocente.

En los Estados Unidos existe la posibilidad de que este proceso de selección sea llevado a cabo sólo por el juez,
aunque suele ser conveniente la participación de los abogados. Por un lado, conocen más factores sobre el caso.
Por el otro, pueden evitar la deseabilidad social que influye en los ciudadanos a la hora de contestar a una figura
de autoridad como es el juez (Dillehay, 1989). Pero también pueden existir desventajas, dado que el
protagonismo en el proceso de «voirdire» es utilizado por los abogados como la primera oportunidad de
establecer una relación positiva con el jurado y desarrollar una estrategia de adoctrinamiento (Blunk y Sales,
1976), existiendo dudas sobre su efectividad para asegurar un jurado justo e imparcial (Dexter et aL, 1992).

Los abogados deben procurar que los potenciales jurados sean sinceros. Una forma de propiciarlo es indicarles
que precisamente 10 que se busca en el proceso de selección son ciudadanos capaces de expresar de forma
libre y sin cera sus creencias. Además suele ser conveniente que las preguntas se hagan a cada sujeto
específica e individualmente. En un examen conjunto es menos probable que los sujetos sean francos respecto a
sus actitudes y creencias con relación al caso (Dillehay y Nietzel, 1986).

Los abogados tienen la capacidad de excluir a un miembro por su falta de imparcialidad mediante las
recusaciones con causa. En ese sentido, se han preocupado por variables que pueden afectar a la opinión de los
miembros del jurado, aunque han prestado menos atención a variables que influyen en la fase de deliberación
como la capacidad de liderar la reunión, de conformarse, etc. (Dillehay y Nietzel, 1986).

Las recusaciones sin causa, aunque son limitadas, son las que dan una cierta ambigüedad al proceso de
selección (Pemod et al. 1984). En éstas los abogados no tienen que justificar la exclusión y suelen, en gran
medida, basarse en intuiciones personales, sin base científica. Por ejemplo se tiende a rechazar a aquellos
miembros del jurado que puedan hacerle sentir incómodo a él o a su cliente durante la vista.

Testimonios

Los abogados deben preparar las pruebas y evidencias que presentarán en el juicio, atendiendo especialmente a
uno de los factores que tiene más peso en esa fase: los testigos.

Los abogados suelen seguir unas pautas a la hora de preparar la declaración de sus testigos (Dillehay y Nietzel,
1986):

1. Ensayar el interrogatorio. Por un lado, la repetición de la misma historia aumenta la confianza en la


exactitud de la misma. Por otro, existe una tendencia a ser consistente con testimonios dados en
público. Todo ello puede incrementar la apariencia de seguridad en la sala de justicia. Aunque la
relación real entre seguridad y exactitud del testimonio es pequeña (Williams et al. 1992), tanto los
jueces como los jurados consideran que son factores altamente relacionados. En el caso de
interrogar a la víctima, el abogado acusador intuitivamente procura presentar de forma clara las
consecuencias negativas que ha tenido en ella el delito. Pero la tendencia a la atribución defensiva
ha puesto de manifiesto que cuanto más evidente es la victimización, más probabilidad hay de que la
víctima genere menos simpatía y una menor credibilidad (Coates et al. 1979).

2. Preparar al testigo para la situación emocional a la que se va a enfrentar, familiarizándo1e con los
aspectos implicados en la sala de justicia. Claves asociadas a la ausencia de credibilidad (poco
contacto ocular, pausas, tono de voz excesivamente alto, etc.) son también indicadores de
nerviosismo. Por tanto, los jurados podrían asumir poca credibilidad cuando en realidad se trata de
una ansiedad situacional por declarar en la vista. De todos modos, aunque las personas puedan
estar atentas a estas claves no verbales, hay poca capacidad de detectar la mentira a partir de ellas
y especialmente cuando se trata de personas a las que no se conoce (Ekman, 1991).

3. La declaración de los testigos no debe dar la impresión de estar excesivamente preparada. En


relación a esto, no es conveniente alterar en exceso la apariencia ni las tendencias de conducta del
testigo. Por ejemplo, no se debe modificar su forma de hablar. Cuando se consideraba que el estilo

94
es «hipercorrecto» gramatica1mente -es decir, utilizar un lenguaje más formal que el que una
persona está habituada a usar-los testigos son percibidos como menos competentes y creíbles
(O'Barr, 1982). Por otro lado, hay que tener en cuenta que un recuerdo enormemente preciso
disminuye la credibilidad (Wells y Lindsay, 1983).

4. Aconsejar al testigo que cuando sea interrogado por la parte contraria de respuestas breves y
fragmentadas. Aunque hay variables que modulan su impacto, existe la tendencia a considerar las
respuestas narrativas como más persuasivas.

Además de preparar los propios testimonios, los abogados emplean tiempo en desacreditar los testimonios de la
parte contraria, especialmente intentando mostrar que prestan declaración por motivos interesados, alegando fa-
llos en la percepción, la imposibilidad de observar detalles, etc. Dada la importancia de un testigo ocular -tanto
para el juez como para el jurado- el abogado podría asesorarse por expertos en percepción y memoria para
poner en tela de juicio la exactitud del testimonio contrario. Por ejemplo, la influencia del estés y la ansiedad que
normalmente acompaña al testigo ocular, en especial si es la víctima (Loftus, 1979).

6.3.3. INFLUENCIA EN EL JURADO


La conducta del abogado durante el juicio está encaminada a persuadir a los que toman la decisión -juez o
jurado- que cuentan inicialmente con poca información sobre el caso. Esto último es más cierto en el caso del
jurado, ya que el juez tiene acceso al sumario. Por otro lado, si tenemos en cuenta la menor importancia de la
vista oral en el sistema inquisitorial podemos concluir que la influencia de la conducta del abogado durante la
vista es más relevante en los sistemas de adversario.

La labor del abogado en la sala de justicia está centrada en generar actitudes en el jurado, evitando otras fuentes
de influencia social dado que a los sujetos se les pide que no hablen del caso ni con otras personas ni con otros
miembros del jurado. Los abogados deben desarrollar sus capacidades persuasivas en tres fases del juicio:
argumentos iniciales, presentación de las pruebas y testimonios (del que se ha hablado anteriormente) y
argumentos finales.

En los argumentos iniciales los abogados proporcionan a los jurados un marco general a partir del cual éstos
pueden integrar y comprender los elementos del caso y componer una historia sobre el mismo.

Pennington y Hastie (1992) encuentran que el 78 por ciento de los jurados simulados dan veredictos de
culpabilidad cuando es el fiscal el que presenta el caso en forma de historia y sólo 10 hace un 31 por ciento
cuando es el abogado defensor el que sigue ese orden.

Los argumentos iniciales predisponen a los jurados al comienzo del juicio, sirviendo de esquema interpretativo.
En ese sentido, Pyszczynsky y Wrightsman (1981) aconsejan a los abogados que preparen argumentos iniciales
extensos, en los que avancen qué tipo de evidencia van a presentar y cómo debe ser interpretada. No se deben
dar opiniones ni afirmar más de 10 que se vaya a presentar como prueba, siendo conveniente que elaboren un
discurso estructurado, con pocos temas centrales y que se valgan de la repetición para que al jurado le queden
claros los hechos del caso. Otra estrategia es anticipar los argumentos de la parte contraria intentando refutados,
disminuyendo así la efectividad de posteriores intentos de persuasión.

Los argumentos finales ofrecen a los abogados la mayor oportunidad para utilizar técnicas de persuasión. En
esta fase del juicio pueden favorecer que se hagan atribuciones sobre el delito que favorezcan a su cliente. Por
ejemplo, los abogados defensores pueden potenciar la empatía de los miembros del jurado con el acusado y
disminuir así la tendencia a cometer el error típico de atribución (Saks y Hastie, 1978). Además deben organizar
toda la evidencia del juicio de la forma más clara posible, teniendo en cuenta que se suele presentar de forma
confusa, en formato pregunta-respuesta, con testigos que intervienen en momentos distintos, etc.

Aplicando el modelo de comunicación persuasiva, Blunk y Sales (1976) recomiendan a los abogados que en su
interacción con el jurado se muestren como expertos y competentes, aunque sin perder los potenciales beneficios
de que sean percibidos como semejantes a ellos mismos.

Respecto a las características del mensaje, uno de los aspectos más aplicados a la vista oral es el orden de
presentación de los argumentos. Las reglas procesales determinan que la defensa siga a la parte acusadora.

95
Aunque no hay una conclusión definitiva, algunos estudios parecen indicar la existencia de un efecto de recencia
(Davis, 1984). Este efecto podría estar provocado por las instrucciones del juez, ya que recalcan al jurado que no
debe tomar una decisión hasta que toda la evidencia haya sido presentada.

Además del orden de presentación por parte de la acusación y la defensa, existe una influencia del orden interno
seguido por cada una de ellas (Walker et al. 1972). Una presentación de los testimonios en orden climático
favorece siempre a la parte acusadora y sólo a la defensa cuando ésta interviene en último lugar. Una posible
explicación a que los jurados sean más sensibles al orden interno de la parte acusadora es que éstos tienden a
sopesar en mayor medida la evidencia incriminatoria.

A pesar de la existencia de estos estudios, en el contexto de la sala de justicia el marco de la comunicación


persuasiva (quien dice qué a quien y con qué efectos) no es sencillo de aplicar (Dillehay y Nietzet 1986).
Especialmente la fase de presentación de la evidencia es desestructurada, interrumpida varias veces, con
ausencias de información y trasmitiéndose un mismo mensaje por distintas fuentes. No se puede establecer con
la misma claridad que en los experimentos los efectos de recencia o primacía, etc.

El modelo de comunicación persuasiva ha resaltado en exceso la capacidad de influencia de los abogados en


función de determinados factores extralegales. En ese sentido, sería conveniente señalar -siguiendo a Petty y
Cacioppo (1986)- que los miembros del jurado con motivación y capacidad para comprender y procesar la
información atenderán a los argumentos más sólidos y su actitud será consistente y difícil de cambiar. Si no es
así, atenderán a claves periféricas generándose una actitud superficial sobre el caso y que difícilmente resistirá a
argumentos contrarios que se expongan en la deliberación. Esto volvería a resaltar la importancia de la fase de
selección de los miembros del jurado.

96
CAPÍTULO 7: LA TOMA DE DECISIONES EN LAS DIFERENTES
INSTITUCIONES JURÍDICAS
Dentro del universo de lo jurídico, al igual que en cualquier otro, continuamente se están tomando decisiones.
Algunas de ellas son de tipo individual (por ejemplo, todas aquellas que se refieren a los jueces), mientras que
otras son colectivas (entre ellas, por ejemplo, las de los Equipos de Observación y Tratamiento (EOT) y las de las
Juntas de Tratamiento de las prisiones). Precisamente este trabajo versa sobre la relación entre ambas; y en
concreto, sobre los ejemplos que acabamos de nombrar: las decisiones individuales elegidas han sido las de los
jueces, y en concreto las de los de vigilancia penitenciaria; y las decisiones colectivas han sido las de los EOT de
las prisiones, ya que los datos trabajados por nosotros son previos a la aparición de las actuales Juntas de
Tratamiento.

Como bien apunta Munné (1994), toda decisión judicial construye realidad. De esta forma, la toma de decisiones,
en el ámbito jurídico, se trata de un proceso en el que intervienen tanto elementos jurídicos como extrajurídicos,
englobando esta toma de decisión un factor psicológico y otro social. Pero, desde el punto de vista de la toma de
decisiones jurídicas, y refiriéndonos al factor psicológico que afecta a toda decisión, cabe señalar que la relación
entre la Psicología y el Derecho está plagada de recelos e incomprensiones. Todo esto ha de influir, a la hora de
la verdad, sobre una serie de personas que son objeto de esa decisión, sin que ellos puedan hacer nada en su
beneficio.

Nos encontramos entonces con dos colectivos (el juez, que ha de tomar una decisión a nivel individual, y los
EOT, cuya decisión es global), que tienen que evaluar y opinar y decidir sobre un mismo tema: el otorgamiento o
no de los permisos penitenciarios de salida a los internos que están clasificados en segundo grado. Pero antes
de referirnos específicamente a tal cuestión, reflexionemos brevemente sobre el asunto, al hilo de algunas
preguntas que cualquier lector se podría hacer

¿Se puede comparar la decisión de ambos colectivos? La respuesta es sencilla; poder, se puede; pero dichas
decisiones:

a . Se basan en procesos psicológicos y psicosociales muy diferentes así, las decisiones de carácter
individual están sujetas a la intervención de variables como la información previa, la presión de
agentes externos, la persuasión de los que intervienen, variables de personalidad de los que toman
la decisión, la experiencia previa con casos similares, antecedentes políticos o sociales, etc. (de
Paúl, 1994b; Sobral y Prieto, 1994; Stecher, 1977). Además, es sabido que, ante la misma evidencia,
unos sujetos se decantan por una decisión y otros justamente por la contraria (Kaplan y Kupra,
1986), En el caso de la toma de decisión grupal, nos encontramos con que el grupo hace que todo lo
anterior «sucumba» en gran medida ante la aparición de un nuevo agente el grupo en cuanto que
«todo» indisoluble. El grupo posee sus propias reglas, y explica las decisiones según sus propios
procesos elliderazgo, la polarización, etc., intervienen para producir, al igual que en el caso anterior,
una decisión. Dentro del mundo jurídico, el grupo en cuanto que ente que toma decisiones sólo se ha
estudiado desde la perspectiva del jurado (Arce, 1989; Arce y Fariña, 1994; Arce, Fariña y Sobra!,
1992; Arce, Sobral y Fariña, 1990; Hastie, Penrod y Pennington, 1986; Martín, 1994; de Paúl, 1994a),
concentrándose la mayoría de los trabajos, dentro del contexto de toma de decisión, en dos temas
según McGrath y Kravitz (1982): el rendimiento del jurado y los cambios de elección. Janis (1982),
dentro de esta línea, hace referencia al pensamiento de grupo No obstante, aunque el proceso de
deliberación es básicamente el mismo en todo grupo, el objetivo en nuestro caso es la concesión de
un permiso penitenciario, a diferencia de los jurados, cuya meta es decidir la culpabilidad o inocencia
del sujeto.

b . En consecuencia, dichas decisiones no tienen por qué coincidir, tal y como muestran los
estudios clásicos de Kalven y Zeisel (1966), y más recientemente Baldwin y McConville (1979),
aunque refiriéndose dichos trabajos a la disparidad de decisiones de los jueces (como individuos),
frente al jurado (como grupo). Es más, por mera lógica, seránormal que diverjan La discrepancia no
quiere indicar ningún mal en la toma de decisión; simplemente pone de manifiesto la disparidad del

97
camino seguido. Si ni siquiera coinciden jueces entre sí, ¿cómo lo van a hacer los equipos entre
ellos, o unos colectivos frente a otros?

c . Y, sin embargo, en el caso del mundo jurídico nos encontramos con una peculiaridad la falta de
consistencia puede suponer que la Justicia, ese valor que debe buscar la institución jurídica, no es
justa; no se actúa igual ante todos. Es por esta razón por lo que en el mundo jurídico la discrepancia
es importante: porque a veces las decisiones son colectivas, y a veces son individuales; sólo el
examen de las divergencias puede aportar luz para evitar discriminaciones jurídicas (Clemente y
Díaz, 1994).

7.1. LA IMPORTANCIA DE LAS DECISIONES JURÍDICAS


Rafi Escobedo murió ahorcado en su celda de la cárcel de El Dueso, en Cantabria. Todo indicaba que se había
suicidado. Incluso sus múltiples advertencias a la sociedad, en forma de cartas a periodistas, confirmaban lo que
sabemos de los suicidas desde las Ciencias Sociales; que suelen avisar varias veces antes de tomar la llamada
decisión fatal. La última de las advertencias la realizó apenas pocas horas antes de acabar con su vida,
precisamente a un famoso periodista, Jesús Quintero; desgraciadamente ese documento televisivo nos llegó
tarde, cuando ya Rafi estaba muerto. Pero lo que en él relata Rafi, con mirada profunda y triste, con una
expresión del rostro que reflejaba todo el dolor psicológico del mundo, es para conmover a cualquiera. Rafi, tras
casi siete años y medio de prisión ininterrumpida sin pisar la calle, tras habérsele negado lo que a la mayoría de
los internos similares a él se les concedía (como es el acceso a los permisos penitenciarios de salida), y tras no
comprender el porqué de dicha continua negativa, expresa que ya no puede seguir vivienda; que ya hasta le da
lo mismo salir de la prisión; que ya sólo le queda morir.

Muchos podrían pensar que Rafi se mató porque era demasiado débil. No fue capaz de aguantar la prisión tantos
años seguidos. Y seguramente es verdad; tan verdad como que, de ser asÍ, a Rafi le mató la cárcel. ¿La cárcel?;
lógicamente, los responsables de mantenerlo en la cárcel; aquellos que, a pesar de recibir informes acerca de su
estado, a pesar de ser informados sobre lo grave de mantenerlo en prisión, hicieron caso omiso a todo Y a todos,
convirtiendo a Rafi en un interno más, deshumanizándolo, concibiendo los permisos como meros «privilegios»
que concede la institución (Clemente, 1994).

Los psicólogos sabemos que la estrategia de culpabilizar a la víctima (Clemente, 1992, 1993), en este caso a
Rafi, no es buena. Que normalmente la conducta de las personas está determinada por el ambiente en el que se
mueven. Y que dentro de ese ambiente, las normas imponen comportamientos, sentimientos, creencias, y
pueden modificar seriamente la salud de los individuos. Rafi es un caso extremo de «problema de salud»
provocado por la institución. Su depresión le llevó a la muerte Y es que la realidad, en cuanto que estamos
hablando del mundo de la justicia, no es lo mismo que la realidad del hombre de la calle: reflexionemos por un
momento sobre tal cuestión.

7.1.1. EL CONCEPTO DE REALIDAD DESDE LA PSICOLOGÍA JURÍDICA


Clemente (1994) expresa que la realidad sólo existe bajo dos conceptos:

«Bien porque existe un consenso amplio sobre la existencia de un fenómeno, o bien porque la ley
determina como tal dicha existencia. Analicemos aunque sea brevemente ambos aspectos.

a) Consenso sobre /a existencia de los fenómenos. Parece claro que algunas cuestiones no son
debatibles en nuestras sociedades, sino que prácticamente todos pensamos que son
«buenas» o «malas», deben existir o no, etc. Este sería el caso, por ejemplo, de las
violaciones, de los asesinatos, y de tantas y tantas cuestiones planteadas como delitos, en
los que las ideas de las personas de la sociedad y los códigos penales y civiles corren a la
par

b) Existencia a partir de la ley. Antiguamente, los seres humanos nacían en el momento del
alumbramiento. Sin embargo, en nuestra sociedad, no es así. Un ser vivo pero que no haya
sido inscrito en el Registro Civil dependiente del Ministerio de Justicia, no existe. Podemos
verle, palparle y hablarle; pero no existe. Lo mismo que no existen los muertos si no consta

98
en el citado Registro que un sujeto ha dejado de vivir. La realidad debe ser entendida en
cuanto que la ley la reconoce, y toda la sociedad lo acepta así. Este concepto de realidad se
aproxima al que emana del interaccionismo simbólico y de una de sus figuras más
representativas, Mead, que afirmaba que algo es real si sus consecuencias son reales (no se
admite que alguien pueda vivir sin atenerse a la ley) .»

Lógicamente, los psicólogos jurídicos se ocupan de la segunda de las realidades. De una realidad artificial mente
creada. Pero que no por ser artificial deja de ser real. Es más; normalmente nuestras vidas están rodeadas de
situaciones artificiales que, sin embargo, marcan totalmente nuestros comportamientos. Así (véase de nuevo
Clemente, 1994):

«La Psicología Jurídica debe partir de esa segunda perspectiva de la realidad. Esa «realidad» por lo
tanto, ese «ambiente», ha sido creado por la organización jurídica Las prisiones, los centros
penitenciarios o los juzgados, son ambientes y realidades que a menudo no son ni siquiera imaginables
por las personas «de la calle» que componen la sociedad; pero son tan reales para sus usuarios y para
sus trabajadores que modifican profundamente sus vidas.»

La prisión modifica la vida de todos los que en ella se encuentran, sean trabajadores o internos. Primero, porque
es un espacio creado y diseñado para castigar; y segundo, porque se rige por una serie de normas, en este caso
por ieyes, que son diferentes de las existentes en otras organizaciones. Además, las leyes suelen ser más rígidas
que ias normas que existen en organizaciones que no sean jurídicas, por lo que influyen más sobre las personas,
e implican un acatamiento por parte de los ciudadanos. Estas características son más que suficientes para
modificar nuestras vidas.

Si bien es nuestra opinión, como acabamos de comentar, que las personas estamos tan sujetos a la ley que ésta
determina nuestras vidas, conozcamos las norma o no, no es menos cierto que las leyes evolucionan debido a
que la sociedad también cambia. Normalmente la sociedad, en su evolución, se encuentra «atada» y restringida
por la ley, que suele cambiar «a posteriori», incluso a veces «excesivamente a posteriori». AsÍ, hay conductas
que, si bien se encuentran penadas por la ley, para muchas personas de la sociedad (difícilmente para todas) no
son delitos; e incluso su penalización se puede considerar que atenta contra la libertad de las personas, no
protege para nada a la sociedad, está en contra de normas jurídicas superiores (como por ejemplo, en última
instancia, la Constitución), y no hace sino proteger (aún más) a determinados colectivos, a menudo minoritarios
pero poderosos. La insumisión, el aborto, la eutanasia, y tantos y tantos problemas actuales de nuestros días lo
son porque las leves los han definido así: es decir, no son reales en cuanto tales, sino que lo son porque existe
una norma al respecto que penaliza su comisión.

7.2. LOS PERMISOS PENITENCIARIOS DE SALIDAS


A menudo la Psicología Penitenciaria, ocupada y preocupada por el delito Y por el delincuente, ha olvidado que
para que ese macrosistema basado en una ideología que permite la existencia de prisiones, e incluso a veces las
considera imprescindibles, llegue a funcionar, ha sido preciso montar todo un sistema organizativo, una
maquinaria destinada a hacer cumplir las decisiones de los jueces en cuanto que éstas implican a veces el
internamiento del sujeto, e incluso, si es posible y por añadidura, a rehabilitar. Una organización que necesita de
espacios idóneos para conseguir sus fines (no es lo mismo un departamento de máxima seguridad o un centro de
integración social, por poner dos extremos como ejemplo; ambos espacios son arquitectónicamente distintos,
manifestándose así cómo la arquitectura y la conducta están íntimamente interrelacionadas, hasta hacer cierta la
expresión de Foucault, «un espacio para castigar»), de profesionales también idóneos en consecuencia (y por lo
tanto, donde se estima la importancia y la función de los técnicos -psicólogos, sociólogos, criminólogos, etc.-,
asignándoles un lugar en los organigramas, unas funciones específicas y, en definitiva, un poder concreto dentro
de una organización, donde el tratamiento convive con la seguridad, con los aspectos médicos, con la
administración, etc y de usuarios del sistema, también denominados por regla general «internos» (Clemente,
1984, 1986, 1994).

El sistema, en cuanto que organización, y como organización jurídica, funciona en gran medida por sí solo. Pero
es preciso destacar también que el timonel del barco, el encargado de hacer llegar a buen puerto la nave, el, por
qué no decirlo, máximo responsable de la nave, tiene un papel nada desdeñable. Y éste es un barco político. Una

99
vez que una persona, porque así lo ha decidido un representante de uno de los poderes fácticos (el poder
judicial), se convierte en visitante obligado de un centro penitenciario, es otro poder fáctico, el ejecutivo, el que se
encarga de que la ley se cumpla. Y las condiciones de cumplimiento pueden ser muy distintas; a veces porque,
desgraciadamente, no todos los visitantes obligados de nuestras prisiones son de igual rango y categoría, y más
desgraciadamente aún, la Administración o poder ejecutivo así lo reconoce, haciendo la vida más fácil,
concediendo más ventajas, disponiendo a los internos en grados de clasificación más ventajosos, otorgando más
grado de libertad, e incluso utilizando una vía total y absolutamente excepcional como es el indulto; otras veces,
afortunadamente las más, porque no todos los delitos son iguales, ni el comportamiento de los sujetos en prisión
es idéntico. Delincuencia y política (Clemente, 1989, 1992). Pero también política de sueldos, negociación con los
funcionarios, y delincuencia; porque, no lo olvidemos, en las prisiones trabajan personas cuyo patrón es el
Estado, la Administración; funcionarios y contratados que deben seguir las instrucciones de su patrón.

Como decíamos antes, del porqué del delito y de los delincuentes se ha escrito mucho. Del ambiente físico en el
que se desenvuelve la reclusión bastante menos (Clemente, 1984, 1986). Pero de la organización penitenciaria
como tal, y sobre todo, de los beneficios penitenciarios como son los permisos penitenciarios de salida,
prácticamente nada (véanse, en España, los trabajos de Clemente y Díaz, 1994).

Y el permiso de salida, en cuanto que enfocado desde dos organismos diferentes, aparte de entre otras muchas
variables, puede estar mediatizado por la existencia de un conflicto que en este caso adquiere dimensiones
políticas: la diferente visión de la realidad de dos colectivos que se centran en cuestiones diferentes: para los
jueces, teóricamente, debe primar el principio de «legalidad»; mientras que para los equipos, en cuanto que
influenciados por su «patrón», la Administración, debe primar el criterio de la «oportunidad». Bajando a cada juez
concreto ya cada equipo, los primeros se centrarán en la existencia de las condiciones legales que pueden
decidir el dar un permiso o no, mientras que los segundos, supuesto el cumplimiento de los preceptos legales, se
centrarán en io que por ley se denomina «buena conducta». Evidentemente el segundo de los criterios es mucho
más subjetivo, Y permite que hagan «mella» muchas cuestiones subjetivas: la alarma social que se puede pro-
ducir si un sujeto sale a la calle después de que hayan pasado pocos años desde que cometió un delito, por
ejemplo. En general, se trata de comparar el criterio puro y duro de la legalidad, con el cambiante y mutante del
clima de opinión de la calle, creado por los grupos de presión, entre ellos la Administración.

Pero antes de ahondar sobre tal cuestión, y para evitar equívocos, hagamos un repaso de las funciones
principales de ambos colectivos: de los jueces de vigilancia penitenciaria -JVP- y de los equipos.

7.2.1. EL JUEZ DE VIGILANCIA PENITENCIARIA


Seguiremos en este apartado fundamentalmente las ideas expuestas por Ríos (1994), quien expresa que

«El nacimiento de la figura del Juez de Vigilancia Penitenciaria responde fundamentalmente al principio
de legalidad y garantía en la ejecución de las penas. Esta es una fase del proceso penal de esencial
importancia para el cumplimiento de los propios fines que dan sentido al sistema punitivo. Pareciera
como si una vez dictada la sentencia justa, poco importara la observancia de las garantías y derechos
constitucionalmente reconocidos a todos los ciudadanos».

El cumplimiento de la pena debe estar organizado y establecido por la Administración, mientras que la
preservación de los derechos del internos mientras que se produce tal cumplimiento está en manos de los jueces.
Curiosa situación de conflicto de roles.

Esta práctica repercute sin duda en las garantías del penado. Si bien las penas son impuestas por los Tribunales,
el cumplimiento de éstas se cumple extramuros de la legalidad -en base a reglamentos, circulares u órdenes-; o,
como señala Manzanares Sama niego, aun existiendo preceptos legales reguladores de la ejecución, su
aplicación se encarga a las Autoridades administrativas, lo que quizá permita acuñar la expresión de «penas en
blanco», dotándose a la administración penitenciaria de contenidos jurisdiccionales. No es suficiente fijar un límite
temporal para el cumplimiento de la condena. Hay que dotar de contenido real a ese tiempo de estancia en
prisión. Ello trae consigo la observancia de las garantías jurisdiccionales respecto de las cuales todo ciudadano
es en principio acreedor.

Sigue añadiendo Ríos (1994) que:

100
«Las funciones del Juez de vigilancia penitenciaria hacen alusión a un doble contenido. Por un lado,
responde al intento de judicializar la fase de ejecución del proceso penal a fin de reforzar las garantías de
ejecución

Nos encontramos ante lo que se denominan funciones de ejecución «estricta». Por otro, esta figura
judicial se convierte en el garante del correcto funcionamiento de los centros penitenciarios respecto de
aquellas materias que afecten a los derechos de los internos. A esta función se la denomina por la
doctrina como de «vigilancia».

De manera general, las decisiones que debe tomar el JVP son de tres tipos, según se expresa a continuación:

a) La adopción de las decisiones necesarias para que los pronunciamientos de las resoluciones en orden
a las penas privativas de libertad se lleven a cabo, asumiendo las funciones que corresponderían a los
Jueces y Tribunales sentenciadores. Entre las funciones que corresponden a la garantía judicial en estas
materias y que afectan de modo directo al cumplimiento de la sentencia impuesta están:

 Resolver las propuestas de libertad condicional de los penados y acordar las revocaciones que
procedan.

 Aprobar las propuestas que formulen los establecimientos sobre beneficios penitenciarios que
pueden suponer un acortamiento de la condena.

 Resolver basándose en a los estudios de los equipos de Observación y tratamiento, Y en su caso de


la Central de observación, los recursos referentes a la clasificación inicial y a progresiones y regre-
siones de grado.

b) La otra clase de funciones aluden a la observancia del cumplimiento de los derechos fundamentales
dentro de la prisión. Respecto a esta cuestión, la Ley Orgánica General Penitenciaria ha dotado a este
Organo jurisdiccional de varias funciones. Entre ellas, hay que resaltar la salvaguardia de los derechos
de los internos y el corregir los abusos y desviaciones que en el cumplimiento de los preceptos del
régimen penitenciario puedan producirse. Se otorga al Juez, por tanto, el papel de garante efectivo de los
derechos fundamentales de los penados, cuya intervención supone la potenciación del momento jurisdic-
cional de la ejecución de las penas en control de la actuación administrativa sobre todo en la protección
de los derechos de los presos (STC 70/1983 de 30 de julio). Dentro de este mismo tipo de atribuciones,
el Juez de vigilancia es el encargado de:

 Aprobar las sanciones de aislamiento en celda de duración superior a catorce días.

 Resolución por vía de recurso de las reclamaciones que formulen los internos sobre sanciones
disciplinarias.

 Acordar lo que proceda sobre peticiones o quejas que los internos formulen en relación con el
régimen y tratamiento penitenciario en cuanto que afecte a los derechos fundamentales o a los dere-
chos y beneficios penitenciarios de aquellos.

 Realizar las visitas a los establecimientos penitenciarios que previene la Ley de Enjuiciamiento
Criminal.

 Autorizar los permisos de salida cuya duración sea superior a dos días, excepto los clasificados en
tercer grado.

 Conocer el paso a los establecimiento de régimen cerrado de los reclusos a propuesta del director
del establecimiento.

c) Un tercer grupo de funciones que atribuye la LOGP viene establecido en el artículo 77. Estas consisten
en la formulación de propuestas a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en algunas mate-
rias. Textualmente se establece que: «los Jueces de Vigilancia podrán dirigirse a la Dirección General de
Instituciones Penitenciarias, formulando propuestas referentes a la organización y desarrollo de los ser-
vicios de vigilancia, a la ordenación de la convivencia interior de los establecimientos, a la organización y

101
actividades de los talleres, escuela, asistencia médica y religiosa y en general a las actividades
regimentales, económico-administrativas y de tratamiento penitenciario en sentido estricto.

Pero tras analizar la figura del JVP en cuanto que persona que toma decisiones, hagamos lo mismo con respecto
a los órganos de la Administración, es decir, con respecto a la decisiones colectivas.

7.2.2. EL EQUIPO DE OBSERVACIÓN Y TRATAMIENTO


Dado que en nuestro caso nos preocupa fundamentalmente el problema del tratamiento, nos centraremos en la
exposición de aquello que el reglamento penitenciario comenta al respecto, en cuanto que nuestro tema de
discusión es lo referente a los permisos penitenciarios de salida. Según la ley, (y vamos a obviar la referencia a
los artículos concretos en los que se puede encontrar esta información) en los Establecimientos de cumplimiento
y en los especiales habrá, al menos, un equipo de tratamiento, compuesto por un jurista criminólogo, un
psicólogo, funcionarios del Cuerpo Técnico, un asistente social y un educador, encargado del grupo al que
pertenezca el interno objeto de estudio. En los Centros de jóvenes y en los de régimen ordinario formará parte
también del equipo un pedagogo, igualmente del Cuerpo Técnico. Se adscribirán al equipo el número de
asistentes sociales y educadores que se estimen necesarios, de modo que todos los internos que hayan de
recibir tratamiento se integren en grupos de entre veinte y cuarenta, según sus características, atribuyéndose a
un educador cada uno de estos grupos.

En los Establecimientos de cumplimiento para jóvenes la composición básica del equipo será la indicada en el
apartado anterior, pudiendo ampliarse con el número de especialistas que el contingente de internos, la
especialidad del tratamiento y la importancia que el mismo se reconoce, requiera. En todo caso, los educadores
adscritos al equipo serán suficientes para que los grupos no tengan más de 20 internos.

En los Centros especiales de psicópatas y de Deficientes mentales y en el Hospital Psiquiátrico se ampliará el


equipo con el número de psiquiatras que se juzgue necesario. En el de Deficientes mentales podrá ser también
mayor el número de pedagogos.

El servicio de tratamiento estará presidido por el Subdirector-Jefe del equipo, que será uno de los funcionarios del
Cuerpo Técnico de Instituciones Penitenciarias integrantes del mismo, desempeñando otro de ellos las funciones
de Secretario. Actuará bajo la supervisión y dependencia inmediata del Director del Establecimiento, quien
presidirá las sesiones cuando asista a las mismas, siendo preceptiva esta asistencia siempre que hayan de
tomarse acuerdos sobre programación de cada tratamiento individual, asignación inicial, progresión o regresión
de grado e iniciaciones o elevaciones de libertad condicional.

Se consideran funciones del equipo informar los casos de aplicación del articulo 10 de la Ley Orgánica General
Penitenciaria y los permisos de salida cuya concesión pueda acordar la Junta de Régimen y Administración del
Establecimiento.

7.2.3. LAS DISCREPANCIAS


Se podrían resaltar algunos aspectos que se detallan a continuación:

 Existe un código penal subjetivo que nos hace juzgar y tomar decisiones en función de nuestra
condición de seres sociales: no importa el papel que tengamos como decisores, que la decisión se
tome individualmente o en grupo, el caso es que todos estamos sujetos a este proceso, El estudio de
dicho código penal subjetivo, ya planteado por algunos autores, puede suponer una valiosa ayuda
para este tipo de trabajos.

 Los equipos de observación y tratamiento y los jueces discrepan fundamentalmente porque mientras
que en los primeros prima el criterio de la legitimidad, en los segundos prima el de profesionalidad.
Dado que el segundo de los criterios incluye el primero, las discrepancias se sitúan más en el plano
de la necesidad de buscar un «lenguaje» común, un acercamiento entre la Psicología y el Derecho.
Quizá una variación en la conceptualización de los profesionales de los equipos podría significar un
beneficio para el sistema de justicia en general, si por ejemplo los técnicos de los equipos tuvieran un
papel más importante en la toma de decisión con vinculación real.

102
 Podemos hablar perfectamente de discrepancia en lugar de diferentes tipos de discrepancias. Los
datos recolectados confirman la idea de una homogeneidad entre todas ellas.

103
CAPÍTULO 8: REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
 ABRAMS, S. (1989). The Complete Polygraph Handbook. Lexington, Massachusetts: Lexington Books.

 AGUDELO, M. C. (1995). Guía práctica para el dictamen sexológico forense. Bogotá: Instituto Nacional de
Medicina Legal y Ciencias Forenses.

 ALBARRÁN, A. J. (1991). Figura y función del psicólogo en los órganos judiciales. Anuario de Psicología
Jurídica 1991. 29-45.

 ALONSO-QUECUTY, M. L. (1991). Mentira y testimonio: el peritaje forense de la credibilidad. Anuario de


Psicología Jurídica, 55-67.

 ALONSO-QUECUTY, M. L. (1992). Deception detection and reality monitoring: a new answer to an old
question?. En F. Lösel, D. Bender and T. Bliesener (eds.). Psychology and law: International perspectives
(328-334). Berlin: Walter de Gruyter.

 ALONSO-QUECUTY, M. L. (1998). Creencias erróneas sobre testigos y testimonios. Sus repercusiones en la


práctica legal. Cuadernos de Derecho Judicial: Delitos contra la libertad sexual vol. II (407-450). Madrid:
Consejo General del Poder Judicial.

 ALONSO-QUECUTY, M. L. (1999) Evaluación de la credibilidad de las declaraciones de menores víctimas de


delitos contra la libertad sexual. Papeles del Psicólogo,73, 36-40

 ARCE, R. & FARIÑA, F. (1994). El jurado: selección y representatividad. En M. Clemente (Comp.),


Fundamentos de la Psicología Jurídica (Cap. 12, págs. 234-246). Madrid: Pirámide.

 ARONSON, E., COOPER, J., STONE, J. & WIEGAND, A. (1997). When exemplification fails: hipocrisy and
the motive for self-integrity. Journal of Personality and Social Psichology, 72, 54-65.

 BALAGUER CALLEJON, F. (1999), Derecho Constitucional, volumen I. Madrid: Tecnos.

 BALU, T. H. (1984). The psychologist as an expert witness. New York: John Wiley and Sons.

 BARLAND, G. H., & RASKIN, D. C. (1973). Detection of deception. En W. F. Prokasy, y D. C. Raskin (Eds.).
Electrodermal Activity in Psychological Research. (418-477). Nueva York: Academic Press, Inc.

 BARRIGA JIMENEZ, S. (1996). Las emociones cotidianas, de la biología a la Psicología Social. Sevilla:
Secretariado de Publicaciones. Universidad de Sevilla.

 BARTOL, C. (1999). Criminal behavior: A psychosocial approach. Nueva Jersey: Prentice Hall.

 BATTISTELLI, L. (1984) La mentira ante los tribunales. Bogotá: Temis.

 BECK, L. & AJZEN, I. (1991). Predicting dishonest actions using the theory of planned behavior. Journal of
research in personality, 25, 285-301.

 BEN-SHAKHAR, G., BAR-HILLEL, M. & LIEBICH, I. (1986). Trial by polygraph: scientific and juridical issues
in lie detection. Behavioral Sciences and the Law, 4 (4), 459-479.

 BONAFFE, J. P. (1988). Las Justicias de lo cotidiano: los modos formales e informales de regulación de los
pequeños conflictos. San Sebastián: Colección Laboratorio de Sociología Jurídica.

 BORUM, R & GRISSO, T. (1995). Psichological test use in criminal forensic evaluations. Professional
psychology research and practice, 26 (5), 465-473.

 BORUM, R & GRISSO, T. (1996). Establishing standards for criminal forensic reports: an empirical análisis.
Bull and academy psychiatry law, 24 (3), 297-317.

 BRADLEY, M. T., & AINSWORTH, D. (1984). Alcohol and the psychophysiological detection of deception.
Psychophysiology, 21 (1), 63-71.

 BRADLEY, M. T., & RETTINGER, J. (1992). Awareness of crime-relevant information and the guilty
knowledge test. Journal of Applied Psychology, 77 (1), 55-59.

104
 BRADLEY, M. T., & WARFIELD, J. F. (1984). Innocence, information and the guilty knowledge test in the
detection of deception. Psychophysiology, 21 (6), 683-689.

 BRADLEY, M. T., MACLAREN, V. V. & CARLE, S. B. (1996). Deception and nondeception in guilty
knowledge and guilty actions polygraph tests. Journal of Applied Psychology, 81 (2), 153-160.

 BREWER, W. F. & NAKAMURA, G. V. (1984). The nature and functions of schemas. En R. S. Wyer y T. K.
Srull (eds.). Handbook of social cognition vol I (119-160). Hillsdale: Lawrence Erlbaum.

 BRIGHAM J.C. & SPIER, S. A. (1992). Opinions held by professionals who work with child witnesses. En H.
Dent y R. Flin (eds.). Children as Witnesses, 93-111. Chichester. Inglaterra: Wiley.

 BROWN, M. (1926). Psychology legal. Indianapolis, IN: Bobbs-Merrill.

 BUELA-CASAL, G. & SIERRA, J. C. (1997). Manual de Evaluación Psicológica: Fundamentos, técnicas y


aplicaciones. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.

 BULL, R. & CARSON, D. (1995). Handbook of Psychology in Legal Contexts. Canada: Wiley.

 BURTT, H. E. (1931). Legal Psychology. New York: Prentice-Hall.

 BUSSEY, K., & GRIMBEEK, E. (2000) Children´s conceptions of lying and truth telling: Implications for child
witnesses. Legal and Criminological Psychology. 5, 187-19

 C.O.P. (1998). Psicología Jurídica. En Perfiles profesionales del psicólogo. Madrid: Colegio Oficial de
Psicólogos.

 CABALLERO, J. J. (1986). El "mundo" de los presos. En F. Jiménez Burillo y M. Clemente (Comps.),


Psicología social y sistema penal (Cap. 14, págs. 269-301). Madrid: Alianza.

 CABRERA, J. & FUERTES, J.C. (1994). La enfermedad mental ante la ley. Madrid: UPCO-ELA.

 CABRERA, J. & FUERTES, J. C. (1997). Psiquiatría y Derecho: dos ciencias obligadas a entenderse (Manual
de psiquiatría forense). Madrid: Cauce.

 CARBONNIER, J. (1972). Sociologie juridique. Paris: Armand Colin.

 CARPINTERO, H. (1994). Historia de la Psicología en España. Madrid: Eudema.

 CLEMENTE, M. & RÍOS, J. (coord.) (1995). Guía jurídica del psicólogo. Compendio básico de legislación
para el psicólogo jurídico. Madrid. Pirámide.

 CLEMENTE, M. (1995). Fundamentos de la psicología jurídica. Madrid: Pirámide

 CLEMENTE, M. (1997). La organización social informal en la prisión. En M. Clemente y J. Nuñez (Comps),


Psicología Jurídica Penitenciaria, (Vol. II, págs.383-407). Madrid: Fundación Universidad-Empresa de la
UNED.

 CLEMENTE, M. (1997).Los efectos psicológicos y psicosociales del encarcelamiento. En M. Clemente y J.


Nuñez (Comps), Psicología Jurídica Penitenciaria, (Vol. II, págs. 321-356). Madrid: Fundación Universidad-
Empresa de la UNED.

 CLEMENTE, M. (1998). Fundamentos de la Psicología Jurídica. Madrid: Pirámide.

 COUCH, L. & JONES, W. (1997). Measuring levels of trust. Journal of research in personality, 31, 319-336.

 CRONBACH, L. J. (1957). The two disciplines of scientifics psychology. American Psychologist.

 CUETO, M. A. & CARBAJO, E. (1998). Model of expert psychological report on sexual abuse againts minors.
En Borrás, J. y Pérez, M. (eds.). Sexuality and Human Rights. (49-52). Valencia: Nau.

 DAVIS, R. C. (1961). Physiological responses as a means of evaluating information. En A.D. Biderman y H.


Zimmer (eds.). The manipulation of human behavior (142-168). Nueva York: Wiley.

 De Paúl, P. (1995). El jurado: Proceso de deliberación. En M. Clemente (Comp.), Fundamentos de la


Psicología Jurídica (Cap. 11, págs. 219-233). Madrid: Pirámide.

105
 DE PAÚL, P. (1995). El Tribunal del Jurado desde la Psicología Social. Madrid: Siglo XXI..

 DE PAÚL, P. (1995).Los profesionales del Derecho. Jueces y abogados. En M. Clemente (Comp.),


Fundamentos de la Psicología Jurídica (Cap. 13, págs. 247-259). Madrid: Pirámide.

 DE PAUL, P. (1998). Los profesionales del Derecho: jueces y abogados. En Clemente, M. (coord..)
Fundamentos de la Psicología Jurídica. Madrid: Pirámide.

 DELGADO, S., ESBEC, E. & PULIDO, F. (1994). Psiquiatría Legal y Forense. Madrid: Colex

 DEPAULO, B. & BELL, K. (1996). Truth and investiment: Lies are told to those who care. Journal of
Personality and Social Psichology, 71, 703-716.

 DEPAULO, B. & KASHY, D. (1996). Who lies?. Journal of Personality and Social Psichology, 70, 1037-1051.

 DEPAULO, B. & KASHY, D. (1998). Everyday lies in close and casual relationships. Journal of Personality
and Social Psichology, 74, 63-79.

 DEPAULO, B. & TANG, J. (1994). Social anxiety and social judment: the example of detecting deception.
Journal of research in personality, 28, 142-153.

 DEPAULO, B., KASHY, D., KIRKENDOL, S., & WYER, M. (1996). Lying in everyday life. Journal of
Personality and Social Psichology, 72, 54 - 65.

 DEPAULO, B., LANIER, K., & DAVIS, T. (1983). Detecting the deceit of the motivated liar. Journal of
Personality and Social Psichology, 45, 1096-1103.

 DEPAULO, B., ROSENTAL, R. & ZUCKERMAN, M. (1980). Detecting deception. Modality effects. The review
of personality and social psychology. California: Sage.

 DESENA, C. (1993). Lies: The Whole Truth. Putnam, Nueva York: Perigee Books.

 DIGES, M. & ALONSO-QUECUTY, M. L. (1993). Psicología Forense Experimental. Valencia: Promolibro.

 DIGES, M, & ALONSO-QUECUTY, M. (1994) El psicólogo forense experimental y la evaluación de


credibilidad de las declaraciones en los casos de abuso sexual a menores. Poder Judicial Sep.94 ,43-66

 DOSTOYEVSKY, F. (2000). Crimen y castigo. Madrid: Alianza Editorial.

 DURHAM, M. D. & DANE, F.C. (1999). Juror knowledge of eyewitness behavior: Evidence for the necessity of
expert testimony. Journal of Social Behavior and Personality, 14, 299-309.

 DYSART, J. E., LINDSAY, R. C. L., MACDONALD, T. K., WICKE, CH. (2002). The intoxicated witness:
Effects of alcohol on identification accuracy from showups. Journal of Applied Psychology. Vol 87(1). 170-175.

 EKMAN, P. & O'SULLIVAN, M. (1990). Hazards in detecting deceit. En D.C. Raskin (ed.). Psychological
methods in criminal investigation and evidence. Nueva York: Springer (Traducción española: Métodos
psicológicos en la investigación y pruebas criminales. (253-280). Bilbao: Desclée de Brower, 1994).

 EKMAN, P. (1985). Telling lies. Nueva York: Berkley Books. (Traducción española: Como detectar mentiras.
Barcelona: Paidós, 1991)

 ELLISON, K.W. & BUCKHOUT, R. (1981). Psychology and Criminal Justice. New York: Harper and Row.

 EYSENCK, H.J. (1964). Crime and Personality. London: Routledge and Kegan.

 FOUCAULT, M. (1983). La verdad y las formas jurídicas. Méjico: Gedisa.

 FRANK, J. (1948). Courts on Trial. Princeton: Princeton University.

 FREUD, S. (1906) El psicoanálisis y la instrucción forense. Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva.

 FUREDY, J. J. , & BEN-SHAKHAR, G. (1991). The roles of deception, intention to deceive and motivation to
avoid detection in the psychophysiological detection of guilty knowledge. Psychophysiology, 28 (2), 163- 171.

106
 GARCIA MEDINA, P., BETHENCOURT PEREZ, J.M. ( 1999 ).Psicología de la violencia y penal: una
reflexión. En Sola Reche ,E. Bethencourt Perez, J. M. Matud Aznar, P. Implicaciones de la psicología criminal
actual. Tenerife: Centro de Estudios Criminológicos. Universidad de La Laguna.

 GARCIA MORILLO, J. (1997). Derecho Constitucional, volumen I. Valencia: Tirant lo Blanch.

 GARCÍA-BORÉS, P. & PUJOL, J. (1994). Los “no – delincuentes”. Barcelona: Fundación “La Caixa”.

 GARDNER, R. A. (comp.) (1987). The parenteral alienation syndrome between fabricated and genuine child
sex abuse. Cresskill (N.J.): Creative Therapeutics.

 GARGARELLA, R. (1999). Las teorías de la justicia después de Rawls. Madrid: Paidós.

 GARRIDO MARTÍN, E. (1994 ). Relaciones entre la psicología y la ley. En Sobral, J.; Arce, R.; Prieto, A
Manual de Psicología Jurídica. Barcelona: Paidos.

 Garrido, E. & Masip, J. (1998) Evaluación de la credibilidad del testimonio: Una revisión de los fundamentos
teóricos, orígenes, evolución y estado actual del Análisis de Contenido Basado en Criterios (CBCA). Trabajo
presentado en V Congreso de Evaluación Psicológica. Benalmádena (Málaga), 30 de Abril– 3 Mayo de 1998.

 GARRIDO, V. (1982). Psicología y Tratamiento Penitenciario: una Aproximación. Madrid: Instituto de


Criminología de la Universidad Complutense.

 GARRIDO, V. (1985). El impacto de la prisión en funcionarios y reclusos: Una perspectiva integrada. En V.


Sancha y J.M. Tobal (Comps.), Tratamiento penitenciario: su práctica (págs. 173-201). Madrid: Escuela de
Estudios Penitenciarios.

 GARRIDO, V. (1991). Psicología Jurídica en España: líneas fundamentales de intervención. Papeles del
Psicólogo, 48, 20-25.

 GARRIDO, V. (1993). Técnicas de tratamiento para delincuentes (Cap. 1 y 3, págs. 17-50 y 57-72). Madrid:
Centro de Estudios Ramón Areces.

 GARRIDO, V., STANGELAND, P., REDONDO, S. ( 1999). Principios de Criminología. Valencia. Editorial
Tirant lo Blanch.

 GARZÓN, A. (1984). Psicología Judicial. Boletín de Psicología. Temas monográficos.

 GARZÓN, A. (1989). Psicología y Justicia. Valencia: Promolibro.

 GARZÓN, A. (1990). Psicología y Jurados. Valencia: Promolibro.

 GORDO, A. J. & LINAZA, J. L (1996). Psicologías, discursos y poder. Madrid: Visor.

 GRAESSER, A.C. & NAKAMURA, G.V. (1982). The impact of a schema on comprehension and memory. En
G.H. Bower (ed.). The psychology of learning and motivation, vol. XVI, (60-109). Nueva York: Academic Press

 GUMPERT, C. H., LINDBLAD, F., GRANN, M. (2002). The quality of written expert testimony in cases of
alleged child sexual abuse: an empirical study. Psychology,Crime and Law. Vol 8(1), 77-92.

 HERNÁNDEZ, J.A., VÁZQUEZ, B. & SÁNCHEZ, J. (1991). Aproximación a la Psicología y el Trabajo Social
Forense. Papeles del psicólogo. (48). 46-51.

 HESS, A. K. & WEINER, I. B. (1998). The Handbook of Forensic Psychology. New York: Wiley.

 HETTEMA, P. J. (1979). Personality and adaptation. En Stelmach, G.E.. Vroom, P.A.. Advances in
psychology. Ámsterdam: N-Holland Publishing Co.

 HOFFBAUER, J.C. (1808). La Psicología en sus principales aplicaciones a la Administración de Justicia.


Halle: Universidad de Halle.

 HOROWITZ, I. A. & WILLGING, T. E. (1984). The Psychology of the Law: integrations and applications.
Boston: Little Brown.

107
 HOROWITZ, S. W. (1991). Empirical support for statement validity assessment. Behaviorial Assessment.
(13). 293-391.

 IACONO, W. G. (1985). Guilty Knowledge. Society, sept-oct, 52-54.

 IACONO, W. G., BOISVENU, G. A, & FLEMING, J. A. (1984). Effects of diazepam and methylphenidate on
the electrodermal detection of Guilty knowledge. Journal of Applied Psychology, 69 (2), 289-299.

 IRUARRIZAGA, I. (1999) El Papel Profesional del Neuropsicólogo en el Ámbito Forense. Anuario de


psicología jurídica, 133-143

 JAFFE, M. E., & SHARMA, K. (1998). Malingering Uncommon Psychiatric Symtoms Among Defendants
Charged Under California´s "Three Strikes and You´re Out" Law. Journal of Forensic Sciences, 43 (3), 549-
555.

 JIMÉNEZ BURILLO, F. & CLEMENTE, M. (1986). Psicología Social y Sistema Penal. Madrid: Alianza
Universidad.

 JIMENEZ BURILLO, F. (1986 ) Notas sobre relaciones entre psicología y derecho penal. En Burillo y
Clemente, ( compls ) Psicología social y sistema penal. Madrid: Alianza Universidad.

 JOHNSON, M. & RAYE, C. (1981). Reality monitoring. Psychological Review, 88, 67-85.

 JOHNSON, M. K. (1991). Reality monitoring: Evidence from confabulation in organic brain disease patients.
En G.P. Prigatano y D.L. Schachter (eds.). Awareness of deficit after brain injury. Londres: Oxford University
Press.

 KALVEN, H. JR. & ZEISEL, H. (1966). The American Jury. Boston: Little Brown.

 KAPLAN, M. F. (1986) The impact of social psychology on procedural justice. Springfield, IL: Charles
Thomas.

 KEMP, R. I., PIKE, G. E., BRACE, N. A. (2001). Video based identification procedures: Combining best
practice and practical requirements when designing identification systems. Psychology, Public Policy, and
Law. Vol 7(4). 802-807.

 KIRCHER, J. C., & RASKIN, D. C. (1988). Human versus computerized evaluations of polygraph data in a
laboratory setting. Journal of Applied Psychology, 73 (2), 291- 302.

 KÖHNKEN, G. (1989). Behavioral correlates of statement credibility. En H. Wegener, F. Lösel y J. Haisch


(eds.). Criminal behavior and the Justice system ( 271-289). Nueva York: Springer-Verlag.

 KONECNI, V. J. & EBBESEN, E.B. (1982). The Criminal Justice System. San Francisco: W.H. Freeman and
Co.

 KOVERA, M. B. (2002). The effects of general pretrial publicity on juror decisions: An examination of
moderators and mediating mechanisms. Law and Human Behavior. Vol 26(1), 43-72.

 LANDROVE, G. (1990). Victimología. Valencia: Tirant lo Blanch.

 LARRAURI, E. (2000) 3ª : La herencia de la criminología crítica. Madrid: Siglo XXI.

 LEVI, A. M., LINDSAY, R. C. L. (2001). Lineup and photo spread procedures: Issues concerning policy
recommendations. Psychology, Public Policy, and Law. Vol 7(4), 776-790.

 LILIENFELD, S., ANDREWS, B. & STONE-ROMERO, E. (1994). The relations between a self-report honesty
test and personality measures in prison and college samples. Journal of research in personality, 28, 154-169.

 LLACH, J.R. (1994). L'informe psicologic pericial i la decisio judicial. Justiforum (2). 9-22.

 LOFTUS, E.F. (1979). Eyewitness Testimony. Cambridge: Harvard University Press.

 LOH, W.D. (1984). Social research in the judicial process. Nueva York: Russell Sage Found.

 LOMBROSO, C. (1906). La Psicología del testimoni nei processi penal. Archivos Di Psychiatria, XXIII.

108
 LÓPEZ, F. (1995). Prevención de los abusos sexuales de menores y educación sexual. Salamanca: Amarú.

 LYKKEN, D. T. (1960). The validity of the guilty knowledge technique: the effects of faking. Journal of Applied
Psychology, 44 (4), 258-262.

 MAGALDI, M. J. (1987). El falso testimonio en el sistema penal español. Barcelona: Instituto de Criminología
de Barcelona.

 MANZANERO, A. L. (1997) Evaluando el testimonio de menores testigos y víctimas de abuso sexual. Anuario
de Psicología Jurídica, 6, 13-35.

 MARCO, R., MARTI, J. L. & BARTRAN, P. (1990). Psiquiatría forense. Barcelona: Salvat

 MARSHALL, J. (1966). Law and Psychology in Conflict. Nueva York: Bobbs-Merrill.

 MARTIN, A., M., HERNANDEZ, B. (1998). La atribución de responsabilidad. En Clemente, M (coord.).


Fundamentos de Psicología Jurídica. Madrid: Pirámide.

 MARTÍNEZ, J. J., MARTÍNEZ, M. A. & ARRIBAS, P. (1991). Peritajes psicológicos en los casos de abusos
sexuales en menores. Papeles del psicólogo. (48). 67-69.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. & HERNÁNDEZ, B. (1995). La atribución de responsabilidad. En M. Clemente


(Comp.), Fundamentos de la Psicología Jurídica (Cap. 9, págs. 185-201). Madrid: Pirámide.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. (1987). La percepción social del delito. In M. Clemente, V. Sancha, y J. J.


Miguel (Comps..), Delincuencia: Teoría e investigación (págs. 355-368). Madrid: Alpe.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. (1988). La sentencia desde un punto de vista psicosocial. Boletín de


Psicología, 8, 25-47.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. (1994). La percepción social del delito en el sistema penal: delincuentes, jueces
y jurados. En S. Delgado (Dir.), Psiquiatría Legal y Forense (Vol.I, Cap. 21, págs. 495-510). Madrid: Colex.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. (1994). La Psicología Social y el jurado: Algunas líneas de investigación. En S.


Delgado (Comp.), Psiquiatría Legal y Forense (Vol. 1, págs. 511-528). Madrid: Colex.

 MARTÍN-RODRÍGUEZ, A. M. (1995). El jurado: Procesos de influencia social. En M. Clemente (Comp.),


Fundamentos de la Psicología Jurídica (Cap. 10, págs. 203-218). Madrid: Pirámide

 MASIP, J. & GARRIDO, E. (2001). La evaluación de la credibilidad del testimonio en contextos judiciales a
partir de indicadores conductuales. Anuario de Psicología Jurídica (2000), 93-131.

 MATTE, J. A. (1998). Forensic Psychophysiology using the Polygraph. Nueva York: Matte Publications.

 MCCARTY, D.G. (1929). Psychology for Lawyer. Nueva York: Prentice Hall.

 MELTON, G. B., PETRILA, J., POYTHRESS, N. G. & SLOBOGIN, C. (1997). Psychological evaluation for the
courts. Nueva York: Guilford.

 MEMON, A., VRIJ, A. & BULL, R. (1998). Psychology and Law: truthfulness, accuracy and credibility. Nueva
York: McGraw-Hill.

 MIOTTO, N. G. (1995) Psicología del testimonio. Enfoque pericial del psicólogo forense. Trabajo presentado
en el Primer Congreso Iberoamericano de Psicología Jurídica. Santiago de Chile.

 MIRA, J. J. & DIGES, M. (1991). Teorías Intuitivas sobre Memoria de Testigo: Un examen de metamemoria.
Revista de Psicología Social, 6, 47-60.

 MIRA, J. J. & LÓPEZ, E. (1932). Manual de Psicología Jurídica. Buenos Aires: Ateneo.

 MORRIS, R. (1994) La admisibilidad de pruebas derivadas de la hipnosis y el polígrafo. En Raskin, D. (ed.)


Métodos psicológicos en la investigación y pruebas criminales. Bilbao: DDB

 MUNNÉ, F. (1987). Investigación y la Intervención Psicológicas en el Sistema Jurídico. Papeles del Colegio.
Psicologos, 5(30), 5-9.

109
 MÜNSTERBERG, H. (1908). On the Witness Stand; Essays of Psychology and Crime. New York: McClave.

 MUÑOZ SABATE, L., BAYES, R. & MUNNE, F. (1980). Introducción a la Psicología Jurídica. México: Trillas.

 MUÑOZ, L. (1975). Método y Elementos para una Psicología Jurídica. Anuario de Sociología y Psicología
Jurídicas, 2. 7-29.

 MUÑOZ, L., BAYES, R. & MUNNE, F. (1980). Introducción a la psicología Jurídica. México: Trillas.

 New York: Holt, Rinehart and Winston, Inc.

 NOGUEROL, V. (1995). Implicación del sistema legal en el abuso sexual infantil. Un saco lleno de preguntas,
dilemas y frustraciones. Bienestar y protección infantil. (1). 95-104.

 OFFE, H. (2000) El dictamen sobre la credibilidad de las declaraciones de testigos. Anuario de Psicología
Jurídica , 2000, 11-23

 PELECHANO BARBERA, V. (1981). Intervención comportamental: una vieja aspiración con un nuevo perfil.
En Pelechano,V., Pinillos, J.L.,Seoane J. Psicologema. Valencia: Editorial Alfaplus.

 PELECHANO BARBERA, V. (1991). Maniqueísmo, eclecticismo y realismo. En Fernández Ballesteros, R.


;Carboles, J. Evaluación conductual. Madrid: Pirámide Psicología.

 PELECHANO BARBERA, V. (1993) Personalidad: un enfoque histórico-conceptual. Valencia: Colección


Alfaplus. Promolibro.

 PICHOT, P., VALDES, M. (1998). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM IV.
Barcelona: Masson.

 PODLESNY, J. A. & RASKIN, D. C. (1978). Effectiveness of techniques and physiological measures in the
detection of deception. Psychophysiology (15), 344-359.

 RAMOS, O. & MARLET, J. M. (1987). Simulación y disimulación en las pericias médico-legales. Revista
española de Medicina Legal, 52, 53, 71-76

 RASKIN, D. (1997) Técnicas poligráficas para la detección del engaño. En Raskin, D. Rogers, R.; Wettstein;
R. (eds) Drug-Assisted interview to detect malingering and deception. En Rogers, R. Clinical Assessment of
malingering and decepction. Nueva York: Guilford Press Second Edition

 RASKIN, D. C. & HARE, R. D. (1978). Psychopathy and detection of deception. Psychophysiology, 15, 126-
136.

 RASKIN, D. C. (1979). Orienting and Defensive reflexes in the Detection of Deception. En H. D. Kimmel, E. H.
Van Olst y J. F. Orbeleke (Eds.). The Orienting Reflex in Humans ( 587-605). Hillsdale, New Jersey: LEA.

 RASKIN, D. C. (1994). Métodos Psicológicos en la investigación y pruebas criminales. Bilbao: DDB

 RASKIN, D.C. & ESPLIN, P.W. (1991). Assessment of children´s statements of sexual abuse? En Doris, J.
(comp.). The suggestibility of children’s recollections. (153-164). Washinton, D.C: American Psychological
Association.

 REDMOND, M. (1995). A multidimencional theory and measure of the social decentering. Journal of research
in personality, 29, 35-58.

 REDONDO ILLESCAS, S ( 1998 ). Entidad científica y objeto de la criminología. En Garrido Genovés, V.;
Gómez Piñana, A. M.; Diccionario de Criminología . Valencia: Editorial Tirant lo Blanch. Valencia.

 REDONDO, S. (1994). Evaluación y tratamiento en prisiones. En M. Clemente (Comp.), Fundamentos de la


Psicología Jurídica (Cap. 18, págs. 339-352). Madrid: Pirámide.

 REID, J. E. & INBAU, F. E. (1977). Truth and deception: the polygraph ("lie detection") technique. Baltimore:
Williams y Wilkins.

 RÍOS, J. (1995). Derecho penitenciario. En M. Clemente y J. Ríos (Comps.), Guía jurídica del psicólogo (Cap.
6, págs. 169-213). Madrid: Pirámide.

110
 RIVIÈRE, A. (1991). Objetos con mente. Madrid: Alianza Editorial.

 ROBERTS, K.., LAMB, M. (1999) Children´s responses when interviewers distort details durin investigative
interviews. Legal and Criminological Psychology, 4, 23-31

 RODRIGO, M. J. (1993). Representaciones y procesos en las teorías implícitas. En M.J. Rodrigo, A.


Rodríguez y J. Marrero (eds.), Las teorías implícitas. Una aproximación al conocimiento cotidiano, (pp 95-
122). Madrid: Visor.

 RODRIGO, M. J., RODRÍGUEZ, A. & MARRERO, J. (1993). Las teorías implícitas. Una aproximación al
conocimiento cotidiano. Madrid. Visor Distribuciones.

 RODRIGUEZ ZAPATA, J. (1996). Teoría y práctica del derecho constitucional. Madrid: Editorial Tecnos.

 ROESCH, R., HART. S. D. & OGLOFF, J. R. P. (1999). Psychology and Law: The state of the discipline.
Nueva York: Kluner Academic/Plenum Publishers.

 ROGERS, R, VITACCO, M. J., JACKSON, R. L., MARTIN, M., COLLINS, M., SEWELL, K. W. (2002). Faking
psychopathy? An examination of response styles with antisocial youth. Journal of Personality Assessment.
Vol 78(1), 31-46.

 ROGERS, R. (1997). Clinical assessment of malingering and deception. New York: The Guilford Press

 ROGERS, R., SEWELL, K. W., MOREY, L. C. & USTAND, K .L. (1996). Detection of Feigned Mental
Disorders on the Personality Assessment Inventory: A Discriminant Analysis. Journal of Personality
Assessment, 67 (3), 629-640.

 ROMERO, J. F. (1991). Comentarios a la práctica de un peritaje en lo penal. Sus fases y sus peculiaridades
como acto jurídico. Papeles del psicólogo. (48). 42-45.

 RUBIO, J. L. & LÓPEZ, M. N. (1996). Los medios Psicológicos del Informe Pericial. Informaciones
psiquiátricas. (146). 401-404.

 SANCHA, V. & MIGUEL, J. (1985). Tratamientos penitenciarios: su práctica. Madrid: Escuela de estudios
penitenciarios.

 SÁNCHEZ, A. (1984). Un modelo de informe psicológico. I Congreso del Colegio Oficial de Psicólogos. Actas
del Congreso. 1. 46-50.

 SCHAUMANN, J.C. (1792). Idea de una Psicología Criminal. Halle: Universidad de Halle.

 SHANK, R. C. & ABELSON, R. P. (1977). Scripts, plans, goals and understanding. Hillsdale: Lawrence
Erlbaum.

 SILVA, J.A., LEONG, G.B., GARZA- TREVIÑO, E.S., LE GRAND J., OLIVA, D.J. WEINSTOCK, R. &
BROWDEN, C.L. (1994). A Cognitive Model of Dangerous Delusional Misidentification Syndromes. Journal of
Forensic Sciences, 39 (6), 1455-1467.

 SOBRAL, J. & ARCE, R. (1990). La Psicología Social en la Sala de Juicios. Barcelona: Paidós.

 SOBRAL, J. & PRIETO, A. (1994). Psicología y Ley. Madrid: Eudema.

 SOBRAL, J., ARCE, R. & PRIETO, A. (1994). Manual de Psicología Jurídica. Barcelona: Paidós.

 SOKOLOV, Y. N. (1963). Percepción y reflejo condicionado. México: Trillas.

 SORIA, M. A. (1998). Psicología y práctica jurídica. Barcelona: Ariel.

 SORIA, M. A. (comp.) (1993). La víctima: entre la justicia y la delincuencia. Barcelona: PPU.

 STERN, R. M., BREEN, J. P., WATANABE, T. & PERRY, B. S. (1981). Effects of feedback of physiological
information on responses to innocent associations and guilty knowledge. Journal of Applied Psychology, 66
(6), 677-681.

111
 STUART, J. & CLAYMAN, P.D. (2001). 13 Indicators that a Litigant May be Faking a Mental Injury. Forensic
Psychology and Psychiatry. Disponible en: docstu @ [Link]

 STUART, J. & CLAYMAN, P.D. (2001). Can Emotional Distress be Faked. Forensic Psychology and
Psychiatry. Disponible en: docstu @ [Link]

 STUART, J. & CLAYMAN, P.D. (2001). Challenging the "Diagnosis" of Malingering. Forensic Psychology and
Psychiatry. Disponible en: docstu @ [Link]

 STUART, J. & CLAYMAN, P.D. (2001). Physical Symptoms, Pain and Faking in Traumatic Injury and
Disability Clarms. Forensic Psychology and Psychiatry. Disponible en: docstu @ [Link]

 SUTKER, P.B. & ADAMS, H.E. (1993). Comprehensive Handbook of the Psychopatology. (Capitulo 9). Nueva
York: Plenum Press.

 TAMAYO, M. (1999). Proceso de la investigación científica. Cali: Limusa.

 TEIXIDO, R. (1978). Una Aproximación Filosófica a la Psicología Jurídica. Anuario de Sociología y Psicología
Jurídicas, 5, 25-30.

 THIBAUT, J. & WALKER, L. (1975). Procedural Justice: a psychological analysis. Hillsdale, NJ: Erlbaum.

 TOCH, H. (1961). Legal and Criminal Psychology. Nueva York: Holt, Rinehart and Winston.

 TOHARIA, J. J. ( 1986 ). La imagen de la justicia. En Burillo y Clemente,( compls ). Psicología social y


sistema penal. Alianza Universidad. Madrid

 TORRENTE, D. (2001). Desviación y delito. Madrid: Alianza Editorial.

 TRANKELL, A. (1972). Reliability of evidence. Estocolmo: Beckmans.

 TRIANA, B. (1991). Las concepciones de los padres sobre el desarrollo: teorías personales o teorías
culturales. Infancia y Aprendizaje, 54, 19-39.

 TRIANA, B. (1993). Las teorías implícitas de los padres sobre la infancia y el desarrollo. En M.J. Rodrigo, A.
Rodríguez & J. Marrero (eds.), Las teorías implícitas. Una aproximación al conocimiento cotidiano, (pp 203-
241). Madrid: Visor.

 URRA, J. & VÁZQUEZ, B. (1993). Manual de Psicología Forense. Madrid: Siglo XXI.

 URRA, J. (1995). Adolescentes en conflicto. Madrid: Pirámide.

 VÁZQUEZ, B. (1995). Agresión sexual. Evaluación y tratamiento en menores. Madrid: Siglo XXI.

 VILA, J. (1996). Una Introducción a la Psicofisiología Clínica. Madrid: Pirámide.

 VRIJ, A. (2000). Detecting Lies and Deceit. Nueva York: John Wiley and Sons

 WEINER, I. B. & HESS, A. K. (1987). Handbook of Forensic Psychology. Nueva York: Giley & Sous Inc.

 WELLS, G. & LIDSAY, R. C. L. (1983). How do people infer the accuracy of eyewitness memory? Studies on
performance and a metamemory analysis. En S. Lloyd-Bostock y B.R. Clifford (eds.). Evaluating witness
evidence: Recent psychological research and new perspectives ( 41-55). Chichester: Wiley.

 WELLS, G. L. (2001). Police lineups: Data, theory, and policy. Psychology, Public Policy, and Law. Vol 7(4),
791-801.

 WRIGHTSMAN, L. (1987). Psychology and the legal system. Monterey: Brooks/Cole.

 YUILE, J.C. (1988). The systematic assessment of children´s testimony. Canadian Psychology. (29). 247-262.

 YUILLE, J.C. (1989). Credibility Assessment. NATO ASI Series. Londres: Kluwer Academic Publishers.

 ZUCKERMAN, M., DEPAULO, B. M. & ROSENTHAL, R. (1981). Verbal and nonverbal communication of
deception. En L. Berkowitz (ed.). Advances in experimental social psychology ( 1-59). Nueva York: Academic
Press.

112

También podría gustarte