Te recuerdo como eras en el último otoño
Bernardo Jobson
El problema es que el jefe no me lo va a creer. Le he hecho tragar ya tantas milanesas, tantas
albóndigas supercondimentadas, que esto no me lo va a creer. Pienso en alguna excusa
potable, pero me da un poco de bronca: ¿una vez que tengo una razón valedera para
ausentarme de la oficina, voy a tener que apelar a una mentira? ¿Tan mal anda el mundo? me
pregunto. Pero toda esta filosofía de apuro no me absuelve del dolor que tengo desde que me
levanté y amenaza con la posibilidad de que la gente me crea un deforme o algo así, al margen
de unos chillidos austeros pero evidentes que me transformaron en la máxima atracción del día
en el subte. En ese momento vuelvo a sentarme y siento como si una tachuela me hubiese
penetrado hasta la garganta. Por supuesto, las tachuelas se supone que lo pinchan a uno en el
culo y ésta es una tachuela de lo más ortodoxa. No me puedo sentar, no me puedo quedar
parado, no puedo quedarme un minuto más en ninguna posición. Y te guste o no, jefecito, allá
voy. Con la verdad no temo ni ofendo y me paro frente al escritorio del salmónido.
–Plata no hay –me ataja–. Y si necesitás plata porque se te murió algún pariente, antes me
traés el certificado de defunción. Mira, ni siquiera con el certificado. Únicamente contra
presentación del cadáver.
–Jefe, no quiero plata… –por ahora, porque en ese momento pienso que en una de ésas voy a
tener que comprar un remedio y ante presentación de receta no me va a decir que no. Mirá
vos, me digo, ¿cómo no se me ocurrió antes este yeite?
–Ni ahora ni nunca, ni siquiera a fin de mes. ¿Sabés que sos el único en la historia de esta
empresa que cobra por adelantado? Ya tenés un mes de sueldo en vales.
–Jefe, perdóneme, pero no estoy de humor hoy. Todo lo que quiero es permiso para ir al
hospital.
Hay que ver el conflicto que esto le produce. ¿Quién será: un pariente, un amigo, algún amor
lejano? Pero reacciona a tiempo.
–Sangre diste la semana pasada. Te fuiste a las 9 y no apareciste en todo el día.
–Jefe, usted se equivoca por el físico con que me ha dotado la naturaleza. Que yo mida 1,95 m
y pese 102 kilos, no quiere decir que, si me sacan medio litro del vital elemento, no quede
medio dopado.
–Bueno, no sé, pero parientes vivos ya no te quedan, según me consta. ¿Quién es el
moribundo hoy?
–Nadie. Soy yo el que quiere ir al hospital, ahora mismo.
– ¿Qué te pasa? –pregunta enojándose consigo mismo porque ya está entrando por la variante.
Conflictos internos. ¿Y el que yo tengo ahora? ¿Cómo le digo la verdad, la cruda verdad?
–Jefe, no me lo va a creer. No me lo va creer.
No sé qué cara pongo, pero sí la que pone él. Se asusta. ¡Corazón, hígado, pulmón! Al mismo
tiempo, busca el término ése, difícil, que cuanto mejor lo dice más gente piensa qué gran
médico se perdió la sociedad.
– ¿Algún trastorno cardiovascular? Niego con la cabeza.
– ¿Visceral?
Tampoco. Como ya está a punto de agotar su diagnóstico precoz, apela a lo increíble, a lo que
no puede ser, ¡en esta época!
–Me imagino que no tendrá nada que ver con el sistema génito-urinario, ¿no?
–Y, más o menos –le contesto–. Tengo un grano en el culo.
Diez minutos después estoy parado en el hall del hospital, mirando la guía de consultorios
externos. Parezco un tailandés recién llegado, buscando la temperatura media de Jujuy en la
guía de teléfonos. No sé quién me toca a mí: ¿enfermedades secretas, culología, anología? No
figura ninguna, y a esa enfermera de la mesa de entradas no se lo pienso preguntar. Si fuera
vieja y buena, todavía, pero no tiene más de 25 y hay que ver lo bien que está.
El portero o algo así acude en mi ayuda. Y como todos los porteros tienen obligación de ser
médicos frustrados, cancheros viejos, empíricos de la medicina que lo ven a uno y ya saben lo
que uno tiene, me pregunta:
–¿Algún problema, señor? ¿Busca a alguien?
–Sí, la verdad que sí. Pero no sé exactamente a quién.
Juro que mi respuesta es totalmente natural, pero él ya sospecha algo turbio.
–¿Alguno de los doctores?
–Sí, pero no sé cuál puede ser…
Los puntos suspensivos son benévolamente acogidos por el portero y los estudia unos
segundos.
–¿Algún problema…? –y la definición médica del problema la explica con la mano y
apoyándose en una sonrisa comprensiva y paternal–. Me parece que usted busca
dermatología. Primer piso, consultorio 23. Dígale al doctor que lo mando yo.
–¿Perdón, dermatología? Y… ¿qué atienden allí? Quiero decir, si uno tiene…
–Eh, por favor –me asegura canchero al extremo–. Yo también tuve que ir cuando era joven…–y
luego de asegurarse de que nadie pueda verlo, agrega: – Tres veces. Claro, eran otros tiempos,
¿no?
–Y sí, no va a comparar –le ratifico, mientras pienso que dermatología no puede ser. Que la
pared del culo me duele, no hay duda, pero no le veo relación. Encima, me duele cada vez más
y antes de tener que relatar, por segunda vez, la cruda verdad, me tiro un lance y le digo:
–Creo que es ortopedia.
Como a cualquier personaje orillero, lo tumba el asombro. –¿Ortopedia? Pero si usted camina
lo más bien.
–No vaya a creer. Hay momentos en que no puedo.
Está totalmente decepcionado. Todo un caso social que él creía tener como primicia absoluta
se le va diluyendo.
–Ortopedia –le insisto–: ¿No quiere decir que a uno lo curan del…?
–Dígame, señor –me pregunta ya totalmente ofendido– ¿A usted qué le duele?
–Bueno, para serle franco, me duele el culo, ¿qué quiere que le haga?
No tiene ninguna anécdota al respecto y no sé si me la contaría aún en el caso contrario. Ya me
odia, directamente.
–Vaya a la guardia. Ahí lo van a atender. Parece mentira. Cuando me dispongo a irme, la
vocación lo traiciona y me dice: –Tómese un Geniol. O dos.
Le agradezco la receta magistral y enfilo para la guardia. El continente americano se ha
enfermado hoy y me pongo en la cola. Delante mío hay un tipo justo para que lo atienda el
portero.
La dimensión de la fila me hace dudar sobre si llegaré vivo a que me atiendan, pero pienso que
esto me da el tiempo suficiente para ver qué le digo a la mina que está sentada en un escritorio
y distribuyendo el juego como un hábil mediocampista: usted allí, usted acá, hoy está
prohibido enfermarse del hígado, el reumatólogo tiene hepatitis. Pienso en lo que voy a
decirle:
–Me duele el recto (y todo el mundo pensando qué lástima, un muchacho con ese físico y
maricón).
–Quiero que me revisen el recto (y la misma conclusión, ahora ya sin ninguna duda sobre mi
desviación sexual).
–Busco al rectólogo (y lo mismo, éste quiere disimular que es maricón, lo cual no deja de ser
peor. Por lo menos, que afronte su desgracia con altivez, caramba).
Cuando faltan dos tipos, no sé todavía qué voy a decirle, pero el punto que está delante mío
me puede salvar. A ver cómo le explica él que tiene los bichitos juguetones y entonces yo
aprovecho la bolada, el ambiente turbio ya que tiene antecedente y lo mío no trasciende.
Cuando le llega el turno, la enfermera le pregunta nombre, apellido, edad, domicilio y por poco
hincha de quién. Con soberbia cara de otario, me acerco para escuchar el crucial diálogo.
–¿Qué problema tiene?
A punto de caérsele la cara de vergüenza por lo frágil ser humano que es, responde:
–Tengo una uña encarnada.
Pienso en la famosa clínica del diagnóstico que podríamos fundar el portero y yo y luego de dar
mi filiación, me mira y me pregunta con la mirada, qué problema tengo.
Yo, mudo. Finalmente, accede al ritual. – ¿Qué problema tiene, señor? –Bueno, tengo un dolor.
Apoya la cabeza en la palma y me vuelve a mirar. Está esperando que yo le diga dónde.
–¿Sí? –me pregunta dejando en el aire: qué, me dice. –Sí –le contesto.
El agitadísimo diálogo no deja de constituir una escena pintoresca que matiza la espera de
todos los pacientes. Todos miran. Detrás mío, no hay nadie. Esto puede durar todo el día,
pienso. Ayúdame, miss Nightingale. Vos sabés de estas cosas.
–¿Dolores durante la micción? –me pregunta sutilmente.
Dolores durante la micción. Parece el nombre de una mina de la sociedad colombiana, pienso.
–No –le contesto. Y con un gesto le indico que siga intentando. –¿Dolores génito-urinarios? –
me pregunta un poco enojada, y antes de que se le ocurra la próxima posibilidad dolorosa, un
sifilólogo frustrado opina en voz baja para que lo oigan todos:
–Debe ser para dermatología, señorita.
–Señor, por favor, no podemos estar todo el día con esto. Si usted no me dice lo que le pasa…
¿Problemas génito-urinarios? –insiste.
–Señorita –le digo con tono lastimero–. No son génito-urinarios, pero… alguna relación tiene,
no sé. El recto, ¿tiene algo que ver con el sistema?
Claro, la palabra era un cheque al portador. La noticia recorre todo el hospital, pero el
epicentro del fenómeno se centra en la guardia. El tipo de la uña encarnada me mira
diciéndome con los ojos no te da vergüenza, si yo fuera tu padre, te volvía a romper el culo,
pero a patadas, y una madre le dice a su hijo, vos vení para acá y lo protege instintivamente del
deleznable sujeto. La enfermera, repuesta de la noticia, anota en la planilla y me dice que me
siente. Pienso que, si me siento, muero, ahí nomás, sumariamente.
El médico pasa por allí en ese momento, y la enfermera lo detiene. Noto que habla de mí, el
tipo me mira, le dice que sí, enseguida vuelvo y sale.
Como, pese a todo, ella me ama, me informa que enseguida me van a atender.
La decisión provoca la tradicional reacción popular, hay murmullos contra la aborrecible
enfermera, pero en medio de la indignación general, surge la voz de la madre del niño que,
dirigiéndose a nadie, es decir, a todos, dice:
–Claro, y encima los atienden primero.
La configuración edilicia de la guardia propiamente dicha es un monumento a la discreción.
Con un grabador y una filmadora uno podría, en diez minutos, escribir los diez tomos del
Testut. El médico me pregunta qué me pasa. Debe tener 22 años a lo sumo. ¿En qué año
estarás? ¿Ya rendiste Culo vos?, me pregunto.
–Mire –le explico–. Desde ayer tengo un dolor bárbaro en el ano. Y ahora ya no puedo más. No
puedo sentarme, no puedo estar parado, me duele si hablo.
–Bueno, vamos a ver. Venga por aquí.
Y a medida que recorremos el pasillo, va descorriendo las cortinas de los boxes, no sin provocar
frecuentes chillidos, indignados por favores y actitudes insensatas de quienes se ven
sorprendidos con paños menores a media asta. Encontramos uno vacío y me ordena que me
desnude mientras él enseguida vuelve. En el box de al lado, el de la uña encarnada pega un
grito y se traga una puteada que hubiera involucrado hasta el más remoto antecesor de la
enfermera. Pienso que la verdad esto es mejor tomárselo a joda y cagarse de risa. A la sola
mención del verbo defectivo, reflejo condicionado diría Pavlov, me entran ganas de ir al baño,
vía recto. Lo único que faltaba, me digo, que me agarren ganas de cagar. El grito del de la uña
encarnada va a parecer un susurro de amor comparado con el mío. Frágil espiritual que es uno
trato de engañarme y me digo que ya cagué. Mentira, me grita mi conciencia, mientras pienso
que algún día debo escribir un ensayo sobre la vida y la caca: dos cosas difíciles de aguantar.
La temperatura ambiente no es la más propicia para quedarse totalmente en pelotas, y me
dejo puesta la camisa y los zapatos. Me siento en la camilla y me observo el sistema génito-
urinario, como diría el portero. Da lástima: parece el experimento de un jíbaro que ha reducido
un bandoneón. Cuando el de la uña encarnada opina que prefiere que le corten el pie antes de
que se atrevan a tocarle la uña otra vez, entra el futuro médico, orgullo de la familia.
–Póngase en cuclillas –me ordena.
Me pongo en cuclillas y pienso que lo único que falta es que suene un disparo y salga a buscar
la meta.
–Abra un poco más las nalgas. Las abro.
–Un poco más –insiste.
–Doctor, no crea que no quiero colaborar con la ciencia, pero mido 1,95.
El tipo se ríe y me dice que está bien.
Para distraerme un poco, bajo la cabeza y miro hacia atrás. Me pregunto cómo no larga todo y
se manda mudar. El espectáculo es deplorable, pero siento dos manos frías en ambos glúteos y
dos pulgares acercándose sugestivamente por ambos flancos. Instintivamente, me hago el
estrecho.
–No, por favor, quédese tranquilo. Así no puedo hacer nada.
Le pido perdón y rindo la ciudadela. Los pulgares se asumen y se acercan a las puertas de
palacio ya. Vos tócame nomás, tócame apenas y que Dios te ampare, pienso. Ostensiblemente
acuciadas por la posición decúbito panzal, las ganas de ir al baño se acentúan y ahora sí, me
niego rotundamente.
El tipo se me enoja y como ya ha entrado en confianza –después de todo me ha tocado el culo–
me dice che, déjese de embromar, parece mentira.
De golpe sospecha algo y me pregunta: –¿Qué le pasa?
–Doctor, perdóneme, ¿pero usted quiere creer que justo ahora? Se agarra la cabeza y vuelve a
reír.
–Está bien, pero aguántese. No hay otra solución. Yo necesito solo unos segundos para
palparlo.
Tengo ganas de contestarle que yo también, pero para cagarme. No creo que el chiste le caiga
bien.
Como soy un gil, me pregunta cosas a medida que empieza otra vez la invasión.
–¿Es la primera vez que le pasa?
–Y la última. Aunque tenga que cagar por la oreja el resto de mi vida.
En ese momento, siento un alambre de púa recorriendo con libre albedrío las paredes iniciales
del recto. Y pienso lo que debe estar gozando el de la uña encarnada. Pego un grito.
–Quédese como está –me ordena–. Relaje los músculos. Enseguida vuelvo.
Escucho que en el pasillo le pregunta a la enfermera dónde hay vaselina. La mera mención del
noble lubricante para usos o aberraciones varias me incita a salir corriendo despavorido,
cuando escucho que la cortinita se corre y entra alguien, doctora ella, pasea la mirada por los
hermosos y lascivos glúteos, luego va hacia el sistema génito urinario propiamente dicho, me
mira inquisitivamente, se echa hacia atrás y vuelve a investigar la decoración en general, tuerce
la cabeza convencida de que no hay nada que hacer, todo sería inútil, pide perdón y sale. En
cualquier momento deciden dejarme acá toda la mañana y cobran entrada, pienso.
Se vuelve a correr la cortinita y entra mi anólogo de cabecera con un frasco de vaselina como
para revisar un mamut. Lo deja sobre una mesita y procede a colocarse unos guantes de goma.
–¿Es para evitar el embarazo? –le digo haciéndome el gracioso. No me contesta porque los
guantes son más viejos que el tobillo y no sabe por dónde empezar. Cuando logra ponérselos,
le asoman dos dedos, lánguidos y desnudos.
–Un momentito –me ruega.
–Doctor –lo paro– ¿tengo que quedarme así obligatoriamente? Me duelen los brazos, sin
contar con que cualquiera puede entrar como recién. El show, francamente, es un asco.
–No, quédese así. Y abra las nalgas todo lo que pueda.
Sale y enseguida vuelve, esta vez acompañado de un colega, futuro anólogo.
–¿Fístula?
–No sé. Todavía no pude palpar. –¿Dolor?
–Sí.
–No se ve inflamación –dice el recién llegado desde la frontera con Bolivia.
–¿Qué te parece?
–No sé. Palpá a ver qué pasa. Yo Ano cinco todavía no di.
El colega desaparece. De pronto, la situación se hace tensa. Me vuelve a abrir sin más trámite,
se acerca todo lo que puede y, jugado, decide auscultar de zurda. Le miro el tamaño del dedo,
manos de pianista más bien no tiene.
–Doctor, perdón, ¿pero usted piensa meterme eso adentro? –pregunto en pánico.
Me responde mientras cubre de vaselina el dedo.
–Escúcheme bien. Ahora va en serio. O se deja palpar o se va a su médico.
–Me dejo palpar.
Cuando las galaxias explotaron en el núcleo central del universo, todo fue, durante un instante,
un rojo que nunca se volverá a repetir, una explosión desde el seno más íntimo de cada una de
las estrellas que se expandieron junto con nuestro sol por el espacio buscando con sus puntas
el borde pascaliano de la esfera cósmica, horadando
el infinito como espadas de Dios, mientras el sol, vagabundo desde la eternidad, buscaba
exactamente el centro de su pequeño sistema, calcinando todo lo que encontraba a su paso en
una carrera devastadora que separó continentes, desequilibró el eje de rotación de los astros,
emergieron volcanes que durante millones de siglos se aburrieron en las entrañas de la tierra y
estallaron al fin como bestias, una estampida de búfalos inconmensurables vomitando el rojo
inicial, hasta que Dios dijo basta, paremos aquí si lo que queremos es crear un planeta.
Salgo del quirófano ad hoc, horadado y profanado en lo más íntimo, con la orden de volver
mañana para ser observado por el especialista en el asunto, sujeto que me aplicará un aparato
que se llamará todo lo rectoscopio que quiera, pero que no deja de ser un fierro en el culo. En
ese momento, el tipo de la uña encarnada, apoyándose lastimosamente en uno de los talones,
va también hacia la salida. Todavía no he podido saber por qué, le sonrío diciéndole qué día,
¿no?, al tiempo que camino con un ritmo que ya lo quisiera María Félix yendo al encuentro de
su amante para matarlo con premeditación y alevosía. Sorpresivamente, siento una de las
famosas puntadas y me agarro del desuñado para no caerme, gesto civil y sin implicancias que
el tipo interpreta como amor a primera vista, se me vuelve a escapar otra sonrisa, actitud que
no deja de empeorar las cosas y el tipo –mufa, impotencia, dolor y asco mediante– levanta
instintivamente el pie desuñado y Bernabé Ferreyra en su tarde más gloriosa me encaja una
patada en el centro mismo del culo. Por un instante nos miramos, sorprendidos. Un segundo
después, los dos, al unísono, pegamos el grito inicial, el llamado de amor indio, Tarzán
navegando de liana en liana y convocando a todo el continente africano con voz tomada por un
intempestivo resfrío e inmediatamente damos comienzo oficial al primer festival mundial de
cante jondo, no sin matizarlo con pasos de baile calé, y danza rabiosamente moderna, todo por
bulerías.
En: El fideo más largo del mundo, Capital Intelectual, 2008.
Actividades
1. Ante la necesidad de un permiso de salida:
a) ¿Qué motivo real tenía el protagonista para pedirlo?
b) ¿Qué razones tiene el protagonista para dudar en pedirle permiso al jefe?
c) ¿Qué razones tiene el jefe para negárselo? ¿Crees que estaba justificada su postura?
d) ¿Por qué crees que al decir el motivo real de su dolencia el jefe le da permiso sin dudarlo?
2. ¿Qué problema se le presenta al protagonista al ingresar al hospital?
3. Cuando se encuentra con el portero, ¿Qué mal entendido se produce y cómo se soluciona?
Explica.
4. Cuando se encuentra cara a cara con la enfermera y su pudor impide que pueda explicar lo
que le sucede, ¿qué interpretan ella y los demás pacientes que esperaban?
5. ¿Cómo reaccionan las personas al creer que él era homosexual? ¿Cómo hubieras
reaccionado vos?
6. Según tu opinión, ¿por qué el de la uña encarnada le da un puntapié al protagonista al final
del relato?
7. El título del relato no parece tener mucha relación con lo sucedido, sin embargo la hay. A
continuación, averigua a qué obra de Pablo Neruda hace alusión y luego explica la relación con
la situación del protagonista.
8. ¿Qué términos de la ciencia se utilizan para provocar risa? ¿Qué neologismos aparecen
mencionados y a qué hacen alusión?
9. ¿Qué función cumple la risa en este cuento?
10. El cuento es de humor: ¿Qué cosas sostienen ese humor?
11. Realiza una lista de 5 cosas o situaciones embarazosas que pueden causar risa.
Mi apología
Woody Allen
De todos los hombres célebres que han existido el que más me habría gustado ser es
Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias
intuiciones razonablemente profundas; si bien las mías giran invariablemente en torno a una
azafata de la aviación sueca y unas esposas. No, lo que más me atrae de este sabio entre los
sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que
prefirió dar su vida para demostrarlos. Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier
ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de
echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando. Al final, la valerosa muerte
de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece
totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el Departamento de Impuestos sobre
la Renta. Confieso que muchas veces he querido ponerme en el lugar del insigne filósofo, y en
todas ellas me he quedado inmediatamente transpuesto y he tenido el siguiente sueño.
(La escena transcurre en mi celda. Acostumbro a estar sentado y solo, resolviendo algún
intrincado problema de pensamiento racional, por ejemplo: ¿Podemos considerar un objeto
como una obra de arte si sirve también para limpiar la estufa? En este preciso momento me
visitan Agatón y Simmias).
AGATÓN: Ah, mi buen amigo y viejo sabio, ¿qué tal discurren tus días de confinamiento?
ALLEN: ¿Qué cabe decir del confinamiento, Agatón? Sólo el cuerpo puede ser sujeto a límites.
Mi mente vaga con toda libertad, sin que estas cuatro paredes le pongan trabas. Así que en
verdad puedo preguntar, ¿existe el confinamiento?
AGATÓN: Ya, pero, ¿y qué ocurre si quieres dar un paseo?
ALLEN: Buena observación. No podría.
(Los tres permanecemos inmóviles en actitudes clásicas, casi como en un friso. Finalmente
Agatón toma la palabra).
AGATÓN: Me temo que traigo malas noticias. Te han condenado a muerte.
ALLEN: Ah, me entristece ser causa de controversia en el Senado.
AGATÓN: De controversia, nada. Unanimidad.
ALLEN: ¿De veras?
AGATÓN: En la primera votación.
ALLEN: Vaya. Esperaba un poco más de apoyo.
SIMMIAS: El Senado está furioso con tus ideas sobre un Estado utópico.
ALLEN: Sospecho que no debí sugerir que eligieran a un filósofo-rey.
SIMMIAS: Sobre todo, cuando, carraspeando, te señalabas a ti mismo.
ALLEN: Aun así, no consideraré malvados a mis verdugos.
AGATÓN: Ni yo tampoco.
ALLEN: Ejem, sí, bueno… ¿qué es el mal sino sencillamente el bien hecho con exceso?
AGATÓN: ¿Cómo puede ser?
ALLEN: Míralo de esta manera. Si un hombre entona una bonita canción, resulta grato al oído.
Si la canta una y otra vez, te producirá jaqueca.
AGATÓN: Cierto.
ALLEN: Y si no cesa nunca de cantar, llegará un momento en que querrás estrangularlo con un
calcetín.
AGATÓN: Sí. Muy cierto.
ALLEN: ¿Cuándo ha de cumplirse la sentencia?
AGATÓN: ¿Qué hora es ahora?
ALLEN: ¿¡Hoy!?
AGATÓN: Es que necesitan la celda.
ALLEN: ¡Bien, pues que así sea! Dejemos que me quiten la vida. Que quede escrito que muero
antes de renunciar a los principios de la verdad y la libertad de pensamiento. No llores, Agatón.
AGATÓN: No lloro. Es alergia.
ALLEN: Para el hombre sabio, la muerte no es un fin sino un principio.
AGATÓN: ¿Por qué?
ALLEN: Bueno, deja que lo piense un minuto.
SIMMIAS: Tómate el tiempo que necesites.
ALLEN: ¿No es cierto, Simmias, que el hombre no existe antes de haber nacido?
SIMMIAS: Muy cierto.
ALLEN: Ni existe después de haber muerto.
SIMMIAS: Sí, estoy de acuerdo.
ALLEN: Hmmmm.
SIMMIAS: ¿Y bien?
ALLEN: Espera un momento, caramba. Me siento perplejo. Ya sabes que me dan únicamente
cordero para comer y que nunca está bien asado.
SIMMIAS: La mayoría de los hombres contemplan la muerte como el fin de todo. Y en
consecuencia la temen.
ALLEN: La muerte es un estado de no-ser. Lo que no es, no existe. Y sin embargo no existe la
muerte. Sólo la verdad existe. La verdad y la belleza. Son intercambiables, y también aspectos
de sí mismas. Ejem, ¿dijeron en concreto qué proyectos tenían para mí?
AGATÓN: Cicuta.
ALLEN (desconcertado): ¿Cicuta?
AGATÓN: ¿Recuerdas aquel líquido negro que agujereó tu mesa de mármol?
ALLEN: ¡No me digas!
AGATÓN: Una sola cucharada. Aunque te la darán en un cáliz para que no se derrame nada.
ALLEN: Me pregunto si dolerá.
AGATÓN: Dijeron que procurases no hacer una escena. Los demás presos se pondrían
nerviosos.
ALLEN: Hmmm.
AGATÓN: Les contesté que morirías valerosamente antes de renunciar a tus principios.
ALLEN: Bien, bien… ejem, ¿el concepto <destierro> no se citó nunca en el debate?
AGATÓN: Desterrar quedó suprimido el año pasado. Requeriría demasiada burocracia.
ALLEN: Bueno… claro… (Preocupado y distraído, pero intentando conservar el dominio de sí
mismo). Yo, ejem… así que, ejem… ¿y qué más hay de nuevo?
AGATÓN: Oh, me encontré con Isósceles. Tiene una idea estupenda para un nuevo triángulo.
ALLEN: Bien… bien… (De pronto abandona todo fingimiento). Mira, voy a ser sincero contigo…
¡No quiero morir! ¡Soy demasiado joven!
AGATÓN: ¡Pero si es tu gran oportunidad de morir por la verdad!
ALLEN: No me interpretes mal. Yo sólo vivo para la verdad. Por otra parte, tengo un almuerzo
en Esparta la semana que viene, y me molestaría faltar. Me toca pagar a mí. Ya sabéis cómo son
esos espartanos, enseguida desenvainan la espada.
SIMMIAS: ¿Se ha vuelto un cobarde el más sabio de nuestros filósofos?
ALLEN: No soy un cobarde, ni tampoco un héroe. Digamos que estoy más o menos por el
medio.
SIMMIAS: Un gusano miedoso.
ALLEN: Ese es aproximadamente el punto exacto.
AGATÓN: Pero fuiste tú el que demostró que la muerte no existe.
ALLEN: Un momento, escúchame… claro que he demostrado muchas cosas. Así es como pago
el alquiler. Teorías y pequeñas experiencias. Un comentario travieso de vez en cuando.
Máximas ocasionales. Es mejor que recoger aceitunas, pero tampoco hay por qué
entusiasmarse.
AGATÓN: Pero tú demostraste muchas veces que el alma es inmortal.
ALLEN: ¡Y lo es! Pero sobre el papel. Mira, ése es el gran problema de la filosofía… resulta tan
poco funcional en cuanto sales de clase…
SIMMIAS: ¿Y las <formas> eternas? Dijiste que cada cosa existía siempre y siempre existirá.
ALLEN: Me refería principalmente a los objetos pesados. Una estatua o algo por el estilo. Con
las personas es muy diferente.
AGATÓN: ¿Y todas tus disertaciones acerca de que la muerte es lo mismo que el sueño?
ALLEN: Así es, pero la diferencia estriba en que cuando estás muerto y alguien grita < <¡Todo el
mundo en pie, ya es de día!> >, cuesta un horror encontrar las zapatillas.
(El verdugo llega con una copa de cicuta. Su rostro se parece mucho al del cómico irlandés
Spike Milligan).
VERDUGO: Ah… ya estamos aquí. ¿Quién se ha de beber el veneno?
AGATÓN (señalando hacia mí): Éste.
ALLEN: Caramba, qué copa tan grande. ¿No suelta demasiado humo?
VERDUGO: Es normal. Hay que bebérsela toda, porque la mayoría de las veces el veneno está
en el fondo.
ALLEN (por regla general aquí mi comportamiento difiere completamente del de Sócrates y me
han advertido ya que suelo gritar en sueños): ¡No… no beberé! ¡No quiero morir! ¡Socorro!
¡No! ¡Por favor!
(El verdugo me tiende el burbujeante brebaje entre mis abyectas súplicas y todo parece
perdido. Entonces el sueño siempre toma un nuevo sesgo, a causa de algún innato instinto de
supervivencia, y aparece un mensajero).
MENSAJERO: ¡Quietos todos! ¡El Senado ha vuelto a votar! Quedan retiradas las acusaciones
contra ti. Tu valía ha sido finalmente reconocida y está decidido que se te debe rendir un
homenaje.
ALLEN: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Han vuelto a la razón! ¡Soy un hombre libre! ¡Libre! ¡Y me van a
homenajear! Deprisa, Agatón y Simmias, preparadme las maletas. Tengo que irme. Praxíteles
querrá comenzar mi busto cuanto antes. Pero antes de partir, os brindo una pequeña parábola.
SIMMIAS: Vaya, esto sí que ha sido volver casaca. ¿Tendrán idea de lo que se traen entre
manos?
ALLEN: Un grupo de hombres habita en una oscura caverna. No saben que fuera brilla el sol. La
única luz que conocen es el titubeante temblar de las velas que llevan para desplazarse.
AGATÓN: ¿Y de dónde han sacado las velas?
ALLEN: Bueno, digamos que las tienen y basta.
AGATÓN: ¿Habitan en una caverna y tienen velas? Suena a falso.
ALLEN: ¿No podéis aceptar mi palabra?
AGATÓN: Está bien, está bien, pero vayamos al grano.
ALLEN: Un buen día, uno de los moradores de la caverna sale y ve el mundo exterior.
SIMMIAS: En toda su claridad.
ALLEN: Justamente. En toda su claridad.
AGATÓN: Y cuando intenta contárselo a los demás, no le creen.
ALLEN: Pues no. No se lo cuenta a los otros.
AGATÓN: ¿Ah, no?
ALLEN: No, pone una carnicería, se casa con una bailarina y se muere de hemorragia cerebral a
los cuarenta y dos años.
(Me agarran todos y me obligan a ingerir la cicuta. Por regla general aquí me despierto bañado
en sudor y sólo una ración de huevos revueltos y salmón ahumado consigue tranquilizarme).
Actividades
1. ¿A qué se debe la admiración que siente el protagonista por Sócrates? ¿Por qué siente que
nunca podrá ser igual a él?
2. ¿Por qué razón Allen es condenado a muerte en su sueño? ¿Cómo toma la noticia?
3. ¿Qué pensamiento tiene Allen acerca de la muerte? ¿Estás de acuerdo con él? Explica.
4. ¿Qué razones esgrime Allen para no morir? ¿Cómo reaccionan Agatón y Simmias?
5. ¿Qué sucede cuando el verdugo se presenta con la copa de cicuta y debe beber el veneno?
¿A qué se debe esto según él mismo?
6. ¿Por qué crees que al final de su sueño todos lo obligan a beber la cicuta? Explica.
7. ¿De qué manera logra el autor el efecto humorístico en el relato? Explica.
“Te digo más”
¡¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noe?! Es mundial la del Gordo Luis cuando
hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje, el pobre Gordo.
Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con
nosotros 3 y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo
vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos.
¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez te fuiste a
Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un
árbol?
Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se
la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en la lona
lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde
laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para colmo, se venían las fiestas y
algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche.
El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos
no les vas a andar explicando el fato del FMI, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y
todas esas pelotudeces. La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier
cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí
por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.
Y resulta que en el barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de
electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la
puerta para promocionar su negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que
al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena, porque
estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso río
Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar
por los 120, porque es alto, grandote, Luis.
Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca
lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa
ineludible. Rosario... pleno verano... mediodía, un sol de la puta madre que lo reparió, algo así
como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela
tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y
guantes.
¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo
se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre
Gordo. ¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta a veces
sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo
minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas?
Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa
vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medio coloradones que
tiene el tipo, el personaje, Santa Claus.
Hasta la voz media ronca tiene Luis... ¿viste que Papá Noel se ríe siempre con esa risa ronca?
Jo, jo. Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo... Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía,
pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían
muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... y el
Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel
maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.
A los quince minutos, a los quince minutos te juro, el traje del Gordo ya no era colorado...
¿viste que esos trajes son colorado medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era, por la
transpiración a chorros que largaba el Gordo. Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni
tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira
más, no.
Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que
le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las
botas, por ejemplo. Me contaba después –porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía
las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le
chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho
metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada,
de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas
Danzantes el Gordo, imaginate.
Te digo que era ya un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo
voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos. En eso, una
vecina, una vieja de esas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión,
que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al
Gordo. O escuchó el griterío de los chicos y salió a ver qué pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada
de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio
encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete
la vieja, una ladilla.
Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y
aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que
parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo, che. El
Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su
trabajo, pero, en definitiva, la acepta, lógicamente.
Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un
vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos.
Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Lo que pasaba también
es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis
tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro
empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas
debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.
La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de
su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo
dejo”, y ahí se lo deja.
Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un
momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó
media jarra de un saque.
Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada. Era vino blanco, vino blanco era.
La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a
rolete y se lo había dejado ahí, con las mejores intenciones.
El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta
cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y aparte, seamos
sinceros, cuando ya se dio cuenta no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un
muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000
grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco. Fondo blanco.
Bueno, te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda
inmediata y espantosa, demencial. Una curda como para trescientas personas.
Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, para colmo, el Gordo no era un tipo que tomara
mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino con la cena, nada más. Alguna
copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el gin tonic,
pero con mucha más agua tónica que otra cosa.
¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró! No te digo que
empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes, ni nada de
eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un
ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de
caramelos y chocolatines que eran para toda la tarde...
¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora
eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes,
después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera...
Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.
Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el
fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles o apolillando una siesta mientras
esperaba la hora en que el patrón llegaba.
Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos en la puerta del negocio había un mundo de
gente que venía de todas partes alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño,
por la mamúa del Gordo.
La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba
los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a
cantarle a Gardel.
En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un
coche nuevo.
Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso
loco. Entró a gritar, a arrebatarles las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores
portátiles, radios que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con
los beneficiados.
Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al
pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana,
un patrullero que andaba de ronda.
En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que contaban
los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel se las regalaba, el
pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese
quilombo.
Y bien dice el Martín Fierro que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí
el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.
Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco, me imagino, se había
aliviado un poco de la tranca, y comprendió la cagada que se había mandado. Pero te conté
que es un tipo manso, un tipo tranquilo que no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a
nadie. Supo que tenía la culpa, y entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue
para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derechito viejo, solito,
adentro del patrullero.
Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también
se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.
El Gordo se fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas
de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado en un bolsito y salió de nuevo a la
calle.
Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de las
canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo, sin el traje
colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, el pelo negro
achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce.
No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su
esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?” me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que
venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que se
había sacado.
Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que
señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la
calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio
mundo reclamando facturas o recibos de compra.
Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso de última, el otro policía del
patrullero que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el
Gordo piensa: “Cagamos”.
Y la cana le pregunta “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad,
que sí, que era suyo.
Pero tuvo miedo de que la cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No,
lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía
para un carajo. El Gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso todavía de que alguien lo
reconociese y lo mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra.
Casi termina preso, el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni
cómo se llamaba ni adónde vivía. Era un contrato basura, pero realmente basura el del pobre
Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos
de invierno, podés creer.
Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los
yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.
Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre,
Gordo. Por lo menos de Niño Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque
estás fresco.” Eso le decía yo, para joderlo.
“De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo-
De vaca”.
Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el
rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro...
¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes
me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la
Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro.
Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente
pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con
esas pelotudeces inventadas por los yankis que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos
colonizados de mierda. Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, me lo dicen por 8 tener una
formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del
capitalismo salvaje. Roberto Fontanarrosa
Actividades
1. Buscá estos recursos humorísticos en el cuento, comentá cómo fueron utilizados y
aportá ejemplos textuales.
Las citas que realices deben estar explicadas.
- Lo ridículo o exagerado
- Repeticiones
- Vocabulario coloquial
- El equívoco
- Estereotipos