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Cuentos Varios

Microcuentos de Enrique Anderson Imbert

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Los frascos de Pablo de Santis

La mujer me hizo entrar a su dormitorio porque tenía algo para mostrarme. Miré los frascos
de color ámbar y las botellas azules cerradas con lacre; había recipientes con forma de
sirena, de araña, de unicornio. La mayoría era de cristal, pero también había de madera, de
hierro oxidado. En alguno flotaba polvo de oro; en otro, un escarabajo atigrado. -Siempre
quise conocer su colección de perfumes- dije- ¿Me permite abrir alguno? No esperé a que
me respondiera y abrí un frasco verde. La fragancia me hizo ver sombras, destellos, pozos
sin fin. Lo cerré de inmediato. -No son perfumes-dijo Lucrecia-.Son mis venenos.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

La inspiración
Por Pablo De Santis
El poeta Siao, que vivía desde el otoño en el palacio imperial, fue encontrado muerto en su habitación. El médico de la corte
decretó que la muerte había sido provocada por alguna substancia que le había manchado los labios de azul. Pero ni en las
bebidas ni en los alimentos hallados en su habitación había huellas de veneno.
El consejero literario del emperador estaba tan conmovido por la muerte de Siao, que ordenó llamar al sabio Feng. A pesar de la
fama que le había dado la resolución de varios enigmas — entre ellos la muerte del mandarín Chou y los llamados “crímenes del
dragón”— Feng vestía como un campesino pobre. Los guardias imperiales se negaron a dejarlo pasar, y el consejero literario
tuvo que ir a buscarlo a las puertas del palacio para conducirlo a la habitación del muerto.
Sobre una mesa baja se encontraban los instrumentos de caligrafía del poeta Siao: el pincel de pelo de mono, el papel de
bambú, la tinta negra, el lacre con que acostumbraba a sellar sus composiciones.
—Mis conocimientos literarios son muy escasos y un poco anticuados. Pero sé que Siao era un famoso poeta, y que sus poemas
se contaban por miles —dijo Feng—. ¿Por qué todo esto está casi sin usar?
—Sabio Feng: hacía largo tiempo que Siao no escribía. Como verá, comenzó a trazar un ideograma y cayó fulminado
de inmediato. Siao luchaba para que volviera la inspiración, y en el momento de conseguirla, algo lo mató.
Feng pidió al consejero quedarse solo en la habitación. Durante un largo rato se sentó en silencio, sin tocar nada, inmóvil frente
al papel de bambú, como un poeta que no encuentra su inspiración. Cuando el consejero, aburrido de esperar, entró, Feng se
había quedado dormido sobre el papel.
—Sé que nadie, ni siquiera un poeta, es indiferente a los favores del emperador —dijo Feng apenas despertó—. ¿Tenía Siao
enemigos?
El consejero imperial demoró en contestar.
—La vanidad de los poetas es un lugar común de la poesía, y no quisiera caer en él. Pero en el pasado, Siao tuvo cierta rencilla
con Tseng, el anciano poeta, porque ambos coincidieron en la comparación de la luna con un espejo. Y un poema dirigido contra
Ding, quien se llama a sí mismo “el poeta celestial”, le ganó su odio. Pero ni Tseng ni Ding se acercaron a la habitación de Siao en
los últimos días.
—¿Y se sabe qué estaban haciendo la noche en que Siao murió?
—La policía imperial hizo esas averiguaciones. Tseng estaba enfermo, y el emperador le envió a uno de sus médicos para que se
ocupara de él. En cuanto a Ding, está fuera de toda sospecha: levantaba una cometa en el campo. Había varios jóvenes
discípulos con él. Ding había escrito uno de sus poemas en la cometa.
—¿Y dónde levantó Ding esa cometa? ¿Acaso se veía desde esa ventana?
Si, justamente allí, detrás del bosque. Honorable Feng: los oscuros poemas de Ding tal vez no respeten ninguna de nuestras
antiguas reglas, pero no creo que alcancen a matar a la distancia. ¡Además, la cometa estaba en llamas!
—¿Un rayo?
—Caprichos de Ding. Elevar sus poemas e incendiarlos. Yo, como usted, Feng, tengo un gusto anticuado, y no puedo juzgar las
nuevas costumbres literarias del palacio.
Feng destinó la tarde siguiente a leer los poemas de Siao. A la noche anunció que tenía una respuesta. El consejero imperial se
reunió con él en las habitaciones del poeta asesinado. Feng se sentó frente a la hoja de bambú y completó el ideograma que
había comenzado a trazar Siao.
—”Cometa en llamas” —leyó el consejero—. ¿La visión de la cometa le hizo a Siao recuperar la inspiración?
—Siao trabajaba a partir de aquello que lo sorprendía. El momento en que se detiene el rumor de las cigarras, la visión de una
estatua dorada entre la niebla, una mariposa atrapada por la llama. De estas cosas se alimentaba su poesía. Aquí en el palacio,
ya nada lo invitaba a escribir: por eso su pincel nuevo estaba sin usar desde hacía meses. Ding puso allí el veneno, y con la
suficiente anticipación como para que nadie sospechara de él. Sabía que Siao, como todos los que usan pinceles de pelo de
mono, se lo llevaría a la boca al usarlo por primera vez, para ablandarlo. Los restos del veneno se disolvieron en la tinta. Esa fue
una de las armas de Ding.
—Imagino que la otra fue la cometa —dijo el consejero.
—Ding sabía que al ver algo tan extraño como una cometa en llamas, la inspiración volvería al viejo Siao.
Feng tomó el pincel de pelo de mono y escribió:
Una cometa en llamas sube al cielo negro.
Brilla un momento y se apaga.
Así la injusta fama del mediocre Ding.
—Mis dotes como poeta son pobres, pero acaso no esté tan alejado del tema que hubiera elegido Siao —Feng limpió con
cuidado el pincel—. Como poeta Ding rechaza toda regla, pero como asesino acepta las simetrías. Para matar a un poeta eligió la
poesía.

UNA COARTADA A PRUEBA DE BOMBA de Giorgio Scerbanenco


La esposa, con un velo blanco, algunos granos de arroz aún esparcidos entre los pliegues, acabó también ella en el cuartelillo de
la policía, con el rostro pálido, sin lágrimas, la mirada cargada de odio ante el funcionario que, detrás de su escritorio, le
explicaba:
-Es inútil que digan que no es verdad, por el amor de Dios, que no les guste es natural, pero la verdad es la verdad, y ustedes
tienen que conocerla… Él salió esta mañana de su casa a las nueve, para casarse con usted. Estaba todo calculado, premeditado
con exactitud. Sale de casa con el coche, repito, para ir a la iglesia donde se iba a celebrar la boda. Pero apenas ha subido al
coche aparece una antigua amiga, y él sabía que aparecería. “Déjame subir – le dice la antigua amiga -, tú no vas a casarte con
ésa, tú te vienes conmigo”. Es una exaltada, una loca, él lo sabe, desde hace dos años que ella lo atormenta, él no
aguanta más, la deja subir y la mata repentinamente y luego, antes de venir a casarse con usted, pasea por el parque,
arroja el cadáver detrás de un cesto y va corriendo a la iglesia para representar el papel de marido que espera a la esposa…
Usted llega, se celebra la ceremonia, y se van a la fiesta y él está tranquilísimo, porque tiene una coartada a prueba de bomba,
se lo digo yo. Aunque lo detengamos y le preguntemos: ¿Dónde estaba la mañana del 29 de abril?, él responderá Estaba
casándome. ¿Cómo puede una persona que va a casarse, matar al mismo tiempo a una mujer? Pero él no podía imaginarse que
el coche perdiera aceite precisamente esa mañana. Cerca de la mujer estrangulada había un charquito de aceite, seguimos las
gotas de aceite como en los cuentos y llegamos hasta la iglesia…, desde la iglesia llegamos hasta el hotel, donde continúa aún la
fiesta, preguntamos de quién es el coche y el coche es del marido, y el marido ha confesado, señora, lo siento muchísimo, pero
la verdad es la verdad…
Bajo su velo blanco, ella, sin embargo, siguió mirándolo con odio.

Ladrones de bicicletas
Los ladrones de bicicletas eran muy audaces y muy rápidos. Los testigos declararon que la camioneta negra se acercó al soporte
para bicicletas donde los vehículos estaban estacionados. Dos adolescentes bajaron de un salto, se precipitaron sobre las
bicicletas y eligieron de inmediato la roja para competición de montaña, la más valiosa del grupo.
Uno de los ladrones tenía pinzas para cortar cables y cortó la cadena del candado. El otro la llevó hasta la camioneta con rapidez,
la arrojó en la caja y después salieron a toda velocidad. El incidente entero no llevó más de dos minutos y medio.
La policía descartó sospechosos hasta quedarse con un grupo de personas de la zona que tenían una camioneta como la que
usaron los ladrones. Uno era adolescente. Lo citaron y el detective Quicksolve lo estaba interrogando. El muchacho se llamaba
Shawn y preguntaba:
– ¿Para qué diablos me hicieron venir? Yo no hice nada.
– ¿Qué te dijo el agente, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Dijo que robaron una bicicleta en la escuela, eso es todo. No dijo por qué creían que lo había hecho yo. Hoy no estuve ni
cerca de la escuela. Tengo una camioneta. ¿Para qué necesito una bicicleta de montaña? ¿Quién dijo que yo lo hice, de todas
maneras? – Shawn estaba muy furioso de que lo culparan.
– ¿Tienes una camioneta negra, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Sí, pero también mucha otra gente – objetó Shawn.
– ¿Quién te ayudó a llevarte la bicicleta? – preguntó el detective Quicksolve.
Shawn quedó atónito por el tono abrupto de la pregunta.
El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert
Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.

El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert


Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.

El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert


Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.
La confesión Enrique Anderson Imbert
Yo sabía que mi abuelo materno había sido pintor, pero de ahí no pasaban mis noticias. Y aun de eso me enteré por casualidad,
pues en mi casa ni su nombre se pronunciaba. Más que olvidado, estaba prohibido: una vez que, a instigación de mi primo
mayor, pregunté a mi madre “¿qué hizo de malo Abuelo?, me miró sobresaltada, me dijo que nunca más quería oírme hablar así
y después, desde mi cuarto, la oí llorar.
Años más tarde fui a Italia y por casualidad vi en un museo algunos cuadros de mi abuelo, uno de ellos –según el catálogo– un
autorretrato. Me impresionaron sus ojos. Miraban con odio. Supuse que, habiéndose autorretratado frente al espejo, esa
mirada de odio revelaba que mi abuelo se odiaba a sí mismo.
Tuve que volver en seguida a Buenos Aires porque me anunciaron por cable que mis padres acababan de morir en un incendio.
El abogado me informó que también me tocaba en herencia una casa que perteneciera a mi abuelo. Esperé encontrar allí
muchos cuadros suyos, pero no. Sólo encontré uno, en el desván, y me decepcionó. Era una tela oscura, sucia de moscas, de
moho, de polvo, de telarañas. Apenas se veía el bulto de una mujer sobre la tierra, en medio de las sombras de un bosque.
Bajé el cuadro y lo lavé. Mientras lo lavaba, el rostro de la mujer empezó a parecerse al de mi madre. No dormía, sino que
agonizaba en un grito. Seguí limpiando la tela: el vestido de la mujer, que antes era gris, ahora se hizo blanco –vestido de la
época de mi abuela–, y en el pecho brillaba una mancha de sangre. ¿Quién la había asesinado? Un cadáver sin asesino es algo
ilógico, algo que contradice nuestros hábitos mentales, algo que inquieta como una magia capaz de matar con el mero
pensamiento. Restregué con la esponja otras zonas del cuadro: el aire se iluminaba como si estuviera amaneciendo. El césped
amarillaba con margaritas, el follaje reverdecía y por algunos huecos se podía ver un cielo cada vez más claro. Y de pronto, al
correr la esponja hacia un costado, apareció entre los últimos árboles una figura que antes no se veía, oculta por la suciedad: era
un hombre que se alejaba pero con la cara vuelta hacia la mujer asesinada, y en la mano llevaba un puñal que ahora empezó a
chorrear sangre. ¡La cara de mi abuelo! Miraba con esos mismos ojos de odio que yo ya le conocía, sólo que miraba con odio, no
a su imagen en el espejo como yo supuse, sino a la mujer asesinada.
Comprendí que mi abuelo había pintado allí su confesión.

La confesión Enrique Anderson Imbert


Yo sabía que mi abuelo materno había sido pintor, pero de ahí no pasaban mis noticias. Y aun de eso me enteré por casualidad,
pues en mi casa ni su nombre se pronunciaba. Más que olvidado, estaba prohibido: una vez que, a instigación de mi primo
mayor, pregunté a mi madre “¿qué hizo de malo Abuelo?, me miró sobresaltada, me dijo que nunca más quería oírme hablar así
y después, desde mi cuarto, la oí llorar.
Años más tarde fui a Italia y por casualidad vi en un museo algunos cuadros de mi abuelo, uno de ellos –según el catálogo– un
autorretrato. Me impresionaron sus ojos. Miraban con odio. Supuse que, habiéndose autorretratado frente al espejo, esa
mirada de odio revelaba que mi abuelo se odiaba a sí mismo.
Tuve que volver en seguida a Buenos Aires porque me anunciaron por cable que mis padres acababan de morir en un incendio.
El abogado me informó que también me tocaba en herencia una casa que perteneciera a mi abuelo. Esperé encontrar allí
muchos cuadros suyos, pero no. Sólo encontré uno, en el desván, y me decepcionó. Era una tela oscura, sucia de moscas, de
moho, de polvo, de telarañas. Apenas se veía el bulto de una mujer sobre la tierra, en medio de las sombras de un bosque.
Bajé el cuadro y lo lavé. Mientras lo lavaba, el rostro de la mujer empezó a parecerse al de mi madre. No dormía, sino que
agonizaba en un grito. Seguí limpiando la tela: el vestido de la mujer, que antes era gris, ahora se hizo blanco –vestido de la
época de mi abuela–, y en el pecho brillaba una mancha de sangre. ¿Quién la había asesinado? Un cadáver sin asesino es algo
ilógico, algo que contradice nuestros hábitos mentales, algo que inquieta como una magia capaz de matar con el mero
pensamiento. Restregué con la esponja otras zonas del cuadro: el aire se iluminaba como si estuviera amaneciendo. El césped
amarillaba con margaritas, el follaje reverdecía y por algunos huecos se podía ver un cielo cada vez más claro. Y de pronto, al
correr la esponja hacia un costado, apareció entre los últimos árboles una figura que antes no se veía, oculta por la suciedad: era
un hombre que se alejaba pero con la cara vuelta hacia la mujer asesinada, y en la mano llevaba un puñal que ahora empezó a
chorrear sangre. ¡La cara de mi abuelo! Miraba con esos mismos ojos de odio que yo ya le conocía, sólo que miraba con odio, no
a su imagen en el espejo como yo supuse, sino a la mujer asesinada.
Comprendí que mi abuelo había pintado allí su confesión.
Ladrones de bicicletas
Los ladrones de bicicletas eran muy audaces y muy rápidos. Los testigos declararon que la camioneta negra se acercó al soporte
para bicicletas donde los vehículos estaban estacionados. Dos adolescentes bajaron de un salto, se precipitaron sobre las
bicicletas y eligieron de inmediato la roja para competición de montaña, la más valiosa del grupo.
Uno de los ladrones tenía pinzas para cortar cables y cortó la cadena del candado. El otro la llevó hasta la camioneta con rapidez,
la arrojó en la caja y después salieron a toda velocidad. El incidente entero no llevó más de dos minutos y medio.
La policía descartó sospechosos hasta quedarse con un grupo de personas de la zona que tenían una camioneta como la que
usaron los ladrones. Uno era adolescente. Lo citaron y el detective Quicksolve lo estaba interrogando. El muchacho se llamaba
Shawn y preguntaba:
– ¿Para qué diablos me hicieron venir? Yo no hice nada.
– ¿Qué te dijo el agente, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Dijo que robaron una bicicleta en la escuela, eso es todo. No dijo por qué creían que lo había hecho yo. Hoy no estuve ni
cerca de la escuela. Tengo una camioneta. ¿Para qué necesito una bicicleta de montaña? ¿Quién dijo que yo lo hice, de todas
maneras? – Shawn estaba muy furioso de que lo culparan.
– ¿Tienes una camioneta negra, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Sí, pero también mucha otra gente – objetó Shawn.
– ¿Quién te ayudó a llevarte la bicicleta? – preguntó el detective Quicksolve.
Shawn quedó atónito por el tono abrupto de la pregunta.

Ladrones de bicicletas
Los ladrones de bicicletas eran muy audaces y muy rápidos. Los testigos declararon que la camioneta negra se acercó al soporte
para bicicletas donde los vehículos estaban estacionados. Dos adolescentes bajaron de un salto, se precipitaron sobre las
bicicletas y eligieron de inmediato la roja para competición de montaña, la más valiosa del grupo.
Uno de los ladrones tenía pinzas para cortar cables y cortó la cadena del candado. El otro la llevó hasta la camioneta con rapidez,
la arrojó en la caja y después salieron a toda velocidad. El incidente entero no llevó más de dos minutos y medio.
La policía descartó sospechosos hasta quedarse con un grupo de personas de la zona que tenían una camioneta como la que
usaron los ladrones. Uno era adolescente. Lo citaron y el detective Quicksolve lo estaba interrogando. El muchacho se llamaba
Shawn y preguntaba:
– ¿Para qué diablos me hicieron venir? Yo no hice nada.
– ¿Qué te dijo el agente, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Dijo que robaron una bicicleta en la escuela, eso es todo. No dijo por qué creían que lo había hecho yo. Hoy no estuve ni
cerca de la escuela. Tengo una camioneta. ¿Para qué necesito una bicicleta de montaña? ¿Quién dijo que yo lo hice, de todas
maneras? – Shawn estaba muy furioso de que lo culparan.
– ¿Tienes una camioneta negra, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Sí, pero también mucha otra gente – objetó Shawn.
– ¿Quién te ayudó a llevarte la bicicleta? – preguntó el detective Quicksolve.
Shawn quedó atónito por el tono abrupto de la pregunta.

Ladrones de bicicletas
Los ladrones de bicicletas eran muy audaces y muy rápidos. Los testigos declararon que la camioneta negra se acercó al soporte
para bicicletas donde los vehículos estaban estacionados. Dos adolescentes bajaron de un salto, se precipitaron sobre las
bicicletas y eligieron de inmediato la roja para competición de montaña, la más valiosa del grupo.
Uno de los ladrones tenía pinzas para cortar cables y cortó la cadena del candado. El otro la llevó hasta la camioneta con rapidez,
la arrojó en la caja y después salieron a toda velocidad. El incidente entero no llevó más de dos minutos y medio.
La policía descartó sospechosos hasta quedarse con un grupo de personas de la zona que tenían una camioneta como la que
usaron los ladrones. Uno era adolescente. Lo citaron y el detective Quicksolve lo estaba interrogando. El muchacho se llamaba
Shawn y preguntaba:
– ¿Para qué diablos me hicieron venir? Yo no hice nada.
– ¿Qué te dijo el agente, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Dijo que robaron una bicicleta en la escuela, eso es todo. No dijo por qué creían que lo había hecho yo. Hoy no estuve ni
cerca de la escuela. Tengo una camioneta. ¿Para qué necesito una bicicleta de montaña? ¿Quién dijo que yo lo hice, de todas
maneras? – Shawn estaba muy furioso de que lo culparan.
– ¿Tienes una camioneta negra, Shawn? – preguntó el detective Quicksolve.
– Sí, pero también mucha otra gente – objetó Shawn.
– ¿Quién te ayudó a llevarte la bicicleta? – preguntó el detective Quicksolve.
Shawn quedó atónito por el tono abrupto de la pregunta.
El soldado – Gabriel García Márquez
Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

El soldado – Gabriel García Márquez


Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono
desde el regimiento de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado
cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba –según dijo– de un recluta de diecinueve años que había perdido una
pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó
horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo
cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo que se había valido de aquella patraña
para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.
El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert
Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.

El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert


Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.

El crimen perfecto por Enrique Anderson Imbert


Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el
cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio.
Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que
enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas
del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteras de jardín alrededor de una hermosa imagen de
Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima
había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la
otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su
derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y
creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco; pero enseguida advirtieron
que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que
antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la
noche, las almas en pena de las religiosas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas); y de investigación en
investigación… ¡Bueno!… el resto ya lo sabe usted, Señor Juez.

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