ROBERTO PÉREZ-FRANCO
CATARSIS
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
CATARSIS
CUENTO
Vinye
Pérez-Franco, Roberto
Catarsis.- 1ª ed—Cambridge, MA : Vinye, 2008.
151 p. ; 23 x 15 cm.
ISBN 978-1440441516
1. Literatura Panameña 2. Cuento Panameño I. Título
Correo electrónico del autor:
roberto@[Link]
Vinye
282R Vassar St H-5, Cambridge MA 02139, Estados Unidos
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(CC) 2008, Roberto Pérez-Franco
(CC) 2008, Vinye
Pintura de la portada: Colibrí #4
(CC) 2001, Roberto Pérez-Franco
Imagen de fondo: Dreamstime (modificada)
Diseño de cubierta: Roberto Pérez-Franco
1ª edición: noviembre de 2008
Los presentes textos se ofrecen bajo la licencia
Creative Commons BY-ND. Pueden ser reprodu-
cidos libremente por cualquier medio, si se acre-
dita al autor y se presentan sin modificaciones. El
autor reserva sus derechos sobre todas sus obras.
Desde noviembre de 1997, la obra completa del
autor está disponible de forma gratuita en su sitio
oficial en la Internet:
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Los nombres de las secciones de este libro se de-
rivan del idioma ficticio Quenya, creado por el
escritor y filólogo inglés J. R. R. Tolkien (1892–
1973).
a Mónica y Sara Judit,
sol y luna llena
MINYA
011—La profecía
012—Amigos
014—La máscara de diablico
015—Un segundo
018—El tradebario
020—La presa
022—La flor del cerezo
023—El Circo
026—El hallazgo
029—Epifanía
030—Riesgo
NOSSË
033—Maldad
041—El día de las moscas
047—La piedra mágica de Juancito
056—Inspiración
065—La medalla
ESTEL
069—El buen profeta
070—La paradoja
074—Ensayo y error
076—Parábola de la mesa del rey
078—La creación de Adán
MINASURIË
083—De cómo el capítulo XVII no fue el último
085—Es mi vida
088—Gens una sumus
090—Papel y tinta
092—Inocencia
ÓSANWË
097—El peón
117—El eclipse
135—El traductor alemán
144—Breve discurso sobre el Omega
Quenta Minya
(Cuentos primeros)
CATARSIS
LA PROFECÍA
a Pedro Rivera
Quichireya, el más venerable de los brujos cuevas, a
quien la leyenda presume inmortal, inhala el humo de
la hierba. El ojo de su mente se abre y ve la danza del
Dios.
Todo lo que fue, es y será, aparece ante este ojo. El
cacique pregunta lo que concierne a su gobierno.
Cuando termina, el oráculo queda al servicio de su
mujer.
—¿Qué forma tiene el mundo?—inquiere ella.
La verdad le es mostrada:
—El mundo es un mar infinito—responde Quichi-
reya—y en medio de éste hay una porción de tierra
emergida, con la forma de un jaguar color jade.
El pecho de la reina cueva se agita.
—¿Cuántos soles perdurará nuestro dominio?
El brujo, en éxtasis, sentencia:
—Se secará el mar infinito antes de que se extinga la
nobleza de tu estirpe.
La reina vuelve a sonreír. Se yergue y camina hacia
el gran rancho, dejando tras de sí el rumor de los cara-
coles que cuelgan de su tobillo.
El brujo la sigue con la mirada.
En el horizonte de azur, que ningún ojo otea, la nao
de Bastidas aparece sobre las olas, entre la bruma, con
la cruz y la espada.
Viene a secar el mar...
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
AMIGOS
a Jack London
Ya me había resignado a la proximidad de mi muer-
te, cuando distinguí la figura enorme de Plusho tras la
blanca confusión de la borrasca. Caminé hacia él. Noté
que había perdido mucho peso, pero aún lucía impre-
sionante. Su salvaje belleza me infundió remordimien-
to, y me sentí culpable. Acaricié su hocico; él olfateó mi
rostro. Al rato nos echamos juntos sobre la nieve, ex-
haustos. Un promontorio cercano nos protegía del azo-
te brutal de la ventisca. El sol aparecía poco y breve
tras las heladas ráfagas de niebla. Pensé que sólo el
prodigioso olfato del oso explicaba nuestro encuentro
en la desolación polar. Plusho conocía mi olor desde
cachorro.
Ignoro si su instinto habrá resentido la ausencia de
individuos de su especie, ya extinta. De los doce em-
briones que preparamos en el Instituto, sólo él sobrevi-
vió. Creció majestuoso, pero condenado a la soledad.
El cautiverio se convirtió en su tormento. Aunque aho-
ra me arrepiento, creí procurar su bien cuando pedí al
Director liberarlo en el Ártico, donde sus antepasados
alguna vez reinaron. Tenían razón quienes argumenta-
ron que el cambio climático había destruido el ecosis-
tema y que él no encontraría presas. Creo que accedie-
ron a mi petición sólo porque el proyecto de traer la
especie de vuelta ya era un fracaso, y sospechaban que
Plusho deseaba la libertad más que la vida. Vagando
consumió sus reservas de grasa. Yo agoté mis raciones
de alimento siguiéndolo desde lejos, impotente ante la
tragedia. Al morir la batería del radio, perdí la última
esperanza de un rescate.
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CATARSIS
Desamparados, pero juntos, esperamos sobre el hie-
lo a la muerte, que vendría pronto con el hambre y el
frío.
—Este no era el final que deseaba para ti, amigo,—le
dije acariciando su gran cabeza blanca—y ahora tendré
que verte morir a mi lado.
Sus negros ojos, entreabiertos y salpicados de nieve,
me miraron. Moviéndome muy cauto, y sin dejar de
acariciarlo, saqué el puñal de la mochila. Mi corazón
suplicó: «Perdóname». Pero la disculpa era innecesaria;
él me entendía perfectamente. Lo supe cuando sentí
crujir mi cuello, cuando sus colmillos, lentamente, se
hundieron en mi carne. No sentí dolor; sólo la tibieza
de la sangre y su aliento sobre mi rostro.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
LA MÁSCARA DE DIABLICO
a Miguel Leguízamo
Pero ninguna como la que hizo Julito. Pregúnteles a
los viejos. La madrugada del día de la Encarnación
salió con la fresca a buscar la tierra. En un hormiguero
la encontró suave y húmeda. Amasó la arcilla todo el
día. De noche, con una guaricha le dio forma ahí en el
monte. Le hizo hocico, ojos, orejas, cachos. La dejó se-
cando al sol hasta el día de la Cruz. Dicen que en Se-
mana Santa, a escondidas, la forró en papel mojado en
agua bendita y la pintó exquisita con el color de la san-
gre. En el Cuarteo del Sol, la máscara de este diablico
esparció el pánico. Viejas cayeron al suelo. Niños huye-
ron llorando hacia los potreros. Hombres mirando
desde las puertas de las cantinas orinaron sus pantalo-
nes. El Padre Conde le echó agua bendita. Juran las
beatas que hirvió al contacto: «Esta es la cara de Bel
Cebú». Todavía hablan de esa máscara en La Villa.
Dicen que el diablo mismo la moldeó a su imagen
aquella noche en el monte, guiando las manos de Juli-
to, cuando se apagó la luz de la guaricha.
2007
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CATARSIS
UN SEGUNDO
a Emiliani
Koshi es un perro de raza. Él no lo sabe, pero vive
en una metrópolis del primer mundo: Tokio tal vez, o
Nueva York. El apartamento de su dueño, Ken, tiene
ventanas amplias desde donde Koshi mira las luces de
los rascacielos en la noche. Está siempre rodeado de
juguetes: peluches que pitan cuando los muerde, hue-
sos sintéticos y pelotas de colores llamativos. Ayer fue
la visita de Koshi al doctor. Ken le puso una camisita
de diseñador, una réplica en miniatura de la misma
camisa que él llevaba puesta.
El veterinario le diagnosticó obesidad y ordenó un
cambio de dieta y más ejercicios. Ken lo llevó esa mis-
ma tarde a un spa especial para perros, donde recibió
masajes y se ejercitó en la piscina. Le tiraban una pelota
y él se echaba al agua para traerla de vuelta nadando.
Al final del día, como premio a su esfuerzo, Ken le
compró la cena en el restaurante de sushi del local: un
plato de langostinos apanados, que Koshi devoró en
pocos bocados.
Tobe es un niño huérfano. Él no lo sabe, pero vive
en un campamento de refugiados en algún país de ter-
cer mundo: en África tal vez, o en Latinoamérica. Su
madre murió en el parto y al padre lo mató la guerrilla.
Tobe no ha tenido nunca un juguete. La tienda de
campaña donde languidece todo el día es sofocante:
siempre huele a heces y a muerte. Ayer fue la visita del
médico al campamento. Lo acompañaron una enferme-
ra, un auxiliar y un camarógrafo. Tras siete horas de
espera, durante las cuales el doctor atendió a cientos de
refugiados, llegó el turno de Tobe.
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
El médico lo examinó y rápidamente verificó que la
desnutrición severa era la causa de la barriga hinchada,
la caída del cabello, las llagas en la piel y la incipiente
ceguera. La enfermera, reprimiendo una lágrima, ama-
rró una cinta roja en la muñeca de Tobe, que le daría
derecho por unas semanas a un suplemento vitamínico
y una ración algo mayor de comida. Durante la noche,
mientras Tobe dormía, una mujer le robó la cinta roja y
se la puso al menor de sus cinco hijos. Tobe, que no se
daba cuenta de casi nada, pasó los días siguientes sin
comer mayor cosa, con la mirada perdida en el res-
plandor borroso que se filtraba bajo la tienda de cam-
paña.
Algún tiempo después los tres, Koshi, Ken y Tobe,
coincidieron en el tiempo y el espacio, por un segundo.
Regresando del trabajo, Ken se echó en el sofá frente al
televisor, con una bolsa de galletas de chocolate. Koshi,
sobre sus piernas, se deleitaba con los pitidos de su
más reciente juguete, regalo de esa tarde. El control
remoto cambiaba los canales rápidamente, sin mayor
interés, hasta que apareció Tobe en la pantalla frente a
ellos. Sobre el rostro sucio, las moscas se paseaban im-
punes; se agrupaban en los ojos blanquecinos y en las
costras de arroz viejo pegadas a las comisuras de la
boca. Abajo se mostraba el nombre de alguna funda-
ción de ayuda a los refugiados, y un número de telé-
fono para donaciones. Los ojos de Ken, fijos en el tele-
visor, parecieron perderse un instante en la imagen de
Tobe. El pulgar regresó, casi por reflejo, al canal ante-
rior: un programa sobre fiestas de cumpleaños para
perros. Ken volvió a sonreír, y mordió una galleta de
chocolate.
—Vamos a hacerte una fiesta como esa para tu
cumpleaños—le dijo.
Dos semanas después, Koshi enterraba el hocico go-
loso en un pastel relleno de paté. ¡Sus bigotes se llena-
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CATARSIS
ron de merengue! Dos mundos más abajo, distante en
el espacio, pero en el mismo tiempo, el cuerpo de Tobe,
cubierto todavía de moscas, ya comenzaba a heder.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
EL TRADEBARIO
a Milcíades Pinzón Rodríguez
Tras unos compases enmohecidos de algún Capri-
cho de Paganini, el profesor baja el violín y le da un
segundo vistazo, con cierto desdén.
—Es una copia—sentencia—de cierto valor, pero
copia al fin. Le doy quinientos pesos, porque hoy ando
de buen humor, pero no más. Honestamente, no creo
que valga tanto, pero usted es un buen hombre y ha
venido de tan lejos...
El campesino, incrédulo al principio, triste luego, no
responde. Le hace falta el dinero, pero la oferta es nada
comparada con lo que esperaba obtener. Viajó un día
entero a caballo desde su rancho en El Bijao hasta el
puerto de Mensabé, y luego tres más en barco hasta la
Capital, gastando buena parte de sus ahorros, con la
ilusión de hacer fortuna vendiendo el instrumento.
Un médico amigo suyo, educado en Europa, lo ha-
bía oído en una fiesta del pueblo. Intrigado por la pu-
reza del sonido, inspeccionó el violín. Supo que era
herencia del abuelo, un viejo rubio a quien llamaban
Beto Fonjáez, pero que firmaba Herbert Von Haus.
—Este violín parece ser un Stradivarius—dijo el
doctor—y si lo es, vale más que todas estas tierras con
sus dueños.
El campesino reflexiona ante el fallo del profesor y
pregunta malicioso:
—¿Cómo sabe usté' que no es un tradebario?
Algo reticente, le responde:
—El ojo experto ve mil pequeños detalles: el tono
del barniz, el tallado de la voluta, la forma de los hue-
cos, la resonancia de la caja, hasta la densidad de la
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CATARSIS
madera. ¡Hombre, si no me cree, vaya a que otro exper-
to lo avalúe y ya está!
Sin rumbo, el campesino vaga toda la tarde por las
calles de San Felipe. Se echa en una esquina y toca al-
guna cumbia nostálgica. No falta quien le tire un cuar-
tillo, creyéndolo mendigo. Al amanecer, desilusionado
y hambriento, regresa. El profesor estaría de mal hu-
mor, pues sólo le da trescientos pesos y un sermón.
—Le estoy haciendo un favor. ¡No se los gaste en
aguardiente!
Esa tarde se cruzan en el muelle. El campesino, bo-
rracho ya, no lo ve siquiera cuando sube al barco de
regreso a su pueblo. El profesor, que pretende no reco-
nocerlo, baja del carruaje con un baúl y un maletín, y
aborda un vapor de cierto lujo, para realizar una dili-
gencia de impromptu. Tres semanas de viaje y trasbor-
dos lo llevarán a Nueva York. A tiempo—si Dios quie-
re—para la subasta de Stradivarius en Sotheby's.
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
LA PRESA
a Jean Auel
En el matorral, enredada entre madroños, está la
presa. Escucho sus gruñidos cortos y el estremecer agi-
tado de las ramas. Creo que no me ha olido, pues
avanzo hacia ella contra el viento; sé que no me ha vis-
to todavía. Tal vez se presiente vulnerable, atascada
entre las espinas. Tal vez su corazón late furioso, como
el mío.
Hace frío. La nieve cubre los vellos de mis brazos. El
vapor de mi boca me hace pensar en lo duro que será
este invierno. Queda poca luz, acaso una luna más.
Hemos comido poco y temo que, si la caza no mejora,
esta noche larga será la última. Otros cazadores de mi
clan, al otro lado del río, deben estar ahora acechando a
un grupo de ciervos que descubrieron en la madruga-
da.
Pero los ciervos son rápidos; nosotros, débiles, por
el hambre. Mi pulso se desboca nuevamente, pues la
presa se ha quedado quieta, tal vez cansada, o porque
me ha sentido cerca. Nuestra esperanza está cautiva
entre la maleza. Me levanto, con la lanza en la mano,
sigiloso. Siento un tirón en mi hombro: el pelaje de mi
abrigo se ha enredado en los abrojos. Al tratar de za-
farme, hago ruido. El jabalí se estremece y temo que
escapará.
Suelto la piel, y desnudo me abalanzo sobre la pre-
sa, arma en mano. El cerdo me ve venir hacia él y patea
furioso. Mi lanza lo corta; de una coz me hiere el ros-
tro. Escapa del matorral, con la carne viva, hacia el
arroyo. Me toco el pómulo: los dedos se manchan de
sangre. Lloro, pero no por el frío o por la cara rota, sino
por haber dejado escapar a la presa.
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CATARSIS
Oigo pasos tras de mí. Me giro, y una lanza atravie-
sa mi vientre. Varios extraños, de pie frente a mí, son-
ríen cuando grito. Algunos se van a perseguir al jabalí.
Dos se quedan. Son más altos que nosotros, con rostros
pintados y menos pelo en el cuerpo. Hablan en una
lengua que no conozco. El más fuerte saca una piedra
larga y filosa, que mete en mi pecho. Miro al cielo. La
luna creciente brilla pálidamente entre las nubes. Aún
es de día, pero ya siento que llega la noche.
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
LA FLOR DEL CEREZO
a Ray Bradbury
Despertó y supo que estaba sonriendo. Tendido so-
bre la hierba, abrió los ojos: el cerezo sobre su cabeza
dejaba ver trozos de cielo entre los gajos de flores. Miró
a su lado y ahí estaba ella, acurrucada sobre el pasto,
como si durmiese, pero con los ojos sobre él. También
sonreía, y en sus labios aún enrojecidos había una ex-
presión de amor e incertidumbre.
—¿Me quieres?—preguntó, sabiendo la respuesta.
El kimono entreabierto dejaba ver nuevamente sus
hombros de porcelana; en el cabello suelto habían que-
dado atrapadas unas flores sueltas. El suelo estaba cu-
bierto de ellas. Le acarició la frente y tomó una floreci-
lla rosa.
—¿Sabes qué me gusta de esta flor?—dijo.
Pero ella callaba.
—Que me recuerda a ti.
Ella sonrió y bajó los ojos. Akihiro oyó entonces un
leve zumbido—¿acaso una abeja en la copa florida?—y
luego un silbido agudo. Miró hacia el pueblo cercano,
Hiroshima, y un resplandor súbito lo inundó.
No escuchó nada. No sintió nada. Las cenizas cu-
brieron las llanuras quemadas.
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CATARSIS
EL CIRCO
a Shirley Jackson
De la mano de mi abuelo, entré en la gran carpa. La
fila, que había avanzado lenta, se hacía fluida al cruzar
el umbral del Circo. Caminando hacia nuestros pues-
tos, a la izquierda, me llamaron la atención el techo
inmenso, iluminado y cruzado de cables, y un vago
olor, desagradable pero familiar.
Grandes reflectores paseaban sus columnas de luz
en la atmósfera polvorienta. Algunos malabaristas,
arrojando antorchas y cuchillos, entretenían al público
que tomaba asiento.
Las luces se enfocaron en el centro de la pista prin-
cipal. Un hombre vestido de negro, con un bastón pla-
teado y un micrófono, nos dio la bienvenida a la pre-
sentación anual del Circo. La intensidad de los aplau-
sos me hizo sentir por primera vez la certeza de que
miles de personas estaban ahí, físicamente, en torno a
aquel punto.
—Pronto disfrutaremos de la alegría y la novedad
del espectáculo que hemos preparado para este año—
dijo el presentador—pero primero, como es tradición,
debemos comenzar con el evento más importante: la
jaula.
Sentí que mi abuelo apretó mi mano y luego la soltó
para aplaudir igual que todos. Las luces se enfocaron
en una segunda pista, donde en una esfera de unos
diez metros de diámetro, hecha de malla metálica, un
motociclista daba vueltas ferozmente.
—Ese es tu hermano—susurró mi abuelo en mi oí-
do.
La moto giraba en la jaula, en torno a su ecuador, y
luego surcando los meridianos, como si no existiese la
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
gravedad. El público aplaudía. Yo me sentí emociona-
do. No recordaba bien a mi hermano. Hace mucho
tiempo que no vivía con nosotros. Estaba en el Circo, es
lo que me habían dicho. Y ahora lo veía, efectivamente,
con su casco dorado, desafiando la física en esa bola de
hierro.
En un punto, la motocicleta se detuvo y el público
guardó silencio. El hombre del bastón plateado dijo:
—¿Dónde está el joven?
Las columnas de luz giraron. Quedé ciego por el
resplandor. Me tomó un instante entender que las
lámparas estaban sobre mí. Sentí la mano de mi abuelo
sobre mi espalda, empujándome con ternura para que
diese un paso adelante.
Una mujer, con un traje diminuto de lentejuelas y
una estrella en la frente, vino a tomarme de la mano y
me llevó, en medio de aplausos, hasta la segunda pista.
Abrió una puerta y me introdujo en la jaula. Vi el ros-
tro pálido de mi hermano, sudoroso, tras la visera del
casco. La mujer abrió un cofre y sacó un sable. Me lo
pasó, a través de un hueco en la jaula, y me hizo un
gesto suave para que lo entregase a mi hermano.
Cuando él lo tomó, noté que su mano derecha estaba
encadenada al timón mediante una especie de esposa
de oro.
La motocicleta arrancó y comenzó a correr por las
paredes de la jaula. Las columnas de luz oscilaban en
torno a nosotros. Promoviendo el aplauso de la au-
diencia, la mujer de las lentejuelas caminaba sobre el
borde de la pista con los brazos en el aire. El presenta-
dor seguía hablando en el micrófono. Traté de ubicar a
mi abuelo entre el público, pero las luces no me deja-
ban ver más allá de la vaga nube de polvo.
De pie en el nadir de la esfera, sentí que había algo
familiar en esta escena. Ya había visto antes la estela de
chispas brotando del sable al chocar contra la malla
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CATARSIS
metálica. Ya había escuchado el clamor del público,
ahogando el rugido del motor. La motocicleta giraba a
mi alrededor, y el sable extendido hacia el centro varias
veces pasó cerca de mi cuello. Pero no sentí miedo.
El aplauso se fue apagando, y un creciente abucheo
lo reemplazó. La motocicleta se detuvo y mi hermano
arrojó el casco. El hombre del micrófono tosió, como
para aclarar la garganta, y dijo:
—Que así sea.
La chica de las lentejuelas entró en la jaula, giró so-
bre sus tacones altos, tomó el sable de la mano pálida
de mi hermano, y lo decapitó. El público volvió a
aplaudir cuando ella alzó la cabeza. Tres enanos saca-
ron de la jaula la motocicleta y el cuerpo de mi her-
mano.
—Mi nombre es Estela—me dijo la mujer con una
sonrisa, mientras limpiaba con su mano tibia algunas
gotas de sangre que habían caído sobre mi rostro.
Tomó mi brazo y colocó con cuidado una especie de
esposa de oro en mi muñeca. Tenía el logotipo del Cir-
co grabado en el costado.
Cuando las luces migraron hacia la pista principal,
el hombre del bastón anunció grandilocuente el inicio
del espectáculo de este año. Una fila de elefantes, mon-
tados por mujeres con penachos azules, y seguidos de
una caterva de payasos, inundó la pista. En la tercera
fila, al lado de una pareja joven con varios niños que
aplaudían alborozados, distinguí a mi abuelo. Reía, tal
vez demasiado fuerte, de las payasadas. No sé si era
sudor, pero me pareció ver una gota en su mejilla. Re-
cordé el olor familiar que había sentido al entrar a la
carpa. Era de sangre.
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
EL HALLAZGO
a Ariel Barría
Cuando abrimos la puerta trasera de la camioneta,
ahí estaban: paquetes encima de paquetes, envueltos
en plástico y cinta adhesiva. El conductor saltó de la
camioneta y trató de escapar, pero los compañeros de
la otra patrulla lo persiguieron y le dispararon cuando
se rehusó a detenerse. Mientras los transeúntes obser-
vaban boquiabiertos al tipo muriéndose en el asfalto,
yo estaba paralizado por la enorme cantidad de droga
que había frente a mí en el vagón.
—Dios mío.
Estimé al ojo como tonelada y media de la Buena.
Luego el Director de la Policía anunció el peso oficial:
1615 kilos de cocaína pura. Nos felicitaron en el cuartel,
y nos tomaron una foto dándole la mano al Director,
con el estandarte del Departamento en el fondo. «Ofi-
ciales ejemplares», dijo. Yo no estaba ni siquiera pen-
sando claramente, poseído por la magnitud del hallaz-
go.
Esa noche, en cama con mi esposa, todavía tenía las
malditas bolsas en la cabeza.
—Estás temblando—me dijo mi esposa—¿Qué te
pasa?
No pude decirle. No dormí un minuto, los ojos
abiertos toda la noche, mirando a mi esposa, a la bebé
durmiendo en la cuna, al crucifijo colgando en las mi-
serables paredes de la miserable casa en la que vivía-
mos, y que había pagado poniendo mi vida en peligro
cada día.
—Tremendo golpe de suerte ayer, ¿ah?—me dijo
Paco cuando entré en el patrulla el día siguiente.
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CATARSIS
Lo miré a la cara y vi que hablaba en serio. Paco te-
nía los ojos rojos, y el aliento hediondo a licor barato.
Seguro había estado toda la noche despierto, bebiéndo-
se los cien dólares que el Departamento nos había dado
como recompensa por la gran cantidad de droga con-
fiscada. Se veía honestamente feliz sobre todo el asun-
to. Me pareció que Paco lo veía como una gran cosa,
beneficiosa para su carrera y una buena oportunidad
para invitar a sus pacieros a tomarse unos tragos gratis.
—¿La pasaste bien anoche?—le pregunté, sarcástico.
—¡Del carajo!—me respondió.
—¿Guaro con los pelaos y pindín con las guiales?
Sorprendido por mi tono, me espetó:
—¿Y ahora qué chucha te pasa, brother?
—Paco…—le dije, sacudiendo la cabeza—No tienes
ni puta idea de lo que hicimos ayer.
—¡Nuestro trabajo!—respondió, incrédulo.
—Eso es demasiada coca, Paco. Demasiada. No se
supone que seamos tan buenos. A algún mono gordo le
está faltando tonelada y media de cocaína, y te aseguro
que ese cabrón no está feliz con nosotros.
Paco se había puesto sobrio de pronto, y ya no son-
reía.
—¿No viste ayer por casualidad un carro pasar des-
pacito frente a tu casa, más de una vez?
Me miró, como tratando de recordar. De pronto,
abrió grande los ojos.
—Puta madre. Me cago, me cago en la…
Bajó la cabeza, apretando los dedos sobre la cara,
como arañándose los ojos.
—¿Crees que saben dónde vivo?
No pude responderle. Pero sentí que no hacía falta.
—Estamos muertos, compañero, estamos listos—
gimió Paco, descontrolado.
—Cálmate. Sólo tenemos que ser más cuidadosos de
ahora en adelante. Mantén los ojos bien abiertos y no
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
confíes en nadie. ¿Estamos claro? En nadie. Todo va a
estar bien.
—¿Estás seguro?—me preguntó, con lágrimas en las
mejillas.
Miré por la ventana. En un patrulla que pasó de lar-
go, un policía con lentes oscuros bajó el vidrio, y levan-
tó la mano, como saludándonos. Solté el broche del
revólver, y revisé el barril: seis balas color bronce dor-
mían en el carrusel frío. Sonó el breve chasquido de un
martillo.
—¿Estás seguro?—volvió a preguntar Paco, más
tranquilo.
Pero ya no pude mentirle más.
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CATARSIS
EPIFANÍA
a Monterroso
Le asaltó la sensación—o quizás el recuerdo—de un
abrazo y una voz lejana, en el silencio. Parpadeó asus-
tado, sin saber que seguía muerto.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
RIESGO
«Todo está perdido—medita en silencio—. Si no to-
da Europa, al menos la mayor parte de los reinos cris-
tianos. Con Alemania y Austria ocupadas, Francia no
tardará en caer, y tras ella seguirá Inglaterra».
—Deme su decisión ya, General—dice la voz cru-
da—No me temblará el pulso; aniquilaré a millones.
—Necesito más tiempo.
La cabeza del enemigo se agita, y el brazo se alza
amenazante.
La madre se asoma en la puerta; los llama a cenar.
—No crea que se ha salvado, General—espeta el
enemigo.
Una sonrisa maliciosa se cierne sobre el tablero.
2006
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Quenta Nossë
(Cuentos de familia)
CATARSIS
MALDAD
a mi hermana
Chino, mi único hermano, es tres años mayor que
yo. Dice mi mamá que Chino no es tonto, sino un poco
necio y duro de cabeza. Es un buen niño, según la opi-
nión de mamá. Tal vez lo es con ella, o al menos ante
sus ojos, pero con otros—conmigo especialmente—
siempre ha sido perverso. Recuerdo que, cuando cum-
plió ocho años, mis papás le regalaron una bicicleta.
Paseó con ella unos días y, como era típico, se aburrió
pronto. Pero nunca quiso prestármela.
—Viste, Chino, préstame la bici—le rogaba yo.
Mi madre le habría dicho algo, moviéndolo a com-
pasión para convencerlo de prestármela, pero la última
palabra la tenía él. Si decía «no», era no y hasta ahí
llegó el asunto. Mis padres no gustaban de contrariar-
lo. En mi caso, era lo opuesto. Si yo tenía un juguete
nuevo, y Chino se antojaba de jugar con él, mi madre
me diría como un rayo:
—Nena, préstale el juguetito a Chino. ¡No seas ma-
la!
Mala yo, ¡imagínese! Cuando ponía mi cara de ¡fo!,
mamá alzaba las cejas, como diciéndome en un lengua-
je secreto: «Recuerda que tu hermano es especial». Así,
yo cedía y Chino arrancaba a jugar con mi juguete
nuevo, sin que yo pudiera siquiera estrenarlo. Invaria-
blemente, me lo devolvería cuando le diera la gana,
sucio y roto. Recibía yo los restos de mi regalo, lo que
Chino había dejado, las piltrafas.
En cariño me llegaban las piltrafas también, o al
menos eso sentía yo. Mi madre sólo tenía ojos para
Chino: que cuidado se va para la calle, que ojo al Cristo
que se quema con la estufa, que si Chino hizo esto, que
33
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
si dijo lo otro... Y a mí, que me comiera el perro. Mi
padre igual: cuando llegaba del trabajo, cansado, me
daría un beso en la cabeza y me haría alguna pregunta
sobre la escuela. Sin escuchar la respuesta, se iría a
preguntarle a mi mamá cómo le había ido a Chino en
clase. Eso se lo podía responder yo. ¿Cómo le va a ir,
hombre? ¡Pues mal!
Estábamos juntos en primer grado, yo adelantada
un año y Chino atrasado dos, porque él, como he di-
cho, era «un poco necio y duro de cabeza». Estábamos
en el mismo salón y teníamos la misma maestra. Ella, al
igual que yo, verificó rápidamente cuán «necio y duro
de cabeza» era Chino. Más que duro, era hermético: no
le entraba nada. Estaba enemistado a muerte con las
letras y los números.
Recuerdo que una vez la maestra hizo una clase es-
pecial sobre los planetas. A cada alumno le regaló un
confite por cada nombre que memorizaba. A mí me
tuvo que dar nueve, pues me los aprendí todos: desde
Mercurio hasta Plutón. A Chino sólo le dio un pedacito
de melcocha, y eso al final de la clase, porque tras una
mañana de esfuerzo lo más que logró fue que dijera
jépete en vez de Júpiter.
Su hora favorita era el recreo, que aprovechaba para
pelearse con los otros varones y para subirles las faldas
a las niñas. Se portaba tan mal que una vez le pusieron
una estrellita verde en la frente por el único mérito de
no haberle subido la falda a ninguna esa mañana. Mis
papás le celebraron esa estrella como si fuese la que
anunció la llegada del Niño Dios. Ahora que lo pienso,
él era en casa una especie de Niño Dios. Yo, por el con-
trario, era como el buey que ponen al lado del pesebre,
que está ahí pero no hace mucho bulto: ya ni me decían
nada por las estrellitas doradas que traía diariamente
en la frente, por ser una santa en el salón y mantener
calificaciones inmaculadas.
34
CATARSIS
—Es que los varones son distintos a las niñas—decía
mi madre—¡Son más activos!
Me resigné pronto a que Chino y yo éramos medi-
dos con varas asimétricas. A lo que no me resigné nun-
ca fue a que él me hiciera tantas maldades. En mi ba-
rrio le llamamos «maldad» a las travesuras infantiles
que buscan, por placer perverso, hacer daño a un se-
mejante o a un animalito. Chino, que no podría definir
la palabra, sacó desde temprano un doctorado en ha-
cerme maldades de todo tipo.
—Chino, no le hagas maldades a tu hermanita—
diría mi madre, sin mucho énfasis, cada vez que me
veía venir llorando—Déjala, que ella está tranquila con
su muñeca...
Mi hermano, por supuesto, le hacía tanto caso como
al reloj cucú que da la hora. Me pellizcaba los brazos,
me escupía, me tiraba del pelo, decapitaba a mis mu-
ñecas, ¡en fin! Si hay algo ilimitado en el universo es el
número y variedad de maldades que un niño «un poco
necio y duro de cabeza» puede hacerle a su hermanita
menor. Parecía ir refinando el arte de molestarme, y
dedicaba gran parte de su tiempo a hacerme la vida
difícil.
El día que cumplió ocho años, cuando le regalaron
la bicicleta, fue particularmente memorable en cuanto a
las maldades: le arrancó las orejas a un perro de pelu-
che rosado que me había regalado mi abuela Pita en
navidad; me tiró un jabón en el ojo, mientras me baña-
ba; y después remató el golpe, arrojándome a la cara
un pastelito de maíz congelado. ¡Y con qué puntería!
Recuerdo bien que eso ocurrió el día de su cum-
pleaños, porque mi llanto no surtió ningún efecto en
mis padres. Él gozaba de una especie de inmunidad
por ser el cumpleañero. También me acuerdo del día
específico porque hicieron un sancocho grande para la
fiesta, y mi mamá le pidió a mi papá comprar pollitos
35
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
para repoblar el gallinero. Aunque otros días se trasto-
can en la neblina de la memoria, yo no confundo ese
día de mi infancia con ningún otro: fue el día que juré
solemnemente, ante las orejas mutiladas de mi peluche,
vengar todas las maldades de Chino.
Mi papá trajo los pollitos esa tarde: doce bolitas de
plumas amarillas. Chino los correteó en el patio a su
gusto, tratando de pisarlos. Los pollitos corrían aleato-
riamente bajo sus pies, evadiendo las zancadas con
gran habilidad. Hasta que Chino pisó a uno. Creo que
se arrepintió enseguida: con lágrimas en los ojos, lo vio
retorcerse un poquito y después quedarse quieto. Ese
llanto de culpa me hizo entender que había, tal vez,
algo de bondad en su corazón.
Había otras cosas en su corazón; entre ellas, el
egoísmo ocupaba un sitial eminente. Al atardecer, du-
rante la celebración del cumpleaños, Chino fue el pri-
mero en golpear la piñata. Era una cabeza de payaso,
con flecos de papel crespón y una mota de lana en el
gorro. Chino le metió un palazo con todas sus fuerzas y
la piñata, que mi padre había amarrado pobremente, se
soltó de la soga. Chino la apañó en el aire, y salió co-
rriendo hasta su cuarto. Allí se quedó por media hora,
comiéndose él solo los confites, hasta que la promesa
de mi padre de una bolsa de caramelos para él solo lo
convenció de liberar al rehén, que aún conservaba par-
te de su contenido.
El azúcar se le debió haber subido a la cabeza, por-
que Chino anduvo como loco hasta que un chico le dio
su merecido. Le levantó la falda a la niña equivocada,
creo yo, porque un niño—tal vez el hermano o el no-
viecito—vino y le metió un trompón en la boca a
Chino, que lo hizo sangrar y caer de espaldas. Hasta
ahí llegó la fiesta. Lo llevaron al hospital y le cosieron
varios puntos en la parte interior del labio. Le untaron
una pomada en el chichón de la cabeza y lo dejaron
36
CATARSIS
una noche en observación. Cuando supo que tenía que
dormir en el hospital, rompió a llorar. Mis padres para
consolarlo, le preguntaron:
—¿Qué quieres para entretenerte?
A lo que Chino respondió:
—Un pollito.
Mis padres fueron a la casa, y tomaron a uno de los
once pollitos sobrevivientes y se lo trajeron a mi her-
mano. «A éste lo va a matar también», pensé. Pero es-
taba equivocada. Creo que algo en su cabeza se des-
compuso (o se compuso) con el golpe en el suelo, por-
que agarró al pollito con una ternura inusitada y lo
acarició por horas, hasta quedarse dormido.
Desde entonces ese pollo en particular fue su favori-
to. Cuando llegaba de la escuela, le daba agua y comi-
da, lo acariciaba y le contaba cosas. Diría, a riesgo de
sonar ridícula, que él lo consideraba su amigo. Hasta le
puso un nombre, muy original por cierto, que nadie
adivinaría en un millón de años: Pollito. Ya sea por el
golpe en la cabeza, o a propósito de esta nueva amis-
tad, se dio un cambio en la personalidad de mi her-
mano: ya casi no peleaba en la escuela con los niños, y
rara vez le alzaba las faldas a las niñas.
Sus maldades hacia mí, sin embargo, no disminuye-
ron. Mis padres se alegraron tanto por su recién adqui-
rido comportamiento en la escuela, que le permitieron
la libertad de seguirme molestando a mí en casa. Sin
embargo, creo que no se preguntaron nunca la razón
del cambio, y no conocieron—hasta donde sé—de la
amistad de Chino con Pollito. De hecho, creo que nadie
lo supo, excepto yo.
Mi hermano me aseguraba que era capaz de recono-
cer a Pollito entre todas las demás aves. Al principio
pensé que era una más de sus locuras, pero con el
tiempo me di cuenta de que ciertos rasgos eran diferen-
tes entre los pollos y que mi hermano, en efecto, pare-
37
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
cía siempre alimentar y acariciar al mismo individuo.
Incluso cuando crecieron y se convirtieron en gallinas,
Chino seguía reconociendo a Pollito entre las demás
aves de corral. Pollito resultó ser una gallina, por cier-
to, y no un gallo como esperaba mi hermano, pero su
afecto mutuo no disminuyó por el inesperado giro en
los eventos.
Así estaban las cosas cuando llegó el siguiente cum-
pleaños de Chino, con la respectiva euforia en su áni-
mo. La abuela Pita vino de visita la noche anterior y
nos trajo regalos. Me dio los míos inmediatamente, y
guardó los de Chino para la fiesta del día siguiente.
Entre mis regalos estaba otro peluche. Aunque lo es-
condí para que Chino no lo encontrara, de alguna ma-
nera logró dar con él y destrozarlo antes de irse a la
escuela. Ese crimen fue el último insulto a mi dignidad,
y recordé mi juramento.
Entonces mi cerebro de niña de seis años puso en
marcha un plan maestro para ejecutar mi venganza.
Comencé por fingir tos y debilidad, para convencer a
mis padres de dejarme en casa descansando. Una vez
que ellos se fueron a trabajar, y que Chino estaba en la
escuela (tal vez tratando inútilmente de aprender el
nombre de algún planeta que tuviese menos de tres
sílabas), procedí con el segundo paso: engatusar a la
abuela Pita. Llegué en mi camisón de florecitas hasta la
cocina, donde ella—con delantal y todo—hacía los
preparativos para la fiesta.
—¿Cómo te sientes, Nena?—me preguntó la abuela
Pita.
Le indiqué más o menos con la manito que tenía de-
socupada. Para completar el cuadro, traía a rastras en
la otra el peluche mutilado, que había sucumbido entre
las manazas de Chino en su día de estreno. Mi abuela
me alzó entre sus brazos y me dijo una serie de tonte-
rías dulces en tono de puchero, de esas que la abuela-
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CATARSIS
zón, por motivos ignotos, hace creer a las viejitas que
encantan a los niños. Le dije que tenía hambre, mien-
tras me restregaba los ojitos con la mano y tosía.
—Te voy a hacer una sopita de pollo para que te
sientas mejor—sentenció Pita.
Yo sonreí. Sacó de la despensa un paquete de sopa
de pollo deshidratada.
—Esa no me gusta—dije, redoblando la tos.
La abuela se detuvo un momento, como meditando.
Yo esperé pacientemente. Ella miró por la ventana ha-
cia el patio, y el rostro se le iluminó cuando vio el ga-
llinero. Me dijo que la esperara un momento en la coci-
na y se fue con un cuchillo. Por supuesto, salí detrás de
ella. Creo que la emoción hizo que me olvidara de toser
mientras corría, con peluche y todo, hacia el patio.
La abuela Pita tenía buena intención, pero malos re-
flejos, y le faltaban fuerzas. El gallinero es grande y por
varios minutos trató en vano de capturar alguna galli-
na, pero éstas ágilmente esquivaban sus manos. Todas
estaban entrenadas en las artes del escapismo, acos-
tumbradas al acoso de Chino. Todas, excepto una: Po-
llito, que siendo la favorita del demonio, no había teni-
do nunca que correr por su vida. Hasta ahora.
—Agarra esa de allá, güelita Pita, que está quieta—
le dije.
—¿Cuál, m'ija?—preguntó inocente, con el rostro
sudado y luchando por respirar.
Se la señalé con el dedito y tosí un par de veces para
darle gravedad al momento. Ella la divisó, y saltándole
por detrás logró agarrarla por el rabo. La trajo colgan-
do de cabeza hacia la cocina. Sacó una olla grande, y
puso a hervir agua. Yo miraba, desde la puerta, el bu-
llir del agua sobre la estufa, y el parpadeo paciente del
ave sobre el piso.
—Vaya a acostarse, m'ija, para que se mejore rápi-
do—insistió ella.
39
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Cuando llegó mi mamá, la abuela le dijo que había
preparado sancocho para el almuerzo, porque «la sopi-
ta de pollo es buena para el resfriado y Nena sigue con
la tos». Mi mamá, que venía cargada de paquetes y con
una piñata para el cumpleaños, asintió con la cabeza y
no le dio importancia al asunto. Chino llegó tras ella, y
dejó la mochila con los cuadernos tirada en el pasillo:
se fue directo a mi cuarto a molestarme. Me pareció
que sintió algo de pena por mí (él también creía que
estaba enferma), y me asaltó el remordimiento. Pero
luego, para alivio de mi conciencia, comenzó a hacer-
me maldades. Yo tosí, estoica, y le comenté de soslayo:
—¿Sabes qué hizo güelita Pita para el almuerzo?
Él alzó los hombros, como diciendo «y a mí qué
diablos me importa», y siguió molestándome con insis-
tencia de zagaño.
—Hizo sopa de pollito—rematé.
Un poco necio y duro de cabeza, dice mi madre.
Medio minuto tardó Chino en comprender la indirecta.
Yo había dicho sopa de pollito, en vez de sopita de pollo
como decía la abuela. Súbitamente, Chino abrió los
ojos, levantó las cejas y salió corriendo hacia el patio.
Desde el cuarto escuché la rabieta que formó. Yo, abra-
zando mi peluche roto, tosí tiernamente con la cabeza
sobre la almohada.
2006
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CATARSIS
EL DÍA DE LAS MOSCAS
a García Márquez
Cuando la tercera mosca cayó en su taza de café, Ce-
ferino se decidió a romper finalmente el silencio.
—Ya no se aguantan las moscas en esta casa.
Aunque habló en el mismo tono cortante que había
venido usando por años, le pareció notar algo nuevo en
su propia voz. El trío de moscas seguía girando sobre
el espiral de espuma, batiendo sus patitas negras como
un diminuto ballet fúnebre. Ceferino repasó en su
mente el sonido de sus palabras. No había hablado en
meses, desde la última pelea con su mujer. Tal vez la
falta de ejercicio de sus cuerdas vocales las había atro-
fiado.
Licha siguió impávida, desayunando frente a él sin
prestarle atención. Ni el más pequeño cambio en su
expresión contrariada acusaba recibo del comentario.
«Se habrá quedado sorda la vieja», pensó el marido,
contemplándola con ojos torvos. Ella arrancaba un pe-
dacito de pan tostado, lo restregaba contra la yema del
huevo frito y se lo llevaba a la boca. Masticaba repeti-
damente cada bocado, mirando el reloj de péndulo de
la pared, ignorando al marido como lo había venido
haciendo desde hace mucho.
Ceferino revisó el termo de café: estaba vacío. Así
que tomó el tenedor con que se había servido su mujer
el huevo, lo limpió con la servilleta y sacó una a una las
tres moscas de su taza. Esa era su desayuno: una taza
de café con leche. Su mujer se había preparado, como
todos los días, un huevo frito, varias tiras de tocino,
dos tostadas y unos cortes de queso fresco. Pero él sólo
tenía un café y hasta el mediodía no probaba bocado.
Así de triste, pensó, era su vida.
41
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Licha vio a su marido poner las moscas empapadas
sobre el mantel. Con el mismo esfuerzo hubiera podido
ponerlas sobre la servilleta que tenía junto al plato. O
en el plato del café. O en el basurero. Pero no. Lo vio
colocar el tenedor, sucio de moscas, en el plato de ella.
La cortesía básica requería que él buscara un tenedor
limpio, pensó ella, o que como mínimo fregara éste
antes de devolvérselo. Pero no. Ahí quedó el tenedor
mosqueado, chorreando aquel líquido impuro al lado de
su tocino.
La mujer lo vio de reojo y se deleitó en la cara de as-
co que puso Ceferino al bajar el café maculado. Esa
mañana ella estuvo tentada a freírle un huevo y hacerle
unas tostadas para él, como ofrenda de paz, y a dejár-
selas en un plato junto al café para que el asunto se
explicara por sí solo. Pero se resistió, pues sintió que él
no se lo merecía, entre otras cosas, porque no le dio los
buenos días cuando llegó a la cocina. Es cierto: hace ya
meses que no se hablaban, pero eso no era excusa. Ella,
por supuesto, tampoco se los dio a él. Pero él fue el
causante de la pelea, y debía por tanto tender el puente
primero. Estuvo nuevamente tentada a ceder cuando
Ceferino se quejó de las moscas en el café. Pero había
una aspereza en su tono de voz que hizo a Licha tomar
el comentario como un reproche, por lo que decidió
seguir castigándolo con el silencio.
Ya ninguno de los dos recordaba cuándo ni porqué
habían dejado de hablarse. Ceferino tenía en la memo-
ria la impresión vaga de una rabieta relacionada con la
vecina, y un periódico enrollado que vino volando
desde la mecedora hasta su cabeza. Licha, que durante
los primeros años llevaba minuciosamente la contabili-
dad de las afrentas recibidas, había cambiado de pasa-
tiempo cuando los hijos se casaron y se fueron, deján-
dolos a los dos solos en su pequeño infierno privado, y
ahora dedicaba la poca memoria que le dejaron los
42
CATARSIS
años a aprender nudos de macramé. Esa mañana, bus-
cando fuerzas para sobreponerse a la tentación de ha-
cerle desayuno a su marido, trató de recordar el inci-
dente, pero fue en vano. Era una cuenta indistinguible
en el rosario de sus discusiones.
Sentados en la sala, sin hablar una palabra, se les
pasó la mañana. La vieja en la mecedora, tejiendo algo
para un nieto; el viejo en el sofá, leyendo un periódico
de otro día. Las moscas se paseaban entre ellos, y ca-
minaban sobre sus rostros, pero ambos las ignoraban.
Cuando los ruidos de su estómago avisaron a Ceferino
que se acercaba el mediodía, y como no viese movi-
mientos en la estufa, le echó a su mujer una mirada de
cejas altas. Licha la sintió caer sobre su nuca (pues se
sentaba de espaldas al marido), y se hizo la desenten-
dida. El viejo siguió mirando con insistencia, hasta que
a ella se le erizaron los cabellos por la ira. Con calma,
terminó los nudos del tejido, guardó en la canasta los
hilos, y se levantó de la mecedora. Sacó de la despensa
una lata de sardinas y puso unos panes en la tostadora.
Abrió la lata y echó todo en un plato.
Cuando su esposa se sentó nuevamente a tejer, Ce-
ferino entendió que aquello era lo único que habría en
la casa para el almuerzo. La calidad y cantidad de la
comida habían venido empeorando desde hace años,
pero cayeron en picada tras la última reyerta. En un día
bueno, comerían arroz blanco con sopa de paquete. En
un día como éste, sin embargo, sardinas y pan recalen-
tado era lo que tenía. El viejo se puso de pie y se acercó
a la mesa. A unos pasos se detuvo y contempló los tro-
zos fríos de sardina y los panes quemados. Normal-
mente se los habría comido, rezongando entre dientes.
Pero no hoy: las moscas habían llegado primero. Sobre
el pellejo metálico de las sardinas, los bichitos negros
se agrupaban por docenas, caminando unos sobre
otros, lamiendo la salsa de tomate y la carne expuesta.
43
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—Hoy es el día de las moscas, carajo—se quejó el
viejo.
Licha no respondió nada. Siguió tejiendo en la me-
cedora. Era la segunda vez que su marido hablaba,
pero lejos de sonar como una disculpa, el comentario
también era—o al menos podía interpretarse como—
un reproche contra el aseo de la casa. Atacar el aseo,
que era su responsabilidad según el esquema machista
en que habían crecido, era atacarla a ella. Así funciona-
ba el asunto. Despreciar la comida, que también era su
responsabilidad, era sinónimo de despreciarla a ella.
Sus labios se apretaron en una mueca de amargura,
que el marido no vio.
Ella escuchó, sin voltear, el sonido de la puerta ce-
rrándose. Las moscas no eran su culpa, se lamentó:
habían llegado con la primera lluvia, heraldos maca-
bros del invierno cercano, y se habían quedado en las
cocinas de todas las casas del pueblo. Pero así era Cefe-
rino, culpándola a ella de todo.
Cuando regresó Ceferino, con una bolsa de papel en
la mano, ella supo que había ido a comprar comida
donde la vecina. Entonces recordó, como una epifanía,
la razón de la pelea. Aquella vez, hace unos tres meses,
ella se quedó dormida en la mecedora y no preparó el
almuerzo. El marido (¡el muy sinvergüenza!), se fue a
comprar comida donde la «otra». Eso, en la aritmética
de aquella guerra fría, equivalía a una traición tan
grande como si el viejo hubiera sido sorprendido con la
susodicha en el lecho nupcial. Tras el largo castigo, el
descarado no sólo no aprendió la lección, sino que re-
incidió con la mano en la cintura, pensó Licha. ¡Y ahora
se sentaba a comerse el manjar pecaminoso en su mesa
matrimonial, bajo sus narices!
La vieja se puso de pie, sobresaltada. Ceferino, que
había empezado a comer a pesar de las moscas, se
asustó por el brinco de su esposa. Pensó que le había
44
CATARSIS
dado un ataque, hasta que le vio en el rostro la expre-
sión, muy conocida, de furia femenina. El marido había
comprado sólo un plato de comida, el suyo. Cuando
vio a su esposa con la palidez del hambre en el rostro,
lo asaltó el remordimiento, el cual se sacudió pronto
con un pensamiento abrupto: «Si no quiere cocinar,
que se joda». Espantándose las moscas, comía apresu-
radamente. La esposa lo miraba con la frente iracunda
y el semblante congestionado. «¡Mmm!», murmuró él,
como saboreándose, y los cabellos de la esposa se vol-
vieron a erizar.
—¿No te molestan las moscas?—preguntó la mujer.
El marido no reparó en el detalle crucial de que su
mujer había hablado por primera vez desde la pelea, si
bien casi involuntariamente y movida por el asco, y
dejó pasar esta oportunidad para empezar a reparar el
famoso puente, ripostando enseguida:
—¿Molestarme? ¡Me arrullan!
Licha tomó aquello como la última afrenta que su
dignidad podría soportar jamás y juró por Poseidón no
pronunciar otra palabra en su vida. Se sentó al otro
lado de la mesa, sin mirar al esposo, y haló hacia sí el
plato con las sardinas y el pan quemado. Al menos cien
moscas levantaron el vuelo, pero se volvieron a posar
prontas sobre el plato. La mujer se quejó con un mascu-
llar indefinible, suficientemente vago para no romper
su recién renovado voto de silencio, pero con el énfasis
necesario para desahogar la frustración que le causa-
ban las moscas.
—Te dije que había que comprar el papel engoma-
do—disparó el viejo.
En efecto. Fue el día de la pelea. Las moscas enton-
ces apenas empezaban a llegar al pueblo. Pero Licha se
opuso. El problema con el papel engomado—y con casi
todo lo demás en su matrimonio—no era de fondo,
sino de forma. Si el marido hubiese dicho: «Mi amor, a
45
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
pesar de que tú mantienes la casa prístina, estas moscas
siguen molestando», entonces el papel hubiera estado
ese mismo día en la mesa. Pero como él, con su tono de
reproche, le había espetado: «Hay que comprar papel
engomado», a ella no le quedó más remedio, para de-
fender su dignidad, que negarse de plano.
La mujer se giró de lado y empezó a comer las sar-
dinas. Las moscas llegaban ahora por docenas. Se po-
saban sobre las cucharas y apenas si alzaban vuelo
cuando llegaban a las bocas. Los platos eran una man-
cha de puntos negros, donde las cucharas se hundían a
tientas. Tras unos minutos ya ni siquiera se veían los
rostros el uno al otro, ni distinguían sus propias manos
tras la masa de moscas que volaban frente a ellos. Licha
cerró los ojos y siguió comiendo sin decir palabra y sin
levantarse de la mesa, porque levantarse era perder,
era reconocer que el viejo tenía la razón, la razón sobre
algo que no recordaba bien y que en el fondo no le im-
portaba, pero que no quería olvidar del todo, por orgu-
llo.
Tras unos minutos comiendo a ciegas, sin ver ni es-
cuchar nada de su esposa, Ceferino fue el primero en
ceder. Se puso de pie y avanzó a tientas hacia la puerta;
la abrió y una nube de partículas aladas salió volando
de la habitación. Cuando retornó la visibilidad al cuar-
to, Ceferino vio a su esposa, en los últimos estertores
de la muerte, tosiendo las moscas que había inhalado.
Supo que era muy tarde, y se quedó quieto. Le pareció
ver una sonrisa de victoria sobre los labios azulosos.
2006
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CATARSIS
LA PIEDRA MÁGICA DE JUANCITO
a Salman Rushdie
Siempre pensé que Juancito había nacido para su-
frir. Desde que era un bebé le noté algo raro, algo
inusual en la forma de su cuerpecito. Ese algo se hizo
aparente cuando todos los niños de la escuela, incluso
los desnutridos, crecieron más altos que él. Cuando
alcanzó la adolescencia midiendo apenas dos pies y
medio, incluso su madre tuvo que abrir los ojos y acep-
tar lo que todo el pueblo ya sabía, y que ella había ne-
gado por tantos años: el pobre muchacho era un enano.
Las viejas del pueblo bochincheaban, cada una de
acuerdo a su propio nivel de ignorancia, que aquello
era castigo divino, brujería, cosa del diablo, mala hier-
ba, o—la explicación más original—consecuencia de
haber cogido por detrás, lo cual es un pecado según
San Agustín, que condona el polvo sólo por delante y
entre esposos, a través de un huequito en una sábana,
en pequeñas dosis y con el expreso propósito de fabri-
car más cristianos para la parroquia.
Siendo el maestro de ciencias en la escuela primaria
en Caña Brava, y por ende vicario de la razón ante
aquella horda, tuve que intervenir y explicarle a la ma-
dre, Manuela, que aquel defecto no era culpa de ella ni
de nadie. Era el resultado de una lotería genética: Juan-
cito había nacido enano por puro azar, y no había nada
que hacer al respecto. No habiendo cura, el desdichado
seguiría siendo enano hasta el último día de su vida.
Lo único que restaba era educarlo para ser feliz en esa
forma, aceptando sus limitaciones.
Juancito terminó la escuela primaria, a empujones
de su madre, soportando paciente las mofas rutinarias
de los brabucones en el recreo. Pero no hubo fuerza
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
que lo moviera a emprender la secundaria. Esto hubie-
ra requerido viajar hasta El Bijao, donde está el único
Colegio de la región, con el consecuente encuentro de
cientos de personas nuevas, desconocidos que no lo
habían visto nunca y que por tanto lo mirarían dema-
siado la primera vez, por curiosidad algunos, otros por
morbo, hasta hacerlo llorar de vergüenza. El sólo pros-
pecto, me contó Manuela, hacía sollozar a Juancito en
las noches.
Con el diploma de primaria colgando de alguna pa-
red en su casucha de quincha, recogiendo en su marco
telarañas y polvo, Juancito dio por terminada su edu-
cación formal y se dedicó a atender la tiendita que su
madre tenía junto a la casa. En mis viajes domingueros
a la playa de Caña Brava, me detenía en la tienda de
Juancito, que estaba al pie del camino. Con tal de verlo
y conversar con él un rato, le compraba plátanos ver-
des para hacer patacones, y le dejaba prestado algún
libro, con la esperanza de que entre cliente y cliente se
instruyese con la lectura. Así lo vi volverse adulto, sin
ganar un palmo de estatura, en la misma rutina: oyen-
do cantadera en una radio vieja y despachando galle-
tas, sin más prospecto en la vida que atender aquella
tienda perdida entre el mar y el monte.
—Y qué, Juancito, ¿ya tienes novia?—se me ocurrió
preguntarle un día.
Juancito, encaramado en dos cajas vacías de soda
para alcanzarme un duro de rosa del congelador, no
tuvo oportunidad de contestarme, porque un patán
que estaba sentado bajo el techo de la tienda, tomándo-
se una malta, espetó con una carcajada dura:
—¡Nada más María Manuela!
La referencia a Manuela me hizo pensar al inicio
que aquello era una burla porque Juancito todavía vi-
vía con su madre. Pero luego la mano del tipo, agarro-
48
CATARSIS
tada y moviéndose como un pistón, me hizo entender
que se refería a otra cosa.
—Pajizo pero no yegüero—le disparó Juancito.
El tipo se rió un poco, y el enano lo miró de reojo,
sin expresión discernible en el rostro. Me sorprendió la
calma con que Juancito se enfrentaba a la sorna de co-
mentarios como éstos. Creo que, resignado a aquella
suerte, había desarrollado un cascarón grueso que lo
protegía de la ponzoña de las burlas. Aunque sufrió
estoico el comentario, igual me arrepentí de haberlo
expuesto a tal dardo con mi pregunta. En el fondo,
pensé, debe ser muy triste para él vivir solo, sin mujer
o novia, ya mayor y todavía en casa de la madre.
Desde ese día lo vi a menudo caminando hasta la
playa, con sus piernitas de chivo. Me imaginaba yo que
iba a ver las muchachas desde lejos. Sentadito en la
arena, se ponía a mirar hacia las olas, donde dos o tres
de ellas jugaban a la pelota con sus altos novios. El
viento le traería sus risas, tal vez sus perfumes, retazos
de sus conversaciones coquetas. Se me ocurría, al ver
cómo arrugaba los ojos, que el destello del sol en aque-
llas pieles mojadas, en los bikinis de colores, lo encan-
dilaría y le daría—tal vez—algo para soñar aquella
noche.
Para Juancito, contrahecho y no más grande que un
tanquecito de gas, la vida era un deporte de espectador
a una edad en que otros hombres están en plena cace-
ría. Y eso, para un macho joven, es una tragedia. Me
atormentaba la idea de que Juancito nunca montó a
caballo, rabeó a una res, o enlazó a un ternero. Su cu-
chillo no capó nunca a un potro, ni su brazo molió caña
en un trapiche. Su machete no tumbó monte alguno, su
hacha no sometió ningún árbol. Jamás había ido a un
baile, ni a una fiesta de toros en el pueblo. Su pecho no
apretó a una hembra en un pindín, ni su mano sintió la
tibieza de un seno sudoroso acunado entre los dedos.
49
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Incluso los placeres llanos del campesino eran frutas
demasiado altas para Juancito. «Qué vida de mierda»,
pensaba para mí cada vez que lo veía en la playa, o que
me detenía en la tienda a conversarle.
Así vivió Juancito por treinta y tantos años, al mar-
gen de todo, ignorado y rechazado, hasta una noche en
que su vida cambió totalmente, por puro azar. La re-
cuerdo muy bien, porque se armó un gran corrincho en
varios pueblos cercanos. Estaba dormido cuando me
vinieron a tocar la puerta los vecinos. Con tremenda
gritería, me contaron lo que habían visto los pescado-
res: una luz enorme apareció en el cielo, viniendo de
mar afuera, y con gran estruendo había caído en la
costa. Campesinos en tierra la vieron venir desde la
playa y precipitarse hacia los potreros. Algunos decían
que había caído en Caña Brava, y querían saber el sig-
nificado de aquel evento.
Salí con un foco de mano y un machete, acompa-
ñando al grupo de vecinos, dispuestos a buscar el sitio
donde habría caído aquel objeto del cielo. A los pocos
minutos, guiándonos por unos gritos que escuchamos
en la oscuridad, encontramos un pedazo de potrero
que estaba en llamas. Había un gran gentío, rodeando
un círculo de fuego. En el centro, había una res muerta.
Cuando alumbré al animal, vi que estaba quemado, y
en el sitio donde debería estar la cabeza había un gran
agujero en el suelo, como un pequeño cráter. Los restos
de arbustos en derredor estaban tumbados hacia afue-
ra, como rayos de una rueda.
Presintiendo que se trataba del impacto de un me-
teorito, me acerqué al agujero y le pedí a un campesino
que hurgara con una coa para ver si encontraba una
piedra en ese hueco. Buscamos varias horas en vano
durante la noche, y regresamos el día siguiente a bus-
car más, pero no encontramos nada. Ya me había re-
50
CATARSIS
signado a no encontrar el meteorito, cuando escuché
algo que me erizó la nuca:
—Juancito er de Manuela tien’ una piedra metía en
la tinaja. Dice la mama que jué la que cayó der cielo
anoche.
No esperé a escucharlo dos veces. Cuando llegué a
casa de Manuela, había una multitud afuera, como en
velorio de muerto grande. Me abrí paso entre los miro-
nes, hasta el tinajero. Efectivamente, en el fondo de la
tinaja, sumergido en el agua fresca, había un objeto
negro, irregular, del tamaño de un limón grande.
Juancito apareció entre el gentío, con la mano dere-
cha envuelta en una gasa manchada de yodo amarillo,
y me contó lo que había pasado. Estaba sentado en el
portal, oyendo la transmisión del baile de Ulpiano en
Radio Reforma, cuando vio un punto de luz que apare-
ció entre las ramas. La luz se hizo grande y comenzó a
moverse hacia abajo, y de pronto ¡plam!, como si hu-
biera caído una bomba en el potrero de Manuela. Juan-
cito se fue con un machetito y una guaricha, y vio la
vaca escabezá’. Con el colin sacó del hueco la piedra esa.
Se quemó la mano, porque la piedra estaba caliente.
Por eso la tiró en la tinaja.
Durante los siguientes días, la casa de Manuela se
convirtió en un sitio de peregrinaje de curiosos de toda
la región. Juancito salió en la portada de varios perió-
dicos, y recibió ofertas de personas que querían com-
prarle aquella piedra del espacio. Él, con una sonrisa,
se negaba a venderla. Creo que fue para él un momen-
to de gloria, saberse el centro de atención de toda la
provincia, después de tres décadas siendo universal-
mente ignorado.
Fueron buenos tiempos para la tienda, pues los visi-
tantes venían de lejos a mirar en la tinaja, y se tomaban
una soda fría para refrescarse antes de volver camino
arriba. Pero la fiebre pasó rápido, y así como vino se
51
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
esfumó. Un nuevo disco de Samy y Sandra, la proxi-
midad de los Carnavales, y la actividad política por las
elecciones cercanas desplazaron pronto la historia del
meteorito en la prensa local y hasta en los bochinches
de los vecinos. De la noche a la mañana, nadie hablaba
del asunto. Juancito dejó de ser el centro de atención, y
volvió a ser nada, el enano que vive con su vieja ma-
dre, ahora con una piedra en la tinaja.
En esos días lo vi más triste que nunca. El breve pa-
ladeo de la atención ajena lo había dejado goloso, y
hacía aún más hiriente volver a la sombra. Entonces se
me ocurrió algo. En algún libro había leído yo que el
Museo de Historia Natural en Nueva York tenía la co-
lección de meteoritos más grande del mundo. Sería
bueno, pensé yo, agregar uno más a esa colección. Tal
vez Juancito aceptaría el ceder su hallazgo a la ciencia
ahora que las candilejas lo habían abandonado.
Como yo no hablo inglés, pensé que los científicos
bilingües del Smithsonian nos podrían servir de inter-
mediarios. Escribí al Instituto, describiendo la caída del
meteorito. Adjunté varias fotografías de la piedra en la
tinaja, y les di las generales de la casa de Juancito. No
escuché respuesta directa de ellos ni del Museo en
Nueva York, por lo que asumí que mi correo se habría
perdido o que simplemente no les interesaba el asunto.
Hasta una tarde en que recibí una llamada. Un tipo
con fuerte acento gringo se identificó como el doctor
Griggs, geólogo del Smithsonian y se disculpó por no
haberme llamado antes.
—En la carta no nos puso su teléfono, o lo hubiéra-
mos llamado cuando fuimos a Caña Brava—me dijo.
Era cierto. El doctor Griggs me hizo un resumen de
lo acontecido desde que envié mi nota. Ellos contacta-
ron al Museo en Nueva York, que envió de inmediato a
una representante a buscar el meteorito. Viajaron des-
de la capital hasta la casa de Juancito, y analizaron la
52
CATARSIS
piedra con un equipo especial. Como vieron que era
efectivamente un objeto del espacio exterior, le ofrecie-
ron mil quinientos dólares.
—Ese amigo suyo es un personaje—dijo, riendo.
—No me diga que no quiso vendérsela, doctor…—
exclamé, pensando en la forma en que estrangularía a
Juancito cuando lo viera.
Cuando el gringo terminó de reírse al otro lado del
teléfono, siguió con el cuento.
—Sí, nos la vendió, pero con condiciones—dijo—
Nos hizo saltar varios aros de fuego.
En resumen, Juancito convenció a los gringos de que
él estaba de acuerdo con venderles la piedra, pero que
su mamá, Manuela, estaba muy apegada a ella. Así que
pidió a Griggs llevar a su mamá a hacer un mandado a
El Bijao, para mantenerla entretenida por un par de
horas, mientras que él iba con la representante del mu-
seo a hacer entrega de la piedra en un cuarto de hotel,
como lo habían pactado.
—¿Hotel?—pregunté, sabiendo que en Caña Brava
no hay hotel alguno—¿Qué hotel?
—Creo que recuerdo el nombre—me dijo el grin-
go—Se llama como una pieza de Liszt, Liebestraum…
Sueño de Amor.
Sentí una corriente de sangre congestionarme el ros-
tro. El Sueño de Amor no era un hotel. A menos que
ahora se le llame hotel a aquellos sitios donde hay que
apretar un botón para entrar, pagando seis dólares en
una ventanilla para ocupar una habitación durante una
hora. La idea de Juancito a solas con la gringa en aquel
cuarto, mientras el doctor Griggs paseaba a su mamá,
me dio escalofríos. «Con qué se habrá salido este enano
del diablo», pensé, rogando que mi nombre no se hu-
biera asociado a cualquier barbaridad que Juancito
hubiera cometido. Pero el gringo sonaba jovial.
53
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—Su amigo, el Juancito, es de lo más gracioso—
siguió el geólogo—Me contó luego Katherine, la envia-
da del Museo en New York, que la hizo reír mucho. ¡Y
eso que ella no habla ni una palabra de español! Cuan-
do sacó la piedra del trapo, hizo como si estuviera ca-
liente, y se la pasaba de una mano a otra gritando. Kat-
herine se asustó, pero cuando él se la pasó, tras un gri-
to de susto, ella vio que estaba fría y se rió mucho.
Luego, cuando Juancito estaba contando los quince
billetes de cien, se puso a saltar en la cama, como un
niño. ¡Es muy gracioso! Hasta la invitó a comer pesca-
do frito tras la venta. Eso fue hace como dos meses ya.
El meteorito estará pronto en exhibición en el Museo.
Como las condiciones y la conducta de Juancito du-
rante la venta me parecieron sospechosas, decidí visi-
tarlo de inmediato. Tenía mucho rato de no verlo, por-
que habían empezado las lluvias y los caminos se lle-
naban de lodo. Era un domingo, recuerdo, y al llegar a
la casa me sorprendió un grupo grande de personas,
con billetes de un dólar en la mano, haciendo fila para
entrar en la casa de Manuela.
—¿Qué está pasando aquí?—le pregunté a un tipo
que estaba en la fila.
Lo reconocí como el mismo que, tomándose la mal-
ta, le había disparado aquella impertinencia a Juancito
años antes. Con una sonrisa de escasos dientes negros,
me respondió:
—Yo pensé que usté sabía, profe. ¿Se acuerda ‘e la
piedra que jalló Juancito? Parece que ej milagrosa. La
gente ‘ta veniendo de toj la’o a pedijle mercé.
Me asomé dentro de la casa. Vi a Juancito, con la ra-
dio en la oreja oyendo cantadera, y el ojo puesto en una
batea al lado de la tinaja, rebosante de billetes de un
dólar. Ni él me vio ni yo le hablé.
Regresé al patio y, como buen hombre de ciencia, le
pregunté al tipo de los dientes negros qué evidencia
54
CATARSIS
había de que la piedra era milagrosa. Me contó que,
hace como dos meses, Juancito tuvo un sueño donde la
Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, muy
venerada en Caña Brava, le había dicho que aquella
piedra tenía el poder de conceder lo que se pedía con
fe. Cuando Juancito lo dijo, nadie le creyó. Pero esa
tarde lo vieron entrar en el Sueño de Amor con una
rubia.
—¡Usté viera qué jembra, profe! Yo mesmito la vi.
Incrédulos al verlos entrar, como era de esperarse,
alguno de los discretos y respetuosos vecinos de Caña
Brava se las arregló para pegar la oreja a la puerta del
cuarto. Escuchó risas de ambos, y chirridos de la cama,
que borraron cualquier duda del milagro que estaba
ocurriendo dentro de esa habitación. Para colmo, me
dijo mi informante, ese mismo día se ganó Juancito la
lotería: mil quinientos manducos. Un primitivo uso de
la estadística, y el puro instinto, le hicieron saber a
aquella gente que dos golpes de suerte como esos, en
un mismo día, eran demasiado para ser coincidencia.
Siempre pensé que Juancito había nacido para su-
frir. Todavía lo creo. Pero ahora entiendo que en la
vida de todos, incluso aquellos con salud, siempre hay
alguna fuente de sufrimiento. El dolor nos lleva a bus-
car respuestas en alguna parte. Yo la he buscado siem-
pre en el laboratorio. Otros la buscan en la cruz. Aquel
invierno, en Caña Brava, miles de campesinos sencillos
la buscaron en una piedra metida en una tinaja, una
piedra que dos meses antes había estado en el fondo de
alguna quebrada, mientras que otra del mismo tamaño,
tras flotar en el espacio por millones de años, reposaba
en una caja de vidrio en un museo en Manhattan.
2008
55
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
INSPIRACIÓN
a mi padre
—¿Qué sientes cuando contemplas este cuadro?
El Ministro Rivaldo se volteó, como un niño que la
maestra hubiese sorprendido copiándose, y pretendió
una sonrisa:
—¿Cómo dices, amor?
La Señora de Rivaldo, tras dirigirme una fugaz mi-
rada de vergüenza, repitió la pregunta a su marido.
Éste, alzando las cejas y mirando de lleno la pintura—
posiblemente por primera vez en toda la noche—, se
balanceó un momento en los tacones de sus botas. Los
hielos de su trago de seco tintineaban en el vaso empa-
ñado. Echó los labios hacia el frente, haciendo una
trompita, mientras pensaba. Otra vez me dio la impre-
sión de un niño en la escuela, sufriendo por la pregun-
ta que la maestra le presentaba frente a la clase.
—Bueno, pues siento... que está bonito—remachó el
Ministro, y el rostro se le congeló en una súplica sola-
pada de «no más preguntas».
Las mejillas de la Señora de Rivaldo se encendieron
por la pena y me volvió a mirar, como suplicándome:
«por favor, no me juzgues por mi marido». El hombre-
cillo había dejado de mecerse sobre los altos tacones de
sus botas—con los cuales, tal vez inconscientemente,
buscaba compensar su corta estatura—y esperaba re-
signado el inminente reproche de su cónyuge.
—Es bonito, en verdad—agregué yo, tratando de
alivianar la tensión.
—Pero, ¿qué te transmite? Dime. ¿En qué te hace
pensar?—insistió la Señora de Rivaldo.
El Ministro se alzó de hombros y descargó su
inocencia con una salida honesta:
56
CATARSIS
—Yo de estas cosas no sé nada, amor—dijo, y sorbió
del vaso de licor, para tener la boca ocupada.
Todos los demás tomaban champaña o vinos finos.
Él tomaba seco, y esto se añadía a los mil otros detalles
de su persona y su apariencia que le hacían lucir—
¿cómo expresarlo sin ofender?—: corriente. La esposa,
educada en París en alguna profesión de baja exigencia
intelectual, salió en santa cruzada a defender la honra
de las personas de buen gusto:
—Pues allá tú que te lo pierdes—le espetó, y con los
ojos cerrados, suspiró—¡A mí me transmite tantas co-
sas!
Como vio de reojo mi gesto de interés, prosiguió:
—Esta pintura me habla de la inocencia de las espe-
cies naturales, perdida con su extinción. Ese pájaro
azul, montado sobre el gorro del payaso muerto, es
para mí un símbolo de la naturaleza inmaculada, de la
vida misma, de la creación, que mediante la callada
sobrevivencia se rebela contra la hipocresía y los vicios
de la sociedad postmoderna, simbolizada magistral-
mente en esta composición por el payaso difunto, que
ha encontrado su fin por su propia mano seguramente.
¡Es una obra de arte brillante, a todas luces, el producto
de un genio!
Me miró luminosa, electrizada por la chispeante
elegía que acababa de verter sobre las virtudes del
cuadro de mi marido, como buscando mi aprobación.
Le di mi sanción con un noble y enfático bamboleo de
cabeza, con lo cual—estoy segura—la hice feliz. Creería
ella que yo, por dormir junto al artista cada noche, ha-
bría contraído, a la manera de una enfermedad vené-
rea, la facultad de juzgar el mérito de las interpretacio-
nes ajenas, referentes a las pinturas de Gian Lorenzo.
El Ministro, a la luz del sermón de su esposa, volvió
a mirar el cuadro, y tras unos segundos con los ojos
inertes, volvió a sorber del vaso.
57
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—A mí me gustaban más los cuadros de Gian cuan-
do pintaba escenas campesinas: la molienda de caña de
azúcar, junto al río; la carreta cargada de maíz, tirada
por bueyes; la pollera, con sus joyas y tembleques, en
una tuna—se lamentó el Ministro, como disculpándose
por sus gustos prosaicos.
—¡Pero si su estilo actual es superiorísimo!—apuntó
la Señora de Rivaldo—Es abstracto, primitivista, enig-
mático... está fuera de tu alcance, definitivamente.
—Será eso—ripostó él, sumiso como un eunuco.
Mirando a través de la sala repleta de personalida-
des de la vida política y económica de la Ciudad, el
hombrecillo buscó refugio en la conversación de algún
amigo que atisbó al otro lado de la exhibición, lejos de
su mujer. La esposa sacudió la cabeza mínimamente,
apenas lo necesario para estar segura de que yo perci-
biría el movimiento de desaprobación, pero suficien-
temente recatada para pretender que se trataba de un
gesto íntimo, discreto.
—Hay quienes sí sabemos apreciar el buen arte—me
dijo, en tono redentor—¿Estará Gian Lorenzo cerca?
Quisiera saludarlo personalmente.
—Ya no debe tardar en venir por esta parte de la
Galería. Lo vi hace unos minutos mostrándole unas
pinturas al Señor Presidente—acoté.
Ella sonrió y me dijo, contemplando nuevamente la
obra que había elogiado:
—Quisiera adquirir este cuadro para mi colección.
¿Cuál es su precio?
Traté de mantener el gesto sobrio en el semblante al
decirle la cifra. Ella tragó en seco, parpadeó unas tres
veces aceleradamente y sorbió con delicadeza el resto
de su copa de champaña.
—Vale cada centavo, sin duda—sentenció—¡Me lo
llevo!
58
CATARSIS
Le indiqué que ya la obra había sido vendida al
Embajador francés, conocido coleccionista de arte mo-
derno. La Señora de Rivaldo hizo una mueca triste.
—¡No puede ser! Ya tenía en mi mente el sitio per-
fecto para exhibir esta belleza en mi sala principal.
Respiró hondo. Esperó a que yo terminara de inter-
cambiar algunas frases con unos diplomáticos, quienes
me felicitaban por la exposición. Entonces me tomó del
brazo y me dijo:
—Yo sé que su esposo, Gian Lorenzo, es muy celoso
guardián de su estilo propio y que busca imprimir en
cada una de sus obras un inconfundible carácter úni-
co...
Traté de intuir hacia dónde se dirigía la conversa-
ción, pero me quedé en el aire. Le pedí, con un suave
movimiento de cabeza, que continuara.
—Sin embargo, consciente de que esto es así, y con-
siderando el gran aprecio que tengo por el genio de
Gian Lorenzo, y que soy una de las principales admi-
radoras de su obra, ¿cree usted que sería posible que él
pintara para mí... quiero decir, para el Señor Ministro,
no una réplica, sino una variación, una obra parecida a
ésta?
Fingí sorpresa, con una pizca de ofensa, como si su
propuesta me hubiese parecido sumamente indecente,
hasta que la vi palidecer. Entonces, miré la pintura y le
dije:
—La verdad no estoy segura... él cuida mucho su
reputación y su originalidad. Jamás ha copiado a nadie,
¡ni siquiera a sí mismo! Pero entiendo lo que usted me
pide. Tal vez—le dije, mientras ella me seguía con los
ojos, los labios apretados en ascuas—tal vez, yo podría
usar mi poder de convencimiento, mis «encantos fe-
meninos» si se quiere, para que él acceda a realizar una
nueva obra, totalmente original por supuesto, y única
59
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
en todo el sentido de la palabra, pero con el mismo
tema del pájaro azul y el payaso muerto.
Su sonrisa no se hizo esperar.
—Por supuesto—indiqué, en seguida—un encargo
especial de tal naturaleza sería más costoso que una
obra espontánea... tal vez el doble.
—Comprensiblemente. ¡No hay problema!—
finiquitó ella alegremente, con la liviandad de quien
compra una libra de cebollas—Espero entonces su lla-
mada para retirar la nueva obra en la galería, cuando
esté terminada.
Le di la mano, a manera de cerrar el trato, y ella la
tomó con suficiente firmeza, pero con elegancia.
Durante el desayuno, mientras preparaba unos
huevos revueltos, le di a Gian la buena noticia:
—Recibí una carta del Museo de Arte Moderno.
—¿De Nueva York?
Asentí.
—Les interesa mucho incluir dos cuadros tuyos en
una exhibición de nuevos artistas latinoamericanos.
—¿Nuevos?—inquirió Gian, con algo de sorna en la
voz.
—Bueno, nuevos en la escena internacional.
Gian tomó un trago de su cerveza. Eran apenas las
nueve y media de la mañana, y ya llevaba dos latas.
—Me gustaría enviarles una de las pinturas de em-
polleradas... tal vez la última que hice, con la pollera
roja y el fondo azul oscuro... ¿sabes cuál es?
Sin responder, serví los huevos revueltos en dos
platos, en cantidades iguales, y puse unas rodajas de
pan integral en la tostadora.
—¿No crees que es buena idea?—insistió.
—Me parece que no es el mejor momento—dije.
Gian bajó los ojos, y yo proseguí:
60
CATARSIS
—¿Cuántos años estuviste pintando cuadros en ese
estilo? ¡Más de una década! Sin lograr captar la aten-
ción de los críticos de renombre, ni exhibir en las gale-
rías de prestigio. Prácticamente, tenías que regalar tus
cuadros. Ahora, en cambio...
Gian tomó otro trago de la cerveza y hundió la mi-
rada en el televisor. Estaban repitiendo algún partido
de fútbol.
—Anoche, por ejemplo—seguí presionando—
solamente mostramos los cuadros de tu nuevo estilo, y
se vendieron todos. ¡A qué precios!
Gian sonríe y mueve la cabeza con incredulidad.
—Está bien. Le regalaré a mi mamá la pintura de la
empollerada, y prepararé unas cuatro pinturas nuevas
para escoger las dos que enviaremos al Museo en Nue-
va York.
Algún equipo anotó un gol, que el locutor gritó du-
rante lo que me pareció un minuto eterno. Gian se sen-
tó en la mesa. Puso los trocitos de huevo revuelto y
jamón entre dos tapas de pan tostado, como un empa-
redado.
—Anoche recibí el primer encargo especial de una
pintura tuya—le dije, para reanimarlo.
—¿En serio?
—Nos la van a pagar al doble del precio. ¿Te imagi-
nas?
—¡Al doble!—rió Gian, abriendo otra lata de cerve-
za—Qué te parece. ¿Quién hizo el encargo?
—¿Recuerdas al Ministro Rivaldo? Uno bajito, que
andaba con botas.
—¿Él? Pero tú lo escuchaste decir que mis cuadros
nuevos parecían, ¿cómo fue que dijo?... ¡cosa de locos!
—Eso fue lo que él dijo, pero cuando me vio llegar
se puso pálido y la mujer dedicó los siguientes minutos
a hacerle la vida miserable. Fue la esposa la que hizo el
encargo.
61
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Gian hizo memoria.
—¿La esposa es la mujer que andaba con un traje co-
lor vino, demasiado escotado para su edad, y con un
collar de perlas un poco exagerado?
Yo asentí con la cabeza.
—Esa señora me agarró del brazo anoche en la ex-
hibición—continuó Gian—y me preguntó que de dón-
de había sacado yo la inspiración para las pinturas de
mi nueva colección.
—Y tú, ¿qué le respondiste?—inquirí, con el tono de
una madre que le repasa la tarea al hijo.
Gian, acariciándose la barba, y con gesto de pensa-
dor ensayado múltiples veces en el espejo, me dijo:
—Le respondí: Señora, la inspiración me llega sola.
No es algo que se compre o se fuerce; no es algo que se
finja o estudie: es algo que nace en algún lugar que no
conozco y que, como por encantamiento, llega a mis
manos en la forma de imágenes concretas. Entonces las
plasmo en el lienzo, y así nacen mis obras.
—¡Muy buena respuesta!—le dije riendo, como si no
la hubiera escuchado nunca—Me imagino que ella
quedó impresionada.
—Así es. Pero, ¿por qué nos va a pagar el encargo al
doble del precio?—inquirió Gian, a quien todavía le
costaba creer que sus pinturas pudiesen venderse.
—Pues porque lo que ella quiere es un pedido espe-
cial, Gian. Tienes que aprender a mercadearte. ¿Te
acuerdas del cuadro del pájaro azul en el gorro del
payaso muerto?
Gian se rascó las cejas, asintiendo con la cabeza, co-
mo un adolescente que se acordase de alguna travesura
de medianoche.
—Bueno, ese cuadro lo compró una pareja de di-
plomáticos. La esposa del Ministro Rivaldo quiere algo
parecido.
—¿Cómo parecido?
62
CATARSIS
—O sea, el mismo tema: pájaro azul, payaso muerto,
etc. Pero con una composición un poco diferente. Simi-
lar, pero único.
—¡Carajo! Ahora sí me la puso difícil—rió Gian.
—No te preocupes—le reconforté—Busca el boceto
de ese cuadro en la gaveta del estudio, y yo me encargo
de conseguir un nuevo boceto para la variación que
ordenó la Señora Rivaldo. Esta tarde te lo traigo, con
otros más para los nuevos cuadros.
—Listo—respondió Gian, que terminaba la tercera
cerveza embebido en un tiro libre o un penal de un
jugador con camiseta azul.
La enfermera regresó a mi consultorio. Me entregó
el expediente y me dijo:
—Ya está la paciente en el jardín.
Salí al patio y la encontré como siempre, sentada
frente al pupitre, con la mirada perdida en las verane-
ras.
—¿Cómo estás esta mañana, Clío?—dije con voz
dulce.
—Me hinqué al lado de su silla de ruedas, y le acari-
cié la cabeza rapada. Los diminutos cabellos y la piel
del rostro lucían limpios, recién lavados por las manos
diligentes de las auxiliares de enfermería. A juzgar por
la pulcritud de la bata, la habían vestido después del
desayuno.
—¿Quieres pintar?—le pregunté.
Su mirada se iluminó, y una mueca—¿una sonrisa,
tal vez?—le transformó el rostro. Saqué de un maletín
un paquete de lápices de cera, con una docena de colo-
res distintos, y cinco cuadrados medianos de cartulina
blanca. Saqué también el boceto del pájaro azul sobre el
payaso muerto.
63
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—¿Recuerdas este dibujo?—le pregunté, en tono
maternal.
Ella repitió la mueca alegre, y agrandó los ojos. Un
hilillo de saliva se derramó por la comisura de su boca.
Hice una señal a la enfermera, que en seguida lo secó
con una toallita.
—Vamos a pintar cinco dibujos hoy. Para empezar,
quiero que me hagas otro dibujo así—le dije, mostrán-
dole el boceto—Píntame algo con un pajarito azul y
con un payasito... ¿está bien, Clío?
Le acaricié la cabeza una vez más, y me retiré a ver-
la trabajar, desde cierta distancia.
—La paciente ha mejorado tanto, desde que usted
empezó con ella la terapia de recreación artística—me
comentó, en voz baja, la enfermera.
Yo asentí con la cabeza, revisando el expediente
médico. Comenté:
—Veo en las notas de las enfermeras que pasa los
días más tranquila, y que duerme mejor en las noches,
y que requiere dosis más bajas de sedantes.
—Así es. Las auxiliares también están más felices—
añadió, con un suspiro de alivio.
—Desde que empezó a dibujar en la terapia, han te-
nido menos trabajo.
La miré por encima de los anteojos. Ella se explicó:
—Usted sabe: hace mucho tiempo no tienen que
limpiar las paredes del cuarto de Clío. Ya no las pinto-
retea con heces, haciendo dibujos de pájaros y payasos.
Usted sabe... ¡cosas de locos!
2006
64
CATARSIS
LA MEDALLA
a Groucho Marx
Mi país tiene una sola medalla olímpica. Es una
medalla de bronce, que mereció nuestro héroe nacional
hace cinco generaciones. Es el tesoro más valioso de
nuestra nación. La mantenemos en una bóveda sellada
en el Palacio Presidencial, con cámaras de seguridad y
guardia de honor.
A los niños que obtienen calificaciones perfectas se
les permite ver la medalla a cinco pies de distancia por
cinco segundos, magnífica recompensa por sus esfuer-
zos. Cuando las estaciones de televisión terminan sus
emisiones al final del día, interpretan el himno nacio-
nal y muestran nuestra medalla, nuestro orgullo, en
toda su gloria.
No es cierto que sólo tres atletas compitieron en
aquella ocasión. No es cierto que nuestro héroe nació
en otro país. Podría ser cierto que nació de una virgen,
que ya corría a una edad en la que otros bebés ni si-
quiera gatean, y que en la adolescencia embarazó a
doce mozuelas en una sola noche.
China, por otro lado, tiene—según el último censo—
alrededor de veinte mil medallas de oro. Nadie conoce
el número exacto, porque a nadie le interesa a estas
alturas. Un profesor de estadística infirió que aproxi-
madamente el 32 por ciento de los medallistas compar-
ten el apellido Chang.
Al regresar a China, cada nuevo medallista de oro
recibe en el correo una carta mimeografiada y sin fir-
mar con un agradecimiento de tres líneas de parte del
partido comunista; la medalla es confiscada de inme-
diato. Se dice que las emplean para fabricar circuitos
electrónicos para computadoras.
65
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Las medallas de plata son simplemente arrojadas en
el horno de la fundición, sin carta de agradecimiento,
para fabricar cucharas que serán exportadas a Inglate-
rra. La gente dice que las medallas de bronce son fun-
didas para hacer los casquillos de las balas con las que
luego fusilarán a sus recipientes, acusados por traicio-
nar al partido, dado su desempeño perezoso.
2008
66
Quenta Estel
(Cuentos de fe)
CATARSIS
EL BUEN PROFETA
a Spinoza
Dios me habló y dijo: cuídate de aquellos que dicen:
Dios me habló y dijo…
2008
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
LA PARADOJA
a Miguel Ángel Conde
Cuando sentí la muerte cerca, le pedí a Ana que
llamara al Padre Zósimo. Por un segundo, sus ojos me
miraron con lástima. No la culpo: desde niña la crié
agnóstica, y rebelde contra la religión, como su padre.
Creo que no me entendió cuando comencé a leer la
Biblia, hace unos meses, sintiendo que mi hora se acer-
caba.
Me despertó el aceite en la frente. Pensé en lo la-
mentable que debía ser mi apariencia si Zósimo había
llegado aplicándome los santos óleos sin siquiera salu-
darme. Nuestra vieja amistad, forjada en los días de
escuela, había pasado por amargos momentos de ex-
trañeza cuando renuncié a la fe de mis padres.
Zósimo siempre fue un gran creyente. De familia
piadosa, se ordenó en el Vaticano y ahora era profeta
en su propia tierra. Varias veces lo debatí en tribunas
públicas sobre asuntos de salubridad, yo tratando de
avanzar la causa de la ciencia y la modernidad, él afe-
rrado a los dogmas y prejuicios de Roma.
—Mi viejo amigo—susurró cuando abrí los ojos.
—Necesito saber—le dije, con lo que me quedaba de
voz—hacia donde voy.
Zósimo sabía bien que había vuelto a las escrituras,
y me consoló:
—El que cree en Él, no degustará la muerte. Vas al
Reino del Padre.
—Eso es poesía—le respondí—Yo te pregunto sobre
la realidad. La muerte no es teoría para mí, Zósimo,
que me muero esta tarde.
—La Palabra no es poesía; es la verdad eterna—dijo.
70
CATARSIS
Respiré hondo. El estertor de mi pecho le hizo apre-
tar los labios y mirar a otro lado.
—Es bonito eso de los pájaros del cielo y los lirios
del campo, Zósimo, pero los niños se mueren de ham-
bre y de frío. ¿Cómo puedo creer lo que está escrito si
mis propios ojos me muestran lo contrario?
—Con fe—me respondió.
No dije más. Me giré en el lecho hacia el otro lado y
cerré los ojos. No sé cuánto dormí, pero cuando des-
perté, Zósimo estaba a mi lado, dormido en la silla.
Ana debía estar en la cocina, pues escuché sonidos de
trastos en el fregadero. Me pregunté si mi muerte sería
como el sueño de Zósimo, tranquilo descanso de los
afanes del cuerpo y la mente. Sentí envidia de su cre-
dulidad, de su fe maleable. Aún con la garra de la par-
ca en mi cuello no lograba sobreponerme a las patentes
falacias del texto bíblico.
Esperando, me vino a la mente una contradicción
que largamente me había intrigado. Mateo 23:36. «De
cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta genera-
ción». Esta generación. Según el evangelio canónico eso
dijo Jesús, y desde entonces cien generaciones de fieles
han creído el vaticinio: el Hijo del hombre viniendo en
su gloria sería visto por esta generación, lee el texto, y
ya han pasado dos mil años de espera en vano.
Pensé que dado que la tradición apocalíptica es an-
terior a Yeshúa Bar Yussef, podía haber sido incluida
en el texto por seguidores celosos de mantener el dog-
ma farisaico en la nueva fe. ¿Cómo saber si lo dijo el
Maestro? Y si lo dijo, ¿por qué han caído una tras otra
las generaciones, como hojas de teca en verano, sin que
venga el reino?
No supe cuándo me dormí, pero me despertó el óleo
en la frente nuevamente. Abrí los ojos y vi a Ana, llo-
rando de pie, junto a Zósimo. Oí el rezo en latín, pero
no pude hacer sentido de lo que decía. Spiritu... Chris-
71
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
ti... Domine... in Paradisum... Frases, palabras sueltas. El
cuarto parecía hecho de etéreos tejidos, cada vez más
oscuros. Una presión en el pecho me arrancó un queji-
do. Sentía cierto dolor, pero no tenía miedo. Supe que
la hora había llegado, y decidí, como Sócrates, aprove-
char hasta el último momento en tareas intelectuales.
Decidí recibir el misterio acariciando la paradoja del
reino que no llegaba.
¿Qué tal—me dije—si el reino no es como lo pintan
en las portadas de ciertos panfletos cristianos, un jardín
terrenal para cuerpos resucitados? ¿Qué tal si la llega-
da del reino es simplemente la liberación del espíritu
de las ataduras terrenas, la vuelta a la fuente de la vida,
el alma cerrando el circuito, reconectándose con el ori-
gen, con el Uno?
Temí que la agonía me hacía desvariar, pero seguí
pensando, combatiendo la experiencia con intentos de
cordura.
Pero aún así, ¿por qué no había llegado? Él prome-
tió que no pasaría esta generación antes de que el reino
llegara. Esta generación. ¿Cuál generación es ésta? La
generación de un espíritu eterno es eterna, y en ese
marco la afirmación no tiene sentido, por ser infinita.
La generación de la audiencia original ya había pasado,
junto con cien generaciones siguientes.
Abrí los ojos, pero no vi nada.
La generación mía, sin embargo, esa no había pasa-
do todavía. Esta generación, dice el texto, no aquella.
Ésta. No pasará ésta generación antes de que venga el
reino. ¿Cuándo termina mi generación? Con la muerte
de mis amigos, o con la mía. Mi último día marca el
final de mi generación, una generación de un hombre.
La medida de todas las cosas. Eso es.
Sentí un gozo inmenso, pues creí haber resuelto el
misterio de dos milenios. Quise decirle a Zósimo que
había entendido al fin, que había descifrado el mensaje,
72
CATARSIS
que el texto hacía sentido, y que tenía fe otra vez, como
cuando era niño. Pero no pude. No veía ya la habita-
ción, ni al amigo, ni a mi hija. No sentía mi cuerpo. No
tenía dolor. Sólo la delicia de lo intangible. Y el res-
plandor. Y la dicha.
2007
73
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
ENSAYO Y ERROR
a Tristán Solarte
Adán mordió la manzana. El sabor y fragancia eran
idénticos a los de la fruta común. Dios, que durante
siglos había esperado el mordisco, escondido detrás de
una parra, saltó y dijo:
—¡Ajá! Así te quería agarrar, malagradecido. Mira
todo lo que he hecho por ti. Te di un paraíso para vivir
eternamente y una mujer para acompañarte. A cambio
sólo pedí que no comieras de este árbol.
Algo iba a decir Adán, pero Dios se adelantó:
—No culpes a Eva; es una excusa tan obvia.
A su vez, Eva quiso intervenir, pero Dios le cortó el
paso:
—No me vengas con el cuento viejo de la serpiente.
El animal, que andaba todavía por ahí, se subió en el
árbol y siguió escuchando con la resignación del actor
que hace mutis en una escena repetida mil veces.
—Ahora—prosiguió Dios—dictaré sentencia. Los
dos serán expulsados. Tú, Adán, trabajarás para ganar-
te el pan. Se acabaron los días felices de abundancia.
Ahora tendrás que regar la tierra árida con tu sudor
para arrancarle frutos escasos. Tú, Eva, por largo tiem-
po has disfrutado del sexo sin preocupaciones. Ahora
sangrarás seis días cada mes, y te embarazarás fácil-
mente. Al término, parirás con dolor un bebé cuya ca-
beza será muy grande para tu vagina. Te quedarás en
casa a cambiar pañales, limpiar pisos y fregar platos. Y
tú, serpiente, te arrastrarás por el suelo...
—Espera un momento—interrumpió Adán.
Todavía no acostumbrado a tan bruscos cortes a su
inspiración, Dios puso la cara de enfado que Miguel
Ángel le diese en un fresco. Pero Adán no lo estaba
74
CATARSIS
mirando: con ojos fijos en la fruta mordida, movía un
bulto en su cachete. Tras unos segundos de meditación,
dijo:
—¿Sabes qué, Dios? No vale la pena... te devuelvo
tu manzana.
Escupió la masa, que no había tragado aún, y la pe-
gó con saliva, lo mejor que pudo, al resto de la fruta,
colocándola luego sobre una rama del árbol prohibido.
La serpiente miró de soslayo a los presentes y se arras-
tró en silencio hasta otra rama. Dios, desilusionado
porque el desenlace—preparado tan minuciosamente
desde la creación de este universo—había fallado una
vez más, abandonó el Jardín y se fue a crear otros
mundos, con nuevas variaciones. Adán y Eva siguieron
viviendo en el Paraíso, sin trabajar ni parir. Murieron,
siglos después, a causa del aburrimiento.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
PARÁBOLA DE LA MESA DEL REY
Aquella mañana salió Yéchua de la choza y se sentó
bajo una higuera en la cumbre del monte Erab. Pronto
lo rodeó la muchedumbre hambrienta, que lo había
seguido desde el lago el día anterior. Calló largo rato,
hasta que Yehuda, el discípulo predilecto, le rogó:
—Rabí, enseña a la multitud para que se marche en
paz.
Él contestó:
—Enseñaré, pero mi lengua inquietará sus mentes.
La paz llegará después.
Y dirigiéndose a la gente, enseñó la siguiente pará-
bola:
Un rey era señor en una tierra que fue muy rica en
cereales y ganado. Había sobrevenido una fuerte ham-
bruna y sus súbditos desesperaban por falta de pan. El
rey vestía de púrpura y lino, y celebraba espléndidos
banquetes para sus familiares, pues en sus bodegas los
granos se desbordaban. Un día la hija del rey salió del
palacio y contempló la desolación de los mendigos.
Regresó a su padre y le dijo:
—Padre bueno, ¿hay lugar en tu mesa para un fami-
liar más?
El rey se sorprendió, porque ya estaba presente toda
su familia, pero respondió que sí. La hija trajo a un
anciano hambriento que apenas podía sostenerse. Lo
sentó a su derecha y le brindó pan y vino. El rey guar-
dó silencio. La hija volvió a preguntar:
—Padre generoso, ¿hay aún lugar en tu mesa para
otro pariente?
El rey accedió nuevamente. La hija trajo a una an-
ciana casi muerta por falta de alimento, y la sentó a su
76
CATARSIS
izquierda, dándole de comer. El rey callaba. Levantose
la hija una tercera vez y preguntó, con temblor en la
voz:
—Padre magnánimo, ¿cuántos puestos hay en tu
mesa para mis hermanos?
El rey contempló con tristeza las lágrimas en el ros-
tro amado, se puso de pie y la abrazó. Movido a com-
pasión, dijo:
—Perdóname, hija, pues he pecado
Ordenó a sus criados:
—Pronto, traed pan y vino. Buscad los becerros me-
jor cebados y matadles. Preparad un festín y traed a los
hambrientos al banquete de mi mesa.
Buscando un cofre lleno de denarios, los entregó a
su hija y dijo:
—Repartid esto entre tus hermanos.
En verdad os digo: el reino de los cielos es como la
mesa infinita de este rey, y sus comensales verán el
rostro del Padre.
Así habló Yéchua. El que tenga oídos para oír, que
oiga.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
LA CREACIÓN DE ADÁN
Movido por el aliento de la vida, me sacudo y salgo
de la arcilla. Permanezco suspendido en el sopor acuo-
so de la oscuridad. Corrientes tibias me traen partícu-
las con las cuales me alimento. Tengo pequeñas patas,
y placas en la espalda. Sobre la superficie lodosa palpo
mientras avanzo sin saber hacia dónde voy. Presiento
algo de luz y de sonido.
Me impulso por el agua, guiado por mis antenas y
por la borrosa luminosidad que se cuela entre las olas.
Nado un poco. Desarrollo escamas y aletas, y nado más
fuerte y rápido. Devoro pequeños seres que flotan al-
rededor. Miro hacia la superficie del agua y percibo el
sol. Veo manchas azules, blancas y verdes. Llego a la
costa y salgo a tierra.
Me arrastro sobre la arena cálida. No puedo respi-
rar, así que regreso al agua. Vuelvo a intentarlo. Crecen
pulmones en mi pecho, y avanzo tierra adentro. Mi piel
se torna verde, para confundirse con el entorno. Mis
aletas se truecan en patas con garras y en una cola lar-
ga y musculosa. Trepo en los árboles y me alimento de
insectos, frutos y hojas.
La tierra es mía y crezco para dominarla. Mi cabeza
supera las palmeras más altas, mi fuerza derriba tron-
cos. Persigo y devoro a mis semejantes con poderosos
colmillos. Miro al cielo, y quiero alcanzarlo. Me hago
nuevamente pequeño y liviano. Mis fauces se convier-
ten en uñas. Mis huesos se ahuecan. Plumas nacen en
mis brazos. Echo a volar.
Me paseo por las nubes y contemplo el mar junto a
la costa. Soy libre. Tras largo vuelo, vuelvo a tierra y
pierdo mis alas. Junto a un río hago mi refugio. Vuelvo
78
CATARSIS
al agua, y crecen membranas en mis patas. Mis plumas
se afinan y se convierten en pelos. Mi pico se aplana y
vuelven a crecer los dientes en mi boca. Sangre caliente
fluye por mis venas.
En cuatro patas corro a través del bosque. El pelam-
bre de mi cuerpo me protege del frío. Cazo a otros
animales más pequeños y amamanto a mis cachorros.
Mi vista se agudiza. Mi olfato despierta. Entiendo me-
jor el entorno que me rodea. Veo un árbol cercano y lo
trepo. Alcanzo una hoja verde y un insecto; los pongo
en mi boca. El sol cae.
Salto a una rama más lejana. Sentado sobre ella, me
rasco. Percibo que el bosque se repliega, y vuelvo al
suelo para buscar alimento. Los árboles son escasos, así
que vivo sobre la llanura. Andar largas distancias es
más cómodo si marcho erguido. Con un palo golpeo a
un conejo y lo desgarro. El pelo de mi cuerpo se hace
menos tupido y siento frío.
Hago fuego. Las piedras filosas son mejores para
cazar, trabadas en la punta de un palo. La piel de los
bisontes me sirve de abrigo. Sobre las paredes de las
cavernas dibujo lo que ven mis ojos. Derrito la roca en
el fuego y le doy la forma que quiero. Prefiero la com-
pañía de otros, que cazan conmigo y construyen refu-
gios cerca del mío. Soy el líder del grupo.
Me establezco en un solo sitio. Obligo a la tierra a
darme frutos, que cosecho y guardo para la época fría.
Una cerca de troncos protege nuestras chozas. Las he-
rramientas facilitan el trabajo. Mis compañeros me en-
tienden, y marco sobre el barro los sonidos de mi boca.
Miro el océano y siento que me llama. Me hago al mar
en barcos de madera.
El sol está saliendo. Comercio con otros pueblos y
acumulo riquezas. Regreso a mi aldea y veo que ahora
es un imperio. El rey, que da órdenes según su volun-
tad, no me reconoce. Bajo su mando trabajo la tierra, y
79
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
él se lleva la mitad de mis frutos. Temo por mi vida, y
por eso le obedezco. Otro rey le hace la guerra, y lo
vence. Se sienta en su trono.
Un viejo, que antes me hablaba de los poderes de la
naturaleza, ahora me habla del dios Sol, de los dioses,
de Dios, del hijo de Dios. Miro al cielo y comienzo a
entender los movimientos de los astros. Estudio los
cadáveres de los caídos y aprendo a reconocer las par-
tes del cuerpo humano. Sobre la pira quemaron a una
vieja, acusada de brujería.
Yo no creo en brujerías, sin embargo. Prefiero creer
en los valores del espíritu humano. Ya no quiero traba-
jar para el rey, que se lleva la mitad de mis granos. Con
la espada en mano, obtengo mi libertad. Cultivo mi
propia tierra, con cuyos frutos alimento a mis hijos.
Sobre el papel calculo, vierto en tinta mis pensamien-
tos, pinto en la tela mis ilusiones.
Los límites entre naciones segmentan la Tierra, y la
guerra pronto cubre su faz. Tras la bomba, el terror
paraliza a los pueblos. Alianzas se balancean sobre un
débil equilibrio. Leo en el diario que aviones dan la
vuelta al mundo, que el hombre llega a la Luna, que
telescopios hurgan las entrañas del espacio, que una
red electrónica interconecta los continentes.
Regreso a casa, me aflojo la corbata y me siento fren-
te al televisor, pensando cómo pagaré las cuentas a fin
de mes. De las noticias paso a un partido de fútbol, a
un documental sobre la extinción de los leones en Áfri-
ca, y al programa religioso de un predicador, Adam
Smith, que despotrica contra enseñar la teoría de la
evolución en las escuelas. Sorbo mi trago de güisqui.
—¿Sabes?—le digo a mi mujer—No entiendo cómo
a Darwin se le ocurrió decir que venimos del mono.
2006
80
Quenta Minasurië
(Cuentos de discernimiento)
CATARSIS
DE CÓMO EL CAPÍTULO XVII
NO FUE EL ÚLTIMO
a Jaramillo Levi
Abatido sobre el suelo, en el umbral de la muerte, el
caballero dejó caer la cabeza hacia el costado. Logró ver
a su viejo caballo intentando huir de la bestia, con las-
timoso galope, sin mayor suerte. Más allá, sobre una
colina que perfilaba su curvatura en el cielo de la tarde,
creyó ver las siluetas borrosas de dos jinetes que tam-
bién trataban de evadirla. Se palpó el rostro y la barba.
Vio que su mano se cubrió de sangre. Quiso alzarse, o
al menos girarse de costado, pero no pudo. Sintió una
liviandad en la cabeza, como cuando acomete el sueño,
y supo que la vida se le apagaba. «Ved en cuan amarga
cuita me sale al paso el fin», suspiró débil entre labios.
«Socorredme en esta hora triste, señora mía». Una brisa
fuerte, del poniente, estremeció las banderas reales y
las ramas de un encino.
La pluma se detuvo de súbito. Recostándose sobre
el escritorio, el hombre cerró los ojos y con el índice
masajeó los párpados cansados. Una sensación extraña,
como de tristeza o melancolía, le revoloteó en el pecho.
Miró por la ventana abierta. Unos niños sucios jugaban
con espadas de palo en el callejón. Caía la tarde. La voz
del pregonero, algo lejana, le distrajo un momento. Se
puso de pie. Miró el bulto de papeles sobre la mesa.
Volvió a sentarse. Algo hacía falta aún, presintió. Algo
no estaba en su sitio. Tomó la última hoja del grupo y
la rompió. Luego reinsertó en otro lugar de la pila de
83
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
papel las cuatro hojas anteriores. Mojó la pluma nue-
vamente.
El caballero abrió los ojos. Sobre la colina aparecie-
ron las siluetas de los dos jinetes. Alzó la vista y vio al
león saltar sobre él y reparar las heridas de su cuerpo
con las garras, y luego correr de espaldas hasta la jaula,
donde se echó tranquilo. Sintió que su cuerpo era arro-
jado hacia arriba, en el aire, y el dolor desapareció. El
viejo caballo regresó al galope, también de espaldas, y
en una cabriola se colocó bajo su cuerpo. La armadura
no hizo ruido al desplomarse sobre la silla. Bestia y
jinete quedaron quietos frente al carro de los leones. El
recuerdo del feroz ataque desapareció de la memoria.
Alzándose la rota visera, Don Quijote miró al leonero,
que esperaba su respuesta. Una brisa del poniente hizo
volar las banderas.
2006
84
CATARSIS
ES MI VIDA
a Don Alejo Carpentier
Del piso llueven hacia el techo gotas rojas, que se
funden en una mancha grande. La sangre se desploma
desde el cielo raso, en una violenta implosión de mi
cabeza. La bala entra, recomponiendo los huesos de mi
cráneo y sale por mi mandíbula, succionando el humo
y el fuego, encerrándolos en el casquillo, que se enfría
de súbito dentro del barril del revólver. «¿Qué he he-
cho?», me pregunto en soledad. Quito el arma de mi
barbilla, la enfundo en el cinto y bajo el rostro. Una
foto de mi esposa vuela del suelo a mi mano; la guardo
en el bolsillo tras una breve mirada nostálgica.
Siento arrepentimiento. De mi boca el güisqui se de-
rrama en el vaso y de ahí trepa—serpiente de oro—al
interior de la botella. Escapando de las fibras de la al-
fombra, una lágrima se catapulta hasta mi mejilla y
escala lentamente hacia el ojo, escondiéndose en la co-
misura. La culpa me perfora el alma. Mi saco salta de la
cama al hombro, y retrocedo hasta la puerta. Apago la
luz al salir de algún cuartucho de motel. En reversa,
manejo camino a mi casa. La noche desaparece poco a
poco, y el crepúsculo incendia el cielo de la tarde.
No respondo. «¿Qué te pasa?», pregunta mi mujer.
En la gaveta escondo el revólver. Trato de disimular mi
desesperación. Salgo por la puerta, que mi esposa cie-
rra sonriente. Retrocedo velozmente rumbo al labora-
torio. Positivo. La enfermera sonríe y me tiende un
papelito verde. «¿Ya están los resultados?», pregunto y
salgo del laboratorio nuevamente. Espero una hora en
la cafetería del primer piso. El humo viene de los pasi-
llos, de la ventana, del cuarto mismo, y se insufla en el
cuerpo ardiente de varios cigarrillos que renacen de las
85
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
cenizas y se apagan al contacto con el fósforo. Subo al
cubículo. «Puede esperar abajo si desea», me dice la
enfermera.
Enrollo la manga de mi camisa de seda y ella anuda
un caucho en mi brazo. Toma una ampolla de sangre,
la carga en la jeringa y la inyecta en mi vena. Suelta el
caucho, guarda la jeringa herméticamente en un empa-
que y la pone en un frasco. «Siéntese aquí, por favor».
Tengo miedo. Anuncio: «Soy el que llamó hace un rato,
para un examen de sangre». Salgo de la sala de espera,
y vuelvo a la calle: el tráfico me atrapa. Retrocedo con
destino a la oficina, preocupado.
Veo lágrimas en su rostro pálido. «¿De qué me estás
hablando?», le inquiero, pero no dice nada más. «De-
bes hacerte un examen de sangre», susurra en mi oído.
Se me acerca y le doy un abrazo. El recuerdo de aquella
noche me entretiene un segundo. Ha sido un día largo
y me alegra encontrarla de nuevo, con su blusa liviana.
Noto que el escote deja ver parte de sus senos. Adis
retrocede por el pasillo, cargando unos cartapacios.
Trabajo todo el día, pensando en la Serie Mundial y en
la maldita copiadora que no quiere tragarse las copias
y se destraba a cada minuto.
No conversamos, y ella se marcha a su puesto. El
vapor pasa del aire al café; y el café, de mi boca a la
tasa. No responde. «¿Te pasa algo?», pregunto. Me dice
que una taza no le caería mal. La noto algo ansiosa.
«¿Quieres un café?», le pregunto. Saber que nadie sos-
pecha de lo nuestro hace la mañana más emocionante.
Encuentro a Adis en el cuartito del café. Salgo de la
oficina, de vuelta al tráfico, de regreso a la casa. El sol
de la mañana se está poniendo.
«¡Qué bonito, campeón!», digo, por decir algo. Mi
mujer me muestra, durante el desayuno, un dibujo que
hizo mi hijo con crayones. Desde aquel día no puedo
dejar de pensar en el encuentro, y siento deseos de re-
86
CATARSIS
petirlo. Esta mañana me acuesto junto a mi esposa,
como siempre, y me duermo. Pasan varios días de trato
frío, silencio y caras largas.
«¡Es mi vida!», le grito, y mi mujer salta desde el
suelo, dejando de llorar y estrellando su rostro contra
mi puño, que retrocede y apaña la camisa manchada
de lápiz labial, que ella restriega en mi rostro. «¿Con
quién andabas?», me increpa. Cuando huele el perfu-
me ajeno y ve la mancha roja en el cuello, la expresión
de ira se desdibuja y aparece esa sonrisa que me ena-
moró cuatro años después. Me da un beso, y me abra-
za, tierna como una niña. Me mira desde la puerta,
mientras retorno a la oficina.
Yo salgo después y ella primero, para no levantar
sospechas. Nos desvestimos tranquilamente. El orgas-
mo me acomete de súbito. Noto el contraste entre la
madera fría y la tibia desnudez de su cuerpo. Nos ves-
timos ansiosos con las prendas de ropa que vienen por
el aire desde lejos: los botones saltan de los rincones a
trabarse en los ojales. Mientras nos ponemos de pie,
con mi brazo barro el escritorio, que se llena de papeles
y otros objetos. Los besos se van haciendo menos apa-
sionados, mientras nos alejamos de la mesa. Ella está
entre mis brazos, y ambos sabemos que se ha ido el
momento que tanto esperamos.
Al fin estamos acompañados. Llega el primero de
nuestros compañeros de trabajo. Espero una hora. Ha
sido un buen día, y la adrenalina del éxito reciente co-
rre en mis venas. Siento deseos de celebrar. Un cosqui-
lleo, como de adolescente, me recorre. Adis me sonríe.
La veo retrocediendo en el pasillo, con su blusa liviana,
y le guiño un ojo. Qué buena noticia habernos ganado
ese gran contrato.
2006
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
GENS UNA SUMUS
a Borges
Que resultó tras siglos de un juego de ejércitos
opuestos, perfeccionado por hombres de diversos pue-
blos y tiempos. Que el sabio Sisa lo creó para demos-
trar a un rey persa su dependencia en los súbditos. Que
Hermes lo concibió—obra cumbre del hombre cum-
bre—como regalo a sus descendientes. Que Adán lo
ideó durante su ocio en el paraíso. Son teorías falsas.
La humanidad ha conocido el ajedrez por dieciséis
siglos, cinco en su forma actual. Pero no es su hechura:
el ajedrez fue descubierto, no creado. Estaba ahí desde
el primer instante en que algo existe. Dos dimensiones
bastan: sobre el plano segmentado, ausencia y presen-
cia de luz, se baten los bandos. Sus movimientos se
derivan de teoremas básicos, euclidianos en su simpli-
cidad: el rey, razón de ser, mueve un espacio en cada
eje o en ambos. La reina prolonga al límite el movi-
miento de aquel. La torre es negación de los movimien-
tos oblicuos de ésta. El alfil, lo inverso. El caballo hibri-
da a ambos. El peón emula sólo a uno, minimizado,
hacia el contrario.
Fuera del tiempo y del espacio, imaginando el uni-
verso antes de crearlo, Dios verificó que en la contem-
plación de un mundo bidimensional ya está implícito
el ajedrez, inevitable consecuencia del plano y la pola-
ridad. Dicen los citros que Alá creó a Satán para tener a
quien vencer en el tablero; no podía derrotarse a sí
mismo jugando perfectamente un juego perfecto: Dios
contra Dios es siempre tablas.
Enuncian que existen infinitas variaciones del aje-
drez, y que la conocida por el hombre es sólo la más
simple, la única que nos resulta comprensible. Aseve-
88
CATARSIS
ran que nuestro universo, el cual excede nuestro en-
tendimiento, es la variante más compleja del ajedrez
aún asequible a la percepción humana. También en
ésta el diablo es el único oponente capaz de aliviar a
Dios la carga de la soledad. Las leyes inmutables de la
física, que apenas comienza a descubrir nuestra ciencia,
son las reglas básicas en esta versión del juego. En ellas
están predeterminados el hombre y las estrellas, como
el gambito de dama lo está en la vertiente que practi-
camos. Insisten los citros del Sahara en que hay espe-
cies del ajedrez aún más complejas que el universo
visible, y que Dios sigue encontrándolas y agotándolas
sin fin.
2006
89
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
PAPEL Y TINTA
«nunca lo dice, o tal vez lo dice
infinitamente y no lo entendemos»
Borges
Cuando terminó el conversatorio y bajé del escena-
rio, me cortó el paso una joven monja, con expresión de
extrañeza tras los anteojos.
—¿Qué quiso decir con su respuesta?
—Así que usted envió aquella pregunta al modera-
dor—dije sonriendo.
—¿Qué quiso decir—insistió ella—con eso de la hoja
en blanco?
—Normalmente dejo que mis respuestas se expli-
quen solas—acoté—pero ya que usted me lo pide...
Usted preguntó a los escritores de la mesa principal
qué quisiéramos que se escribiera sobre nosotros si
fuésemos una hoja de papel. Al responder que prefería
seguir en blanco me refería a que, sin importar la maes-
tría del texto que haya sido escrito sobre ella, una hoja
usada pierde la potencialidad, que poseía cuando esta-
ba vacía, de convertirse en cualquier texto, de albergar
una nueva idea o sentimiento. Me rehúso a ceder esta
libertad indefinidamente.
—Ya veo—asintió.
Empecé a caminar, pero ella me detuvo nuevamen-
te.
—¿Me permite reformular la pregunta?
No hizo falta mi aprobación, porque ella continuó.
—Si usted fuese un papel en blanco, que por un de-
signio inevitable, del destino si se quiere, va a recibir
sobre su pureza la mancha de la pluma, ¿qué querría
que se escribiera sobre usted?
90
CATARSIS
Intuí que aquella joven buscaba con esta pregunta,
la cual según supe luego presentaba a múltiples escri-
tores en conversatorios, una respuesta al problema de
su propia virtud.
—¿Cuánta tinta tiene?—pregunté.
—La que haga falta.
—Entonces quisiera que la derramara toda sobre la
hoja, hasta dejarla por completo negra.
La expresión de extrañeza reapareció, así que me
anticipé.
—Porque así, todas las posibilidades coexistirían en
mí, al mismo tiempo. Todas las páginas maestras de la
literatura, del pasado y del futuro, estarían prefigura-
das en mi superficie. Juntas, ya escritas, ahí mismo, en
un solo momento.
2006
91
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
INOCENCIA
El rostro congestionado, la piedra en la derecha du-
ra alzada tras la espalda, mientras la izquierda aprisio-
na el cuello contra el suelo resquebrajado. Y la voz en
la oreja:
«Golpéalo, Caín.»
Los ojos rojos se alzan al cielo, y luego perforan al
hermano que asustado hiperventila en tierra. Y la voz
persistente:
«Caín, adelante, Caín. Golpéalo ahora.»
—No puedo.
El puño se aferra más al cuello desnudo, hinchando
los vasos sanguíneos. El hermano no lucha; se queda
quieto sobre el polvo, esperando su suerte.
«Caín, la piedra ya está en tu mano. Hazlo ahora...»
—No quiero. Es mi hermano...
La piedra golpea la hierba. Caín se deja caer de es-
paldas, y llora de rabia. Abel se levanta, lo mira y huye
triste.
«¿Qué has hecho, Caín? Lo dejaste ir, sabiendo que
es el preferido. ¿Por qué?»
—No lo sé.
Bitácora, 23 de agosto de 2179. El clon C4027 demos-
tró más potencial que los modelos anteriores. Su agre-
sividad es notable. Ante el estímulo, mostró una reac-
ción más violenta y sostenida, como lo certifican los
niveles de adrenalina y cortisona en sangre. Al igual
que los clones anteriores de la serie C4000, éste derribó
al sujeto y lo aprisionó en el suelo con su puño. C4027
92
CATARSIS
encontró la piedra y la tomó en su mano, un avance
significativo. Pero el clon dudó en medio del ataque y
lo abortó sin efecto. Algo, que no entiendo, lo detuvo.
Esto parece corroborar que estamos todavía lejos de
desarrollar un clon con la agresividad suficiente para la
guerra. En una nota personal, temo por la suerte del
proyecto. No sé cuánto tiempo más nos darán. El Ge-
neral ya pierde la paciencia. Lo noto más agitado cada
día.
2007
93
Quenta Ósanwë
(Cuentos de pensamiento)
CATARSIS
EL PEÓN
a Capablanca
Creo que habría dormido una media hora, a la som-
bra de un caoba, cuando me despertó el crujir de una
rama. Uno de los niños del pueblo había venido hasta
la torre, y me miraba de pie como un soldadito, sucio y
desnutrido, pero con aplomo. Me extendió una caja
que traía bajo el brazo, y con pena me dijo:
—Don Pablo, ¿usté' me podrá cambiá' esto por otro
juguete?
Era un juego de ajedrez, el único entre docenas de
regalos que habíamos repartido en la fiesta de navidad
el día anterior. El niño, de pelo rebelde y mirada agu-
da, tendría unos doce años. Yo mismo le había entre-
gado el regalo el día anterior, creyendo que por ser uno
de los más grandecitos, podría apreciar el juego mejor
que los más pequeños.
—¿No te gusta tu regalo?—pregunté—Mira que a
mí me gustaría mucho que me regalaran un tablero de
ajedrez...
El niño volvió a contemplar la caja de colores, y la
sacudió como una maraca. Cuando alzó los ojos, perci-
bí en su rostro algo de hastío. Imaginé que, tras un día
mirando de lejos a los otros niños del pueblo jugar con
sus pelotas y carritos nuevos, se sentiría menoscabado
con ese tablero de cuadritos y esas piecitas de formas
raras. Sentí empatía en aquel momento, pero me resistí
a caer en el prejuicio de pensar que un niño pobre de
una aldea remota en un país de tercer mundo no puede
apreciar la belleza de los escaques.
—¿Sabes al menos cómo se juega?
Negó con la cabeza, tímidamente, sin mirarme. En
la pantalla de mi computadora portátil vi que la barra
97
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
de progreso indicaba cuarenta y cinco por ciento de
avance en la configuración del radio microondas que
habíamos instalado Jorge y yo esa mañana. «A este
ritmo—pensé—falta por lo menos una hora más para
que termine de configurarse». Sabiéndome poseedor
de un buen lapso de tiempo libre, decidí hacer del
mundo un mejor lugar, enseñando a ese pequeño lom-
briciento las reglas del juego inmortal.
—Ven, que te enseño—le dije.
Como quien recibe la orden de hacer tarea, se sentó
con desgano frente a mí. Me estiré un poco, para ter-
minar de despertarme, y vacié el contenido de la caja
en la mesa de madera que nos había prestado el día
anterior Don Felipe, el maestro de la escuela primaria.
—¿Cómo te llamas?—le pregunté, mientras separa-
ba las piezas por color y clase.
—Manuel—me respondió parco.
—¿Y esa es tu hermanita?—inquirí, apuntando a
una niña más chica, de unos siete u ocho años, que
había llegado un segundo antes, con una pelota de
futbol en las manos y un aire de nada que hacer.
—Es mi prima. Se llama María del Carmen, pero le
decimos Mari.
—Bueno, presten atención los dos, que les voy a en-
señar cómo se juega el ajedrez.
María soltó la pelota y se enfocó en el tablero. Ma-
nuel repitió su gesto de tedio y siguió con los ojos la
pelota que rodaba perezosa hasta el pie de la torre.
Tras una breve introducción, donde hice referencia
al origen desconocido y antiguo del juego, demostré a
los dos niños el movimiento de cada pieza: el rey, la
dama, el alfil, el caballo, la torre y, finalmente, el peón.
—Peón como papa—acotó Mari, lamiéndose, en el
sudor del labio superior, algo de moco y de tierra del
camino.
98
CATARSIS
—Sí, peón como tu papá—respondí, aunque no co-
nocía al padre—Los peones son muy importantes en el
ajedrez—agregué, tratando de darle a mi joven audien-
cia algo que los conectara al juego.
Cuando llegó el momento de explicar el jaque, el
mate y las tablas, Manuel ya andaba trepando las ra-
mas del caoba con la mirada, buscando alguna iguana
escondida entre las hojas. Mari, al contrario, se mantu-
vo embebida aún durante la árida explicación del peón
al paso y del enroque largo y corto.
—Bueno... esas son todas las reglas del juego, Ma-
nuel. Ahora puedes regresar al pueblo y enseñárselas a
algún amiguito de tu edad, para que jueguen el primer
partido, ¿te parece?
Manuel, que escuchó su nombre, tomó unos segun-
dos para conectarse de vuelta a la conversación de la
mesa, y se quedó pensando en silencio, echándole mi-
radas cortas a la pelota de fútbol.
—¿No le queda otra pelota?—me preguntó, casi su-
plicando que lo librara de aquella penitencia.
—Manue, cogé la mía y yo me quedo con er ajen-
dré—ripostó María, para mi sorpresa.
No había terminado de hablar la niña cuando ya
Manuel había agarrado la pelota y salido corriendo de
vuelta hacia el pueblo, despidiéndose con un largo
grito de «Nos vemos, Don Paaablooo...»
Miré a María del Carmen, con algo de escepticismo.
Siendo que le había tocado una pelota en la repartición,
no era muy probable que se arrepintiese de haber he-
cho aquel canje. Pero en el fondo pensé que tal vez
debíamos haberle regalado una muñeca a la pobre ni-
ña, en primera instancia. En esos pensamientos estaba
cuando apareció Jorge, con un racimo de pipas verdes
y un machete.
—¡Voy retando!—gritó, riéndose.
99
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—Si quieres echamos un partido de una vez—
respondí—porque el alumno se me fue huyendo.
Jorge abrió tres pipas, vertió el agua en nuestras
cantimploras y en un vaso para la niña, y se sentó fren-
te al tablero. Ante mi apertura de peón de rey, Jorge
escogió una línea de la siciliana, el dragón híper—
acelerado, que había aprendido en un libro y venía
puliendo desde hace meses. Jorge y yo jugábamos aje-
drez regularmente, y nos conocíamos las mañas uno
del otro. Durante nuestros viajes de campo, instalando
antenas de microonda para dotar de Internet a las es-
cuelas de rincones remotos del país, nos sobraba tiem-
po para largos y virulentos partidos. Habíamos birriado
esta línea de apertura muchas veces antes, por lo que
las primeras movidas fueron rápidas. Pero entrando en
la batalla, un ritmo más lento se apoderó del partido.
Para mi desilusión, el primero terminó en tablas por
jaque perpetuo a la altura de la movida treinta y pico.
Hubiera preferido un mate, para que María, que había
contemplado en silencio el tablero durante la media
hora que duró el juego, presenciara algo de sangre que
le avivase el interés.
Viramos los colores y empezamos un nuevo partido.
Para mi alegría, éste lo gané de forma convincente: un
Ruy López abierto que desembocó en un agresivo ata-
que al flanco de rey de Jorge, con un final muy intere-
sante donde el rey de Jorge no pudo detener el avance
de dos de mis peones. Derrotado, Jorge se puso de pie
y me dio la mano:
—Buen partido—me dijo—Me voy a cambiarle el
agua al canario y a partir otras pipas, para limpiar los
riñones. Ahora te toca jugar a tí, m'ija—agregó, dándo-
le a María el asiento—El que pierde se para, y el que va
retando se sienta.
María se sentó frente a mí, con las piezas negras,
pues como ganador yo tenía derecho a las blancas.
100
CATARSIS
—¿Quieres jugar?—le pregunté, a lo que María se
encogió de hombros y asintió con modestia—Vamos a
que juegues tu primer partido. Yo te refresco las reglas
si no te acuerdas. Y dale sin miedo, que a jugar se
aprende jugando...
Abrí con peón de rey, y María me respondió con si-
ciliana. «Muy bien—pensé,—está imitando las movidas
de Jorge». Durante los primeros diez turnos, para mi
sorpresa, siguió repitiendo una por una las movidas
que Jorge había hecho en el juego anterior, todas en la
línea principal del dragón híper—acelerado. «Tiene
muy buena memoria la niña—me dije—Eso es bueno.
Pero yo quiero que piense por su cuenta, para que
aprenda a jugar». Decidí entonces salirme de la línea y
realicé una movida distinta a la que había usado contra
Jorge, quien ya había regresado de orinar, y traía una
nueva ronda de agua de pipa.
—¿Están analizando el partido anterior?—preguntó
Jorge.
—No, es un juego nuevo—respondí.
Jorge levantó las cejas, y se acercó al tablero.
—¿Estás saliéndote del book?—inquirió.
—Para forzar a la periquita ésta a dejar de repetir
tus movidas y jugar por su cuenta.
Indiferente a mi comentario cáustico, María respon-
dió de inmediato con una movida agresiva.
—Así no se debe jugar, Mari—le dije, aprovechando
para darle una lección sobre el juego—Tienes que pen-
sar tus movidas antes de hacerlas, porque el ajedrez es
un juego de pensamiento.
—Pero mira que no es mala la movida—señaló Jor-
ge, tras analizarla en silencio.
A mi respuesta, que me tomó unos dos minutos,
volvió María a contestar rápidamente, y así por varias
movidas más, hasta que mi posición comenzó a lucir
101
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
menos prometedora que la de mi joven contrincante.
Jorge comenzó a reír:
—¡Cuida'o, pué', que esta zambita no es manca!—
disparó Jorge, sacando una libreta—Déjame anotar
estas movidas. ¿Hace cuánto le enseñaste a jugar?
María se paró de súbito.
—Voy a cambiarle el agua al canario.
En su ausencia, Jorge y yo discutimos la posición y
concurrimos en que María se encontraba en una posi-
ción perfectamente sólida, mientras que mi rey estaba
comenzando a recibir más atención de la que debería
de parte de las piezas contrarias. Conversamos entre
los dos—algo no muy ético—sobre cuál sería mi mejor
respuesta en esa coyuntura.
Cuando María regresó, ejecuté esa movida en el ta-
blero. La niña ripostó enseguida:
—Jaque.
En efecto. Un jaque a la descubierta, que a primera
vista parecía no tener mayor veneno. Respondí.
—Jaque—repitió mi contrincante, tras mover rápi-
damente, con la misma voz fría de la primera vez.
En este punto, Jorge y yo nos acercamos más al ta-
blero, y luego nos miramos en silencio. Una cacería de
rey se estaba insinuando poco a poco. Moví. María
volvió a jaquearme, capturando mi caballo al mismo
tiempo. De ahí en adelante, una cascada de jaques for-
zó a mi rey desde su esquina hasta el medio del table-
ro, donde un alfil y una torre de María del Carmen lo
finiquitaron nítidamente.
—Maque—dijo la niña.
Jorge se tiró en el suelo, con un ataque de risa. Yo
me paré del tablero, cubriéndome la boca con ambas
manos.
—Se dice «mate», no «maque»—corrigió Jorge, casi
ahogado de reírse.
102
CATARSIS
—No se ría, que ahora le toca a usté’—sentenció
María del Carmen, señalando a Jorge con su pequeño
dedo sucio, mojado en agua de pipa.
El maestro, Don Felipe, nos trajo una batea con tres
vasos de guarapo y media docena de panes de maíz. Se
sacudió la mano derecha, posiblemente para relajar la
muñeca, tras haber pasado toda la mañana tomando
notas sobre cómo usar la conexión de Internet en la
computadora nueva de la escuelita. Creamos cuentas
de correo electrónico para el maestro y cada uno de los
estudiantes del cuadro de honor. En un pequeño semi-
nario, les enseñamos cómo buscar información básica
en Google.
De acuerdo a su tradición, Jorge—que tiene la cara
de palo—le dio al maestro del pueblo una sesión apar-
te, para enseñarle cómo encontrar fotografías intere-
santes de féminas en vestimenta escasa, «cuando la
computadora estuviese ociosa». Con la mayor seriedad
en el rostro, Jorge me aseguraba que esto brindaba a
los maestros un incentivo personal para mantener la
conexión de Internet funcionando bien, «lo que benefi-
cia al proyecto en el largo plazo».
Sea como sea, la conexión a la red era un evento im-
portante, pues por primera vez la escuela primaria
Francisco Gutiérrez tendría una ventana cibernética al
mundo que la rodeaba. El proyecto de la antena micro-
ondas y la computadora había sido financiado con un
paquete de ayuda de un gobierno extranjero. Pero la
fiesta de navidad simultánea a la instalación del equi-
po, y sus respectivos regalos, habían venido cortesía
del legislador de turno, que con el desinteresado gesto
buscaba de soslayo asociar su nombre al acontecimien-
to, confiando que los votantes de Llanos de Mensabé se
acordarían de él en las elecciones del siguiente año.
103
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Antes de irnos, había querido conversar con Don
Felipe sobre los eventos del día anterior. Le conté del
incidente bajo el caoba, de cómo María del Carmen, su
estudiante de segundo grado, había aprendido a jugar
ajedrez en unos cuantos minutos, y nos había derrota-
do a su gusto en una docena de juegos al hilo. El maes-
tro, que entendía apenas parcialmente lo que esto sig-
nificaba, trataba de encontrarle una explicación al fe-
nómeno.
—¿No será que este sinvergüenza—dijo señalando a
Jorge—le estaba soplando las movidas?
—¡Qué va! Jorge no juega tan bien como esa niña.
Yo jamás había visto algo así—respondí.
—Y supongo que doce juegos ganados uno detrás
del otro no pueden ser coincidencia...
—Nunca—acotó Jorge—Sería como ganarse los tres
premios de la extraordinaria doce veces seguidas, con
un solo billete en cada sorteo. ¡Es imposible!
El maestro calló. Sorbió el guarapo del vaso de alu-
minio, y miró por la puerta abierta. En la plaza del
pueblo, frente a la mustia iglesia, jugaban los niños con
la pelota de Manuel, entre ellos María del Carmen, en
un vestido rosa sucio y sudado.
—Bueno, Mari es una estudiante muy callada. No
ha demostrado en la clase una inteligencia superior,
digamos, a los otros niños de su edad. Es promedio en
muchos sentidos.
—Podría ser un talento específico para el ajedrez.
Esos casos se han dado—respondió Jorge—Están Ca-
pablanca, Reshevsky, Carlsen...
—Pero ninguno de ellos era tan bueno a tan tem-
prana edad—acoté—¿Siete años? Por Dios.
—¿Y la niña juega muy bien, dicen ustedes?—
preguntó el maestro, todavía incrédulo.
—No es que juegue bien, Don Felipe, es que juega
perfecto. Mire, Jorge y yo nos turnamos anotando las
104
CATARSIS
movidas de cada uno de los partidos. Jorge tiene un
programa que analiza movidas de ajedrez, y en la no-
che puso a la computadora a estudiar las movidas de
María. El programa indica que la niña no cometió nin-
gún error en doce partidos. Trescientas movidas per-
fectas, una detrás de la otra. Ni siquiera Capablanca, el
jugador más talentoso en la historia del juego, era tan
bueno a esta edad. María podría ser un caso sin prece-
dentes.
El maestro guarda silencio. La magnitud de nuestro
mensaje había apenas empezado a asentarse en su ce-
rebro.
—Yo de ajedrez no sé nada—dijo al fin—No sé qué
valor o qué futuro puede tener una habilidad como
ésta. ¿Qué creen que debemos hacer al respecto?
Jorge y yo guardamos silencio. La pregunta nos
agarró desprevenidos, pues nosotros estábamos en los
Llanos de Mensabé como contratistas del gobierno
para el proyecto de la antena, no como representantes
del Ministerio de Educación. Pero era fácil entender lo
que el maestro quería decir: le estábamos revelando
que uno de sus alumnos tenía un don especial, y le
abrumaba la idea de no ayudar a la niña a aprovechar-
lo en la mejor forma posible.
—Bueno—dijo Jorge—yo estuve pensando mucho
anoche. Casi no pude dormir. Jamás había visto algo
como esto. Pensé en el Torneo Nacional Infantil. Cara-
jo, hasta el Juvenil si sigue jugando así de bien. Hay
varios torneos internacionales, donde los premios son
de miles de dólares. Es más, el Torneo Nacional es el
mes que viene.
—Lo que Jorge quiere decir—le dije al maestro, inte-
rrumpiendo a Jorge, que estaba perdiendo de vista el
escenario completo—es que esto puede cambiarle la
vida a María y a su familia. Va mucho más allá de un
torneo nacional o internacional. Es una oportunidad
105
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
para que María salga adelante, se haga un nombre en
el mundo, ayude a sus hermanos a estudiar... Aparte
de los premios, podría recibir becas para atender una
buena escuela y una buena universidad, incluso en el
extranjero. Si lo que pasó ayer no fue suerte, sino que
es un talento, no hay límites para lo que María puede
conseguir con el tablero...
El tono de espera sonó unas cinco o seis veces antes
de que contestaran. Al otro lado, la voz áspera y honda
me indicó que Fulgencio seguramente estaba dur-
miendo la goma cuando lo despertó el teléfono.
—Maestro Fulgenciov—le dije, distorsionando su
nombre en la forma típica de nuestros saludos—Le
tengo una sorpresa que lo va a tumbar de la silla.
—¿Quien habla? ¿El maestro Pablov?
Eso de Maestro me lo decía por cariño, porque yo
apenas si era un jugador Clase A. Fulgencio, sin em-
bargo, sí tenía el título de Maestro Internacional de
ajedrez, uno de los pocos en Panamá que habían logra-
do llegar a ese nivel, superior al escalón de Maestro
Nacional.
—Brother, te encontré al primer Gran Maestro pa-
nameño. Es una niña. Te la voy a llevar al Club.
¿Cuándo vas a estar por ahí?
—¿El primer qué? ¿Cómo así que lo encontraste? No
sé de qué carajo me estás hablando, Pablo, pero si quie-
res venir a la birria, esta tarde los pelaos y yo vamos a
estar entrenando para el Nacional. Puedes llegar al
Club si quieres.
Los pelaos eran la selección nacional de ajedrez,
que—tal y como yo esperaba—estaban entrenando
para el Campeonato Nacional, la antesala del Campeo-
nato Zonal, que a su vez precedía al Campeonato Con-
tinental. Simultáneamente con la categoría abierta, se
106
CATARSIS
realizarían campeonatos en las categorías infantil mas-
culina y femenina, juvenil masculina y femenina, y la
femenina adulta. La categoría abierta estaba casi exclu-
sivamente compuesta de varones adultos. Fulgencio,
calificado como el tercer mejor jugador del país, entre-
naba a la selección infantil en sus dos ramas.
Llegamos al Club temprano, media hora antes de la
hora oficial de la práctica. Quería hablar con Fulgencio
antes de que llegaran los demás miembros del equipo.
Además, quería que María del Carmen y su mamá se
aclimataran al sitio, y al ambiente ruidoso y desorde-
nado del Club. Para madre e hija era la primera vez
que visitaban la Capital, y de hecho la primera vez que
salían de Llanos de Mensabé.
Doña Alicia, la madre de María del Carmen, se sen-
tó en silencio en una silla, en una esquina, con su bolso
de mano sobre el regazo. Era una mujer delgada y ca-
llada, no muy alta, y envejecida precozmente por el
trabajo duro de la vida en el campo. María del Carmen
andaba con una bolsa de Boliqueso, los dedos mancha-
dos de amarillo, caminando por el club, mirándolo
todo.
—Te traigo a alguien para que la inscribas en la ca-
tegoría abierta del campeonato nacional—le dije a Ful-
gencio.
—¿Quién? ¿La niña? Pero maestro Pablov, para eso
está la categoría infantil. Ahí puede competir con otras
niñas. Está muy chiquita… ¿ya sabe jugar?
Fulgencio miró a María del Carmen, que de mala
gana estaba dejando limpiarse los dedos con una toalla
húmeda que traía su madre. Me miró entonces a mí, y
me dijo:
—Mejor para el próximo año. Yo te aviso con tiem-
po para que...
107
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—Fulgencio—lo interrumpí—quiero hacerte una
propuesta. Juega un partido con la niña. Si tú le ganas,
te doy mil dólares.
—¡Jo! El maestro Pablov tiene ganas de perder plata
hoy—replicó Fulgencio, con el rostro enrojecido.
Fulgencio andaba siempre corto de dinero. Varias
veces en el pasado había tenido que prestarle de apuro
para pagar la pensión alimenticia de algunos hijos que
tenía regados por el mundo. La última cuenta que supe
era seis hijos con tres mujeres distintas. Su salario de
profesor de educación física no le alcanzaba siquiera
para los tres que tenía en la casa. Yo sabía, entonces,
que tentarlo con dinero era una forma segura de que
aceptara el absurdo reto que le proponía.
—Pero si la niña te gana, quiero que tú mismo la
inscribas en la categoría abierta del campeonato nacio-
nal. ¿De acuerdo?
—Mira, la práctica comienza en veinte minutos, así
que te voy a seguir la corriente, pero tiene que ser uno
rápido, a diez por bando.
Llamé a María del Carmen y la senté frente a un ta-
blero. Tuve que convencer a la madre que dejara a la
niña pararse sobre el asiento, para ver mejor.
—Estas fichas son más grandes—comentó María.
Luego, mirando a Fulgencio, le preguntó:—¿Usté’
también juega ajendré?
Fulgencio, que estaba armando las fichas sobre el
tablero, y ajustando el reloj a diez minutos para cada
jugador, sólo se sonrió. Le cedió las fichas blancas a
María, para darle la ventaja de la primera movida.
—El señor es un Maestro de ajedrez, María—le res-
pondí.
Giré el tablero para darle las blancas a Fulgencio,
quien me miró con una expresión de «como gustes», y
abrió moviendo un cuadro el peón de alfil de rey. Ma-
ría, que no había visto esta apertura nunca, pues ni
108
CATARSIS
Jorge ni yo la jugamos por considerarla inferior, res-
pondió con aplomo y en su característico estilo rápido.
—Cuando mueves, tienes que apretar el botón del
reloj, María—le dije.
Con su manita, todavía manchada de queso amari-
llo, María le dio un golpecito a la perilla negra, que se
hundió y echó a andar el tiempo del contrincante. Ful-
gencio, en parte por estar acostumbrado a jugar rápido
en el club, y en parte para impresionar a la niña, res-
pondió también rápidamente, sin pensarlo. Sacudía el
muslo derecho insistentemente, con una mano en la
mejilla. Así pasaron las primeras diez movidas, Ful-
gencio echándole miradas cortas a la niña, y María en-
focada completamente en el tablero.
A la altura de la movida quince, Fulgencio trató un
ataque prematuro contra el flanco de dama, que la niña
castigó capturando un peón. Fulgencio se chupó el
labio, en disgusto, y me miró.
—Vamos a ver, Pablo, ¿dónde está el truco? ¿Le es-
tás soplando las movidas? ¿Qué tienes ahí en la mano,
una computadora?
Le mostré a Fulgencio lo que tenía en la mano: una
inocente libreta de papel, donde estaba anotando el
partido.
—Juega—le espeté.
Fulgencio volvió al juego, y pensó durante largo ra-
to. Tras una pausa, intentó una combinación para re-
cuperar el peón. Pero María lo castigó rápidamente,
ganando una pieza en unas cuantas movidas más. El
reloj de Fulgencio en este punto indicaba que le que-
daban sólo dos minutos, mientras que el de María del
Carmen todavía tenía nueve de los diez minutos dis-
ponibles.
—¿De dónde sacaste a esta niña?—me preguntó
Fulgencio.
109
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
—De un pueblito que no has oído mencionar en tu
vida, compadre.
Fulgencio peleó por unas quince movidas más, po-
niéndose de pie para ver mejor el tablero. Al final, con
una torre arriba, María del Carmen amenazaba darle
un pronto mate en la octava fila al rey blanco. En este
punto, Fulgencio lo tumbó, indicando que se rendía. Ya
casi no le quedaba tiempo en el reloj, y el mate era in-
minente de todas formas. María del Carmen se puso de
pie, y le extendió la mano:
—Buen partido—dijo.
Fulgencio le estrechó la manito delicada con mucho
cuidado, con una expresión de espanto en el rostro,
como si hubiera presenciado la resurrección de Lázaro.
Alrededor de la mesa se encontraban unas quince per-
sonas que venían a la práctica y habían quedado cauti-
vos ante el espectáculo del tercer mejor jugador del
país siendo derrotado por una niña de siete años con
los dedos manchados de Boliqueso y mocos en las ven-
tanas de la nariz.
—Maestro Pablov, creo que usted me está tomando
el pelo—me dijo Fulgencio—De alguna forma estabas
diciéndole a la niña qué jugar. No sé cómo lo hiciste,
pero es la única explicación.
—Te lo juro que no.
—Pero es que… Bueno… Vamos a ver—dijo, rien-
do.
—Recuerda lo que me prometiste—le insistí.
—Sí, pero eso fue antes de que supiera que ibas a
hacer trampa—me dijo, con un timbre de duda y mi-
rando a la niña de reojo.
—Fulgencio, esto es real. La niña jugó sola…
Sin decir palabra, el Maestro armó dieciséis tableros,
cuatro en cada una de sendas mesas que se encontra-
ban en el salón principal del Club. Luego instruyó a los
ocho mejores miembros de la categoría abierta y a las
110
CATARSIS
ocho mejores jugadoras de la categoría femenina adul-
ta, que ya habían llegado para la práctica, sentarse en el
lado de las blancas de cada tablero.
—Nuestro amigo Pablo quiere verme la cara de
pendejo. Ha traído a una niña desde canto del rayo, y
dice que le ha enseñado a jugar ajedrez. Ustedes vieron
la limpia que me acaban de meter, y yo voy a averiguar
cómo lo hace. Así que vamos a hacer una simultánea.
La selección masculina en este lado, la femenina en este
otro. Tomen ustedes las blancas. Pónganle una hora a
su reloj y diez minutos al reloj contrario.
Fulgencio me miró. Semejantes condiciones adver-
sas son inauditas en una simultánea. La idea de una
simultánea es que un Maestro juegue contra múltiples
jugadores inferiores al mismo tiempo. Tradicionalmen-
te, el Maestro recibe las blancas, y los relojes marcan al
menos igual tiempo para ambos bandos. Pero Fulgen-
cio estaba haciendo todo al contrario: Maestros Nacio-
nales jugarían contra una niña que había aprendido las
movidas hace menos de dos semanas, donde el lado
considerado más débil recibía las fichas negras y ape-
nas un sexto del tiempo en el reloj.
Aplacando las protestas de algunos jugadores que
veían las condiciones como una injusticia, y de otros
que pensaban que todo el asunto era una pérdida de
tiempo, Fulgencio inició todos los relojes, y ordenó:
—Jueguen. Si Pablo y la niña están haciendo trampa
con una computadora, el truco les va a fallar en una
simultánea. Y tú—agregó, mirándome a mí,—tú te pa-
ras al lado mío, con las manos en la espalda.
Me di cuenta que Fulgencio estaba al mismo tiempo
afrentado por la derrota y admirado por lo que él pen-
saba era un truco, y no me quería dejar salirme con la
mía.
—¿Y si la niña gana de nuevo?—pregunté.
111
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Un revoloteo de risas recorrió el salón. Conociendo
a Fulgencio, tiene que haber pensado: «Si la niña gana,
me la corto». Pero me respondió:
—Si gana todos los partidos, yo mismo le pago el
boleto de avión para el Zonal en Guatemala—me res-
pondió—El tiempo está corriendo...
Miré a María del Carmen, quien estaba despachan-
do un tercer paquete de Boliqueso.
—¿Qué significa «simultánea»?—me preguntó.
—Significa que vas a jugar contra todos ellos al
mismo tiempo. Tienes que acordarte de apretar el reloj
cuando mueves, porque el tiempo está corriendo.
María se acercó al primero de los tableros. El flanco
blanco ya había realizado la primera movida: peón de
dama. María movió y apretó el botón del reloj. El círcu-
lo plástico negro quedó manchado de brusquitas ama-
rillas. Dio tres pasos a la derecha, echó un vistazo al
segundo tablero, que mostraba una apertura inglesa,
movió y apretó el reloj. Así, en círculos, siguió cami-
nando y moviendo al instante, en un despliegue aluci-
nante de veni, vidi, vici durante varias horas, ante la
mirada voraz y fascinada de Fulgencio.
Terminé de apretar la última tuerca del plato del
microondas, y guardé el destornillador en el cinto. Re-
mecí el plato suavemente, para verificar que estaba
firmemente sujeto a la torre. Cuando iba a bajar, sonó
el teléfono celular.
—¿Pablo Escudero?
—Dígame—respondí.
—Le habla Jacinto Solís, Ministro de la Presidencia.
Tras unos segundos en silencio, respondí:
—Dígame, señor Ministro, en qué puedo servirle.
—¿Conoce usted al señor Fulgencio Correa?
—Sí, lo conozco desde hace tiempo.
112
CATARSIS
—¿Conoce usted a María del Carmen Ochoa?
—Sí, la conocí hace un año atrás. ¿Pasa algo malo,
señor Ministro?
—Usted me dirá. ¿Es cierto que usted le enseñó a
María del Carmen a jugar ajedrez?
—Bueno—respondí—yo le enseñé a mover las pie-
zas.
Un incómodo silencio dominó los siguientes segun-
dos.
—¿Tiene algo que decirme sobre el estilo de juego
de la niña?—preguntó el Ministro.
—Pues que es perfecto, diría yo. Hasta donde sé, no
ha perdido nunca ningún partido.
—Ningún partido, en efecto—interrumpió el Minis-
tro—La niña resultó invicta en el Campeonato Conti-
nental, y se calificó de primera en el Torneo de Candi-
datos, sin perder un solo partido. Ahora es considerada
favorita para el Campeonato del Mundo.
Yo sabía todo esto, pues estaba en todos los diarios
del país. No sabía qué responder.
—¿No encuentra nada raro en esto?—inquirió el
Ministro.
—Pues es algo único, señor Ministro, algo que no
tiene precedentes.
—Dígale eso al agente de Vesselyn Topalov. La Fe-
deración Búlgara de Ajedrez ha interpuesto una protes-
ta oficial contra la Federación Panameña, arguyendo
que María del Carmen fue asistida por una compu-
tadora remota durante su partido contra el campeón
búlgaro.
—Pero eso es ridículo. Además, María del Carmen
juega mejor que cualquier computadora.
—Ayer en la tarde, la niña fue sometida a un exa-
men riguroso de resonancia magnética, buscando elec-
trodos, audífonos u otros elementos foráneos que pu-
113
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
diesen haber sido instalados en su cuerpo para asistirla
con el juego.
—Por supuesto no encontraron nada—me adelanté.
—Nada. Está limpia. Y muy sana, al parecer. Su ce-
rebro también lucía normal, según la resonancia. El
neurólogo notó algo más de actividad en cierta parte
del lóbulo frontal, relacionada al pensamiento lógico.
La voz al otro lado del teléfono sonaba agitada.
—¿Usted me está llamando por algo en particular,
señor Ministro?
—El señor Presidente está haciendo preparativos.
María del Carmen no ha perdido un sólo partido hasta
ahora, incluso contra los jugadores más fuertes del
mundo. Yo no sé nada de ajedrez, pero he leído repor-
tes de expertos que indican que, si continúa con ese
nivel de juego, el Campeonato del Mundo será suyo.
¿Sabe lo que eso significa?
—Creo que sí.
—Significa el primer campeón mundial de ajedrez
panameño. Significa la primera mujer en ganar el cam-
peonato mundial abierto. Significa el primer jugador
que se corona campeón mundial sin haber terminado
siquiera la hijueputa escuela primaria. ¡Eso es lo que
significa! ¿Usted me entiende?
—Le entiendo perfectamente. Es algo muy grande
para el país.
—Y el Presidente va a estar ahí, en primera fila, al
lado de la niña. Habrá eventos, habrá discursos, habrá
cámaras. Si la niña está haciendo trampa, dígamelo
ahora, señor Escudero, antes de que el Presidente haga
el ridículo.
—Yo le aseguro… es más, le juro por la vida de mi
santa madre, que María del Carmen jamás ha sido asis-
tida por nada ni por nadie, y que cada partido que ga-
na, lo gana por sí misma.
Escuché una exhalación de alivio en el auricular.
114
CATARSIS
—Eso es lo que quería escuchar.
Otra larga pausa siguió a su comentario.
—Bueno, señor Escudero, no le quito más tiempo.
—A la orden siempre, señor Ministro.
—Una cosa más—agregó—Gracias por encontrar a
María del Carmen.
—Gracias a ustedes por apoyarla.
Tras un breve chasquido, la línea quedó en silencio.
Guardé el celular en el cinto, y agarrándome fuerte de
la torre con ambas manos, respiré hondo y medité por
largo rato. Levanté la vista entonces, y miré hacia el
horizonte. La torre se erguía sobre una loma, en un
sitio alto llamado Los Búhos. Hacia el sur se abría el
Pacífico, infinito y nebuloso, de un azul triste, indeciso.
Hacia el norte, el monte virgen, de un verde hondo,
tupido hasta donde llegaba la vista. Al pie de la torre,
Jorge tomaba una siesta en un catre de campaña, cu-
briéndose los ojos con una almohada.
Medio kilómetro más abajo, al pie de la loma, dis-
tinguí la figura de tres hombres. Los había visto pasar
esa mañana, con sus pantalones de diablo fuerte y sus
camisas de manta sucia, los machetes afilados y la to-
tuma con agua fresca de la quebrada. Salomando, fero-
ces con el garabato y el colin, los tres peones despacha-
ban la maleza de un potrero bajo el sol inmisericorde
del mediodía.
Pensé en María del Carmen, y en cómo pronto su
vida cambiaría para siempre. Tendría el mundo a sus
pies. Y sin embargo, habría acusaciones en su contra,
que sólo el tiempo podría despejar, reivindicando su
nombre. Pensé en su inocencia, y su talento, ambos sin
límite. Y dudé. ¿Habríamos hecho lo correcto Jorge y
yo al hablar con el maestro de escuela y revelarle el
talento de María del Carmen? ¿No hubiese sido mejor
dejarla tranquila, paloma perdida en el monte, vivien-
115
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
do su vida de niña, y luego de esposa y madre campe-
sina en los Llanos de Mensabé?
Pensé en su padre, peón rústico y humilde, levan-
tándose al amanecer para ir al potrero a tumbar monte,
manteniendo la energía con trozos de raspadura y
grandes tragos de agua fresca. Pensé en su madre, Ali-
cia, envejecida por el trabajo del pobre, lavando ropa
en la quebrada, cocinando tortillas changas en la arcilla
plana sobre el fogón, con los hijos pegados en las tetas
secas, la mirada perdida en la casa de quincha. Pensé
en mí mismo, en la cúspide de aquella torre, trabajando
de sol a sol, todos los días, domingos y feriados, ga-
nándome la vida.
«Todos somos peones en este juego», fue la frase
que me vino al pensamiento. También María del Car-
men lo era. «Este es nuestro destino». Contemplando el
trío de peones en el monte, me consoló pensar que Ma-
ri podría al menos llegar ahora a ser la reina en el ta-
blero de su vida.
2008
116
CATARSIS
EL ECLIPSE
a Asimov
El día de su muerte, prisionero en una nao española,
James Thorne comprendió que había pecado contra
una inteligencia que excedía su entendimiento. De ro-
dillas sobre la cubierta, en mar abierto frente a las cos-
tas peruanas, contempló el eclipse total: los flamantes
pétalos de la corona hicieron correr lágrimas sobre sus
mejillas pálidas. Bloqueó en su mente el llanto de los
marinos que, echados en los rincones, rogaban a la
Virgen que perdonara sus vidas. Transido por el mila-
gro celeste, suplicó perdón al espíritu de un hombre
que vio sólo unos minutos, ocho años antes, a quien
por instigación suya quemaron vivo, acusado de here-
jía, en la plaza de una aldea cercana a Bristol.
James Williams Thorne nació en el otoño de 1534,
hijo ilegítimo de Lord Francis Russell, Vizconde de
Bedford, y una joven cortesana. Mostró desde tem-
prano una inteligencia extraordinaria y gran sensibili-
dad hacia los fenómenos naturales. Algunos veranos
consumió en las fincas de su padre en Crowndale,
donde trabó amistad con un granjero, de nombre Ed-
mund Drake, y en especial con el segundo de sus hijos,
ahijado del Vizconde y bautizado con el mismo nom-
bre: Francis. Durante los almuerzos en aquella granja,
los filosos discursos del granjero contra los católicos
eran el postre cotidiano. Aunque salpicada con explo-
siones de risa, aquella ardiente retórica infundió una
temprana semilla de rebeldía en sus mentes vulnera-
bles.
117
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
El Vizconde, impedido de otorgarle un título nobi-
liario, se contentó con costear al hijo la educación que
su mente prodigiosa merecía. Durante diez años,
Thorne estudió en Oxford a los clásicos griegos y lati-
nos. Aunque su educación cubría todas las artes cono-
cidas en su tiempo, el mozalbete desarrolló un fervien-
te interés por la matemática árabe y por los escritos de
Hiparco. Las paredes universitarias le aislaron par-
cialmente contra el ambiente caldeado de prejuicios
religiosos, tras el alzamiento católico de 1549. Tomó
una cátedra en el recién fundado Colegio de la Trini-
dad, en Cambridgeshire, alrededor de 1556, donde
ganó renombre como crítico de las ideas de Ptolomeo.
Había empezado a estudiar con avidez la innovadora
De revolutionibus de Copérnico, y comprendió pronto la
profunda implicación de esta obra en la simplificación
armónica de las esferas celestes.
Tras una corta y violenta persecución de parte de la
Iglesia, abjuró públicamente de sus ideas en 1565, para
salvar la vida. Huyó hacia Londres, donde publicó
almanaques astrológicos para sostenerse económica-
mente. Siguió utilizando en secreto el método coperni-
cano para realizar sus predicciones astronómicas. La
precisión de sus pronósticos le ganó gran prestigio y
suficiente dinero para vivir holgadamente. Sentía algo
de vergüenza por utilizar la retórica, que aprendió de
los discursos de Cicerón, como levadura para insuflar
en sus horóscopos un tono convincente. Íntimamente,
le irritaba la hipocresía en que se tuvo que envolver
para sobrevivir. Tras una década malgastada en lo que
consideraba una actividad denigrante, recibió con
agrado una carta de invitación de su amigo de infancia,
Francis Drake, para participar en un debate donde se
escogería al astrónomo para su próxima expedición
marítima.
118
CATARSIS
La astronomía se encontraba en un estado muy
primitivo en 1575, cuando Thorne recibió la invitación.
Galileo, quien en su madurez reinventaría el telescopio
y lo apuntaría hacia el cielo para descubrir las lunas de
Júpiter y las fases de Venus, era apenas un inquieto
niño de once años corriendo por las calles de Florencia.
Las tres leyes de la mecánica planetaria de Kepler ten-
drían que esperar décadas antes de que el pequeño
alemán, de apenas cuatro años, acurrucado en alguna
cuna en Weil der Stadt, encontrara su vocación. New-
ton, que estremecería al mundo con su teoría de la gra-
vitación y sus revolucionarios métodos matemáticos,
distaba todavía tres o cuatro generaciones hacia el fu-
turo.
Astrónomos y astrólogos diferían muy poco en
tiempos de Thorne. Ambos se ocupaban principalmen-
te en anotar y predecir las posiciones de los cuerpos
visibles: el Sol, la Luna, los cinco planetas clásicos. La
diferencia yacía en el propósito. El astrónomo aplicaría
sus conocimientos a la preparación de calendarios, a la
navegación marítima y a lo que podríamos llamar una
astronomía pre-científica. El astrólogo, por otro lado,
buscaría encontrar en los cielos vaticinios propicios
sobre si Inglaterra vencería a España en la próxima
guerra, o en determinar si los nacidos bajo el signo de
Virgo son compatibles en el amor con los nacidos en
Tauro. La similitud de los métodos permitió a muchos
astrónomos en necesidad—como Thorne mismo y lue-
go Kepler—conseguir el pan diario mediante charlata-
nerías zodiacales.
La posibilidad de usar su conocimiento en una cau-
sa más digna, como la navegación de alta mar para
debilitar al Imperio Español, le resultaba lisonjera. Por
ello, respondió en seguida a la invitación de Drake y
procedió a prepararse profundamente para el debate.
Memorizó—con gran esfuerzo—enormes tablas con las
119
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
efemérides susceptibles de ser debatidas: las fases de la
luna, las posiciones de los planetas, el movimiento del
Sol en el cielo. Confiado en su preparación, pero algo
nervioso por desconocer a sus contrincantes, se presen-
tó en la corte de la Reina Isabel en la fecha acordada. Le
recibió Francis, fuertemente bronceado. Con una am-
plia sonrisa le presentó a los principales miembros de
la corte, incluyendo a la Reina misma. Faltando una
hora para el debate, pudieron conversar como viejos
amigos sobre los años transcurridos desde la infancia
en Crowndale.
Drake era entonces, en las altas esferas de la corte
británica, una especie de héroe nacional oculto. Gracias
a sus contactos con los Hawkins de Plymouth, había
abandonado en la juventud el cabotaje para perseguir
fortuna en alta mar. Tras varias expediciones, encontró
finalmente gloria eterna en 1573, en una decisiva aven-
tura en Nombre de Dios. Asediando las aguas del Da-
rién, con una tripulación de corsarios franceses y ne-
gros cimarrones, Drake interceptó los cargamentos de
tesoros españoles. Para poder cargar con el oro, tuvie-
ron que dejar en tierra la plata. Este golpe, clímax de su
carrera de corsario, sació temporalmente su odio hacia
los católicos, y hacia los españoles en particular, do-
tando a la vez de fortuna vitalicia al puñado de sobre-
vivientes que regresaron con él a Plymouth.
La Reina Isabel, aunque patrona y protectora de las
andanzas de Drake, tuvo que mantener sus logros en
secreto, pues había firmado una tregua temporal con el
Rey Felipe II de España. Francis gozaba de la gracia de
la Reina: hubiese bastado que él señalara a alguien con
el dedo para que se le concediera de inmediato la posi-
ción de astrónomo navegante en la expedición. Sin
embargo, Drake prefirió que se realizara el debate para
no ejercer innecesariamente su influencia, y preservar
sus privilegios. Confiaba en que James Thorne, con su
120
CATARSIS
habilidad verbal y su conocimiento de los cielos, ven-
cería sin problemas a la media docena de aspirantes
que se habían presentado a la hora convenida para la
elección.
Drake decidió en el punto, unilateralmente, que el
formato del debate sería el siguiente: James Thorne,
sentado a su derecha, presentaría a cada astrónomo
una pregunta. Si el interrogado respondía incorrecta-
mente, Thorne debería demostrar a los presentes el
error, con lo cual se eliminaría al desafortunado candi-
dato y se procedería a interrogar al siguiente. Por otro
lado, si el aspirante respondía correctamente, éste ten-
dría a su vez la oportunidad de presentar a Thorne una
pregunta, bajo las mismas condiciones. El procedi-
miento se aplicaría sucesivamente hasta que quedase
un solo astrónomo. Thorne sonrió al comprender que
su amigo le hacía una merced: bastaba con que él pre-
sentara la pregunta más difícil desde el principio para
eliminar sistemáticamente a todos los contrincantes.
Unos segundos le bastaron para elegir la pregunta.
—¿Cuándo veré el próximo eclipse total del sol?
El primer candidato, un joven matemático, palideció
súbitamente. Esperaba que la pregunta versara sobre la
ubicación de las constelaciones, el paso del Sol sobre el
meridiano, el uso del sextante o cualquier otro tema
relevante a la orientación en mar abierto.
—Disculpadme, sire Drake—ripostó el joven—pero
no veo la relación entre la pregunta y la navegación
marítima.
Tras un breve cruce de miradas con el amigo a su
derecha, Drake sentenció:
—¡Entonces no conocéis ni la primera palabra sobre
la vida en el mar! Más de un Capitán ha sufrido amoti-
namiento por marineros asustados ante un eclipse de
sol o de luna. Un buen astrónomo navegante advertirá
al Capitán de dichos fenómenos celestes antes de que
121
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
ocurran, para que éste lo haga saber a sus tripulantes,
previniendo el pánico y una posible revuelta.
Thorne volvió a sonreír: ignoraba la utilidad que el
pronóstico de un eclipse podría tener para la navega-
ción. Ni siquiera sabía si Drake estaba mintiendo para
defenderlo. (Por cierto, decía la verdad: Colón sufrió
un motín tal en su primer viaje). Había elegido el tema
del eclipse por la dificultad implícita en su cálculo.
Pronosticar otras efemérides, tales como las fases de la
luna, o la posición de los planetas sobre las constela-
ciones, era relativamente fácil en el corto plazo. La de-
terminación de un eclipse, por el contrario, era en ex-
tremo difícil e inexacta, pues involucraba el movimien-
to de tres cuerpos: el Sol, la Luna y la Tierra. Primero
había que determinar en qué fechas habría eclipses, y
luego determinar desde qué partes de la Tierra éstos
serían visibles.
Era, definitivamente, la pregunta más difícil, porque
el arte de pronosticar eclipses estaba asentado todavía
sobre técnicas endebles, pero no porque se les conside-
rara irrelevantes: los eclipses han fascinado a los ob-
servadores del cielo desde que el hombre existe. Han
arrojado luz sobre nuestra comprensión del universo:
la sombra circular sobre la luna eclipsada demostró a
Aristóteles la esfericidad de la Tierra. Además, la im-
presión que los eclipses causan sobre el espíritu hu-
mano es profunda y mística. Con frecuencia se asocia
la inesperada oscuridad con eventos trascendentales,
probablemente por la semejanza que existe entre la
luna eclipsada y la sangre, y la conexión inconsciente
que hace la mente entre el agujero perfectamente circu-
lar del eclipse solar y nuestro hondo miedo al vacío y
la soledad del universo.
Ejemplos sobran. Eclipses de sol y luna precedieron
la subida al trono del Rey Shulgi de Babilonia. Homero
incluyó a ambos en la Odisea. Uno anular despidió a
122
CATARSIS
Jerjes cuando se echó al mar contra Grecia, según re-
cuenta Heródoto, quien también afirma que el cielo se
oscureció en Esparta tras las batallas de Termópilas y
Salamis. La leyenda de Rómulo indica que fue conce-
bido durante un eclipse total, que mientras fundaba
Roma presenció otro eclipse parcial, y que desapareció
un día que el sol se oscureció de súbito. Cuando Cristo
expiró en la cruz, el día se transformó en noche. La
pluma delirante de Juan, el discípulo amado, incluyó
en el Apocalipsis de Patmos al sol negro y a la luna
roja, como señales del fin de los tiempos. La lista es
interminable...
Por el alto impacto de estos fenómenos sobre nues-
tra psique, el enigma de su predicción ha obsesionado
a los naturalistas. Pero han sido pocos los victoriosos,
pues el arte de pronosticar eclipses es, literalmente,
una espada de doble filo. Aunque los chinos han regis-
trado eclipses desde hace cuatro mil años, muchos as-
trónomos del Emperador fueron decapitados al fallar
en el pronóstico. El premio, sin embargo, es dulce: el
general romano Gaius Sulpicius Gallus predijo que la
luna se oscurecería en la víspera de la batalla de Pydna,
o al menos eso se dijo, y al regresar de Macedonia fue
elegido Cónsul. La hazaña de Gallus, en el siglo II A.C.,
resulta creíble porque se trataba de un estudioso de los
textos griegos.
Además, pronosticar un eclipse de luna es menos
complejo, pues es visible desde muchos sitios. Predecir
la visibilidad de uno de sol, por el contrario, implica
conocer si la sombra cruzará sobre el lugar exacto don-
de está ubicado el observador. Según Heródoto, Tales
de Mileto predijo el eclipse solar que puso fin a la gue-
rra entre Lidios y Medos, seis siglos antes de Cristo.
Esta aseveración podría deberse más a la mitología
bélica o a un golpe de suerte, que al estricto cálculo
astronómico, dada la complejidad del problema. Su
123
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
solución requiere una riqueza de observación y herra-
mientas matemáticas de las que Tales carecía.
Hiparco tuvo mejor suerte. Heredó de los caldeos
seiscientos años de anotaciones detalladas sobre eclip-
ses, iniciadas en el siglo VIII A.C. por orden del Rey
Nabonasar de Babilonia y refinadas por Kidinnu. Este
registro permitió a los astrónomos babilonios detectar
los ciclos eclípticos de 18 años que el griego Suidas
bautizó luego como de Saros. Aprovechando este regis-
tro y compilando tablas trigonométricas extensas, Hi-
parco se convirtió en el primer humano con acceso a un
método confiable para predecir eclipses. Pronto siguie-
ron otros: en la India del siglo sexto, Brahmagupta,
astrónomo principal de Ujaín, utilizó un álgebra primi-
tiva (mucho antes del nacimiento de su inventor, Al-
Juarizmi) para calcular los eclipses.
Sin embargo, la predicción exacta de la visibilidad
de un eclipse total de sol seguía siendo un reto colosal
para los astrónomos ingleses del siglo XVI. Si se toma
en cuenta que sólo hasta 1715 pudo Edmund Halley
calcular la ruta de la umbra de un eclipse solar, se en-
tenderá que en 1575, al momento del debate organiza-
do por Drake, predecir un eclipse solar era una tarea
que muy pocos podrían haber realizado.
Poco sorprende, pues, que uno tras otro, todos los
aspirantes aventuraron respuestas erradas, las cuales
Thorne refutó sin problemas. Cuando en la sala ya no
quedaba más astrónomo que Thorne, un paje anunció
la llegada de un sacerdote jesuita, que traía a un tal
Roy de Bristol para participar en el debate de su Majes-
tad.
Aunque en la mente de Drake el debate ya había
concluido, con el resultado que él esperaba, el hecho de
que aquel hombre viniese acompañado de un jesuita le
despertó el deseo de verlo humillado como los otros
124
CATARSIS
candidatos que fueron despachados sin clemencia por
Thorne.
—Que pase—ordenó al paje.
Thorne no dijo nada. Dos hombres entraron a la
enorme sala haciendo varias reverencias en el camino.
El jesuita vestía el hábito característico de su tiempo y
difícilmente ocultaba su ansiedad. El llamado Roy de
Bristol parecía un campesino corriente, de tal vez unos
cincuenta años, con el rostro envejecido por el trabajo
arduo del campo, el pelo algo gris y comenzando a
escasear, y la mirada baja y tranquila.
—¿Sois católico, Maese Roy?, preguntó Drake, con
tono firme.
El catolicismo sería proscrito en Inglaterra un lustro
más tarde. El campesino respondió afirmativamente
con un suave movimiento de cabeza.
—¡Muy bien! Adelante, James—sentenció Drake.
—¿Qué os hace pensar que este hombre es un buen
candidato para la posición de astrónomo navegante?—
preguntó Thorne al jesuita.
En su rostro se dibujó, al pronunciar las últimas pa-
labras, un gesto de cansancio o incredulidad.
—Mi señor: Roy es un gran astrólogo. En nuestra
parroquia, él calcula los equinoccios y las fases de la
luna para las fiestas de la Pascua, y siempre coinciden
con las fechas que indica la Santa Iglesia.
Al decir esta palabra «Santa», el jesuita bajó un poco
el rostro, comprendiendo que estaba metiendo la cabe-
za en la boca del león, pero prosiguió:
—Además, su talento parece ser sobrenatural, casi
divino. A los seis años de edad pronosticó la aparición
del cometa que horrorizó a tantos otros pueblos. Los
parroquianos de nuestra pequeña aldea permanecieron
tranquilos, porque ya Roy había anunciado la venida
del cometa.
125
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
James Thorne no pudo contener un brote espontá-
neo de risa, que hizo inclinar la cabeza del jesuita y del
campesino. Una cosa es predecir la fecha de la Pascua
en base a la luna llena y los equinoccios: él mismo po-
día hacer eso, de memoria. Pero otra cosa muy distinta
era predecir la aparición de un cometa. En el tiempo de
Thorne no se conocía la naturaleza de los cometas: fal-
taban dos años para que Tycho Brahe demostrase,
usando el paralaje, que los cometas no son fenómenos
atmosféricos, sino cuerpos celestes. El cometa que Roy
había predicho, según el jesuita, fue visible en 1531
(por lo cual Roy tenía en efecto cincuenta años si hizo
su supuesta predicción a la edad de seis). Posiblemente
éste sea el mismo cometa cuyo retorno predijo Ed-
mund Halley en 1705, y que hoy lleva su nombre. Sólo
tras el retorno de dicho cometa en 1758 se demostró
que los cometas son visitantes recurrentes y que sus
apariciones son—por ende—susceptibles de ser pro-
nosticadas.
Tras el comentario que hizo el jesuita sobre el come-
ta, Thorne etiquetó en su mente a Roy de Bristol como
un charlatán, pero decidió seguir con el juego de Dra-
ke. Lo puso al tanto del mecanismo del debate, y le
presentó la misma pregunta que a todos los anteriores.
—¿Mi señor me pregunta cuándo verá el próximo
eclipse total del sol?—repitió el campesino.
Thorne asintió. El campesino iba a responder algo,
cuando Thorne lo interrumpió:
—¿Quién es vuestra madre?
Roy pareció sorprenderse, pero respondió:
—Mi madre es una aldeana, nacida en nuestra pa-
rroquia.
—¿Y vuestro padre?—agregó Thorne, cada vez más
iracundo, sin entender la razón.
—Nunca lo conocí—respondió en voz baja el cam-
pesino.
126
CATARSIS
Algo de resentimiento por la condición propia había
en su timbre cuando dijo:
—El hijo de una aldeana católica y un hombre des-
conocido. Muy bien, ¿qué contestáis a mi pregunta?
El campesino aspiró hondo. Thorne lo miraba con
algo de desgano, fatigado tal vez por el esfuerzo men-
tal prolongado, pero más probablemente apático hacia
lo que consideraba una clara pérdida de tiempo. Roy
miró al cielo y luego clavó los ojos en Thorne, diciendo:
—El próximo eclipse total de sol que mi señor con-
templará será dentro de ocho años, al mediodía del 19
de junio de 1583.
El rostro de James Thorne se iluminó de súbito con
una oleada de arrogancia. El pronóstico era claramente
un error, tan fácil de refutar que no tomaría un instan-
te.
—Lo siento, estáis equivocados. ¡Buenas tardes!—
sentenció, moviendo la cabeza en negativa e indicando
la puerta con desdén.
El jesuita se movía inquieto sobre su sitio, y el cam-
pesino permaneció en silencio por un rato.
—¿No os marcháis todavía?—espetó Thorne.
—Mi señor tuvo la bondad de explicarme las reglas
del debate. Espero manso a que mi señor me demues-
tre mi error—agregó Roy de Bristol, con una extraña
mezcla de humildad y firmeza.
A pesar de sentir que todo aquello estaba muy por
debajo de la dignidad de su futuro puesto, Thorne res-
piró hondo y decidió cumplir con toda justicia, expli-
cándole al campesino lo siguiente:
—Los eclipses de sol solamente pueden ocurrir en
los días de luna nueva. El día que habéis indicado co-
mo fecha del eclipse, el 19 de junio de 1583, no es día
de luna nueva, y por lo tanto es imposible que en él
ocurra un eclipse de sol. Espero que estéis satisfechos
127
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
con la explicación. Ahora, ¡buenas tardes!—finiquitó
Thorne, que ya empezaba a impacientarse.
El jesuita tomó por la ropa a Roy de Bristol, y lo ha-
ló suavemente hacia la puerta. El campesino hizo una
reverencia hacia Drake y otra hacia James Thorne, di-
ciendo:
—El eclipse será lo último que mi señor verá en este
mundo.
Thorne enrojeció y se puso de pie, ofendido por lo
que consideró una amenaza contra su vida, pero el
campesino siguió retirándose mansamente hacia la
puerta. Su animadversión hacia los católicos amplificó
la reacción visceral y deseó la muerte del insolente.
Decidió utilizar una estrategia sutil e irónica. Sabía que
los cometas eran universalmente considerados como
fenómenos atmosféricos impredecibles. Aquel capaz de
anunciar su visita con anticipación tendría que explicar
dicha facultad en virtud de un poder metafísico, el cual
podía provenir sólo de dos fuentes: la divina o la satá-
nica. Thorne escribió una carta a la Reina, la cual Drake
entregó personalmente, en la cual acusaba de herejía y
pacto satánico a Roy de Bristol, usando como evidencia
su afamado pronóstico del cometa de 1531. Utilizó en
su contra la propia afirmación del jesuita, de que los
pronósticos de Roy parecían sobrenaturales. Thorne
recibió pronto la noticia de que Roy de Bristol había
sido juzgado por la Iglesia y encontrado hereje. Se le
quemó vivo en medio de la plaza de su aldea, en el
otoño de ese mismo año.
En diciembre de 1577, James William Thorne partió
de Plymouth, en una expedición contra los españoles,
comisionada y financiada directamente por la Reina
Isabel, y capitaneada por Francis Drake. A bordo del
Pelican, como astrónomo navegante, encabezaba una
128
CATARSIS
flota de cinco barcos y ciento cincuenta hombres. El
viaje prometía estar lleno de riesgos, y su efecto vivifi-
cante hizo pensar a Thorne que era precisamente ésta
vida la que había deseado siempre.
Tras cruzar el Atlántico, tuvieron que abandonar
dos barcos en las costas de Suramérica. Los tres restan-
tes, desviados hacia el Sur por una tormenta, cruzaron
Tierra del Fuego tras dieciséis días de navegación in-
trépida. En el Pacífico, feroces tormentas destruyeron
al tercer barco, y obligaron al cuarto a regresar a Ingla-
terra. Drake, apoyado en el talentoso Thorne, decidió
explorar el Pacífico en la única nave restante, el Pelican,
al cual rebautizaron Golden Hind.
Subiendo por las costas pacíficas de Suramérica,
atacaron varios puertos españoles. Al llegar al puerto
de San Miguel, en la costa norte del Perú, una nave
española capturó a algunos de los tripulantes del Gol-
den Hind que habían llegado hasta la costa en una em-
barcación de remos para aprovisionarse de agua fresca
y frutas. Entre los capturados se encontraba James Wi-
lliam Thorne.
Sabiendo que un rescate sería suicida, Drake se vio
forzado a abandonar a los secuestrados. Prosiguió su
viaje hacia el norte, hasta la actual Alaska, y luego cru-
zó el Pacífico. Visitó las Molucas y bordeó el extremo
sur de África. El 26 de septiembre de 1580 llegó de
vuelta a Plymouth con 59 hombres y un cargamento de
especias y tesoros saqueados a los españoles. Era el
primer Capitán en dar la vuelta al mundo al mando de
su nave. La mitad de los ingresos del Imperio Británico
en ese año provinieron de lo que trajo el Golden Hind en
aquel viaje. La Reina, que no quería arriesgar guerra
abierta contra España, decidió mantener como infor-
mación secreta todo lo referente al viaje de Drake.
Nadie intentó nunca rescatar a James Thorne. Los
otros cinco hombres que bajaron con él esa madrugada
129
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
en la lancha hasta la costa fueron ejecutados de inme-
diato en el sitio. A Thorne lo llevaron preso, porque su
apariencia de persona importante hizo pensar a los
soldados españoles que podría ser de beneficio. Com-
pareció ante la Audiencia de Lima, donde se le juzgó y
se le encontró culpable de piratería y de atentar contra
la honra del Rey de España, Felipe II. Condenado a ser
ejecutado en la plaza mayor de Lima, Thorne ofreció al
Virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo y Figue-
roa, información detallada sobre las operaciones y es-
trategias de Francis Drake en el Nuevo Mundo, y del
involucramiento directo de la Reina en su financia-
miento y soporte político.
Con esta traición selló su sentencia de muerte: ya no
podría regresar nunca a Inglaterra. Toledo le perdonó
la vida, pero le condenó a prisión sin definir el término.
Olvidado en un calabozo mísero, en las afueras de Li-
ma, Thorne perdió toda noción del tiempo y del mun-
do exterior. No supo nunca que la información que
facilitó al Virrey fue utilizada para enviar desde Perú,
en 1579, una expedición militar en persecución del pi-
rata Drake, al mando de Sarmiento de Gamboa. En
1581, al culminar su virreinato en el Perú, Francisco de
Toledo retornó a España.
Poco tiempo después, el Rey Felipe II, a la sazón
también llamado Felipe I de Portugal, ordenó traer al
reo a su presencia. Felipe sentía como inminente una
invasión a Inglaterra, con la cual pretendía salvar el
catolicismo en Europa occidental y consolidar su con-
trol sobre Holanda. La idea de fondo, seguramente
propuesta por Toledo, era que Thorne revelara a los
Capitanes de la futura Armada española, todos sus
conocimientos de las técnicas navales inglesas, espe-
cialmente las del pirata Francis Drake.
James Thorne fue trasladado de su calabozo en Li-
ma a una prisión en el puerto de San Miguel. Permane-
130
CATARSIS
ció en condiciones insalubres durante varias semanas,
donde contrajo una enfermedad gastrointestinal, posi-
blemente disentería. Tras varios días en alta mar, lo
acometieron la diarrea y el vómito, y se deshidrató
rápidamente. Sabía que moriría antes de llegar a Espa-
ña.
Entonces ocurrió el milagro. Aproximadamente una
hora antes del mediodía, la mañana comenzó a oscure-
cerse. Apretando los párpados, arrojando miradas bre-
ves hacia el zenit, Thorne distinguió que el perfil re-
dondo de la Luna había penetrado ya casi la mitad del
disco solar. Sintiendo que la vida se le escapaba, se
puso de pie y buscó al Capitán de la nave.
—¿Qué día es hoy?—preguntó estremecido, en un
mal español.
El Capitán lo apartó con la mano y caminó hacia
popa. Thorne le agarró las vestiduras y lo tiró con fuer-
za:
—¿Qué día es hoy?—repitió, en una voz que indica-
ba debilidad y furia.
—Es 19 de junio, día de San Gervasio y San Protasio,
mártires—espetó el Capitán.
La alusión al santoral tenía la intención de ser un in-
sulto indirecto hacia el reo protestante, pero Thorne
estaba demasiado consternado como para atender a
tales detalles.
—¿De 1583?—preguntó.
El Capitán no respondió; le arrojó una mirada de
desprecio y liberó la manga que el inglés estaba suje-
tando.
—¡Ingleses de mierda!
Thorne no pudo sostenerse más tiempo en pie. Se
arrastró hasta un rincón de cubierta y esperó a ver si el
eclipse alcanzaba la totalidad. Habría transcurrido una
media hora o tal vez un poco más, cuando el disco lu-
nar se colocó directamente frente al Sol. El día, que
131
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
había mostrado un cielo azul despejado unas horas
antes, se convirtió en noche. Con lágrimas en los ojos,
Thorne distinguió varias constelaciones y planetas. La
pálida fluorescencia de la corona solar, que Thorne
nunca antes había visto, le pareció un grupo de pétalos
alrededor de un fúnebre girasol negro. La totalidad del
eclipse era lo más hermoso que había visto en su vida.
Recordó a Roy de Bristol y sus palabras proféticas, y en
el silencio de su corazón, pidió perdón.
Febril y convulso, James William Thorne murió esa
noche por la deshidratación que le causó la disentería.
No pudo entender nunca la razón de la fecha del eclip-
se, ni cómo pudo un campesino de Bristol haber reali-
zado tan prodigioso pronóstico. En nuestra posición
privilegiada en el futuro, podemos aclarar la primera
incógnita. En efecto, como lo indicó oportunamente en
su momento Thorne, el 19 de junio de 1583 no es día de
luna nueva. Al menos, no en el calendario Juliano. Sin
embargo, los romanos no eran los mejores astrónomos.
Aunque la mayoría de las civilizaciones antiguas, in-
cluyendo a los caldeos, mayas y árabes, habían logrado
cómputos muy exactos de la duración del año, los ro-
manos se conformaron con una aproximación algo
burda. El calendario establecido por Julio César en el
año 8 A.C., bajo la asesoría del astrónomo alejandrino
Sosígenes, representaba una gran mejora con respecto
al antiguo calendario romano, pero incluía un error de
poco más de once minutos por año.
Este error, acumulado durante dieciséis siglos, re-
presentaba más de doce días en tiempos de Thorne. El
doctor napolitano Aloysius Lilius propuso una solu-
ción, que fue expandida y defendida por Christopher
Clavius en un discutido volumen de ochocientas pági-
nas. La nueva reforma se basaba en los cálculos que
132
CATARSIS
hiciera siete siglos antes el árabe Al-Battani, hijo de un
fabricante de instrumentos de astronomía, quien había
desafiado las enseñanzas de Ptolomeo mucho antes
que Copérnico, y había determinado la duración del
año con gran precisión.
La bula Inter gravissimas del papa Gregorio XIII es-
tableció el nuevo calendario a partir de 1582, en el cual
se avanzaba la fecha actual en diez días para que el
equinoccio de verano siguiente ocurriera el 21 de mar-
zo, la misma fecha en que ocurrió en el año 325 D.C.
durante el Concilio de Nicea, y reformaba la fórmula
para determinar los bisiestos. España, reino predomi-
nantemente católico, implementó el calendario grego-
riano en todos sus territorios el mismo año 1582: el día
siguiente al 4 de octubre fue denominado 15 de octu-
bre. Así, según el recién estrenado calendario grego-
riano, la luna nueva del día juliano 9 de junio de 1583,
ocurrió el día 19 de junio de 1583 según el calendario
gregoriano vigente en la nave española. Los reinos pro-
testantes, entre ellos Inglaterra, se negaron a imple-
mentar la mejora en el calendario, por su procedencia
católica.
Lo que tal vez nadie podrá explicar es cómo pudo
Roy de Bristol pronosticar que aquel día de luna nueva
ocurriría un eclipse total de sol al mediodía. Más aún,
cómo logró predecir que habría un nuevo calendario
ya en vigencia en ese momento, que James Thorne ve-
ría dicho eclipse, y que esto sería lo último que con-
templarían sus ojos. La predicción del fenómeno celes-
te se explicaría, si se quiere, mediante un profundísimo
conocimiento astronómico, difícilmente accesible a un
campesino del siglo XVI. Pero profetizar que Thorne
estaría muriendo ese mismo día, a dos mil millas náu-
ticas de las costas del Perú, en el punto exacto del
Océano Pacífico donde la sombra de la luna se cruzaría
con su nave, regida por un nuevo calendario, es inau-
133
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
dita y sin precedentes en la historia. Excede a la astro-
nomía y cae de lleno en lo sobrenatural. Thorne estaba
en lo cierto al acusar a Roy de Bristol por emplear téc-
nicas sobrenaturales para sus predicciones: esta es,
además, la única forma en que pudo haber predicho en
su infancia la llegada del cometa que luego conocería-
mos como Halley. Sin embargo, en mi opinión, se
equivocó por completo al juzgar la naturaleza de su
sabiduría.
2006
134
CATARSIS
EL TRADUCTOR ALEMÁN
a H. G. Wells
Con la Historia de la Filosofía Occidental, Bertrand
Russell ganó no pocos enemigos. Curiosamente, afir-
maciones de calado menor causaron la mayor contro-
versia. Russel pagó un alto precio por afirmar públi-
camente lo que cualquier erudito ya sabía en secreto:
que la denominación de María como «madre de Dios»
no es una creación original del Concilio de Éfeso, sino
un plagio a la antigua religión babilónica, con el pro-
pósito de asimilar en la fe católica el culto pagano a la
madre tierra. Sin embargo, yerros en el libro de Russell
de mayor significación histórica pasaron inadvertidos.
El más relevante de todos fue asegurar que la escritura
lineal de los cretenses no ha sido descifrada aún. Este
planteamiento, que aparece en el primer capítulo, es
falso. Pero sólo yo lo sé.
Varios años antes de que Russell escribiera su libro
en Londres a la sombra de las bombas del Eje, múlti-
ples textos cretenses fueron descifrados sin esfuerzo, y
sin Piedra de Rosette alguna, por un joven alemán,
Herman Von Hausen, cuyo don como traductor pudo
cambiar el rumbo de la guerra, y terminó costándole la
vida, prisionero del ejército Nazi. No se puede culpar a
Russell de la omisión, ni a sus críticos de no haberla
percibido: quienes conocieron a Von Hausen y su obra
no sobrevivieron, y sus traducciones no existen para el
público, confinadas en mi archivo personal. Ahora que
lo considero seguro, revelo los hechos tal y como ocu-
rrieron para hacer justicia a su don.
Von Hausen empezó a traducir textos de idiomas
desconocidos por accidente, en sus días de estudiante
universitario en Berlín. Nunca recibió educación en las
135
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
lenguas clásicas; sus padres, campesinos de Lauter-
bach, hablaban apenas el alemán materno, y la escuela
local le enseñó sólo lo básico. Pero Herman descubrió,
una tarde opaca de invierno, que podía comprender, al
primer golpe de vista, el Fedro de Platón en la versión
original en griego antiguo. Repitió el experimento lue-
go en la biblioteca pública; verificó que incluso la tosca
traducción de la Odisea al latín que en el Medioevo
hiciese Leoncio Pilato por encargo de Petrarca, en la
casa de Boccaccio en Florencia, le resultaba tan inteligi-
ble como su alemán contemporáneo.
Le sorprendió que entendiera estos textos de inme-
diato, sin que mediara el esfuerzo de una decodifica-
ción. Lo que sentía al traducir se acercaba más al ama-
necer de un recuerdo propio en la memoria dormida
que a la resolución de un acertijo. Los símbolos del
escrito estimulaban en su mente el sonido de las pala-
bras en el idioma original, aunque no le fuese familiar
el habla de esa lengua. Nombres propios de personas y
sitios que jamás había visto no le resultaban extraños:
los relacionaba al instante con la impresión—valdría
decir, el recuerdo—de su objeto. Al leer cada texto,
percibía claramente la intención del autor, y algo de su
personalidad y circunstancias. En el caso de la Ilíada, le
confundió el hecho de percibir a múltiples Homeros
transparentándose a través del texto, y a Leoncio Pila-
to, como una patina, a horcajadas sobre ellos.
Sorprendido por esta habilidad, la intuyó en prime-
ra instancia como un don sobrenatural, regalo de algún
dios generoso. Pero al profundizar su preparación hu-
manista, la recién adquirida tendencia al raciocinio le
llevó a dudar de su hipótesis, y ponderó si tal capaci-
dad podría responder más bien a una manera específi-
ca de leer, una forma particular de encarar el texto de
caracteres extraños y succionarles el significado. De ser
este el caso, podría sistematizar esa aproximación, des-
136
CATARSIS
tilándola a manera de un método que pudiese ser en-
señado y aprendido. Le emocionó la idea, y su poten-
cial revolucionario, y comenzó pronto a analizar más
textos, escudriñando las claves del futuro Método Von
Hausen para la traducción de cualquier lenguaje.
El primer axioma de su método fue aceptar que, sin
mediar conocimiento alguno de un idioma, la única
forma de descifrarlo en ausencia de información adi-
cional, es conocer como mínimo el propósito general
del texto. Asumió que el fin subyacente o telos de todo
mensaje es el deseo de entendimiento mutuo, fin de
toda comunicación en cualquier idioma humano. En
este sentido, podría decirse que Von Hausen es precur-
sor de las teorías de Jürgen Habermas. El segundo
axioma fue asumir que los idiomas son—en su imper-
fección—sumamente perfectos, y que toda obra escrita
es predecible en virtud de esta cualidad óptima.
En las etapas tempranas de esta sistematización,
Von Hausen intentó aplicar su método al idioma cre-
tense. Postuló que la lógica de todo idioma busca des-
cribir el mundo en el que vive el pueblo que lo desarro-
lló, su realidad cotidiana, sus necesidades de expre-
sión. Von Hausen afirmó, por ejemplo, que los mino-
seanos debían tener, en su escritura, a la palabra mar
como fonema recurrente, pues vivían en una isla. Otras
palabras comunes serían barco, comercio, cielo, amor,
locura y muerte. Poniendo a prueba su método en la
práctica, en 1935, Von Hausen logró descifrar todos los
escritos de los minoseanos a los que tuvo acceso. Se
dice que lo que descubrió en los textos le estremeció
profundamente, y por ello decidió no revelar estas tra-
ducciones a nadie. Se hubiese llevado a la tumba el
secreto terrible de los minoseanos de no ser porque el
destino trajo sus manuscritos a mis manos.
137
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
En este punto resulta claramente comprensible que
Russell creía decir la verdad en 1942 al aseverar que
nadie había descifrado estos textos.
El racionalismo de Von Hausen lo llevó a un grave
error: no ver a tiempo el hecho evidente de que en
realidad su método no era tal. Su habilidad efectiva-
mente provenía de un don, más allá de su control y
voluntad. Un simple ejercicio le habría demostrado
esto desde el primer día: la fonología del idioma cre-
tense no se conoce, y sin embargo Herman recitaba los
textos con facilidad, pues los sonidos aparecían en su
boca cuando se proponía leer los manuscritos. No cayó,
o no quiso caer, en cuenta de esto, y siguió durante
años pretendiendo que la traducción era lograda a tra-
vés de un método sistemático. Esta farsa le ganaría
algo de prestigio efímero y al final le costaría la vida.
Terminando sus estudios, y decidido a adquirir ce-
lebridad como lingüista para recibir una cátedra uni-
versitaria a corta edad, Von Hausen prosiguió refinan-
do su supuesto método, probándolo en textos cada vez
más difíciles. Se sorprendía de su efectividad, y justifi-
caba su creciente habilidad en términos de la práctica
frecuente. Tradujo manuscritos del japonés y chino
antiguos, del egipcio faraónico y del copto, de los sím-
bolos tallados en las ruinas indígenas mesoamericanas,
de las cavernas prehistóricas europeas y de las tribus
perdidas de Mesopotamia. Recogió estas traducciones
en varios volúmenes, que guardó celosamente y mos-
tró a unos cuantos elegidos.
Presentó, como tesis de graduación, la descripción
del Método. Las pruebas irrefutables de los textos tra-
ducidos le permitieron reclamar el diploma mediante
su sustentación, pero más allá de esto la publicación
del método en sí fue un fracaso. La idea creó intenso
interés en círculos estrechos de eruditos en lenguas
antiguas, interés que desapareció rápidamente por
138
CATARSIS
falta de resultados a manos de terceros. Nunca nadie
logró traducir nada con el Método, excepto el propio
Von Hausen. El mismo ejército Nazi intentó aplicar el
método, con el propósito militar de descifrar comuni-
caciones enemigas en tiempo de guerra, y descubrieron
que el sistema era inútil.
Von Hausen se negó a aceptar lo que era obvio: que
su Método sólo funcionaba para él porque no existía tal
método, y cometió el error—movido por el orgullo—de
traducir algunos mensajes encriptados para el ejército
Nazi como muestra de su eficacia. La guerra era inmi-
nente, y en 1939 Von Hausen recibió la solicitud directa
del Führer, de trabajar al servicio del Tercer Reich, tra-
duciendo al alemán las comunicaciones secretas inter-
ceptadas al enemigo. Al negarse, por su natural incli-
nación pacifista, fue apresado por el ejército nazi y en-
cerrado en una prisión en las faldas del Zugspitze,
donde permaneció por años como esclavo del régimen.
Parece imposible que la habilidad de un solo hom-
bre, aún contra su voluntad, hiciese tan importante
diferencia en algo tan grande como la Segunda Guerra.
Ésta se peleó en varios niveles, siendo la criptología
uno que vio batallas críticas. Enorme esfuerzo requirió
de los Aliados el robar máquinas encriptadoras del
código Enigma, escondidas a bordo de submarinos
nazis, sin mencionar los subsiguientes esfuerzos de
Turin y varios matemáticos polacos para romper este
código. Requirió a los Aliados muchas vidas y muchas
horas de brillante análisis el descifrar el código Enig-
ma. Resulta espeluznante comparar estos esfuerzos
titánicos con la facilidad que Herman mostraba al sub-
yugar—al primer golpe de vista—cada uno de los nue-
vos y crecientemente complejos códigos de los Aliados.
Dos eventos relacionados a la criptología se combi-
naron para permitir la caída de Alemania y la victoria
aliada en la guerra. El primero ya lo he mencionado:
139
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
que los Aliados rompiesen el código nazi Enigma. El
segundo, que los nazis no pudieran descifrar el código
navajo de los Norteamericanos. Poco tuvo que ver en
esto la complejidad del idioma navajo: para Herman
von Hausen cualquier código era inteligible de inme-
diato. La explicación se encuentra en la muerte de von
Hausen, quien se suicidó antes de que los alemanes
tuviesen la oportunidad de obligarlo a romper este
código, el cual llevó a Estados Unidos a la victoria.
Todos los códigos aliados anteriores al navajo ha-
bían sucumbido ante su mirada. Drogado con podero-
sas substancias, para obligarlo a traducir contra su vo-
luntad, Von Hausen revelaba mensaje tras mensaje,
rompía código tras código, para beneficio de los nazis,
tormento suyo y perdición de los Aliados.
Como se negase a dictar a los militares lo que su ce-
rebro involuntariamente traducía al primer vistazo, fue
víctima de dosis cada vez mayores. Sintió, en el febril
delirio de la narcosis, que sus capacidades de inteli-
gencia se convertían en infinitas y escapaban a su con-
trol. Los únicos momentos de descanso que tenía, entre
las traducciones forzadas, los pasaba en delirios que
llevaron a su mente al borde de la locura. Llegó a creer
que las posibilidades teóricas de los lenguajes eran
infinitas, y que su mente para abarcarlas se hacía de
poderes sin fin. Temió que los idiomas en los cuales se
transmitía cada mensaje no eran uno solo sino infinitos,
como lo eran los mensajes. Sintió que el ser humano
vagaba, ignorante en extremo, en un mundo donde
todo encerraba un mensaje, comprendiendo apenas
una fracción infinitesimalmente pequeña de éstos.
Aún cuando estas imaginaciones le llegaron en ho-
ras de confusión, tienen relevancia teórica. Permítase-
me ilustrar su pensamiento con un ejemplo. La metáfo-
ra de Émile Borel habla de infinitos monos frente a
infinitas máquinas de escribir. Se dice que si se les
140
CATARSIS
permitiese martillar las teclas eternamente, alguno de
ellos escribiría algún día un soneto de Shakespeare por
puro azar. Von Hausen pensaba, durante el intermina-
ble delirio en su celda, que cada uno de los escritos de
cada uno de los monos es cada uno de los sonetos de
Shakespeare. Muy pocos estarían escritos en un idioma
comprensible a los humanos. Los otros, que nos pare-
cen caracteres aleatorios, serían los sonetos escritos en
idiomas incomprensibles para nosotros. Incluso sone-
tos no escritos por Shakespeare, aún mejores.
Según esta lógica, cada Soneto de Quevedo es, a la
vez, todos los sonetos de Quevedo y cada uno de los
sonetos de Shakespeare en sendos idiomas desconoci-
dos. Los sonetos aún no escritos de los grandes poetas
del futuro, y los pensamientos secretos que los genios
del pasado se llevaron a la tumba: todos están escritos
en este momento—pensó von Hausen—, en un código
ignoto, que escapa a nuestra comprensión. Y la escritu-
ra no se da solamente mediante tinta sobre papel: le
pareció que toda la naturaleza no era más que un cú-
mulo infinito de mensajes, escritos en el encaje de es-
puma de los mares del mundo, en la distribución de las
estrellas en el cielo, en las venas diminutas de las hojas
de cada árbol. Aún los granos de polvo que vuelan en
el viento describirían elegías y cantos épicos en lenguas
desconocidas, en caracteres tridimensionales, desig-
nando fonemas impronunciables para el hombre.
Como he dicho, las drogas que le aplicaban eran ca-
da vez más poderosas, y sus delirios cada vez más fre-
néticos. Von Hausen llegó a pensar, en un supremo
momento de confusión o clarividencia, que todo en el
universo es un único mensaje perfecto. Creyó que se
trataba del mismo mensaje en diferentes idiomas: un
mensaje perfecto, el mensaje único de todos los tiem-
pos. Un mensaje tal estaría, de hecho, más allá del
tiempo, y por lo tanto debía provenir de Dios.
141
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Entonces Von Hausen entró en pánico, porque
comprendió que—a medida que sus capacidades de
decodificación aumentaban—podría alcanzar el punto
de entender este mensaje único, y temió que percibir el
pensamiento de Dios sería fulminante: ¿cómo entender
la condensación sin fin de todas las ideas en todos los
idiomas, simultáneamente?
Desde entonces no quiso mirar a través de la venta-
na, temeroso de captar en un trozo de nube en el cielo,
o en el revolotear de una golondrina, algunas palabras
del mensaje divino. Permaneció con los ojos cerrados
durante varios días, hasta que no pudo más. Entonces,
dispuesto a terminar con tal suplicio, los abrió y se
asomó a la ventana. Para su alivio, el cielo era solamen-
te cielo, y las golondrinas eran sólo golondrinas. Pero
esto no fue el fin de su tormento.
Su mente maltratada retenía las tendencias raciona-
listas de antaño, y se vio movido a encontrar, encerra-
do en aquella celda, una explicación lógica a su don.
Partió de la premisa de que él, Herman Von Hausen,
tenía la capacidad de comprender todos los mensajes
escritos por humanos del pasado.
Entonces le asaltó la sospecha de que él no estaba
descifrando los textos, sino recordándolos. Y esto signi-
ficaría que él era el Omega, aquel ente antiguo que—
según textos minoseanos—poseía todos los recuerdos
de todos los humanos anteriores a sí.
Lo encontraron muerto en la celda al día siguiente.
Había roto el vidrio de la ventana, cortándose las mu-
ñecas. Podría creerse que se inmoló, antes de que los
nazis pudieran obligarlo a romper el nuevo código
aliado, el navajo, como un último sacrificio para termi-
nar la guerra.
Sin embargo, la razón de su suicidio no fue privar a
los nazis de sus capacidades de traductor: fue su ínti-
mo temor a la posibilidad de que se descubriese que él
142
CATARSIS
era el Omega y que los nazis usasen su omnisciencia
para propósitos aún más temibles que la dominación
de Europa. Quitarse la vida era lo mejor que el pobre
prodigio—cautivo de Hitler—podía ofrecer al mundo.
Sus temores, sin embargo, eran exagerados. Él no
era el Omega. Su don tenía otra naturaleza, evidente en
sus traducciones, la cual no me es dada revelar en este
momento.
2006
143
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
BREVE DISCURSO SOBRE EL OMEGA
a Borges
El Omega no fue el primer hombre, pero será el úl-
timo. Es la suma de todas las vidas humanas, desde el
inicio del tiempo hasta este preciso momento. Cada
verdugo y cada víctima convergen en el Omega; cada
padre y cada hijo; las experiencias simultáneas de cada
amante en ambos extremos del coito; cada paciente que
muere y cada médico que trata de salvarlo; cada Empe-
rador y cada súbdito. Esta es la doctrina antigua, con la
cual casi todos los filósofos concuerdan.
Pensadores en la tradición budista consideran al
Omega la secuencia entera de todas las encarnaciones
humanas. Aquellos del Tíbet aclaran la diferencia entre
el Dalai Lama, que es la reencarnación actual del Buda,
que ha retornado múltiples veces movido por la pie-
dad, y el Omega, que es la suma total de las reencarna-
ciones de todos los hombres, incluyendo las del Dalai
Lama.
Teólogos en la tradición cristiana tienen una pers-
pectiva más compleja, recibida de Aquino, y basada en
Aristóteles. El punto principal de esta doctrina es que
el Omega excluye obligatoriamente al primer hombre,
a quien Aristóteles llamó el Alfa. La teoría aristotélica
del Omega buscaba refutar de frente la idea propuesta
por Platón de que el Omega incluye al primer hombre.
De la teoría platónica se desprende que el Omega, y
por ende el primer hombre, todavía no ha muerto.
Aristóteles arguyó que es imposible que el Omega
sea el primer hombre o siquiera que lo incluya, pues
esto implicaría que el Omega sería el único hombre,
siendo el primero y la suma de todos los posteriores.
Lo más temprano que el Omega puede aparecer en la
144
CATARSIS
historia del hombre, admite Aristóteles, es como el
segundo hombre.
Esta última es la posición que toma Aquino, lo cual
lo coloca en la tradición aristotélica, arguyendo que el
Omega es el hijo del primer hombre. Nótese aquí que
otros alumnos platónicos contradicen a Aristóteles.
Estos arguyen que el Omega puede ser el primer hom-
bre—y por ende, el único—si todos nosotros fuésemos
reverberaciones o ecos de los recuerdos de la vida úni-
ca del Omega.
Permítasenos aquí detallar la teoría que Tomás de
Aquino da del Omega en la Summa Theologica, por ser
representativa de la perspectiva predominante aún hoy
en día entre los pensadores religiosos de Occidente. El
Alfa, dice Aquino, es el primer hombre, y marca el
inicio de la raza humana. Según Génesis, luego enton-
ces, Adán es el Alfa. Por otro lado, el Omega es la suma
de la raza humana, con la salvedad del primer hombre.
La raza humana no empezó con Adán o Eva, enseña
Aquino, pues la primera pareja no constituye aún una
raza, la cual comienza con el primer hijo: Caín. De esto
se deriva que Caín tenía, desde su nacimiento, la mi-
sión de ser el Omega, por siempre. Aquino, haciendo
referencia a la doctrina antigua, indica que Caín—
siendo el Omega—recibía todas las experiencias hu-
manas de quienes existían con él en todo momento.
Especula Aquino que para Caín, el conocer todos los
pensamientos de Abel resultó intolerable. Por eso lo
mató. Dios, en su sabiduría infinita, conocía la causa
del asesinato, el cual había previsto y predicho en pro-
fecías anteriores a la Creación, y concedió a Caín el don
de vivir alejado de todos los hombres, sufriendo en
silencio la carga de su destino. Abel es presentado en la
Summa Theologica como un sacrificio consciente de Dios
a la raza humana, vehículo a través del cual nos otorga
145
ROBERTO PÉREZ-FRANCO
un espíritu de grupo, que luego Teilhard de Chardin
llamaría el Punto Omega.
Seguidores de Aquino rechazan la propuesta de que
existe un paralelismo entre este sacrificio y el de Jesús,
quien fue ofrecido como cordero. Indican que el sacrifi-
cio del Cristo es de mayor jerarquía, pues sirvió para
redimir al Omega, como espíritu colectivo, y cada uno
de sus componentes. Existe cierto precedente de este
pensamiento en la obra de Aquino, cuando éste explica
la frase de Jesús «Yo soy el Alfa y el Omega» como una
demostración de que Jesús era de una jerarquía celes-
tial superior a la del Omega, por incluirlo como parte
suya.
Existe también el precedente muy anterior de San
Agustín, quien arguyó contundentemente en sus Con-
fesiones en favor de esta primacía. Jesús, dice Agustín,
a diferencia del Omega, incluye en su riqueza espiri-
tual al primer hombre, al Alfa de Aristóteles, al Adán
del Génesis. Agustín propuso que, al tener al Omega
como componente invisible, el Galileo conocía direc-
tamente las experiencias de todos los humanos, y le era
dado por ello conocer y redimir los pecados de todos
sus contemporáneos, y hablar íntimamente a todos sus
seguidores.
Pensadores panteístas del siglo diecisiete argumen-
taron que el Omega es Dios. Spinoza refutó brillante-
mente este argumento en su Ética, demostrando que el
Omega no puede ser Dios, puesto que es forzosamente
uno de los atributos de Dios. El Omega—dice Spino-
za—es parte de Dios, pero Dios no es parte del Omega.
Resulta interesante comparar la doctrina de Spinoza
con la de Aquino en este sentido.
Con la Ilustración, la inquietud sobre el Omega pasó
de la teología a la ciencia, a través de Newton. Éste
utilizaba el argumento de Caín para explicar empíri-
camente la razón de que el Omega no haya sido visto
146
CATARSIS
jamás: Caín vaga por la tierra, rehuyendo la compañía
humana, por mandato divino. De ahí la leyenda del
Judío Errante. Caín, el Omega, la suma de todos los
hombres, está condenado—según Newton—a vivir por
siempre para contener en sí mismo las experiencias
humanas de todos los seres hasta el final de los tiem-
pos. Newton arguyó que, al no serle permitido morir
mientras todavía vivan otros seres humanos, el Omega
es por necesidad eterno. Locke refutó el postulado de
la inmortalidad del Omega arguyendo que morirá
cuando sea el único humano remanente sobre esta tie-
rra.
Considerada en los círculos iluminados como un
hecho concreto de la naturaleza, conformidad con la
idea del Omega era un prerrequisito de las nuevas teo-
rías científicas de los siglos diecisiete y dieciocho. In-
cluso en el siglo diecinueve su influencia seguía siendo
considerable.
Como ejemplo de esto se pueden citar las dificulta-
des que enfrentó Darwin para que su teoría de la selec-
ción natural fuese aceptada entre los círculos doctos,
hasta que el naturalista encontró una forma de hacer
armonizar sus ideas con la existencia del Omega. Mien-
tras que los creacionistas habían salvado ese obstáculo
gracias a los escritos de Aquino, los evolucionistas se
vieron forzados a propugnar una explicación menos
elegante. Darwin optó por definir al Alfa como lo que
de primate tiene el hombre, lo que había antes de que
el hombre fuese humano. El Omega, luego, es definido
por Darwin como la parte humana del hombre, lo que
lo define como tal. De esto se desprende que la apari-
ción del Omega no fue súbita, sino paulatina y evoluti-
va.
Las tres vertientes persisten hoy en día: la doctrina
antigua, la tomística y la darwiniana. En el presente,
muy pocos hombres cultos niegan la existencia del
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ROBERTO PÉREZ-FRANCO
Omega, aunque jamás lo discuten en público. Sólo en
ciertos círculos filosóficos se le discute ávidamente,
particularmente en dos áreas que se han mostrado
propicias para el debate y elusivas para el intelecto.
La primera es sobre la naturaleza de la herencia que
cada vida deja al Omega, de lo que cada humano le
transmite y comunica. ¿Es solamente el enriquecimien-
to espiritual, como proponen los budistas? ¿O se inclu-
ye también el conocimiento práctico de todas las cosas
mundanas y trascendentales que cada vida experimen-
ta, como lo postuló Schopenhauer? Este punto, aunque
oscuro, no es trivial: si el Omega posee una sabiduría
infinita, tener acceso al Omega concedería un poder
ilimitado.
La segunda área de debate es sobre la «humanidad»
del Omega. La extensión del carácter humano del
Omega ha sido discutida a través de los siglos. Sócra-
tes, según reporta Jenofonte, inquirió al Oráculo sobre
la apariencia del Omega. Adam Smith, en La Riqueza
de las Naciones, lo concibió como un príncipe, rico con
el uso de todo el conocimiento adquirido tras haber
vivido todas las vidas humanas. San Francisco de Asís,
sin embargo, propuso que el Omega era un ser sabio y
sin avaricia, que debía tener la apariencia de un an-
ciano, viviendo posiblemente como un ermitaño, o un
mendigo echado en la puerta de algún templo en Ro-
ma.
Algunos agnósticos arguyen que el Omega existe,
pero no como un ser humano tangible. Hume, que de-
fendió esta postura, arguyó que el Omega es solamente
concebible como un recuerdo intangible en la infinita
memoria de Dios. Kant descreyó esta idea, sugiriendo
que el carácter humano del Omega la imposibilita co-
mo una opción. Para Freud, el Omega se encuentra no
encerrado en un sólo cuerpo, sino cautivo en el sub-
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CATARSIS
consciente, distribuido a partes iguales entre todos los
seres humanos.
Jung predicaba entre sus seguidores que, al acceder
una persona al conocimiento de la existencia del Ome-
ga, la partícula del mismo que existe en esa persona se
despierta, y se manifiesta en el consciente. Conocer del
Omega, enseñaba Jung, es abrirle la puerta; mencionar
su nombre es darle vida.
Varios académicos han sugerido, a finales del siglo
veinte, que esta idea de Jung no es nueva, pues aparece
ya en un antiguo texto místico, llamado Trueno, Mente
Perfecta, escrito antes del siglo cuarto y redescubierto
en 1945 en una cueva en el Alto Egipto, junto a múlti-
ples evangelios gnósticos. Para el conocedor, la refe-
rencia al Omega es obvia en el documento. De gran
interés resulta que el texto de Nag Hammadi le atribu-
ye al Omega el género femenino. La traducción, si bien
brusca, del copto al castellano, reza:
Porque yo soy la primera y la última.
Yo soy la honrada y la vituperada.
Yo soy la ramera y la santa.
Yo soy la esposa y la virgen…
Yo soy la estéril y la fértil…
Yo soy el silencio incomprensible…
Yo soy la mención de mi nombre.
Esto sugiere que los miembros de ciertas sectas pri-
mitivas, aquellas que el Obispo Ireneo de Lyon denun-
ció en el siglo segundo como «llenas de blasfemia»,
consideraban al Omega la manifestación femenina de
Dios.
2005
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SOBRE EL AUTOR
Nace en Chitré, Panamá, en 1976. Crece en la Heroica
Villa de Los Santos, la cual lo designa Hijo Meritorio en
1999. Su principal contribución literaria se da en el gé-
nero de cuento. Aparece en múltiples antologías de
cuento, nacionales e internacionales. Publica cinco co-
lecciones de cuento: Cuando florece el macano (Chitré,
1993), Confesiones en el cautiverio (Chitré, 1996), Cie-
rra tus ojos (Panamá, 2000), Cenizas de ángel (Panamá,
2006) y la presente, Catarsis (Boston, 2008). Merece el
Premio Nacional de Cuento José María Sánchez 2005.
Fue el miembro más joven de las juntas directivas fun-
dadoras del Círculo de Escritores de Azuero (1998) y
de la Asociación de Escritores de Panamá (2004).
Es ingeniero electromecánico, egresado de la Universi-
dad Tecnológica de Panamá. Actualmente cursa un
doctorado en estrategia logística en el Instituto Tecno-
lógico de Massachusetts, del cual obtiene en 2004 una
maestría en logística. Recibe las becas IFARHU (1997),
Fulbright (2003), Barsa (2003), SENACYT (2005) y UPS
Doctoral Fellowship (2008). Librepensador, pacifista.
Miembro de Mensa, ISPE y Triple Nine. Aficionado a
la literatura, la pintura, el ajedrez, la música clásica, la
arqueo-astronomía, y el idioma esperanto.