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Maurice Agulhon 1848 o El Aprendizaje de La República

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Maurice agulhon 1848 o el aprendizaje de la República

CAPÍTULO 1: ¿POR QUÉ LA REPÚBLICA?


El año 1848 tiene lugar en nuestra historia como un nuevo cambio de régimen político. La
República reemplaza a la Monarquía, o a una monarquía. Un poder anónimo, más o menos
colectivo, en todo caso ampliamente despersonalizado y desacralizado, va a reemplazar el
reino de un hombre, de un Soberano, designado y considerado superior simplemente en razón
de su nacimiento. La República se proclama el 25 de febrero de 1848 en París por los
republicanos “de ayer”, gente efusiva y convencida, que la querían por ella misma.
1. UN DEBATE DE HISTORIA Y DE POLÍTICA Pensar en la República de 1848 es pensar en
la Revolución francesa. 1848 será, como se ha escrito hace algunos años, una “primera
resurrección de la República”. Imagen y recuerdo de la Revolución Falta saber cómo los jóvenes
de 1848 podían representar la primera República y cómo podía amarla. No era tan fácil. Durante
mucho tiempo estuvo enmascarada por una evidencia histórica más fuerte: la República del año
II (1792) había impulsado la democracia hasta la dictadura popular, y el radicalismo hasta el
Terror. Ser republicano era ser el hombre de la guillotina, y del máximo, un opresor policíaco de
personas y bienes, un “hombre de sangre”. Hacia 1815, la mayoría de los franceses tenían esta
imagen groseramente simplificadora, y vigorosamente repulsiva, de la República. En esta fecha,
eran muy pocos los hombres que podían testimoniar sobre los valores positivos de la Revolución
jacobina, y el partido republicano se componía esencialmente del conjunto, disperso sin lazos, de
sus familias; es decir, de ancianos y sus descendientes. Para que una República pudiera intentar
renacer en 1830, y triunfar en 1848, era necesario que ese grupo amorfo ganara adeptos y tomara
consistencia. Este oscuro avance de la idea republicana durante los sucesivos reinos de la
Restauración y del Orleanismo es la primera de las causas políticas de la Revolución de 1848.
No tenemos un conocimiento acabado de las modalidades de supervivencia y expansión
de los viejos combatientes de la primera Revolución. La bibliografía de la leyenda
republicana es muy pobre. Más allá de la difusión personal o familiar, debemos pensar en las
influencias que pudieron ejercer en asociaciones tales como logias masónicas, sociedades
secretas o en círculos. En estos lugares, los veteranos de la República, que se codeaban con otros
librepensadores, otros amigos de la libertad política, otros patriotas, pudieron convencer a más de
un orleanista o bonapartista desilusionado. El rol de los historiadores y de la historia Pero la
suma de estas influencias de memorias individuales habría sido insuficiente, si la literatura no
hubiera suscitado una memoria colectiva. Durante la década de 1840, es gracias a la Historia que
la República es mejor conocida y puede reclutar adeptos directamente, más allá del restringido
medio de los sobrevivientes y sus allegados. La Historia de la Revolución nació después de
mucho tiempo, bajo la Restauración, en la época en que los hombres de la bandera blanca
estaban en el poder. Contra ellos, los liberales como Thiers y Mignet tenían que defender la gran
opción de 1789, la bandera tricolor, los valores de una política moderna y racional. En esta
defensa de la Revolución global, la monarquía constitucional era exaltada, y el paréntesis
republicano justificado como fruto de un encadenamiento fatal, cuyo principal responsable había
sido la guerra impuesta por el extranjero. Una vez lanzada esta empresa de restitución y de
mediación del pasado nacional reciente, nadie podía detenerla y llegaría a estudios más
profundos, más calurosos y políticamente menos circunspectos. Uno descubre en Michelet, como
en Lamartine, que la República no se identifica solamente, ni quizás esencialmente, con los
pocos meses de la dictadura tensa, sombría y, a veces, cruel de la primavera y verano del año II;
antes bien, en 1792, ella fue el partido de los hombres que levantaron la llama de 1789, en
momentos en que el rey y la mayoría de los viejos constituyentes la dejaban caer. En síntesis, que
ella no fue en la historia de la Revolución sólo un paréntesis vergonzoso y breve, sino una
revolución nueva, la de 1792, tan exaltante y generosa como la de 1789. El partido republicano
no tuvo necesidad de que estos escritores se pronunciaran explícitamente en su favor pues,
voluntariamente o no, le servían de garantía moral. Por otra parte, en todos los terrenos, la
Historia que la revolución de Julio había movilizado contra el espíritu reaccionario o retrógrado
de la monarquía restaurada, se volvió contra su propio conservadurismo. Durante los primeros
años de su reino, Luis Felipe había hecho construir en la plaza de la Bastilla un obelisco
conmemorativo de los combates de Julio, homenajeando doblemente los combates populares. Al
mismo tiempo, en la cima de los Campos Elíseos el régimen había hecho decorar el Arco del
triunfo de l’Etoile. Era muy difícil homenajear a la Revolución militante sin exaltar la República.
Inocentemente, la naciente monarquía de Julio había tomado el riesgo y erigido dos iconografías
imprudentes en la capital. Y es bien sabido que, en esos tiempos, se estaba aún lejos de estar
hastiados de monumentos y símbolos. Bien comprendida, la demostración monumental no era
más que simbólica. Como hubo en 1792 después de 1789, la historia iba hacia 1848 después de
haber preparado un 1830, y el régimen de Julio iba a perecer para la historia después de haber, en
principio, aparecido como la obra y la edad de oro de los historiadores. Y es así que la
República, desconocida o deshonrada treinta años antes, pudo tener, en vísperas de 1848, como
todo otro régimen, una credibilidad. La decadencia de las dinastías No es preciso aclarar que
estos cambios crecen con el descrédito de las soluciones concurrentes. Francia tiene, al menos,
tres dinastías disponibles. Pero la primera, la de los Borbones de la rama añeja, se halla
demasiado identificada con la contrarrevolución como para tener la adhesión de las fuerzas vivas
del país. Por otro lado, se encuentra representada por un príncipe en plena juventud, pero que ha
abandonado Francia de muy pequeño para ser criado en una corte extranjera y en un espíritu
arcaico. La segunda casa, la de los Bonaparte, tiene más posibilidades, puesto que el Imperio se
encuentra en la línea de la bandera tricolor, prolonga la República y puede reivindicar una parte
de la gloria y de la traducción patrióticas. Pero un Napoleón no dejaba de inspirar reservas a los
verdaderos amigos de la libertad. En cuanto a la tercera casa, la de Orleans, se conocen
precisamente sus dificultades: la vejez del rey, con la decadencia de sus aptitudes políticas; un
heredero aún niño y, en consecuencia, la perspectiva de una regencia bajo un príncipe poco
conocido y poco popular; la usura del poder, su corrupción: la política de Guizot quien, en las
elecciones de 1846, prefirió reforzarse en la derecha antes que en la izquierda. De esta manera, el
régimen evoluciona, dando la espalda a sus orígenes casi revolucionarios, y se transformaba en
un puro conservadurismo. Pero en un conservadurismo empírico, que ninguna teoría ennoblece,
puesto que la filosofía del orden estaba monopolizada por el legitimismo y la Iglesia. Al término
del análisis político, entonces, la República era una solución que se beneficiaba, al mismo
tiempo, de un público propio y del debilitamiento de los prestigios rivales.
2. UNA SOCIEDAD EN CRISIS
Las consideraciones políticas, sin embargo, no agotan el campo de las causas posibles. La
Revolución de 1848 quedará en la historia francesa como algo bien diferente de una reedición
exitosa de la revolución de 1830. Las esperanzas que contenía eran más que liberales y
patrióticas, también eran sociales. No se pretendió corregir el funcionamiento solamente de la
máquina política sino, además de la sociedad humana. El problema obrero Durante la década
de 1840, en efecto, surgió la cuestión obrera. Al inicio, fue obra de los opositores.
Republicanos o legitimistas, se hallaban naturalmente inclinados a la piedad por sus doctrinas
filosófica, humanitaria o cristiana, respectivamente. Por otro lado, por ser opositores al régimen,
debían estar naturalmente tentados de imputar todas las miserias conocidas, y mucho más aún si
se trataba de la miseria obrera, puesto que el régimen se jactaba de representar a la “clase
media”. Pero no todas las denuncias de los males sociales provenían de la oposición. Recién
decíamos que la historia se había vuelto en contra del régimen de los historiadores; se podría
decir, con un esquema semejante, que la economía social se volvió en contra del régimen de los
economistas. Clásicamente, Luis Felipe es presentado como víctima, hacia fines de los años
1840, del impulso dado por su reinado a la historia nacional y al patriotismo en los inicios de la
década de 1830; de la misma manera, es posible considerarlo víctima de otro
de sus impulsos iniciales, el que incentivó todo tipo de estudios, la Estadística. Un hecho es
evidente: hacia 1830-1831, la idea socialista pertenecía a una pequeña minoría de excéntricos.
Diez años después, la cuestión social había invadido la prensa y la literatura. Cinco años más,
una huelga general de los carpinteros de París aparecía como un evento, y el más grande orador
de la oposición, Berryer, defendía oscuros compañeros demandados en los tribunales por delito
de asociación. Sin dudas, el proletariado era demasiado minoritario, y el movimiento obrero
demasiado embrionario como para amenazar a las instituciones vigentes. Pero la cuestión social
no estaba limitada a los suburbios de las ciudades manufactureras, existía también en el campo.
Entre ricos y pobres, propietarios y explotados, “maestros” y jornaleros, la Revolución no
suprimió todos los conflictos, ni todos los arcaísmos. Pudo abolir la “feudalidad”, pero no tuvo
tiempo para elaborar un código rural. Quizás el más importante fue el problema de los derechos
de las comunidades rurales a utilizar los bosques (antes) señoriales. Los campesinos pobres
siempre necesitan para vivir de la masa de recursos complementarios que ofrecen los bosques y
las tierras desocupadas. Ahora bien, estos problemas son cada vez más insoportables para los
grandes propietarios, quienes están cada vez más apasionados por la agronomía racional y
lucrativa, en especial en un momento en que los combustibles locales se venden bien. Los
paisanos pobres codiciaban tanto el bosque estatal y comunal como el privado. Ahora bien, en
este aspecto, la Revolución había satisfecho, de manera involuntaria, las pretensiones de sus
ancestros suprimiendo de hecho toda represión. Un nuevo Código Forestal, votado a fines de la
Restauración, había restablecido una policía rural rigurosa, y el régimen de Julio se encargó de
hacerla respetar. A diferencia de los males de los proletarios, que –repitamos– tienen gran
notoriedad, y están casi de moda, el malestar rural, más difuso, más lejano y, especialmente,
infinitamente diversificado, sólo se revelará por sus consecuencias. En El Pueblo (1845-1846),
Michelet siente estar a contracorriente cuando escribe –contradiciendo explícitamente a los
socialistas– que el paria social es más el campesino que el obrero.
3. EL ROMANTICISMO Y LA EDUCACIÓN DEL PUEBLO
Obrero o campesino, “El Pueblo” fue visto de manera favorable. En el mundo intelectual, el
clima dominante era humanitario, siendo éste también un aspecto de los orígenes de la
Revolución. Romanticismo y populismo El romanticismo estaba por todos lados. Durante la
década de 1840, los grandes poetas brillaron con toda intensidad. Es el momento –con desfases
obligados– en el cual los románticos triunfan en la Francia profunda. Entre la “intelligentzia” de
provincia, en donde el poeta amateur pulula, la generación de émulos de Béranger termina
cediendo su lugar a la de jóvenes graves. Entre estos poetas figuran, incluso, algunos jóvenes
obreros, cuya vocación parecía suscitada por el incipiente interés sobre la cuestión social. Más
probablemente, en realidad, la poesía obrera de los años 1840 procedía de la expansión de las
asociaciones obreras, de la difusión del hábito de lectura de periódicos en los cafés e, incluso, de
los primeros efectos de la ley Guizot sobre instrucción primaria, en síntesis, de todo este confuso
ascenso de las masas hacia la cultura, que es el gran don de la época y, quizás, un poco del
régimen. Todo empujaba a la elite intelectual a mostrar en el pueblo un reservorio de fuerzas
nuevas y sanas. Los inspiradores y dirigentes de los movimientos nacionales en Europa central y
oriental exaltan las virtudes nacionales de los folklores, de las canciones y poesías populares, de
la salud primitiva de las masas, para combatir a las cortes y a la aristocracia de cultura
cosmopolita. Francia no está en la misma situación, y el problema nacional allí se considera
resuelto. Pero los pueblos y las nacionalidades contestatarias son apreciados por los
liberales y republicanos de Francia, y un soplo de una ideología vagamente populista
subyacente a las luchas europeas contagia, también, a sus amigos franceses. El descubrimiento
de Francia En la propia Francia, incluso, el folklore es descubierto y apreciado. Aparentemente
tuvo una suerte de apogeo durante la primera mitad del siglo XIX. De todas maneras, lo que sí es
cierto es que en ese momento, la clase cultivada descubrió el folklore y también su país. Durante
los años 1830 y 18470, el largo viaje por las provincias dejó de ser una rareza, para convertirse
en una forma de ocio cultivado. Este descubrimiento de Francia por los mejores elementos de
la elite intelectual acompañó al romanticismo, lo nutrió y se nutrió de él, e indudablemente lo
ayudó a desembocar en un difuso populismo. Muchos burgueses en 1820 pensaban aún en
Francia como en una minoritaria élite esclarecida, en gran peligro de ser sumergida por una
Francia de masas. Un cuarto de siglo después, este caricaturesco maniqueísmo no podía
admitirse más. De una nación de la que se conocían mil veces mejor sus riquezas y su diversidad,
podía vislumbrarse un futuro lleno de confianza. De esta manera, muchas grandes corrientes
políticas o espirituales parecen conducir hacia la República de 1848: el progreso de la idea
republicana, la aspiración de mejoramiento social, la apertura del espíritu; en fin, la
disponibilidad, la generosidad, que son el real aporte del romanticismo a la vida colectiva.
Incertidumbres y confusiones… No todos los escritores románticos evolucionaron hacia el
populismo ni hacia la crítica política. No todos los republicanos estaban convencidos de la
necesidad de una reforma social. Muchas convergencias (república – socialismo –
romanticismo) que hoy nos parecen, a la distancia y desde arriba, lógicamente evidentes,
sólo se concretaron después del evento. En vísperas de éste, hacia fines de 1847, ¿cuáles eran las
ideas que podían ser comunes a todos aquéllos que iban a aplaudir la Revolución? La conciencia
de que el conservadurismo decidido de Guizot no se adapta a la prodigiosa complejidad de la
coyuntura económica, social y política; e indudablemente, también, la idea de que era necesario
buscar el remedio en la ampliación de las bases del poder. No parece que en la efervescencia del
invierno de 1847-48 alguien pensara en una solución de tipo autoritario. Era entre los hombres
del poder en donde se veía el autoritarismo. Y el consenso que se formaba en el país en su contra
estaba por la vuelta y la acentuación del movimiento liberal, al cual la monarquía de Julio debía
sus orígenes 18 años antes. y democratismo difuso Como se sabe, el sufragio universal debía
acompañar inmediatamente a la proclamación de la República y darle lo esencial de su contenido
político. Era el término lógico de todas las intenciones aquí referidas. Sería la traducción jurídica
de la difusa aspiración sentimental de dar la palabra “al Pueblo”, de reconocerle dignidad y
madurez. Sería el punto de llegada lógico del principio republicano que ve un ciudadano en todo
hombre (y no sólo en el propietario acomodado capaz). Que este razonamiento haya sido en
pocas semanas desmentido por el curso de la historia, no debe hacernos olvidar su
presencia, más o menos nítidamente, en la base de la inmensa y triple esperanza –social,
política y moral– de 1848. Es necesario volver sobre el crecimiento de la reivindicación
estrictamente política a lo largo del reinado de Luis Felipe. Ésta había aceptado revisar la Carta,
cuya disposición decisiva era bajar a 200 francos el censo electoral legislativo. Pero, ¿qué podía
valer, en términos lógicos y morales puros, esta barrera de 200 francos? Sólo tenía una virtud
empírica, que ejerce naturalmente una menor seducción que los principios de un extremismo
riguroso. El principio de autoridad o el principio de voto universal, la tradición o la
Democracia, pueden tener efectos más positivos que el prudente término medio del voto
censitario. El justo medio se vuelve prosaico debido a la desventaja intelectual clásica de todo
liberalismo moderado; especialmente cuando, erigiendo en dogma sus antiguos compromisos
históricos, se niega a evolucionar. Esto se hizo evidente a lo largo del reinado: este régimen de
profesores y académicos terminó por tener en su contra a la mayor parte de la joven
intelligentzia. Pero la gran aspiración del país a la democracia no puede ser reducida a estas
consideraciones. La Revolución de 1830 no había sólo provocado la abolición del artículo 14,
la disminución del censo legislativo y la supresión de la herencia de títulos, también suscitó dos
leyes fundamentales en 1831: una restablece la guardia nacional, y la otra instituía la elección
para la designación de dos consejeros municipales. Toda la pequeña burguesía y los sectores
Los más acomodados de las clases populares, excluidas de la elección de diputados, comenzaron
a iniciarse en la política, eligiendo a sus administradores locales y a los oficiales de la “milicia
ciudadana”. Se trataba, sin dudas, de un nivel de la política menor pero, no obstante, suficiente
para arrancarlos de la ignorancia y pasividad. Estas conquistas fueron definitivas. En suma, en
este terreno como en tantos otros, el régimen surgido en 1830 había suscitado o acelerado una
real maduración de la sociedad francesa profunda. Pero este crecimiento se tornó en su contra o
en contra de lo que éste había devenido bajo Guizot. La voluntad de Reforma en 1847 es la
aspiración ampliada, reforzada, popularizada, de resucitar y prolongar el “movimiento” de 1830,
quebrado después de 1832. De igual manera, el Espíritu de 1848 es la voluntad de reanimar el
espíritu de las revoluciones de 1789, 1792, 1830, cuyo contenido humano potencial no había sido
revelado por completo.
4. UN “PARTIDO REPUBLICANO”
El punto de llegada de todas estas evoluciones es la existencia de un “partido republicano”. Los
partidos de la República estaban bien lejos de formar un “partido” en el sentido que nuestra
época dio al término. Ninguna organización estable agrupaba, entonces, a los sostenedores de un
mismo ideal político, ya sea porque la idea de una acción concertada y de disciplina fuera
juzgada incompatible con una concepción política que colocaba muy alto la responsabilidad y la
conciencia individuales, ya sea por un obstáculo legal, puesto que la libertad de asociación no
existía. No había, entonces, más que acuerdos ocasionales, informales y parciales. Existían tres
centros posibles de atracción y de impulso: la cámara, los periódicos y las asociaciones (o lo que
de éstas quedaba). Uno puede intentar de describirlas, pero será más difícil evaluar la extensión y
las formas de su influencia. En la Cámara de Diputados había sólo una media docena de
republicanos; incluso, no podían denominarse de esta manera bajo pena de ser perseguidos,
puesto que la alusión a la República era considerada un atentado al principio de las instituciones
vigentes. Para sortear esta dificultad, a veces, se les llamaba “radicales”, que designaba al punto
extremo del liberalismo político: aquél que pretende suprimir el antiguo mal y general el
progreso, desde la raíz misma, en lugar de seguir los prudentes comportamientos de poda e
injerto. El más conocido era Alexandre-Auguste Ledru-Rollin (nacido en 1807), elegido
diputado por Mans en 1841 después de la muerte de Garnier-Pagès (más viejo). Ledru-Rollin era
abogado, buen orador, generoso con sus sentimientos, y también con su fortuna, mermada a
causa de su sostenimiento de la prensa republicana. Era sincera y “radicalmente” liberal en
política. En economía, jamás adhirió a los principios socialistas. Pero, siendo también liberal en
el sentido moral del término, admitía al menos la necesidad de la intervención estatal en la
legislación contra la miseria, y este intervencionismo fue suficiente para levantar en su contra el
sagrado egoísmo de la economía ortodoxa y burguesa. Si Ledru-Rollin ofreció a la República su
elocuencia, François Arago le aportó el prestigio de su renombre de sabio. Ya anciano, habiendo
nacido en 1786, era el más ilustre de los físicos y astrónomos franceses, y miembro del Instituto.
Se hallaba, al contrario que Ledru-Rollin, profundamente arraigado en su feudo electoral.
Diputado de su aldea natal, representaba el caso más raro entre los republicanos, del gran
burgués de provincia que es elegido “natural” de su “pago”, y cuya opinión determina más de lo
que es determinada. Los otros diputados de la extrema izquierda eran más oscuros, aún cuando
llevaban un nombre ya famoso. Demasiado pocos para jugar un rol apreciable entre los votos de
la Cámara, estos hombres no están, de todas maneras, totalmente aislados. Constituyen el polo
virtual de atracción para los elegidos que se desligan del régimen, sea porque provienen de la
oposición dinástica, sea porque provienen de la derecha tradicional por el camino romántico. De
todas maneras, en el Palais-Bourbon sólo se hacían proclamaciones de principios que servían de
orquesta a las grandes campañas cuya organización se hallaba en otra parte. Efectivamente, a lo
largo del siglo XIX, las salas de redacción de los periódicos fueron lo que más se parecería a las
oficinas, comités o estados mayores de los “partidos” del siglo XX. La prensa republicana sólo
comprendía dos periódicos principales, que no seguían la misma línea. El Nacional era el gran
ancestro, aquél que había fundado Armand Carrel con Thiers y Mignet justo antes de la
Revolución de 1830, y para darle a ésta un impulso decisivo. Ahora bajo Armand Marrast,
devino y luego permaneció republicana, y podía ser considerada la principal adversaria del
régimen de Julio, que reconocía su virtud combativa agobiándome con procesos judiciales de los
cuales aquélla salía frecuentemente victoriosa. El Nacional fue principalmente temido porque, al
estar bien redactado, ser vivamente polémico e irónico, tuvo el éxito que siempre tienen los
periódicos de ese tipo: un gran número de lectores fieles. Pero también El Nacional fue temido
por su propia moderación política: más republicano liberal que socialista, tenía bastantes
principios en común con los liberales dinásticos como para poder realizar una alianza táctica.
Reclamando en principio de sufragio universal, no desdeñaba apoyar, a corto plazo, las
campañas de los monárquicos de izquierda y de centro izquierda a favor de una reforma electoral
limitada puesto que sobre ésta la oposición tenía eficacia y el poder era puesto en peligro. El
Nacional no cuestionaba los fundamentos de la sociedad. Lejos de querer renunciar al
liberalismo económico y social, tendía más bien a pensar que el liberalismo no había sido aún
aplicado en todos sus principios y que, si finalmente se concediera la libertad de coalición o
asociación a los obreros, la injusticia social y la miseria comenzaron a retroceder. Lo cual
implicaba permanecer bien del otro lado del socialismo. Por esto, muchos republicanos habían
buscado un órgano más radical y más social a la vez. Lo encontraron, desde 1843, en La
Reforma, que fue, por oposición a El Nacional, el periódico de una oposición pura, menos
proclive a la alianza táctica con la oposición dinástica; y el periódico de una oposición abierta al
socialismo, que recoge las reivindicaciones del derecho al trabajo o de organización del trabajo,
cuyas implicancias son ya incompatibles con la libre empresa. Debemos evitar, sin embargo, ver
entre ambos órganos oposiciones demasiado tajantes. A la distancia, pueden ser mejor percibidas
que en la época. No fueron exactamente dos “partidos” en el “partido”, y los diputados se
mantenían vinculados a los unos tanto como a los otros. ¿Las Asociaciones? En cuanto a las
asociaciones, se encontraban más alejadas de sus horizontes. En realidad, sólo quedaban algunos
reducidos fragmentos de ellas. Siempre habían sido jurídicamente ilegales. Numerosas y activas
al día siguiente de la Revolución de Julio, volvieron a ser perseguidas enérgicamente a partir
de abril de 1834; reducidas a la clandestinidad de las sociedades secretas y acorraladas, aún
más, desde el 12 de mayo de 1839. En vísperas de 1848, los grandes rebeldes están presos,
condenados a cadena perpetua, algunos con la salud ya deteriorada. Quedan en libertad algunos
hombres de segundo plano quienes lograron, especialmente en París, mantener algunos vínculos
entre los que habían escapado de los motines. Continúan existiendo, entonces, algunas
sociedades secretas revolucionarias, pero que ya no actúan desde hace tiempo puesto que en sus
dirigencias, al lado de ciertos militantes irreprochables, se han infiltrado traidores y agentes de la
policía. En el interior, las asociaciones son acorraladas de igual manera que en París. De todas
maneras, si la asociación política parece eficazmente reprimida, ocurre en revancha que la
política se desliza en asociaciones que no le estaban destinadas. Conocemos que en algunos
lugares, en donde los republicanos eran numerosos, la francmasonería pudo servirles igualmente
de refugio y punto de encuentro común. En aquella época, la francmasonería era poco
activa, tolerada precisamente a causa de no ser política; pero continuaba siendo
virtualmente liberal, fermento de pensamiento racionalista y de reflexión común. También
muchos de los futuros militantes de la República eran masones, y algunos estaban a la cabeza de
sus logias.
En fin, ninguna organización disponía de una red completa y coherente que cubriera al conjunto
de Francia, ni se encontraba en condiciones de unir a todos los republicanos. Lo que se acercaba
más a un partido moderno era la prensa, no sólo en el nivel de sus redactores, como ya dijimos,
sino también en el de sus empleados subalternos. Instintivamente, muchos antiguos combatientes
de sociedades secretas se volvieron hacia la prensa por considerarla la única arma eficaz. Este rol
de la prensa hace pensar un poco, por adelantado, al que describiría Lenin medio siglo después
cuando, fundando un periódico por no tener poder suficiente aún para formar un partido, dijo que
la hoja periodística era un “organizador colectivo”. Estos son los elementos dispersos de lo que
no era aún el apartado del partido republicano. ¿Cuáles vías de influencia? Queda por saber cuál
era la influencia de todo esto. Ya dijimos que era apreciable en los medios intelectuales,
literarios, artísticos. Existen, también, muchos liberales en el mundo de la prensa y de la edición.
La República tiene un montón de adeptos en el barrio Latino, entre la “juventud de las escuelas”.
Allí, decirse republicano significa, entonces, exactamente lo que podrá significar más tarde
sentirse “de izquierda” o “revolucionario”: algo muy confuso, muy diverso, pero muy profundo y
vuelto casi instintivo. La República es también el “partido” de la clase obrera, pero ¿hasta qué
punto? En París, la posición obrera de los barrios del Este, ciertamente, es muy activa
políticamente. Su desvinculación de la monarquía no dejaba duda. La prensa republicana era
conocida y leída por los obreros de París. Pero ya comenzaba a competir con la prensa
comunista o socialista. ¿Divergencia o convergencia? Si en el interior muchos obreros aún no
habían tomado conciencia de la política y del republicanismo más elemental, en París toda una
parte del mundo obrero ya lo había hecho. Un solo órgano, L’Atelier, de Buchez, periódico
redactado por obreros, con algunas influencias cristianas, se esfuerza por reunir a la República y
al socialismo, acercándose, de esta manera, a La Reforma. Obreros y republicanos En
consecuencia, dentro de la clase obrera parisina existe mucha disponibilidad y mucha división. Y
también mucho arcaísmo. Evitemos modernizar demasiado la conciencia de clase de los
trabajadores de aquella época y destaquemos, por ejemplo, sus relaciones con los republicanos
burgueses. Estos últimos, frecuentemente provenientes de profesiones liberales, tienen un pasar
acomodado e, incluso, son francamente ricos en relación a la clase obrera. Ricos y, por otra parte,
humanitarios, son naturalmente filántropos y bienhechores. Constituirá un franco anacronismo
representar en ésta época la caridad y el paternalismo como marcas de la derecha. Sólo más
tarde, los medios sociales conservadores los erigieron en panacea social y, a la inversa, la
izquierda no querrá ser definida más que por la justicia, el mejoramiento social institucionalizado
y la autonomía de la organización de masas. En 1848, un republicano no cree faltar a sus
principios haciendo beneficencia alrededor suyo. Los médicos, particularmente, quienes
presencian las peores miserias, deben frecuentemente curar a los pobres gratuitamente; eso es lo
que hacen, entre otros, los numerosos médicos republicanos. Puesto que la clase obrera es
sensible a estas tendencias, a ellas responde. Voluntariamente, aclama al burgués que se hace “el
padre de los obreros” sabiendo muy bien que, entonces, el conservador, y especialmente en París,
es más un gendarme que un “padre”. Incluso, los grandes burgueses republicanos de la Cámara
pueden beneficiarse de esta devoción con sólo decir una palabra de piedad respecto del pueblo o
de adhesión a la idea de una legislación social. En el interior, la situación era muy diferente.
Se encontraban poblaciones obreras ligadas, en su mayoría, a la Iglesia, totalmente
inertes o activas políticamente, pero sólo tras los pasos de algún notable filántropo. Un poco por
todos lados, había grupos minúsculos de “comunistas”, generalmente icarianos. En cuanto a las
masas campesinas, la cuestión era aún menos conocida. Evidentemente, su emancipación
intelectual se encuentra infinitamente retardada. En algunas regiones, la influencia social del
notable, tan común en la época, juega a favor de la República

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