CAPÍTULO I:
Dinámica Familiar
La dinámica familiar
La intrincada red de vínculos familiares, fundamentada en la historia individual,
se convierte en el tejido mismo de nuestra existencia. La madre, desde el momento en
que se establece la conexión a través del seno y la leche materna, imprime una
estructura indeleble en la psique del ser humano. Esta relación madre-hijo, esencial y
compleja, sitúa al recién nacido en una dependencia total del cuidado y deseo maternos,
donde la metáfora de la leche encapsula tanto lo dulce como lo amargo, la plenitud y el
vacío que ella transmite.
La construcción de la subjetividad se gesta en el entramado de vínculos intra,
ínter y transubjetivos. La familia consanguínea modela nuestro funcionamiento mental,
transmitiendo genes, verdades, saberes, odios, amores, deudas y legados de generación
en generación. Construir una identidad propia implica tejer una permanencia en el yo, a
pesar de las circunstancias familiares y culturales. La necesidad de construir una
identidad discriminada nos impulsa a entrelazar lazos con otros, formando un tejido
complejo de vínculos que nos brindan apoyo en la travesía de la vida.
La familia, bajo la lupa del psicoanálisis, se revela como el crisol donde se
forjan los cimientos de la personalidad individual. Es notorio que, a lo largo de la
historia, la concepción acerca de la institución familiar fue objeto de varios discursos y
teorías sobre su estructura; permitiendo reconocer a la familia como algo que
evoluciona, que no se mantiene estático, sino que recae sobre un modelo tradicional
dinámico, siendo esta una evidencia de la capacidad de la familia para resistir y
transformarse frente a los cambios históricos.
La familia es uno de los dispositivos culturales más potentes, pues hasta nueva
orden ha demostrado que resiste a todos los cambios históricos. Sin embargo, la
fuerza de su permanencia no radica en su carácter natural o instintivo, sino en
que, como efecto del discurso, encarna las leyes simbólicas que fundan los lazos
sociales. (Román, N., Chacón, L. & Fernández, C., 2015, p. 18).
Aunque para el psicoanálisis la familia se considera el semblante de una estructura de
ficción, armada con palabras o constructos sociales que están subordinadas a una
sublimación de carácter simbólico. En este caso, el sujeto construye e interpreta
aquellos deseos que se cruzaron dentro de su concepción, vehiculizándolo hacia el
sentido de su historia y su encuentro con una identidad sexuada.
Cabe mencionar que, la complejidad de las funciones parentales influye
profundamente en la percepción del individuo sobre sí mismo y en la construcción de su
identidad, por lo tanto, en este intrincado tapiz psicológico, los roles parentales ocupan
un lugar central.
Según Salgar (2017) “la familia ha dejado de ser imaginada como la unión de una pareja
heterosexual para dar lugar a nuevos conceptos y definiciones apoyadas por las
modificaciones que ha tenido que enfrentar ante la llegada del nuevo siglo”. (Citado en:
Ortega, 2019, p. 64). Dicho esto, la familia podemos considerarla un microcosmos
social inicial, que constituye el terreno primario donde el niño absorbe normas, valores
y patrones de comportamiento que formarán la base de su interacción con la sociedad.
De tal forma, consideramos a la familia como el primer agente socializador, que,
durante la fase temprana de la niñez, la formación de la confianza básica es crucial. Un
entorno familiar que respalda y fomenta una exploración segura contribuye a la
construcción de esta confianza, influyendo positivamente en la disposición del niño
hacia el aprendizaje futuro y su interacción con el conocimiento.
La familia, como la sociedad, es dinámica, cuando existe algún tipo de cambio
todos los individuos se ven afectados, por ejemplo, un cambio de norma en un
territorio afecta a toda la comunidad; cuando se incluyen formas de
comunicación diferentes, como el caso de la interactividad que permiten las
redes sociales, la sociedad cambia y se adapta a ellas. (Suárez, P. & Vélez, M.,
2018, p. 184)
“La familia es considerada como la unidad de apoyo social compuesta por
diferentes miembros, donde cada uno de ellos aporta en la formación de los más
pequeños” (Pérez & Verdugo, 2008. p. 77). Por lo que se entiende que la pareja
parental, la familia, representa en ese niño, referentes primordiales de significantes
identificaciones sobre las cuales ese cachorro humano se conformará como sujeto, se
desarrollará y en un futuro le servirán como base para su desenvolvimiento de todos los
ámbitos de su vida, de esta manera el niño aprenderá a cómo formar o no nuevos
vínculos fuera del núcleo familiar.
Con esto, se quiere destacar la importancia de la disponibilidad psíquica de los
cuidadores o padres del niño, pues es necesario, para que el niño se convierta en sujeto,
signifiquen el llamado del niño, y que signifiquen al niño mismo, es decir que le
otorguen identidad e identificaciones para que se pueda ubicar como sujeto. Se requiere
que los cuidadores puedan proveer de recursos y sepan maniobrar a través de las
diferentes circunstancias que se presente en el proceso de la crianza del niño, dando así
los cuidados básicos de supervivencia para el niño y a su vez contribuyendo a la
construcción de identificaciones.
Función Materna
La madre, siendo el pivote primordial, determina la posibilidad de formar la
triada entre padre, madre e hijo, rompiendo así la ilusión de una pareja indisoluble. Este
"amor de los amores" entre madre e hijo marca el tránsito de la existencia biológica a la
humana, operando bajo la Ley del Orden, o Ley de la Cultura en el contexto lacaniano.
Esta ley, representada por el lenguaje, establece el orden humano y todos los roles
inherentes.
La evolución del ser humano desde la dependencia absoluta hacia la
independencia y madurez se facilita mediante la resolución de complejos psíquicos.
Estos complejos, productos de factores culturales, biológicos y emocionales, estructuran
el funcionamiento mental. Cabe mencionar que, desde la postura freudiana se delineó
una teoría de la familia, revelando que el individuo se forma bajo la regulación de
prohibiciones formuladas universalmente por el grupo social.
La madre, desde los primeros momentos, transmite normas y ritmos que configuran un
orden constituyente del psiquismo humano. El Complejo de Destete, fija en el
psiquismo
“La relación de la cría, bajo la forma parasitaria exigida por las necesidades de la
primera edad del hombre; representa la forma primordial del imago materno.”.
(Lacan, 2019, p. 148).
Lo cual, es vivido como un potencial trauma psíquico, puede manifestarse en síntomas
como anorexias mentales, toxicomanías orales o neurosis gástricas. Este drama persiste
con el Complejo de Intrusión o rivalidad, donde el hijo experimenta sentimientos
celosos y envidiosos, creando complejidades en su vida. Por ende, la madre, a través de
su deseo introyectado de las leyes primordiales de la cultura, transmite al hijo la
prohibición del incesto, permitiéndole asumir la Ley Primordial de la Cultura.
El deseo de la madre, situado en el inconsciente desde antes del nacimiento,
configura al niño como objeto de deseo, posibilitando su existencia a través de la
satisfacción del deseo del Otro primordial. El niño, presente en el imaginario materno
antes de nacer, se convierte en objeto de ensoñaciones y proyectos. Los primeros
instantes después del parto se vuelven cruciales para la creación de la relación madre-
hijo. En este nuevo espacio, el niño se expone a sonidos, miradas y tactos, iniciando una
relación única y fundamental.
Conceptualizar la función materna
Deseo Materno
Para poder hablar sobre el desarrollo de un niño y de la importancia del papel
que representan los padres en el mismo y en la construcción de la subjetividad de ese
nuevo cachorro humano, es necesario ahondar en ciertas funciones que los cuidadores
ejercen, de manera inconsciente, los roles de madre o padre.
En este apartado se introduce el Deseo de la Madre, o la función materna como lo
exponen algunos autores. Londoño (2021) en su libro Padres, niños y psicoterapia, se
encuentra citando a Winnicott (1960) que indica lo siguiente sobre el deseo materno:
La construcción de la parentalidad en el aparato psíquico se inicia con el deseo
del hijo, que durante el embarazo moviliza las representaciones que la futura
madre va a crear en su mente pensando en su bebé, asociadas al deseo del bebé,
y que sirven para preparar el espacio psíquico que acogerá al bebé real al nacer.
(Winnicott, 1960, como se cita en Londoño, 2021, p. 46)
Es decir, que los ideales de cómo se quiere o cómo se espera que sea ese hijo, aparecen
mucho antes del nacimiento de ese nuevo ser, antes de siquiera la concepción del niño
en el vientre materno, estos ideales o deseos, a menudo inconscientes, que aparecen a
partir de la propia historia subjetiva de la madre o cuidadora, de sus propias faltas y
falencias, y de igual manera podrá imponer en su hijo los ideales que tenía para su
propia vida que por alguna razón no pudo cumplir.
Por lo tanto, se puede decir que todo lo mencionado anteriormente definirá la manera en
la que la madre acoja y sostenga a ese nuevo sujeto en plena construcción; lo que a su
vez determinará la manera en la que la cuidadora se posicione, trate y lo eduque.
Los ideales y deseos que imponga la madre o cuidadora en el niño son
importantes y determinantes en la vida del mismo, pues es desde donde ese nuevo sujeto
en formación se aprenderá a ubicar fuera del núcleo parental y familiar, estableciendo
así formas en las que el niño se comporte con el otro social, formas en las que pueda
crear nuevos vínculos, tomando las normas y en ocasiones comportamientos que van
adquiriendo de ese primer vínculo con el cuidador, el vínculo primordial.
“El psiquismo del niño se constituye con base en las vivencias primarias, las
cuales dependen en gran medida de la función parental desde la propia realidad
psíquica de los padres” (Londoño, 2021, p. 47).
Además del cuidado que debe brindar la madre, también es necesario que este
cuidador signifique las demandas del niño, signifique el grito o llanto por la comida, así
mismo es necesario que lo nombre, le dé un lugar como sujeto deseante. Con eso se
quiere decir que la función materna no es solo la de un cuidador que atiende cada
pequeña demanda de su cachorro.
El autor Leserre (2015) en su libro Una lectura de nota sobre el niño hace referencia
ciertos puntos que ha tocado Lacan anteriormente, Leserre indica lo siguiente:
En relación al deseo, como señala Lacan, tiene variadas implicaciones, entre
ellas, posibilitar el deseo en el niño, es decir la parte del significado que se
tramita en la demanda pero que no es explícito, lo latente, lo no dicho y que se
puede interpretar bajo la pregunta “¿qué quiere el Otro?” Mientras que en el
campo de lo pulsional se juega lo no interpretable de lo dicho y, en este sentido,
también está en el registro de lo no-anónimo. (p. 62)
Ello quiere decir que, pues además de los necesarios cuidados y las respuestas a
las necesidades básicas y biológicas para con los niños, el cuidador debe ofrecer y
ofertar un espacio psíquico mediante el cual se vendría a instalar y formar la pregunta
sobre el deseo del Otro en el niño, y así constituir un sujeto deseante pues significar o
darle nombre a esa demanda lo posibilita.
Por lo tanto, el rol de la madre o también denominado función materna, que
estipula que puede ser ya sea la madre o cualquier miembro de la familia que ocupe
aquel lugar primordial, es la persona de la cual dependerá el niño en un primer
momento, y que jugará un papel vital para que el niño pueda inscribir su propio deseo,
algo que irá construyendo con ayuda de esas identificaciones e ideales que la madre ha
ido depositando en ese niño incluso desde antes de su nacimiento.
La función paterna
La figura paterna, en la teoría freudiana, encarna la autoridad y la internalización
de las normas sociales. La madre, por otro lado, se erige como el vínculo emocional
primordial y establece el modelo para las futuras relaciones afectivas del individuo. La
danza de interacciones entre estos roles parentales contribuye a la compleja red de
influencias que moldean la psique.
Las nuevas formas familiares se acomodan o intentan hacerlo a la lógica del
discurso capitalista y esto se logra también ya que la familia es hoy juzgada en
función de su contribución al desarrollo exitoso de la vida de un individuo. Las
aspiraciones del hombre moderno, tales como el éxito y el bienestar económico,
requieren de un aprendizaje de la vida social y es aquí donde surgen una serie de
instituciones que vienen a complementar o suplir el espacio familiar. (Lora, M.,
2003, pág. 2).
Dentro de este contexto, el tejido social contemporáneo, las nuevas formas
familiares se encuentran en constante adaptación, o al menos intentan hacerlo, a la
lógica imperante del discurso capitalista.
“La familia nos puede remitir también a pensar en el lenguaje y en la
significación de los lazos que establecemos para poder comunicarnos, sujetarnos
a la cultura y sus normas.”. (Lerner, J., 2003, p. 12).
Este fenómeno no es accidental, ya que la familia moderna es evaluada en
términos de su contribución al desarrollo exitoso de la vida individual; en su intento de
ajustarse a estas demandas, se convierte en un escenario donde se juegan conflictos
psicológicos profundos. La presión para contribuir al desarrollo exitoso de la vida
individual, medido en términos de éxito y bienestar económico, se suma a las tensiones
inherentes a las dinámicas familiares.
En la era actual, las aspiraciones del hombre, marcadas por conceptos como
éxito y bienestar económico, imponen una necesidad apremiante: el aprendizaje de las
complejidades de la vida social. Es en este contexto que emergen diversas instituciones
que, de manera complementaria o sustitutiva, intervienen en el espacio que
tradicionalmente ocupaba la familia. Este fenómeno de adaptación de las nuevas formas
familiares a la lógica del discurso capitalista es revelador de la intersección entre las
estructuras familiares y las demandas sociales contemporáneas.
En la actualidad, el éxito y el bienestar económico no solo son objetivos
individuales, sino también parámetros mediante los cuales se mide la valía de una
familia. Este juicio de la familia en función de su contribución al desarrollo individual
refleja una profunda integración entre las metas personales y la dinámica familiar. El
juicio de la familia en función de su contribución al desarrollo individual subraya la
evolución de los valores contemporáneos. este fenómeno, lejos de disolver la familia,
redefine sus roles, destacando su papel crucial como facilitadora del aprendizaje social
necesario para enfrentar los desafíos de la vida contemporánea.
Metáfora Paterna
Es crucial reconocer que la metáfora paterna no debe interpretarse de manera
restrictiva o normativa en relación con la orientación sexual. Más bien, su comprensión
debe adaptarse a las diversas formas de expresión del deseo y la identidad. Según Lacan
(1957), la metáfora paterna concierne a:
La función del padre (...) La función del padre tiene su lugar, un lugar
bastante amplio, en la historia del análisis. Se encuentra en el corazón de
la cuestión del Edipo y ahí es donde la ven ustedes personificada. Freud
la introdujo al principio de todo, porque el complejo de Edipo aparece ya
de entrada en La interpretación de los sueños. (Trujillo, 2018, p. 54).
Desde una perspectiva más detallada, resulta esencial abordar la metáfora
paterna en relación con las teorías freudianas del complejo de Edipo. Estos conceptos
fundamentales delinean la manera en que la figura del padre influye en la psique del
individuo, estableciendo pautas y conflictos que reverberan a lo largo de su vida. La
metáfora paterna, en este contexto, se convierte en el punto focal para comprender la
resolución de estos complejos, así como para analizar cómo la internalización de la
figura paterna incide en la estructuración de la psique y la formación de la identidad.
Hay que tomar en cuenta que, la función paterna dentro del contexto familiar va
a cumplirla el padre, independientemente de que sea el padre biológico, dado que, esta
función no se encuentra arraigada en una persona en particular. Mas bien, es una
función referente de “la ley y ordenar el deseo en el complejo de Edipo, al intervenir en
la relación dual imaginaria entre la madre y el niño, con el objetivo de introducir una
necesaria distancia simbólica entre ellos.” (Ordóñez, E., 2022, p. 9). De manera que, la
verdadera función paterna pasaría a la articulación del deseo y la ley, sin oponerse a esta
dos.
No obstante, es imperativo reconocer que la metáfora paterna no puede
encapsularse en un único modelo universal. Su expresión varía de manera significativa
según las particularidades culturales, sociales y familiares. La adaptabilidad de esta
metáfora a diversas realidades impulsa la necesidad de un análisis contextualizado que
contemple las múltiples facetas que puede adoptar. En este sentido, la metáfora paterna
se manifiesta de formas distintas en diferentes contextos, influenciando no solo las
relaciones familiares, sino también las expectativas socioculturales y las percepciones
individuales.
Se podría decir entonces que, el Nombre del Padre facilita el hecho de
poder crear la formalización del registro de lo imaginario, la construcción
de un cuerpo propio, y concebir el registro simbólico, ajustar a un sujeto
en el mundo del lenguaje permitiendo valerse de un discurso subjetivo
que facilite la aprensión del código cultural. (Ordóñez, E. 2022, p . 11).
Dicho esto, este registro simbólico representa la entrada del sujeto en el mundo del
lenguaje, donde las significaciones culturales y sociales son internalizadas. La presencia
del Nombre del Padre facilita la transición del individuo hacia un espacio simbólico
estructurado, permitiéndole valerse de un discurso subjetivo.
En el caso de las orientaciones sexuales diversas, el Nombre-del-padre como
referente de la ley y orden en el complejo de Edipo puede influir en la percepción de los
padres sobre la "normalidad". Si la metáfora paterna ha estado vinculada a la idea de
una heterosexualidad normativa, la aceptación de una orientación sexual diversa puede
ser un desafío. Aquí, la resistencia puede surgir debido a la necesidad de ajustar las
creencias arraigadas sobre lo que se considera "normal" en términos de orientación
sexual.
Dentro de esto, el papel del complejo de Edipo, donde el padre representa la
autoridad simbólica, añade otra capa de complejidad. La resistencia de los padres podría
surgir si la orientación sexual diversa desafía las expectativas asociadas a esta autoridad.
La aceptación dependerá de la capacidad que posean los padres para discernir o separar
la identidad simbólica del padre de las normas tradicionales, permitiendo una apertura
hacia la diversidad sexual. Aquí, la metáfora paterna se convierte en una herramienta
para desvincular las creencias arraigadas sobre la heterosexualidad normativa.
Por ello, cuando se trata de hijos con orientación sexual diversa, la metáfora
paterna puede asumir matices particulares. Es crucial destacar que la función paterna en
este contexto no se limita al padre biológico. Independientemente de la conexión
biológica «padre, padrastro o tutor legal», la función simbólica del padre influye en la
manera en que la familia articula y comprende la diversidad sexual.
Si la metáfora paterna es interpretada como una guía para la comprensión y
aceptación de las diferencias, la familia podría estar más abierta a la revelación de la
orientación sexual diversa de un hijo. La adaptabilidad de la metáfora paterna es crucial.
Una metáfora paterna más flexible, orientada a la aceptación y desprovista de rigideces
normativas, puede facilitar la comprensión y el apoyo hacia la diversidad sexual.
La relación del niño con el padre impacta en su capacidad para internalizar límites,
normas sociales y patrones de comportamiento, mientras que, la figura materna, en
particular, se convierte en un modelo para la identificación del niño. Por lo tanto, la
resolución exitosa del complejo de Edipo, que implica la identificación con el padre del
mismo sexo, contribuye a la estructuración del yo y a la formación de la identidad
sexual. Por otra parte, la dinámica entre hermanos, en el seno familiar, también merece
atención en el análisis psicoanalítico. Las relaciones fraternales pueden convertirse en
un terreno fértil para la expresión de rivalidades, celos y deseos de identificación.
En el adulto el superyó ha alcanzado ya su independencia y no es accesible a los
influjos del mundo exterior (...) En el niño, en cambio, aún se encuentra al
servicio de sus inspiradores –los pares y educadores- ajustándose a sus
exigencias y siguiendo todas las fluctuaciones de la relación con la persona
amada y todos los cambios de sus propias opiniones. (Freud, 1951; Citado en:
Fernández, A., 2006, p. 30).
Los padres, como principales agentes socializadores, transmiten consciente e
inconscientemente sus expectativas y valores al niño. La internalización de estas normas
familiares contribuye a la construcción del superyó, que actúa como la instancia moral
interna del individuo. Otro aspecto crucial es la influencia de las relaciones fraternales
en el desarrollo infantil. Las dinámicas entre hermanos pueden ser un terreno fértil para
la manifestación de rivalidades, celos e identificaciones.
Las diferentes etapas del desarrollo, con sus desafíos específicos, requieren
adaptaciones por parte de la familia. Las crisis evolutivas, como la adolescencia, pueden
generar conflictos adicionales que necesitan gestionarse de manera sensible para
facilitar una transición exitosa hacia la adultez.
En el proceso evolutivo del niño, se manifiestan transformaciones que inciden en
su conducta social, derivadas de su profunda dependencia de los progenitores, tanto en
aspectos materiales como emocionales. Esta vinculación esencial conlleva a que el niño,
en su necesidad de amor y protección, internalice los deseos parentales y ajuste su
comportamiento conforme a las expectativas sociales delineadas por sus progenitores.
Según Levin (2000) menciona que:
El niño como tal no coincide consigo mismo, depende de Otro para
transformarse en hijo, pues un niño se transforma en hijo si se ejerce la función
paterna (nombre del padre), que da lugar al funcionamiento materno y a su
deseo, instituyendo una trilogía escénica. (Bentancor, M., 2018, p. 9).
El psicoanálisis subraya que la naturaleza de la relación emocional del niño con
sus padres juega un papel crucial en la medida en que estas modificaciones se
manifiestan, conduciéndolo hacia una conducta social. La educación para la adaptación
social, en la mayoría de los casos, opera de manera satisfactoria. Los niños, al llegar a la
edad escolar, generalmente están capacitados para integrarse como miembros de un
grupo y establecer relaciones más o menos satisfactorias con adultos y pares fuera de su
ámbito familiar.
Sin embargo, en esta etapa se evidencia que las actitudes hacia estas nuevas
figuras de vida, como maestros y compañeros de clase, no se fundamentan únicamente
en una base realista. Elementos de naturaleza fantástica e irrealista, provenientes de
experiencias tempranas, influencian estas interacciones, generando elementos
perturbadores en el desarrollo social del niño.
A medida que atraviesa los estadios de las relaciones tempranas con sus
progenitores, incluyendo las apetencias sexuales dirigidas hacia el ambiente, la relación
materna y el complejo de Edipo, el niño experimenta inevitables frustraciones y
rechazos. Estas experiencias de desaliento, desconfianza y falta de satisfacción
configuran sus expectativas, ya que aprende que no puede poseer por completo a sus
objetos amorosos y anticipa desilusiones similares en futuras relaciones afectivas.
Además, el niño se ve inmerso en complejas dinámicas familiares, enfrentando
rivalidades y celos con sus hermanos y hermanas, así como con el progenitor del sexo
opuesto. Estos conflictos familiares contribuyen a la complejidad de su mundo
emocional y establecen patrones de relación que perduran en su vida. Esta fase crucial
también marca la entrada del niño en la exploración activa de su propio cuerpo y
entorno, iniciando así la construcción de su identidad y el entendimiento del mundo que
lo rodea.
En el seno de la dinámica familiar, el papel de la agresión en el desarrollo
emocional del niño emerge como un factor de gran relevancia. Principalmente, se
reconoce a nivel global que comprender el desarrollo psicológico, tanto normal como
anormal, requiere una exploración adecuada de las tendencias y actitudes agresivas y
destructivas presentes en la infancia. La agresión en los niños normales ha sido objeto
de estudio en relación con sus respuestas sociales, revelando que, en los casos
anormales, puede contribuir a enfermedades neuróticas y psicóticas, así como al
desarrollo antisocial y criminal.
Enfrentando el conflicto temprano entre el amor y el odio, el niño, en un intento
por preservar una imagen positiva de sus progenitores, puede externalizar sus tendencias
hostiles hacia el mundo exterior. Este proceso puede resultar en una actitud suspicaz y
crítica hacia extraños, percibiéndolos como potenciales enemigos. Este desplazamiento
de la hostilidad de la familia al entorno externo puede llevar a la hipersensibilidad y
respuestas violentas ante percepciones de amenaza.
El niño va siendo sometido a las exigencias del mundo que lo rodea, exigencias
que se traducen simbólicamente a través del lenguaje. Su madre le habla, pero
también se dirige a otros. El niño comprende entonces que ella también desea
fuera de él y que él no es todo para ella; ésta es la herida infligida al narcisismo
primario del niño. (Bentancor, M., 2018, p. 25).
Existen diversos campos en la mente del niño de los que parecen derivarse
malentendidos sobre las acciones de los adultos. La perspectiva “egocéntrica” del niño
gobierna sus relaciones con el mundo de los objetos. Antes de alcanzar la fase de
constancia objetal, el niño no percibe al objeto, en este caso, la figura materna, como
poseedor de una existencia independiente. En cambio, interpreta las acciones del objeto
desde el prisma de la satisfacción o frustración de sus propios deseos, dando lugar a
malentendidos sobre las acciones de los adultos.
Por otra parte, la inmadurez del aparato sexual infantil lleva al niño a traducir
hechos genitales adultos en términos pregenitales. Así, las relaciones sexuales entre los
padres pueden interpretarse como escenas brutales de violencia, generando dificultades
relacionadas con la identidad sexual del niño.
Cabe mencionar que, la comprensión limitada del niño no se origina en una
carencia absoluta de razonamiento, sino en la relativa debilidad de los procesos
secundarios del pensamiento en relación con la intensidad de los impulsos y fantasías. A
pesar de su capacidad para entender ciertos aspectos cotidianos, cuando se enfrenta a
situaciones reales dentro de la dinámica familiar, como una intervención médica «visita
al dentista», la mente del niño se ve inundada de fantasías de mutilación y agresión,
generando malentendidos respecto a las acciones de sus progenitores.
Al adaptarse a las normas sociales, el niño busca equilibrar sus deseos
individuales con las expectativas externas. Las frustraciones inevitables y las reacciones
emocionales resultantes de estas tensiones contribuyen a la trama de su desarrollo
emocional. Durante esta etapa, el niño también se ve enfrentado a nuevas figuras de
autoridad y compañeros, lo que amplía su círculo social.
Las complejidades de estas relaciones emergen de la intersección entre sus
impulsos internos, las expectativas familiares y las normas sociales más amplias. La
influencia de elementos fantásticos e irrealistas, derivados de las tensiones emocionales
familiares, puede teñir sus percepciones y respuestas a estas nuevas interacciones.
Laurent respecto a esto dice que “el padre enuncia la ley y muestra cómo ella se
humaniza, como se puede vivir sirviéndose de ella. El padre mismo debe
cumplir sus promesas mostrando cómo es posible vivir con la ley” (Laurent,
2018, p. 27).
Por lo que se entiende que la función del padre, además de venir a imponer ley en el
deseo del niño y de provocar una escisión entre el deseo de la madre y el niño, es una
función fundante para un sujeto en plena construcción subjetiva pues, de cierta forma, la
imposición de una ley en el deseo le enseña a ese sujeto en formación cómo poder
servirse de esa ley para de alguna manera alcanzar el deseo. Es decir, esta función viene
a ser fundante sobre la manera en la que un sujeto pueda gozar de su deseo.
Lacan da al padre la función de encarnación de una ley... Es un padre que está
para cuidar, no para ser agente represivo del poder materno o del Ideal materno.
Está justamente para vigilar, no al niño, sino a ese poder estragante sobre el
niño... Encarnación también implica que las funciones son semblantes, no son
abstracciones ni tampoco purezas o reglas que sirven para todos, es decir
universales y absolutas. (Leserre, 2015, p. 64)
Cabría destacar nuevamente, que no se habla de personas, es decir un padre físico,
presente durante y para el desarrollo, formación y educación del niño, se habla de
funciones; las mismas que pueden devenir no necesariamente de un padre biológico,
sino a que puede devenir de la cultura, de un cuidador, de un familiar o hasta de una
escuela. La psicóloga psicoanalista, Lidia López afirma que:
Así, analizando la función paterna, tanto en el mito como en la metáfora, busca
despegar la función de la persona del padre. Por eso se podría afirmar que el
padre existe incluso sin estar (…) Efectivamente, la presencia queda referida al
significante del Nombre del Padre, aunque en este punto conviene hacer una
salvedad, porque la presencia de significante surge en función de una necesidad
de la estructura. (López, 2006. p. 7)
CAPÍTULO II: Elección Sexual
1.1. Construcción de la Identidad en la Adolescencia
La adolescencia es un proceso de transición que caracteriza a esta etapa como
conflictiva, de cambios repentinos, entre la infancia y la llegada de la adultez,
debido a las transformaciones, pérdidas por las que marca el fin de la infancia, y el
inicio de la etapa adulta, durante el trayecto del pasaje de la pubertad, involucra
distintos aspectos que ponen en crisis al adolescente, como cambios a nivel
biológico, al propio cuerpo, en lo social los vínculos como se va relacionar con sus
padres y con los demás, a nivel psicológico, en como va sostener nuevos ideales y la
búsqueda de identidad.
El adolescente percibe a menudo las modificaciones de su cuerpo como otro
cuerpo que produce una fractura, de manera real, en la tierna
despreocupación de su infancia y perturba los significantes ideales del Otro
parental: preso de un sentimiento de extrañeza ante su metamorfosis.
(Lacadeé, p.20)
Es una transición que genera desconcierto, desorganización al no saber hacia
donde van a dirigirse, es la búsqueda de identidad, la pérdida de un cuerpo que
anteriormente tenían de un niño, que ahora está transformándose en uno nuevo. Es
un momento de fragilidad donde el adolescente no tiene claro donde sostenerse, de
igual forma acontece con sus vínculos, donde se pone en juego la cuestión de la
identidad sexual, del cual tienen sensaciones y empezará a buscar que es lo que pasa
con su cuerpo y a su vez es llegar a confrontarse con el gran enigma de la
sexualidad.
Por un lado que se hace con eso, ante este enigma de la sexualidad, no hay
instinto que guíe como se da en el caso de los animales, sino que cada uno tiene que
inventarse que tiene que hacer a su manera de acercarse al otro, como se siente
sexuado, de qué manera se identifica, es algo que resulta muy angustiante por la
extrañeza que siente el adolescente por este nuevo cuerpo que está surgiendo, ante
estos repentinos cambios, crea una fragilidad y vulnerabilidad al tener que lidear con
un nuevo cuerpo.
Así como también es un momento paradigmático de salir de esta burbuja
familiar, la caída de los referentes familiares, y la reconstitución de nuevos ideales,
nuevas identificaciones, modelos a seguir para que pueda dar lugar a su constitución
subjetiva.
Por otro lado, desde el punto de vista biológico, la llegada de la pubertad pone
en marcha el fin de la infancia, y es propiamente todos los cambios que se producen
en el cuerpo del sujeto, es por eso que el autor refiere lo siguiente, Alexander
Stevens (2001):
“La pubertad no es la adolescencia, la pubertad es ese real que encuentran los
niños, ese nuevo real, cuando llega a la salida de la infancia” (p.5).
A estos cambios que se producen, nos referimos al crecimiento del cuerpo, en
estatura, engrosamiento de la voz, el dejar de tener un cuerpo de niño a pasar a tener
el cuerpo de un joven.
Entonces, por lo tanto, podemos referir que la pubertad enfrenta un el real del
cuerpo, todo este proceso es vivenciado por una metamorfosis, del cual acontece el
despertar de la sexualidad, es aquí donde empiezan las cuestiones de tener que hacer
frente hacia una nueva imagen corporal, nuevas sensaciones, que el sujeto deberá
reorganizar, porque tiene que volver adaptarse a un nuevo cuerpo, identificarse, y
finalmente llegar a conocer su identidad sexual.
De tal forma, que el pasaje hacia la adolescencia es ineludible, llega a cada
persona de manera biológica, cuando ya se empiezan a notar estos cambios, la
ruptura de la infancia y la llegada a la pubertad, los padres desean que sus hijos,
asuman nuevos retos, responsabilidades que les espera en esta nueva etapa, existe
mucha inestabilidad en las conductas de los adolescentes.
Siendo que esta etapa es caracterizada como sintomática, el siguiente autor
menciona Stevens (1999) en su texto “La adolescencia, síntoma de la pubertad” al
transitar este periodo, el adolescente se encuentra vulnerable y frágil con los duelos
que está pasando, así como este real del cuerpo que lo invade, se le dificulta
verbalizar sus problemas, y entra conflicto con facilidad, las crisis existenciales son
una característica común de esta etapa.
Por otro lado, Freud, también abordó, la temática de la adolescencia, a través de las
operaciones edípicas, analizó y profundizó que consecuencias se darían, tanto para
los niños como las niñas, particularmente el señala que este tiempo representa el
rechazo de la figura parental, esta separación del Otro familiar, implicaría que el
adolescente pueda buscar su propio deseo, sus objetos relacionales. Por ende, este
desprendimiento de lo parental, se visualizaría bajo una forma de rechazo, rebeldía,
algo característico de la adolescencia, que a su vez debe de encontrar su forma de
hacer frente a esta falta, resultando incluso ser sintomático, por lo tanto, estas
antiguas identificaciones del padre, las dejaría a un lado, para que puedan resurgir
unas nuevos ideales, que los encontraría en su proceso de educación y de
crecimiento a nivel personal en las interacciones con sus pares.
Así mismo Freud, explicaría que la adolescencia también debe de cumplir un
proceso más en estas operaciones edípicas, ya que a través de ella se puede
establecer este movimiento de la sexualidad, y la elección de la posición sexual, sea
el caso de masculino o femenino.
El adolescente freudiano postula básicamente la importancia de la significación
edípica, como un pasaje más que el sujeto debe de volver a transitar, para la
búsqueda de su identidad, que se les presentaría como incertidumbre, el no saber
aún como tener sus primeras experiencias amorosas, sus nuevos vínculos, que
posición tomar, los dejaría desorientados de forma subjetiva, ya no se trataría de
tomar una identidad sexual de heterosexual o de homosexualidad, sino que
básicamente sería encontrar la forma de sentirse bien con uno mismo, y a su vez
poder identificar donde sentirse mal,
La identidad es una noción vinculada al ser. El nombre y el género tienen una
función de determinación indudable en el campo simbólico, y, por lo tanto,
en la subjetividad. La identidad proviene del Otro, y determina un lugar para
el sujeto. (Amadeo de Freda, 2015, p.102)
La adolescencia, ese intrincado tramo entre el inicio de la pubertad y la culminación
del crecimiento biológico y desarrollo psicológico y social, es un periodo de
metamorfosis individual que se despliega de manera única en cada sujeto. Su
característica evolución, más prolongada en el caso masculino, es un crisol de
experiencias que transcenderá a lo largo del ciclo vital. En este escenario de cambios
físicos y psicológicos, la adolescencia se presenta como una fase primordial para el
desarrollo psicosocial. Cuatro hitos clave marcan esta etapa: la autonomía, la intimidad,
la identidad y la competencia.
La identidad en la adolescencia se revela como un concepto fronterizo, una amalgama
compleja entre lo individual y lo social.
Observamos que la noción de identidad alude a la idea de igualdad y a su vez a
la de diferencia. En el intento de hallar la igualdad ilusoria de la identidad de
percepción, nos topamos una y otra vez con la diferencia: de esto se trata el
movimiento del deseo en psicoanálisis como fuerza motorizante de la vida,
búsqueda incesante de lo irremediablemente perdido. Entonces, porque no hay
identidad es que hay deseo. (Elgarte, R., 2009, pág. 2).
Sin embargo, la formación de la identidad no está exenta de complejidades. En ciertos
casos, la adolescencia puede dejar una impronta negativa que persiste a lo largo de la
vida, manifestándose como una identidad rebelde. La identidad negativa surge de la
internalización de identificaciones y fragmentos indeseables durante el proceso de
formación
La vivencia íntima y las interacciones sociales forman el tejido de esta construcción
identitaria, pero el sentimiento de identidad también se entrelaza con procesos
inconscientes. Estos procesos, imperceptibles pero determinantes, nos moldean y nos
afectan de maneras que a veces escapan a nuestra conciencia. Un ejemplo ilustrativo es
la identificación proyectiva, donde un adolescente puede proyectar en otro sus propias
inseguridades y miedos para negar su presencia en sí mismo.
Según Erikson (1971) la formación de la identidad comienza donde termina la utilidad
de la identificación. Surge del rechazo selectivo y la asimilación mutua de las
identificaciones de la infancia y su absorción en una nueva configuración (Citado en:
Elgarte, R., 2009). Dicho autor basa su propuesta en la teoría freudiana, por lo que,
cuando hablamos de la "utilidad de la identificación" se hace alusión a la fase inicial del
desarrollo, donde los individuos, especialmente en la infancia, se identifican con figuras
significativas de su entorno, como padres o modelos a seguir. Sin embargo, la
formación de la identidad no se detiene en la simple imitación; más bien, se inicia
cuando estas identificaciones ya no son suficientes o "útiles".
Erikson (1994) postura ocho etapas del desarrollo, donde las cinco primeras etapas
corresponden a la infancia y adolescencia:
1. Dimensión comunitaria: Para que un joven se encuentre a sí mismo es necesario
que haya encontrado su dimensión comunitaria. Se creará una unión entre lo que
más o menos le viene dado (fenotipo, temperamento, talento, vulnerabilidad) y
determinadas decisiones o elecciones que toma (opción de estudio, de trabajo,
valores éticos, amistades, encuentros sexuales), y todo ello dentro de unas pautas
culturales e históricas.
2. Dinámica del conflicto: El adolescente suele tener sentimientos contradictorios,
pasando de sentimientos de vulnerabilidad exacerbado a tener grandes
perspectivas individuales.
3. Período evolutivo personal: Cada individuo tiene su propio período evolutivo
que dependerá tanto de factores biológicos, psicológicos, como sociales.
4. Modelos recibidos: Ningún yo se construye de forma aislada. Primero recibirá el
apoyo de modelos parentales, y posteriormente de modelos comunitarios.
5. Aspectos psicohistóricos: Toda biografía está inexorablemente entretejida por la
historia que a uno le toca vivir. Sin duda no es lo mismo vivir en época de paz
que en época de guerra.
a. miedos despertados por hechos nuevos, tales como descubrimientos e
inventos que cambian radicalmente la imagen del mundo, la forma de
interactuar, trabajar, pensar, etc.
b. ansiedades despertadas por peligros simbólicos percibidos como
consecuencia de la desintegración de las ideologías anteriormente
existentes.
c. temor a un abismo existencial desprovisto de significado espiritual.
6. Historia personal. Diferentes situaciones personales estresantes pueden tener una
influencia negativa en la construcción de la identidad, como, por ejemplo: a)
tener que emigrar a otro país, sobre todo si ocurre en la adolescencia, pero
también en la infancia; b) pérdida de un ser querido referente en la vida del
adolescente; c) dificultades económicas importantes; d) sufrir maltrato, abusos o
abandono. (Ives, E., 2014, pág. 15).
Dicho esto, la construcción de la identidad en la adolescencia, según Erik Erikson, es un
proceso multifacético que se despliega a través de diversos elementos intrincados, en la
cual convergen elementos innatos y elecciones personales, es esencial. Donde, la
identidad se teje en la intersección entre las características fenotípicas, el temperamento,
los talentos y las decisiones individuales, todo enmarcado por pautas culturales e
históricas que moldean la percepción de uno mismo y del entorno.
Los adolescentes, inmersos en sentimientos a veces contradictorios, transitan desde la
vulnerabilidad hasta las perspectivas individuales más amplias. Esta tensión interna
contribuye a la formación de una identidad única y personal, marcada por la
negociación de estos conflictos. Dado que, cada individuo traza su propio camino de
desarrollo identitario, donde factores biológicos, psicológicos y sociales se entrelazan en
una danza única que define la singularidad de cada adolescente.
La influencia de los modelos recibidos no debe subestimarse. Desde los modelos
parentales hasta los comunitarios, la identidad se construye mediante la observación y
asimilación de roles y valores provenientes de figuras significativas. Estos modelos
actúan como guías, dando forma a la identidad y proporcionando un marco de referencia
para la autoevaluación.
No obstante, la formación de la identidad puede tener matices negativos que, en
ocasiones, persisten a lo largo de la vida como elementos rebeldes dentro de la identidad
total del individuo. Sin embargo, lo deseable es que estos aspectos negativos no lleguen
a dominar la identidad, ya que representan la suma de identificaciones indeseables e
internalizadas.
La adolescencia, correspondiente a la Etapa V del ciclo vital de Erikson,
presenta la crisis psicosocial de la Identidad frente a la confusión de roles o identidad
(resolución desfavorable). (Ives, E., 2014). La fuerza básica que impulsa este proceso es
la Fidelidad, y las relaciones significativas se establecen principalmente con pares y
modelos de liderazgo. Para llegar a esta fase, es esencial haber superado las etapas
anteriores de manera favorable: haber desarrollado Confianza en la infancia, Autonomía
en la niñez temprana, Iniciativa en la edad del juego, y Laboriosidad y Competencia en
la edad escolar.
Explorando detenidamente el desarrollo de la identidad del adolescente, desde la
infancia hasta la adolescencia, emerge un cuadro complejo. En la infancia, se sientan las
bases con la crisis de confianza básica versus desconfianza básica, donde la figura
maternal juega un papel crucial en el establecimiento de un vínculo seguro. La fuerza
básica que se cultiva en esta etapa es la Esperanza.
En la niñez temprana, la autonomía se convierte en el foco, contrastando con la
vergüenza y la duda como desenlace desfavorable. La firmeza de los cuidadores en
establecer límites proporciona al niño la seguridad necesaria para desarrollar la
Voluntad. La iniciativa surge en la edad del juego, enfrentándose a la culpa como
posible desenlace desfavorable. Aquí, el niño comienza a explorar la imaginación y la
creatividad, siendo la fuerza básica que se destaca la Finalidad.
La edad escolar introduce la crisis de industria o laboriosidad versus inferioridad. El
apoyo de profesores y cuidadores es fundamental para que el niño desarrolle un sentido
del propósito y la ambición, evitando así el sentimiento de inferioridad. La fuerza básica
que emerge en esta etapa es la Competencia.
Finalmente, en la adolescencia, la identidad se convierte en el foco central. La
crisis de alcanzar la identidad frente a la confusión de roles se manifiesta con fuerza.
Durante este período, el adolescente se relaciona significativamente con grupos de
amigos, influencias externas y modelos de liderazgo. La búsqueda de la identidad puede
implicar revisitar las crisis psicosociales previas, destacando la importancia de la
confianza en sí mismo y en los demás. La fuerza básica que guía esta etapa es la
Fidelidad, marcando un momento crucial en la construcción de la identidad adolescente.
Por ende, en la adolescencia y etapas posteriores, el individuo comienza a
cuestionar y seleccionar conscientemente las identificaciones previas. Algunas de estas
identificaciones pueden rechazarse, mientras que otras son asimiladas y transformadas a
través de la experiencia y el autoconocimiento. Lo que daría paso a la integración de
estas identificaciones seleccionadas en una nueva configuración única. Este paso
implica la síntesis de diversas influencias y experiencias para construir una identidad
más compleja y auténtica.
Cabe mencionar que, la identidad no se forma de manera aislada, sino que está
intrínsecamente vinculada a la manera en que la sociedad, y a veces subgrupos dentro
de ella, identifica al individuo; las fluctuaciones emocionales intensas, características de
esta etapa (adolescencia), pueden atribuirse a la lucha entre las demandas del superyó y
los impulsos del ello. La formación de la identidad implica negociar estas fuerzas
internas, lo que a menudo se refleja en comportamientos rebeldes, experimentación con
límites y búsqueda de nuevas experiencias.
1.1.1. Influencias parentales
La adolescencia, ese fascinante período de transición, se erige como una etapa
donde la construcción de la identidad se entrelaza con una danza compleja de
influencias, siendo los padres figuras centrales en este escenario psicológico. La
influencia parental, aunque marcada desde la infancia, adquiere nuevas dimensiones y
desafíos durante la adolescencia, donde el individuo busca definirse y diferenciarse en
un camino hacia la autonomía.
Desde el inicio, los padres representan las primeras figuras significativas con las que el
niño se identifica. En la infancia temprana, esta identificación es crucial para el
establecimiento de fundamentos emocionales y sociales. Sin embargo, a medida que la
adolescencia se presenta en el horizonte, esta relación se transforma. Sin embargo, a
medida que la adolescencia se despliega, surge un punto de inflexión donde la utilidad
de estas identificaciones infantiles llega a su fin, dando paso a la necesidad de
autonomía y autoexploración.
Según Jiménez, Musitu y Murgui (2005):
En cuanto a las relaciones con cada figura paterna, la presencia del padre como
figura de apoyo actúa como un factor de protección proximal, es decir que
influye en el adolescente mientras esté presente, mientras que los problemas de
comunicación con la madre constituyen un factor de riesgo distal, lo cual
significa que no se requiere de la presencia inmediata para surtir efecto, ya que
ejerce una influencia indirecta en la conducta riesgosa, minimizando los recursos
de apoyo percibidos del padre. Así, la calidad de las relaciones del adolescente
con su madre puede estar influyendo en sus modelos internos, en las relaciones
con su padre y en su capacidad para percibir apoyo paterno. (Citado en: Gómez,
E., 2008, pág. 109).
De tal forma, la compleja dinámica entre un adolescente y sus figuras parentales destaca
que la presencia activa del padre como figura de apoyo actúa como un factor de
protección proximal, ejerciendo su impacto positivo mientras está presente en la vida
del adolescente. Mientras que, la calidad de la relación del adolescente con su madre se
convierte en un elemento clave que puede influir en la formación de modelos internos.
Los padres, en esta etapa, pueden convertirse en faros orientativos o, en algunos casos,
en barreras que obstaculizan el desarrollo autónomo. En primer lugar, el modelo
parental sirve como un espejo inicial donde el joven refleja aspectos de su propia
identidad incipiente. La observación de valores, actitudes y comportamientos parentales
contribuye a la formación de la base identitaria del adolescente. Sin embargo, la
construcción de la identidad implica no solo la absorción de elementos parentales, sino
también el rechazo consciente de ciertos aspectos. Este acto de discernimiento y
selección es esencial para la individualización.
1.1.2. Influencias del entorno
La adolescencia, ese capítulo tumultuoso donde la identidad se gesta, se
entrelaza intrincadamente con el entorno social que lo rodea. La construcción de la
identidad en esta fase crucial se convierte en un proceso de tejido, donde las hebras del
entorno familiar, los lazos de la amistad, las narrativas culturales y las tecnologías
modernas se entrecruzan para formar el tapiz único de la autoconcepción adolescente.
Desde el enfoque psicoanalítico, se destaca la importancia de la familia como el
cimiento del entorno social. Los padres, como arquitectos de las normas y valores
familiares, moldean las primeras percepciones del adolescente sobre sí mismo y su lugar
en el mundo. La internalización de estas influencias familiares se convierte en un
componente esencial en la construcción de la identidad, actuando como un lente a través
del cual el joven interpreta y moldea su propia narrativa.
El sujeto interpreta sus condiciones de existencia y, en ese acto, se va
construyendo en interacción permanente con el mundo en que habita. El sujeto
crea significados sobre su entorno y se lo apropia, lo transforma o lo hace
perdurar en el tiempo. (Toledo, M., 2012, pág. 45).
Por lo tanto, la construcción de identidad no se limita al hogar; se expande hacia el
entorno de amistades y compañeros. Aquí, el adolescente se sumerge en dinámicas
grupales que pueden actuar como espejos amplificados o desafiadores. La presión
social, la necesidad de pertenecer y la búsqueda de una identidad colectiva se entrelazan
en un juego psicológico que influencia las elecciones individuales y la percepción de la
autoimagen.
La sociedad, como entidad amplia, también emite sus sombras en la construcción de
identidad adolescente. Las expectativas culturales en torno al género y la orientación
sexual se convierten en un marco que moldea las percepciones individuales. La lucha
entre la autenticidad personal y las normas culturales preexistentes añade capas de
complejidad al proceso, donde el adolescente se enfrenta a la tarea de reconciliar sus
propias verdades con las expectativas externas.
En el ámbito educativo, la escuela se posiciona como un microambiente influencial. Las
interacciones con profesores y compañeros, las experiencias académicas y las presiones
del rendimiento impactan la autoimagen y la autoestima del adolescente. La necesidad
de éxito académico y la formación de identidades académicas se entremezclan con la
construcción de la identidad global del joven.
La era digital añade una dimensión única a este tejido social. La tecnología y los medios
de comunicación introducen narrativas virtuales que pueden ser tanto espejos como
máscaras. La exposición constante a imágenes y estándares de belleza, así como la
creación de identidades virtuales, plantean desafíos específicos para la construcción de
la identidad en la era digital.
1.2. Elección del objeto amoroso
La elección del objeto amoroso, tejida en las mareas de emoción, refleja la
naturaleza dinámica y siempre evolutiva de la construcción de la identidad sexual en
individuos con orientaciones diversas; donde la construcción de la identidad sexual se
convierte en un proceso donde la negociación de estas dinámicas inconscientes puede
influir en la elección del objeto amoroso.
En el caso de la atracción hacia el mismo sexo, los procesos inconscientes pueden
manifestarse de maneras únicas. Si la vemos desde la identificación proyectiva de
Melanie Klein (2011) donde esta:
Implica una combinación de la disociación de partes del yo con la proyección de
este sobre (o mejor en) otra persona. Estos procesos tienen muchas ramificaciones e
influyen fundamentalmente en las relaciones objetales. […] el objeto bueno
internalizado constituye una de las precondiciones de un posterior Yo estable e
integrado, y juntamente con ello, de buenas relaciones objetales. (Barrientos, S.,
2017, pág. 15).
Dicho esto, sugiere que el individuo puede proyectar aspectos de sí mismo que se han
internalizado como inaceptables en el objeto de deseo del mismo sexo. Este fenómeno,
aunque no es exclusivo de la diversidad sexual, destaca cómo la elección del objeto
amoroso puede ser una manifestación de procesos psicológicos complejos; al revelar su
papel en la elección del objeto amoroso en casos de orientación sexual diversa. La
proyección de aspectos deseables o necesarios para la propia identidad en la pareja del
mismo sexo se convierte en una expresión intrínseca de la búsqueda de completitud y
autenticidad en la identidad sexual.
En el contexto actual, marcado por avances en la aceptación de la diversidad en la
orientación sexual, los factores socioculturales también dan forma a la elección del
objeto amoroso. El individuo se encuentra en una encrucijada entre las expectativas
sociales y la autenticidad personal, y esta tensión añade capas de complejidad al proceso
de elección del objeto amoroso. La exposición constante a diversas representaciones de
la sexualidad en los medios y la conexión global amplifican aún más esta complejidad.
Mientras tanto, desde la perspectiva de las relaciones de objeto según Tyson (2000):
Son representaciones mentales inconscientes de los objetos y del sentido del self
en interacción con ellos que se forma en el curso del desarrollo a partir de
interacciones y experiencias importantes de la infancia, y afectan profundamente
las interacciones interpersonales de la persona y sus elecciones de objeto.
(Ramírez, N., 2010, pág. 223).
Dentro de estas experiencias infantiles se destaca el papel crucial de la madre en el
desarrollo emocional infantil, donde la elección del objeto amoroso en la diversidad de
la orientación sexual puede ser influenciada por la capacidad de la madre para
proporcionar un ambiente emocionalmente receptivo. La relación materna se convierte
en un terreno fértil donde las semillas de la identidad sexual son sembradas y cultivadas,
por ello, la dinámica familiar también desempeña un papel significativo en la elección
del objeto amoroso. La relación con los padres y las figuras parentales impacta la
formación de modelos internos y las identificaciones que el individuo internaliza. La
aceptación o rechazo parental de la diversidad sexual puede influir en la manera en que
el individuo se relaciona consigo mismo y con sus futuros objetos de deseo.
Por otra parte, la sociedad, como entidad macrocosmos, proyecta normas y expectativas
en torno a la sexualidad, de tal forma, la exposición a diversas representaciones de la
sexualidad en los medios y la conexión global permiten una mayor exploración y
comprensión de las identidades sexuales. Sin embargo, también introducen nuevos
desafíos, como la comparación constante y la presión para ajustarse a estándares a
menudo inalcanzables; mismo que nos adentra en el laberinto digital contemporáneo,
donde las interacciones en línea y la construcción de identidades virtuales son
omnipresentes, surgen nuevos desafíos. La comparación constante con estándares
inalcanzables y la presión para conformarse a las normas digitales introducen una
dimensión única en la elección del objeto amoroso.
Cabe mencionar que, la identificación con el padre del mismo sexo y la resolución del
complejo de Edipo adquieren formas únicas, influyendo en cómo se consolida la
identidad sexual. En el caso de la orientación sexual diversa, la elección del objeto
amoroso se convierte en un reflejo de la complejidad de la internalización de aspectos
positivos y negativos de las figuras parentales.
1.3. Posición Sexuada
La posición sexuada, en el marco del psicoanálisis, se revela como un intrincado
enigma que va más allá de la dicotomía convencional masculino-femenino. La toma de
posición del sujeto en su sexualidad se presenta como un factor electivo, una elección
que se debate entre los hilos del Imaginario, el Simbólico y el Real. Al profundizar en
este complejo tejido psíquico, se descubre que la noción de elección sexuada es tan rica
como esquiva. Por ende, la posición sexuada emerge como un nodo crucial que
trasciende las meras fronteras biológicas, por tanto, se erige como un constructo
complejo que trasciende las dicotomías simplistas. Explorarla implica adentrarse en el
tejido mismo de nuestras experiencias, donde las interacciones con el mundo y con los
demás se entrelazan con los impulsos más íntimos del inconsciente.
Desde una perspectiva lacaniana tomando en consideración el “falo simbólico” la
sexualidad está mediada por el lenguaje y los símbolos, creando un entramado
simbólico que influye en la construcción de la identidad sexual. La falta del falo, tanto
en hombres como en mujeres, se convierte en un motor de deseos y conflictos que
modela la psique individual y colectiva. Por ende, la presencia “del pene o la vagina no
son garantes de la posición sexuada en la que se asuma un sujeto, por lo que hombre o
mujer, no se ordenan necesariamente en cuanto a lo masculino y lo femenino”. (Araujo
& Rogers, 2000: Citado en, Restrepo, 2020, pág. 6).
De manera que, Lacan enfatiza que esta posición se encuentra marcada por la falta,
generando un constante deseo de completitud que influye en la elección de objetos de
deseo y en la formación de relaciones interpersonales. La dinámica entre lo imaginario,
lo simbólico y lo real, términos clave en la teoría lacaniana, configuran la posición
sexuada como una construcción fluida y cambiante en la psique.
Lacan en 1971, nos proporcionará las denominadas fórmulas de la sexuación, “estas
tienen como objetivo abordar las diferencias entre la posición masculina y la femenina
en relación con el goce por la vía de la lógica y no de la anatomía.”. (Citado en:
Fernández, E., 2017, pág. 1). Las fórmulas de la sexuación nos proporcionan un marco
teórico valioso para entender las reacciones parentales ante la revelación de la
orientación sexual diversa de sus hijos.
Al abordar específicamente el lado derecho e izquierdo de estas fórmulas, se destaca
una compleja red de dinámicas psíquicas que influyen en la construcción de la identidad
sexual y las expectativas sociales asociadas.
En el lado izquierdo de las fórmulas, Lacan introduce la lógica del goce fálico, donde el
sujeto se sitúa en el ámbito macho. Este espacio refleja la influencia de la civilización
occidental, que se fundamenta en el privilegio del falo como atributo. La anatomía no es
determinante en esta lógica; más bien, la relación sexual se vuelve imposible de
expresar en términos de armonía directa entre los sexos. La posición del sujeto en el
lado izquierdo implica una relación con el falo, que, lejos de ser un órgano físico,
pertenece primordialmente al registro simbólico. Esta concepción subraya la búsqueda
del sentido y la explicación como elementos esenciales para abordar la totalidad.
En cambio, el lado derecho de las fórmulas presenta una lógica compleja donde
coexisten el goce fálico y un goce otro, suplementario. Este espacio, denominado lado
hembra, no se refiere exclusivamente a las mujeres, sino a aquellos seres que prescinden
de la lógica fálica. En esta perspectiva, el análisis orientado por lo real implica la cesión
contingente de la posición de sujeto agente en la histeria y la implicación del sujeto
obsesivo en su función de actor, desvinculada de su goce escópico. Este lado revela una
complejidad más allá de la explicación y el sentido, reconociendo la existencia de un
goce que se encuentra como a la deriva y que no puede ser completamente expresado
mediante el lenguaje.
Las fórmulas de la sexuación, al reflejar estas dinámicas en el lado derecho e izquierdo,
revelan que en lo simbólico no hay una relación armónica directa entre los sexos. La
imposibilidad de escribir la relación sexual en términos de armonía se presenta como un
desafío para los padres al enfrentar la diversidad de orientaciones sexuales de sus hijos
Por otra parte, es imperativo reconocer que la elección sexual no se limita a una opción
simple entre categorías predefinidas. La complejidad de esta elección radica en la
diversidad de inventos que los seres hablantes crean para suplir la no relación sexual,
superando la estrechez del par masculino-femenino. La restricción de aplicar la elección
a una dualidad se vuelve esencial para comprender la riqueza y variedad de las opciones
que surgen en este proceso.
Las invenciones del ser hablante para llenar el vacío de la no relación sexual abarcan un
amplio espectro y no se pueden dividir con precisión en términos masculinos o
femeninos. La multiplicidad de inventos revela que la elección sexuada se desenvuelve
en un terreno complejo y multifacético, donde el individuo, en su afán de dar sentido a
su sexualidad, crea nodos que entrelazan lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real.
Es crucial recordar que, desde la perspectiva psicoanalítica, la diferencia de los sexos no
es un dato inicial. No existen dos representantes claros en el inconsciente que
encapsulen esta diferencia. En cambio, un único significante, el falo, asume el rol de
operador estructural de la castración, distribuyendo las categorías de masculino y
femenino. Esta conceptualización va más allá de la mera anatomía para sumergirse en la
trama simbólica que configura la posición sexuada.
Para decirse hombre o mujer, un sujeto debe asumir su sexo, debe elegirlo
inscribiéndose en función de su modo de gozar. La sexuación nos permite hablar
de un proceso y sobre todo de una elección propia, de cada uno, que pone en
juego una “insondable decisión del ser”. (Farías, F., 2020, pág. 138).
Dentro de este marco, declararse hombre o mujer no se limita a una designación
biológica; es una construcción psíquica que se entrelaza con el complejo entramado de
símbolos, deseos y conflictos. La posición sexuada se despliega como un fenómeno
dinámico, influenciado por factores inconscientes y, a su vez, modelando la experiencia
subjetiva del individuo.
Las fantasías, mitos y símbolos que tejemos a lo largo de nuestras vidas son expresiones
de la posición sexuada, manifestando las complejidades de nuestra relación con la
sexualidad. El otro, en este contexto, se convierte en un espejo en el cual proyectamos y
negociamos nuestras propias posiciones sexuadas.
El nudo de la elección sexuada implica un anudamiento trascendental, ya que logra
conjugar dimensiones fundamentales de la psique humana. El Imaginario, que se refiere
a las imágenes y fantasías, se entrelaza con el Simbólico, el sistema de lenguaje y
significación compartido por la sociedad, y ambos se vinculan con lo Real, lo inasible e
incomprensible. Este anudamiento, al conjugar estas dimensiones, estabiliza una
invariante que define la posición sexuada del sujeto.
La homosexualidad, en este contexto, emerge como un espacio intrigante para la
exploración psicoanalítica de la posición sexuada. Al liberarse de los límites de la
dicotomía de género, la elección sexuada en la homosexualidad se presenta como un
fenómeno que desafía las normas convencionales. Aquí, la elección sexual no se rige
por las formas tradicionales, sino que se moldea por una multiplicidad de factores
psíquicos y sociales.
Al considerar la homosexualidad, es esencial superar la concepción simplista de invertir
roles masculinos o femeninos. La elección sexual en la homosexualidad es un tejido
más intrincado, una expresión única y compleja que desafía las estructuras binarias. En
la homosexualidad, se abre una posibilidad para la multiplicidad de relaciones y
encuentros, desafiando así las constricciones normativas de género.
Cabe comprender que la elección sexuada en la homosexualidad no puede reducirse a
una simple inversión de roles masculinos o femeninos. Más bien, se revela como una
manifestación única y compleja, donde los nudos psíquicos se entrelazan de manera
particular. La elección en la homosexualidad desafía la rigidez de las categorías
binarias, proponiendo una visión más rica y matizada de la posición sexuada.
Desde la perspectiva psicoanalítica, la elección sexual en la homosexualidad implica
una navegación única de los nudos psíquicos. En lugar de conformarse con las
categorías predefinidas, el individuo homosexual se aventura en la construcción de su
posición sexuada de una manera que refleja una integración más libre de elementos del
Imaginario, el Simbólico y lo Real.
La elección sexual en este contexto desafía la norma heterosexual, cuestionando la idea
de que la complementariedad entre los sexos es la única vía para la satisfacción sexual.
El sujeto homosexual, al optar por una elección que escapa de las tradicionales
divisiones de género, se involucra en una búsqueda que va más allá de la concepción
estándar de la relación sexual.
Además, la elección sexual en la homosexualidad resalta la diversidad y flexibilidad de
la posición sexuada. La construcción de la identidad sexual en este contexto se vuelve
una manifestación única de la psique, libre de ataduras binarias. Esto no solo desafía las
concepciones normativas, sino que también enriquece la comprensión de la posición
sexuada como un fenómeno fluido y cambiante. Sin embargo, es crucial reconocer que
la experiencia de la homosexualidad puede variar considerablemente entre individuos.
La elección sexual en este ámbito no implica un camino único o una narrativa universal.
La posición sexuada no es estática; evoluciona a lo largo de la vida de un individuo. Las
experiencias, los encuentros significativos y los cambios en las circunstancias
personales influyen en la forma en que se articula la posición sexuada. La madurez
sexual no implica la eliminación de los conflictos sexuales, sino más bien su
transformación y la incorporación de nuevas capas de significado a la posición sexuada.
La vejez, por ejemplo, plantea desafíos y reflexiones únicas en torno a la sexualidad. La
posición sexuada en la tercera edad puede ser permeada por la nostalgia, la aceptación
de los cambios corporales y la búsqueda de significado en la intimidad compartida. Esta
fase de la vida destaca la importancia de comprender la posición sexuada en un contexto
más amplio, considerando la interacción entre el pasado, el presente y las proyecciones
hacia el futuro.
CAPÍTULO III:
3.1 Adolescencia tiempo de elecciones
La adolescencia es transitar un puente, dar un salto de la infancia a la pubertad,
Freud (1905) en su obra titulada “tres ensayos sobre una teoría sexual” ubica a este
momento específico como la metamorfosis por la que pasa el adolescente, es el punto de
inicio del desarrollo de la sexualidad, del cual desorganiza en primera instancia al
infante en su posición como sujeto.
Por lo que este tiempo del cual el adolescente debe de afrontar se puede dividir
en dos aspectos cruciales: la elección del objeto sexual, y la separación de la autoridad
parental, es importante recordar que las primeras elecciones se dan en la infancia, pero
al llegar a la adolescencia estas de alguna forma se reactualizan en el momento que se
deja de ser un niño y se está transitando hacia la pubertad, con el despertar de la
sexualidad, debe de encontrar un objeto por fuera de la dinámica familiar.
Freud resalta ciertos aspectos que de alguna forma condicionan su modo de vivir
la sexualidad, por códigos culturales, que están ya establecidos por la sociedad, este
aspecto sociocultural, siendo este, un tiempo fundamental para que el sujeto pueda
ubicar, su demanda, su estilo de como elegir su objeto.
Pensar en este tiempo de elecciones en la adolescencia conlleva a un trabajo
psíquico que tiene que pasar el sujeto, por lo que el autor explica, “poder
constituirse un nuevo Ideal del yo, hacer una nueva elección con el significante:
un nombre, una profesión, un ideal, una mujer” (Stevens, 2001, p.18)
Es decir, ante esta búsqueda de identidad que debe de realizar el adolescente, necesita
encontrar su lugar, su forma de elegir su objeto, buscar su nombre de goce, por medio
de los procesos edípicos e identificatorios para el desarrollo evolutivo del sujeto. Uno de
estos mecanismos psíquicos como lo es la identificación, a propósito, el autor explica:
“La Identificación es un mecanismo psíquico que permite al sujeto constituir su
cuerpo, su imagen y su deseo” (Soler, 2012, p. 1).
Este mecanismo psíquico se da desde la infancia conocido principalmente como la
identificación primaria, que pasan por las primeras operaciones edípicas, fijaciones de la
libido y a su vez se articula con la función simbólica del ideal, así como se vuelve a
ajustar en la adolescencia, los cambios solo se producirán después de que el adolescente
pueda desprenderse de los objetos que había escogido en la infancia, todo esto si se
estableció un correcto pasaje en el proceso edípico, se haya establecido una sólida
salida.
“Sexualidad e Identificación son dos conceptos íntimamente entrelazados.
Ambos se asocian y condicionan los modos de establecer relaciones entre un
sujeto y sus objetos de amor y de una manera más amplia, entre el sujeto y lo
social” (Soler, 2012, p. 1).
La sexualidad e identificación forman parte de un proceso intersubjetivo que se
encuentran vinculados y son parte del proceso del desarrollo subjetivo y psíquico del
sujeto, para que pueda establecer relaciones con los demás. Precisamente en la
adolescencia es donde más existirán cuestionamientos en torno a la identidad, a la
sexualidad, y es ahí como tendrá que tantear ante estos nuevos procesos identificatorios
que en tanto son enigmáticos en primera instancia.
Por lo que surge la interrogante, ¿Cuándo se llega a la adolescencia, ya es
definitivo que el sujeto pueda establecer un posicionamiento sexual fijo?, para
responder en esta investigación, debemos de abordar la sexualidad desde el punto de
vista psicoanalítico, y no solamente reducirlo a órganos genitales, sino tendría que ver
como el sujeto va a comportarse y a sentirse cómodo, seguro con su ser, y así pueda
encaminar su deseo a la búsqueda del placer, así estableciendo elecciones amorosas, que
son posibles por el encuentro de un Otro, la manera en cómo establece el vínculo con
los demás, y como pueda anhelar nuevos vínculos amorosos, y eróticos.
Dado que en la adolescencia la expresión del deseo puede estar manifestada
desde un plano superficial, carnal, meramente por curiosidad de sentir algo, por afuera,
y aún no estar listo para poder saber cuál es su posición propia, particular de gozar su
sexualidad, esto es lo que propiamente deberá de averiguar en el trayecto de su
experiencia, casi finalizando la adolescencia, cuando ya el sujeto tome consciencia que
es un ser sexuado y sexual y pueda incorporar el plano afectivo para potencializar el
vínculo erótico, de forma responsable, para sí mismo y para el Otro.
Así mismo, en la adolescencia se manifiesta intensas corrientes pulsionales, que
se encontraban contenidas durante y después de la latencia, y que ahora podrán emerger,
del cual buscará una meta sexual por medio de fantasías, y se incrementan en este pasaje
de la curiosidad por el despertar de la sexualidad, la excitación, por la búsqueda de
placer.
Durante la infancia la figura parental resultaba ser vital importancia para
establecer coordenadas simbólicas en el sujeto, y a su vez encaminar el deseo y la
propia existencia, ahora en la pubertad, y este crecimiento pulsional, la llegada de la
sexualidad, todo aquello deberá de volver a reajustarse, por fuera de lo que dictaminaba
las figuras parentales, les dará ahora un nuevo significado.
A este nuevo significado, constituye en como el adolescente deberá de
reorganizar nuevas formas de vincularse consigo mismo y con los demás, si bien es
cierto, sus antiguas experiencia relaciones de objeto que obtuvo en la infancia, servirían
de cierta base para poder, moldear a su manera su identidad y las nuevas relaciones que
deberá forjar.
Como la elección de una pareja, creencias o posturas ideológicas, cuestiones
que a simple vista parecen sencillas, pero a su vez son más complejas y se visualizan en
esta etapa cuando ya se forja la separación de las figuras parentales, todas estas
modificaciones de relaciones objetales constituyen los tiempos de elección en la
adolescencia y esto es lo que conforma el todo llamado sujeto.
Todos estos aspectos mencionados conforman un conjunto que empieza desde la
pubertad da paso a procesos psíquicos por el cual el sujeto debe de pasar para cumplir
con este desarrollo evolutivo, hacen posible que el sujeto pueda establecer su identidad
sexual, social.
3.2 Declinación social de la imago parental
Como ya Freud explicaba sobre el desasimiento de la autoridad parental en su
obra titulada “La novela familiar del neurótico" (1908), siendo una de las operaciones
más necesarias y dolorosas del desarrollo, teniendo cabida más lo cultural que causa
dicha separación, en este proceso se explica sobre el movimiento psíquico que se
produce en este tiempo de la adolescencia.
La declinación de la imago parental implica la desidealización del otro familiar,
que suponía que, todas las instancias infantiles que han sido vinculadas constituían las
primeras relaciones objetales, que ahora en esta etapa se desanudan, posteriormente, van
a pasar a resignificarse hacia una nueva posición.
En la adolescencia la declinación del imago del padre y de los ideales a ella
vinculados podría determinar un aumento en la mencionada vacilación creada
por la pérdida de los referentes de la infancia, en la medida en que estos no son
sustituidos por sistemas de ideas a partir del padre de la familia o contra este o
de ideologías de fuerte impregnación cultural que ordenen todo el armado
subjetivo. (García, 2013, p.113).
De tal manera que esta declinación de la autoridad, se basa en que el adolescente
pueda buscar su propio deseo, por fuera de los mandatos que establecen los padres, bajo
esta perspectiva, la caída del nombre del padre, supone en el adolescente
cuestionamientos, enigmas, incertidumbre, crisis a nivel psíquico, corporal, social.
“El desasimiento respecto de la autoridad de las figuras parentales” (Freud,
1905, p.205).
Por lo que, esta caída parental, supone, a que el joven pueda encontrar una nueva
resignificación a sus elecciones, a sus vínculos sociales, sentimentales, por medio de
nuevos referentes como sus pares, esta declinación del nombre del padre es un proceso
fundamental, para que el sujeto pueda regularse nuevamente.
A partir de estas identificaciones se va saliendo de la adolescencia y de una
mayor o menor vacilación provocada por la sacudida y/o caída de las referencias
infantiles padres de la infancia Esta vacilación que caracteriza a la adolescencia
en algún momento deberá encontrar respuestas nuevas respecto al lugar sexual,
social y político de ese sujeto o donde ese sujeto se construye. (García, 2013,
p.4)
En consecuencia, esta nueva busca de ideales deja desestabilizado al
adolescente, participando en esta dinámica de crisis, angustia, muchos de ellos
experimentan ciertas problemáticas propio de la caída paterna, algunos lo manifiestan
con problemas de comportamiento, otros ante la búsqueda de su identidad sexual,
siendo en el mayor de los casos, que se les presente una turbulencia de emociones, que
no logran entender, y por ende, tratarán de encontrar respuestas a esta falta que los
perturba, siendo que muchos de ellos, necesitarán de un par como referente para ser
guiados.
Así como también con la llegada de la adolescencia, surgen estas discusiones y
conflictos con los padres, los jóvenes tratarán de orientarse a través de sus ideales, que
muchas veces terminan en situaciones de riesgo, como pandillas, consumo de
sustancias, acting out, y algunas otras modas culturales propias de la época
contemporánea.
3.1. Reacciones parentales frente a la revelación de la orientación sexual de los
hijos
La revelación de la orientación sexual de un hijo desata una amalgama de reacciones
parentales que merecen un análisis profundo desde la perspectiva psicoanalítica,
explorando las complejidades subyacentes en estas respuestas. En este enfoque, es
imperativo adentrarse en la intersección de las dinámicas familiares, las expectativas
sociales y las estructuras psíquicas, desentrañando la manera en que los padres procesan
y responden a esta información crucial.
El conflicto surge en la encrucijada entre las normas culturales preexistentes y la
necesidad de aceptar y comprender las verdades individuales de los hijos. Los padres,
inmersos en esta dialéctica, se ven confrontados por el desafío de equilibrar la
perpetuación de ideales arraigados y la aceptación de la autenticidad única de cada ser.
La homosexualidad, entonces, se torna un campo de batalla emocional donde se dirimen
identidades individuales, proyecciones parentales y la lucha contra la percepción de una
posible "falla".
El temor latente, palpable en la psique parental, se arraiga en la angustia de juzgarse
como padres que no han logrado inculcar valores socialmente aceptados, o cuyos hijos
han "fallado" al no cumplir con los ideales trazados. La sociedad, como entidad
macrocosmos, proyecta sus sombras sobre este proceso, generando una dicotomía entre
la autenticidad personal y las expectativas externalizadas, exacerbando la percepción de
la orientación sexual divergente como una afrenta a los valores familiares.
Desde el prisma psicoanalítico, el acto de revelar la orientación sexual puede activar
elementos inconscientes relacionados con las pulsiones sexuales y el desarrollo
psicosexual. Este proceso puede desafiar las construcciones internas de la sexualidad y
la identidad de los padres, destapando áreas de la psique previamente reprimidas o
conflictivas. La revelación se convierte, así, en un catalizador para la exploración de
dimensiones subyacentes de la sexualidad y la identidad personal.
De acuerdo a algunos estudios, se ha encontrado que la familia se fragmenta y
trunca su equilibrio ante la homosexualidad, sus integrantes generan
sentimientos de pérdida, frustración y culpa, manifestaciones de rechazo,
desprecio, humillación y discriminación; por esta razón, el manejo de la
homosexualidad en algún integrante del grupo familiar resulta confuso para las
figuras paternas, pero es igualmente complicado para la persona homosexual,
quien enfrenta en directo las experiencias de disgregación y transgresión social,
por lo que potencia el daño individual en aquellos con una orientación sexual
disidente. (Rodríguez, P., Mayorquin, C., Báez, F., Nava, V. & Rico, E, 2019,
pág. 242).
En la dinámica familiar, la revelación puede iluminar aspectos de la identificación y el
complejo de Edipo. Los padres podrían experimentar ansiedades vinculadas a la
amenaza percibida de la relación exclusiva con el hijo del mismo sexo. Esta dinámica
compleja se manifiesta en formas variadas, desde el rechazo hasta la proyección de
conflictos internos sobre el hijo. La comprensión de estos procesos inconscientes es
crucial para desentrañar las complejidades emocionales en juego.
La represión, como constructo psicoanalítico, también desempeña un papel destacado.
La revelación puede desencadenar la necesidad de reprimir prejuicios arraigados o
expectativas sociales que pueden haber sido internalizadas a lo largo del tiempo. Este
proceso de represión, además de operar a nivel individual, refleja la influencia
significativa de las normas sociales y culturales en la aceptación de diversas expresiones
de la sexualidad.
La capacidad de los padres para tolerar la ambivalencia emocional se erige como un
componente crítico en este contexto. La revelación no solo confronta a los padres con la
realidad de la orientación sexual de su hijo, sino que también desencadena ansiedades
depresivas vinculadas a la pérdida de la imagen idealizada del mismo. La adaptación y
reconciliación de expectativas con la realidad se convierten en procesos fundamentales
para el bienestar emocional de la familia.
3.4 La desorientación como posición subjetiva
En la actualidad, es frecuente encontrarnos con adolescentes con
comportamientos rebeldes, algunos desbordan de tanta energía pulsional, y otros sienten
que deben de hacer lazo social llamando la atención del Otro, con actitudes, creencias,
formas de vestir o actuar para que pueda recaer la mirada del Otro, en ellos, ahora bien,
en este apartado, se le va a dar una explicación, bajo a que responde a estas nuevas
manifestaciones de jóvenes que aparentemente se encuentran desorientados, y están
pasando bajo una encrucijada subjetiva.
“La desorientación subjetiva la describe como una expresión sintomática de la
carencia o fragilidad de modelos identificatorios” (Amadeo de Freda, 2015,
p.95)
La desorientación subjetiva da cuenta a nuevas formas del síntoma,
aparentemente se apuntaría a jóvenes que no tienen de donde sostenerse, y sus modelos
de identificación resultan muy superficiales, y están influenciados por las nuevas
tendencias propias de la época contemporánea, y a perderse por el capitalismo, quedan
reducidos sus ideales, por modas vacías, que no permiten que construyan su propia
subjetividad.
Estos jóvenes se imposibilitan a seguir una carrera profesional, son dependientes
de la tecnología, presentan estado de ánimo deplorable, así como también no son
capaces de hacer vínculo afectivo con el Otro, no tienen metas a largo plazo, y todas
estas características constituyen a una forma más sintomática, que revelaría a estos
jóvenes que se encuentran deambulando en el vacío de la falta en ser.
Sumado al momento de transición de nuevos modelos identificatorios que tienen
que pasar, es de cuestionarse, sobre aquella función del nombre del padre, si han estado
establecidas de manera adecuada o si han sido ausente, es por eso que el autor explica lo
siguiente:
“El declive del padre y de los ideales, que encuentra su forma más acabada en la
inconsistencia del Otro ilustrado en todas sus formas en el mundo contemporáneo”
(Amadeo de Freda, 2015, p.96).
En todo caso, esta desorientación se debería de indagar principalmente si la
función paterna se encuentra ausente o si le ha servido al sujeto en sus primeras
identificaciones y procesos psíquicos, básicamente el autor hace referencia a que algo
de esta función no está estructurado de forma correcta
“Este encuentro con lo real sin poder contar, en ciertos casos, con la relación
estructurante del Nombre del Padre, con la función de orientación del Ideal del
Yo y su función de regulación humanizante del goce” (Fernández, 2017, p.8)
Ante la ausencia de la función paterna, se producirán conductas nocivas en el
adolescente, tales como comportamientos de violencia, consumo de sustancias, falta de
educación sexual integral que está ligado a enfermedades de transmisión sexual, o la
paternidad adolescente, embarazo precoz en el caso de las mujeres, intentos de suicidio,
trastornos alimenticios, debido a que falta un elemento que no ha sido estructurado en el
sujeto.
De esta manera, los jóvenes hoy en día se encuentran atrapados por los llamados
objetos de consumo, videojuegos, consumo de drogas, alcohol, todas estas formas de
hacer del adolescente para afrontar la falta, el no saber cómo saber con su identidad, con
su sexualidad, con el Otro, conseguir una pareja, o a nivel social, no saber insertarse con
sus pares y utilizará estas formas para poder aliviar la angustia o crisis que está
padeciendo
3.1.1. Crisis de Identidad
Según Slaikeu (1996) menciona que la crisis “es un estado temporal de trastorno
y desorganización, caracterizado principalmente por la incapacidad del individuo para
abordar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de
problemas, y por el potencial para obtener un resultado radicalmente positivo o
negativo.”. (Albán, B., 2013, p. 30). Cuando nos referimos a un estado temporal,
podemos tomarlo como un estado fluctuante entre la niñez y la adultez, donde la
adolescencia emerge como una fase crítica en esta travesía. Marcada por cambios
físicos y emocionales, se convierte en el epicentro de la tormenta psicológica.
La crisis de identidad en la adolescencia emerge como un capítulo complejo y
vibrante en el desarrollo humano, una etapa caracterizada por una incesante exploración
de la autoimagen.
Es aquí “cuando la crisis de identidad se abre paso hacia la crisis edípica y más allá de
ella, hacia una crisis de confianza, la elección de una identidad negativa continúa
siendo, la única forma de iniciativa”. (Homburger, E, 1963, p. 48).
Por lo que, la crisis de identidad se entrelaza con la crisis edípica y se extiende
hacia una crisis de confianza, la elección de una identidad negativa puede ser una
respuesta o estrategia de afrontamiento. Esta elección negativa se presenta como una
forma de iniciativa en medio de la complejidad emocional y psicológica del individuo.
Los cambios fisiológicos inherentes a la adolescencia, tales como el desarrollo sexual y
las transformaciones hormonales, añaden capas de complejidad a esta travesía. Estos
aspectos físicos, inevitables pero impactantes, contribuyen a la sensación de desorden y
desorganización temporal que caracteriza la crisis de identidad. La imagen corporal
adquiere un papel central en esta exploración, influenciando profundamente la
percepción del individuo sobre su identidad y su posición en el mundo.
En el adolescente hay crisis de identidad porque hay puntos de real, de catástrofe
que confrontan su identidad, la transformación de su cuerpo y de la imagen del
mismo, el encuentro con el otro sexo o simplemente con el sexo del otro, con el
lugar que el deseo del Otro le asigna, que trata de determinar su propio deseo, la
imposición cultural de abrazar los códigos de comportamiento respecto a su
identidad genérica y su lugar en el mundo como hombre, como mujer, como
miembro con funciones en una sociedad que tiene una idea de la identidad
correspondiente a un papel social, etcétera. (Elkin, M., 2000, p. 3).
Aunque los adolescentes tienen una travesía de desafíos internos, también enfrentan
presiones externas que moldean sus elecciones y percepciones de sí mismos. Aquella
búsqueda de pertenencia y aceptación se entrelaza con la presión de conformarse a
normas preestablecidas por la sociedad, la familia y el entorno.
La identidad, durante la adolescencia, se revela como un terreno movedizo y dinámico.
La autoexploración se vuelve la brújula que guía a los adolescentes a través de la
comprensión de sus valores, preferencias, habilidades y metas. La construcción de una
narrativa personal se torna esencial para dar coherencia a la diversidad de experiencias y
aspiraciones. En este contexto, la ansiedad se manifiesta como una compañera
constante, reflejando la tensión entre la autenticidad personal y la presión social por
conformarse.
Las presiones sociales, familiares y las expectativas entrelazadas generan un
torbellino de preguntas sobre la identidad. “En la heterogeneidad de las sociedades hay
una tal diversidad de contenidos culturales que es difícil desprender de su estudio una
concepción universal de la identidad.” (Elkin, M., 2000, p. 4).
Por ende, la necesidad de pertenencia y la búsqueda de aceptación chocan con la
presión de conformarse a normas preestablecidas, desencadenando una oleada de
incertidumbre en el individuo. De cierta forma, esta crisis no es una exclusividad de la
juventud; más bien, evoluciona y persiste a lo largo de la vida. Las experiencias, los
desafíos y las relaciones continúan esculpiendo nuestra percepción de nosotros mismos.
La identidad, en lugar de ser estática, se presenta como un paisaje en constante cambio,
influenciado por las mareas de nuestras vivencias.
Desde la perspectiva psicoanalítica, esta travesía se asemeja a una danza
compleja entre diferentes instancias del aparato psíquico. En este proceso, el yo, el
superyó y el Ello entran en juego, buscando un equilibrio armonioso, donde
“La represión más o menos completa en el final del complejo Edipo, se rompe
por el fenómeno de la pubertad, y todos los conflictos se hacen más manifiestos
en tanto el Yo esté menos integro”. (Remus, J., 1965, p. 1).
Donde este “Yo” contara con múltiples escisiones o identificaciones parciales,
por ello, la adolescencia se destaca como una etapa crítica, donde la pulsión sexual y las
demandas sociales influyen en la formación de la identidad. La ansiedad, inseparable
compañera en este viaje, emerge de la lucha interna entre lo que uno anhela ser y las
expectativas externas.
Mientras los adolescentes navegan por esta crisis de identidad, se enfrentan al desafío de
integrar sus experiencias y aprender de los obstáculos. La autoaceptación se erige como
una meta fundamental, al igual que la construcción de una identidad coherente que
refleje sus valores y metas personales. Aunque “las mistificadas crisis de la
adolescencia no responden a la visión estereotipada de la adolescencia vinculada a la
idea de riesgo, no concebida como un problema, sino como una oportunidad para el
desarrollo y el crecimiento personal”. (Villa, M. & Sirvent, C., 2011, p 36).
Donde, aquellos momentos turbulentos que suelen acontecer en la perspectiva
del mundo interno y externo que posee el adolescente, esta crisis se revela como una
oportunidad invaluable para el autoconocimiento y la consolidación de una base sólida
que guiará su crecimiento personal, definiendo así su trayectoria en el futuro.