En la tierra la Iglesia está presente como familia de los hijos de Dios
"constituida y ordenada en este mundo como una sociedad" (ib., 8). Por esta
razón, se siente partícipe de las vicisitudes humanas en solidaridad con la
humanidad entera. Como recuerda el Concilio, "avanza junto con toda la
humanidad y experimenta la misma suerte terrena" (Gaudium et spes, 40). Eso
significa que la Iglesia experimenta en sus miembros las pruebas y las
dificultades de las naciones, de las familias y de las personas, participando en
el fatigoso peregrinar de la humanidad por los caminos de la historia. Al tratar
de las relaciones de la Iglesia con el mundo, el concilio Vaticano II toma como
punto de partida esta participación de la Iglesia en "los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres"(ib., 1). Hoy, de manera especial,
gracias al nuevo conocimiento universal de las condiciones reales del mundo,
esa participación se ha hecho muy intensa y profunda.
3. El Concilio afirma, además, que la Iglesia no se limita a compartir la suerte
que en nuestro tiempo, como en las demás épocas de la historia caracteriza las
experiencias de los hombres. En efecto, sabe que "existe como fermento y
alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada
en familia de Dios" (ib., 40). Impulsada por el soplo del Espíritu Santo, la Iglesia
quiere infundir también en la sociedad una tensión nueva para transformarla
en una comunidad espiritual y, en la medida de lo posible, también
materialmente ordenada y feliz. Como decía santo Tomás de Aquino, se trata
de llevar a los hombres a "vivir bien", a vivir "según las virtudes". Ésa es la
esencia del bien común temporal, al cual deben tender los ciudadanos
mediante la guía del Estado, pero actuando a la luz del fin último, al que los
pastores y toda la Iglesia en su conjunto orientan a las personas y a los pueblos
(cf. De regimine principum, cc. 1, 14, 15).
Precisamente a esta luz del "sumo bien", que regula toda la existencia humana
también en orden a los "fines intermedios" (cf. ib. c. 15), la Iglesia "contribuye
mucho a humanizar más la familia de los hombres y su historia" (Gaudium et
spes, 40). Presta su contribución promoviendo la dignidad de la persona y los
vínculos de comunión entre los individuos y los pueblos, así como poniendo de
relieve el significado espiritual del trabajo diario en el gran plan de la creación
y el justo desarrollo de la libertad humana.
4. El Concilio especifica que la Iglesia presta gran ayuda a los hombres. Ante
todo, descubre a cada uno la verdad sobre su existencia y su destino. Muestra
a cada persona que Dios es la única respuesta verdadera a las aspiraciones
más profundas de su corazón, "que nunca se sacia plenamente con los
alimentos terrestres" (ib., 41). Además, defiende a toda persona, en virtud del
Evangelio que se le ha confiado, con la proclamación de los "derechos
fundamentales de la persona y de la familia" (ib., 42) y con su benéfico influjo
sobre la sociedad, para que respete esos derechos y se ponga en marcha el
proceso de cambio de todas las situaciones en que esos derechos son
claramente violados.
Por último, la Iglesia pone de manifiesto y proclama también los derechos de la
familia, vinculados indudablemente a los de las personas y exigidos por el
mismo ser humano en cuanto tal. Junto a la defensa de la dignidad de la
persona en todas las fases de su existencia, la Iglesia no cesa de subrayar el
valor de la familia, en la que todo hombre y toda mujer están insertados
naturalmente. En efecto, existe una profunda correlación entre los derechos de
la persona y los de la familia: no se pueden defender de forma eficaz las
personas sin una clara referencia a su marco familiar.
La Iglesia, aunque tiene una misión que "no es de orden político, económico o
social", sino "de orden religioso" (ib.), lleva a cabo una acción benéfica también
en favor de la sociedad. Esa acción se realiza de varias formas. Suscita obras
destinadas al servicio de todos y especialmente de los necesitados; promueve
"una sana socialización y asociación civil y económica" (ib.); exhorta a los
hombres a superar las desavenencias entre naciones y razas, favoreciendo la
unidad a nivel internacional y mundial; apoya y sostiene, en la medida de sus
posibilidades, las instituciones que miran al bien común.
Orienta y anima la actividad humana (cf. ib., 43) e impulsa a los cristianos a
comprometer sus fuerzas en todos los campos para el bien de la sociedad. Los
invita a seguir el ejemplo de Cristo, carpintero de Nazaret, a guardar el
precepto del amor al prójimo, a realizar en su vida la exhortación de Jesús a
hacer fructificar los propios talentos (cf. Mt 25, 14-30). Los estimula, además, a
dar su contribución al esfuerzo científico y técnico de la sociedad humana; a
comprometerse en las actividades temporales, campo propio de los seglares
(cf. Gaudium et spes, 43), para el progreso de la cultura, la realización de la
justicia y el logro de una verdadera paz.
5. En sus relaciones con el mundo, la Iglesia no sólo ofrece; también recibe -de
personas, grupos y sociedades- ayudas y contribuciones. El Concilio lo
reconoce abiertamente: "De la misma manera que interesa al mundo
reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia, también la
propia Iglesia sabe cuánto ha recibido de la historia y la evolución de la
humanidad" (ib., 44). Se realiza así "un vivo intercambio entre la Iglesia y las
diferentes culturas de los pueblos" (ib.). De manera especial la Iglesia
misionera, en su compromiso de evangelización, recurre siempre a las lenguas,
a los conceptos y a las culturas de los diversos pueblos y, ya desde los
primeros siglos, encontró en la sabiduría de los filósofos las semina Verbi que
constituyen una auténtica preparación para el anuncio explícito del Evangelio.
Así pues, muy consciente de recibir mucho del mundo, la Iglesia expresa su
gratitud, pero sin renunciar a la convicción de su vocación misionera y de su
capacidad de dar a la humanidad el don mayor y más elevado que puede
recibir: la vida divina en Cristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la lleva al
Padre. Ésta es la esencia del espíritu misionero, con el que la Iglesia se acerca
al mundo y desea acompañarlo en comunión de vida
1. La Biblia ya situa la misión como
centro de la relación del hombre con
Dios
La Sagrada Escritura pone como eje y fundamento de toda
relación del hombre con Dios un llamado o vocación y una tarea
o envío, para una misión.
Así lo vivió el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento (Gn
12,1-9); lo vivieron cada uno de los profetas
veterotestamentarios (Jer 1,5); Jesús de Nazaret mismo (Mt
3,13-17) y cada discípulo en cada tiempo y lugar (Mc 16,15).
Los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), cada uno a
su modo, concluyen con el mandato evangélico: “Id al mundo
entero y proclamad el Evangelio” (Mc 16,15). Tarea que, como
su nombre lo indica, consiste en ir impregnando las relaciones
interpersonales, las instituciones y estructuras sociales y todas
las realidades temporales, con la lógica de Cristo y de su
Evangelio, con la sabiduría y criteriología del Evangelio, que es
distinta a la lógica del mundo y que nos pide “amarnos los unos
a los otros…”(Jn 13,34), en el reconocimiento de que somos
hermanos, hijos del mismo Padre.
2. La misión trata de ser un testimonio vivo
del Evangelio
La tarea misionera de la Iglesia consiste en la instauración del
reinado de Dios en el mundo. Soberanía de Dios que acontece
en las realidades históricas y terrenales, cuando hacemos la
voluntad de Dios-Padre vivida y enseñada por el Hijo que
consiste en que nos amemos los unos a los otros (Jn 13,34).
Dicho al revés, cuando no nos amamos, no hacemos la voluntad
de Dios sino la nuestra y no reina Dios sino nuestros caprichos
e intereses, casi siempre mezquinos, el caos, la violencia y mil
formas de destrucción y muerte.
Se trata de ser un testimonio y siembra del evangelio, de la
Palabra de Dios, que es Cristo mismo, verbo del Padre, de su
Buena Noticia, que se constituye en una lógica, la de Dios,
lógica de la cruz como la llamó Pablo (1 Cor 1,18) y que –
contraria a la del mundo – engendra para los cristianos de todos
los tiempos persecución y cruz y, con ello, el sello testimonial y
martirial que autentica la vida del verdadero discípulo de
Cristo: “El que quiera seguirme que tome su cruz…” (Mt 16,24).
Porque los discípulos – dicho en Juan – “estamos en el mundo
pero no somos del mundo” (Jn 15,19).
3. La misión no es solo para personas de
territorios lejanos, sino diaria y cotidiana
Desde el Vaticano II y, en los últimos años, especialmente bajo
el Pontificado de Francisco, vamos superando un concepto
meramente geográfico de misión y migrando hacia un concepto
teológico-misional.
Porque vamos entendiendo que la misión no ocurre sólo entre
personas, comunidades o territorios lejanos, agrestes,
tradicionalmente ajenos al evangelio u olvidados por la Iglesia
en su tarea evangelizadora. Ni que trata tampoco la misión de
una tarea conquistadora, colonialista, imperialista, avasalladora
y arrasadora de culturas aborígenes.
Muy por el contrario, la tarea misionera debe ser
conscientemente ejercida a diario, por cada discípulo, en la
cotidianidad de la existencia, del diario vivir y del diario
peregrinar con nuestra fe, en medio de los ambientes, también
cotidianos, en los que vivimos, celebramos y testimoniamos
nuestro discipulado en Cristo.
4. Todos somos misioneros y necesitamos de
la misión
La Iglesia de Cristo y cada cristiano en particular se reconoce
hoy, además, de evangelizadora y misionera, necesitada, al
mismo tiempo, de ser evangelizada y misionada al interior de sí
misma. Es decir, en permanente estado de conversión ad intra
de la comunidad de discípulos. Conversión que consiste en la
renovación y adecuación de nuestras mentes (Cfr. Ef 4,23) y
vidas a la mente, vida, principios, valores y caminos del
evangelio de Jesucristo, para que – parafraseando a la Sagrada
Escritura – “nuestros caminos y pensamientos sean los caminos
y pensamientos de Dios” (Is 55,8ss) y no merezcamos escuchar
el regaño de Jesús a Pedro: “Apártate de mí, Satanás, porque tú
piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,23).
· Pastoral Profética: “Acudían asiduamente a la enseñanza de
los apóstoles…daban testimonio con gran poder de la
resurrección del Señor… realizaban muchos prodigios y
señales”
· Pastoral Litúrgica: “Acudían asiduamente a la comunión, a la
fracción del pan y a las oraciones. Acudían al Templo todos los
días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan
por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de
corazón. Alaban a Dios…”
· Pastoral Social: “Tenían todo en común; vendían sus
posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según
la necesidad de cada uno. Nadie llamaba suyos a sus bienes,
sino que todo era en común entre ellos. No había entre ellos
ningún necesitado…”
Tres dimensiones pastorales que en cada iglesia particular y
parroquial, en cada comunidad cristiana, han de darse y
realizarse en una relación intrínseca e indisoluble de tal manera
que cada una de estas dimensiones de la evangelización se
enriquecen, se requieren y se complementan entre sí y,
además, estas tres dimensiones constituyen la identidad,
catolicidad y especificidad de la Iglesia de Cristo en el Mundo.
5. Signo de autenticidad y compromiso con
la vida cristiana
La tarea misionera ha sido y tiene que ser siempre el signo de
la autenticidad de la vida cristiana. Del mismo modo que la
ausencia de conciencia y tarea misionera de los cristianos en
Iglesia y para el mundo es la prueba más fehaciente de una
Iglesia que va perdiendo autenticidad, esencia, autenticidad,
razón de ser, verdad y sentido en el mundo.
La tarea misionera es la tarea de la Iglesia, de toda la Iglesia, y
nuestro compromiso bautismal y misionero nos urge a todos a
la reflexión, a la oración, pero especialmente a la acción
testimonial cotidiana de nuestro seguimiento de Jesucristo.
Cada uno de los cristianos ha de compartir su “tesoro
escondido, la perla de gran valor (Mt 13,44ss) para la búsqueda
de felicidad que experimenta todo hombre y mujer que viene a
este mundo, para la salvación o vida plena y eterna que los
cristianos hemos de encontrar y vivir en el acontecimiento
cristiano.
La transformación y renovación del rostro de la Iglesia en el
Mundo, entonces, no consiste en inventar nada nuevo sino en
volver a las fuentes del cristianismo, al cumplimiento del
mandato de Jesús y al testimonio en Pentecostés de las
primeras comunidades cristianas: “Ir por el mundo entero
predicando el Evangelio” (Mc 16,15ss).