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Manifiesto Del Surrealismo, André Breton (1924)

Traducción realizada por mí en el contexto del centenario del Manifiesto.
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Manifiesto Del Surrealismo, André Breton (1924)

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MANIFIESTO DEL SURREALISMO (1924)

André Breton

Traducido por
Sergio Madrid Sielfeld
Prefacio a la reimpresión del manifiesto (1929)

Era de prever que este libro cambiara y que, en la medida en que ponía en juego la
existencia terrenal cargándola sin embargo de todo lo que se incluye a uno u otro lado
de los límites que la costumbre asigna, su suerte dependiera estrechamente de la mía,
por ejemplo, de haber y de no haber escrito libros. Aquellos que se me atribuyen no me
parece que ejerzan sobre mí una acción más determinante que otros y sin duda no tengo
el entendimiento perfecto sobre ellos como se podría suponer. Cualquiera fuese el
debate al que dio lugar el Manifiesto del Surrealismo desde 1924 a 1929, sin
compromiso válido ni en favor ni en contra, se entiende que externamente a este debate
la aventura humana continuó en su carrera con el mínimo de probabilidades, en casi
todas partes a la vez, conforme a los caprichos de la imaginación que por sí sola hace
reales las cosas. Permitir la reedición de una obra propia, más o menos como quien ha
leído la de otro, equivale a “reconocer” no digo siquiera a un hijo del cual nos hemos
asegurado previamente que los rasgos son lo bastante amables, que la constitución es lo
bastante robusta, pero aun así cualquier cosa que, habiendo sido tan valiente como uno
querría, ya no puede ser. Ya no puedo hacer nada, salvo condenarme por no haber sido
profeta en todo y siempre. No deja de estar de actualidad la famosa pregunta formulada
por Arthur Cravan “en un tono muy fatigado y muy envejecido” a André Gide: “Señor
Gide, ¿dónde estamos con el tiempo? —Un cuarto para las seis”, respondió este último
sin percibir malicia. ¡Ah! Hay que decirlo, estamos mal, estamos muy mal con el
tiempo.
Acá como en todas partes la confesión y la desaprobación se entrelazan. No comprendo
por qué, ni cómo, ni cómo todavía vivo, ni con mucha mayor razón lo que vivo. De un
sistema que hice mío, al que me adapto lentamente, como el surrealismo, si permanece,
si permaneciera habría siempre para mi mortaja, de todos modos nunca hubiera sido lo
suficiente como para hacer de mí lo que quería ser, ni con toda la autocomplacencia de
la que dispongo. Autocomplacencia relativa en función de aquello que hubiera podido
tener para mí (o para mi no-yo, no lo sé). Y no obstante vivo, he descubierto asimismo
que me ciño a la vida. Cuanto más hallaba una razón para acabar con ella, más
asombrado me encontraba de admirar aquel trozo cualquiera de parqué: era realmente
como la seda, de una seda que podía ser tan bella como el agua. Amaba ese dolor
lúcido, como si todo el drama universal estuviera entonces pasando por mí, como si
repentinamente estuviera valiendo la pena. Pero la amé a la luz, cómo decirlo, de cosas
nuevas que de algún modo nunca antes había visto brillar. Entonces comprendí que pese
a todo la vida se da, que una fuerza independiente de la que se expresa y se hace
entender espiritualmente presidía, en lo que concierne a un hombre vivo, las reacciones
de un interés inapreciable cuyo secreto se llevará con ella. Ese secreto no me es
revelado y por mi parte su reconocimiento no invalida en nada mi declarada ineptitud
hacia la meditación religiosa. Creo solamente que entre mi pensamiento, tal cual se
desprende de lo que se puede leer bajo mi firma, y yo mismo, de lo que la verdadera
naturaleza de mi pensamiento compromete, no lo sé aún, hay un mundo, un mundo
irreversible de fantasmas, de realizaciones de hipótesis, de apuestas perdidas y de
falsedades donde una exploración rápida me disuade de aportar la menor corrección a
esta obra. Se necesitaría de toda la vanidad del espíritu científico, de todo el infantilismo
de esa necesidad de retroceder que amerita nuestros ásperos miramientos hacia la
historia. Esta vez, fiel a la voluntad que siempre me caracteriza de pasar de largo sobre
cualquier especie de obstáculo sentimental, no me detendré en juzgar a aquellos de mis
primeros compañeros que se asustaron y dieron vuelta atrás, no me entregaré a la banal
sustitución de nombres mediante la cual este libro podría pasar por haber sido puesto al
día. Abandonado solamente al recuerdo de que los dones más preciosos del espíritu no
resisten la pérdida de una parcela de honor, no haría más que afirmar mi confianza
inquebrantable en el principio de una actividad que no me ha decepcionado jamás, que
en mi opinión merece más generosamente, más absolutamente, más locamente que
nunca nuestra dedicación y eso debido a que solo ella es dispensadora, todavía por
largos intervalos, de los rayos transfiguradores de una gracia que en todo punto persisto
en oponer a la gracia divina.
MANIFIESTO DEL SURREALISMO
(1924)
Tanto va la creencia en la vida, a lo que la vida tiene de más precario, lo que se entiende
por vida real, que al final esta creencia se pierde. El hombre, este soñador definitivo, día
tras día más descontento con su suerte, recorre con dificultad los objetos que le
indujeron a utilizar, y que librados a su indiferencia, o a su esfuerzo, casi siempre a su
esfuerzo, puesto que ha consentido en trabajar, al menos no le ha repugnado jugar con
su suerte (¡lo que él llama su suerte!). Una gran modestia es en el presente su prorrateo:
sabe qué mujeres ha tenido, en qué risibles aventuras se ha empapado; su riqueza o su
pobreza ya son nada, sigue siendo a este respecto el niño que acaba de nacer y, en
cuanto a la aprobación de su conciencia moral, admito que pasa de ella fácilmente. Si
guarda algo de lucidez, no puede más que volver la vista a su infancia que, por
masacrada que haya sido por sus entrenadores, no le parece menos plena de encantos.
Ahí, la ausencia de todo rigor conocido lo deja en la perspectiva de llevar varias vidas a
la vez, echa raíces en esa ilusión; ya no quiere conocer más que la facilidad
momentánea, extrema, de todas las cosas. Cada mañana, los niños parten sin
inquietudes. Todo está cerca, las condiciones materiales son excelentes. Los bosques
son blancos o negros, no dormiremos jamás.
Pero la verdad es que si no sabemos ir tan lejos, no es por un asunto solamente
de distancia. Las amenazas se acumulan, cedemos, abandonamos una parte del terreno
por conquistar. A esta imaginación que no admitía limitaciones, no le permitimos más
que ejercerse según las leyes de la utilidad arbitraria; ella es incapaz de asumir por
mucho tiempo ese rol inferior y, en torno a los veinte años, prefiere, en general,
abandonar al hombre a su destino sin luz.
Que más tarde intente, aquí o allá, recomponerse, habiendo sentido que le
faltaban poco a poco todas las razones para vivir, incapaz como se ha vuelto de
encontrarse a la altura de una situación tan excepcional como el amor, difícilmente lo
logrará. Es debido a que pertenece ahora en cuerpo y alma a una imperiosa necesidad
práctica, que ya no podemos perderla de vista. Todos sus gestos carecerán de amplitud,
todas sus ideas, de envergadura. No se representará ante sí mismo, lo que le acontece ni
lo que le puede acontecer, aquello que conecta este acontecimiento con una multitud de
acontecimientos similares, acontecimientos de los que no ha formado parte,
acontecimientos incumplidos. Qué decir, juzgará con relación a alguno de esos
acontecimientos, alguno más tranquilizador que los otros. No verá, bajo ningún
pretexto, su salvación.
Querida imaginación, lo que amo sobretodo de ti, es que no perdonas.
Sólo la palabra libertad es la que todavía me exalta totalmente. La creo idónea
para mantener, indefinidamente, el viejo fanatismo humano. Responde sin duda a mi
única aspiración legítima. Entre las tantas desgracias que hemos heredado, debemos
reconocer que a nosotros nos queda la más grande libertad de espíritu. De nosotros
depende no abusar de ella gravemente. Reducir la imaginación a la esclavitud, aunque
fuese lo que groseramente llamamos felicidad, es sustraerla de todo lo que hallamos, en
el fondo de nosotros mismos, de justicia suprema. Sólo la imaginación me hace darme
cuenta de lo que puede ser, y eso es suficiente para levantar la terrible prohibición;
suficiente también para abandonarme a ella sin temor a equivocarme (como si
pudiéramos equivocarnos más). ¿Dónde comienza a ir mal y dónde cesa la seguridad del
espíritu? Para el espíritu, ¿la posibilidad de errar no es más bien la contingencia del
bien?
Queda la locura, “la locura que encerramos” como bien se dice. Esa o la otra…
Todo el mundo sabe, en efecto, que los locos deben su internamiento a un pequeño
número de actos legalmente reprensibles y que, a falta de esos actos, su libertad (lo que
vemos de su libertad) no puede estar en juego. Que ellos son, en cierta medida, víctimas
de su imaginación, estoy dispuesto a concederlo, en el sentido en que ésta los empuja a
la inobservancia de ciertas reglas, fuera de las cuales la gente se siente señalada con el
dedo, cosa que todo hombre paga con su experiencia. Pero el profundo desapego que
testimonian con respecto a las críticas que les dirigimos, incluso a las diversas
correcciones que les son infligidas, permite suponer que obtienen gran consuelo en su
imaginación, que gustan bastante de sus delirios como para soportar que no sean válidos
sino para ellos. Y, de hecho, las alucinaciones, las ilusiones, etc., no son una fuente
despreciable de goce. La sensualidad mejor compuesta encuentra ahí su parte y sé que
muchas tardes domesticaría a esa linda mano que, en las últimas páginas de
L’Intelligence, de Taine, se entrega a curiosas fechorías. Las confidencias de los locos,
pasaría mi vida provocándolas. Son personas de una honestidad escrupulosa, y cuya
inocencia está igualada a la mía. Fue necesario que Colón partiera con locos para
descubrir América. Y véase cómo esta locura tomó forma, y duró.

No es el miedo a la locura lo que nos obligará a dejar a media asta la bandera de


la imaginación.
El proceso contra la actitud realista demanda ser instruido, luego del proceso
contra la actitud materialista. Ésta, más poética, por su parte, que la precedente, implica
por el lado del hombre un orgullo, desde luego, monstruoso, pero no una nueva y más
completa decadencia. Conviene verla, ante todo, como una afortunada reacción contra
algunas tendencias irrisorias del espiritualismo. En fin, no es incompatible con una
cierta elevación del pensamiento.
Por el contrario, la actitud realista, inspirada en el positivismo, de Santo Tomás a
Anatole France, me parece hostil a cualquier surgimiento intelectual y moral. La
aborrezco, porque está hecha de mediocridad, odio y autosuficiencia. Es ella quien
engendra hoy en día estos libros ridículos, estas piezas insultantes. Se fortifica sin cesar
en los periódicos y frustra a la ciencia, al arte, aplicándose en halagar a la opinión
pública en sus gustos más bajos; la claridad confinada a la necedad, a la vida de perros.
La actividad de las mejores mentes se resiente; la ley del menor esfuerzo termina por
imponérseles a ellos mismos como a los otros. Una consecuencia placentera de este
estado de cosas, en literatura por ejemplo, es la abundancia de novelas. Cada uno tiene
su pequeña “observación”. Por una necesidad de depuración, el Sr. Paul Valéry
proponía recientemente reunir en una antología el mayor número posible de comienzos
de novelas, locura de la cual esperaba mucho. Los autores más famosos serían llamados
a contribuir. Tal idea hace todavía honor a Paul Valéry quien, hace no mucho, a
propósito de novelas, me aseguró que en lo que a él concernía, siempre se rehusaría a
escribir: La marquesa salió a las cinco. ¿Pero mantuvo su palabra?
Si el estilo de información pura y simple, del que la frase antes citada ofrece un
ejemplo, es el que cursa casi exclusivamente en las novelas, pues, habría que reconocer
que la ambición de sus autores no va muy lejos. El carácter circunstancial, inútilmente
singular, de cada una de sus anotaciones, me lleva a pensar que se divierten a mis
expensas. No me ahorro ninguna de las dubitaciones del personaje: ¿Será rubio, cómo
se llamará, iremos a su encuentro en verano? Tantas cuestiones resueltas de una vez por
todas, sin ton ni son; no me queda más poder discrecional que cerrar el libro, lo que no
dejo de hacer sino alrededor de la primera página. ¡Y las descripciones! Nada se puede
comparar con la vacuidad de éstas; no son más que superposiciones de imágenes de
catálogo, el autor se las toma de más en más a su gusto, aprovecha la ocasión para
deslizarme sus tarjetas postales, buscando hacer que me ponga de acuerdo con él sobre
sus lugares comunes:
La pequeña habitación a la que el joven fue introducido, estaba tapizada con papel
amarillo: y había geranios y cortinas de muselina en las ventanas; el sol poniente
arrojaba sobre todo esto una luz cruda… La habitación no tenía nada de particular.
Los muebles, de madera amarilla, estaban todos muy viejos. Un diván con un gran
respaldo invertido, una mesa de forma ovalada frente al diván, un retrete y un espejo
adosado al entrepaño, sillas a lo largo de las paredes, dos o tres grabados sin valor
que representaban a jóvenes alemanas con pájaros en las manos — A esto se reducía el
mobiliario.1
Que el espíritu se proponga, incluso temporalmente, tales motivos, no estoy de
humor para admitirlo. Se sostendrá que este dibujo escolar viene a cuento, y que en esta
ubicación del libro el autor tiene sus razones para agobiarme. Pierde el tiempo, porque
yo no entro en su habitación. La pereza, la fatiga de otros no me retiene. Tengo de la
continuidad de la vida una noción demasiado inconstante como para igualarla a los
mejores de mis minutos de depresión, de debilidad. Quiero que nos callemos cuando
dejamos de sentir. Y compréndase bien que no estoy culpando a la falta de originalidad
por falta de originalidad. Digo solamente que no hago presentes los momentos nulos de
mi vida, que por parte de todo hombre puede ser indigno cristalizar los que les parecen
tales. De esta descripción de la habitación, permítanme pasar, como de tantas otras.
Oigan, estoy en la psicología, tema sobre el cual tendré el cuidado de no
bromear.
El autor coge un personaje, y, dado esto, hace peregrinar a su héroe a través del
mundo. Pase lo que pase, este héroe, cuyas acciones y reacciones están admirablemente
previstas, no debe frustrar, aunque parezca que frustra, los cálculos de los que es objeto.
El oleaje de la vida puede parecer elevarlo, hacerlo rodar, descender, pero siempre será
ese tipo humano formulado. Simple partida de ajedrez en la que estoy fuertemente
desinteresado, el hombre, sea quien sea, es un adversario mediocre. Lo que no soporto,
son esas pobres discusiones relativas a tal o cual jugada, tanto en cuanto no se trata de
ganar ni de perder. ¿Y si el juego no vale la candela, si la razón objetiva es
terriblemente servil, como es el caso, quien apela a ello, no debería abstraerse de esas
categorías? “La diversidad es tan amplia, que todos los tonos de voz, todos los
caminantes, tosedores, los que se suenan, los estornudadores…”2 ¿Si un racimo de uvas
no tiene dos granos iguales, por qué quieren que describa este grano por el otro, por
todos los otros, que lo convierta en un grano bueno para comérselo? La intratable manía
que consiste en reducir lo desconocido a lo conocido, adormece el cerebro. El deseo de
análisis prevalece sobre los sentimientos.3 El resultado de largas exposiciones que no
disparan su fuerza persuasiva sino desde su misma extrañeza, y que no imponen al
lector más que la apelación de un lenguaje abstracto, por cierto bastante mal definido. Si
las ideas generales que hasta ahora la filosofía se ha propuesto debatir marcaran su

1
Dostoievsky: Crimen y castigo.
2
Pascal.
3
Barrés, Proust.
incursión definitiva en un dominio más extenso, yo sería el primero en alegrarme. Pero
no es todavía más que un galanteo; hasta ahora, las ocurrencias ingeniosas y otros
buenos modales nos roban cual más cual menos el pensamiento verdadero que se busca
a sí mismo en lugar de ocuparse en hallar el éxito. Me parece que todo acto lleva en sí
mismo su justificación, al menos para quien ha sido capaz de cometerlo, que está dotado
de un poder radiante que la menor glosa puede debilitar. Debido a esto último, incluso
deja, de algún modo, de producirse. No gana nada al ser así distinguido. Los héroes de
Stendhal están sometidos a las apreciaciones de este autor, que no añaden nada a su
gloria. Donde verdaderamente los encontramos, es donde Stendhal los ha perdido.

Vivimos todavía bajo el reinado de la lógica, aquí está, por supuesto, aquello a lo que
me refería. Pero los procedimientos lógicos, en nuestros días, no se aplican más que
para la resolución de problemas de interés secundario. El racionalismo absoluto que
sigue de moda sólo nos permite considerar hechos estrechamente relacionados con
nuestra experiencia. Los fines lógicos, en cambio, se nos escapan. Inútil añadir que a la
experiencia misma se le han asignado límites. Gira en una jaula de la que es cada vez
más difícil hacerla salir. Se apoya, ella también, en la utilidad inmediata, y está
custodiada por el sentido común. Bajo el color de la civilización, bajo el pretexto del
progreso, hemos logrado prohibir al espíritu todo lo que se puede imponer con error o
con razón como superstición, quimera, proscribir todo modo de buscar la verdad que no
esté conforme a la usanza. Es de lo más casual, en apariencia, que recientemente haya
salido a la luz una parte del mundo intelectual, y a mi parecer por mucho la más
importante, a la que ya no asignábamos importancia. Debemos dar gracias a los
descubrimientos de Freud. Sobre la base de estos descubrimientos, una corriente de
opinión se dibuja al fin, gracias a la cual el explorador humano podrá llevar más lejos
sus investigaciones, autorizado ya no solamente a tener en cuenta realidades sumarias.
La imaginación está quizás a punto de recuperar sus derechos. Si las profundidades de
nuestro espíritu encierran extrañas fuerzas capaces de incrementar aquellas de la
superficie, o de luchar victoriosamente contra ellas, sería ventajoso capturarlas,
capturarlas primero, para someterlas después, si procede, al control de nuestra razón.
Los propios analistas no obtendrán sino ganancias. Pero es importante observar que
ningún medio está designado a priori para la conducción de esta empresa, que hasta
nueva orden puede pasar por ser reclamada tanto por los poetas como por los
estudiosos, y que su éxito no depende de los caminos más o menos caprichosos que se
sigan.

Con toda razón se justifica que Freud haya centrado su crítica en los sueños. Es
inadmisible, por cierto, que esta parte considerable de la actividad psíquica (dado que,
al menos desde el nacimiento del hombre hasta su muerte, el pensamiento no presenta
ninguna solución de continuidad, la suma de los momentos del sueño, desde el punto de
vista temporal, al no considerar incluso que el sueño puro, el del dormir, no es inferior a
la suma de momentos de la realidad, limitémonos a decir: momentos de vigilia) haya
llamado hasta ahora tan poco la atención. La extrema diferencia de importancia, en
rigor, que presentan para el observador ordinario los acontecimientos de la vigilia y el
sueño, siempre me ha asombrado. Es que el hombre, cuando cesa de dormir, es ante
todo el juguete de su memoria, ya que en estado normal ésta se place en remontar
débilmente las circunstancias del sueño, en privarlo de toda consecuencia actual, y en
hacer esfumarse lo único determinante en el punto donde cree, pocas horas antes,
haberlo dejado: esa firme esperanza, esa preocupación. Tiene la ilusión de continuar con
alguna cosa que vale la pena. El sueño se encuentra de este modo reducido a un
paréntesis, como la noche. Y ni más que ella, en general, no da consejos. Este singular
estado de cosas parece reclamar algunas reflexiones:
1° Dentro de los límites donde se ejerce (o parece ejercerse), conforme a toda apariencia
el sueño es continuo y lleva trazas de organización. Sólo la memoria se arroga el
derecho de hacer cortes, de no tener en cuenta las transiciones y de representarnos más
bien una serie de sueños que el sueño. De igual modo, de todos los instantes de realidad
no tenemos más que una figuración distinta, cuya coordinación es cuestión de voluntad.4
Lo que importa señalar, es que nada en nosotros nos permite inducir una disipación
mayor en los elementos constitutivos del sueño. Lamento hablar en conformidad a una
fórmula que excluye al sueño, en principio. ¡Para cuándo los lógicos, los filósofos
durmientes! Quisiera dormir, para poder entregarme a los dormidos, como me entrego a
aquellos que me leen, los ojos bien abiertos; para cesar de hacer prevalecer en esta
materia el ritmo consciente de mi pensamiento. Mi sueño de esta última noche, tal vez
continúa el de la noche precedente, y será continuado la noche próxima, con un
meritorio rigor. Es muy posible, como se dice. Y como no se ha demostrado en absoluto
que, en este proceso, la “realidad” que me ocupa persista en el estado de sueño, que no
se hunda en lo inmemorial, ¿por qué no conceder al sueño lo que niego a veces a la
realidad, sea ése su valor de certeza en sí misma, que, en su momento, no se expone a
mi desaprobación? ¿Por qué no esperaría del índice del sueño más de lo que espero de
un grado de consciencia cada día más elevado? ¿El sueño no puede ser aplicado,
asimismo, a la resolución de cuestiones fundamentales de la vida? ¿Estas cuestiones son
las mismas tanto en un caso como en el otro y, en el sueño, estas cuestiones están, desde
ya? ¿El sueño está menos abultado de sanciones que el resto? Envejezco y, más que esta
realidad a la que me creo obligado, es tal vez el sueño, la indiferencia donde lo
mantengo, lo que me hace envejecer.
2° Traigo, una vez más, el estado de vigilia. Estoy obligado a tenerlo por un fenómeno
de interferencia. El espíritu no solamente testimonia, en estas condiciones, una extraña
tendencia a la desorientación (es la historia de los lapsus y equívocos de toda suerte
cuyo secreto comienza a ser liberado), sino también que no parece que, en su
funcionamiento normal, obedezca convenientemente a otra cosa que a las sugestiones
que provienen de esa noche profunda que recomiendo. Por muy bien condicionado que
esté, su equilibrio es relativo. Osa apenas expresarse y, si lo hace, es para limitarse a
constatar que tal idea, que tal mujer tiene un efecto. Qué efecto, sería bien incapaz de
decirlo, procurando la medida de su subjetivismo, y nada más. Esa idea, esa mujer lo
trastornan, ella lo vuelve menos severo. Tiene por acción aislarlo por un segundo de su
disolvente y de disponerlo en el cielo, en la bella precipitación que puede ser, que es.
Por causa de la desesperación, invoca entonces al azar, divinidad más oscura que las
otras, a la que atribuye todas sus aberraciones. ¿Quién me dice que el ángulo bajo el

4
Hay que tener en cuenta el espesor del sueño. Sólo retengo, en general, lo que viene de sus capas más
superficiales. Mejor considerar que lo que amo de él, es todo lo que zozobra al despertar, todo lo que no
me queda del empleo de esa jornada anterior, follaje sombrío, ramas idiotas. En la “realidad”, de igual
modo, prefiero caer.
cual se presenta esta idea que lo toca, que lo que ama en los ojos de aquella mujer no es
precisamente lo que lo vincula a su sueño, lo que lo encadena a datos que por su propia
culpa ha perdido? ¿Y si no fuera de otro modo, de qué no sería tal vez capaz? Quiero
darle la llave de ese pasillo.
3° El espíritu del hombre que sueña está plenamente satisfecho con lo que le acontece.
La angustiosa cuestión de la posibilidad ya no se la plantea más. Mata, vuela más
rápido, ama tanto como te plazca. ¿Y si mueres, no tienes la certeza de que despertarás
de entre los muertos? Déjate llevar, los acontecimientos no admiten que los difieras. No
tienes nombre, la facilidad de todo es inestimable.
¿Qué razón, me pregunto, qué razón tanto más amplia que las demás, confiere al
sueño este aspecto natural, haciéndome acoger sin reservas una multitud de episodios
cuya extrañeza en el momento en que escribo me fulminaría? Y sin embargo puedo
creer en mis ojos, en mis orejas; ese bello día ha venido, esa bestia ha hablado.
Si el despertar del hombre es más duro, si rompe demasiado bien el encanto, se
debe a que ha obtenido una pobre idea de la expiación.
4° Desde el instante en que sea sometido a un examen metódico, en que, por medios por
determinar, logremos dar cuenta del sueño íntegramente (y esto presupone una
disciplina de la memoria que llevará generaciones; recomencemos sin embargo por
registrar los hechos sobresalientes), cuando su curva se desarrolle con una regularidad y
una magnitud sin paralelo, podremos esperar a que los misterios que no son tales den
paso al gran Misterio. Creo en la resolución futura de estos dos estados, en apariencia
contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una suerte de realidad absoluta, de
surrealidad, si se puede decir de este modo. Iré en su conquista, seguramente no lo
lograré pero iré demasiado despreocupado de mi muerte como para no ponderar un poco
las alegrías de una posesión tal.
Se dice que cada día, al momento de irse a dormir, Saint-Pol-Roux solía poner,
sobre la puerta de su mansión de Camaret, un letrero en el que se podía leer: EL POETA
TRABAJA.
Habiendo todavía mucho por decir, de camino, he abordado brevemente un
asunto que requiere por sí solo una exposición muy larga y un rigor completamente
diferente: retomaré. Por una vez, mi intención consistía en hacer justicia al odio a lo
maravilloso que afecta a ciertos hombres, a esa ridícula bajeza a la que quieren hacerlo
caer. Resolvamos: lo maravilloso es siempre bello, cualquier maravilloso es bello,
solamente lo maravilloso es bello.
En el ámbito literario, solamente lo maravilloso es capaz de fecundar obras
pertenecientes a un género inferior como la novela y en forma general todo lo que
pertenece a lo anecdótico. El Monje, de Lewis, es prueba admirable. El soplo de lo
maravilloso lo anima completamente todo. Mucho antes de que el autor haya expedido a
sus personajes principales de toda restricción temporal, sentimos que están dispuestos a
actuar con un orgullo sin precedentes. Esa pasión de eternidad que sin cesar los levanta
procura acentos inolvidables a su tormento y al mío. Entiendo que este libro no exalta,
de inicio a fin, y del modo más puro, sino lo que el espíritu aspira a abandonar de la
tierra y que, despojado de una parte insignificante de su fabulación novelesca, según la
moda de su tiempo, constituye un modelo de exactitud, y de inocente grandeza.5 Me
parece que no lo hemos hecho mejor y que el personaje de Mathilde, en particular, es la
creación más emocionante que se pueda poner como activo del modo figurado en
literatura. Es menos un personaje que una tentación continua. Y si un personaje no es
una tentación, ¿qué es? Tentación extrema. El “nada es imposible para quien se atreve”
ofrece en El Monje toda su fuerza persuasiva. Las apariciones juegan un rol lógico,
puesto que el espíritu crítico no se empodera para rebatirlas. Asimismo el castigo de
Ambrosio está tratado de forma legítima, puesto que finalmente es aceptado por el
espíritu crítico como natural desenlace.
Puede parecer arbitrario que proponga este modelo, en lo que respecta a lo
maravilloso, del cual las literaturas del Norte y las literaturas orientales se han servido
sobre lleno, sin mencionar las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Es
que la mayoría de los ejemplos que estas literaturas me hubieran podido proporcionar
están plagados de puerilidad, por la sola razón de que están dirigidas a niños.
Tempranamente ellos se deshabitúan de lo maravilloso, y, más tarde, no mantienen una
virginidad de espíritu lo suficientemente grande como para obtener un placer extremo
de Piel de Asno. Por encantadores que sean, el hombre creería decaer al nutrirse de
cuentos de hadas, y concedo que no todos éstos son para su edad. El tejido de adorables
inconsistencias demanda ser un poco más fino, a medida que avanzamos, y todavía
estamos en espera de esas especies de arañas… Pero las facultades no cambian
radicalmente. El miedo, el atractivo de lo insólito, las oportunidades, el gusto por el
lujo, son resortes a los que nunca habrá que apelar en vano. Hay cuentos para adultos
por escribir, cuentos casi azules todavía.

Lo maravilloso no es lo mismo en todas las épocas; participa oscuramente de una suerte


de revelación general cuyo detalle simplemente nos llega: esas son las ruinas
románticas, el maniquí moderno o todo otro símbolo propenso a remover la sensibilidad
humana durante algún tiempo. En estos marcos que nos hacen sonreír, pese a todo se
pinta siempre la irremediable inquietud humana, y por eso los tengo en consideración,
porque los juzgo inseparables de algunas producciones geniales, que están más
dolorosamente afectadas que otras. Son las horcas de Villon, los griegos de Racine, los
divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del gusto que estoy destinado a
soportar, yo que me hago del gusto la idea de una gran mancha. En el mal gusto de mi
época, me esfuerzo por ir más lejos que ningún otro. Por mí, si hubiera vivido en 1820,
por mí “la monja sangrienta”, por mí no me ahorraría la retorcida y banal
“Ocultémonos” de la que habla el paródico Cuisin, por mí, por mí recorrería en las
metáforas gigantescas, como él dice, todas las fases del “Disco Plateado”. Para el día de
hoy pienso en un castillo cuya mitad no está forzosamente en ruinas; ese castillo me
pertenece, lo veo en un sitio agreste, no lejos de Paris. Sus dependencias son
interminables, y en cuanto al interior, ha sido tremendamente restaurado, de manera que
no quede nada por desear en cuanto a comodidad. Los automóviles se estacionan en la
puerta, sustraídos por la sombra de los árboles. Unos cuantos amigos se instalan en la
morada: aquí Louis Aragon que se marcha; tiene sólo tiempo de saludarnos; Philippe
Soupault se levanta con las estrellas y Paul Éluard, nuestro gran Éluard, todavía no
regresa. Aquí Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto
5
Lo que hay de admirable en lo fantástico, es que ya no hallamos lo fantástico: no hay más que realidad.
sobre duelos; Georges Auric, Jean Paulhan; Max Morise que tan bien rema, y Benjamin
Peret, en sus ecuaciones de aves; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour,
y Georges Limbour (hay todo un seto de Georges Limbour); y Marcel Noll; aquí T.
Fraenkel que nos hace señas desde su globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud,
Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, además de Jacques Baron y su hermano,
bellos y cordiales, y como ellos muchos más, y las agraciadas mujeres, lo juro. A esta
gente joven, qué se le podría negar, sus deseos son, para la riqueza, órdenes. Francis
Picabia vino a vernos y, la semana pasada, en la galería de los espejos, recibimos a un
tal Marcel Duchamp que no conocíamos aún. Picasso cazaba en los alrededores. El
espíritu de la desmoralización ha elegido domiciliarse en el castillo, y es con él con
quien tenemos una querella cada vez que pone en cuestión nuestra relación con nuestros
semejantes, pero las puertas están siempre abiertas y no se comienza con “agradecer” al
mundo, como se sabe. Por lo demás, la soledad es vasta, no nos encontramos a menudo.
¿Pero lo esencial no es que seamos nuestros propios amos, y los amos de las mujeres,
del amor, asimismo?
Me van a convencer de falsedad poética: todos se irán repitiendo que vivo en la
calle Fontaine y que no beberán de esta agua. ¡Diablos! Pero este castillo al que hago
los honores, ¿de seguro es una imagen? ¡Si este palacio existiera, a pesar de todo! Mis
huéspedes están ahí por respuesta; su capricho es la ruta luminosa que nos conduce
hasta allí. Es realmente en nuestra fantasía donde vivimos, cuando estamos ahí. ¿Y
cómo lo que uno hace podría entorpecer al otro, ahí, al abrigo de la búsqueda
sentimental y al encuentro de las oportunidades?
El hombre propone y dispone. De él depende el pertenecerse completamente,
esto es, mantener en estado anárquico a la tropa cada día más temible de sus deseos. La
poesía se lo enseña. Ella trae consigo la compensación perfecta de las miserias que
soportamos. Ella puede ser, incluso, ordenadora, con tal que bajo el golpe de una
decepción menos íntima nos guardemos de tomarla tan a lo trágico. ¡Vendrá el tiempo
en que ella decrete el fin del dinero y sola parta el pan del cielo para la tierra! Habrá
todavía asambleas en las plazas públicas, y movimientos de los que no esperabas hacerte
parte. ¡Adiós a las selecciones absurdas, a los sueños del abismo, las rivalidades, las
largas paciencias, la fuga de las estaciones, el orden artificial de las ideas, la rampa del
peligro, el tiempo para todo! Que sólo se tomen la molestia de practicar la poesía. ¿No
nos toca a nosotros, que ya la vivimos, buscar hacer prevalecer lo que consideramos
nuestra más amplia indagatoria?
No importa si hay alguna desproporción entre esta defensa y la ilustración que le
seguirá. Se trataba de remontarse a las fuentes de la imaginación poética, y, lo que es
más, de atenerse a ellas. No pretendo haberlo hecho. Hay que cargar mucho sobre sí
para querer establecerse en las distantes regiones donde todo en principio parece ir mal,
con mayor razón si se quiere llevar a alguien más. Todavía no estamos del todo seguros
de haber estado ahí. Si te llegara a disgustar, está también la posibilidad de detenerse en
otro sitio. Lo cierto es que una flecha señala ahora en dirección a esos países y que
alcanzar el propósito verdadero no depende más que de la resistencia del viajero.
Conocemos, mal que mal, el camino seguido. Me he ocupado de contar, a lo largo de un
estudio sobre el caso de Robert Desnos, titulado: LA ENTRADA DE LOS MEDIUMS6,
que fui llevado a “fijar mi atención sobre las frases más o menos parciales que, en plena
soledad, en la cercanía del sueño, se vuelven perceptibles para el espíritu sin que le sea
posible descubrir una determinación previa”. Venía entonces de intentar la aventura
poética con el mínimo de probabilidades, en otras palabras mis aspiraciones eran las
mismas que hoy en día, pero tenía fe en la lentitud de la elaboración para salvarme de
contactos inútiles, contactos que yo reprobaba considerablemente. Era un pudor del
pensamiento del que guardo algo todavía. Al final de mi vida lograré, sin duda con
dificultad, hablar como se suele hablar, excusar mi voz y el escaso número de mis
gestos. La virtud de la palabra (de la escritura: mucho más) me parecía que estribaba en
la facultad de abreviar de manera sorprendente la exposición (puesto que había
exposición) de un pequeño número de hechos, poéticos u otros, donde yo me hacía
sustancia. Me figuraba que Rimbaud no procedía de otro modo. Compuse, ocupado en
lo que ameritaba mayor variedad, los últimos poemas de Monte de piedad, lo que
significa que conseguí sacar de las líneas blancas de este libro un partido increíble.
Estas líneas eran el ojo cerrado a las operaciones del pensamiento que yo creía debían
sustraerse al lector. No había engaño por mi parte, sino el gusto por provocar. Obtenía la
ilusión de una complicidad posible, de la que prescindía cada vez menos. Comencé a
mimar inmoderadamente las palabras por el espacio que admiten a su alrededor, por sus
tangencias con otras palabras innumerables que no pronunciaba. El poema BOSQUE
NEGRO observa exactamente ese estado del espíritu. Me llevó seis meses escribirlo y
se puede creer que no descansé un solo día. Pero por entonces estaba en juego la estima
que tenía por mí mismo, lo que no es suficiente, me comprenderán. Amo estas
confesiones estúpidas. En ese entonces, la pseudo-poesía cubista buscaba establecerse,
pero ella había salido desarmada del cerebro de Picasso y en lo que a mí concierne
pasaba por ser tan fastidioso como la lluvia (y paso por serlo todavía). Suponía, por
cierto, que desde el punto de vista poético yo hacía una falsa ruta, pero me salvaba
como podía, desafiando al lirismo a golpes de definiciones y recetas (los fenómenos
dadá no iban a tardar en producirse) y simulaba buscar una aplicación de la poesía en la
publicidad (pretendía que el mundo se acabara, no por un bello libro, sino por un bello
anuncio del infierno o del cielo).
En la misma época, un hombre, por lo menos tan fastidioso como yo, Pierre
Reverdy, escribía:
La imagen es una creación pura del espíritu.
Ella no nace de una comparación sino del acercamiento de dos realidades más
o menos distantes.
Cuanto más distantes y precisas sean las relaciones de las dos realidades
acercadas, más fuerte será la imagen —más poder emotivo y de realidad poética
tendrá… etc.7

Estas palabras, aunque sibilinas para los profanos, fueron muy fuertemente
reveladoras y las medité por largo tiempo. Pero la imagen se me escapaba. La estética
de Reverdy, estética del todo a posteriori, me hizo tomar los efectos por las causas. Fue
en ese intertanto que me vi llevado a renunciar definitivamente a mi punto de vista.

6
Ver Los Pasos Perdidos, N. R. F., edicto.
7
Nord-Sud, marzo 1918.
Una noche entonces, antes de dormirme, percibí, claramente articulada al punto de que
era imposible cambiar una palabra, pero abstraída sin embargo del ruido de toda voz,
una frase bastante bizarra que me llegó sin que portara rastro de los acontecimientos en
que, según la confesión de mi conciencia, me encontraba involucrado en ese momento,
frase que se me aparecía insistentemente, frase que, me atrevo a decir, golpeaba la
ventana. Tomé rápidamente noción y me disponía a pasarla por alto cuando su carácter
orgánico me retuvo. Francamente esa frase me asombraba; desafortunadamente no la he
retenido hasta el día de hoy, era algo así como: “hay un hombre cortado en dos por la
ventana”, pero no aceptaba ningún equívoco, acompañada como estaba de la endeble
representación visual8 de un hombre andando y descuartizado a la mitad por una
ventana perpendicular al eje de su cuerpo. Sin duda se trataba del simple
enderezamiento en el espacio de un hombre asomado en una ventana. Pero habiendo
seguido esta ventana el desplazamiento del hombre, me di cuenta de que me enfrentaba
a una clase de imagen bastante rara y precipitadamente no tuve otra idea que la de
incorporarla a mi material de construcción poética. Tan pronto le di ese crédito ella dio
paso a una sucesión apenas intermitente de frases que no tardaron en sorprenderme y me
dejaron la impresión de una gratuidad tal que el imperio que yo había ejercido hasta ese
momento sobre mí mismo me pareció ilusorio y no pensé más que en poner fin a la
interminable querella que tenía lugar en mí.9

8
De ser pintor, esta representación visual para mí sin duda hubiera primado sobre lo demás. Fueron
seguramente mis disposiciones previas las que decidieron. Desde ese día, me he dispuesto a concentrar
voluntariamente mi atención en semejantes apariciones y sé que ellas no ceden un punto en nitidez a los
fenómenos auditivos. Provisto de un lápiz y de una hoja en blanco, me sería fácil seguir los contornos. Es
que no se trata todavía de dibujar, no se trata sino de calcar. Bien imaginaría de este modo un árbol, una
ola, un instrumento musical, todas cosas de las que soy incapaz de ofrecer en este momento ni la más
esquemática visión. Me adentraría, con la certeza de reencontrarme, en un dédalo de sábanas que no
parecen contribuir, en principio, en nada. Y experimentaba, en un abrir de ojos, una muy fuerte impresión
de “nunca visto”. La prueba de lo que adelanto ha sido anticipada reiteradas veces por Robert Desnos: no
hay más que hojear, para convencerse, el n° 36 de Feuilles libres que contiene varios de sus dibujos
(Romeo y Julieta, Un hombre ha muerto esta mañana, etc.) tomados por esta revista como dibujos de
locos y publicados inocentemente como tales.
9
Knut Hamsun sitúa bajo la dependencia del hambre a esta clase de revelaciones de las que he sido presa,
y tal vez no se equivoca. (El hecho es que yo no comía todos los días en esa época.) Con seguridad
realmente han sido las mismas manifestaciones que él relata en estos términos:

“La mañana siguiente me desperté temprano. Era todavía de noche. Mis ojos estaban abiertos desde hace
mucho rato, cuando oí el reloj del piso de abajo sonar a las cinco. Quería volver a dormirme, pero no lo
lograba, estaba totalmente despierto y mil cosas corrían por mi cabeza. / De golpe, se me ocurrieron
algunos buenos fragmentos, sumamente apropiados para ser utilizados en un esbozo, en un folletín; me
encontré súbitamente, por azar, con muy bellas frases, frases como las que nunca había escrito. Me las
repetía lentamente, palabra por palabra, eran excelentes. Y venían sin cesar. Me levanté, cogí un papel y
un lápiz de la mesa que estaba detrás de mi cama. Era como si una vena se hubiera roto en mí, una
palabra seguía a la otra, se ponían en su lugar, se adecuaban a la situación, las escenas se acumulaban, la
acción se desplegaba, las réplicas surgían en mi cerebro, disfrutaba prodigiosamente. Los pensamientos
me venían tan rápidamente y continuaban su fluir tan abundantemente que perdí una multitud de detalles
delicados, porque mi lápiz no podía ir con la suficiente prisa, y sin embargo yo me aceleraba, la mano
siempre en movimiento, no perdía ni un minuto. Las frases continuaban pujando en mí, estaba lleno de mi
asunto.”
Estaba tan ocupado de Freud todavía en aquella época y tan familiarizado con sus
métodos de examinación que no perdí ocasión de practicarlos con pacientes durante la
guerra, resuelto a obtener de mí lo que se busca obtener de ellos, a saber un monólogo
de flujo tan rápido como sea posible, sobre el cual el espíritu crítico del sujeto no hiciera
uso de ningún juicio, sin que se avergonzara, en consecuencia, de ninguna reticencia, y
que fuera lo más exactamente posible el pensamiento hablado. Me había parecido y me
parece aún —la manera en que me llegó la frase del hombre cortado lo atestigua— que
la velocidad del pensamiento no es superior a la del habla, y que no desafía
forzosamente al lenguaje, ni siquiera a la pluma que corre. Es en esta disposición que
Philippe Soupault, a quien había expresado esas primeras conclusiones, y yo
empezamos a ennegrecer un papel, con una loable indiferencia hacia lo que pudiera
sobrevenir literariamente. La facilidad de la realización hizo el resto. Al final del primer
día, pudimos leernos unas cincuenta páginas obtenidas por este medio, comenzar a
comparar nuestros resultados. En su conjunto, aquellos de Soupault y los míos
presentaban una notable analogía: mismos defectos de construcción, anomalías de la
misma naturaleza, sino también, de una parte y de otra, la ilusión de una elocuencia
extraordinaria, mucha emoción, una selección considerable de imágenes de una calidad
tal que no hubiéramos sido capaces de preparar ninguna de antemano, un
pintoresquismo muy especial y, aquí y allá, alguna sugerencia de aguda bufonería. Las
únicas diferencias que presentaron nuestros dos textos parecían provenir de nuestros
humores recíprocos, el de Soupault menos estático que el mío y, si me permite esta leve
crítica, el hecho de que había cometido el error de distribuir en lo alto de ciertas
páginas, y en conformidad a un espíritu, sin duda, de mistificación, algunas palabras en
guisa de títulos. Debo, por el contrario, honrar que se opusiera siempre, con todas sus
fuerzas, a la menor modificación, a la menor corrección a lo largo de cualquier pasaje
de este tipo que me pareciera más bien inoportuno. En esto ciertamente él tenía toda la
razón.10 Es, en efecto, enérgicamente difícil apreciar en su justo valor los diversos
elementos presentes, se puede incluso decir que es imposible de apreciar en una primera
lectura. A ustedes que escriben, estos elementos, en apariencia, les serán igualmente
extraños como a los demás y naturalmente se sentirán desafiados. Poéticamente
hablando, se recomienda sobretodo un alto grado de absurdidad inmediata, lo propio de
esta absurdidad, en un examen más profundo, consiste en dar lugar a todo lo que hay de
admisible, de legítimo en el mundo: la divulgación de un cierto número de propiedades
y de hechos no menos objetivos, en suma, que de otros.
En homenaje a Guillaume Apollinaire, que acababa de morir y que, en varias
ocasiones, nos pareció que había obedecido a una práctica de este tipo, aunque sin haber
sacrificado los mediocres medios literarios, Soupault y yo designamos bajo el nombre
SURREALISMO el nuevo modo de expresión pura que teníamos a nuestra disposición
y del que no podíamos esperar para hacer beneficiarios a nuestros amigos. Creo que hoy

Apollinaire afirmaba que los primeros cuadros de Chirico habían sido pintados bajo la influencia de
trastornos cenestésicos (migrañas, cólicos)
10
Creo cada vez más en la infalibilidad de mi pensamiento con relación a mí mismo, y es justo en
demasía. No obstante, en esta escritura del pensamiento donde se está a merced de la primera distracción
externa, se pueden producir “caldos”. Sería inexcusable buscar disimularlo. Por definición el pensamiento
es fuerte e incapaz de asumir la culpa. Es sobre la consideración de las sugestiones que provienen de
afuera que se instalan esas debilidades evidentes.
en día ya no es necesario volver sobre esta palabra y que la acepción que hemos
preferido ha prevalecido generalmente por sobre la acepción apollinariana. Con mayor
razón aún, sin duda hubiéramos podido tomar la palabra SUPERNATURALISMO,
empleada por Gérard de Nerval en la dedicatoria de Hijas del fuego.11 Pareciera, en
efecto, que Nerval poseía de maravilla el espíritu del que hacíamos reclamo, Apollinaire
no poseía, en cambio, más que la letra, todavía imperfecta, del surrealismo y se había
mostrado impotente a la hora de darnos un panorama teórico que retuviéramos. Aquí
dos frases de Nerval que me parecen, a este respecto, muy significativas:
Le voy a explicar, mi querido Dumas, el fenómeno del cual usted me había
hablado más arriba. Hay, como usted sabe, ciertos narradores que no pueden inventar
sin identificarse con los personajes de su imaginación. Usted sabe con qué convicción
nuestro viejo amigo Nodier contaba cómo tuvo el infortunio de ser guillotinado en la
época de la Revolución; quedábamos tan persuadidos que solo quedaba preguntarnos
cómo había logrado hacer que le pegaran la cabeza.
…Y ya que ha tenido la imprudencia de citar uno de los sonetos compuestos en
ese estado de ensueño SUPERNATURALISTA, como dirían los alemanes, deberá usted
oírlos todos. Los encontrará al final del volumen. No son apenas más oscuros que la
metafísica de Hegel o los MEMORABLES de Swedenborg, y perderían su encanto al ser
explicados, si eso fuera posible, concédame al menos el mérito de la expresión...12
Sería de muy mala fe que se nos impugnara el derecho a emplear la palabra
SURREALISMO en el sentido muy particular en que lo entendemos, porque está claro
que antes de nosotros esta palabra no había hecho fortuna. La defino así de una vez por
todas:
SURREALISMO, n. m. Automatismo psíquico puro por el que nos proponemos
expresar, sea verbalmente, sea por escrito, sea de cualquier otra manera, el
funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo
control ejercido por la razón, en desmedro de toda preocupación estética o moral.
ENCYCL. Filos. El surrealismo descansa en la creencia de una realidad superior
de ciertas formas de asociación desatendidas hasta ahora, en la omnipotencia del sueño,
en el juego desinteresado del pensamiento. Tiende a arruinar definitivamente todos los
otros mecanismos psíquicos y a sustituirlos en función de la resolución de los
principales problemas de la vida. Han hecho acto de SURREALISMO ABSOLUTO los
Srs.: Aragon, Baron, Boiffard, Breton, Carrive, Crevel, Delteil, Desnos, Éluard, Gérard,
Limbour, Malkine, Morise, Naville, Noll, Péret, Picon, Soupault, Vitrac.

Parecen haber sido, hasta el presente, los únicos, y no habría que equivocarse, de no ser
por el caso fascinante de Isidore Ducasse, sobre quien carezco de datos. Y ciertamente,
para no considerar más que superficialmente los resultados, buen número de poetas

11
Y también por Thomas Carlyle en SARTUS RESARTUS (capítulo VIII: Supernaturalismo natural),
1833-34.
12
Cfr. también el IDEOREALISMO de Saint-Pol-Roux.
podrían pasar por surrealistas, comenzando por el Dante y, en sus mejores días,
Shakespeare. En el curso de diferentes tentativas de reducción a las cuales me he
entregado de lo que llamamos, por abuso de confianza, genio, no he encontrado nada
que se pueda atribuir finalmente a otro proceso que este.
Las NOCHES de Young son surrealistas de un lado al otro; es
desafortunadamente un cura el que habla, un mal cura, sin duda, pero un cura.
Swift es surrealista en la malicia.
Sade es surrealista en el sadismo.
Chateaubriand es surrealista en el exotismo.
Constant es surrealista en política.
Hugo es surrealista cuando no es burro.
Desbordes-Valmore es surrealista en el amor.
Bertrand es surrealista en el pasado.
Rabbe es surrealista en la muerte.
Poe es surrealista en la aventura.
Baudelaire es surrealista en la moral.
Rimbaud es surrealista en la práctica de la vida y en otros lugares.
Mallarmé es surrealista en la confidencia.
Jarry es surrealista en el ajenjo.
Nouveau es surrealista en el beso.
Saint-Pol-Roux es surrealista en el símbolo.
Fargue es surrealista en la atmósfera.
Vaché es surrealista en mí.
Reverdy es surrealista en casa.
Saint-John Perse es surrealista a la distancia.
Roussel es surrealista en la anécdota.
Etc.

Insisto, no son siempre surrealistas, en el sentido de que desenredo en cada uno de ellos
un cierto número de ideas preconcebidas a las que —¡muy ingenuamente!— se atenían.
Las tenían debido a que no habían oído la voz surrealista, la que continúa predicando en
la víspera de la muerte y por encima de las tormentas, porque no querían tan solo servir
a la orquestación de la maravillosa partitura. Eran instrumentos excesivamente
orgullosos, por eso no siempre produjeron un sonido armonioso.13
Pero nosotros, que no nos hemos entregado a ningún trabajo de filtración, que en
nuestras obras nos hemos convertido en sordos receptáculos de tantos ecos, en modestos
aparatos registradores que no se hipnotizan sobre el dibujo que trazan tal vez servimos
todavía a una causa más noble. Asimismo devolvemos con probidad el “talento” que
nos prestan. Háblenme del talento de ese metro de platino, de ese espejo, de esta puerta,
y del cielo si quieren.
No tenemos talento, pregúntenle a Philippe Soupault:
Las industrias anatómicas y las viviendas de bajo costo destruirán las más altas
ciudades.
A Roger Vitrac:
Apenas hube invocado al almirante de mármol éste giró sobre sus talones como
un caballo que se encabrita ante la estrella polar y me designó en el plano de su
bicornio una región donde debía pasar mi vida.
A Paul Eluard:
Es una historia conocida que cuento, es un poema célebre que releo: estoy
apoyado contra un muro, con las orejas verdosas y los labios calcinados.
A Max Morise:
El oso de las cavernas y su compañero el avetoro, el volován y su aparcacoches
el viento, el gran Canciller con la canciller, el espanta gorriones y su compadre el
gorrión, la probeta y su hija el águila, el carnívoro y su hermano el carnaval, el
barrendero y su monóculo, el Missisippi y su perrito, el coral y su pote-de-leche, el
Milagro y su buen Dios no se desvanecen más que en la superficie del mar.
A Joseph Delteil:
¡Vaya! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme morir
de risa.
A Louis Aragon:
Durante una interrupción de la partida, mientras que los jugadores se reunían
alrededor de un bol de ponche flamante, le pregunté al árbol si siempre tenía su cinta
roja.
Y a mí mismo, que no podía impedirme escribir las líneas serpentinas,
enloquecedoras de este prefacio.

13
Podría decir lo mismo de unos cuantos filósofos y de algunos pintores, para no citar de entre estos
últimos más que a Ucello en la época antigua, y, en la época moderna, a Seurat, Gustave Moreau, Matisse
(en “La Música” por ejemplo), Derain, Picasso (por mucho el más puro), Braque, Duchamp, Picabia,
Chirico (por tanto tiempo admirable), Klee, Man Ray, Max Ernst y, tan cerca de nosotros, Andre Masson.
Pregúntenle a Robert Desnos, aquel que entre nosotros, tal vez, más se haya aproximado
a la verdad surrealista, quien en sus obras todavía inéditas14 y a lo largo de múltiples
experiencias a las que se ha prestado, ha justificado plenamente la esperanza que yo
depositaba en el surrealismo y a la que aún me sumo esperando mucho. Hoy en día
habla en surrealismo a voluntad. La prodigiosa agilidad que implementa al seguir
oralmente su pensamiento nos es de tanto valor que nos agrada con discursos
espléndidos y que se pierden, Desnos tiene mejores cosas por hacer que fijarlos. Lee en
sí mismo un libro abierto y no hace nada por retener las hojas que se vuelan en el viento
de su vida.

SECRETOS DEL ARTE MÁGICO SURREALISTA


Composición surrealista escrita, o primer y último borrador

Hazte de algo con qué escribir, después de haberte establecido en un lugar por demás
favorable que posibilite la concentración de tu mente en ella misma. Ponte en el estado
más pasivo, o receptivo, que puedas. Haz abstracción de tu genio, de tu talento, y del de
todos los demás. Recuerda que la literatura es uno de los más tristes caminos que
conducen a todo. Escribe de prisa sin tema preconcebido, lo bastante de prisa como para
no retener ni ser tentado de releer. La primera frase vendrá totalmente sola, esto es tan
cierto como que en cada segundo hay una frase, ajena a nuestro pensamiento consciente,
que no demanda sino exteriorizarse. Es bastante difícil pronunciarse sobre el caso de la
frase siguiente; ella participa sin duda a la vez tanto de nuestra actividad consciente
como de la otra, si admitimos que el hecho de haber escrito la primera conlleva un
mínimo de percepción. Poco debe importarte, por cierto; ahí reside, en su mayor parte,
el interés por el juego surrealista. Lo cierto es que la puntuación se opone sin duda a la
continuidad absoluta del flujo que nos ocupa, aunque parece tan necesaria como la
distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Continúa tanto como te plazca. Confía
en el carácter inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza con establecerse tan
pronto hayas cometido una falta: una falta, puede decirse, de inatención, rompe sin
titubear con una línea muy clara. Después de la palabra cuyo origen te parece
sospechoso, coloca una letra cualquiera, la letra l por ejemplo, siempre la letra l, y
recupera la arbitrariedad imponiendo esta letra al inicio de la palabra que sigue.

Para no aburrirse más en compañía

14
Nuevas Hébridas, Desorden formal, Luto por luto.
Es bastante difícil. No estés para nadie, y a veces cuando nadie haya forzado la
consigna, interrumpiéndote en plena actividad surrealista y cruzándote de brazos, te
puedes decir: “Da igual, hay sin duda mejores cosas que hacer o no hacer. El interés por
la vida no se mantiene. ¡Simple, lo que me pasa me resulta todavía inoportuno!” o
cualquier otra repugnante banalidad.

Para hacer discursos

Hazte inscribir en la víspera de las elecciones, en el primer país que juzgues adecuado
para proceder en este tipo de consultas. Todos tienen en sí los ingredientes de un orador:
los tapabarros multicolores, el oropel de las palabras. Por medio del surrealismo
sorprenderá a la desesperación en su pobreza. Una noche sobre una tribuna, él solo
desmembrará al cielo eterno, esa Piel de Oso. Prometerá tanto que aun mantener
escasamente su palabra sería consternante. Dará a las reivindicaciones de todo un
pueblo una vuelta parcial e irrisoria. Hará comulgar a los más irreductibles adversarios
en un deseo secreto, que hará estallar a las patrias. Y esto lo logrará con solo dejarse
elevar por la palabra inmensa que se funde en piedad y rueda en el odio. Incapaz de
incumplir, jugará sobre el terciopelo de todos los incumplimientos. Será verdaderamente
elegido y las más dulces mujeres lo amarán con violencia.

Para escribir falsas novelas

Seas quien seas, si el corazón lo manda, harás quemar unas hojas de laurel y, sin querer
mantener ese magro fuego, comenzarás a escribir una novela. El surrealismo te lo
permitirá; sólo tendrás que pasar la aguja de “Belleza fija” a “Acción” y ya está. Aquí
dos personajes de aspecto bastante disparatado: sus nombres en tu escritura son una
cuestión de mayúsculas y se comportarán con la misma soltura ante los verbos activos
que como el pronombre impersonal il ante palabras tales como: llueve, haya, debe, etc.
Ellas mandarán, por así decirlo y, donde la observación, la reflexión y las facultades de
generalización no te hayan sido de ayuda, podrás estar seguro de que te habrán
facilitado mil intenciones que no tenías. Así provistos de un pequeño número de
características físicas y morales, estos seres que en verdad poco te deben ya no se
desviarán de una cierta línea de conducta de la que no tendrás que ocuparte. Resultará
en una intriga más o menos erudita en apariencia, justificando punto por punto el
desenlace conmovedor o tranquilizador que ya no te importará. Tu falsa novela simulará
de maravilla una novela verdadera; serás rico y se llegará a reconocer que tienes “algo
en el estómago”, puesto que ahí es donde está eso que se tiene.

Desde luego, por un proceder semejante, y a condición de ignorar aquello de lo que das
cuenta, podrás entregarte exitosamente a una falsa crítica.
Para hacerse el lindo ante una mujer que pasa por la calle

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Contra la muerte

El surrealismo te introducirá en la muerte que es una sociedad secreta. Te enguantará la


mano, enterrando la M profunda con que comienza la palabra Memoria. No olviden
tomar encantadoras disposiciones testamentarias: solicito, por mi parte, ser conducido al
cementerio en una furgoneta de mudanzas. Que mis amigos destruyan hasta el último
ejemplar de la edición del Discurso sobre La Escasez de Realidad.

El lenguaje fue dado al hombre para que en efecto lo use de modo surrealista. En la
medida en que le es indispensable para hacerse comprender, llega, mal que bien, a
expresarse y a garantizar el cumplimiento de aquellas funciones consideradas entre las
más burdas. Hablar, escribir una carta no supone para él ninguna dificultad real, siempre
que, de este modo, no se proponga un fin por sobre la media, es decir siempre que se
limite a hablar (por el placer de hablar) con quien sea. No está ansioso por las palabras
que van a venir, ni por la frase que seguirá a la ya terminada. A una pregunta muy
sencilla, será capaz de responder a quemarropa. En la ausencia de tics contraídos en el
comercio con los demás, puede espontáneamente pronunciarse sobre un pequeño
número de sujetos; no necesita para ello “pensar tres veces antes de hablar” ni
formularse un adelanto de lo que sea. ¿Quién pudo hacerle creer que esta facultad de
primera aproximación no es buena para servir al propósito de establecer relaciones más
delicadas? No hay nada sobre lo que deba rehusarse a decir, ni a escribir en abundancia.
Escucharse, leerse no tiene otro efecto que el de suspender lo oculto, el admirable
salvamento. No me apresuro en comprenderme (¡basta! Me comprenderé siempre). Si
tal o cual frase mía me causa en el momento una ligera decepción, me fío en que la frase
siguiente redima su error, y me guardo de recomenzarla o de perfeccionarla. Solo la
menor pérdida del impulso podría serme fatal. Las palabras, las agrupaciones de
palabras que se siguen profesan entre ellas la más grande solidaridad. No me
corresponde a mí favorecer a unas a expensas de otras. Depende de una milagrosa
compensación el intervenir, y ella interviene.
No solamente ese lenguaje sin reservas que busco hacer siempre válido, que
según me parece se adapta a todas las circunstancias de la vida, no solamente ese
lenguaje no me priva de ninguno de mis medios, sino que incluso me procura una
extraordinaria lucidez y esto en el ámbito donde menos me lo esperaba. Me atrevería a
pretender que me instruye y, en efecto, se me aparecen siendo empleadas de un modo
surrealista las palabras cuyo sentido había olvidado. Pude verificar con posterioridad
que el uso que había hecho de ellas respondía exactamente a su definición. Esto invita a
creer que no “aprendemos”, que no hacemos más que “reaprender”. Están los felices
giros que así se me han hecho familiares. Y no hablo de la conciencia poética de los
objetos, la que no he podido adquirir sino por medio del contacto espiritual mil veces
repetido.
Es todavía el diálogo la forma a la que el lenguaje surrealista mejor se adapta.
Ahí, dos pensamientos se enfrentan; mientras que uno se entrega, el otro se ocupa de él,
pero ¿cómo se ocupa? Suponer que lo incorpora sería admitir que por un tiempo es
posible que viva en conjunto con este otro pensamiento, lo que es fuertemente
improbable. Y de hecho la atención que le presta es totalmente externa; sólo dispone del
ocio para aprobar o desaprobar, generalmente desaprobar, con todos los miramientos de
que el hombre es capaz. Ese modo de lenguaje además no permite abordar a fondo
ningún tema. Mi atención, presa de una solicitud que no puede decentemente repeler,
trata al pensamiento adverso como enemigo; en la conversación corriente, ella lo
“retoma” casi siempre en las palabras, en las figuras de las que se sirve; ella me coloca
en una situación de sacar partido de la réplica desnaturalizándolas. Esto es tan veraz que
en ciertos estados mentales patológicos donde los trastornos sensoriales disponen de
toda la atención del enfermo, éste, que continúa respondiendo las preguntas, se limita a
apoderarse de la última palabra pronunciada ante él o de la última parte de la frase
surrealista de la que encuentra huellas en su mente:
“¿Qué edad tiene usted? —Usted.” (Ecolalia).
“¿Cómo te llamas? —Cuarenta y cinco casas.” (Síntoma de Ganser o de las
respuestas laterales).
No hay punto en una conversación en el que en alguna medida no se incurra en ese
desorden. El esfuerzo de sociabilidad que la preside y la fuerza de la costumbre que
detentamos sólo logran disimularlo pasajeramente. Es también la gran debilidad del
libro que entra incesantemente en conflicto con el espíritu de sus mejores lectores,
entiendo que los más exigentes. En el tan breve diálogo que improviso más arriba entre
el médico y el alienado, es de hecho este último quien lleva la ventaja. Puesto que él se
impone por medio de sus respuestas a la atención del médico que lo examina —y no es
él quien interroga. ¿Quiere esto decir que su pensamiento es en ese momento el más
fuerte? Posiblemente. Es libre de no tener en cuenta su edad ni su nombre.

El surrealismo poético, al que consagro este estudio, se aplica hasta ahora a restablecer
en su verdad absoluta el diálogo, liberando a sus interlocutores de las obligaciones de la
cortesía. Cada uno de ellos continúa simplemente su soliloquio, sin procurar conseguir
ningún placer dialéctico en particular ni por nada del mundo imponérselo a su vecino.
Las expresiones no tienen, como es habitual, por objetivo el desarrollo de una tesis, por
insignificante que sea, son asimismo tan desafectadas como sea posible. En cuanto a la
respuesta que esto exige, es en principio totalmente indiferente al amor propio de quien
habla. Las palabras, las imágenes no se ofrecen sino como trampolines para el espíritu
de aquel que escucha. Esa es la manera como se deben presentar, en Los Campos
Magnéticos, primera obra puramente surrealista, las páginas reunidas bajo el título:
Barreras, en las que Soupault y yo nos enseñamos esos interlocutores imparciales.
El surrealismo no permite a quienes lo practican abandonarlo cuando les plazca.
Todo lleva a creer que actúa sobre el espíritu a la manera de los estupefacientes; como
ellos crea un cierto estado de necesidad y puede empujar al hombre a terribles
sublevaciones. Es aún, si se quiere, un buen paraíso artificial y el gusto que tenemos por
él es susceptible de la crítica de Baudelaire en la misma medida que los otros. Asimismo
el análisis de los efectos misteriosos y de los placeres particulares que puede engendrar
—en muchos aspectos el surrealismo se presenta como un vicio nuevo, que no parece
necesitar ser la prerrogativa de unos cuantos hombres; es como el haschisch que
satisface hasta a los más difíciles—, un análisis tal no puede dejar de hallar un lugar en
este estudio.

1° Entran en juego las imágenes surrealistas como aquellas imágenes del opio
que el hombre ya no evoca, pero que “se le ofrecen espontáneamente, despóticamente.
No las puede despedir; porque la voluntad ya no es fuerte y ya no gobierna sobre las
facultades.”15 Queda por saber si alguna vez hemos “evocado” las imágenes. Si nos
atenemos, como yo lo hago, a la definición de Reverdy, no parece posible acercar
voluntariamente lo que él llama “dos realidades distantes”. El acercamiento sucede o no
sucede, eso es todo. Niego, por mi parte, de la manera más formal, que este tipo de
imágenes de Reverdy:

En el riachuelo hay una canción que fluye


o:
El día se desplegó como un mantel blanco
o:
El mundo entra en un saco

ofrezcan el menor grado de premeditación. Es falso, según yo, pretender que “el espíritu
ha captado las relaciones” de la presencia de dos realidades. Para empezar, no captó
nada conscientemente. Se trata del acercamiento por así decirlo fortuito de dos términos
del que brota una luz particular, luz de la imagen, ante la cual nos mostramos
infinitamente sensibles. El valor de la imagen depende de la belleza de la chispa
obtenida; ella está, por consecuencia, en función de la diferencia potencial entre los dos
conductores. Cuando esta diferencia existe apenas como en la comparación,16 la chispa
15
Baudelaire.
16
Cfr. La imagen en Jules Renard.
no se produce. Además, a mi entender, no puede el hombre concertar el acercamiento de
dos realidades tan distantes. El principio de asociación de ideas, tal como se nos
aparece, se le opone. O bien sería necesario volver a un arte elíptico, que Reverdy
condena como yo. Es forzoso por lo tanto admitir que los dos términos de la imagen no
son deducidos el uno del otro por el espíritu en vistas de la producción de la chispa, que
son los productos simultáneos de la actividad que llamo surrealista, limitándose la razón
a constatar, y a apreciar el fenómeno luminoso.
Y del mismo modo en que la chispa gana en duración cuando se produce a través
de gases enrarecidos, la atmósfera surrealista creada por la escritura mecánica, que he
procurado poner al alcance de todos, se presta particularmente a la producción de las
más bellas imágenes. Incluso podemos decir que las imágenes aparecen, en esta carrera
vertiginosa, como las únicas guías del espíritu. El espíritu se convence poco a poco de la
realidad suprema de estas imágenes. Limitándose primero a padecerlas, pronto se da
cuenta de que ellas halagan su razón, de que incrementan particularmente su
conocimiento. Toma conciencia de las extensiones ilimitadas donde se manifiestan sus
deseos, donde los pros y los contras se reducen sin cesar, donde su oscuridad no lo
traiciona. Va, llevado por esas imágenes que lo deleitan, que le dejan apenas tiempo
para soplar sobre el fuego de sus dedos. Es la más bella de las noches, la noche del
relámpago: el día, junto a ella, es la noche.

Los innumerables tipos de imágenes surrealistas requerirían de una clasificación que,


hoy por hoy, no me propongo intentar. Agruparlas según sus afinidades particulares me
llevaría demasiado lejos; quiero tener en cuenta, esencialmente, su virtud común. Para
mí, la más fuerte es aquella que presenta el grado de arbitrariedad más elevado, no lo
niego; aquella que impone una mayor tardanza en traducirse al lenguaje práctico, sea
porque encierra una dosis enorme de contradicción aparente, sea porque uno de sus
términos sea curiosamente escamoteado, sea porque se anuncia sensacional, parece que
se desanuda débilmente (porque cierra abruptamente el ángulo de su compás), sea
porque obtiene de ella misma una justificación formal irrisoria, sea porque ella sea del
orden alucinante, sea porque muy naturalmente ella presta a lo abstracto la máscara de
lo concreto, o inversamente, sea porque ella implica la negación de cualquier propiedad
psíquica elemental, sea porque desencadena la risa. He aquí, en orden, algunos
ejemplos:

El rubí de Champaña. Lautréamont.

Bello como la ley de detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya
propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su
organismo asimila. Lautréamont.

Una iglesia se alzaba radiante como una campana. Philippe Soupault.


En el sueño de Rrose Sélavy hay un enano saliendo de un pozo que viene a
comerse su pan de la noche. Robert Desnos.

Sobre el puente el rocío con cabeza de gata se mecía. André Breton.

Un poco a la izquierda, en mi firmamento adivinado, apercibo —pero sin duda


no hay más que un vapor de sangre y de muerte— el brillante esmerilado de las
perturbaciones de la libertad. Louis Aragon.

En el bosque incendiado
Los leones estaban frescos. Roger Vitrac.

El color de las medias de una mujer no se asemeja forzosamente al de sus ojos,


lo que hizo decir a un filósofo al que es inútil nombrar: “los cefalópodos tienen más
razones que los cuadrúpedos para odiar el progreso”. Max Morise.

2° Quiérase o no, hay aquí para satisfacer varias exigencias del espíritu. Todas
esas imágenes parecen testimoniar que el espíritu está maduro para algo más que las
benignas alegrías a las que en general se entrega. Es la única manera que tiene para
tornar a su favor la cantidad ideal de acontecimientos de los que se hace cargo.17 Esas
imágenes le dan la medida de su disipación ordinaria y de los inconvenientes que ésta le
ofrece. No es malo que ellas finalmente lo desconcierten, pues desconcertar al espíritu
pone en evidencia sus errores. Las frases que cito contribuyen considerablemente a ello.
Pero el espíritu que las saborea adquiere la certeza de hallar el camino recto; por lo
mismo, no sabría hacerse responsable de ninguna argucia; no tiene nada que temer
puesto que se esfuerza en abordarlo todo.

3° El espíritu que se sumerge en el surrealismo revive con exaltación la mejor


parte de su infancia. Es para él un poco la certeza de quien, estando a punto de ahogarse,
repasa, en menos de un minuto, todo lo insalvable de su vida. Me dirán que no es muy
alentador. Pero no quiero animarlos a que me digan aquello. Los recuerdos de la
infancia y otros tantos liberan un sentimiento de dispendio y de posterior
descarrilamiento, al que tengo por el más fecundo que existe. Es quizás la infancia lo
que más se parece a la “verdadera vida”; la infancia más allá de la cual el hombre no
dispone, además de su salvoconducto, más que de algunos boletos a su favor; la infancia
donde todo contribuía sin embargo a la posesión eficaz, y sin riesgos, de sí mismo.
Gracias al surrealismo, pareciera que estas posibilidades retornan. Es como si corrieran
todavía hacia su salvación, o a su perdición. Revivimos, en la oscuridad, un precioso

17
No olvidemos que, según la fórmula de Novalis, “hay una serie de acontecimientos que corren
paralelamente con los reales. Los hombres y las circunstancias, en general, modifican el tren ideal de los
acontecimientos, de suerte que parecen imperfectos; y sus consecuencias asimismo son igualmente
imperfectas. Es así como se dio en la Reforma; en lugar del Protestantismo llegó el Luteranismo”.
terror. A Dios gracias, no es más que el Purgatorio. Atravesamos, con un
estremecimiento, lo que los ocultistas llaman los paisajes peligrosos. Engendro sobre
mi paso a los monstruos que acechan; no son todavía malintencionados con respecto a
mí y no estoy perdido, puesto que les temo. Aquí “los elefantes con cabeza de mujer y
los leones voladores” que, a Soupault y a mí, nos hacían temblar ante su encuentro, aquí
el “pez soluble” que me asusta un poco todavía. PEZ SOLUBLE ¿No soy yo el pez
soluble? ¡Nací bajo el signo de Piscis y el hombre es soluble en su pensamiento! La
flora y fauna del surrealismo es inconfesable.

4° No creo en el próximo establecimiento de un cliché surrealista. Las índoles


comunes a todos los textos del género, entre ellos los que vengo señalando y muchos
otros que sólo podrían brindarnos un análisis lógico y un análisis gramatical serios, no
se oponen a una cierta evolución de la prosa surrealista a lo largo del tiempo. Llegadas
tras cantidades de ensayos a los que me he entregado en este sentido desde hace cinco
años y a los que he tenido la debilidad de juzgar en su mayor parte como
extremadamente desordenados, las historietas que forman la continuación de este
volumen me ofrecen una prueba flagrante. No las tengo a causa de ello, ni por más
dignas, ni por más indignas, de hacer figurar ante los ojos del lector las ganancias que el
aporte surrealista es susceptible de producir en su conciencia.
Los medios surrealistas demandarían, por cierto, ser ampliados. Todo es bueno
para obtener de ciertas asociaciones la inmediatez deseada. Los papier-collés de Picasso
y Braque tienen el mismo valor que la introducción de un lugar común en un desarrollo
literario del más pulido estilo. Incluso es lícito titular POEMA a lo que obtenemos por
medio del ensamblaje tan gratuito como sea posible (observemos, si se quiere, la
sintaxis) de titulares y fragmentos de titulares recortados del periódico:

POEMA

Una caracajada
de zafiro en la isla de Ceylán

Las más bellas pajillas


TIENEN LA TEZ MARCHITA
BAJO LAS CERRADURAS

en una granja aislada


DÍA TRAS DÍA
se agrava
el café
Í

ÑORA,

Un salto al vacío
UN CIERVO

El Amor primero
Todo podría arreglarse tan bien
PARÍS ES UN GRAN PUEBLO

LA ORACIÓN

Sepan que

Corta y buena

EL PRIMER DIARIO BLANCO


DEL AZAR

El cantor errante
¿DÓNDE ESTÁ?

En su casa
Y podríamos multiplicar los ejemplos. El teatro, la filosofía, la ciencia, la crítica
todavía podrían encontrarse en esa vía. Me apresuro en agregar que las futuras técnicas
surrealistas no me interesan.

Otro tipo de gravitación me parece que tienen18, lo he dado suficientemente a entender,


las aplicaciones del surrealismo a la acción. Desde luego, no creo en la virtud profética
de la palabra surrealista. “Es oráculo, lo que digo”19: Sí, tanto como yo quiera, ¿pero
qué es el oráculo en sí mismo?20 La piedad de los hombres no me engaña. La voz
surrealista que sacudió a Cumas, Dodona y Delfos no es otra que la que me dicta mis
discursos menos airados. Mi tiempo no debe ser el suyo, ¿por qué me ayudaría ella a

18
Unas cuantas reservas que me permito hacer sobre la responsabilidad en general y sobre las
consideraciones médico-legales que presiden el establecimiento del grado de responsabilidad de un
individuo: responsabilidad plena, irresponsabilidad, responsabilidad limitada (sic), por difícil que me sea
admitir la premisa de una culpabilidad cualquiera, me gustaría saber cómo serán juzgados los primeros
actos delictuales en los que el carácter surrealista esté fuera de toda duda. ¿El acusado será absuelto o sólo
se beneficiará de circunstancias atenuantes? Es una lástima que los delitos de prensa ya casi no sean
reprimidos, sin que asistamos por lo pronto a un proceso de este género: el acusado ha publicado un libro
que atenta contra la moral pública; en razón de la denuncia de unos cuantos de sus “más honorables”
conciudadanos es también inculpado de difamación; se ha adoptado contra él todo tipo de otros cargos
abrumadores, tales como injurias a la armada, incitación al homicidio, a la violación, etc. El acusado, por
cierto, se pone inmediatamente de acuerdo con la acusación para “marchitar” la mayor parte de las ideas
expresadas. Se limita en su defensa a asegurar que no se considera como autor de su libro, el cual no
podría pasar más que por una producción surrealista que excluye toda cuestión de mérito, o demérito de
quien lo firma, quien se ha limitado solo a copiar un documento sin dar su opinión, y que es al menos tan
foráneo como el Presidente del Tribunal al texto incriminado.
Lo que es verdadero de la publicación de un libro devendrá otros miles de actos el día en que los
métodos surrealistas comiencen a gozar de algún favor. Se necesitará entonces que una moral nueva
substituya a la moral en curso, causa de todos nuestros males.
19
Rimbaud.
20
Sin embargo, SIN EMBARGO... Habría que llegar al fondo de esto. Hoy 8 de junio de 1924, hacia la
una, la voz me soplaba: “Béthune, Béthune”. ¿Qué quiso decir? No conozco Béthune y no tengo sino una
escasa idea de la ubicación de ese punto en el mapa de Francia, Béthune no evoca nada en mí, ni siquiera
una escena de LOS TRES MOSQUETEROS. Debí partir a Béthune, donde tal vez algo me aguardaba;
eso habría sido demasiado sencillo, de verdad. Me han contado que en un libro de Chesterton hay un
detective en cuestión que, para hallar a quien buscaba en una ciudad, se contenta con visitar de cabo a
rabo las casas que, desde el exterior, presentan un detalle ligeramente anormal. Este sistema es tan bueno
como cualquier otro.
Del mismo modo en 1919, Soupault entraba en cantidad de inmuebles imposibles preguntando al
conserje si ciertamente era ahí donde habitaba Philippe Soupault. No se hubiera sorprendido, según
pienso, con una respuesta afirmativa. Hubiera ido a golpear a su puerta.
resolver el infantil problema de mi destino? Parezco actuar, en mala hora, en un mundo
donde yo, para llegar a tener en cuenta sus sugerencias, estaría obligado a pasar por dos
tipos de intérpretes, unos para traducirme sus sentencias, otros, imposibles de hallar,
para imponer a mis semejantes la comprensión que yo sostuviera. Este mundo en el que
sufro lo que sufro (no vengan a ver), este mundo moderno, en fin, ¡diablos! ¿Qué
quieren que haga? La voz surrealista se ocultará quizás, ya no estoy para contar mis
desapariciones. No entraré, por poco que sea, en el recuento maravilloso de mis años y
mis días. Seré como Nijinsky, a quien llevaron el año pasado a ver los Ballets rusos y no
entendió el espectáculo al que asistía. Estaré solo, muy solo en mí mismo, indiferente a
todos los ballets del mundo. Lo que he hecho, lo que no he hecho, te lo regalo.

Y, por consiguiente, adopté un gran deseo de considerar con indulgencia el ensueño


científico, tan impropio a fin de cuentas, en todos sus aspectos. ¿Los sin-hilos? Bien.
¿La sífilis? Si gustas. ¿La fotografía? No tengo inconveniente. ¿El cine? Bravo por las
salas oscuras. ¿La guerra? Nos reímos mucho. ¿El teléfono? Aló, sí. ¿La juventud?
Encantadores cabellos blancos. Intenta hacerme decir gracias: “Gracias”. Gracias… Si
el vulgo estima fervorosamente lo que estrictamente hablando son las investigaciones de
laboratorio, se debe a que éstas han sido exitosas en cuanto al lanzamiento de una
máquina, en cuanto al descubrimiento de un suero, todo aquello en lo que el vulgo se
cree directamente interesado. No duda en que han querido mejorar su suerte. No sé qué
entra exactamente en el ideal de los sabios respecto a los anhelos humanitarios, pero no
me parece que aquello constituya una suma muy grande de bondad. Hablo, entiéndase
bien, de sabios verdaderos y no de vulgarizadores de todo tipo que se hacen de la
concesión de una patente. Creo, en este ámbito como en otros, en la pura alegría
surrealista del hombre que, advertido del fracaso sucesivo de todos los demás, no se da
por abatido, parte desde donde quiere y, por cualquier camino que no sea un camino
razonable, llega donde puede. Tal o cual imagen, la cual juzgará oportuna para señalar
su carrera y que, tal vez, le valga el reconocimiento público, debo admitir, me es
indiferente en sí misma. El material del cual hay tanto de embarazoso tampoco me
impresiona: sus tubos de vidrio o mis alas metálicas… En cuanto a su método, lo doy
por lo que vale el mío. He visto en acción al inventor del reflejo cutáneo plantar; él
manipulaba sin tregua a sus sujetos, lo que practicaba era completamente diferente a un
“examen”, estaba claro de que ya no se fiaba de ningún plan. Aquí o allá, formulaba un
comentario, distante, sin estabilizar su aguja, y en tanto su martillo aún corría. En
cuanto al tratamiento de pacientes, les dejó a otros el trabajo fútil. Él estaba del todo en
esta fiebre sagrada.

El surrealismo, tal como lo considero, declara nuestro inconformismo absoluto de


manera suficiente como para excluir la posibilidad de traducirlo, en el proceso contra el
mundo real, a testigo de descargo. No podría, por el contrario, sino justificar el
completo estado de distracción que ciertamente esperamos lograr acá abajo. La
distracción de la mujer en Kant, la distracción “de las uvas” en Pasteur, la distracción de
los vehículos en Curie son a este respecto profundamente sintomáticas. Este mundo no
está sino muy relativamente a la medida del pensamiento y los incidentes de este género
no son sino los episodios hasta aquí más destacados de una guerra de independencia en
la que tengo la gloria de participar. El surrealismo es el “rayo invisible” que nos
permitirá un día prevalecer sobre nuestros adversarios. “Ya no tiembles, esqueleto”.
Este verano las rosas son azules; la madera es de cristal. La tierra drapeada en su verdor
también tiene poco efecto en mí como un espectro. Vivir y dejar de vivir son soluciones
imaginarias. La existencia está en otra parte.

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