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Fallas Del Mercado y Bienes Públicos - Modulo 3

Un fallo es una consecuencia negativa del funcionamiento del mercado y se produce cuando este no es eficiente en la asignación de los recursos disponibles.

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Fallas Del Mercado y Bienes Públicos - Modulo 3

Un fallo es una consecuencia negativa del funcionamiento del mercado y se produce cuando este no es eficiente en la asignación de los recursos disponibles.

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Fallas del mercado y bienes públicos

Un fallo es una consecuencia negativa del funcionamiento del mercado y se


produce cuando este no es eficiente en la asignación de los recursos
disponibles.
Las limitaciones del mercado:
La mano invisible es una metáfora inventada por Adam Smith para explicar el
funcionamiento de los mercados y la fijación de los precios a través del libre
juego de la oferta y la demanda. Se trata de una teoría acertada en general,
pero equivocada en particular.
En algunos casos, la mano invisible conduce a situaciones indeseables como
son las desigualdades sociales, la posición dominante de ciertas empresas, la
contaminación o los abusos que sufre la clase trabajadora.
Estos efectos negativos del mercado, fruto de un funcionamiento incontrolado o
ineficiente, se denominan fallos del mercado.

Cuando estudiamos los distintos sistemas económicos, vimos que los


problemas de eficiencia no solo se manifiestan en las economías de mercado
puras, sino también en las economías mixtas. Esto ocurre porque, aunque el
Estado intervenga para tratar de corregir los efectos negativos del mercado,
solamente consigue mitigarlos, pero no hacerlos desaparecer, en definitiva, los
principales fallos del mercado son:
 La inestabilidad de los ciclos económicos.
 La existencia de bienes públicos.
 Las externalidades.
 La competencia imperfecta.
 La distribución desigual de la renta.

1. La inestabilidad de los ciclos económicos:

Como muchas otras cosas en la vida, la economía también está sujeta a ciclos.
Que una actividad esté sujeta a un comportamiento cíclico no es un problema,
siempre que cada fase sea mejor que la anterior, pero lo habitual es que a una
fase buena le suceda una mala. Esto es, precisamente, lo que ocurre en las
economías de mercado.
Los ciclos económicos son fluctuaciones de la actividad económica en fases
alternas de expansión y recesión, a las fases o épocas de expansión, en las
que la actividad económica y el empleo crecen considerablemente, les suceden
otras de recesión y depresión en las que una gran parte de los recursos
productivos disponibles (trabajadores, máquinas, capitales, etc.) permanecen
ociosos.
En épocas de recesión, la infrautilización de los recursos es especialmente
preocupante porque el valor en la producción de bienes y servicios disminuye
notablemente. Al final de la fase de recesión, sigue otra de expansión y así
sucesivamente.
En definitiva, la economía adopta un comportamiento cíclico con fases alternas
de expansión y recesión. A este fenómeno se le conoce con el nombre de
inestabilidad cíclica.

La inestabilidad cíclica es el más importante de los fallos del mercado porque


afecta directamente al número y a las características de los puestos de trabajo
de un país. El descenso de la actividad económica en las fases de recesión
incide sobre el salario, principal -y, muchas veces, única- fuente de ingresos
para la mayoría de las familias. Cuando llegan las «vacas flacas» y las
empresas han de reducir sus costes debido a la disminución de las ventas, el
trabajo o mano de obra es el primer recurso productivo que se sacrifica.
Los indicadores económicos como el PIB, que mide el valor de la producción
de bienes y servicios, u otros, señalan el fin de una fase de expansión y, por lo
tanto, el comienzo de una de recesión. En época de recesión, el sector público
puede adoptar una de estas dos posturas:
 No intervenir, confiando en que el mercado salga por sí solo de la crisis
y la actividad económica vuelva a expandirse.
 Intervenir, consumiendo o produciendo bienes y servicios. Por medio de
este tipo de intervención, el Estado hace crecer artificialmente los
niveles de actividad económica para compensar la falta de demanda
privada de bienes y servicios y, a su vez, estimula con su actuación a
empresarios y consumidores.

1.1. La intervención del sector público: política económica (función


estabilizadora)

Desde la primera y más famosa crisis del sistema de economía de mercado, la


Gran Depresión de 1929, se considera responsabilidad del sector público, y por
lo tanto de los distintos Gobiernos, adoptar medidas que favorezcan un
desarrollo sostenible que, entre otros objetivos, suavice las fluctuaciones de los
ciclos económicos o las minimice. Esta y otras funciones que veremos más
adelante configuran lo que se denomina política económica.
El conjunto de medidas e instrumentos que utiliza el Estado para intervenir en
la actividad económica y tratar de favorecer la marcha del país se denomina
política económica.

2. La existencia de bienes públicos:


Aunque el mercado debería proveer en cantidad suficiente de todos los bienes
y servicios que la sociedad demanda, no siempre sucede así. Hay situaciones
en las que el mercado no es capaz de dar respuesta a ciertas demandas, como
las de tipo social. Por ejemplo, si cada uno velara solo por su propio interés,
¿crees que existirían carreteras? ¿Qué inversor estaría dispuesto a costear un
bien que luego podría utilizar cualquiera, aunque no hubiese pagado por él?
Además de construir la carretera, el dueño tendría que pagar a un ejército para
que la vigilara.
Este tipo de bienes que no son rentables para un inversor particular, pero sí lo
son para el país, se denominan bienes no rentables. Se caracterizan porque es
prácticamente imposible impedir que las personas que no han pagado por ellos
los utilicen. En todo caso, lo relevante es que la demanda que existe de ellos
no se satisface adecuadamente, porque las empresas privadas no ofertan
suficiente cantidad, como es por ejemplo el caso de las autopistas de peaje que
complementan la red viaria pública.

2.1. La intervención del Estado: suministro de bienes públicos:


En estas situaciones en las que la iniciativa privada produce una cantidad
inferior de bienes y servicios de la que demanda la sociedad, es el Estado,
finalmente, el que suministra estos bienes y servicios por razones de interés
público. Así, amparado en los poderes y recursos que un régimen político como
la democracia otorga al sector público, este asume el suministro de ciertos
bienes que la sociedad entiende que deben ser disfrutados por todos. Además,
el Estado proporciona otro tipo de bienes y servicios que, dada su importancia
estratégica para el buen funcionamiento de una democracia, han de ser
gestionados directamente por la Administración Pública, como el ejército o la
justicia.
El suministro de bienes y servicios públicos se concreta de varias formas:
 mediante producción propia (justicia, policía, ejército, educación)
 adquiriéndolos a las empresas privadas para después distribuirlos
gratuitamente
 entre la población (alumbrado, carreteras, puentes)
 Subvencionando parcialmente su adquisición (sanidad, viviendas
sociales)

3. Las externalidades:
Cuando una empresa fabrica un producto, genera unos costes asociados a la
utilización de los recursos productivos (en forma de salarios, alquileres o
intereses) que trata de recuperar con un cierto margen de beneficio mediante la
venta de sus productos. Son costes internos que la empresa soporta al
desarrollar su actividad económica, pero en muchos casos, la actividad
productiva tiene unas consecuencias negativas cuyo coste no es soportado por
la propia empresa, como el coste de regenerar un bosque talado.
En este último, se trata de costes externos o externalidades negativas
soportados sin compensación por personas ajenas a la empresa como
consecuencia de la actividad de esta. Por ejemplo, el humo de la chimenea de
una fábrica empeora la calidad de vida de las personas que viven cerca; los
residuos que una industria vierte al río, aunque esté lejos de una ciudad,
afectan indirectamente a los ciudadanos, pues se pierde un espacio de ocio y
además será necesario depurar el agua para su consumo; el agotamiento de
los recursos no renovables perjudicará a futuras generaciones, etc.
Como todos estos efectos no son contemplados por las empresas, tampoco
son trasladados a los precios de los productos que venden, de tal forma que el
mercado no informa correctamente a los consumidores de cuáles son los
costes reales de producción del bien en cuestión, pues solo se han tenido en
cuenta los costes internos, prescindiendo de los externos.
Las externalidades son consecuencias derivadas de la actividad económica
que afectan a personas distintas de las que realizan la actividad en cuestión, y
no tienen reflejo en los precios de los bienes y servicios producidos.

3.1. La intervención del sector público: política


Consiste en determinar unos límites que marcan la máxima contaminación que
una empresa está autorizada a causar, de tal forma que quienes los
sobrepasen serán sancionados. Es el método más utilizado por los Gobiernos
para combatir la contaminación, pero su inconveniente es el elevado coste que
supone fijar esos umbrales y controlar a las empresas.
Ante el establecimiento de impuestos o sanciones, las empresas tienen dos
opciones: añadir el coste de los impuestos a sus costes internos sin subir el
precio de sus productos (en cuyo caso la empresa reduciría sus beneficios), o
trasladar el impuesto al precio de venta de los productos para que el
consumidor decida si paga o no un mayor precio por consumir un bien
producido mediante un proceso de fabricación respetuoso con el
medioambiente.
Todas estas medidas de política medioambiental aceptan la contaminación
como un mal menor, puesto que ninguna de ellas la previene, sino que se
limitan a obtener una compensación económica una vez que el daño ya se ha
producido.
La sociedad debe ser consciente de que es responsabilidad de todos evitar el
deterioro medioambiental.

4. La competencia imperfecta:
El entorno competitivo incentiva a las empresas a mejorar la calidad de sus
productos y servicios y a ajustar sus precios.
La falta de competencia o situación de competencia imperfecta conduce a
prácticas abusivas por parte de las empresas en la fijación de precios o en las
cantidades de producto que se ofrecen al mercado, de tal forma que la
satisfacción de las necesidades de los consumidores pasa a un segundo plano.

4.1. La intervención del sector público: defensa de la libre


competencia
A pesar de los beneficios derivados para el conjunto de la sociedad del
funcionamiento competitivo de los mercados, en determinadas ocasiones, los
intereses particulares de algunos agentes económicos pueden no coincidir con
los principios inspiradores de la libre competencia, de tal forma que los
incentivos para llevar a cabo prácticas restrictivas de la misma pueden ser
superiores a los que obtendrían con el libre funcionamiento de la ley de la
oferta y la demanda. Por ello, en estas ocasiones la intervención de las
autoridades de defensa de la competencia se hace necesaria para garantizar el
funcionamiento competitivo de los mercados de tal forma que sus beneficios
alcancen al conjunto de la sociedad.
Con estas palabras se justifica la defensa de la competencia como una
prioridad pública, a través de la Comisión Nacional de la Competencia, que
tiene las siguientes funciones:
 Instrucción y resolución de los procedimientos en materia de defensa de
la competencia.
 Arbitraje, competencias consultivas y labores de promoción de la
competencia en los mercados.
 Fomento de la transparencia de sus actuaciones y responsabilidad
frente a la sociedad.
 Elaboración de informes sobre la situación de competencia en los
mercados y análisis y evaluación de los efectos de la concesión de
ayudas públicas.
Son conductas prohibidas: los acuerdos o pactos para fijar los precios u otras
condiciones comerciales, la limitación de la producción o el reparto del
mercado. Por ejemplo, cuando determinadas empresas de un mismo sector
acuerdan subir conjuntamente el precio de venta al público de sus productos.

5. La distribución desigual de la renta:


La principal virtud del sistema de economía de mercado es que las familias y
las empresas eligen según sus preferencias y disponibilidades, pero esta virtud
se convierte también en su talón de Aquiles. En el mercado solo expresan sus
preferencias aquellos cuyo nivel de ingresos les permite pagar los precios de
los bienes y servicios que ofrecen las empresas. Las personas con menor
capacidad adquisitiva apenas pueden comunicarse con el mercado para
hacerle saber sus necesidades.
Efectivamente, en los mercados se habla con frecuencia de la soberanía que el
consumidor ejerce mediante el voto de su compra. Se trata de una frase muy
positiva que engloba palabras como soberanía y voto, pero que en realidad se
refiere únicamente a quienes pueden votar, esto es, comprar. Todos somos
consumidores pero no todos votamos. Si ponemos un ejemplo extremo: ¿cuál
es nuestro grado de soberanía cuando se trata de adquirir coches Ferrari o de
practicar turismo por el espacio? La mayoría somos soberanos a la hora de
desear, pero pueblo llano a la hora de comprar.
Las personas con rentas altas representan un mínimo porcentaje en el conjunto
de la sociedad, de tal forma que, si el sector público no interviniera, el mercado
solo satisfaría las necesidades de los que más tienen y se acentuarían las
desigualdades económicas. Desde siempre, la desigual distribución de la renta
ha sido objeto de críticas por parte de los movimientos sociales, ya que los
principios básicos que rigen la organización política de la mayoría de las
sociedades modernas, los democráticos, hablan de igualdad, justicia y equidad.
Por esta razón se ha exigido al sector público que trate de corregir dicha
desigualdad y, en este caso concreto, el principio invocado es la solidaridad: no
se trata de penalizar a quienes ganan más sino de ayudar a quienes ganan
menos. En este sentido es un buen ejemplo la solidaridad entre comunidades
autónomas que deriva de lo establecido en la ley de leyes española, la
Constitución.

5.1. La intervención del sector público: política económica (función


redistribuidora de la renta)
La política económica no solo persigue estabilizar la economía para minimizar
los efectos negativos de sus fluctuaciones. Otro de sus objetivos importantes
es reducir las desigualdades en la distribución personal o geográfica de la
renta, estableciendo leyes y medidas para redistribuirla.

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