JUAN 3:16
Sermón # 1
Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se
pierda, sino que tenga vida eterna. (Juan 3:16 NIV)
Un amigo de mi pueblo en la parte oeste de Texas se comunicó conmigo para darme grandes noticias:
«Mi padre vio el nombre de tu mamá en el periódico. Era algo sobre una propiedad que no había sido
reclamada todavía».
No podía imaginarme de cual propiedad me estaba hablando. Mi padre murió hace varios
años. Mi madre vive en Arkansas cerca de mi hermana. Cuando se mudó, nosotros vendimos su casa.
No tenía ninguna idea que tuviéramos alguna propiedad en la ciudad. «¿Una propiedad sin
reclamar?»
«¡Claro! La municipalidad tiene la obligación de presentar una lista con los nombres de las
personas que tienen bienes así».
«No me digas».
«Te enviaré la información sobre la persona a la que debes llamar».
Esa conversación sucedió un domingo. El martes recibí un correo electrónico de mi amigo.
Desde ese momento y por la mayor parte de las siguientes cuarenta y ocho horas me las pasé
pensando en lo que mis padres, sin el conocimiento de sus hijos, habían acumulado. Inicialmente,
estaba perplejo. La gran depresión hizo que mis padres fueran extremadamente cuidadosos con el
dinero. Ellos hacían con su dinero lo que los extractores de jugo hacen con las naranjas: Les sacaban
todo el jugo.
Sin embargo, mi padre era un mecánico en un campo petrolero. En esas áreas siempre hay
buscadores de pozos petroleros. ¿Habrá, alguno de ellos, convencido a mi padre de que invirtiera
algunos dólares en una riesgosa oportunidad? ¿Lo mantuvo en secreto para que mi madre no se
enfureciera por tal decisión? Y ahora, ¿podría ser que ese pozo esté brotando millones y quizás miles
de millones de barriles de petróleo del tesoro? ¿Y quién se encuentra en esa lista de inversionistas?
Ni más ni menos que Jack Lucado. ¿Y quién se encontraría en la lista de herederos?
Mi imaginación iba a mil por hora. Esto puede ser algo enorme. En mi mente ya había
separado dinero para la educación de mi nieto que ni siquiera había nacido aún. Eso lo pensé el
domingo en la noche. El lunes ya había acabado con el hambre en el mundo. Ya para el martes,
cuando el correo electrónico llegó, yo me encontraba resolviendo la crisis del SIDA. Marqué el
número telefónico de la municipalidad. La persona encargada se acordó de mi madre y con mucho
entusiasmo me dijo: «Esperaba su llamada» escuché papeles moviéndose y su voz murmurando:
«¿Dónde puse ese cheque?»
«¿Cheque?», Tragué saliva nerviosamente. Saqué mi calculadora del escritorio y mientras mis
dedos rondaban los botones oí: « Aquí está. Parece que le debemos dinero a su madre. Increíble, esto
ha estado aquí por un buen tiempo».
Impacientemente, empecé a tronar los dedos.
«Veamos, señor Lucado. ¿Adónde enviamos este cheque?»
Le di una dirección y esperé en la línea.
Ella continuó diciéndome: «Parece que le debemos a su mamá tres coma cinco».
¿Dijo ella tres coma cinco millones? Pensé. Quizás quiso decir tres mil coma quinientos. No
importa. En mi interior decía: ¡Muy bien papá!
«Así es, señor, su mama pagó tres coma cinco dólares de más en el último recibo del agua,
cuando vivía aquí. ¿Desea que se lo envíe hoy?»
«Está bien... gracias. Póngalo en el correo».
Algunas esperanzas no se logran. Algunas expectativas se alejan y desaparecen como un
globo a la deriva. ¿Se acuerda de aquel novio de brillante armadura que luego le rompió el corazón
dos veces? ¿Aquella promoción rápida que le llevó a ese cubículo olvidado en el sótano? El cambio de
ambiente para «encontrarse». Y sí se encontró, pero donde se encontró fue pagando un alquiler más
alto y menos amigos.
La vida tiene decepciones. Usted tuvo su tajada… quizás usted piense: más que su tajada. Si es
así, le tengo una promesa que debe considerar. No me refiero a una promesa de $3.50, sino una de
3:16. La promesa de Juan 3:16.
1
Porque Dios
tanto amó al mundo
que dio a su Hijo unigénito,
para que todo el que cree en él
no se pierda, sino que tenga
vida eterna.
Un desfile de esperanza de veintiocho palabras: comenzando con Dios, terminando con vida,
e invitándonos a hacer lo mismo. Lo suficientemente breve como para escribirlo en una servilleta o
memorizarlo en un momento, y sin embargo lo suficientemente sólido como para hacerle frente a dos
mil años de tormentas y preguntas. Si usted no sabe nada sobre la Biblia empiece allí. Si usted lo sabe
todo sobre la Biblia, regrese allí. Todos necesitamos un recordatorio. El corazón del problema
humano es el corazón del ser humano. Y también debemos conocer cual es tratamiento que Dios
prescribe en Juan 3:16.
Él ama.
Él dio.
Nosotros creemos.
Nosotros vivimos.
Las palabras son para la Escritura lo que el río Mississippi es para los Estados Unidos la
entrada al interior de la tierra. Uno las puede creer o desechar, aceptar o rechazar. Cualquier
consideración seria acerca de Cristo debe incluirlas. ¿Desecharía un historiador británico la Carta
Magna? ¿Harían lo mismo los egiptólogos con la piedra de roseta? ¿Podría alguien analizar las
palabras de Cristo y nunca sumergirse en Juan 3:16?
El versículo es un alfabeto de la gracia, un índice de la esperanza cristiana, cada palabra es una caja
de seguridad llena de joyas. Léalo de nuevo, lentamente y en voz alta y anote la palabra que le llame
más la atención. «Porque Dios tanto amó al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que
cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna».
«Dios tanto amó al mundo...» sería más probable pensar en un Dios llenó de ira. Uno que castiga al
mundo, que recicla el mundo, que se olvida del mundo... pero ¿qué ama al mundo?
¿El mundo? ¿Este mundo? Rompe corazones, destructores de esperanza, personas que sofocan los
sueños rondan este orbe. Los dictadores se enfurecen. Los abusadores causan daño. Los reverendos
piensan que se merecen su título. Pero Dios ama.
Y Él ama tanto a este mundo que dio su:
¿Declaración?
¿Reglas?
¿Dictamen?
¿Edicto?
No. El aspecto de Juan 3:16 que impacta el corazón, que confunde y que transforma es que: Dios dio a
su hijo... su unigénito. No fueron ideas abstractas sino una divinidad envuelta en humanidad. La
Escritura equipara a Jesús con Dios. Entonces, Dios se dio a sí mismo. ¿Por qué? Lo hizo para «que
todo aquel que en él cree no se pierda».
John Newton, quien le dio letra a la canción de «Maravillosa gracia», apreciaba intensamente ese
adjetivo demostrativo. Él decía: «Yo puedo leerlo de esta forma: Porque Dios tanto amó al mundo que
dio a su Hijo unigénito, para que John Newton que cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Quizás haya otro John Newton; pero «todo aquel» significa este John Newton, el otro John Newton y
todos los demás, sin importar sus nombres».1
Todo aquel... un concepto universal.
Y perderse... una palabra que nos hace pensar. Nos gustaría diluir el término y si pudiéramos,
borrarlo. Pero Jesús no lo hace. Él clava letreros de «No entrar» en cada pulgada cuadrada de las
puertas de Satanás y les dice a aquellos que se sienten inclinados a hacerlo que tienen que pasar
sobre su cadáver. No obstante, algunas almas insisten en hacerlo.
Al final, algunos se pierden y otros viven. Y ¿qué es lo que determina la diferencia? No son las obras o
los talentos, el linaje o las posesiones. Nicodemo tenía eso en abundancia. La diferencia la determina
nuestra fe. «Todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna».
Traductores de la Biblia en las islas New Hebrides tuvieron dificultad para encontrar un verbo
apropiado para la palabra creer. Eso era un gran problema ya que la palabra y el concepto son
esenciales en la Escritura.
2
Uno de los traductores, John C. Paton, de manera accidental encontró una solución mientras cazaba
con uno de los hombres de la tribu. Ambos habían cazado un gran venado y lo traían amarrado a un
palo que cargaban en sus hombros. Subieron la montaña empinada hasta la casa de Paton. Cuando
llegaron al corredor de la casa lo dejaron caer al suelo. Al hacerlo, el nativo dijo en su propio
lenguaje: «Caramba, qué bien se siente estirarse aquí y descansar». Paton buscó rápidamente papel y
lápiz y escribió la frase.
Como resultado, su traducción final de Juan 3:16 se diría de la siguiente manera: «Porque Dios amó
tanto al mundo, que dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que se estire en él no se pierda, sino
que tenga vida eterna».2
Estirarse en Cristo y descansar.
Martín Lutero lo hizo. Cuando el gran reformador estaba muriendo, varios dolores de cabeza le
causaban mucho dolor. Le ofrecieron un medicamento para aliviar su sufrimiento pero él lo rechazó
diciendo: «Mi mejor prescripción para la cabeza y el corazón es que Dios amó tanto al mundo que dio
a su hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino tenga vida eterna».3
La mejor prescripción para el corazón y la cabeza. ¿Quién no se puede beneficiar de esa dosis?
¿Recuerda ese cheque de mi ciudad natal? Sigo esperándolo. Pero no me preocupo mucho por ello.
Esos tres cincuenta no prometen mucho. Pero ¿la promesa de 3:16? Ese cheque lo he depositado
desde hace mucho tiempo. Gana intereses todos los días y para siempre.
El suyo también.
1
Stanley Barnes, compilación, Sermons on John 3:16 ( Sermones sobre Juan 3:16) (Greenville, SC:
Ambassador Productions, 1999), p. 90.
2
James Montgomery Boice, The Gospel of John: An Expositional Commentary (El evangelio de
Juan: un comentario expositivo) (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1985), p. 195.
3
Barnes, Sermons on John 3:16 (Sermones sobre Juan 3:16), p. 25.