Ricardo Blanco
Arquitecto y Diseñador. Director de la Carrera de Diseño Industrial de la Universidad
de Buenos Aires. Es Director y Profesor de la Carrera de Posgrado de Diseño de
Mobiliario en FADU/UBA.
Premio Lápiz de Plata 1982 y Premio Konex 1992
Con una pequeña ayuda de mis amigas
El título tiene su razón: En Argentina, en las sillas históricas hay dos hitos interesantes para destacar
las sillas se comportan como desde la perspectiva del diseño: la silla misionera y la silla matera.
La silla misionera se caracteriza por un detalle interesante que es el asiento
amigas, atenúan nuestro
partido o que permite una situación ergonómica de contención con el cuerpo
cansancio, son nuestro respaldo y y una simplificación técnica en su producción. En los años 60 el Grupo Charcas
comparten nuestra soledad o lo tomó como tema.
nuestros encuentros y pueden La otra es la silla matera, la que usa el gaucho para tomar mate y que se ca-
convertirse en una obsesión; pero racteriza por una relación dimensional interesante: ancha, cómoda como una
silla y baja como un sillón. Este planteo fue retomado en los años 50 y hace
van a ayudar a contar la poco por Benedit.
historia hecha por algunos En ellas percibimos los dos caminos que han confluido históricamente en el
diseñadores de por aquí. devenir del diseño de sillas. Uno por el camino culto y otro, el popular; la con-
junción de ambos hizo al diseño moderno.
Este juego de tomar y recuperar el pasado o ir de un universo a otro, de lo
culto a lo popular, al diseño de élite o al de mercado, es una constante en el
diseño de asientos; de allí la sentencia: “una silla viene de otra silla que viene
de otra silla, que...etc”
Dentro de esta línea analizaremos las nuestras. La principal es la madre de las
sillas del diseño argentino: la “BKF”. Sobre este asiento ya se ha escrito bas-
tante en cuanto a su origen: la silla de Joseph Fenbey (un inventor inglés que
recaló en Africa, Trípoli), pasó a Italia y desembarcó en 1938 en Buenos Aires.
Aquí un catalán, Antonio Bonet, y dos argentinos, Juan Kurchan y Jorge
Ferrari Ardoy, transformaron ese invento plegable en una pieza de alto valor
plástico que estableció los cánones del diseño argentino: la preocupación por
el nivel estético, una adecuación tecnológica al medio y la innovación en la
situación de uso.
La notable influencia que esta silla ejerció en todo el mundo a nivel de uso y
de significación la convirtieron, en los ‘50 y hasta hoy, en el símbolo de lo mo-
derno; aquí influyó directamente en una de las piezas de diseño argentino
más notables y bellas, la silla “W”.
Fue desarrollada por César janello en 1943, mientras se hacía la obra de Le
Corbusier en la Plata. Amancio Williams, el maestro, en los años 40 diseñó un
sillón Safari, posiblemente el de mayor calidad estética de todos los que
derivaron de lapieza del maestro danés Kaare Klimt (quien a su vez, lo tomó
de los ingleses, que lo habían traído de Africa). Otro ejemplo de la influencia
Silla “W”, 1943. César Janello para OAM entre diseñadores y que nunca fue considerado, pero al que debemos hacer
justicia, es la silla “Pampanini” de Gerardo Clusellas, que se adelantó a la de
Paul Kjaerholm en algunos años. El diseño de estas sillas influyó en otros diseñadores.
Otra línea de influencia, esta vez doble -del mercado al diseño y viceversa- fue la que
generó la silla de junco de Harpa, que proviene de la silla mediterránea y que leonar-
do Aizemberg reordena, simplifica y proporciona con gran talento convirtiéndola en
una silla de arquitectos; pero luego esa solución fue retomada por la producción po-
pular y volvió al mercado económico con un mejor diseño.
En el camino inverso, debemos recordar un ejemplo interesante: la silla que Janello
propone para vender en cajas, en base a varias piezas iguales. Luego fue retomada
por la empresa La Canadiense y en los años 50 y 60 se convierte en el nombre genéri-
co de la silla de bar.
A partir de los ‘60 hay algunos hitos en el diseño argentino de sillas que han genera-
do influencias. De la casa CH es fundamental el sillón “Cinta” de Alberto Churba, por
su síntesis técnica al resolver todo con una lámina y, muy particularmente, una silla
de Víctor Carroza, la “VC5” que, con una simple articulación formal (ubicar la pata a
45°), recrea la estructura y la convierte en una escultura, revalorizando la espalda -la
zona más mirada de nuestras amigas- de una manera única. Otra empresa de los ‘70
es Buró, con la obra de Reinaldo Leiro, Arnoldo Gaite y Osvaldo Fauci, de la cual debe
mencionarse la “Serie 300”, la silla diseñada en Argentina más copiada por el mer-
cado y vista en casi todas las oficinas públicas.
Silla “Pampanini”, 1953. Gerardo Clusellas
Otra silla notable por la calidad formal de sus proporciones, sus líneas, su corporei-
dad y, además, su confort, es la silla “2900”, de Arnoldo Gaite. Es igualmente signi-
ficativo el “Rolo”, sillón realizado como divertimento por Leiro y Gaite y que se con-
virtió en un objeto que los locales “de onda” debían tener.
Stilka, de Celina Castro, fue otra de las casas que tuvo piezas importantes. Allí la silla
“SH” de Gaite y su versión hamaca, “La Pepa”, a través de la articulación estilística
en el clásico provenzal y el escandinavo moderno, tuvieron un éxito de mercado
absoluto y generaron un tema para el diseño de ese momento: el pasaje de la línea
escandinava a la estilística italiana. En esta concepción el sillón “Cónico” introduce el
multilaminado y la silla “SAT” retoma de la misionera el asiento partido. Esta silla de
hogar fue una de las más reproducidas en ese momento.
Las fábricas productoras de muebles, por ese entonces, comienzan a recurrir a los di-
señadores. Empresas como Lañin o Indumar desarrollaron una gran cantidad de
modelos, como el sillón “Skel”, reconocido por su criterio innovativo en el uso del
multilaminado.
El Grupo Delta, que realizó la silla “Delta”, la impuso por su simplicidad, acusando
de esta manera un “gusto” argentino por la honestidad formal, por lo simple.
En definitiva, por lo que debe ser el diseño.
Silla “Harpa”, 1954. Hardoy, Aubone, Rey Luego de la dictadura, los ‘80 se inauguraron con Visiva, la experiencia de Kogan,
Pastor, Aizemberg, para Harpa Leiro y Blanco que, con la silla “Nínive”, toma los postulados del momento en cuan-
to a libertad formal, colorística y objetividad de significado como temática.
También es importante señalar los productos en serie en la labor desarrollada por
Eduardo Naso en Buró con sus sillas de oficina, como la “S500” que, por su calidad
de resolución, compite con sus pares extranjeras, de tecnologías más sofisticadas.
Hacia los ‘90 se va estructurando el nuevo diseño argentino de sillas, con concursos
exposiciones y trabajos especiales. Entre éstos, los realizados por el Grupo Túnez, de
Friedenbach, Coll y Doberti, con el inteligente sillón para entrevistas en TV, o las si-
llas para bares especiales; es significativa también la obra de Diana Cabeza quien,
con sus asientos urbanos va generando en el habitante una identificación de su lugar
ciudadano.
Este sentido de la incidencia cultural que le otorgamos al diseño es verificable asimis-
mo en la silla “BN” la que, concebida para la Biblioteca Nacional, desde una pers-
pectiva proyectual de interpretación de la obra de Clorindo Testa, va incorporándose
en el imaginario colectivo de Buenos Aires.
En síntesis, sabemos que irán apareciendo otras sillas, otros diseñadores que se irán
sumando a lo ya comentado y a lo mucho no mencionado, pues sabemos que la silla
ha sido y será un objeto fundamental, protagonista del diseño.
Esta es la pequeña historia de mis amigas: las sillas argentinas.
Silla “Janello” 1950. César Janello
Un catalán, Antonio Bonet, y dos argentinos, Juan Kurchan y Jorge Ferrari Ardoy diseñaron el sillón BKF en 1938