¿Desaparición?
(Daniel Cassany)*
¿Internet hará desaparecer el lápiz y el papel? ¿Y los libros? ¡No lo
creo! Seguiremos tomando notas, firmando tarjetas y contratos, entregando
talones, dedicando libros, subrayando lo importante de cada página,
marcando películas o farmacias en el periódico… También seguiremos
leyendo libros, guías turísticas, catálogos de productos, programas de
mano, órdenes del día en reuniones, trípticos publicitarios, revistas,
periódicos. ¿Alguien prefiere leer en la cama… con un ordenador?, ¿en la
bañera?, ¿tumbado en la playa?, ¿visitando Machu Picchu con un ordenador
de bolsillo? Siempre quedarán prácticas de lectura como las de antes:
seguiremos presionando con los dedos y un lápiz encima de una hoja
impoluta1 de papel de barba, buscando una caligrafía personal y bella o
esbozando unas líneas íntimas…
Si la fotografía no acabó con la pintura, si el cine no mató al teatro, si
la televisión tampoco pudo con el cine, si el video no fulminó al cine… ¿por
qué Internet tendría que acabar con el libro? De ningún modo. Esta
esquemática retórica de la sustitución no refleja cómo usamos realmente
los medios. <<Cuando todo es posible, no se renuncia a nada>>, sugiere
Nunberg (1996:23) para mostrar que incluso con ordenadores, seguimos
prefiriendo leer determinados libros y tomar notas a mano. Por ejemplo, la
masificación de Internet precisamente revaloriza algunas prácticas
ancestrales de escritura.
Qué bonito es recibir un te quiero por correo electrónico, desde el
otro lado del mundo…Pero no puede compararse con una tarjeta manuscrita
que aparece por sorpresa en nuestro buzón de metal… con trazos
caligráficos del ser querido. ¡Qué íntimo!, ¡qué personal y privado!
Pero la escritura más habitual e importante ya es electrónica, ¡cómo
mínimo para muchos! Y ésta debería ser la base de la educación. (…) Los
niños de hoy serán adultos en el 2020. ¿Qué futuro tiene para ellos
aprender a escribir hoy sólo con lápiz y papel? El niño que está sentado en
clase el martes por la mañana, componiendo una redacción con lápiz… ¿qué
motivación tiene para escribir así?, ¿qué sensación debe tener? ¿Qué debe
1
Impoluta: “limpio, sin mancha”.
pensar, si en su casa tiene banda ancha, si cuando levanta la mirada ve por
la ventana al empleado de la empresa de enfrente de la escuela, sentado
ante una maravillosa pantalla plana, con verificador ortográfico, corrector
de estilo y programa de traducción asistida?
Para los niños de hoy, adultos del mañana, leer y escribir ya debería
ser manejar webs, elaborar hipertextos, correos electrónicos, conversar a
través de chat o utilizar programas de verificación ortográfica y traducción
asistida, además de tomar notas con papel y lápiz y leer libros de tapa dura.
*(Extraído y adaptado del libro Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea,
Editorial Anagrama, 2008)
La aventura de leer
Mirar televisión no exige mayores esfuerzos, basta con elegir una buena butaca y apretar el
control remoto. El resto queda a cargo de la pantalla, de lo que miremos en la pantalla. Ese
gánster1 que aparece en mitad de la noche tendrá la crueldad que el actor que lo interpreta
sepa darle.
Por Vicente Battista
La música se encargará de marcar los momentos
esenciales, ya sea para el romance o para el misterio; el chirrido de una puerta
invariablemente señalará que es el momento de sentir miedo y los tiros, que
vendrán de inmediato, se oirán como si realmente fuesen de verdad. Nada queda
para nuestra imaginación, somos espectadores y como tal nos comportamos: la
pantalla piensa por nosotros.
Leer, en cambio, exige otra conducta. No basta con mirar. En la página del
libro aparecerá un conglomerado de palabras que sólo comenzarán a ser a partir de
su lectura. Tuvimos que aprender a leer y eso, recordemos, fue maravilloso. Letra a
letra formamos la palabra y un día descubrimos que podíamos descifrar voces como
“madre” o “amigo” o “amor”.
En ese momento dejamos de ser meros espectadores: leer es un acto de
creación constante. Las palabras reunidas en un libro le ponen música al silencio,
dibujan mujeres bellas y paisajes desolados, muestran galaxias desconocidas y
batallas que se disputaron hace miles de años; o tal vez nunca, pero es como si se
hubieran disputado porque comienzan a ser desde el mismo momento en que las
leemos: nosotros las hacemos posibles, ciertas. No es fácil entrar en un libro, pero si
ese libro vale la pena, una vez que entramos se nos hace difícil salir.
Dicen que leer es crecer, sin duda. Pero por sobre todas las cosas es un
regocijo. Jamás se me ocurriría imponerle a alguien la lectura de un cuento o de una
novela, y menos aún a un chico. Borges alguna vez dijo que leyó La Divina Comedia
como un libro de aventuras. Tal vez ésa sea la clave: explicarle al joven lector que
sólo basta con ir tras los pasos de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn, o embarcarse
junto al capitán Silver hacia la isla del tesoro o entrar con Alicia en el país de las
maravillas, para ingresar a un mundo mágico y fascinante. Mark Twain, Stevenson y
Lewis Carroll se encargarán del resto. Y también, claro, Salgari, Verne, Conan Doyle,
Edgar Rice Burroughs, Tolkien. Por fortuna, la lista es vastísima. Cualquier tarde ese
chico descubrirá que los libros ya son parte de su vida y con alegría comprenderá
que no puede prescindir de ellos, aunque sólo sea por la inagotable aventura de
leer.
No puede prescindir de ellos, acabo de escribir y advierto que no es del todo
cierto. El libro, tal como lo he descripto, se encuentra en franca vía de extinción.
Internet y el llamado Libro Electrónico brindan nuevos e insospechados soportes, no
sólo para contener al relato, también para generarlo. Diferentes tipos de escritura
se han puesto en marcha; pienso en los Blogs y en los textos con imagen y sonido
que se proponen por Internet. Otra vez nos enfrentamos a una pantalla; claro que a
diferencia de la del televisor, ésta te obliga a pensar, porque si bien puede
alimentarse con música y gráficos, esencialmente se apoya en la escritura, en las
palabras que le dan verdadero sentido a un relato.
Aunque lamentablemente no estaré para confirmarlo, me atrevo a asegurar
que a finales de este siglo XXI tanto los libros, como las bibliotecas que los
contengan, serán objetos históricos que las nuevas generaciones observarán con la
misma curiosidad con que los jóvenes de hoy observan los discos de pasta. La voz
de Enrico Caruso, que habían logrado captar aquellos antiguos discos, ahora
podemos escucharla en los más recientes DVDs: ha cambiado el continente, no el
contenido.
Con los E-Books pasa lo mismo: en sus pulcras y asépticas páginas,
Raskolnikov continúa atormentado por aquella culpa existencial, Bartleby insiste en
que preferiría no hacerlo y Gregor Samsa una vez más se despierta convertido en
un monstruoso bicho. La escritura persiste, más allá del soporte que la contenga. La
aventura de leer se mantiene inalterable.
***
1
Gánster (del inglés: gangster):
Miembro de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades.
Extraído de https://www.telam.com.ar/notas/201301/2324-la-aventura-de-leer.html
«Yo no leo, yo escribo»
IGNACIO ECHEVARRÍA
4 junio, 2010- Opinión- El cultural
Dice Umberto Eco que cuando le preguntan, a menudo con
insistencia, si ha leído tal o cual libro, contesta siempre:
“Mire usted, es que yo no leo, yo escribo”.
(…) La frase de Eco es una boutade2, sin duda, pero como
toda boutade concede un cierto margen a la verosimilitud. Al fin y al
cabo, llegado a ciertos niveles, no es raro que un estudioso como Eco
tienda a hacer un empleo cada vez más instrumental de sus
lecturas. No es raro, tampoco, que, conforme el tiempo pasa, la
relación entre lectura y escritura termine por invertirse,
supeditándose la primera a la segunda, a veces hasta sucumbir casi.
Pero ocurre, además, y con sorprendente frecuencia, que haya
personas que no sólo escriben, sino que además quieren dedicarse a
escribir -es decir, ser escritores- sin apenas leer, o con muy escasa
afición a la lectura. Con ellas se cumple literalmente lo que Umberto
Eco suelta a modo de boutade: “Yo no leo, yo escribo”.
El caso ha sido siempre más o menos habitual entre adolescentes y
muy jóvenes, en los que es fácil reconocer el impulso de escribir -de
inventarse- desligado de toda pasión por la lectura. Pero la «nueva
era alfabética» (Eco dixit) que ha florecido con Internet
parece estar alentando semejante impulso en capas mucho más
amplias.
2
Boutade: frase pretendidamente ingeniosa , destinada por lo común a impresionar.
Puede que leer (en vez de escribir) fuera lo normal hace apenas dos o
tres décadas. En la actualidad, sin embargo, se diría más bien que lo
normal es escribir, habiéndose dispuesto para ello nuevos y
amplísimos cauces. Por supuesto que todo aquel que escribe también
lee; pero ya no se cumple regularmente el presupuesto
conforme el cual la vocación de escribir deriva, por lo común,
de una afición previa a leer.
Cabe hablar del surgimiento masivo, y más o menos reciente, de una
nueva especie de escritor que lee principalmente por reciprocidad, en
la medida en que sus lectores son asimismo escritores. Parece
chocante pero no lo es tanto si se piensa en el funcionamiento de los
blogs y de las redes sociales.
Observa Eco que si “alguna vez pensamos que habíamos entrado en
la civilización de las imágenes, el ordenador nos ha vuelto introducir
en la Galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer”.
Pero, tanto como a leer -y repito aquí una idea que ya expresé en otro
lugar, y a otro propósito-, Internet y la nueva galaxia digital
obligan a escribir. La descripción de este mecanismo -susceptible,
por supuesto, de infinitas variantes y gradaciones- permite imaginar
esa figura no tan improbable del escritor que no lee sino que escribe
(restringiendo ahora la acepción de leer a su sentido más
convencional o, si se quiere, culto).
La invención de la imprenta, hace más de cinco siglos, impulsó un
proceso de democratización de la lectura que conformó la llamada
Galaxia Gutenberg, en la que libros y escritores aglutinaban
comunidades más o menos numerosas de lectores. Puede que
Internet esté alterando radicalmente esa ya vieja proporción
entre lectores y escritores. Que entre las transformaciones más
profundas a que está dando lugar se cuente la de democratizar la
escritura hasta el extremo de que empieza a vislumbrarse una
archirrepleta república de autores más o menos virtuales que
escriben más que leen. Es decir que no leen, -para qué-, sino que
escriben.
(Artículo de opinión adaptado de www.elcultural.com)
PAMPLINAS
COLUMNA
La palabra miasma
Durante siglos, la humanidad creyó que las
pestes tenían su origen en unos vapores
asesinos. Hoy, esas miasmas que nunca
existieron también mueren como concepto
La ciudad de Marsella,
durante la peste de 1721, en un cuadro de Miguel Serra.G. DAGLI ORTI (GETTY IMAGES) (EPS)
MARTÍN CAPARRÓS
16 MAY 2021 - 00:40 ART
Palabras mueren, como todo el resto. Todas, en realidad, terminan por
morir: solo que algunas mueren en masa por extinción de una cultura —de
una lengua— y otras se mueren solas porque ya vivieron. Un estadal es la
centésima parte de un marjal —528 metros cuadrados—, pero ya nadie lo
dice ni lo sabe; un walkman o una permanente son más cercanas, pero
tampoco. Algunas son reemplazadas por otras que cumplen su función;
otras representan objetos o conductas que ya no, y se olvidan. La
palabra miasma —ni mialma ni miarma, miasma— agoniza y, sin embargo,
tuvo tanta vida, terminó con tantas.
Miasma viene del griego, como casi todo, y quería decir mancha, polución:
un vapor asesino. Hace más de 2.000 años Hipócrates explicó que esos
aires malignos, producto de “cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas
estancadas”, eran lo que enfermaba. Las miasmas eran más temibles
porque no se veían, actuaban en silencio, entraban en el cuerpo por
contacto o por respiración —y te mataban. Las pestes eran eso: revoltijo de
miasmas en el aire, la aspiración funesta. Las miasmas vivieron tanto
tiempo. Fueron ellas las que acabaron a un tercio de los europeos en la
peste negra de 1348, a tres cuartos de los americanos en 1550, a más
millones a lo largo de siglos. Era lo que explicaban los escasos médicos,
combatiendo esas supersticiones que decían que tanta muerte era el
castigo de algún dios desvelado. De esa presencia aérea de las miasmas
viene incluso el nombre de una enfermedad que sigue matando medio
millón de africanos cada año: la malaria —mal aire, en italiano.
Las miasmas sobrevivieron hasta el principio de la modernidad: son, por
ejemplo, la causa del Eixample. En el siglo XIX provocaron una corriente
científica que se llamó higienismo y pensaba que la solución de muchas
enfermedades consistía en conseguir que las personas dejaran de aspirarlas
y respiraran, en cambio, aire limpito. El Ensanche de Barcelona, con sus
calles generosas y corazones de manzana, es resultado de esa idea —y es
un buen ejemplo de acción correcta con teoría equivocada. La higienización
de las ciudades no eliminó las miasmas que no existían, pero sí los focos
infecciosos que contaminaban espacios, aguas, vidas.
La última gran masacre de las miasmas fue la fiebre amarilla que diezmó
Buenos Aires en 1871. Entonces, desesperados, los vecinos encendían
fuegos para quemar esos aires malignos. Diez años después, en La Habana,
atacaron de nuevo, pero entonces un médico sin prejuicios se lanzó a la
batalla. Carlos Finlay era el hijo de un inglés y una cubana que había
estudiado en Francia y en Estados Unidos; cuando la fiebre se abatió sobre
Cuba, fue el primero en pensar que la traía un mosquito, el Aedes aegypti,
que transportaba un virus infeccioso de una persona a otra —y que para
combatirla había que aislar al enfermo y exterminar a los zancudos. La idea
de virus también era muy nueva y sus colegas se rieron de él durante 20
años; a principios del siglo XX los científicos dominantes lo entendieron, le
hicieron caso, controlaron la fiebre amarilla.
Y poco a poco fueron aceptando que las miasmas nunca habían existido. Sin
embargo, por milenios, estuvieron allí, mataron y mataron. Cuando nos
armamos una idea del mundo vivimos en esa idea; que sea falsa no la hace
menos presente: eso creemos, eso sabemos, así viven las miasmas y los
dioses. Millones murieron convencidos de que esos aires los mataban: no
fueron menos reales para ellos que los virus para cualquiera de nosotros.
Ellos estaban convencidos como nosotros estamos convencidos; ellos creían
en su ciencia como nosotros creemos en la nuestra: que la nuestra
considere que la suya estaba equivocada no garantiza que otras, en algún
futuro, no piensen lo mismo de todo eso que ahora nos parece tan cierto
como a ellos las miasmas.
Por eso, dudar es la consigna: para eso, entre otras cosas, está la ciencia —
y las palabras.
(Texto extraído de: https://elpais.com/eps/2021-05-16/la-palabra-
miasma.html )
PAMPLINAS
El sino y el si no
MARTÍN CAPARRÓS
21 MAR 2020 - 21:05Actualizado:21 MAR 2020 - 21:05 ART
Los textos se llenan de abreviaturas, alusiones y dibujitos. ¿Importa o
no cómo se escriben las palabras? ¿Las lenguas tienen que cambiar?
Y si no no escriben sino sino si no: es su sino. En eso hay coincidencia:
parece que miles de periodistas —millones de personas— en todos los
rincones de la lengua se han puesto de acuerdo para no tener ni idea de
cuándo hay que escribir sino o si no. Y para permitirse escribirlo de la
manera en que sus timos, próstatas, amígdalas o cejas se lo indican cuando
el momento llega.
Es solo un ejemplo —particularmente ejemplar porque no aciertan casi
nunca— de una conducta cada vez más aceptada: que no importa mucho
cómo escribas las cosas. Que lo que importa es comunicar, te comunican:
que el otro o los otros entiendan qué quisiste decir. Para eso vale introducir
en un texto —“mándame un texto”— abreviaturas, alusiones, palabras de
fortuna y, sobre todo, dibujitos.
(Los dibujitos se ven cada vez más. Me interesan: con ellos, la polisemia —
por no decir la ambigüedad, por no decir la confusión— está de fiesta. No es
teórico: la mitad de las veces en que recibo algún emoji en mi WhatsApp no
consigo decidir qué quiso decirme su emisor. Ahora, en general, ya ni lo
intento: los miro, me divierto, pienso en otra cosa. Es gracioso, pero no muy
eficaz; se supone que alguien escribe perro para que otro u otros piensen en
un cuadrúpedo ladrante o un infiel o algo por el estilo, pero si el receptor se
queda mirando esas letras, la pe, la e, esas dos erres, o al final, y no sabe
para qué están ahí, la comunicación se resquebraja).
En cualquier caso está claro que la escritura que más se practica ha perdido
su carácter reglado, sus ordenanzas y mandatos. La libertad de palabra se
ha convertido en libertad de letra. Alguien me dice que por qué tiene que
poner ha en el whats si alcanza con poner a, y quizá tenga razón, y esa
actitud se impone y desborda sobre el resto.
Siempre hubo reformadores del lenguaje escrito. En el siglo XIX, por
ejemplo, grandes intelectuales sudamericanos como Andrés Bello o el
maestro Sarmiento proponían una ortografía que liberara a nuestro idioma
de todas esas letras inútiles: la hache, la zeta, la u tras la cu o la ge, la ve,
la ye, entre otras. Su reforma, además de simplificar el castellano haciendo
que a cada sonido correspondiera una sola letra y viceversa, debía crear
una escritura latinoamericana independiente, también ella, de la metrópolis
que nos había colonizado: “El buelo rrápido qe últimamente a tomado en
Chile la afisión a las siensias i la literatura es un echo notable (…) de una
jubentud qe no se a contentado con segir la senda qe trillaron sus abuelos i
a ensanchado el campo de sus inbestigasiones…”, escribió Sarmiento. En
algunos países llegó a haber leyes que promulgaron esa ortografía —pero al
fin, la sombra de la Madre Patria pudo más.
También el siglo pasado el escritor más leído, Gabriel García
Márquez, propuso algo semejante —aunque él no quería liberarse de España
sino de las reglas—: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la
cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites
entre la ge y jota…”, dijo, en un Congreso de la Lengua, y no le hicieron
caso.
Pero ahora el movimiento ya no viene de señores prestigiosos que se
divierten repensando la lengua; es la ola incontenible de millones que no
repiensan, actúan, y con su acción la van cambiando. Tienen la gran ventaja
de que sus lectores son igualmente laxos: no siempre ven muy claro qué es
eso que leen, no le aplican reglas. Es una forma de comunicación
interesante, aproximada; está, más allá de cualquier voluntad, rehaciendo
la escritura del idioma. Y no está ni mal ni bien; solo es inevitable. Si nos
molesta, si no nos gustan las nuevas formas sino las antiguas, igual
habremos de aceptar este sino cansino: que los idiomas cambian, que a las
palabras se las lleva ese viento —o ese huracán— que va trayendo las que
siguen. —
(Texto extraído de:
https://elpais.com/elpais/2020/03/17/eps/1584448303_675506.html)
PAMPLINAS
La evolución de la palabra quilombo: de
significar prostíbulo a follón
Una de las gavetas donde
se almacenan fichas de palabras sobre las que debate la RAE.LUIS SEVILLANO
MARTÍN CAPARRÓS
08 JUN 2019 - 19:35 ART
Hay términos inmigrantes que llegan a un país y allí se instalan:
primero sin papeles; después, a veces, con.
HAY PALABRAS: miles y miles de palabras. Pero surgen, sin embargo, más y
más. Muchas nacen porque aparece una cosa o una función o una idea
nuevas: son las palabras de su tiempo. A nadie se le ocurrió hablar de
computadoras o computadores u ordenadores en Córdoba en el siglo XVII; a
nadie, de neurosis en Panamá en el XVIII; a nadie, de neutrones en
Montevideo en el XIX; a nadie, de selfis en Sigüenza en el XX. Ahora sí.
EL PAÍS entrevista Bill Gates
Y otras no nacen: lo parece, pero en realidad no son más que palabras
inmigrantes, que llegan a un país y allí se instalan —primero sin papeles;
después, a veces, con. En nuestras culturas suelen ser inglesas: las lenguas
de la técnica y las modas están llenas de ellas. Pero también las hay, dentro
del ancho castellano, que llevaban tiempo en un lugar y de pronto se
mudan. Y a veces, incluso, arman quilombo.
Las palabras son entes sibilinos: nos usan, se divierten, hablan por nuestras
bocas. ¿Qué dice uno cuando dice perro, cuando can, cuando canas, cuando
canelón? ¿Qué historia, qué historias, qué tradiciones pone en marcha al
pronunciar o dibujar cada palabra? Las palabras son gnomos poderosos que
dicen tanto más que lo que cree que dice quien las dice. Mola —¿mola?— a
ratos tratar de saber qué decimos cuando las decimos.
La palabra quilombo tiene siglos de uso en Argentina —donde llegó desde el
bantú angoleño a través de Brasil. Un quilombo era, al principio, una de
esas poblaciones de fortuna que armaban, en selvas y sierras retiradas,
esclavos negros que huían de sus cadenas. A veces esos pueblos duraban
meses, años; otras, décadas, siglos. Para el orden blanco colonial eran
lugares de desorden, de cierta perdición; de ahí, seguramente, que la
palabra pasó, en Buenos Aires, a significar prostíbulo.
Y de ahí, a principios del siglo XX, a valer por “lío, barullo, gresca, desorden”
—como dice hoy la RAE. El proceso es habitual: quilombo, en argentino,
funciona igual que bordel en francés, casino en italiano: una voz coloquial
que se empleó primero para decir casa de putas y pasó, de ahí, a señalar un
caos, un follón —que también viene de follar.
En todo caso, quilombo se quedó en la Argentina, no viajó. Hace muy pocos
años, en España, nadie la decía —ni la entendía. Hubo, claro, aquí, palabras
argentinas que se aclimataron: fue desaparecido, fue gambeta, fue entraña,
fue pibe, fue un escrache. Pero quilombo no formaba parte. Me impresiona
—con perdón— pensar que yo la vi llegar.
O, por lo menos, imponerse. La palabra quilombo estaba entrando pero
recibió su sanción definitiva en esa definitiva vergüenza de la argentinidad
que fue aquel partido entre River y Boca que la Argentina no fue capaz de
organizar y debió emigrar hasta Madrid. La víspera del partido, la palabra
consiguió la residencia: un diario deportivo tituló en su tapa “Quilombo en el
Bernabéu”, y no creyó que debiera explicarlo.
Últimamente la he oído muchas veces: ahora forma parte. No es casual que
quilombo sea una de las palabras más representativas de la Argentina
actual: resume esa sensación de confusión y descontrol —el mundo como
arena entre los dedos— que hoy nos aflige tanto. Y no es casual que se
retome: la sensación —con más o menos fuerza— está por todos lados.
Y va a quedarse por un tiempo. Como todas, la palabra quilombo seguirá
circulando mientras diga algo que hace falta y no aparezca una mejor, una
que aporte esa impresión de que quien lo dice está en el ajo. Porque para
eso sirven, sobre todo, las palabras: para ponerte en un lugar, para tratar de
parecer esto o lo otro. Aunque siempre —unas más, otras menos, pero todas
— se te van de las manos o la boca, trabajan por su cuenta: son, en buen
argentino, pa quilombo.
(Texto extraído de
https://elpais.com/elpais/2019/06/03/eps/1559560616_718230.html )
EL PULSO
Palabras al viento
GABRIEL BOUYS (AFP /
GETTY IMAGES)
MARTÍN CAPARRÓS
06 JUN 2018 - 19:00 ART
Con el tiempo todo pasa: hasta las incorporaciones y desapariciones
de vocablos
Cuando era chico, creía que Silvia Claudia Paula Jorge Carlos Daniel eran los
nombres lógicos de las personas, los que tenían razón y sentido y todos
usaban en la vida. Fue tremendo el día –ya más de 20 años– en que entendí
que no: que eran los nombres que, en un tiempo y un lugar muy precisos –
fines de los ‘50, Buenos Aires–, los padres de clase media ponían a sus hijos.
Fue tremendo ese día en que entendí que ya no, que ahora ponían otros y
entendí, así, que todo, incluso lo que me había parecido más sólido y
durable, era volátil. Fue, supongo, el día en que tuve mi primer gran choque
con el tiempo, lo socarrón del tiempo, lo implacable del tiempo.
As cinzas da floresta
Nadie piensa que su mundo es efímero porque nadie quiere pensar que es
efímero. (Sí, esta frase tiene un truco; ¿no lo tienen acaso casi todas?) Nadie
piensa que su mundo es efímero porque, además, no solemos pensar en
términos históricos. No pensar el mundo como proceso histórico incesante,
no darse cuenta de que todo cambia todo el tiempo, es un modo de no
pensar que nuestras sociedades se van a terminar –como las vidas.
Todas las sociedades se imaginan eternas: si las monarquías de derecho
divino –lo más eterno que se pueda pensar– desaparecieron, ¿cómo no lo
harían estos sistemas basados en el negocio y dos o tres palabros
trasnochados y algún dios perdido y perversito? Pero nos empeñamos en no
pensarlo: nos resulta más fácil pensar el fin del mundo que el fin del
capitalismo. Y, para eso, nos empeñamos en no ver que con el tiempo todo
pasa.
Poco me resulta más fascinante que tratar de notar y anotar los signos de
ese paso. Así que me invento modos, ejercicios. Por ejemplo: pensar qué
palabras decía que ya no digo más; cuáles digo que antes no decía; cuáles
dice mi hijo que yo nunca. No hablo de slangs o dialectos callejeros o
palabras de moda: ahí es demasiado fácil. Hablo de palabras “oficiales”,
incorporadas al idioma y los periódicos y los discursos de señoras y señores.
Está, para empezar, toda la línea digital –digital es la primera–: ordenador,
móvil, conexión, pinchar, ratón, contraseña y las demás. Son, en general,
palabras viejas con sentidos nuevos, abducidas para describir objetos y
funciones que antes no existían. Muchas son técnicas, pero también hay
otras sociales o culturales donde el sentido anterior se perdió o quedó
opacado por un uso nuevo: ave, populismo, relación, global, podemos,
ciudadanos, cristiano, género, política.
Y después están las inventadas, que suelen llegar desde la técnica o la
ciencia: células madre, ibuprofeno, antropoceno, posverdad. Muchas de
ellas vienen directo desde otros idiomas –o sea, el inglés–: tuitear, master,
internet, router, hacker, chequear.
Pero también me gusta el ejercicio contrario: recordar esas palabras que se
usaban hace veinte o treinta años y que desparecieron –o están en vías de
desaparición. Es, al fin y al cabo, un homenaje al gran Georges Pérec que,
en una de las novelas del siglo XX –La vida, instrucciones de uso– puso en
escena a un personaje que se dedica a enterrar palabras muertas: las
recopila, las ordena, las declara oficialmente fenecidas, las sepulta en listas
cuidadosas.
Aunque la gran ventaja que tienen las palabras es que, a diferencia de otros
entes, pueden resucitar. ¿Por qué no buscarles, a esas palabras muertas,
significados nuevos? Fax, por ejemplo, es una palabra demasiado bonita,
demasiado sonora, demasiado compacta como para dejarla sin objeto.
Alguien tendría que encontrarle uno contemporáneo.
Aunque hablando de juegos con el tiempo y las palabras, ninguno me gusta
más que tratar de pensar cuáles no existirán dentro de veinte o treinta
años. ¿Alguna idea?
(Texto extraído de
https://elpais.com/elpais/2018/06/04/eps/1528124439_438663.html)
ERRANTE
COLUMNA
Palabras más, palabras menos
LEILA GUERRIERO
22 AGO 2020 - 20:15 ART
Quizá los británicos hayan leído a Freud. Las palabras no son “objetos
decorativos”. Producen realidad
Marks & Spencer es una cadena británica de grandes almacenes. En
junio, debido a la caída de ventas que produjo la pandemia, anunció
que suprimiría más de 1.000 puestos de trabajo. Quizás distraída por
la hecatombe económica, la empresa cometió lo que algunos ven
como un “fallo” y otros querrían ver como un “fallido”. Hace algunas
semanas, los veteranos británicos de la guerra de las Malvinas, el
conflicto bélico que tuvo lugar en el Atlántico Sur entre la Argentina y
el Reino Unido en 1982, manifestaron su indignación al descubrir
que Marks & Spencer había fabricado globos terráqueos en los que
aquellas islas, cuya soberanía la Argentina reclama, figuran con el
nombre de Malvinas y no con el que le dan los británicos: Falklands.
Los veteranos atribuyen el hecho al resultado de “décadas de
desinformación” por parte de la Argentina, asumiendo que las
“décadas de desinformación” producidas por un país periférico son
más potentes que las presumibles “décadas de información”
producidas desde un país central. Marks & Spencer respondió que se
trataba de “un objeto decorativo”, sugiriendo que “decorativo”
equivale a “inexistente”. En una columna publicada hace poco en el
diario Perfil, el escritor argentino Martín Kohan decía que, como lo
había advertido Sigmund Freud, “empezamos a ceder en las palabras
y terminamos por ceder en la cosa misma”. Quizás los británicos
hayan leído a Freud y sepan de esa conexión invisible entre las
palabras y las cosas. Las palabras no son “objetos decorativos”.
Producen realidad.
El 11 de febrero de 2020, la Organización Mundial de la Salud calificó
finalmente al brote de coronavirus como “pandemia”, y bautizó a la
enfermedad como “covid-19”. No fue una decisión improvisada: la
OMS sigue un manual de buenas prácticas que indica cómo nombrar
a las nuevas enfermedades para “minimizar los impactos negativos
de los nombres en el comercio, los viajes, el turismo, el bienestar
animal y evitar ofender a algún grupo cultural, social, nacional,
regional, profesional o étnico”. Eso que ya empezaba a mentarse
como “fiebre de Wuhan” o “neumonía china”, estigmatizando a una
nacionalidad específica, se designó con una sigla desinfectada,
evitando nombres como gripe española o enfermedad de Hansen
(que es el nombre “elegante” de la lepra). No parece existir la misma
preocupación por parte de los Gobiernos y sus comités de asesores
en torno a la naturaleza del léxico empleado para referirse a los
individuos que padecen o podrían padecer la enfermedad. El 8 de
abril pasado, la doctora Pilar Mazzetti, que aún no era ministra de
Salud de Perú, dijo en Arequipa: “Esta es una guerra, y es una guerra
atípica. Porque cada uno de los que está aquí sentado es un soldado y
es el enemigo. Somos el enemigo porque tenemos la capacidad de
pasarle el virus a las personas que están cerca y somos los soldados
porque también tenemos la capacidad de no pasar el virus (…) ya no
somos trabajadores de salud, ¡somos los soldados de las Fuerzas
Armadas de la Salud! (…) ¡Esta es una guerra! Y recuerden: somos el
enemigo y somos soldados”. No está sola en el uso de ese lenguaje
que pone el foco en el cuerpo como arma y como peligro. Los
funcionarios públicos y los infectólogos utilizan, en torno a quienes
padecen o podrían padecer la enfermedad, un glosario significativo:
“sospechosos”, “portadores asintomáticos”, “portadores”,
“supercontagiadores”, “superdispersores”. El remedio es “aislar,
confinar, denunciar”. Los conductores de programas periodísticos
llaman, a quienes no cumplen con el confinamiento, “irresponsables”
o “asesinos”. Las consecuencias de la irresponsabilidad de estos
sujetos se mencionan con palabras mayores: “letalidad”, “colapso”.
En todas partes, individuos diagnosticados con covid-19 y
trabajadores de la salud fueron agredidos por vecinos que apedrearon
o quemaron sus casas y sus autos, llamándolos “apestados”,
exigiéndoles que abandonaran su barrio o su ciudad. Son acciones
que podrían relacionarse con la palabra “miedo”. Sería ingenuo
buscar las causas de ese miedo sólo en el temor atávico a la muerte.
(Texto extraído de:
https://elpais.com/elpais/2020/08/17/eps/1597655333_083824.html)
Maneras de leer
. |CEDOC PERFIL
Martín Kohan
02-07-2021 22:33
Roland Barthes escribió sobre el momento en que el lector
levanta la cabeza. No hay por qué considerarlo como una
interrupción de la lectura, ya que eso que lleva a detenerse es
parte de la lectura misma, las ideas y las asociaciones que
llevan a levantar la cabeza son parte de la lectura también. Es
bien distinto el caso que planteó Witold Gombrowicz: el
escritor dispone la tensión narrativa de un episodio
determinado, pero en el momento del clímax entra una mosca
en la habitación del lector, lo distrae y el efecto se malogra.
Esta distracción de la lectura, que sí sería tal, se produce
evidentemente a causa de un elemento exógeno, como lo es la
mosca respecto del libro. ¿Qué ocurre, sin embargo, me
pregunto, cuando los factores de distracción se alojan en el
mismo sitio en el que hay que prestar atención? Pienso, claro,
en la lectura en pantalla (pantallas o pantallitas), que hoy se
ha generalizado y practicamos todos. Las interrupciones y las
distracciones provienen del mismo dispositivo en el que se
encuentra el texto mismo. Es el lugar de la lectura lo que nos
saca de la lectura.
Me he estado interesando últimamente en el debate de textos
en las redes. No me refiero al chicaneo de tribuna ni al ataque
coordinado de pirañas, sino a la simple discusión de ideas que,
contrariamente a lo que suele decirse, no tiene por qué
resultar imposible en ese marco. Me voy quedando con la
impresión de que el poder de concentración disminuye, de que
la calidad de la lectura merma. No lo digo admonitoriamente,
indago de hecho en lo que a mí mismo me sucede. Hay
quienes tienen el don (yo no lo tengo) de sobrevolar
someramente un texto o cruzarlo rápidamente en diagonal y,
aun así, entender de veras lo que está diciendo, seguir de
veras el hilo de la argumentación. Me temo, en cualquier caso,
que no es lo más frecuente. Lo más frecuente es que con el
pispeo ligero, con el asomarse al paso, con el picoteo escaso
de la frase suelta o incluso a veces del solo título, no se logre
para nada eso que, en las famosas pruebas Aprender, por
ejemplo, se denomina comprensión de texto.
Hay lugares adonde se va a hacer una determinada cosa por
un lapso determinado, sin hacer otras cosas mientras tanto:
las salas de concierto, las salas de cine, las salas de lectura de
las bibliotecas, las canchas de fútbol, los telos. Aplicarse,
incluso compenetrarse con algún detenimiento evitando
interferencias, ¿me parece a mí o son costumbres que van
cayendo en desuso? En su tan citado artículo “La obra de arte
en la era de la reproductibilidad tecnológica”, de 1936, Walter
Benjamin señalaba un rasgo de recepción, el de la dispersión,
que políticamente lo entusiasmaba. La observación era precisa
hasta lo admirable. Pero el optimismo con que la abordaba le
fue cuestionado ya en aquel mismo momento.
(Texto extraído de
https://www.perfil.com/noticias/columnistas/maneras-de-leer-
03-07-2021.phtml)