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otros. A lo lejos, en el mar, se oye el canto de las sirenas desde la orilla
rocosa y, desde otra dirección, un zumbido de las.
Cardan se tumba en la hierba con su ropa de gala y mira las estrellas.
— ¿Qué es lo que querías que viera? — pregunto, uniéndome a él —
Si esperas que vea una constelación en concreto, recuerda las clases en
la escuela; tengo ojos mortales y no puedo ver nada.
—Nada de eso —ríe —. Nuestra tierra, Elfhame. Tuya y mía. Tú me
la diste.
Hay algo de asombro en su voz.
— Y tú a mí — le recuerdo, con voz suave.
—Bueno, para ser justos, en realidad me engañaste para que fuera el
Rey Supremo — replica, volviendo a sonar más como yo —. Y luego
yo te engañé a ti, de lo que estoy especialmente orgulloso.
l caer la noche, Cardan me Le doy una patadita en la pierna.
rta hacia un lado. Él alza su mano y, cuando lo hace, parece que las estrellas mismas se
—Quiero enseñarte algo —me dice. Luego ordena a los guardias que precipitan hacia sus dedos. Pero no son estrellas. Son luciérnagas y
se marchen. Juntos, salimos del palacio y nos adentramos en el luego, al cabo de un momento, duendecillos, cuyos cuerpos brillantes
bosque. revolotean sobre nosotros.
— ¿Se nos permite huir de...? —le pregunto, sin estar realmente — Adelante, hazlo tú también — me dice. Con cautela, levanto la
segura de que estamos huyendo. Pero de algo. Seguro que hay alguna mano y ellos también se acercan a mí, dando vueltas alrededor de mi
crisis de la que deberíamos estar informándonos, elaborando cabeza con su risita tintineante —. Ahora mira a tu alrededor.
estrategias. Me vuelvo hacia un lado y veo a qué se refiere. Por donde yo había
Se ríe. pisado, crecen pequeñas florecitas blancas sobre mis huellas.
—No sé por qué creerías en mi respuesta cuando se trata de — Esto es magia... pero yo no soy mágica. Soy mortal. Soy una chica
responsabilidades. mortal.
Hago una mueca y renuncio a continuar preguntando. —Eres la Reina de Elfhame — responde él.
Más adentro en el bosque, hay un claro de flores con una gran roca en Miro a mi alrededor y aspiro el aire de Faerie, un lugar que sigue
el centro. Las setas salpican el paisaje y la luz de la luna brilla entre los siendo amenazador, pero es todo mío. Es mi tierra. Es mi hogar. Es
árboles. Por encima de nosotros, oigo a los búhos llamarse unos a mío.
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