4.
El conocimiento del
hombre
Unidad 4
4.1 La inteligencia Humana
Para Kant, igual que para el empirismo, la inteligencia no
trasciende los fenómenos, no conoce el ser trascendente
o "la cosa en sí". Pero, a diferencia del empirismo,
confiere a la inteligencia una función puramente formal de
organización de los fenómenos en objetos.
Para Piaget la inteligencia es la capacidad de mantener
una constante adaptación de los esquemas del sujeto al
mundo que lo rodea.
Para Vigotsky (1979, 1995a) la inteligencia es un
producto histórico cultural, que puede modificarse a través
de la actividad, y en particular por la actividad mediada
por el lenguaje. Como ya se dijo si bien la inteligencia es
heredada, también puede desarrollarse.
Según Freud Capacidad que le permite al ser humano
distinguirse de los animales y desarrollar su cognición.
Ausubel Se trata de una inteligencia que permite
interpretar las palabras o gestos, o los objetivos y metas
de cada discurso. Más allá de el contínuum
Introversión-Extraversión, la inteligencia interpersonal
evalúa la capacidad para empatizar con las demás
personas.
4.2 La naturaleza del conocimiento Humano
La naturaleza del conocimiento según Kant
Kant establece una diferencia fundamental que es decisiva para la
justa compresión de su pensamiento. Es la diferencia entre conocer y
pensar. Dicho breve y sencillamente: no todo lo real es susceptible
de ser conocido, pues conocer significa, en vigor, conocimiento
científico.
No todo lo pensable es susceptible de ser conocido científicamente, pero no por ello el
pensar carece de sentido; antes al contrario, abre otras vías de comprensión de la
compleja realidad. Detengámonos en el texto siguiente:
«Para conocer un objeto se requiere que yo pueda demostrar su posibilidad (ya sea por
el testimonio de la experiencia, a partir de la realidad efectiva de él, ya sea a priori, por
la razón). Pero pensar puedo [pensar] lo que quiera, con tal [de] que no me contradiga
a mí mismo, es decir, con tal [de] que mi concepto sea un pensamiento posible, aunque
yo no pueda asegurar que en el conjunto de todas las posibilidades a este [mi
concepto] le corresponde, o no, un objeto. Pero para atribuirle a tal concepto validez
objetiva (posibilidad real, ya que la primera era solamente la [posibilidad] lógica), se
requiere algo más. Este algo más, empero, no precisa ser buscado en las fuentes
teóricas del conocimiento; puede estar también en las prácticas».
Kant, I.: Crítica de la razón pura, B-XXVI.
¿Cómo es posible el conocimiento?; ¿cuál es su alcance y su límite? A ello está dedicada la
primera parte de la Crítica de la razón pura: la «Doctrina trascendental de los elementos».
Los «elementos» del conocimiento son lo sensible y lo lógico-racional. De ahí que esta
primera parte se divida en «Estética trascendental», pues estudia la sensibilidad
(aisthesis, en griego), y en «Lógica trascendental», pues estudia el «logos», bien sea en su
forma de «entendimiento» (con sus conceptos puros o categorías), que Kant denomina
«Analítica trascendental», bien sea en cuanto «razón» (con sus «conceptos de razón» o
ideas) que Kant denomina «Dialéctica trascendental».
1 Fuentes fundamentales del conocimiento
La doctrina kantiana del conocimiento se basa en la distinción fundamental entre dos facultades o fuentes
del conocer: la sensibilidad y el entendimiento, que tienen características distintas y opuestas entre sí:
1) La sensibilidad es pasiva, se limita a recibir impresiones.
2) Por el contrario, el entendimiento es activo. Tal actividad (a la que Kant llama «espontaneidad»)
consiste en que el entendimiento produce de forma espontánea ciertos conceptos sin derivarlos de la
experiencia.
«Nuestro conocimiento surge de dos fuentes fundamentales del ánimo, de las cuales la primera es la de
recibir las representaciones (la receptividad de las impresiones), y la segunda, la facultad de conocer un
objeto mediante esas representaciones (la espontaneidad de los conceptos); por la primera, un objeto nos
es dado; por la segunda, este es pensado en relación con aquella representación (como mera
determinación del ánimo). Intuición y conceptos constituyen, por tanto, los elementos de todo nuestro
conocimiento; de modo que ni los conceptos, sin una intuición que de alguna manera les corresponda, ni
tampoco la intuición, sin conceptos, pueden producir un conocimiento».
Kant, I.: Crítica de la razón pura, A-50, B-74.
2 Empírico-puro. A posteriori-a priori
He aquí una tesis básica de Kant: «No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza por la experiencia.
[…] Pero aunque todo nuestro conocimiento comience con la experiencia, no por eso surge todo él de la
experiencia» (Kant, I.: Crítica de la razón pura, B-1).
Pues bien, partiendo de esta tesis sobre el conocimiento, Kant distingue entre:
1) Lo «a posteriori»: es aquello que en el conocimiento procede de la experiencia a través de la sensación.
Es lo empírico en el conocimiento. Por darse en la sensación, o intuición empírica, que es singular y fáctica,
lo empírico y a posteriori en el conocimiento es, asimismo, singular y contingente.
2) Lo «a priori»: es aquello que en el conocimiento no procede ni se deriva de la experiencia, sino que la
antecede de alguna manera y surge independientemente de la experiencia. Al no derivarse ni proceder de la
experiencia empírica, lo a priori en el conocimiento es universal y necesario en y para el conocimiento.
Ambos (intuiciones y conceptos) son, o bien puros o bien empíricos:
1) Empíricos, cuando una sensación (que presupone la presencia efectiva del objeto) está allí contenida.
2) Puros, cuando a la representación no se le mezcla ninguna sensación. Se puede llamar a esta última la
«materia del conocimiento sensible». Por eso, la intuición pura contiene solamente la forma en la cual algo es
intuido, y el concepto puro contiene solamente la forma del pensar un objeto en general. Únicamente las
intuiciones puras o los conceptos puros son posibles a priori; los empíricos, solo a posteriori (Kant, I.: Crítica de
la razón pura, A-50-51, B-74-75).
Los elementos a priori pertenecen a la estructura del sujeto cognoscente y hacen posible
el conocimiento y la experiencia misma en cuanto experiencia con validez universal. El
conocimiento que muestra esta posibilitación es denominado por Kant «trascendental».
3 El juicio y sus clases
El conocimiento se expresa en juicios, y toda ciencia es un conjunto de juicios o
proposiciones. De modo que preguntar qué es el conocimiento equivale a preguntar qué es el
juicio y en qué clase de juicio consiste el conocimiento científico.
Los caracteres o propiedades del conocimiento científico orientan a Kant en la búsqueda de la
estructura y la posibilidad del juicio propio de la ciencia. Tales caracteres son
la universalidad, la necesidad y el incremento en el saber.
Pues bien, la cuestión es: ¿qué clase de juicios son los propios del conocimiento científico y
cómo son posibles? La respuesta de Kant es: los juicios sintéticos a priori. Examinemos este
complejo tema.
En el juicio se piensa la relación de un sujeto y un predicado. Y según las modalidades
fundamentales de esta relación, el juicio podrá ser juicio analítico o juicio sintético:
1) Un juicio es analítico, cuando el predicado está comprendido en el sujeto (al menos,
implícitamente) y, por tanto, basta con analizar el sujeto para comprender que el predicado le
conviene necesariamente.
«El todo es mayor que sus partes» es un juicio analítico, porque basta con analizar el concepto de
«todo» para hallar la verdad del predicado.
Estos juicios no nos dan información alguna o, como dice Kant, no son extensivos, no amplían
nuestro conocimiento: como es obvio, a quien sepa lo que es un todo, este juicio no le enseña
nada que no supiera antes de formularlo.
El juicio analítico es, pues, un juicio a priori. Juicios a priori son aquellos cuya verdad puede ser
conocida independientemente de la experiencia, ya que su fundamento no se halla en esta.
«Un todo es mayor que sus partes» es, de acuerdo con este criterio, un juicio a priori: conocemos
su verdad sin necesidad de andar comprobando y midiendo «todos» y «partes».
2) Un juicio es sintético, por el contrario, cuando el predicado no está contenido en la noción
del sujeto.
«Todos los nativos del pueblo X miden más de 1,90 m» es un juicio sintético, ya que en la idea del
sujeto no está incluido el predicado: el concepto del sujeto incluye únicamente el dato de «haber
nacido en el pueblo X», pero no comprende ningún dato acerca del tamaño o la estatura.
Estos juicios sí dan información o, como dice Kant, son extensivos, amplían nuestro
conocimiento. A quien sabe o entiende lo que significa «nacer en el pueblo X» este juicio le
enseña, además, que tales individuos son altos.
El juicio sintético, entendido en el modo como lo hemos hecho, es un juicio a posteriori. Juicios a
posteriori son aquellos cuya verdad es conocida a partir de los datos de la experiencia.
De acuerdo con esta clasificación, «Todos los nativos del pueblo X miden más de 1,90 m» es a
posteriori: no tenemos otro recurso que observar a tales individuos si queremos tener certeza de la
verdad de este juicio.
Los juicios analíticos y a priori son universales y necesarios, pero no amplían nuestro
conocimiento. Los juicios sintéticos y a posteriori no son universales ni necesarios, pero en
cambio amplían nuestro conocimiento.
En este punto hay que preguntarse: ¿qué clase de juicio será aquel en que se dan los tres
caracteres fundamentales del conocimiento en sentido estricto, es decir, el conocimiento
científico? Tales caracteres o propiedades son, recordémoslo, la universalidad, la necesidad y
el incremento o ampliación en el saber.
Solo una modalidad de juicio reúne tales propiedades: el juicio sintético a priori. En efecto,
por ser a priori, tal juicio es universal y necesario; por ser sintético, es extensivo, aumenta
nuestro conocimiento.
Pero ¿hay de verdad tales juicios? Kant piensa que estos juicios son los propios de las
matemáticas y de la física, o ciencias de la naturaleza. ¿Cómo son posibles tales juicios?
¿Cuáles son sus condiciones de posibilidad, o condiciones trascendentales? ¿Hay tales
juicios en el pretendido «conocimiento» metafísico? A todo ello responde Kant en las partes ya
indicadas de la Crítica de la razón pura.
4.3 Carácter incompleto de la verdad
El relativismo es una posición filosófica que niega la existencia de verdades
absolutas. En otras palabras, considera al saber como incompleto y sostiene que el
conocimiento humano es relativo, subjetivo e incapaz de ser objetivo, ya que está
influenciado por la historia y otras ideas preconcebidas.
¿QUÉ ES LA VERDAD? SUS TIPOS O SENTIDOS.
Lo primero que tenemos que advertir es que el término y el concepto de verdad son análogos, es decir,
que se emplean en sentidos distintos pero que tienen siempre algo en común. Y así podemos hablar de
distintos tipos o sentidos de la verdad.
a) La verdad de las cosas, sentido ontológico de la verdad.
En primer lugar, la verdad se dice de la realidad: Hablamos de una moneda verdadera (auténtica) o falsa,
decimos de alguien que es un verdadero amigo. Es la verdad de las cosas. En este sentido, la verdad
viene a ser lo mismo que la realidad. Lo real subsiste con independencia de mí, no tiene en mí su
fundamento. El ser de las cosas no depende del conocimiento que de ellas pueda tener el ser humano. Es
lo que existe “de suyo”, la entidad misma de las cosas. No es exactamente lo que capto, sino lo que
estaba antes de ser captado por mí y que tiene su propia consistencia.
La “cosa” nunca es plena y totalmente conocida; podemos acceder a aspectos de lo real, pero no a la
realidad entera y en toda su hondura. Lo que el conocimiento capta de las cosas es real, pero lo real
mismo es inagotable. Lo que conoce el hombre es poco, si se mide con la entera realidad, y la realidad no
espera nuestros juicios para existir de formas variadas y con frecuencia sorprendentes. Si yo abro una
caja, y veo que en su interior hay un pañuelo, que saco de la caja, no es que exista por que yo lo saco –es
decir, lo conozco-, sino que lo puedo sacar –puedo conocerlo- porque ya estaba ahí.
El subjetivismo, postura de la que trataremos más adelante, afirma justamente lo contrario –ser es ser
conocido-, y podría suscribir los versos de Juan Ramón Jiménez: “Sé bien que, cuando el hacha / de la
muerte me tale, / se vendrá abajo el firmamento.”
Una cosa es verdadera en la medida en que es real, en que es lo que es y responde a su ser genuino: cada
cosa en sí misma es verdadera. En todo caso se añade un matiz: llamamos a las cosas verdaderas porque
son el fundamento que respalda la verdad de lo que conocemos.
Porque las cosas son lo que son y presentan consistencia, podemos conocerlas, aunque no siempre se las
conozca del todo. De una puerta puedo saber sus dimensiones, su color, su peso y densidad, el material del
que está hecha, etc., pero hay otras muchas cosas que no llegaré a saber nunca. Y es que la realidad no
aparece ante nosotros en toda su plenitud: el ser no se agota en lo que se nos manifiesta de él –lo que
llamamos su fenómeno- sino que tiene un plus de realidad, más allá de lo que alcanzamos a conocer de él.
Así pues, porque hay ser –el ser de las cosas- y porque éste presenta consistencia –es idéntico a sí mismo-,
puede haber verdad; es decir, nuestro conocimiento puede acceder a conocimientos consistentes. La
realidad es inteligible porque es (y es lo que es). Si esta puerta es blanca, puedo llegar a saberlo. Si “ser
blanco” no fuera algo propio y definido, distinto de los demás colores, “saber que la puerta es blanca” no
supondría nada en particular, ya que ser blanco sería igual que ser azul, o marrón o negro...
En última instancia, la Verdad (con mayúsculas) en el orden ontológico sería el Fundamento de la realidad,
Dios en cuanto Creador y Causa Primera de lo real, por participación en la cual las cosas creadas adquieren
su consistencia respectiva. Otro modo de expresar la verdad de las cosas consistiría en apelar a la
adecuación que las cosas creadas guardan con la idea divina o proyecto creador de Dios.
En el caso de los artefactos, es decir de las cosas fabricadas por el ser humano, decimos que
son verdaderos cuando se ajustan o coinciden con el modelo o patrón y la finalidad conforme a
los cuales se idearon. (Un “verdadero automóvil”, “un verdadero negocio”, etc.)
Negar que existe la verdad de las cosas equivale a rechazar la consistencia de lo real,
sostener que las cosas no son lo que son. Dicho de otro modo, es sostener que la realidad es
contradictoria consigo misma. Sin embargo, una contradicción no puede sostenerse: la
contradicción no se puede dar en la realidad y tampoco puede ser pensada coherentemente.
Una cosa no puede ser y no ser a la vez lo mismo bajo el mismo aspecto. Lo contradictorio es
lo que no puede ser.
b) La verdad del conocimiento, o sentido formal de la verdad.
La verdad, en su sentido más propio, es una cualidad de nuestro conocimiento, y más concretamente del
conocimiento intelectual. Consiste en la adecuación de nuestro entendimiento a las cosas. El conocimiento es
fruto de esta adecuación. Y así, como ya se observó más arriba, “un conocimiento que no fuera efecto de la
verdad, no sería un conocimiento, ya que conocer falsamente algo equivale sencillamente a no conocerlo.”
(LLANO, A.: Gnoseología. Eunsa, Pamplona, pág. 29)
El ser rige al entendimiento y éste se conforma con las cosas que conoce, asume la forma de las cosas
conocidas. Esta conformidad o adecuación no es un simple parecido; se trata de algo más profundo: el
entendimiento se identifica con lo que la cosa es, con su realidad. Aristóteles lo explica así: “Se ajusta a la
verdad el que piensa que lo separado está separado y que lo junto está junto, y yerra aquél cuyo pensamiento
está en contradicción con las cosas.” (Metafísica, IX, 10)
La verdad de nuestros enunciados y juicios no es producida por nosotros, sino descubierta, cuando el
conocimiento se lleva a cabo con el adecuado rigor. Por ello, la verdad no depende de quien la dice, sino de
que su contenido –lo que se afirma o niega en nuestros juicios- sea acorde con la realidad. Es conocida al
respecto la expresión de Antonio Machado: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.” (Juan
de Mairena)
La verdad se halla en las cosas como en su fundamento o causa –es la dimensión o sentido ontológico-;
pero en sí misma, la verdad se halla en nuestro entendimiento. En el conocimiento que nuestro entendimiento
tiene de las cosas, éste contempla las cosas como son, y por lo tanto ellas son la medida y la regla de la
verdad que se da en la mente. La inteligencia tiende naturalmente a alcanzar su fin, que es el conocimiento de
la verdad.
Que existe la verdad del conocimiento significa que la inteligencia es capaz de elaborar juicios verdaderos,
aunque también cabe una operación defectuosa del entendimiento, y entonces nos hallamos ante el error.
Lo contrario de la verdad del conocimiento es el error o falsedad. El error consiste en afirmar lo falso como
verdadero; es lo propio de un juicio que no es conforme con la realidad. Propiamente hablando,
la ignorancia es la mera ausencia de saber. La falsedad consiste en “decir que no es lo que es, o que es lo que
no es” (Aristóteles). La ignorancia consiste en no captar la realidad, pero el error es ir contra ella. Si la
ignorancia es lo contrario del conocimiento, el error es lo opuesto a la verdad. El error, lo falso, se da en la
mente, no en la realidad; es un defecto o fallo en el proceso de conocimiento.
Las cosas no pueden ser “falsas” en sí mismas, son siempre idénticas a sí mismas con relación a su situación
presente. Pero a veces las tomamos por lo que no son, porque la falta de datos claros o una mala
interpretación hacen que parezcan de un modo que no es el real. Dan entonces ocasión al error y por eso las
llamamos “falsas”: un cuadro falso, una moneda o un billete falsos... Pero aunque hablemos, por ejemplo, de
un cuadro falso, eso no quiere decir que no sea un cuadro realmente, sino que se le atribuye un valor o un
origen que no es el suyo. El error en está en nuestro juicio.
Cuando estamos en el error habría que hablar propiamente de “pensamiento” no de conocimiento, pues
podemos pensar cualquier cosa, verdadera o falsa, pero sólo conocemos la realidad cuando nos adecuamos a
ella.
La inteligencia se inclina ante lo evidente –ante lo que se le manifiesta claramente en la realidad-, pero
experimentamos con frecuencia que también lo hace ante el impulso de la voluntad o ante las pasiones
(impulsos afectivos ante algo que atrae o repugna sensiblemente).
Acerca de las causas del error, podemos señalar que normalmente en el error hay
una inadvertencia, una falta de la debida reflexión o de atención, que suele provenir de
precipitaciones al juzgar tomando lo aparente como evidente, debido a las múltiples solicitaciones de
nuestros sentidos y afectos (distracciones sensibles y afectivas), olvidos, cansancio,
apasionamiento, etc.
Otras veces, decíamos, la voluntad induce al error porque busca algún bien en el juicio erróneo,
resaltando ante la inteligencia ciertos aspectos, reales pero incompletos, o haciendo juzgar como
bueno lo que la voluntad quiere en ese momento, debido a una inclinación desordenada o debido a
una intención o un hábito malos. En el momento en que interviene nuestra voluntad para inclinar el
juicio de la inteligencia en un sentido u otro, rebasamos el ámbito del mero conocimiento y entramos
ya en el terreno moral. Es lo que ocurre en el caso de la mentira o del disimulo, por ejemplo.
Es preciso advertir que la existencia del error no atenta contra la existencia de la verdad, sino que la
supone. El error es una privación de la verdad, es una equivocación; pero -como ya se dijo más
arriba- si la verdad no existiera, tampoco existiría el error, puesto que no habría diferencia entre
ambos, no habría privación de nada. Quien sabe que está en un error, porque lo descubre o porque
le ayudan a advertirlo, lo hace a la luz de lo verdadero; “se desengaña”.
Todos nos equivocamos mucho, pero si lo sabemos es porque somos capaces de distinguir entre el
error y la verdad, es decir, podemos advertir lo verdadero y lo que “no encaja” con ello.
c) La verdad como veracidad, el sentido moral de la verdad.
Hay otro sentido de la verdad, que es el que se refiere a la correspondencia entre lo
que sabemos o pensamos y lo que decimos o manifestamos. Si lo contrario de la
verdad de las cosas era la contradicción (la “no-realidad”), y lo contrario de la verdad
del conocimiento era el error, lo que se opone a la verdad como veracidad, en su
sentido moral, es la mentira: decir o manifestar lo contrario de lo que pensamos o
sabemos con intención de engañar.
La verdad moral es la autenticidad de la persona que muestra una adecuación y coherencia entre su ser, su
conocer y su obrar o manifestación; es también lealtad hacia las demás personas.
Una forma de faltar a la verdad moral sería también el disimulo, que manifiesta conductas que encubren la
realidad de la persona. También lo son el fraude y la infidelidad. A veces, incluso, se pretende una especie de
“autoengaño” cuando uno quiere convencerse a sí mismo de algo que sabe que no es así. Aquí se pone de
manifiesto la complejidad estructural del ser humano y la necesidad de configurar la propia vida de forma
unitaria, orientada por entero al bien. Este es el ámbito propio de la vida moral.
El ser humano, por ser dueño de sus acciones gracias a su voluntad libre, tiene la posibilidad de mover su
inteligencia en un sentido u otro, de aceptar o no la verdad. La libertad humana puede dirigir la atención del
entendimiento, pudiendo dejar de lado la verdad y fijándolo en otros intereses y aspectos; pero también puede
llegar a negarse a lo evidente, desconfiando de la razón y de la realidad. Puede así mismo manifestar o
mostrar lo falso como si fuera verdadero; este es el caso de la mentira.
Pero negarse a la verdad y sustraerse a sus exigencias de coherencia es actuar contra la realidad, porque la
verdad se funda en el ser de las cosas (también en nuestro mismo ser, abierto a la realidad: nadie quiere ser
engañado) y no en el pensamiento.
d) La verdad como” inspiración”, o sentido antropológico de la verdad.
A partir de las últimas consideraciones, cabe advertir otra dimensión más honda aún de la verdad. ¿Qué
ocurre a una persona cuando encuentra la verdad? Todo ser humano está abierto constitutivamente a la
realidad, lo cual se manifiesta, entre otras cosas, por su afán de saber, por su deseo radical de verdad.
Esta apertura es previa a cualquier elección, aunque siempre podemos frustrarla si decidimos vivir en la
mentira y en el error, como veníamos diciendo. Por eso, la experiencia del descubrimiento, de dar con una
verdad en distintos órdenes de la vida (en las ciencias, en la amistad, en la contemplación de la naturaleza,
en el orden de la vida interior...), produce algo así como una conmoción. Algo de esto dicen que experimentó
Arquímedes, el sabio griego, con su famosa exclamación: “Eureka!”; y esto y más es lo que experimenta una
persona cuando descubre que es amada de verdad, por alguien, de forma gratuita o inmerecida, o cuando
resuelve un problema... Los ejemplos podrían ser muchos.
Precisamente la admiración –una conmoción del tipo que venimos explicando- fue el origen de la actividad
filosófica; el asombro ante una realidad desbordante, que excede el poder del hombre y que muestra un
orden y una belleza que llega a sobrecoger. Como ha escrito Leonardo Polo, “el encuentro con la verdad se
transforma en punto de partida. La verdad encontrada dispara un proceso interior porque es una fuente de
inspiración que antes la persona no tenía. El carácter subitáneo de su encuentro encierra novedad.” (POLO,
L.: La persona humana y su crecimiento. Eunsa, Pamplona, 1996, pág. 197)
Sin embargo, esta novedad que es fuente de una admiración capaz de inspirar la vida, no es una novedad
total; es más bien el hallazgo de algo en cierto modo presentido, de algo para lo que nuestro espíritu
–inteligencia, voluntad, corazón- está de algún modo preparado.
Las propiedades de la verdad.
1) La verdad es una: La verdad no puede ser contradictoria consigo misma. Dos juicios o dos enunciados
contradictorios entre sí no pueden ser verdaderos a la vez.
2) La verdad es absoluta: No hay grados en la verdad. Todo juicio o enunciado, o es verdadero o es falso.
3) La verdad es objetiva: La adecuación de su contenido a la realidad no depende de quien la sostenga ni del agrado,
utilidad o conveniencia que tenga para determinados intereses, ni de otras posibles circunstancias.
4) La verdad es inmutable: Lo que es verdadero en un momento dado es verdadero (en ese momento) para
siempre. Esto no significa que las cosas no cambien, sino que una afirmación verdadera es inmutablemente
verdadera referida al momento en que lo fue.