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Autobiografía de Un Escritor de Éxito. YAGO PRAENA

RELATO

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Autobiografía de Un Escritor de Éxito. YAGO PRAENA

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PRÓLOGO

(del autor)

Mi editor me ha pedido que escriba una autobiografía. La mía, claro. Dice que las auto-
biografías son tendencia, un subgénero en alza, muy apreciado en los círculos literarios
más innovadores. Lo que quiere decir es que estas novelitas de seudoficción están de
moda, aunque la mayoría sean subliteratura, y que se venden en los quioscos como chu-
rros precocinados.
He comenzado este relato como a él le gusta: exagerando las cosas. Porque, en reali-
dad, lo único que me ha pedido es que le pase cuatro o cinco folios con unos pocos re-
cuerdos de mi vida, los más relevantes, que de inflarlos y dramatizarlos ya se encargará
mi negro. Perdón, quería decir “mi ayudante”, que yo tampoco quiero ofender a nadie.
—No quiero que te ofendas, Carlos —dijo mi editor—, pero tú ahora no estás para es-
cribir una novela entera, y menos una autobiografía.
—Sabes de sobra que yo nunca he permitido que mi vida personal afectara a mi traba-
jo.
Pasó una mano por mi hombro. Con la otra tiró de mi brazo y me levantó de la butaca.
No sé qué me jodía más, si el tonillo de su voz o las palmaditas que me iba dando en la
espalda de camino a la puerta.
—Ya, Carlos, ya sé que eres un profesional. Pero vuestra separación ha sido muy dura.
—Parece que estás bien informado.
—Miriam también lo está pasando mal, no creas que no. Te lo digo yo, que soy su jefe
y la conozco bien.
—Seguro que sí.
—Tú lo que tienes que hacer es cogerte un año sabático, o dos, y viajar, dar la vuelta al
mundo. Te ayudará a reorientarte.
—Con lo que me dais últimamente por mis derechos de autor, no me llegaría ni para
dar la vuelta a España en bici.
—Venga, Carlitos, no me seas derrotista. Arriba ese ánimo —aprovechó el ímpetu de
su exclamación para darme la última palmada y sacarme del despacho—. Hazme caso y
vete por ahí, oréate, que mira qué cara tienes. Pero no olvides que antes me tienes que
enviar esos cuatro folios. Hasta la vista, campeón, y diviértete —cerró la puerta en mis
narices; la abrió un segundo después—. Procura que haya algún recuerdo divertido, eh,
porque alguno tendrás, digo yo.
Tengo mis sospechas sobre quién hizo correr en la editorial el rumor de que mi vida
hasta ahora ha sido tan triste, insignificante y aburrida como mi actual aspecto. No me
gustan los rumores, sobre todo si soy el protagonista, y menos aún si son habladurías. Mi
vida ha sido divertida. Y lo voy a demostrar.
CARLOS VILADEFRAU

UNA VIDA DIVERTIDA

CAPÍTULO 1

De cómo vine a este mundo (sin demasiadas ganas),


y de cómo el sexo le dio sentido a mi vida desde un principio

Cuando nací no se me ocurrió pensar en que más adelante podría necesitar ese
recuerdo para plasmarlo en mi autobiografía. Imagino que todos mis esfuerzos
estarían centrados en aprender a respirar en ese nuevo, frío e indeseado mundo
(mi madre siempre cuenta que salí a regañaforceps). Quizá por eso no reparé en
fijarme en los detalles de mi alumbramiento.

En cuanto le cogí el tranquillo a lo de respirar fuera del agua, el instinto me


empujó a engancharme al pecho de mi madre —este recuerdo tampoco es mío—,
y aquella primera experiencia se debió grabar a leche y fuego en mi cerebrito,
porque, desde el primer chupetón, el instinto no paró de gritarme que debía dedi-
car todo mi tiempo a crecer, rápido. (Freud tenía razón: somos unos inconscien-
tes que sólo piensan en el sexo, desde recién nacidos.)

Notas para el editor. Primer capítulo: Para rellenar este capítulo, se podrían contar histo-
rietas sobre lloros con nocturnidad y alevosía, sobre pañales incapaces, sobre esas gracio-
sas erecciones que suelen ir acompañadas de una enérgica y certera meada, sobre pedo-
rretas con puré pringoso, sobre vómitos amarillo limón destinados a condecorar trajes
recién salidos del tinte,… esas cosas tan divertidas que hacen los bebés. No sé mucho so-
bre este tema, y la verdad es que me da dentera (perdón por el pareado), así que se lo dejo
a mi ayudante. Total, todos los bebés son iguales.

CAPÍTULO 2
Del único periodo feliz (aunque olvidado) de mi vida

No sé dónde he leído que los primeros cinco años de la vida de una persona
son los que más influyen en el desarrollo de su inteligencia. Si eso es cierto,
aquellos primeros años fueron los más desaprovechados de mi vida. Esta es mi
opinión, pero si preguntara a mis escasos amigos, o a mis padres, seguro que ca-
da uno votaría por un periodo distinto. Además, tampoco recuerdo nada de aque-
lla etapa infantil. Imagino que sería feliz. Al menos seguí creciendo, que es lo que
importa. (Lo de los cinco años y la inteligencia lo debí de escuchar en la tele, por-
que no creo que eso lo dijera Freud, y yo no he leído mucho más sobre psicoaná-
lisis, un libro suyo y porque me lié una noche con una de primero de Medicina,
en la última fiesta universitaria a la que fui, cuando estaba en tercero de Dere-
cho, creo recordar, lo que sí recuerdo es que la chavala estaba tremenda, pero tan
mal de la cabeza como el checo, y que me regaló el libro para que no me aburriera
en el hospital, porque estuve allí tres semanas con la pierna colgando de una po-
lea, que me la rompí por dos sitios al intentar huir por la ventana de los bastona-
zos que su amante secreto me estaba dando bajo la rabadilla, tras sorprendernos
sobre la alfombra de su despacho en plena lección de anatomía deportiva cuando
entró a coger las pastillas para aguantar el alcohol, aunque peor le fue a él, que
media facultad le oyó cagarse en sus cuernos y le obligaron a renunciar a la cáte-
dra por mantener relaciones con una alumna, y encima sabiendo que la chiquilla
tenía una tara, porque él mismo le había diagnosticado un trastorno de la con-
ducta, el síndrome de Klüver-Nosequé, cuyo síntoma más destacable es la hiper-
sexualidad, algo así como que te follas todo lo que se mueva y en cualquier mo-
mento y circunstancia. Yo me asusté cuando lo supe. Normal, como para no
asustarse: había echado medio polvo con una enferma mental sin ponerme con-
dón. En cuanto salí del hospital, fui al médico para preguntar si ese síndrome era
contagioso. Y me dijeron que no, que me tranquilizara, que yo tenía el síntoma
pero no la enfermedad.)

Nota al segundo capítulo: El título resume su contenido: periodo feliz, y, por lo tanto, olvi-
dado. Otro quehacer para mi ayudante. Dile que no sé a cuento de qué me vino a la cabeza
la parrafada del paréntesis. Pero ya me conocéis: así escribo yo, por impulsos submenta-
les. Podéis cortar el parrafito y pegarlo en el capítulo que os venga en gana (y no estaría de
más —si mi fiel suplente lo considerara oportuno— que lo corrigiera y revisara la puntua-
ción). También podríais decidir enviarlo a la infinita e inaccesible papelera del Word; en
vuestra conciencia quedará.

CAPÍTULO 3
De mi primer recuerdo veraz y de sus imprevisibles consecuencias
(en este título no incluyo ningún paréntesis)

El primer recuerdo de verdad mío es la imagen de una bici roja y blanca, vista
desde la calle, a través de los barrotes de la terraza de nuestra antigua casa, en
Vicálvaro. Vivíamos en un primero, y mis padres no cayeron en que un niño de
seis años siempre va mirando hacia arriba, por costumbre. Aquella vez había una
razón para la pregunta, pero mis padres se la tomaron como una más de las mil
de ese día, porque no se dieron cuenta de que había visto la bici.

—¿Ya han venido los Reyes?

—No, Carlitos, todavía no, vienen esta noche. Pero tienes que acostarte en
cuanto subamos a casa, y dormirte, porque si te ven despierto o tú los ves a ellos,
se van y no te dejan nada, se llevan tus regalos y se los dan a los niños buenos.

No hice más preguntas. Agaché la cabeza y ya no levanté la mirada del suelo.


No quería ver a nadie, por si acaso, porque a ver cómo distinguía yo a un rey de
un no rey. Por la corona, vale. Pero, ¿y a un rey mago de un rey no mago? Que
no, que no me quería arriesgar. No levanté la cabeza ni para lavarme los dientes.
Mi padre se fijó en mi postura, la frente casi apoyada en el lavabo, y me preguntó
que si me pasaba algo en el cuello. No, nada, y corrí a acostarme. Lo único que
me pasaba es que no entendía qué hacía la bici en la terraza, antes de que vinie-
ran los Reyes, pero tenía muy claro que aquella bici era mía y no se la iba a llevar
nadie, y menos para dársela a algún niño bueno, con lo mal que me caían. Cerré
los ojos y me dormí (cuando me interesa, no me cuesta nada hacer lo que me
mandan).

Aquella soleada y fría mañana, mientras daba vueltas con la bici alrededor de
mi padre, que no paraba de repetirme lo generosos que habían sido los Reyes ese
año —de sus raíces catalanas, mi padre tan sólo conserva el aprecio por el aho-
rro—, decidí que nunca más haría preguntas. Y me juré que siempre haría como
si me creyera todo lo que me estuvieran contando, fuera lo que fuera.

Nota al tercero: Se me ocurre que a continuación se podrían relatar las consecuencias de


ese juramento, nobles y enternecedoras historias sobre la tenacidad con la que un niño
intenta conservar su inocencia, la que perdió aquella heladora noche de invierno a través
de los inútiles barrotes de una cruel terraza. No, demasiado aburrido. Casi mejor que mi
ayudante utilice su clarividencia para inventarse las desgracias de un niño que se cree
más listo que nadie y que no deja de meterse en líos por culpa de su manía de ir por la vi-
da haciéndose el inocente (yo este capítulo lo bordaría, pero necesitaría muchos más folios
de los que me has concedido).

CAPÍTULO 4
De mi etapa de bachiller
(o De cómo consiguieron que rompiera mi juramento
a base de machacar mi férrea voluntad con irrefutables verdades bíblicas)

Mantuve aquel inocente juramento hasta que llegué al instituto. [Es sólo un con-
sejo, pero convendría alargar este párrafo introductorio.] El Padre Jacinto estaba a
punto de explotar dentro del confesionario.

—Que la paloma es un símbolo. Un símbolo. Te lo he explicado ya treinta ve-


ces.

—Pues no lo entiendo, Padre. O es una paloma, o no es una paloma.

—¡Que el Espíritu Santo no tiene forma, leches!

—Pues entonces no puede ser una paloma. Las palomas tienen forma. De pa-
loma.

—De acuerdo. No puede ser una paloma, no lo es. Olvida la paloma—. El Paja
(le llamábamos así por abreviar) se rindió con la intención de poner fin a la con-
troversia, porque o yo salía cuanto antes del confesionario, o la tentación de des-
calabrarme con su crucifijo de plata le iba a vencer de un momento a otro. —Vete
a clase, hijo mío.

—Y la Santa Trinidad, y su conts… consut… consustancialidad, ¿no me va a


explicar eso, Padre? Que mañana tenemos examen.

—Ese es un misterio inefable, Carlitos. No se puede explicar con palabras.

—¿Y cómo contesto si me lo preguntan? ¿Con gestos?

—Vete a clase, por favor te lo pido.

—Pero si aún no me he confesado, Padre. Y esta mañana he pecado mucho,


antes de levantarm…

—¡Que te vayas, coño, que te vayas!

Hasta hoy no lo había pensado, pero puede que fuera entonces, durante mi
etapa de estudiante de BUP en los Salesianos de García Noblejas, cuando me afi-
cioné a salir corriendo en cuanto se me presenta una situación conflictiva.

Nota al cuarto: Te podría contar mil historias divertidas de aquella época. Como la de
aquella vez en las duchas, después de ganar la final de futbito a los curas. Pero, dejando
aparte el problema de la escasez de espacio, resulta que no me da la gana contarlas. Que
se lo curre, que para eso le pagas. Y si no te importa, le dices que divida los folios que res-
tan en los capítulos que se le antojen, porque no me apetece seguir perdiendo el tiempo en
idear estúpidos titulitos.

CAPÍTULO el que sea


(Y sin título)

[Aquí comienza el relato de mis múltiples aventuras amorosas. Pili es la primera que me
ha venido a la mente, quizá porque es una de las pocas cuyo nombre recuerdo.]

Pili y yo nos hicimos novios en primero de carrera, al final del curso. No re-
cuerdo exactamente cómo la conocí, pero imagino que sería en la cafe, porque yo
no salía de allí ni para estudiar los apuntes que conseguía a base de labia y son-
risas (al principio se los pedía a los tíos, pero la cerveza es más cara que la sim-
patía). Durante los exámenes de febrero, ya en segundo, Pili fue a buscarme a la
cafe. Dijo algo que no entendí, yo la miré y di otra calada, y ella me quitó el porro
de la boca, lo tiró al suelo y lo pisó. Pili repitió lo que había dicho antes, pero
tampoco la entendí, porque estaba ocupado en apaciguar a mi colega Rober, que
quería partirle la cara a la gilipollas de mi novia. A la tercera, pude entender lo
que ella dijo: “Tenemos que hablar”. Eso significaba que ella iba a hablar y yo,
como mucho, a escuchar. Me sacó de allí y me llevó a un silencioso rincón de la
biblioteca, para que nada me distrajera. Pili dijo muchas cosas. Yo resumo: que
teníamos que pasar de nivel, que nos estábamos estancando, y que nuestra rela-
ción necesitaba un impulso. El único que cogió impulso fui yo. Nunca las volví a
ver —ni a Pili, ni a la cafe— porque me entró tanto miedo que cambié de facultad.
Lo más difícil fue que mi padre entendiera y aceptara mi súbita vocación por la
filosofía —un colega que conocí en una mani me había contado que allí se follaba
hasta en los pasillos—, después de haberme pasado media vida dando el coñazo
con que mi sueño era ser veterinario.

Con Pili tuve mi primera relación seria, casi ocho meses. Eso es casi un año.
He acumulado tantos casis, que se podría decir que mi vida es un casi. Casi me
licencio (tras el fracaso veterinario, dejé Filosofía en segundo porque no me comía
una rosca; y Derecho, la carrera que me iba a sacar desde casa y con la gorra,
resultó ser un pestiño tan insufrible que no pasé de tercero; si soy justo conmigo
mismo, entre todos los cursos que hice suman una licenciatura), casi apruebo las
oposiciones a cartero (aún sueño con los mapas provinciales de las líneas ferro-
viarias), casi me admiten en la empresa de mi padre (ya estaba jubilado, pero el
jefe era amigo suyo, desde la infancia; para no ofenderle, le contó a mi padre que
era mejor que lo dejara, que me buscara otra cosa, que allí no me realizaría, que
mi nivel era demasiado alto como para conformarme con trabajar en una impren-
ta; la verdad es que me quedé dormido el primer día y me cargué una maquina de
encuadernación de no sé cuántos millones de pesetas).

Y casi hice feliz a Miriam, la mujer de mi vida. De mi casi vida.

A pesar de que casi hundí su empresa familiar, el mejor amigo de mi padre se


preocupó, al día siguiente, de encontrar un trabajo adecuado a mi nivel, en la edi-
torial de un cliente suyo. Allí conocí a Miriam. Yo era el chico de los recados, y
ella, dos años más joven, ya trabajaba como correctora. De vez en cuando publi-
caban sus relatos en modestas ediciones que pretendían recopilar los primeros
trabajos de futuros talentos. Ella fue quien me enseñó a escribir, a ratos, en su
tiempo libre. Me enseñaba en el trabajo, en la biblioteca, en el parque, en el bar.
En su coche, en su cocina, en su sofá, en su cama.

Miriam, en su cama. No hace mucho, en una entrevista en directo que concedí


a “La 2 Noticias”, me pidieron que definiera la belleza en pocas palabras, tal como
yo la sintiera. No sé qué me pasó. Mirara a quien mirara, la veía a ella. Cerré los
ojos. Fue inútil. Esa palabra que se había metido en mis oídos, tan sonora, belle-
za, tan olorosa, tan densa que casi se palpa, belleza, tan visual, belleza, se abrió
camino hasta mis apretados párpados y puso ante mis ojos la imagen vaporosa
de Miriam, tumbada en su cama, mirándome, desnuda como la arena de la playa
en las tardes de invierno, silenciosa como un libro que se abre al anochecer, son-
riente como la luna cuando se siente llena, sudorosa como la hierba que se deja
acariciar por el rocío, perfumada como una lluviosa mañana de campo, perfecta
como el perfecto sol de mediodía sobre el cielo de Madrid. No recuerdo qué con-
testé, alguna idiotez, o alguna pedantería, no lo sé. Tampoco sé si lo que acabo de
escribir es una pedantería o una idiotez, o si es mío o es fruto del perpetuo y a
menudo inconsciente plagio del que vivimos los escritores, pero es lo que me ha
salido de mis adentros, como habría dicho mi madre. Lo que sí sé es que no con-
testé con sinceridad, no dije lo que me salía de dentro, no describí la belleza tal
como la siento y en pocas palabras, porque no pronuncié lo que mi corazón pro-
nunciaba en cada bombeo, una sola palabra: Miriam. Salí como pude de aquella
conflictiva situación, apoyándome en mi labia y mi sonrisa. Pero lo peor estaba
por venir. Aquel periodista suplente debía de ser aún más imbécil que yo, y le de-
bió de gustar tanto mi respuesta que no se le ocurrió otra cosa que hacerme la
misma petición, pero con otra palabra: felicidad. Yo no lo recuerdo, ni he querido
verlo después. Mi madre dice, y la creo, que me quedé callado, blanco, quieto,
como muerto. Dice que después me levanté, que me quité el micro, que me fui sin
contestar, sin despedirme, como un zombi. Al menos no salí corriendo. Dice que
mi padre me estuvo buscando hasta la madrugada, que me encontró harto de te-
quila en un banco del Retiro, cerca del antro al que suelo ir por las noches a bus-
car compañía barata. Yo sólo recuerdo la segunda imagen que mi mente inventó
aquel día, la que me cegó como un foco directo en aquel estudio de televisión.
Nunca había contado a nadie, hasta ahora, por qué no definí la felicidad en pocas
palabras, por qué me quedé callado, muerto, por qué me levanté y me fui como
un zombi. Tampoco se lo he contado a Miriam. Nunca había descrito, hasta aho-
ra, la tierna imagen que me cegó de esa manera tan brutal. Lo cierto es que era
casi idéntica a la primera. Miriam seguía en su cama, tumbada, sonriéndome,
perfecta. Pero algo había cambiado en ella, había algo más: un brillo cegador bro-
taba del cuerpo de Miriam, de los trazos de aquella palabra, felicidad, escrita en
su vientre hinchado y desnudo con la letra insegura y redonda que tienen los ni-
ños cuando están aprendiendo a escribir.

Miriam me enseñó a escribir, y me hizo un hueco en su cama. Y mientras ella


seguía corrigiendo los fallos de escritores de tercera fila, yo fui ascendiendo poco
a poco, con mi labia y mi sonrisa. Administrativo, corrector, asistente, lector. Tu-
ve trato directo con quienes decidían qué se publicaba y qué no, casi siempre mu-
jeres. Tras unas cuantas buenas cenas, seguidas de su correspondiente mal pol-
vo, la editorial aceptó publicar un libro con mis cuentos. No tuve demasiado
éxito. Pero Clara, la directora anterior a Pedro —el cabrón que acaba de prejubi-
larme para que me vaya a dar una vuelta—, vio un filón en mi labia y mi sonrisa.

—Con tu cara en la contraportada y con una buena promoción, presentacio-


nes, entrevistas, tele, radio, internet, lo que haga falta, vendemos en dos tardes
que tú eres el mejor escritor de tu generación. Pero déjate de cuentos, quiero una
novela. ¿Cómo se te daría mezclar un poco de intriga, algunos asesinatos miste-
riosos, con la historia, la religión, esas cosas?

—La Biblia ya la escribieron hace mucho.

—Ja. ¿Ves?, si es lo que yo digo, que contigo me parto de risa aunque me


hayas querido dar por culo con esa respuesta. Y lo que quieren nuestros lectores
es eso, pasarlo mal, un rato, pero que la cosa termine bien. Si te joden bien, con
gracia, te terminas corriendo de gusto. Y no estoy hablando de lo que le sueles
hacer a la coordinadora sobre la mesa de su despacho en menos de seis minutos.

—No sé de qué me estás habla…

—Carlos, por favor. Yo sí que no sé con qué clase de mujeres sueles tratar,
aunque me lo imagino, pero a mí no me trates como si fuera una retrasada men-
tal, ¿entendido? Y no se te ocurra ponerme caritas, que a mí no me vas a follar.

—Jamás se me ocurri…

—Cállate, Carlos, cállate. Y escucha. Por Asunción no te preocupes, ya está


fuera del equipo. La pobre se ha llevado un disgusto, sobre todo cuando se ha
enterado de que seis minutos no es lo máximo que podéis durar los tíos. A partir
de ahora, tratarás directamente conmigo, sin coordinadores ni ningún otro tipo
de intermediario. Tú y yo no vamos a follar juntos, Carlos, pero nos vamos a follar
a todos los listos que se creen que saben de esto. Yo me encargo de venderte. Tú,
de escribir. Y para que veas que no soy tan dura como aparento, te voy a dar algo
más de tiempo del que sueles emplear restregándote por las mesas para que pu-
bliquen tus cuentecillos. Tienes seis meses para entregarme la novela. Termina-
da. Ni un día más. Ya puedes irte.

[Creo que Clara tiene razón: ya puedo irme]

Nota final para la copia del editor: Aquí tienes, Pedro: los recuerdos que me pediste. Tú ya
conocías parte de la historia (y de primera mano, como ahora), porque fui tan estúpido co-
mo para contarte cada sucio paso de mi carrera literaria. También conoces lo que falta, el
final. Lo dejo en tus manos, y en las de mi ayudante. No volveré a escribir. Me he dado
cuenta, mientras terminaba de escribir este borrador de mi vida, de que no ha sido tan di-
vertida como yo creía. Voy a alejarme de todo, a ver si consigo librarme de mis adicciones.
Y no creo que nos volvamos a ver. Pero no quiero despedirme de ti sin darte las gracias por
haberte anticipado a mí, a estos últimos folios en los que confieso ser un fraude, un cobar-
de y un hijodeputa. No quiero irme sin agradecerte que le contaras a Miriam cómo conseguí
que publicaran mis cuentos —no niegues con la cabeza— y cómo llegué a ser uno de los
novelistas más prometedores de este país. Te aconsejo que confíes en ella, en su talento,
ella sí que es una buena escritora, la mejor. Lo comprobarás cuando leas mi autobiografía
completa, porque sé que estos folios son para ella —deja de negar con la cabeza, idiota,
estás solo en el despacho, esto es una carta, y nadie te está viendo—, para mi nueva y
efímera escritora ayudante. No hace falta que se los reenvíes, ya tiene una copia. Sólo te
pido una cosa: no le prometas nada que no vayas a cumplir. Y no hablo sólo de trabajo.
Cuida de ella. Hasta la vista, cabrón. Diviértete.

Nota final para la copia de la futura autora: Te pido perdón, por todo. Te deseo toda la
suerte y la felicidad del mundo. Y gracias, por todo. (Vaya mierda de despedida, y con un
“toda” y dos “todo” en un par de renglones. Esto demuestra que soy un pésimo escritor.)
Adiós, mi negra. Cuídate.

YAGO PRAENA

AUTOBIOGRAFÍA DE UN ESCRITOR DE ÉXITO

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