IGLESIA APOSTOLICA DE LA FE EN CRISTO JESUS. JESUS AMIGO DE LAS MUJERES.
JESUS AMIGO DE LAS MUJERES.
06 de Noviembre 2017.
Elaborado por Pastor: Franklin Sánchez Cruz. 1
IGLESIA APOSTOLICA DE LA FE EN CRISTO JESUS. JESUS AMIGO DE LAS MUJERES.
TEMA: JESUS AMIGO DE LAS MUJERES.
OBJETIVOS.
1-Conocer el contexto histórico en el que se encuentran las mujeres seguidoras
de Jesús.
2-Entender la actitud de Jesús ante la situación de discriminación que viven las
mujeres.
3-Comprender cuál es la posición de Jesús ante la dominación masculina.
INTRODUCCION.
Buena parte de las personas pobres que seguían y escuchaban a Jesús eran
mujeres, privadas del apoyo de un varón, eran personas vulnerables. Ser mujer
en aquella sociedad patriarcal significaba estar destinada a vivir en un estado
de inferioridad y sumisión a los varones, ¿Sera esto lo que Dios quiere?
¿Cómo las ve Jesús? Lo primero que sorprende es verlo rodeado de tantas
mujeres: María, oriunda de Magdala; las hermanas Marta y María, vecinas de
Betania; mujeres enfermas; paganas como la siro-fenicia; prostitutas
despreciadas por todos; seguidoras fieles como Salome y otras muchas que le
acompañaron hasta Jerusalén y no le abandonaron ni en el momento de su
ejecución.
1-Contexto Histórico en el que se encuentra la mujer Judía.
Esta era una sociedad en cuya conciencia colectiva estaban grabados algunos
estereotipos sobre la mujer, transmitidos durante siglos. Según el Antiguo
relato Dios había creado a la mujer solo para proporcionarle una ayuda
adecuada al varón. Este era su destino. Sin embargo, lejos de ser una ayuda,
fue ella precisamente la que le dio a comer del fruto prohibido, provocando la
expulsión de ambos del paraíso. Este relato, transmitido de generación en
generación, fue desarrollando en el pueblo judío una visión negativa de la
mujer como fuente siempre peligrosa de tentación y de pecado. La actitud más
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sabia era acercarse a ella con mucha cautela y mantenerla siempre sometida.
Es lo que se le enseñó a Jesús desde niño.
Había también otra idea incontestable en aquella sociedad patriarcal dominada
y controlada por los varones: la mujer es propiedad del varón. Primero
pertenece a su padre; al casarse pasa a ser propiedad de su esposo; si queda
viuda, pertenece a sus hijos o vuelve a su padre y hermanos. Es impensable
una mujer con autonomía. El decálogo santo del Sinaí la consideraba una
propiedad más del patrón de la casa: No codiciarás la casa de tu prójimo, ni
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su
asno, ni nada que sea de tu prójimo. 1 La función social de la mujer estaba bien
definida: tener hijos y servir fielmente al varón.
El control sobre la mujer estaba fuertemente condicionado por las reglas de
pureza sexual. La mujer era ritualmente impura durante su menstruación y
como consecuencia del parto. Nadie debía acercarse a la mujer impura. Las
personas y los objetos que tocaba quedaban contaminados. Esta era,
probablemente, la principal razón por la que las mujeres eran excluidas del
sacerdocio, de la participación plena en el culto y del acceso a las áreas más
sagradas del templo. La mujer era fuente de impureza. A Jesús se lo
advirtieron sin duda desde pequeño.2
Esta visión negativa de la mujer no perdió fuerza a lo largo de los siglos. En
tiempos de Jesús, por lo que podemos saber, era tal vez más negativa y
severa. La mujer no solo es considerada fuente de tentación y ocasión de
pecado. Es, además, frívola, sensual, perezosa, chismosa y desordenada.
Según el escritor judío Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, mientras
el varón se guía por la razón, la mujer se deja llevar por la sensualidad.
Se le retenía recluida en el hogar y retirada de la esfera de la vida pública. Sus
deberes eran siempre los mismos: moler el trigo, cocer el pan, cocinar, tejer,
hilar, lavar el rostro, las manos y los pies de su hombre. Naturalmente, su
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Éxodo 20:17
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Levítico 12.
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principal cometido consistía en satisfacerlo sexualmente y darle hijos varones
para asegurar la subsistencia de la familia. Sin embargo, parece que la
influencia de la mujer era grande dentro de la familia: muchos hombres las
respetaban y ensalzaban como madres de sus hijos. Ellas eran, seguramente,
las que cuidaban el clima familiar y religioso dentro de la casa.
Fuera del hogar, las mujeres no existían. No podían alejarse de la casa sin ir
acompañadas por un varón y sin ocultar su rostro con un velo. No les estaba
permitido hablar en público con ningún varón. Debían permanecer retiradas y
calladas. No tenían los derechos de que gozaban los varones. No podían tomar
parte en banquetes. Excepto en casos muy precisos, su testimonio no era
aceptado como válido, al menos como el de los varones. En realidad no tenían
sitio en la vida social.
La vida religiosa era controlada por los varones colocando a la mujer en una
condición de inferioridad. Estaban separadas tanto en el templo como en la
sinagoga. Las normas de pureza, interpretadas de manera rígida, solo les
permitían el acceso al atrio de los paganos y de las mujeres, no más allá.
En realidad, el verdadero protagonista de la religión judía era el varón: no
hemos de olvidar que la circuncisión era el rito que constituía a alguien como
miembro del pueblo de la Alianza. La mujer no tiene la misma dignidad que el
varón ante la ley. De hecho, estaba sometida a todas las prohibiciones lo
mismo que el varón, pero no se contaba con ella como sujeto activo de la vida
religiosa del pueblo: no tenían obligación de recitar diariamente el Shemá,
confesión oficial de la fe de Israel; tampoco estaban obligadas a subir en
peregrinación a Jerusalén en las fiestas de Pascua, Pentecostés o las Tiendas.
No era necesaria su presencia. Bastaban los hombres en todo lo referente a la
relación con Dios: todo estaba dirigido por los sacerdotes del templo y los
escribas de la ley. Por tanto, no era necesario iniciar a las mujeres en la Torá:
no estaban obligadas al estudio de la ley, ni los escribas las aceptaban como
discípulas. Sorprende la dureza de ciertos dichos rabínicos que, aun siendo de
fecha posterior a Jesús, pueden sugerir algo de lo que se vivía también en sus
tiempos: Quien enseña a su hija la Torá, le enseña el libertinaje, pues hará
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mal uso de lo aprendido; Antes sean quemadas las palabras de la Torá
que confiadas a una mujer. ¿Pero, era esto realmente lo que quería Dios?
¿Qué podían esperar las mujeres con la llegada del reino de Dios?
2-Actitud de Jesús ante la situación que viven las mujeres.
Las mujeres que se acercaron a Jesús pertenecían, por lo general, al entorno
más bajo de aquella sociedad. Viudas indefensas, esposas repudiadas,
mujeres solas, sin recursos y de no muy buena fama. Había también algunas
prostitutas, consideradas por todos como la peor fuente de impureza y
contaminación. Jesús las acogía a todas. Estas mujeres están entre los
pecadores e indeseables que se sientan a comer con él. Aquella mesa no es la
mesa santa en la que comen los varones de santidad de la comunidad de
Qumrán, excluyendo a toda mujer. No es tampoco la mesa pura de los sectores
fariseos más radicales, que toman sus alimentos observando la pureza ritual de
los sacerdotes. Para Jesús, sin embargo, estas comidas son precisamente
símbolo y anticipación del reino de Dios. Junto a él se puede ver como las
últimas de aquella sociedad patriarcal son las primeras en entrar al reino de
Dios.
Jesús ni se asusta ni las condena. Las acoge con el amor comprensivo del
Padre. Jamás habían escuchado hablar así de Dios. Más de una llora de
agradecimiento. A sus adversarios no les resulta difícil desacreditarlo como
hombre poco observante de la ley, amigo de pecadoras. Jesús los desafió en
alguna ocasión de manera provocativa: Los recaudadores y las prostitutas
entran antes que vosotros al reino de Dios. Tampoco el código de pureza fue
para Jesús un obstáculo para estar cerca de las mujeres. Al parecer, las
prescripciones de este código ejercían un control sobre la vida de la mujer
mucho más fuerte que sobre los varones. Durante la menstruación, la mujer
permanece en estado de impureza siete días; después del parto, cuarenta días
si ha tenido un hijo varón y ochenta si ha dado a luz una hija. 3 De hecho, el
estado casi permanente de las mujeres es el de impureza ritual. Es difícil saber
cómo lo vivían y qué consecuencias prácticas tenía para la convivencia diaria.
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Levítico 12
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Tal vez lo más grave era su conciencia de inferioridad y la sensación de
alejamiento del Dios santo que habita en el templo.
Jesús no pone ningún empeño en criticar el código de pureza. En ningún
momento se enreda en cuestiones de sexo y pureza ritual. No es lo suyo.
Sencillamente, desde su experiencia del reino de Dios comienza a actuar con
libertad total. No mira a la mujer como fuente de tentación ni de posible
contaminación. Se acerca a ellas sin recelo y las trata abiertamente, sin dejarse
condicionar por prejuicio alguno. A las mujeres les tenía que resultar atractivo
acercarse a él. Para más de una significaba liberarse, al menos
momentáneamente, de la vida de marginación y trabajo que llevaban en sus
casas. Algunas se aventuraban incluso a seguirle por los caminos de Galilea.
Tenían que ser, probablemente, mujeres solas y desgraciadas que vieron en el
movimiento de Jesús una alternativa de vida más digna.
Sin duda ven en él una actitud diferente. Nunca escuchan de sus labios
expresiones despectivas, tan frecuentes más tarde en los rabinos. Nunca le
oyen exhortación alguna a vivir sometidas a sus esposos ni al sistema
patriarcal. No hay en Jesús animosidad ni precaución alguna frente a ellas.
Solo respeto, compasión y una simpatía desconocida. Lo más sorprendente de
la actitud de Jesús ante la situación de las mujeres es ver que de manera
sencilla y natural va redefiniendo el significado de la mujer, echando abajo los
estereotipos vigentes en aquella sociedad.
1-No acepta que la mujer sea considerada fuente de tentación y ocasión de
pecado para el hombre sino que alerta a los varones frente a su propia lujuria:
Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con
ella en su corazón (Mateo 5:28). En una sociedad donde la lujuria del varón
no era considerada tan grave como la seducción de la mujer, Jesús pone el
acento en la responsabilidad de los hombres. No han de justificarse
culpabilizando a las mujeres de su mal comportamiento.
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2-Jesús corrige también la valoración que se hace de la mujer atribuyéndole
como cometido supremo el tener hijos. Tener hijos no es todo en la vida para la
mujer, hay algo mas decisivo y primordial: Dichosas más bien las que escuchan
la Palabra de Dios y la cumplen (Lucas 11:28). La grandeza y dignidad de la
mujer, lo mismo que la del varón, arranca de su capacidad para escuchar el
mensaje del reino de Dios y entrar en él.
3-En otra ocasión se nos dice que Jesús corrige, en casa de sus amigas Marta
y María, aquella visión generalizada de que la mujer se ha de dedicar
exclusivamente a las tareas del hogar. Marta se afana por acoger con todo
esmero a Jesús, mientras su hermana María, sentada a sus pies, escucha su
palabra. Cuando Marta reclama la ayuda de María para realizar sus tareas,
Jesús le contesta así: Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte
buena, que no le será quitada (Lucas 10:38-42). La mujer no ha de quedar
reducida al servicio de las faenas del hogar. Hay algo mejor y más decisivo a lo
que tiene derecho tanto como el hombre, y es la escucha de la Palabra de
Dios.
4-Jesús reacciona también frente al doble criterio de moralidad que se usa para
enjuiciar de manera desigual al varón y a la mujer. La escena es cautivadora.
Traen ante Jesús a una mujer sorprendida mientras estaba teniendo relaciones
sexuales con un hombre. No se dice nada del varón. Es lo que ocurría casi
siempre en aquella sociedad machista. Se humilla y se condena a la mujer,
porque ha deshonrado a su familia. Mientras tanto, nadie habla del varón,
aunque, paradójicamente, es a él a quien la Torá exigía no poseer ni desear a
una mujer que ya pertenece a otro. Al dar la ley, se piensa en los varones como
los verdaderos responsables de la sociedad; luego, al reprimir el delito, se
castiga con dureza a las mujeres. Jesús no soporta esta hipocresía social
construida por los varones. No es verdad que la mujer sea más culpable que el
varón: Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.
Empezando por los más viejos, los acusadores se van retirando uno a uno,
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avergonzados por el desafío de Jesús. Saben que ellos son los más
responsables de los adulterios que se cometen en aquellos pueblos.
La conclusión es conmovedora. La mujer no se ha movido. Sigue allí, en
medio, humillada y avergonzada. Jesús se queda a solas con ella. Ahora la
puede mirar con ternura y expresarle todo su respeto y cariño: Mujer..., nadie te
ha condenado? La mujer, que acaba de escapar de la muerte, le responde
atemorizada: Nadie, Señor. Las palabras de Jesús son inolvidables. Nunca las
podrán escuchar los varones adúlteros que se han retirado irritados. Solo
aquella mujer abatida: Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques
más. Aquella mujer no necesita más condenas. Jesús confía en ella, quiere
para ella lo mejor y la anima a no pecar. Pero de sus labios no brota ninguna
condena.
Ciertamente, Jesús las mira de manera diferente, y las mujeres lo captan.
También ellas tienen que escuchar la Buena Noticia de Dios y comunicarla a
otras mujeres que no se han atrevido a salir de su casa. Jesús también las
hace protagonista de sus parábolas haciéndolas visibles, ejemplo de esto
encontramos en: como: la viuda importuna que reclama tenazmente sus
derechos hasta conseguir que el juez le haga justicia, la mujer que introduce la
levadura en la masa de harina y la mujer angustiada que barre con cuidado
toda su casa hasta encontrar la monedita de plata que se le había perdido
(metáfora digna del amor de Dios por los perdidos) rompiendo todos los
esquemas tradicionales.
No es solo en sus parábolas. Jesús aprovecha cualquier situación para
presentar a las mujeres como modelo de fe, generosidad o entrega
desinteresada. Una pobre viuda (Marcos 12:42-43), una enferma crónica o una
madre pagana desesperada pueden ser un ejemplo a seguir por todos. La
entrega callada y completa de la viuda pobre es para Jesús un ejemplo
preclaro de generosidad y renuncia a todos los bienes, que es lo primero que
pide a quien quiera ser discípulo suyo.
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Según otro relato, una mujer enferma se acerca tímidamente a Jesús con la
esperanza de quedar curada de su mal al tocar su manto. No conocemos ni su
nombre ni su vida. Probablemente siempre ha sido así: tímida y callada. La
enfermedad que padece la ha hecho todavía más retraída. Lleva muchos años
sufriendo pérdidas, en un estado de impureza ritual que la obliga a apartarse.
Solo busca una vida más digna. Su deseo de ser como todos es tan grande
que se ha gastado en médicos todo lo que tenía. Ahora, arruinada, sola y sin
futuro, toca con fe el manto de Jesús y se siente curada. Jesús desea saber
quién le ha tocado. No siente temor a que una mujer impura le haya
contaminado. Lo que desea es que esta mujer no marche avergonzada: ha de
vivir con dignidad. Lo que ha hecho no es algo indecoroso, sino una prueba de
su fe. Cuando ella, atemorizada y temblorosa lo confiesa todo, Jesús, con
afecto y cariño grandes, la despide así: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y
queda curada de tu enfermedad. La actuación de esta mujer es un ejemplo de
esa fe que hace falta entre sus seguidores más cercanos.
3-Jesus ante la dominación masculina.
Jesús a través de su enseñanza está tratando de crear un espacio sin
dominación masculina, poniendo en crisis costumbres, tradiciones y prácticas
que oprimían a la mujer. Pero es imposible suprimir el carácter patriarcal de
aquella sociedad. Sin embargo introduce un nuevo mensaje en el cual se
proclama que todas las personas, mujeres y varones son creados y amados
por Dios. Todos tienen igual dignidad y son igualmente responsables ante Dios.
No es posible encontrar en él exhortaciones para concretar los deberes de los
varones por una parte y los deberes de las mujeres por otra, como es corriente
entre rabinos judíos y como ocurrirá también en las primeras comunidades
cristianas, cuando se reglamenten los deberes domésticos del varón, y
especialmente de la mujer. Jesús llama a todos, mujeres y varones, a vivir
como hijos e hijas del Padre, sin proponer una especie de segunda moral más
específica y exclusiva para mujeres y para varones.
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Probablemente, lo que más hace sufrir a las mujeres no es vivir al servicio de
su esposo y de sus hijos, sino saber que, en cualquier momento, su esposo las
puede repudiar abandonándolas a su suerte.
Joachim (1980) al respecto nos dice:
El derecho al divorcio estaba exclusivamente de parte del hombre; los
pocos casos en que la mujer tenía derecho a exigir la anulación jurídica
del matrimonio han sido mencionados anteriormente (págs. 320s). En la
época de Jesús (Mt 19,3), los shammaítas discutían con los hillelitas
acerca de la exégesis de Dt 24,1, donde se menciona como razón que
permite al hombre despedir a su mujer el caso de que éste encuentre en
ella «algo vergonzoso», ('erwat dabar). Los hillelitas, a diferencia de la
exégesis de los shammaítas concordante con el sentido del texto,
explicaban este pasaje de la forma siguiente: 1º, una impudicia (erwat)
de la mujer, y 2°, cualquier cosa (dabar) que desagrade al marido le dan
derecho á despedir a su mujer. Así, pues, la opinión hillelita reducía a
pleno capricho el derecho unilateral al divorcio que tenía el marido. Se
desprende de Filón y de Josefo, quienes no conocen más que el punto
de vista hillelita y lo defienden, que éste debió de prevalecer a partir de
la primera mitad del siglo I de nuestra Era.4
Este derecho del varón se basa nada menos que en la ley: Si resulta que la
mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que no le
agrada, le redactará un acta de repudio, se lo pondrá en la mano y la echará de
casa. Ya antes de nacer Jesús, los expertos de la ley discutían vivamente
sobre el modo de interpretar estas palabras. Según los seguidores de
Shammai, solo se podía repudiar a la esposa en caso de adulterio; según la
escuela de Hillel, bastaba con encontrar en la esposa algo desagradable, por
ejemplo que se le había quemado la comida. Al parecer, en tiempos de Jesús
era esta tendencia la que se iba imponiendo. Más tarde, Rabí Aqiba daría un
paso más: para repudiar a la esposa basta que al marido le guste más otra
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Joachim J. (1980). Jerusalén en tiempos de Jesús, p.381-382
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mujer. Mientras los doctos varones discutían, las mujeres no podían alzar su
voz para defender sus derechos.
En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: ¿Puede el marido
repudiar a la mujer? La pregunta es totalmente machista, pues la mujer no
tenía posibilidad alguna de repudiar a su esposo. Jesús sorprende a todos con
su respuesta. Las mujeres que lo escuchan no se lo pueden creer. Según él, si
el repudio está en la ley, es por la dureza de corazón de los varones y su
actitud machista, pero el proyecto original de Dios no fue un matrimonio
patriarcal. Dios ha creado al varón y a la mujer para que sean una sola carne,
como personas llamadas a compartir su amor, su intimidad y su vida entera en
comunión total. Por eso, lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón. Una
vez más, Jesús toma posición a favor de las víctimas, poniendo fin al privilegio
de los varones para repudiar a las esposas a su antojo y exigiendo para las
mujeres una vida más segura, digna y estable. Dios no quiere estructuras que
generen superioridad del varón y sumisión de la mujer. En el reino de Dios
tendrán que desaparecer. Esto es precisamente lo que Jesús promueve dentro
de esa nueva familia que está formando con sus seguidores al servicio del
reino de Dios. Una familia no patriarcal donde todos son hermanos y hermanas.
Una comunidad sin dominación masculina y sin jerarquías establecidas por el
varón.
Después de romper con su familia, Jesús se encuentra rodeado de un grupo de
seguidores sentados a su alrededor, formando con él un grupo bien definido:
mujeres y hombres sentados, sin ninguna superioridad de unos sobre otros, sin
nadie que eleve su autoridad sobre los demás, todos escuchando su palabra y
buscando juntos la voluntad de Dios. De pronto avisan a Jesús de que han
llegado su madre y sus hermanos con la intención de llevárselo, pues piensan
que está loco. Se quedan fuera, tal vez para no mezclarse con ese grupo
extraño que rodea a su pariente. Mirando en torno suyo, como era tal vez su
costumbre, y contemplando a quienes considera ya su nueva familia, Jesús
reacciona así: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad
de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. En esta nueva familia de
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sus seguidores no hay padres. Solo el del cielo. En el reino de Dios no es
posible reproducir las relaciones patriarcales. Todos han de sentarse en torno a
Jesús, renunciando al poder y dominio sobre los demás para vivir al servicio de
los más débiles e indefensos.
Lo mismo repite Jesús en otra ocasión. Los discípulos han dejado su casa, han
dejado también hermanos y hermanas, padres, madres e hijos, han
abandonado las tierras, que eran su fuente de subsistencia, trabajo y
seguridad. Se han quedado sin nadie y sin nada. ¿Qué recibirán? Esta es la
preocupación de Pedro y esta la respuesta de Jesús: Nadie quedará sin recibir
el ciento por uno: ahora, en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres,
hijos y campos... y en el mundo futuro, vida eterna. Los seguidores de Jesús
encontrarán un nuevo hogar y una nueva familia. Cien hermanos y hermanas,
cien madres! Pero no encontrarán padres. Nadie ejercerá sobre ellos una
autoridad dominante. Ha de desaparecer el padre, entendido de manera
patriarcal: varón dominador, amo que se impone desde arriba, señor que
mantiene sometidos a la mujer y a los hijos. En la nueva familia de Jesús todos
comparten vida y amor fraterno. Los varones pierden poder, las mujeres ganan
dignidad. Para acoger el reino del Padre hay que ir creando un espacio de vida
fraterna, sin dominación masculina.
4-CONCLUSION.
El poder, la autoridad y el dominio le pertenecen solamente a Dios. Según un
relato recogido en Marcos, los discípulos varones andan discutiendo sobre el
reparto de poderes y autoridad. Jesús va a hacer un gesto llamativo para que
se les grabe bien cómo entiende él su comunidad de seguidores: lo importante
no es ser el primero o el mayor, sino vivir como el último sirviendo a todos: Si
uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos. Jesús
toma luego a un niño y lo pone en medio del grupo en señal de autoridad. Lo
estrecha entre sus brazos con cariño, como si quisiera regalarle su propia
autoridad. Los discípulos no saben qué pensar de todo aquello. Jesús lo
explica en pocas palabras: El que reciba a un niño como este en mi nombre,
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me está recibiendo a mí; y el que me reciba a mí no me estará recibiendo a mí,
sino a aquel que me ha enviado. En el movimiento de Jesús son los niños los
que, en su pequeñez, tienen autoridad. Son los más importantes y han de
ocupar el centro, porque son los más necesitados de cuidado y de amor. Los
demás, los grandes y poderosos, empiezan a ser importantes cuando se ponen
a servir a los pequeños y débiles.
El movimiento de Jesús, que prepara y anticipa el reino de Dios, no ha de ser
un grupo dirigido por hombres fuertes que se imponen a los demás desde
arriba. Ha de ser más bien una comunidad de niños que no se imponen a
nadie, que entran en el reino solo porque necesitan cuidado y amor. Una
comunidad donde hay mujeres y hombres que, al estilo de Jesús, saben
abrazar, bendecir y cuidar a los más débiles y pequeños. En el reino de Dios, la
vida se difunde no desde la imposición de los grandes, sino desde la acogida a
los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de la vida, ahí está
llegando el reino de Dios.
Dios no quiere dominación y discriminación sobre las mujeres sino
consideración e inclusión. Esta es la idea que debe predominar hoy en la
Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús y en toda comunidad cristiana. Este
es el mismo mensaje que el Señor nos ha transmitido a través de nuestra
propia historia. La hermana Romana Carvajal de Valenzuela es reconocida
como la fundadora de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús de México. 5
Entre los primeros miembros del movimiento del Nombre de Jesucristo en
Nicaragua encontramos a la hermana: Dolores Ocon quien es considerada
por la historia como fundadoras de la Fe Apostólica del Nombre de Jesucristo. 6
ESTO ES LO QUE DIOS QUIERE. PAZ DE CRISTO.
5
Comisión Nacional de Historia: Orígenes de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús (2003),p.89
6
Comisión Nacional de Historia: Orígenes de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús (2003),p.121
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BIBLIOGRAFIA.
1-BIBLIA: Versión Reina Valera 1960.
2- COMISION NACIONAL DE HISTORIA (2003) Historia de los orígenes de
la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús en Nicaragua (1918-1968).
Managua, Nicaragua.
3-JOACHIM J. (1980) Situación Social de la Mujer. (2da Edición) Jerusalén
en Tiempos de Jesús. (p.370-387). Madrid, España: Cristiandad S.L.
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