La penetración británica
En el siglo XVII aprovechando la resistencia –principalmente- de la población mosquita o misquita contra el
dominio español, los británicos hicieron su aparición en la Costa Caribe e iniciaron un comercio de trueque con la
población local: los británicos o ingleses les daban armas, telas, herramientas, licor, etcétera y los misquitos los
nutrían con productos de la zona, tales como las conchas de carey, carnes, plantas, raíces medicinales, entre otros.
Posteriormente, establecieron explotaciones madereras y fruteras, requiriendo mano de obra esclava.
Al asentarse y aumentar el número de colonos y comerciantes británicos y fortalecerse la alianza con los tawiras o
misquitos, funcionarios de la misma británica, principalmente Corona ubicados en Jamaica, le dieron forma de
organización política al territorio constituyendo una monarquía nativa al territorio que desde entonces empezaron a
llamar Mosquitia. Según las fuentes, el primer rey de la Mosquitia fue Oldman I, quien inicialmente tenía su
residencia en la parte norte, pero posteriormente la sede central se trasladó a Bluefields, teniendo bajo jurisdicción
a las demás poblaciones (Gracias a Dios, Sandy Bay, Laguna de Perlas, Greytown, etc.). Se establecieron los
almirantes también llamados “witas”, que dependían del Rey. En la práctica, se puede hablar de una monarquía
nativa en que el rey venía siendo una especie de jefe mayor que atendía los asuntos de las aldeas, al igual que los
demás jefes, “witas” o “almirantes”.
Cada cierto tiempo se reunía una especie de Consejo, que administraba los asuntos generales con la asesoría de los
ingleses. Con el tiempo los reyes iban a realizar estudios básicos a Kingstown, Jamaica, incluso a Londres. Se
reconocía como límites de la antigua Mosquitia, desde la desembocadura del Río Camarón (actual territorio de
Honduras) hasta el Escudo de Veraguas, (parte del actual territorio de Costa Rica y Panamá).
Las tribus vecinas fueron obligadas a pagar tributo a los Misquitos y continuaron haciéndolo aún en el siglo XIX.
De igual manera, las autoridades españolas del territorio centroamericano pagaban a los misquitos un impuesto en
productos (conocido como el regalo del rey mosco), “para evitar sus incursiones armadas.”
Al tiempo que la estructura política del reino se volvía más compleja, los misquitos acrecentaron también sus
incursiones armadas a los poblados españoles. Esto se debió principalmente a su papel de aliados de Gran Bretaña.
En tiempos de conflictos entre Gran Bretaña y España –conocidas como las incursiones piratas- en los siglos XVII
y XVIII, los misquitos iban como auxiliares de los británicos o bien realizaban incursiones sobre poblaciones del
interior bajo dominio español. Se recuerdan entre estas, la de 1762 en la que se destacó la criolla española, Rafaela
Herrera, en la defensa del Castillo de la Inmaculada en el actual puerto lacustre de San Carlos, y la de 1781 en
donde vino como oficial inglés el célebre Horacio Nelson. En ambos casos, los intentos fueron frustrados. No así
en otras incursiones terrestres como las realizadas contra Las Segovias y Jinotega en 1743, Boaco y Camoapa en
1749.
Los británicos, llevaron a su vez esclavos de origen africano a las primeras plantaciones, que establecieron en el
litoral. Aunque en el mismo siglo XVII el naufragio de un barco esclavista portugués posibilitó el arribo al nado de
centenas de africanos a las costas, los que se mezclaron con la población nativa, dieron origen a los zambos
misquitos, en el Norte y a los Creoles que, con el tiempo, constituirían una etnia representativa en la Región.
A diferencia de los españoles, los británicos no se preocuparon por imponer a la fuerza su idioma y religión a los
nativos. Por esta razón, las poblaciones originarias conservaron elementos sustanciales de su cultura, como sus
religiones y las lenguas originales. En tanto la población afrodescendiente y mulata, adoptó la lengua inglesa y
otros valores de la cultura británica, aunque conservaron valores de sus ancestros africanos.
En 1792, por medio de un acuerdo entre Gran Bretaña y España, el territorio pasó nominalmente a esta última, pero
los españoles, a pesar de distintos intentos de colocar fuertes en Cabo Gracias a Dios y Omoa nunca pudieron
ejercer soberanía, ante la adversidad del clima y el hostigamiento constante de los misquitos.
Por estas razones, los habitantes se siguieron rigiendo por su sistema tradicional y la monarquía mosquita, se siguió
considerando un protectorado británico y así como rechazaban a España, siguieron rechazando a los “españoles”
del Pacífico. Una situación que fue heredada a los débiles gobiernos republicanos, que siguieron a la independencia
de 1821.
Al producirse la Abolición de la Esclavitud en las Colonias Británicas, a mediados del siglo XIX se produjo la
inmigración de gran cantidad de mulatos y afrodescendientes libertos, provenientes de varias islas de las Antillas.
Estos, se concentraron principalmente en la parte sur, pasando a ser los llamados creoles en esta parte, una
población mayoritaria, en tanto los misquitos conservaron su predominio en el norte. Por esta época fue que
llegaron también los Garífunas (mezcla de caribes y afrodescendientes de la Isla San Vicente) a Laguna de Perlas.
A lo largo del siglo XIX, las tensiones entre los gobiernos de Nicaragua y las autoridades mosquitas fueron
incitadas por Gran Bretaña, lo que estuvo determinado por el creciente interés que tuvo esta potencia en ejercer
control sobre la posible vía interoceánica por el territorio. El conflicto se centraba principalmente en el control de
la salida del Río San Juan en el puerto de San Juan del Norte que pasó a ser ocupado por los ingleses, en nombre de
los mosquitos.
En esta situación se dio la realización de dos tratados: en 1848 el de la Isla de Cuba (isleta de Granada) en el que
Nicaragua se vio obligada a reconocer los derechos de la Mosquitia, y en 1860 se dio el Tratado de Managua. Por
medio de este último, Gran Bretaña reconoció la soberanía de Nicaragua sobre la Mosquitia. Esto se debió a que,
en el año de 1858, se encenegó la bahía de San Juan del Norte, con lo que se perdía la posibilidad de construir el
canal por la entrada del Río San Juan. A pesar de este tratado, las tensiones y problemas, ya entre los gobiernos y
las Mosquitia continuaron en los años subsiguientes hasta 1894.
La Incorporación al Estado de Nicaragua
Antecedentes inmediatos
En el Tratado de Managua, aunque se reconocía la soberanía de Nicaragua sobre la Mosquitia, el Estado
nicaragüense debería reconocer y respetar a su vez la forma de gobernarse -según sus costumbres- de la población
Mosquita, organizada hasta en ese momento, en una monarquía reconocida y protegida por los británicos. El
reinado pasó a tener la categoría de Reserva indígena, y el rey pasó a ser jefe de la Reserva. Pero sus habitantes
siempre le siguieron dando la categoría anterior a ambos.
La situación conflictiva vino subiendo de tono, dado que aumentó la presencia de las compañías mineras,
madereras y fruteras norteamericanas, que se negaban a pagar impuestos tanto al Gobierno de Nicaragua, así como
a las autoridades de la Reserva controlada por “negros jamaiquinos”.
Al Gobierno de Nicaragua, porque según el tratado de Managua, no le otorgaba facultades, ni para reglamentar el
comercio de los pueblos originarios ni cobrar derechos de importación y exportación. No se puede negar que
alrededor de los reyes moscos existían fuertes relaciones con comerciantes jamaiquinos, una minoría de ellos,
tenían fuertes inversiones y eran parte de los consejeros reales, del monarca.
Por estos mismos años, se produjo la llegada de “españoles” (mestizos) provenientes del Pacífico, unos a trabajar
como mano de obra en los enclaves extranjeros y actividades económicas conectivas y de servicios. Otros en
propiedades o actividades de colonos del Pacífico, en razón de que una minoría de propietarios, principalmente de
origen granadino, se vinieron adentrando en el territorio estableciendo haciendas ganaderas y plantaciones
agrícolas. A ellos se les atribuye la fundación del puerto fluvial de El Rama. Todo parece indicar que la misma
salida de los productos por Bluefields y el Bluff, implicó también desde esos años, la presencia de algunos
“españoles” en el Puerto de Bluefields.
La incorporación de la Mosquitia
Desde su perspectiva, como poder político naciente, en 1893, los liberales encabezados por José Santos Zelaya
concibieron la necesidad de fortalecer el principio de autoridad, en todo lo que se reclamaba, como parte del
territorio de Nicaragua. La Mosquitia fue uno de estos primeros objetivos y Zelaya tenía claridad de las
contradicciones inter imperialistas. En este caso, entre un Estados Unidos fortalecido y una Gran Bretaña
debilitada, en el escenario americano, y más ocupada en conservar su equilibrio en Europa, en vísperas de la
Primera Guerra Mundial.
El momento se presentó en el año de 1894, cuando en medio de la Guerra con Honduras, hubo movilización de
tropas nicaragüenses en la Mosquitia para neutralizar a los hondureños en la zona fronteriza del Caribe. Entonces
se produjeron fuertes incidentes con la policía mosquita de la Reserva. Hubo además un fuerte intercambio de
comunicaciones entre el jefe de la Reserva Henry Clarence -quien alegaba que la presencia de tropas nicaragüenses
en el territorio de la Reserva violaba el tratado de Managua de 1860- y el Gral. Rigoberto Cabezas, jefe de las
tropas quien por su parte consideraba como un acto soberano, la presencia de tropas para resguardar la frontera
Norte, en plena guerra con Honduras.
Las cosas llegaron al extremo que Zelaya ordenó al Gral. Cabezas que asumiera el control militar de Bluefields y
destituyera al rey Mosco. De esta manera violenta, fue que se dio la llamada “Reincorporación de la Mosquitia”, el
12 de febrero de 1894.
Según la documentación o el alegato del Gobierno Liberal, lo que desbordó la situación fue la hostilidad abierta a
las tropas nicaragüenses, por parte de la guarniciones mosquitas, pero las autoridades de la Reserva, acumulaban
una serie de irregularidades tales como: no permitir la creación de una oficina de correos en Bluefields, impedir la
demarcación Occidental de la Reserva, creación de su propio papel moneda, sujetar a registro y pago de derechos
de aduanas las mercancías que pasaban en tránsito por los ríos de la Reserva, hacia el interior de la República ; y
además de desobedecer al Poder Ejecutivo, y recurrir al Gobierno Británico, ante cualquier reclamo del mismo.
La reacción mosquita
El Consejo de la Reserva se trasladó a Laguna de Perlas, con el rey Clarence, quien, desde allí, solicitó ayuda a
Inglaterra. Hubo una protesta oficial por parte de Inglaterra, rechazada por Nicaragua. El desembarco de marinos
ingleses en marzo de 1894 estimuló a su vez, los primeros motines en el litoral, pero Gran Bretaña en términos
oficiales guardó cierta cautela, ante la presencia de la armada norteamericana en el litoral y la posición de los
representantes diplomáticos norteamericanos, quienes se manifestaron a favor de Nicaragua.
Si bien era un hecho la consolidación del control político por parte del Pacífico a través del Gobierno de Zelaya,
este no iba a ser asimilado fácilmente por la población originaria, fuertemente influenciada por la cultura
anglófona, que había rechazado desde los siglos anteriores la dominación española primero y la republicana
después. Este sentimiento está bien definido, en una petición de ayuda que hizo el destituido Henry Clarence a la
reina Victoria de Gran Bretaña, en una carta acompañada de más 1.800 firmas de los comunitarios, con fecha 8 de
marzo de 1894, que decía entre otras cosas las siguientes: “estaremos en las manos de un Gobierno y un pueblo,
que no tienen ni el más escaso interés, simpatía, o buenos sentimientos hacia los habitantes de la 16 Reserva
Mosquitia; y ya que nuestros modales, costumbres, religión, leyes e idioma no están de acuerdo, nunca puede haber
una unificación”.
Pero Clarence, en representación de los mosquitos, no se limita a quejarse de los invasores españoles, sino que
también le solicitó a la misma reina en esta misiva, el retorno al estatus de protectorado: “con todo respeto
imploramos a su Majestad de tomarnos de nuevo como protectorado a la nación de la Mosquitia y su gente para
que seamos parte del Imperio de su Majestad”
Una gama de intereses (internos y externos)
La ocupación militar nicaragüense de esta población hizo que emergieran una gama de contradicciones. 1º las
autoridades y la población mosquita (disminuida en el Sur, pero mayoritaria en el Norte), que se aferraban a las
concesiones del Tratado de Managua de 1860, que le había permitido hasta ese momento gobernarse, según sus
leyes y costumbres; 2º la población criolla con una posición similar a los anteriores que ya era mayoritaria en
Bluefields; 3º la población jamaiquina y de otras islas del Caribe, cuya presencia en Bluefields y en otras
poblaciones, era muy importante; y finalmente, los ya mencionados, inversionistas y comerciantes norteamericanos
e ingleses, quienes al igual que los comerciantes criollos y jamaiquinos, temían al que el control político y fiscal de
Nicaragua y terminara con sus pingues ganancias.
Puede parecer contradictoria, la posición oficial de Estados Unidos de apoyar al Gobierno de Nicaragua, cómo lo
demostraron los oficiales de la marina que jugaron el rol de mediadores a lo largo del conflicto, que finalmente
favoreció a Nicaragua. Es decir, que sacrificaron los intereses privados de sus ciudadanos, en aras de aventajar a
Inglaterra, y defender sus intereses geoestratégicos en el Continente. Dentro de esta lógica el cónsul
norteamericano en Bluefields, hizo caso omiso de los argumentos, que expusieron de forma pormenorizada, los
residentes norteamericanos, quienes miraban en las nuevas autoridades una fuerte amenaza para sus inversiones e
intereses.
Los representantes del Estado Liberal, enarbolando los valores republicanos, consideraban que estaban en todo su
derecho de ocupar el territorio que, según el mencionado Tratado de Managua, les pertenecía y con el deber moral
de incorporar a la población del mismo a la “civilización”. Alegaban el “estado de esclavitud” en que se
encontraban los indígenas en el sistema de la Reserva.
También señalaban que, salvo el rey mosco y tres funcionarios, que eran misquitos, el resto del Consejo Ejecutivo
(15 miembros) lo integraban creoles e incluso comerciantes jamaiquinos súbditos ingleses, el cuerpo de policía y
mandos de Bluefields estaban formados por creoles y jamaiquinos.
Los indígenas por su lado sostenían fervientemente el apoyo inglés para librarse de la “amenaza española”, en una
carta enviada el 17 de marzo por parte de 20 jefes indígenas al capitán de un buque de guerra británico: “Nosotros
no queremos que los españoles estén aquí y estaremos agradecidos si ellos todos pudieran ser enviados fuera de
nuestro país. Cuando decimos todos queremos decir aquellos que tienen mujeres misquitas como esposas al igual
que los residentes hombre mujeres y niños. No queremos verlos del todo”.
La presencia jamaicana no pudo ser denegada por el Concejo de la Reserva, y en los días más álgidos del conflicto,
“un jamaicano leal” lo defendía en el periódico “Bluefields”, el 25 de julio, cuando Bluefields estaba de nuevo en
manos mosquitas: “la dificultad de la situación con respecto a la preeminencia de los llamados negros jamaicanos
debería ser comprendida en sus peculiaridades aparentes. Los jamaicanos han ejercido siempre preeminencia en la
Reserva Mosquita”.
Era evidente que tanto los creoles, como los jamaicanos residentes, habían logrado más beligerancia en las
decisiones de la Mosquitia, porque a diferencia de los mosquitos, habían alcanzado más poder. Esto provenía de los
cambios demográficos, que había sufrido Bluefields, desde mediados del siglo XIX, en que los misquitos se
recluyeron en las aldeas, mientras que los criollos, jamaicanos y otros migrantes caribeños, pasaron a involucrarse
en diversas actividades comerciales y de servicios, acrecentando no solo su posición económica sino también su
posición política, tal como lo afirma el “jamaicano leal” en la cita anterior.
En la situación económica en que encontraba la Reserva, en el marco de un relativo auge de inversiones
extranjeras, quizás, pudo ser visto como un momento favorable, por Clarence y el Consejo Ejecutivo de la Reserva,
para lograr con el apoyo de Gran Bretaña, e inversionistas extranjeros, principalmente norteamericanos, retornar a
la condición política de protectorado. Todo lo cual se daba en un punto álgido de las contradicciones, con el Estado
nicaragüense.