CALLES ELÍPTICAS
Yo, que al perder a mis amores, a mi trabajo y a cualquier otro sentido que me atara a estas
calles exclamé ¡me voy porque me corren, pero no olvidaré!, hoy las recorro nuevamente y
no encuentro cómo llegar a la casa en que antes viví. Llego a un cruce y busco el vivo bar
verde en el que antes diluí con dedicación cada noche hasta transformarla en día, hoy simple
referencia, y no atino a sentir si su esquina espera a la izquierda o la derecha, en la cuadra
próxima o en la posterior. Sofocada y apática, cada calle me llega al saco de la memoria mal
pegada a un collage de papel que poco tiene que ver con las veredas transitadas por la basura
agobiada por el viento.
Lo recuerdo de pronto: no nací en estas calles. Llegué corrido de un pueblo anterior que
también creí mío, el primero, el último, y antes de ese de uno anterior. Siempre de otro. Mar
de puertas dispuestas en un largo y oscuro pasillo circular.
Me detengo de pronto en una calle desconocida y pienso: La vida se resume en sucesivos
olvidos y caídas en cuenta. Viviré la que llegará a ser la última de mis vidas como si hubiera
sido la única. Entonces moriré.
Me siento en el portal de una casa cualquiera. Miro al frente y el amarronado verde
prescindible de una pared deja de serlo y me estremece. Confirmo que todo esto ya lo supe
antes y que lo olvidé después. Olvido repetido. Multiplicado por un número que olvidé. La
puerta a mis espaldas se revela, se abre de golpe, denunciante me desnuca, caigo para atrás.
Me encuentro primero con un corredor demasiado conocido, segundo una escalera, tercero la
puerta despintada que se abre y me tiende su piso de moquette. Una mancha obstinada a pesar
del trapo insistente, el sillón ya desvencijado, una mesa, la mirada a través de los lentes del
pequeño señor, yo jamás me iría, me dice, ¿a hacer qué? La cafetera del mango derretido,
¡cómo pude haber sido tan distraído!, debe ser sábado o domingo, los días de semana tomaba
el café de batir. Al señorito se lo ve más joven, los brazos más amplios, el cabello más
grueso, la vestimenta mejor cuidada, bebe el café sólo y callado, hasta que de pronto ya no
está ahí. El sillón está nuevo, la moquette impecable, aparece la abarrotada biblioteca a la que
hacía rato ya no prestaba atención. Libros sin terminar, libros sin empezar y el bulto anónimo
ya sin título, comprar no es lo mismo que leer; proyección futurística de un presente
demasiado ambicioso, pretensión de imperecedero, presunto intocable, ingenuo desconocedor
del antojo de la contingencia, fetiche acumulador de un tiempo que no es de él. Un día
desapareció de pronto, sin siquiera convertirse en pasado, y ahora asoma burlesco, tantos
años después. Vivir es olvidar la muerte y el acontecimiento, me digo, y ya llega otra cosa.
Estoy en el balcón. El aire fresco de la noche siempre hace bien. El tórax se me destroza
hacia afuera. El casco viejo de la ciudad retumba, me llama, la cuerda de tambores en el
pecho, pum, pum, pum. A lo lejos los veo. Chico, repique, piano, nunca supe cuál era cuál.
Como si fuera fácil, todo se tapa con el bochinche de la esquina de enfrente. El bar titíla
verde evanescente entre su gentío. Miro hacia al costado y la puerta alta y vitrosa de la
habitación contigua se abre, improbablemente hacia fuera, asomando por el balcón. Me
encuentro al reflejo sin cuerpo de aquel amor. Vampiro invertido. Me mira, le miro, entiendo
la equivocación. Pero que al pedo, me digo. Abro los ojos, ¿era primero la escalera o el
corredor? Me paro, enfrento la muda puerta de madera maciza. Impenetrable, se resiste a
contestar mi pregunta. Terco cráneo de piedra revestido con piel.
Varias voces desconocidas llegan desde lo alto de la baranda. No miro hacia arriba. Lo
tengo muy claro: lo que siento no es nostalgia. Perdido en mi propia cuadra. ¡Pero haceme el
favor! Cruzo la calle y sorprendo a la esquina de verde apagado que no me esperaba. Giro
pegado al codo, le doy la espalda. Me aprieto contra la pared para no caer por el risco. Aún
así, las persianas metálicas logran imponerme ese cartel tan ajeno a la retina. SE VENDE. Me
acerco al cordón y observo mi exacto reflejo en el marrón de un charco podrido que me mira
con hastío. No sé qué carajo estaba buscando con volver a estas calles, me miente.
Siento la acelerada y la frenada, extiendo el brazo con ímpetu, trepo al ómnibus que
apareció a rescatarme, cincuenta y dos pesos el boleto, cada día más caro, por dios. Me
siento. Procuro mirar la ventana pero no a través de ella, sino a ella. A su vidrio. Lo logro tal
vez un segundo. Me rindo sin querer y la traiciono. El balcón encendido de amarillo, la
música cayendo por los agujeros de la baranda, mojando la vereda, la gente que se salpica y
mira hacia arriba sin ver, tal vez sospechando la historia de un amor. La esquina de enfrente,
el verde cotorra, de nuevo el señorito que ahora se ríe con las pavadas del cabeza de tortuga
que, histriónico, sacude la joroba. Tanto tiempo que no te veía, qué bueno que estés acá. El
señorito se empina el resto de grapilla, llena el buche, sacude contra los cachetes, resfriega
contra el paladar, da el trago. Entra al bar, toca la madera curtida, se pide otra. La anota a la
mesa 51; el área 51, así le decíamos. Suena la lista de siempre, la guitarra puntiaguda de un
blues. Qué tremenda esa canción. Algunas notas asoman por la punta de la frente, algo con
sangre, algo con humo. Pero no. El ómnibus cumple su promesa y despiadado avanza, se
devora las cuadras, deja por el camino falsas esperanzas sin ninguna consideración. Se
zambulle en el túnel, incluso la noche se apaga, por fin lo atraviesa. La canción no se devela,
el otro trago nunca llega, compartir bebidas no es lo mismo que ser amigos, la cuenta es un
papel para cubrir el dolor. La lejanía kilométrica borró la melodía concreta pero no la
tendencia redentora de retornar al pasado en busca de alguna canción. Miro a mi alrededor.
Encuentro en el rostro de los pasajeros, como si los buscara, al cabeza de tortuga, al vampiro
invertido, vecinos del barrio, que de pronto abandonan esas caras desconocidas siempre
prontas a mutar según como mis ojos se dispongan a ver. Personitas de papel, personitas de
recorte, colorido papel crepé. Por la ventana se suceden casas de puertas macizas, corredores,
escaleras, barandas chorreando amarillo, bares de cualquier color pero verdes, tantos otros
sitios arrancados del pasado, maquetas de cartón sin basura ni viento. La máquina barullenta
sigue y sigue, incansable me pasea por recortados pasados prescindibles presentados como
futuros anhelables. Soportar el presente nunca fue changa, che. Cierro los ojos y algo
mengúa. Tomo coraje, busco la tijera creadora. Despego con dificultad los zapatos tristes del
azucarado papelerío mundano y me recojo en el saco mental. El acontecimiento, piedra; el
pasado ficcional, papel; el miedo, la tijera. Terco, aferro la piedra, le arranco los torpes
envoltorios de papel, la reviento contra la tijera que, risueña, se arruga apenas. La piedra cae
rodando de mi mano. Es un bollo de papel que se despliega. Un bocinazo, una frenada, me
caigo fuera de la bolsa que juega. Por la ventana detenida veo a mi derecha a tal vez tres
vagabundos asomando entre las volquetas, hurgando las bolsas que sacan de allí. Las cinchan,
sacan y rajan a ritmo parejo. Las revisan a patadas. De pronto uno, afortunado, levanta algo
hasta el cielo, exclama y grita festejando. Me estiro, pero el movimiento repentino del
ómnibus me descoloca y no puedo ver qué es. Los otros se le arrojan encima, se prenden del
anónimo pedacito de mundo, basura de otros, y cada cual tira para su lado. Se entreveran
formando una bola humana, ya no sé cuál es cuál. El ómnibus dobla a la izquierda, no me
entero de quién gana. Acelera, la ventana deja por el camino una parada de pasajeros ausentes
mal iluminada. Nadie que detenga la máquina del barullo.
Ya no puedo ver atrás. Como si fuera nada, el tiempo negro se la devoró.