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Rousseau

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L1intellectuel est i`homme qui pensé dans des catégories autres que

celles dans lesquelles it vit.

(Frase oída a Julien FREUND. Podría ser de Rousseau.)

l. Rousseau ante su siglo y su sociedad.

-2. Un marginal y autodidacta.

-3. Su obra.

-4. Naturaleza y cultura.

-5. Del estado de naturaleza al estado civil.

-6. El contrato social.

-7. La voluntad general y la ley.

-8. Formas de gobierno y de Estado.

-9. La religión civil.

-10. Significación e influencia de Rousseau.

-11. El mundo interestatal. Rousseau y el abate de Saint-Pierre.

1. Sin dejar de ser hombre de su siglo, Rousseau, como Hume, fue también un antídoto del
espíritu, hasta él dominante, de la Ilustración. Integrando el sentimiento en un lugar
preeminente de la vida personal, Rousseau no sólo destacó el papel de la pasión, sino que
asumió y transmitió a la inmediata posteridad su glorificación romántica. Rousseau, al igual que
Hume, abre el camino a ulteriores desarrollos en el ámbito del pensamiento y de la
sensibilidad. Amigo de Hume, del que luego (como veremos) se distanciaría? se mezcló, como
él, en los círculos sociales frecuentados por los philosophe!, pero su alejamiento de aquéllos
tuvo lugar en él bajo el signo de una ruptura, obedeciendo al doloroso sentido de una
incapacidad de integración a un contexto social y humano cuya ligereza le hiriera. Por lo demás,
la comunidad de proyección futura no ha de hacer olvidar la profunda diversidad de talante y
doctrina entre el escocés escéptico e individualista y el ginebrino entusiasta ávido de una
comunidad Qué personalmente no le fue dado vivir.

2. Juan Jacobo (Jean-Jacques) Rousseau (1712-78), de vida azarosa e inquieta, y cuya obra
literaria anuncia un tipo humano y estético nuevo, imprimió también un nuevo sesgo a la
doctrina del pacto social. Precursor del romanticismo, hay en él una primacía del sentimiento
que contrasta con el racionalismo imperante. Por su estilo cálido e insinuante, más de profeta
que de teórico, sus libros habían de ejercer una enorme influencia.

Como en San Agustín y en Fichte, la experiencia vital resulta en Rousseau determinante en


grado máximo para su pensamiento. Es sabido que esta experiencia fue la de un -marginado en
una sociedad jerarquizada en la que, por su origen y talante plebeyo, nunca lograría -ni,
finalmente, querría integrarse. Había nacido en Ginebra, hijo de un relojero que le infundió
desde niño un furor de lectura que recuerda a Leibniz. Tuvo una infancia amargada por la
injusticia, sentida como inherente a un status, y por ende, de índole colectiva y social, que
agudizó en él definitivamente el ansia de igualdad. Su ·fuga de Ginebra, que le hizo ir a parar a
un hospicio de Turín, donde abandon6 el calvinismo para abrazar el catolicismo; la estancia en
Annecy y en Chambéry (1729-42) junto a la ambigua Madame de Warens, y luego en París
(1741-54), con el paréntesis de su cargo de secretario del embajador de Francia en Venecia,
que hubo de dejar ante las humillaciones de que fuera objeto; sus primeros éxitos literarios y
musicales en la capital y los contactos con Diderot y los philosophes, que pronto rompería; su
breve regreso a Ginebra, donde volvió a la religi6n de sus padres (1754); su residencia en
l'Ermitage como huésped de􀅕dame d'Epinay; después de la condena del Emile (l 762), su
expulsión del cantón de Berna y refugio en Motiers (en el cantón de Neuchatel, entonces
dependiente del rey de Prusia), seguido de la fugaz estancia en Escocia como huésped de
Hume, con quien riñó, y en Inglaterra; la marcha a Suiza, donde hubo de rehuir Ginebra, que
también le condenara; su regreso a Francia, autorizado a residir en París, hasta su muerte en
Ermenonville; el tormento de una manía persecutoria que únicamente en sus últimos años
consiguió mitigar he aquí los hitos descollantes de un destino que concedió escasos remansos
propicios para la felicidad. No fueron pocas sus faltas y debilidades, como no lo fueron sus
apetencias de superación. Sin éstas, la adversidad en tales condiciones hubiera podido
convertir en un hombre perdido a «ese corazón, a la vez tan fiero y tan tierno; ese carácter
afeminado, pero, sin embargo indomable, que, vacilando siempre entre · la molicie y Ia. virtud,
me ha puesto hasta el: final en contradicción conmigo mismo, y ha hecho que la abstinencia y
el goce, el placer y la sabiduría se me escapen por igual», según los lúcidos terminos de su
principal obra autobiográfica. El hecho es que pasó por la frivola sociedad francesa de su
tiempo a la manera de un contestario hasta en su unión. vitalicia con la también plebeya Teresa
Levasseur-, que recuerda a los cínicos y a ciertos estoicos en las polis de la época alejandrina.

3. En la amplia y variada producción literaria de Rousseau ocupan un lugar destacado las


preocupaciones sociales y políticas, unidas a las pedagógicas. Las primeras obras recibieron su
impulso de fuera: respondían a cuestiones sometidas a concurso por 1a Academia de Dijon («Si
el restablecimiento de las ciencias y las artes ha contribuido a depurar las costumbres »¿Cuál
es el origen de la desigualdad entre los hombres y si está autorizada por la ley natural?»). Así
surgieron el Discours sur les sciences et les arts (1750), que como es sabido contestó
negativamente a la primera pregunta y resultó premiado, y el Discours sur l'origine et les
fondements de l'inégalité parmi les hommes (1755). El mismo año que el segundo Discurso,
publicó Rousseau el artículo «Economie politique» en el tomo V de la Enciclopedia,
perfilándose ya en él su pensamiento político. Después de La nouvelle Heloise y su
profundísimo impacto sobre el público (1761), alcanza su autor otro cenit de su fama en 1762
con la aparición de dos obras capitales: Du contract social ou Principes du droit politique
(Amsterdam) y Emite ou de l' éducation (París, aunque con indicación ficticia de Amsterdam). Si
el Contrato social fue prohibido en Francia, Emilio dio lugar a una condena y a una orden de
detención contra Rousseau, a la que pudo sustraerse. Además, una y otra obra fueron también
condenadas en Ginebra, lo que 􀇨vió a Rousseau a renunciar en 1763 a la calidad de ciudadano
de Ginebra, de la que tanto se ufanara siempre. Las Lettres écrites de la montagne (1764) son
una defensa de su posición. A estas obras hay que añadir un Projet de constitution pour la Cor
se, escrito en 17 65 y que se quedó sin terminar, no editándose hasta 1825 (por V. D.
MussetPathay), así como las Considérations sur le gouvernement de Pologne (redactadas en
1772, se publicarían póstumamente en 1782). Por lo demás, el Contrato social, del que
Rousseau dejó una primera versión manuscrita, viene a ser la única parte llevada a término de
un proyecto, más ambicioso, de Institutions politiques, cuya segunda parte había de ser un
tratado de derecho de gentes. Rousseau desistió de proseguir el empeño. Suplen hasta cierto
punto esta falta las ideas expuestas por Rousseau con motivo del encargo que recibió de
Madame Dupin de resumir las obras del abate de Saint-Pierre {1658-1743) y ordenar sus
manuscritos. De esta labor salió el Extrait du «Projet Je paix perpétuelle>> del abate {1761), así
como el -]ugement -sur le «Projet de paix perpetuelle, también hizo Rousseau 􀇪. extracto de_
1a Polysynodie del abate y un. júgement sobre la misma. Estos tres últimos escritos verían la
luz en la edición póstuma de 1782.

4. La filosofía de Rousseau se opone conscientemente a la de las Luces. Como esta, se basa


ciertamente en la «naturaleza». Pero la naturaleza No es por él entendida mecánicamente y en
cuanto razón sino orgánicamente y en cuanto espontaneidad. Se ha negado, frente a una
opinión que cabe considerar como dominante, que Rousseau fuera antinacionalista; pero un
partidario destacado del «racionalismo» de Rousseau no ha podido dejar de reconocer que,
según él, «no hay sana razón. en un corazón corrompido, Y que la propia conciencia debe servir
de principio o de regla a la razón que, sin esta guía, corre el riesgo de ``perderse en errores y
más errores Y de engendrar sofismas» .(R. Derathé). Nos parece difícil de negar la primacía del
sentimiento en la filosofía de Rousseau. También proclama la superioridad de las virtudes
morales sobre las intelectuales. De ahí el veredicto negativo expuesto a lo largo de su primer
Discours con respecto a las ciencias y las artes, cuyo progreso se ha pagado, a su juicio, con el
debilitamiento del carácter y la depravación de las costumbres. De ahí también que, frente al
mundo fríamente calculador de los philosophes, levante Rousseau el del instinto y de la
autenticidad, incontaminados o liberados de todo artificio. De ahi, el hincapié en la libertad
concebida como esencia del hombre en un sentido más radical que el de sus de sus
adversarios, que la ponían propiamente al servicio de la utilidad individual o social.

Por ello dedicó Rousseau especial atención al. «estado de naturaleza> del hombre considerado
más que como realidad histórica, de difícil averiguación como hipótesis explicativa de su
existencia actual. Porque ésta se caracteriza precisamente por su alejamiento de la naturaleza.
«El hombre ha nacido libre, y en todas partes se encuentra encadenado», comprueba al
comienzo del Contrato social. El problema fundamental de la polít1ca consistirá en establecer
en la sociedad actual las condiciones que más se acerquen a la condición originaria.

5. El punto de partida de la reflexión filosófico-política de Rousseau en su segundo Discurso es


la cuestión de como se ha engendrado la desigualdad. Pero es de advertir que Rousseau
distingue una doble desigualdad. La natural o física, que resulta de diferencias de edad, salud
vigor físico, aptitudes intelectuales, etc., y la desigualdad moral o política, consistente en
privilegios de unos sobre otros, y que es de institución humana. Rousseau admitió siempre,
como inevitable, la primera; el problema estriba en la aparición, consolidación y posible
eliminación de la segunda. Por naturaleza, los hombres son libres, iguales entre si fuera de las
diferencias indicadas, y buenos. Si hoy los vemos por doquier aherrojados, explotándose unos
a otros y depravados, es por obra de la sociedad. La condición originaria del hombre, su estado
de naturaleza, es el. de una vida sencilla, esencialmente sensitiva, poco diferente de la de los
animales, salvo por facultades virtuales y la libertad, de la que todavía no hacía uso. Como los
animales, los primeros hombres carecían de lenguaje, y carecían también de moral fija, por
vivir aislados. Rousseau no reconoce en el hombre un impulso social natural, como (siguiendo
a Aristóteles) Grocio y Pufendorf. Como Hobbes, admite que el estado de naturaleza es
presociaI. Pero difiere del pensador de Malmesbury por cuanto no atribuye al hombre una
tendencia innata al egoísmo, sino la virtud universal de la piedad. Tampoco es el estado de
naturaleza un estado de lucha, por la abundancia de bienes disponibles y la simplicidad del
modo de vida. Sólo paulatinamente se desarrolló un lenguaje articulado, para expresar
sentimientos y luego también ideas. Con el tiempo, sin embargo, y por la institución de la
propiedad privada, Nació la desigualdad y, con la codicia de bienes superfluos, rivalidades y
contiendas, así como una creciente perversión de las costumbres. También en contraste con
Hobbes, la lucha de unos contra otros caracteriza en Rousseau no el estado de naturaleza, sino
el incipiente estado de sociedad:

«La sociedad naciente dio lugar al más horrendo estado de guerra.»

De tal situación propiamente hobbesiana surge el Estado, instaurado por quienes se


apropiaron mayores bienes y en beneficio suyo, para asegurar dichos bienes. Diría Marx que
por obra de los capitalistas y para los capitalistas. La credulidad de los más permitió establecer
un orden jurídico y una constitución (monárquica, aristocrática o democrática, según la mayor
o menor concentración de la riqueza). Con el tiempo, el poder del Estado degeneró, no
gobernando ya la ley, sino el capricho del poderoso, el despotismo. A la desigualdad entre ricos
y pobres y entre fuertes y débiles se añadió otra entre señores y esclavos, llegándose en las
grandes sociedades modernas (aquéllas precisamente que Hume, según dijimos, ponía como.,
prototipos de civilización) a lo que para Rousseau es una nivelación en la servidumbre.

Conviene señalar que tal evolución podría no haberse producido, y de hecho no se ha


consumado entre algunos pueblos, como los salvajes de América -recuerda Rousseau-.
Tampoco era fácilmente explicable desde los supuestos de su antropología. En realidad,
Rousseau la atribuye a factores externos: «años estériles, inviernos largos y duros, veranos
abrasadores que todo lo consumen», exigieron de los hombres «una nueva industria» Y,
poniendo a prueba sus facultades latentes, les movieron a superar las dificultades con su
trabajo, que desembocó en una actividad organizada Y la puesta en marcha de la razón. Se
produjo así «una primera revolución que formó el establecimiento y la distinción de las familias
y que introdujo una suerte de propiedad»; revolución seguida mucho más tarde de otra,
provocada por las artes de la metalurgia y la agricultura. Del cultivo de la tierra resultó su
división, y de la propiedad, una vez reconocida, la formulación de las primeras reglas de
justicia. Rousseau, como Locke, funda el derecho de propiedad en el trabajo, pero se trata de
un derecho que no se concibe fuera de la existencia de una sociedad. También vincula
Rousseau, como Locke, la instauración de la sociedad civil a la defensa de la propiedad, pero
con una valoración radicalmente opuesta del hecho: los hombres tuvieron que unirse
contractualmente para su mutua protección, saliendo del estado de naturaleza regido por la
ley natural y sometiéndose a un derecho civil o político; pero con ello sellaron el fin de lo que
en Rousseau es el equivalente de la edad de oro, del estado de inocencia y del paraíso terrenal,
en el que imperan la libertad y la igualdad. El paso del estado de naturaleza al de la sociedad y
la cultura es el paso de la espontaneidad a la enajenación o alienación ( «el hombre sociable,
siempre fuera de sí, sólo sabe vivir en la opinión de los demás, y de su juicio únicamente
extrae, por así decir, el sentimiento de su propia existencia»). Constituye, según Rousseau, la
caída original.

El final del Discurso nos introduce ya en una consideración del Estado que desarrollarán el
artículo sobre la economía política y el Contrato social. Cabe señalar en estas páginas
conclusivas una afirmación que acaso sirva para interpretar el pensamiento ulterior, que como
veremos se presta a juicios encontrados. «Es máxima fundamental de todo derecho político
que los pueblos se han dado jefes para defender su libertad y no para esclavizarlos.
» De ahí que el despotismo destruya el contrato del gobierno: el déspota sólo es el amo
mientras es el más fuerte, y en clJán.to se le pueda expulsar no tiene por qué reclamar contra
la violencia. Podríamos decir que el despotismo es de suya violencia.

6. Aun cuando el Discurso sobre la desigualdad lleva extensas y cuidadosas notas con
referencias de relatos de viajes y otras autoridades, y sus vívidas descripciones dan la sensación
tangible de un alegato histórico, no resulta seguro que Rousseau entendiera el proceso en
cuestión como realmente acaecido (el estado de naturaleza es un estado «que ya no existe,
que acaso no ha existido, que probablemente no existirá jamás»). Sin pronunciarse claramente
al respecto, lo considera, sin embargo, como la hipótesis necesaria «para juzgar bien nuestro
estado presente».

La historicidad del estado de naturaleza, por otra parte, es secundaria, pues en cualquier caso
es imposible volver a él. El tránsito del estado de naturaleza al de sociedad es irreversible. De
hecho, advertimos cierta contradicción entre los dos Discursos y el Contrato social, por cuanto
en éste

se llega a firmar que el pase al estado civil produce en el hombre un cambio muy notable,
sustituyendo en su conducta el instinto Por la justicia y dando a sus acciones la moralidad que
antes les faltaba. El hombre alcanza ahora <<la libertad moral, la única que verdaderamente
hace al hombre dueño

de sí mismo, porque el impulso exclusivo del apetito es esclavitud, y la obediencia a la ley que
se ha prescrito es libertad».

Dado que no es posible volver al estado de naturaleza, han de buscarse las condiciones que en
el estado actual garanticen la libertad y la igualdad originarias bajo una nueva forma; en una
palabra, las condiciones de un gobierno legítimo. Trátase de «encontrar una forma de
asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común la persona y los bienes de cada
asociado, y por virtud de la cual cada uno, uniéndose a todos no obedezca sino a sí mismo y
quede tan libre como antes». Dichas condiciones se dan en el con􀆓ato social, el cual no
supone, según Rousseau, subordinación alguna a un titular personal o corporativo del poder,
sino al cuerpo social como un todo ( «la enajenación total de cada asociado con todos sus
derechos a toda la comunidad» ): cada cual se da a todos, y por tanto no se da a nadie, y
adquiere sobre cualquier asociado el mismo derecho que sobre sí mismo le cede; todos ganan
el equivalente de lo que pierden y una fuerza mayor para conservar lo que tienen. En otros
términos, el ciudadano se somete, no a una voluntad particular superior, sino a lo que
Rousseau llama la «voluntad general», pieza esencial y original de su doctrina. Del contrato así
concebido sigue una persona moral (un corps moral, et collectíf, una personne publique, una
personne morale), que «tomaba en otro tiempo el nombre de Ciudad, y toma ahora el de
República o de cuerpo político, el cual es llamado por sus miembros Estado cuando es pasivo,
Soberano cuando es activo, Potencia al compararlo a sus semejantes». En cuanto a los
asociados, «toman colectivamente el nombre de pueblo, y se llaman en particular Ciudadanos
en cuanto participantes de la autoridad soberana, y Súbditos en cuanto sometidos a las leyes
del Estado».

Por fundirse en la voluntad general las voluntades particulares, no puede nunca oponerse
aquélla a sus intereses genuinos. En la sumisión a la voluntad general consiste la libertad civil; y
cuando en nombre de la voluntad general se emplea la fuerza contra un individuo recalcitrante
no se hace, paradójicamente, sino «obligarle a ser libre».
El contrato social se distingue del contrato del gobierno􀆘: evocado en el Discurso sobre la
desigualdad, porque instaura un Estado de derecho el único Estado legítimo, que devuelve a
sus miembros los derechos 'naturales perdidos · bajo la forma ·de derechos civiles. Tampoco
resulta claro si Rousseau lo concibe como hecho histórico; pero sí cabe pensar que creía Que
pudiera darse en el fututo para transformar- los estados existentes en el sentido de convertirlos
en Estados dotados de la única legitimidad posible. Y se ha visto en ello un factor
revolucionario del pensamiento de Rousseau cualesquiera que fuesen sus intenciones.

7. La voluntad general lo es en dos aspectos. Subjetivamente es voluntad de todos los


individuos asociados a la mayoría, y objetivamente es voluntad que tiene por finalidad el bien
de todos, o bien público, dirigiéndose, pues, a todos por igual. De ahí la distinción rusoniana
entre la voluntad general y la voluntad de todos. Es una distinción esencialmente cualitativa: lo
que constituye la voluntad general es menos el número de votos (únicamente el contrato social
requiere la unanimidad) que el interés común que los une. Y por ello rechaza Rousseau la
existencia de «sociedades parciales» (como, por ejemplo, hoy los partidos) en el Estado, en
contraste con la defensa que hiciera Montesquieu de los «cuerpos intermedios». La voluntad
general es siempre recta y tiende siempre a la utilidad pública, sin que de ello se siga que las
deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud. Ahora bien, no se ve cómo, fuera
de un análisis objetivo y exterior a la expresión de la voluntad colectiva, se podrá distinguir la
voluntad general de una mera voluntad de todos. Reconoce Rousseau que únicamente «la más
suprema de las virtudes» estará en condiciones de hacerlo. En realidad, presuponía Rousseau
que las voluntades individuales, si no interfieren grupos partidistas, se dirigen al mismo objeto,
no habiendo entre ellas más que diferencias de grado. El contenido de la voluntad general es la
legislación (con inclusión de La ley constitucional), que tiene validez para todos. La condición
de esta validez es que todos han de ser iguales ante la ley. La ley no ha de hacer excepciones, y
una igualdad jurídica general hace que todos tengan el mismo interés en que la ley se cumpla.
En este sentido añade Rousseau al postulado de la libertad el de la igualdad. Por lo que atañe
al contenido de las leyes, no establece Rousseau limitación material alguna a los decretos de la
voluntad general. Lo esencial para él es la delimitación formal de la coacción legítima, en
cuanto ésta ha de referirse a la voluntad general. Su concepción desemboca así en un
voluntarismo radical, que de hecho significa el absolutismo de la mayoría, que podrá ser
cualificada según los asuntos. Su rigor sólo se atenúa mediante la hipótesis de la rectitud de la
voluntad general, siendo el resultado un concepto puramente formal del derecho como
expresión de la voluntad general. El contrato social confiere a la' comunidad un poder absoluto
sobre los individuos, dirigido por la voluntad general, y análogo al que por naturaleza tiene el
hombre sobre sus miembros. Este poder absoluto dirigido por la voluntad general es lo que
Rousseau llama soberanía, cuyo contenido propio es la legislación. Pero las leyes solo son
válidas si dimanan de la voluntad general en cuanto voluntad de la totalidad del pueblo. La
soberanía reside pues, en la totalidad del pueblo como portador de la voluntad general. El
carácter absoluto del poder de la totalidad del pueblo sobre los individuos es tanto más
manifiesto cuanto Rousseau no reconoce, como hicieron Locke y Montesquieu · (por no
remontarnos a Bodino), la existencia de una ley fundamental, borrando toda distinción entre
las leyes. Ninguna ley es obligatoria para el «cuerpo del pueblo», ni siquiera el contrato social.
Por su propia naturaleza la soberanía rusoniana es indivisible. Es también inalienable e
intransferible. Rousseau rechaza una division de poderes co.mo fas que propugnaron, cada cual
a su manera, Locke y Montesquieu, pues dicha división despojaría a la voluntad general de su
generalidad. Por otra parte, nadie que no sea el pueblo en su totalidad puede encarnar plena y
perpetuamente esta voluntad general. De ahí que la voluntad general no sea susceptible de
representación. Sólo cabe legítimamente un ejercicio directo de la función legislativa.

Es evidente que la supresión de toda representación sólo es posible en una república pequeña,
como el Estado-ciudad. De hecho, Rousseau veía el modelo histórico de su Estado en las
repúblicas de la· Antigüedad clásica, por las que, como Maquiavelo (en quien descubre a un
entusiasta republicano oculto), sentía la mayor admiración, y a las que se acercaban las
ciudades libres de su tiempo, como la propia Ginebra. No tenía fe Rousseau en los grandes
Estados. Sólo en las pequeñas repúblicas caben verdaderos ciudadanos que, identificados con
la cosa pública, sientan el auténtico amor a la patria, el patriotismo, que es para Rousseau la
virtud más alta.

Por otra parte -y como ocurriera también en Hobbes y en Espinosa-,el absolutismo del poder
soberano no deja aquí de reconocer límites, a los que Rousseau dedica todo un capítulo del
libro II del Contrato social. Por de pronto el soberano no puede imponer a los súbditos
«ninguna cadena que sea inútil a la comunidad», por la sencilla consideración de que «bajo la
ley de la razón no se hace nada sin causa, como asimismo ocurre bajo la ley de naturaleza». En
un plano más general, subraya Rousseau que «el poder., soberano, por muy absoluto, sagrado
e inviolable que sea, no excede, ni puede exceder, de los límites de las convenciones
generales», por lo que «todo hombre puede disponer plenamente de lo que por virtud de
estas convenciones le han dejado de sus bienes y de su libertad». Sean cuales fueren los
gravámenes exigidos, el balance arroja en definitiva un saldo favorable: no hay en el contrato
social de parte de los particulares ninguna renuncia verdadera, y «su situación, por efecto de
este contrato, es realmente preferible a la de antes, y en lugar de una enajenación no han
hecho sino un cambio ventajoso, de una manera de vivir incierta y precaria, por otra mejor y
más segura».

8. Si es cierto que el poder de dar leyes, inherente a la soberanía, no puede ser dividido ni
transferido, no lo es menos que la ejecución de las leyes, consistente en actos particulares; no
puede pertenecer a la generalidad del cuerpo político. Junto -al poder legislativo (puissance
législative) aparece así un poder ejecutivo (puissance exécutive), cuyo ejercido legal constituye
el gobierno ( gouvernement) o suprema administración. El gobierno, «cuerpo intermedio
establecido entre los súbditos y el soberano para su mutua correspondencia, encargado de la
ejecución de las leyes y del mantenimiento de la libertad, tanto civil como política», se
distingue, pues, claramente del soberano, del que no es sino el delegado, comisario o ministro,
revocable en todo momento. La forma de gobierno será democrática, aristocrática o
monárquica,según que el gobierno se encomiende a todo el pueblo o su mayor parte, a un
número reducido, o a un magistrado único, resultando cada una de ellas la mejor según las
circunstancias de tiempo y lugar. Sus formas degeneradas (cuando el gobierno usurpa las
atribuciones del soberano) son la oclocracia, la oligarquía y la tiranía o despotismo (llamando
Rousseau «anarquía » el abuso del gobierno, cualquiera que sea). Cabe también el gobierno
mixto. Como Montesquieu, relaciona Rousseau las formas de gobierno con la extensión y
riqueza (la monarquía conviene a las naciones grandes y opulentas, la aristocracia a los países
medianos en riqueza y tamaño, la democracia a los Estados pequeños y pobres), y con el clima
(el despotismo es propio de los países cálidos; la barbarie, de los países fríos, y la «buena
política», de las regiones intermedias). Por lo que se refiere a los Estados, la distinción principal
en Rousseau es la existente entre los que se rigen por leyes, cualquiera que sea la forma de su
administración (porque sólo entonces gobierna el interés público y la cosa pública significa
algo), y los demás. «Todo gobierno legítimo es republicano. » Esta fórmula encontrará un eco
en Kant.

Es interesante señalar que el criterio más seguro de la bondad de un gobierno es para


Rousseau el aumento de su población.

9. En materia religiosa, reconoce Rousseau al soberano la facultad de formular los artículos de


fe de una «religión civil» cuya observancia es obligatoria no en cuanto dogmas religiosos, sino
en cuanto sentimientos de sociabilidad, sin los cuales, a su juicio, es imposible ser buen
ciudadano y súbdito fiel. El dualismo del poder espiritual y del temporal socava la unidad de la
república, según Rousseau, que evoca expresamente a Hobbes, el único entre los autores
cristianos que, a su juicio, viera bien «el mal y el remedio», refiriéndolo todo a la unidad
política. Pero resuena también en Rousseau la opinión de Maquiavelo, según la cual los
cristianos en cuanto tales eran malos ciudadanos. El Estado no tiene por qué inmiscuirse en las
creencias de sus súbditos en lo que no toca a la comunidad, pero tiene que exigir una profesión
de fe puramente - civil que garantice una convivencia sin grietas Los dogmas de esta región
civil son por demás simples y poco numerosas: «la existencia de la divinidad, inteligente,
bienhechora, previsora y providente; la vida por venir, la felicidad de los justos, el castigo de los
malos, la santidad del contrato social y de las leyes». Son las ideas fundamentales de la religión
natural de la Profesión de fe del vicario saboyano, incluida en el Emilio. Sin poder obligar a
nadie a aceptarlas, puede el soberano castigar con la pena de muerte a los que, habiéndolos
reconocido públicamente, se conduzcan como si no creyeran en ellos. A estos «dogmas
positivos» añade Rousseau la prohibición de la intolerancia, lo que conduce a excluir del Estado
las religiones que incurren en ésta.

10. El carácter, unas veces paradójico y otras contradictorio, de no pocas fórmulas de Rousseau
ha permitido, más que en otros autores, diferentes lecturas de su obra, dando lugar a
interpretaciones divergentes de la misma. La tendencia probablemente mayoritaria ha visto en
Rousseau, desde Benjamín Constant (en sus Principes de Politique), a un precursor del
despotismo, del colectivismo o del totalitarismo. Esta imagen de Rousseau se apoya
especialmente en su teoría de la voluntad general como instancia absoluta frente al individuo y
a las sociedades parciales, pero también en su doctrina de la religión civil. Otra versión de
Rousseau pone de relieve en cambio las limitaciones que señala a la soberanía y el hincapié
que hace en la libertad. Rousseau creyó escapar al peligro de opresión de la minoría por la
mayoría debido a que la voluntad general no se refiere a casos individuales, sino a todos los
ciudadanos por igual. Ahora bien, la protección de las minorías cuanto tales implican
precisamente un trato distinto de las mismas, y desigual, que tenga en cuenta el hecho
diferencial.

En realidad, los textos de Rousseau dan pie para la interpretación autoritaria y la liberal, según
el lugar donde se ponga el acento. Es indudable su posición democrática. Pero creemos difícil
no tener que calificar de totalitaria, o por lo menos de autoritaria, la democracia rusoniana, si
nos atenemos al tono dominante. El sentido comunitario del pueblo como totalidad la
diferencia claramente del absolutismo liberal de Hobbes y Espinosa, así como del liberalismo
individualista dominante en su época. Su oposición a los grupos intermedios contrasta con el
pluralismo, hoy generalmente asociado a la idea de la democracia en Occidente, como su
religión civil con la creciente tendencia a la separación entre Estado y religión. La religión civil
de Rousseau revela, por otra parte, un aspecto de su pensamiento, digno de mención: la
estrecha relación entre política y ética también manifiesta en el papel esencial que asigna a la
salud moral de los individuos para la buena marcha de la vida pública. "Esta salud, que como
en la Ciudad antigua identifica al buen ciudadano con el hombre bueno y cuya base es una
educación adecuada. (que Rousseau propone en el Emilio), se encuentra de preferencia en las
pequeñas repúblicas de vida sencilla y de economía preferentemente agrícola y artesanal, poco
dependientes del comercio. Acaso no se ha tenido suficientemente en cuenta que la filosofía
política de Rousseau tiene primordialmente por objeto el pequeño Estado, en cuyo marco los
ingredientes autoritarios o totalitarios de su doctrina quedan limitados, de hecho, por el
conocimiento directo de ·todo y de todos por todos. Ha señalado por su parte G. H. Sabine que
la idealización de la voluntad general por Rousseau y el acento por él puesto en la idea de
patria originaron no sólo el culto romántico del grupo, sino también la exaltación de la nación,
lo cual le convirtió en un precursor del nacionalismo del siglo 19. En general, la valoración
rusoniana de las costumbres patrias y de los sentimientos colectivos en cuanto factores de
arraigo, lo que podríamos llamar su ethos comunitario, frente al talante societario y
cosmopolita de los philosophes (por referirnos a la distinción de F. Toenníes entre comunidad y
sociedad), le llevarían a ciertas posiciones próximas al tradicionalismo, especialmente al de un
Burke. Con ello hemos llegado a la influencia de la filosofía jurídica y política de Rousseau. Esta
ha sido ingente, desplegándose, como era de esperar por lo dicho, en múltiples direcciones. Se
hizo sentir intensamente sobre la revolución francesa, en particular sobre robespierre y Saint-
Just. El culto del Set supremo fue el eco de la relig1on ovil rusoruana, y el gobierno
convencional, una aplicación de la idea del gobierno como comisario de la voluntad general,
encarnada por los jacobinos, a un gran Estado. Pero también se da la huella de Rousseau en las
declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano. Ya hemos mencionado el impacto de
Rousseau sobre el romanticismo.

En el plano especulativo, la filosofía del derecho y del Estado de Kant y de Hegel recibirá
fuertes estímulos de la de Rousseau.

11. La clara caracterización del Estado como persona moral tenía que dar a Rousseau. una
aguda conciencia de su dimensión internacional. Lo esencial de su doctrina al respecto, que
por otra parte no desarrolló tal como lo había previsto, está en su examen y discusión de las
obras de Saint-Pierre y en su opúsculo Que l' état de guerre naít de l' état social, así como en
algún otro fragmento.

Charles Irénée Castel, abate de Saint-Pierre (1658-1743), brillante conversador y arbitrista de


espíritu filantrópico a veces ingenuo, y precursor de los philosophes, había escrito un projet pur
rendre la paix perpétuelle en Europe (Utrecht, 1713; ed. definitiva, 1717), seguido de un
Abrégé (1729) Y un Supplémént (1733). Pero su estilo hacía difícil la lectura, por lo que La obra
ha sido más conocida por el resumen libre y el comentario que de ella hizo Rousseau a
instancias de Madanie Dupin, de cuyo salón fuera Saint-Pierre familiar. Proponía Saint-Pierre
una asociación de los Estados europeos con la renuncia a la guerra, la institución del arbitraje
obligatorio.

Y una fuerza internacional para mantener la paz y la alianza. El plan de saint-pierre tenía un
espíritu conservador, pues partía del reconocimiento de statu quo existente. Rousseau, que
tomo el proyecto en serio, no lo creía realizable por los monarcas, reacios siempre a cuanto
pudiera suponer la limitación de su poder. Rousseau hizo una critica severa de la política de
poder en lo internacional como en lo interno. Una asociación como la que propugnara el abate
solo podría llevarse a cabo por los pueblos y por medio de revoluciones, surgiendo entonces la
pregunta de si era deseada o más bien de temer.

Para Rousseau la guerra nació con el establecimiento de las sociedades políticas, subsistiendo
entre ellas el estado de naturaleza. Mientras la ley civil se hacía ley común de los ciudadanos
en las respectivas sociedades políticas, la ley natural siguió en vigor, bajo el nombre de derecho
de gentes entre las diversas sociedades políticas, moderada mediante algunos convenios
tácitos encaminados principalmente a hacer posible el comercio. De ahí una decidida
caracterización de la fuera como fenómeno social e interestatal. La guerra según la celebre
formula del contrato social, no es una relación de hombre a hombre, son una relación de
estado a estado, en la cual los particulares solo son enemigos accidentalmente, no como
hombres ni aun siquiera como ciudadanos, sino como soldados. No como miembros de la
patria, sino como sus defensores.

Rousseau, yendo más allá de Hobbes, señalo la contradicción en la constitución del genero
humano, que la hace vacilante: de hombre a hombre, vivimos en el estado civil y sometidos a
las leyes; de pueblo a pueblo cada uno disfruta de la libertada natural, lo cual en el fondo hace
nuestra situación peor que si estas distinciones fuesen desconocidas. El derecho de gentes es
precario, siendo respetado solo en tanto en cuanto responda al interés de los estados. Hemes
visto que Rousseau no se enfrento claramente con la superación de esta situación, como haría
Kant. Su pesimismo le llevo tan solo a preocuparse de la defensa de los pequeños estados,
amenazados por la política de poder de los grandes, propugnando, al igual que Montesquieu,
la federación como remedio

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