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Sabana Santa. Lo Nunca Contado Por Santiago Vazquez

La Sábana Santa de Turín es uno de los objetos arqueológicos más estudiados e investigados por la Ciencia durante el siglo XX. Este apasionante enigma ha sido, y sigue siendo, motivo de polémica y discusión. Esta obra es el resultado de la rigurosa y extensa investigación de Santiago Vázquez sobre el Lienzo mortuorio que pudo envolver el cadáver de Jesús de Nazaret en un sepulcro de Jerusalén en el año 33 de nuestra era.
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Sabana Santa. Lo Nunca Contado Por Santiago Vazquez

La Sábana Santa de Turín es uno de los objetos arqueológicos más estudiados e investigados por la Ciencia durante el siglo XX. Este apasionante enigma ha sido, y sigue siendo, motivo de polémica y discusión. Esta obra es el resultado de la rigurosa y extensa investigación de Santiago Vázquez sobre el Lienzo mortuorio que pudo envolver el cadáver de Jesús de Nazaret en un sepulcro de Jerusalén en el año 33 de nuestra era.
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SANTIAGO VÁZQUEZ

SABANA
SANTA
LO NUNCA CONTADO

- OBERON
© Copyright de los textos: Santiago Vázquez Gomariz

© EDICIONES OBERON (G. A.), 2014


ISBN: 978-84-415-3554-1
Depósito legal: M. 8.976-2014
Impreso en España-Printed in Spain

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece
penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios,
para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte,
una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada
en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
«YO SOY LA LUZ DEL MUNDO;
EL QUE ME SIGA NO CAMINARÁ EN LA OSCURIDAD,
SINO QUE TENDRÁ LA LUZ DE LA VIDA.»

]UAN 8, 12
A Abba, que siempre guía nuestros pasos
y quien nos ayuda en silencio.
A Jesús de Nazaret, Maestro de maestros,
sea o no el Hombre de la Sábana Santa.
A mis padres, por haberme traído al Mundo
y por darnos siempre lo mejor.
A mi hermano Fernando, compañero de viaje
y testigo de la gestación de esta obra.
A Pilu, cuyo sufrimiento no ignoro,
con la certeza de que Dios la recompensará.
A D. Germán de Argumosa, mi maestro,
que me ayudó a ser persona.
A Teresa, sin cuyo apoyo y colaboración,
esta publicación no hubiera visto la luz.
A cada persona que me ha enseñado algo.
Y a usted, amigo lector.
Espero que disfrute leyendo esta obra,
/ruto de muchos años de esfuerzo,
estudio, trabajo y reflexión.
Que saque lo mejor de ella.

El autor
Madrid, a 25 de marzo de 2014
AGRADECIMIENTOS DEL AUTOR

Quiero expresar, desde estas líneas, mi más profundo agradeci-


miento al Centro Español de Síndonología (CE.S.) y, muy especial-
mente, a su Presidente, D. Jorge Manuel Rodríguez Almenar -ac-
tualmente, uno de los más destacados y reconocidos eruditos en el
Mundo sobre la Sábana Santa de Turín y de otras importantes reli-
quias del cristianismo+-, ya que sin su inestimable apoyo, esta obra
no hubiera visto la luz.
Agradezco al Profesor Rodríguez que atendiera mi petición para
que realizara el Prólogo del libro que el lector tiene ante sí en estos mo-
mentos. Por tanto, mi gratitud más sincera al C.E.S. -uno de los Cen-
tros más destacados de nuestro planeta dentro de este ámbito- por
haberme autorizado también a extraer la información precisa -éscrita
y gráfica- para elaborar una parte importante del presente trabajo, tan-
to a través de la revista del Centro, "Línteum '; así como de las fotogra-
fías de su magnífica página web [Link]. Sin el consenti-
miento y absoluta colaboración de tan prestigioso Centro, este libro
hubiera sido imposible de publicar tal y como estaba pensado. Gra-
cias, sobre todo, a su Presidente por hacerlo posible. Gracias al C.E.S.

También deseo manifestar mi gran admiración y mi recuerdo más


entrañable para la Fundadora del CE.S.: Dña. Manuela Corsini de Or-
deig, cuyos dos libros ("El Sudario de Cristo" e "Historia del Sudario de
Cristo") he manejado, con cierta frecuencia, en algunos de los capítulos
de esta obra (especial y más concretamente en el 4 y en el 7), con el fin
de ilustrar este trabajo, dada su enorme calidad y por ser -las obras
mencionadas- unas de las más rigurosas y magistrales que he encon-
trado en mi trabajo de documentación y redacción del texto. Vaya des-
de aquí, por tanto, mi recuerdo y gratitud para tan insigne mujer.

También quiero dedicarle un recuerdo muy especial, cargado de


afecto y cariño, al Padre jorge Loríng SJ., fallecido el 25 de diciem-
bre de 2013, con quien hablé telefónicamente poco antes de su par-
tida 'al otro lado' y quien me dio plena libertad para exponer en este
libro la información que yo precisase y que aparece en dos de sus
magníficas obras ("La Sábana Santa. Invalidez de la prueba del Carbo-
no 14" y "La Sábana Santa, Dos mil años después"). Dichos datos, fi-
guran, principalmente, en los Capítulos 4 y 7. Le agradezco, allá
donde se encuentre, su absoluto apoyo a esta publicación. Siempre
le recordaré, Padre Loring. Gracias por todo. Descanse en Paz.

Por otra parte, es un gran honor contar con las fotografías del
Hombre Sindónico tan magistralmente reproducido, en diversas es-
culturas, por el prestigioso Profesor D. Juan Manuel Miñarro, quien
ha tenido la deferencia de poner a nuestra disposición su Dossier
Fotográfico con el fin de ofrecerle al lector dichas tomas fotográficas
con la máxima calidad. Desde estas líneas, nuestro mayor reconoci-
miento al Profesor Miñarro por tan excepcionales trabajos.
Gracias, en definitiva, a todos los autores -como Juan A/arcón Be-
nito, Francisco Ansón o Carmen Porter- que, mediante la difusión de
la información que se recoge en sus publicaciones, han contribuido -
como fuente- a la documentación y redacción del texto de este libro.
.
Por último, quiero resaltar, con mi gratitud, la calidad humana y
el buen hacer de todo el equipo de profesionales de ANAYA, que
me han ayudado en todo momento y que han realizado un inmejora-
ble trabajo con la obra de este humilde escritor.

Gracias a todos los que han hecho posible la publicación de esta


obra.
/

INDICE

AGRADECIMIENTOS DEL AUTOR 11

PRÓLOGO
.ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA INVESTIGACIÓN
HISTÓRICA RELATIVA A}ESÚS DE NAZARET 17

CAPÍTULO 1
LAS HORAS QUE CAMBIARON LA HISTORIA 21
CAPÍTULO 2
CONOCIENDO LA SÁBANA SANTA DE TURÍN:
PRIMERA APROXIMACIÓN AL OBJETO 77

CAPÍTULO 3
"TESTIGO EN EL SEPULCRO".
¿HABLAN LOS EVANGELIOS DE LA SíNDONE? 93
14 Índice de contenidos

CAPÍTUL04
¿DEJERUSALÉN A TURíN?
RECORRIDO HISTÓRICO DE LA SÁBANA SANTA 117

CAPÍTULO 5
"REALIDAD INVERTIDA".
EL NEGATIVO FOTOGRÁF1CO ES UN PERFECTO POSITIVO 141

CAPÍTULO 6
"CON LA SíNDONE ENTRE LAS MANOS".
INVESTIGACIÓN Y CONCLUSIONES DEL STURP 153

CAPÍTULO 7
¿EL QUINTO EVANGELIO?
RADIOGRAFÍA DE LAS TORTURAS 167
CAPÍTULO 8
"JAQUE AL CARBONO 14".
¿ UNA FALSIFICACIÓN MEDIEVAL? 221
CAPÍTULO 9
"UNA OBRA IMPOSIBLE".
¿CÓMO SE FORMÓ LA IMAGEN DEL CRUCIFICADO? 263

CAPÍTULO 10
"IDENTIFICANDO EL CADÁVER".
¿Es JESÚS DE NAZARET EL HOI\1BRE DE LA SÍNDONE? 289

CAPÍTULO 11
"¿LA FOTOGRAFÍA DE LA RESURRECCIÓN?"
¿ EL MOMENTO MÁS TRASCENDENTAL DE LA HISTORIA
GRABADO EN UN LIENZO FUNERARIO DEL SIGLO I? 301
Índice de contenidos 15

CAPÍTULO 12
"EL MESÍAS ESPERADO POR EL JUDAÍSMO".
¿Es EL HOMBRE DE LA SÁBANA SANTA EL MESÍAS? 359
CAPÍTULO 13
".ARGUMENTOS EN CONTRA".
OBJECIONES A LA SÁBANA SANTA 377

CAPÍTULO 14
OTROS ENIGMAS Y MISTERIOS DE LA SÁBANA SANTA 453

CAPÍTULO 15
UNA VOZ MUY AUTORIZADA:
¿CONFIRMANDO LA AUTENTICIDAD DE LA SÍNDONE? 477

EPÍLOGO
"REFLEXIONES Y CONCLUSIONES FINALES".
¿RESUCITÓ JESÚS DE NAZARET? ¿EXISTE DIOS? 511

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y DE INTERNET 563


PRÓLOGO
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRELA INVESTIGACIÓN
HISTÓRICA RELATIVA A JESÚS DE NAZARET

N ABRIL DE 1987 NACIÓ EN VALENCIA EL CENTRO ESPAÑOL DE

E SIND0N0L0GÍA (C.E.S.) dedicando su actividad a difundir lo


estudiado sobre la Sábana (Síndone) de Turín y todo lo rela-
cionado con ella de forma directa o indirecta. Sin embargo, ya en
1994, amplió su objeto social redefiniéndose como una asociación
cultural dedicada a la figura histórica de Jesús de N azaret a través de
los documentos1 que se conserven de Él.
Los medios que se propone el C.E.S. para ello son tanto la inves-
tigación propia y el fomento de la investigación ajena, como la divul-
gación, a través de cualquier medio de comunicación, de los estudios
realizados sobre dicha materia.
Desde el punto de vista religioso, algunos de los estos documen-
tos a los que nos referimos son considerados 'reliquias', pero para
nosotros, como entidad, nos interesan en la medida en que consti-
tuyen un medio de conocimiento de los hechos que se atribuyen al
personaje.

l. En sentido literal 'documento' es, según el diccionario, cualquier «escri-


to que ilustra acerca de algún hecho, principalmente de los históricos». Evidente-
mente, entendemos aquí el concepto 'documento' en el sentido más amplio posi-
ble, incluyendo cualquier objeto que nos proporcione información, se trate de un
escrito o no.
18 Santiago Vázquez

Es por esto que hemos establecido dos requisitos para delimitar


nuestro campo de actuación: Que se trate de documentos que se atri-
buyan a Jesús de Nazaret y que hayan sido, o puedan ser, objeto de
estudio científico. De esta manera, podemos plantearnos, en torno a
ellos, un diálogo objetivo, más allá de opiniones o interpretaciones
de carácter subjetivo.
No se dirigen nuestros esfuerzos a demostrar la autenticidad de
dichas reliquias (¿qué sentido tendría defender la autenticidad de
objetos que fueran supercherías o que no nos pueden proporcionar
ningún tipo de informacióni'), sino a la lectura e interpretación de la
información que contengan.
Establecidos estos parámetros, creo que se puede entender que la
finalidad última del C.E.S. es constituir el mejor fondo de datos po-
sible y colocarlos al alcance de los estudiosos que quieran profundi-
zar en la figura de Jesús, empezando por nuestros miembros.
Por eso mismo, el C.E.S. no asume las actividades o las opiniones
que los socios, a título particular, puedan expresar en sus publicacio-
nes, sobre todo cuando se trata de temas opinables. Lo que nos une
es el interés por conocer, con la mayor exactitud posible, la figura
histórica de Jesús de Nazaret, por lo que, consecuentemente, única-
mente les pedimos que mantengan el máximo rigor cuando utilicen
los datos objetivos extraídos de los estudios realizados y que se plan-
teen el tema con la seriedad que requiere.
Podría pensarse, desde fuera, que nuestros socios tienen un pen-
samiento muy uniforme, pero no es así. Aunque nosotros no pregun-
tamos sobre creencias y opiniones al acceder a la Asociación, para
conocer la pluralidad de nuestros asociados nos basta con saber que
su extracción social es muy diversa y que tenemos desde religiosas a
laicos de diversos credos o incluso no creyentes. Podemos suponer,
sin miedo a equivocarnos, que opinan de forma diferente sobre mu-
chos temas, e incluso sobre la identidad del mismo Jesús.
Y es que no hay que olvidar que estamos hablando de un perso-
naje que ha dividido la Historia en un antes y después, por lo que el
interés por su figura no se puede restringir al ámbito de la fe cristia-
na, aunque dicha creencia sea la más extendida del mundo.
Hay quien considera que no es posible ser objetivo cuando se tra-
ta de hablar de Jesús por las implicaciones personales que suscita,
Sábana Santa. Lo nunca contado 19

pero nosotros creemos que es posible si uno es capaz de plantearse


el tema con honradez intelectual ... y, después, lógicamente, con in-
teligencia y competencia profesional.
Afortunadamente, a diferencia de lo que ocurría en siglos anterio-
res, los actuales medios globalizados han colocado, al alcance de es-
tudiosos y divulgadores, datos y conocimientos que antes no salían
del reducido mundo académico. Así que ahora, paradójicamente,
tantos siglos después, podemos encontrarnos más cerca que nunca
del personaje estudiado y entender mejor los hechos acaecidos.
Conocer a Jesús exige conocer el marco de su existencia y tam-
bién las circunstancias en las que se produjeron los acontecimientos
que marcaron su vida. Basta con ver cómo el papa Benedicto XVI, el
teólogo Ratzinger, en sus tres tomos del libro Jesús de Nazaret ha de-
dicado muchas líneas a comentar datos que las ciencias, y no sólo la
teología, nos aportan hoy sobre Jesús.
Y es que, en el siglo XXI, ya no se puede abordar un tema tan
complejo y con tantas implicaciones científicas, humanas, filosóficas,
religiosas y personales, olvidando la multidisciplinariedad. En un
mundo globalizado y multicultural, en el que las barreras entre las
distintas ramas del conocimiento han ido desapareciendo, ya nadie
se plantea un estudio tan amplio como el que nos ocupa abordando
el tema desde un único punto de vista.
Por ello, quienes quieran plantearse el estudio del caso de Jesús,
tendrán que apoyarse en los documentos escritos (empezando por
los Evangelios Canónicos, que -desde un punto de vista científi-
co- son los textos mejor documentados de toda la historia de la
Humanidad), pero no podrán olvidar ni despreciar las fuentes de
conocimiento que estén contrastadas. ¿Quién podría desconocer, a
estas alturas, los avances que la Arqueología, la Historia, la Teología
y tantas otras disciplinas han realizado en las últimas décadas sobre
esta materia?
Dicho todo lo anterior, y como presidente del C.E.S., no puedo
sino saludar y apoyar las iniciativas que nuestros socios tengan en
nuestro ámbito de estudio, y el caso de Santiago Vázquez es un verda-
dero paradigma de lo que estoy diciendo y creo que lo ha hecho bien.
Ha realizado una profusa investigación personal sobre Jesús,
añadiendo genio, estudio y creatividad. Sus conclusiones, evidente-
20 Santiago Vázquez

mente, son las suyas, pero me gusta que se haya apoyado en algunas
de nuestras publicaciones, textos e imágenes, contribuyendo así a
divulgar el estudio que tanto trabajo nos cuesta sacar adelante (y ·
que sin la ayuda personal y material de socios como él no podría-
mos realizar).
El estudio d~ la figura de Jesús de N azaret -desde todos los pun-
tos de vista- ha sido y es abordado actualmente por muchos autores
de muchas partes del mundo. Personalmente creo que se trata de
una materia fascinante· que ha ocupado y ocupa a investigadores y
divulgadores de las más diversas ramas. Me alegro mucho, por tanto,
que uno de ellos sea Santiago y que lo haga de una forma amena y
rigurosa.
Estoy convencido de que el lector quedará tan satisfecho del re-
sultado como yo mismo, y 'me temo' que tendrá que reservar algo de
su tiempo a reflexionar sobre el contenido de lo leído. O sea, algo
que hay que hacer siempre con los buenos libros. Pues adelante. Em-
pieza la aventura ...

Jorge Manuel Rodríguez Almenar


Presidente del Centro Español de Sinodología (C.E.S.)
CAPÍTULO 1
LAS HORAS QUE CAMBIARON
LA HISTORIA

E
L SOL SE ACABA DE OCULTAR TRAS LAS MONTAÑAS QUE SE DMSAN
desde las afueras de Jerusalén. La escena es bella, evocadora,
quizás algo melancólica, pero, a fin de cuentas, hermosa.
Una extraña calma se puede percibir en el ambiente. Las más
brillantes estrellas empiezan a parpadear en lo alto del cielo. La
Luna, compañera inseparable del ser humano a través de los siglos,
también adorna, casi llena, el firmamento de una de las noches más
recordadas en la Historia de la Humanidad.
Los habitantes de la ciudad santa se encuentran en sus hogares.
Unos saborean ya la cena. Otros están a punto de empezar a hacerlo.
Jesús, conocido como "El Nazareno", y sus Apóstoles inician la
que será su última cena juntos. Mientras degustan la comida prepa-
rada para tan señalada ocasión, hablan y conversan animadamente.
El Nazareno cae en un mutismo absoluto. Empieza a intuir las
horribles horas que le esperan. Sus íntimos se percatan de la seriedad
de su Maestro. Un silencio denso se percibe en el ambiente. Todos
observan a Jesús esperando unas palabras. El Rabí" deja que su pene-
trante mirada se pierda en el vacío. «Ha llegado mi hora. No estaré
mucho más tiempo con vosotros» -les dice con gesto grave.
«¿Qué estás diciendo, Maestro? ¿Nos abandonas ahora?» -le
pregunta Pedro con enorme extrañeza y excitación.
«Ya os dije que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos
de los gentiles. Será humillado, azotado y le crucificarán, pero al
22 Santiago Vázquez

tercer día resucitará. Acordaos bien de mis palabras para que vuestra
fe no decaiga cuando llegue la hora».
En ese instante, el corazón de los Apóstoles queda herido, traspa-
sado por el dolor.
« Y os digo que uno de vosotros me entregará» -afirma con
evidente dolor y rotundidad, 1
Los Doce se miran unos a otros con desconfianza y perplejidad.
Judas esconde la mirada entre sus manos temblorosas.
2
«Judas: lo que has de hacer, hazlo pronto» -le ordenaJesús.
El Iscariote, confuso y abrumado, se incorpora, se pone de pie con
paso lento y vacilante, y, sin perder de vista el rostro de su mentor, sale
de la estancia. El corazón parece salírsele del pecho; le cuesta respirar.
En realidad, no pretende que nadie acabe con la vida de Jesús, muy al
contrario, en el fondo de su corazón siente un gran amor por Él.
Dentro, continúa la preocupación. Los rostros de los once Após-
toles se han tornado en tristeza, abatimiento y confusión. ¿ Por qué
Jesús -se preguntan-, al que tanto aman y al que llevan acompa-
ñando desde hace más de tres años, tiene que abandonarles ahora?
¿Por qué les ha dicho que ya no va a estar más tiempo con ellos?
¿Adónde irá? ¿Dónde está Judas? ¿Qué significan las palabras que
acaban de escuchar de labios del Rabí? Se hacen muchas preguntas.
El desconcierto entre los Apóstoles es total.
Ellos creen en Jesús y confían en Él. Creen que es el Mesías"
prometido por Dios en las Escrituras. Si, verdaderamente, es el
Mesías esperado, ¿por qué les abandona? No hay consuelo para sus
corazones. Sus esperanzas se han desvanecido. ¿Dónde quedarán
ahora -se plantean en su interior- todas las promesas del Maestro
referentes al nuevo Reino de Dios?
No han entendido plenamente el mensaje de Jesús. Más de tres
años acompañándole, presenciando sus milagros, escuchando sus
parábolas, recibiendo sus enseñanzas y no han sido capaces de
comprenderle. Sus inteligencias, en estos momentos, están embota-
das. Les es imposible digerir las repentinas palabras que acaban de
escuchar.
El Nazareno, adivinando sus pensamientos, como percibiendo su
angustia, toma la palabra: «Así está escrito» -dice Jesús dirigiendo
su mirada hacia Simón, llamado Cefas."
Sábana Santa. Lo nunca contado 23

Después, y con enorme dulzura, va posando su mirada en los ojos


de todos y cada uno de sus Apóstoles. Algunos, entre ellos el joven
Juan, el hijo de Zebedeo, no pueden contener la emoción y algunas
lágrimas recorren sus mejillas.
«Juan, mi muy amado Juan» -le dice Jesús. «No tardando
mucho, tu tristeza se tornará en júbilo y en dicha. No has de entris-
tecerte por Mí. Yo vuelvo al Padre, de donde vine. Y cuando vuelva
junto al Padre, os enviaré a mi Santo Espíritu, que os ayudará a llevar
a cabo la tarea que yo os he encomendado. Yo soy la alegría y la paz,
el consuelo y el perdón. Ahora no podéis entender mis palabras ni el
significado de mi encarnación en la vida, pero pronto lo haréis. Para
el Padre no hay nada imposible; todo es posible para Él. El Padre y
yo somos Uno. Yo os elegí a vosotros y, al elegiros como mis íntimos,
os saqué del mundo. Vosotros ya no pertenecéis al mundo. Ahora
sois enviados de lo Alto.»
Santiago, el hermano de Juan, interrumpe, atropelladamente, a
Jesús: «Pero Señor, ¿qué haremos sin ti? ¿Adónde iremos si Tú no
estás junto a nosotros? Yo deseo estar siempre contigo. Señor, por
favor, no te marches de nuestro lado» -le suplica Santiago rompien-
do a llorar amargamente.
El Maestro, conmovido en su corazón y enternecido por las pala-
bras y súplicas de su íntimo, se levanta y se acerca al Apóstol. «Santia-
go -le dice con infinito amor-, Yo siempre estaré contigo, siempre
estaré con todos vosotros, con todos aquellos que guarden mis pala-
bras y que crean en Mí. Ciertamente, no me veréis, pero habitaré en
vuestros corazones y moraré en vosotros. Mi presencia en vuestras
almas será vuestro auténtico alimento».
«Santiago -añadió Jesús abrazándose a él-, Yo siempre estaré
contigo hasta el final de tus días en la Tierra, y después te reunirás
conmigo. Ten fe en mis palabras». El Apóstol, de larga barba, queda
apaciguado. Una reconfortante sensación de paz le invade y su llanto
se torna en gozo. Jesús vuelve a sentarse.
Los Apóstoles contemplan el rostro de Jesús. Un brillo especial
parece emanar de Él. Sus ojos rebosan bondad. Jesús perfuma, con
su presencia y con su mirada, la estancia entera. Cada gesto, cada
movimiento, exhala una paz inefable.
24 Santiago Vázquez

«Vosotros seréis mis testigos. Como el Padre me envió, os envío


Yo a vosotros. Daréis testimonio de la Verdad y proclamaréis Mi
Palabra allá donde mi Espíritu Santo os lleve».
Aquellos once hombres, en su modestia y sencillez, no terminan
de comprender el significado de las palabras que Jesús acaba de
pronunciar.
A medida que el Rabí les habla, van, poco a poco, situándose más
cerca del lugar que Éste ocupa, hasta formar un corro en torno a Él.
Algunas lámparas de aceite contribuyen a contemplar el rostro
del Maestro. Nunca han visto a Jesús así. Parece como si ya no estu-
viera en este mundo. Es cierto que han presenciado múltiples esce-
nas en las que Jesús parecía más divino que humano, pero ahora es
muy diferente. El Rabí se muestra, ante ellos, como lo que es: el Hijo
del hombre, el Mesías enviado por Dios, el Ungido por el Espíritu
del Todopoderoso."

Jesús, en repetidas ocasiones, ha hablado en público y en privado


acerca de su verdadero origen. ¿Qué es lo que, realmente, ha dicho
de sí mismoi"
Se acuerdan ahora de aquella pregunta que les hizo, hace ya tres
años, al comienzo, en Cafarnaúm': «¿Quién dicen los hombres que
soy Yo?»3 Aquella noche, en ese momento, el tiempo pareció conge-
larse. Los Doce se miraron unos a otros sin saber qué responder. La
pregunta, realizada con semejante gravedad, les dejó sin palabras.
Después de un silencio, Felipe, mirando a los demás, dijo casi musi-
tando: «Muchos dicen que eres Elíasé, que ha vuelto a la vida». De
nuevo, se hizo el silencio. Jesús, con gesto serio, les observaba con
atención. Pasados unos segundos, Juan espetó bruscamente: «Otros
creen que eres el Bautista, que ha resucitado». El Maestro sonrió
ligeramente y negó con la cabeza. «La mayoría cree, Señor, que eres
uno de los Profetas, que ha regresado a la vida» -dijo con vehemen-
cia Andrés. Nuevamente, en el rostro del Rabí se dibujó otra leve
sonrisa y volvió suavemente a negar con su cabeza. Su vista se perdió
durante unos segundos en las llamas que brotaban de la hoguera.
Los Doce fijaron entonces toda su atención en Él.
Tras unos instantes,Jesús, con voz suave pero firme, les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?»4 La pregunta les sorprendió.
Sábana Santa. Lo nunca contado 25

Un mutismo total se apoderó de ellos. Los segundos parecían pasar


muy despacio. A decir verdad, parecían no pasar. Ninguno de los
Apóstoles se atrevía a responder a semejante pregunta. El sonido de
la madrugada se hizo entonces más presente. La voz de Jesús retum-
baba en sus mentes: «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?».
El Maestro levantó su vista hacia lo alto del cielo, contemplándolo
con gran admiración, a juzgar por la expresión de sus ojos. Se quedó
como extasiado durante unos instantes. Nadie se atrevía a responder.
Pero en el interior de uno de los Apóstoles empezó a hacerse la
luz. Simón, al que Jesús llamaría después Pedro, se inquietó e incor-
porándose rápidamente se situó justo delante de Él. Pedro miró fija-
mente a su tan amado Rabí y, después de contemplarle, le dijo: «Tú
eres el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas. Tú eres el Hijo
de Dios».5
El Rabí, mirando profundamente a Simón, le amó. El Apóstol cerró
sus ojos y, sobrecogido, tapó su cara con las manos. En ese momento,
el de Cafarnaúm fue, por vez primera, consciente de ante Quién se
encontraba. «Dios, hecho hombre, está entre nosotros. No soy digno
ni de rozar su manto. Yo soy un hombre pecador. Gracias, Señor, por
concederme esta enorme gracia» -discurrió en su corazón.
Jesús, acercándose, posó su mano derecha sobre el hombro de
Simón y, con una honda bondad, le dijo: «Simón, hijo de J onás,
levanta tu cabeza y mírame sin miedo». El Apóstol se sintió descu-
bierto. El Maestro conocía sus pensamientos.
Simón levantó, pausadamente, su cabeza y abrió sus ojos. Jesús,
conociendo sus sentimientos, prosiguió: «Simón, no te avergüences
por nada. El Padre conoce tu corazón y sabe que no eres un hombre
malo. Tu corazón es noble y humilde. Por ello, el Padre y Yo te
hemos sacado del mundo».
«Tú dices que Yo soy el Hijo de Dios, y dices bien. Bienaventurado
eres, Simón, hijo de J onás, porque lo que se te ha revelado no lo han
hecho ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».6
Se hizo entonces el silencio. Jesús acababa de reconocer, ante sus
íntimos, su divinidad. Ya en otras ocasiones, sus palabras, sus ense-
ñanzas y, sobre todo, sus milagros como signos de su poder, habían
hecho evidente el origen divino del Galileo", pero ésta era la primera
vez que Él lo confirmaba, privadamente, ante ellos.
26 Santiago Vázquez

«¡Bendito sea el Señor!» -susurró tembloroso el joven Apóstol


Juan.
«Dios se ha encarnado entre nosotros» -dijo Andrés fijando sus
ojos en el rostro de Jesús como si no pudiera asimilarlo.
Y así se fueron sucediendo los comentarios de algunos Apóstoles
mientras otros caían en un silencio absoluto.
El Maestro había dicho por fin Quién era. Acababa de dejar muy
claro que no era un hombre más, que no era un mortal más.
«Él es el Hijo de Dios, el Unigénito, Dios hecho hombre, y los
demás sólo somos hombres. Pero Él, aparte de ser hombre, es Dios
también» -pensaba para sí Simón Pedro. En aquel momento, el
Nazareno interrumpió su discurso interior. «Simón -le dijo-, no te
abrumes con esos pensamientos. La voluntad del Padre ha sido enviar-
me hasta vosotros. Es verdad que el Padre y yo somos una misma cosa.
Os amo a todos con infinito amor. No te avergüences por nada».
Pedro quedó desconcertado. Jesús le miró complacido, lleno de
alegría.
Repentinamente, el rostro del Rabí empezó a cambiar, y pasó de
un júbilo desbordante a una amarga tristeza.
«Vendrán días en los que os matarán por proclamar Mi Nombre
y por anunciar que Yo he resucitado.
»Os digo que resucitaré al tercer día, y muchos no lo querrán creer.
»Y para que creáis que Yo Soy, al tercer día resucitaré de entre los
muertos.
»En tiempos que están por venir, muchos morirán proclamando
mi nombre y anunciando que Yo soy el Cristo, el Hijo de Dios.
Muchos encontrarán la muerte defendiendo la Palabra del Hijo del
hombre.
»Pero también os digo que muchos de los que defiendan que Yo
Soy, harán perecer a cientos de inocentes que no creerán en Mí.
»Sed libres. No impongáis Mi Palabra por la fuerza. El que quie-
ra escuchar, que escuche. El que desoiga vuestras palabras, a Mí me
desoye. En el día de su juicio, no podrán decir que no se les visitó.
»El que crea en Mí deberá hacerlo libremente. Ése es el verdadero
discípulo, el que se acerca a Mí porque su corazón grita Mi nombre y
reclama mi amor. No impongáis Mi nombre a nadie, tan sólo invitad a
las gentes a que se acerquen hasta Mí, a que guarden Mis enseñanzas.
Sábana Santa. Lo nunca contado 27

»Ríos de sangre correrán porque unos y otros intentarán inculcar


su fe. Y la fe no se impone, sino que brota del interior del corazón
como una semilla que empieza a germinar y que, al final, se convierte
en un árbol hermoso y robusto.
»El alma de los seres no se conquista con la espada, sino con el
Amor.
»Muchos intentarán imponer su fe con la espada, y a espada pere-
cerán.
» Y para que creáis que Yo Soy, después de ser entregado en
manos de los extranjeros, humillado, flagelado, crucificado y muer-
to, el Hijo del hombre resucitará de la muerte según está escrito por
los Profetas. Tened confianza y que vuestra fe en Mí no vacile.
»Yo he venido a este mundo para salvar a los hombres. Todo
aquel que escucha Mis Palabras y las pone en práctica, ése se salvará.
El hombre se redime a sí mismo con el cumplimiento de la Ley de
Dios, mi Padre Celestial.
»No penséis que Mi Sangre os purificará de toda maldad que
hayáis cometido. Uno mismo es el que tiene que purificar sus malas
obras. Mi Espíritu asistirá a todos aquellos que deseen mejorarse en
el camino que conduce a la vida eterna. Cada uno es responsable de
sus propias obras. No lo olvidéis. Nadie puede saldar las deudas de
otro. Ésta es la Ley de mi Padre Eterno».
Éstas fueron las palabras que clausuraron aquella noche inolvida-
ble en Cafarnaúm. Los Apóstoles, más reflexivos que en ninguna otra
ocasión, se retiraron a descansar a una gran cueva cercana en una de
las montañas próximas al lugar. Allí pasaron el resto de la madrugada.
Algunos de ellos apenas pudieron conciliar el sueño, pensando en las
reveladoras palabras pronunciadas por Jesús en torno a la hoguera.

De nuevo en Jerusalén, donde se encuentran reunidos los Após-


toles con Jesús, la conversación continúa.
Los Once se encuentran situados alrededor de su Maestro. Una
gran solemnidad se respira en el ambiente.
Incorporándose ligeramente, el Nazareno coge entre sus manos
un generoso trozo de pan y, cerrando los ojos, dice: «Éste es Mi
Cuerpo. Cuerpo que es entregado en manos de los hombres. Tomad-
lo todos y comed de Él. Haced esto en recuerdo mío».7
28 Santiago Vázquez

Bendiciéndolo y dando gracias, parte en dos el pan y le entrega


una mitad a Juan, a su derecha, y la otra a Andrés, a su izquierda.
«Repartidlo entre vosotros» -les dice.
Con enorme respeto pero sin entender del todo las palabras que
acaban de escuchar, los Once se entregan unos a otros el pan que
Jesús acaba de partir para ellos.
El Maestro permanece con los ojos cerrados, quieto, casi inmóvil.
Los Apóstoles, mientras mastican el pan, le contemplan esperando
algunas palabras más.
Jesús vuelve a abrir sus ojos. Su mirada es más resplandeciente y
penetrante que nunca. Se vuelve a incorporar suavemente y coge un
sencillo cuenco de madera. Lo llena de vino, lo acerca hasta su pecho
y, tras cerrar nuevamente los ojos y permanecer así durante unos
segundos, levanta el recipiente y dice: «Ésta es Mi Sangre. Sangre
que va a ser derramada por amor a los hombres. Bebed todos de él
porque os digo que no beberé del producto de la vid hasta que llegue
el Reino de Dios».8
Le entrega el cuenco a Santiago, el de Zebedeo. ¿Por qué a Santia-
go? -se preguntan los demás. «De todos vosotros, Santiago será el
primero en compartir mi gloria» -les dice. Ninguno, ni el mismo
Santiago, comprenden el significado de estas palabras. Y es que
Jesús sabía que Santiago sería el primero en morir, decapitado por la
espada de la persecución. i
Uno tras otro, van bebiendo el vino, sin hablar. Algunos de los
Apóstoles permanecen con los ojos cerrados, otros se miran entre sí
y tres de ellos no dejan de contemplar a su Rabí. Son Pedro, Santiago
y Juan. Todos esperan que su Maestro siga hablándoles. Jesús,
después de esbozar una cálida sonrisa, toma la palabra.
«El que de vosotros quiera ser el primero en el Reino de mi Padre,
que sea el último de todos.9 Porque todo el que se ensalce a sí mismo
será humillado, y el que se humille será ensalzado y encumbrado.
Los primeros serán los últimos y los últimos llegarán a ser los prime-
ros y ocuparán los primeros puestos en el banquete de mi Reino.'?
¿Quién es mayor, el que sirve o el que está sentado a la mesa? ¿No es
el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el
que sirve. Os digo que el humilde de corazón dará mucho fruto y le
sobrará, mientras que aquel en quien reside la soberbia se pierde a sí
Sábana Santa. Lo nunca contado 29

mismo y arruina su alma. ¿De qué le sirve al hombre ser el primero a


los ojos del mundo si al morir y nacer a la Vida es enviado al último
lugar? Más le vale al hombre ser un siervo fiel y prudente, para que
cuando sea llamado en su último día, Yo le colme con la recompensa
de su humildad. Recordadlo, la humildad siempre es premiada y
agrada al Padre Eterno. La altanería, el orgullo y la soberbia son los
grandes enemigos de vuestras almas que acaban por devorarlas.
»Yo he venido al Mundo para mostraros el camino que conduce
a la Vida, y he de cumplir la voluntad de mi Padre hasta el final. Muy
pronto ya no estaré en el Mundo y todo se habrá consumado».
Con estas palabras, Jesús dio por terminada la Cena y se dirigie-
ron a un lugar llamado Getsemaní i, uno de los parajes preferidos del
Maestro.

Es tarde, ya entrada la madrugada. Hace algo de frío. Una ligera


brisa agita, suavemente, las ramas de los olivos que pueblan Getse-
maní. El cielo, cuajado de estrellas, parece más oscuro que nunca.
Jerusalén duerme. Entran silenciosamente en el lugar. El Galileo se
adelanta y sus tres íntimos le siguen de cerca, aunque el sueño y el
cansancio se empiezan a apoderar de ellos. Se acomodan a los pies de
un viejo y robusto olivo mientras Jesús se separa del grupo. Los
Apóstoles, vencidos por la fatiga del día, se duermen.
El corazón del Rabí comienza a ser traspasado por dolorosos
sentimientos: la amargura de la soledad, la tristeza de la incompren-
sión, la angustia del sufrimiento que se le avecina. Tiene miedo
porque no es un fanático. Es, ante todo, un hombre. Se siente solo,
terriblemente desamparado. Un gran abatimiento invade su alma. Se
pregunta si las gentes han comprendido, verdaderamente, su mensa-
je. Todo lo que ha hecho le parece poco. Lo ha dado todo a cambio
de nada. Desde muy joven se preparó para su misión espiritual. Sien-
do todavía un niño comenzó a sentir una poderosa llamada interior,
llamada que atendió sin demora y que le llevaría a formular, con tan
sólo doce años, aquella pregunta a sus padres: «¿No sabéis que debo
ocuparme de las cosas de mi Padre?»!'
Fueron años de búsqueda, de hacerse mil preguntas, de dudas y
de certezas, de creer incluso que estaba enloqueciendo, de querer
olvidarse de todo y ser uno más, de duras pruebas, de tentaciones
30 · Santiago Vázquez

que intentaban apartarle de su camino, de laborioso y constante


trabajo interior, hasta que llegó a saber Quién era y a qué había veni-
do al Mundo. Cuando fue plenamente consciente de su identidad y
origen espiritual y de su misión, se hizo bautizar por Juan en el
Jordán y después se retiró al desierto para comenzar, posteriormen-
te, su vida pública. En ella recorrió, una y otra vez, aldeas, pueblos y
ciudades, enseñando, curando y exorcizando.
Como muestra de su poder y de su compasión, sanó a leprosos
-aquellos que vivían repudiados por todos a las afueras de las
poblaciones-, hizo ver a los ciegos, levantó de su lecho a paralí-
ticos, devolvió el habla a más de un mudo, el oído a los sordos,
resucitó a varios muertos, expulsó a los espíritus malignos del
cuerpo de los poseídos, perdonó a los arrepentidos, consoló a los
afligidos, dibujó un nuevo y bello horizonte para todos aquellos
que habían perdido toda esperanza, se juntó con aquellos que
eran rechazados por la sociedad, comió y bebió con ellos en repe-
tidas ocasiones ...
En definitiva, un ser que pasó por este mundo haciendo el bien y
viviendo no para sí, sino para los demás, algo tan inusual en el ser
humano. Cuando la mayor parte se preocupa, mayormente, de sus
pertenencias, de sus haciendas y dineros, de su posición social, de su
prestigio, sin pensar apenas en las necesidades de los demás, aparece
la figura de un ser que tan sólo tenía, como posesiones materiales,
una túnica y unas sandalias, durmiendo muchas veces al raso y, más
de una vez, ayunando porque no tenía qué comer. Ése fue Jesús de
Nazaret.

De nuevo en Getsemaní, Jesús cae de rodillas y se tapa el rostro


con las manos. La tristeza y la angustia se adueñan, paulatinamente,
de su mente y de su alma. Sus Apóstoles se han quedado dormidos.
Haciendo un esfuerzo por huir de estos sentimientos que atenazan
su ser, levanta sus ojos al cielo buscando a su Padre.
«¡Padre!» -exclama. «¡Padre mío!» -vuelve a decir agitada-
mente con una gran dosis de malestar. «Confórtarne en esta hora».
Con la vista clavada en el cielo y levantando sus manos dice:
«Padre, si es posible, aparta de Mí este cáliz» -refiriéndose a los
tormentos que le esperaban.12 Tras unos segundos de intensa agonía,
Sábana Santa. Lo nunca contado 31

dice: «Mas no se haga Mi voluntad, Padre mío, sino la tuya, ya que


para esto he nacido»."
Tras unos instantes, el Rabí rompe a llorar amargamente. Las
lágrimas comienzan a brotar copiosamente de sus ojos y su rostro
queda empapado por ellas. Su llanto continúa y se prolonga durante
unos minutos. Siente tanto dolor que no puede abandonar el llanto.
Vuelve a esconder su cara entre las manos y su profunda aflicción se
sigue exteriorizando en lágrimas que bañan sus pómulos y mejillas
en el transcurso de un inalterable silencio.
Comienzan a desfilar por su mente imágenes, escenas de su Pasión
que están por venir. Contempla cómo va a ser ínsultado, maltratado,
humillado ... Ve su propia flagelación, siente los azotes en sus carnes,
las carcajadas y burlas de sus verdugos, cómo le cargan el madero a
sus espaldas, su peso, su asfixia. Oye llantos y risotadas, palabras de
piedad y de mofa. Ve cómo le clavan al madero atravesándole las
muñecas y los pies, siente la punzada de los clavos. Su agonía es cada
vez mayor. Comienza a sudar copiosamente. El ritmo de su corazón
se acelera y su respiración se entrecorta. Es una verdadera y honda
agonía. Sabe lo que le espera. Conoce que va a morir y de qué forma.
Por unos momentos se marea. Siente desvanecerse. Es tal su sufri-
miento que comienza a sudar sangre. Su piel queda salpicada por
cientos de puntos rojizos. (Es el sudor mezclado con la sangre que ha
salido al exterior a través de las glándulas sudoríparas, fenómeno
conocido actualmente en hematología como hernatohidrosis.")
La agonía de Jesús no se prolonga por mucho más tiempo. Pronto
va a termínar. Un bellísimo resplandor aparece ante Él. El Maestro,
todavía inmerso en las escenas de su Pasión, abre los ojos y se perca-
ta de lo que está sucediendo.
Una penetrante luminosidad le rodea. Es una luz difícil de descri-
bir. Se diría que inefable. Es más radiante que el Sol y, sin embargo,
no ciega. Desprende un amor y una bondad difíciles de concebir. A
pesar de ello, a Jesús le resulta muy familiar. Ha podido contemplar-
la en más de una ocasión durante su vida.
Un ser de enorme belleza aparece ante él y le dice con voz pausa-
da: «Así está escrito desde los tiempos de los Profetas. El Cristo, que
es el Unigénito de Dios, será entregado en manos de los gentiles, que
se burlarán de él, le azotarán y le crucificarán. Pero también está
32 Santiago Vázquez

escrito que el Cristo, al tercer día, resucitará de entre los muertos. Y


así conviene que suceda para gloria de Dios Padre, para la salvación
de legiones de almas y para honrar el nombre del Hijo de Dios que
es Dios mismo».
La agonía comienza a desaparecer en segundos. Ese frío interior
que sentía se esfuma gradualmente. Ya no tíembla, ni llora, ni suda.
Todo parece estar en una perfecta calma y armonía. La presencia de
aquel ser le conforta, le hace sosegarse y recuperar su paz interior.
Sigue de rodillas. El ser que le acompaña le sonríe amorosamente
y le dice: «Señor, si no murieras de la forma que acabas de contem-
plar, tu mensaje no tendrá valor para los hombres y mujeres de las
generaciones venideras. Tú mismo has dicho más de una vez que no
hay mayor amor que el de aquel que da su vida por sus amigos. Al
pasar por este amargo trance y terminar así tus días en la Tierra,
serán muchos los que, a lo largo de los siglos, se arrodillarán ante el
Cristo crucificado, que lo dio todo y hasta el final. ¿Se puede dar
algo más que la propia vida? Por ello, es voluntad del Padre Celestial
que todo suceda como está escrito y como les fue revelado a los
Profetas para la salvación de las almas».
Jesús, ya confortado, asiente con la cabeza pareciendo conocer ya
las palabras de aquel ser celestial. Entonces dice: «Hágase la volun-
tad de mi Padre que está en los cielos. Si así Él lo quiere, que así sea
y que así se cumpla».
El ser, sonriendo nuevamente y rebosante de gozo y dicha, junta
sus manos a la altura del pecho y haciendo una reverente inclinación
dice: «Que así sea». En aquel instante, la aparición se desvanece.
Todo se esfuma. Han desaparecido el ser y la luz. De nuevo se hace
la oscuridad.
Todo parece ahora tranquilo, en calma. Prácticamente reina un
silencio absoluto en Getsemaní. Se escuchan algunos lejanos ladri-
dos de perros. Los Apóstoles han caído en un profundo sopor e
incluso se pueden percibir los ronquidos de algunos de ellos. Las
hojas de los olivos del lugar se mueven delicadamente. La región
entera duerme, excepto unos pocos. Un tímido grupo de nubes
cruza ahora el firmamento. Lo profundo del cielo está cuajado de
centelleantes estrellas que parecen ser testigos de lo que está suce-
diendo.
Sábana Santa. Lo nunca contado 33

El Galileo se levanta y se dirige al lugar que ocupan sus Apósto-


les. Se acerca y los ve dormidos. La tristeza se adueña de nuevo de su
corazón. «¿No habéis podido velar conmigo en este tiempo de
angustia?» -les dice en voz alta en un tono teñido de pesar. De
nuevo se siente solo. «Velad y orad para no caer en tentación. El
· espíritu está pronto, pero la carne es débil».14
Estaba pronunciando estas palabras cuando, de fondo, se oye un
rumor. Un grupo numeroso de personas se acerca al lugar donde
están. Vienen con paso firme y acelerado. Se empiezan a divisar algu-
nas antorchas. Entran en Getsemaní: Los Once, uno tras otro, se van
despertando. Se van poniendo en pie. No saben lo que ocurre. Están
desorientados. El grupo se para en la entrada del lugar. La silueta de
uno de ellos se acerca. Es Judas, el Iscariote. Viene hacia Jesús, lenta
pero decididamente. Aún no se le distingue el rostro, pero quienes le
conocen bien saben que es él. Judas se sigue aproximando hasta que
se sitúa frente al Maestro. Se para y, clavando en Jesús su mirada, le
besa, suavemente, en la mejilla derecha. Los Apóstoles contemplan la
escena. Judas mira a Jesús. El Rabí observa entristecido al Iscariote.
«Judas: ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?» -le pregunta
Jesús. 15 En ese instante, el grupo que permanece en la entrada se
moviliza y también se acerca apresuradamente. «¡Ése es! [Prende-
dle!» -exclama uno de los hombres que encabezan el grupo.
Armados con espadas y palos se abalanzan sobre el Maestro
precipitadamente. Rodean al Galileo y le apresan con agresividad.
«Yo no soy ladrón ni salteador» -dice. «Me prendéis como si fuera
uno de ellos. Nada he hecho a escondidas. He predicado a las muche-
dumbres en las calles y en el Templo y nunca me escondí de vosotros,
y ahora venís a mí para apresarme porque mi palabra pesa sobre
vosotros. Ella os declara culpables y todo el que no escucha mi pala-
bra no pertenece a la Verdad».16
Uno de los Once interrumpe las palabras del Rabí. «¡Judas!»
-grita con desgarro y desesperación Simón Pedro. <<¿Por qué le
has entregado? ¿Qué mal ha hecho?» -le interroga e increpa
Pedro con fuertes signos de excitación.
Judas, frío como el hielo, apenas pestañea y no contesta. Parece
estar en otro lugar. Los primeros síntomas de arrepentimiento empie-
zan a manifestarse en su corazón.
34 Santiago Vázquez

Pedro y algunos Apóstoles hacen ademán de empuñar sus espadas


para defender a su Maestro, pero, cuando lo van a hacer, Jesús frena
sus movimientos tajantemente: «Volved vuestras espadas a su sitio»
-les ordena. «No empleéis la espada, porque todo el que hiere con la
espada, a espada perecerá»." Pedro y los demás dudan durante unos
instantes, como intentando asimilar lo que acaban de oír de labios de
Jesús. Les resulta casi imposible reprimirse. Piensan y sienten que no
pueden permitir que apresen a su Señor. Son unos intensos segundos
de desconcierto, de duda, de impotencia. ¿Qué pueden hacer -se
preguntan- para que no se lo lleven? Todo sucede muy rápido.
Repentinamente, una voz grave y sonora se alza por encima de las
demás: «¡Prended también a sus discípulos! ¡Prendedles!». Es uno
de los jefes de la guardia del Templo. Los Once, presas del pánico,
comienzan a huir. El temor se adueña de ellos y terminan escapando,
cada uno por donde puede. En esos momentos, Jesús recuerda la
profecía mesiánica que dice: «Herido el Pastor se dispersarán las
ovejas».1
Todavía estaba Jesús pensando en este pasaje de las Escrituras
cuando un violento zarandeo le hace casi perder el equilibrio y caer
al suelo. Un hombre rudo le agarra enérgicamente por las muñecas,
se las junta por detrás a la altura de la cintura y con una tosca y grue-
sa cuerda le ata las manos. «¡Vamos, Nazareno, camina!» -le grita.
El grupo se encamina al palacio de Caifás, el Sumo Sacerdote, situa-
do en el sector occidental de Jerusalén.
La noticia empieza a propagarse. Jesús, el llamado Mesías por
muchos, ha sido prendido en Getsemaní y va a someterse a juicio en
el palacio de Caifás. Los miembros del Sanedrín" son despertados
antes de lo habitual dado el alcance de la noticia. Sin su presencia no
puede comenzar el juicio.
Mientras los miembros del tribunal van llegando al palacio, Jesús es
retenido. Los guardias encargados de su custodia se burlan de él. «¿Eres
tú el Mesías?» -le pregunta uno de ellos entre sonoras carcajadas. Otro
coge un trozo de tela vieja y usada de color rojizo y se la pone en la cabe-
za tapándole los ojos. Le asesta un terrible puñetazo y, entre maléficas
risotadas y gritos de burla, le interroga: «Dinos Mesías: ¿Quién de noso-
tros ha sido el que te ha pegado?». Las carcajadas vuelven a escucharse
y las frases y preguntas de burla se suceden una tras otra.
Sábana Santa. Lo nunca contado 35

El juicio va a comenzar. El Tribunal está al completo. «¡Vamos,


traedle aquí!» -grita un hombre desde el otro lado del patio. Los
guardias le cogen bruscamente por los brazos, le levantan del suelo y
le hacen cruzar el patio hasta entrar en una sala amplia, espléndida-
mente acondicionada. Allí está todo el Sanedrín reunido. En el asien-
to de honor está sentado Caifás, el Sumo Sacerdote. Es un hombre
robusto, fuerte, no demasiado alto, de larga barba. Sus cejas son
gruesas y pobladas, su mirada denota severidad. Al ver a Jesús, Caifás
le observa atentamente de pies a cabeza. El Sumo Sacerdote hace un
gesto con su mano derecha indicando a sus súbditos que lo acerquen
a su· presencia. Vuelven a zarandearle agitadamente y le conducen
hasta el jefe del Sanedrín.
Ahora Caifás puede observar mejor a Jesús. Ahí le tiene, frente a
él. Le analiza minuciosamente. «¡Mírame!» -exclama airado el
Sumo [Link]ús parece no haberle oído. «¡Te he dicho que me
mires!» -vuelve a decir Caifás. «A los ojos ... » -añade suave pero
irónicamente.
El Galileo, con una tranquilidad que desespera a algunos de los
presentes, fija su mirada en la del jerarca. Ambos se miran sin pesta-
ñear durante unos segundos. El Sumo Sacerdote no puede soportar
la mirada de Jesús por más tiempo y dice: «Está bien. Comence-
mos».
«Que hablen los testigos» -dice el encargado de conducir el
proceso contra el Nazareno.
Un hombre enjuto, de piel muy oscura, de pequeña estatura, se
pone de pie y dice: « Yo he oído decir a este impostor que destruyé-
ramos el Templo y que él en dos días lo volvería a levantar».
«No -dice otro falso testigo poniéndose en pie rápidamente-,
dijo que lo levantaría en un día».
«Además -añade enérgicamente un tercero- se hace igual a
Dios diciendo que es su Padre, y que su Padre y Él son una misma
cosa, y ¿quién es igual a Dios?».
«También yo le he oído decir que cuando muera, volverá a la vida
resucitando al día siguiente. ¿Quién puede resucitar de la muerte?»
-agrega irritado _uno de los presentes.
Los falsos testigos van aportando, públicamente, sus testimonios,
pero no se ponen de acuerdo. Lo que uno afirma, el otro lo desmiente
36 Santiago Vázquez

y así sucesivamente. Caifás y todo el Tribunal se dan cuenta de que


de esta forma no pueden condenarle.
Por fin, parece que el Sanedrín y todos los enemigos de Jesús se
van a salir con la suya.
« Yo le he oído decir -dice otro testigo con voz algo tembloro-
sa- que, una vez destruido el Templo, él lo edificaría en tres días».
«Sí, es verdad» -exclama agitado otro testigo más. «Yo también
le oí decir eso. Dijo: "Yo puedo destruir el Santuario de Dios y en
tres días reedificarlo".»
Caifás levanta su mano derecha con gesto autoritario y, cuando
todos se han callado, dice con voz firme y con cierto regocijo: «Creo
que es suficiente. Los testimonios coinciden».
Durante unos instantes no se pronuncia ni una sola palabra. No
se escucha ni siquiera un leve murmullo o comentario en voz baja.
Todos contemplan a Jesús y al Sumo Sacerdote, el uno frente al
otro.
«¿Qué dices tú de lo que éstos atestiguan en contra tuya?» -le
pregunta Caifás. El silencio vuelve a sentirse. El Rabí no dice nada, no
contesta, ni siquiera le mira. Permanece con la mirada fija en el suelo.
El Sumo Sacerdote comienza a irritarse. «Vuelvo a preguntarte:
¿Qué tienes que decir de lo que dicen éstos de ti?».
Jesús sigue con la vista en los pies.
Caifás se incorpora en su asiento y se levanta. Pausadamente se
acerca a Él y en un tono amenazante exclama: «Jesús de Nazaret: Yo
te conjuro ante Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios».19
Todos los presentes esperan ansiosos una respuesta. Y la respues-
ta de Jesús, tras unos instantes, no se hace esperar. Ahora sí que
responde y además sin demora y con voz firme y solemne: «Sí, Yo
soy. Y os aseguro que me veréis sentado a la diestra del poder de
Dios y venir sobre las nubes del cielo en mi retorno»."
Los asistentes al juicio se quedan estupefactos. Acaban de escu-
char decir a Jesús que Él es el Hijo de Dios, el Cristo, el Mesías.
El Sumo Sacerdote rompe el silencio reinante en la sala: «[Ha
blasfemado!» -grita rasgándose violentamente las vestiduras.
Los integrantes del Tribunal comentan en voz alta lo que acaban
de escuchar. El murmullo se hace insoportable. Todos hablan al
Sábana Santa. Lo nunca contado 37

mismo tiempo y cada vez más alto. La ira y la indignación se han


apoderado del lugar.
«¡Acabáis de oír la blasfemia! ¡Este hombre ha blasfemado al
hacerse igual a Dios! ¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Vosotros
mismos lo acabáis de oír de su propia boca!» -grita enfurecido
Caifás.
La hostilidad es cada vez mayor en la estancia. Jesús continúa
impávido, impertérrito. Ahora mira al frente con la cabeza erguida y
con los ojos clavados en el vacío que tiene ante sí. No se inmuta por
ninguno de los numerosos comentarios que se suceden a su alrededor.
«¿Qué hacemos con este blasfemo?» -pregunta, notablemente
alterado, el Sumo Sacerdote.
«Merece la muerte» -dice uno. «El hacerse semejante a Dios
merece que sea ajusticiado» -replica otro. «Pero nosotros no
podemos darle muerte. Llevémosle ante Pilato» -exclama con
vehemencia otro de los sacerdotes. «Sí»-grita un escriba-, «Pila-
to le dará su merecido». Y así, y por espacio de unos minutos, van
sucediéndose los comentarios en voz alta, los gritos, los insultos y
las burlas.
Finalmente y cuando los ánimos se apaciguan, el Tribunal reuni-
do decide llevar a Jesús ante la presencia del gobernador romano
Poncio Pilato." Quieren, decididamente, matarle, pero como el Sane-
drín carece de competencia legal para pronunciar la sentencia de
muerte, sus miembros tienen que someter el caso al procurador.

El día está a punto de despuntar. Está comenzando a amanecer.


El horizonte empieza a clarearse. Simón Pedro y Juan han seguido al
Maestro de lejos. Han conseguido introducirse en la residencia de
Caifás gracias a la buena relación de Juan con algunos miembros del
Sanedrín.
Pedro se encuentra sentado alrededor de una pequeña hoguera
situada en uno de los laterales del patio. Quiere saber cómo transcu-
rre el juicio. Juan le abandona momentáneamente para intentar ente-
rarse de lo que está sucediendo en el interior del palacio. Mientras
tanto, Simón acerca sus manos al fuego y las frota con fuerza tratando
de calentarse. Inesperadamente, aparece una mujer, ya de cierta edad,
que se sienta a su lado intentando también entrar en calor. La mujer
38 Santiago Vázquez

contempla el fuego. Pedro vuelve a frotar sus manos. Este gesto de


Simón capta la atención de la judía que, mirándole sin parpadear, le
dice: «Oye, yo te conozco, yo te he visto con ese farsante. ¡Tú eres uno
de ellos!».21 Pedro, desviando su mirada y agachando la cabeza,
medio tembloroso le contesta: «Te aseguro que no sé de lo que me
hablas. Yo no conozco de nada a ese tal Jesús». El Apóstol se levanta
velozmente y, con paso acelerado, comienza a cruzar el patio. Tratan-
do de recuperarse se apoya en una de las columnas. «¡Tú! ¡Nosotros
te conocemos!» -dice un hombre elevando el tono de su voz. «Sí, es
uno de sus seguidores. Yo le he visto junto a ese Jesús de Nazaret en
varias ocasiones. ¡Rápido, llamad a la guardia!» -exclama airada una
mujer. «¡Yo no conozco a ese hombre! ¡Jamás he hablado con él! ¡No
le conozco de nada!» -grita irritado Pedro.
Muy nervioso y viéndose acorralado por unos y por otros, Simón
se encamina hacia la salida del palacio del Sumo Sacerdote. Cuando
está a punto de salir del recinto, un grupo de guardias le detienen.
«¿Adónde vas tan deprisa?» -le pregunta uno de ellos. «Yo te
conozco» -le dice otro. «Tú estabas en Getsemaní cuando le pren-
dimos. Tú eres uno de sus discípulos». Pedro, sumamente alterado,
responde enfurecido: «¡Dejadme tranquilo! ¡Jamás he seguido a ése!
¡Nunca he escuchado sus palabras! ¡No soy discípulo suyo!».
Los guardias se ríen de él. Unas sonoras carcajadas resuenan en
todo el patio. «¡Vamos, fuera de aquí!» -le dice uno de ellos en
tono autoritario.
Cuando Pedro se dispone a cruzar la puerta, el penetrante canto
de un gallo se deja escuchar con nitidez. El Apóstol se queda quieto,
inmóvil, tratando de creer que todo es una horrible pesadilla. El
canto de aquel gallo le traspasa el alma. Se acuerda entonces de las
palabras de su Maestro: «Pedro, esta noche, antes de que cante el
gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Pedro se siente abatido y culpable. Ha negado por tres veces a su tan
amado Rabí. Se dispone a abandonar definitivamente el palacio, pero
escucha a sus espaldas unos gritos. Ya salen. El juicio ha terminado.
Simón se siente avergonzado. «¡Vamos, márchate de una vez!» -le
grita uno de los guardias dándole un fuerte empujón por la espalda.
Sale a empujones del lugar y la desesperación le invade. No sopor-
ta tanto malestar y rompe a llorar desconsoladamente.
Sábana Santa. Lo nunca contado 39

El Maestro, con los primeros rayos de Sol, es llevado a la fortaleza


Antonia, residencia de Pilato. Su residencia oficial se hallaba en
Cesarea, en la costa, pero se trasladaba a Jerusalén en las grandes
fiestas de peregrinación para vigilar estrechamente a los posibles
alborotadores.
El numeroso grupo llega a la fortaleza. Un mensajero, con cierta
ansiedad, penetra en las suntuosas estancias para avisar y convocar al
gobernador. Mientras, los miembros del Tribunal esperan con Jesús
en el patio pavimentado.
Tras unos minutos de espera, aparece Pondo Pilato. Es un
hombre relativamente alto, más bien delgado, peinado con raya al
lado, de barba perfectamente rasurada, nariz alargada, ojos oscuros
y muy penetrantes. Viste una toga roja sobre la túnica blanca, a la
usanza romana, signo distintivo del ciudadano romano.
El gobernador, algo perplejo y contrariado, saluda, primeramen-
te, al Sumo Sacerdote y después al resto de la comitiva.
«Y bien: ¿Qué os trae por aquí? Debe ser algo grave»-dice Pila-
to en tono sarcástico. «Acaba de salir el Sol y estáis en fiesta. ¿A qué
viene tanta prisa? Decidme, ¿por qué habéis venido a molestarme
tan temprano y en un día como el de hoy?»
«Se trata de este impostor» -dice contrariado Caifás, dando
unos pasos hacia el romano y señalando a Jesús. «Éste es Jesús de
Nazaret, más conocido por nosotros como el Nazareno» -agrega
mirándole de arriba a abajo con desprecio y señalándole nuevamente
con su dedo índice.
«Así que éste es Jesús, el de Nazaret» -interrumpe Pilato desti-
lando una mezcla de burla y de malsano interés. Durante unos
momentos estudia con su mirada al Galileo. Nadie habla.
«He oído hablar mucho acerca de ti. Cuentan cosas maravillosas
sobre tu persona. Dicen que resucitas a los muertos y que devuelves la
vista a los ciegos, que haces caminar a los paralíticos y que limpias a los
leprosos. ¿Es eso verdad?» -le pregunta ahora con más interés.
El Nazareno no despega sus labios. No dice nada. Tiene su mira-
da fija en el suelo.
«No te responderá» -asegura Caifás.
Pilato da media vuelta y camina pausadamente. «¿Por qué me lo
traéis a mí?» ~pregunta malhumorado.
40 Santiago Vázquez

El Sumo Sacerdote, acercándose, toma de nuevo la palabra: «Si


no fuera un asunto grave no te lo habríamos traído. Anda predican-
do por todos los pueblos, aldeas y ciudades, y alborota y agita a las
muchedumbres. Es un rebelde y un revolucionario. También atenta
contra Roma, puesto que prohíbe pagar el tributo al César y se
proclama, a sí mismo, Rey».
El procurador se acerca despacio pero resueltamente a Jesús y le
pregunta severamente: «¿Es eso cierto? ¿Es verdad que prohíbes
pagar el tributo a Roma?».
El Galileo sigue sin pronunciar una sola palabra y sigue sin
apartar la vista del pavimento. La paciencia de Pilato empieza a
resquebrajarse. .
«¿Has dicho, Caifás, que éste se proclama a sí mismo Rey?»
-interroga el romano.
«Así es. Dice que él es el Rey de los judíos» -exclama el Jefe del
Sanedrín.
Pila to observa al Nazareno detenidamente y le dice ahora
levantando el tono de su voz: «¡Mírame!». El Rabí levanta su
mirada y la fija en la de él. «¿Eres tú el Rey de los judíos?» -le
pregunta.
Jesús, traspasándole con la mirada y con voz recia, responde: «Sí,
tú lo has dicho. Yo soy Rey, y para esto he venido al Mundo. He naci-
do para dar testimonio de la Verdad, y todo el que pertenece a la
Verdad escucha mi voz»."
Pilato, sin comprender el significado de lo que acaba de escuchar,
pregunta en tono de mofa: «¿ Y dónde está tu reino?».
«Mi reino no es de aquí. Si mi reino fuera de este mundo, los míos
me habrían defendido para que no fuese entregado en manos de los
hombres» -le responde sabiendo que no le va a comprender.23 Sus
palabras van dirigidas a los hombres que le han apresado y que le
han conducido ante la presencia del gobernador.
Pilato, en su interior, no acepta que un Rey pueda ser tan sencillo,
tan humilde, tan pobre. Por unos momentos, discurre velozmente en
un diálogo interior consigo mismo. Cree que Jesús es un lunático,
aunque la presencia del Galileo le inquieta y le sobrecoge en cierta
forma. Después de unos segundos de pausada reflexión, toma la
decisión.
Sábana Santa. Lo nunca contado 41

«No hallo en éste motivo de condenación. Le soltaré y vosotros le


juzgaréis» -les dice firmemente.24
«Nosotros no podemos darle muerte. Nuestra Ley nos lo prohí-
be, pero la merece, ya que se hace semejante a Dios» -replica muy
enojado Caifás.
El Sanedrín, principalmente, quiere acabar con su vida. Le consi-
deran, entre otras cosas, blasfemo. A pesar de los milagros que diver-
sos sacerdotes, fariseos, escribas y ancianos del pueblo han presen-
ciado, quieren darle muerte. Le consideran un peligroso enemigo
que deben eliminar, no ya por proclamarse a sí mismo Mesías,
aunque también, sino porque, con sus palabras, ilumina las mentes y
los corazones de las muchedumbres, y esto puede provocarles serios
conflictos religiosos.
El Rabí se ha perfilado como el rival principal del estamento reli-
gioso judío. No pueden permitir que las gentes sigan las enseñanzas
de Jesús, quien predica lo innecesario de tantos preceptos y rituales
que prescribe la Ley. Afirma que todos los alimentos son puros y que
ninguno contamina al hombre, y que lo que, verdaderamente, le
contamina son los malos pensamientos y sentimientos, lo que proce-
de de su interior, de su corazón, de su alma.
Dice también que «el hombre no fue hecho para el sábado, sino el
sábado para el hombre»25, caminando, predicando y curando en día
de sábado, lo cual viola la Ley de Moisés, que declara sagrado el día
de sábado.
Perdona a las mujeres adúlteras que, según la Ley, deben ser casti-
gadas con la pena de muerte: la lapidación, haciendo una defensa de
ésta -de la mujer-, otorgándole un puesto digno dentro de la
sociedad judía.
Se junta, come y bebe con publicanos, prostitutas y pecadores,
declarando que «no necesitan de médico los sanos, sino los enfer-
mos».
Desautoriza la Ley mosaica cuando, con frecuencia, añade en sus
predicaciones su ya famoso «pero yo os digo», aboliendo, por ejem-
plo, la ley del «ojo por ojo, diente por diente».
Denuncia los sacrificios de animales, a pesar de que la Ley orde-
na realizarlos, llegando incluso a decir «misericordia quiero y no
sacrificio».
42
Santiago Vázquez

Predica que la unión con Dios es individual y que nadie puede


acercarnos a Él salvo nosotros mismos. (Mt, 6, 6)
Y lo que es más grave para la casta sacerdotal: se proclama a sí
mismo Mesías, Hijo de Dios, haciéndose igual al Eterno, y perdo-
nando los pecados, algo que únicamente puede hacer Dios.
Estas razones, principalmente, son las que obligan al Sanedrín a
conducir al Nazareno ante Pilato, ya que sus enseñanzas les resultan
terriblemente molestas.
Los romanos habían privado al Sanedrín del derecho de vida
y muerte, por lo que tendrá que ser Roma la que le condene a
monr.
El procurador pregunta si Jesús es Galileo. Le dicen que sí.
Entonces ordena que sea llevado ante Herodes.

Mientras es conducido ante la presencia de Herodes Antipas-,


Ju das Iscariote se entera de la terrible noticia: su Maestro va a ser,
casi con toda probabilidad, condenado a muerte. Le hacen saber que
el Sanedrín ha tomado la irrevocable determinación de entregarle
para que sea ejecutado.
Un asfixiante sentimiento de culpabilidad comienza a apode-
rarse de él. No sabe dónde esconderse, no sabe cómo librarse de
sí mismo. Su verdadera intención era entregar a Jesús para que,
ante el Sumo Sacerdote y los demás, pudiera exponer claramente
su mensaje, y así defenderse de todas las acusaciones contra su
persona.
El Iscariote ha sido víctima de una diabólica trampa. No se trata-
II
ba, como le aseguraron, de una audiencia ante el Sanedrín, sino de
II

un juicio.
Judas quiere estar informado acerca de todo lo que suceda. De
lejos, y a escondidas, sigue al grupo de hombres que conducen a
Jesús ante Herodes.
Herodes es informado de lo que sucede y, con cierta premura,
sale al encuentro de ellos. Ha oído hablar del Nazareno y desea
conocerle personalmente. Tiene muchas ganas de presenciar algún
milagro.
Después de saludar a Caifás y al resto de la comitiva, Herodes se
acerca a Jesús.
Sábana Santa. Lo nunca contado 43

«Así que tú eres Jesús de Nazaret» -dice dando vueltas pausa-


damente alrededor de él y sin dejar de mirarle. «He oído hablar
mucho acerca de tu persona. Unos dicen que eres el Mesías, el Hijo
de Dios hecho hombre. Otros, sin embargo, hablan muy mal de ti.
Dicen que estás loco o que estás poseído por un demonio. Incluso
algunos piensan que eres uno de los antiguos profetas que ha vuelto
a la vida. Sobre ti, Jesús de N azaret, se ha dicho de todo. ¿Qué dices
tú de ti mismo? ¿Quién eres? ¿Eres Juan, el Bautista, a quien yo
decapité? ¿Eres alguno de los profetas? ¿Eres un lunático? ¿Estás
endemoniado? ¿O eres, realmente, el Hijo de Dios?» Jesús no le
contesta.
«Así que no respondes nada, ¿eh?» -dice Herodes burlonamen-
te. «Dime, Jesús de Nazaret, ¿vas a hacer un milagro para mí?» -le
pregunta entre risas. «Quiero ser testigo de uno de tus milagros. Me
han llegado rumores de que hasta eres capaz de resucitar a los muer-
tos ... Vamos, haz un milagro en mi presencia. Si lo hicieras, te libraría
de éstos que te acusan y te acogería en mi palacio. ¿Qué te parece?
¿ Vas a despreciar a Herodes?» -y vuelve a romper entre sonoras
carcajadas.
El Galileo sigue sin despegar sus labios y permanece impasible.
De nuevo, Herodes toma la palabra dirigiéndose ahora a Caifás y
a los demás:
«¿No veis que este hombre está loco?» -les pregunta vociferan-
do. «¿No os dais cuenta de que es un pobre lunático? ¿Para qué me
lo traéis a mí?».
«Se proclama Rey de los judíos, Herodes» -replica Caifás acalo-
rado.
«¿Rey de los judíos?» -pregunta riéndose Herodes. «¿Y dónde
has olvidado tu corona de Rey, tu manto real...?» -dirigiéndose
ahora a Jesús.
«¡Traedme un manto para el Rey de los judíos!» -grita Herodes
a sus sirvientes.
Pasados unos instantes, entran, apresuradamente, dos siervos con
un manto real entre sus manos.
«¡Ponédselo!» -les ordena enérgicamente.
Así lo hacen. El Rabí continúa inamovible. La intención de Hero-
des es burlarse de él.
44 Santiago Vázquez

«Ahí tenéis al Rey de los judíos» -se carcajea. «Es todo vuestro,
Caifás» -sigue diciendo ahogado entre risas.
La decepción entre el Sanedrín es absoluta. No han conseguido
de Herodes lo que esperaban.
Cuando finaliza el ataque de risa de Herodes, su voz se torna
recia e imperativa:
«Devolvédselo a Pilato. Este asunto no es de mi competencia.
¿No veis que no hay peligro alguno en este pobre diablo? Es un
lunático, eso es todo. ¡Lleváoslo de aquí, vamos!».
Apresuradamente son invitados a abandonar el lugar. Se encami-
nan de nuevo a la fortaleza Antonia, donde forzarán la muerte de
Jesús ante el gobernador romano, el único que tiene potestad para
darle muerte.

Llegados al lugar, y puesto al corriente Pilato de lo que había


sucedido con Herodes, resolvió convocar al pueblo y que éste deci-
diese. El asunto empezaba a resultarle muy comprometedor.
Se tenía por costumbre en la región soltar, por la Pascua, a un
preso. El pueblo decidiría entre Jesús o un tal Barrabás, acusado de
revuelta y asesinato.
Enterados los miembros del Sanedrín de la decisión del goberna-
dor, comenzaron, según iban congregándose los judíos, a exigirles
que pidiesen la crucifixión de Jesús, comprándoles, presionándoles e
incluso amenazándoles. Si el pueblo, a una, pedía la muerte de Jesús,
Pilato no se podría negar.
Congregada la multitud a los pies del romano, éste toma la pala-
bra y en voz alta dice:
«Vuestro Sanedrín me ha entregado a éste,Jesús de Nazaret, acusán-
dole de alborotador del pueblo y de blasfemo. Yo le he interrogado y no
hallo en él motivo para condenarle a morir. Le castigaré y le soltaré».
La muchedumbre comenzó a agitarse, y unos y otros gritaban por
orden de los sacerdotes, escribas y ancianos: «[Queremos que suel-
tes a Barrabás!» «¡Suelta a Barrabás, él es, verdaderamente, un
judío» «[Deja en libertad a Barrabás!»
Y así se fueron sucediendo los gritos del pueblo que, instigados
por el Sanedrín, pedían la libertad de Barrabás y, por lo tanto, la
muerte de Jesús.
Sábana Santa. Lo nunca contado 45

Todavía estaba el tumulto chillando cuando un soldado romano


se acerca a Pilato y le hace llegar un mensaje de su esposa Claudia
que dice:
«Mi muy querido esposo: no condenes a muerte a ese hombre
llamado Jesús, pues durante la pasada noche he sufrido mucho en
sueños por su causa».
El procurador recibe el mensaje de su mujer y, estando él muy
enamorado de ella y siendo sumamente supersticioso, decide seguir
su consejo. Se pone en pie y levanta su mano, haciendo enmudecer
al gentío. Entonces vuelve a repetir:
«Le castigaré y le soltaré».
El pueblo, exaltado, se sigue consumiendo entre exclamaciones
de todo tipo: «¡Barrabás es un hombre justo, libérale!» «¡Jesús de
Nazaret es un falso profeta, crucifícale!» «¡Es un blasfemo, un ende-
moniado, merece morir en la cruz!» «¡Barrabás ama al pueblo judío,
déjale libre!»
Mientras tanto, Jesús es conducido al lugar donde va a ser flage-
lado. No quiere condenarle, pero tampoco quiere soltar a Barrabás,
ya que sabe que es peligroso y enemigo de Roma. Cree que flagelan-
do a Jesús, los ánimos se calmarán.

Los golpes de los flagelos sobre la piel de Jesús resuenan en todo


el recinto. Recibirá cuarenta latigazos menos uno, según prescribe la
Ley judía. Dos verdugos, látigo en mano, se ceban con su cuerpo.
Saben, con certeza, en qué lugares pueden golpearle y en cuáles no
para no causarle la muerte. Es su profesión y manejan el instrumento
de tortura con milimétrica precisión.
Jesús, con sus manos atadas a una columna, recibe en silencio los
despiadados azotes. De su boca no sale el más mínimo quejido o
lamento. Aguanta la tortura con una entereza que sorprende a sus
propios castigadores. Son momentos de intenso dolor.
Terminada la flagelación es llevado, nuevamente, ante Pilato. El
gentío, por orden del Sanedrín, permanece en el lugar para volver a
pedir su muerte.
Aparece el gobernador ante la multitud. Todos enmudecen.
N adíe habla ni murmura la más mínima palabra. La expectación es
grande. Entonces éste toma la palabra y alza su voz:
46 Santiago Vázquez

«Pueblo de Jerusalén: vuestro Sanedrín me ha entregado a Jesús


de Nazaret para que sea condenado a muerte. Yo mismo le he inte-
rrogado y no he encontrado ningún motívo que le haga merecedor
de semejante castigo. Hasta el propio Herodes Antipas nos lo ha
devuelto, sin encontrar en él culpa alguna. Vuestros sacerdotes,
escribas y ancianos me piden que sea ejecutado, acusándole de
provocar alborotos y revueltas, y declarando que él mismo se procla-
ma Rey de los judíos, haciéndose semejante a vuestro Dios y prohi-
biendo pagar el tributo al César.
»Como muestra de la justicia de Roma, se le ha castigado severa-
mente para que de aquí en adelante cese en sus predicaciones. Para
que vosotros mismos seáis testigos y para que sepáis que nad1e puede
obrar ni hablar en contra del César, os muestro a este hombre. Éste
es Jesús de Nazaret. Ahí le tenéis».
Dos fornidos soldados romanos empujan a Jesús hasta hacerle
presentarse ante la muchedumbre. El aspecto del Rabí inspira, en los
corazones menos endurecidos, un sentimiento de compasión. Su cuer-
po está magullado de pies a cabeza. Infinidad de regueros de sangre
resbalan por su espalda, brazos y piernas. Su rostro está algo desfigu-
rado debido a los golpes recibidos. Ha sido brutalmente maltratado.
Los judíos congregados, al ver al Nazareno, rompen a gritar:
«¡Ése no es nuestro Rey!» -dicen unos. «¡Es un farsante, un
lunático!» -exclaman otros. «¡Ése no es nuestro Mesías, es un
enviado del demonio!» Y se van encadenando y sucediendo más y
más exclamaciones.
Pilato, viendo que los judíos empiezan a enfurecerse, vuelve a
levantarse y alza su mano pidiéndoles silencio. Uno a uno, van guar-
dando silencio. Cuando ya nadie habla, toma la palabra:
«Vosotros mismos acabáis de ver a este hombre. Ha sido ajusti-
ciado según prescribe la Ley. Ha recibido ya su merecido».
Todavía estaba el gobernador hablando cuando el pueblo reuni-
do en el lugar vuelve a estallar entre gritos, insultos e improperios.
El gobernante, dándose cuenta de la conspiración urdida por el
Sanedrín, decide resolver el asunto:
«Sabéis» -dice Pilato a los allí presentes- «que tengo por
costumbre, durante la Pascua, poner en libertad a un preso de vues-
tro pueblo.
Sábana Santa. Lo nunca contado 47

»Liberaré a uno de estos dos judíos: A Barrabás, encarcelado por


motín y asesinato, o a Jesús, acusado de alborotar al pueblo y por
proclamarse Rey de los judíos.»
«¡Decidme!» -les interroga. «¿A cuál de los dos queréis que
libere?»
Las respuestas no se hicieron esperar.
«¡Suelta a Barrabás!» «¡Queremos a Barrabás!» «¡Barrabás y los
suyos aman al pueblo judío, libérale!» «¡Barrabás lucha por su
pueblo, suéltale!».
El gentío, por orden de la casta sacerdotal, no hace más que repe-
tir y pronunciar el nombre de Barrabás.
Pilato, viendo que el pueblo se alborotaba aún más, vuelve a diri-
girse a ellos:
«Está bien. Me pedís la libertad de Barrabás. Es un preso peligro-
so y enemigo declarado de Roma. Pero en cumplimiento de mi pala-
bra y de la tradición, le soltaré. Pero considero que Jesús de N azaret
no merece la muerte. Ni siquiera merece ser encarcelado, pues ya ha
sido castigado. No encuentro en él ninguna razón para que sea enca-
denado y, mucho menos, para darle muerte».
Al oír las palabras del mandatario, los judíos comienzan a vocife-
rar enfurecidos:
«¡Merece la muerte!» «¡Mándale a la cruz, es un blasfemo!»
«¡No es nuestro Rey, nosotros no tenemos más Rey que el César!»
«¡Merece ser crucificado!» «[Si no le crucificas, no eres fiel al
César! »26 «¡Al proclamarse Rey, es enemigo del César!» «¡Si no le
das muerte, eres un traidor de Roma!»
Las palabras de los que así gritan calan muy hondo en Pilato.
El romano siente temor y, por unos momentos, piensa que su
cargo e incluso su vida peligran si no cumple la voluntad del
pueblo. No puede permitir que se ponga en duda su lealtad al
César. Los judíos, siguiendo los astutos consejos del Sanedrín,
han mencionado al Emperador de Roma y esto compromete seria-
mente su decisión.
El gobernador vuelve a dirigirse a la multitud por última vez:
«Solicitáis la muerte de este hombre, Jesús de Nazaret. Todos
gritáis que sea crucificado, pero quiero que sepáis que soy inocente
de su sangre. Es vuestra voluntad la que me obliga a condenarle.
48 Santiago Vázquez

»Para que seáis testigos de que cumplo mi palabra y que guardo


absoluta fidelidad al César, condeno a Jesús de N azaret a morir en la
cruz.»
Todos los congregados comienzan a gritar de júbilo. El Sanedrín
y todos sus acólitos se sienten profundamente satisfechos con la
sentencia. El griterío se prolonga durante unos minutos. Mientras
tanto, Jesús es conducido al interior de la fortaleza Antonia.
Llegados a un espacioso patio interior, el grupo de soldados
encargados de su custodia empiezan a burlarse de él. Entre frases de
mofa, le desnudan y le visten con un manto de púrpura, que es la
capa de uno de ellos.
«Salve, Rey de los judíos» -le dice uno inclinándose levemente.
«Pero un Rey debe llevar una corona digna» -comenta otro
soldado riéndose maliciosamente.
Rebuscando entre plantas, zarzas y matorrales que se hallan en
el patio, trenzan algo parecido a una corona, más bien un casco,
repleto de espinas largas y muy punzantes, y se la colocan sobre la
cabeza. El dolor es agudísimo. Multitud de esas espinas se clavan
violentamente en la cabeza de Jesús, desde la nuca hasta la frente,
abarcando todo el cuero cabelludo. Todos se ríen de él mientras le
contemplan.
«Pero un Rey sin su cetro no es tal Rey» -exclama otro burlona-
mente.
Cogen una caña y le obligan a que la sujete entre sus manos ensan-
grentadas.
«Ahora sí que pareces un auténtico Rey» -dice uno de ellos
provocando las carcajadas del resto.
«A sus pies, Majestad» -musita otro romano haciendo ante él
una suave reverencia.
«Con su permiso, excelso Rey» -le susurra otro soldado propi-
nándole una terrible bofetada.
«¿Pero cómo eres capaz de maltratar así al Rey de los judíos?»
-le pregunta uno al que había abofeteado a Jesús. Y añade sarcásti-
camente: «Al Rey de los judíos hay que tratarle como se merece». Se
da la vuelta y le asesta un puñetazo que le deja conmocionado.
«Trae aquí el cetro real, Majestad» -le dice otro quitándole,
violentamente, la caña de entre sus manos.
Sábana Santa. Lo nunca contado 49

«¿Sabes para qué sirve el cetro del Rey de los judíos?» -le inte-
rroga gritándole.
Al no encontrar respuesta, el soldado se irrita y le propina dos
fortísimos golpes con la caña en la cabeza.
«¿Has visto para qué sirve el cetro del Rey de los judíos?» -se
vuelve a dirigir a él entre burlonas risotadas.
El mismo que le había propinado un puñetazo se dirige ahora a
sus compañeros:
«Yo creo -dice carcajeándose- que al cetro del Rey debemos
darle más uso».
Coge la caña y, con inusitada agresividad, le asesta unos cuantos
golpes que hacen que Jesús se tambalee.
Las mofas y carcajadas van en aumento. Se han ensañado con él.
No sienten la menor compasión. Durante un buen rato, siguen insul-
tándole y burlándose, golpeándole sin piedad e incluso llegan a escu-
pirle en repetidas ocasiones.
Inesperadamente, una voz grave interrumpe aquella exhibición
de maldad:
«¡ Vosotros, soldados, basta ya! ¡Traed aquí a ése y atadle al made-
ro, vamos!»
Entre empujones, cogen a Jesús, le quitan la capa que le habían
anudado al cuello y le visten con su propia túnica. Cruzan el patio y
le conducen al lugar desde el que va a partir camino del monte Calva-
rio.
Violentamente, le tumban en el suelo y, con gruesas cuerdas, le
atan los brazos al madero que será su instrumento de tortura y muerte.
«¡Vamos, ponedle en pie!» -exclama contrariado uno de los
soldados dirigiéndose al resto.
En el mismo lugar se encuentran dos hombres más, también
asidos a sendos maderos. Uno es un salteador, el otro es un revolu-
cionario político. Han sido condenados, al igual que Jesús, a morir
en la cruz.
El rincón en el que se encuentran es frío, oscuro, húmedo. El
sufrimiento y el dolor se pueden palpar. Los otros dos condenados
gimen y lloran, sienten miedo. Jesús no hace ni dice nada. Ahora
sabe con certeza que para esto ha nacido y se somete a sus verdugos
con absoluta docilidad.
50 Santiago Vázquez

Un centurión da la orden de partir hacia el Gólgota. Los tres


reos son guiados hasta la salida de la fortaleza y entran en las calles
de Jerusalén. Son escoltados por un nutrido grupo de soldados
romanos.
Las calles de la ciudad están abarrotadas por la multitud. Dece-
nas de mujeres piadosas, siguiendo la tradición, han salido a la calle
para confortar a los condenados ofreciéndoles vino mirrado, una
mezcla de vino con mirra que alivia el dolor. El Rabí, al ofrecérselo,
lo rechaza. ·
Algunos hombres y mujeres, al ver pasar a Jesús con el pesado
madero cargado sobre sus hombros, la cabeza y la cara ensangrenta-
das por las innumerables heridas producidas por el casco de espinas,
su túnica empapada por la sangre de las numerosas heridas de la
flagelación, el rostro magullado y deformado por los golpes y puñe-
tazos, lloran y se lamentan hondamente por Él. Creen que es un
hombre justo y bueno, enviado por Dios, y que no hay motivo para
someterle a semejantes tormentos y, mucho menos, para condenarle
a morir de una forma tan espantosa y humillante como es la muerte
en la cruz.
Las fuerzas de Jesús comienzan a flaquear gravemente. Lleva
mucho tiempo sin beber y sin comer nada y ha sido muy maltratado.
El Sanedrín le ha obligado a ir de un sitio para otro durante toda la
madrugada y parte de la mañana, y está agotado. A pesar de que es
un hombre fuerte, comienza a desvanecerse bajo el peso del madero
que aguanta sobre sus omóplatos.
Se cae varias veces en su camino hacia el Calvario. En sus caídas,
para primero el golpe con sus rodillas y luego con el rostro. Un
impacto tal que, cada vez que se produce, le deja conmocionado.
Cada vez le cuesta más esfuerzo seguir andando. En su recorrido
por las calles de Jerusalén, oye las palabras de aliento y conmisera-
ción de unos y los insultos y burlas de otros.
Ve y escucha los llantos y lamentos de un numeroso grupo de
mujeres que se compadecen de Él. Haciendo un esfuerzo, con voz
tenue y débil y deteniéndose un instante, les dice: «Mujeres, no
lloréis por mí. Llorad por vuestros hijos y por los que han de venir.
Pues se cernirán sobre esta tierra días en los que los vivos envidiarán
a los muertos».27
Sábana Santa. Lo nunca contado 51

Un tremendo golpe, asestado por uno de los soldados, da por


concluidas las palabras del Nazareno. «¡Vamos, continúa andando!»
-le ordena. «¡Déjate de profecías, judío lunático!» -añade. Y
zarandeándole bruscamente le obliga a seguir.
Los pasos de Jesús son cada vez más vacilantes y, finalmente,
llegan al lugar destinado para las ejecuciones: el Calvario o Gólgota,
que quiere decir "lugar de la calavera". Se llama así porque su
contorno se asemeja a una calavera humana. Es una colina situada
en las afueras de Jerusalén, donde son ejecutados los condenados a
muerte.
Decenas de judíos esperan presenciar, como si de un espectáculo
se tratase, la crucifixión. Son algo más de las nueve de la mañana. El
día es espléndido. Un sol implacable empieza a lucir con fuerza. El
cielo, que presenta un azul intenso, está desprovisto de nubes.
Llegados al Calvario, tumban a los tres sentenciados en el suelo.
Les desatan las cuerdas que habían servido para sujetarles los brazos
a los maderos y les despojan de sus vestiduras. Jesús viste una túnica
de color amarfilado, teñida ya por la sangre de sus heridas y golpes.
Se la quitan con brusquedad.
Tres largos y afilados clavos son sujetados por el soldado encarga-
do de crucificarle. Dos de ellos sujetarán ambas muñecas a la cruz y
con el tercero le atravesará los pies.
Ha llegado el momento. El Rabí, en el suelo y con los brazos
extendidos, tiene sus ojos clavados en el cielo.
El soldado coloca la mano derecha y, sobre su muñeca, sitúa el
clavo. Un fortísimo golpe de martillo hace que la muñeca quede
parcialmente traspasada. Jesús se estremece de dolor. Un nuevo
martillazo propicia que el clavo penetre del todo. Los calambres son
intensísimos, casi insoportables.
El romano hace lo mismo con su muñeca izquierda.
Los pies son atravesados por un solo clavo, muy largo. El soldado
coloca el pie derecho contra la madera y, cabalgando sobre éste, el
izquierdo. Posiciona el clavo hacia el centro del empeine y con certe-
ros y sonoros golpes de martillo va taladrando ambos pies dejándo-
los fuertemente sujetos a la cruz.
A pesar de lo brutal de la tortura,Jesús no grita, aunque su gesto
denota un profundo y lacerante dolor.
52 Santiago Vázquez

«¡Levantadles con los maderos!» -ordena el centurión a los


soldados una vez que han sido clavados los tres condenados.
Las tres cruces quedan firmemente en pie. Jesús está en el centro.
A ambos lados le acompañan los otros dos reos. La muchedumbre se
agolpa en las inmediaciones del lugar.
De entre la multitud, aparecen cuatro personas que se abren paso
apresuradamente. Son María, la madre de Jesús, Juan de Zebedeo,
uno de sus íntimos, María de Magdala y María Salomé, madre de los
Apóstoles Santiago y Juan.
Cuando están a unos metros de la cruz, un soldado les cierra el
paso:
«¡Vosotras! ¿ Adónde creéis que vais?»
«Somos familiares de Jesús de N azaret» -responde Juan con voz
temblorosa. «Desearíamos acompañarle en sus últimos momentos
aquí, al pie de su cruz» -añade María de Magdala llorando descon-
soladamente.
«¡Ni hablar! ¡Vamos, fuera de aquí!» -les grita el romano.
«Te lo suplicamos. Yo soy su madre» -le dice María en un tono
y con una mirada que conmueven al soldado.
Éste mira a su superior y le interroga con los ojos.
«¡Está bien!» -le dice.
«Vamos, podéis acercaros» -dirigiéndose ahora a los cuatro con
una voz más templada.
Se van acercando, pausadamente, sin perder de vista a Jesús. La
escena es dantesca y estremecedora. La sangre resbala por todo su
cuerpo hasta caer a tierra. Un dardo de extremo dolor se clava en sus
corazones. Sus almas están consternadas. Su madre no tiene consue-
lo, llora sin poder contenerse. Se arrodilla ante su hijo, sin dejar de
mirarle y, entre llantos y lamentos, repite una y otra vez: «Hijo mío,
hijo mío».
Es imposible calmarla. Su sufrimiento es enorme. No puede sopor-
tar ver a su hijo así, injustamente crucificado como un malhechor.
A pesar de su pena y de su tristeza, pronuncia unas palabras que
sólo escucharon su propio hijo, las otras dos mujeres y el Apóstol:
«Hágase, hijo mío, la voluntad de Dios».
Semejantes palabras, henchidas de humildad y resignación,
conmueven a Jesús y, con las escasas fuerzas que le quedan, dice:
Sábana Santa. Lo nunca contado 53

«Mujer, ahí tienes a tu hijo» -refiriéndose a Juan-. «Hijo, ahí


tienes a tu madre».28
En ese momento, llega un soldado que, subiéndose a una escale-
ra, clava, en lo alto de la cruz, una tablilla de madera escrita en
hebreo, latín y griego donde todos los presentes pueden leer: "Jesús
Nazareno. Rey de los judíos".
Era costumbre colgar, de la cruz del reo, una tablilla donde se
escribía el motivo de su condena.º
Al ver lo que los romanos, por orden de Pilato, habían escrito,
algunos judíos empezaron a protestar y a exigir a los soldados que
retirasen la inscripción, ya que argumentaban que Jesús no era su
Rey, pero Pilato no accedió a su petición, sentenciando que lo escri-
to, escrito estaba.
Tanto Ju das Iscariote como el resto de los Apóstoles -a excepción
de Juan-y la mayor parte de sus discípulos y seguidores, siguieron la
ejecución de lejos, ocultos para no ser descubiertos y apresados.
Fueron momentos de una honda desesperación y de un gran temor.
A Judas le pesa el alma. Al contemplar la agonía de Jesús, siente
que su corazón se desgarra. Su intención no era provocar su muerte.
Deseaba que Jesús se defendiese ante el Sanedrín, que expusiera sus
enseñanzas ante Caifás y el resto. Pero la conspiración de los sacer-
dotes, escribas y ancianos ha llegado demasiado lejos y ya es tarde
para solucionarlo. Jesús morirá y Judas ha sido engañado por ellos.
«Todo está perdido. Todas las esperanzas se han desvanecido y yo
soy el culpable» -se recrimina severamente en su interior.
«Si no les hubiera dicho dónde estaba, ahora el Maestro seguiría
predicando y sanando a las muchedumbres» -se reprocha desalen-
tado. «Jamás le he visto hacer una obra mala desde que le conozco.
¿Por qué le han condenado a morir?» -se pregunta a sí mismo.
«Ahora me doy cuenta de todo. Caifás y los suyos me han engañado
y me han utilizado, haciéndome creer que le daban la oportunidad
de defenderse públicamente ante ellos, pero, en realidad, se trataba
de un juicio con la intención de darle muerte» -discurre indignado
«Yo no quería, yo no quería» -empieza a repetir obsesivamen-
te en voz alta preso de un enorme sentimiento de culpabilidad.
Rompe a llorar amargamente y sale corriendo, velozmente, entre el
gentío.
54 Santiago Vázquez

Atraviesa las calles de la ciudad hasta abandonarla. La prolonga-


da y rápida carrera le hace jadear entrecortadamente. Se encuentra
ahora en pleno campo. La soledad es su única compañía. Quiere
deshacerse de sí mismo, de sus pensamientos, de sus emociones, de
sus sentimientos, que le asfixian el alma y le traspasan el corazón.
Se siente sofocado por el calor. Es incapaz de pensar. Está muy
confuso. Su mente empieza a nublarse y unas ideas nefastas comien-
zan a rondarle para ya no dejarle.
La idea de quitarse la vida empieza a adueñarse de su mente.
Cree que es la única forma· de librarse de sí mismo y de lo que ha
hecho. No es capaz de seguir viviendo bajo el peso de tan enorme
culpa, una culpa tan pesada como una losa y ya irreparable, Consi-
dera que el daño ya está hecho y que es no merecedor de seguir
viviendo.
Empieza a deambular por los campos a las afueras de Jerusalén.
Su caminar no tiene rumbo. No sabe adónde se dirige.
Con la mirada clavada en sus sandalias, recorre varios kilómetros.
Judas ya no existe. Ahora sólo existe en él la culpabilidad con letras
de sangre inocente en su mente atormentada.
Después de mucho caminar, llega hasta el borde de un barranco.
Es hondo, muy profundo. La idea aparece en su pensamiento. Con
la velocidad del rayo y, sin pensarlo, se lanza al vacío dando un fortí-
simo y desgarrador grito. Cae despeñado barranco abajo y acaba con
su vida.
El final de Judas Iscariote ha sido tremendamente triste y verda-
deramente trágico.

Mientras tanto, los soldados, en el Gólgota, están sorteándose la


túnica de Jesús.
Algunos de los judíos, que están siendo testigos de la triple ejecu-
ción, no se cansan de proferir toda clase de insultos e improperios
contra el Rabí.
«Tú,Jesús de Nazaret, que decías que destruyéramos el Templo y
que en tres días lo volverías a levantar: ¡ Sálvate a tí mismo!» -le
grita un judío encanecido por la edad.29
«¿No has dicho que eres el Hijo de Dios? ¡Bájate de la cruz y
creeremos en ti!» -grita un escriba.
Sábana Santa. Lo nunca contado 55

Jesús, colgado del madero y atormentado por múltiples sufri-


mientos, escucha lo que le dicen algunos judíos y se siente, si cabe,
aún mucho más consternado.
Los sacerdotes, fariseos, escribas y ancianos también están presen-
tes en el Calvario y hasta parecen saborear la muerte de Jesús. Por
fin, piensan, se verán libres de su enemigo, ése que durante tanto
tiempo les ha incomodado con sus enseñanzas y milagros que aten-
tan contra lo que ellos mismos prescriben e imponen.
«¡Si verdaderamente eres el Hijo de Dios, baja de la cruz y sálva-
te a ti mismo!» -exclama un sacerdote de la confianza de Caifás.
«¡Si Dios está contigo, que te salve ahora! ¡ A tantos has sanado y
a ti mismo no puedes salvarte!» -vocifera otro escriba.
«¡Si no te bajas de la cruz, sabremos, verdaderamente, que eres
un enviado de los demonios! ¡Dios no abandona a los que son envia-
dos por Él!» -razona entre voces un fariseo.
«¡Estás recibiendo el castigo de Dios por proclamarte su Hijo!
¡Blasfemo!» -chilla indignado un joven.
Los hirientes comentarios en contra de Jesús se prolongan duran-
te todo el suplicio.
Uno de los ajusticiados, crucificado a su izquierda, que le había
oído predicar, entre lamentos, se dirige a Él:
«Jesús, yo te he escuchado enseñar y vi cómo le devolviste la vista a
aquel ciego de nacimiento que pedía limosna en el Templo» -dice
entrecortadamente. «Yo creo que tú eres el Mesías prometido por nues-
tros Profetas. Te lo suplico, Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu
Reino»3º -termina pidiéndole haciendo un esfuerzo por concluir.
El Maestro, girando su cabeza lentamente hacia su izquierda, le
dice:
«Hijo, grande es tu fe. Y en verdad te digo que algún día estarás
conmigo en el Paraíso, cuando tu espíritu esté presto para poder
entrar en el Reino de mi Padre» -le asegura Jesús entrecortadamen-
te."
Sus Apóstoles y discípuios siguen el tormento ocultándose entre
la multitud y desde la lejanía. Sienten un profundo temor a ser apre-
sados y correr la misma suerte que su Maestro. Al pie de la cruz,
siguen presenciando la lenta y dolorosa agonía, su madre, María la
de Magdala, la madre de los hijos de Zebedeo y el Apóstol juan.
56 Santiago Vázquez

Luce un sol implacable. El calor es [Link]ús está muy deshi-


dratado y siente una sed insoportable.
«Tengo sed» -susurra.32
«¿Le habéis oído?» -pregunta burlonamente un soldado a los
otros. «Ha dicho que tiene sed. Démosle de beber» -añade mali-
ciosamente.
Coge una esponja y la empapa en vinagre. La sujeta en el extremo
de una caña y se la acerca a la [Link]ús, al percibir el olor, se perca-
ta de la mofa y ladea su · cabeza rechazando el aparente acto de
bondad. Los soldados romanos se jactan de él.
Mientras los presentes en el Calvario siguen increpando a Jesús y
presenciando la crucifixión, una gran masa de nubarrones oscuros se
cierne sobre Jerusalén. La luminosidad reinante desaparece para dar
paso a una oscuridad tenebrosa. El cielo se tiñe de oscuro y el Sol
queda oculto. Se levanta un intenso viento y el ambiente queda extra-
ñamente enrarecido.
El Maestro, levantando ahora el tono de su voz, repite el princi-
pio del Salmo 22, titulado "Sufrimiento y esperanza del justo", y dice:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».33
Estas palabras de Jesús en la cruz, recitando el inicio del Salmo
22, fueron mal interpretadas por muchos de los congregados en el
lugar, que llegaron a pensar que llamaba al profeta Elías: «¡Elí, Elí.t
¿lemá sabactaní?» (¡Dios mío, Dios mío.' ¿Por qué me has abandona-
do?)34
Muchos, a lo largo de los siglos, han pensado que Jesús se sintió
abandonado por Dios y que su fe se resquebrajó por completo en sus
últimos momentos de vida.
La verdad del hecho es que lo único que hizo fue recitar el prin-
cipio del Salmo 22 que, como judío versado que era, conocía perfec-
tamente, al igual que un católico puede recitar o rezar una oración en
momentos difíciles.
Debido a la situación desesperada en la que se encontraba, esco-
gió recitar el Salmo 22, que habla -como he señalado- del sufri-
miento y de la esperanza de un justo.
Jesús, en contra de lo que, por tradición, se ha pensado, jamás
perdió su fe en el Padre, ni tampoco se sintió abandonado por Él en
sus últimos minutos de vida. De hecho, poco después exclamaría:
Sábana Santa. Lo nunca contado 57

«Todo está consumado», y, finalmente, «Padre, en tus manos pongo


mí espíritu», prueba de que mantuvo, hasta el último segundo, una
confianza plena en Aquel que le había enviado.

Con el transcurrir de los minutos, el cielo se va oscureciendo cada


vez más. Parece amenazante. El viento comienza ahora a soplar con
más ímpetu.
Son ya cerca de las tres de la tarde y los tres condenados -aún
con vida- siguen suspendidos de los maderos.
Jesús está exhausto. No puede aguantar mucho más. Vuelve a
erguirse, sujetando el peso de su cuerpo en el clavo que atraviesa sus
pies y en el de su muñeca derecha, movimiento que repiten incesan-
temente los tres crucificados para poder respirar.
Tras unos segundos en los que se eleva sobre sí mismo y toma
aire, vuelve a desplomarse y queda colgando de la cruz. Son sus últi-
mos instantes de vida.
Con la mirada fija en los allí congregados, que le insultan y se
burlan de Él, siente compasión por ellos. Son prisioneros de la
maldad y ésta les acarreará mucho sufrimiento en tiempos venideros.
Siente verdadera misericordia por la multitud que no ha dejado de
increparle.
«Padre», -dice casi sin fuerzas- «perdónales porque no saben
lo que hacen».35
Los que se encuentran más cerca de Él acaban de escuchar lo que
ha dicho y quedan desarmados por completo. ¿Cómo es posible -se
preguntan- que esté pidiendo el perdón para sus verdugos y para
los que le ultrajan?
Estas palabras siembran el desconcierto en más de un corazón.
Alzando ahora su voz, y en medio de una ventisca que empieza a
hacerse sentir, exclama: «¡Todo se ha cumplído!»36
Apurando lo poco que le queda de vida, eleva todavía aún más su
voz: «¡Padre, en tus manos pongo mí espíritu!»37
Son sus últimas palabras. Al instante, su cabeza cae inerte
hacía abajo y muere, quedando ya, definitivamente, colgando de
la cruz.
El viento azota con fuerza el lugar. María, la madre de Jesús, a los
píes de su hijo, junto a las otras mujeres y a Juan, se desgarra en un
llanto inconsolable, lleno de amargura y abatimiento. La madre no
58 Santiago Vázquez

deja de contemplar a su hijo clavado en la cruz. No aparta su mirada


de Él. Recuerda ahora las palabras que le dijo el ángel: «Vas a conce-
bir un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será el Hijo del
Altísimo y su reino no tendrá fin». También rememora su acepta-
ción: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu pala-
bra»."
En medio de la angustia, María es consciente de que ella aceptó,
libremente, ser la madre del Hijo de Dios, del Mesías prometido.
Ella supo, desde el principio, que sufriría, que su papel como madre
del Cristo no sería nada fácil, no exento de duras pruebas y cargado
de una enorme responsabilidad.
Dios tuvo que elegir a la mujer más perfecta de la Creación para
que albergase en su seno a su Hijo Único, y esa mujer, escogida
cuidadosísimamente por el Creador, fue María.
No hay que olvidar que María podría haber rechazado el ofreci-
miento de Dios a través del ángel, y, sin embargo, aceptó humilde-
mente la labor que se le quería encomendar. Podría haberse negado
a asumir tan sublime tarea.
La aparición del ángel no fue una imposición de Dios, sino una
invitación a colaborar estrechamente con Él en la salvación de las
almas por medio de su Hijo, Jesús de Nazaret. Y María aceptó
porque así lo quiso, no porque el Creador le asignase obligatoria-
mente esa misión. Fue, en definitiva, la aceptación, en absoluta
libertad, de los planes de Dios.

En el Gólgota, los otros dos crucificados siguen con vida.


Agonizan entre quejidos. Es una escena terrible. Faltan pocas
horas para la puesta del Sol y hay que bajar a los condenados de
las cruces.
Como continúan vivos, se da la orden de que se les rompan las
piernas. Quebrándoselas, la muerte será casi inmediata, y así lo hacen.
Una vez que han acabado con sus vidas, se acercan a Jesús para
saber si sigue vivo. Ven que ha muerto. Pero para asegurarse, deci-
den traspasarle el costado. Quieren estar completamente seguros de
que ha fallecido.
Un soldado, montado sobre un caballo, con una puntiaguda lanza
en su mano izquierda, se aproxima a la cruz de Jesús. Se prepara con
Sábana Santa. Lo nunca contado 59

precisión y tranquilidad e introduce con fuerza la cabeza de la lanza


en el costado derecho del cuerpo. Es su certificado de muerte.
Al retirarla, por el orificio abierto, brotan con fuerza sangre y
suero procedentes del corazón.
«¡Éste está muerto!» -les dice a los otros soldados.
«¡Está bien! ¡Bajad los cuerpos!» -ordena el centurión.
Se aproxima al pie de la cruz, acompañado por un soldado roma-
no, un hombre mayor, entrado en años, de larga barba blanca. Es
José, el de Arimatea, miembro del Sanedrín, que ha luchado para
que no matasen a Jesús. Sus esfuerzos por salvarle la vida han caído
en saco roto. No ha logrado que el resto del Sanedrín le escuchase
durante el juicio. Ahora viene con una orden de Pilato para que se le
entregue el cuerpo del Maestro. Se hará cargo del cadáver y lo ente-
rrará en su propia tumba.
Con rapidez, ya que falta poco para que empiece a atardecer y,
por lo tanto, la hora del descanso sabático, desclavan el cuerpo del
madero. Le quitan el casco de espinas que le pusieron los soldados
sobre la cabeza y que le ha acompañado durante toda la crucifixión,
y le tapan el rostro, como señala la Ley, con un Sudario.
Es trasladado al propio sepulcro de José de Arimatea, donde
nadie ha sido enterrado.
A la entrada del monumento funerario se encuentran María -la
madre de Jesús-, el Apóstol} uan, María de Magdala,J osé de Arima-
tea y María la de Salomé-madre de los Apóstoles Santiago y Juan-.
José ha traído su propio lienzo funerario, el que reservaba para el
día de su muerte. Lo cede para que sea envuelto el cadáver de Jesús.
Es una amplia Sábana de lino, larga y ancha.
También llega Nicodemo, magistrado judío y seguidor de Jesús.
Trae, ayudado por un muchacho, mirra y áloe. Deben hacerlo todo
con rapidez, ya que pronto, con la puesta del Sol, comenzará la Pascua.
Un poco antes de la entrada al sepulcro hay una roca, alargada y
aplastada, totalmente plana. José de Arimatea y Nicodemo extien-
den el lienzo mortuorio sobre ella, preocupándose porque quede
perfectamente alisado y sin pliegue alguno en su primera mitad.
Cogen delicadamente el cadáver de Jesús y lo colocan sobre la Sába-
na. Las heridas están todavía frescas y abiertas. La sangre que ha
brotado de las múltiples heridas empapa el Lienzo.
60 Santiago Vázquez

No hay tiempo para sepultar a Jesús como ordena la Ley. Deben,


según los preceptos religiosos, limpiar escrupulosamente todo el
cadáver, haciendo desaparecer la abundante cantidad de sangre exis-
tente en el cuerpo, ungiéndolo con aceites y ungüentos, y rasurar el
pelo de todas las partes donde exista. Pero deben conformarse con
un entierro provisional. Pasado el sábado de Pascua, volverán y
sepultarán el cuerpo como prescribe la Ley judía.
Mientras el cadáver magullado y ensangrentado es colocado enci-
ma de la primera mitad de la sábana funeraria, lágrimas de dolor y
abatimiento recorren en silencio las mejillas de los presentes. Son
momentos muy duros, difíciles de soportar sin que broten, ensilen-
cio, el llanto y los lamentos. Su Maestro ha muerto y además de una
forma humillante y muy dolorosa.
Una vez que el cuerpo ha sido colocado sobre el Lienzo, Nicode-
mo coge la mirra y el áloe y comienza a espolvorear con ellos tanto el
cadáver como la Sábana.
Una vez terminado el ritual, el de Arimatea, ayudado por Juan,
coge la otra mitad sobrante de la Sábana y cubre con ella el cadáver
de Jesús, pasándola por encima de su cabeza y extendiéndola hasta
los pies, remetiéndola un poco por debajo de éstos.
Delicadamente, entre el joven Apóstol Juan, el ya anciano José de
Arimatea y ayudados por algunos de los presentes, levantan el cadá-
ver y se adentran en la cámara. Con esfuerzo, debido a la estrechez
de la entrada a la cámara y al peso del cuerpo, lo depositan sobre la
losa sepulcral.
Se hace el silencio en el interior del sepulcro. Juan de Zebedeo no
puede contener la emoción y comienza a llorar. «¿Qué será de mí,
ahora que el Maestro ha muerto?» -se pregunta a sí mismo y a los
demás. Su amor por Jesús es tan grande que no concibe seguir vivien-
do sin su presencia, sin sus palabras cargadas de ternura, sin sus
abrazos llenos de calor humano y protección.
El resto de los Apóstoles y discípulos se hacen las mismas pregun-
tas que Juan: «¿Qué será ahora de nosotros? ¿Nos matarán? ¿Qué
vamos a hacer sin Jesús?». Éstas y otras dudas les asaltan y siembran
en sus corazones el desaliento y la incertidumbre.
En el sepulcro, José de Arimatea consuela a Juan. Permanecen
callados mientras contemplan, a la luz de una lámpara de aceite,
Sábana Santa. Lo nunca contado 61

el cuerpo yacente. El olor de la mirra, el áloe y las sustancias que han


empleado para espolvorear la Sábana y el cadáver de forma provisio-
nal, comienzan a impregnar el ambiente y un agradable pero intenso
aroma se deja percibir en el interior del monumento funerario. Es el
aroma resultante de la mezcla de las sustancias que han utilizado. Se
trata de una fragancia que recuerda mucho al olor del incienso.
María, la madre de Jesús, irrumpe en la cámara sepulcral, acom-
pañada por María la de Magdala y María Salomé. Quieren dar el últi-
mo adiós al difunto.
María se aproxima lentamente al cadáver de su hijo, ya envuelto
en la Sábana. Todos la observan mientras se acerca a la losa. El rostro
de María es el vivo retrato del dolor. «Han matado a mi hijo» -discu-
rre en su interior con absoluta resignación. Acaricia suavemente la
Sábana que envuelve a Jesús.
Todos contemplan a la madre acariciando el cadáver de su hijo.
La escena es dolorosa pero también profundamente entrañable.
María ha aceptado hasta el final los designios de Dios. Es un ejemplo
grandioso de humildad y de sumisión a los planes del Todopoderoso.
Todos lloran y no apartan su mirada del cuerpo depositado en la
losa sepulcral.
Tras unos minutos de absoluto silencio, tan sólo interrumpido
por las lágrimas, José de Arimatea se percata de que es ya tarde.
«Vamos, María. Debemos irnos. Es tarde» -le dice el de
Arimatea a la madre de Jesús cogiéndola cariñosamente del brazo.
«Debemos marcharnos. La Pascua está a punto de comenzar. El
Sol ya se ha ocultado y va a comenzar la noche. Marchémonos.»
-dice ahora en voz alta José dirigiéndose a todos.
Como no queriendo abandonar el sepulcro, uno a uno van salien-
do al exterior.
El primero en abandonar el monumento es Nicodemo. Al salir, se
encuentra con una desagradable sorpresa. Pilato, a instancias del
Sanedrín, ha ordenado que una guardia romana vigile y custodie el
sepulcro y que selle la piedra rodada que da acceso al mismo.
Caífás, Sumo Sacerdote del Sanedrín, ha visitado al gobernador
romano. Le ha recordado que Jesús de Nazaret dijo en repetidas
ocasiones que, después de morir, resucitaría al tercer día. Para evitar
que vengan sus discípulos y se lleven el cuerpo y anunciar que su Señor
62 Santiago Vázquez

ha resucitado, ha solicitado una guardia que vigile el sepulcro día y


noche. Pilato, tras escuchar atentamente a Caifás, ha accedido a la
petición y ha ordenado la custodia y sellado del lugar donde se encuen-
tra sepultado Jesús. Quieren evitar, al precio que sea, que se cumplan
las palabras del Nazareno acerca de su propia Resurrección.
Ante la mirada de los soldados romanos, van saliendo del sepul-
cro. Después de Nicodemo aparecen María Magdalena y María la de
Salomé. Detrás vienen el Apóstol Juan, el muchacho que ha venido
acompañando a Nicodemo y un fiel discípulo del Maestro y amigo
desde la infancia de Juan; se llamaJacob. Pasados unos segundos, y
por último, sale José de Arimatea, que acompaña a la madre de Jesús.
El sepulcro ya está vacío. Tan sólo queda en él el cadáver que ya
descansa en la cámara sepulcral.
«¿Queda alguien ahí dentro?» -les pregunta bruscamente uno
de los soldados.
«No, no hay nadie más. Sólo nos queda remover la piedra para
cerrar la entrada» -contesta con un hilo de voz José de Arimatea.
«Dejadlo, nosotros nos encargaremos de rodar la piedra y de
sellarla, tal y como nos ha ordenado el gobernador» -replica el
soldado.
«¿Podemos ver cómo cerráis el sepulcro y cómo lo selláis?»
-pregunta llorosa María, la Magdalena.
«Está bien» -le contesta.«¡ Vosotros, venid aquí! Rodemos esta
maldita piedra y sellémosla» -grita el soldado dirigiéndose ahora a
sus compañeros de guardia.
Así lo hacen. Es necesaria la fuerza de varios soldados para remo-
verla. Haciendo un esfuerzo, la piedra, redonda y encajada en un
raíl, comienza a desplazarse muy despacio hasta tapar por completo
la entrada. A continuación, la sellan.
«¡Vamos, ya podéis marcharos de aquí!» -les dice el soldado
malhumorado. «No os preocupéis, que vuestro Jesús no se va a
mover de aquí» -y comienza a reírse junto a los otros soldados.
El grupo de seguidores de Jesús que se ha encargado del entierro
provisional abandona el lugar apresuradamente. La Pascua ha
comenzado. Ya se ha hecho de noche. Corren peligro y deben escon-
derse rápidamente antes de que alguien les vea deambulando por las
calles de Jerusalén.
Sábana Santa. Lo nunca contado 63

Cada uno se refugia donde puede. El Sanedrín busca el momento


oportuno para perseguir a todo aquel que sea seguidor del Nazareno.
Quieren acabar con todos sus discípulos, seguidores y simpatizantes.
Aquella noche apenas pudieron dormir. Las imágenes de Jesús
clavado en la cruz asaltaban sus mentes una y otra vez. Una sensación
de desasosegante miedo se había apoderado por completo de ellos.

El sábado fue un día muy triste. La lluvia se adueñó del escenario


y no se veía a nadie por las calles. Además, era el día de la Pascua, en
el que no se podía trabajar ni hacer prácticamente nada, tan sólo
permanecer en el hogar.
La lluvia no cesaba. Los seguidores de Jesús, escondidos, no
terminaban de creer lo que había ocurrido. Todas sus esperanzas se
habían desvanecido con la muerte del Maestro. Lo que no recorda-
ban es que había profetizado que, después de morir en manos de los
gentiles, resucitaría al tercer día.
Para ellos, esas alusiones de Jesús en referencia a su propia resu-
rrección habían caído en el más absoluto olvido. La mayoría de sus
Apóstoles y discípulos ni siquiera lo recordaban. A pesar de que su
Rabí se lo había repetido en varias ocasiones, la desesperanza y el
desánimo habían usurpado el lugar en sus corazones reservado
para la esperanza y la fe. Ya no creían en nada, ya no esperaban
nada. Tan sólo podían esperar la persecución y la muerte a manos
del Sanedrín.
¿Dónde quedaban ahora todas las promesas de su Maestro, al
que habían seguido durante tanto tiempo? ¿Por qué no se salvó a sí
mismo? Si resucitó a muertos y devolvió la vista a los ciegos, si sanó
a los leprosos y curó a los paralíticos, ¿por qué no se sirvió de su
poder para evitar acabar clavado en la cruz, ultrajado y humillado?
¿Por qué no se defendió en los juicios ante el Sanedrín, Pilato y
Herodes? ¿Por qué no huyó en Getsernaní si sabía que iban a apre-
sarle?
Sus más fieles seguidores se hacían éstas y otras muchas pregun-
tas. No entendían nada, no encontraban una respuesta para cada una
de ellas. No comprendían que si Jesús era el Mesías, el Hijo Unigéni-
to de Dios, Éste le hubiera abandonado permitiendo que cayese en
manos del Sanedrín y de Roma.
64 Santiago Vázquez

Las respuestas que martilleaban sus mentes llegarían antes de lo


que ninguno de ellos podía imaginar.

El domingo, antes de amanecer y siendo todavía de noche, María


de Magdala se encamina hacia el sepulcro para lavar, rasurar y embal-
samar el cuerpo de Jesús de forma definitiva, ya que no habían podi-
do hacerlo el viernes por la tarde.
Mientras tanto, en las inmediaciones del monumento funerario,
los soldados romanos que componían la guardia ordenada por Pila-
to, conversaban y reían. Se contaban sus aventuras amorosas y sus
experiencias sexuales con las mujeres. Hablaban sin parar y se carca-
jeaban sonoramente.
Estaban todavía ocupados en tan animada charla, cuando un
enorme estruendo hizo temblar el suelo que pisaban. Pensaron rápi-
damente que se trataba de un terremoto, pero lo que vieron a conti-
nuación les sacó de dudas.
La piedra que impedía la entrada al monumento, y que habían
sellado ellos mismos el viernes por la tarde, comenzó a retirarse,
dejando el interior al descubierto.
Un imponente resplandor brotó del interior del sepulcro. Parecía
como si dentro hubiese un sol que brillase con toda su intensidad.
Ante tamaña visión, cayeron todos al suelo, aterrados.
La poderosísima luz, que procedía de la cámara sepulcral, siguió
irradiando durante unos instantes.
A continuación, aquella magnífica luz fue menguando su intensi-
dad en cuestión de segundos y volvió a hacerse la oscuridad en el lugar.
Los soldados romanos de la guardia, ahora en el suelo, se levanta-
ron y, presas del temor, huyeron despavoridos.
Al enterarse el Sanedrín de lo sucedido, hablaron con los solda-
dos que componían aquella guardia y, a cambio de dinero, les
convencieron para que dijesen que se quedaron dormidos y que
vinieron los discípulos y se llevaron el cuerpo.
La situación era muy delicada. El hecho de quedarse dormido en
una guardia estaba castigado con la muerte. Entonces, el Sumo
Sacerdote, Caifás, les tranquilizó diciéndoles que si el acontecimien-
to llegaba a oídos de Pondo Pilato, él le hablaría para que no les
sucediera nada.
Sábana Santa. Lo nunca contado 65

Acordaron que si la noticia era conocida por el pueblo judío, ellos


convencerían a la gente de que habían sido sus seguidores los que
habían robado el cadáver.
Pero tanto aquellos soldados como los miembros del Sanedrín,
ancianos del pueblo, escribas y fariseos, sabían con seguridad que
algo inexplicable había sucedido en el interior del sepulcro que
albergaba el cuerpo sin vida de Jesús de Nazaret.
La incertidumbre de la duda empezó a hacer mella en ellos y
empezaron a preguntarse si, tal vez, habían matado, realmente, al
Mesías. A partir de ese momento, el corazón de más de uno de ellos
se convirtió en un nido de remordimientos y de reproches. Muchos
pensaban y discurrían en su interior: ¿ Y si hemos matado al Hijo de
Dios? ¿Y si Jesús de Nazaret era verdaderamente el Hijo del Bendi-
to, el Mesías esperado por nuestro pueblo desde hace tanto tiempo?
Pero ya era demasiado tarde ...
El día comenzaba a despuntar. Estaba amaneciendo. La Magda-
lena, una pecadora arrepentida y fiel discípula de Jesús, va llegando
a las cercanías del sepulcro. Al acercarse más, observa sorprendida
que la guardia romana ya no está en el lugar y que, inesperadamente,
la piedra de entrada está removida.
Temerosa, se va acercando, pausadamente, a la entrada. Alguien
ha movido la piedra y se puede entrar. No se lo piensa dos veces.
Con paso lento pero firme, comienza a bajar las escaleras de
piedra que dan acceso al interior del sepulcro. Todavía se puede
percibir en el ambiente ese peculiar aroma resultante de la mezcla de
las sustancias espolvoreadas sobre el cadáver y su mortaja de lino.
María está deseosa por ver, de nuevo, el cuerpo de su Maestro.
Quiere volver a tocarle, quiere besar sus llagas, quiere darle una
sepultura digna. El amor que siente por Jesús es inmenso.
Ahora se encuentra a unos pocos metros de la cámara sepulcral.
Todavía le falta descender por los últimos escalones.
Conforme va descendiendo, su corazón late con más fuerza y
siente cierta dificultad al respirar. Una intensa emoción se ha apode-
rado de ella.
Por fin, termina de bajar los escalones y ahora se dispone a
penetrar en la cámara donde se encuentra el cuerpo, envuelto en la
Sábana.
66 Santiago Vázquez

Da unos cuantos pasos y no puede creer lo que está viendo: el


cuerpo de Jesús ha desaparecido.
Sobre la losa en la que descansaba el cadáver sólo se encuentra la
Sábana en la que fue envuelto, caída, como desinflada. Es como si el
cuerpo de Jesús se hubiera evaporado.
«No puede ser, no puede ser» -comienza a repetir María en voz
alta tratando de calmarse a sí misma. No puede asimilar que el Maes-
tro haya desaparecido.
Por unos momentos, piensa que alguien se ha llevado el cuerpo,
pero la disposición de la Sábana indica, claramente, que nadie lo ha
robado. Si así hubiera sido, ¿cómo es posible que le hayan sacado sin
desplegar el lienzo mortuorio? La impresión que tiene al ver la posi-
ción en la que ha quedado la Sábana es que el cuerpo se ha esfumado.
Es entonces cuando rompe a llorar. El peso aplastante de la
evidencia es demasiado grande como para asimilarlo después de
tantas horas de sufrimiento y de cansancio. Desde el viernes, apenas
ha dormido unas pocas horas, casi ni ha comido y se siente muy
débil.
Entre lágrimas y gemidos de dolor, María se deja caer al suelo
como no pudiendo soportar más la situación.
En el suelo, a los pies de la losa donde descansa la Sábana, repite
sin cesar: «¿Dónde está? ¿Dónde está mi Jesús? ¿Dónde está mi
Señor?»
Una voz firme interrumpe la agonía de su alma atormentada:
«María» -le dice alguien dirigiéndose a ella. La voz procede de la
entrada a la cámara sepulcral.
Temblorosa, atemorizada y con los ojos enrojecidos de tanto
llorar, se da la vuelta lentamente.
No puede creer lo que está viendo. No es fruto de su imaginación
ni de su falta de [Link]ús se encuentra a unos metros de ella.
«¡Maestro mío!» -exclama incorporándose con intención de
abalanzarse sobre él.
«No, María, no me toques. Aún he de ascender hasta mi Padre.39
»No llores más. Ahora tu corazón tiene que ser fuente de gozo y
alegría.
»He resucitado, tal y como os anuncié. Ésta era la voluntad del
que me envió: que su Hijo fuera entregado en manos de los gentiles,
Sábana Santa. Lo nunca contado 67

humillado, azotado, crucificado y muerto, y al tercer día resucitar de


entre los muertos.
»Ve a mis Apóstoles y diles que me has visto y que he resucitado».
En ese momento, la figura de Jesús empieza desaparece. María
cierra los ojos y comienza a llorar, esta vez de emoción incontenible.
Su alma se siente colmada de dicha y su corazón se ha sosegado por
completo.
Repleta de inexpresable gozo, sale velozmente del sepulcro y
corre hacia donde se encuentran reunidos los Apóstoles junto a la
madre del Maestro y otros discípulos.
Irrumpe en la estancia presa de una felicidad desbordante.
«He visto al Señor» -les dice cerrando los ojos.
Los Apóstoles se miran entre ellos sin saber qué pensar.
«Le he visto en el sepulcro. ¡ Ha resucitado!» -dice ahora elevan-
do su voz.
La confusión aparece en las mentes de todos los presentes.
Pedro se incorpora y toma la palabra. Se acerca a la Magdalena.
«María, debes descansar. Estás muy cansada. El Maestro ha muer-
to, el Maestro murió el viernes en la cruz. Jesús está muerto».
«¡No!» -le grita María. «Os digo que le he visto ante mí» -repli-
ca ahora llorando.
«¡Jesús ha resucitado!» -exclama. «Quiere que vosotros lo
sepáis».
Pedro, al igual que el resto del grupo, está desconcertado.
«Su cuerpo no está en el sepulcro» -añade María. «Sobre la losa
donde dejamos su cadáver, sólo está la Sábana que utilizamos para
envolverle».
A Pedro, como al resto, le invade la duda y decide ir al sepulcro a
comprobarlo por sí mismo.
«Yo mismo iré y veré si lo que dices es verdad» -le dice Pedro
con voz grave.
El Apóstol sale precipitadamente del lugar y se encamina veloz-
mente hacia el sepulcro. A medida que se va acercando, sus pasos
son cada vez más rápidos.
Casi ahogado por la carrera, llega a la entrada y comprueba que
la pesada piedra está removida. Se para unos instantes para recupe-
rarse y tomar un poco de aire.
68 Santiago Vázquez

Con rapidez, ya algo recuperado del esfuerzo, baja las escaleras y


llega hasta la losa. Lo que se encuentra le llena de asombro. Allí está,
tal y como había dicho la Magdalena, la Sábana, sin el cadáver en su
interior.
«¿Dónde está el cuerpo?» -se pregunta. «¿Cómo ha escapado
del interior de la Sábana?».
Está Pedro haciéndose estas preguntas cuando llegan al sepulcro
los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que se acercan y contemplan
lo que tienen ante ellos. Los tres Apóstoles íntimos permanecen en
silencio.
«Verdaderamente ha resucitado, tal y como nos dijo» :-dice
Santiago mientras su mirada se pierde en el vado.
«Nos lo anunció en varias ocasiones y no quisimos creerle»
-comenta en voz baja Pedro como recriminándose.
Juan no dice nada. No aparta su mirada de la Sábana. Rompe a
llorar y se abraza a Pedro.
Todavía estaba Juan abrazado a Pedro cuando alguien llega. Son
dos mujeres. María, la madre de Jesús, y María Magdalena.
Todos, respetuosamente, contemplan a la madre del Maestro,
quien se aproxima a la losa sepulcral donde depositaron el cuerpo de
su hijo. Allí sólo está su mortaja. El cuerpo ha desaparecido.
María coge delicadamente la Sábana, empapada de la sangre, ya
seca, de su hijo, fiel testigo de su crucifixión, muerte y Resurrección,
y la estrecha fuertemente contra su pecho.
Aquel Lienzo, con el que se envolvió el cadáver magullado y
ensangrentado de Jesús, había sido el testigo de excepción de su
propia Resurrección. ¿Qué sucedió en el interior del sepulcro que
provocó la huida despavorida de los soldados romanos y que les hizo
caer a tierra aterrados?
María permanece con los ojos cerrados y sostiene, junto a su
pecho, el Lienzo mortuorio de su hijo. Permanece así durante unos
instantes. El olor a mirra y áloe flota en el ambiente. Reina un silen-
cio casi total. Tan sólo se escuchan, lejanamente, los cantos de algu-
nos pajarillos que revolotean junto a la entrada al lugar.

La humedad de la cueva sepulcral empieza a dejarse sentir.


Comienzan a sentir algo de frío.
Sábana Santa. Lo nunca contado 69

Pedro rompe el silencio: «Marchémonos ya, María. Lo que el


Maestro quería que supiéramos, ya lo sabemos».
La madre de Jesús, como intentando salir de un sueño profundo,
abre poco a poco sus ojos; están llenos de lágrimas, que resbalan por
sus mejillas y caen hasta el suelo.
«Aguarda, Pedro» -dice, dulcemente, María cogiendo ahora
con más fuerza el lienzo.
«Antes de guardarlo, estirémoslo y doblémoslo como merece»
-añade con ternura.
Así lo hacen. Cogen la Sábana y la extienden a lo largo. Una vez
desplegada en su totalidad, uno de los presentes -el Apóstol
Santiago- repara en un detalle que ha pasado desapercibido para
el resto.
«¿Qué huellas son ésas?» -pregunta sorprendido en voz alta
Santiago acercándose pausadamente al Lienzo.
«¿Es que no lo ves? Es la sangre del Maestro» -responde Pedro
algo contrariado.
«No, Pedro, no me refiero a la sangre. Me refiero a estas sombras»
-dice el Apóstol señalando con su dedo índice.
El grupo observa con atención las marcas que Santiago acaba de
descubrir sobre la Sábana.
«María, ¿tienes la lámpara de aceite? La has cogido cuando vinis-
te aquí aún de noche. Enciéndela.» -le ordena Pedro presa de la
emoción.
«Acércala hasta aquí, María» -le pide Pedro.
Con suma atención, todos contemplan las huellas.
«¿Qué son estas sombras?» -se pregunta Pedro en voz alta.
Juan, que está de pie y algo separado de la Sábana, descubre el
enigma:
«[Es el Señor!» -grita con emoción.
«¿Qué estás diciendo, Juan?» -responde agriamente Pedro.
«¿Cómo va a ser el Maestro?»
«Te lo aseguro, Pedro, es la imagen del Maestro» -repone Juan
henchido de alegría. «Ven, Pedro, míralo desde aquí» -exclama
nervioso el joven Apóstol.
Pedro se pone de pie y se separa del grupo. Se acerca hasta donde
se encuentra Juan y observa.
70 Santiago Vázquez

Tras unos segundos en los que trata de explicar lo inexplicable,


tiene que admitir la evidencia: «Sí, es Jesús. Es la imagen del Maes-
tro» -dice Pedro conmovido.
«¿Quién la habrá dibujado?» -pregunta inocentemente María
Magdalena.
«No lo sé, María, no lo sé. Sólo sé que Éste es Jesús» -responde
Pedro algo nervioso y agitado.
Los cinco siguen sin apartar sus ojos del lino. Se dan cuenta de
que también aparece la figura en su parte dorsal, por la espalda. Es
la imagen de Jesús tanto en su parte frontal como dorsal. No pueden
explicar lo que están viendo.
El hecho sobrepasa su entendimiento. No entienden nada, sola-
mente saben que allí está la imagen de su Señor, plasmada en la Sába-
na que emplearon para enterrarle, en la misma postura en la que le
dejaron el viernes por la tarde.
María, la madre del Rabí, se acerca ahora sola hasta el Lienzo
mientras los demás quedan detrás. Se arrodilla y contempla la sangre
de Jesús que impregnó el tejido. Sus ojos se cargan, nuevamente, de
lágrimas. El dolor de una madre que ha perdido a su hijo vuelve a
traspasarle el corazón, pero la alegría de saber que ha resucitado le
devuelve la paz. Ve también la imagen, como dibujada, de un hombre
que guarda un asombroso parecido con ÉL Es como si le tuviera de
nuevo ante ella. Con un amor que sólo puede sentir una madre, acer-
ca la Sábana hasta sus labios y, besándola con los ojos entornados,
susurra: «te quiero, hijo mío».

¿Es aquella Sábana, que María sostuvo entre sus manos en el inte-
rior del sepulcro en Jerusalén, la misma que, actualmente, se conser-
va en Turín y que conocemos como la Sábana Santa?
Transcurridos veinte siglos, tendríamos la respuesta.
Sábana Santa. Lo nunca contado 71

REFERENCIAS DEL CAPÍTULO 1

NOTAS DEL AUTOR

(a) Rabí: «(hebreo: "señor mío" o "maestro mío") En eljudaísmo posterior al 70


d. C., título dado a maestros o sabios judíos acreditados, que con frecuencia ejercían
también /unciones judiciales; antes del 70 era utilizado de un modo menos técnico
como forma de trato respetuoso, como presumiblemente en los evangelios del Nuevo
Testamento.» "Diccionario de las Religiones" (1992) Madrid: Editorial Espasa
Calpe, S. A. ISBN: 84-239-8641-1 (TomoJI).
Un rabí era_ un maestro, cuya autoridad emanaba de su conducta y actividad.
Es el nombre con el que, con cierta frecuencia, nos referimos, en el presente
capítulo y en capítulos posteriores, a la persona de Jesús de N azaret.
(b) Mesías: «(hebreo: "ungido") En los escritos judíos, a partir de cerca del
siglo II a. C. en adelante, el que ayudaría a liberar a Israel de sus enemigos, colabora-
ría a su restauración y establecería un reino en todo el mundo. Muchas representacio-
nes di/eren tes de su figura se pueden descubrir en el antiguo judaísmo y en el cristia-
nismo. En el pensamiento cristiano, se interpreta que el papel se ha cumplido en Jesús
de Nazaret: "Cristo" se deriva de la traducción griega de la palabra hebrea "mesías"».
"Diccionario de las Religiones" (1992) Madrid: Editorial Espasa Calpe, S. A. ISBN:
84-239-8641-1 (Tomo II).
En el pensamiento judío de la época se esperaba a un mesías político. Sin
embargo, desde la perspectiva cristiana, Jesús es el Mesías que vino para liberar-
nos del pecado y reinar en las almas. Su mesianismo es, por tanto, espiritual y no
político.
(c) Simón, llamado Cefas: «(siglo I) Uno de los doce apóstoles de Jesús, origi-
nalmente llamado Simeón o Simón bar Jona ("hijo de Jonás"), pescador que vivió en
Ca/arnaún durante el ministerio público de Jesús, pero a quien Jesús puso el nuevo
nombre de Ce/as o Pedro (que significa "roca", "piedra") por su liderazgo entre los
discípulos.»"Diccionario de las Religiones" (1992) Madrid: Editorial Espasa Calpe,
S. A. ISBN: 84-239-8641-1 (Tomo II).
Perteneció al grupo de Apóstoles "íntimos" de Cristo, junto con Santiago y
Juan. Fue crucificado en Roma.
(d) Jesús y Dios Padre: Expresiones que analizaremos detenida y concienzu-
damente en otro capítulo.
Éstas y otras expresiones parecidas dejan entrever la estrechísima vinculación
entre Jesús y Dios Padre, hasta el punto de decir, en palabras del propio Cristo, que
su Padre y Él son Uno. (Juan 10:30).
(e) Identidad de Jesús: Este asunto, como veremos más adelante, podría
guardar una crucial relación con lo que nos revela la Sábana Santa de Turín en cuan-
to al origen y naturaleza espirituales de Jesús de Nazaret.
(f) Cafarnaúm: En tiempos de Jesús era una aldea de pescadores situada en
Galilea (hoy Israel), en una orilla del Mar de Galilea o Tiberíades.
(g) Elías: «(siglo IX a. C.) Profeta hebreo, cuyas actividades se relatan en cuatro
historias en 1 Reyes 17-19; 21 y 2 Reyes-2. Sobresalió por su oposición al culto de Baal
en Israel en tiempos del rey Ajab y [ezabel, y en virtud de su lealtad a Dios fue repre-
sentado ascendiendo directamente al cielo.» "Diccionario de las Religiones" (1992)
Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8640-3 (Tomo I).
(h) Galileo: Uno de los nombres por el que era conocido Jesús de Nazaret al
igual que "Nazareno". Jesús nació en Belén de Judea al ir sus padres a empadronar-
se a Jerusalén, pero creció y se educó en Nazaret, localidad situada en Galilea. De
ahí el sobrenombre de "Galileo".
(i) Santiago, hijo de Zebedeo:«(hzjo de Zebedeo), también conocido como
Santiago el Mayor (m.c. 44). Uno de los doce discípulos de Jesús, con frecuencia
nombrado, con Juan (su hermano) y Pedro, como parte de su grupo íntimo más cercano
a Jesús. Se encontraba entre los primeros llamados por Jesús, y entre los que estuvieron
con él en su transfiguración y en Getsemani Él y su hermano Juan eran también llama-
dos Boanerges ("hzjos del trueno"). Según Hechos 12, 2 fue martirizado bajo Herodes
Agripa I. La leyenda posterior sugiere que sus restos fueron milagrosamente transpor-
tados a Santiago de Compostela en España, que se convirtió en un centro de peregrina-
ción medieval. Su fiesta se celebra el 25 de julio.» "Diccionario de las Religiones"
(1992) Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8641-1 (Tomo II)
Fue el primer Apóstol en morir, exceptuando a Judas Iscariote.
(j) Getsemaní: «Lugar a las afueras de Jerusalén, cerca del monte de los Olivos,
donde Jesús y sus discípulos fueron a orar inmediatamente antes de la traición y arres-
to (Marcos 14, 32ss); descrito como un ''jardín" en Juan 18,1. Es el escenario de la
meditación de Jesús sobre si aceptar o no el martirio.» "Diccionario de las Religiones"
(1992) Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8640-3 (Tomo I).
(k) Hematohidrosis: Más conocido como sudor de sangre. De los cuatro
evangelistas, sólo menciona el hecho uno de ellos, Lucas, que era médico. Lo
menciona en su Evangelio, en el capítulo 22, versículo 44: «Y sumido en agonía,
insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en
tierra».
Según publica Infomed, Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas,
Ministerio de Salud Pública, República de Cuba, el 6 de diciembre de 2012:
«La hematidrosis (también llamada hemohidrosis o hematohidrosis) es una
respuesta fisiológica a una situación de estrés máximo. Se ha descrito únicamente en
personas cuando sabían con certeza que iban a morir en breve de manera dolorosa,
como condenados a muerte o situaciones de guerra. Históricamente se describió en
la persona de Jesucristo, según está escrito en el Evangelio de san Lucas (22,44). No
es extraño que Lucas (autor de uno de los cuatro evangelios) escribiera de este inte-
resante detalle, pues él mismo, según se relata en la Biblia, era médico (véase
Colosenses 4:14).
Sábana Santa. Lo nunca contado 73

La causa de este fenómeno es un intenso estrés que provoca en el organismo una


descarga del sistema nervioso vegetativo simpático (reacción de alarma o estrés),
que entre otros efectos cardiovasculares y metabólicos, cursa con fuerte vasocons-
tricción a-1 cutánea y abdominal (lo que desplaza un gran volumen de sangre). El
sentido de este proceso es que el organismo se prepara para el peligro llevando toda
la sangre a órganos vitales (corazón y cerebro). Esto hace que aumente mucho la
presión arterial, y se activa en el organismo una descarga simpática colinérgica vaso-
dilatadora que provoca una gran sudoración para perder volumen y así disminuir la
presión. Entonces sucede que toda la sangre que ha sido expulsada del intestino y
de la superficie cutánea se dirige a donde hay vasodilatación, a las glándulas sudorí-
paras, el tejido no soporta la presión y la sangre se extravasa saliendo al exterior en
el sudor.» http:I/[Link]/archives/2129 Hematología Artículos
-La Hematidrosis- (Glosario).
(1) Zacarías, Profeta: Alusión al libro del Profeta Zacarías, capítulo 13, versí-
culo 7. Considerada como una profecía de lo que sucedería con los Apóstoles cuan-
do Jesús fuese prendido en Getsemaní.
El versículo, según la Biblia de Jerusalén utilizada en esta obra, dice textualmen-
te: «¡Hiere al pastor, que se dispersen las ovejas, y yo tornaré mi mano contra los
pequeños».
Jesús de Nazaret hace referencia a este versículo de Zacarías en el monte de los
Olivos. (Mateo 26:31). Cristo es el pastor que, una vez apresado (herido), provoca-
ría la huida de sus Apóstoles (las ovejas dispersadas).
(m) Sanedrín: «(griego: "consejo", también llamado por Josefa la gerousia, grie-
go: "senado") Consejo judío de ancianos reunido en Jerusalén, que durante la época
grecorromana adquirió /unciones administrativas y judiciales internas sobre los judíos
palestinos, a pesar de la dominación extranjera. Convocado por el sumo sacerdote, su
número de miembros era de 71, aunque Juera de Jerusalén las comisiones locales con
esta denominación tenían un número menor de miembros (generalmente 23 o sólo
tres) y una jurisdicción más limitada. Después de la caída de Jerusalén en el 70 d. C.,
el Sanedrín de Jerusalén fue reemplazado de manera efectiva por una nueva comisión
de sabios en Yabne.» "Diccionario de las Religiones" (1992) Madrid: Editorial Espasa
Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8641-1 (Tomo 11).
Fueron los principales instigadores de la muerte de Jesús de N azaret.
(n) Pondo Pilato: «Llamado "Pontius Pilatus" (siglo I). Romano nombrado por
Tiberio hacia el año 26 prefecto de Judea, teniendo a su cargo el estado y las fuerzas
militares ocupantes, pero subordinado al legado de Siria. Aunque tenía su base en Cesa-
rea, también residía en Jerusalén, y se hizo famoso por su orden de ejecutar a Jesús de
Nazaret mediante crucifixión por instigación de las autoridades judías. Provocó malestar
por utilizar los fondos del Templo para construir un acueducto, por la colocación tempo-
ral de estandartes romanos en Jerusalén y por la matanza de samaritanos en el 36 (por
lo que fue destituido).» "Diccionario de las Religiones" ( 1992) Madrid: Editorial Espa-
sa Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8641-1 (Tomo 11)
74 Santiago Vázquez

(ñ) Herodes Antipas: «(22 A. Ce. 40 d.C.) Gobernante de Palestina en la


época romana, hijo de Herodes el Grande, por cuya voluntadfue nombrado tetrarca de
Galilea y Perea. Se divorció de su primera mujer para casarse con Herodias, la esposa
de su medio hermano Filipo, unión contra la que Juan Bautista protestó a costa de su
vida. Al llegar Herodes Antipas a Jerusalén con motivo de la Pascua, Jesús fue llevado
ante él por Pilatos para que le interrogara. En el 39 hizo un viaje a Roma con la espe-
ranza de obtener de Calígula el título de rey; no sólo fracasó, sino que, por las intrigas
de Herodes Agripa, fue desterrado a Lugdunum (Lyon), donde murió. »"Diccionario
de las Religiones" (1992) Madrid:Editorial Espasa Calpe, S.A. ISBN: 84-239-8640-3
(Tomo I).
(o) Conocida como Titulus Crucis: y cuyo estudio pormenorizado nos
ocuparía uno o varios capítulos de la presente obra. Todos los estudios efectuados
hasta este momento parecen indicar que esta tablilla de madera, conservadá en la
Basílica de la Santa Croce in Gerusalemme, de Roma, es auténtica. Sus medidas son
de 25 x 14 cm, con un grosor de 2,6 cm y un peso de 687 gramos.
Según Michael Hessemann en su reportaje "La Reliquia del Titulus Crucis.
Historia, leyenda y reelaboración a la luz de la Paleografía", publicado en
"Línteum" (Revista del Centro Español de Sindonología, C.E.S.), números 27-28,
de Diciembre 1999-Abril 2000, pp. 4 a 12): «Desafortunadamente, esta linea [la
primera, escrita en hebreo] se encuentra en tan malas condiciones de conserva-
ción que ningún experto podría emitir un juicio definitivo sobre sus características
paleográficas.
»La segunda linea está escrita con caracteres griegos y al revés, lo mismo que la
tercera linea, formada con letras latinas.
Leído de derecha a izquierda, obviamente siguiendo la forma judía de escritura,
podemos leer: "I. NAZARINUS RE", parte de la inscripción de la Cruz, como se
cita en la traducción al latín del evangelio según San Juan (19,19): "IESUS NAZA-
RENUS, REX IUDAEORUM" [jesús Nazareno, Rey de los judíos].»
El estudio del Titulus Crucis resulta apasionante, ya que, como indico, todos los
estudios y observaciones efectuados hasta la actualidad, parecen confirmar que la
tablilla conservada en Roma es la misma que colocaron sobre la cruz de Jesús y que
anunciaba el motivo de su ejecución.
Tal vez, más adelante, nos animemos a escribir otra obra dedicada al estudio de
ésta y otras reliquias.
Sí es importante señalar que a pesar de las innumerables reliquias de cualquier
tipo que hay diseminadas por nuestro planeta en relación con la figura de Jesús,
ninguna es comparable, ni de lejos, con la Sábana Santa conservada en Turín y que
es el objeto de estudio en esta obra. Los motivos por los que digo que no hay paran-
gón entre la Síndone y esas otras supuestas reliquias (clavos, trozos de la cruz y un
largo etcétera), los expondré, puntualmente, en el transcurso de este libro. El lector,
estoy seguro, sabrá llegar a las conclusiones acertadas.
Sábana Santa. Lo nunca contado 75

REFERENCIAS BÍBLICAS DEL CAPÍTULO 1


l. Mateo 26:21, Marcos 14:18, Lucas 22:11,Juan 13:21
2. Juan 13:27
3. Mateo 16:13, Marcos 8:27, Lucas 9:18
4. Mateo 16:15, Marcos 8:29, Lucas 9:20
5. Mateo 16:16
6. Mateo 16:17
7. Mateo 26:26, Marcos 14:22, Lucas 22:19
8. Mateo 26:27, Marcos 14:23, Lucas 22:20
9. Marcos 9:35
10. Mateo 20:16
11. Lucas 2:49
12. Mateo 26:39, Marcos 14-36, Lucas 22:42
13. Mateo 26:39, Marcos 14-36, Lucas 22:42
14. Mateo 26:41, Marcos 14:38
15. Lucas 22:48
16. Juan 18:37
17. Mateo 26:52
18. Mateo 26:31, Marcos 14:27,Juan 16:32
19. Mateo 26:63
20. Mateo 26:64
21. Mateo 26:73
22. Juan 18:37
23. Juan 18:36
24. Lucas 23:14-16, Juan 18:38
25. Marcos 2:27, Mateo 12:8, Lucas 6:5
26. Juan 19:12
27. Lucas 23 :28
28. Juan 19:26-27
29. Mateo 27:40, Marcos 15:30, Lucas 23:35
30. Lucas 23:42
31. Lucas 23 :43
32. Juan 19:28
33. Mateo 27:46, Marcos 15:34
34. Mateo 27:46, Marcos 15:34
35. Lucas 23:34
36. Juan 19:30
3 7. Lucas 23 :46
38. Lucas 1:38
39. Juan20:17
CAPÍTULO 2
CONOCIENDO LA SÁBANA SANTA DE TURÍN:
PRIMERA APROXIMACIÓN AL OBJETO

CONSIDERACIONES INICIALES

Escribir sobre la Sábana Santa de Turín es, sin duda, un gran reto. La
Síndone (del griego "sindon", que quiere decir "sábana") despierta un
enorme interés, se crea o no en su autenticidad. Pienso, firmemente, que
dicho interés radica en el personaje histórico que pudo estar envuelto en
ella hace alrededor de dos mil años. Ese personaje podría ser Jesús de
Nazaret. Un hombre -quizás el más conocido de toda la Historia de la
Humanidad- que realmente existió.
Por ello, es preciso preguntarse si la atención que suscita este
Lienzo sería la misma si la persona en él envuelto fuese Cleopatra o
Julio César -por citar dos ejemplos- en vez de Jesucristo. La
respuesta, en mi opinión, es un rotundo no.
Jesús, llamado en su época "el Nazareno", no deja indiferente a
nadie a pesar de haber transcurrido veinte siglos desde su muerte en
la cruz. Se puede creer en Él o no, se le puede ensalzar o desdeñar,
pero, raramente, se produce una ausencia de opinión cuando se
habla de su persona, vida y enseñanzas. Y es que como decía el gran
maestro de la radio del Misterio en España, D. Antonio José Alés, de
quien tanto aprendí y a quien tanto tengo que agradecer profesional-
mente: «La Sábana Santa tiene un enorme "tirón" popular», y es
verdad.
78 Santiago Vázquez

Es mi intención que el lector, después de haber escudriñado todos


los capítulos que componen esta obra, saque sus propias conclusio-
nes. En ningún punto de nuestra amplia investigación podemos salir
del ámbito de las hipótesis, más o menos plausibles, pero, en defini-
tiva, hipótesis. Me limitaré, exclusivamente, a exponer la abundante
información de la que dispongo y, consecuentemente, reflexionaré
sobre ella.
Se trata de que el lector tenga su propio criterio, pero, únicamen-
te, después de haberse informado, ya que no es riguroso emitir una
opinión si no se dispone de la debida información. Emitir un juicio
sobre un asunto que se desconoce es opinar gratuitamente, es una
opinión carente de sentido y vacía en su esencia y contenido. Para
opinar hay que conocer, y eso es lo que haré a lo largo de este traba -
jo: poner al alcance del lector toda la información de la que dispongo
referente a la Síndone para que, finalmente, pueda tener una opinión
sólida y un criterio personal, construido sobre las bases del conoci-
miento y de la información de primera mano, sobre una extensa y
fiable documentación que llevo recopilando y estudiando desde el ya
lejano año de 1989.
Nos encontramos, por tanto, ante el fruto de veinticinco años de
investigación personal, un esfuerzo sin descanso con el fin de saber
si la Síndone es auténtica o no, y lo que es más importante: ¿a qué
conclusiones y reflexiones he llegado tras dos décadas y un lustro de
incansable búsqueda?
Escribir sobre tan preciada reliquia es, ineludiblemente, escri-
bir también sobre Jesucristo, pero ya adelanto que el gran enigma
de la Síndone no es un asunto que debe resolver y explicar la
Teología, sino la Ciencia. Este Lienzo, que se conserva en Turín, es
uno de los objetos arqueológicos más investigados por la Ciencia
durante el siglo XX, y de ello se puede inferir, a priori, la autenti-
cidad de esta reliquia -la más importante del cristianismo-, ya
que si los científicos -pertenecientes a muy diversas ramas de la
Ciencia- hubieran detectado el menor vestigio que apuntase a su
falsedad, las investigaciones se hubieran abortado hace mucho
tiempo, pero no ha sido así, sino todo lo contrario: los estudios
científicos sobre este objeto arqueológico se han incrementado de
forma exponencial.
Sábana Santa. Lo nunca contado 79

La única prueba que ha hablado en contra de su autenticidad ha


sido la de su datación cronológica mediante el Carbono 14, efectua-
da en 1988 y de la que nos ocuparemos monográficamente en un
pormenorizado capítulo.
La Ciencia no ha hecho más que dar luz verde, una y otra vez, a
la investigación del objeto, confirmando, repetidamente, su veraci-
dad, pruebas que se llevan efectuando desde finales del siglo XIX
hasta la actualidad. Eminentes hombres de Ciencia se han intere-
sado profundamente -y lo siguen haciendo- por esta mortaja
que se guarda en Italia, nombres y observaciones que iremos cono-
ciendo.

Dos PREGUNTAS DE GRAN IMPORTANCIA


La primera pregunta que se plantea cuando contemplamos la
Sábana Santa es si ese varón que en ella aparece es Jesús de Nazaret
o si pertenece a otro ser humano. Nos ocuparemos también de
responder a esta interrogante en el capítulo correspondiente.
Y si el misterio de quién es ese hombre torturado constituye la
primera pregunta, la segunda, quizás de mayor importancia, es de
qué desconocida manera y a través de qué ignorado mecanismo quedó
"grabada" la imagen de ese crucz/icado en el tejido. Una pregunta que,
en pleno siglo XXI, la Ciencia no ha podido aún responder. Se admi-
te, cómo no, su existencia, la presencia real de la imagen de un ser
humano -tanto frontal como dorsalmente- en la Síndone, pero se
desconoce su génesis. Abordaremos este punto en profundidad, ya
que es de vital importancia.

CONOCIENDO EL OBJETO

Se trata de una mortaja o lienzo funerario que se empleó para


envolver el cadáver de un hombre, y digo esto, como veremos,
porque se ha dicho, en no pocas ocasiones, que para obtener la
imagen se utilizó un modelo artificial, y hacer esta aseveración es
desconocer lo más elemental respecto al objeto que nos ocupa. La
Sábana Santa contuvo un cadáver; esto es ya, a estas alturas de la
investigación, indiscutible e incontestable.
80 Santiago Vázquez

Se la denomina "sábana" porque se trata, en efecto, de una


"sindon" (en griego), y la denominación de "santa" se debe a que
pudo albergar el cuerpo de Jesucristo.
De "Turín" porque es allí donde se guarda hasta hoy desde 1578,
año en el que llegó a la ciudad italiana procedente de Chambéry
(Francia).
Es un tejido de lino en forma de "espiga" o "espina de pez". Es
rectangular y larga, ya que, inicialmente, medía 4,36 m de largo y
1,10 m de ancho, pero, tras el proceso de restauración al que fue
sometida en 2002, sus nuevas medidas son de 4,41 m de largo y 1,13
de ancho. (Figura 1)
El lector que desconozca este tema se preguntará cómo fue
envuelto ese hombre en la mortaja.
Se extendió por completo la Sábana (de 4,36 m de largo),
quedando dividida en dos grandes mitades de aproximadamente 2
metros cada una.
En su primera parte o primera mitad, depositaron el cuerpo ya
sin vida de ese hombre, boca arriba y con las manos cruzadas, una
sobre la otra, cubriendo y, por tanto ocultando, la zona genital.
Con la segunda mitad, la sobrante -también de unos 2 m de
largo-, cubrieron el cadáver, extendiéndola por encima, a lo largo
de éste, hasta los pies e introduciendo la porción de tejido sobrante
-muy corto- por debajo de éstos.
De esta forma, el cadáver quedó perfectamente envuelto en la
mortaja. (Figura 2)

SANGRE HUMANA

Es importante que el lector sepa que la sangre presente en la Síndo-


ne es sangre humana, concretamente, corresponde al grupo AB.
Brotó de las múltiples heridas, empapando, posteriormente y por
absorción, la tela, aunque ya algo viscosa. (Figura 3)
Por otra parte, se encontró sangre que salió al exterior cuando ese
varón ya había muerto. Me estoy refiriendo a la sangre post-mortal
que brotó, a través de la herida del costado derecho, cuando un obje-
to punzante le fue introducido en esa localización, llegando hasta la
aurícula derecha del corazón tras haberle atravesado el pulmón.
Sábana Santa. Lo nunca contado 81

También se descubrió que, en lo referente a la sangre impregnada


en el tejido, existe sangre venosa y, por otra parte, sangre arterial, y
además cabe señalar que se halla con absoluta precisión en los puntos
concretos por donde circulan una y otra, algo impensable en la Edad
Media para un hipotético falsificador, ya que aún no se había descu-
bierto la circulación sanguínea y, por lo tanto, se ignoraba la diferen-
cia entre ·1a sangre venosa y la arterial.

CRUENTA PASIÓN Y MUERTE EN LA CRUZ.


¿QUÉ VEMOS EN LA SÁBANA SANTA?

Contemplamos la imagen completa -de pies a cabeza- de un


varón, tanto frontal como dorsalmente -por delante y por detrás-,
en posición de decúbito supino, con las manos -una encima de la
otra- cubriendo la región genital, con las piernas ligeramente flexio-
nadas -una de ellas (la izquierda)- más que la otra debido al "rigor
mortis". La posición que presentan las piernas fue la que tuvieron
durante la crucifixión. (Figura 4)

EL CUERPO DEL HOMBRE DE LA SíNDONE


PRESENTA NUMEROSAS LESIONES

Ha sido golpeado en el rostro, de forma que se ha podido compro-


bar que el cartílago nasal está fracturado debido, según la investiga-
ción, a un violento impacto propinado, muy posiblemente, con un
objeto de forma cilíndrica.
Por otra parte, el pómulo y la mejilla derechos (izquierdos
para el observador) aparecen muy inflamados, hasta el punto de
dejar el ojo derecho parcialmente cerrado debido a la hinchazón
de éstos.
Un salivazo se encuentra entre el lagrimal del ojo derecho y el
tabique nasal. (Figura 5)
Tanto el pelo como el bigote y la barba presentan gran cantidad
de sangre procedente del casco de espinas -que no corona- que
cubrió prácticamente toda la cabeza, desde la frente hasta la nuca.
Las lacerantes espinas de este casco espinoso perforaron arterias y
venas cerebrales, provocando la emanación de abundante sangre
82 Santiago Vázquez

que empapó, también y en gran medida, la frente y el rostro, causán-


dole un enorme dolor por la penetración de las agudas espinas en el
cuero cabelludo.
La iconografía religiosa tradicional nos ha representado a Cristo
coronado de espinas alrededor de la cabeza, pero si el hombre de la
Síndone es Jesús de Nazaret, no fue así. (Figura 6)
En su parte derecha, principalmente, la barba y el bigote apare-
cen arrancados. Se puede suponer que dicha ausencia de pelo pudo
ser debida a un tremendo estirón, lo que pudo ocasionar al torturado
un agudísimo dolor.
Según el estudio de las lesiones del rostro, se concluye que con
este varón hubo un cruel ensañamiento, Se ha de suponer, apoyán-
donos en los análisis, que éste recibió golpes, puñetazos, salivazos y
otras dolorosas humillaciones.

Nuestro protagonista fue brutalmente flagelado


Se han podido contar hasta ciento veinte heridas producidas por
flagelo diseminadas por todo el cuerpo, tanto en su parte frontal
como dorsal, pero sin afectar a zonas vitales que hubieran podido
causar la muerte del reo.
Las marcas que quedaron en el cuerpo se corresponden con las
que dejaría un "flagrum taxilatum", látigo romano con el que se
castigaba a los condenados en la época de Cristo. (Figura 7)
La flagelación a la que fue sometido el hombre de la Síndone
tuvo que ser dantesca. No existe, prácticamente, zona del cuerpo
que quedó sin ser golpeada. La brutal tortura la recibió desnudo, ya
que también existen latigazos en las nalgas. De haber estado vestido
con alguna prenda durante el martirio, las huellas de los "flagrum"
no hubieran quedado marcadas tal y como podemos verlas en la
imagen.
Por otra parte, es muy probable que recibiera más de un golpe de
látigo en los genitales. No podemos saberlo porque dicha zona apare-
ce oculta por las manos, una sobre la otra en esa localización, pero lo
que sí podemos intuir es el dolor extremo que tuvo que soportar si,
realmente, fue castigado también en esa parte del cuerpo, muy deli-
cada y que, como sabemos, produce un sufrimiento casi insoportable
si es golpeada, y mucho más si este tormento fue propinado con toda
Sábana Santa. Lo nunca contado 83

la fuerza de un soldado romano acostumbrado a golpear sin compa-


sión allí donde quería. Los encargados de flagelar a los reos eran
unos auténticos "maestros" en el manejo de los látigos.
Antes de entrar a examinar la tortura de la crucifixión que sufrió
ese hombre, es imprescindible exponer otro hallazgo en la observa-
ción de las lesiones que sufrió, y es que, en la imagen dorsal, a la altu-
ra de los omóplatos, se aprecian, en la zona alta de la espalda, dos
regiones oscuras. Se trata de contusiones y arañazos que se provoca-
ron después de la flagelación, pero ¿qué objeto pudo originar estas
marcas?
Se ha supuesto que esas señales fueron provocadas por el "patibu-
lum", el madero horizontal con el que cargaban los condenados con
los brazos extendidos y atados a éste con cuerdas. Este madero, de
un peso aproximado de 40 kg, era trasladado por el propio senten-
ciado al lugar de la ejecución, donde le esperaba el "estipe" o madero
vertical.
El hombre de la Síndone no cargó con la cruz a cuestas -como
nos han transmitido las obras artísticas-, sino, únicamente, con el
madero transversal, por detrás, sobre sus hombros y espalda, con los
brazos extendidos a lo largo de éste.
Sabemos también que este torturado cayó al suelo, se ha de
suponer que en varias ocasiones, ya que las rodillas aparecen
erosionadas y muy dañadas. Se debe -y siempre me ha conmovi-
do- a que éste, cuando caía al suelo, exhausto y teniendo las
manos atadas al "patibulum", paraba las brutales caídas con las
rodillas primero y después con la cara. Imaginemos el impacto de
semejantes desplomes. Las rodillas y después el rostro soportaron
el peso de él mismo -de entre 80 kg y 85 kg- y el del madero
que portaba, de alrededor de 40 kg. Como puede entender, amigo
lector, estas caídas -se supone que varias por lo erosionadas que
están las rodillas- fueron dolorosísimas y, con seguridad, conmo-
cionaron a ese hombre al parar, finalmente, el aplastante derrum-
be con su cara.
Desde que empecé a estudiar la Sábana Santa, siempre me han
impresionado estas "caídas", imaginando el impacto contra el suelo
que ese hombre tuvo que soportar cada vez que tropezaba o se desva-
necía debido ya al extremo agotamiento que se había apoderado de él.
84 Santiago Vázquez

El hombre de la Sábana Santa fue crucificado


Se le crucificó con tres clavos. Dos a través de las muñecas
-concretamente penetrando el denominado "espacio de Destot " -
y no en las palmas de las manos, como nos lo han transmitido las
representaciones artísticas a través de los siglos. No se utilizaron
cuerdas ni ningún otro tipo de soporte suplementario. (Figura 8)
Y, por otra parte, se utilizó un largo clavo para atravesarle los
dos pies. El pie derecho fue el que estuvo contra el madero y el
izquierdo fue colocado cabalgando sobre empeine del derecho (se
sabe por la postura de las piernas y de los pies en la que los dejó la
rigidez cadavérica).
El afilado y gran clavo penetró, aproximadamente, por el centro
del empeine del pie izquierdo, lo atravesó, taladró también el empei-
ne del derecho, saliendo por la planta de éste y quedando fuertemen-
te sujeto a la cruz. Tampoco para el clavo de los pies se utilizaron
elementos adicionales como cuerdas, plataforma o ningún otro tipo
de sujeción. (Figura 9)
La herida de la muñeca que se ve (la otra está oculta por encon-
trarse la mano sobre ella) presenta, claramente, la lesión.
En los pies sólo podemos observar la perforación en el empeine
(en la imagen frontal) y en la planta (en la imagen dorsal) del dere-
cho. El pie izquierdo sólo se ve parcialmente, ya que, como hemos
señalado, éste cabalgó sobre el derecho, flexionando más, por tanto,
la pierna izquierda. Al sobrevenir el "rigor mortis", el pie izquierdo
quedó en esta posición, parcialmente separado de la Síndone donde
fue envuelto el cadáver.
Los regueros de sangre y sus trayectorias a través de la piel en los
antebrazos partiendo de las heridas de las muñecas, nos revelan las
dos principales posturas que adoptó ese hombre durante su suplicio
en la cruz.
La tortura, según se desprende de dichas trayectorias de la sangre,
consistió en dos movimientos.
Para poder tomar aire y respirar se apoyó con gran fuerza en el
clavo de su mano (muñeca) derecha y en el clavo de los pies, tirando
hacía arriba para poder erguirse y, de esta forma, poder respirar. Cuan-
do sus músculos ya no aguantaban más dicha posición y el dolor
provocado en las muñecas era insoportable, por estar agarrándose de
Sábana Santa. Lo nunca contado 85

los clavos clavados en ellas, nuestro protagonista se dejaba caer,


quedando colgado por esos tres puntos. En esta posición, un cuerpo
humano no puede respirar, ya que los músculos torácicos no pueden
estirarse, ni el tórax se puede ensanchar para respirar, por tanto, de no
erguirse de nuevo sobrevendría la asfixia. Cuando ya no podía respirar
se volvía a levantar sobre sí mismo de la forma que acabo de exponer,
y así una y otra vez hasta que los músculos no aguantaron más, quedan-
do ya el cuerpo pendiendo de la cruz y, en breve, muriendo por asfixia.
Un tormento, el de la cruz, difícil de imaginar, cruel, dolorosísimo
y atroz.
Una vez que hemos explicado que ese hombre, verdaderamente,
murió por asfixia al ser crucificado y que la Sábana Santa contuvo un
cadáver, es preciso exponer dos aspectos más en relación con las
heridas infligidas a ese cuerpo:
l. Otra lesión visible es la de la herida en el costado derecho.
Dicha herida se encuentra entre la quinta y la sexta costilla.
Por ese punto penetró un objeto punzante que atravesó el
pulmón derecho y que llegó al corazón, atravesando la aurícu-
la derecha. Al retirar el instrumento, éste dejó un camino
abierto al exterior y, a través de él, brotó sangre y suero. Recor-
demos al evangelista Juan cuando dice que «al instante salió
sangre y agua» (juan 19, 34).
Lo que el evangelista describe en el texto es la sangre, deposi-
tada ya en la parte inferior de la aurícula derecha del corazón
y el suero, separado de la sangre en dicha aurícula y por enci-
ma de ésta. Por esta razón, el texto evangélico nos dice que, al
atravesar el soldado romano el costado de Jesús (ya muerto,
pero para asegurarse de ello) «salió sangre y agua», es decir, la
sangre y el suero, separados ya una del otro.
2. La sangre que aparece en el costado del hombre de la Síndo-
ne nos corrobora su muerte, ya que ésta, analizada por los
científicos, es sangre post-mortal, es decir, que brotó de ese
corazón cuando ese individuo estaba ya muerto. Por esta
razón y si estamos ante la imagen de Jesucristo (pormenor por
el que nos interesaremos más adelante), no es cierto que Jesús
no muriera en la cruz, como se ha dicho y escrito en numerosas
ocasiones. Ese hombre murió. (Figura 10)
86 Santiago Vázquez

ANTROPOMETRÍA DEL HOMBRE DE LA SÁBANA SANTA

En la Síndone podemos ver a un hombre de entre 1,81 m y 1, 83


m de altura. Resulta imposible precisar la estatura exacta por princi-
palmente tres razones.
La primera es la rigidez cadavérica. La segunda es que, debido a
ésta, los pies están extendidos, tal y como estuvieron clavados en la
cruz. Y la tercera se debe al tejido, a los estiramientos y contracciones
que ha sufrido a lo largo de los siglos, debido, sobre todo, a las tempe-
raturas que ha experimentado. Por estas razones, básicamente, es
imposible cifrar la estatura exacta de nuestro protagonista, aunque sí
se puede afirmar que nos encontramos, si se trata de Cristo, ante un
varón de una considerable estatura respecto a su época y raza.
Estimando la altura aproximada y su complexión, los especialistas
han calculado que el hombre sindónico pudo pesar entre 80 kg y 85 kg.
Se trata, asimismo, de un hombre relativamente corpulento, no
excesivamente musculoso, pero sí de complexión fuerte.
Sus manos son grandes, pero tampoco en exceso. Existe la
opinión que apunta a que ese hombre estaba acostumbrado a traba-
jar, frecuentemente, con sus manos. Desde luego, no se trata de unas
manos delicadas. Los dedos son largos, pero no gruesos.
Las proporciones de su cuerpo, como analizaremos, son anatómi-
camente perfectas. De brazos y piernas largos, espalda ancha, tórax
amplio y robusto. Su rostro inspira serenidad y paz. En palabras de
no pocos autores, majestuosidad.
Sus rasgos marcados expresan bondad y, al mismo tiempo, grave-
dad (Figura 11):
• Pómulos algo salientes.
• Frente amplia, pero proporcionada.
• Cejas equilibradamente pobladas.
• Nariz larga, con un ligero caballete hacia la mitad del tabique,
de tipo judío.
• Labios algo carnosos, sobre todo el inferior, aunque no en
exceso.
• Pelo largo, abundante, peinado con raya en medio, cayendo
hasta descansar discretamente sobre los hombros, con una
Sábana Santa. Lo nunca contado 87

fina coleta en la zona dorsal, cuyo mechón llega hasta algo más
arriba del centro de la espalda.
• Barba cuidada, no muy larga, partida en dos en el mentón.
• Bigote también arreglado, aunque poblado.

MARCAS CARACTERÍSTICAS

Se observan, a lo largo de toda la pieza, de un extremo a otro y a


ambos lados de la imagen, dos líneas longitudinales, tanto por delan-
te como por detrás.
Dichas líneas son, en realidad, quemaduras que quedaron marca-
das indeleblemente en el tejido en el incendio que sufrió la Síndone
en Chambéry (Francia) en 1532, ya que ésta se encontraba doblada
en el interior de una arqueta de plata. El voraz incendio derritió ésta,
que cayó, a modo de gotas, en el Lienzo, perforándola en diversos
puntos. Son los pequeños agujeros que se pueden observar en la tela.
Al estar doblada en varias partes dentro de dicha arqueta, el
intenso calor provocó la quemadura que, actualmente, podemos ver
a modo de esas dos líneas tan características que surcan la Sábana
longitudinalmente de extremo a extremo.
Si nos fijamos en el objeto, llamarán nuestra atención unos
parches con forma de triángulo. Fueron cosidos por las religiosas de
Chambéry para restaurar el tejido tras el incendio.
Tanto las dos líneas como los parches son muy característicos del
Lienzo, aunque en la restauración de la pieza durante el verano de
2002, los parches originales, cosidos por las clarisas en el siglo XVI,
fueron sustituidos por unos actuales con el objeto de una mejor
conservación de la reliquia.
El incendio de Chambéry -tal vez provocado- ocasionó que,
ante el inminente peligro de que el fuego acabase quemando la Síndo-
ne, se arrojó una considerable cantidad de agua que acabó por mojar-
la. Como resultado, quedaron en el tejido unas características manchas
en forma de rodales repartidos por diferentes localizaciones.
Afortunadamente, la imagen del hombre de la Sábana Santa no se
vio prácticamente afectada por el fuego y el agua, salvo en la zona de
los hombros que, a partir de aquella noche de 1532, ya no podemos
ver. Por lo demás, la imagen está intacta e inalterada, como podemos
observar en la primera imagen de este capítulo. (Ver Figura 1)
88 Santiago Vázquez

Dos ARGUMENTOS QUE REFUERZAN su AUTENTICIDAD


También, y dentro de la explicación de lo que existe en el tejido,
nos encontramos con múltiples pliegues y arrugas.
Este detalle, que no ha sido siempre advertido, es de vital impor-
tancia respecto a la antigüedad de la Síndone, ya que tan sólo el
transcurso de muchos siglos puede otorgar al lino esa cantidad de
marcas y de señales inequívocas de su historia que, posiblemente, se
remonte a la época de Cristo. Es, únicamente, una hipótesis, aunque
prioritaria.
La datación mediante el Carbono 14 fijó la antigüedad de la Sába-
na Santa entre los años 1260 y 1390 d. C., pero es sumamente escla-
recedor señalar que apenas seis o siete siglos de historia no marcan
tanto un tejido. De ser un objeto de la Edad Media no podríamos
observar tal cantidad de pliegues y arrugas y, sobre todo, tan profun-
damente marcadas.
A esta observación debemos plantear otra no menos importante,
y es la tonalidad o coloración del lino, que es muy particular.
El color del Lienzo es algo asalmonado y también relativamente
amarillento. Esta tonalidad delata, con un alto índice de fiabilidad,
que la Síndone es mucho más antigua de lo que nos reveló el Carbo-
no 14 en 1988.
El color del tejido es muy específico y se puede asegurar que es
una prueba infalsificable, tonalidad que muchos siglos de existencia
pueden otorgar a una tela. Si la reliquia perteneciese a la época
medieval-como se nos dijo- no poseería esa coloración. Se conser-
van tejidos medievales y éstos están mucho más blanqueados, no
asalmonados ni tan amarillentos. Se trata, pues, de otro dato que
suele pasar inadvertido, pero que, sin embargo, es enormemente
importante por su significación.

El negativo fotográfico es un perfecto positivo


Como veremos detenidamente, nos hallamos ante un fenómeno
de difícil comprensión, ya que la realidad está invertida. Este fenóme-
no se descubrió en 1898, cuando el abogado turinés y gran aficiona-
do a la fotografía Secando Pía, realizó la primera fotografía de la
historia a la Sábana Santa.
Sábana Santa. Lo nunca contado 89

Lo que Pía se encontró en su laboratorio fotográfico no lo podía


creer, y es que el negativo que sujetaba entre sus manos, a modo de
placa fotográfica, era, en realidad, un perfecto y pormenorizado
positivo de ese crucificado en toda la extensión de la imagen, tanto
por delante como por detrás. Es decir, que la imagen del hombre que
aparece en la Síndone, vista al natural, ante ella, contemplada con
nuestros ojos es, realmente, el negativo, y, al fotografiarla, el negativo
fotográfico o cliché es el positivo.
Reflexionando sobre este inédito fenómeno se puede inferir que
la Sábana Santa, en el momento de producirse la "impresión" de ese
cuerpo en su tejido, actuó como placa fotográfica, de forma que, al
fotografiarla, el resultado obtenido sea un detalladísimo positivo,
pudiendo observar, por tanto, el aspecto real que tuvo ese hombre
en el interior del Lienzo en el instante de quedar "grabada" su
impronta completa en él.
Si planteamos la hipótesis de que es Jesucristo a quien podemos
contemplar, debemos resaltar que lo que vieron sus Apóstoles y
discípulos en la mortaja "vacía" en el interior del sepulcro el domin-
go de Resurrección por la mañana, lo que, décadas más tarde y en
siglos posteriores, vieron los edesanos, la imagen -ya desplegada
por completo- que pudieron ver miles de miradas en Constantino-
pla, Atenas, Besancon, Chipre, Lirey, Chambéry y Turín, era, en
verdad, la imagen en negativo, es decir, la imagen invertida.
Tan sólo con el transcurrir de los siglos y con el desarrollo de la
tecnología, nos hemos podido encontrar con este gran misterio que,
aún hoy, la Ciencia no ha podido explicar. (Figura 12)

LA FORMACIÓN DE LA IMAGEN: EL GRAN MISTERIO

El análisis del Lienzo, en su conjunto, es imprescindible, pero lo


que más ha de interesarnos, antes que el tejido, es la imagen del
hombre que en él aparece. ¿Cómo se formó? ¿De qué manera quedó
"estampada" en la Síndone?
La opinión más extendida y también la más aceptada es que de
ese cadáver brotó una radiación/ energía -de tipo desconocido-
que chamuscó muy superficialmente el lino, provocando una degra-
dación de la celulosa.
90 Santiago Vázquez

Esta radiación/energía, que partió de todos y de cada uno de los


puntos del cuerpo, "chamuscó" cada uno de todos esos puntos del
lino en función de la distancia respecto al tejido, es decir -y para
mayor comprensión del lector-, que las zonas del cuerpo más cerca-
nas a la tela "chamuscaron" más, quedando más marcadas, y, sin
embargo, las partes más alejadas "chamuscaron" menos y, por lo
tanto, quedaron menos señaladas, pero siempre en una proporción
exacta en cuanto a la distancia entre el cuerpo y la Síndone, en
función de la distancia exacta entre cada uno de los puntos del cuer-
po y el Lienzo.
Cada punto del cuerpo tiene, por tanto, una intensidad, debido,
como he señalado, a su distancia respecto a la tela. Estas diferencias
de intensidad en cada uno de los innumerables puntos del cuerpo
nos proporciona una imagen tridimensional.
En los años setenta se sometió una fotografía de la imagen del
hombre de la Sábana Santa a un analizador de imagen de la N.A.S.A.:
el VP-8. El resultado fue tan asombroso como inesperado: La imagen
del cuerpo es tridimensional. (Figura 13)
Si sometemos cualquier fotografía al VP-8 o a cualquier otro
analizador de imagen, el resultado es una imagen bidimensional, es
decir, de dos dimensiones, pero no ocurre así con el Lienzo de Turín.
El carácter tridimensional de la imagen merece un capítulo apar-
te. Más adelante expondré y analizaré que la clave se encuentra en
esa radiación/energía que provocó la impronta.

REFLEXIONES FINALES

Ahora me pregunto yo, amigo lector: ¿existe en la Historia de la


Humanidad la más mínima referencia a un difunto que haya dejado
su impronta en su lienzo funerario? ¿Sabemos del más insignificante
reporte que nos refiera la existencia de alguna mortaja, en cualquiera
de las culturas que han existido y existen, que presente la imagen del
fallecido que ha contenido? La respuesta, como se puede suponer, es
un rotundo no.
De haberse encontrado una tela funeraria con la correspondiente
imagen del cadáver que albergó, hubiera sido una noticia de tal
magnitud que hubiera recorrido el mundo entero, pero no ha sido
Sábana Santa. Lo nunca contado 91

así, excepto en el caso de la Síndone de Turín, que es un objeto


arqueológico de incalculable valor, única y sin precedente parecido o
semejante alguno, y que, actualmente, nadie -como veremos- ha
sido capaz de reproducir con todas sus características. No hablo de
imitaciones o de imágenes que se le asemejen. Me refiero a la repro-
ducción exacta de la imagen sindónica con todas sus características, y
eso aún no se ha conseguido.
La investigación del origen de la impronta apunta a una radiación/
energía desconocida que brotó de ese cadáver, y es cuando surgen las
grandes preguntas: ¿Puede un cadáver emitir una radiación/energía
para dejar su imagen en su mortaja, siendo ésta -la imagen- tridi-
mensional? ¿Ante qué desconocido y desconcertante fenómeno nos
encontramos? ¿Quién es ese hombre para dejar su impronta de la
forma que hemos explicado? ¿Podemos estar ante la imagen de J esu-
cristo en el preciso momento de su Resurrección? ¿Quedó la imagen
en el Lienzo cuando ese cadáver volvió de la muerte a la vida para
transformarse en un cuerpo glorioso? ¿Nos encontramos ante la
prueba de la Resurrección de Jesús de Nazaret? ¿Intervino en este
inexplicado fenómeno una "Causa" superior a nosotros? ¿Se puede,
por tanto, pensar en la existencia de un Ser Superior que provocó el
fenómeno? ¿Es la imagen de la Síndone el cumplimiento de la pala-
bra de Jesucristo de que resucitaría al tercer día?
Se podrían exponer más preguntas, pero las dejaremos para más
adelante e iremos respondiéndolas durante el desarrollo de la presen-
te obra. Las que acabo de plantear contienen no poco fondo y sí
mucho espacio para la reflexión.
Teología y Ciencia han de ir unidas en el estudio de la Sábana
Santa, y es lo que vamos a hacer en este trabajo, aunque, como he
indicado al comienzo de este capítulo, ho es la Teología quien tiene
que demostrar si la Síndone es auténtica o no, sino la Ciencia.
Para su información, amigo lector, le diré que éste no es un libro
de índole religiosa, aunque, como es lógico e ineludible, la figura de
Jesús de Nazaret está muy presente en nuestro estudio del objeto.
Escribir sobre la Sábana Santa de Turín y no hablar de Cristo es
imposible, pero que vaya por delante que éste es un libro para perso-
nas que profesen cualquier tipo de creencia religiosa o espiritual, e
incluso, y sobre todo, para aquellas y aquellos que no creen en nada.
92 Santiago Vázquez

En el desarrollo del presente trabajo, voy a procurar, tras muchos


años de estudio e investigación, comprobar, desde una postura abso-
lutamente objetiva y neutral, si la Síndone es, verdaderamente, el
Lienzo funerario que envolvió el cadáver de Jesús. Y si es así, nos
vamos a preguntar de qué forma quedó su imagen en el tejido y por
qué, pero siempre partiendo de las investigaciones científicas, con la
Ciencia en la mano y con lo que ella nos ha revelado sobre el Lienzo
desde hace ya varias décadas.
Al final, y es lo que pretendo, que cada lector saque sus propias
conclusiones. Como pienso desde hace muchos años, la creencia
debe ser libre, nunca impuesta, porque la fe es y debe ser libre, y la
imposición de una creencia nos hace esclavos de nosotros mismos.
Por tanto, amigo lector, después de leer este libro, cuya elabora-
ción ha ocupado muchos años de mi vida, sea usted libre y saque sus
propias conclusiones si así lo desea. Lo que sí le adelanto es que estas
páginas no le van a dejar indiferente. «La verdad os hará libres» (Juan
8, 32) dijo un hombre de Galilea hace dos mil años conocido como
Jesús de Nazaret.
CAPÍTULO 3
"TESTIGO EN EL SEPULCRO"
¿HABLAN LOS EVANGELIOS DE LA SíNDONE?

• QUÉ NOS DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE LA SÁBANA QUE SE


,,J empleó para envolver el cadáver de Jesús de Nazaret? ¿La
\... mencionan? ¿Hablan de ella? ¿Existe alguna alusión al respecto?
Cuando hablo de los Evangelios, me refiero a los denominados
Canónicos, es decir, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No haré
II 11
alusión a los llamados apócrifos ya que éstos fueron escritos muy
,

posteriormente, como así lo demuestra la investigación.


No entraremos en el análisis de cuál de los textos nos ofrece
mayor credibilidad. Lo que sí afirmo, sin ninguna duda, objetiva-
mente y apoyándome en el rigor de su estudio, es que los Canónicos
son los documentos que gozan, desde los orígenes del cristianismo,
de mayor fiabilidad. Son, de entre todos los existentes, los más anti-
guos y, por lo tanto, los más cercanos en el tiempo a la vida y muerte
de Jesús de N azaret.
No es mi intención hacer un examen pormenorizado de cada uno
de ellos. Mi objetivo en el presente capítulo es saber si, realmente, se
habla en ellos de la Síndone y de qué forma.
Independientemente de que estos documentos nos narren una
realidad histórica más o menos fidedigna, reflejan una serie de
hechos que, verdaderamente, ocurrieron, y se hacen eco de las pala-
bras pronunciadas por Jesucristo con mayor o menor exactitud.
¿Debemos aceptar, al pie de la letra, todo lo que en ellos se nos
narra? No seré yo, al menos en la presente obra, quien responda a
94 Santiago Vázquez

esta pregunta, ya que nos apartaría del objeto principal de nuestro


estudio, pero sí es necesario hacer algunos comentarios al respecto.
Es verdad que se detectan ciertas divergencias entre ellos. El
hecho de que éstas existan, ¿significa que no debamos tenerlos en
cuenta? La respuesta es taxativa: sí se ha de otorgarles credibilidad.
No obstante, y a continuación, expondré algunos versículos en
los que las existen ciertas "contradicciones".

LA ASCENSIÓN Y EL SEPULCRO
Mientras que el texto de Mateo sitúa la Ascensión de Cristo en la
región de Galilea (Mt 28, 16-20), el de Lucas la localiz~ cerca de
Betania, muy cerca de Jerusalén (Le 24, 50-53).1
Por otra parte, en lo que se refiere a la visita al sepulcro de Jesús
el domingo al amanecer por parte de las mujeres, los evangelistas no
se ponen de acuerdo. El de Mateo (Mt 28, 1) dice que las que fueron
a visitar la tumba fueron María Magdalena y la otra María (María la
de Santiago). El de Marcos (Me 16, 1) cita a la Magdalena, María la
de Santiago y Salomé. El texto de Lucas (Le 24, 10) menciona a
María Magdalena, Juana y María la de Santiago. Por último, Juan (Jn
20, 1) afirma que fue María Magdalena, en solitario, quien visitó
primero el monumento funerario.
Como se puede comprobar, no queda aclarado con precisión
quiénes fueron exactamente las mujeres que visitaron el sepulcro. El
único nombre que aparece en los cuatro textos es el de María Magda-
lena. ¿Se puede afirmar, sin posibilidad de error, que la única que
visitó el lugar, el domingo al alborear, fue María Magdalena?
En los versículos anteriormente citados -y en los que les siguen-
se pone de manifiesto que la tumba fue visitada y que el sepulcro
estaba vacío, que el cuerpo de Jesús había desaparecido y que nadie
lo había robado.
Según esta hipotética secuencia de hechos, quedaría, por tanto,
patente el acontecimiento más trascendental del cristianismo: la
Resurrección de Cristo, aunque no entraremos ahora en su estudio,
pero sí lo haremos más adelante.
Por tanto, los Evangelios nos presentan una realidad histórica,
pero debemos, no sin razón y en opinión de no pocos exégetas,
Sábana Santa. Lo nunca contado 95

dudar de su literalidad, ya que, como hemos comprobado, los


nombres que en uno aparecen, en los otros no lo hacen, y las pala-
bras citadas en uno difieren si las comparamos con los otros.

LAS PALABRAS DE LA ÚLTIMA CENA

Hagamos, por último, un análisis comparativo de los textos en lo


que se refiere a las palabras de Jesús de N azaret durante la Última
Cena.
l. En Mateo 26, 26-29 leemos:

Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo


partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste
es mí cuerpo» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la
dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mí sangre
de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de
los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé de este
producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con voso-
tros, nuevo, en el Reíno de mí Padre»

2. El texto de Marcos 14, 22-25 nos dice:


Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió
y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mí cuerpo.» Tomó luego una
copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les
dijo: «Esta es mí sangre de la Alianza, que es derramada por
muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la
vid hasta el día aquel en que lo beba, nuevo, en el Reíno de
Dios.»

3. En Lucas 22, 19-20 se escribe:


Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio
diciendo: «Este es mí cuerpo que es entregado por vosotros;
haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar,
la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mí sangre,
que es derramada por vosotros.»
El Evangelio de Juan guarda un absoluto silencio sobre las pala-
bras pronunciadas por Jesús durante la Última Cena al consagrar el
pan y el vino.
96 Santiago Vázquez

ENTENDER LAS DIFERENCIAS

Como ha podido comprobar el lector, existen algunas diferencias


en los textos. Mientras Mateo y Marcos dicen: «Tomad, éste es mi
cuerpo», Lucas añade:«(. .. ) que es entregado por vosotros; haced
esto en recuerdo rnío.»
Para entender éstas y otras diferencias es preciso saber que trans-
currieron, al menos, dieciocho años ("') desde la muerte de Jesús
hasta que se pusieron por escrito su vida, sus palabras y enseñanzas,
sus milagros, su Pasión y su muerte.
Inicialmente, su vida y enseñanzas se transmitían de unos a otros
de forma oral. Con el paso de los años, y ante la inicial formación de
las primeras comunidades cristianas; los creyentes se vieron obliga-
dos a poner por escrito todo el conjunto que abarcaba la vida, dichos
y hechos de Jesús de N azaret.
El cristianismo reconoce estos cuatro Evangelios como inspirados
por el Espíritu Santo. Sin embargo, al someter los textos a un minucio-
so análisis comparativo, nos encontramos con desemejanzas entre
unos y otros. Éstas, según mi criterio, no invalidan el valor de dichos
documentos ni la posibilidad de que fueran escritos bajo la inspiración
del Paráclito (El Espíritu Santo). Pueden encontrarse datos y frases
que no coinciden, pero lo que se ha de tener muy en cuenta es que nos
están narrando unos hechos que, verdaderamente, ocurrieron.
Más tarde, con el transcurrir del tiempo y ante la abundante
formación de las diversas comunidades cristianas, aparecerían los
llamados Evangelios Apócrifos. Éstos no fueron rechazados por
capricho ni, como se ha dicho en ocasiones, porque afectaban a la
estructura teológica de la Iglesia. Fueron desestimados, entre otros
motivos, porque son muy tardíos, escritos mucho tiempo después de
los Canónicos, y también porque, en gran parte, reflejan una hipoté-
tica realidad que casi sobrepasa lo mitológico y nos sumerge en el
mundo de lo fantástico.
Michel Quesnel, Profesor del Instituto Católico de París, en su obra
"La historia de los Evangelios", afirma2:
Sometidos a un examen crítico, los Evangelios Apócrifos
cuyo texto nos ha llegado revelan haber sido redactados como
más pronto en el transcurso del siglo II. No se excluye en modo
Sábana Santa. Lo nunca contado 97

alguno que sean eco de tradiciones más antiguas. Pero, en


conjunto, son más bien menos fiables históricamente que los
cuatro relatos conservados en el Nuevo Testamento.
Sin embargo, los textos originales de los cuatro Evangelios Canó-
nicos no se han encontrado. Lo que, actualmente, podemos leer en
nuestras Biblias impresas son copias de copias. Los textos neotesta-
mentarios (los cuatro Evangelios) completos y más antiguos que se
conocen y poseen datan del siglo IV d. C. A este respecto, el Profesor
Quesnel escribe en su obra "La historia de los Evangelios"3:
Los manuscritos evangélicos que obran en nuestro poder
son copias de copias. Los más antiguos están escritos sobre
papiro, que era menos caro que el pergamino, pero también
mucho menos sólido. Con frecuencia están conservados en
un estado fragmentario o deteriorado y, en el caso de varios
de ellos, no nos proporcionan más que algunas líneas de
texto. Corresponden a la época en que las comunidades
cristianas, sin existencia oficial e incluso inquietadas a veces
por el poder, no disponían más que de medios financieros
limitados. Por el contrario, a partir del siglo IV y de la paz
de Constantino, la Iglesia tendrá el viento a favor y las comu-
nidades más ricas podrán costearse libros en pergamino que
se han conservado mejor hasta nuestros días: de los siglos IV
y V poseemos varios manuscritos enteros del Nuevo Testa-
mento.
Es decir, que desde el 3 de abril del año 33 de nuestra era (fecha
en la que casi con completa seguridad Cristo fue crucificado) hasta
aproximadamente el 350 d. C. (fecha aproximada de la que datan las
copias completas más antiguas que se conservan de los Evangelios),
transcurrieron más de trescientos años. En esos más de tres siglos es
posible, como así lo corrobora la moderna investigación, que los
copistas alteraran, en un sentido o en otro, algunos textos. Probable-
mente, se añadieron cosas y se eliminaron otras. En ese período de
tiempo tan dilatado, los documentos originales sufrieron, casi con
seguridad, ciertas transformaciones, según la opinión actual de no
pocos especialistas.
Después de lo expuesto, dejo la pregunta en el aire para que sea
el lector el que llegue a sus propias conclusiones. ¿Debemos tomar al
pie de la letra todo lo que nos dicen los Evangelios?
98 Santiago Vázquez

No es el objetivo de esta obra hacer un estudio de dichos docu-


mentos, pero sí poner al lector en antecedentes acerca de su Historia,
ya que, como enseguida comprobaremos, la Sábana Santa guarda
una estrecha relación con ellos.
Resulta, a priori, extraño que tres de los cuatro evangelistas -los
denominados Sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas- nos comuni-
quen, prácticamente, los mismos hechos.
Sin embargo, el Evangelio de Juan parece distanciarse de los otros
tres, narrando pasajes y transmitiéndonos palabras y discursos de
Jesús que los otros no mencionan. Como es lógico, esta aparente
incógnita tiene su explicación.
De los cuatro Evangelios, el más tardío fue éste, el de Juan. Fue
escrito, según las investigaciones, con un conocimiento previo de los
otros tres. El autor de este Evangelio redactó uno nuevo donde narró
sucesos y palabras de la vida de Cristo que no aparecían en los otros.
Ésta es, básicamente, la explicación de por qué el de Juan se diferen-
cia tanto de los Sinópticos.

LA CREENCIA DEBE SER LIBRE

«La letra mata, mas el Espíritu da vida» (2 Corintios 3: 6). Éste es


el verdadero sentido de mis reflexiones acerca de la fiabilidad o no de
los Evangelios. Deberíamos fijarnos, más bien y sobre todo, en las
enseñanzas y mensajes que nos aportan esos documentos, centrar
nuestra atención en las obras que realizó Jesús de Nazaret y entender
su verdadero significado, dejando en un segundo plano su literalidad.
En la actualidad, y desde hace tiempo, venimos presenciando
cómo algunos grupos de corte espiritual se acogen, obsesiva y compul-
sivamente, a todos y cada uno de los versículos escritos en los Evan-
gelios. Caen, muy a menudo, en un fanatismo que les ciega, llegando
incluso, en ocasiones, a despreciar a todo aquél que no piense como
ellos, apartando de sí a todo el que no crea que todas las letras escritas
en la Biblia son la Verdad Absoluta, la Verdad Incontestable.
Todos tenemos el legítimo derecho de poseer nuestras creencias,
pero cuando éstas pretenden ser impuestas a otros por la fuerza, la
legitimidad de las mismas queda anulada, porque la creencia debe
ser libre, nunca impuesta. La creencia se acoge libremente. El inten-
Sábana Santa. Lo nunca contado 99

tar inculcar por la fuerza una creencia es perjudicial y además contra-


producente. Dejemos que cada uno, tras informarse conveniente-
mente, se decante, libremente, por una u otra forma de pensar y
creer, siempre que no se atente, en ningún sentido, contra el prójimo.

LA SABANA SANTA EN LOS EVANGELIOS

Tras este sucinto pero suficiente conocimiento de la Historia de los


Evangelios y del margen de credibilidad que nos ofrecen, es momento
de saber si, en ellos, aparece la protagonista de nuestra obra: la Sábana
Santa de Turín. ¿Qué nos dicen los Evangelios al respecto?

EN MATEO

En Mt 27, 57-61 leemos:


Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José,
que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a
Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de
que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sába-
na limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho exca-
var en la roca; luego hizo rodar una gran piedra hasta la entrada
del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra
María, sentadas /rente al sepulcro.
Aquí tenemos la primera mención de la "sábana" que se utilizó
para envolver el cadáver de Jesús.
José de Arimatea era miembro del Sanedrín, pero creía en Jesús.
Tal era su condición social que tuvo la oportunidad de entrevistarse,
personalmente, con Pondo Pilato y pedirle que descolgasen el cuer-
po de la cruz para que se lo entregasen. Pilato accedió a su petición.
Si José no hubiera pertenecido al Sanedrín, posiblemente el gober-
nador romano ni siquiera le hubiera recibido y, mucho menos, hubie-
ra dado su beneplácito para entregarle el cadáver, ya que éstos, sobre
todo si pertenecían a ajusticiados, se arrojaban a una fosa común.
Dice el texto que José era un hombre rico. La Síndone de Turín es de
lino, un tejido que, precisamente, no estaba al alcance de cualquier perso-
na. Éste es, pues, un dato que no debemos perder de vista.¿ Un crucificado
envuelto en una sábana de lino? Resulta, como poco, llamativo.
100 Santiago Vázquez

Gran admiración y sincero afecto debía sentir José de Arima-


tea por Cristo. Tuvo el valor de presentarse ante el mismísimo
Pilato y, por otra parte, hacerlo sabiéndolo los miembros del
Sanedrín, que fueron los verdaderos provocadores de la muerte
de Jesús.
Dice Mateo que, una vez que el gobernador concedió su permiso,
bajaron a Jesús de la cruz. El texto no menciona a nadie más.
El hecho de que no se cite a ningún otro personaje que le ayudase
a sepultar el cadáver, no implica que lo hiciera solo, cosa que, por
otra parte, le hubiera resultado imposible.
Cogió el cuerpo y lo envolvió en una "sábana limpia". No se
mencionan vendas ni bandas. Se hace referencia, expresamente, a
una "sábana limpia", lo cual nos indica que aún no había sido
utilizada.
También es muy probable que el sepulcro donde fue depositado
el cadáver de Cristo fuese el propio monumento funerario del ancia-
no, mandado excavar en la roca para él mismo. Recordemos que el
texto dice que era un sepulcro nuevo, lo cual quiere decir que nadie
había sido enterrado todavía en él. Al igual que, actualmente, muchas
personas diseñan y construyen sus propios panteones, es casi seguro
que éste -el de Arimatea- cediese su propio sepulcro para ente-
rrar a su amigo Jesús.
Tras envolver el cadáver en la "sábana" de la que nos habla el
texto, se hizo rodar la piedra que daba acceso al sepulcro y allí queda-
ron, testigos del gélido silencio de la muerte, María Magdalena y la
otra María, muy posiblemente la madre de los Apóstoles Santiago y
Juan, o María, la madre de Santiago y José. (Figura 14)

EN MARCOS

En Me 15, 42-47 se nos narra lo siguiente:


Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la
víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respeta-
ble del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y
tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de
Jesús. Se extrañó Pilato de que ya hubiese muerto y, llaman-
do al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo.
Sábana Santa. Lo nunca contado 101

Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien,


comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en
la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en
roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepul-
cro. María Magdalena y María la de José se fijaban dónde era
puesto.
También el Evangelio de Marcos menciona, claramente y por dos
veces, la existencia de una "sábana" donde fue envuelto el cuerpo de
Jesús. El texto nos aporta datos interesantes.
En primer lugar, nos revela que estaba empezando a atardecer
cuando se iniciaron los trámites para descolgar el cuerpo de la cruz.
Téngase en cuenta que, para los judíos, el día empezaba con la pues-
ta del Sol y que, por lo tanto, comenzaba la gran fiesta judía: la
Pascua, durante la cual no se podía realizar, prácticamente, ninguna
actividad y, mucho menos, enterrar a un difunto.
Debían, por tanto, sepultar al Maestro lo antes posible, antes de
que se hiciese de noche. El entierro fue, en efecto, provisional. Éste
es un punto importante en el que hemos de detenernos.
Como he narrado en el primer capítulo, las leyes del pueblo
judío prescribían que al difunto había que rasurarle todo el pelo
del cuerpo. Asimismo, si el cadáver presentaba heridas y, por lo
tanto, sangre, era obligatorio limpiar totalmente el cuerpo y, sobre
todo, las heridas, retirar con sumo cuidado la sangre del difunto,
ya que, para los judíos -así como para otras culturas, civilizacio-
nes y religiones-, el alma habitaba en ella. También se debía
ungir el cadáver del fallecido con bálsamos, aceites, perfumes y
ungüentos.
Este conjunto de rituales, y algunos más, no se realizaron sobre el
cadáver de Jesús. La explicación es, como señalo, porque no había
tiempo para ello, ya que, con la puesta del Sol, comenzaba la fiesta
de la Pascua.
Si el entierro de Cristo se hubiera llevado a cabo en el trans-
curso de un día cualquiera -y consideramos la Sábana Santa
como auténtica-, no nos hubiera llegado la mortaja en la que fue
envuelto, impregnada de todos esos regueros de sangre, verdade-
ro espejo de un cruel martirio, testigos de su terrible agonía y
muerte.
102 Santiago Vázquez

Si hoy podemos ver con nitidez en la Síndone, entre otros muchos


detalles que iremos analizando, las marcas dejadas en el cuerpo por
los "flagrum" romanos (flagelos), las heridas producidas por los
clavos en las muñecas y en los pies, las múltiples incisiones resultan-
tes del casco de espinas que se le colocó sobre la cabeza, la herida en
el costado derecho y multitud de reveladores hallazgos que se han
desprendido del estudio y observación de la imagen, es porque
nadie limpió sus heridas, nadie retiró la abundante sangre que
empapaba su cuerpo, nadie se encargó de rasurarle el pelo ni de
lavar su cadáver.
El detalle, que puede pasar desapercibido, de que ese torturado
fue envuelto en la "sábana" con prisa po_r falta de tiempo para darle
una sepultura digna y como ordenaba la Ley, debemos considerarlo
con suma atención.
Éste es uno de los primeros datos que nos puede hacer pensar -
como hipótesis- que ese hombre es Jesús de Nazaret. Nos ocupare-
mos de este tema más adelante en un capítulo monográfico sobre
este tema.
El hecho de que el entierro fue provisional se nos confirma en Me
16, 1-2:
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y
Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de
madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al
sepulcro.
Y también en Le 24, 1 (aparte de Le 23, 56, que analizaremos
posteriormente), vuelve a corroborarse que las mujeres volvieron el
domingo, antes de amanecer, para terminar la labor del entierro que
habían dejado inacabado el viernes por la tarde. El texto de Lucas
(Le 24, 1) dice al respecto:
El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepul-
cro llevando los aromas que habían preparado.
Retomando el análisis del texto de Marcos, éste señala que José
esperaba el Reino de Dios, lo que confirma, por segunda vez, que
creía en lo que el Nazareno predicaba.
Cabe destacar la sorpresa del gobernador Pondo Pilato al notifi-
cársele que Jesús ya había muerto.
Sábana Santa. Lo nunca contado 103

El documento señala que José de Arimatea compró una sábana.


No dice que cediese la suya, sino que adquirió, esa misma tarde, una
nueva para utilizarla en el entierro de Jesús.
Una vez envuelto en ella, Cristo fue sepultado -dice el texto de
Marcos al igual que el de Mateo- en un sepulcro que estaba exca-
vado en roca. Nos informa -en semejanza con Mateo- que hizo
rodar una piedra que cerró la entrada al monumento.
Y Marcos también menciona a dos mujeres que se encontraban
presenciando el acontecimiento: María Magdalena y María la de José.

ENLUCAS

Analicemos ahora qué es lo que nos dice el Evangelio de Lucas, el


más abundante en detalles de los cuatro textos Canónicos.
Le 23, 50-56 nos dice:
Había un hombre llamado José, miembro del Consejo,
hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y
proceder de los demás. Era de Arímatea, ciudad de Judea, y
esperaba el Reíno de Dios. Se presentó a Pílato y le pidió el
cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió en una
sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que
nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y
apuntaba el sábado.
Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron
detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo.
Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descan-
saron según el precepto.
José de Arimatea, al igual que en los textos de Mateo y Marcos,
jugó un papel crucial en la sepultura de Jesús. Se le destaca como
11 11
hombre bueno y justo que "esperaba el Reino de Dios", miem-
,

bro del Consejo que no había apoyado la decisión de ejecutar a


Jesús.
En el texto de Lucas volvemos a confirmar la existencia de una
11
sábana" que se utilizó para envolver el cadáver.
Destaca que el sepulcro donde fue enterrado era nuevo, ya que
"nadie había sido puesto todavía", al igual que comenta Mateo.
11
Revela, asimismo, que estaba atardeciendo al decir que apuntaba
el sábado".
104 Santiago Vázquez

En su versículo 56, leemos que "prepararon aromas y mirra", indi-


cándonos con ello que el entierro realizado no estaba terminado y
que tenían intención -como hemos visto en Le 24, 1- de volver al
sepulcro.
Sin embargo, en el texto de Lucas encontramos una referencia
más a la "sábana" o lienzo mortuorio utilizado. En su capítulo 24,
versículo 12, leemos:
Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio
las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido.
Esta referencia a las "vendas" es, como saben los eruditos en la
materia, una traducción errónea del término empleado. El término
griego escrito en el texto es "othonia", que significa "lienzos", y no
"keirais", que serían "vendas".
Según la traducción que aparece en la "Sagrada Biblia" de Eloino
Nácar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P, en su trigésima novena
edición, editada por la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A. C.),
Madrid, 1969, (ISBN: 84-220-0258-2), el texto de Lucas (Le 24, 12)
es traducido de forma correcta. Dice así:
Pero Pedro se levantó y corrió al monumento, e inclinándo-
se vio sólo los lienzos, y se volvió a casa admirado de lo
ocurrido.
Es digna de breve comentario la actitud de Pedro al inclinarse y
ver, en el interior del sepulcro, "los lienzos". El asombro se apoderó
del Apóstol: ¿por qué?
Se nos habla de "lienzos", en plural. ¿Quiere decir que yacían,
sobre la losa sepulcral, más de uno?
Para responder a esta pregunta, y a otras más de vital importancia, es
preciso conocer qué es lo que nos dice el Evangelio de Juan al respecto.

ENJUAN
EnJn 19, 38-42 leemos:
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús,
aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autoriza-
ción para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron,
pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo -aquel que
Sábana Santa. Lo nunca contado 105

anteriormente había ido a verle de noche- con una mezcla de


mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo
envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre
judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había
un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie toda-
vía había sido depositado. Alll pues, porque era el día de la Prepa-
ración de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
Nuevamente, al igual que con el anterior texto de Lucas, nos
encontramos ante la misma imprecisión. El término usado es, de
nuevo, "othonia", "lienzos", y no "vendas", que sería "keirais".
Jorge Manuel Rodríguez, Presidente del Centro Español de
Sindonología (C.E.S.), nos aporta su autorizada opinión al respecto:
Al hablar de la sepultura de Jesús, Mateo, Marcos y Lucas
dicen que fue envuelto en una "sin don", esto es, en una "sába-
na". Juan no cita la "sin don", pero afirma que fue enterrado "a
la manera de los hebreos". Si hubiera estado vendado se trataría
de un egipcio y no de un hebreo. Precisamente fue en el siglo I
cuando -por influjo del rabino Gamaliel- se generalizó entre
éstos la costumbre de envolver al cadáver con un lienzo grande.
La palabra griega usada por Juan es "othonia" que significa
"lienzos". Es verdad que no sabemos si el evangelista usa el
plural en sentido retórico para referirse a la mortaja o, simple-
mente, indica que se usaron varias telas, pero lo que es claro es
que no habla de "vendas" que sería "keirais" .4
En cuanto al empleo de mirra y áloe para enterrar a Jesús
(unas cien libras según el texto, es decir, unos 32 kg), se ha
dicho que la cantidad que se menciona es demasiado grande.
En la sepultura del famoso escriba y fariseo judío Gamaliel
(siglo I) se emplearon ochenta libras de perfumes, y en el
entierro del rey Herodes el Grande, los historiadores nos
dicen que para trasladar los ungüentos participaron medio
millar de esclavos.5
En cuanto a la mezcla de mirra y áloe que llevó Nicodemo al
sepulcro, su cantidad -que parece excesiva-, la forma de envol-
ver el cadáver de Cristo y la mixtura utilizada, el Presidente del
C.E.S. escribe:
( ... )No es cierto que los textos evangélicos afirmen que Jesús
fuera embalsamado. Los dos evangelistas que citan esta costum-
bre (Marcos y Lucas) lo hacen para decir que cuando las mujeres
106 Santiago Vázquez

fueron al sepulcro con la intención de ungir el cadáver, lo hallaron


vacío. Por lo tanto, no llegaron a cumplir su propósito.

No obstante, es verdad que Juan dice que Nicodemo trajo


una mixtura de mirra y áloe -cien libras- y, junto con José de
Arimatea, envolvió el cuerpo de Jesús "con lienzos junto con
los perfumes", pero no tenemos seguridad de cómo se usaron
estas sustancias. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta si se usaban
en líquido o en forma de polvo. El término "embalsamar" no
parece muy apropiado, pues nos remite a un uso en forma de
pomada o de líquido (lo cual es muy poco probable ( ... ) ) .
( ... ) En cuanto a la exorbitante cantidad de la mixtura; se
ha sostenido que pudo fabricarse con el polvo una especie de
lecho de aromas sobre el cual colocar la sábana y el cuerpo,
pero sobre este punto no existe certeza alguna.6

En Jn 20, 1-10 leemos:


El primer día de la semana va María Magdalena de madruga-
da al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quita-
da del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde
el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado
del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepul-
cro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por
delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se
inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también
Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en
el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas,
sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó,
pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escri-
tura Jesús debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos,
entonces, volvieron a casa.
La declaración de María Magdalena de «se han llevado del sepulcro
al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn, 20, 2), no indica que,
habiendo entrado en el monumento funerario, se hubiera encontrado
con la losa sepulcral vacía, sin el Lienzo. El texto nos dice, claramente,
que la Magdalena no llegó a entrar en él, sino que, viendo la piedra de
entrada removida, sintió miedo y echó a correr, entendiendo así, muy
probablemente, que alguien había profanado la tumba.
Sábana Santa. Lo nunca contado 107

Por otra parte, nos encontramos en esta parte del texto, nueva-
mente, con las "vendas" ya citadas y con un nuevo objeto: "el sudario
que cubrió su cabeza" (Jn 20, 7).
Como veremos enseguida, se trata, tan sólo, de una mala traduc-
ción del texto griego original.
El erudito Jorge Loring S.J. -que en paz descansa y a quien
recordamos- reflexiona sobre la expresión en plural "lienzos" y las
mencionadas "vendas", haciendo referencia a las investigaciones del
texto evangélico por parte del eminente Profesor A. Feuillet, quien
certifica que., en el texto de Juan, la palabra empleada también signi-
fica "sábana", así como el hecho de que el "sudario" mencionado se
identifica con un pañuelo y no con una mortaja. De estos detalles tan
vitales y de otros más, Loring explica7:
Se plantea, por lo mismo, el problema de la traducción de
ozonia, palabra utilizada en el texto griego del Evangelio de san
Juan que haría referencia a unos lienzos. En los Evangelios de
Mateo, Marcos y Lucas se habla de la sábana, sindon, donde José
de Arimatea y Nicodemo envolvieron el cuerpo del Señor. San
Juan no habla expresamente de sábana. Habla de unos lienzos.
(. .. ) El profesor A. Feuillet, del Instituto Católico de París,
especialista en el estudio de la Biblia, es un hombre de talla inter-
nacional en el conocimiento de san Juan. Feuillet ha certificado
que la palabra lienzo, que utiliza san Juan, significa también sába-
na; y la palabra sudario, en lugar de mortaja, como la entendemos
nosotros, era más bien pañuelo; era un lienzo que utilizaban para
secarse el sudor. Según Feuillet, ozonia lo mismo puede ser singu-
lar que plural. Igual que en castellano la expresión "unos panta-
lones" puede ser una sola prenda o varias. También decimos
"unas tijeras", refiriéndonos a un solo y único objeto.
Vendas y fajas no se nombran en la sepultura de Cristo ( ... )
(. .. ) Si los otros tres evangelistas, que son Mateo, Marcos y
Lucas, hablan de sindon, que significa sábana y sólo sábana,
cuando san Juan dice ozonia que es lienzo, lo lógico es tradu-
cir por sábana, como los otros tres, y no por fajas.
En una multitudinaria conferencia pronunciada en el Teatro
Principal de Monóvar (Alicante), el 16 de noviembre de 1980, el
docto jesuita -a quien profeso un sincero afecto, admiración y grati-
tud, a pesar de que ya no se encuentra entre nosotros- pronunció
las siguientes palabras que esclarecen, aún con mayor precisión, el
108 Santiago Vázquez

aparente e insalvable problema de la traducción del texto evangélico


de Juan, apoyándose en los exhaustivos análisis del Profesor Feuillet
y dejando el enigma definitivamente explicado:
Pues uno de los especialistas en Sagrada Escritura, en
Biblia, es Mons. Feuillet, francés. Es un hombre de talla inter-
nacional en el conocimiento de San Juan. Y nos dijo en el
Congreso algo que a Uds., quizás de momento les va a extra-
ñar, pero después lo comprenderán y agradecerán lo que les
voy a decir.
Dijo Mons. Feuillet:
«Habría que reformar los textos litúrgicos que se leen en
la Misa, de cuando Pedro y Juan llegaron al sepulcro». Están
mal traducidos. O si suena demasiado fuerte eso de «mal
traducidos», digamos «están imperfectamente traducidos».
Me explico.
A Uds. les suena -lo hemos leído en la misa todos los
años- que cuando San Juan y San Pedro se enteraron de
que Cristo había resucitado, salieron corriendo hacia el
sepulcro. Pero Juan, que era más joven, llegó antes. San
Pedro, más gordote y más pesadote, claro, tardó más en
llegar. Pero San Juan, respetuoso con la edad de los mayores,
cuando llega a la tumba, no entra, y espera por respeto a San
Pedro, y después entran los dos. Pero dice el Evangelio que
cuando San Juan llegó al sepulcro, sin entrar, miró; vio y
creyó en la resurrección. ¿ Y por qué creyó? Al ver la sábana.
¿ Y cómo estaba la sábana? Me explico.
Nos suena de haberlo oído en el Evangelio de la Misa: «La
sábana en el suelo».
Dice Mons. Feulliet: mal traducido. La sábana en el suelo,
no. La sábana A RAS DEL SUELO; allanada, aplanada, alisa-
da, sin el relieve que tenía cuando cubría el cuerpo de Cristo.
Porque la sábana en el suelo nos suena a la sábana tirada en un
rincón. Como el que se levanta de la cama y echa la sábana a
un lado. La sábana en el suelo, allí tirada. No. Tirada en el
suelo, no. A RAS DEL SUELO, alisada, aplanada, allanada,
yacente, a ras del suelo. No es lo mismo.
Cuando San Juan ve la sábana alisada, allanada, a ras del
suelo, comprendió que Cristo había resucitado. Porque él
comprendió que si alguien hubiera robado el cadáver, el lienzo
no estaría así. Entonces al ver cómo estaba el lienzo, compren-
dió que nadie había robado el cadáver y, por lo tanto, que
Cristo había resucitado.
Sábana Santa. Lo nunca contado 109

¿Estáis viendo ahora cómo con esta explicación de Mons.


Feulliet se entiende mucho mejor el texto y la razón de por
qué San Juan creyó al ver cómo estaba la sábana? 8
El "Códice Sinaítico" o "Códex Sinaíticus" (siglo IV), que se
encuentra en el Museo Británico de Londres y que es el manuscrito
completo más antiguo del Nuevo Testamento que se conserva, nos
ofrece la versión original escrita en "scriptio continua" del texto cita-
do del Evangelio de Juan. Su traducción correcta, según lo expuesto,
es la siguiente: 9
Salió, pues, Pedro y el otro discípulo y corrieron los dos a la
par. (El otro discípulo pasó corriendo más veloz a Pedro y llegó
al sepulcro primero) y agachándose ve los lienzos allanados y el
pañolón que estuvo sobre la cabeza suya, no igual que los lien-
zos, allanado, sino al contrario, enrollado en su propio lugar.
Entonces, pues, entró también el otro discípulo, quien llegara
primero al sepulcro, y vio y creyó. (Figura 15)
La traducción del "Códice Sinaítico" nos habla de "lienzos alla-
nados", y no tirados en el suelo. Por otra parte, alude al "sudario"
que estuvo sobre la cabeza de Jesús, enrollado en el lugar que le corres-
pondía.
Para referirse a que los lienzos estaban allanados, el Códice
emplea el término griego "keimena", que significa estar extendido,
horizontal, caído, desplomado, allanado.
De lo referido se desprende que el texto nos hace ver que Pedro
y Juan encontraron la sábana, antes abultada por contener el cadá-
ver de Cristo, ahora como desinflada, aplanada, caída, como si el
cadáver se hubiera evaporado. Éste es, verdaderamente y efec-
tuando una correcta y rigurosa traducción del texto griego, el
auténtico sentido que el autor de este Evangelio quiso transmitir.
(Figura 16)
Según las costumbres judías de la época, al fallecer una persona,
el sudario que el difunto había utilizado durante su vida se empleaba
para cerrar su boca. Se doblaba el Sudario o pañuelo en diagonal, se
enrollaba y se pasaba por debajo de la mandíbula del fallecido.
Luego se le ataba fuertemente en la parte alta de la cabeza. De esta
forma, se evitaba el efecto sobre la mandíbula de la desagradable
rigidez cadavérica.1º
110 Santiago Vázquez

¿Cómo encontraron los discípulos el Sudario (o pañuelo) que


menciona el texto de Juan?
El texto nos dice que dicho sudario no se encontraba junto al
lienzo mortuorio, sino plegado (Jn 20, 7).
Nos volvemos a encontrar, una vez más, ante una traducción
imprecisa y errónea del texto.
La traducción correcta nos dice que el sudario "no estaba allana-
do como la sábana", y no que '.' no estaba junto a la sábana".
Por otra parte, el término exacto es "enrollado", y no "plegado".
En cuanto al sudario que estuvo enrollado alrededor de la cabeza
de Jesús, el doctor Ariel Álvarez Valdés, licenciado en Teología Bíbli-
ca por la Facultad Bíblica Franciscana de Jerusalén (Israel), y doctor
en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca
(España), aclara que: 11
Falta saber cómo encontraron al sudario. Las Biblias dan dos
indicaciones: que «no estaba junto a la sábana», y que estaba
"plegado". Pero se trata nuevamente de una mala traducción.
La primera frase, en griego, no dice que «no estaba junto a
la sábana» sino que «no estaba allanado como la sábana». Y la
segunda palabra no significa "plegado" sino "enrollado". Se
aclara, así, lo que quiso decir el evangelista. El sudario, que
antes había estado atado alrededor de la cabeza de Jesús, no
estaba allanado, alisado, como la sábana. No lo habían desata-
do. Seguía enrollado y conservando su forma ovalada, como si
siguiera rodeando todavía el rostro del Salvador, que ya no
estaba. De haber sido robado el cadáver, el pañuelo tendría
que haberse abierto. En cambio seguía enrollado, tal como lo
habían dejado la tarde en que lo enterraron a Jesús.
( ... ) Lamentablemente las Biblias dicen «en un lugar apar-
te», lo cual no permite entender bien lo que el texto quiere
expresar. En realidad la frase griega dice «en su propio lugar».
Por lo tanto, San Juan quiere decirnos que el sudario, además
de estar enrollado, seguía en el mismo lugar, ocupando el
espacio donde antes había estado la cabeza de Cristo.
Después de estas imprescindibles aclaraciones, el texto de Juan,
traducido correctamente, el doctor Álvarez Valdés dice lo siguiente:
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al
sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió
por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
Sábana Santa. Lo nunca contado 111

Se inclinó y vio los lienzos (la sábana) allanados (aplanados,


caídos); pero no entró. Llega también Simón Pedro siguién-
dole, entra en el sepulcro y ve los lienzos (la sábana) allana-
dos (desinflados, vacíos, sin el cadáver en su interior), y el
sudario que estuvo alrededor de su cabeza, no allanado como
los lienzos (la sábana), sino enrollado en su propio lugar.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llega-
do el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no
habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía
resucitar de entre los muertos. Los discípulos, entonces,
volvieron a casa.
Lo que provocó que los dos Apóstoles creyeran que Jesús había resu-
citado, ¿fue el hecho de no hallarle en el sepulcro o, por otra parte, por ver
la disposición en la que habían quedado la Sábana y el Sudario? El hecho
de no encontrar su cadáver, no les indicaba, claramente, que había resuci-
tado. En este supuesto, alguien podía haber robado el cuerpo.
Lo que, según mi criterio, hizo que esos dos hombres «viesen y
creyesen» fue el hecho de ver, en primer lugar, que el cuerpo de su
Maestro no se encontraba allí. Pero lo que les hizo recordar las pala-
bras de Jesús acerca de su propia Resurrección fue la disposición de
la Sábana, sin contener ya el cuerpo que había albergado. Deduje-
ron, rápida e instintivamente, que nadie se había podido llevar el
cadáver. Por eso, dice el Evangelio de Juan 20, 8 que al entrar el otro
discípulo (posiblemente el Apóstol Juan) y observar la forma de la
Sábana, «vio y creyó». Nadie se había llevado el cadáver, nadie había
sustraído el cuerpo, simplemente había desaparecido, y sus lienzos
sepulcrales, su sábana mortuoria era el mejor testigo para atestiguar-
lo en aquellos trascendentales momentos.
Algún lector se preguntará si el Sudario que menciona el texto de
Juan es el mismo que se conserva actualmente en la Catedral de Ovie-
do y que recibe precisamente ese nombre: El Sudario de Oviedo.
Como veremos más adelante, es probable que este Sudario se le
colocara a Jesús, cubriéndole el rostro, desde que se le bajó de la cruz
hasta que fue envuelto en la Sábana.
Este Sudario está impregnado, principalmente, de sangre. Pero es
importante aclarar que estas manchas sanguinolentas han calado en
el tejido por absorción, por impregnación. No aparece, como se
puede pensar, ningún rostro como sucede en la Síndone.
112 Santiago Vázquez

Si ese Sudario es el mismo que se le colocó a Jesús para trasla-


darle desde la cruz al sepulcro, éste no estaba ya sobre su rostro
una vez sepultado, ya que en él no existe, como señalo para evitar
posibles confusiones, imagen del rostro, como sí sucede en la Sába-
na Santa. De haber sido así, también encontraríamos el mismo
rostro que aparece en la Síndone, y esto no sucede. Todo hace
suponer que una vez llegados al sepulcro, éste le fue retirado para
envolver su cuerpo en la "sindon", siempre según la hipótesis de
que la que se conserva en Turín y el que se venera en Oviedo sean
las piezas históricas que estuvieron en contacto con el cuerpo y
rostro de Jesús de N azaret.
Por tanto, el Sudario del que nos habla el texto de Juan parece
ser, tal vez, otro objeto diferente del de Oviedo. O quizás, según otra
hipótesis, era el mismo Sudario pero enrollado alrededor de la cabe-
za de Jesús, tal y como he explicado. Esta segunda posibilidad
tampoco se debe rechazar.
Sí podemos afirmar que, según las últimas investigaciones realiza-
das, las manchas de sangre de uno y otro comparten una enorme
similitud, lo cual puede significar que, muy posiblemente, ambos
objetos cubrieron un mismo rostro, aunque para probar dicha hipó-
tesis deben proseguir los estudios hasta el final. Jorge Manuel Rodrí-
guez (Presidente del C.E.S.) nos hablará de ello en el capítulo 15.

CONCLUSIONES

El único texto de los cuatro Evangelios Canónicos que, a priori,


podría parecer apartarse respecto a la existencia histórica de la
Síndone es este último, que hemos examinado con minuciosidad.
(Jn, 20, 1-10).
Ya hemos analizado, pormenorizadamente, que esta aparente
discrepancia de Juan con respecto a los textos de Mateo, Marcos y
Lucas se debe, únicamente, a una errónea e inexacta traducción del
texto. A este respecto, Jorge Manuel Rodríguez señala 12:
Es muy posible que el lector recuerde haber oído o leído
que cuando Pedro y el discípulo amado fueron al sepulcro la
mañana de Pascua, vieron en la tumba «las vendas tiradas por
el suelo» y el Sudario «en otro sitio». Es normal que así sea,
Sábana Santa. Lo nunca contado 113

pues esta traducción -que es una de las más inexactas que


pueden hacerse del texto griego de Juan- fue aceptada hace
años por la Conferencia Episcopal Española y es usada en el
leccionario de la Misa en España.
Sin embargo, esta "metedura de vendas" donde nos las
había, es un error que poco a poco se va corrigiendo en las
versiones modernas y no desesperamos de ver, alguna década
de éstas, que la corrección llegue al texto oficial español(¡!).
La objeción, por tanto, tiene carácter local y se da cada vez
menos en el ámbito de los estudiosos.
Por otra parte, el Dr. Seperiza Pasquali hace las siguientes obser-
vaciones:"
(. .. ) Resulta paradoja! e irónico apreciar a ciertos eruditos
agnósticos tan apegados a San Juan por su Capítulo 20. Es
paradojal, pues reconocen validez al Evangelista, lo que va
contra el ateísmo agnosticista. Es irónico, porque su reconoci-
miento nacido para descalificar la Síndone está basado en un
capítulo actualmente reconocido por su mala traducción,
como los expertos lingüistas modernos en sus estudios compa-
rativos del griego clásico lo han demostrado, y sin lugar a
dudas.
Hemos comprobado con rigor y meticulosidad que tanto los
textos de Mateo, Marcos, Lucas y una correcta traducción del de
Juan nos hablan claramente de una Sábana o Lienzo mortuorio en el
que fue envuelto el cadáver de Jesús de N azaret.
Queda aclarado, por tanto, que desde los inicios del movimiento
cristiano se conocía la existencia de esa mortaja en la que fue sepul-
tado Jesús en su entierro y que fue encontrada en el sepulcro el
domingo de Resurrección.
Los cuatro Evangelios Canónicos, los documentos más antiguos y
fiables, los más cercanos en el tiempo a la vida y muerte de Cristo, se
hacen eco de la existencia de esta "sin don" o "sábana".
Contamos, pues, con el beneplácito del primer eslabón de la
cadena: la historicidad evangélica de la Sábana Santa de Turín.
114 Santiago Vázquez

REFERENCIAS DEL CAPÍTULO 3


NOTA DEL AUTOR

(") En 1972, el papirólogo español José O'Callaghan identificaba el papiro


7Q5, encontrado en Qumram, como un fragmento de Marcos, que había sido
datado anterior al año 50. Portal de Aciprensa, Reportaje "Especial: La Identifica-
ción de 7Q5". [Link] (acceso en noviembre
de 2013).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y FUENTES DE INTERNET

l. Todas las citas bíblicas de este capítulo pertenecen a la "Biblia-de Jerusa-


lén", (1975), Bilbao: Editorial Española Desclée De Brouwer, S.A. Nueva edición
totalmente revisada y aumentada. ISBN: 84-330-0022-5.
2. Michael Quesnel, "La historia de los Evangelios", Editorial Desclée De
Brouwer, S.A., Bilbao, 1990, p. 98, ISBN: 84-330-0860-9.
3. Michael Quesnel, "La historia de los Evangelios", Editorial Desclée De
Brouwer, S.A., Bilbao, 1990, pp. 106-107, ISBN: 84-330-0860-9.
4. Jorge Manuel Rodríguez, "Si la Síndone es auténtica los Evangelios mien-
ten", Revista Línteum, del C.E.S. (Centro Español de Sindonología), nº 29, junio-
septiembre 2000, p.34.
5. Juan Alarcón Benito, "La Sábana Santa. El gran misterio del cristianismo",
Ediciones Temas de Hoy, S.A., Colección Esotérika, Madrid, 1994, p. 44, ISBN:
84-7880-414-5.
6. Jorge Manuel Rodríguez, "Si la Síndone es auténtica los Evangelios mien-
ten", Revista "Línteum", del C.E.S. (Centro Español de Sindonología), nº 29, junio-
septiembre 2000, p.34.
7. Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa, dos mil años después", Editorial
Planeta, S.A., Colección PLANETA+ TESTIMONIO, Barcelona, 2000, pp. 93-94.
ISBN 84-08-02959-2.
8. Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa. Invalidez de la prueba del carbono-14.
Conclusiones del Congreso de Cagliari", CRESPO Ediciones, 6ª Edición en color,
Madrid, julio 1990, pp. 87-88, ISBN: 84-85526-02-3.
9. Traducción que aparece en: "Micro-Guía de la Sábana de Cristo" Huellas-
Rostro-Resurrección, CENTRAL CATEQUÍSTICA SALESIANA, Madrid, 1979,
p. 5, ISBN: 84-7043-174-9.
10. Ariel Álvarez Valdés, "¿Qué descubrieron los apóstoles en la tumba de Jesús?",
REVISTA DIDASCALIA, abril 2000 / número 530 / Año LIV. 4200, Santiago del Este-
ro. [Link] (acceso en noviembre de 2013).
11. Ariel Álvarez Valdés, "¿Qué descubrieron los apóstoles en la tumba de Jesús?",
REVISTA DIDASCALIA, abril 2000 / número 530 / Año LIV. 4200, Santiago del Este-
ro. [Link] (acceso en noviembre de 2013 ).
Sábana Santa. Lo nunca contado 115

12. Jorge Manuel Rodríguez, "Si la Síndone es auténtica los Evangelios mien-
ten", Revista Línteum, del C.E.S. (Centro Español de Sindonología), nº 29, junio-
septiembre 2000, p.34.
13. Dr. Iván Seperiza Pasquali, Sagrado Testimonio. "No estamos solos. Cibe-
rEscrito nº 90". Quilpué, Chile, septiembre de 2002 [Link]
[Link] (acceso en noviembre de 2013 ).
CAPÍTULO 4
¿DE JERUSALÉN A TURÍN?
RECORRIDO HISTÓRICO DE LA SÁBANA SANTA

1988, LA PRUEBA DEL CARBONO 14 FIJÓ LA ANTIGÜEDAD DE

E
N
la Síndone entre los años 1260 y 1390 de nuestra era. El
presente Capítulo es de especial importancia, ya que, como
vamos a comprobar, la existencia histórica de la reliquia, antes del
año 1260 d.C., está acreditada por diversos documentos y referen-
cias estrictamente históricos. Por tanto, si tenemos pruebas de su exis-
tencia antes de la fecha señalada por el Carbono 14: ¿cómo va a perte-
necer a los siglos XIII-XIV?
Hemos profundizado en el estudio de lo que nos dicen los Evan-
II
gelios Canónicos respecto a la existencia de la "sábana que se
empleó para enterrar a Jesús de Nazaret, confirmando que los cuatro
textos nos hablan, sin duda alguna, de ella.
Probablemente, el lector se preguntará: ¿por qué no se vuelve a
hacer la más mínima alusión a dicho objeto en el resto de los docu-
mentos que componen el Nuevo Testamento?
En primer lugar, el contacto con el lienzo sepulcral de un difunto supo-
rúa que quien lo tocara quedaba impuro y contaminado según la Ley.
Por otra parte, si aquellos primeros seguidores de Jesús no hubie-
11
ran guardado un silencio absoluto respecto a la "sábana el pueblo
,

judío hubiera creído la mentira -que hizo correr como la pólvora,


principalmente, el Sanedrín- de que sus Apóstoles habían robado
el cuerpo del sepulcro, aunque Pilato había ordenado poner una
guardia a la entrada del mismo.
118 Santiago Vázquez

Además, les habrían condenado a morir, pena destinada para los


ladrones de tumbas. La posesión de la mortaja les hubiera hecho
pensar que éstos -los Apóstoles- habían robado el cadáver.
La Ley judía también prohibía la veneración y la adoración de
cualquier tipo de imagen.
Y, por último, aquel Lienzo estaba impregnado, abundantemen-
te, por la sangre de un crucificado, que eran considerados malditos
por Dios.
Por estas razones, que ampliaremos con más extensión más
adelante, es por lo que ya no se vuelve a hablar de la "sábana" en
todo el Nuevo Testamento.
Es lógico pensar, por tanto, que los más íntimos de Jesús guarda-
ron, celosamente, la mortaja en la que fue envuelto su cuerpo herido
mortalmente y que encontraron "vacía" sobre la losa del sepulcro el
domingo poco después de amanecer.
Tengamos en cuenta que el único "testigo" de la hipotética Resu-
rrección de Jesucristo con el que se encuentran los Apóstoles Pedro
y Juan, al entrar en el sepulcro, es la "sindon" que habían utilizado
para sepultarle. ¿Iban, por tanto, a dejar abandonada la "Sábana" en
el sepulcro? Es lógico, pues, pensar que ésta se guardó con sumo
cariño como recuerdo y testimonio de su Pasión, muerte y, para ellos,
también de su Resurrección.

Los PRIMEROS AÑOS DE HISTORIA


Los primeros años de existencia histórica de la Síndone son, lógi-
camente, difíciles de conocer con absoluta fiabilidad, ya que estamos
ante un objeto que, de ser auténtico, cuenta con veinte siglos de anti-
güedad y, por tanto, no es tarea fácil conocer sus primeros años de
historia. A partir del siglo X ya contamos con diversos documentos
históricos solventes que certifican la existencia del lienzo sepulcral
que se utilizó para envolver el cadáver de Jesús de Nazaret. Pero
retrocedamos en el tiempo y remontémonos al siglo I de nuestra era.
(Ver Nota del autor en las Referencias de este capítulo.)
El primer nombre propio que destaca en nuestro estudio históri-
co es el de Abgar V. ¿Quién fue y por qué su nombre aparece vincu-
lado a la Síndone?
Sábana Santa. Lo nunca contado 119

Abgar V fue rey de Edesa entre los años 13 al 50 d. C., también


conocido como "Ukkama" (el negro), ya que padecía algún tipo de
enfermedad en su piel, posiblemente la lepra negra.
Al parecer, llegó a sus oídos la existencia de Jesús de N azaret y de
sus numerosos milagros. Buscando, principalmente, su curación y
siempre según esta versión, le envió una carta a través de uno de sus
emisanos.
El texto de ambas cartas -la del rey a Jesús y la de éste al monar-
ca- nos lo ofrece Eusebio de Cesarea -importante historiador de
los siglos III y IV d.C.- en su "Historia Eclesiástica". Conozcamos
qué dicen ambas misivas.
La carta del rey edesano, dirigida supuestamente a Jesús, dice así:
Abgar, Ukhamá, toparca, a Jesús, el buen salvador que ha
aparecido en la región de Jerusalén, salud:
Han llegado a mis oídos noticias de tu persona y de tus
curaciones que, al parecer, realizas sin emplear medicinas ni
hierbas, pues por lo que se cuenta, haces que los ciegos reco-
bren la vista y que anden los cojos, limpias a los leprosos y
arrojas espíritus impuros y demonios; curas a los que están
atormentados por larga enfermedad y resucitas muertos.
Y yo, al oír esto de ti, me he puesto a pensar que, una de
dos, o eres Dios, que bajando personalmente del cielo realizas
estas maravillas, o eres Hijo de Dios, ya que tales obras haces.
Éste es, pues, el motivo de escribirte, rogándote que te
apresures a venir hasta mí y curarme del mal que me aqueja,
porque además he oído que los judíos andan murmurando
contra ti y quieren hacerte mal. Pequeñísima es mi ciudad,
pero digna, y bastará para los dos.
Y la presunta respuesta de Jesús fue1:
Dichoso tú que has creído en mí sin haberme visto. Porque
de mí está escrito que los que me han visto no creerán, y que
aquellos que no me han visto creerán y tendrán vida. Mas acer-
ca de lo que me escribes de llegar hasta ti, es necesario que yo
cumpla aquí por entero mi misión y que después de haberla
consumado, suba de nuevo al que me envió. Cuando haya
subido te mandaré alguno de mis discípulos, que sanará tu
dolencia y os dará vida a ti y a los tuyos.
Eusebio de Cesarea asegura además haber visto estas dos cartas en
los archivos de Edesa y haberlas traducido.
120 Santiago Vázquez

En definitiva, el historiador se hace eco de que entre ambos


personajes históricos existió cierta relación, lo cual, en mi opinión,
no se puede aseverar, aunque sí considerarlo como hipótesis.
Por otra parte, "la peregrina Egeria" o "virgen Egeria" fue, casi
con toda probabilidad, una religiosa que, en torno al año 400 d.C.,
peregrinó a los santos lugares. Relató sus vivencias en su obra "Itine-
rarium", y así como Eusebio de Cesarea atestigua haber visto las
cartas entre Cristo y Abgar V en el Archivo de Edesa, la "peregrina
Egeria" también lo afirma.
Dichas cartas, de ser auténticas, nos interesan sobremanera en
nuestro análisis histórico, ya que la supuesta visita del emisario del
rey Abgar V a Jesucristo, parece guardar relación, como veremos
enseguida, con la misteriosa impresión del rostro de Jesús en un lien-
zo. ¿Es éste el mismo que se conserva en Turín? Pregunta de difícil
respuesta por la falta de documentación histórica fiable al respecto,
pero, no obstante, dejemos la pregunta, de momento, en el aire y
sigamos conociendo la información pertinente.
El texto "Historia de la Imagen de Edesa" (cuyo original está en
griego), atribuido tradicionalmente a Constantino VII Por/irogeneta
(reinó en Constantinopla del 912 al 959 d.C.), nos aporta datos que
merece la pena conocer.
César Barta Gil, destacado físico e investigador del C.E.S. (Centro
Español de Sindonología), nos ofrece la traducción al español resumi-
da del texto, del que transcribimos las siguientes líneas:
( ... ) Ananías ( ... )fue enviado por Abgar para entregar esta
carta a Jesús. Abgar también le dijo que si no podía persuadir
por medio de la carta a Jesús de venir con él a verle, le trajera
un retrato de Jesús dibujado con precisión ( ... ).
Cuando Ananías llegó a Judea encontró a nuestro Señor al
aire libre hablando a la multitud( ... ). Se sentó en una roca no
demasiado elevada y cerca de donde Jesús estaba hablando
( ... )clavó sus ojos en él, cogió una hoja de papel en sus manos
y comenzó a dibujar un retrato de él.
Jesús se dio cuenta de lo que sucedía por divina inspira-
ción, llamó a Tomás y le dijo, «Ve a ese sitio y tráeme a ese
hombre que está sentado en la roca dibujándome y dame la
carta que él ha traído desde su ciudad para que él pueda
cumplir el encargo del hombre que le ha enviado».
Sábana Santa. Lo nunca contado 121

Tomás fue y, reconociendo a Ananías por lo que Jesús había


dicho, le llevó delante de Jesús ( ... ). Entonces cogió la carta, y
habiéndola leído, le dio otra carta para Abgar ( ... ) y supo que
Ananías estaba ansioso por llevar a cabo el otro encargo de su
señor, esto es, que debería hacer un retrato de la cara de Jesús
para Abgar. El Salvador entonces lavó su cara con agua, se
limpió la humedad que le quedaba con una toalla que le dieron
y de una manera divina e inexplicable quedó su propio retrato
impreso en ella. Le dio esta toalla a Ananías y se la confió para
hacérsela llegar a Abgar. 2
( ... ) Sin embargo, hay otra historia sobre éste [el rostro de
Cristo en el Lienzo] que no es ni increíble ni escasa de testigos
fiables.
(. .. ) No sería nada sorprendente que los hechos estén a
menudo distorsionados en vista de la cantidad de tiempo
transcurrido. El punto clave, esto es, que el rostro del Salva-
dor fue impreso sobre el Lienzo milagrosamente, es acepta-
do por todos ( ... ). La versión alternativa de la historia es
como sigue:
Dicen que cuando Cristo estaba a punto de ir voluntaria-
mente a la muerte se le vio mostrar su debilidad humana
sintiendo angustia y rezando. Según el evangelista, el sudor le
caía como gotas de sangre. Entonces, dicen, pidió este lienzo
que vemos ahora a uno de sus discípulos y se limpió las gotas
de sudor en él. Al momento se produjo la impresión de la
divina cara aún visible. Jesús le dio el Lienzo a Tomás y le
indicó que, una vez ascendido al cielo, mandase a Tadeo con
el Lienzo para dárselo a Abgar (. .. ) recibiendo [Abgar] el
retrato del apóstol y poniéndolo reverentemente sobre su
cabeza ( ... ) su lepra se limpió y desapareció ( ... ) habiendo
confesado que Cristo era el verdadero Dios, preguntó acerca
del retrato sobre el lienzo de lino (. .. ). Tadeo le explicó el
momento de la agonía y que el retrato fue debido al sudor, no
a pigmentos ( ... ) .
Los antiguos edesanos habían erigido una estatua de un
notable dios griego delante de la puerta pública de la ciudad a
la que todo el que quería entrar en la ciudad debía ofrecer
adoración y las oraciones de costumbre ( ... ) Abgar entonces
destruyó esta estatua ( ... ) y en su lugar puso este retrato de
nuestro Señor Jesucristo no hecho por mano, ajustándolo a un
panel y embelleciéndolo con el oro que ahora se ve, inscribien-
do estas palabras sobre el oro: «Cristo el Dios, quien espera en
Ti nunca es defraudado» ( ... ).
122 Santiago Vázquez

Tal monumento fue preservado mientras Abgar y Sl,l hijo


vivieron ( ... ) El nieto sucedió a su padre y a su abuelo en el
reinado pero no heredó su piedad ( ... ) y quiso condenar la
imagen del Señor( ... ) El obispo de la región, percatándose de
antemano ( ... ) y, ya que el lugar donde estaba la imagen tenía
la apariencia de un cilindro semiesférico, encendió una lámpa-
ra delante de la imagen y situó una teja por encima.
Entonces bloqueó el acceso desde fuera con mortero y
ladrillos y parecía una pared. Y ya que la imagen odiada no se
veía, el hombre impío desistió de su intento.
( ... ) Pasó un largo período de tiempo y tanto la disposición
de la imagen como su ocultamiento desaparecieron de la
memoria de los hombres.3
Antes de continuar con nuestra exposición es preciso hacer una
serie de observaciones, ya que las líneas transcritas anteriormente
reflejan varios aspectos que debemos tener muy en cuenta.
La primera versión del texto nos habla del mensajero del rey
edesano, Ananías. También, al igual que nos narra el historiador
Eusebio de Cesarea y la "peregrina Egeria", refiere la existencia de
dos cartas entre Jesús y el monarca de Edesa.
La segunda intención del rey era que si su siervo Ananías no
podía llevar a Cristo junto a él, al menos dibujase un retrato suyo.
Dice el texto que al secarse Jesús la humedad de la cara, después de
habérsela lavado, su rostro quedó enigmáticamente grabado en la
toalla con la que se secó.
Sin embargo, la segunda versión del texto nos refiere que el rostro
de Jesús quedó "grabado" en el Lienzo en los momentos de su agonía.
En este punto debemos hacer varias consideraciones de importancia.
Ese lienzo que llegó a Edesa era conocido como el "Mandylión" y
no como la Sábana Santa: ¿por qué?
Si ambos -Mandylión y Sábana Santá- son el mismo objeto,
ésta -la Síndone- no se veneraba completamente desplegada.
Permaneció varios siglos plegada en cuatro partes o dobleces
- "tetradiplon "-, de forma que únicamente se veía el rostro a través
de un relicario. (Figura 17)
No debemos olvidar que la Sábana Santa es una mortaja que se
empleó para envolver un cadáver y, para mayor precisión, el de un
crucificado brutalmente torturado.
Sábana Santa. Lo nunca contado 123

Algunas culturas de la antigüedad consideraban el lienzo de un


difunto como algo impuro que no se podía tocar porque contamina-
ba a todo aquel que lo hiciese.
Por estas razones, en los textos que nos han llegado en referencia
al Mandylión de Edesa, se silencia que fuese una sábana mortuoria.
En mi opinión, de haberlo sabido, el pueblo, probablemente, jamás
la hubiera venerado.
Según mi criterio es por estos motivos por los que el texto anali-
II II II II
zado nos habla de una toalla o de un lienzo de lino en el que
Jesús, todavía vivo y sin haber sido aún apresado, en su sudor de
sangre grabó, inexplicablemente, su rostro.
La primera versión del texto sitúa el escenario del prodigio aún
lejos de los tormentos de la Pasión. Sin embargo, la segunda parece
pretender aportar una explicación a las manchas de sangre. La presen-
cia de ésta en la reliquia se debía justificar, evitando decir que fue la
derramada por Jesucristo en su Pasión y muerte. Según esta hipótesis,
la manera más adecuada de explicarlo fue argumentar que la sangre
que se observaba en el tejido era la que sudó Jesús de N azaret en su
agonía anterior al martirio. De esta forma, el pueblo veneraría el rostro
del Mandylión como imagen no hecha por mano humana, grabada de
forma sobrenatural y estampada en él antes de padecer cualquier
tortura, lo cual descartaba la posibilidad de que estuvieran venerando
la sangre de un ajusticiado y, mucho menos, la imagen de un difunto.
Los edesanos no sabían que la tela era, según esta posibilidad, la
Sábana empleada para envolver el cadáver de Jesús, ya que tan sólo
veían, como he indicado, el rostro enmarcado en un relicario. Sería en
el siglo X (944 d.C.) cuando la reliquia, por primera vez, se desplegó
en su totalidad y quedó completamente extendida, convirtiéndose así
en la Sábana Santa tal y como la conocemos actualmente. (Figura 18)
Los habitantes de Edesa relacionaban elMandylión con Jesucristo,
creyendo que era, tan sólo, el verdadero rostro del Señor que, aún con
vida, quedó plasmado en él. En ningún caso, creían que éste le hubiese
acompañado hasta el día de su supuesta Resurrección en el sepulcro.
Según nos refiere el documento, fue el Apóstol Judas Tadeo el
encargado de hacerle llegar al rey Abgar V la Sábana Santa. En él se
nos dice que, al contacto con el Lienzo, el monarca se curó de la
lepra que padecía.
124 Santiago Vázquez

También merecen mención, aunque muy breve, las "Actas de


Addai" (o Tadeo). Lo que en dicho texto se nos narra, en relación al
tema que nos ocupa, es semejante, en los detalles que se pueden
considerar esenciales, con lo que escribe Eusebio de Cesarea.
En su conjunto, los datos de los que disponemos parecen sugerir-
nos que fue el Apóstol Judas Tadeo -del número de los Doce- el
que llevó la Síndone hasta la presencia del rey de Edesa.
Parece ser probable también que Abgar, al entrar en contacto con
el lienzo que Tadeo le entregó en sus propias manos, sanó por
completo de la cruel enfermedad que le atormentaba.
En este punto, cabe preguntarse por qué la mortaja deJesús de
Nazaret fue a parar a Edesa. ¿Por qué precisamente a Edesa y no a
otro lugar? -
¿Existieron, verdaderamente, las cartas? Tal vez, y es tan sólo una
reflexión, sí que existió, de alguna forma, un contacto entre el citado
rey y Jesús.
¿Por qué el Apóstol viajó hasta Edesa con la Sábana Santa? ¿Lo
hizo cumpliendo un mandato de Jesús, como traduce Eusebio de
Cesarea? ¿Es cierto que Cristo le hizo llegar sus palabras al rey,
prometiéndole que enviaría a su presencia a uno de los suyos que le
curaría de su dolencia?
Lo cierto es que la hipótesis más aceptada es que el santo Mand-
ylión -en realidad la Sábana Santa- llegó a Edesa, aproximada-
mente, a mediados del siglo I. Allí permaneció, como comprobare-
mos más adelante, hasta 944 d.C., año en el que fue trasladada a
Constantinopla.
Existen otros documentos que refuerzan esta hipótesis. En este
caso, gráficos. Son, por ejemplo, un icono de Santa Catalina del Sinaí
-que data del siglo X- donde se ve al rey Abgar V recibiendo el
Mandylión con el rostro de Cristo impreso en él y curándose de su
lepra. (Figura 19)
Fallecido el monarca edesano, y transcurridos unos años, ocupó
el trono real un familiar de éste (se desconoce, exactamente, su iden-
tidad), quien volvió al paganismo y comenzó a mostrar una profunda
hostilidad hacia todo lo cristiano.
Fue entonces cuando los cristianos de Edesa decidieron esconder
la reliquia para evitar su desaparición. Se cree que fue el Obispo de
Sábana Santa. Lo nunca contado 125

la ciudad quien la ocultó, celosamente, en la muralla. A partir de esa


fecha y, al parecer, hasta el siglo VI, nadie supo ya dónde se encon-
traba el "tetradiplon" o Mandylión con el rostro de Cristo en él.
Según esta versión, en 525 d.C. apareció de nuevo, ya que, tras
un abundante desbordamiento de agua, la muralla se vio seriamen-
te afectada y el Lienzo, convenientemente protegido, quedó al
descubierto.
San Braulio de Zaragoza, en una carta del año 632 a Samuel Tajón,
habla de la Sábana Santa. León, perteneciente a la Iglesia de Cons-
tantinopla, en el II Concilio de Nicea (797 d.C.) afirma haber visto el
Mandylión en Edesa. Y el Papa Esteban III habló asimismo de él en
el 769 d. C. con motivo del Sínodo Laterano.4

DE EDESA A CONSTANTINOPLA (944 D.C.).


LA SÁBANA SANTA ES DESPLEGADA POR PRIMERA VEZ

Para continuar con nuestra exposicion del posible itinerario


histórico que siguió la Sábana Santa, desde sus orígenes en tierras de
Judea hasta Turín, considero importante que el lector conozca,
leyendo ahora a Manuela Corisini de Ordeig (Fundadora del Centro
Español de Sindonología, C.E.S.), en su magnífica obra "Historia del
Sudario de Cristo", cómo el Emperador de Bizancio adquirió la reli-
quia, encontrándose ésta en manos de los árabes desde 639 d.C.
(fecha en la que conquistaron Edesa), cómo fue su traslado a Cons-
tantinopla en el año 944 d.C., lo que dice el "Sinassarium" al respec-
to y las conclusiones del historiador Georges Gharib en el II Congre-
so Internacional de Sindonología celebrado en Turín.
Manuela Corsini de Ordeig escribe:
Es lógico, pues, que al final de la guerra iconoclasta, y
basándose en argumentos conciliares, comenzara con apasio-
nado ardor la búsqueda de imágenes acheoropitae.
Las pesquisas se dirigieron ante todo hacia el Santo
Mandylión de Edesa, que constaba como presente en el
mundo, en un lugar determinado y relativamente próximo.
Los emperadores bizantinos pusieron el mayor interés en su
adquisición y se hallaban dispuestos a pagar lo que les pidie-
ran, o incluso a conquistar Edesa para apoderarse de él: como
así lo intentó el General Curaras con el ejército imperial
126 Santiago Vázquez

bizantino en la primavera del 943. Estaban empujados además


a poseerlo por el airado impulso de saberlo en manos de una
nación árabe, temiendo siempre que pudieran destruirlo en
cualquier momento.
No fue empresa fácil la adquisición de la reliquia, porque los
cristianos de Edesa, que eran muchos y adoraban con entusias-
mo su Mandylión, se opusieron tenazmente a su venta. Después
de muchas tentativas, ofrecimientos, viajes y hasta amenazas, el
Emperador de Bizancio, Romano I Lecapeno, logró adquirirlo
pagando a los árabes «doce mil denarios de plata; la entrega de
doscientos prisioneros sarracenos importantes. Y la promesa
de que los ejércitos bizantinos se abstendrían de poner los pies
en Edesa y sus alrededores». Los doce mil denarios equival-
drían ahora a casi cuarenta años de jornal de un obrero, ya que
un denario es lo que se pagaba por un día de jornal.
En el verano del año 944 emprendía su camino hacia Cons-
tantinopla la casi multitudinaria comitiva que transportaba la
Síndone, todavía bajo el nombre de Mandylión, guardada en su
relicario junto con las cartas de Abgar y Jesús, según consta en
los documentos bizantinos investigados por Georges Gharib.
Según expuso Georges Gharib con su ponencia ante el
Congreso de 1978, son varios los códices que aún existen en
Bizancio que refieren este traslado, así como la fiesta anual que
se estableció para conmemorar la llegada de la reliquia a Cons-
tantinopla. Estos códices son ocho o nueve, unos en lengua
original griega y otros en traducciones al eslavo, árabe, etc. En
unos el relato es más extenso que en otros. El ponente tomó
como base para su disertación el más extenso de todos, llama-
do Sinassarium, libro litúrgico bizantino de carácter histórico,
que informa de las fiestas cristianas anuales que se celebraban
en aquella época. Está escrito en griego, parte en versos yámbi-
cos clásicos del Bizancio de entonces. Su confección se remon-
ta al siglo XI, pero era copia en su mayor parte de otros docu-
mentos más antiguos de los siglos IX y X. El relato que hace
del traslado y la llegada a Constantinopla de la reliquia es tan
vivo que parece escrito por un testigo ocular.
El título de la fiesta, en el Sinassarium, es el que sigue:
"Memoria de la traslación de la imagen, no hecha por mano
humana (acheiroteuktos) de nuestro Dios y Señor Jesucristo,
desde la ciudad de Edesa a esta nuestra Ciudad Imperial,
siempre custodiada por Dios".
Como puede verse, ya en este primer título de la fiesta no se
habla del Santo Mandylión, ni siquiera de acheoropitae, sino de
Sábana Santa. Lo nunca contado 127

la "imagen" y de acheiroteuktos, y aunque el significado de


estas dos palabras griegas es muy parecido, tiene la segunda un
matiz más decididamente sobrenatural: "hecho por Dios". Tal
vez adquirieran más tarde esa certeza al extender la Síndone y
darse cuenta de que se trataba del antiguo Sudario de Cristo
desaparecido hacía tantos siglos, más de setecientos años.
En los demás códices, como el Evangelarium, el Horolog-
gio, etc., también se habla de esta fiesta con más o menos dete-
nimiento.
La conclusión y resumen de todos ellos, según la ponencia
de Georges Gharib, vino a ser la. siguiente:
La fiesta del 16 de agosto conmemora un acontecimiento
histórico religioso de primer orden: el traslado desde Edesa a
Constantinopla de una preciosa reliquia con la imagen de
Cristo, llamada Mandylión.
Dicha reliquia es acheiroteuktos [hecha por Dios].
La palabra Mandylión significa en siríaco y árabe, pañolón
o sudario de un muerto.
El nombre de Mandylión se encuentra en algunos libros,
pero no ya en el Sinassarium, que es el que resume la institu-
ción de la fiesta posteriormente a su llegada (no sabemos en
cuánto tiempo, posiblemente en el mismo siglo en que llegó a
Constantinopla, o sea, alrededor del 944).
En los primeros versos de dicho códice, el más antiguo, y
en versos yámbicos, se dice así:
Sobre una Sindone, porque estabas vivo,
has impreso tu figura.
La Síndone fue el último vestido
que vestiste en este mundo.
El nombre que se le aplica ya no es Mandylión, sino
Síndone.5

El "Sinassarium" dice que la llegada del Mandylion de Edesa a


Constantinopla fue el 16 de agosto del año 944 d.C.
El objeto fue llevado a la catedral de Santa Sofía. Allí permaneció,
a la vista de los fieles, durante varios días.
De la catedral fue conducido a la iglesia de Santa María de Blacher-
nae y a la de Santa María de Pharos.
Existe una miniatura que aparece en el códice Skylitzes, obra del
artista Juan Sleylitzes, en la que se reproduce el momento en el que le
es estregada la Sábana Santa al Emperador.6 (Figura 20)
128 Santiago Vázquez

El Profesor Gino Zaninotto, especialista en Lenguas Clásicas y


Orientales de la Universidad de Roma, descubrió, en los Archivos
Vaticanos, un sermón del Archidiácono Gregario de Constantinopla
-del año 944 d.C.-, en el que se describe ya la Sábana Santa
completa.7
Ambos documentos, el códice Skylitzes y el sermón de Gregorio
de Constantinopla, nos revelan algo muy importante: que se nos
presenta la Síndone ya desdoblada.
En el códice citado, podemos observar la gran longitud de la
"sábana" cuando le es entregada al Emperador, y, por su parte, el
Archidiácono mencionado -ya en 944 d.C.- nos habla de la reli-
quia totalmente desplegada, lo cual refrenda la hipótesis de que estu-
vo doblada en varias partes ( "tetradiplon", doblada en cuatro partes)
durante su estancia en Edesa en el transcurso de varios siglos.
Los antiguos conocían la imagen dél Mandylión como "acheoropi-
tae" o "acheiroteuktos". Es decir, creían firmemente que ningún
humano había realizado aquella imagen, tenían la certeza de que
nadie había utilizado ni pintura, ni pigmentos, ni sustancia alguna
para la realización de la misma. Tenían la convicción de que era una
imagen no hecha por la mano del hombre.
La forma de referirse a la reliquia (hasta entonces Mandyilion) se
dejó de emplear. A partir de ese momento -al ser trasladada de
Edesa a Constantinopla y de ser desdoblada por completo y extendi-
da-, pasa a ser la Síndone ( del griego "sin don", "sábana").
En referencia a la presencia de la Sábana Santa en Constanti-
nopla a partir del 16 de agosto del 944 d.C. (día de su llegada de
Edesa a la capital bizantina), poseemos, aparte de los datos
expuestos hasta el momento, otros más de indudable interés que
siguen confirmando la estancia de la reliquia en esa ciudad ( Cons-
tantinopla).
A continuación, le ofrezco al lector más referencias históricas
que evidencian que la Síndone fue conservada y venerada en Cons-
tantinopla hasta el año 1204, fecha de la IV Cruzada.
Si la prueba de datación mediante el Carbono 14 fijó la antigüe-
dad del Lienzo entre los años 1260 d.C. y 1390 d.C., pero encontra-
mos, como estamos verificando, documentos estrictamente históri-
cos que confirman la existencia de la Sábana Santa antes de los años
Sábana Santa. Lo nunca contado 129

señalados por el C-14, la deducción lógica es que la datación crono-


lógica del objeto arrojó un resultado erróneo, tema del que nos
ocuparemos detenidamente.
En numerosas ocasiones me he encontrado con personas que,
alegremente, afirman que no existe documentación histórica fiable
anterior al siglo XIV de nuestra era y, como estamos comprobando,
no es así. Pero sigamos con nuestro análisis.
Seguidamente, expongo una serie de referencias históricas que
demuestran la permanencia de la Sábana Santa en Constantinopla y,
por tanto, su existencia antes de lo datado por el Carbono 14.
Como ya he reseñado, mi estimado padre Jorge Loring, S. J. -reco-
nocido erudito de prestigio mundial sobre el tema que nos ocupa-
recopiló y divulgó, en dos de sus libros dedicados a la Síndone (ver las
fuentes correspondientes en las Referencias correspondientes al final de
este capítulo), la siguiente relación de referencias históricas anteriores al
año 1204:
Existe una carta que corresponde al año 1095. Está escrita
por el Emperador bizantino Alexis I Comneno. Está dirigida a
su amigo Roberto de Flandes. En ésta, el Emperador comenta
que en Constantinopla se conservaba el lienzo de lino que se
encontró en el sepulcro de Cristo.8
En el año 1147, Luis VII -Rey de Francia-, en su visita
oficial a la ciudad de Constantinopla, veneró la Sábana Santa."
Refiere Roberto de Clary, cronista de la IV Cruzada (en
un manuscrito conservado en la Biblioteca Real de Copen-
hague, llamado "L'Histoire de ceux qui conquirent Cons-
tantinople", tomo 92, folio 509), que la Sábana Santa se
exponía en Constantinopla a la veneración de los fieles,
cada viernes en la Iglesia de Santa María de Blachernae. El
texto del cronista dice así: «La Sábana Santa, donde Nues-
tro Señor fue envuelto, estaba allí, y cada viernes se exten-
día verticalmente, de manera que podía verse la figura de
Nuestro Señor»."
En el Catálogo que se conserva de las Reliquias del Palacio
Imperial de Constantinopla y que realizó el monje de Thinge-
yrar en 1157 d.C., aparece la Sábana Santa."
Asimismo, en 1201 d.C., Nicolás Mesarites hizo otra lista
de las reliquias del Palacio Imperial de Constantinopla. En
esta lista también queda registrada la existencia de la Síndone
en la mencionada ciudad.12
130 Santiago Vázquez

LA IV CRUZADA EN 1204: LA SíNDONE DESAPARECE.


¿CONSTANTINOPLA, ATENAS, BESANC::ON
Y, DE NUEVO, CONSTANTINOPLA?

Llegó el 12 de abril de 1204 y, con él, el brutal saqueo de Cons-


tantinopla: la IV Cruzada.
Después de varios días de caos, la Sábana Santa desapareció de la
ciudad. Nadie supo ya dónde se encontraba ni quién la había sustraído.
En un códice fechado el 1 de agosto de 1205 y que se conserva en
la Biblioteca Nacional de Palermo, Teodoro Ángel Comneno - nieto
de Isaac II (Emperador de Bizancio durante el saqueo de la ciudad)-
se dirige al Papa Inocencia III escribiendo13: ·

Los venecianos, al repartir el botín, se han quedado con los


tesoros, los objetos de oro, plata, marfil; los franceses, las reli-
quias de los santos, entre ellas, objeto sagrado entre los demás,
la sábana en la cual, tras su muerte y resurrección, Nuestro
Señor Jesucristo fue envuelto. Sabemos que estos objetos sagra-
dos se custodian en Venecia, en Francia y en los lugares donde
viven los saqueadores, y que la Sábana Santa está en Atenas.
Según esta hipótesis -la de que la reliquia fue llevada a Atenas-,
se plantea la posibilidad de que Otón de la Roche (jefe cruzado y,
posteriormente, duque de Atenas), rescató la reliquia durante el
saqueo de Constantinopla en 1204 y viajó, con ella, a Atenas. Según
esta línea de investigación, envió el Lienzo, poco tiempo después, a
su padre, Poncio de la Roche, que residía en Besancon (Francia), con
el fin de que la Síndone fuese conservada en la Catedral de dicha
ciudad francesa, como plantea Manuela Corsini de Ordeig en su
pormenorizado y riguroso estudio histórico que nos ofrece en su
obra "Historia del Sudario de Cristo" .14
Tres documentos históricos avalan la presencia de la Síndone en
Besancon a partir de 1206, lo que, de nuevo, invalidaría el resultado
aportado por la datación del objeto mediante el Carbono 14 en 1988.
En primer lugar, nos encontramos con un acta firmada por Poncio
de la Roche -que cede la tela a la Catedral de dicha ciudad- y por
el Arzobispo de Besancon, Amadeo de Tramelay. Las firmas de ambos
aparecen en el acta -folio 826- que se conserva en la Biblioteca de
la Catedral de Besancon. 15
Sábana Santa. Lo nunca contado 131

En segundo lugar, existe una antigua inscripción en piedra en el


castillo de Rigney, de la familia de la Roche, donde consta el traslado
de la pieza hasta Francia procedente de tierras de Oriente.16
Por último, en el Centro Internacional de Sindonología, en Turín
(Italia), encontramos las cartas autógrafas de los Cardenales Mathieu
y Binet, Arzobispos de Besancon, que corroboran la existencia de la
Síndone en dicha localidad francesa a principios del siglo XIII.17
Parece verosímil, según estos documentos históricos, que el Lien-
zo llegase a Besancon a manos del padre de Otón de la Roche, Pondo
de la Roche, y que éste lo cediera a la Catedral. Pero nos encontra-
mos, en este punto del itinerario, con una aparente contradicción
histórica que analizamos a continuación.
Esta segunda hipótesis la expone -como una segunda posible
trayectoria histórica en este punto- Manuela Corsini de Ordeig en
su obra anteriormente citada. Conozcamos en qué consiste esta
hipótesis alternativa que, sin duda alguna, podría resultar también
probable:
En los inventarios del tesoro de la Santa Capilla de París,
efectuados anualmente desde los siglos XIII al XVIII, se
consigna una reliquia, cuya última constancia aparece en el
inventario hecho el 30 de agosto de 17 40 (poco antes de la
revolución francesa). Dicha reliquia se describe en los inven-
tarios así:
«Un trozo del sudario en que fue envuelto el cuerpo de
Nuestro Señor Jesucristo después de muerto. Mide 9 a 10
pulgadas (unos 30 cm.) de largo. Se halla dentro de una caja
de bronce dorada, junta con otras dos reliquias: la corona de
espinas y un pedacito de la Vera Cruz». Las tres reliquias
fueron cedidas al rey Luis IX de Francia por su primo Baldui-
no II de Bizancio, como consta en el acta firmada por los dos
reyes en el año 1247 y que se encuentra en el mismo monas-
terio en que se firmó: la Abadía de Saint-Germain en Laye.
Aunque el acta está firmada en dicha fecha, la entrega de las
reliquias fue anterior y en diferente momento. El trozo del
Sudario le fue entregado al rey de Francia en el 1238. La
tardía firma del acta en 1247 tuvo por objeto legalizar la
posesión de las reliquias por Luis IX. Parece que éste entre-
gó a su primo Balduino por ellas una buena cantidad de
dinero para sostener el Imperio Latino de Constantinopla,
que se hallaba en gravísimos apuros.
132 Santiago Vázquez

Ahora, lo que más nos interesa a nosotros: en el Santo


Sudario de Turín, en uno de sus extremos, se aprecia perfecta-
mente que falta un trozo de tela que ha sido sin duda alguna
recortado a tijera, no desgarrado ni quemado, y en su lugar se
ha puesto un remiendo de otro lienzo de distinta clase de teji-
do, mucho más moderno que la Síndone. Pues bien: este trozo
que falta tiene las medidas exactas del que describen los inven-
tarios de la Santa Capilla de París expresamente como «Un
trozo del Sudario en que fue envuelto el cuerpo de Nuestro
Señor Jesucristo». (Nota 23 de Manuela Corsini de Ordeig:
«Estos inventarios han sido publicados modernamente por A.
Vidier en Memoires de la Société de L' Histoire de París et de
l'Ile de France, tomos 34 y 37.»)
Este trozo de la Síndone que se hallaba en París desapare-
ció durante la revolución francesapero no así los inventarios
de cada año en los que se hacía constar su existencia, su origen,
sus medidas.
La consecuencia de este último hecho ( documentado como
la cesión a la Catedral de Besancon por Otón de la Roche), es
que la Síndone tenía que hallarse en Constantinopla en 1237, o
muy poco antes, momento en que Balduino II manda recortar
dicho trozo de la Síndone y enviarlo a Luis IX, o tal vez llevár-
selo él mismo en persona. Por lo tanto, no podía estar en
Besancon, o en poder de cualquiera que no fuera dicho Empe-
rador." (Figura 21)
Tanto la hipótesis de que la Sábana Santa permaneciese aún en
Constantinopla en 1238 sin haber salido jamás de la ciudad, como
la de que el duque Otón de la Roche se la llevara consigo a Atenas
y, poco después, se la hiciera llegar a su padre, Poncio de la Roche,
para que éste la cediese a la Catedral de Besancon, y, posterior-
mente, la devolviese a la capital de Bizancio, cuentan ambas con
argumentos a favor. No debemos decidirnos, definitivamente, por
ninguna de ellas, puesto que, como digo, ambas resultan posibles.
Lo que sí se hace patente en el análisis histórico, y así lo corrobo-
ran los numerosos documentos de la época que se han aportado,
es que la Síndone, cuando se produce el saqueo de Constantino-
pla, el 12 de abril de 1204, se veneraba allí con enorme devoción,
y se consideraba como el auténtico Lienzo sepulcral que envolvió
el cadáver de Jesús de N azaret, traída desde Edesa el 16 de agosto
del año 944 d. C.
Sábana Santa. Lo nunca contado 133

¿Qué fue entonces de la Sábana Santa desde su última referencia


histórica en la capital de Bizancio, según este supuesto, cuando
Balduino II ordena cortar un trozo de la tela y la envía, en 1238, a
Luis IX, hasta su reaparición en Lirey en 1356? Estamos hablando
de ciento dieciocho años de ausencia, de más de un siglo en paradero
desconocido.
Es en este punto del itinerario de la reliquia más importante de la
cristiandad donde entran en escena los Templarios u Orden del Temple.

DE CONSTANTINOPLA A CHIPRE.
¿LA SÁBANA SANTA EN PODER DE LOS TEMPLARIOS?

Teniendo en cuenta que la Orden del Temple tenía como uno de


sus más prioritarios objetivos el salvar, proteger y custodiar las sagra-
das reliquias, no resulta descabellado pensar que fueron ellos los
que, a cambio de la Sábana Santa, ayudaron al Emperador de Bizan-
cio Balduino II y a sus gentes a ser evacuados de Constantinopla ante
el asedio de Miguel Paleólogo. Los Caballeros del Temple se llevarían
la Sábana Santa y, además, la protegerían de manos extranjeras,
poniéndola a buen recaudo. Esta posibilidad parece plausible y
debemos considerarla.
Transcurridas varias décadas, la Sábana Santa reaparece en Lirey
en manos de Godo/redo de Charny.
Manuela Corsini de Ordeig escribe al respecto:19
- La Santa Síndone aparece en Lirey, en poder de los Char-
ny (o Charnay), no muchos años después del exterminio de los
templarios; y de una forma oscura y casi anónima, como si
fuera escapando a un requisamiento temido.
- Es llevada a dicha población por el conde Godofredo de
Charny, Maestre de los Templarios en Normandía, llegado a
Lirey procedente de una isla situada en la parte oriental del
Mediterráneo.
- El conde de Charny no dijo nunca con claridad de dónde
procedía la reliquia, tan sólo muy vagamente a su hijo, y a
algunos canónigos de la Colegiata de Lirey ( donde años más
tarde fue depositada la Síndone) insinuó oralmente que «la
había ganado en buena lid». Explicación que suena a evasiva
para defender su gran secreto: que era una propiedad de la
Orden Templaria, cuyos bienes habían sido requisados por el
134
Santiago Vázquez

Rey de Francia y sus esbirros, sin que se les permitiera a los


Caballeros del Temple conservar en su poder ni la más mínima
propiedad. Poco tiempo más tarde, Godofredo de Charny,
conde de Chamy y señor de Lirey, es condenado a morir en la
hoguera por ser templario, junto con J acques de Molay, el Gran
Maestre.
- (. .. ) Una de las acusaciones más reiteradas que se lanza-
ron contra los templarios es la de que adoraban un rostro de
Cristo extraño y blasfemo, que conservaban escondido en un
cofre y sacaban de vez en cuando para adorarlo. El rostro de
la Síndone puede parecer muy extraño al que lo ve por prime-
ra vez, sobre todo en aquellas épocas en que no se tenía la
menor idea de lo que es un negativo.
- Algunos rostros de Cristo localizados en antiguos monas-
terios templarios -como el de la Abadía de Templecombe en
Inglaterra- tienen evidentes características sindónicas.
- Finalmente, un dato hallado en la actualidad por Max
Freí. Este especialista, al estudiar los restos de polen hallados
entre el polvo que los siglos fueron depositando sobre el Santo
Sudario, descubrió por ellos que el Lienzo debió haber estado
bastante tiempo en la isla de Chipre, pues hay en él pólenes
exclusivos, o casi exclusivos, de plantas de dicha isla.
Esto es otro voto a favor de su estancia entre los templa-
rios, que ocuparon Chipre desde principios del siglo XIII
hasta mediados del XIV, poco más de un siglo, y aunque la
Santa Síndone no estuviera entre ellos más que alrededor de
treinta años es suficiente para que el polen de las plantas
chipriotas dejaran entre los hilos del Lienzo sus especímenes.
No obstante, y considerando esta información de índole históri-
ca, hemos de decir que, aún hoy, no se ha logrado confirmar, defini-
tivamente, que la Síndone estuviera en manos de los Templarios en
la isla de Chipre durante varias décadas.
Resulta sugerente que Max Frei, cuyas investigaciones conocere-
mos más adelante, encontrase, en sus análisis al microscopio, polen
de plantas exclusivas o casi exclusivas de Chipre. Es sabido que el
polen adherido a un tejido no se puede falsificar, por tanto, ¿estuvo
la Sábana Santa en dicha isla custodiada por los caballeros del
Temple? Es una posibilidad, pero no podemos asegurarlo taxativa-
mente, aunque todo apunte a que así fue, al menos hasta que no
aparezca algún dato que resulte rotundo y decisivo en este sentido.
Sábana Santa. Lo nunca contado 135

A partir de este punto, nuestro repaso a la historia de la Sábana


Santa será mucho más resumido. Lo que más nos ha interesado
dentro del presente capítulo es comprobar cómo antes de los años
1260-1390 de nuestra era (según la datación del Carbono 14), la exis-
tencia de la Síndone está avalada por multitud de documentación histó-
rica que acabamos de exponer.

Los ÚLTIMOS PASOS DE LA RELIQUIA:


LIREY, CHAMBÉRY Y TURÍN

En 1.356, terminada la construcción de la Iglesia Colegiata en


Lirey, los Charny expusieron al público la Sábana Santa, siendo
contemplada por cientos de personas.
Al morir Godofredo II de Charny, heredó la Síndone su hija,
Margarita de Charny, quien se la entregó, posteriormente, a los
duques de Sabaya -Luis de Sabaya y Ana de Lusignano- el 22 de
marzo de 1453.
El Lienzo fue conservado entonces en la Catedral de Chambéry,
donde, en la madrugada del 3 al 4 de diciembre de 1532, se declaró un
feroz incendio. Éste pudo ser, casi con toda probabilidad, intenciona-
do, y su objetivo era destruir la reliquia, pero los autores del atentado
no consiguieron su propósito. La imagen del hombre que en ella
aparece apenas se vio afectada.
En 1578 la reliquia es trasladada a Turín. Desde 1694 (fecha en la
que se coloca la Síndone en la Capilla Guarini) hasta 1997 (año en el
que un nuevo incendio estuvo a punto de hacerla desaparecer), ésta
permaneció conservada en la Catedral de Turín. (Figura 22)
En marzo de 1983 murió el Rey de Italia, Humberto II de Sabaya,
cediendo la Sábana Santa a la Iglesia Católica, al Vaticano.

CONCLUSIÓN FINAL

Como hemos comprobado a lo largo de este capítulo, la Síndone


ha tenido su propia trayectoria histórica, un recorrido perfectamente
definido que avala su autenticidad. (Figura 23)
Ha quedado evidenciado que existen multitud de documentos
históricos fiables que nos hablan de su existencia mucho antes,
136 Santiago Vázquez

siglos antes, de lo que nos dijeron los tres laboratorios responsables


de su datación cronológica en 1988, situándola entre los años 1260
y 1390 d.C.
Nos ocuparemos del polémico tema del Carbono 14 en un capí-
tulo monográfico de la presente obra, pero no está de más señalar
que es la única prueba que se le ha efectuado al Lienzo que ha
proporcionado un resultado en contra. Todas las demás pruebas
hablan a favor de su autenticidad.
La Historia nos hace un guiño, invitándonos a viajar hacia atrás
en el tiempo después de haber conocido los avatares por los que
pasó desde aquel amanecer en el interior de un húmedo sepulcro en
Jerusalén, imaginándola en medio de torrenciales tormentas y calu-
rosos días de Sol implacable, doblada, oculta, silenciosa en mitad de
los siglos, castigada y herida por el fuego de aquella madrugada en
Chambéry, atravesando polvorientos caminos y, muda, abandonada
en la fría soledad de un cofre, con tanto que decirle al Mundo,
remontándonos a sus primeros siglos de historia junto a aquellos
edesanos que veneraban su Santo Mandylión con inenarrable devo-
ción. Nos lleva a imaginar la ciudad más bella de Bizancio, Constan-
tinopla, cuajada de iglesias, coronada por un ejército de cruces en
sus cúpulas, divisando en la lejanía las iglesias de Santa María de
Pharos y la de Blachernae, que contuvieron en su seno la reliquia
más importante de la cristiandad: la Sábana Santa de Turín, que,
posiblemente, contuvo el cadáver de un varón judío que murió cruci-
ficado y que cambió el rumbo de la Historia, quizás el hombre más
grande de todos los tiempos.
Sábana Santa. Lo nunca contado 137

REFERENCIAS DEL CAPÍTULO 4

NOTA DEL AUTOR

En cuanto al recorrido histórico de la Sábana Santa expuesto en este Capítulo,


he seguido, principalmente y salvo algunas variaciones, la línea argumental, el or-
den y la trayectoria histórica que Manuela Corsini de Ordeig nos ofrece en su
magistral obra "Historia del Sudario de Cristo"(EDICIONES RIALP, Madrid,
1988), citando, en diversas ocasiones, algunas de las referencias históricas que
aparecen en la obra mencionada, referidas debido a su absoluta credibilidad y por
coincidir, también en mi propia investigación, con los "pasos" que Manuela Cor-
sini de Ordeig nos detalla en dicha publicación respecto al itinerario que siguió la
reliquia desde que salió de Jerusalén (en el siglo I de nuestra era) hasta llegar a
Turín en 1578.
Quiero, desde estas líneas, enviarle mi más profundo y sincero agradecimiento y
admiración a Manuela Corsini de Ordeig (Fundadora del prestigioso Centro Espa-
ñol de Sindonología (C.E.S.) por su inestimable labor en lo referente al estudio y
divulgación de la Sábana Santa de Turín, y por permitírseme "beber" en tan fiable
fuente de rigurosa documentación histórica.

Y en segundo lugar, también deseo resaltar en esta Nota, que he manejado,


para la documentación de índole histórica de este Capítulo, dos de las excelen-
tes obras de mi estimado y admirado Padre Jorge Loring, S. J., cuyos trabajos
sobre la Síndone de Turín he seguido con profundo interés desde hace muchos
años.
Dichas referencias, al igual que las de Manuela Corsini de Ordeig, están también
puntualmente especificadas en este apartado, habiendo empleado, para la elabora-
ción de este Capítulo, dos de sus publicaciones: "La Sábana Santa, dos mil años
después" (Planeta, Colección PLANETA+ TESTIMONIO, Barcelona, 2000), y "La
Sábana Santa. Invalidez de la prueba del carbono-14" (Ediciones CRESPO, (6'
Edición), Madrid, julio 1990).
Vaya, desde estas líneas, mi recuerdo y gratitud al Padre Jorge Loring, S.J. por
tantos años dedicados al estudio y divulgación de la Sábana Santa, y por haberme
permitido emplear toda la información que aparece en sus obras para la realización
de éste y de otros Capítulos del presente trabajo.

Obviamente, y sobre todo en este Capítulo, he manejado otras obras que deta-
llo más abajo. Al tratarse de un Capítulo estrictamente histórico, el número de
citas es numeroso, más abundantes que en otros, si bien todos los Capítulos están
también conveniente y estrictamente documentados con sus correspondientes
fuentes bibliográficas o de Internet.
138 Santiago Vázquez

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

l. Eusebio de Cesarea, "Historia Eclesiástica", Editorial B.A.C. pp. 55-56.


Los textos de las dos cartas, los hemos transcrito de: Manuela Corsini de Ordeig,
"Historia del Sudario de Cristo", EDICIONES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp.
40-41, ISBN: 84-321-2419-2.
2. César Barta Gil, "La Sábana Santa en Constantinopla: LOS TEXTOS" (1),
Revista del Centro Español de Sindonología (C.E.S.) "Línteum" nº 29, septiembre
2000, p. 14.
3. César Barta Gil, "La Sába~a Santa en Constantinopla: LOS TEXTOS" (1),
Revista del Centro Español de Sindonología (C.E.S.) "Línteum" nº 29, septiembre
2000, pp. 14-15.
4. Daniel Raffard, "Indagine sulla Sacra Sindone", Perrin, París; 1998, l.d.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa, dos
mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO, Barcelona,
2000, p. 22, ISBN: 84-08-02959-2.
5. Manuela Corsini de Ordeig, "Historia del Sudario de Cristo", EDICIO-
NES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp. 49, 50 y 51, ISBN: 84-321-2419-2.
6. Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa,
dos mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO, Barcelona,
2000, p. 31, ISBN: 84-08-02959-2.
7. "Shroud Netos", nº 55 (oct. 1989) pág. 13. Manly 2095 NSW. Australia.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring S. J., "La Sábana Santa. Inva-
lidez de la prueba del carbono-14'', Ediciones CRESPO, (6ª Edición), Madrid, julio
1990, p.244, ISBN: 84-85526-02-3.
8. Revista "Sindon" (junio de 1989), p. 116.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa, dos
mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO, Barcelona,
2000, p. 32, ISBN: 84-08-02959-2.
9. Baima Bollone, "Sindone o no", Soc. Edit. Internazionale, Turín, 1990.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa, dos
mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO, Barcelona,
2000, p. 32, ISBN: 84-08-02959-2.
10. José Luis Carreña, O.S.B., "La Señal", Don Bosco, Pamplona, 1983, IX, 7,
p. 339.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana Santa, dos
mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO, Barcelona,
2000, p. 37, ISBN: 84-08-02959-2.
11. Mario Moroni: "La Sindone, Storia Scienza", pág. 68. Ed. Centrostampa.
Torino.1986.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring S. J., "La Sábana Santa.
Invalidez de la prueba del carbono-14", Ediciones CRESPO, (6ª Edición), Madrid,
julio 1990, pp. 245 y 246, ISBN: 84-85526-02-3.
Sábana Santa. Lo nunca contado 139

12. A. Heisenberg: Nikolaus Mesarites, "Die Palasrevolution des Johannes


Komnemos". Würzburg 1907, pág. 316.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring S. J., "La Sábana Santa. Inva-
lidez de la prueba del carbono-14'', Ediciones CRESPO, (6ª Edición), Madrid, julio
1990, p. 245, ISBN: 84-85526-02-3.
13. Manuel Solé, S.J., "La Sábana de Turín", Mensajero, II, 5, B. C., p. 74, nota 30.
Información que aparece recogida y texto transcrito en: Jorge Loring, S. J., "La
Sábana Santa, dos mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMO-
NIO, Barcelona, 2000, pp. 38-39, ISBN: 84-08-02959-2.
14. Información que aparece recogida en: Manuela Corsini de Ordeig, "Histo-
ria del Sudario de Cristo", EDICIONES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp. 62-63,
ISBN: 84-321-2419-2.
· 15. Información que aparece recogida en: Manuela Corsini de Ordeig, "Histo-
ria del Sudario de Cristo", EDICIONES RIALP, S.A., Madrid, 1988, p. 63, ISBN:
84-321-2419-2.
16. Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana
Santa, dos mil años después", Planeta, Colección PLANETA+ TESTIMONIO, Barce-
lona, 2000, p. 44, ISBN: 84-08-02959-2.
17. Revista SINDON, Junio 1989, p. 68.
Información que aparece recogida en: Jorge Loring S. J., "La Sábana Santa. Inva-
lidez de la prueba del carbono-14", Ediciones CRESPO, (6' Edición), Madrid, julio
1990, p. 26, ISBN: 84-85526-02-3.
18. Manuela Corsini de Ordeig, "Historia del Sudario de Cristo", EDICIO-
NES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp. 63-64, ISBN: 84-321-2419-2.
19. Manuela Corsini de Ordeig, "Historia del Sudario de Cristo", EDICIO-
NES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp. 74-76, ISBN: 84-321-2419-2.
CAPÍTULO 5
"REALIDAD INVERTIDA".
EL NEGATIVO FOTOGRÁFICO ES UN PERFECTO POSITIVO

LA PRIMERA FOTOGRAFÍA A LA SíNDONE. SE DESCUBRE


LA INVERSIÓN DEL NEGATNO FOTOGRÁFICO

Transcurría el año 1898. En Turín se iba a celebrar la boda del


príncipe heredero de Italia, Víctor Manuel III. La Sábana Santa per-
tenecía, desde el 22 de marzo de 1453, a la Casa de Saboya.
Las ostensiones ( exposiciones de la Síndone ante el público) se
celebraban excepcionalmente, siempre coincidiendo con algún
acontecimiento señalado para la Casa de Saboya o cuando se creía
oportuno por alguna razón muy específica.
Ya que las técnicas fotográficas se habían desarrollado notable-
mente desde 1826 y, aprovechando el casamiento mencionado, se
tuvo la magnífica ocurrencia de hacer algo que, hasta ese momento,
nadie había hecho: fotografiar la Sábana Santa.
La brillante propuesta partió del sacerdote Natale Noguier de
Malijay, quien habló con el barón Antonio Manno -persona cerca-
na al monarca- para que éste le plantease al Rey Humberto I de
Saboya la posibilidad de realizar las fotografías.
La idea, en principio, no fue del agrado del Rey. Poco tiempo des-
pués, el barón Manno volvió a visitar al monarca. Para obtener de éste
el permiso que permitiera fotografiar la Sábana Santa, adujo varias
razones por las que le hizo ver que resultaba aconsejable y necesario
fotografiarla. Tras exponerle sus argumentos, Humberto I autorizó
que el Lienzo fuera, por primera vez en la historia, fotografiado.1
142 Santiago Vázquez

Para tan importante trabajo se escogió al Presidente de la Asocia-


ción de Aficionados a la Fotografía de Turín, Secando Pía.
Pía era un abogado turinés y apasionado del arte fotográfico. Su
nombre ha pasado a la Historia como la primera persona que foto-
grafió la Síndone y quien se topó, por vez primera, con una de las
grandes incógnitas que encierra la imagen de la Síndone: la inversión
del negativo fotográfico.
Se asignaron dos días para realizar las fotografías. El 25 y el 28 de
mayo de ese mismo año, 1898.
Llegó el 25 de mayo, primer día de la ostensión. La tensión y los
nervios estaban a flor de piel. Pía quería que todo saliera a 1~ perfec-
ción y que no se produjera ningún imprevisto. Disponía de dos horas
para realizar su trabajo. -
A los pocos minutos de iniciar la primera fotografía, los filtros de
cristal que había colocado se vieron afectados debido a la tempera-
tura originada por la iluminación empleada. Todas sus esperanzas se
vinieron abajo. Habría que esperar ahora al 28 de mayo. Sería su
segunda y última oportunidad.
Tras varios días de incertidumbre, por fin llegó el momento seña-
lado. Todo estaba preparado poco antes de la medianoche. Comenzó
entonces la primera exposición, que duró alrededor de catorce minu-
tos. Todo transcurrió normalmente durante esta primera experiencia
fotográfica.
Inició después la segunda toma, que se prolongó durante unos
veinte minutos. No surgió tampoco, en esta segunda fotografía, nin-
gún imprevisto ni problema técnico. Tenía, por fin, lo que tanto
había ansiado. ¿Con qué se encontraría? Con el valioso material en
su poder, el turinés se dirigió a su laboratorio personal.
Ya en él, procedió, cuidadosamente, al revelado de las dos placas
fotográficas. Los minutos de espera, como es de suponer, se le hicie-
ron casi interminables.
Pasado el tiempo preciso, extrajo con celeridad las placas. Afor-
tunadamente, las dos fotografías se habían efectuado satisfactoria-
mente. Sus esfuerzos y su trabajo no habían sido inútiles.
Las observó detenidamente y quedó, en un primer momento, sor-
prendido. La confusión se fue apoderando, paulatinamente, de él.
No podía explicar, de ninguna manera, lo que estaba contemplando.
Sábana Santa. Lo nunca contado 143

Las dos placas presentaban dos detalladísimos positivos y no dos


negativos, como hubiera sido lo lógico y natural. ¿Cómo se podía
explicar el incomprensible fenómeno? ¿Qué había sucedido? ¿Había
cometido algún error en el proceso de las dos tomas fotográficas?
Aquello, evidentemente, era, a todas luces, incomprensible. El fotó-
grafo era incapaz de explicar lo que estaba observando con la máxi-
ma atención, pero sin acertar, de forma alguna, a resolver el desafian-
te enigma.
Los dos negativos revelaban, con enorme detalle, la imagen defi-
nida de un hombre. El negativo era y es un perfecto positivo.
Me explicaré, con más extensión, para que el lector pueda com-
prender correctamente la importancia de semejante fenómeno.
Si contemplamos la imagen que aparece en la Sábana Santa al
natural, lo que estamos viendo, en realidad, es un negativo. Me refie-
ro, claro está, no al extenso Lienzo de lino de 4'36 x 1'10 m (medidas
anteriores a la restauración de 2002), sino a la imagen del hombre
que aparece en ella, denominada como "impronta somática".
Es al fotografiarla, y obtener el negativo, donde podemos con-
templar, con suma precisión, la figura en positivo -tanto frontal
como dorsal- de ese crucificado, de forma que lo que apreciamos en
el negativo es la apariencia real que tuvo ese hombre al ser envuelto en
la mortaja una vez muerto.
La Síndone peregrinó por múltiples lugares a través del tiempo y
jamás fue fotografiada porque el arte fotográfico no se había inven-
tado aún. Tuvo que llegar el siglo XIX para poder hacerlo por prime-
ra vez y descubrir, con gran asombro, lo que en ella aparece. Si no se
hubiera inventado la fotografía, la Sábana Santa todavía guardaría
un absoluto silencio, como hizo durante tantos siglos.

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA SINDONOLOGÍA.


11 11
UNA CAUSA DESCONOCIDA PROVOCÓ LA IMAGEN
DEL CRUCIFICADO

A raíz de las dos fotografías del abogado turinés en 1898 es cuando


el interés científico por este objeto comienza a surgir, atrayendo a múlti-
ples especialistas de diversas ramas de la Ciencia que se interesaron -y
se siguen interesando actualmente- de una forma seria por la Síndone.
144 Santiago Vázquez

Por tanto, el papel que desempeñó Pía en la investigación de


dicho objeto fue crucial. Diría más. Fue el comienzo de una vertigi-
nosa carrera cuyo fin ha sido -y sigue siendo- "hacer hablar" al
hombre que en ella contemplamos. Ese crucificado nos habla median-
te sus heridas, sus hinchazones, sus regueros de sangre, a través de los
orificios que dejaron en sus muñecas y en sus pies los clavos, de la
herida que le provocó la lanzada en el costado y tantos detalles.
Es evidente que lo que más nos interesa, al margen del tejido de
lino propiamente dicho y de todo lo que se desprende de su estudio
e investigación, es la imagen de ese hombre, esa impronta que apare-
ce en la Síndone y que, contemplada al natural, es, realmente, el
negativo. El Lienzo, cuando se produjo el fenómeno de la formación de
la impronta, actuó, por decirlo así, como placa fotográfica.
Entrando en el apasionante terreno de la Filosofía de la Sindonolo-
gía -disciplina, prácticamente intocada, que me interesa sobremane-
ra y en donde considero que se encuentra lo más importante en el
tema que nos ocupa en esta obra-, se infiere que es como si la "causa"
que originó el fenómeno hubiese actuado intencionadamente.
Es como si dicha "causa" hubiera previsto que sólo hasta el siglo
XIX, y con el avance de la Ciencia y de la tecnología del siglo XX,
pudiéramos descubrir en ella los múltiples secretos que, durante tan-
tos siglos, guardó.
Hasta bien entrado el siglo pasado, no se disponía de una apara-
tología lo suficientemente desarrollada como para escrutar todos y
cada uno de los rincones de la Síndone y de su impronta.
La inversión del negativo de la imagen es, actualmente, un autén-
tico enigma sin resolver. ¿Qué hemos de pensar entonces? ¿Ante qué
hombre nos encontramos? ¿Quién provocó ese inédito fenómeno?
¿Con qué .in? Son preguntas que más adelante abordaré detallada-
mente y en profundidad.
Es preciso señalar que, únicamente, aparece en positivo la "impron-
ta somática" (la imagen del hombre sindónico). Sin embargo, no suce-
de lo mismo con la sangre presente en el cuerpo, ya que ésta quedó
impregnada en el tejido por absorción. Por tanto, la sangre que contem-
plamos no es imagen de sangre, sino sangre real que empapó el lino.
Al realizar una fotografía a la Sábana Santa nos encontramos con
que las manchas y regueros de sangre, los fluidos que brotaron de ese
Sábana Santa. Lo nunca contado 145

cuerpo, así como los zurcidos de la tela y las quemaduras correspon-


dientes al incendio que sufrió en 1532, sí que aparecen en negativo,
como es natural.
Sin embargo, el inexplicado fenómeno del que hablo sólo afecta
a la imagen de ese cuerpo, tanto en su parte frontal como dorsal.
La inversión del negativo fotográfico entronca directamente con
un aspecto que analizaré en otro capítulo del presente trabajo. Me
refiero a que la "impronta somática" (la imagen del crucificado),
sometida a un analizador de imagen, es tridimensional.
Sostengo que ambos fenómenos (la inversión del negativo y la tri-
dimensionalidad de la imagen) fueron provocados en el Lienzo por
una misma "causa". Ambos efectos -ambos fenómenos- tienen un
mismo origen: la radiación que, según la investigación, brotó de ese
cadáver y que chamuscó [Link] la tela.
En mi opinión, ésta es la gran y desconcertante clave del enigma.
El origen de la inversión del negativo se encuentra en la radiación
que emanó de ese cuerpo envuelto en la Sábana.
En los últimos años de investigación, diversos autores han afirma-
do, rotundamente, que la imagen del hombre que contemplamos en
el Lienzo de Turín corresponde a la "fotografía" de Jesucristo en el
momento preciso de la Resurrección. También estudiaremos esta
muy interesante posibilidad.

SE CONFIRMA LA AUTENTICIDAD DEL FENÓMENO

Imaginemos, por unos momentos, cómo se sintió Secando Pía al


ver en su laboratorio, rodeado de la típica luz rojiza propia de las
"habitaciones" de revelado, las tomas fotográficas que acababa de
obtener de la Síndone. Estupefacto, sería quizás la palabra. ¿Cómo
era posible-se interrogaría, posiblemente, a sí mismo- que la ima-
gen del hombre de la Sábana Santa, expuesta en la capilla Guarini de
la Catedral de Turín, fuese un perfecto positivo? ¿Se encontraba
-discurriría casi con seguridad- ante un prodigio o, por otra parte,
frente a un desconocido e inexplicado fenómeno por la Ciencia?
Como es natural, se divulgó el fenomenal hallazgo. Tanto la pren-
sa como los sectores antirreligiosos, así como la comunidad científi-
ca, se abalanzaron, con una mala fe despiadada, sobre Pía. Pusieron
146 Santiago Vázquez

en entredicho su credibilidad como persona y como fotógrafo, y


también dudaron de su descubrimiento, hasta el punto de conside-
rarle como un farsante y un manipulador de los negativos fotográfi-
cos. Lo pasó francamente mal. Él sabía que no había existido mani-
pulación alguna en las placas. Acudió a un notario para que éste
certificase que los clichés no se habían tocado, que los negativos esta-
ban intactos y exentos de manipulación. Así se hizo. El notario con-
firmó que en las placas no existía fraude alguno.
Es cuando entra en escena el teniente de Orden Público, Felice
Fino.
Fino, junto a un fotógrafo, había conseguido también fotografiar
la Síndone. Y para gran sorpresa de todos, el fenómeno volvió a
repetirse en las placas de Felice y su acompañante. Ya no cabía la
menor duda. La inversión del negativo también se había producido
en sus fotografías. Sus feroces enemigos tuvieron que rendirse y
cesar en su campaña de ataque y descalificación contra Secando Pía y
su asombroso descubrimiento.2

LAS FOTOGRAFÍAS DE GIUSEPPE ENRIE EN 1931


Transcurrieron los años y llegó la ostensión de 1931. Se casaba
Humberto de Sabaya, príncipe de Piamonte y heredero del trono de
Italia. Con motivo de su boda se volvió a exponer la Síndone y volvió
a ser fotografiada.
Giuseppe Enrie, gran fotógrafo y estudioso de la Sábana Santa,
fue la persona que se escogió para fotografiarla durante los días 3 y
22 de mayo de ese mismo año, 1931.
El notario Giulio Turbila estuvo presente en las sesiones fotográ-
ficas de ambos días y, en el laboratorio de Enrie, en el proceso de
revelado. El acta está fechada el 28 de mayo de 1931. El trabajo se
hizo con gran rigor y no existió manipulación alguna, según testificó
el mencionado notario. Una vez más, el enigmático fenómeno volvió
a repetirse en las fotografías de Enrie.
Del numeroso material fotográfico obtenido a lo largo de estas dos
sesiones, del 3 y 22 de mayo, Giuseppe Enrie se quedó con doce fotos.
Ocho de ellas mostraban al Lienzo de Turín expuesto sin cristal a
una iluminación de 16.000 y 20.000 luces respectivamente.
Sábana Santa. Lo nunca contado 147

Otras tres de las doce fotos seleccionadas por el fotógrafo reco-


gían el conjunto de la Síndone. La más grande de éstas, de 12 x 47,
se recogió sobre una plancha de 40 x 50.
Se hizo una ampliación de la herida correspondiente al clavo de
la muñeca, la única que se puede apreciar, ya que la otra aparece
oculta bajo ésta.
Esta última fue aumentada siete veces y permitió a los especialis-
tas observar el tipo de tejido del Lienzo.
La fotografía número doce retrataba todo el conjunto del evento.'
Las fotografías de Enrie de 1931 son muy importantes y dignas de
mención, ya que permitieron profundizar, aún más, en el estudio de
la Sábana Santa y su imagen. Tengamos en cuenta que desde 1898,
año en el que se efectuaron las dos primeras fotografías, las técnicas
fotográficas y la aparatología para obtener buenas tomas se habían
desarrollado mucho.
Para una profunda y exacta comprensión del tema que nos ocupa,
considero conveniente y necesario reproducir a continuación las
conclusiones del propio Enrie. Son las siguientes: 4
l. La impresión del cuerpo sobre la Síndone, con la excepción
de las huellas de sangre, constituye un perfecto negativo que
no es obra del hombre.
2. Las ampliaciones confirman de manera clara que han de
excluirse de la Santa Sábana tanto los rasgos de pintura o
pinceladas, como dibujos o bosquejos superpuestos.
3. El juego de luz y de sombras en las impresiones se esfuma
suavemente, sin límites precisos.
4. Las manchas de sangre están bien marcadas y poseen la
característica de impresión por contacto. Su color es inten-
so y su diseño más visible y marcado.
5. Las impresiones presentan proporciones anatómicas perfec-
tas y dicen claramente de qué clase de persona se trata y a qué
raza pertenecía. No aparecen desfiguradas por fractura, ni por
hinchazón de los pómulos, ni por contusión del hueso nasal.
6. En las sombras de la impronta, o sea, en la mayor parte de
la superficie de la Síndone, el tejido se presenta intacto.
7. El negativo fotográfico de las impresiones revela de un
modo admirable y perfecto, no sólo la forma externa del
rostro sino, también, una admirable serenidad, una paz
absoluta, increíble en un ajusticiado.
148 Santiago Vázquez

PREGUNTAS FINALES, REFLEXIONES Y CONCLUSIONES

Las preguntas finales de este capítulo y que cabe hacerse son: ¿Qué
"causa" provocó la inversión del positivo en negativo y del negativo en
positivo? ¿Quién hizo que el Lienzo conservado en Turín actuase como
placa fotográfica? ¿Qué misterioso, enigmático y desconocido fenómeno se
produjo, por qué razón y con qué objetivo? ¿Quién lo produjo?

La conclusión, después de estudiar este inédito fenómeno, aun-


que sin salirme de lo hipotético, es que hay que descartar la interven-
ción de la mano del hombre en la formación de la imagen sindóníca.
Si a este factor le añadimos el tipo de radiación/energía que brotó
de ese cadáver y que provocó la imagen, se concluye que nos encon-
tramos ante una imagen no realizada por el hombre.
Considerando el fenómeno que nos ocupa y suponiendo que fue
un falsificador el autor de la impronta, éste tendría que haber provo-
cado, adivínese a través de qué extraordinario método, la inversión
mencionada. Esta posibilidad resulta sumamente improbable, por no
decir imposible, ya que el supuesto falsificador tendría que haber rea-
lizado su obra contando con el conocimiento del concepto de la nega-
tividad, y éste sólo se descubrió cuando se inventó la fotografía en el
siglo XIX. Algo inimaginable para un hipotético falsario medieval.
Algunos autores, intentado justificar lo injustificable y queriendo
explicar lo inexplicable, sostienen que el arte fotográfico ya se cono-
cía en la Edad Media.
Esta aseveración carece del más mínimo fundamento. ¿Dónde
están, entonces, esas fotografías medievales? Si, realmente, ya existía
la fotografía, ¿ cómo se explica que no nos hayan llegado esos cono-
cimientos? ¿No conoceríamos ya semejante descubrimiento y sus
supuestos resultados?
Un hallazgo de esta envergadura se hubiese dado a conocer y ten-
dríamos constancia histórica del hecho -como ha ocurrido con otros
descubrimientos-, sin embargo, no existe la menor referencia a la
posible existencia de la fotografía durante ese período de la Historia.
Hasta que se consiguieron las primeras fotografías en el siglo
XIX, se experimentaron no pocos fracasos. Fue un proceso largo y
difícil que comenzó a finales del siglo XVIII.
Sábana Santa. Lo nunca contado 149

Considerar, seriamente, que en la Edad Media ya se había descu-


bierto la fotografía es ridículo. Incluso se ha llegado a decir que se
conocía mucho antes. Se trata, por tanto, de seductoras hipótesis
carentes del menor rigor que conducen a la confusión y arrastran al
error a quienes, ingenuamente, acaban por creer tales opiniones.
Tampoco podemos olvidar un dato fundamental: que esa Sábana
envolvió, verdaderamente, un cadáver.
Éste es un detalle importantísimo que hemos de considerar cuan-
do se plantea la hipótesis de la falsificación.
Según las investigaciones realizadas, la Sábana Santa envolvió el
cadáver de un [Link] que falleció por asfixia.
Es decir, que aun creyendo que hace siglos ya se hubiese inventa-
do la fotografía, el hipotético falsificador tuvo que trabajar con la
presencia real del cadáver de un varón crucificado, coronado de
espinas, flagelado, alanceado por el costado derecho e innumerables
detalles más que iré exponiendo a lo largo de esta obra.
Pero aun contando con la presencia del cadáver de un hombre
que reuniese todas las características que presenta el hombre de la
Síndone, planteo las siguientes preguntas sin respuesta: ¿cómo plas-
mó el falsario en el Lienzo la imagen en negativo de ese cadáver?
¿Cómo hizo para invertir la realidad? ¿Qué método -hoy en día des-
conocido-- siguió para estampar en negativo la imagen de ese cruci.i-
cado?
A este punto hay que añadirle otro de vitalísimo relieve y que,
como ya he dicho, estudiaremos en un apartado específico: la imagen
del hombre sindónico se formó por radiación/energía, una radiación
instantánea que brotó del cadáver y que chamuscó superficialmente
el Lienzo. ¿ Verdaderamente se puede seguir sosteniendo la hipótesis
de la falsificación? Son incógnitas, hasta hoy, sin explicación.
Al margen de lo ya señalado (la imposibilidad del hipotético falsifi-
cador para invertir el negativo y la radiación que provocó la imagen
sobre el tejido de la Síndone), cabe preguntarse con qué fin ese falsifica-
dor hubiera invertido el negativo, con qué absurdo, incomprensible e
irracional objetivo realizó una obra en negativo, invirtiendo la realidad.
Considerando esta hipótesis, los contemporáneos del hipotético
falsario no hubieran entendido la obra. Una imagen en negativo: ¿con
qué finalidad?
150 Santiago Vázquez

Y no debemos obviar otro factor destacado: la precisión y realis-


mo anatómicos de la figura.
De haber sido una falsificación, se hubieran cometido multitud de
imprecisiones en lo referente a la anatomía y sus detalles, y no es así.
El hombre de la Sábana Santa revela infinidad de pormenores
que iremos analizando, desconocidos hasta no hace demasiadas
décadas.

ÜTRAS ACLARACIONES

He dedicado este capítulo a lo que sucede cuando cualquier per-


sona le hace una fotografía a la Sábana Santa. El fenómeno se repite
siempre. Hay que reseñar que no sólo sucedió en las fotografías de
Secando Pía en 1898 o en las de Giuseppe Enrie en 19.31.

Si usted, amigo lector, tuviera la oportunidad de situarse a unos


metros de la Síndone, en Turín, y, con su cámara de fotos, efectuar
algunas capturas, comprobaría, al revisar las fotografías y al verlas en
negativo, que, en dichas tomas, aparecería la imagen de ese hombre
perfectamente clara y nítida: una perfecta imagen en positivo. ¿No
resulta, cuando menos, desconcertante?
De cualquier forma, cualquier persona, en este preciso momento,
puede comprobar la realidad de este apasionante fenómeno.
Es tan sencillo como coger el positivo de cualquier fotografía de
la Síndone (aquellas donde se ve el Lienzo a simple vista) y realizar
una fotografía. Cuando observe su negativo se dará cuenta de que,
en realidad, está viendo un positivo.
Le propongo, amigo lector, que, si lo desea, haga la prueba foto-
grafiando el rostro del hombre de la Sábana Santa en positivo que
aparece en esta obra (ver capítulo 2). Compruebe por usted mismo
esta "realidad invertida". Tantas veces como se realiza el experimen-
to, tantas veces nos encontramos con un perfecto positivo, topándo-
nos, una y otra vez, con lo imposible.
Quizás, cuando realice la fotografía al rostro de ese hombre y
contemple su imagen en negativo, sienta algo parecido a lo que sintió
el abogado turinés Secando Pía en la noche de aquel memorable 28
de mayo de 1898. Una noche para la historia.
Sábana Santa. Lo nunca contado 151

REFERENCIAS DEL CAPÍTULO 5

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

l. Información que aparece recogida en: Manuela Corsini de Ordeig, "His-


toria del Sudario de Cristo", EDICIONES RIALP, S.A., Madrid, 1988, p. 87,
ISBN: 84-321-2419-2.
2. Información que aparece recogida en: Francisco Ansón, "La Sábana
Santa. Últimos hallazgos, 1994", Ediciones Palabra, S.A., Madrid, 1995, pp. 30-31,
ISBN: 84-7118-979-8.
3. Información que aparece recogida en: Juan Alarcón Benito, "La Sábana
Santa: El gran misterio del cristianismo", EDICIONES TEMAS DE HOY, S.A.,
Colección Esotérika, Madrid, 1994, pp. 130-132, ISBN: 84-7880-414-5.
4. Giuseppe Enrie, "La Santa Sindone rivelata della fotografia", SEI, Torino,
1933.
Información que hemos transcrito de: Juan Alarcón Benito, "La Sábana Santa. El
gran misterio del cristianismo", EDICIONES TEMAS DE HOY, S.A., Colección
Esotérika, Madrid, 1994, pp. 132-134, ISBN: 84-7880-414-5.
CAPÍTULO 6
"CON LA SíNDONE ENTRE LAS MANOS".
INVESTIGACIÓN Y CONCLUSIONES DEL STURP

LA CIENCIA INVESTIGA DIRECTAMENTE LA SÁBANA SANTA

Justo cuatrocientos años después de la llegada de la reliquia a


Turín (1578), se produjo un acontecimiento que marcó la historia del
Lienzo: la investigación "in situ" del objeto -en 1978- por parte
del STURP (Shroud o/Turin Research Project).
Se pudo estudiar la Síndone a partir del 8 de octubre de ese año,
tras su ostensión y finalizado el Congreso Internacional de Turín.
Las investigaciones duraron cinco días consecutivos e ininte-
rrumpidos, día y noche. Era la primera vez que los científicos
tenían acceso directo a la tela. Era, por tanto, una oportunidad
única para despejar decenas de incógnitas que, sin un estudio
concienzudo en contacto con la Sábana Santa, hubieran sido impo-
sibles de esclarecer.
El STURP estuvo formado por un nutrido grupo de destacados
científicos de primera línea que efectuaron numerosísimas pruebas
durante ciento veinte horas.
Desde la primera fotografía a la Síndone ( 1898), que, como hemos
visto en el capítulo anterior, es cuando se descubre el inexplicable
fenómeno de la inversión del negativo en positivo y, con ello, el
comienzo de un largo proceso de investigación al que se sumaron,
desde el principio, decenas de eminentes hombres de Ciencia y hasta
la actualidad, en 1978 se pudo, al fin, tener la Sábana Santa delante
y analizarla, directamente, con la más moderna tecnología.
154 Santiago Vázquez

La posibilidad de realizar un estudio directo sobre el objeto


permitió a los especialistas confirmar o, por otra parte, descartar lo
que hasta ese momento constituían, tan sólo, meras hipótesis de
trabajo, pero sin constatación, debido, precisamente, a la imposibili-
dad de acceder directamente al Lienzo para su comprobación, para
saber con certeza, en definitiva, si estaban en lo cierto o, muy al
contrario, si se encontraban en un error.
Por tanto, los casi interminables exámenes a los que fue sometida
la Síndone por parte de los miembros del STURP, fueron y son de
una importancia vital, ya que, gracias a ellos, pudimos conocer
muchos aspectos ignorados hasta el momento y, contrariamente,
desestimar algunas opiniones, como, por ejemplo, que la imagen
sindónica se había formado utilizando algún tipo de pigmento o
colorante, cuestión que quedó completamente descartada gracias a
estos análisis de observación.
Las abundantes pruebas que llevó a cabo el STURP en 1978 sirvie-
ron, principalmente, para certificar la autenticidad del Lienzo y descar-
tar la posibilidad del fraude. Tras varios días, casi sin descanso, de
observaciones, los científicos llegaron a la conclusión de que se
encontraban ante la impronta de un crucificado, terriblemente casti-
gado, pero cuya génesis exacta desconocían.

CONFIRMADO: SANGRE HUMANA EN EL TEJIDO

Los integrantes del STURP querían saber si, verdaderamente,


existía sangre humana en la Sábana Santa y, si así era, a qué conclu-
siones se podía llegar.
Se había elucubrado mucho acerca de que lo que, en las fotogra-
fías, parecía, a priori, ser sangre humana, no era tal, sino algún tipo
de elemento colorante.
Desde muchas décadas atrás, se había hablado de que se trataba de
una pintura, de una obra realizada por una mano humana prodigiosa.
También se habían planteado otras hipótesis que parecían expli-
car el origen y naturaleza de la imagen, pero todo ese cúmulo de
posibilidades se había quedado ahí, en el ámbito de lo hipotético.
Como nunca se había podido realizar un análisis directo de lo que
unos consideraban sangre y otros alguna clase de colorante, estos
Sábana Santa. Lo nunca contado 155

criterios se habían planteado en no pocas ocasiones desde finales del


XIX y durante todo el siglo XX.
Pero en 1978, los estudiosos del STURP salieron, definitivamente, de
dudas: se trata de sangre humana que brotó del cuerpo que envolvió.
Posteriormente, el Dr. Baima Bollone (profesor de Medicina Legal
en la Universidad de Turín) confirmó que se trata de sangre humana
del grupo AB.
Este hallazgo y, por otra parte, su confirmación, acallaron muchas
lenguas que, durante muchos años, se habían empeñado en desacredi-
tar a la Síndone, aduciendo unas y otras hipótesis, todas ellas enfoca-
das a un mismo objetivo: proclamar que la Sábana Santa era un fraude.
Esta confirmación en 1978, con la Ciencia en la mano, hizo -y
hace- reflexionar a muchas mentes. Ya no cabía ni cabe duda alguna.
Lo que se pensaba que podría ser un pigmento era y es sangre de un
ser humano que fue brutalmente agredido y, finalmente, crucificado.
(Figura 24)
Y ahí quedó la sangre, impregnada en el lino, absorbida por los innu-
merables hilos que componen el tejido, testigos de una cruel tortura que
terminó en una cruz debido a la asfixia del ajusticiado. ¿Tal vez Jesús de
Nazaret? Dedicaremos un capítulo monográfico para saber quién pudo
ser el hombre amortajado en la Síndone de Turín y consideraremos,
cómo no, la posibilidad de que ese hombre pueda ser Jesucristo.

UN FENÓMENO INTENCIONADO Y CONTROLADO:


LA IMAGEN DEL CRUCIFICADO NO PASÓ A LA OTRA
CARA DE LA TELA

Por otra parte, en el transcurso de esos cinco días de intensa acti-


vidad de los científicos del STURP, se descubrió algo, realmente,
revelador y muy inquietante.
Y es que la imagen del hombre de la Síndone no ha traspasado a la
otra cara de la tela, es decir, que la imagen de ese crucificado, tanto en
su parte frontal como dorsal, es sumamente superficial tan sólo por la
parte que le cubría, la que estuvo en contacto con su cuerpo, no
habiendo pasado a la otra cara del tejido.
Una de las características de la imagen sindónica, como enseguida
expondremos, es su "superficialidad". ¿ Qué quiere decir esto?
156 Santiago Vázquez

La impronta, nos comunican, es el resultado de una chamuscadu-


ra muy superficial provocada en el Lienzo por una radiación (o ener-
gía, según otros) que brotó del cadáver, dejando ahí, en la tela, la
imagen de ese hombre amortajado en ella.
Dicha radiación o energía afectó, únicamente, a la parte interior
que se encontraba en contacto con el cuerpo, tanto de frente como
por la espalda, desde los pies hasta la cabeza.
Sin embargo, "la zona exterior" (en mi denominación) del Lienzo,
la que no tuvo roce alguno con el cadáver, no se vio afectada por
dicha radiación o energía, de forma que en esta "zona exterior" de la
mortaja no existe el menor vestigio de imagen ni nada que se le
parezca. Sencillamente no existe nada.
No así en "la zona interior" (también en mi denominación), la que
cubrió al difunto. En ella quedó la "impronta somática" del varón
fallecido, es decir, la imagen. Un fenómeno sin precedentes del que
nos ocuparemos, como bien merece, más adelante. (Para mayor
comprensión del fenómeno, ver Figura 3 ).
Lo que sí podemos afirmar, adelantándonos mínimamente a lo que
explicaremos más adelante, es que la II causa II que provocó el fenómeno
(la radiación o energía), lo hizo de forma intencionada y controlada,
"chamuscando" muy superficialmente "la zona interior" de la Síndone.
Gracias a esta intencionalidad y a dicho control en la radiación o
energía por parte de esa "causa", podemos, actualmente, contem-
plar, con pasmosa precisión, la imagen de ese crucificado.
Por las razones que acabo de exponer, y en las que ahondaremos
próximamente, la imagen no "caló" al otro lado de la tela.
Sin embargo, la sangre y demás fluidos que brotaron de ese cuer-
po sí traspasaron a la otra cara. Éstos empaparon el tejido y, por
absorción, pasaron al otro lado. (Figura 25)
En cuanto a la sangre, hemos de señalar que "pasó" a la otra
cara, a la "zona exterior", pero ésta (la sangre) -y esto es muy
significativo- no está en negativo -como sucede con la "impron-
ta somática" del cuerpo-, y tampoco posee la característica de la
tridimensionalidad.
Es decir, que los numerosos regueros de sangre que observamos a
simple vista en el Lienzo están, como es lógico, en positivo, y no poseen
el carácter tridimensional que sí presenta la imagen sindónica.
Sábana Santa. Lo nunca contado 157

Y, como expondremos, la gran incógnita de la Síndone es su


imagen. ¿Cómo se formó? ¿Qué o quién la provocó? ¿Cuál es su natu-
raleza? ¿De qué forma quedó "reflejada" la imagen de ese crucificado
en la tela?
A este respecto, los miembros del STURP querían salir de dudas,
pero para ello necesitaban acceder a la Síndone, tenerla ante ellos y
examinarla directamente.
Lo hicieron. Comprobaron que su origen no era natural. Se trata
de un ligerísimo "chamuscamiento" -como he indicado- de las
más superficiales fibrilas del lino. Pero, ¿ante qué tipo de "chamus-
camiento" nos encontramos? ¿Qué "causa" lo provocó?
Los científicos del STURP pudieron constatar, en 1978, la ausen-
cia absoluta de cualquier tipo de elemento que pudiera explicar, de
forma natural, la imagen del hombre de la Sábana Santa.

LA TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA SíNDONE

Es digno de ser muy valorado el agotador trabajo de todo aquel


gran conjunto de hombres de Ciencia, que casi no pudieron descan-
sar durante los cinco días que duró la investigación del STURP, con
el fin de no perder ni un segundo y emplear ese precioso tiempo en
analizar la célebre Sábana Santa. Tras siglos de historia, pero también
de silencio, tenían ante ellos la reliquia más importante de la cristian-
dad y, quizás, el auténtico lienzo mortuorio que envolvió el cadáver
de Jesús de Nazaret en el sepulcro hace veinte siglos. Es lógico, por
tanto, que ninguno de ellos quisiera malgastar ni un instante, hacien-
do otras cosas que no fueran analizar al máximo tan importante obje-
to arqueológico.
Se realizaron decenas de pruebas con la más innovadora aparato-
logía del momento, cuya exposición, excesivamente larga y detalla-
da, cansaría al lector por su enorme número y por la terminología
científica que deberíamos emplear.
Citaremos, tan sólo, algunas de las pruebas que se efectuaron:
recogida de hilos de diferentes partes del tejido y de diversas mues-
tras con microaspiradora, obtención de nuevas muestras de polen
por Max Freí (quien también analizó la superficie con diferentes
tipos de microscopios), fotografías de todas y cada una de las partes
158 Santiago Vázquez

de la Síndone, microfotografías de las zonas más relevantes, espec-


trografías, examen visual a través de microscopios de última gene-
ración, sistema estéreo para examinar la direccionalidad de la
imagen.1
Y para aquel lector que desee conocer, con mayor precisión, a
qué clase de análisis científicos fue sometida la Sábana Santa en
1978, transcribo unas líneas al respecto que nos ofrece la periodista,
compañera y amiga Carmen Porter -muy estimada por mí- en su
libro "La Sábana Santa. ¿Fotografía de Jesucristo?" (EDAF, Madrid,
2002), refiriéndose al relato del Dr. John Heller, biofísico, profesor
en el New England Institute y miembro del STURP.
La autora de la mencionada obra escribe en ella:2
Fotografía: Visible, infrarrojos y ultravioleta (unas 5.000
fotografías en total). VP-8: Análisis de imagen. Ampliación
de imagen computerizada. Análisis de la función de mapas.
Imágenes topográficas. Análisis multiespectral. Análisis
matemático de la imagen. Rayos X de baja energía: Fluores-
cencia de rayos X. Reflexión espectroscópica: ultravioleta,
visible, infrarrojos. Termografía: Microdensímetro. Macros-
copía. Microscopía: Polarización, fluorescencia, contraste de
fase. Bioestereometría: espectroscopio RAMAN. Láser de
prueba microlasérica. Espectroscopio de dispersión de la
energía del electrón. Transmisión espectral microespectrofo-
tométrica. Prueba química húmeda: generación de purpuri-
na fluorescente, hemoglobina CYAN y test de hemocroma-
gen. Proteasa Lysis: análisis químico de las proteasas.
Inmunofluorescencia, etc.

Y completando la enumeración de las pruebas efectuadas,


Carmen Porter añade en su libro:3

A todo esto hay que añadir más de 1000 experimentos


químicos para determinar la naturaleza de toda la imagen y de
las marcas de sangre así como de la textura del lino, marcas de
agua, fibras varias, partículas y detritus y la presencia de posi-
bles pigmentos orgánicos e inorgánicos.

Basta, considero que sobradamente, esta relación de ejemplos


para comprobar el rigor y la escrupulosidad de aquella memorable
investigación directa de 1978 por parte del STURP. (Figura 26)
Sábana Santa. Lo nunca contado 159

CARACTERÍSTICAS DE LA IMAGEN

Tras someter el Lienzo a numerosas pruebas, los científicos llega-


ron a una serie de conclusiones respecto a la imagen que en él apare-
ce. El centro de atención de la investigación del STURP estuvo diri-
gido, principalmente, a dicha imagen, la de ese varón que fue
golpeado, flagelado, coronado de espinas, cargado con un madero
sobre sus espaldas, crucificado, alanceado en su costado derecho y,
finalmente, envuelto, ya muerto, en la Sábana.
Se quería saber cómo se formó la impronta, si estaba compuesta
por algún tipo de sustancia y cuáles eran sus características.
Tras minuciosos análisis, los componentes del STURP llegaron a
la conclusión de que la imagen del hombre de la Síndone posee
nueve características. Son las siguientes:4
l. Superficialidad: la radiación o energía que provocó la impron-
ta -la imagen- afectó muy superficialmente al tejido. Cada
hilo de lino está compuesto por entre cien y doscientas fibras.
Tan sólo las dos o tres primeras fibras resultaron chamusca-
das.
2. Pormenorización: es una imagen sumamente detallada, tanto
que, dentro de un minucioso análisis, podemos observar deta-
lles casi imperceptibles, como, por ejemplo, los minúsculos
arañazos que desgarraron la piel en el tormento de la flagela-
ción, pudiendo contar exactamente cuántos golpes de flagelo
se le propinaron, hasta poder apreciar el más diminuto golpe
infligido a ese hombre en su cruenta tortura.
3. Estabilidad térmica: la imagen es resistente al calor. En el
incendio de Chambery, en 1532, las partes de la imagen que
estaban más cerca del fuego y, por lo tanto, más calientes, no
perdieron su coloración o tonalidad. Todas y cada una de las
partes de la imagen presentan el mismo color.
4. Estabilidad hidrológica: el agua no afecta, de ninguna forma,
a la imagen. En dicho incendio se empleó agua para sofocar las
llamas. El agua se vertió sobre la Síndone, empapando algunas
partes de la imagen, que, inexplicablemente, no sufrieron alte-
ración alguna.
160 Santiago Vázquez

5. Estabilidad química: la imagen es resistente a los reactivos


químicos conocidos. Éstos no la disuelven ni la decoloran.
Dichos reactivos no la alteran en lo más mínimo.
6. Ausencia de pigmentación: No existe entre los hilos el más
mínimo resto de pigmentación, ni un resto de pintura, tinte o
cualquier otro tipo de sustancia. Es decir, que de ninguna
forma se trata de una pintura o similar.
7. Ausencia de direccionalidad: Ya hemos señalado que no se
trata de una pintura, ya que, de ser así, el autor tendría que
haber dejado sus marcas de dirección que plasma cuando · se
realiza. Si a esta característica le añadimos la ausencia de
pigmentación, la hipótesis de que es una pintura no se sostiene.
8. Negatividad: la imagen es un negativo, de modo que cuando
realizamos una fotografía, lo que aparece en el negativo foto-
gráfico es un perfecto positivo. ¿Quién pudo fabricar esta
imagen en negativo?
9. Tridimensionalidad: la intensidad de la imagen en cada punto
varía en función de la distancia entre el cuerpo y la Síndone en
el instante de producirse la "grabación" de la impronta.
La gran importancia de las nueve características descubiertas por el
STURP radica en que en ningún laboratorio del mundo se ha logrado
nunca reproducir una imagen similar a la del Lienzo de Turín con sus
mismas características. Se deben rechazar toda esa clase de noticias
cargadas de sensacionalismo en las que se nos informa de que un
determinado "autor" (hay diversos casos que analizaremos) ha logra-
do reproducir una imagen similar a la de la Síndone. Este hecho jamás
se ha producido. Sí que se ha conseguido reproducir una imagen con
cierto parecido, intentando imitar algunas de sus inéditas característi-
cas, pero nunca, jamás se ha conseguido. (Figura 27)

CONCLUSIONES OFICIALES DEL STURP


Las jornadas de intenso y laborioso estudio del STURP consi-
guieron despejar dudas que atenazaban, desde hacía décadas, a los
investigadores. Gracias a_ aquellos cinco días ininterrumpidos de
análisis y observación con la Sábana delante, pudimos conocer, en el
Sábana Santa. Lo nunca contado 161

nombre de la Ciencia, los primeros datos, las primeras informacio-


nes, la confirmación de múltiples sospechas que, debidas a la impo-
sibilidad de investigar "in situ" el objeto, eran, hasta ese momento,
elucubraciones, opiniones más o menos acertadas, hipótesis de
trabajo, puntos de vista, criterios basados en la observación de las
fotografías de Secando Pía o Giuseppe Enrie. Con la Síndone entre
las manos ya no cabía la menor duda. Como he expuesto en este
capítulo, el STURP realizó cientos de pruebas y logró conocer esos
"secretos" que la mortaja guardaba desde hacía siglos, esperando,
quizás, a que la tecnología llegase a un punto de desarrollo que
permitiera desentrañarlos.
El Centro Español de Sindonología (C.E.S.), a través de su magní-
fica y altamente modernizada página web ([Link]), nos
ofrece el resumen de las conclusiones a las que llegó el STURP, cuyos
miembros, tras varios años de estudio y evaluación de los datos obte-
nidos durante los cinco días referidos de investigación y observación
directa, hicieron públicos en 1981.
Sus conclusiones oficiales, resumidas, fueron las siguientes:5
Sobre las fibras no se han encontrado ni pigmentos, ni
pinturas, ni tintes o manchas. La radiografía, la fluorescencia y
la microquímica de las fibras confirman que no es posible que
la imagen Juera realizada con pintura.
La evaluación ultravioleta e infrarroja confirma estos estu-
dios. El reforzamiento de la imagen por ordenador y el análisis
mediante un aparato conocido como Analizador de Imágenes
VP-8 demuestran que la impronta contiene codificada informa-
ción única y tridimensional.
La evaluación microquímica no ha descubierto que se hubie-
ra formado por especias, ni aceites, ni otras sustancias bioquími-
cas que produzca el cuerpo en vida o después de la muerte. Está
claro que hubo un contacto directo de la Síndone con un cuer-
po, lo cual explica ciertas características como las marcas de la
flagelación y la sangre. Sin embargo, aunque este tipo de
contacto puede explicar algunas características del torso, es
absolutamente incapaz de explicar la imagen del rostro con la
alta resolución que muestra la /oto grafía.
El problema científico consiste en que algunas explicacio-
nes que podrían ser válidas desde el punto de vista de la
química, son imposibles para la física. Por el contrario, ciertas
162 Santiago Vázquez

explicaciones físicas que podrían resultar atractivas son impo-


sibles de sostener por la química. Para llegar a una explica-
ción adecuada de la imagen de la Síndone, ésta debe ser acep-
table científicamente desde el punto de vista de la física, la
química, la biología y la medicina. En este momento, este tipo
de solución no se ha logrado a pesar de los grandes esfuerzos
realizados por el equipo de la Síndone. Tampoco los experi-
mentos físicos y químicos con lino antiguo han reproducido
adecuadamente el fenómeno que presenta la Síndone.
El consenso cientifico es que la imagen es resultado de algo
que provocó la oxidación, la deshidratación y la conjugación de
la estructura de los polisacáridos de las microfibras del lino.
Estos cambios pueden reproducirse en el laboratorio con cier-
tos procesos químicos y físicos; se puede obtener un cambio
semejante en el lino con ácido sulfúrico o con calor. Sin embar-
go, no se conocen métodos químicos o físicos que puedan expli-
car la totalidad de la imagen. Tampoco puede explicar adecua-
damente la imagen ninguna combinación de circunstancias
físicas, químicas, biológicas o médicas.
Como consecuencia de esto, el problema de cómo se
produjo la imagen o de lo que la produjo, sigue siendo, ahora
como antes, un misterio.
Podemos concluir por el momento que la imagen de la
Síndone es la de un hombre real, un hombre flagelado y crucifi-
cado. No es producto de un artista.
Las manchas de sangre contienen hemoglobina y la prueba
de albúmina de suero resulta positiva.
La impronta sigue siendo un misterio y hasta que se realicen
nuevos estudios químicos, bien por este grupo de científicos
bien por otro grupo en el futuro, el problema sigue sin solu-
ción.

STURP Y CARBONO 14: DOS INVESTIGACIONES


IRRECONCILIABLES

Como estudioso de la Síndone, desde mi adolescencia me he


preguntado, más de una vez, por qué razón o razones se ha llevado
a cabo una investigación directa de tan valioso objeto en tan sólo
una ocasión, que es la que hemos conocido en el presente capítulo.
Pero nunca he encontrado una respuesta que me satisfaga intelec-
tualmente.
Sábana Santa. Lo nunca contado 163

Diez años después de las investigaciones del STURP, se efectuó


sobre el Lienzo de Turín la única prueba, realizada a la reliquia, que
"habló" en contra de su autenticidad: la datación mediante el Carbo-
no 14, de la que nos ocuparemos en profundidad.
En 1978, los científicos que participaron en el STURP afirmaron
no haber encontrado, en ninguna de las múltiples pruebas a las que
fue sometida la tela, el menor indicio de fraude o, expresado de otra
forma, de falsificación. Al revés. Todas y cada una de las comproba-
ciones resultaron ser positivas con resultados satisfactorios que
confirmaron la autenticidad del Lienzo, tal y como hemos visto.
¿Por qué; entonces, el Carbono 14, justo diez años después
(1988), dató el objeto entre los siglos XIII y XIV de nuestra era?
Si los doctos científicos del STURP corroboraron su validez diez
años antes (1978), sirviéndose de la más moderna tecnología del
momento, ¿ cómo es posible que el C-14 arrojase una datación medie-
val (1260-1390 d.C.)?
Y es que, amigo lector, desde hace años he tenido la firme convic-
ción de que algo falló en 1988. Desconozco el qué, pero sí confío
plenamente en las conclusiones finales del STURP, cuyas líneas he
transcrito, y dichas conclusiones nos hablan de veracidad, y no de
falsedad.
Hemos de tener muy en cuenta que quien emitió esas conclusio-
nes que usted acaba de leer fue un conjunto de eruditos hombres
de ciencia, un dictamen que no se hizo a la ligera, improvisando,
imaginando, casi adivinando, no. Esas conclusiones, cuyo informe
final se publicó en 1981, es decir, cerca de tres años después de los
cinco días de investigación del STURP, fueron emitidas con pleno
conocimiento científico, apoyado firme y rigurosamente en las
decenas de pruebas efectuadas en Turín en 1978.
Si el STURP no halló el menor vestigio de fraude, ¿por qué el
Carbono 14 -diez años después- situó a nuestra protagonista en
la Edad Media?
Es una interrogante que procuraremos responder, pero que, sin
duda, provoca cierta confusión. O los sabios científicos del STURP
se confundieron en sus pruebas (lo cual me resulta impensable e
inadmisible) o algo salió mal, por decirlo así, en la prueba de data-
ción a través del C-14. Y no le demos más vueltas porque no hay más
164 Santiago Vázquez

posibilidades, ya que si, por el contrario, los científicos del STURP


procedieron impecablemente en sus análisis (en lo que creo firme-
mente) y los resultados de los mismos fueron favorables al cien por
cien respecto a la autenticidad de la Sábana Santa, la prueba median-
te el Carbono 14 resultó fallida. Pero dejemos esta contradicción
insalvable para ocuparnos del tema en el capítulo correspondiente.
Como investigador de la Sábana Santa efectúo un sano ejercicio
de empatía e intento ponerme en la piel de cualquiera de aquellos
científicos que la sostuvieron entre sus manos, procuro imaginar las
emociones que, al margen de su protocolo científico, recorrieron su
interior al contemplar, probablemente, el Lienzo que se utilizó para
envolver el cuerpo de Jesús de Nazaret, pudiendo fijar su mirada en
la imagen, en sus innumerables regueros- de sangre, en sus heridas,
en todos y cada uno de sus detalles. Una oportunidad única, privile-
gio de unos pocos que, durante varios días, pudieron interrogar,
científicamente, a la reliquia más importante del cristianismo, testigo
de excepción, posiblemente, de lo que ocurrió hace veinte siglos al
pie de una cruz en el monte Calvario y en el interior de un rocoso
sepulcro poco antes del anochecer de un viernes víspera de la Pascua
judía en Jerusalén.
Sábana Santa. Lo nunca contado 165

REFERENCIAS DEL CAPÍTULO 6

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y FUENTES DE INTERNET

1. Información que aparece recogida en: Manuela Corsini de Ordeig, "Histo-


ria del Sudario de Cristo", EDICIONES RIALP, S.A., Madrid, 1988, pp. 135 y 138,
ISBN: 84-321-2419-2.
2. Carmen Porter, "La Sábana Santa. ¿Fotografía de Jesucristo?", Editorial
EDAF, S.A., Madrid, 2002, p. 103, ISBN: 84-414-1241-13.
3. Carmen Porter, "La Sábana Santa. c·Fotogra/ía de Jesucristo?", Editorial
EDAF, S.A., Madrid, 2002, p. 103, ISBN: 84-414-1241-13.
4. Información que aparece recogida en: Jorge Loring, S. J., "La Sábana
Santa, dos mil años después", Planeta, Colección PLANETA + TESTIMONIO,
Barcelona, 2000, pp. 132 y 133, ISBN: 84-08-02959-2.
5. [Link]. Un resumen de las conclusiones de STURP. Página
web del Centro Español de Sindonología (C.E.S.), http./[Link]/
[Link] (acceso en noviembre de 2013 ).
CAPÍTULO 7
¿EL QUINTO EVANGELIO?
RADIOGRAFÍA DE LAS TORTURAS

E
L ESTUDIO PORMENORIZADO DE LA SABANA SANTA Y, SOBRE
todo, de la imagen que en ella aparece nos aporta un caudal
muy abundante de información. Gracias a las laboriosas in-
vestigaciones efectuadas se ha logrado saber, con meridiana exacti-
tud, a qué clase de torturas fue sometido el hombre que contempla-
mos en esta mortaja antes de ser crucificado y durante la propia
crucifixión. Se trata de un minucioso trabajo en el que han participa-
do, desde 1898-año en el que Secando Pía descubre la inversión del
negativo-, decenas de investigadores pertenecientes a muy diversas
disciplinas científicas.
El estudio de las heridas en el cuerpo de ese crucificado nos brinda
muchos datos que, de tratarse de Jesús de Nazaret, no aparecen en los
cuatro Evangelios. Es más, mediante el análisis escrupuloso de las huellas
y heridas son aclarados algunos detalles que nos narran dichos textos y,
por otra parte, son añadidos muchos otros de los que éstos ni siquiera nos
hablan. Es por esta razón por lo que a la Sábana Santa se la ha llamado el
11 11
quinto Evangelio 1 Si, verdaderamente, nos encontramos ante la mortaja

que envolvió el cadáver de Jesús, ésta nos revela multitud de detalles que
no hubiéramos conocido de no haber llegado hasta nosotros.
La Síndone, si aceptamos como válida la hipótesis de que sea autén-
tica, no sólo nos describe al detalle cómo fue la Pasión y muerte de Cris-
to, sino que también nos revela cómo era su aspecto físico, ya que se
han realizado magníficas reconstrucciones artísticas, que podemos ver
en la presente obra en el apartado dedicado a las fotografías.
168 Santiago Vázquez

Los Evangelios, cuando nos narran la Pasión, no nos ofrecen


demasiados detalles. Tan sólo, y en resumen, nos dicen que Jesús fue
flagelado, coronado de espinas, cargado con la cruz a cuestas -lo
que se contradice con lo que nos aporta el estudio de la imagen-,
crucificado y alanceado por el costado derecho.
Enseguida entraremos en los pormenores de la Pasión y muerte
de ese crucificado, pero antes es preciso señalar que es lógico que
quien escribió los Evangelios no se detuviera en los detalles. En el
tiempo en que fueron redactados, todo el mundo sabía en qué consis-
tía una flagelación y la condena a morir en la cruz.
Por otra parte, y es del todo razonable, los redactores no quisie-
ron profundizar en las torturas a las que fue sometido Cristo, ya que
no se debe olvidar que la muerte en cruz era una de las sentencias
más humillantes a las que podía ser sometido un reo.
Por lo tanto, se justifica que los textos nos narren lo que sucedió
de una forma muy superficial en lo referente a la Pasión y muerte de
Jesucristo.

LA SíNDONE ENVOLVIÓ UN CADÁVER

En 1931 se casó Humberto de Sabaya, príncipe de Piamonte y


heredero del trono de Italia. Con motivo de la boda hubo una osten-
sión pública de la Sábana Santa y fue, nuevamente, fotografiada. El
fotógrafo escogido para realizar el trabajo fue Giuseppe Enrie, como
he explicado en el capítulo 5.
Se hicieron diversas tomas. Se fotografió la Síndone entera, todas
las heridas, todos los detalles de ese cuerpo. De cada toma se hicie-
ron grandes ampliaciones para que los médicos pudieran comenzar
sus investigaciones.
En principio se trataba de saber si, realmente, el cuerpo que se
contempla en el Lienzo correspondía a un ser humano, a un cadáver
real. Los médicos querían cerciorarse del realismo anatómico de ese
cuerpo y también de las heridas que en él aparecen. Si se encontraba
el menor signo que contradijera la exactitud anatómica de un cuer-
po humano real, las investigaciones quedarían abortadas y, por
tanto, la Síndone pasaría a la Historia como una hábil falsificación.
Pero no fue así.
Sábana Santa. Lo nunca contado 169

La anatomía del crucificado fue analizada al milímetro, inten-


tando descubrir, por todos los medios, el fraude, estudiando
asimismo las lesiones producidas. También se observaron las
consecuencias reales que estas lesiones tendrían en un cuerpo
humano. Todo encajaba a la perfección. Los especialistas comen-
zaron a darse cuenta de que esa Sábana había cubierto, verdadera-
mente, el cadáver de un varón que había sido, entre otras cosas,
crucificado.
Tras exhaustivos estudios quedó demostrada la exactitud anató-
mica del hombre de la Síndone, quedando constatado su realismo en
concordancia con un cuerpo humano. No había ya duda alguna. Esa
mortaja venerada en Turín había albergado un cadáver. Y tan sólo por
estos estudios, la hipótesis de la falsificación utilizando, como tantas
veces se ha dicho, una estatua, un maniquí, un modelo artificial,
quedó descartada por completo. Quien aparece en el Lienzo es un ser
humano real y no un modelo. Ésta es la importantísima conclusión a
la que llegaron los estudiosos tras décadas de rigurosa y metódica
investigación.
El Dr. Pierre Barbet, cirujano jefe del Hospital San José de París
y uno de los más reputados investigadores de la Sábana Santa,
llegaba a las siguientes conclusiones, hechas públicas en el Congre-
so Internacional de la Síndone, celebrado en Roma en 1950:2
Las llagas del Santo Sudario son de tal realismo que para
un cirujano son una evidencia.
( ... )Jamás un falsario hubiera podido, ni siquiera en nues-
tra época con todo lo que ahora se sabe sobre la coagulación
de la sangre, imaginar todos esos cuajarones de sangre con la
infinita variedad de sus detalles, todos conformes con los que
nosotros vemos todos los días, y sin que se pueda encontrar un
sólo error entre ellos.
( ... )Incluso sí alguien hubiera podido imaginarlos, le habría
sido imposible realizarlos sobre una tela de lino como es el
lienzo, ni con pintura, ni con tintura, ni siquiera con sangre
misma.
( ... )Todas estas huellas que forman la imagen se alejan
plenamente, de forma extraña y, se puede decir, que con tran-
quila desenvoltura, de la tradición iconográfica; pero todas,
sin excepción, coinciden estrictamente con la realidad.
170 Santiago Vázquez

Junto al Dr. Barbet podemos citar a otros muchos reconocidos


especialistas que investigaron desde el principio la anatomía de la
figura, entre los que destaca Giovanni Judica Cordiglia (Catedrático
de Medicina Legal de la Universidad de Milán).
Otros investigadores de prestigio internacional, ya más cercanos
en el tiempo a nosotros y que han podido examinar la Síndone "in
situ" son, entre otros, el Dr. Robert Bucklin (médico forense, patólo-
go del Hospital de los Ángeles, California), el Dr. Rudolf W Hyneck
(Academia de Medicina de Praga) o el Dr. Pier Luigi Baima Bollone
(Catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Turín). Todos
ellos, y muchos otros, han comprobado que las heridas del hombre
que aparece en el Lienzo de Turín son anatómicamente perfectas.

ESTUDIO DETALLADO DE LA SÁBANA SANTA

Antes de iniciar el análisis de las heridas es conveniente profundi-


zar en ciertos datos y conceptos con el fin de que el lector tenga un
conocimiento completo de la Síndone.
Algunos pormenores, que paso a exponer, ya han sido somera-
mente mencionados en nuestra primera aproximación al Lienzo de
Turín, pero ahora entraremos en un estudio de esos datos completo
y exhaustivo.

MEDIDAS Y PESO

La Sábana Santa medía, antes de su restauración durante el


verano de 2002, 4,36 m de largo y 1,10 m de ancho, lo equivalente
a 4,79 m de superficie total. Se trata de un tamaño más que sufi-
ciente para albergar el cadáver del crucificado, que mide entre 1,81
y 1,83 m de altura. Tras la restauración de la tela, las nuevas medi-
das son de 441,5 cm de largo y 113,7 cm de ancho, es decir 4,41 m
por 1, 13 m. El Lienzo, al ser estirado para eliminar las arrugas, ha
aumentado levemente en sus dimensiones.
En 1534 se le cosió, en su parte posterior y para reforzarla, la
llamada "tela de Holanda". Su peso con dicha tela era de 2,47 kg.
Pero en su restauración, dicho forro fue retirado. Sin él, pesa ahora
1,50 kg aproximadamente, exactamente 1,420 kg.
Sábana Santa. Lo nunca contado 171

ANÁLISIS DEL TEJIDO: EL LINO

La Sábana Santa es una pieza rectangular, de lino puro, tupido y


opaco -en palabras del Profesor Timossi-, y tejido en forma de
"espina de pez" o "espiga". El Lienzo es de una sola pieza. Es un tejido
fino de gran calidad, según los especialistas. (Figura 28)
En más de una ocasión se ha dicho que es imposible que una morta-
ja de lino pueda conservarse en tan buenas condiciones como la Síndo-
ne después de dos mil años de historia, y que, por tanto, necesariamen-
te, tiene que ser más joven y, por consiguiente, una falsificación.
Pues bien; según documenta Jorge Loring S.J. en La Sábana Santa,
dos mil años después?
El más antiguo tejido conocido es precisamente un fragmento de
lino encontrado en un granero neolítico en Fayum, del 5000 a. J.C.

Algunos ejemplos más son, tal y como recoge Juan Alarcón Benito
en su obra La Sábana Santa. El gran misterio del cristianismo, por ejem-
plo, la tela de lino puro de anchura similar a la Síndone y de siete
metros de longitud (tres metros más que la Sábana) que se conserva,
en excelentes condiciones, en el Museo Egiptológico de Turín y que
data de la XII dinastía faraónica (1996-1784 a.C.), los tejidos de lino,
medio calcinados, que se encontraron en las ruinas de Pompeya (año
63 d.C.), los hallados en la estación neolítica de Robenhausen, Suiza,
de cuatro mil años de antigüedad, los tejidos de lino de Palmira y otros
de diversos lugares de Grecia, y los tipos de tejidos, similares al de la
Sábana, conservados en las momias del siglo I, así como las pinturas
murales y mosaicos encontrados en restos de monumentos arqueoló-
gicos donde abundan los telares aptos para fabricar tejidos similares al
de la Síndone, en palabras del prestigioso Dr. Brozzone.4
Por lo tanto, el lino del Lienzo de Turín no es el único que ha
llegado hasta nosotros, lo que prueba que es perfectamente conser-
vable y resistente al paso del tiempo.
El lino era muy valorado por los hebreos por su resistencia y cali-
dad. No debe, por tanto, extrañarnos que, en el supuesto de que sea
la auténtica mortaja de Cristo, José de Arimatea y los demás seguido-
res de Jesús, la utilizasen para envolver su cadáver, como señala el
escritor Juan Alarcón Benito en su obra ya mencionada.
172 Santiago Vázquez

El Dr. Baima Bollone confirmó, mediante el microscopio, que la


Sábana Santa es, en efecto, de lino, observando cómo algunos de sus
hilos corresponden a la fibra textil del "Linum usitatissimum L", lo
que corrobora su procedencia: Palestina u Oriente Próximo. Por
otra parte, el especialista Ray Rogers descubrió que el lino de la
Síndone fue blanqueado después de tejerse. Este hallazgo resulta
muy revelador, ya que se sabe que este procedimiento se dejó de
hacer en el siglo VIII. A partir de dicho siglo, el hilo se empezó a
blanquear antes de tejerse.5

Dos GOLPES BAJOS AL CARBONO 14:


EL ALGODÓN Y LA AUSENCIA DE LANA EN EL TEJIDO

Otro importante hallazgo que viene a confirmar la antigüedad de


la reliquia es la presencia de algunas fibras de algodón mezcladas con
los hilos de lino. Jorge Loring S.J. escribe al respecto:6
( ... ) Se pudo precisar que el algodón pertenecía a la especie
Gossupium Herbaceum, cultivada en Oriente Medio. Todas
las demás especies de algodón que se cultivan en la actualidad
son de origen americano. La presencia de estas fibras en el lino
encuentra su explicación en el hecho de que se han tejido
varias piezas de telas diversas en el mismo telar.
Resulta interesante saber que en Europa, aunque se conoció
bastante pronto el algodón, no se utilizó hasta pasado mucho
tiempo. En la España musulmana, las primeras manufacturas
de algodón se podrían fechar hacia el siglo VIII, pero el resto de
Europa sólo lo empezó a usar a partir del siglo XVII.
El tejido de la Sábana Santa solamente podía haber sido
fabricado en Oriente, donde el cultivo del algodón, originario
de la India, había llegado hasta el golfo Pérsico y, después,
hasta el Alto Egipto.
Un curioso dato reside en la circunstancia de no haberse
encontrado fibras de lana, aunque este hecho aún está por
confirmar. Si la inexistencia de fibras de lana se confirmara,
esto permitiría precisar aún más el lugar donde se tejió la tela.
En aquella época, los telares utilizados para el lino y el algo-
dón también servían para la lana. El único sitio donde no
ocurría esto era en Judea. La ley religiosa obligaba a utilizar
telares diferentes para tejidos vegetales y animales. Jamás
podían mezclarse; para el judío resultaba una abominación.
Sábana Santa. Lo nunca contado 173

Nos encontramos, pues, ante dos puntos muy a tener en cuenta.


La presencia de algodón entre los hilos sindónicos nos sugiere, clara-
mente, que dicha tela fue tejida mucho antes de la fecha datada
mediante el Carbono-14.
Por otra parte, la ausencia de lana, de confirmarse, señalaría clara-
mente el lugar donde se tejió: Judea, la tierra de Jesús de Nazaret.

ESTUDIO TEXTIL DEL TEJIDO

No todos los hilos que componen el tejido de la reliquia tienen


el mismo grosor. Cada hilo está formado aproximadamente, por
entre 100 y 200 fibrillas. Su estructura ha sido detalladamente estu-
diada a través de la más moderna tecnología. Pasemos a conocer
los resultados.
El Profesor Timossi, perito textil de Turín, presenta sus conclusio-
nes al respecto que resultan muy esclarecedoras:7
El hilado del tejido y el tejido mismo, presentan signos de
elaboración a mano, por su primitivismo y hasta por la "rude-
za" del trabajo (. .. ) La composición textil de la reliquia en el
sentido de su urdimbre es de cerca de cuarenta hilos por centí-
metro, y en el sentido de la trama de unas veintisiete pasadas o
inserciones por igual extensión( ... ) El entramado responde al
estilo antiguo de damasco; es decir, se trata de una "sarga" con
diagonal de cuarenta y cinco grados, en espiga o "espina de
pez", dispuesta dos arriba y dos abajo. El hilo transversal pasa
así por debajo de tres verticales para aflorar en el cuarto, lo
que requiere un telar de cuatro pedales (. .. ) Se puede estable-
cer también el grueso, o sea, el grado de finura de los hilos que
lo componen. Estos, aproximadamente, deben corresponder,
según la numeración inglesa del lino, al número 70 para la
urdimbre y al 50 para la trama ...
Las imprecisiones y las irregularidades detectadas en el análisis
textil del Lienzo han hecho pensar a los especialistas que la pieza fue
tejida en un telar antiquísimo, muy rudimentario, muy anterior a la
Edad Media.
Gilbert Raes, del Instituto de tecnología textil de Gante, estudió
algunos hilos de la Síndone, y su conclusión fue que el tipo dél lino
era común en el Oriente Medio en la época de Jesús.
174 Santiago Vázquez

El tipo de tejido de la Sábana Santa, como hemos señalado en pala-


bras de los ingenieros textiles, es una sarga en forma de "espiga" o
"espina de pez", propia de Oriente y que, según la información histó-
rica, dejó de fabricarse hacia el siglo V. ¿Cómo va a ser entonces una
falsificación medieval europea de los siglos XIII o XIV? Un nuevo
dato que cuestiona seriamente los resultados del Carbono-14.8
Otra autorizada opinión, que viene a reforzar las ya mencionadas,
es la de Silvia Curto, Profesor adjunto de Egiptología de la Universi-
dad de Turín y miembro de la Comisión científica que examinó la
Síndone en 1973. En el informe sobre el Lienzo elaborado por la
Comisión, declaró que "La textura de la Síndone puede muy bien
datarse en la época de Cristo."

DESCRIPCIÓN DETALLADA DE LA SÁBANA SANTA

La Sábana Santa es una pieza rectangular y de una sola pieza. Es


de color marfil, aunque, con el paso de los siglos, ha quedado amari-
lleada. Juan Alarcón Benito afirma que «por efecto de los años, presen-
ta un color blanco -amarillento- grisáceo, con un leve contorno
rosa».9 Éste es un dato de gran interés, ya que, tan sólo, el paso de
muchos siglos de historia otorga esa tonalidad a este tipo de tejidos.
Si la Síndone fuese una tela de los siglos XIII o XIV, su aspecto, su
tonalidad, su coloración sería muy diferente a la que posee. Éste es
un detalle que pasa, en la mayor parte de los casos, desapercibido,
pero que hay que prestarle una gran atención. El color de la Sábana
Santa es únicamente explicable si su antigüedad se remonta mucho
más allá de la Edad Media.

LA IMPRONTA

En la parte central de la tela apreciamos la imagen, tanto frontal


como dorsal (contrapuestas por la cabeza), completas, de pies a cabeza,
de un varón en posición decúbito supino. La impronta aparece sólo por
una cara del tejido, sin haber traspasado a la otra, ya que, según las inves-
tigaciones y como veremos más adelante, ésta se formó por una radia-
ción/energía instantánea de origen desconocido que brotó del cadáver
envuelto en ella, "chamuscando" superficialmente el tejido. Es decir, y es
Sábana Santa. Lo nunca contado 175

importante que desde el principio lo dejemos claro, que la impronta del


II
hombre sindónico quedó estampada en el Lienzo por chamuscamien-
to afectando, tan sólo, a las fibrillas de lino más superficiales. Los espe-
11
,

cialistas afirman que la radiación fue instantánea pero controlada en su


duración y en su intensidad, ya que las partes del cadáver más cercanas
al tejido, chamuscaron" más, mientras que las más alejadas lo hicieron
11

con menor intensidad, comprobándose matemáticamente que la radia-


ción que brotó de ese cuerpo, lo hizo en proporción directa en relación
a la distancia entre el Lienzo y el cuerpo que cubría. Entraremos en estos
pormenores en el capítulo correspondiente.
Como ya he aclarado, el hombre que contemplamos en la Síndone es
el cadáver real de un varón con las manos cruzadas sobre la zona genital,
terriblemente torturado, atrozmente flagelado, coronado con un caso de
espinas, crucificado y alanceado por su costado derecho. (Figura 29)
El Profesor Barbet, refiriéndose a la imagen del crucificado, escribe:"
Lo que está a la derecha es a la izquierda de la realidad y al
revés, como si la viésemos a través de un espejo. Y así tanto en
la imagen anterior como en la posterior o dorsal (. .. ) El
conjunto revela la anatomía, perfectamente proporcionada,
elegante y robusta de un hombre que mide un metro y ochen-
ta y tres centímetros. Los miembros inferiores se ven de mane-
ra muy distinta en la imagen dorsal y terminan con una perfec-
ta impronta del pie derecho. En la impronta delantera, las
piernas se esfuman en la parte inferior, como si el lienzo estu-
viera extendido a distancia del cuello de los pies (. .. ) No son
simples trazos, contornos o sombras, son formas que sobresa-
len extrañamente del fondo. No hay copia, pintura o dibujo
que pueda parecerse a ellas.

Dos TIPOS DE IMPRONTAS


En la Sábana Santa encontramos dos tipos de improntas: la
imagen del cuerpo del crucificado que, como acabamos de explicar,
quedó superficialmente grabada debido a una radiación de naturale-
za desconocida, y aquellas que han quedado en el lino por impregna-
ción, por absorción. Nos referimos, en estas últimas, a la sangre, el
suero y otros fluidos que brotaron de ese cuerpo y que empaparon el
tejido al ser cubierto el cadáver por éste.
176 Santiago Vázquez

Son, por tanto, la impronta somática, en la que podemos apreciar


ese cuerpo tanto en su parte frontal como dorsal y que se produjo
por la emisión de una radiación/energía, y las improntas o huellas
bemáticas, que son aquellas que corresponden a la impregnación del
tejido por abundante cantidad de sangre y también por una pequeña
cantidad de suero, como ocurre con la herida de la lanzada en el
costado derecho.
La impronta del cuerpo o impronta somática es de color sepia
suave. Sin embargo, las bemdticas tienen una coloración malva. Se ha
dicho, sin tener conocimiento de los rigurosos estudios que se han
hecho al respecto, que el color de la sangre presente en el Lienzo es
demasiado roja para ser, como se cree, tan antigua, ya que ésta debe-
ría presentar una coloración más negruzca,
A este respecto, Loring explica el fenómeno:"
Algunos críticos objetaron que la sangre de las heridas era
demasiado roja para ser tan antigua. Para los médicos y exper-
tos no resultaba nada extraño; al contrario, era la evidencia
concreta de una terrible tortura.
En un individuo traumatizado de forma grave y repetida se
produce un proceso llamado hemólisis, es decir, una desinte-
gración de los glóbulos rojos con liberación de la hemoglobina
que contienen. En treinta segundos, la hemoglobina liberada
llega al hígado que, puesto que los golpes, torturas y dolores se
van sucediendo, no tiene tiempo de procesarla, y descarga en
la sangre sus productos separados, entre ellos la bilirrubina,
que es el colorante de la sangre.
En las manchas de las heridas de la Sábana Santa se halló una
cantidad altísima de bilirrubina, una cosa verdaderamente
emocionante para un científico que sabe a qué constantes y devas-
tadores sufrimientos se debe el hecho de hallarla en esa cantidad.
Fue la bilirrubina la que le dio a la sangre un color tan vivo.
Como demostró Alan Adler, eso fue la consecuencia de los
120 devastadores golpes de flagrum (látigos) cuya marca ha
quedado en toda la impronta del cuerpo de la Sábana Santa.
Otra curiosidad digna de resaltar es que donde están presentes las
manchas de sangre, no hay imagen o impronta somática. Esto nos
indica, claramente, que primero se cubrió el cadáver con la mortaja,
empapándose de sangre, y que, posteriormente, se formó por radia-
ción la imagen del crucificado.
Sábana Santa. Lo nunca contado 177

Giovanni Judica Cordiglia, Catedrático de Medicina Legal de la


Universidad de Milán, en referencia a los dos tipos de improntas,
comenta:12
El color de las imágenes está distribuido uniformemente, con
un contorno difuminado. En los bordes se confunde con el fondo
de la tela(. .. ) También las partes del rostro son así. Falta el límite
exacto de las órbitas, de la nariz, de las mejillas, del bigote, del
labio inferior, de la barba. Tienen, por el contrario, un contorno
exacto las heridas, las manchas de sangre y las equimosis cuando
se encuentran en una región convexa del cuerpo que estuvo en
contacto inmediato con el lienzo. La faz resulta estrecha también
por quedar veladas las partes laterales de las mejillas. Los pómu-
los son bastante pronunciados y con ellos termina la configura-
ción lateral de la parte más alta del rostro. Los dos caracteres dan
por resultado una faz un poco estrecha y aplanada. Las propor-
ciones de las dos imágenes, anterior y posterior, son las naturales.

DETERIOROS DE LA SíNDONE

Esta reliquia ha viajado, a través de los siglos, de un lugar a otro,


de país en país, de iglesia en iglesia. Parece casi imposible que haya
llegado hasta nuestros días sin apenas haberse visto afectado lo que
más nos importa del Lienzo: la imagen del crucificado que en él
aparece.
Los principales deterioros de la mortaja fueron causados por el
famoso incendio de Chambéry en 1532, del que ya hemos hablado en
el Capítulo 4. Aquel incendio, se cree que provocado para destruir la
Síndone por los calvinistas, dejó huellas indelebles en el tejido.
La Sábana Santa, en aquella madrugada del 3 al 4 diciembre de
1532, estaba doblada en el interior de una urna de plata, regalo de
Margarita de Austria en 1509. El intenso calor hizo que la urna se
calentase hasta la incandescencia. La plata se derritió y dos gotas
procedentes de la tapa de la caja cayeron sobre la Síndone que alber-
gaba en su interior. Según nos narra Francisco Ansón en La Sábana
Santa. Últimos hallazgos, 1994, el Lienzo estaba doblado en cuaren-
ta y ocho pliegues, y las gotas de plata licuada agujerearon y quema-
ron uno de los ángulos de todos los dobleces en los que estaba
plegada la reliquia. 13
178 Santiago Vázquez

Dos años más tarde, en 1534, las monjas del convento de las clari-
sas de Chambéry restauraron los desperfectos causados por el incen-
dio. Los agujeros fueron remendados con lienzo de los corporales de
la Misa. Son los dieciséis triángulos de tejido más claro que podían
verse hasta la restauración de la mortaja en el verano de 2002.14
Añade Francisco Ansón, en su obra mencionada, que también, y a
lo largo de toda la Sábana, se pueden observar dos líneas negras
paralelas, chamuscadas, que recorren el tejido de un extremo al otro
y que corresponden a los bordes de la tela que estuvieron en contac-
to con las paredes incandescentes de la urna de plata donde estaba
plegada la Síndone durante la noche del incendio15• Dichas líneas se
encuentran a 35 cm de los bordes.
Resulta sorprendente que la parte mas importante del Lienzo, la
imagen del hombre, no se haya visto prácticamente afectada por las
quemaduras sufridas. El cuerpo, tanto en su parte frontal como
dorsal, ha quedado intacto casi en su totalidad. Las quemaduras
quedan cerca de la figura pero sin tocarla, excepto en la zona supe-
rior de los brazos, desde los codos hasta los hombros de ambos
brazos.
El agua que emplearon el canónigo Lambert, dos franciscanos de
Sta. María Egipcíaca y un herrero para poder coger la urna abrasada
donde se encontraba la Sábana, también dejó sus huellas en el tejido
de lino. Son unas manchas en forma de rombos o círculos que afec-
taron, principalmente, a la parte delantera de la figura. El agua
empleada penetró por las rendijas de la caja de plata y mojó parte de
la mortaja. Hoy, tras casi cinco siglos, podemos ver aún su rastro.16
En el margen derecho de la Síndone (izquierdo para el observa-
dor) se provocó el corte de una franja, a lo largo de todo el tejido, de
8 cm. Esta franja longitudinal, cosida nuevamente después con enor-
me precisión, se cree que fue cortada para centrar la imagen.

DESCRIPCIÓN DEL HOMBRE DE LA SÁBANA SANTA

No entraremos, de momento, en si el hombre de la Síndone es


Jesús de Nazaret o no. En este apartado, nos limitaremos a hacer un
estudio antropométrico y descriptivo de él, examinándolo en profun-
didad y con todo detalle.
Sábana Santa. Lo nunca contado 179

El crucificado que aparece en la reliquia es un varón, de una esta-


tura considerable para la época, aunque no única ni exagerada. En
zonas sepulcrales judías, hace unos años, un grupo de arqueólogos
descubrieron esqueletos de varones con una altura de cinco pies y
diez pulgadas (1,78 m). Y en las tumbas de Givi'at ha-Mitvar, cerca
de Jerusalén, se hallaron los esqueletos de dos varones de la época de
Cristo, de entre cuarenta y cinco y cincuenta años de edad, cuya esta-
tura es de 1,78 m el primero y 1,81 m el segundo."
El Hombre de la Sábana Santa tenía, en vida, una estatura de
entre 1,80 m y 1,83 m. Y no preciso con exactitud su altura porque
no es posible. Hay, principalmente, dos factores que nos impiden
cifrarla con detalle. El primero son los alargamientos y contracciones
longitudinales que ha sufrido el Lienzo a lo largo de la Historia. El
segundo es la rigidez cadavérica propia de cualquier difunto. Se
trata, pues, de dos aspectos que se han interpuesto en la investiga-
ción, impidiéndonos conocer exactamente su estatura.
De cualquier forma, sí podemos afirmar que se trata de un hombre
alto para su época, pero que, como decimos y a tenor de otros hallaz-
gos arqueológicos, su estatura no resulta desorbitada.
Resulta especialmente interesante a este respecto que «en el
claustro de San Juan de Letrán, en Roma, existe una plataforma
sostenida por cuatro columnas corintias. Sobre ella, una antigua
inscripción dice que la distancia desde el suelo al plano superior
de la misma indica la estatura de Cristo. Y dicha distancia es de
1,83 m.»
Y en 1931 se publicó la fotografía de una cinta de seda del siglo
XVIII, propiedad de la Casa de Saboya "y que indica la altura de
Cristo". También mide 183 cm.18
Su peso se ha calculado entre los 75 y los 80 kg. También en este
punto es muy difícil, por no decir imposible, estimarlo exactamente.
Es un varón joven, entre los 3 5 y los 40 años de edad.
La nariz es larga y fina, los ojos grandes y algo hundidos, el cabe-
llo es abundante y lacio, peinado con raya en medio y descansando
sobre los hombros. Tiene bigote y barba, no demasiado larga y bifur-
cada en dos un poco más abajo del mentón. Sus labios son más bien
carnosos, aunque no excesivamente. Sus cejas, señaladas, imprimien-
do al rostro un gesto grave y solemne. Sus pómulos, algo salientes.19
180 Santiago Vázquez

Pertenece, según los etnólogos, a la raza mediterránea, encuadrán-


dolo como judío o árabe.
El cuerpo es el de un hombre fuerte, de complexión atlética. Sus
manos, la derecha, que podemos ver en su totalidad, y la izquierda,
que sólo podemos apreciar en parte porque está debajo de la prime-
ra, son fuertes y de dedos largos. Las piernas, según se ha estudiado,
son robustas, musculosas, propias de alguien acostumbrado a cami-
nar mucho. (Figura 30)
¿Es ese hombre, que acabamos de describir, Jesús de Naza-
ret? Los próximos apartados de esta obra contribuirán a acercar-
nos, aún más, a más verdades de la Sábana Santa y a lo que éstas
implican.

LA PASIÓN DEL HOMBRE DE LA SÁBANA SANTA:


¿DE GETSEMANÍ AL GóLGOTA?

Uno de los puntos que más nos desconcierta cuando estudiamos


las torturas a las que fue sometido ese hombre es que sufrió unos
tormentos similares a los que nos describen los Evangelios en refe-
rencia a la persona de Jesús.
A continuación, vamos a analizar las investigaciones que, desde
hace décadas, se han efectuado al respecto.

SUDOR DE SANGRE: ¿AGONÍA EN GETSEMANÍ?

Sabemos por los textos evangélicos que Jesús de N azaret, en su


agonía en el huerto de Getsemaní, sudó sangre, un fenómeno muy
poco frecuente, pero que se ha producido en alguna ocasión.
Veamos qué es lo que nos dicen los Evangelios en cuanto a la
agonía de Jesucristo.
En Mateo 26,36-46 leemos:
Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getse-
maní, y dice a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a
orar.» Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo,
comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: «Mi
alma está triste hasta el punto de morir,· quedaos aquí y velad
conmigo»
Sábana Santa. Lo nunca contado 181

En Marcos 14,32-34:
Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemani. y dice a sus
discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración.» Toma
consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y
angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta elpunto de morir,·
quedaos aquí y velad.»
Lucas 22,44 nos dice:
Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se
hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.

En el evangelio de Juan 12,27, leemos:


Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre,
líbrame de esta hora/ Pero ¡si he llegado a esta hora para esto/
Los cuatro textos canónicos, como acabamos de comprobar,
nos hablan de la agonía de Cristo en Getsemaní, pero tan sólo uno
de los evangelistas, Lucas, entra en mayores pormenores y mencio-
na literalmente el sudor de sangre. Es interesante saber que Lucas
era médico y que, por tanto, es de pura lógica que quisiera dejar
escrito el dato en relación con este suceso acaecido en la última
noche de Jesús. Dato que, después de dos mil años y con el estudio
de la Síndone, nos resulta sumamente revelador.
Veamos sí es posible que un ser humano pueda sudar sangre y en
qué consiste este fenómeno desde el punto de vista médico.
El sudor de sangre es conocido por los médicos como sudor hemá-
tico o hematohidrosis. Es, como decimos, muy infrecuente, pero exis-
ten casos registrados en la historia de la Medicina.
Los Doctores Tamarit y Benlloch nos hablan de este inusual
fenómeno:"
( ... ) un proceso que implica todo un mecanismo de fracaso
circulatorio que, desde la caída brusca de la tensión arterial
(en algunos casos, el fenómeno desencadenante consiste en la
pérdida de sangre o líquidos), hasta el fallo de oxigenación de
los tejidos, la anoxia va a conducir paso a paso (y de forma
dramáticamente irremisible, a menos que no se establezca una
adecuada terapéutica) a la muerte del individuo por el fallo
final de los centros motores fundamentales, el corazón y el
cerebro. Este shock afecta a las paredes capilares, dilatándolas
182 Santiago Vázquez

y haciéndolas permeables a los hematíes, pasando así la sangre


de los espacios intersticiales a empapar la propia glándula
sudorípara que, para desembarazarse de ella, no tendría otro
camino lógico que el de la expulsión junto con el sudor, dado
que su retroceso, siguiendo el camino a la inversa, es imposi-
ble. (. .. ) La cantidad de sangre arrastrada por el sudor [conclu-
yen los doctores] pudo indiscutiblemente ser la suficiente para
debilitar muy considerablemente el organismo de Cristo,
aunque no llegase a colocarle en compromiso mortal.
El sudar sangre es un fenómeno documentado en el ámbito de la
Medicina, aunque sumamente infrecuente. Apenas existen casos. Se
produce, según los médicos, en condiciones excepcionales como
consecuencia de un enorme agotamiento físico acompañado de un
profundo y lacerante sufrimiento psicológico, producido por una
violenta emoción o por un miedo pavoroso.
Pero ¿qué nos aporta la Sábana Santa a este respecto? ¿El hombre
de la Síndone sudó sangre? ¿Cuáles han sido los estudios y descubri-
mientos sobre una posible hematohidrosis reflejada en el cadáver
sindónico?
Con ayuda de la moderna tecnología, el Profesor Tamburelli,
Profesor de Electrónica de la Universidad de Turín, detectó, en el
rostro, numerosos reguerillos de sangre que lo surcan. El ordenador
concluyó que la sangre se encontraba en la misma proporción por
toda la cara, pues los hilillos o regueros son muy regulares. Las heri-
das del resto del cuerpo impiden estudiar la hematohidrosis en su
totalidad.
Según el Dr. Sebastiano Rodante existen indicios que podrían
confirmar que el hombre de la Síndone sudó sangre, ya que, en su
opinión, este sudor sanguinolento ha hecho más nítidas y claras las
huellas en el Lienzo.
Lo cierto es que, aunque existen indicios que podrían confirmar
la bematobidrosis en ese crucificado, la presencia de dicho sudor aún
no se ha podido confirmar plenamente. Como hemos visto, existen
ciertos datos que pueden hacernos pensar que éste se produjo, pero
ninguna prueba que lo acredite al cien por cien.
De producirse un nuevo descubrimiento en este sentido, resulta-
ría de enorme utilidad para identificar a nuestro protagonista, ya que
cabría preguntarse cuántos crucificados sudaron sangre antes de ser
Sábana Santa. Lo nunca contado 183

clavados en el madero. Sería una pista más, muy valiosa, que nos
ayudaría a la identificación de ese torturado. Esperamos, por tanto,
los resultados de futuras investigaciones.

SANGRE HUMANA: TESTIMONIO DE LAS TORTURAS

Tuvieron que transcurrir muchas décadas hasta que los medios


tecnológicos permitieron a los investigadores salir de dudas: ¿las
numerosas manchas presentes en el tejido correspondían a sangre
humana real o, por el contrario, se trataba de pintura, tinte, coloran-
te o cualquier otra sustancia artificial? El desarrollo de la tecnología
nos dio la respuesta.
Jorge Loring S.]. recogió las investigaciones realizadas a este
respecto. La abundante cantidad de sangre presente en el Lienzo de
Turín ha sido estudiada por el Dr. ]ohn Heller, Biofísico del Instituto
de Nueva Inglaterra (Estados Unidos) y Catedrático de Medicina
Interna y de Física Médica en la Universidad de Yale. Este destacado
científico halló los componentes típicos de la sangre humana: crista-
les de hemoglobina, cantidad correcta de hierro, porfirina, proteí-
nas, albúmina y otros.
Al someter las manchas de sangre de la Síndone a los rayos ultra-
violeta, éstas reaccionan como verdadera sangre humana, así como
mediante pruebas espectroscópicas y químicas.21
El jesuita aporta aún más información que confirma totalmente
que la sangre presente en el Lienzo es sangre humana real:22
Los análisis químicos efectuados por el especialista Dr.
Sanmiel Adler (pruebas del hemocromógeno, de la albúmina,
de pigmentos biliares, proteínas y la fluoresceína de Heller)
fueron todos positivos. El Dr. Baima Bollone usó el método de
Dotzanener y Keding para hematoporfirina con iguales resul-
tados positivos. El método de Teichman para cristales de
hemina fue positivo. Todas las pruebas forenses realizadas
sobre las manchas rojizas de la Sábana Santa demuestran que
son de sangre.
El hombre de la Sábana Santa presenta manchas de sangre en prác-
ticamente la totalidad de su cuerpo: pelo, rostro, barba y bigote, tórax,
abdomen, muñecas y brazos, piernas, nuca, espalda, glúteos, pies, etc.
184 Santiago Vázquez

Se puede afirmar, sin posibilidad de equivocarnos, que el cuerpo


de ese hombre estaba, de pies a cabeza, repleto de sangre cuando fue
envuelto en la Sábana. Tuvo que ser una imagen sobrecogedora ver a
ese crucificado, muy poco que ver con los Cristos que nos ha aporta-
do el arte, que se ha limitado a dibujar, sobre el cuerpo de Jesucristo,
unos pocos regueros de sangre brotando de su corona de espinas, de
los clavos de sus manos y pies, y de la herida del costado. Lo que nos
aporta la Síndone es muy diferente. Si ese hombre es Cristo, su cuer-
po fue una masa sanguinolenta que tuvo que conmover, en el fondo,
hasta a los corazones más endurecidos de quienes le observaban
cerca de la cruz.
Antes de que se dispusiera de la tecnología adecuada para salir
de dudas, se propuso que estas manchas no eran de sangre, sino
manchas de pintura o de cualquier otra sustancia que un habilísi-
mo artista había estampado en la mortaja. Una hipótesis descarta-
da por completo actualmente, ya que no se ha hallado en el tejido
el menor rastro de sustancias artificiales, así como la ausencia
total de las marcas que hubiera dejado el pincel del hipotético
falsificador.
Si no había ninguna sustancia que imitase la sangre, se propuso
otra hipótesis no menos descabellada: que un falsario había pinta-
do con sangre humana dichas partes del cuerpo. Ésta también ha
sido desestimada. El Dr. Heller demostró la falsedad de esta
opinión:"
Los médicos forenses no tomaron esta hipótesis en consi-
deración porque la estructura de las heridas era de una auten-
ticidad atroz; con todo, Heller intentó una prueba de confir-
mación. Puesto que, en la sangre derramada que es reciente, la
parte corpuscular y la serosa se separan -y la sangre utilizada
por un pintor hubiera sido fatalmente separada-, Heller
buscó en las heridas de la Sábana Santa la seroalbúmina, que
sólo está presente en la parte serosa. El resultado fue negativo:
la sangre que manchó el lienzo, manó directamente de las heri-
das de un cuerpo vivo, a excepción de la herida en el costado.
El estudio sobre las fibras manchadas de sangre ha demostra-
do también definitivamente la existencia de glóbulos rojos
humanos, lo que prueba más allá de toda duda razonable que
se trata de sangre vertida por un ser humano.
Sábana Santa. Lo nunca contado 185

En el cuerpo del crucificado que podemos contemplar en la


Síndone, las manchas de sangre están donde, anatómicamente,
deben estar. La localización de la sangre es la correcta, la exacta.
La existencia real de sangre humana en el lino, su cantidad, la
ausencia de los inevitables trazos de un hipotético pintor, la
inexistencia de compuestos artificiales, así como el recorrido de
los regueros de sangre por las distintas partes del cuerpo, demues-
tran que esa sangre brotó de un cuerpo humano real, descartando
la hipótesis de la falsificación. Pero hay más datos que certifican
su autenticidad.
Se ha logrado saber a qué grupo sanguíneo pertenece la sangre
presente en la Sábana Santa. Pertenece al grupo AB, muy poco
frecuente en Europa, pero muy habitual entre los hebreos. Es el
menos frecuente en el mundo, estimándose que lo posee un 5 % de
la población mundial. Un dato más que apunta discreta y nuevamen-
te a la figura de Jesús de N azaret.
Un dato significativo, comentado ya someramente, es que donde
existen manchas de sangre (improntas hemáticas), no existe huella de
la imagen corporal (o impronta somática). De este descubrimiento se
deduce que la impresión de la impronta somática o imagen del
hombre sindónico se produjo después de haber envuelto el cadáver
en la mortaja, quedando impregnada por la sangre.
Y otro hallazgo que merece ser comentado es que las manchas de
sangre, en el tejido, no están en negativo, como ocurre con la impron-
ta. La sangre empapó el lino y caló al otro lado de la tela, lo que no
ocurre con la imagen, que está en negativo -como ya explicamos-
y que no pasó al otro lado del Lienzo.
El Profesor Tamburelli, mediante un ordenador, consiguió saber
cuál fue la cantidad de sangre que presentaba el rostro de ese hombre.
El resultado fue escalofriante. (Figura 31)
La sangre presente en la Sábana Santa, tanto en su parte frontal
como dorsal, y que recorre todo el cuerpo del crucificado, es el testi-
monio de las torturas a las que fue sometido ese varón. La sangre,
después de tantos siglos de historia, sigue ahí, impregnada en el teji-
do, en perfecta comunión con el lino, testigo de la Pasión y muerte
en la cruz de un ser humano que pudiera tener un nombre propio:
Jesús de Nazaret?
186 Santiago Vázquez

EL ROSTRO: HUBO ENSAÑAMIENTO CON ESE HOMBRE

El Rostro del hombre de la Síndone es una de las partes más


importantes de la impronta, merecedora de que ahondemos en sus
más mínimos detalles.
No entraremos ahora en la expresión del rostro, que conserva
una serenidad sorprendente. ·
El rostro es una de las partes del cuerpo más castigadas por múlti-
ples razones, Se puede muy bien afirmar, como indico enel encabeza-
miento de este apartado, que con ese hombre hubo un auténtico ensa-
ñamiento. Adelantándonos a los datos que enseguida expondremos,
cabe señalar que el rostro se encuentra repleto de golpes, magulladu-
ras, tumefacciones, excoriaciones ... Fueran quienes fueran los verdu-
gos de ese crucificado, lo que no deja lugar a la duda es que le agredie-
ron violentamente y en repetidas ocasiones. Casi sobra decir que la
figura de Jesús de N azaret planea, inevitablemente, en torno al presen-
te trabajo. Es imposible no pensar en Jesucristo de una manera más o
menos directa cuando estudiamos a fondo la Sábana Santa.
Analicemos ahora aquellos pasajes de los Evangelios donde se
nos dice que Jesús, una vez apresado en Getsemaní, fue sometido a
torturas antes de la crucifixión. Veamos qué paralelismos existen
entre lo que nos narran los textos evangélicos y lo que se desprende
del estudio forense efectuado sobre el rostro sindónico.
En Mateo leemos que Cristo fue conducido desde Getsemaní al
Palacio de Caifás para comparecer ante el Sanedrín en pleno, ante el
Sumo Sacerdote, los escribas y los ancianos. Después de acusarle con
falsos testimonios para condenarle, en Mt 26,63-68 leemos:
El Sumo Sacerdote le dijo (a Jesús): «Yo te conjuro por Dios
vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» Dícele
Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora
veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir
sobre las nubes del cielo.» Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus
vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya
de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?»
Respondieron ellos diciendo: «Es reo de muerte.»
Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y
otros a golpearle, diciendo: «Adivínanos, Cristo. ¿Quién es el
que te ha pegado?»
Sábana Santa. Lo nunca contado 187

El evangelio de Marcos (Me 14,65) nos refiere el pasaje de muy


parecida forma diciendo:
... Todos juzgaron que era reo de muerte. Algunos se pusie-
ron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras
le decían: «Adivina», y los criados le recibieron a golpes.

Lucas (Le 22,63-65) nos refiere que:


Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le
golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: «[Adivi-
na! ¿Quién es el que te ha pegado?» Y le insultaban diciéndo-
le otras muchas cosas.
Pero existen más referencias en los textos que explican por qué el
rostro se encuentra tan plagado de heridas, hinchazones, tumefac-
ciones, traumatismos e incluso de saliva. Continuaremos en breve
con el estudio pormenorizado del rostro, pero antes es imprescindi-
ble saber qué más nos dicen los Evangelios a este respecto.
En Mateo 27,27-31 leemos:
Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al
pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron
y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de
espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una
caña; y doblando la rodilla delante de él le hacían burla diciendo:
«¡Salve, Rey de los judíos!»,· y después de escupirle, cogieron la
caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él
le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle.
En Marcos (Me 15,18-19) se nos narra algo muy similar:
... Y se pusieron (los soldados) a saludarle: «¡Salve, Rey de
los judíos!» Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escu-
pían y, doblando las rodillas, se postraban ante él.

El texto de Juan sigue confirmando, al igual que todos los ante-


riores, los golpes, bofetadas, palos, puñetazos y salivazos que descar-
garon los verdugos en el rostro de Jesús y que también aparecen en
el rostro del hombre de la Síndone.
El Evangelio de Juan (Jn 19,2-3) nos dice:24
Los soldados (. . .) le vistieron un manto de púrpura; y, acercándo-
se a él le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas.
188 Santiago Vázquez

Éstas son todas las referencias evangélicas, desde el prendimiento


en Getsemaní hasta la crucifixión, que nos refieren que Jesús de
Nazaret fue maltratado por unos y por otros de manera violenta y
reiterada. Todas esas agresiones quedaron, como es lógico, marcadas
en el rostro de Jesús. Si la Sábana Santa es la auténtica mortaja donde
fue envuelto su cadáver, deberían reflejarse en el rostro todas esas
acciones violentas que nos refieren los Evangelios y que acabamos de
exponer una por una. ¿Es así? ¿Qué marcas y huellas aparecen en el
rostro del hombre de la Síndone?
En las zonas que circundan a los ojos y a las cejas, encontramos
huellas o marcas similares a las que dejarían en un cuerpo humano
golpes propinados con los puños y con palos. Se trata de llagas y
contusiones. El rostro está muy castigado por numerosos golpes violen-
tos de este tipo.
La parte más traumatizada y desfigurada de la cara es su parte
derecha (izquierda para el observador). ¿Por qué?
En Juan 18,19-23, cuando Jesús es llevado a casa de Anás,
leemos:
El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su
doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante
todo el mundo, he enseñado siempre en la sinagoga y en el
Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada
a ocultas. ¿ Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han
oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.» Apenas
dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a
Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?» Jesús le
respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal, pero si he
hablado bien, ¿por qué me pegas?»
El término griego empleado por el evangelista para decir "bofe-
tada" es "rapisma", que quiere decir literalmente "golpe de vara" o
"golpe".
El Dr. Judica-Cordiglia estudió las tumefacciones del lado dere-
cho del rostro y la separación del cartílago nasal respecto al hueso.
Éstas fueron sus conclusiones:25 ·

Se trata evidentemente de una lesión producida por una


estaca, más bien corta, redonda, con un diámetro máximo de
4 a 5 cm., cuya potencia golpeadora se ha ejercido con mayor
Sábana Santa. Lo nunca contado 189

fuerza en la extremidad, esto es: sobre la nariz y el pómulo.


El golpe ha sido dado por un individuo situado a la derecha
de la víctima empuñando laestaca con la mano izquierda.
Si tenemos en cuenta que los romanos blandían la espada y
herían al adversario habitualmente con la mano derecha,
mientras que los hebreos, acostumbrados a escribir con la
mano izquierda, golpeaban también con esta mano, es fácil
deducir que la lesión descrita se la infirió un hebreo con una
vara.
El análisis forense de este golpe nos revela, sobre todo, dos aspec-
tos de gran importancia para nuestro estudio:
l. Que esa bofetada ("rapisma") la encontramos, como acabamos
de ver, en los Evangelios, concretamente en Jn 18,22, como un
hecho que, verdaderamente, sucedió en la madrugada en la
que Jesús fue apresado y que ha dejado su huella en el rostro
de la Sábana Santa.
2. Que muy probablemente fue un hebreo, como dice el Dr.
Judica-Cordiglia, el que le asestó ese violento golpe a la vícti-
ma, lo que aumenta considerablemente la posibilidad de que
ese hombre sea Jesús de Nazaret.
El bastonazo fue tan brutal que provocó, sobre todo, una tremen-
da inflamación en el arco zigomático. La mejilla y pómulo derechos
se inflamaron hasta tal grado que el ojo derecho queda parcialmente
oculto.
El cartílago nasal está separado del hueso debido a este golpe, de
forma que la pu