Los trastornos depresivos se encuentran entre los trastornos más frecuentes por
los que las personas solicitan ayuda, bien a los profesionales de la salud mental
bien a los médicos generales. Esto nos puede ayudar a hacernos una idea de la
gran cantidad de individuos que sufren esta patología, así como de las importantes
disfunciones que se derivan de ella. De hecho, la depresión constituye la principal
causa de muerte por suicidio, estimándose que el riesgo de suicidio es al menos
30 veces superior para las personas que sufren un trastorno del estado de ánimo
que para la población general.
Desde la Antigüedad se han descrito los trastornos depresivos, y sorprende
comprobar cómo las manifestaciones de dichos trastornos y las descripciones de
la
tristeza, la incapacidad para experimentar placer y la desesperación profunda
experimentada por las personas, y que constituyen la sintomatología principal de
la
depresión, han variado muy poco a lo largo de más de 25 siglos. Por el contrario,
encontramos cambios drásticos con el paso de los años en la conceptualización,
la
clasificación y el tratamiento de los trastornos del estado de ánimo.
A continuación, se expone un caso clínico para introducir y facilitar la comprensión
de los trastornos depresivos.
Isabel, de 40 años, se encuentra muy triste y sin ilusión por nada en la vida. Está
casada y tiene mía hija de 8 años. Trabaja en la clínica de odontología de su
hermano, que también es su jefe, realizando tareas administrativas. En el
momento actual ha dejado de hacer todas las actividades agradables que antes le
gustaban, y sus amistades, aburridas de que no responda a sus llamadas, la han
dejado por imposible y han dejado de llamarla e interesarse por ella. Además, está
teniendo serios problemas con su marido y con su hermano. Su marido se queja
de que está continuamente triste, apática y llorando, y de que tiene la casa y a la
familia abandonadas, preocupándose fundamentalmente por la niña, quien no
para de hacer preguntas acerca de lo que le sucede a su madre. En cuanto a su
hermano, ha comenzado a llamarle la atención porque dice que no está
concentrada en su trabajo, y que esto le está empezando a repercutir en el suyo
propio, pues al no dar ella las citas correctamente a sus clientes, él se encuentra
con días o bien
muy estresantes, con mucha sobrecarga de trabajo, o bien con otros en lo que
apenas ve a nadie. Isabel siente mucha ansiedad al pensar en el trabajo, porque
el miedo que siente a realizar mal sus tareas hace que se quede bloqueada y que
su hermano termine gritándole delante de todos sus compañeros y clientes. Todo
esto hace que Isabel se sienta muy culpable e impotente-porqué es consciente de
lo que le está sucediendo, pero comenta que no puede hacer nada por evitarlo.
Desde que se levanta los lunes por la mañana, después de una noche de
insomnio,
se siente incapaz de afrontar otra semana laboral, siente toda la musculatura muy
tensa, un nudo en el estómago que apenas la deja respirar, le duele la cabeza y
se siente totalmente desesperanzada, pues no ve salida a su situación (lleva ya
mucho tiempo así).
Le asaltan pensamientos de que así no puede seguir, que le va a arruinar la vida a
su hija y a todos los que la rodean, y que todos estarían mucho mejor sin ella. Ha
tenido varios intentos de suicidio tomándose pastillas, y en una ocasión estuvo
realmente muy cerca, pues su marido la encontró inconsciente y con espuma en la
boca.
Los problemas de Isabel comenzaron hace irnos 10 años, después de que «el
hombre de su vida» la abandonara por otra. Desde entonces, y a pesar de que ha
hecho su vida con una buena persona que la ha ayudado mucho, ha ido
empeorando progresivamente, y se siente tremendamente culpable al pensar que,
si «ese hombre» apareciera de nuevo y le pidiera volver, lo dejaría todo, hasta a
su hija, para irse con él.