El orden divino en el matrimonio
El orden divino en el matrimonio
Los maridos
Gran parte de los problemas matrimoniales se deben a que se viola el orden asignado por Dios
para cada uno de los cónyuges creyentes. La influencia del mundo, un modelo paterno incorrecto,
las deformidades de nuestro propio carácter, y una carencia de enseñanza bíblica sólida, han
atentado una y otra vez contra la armonía familiar. Ante esto, sólo nos queda mirar al Señor y
buscar la sana enseñanza de la Palabra de Dios.
Lo primero que debemos dejar claro es que Dios ha diseñado el matrimonio, por lo tanto, sólo él
puede enseñarnos acerca de cómo éste debe funcionar. Dios le ha asignado un cierto papel a cada
uno de los cónyuges. Ignorarlos, o inventar substitutos, es buscar el fracaso matrimonial.
El marido tiene un papel y la mujer tiene otro, de acuerdo a la configuración física, psicológica y
espiritual de cada uno. El perfil de uno y otro no depende de la ideología o teoría de moda, sino del
diseño de Dios.
El papel del hombre es representativo de algo que lo trasciende, y que está en Dios. En ese
sentido, tanto el matrimonio como el papel del marido en él, encuentran su sentido sólo en el marco
de la revelación divina.
La Biblia dice: «Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer» (1ª
Corintios 11:3), lo cual le confiere al marido una posición de autoridad sobre la mujer, que no es,
sin embargo, la suya en sí, sino que es un reflejo de la autoridad de Cristo sobre la Iglesia.
Pero, por otro lado, la Biblia también dice: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo
amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). Este amor tiene una
característica sobrenatural, porque es el amor hasta el sacrificio con que Cristo amó a la Iglesia.
Por último, la autoridad del padre con respecto a sus hijos es una representación de la figura de
Dios – Padre hacia todos nosotros. Por eso la Escritura les insta a portarse varonilmente, y a
esforzarse. (1ª Corintios 16:13).
A. Escudo
El hombre, como Cabeza, es escudo para la familia: La familia (mujer e hijos) está expuesta en
muchos frentes, por lo cual necesita la protección de la Cabeza.
a) A nivel físico: Esto se puede observar en el orden práctico, y descansa en la mayor fortaleza y
reciedumbre del varón. Él puede realizar las labores domésticas pesadas que ni la mujer ni los
hijos pequeños pueden hacer.
B. Modelo
El hombre, como cabeza del hogar, es modelo de lo que Dios es con sus hijos: Un padre debe
mostrar a sus hijos el carácter de Dios Padre, es decir, su amor y su autoridad. El autor Keith J.
Leenhouts, en su libro «Una carrera de amor» atribuye su vocación de padre a la ejemplar figura
de su padre: «Él me obsequió con el más valioso regalo. Cuando leí y escuché que Dios es como
un padre, quise estar con Dios. Si Dios era como un padre, entonces Dios era poderoso, amante,
bueno, cariñoso y grande. Tenía que serlo porque es como un padre, y eso es, exactamente, lo
que fue mi padre.»
El ejercicio de la autoridad no debe producir ira, sino un sano temor (Salmo 119:120), y debe ir muy
complementada con el amor. En la toma de decisiones, el padre podrá escuchar a su mujer (y
eventualmente a sus hijos), pero en definitiva quien decide es él, y quien, a la hora de cometer
errores, debe asumirlos enteramente.
La ruptura del orden de Dios al interior de la familia se produce cuando: a) el hombre de ‘motu
proprio’ cede su lugar a la mujer; b) cuando la mujer por sí misma usurpa el lugar del varón, o, c)
cuando ambos, en un acuerdo tácito o explícito, así lo deciden. Entonces, el hombre asume un
papel pasivo en cuanto a su rol de cabeza, y la mujer asume un papel activo en el mismo.
Esto se traduce a veces en asuntos tan prácticas como cuando el hombre realiza las labores
domésticas, y la mujer se ocupa del sustento de la casa. O como cuando el hombre sigue los
dictados de la mujer, y la mujer asume el gobierno de la casa. El resultado es una confusión de
roles, confusión de modelos y anarquía. Christenson dice: «Cuando el esposo rehúye su
responsabilidad de cabeza de su hogar, o cuando la esposa lo usurpa, el hogar sufre las
consecuencias.» Muchas veces el hombre está demasiado dispuesto a rehuir esta responsabilidad
–por la carga y molestia que implica– y la mujer está demasiado pronta a tomar lo que el esposo ha
cedido.
Hoy existe una «feminización» de la cultura. La mujer, creada para ocupar un papel
complementario («ayuda idónea»), ha ido ocupando un rol más y más protagónico. Esto ha ido
produciendo hogares «unisex», en que ambos cónyuges se intercambian los roles, de modo que
no hay nada ‘masculino’ ni nada ‘femenino’.
a) Ignorancia: Esto puede deberse a una falta de instrucción en la Palabra de Dios, o a modelos
familiares (o sociales) incorrectos. Tal vez el padre fue un hombre «gobernado» por su mujer, o él
mismo creció con algún complejo por su personalidad débil.
b) Menosprecio. El hombre puede sentirse sobrepasado por los usos de la modernidad, por la
influencia de una esposa autoritaria, o de unos hijos «educados». Es posible que el hombre se
sienta «menos inteligente» o «menos espiritual». Esto se verá acentuado si «le cuesta expresarse
con palabras» (ella puede decir las cosas más rápido y mejor), si tiene un carácter tímido o débil, si
es «más lento» que ella, si no puede suplir las necesidades materiales de la familia como debiera,
si se considera que ella es de una familia «bien» y él no, o si ella se considera «hermosa» y él
demasiado «vulgar».
c) Pusilanimidad: Las continuas luchas con una esposa rebelde y de carácter fuerte pueden haber
provocado en el hombre un cansancio, una falta de ánimo y una renuncia al ejercicio de la
autoridad y los deberes de esposo y padre.
d) Comodidad: La habilidad de una esposa diligente y de carácter fuerte, puede haber provocado
también en el esposo la comodidad, porque considera que ella lo hace mejor que él.
5. Consecuencias en el hogar:
a) Rencillas: Cuando el orden de Dios no está claro, todos los miembros de la familia procurarán
imponerse unos a otros, la mujer al marido, los hijos a los padres, etc. Esto será causa de rencillas
permanentes. «Dolor es para su padre el hijo necio, y gotera continua las contiendas de la mujer»
(Prov. 19:13).
b) Inversión del orden de autoridad: La mujer será «el hombre» de la casa; el hombre, en tanto,
será el que hace de «mediador» entre su mujer y los hijos, o en mero ‘ayudante’ de la mujer. Él
tendrá un carácter apacible, en tanto, ella un carácter fuerte. Lo que debiera ser normal, es
anormal. Estos son pésimos modelos para los hijos.
c) Confusión de roles sexuales (en los hijos): Ante tal espectáculo, si los hijos llegan a ser adultos
con patrones de conducta normales, será casi por milagro. ¿Qué modelo le ha brindado el padre al
hijo? ¿Qué modelo le ha brindado la madre a la hija? Probablemente ellos tendrán serias
dificultades en sus propios matrimonios. Hay estudios que arrojan resultados alarmantes, como,
por ejemplo, la incidencia en la homosexualidad.
d) Deformidad del carácter: La mujer perderá su delicadeza y femineidad. Ella adoptará una forma
de hablar y de gesticular impropia de una mujer. El hombre, por su parte, exagerará su timidez, y
tendrá actitudes de sumisión.
f) Inutilidad en la obra de Dios. Un marido con tal familia, ¿podrá servir a Dios? Por muchos
esfuerzos que realice, no le servirán de mucho. Dios no respaldará nada que se salga de su
modelo y del orden que él estableció.
a) Arrepintiéndose de corazón. Cada uno de los cónyuges deberá arrepentirse delante de Dios, y
decidirse a cambiar su manera de pensar.
b) Aceptando que el orden de Dios fue diseñado para el bien propio y del matrimonio, con todas
sus implicaciones; es decir, con un cambio real en la manera de actuar de aquí en adelante. El
marido deberá asumir responsablemente el rol que ha abandonado por comodidad o debilidad.
c) Aceptando que la mayor responsabilidad en el hogar le corresponde al marido, y que ésta es
indelegable.
d) El marido deberá someterse a la autoridad de Dios, para que él le permita establecer la suya
propia en el matrimonio y el hogar. La autoridad del marido cristiano no se impone mediante la
fuerza o la coerción, sino que es una autoridad espiritual.
***
Amando con sabiduría
Marcelo Díaz P.
En esta oportunidad quisiera escribir a mis amados hermanos maridos. El camino que hemos
tomado, de servir al Señor a través del matrimonio, presenta a veces ciertas dificultades. Pablo lo
advierte cuando declara: “Los tales tendrán aflicción de la carne y yo os la quisiera
evitar” (1Co.7:28). También dice: “Pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo
agradar a su mujer” (1Co.7:33). Bien sabía Pablo que muchas de las cosas que se viven en el
matrimonio no tiene mucho que ver con la espiritualidad de los creyentes. A decir verdad, mucho
de lo que se vive en el matrimonio más bien tiene que ver con nuestras imperfecciones, con
nuestra humanidad. Para ser justos, la vida matrimonial está llena de gratos y preciosos momentos
cerca de Dios; pero también está rodeada de mucha de nuestra carnalidad. Es allí donde se
manifiesta lo que en verdad somos.
Como decía un hermano: “Cuando yo era soltero era perfecto y espiritual, mas cuando me casé me
di cuenta de que era imperfecto y carnal.” De modo que el matrimonio se constituye en el mejor
instrumento de Dios para mostrarme lo débil que soy y lo mucho que tengo que crecer.
Cultivar la relación matrimonial es de suma importancia, ¿Quién mejor que tu esposa puede decir
quién eres realmente? La esposa es el reflejo de lo que tú eres en realidad, pues la mujer es gloria
del varón (1Co.11:7). Con respecto a esto, una cualidad interesante de los manuscritos originales
es que en el griego clásico la palabra gloria (doxa) significa “opinión”. Pero, en el griego “koiné” (1)
del Nuevo Testamento significa “gloria”. De manera que, si fuese griego clásico, tendríamos que
traducir “la mujer es la opinión del varón”. ¿Quieres conocer al varón? Mira a su mujer.
Así pues, un hermano puede sacar mucho provecho de la relación matrimonial, para, con la ayuda
de su esposa, caminar hacia la madurez y, abastecido de la gracia, desarrollar y manifestar lo de
Cristo. Sin embargo, otros pueden errar, y sumirse en la desesperación y el fracaso, mientras
encuentran en su mujer crítica y oposición. De aquí surgen algunos malos comportamientos y
excesos carnales en contra de sus esposas, y, por ende, en contra de sí mismos, puesto que “el
que ama a su mujer a sí mismo se ama” (Ef.5:28).
El enseñoramiento con que algunos hermanos tratan a sus mujeres es una conducta fuera de la
gracia, que sólo recuerda la tragedia del pecado (Gn.3:16). Me he dado cuenta que, en muchos
casos, el autoritarismo funciona como un mecanismo defensivo frente a las amenazas; vale decir
que, la autoridad impositiva que muestran algunos hermanos respecto de sus esposas (que llega
en algunos casos a anularlas), tiene en gran parte que ver con la poca capacidad para reconocer
sus propios defectos, porque la esposa pasa a ser el espejo del marido. Por tanto, “empañarlo” se
convierte en la mejor manera de defenderse y no ver las imperfecciones. Para esto, nada mejor
que tomar como apoyo algunos versículos que sustenten tal posición y le den un barniz espiritual.
Hermanos, esto no es Reino de Dios y es verdaderamente carnal.
Amor y delicadeza
Quisiera recordar, muy somera-mente, algunos pasajes de las escrituras para refrescar nuestra
memoria. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amo a su iglesia, y se entrego a sí
mismo por ella ...” (Ef.5:25).
Todos sabemos cómo amó y ama Cristo a su iglesia. No podemos hacer vista gorda a la evidencia
de su amor ¡Qué ternura, qué compasión, qué trato más dulce, qué tolerancia, qué paciencia!
¡Cómo la sirve, cómo la atiende, cómo la cuida, cómo la sustenta! ¡Qué preocupación más grande
la de Cristo por su iglesia! Si profundizásemos en el corazón del Hijo, sin lugar a dudas
encontraríamos allí lugar especial y preferente por su amada. Así se nos llama a amar a nuestras
mujeres. Es imposible explicar estos pasajes de otra forma. Esto no es romanticismo, esto es
amor. De manera que los malos tratos, desatenciones y malas actitudes, no son los
comportamientos que el Señor espera de nosotros. Noten cómo lo dice Pablo en Colosenses [Link]
“Maridos amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.”
¿No se refiere a la actitud, a la delicadeza con la cual hay que tratar a las hermanas? Sin embargo,
¿qué hacen muchos? Ofenden, ridiculizan en público, hacen callar a sus esposas como si fuese
una hija mal criada. Hermanos, esto está muy mal. Así no amó Cristo a su iglesia. Es cierto que
algunos tienen esposas difíciles de carácter, pero nada justifica el mal trato y el desamor.
Ahora quiero recordarles lo que dice Pedro. (1Ped.3:7): “Maridos, igualmente, vivid con ellas
sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso mas frágil, y como a coherederas de la gracia de
la vida...”
La palabra nos llama a la sabiduría y para esto necesitamos conocer la naturaleza femenina. Todo
marido requiere hacer el esfuerzo de comprender lo que es ser mujer. En esa búsqueda
comprenderá la sensibilidad de lo femenino y sólo así podrá relacionarse con su esposa
amorosamente. Por ejemplo, toda mujer pasa por un estado emocional más sensible en cierto
período del mes, que los varones deben saber sobrellevar, puesto que son aspectos fisiológicos y
hormonales los que la predisponen hacia esta situación. Por lo tanto, el mayor esfuerzo debe ser
hecho por parte del marido, quien, como Cristo con su iglesia, ha de acogerla con amor. El
mandamiento de andar sabiamente, apela a nuestra voluntad para hacer las cosas, no a nuestra
mente o nuestros sentimientos. Su acento está en lo que quiero o no quiero hacer.
Seguro es que Pedro conocía a su esposa, por lo que, inspirado por el Espíritu Santo, nos ilustra
con un símil: Lo femenino y un vaso frágil. La mujer es delicada como un vaso fácil de quebrar, por
lo tanto, debe estar en un lugar de honor preferencial.
Luego, nos exhorta a considerarlas como a coherederas de la gracia de la vida. Aquí el apóstol
levanta a la mujer al sitial de donde nunca debió caer. Sabemos de lugares y culturas donde la
mujer es un objeto más de la casa, pero mire lo que nos dice el Señor: ellas participan de la misma
herencia de la gracia de la vida, lo cual implica, en la práctica, el considerarlas con las mismas
prerrogativas nuestras y tenerlas presente en todo momento.
Por último, Pedro cierra su pequeño discurso a los maridos con un broche de oro, “Para que
vuestras oraciones no tengan estorbo” (Ped.3:7). ¿Quiere decir que nuestro trato con nuestras
esposas tienen un efecto espiritual en nuestra comunión con Dios? Sí; pues el siguiente versículo
indica: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero
el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1Ped.3:12).
En consecuencia, podemos decir que quien trata mal a su esposa tiene problemas con Dios. Es
decir, tiene de alguna manera un problema espiritual, puesto que somos el reflejo de la relación de
Cristo y su Iglesia.
Esto les aconteció a los varones de Israel cuando se presentaron al altar del Señor para dejar sus
ofrendas. Dios no se las recibió y les reprochó de la siguiente manera: “...Así que no miraré más a
la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha
atestiguado contra ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu
compañera, y la mujer de tu pacto.”
¿Se dan cuenta, hermanos, de lo importante que son para Dios nuestras esposas, y de los
alcances que puede llegar a tener una buena relación de esposos? Manos a la obra, entonces,
pues tenemos mucho tiempo por delante. Nunca es tarde para recomenzar y reparar los errores.“El
que halla esposa halla el bien y alcanza la benevolencia de Jehová”(Pr.18:22). Amemos a nuestras
mujeres y andemos sabiamente con ellas, como fieles representantes de Cristo y su iglesia. Amén.
***
El matrimonio:
Una expresión de cosas eternas
Los cristianos gozamos de una posición celestial gloriosa, que nos fue dada en Cristo antes de los
tiempos de los siglos. Esta posición celestial y eterna tiene una manifestación en las cosas terrenas
y temporales, en lo cotidiano. La gloria de Dios consiste en que esas cosas celestiales se expresen
de manera multiforme en los variados actos de nuestra vida cotidiana. Así, por ejemplo, en Efesios
capítulos 1, 2 y 3 se nos habla de lo que nosotros somos en los lugares celestiales; en cambio, en
los capítulos 4, 5 y 6 se nos habla de lo que somos en la tierra, aquí y ahora, en virtud de lo que
somos arriba.
El matrimonio y la familia son dos de las principales áreas en las que se expresan aquí abajo las
cosas eternas de Dios. Por eso Dios les asigna un lugar tan principal, y por eso el enemigo de
Dios, que es enemigo nuestro y de toda justicia, los ataca tan fuertemente.
La metáfora de un misterio
Lo primero que hemos de ver respecto del asunto que nos ocupa, es que el matrimonio es la
metáfora de un misterio. "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,
y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de
la iglesia" (Ef.5:32). Este misterio -Cristo y la iglesia- no se dio a conocer a los profetas del Antiguo
Testamento, si bien su metáfora -el matrimonio- ya se había establecido en Génesis [Link] "Por
tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne."
El matrimonio es una metáfora o una alegoría del misterio de Cristo y la iglesia, y no la revelación
plena del mismo, porque muestra la unión de Cristo y la iglesia en forma velada, no abiertamente.
El día que veamos a Cristo unido para siempre con su iglesia, en los lugares celestiales,
celebrando las bodas del Cordero, ese día será una manifestación completa. Entonces ya no
veremos oscuramente, sino que veremos las cosas tal como son. Hoy vemos el misterio revelado
sólo a medias, a través de un delicado velo que lo cubre, y descubierto para unos pocos. El
matrimonio es, de este modo, una metáfora que revela y, a la vez, esconde el misterio de la unión
eterna de Cristo y la iglesia.
Para conocer el verdadero significado del matrimonio, hemos de conocer a Cristo y a la iglesia. El
Señor aceptó cierta distorsión en cuanto al matrimonio bajo el Antiguo Pacto, pero no la puede
aceptar bajo el Nuevo. Porque en el matrimonio, el marido representa a Cristo, y la esposa a la
iglesia, lo cual no se conocía bajo el Antiguo Pacto.
Cuando los fariseos se acercaron al Señor para preguntarle acerca del matrimonio, ellos tenían en
mente las enseñanzas de Moisés dadas en Deuteronomio capítulo 24. Sin embargo, Él les llevó
más atrás, a Génesis capítulo 2. "Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a
vuestras mujeres; mas al principio no fue así" (Mt.19:8). "Al principio no fue así". Es el parámetro
con que ha de medirse. Lo que está en el principio muestra el modelo original de Dios, y que
expresa el deseo de su corazón. Lo posterior es el resultado de la incapacidad e irresponsabilidad
del hombre para sostener aquel modelo. De manera que hemos de ver atentamente cómo fueron
las cosas al principio, para así conocer el misterio que encierra el matrimonio.
Cuando Dios creó a Adán tuvo en mente a su Hijo, y cuando Dios creó a Eva, como compañera de
Adán, tuvo en mente a la iglesia. Lo primero es Cristo y la iglesia. No Adán y Eva. No el matrimonio
de Adán y Eva, sino Cristo y la iglesia. El matrimonio es una réplica en el tiempo de aquella unión
maravillosa y eterna de Cristo y la iglesia.
El misterio de Cristo y la iglesia -como todos los que Dios ha revelado en su evangelio-, no es
develado a todos los hombres, sino sólo a los que son de la fe: "El respondiendo les dijo: Porque a
vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado"
(Mat.13:11); "Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio ..." (Rom.11:25); "Así pues,
téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios" (1ª
Cor.4:1); "He aquí os digo un misterio ... (1ª Cor.15:51); "Que guarden el misterio de la fe con
limpia conciencia" (1ª Tim.3:9); "E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad" (1ª
Tim.3:16). Estos misterios no son entendidos por carne y sangre, sino que son entendidos
espiritualmente, por revelación del Espíritu Santo.
Doctrina no es revelación
Sin embargo, ocurre que el matrimonio, tal como lo enseñó Cristo, ha sido adoptado (al menos
formalmente) por la llamada "sociedad occidental cristiana", incorporando, incluso, las palabras
inspiradas del Señor en el ritual con que se celebra. Pero hemos de ver nosotros que el Señor
nunca pretendió que sus enseñanzas abarcaran a toda una sociedad como tampoco crear una
sociedad cristiana. Siempre vemos en sus palabras, y en las de los apóstoles, que los cristianos
forman un residuo, un remanente en un ambiente que no es el suyo, porque "el mundo entero está
bajo el maligno" (1ª Juan 5:19). En su oración de Juan 17, el Señor hace una clara diferencia entre
los suyos (que están en el mundo) y los demás (que son del mundo). El matrimonio como
institución y como doctrina puede ser conocido por todos los hombres, pero el matrimonio como
metáfora y réplica de un misterio espiritual sólo pueden conocerlo los hijos de Dios.
Pondremos un ejemplo. Sabemos que los primeros cuatro siglos del cristianismo el mundo
occidental estuvo bajo el dominio del Imperio Romano. Pues bien, mientras eso fue así, las formas
de vida de toda Europa estuvieron marcadas por las formas de vida de los romanos. Y como esto
era así, podía notarse claramente la diferencia entre un matrimonio romano y uno cristiano, porque
ellos tenían una fuerte tradición, que centraba el matrimonio y la familia en el 'pater familias', el
cual tenía poderes casi absolutos sobre los miembros de su familia, pues eran su posesión. Los
rituales, la legislación y las costumbres - todo lo relacionado con la familia - no eran, por tanto,
producto de una enseñanza inspirada. Pero tal cosa permitía separar, al menos, lo que era terreno
de aquello que procedía del cielo.
Pero luego, cuando Constantino hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio, el misterio de
Cristo y los demás misterios del evangelio, se hicieron comunes para toda la sociedad, no por una
revelación de ese misterio, sino por la legalización de la doctrina asociada a ese misterio. Así se
impusieron en la sociedad romana, por decreto, formas de vida que son espirituales, y que
modificaban su propia concepción. De ahí pasaron luego al resto de la sociedad ya "cristianizada",
en las diversas épocas y lugares, hasta nuestros días. Así fue cómo las verdades espirituales se
hicieron vanas en las mentes de los hombres, convirtiéndose en mera información doctrinal. Por
eso el matrimonio cristiano, cuando es sólo una doctrina en la mente y no una realidad espiritual,
resulta ser, además, una camisa de fuerza para una naturaleza humana incapaz de sobrellevarlo.
Los discípulos entendieron muy bien las dificultades que traería el modelo de matrimonio que el
Señor estaba anunciando, cuando dijeron al Señor: "Si así es la condición del hombre con su
mujer, no conviene casarse" (Mt.19:10). El Señor acababa de establecer la prohibición del repudio,
lo cual resultaría muy difícil de cumplir para un judío que hacía uso y abuso de ese recurso, y que
servía de escape a una relación fracasada, como también a su propia concupiscencia.
Es eso lo que ocurre con el matrimonio cristiano cuando es impuesto a incrédulos que cargan con
una naturaleza caída, y que tienen los ojos cerrados para ver el misterio que encierra.
La figura de Adán y Eva
Así pues, la comprensión real de lo que es el matrimonio para Dios requiere de una revelación
previa, revelación que tiene que ver con Cristo y la iglesia.
Efesios 5:31 dice: "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los
dos serán una sola carne." Y el 5:32 dice: "Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de
Cristo y de la iglesia." Si podemos ver que el hombre del 5:31 es Cristo del 5:32; y que la mujer de
Efesios 5:31 es la iglesia del 5:32, entonces nos daremos cuenta de que el matrimonio -cada uno
en particular- es una expresión terrena y cotidiana de la relación de Cristo y la iglesia.
Esta relación está prefigurada claramente con la primera pareja antes de su caída. En el pasaje de
Génesis 2:15-25 tenemos a Adán en su soledad, primero, y luego, en su perfecta complementación
con Eva, la cual fue tomada de su mismo cuerpo. Primero está Adán solo, señoreando sobre toda
la creación, pero incompleto. Magnífico en su perfección, en su poder y en su perfecta
individualidad, pero incompleto. Estaba solo, sin que se hubiese encontrado ayuda idónea para él.
Pero Dios, que ya tenía en su corazón a Cristo y la iglesia, creó a Eva, que vino a ser el
complemento y la perfección suma de Adán. Ahora Adán estaba completo.
Eva fue tomada de Adán para prefigurar que la iglesia es tomada de Cristo. Eva es una
prolongación de Adán, y prefigura que la iglesia lo es también de Cristo. Como Eva fue tomada de
Adán, ambos llegaron a ser una sola carne (v. 2:24), y así tiene cumplimiento lo que Dios diseñó en
el principio para el matrimonio (y que se confirma en las palabras del Señor en Mateo 19:5-6).
¿Podemos ver que la iglesia es Cristo en otra forma? ¿Podemos ver que la iglesia es santa y sin
mancha, porque fue tomada de Cristo? ¿Podemos ver que nuestra esposa -que es figura de
aquélla- fue tomada de nuestro propio cuerpo, y que es una prolongación de nosotros mismos?
¿Podemos ver que es por eso que somos "una sola carne"? Un hermano ha dicho muy bien: "El
varón no está completo en sí mismo. La mujer es su complemento para que supla las deficiencias
de él. Ella es fuerte donde él es débil, y débil donde él es fuerte, y juntos forman un todo completo,
una carne."
Por eso el repudio -amparado bajo la ley mosaica- no podía expresar a Cristo y a la iglesia, porque
Cristo es fiel a su única iglesia, como Adán lo fue a Eva. Y por eso la poligamia y el adulterio no
tienen cabida en el matrimonio cristiano, por mucho que se le busquen resquicios para justificarlos.
A nosotros debe interesarnos lo que se diseñó en el principio, no la distorsión posterior. No
podemos intentar doblarle la mano al Señor, obligándole a que, por la dureza de nuestro corazón,
Él rebaje entre nosotros sus demandas para el matrimonio. Si Él lo hizo antes fue por causa de la
caída del hombre, y por la impotencia de quienes estaban bajo la ley. Pero con nosotros el
problema de la caída y de la impotencia para agradar a Dios son asuntos ya solucionados. La
salvación de Dios nos levantó de la caída, y la omnipotencia de su gracia nos ha dado fuerzas para
agradarle.
***
El orden de Dios para el matrimonio
En el mundo, el orden matrimonial asume diversas formas.
Existe la forma del patriarcado, en que el marido, como padre de familia, es un señor que domina y
gobierna sin contrapeso, donde la esposa y los hijos le temen y son como sus siervos. También
existe el matriarcado, en que la mujer es la que maneja las cosas de la casa, a los hijos y aun a su
marido, sea de manera explícita o simulada. Una forma más grotesca aún suele darse en el mundo
y es lo que se podría llamar filiarcado (en latín, “filius” significa “hijo”), en que los hijos gobiernan a
sus padres, los manejan a su antojo, constituyéndose a sí mismos en el centro del hogar y
haciendo de sus padres meros servidores que atienden sus caprichos.
¿Cuál es este orden? Dice la Escritura: “Porque quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo
varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1ª Cor.11:3). Aquí está el
orden de Dios, no sólo en el matrimonio, sino también en el universo: Dios, Cristo, el hombre, la
mujer. Cristo es la gloria de Dios, el hombre es la gloria de Cristo, y la mujer es la gloria del
hombre. El hombre fue creado para que expresara la gloria de Cristo y la mujer fue creada como
expresión de la gloria del hombre.
La posición de autoridad que el hombre ocupa se señala externamente en que lleva su cabeza
descubierta; en cambio, la posición de sujeción que la mujer ocupa se señala externamente con el
velo. Cuando la mujer no ora ni profetiza su cabello le sirve de velo; pero cuando la mujer ora o
profetiza ha de ponerse el velo, como señal de autoridad sobre su cabeza (1ª Corintios 11:3-6).
De manera que por causa de que hay implicados hechos espirituales trascendentes, tanto el
hombre como la mujer han de cuidar respetar este orden. No es un asunto de caracteres: es el
orden de Dios.
A veces los maridos renuncian a tomar su lugar, por comodidad o por una supuesta incompetencia,
como si esto fuese un asunto de caracteres o de capacidades naturales. Pero aquí vemos que esto
es un asunto establecido por Dios, y anterior a nosotros, en lo cual está implicado el orden
universal, y al cual nosotros somos invitados a participar.
Consecuentemente con todo lo anterior, hay demandas para los miembros de la familia cristiana,
que se pueden resumir en una sola expresión: la demanda para el esposo, es amar a la esposa* ;
para la esposa, es estar sujeta a su esposo; para los padres es disciplinar y amonestar a sus hijos;
para los hijos es obedecer a sus padres.
Siendo el varón la cabeza de la mujer, resulta para el esposo una demanda muy fuerte que ame a
su esposa, porque ello implica, además, una restricción a su rudeza natural. Por eso dice la
Escritura: “No seáis ásperos con ellas” (Col.3:19), y “Dando honor a la mujer como a vaso más
frágil” (1ª Ped.3:7). El ser cabeza pone al hombre en una posición de autoridad, pero el
mandamiento de amar a su mujer le restringe hasta la delicadeza.
Hay al menos dos razones por las cuales el esposo debe ser ejemplo amoroso de quebrantamiento
y humildad. Primero, por su carácter naturalmente áspero, y, segundo, por la autoridad que
detenta. Junto con ponerle en autoridad, el mandamiento le limita en el uso de esa autoridad.
De modo que si su autoridad es cuestionada, no debe procurar recuperarla por sí mismo, sino
remitirse a Aquél a quien pertenece.
Si Dios ha permitido que su autoridad sea resistida, entonces debe de haber alguna causa (que
bien pudiera ser alguna secreta rebelión frente a Cristo), y que es preciso aclarar a la luz del Señor.
Por su parte, siendo la mujer de un carácter más vivaz, el estar sujeta es una restricción a su
natural forma de ser, por lo cual dice la Escritura: “La mujer respete a su marido” (Ef. 5:33b), y “La
mujer aprenda en silencio, con toda sujeción” (1ª Tim.2:11). No obstante, ella recibe el amor de su
esposo, que la regala y la abriga.
Esto es así para que no haya desavenencia en el matrimonio. Ambos son restringidos y a la vez
son honrados por el otro. Cada uno según su natural forma de ser. Porque Dios sabe mejor que
nosotros mismos cómo somos, y por eso diseñó así el matrimonio. El marido representa la
autoridad, pero, siendo de un carácter áspero, debe amar con dulzura; la mujer es amada y
regalada, pero, siendo de naturaleza más inquieta, debe sujetarse. Así todos perdemos algo, pero
gana el matrimonio y la familia, y por sobre, todo, gana el Señor.
Si el esposo ama, facilita la sujeción de la esposa. Si la esposa se sujeta, facilita el que su esposo
la ame. Con todo, si ambas conductas (el amar y el sujetarse), siendo tan deseables, no se
producen, ello no exime ni al esposo ni a la esposa de obedecer su propio mandamiento.
¡No hay cosa más noble para un marido cristiano amar a su mujer como Cristo amó a la iglesia! No
hay cosa más noble, conforme van pasando los años, encontrarla más bella, sentir que su corazón
está más unido a ella, y que ha aprendido a amarla aun en sus debilidades y defectos. Porque ya
no anda como un hombre, sino que camina en la tierra como un siervo de Dios.
¡Qué dignidad más alta para una mujer la de sujetarse a su marido, no por lo que él es, sino por lo
que él representa! ¡Cuánto agrada a Dios un hombre y una mujer así! Todos los reclamos, todas
las quejas desaparecerían. Si el marido se preocupara más de amar no tendría ojos para ver tantos
defectos e imperfecciones. Si la mujer se viera a sí misma como la iglesia delante de Cristo, si se
inclinara, si fuera sumisa y dócil, cuánta paz tendría en su corazón. Cuánta bondad de Dios podría
comprobar en su vida.
* Bien que la primera demanda para el esposo – y que no deja de ser importante – es “dejar padre
y madre” para luego unirse a su mujer. Es decir, procurar la autonomía e independencia respecto
de los padres. Si esto se obedece desde el principio, el matrimonio se evitará muchos
contratiempos.
***
La vida matrimonial la componen dos personas que deciden amarse para toda la vida. En esta
relación, cuando uno de los dos equivoca el camino mostrando su faceta más egoísta, hace que la
otra parte experimente el dolor de la amargura.
¿Qué es la amargura?
Todos en algún momento hemos sentido en mayor o menor grado amargura; es parte de nuestra
humana naturaleza. Pedro, el discípulo de Jesús, experimentó en su carne la amargura; sufrió al
considerar su deplorable conducta. Frente al dolor del fracaso, lloró amargamente (Lc. 22:62). Pero
albergar raíces de amarguras, esto sí es un problema serio. Tan serio que tiene graves
consecuencias, especialmente en la vida espiritual. La amargura, al permanecer, ocupa un lugar en
el corazón y se extiende estorbando la operación de la gracia de Dios en la vida del creyente. Por
esta causa somos exhortados en la epístola a los Hebreos diciendo: “Mirad bien, no sea que
alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe y por
ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15).
Piensen un momento en lo vasto de la gracia Dios. Dios es abundante en gracia, pero ésta puede
ser entorpecida en un corazón que cultiva raíces de amargura.
De allí que también Pablo, en la carta a los Efesios, advierte este problema y exhorta a los
hermanos diciendo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda
malicia” (Ef.4:31).
Una mala elaboración de lo que ocurre en el matrimonio hará que el corazón dé lugar a un
sentimiento inapropiado, y pasado el tiempo corre el riesgo de convertirse en una raíz.
Características de la amargura
La amargura tiene tres características que la hacen ser muy perjudicial en la vida de los esposos
creyentes.
Primero, tiene un sustento racional lógico. Es decir, lo que ocurrió efectivamente es real y
racionalmente explicable. Tu mente se armará de un constructo racional que explicará lo que
ocurrió, validando tu sentimiento al dolor y dejándote esclavo de dicha situación. De esta manera,
la amargura se fortalece sustentada en una explicación racional, de hechos o circunstancias, en los
cuales hará que te ubiques en una posición de víctima. Por lo tanto, tus pensamientos dirán: “Él (o
ella ) fue quien pecó; yo soy inocente”; “Él (o ella) voluntariamente lo hizo; no es suficiente que me
pida perdón”, etc.
Segundo, quien haga de oyente a la explicación de tu amargura, te encontrará la razón. De manera
que si un hermano te escucha, lo más probable es que termine pensando: “Pobrecita(o), la(o)
compadezco”; “No me gustaría estar en su pellejo”; “Qué tremenda prueba”; “Tiene toda la razón”,
etc.
¿Se dan cuenta lo perjudicial que es llenarse de amargura? Es una prisión interna, del corazón,
donde no hay lugar para nadie más que para tu dolor. Efectivamente, es ser esclavo de sí mismo,
una sutil trampa en la cual los esposos se dejan embaucar, y luego, sin darse cuenta, están
atestados de amargura, la que traerá consigo enojo, gritería, y maledicencia. (Ef. 4:31).
Ahora bien, como si esto fuera poco, existen por lo menos tres sentimientos asociados, que son
como amigas de la amargura, y que participan activamente del proceso.
La primera es la autocompasión. Este sentimiento es, en otras palabras, sentirse víctima de los
demás. El cristiano comienza a poner los ojos en sí mismo y en el dolor que le embarga,
acarreando una suerte de sentimientos hacia sí, de conmiseración, de compasión. Como si el
centro de la atención de todo el universo fuese él (o ella). Entonces los pensamientos te dirán:
“Pobrecito de mí”, “Siempre me pasa lo mismo”, “Tengo el cielo ganado por sufrir tanto”, “Él (ella)
tiene que venir a pedirme perdón”, “Yo no hice nada malo”, etc.
La segunda es el resentimiento. La memoria juega una muy mala pasada, puesto que se activa
poderosamente en volver a recordar, y por lo tanto a revivir, lo ocurrido. Una y otra ves se ‘re-
siente’ todo lo que se vivió en aquella ocasión. Algo así como una memoria de elefante viene
súbitamente para recordar aún los detalles más escondidos de la situación, trayéndolos a colación
una y otra vez. Como rumiando, masticando la amargura y extrayendo de ella todo su amargo
sabor. De manera que en cada discusión o desacuerdo sacarás una y otra vez el episodio que
tanto te duele, enrostrán-dolo a tu esposo(a).
Ahora, por un momento, piensen en las tres características antes señaladas de la amargura,
súmenle sus tres grandes amigas colaborando activamente. Y pregúntense: ¿habrá lugar para la
gracia de Dios?
La amargura no sólo impedirá alcanzar la gracia de Dios en tu interior, sino que todos los que estén
afuera serán contaminados, especialmente tus hijos, pues de la abundancia del corazón habla la
boca. Cuando ha llegado a afectar tu hablar significa que la amargura comenzó a tomar forma en
tu interior. De modo que tus pensamientos irán trabajando a favor de sentimientos amargos, y
pronto tu voluntad asumirá una postura frente a la vida, una actitud de desprecio por ciertas
personas, especialmente por quien es el causante de tu dolor. Así toda el alma será presa de sí
misma.
Posteriormente, tu vida espiritual comenzará a ser afectada, ya no podrás orar tranquilo, ni leer las
Escrituras. Te comenzará a molestar la comunión con los hermanos. La vida espiritual matrimonial
te disgustará, encontrarás hipócrita a tu cónyuge, perderás cada vez más el gozo de ser esposo(a),
y por último, también el gozo de la salvación.
Y como si esto fuese poco, siendo el ser una sola unidad, (espíritu, alma y cuerpo), tu cuerpo
también se verá afectado, recibiendo, como último eslabón, el efecto pernicioso de la amargura.
Somatizarás enfermedades y dolores difíciles de diagnosticar, que acarrearán una calidad de vida
cada vez más pobre y deteriorada. Como, por ejemplo, en la carta de Santiago se exhorta a
algunos hermanos que están enfermos a sanarse, llamando a los ancianos de la Iglesia,
confesando sus faltas, y perdonándose unos a otros ¿No será que estos enfermos han llegado a
este estado por tener raíces de amarguras acumuladas en contra de los hermanos ancianos?
(Stgo.5:14-18).
¡Qué triste cuadro, qué penoso llegar a esta condición! Todo por la actitud del corazón.
La necesidad de perdón
¿Querrá Dios vernos llegar a tal estado? Claro que no. Por eso el remedio es uno solo. Para ser
libres de toda esta trampa en la cual el corazón se ha entregado, el perdón es el remedio al
corazón que sufre de dolor.
El perdón es un acto simple y sencillo, pero es imposible para la carne. La carne se resiste del todo
al perdón y clama por una justicia no según Dios, sino de castigo y venganza.
Un corazón así, primero necesita ser perdonado y luego perdonar. Un esposo(a) cristiano debe
reconocer que la posición de su corazón ha estado equivocada, por lo que necesita liberarse de sí
mismo y recibir la frescura del perdón. Pedir perdón a Dios por lo equivocado de su corazón.
Someter los razonamientos al examen de la Palabra, la cual discernirá los pensamientos y las
intenciones del corazón. (Hb. 4:12). Pedir perdón a Dios verdaderamente te hará libre.
Una vez teniendo clara conciencia de tu pecado –aún tu oración muchas veces ha estado teñida de
tu egoísmo– estás libre por Cristo para perdonar. Tal vez alguien diga: “Es que yo no puedo
perdonar”, y la respuesta ante eso es: “Efectivamente, no puedes perdonar”. Por eso es que
necesitas a Cristo; en Él se nos ha dado una vida diferente, la vida eterna por medio de la cual
somos vencedores.
Cristo es nuestro perdón, y es también quien perdona. La vida de Cristo opera a través de la
nuestra, ofreciendo el perdón a quien, incluso –según nuestro perturbado juicio– no lo merece. Así
de grande es la bendita obra de Cristo. Haz un cambio en tu oración. No ores más: “Padre,
ayúdame a perdonar”, sino “Padre, dame más de Cristo”.
***
En medio de la confusión, dice la Escritura: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde
estas tú?” (Gn. 3:9) ¿Acaso Dios no es omnisciente? ¿No sabía Dios dónde estaba escondido el
hombre?... Por cierto que sí. Dios apelaba a la calidad de varón depositada en Adán. ¿Qué quiere
decir esto? Que en ese momento Adán no estaba escondido entre los árboles del huerto, sino bajo
el gobierno de su mujer. Puesto que posteriormente le dice: “Por cuanto obedeciste a la voz de tu
mujer y comiste del árbol que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu
causa...” (Gn. 3:17). Adán no estaba siendo un verdadero varón.
En el orden de Dios, el varón ocupa una ubicación de vital importancia. Cuando leemos
detenidamente en las Escrituras que “Cristo es cabeza de todo varón y el varón cabeza de la
mujer” (1Cor.11:3), nos damos cuenta de que la misma persona que tiene por cabeza a Cristo, es a
la vez cabeza de la mujer. Por lo tanto, la trascendencia que esta ubicación tiene, es esencial. Es
decir, se ubica entre Cristo y su esposa. No como una función mediadora, puesto que hay un solo
mediador entre Dios y los hombres (1Tim.2:5), sino como autoridad.
Así, el varón tiene una doble responsabilidad: primero, hacia su cabeza –Cristo–, y segundo, hacia
su mujer, de quien es cabeza. ¡Qué maravilla, qué privilegio! Tener por cabeza a nuestro precioso
Señor y ser cabeza de quien más se ama en la tierra.
Ahora, volviendo a la escena del Génesis y a la pregunta de Dios, la carga afectiva que ella
conlleva es el anticipo a una desagradable sorpresa. Dios, paseándose en el huerto al aire del día,
sabe que algo extraño ha acontecido, mira a su alrededor buscando al hombre y no le halla, pues
el Hombre (varón ) y su mujer se habían escondido de la presencia de Jehová (Gn.3.8). Y el relato,
al anteponer la figura masculina en este acto de esconderse, nos revela que Adán ya ha perdido
parte de su dignidad varonil. Dios llama, y Adán se esconde. Luego responsabiliza a su mujer por
lo acontecido. ¡Qué vergonzoso, esconderse culpando a su mujer!
Lo que aconteció en la primera pareja es algo muy habitual, pues tanto el hombre como la mujer
tienden a justificar sus actos culpándose mutuamente. Sin embargo, al ser un vínculo matrimonial,
éste se ajusta a un tipo de relación circular, donde cada uno es participante de lo que le acontece
al otro. Es decir, uno potencia la conducta del otro, y viceversa.
Pero aquí Dios llama al varón, dejando clara evidencia de que el responsable de lo que acontece
en el matrimonio es éste, por cuanto es cabeza de su mujer. De nuevo, aquí nos enfrentamos a un
tema importante.
Quisiera ilustrarlo con el caso de un matrimonio donde el enseño-reamiento del esposo facilitó que
la esposa encontrara comprensión y afecto en otra persona, con quien incurrió en infidelidad. En
consecuencia, el matrimonio se quebró y salieron a luz decenas de detalles verdaderamente
escandalosos donde las culpabilidades iban y venían. Si se atendía a la mujer –quien
evidentemente había pecado–mientras explicaba sus motivos y contaba los pormenores de la
relación, quedaba en el ambiente el deseo de justificarla y perdonarla por el mal trato recibido. Sin
embargo, ella había pecado voluntariamente. Y, si se escuchaba al marido –quien era obviamente
culpable de haber quebrado la relación– se sentía que el pecado de la mujer debía ser condenado
públicamente. En este caso, era obvio que ella había pecado y que era responsable ante Dios por
su pecado. Pero el marido era tanto o más responsable por causa del abandono afectivo de su
mujer. En resumen, él era responsable de su mujer.
En este sentido, la responsabilidad del varón no puede ser eludida. No podemos justificarnos en
nuestro esfuerzos y en nuestros razonamientos ¡Somos responsables por nuestras mujeres! El
varón es cabeza de la mujer, y es quien responde por su esposa.
Cristo es cabeza del varón, y como tal, seguir a Cristo es el camino del varón. Amar a Cristo,
obedecer a Cristo, es la esencia del varón. El varón fue creado para Cristo, Él es nuestra cabeza y
es nuestra primera dedicación. El Señor dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y a
madre, y mujer... no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26). La apelación incluye a nuestras esposas.
¿Acaso Dios quiere separarnos de nuestras esposas? No, puesto que el mandamiento para los
maridos es: “Amad a vuestras mujeres...” (Ef. 5:25). El punto importante a destacar es: “... como
Cristo amó a la iglesia”. De manera que no es cualquier amor, ni de cualquier manera, sino como el
de Cristo. Él anduvo en amor y se entregó a sí mismo “por nosotros”, ofrenda y sacrificio “a Dios”
en olor fragante. (Ef. 5:2.) ¡Qué impresionante! Se entregó por nosotros a Dios. Cristo, nuestra
cabeza, por causa de Dios y teniendo como principal lealtad y amor a su Padre, se entregó y nos
amó hasta el fin. Así los maridos, varones de Dios, deben amar también a sus mujeres. Amar a
Cristo y a su mujer dignifica al varón, pero amar sólo a su mujer lo deshonra.
Tal parece que Adán amó a su mujer, pero no amó a Cristo. ¿Qué hizo que Adán desobedeciera el
mandato de Dios y obedeciera a su mujer? Algunos entendidos postulan que Adán estaba junto a
Eva cuando fue engañada, según se puede traducir el versículo de Génesis 3:6. Las Escrituras no
nos dicen que Adán fue engañado. Podemos entonces inferir que el suyo fue un acto consciente,
es decir, libre del oscurecimiento del engaño como atenuante. Lo que lo hace aún más
responsable.
Amar no es consentir
Generalmente, lo que oscurece la conciencia son los sentimientos. Así, lo que hizo a Adán
participar del mismo pecado que su mujer fueron sus sentimientos. Esa incapacidad de querer
ofenderla, de no provocar una instancia de tensión evitando el conflicto, fue lo que malamente
primó en Adán. Él no fue un varón en esto. Así no se ama a la mujer. Él debió haber estorbado el
acto de su mujer, como cabeza responsable no sólo de transmitir la palabra de Dios, sino también
de –con gracia– acompañar el cumplimiento de ésta.
Hoy muchos varones –buenos y santos varones– no se atreven a confrontar a sus esposas por
temor, por “amor” e, incluso, por no estorbar la intimidad sexual del matrimonio. Esto deshonra a
nuestra Cabeza, expone a nuestras mujeres al pecado y a la futura vergüenza. Amar no es
consentir.
Al hacer un pequeño diagnóstico en las iglesias, podemos llegar a la conclusión de que el
problema no son las mujeres insurrectas, calumniadoras, rencillosas, sino la gran deficiencia de
verdaderos varones, que amen profundamente a Cristo y amen profundamente a sus mujeres.
Ahora bien, ¿qué hizo que Eva pecara? Al contrario de Adán, fueron sus razonamientos. Pablo
dice. “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos 1 (Gr.
Pensamientos) sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Cor. 11:3).
Eva vio que era “árbol codiciable para alcanzar sabiduría” (Gn. 3:6). Esta idea, desligada de su
esposo, divorciada e independizada, hizo que en definitiva su mente se deslizara hacia un abismo
fatal. Por esta causa, a nuestras mujeres se les manda sujetarse, armonizar 2 en todo con sus
maridos, de la misma manera como el varón lo debe hacer con su Señor. Así, siendo ambos uno
en Cristo, se cumple el propósito de Dios para el matrimonio.
“¿Dónde estás tú?”. Esta es la pregunta. Así Dios llamó al varón en el Génesis y lo sigue llamando
hasta ahora.