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Reflexiones a Mi Yo del Pasado

Prosa poética, reflexión

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Mauro Aballay
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Carta a un hombre equivocado.

¿Que harías si pudieras enviar un mensaje a tu yo pasado? ¿Qué le dirías acerca de sus
planteos y las palabras que salen de su boca?
Entonces me preguntaste acerca de aquel muchacho que se proclamaba hastiado de la
vida, cansado de la "sumisión" y de la "obediencia", que decía: Dios es un tirano, no busca
hijos sino súbditos; nos impone su capricho y nos obliga a vivir en contra de nuestra
voluntad. Yo no quiero vivir para Dios, quiero vivir para mí, a fin de cuentas es mí vida.
Si te tuviera en frente amigo mío podría mostrarte lo errado de tus pasos. Cómo ave que
migra, que vuela con la libertad entre sus plumas alardeando delante del sol con altiva
condescendencia, presumiendo su aparente autonomía. Sin embargo en lo profundo de su
ser es presa de su instinto, el deseo insostenible que revuelve sus entrañas y la ata al norte
en el invierno y al sur en el verano. Quizás no está en una jaula pero aún así vive presa de
su necesidad más íntima y primitiva.
Así también vives tú creyendo que caminas por el mundo sin tropezar y que tienes el
destino en la palma de tu mano, y crees que eres libre, que no hay conocimiento que huya
de tu mente ni verdad que se esconda de tu capacidad. Pero no ves las cadenas invisibles
que se enroscan en tus tobillos, que te mecen como hojas en el viento, no ves los muros
transparentes que te hacen caminar en círculos ni los vidrios rotos en el suelo que te
desangran despacio a cada vuelta que das. No eres capaz de ver la risa del diablo que
acaricia tiernamente la victoria con ansias de poseerla.
¿Qué te diría pues? Qué palabra se asomaría de mí boca con el poder de penetrar en lo
profundo de tu necedad. Qué poesía haría sacudir tu ánimo hasta que vieras con claridad.
Quizás no encontraría la palabra, y el momento sería demasiado corto para hacerte entrar
en razón. Si tuviera la oportunidad de pararme frente a ti te abrazaría con mucha fuerza y te
mostraría entonces lo que hay detrás del telón.
Que vieras de frente el dolor punzante y atormentador en los ojos de tu amada. Que
intentaras acaso atajar las rocas que se desgranan en su interior, como cayendo de un
risco, fragmentos de mujer hundiéndose en el abismo hasta desaparecer.
Que vieras con ojos bien abiertos el alma de tu hija muriendo poco a poco, las uñas que
rasgan su niñez y descascara cicatrices en su corazón.
Pondría en frente tuyo el reflejo de tu espalda para que puedas conocer el rastro de sombra
y destrucción que dejas al caminar.
Pegaría mí frente con firmeza a la tuya para que ahondes debajo de mis pestañas y puedas
penetrar en mí interior, que también es el tuyo.
Que te veas desolado ¡Te han saqueado los bandidos!
Y te observes desgarrado por las fieras de la noche, tratando de encontrar algún rastro de
oxígeno entre la nube venenosa de tu cinismo.
Pero que veas sobre todo lo único que podría devolverte al mundo de los vivos. La visión de
aquel varón de púrpura y dorado, de aquel que sin pensarlo te abrazó en tu asquerosa
condición, no se fijó en las llagas que hedian sobre tu piel ni en la infección que supuraba
de tu corazón.
Te mostraría la imagen de Jesús, de aquel que siendo más que un rey, siendo el mismo
Dios, se ensució las ropas en el barro podrido dónde habías hecho habitación para cargarte
entre sus brazos y sacarte de ahí. El que te amó cuando no eras nada y vino a buscarte
cuando eras aún menos que nada.
Entonces sí, después que vieras todo aquello, hablaría, y finalmente te diría que vivir para
Cristo es la mayor libertad que un hombre puede experimentar.

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