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Orden Social

Resumen sobre el Orden Social

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ORDEN SOCIAL

Fundamento, Naturaleza Y Causas de la Sociedad


Se toma como método de estudio, el de la "Cuádruple Causalidad" aplicándolo
a la sociedad. Como su nombre lo indica, el método consiste en analizar cuatro causas:
Causa material, causa formal, causa eficiente y causa final. Ellas respondººen a las
siguientes preguntas: Causa material: ¿de qué está hecha?. Causa formal: ¿Qué hace
que sea eso y no otra cosa?. Causa eficiente: ¿Cuál es su origen? y Causa Final: ¿Para
qué es?

Causa Eficiente
Iniciemos con la causa eficiente de la sociedad: ¿Cuál es su origen? La
respuesta es sencilla: la naturaleza humana, pues como ya apuntaban los griegos en la
antiguedad, el hombre es un ser social "por naturaleza". Sin embargo esta respuesta
(correcta) no es completa. El origen de la sociedad es la naturaleza humana, pero en
sus dos vertientes: la indigencia de la naturaleza humana y la excelencia de la
naturaleza humana. ¿Porqué la indigencia? Porque el ser humano es de tal manera
indigente que, aislado de los demás, durante los primeros años de su existencia no
podría siquiera sobrevivir.
Necesariamente requiere del auxilio, de la ayuda y cooperación de los demás
para sobrevivir primero, y después para desarrollarse en todos los ámbitos: material,
cultural, intelectual, moral y espiritual. El hombre es siempre ante los demás un mendigo.
Por otra parte, la sociedad también tiene también su origen, su fuente
generadora, en las excelencias de la naturaleza humana. Estas excelencias son las
notas características de la persona: inteligencia, voluntad, libertad y responsabilidad. La
inteligencia busca a otra inteligencia para dialogar, para intercambiar ideas,
conocimientos, para crecer intelectualmente, y esto solo es posible en sociedad. La
voluntad, o sea el querer (eros) y, mejor aún, el Amor (ágape), crea los lazos más nobles
y fuertes entre los hombres. Y los vínculos sociales serán sólidos cuando se
fundamentan en el sentido de responsabilidad. Es evidente que en el acto de entrega
de sí mismo a los otros, el hombre encuentra la satisfacción de ser más él mismo.
Tanto en la indigencia como en la excelencia de la naturaleza humana,
encontramos pues el origen de la sociedad. Sin embargo el convivir (vivir-con-otros) es
siempre contradictorio: Por un lado el convivir es una realidad extraordinariamente
valiosa, enaltecedora, buena, digna. Per no siempre es así. También la convivencia
frecuentemente es desagradable, nociva y degradadante, que no favorece en nada el
desarrollo del hombre, sino que más bien lo obstaculiza.
¿Porqué estas contradicciones? Ni la investigación científica y ni siquiera la
reflexión filosófica pueden dar una respuesta plena. Pueden, eso sí, explicar causas y
motivos secundarios, pero la realidad total y profunda quedan fuera de su alcance. Sólo
la Teología puede dar una respuesta: porque las contradicciones sociales son el reflejo
de las mismas contracciones que en la vida de las personas demuestran que en ellas
está la imagen y la gracia de Dios, pero al mismo tiempo están tambien las
consecuencias del pecado original y de los pecados personales.
Por ello en la sociedad encontramos dos grandes corrientes de signo contrario:
las relaciones de signo positivo que son las que la construyen, y las de signo negativo
que la destruyen. Sólo las primeras son relaciones sociales; las segundas son
antisociales. Esto lo podemos ampliar en el análisis de la causa material.

Causa Material
La causa material responde a la pregunta ¿de qué está hecha?. Antes de
contestarla debemos tener presente que la sociedad no es un ser substancial; la
sociedad es un ser accidental. Lo anterior quiere decir que la sociedad no existe por
sí misma; existe únicamente como resultado de las relaciones de los seres humanos
(quienes sí son substanciales). Sólo las ideologías colectivistas afirman que la sociedad
es substancial porque dicha afirmación les permite someter a los hombres
desconociendo su calidad de personas.
Contentamos entonces la pregunta ¿de qué está hecha la sociedad? con la
afirmación siguiente: está hecha de relaciones entre los hombres. Pero de relaciones
de convivencia con sentido de bien común. Dichas relaciones son resultado de la
convivencia entre los hombres, convivencia que se concretiza mediante tres factores
necesariamente unidos. Esos factores son: En primer término, la materialización
corporal de los hombres que están relacionados entre sí. En segundo lugar, el medio
físico-geográfico en el los hombres relacionados se encuentran. En tercer lugar la
cultura objetiva (idioma, gastronomía, arte, etc.) que domina en el lugar de la
convivencia.

Causa Formal
La causa formal responde a la pregunta ¿qué hace que sea "eso" y no otra
cosa?; es decir, es la pregunta que expresa las notas constitutivas de la esencia del
objeto de estudio. Santo Tomás explicaba que cada ser existe en tanto que es uno, que
la unidad es aquello sin lo cual los seres no pueden existir. Por tanto, la existencia de la
sociedad consiste en el mantenimiento de su unidad.
Como vimos en la causa material, la sociedad no es un ser substancial sino
accidental, compuesto de relaciones condicionadas por varios factores. Entonces,
¿cómo es posible que la realidad tan compleja, variada y cambiante pueda tener unidad
y mantenerse como un todo? La respuesta nos sitúa precisamente en el centro de
nuestro módulo y nos manifiesta la importancia que tiene: La unidad de la sociedad es
posible por el orden social, que es la causa formal de la sociedad.
Sabemos que el orden requiere siempre de una pluralidad diversa, de elementos
diversos entre sí pero relacionados de tal manera que todos respondan y se adecuén a
un mismo fin: el bien común (el cual veremos más adelante en la causa final). Por ello
es que el orden social, causa formal, esencia de la sociedad, es una unidad intrínseca
de la sociedad que de-pende de la unidad extrínseca que proviene del bien común.
Ahora bien; como la sociedad no es una máquina, el orden social no es producto
de un relacionamiento mecánico de los seres humanos, sino resultado de una relación
humana orientada al bien común de los hombres que con-viven, y en la cual existen
simultáneamente relaciones sociales y relaciones anti-sociales. Es por ello que el orden
social es siempre un orden inestable, amenazado y atacado constantemente por las
fuerzas negativas del desorden. No obstante su permanente inestabilidad, el orden
social requiere y exige una estructura que garantice la permanencia esencial de la
sociedad. Esa estructura la da el Derecho que fija las relaciones de justicia entre los
individuos; entre los individuos con el todo social; entre el todo social y las partes
(Justicia conmutativa, social y distributiva) ; por ello el orden social es un orden jurídico.
Pero el Derecho tiene también la misión de mantener y conservar el orden de la
vida social. Misión que tiene dos aspectos: uno preventivo, para que no ocurran los
hechos antisociales que destruyen el orden; y otro correctivo, para remediar el efecto de
los que, a pesar de todo, ocurrieron, y sancionar a los responsables. Tal es el
dinaminismo de la convivencia, que siempre será reflejo de lo que el hombre lleva en su
propia naturaleza.

La Causa Final
La causa final responde a la pregunta ¿para qué es? Por ello la causa final es
"rectora" de las otras. La causa final hace siempre referencia a la "razón de ser" del ente
en estudio; en nuestro caso la pregunta es: ¿para qué es la sociedad? ¿cuál es su razón
de ser? La respuesta es la siguiente: para el Bien Común, causa final de la sociedad.
Por la importancia que reviste el tema de momento sólo lo enunciamos, pero a él
dedicaremos íntegramente el tercer módulo de nuestro curso.
A continuación algunos textos importantes del Magisterio de la Iglesia
acerca de la naturaleza y causas de la sociedad:

Concilio Vaticano II [1966] Gaudium et Spes, 25 :


“La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana
y el
crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados, porque el principio,
el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la
cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social.
La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a
través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los
hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita
para responder a su vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos,
como la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza
profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por varias
causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de aquí
nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de derecho público como de derecho
privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de socialización, aunque encierra algunos
peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas para consolidar y desarrollar las
cualidades de la persona humana y para garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación, incluida
la religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar
que las circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa desde su
infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es cierto que las
perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social proceden en parte de
las tensiones propias de las estructuras económicas, políticas y sociales. Pero
proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos, que trastornan también
el ambiente social. Y cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del
pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos
estímulos para el pecado, los cuales sólo pueden vencerse con denodado esfuerzo
ayudado por la gracia.”

Juan XXIII. [1963] Pacem in terris, 36-37:


“La sociedad humana, venerables hermanos y queridos hijos, tiene que ser
considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que
impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más
diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los
bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus
manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo
mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del
prójimo. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones
de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político,
del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión
externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo.
El orden vigente en la sociedad es todo él de naturaleza espiritual. Porque se
funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser
vivificado y completado por el amor mutuo, y, por último, respetando íntegramente la
libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana.”

Pío XII. [1946]. La Elevatezza.17-18:


“Las dos columnas principales de la sociedad humana: familia y estado. Sobre
este fundamento descansan, sobre todo, las dos columnas principales del armazón de
la sociedad humana tal como ha sido concebido por Dios: la familia y el Estado.
Apoyadas sobre este fundamento, pueden cumplir seguramente y perfectamente
sus fines respectivos: la familia, como fuente y escuela de vida; el Estado, como tutor
del derecho, que, como la sociedad misma en general, tiene su origen próximo y su fin
en el hombre completo, en la persona humana, imagen de Dios. El Apóstol da a los
fieles dos magníficos nombres: «conciudadanos de los santos» y «miembros de la
familia de Dios», cives sanctorum et domestici Dei (Ef 2,19). ¿No vemos acaso que, de
estas dos palabras, la primera se refiere a la vida del Estado, y la segunda a la de la
familia? ¿Y no se puede acaso también descubrir aquí una alusión al modo con que la
Iglesia contribuye a establecer el fundamento de la sociedad, según su estructura íntima,
en la familia y en el Estado? ¿Habrán perdido hoy su valor esta concepción y esta
manera de obrar?
Las dos columnas maestras de la sociedad, al desviarse de su centro de
gravedad, se han separado, por desgracia, también de su cimiento. ¿Y qué ha resultado
de todo ello sino que la familia ha visto declinar su fuerza vital y educadora y que el
Estado, por su parte, está a punto de renunciar a su misión de defensor del derecho
para convertirse en aquel Leviatán del Antiguo Testamento, que todo lo domina porque
quiere traerlo todo hacia sí? Sin duda, actualmente, en la enmarañada confusión en que
se agita el mundo, el Estado se encuentra en la necesidad de tomar sobre sí un inmenso
peso de deberes y de obligaciones; pero esta situación anormal de cosas, ¿no amenaza
Comprometer tal vez gravemente su fuerza íntima y la eficacia de su autoridad?”

Pío XI. [1937] Divini Redemptoris. 29:


“Dios ha ordenado igualmente que el hombre tienda espontáneamente a la
sociedad civil, exigida por la propia naturaleza humana. En el plan del Creador, esta
sociedad civil es un medio natural del que cada ciudadano puede y debe servirse para
alcanzar su fin, ya que el Estado es para el hombre y no el hombre para el Estado.
Afirmación que, sin embargo, no debe ser entendida en el sentido del llamado
liberalismo individualista, que subordina la sociedad a las utilidades egoístas del
individuo, sino sólo en el sentido de que, mediante la ordenada unión orgánica con la
sociedad, sea posible para todos, por la mutua colaboración, la realización de la
verdadera felicidad terrena, y, además, en el sentido de que en la sociedad hallen su
desenvolvimiento todas las cualidades individuales y sociales insertas en la naturaleza
humana, las cuales superan el interés particular del momento y reflejan en la sociedad
civil la Perfección divina; cosa que no puede realizarse en el hombre separado de toda
sociedad. Pero también estos fines están, en último análisis, referido al hombre, para
que, reconociendo éste el reflejo de la perfección divina, sepa convertirlo en alabanza y
adoración del Creador. Sólo el hombre, la persona humana y no las sociedades, sean
las que sean, está dotado de razón y de voluntad moralmente libre”

LA DSI Y EL ORDEN SOCIAL- PRIORIDAD ONTOLÓGICA DE LA PERSONA


El cuestionamiento inicial de este segundo módulo lo podemos formular así: ¿La
persona es para la sociedad o la sociedad es para la persona? Aunque la respuesta
es evidente, la confusión generada por las ideologías colectivistas hace que no sea tan
sencilla. Podríamos pensar que, para responder bastaría con lo visto en el módulo
anterior donde afirmamos que la sociedad es un ser accidental, pero el hombre es un
ser substancial; luego, la sociedad es para el hombre y no el hombre para la sociedad.
Dicha respuesta es correcta pero ante la confusión señalada resulta insuficiente.
Además como veremos, la pregunta y las respuestas tienen muchas implicaciones.
Vamos a profundizar en el tema iniciando nuestro análisis desde el orden natural.
Para ello seguiremos algunas de los argumentos que, para demostrar la superioridad
ontológica de la persona, Romano Guardini hace en la segunda parte de su obra “Mundo
y Persona”. (Utilizo la edición de Ediciones Encuentro, quinta reimpresión, año 2000).
El gran teólogo italo-germano nos dice: “La línea directriz de la investigación no
es la pregunta por la esencia abstracta de la persona, sino la pregunta por el hombre
concreto, personalmente existente.” Después de esta afirmación que hace referencia al
realismo del pensamiento cristiano, Guardini describe los “estratos” de la estructura del
ser personal.
El primero (persona y conformación) es que la persona es un ser “conformado”,
lo que significa que los todos los elementos de su constitución no están mezclados
caóticamente, sino que se encuentran en conexiones de estructura y función.
El segundo (persona e individualidad) significa que en el ser total del hombre
existente personalmente, se encuentra el estrato de la individualidad viva. La
individualidad es el fenómeno vivo que representa una unidad cerrada de estructura y
funciones. Las relaciones de un individuo con otros individuos se realizan con aquellos
de que precisa para su propia existencia, como los progenitores o los animales
capturados o con aquellos que, a su vez, necesitan de él. De ello depende también la
especial organización del ser vivo en cuestión: sus posibilidades de ataque y defensa,
sus facultades “técnicas”, como la construcción de nido en las aves, de redes como las
arañas, etc. En virtud de ello se produce una reducción de la totalidad del mundo a los
fines del individuo. Esta delimitación está asegurada por determinados instintos
primarios, cuya energía crece con la altura biológica de la especie en cuestión. Cuanto
más inferior es el ser vivo (por ejemplo los insectos), tanto más se sume en las
exigencias de la especie; cuanto es más elevado (como los mamíferos), tanto más
intenso es el instinto de imponerse individualmente.
La individualidad es un valor, que cuanto más se despliega, tanto más insegura
se hace la subsistencia del individuo. El individuo está determinado por su centro, un
centro no especial sino vivo. El centro vital es interioridad. El tránsito entre la interioridad
del ser vivo y el mundo externo que le está referido tiene lugar por la percepción sensible
y por la propia actividad. Cuando el metabolismo demanda alimento aparece el hambre,
y ésta conduce a los actos externos del buscar, del apoderarse, etc. Cuando un animal
come un fruto, éste es disuelto por el organismo que lo recibe; sus elementos son
transformados e insertados en el proceso de crecimiento. Esta esfera interior
fundamenta al individuo vivo en sí mismo. Desde aquí se distingue del mundo y
construye frente a él su mundo propio. Por este estrato de la individualidad es el hombre
ser vivo entre seres vivos; individuo tanto frente a la especie como frente a los demás
individuos pertenecientes a la especie.
El tercero (persona y personalidad) designa la conformación de la individualidad
viva, en tanto que determinada a partir del espíritu. La individualidad (que encontramos
también en las plantas y en los animales) se convierte aquí en interioridad de la
autoconciencia; es decir, que la planta o el animal existen, pero no saben que existen;
el hombre además de existir sabe que existe, tiene conciencia de ser, del ser y del
sentido del ser. Y esta realidad no la tiene ni el más majestuoso de los planetas.
Entre el vegetal y el animal hay un abismo enorme, pues aunque la planta vive,
no tiene sensibilidad; su relación con su medio ambiente no tiene más reacción que la
vegetativa. En cambio el animal puede percatarse con la más exquisita sensibilidad de
los procesos en torno suyo; puede recordar infaliblemente, puede adecuarse de la
manera más precisa a las distintas impresiones, realizando así con toda perfección la
conexión vital con el mundo que le rodea.
Pues bien, entre el animal y el hombre hay un abismo aún más grande que entre
la planta y el animal: el abismo de la conciencia y de la voluntad; abismo que no puede
ser superado por ningún mecanismo de adaptación. Desde el punto de vista de la
interioridad biológica, incluso la más desarrollada, no hay ningún camino que conduzca
a la conciencia de ser y del ser, pues ésta es de naturaleza no-material. Con otras
palabras: la conciencia es un elemento de naturaleza espiritual.
Pero el espíritu es también voluntad, en la cual reside la facultad de la libertad.
También aquí hay un abismo infranqueable entre la iniciativa del animal y la voluntad
del hombre. Todas las presuntas “pruebas” de que el animal escoge y decide, valora o
incluso obra moralmente –cuando no se trata simplemente de sentimentalidades- se
deben al error de confundir los mecanismos funcionales de la conexión psicofísica (que
el animal también tiene) con la aprehensión del valor del objeto (exclusiva del hombre),
lo que lleva a una actitud ante él y desde ahí pasa a la acción. Esto es lo que Guardini
llama “orientación de sentido”.
Esta orientación de sentido es interioridad espiritual del hombre y, en último
término, es una espiritualidad del obrar y del crear. Ello se hace evidente en aquellas
realizaciones que no buscan algo útil sino una forma expresiva que revele un sentido,
como en la obra de arte puro.
La actividad del animal produce, desde el punto de vista de su finalidad,
construcciones admirables (como el nido por el pájaro, o la tela por la araña). Son
construcciones perfectas de principio a fin, pero precisamente esta perfección indica
que no tienen nada que ver con una actividad creadora, porque su perfección es la
perfección de la naturaleza; pero el animal nunca podrá crear una obra de arte porque
es y será siempre y exclusivamente naturaleza. Por el contrario, el hombre que sabe de
sí mismo y de lo demás puede encontrarse con los entes y, en lugar de sólo tropezar
con ellos, puede crear realidades no naturales como lo son el arte y la técnica.

Persona en sentido propio


Con los conceptos de conformación, individualidad, personalidad, no se ha dicho
todavía lo que es en último sentido “persona”, aunque se ha preparado el camino para
ello. Diríamos que hasta ahora hemos buscado la respuesta a la pregunta ¿qué es esto
que está ahí? Vamos a reformular la pregunta ¿quién es éste que está ahí? La respuesta
es «YO», o en elocución indirecta «EL». Sólo ahora rozamos la persona.
Persona es aquel hecho que provoca, una y otra vez, el asombro existencial. Es
el hecho más natural de todos, en el sentido estricto de la palabra: entender que yo soy
Yo es para mí lo natural sin más, y comunica a toda otra circunstancia su carácter. El
que yo soy Yo, es también enigmático e inagotable; que no puedo ser expulsado de mí,
ni siquiera por mi más poderoso enemigo; que no puedo ser sustituido ni por el hombre
más noble; que soy el centro de la existencia, y que tú también los eres.
Con lo anterior no tratamos de construir un mito de la persona. Lo expuesto hasta
ahora no significa que la persona está en sí como un átomo cerrado y autárquico; al
contrario, la relación con otras personas es esencial. El hombre personalmente existente
se encuentra en la unidad de todas las estructuras y procesos que constituye la
naturaleza objetiva.

Persona y personas
Teniendo presente estos presupuestos antropológicos tomados del orden
natural, veamos ahora los condicionamientos que surgen en las relaciones de la persona
con lo demás y los demás. Para ello seguiremos el mismo texto de Romano Guardini.
“La conexión de la materia y fuerzas del mundo material condiciona la persona
sólo en tanto que esta conexión constituye la base objetiva y de proceso sobre la que la
persona descansa. Las conexiones biológicas la condicionan asimismo, sólo en tanto
que de ellas surge el organismo en que la persona tiene su lugar. La persona como tal
no procede de datos físicos o biológicos, sino que está en sí. Sólo desde esta
independencia puede tomar sobre sí la responsabilidad por las cosas y por la especie.
Podría todavía preguntarse, si la persona está condicionada por el mundo del espíritu,
por el mundo de la moral, y así sucesivamente. La respuesta sería más difícil, pero
siempre diría, en último término, que la persona necesita de todas estas conexiones de
realidad y de sentido para dar prueba de sí, pero ella misma y como tal no está
condicionada por ellas.
La cuestión parece cambiar, cuando se pregunta si la persona está condicionada
por otra persona.
Éste no es el caso, desde luego, en el sentido de que una persona produzca la
otra; lo único que son producidos son los organismos (…) La manera en que el niño se
desarrolla en el seno materno y sale de él está –pese a todas las coincidencias con el
nacimiento de las crías animales- determinada, desde un principio, por el hecho de que
en él está ya dada la persona en forma de proyecto. Esta misma se halla ya, pues,
presupuesta… Lo mismo puede decirse de las distintas maneras de atención de los
padres para con los hijos. El que alimenta, protege y educa, ayuda a la nueva vida
personal en su desarrollo, le procura materias del mundo y le enseña a afirmarse en el
ambiente. Todo ello no crea, empero, persona, sino que la supone. Toda promoción de
un hombre por otro tiene lugar ya sobre la base del hecho de que es persona” 6

Superioridad ontológica de la Persona humana


Con las reflexiones que hemos seguido de la mano de Romano Guardini,
llegamos a una primera conclusión fundamental: cualquier persona, por el simple hecho
de serlo, es superior a cualquier otro ente de la creación visible. Pero hasta ahora sólo
hemos indagado en las razones que hacen al hombre superior en relación a los demás
entes (su inteligencia y su voluntad), y no hemos preguntado cuál es la razón de su
superioridad y de su dignidad.
La ideología evolucionista (no la hipótesis de la evolución) afirma que el hombre
no es más que materia un poco más evolucionada que la demás, lo que lo hace ser sólo
“materia que se conoce a sí misma”. Desde esta perspectiva (y de otras parecidas),
entre la amiba y el hombre no hay diferencia de constitución; sólo un grado de mayor
evolución. Por tanto el hombre (cada hombre concreto) no será sino “una mota de polvo
en medio de una polvareda”.
La ciencia no ideologizada reconoce sus límites, y por ello no da razones de la
superioridad ontológica del hombre. En efecto; ni en la biología, ni en la física, ni en la
química, ni en alguna de sus combinaciones, podremos encontrar la razón de la
superioridad del hombre. Ni siquiera en la filosofía, aunque ella plantea la cuestión y
señala que la respuesta no se encuentra en ella sino en la Teología, es decir, en el
estudio de la Palabra de Dios Revelada a la humanidad.
Desde el mismo libro del Génesis, primero de la Biblia, encontramos la razón de
la prioridad del hombre sobre el resto de la creación: “Y por fin dijo (Dios): Hagamos al
hombre a imagen y semejanza nuestra, para que domine a los peces del mar, y a las
aves del cielo, y a los ganados y a todas las bestias de la tierra, y a todo reptil que se
mueve sobre la tierra. Creo Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó,
los creó varón y hembra. Y echóles su bendición, y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid
la tierra, y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo,
y a todos los animales que se mueven sobre la tierra. Y añadió Dios: Ved que os he
dado todas las hierbas que producen simiente de su especie, para que os sirvan de 7
alimento a vosotros. Y a todos los animales salvajes, y a todas las aves del cielo y a
todo ser viviente que se arrastra sobre la tierra, le doy por alimento la hierba verde. Y
así se hizo.” (Gen. 1,26-30)
Podemos resumir el texto anterior de la siguiente manera: por voluntad de Dios,
el hombre es señor de la creación; todo ha sido creado para el servicio del hombre. Y la
razón de la superioridad del hombre sobre todo el universo está en que el hombre ha
sido creado a imagen y semejanza del Creador, y por ello fue dotado de inteligencia
y voluntad.
La prioridad ontológica de la persona es no sólo en relación a los demás entes
de la creación, sino también en relación a las obras que el propio hombre realiza, como
la ciencia, la técnica o la economía; así lo enseñaba S. S. Pío XII: “Todo programa debe
estar inspirado por el principio de que el hombre, como sujeto, custodio y promotor de
los valores humanos está por encima de las cosas, incluso por encima de las
aplicaciones del progreso técnico, y que es, por consiguiente, necesario sobre todo
preservar de una malsana despersonalización las formas fundamentales del orden
social.” (Levate capita 24. [1953] ).
La prioridad ontológica de la persona es, obviamente, también ante la sociedad
pues, como veíamos anteriormente, el hombre es un ser substancial; la sociedad no.
Fue ante el embate de la ideología socialista que niega la prioridad de la persona (pues
para ella es la sociedad la única realidad sujeta de derechos) S.S. Pío XI afirmó
enfáticamente: “Sólo el hombre, la persona humana y no las sociedades, sean las que
sean, está dotado de razón y de voluntad moralmente libre” (Divini Redemptoris 29) .
La Doctrina Social de la Iglesia repite sin cesar la superioridad del hombre sobre
las cosas, las sociedades, la cultura, la política, la economía, etc. Todas esas realidades
están al servicio de las personas y no al revés. “Por su interioridad es el hombre superior
al universo entero” dirá el Concilio Vaticano II (GS 14). Más aún, en el mismo
documento, el Concilio afirmará: “El hombre es en la tierra la única creatura que Dios ha
amado por sí misma.” (GS 24). 8
En la encíclica programática de su Pontificado, Juan Pablo II reflexionaba sobre
esta última idea y decía: “El hombre tal como ha sido <querido> por Dios, tal como El lo
ha <elegido> eternamente, llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es
precisamente <cada> hombre, el hombre <más concreto>, el <más real>; éste es el
hombre, en toda la plenitud del misterio, del cual se ha hecho partícipe en Jesucristo,
misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres
vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de
la madre”. (R.H.14) 9

Algunos textos significativos del Magisterio sobre éste tema

Pío XI. [1937] Divini Redemptoris. 30 y 52:


“Es conforme a la razón y exigencia imperativa de ésta, que, en último término,
todas las cosas de la tierra estén subordinadas como medios a la persona humana, para
que por medio del hombre encuentren todas las cosas su referencia esencial al Creador.
Al hombre, a la persona humana, se aplica lo que el Apóstol de las Gentes escribe a los
corintios sobre el plan divino de la salvación cristiana: Todo es vuestro, y vosotros de
Cristo, y Cristo de Dios (1Cor 3,23).
Así como un organismo viviente no se atiende suficientemente a la totalidad del
organismo si no se da a cada parte y a cada miembro lo que éstos necesitan para ejercer
sus funciones propias, de la misma manera no se puede atender suficientemente a la
constitución equilibrada del organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a
cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres, dotados de la dignidad de
persona, todos los medios que necesitan para cumplir su función social particular. El
cumplimiento, por tanto, de los deberes propios de la justicia social tendrá como efecto
una intensa actividad que, nacida en el seno de la vida económica, madurará en la
tranquilidad del orden y demostrará la entera salud del Estado, de la misma manera que
la salud del cuerpo humano se reconoce externamente en la actividad inalterada y, al
mismo tiempo, plena y fructuosa de todo el organismo.”

Juan XXIII [1963] Pacem in terris, 9-10:


“En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer
como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza
dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo
derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia
naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no
pueden renunciarse por ningún concepto. 10
Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las
verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún
esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo,
hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.”

Juan Pablo II. Discurso a los trabajadores y empresarios. Barcelona,


España. 7 Nov. 1982:
“El hombre es, en cuanto persona, el centro de la creación; porque sólo él ha
sido creado a imagen y semejanza de Dios. Llamado a “dominar la tierra” (Gen. 1, 28)
con la perspicacia de su inteligencia y con la actividad de sus manos, él se convierte en
artífice del trabajo - tanto manual como intelectual - comunicando a su quehacer la
misma dignidad que él tiene. el hombre es, en cuanto persona, el centro de la creación;
porque sólo él ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Llamado a “dominar la
tierra” (Gen. 1, 28) con la perspicacia de su inteligencia y con la actividad de sus manos,
él se convierte en artífice del trabajo - tanto manual como intelectual - comunicando a
su quehacer la misma dignidad que él tiene.”

LA DSI Y EL ORDEN SOCIAL BIEN COMÚN

1. Definiciones de Bien Común.

En este sentido, el Magisterio es reiterativo aunque con un natural proceso de


condensación en las definiciones: Pío XI. [1930] Divini illius Magistri 36: “El bien
común de orden temporal, consiste en una paz y seguridad de las cuales las familias y
cada uno de los individuos puedan disfrutar en el ejercicio de sus derechos, y al mismo
tiempo en la mayor abundancia de bienes espirituales y temporales que sea posible en
esta vida mortal mediante la concorde colaboración activa de todos los ciudadanos” Esta
es una definición muy completa y vale la pena reflexionar casi palabra por palabra. Inicia
con una distinción: el bien común “de orden temporal”. Luego, aunque no lo menciona,
existe otro, que sería de orden espiritual y que tendría otros alcances. El de orden
temporal (que es el que estamos estudiando) se refiere a las sociedades que existen en
un tiempo y lugar determinados. Este bien común “consiste en una paz y seguridad”; es
decir, antes que nada es una “atmósfera” de tranquilidad que debe rodear a la sociedad.
“De las cuales (en la cual) las familias y cada uno de los individuos…”; con esta idea se
deduce que el bien común abarca a todos, sin importar cuál es su edad, sexo, cultura,
posición social o económica. “Puedan disfrutar… en la mayor abundancia de bienes
espirituales y temporales”.
En efecto, las personas requieren de bienes para satisfacer sus necesidades, y
como el hombre es cuerpo y espíritu, requiere de ambos tipos de bienes: no sólo
materiales, no sólo espirituales. “Que sean posibles en esta vida mortal” Estas son
palabras de un gran realismo que nos hablan con los pies sobre la tierra, pues las
circunstancias hacen que no siempre se puedan tener todos los bienes.
“Mediante la concorde colaboración activa de todos los ciudadanos.” Por tanto,
el bien común no es algo que se pueda lograr de manera mágica; únicamente se alcanza
cuando a él contribuyen todos; pero aquí hay un cambio: la palabra “individuos” usada
para señalar a quienes debe abarcar (a todos), se transmuta en “ciudadanos”, porque
quienes tienen que “colaborar activamente” no son los niños ni quienes tienen algún
impedimento notorio (como retraso mental); situaciones estas que no les permite la
calidad de “ciudadanos”. Pío XII [1943] Con sempre, 13: “Toda actividad del Estado,
política y económica, está sometida a la realización permanente del bien común; es
decir, de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de ciudadanos
para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y
religiosa.” Con esta definición, Pío XII precisa el papel del Estado en la construcción del
bien común, papel que como explica el Dr. Palumbo en su “Guía para un estudio
sistemático de la DSI”, no consiste en que el Estado <cause> la perfección o satisfacción
de las necesidades de los particulares, sino que <estructure> las condiciones necesarias
y convenientes, para que éstos puedan desplegar su iniciativa y actividad personal,
logrando así la realización personal de su perfección. (pag. 243) Juan XXIII [1961]
Mater et Magistra. 64-65:
“El progreso de las relaciones sociales puede y, por lo mismo, debe verificarse
de forma que proporcione a los ciudadanos el mayor número de ventajas y evite, o a lo
menos aminore, los inconvenientes. Para dar cima a esta tarea con mayor facilidad, se
requiere, sin embargo, que los gobernantes profesen un sano concepto del bien común.
Este concepto abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los
ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección”. La definición como
tal (muy bien sintetizada) la encontramos en la última frase del párrafo (en cursivas).
Juan XXIII [1963] Pacem in terris. 60: “En 1a época actual se considera que el
bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de 1a
persona humana. De aquí que la misión principal de los hombres de gobierno deba
tender a dos cosas: de un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales
derechos; de otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos
deberes.” En esta otra encíclica, Juan XXIII hace notar la íntima relación que existe entre
el bien común y los “derechos y deberes” de la persona humana; no sólo los derechos
(que todos reclaman), sino también los deberes (que casi nadie menciona). Concilio
Vaticano II [1966) Constitución Gaudium et Spes. 74: “Los hombres, las familias y
los diversos grupos que constituyen la comunidad civil son conscientes de su propia
insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y perciben la necesidad de una
comunidad más amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una
mejor procuración del bien común. Por ello forman comunidad política según tipos
institucionales varios. La comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en
el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad
primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida
social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con
mayor plenitud y facilidad su propia perfección.”
Concilio Vaticano II [1966) Dignitatis humanae 6 : “El bien común de la
sociedad, que es el conjunto de las condiciones de la vida social mediante las cuales
los hombres pueden conseguir con mayor plenitud y facilidad su propia perfección, se
asienta sobre todo en la observancia de los derechos y deberes de la persona humana”
Como podemos ver, en ambos documentos los Padres conciliares usan la misma
definición. La diferencia sólo es que -por el ámbito del tema tratado- en Gaudium et spes
hacen explícito que el bien común incluye, además de los individuos, a las familias y
asociaciones. Juan Pablo II. Discurso al Cuerpo Diplomático. Enero de 1979: “Hay
un bien común de la humanidad en el que están en juego graves intereses que requieren
la acción concertada de los Gobiernos y de todos los hombres de buena voluntad: la
garantía de los derechos humanos, problemas de la alimentación, sanidad, cultura,
cooperación económica internacional, reducción de armamentos, eliminación del
racismo... ¡El bien común de la humanidad! Una "utopía" que el pensamiento cristiano
persigue sin cansarse, y que consiste en la búsqueda incesante de soluciones justas y
humanas, teniendo en cuenta a un tiempo el bien de las personas y el bien de los
Estados, los derechos de cada uno y los derechos de los demás, los intereses
particulares y las necesidades generales.” La novedad que encontramos en este texto
de Juan Pablo II es que hace extensivo el alcance del concepto hasta “el bien común de
la humanidad”.

2. Criterios básicos que determinan el Bien Común


Las definiciones nos permiten comprender qué es y en qué consiste el Bien
Común. Es necesario además, tener en cuenta los criterios para que éste se realice
eficazmente en el seno de las sociedades. Pasemos pues a analizar cuáles son y en
qué consisten esos criterios básicos.

A. Criterio de Totalidad
Este primer criterio lo podemos sintetizar así: El bien común debe abarcar a todo el
hombre. El texto más clarificador de este criterio lo encontramos en el Magisterio de S.S.
Juan XXIII, quien en su encíclica Pacem in terris (1963) dice: “El bien común abarca a
todo el hombre, es decir, tanto las exigencias del cuerpo como las del espíritu. De lo
cual se sigue que los gobernantes deben procurar dicho bien por las vías adecuadas y
escalonadamente, de tal forma que, respetando el recto orden de los valores, ofrezcan
al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu. Todos
estos principios están recogidos con exacta precisión en un pasaje de nuestra encíclica
Mater et magistra, donde establecimos que el bien común abarca todo un conjunto de
condiciones sociales que permitan a los ciudadanos e1 desarrollo expedito y pleno de
su propia perfección. E1 hombre, por tener un cuerpo y un alma inmortal, no puede
satisfacer sus necesidades ni conseguir en esta vida mortal su perfecta felicidad. Esta
es 1a razón de que el bien común deba procurarse por tales vías y con tales medios
que no sólo no pongan obstáculos a la salvación eterna del hombre, sino que, por el
contrario, le ayuden a conseguirla.” (Pacem in terris, 57-59).
En este texto, Juan XXIII nos hace ver la relación que existe entre el bien común
y el destino del hombre. Tal destino no se agota en la temporalidad, pues es un destino
sobrenatural. Pero ese destino se alcanza en esta vida (cabalgamos hacia la eternidad
montados en la temporalidad) y es por ello que el bien común debe establecer
condiciones que “ayuden a conseguirlo”. En relación al Estado, es S.S. Pío XII quien
indica como el criterio de totalidad evita la arbitrariedad y el capricho de los gobernantes
en la determinación del bien común:
“El Estado tiene esta noble misión: reconocer, regular y promover en la vida
nacional las actividades y las iniciativas privadas de los individuos; dirigir
convenientemente estas actividades al bien común, el cual no puede quedar
determinado por el capricho de nadie ni por la exclusiva prosperidad temporal de la
sociedad civil, sino que debe ser definido de acuerdo con la perfección natural del
hombre, a la cual está destinado el Estado por el Creador como medio y como garantía.”
(Pío XII [1939] Summi Pontificatus 45)

B.- Criterio Personalista


Este criterio lo podemos sintetizar así: Es la naturaleza de la Persona humana la
que determina el bien común. El criterio personalista (que vemos reflejado en el texto
anterior de S.S. Pío XII) había sido explicitado por su antecesor S.S. Pío XI cuando tuvo
que salir a denunciar y hacer frente a la doctrina nacional-socialista del Tercer Reich la
cual, como todas las concepciones colectivistas, absorbe y destruye a las personas
concretas so pretexto del “bien de la sociedad” o “bien de las mayorías”. Pío XI escribió
al respecto en 1937:
“En último término, el verdadero bien común se determina y se conoce mediante
la naturaleza del hombre con su armónico equilibrio entre derecho personal y vínculo
social, como también por el fin de la sociedad, determinado por la misma naturaleza
humana. El Creador quiere la sociedad como medio para el pleno desenvolvimiento de
las facultades individuales y sociales, del cual medio tiene que valerse el hombre, ora
dando, ora recibiendo, para el bien propio y el de los demás. Hasta aquellos valores
más universales y más altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad, no
por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin último el hombre, así como
su desarrollo y perfección natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden
conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en peligro la tranquilidad, la
seguridad y la existencia de la misma.” (Mit brennender sorge, 35)
Por su parte S.S. Juan XXIII, en 1963 volvía a insistir en el criterio personalista
para determinar el bien común cuando señalaba:
“Sin duda han de considerarse elementos intrínsecos del bien común las
propiedades características de cada nación; pero estas propiedades no definen en
absoluto de manera completa el bien común. El bien común, en efecto, está íntimamente
ligado a la naturaleza humana. Por ello no se puede mantener su total integridad más
que en el supuesto de que, atendiendo a la íntima naturaleza y efectividad del mismo,
se tenga siempre en cuenta el concepto de la persona humana.” (Pacem in terris, 55)

C.- Criterio de Jerarquía


Este tercer criterio explícito en el Evangelio (“No sólo de pan vive el hombre, sino
de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Mt. 4,4), lo podemos sintetizar así: de las
vertientes material y moral que constituyen el bien común, la moral tiene primacía sobre
la material. Ésta primacía no sólo no excluye la vertiente material, sino que es garantía
de su respeto y promoción. Ya a finales del siglo XIX, en 1891, S.S. León XIII en su
célebre encíclica Rerum Novarum hacía referencia a este criterio cuando explicaba la
relación entre los bienes materiales y las virtudes:
“Y, teniendo que ser el bien común de naturaleza tal que los hombres,
consiguiéndolo, se hagan mejores, debe colocarse principalmente en la virtud. De todos
modos, para la buena constitución de una nación es necesaria también la abundancia
de los bienes del cuerpo y externos, «cuyo uso es necesario para que se actualice el
acto de virtud»” (Rerum Novarum, 25)
Un año después, en 1892, el mismo Pontífice abordaba nuevamente este criterio y
enseñaba:
“Cuando sin renunciar a los deberes y derechos de la sociedad doméstica varias familias
se unen, guiadas por la naturaleza, para constituirse en miembros de otra familia más
extensa, llamada sociedad civil, su fin no es solamente hallar en ésta medios para mejor
proveer a su bienestar material, sino principalmente procurar por medio de ella el
beneficio supremo, que es el perfeccionamiento moral de los ciudadanos.
De lo contrario, la sociedad humana aventajaría muy poco a una reunión de
seres irracionales, cuya existencia total se reduce a la satisfacción de los apetitos
sensitivos. Pero hay más todavía: sin el afán de obtener este perfeccionamiento moral
sería muy difícilmente demostrable que la sociedad civil, en vez de constituir para el
hombre, considerado como tal, una ventaja, no constituiría para él un grave daño.” (Au
Milieu. 5)

D.- Criterio de Mutabilidad


El cuarto criterio se puede expresar sintéticamente de la siguiente forma: Debido
a la libertad de los hombres y a las circunstancias geográficas y culturales de cada
pueblo, en lo que se refiere a sus exigencias concretas el bien común cambia
constantemente. Es en el Magisterio del Concilio Vaticano II donde encontramos una
precisa argumentación sobre este criterio de mutabilidad, aplicado a los temas de la paz
y del bien común, unidos en la definición que ya vimos de S.S. Pío XI (“el bien común
consiste en una paz y seguridad…”).
“La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las
fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud
y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la
sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una
más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige
primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso
del tiempo, está cometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del
todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida
por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo
y vigilancia por parte de la autoridad legítima.” (Gaudium et Spes, 78)

3. Líneas básicas de aplicación del concepto de Bien Común


Las líneas de aplicación del concepto y criterios de bien común son dos: en
primer lugar el campo político, y en segundo lugar el campo socio-económico. A efecto
de una mayor claridad, es conveniente analizarlas por separado, aunque en la práctica
se dan entremezclados.
A. En el campo Político El primer ámbito del bien común en el campo político
es su relación intrínseca con la Autoridad del Estado, con los gobernantes, pues la
finalidad específica, la “razón de ser” del Gobernante, es precisamente el bien común.
Al respecto, S.S. León XIII afirmaba: “Ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe
supremo que mueva a todos y cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al
bien común. Por consiguiente, es necesaria en toda sociedad humana una autoridad
que la dirija. Autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la Naturaleza,
y, por tanto, del mismo Dios, que es su autor. (..) El poder ha de ejercitarse en provecho
de los ciudadanos, porque la única razón legitimadora del poder es precisamente
asegurar el bienestar público. No se puede permitir en modo alguno que la autoridad
civil sirva al interés de uno o de pocos, porque está constituida para el bien común de
la totalidad social.” (León XIII. [1885] Inmortale Dei, 2) Y ante la declinación de las
monarquías y el advenimiento de los regímenes democráticos, el Magisterio de S.S.
León XIII enseñaba que la finalidad de unos u otros seguía siendo el mismo: “Se puede
afirmar igualmente con toda verdad que todas y cada una de las formas de gobierno son
buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser
de la autoridad social” (Au Milieu, 15)
La violenta irrupción del liberalismo en el campo político obligó al mismo Pontífice
a señalar que: “Donde exista ya o donde amenace la existencia de un gobierno que
tenga a la nación oprimida injustamente por la violación o prive por la fuerza a la Iglesia
de la libertad debida, es lícito procurar al Estado otra organización política más
moderada, bajo la cual se pueda obrar libremente. No se pretende, en este caso, una
libertad inmoderada y viciosa; se busca un alivio para el bien común de todos; con ello
únicamente se pretende que donde se concede licencia para el mal no se impida el
derecho de hacer el bien.” (León XIII [1888] Libertas, 31)
Por su parte, Juan XXIII reiteraba en 1963: “La razón de ser de cuantos
gobiernan radica por completo en el bien común. De donde se deduce claramente que
todo gobernante debe buscarlo, respetando la naturaleza del propio bien común y
ajustando al mismo tiempo sus normas jurídicas a la situación real de las
circunstancias.” (Pacem in terris, 54).
En ese mismo documento, en el N° 136, ampliaba el argumento resaltando el
deber del Estado de ser lo suficientemente eficaz en su cometido de lograr el bien
común: “Si se examinan con atención, por una parte, el contenido intrínseco del bien
común, y, por otra, la naturaleza y el ejercicio de la autoridad pública, todos habrán de
reconocer que entre ambos existe una imprescindible conexión. Porque el orden moral,
de la misma manera que exige una autoridad pública para promover el bien común en
la sociedad civil, así también requiere que dicha autoridad pueda lograrlo efectivamente.
De aquí nace que las instituciones civiles -en medio de las cuales la autoridad pública
se desenvuelve, actúa y obtiene su fin- deben poseer una forma y eficacia tales que
puedan alcanzar el bien común por las vías y los procedimientos más adecuados a las
distintas situaciones de la realidad.”
El campo político no se agota en el ejercicio de la Autoridad; ella es la cabeza
del cuerpo social (y no hay cuerpo sin cabeza), pero no es todo el cuerpo. Obviamente
está además el resto del cuerpo, al que podemos llamar “comunidad política”, misma
que nace y justifica su existencia precisamente en el bien común.
Es un texto del Concilio Vaticano II el que mejor explica y fundamenta esta
realidad: “Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad
civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente humana
y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos conjuguen a
diario sus energías en orden a una mejor procuración del bien común. Por ello forman
comunidad política según tipos institucionales varios. La comunidad política nace,
pues, para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido
y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de
aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las
asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección. Pero
son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad política, y
pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes.
A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política,
es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común no
mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral, que
se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno. Es, pues, evidente
que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y,
por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del
régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de
los ciudadanos.
Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en
cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de
los límites del orden moral para procurar el bien común -concebido dinámicamente-
según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer. Es entonces cuando
los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cual se deducen
la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes.” (Vaticano II. [1966]
Gaudium et Spes, 74)
Como hemos visto, la Autoridad tiene la misión de “estructurar” las condiciones
que permitan “a los ciudadanos”, a las familias y a las distintas asociaciones “colaborar
activamente” en la construcción del Bien Común. Pero dicha colaboración se debe
realizar según las capacidades de cada ente social particular. Recordemos que es muy
injusto tratar a lo desigual como igual. Por ello S.S. Juan XXIII en la Pacem in terris
enseñaba:
“Todos los individuos y grupos intermedios tienen el deber de prestar su
colaboración personal al bien común. De donde se sigue la conclusión fundamental de
que todos ellos han de acomodar sus intereses a las necesidades de los demás, y la de
que deben enderezar sus prestaciones en bienes o servicios al fin que los gobernantes
han establecido, según normas de justicia y respetando los procedimientos y límites
fijados para el gobierno. Los gobernantes, por tanto, deben dictar aquellas disposiciones
que, además de su perfección formal jurídica, se ordenen por entero al bien de la
comunidad o puedan conducir a él. La razón de ser de cuantos gobiernan radica por
completo en el bien común.
De donde se deduce claramente que todo gobernante debe buscarlo, respetando
la naturaleza del propio bien común y ajustando al mismo tiempo sus normas jurídicas
a la situación real de las circunstancias.” (N° 53-54) Y un poco más adelante: “Todos los
miembros de la comunidad deben participar en el bien común por razón de su propia
naturaleza, aunque en grados diversos, según las categorías, méritos y condiciones de
cada ciudadano. Por este motivo, los gobernantes han de orientar sus esfuerzos a que
el bien común redunde en provecho de todos, sin preferencia alguna por persona o
grupo social determinado, como lo establece ya nuestro predecesor, de inmortal
memoria, León XIII: No se puede permitir en modo alguno que la autoridad civil sirva el
interés de uno o de pocos, porque está constituida para el bien común de todos. Sin
embargo, razones de justicia y de equidad pueden exigir, a veces, que los hombres de
gobierno tengan especial cuidado de los ciudadanos más débiles, que puedan hallarse
en condiciones de inferioridad, para defender sus propios derechos y asegurar sus
legítimos intereses” (Pacem in terris, 56)
Como salta a la vista, la importancia del bien común es de tal magnitud, que
ninguna persona puede moralmente “escurrir el bulto” para colaborar en el bien común;
mucho menos para un cristiano. Por ello el Concilio Vaticano II afirma categóricamente:
“El campo del apostolado se abre extensamente en el orden nacional e
internacional, en que los laicos, sobre todo, son los dispensadores de la sabiduría
cristiana. En el amor a la patria y en el fiel cumplimiento de los deberes civiles, siéntanse
obligados los católicos a promover el verdadero bien común, y hagan pesar de esta
forma su opinión para que el poder civil se ejerza justamente y las leyes respondan a
los principios morales y al bien común.
Los católicos peritos en los asuntos públicos, y firmes como es debido en la fe y
en la doctrina católica, no rehúsen desempeñar cargos públicos, ya que por ellos, bien
administrados, pueden procurar el bien común y preparar a un tiempo el camino al
Evangelio.” (Apostolicam actuositatem, 14). Y más recientemente, en 1988 S.S. Juan
Pablo II reiteraba con energía: “Si el no comprometerse ha sido siempre algo
inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito
permanecer ocioso” (Christifideles laici)

B. En el campo Económico.
La actividad económica es el otro gran campo de aplicación del concepto del
bien común. Y dada la atmósfera economicista que hoy en día prevalece en el seno de
las sociedades, las enseñanzas del Magisterio sobre la relación economía-bien común
adquieren una extraordinaria actualidad e importancia. Fue S.S. Pío XI quien trazó las
normas fundamentales en esta relación; de su reflexión, surgió el concepto de “justicia
social” como elemento rector en esta relación. Este concepto, que veremos con
detenimiento más adelante, surgió como aportación de la Doctrina Social de la Iglesia
frente a los errores de las ideologías tanto del capitalismo liberal como del colectivismo
marxista, y se debe reconocer la autoría del mismo al Magisterio de ese gran Pontífice.
El primer texto al respecto es de 1931, en el que enseña:
“No toda distribución de bienes y riquezas entre los hombres es idónea para
conseguir, o en absoluto o con la perfección requerida, el fin establecido por Dios. Es
necesario, por ello, que las riquezas, que se van aumentando constantemente merced
al desarrollo económico-social, se distribuyan entre cada una de las personas y clases
de hombres, de modo que quede a salvo esa común utilidad de todos, tan alabada por
León XIII, o, con otras palabras, que se conserve inmune el bien común de toda la
sociedad.
Por consiguiente, no viola menos está ley la clase rica cuando, libre de
preocupación por la abundancia de sus bienes, considera como justo orden de cosas
aquel en que todo va a parar a ella y nada al trabajador; que la viola la clase proletaria
cuando, enardecida por la conculcación de la justicia y dada en exceso a reivindicar
inadecuadamente el único derecho que a ella le parece defendible, el suyo, lo reclama
todo para sí en cuanto fruto de sus manos e impugna y trata de abolir, por ello, sin más
razón que por se tales, el dominio y réditos o beneficios que no se deben al trabajo,
cualquiera que sea el género de éstos y la función que desempeñen en la convivencia
humana.
Y no deben pasarse por alto que a este propósito algunos apelan torpe e
infundadamente al Apóstol, que decía: Si alguno no quiere trabajar, que no coma (2Tes
3, 10); pues el Apóstol se refiere en esa frase a quienes, pudiendo y debiendo trabajar,
no lo hacen, y nos exhorta a que aprovechemos diligentemente el tiempo, así como las
energías del cuerpo y del espíritu, para nos ser gravosos a los demás, pudiendo
valernos por nosotros mismos. Pero el Apóstol no enseña en modo alguno que el único
título que da derecho a alimento o a rentas sea el trabajo (Ibíd., 3,8-10).
A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los
bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste
a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve
cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos
pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados.”
(Quadragesimo anno, 57-58)
“Las instituciones públicas deben conformar toda la sociedad humana a las
exigencias del bien común, o sea, a la norma de la justicia social, con lo cual ese
importantísimo sector de la vida social que es la economía no podrá menos de
encuadrarse dentro de un orden recto y sano.” (Quadragesimo anno, 110).
Posteriormente, en su encíclica sobre el comunismo publicada en1937
explicaba: “Y es precisamente propio de la justicia social exigir de los individuos todo lo
que es necesario para el bien común. Ahora bien: así como
un organismo viviente no se atiende suficientemente a la totalidad del organismo si no
se da a cada parte y a cada miembro lo que éstos necesitan para ejercer sus funciones
propias, de la misma manera no se puede atender suficientemente a la constitución
equilibrada del organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte
y a cada miembro, es decir, a los hombres, dotados de la dignidad de persona, todos
los medios que necesitan para cumplir su función social particular.
El cumplimiento, por tanto, de los deberes propios de la justicia social tendrá
como efecto una intensa actividad que, nacida en el seno de la vida económica,
madurará en la tranquilidad del orden y demostrará la entera salud del Estado, de la
misma manera que la salud del cuerpo humano se reconoce externamente en la
actividad inalterada y, al mismo tiempo, plena y fructuosa de todo el organismo.” (Pío
XI. Divini Redemptoris, 52) Después de la segunda guerra mundial, el tema de la
economía en su relación con el bien común fue nuevamente abordado por el Magisterio
de S.S. Juan XXIII, especialmente en su encíclica “Mater et Magistra”, precisando el
papel del Estado en este campo, sí como los límites que éste tiene en el.
“Por lo que toca al Estado, cuyo fin es proveer al bien común en el orden
temporal, no puede en modo alguno permanecer al margen de las actividades
económicas de los ciudadanos, sino que, por el contrario, la de intervenir a tiempo,
primero, para que aquéllos contribuyan a producir la abundancia de bienes materiales,
«cuyo uso es necesario para el ejercicio de la virtud» (Santo Tomás de Aquino, De
regimine principum, I, 15), y, segundo, para tutelar los derechos de todos los
ciudadanos, sobre todo de los más débiles, cuales son los trabajadores, las mujeres y
los niños. Por otra parte, el Estado nunca puede eximirse de la responsabilidad que le
incumbe de mejorar con todo empeño las condiciones de vida de los trabajadores.
Además, constituye una obligación del Estado vigilar que los contratos de trabajo
se regulen de acuerdo con la justicia y la equidad, y que, al mismo tiempo, en los
ambientes laborales no sufra mengua, ni en el cuerpo ni en el espíritu, la dignidad de la
persona humana. A este respecto, en la encíclica de León XIII se exponen las bases
fundamentales del orden justo y verdadero de la convivencia humana, que han servido
para estructura, de una u otra manera, la legislación social de los Estados en la época
contemporánea, bases que, como ya observaba Pío XI, nuestro predecesor de inmortal
memoria, en la encíclica Quadragesimo anno, han contribuido no poco al nacimiento y
desarrollo de una nueva disciplina jurídica, el llamado derecho laboral.
Se afirma, por otra parte, en la misma encíclica que los trabajadores tienen el
derecho natural no sólo de formar asociaciones propias o mixtas de obreros y patronos,
con la estructura que consideren más adecuada al carácter de su profesión, sino,
además, para moverse sin obstáculo alguno, libremente y por propia iniciativa, en el
seno de dichas asociaciones, según lo exijan sus intereses. Por último, trabajadores y
empresarios deben regular sus relaciones mutuas inspirándose en los principios de
solidaridad humana y cristiana fraternidad, ya qué tanto la libre competencia ilimitada
que el liberalismo propugna como la lucha de clases que el marxismo predica son
totalmente contrarias a la naturaleza humana y a la concepción cristiana de la vida.
He aquí, venerables hermanos, los principios fundamentales que deben servir
de base a un sano orden económico y social.” (Mater et Magistra, 20-24) En ese mismo
documento, fija también los criterios para establecer un salario justo; criterios que son
un límite al mercado, pues tampoco corresponde a éste determinar las relaciones entre
los seres humanos.
“Juzgamos deber nuestro advertir una vez más que, así como no es lícito
abandonar completamente la determinación del salario a la libre competencia del
mercado, así tampoco es lícito que su fijación quede al arbitrio de los poderosos, sino
que en esta materia deben guardarse a toda costa las normas de la justicia y de la
equidad.
Esto exige que los trabajadores cobren un salario cuyo importe les permita
mantener un nivel de vida verdaderamente humano y hacer frente con dignidad a sus
obligaciones familiares. Pero es necesario, además, que al determinar la remuneración
justa del trabajo se tengan en cuenta los siguientes puntos: primero, la efectiva
aportación de cada trabajador a la producción económica; segundo, la situación
financiera de la empresa en que se trabaja; tercero, las exigencias del bien común de la
respectiva comunidad política, principalmente en orden a obtener el máximo empleo de
la mano de obra en toda la nación; y, por último, las exigencias del bien común universal,
o sea de las comunidades internacionales, diferentes entre sí en cuanto a su extensión
y a los recursos naturales de que disponen” (Mater et Magistra, 71)

Conclusión
Sin perder de vista la prioridad ontológica de la persona, el Bien Común –causa
final del orden social- debe ser visto como una realidad a la que el hombre debe
subordinarse porque dicho bien no es algo externo y ajeno a la persona, sino algo a la
que todos estamos ligados desde dentro de nosotros mismos, desde nuestra naturaleza
social (no gregaria). Dicha subordinación no humilla ni envilece al hombre; por el
contrario, lo enaltece y eleva.
La persona humana, el bien común y el destino trascendente del hombre forman
pues la trilogía fundamental del Orden Social. El conocimiento de lo que entraña esta
trilogía debe conllevar a la aceptación del compromiso de vivir tomando en cuenta el
bien de los demás. Qué fácil es decirlo, pero qué difícil es realizarlo. No obstante, esta
prescripción es verdaderamente fundamental.

LOS PRINCIPIOS DE SOLIDARIDAD Y SUBSIDIARIEDAD


La sociedad no es un ser substancial; sin embargo es una realidad fundamental
para que los seres humanos puedan realizarse como tales. La sociedad es pues una
“realidad de orden”, es decir, una realidad que surge de las relaciones entre los seres
humanos. Y para que esas relaciones sean <sociales> (y no antisociales), además de
tener sentido de Bien Común, deben estructurarse en razón de dos principios que son
como el “cemento” que da cohesión y estructura a la sociedad. Esos dos principios son
el principio de solidaridad y el principio de subsidiariedad. La “estructura” que
ellos proporcionan a la sociedad podemos representarla con dos flechas cruzadas: una
horizontal y en ambos sentidos, para el principio de solidaridad, y una vertical y sólo de
arriba hacia abajo para el de subsidiariedad. La razón de representarlos así es por el
sentido de la acción que cada uno debe de tener.
Esta gráfica nos permite ver que la solidaridad es un principio que actúa entre
iguales (de una persona a otra persona, de una institución a otra, de una ciudad a otra,
de una nación a otra nación). Mientras que la subsidiariedad actúa sólo de una instancia
superior a una inferior. Desde esta gráfica nos será más sencillo evitar confusiones
conceptuales y metodológicas, y comprender y diferenciar ambos principios, así como
la estrecha relación entre ellos y el bien común. Pasemos ahora a explicarlos por
separado.

El Principio de Solidaridad
Ya su etimología (de solidum, sólido, o calidad del cuerpo cuyas moléculas tienen
cohesión entre sí), nos dice cuál es la esencia de la solidaridad: la cohesión entre las
personas que conforman el “cuerpo social”. En efecto, este principio nos dice que sus
raíces están en la naturaleza social del hombre, pues cada ser humano necesita de
otros al grado que durante los primeros años de vida nadie podría siquiera sobrevivir
aislado.
Además la mera sobrevivencia no es suficiente para que el ser humano se
realice; para ello le es indispensable recibir a lo largo de la vida un sinnúmero de ayudas
y bienes materiales, culturales y espirituales que le permitan su desarrollo físico,
intelectual, moral y espiritual. Más aún, para realizarse como persona, requiere de vivir
con otros, es decir, de una con-vivencia impregnada de aceptación, aprecio y respeto.
Por ello podemos afirmar categóricamente que, en el orden natural, la solidaridad es
exigida primero que nada por la no autosuficiencia del ser humano.
Sin embargo la solidaridad es algo que va mucho más allá de su mera exigencia
natural. ¿Por qué debemos ser solidarios con los demás? ¿Cuál es realmente la causa
profunda que nos empuja naturalmente a ayudar a los demás y compartir con ellos lo
que tenemos, pero sobre todo lo que somos? La Iglesia, “experta en humanidad” (Paulo
VI), nos da la respuesta a estas preguntas en su Doctrina Social iluminada por la
Teología: Porque todos los hombres, en cuanto hijos de un mismo Padre, somos
hermanos. Es por ello que podemos decir “Padre nuestro…” 3
Cuando esta Paternidad común es negada, la fraternidad-hermandad- solidaridad, se
transmuta en palabrería hueca y demagógica.
En el inicio de su Pontificado y cuando en Europa empezaban a sonar los
tambores de guerra, Pío XII dedicó varios párrafos de su encíclica programática al tema
de la hermandad entre los hombres de la cual se desprende como consecuencia lógica
el principio de solidaridad. Además de su fundamento natural, la solidaridad encontrará
en Jesucristo su fundamento sobrenatural, pues Él fue solidario con los hombres hasta
la Cruz.
Pío XII explicaba así la unidad del género humano (Nota: las negritas
intercaladas en los textos del Magisterio son mías, no de los originales): “El
Apóstol de las Gentes, como heraldo de esta verdad que hermana a los hombres en
una gran familia, anuncia estas realidades al mundo griego: Sacó [Dios] de un mismo
tronco todo el linaje de los hombres, para que habitase la vasta extensión de la tierra,
fijando el orden de los tiempos y los limites de la habitación de cada pueblo para que
buscasen a Dios (Hech 17, 26-27).
Razón por la cual podemos contemplar con admiración del espíritu al género
humano unificado por la unidad de su origen común en Dios, según aquel texto:
Uno el Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos y habita en todos nosotros (Ef
4,6); por la unidad de naturaleza, que consta de cuerpo material y de alma espiritual
e inmortal; por la unidad del fin próximo de todos y por la misión común que todos
tienen que realizar en esta vida presente; por la unidad de habitación, la tierra, de
cuyos bienes todos los hombres pueden disfrutar por derecho natural, para sustentarse
y adquirir la propia perfección; por la unidad del fin supremo, Dios mismo, al cual
todos deben tender, y por la unidad de los medios para poder conseguir este supremo
fin.
Y el mismo Apóstol de las Gentes demuestra la unidad de la familia humana
con aquellas razones por medio de las cuales estamos unidos con el Hijo de Dios,
imagen eterna de Dios invisible, en quien todas las cosas han sido creadas (Col 1,16);
e igualmente con la unidad de la redención, que Cristo donó a todos los hombres por
medio de su acerbísima pasión, cuando restableció la destruida amistad originaria con
Dios y se constituyó mediador celestial entre Dios y los hombres: porque uno es Dios y
uno también el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre (1Tim 2,5).
Y para hacer más íntima y firme esta amistad entre Dios y la humanidad, el
Mediador universal de la salvación y de la paz, en el silencio del cenáculo, cuando iba
ya a realizar el sacrificio supremo de sí mismo, pronunció aquellas profundas palabras
que resuenan a través de los siglos, y que a las almas carentes de amor y destrozadas
por el odio muestran los heroísmos más altos de la caridad: Este es mi precepto, que
os améis los unos a los otros, como yo os he amado (Jn 15,12) .
Estos puntos capitales de la verdad revelada constituyen el fundamento y el
vínculo más estrecho de la unidad común de todos los hombres, reforzados por el amor
de Dios y del Redentor divino, de quien todos reciben la salud para la edificación del
cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, al conocimiento pleno
del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto según la medida de la plenitud de Cristo
(cf. Ef 2, 12.13) .
Por lo cual, si consideramos atentamente esta unidad de derecho y de hecho
de toda la humanidad, los ciudadanos de cada Estado no se nos muestran desligados
entre sí, como granos de arena, sino más bien unidos entre sí en un conjunto
orgánicamente ordenado, con relaciones variadas, según la diversidad de los tiempos,
en virtud del impulso y del destino natural y sobrenatural. Y si bien los pueblos van
desarrollando formas más perfectas de civilización y, de acuerdo con las condiciones de
vida y de medio se van diferenciando unos de otros, no por esto deben romper la unidad
de la familia humana, sino más bien enriquecerla con la comunicación mutua de sus
peculiares dotes espirituales y con el recíproco intercambio de bienes, que solamente
puede ser eficaz cuando una viva y ardiente caridad cohesiona fraternalmente a todos
los hijos de un mismo Padre y a todos los hombres redimidos por una misma sangre
divina.” (Pío XII [1939] Summi pontificatus, 29-34) 5
Las dos grandes dimensiones de aplicación de la solidaridad: Nacional e
Internacional
El nacionalismo exacerbado que las ideologías nazi y fascista difundían y
propalaban en esa época, llevó a S.S. Pío XII a aclarar que la solidaridad no se opone
al legítimo amor a la Patria. Así lo enseñó en esa misma encíclica: “La conciencia de
una universal solidaridad fraterna, que la doctrina cristiana despierta y favorece, no se
opone al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria, ni prohíbe el fomento de
una creciente prosperidad y la legítima producción de los bienes necesarios, porque la
misma doctrina nos enseña que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido
por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y se debe ayudar
preferentemente a aquellos que están unidos a nosotros con especiales vínculos. El
divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial
amor a su tierra y a su patria y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la
Ciudad Santa. Pero el amor a la propia patria, que con razón debe ser fomentado,
no debe impedir, no debe ser obstáculo al precepto cristiano de la caridad
universal, precepto que coloca igualmente a todos los demás y su personal prosperidad
en la luz pacificadora del amor.” ( Summi pontificatus, 37)
En la esfera nacional, la solidaridad exige que desaparezcan las
desproporciones irritantes que, como resultado del predominio de las ideologías de corte
economicistas, cada día se acentúan más al interior de las naciones. Poco después de
finalizada la segunda guerra mundial, el mismo Pío XII señalaba: “Invitamos a construir
la sociedad sobre la base de esta solidaridad y no sobre sistemas vanos e inestables.
Dicha solidaridad requiere que desparezcan las desproporciones estridentes e irritantes
en el tenor de la vida de los diversos grupos de un mismo pueblo” (Levate capita 25
[1953] )
Cuando se prescinde de la caridad cristiana y del Padre Común, la convivencia
entre los hombres fácilmente se convierte en una jungla, aunque se invoquen las
excelencias de la naturaleza humana. Tal fue el caso de la Revolución francesa que
inauguró la “época del terror” eliminando a cientos de miles de personas bajo el lema
“libertad, igualdad, fraternidad”. Los efectos de dicha revolución no se quedaron
encerrados en esa “época del terror”, sino que se transmitieron a casi todas las latitudes,
generando, entre otras, las prácticas del “capitalismo salvaje”. Los estados totalitarios
son también fruto del olvido de la solidaridad, y por ello han envuelto a las sociedades
en una espesa red de odio y lucha.
Como señalaba en la introducción de este módulo, la solidaridad es un principio
que actúa entre entidades iguales, empezando por la relación de persona a persona. Es
lo que señala el segundo mandamiento del Decálogo: “amaras a tu prójimo”. Y como las
ondas concéntricas en el agua de un estanque, la solidaridad debe “saltar” desde este
primerísimo nivel a las demás realidades sociales: las familias, las instituciones, las
poblaciones, las naciones, hasta alcanzar una solidaridad internacional.
Al iniciar el presente siglo y milenio, en su alocución al Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede, S.S. Juan Pablo II hacia referencia a esta idea y
recalcaba la necesidad imperante de alcanzar una “globalización de la solidaridad” :
“La globalización, que ha transformado profundamente los sistemas económicos
creando posibilidades de crecimiento inesperadas, ha hecho también que muchos se
hayan quedado al borde del camino: el desempleo en los países más desarrollados y la
miseria en una gran parte de los países del hemisferio sur siguen manteniendo a
millones de mujeres y hombres al margen del progreso y del bienestar. Por esto me
parece que el siglo que comienza deberá ser el de la solidaridad.
Hoy lo sabemos mejor que ayer: no estaremos nunca felices y en paz los unos
sin los otros, y aún menos, los unos contra los otros. Las operaciones humanitarias con
ocasión de conflictos o de catástrofes naturales recientes han suscitado loables
iniciativas de voluntariado que revelan un fuerte sentido de altruismo, especialmente en
las jóvenes generaciones. El fenómeno de la globalización hace que el papel de los
Estados haya cambiado un poco: el ciudadano se ha hecho cada vez más activo y el
principio de subsidiariedad ha contribuido, sin duda, a equilibrar las fuerzas vivas de la
sociedad civil; el ciudadano ha pasado a ser en gran parte "socio" del proyecto común.
Esto quiere decir, me parece, que el hombre del siglo XXI estará llamado a
desarrollar el sentido de su responsabilidad. En primer lugar su responsabilidad
personal, cultivando el sentido del deber y del trabajo realizado honestamente: la
corrupción, el crimen organizado o la pasividad nunca pueden conducir a una verdadera
y sana democracia. Pero a esto se debe añadir igualmente el sentido de la
responsabilidad hacia el otro: saber preocuparse por el más pobre, participar en las
estructuras de ayuda tanto en el trabajo como en el sector social, ser respetuoso con la
naturaleza y el medio ambiente, son también imperativos necesarios con vistas a un
mundo donde se pueda convivir mejor. ¡Nunca más unos separados de los otros! ¡Nunca
más unos contra los otros! ¡Todos juntos solidarios bajo la mirada de Dios!” (Juan Pablo
II. Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 3-4. 9 de enero de
2000)
La Doctrina Social de la Iglesia ha ido explicitando los alcances del principio de
solidaridad conforme las cambiantes circunstancias de la convivencia social lo han ido
requiriendo. Así, en un escenario de creciente interdependencia entre los pueblos, el
Magisterio social de S.S. Juan XXIII abordó principalmente el tema de las relaciones
entre las naciones, especialmente entre los pueblos económicamente poderosos y las
naciones cuyo desarrollo económico se encuentra en condiciones de notorio retraso.
“La solidaridad social que hoy día agrupa a todos los hombres en una única y
sola familia impone a las naciones que disfrutan de abundante riqueza económica la
obligación de no permanecer indiferentes ante los países cuyos miembros, oprimidos
por innumerables dificultades interiores, se ven extenuados por la miseria y el hambre y
no disfrutan, como es debido, de los derechos fundamentales del hombre. Esta
obligación se ve aumentada por el hecho de que, dada la interdependencia progresiva
que actualmente sienten los pueblos, no es ya posible que reine entre ellos una paz
duradera y fecunda si las diferencias económicas y sociales entre ellos resultan
excesivas.” ( Juan XXIII [1961] Mater et Magistra, 157)
El deber de hacer de la solidaridad la pauta que de a las relaciones un rostro
verdaderamente humano atañe a todos, pero especialmente a los cristianos, que
tenemos la obligación de actuar siempre y en toda circunstancia de manera solidaria.
Sobre este punto, el Concilio Vaticano II dejó la siguiente enseñanza: “Entre las
características de nuestro tiempo hay que contar, especialmente, con el creciente e
inevitable sentimiento de solidaridad de todos los pueblos: el promoverlo solícitamente
y convertirlo en sincero y verdadero afecto de fraternidad es deber del apostolado de los
laicos. Los laicos, además, deben conocer el nuevo campo internacional y los problemas
y soluciones ya doctrinales, ya prácticas que en él se originan, sobre todo respecto a los
pueblos en vías de desarrollo. Piensen todos los que trabajan en naciones extrañas, o
les ayudan, que las relaciones entre los pueblos deben ser una comunicación fraterna,
en que ambas partes dan y reciben. Y los que viajan por motivos de obras
internacionales, o de negocios, o de descanso, no olviden que son en todas partes
también heraldos viajeros de Cristo, y han de portarse como tales con toda verdad.”
(Concilio Vaticano II. Apostolicam actuositatem, 14)
El “salto” de la solidaridad personal a la solidaridad nacional y desde ésta a la
internacional, es singularmente explícito y claro en el siguiente texto de S.S. Paulo VI,
en el cual, además, señala el deber de ser eficaces y eficientes en materia económica
como una obligación impuesta por la solidaridad:
“El deber de solidaridad de las personas es también de los pueblos. «Los
pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de ayudar a los países en vías
de desarrollo». Se debe poner en práctica esta enseñanza conciliar. Si es normal que
una población sea el primer beneficiario de los dones otorgados por la Providencia como
fruto de su trabajo, no puede ningún pueblo, sin embargo, pretender reservar sus
riquezas para su uso exclusivo. Cada pueblo debe producir más y mejor a la vez para
dar a sus súbditos un nivel de vida verdaderamente humano y para contribuir también
al desarrollo solidario de la humanidad. Ante la creciente indigencia de los países
subdesarrollados, se debe considerar como normal el que un país desarrollado
consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de aquellos;
igualmente normal que forme educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su
ciencia y su competencia al servicio de ellos.” (Paulo VI. [1967] Populorum progressio,
48)
La puesta en práctica del principio de solidaridad conlleva una gran repercusión
en todos los ámbitos de la convivencia y en cualquier nivel. La armonía resultante de
una convivencia solidaria se traduce en ambientes de paz, de justicia, de desarrollo,
pero sobre todo, generan una atmósfera social auténticamente humana. S. S. Juan
Pablo II afirmaba al respecto:
“La solidaridad que proponemos es un camino hacia la paz y hacia el
desarrollo. En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no se logra reconocer, por
parte de los responsables, que la interdependencia exige de por sí la superación de la
política de los bloques, la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o
político, y la transformación de la mutua desconfianza en colaboración. Este es,
precisamente, el acto propio de la solidaridad entre los individuos y entre las Naciones.”
(Juan Pablo II. [1987] Sollicitudo rei socialis, 39)

El Principio de Subsidiariedad
Antes de abordar este tema debemos hacer una precisión de orden gramatical: según
el Diccionario de la Academia de la Lengua, la palabra subsidiariedad debe escribirse
en forma diptongada (ie) y no “subsidiaridad”, que es lo propio en la lengua francesa
más no en la gramática castellana.
De su etimología (de Subsidium, ayuda) podemos deducir la esencia de la
subsidiariedad: ayudar. Pero la ayuda que implica no es un mero “echar alpiste a los
pájaros”, sino una ayuda inteligente y justa; es decir, una ayuda diferenciada.
La subsidiariedad corresponde a la esencia natural propia de toda asociación de
hombres, y es desde esa experiencia de donde el Magisterio de la Iglesia
(concretamente el Magisterio de S.S. Pío XI) dedujo el principio, el cual es reconocido
universalmente como nota peculiar de la Doctrina Social de la Iglesia y uno de sus
conceptos capitales. El principio de subsidiariedad puede ser estudiado desde niveles
sociológicos, económicos y políticos, pero su “sede propia” es el de la filosofía social.
Antes de analizar los textos del Magisterio, veamos un sencillo ejemplo de acción
subsidiaria que podemos encontrar en la vida cotidiana de cualquier familia, que como
“célula” de la sociedad, aplica el principio de manera natural aunque no conozca su
definición filosófica. Si una madre de familia tiene varios hijos, espontáneamente les da
a cada uno una ayuda específica y diferenciada: al recién nacido le da de comer en la
boca, pero no al que tiene seis años; a este último sólo le prepara la comida. Por las
tardes se sienta con el hijo que asiste a la escuela primaria para ayudarle a realizar sus
deberes escolares, pero no con el hijo que cursa estudios universitarios; a este solo lo
despierta para que llegue temprano a su primera clase, y, ¡desde luego! Nunca le dará
ya de comer en la boca… excepto si llegara a sufrir un accidente en el que, por ejemplo,
le tuvieran que inmovilizar ambos brazos. Pero aún en este caso, lo haría únicamente
durante el tiempo que el joven estuviera en esas condiciones; es decir, sería una ayuda
supletoria y provisional.
Como ya explicamos, el principio de subsidiariedad actúa sólo y exclusivamente
de una “entidad superior” hacia una “entidad inferior”. En este ejemplo la madre es la
entidad superior y los hijos la inferior; la madre es “superior” en razón de su mayor edad,
experiencia y capacidad para solucionar necesidades y problemas. Y 11
del ejemplo podemos también deducir los cinco verbos que están como “encerrados”
dentro del principio de subsidiariedad.
El primer verbo es obviamente ayudar, como dice su etimología; ayudar a todos
los hijos. El segundo es suplir, lo que los hijos no pueden hacer. El tercero es respetar
porque se debe dejar hacer a los hijos lo que ellos pueden hacer por sí solos. El cuarto,
complementar aquello que ya hacen pero no del todo; y el quinto, promover, porque
la finalidad de la ayuda subsidiaria es que el inferior crezca y se desarrolle.
En el ejemplo podríamos también poner algunas “ayudas” que serían contrarias
a la subsidiariedad: si cuando el bebé pudiera ya llevarse por sí solo la comida a la boca
y la madre no se lo permitiera “porque hace un tiradero a su alrededor”; si en lugar de
supervisar al niño para que éste realice sus deberes escolares, ella le hace la tarea
mientras el niño ve la televisión, etc.
Desde la familia hasta la comunidad política, el principio de subsidiariedad tiene
aplicación directa para guiar la conducta de las “entidades superiores” en relación a las
“inferiores”, evitando los dos grandes peligros que tiene el ejercicio de la autoridad: el
paternalismo, por un lado, y el totalitarismo por el otro. Ahora bien, para que la
actuación de “los superiores” sea verdaderamente subsidiaria ésta debe realizarse bajo
condiciones muy precisas:
Que exista una necesidad real, no ficticia o prefabricada
Que los miembros inferiores no puedan satisfacer aquella necesidad por sí solos
Que la ayuda sea de la misma naturaleza de la necesidad a satisfacer
Que la ayuda sea proporcional a la necesidad, interviniendo sólo en el grado que sea
preciso
Que tan pronto puedan las entidades inferiores superar por sí mismas la necesidad
originaria, cese la intervención de la entidad superior

Definición del Principio de Subsidiariedad


Aunque con toda razón y justicia se atribuye a S.S. Pío XI la definición explícita
del concepto, su contenido tiene una antiquísima tradición cristiana. Ya Tomás de
Aquino toca el tema aunque sin emplear la palabra “subsidiariedad” cuando,
comentando a Aristóteles, dice que la exagerada unificación y uniformidad amenaza la
existencia de la sociedad “compuesta por muchas estructuras”, exactamente lo mismo
“que desaparecen la sinfonía y armonía de las voces cuando todos cantan el mismo
tono” (In. Pol., II,5)
El texto en el cual S.S. Pío XI definió e hizo explícito el principio de
subsidiariedad, lo encontramos en los números 79 y 80 de su encíclica “Quadragesimo
anno”: “Por el cambio operado en las condiciones sociales, muchas cosas que en otros
tiempos podían realizar incluso las asociaciones pequeñas, hoy son posibles sólo a las
grandes corporaciones, sigue, no obstante, en pie y firme en la filosofía social aquel
gravísimo principio inamovible e inmutable: como no se puede quitar a los individuos
y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e
industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación
del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden
hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda
acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los
miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos.
Conviene, por tanto, que la suprema autoridad del Estado permita resolver a las
asociaciones inferiores aquellos asuntos y cuidados de menor importancia, en los
cuales, por lo demás perdería mucho tiempo, con lo cual logrará realizar más libre, más
firme y más eficazmente todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto
que sólo él puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso
requiera y la necesidad exija. Por lo tanto, tengan muy presente los gobernantes que,
mientras más vigorosamente reine, salvado este principio de función «subsidiaria», el
orden jerárquico entre las diversas asociaciones, tanto 13
más firme será no sólo la autoridad, sino también la eficiencia social, y tanto más feliz y
próspero el estado de la nación.”
Posteriormente, S.S. Pío XII sintetizó la definición del principio y ratificó la
importancia que reviste para el Orden Social: “Nuestro predecesor de feliz memoria,
Pío XI, en su encíclica sobre el orden social, Quadragesimo anno, deducía de este
mismo pensamiento una conclusión práctica, cuando enunciaba un principio de valor
universal, a saber: que aquello que los individuos particulares pueden hacer por sí
mismos y con sus propias fuerzas no se les debe quitar y entregar a la comunidad;
principio que tiene igual valor cuando se trata de sociedades o agrupaciones menores y
de orden inferior respecto de las mayores y más elevadas. Porque –así proseguía el
sabio Pontífice- toda actividad social es por naturaleza subsidiaria; debe servir de
sostén a los miembros del cuerpo social y no destruirlos y absorberlos. Palabras
de verdad luminosas, aplicables a la vida social en todos sus grados y también a la vida
de la Iglesia, sin perjuicio de su estructura jerárquica.” (Pío XII [1946] La elevatezza, 9)
Teniendo presente que el Magisterio social de S.S. Juan XXIII se enfocó
principalmente a señalar el “deber ser” de las relaciones entre gobernantes y
gobernados, tanto en el ámbito interno de las naciones como el ámbito internacional,
encontramos que el principio de subsidiariedad es abordado en sus enseñanzas
precisamente en las dimensiones nacional y mundial. Al respecto transcribo tres textos
de gran importancia:
“Esta acción del Estado, que fomenta, estimula, ordena, suple y completa, está
fundamentada en el principio de la función subsidiaria (cf. Acta Apostolicae Sedis 23
(1931) p. 203), formulado por Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno.” (Juan XXIII.
[1961] Mater et Magistra, 53)
“Nuestra época registra una progresiva ampliación de la propiedad del
Estado y de las demás instituciones públicas. La causa de esta ampliación hay que
buscarla en que el bien común exige hoy de la autoridad pública el cumplimiento de una
serie creciente de funciones. Sin embargo, también en esta materia ha de observarse
íntegramente el principio de la función subsidiaria, ya antes mencionado, según el
cual la ampliación de la propiedad del Estado y de las demás instituciones públicas sólo
es lícita cuando la exige una manifiesta y objetiva necesidad del bien común y se excluye
el peligro de que la propiedad privada se reduzca en exceso, o, lo que sería aún peor,
se la suprima completamente.” (Mater et Magistra, 117)
“Así como en cada Estado es preciso que las relaciones que median entre la
autoridad pública y los ciudadanos, las familias y los grupos intermedios, se
regulen y gobiernen por el principio de la acción subsidiaria, es justo que las
relaciones entre la autoridad pública mundial y las autoridades públicas de cada
nación se regulen y rijan por el mismo principio. Esto significa que la misión propia
de esta autoridad mundial es examinar y resolver los problemas relacionados con el
bien común universal en el orden económico, social, político o cultural, ya que estos
problemas, por su extrema gravedad, amplitud extraordinaria y urgencia inmediata,
presentan dificultades superiores a las que pueden resolver satisfactoriamente los
gobernantes de cada nación. Es decir, no corresponde a esta autoridad mundial
limitar la esfera de acción o invadir la competencia propia de la autoridad pública
de cada Estado. Por el contrario, la autoridad mundial debe procurar que en todo el
mundo se cree un ambiente dentro del cual no sólo los poderes públicos de cada nación,
sino también los individuos y los grupos intermedios, puedan con mayor seguridad
realizar sus funciones, cumplir sus deberes y defender sus derechos.” (Pacem in terris,
140-141)
El Magisterio social de S.S. Juan Pablo II, en múltiples ocasiones hizo referencia
explícita a la importancia del principio de subsidiariedad para que las relaciones sociales
sean verdaderamente humanas y estén al servicio de las personas:
“Como presupuesto doctrinal, me limitaré a recordar un postulado bien conocido
de la enseñanza de la Iglesia en materia social: la relación de subsidiaridad. El Estado
no debe suplantar la iniciativa y la responsabilidad que los individuos y los grupos
sociales menores son capaces de asumir en sus respectivos campos; al contrario, debe
favorecer activamente esos ámbitos de libertad; pero, al mismo tiempo, debe ordenar
su desempeño y velar por su adecuada inserción en el bien común.” (Juan Pablo II
[1987] Viaje a Chile. Mensaje a la CEPAL, 5)
“El Estado debe participar directa o indirectamente. Indirectamente y según el
principio de subsidiariedad, creando las condiciones favorables al libre ejercicio de la
actividad económica, encauzada hacia una oferta abundante de oportunidades de
trabajo y de fuentes de riqueza. Directamente y según el principio de solidaridad,
poniendo, en defensa de los más débiles, algunos límites a la autonomía de las partes
que deciden las condiciones de trabajo, y asegurando en todo caso un mínimo vital al
trabajador en paro” ( Juan Pablo II. [1991] Centesimus annus, 15)
“El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de
monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas
incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer
funciones de suplencia en situaciones excepcionales, cuando sectores sociales o
sistemas de empresas, demasiado débiles o en vías de formación, sean inadecuados
para su cometido.
Tales intervenciones de suplencia, justificadas por razones urgentes que atañen
al bien común, en la medida de lo posible deben ser limitadas temporalmente, para no
privar establemente de sus competencias a dichos sectores sociales y sistemas de
empresas y para no ampliar excesivamente el ámbito de intervención estatal de manera
perjudicial para la libertad tanto económica como civil. En los últimos años ha tenido
lugar una vasta ampliación de ese tipo de intervención, que ha llegado a constituir en
cierto modo un Estado de índole nueva: el «Estado del bienestar».
Esta evolución se ha dado en algunos Estados para responder de manera más
adecuada a muchas necesidades y carencias tratando de remediar formas de pobreza
y de privación indignas de la persona humana. No obstante, no han faltado excesos y
abusos que, especialmente en los años más recientes, han provocado duras críticas a
ese Estado del bienestar, calificado como «Estado asistencial». Deficiencias y abusos
del mismo derivan de una inadecuada comprensión de los deberes propios del Estado.
En este ámbito también debe ser respetado el principio de subsidiariedad. Una
estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social
de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla
en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás
componentes sociales, con miras al bien común” (Centesimus annus, 48).

El principio de subsidiariedad en el campo educativo


Los textos anteriores indican claramente que el principio tiene aplicación en
todos los niveles de la vida social (en la familia, en la empresa, en la ciudad, en la nación,
en el mundo) y en todos los ámbitos: económico, social, político. Sin embargo, el
Concilio Vaticano II puso de manifiesto la importancia que la subsidiariedad tiene en
materia educativa y escolar, pues el Estado no puede cruzarse de brazos en tema tan
importante para el bien común, pero al mismo tiempo debe respetar a las familias y no
absorber el derecho-deber primario y fundamental de la institución familiar: la educación
de los hijos.
Estas orientaciones de la Doctrina Social de la Iglesia adquieren hoy especial
relevancia porque la política educativa que hoy están implementando muchos gobiernos
–entre ellos varios hispanoamericanos- apunta hacia la absorción y destrucción de la
libertad de educación y de los derechos-deberes de los padres de familia.
“El deber de la educación, que compete en primer lugar a la familia, requiere
la colaboración de toda la sociedad. Además, pues, de los derechos de los padres y de
aquellos a quienes ellos les confían parte en la educación (las escuelas), ciertas
obligaciones y derechos corresponden también a la sociedad civil, en cuanto a ella
pertenece disponer todo lo que se requiere para el bien común temporal. Obligación
suya es proveer de varias formas a la educación de la juventud: tutelar los derechos y
obligaciones de los padres y de todos los demás que intervienen en la educación y
colaborar con ellos; conforme al principio del deber subsidiario cuando falta la
iniciativa de los padres y de otras sociedades, atendiendo los deseos de éstos y,
además, creando escuelas e institutos propios, según lo exija el bien común.”
(Gravissimum educationis, 3)
“Es preciso que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho
es el de educar a los hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las escuelas. El
poder público, a quien pertenece proteger y defender la libertad de los ciudadanos,
atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forme
que los padres puedan escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia, las
escuelas para sus hijos.
Por los demás, el Estado debe procurar que a todos los ciudadanos sea
accesible la conveniente participación en la cultura y que se preparen debidamente para
el cumplimiento de sus obligaciones y derechos civiles. Por consiguiente, el mismo
Estado debe proteger el derecho de los niños a una educación escolar conveniente,
vigilar la capacidad de los maestros y la eficacia de los estudios, mirar por la salud de
los alumnos y promover, en general, toda la obra escolar, teniendo en cuenta el principio
de que su función es subsidiario y excluyendo, por tanto, cualquier monopolio de
las escuelas, que se opone a os derechos nativos de la persona humana, al progreso
y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al
pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades.” (Gravissimum educationis, 6)
Como salta a la vista en estos textos, el principio de subsidiariedad no es un
principio anti-estatal, ni siquiera receloso de la autoridad, como en ocasiones lo llegan
a presentar algunos espíritus simplistas y superficiales. En cambio no deja 18
lugar a dudas que la puesta en práctica de este principio constituye un freno eficacísimo
al autoritarismo y al totalitarismo.

El Principio de subsidiariedad en el campo económico global


Una de las notas importantes que caracterizan a las sociedades
contemporáneas es la globalización. Hoy que “todo está en todas partes”, el proceso
globalizador cabalga montado en la economía. Por eso el campo económico adquiere
especial relevancia. Y los principios de subsidiariedad y de solidaridad son clave para
regular justamente las relaciones económicas globales. S.S. Juan Pablo II así lo señala:
“El complejo fenómeno de la globalización es una de las características del
mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro de esta realidad
polifacética, tiene gran importancia el aspecto económico. Con su doctrina social, la
Iglesia ofrece una valiosa contribución a la problemática que presenta la actual
economía globalizada. Su visión moral en esta materia « se apoya en las tres piedras
angulares fundamentales de la dignidad humana, la solidaridad y la
subsidiariedad ». La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios
de la justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que han de ser
capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias del
bien común internacional.
En realidad, «la doctrina social de la Iglesia es la visión moral que intenta
asistir a los gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas para que
configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A través de este
prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren a la deuda externa de las
naciones, a la corrupción política interna y a la discriminación dentro [de la propia nación]
y entre las naciones».
La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración
entre las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura
globalizada de la solidaridad, sino también a colaborar con los medios legítimos en la
reducción de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más
fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de
los valores de las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización.”
(Juan Pablo II. [1999] Ecclesia in América, 55).

Conclusión
El orden social no es producto del capricho o del arbitrio ideológico, como
tampoco lo es de la casualidad. El orden social es producto de la inteligencia; de la
inteligencia que, precisamente por ser inteligente, sabe “leer la realidad” de la sociedad
como medio natural para el hombre pueda y deba servirse en la consecución de su fin.
Por ello es que el orden social parte de la dignidad ontológica de la persona, y busca
como finalidad el bien común, el cual no es una suma de bienes individuales sino un
nuevo valor específico.
Para alcanzar el bien común, la sociedad debe ordenarse bajo los principios de
solidaridad y subsidiariedad los cuales, aunque están íntimamente relacionados no
deben con-fundirse. Que la sociedad debe estar al servicio del hombre y ayudar a los
individuos, es una clara afirmación del principio de solidaridad que acentúa la
vinculación y obligación recíprocas; el reparto y limitación de las competencias respecto
a esa ayuda son objeto del principio de subsidiariedad.

JUSTICIA SOCIAL Y DESIGUALDAD

IGUALDAD, DESIGUALDAD E IGUALITARISMO


Por razones de claridad en la exposición, vamos a invertir los dos términos de
nuestro tema “Justicia Social y desigualdad”, abordado primero el de la desigualdad,
junto a sus correlativos <igualdad> e <igualitarismo>.
Es el origen y destino común de todos y el acceso abierto a todos por la
Redención para la vida de la gracia, lo que constituye y da profundidad y consistencia a
la genuina igualdad básica de todos los seres humanos. León XIII dice al respecto: “El
alma es la que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios, en la que reside aquel
poder mediante el cual se mandó al hombre que dominara sobre las criaturas inferiores
y sometiera a su beneficio a las tierras todas y los mares. «Llenad la tierra y sometedla,
y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se
mueven sobre la tierra». En esto son todos los hombres iguales, y nada hay que
determine diferencias entre los ricos y los pobres, entre los señores y los operarios,
entre los gobernantes y los particulares, «pues uno mismo es el Señor todos»” (Rerum
Novarum, 30)
“En esto son todos los hombres iguales”, es decir, en la dignidad ontológica que
tiene todo hombre por el hecho de haber sido creado como ser humano. Pero como al
lado de esa dignidad ontológica, en cada ser humano necesariamente existen
diferencias (desigualdades) tales como edad, sexo y salud, cada ser humano será
diferente. Más aún, como todos los seres humanos han sido dotados de conciencia y
libertad, cada uno necesariamente usará de esas facultades de manera diferente. Por
eso habrá hombres responsables, honestos, instruídos etc., y hombres irresponsables,
deshonestos, incultos etc. También cada ser humano tiene diferentes vocaciones y
habilidades, y por su libertad y conciencia, cada quien las desarrolla de manera
diferente. “En esto” cada ser humano es naturalmente des-igual.
Por su parte, el igualitarismo es una ideología que, mientras por un lado niega
y reniega del fundamento de la verdadera igualdad, por otro pretende ilusamente
eliminar las diferencias naturales para establecer una falsa igualdad, la cual además de
irreal, necesariamente es atrozmente inhumana y destructora del orden social.
La demagogia revolucionaria, buscando imponer contra-natura el igualitarismo,
ha hecho que el concepto <desigualdad> sea visto como un sinónimo de abuso e
injusticia. Pero lo que da pie a enormes abusos y a las mayores injusticias, es tratar lo
que por naturaleza es desigual como si fuese igual, (tratar a un adulto como un niño, o
a un niño como a un adulto; a una persona sana como a un enfermo, o a un enfermo
como a una persona sana, etc.)
Por otra parte, en cuanto el orden es una “unidad de la pluralidad diversa”, tiene
como condición básica y fundamental las diferencias; es decir, la desigualdad. Si la
realidad fuese absolutamente homogénea, sin diferencias, no podría haber ningún
orden, ni natural, ni social, ni técnico. ¿Podríamos hacer un reloj con solo manecillas
cortas, o únicamente con largas? Desde luego que no; es necesario que una manecilla
sea corta y otra larga, y que estas, a su vez, sean diferentes de la carátula, de los
engranes y de todos los demás componentes.
En el relato sobre la Creación del libro del Génesis, se nos muestra –tras el
lenguaje metafórico- que la sabiduría de Dios creo un mundo en base a diferencias: “Al
principio creó Dios el cielo y la tierra” “y separó la luz de las tinieblas” … “Produzca la
tierra hierba verde …y árboles frutales, que den fruto conforme a su especie”…
“Produzca la tierra animales vivientes en cada género, animales domésticos, reptiles y
bestias salvajes de la tierra según sus especies”… “Creo Dios al hombre a imagen suya;
a imagen de Dios le creó, los creó varón y hembra”. “Y vio Dios que lo hecho era bueno”.
Por tanto, a los ojos de Dios las diferencias son buenas.
Y son las diferencias precisamente lo que el igualitarismo de la demagogia
revolucionaria pretende eliminar. Por ejemplo, con la exaltación que la ideología de
género hace del homosexualismo, se pretende eliminar las diferencias entre hombre y
mujer, o con el ecologismo que busca borrar las diferencias entre el animal y el ser
humano. En la in-diferencia todo vale lo mismo y por tanto nada vale: ni la verdad,
ni el bien, ni la belleza; ni el varón ni la mujer, ni el animal ni el hombre.
La anticultura de la in-diferencia, que más temprano que tarde se trasmuta en
una actitud ante la realidad, llega a todos los rincones y todos los ámbitos, incluyendo
el religioso: da lo mismo ser budista, musulmán, animista o cristiano, pues “todas las
religiones son iguales”. En este sentido son dramáticas las palabras que, al final de su
vida, escribió Jean Paul Sartré en su obra autobiográfica titulada “Las Palabras”: “He
sido conducido a la incredulidad no por los conflictos con los dogmas, sino por la
indiferencia de mis abuelos”. Obviamente la atmósfera anticultural de la in-diferencia
produce personas indiferentes y por tanto profundamente egoístas pero
extraordinariamente manipulables por las ideologías.
Fue el socialismo el primero en promover la anticultura de la in-diferencia en el
ámbito social, y fue la Doctrina Social de la Iglesia la primera en salirle al paso y
denunciar su falacia. En 1891 S.S. León XIII escribía: “Establézcase, por tanto, en primer
lugar, que debe ser respetada la condición humana, que no se puede igualar en la
sociedad civil lo alto con lo bajo. Los socialistas lo pretenden, es verdad, pero todo es
vana tentativa contra la naturaleza de las cosas. Y hay por naturaleza entre los
hombres muchas y grandes diferencias; no son iguales los talentos de todos, ni la
habilidad, ni la salud, ni lo son las fuerzas, y de la inevitable diferencia de estas cosas
brota la diferencia de la fortuna. Todo esto en correlación perfecta con los usos y
necesidades, tanto de los particulares, cuanto de las comunidades, pués para la vida en
común se precisan aptitudes varias, de diversos oficios, al desempeño de los cuales
se sienten impelidos los hombres, más que nada, por la diferente posición social.”
(Rerum novarum, 13)
La geniuina igualdad y la natural desigualdad en su proyección social es
abordada por el mismo León XIII al señalar: “Aplicando la doctrina de su divino
Fundador, (la Iglesia) mantiene con ponderado equilibrio los justos limites en todos los
derechos y prerrogativas de la colectividad social. Y la igualdad que proclama, conserva
intacta la distinción de los varios órdenes sociales, exigidos evidentemente por la
naturaleza.” (Annum Ingressi, 24)
Más recientemente, el Concilio Vaticano II, siguiendo la doctrina anterior,
acentúa la necesidad de proyectar en la realidad social el principio de igualdad
ontológica de todos los hombres en todos los niveles, eliminando las exageradas e
injustas desigualdades económicas así como la esclavitud social y política a la que
conduce el no reconocimeinto de las diferencias. Dice el Concilio:
“La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento
cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen
de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por
Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la
capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma
de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural,
por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y
eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos
fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas
partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente
esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una
educación y a una cultura igual a las que se conceden al hombre.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin
embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social
más humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas
desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos
de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la
dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.
Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al
servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier
esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos
fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada
vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas, aunque es
necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado.” (Gaudium et Spes,
29)

JUSTICIA CONMUTATIVA, LEGAL Y DISTRIBUTIVA


El Derecho Romano definía a la Justicia como el “dar a cada uno lo suyo”, y
Santo Tomás la explicaba como “el modo de conducta según el cual un hombre, movido
por una voluntad constante e inalterable (hábito) da a cada cual su derecho”.
Ya sea como virtud (hábito) o como ente de razón (idea), vemos que en la
esencia de la Justicia tienen que existir -al menos- dos personas: el que da y el que
recibe, y por tanto entre ellos forzosamente se da una relación. Si esa relación “da a
cada uno lo suyo”, será una relación justa; si no lo da, la relación será injusta.
Ahora bien, esas relaciones de justicia se dan de tres maneras según quienes
sean los sujetos. Las relaciones entre particulares constituyen la justicia conmutativa,
la cual está regida por el criterio de igualdad. La relación de los particulares respecto del
Estado conforma la justicia legal (llamada también del Bien Común), misma que debe
ser regida por el criterio de proporcionalidad. Por último tenemos las relaciones del
Estado respecto a los particulares y constituyen la justicia distributiva, que da a cada
ente lo que le es propio siguiendo el principio de subsidiariedad.
Una explicación muy adecuada para ayudarnos a una mejor comprensión de
estas diferencias es la que nos da el Dr. Caturelli hablando sobre la justicia de Dios
como atributo: “Cuando decimos que <Dios es justo>, atribuyéndole la justicia, lo
hacemos a modo de analogía y así como el hombre es distribuidor de cosas humanas…
así también Dios lo es de todo lo que hay de bueno en el universo. Y en este sentido,
Dios nada <recibe> y no es <deudor> de nada ya que es quien dona todo lo bueno que
es el ser; por eso no hay en Dios justicia conmutativa sino solo distributiva en cuanto
da, a cada ente, lo que le es propio, según su grado de dignidad, es decir, según su
grado de participación en el ser.” (La Justicia Cristiana. Verbo, Madrid, N° 227-228, p.10)
JUSTICIA SOCIAL
Será S.S. Pío XI quien, en la encíclica Quadragesimo anno (1931), introduce el
concepto de <justicia social> en la Doctrina Social de la Iglesia, generando desde
entonces una polémica sobre si la justicia <social> es una cuarta especie de justicia o
sólo es una apelación más dinámica de la justicia legal, o bien de la distributiva.
El Dr. Palumbo en su “Guía para un estudio sistemático de la DSI” dice con gran
tino: “Nuestra opinión adhiere a la corriente que interpreta que la justicia social es la
legal de Santo Tomás, entendida en sentido amplio de <general> o del bien común. Los
sujetos obligados son todos los miembros de la sociedad, incluídos los gobernantes, en
su función arquitectónica (Santo Tomás), los diversos grupos sociales y los individuos.
La razón científica es muy sencilla e irrebatible: el objeto propio atrubuído por los
documentos pontificios a la justicia social, se identifica con el objeto propio de la justicia
legal o general, denominada del bien común; luego no hay posibilidad de distinción.
Puede, por razones prácticas, usarse el término de Justicia Social, como más dinámico
y englobante de las responsabilidades de todo el cuerpo social respecto de los más
necesitados y rezagados en la participación del bien común.” (Pag. 91).
Veamos ahora los principales textos del Magisterio que explican la Justicia
Social, empezando por los de S.S. Pío XI :
“No toda distribución de bienes y riquezas entre los hombres es idónea para
conseguir, o en absoluto o con la perfección requerida, el fin establecido por Dios. Es
necesario, por ello, que las riquezas, que se van aumentando constantemente merced
al desarrollo económico-social, se distribuyan entre cada una de las personas y clases
de hombres, de modo que quede a salvo esa común utilidad de todos, tan alabada por
León XIII, o, con otras palabras, que se conserve inmune el bien común de toda la
sociedad.
Por consiguiente, no viola menos está ley la clase rica cuando, libre de
preocupación por la abundancia de sus bienes, considera como justo orden de cosas
aquel en que todo va a parar a ella y nada al trabajador; que la viola la clase proletaria
cuando, enardecida por la conculcación de la justicia y dada en exceso a reivindicar
inadecuadamente el único derecho que a ella le parece defendible, el suyo, lo reclama
todo para sí en cuanto fruto de sus manos e impugna y trata de abolir, por ello, sin más
razón que por se tales, el dominio y réditos o beneficios que no se deben al trabajo,
cualquiera que sea el género de éstos y la función que desempeñen en la convivencia
humana.
Y no deben pasarse por alto que a este propósito algunos apelan torpe e
infundadamente al Apóstol, que decía: Si alguno no quiere trabajar, que no coma (2Tes
3, 10); pues el Apóstol se refiere en esa frase a quienes, pudiendo y debiendo trabajar,
no lo hacen, y nos exhorta a que aprovechemos diligentemente el tiempo, así como las
energías del cuerpo y del espíritu, para nos ser gravosos a los demás, pudiendo
valernos por nosotros mismos. Pero el Apóstol no enseña en modo alguno que el único
título que da derecho a alimento o a rentas sea el trabajo (Ibíd., 3,8-10).
A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los
bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste
a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata
ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos
pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados.” (Pío
XI [1931] Quadragesimo anno, 57-58)
Posteriormente, el mismo Pío XI en su encíclica sobre el comunismo vuelve a
retomar el tema de la importancia de la justicia social para que el orden social sea
verdaderamente justo y humano:
“Es un hecho cierto que, al lado de la justicia conmutativa, hay que afirmar
la existencia de la justicia social, que impone deberes específicos a los que ni los
patronos ni los obreros pueden sustraerse. Y es precisamente propio de la justicia
social exigir de los individuos todo lo que es necesario para el bien común. Ahora
bien: así como un organismo viviente no se atiende suficientemente a la totalidad del
organismo si no se da a cada parte y a cada miembro lo que éstos necesitan para ejercer
sus funciones propias, de la misma manera no se puede atender suficientemente a la
constitución equilibrada del organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a
cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres, dotados de la dignidad de
persona, todos los medios que necesitan para cumplir su función social particular.
El cumplimiento, por tanto, de los deberes propios de la justicia social
tendrá como efecto una intensa actividad que, nacida en el seno de la vida
económica, madurará en la tranquilidad del orden y demostrará la entera salud del
Estado, de la misma manera que la salud del cuerpo humano se reconoce
externamente en la actividad inalterada y, al mismo tiempo, plena y fructuosa de todo el
organismo.”( Pío XI. [1937] Divini Redemptoris, 52)
Siendo pues la justicia social principio rector de todo orden económico, el
magisterio social de S.S. Juan XXIII que destacó de gran manera el tema del desarrollo,
señalará la íntima conexión entre este y la justicia social:
“Dado que en nuestra época las economías nacionales evolucionan rápidamente, y con
ritmo aún más acentuado después de la segunda guerra mundial, consideramos
oportuno llamar la atención de todos sobre un precepto gravísimo de la justicia
social, a saber: que el desarrollo económico y el progreso social deben ir juntos y
acomodarse mutuamente, de forma que todas las categorías sociales tengan
participación adecuada en el aumento de la riqueza de la nación.
En orden a lo cual hay que vigilar y procurar, por todos los medios posibles, que
las discrepancias que existen entre las clases sociales por la desigualdad de la riqueza
no aumenten, sino que, por el contrario, se atenúen lo más posible.” (Juan XXIII. [1961]
Mater et Magistra, 73)
A efecto de dimensionar adecuadamente el objeto y alcance de la justicia social,
conviene ahora hacernos una pregunta: ¿es sólo el campo económico donde debe
operar la justicia social, o tiene aplicación en otros? La respuesta es sencilla: Si el bien
común (objeto de la justicia social) no se reduce ni agota en la economía, pues abarca
también la vida familiar, cultural, política y religiosa, entonces tampoco se puede limitar
la justicia social al campo económico. Todo lo que los documentos del Magisterio dicen
sobre la economía puede y debe aplicarse a los campos social, político, cultural y
religioso. Así podemos afirmar que la esencia de la justicia social constiste en <la
participación de todos en algo>.
La incorporación del verbo <participar> en el concepto de justicia social, nos
permite visualizar mejor el dinamismo que ésta posee. Aún más, cabe afirmar que el
verbo <participar> y su sustantivo abstracto <participación>, son las palabras clave que
resumen y expresan la plenitud de contenido que en la vida actual tiene la idea de la
justicia social. Un ejemplo de lo anterior es el texto siguiente: “Los trabajadores y los
agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren también
desarrollar por medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en la
ordenación de la vida económica, social, política y cultural” (Concilio Vaticano II. [1966]
Gaudium et Spes, 9) 10

ALGUNOS CANALES DE ACCIÓN DE LA JUSTICIA SOCIAL


En varias ocasiones el Magisterio social de S.S. Juan Pablo II señaló algunos de
los canales relevantes que se deben usar para hacer efectiva la justicia social.
Obviamente la situación generalizada de injusticia que prevalecía en Polonia –su Patria-
durante el régimen marxista, le llevó a escibir las siguientes palabras que poco después
cristalizarían en el célebre Sindicato Solidaridad:
“Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos
Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de
solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo.”
(Juan Pablo II [1981] Laborem Exercens 8.) (Las cursivas son del original)
“La doctrina social católica no considera que los sindicatos constituyan
únicamente el reflejo de la estructura de «clase» de la sociedad y que sean el exponente
de la lucha de clase que gobierna inevitablemente la vida social. Sí, son un exponente
de la lucha por la justicia social, por los justos derechos de los hombres del trabajo según
las distintas profesiones. Sin embargo, esta «lucha» debe ser vista como una dedicación
normal «en favor» del justo bien: en este caso, por el bien que corresponde a las
necesidades y a los méritos de los hombres del trabajo asociados por profesiones;
pero no es una lucha «contra» los demás. Si en las cuestiones controvertidas asume
también un carácter de oposición a los demás, esto sucede en consideración del bien
de la justicia social; y no por «la lucha» o por eliminar al adversario.” (Laborem
Exercens 20) (Cursivas en el original; las negritas son mías)
S.S. Benedicto XVI, felizmente reinante, tambien ha indicado que algunos
canales del actuar cristiano, a pesar de su extraordinaria importancia NO corresponden
a la justicia social: “El camino realizado por los laicos cristianos, desde mediados del
siglo XIX hasta hoy, los ha llevado a tomar conciencia de que las obras de caridad no
deben sustituir el compromiso en favor de la justicia social. La doctrina social de la
Iglesia, y sobre todo la acción de numerosas asociaciones de inspiración cristiana, como
la vuestra, muestran cuán largo ha sido el camino recorrido por la comunidad eclesial a
este respecto. En estos últimos tiempos, también gracias al magisterio y al testimonio
de los Romanos Pontífices, y en especial del amado Papa Juan Pablo II, a todos nos
resulta más claro que la justicia y la caridad son dos aspectos inseparables del único
compromiso social del cristiano.” (Discurso a los socios de la Unión Cristiana de
Empresarios Dirigentes, 4 de marzo de 2006)

SOCIEDAD Y SOCIEDADES

Contra lo que pudiera parecer a simple vista, el título de nuestro tema no se


refiere a un alcance meramente cuantitativo (del cual habría poco que decir), sino a una
realidad cualitativa de gran importancia para el Orden Social. Una Sociedad “a la medida
del hombre” no es una sociedad de individuos sino una <Sociedad de sociedades>.
Lo anterior –que es motivo que una gran riqueza de textos en la Doctrina Social de la
Iglesia es el objeto de estudio del presente módulo.
Es importante señalar que en la DSI y en la sociología católica, el término
<sociedades> se toma como sinónimo, tanto de la palabra <asociaciones> como de
las expresiones <entidades intermedias> o también <cuerpos intermedios>, que son
resultado de la tendencia natural de los hombres a agruparse. Por estar situados entre
los individuos (o bien entre la familia, tomada como “célula” de la sociedad) y el Estado,
la Doctrina Social de la Iglesia –sobre todo desde el magisterio de Pío XII- les ha llamado
<entidades intermedias>. Es importante hacer notar que la expresión “sociedades
intermedias” aparece siempre en plural, nunca en singular, pues la posibilidad de una
sola entidad intermedia gigante sería una pretensión totalitaria contraria a la naturaleza
plural de un sano orden social.
“Decir que el hombre vive en sociedad es una afirmación abstracta. Es más
descriptivo decir que la vida del hombre transcurre en múltiples sociedades (…) La
Sociedad –con mayúscula- está constituida orgánicamente y está compuesta de
innúmeras sociedades.
Y el arte de la política debe tomar en consideración esta realidad orgánica de la
vida social.” (Luis Ma. Sandoval. La Catequesis Política de la Iglesia. Ed. Speiro, 1995,
p.93)

Pluralidad de las sociedades intermedias


El rasgo dominante de un orden social sano es la complejidad que surge de un
verdadero
matorral de asociaciones intermedias, surgidas cada una de las distintas necesidades
que las personas tienen en relación a la vecindad, al trabajo, educación, vida espiritual,
deporte, entretenimiento, etc. Por ejemplo, un joven asiste a la Universidad (cuerpo
intermedio), pertenece a una asociación de exploradores (otra asociación intermedia) y
realiza un apostolado en un grupo parroquial (otro cuerpo intermedio). Al concluir sus
estudios dejará la Universidad y los exploradores, pero trabajará en una Empresa (que
también es cuerpo intermedio), se inscribirá en el Colegio Profesional de su especialidad
y será directivo de un club deportivo (otros dos más). Después contraerá matrimonio y
tendrá hijos; construirá su casa y formará parte de la asociación de vecinos, así como
de la asociación de padres de familia de la escuela de sus hijos, etc., etc.
Como salta a la vista, las sociedades intermedias varían según las circunstancias
de la vida, de los tiempos y lugares, así como de las funciones sucesivas o simultaneas
que cada quien debe realizar. Tiene que haber tantos cuerpos intermedios como
necesidades por satisfacer, como etapas de la vida, como regiones distintas.

Características fundamentales de los cuerpos intermedios


1. La primera característica es que deben cooperar al bien de las personas.
Es cierto que se debe buscar el bien de la humanidad entera, pero para que ese ideal
no quede en una mera teoría, el servicio a la naturaleza humana estriba en establecer
las posibilidades concretas para que las personas puedan desarrollar su propia
personalidad, de hacer fructificar sus talentos personales, a fin de alcanzar su fin natural
y sobrenatural.
Lo anterior quiere decir que no puede considerarse como cuerpo social
intermedio a una
banda de gángsters, ni a un grupo guerrillero, a una empresa comercializadora de
pornografía o a cualquier asociación cuya finalidad sea contraria al bien común objetivo.
Dichos grupos y asociaciones no son sociales, son antisociales pues contribuyen solo a
la perversión y degradación de las personas.
2. La segunda característica es que están dotados de vida propia y que esta
vida no se les puede dar desde el exterior, ya sea por el Estado o por otras asociaciones,
por muy nobles que sean sus fines. Como las plantas, los cuerpos intermedios nacen y
crecen de abajo hacia arriba; echan sus raíces en la tierra social y de ella se nutren.
Dicho en forma negativa, los organismos que surgen de arriba hacia abajo (del
Estado hacia la Sociedad) NO SON cuerpos intermedios sino sucursales del Poder;
generalmente están mediatizadas y controladas por instancias del mismo Estado y por
ende NO SON representativas. El Estado a fin de cumplir con sus obligaciones,
puede –y debe- generar sus propios organismos, pero no se les debe dar la categoría
de intermedios, ni de “representantes” de la sociedad.
La función del Estado respecto de los cuerpos sociales intermedios es –conforme
al principio de subsidiariedad- protegerlos, no absorberlos. “Proteja el Estado a estas
asambleas de ciudadanos jurídicamente asociadas y no se introduzca en la íntima
disposición y orden de la vida de las mismas, pues el movimiento vital se produce por
un principio interior, y facilísimamente con toda certeza se borra por impulso externo.”
(León XIII, Rerum Novarum, 38)
Lo anterior quiere decir también que los cuerpos intermedios no son resultado
de un afán planificador que pretenda sembrar o trasplantar este tipo de sociedades. Tal
pretensión, además de abusiva, es contraria a la naturaleza de la sociedad; lejos de
edificar un orden social, considera a los cuerpos intermedios como meros casilleros para
clasificar la actividad social destruye la vida social. Una correcta planificación deberá
limitarse a asegurarles las condiciones de vida favorables a su desarrollo y florecimiento.

Función de los cuerpos intermedios


Más allá de la finalidad concreta que haya llevado a la creación de cada uno de
los cuerpos intermedios, en sí mismos ellos cumplen varias funciones importantes. Entre
ellas podemos señalar las siguientes:
-son un medio ideal para que las personas desarrollen su sentido de iniciativa;
-permiten un espacio para el ejercicio responsable de la libertad en base a las
capacidades y competencias de cada quien;
-eliminan el anonimato pues insertan a las personas en ambientes donde son
reconocidas y apreciadas
-salvado el sentido de la responsabilidad personal, son instrumentos valiosos para
defender la dignidad personal
-hacen más fecunda y ágil la convivencia social
-descargan al Estado de múltiples obligaciones, por lo que éste puede dedicar mayor
tiempo y recursos a la realización de todo aquello que es de su exclusiva competencia

Jerarquía de los cuerpos intermedios


Todas las asociaciones intermedias surgen de la natural necesidad que tienen
las personas de con-vivir con otras ; sin embargo es evidente que hay algunas cuya
razón de ser tiene una necesidad e importancia mayor que otras. Con prioridad a
aquellas que surgen en orden a un perfeccionamiento voluntario (clubes deportivos,
asociaciones artísticas, etc.) tienen mayor jerarquía aquellas que obedecen a una
necesidad primaria como el trabajo (empresas, sindicatos,) o la vecindad (municipio,
aldea o ciudad, etc.)

Enemigos de los cuerpos intermedios


Aunque por motivos distintos, el Liberalismo y el Totalitarismo son las dos
corrientes
ideológico-políticas enemigas de la existencia de los cuerpos intermedios: el liberalismo
en cuanto proclama un individualismo a ultranza; el totalitarismo en cuanto no acepta la
existencia de nada que escape a su total control y dominio.
La historia de estas dos grandes vertientes ideológicas encontramos múltiples ejemplos
de la acción contra los cuerpos intermedios. En lo referente al liberalismo es célebre la
“Ley Le Chapelier”, promulgada en Francia el 14 de junio de 1791 por los diputados
jacobinos durante la Revolución Francesa, la cual prohibía cualquier tipo de asociación
y tipicaba como “delito” la formación de alguna. Esta “ley” estuvo vigente hasta 1864,
cuando fue abolido el “delito de asociación”, pero no se abolió la hostilidad del
liberalismo hacia las asociaciones intermedias.
De la vertiente totalitaria baste recordar como el régimen nazi eliminó hasta los “boy
scouts”, pues los niños y jóvenes sólo podían pertenecer a las “Hitlerjugend” (las
juventudes hitlerianas, sección juvenil del Partido Nazi). El equivalente soviético de la
“Hitlerjugend” fue el “Komsomol”, que aún hoy sobrevive en Cuba con los “pioneros” y
cuyo lema es “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!”
Por su parte, el régimen fascista en Italia no suprimió los cuerpos intermedios, pero
todos –sin excepción- fueron decretados como dependientes del Estado (con lo cual
dejaron de ser “intermedios”) creándose así el “corporativismo fascista”.

A continuación algunos textos del Magisterio que –desde distintos ángulos abordan el
tema de las asociaciones intermedias.

León XIII. [1891] Rerum Novarum, 35:


“La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre
a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: «Es
mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será
levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!»
(Ecl.4,9-12). Y también esta otra: «El hermano, ayudado por su hermano, es como una
ciudad fortificada» (Prov.18,19). En virtud de esta propensión natural, el hombre, igual
que es llevado a constituir la sociedad civil, busca la formación de otras sociedades
entre ciudadanos, pequeñas e imperfectas, es verdad, pero de todos modos sociedades.
Entre éstas y la sociedad civil median grandes diferencias por causas diversas. El fin
establecido para la sociedad civil alcanza a todos, en cuanto que persigue el bien
común, del cual es justo que participen todos y cada uno según la proporción debida.
Por esto, dicha sociedad recibe el nombre de pública, pues que mediante ella se unen
los hombres entre sí para constituir un pueblo (o nación). Las que se forman, por el
contrario, diríamos en su seno, se consideran y son sociedades privadas, ya que su
finalidad inmediata es el bien privado de sus miembros exclusivamente. «Es sociedad
privada, en cambio, la que se constituye con miras a algún negocio privado, como
cuando dos o tres se asocian para comerciar unido».
Ahora bien: aunque las sociedades privadas se den dentro de la sociedad civil y
sean como otras tantas partes suyas, hablando en términos generales y de por sí, no
está en poder del Estado impedir su existencia, ya que el constituir sociedades privadas
es derecho concedido al hombre por la ley natural, y la sociedad civil ha sido instituida
para garantizar el derecho natural y no para conculcarlo; y, si prohibiera a los
ciudadanos la constitución de sociedades, obraría en abierta pugna consigo misma,
puesto que tanto ella como las sociedades privadas nacen del mismo principio: que los
hombres son sociables por naturaleza.”

Pío XI [1931] Quadragesimo anno, 110:


“Todas las instituciones destinadas a robustecer la paz y a promover la mutua
ayuda entre
los hombres, por perfectas que parezcan, tienen su más fuerte fundamente en la
vinculación mutua de las almas, con que los socios se unen entre sí, faltando el cual,
como frecuentemente ha enseñado la experiencia, los ordenamientos más perfectos
acaban en nada.”

Pío XII [1939] Sertum Laetitiae, 15:


“Puesto que el hombre es por naturaleza sociable, y es lícito, por otra parte,
perseguir beneficios honestos mediante la unión de los esfuerzos, ni a los patronos, ni
a los obreros, ni a los campesinos puede, en justicia, denegárseles o restringírseles la
libre facultad de constituir asociaciones, mediante las cuales puedan defender sus
propios derechos y obtener mejoras, tanto del orden espiritual cuanto corporal, incluso
en lo que se refiere a los honestos placeres de la vida. A corporaciones de esta índole,
que en los tiempos pasados han dado gloria inmortal a la Iglesia y esplendor admirable
a las artes, no puede imponérseles, sin embargo, en todas partes la misma organización
y disciplina, sino que habrán de ajustarse en esto al genio propio de cada pueblo y a las
circunstancias de tiempo y lugares, aunque en todo caso deberán tomar su impulso vital
de los sanos principios de la libertad y estarán informadas por las altas normas de la
justicia y de la honestidad, bajo cuya conducta y auspicios procederán de modo que, en
la defensa de los propios intereses de clase, no lesionen derechos ajenos, mantengan
propósitos de paz y respeten el bien común de la sociedad civil.”

Pío XII [1953] Levate capita, 17:


“El matrimonio y la familia, el Estado, la propiedad privada, tienden por su
naturaleza a formar y desarrollar al hombre como persona, a protegerlo y a capacitarlo
para contribuir, con su voluntaria colaboración y personal responsabilidad, al
sostenimiento y desarrollo, igualmente personal, de la vida social.”

Juan XXIII [1963] Pacem in terris, 24:


“Como ya advertimos con gran insistencia en la encíclica Mater et magistra, es
absolutamente preciso que se funden muchas asociaciones u organismos intermedios,
capaces de alcanzar los fines que os particulares por sí solos no pueden obtener
eficazmente. Tales asociaciones y organismos deben considerarse como instrumentos
indispensables en grado sumo para defender la dignidad y libertad de la persona
humana, dejando a salvo el sentido de la responsabilidad.”

Juan XXIII [1963] Pacem in terris, 136:


“Si se examinan con atención, por una parte, el contenido intrínseco del bien
común, y, por otra, la naturaleza y el ejercicio de la autoridad pública, todos habrán de
reconocer que entre ambos existe una imprescindible conexión. Porque el orden moral,
de la misma manera que exige una autoridad pública para promover el bien común en
la sociedad civil, sí también requiere que dicha autoridad pueda lograrlo efectivamente.
De aquí nace que las instituciones civiles -en medio de las cuales la autoridad pública
se desenvuelve, actúa y obtiene su fin- deben poseer una forma y eficacia tales que
puedan alcanzar el bien común por las vías y los procedimientos más adecuados a las
distintas situaciones de la realidad. “

Concilio Vaticano II [1966] Gaudium et spes, 75:


“Para que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr resultados felices
en el curso diario de la vida pública, es necesario un orden jurídico positivo que
establezca la adecuada división de las funciones institucionales de la autoridad política,
así como también la protección eficaz e independiente de los derechos. Reconózcanse,
respétense y promuévanse los derechos de las personas, de las familias y de las
asociaciones, así como su ejercicio, no menos que los deberes cívicos de cada uno.
Entre estos últimos es necesario mencionar el deber de aportar a la vida pública el
concurso material y personal requerido por el bien común. Cuiden los gobernantes de
no entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales, los cuerpos o las
instituciones intermedias, y de no privarlos de su legítima y constructiva acción, que más
bien deben promover con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su parte,
individual o colectivamente, eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y
no pidan al Estado de manera Inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de
disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones
sociales.”

Juan Pablo II [1981] Laborem Exercens 20:


“Sobre la base de todos estos derechos, junto con la necesidad de asegurarlos
por parte de los mismos trabajadores, brota aún otro derecho, es decir, el derecho a
asociarse; esto es, a formar asociaciones o uniones que tengan como finalidad la
defensa de los intereses vitales de los hombres empleados en las diversas profesiones.
Estas uniones llevan el nombre de sindicatos. Los intereses vitales de los hombres del
trabajo son hasta un cierto punto comunes a todos; pero al mismo tiempo, todo tipo de
trabajo, toda profesión posee un carácter específico que en estas organizaciones
debería encontrar su propio reflejo particular.
Los sindicatos tienen su origen, de algún modo, en las corporaciones artesanas
medievales, en cuanto que estas organizaciones unían entre sí a hombres
pertenecientes a la misma profesión y por consiguiente en base al trabajo que
realizaban. Pero al mismo tiempo, los sindicatos se diferencian de las corporaciones en
este punto esencial: los sindicatos modernos han crecido sobre la base de la lucha de
los trabajadores, del mundo del trabajo y ante todo de los trabajadores industriales para
la tutela de sus justos derechos frente a los empresarios y a los propietarios de los
medios de producción. La defensa de los intereses existenciales de los trabajadores en
todos los sectores, en que entran en juego sus derechos, constituye el cometido de los
sindicatos. La experiencia histórica enseña que las organizaciones de este tipo son un
elemento indispensable de la vida social, especialmente en las sociedades modernas
industrializadas. Esto evidentemente no significa que solamente los trabajadores de la
industria puedan instituir asociaciones de este tipo. Los representantes de cada
profesión pueden servirse de ellas para asegurar sus respectivos derechos. Existen
pues los sindicatos de los agricultores y de los trabajadores del sector intelectual, existen
además las uniones de empresarios.
Todos, como ya se ha dicho, se dividen en sucesivos grupos o subgrupos, según
las particulares especializaciones profesionales.”
EL DESTINO TRASCENDENTE DE LA PERSONA EN LA TEMPORALIDAD
HISTÓRICA DE LA SOCIEDAD POLÍTICA

EL DESTINO TRASCENDENTE DE LA PERSONA


La afirmación fundamental de la Iglesia en torno al problema del hombre es la
siguiente: el hombre es un ser creado por Dios, quien “hizo al hombre a su imagen y
semejanza, dotándolo de inteligencia y libertad, y le constituyó señor del universo” (Juan
XXII. Pacem in terris 3). Así esta dignidad ontológica con la que Dios dotó a todo hombre
desde el momento en que fue concebido, hace que el hombre sea “la única criatura
terrestre a la que Dios ha amado por sí misma.” (Vaticano II. Gaudium et Spes, 24) y
por ello es también “señor del universo”, centro y cima de todos los bienes de la tierra.
El hombre, que viene de Dios, tiene que volver a Dios; tal es el destino
trascendente de todo ser humano. Pero en cuanto dotado de conciencia y libertad, éste
“retorno a Dios” tiene que ser también de manera “conciente y libre”. Surge aquí un
cuestionamiento: ¿Puede el hombre lograr este retorno por sus propios medios y
fuerzas? A pesar de que nunca ha faltado quien –ilusamente- responda que sí, la
realidad es que para el hombre abandonado a sus propias fuerzas, este retorno es
imposible. Por ello fue absolutamente necesaria la Encarnación y Redención del Hijo de
Dios.
Ahora bien Jesucristo dispuso que la Gracia obtenida por su Sacrificio llegara a
todos los que libremente acepten su Palabra y su Auxilio, que llegarán –por designio
Suyo- mediante la Iglesia. De aquí que la Misión encomendada por el mismo Jesucristo
a la Iglesia por Él fundada, sea predicar la Palabra y administrar los Sacramentos. Tal
es el medio absolutamente necesario para que el hombre –cada hombre- pueda llegar
a su destino trascendente, eterno y sobrenatural.
“Tener la mirada puesta en Dios y tender hacia Dios, ésta es la ley suprema de la vida
humana. El hombre, hecho a imagen y semejanza de su Creador, está poderosamente
impulsado por su propia naturaleza hacia la posesión de Dios. Pero el hombre no se
acerca a Dios con los movimientos del cuerpo, sino por medio de las facultades
espirituales, por el conocimiento y el amor (…) Cuando, después de redimir al género
humano, Jesucristo mandó a los apóstoles predicar el Evangelio a todo el mundo,
impuso también a todos los hombres la obligación de aprender y creer las enseñanzas
de aquellos. La salvación eterna está estrechamente unida al cumplimiento de este
deber. El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará
(Mc. 16,16)” (León XIII, Sapientiae Christianae, 1 y 3)
“El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, dotada
admirablemente por el Creador con dones de cuerpo y de espíritu; es, en realidad, un
verdadero μιχρός χόσμος (microcosmos), como decían los antiguos, un «pequeño
mundo» que supera extraordinariamente en valor a todo el inmenso mundo inanimado.
Dios es el último fin exclusivo del hombre en la vida presente y en la vida eterna; la
gracia santificante, elevando al hombre al grado de hijo de Dios, lo incorpora al reino de
Dios en el Cuerpo místico de Cristo.” (Pío XI, Divini Redemptoris, 27)
“El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su
personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos. Como
a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del
hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es
decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios,
al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el
cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. Sabe también que el
hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente
ante el problema religioso, como los prueban no sólo la experiencia de los siglos
pasados, sino también múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el
hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su
muerte.” (Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, 41)

IMPORTANCIA DE LA TEMPORALIDAD HISTÓRICA


El hombre camina hacia su destino trascendente en la temporalidad histórica; es
decir, camina en un tiempo determinado y en medio de una sociedad que posee un
orden y cultura concreta. Esa sociedad puede –y debe- ayudar a caminar a cada
persona hacia su destino trascendente proporcionándole los medios temporales
adecuados. Esa ayuda es el Bien Común que, como vimos en el tercer módulo, “debe
verificarse de forma que proporcione a los ciudadanos el mayor número de ventajas y
evite, o a lo menos aminore, los inconvenientes. Para dar cima a esta tarea con mayor
facilidad, se requiere, sin embargo, que los gobernantes profesen un sano concepto del
bien común. Este concepto abarca todo un conjunto de condiciones sociales que
permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección”. (Juan
XXIII. Mater et Magistra. 64-65)
El hombre lleva a la con-vivencia todo lo que tiene: sus innumerables
necesidades, defectos y carencias, pero también cuanto de excelente tiene su
naturaleza. “El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega
sincera de sí mismo a los demás.” (Vaticano II. Gaudium et Spes, 24).
La Autoridad política por su parte, tiene ante todo la obligación de servir: servicio
al orden, a la justicia, y al bien común. Esto y no otra cosa es la razón de ser de toda
autoridad, independientemente del régimen político en el cual se ejercite. La obligación
da origen al derecho; por ello la Autoridad tiene derecho de mandar, pero sólo lo
concerniente al orden social, a la justicia y al bien común. La Autoridad, en cuanto
derecho de mando, es fuente de graves responsabilidades. Y bien se sabe que
responsabilidad es responder. ¿Ante quién? Ante quien designó al que ejerce la
Autoridad (que varía según el régimen político), pero también ante la Comunidad a quien
debe servir; y sobre todo ante Dios que decretó como necesaria a la Autoridad para
hacer posible el Bien Común.
Entre la Autoridad Política (Estado) y la Iglesia debe existir un sistema de
relaciones que eviten por una parte la con-fusión entre ambas instituciones, y por otra
permita la colaboración pues ambas “aunque por diverso título están al servicio de la
vocación personal y social del hombre.” (Vaticano II, Gaudium et Spes, 76.) “Al Estado
toca inmediata y principalmente procurar los intereses terrenos, y a la Iglesia conseguir
los bienes celestiales y eternos de los hombres, en cuanto que los hombres necesitan
seguridad y apoyo tanto del Estado para las cosas terrenas como de la Iglesia para las
eternas.” (Pío XII, Ci Torna 4)
Por otra parte, es muy importante tener siempre presente que el orden temporal
tiene su valor propio, tanto por su misma entidad ontológica como por su conexión
esencial con la persona humana. “Todo lo que constituye el orden temporal, a saber, los
bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las
instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas
semejantes, y su evolución y progreso, no solamente son subsidios para el último fin del
hombre, sino que tienen un valor propio, que Dios les ha dado, considerados en sí
mismos, o como partes del orden temporal: "Y vio Dios todo lo que había hecho y era
muy bueno" (Gén., 1,31). Esta bondad natural de las cosas recibe una cierta dignidad
especial de su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas.”
(Vaticano II. Apostolicam actuositatem, 7)

LA CIVILIZACIÓN ACTUAL, CONTRARIA AL DESTINO DEL HOMBRE


Aunque desde nuestros primeros padres el pecado ha estado siempre presente
en el seno de las sociedades, es a partir del Renacimiento cuando dio inicio un
movimiento histórico-cultural que gradualmente ha llevado al establecimiento de una
civilización en la que prevalece una convivencia antisocial que, lejos de facilitar la
consecución del destino trascendente de los hombres, cada día, directa o
indirectamente, lo obstaculiza más. Este movimiento, presente en prácticamente todas
las ideologías de uno u otro signo, ejerce su atracción a partir de la manipulación
ideológica de tres aspectos recíprocamente relacionados: liberación, independencia y
autonomía.
a) Liberación. Desde la revolución francesa y su lema “libertad, igualdad,
fraternidad” hasta la “teología” de la liberación, se induce al hombre a “liberarse” de lo
que se considera “ataduras” impuestas por principios morales, culturales y religiosos, a
los cuales se les juzga como anacrónicos y definitivamente superados.
En el campo del conocimiento, la filosofía se “libera” de la teología, y esta es sustituida
por la sociología marxista (esto es lo que hace la pseudo teología de la liberación). La
misma filosofía sufre el embate del imperialismo de la ciencia experimental, a la que se
le declara como la culminación y totalidad del saber humano. El positivismo y el
existencialismo son otras tantas ideologías resultantes de semejante “liberación”.
En el campo moral, la ética se “libera” de la Revelación y de los principios
religiosos. No es la voluntad de Dios sino la voluntad “liberada” del hombre la fuente y
origen de toda norma moral. Surgen así el sociologismo moral y la moral de situación.
En el campo político, el Estado se encuentra totalmente desligado de la moral.
Las masas son manipuladas ya sea por imposición violenta o por el dominio mediante
la coacción. Los regímenes totalitarios son el resultado lógico de esta “liberación”
En el campo educativo, la formación de las personas es sustituida por un mero
adiestramiento y capacitación técnica, con un total abandono de la formación moral y
religiosa.
En el campo social se niega el fundamento ontológico de la sociedad, así como
la ley natural y el fundamento ético trascendente del orden jurídico. El positivismo
jurídico toma el lugar de la ley y el derecho natural. La ficción del contrato es la fuente
de todo derecho; la convivencia de los hombres no es más que una etapa evolutiva del
gregarismo animal. Este antropocentrismo inmanentista se manifiesta en corrientes
sociales aparentemente incompatibles (el individualismo liberal y el colectivismo
marxista) pero ambos son casos análogos que tienen el mismo origen.
En el campo económico, esta “liberación” también queda de manifiesto tanto en
los regímenes liberales como en los colectivistas. En ambos, los bienes materiales se
colocan en la cúspide de la convivencia y en la razón de ser de la vida humana. En los
regímenes capitalistas porque el éxito económico (la propiedad privada) es considerado
el ideal de la vida del hombre; y en los regímenes socialistas porque el hombre vive para
trabajar (no trabaja para vivir), y la producción de bienes materiales debe estar al
servicio exclusivo del Estado (eliminación de la propiedad privada).

b) Independencia. El hombre quiere independizarse de lo que considera


restricciones a su voluntad, impuestas por instituciones y personas. Sobre todo quiere
independizarse lo mismo de obligaciones que lo subordinan a la voluntad de Dios, como
de “presiones” de la Autoridad. Esta visión independestista la encontramos como
trasfondo de todo el movimiento contestatario que desde dentro de no pocos ambientes
eclesiásticos sistemáticamente se ponen a la Autoridad del Magisterio; especialmente a
la del Santo Padre. En el campo sociopolítico, esta visión han dado lugar a los
movimientos anarquistas.

c) Autonomía. Una vez “libre” e “independiente”, el hombre quiere regirse por sí


mismo. Quiere ejercer una plena y absoluta soberanía de su pensamiento y su voluntad.
Quiere ser, en definitiva, señor de sí mismo. Pero tal actitud no tiene nada de nuevo; por
el contrario, es tan antigua como nuestros primeros padres, quienes ilusamente
pretendieron “ser como Dios”.
Este humanismo antropocéntrico e inmanentista, encerrado en lo puramente
temporal y des-ligado de Dios, ha generado una civilización contraria a la dignidad y
destino del ser humano, degradándolo a niveles nunca antes vistos. Ante este negro
panorama, la Doctrina Social de la Iglesia, con gran realismo analiza la causa de los
problemas:
“La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de
establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento
indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios, y querer exaltar la grandeza
del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es, obstaculizando y, si
posible fuera, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos
de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y
arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: «Si el Señor no
edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen» (Sal 127 (126), 1). (Juan XXIII.
Mater et Magistra, 217)
“En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón
humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre.
A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo,
ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones,
tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace
lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo
la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos
los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la
clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen
tiempo para ponerse a considerarlo.
Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la
humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra
saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes,
desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes
piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle
un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son
cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración
las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor,
del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía?
¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre
a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?”
(Vaticano II, Gaudium et Spes, 10)
Tras el diagnóstico, la Doctrina Social de la Iglesia señala claramente las
auténticas soluciones –y las condiciones- para remediar el des-orden social
contemporáneo:
“La Iglesia católica enseña y proclama una doctrina de la sociedad y de la convivencia
humana que posee indudablemente una perenne eficacia. El principio capital, sin duda
alguna, de esta doctrina afirma que el hombre en necesariamente fundamento, causa y
fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por
naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural.
De este trascendental principio, que afirma y defiende la sagrada dignidad de la
persona, la santa Iglesia, con la colaboración de sacerdotes y seglares competentes, ha
deducido, principalmente en el último siglo, una luminosa doctrina social para ordenar
las mutuas relaciones humanas de acuerdo con los criterios generales, que responden
tanto a las exigencias de la naturaleza y a las distintas condiciones de la convivencia
humana como el carácter específico de la época actual, criterios que precisamente por
esto pueden ser aceptados por todos.
Sin embargo, hoy más que nunca, es necesario que esta doctrina social sea no
solamente conocida y estudiada, sino además llevada a la práctica en la forma y en la
medida que las circunstancias de tiempo y de lugar permitan o reclamen. Misión
ciertamente ardua, pero excelsa, a cuyo cumplimiento exhortamos no sólo a nuestros
hermanos e hijos de todo el mundo, sino también a todos los hombres sensatos.” (Juan
XXIII. Mater et Magistra, 218-221)
“El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse
al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al
contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para
el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que desarrollarlo a diario,
fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe
encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano. Para cumplir todos estos
objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de
la sociedad.” (Vaticano II. Gaudium et Spes, 26).

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