Ayer ame mi jardín, mis flores, mis frutas y hortalizas.
Hacia las tres de la tarde, me encontraba
pensando en ir al jardín a cortar un poco de tomates, un poco de albahaca, desenterrar unos ajos,
descolgar unas calabazas para el comer diario; después de aquella rutina matutina de tarde, me
dispuse a descansar en ese lugar tan amado, me tendí sobre el pasto del jardín, sin los zapatos, sin
la ropa, sin las medias y sin la cara, cual filosofía, me despoje de lo que no era mío… y del
cansancio tan inmersivo, del dolor tan amargo que sentía, de la ira tan punzante que crecía,
dentro de eso, dentro de todo eso, y a pesar de tener la piel color carne, me sentí gris, gris carbón,
gris estaño, gris humo… y sobre todo yo seguía siendo yo, no tenía tantas ganas de alucinar ni
hacer reales las metáforas en las que se pinta mi sentir de vez en cuando, solo vi dentro de mi
soledad, y pensé en ello, lo convertí en algo extraño, y yo seguía siendo yo, a pesar de sentirme
gris, mi cuerpo seguía estando tendido en la manga, a pesar de sentirme gris, tenía los siete
sentidos a flor de piel, aun sintiéndome gris. Ser gris se volvió un octavo sentido, de vida, un
empirismo, a veces quimera.
Todos los días hay una rutina de costumbre, uno se levanta con ánimo rápidamente, en el frenesí a
veces corre uno el riesgo de padecer pequeños mareos, pero no es mucho, uno se cuida, uno se
cuida porque uno es así, a pesar de uno odiarse con fulgor, uno se cuida porque a uno le interesa
curiosear lo que habrá de nuevo hoy, el chisme del barrio, los problemas, los desastres, las
muertes, los nacimientos, los sucesos que no lo forman a uno, tampoco son de uno, pero aun así
uno vive por ellos porque dan interés a la vida cotidiana. Uno en su intento de conservar la vida lo
más posible se vuelve idiota e irrisorio.
Haciendo los quehaceres, moviendo cosas, buscando nuevos ángulos, concordes a la música y las
emociones de hoy, pensando en que hacer más tarde, sin someterse mucho a una explicación muy
detallada de todo aquello, porque realmente es pura monotonía hecha narrativa. Compartiendo
espacio con uno y sus multitudes, hablar, convivir sin matarse lentamente y respirar ignorando el
hecho de que uno respira, ignorando el hecho de que uno existe, porque así es la vida.
Tarde haciendo los quehaceres, me duche, leí algo, volví a ver la lluvia después de días tan
calurosos y penetrantes, cuide mi jardín de las hostiles lluvias que caían.
Todo el maldito día estuve en automático, pensando atrocidades. Pero volví, siempre volveré por
aquello que amo, volví por mi jardín, volví a él para sentirme aceptado y menos solo.
Es mejor dejar de ser color carne, la carne no tiene emoción, solo es carne, es mejor ser gris a flor
de piel, es mejor amar, amar por lo que uno es y puede sentir, amar los lugares donde uno se
siente de todo menos color carne… tengo muchas, muchas razones estúpidas para vivir, pero esto
ya es otro cuento.