Cognición social y
errores cognitivos
En los últimos años, asistimos a un crecimiento marcado de un campo de
investigación genéricamente denominado “cognición social”. En este terreno se
desarrollan hipótesis concernientes a la capacidad casi única de los seres humanos
de comunicar y reconocer estados emocionales relevantes en los otros, de modo
automático e involuntario. A veces nos referimos a esta habilidad como “teoría de
la mente”, en el sentido de describir que las personas poseemos la capacidad de
generar hipótesis acerca del contenido de la mente de los otros, y de entender que
ellos pueden en algunos momentos poseer contenidos mentales diferentes los
nuestros. Algo que a nosotros nos parece muy obvio y sencillo, pero que desde el
punto de vista de las funciones de los organismos vivos, es todo un logro. Tanto así
que esta habilidad se encuentra en la lista de las que nos definen como seres
humanos, homo sapiens diferentes a los otros animales e incluso a otras especies
humanas ya extintas.
Entonces, ¿podemos saber lo que otras personas piensan?
¿podemos saber lo que los otros sienten? ¿cuán exactos
somos en este proceso? ¿cuán fiable es nuestra “teoría de la
mente” acerca de los demás? ¿es lo mismo si conocemos o no
a la persona? ¿ganamos exactitud si conocemos a la persona
o ese conocimiento previo puede incluso interferir y
sesgarnos? ¿qué sucede, por ejemplo, si el interpretado es
nuestra pareja de la cual estamos celosos? ¿cómo
distinguimos este proceso normal y adaptativo de los errores
cognitivos descriptos en la literatura como la “adivinación del
pensamiento”?
Los seres humanos somos sociales, casi todos nuestros actos
los realizamos en relación con otros; sea con, junto a, a favor
de o en contra de otros. En este sentido, nuestra habilidad
para procesar información proveniente del entorno social
resulta crítica para nuestro desarrollo, supervivencia y
bienestar. Ahora bien, ¿qué significa “procesar información
proveniente del entorno social”? Pues bien, en primera
medida es la capacidad de reconocer a los otros como objetos
especiales en nuestro ambiente y selectivamente prestarles
atención. Hoy sabemos que existe una zona del cerebro
especialmente dedicada al procesamiento de información
proveniente de los rostros humanos, algo de lo que, por
ejemplo, carecen los niños con autismo. Para ellos, un rostro
humano no activa una zona especial del cerebro, lo cual
puede interpretarse como una señal de que para ellos un
rostro humano es un objeto más del ambiente, como un árbol
o una azucarera. Pero para la mayoría de nosotros no; un
rostro es una fuente muy especial de información. Más aún,
nuestro cerebro posee un subsistema dedicado a procesar la
información que proviene específicamente de los ojos de otras
personas; es por eso que nos resulta tan fácil darnos cuenta
hacia dónde mira alguien o cuando alguien nos mira, sabemos
fácilmente hacia dónde se dirigen los ojos de los demás. Y
esto no es casualidad, pues gran parte de la información
emocional se vehiculiza a través de los ojos.
Probablemente, uno de los mayores aportes a la Psicología
provenga de Paul Ekman, conocido por haber documentado
que tanto la expresión como el reconocimiento de las
emociones básicas es un fenómeno universal. Es decir,
independientemente de la cultura donde hayamos crecido,
hay un conjunto de patrones emocionales básicos que se
expresan y se reconocen de igual modo en el rostro. Así, el
miedo, la ira o la tristeza adquieren la misma configuración
facial en cualquier ser humano, independientemente de su
cultura, raza, educación o religión. Y la región de los ojos se
revela como especialmente importante. Por un lado, la
dirección de la mirada de los otros nos devela adónde va su
atención; por otro, la forma que adoptan los párpados es
específica en cada tipo emocional. De este modo, si alguien
apunta su vista hacia un punto específico mientras manifiesta
signos de miedo, resulta claramente adaptativo que quienes
están alrededor capten ese gesto de inminente peligro a fin
de que también tomen acciones defensivas.
Como sucede con muchas (o todas) las funciones del cerebro
humano poseen inicial y evolutivamente un sentido
adaptativo, el cual en algunos casos se desvirtúa dando
origen a las patologías. Así pues, ¿cuál es el lugar que posee
un error cognitivo como la adivinación del pensamiento en el
contexto de la cognición social?
La adivinación del pensamiento constituye un error cognitivo
por el cual creemos fehacientemente conocer el contenido
que hay en la mente de otra persona. Se presenta muy
frecuentemente en cuadros como la Fobia Social. Así, por
ejemplo, una estudiante que se encuentra en un aula
interviene con un comentario o pregunta, lo cual hace que los
demás le presten atención y, entre otras cosas, le dirijan su
mirada. Inmediatamente, se le disparan a la persona ideas
tales como “piensan que dije una tontería” o “están pensando
que soy una estúpida”, las cuales indefectiblemente acarrean
un gran monto de ansiedad e inhibición para situaciones
futuras.
Tomemos ahora otro caso. Un sujeto llega a su trabajo, se
acerca a su escritorio como todos los días, saluda a su
compañero en quien nota una actitud algo nerviosa, lo
observa un poco más detenidamente y captura un rostro algo
tenso, con los ojos bien abiertos y una mirada que se alterna
entre su monitor y algo que transcurre en otro escritorio a
unos metros de distancia. Nuestro sujeto claramente se da
cuenta de que algo atípico sucede a su compañero, entonces
pregunta en voz baja “¿qué pasa?”. Este no responde
verbalmente sino que señala con grandes ojos, levantando las
cejas, el sitio del salón donde hay personas desconocidas
revisando el trabajo de un tercer integrante. Nuestro sujeto
piensa, “¡ah, tenemos una inspección sorpresa!” Su
interpretación es correcta.
¿Dónde radica la diferencia entre ambos
casos?
Por un lado, en el primer ejemplo, la estudiante en el aula no
observa el rostro de sus compañeros de los cuales ella
conjetura el contenido mental, el sujeto de la oficina sí ve
directamente a la cara a su compañero. En segundo lugar, la
estudiante conjetura un contenido mental en términos de
ideas verbalmente formuladas, con un significado específico,
mientras que el hombre de la oficina interpreta ansiedad y
malestar emocional en el otro, pero no conjetura ningún
contenido mental. Es decir, la estudiante no interpreta
estados emocionales derivados de los signos faciales de los
otros alumnos o del profesor, sino que dispara un contenido
específico más directamente relacionado con sus propios
temores. Es por ello que la estudiante representa un ejemplo
prototípico de un error cognitivo, la adivinación del
pensamiento, mientras que el oficinista no. Este último más
bien pertenece a un claro caso de interpretación de
información emocionalmente relevante que se procesa de
modo automático, propio de la habilidad que poseemos para
la cognición social. Por todo lo anterior es que la estudiante
representa un ejemplo claramente patológico y el individuo
de la oficina no.
Ahora bien, pensemos en otro ejemplo. Se trata de otro
hombre, a este vamos a darle un nombre, Juan, casado hace
unos 10 años, con tres hijos pequeños. Juan sufre de una
celotipia no delirante y no grave, pero una celotipia al fin, la
cual no sólo significa una fuente de sufrimiento para sí mismo
sino para toda la familia. A Juan se le disparan los celos
cuando cree que su esposa pasa mucho tiempo mirando el
celular, especialmente cuando él nota que ella escribe. Tiene
cogniciones tales como “está chateando con un tipo” o “se
está mensajeando con alguien que le gusta”. Su esposa está
al corriente de sus celos patológicos y de muchas de las
situaciones que lo disparan. En una oportunidad, estando en
una reunión social con varias personas, Juan observa a su
mujer escribir en el teléfono; ella parece mirarlo a él de reojo
y luego, sutilmente, moverse detrás de otras personas que
obstaculizan la visión de Juan. ¿Qué piensa él? Pues,
obviamente, que ella se escondió detrás de las otras personas
deliberadamente “porque está ocultado algo” y que
efectivamente está hablando con un amante. En una
conversación posterior, la mujer reconoce que sí notó que él
la observaba y que, por tal motivo, a propósito trató de evitar
su mirada, pero que el objetivo no era ocultar una
conversación con un amante sino ahorrarle a su marido un
mal momento pues ella sabía perfectamente que se sentiría
mal al verla chatear en una fiesta. En este caso, tenemos un
punto intermedio entre los dos anteriores. Por un lado, el
marido se apoya claramente en signos faciales de su esposa,
por ejemplo, una mirada escurridiza y movimientos orientados
a desaparecer del campo visual, lo cual efectivamente devela
un estado emocional en ella de inquietud y malestar. No
obstante, él interpreta esos signos de acuerdo con sus propios
sesgos emocionales como indicios de infidelidad y de engaño
mal intencionado de su parte. Se trata justamente de un
punto intermedio entre los dos anteriormente planteados. De
hecho, parte de la lectura que el marido hace es correcta,
pero parte no, pues se trata de un procesamiento
distorsionado de la información que él recibe. Esta distorsión
depende de esquemas patológicos previamente establecidos,
los cuales guían erróneamente hacia conclusiones
equivocadas. Como en el ejemplo de la adivinación del
pensamiento, la distorsión opera más cuanto más conjetura
los contenidos mentales de la esposa (“está chateando con un
amante”) y no cuando lee los signos corporales de
incomodidad. Esta es una línea que típicamente puede
ayudarnos a demarcar entre lo patológico y lo sano en lo que
hace a la interpretación de los estados mentales ajenos.
Como ya hemos dicho, nuestro cerebro evolucionó la
habilidad para interpretar signos faciales en los rostros de las
otras personas y, a partir de ahí, generar una teoría acerca de
los posibles contenidos mentales de los demás. Todo esto fue
y sigue siendo adaptativo, sin lugar a dudas hoy también
facilita nuestra comunicación. Pero, como suele suceder con
muchos rasgos adaptativos, a veces se desvirtúan y nos
producen problemas. En algunos casos, una característica es
adaptativa en cierto entorno y no en otro, otras veces
depende de la cantidad de la misma. De este modo, tal vez la
adivinación del pensamiento al igual que otros errores
cognitivos puedan ser el subproducto, un efecto secundario
indeseado de nuestra habilidad para entender los estados
emocionales y las intenciones de las personas cercanas.
¿Y qué hace frente a esto un terapeuta
cognitivo conductual?
Primero y primordial, evalúa. Esto significa que escucha al
paciente, indaga específicamente en busca de la información
relevante y a partir de su conocimiento de psicopatología,
arriva a un diagnóstico, una formulación clínica y un análisis
funcional del caso. El establecimiento de las hipótesis del caso
nos ayudará a dilucidar cuándo un paciente está bajo el influjo
de un proceso de pensamiento distorsionado por oposición a
un proceso social adaptativo de entendimiento de una
situación social, pues ya la conceptualización diagnóstica nos
advierte acerca de un conjunto de errores cognitivos
probables. Así, por ejemplo, en la Fobia Social es muy común
la adivinación del pensamiento, en el Trastorno de
Personalidad Límite resulta usual el pensamiento dicotómico,
en el Trastorno de Ansiedad Generalizada abunda la
catastrofización; esto sólo por mencionar algunos ejemplos.
Como segunda medida importante, el terapeuta cognitivo
conductual se basa en ejemplos cotidianos del paciente, en
situaciones que ocurren diariamente en el día a día de la
persona. Vale decir, trabajamos con hechos concretos que
hayan sucedido y no de modo global y general. Son
justamente esos ejemplos los cuales discutimos
conjuntamente con el paciente en búsqueda de evidencias, de
datos que confirmen o refuten las ideas, todo lo cual nos
ayuda a dilucidar si en los ejemplos narrados hay o no
presencia de errores cognitivos. Si luego de una discusión
cognitiva llegamos a la conclusión de que el paciente sí tiene
evidencias de lo que está pensando, pues entonces no se
trata de un problema de pensamiento, no se trata de un error
cognitivo ni cualquier otro proceso cognoscitivo defectuoso;
por ende las técnicas de modificación de cogniciones tal vez
no sean adecuadas para el caso. Veamos un ejemplo. Una
paciente, llamémosle Natalia, nos dice que cree que sus
compañeras de trabajo le dan poca importancia y la aprecian
poco, cree que sus compañeras piensan que ella es poco
interesante y aburrida. Cuando el terapeuta indaga, se
encuentra con que varias compañeras han organizado salidas
entre ellas y nunca le avisaron a Natalia, que cuando
festejaron cumpleaños con reuniones en casas, tampoco la
invitaron. Natalia narra que en los horarios de almuerzo, el
grupo habla y pocas la miran o prestan atención a sus
comentarios. ¿Podríamos en este caso creer que Natalia está
cometiendo el error de lectura de pensamiento?
Dudosamente, pues hay datos claros que nos dicen que ella sí
está siendo dejada de lado por sus compañeras. Podríamos
discutir si es correcta o no su interpretación de que no le
prestan atención en las horas de almuerzo, pero no el hecho
de que para los cumpleaños y reuniones no la invitan. Natalia
padece no sólo una fobia social, sino también una depresión y
posee pocas habilidades sociales. Es muy esperable que no
sea alguien socialmente atractivo para los demás si, por
ejemplo, sus escasas conversaciones rondan sobre quejas y
reclamos. El terapeuta deberá dirigir su intervención no sólo a
los procesos cognitivos distorsionados, sino también al
componente conductual, más precisamente habilidades
sociales y comunicacionales, a fin de que Natalia mejore su
capacidad de relacionarse.
En síntesis, el terapeuta cognitivo conductual evaluará el caso
y el ejemplo puntual con el cual se trabaje a fin de llegar a
conclusiones conjuntamente con el paciente y así definir si se
trata de una distorsión cognitiva. Por supuesto, siempre
existirán situaciones difíciles de dirimir, donde nos costará
saber si se trata o no de una distorsión como adivinación del
pensamiento o si el paciente, por el contrario, está
interpretando adecuadamente signos de hostilidad y
desprecio en los demás. Tal vez en estos casos podamos
plantear algún experimento conductual o, tal vez,
simplemente no podamos siempre llegar a una conclusión
firme. Al fin y al cabo, algunas veces un procesamiento
cognitivo defectuoso no es tan malo, como lo demuestra el
fenómeno del realismo depresivo.
Por: Lic. José Dahab, Lic. Ariel Minici y Lic. Carmela Rivadeneira