Cosette
Victor Hugo
Publicado: 1862
Categoría(s): Ficción, Novela
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Acerca Hugo:
Victor-Marie Hugo (26 February 1802 — 22 May 1885) was a French
poet, novelist, playwright, essayist, visual artist, statesman, human rights
campaigner, and perhaps the most influential exponent of the Romantic
movement in France. In France, Hugo's literary reputation rests on his
poetic and dramatic output. Among many volumes of poetry, Les
Contemplations and La Légende des siècles stand particularly high in
critical esteem, and Hugo is sometimes identified as the greatest French
poet. In the English-speaking world his best-known works are often the
novels Les Misérables and Notre-Dame de Paris (sometimes translated into
English as The Hunchback of Notre-Dame). Though extremely
conservative in his youth, Hugo moved to the political left as the decades
passed; he became a passionate supporter of republicanism, and his work
touches upon most of the political and social issues and artistic trends of his
time. Source: Wikipedia
También disponible en Feedbooks Hugo:
Fantina (1862)
Jean Valjean (1862)
Marius (1862)
Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis (1862)
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fines comerciales.
Parte 1
Waterloo
Capítulo 1
El 18 de junio de 1815
Si no hubiera llovido esa noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de
Europa hubiera cambiado. Algunas gotas de agua, una nube que atravesó el
cielo fuera de temporada, doblegaron a Napoleón.
La batalla de Waterloo estaba planeada, genialmente, para las 6 de la
mañana; con la tierra seca la artillería podía desplazarse rápidamente y se
habría ganado la contienda en dos o tres horas. Pero llovió toda la noche; la
tierra estaba empantanada. El ataque empezó tarde, a las once, cinco horas
después de lo previsto. Esto dio tiempo para la llegada de todas las tropas
enemigas.
¿Era posible que Napoleón ganara esta batalla? No. ¿A causa de
Wellington? No, a causa de Dios.
No entraba en la ley del siglo XIX un Napoleón vencedor de Wellington.
Se preparaba una serie de acontecimientos en los que Napoleón no tenía
lugar.
Ya era tiempo que cayera aquel hombre. Su excesivo peso en el destino
humano turbaba el equilibrio. Toda la vitalidad concentrada en una sola
persona, el mundo pendiente del cerebro de un solo ser, habría sido mortal
para la civilización.
La caída de Napoleón estaba decidida. Napoleón incomodaba a Dios.
Al final, Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del Universo.
Pero para disgusto de los vencedores, el triunfo final es de la revolución:
Bonaparte antes de Waterloo ponía a un cochero en el trono de Nápoles y a
un sargento en el de Suecia; Luis XVIII, después de Waterloo, firmaba la
declaración de los derechos humanos.
Capítulo 2
El campo de batalla por la noche
Había luna llena aquel 18 de junio de 1815. La noche se complace algunas
veces en ser testigo de horribles catástrofes, como la batalla de Waterloo.
Después de disparado el último cañonazo, la llanura quedó desierta.
Mientras Napoleón regresaba vencido a París, setenta mil hombres se
desangraban poco a poco y algo de su paz se esparcía por el mundo.
El Congreso de Viena firmó los tratados de 1815 y Europa llamó a
aquello "la Restauración". Eso fue Waterloo.
La guerra puede tener bellezas tremendas, pero tiene también cosas muy
feas. Una de las más sorprendentes es el rápido despojo de los muertos. El
alba que sigue a una batalla amanece siempre para alumbrar cadáveres
desnudos.
Todo ejército tiene sus seguidores: seres murciélagos que engendra esa
oscuridad que se llama guerra. Especie de bandidos o mercenarios que van
de uniforme, pero no combaten; falsos enfermos, contrabandistas,
mendigos, granujas, traidores.
A eso de las doce de esa noche vagaba un hombre: era uno de ellos que
acudía a saquear Waterloo. De vez en cuando se detenía, revolvía la tierra, y
luego escapaba. Iba escudriñando aquella inmensa tumba. De pronto se
detuvo. Debajo de un montón de cadáveres sobresalía una mano abierta
alumbrada por la luna. En uno de sus dedos brillaba un anillo. El hombre se
inclinó y lo sacó, pero la mano se cerró y volvió a abrirse. Un hombre
honrado hubiera tenido miedo, pero éste se echó a reír.
- ¡Caramba! -dijo-. ¿Estará vivo este muerto?
Se inclinó de nuevo y arrastró el cuerpo de entre los cadáveres.
Era un oficial; tenía la cara destrozada por un sablazo, sus ojos estaban
cerrados. Llevaba la cruz de plata de la Legión de Honor. El vagabundo la
arrancó y la guardó en su capote. Buscó en los bolsillos del oficial, encontró
un reloj y una bolsa. En eso estaba cuando el oficial abrió los ojos.
- Gracias -dijo con voz débil.
Los bruscos tirones del ladrón y el aire fresco de la noche lo sacaron de
su letargo.
- ¿Quién ganó la batalla? -preguntó.
- Los ingleses.
- Registrad mis bolsillos. Hallaréis un reloj y una bolsa; tomadlos.
El vagabundo fingió hacerlo.
- No hay nada -dijo.
- Los han robado -murmuró el oficial-. Lo siento, hubiera querido que
fueran para vos. Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
- Yo pertenecía como vos al ejército francés. Tengo que dejaros ahora,
pues si me cogen los inglesen me fusilarán. Os he salvado la vida, ahora
arreglaos como podáis.
- ¿Vuestro grado?
- Sargento.
- ¿Cómo os llamáis?
- Thenardier.
- No olvidaré ese nombre -dijo el oficial-. Recordad el mío, me llamo
Pontmercy.
Parte 2
El navío Orión
Capítulo 1
El número 24.601 se convierte en el 9.430
Jean Valjean había sido capturado de nuevo.
El lector nos agradecerá que pasemos rápidamente por detalles dolorosos.
Nos limitaremos pues a reproducir uno de los artículos publicados por los
periódicos de aquella época pocos meses después de los sorprendentes
acontecimientos ocurridos en M.
El Diario de París del 25 de julio de 1823 dice así:
"Acaba de comparecer ante el tribunal de jurados del Var un ex
presidiario llamado Jean Valjean, en circunstancias que han llamado la
atención. Este criminal había conseguido engañar la vigilancia de la
policía; cambió su nombre por el de Magdalena y logró hacerse nombrar
alcalde de una de nuestras pequeñas poblaciones del Norte, donde había
establecido un comercio de bastante consideración. Al fin fue
desenmascarado y apresado, gracias al celo infatigable de la autoridad.
Tenía por concubina a una mujer pública, que ha muerto de terror en el
momento de su prisión. Este miserable, dotado de una fuerza hercúlea,
halló medio de evadirse; pero tres o cuatro días después de su evasión, la
policía consiguió apoderarse nuevamente de él en París, en el momento de
subir en uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital
a la aldea de Montfermeil. Se dice que se aprovechó del intervalo de estos
tres o cuatro días de libertad para retirar una suma considerable de dinero.
Si hemos de dar crédito al acta de acusación, debe haberla escondido en un
sitio conocido de él solo, pues no se ha podido dar con ella. El bandido ha
renunciado a defenderse de los numerosos cargos en su contra. Por
consiguiente, Jean Valjean, declarado reo, ha sido condenado a la pena de
muerte; y no habiendo querido entablar el recurso de casación, la
sentencia se hubiera ejecutado, si el rey, en su inagotable benignidad, no se
hubiera dignado conmutarle dicha pena por la de cadena perpetua. Jean
Valjean fue conducido inmediatamente al presidio de Tolón".
Jean Valjean cambió de número en el presidio. Se llamó el 9.430.
Y en M., toda prosperidad desapareció con el señor Magdalena; todo
cuanto había previsto en su noche de vacilación y de fiebre se realizó:
faltando él, faltó el alma de aquella población. Después de su caída se
verificó ese reparto egoísta de la herencia de los grandes hombres caídos.
Se falsificaron los procedimientos, bajó la calidad de los productos, hubo
menos pedidos, bajó el salario, se cerraron los enormes talleres de
Magdalena; los edificios se deterioraron, se dispersaron los obreros, y
pronto vino la quiebra. Y entonces no quedó nada para los pobres. Todo se
desvaneció.
Capítulo 2
El diablo en Montfermeil
Antes de ir más lejos, bueno será referir con algunos pormenores algo
singular que hacia esta misma época sucedió en Montfermeil.
Hay en ese pueblo una superstición muy antigua que consiste en creer
que el diablo, desde tiempo inmemorial, ha escogido el bosque para ocultar
sus tesoros. Cuentan que no es raro encontrar, al morir el día y en los sitios
más apartados, a un hombre negro, con facha de leñador, calzado con
zuecos. Este hombre está siempre ocupado en hacer hoyos en la tierra. Hay
tres modos de sacar partido del encuentro. El primero es acercársele y
hablarle; entonces resulta que este hombre no es más que un aldeano, que se
ve negro porque es la hora del crepúsculo, que no hace tal hoyo en la tierra
sino que corta la hierba para sus vacas, y que lo que parece ser cuernos no
es más que una horqueta para remover el estiércol que lleva a la espalda.
Vuelve uno a su casa y se muere al cabo de una semana. El segundo método
es observarle, esperar a que haya hecho su hoyo, lo haya vuelto a cubrir y se
haya ido; luego ir corriendo al agujero, destaparlo y coger el tesoro. En este
caso muere uno al cabo de un mes. En fin, el tercer método es no hablar al
hombre negro, ni mirarlo, y echar a correr a todo escape. Entonces muere
uno durante el año.
Como los tres métodos tienen sus inconvenientes, el segundo, que ofrece
a lo menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro aunque no
sea más que por un mes, es el que generalmente se adopta.
Ahora bien, muy poco tiempo después de que la justicia comunicara que
el presidiario Jean Valjean durante su evasión de algunos días anduvo
vagando por los alrededores de Montfermeil, se notó en esta aldea que un
viejo peón caminero llamado Boulatruelle hacía frecuentes visitas al
bosque. Se decía que el tal Boulatruelle había estado en presidio; que estaba
sometido a cierta vigilancia de la policía, y que como no encontraba trabajo
en ninguna parte, la municipalidad lo empleaba por un pequeño jornal como
peón en el camino vecinal de Gagny a Lagny.
Este Boulatruelle era bastante mal mirado por los aldeanos, por ser
demasiado respetuoso, humilde, pronto a quitarse su gorra ante todo el
mundo, y porque temblaba delante de los gendarmes. Se le suponía afiliado
a una banda de asaltantes, el Patron-Minette; se tenían sospechas de que se
emboscaba a la caída de la noche en la espesura de los bosques. Además,
era un borracho perdido.
Desde hacía algún tiempo, se le encontraba en los claros más desiertos,
entre la maleza más sombría, buscando al parecer alguna cosa, y algunas
veces abriendo hoyos. Decían en la aldea:
- Es claro que el diablo se ha aparecido. Boulatruelle lo ha visto, y busca.
Está loco por robarle su alcancía.
Otros añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, o el diablo a
Boulatruelle? Poco tiempo después cesaron las idas de Boulatruelle al
bosque, y volvió a su trabajo de peón caminero, con lo cual se habló de otra
cosa.
No obstante, la curiosidad de algunas personas no se daba por satisfecha.
Los más curiosos eran el maestro de escuela y el bodegonero Thenardier,
que era amigo de todo el mundo y no había desdeñado la amistad de
Boulatruelle.
- Ha estado en presidio -se decía-. Ah, uno nunca sabe ni quién está allá,
ni quién irá.
Una noche decidieron con el maestro de escuela hacerlo hablar, y para
esto emborracharon al peón caminero.
Boulatruelle bebió grandes cantidades de vino y se le escaparon unas
cuantas palabras, con las cuales Thenardier y el maestro creyeron
comprender lo siguiente: Una mañana, al ir Boulatruelle a su trabajo cuando
amanecía, se sorprendió al ver en un recodo del bosque entre la maleza una
pala y un azadón. Al oscurecer del mismo día vio, sin ser visto porque
estaba oculto tras un árbol, a un hombre que se dirigía a lo más espeso del
bosque. Boulatruelle conocía muy bien a ese hombre. Traducción de
Thenardier: Un compañero de presidio.
Boulatruelle se negó obstinadamente a decir su nombre. Este individuo
llevaba un paquete, una cosa parecida a una caja grande o a un cofre
pequeño. Sorpresa de Boulatruelle. Sin embargo, hasta pasados siete a ocho
minutos no se le ocurrió seguirlo.
Y ya fue demasiado tarde; el hombre se había internado en lo más espeso
del bosque, y no pudo dar con él. Entonces tomó el partido de observar la
entrada del bosque, y unas tres horas después lo vio salir de entre la maleza;
ya no llevaba la caja-cofre, sino una pala y un azadón. Boulatruelle lo dejó
pasar, y no se le acercó porque el otro era tres veces más fuerte, y armado
además de la pala y el azadón; lo hubiera golpeado al reconocerlo y verse
reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que se reencuentran.
Boulatruelle dedujo que el sujeto abrió un hoyo en la tierra con el
azadón, enterró el cofre, y volvió a cerrar el hoyo con la pala. Ahora bien, el
cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; contenía, pues,
dinero. Y empezó sus pesquisas. Exploró, sondeó y escudriñó todo el
bosque, y miró por todas partes donde le pareció que habían removido
recientemente la tierra. Pero fue en vano. No encontró nada.
Nadie volvió a pensar sobre esto en Montfermeil. Sólo alguien comentó:
- No hay duda que Boulatruelle vio al diablo.
Capítulo 3
La cadena de la argolla se rompe de un solo
martillazo
A fines de octubre del año 1823, los habitantes de Tolón vieron entrar en su
puerto, de resultas de un temporal y para reparar algunas averías, al navío
Orión. Este buque, averiado como estaba, porque el mar lo había
maltratado, hizo un gran efecto al entrar en la rada. Fondeó cerca del
arsenal, y se trató de armarlo y repararlo. Una mañana la multitud que lo
contemplaba fue testigo de un accidente.
Cuando la tripulación estaba ocupada en envergar las velas, un gaviero
perdió el equilibrio. Se le vio vacilar; la cabeza pudo más que el cuerpo; el
hombre dio vueltas alrededor de la verga, con las manos extendidas hacia el
abismo; cogió al paso, con una mano primero y luego con la otra, el estribo,
y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo, a una profundidad que
producía vértigo. La sacudida de su caída había imprimido al estribo un
violento movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado a esta
cuerda como la piedra de una honda.
Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía
a aventurarse. La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un
minuto a otro soltar la cuerda, y todo el mundo volvía la cabeza para no
presenciar su muerte.
De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad
de un tigre. Iba vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde,
señal de condenado a cadena perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un
golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver una cabeza enteramente blanca.
El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo,
había corrido en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar
su vida por salvar al gaviero.
A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena
sujeta a la argolla de su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los
obenques. Nadie notó en aquel instante la facilidad con que rompió la
cadena.
En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella
un cabo de la cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después
empezó a bajar deslizándose por esta cuerda y se acercó al marinero.
Entonces hubo una doble angustia; en vez de un hombre suspendido sobre
el abismo había dos.
Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que
se sujetaba con una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta
que lo tuvo también en ella; después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la
gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas. Se preparó entonces para
bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que pertenecía. Para llegar
más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja.
Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que
estuviese cansado, sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear.
De pronto la muchedumbre lanzó un grito; el presidiario acababa de caer al
mar.
La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al
Orión, y el pobre presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de
temer que hubiera ido a parar debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se
lanzaron en una embarcación. La muchedumbre los animaba, y la ansiedad
había vuelto a aparecer en todos los semblantes.
El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin
dejar una huella. Se sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano;
no se halló ni siquiera el cadáver.
Al día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas: "7 de
noviembre de 1823. - Un presidiario que se hallaba trabajando con su
cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y
se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree que habrá quedado
enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba
inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Jean Valjean".
Parte 3
Cumplimiento de una promesa
Capítulo
Montfermeil
1
Montfermeil en 1823 no era más que una aldea entre bosques. Era un sitio
tranquilo y agradable, cuyo único problema era que escaseaba el agua y era
preciso ir a buscarla bastante lejos, en los estanques del bosque. El
bodeguero Thenardier pagaba medio sueldo por cubo de agua a un hombre
que tenía este oficio y que ganaba en esto ocho sueldos al día: pero este
hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco
en el invierno, y cuando llegaba la noche, el que no tenía agua para beber, o
iba a buscarla, o se pasaba sin ella.
Esto es lo que aterraba a la pequeña Cosette. La pobre niña servía de
criada a los Thenardier y ella era la que iba a buscar agua cuando faltaba.
Así es que, espantada con la idea de ir a la fuente por la noche, cuidaba de
que no faltara nunca en la casa.
La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil.
El principio del invierno había sido templado y no había helado ni nevado.
Los charlatanes y feriantes que habían llegado de París obtuvieron del
alcalde el permiso para colocar sus tiendas en la calle ancha de la aldea, y
hasta en la callejuela del Boulanger donde estaba el bodegón de los
Thenardier. Toda aquella gente llenaba las posadas y tabernas, y daba al
pueblo una vida alegre y ruidosa.
En la noche misma de Navidad, muchos carreteros y vendedores bebían
alrededor de una mesa con cuatro o cinco velas de sebo en la sala baja del
bodegón de Thenardier, quien conversaba con sus parroquianos. Su mujer
vigilaba la cena.
Cosette se hallaba en su puesto habitual, sentada en el travesaño de la
mesa de la cocina junto a la chimenea; la pobre niña estaba vestida de
harapos, tenía los pies desnudos metidos en zuecos, y a la luz del fuego tejía
medias de lana destinadas a las hijas de Thenardier. Debajo de las sillas
jugaba un gato pequeño. En la pieza contigua se oían las voces de Eponina
y Azelma que reían y charlaban. De vez en cuando se oía desde el interior
de la casa el grito de un niño de muy tierna edad. Era una criatura que la
mujer de Thenardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, sin
saber por qué, según decía ella, y que tendría unos tres años. La madre lo
había criado pero no lo quería. Y el pobre niño abandonado lloraba en la
oscuridad.
Capítulo 2
Dos retratos completos
En este libro no se ha visto aún a los Thenardier más que de perfil; ha
llegado el momento de mirarlos por todas sus fases.
Thenardier acababa de cumplir los cincuenta años; su esposa frisaba los
cuarenta.
La mujer de Thenardier era alta, rubia, colorada, gorda, grandota y ágil.
Ella hacía todo en la casa; las camas, los cuartos, el lavado, la comida, a
lluvia, el buen tiempo, el diablo. Por única criada tenía a Cosette, un
ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al sonido de su voz, los
vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se jactaba de
partir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y
no temía más que a su marido.
Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo,
endeble, que parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la
mirada de una zorra y quería dar la imagen de un intelectual. Era astuto y
equilibrado; silencioso o charlatán según la ocasión, y muy inteligente.
Jamás se emborrachaba; era un estafador redomado, un genial mentiroso.
Pretendía haber servido en el ejército y contaba con toda clase de detalles
que en Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo
contra un escuadrón de Húsares de la Muerte, y había salvado en medio de
la metralla a un general herido gravemente. De allí venía el nombre de su
taberna, "El Sargento de Waterloo", y la enseña pintada por él mismo. No
tenía más que un pensamiento: enriquecerse. Y no lo conseguía. A su gran
talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en Montfermeil y,
sin embargo, este perdido hubiera llegado a ser millonario en Suiza o en los
Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí donde la suerte lo pone.
En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeudado en unos mil quinientos
francos de pago urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repugnante y
terrible, sufriendo su doble presión como una criatura que se viera a la vez
triturada por una piedra de molino y hecha trizas por unas tenazas. El
hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de martirizar. Si
Cosette era molida a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el
invierno era obra del marido.
Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frotaba, barría, sudaba, cargaba
con las cosas más pesadas; y débil como era se ocupaba de los trabajos más
duros. No había piedad para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La
pobre niña sufría y callaba.
Capítulo 3
Vino para los hombres y agua a los caballos
Llegaron cuatro nuevos viajeros.
Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso
llenar los jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llegados,
y que no quedaba ya agua en la vasija. Lo que la tranquilizaba un poco era
que en la casa de Thenardier no se bebía mucha agua. No faltaban personas
que tuvieran sed, pero de esa sed que se aplaca más con el vino que con el
agua. De pronto uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el
bodegón dijo con voz dura:
- A mi caballo no le han dado de beber.
- Sí, por cierto -dijo la mujer de Thenardier.
- Os digo que no -contestó el mercader.
Cosette había salido de debajo de la mesa.
- ¡Oh, sí, señor! -dijo-. El caballo ha bebido, y ha bebido en el cubo que
estaba lleno, yo misma le he dado de beber, y le he hablado.
Esto no era cierto. Cosette mentía.
- Vaya una muchacha que parece un pajarillo y que echa mentiras del
tamaño de una casa –dijo el mercader-. Te digo que no ha bebido,
tunantuela. Cuando no bebe, tiene un modo de resoplar que conozco
perfectamente.
Cosette insistió, añadiendo con una voz enronquecida por la angustia:
- ¡Pero si ha bebido! ¡Y con qué ganas!
- Bueno, bueno -replicó el hombre, enfadado-; que den de beber a mi
caballo y concluyamos.
Cosette volvió a meterse debajo de la mesa.
- Tiene razón -dijo la Thenardier-; si el animal no ha bebido, es preciso
que beba.
Después miró a su alrededor.
- Y bien, ¿dónde está ésa?
Se inclinó y vio a Cosette acurrucada al otro extremo de la mesa casi
debajo de los pies de los bebedores.
- ¡Ven acá! -gritó furiosa.
Cosette salió de la especie de agujero en que se hallaba metida. La
Thenardier continuó:
- Señorita perro-sin-nombre, vaya a dar de beber a ese caballo.
- Pero, señora -dijo Cosette, débilmente-, si no hay agua.
La Thenardier abrió de par en par la puerta de la calle.
- Pues bien, ve a buscarla.
Cosette bajó la cabeza, y fue a tomar un cubo vacío que había en el
rincón de la chimenea. El cubo era más grande que ella y la niña habría
podido sentarse dentro, y aun estar cómoda. La Thenardier volvió a su
fogón y probó con una cuchara de palo el contenido de la cacerola,
gruñendo al mismo tiempo:
- Oye tú, monigote, a la vuelta comprarás un pan al panadero. Ahí tienes
una moneda de quince sueldos.
Cosette tenía un bolsillo en uno de los lados del delantal; tomó la moneda
sin decir palabra, la guardó en aquel bolsillo y salió.
Capítulo 4
Entrada de una muñeca en escena
Frente a la puerta de los Thenardier se había instalado una tienda de
juguetes relumbrante de lentejuelas, de abalorios y vidrios de colores.
Delante de todo había puesto el tendero una inmensa muñeca de cerca de
dos pies de altura, vestida con un traje color rosa, con espigas doradas en la
cabeza, y que tenía pelo verdadero y ojos de vidrio esmaltado. Esta
maravilla había sido durante todo el día objeto de la admiración de los
mirones de menos de diez años, sin que hubiera en Montfermeil una madre
bastante rica o bastante pródiga para comprársela a su hija. Eponina y
Azelma habían pasado horas enteras contemplándola y hasta la misma
Cosette, aunque es cierto que furtivamente, se había atrevido a mirarla.
En el momento en que Cosette salió con su cubo en la mano, por triste y
abrumada que estuviera, no pudo menos que alzar la vista hacia la
prodigiosa muñeca, hacia la "reina", como ella la llamaba. La pobre niña se
quedó petrificada; no había visto todavía tan de cerca como entonces la
muñeca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca era la alegría, el
esplendor, la riqueza, la dicha, que aparecían como una especie de brillo
quimérico ante aquel pequeño ser, enterrado tan profundamente en una
miseria fúnebre y fría. Cosette se decía que era preciso ser reina, o a lo
menos princesa para tener una cosa así. Contemplaba el bello vestido
rosado, los magníficos cabellos alisados y decía para sí: "¡Qué feliz debe
ser esa muñeca!" Sus ojos no podían separarse de aquella tienda fantástica;
cuanto más miraba más se deslumbraba; creía estar viendo el paraíso. En
esta adoración lo olvidó todo, hasta la comisión que le habían encargado.
De pronto la bronca voz de la Thenardier la hizo volver en sí. Había echado
una mirada a la calle y vio a Cosette en éxtasis.
- ¡Cómo, flojonaza! ¿No te has ido todavía? ¡Espera! ¡Allá voy yo! ¿Qué
tienes tú que hacer ahí? ¡Vete, pequeño monstruo!
Cosette echó a correr con su cubo a toda la velocidad que podía.
Capítulo
La niña sola
5
Como la taberna de Thenardier se hallaba en la parte norte de la aldea, tenía
que ir Cosette por el agua a la fuente del bosque que estaba por el lado de
Chelles.
Ya no miró una sola tienda de juguetes. Cuanto más andaba más espesas
se volvían las tinieblas. Pero mientras vio casas y paredes por los lados del
camino, fue bastante animada. De vez en cuando veía luces a través de las
rendijas de una ventana; allí había gente, y esto la tranquilizaba. Sin
embargo, a medida que avanzaba iba aminorando el paso maquinalmente.
No era ya Montfermeil lo que tenía delante, era el campo, el espacio oscuro
y desierto. Miró con desesperación aquella oscuridad. Arrojó una mirada
lastimera hacia delante y hacia atrás. Todo era oscuridad. Tomó el camino
de la fuente y echó a correr. Entró en el bosque corriendo, sin mirar ni
escuchar nada. No detuvo su carrera hasta que le faltó la respiración,
aunque no por eso interrumpió su marcha. No dirigía la vista ni a la derecha
ni a la izquierda, por temor de ver cosas horribles en las ramas y entre la
maleza. Llorando llegó a la fuente.
Buscó en la oscuridad con la mano izquierda una encina inclinada hacia
el manantial, que habitualmente le servía de punto de apoyo; encontró una
rama, se agarró a ella, se inclinó y metió el cubo en el agua. Mientras se
hallaba inclinada así no se dio cuenta de que el bolsillo de su delantal se
vaciaba en la fuente. La moneda de quince sueldos cayó al agua. Cosette no
la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno, y lo puso sobre la hierba.
Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que
se le habían mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de
ella otra vez, un miedo natural e insuperable. No tuvo más que un
pensamiento, huir; huir a todo escape por medio del campo, hasta las casas,
hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su mirada se fijó en el cubo
que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la Thenardier, que no se
atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos, y le
costó trabajo levantarlo.
Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y
tuvo que dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa
y echó a andar: esta vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a
detenerse todavía. Después de algunos segundos de reposo, continuó su
camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la cabeza baja como una
vieja. Quería acortar la duración de las paradas andando entre cada una el
mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una
hora para volver a Montfermeil, y que la Thenardier le pegaría. Al llegar
cerca de un viejo castaño que conocía, hizo una parada mayor que las otras
para descansar bien; después reunió todas sus fuerzas, volvió a coger el
cubo y echó a andar nuevamente.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó, abrumada de cansancio y de
miedo.
En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano,
que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba
vigorosamente. Cosette, sin soltarlo, alzó la cabeza y vio una gran forma
negra, derecha y alta, que caminaba a su lado en la oscuridad. Era un
hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera.
Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo
miedo.
Capítulo 6
Cosette con el desconocido en la oscuridad
Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, un hombre descendía en Chelles
del coche que hacía el viaje París-Lagny, y se iba por la senda que lleva a
Montfermef, como quien se conoce bien el camino. Pero en lugar de entrar
en el pueblo, se internó en el bosque.
Una vez allí, se fue caminando despacio, mirando con atención los
árboles, como si buscara algo y siguiera una ruta sólo por él conocida. Por
fin llegó a un claro donde había gran cantidad de piedras. Se dirigió con
rapidez a ellas y las examinó cuidadosamente, como si les pasara revista. A
pocos pasos de las piedras, se alzaba un árbol enorme lleno de esas especies
de verrugas que tienen los troncos viejos.
Frente a este árbol, que era un fresno, había un castaño con una parte de
su tronco descortezado, al que habían clavado como parche una faja de
zinc.
Tocó el parche y luego dio de patadas a la tierra alrededor del árbol,
como para asegurarse de que no había sido removida. Después de esto,
prosiguió su camino por el bosque. Este era el hombre que acababa de
encontrarse con Cosette. Se había dado cuenta que se trataba de una niña
pequeña y se le acercó y tomó silenciosamente su cubo.
El hombre le dirigió la palabra. Hablaba con una voz grave y baja.
- Hija mía, lo que llevas ahí es muy pesado para ti.
Cosette alzó la cabeza y respondió:
- Sí, señor.
- Dame -continuó el hombre-, yo lo llevaré.
Cosette soltó el cubo. El hombre echó a andar junto a ella.
- En efecto, es muy pesado -dijo entre dientes.
Luego añadió:
- ¿Qué edad tienes, pequeña?
- Ocho años, señor.
- ¿Y vienes de muy lejos así?
- De la fuente que está en el bosque.
- ¿Y vas muy lejos?
A un cuarto de hora largo de aquí.
El hombre permaneció un momento sin hablar; después dijo
bruscamente:
- ¿No tienes madre?
- No lo sé -respondió la niña.
Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo para tomar la palabra,
añadió:
- No lo creo. Las otras, sí; pero yo no la tengo.
Y después de un instante de silencio, continuó:
- Creo que no la he tenido nunca.
El hombre se detuvo, dejó el cubo en tierra, se inclinó, y puso las dos
manos sobre los hombros de la niña, haciendo un esfuerzo para mirarla y
ver su rostro en la oscuridad.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó.
- Cosette.
El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Volvió a mirarla, cogió el
cubo y echó a andar.Al cabo de un instante preguntó:
- ¿Dónde vives, niña?
- En Montfermeil.
Volvió a producirse otra pausa, y luego el hombre continuó:
- ¿Quién te ha enviado a esta hora a buscar agua al bosque?
- La señora Thenardier.
El hombre replicó en un tono que quería esforzarse por hacer indiferente,
pero en el cual había un temblor singular:
- ¿Quién es esa señora Thenardier?
- Es mi ama -dijo la niña-. Tiene una posada.
- ¿Una posada? -dijo el hombre-. Pues bien, allá voy a dormir esta noche.
Llévame.
El hombre andaba bastante de prisa. La niña lo seguía sin trabajo; ya no
sentía el cansancio; de vez en cuando alzaba los ojos hacia él con una
especie de tranquilidad y de abandono inexplicable. Jamás le habían
enseñado a dirigirse a la Providencia y orar: sin embargo, sentía en sí una
cosa parecida a la esperanza y a la alegría, y que se dirigía hacia el Cielo.
Pasaron algunos minutos. El hombre continuó:
- ¿No hay criada en casa de esa señora Thenardier?
- No, señor.
- ¿Eres tú sola?
- Sí, señor.
Volvió a haber otra interrupción. Luego Cosette dijo:
- Es decir, hay dos niñas, Eponina y Azelma, las hijas de la señora
Thenardier.
- ¿Y qué hacen?
- ¡Oh! -dijo la niña-, tienen muñecas muy bonitas y muchos juguetes.
Juegan y se divierten.
- ¿Todo el día?
- Sí, señor.
- ¿Y tú?
- Yo trabajo.
- ¿Todo el día?
Alzó la niña sus grandes ojos, donde había una lágrima que no se veía a
causa de la oscuridad, y respondió blandamente:
- Sí, señor.
Después de un momento de silencio prosiguió:
- Algunas veces, cuando he concluido el trabajo y me lo permiten, me
divierto también.
- ¿Cómo te diviertes?
- Como puedo. Me dan permiso; pero no tengo muchos juguetes. Eponina
y Azelma no quieren que juegue con sus muñecas, y no tengo más que un
pequeño sable de plomo, así de largo.
La niña señalaba su dedo meñique.
- ¿Y que no corta?
- Sí, señor -dijo la niña-; corta ensalada y cabezas de moscas.
Llegaron a la aldea; Cosette guió al desconocido por las calles. Pasaron
por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía
llevar.
Al ver el hombre todas aquellas tiendas al aire libre, preguntó a Cosette:
- ¿Hay feria aquí?
- No, señor, es Navidad.
Cuando ya se acercaban al bodegón, Cosette le tocó el brazo
tímidamente.
- ¡Señor!
- ¿Qué, hija mía?
- Ya estamos junto a la casa.
- Y bien…
- ¿Queréis que tome yo el cubo ahora? Porque si la señora ve que me lo
han traído me pegará.
El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban a la puerta de
la taberna.
Capítulo 7
Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es
un rico
Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca
grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se
abrió la puerta y apareció la Thenardier con una vela en la mano.
- ¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá
estado divirtiendo la muy holgazana como siempre.
- Señora -dijo Cosette temblando-, aquí hay un señor que busca
habitación.
La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto
amable, cambio visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente
con la vista al recién llegado.
- ¿Es el señor? -dijo.
- Sí, señora -respondió el hombre llevando la mano al sombrero.
Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta actitud y la inspección del traje
y del equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una
ojeada, hicieron desaparecer la amable mueca, y reaparecer el gesto
avinagrado. Le replicó, pues, secamente:
- Entrad, buen hombre.
El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada;
examinó particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía
estar más raído, y su sombrero algo abollado; y con un movimiento de
cabeza, un fruncimiento de nariz y una guiñada de ojos, consultó a su
marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El marido respondió
con una imperceptible agitación del índice, que quería decir: "Que se
largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó:
- Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación.
- Ponedme donde queráis -dijo el hombre-, en el granero, o en la cuadra.
Pagaré como si ocupara un cuarto.
- Cuarenta sueldos.
- ¿Cuarenta sueldos? Sea.
- ¡Cuarenta sueldos! -murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier-; ¡si
no son más que veinte sueldos!
- Para él son cuarenta -replicó la Thenardier, en el mismo tono-. Yo no
admito pobres por menos.
Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su
paquete y su bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se
apresuró a poner una botella de vino y un vaso.
La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso
a tejer. El hombre la contemplaba con atención extraña.
Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda.
Tenía cerca de ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en
una especie de sombra estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los
extremos de su boca tenían esa curvatura de la angustia habitual que se
observa en los condenados y en los enfermos desahuciados.
Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en
verano, y que inspiraba horror en el invierno. La tela que vestía estaba llena
de agujeros. Se le veía la piel por varias partes, y por doquiera se
distinguían manchas azules o negras, que indicaban el sitio donde la
Thenardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido de su voz,
sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto,
expresaban y revelaban una sola idea: el miedo.
De súbito la Thenardier dijo:
- A propósito, ¿y el pan?
Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la
voz, salió en seguida de debajo de la mesa.
Había olvidado el pan completamente. Recurrió, pues, al recurso de los
niños asustados. Mintió.
- Señora, el panadero tenía cerrado.
- ¿Por qué no llamaste?
- Llamé, señora.
- ¿Y qué?
- No abrió.
- Mañana sabré si es verdad -dijo la Thenardier-, y si mientes, verás lo
que te espera. Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos.
Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La
moneda de quince sueldos ya no estaba allí.
- Vamos -dijo la Thenardier-, ¿me has oído?
Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero?
La pobre niña no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada.
- ¿Has perdido acaso los quince sueldos? -aulló la Thenardier-. ¿O me los
quieres robar?
Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de
la chimenea. Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar:
- ¡Perdonadme, señora; no lo haré más!
La Thenardier tomó el látigo.
Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el
bolsillo, sin que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros
en beber o jugar a los naipes.
Cosette se acurrucaba con angustia en el rincón de la chimenea,
procurando proteger de los golpes sus pobres miembros medio desnudos.
La Thenardier levantó el brazo.
- Perdonad, señora -dijo el hombre-; pero vi caer una cosa del bolsillo del
delantal de esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda
perdida.
Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante.
- Aquí está justamente -continuó, levantándose.
Y dio una moneda de plata a la Thenardier.
- Sí, ésta es -dijo ella.
No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier
salía ganando. La guardó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz
a la niña diciendo:
- ¡Cuidado con que lo suceda otra vez!
Cosette volvió a meterse en lo que la Thenardier llamaba su perrera y su
mirada, fija en el viajero desconocido, tomó una expresión que no había
tenido nunca, mezcla de una ingenua admiración y de una tímida confianza.
- ¿Quién será este hombre? -se decía la mujer entre dientes-. Algún pobre
asqueroso. No tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la
habitación? Con todo, suerte ha sido que no se le haya ocurrido la idea de
robar el dinero que estaba en el suelo.
En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy
lindas, alegres y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas.
Se sentaron al lado del fuego. Tenían una muñeca a la que daban vueltas
y más vueltas sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuando
alzaba Cosette la vista de su trabajo, y las miraba jugar con expresión
lúgubre.
De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba
jugar a las niñas.
- ¡Ah, ahora no me lo negarás! -exclamó-. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora
te haré yo trabajar a latigazos!
El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier.
- Señora -dijo sonriéndose casi con timidez-. ¡Dejadla jugar!
- Es preciso que trabaje, puesto que come -replicó ella, con acritud-. Yo
no la alimento por nada.
- ¿Pero qué es lo que hace? -continuó el desconocido con una dulce voz
que contrastaba extrañamente con su traje de mendigo.
La Thenardier se dignó responder:
- Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con
las piernas desnudas.
El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó:
- ¿Y cuánto puede valer el par de medias, después de hecho?
- Lo menos treinta sueldos.
- Compro ese par de medias -dijo el hombre, y añadió sacando del
bolsillo una moneda de cinco francos y poniéndola sobre la mesa-, y lo
pago.
Después dijo volviéndose hacia Cosette:
- Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía.
Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de
cinco francos, que vino a verla.
- ¡Y es verdad -dijo-, no es falsa!
La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de
odio.
Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a preguntar:
- ¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar?
- ¡Juega! -dijo la Thenardier, con voz terrible.
- Gracias, señora -dijo Cosette.
Y mientras su boca daba gracias a la Thenardier, toda su alma se las daba
al viajero.
Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan
de dejar de lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus maullidos y
sus contorsiones, con unos trapos y unas cintas rojas y azules.
Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una
muñeca con cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envolvían al gato,
Cosette por su parte había envuelto su sablecito de plomo, lo acostó en sus
brazos y cantaba dulcemente para dormirlo. Como no tenía muñeca, se
había hecho una muñeca con el sable.
La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi
marido tiene razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros!
- Ya veis, señor -dijo-, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero
es preciso que trabaje.
- ¿No es vuestra esa niña?
- ¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad;
una especie de idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos
ricos. Por más que hemos escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos
contestan. Pensamos que su madre ha muerto.
- ¡Ah! -dijo el hombre, y volvió a quedar pensativo.
De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier
abandonada a causa del gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de
cocina.
Entonces dejó caer el sable, que sólo la satisfacía a medias, y luego paseó
lentamente su mirada alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz
baja con su marido y contaba dinero; Eponina y Azelma jugaban con el
gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y nadie se fijaba en ella. No
había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se arrastró sobre
las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un
instante después estaba otra vez en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta de
modo que diese sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de
jugar con una muñeca era tan poco frecuente para ella, que tenía toda la
violencia de una voluptuosidad. Nadie la había visto, excepto el viajero.
Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución
que tomara Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y
que el fuego de la chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo
vio y se lo mostró a Eponina. Las dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette
se había atrevido a tomar la muñeca!
Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a
tirarle el vestido.
- Déjame -dijo la madre-. ¿Qué quieres?
- Madre -dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo-, ¡mira!
Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.
El rostro de la Thenardier adquirió una expresión terrible. Gritó con una
voz enronquecida por la indignación:
- ¡Cosette!
Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y
volvió la cabeza.
- ¡Cosette! -repitió la Thenardier.
Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemente en el suelo con una
especie de veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no
había podido arrancarle ninguna de las emociones del día, acudieron a sus
ojos, y rompió a llorar.
Entretanto, el viajero se había levantado.
- ¿Qué pasa? -preguntó a la Thenardier.
- ¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permitido tocar la muñeca de mis
hijas con sus asquerosas manos sucias!
Aquí redobló Cosette sus sollozos.
- ¿Quieres callar? -gritó la Thenardier.
El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió.
Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a
Cosette un feroz puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar.
La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano
la fabulosa muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo:
- Toma, es para ti.
Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre hacia ella con la muñeca como
si hubiera sido el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la
muñeca, después retrocedió lentamente y fue a ocultarse al fondo de la
mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya no se atrevía a respirar. La
Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los bebedores
mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne.
El tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se
acercó a su mujer, y dijo en voz baja:
- Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de
rodillas delante de ese hombre.
- Vamos, Cosette -dijo entonces la Thenardier con una voz que quería
dulcificar, y que se componía de esa miel agria de las mujeres malas-, ¿no
tomas lo muñeca?
Cosette se aventuró a salir de su agujero.
- Querida Cosette -continuó la Thenardier con tono cariñoso-; el señor te
da una muñeca. Tómala. Es tuya.
Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su
rostro estaba aún inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el
crepúsculo matutino, empezaban a llenarse de las extrañas irradiaciones de
la alegría.
- ¿De veras, señor? -murmuró-. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"?
El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a
ese extremo de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal
con la cabeza. Cosette cogió la muñeca con violencia.
- La llamaré Catalina -dijo.
Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se
estrecharon con las cintas rosadas de la muñeca.
Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo
delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de
contemplación.
- Juega, pues, Cosette -dijo el desconocido.
- ¡Oh! Estoy jugando -respondió la niña.
La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al
hombre permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar
llevándose a Catalina en brazos.
Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso.
Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y
permaneció algún tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una
vela y salió del cuarto, mirando a su alrededor como quien busca algo. Oyó
un ruido muy leve parecido a la respiración de un niño. Se dejó conducir
por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular practicado debajo
de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el polvo
y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo
roto. No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía
Cosette.
El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y
estaba vestida.
En invierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la
muñeca, cuyos grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de
su cama no había más que un zueco.
Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una
oscura habitación bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo
se veían dos camas gemelas muy blancas; eran las de Azelma y Eponina.
Detrás de las camas, había una cuna donde dormía el niño a quien había
oído llorar toda la tarde.
Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña,
de distinto tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial
costumbre de los niños que ponen sus zapatos en la chimenea la noche de
Navidad esperando encontrar allí un regalo de alguna hada buena. Eponina
y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una había puesto uno
de sus zapatos en la chimenea.
El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho
ya su visita y se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez
sueldos, nuevecita.
Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la
chimenea, otro objeto. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la
madera más tosca, medio roto, y todo cubierto de ceniza y barro seco. Era el
zueco de Cosette. Cosette, con esa tierna confianza de los niños, que puede
engañarlos siempre sin desanimarlos jamás, había puesto también su zueco
en la chimenea.
La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha
conocido la desesperación. En el zueco no había nada.
El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de
Cosette un Luis de oro. Después se volvió en puntillas a su habitación.
Capítulo 8
Thenardier maniobra
Al día siguiente, lo menos dos horas antes de que amaneciera, Thenardier,
sentado junto a una mesa en la sala baja de la taberna, con una pluma en la
mano, y alumbrado por la luz de una vela, hizo la cuenta del viajero del
abrigo amarillento.
-¡Y no te olvides que hoy saco de aquí a Cosette a patadas! -gruñó su
mujer-. ¡Monstruo! ¡Me come el corazón con su muñeca! ¡Preferiría
casarme con Luis XVIII a tenerla en casa un día!.
Thenardier encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas de humo:
- Entregarás al hombre esta cuenta.
Después salió.
Apenas había puesto el pie fuera de la sala cuando entró el viajero.
Thenardier se devolvió y permaneció inmóvil en la puerta entreabierta,
visible sólo para su mujer.
El hombre llevaba en la mano su bastón y su paquete.
- ¡Levantado ya, tan temprano! -dijo la Thenardier-. ¿Acaso el señor nos
deja?
El viajero parecía pensativo y distraído. Respondió:
- Sí, señora, me voy.
La Thenardier le entregó la cuenta doblada.
El hombre desdobló el papel y lo miró; pero su atención estaba
indudablemente en otra parte.
- Señora -continuó-, ¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?
- Más o menos no más, señor -respondió la Thenardier, con acento
lastimero-: ¡Ay, los tiempos están muy malos! ¡Tenemos tantas cargas!
Mirad, esa chiquilla nos cuesta los ojos de la cara, esa Cosette; la Alondra,
como la llaman en el pueblo.
- ¡Ah! -dijo el hombre.
La Thenardier continuó:
- Tengo mis hijas. No necesito criar los hijos de los otros.
El hombre replicó con una voz que se esforzaba en hacer indiferente y
que, sin embargo, le temblaba:
- ¿Y si os libraran de ella?
- ¡Ah señor!, ¡mi buen señor! ¡Tomadla, lleváosla, conservadla en azúcar,
en trufas; bebéosla, coméosla, y que seáis bendito de la Virgen Santísima y
de todos los santos del paraíso!
- Convenido entonces.
- ¿De veras? ¿Os la lleváis?
- Me la llevo.
- ¿Ahora?
- Ahora mismo. Llamadla.
- ¡Cosette! -gritó la Thenardier.
- Entretanto -prosiguió el hombre-, voy a pagaros mi cuenta. ¿Cuánto es?
Echó una ojeada a la cuenta, y no pudo reprimir un movimiento de
sorpresa.
- ¡Veintitrés francos!
Miró a la tabernera y repitió:
- ¿Veintitrés francos?
- ¡Claro que sí, señor! Veintitrés francos.
El viajero puso sobre la mesa cinco monedas de cinco francos.
En ese momento Thenardier irrumpió en medio de la sala, y dijo:
- El señor no debe más que veintiséis sueldos.
- ¡Veintiséis sueldos! -dijo la mujer
- Veinte sueldos por el cuarto -continuó fríamente Thenardier- y seis
sueldos por la cena. Y en cuanto a la niña, necesito hablar un poco con el
señor. Déjanos solos.
Apenas estuvieron solos, Thenardier ofreció una silla al viajero. Este se
sentó; Thenardier permaneció de pie, y su rostro tomó una expresión de
bondad y de sencillez.
- Señor -dijo-, mirad, tengo que confesaros que yo adoro a esa niña. ¿Qué
me importa todo ese dinero? Guardaos vuestras monedas de cien sueldos.
No quiero dar a nuestra pequeña Cosette. Me haría falta. No tiene padre ni
madre; yo la he criado. Es cierto que nos cuesta dinero, pero, en fin, hay
que hacer algo por amor a Dios. Y quiero tanto a esa niña, si la hemos
criado como a hija nuestra.
El desconocido lo miraba fijamente. Thenardier continuó:
- No se da un hijo así como así al primero que viene; quisiera saber
adónde la llevaréis, quisiera no perderla de vista, saber a casa de quién va,
para ir a verla de vez en cuando.
El desconocido, con esa mirada que penetra, por decirlo así, hasta el
fondo de la conciencia, le respondió con acento grave y firme:
- Señor Thenardier, si me llevo a Cosette, me la llevaré y nada más. Vos
no sabréis mi nombre, ni mi dirección, ni dónde ha de ir a parar, y mi
intención es que no os vuelva a ver en su vida. ¿Os conviene? ¿Sí, o no?
Lo mismo que los demonios y los genios conocían en ciertas señales la
presencia de un Dios superior, comprendió Thenardier que tenía que
habérselas con uno más fuerte que él. Calculó que era el momento de ir
derecho y pronto al asunto.
- Señor -dijo-, necesito mil quinientos francos.
El viajero sacó de su bolsillo una vieja cartera de cuero de donde extrajo
algunos billetes de Banco que puso sobre la mesa. Después apoyó su ancho
pulgar sobre estos billetes, y dijo al tabernero:
- Haced venir a Cosette.
Un instante después entraba Cosette en la sala baja.
El desconocido tomó el paquete que había llevado, y lo desató. Este
paquete contenía un vestidito de lana, un delantal, un chaleco, un pañuelo,
medias de lana y zapatos, todo de color negro.
- Hija mía -dijo el hombre-, toma esto, y ve a vestirte en seguida.
El día amanecía cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban a
abrir sus puertas, vieron pasar a un hombre vestido pobremente que llevaba
de la mano a una niña de luto, con una muñeca color de rosa en los brazos.
Cosette iba muy seria, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo.
Había puesto el luís en el bolsillo de su delantal nuevo. De vez en cuando se
inclinaba y le arrojaba una mirada, después miraba al desconocido. Se
sentía como si estuviera cerca de Dios.
Capítulo 9
El que busca lo mejor puede hallar lo peor
Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un
cuarto de hora largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil
quinientos francos.
- ¡Nada más que eso! -dijo la mujer.
Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto
de su marido. El golpe fue certero.
- En realidad tienes razón -dijo Thenardier-, soy un imbécil. Dame el
sombrero. Los alcanzaré.
Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque.
- Perdonad, señor -dijo respirando apenas-, pero aquí tenéis vuestros mil
quinientos francos.
El hombre alzó los ojos.
- ¿Qué significa esto?
Thenardier respondió respetuosamente:
- Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette.
Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre.
- ¿Volvéis a quedaros con Cosette?
- Sí, señor -dijo Thenardier-. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no
tengo derecho a dárosla. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es
mía, es de su madre. Su madre me la confió, y no puedo entregarla más que
a ella. Me diréis que la madre ha muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo
entregar la niña a una persona que me traiga un papel firmado por la madre,
en el que se me mande entregar la niña a esa persona. Eso está claro.
El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier
pensó que aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un
estremecimiento de alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el
paquete de billetes que esperaba Thenardier, sino un simple papelito que
desdobló y presentó abierto al bodegonero, diciéndole:
- Tenéis razón, leed.
Tomó el papel Thenardier, y leyó:
"M., 25 de marzo de 1823.
Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas
las pequeñas deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA".
- ¿Conocéis esa firma? -continuó el hombre.
En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció.
No había nada que replicar.
Thenardier se entregó.
- Esta firma está bastante bien imitada -murmuró entre dientes-. En fin,
¡sea!
Después intentó un esfuerzo desesperado.
- Señor -dijo-, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre.
Pero es preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco.
El hombre contestó:
- Señor Thenardier, en enero la madre os debía ciento veinte francos; en
febrero habéis recibido trescientos francos, y otros trescientos a principios
de marzo. Desde entonces han pasado nueve meses, que a quince francos,
según el precio convenido, son ciento treinta y cinco francos. Habíais
recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por consiguiente,
treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos.
Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se
ve mordido y cogido en los dientes de acero del lazo.
- Señor-sin-nombre -dijo resueltamente y dejando esta vez a un lado todo
respeto-, me volveré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos.
El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquilamente:
- Ven, Cosette.
Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar.
Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero
inmóvil y sin saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo
viera. El hombre lo miró con expresión tan sombría que Thenardier juzgó
inútil ir más adelante, y se volvió a su casa.
10
Capítulo
Vuelve a aparecer el número 9.430
Jean Valjean no había muerto.
Al caer al mar, o más bien al arrojarse a él, estaba como se ha visto sin
cadena ni grillos. Nadó entre dos aguas hasta llegar a un buque anclado, al
cual había amarrada una barca, y halló medio de ocultarse en esta
embarcación hasta que vino la noche. Entonces se echó a nadar de nuevo, y
llegó a tierra a poca distancia del cabo Brun. Allí, como no era dinero lo
que le faltaba, pudo comprarse ropa en una tenducha especializada en vestir
a reos evadidos. Después Jean Valjean, como todos esos tristes fugitivos
que tratan de despistar a la policía, siguió un itinerario oscuro y ondulante.
Estuvo en los Altos Alpes, luego en los Pirineos y después en diversos
lugares. Por fin llegó a París, y lo acabamos de ver en Montfermeil.
Lo primero que hizo al llegar a París fue comprar vestidos de luto para
una niña de siete a ocho años, y luego buscó donde vivir. Hecho esto, fue a
Montfermeil. Recordemos que durante su primera evasión hizo también un
viaje misterioso por esos alrededores. Se le creía muerto, circunstancia que
espesaba en cierto modo la sombra que lo envolvía. En París llegó a sus
manos uno de los periódicos que consignaban el hecho, con lo cual se sintió
más tranquilo y casi en paz como si hubiese muerto realmente.
La noche misma del día en que sacó a Cosette de las garras de los
Thenardier, volvió a París con la niña.
El día había sido extraño y de muchas emociones para Cosette; habían
comido detrás de los matorrales pan y queso comprados en bodegones
alejados de los caminos; habían cambiado de carruaje muchas veces, y
recorrido varios trozos de camino a pie. No se quejaba, pero estaba cansada,
y entonces Jean Valjean la tomó en brazos; Cosette, sin soltar a Catalina,
apoyó su cabeza sobre el hombro de Jean Valjean, y se durmió.
Parte 4
Casa Gorbeau
Capítulo 1
Nido para un búho y una calandria
En la calle Vignes-Saint Marcel, en un barrio poco conocido, entre dos
muros de jardín, había una casa de dos pisos, casi en ruinas, signada con el
número 50-52. Se la conocía como la casa Gorbeau. Al primer golpe de
vista parecía una casucha, pero en realidad era grande como una catedral.
Estaba casi enteramente tapada y sólo se veían la puerta y una ventana. La
puerta era sólo un conjunto de planchas de madera barata unidas por palos
atravesados. La ventana tenía unas viejas persianas rotas que habían sido
reparadas con tablas claveteadas al azar. Ambas daban una impresión de
mugre y abandono total.
La escalera terminaba en un corredor largo, al que daban numerosas
piezas de diferentes tamaños. Como las aves silvestres, Jean Valjean había
elegido aquel sitio solitario para hacer de él su nido. Sacó de su bolsillo una
especie de llave maestra; abrió la puerta, entró, la cerró luego con cuidado y
subió la escalera, siempre con Cosette en brazos. En lo alto de la escalera
sacó de su bolsillo otra llave, con la que abrió otra puerta.
El cuarto donde entró, y que volvió a cerrar en seguida, era una especie
de desván bastante espacioso, amueblado con una mesa, algunas sillas y un
colchón en el suelo. En un rincón había una estufa encendida, cuyas ascuas
relumbraban.
Al fondo había un cuartito con una cama de tijera. Puso a la niña en este
lecho y, como lo había hecho la víspera, la contempló con una increíble
expresión de éxtasis, de bondad y de ternura. La niña, con esa confianza
tranquila que sólo tienen la fuerza extrema y la extrema debilidad, se había
dormido sin saber con quién estaba, y dormía sin saber dónde se hallaba. Se
inclinó Jean Valjean y besó la mano de la niña. Nueve meses antes había
besado la mano de la madre, que también acababa de dormirse. El mismo
sentimiento doloroso, religioso, puro, llenaba su corazón.
Era ya muy de día y la niña dormía aún. De pronto, una carreta cargada
que pasaba por la calzada conmovió el destartalado caserón como si fuera
un largo trueno, y lo hizo temblar de arriba abajo.
- ¡Sí, señora! -gritó Cosette despertándose sobresaltada-; ¡allá voy!
Y se arrojó de la cama con los párpados medio cerrados aún con la
pesadez del sueño, extendiendo los brazos hacia el rincón de la pared.
- ¡Ay, Dios mío, mi escoba! -exclamó.
Abrió del todo los ojos, y vio el rostro risueño de Jean Valjean.
- ¡Ah, es verdad! -dijo la niña-. Buenos días, señor.
Los niños aceptan inmediatamente y con toda naturalidad la alegría y la
dicha, siendo ellos mismos naturalmente dicha y alegría.
Cosette vio a Catalina al pie de su cama, la tomó, y mientras jugaba hacía
cien preguntas a Jean Valjean. ¿Dónde estaban? ¿Era grande París? ¿Estaba
muy lejos de la señora Thenardier? ¿Volvería a verla?
- ¿Tengo que barrer? -preguntó al fin.
- Juega -respondió Jean Valjean.
Capítulo 2
Dos desgracias unidas producen felicidad
Al día siguiente, al amanecer, se hallaba otra vez Jean Valjean junto al lecho
de Cosette. Allí esperaba, inmóvil, mirándola despertar. Sentía algo nuevo
en su corazón.
Jean Valjean no había amado nunca. Hacía veinticinco años que estaba
solo en el mundo. Jamás fue padre, amante, marido ni amigo. En presidio
era malo, sombrío, casto, ignorante, feroz. Su corazón estaba lleno de
virginidad. Su hermana y sus sobrinos no le habían dejado más que un
recuerdo vago y lejano que acabó por desvanecerse. Había hecho esfuerzos
por volver a hallarlos y no habiéndolo conseguido, los había olvidado.
La naturaleza humana es así.
Cuando vio a Cosette, cuando la rescató, sintió que se estremecían sus
entrañas. Todo lo que en ellas había de apasionado y de afectuoso se
despertó en él, y se depositó en esta niña. Junto a la cama donde ella
dormía, temblaba de alegría; sentía arranques de madre, y no sabía lo que
eran; porque es una cosa muy obscura y muy dulce ese grande y extraño
sentimiento de un corazón que se pone a amar. ¡Pobre corazón, viejo y tan
nuevo al mismo tiempo! Sólo que como tenía cincuenta y cinco años y
Cosette tenía ocho, todo el amor que hubiese podido tener en su vida se
fundió en una especie de luminosidad inefable. Era el segundo ángel que
aparecía en su vida. El obispo había hecho levantarse en su horizonte el
alba de la virtud; Cosette hacía amanecer en él el alba del amor. Los
primeros días pasaron en este deslumbramiento.
Cosette, por su parte, se transformaba también, aunque sin saberlo la
pobrecita. Era tan pequeña cuando la dejó su madre, que ya no se acordaba
de ella. Como todos los niños, había intentado amar pero no lo había
conseguido. Todos la rechazaron; los Thenardier, sus hijas y otros niños.
Había querido al perro, y el perro había muerto; después no la había querido
nadie ni nada. Cosa atroz de decir, a los ocho años tenía el corazón frío. No
era culpa suya, puesto que no era la facultad de amar lo que le faltaba sino
la posibilidad.
Así, desde el primer día se puso a amar a aquel hombre con todas las
fuerzas de su alma. El instinto de Cosette buscaba un padre como el instinto
de Jean Valjean buscaba una hija. En el momento misterioso en que se
tocaron sus dos manos, se vieron estas dos almas, se reconocieron como
necesarias la una para la otra, y se abrazaron estrechamente.
La llegada de aquel hombre al destino de la niña fue la llegada de Dios a
su vida. Jean Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una
seguridad que podía parecer completa. La casa tenía muchos cuartos y
desvanes, de los cuales uno solo estaba ocupado por una vieja portera que
era la que hacía el aseo de la habitación de Jean Valjean, y también las
compras y la comida; fue ella quien encendió el fuego la noche de la
llegada. Todo lo demás estaba deshabitado.
Pasaron las semanas. Jean Valjean y Cosette llevaban en aquel miserable
desván una existencia feliz.
Desde el amanecer Cosette empezaba a reír, a charlar y a cantar. Los
niños tienen su canto de la mañana como los pájaros. Algunas veces Jean
Valjean le tomaba sus manos enrojecidas y llenas de sabañones, y las
besaba. La pobre niña, acostumbrada a recibir sólo golpes, no sabía lo que
esto quería decir, y las retiraba toda avergonzada.
Jean Valjean comenzó a enseñarle a leer. Algunas veces, al hacer
deletrear a la niña, pensaba que él había aprendido a leer en el presidio con
la idea de hacer el mal. Esta idea se había convertido en la de enseñar a leer
a la niña. Entonces, el viejo presidiario se sonreía con la sonrisa pensativa
de los ángeles.
Enseñar a leer a Cosette y dejarla jugar, ésa era poco más o menos toda la
vida de Jean Valjean. Y luego le hablaba de su madre, y la hacía rezar.
Cosette lo llamaba padre. Pasaba las horas mirándola vestir y desnudar su
muñeca y oyéndola canturrear. Ahora la vida se le presentaba llena de
interés, los hombres le parecían buenos y justos, no acusaba a nadie en su
pensamiento, y no veía ninguna razón para no envejecer hasta una edad
muy avanzada, ya que aquella niña lo amaba. Veía delante de sí un porvenir
iluminado por Cosette, como por una hermosa luz. Los hombres buenos no
están exentos de un pensamiento egoísta; y así en algunos momentos Jean
Valjean pensaba, con una especie de júbilo, que Cosette sería fea.
Capítulo 3
Lo que observa la portera
Jean Valjean tenía la prudencia de no salir nunca de día. Todas las tardes, al
oscurecer, se paseaba unas horas, algunas veces solo, otras con Cosette;
buscaba las avenidas arboladas de los barrios más apartados, y entraba en
las iglesias a la caída de la noche.
Iba mucho a San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no
llevaba a Cosette, la dejaba con la portera.
Vivían sobriamente, pero nunca les faltaba un poco de fuego. Jean
Valjean continuaba vistiendo su abrigo ajustado y amarillento y su viejo
sombrero. En la calle se le tomaba por un pobre. Sucedía a veces que
algunas mujeres caritativas le daban un sueldo; él lo recibía y hacía un
saludo profundo. Sucedía en otras ocasiones también que encontraba a
algún mendigo pidiendo limosna; entonces miraba hacia atrás por si lo veía
alguien, se acercaba rápidamente al desdichado, le ponía en la mano una
moneda, muchas veces de plata y se alejaba precipitadamente. Esto tuvo sus
inconvenientes, pues en el barrio se le empezó a conocer con el nombre de
"el mendigo que da limosna".
La portera, vieja regañona, llena de envidia hacia el prójimo, vigilaba a
Jean Valjean sin que éste lo sospechara. Era algo sorda, lo cual la hacía
charlatana. Sólo le quedaban del pasado dos dientes, uno arriba y otro
abajo, que hacía chocar constantemente. Hizo mil preguntas a Cosette,
quien, no sabiendo nada, sólo había podido decir que venía de Montfermeil.
Una mañana que estaba al acecho, vio entrar a Jean Valjean en uno de los
cuartos deshabitados de la casa y su actitud le pareció extraña. Lo siguió a
paso de gata vieja y pudo observar, sin ser vista, por las rendijas de la
puerta. Jean Valjean, sin duda para mayor precaución, se había puesto de
espaldas a esta puerta. Pero la vieja lo vio sacar del bolsillo un estuche, hilo
y tijeras; después se puso a descoser el forro de uno de los faldones de su
abrigo, de donde sacó un papel amarillento que desdobló. La vieja vio con
asombro que era un billete de mil francos. Era el segundo o tercero que veía
desde que estaba en el mundo. Se retiró espantada.
Poco después Jean Valjean le pidió que fuera a cambiar el billete de mil
francos, añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado la
víspera. "¿Dónde?", pensó la vieja, "no ha salido hasta las seis de la tarde, y
la Caja no está abierta a esa hora, ciertamente". La portera fue a cambiar el
billete haciéndose mil conjeturas. El billete de mil francos produjo infinidad
de comentarios entre las comadres de la calle Vignes-Saint-Marcel.
Un día que se hallaba sola en la habitación, vio el abrigo, cuyo forro
había sido vuelto a coser, colgado de un clavo, y lo registró. Le pareció
palpar más billetes. ¡Sin duda otros billetes de mil francos! Notó además
que había muchas clases de cosas en los bolsillos además de las agujas, las
tijeras y el hilo: una abultada cartera, un cuchillo enorme y, detalle muy
sospechoso, varias pelucas de distintos colores.
Los habitantes de casa Gorbeau llegaron así a los últimos días del
invierno.
Capítulo 4
Una moneda de cinco francos que cae al suelo
hace mucho ruido
Cerca de San Medardo, se instalaba un pobre a quien Jean Valjean daba
limosna con frecuencia. No había vez que pasara por delante de aquel
hombre que no le diera algún sueldo; en muchas ocasiones conversaba con
él. Era un viejo de unos setenta y cinco años, que había sido sacristán y que
siempre estaba murmurando oraciones.
Una noche que Jean Valjean pasaba por allí, y que no llevaba consigo a
Cosette, vio al mendigo en su puesto habitual, debajo del farol que
acababan de encender. El hombre, como siempre, parecía rezar, y estaba
todo encorvado; Jean Valjean se acercó y le puso en la mano la limosna de
costumbre. El mendigo levantó bruscamente los ojos, miró con fijeza a Jean
Valjean, y después bajó rápidamente la cabeza. Este movimiento fue como
un relámpago; Jean Valjean se estremeció. Le pareció que acababa de
entrever, a la luz del farol, no el rostro plácido y beato del viejo mendigo
sino un semblante muy conocido que lo llenó de espanto. Retrocedió
aterrado, sin atreverse a respirar, ni a hablar, ni a quedarse, ni a huir,
examinando al mendigo que había bajado la cabeza cubierta con un harapo,
y que parecía ignorar que el otro estuviese allí. Un instinto, tal vez el
instinto misterioso de la conservación, hizo que Jean Valjean no
pronunciara una palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos
harapos, la misma apariencia que todos los días.
- ¡Qué tonto! -se dijo Jean Valjean-. Estoy loco, sueño, ¡es imposible!
Y regresó a su casa profundamente turbado.
Apenas se atrevía a confesarse a sí mismo que el rostro que había creído
ver era el de Javert. Por la noche, pensando en ello, sintió no haberle
hablado para obligarlo a levantar la cabeza por segunda vez. Al anochecer
del otro día volvió allí. El mendigo estaba en su puesto.
- Dios os guarde, amigo -dijo resueltamente Jean Valjean, dándole un
sueldo.
El mendigo levantó la cabeza, y respondió con su voz doliente:
- Gracias, mi buen señor.
Era realmente el viejo mendigo.
Jean Valjean se tranquilizó del todo. Se echó a reír.
- ¿De dónde diablos he sacado que ese hombre pudiera ser Javert? -
pensó-. ¿Estaré viendo visiones ahora?
Y no pensó más en ello.
Algunos días después, serían las ocho de la noche, estaba en su cuarto y
hacía deletrear a Cosette en voz alta, cuando oyó abrir y después volver a
cerrar la puerta de la casa. Esto le pareció singular. La portera, única
persona que vivía allí con él, se acostaba siempre temprano para no
encender luz. Jean Valjean hizo señas a Cosette para que callara. Oyó que
subían la escalera; los pasos eran pesados, como los de un hombre; pero la
portera usaba zapatos gruesos y nada se parece tanto a los pasos de un
hombre como los de una vieja. Sin embargo, Jean Valjean apagó la vela.
Envió a Cosette a acostarse, diciéndole en voz baja: "Acuéstate calladita"; y
mientras la besaba en la frente, los pasos se detuvieron. Permaneció
inmóvil, sentado en su silla de espaldas a la puerta, y conteniendo la
respiración en la oscuridad. Al cabo de bastante tiempo, al no oír ya nada,
se volvió sin hacer ruido hacia la puerta y vio una luz por el ojo de la
cerradura. Evidentemente había allí alguien que tenía una vela en la mano,
y que escuchaba.
Pasaron algunos minutos y la luz desapareció; pero no oyó ruido de
pasos, lo que parecía indicar que el que había ido a escuchar a la puerta se
había quitado los zapatos.
Jean Valjean se echó en la cama vestido, y en toda la noche no pudo
cerrar los ojos.
Al amanecer, cuando estaba casi aletargado de cansancio, lo despertó el
ruido de una puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del
corredor, y después oyó los mismos pasos del hombre que la víspera había
subido la escalera. Los pasos se acercaban. Se echó cama abajo y aplicó un
ojo a la cerradura. Era un hombre, pero esta vez pasó sin detenerse delante
del cuarto de Jean Valjean; cuando llegó a la escalera, un rayo de luz de la
calle hizo resaltar su perfil, y Jean Valjean pudo verlo de espaldas. Era un
hombre de alta estatura, con un levitón largo, y un garrote debajo del brazo.
Era la silueta imponente de Javert.
No había duda de que aquel hombre había entrado con una llave. ¿Quién
se la había dado? ¿Qué significaba aquello?
A las siete de la mañana, cuando la portera llegó a arreglar el cuarto, Jean
Valjean le echó una mirada penetrante pero no la interrogó.
Mientras barría, ella dijo:
- ¿Habéis oído tal vez a alguien que entró anoche?
- Sí -respondió él con el acento más natural del mundo-. ¿Quién era?
- Es un nuevo inquilino que hay en la casa.
- ¿Y que se llama… ?
- No sé bien. Dumont o Daumont. Un nombre así.
- ¿Y qué es ese Dumonti?
Lo miró la vieja con sus ojillos de zorro, y respondió:
- Un rentista como vos.
Tal vez estas palabras no envolvían segunda intención, pero Jean Valjean
creyó que la tenían. Cuando se retiró la portera, hizo un rollo de unos cien
francos que tenía en un armario y se lo guardó en el bolsillo. Por más
precaución que tomó para hacer esta operación sin que se le oyera remover
el dinero, se le escapó de las manos una moneda de cien sueldos, y rodó por
el suelo haciendo bastante ruido.
Al anochecer bajó y miró la calle por todos lados. No vio a nadie. Volvió
a subir.
- Ven -dijo a Cosette.
La tomó de la mano, y salieron.
Parte 5
A caza perdida, jauría muda
Capítulo 1
Los rodeos de la estrategia
Jean Valjean se perdió por las calles, trazando las líneas más quebradas que
pudo, y volviendo atrás muchas veces para asegurarse de que nadie lo
seguía.
Era una noche de luna llena.
Cosette caminaba sin preguntar nada. Jean Valjean no sabía más que
Cosette adónde iba, y ponía su confianza en Dios, así como Cosette la ponía
en él. No llevaba ninguna idea pensada, ningún plan, ningún proyecto. No
estaba tampoco seguro de que fuera Javert el que le perseguía y aun podía
ser Javert sin que supiera que él era Jean Valjean.
¿No estaba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía días
que le sucedían cosas muy raras.
Había decidido no volver a casa Gorbeau. Como el animal arrojado de su
caverna, buscaba un agujero en que pasar la noche. Daban las once cuando
pasó por delante de la comisaría de policía. El instinto lo hizo mirar hacia
atrás instantes después, y vio claramente, gracias a la luz del farol, a tres
hombres que lo seguían bastante de cerca.
- Ven, hija -dijo a Cosette, y se alejó precipitadamente.
Dio varias vueltas y luego se escondió en el hueco de una puerta. No
habían pasado tres minutos cuando aparecieron los hombres; ya eran cuatro.
Parecían no saber hacia dónde dirigirse. El que los comandaba señaló hacia
donde estaba Jean Valjean y en ese momento la luna le iluminó el rostro.
Jean Valjean reconoció a Javert.
Capítulo 2
El callejón sin salida
Jean Valjean aprovechó esa vacilación de sus perseguidores y salió de la
puerta en que se había ocultado, con Cosette en brazos. Cruzó el puente de
Austerlitz a la sombra de una carreta, con la esperanza de que no lo
hubieran visto. Pensó que si entraba en la callejuela que tenía delante y
conseguía llegar a los terrenos en que no había casas, podía escapar.
Decidió entonces que debía entrar en aquella callejuela silenciosa, y entró.
De tanto en tanto se volvía a mirar; las dos o tres primeras veces que se
volvió, no vio nada; el silencio era profundo, y continuó su marcha más
tranquilo; pero otra vez que se volvió, creyó ver a lo lejos una cosa que se
movía.
Corrió, esperando encontrar alguna callejuela lateral para huir por allí y
hacerles perder la pista. Pero llegó ante un alto muro blanco. Estaban en un
callejón sin salida. Jean Valjean se sintió cogido en una red, cuyas mallas se
apretaban lentamente. Miró al cielo con desesperación.
Capítulo 3
Tentativas de evasión
Frente a él se alzaba una muralla. Un tilo extendía su ramaje por encima y
la pared estaba cubierta de hiedra. En el inminente peligro en que se
encontraba, aquel edificio sombrío tenía algo de deshabitado y de solitario
que lo atraía. Lo recorrió ávidamente con los ojos. Se decía que si llegaba a
entrar ahí, quizá se salvaría. Concibió, pues, una idea y una esperanza. En
ese momento escuchó a alguna distancia de ellos un ruido sordo y
acompasado. Jean Valjean se aventuró a echar una mirada por la esquina.
Un pelotón de siete a ocho soldados acababa de desembocar en la calle y se
dirigía hacia él.
Estos soldados, a cuyo frente se distinguía la alta estatura de Javert,
avanzaban lentamente y con precaución. Se detenían con frecuencia; era
evidente que exploraban todos los rincones de los muros y todos los huecos
de las puertas. Sin duda Javert había encontrado una patrulla y le había
pedido auxilio.
Al paso que llevaban, y con las paradas que hacían, tardarían alrededor
de un cuarto de hora para llegar al sitio en que estaba Jean Valjean. Fue un
momento horrible. Sólo algunos minutos lo separaban de aquel espantoso
precipicio que se abría ante él por tercera vez. El presidio ahora no era ya el
presidio solamente; era perder a Cosette para siempre. Sólo había una salida
posible. Jean Valjean tenía los pensamientos de un santo y la temible astucia
de un presidiario. Midió con la vista la muralla. Tenía unos dieciocho pies
de altura. La tapia estaba coronada de una piedra lisa sin tejadillo. La
dificultad era Cosette, que no sabía escalar. Jean Valjean no pensó siquiera
en abandonarla; pero subir con ella era imposible. Necesitaba una cuerda.
No la tenía. Ciertamente si en aquel momento Jean Valjean hubiera tenido
un reino, lo hubiera dado por una cuerda.
Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos
ilumina. Su mirada desesperada encontró el brazo del farol del callejón. En
esa época se encendían los faroles haciendo bajar los reverberos por medio
de una cuerda, que luego al subirlos quedaba encerrada en un cajoncito de
metal. Con la energía de la desesperación, atravesó la calle de un brinco,
hizo saltar la cerradura del cajoncito con la punta de su cuchillo, y volvió en
seguida adonde estaba Cosette. Ya tenía la cuerda.
- Padre -dijo en voz muy baja Cosette-, tengo miedo. ¿Quién viene?
- ¡Chist -respondió Jean Valjean-, es la Thenardier!
Cosette se estremeció.
- No hables -añadió él-; si gritas, si lloras, la Thenardier lo descubre.
Viene a buscarte.
Ató a la niña a un extremo de la cuerda, cogió el otro extremo con los
dientes, se quitó los zapatos y las medias, los arrojó por encima de la tapia,
y principió a elevarse por el ángulo de la tapia y de la fachada con la misma
seguridad que si apoyase en escalones los pies y los codos. Menos de medio
minuto tardó en ponerse de rodillas sobre la tapia.
Cosette lo miraba con estupor sin pronunciar una palabra. El nombre de
la Thenardier la había dejado helada. De pronto oyó la voz de Jean Valjean
que le decía:
- Acércate a la pared.
Obedeció y sintió que se elevaba sobre el suelo. Antes que tuviera tiempo
de pensar, estaba en lo alto de la tapia. Jean Valjean la cogió, se la puso en
los hombros, y se arrastró por lo alto de la pared hasta la esquina. Como
había sospechado, había allí un cobertizo cuyo tejado bajaba hasta cerca del
suelo por un plano suavemente inclinado casi tocando al tilo.
Feliz circunstancia, porque la tapia por aquel lado era mucho más alta
que en el resto del muro. Jean Valjean veía el suelo a una gran distancia.
Acababa de llegar al plano inclinado del tejado, y aún no había abandonado
lo alto del muro, cuando un ruido violento anunció la llegada de la patrulla.
Se oyó la voz tonante de Javert:
- Registrad el callejón. Seguro que está aquí.
Jean Valjean se deslizó a lo largo del tejado sosteniendo a Cosette, llegó
al tilo y saltó a tierra.
Capítulo 4
Principio de un enigma
Jean Valjean se encontró en una especie de jardín muy grande, cuyo fondo
se perdía en la bruma y en la noche. Sin embargo, se distinguían
confusamente varias tapias que se entrecortaban como si hubiese otros
jardines más allá.
Es imposible figurarse nada menos acogedor y más solitario que este
jardín. No había en él nadie, lo que era propio de la hora; pero no parecía
que estuviera hecho para que alguien anduviera por él, ni aún a mediodía.
Lo primero que hizo Jean Valjean fue buscar sus zapatos y calzarse, y
después entrar en el cobertizo con Cosette. El que huye no se cree nunca
bastante oculto. La niña continuaba pensando en la Thenardier, y
participaba de este deseo de ocultarse lo mejor posible. Se oía el ruido
tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los golpes de
las culatas contra las piedras, las voces de Javert que llamaba a los espías
que había apostado en las otras callejuelas, y sus imprecaciones mezcladas
con palabras que no se distinguían. Al cabo de un cuarto de hora pareció
que esta especie de ruido tumultuoso principiaba a alejarse. Jean Valjean no
respiraba.
De pronto se dejó oír un nuevo ruido; un ruido celestial, divino, inefable,
tan dulce como horrible era el otro. Era un himno que salía de las tinieblas;
un rayo de oración y de armonía en el oscuro y terrible silencio de la noche.
Eran voces de mujeres. Este cántico salía de un sombrío edificio que
dominaba el jardín. En el momento en que se alejaba el ruido de los
demonios, parecía que se aproximaba un coro de ángeles.
Cosette y Jean Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era, no sabían dónde estaban; pero ambos sabían, el
hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar arrodillados.
Mientras cantaban, Jean Valjean no pensaba en nada. No veía la noche, veía
un cielo azul. Le parecía que sentía abrirse las alas que tenemos todos
dentro de nosotros. El canto se apagó. Había durado tal vez mucho tiempo;
Jean Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis son siempre un
minuto. Todo había vuelto al silencio; nada se oía en la calle, nada en el
jardín. Todo había desaparecido, así lo que amenazaba como lo que
inspiraba confianza. El viento rozaba en lo alto de la tapia algunas hierbas
secas que producían un ruido suave y lúgubre.
Capítulo 5
Continúa el enigma
Ya se había levantado la brisa matutina, lo que indicaba que debían ser la
una o las dos de la mañana. La pobre Cosette no decía nada. Como se había
sentado a su lado, y había inclinado la cabeza, Jean Valjean creyó que
estaba dormida. Pero al mirarla bien vio que tenía los ojos enteramente
abiertos y una expresión meditabunda, que le causó dolorosa impresión. La
pobrecita temblaba sin parar.
- ¿Tienes sueño? -dijo Jean Valjean.
- Tengo mucho frío -respondió.
Un momento después añadió:
- ¿Está ahí todavía?
- ¿Quién?
- La señora Thenardier.
Jean Valjean había olvidado ya el medio de que se había valido para
hacer guardar silencio a Cosette.
- ¡Se ha marchado! -dijo-. ¡Ya no hay nada que temer!
La niña respiró como si le quitaran un peso del pecho. La tierra estaba
húmeda, el cobertizo abierto por todas partes; la brisa se hacía más fresca a
cada momento. Jean Valjean se quitó el abrigo y arropó a Cosette.
- ¿Tienes así menos frío? -dijo.
- ¡Oh, sí, padre!
- Está bien, espérame aquí un instante.
Salió del cobertizo y empezó a recorrer por fuera el gran edificio
buscando un refugio mejor. Encontró varias puertas pero estaban cerradas.
En todas las ventanas había barrotes. De una de ellas salía una cierta
claridad. Se empinó sobre la punta de los pies y miró. Daba a una gran sala
con piso de baldosas. Sólo se distinguía una débil luz y muchas sombras. La
luz provenía de una lámpara encendida en un rincón. La sala estaba
desierta. Pero a fuerza de mirar creyó ver en el suelo una cosa que parecía
cubierta con una mortaja y semejante a una forma humana. Estaba tendida
boca abajo, el rostro contra el suelo, los brazos en cruz, en la inmovilidad
de la muerte.
Jean Valjean dijo después varias veces que, aunque había presenciado en
su vida muchos espectáculos macabros, nunca había visto algo que le helara
la sangre como aquella figura enigmática. Era horrible suponer que aquello
estaba muerto; pero más horrible aún era pensar que estaba vivo. De repente
se sintió sobrecogido de terror y echó a correr hacia el cobertizo sin
atreverse a mirar atrás. Se le doblaban las rodillas; el sudor le corría por
todo el cuerpo. ¿Dónde estaba? ¿Quién podía imaginar algo semejante a
este sepulcro en medio de París? ¿Qué casa tan extraña era aquélla? Se
acercó a Cosette; la niña dormía con la cabeza apoyada en una piedra. Jean
Valjean se sentó a su lado y se puso a contemplarla; poco a poco, a medida
que la miraba se iba calmando y recuperaba su presencia de ánimo. Sabía
que en su vida, mientras ella viviera, mientras ella estuviera con él, no
experimentaría ninguna necesidad ni ningún temor más que por ella.
Pero a través de su meditación oía hacía rato un extraño ruido que venía
del jardín, como de una campanilla o un cencerro. Miró y vio que había
alguien en el jardín.
Un hombre andaba por el melonar; se levantaba, se inclinaba, se detenía
con regularidad, como si arrastrara o extendiera alguna cosa por el suelo.
Jean Valjean tembló; hacía un momento temblaba porque el jardín estaba
desierto; ahora temblaba porque había alguien. ¿Quién era aquel hombre
que llevaba un cencerro, lo mismo que un buey o un borrego? Haciéndose
esta pregunta, tocó las manos dé Cosette. Estaban heladas.
- ¡Dios mío! -exclamó.
La llamó en voz baja:
- ¡Cosette!
No abrió los ojos.
La sacudió con fuerza.
No despertó.
- Estará muerta -dijo, y se puso de pie, temblando de la cabeza a los pies.
Pensó mil cosas terribles. Recordó que el sueño puede ser mortal a la
intemperie y en una noche tan fría. Cosette seguía tendida en el suelo, sin
moverse. ¿Cómo devolverle el calor? ¿Cómo despertarla? Todo lo demás se
borró de su pensamiento. Se lanzó enloquecido fuera del cobertizo. Era
preciso que Cosette estuviera lo más pronto posible junto a un fuego y en
un lecho.
Corrió hacia el hombre que estaba en el jardín, después de haber sacado
del bolsillo del chaleco el paquete de dinero que llevaba. El hombre tenía la
cabeza inclinada y no lo vio acercarse. Jean Valjean se puso a su lado y le
dijo:
- ¡Cien francos!
El hombre dio un salto y levantó la vista.
- ¡Cien francos si me dais asilo por esta noche!
La luna iluminaba su semblante desesperado.
- ¡Pero si es el señor Magdalena! -exclamó el hombre.
Este nombre pronunciado a aquella hora obscura, en aquel sitio solitario,
por aquel hombre desconocido, hizo retroceder a Jean Valjean.
Todo lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo cojo y
encorvado, vestido como un campesino; en la rodilla izquierda llevaba una
rodillera de cuero de donde pendía un cencerro. No se distinguía su rostro
porque estaba en la sombra.
El hombre se había quitado la gorra y decía tembloroso:
- ¡Ah! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde
habéis entrado? ¡Jesús! ¿Venís del cielo? No sería extraño; si caéis alguna
vez, será del cielo. Pero, ¿sin corbata, sin sombrero, sin levita? ¿Se han
vuelto locos los ángeles? ¿Cómo habéis entrado aquí?
El hombre hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud
alguna; hablaba con una mezcla de asombro y de ingenua bondad.
- ¿Quién sois? ¿Qué casa es ésta? -preguntó Jean Valjean.
- ¡Esta sí que es grande! -dijo el viejo-. Soy el que vos mismo habéis
colocado aquí. ¡Cómo! ¿No me conocéis?
- No -replicó Jean Valjean-. ¿Por qué me conocéis a mí?
- Me habéis salvado la vida -dijo el hombre.
Entonces iluminó su perfil un rayo de luna y Jean Valjean reconoció a
Fauchelevent.
- ¡Ah! -dijo Jean Valjean-, ¿sois vos? Sí, os conozco.
- ¡Me alegro mucho -dijo el viejo en tono de reproche.
- ¿Y qué hacéis aquí? -preguntó Valjean.
- ¡Tapo mis melones, por supuesto!
- ¿Y qué campanilla es esa que lleváis en la rodilla?
- ¡Ah! -dijo Fauchelevent, es para que eviten mi presencia. En esta casa
no hay más que mujeres; hay muchas jóvenes, y parece que mi presencia es
peligrosa. El cencerro les avisa y cuando me acerco se alejan.
- ¿Qué casa es ésta?
- Este es el convento del Pequeño Picpus, donde vos me colocasteis como
jardinero. Pero volvamos al caso -prosiguió Fauchelevent-, ¿cómo
demonios habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más santo que seáis,
sois hombre, y los hombres no entran aquí. Sólo yo.
- Sin embargo -dijo Jean Valjean-, es preciso que me quede.
- ¡Ah, Dios mío! -exclamó Fauchelevent.
Jean Valjean se aproximó a él.
- Tío Fauchelevent, os he salvado la vida -le dijo en voz baja.
- Yo he sido el primero en recordarlo -respondió Fauchelevent.
- Pues bien: hoy podéis hacer por mí lo que yo hice en otra ocasión por
vos.
Fauchelevent tomó en sus arrugadas y temblorosas manos las robustas
manos de Jean Valjean y permaneció algunos momentos como si no pudiera
hablar. Por fin exclamó:
- ¡Sería una bendición de Dios que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo,
salvaros la vida!
Señor alcalde, disponed, disponed de este pobre viejo.
Una sublime alegría parecía transfigurar el rostro del anciano.
- ¿Qué queréis que haga? -preguntó.
- Ya os lo explicaré. ¿Tenéis una habitación?
- Tengo una choza, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un
rincón oculto a todo el mundo. Allí hay tres habitaciones.
- Perfecto -dijo Jean Valjean-. Ahora tengo que pediros dos cosas.
- ¿Cuáles son, señor alcalde?
La primera es que no digáis a nadie lo que sabéis de mí. La segunda, que
no tratéis de saber más.
- Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno y que
siempre seréis un hombre de bien.
- Gracias. Ahora venid conmigo. Vamos a buscar a la niña.
- ¡Ah! -dijo Fauchelevent-. ¿Hay una niña?
No dijo más, y siguió a Jean Valjean como un perro sigue a su amo.
Media hora después Cosette, iluminada por la llama de una buena lumbre,
dormía en la cama del jardinero.
Capítulo 6
Se explica cómo Javert hizo una batida en vano
Los sucesos que acabamos de describir habían ocurrido en las condiciones
más sencillas. Cuando Jean Valjean, la misma noche del día que Javert lo
apresó al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel
municipal de M., Javert fue llamado a París para apoyar a la policía en su
persecución, y en efecto el celo y la inteligencia del inspector ayudaron a
encontrarlo.
Ya no se acordaba de él cuando en el mes de diciembre de 1823 leyó un
periódico, cosa que no acostumbraba; llamó su atención un nombre. El
periódico anunciaba que el presidiario Jean Valjean había muerto; y
publicaba la noticia con tal formalidad que Javert no dudó un momento en
creerla. Después dejó el periódico, y no volvió a pensar más en el asunto.
Algún tiempo después, llegó a la Prefectura de París una nota sobre el
secuestro de una niña en el pueblo de Montfermeil, verificado, según se
decía, en circunstancias particulares. Decía esta nota que una niña de siete a
ocho años, que había sido entregada por su madre a un posadero, había sido
robada por un desconocido: la niña respondía al nombre de Cosette, y era
hija de una tal Fantina, que había muerto en el hospital. Esta nota pasó por
manos de Javert, y lo hizo reflexionar.
El nombre de Fantina le era muy conocido, y recordaba que Jean Valjean
le había pedido aquella vez un plazo de tres días para ir a buscar a la hija de
la enferma. Esta niña acababa de ser raptada por un desconocido. ¿Quién
podía ser ese desconocido? ¿Sería Jean Valjean? Jean Valjean había muerto.
Javert, sin decir una palabra a nadie, hizo un viaje a Montfermeil.
Allí Thenardier, con su admirable instinto, había comprendido en seguida
que no era conveniente atraer sobre sí, y sobre muchos negocios algo
turbios que tenía, la penetrante mirada de la justicia, y dijo que "su abuelo"
había ido a buscarla, nada había más natural en el mundo. Ante la figura del
abuelo, se desvaneció Jean Valjean.
- Es indudable que ha muerto -se dijo Javert; soy un necio.
Empezaba ya a olvidar esta historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar
de un extraño personaje que vivía cerca de la parroquia de San Medardo, y
que era conocido como el mendigo que daba limosna. Era, según se decía,
un rentista cuyo nombre no sabía nadie, que vivía solo con una niña de ocho
años que había venido de Montfermeil.
¡Montfermeil! Esta palabra, sonando de nuevo en los oídos de Javert, le
llamó la atención. Otros mendigos dieron algunos nuevos pormenores. El
rentista era un hombre muy huraño, no salía más que de noche, no hablaba
a nadie más que a los pobres.
Llevaba un abrigo feo, viejo y amarillento que valía muchos millones,
porque estaba forrado de billetes de banco.
Todo esto excitó la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca, y
sin asustarlo, a este hombre extraordinario, se puso un día el traje del
sacristán y ocupó su lugar. El sospechoso se acercó a Javert disfrazado, y le
dio limosna; en ese momento, Javert levantó la vista, y la misma impresión
que produjo en Jean Valjean la vista de Javert, recibió Javert al reconocer a
Jean Valjean.
Sin embargo, la oscuridad había podido engañarle; su muerte era oficial.
Le quedaban, pues, a Javert graves dudas, y en la duda Javert, hombre
escrupuloso, no prendía a nadie. Siguió a su hombre hasta la casa Gorbeau,
e hizo hablar a la portera, lo que no era difícil. Alquiló un cuarto y aquella
misma noche se instaló en él. Fue a escuchar a la puerta del misterioso
huésped, esperando oír el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio su luz por
la cerradura y chasqueó al espía, guardando silencio.
Al día siguiente Jean Valjean abandonó la casa. Pero el ruido de la
moneda de cinco francos que dejó caer fue escuchado por la vieja portera,
que oyendo sonar dinero pensó que se iba a mudar, y se apresuró a avisar a
Javert. Por la noche cuando salió Jean Valjean, lo esperaba Javert detrás de
los árboles con dos de sus hombres.
Javert siguió a Jean Valjean de árbol en árbol, de esquina en esquina, y
no lo perdió de vista un solo instante, ni aun en los momentos en que el
fugitivo se creía en mayor seguridad. Pero, ¿por qué no lo detenía? Porque
dudaba aún.
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda
libertad; la prensa la tenía a raya. Atentar contra la libertad individual era
un hecho grave. Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert
estaba seguro de que no se le escaparía.
Lo seguía, pues, bastante perplejo, haciéndose una porción de preguntas
acerca de aquel personaje enigmático. Solamente al llegar a la calle
Pontoise, y a favor de la viva luz que salía de una taberna, fue cuando
reconoció sin ninguna duda a Jean Valjean.
Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente:
la madre que encuentra a su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa.
En aquel momento, Javert sintió este estremecimiento profundo. Cuando
tuvo seguridad de que aquel hombre era Jean Valjean, pidió un refuerzo al
comisario de policía de la calle Pontoise. El tiempo que gastó en esta
diligencia lo hizo perder la pista. Pero su poderoso instinto le dijo que Jean
Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores y se fue derecho
al puente de Austerlitz. Lo vio entrar en la calle Chemin-Vert-Saint
Antoine; se acordó del callejón sin salida y de la única pasada de la calle
Droit-Mur a la callejuela Picpus. Vio una patrulla que volvía al cuerpo de
guardia, le pidió auxilio y se hizo escoltar por ella. Tuvo un momento de
alegría infernal; dejó ir a su presa delante de él, en la confianza de que la
tenía segura.
Javert gozaba con lo que estaba viviendo; se puso a jugar disfrutando de
la idea de verlo libre y saber que lo tenía cogido. Los hilos de su red estaban
tejidos; ya no tenía más que cerrar la mano. Mas cuando llegó al centro de
la telaraña, la mosca había volado.
Calcúlese su desesperación. Interrogó a sus hombres, nadie lo había
visto.
Sea como fuere, en el momento en que Javert supo que se le escapaba
Jean Valjean, no se aturdió. Seguro de que el presidiario escapado no podía
hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dio una
batida por el barrio durante toda la noche. Al despuntar el día dejó dos
hombres inteligentes en observación, y volvió a París a la prefectura de
policía, avergonzado como un soplón a quien hubiera apresado un ladrón.
Parte 6
Los cementerios reciben todo lo
que se les da
Capítulo 1
El Convento Pequeño Picpus
Este convento de Benedictinas de la callejuela Picpus era una comunidad de
la severa regla española de Martín Verga.
Después de las Carmelitas, que llevaban los pies descalzos y no se
sentaban nunca, la más dura era la de las Bernardas Benedictinas de Martín
Verga. Iban vestidas de negro con una pechera que, según la prescripción
expresa de san Benito, llegaba hasta el mentón; una túnica de sarga de
manga ancha, un gran velo de lana, y la toca que bajaba hasta los ojos. Todo
su hábito era negro, salvo la toca que era blanca. El de las novicias era
igual, pero en blanco.
Las Bernardas Benedictinas de Martín Verga practican la adoración
perpetua. Comen de viernes todo el año, ayunan toda la Cuaresma; se
levantan en el primer sueño, desde la una hasta las tres, para leer el
breviario y cantar maitines. Se acuestan en sábanas de sarga y sobre paja,
no usan baños ni encienden nunca lumbre, se disciplinan, todos los viernes,
observan la regla del silencio. Sus votos, cuyo rigor está aumentado por la
regla, son de obediencia, pobreza, castidad y perpetuidad en el claustro.
Todas se turnan en lo que llaman el desagravio. El desagravio es la
oración por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes,
por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes
que se cometen en la superficie de la tierra.
Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las
cuatro de la mañana, la hermana que está en desagravio permanece de
rodillas sobre la piedra ante el Santísimo Sacramento, con las manos juntas
y una cuerda al cuello. Cuando el cansancio se hace insoportable, se
prosterna extendida con el rostro en la tierra y los brazos en cruz; éste es
todo su descanso. En esta actitud ora por todos los pecadores del universo.
Es de una grandeza que raya en lo sublime. Nunca dicen "mío", porque no
tienen nada suyo, ni deben tener afecto a nada.
Estas religiosas, enclaustradas en el Pequeño Picpus hacía cincuenta
años, habían hecho construir un panteón bajo el altar de su capilla para
sepultar allí a los miembros de su comunidad. Pero las autoridades no se lo
permitieron, por lo cual tenían que abandonar el convento al morir. Sólo
obtuvieron, consuelo mediocre, ser enterradas a una hora especial y en un
rincón especial del antiguo cementerio Vaugirard, que ocupaba tierras que
fueron antes de la comunidad. En la época de esta historia, la orden tenía
junto al convento un colegio para niñas nobles, la mayoría muy ricas.
Capítulo 2
Se busca una manera de entrar al convento
Al amanecer, Fauchelevent abrió los ojos y vio al señor Magdalena sentado
en su haz de paja, mirando dormir a Cosette. El jardinero se incorporó, y le
dijo:
- Y ahora que estáis aquí, ¿cómo haréis para entrar?
Estas palabras resumían el problema y sacaron a Jean Valjean de su
meditación.
Los dos hombres celebraron una especie de consejo.
- Tenéis que empezar -dijo Fauchelevent- por no poner los pies fuera de
este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
- Es cierto.
- Señor Magdalena -continuó Fauchelevent-, habéis llegado en un
momento muy bueno, quiero decir muy malo; hay una monja gravemente
enferma; están rezando las cuarenta horas; toda la comunidad no piensa más
que en esto. La que va a morir es una santa; no es extraño, porque aquí
todos lo somos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen:
nuestra celda y yo digo: mi choza. Ahora va a rezarse la oración de los
agonizantes, y luego la de los muertos; por hoy podemos estar tranquilos,
pero no respondo de lo que sucederá mañana.
- Sin embargo -dijo Jean Valjean-, esta choza está en una rinconada del
muro, oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se ve desde el convento.
- Y yo añado que las monjas no se acercan aquí nunca.
- ¿Pues entonces?…
- Pero quedan las niñas.
- ¿Qué niñas?
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir,
se oyó una campanada.
- La religiosa ha muerto -dijo-. Ese es el tañido fúnebre.
E hizo una señal a Jean Valjean para que escuchara. En esto sonó una
nueva campanada.
- La campana seguirá tañendo de minuto en minuto, veinticuatro horas
hasta que saquen el cuerpo de la iglesia. En cuanto a las niñas, como os
decía, en las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para
que lleguen hasta aquí, a pesar de las prohibiciones. Son unos demonios
esos querubines.
- Ya entiendo, Fauchelevent; hay colegialas internas.
Jean Valjean pensó: "Encontré educación para Cosette".
Y dijo en voz alta:
- Sí; lo difícil es quedarse.
- No -dijo Fauchelevent-, lo difícil es salir.
Jean Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
- ¡Salir!
- Sí, señor Magdalena; para volver a entrar es preciso que salgáis.
Jean Valjean se puso pálido. Sólo la idea de volver a ver aquella temible
calle lo hacía temblar.
- Vuestra hija duerme -continuó Fauchelevent. ¿Cómo se llama?
- Cosette.
- A ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta que da al patio. Llamo,
el portero abre; yo llevo mi cesto al hombro; la niña va dentro, y salgo. Es
muy sencillo. Diréis a la niña que se esté quieta debajo de la tapa. Después
la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, bien
sorda, que vive en la calle Chemin-Vert, donde tiene una camita. Gritaré a
su oído que es una sobrina mía, que la tenga allí hasta mañana; y después la
niña entrará con vos, porque yo os facilitaré la entrada, por supuesto. Pero,
¿cómo saldréis?
Jean Valjean meneó la cabeza.
- Debería tener la seguridad de que nadie me vea, Fauchelevent. Buscad
un medio de que salga, como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja, señal evidente de un grave
apuro. Se oyó un tercer toque.
- El médico de los muertos se va -dijo Fauchelevent. Habrá mirado y
habrá dicho: está muerta; bueno. Así que el médico ha dado el pasaporte
para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si la
muerta es una madre, la amortajan las madres; si es una hermana la
amortajan las hermanas, y después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis
obligaciones de jardinero; porque un jardinero tiene algo de sepulturero. Se
deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia que da a la calle, y donde
no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos y yo,
porque yo no cuento como hombre, ni tampoco los sepultureros. En la sala
es donde clavo la caja. Los sepultureros vienen por ella y ¡arre, cochero! así
es como se va al cielo. Traen una caja vacía, y se la llevan con algo adentro.
Ya veis lo que es un entierro.
Se oyó en eso un cuarto toque. Fauchelevent cogió precipitadamente del
clavo la rodillera con el cencerro, y se lo puso en la pierna.
- Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Señor
Magdalena, no os mováis, y esperadme. Si tenéis hambre, ahí encontraréis
vino, pan y queso.
Unos minutos después, Fauchelevent, cuya campanilla ponía en fuga a
las religiosas, llamaba suavemente a una puerta; una dulce voz
respondió: Por siempre, por siempre. Es decir, entrad.
La priora, la Madre Inocente, sentada en la única silla que había en el
locutorio, esperaba a Fauchelevent.
Capítulo 3
Fauchelevent en presencia de la dificultad
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La
priora, que estaba pasando las cuentas de un rosario, levantó la vista y le
dijo:
- ¡Ah!, ¿sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
- Aquí estoy, reverenda madre.
- Tengo que hablaros.
- Y yo por mi parte -dijo Fauchelevent con una audacia que le asombraba
a él mismo-, tengo también que decir alguna cosa a la muy reverenda
madre.
La priora le miró.
- ¡Ah!, ¿tenéis que comunicarme algo?
- Una súplica.
- Pues bien, hablad.
El bueno de Fauchelevent tenía mucho aplomo. En los dos años y algo
más que llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la
comunidad. Viejo, cojo, casi ciego, probablemente un poco sordo, ¡qué
cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
El pobre, con la seguridad del que se ve apreciado, empezó a formular
frente de la reverenda priora una arenga de campesino bastante difusa y
muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso
de los años que contaban doble para él, de las exigencias crecientes del
trabajo, de la extensión del jardín, de las malas noches que pasaba, como la
última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones
para evitar el efecto de la luna, y concluyó por decir que tenía un hermano
(la priora hizo un movimiento), un hermano nada de joven (segundo
movimiento de la priora, pero ahora de tranquilidad); que si se le permitía
podría ir a vivir con él y ayudarlo; que era un excelente jardinero; que la
comunidad podría aprovecharse de sus buenos servicios, más útiles que los
suyos; que de otra manera, si no se admitía a su hermano, él que era el
mayor y se sentía cansado a inútil para el trabajo, se vería obligado a irse; y
que su hermano tenía una nieta que llevaría consigo, y que se educaría en
Dios en el convento, y podría, ¿quien sabe?, ser religiosa un día.
Cuando hubo acabado, la priora interrumpió el paso de las cuentas del
rosario por entre los dedos y le dijo:
- ¿Podríais conseguiros de aquí a la noche una barra fuerte de hierro?
- ¿Para qué?
- Para que sirva de palanca.
- Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent.
- Tío Fauvent, ¿habéis entrado en el coro de la capilla alguna vez?
- Dos o tres veces.
- Se trata de levantar una piedra.
- ¿Pesada?
- La losa del suelo que está junto al altar. La madre Ascensión, que es
fuerte como un hombre, os ayudará. Además, tendréis una palanca.
- Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.
- Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
- ¿Y cuando esté abierta la cripta?
- Será preciso volver a cerrarla.
- ¿Nada más?
- Sí.
- Dadme vuestras órdenes, reverenda madre.
- Fauvent, tenemos confianza en vos.
- Estoy aquí para obedecer.
- Y para callar.
- Sí, reverenda madre.
- Cuando esté abierta la bóveda…
- La volveré a cerrar.
- Pero antes…
- ¿Qué, reverenda madre?
- Es preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un gesto con
el labio inferior que parecía indicar duda, lo rompió:
- ¿Tío Fauvent?
- ¿Reverenda madre?
- ¿Sabéis que esta mañana ha muerto una madre?
- No.
- ¿No habéis oído la campana?
- En el jardín no se oye nada.
- ¿De veras?
- Apenas distingo yo mi toque.
- Ha muerto al romper el día. Ha sido la madre Crucifixión, una
bienaventurada. La madre Crucifixión en vida hacía muchas conversiones;
después de la muerte hará milagros.
- ¡Los hará! -contestó Fauchelevent.
- Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión.
Su muerte ha sido preciosa, hemos visto el paraíso con ella.
Fauchelevent creyó que concluía una oración, y dijo:
- Amén.
- Tío Fauvent, es preciso cumplir la voluntad de los muertos. Por otra
parte, ésta es más que una muerta, es una santa.
- Como vos, reverenda madre.
- Dormía en su ataúd desde hace veinte años, con la autorización expresa
de nuestro Santo Padre Pío VII. Tío Fauvent, la madre Crucifixión será
sepultada en el ataúd en que ha dormido durante veinte años.
- Es justo.
- Es una continuación del sueño.
- ¿La encerraré en ese ataúd?
- Sí.
- ¿Y dejaremos a un lado la caja de las pompas fúnebres?
- Precisamente.
- Estoy a las órdenes de la reverendísima comunidad.
- Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
- ¿A clavar la caja? No las necesito.
- No, a bajarla.
- ¿Adónde?
- A la cripta.
- ¿Qué cripta?
- Debajo del altar.
Fauchelevent dio un brinco.
- ¡A la cripta debajo del altar!
- Debajo del altar.
- Pero…
- Llevaréis una barra de hierro.
- Sí, pero…
- Levantaréis la piedra metiendo la barra en el anillo.
- Pero…
- Debemos obedecer a los muertos. El deseo supremo de la madre
Crucifixión ha sido ser enterrada en su ataúd y debajo del altar de la capilla,
no ir a tierra profana; morar muerta en el mismo sitio en que ha rezado en
vida. Así nos lo ha pedido, es decir, nos lo ha mandado.
- Pero eso está prohibido.
- Prohibido por los hombres; ordenado por Dios.
- ¿Y si se llega a saber?
- Tenemos confianza en vos.
- ¡Oh! Yo soy como una piedra de esa pared.
- Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales, a quienes acabo de
consultar, y que aún están deliberando, han decidido que, conforme a sus
deseos, la madre Crucifixión sea enterrada en su ataúd y debajo del altar.
¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen a hacer milagros aquí! ¡Qué gloria en
Dios para la comunidad! Los milagros salen de los sepulcros.
- Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad…
La priora tomó aliento y, volviéndose a Fauchelevent, le dijo:
- Tío Fauvent, ¿está acordado?
- Está acordado, reverenda madre.
- ¿Puedo contar con vos?
- Obedeceré.
- Está bien. Cerraréis el ataúd, las hermanas lo llevarán a la capilla,
rezarán el oficio de difuntos y después volverán al claustro. A las once y
media vendréis con vuestra barra de hierro, y todo se hará en el mayor
secreto. En la capilla no habrá nadie más que las cuatro madres cantoras, la
madre Ascensión y vos.
- ¿Reverenda madre?
- ¿Qué, tío Fauvent?
- ¿Ha hecho ya su visita habitual el médico de los muertos?
- La hará hoy a las cuatro. Se ha dado el toque que manda llamarle.
- Reverenda madre, ¿todo está arreglado ya?
- No.
- ¿Pues qué falta?
- Falta la caja vacía.
Esto produjo una pausa. Fauchelevent meditaba, la priora meditaba.
- Tío Fauvent, ¿qué haremos del ataúd?
- Lo enterraremos.
- ¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda ese gesto que
parece dar por terminada una cuestión enfadosa.
- Reverenda madre, yo soy el que ha de clavar la caja en el depósito de la
iglesia; nadie puede entrar allí más que yo, y yo cubriré el ataúd con el paño
mortuorio.
- Sí, pero los mozos, al llevarlo al carro y al bajarlo a la fosa, se darán
cuenta en seguida que no tiene nada dentro.
- ¡Ah, dia… ! -exclamó Fauchelevent.
La priora se santiguó y miró fijamente al jardinero. El blo se le quedó en
la garganta.
Se apresuró a improvisar una salida para hacer olvidar el juramento.
- Echaré tierra en la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un
cuerpo.
- Tenéis razón. La tierra y el hombre son una misma cosa. ¿De modo que
arreglaréis el ataúd vacío?
- Lo haré.
La fisonomía de la priora, hasta entonces turbada y sombría, se serenó. El
jardinero se dirigió hacia la puerta. Cuando iba a salir, la priora elevó
suavemente la voz.
- Tío Fauvent, estoy contenta de vos. Mañana, después del entierro,
traedme a vuestro hermano, y decidle que lo acompañe la niña.
Capítulo 4
Parece que Jean Valjean conocía a Agustín
Castillejo
Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar a
su choza del jardín. Al ruido que hizo Fauchelevent al abrir la puerta, se
volvió Jean Valjean.
- ¿Y qué?
- Todo está arreglado, y nada está arreglado -contestó Fauchelevent-.
Tengo ya permiso para entraros; pero antes es preciso que salgáis. Aquí está
el atasco. En cuanto a la niña, es fácil.
- ¿La llevaréis?
- ¿Se callará?
- Yo respondo.
- Pero, ¿y vos, señor Magdalena? Y hay otra cosa que me atormenta. He
dicho que llenaré la caja de tierra, y ahora pienso que llevando tierra en vez
de un cuerpo no se confundirá, sino que se moverá, se correrá; los hombres
se darán cuenta.
Jean Valjean lo miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
- ¿Cómo di… antre vais a salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho
mañana! Porque mañana os he de presentar; la priora os espera.
Entonces explicó a Jean Valjean que esto era una recompensa por un
servicio que él, Fauchelevent, hacía a la comunidad. Y le relató su
entrevista con la priora. Pero no podía traer de fuera al señor Magdalena, si
el señor Magdalena no salía.
Aquí estaba la primera dificultad, pero después había otra, el ataúd vacío.
- ¿Qué es eso del ataúd vacío? -preguntó Jean Valjean.
Fauchelevent respondió:
- El ataúd de la administración.
- ¿Qué ataúd y qué administración?
- Cuando muere una monja viene el médico del Ayuntamiento y dice "Ha
muerto una monja". El gobierno envía un ataúd, y al día siguiente un carro
fúnebre y sepultureros que cogen el ataúd y lo llevan al cementerio.
Vendrán los sepultureros y levantarán la caja y no habrá nada dentro.
- ¡Pues meted cualquier cosa! Un vivo, por ejemplo.
- ¿Un vivo? No lo tengo.
- Yo -dijo Jean Valjean.
Fauchelevent que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un
petardo debajo de la silla.
- ¡Ah!, os reís; no habláis con seriedad.
- Hablo muy en serio. ¿No es necesario salir de aquí?
- Sin duda.
- Os he dicho que busquéis también para mí una cesta y una tapa.
- ¿Y qué?
- La cesta será de pino y la tapa un paño negro. Se trata de salir de aquí
sin ser visto. ¿Cómo se hace todo? ¿Dónde está ese ataúd?
- ¿El que está vacío?
- Sí.
- Allá en lo que se llama la sala de los muertos. Está sobre dos caballetes
y bajo el paño mortuorio.
- ¿Qué longitud tiene la caja?
- Seis pies.
- ¿Quién clava el ataúd?
- Yo.
- ¿Quién pone el paño encima?
- Yo.
- ¿Vos solo?
- Ningún otro hombre, excepto el médico forense, puede entrar en el
salón de los muertos. Así está escrito en la pared.
- ¿Y podríais esta noche, cuando todos duermen en el convento,
ocultarme en esa sala?
- No, pero puedo ocultaros en un cuartito oscuro que da a la sala de los
muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo.
- ¿A qué hora vendrá mañana el carro a buscar el ataúd?
- A eso de las tres de la tarde. El entierro se hace en el cementerio
Vaugirard un poco antes de anochecer y no está muy cerca.
- Estaré escondido en el cuartito de las herramientas toda la noche y toda
la mañana. ¿Y qué comeré? Tendré hambre.
- Yo os llevaré algo.
- Podéis ir a encerrarme en el ataúd a las dos.
Fauchelevent retrocedió chasqueando los dedos.
- ¡Pero eso es imposible!
- ¿Qué? ¿Tomar un martillo y clavar los clavos en una madera?
Lo que parecía imposible a Fauchelevent, era simple para Jean Valjean,
que había encarado peores desafíos para sus evasiones.
Además, este recurso de reclusos lo fue también de emperadores. Pues, si
hemos de creer al monje Agustín Castillejo, éste fue el medio de que se
valió Carlos V, después de su abdicación, para ver por última vez a la
Plombes, para hacerla entrar y salir del monasterio de Yuste.
Fauchelevent, un poco más tranquilizado, preguntó:
- Pero, ¿cómo habéis de respirar?
- Ya respiraré.
- ¡En aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
- Buscaréis una barrena, haréis algunos agujeritos alrededor del sitio
donde coincida la boca, y clavaréis sin apretar la tapa.
- ¡Bueno! ¿Y si os ocurre toser o estornudar?
- El que se escapa no tose ni estornuda.
Luego añadió:
- Tío Fauchelevent, es preciso decidirse; o ser descubierto aquí o salir en
el carro fúnebre.
- La verdad es que no hay otro medio.
- Lo único que me inquieta es lo que sucederá en el cementerio.
- Pues eso es justamente lo que me tiene a mí sin cuidado -dijo
Fauchelevent-. Si tenéis seguridad de poder salir de la caja, yo la tengo de
sacaros de la fosa. El enterrador es un borracho amigo mío, Mestienne. El
enterrador mete a los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi
bolsillo. Voy a deciros lo que sucederá. Llegamos un poco antes de la
noche, tres cuartos de hora antes de que cierren la verja del cementerio. El
carro llega hasta la sepultura, y yo lo sigo porque es mi obligación. Llevaré
un martillo, un formón y tenazas en el bolsillo. Se detiene el carro; los
mozos atan una cuerda al ataúd y os bajan a la sepultura. El cura reza las
oraciones, hace la señal de la cruz, echa agua bendita y se va. Me quedo yo
solo con Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y entonces sucede
una de dos cosas: o está borracho, o no lo está. Si no está borracho, le digo:
Ven a echar una copa mientras está aún abierto el bar. Me lo llevo, y lo
emborracho; no es difícil emborrachar a Mestienne, porque siempre tiene ya
principios de borrachera; lo dejo bajo la mesa, tomo su cédula para volver a
entrar en el cementerio, y regreso solo. Entonces ya no tenéis que ver más
que conmigo. En el otro caso, si ya está borracho, le digo: Anda; yo haré lo
trabajo. Se va y os saco del agujero.
Jean Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó hacia ella con
tierna efusión.
- Está convenido, Fauchelevent. Todo saldrá bien.
- "Con tal de que nada se descomponga -pensó Fauchelevent-. ¡Qué
horrible sería!"
Capítulo 5
Entre cuatro tablas
Todo sucedió como dijera Fauchelevent, y el viejo jardinero se fue cojeando
tras la carroza, muy contento. Sus dos complots, uno con las religiosas y el
otro con el señor Magdalena, habían sido un éxito. En cuanto se deshizo del
enterrador, el viejo jardinero se inclinó hacia la fosa y dijo en voz baja:
- ¡Señor Magdalena!
Nadie respondió. Fauchelevent tembló. Se dejó caer en la fosa más bien
que bajó, se echó sobre el ataúd y gritó:
- ¿Estáis ahí?
Continuó el silencio. Fauchelevent, casi sin respiración, sacó el formón y
el martillo, e hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Jean Valjean estaba
pálido y con los ojos cerrados. Fauchelevent sintió que se le erizaban los
cabellos; se puso de pie y se apoyó de espaldas en la pared de la fosa.
- ¡Está muerto! -murmuró.
Entonces el pobre hombre se puso a sollozar.
- ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! Se ha ahogado, bien lo decía yo.
Y está muerto este hombre bueno, el más bueno de todos los hombres. No
puede ser. ¡Señor Magdalena! ¡Señor alcalde! ¡Salid de ahí, por favor!
Se inclinó otra vez a mirar a Jean Valjean y retrocedió bruscamente todo
lo que se puede retroceder en una sepultura. Jean Valjean tenía los ojos
abiertos y lo miraba.
Ver una muerte es una cosa horrible, pero ver una resurrección no lo es
menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, rendido por el
exceso de las emociones, sin saber si tenía que habérselas con un muerto o
con un vivo.
- Me dormí -dijo Jean Valjean.
Y se sentó. Fauchelevent cayó de rodillas.
- ¡Qué susto me habéis dado! -exclamó.
Jean Valjean estaba sólo desmayado. El aire puro le devolvió el
conocimiento.
- Tengo frío -dijo.
- ¡Salgamos pronto de aquí! -dijo Fauchelevent.
Cogió él la pala y Jean Valjean el azadón, y enterraron el ataúd vacío.
Caía la noche. Se fueron por el mismo camino que había llevado el carro
fúnebre. No tuvieron contratiempos; en un cementerio una pala y un azadón
son el mejor pasaporte. Cuando llegaron a la verja, Fauchelevent, que
llevaba en la mano la cédula del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró
de la cuerda, se abrió la puerta y salieron.
- ¡Qué bien resultó todo! ¡Habéis tenido una idea magnífica, señor
Magdalena! -dijo Fauchelevent.
Capítulo 6
Interrogatorio con buenos resultados
Una hora después, en la oscuridad de la noche, dos hombres y una niña se
presentaban en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de los dos
cogió el aldabón y llamó.
Eran Fauchelevent, Jean Valjean y Cosette.
Los dos hombres habían ido a buscar a la niña a casa de la frutera, donde
la había dejado Fauchelevent la víspera. Cosette había pasado esas
veinticuatro horas sin comprender nada y temblando en silencio. Temblaba
tanto, que no había llorado, no había comido ni dormido. La pobre frutera le
había hecho mil preguntas sin conseguir más respuesta que una mirada
triste, siempre la misma. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que
había oído y visto en los dos últimos días. Adivinaba que estaba
atravesando una crisis y que era necesario ser prudente. ¡Quién no ha
experimentado el terrible poder de estas tres palabras pronunciadas en
cierto tono al oído de un niño aterrado: "¡No digas nada!" El miedo es
mudo. Por otra parte, nadie guarda tan bien un secreto como un niño.
Fauchelevent era del convento y sabía la contraseña. Todas las puertas se
abrieron. Así se resolvió el doble y difícil problema: salir y entrar. La
priora, con el rosario en la mano, los esperaba ya, acompañada de una
madre vocal con el velo echado sobre la cara. Una débil luz aclaraba apenas
el locutorio. La priora examinó a Jean Valjean. Nada escudriña tanto como
unos ojos bajos. Después le preguntó:
- ¿Sois el hermano?
- Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent.
- ¿Cómo os llamáis?
Fauchelevent respondió:
- Ultimo Fauchelevent.
Había tenido, en efecto, un hermano llamado Ultimo, que había muerto.
- ¿De dónde sois?
Fauchelevent respondió:
- De Picquigny, cerca de Amiens.
- ¿Qué edad tenéis?
Fauchelevent respondió:
- Cincuenta años.
- ¿Qué oficio?
Fauchelevent respondió:
- Jardinero.
- ¿Sois buen cristiano?
Fauchelevent respondió:
- Todos lo son en nuestra familia.
- ¿Es vuestra esta niña?
Fauchelevent respondió:
- Sí, reverenda madre.
- ¿Sois su padre?
Fauchelevent respondió:
- Su abuelo.
La madre vocal dijo entonces a la priora:
- Responde bien.
Jean Valjean no había pronunciado una sola palabra.
La priora miró a Cosette con atención, y dijo a media voz a la madre
vocal:
- Será fea.
Las dos religiosas hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del
locutorio, y después volvió a su asiento la priora y dijo:
- Tío Fauvent, buscaréis otra rodillera con campanilla. Ahora hacen falta
dos.
Y así fue que al día siguiente se oían dos campanillas en el jardín. Jean
Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su
campanilla; se llamaba Ultimo Fauchelevent. La causa más eficaz de su
admisión había sido esta observación de la priora sobre Cosette: "Será fea".
Así que la priora dio este pronóstico, tomó simpatía a Cosette, y la admitió
en el colegio como alumna sin pago.
Capítulo
Clausura
7
Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean
Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se
acostumbró muy pronto al colegio; al entrar de educanda, tuvo que ponerse
el traje de las colegialas de la casa. Jean Valjean consiguió que le
devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con que
la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba
aún muy usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor
y otros aromas que abundaban en los claustros.
El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos;
aquellos cuatro muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar
tranquilo, y tenía a Cosette para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida
muy grata.
Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su
juventud podador, y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el
otro Fauvent.
En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y
distinguía su risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía.
Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a
mantener y completar en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se
había comparado más que con el obispo, se había creído indigno, y había
sido humilde; pero desde que, hacía algún tiempo, se comparaba con los
hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y
poco a poco, habría concluido por volver al odio?
El convento lo detuvo en esta pendiente.
Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la
espiral sin fin de la meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su
gran miseria. Vivían sin nombre; sólo eran conocidos por números; estaban
casi convertidos en cifras, y vivían en la vergüenza, con los ojos bajos, la
voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes.
Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista.
Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la
voz queda, no en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los
otros eran hombres; éstos eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos
hombres? Habían robado, violado, saqueado, asesinado. Eran bandidos,
falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y qué habían
hecho estas mujeres? Nada.
Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de
la sublimidad. En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase
de vueltas sobre sí mismo y reconoció que era malo y lloró muchas veces.
Todo lo que había sentido su alma en seis meses lo llevaba de nuevo a las
santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el convento por la
humildad.
Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el
jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba
la capilla, delante de la ventana por donde había mirado la primera noche,
vuelto hacia el sitio en que sabía que la hermana que hacía el desagravio
estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado ante esa monja. Parecía
que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores
embalsamadas, aquellas niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres
graves y sencillas, aquel claustro silencioso, lo penetraban lentamente, y
poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio del claustro, el perfume de
las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la alegría de las
niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían
acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las
puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda,
cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a
llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el
suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más.
Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo.
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