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Mensaje Cristiano. 1

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Universidad Católica de “Nuestra Señora de la Asunción “

Facultad Eclesiástica de Sagrada Teología.

Trabajo a Investigar.

LA SANTIDAD

Alumno: José Luis Sullo Benito.

Sección: B
Asignatura: Misterio Cristiano I
Profesor: Pbro. Pedro Maidana.

Asunción, 2023
Índice
Introducción............................................................................................................................2
Capítulo I. EL LLAMADO A LA SANTIDAD.....................................................................3
1. Los santos que nos alientan y acompañan.......................................................................3
2 .Los santos de la puerta de al lado....................................................................................3
3. El Señor llama.................................................................................................................4
4. También para ti...............................................................................................................4
5. Tu misión en Cristo........................................................................................................4
6. La actividad que santifica................................................................................................5
7. Más vivos, más humanos.................................................................................................5
Capítulo II. Dos sutiles enemigos de la Santidad....................................................................5
1.Una mente sin Dios y sin carne........................................................................................5
1.1 Los límites de la razón..................................................................................................5
2. El pelagianismo actual.....................................................................................................6
2.1 Una voluntad sin humildad............................................................................................6
Capítulo III. A la luz del Maestro............................................................................................6
1.A contracorriente..............................................................................................................6
1.1Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.........................6
1.2 Felices los que lloran, porque ellos serán consolados».................................................6
2. El gran protocolo.............................................................................................................7
2.1 Por fidelidad al Maestro................................................................................................7
2.2 El culto que más le agrada.............................................................................................7
Capítulo IV. Algunas Notas de la Santidad en el mundo actual..............................................7
1. Aguante, paciencia y mansedumbre................................................................................7
2. Alegría y sentido del humor............................................................................................8
3. Audacia y fervor..............................................................................................................8
4. En comunidad..................................................................................................................8
Conclusión............................................................................................................................10
Bibliográfica..........................................................................................................................11
Webgrafia..............................................................................................................................12
Introducción.

Desde las primeras páginas de la Biblia está presente de diversa maneras,


el llamado de la santidad. Así se lo proponía el señor a Abraham< camina
en mi presencia y sé perfecto (Gn 17,1)
No es de esperar aquí un tratado sobre la santidad, con tantas
definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema
con análisis que podría hacerse acerca a cerca de los medios de
Santificación.
Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado de la
santidad, procurando encantado en el contexto actual, con sus riesgos,
desafíos y oportunidades. Por qué a cabo uno de nosotros el señor nos
eligió < para que fuésemos santos e irreprochable ante él por el amor (Ef
1,4)
Capítulo I. EL LLAMADO A LA SANTIDAD

1. Los santos que nos alientan y acompañan.


En los procesos de beatificación y canonización se tienen en cuenta los
signos de heroicidad en el ejercicio de las virtudes, la entrega de la vida en el
martirio y también los casos en que se haya verificado un ofrecimiento de la
propia vida por los demás, sostenido hasta la muerte. Esa ofrenda expresa una
imitación ejemplar de Cristo, y es digna de la admiración de los fieles [1]
Que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir
caminando hacia la meta. Y entre ellos puede estar nuestra propia madre, una
abuela u otras personas cercanas (cf. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre
perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y
agradaron al Señor.
2 .Los santos de la puerta de al lado
No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo
derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue
voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin
conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le
confesara en verdad y le sirviera santamente [2]
Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que
crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para
llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen
sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de
la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado»,
de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de
Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad [3].
Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a
través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de
la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con
la vida de fe y caridad [4]
La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia
Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su
presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo [5]
3. El Señor llama
Todo esto es importante. Sin embargo, lo que quisiera recordar con esta
Exhortación es sobre todo el llamado a la santidad que el Señor hace a cada
uno de nosotros, ese llamado que te dirige también a ti: «Sed santos, porque
yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1 P 1,16). El Concilio Vaticano II lo destacó con
fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado,
fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por
el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la
que es perfecto el mismo Padre»[6]
4. También para ti
Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o
religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está
reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las
ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así.
Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio
testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra.
¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega.
¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa,
como Cristo” con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con
honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre,
abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a
Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando
a tus intereses personales [7].
Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja
que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez.
No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea
posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida
(cf. Ga 5,22-23).
A veces la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos
invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor
en nuestra existencia «para que participemos de su santidad» (Hb 12,10).
Otras veces solo se trata de encontrar una forma más perfecta de vivir lo que
ya hacemos: «Hay inspiraciones que tienden solamente a una extraordinaria
perfección de los ejercicios ordinarios de la vida» [8]
5. Tu misión en Cristo
Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin
concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios:
vuestra santificación» (1 Ts 4,3)
Esa misión tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él. En el
fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en
asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal,
en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar
reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de
Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su
pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. La contemplación de
estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos
carne en nuestras opciones y actitudes [9]. Porque «todo en la vida de Jesús es
signo de su misterio» [10], «toda la vida de Cristo es Revelación del Padre»
[11], «toda la vida de Cristo es misterio de Redención» [12], «toda la vida de
Cristo es misterio de Recapitulación»[13], y «todo lo que Cristo vivió hace
que podamos vivirlo en él y que él lo viva en nosotros»[14].
El designio del Padre es Cristo, y nosotros en él. En último término, es
Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad
plenamente vivida» [15].Por lo tanto, «la santidad se mide por la estatura que
Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu
Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya» [16]
6. La actividad que santifica.
Cristo mismo quiere vivirlo con nosotros, en todos los esfuerzos o renuncias
que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por
lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de
ti en ese empeño.
7. Más vivos, más humanos
No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo
lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás
fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a
reconocer nuestra propia dignidad. Esto se refleja en santa Josefina Bakhita,
quien fue «secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años,
sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender la profunda
verdad de que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser
humano, de toda vida humana. Esta experiencia se transformó en una fuente
de gran sabiduría para esta humilde hija de África»[17].

Capítulo II. Dos sutiles enemigos de la Santidad.

1. Una mente sin Dios y sin carne


Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo
que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad
de datos y conocimientos que acumulen. Los «gnósticos» tienen una
confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan
de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente
sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros,
encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio
finalmente prefieren «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin
pueblo»[18].
1.1 Los límites de la razón
Nosotros llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del
Señor. Con mayor dificultad todavía logramos expresarla. Por ello no
podemos pretender que nuestro modo de entenderla nos autorice a ejercer una
supervisión estricta de la vida de los demás. Quiero recordar que en la Iglesia
conviven lícitamente distintas maneras de interpretar muchos aspectos de la
doctrina y de la vida cristiana que, en su variedad, «ayudan a explicitar mejor
el riquísimo tesoro de la Palabra». Es verdad que «a quienes sueñan con una
doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una
imperfecta dispersión»[19]. Precisamente, algunas corrientes gnósticas
despreciaron la sencillez tan concreta del Evangelio e intentaron reemplazar al
Dios trinitario y encarnado por una Unidad superior donde desaparecía la rica
multiplicidad de nuestra historia.
2. El pelagianismo actual
El gnosticismo dio lugar a otra vieja herejía, que también está presente hoy.
Con el paso del tiempo, muchos comenzaron a reconocer que no es el
conocimiento lo que nos hace mejores o santos, sino la vida que llevamos. El
problema es que esto se degeneró sutilmente, de manera que el mismo error de
los gnósticos simplemente se transformó, pero no fue superado.
2.1 Una voluntad sin humildad.
Los que responden a esta mentalidad pelagiana o semipelagiana, aunque
hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados «en el fondo solo
confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir
determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo
católico»[20]. Cuando algunos de ellos se dirigen a los débiles diciéndoles que
todo se puede con la gracia de Dios, en el fondo suelen transmitir la idea de
que todo se puede con la voluntad humana, como si ella fuera algo puro,
perfecto, omnipotente, a lo que se añade la gracia. Se pretende ignorar que «no
todos pueden todo»[21]

Capítulo III. A la luz del Maestro.


1.A contracorriente
Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van
muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en
la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo
nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera
son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el
Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del
egoísmo, de la comodidad, del Evangelio
1.1Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver
dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente
seguro con sus riquezas, y cree que cuando están en riesgo, todo el sentido de
su vida en la tierra se desmorona. Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del
rico insensato, de ese hombre seguro que, como necio, no pensaba que podría
morir ese mismo día (cf. Lc 12,16-21)
1.2 Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»
El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la
distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. El
mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o
de dolor en la familia o a su alrededor. El mundo no quiere llorar: prefiere
ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas
energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el
sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca,
nunca, puede faltar la cruz. La persona que ve las cosas como son realmente,
se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las
profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz[22].
2. El gran protocolo
En el capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), Jesús vuelve a detenerse
en una de estas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos.
Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos
precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y
me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en
la cárcel y vinisteis a verme» (25,35-36).
2.1 Por fidelidad al Maestro
Por lo tanto, ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis.
Decía san Juan Pablo II que «si verdaderamente hemos partido de la
contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el
rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse»[23].
2.2 El culto que más le agrada
Podríamos pensar que damos gloria a Dios solo con el culto y la oración, o
únicamente cumpliendo algunas normas éticas ―es verdad que el primado es
la relación con Dios―, y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida
es ante todo lo que hicimos con los demás. La oración es preciosa si alimenta
una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí
llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don
de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos.
Por la misma razón, el mejor modo de discernir si nuestro camino de oración
es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la
luz de la misericordia. Porque «la misericordia no es solo el obrar del Padre,
sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus
verdaderos hijos»8]. Ella «es la viga maestra que sostiene la vida de la
Iglesia»[24].
Capítulo IV. Algunas Notas de la Santidad en el mundo actual.
1. Aguante, paciencia y mansedumbre.
La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios
que ama y que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar,
soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones
de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién
estará contra nosotros?» (Rm 8,31).Esto es fuente de la paz que se expresa en
las actitudes de un santo. A partir de tal solidez interior, el testimonio de
santidad, en nuestro mundo acelerado, voluble y agresivo, está hecho de
paciencia y constancia en el bien. Es la fidelidad del amor, porque quien se
apoya en Dios (pistis) también puede ser fiel frente a los hermanos (pistós), no
los abandona en los malos momentos, no se deja llevar por su ansiedad y se
mantiene al lado de los demás aun cuando eso no le brinde satisfacciones
inmediatas.
La firmeza interior que es obra de la gracia, nos preserva de dejarnos arrastrar
por la violencia que invade la vida social, porque la gracia aplaca la vanidad y
hace posible la mansedumbre del corazón. El santo no gasta sus energías
lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de
sus hermanos y evita la violencia verbal que arrasa y maltrata, porque no se
cree digno de ser duro con los demás, sino que los considera como superiores
a uno mismo (cf. Flp 2,3).
2. Alegría y sentido del humor
No estoy hablando de la alegría consumista e individualista tan presente en
algunas experiencias culturales de hoy. Porque el consumismo solo empacha
el corazón; puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo. Me
refiero más bien a esa alegría que se vive en comunión, que se comparte y se
reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios
ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra
capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los
otros: «Alegraos con los que están alegres» (Rm 12,15). «Nos alegramos
siendo débiles, con tal de que vosotros seáis fuertes» (2 Co 13,9). En cambio,
si «nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir
con poca alegríavi[25]
3. Audacia y fervor
Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje
evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el
mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza:
«No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
final de los tiempos» (Mt 28,20). Estas palabras nos permiten caminar y servir
con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles
y los llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, entusiasmo, hablar con libertad,
fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la
que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta,
porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28;
28,31; 2Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19).
4. En comunidad
Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas
y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el
bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente
perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos.
La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan
algunas comunidades santas. En varias ocasiones la Iglesia ha canonizado a
comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron
a Dios la vida de todos sus miembros. Pensemos, por ejemplo, en los siete
santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, en las siete beatas
religiosas del primer monasterio de la Visitación de Madrid, en san Pablo Miki
y compañeros mártires en Japón, en san Andrés Kim Taegon y compañeros
mártires en Corea, en san Roque González, san Alfonso Rodríguez y
compañeros mártires en Sudamérica. También recordemos el reciente
testimonio de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), que se prepararon
juntos para el martirio. Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos,
donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del
cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo
espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros
«para que te labren y ejerciten»[26]

La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede


experimentar la presencia mística del Señor resucitado»[105]. Compartir la
Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va
convirtiendo en comunidad santa y misionera. Esto da lugar también a
verdaderas experiencias místicas vividas en comunidad, como fue el caso de
san Benito y santa Escolástica, o aquel sublime encuentro espiritual que
vivieron juntos san Agustín y su madre santa Mónica: «Cuando ya se acercaba
el día de su muerte ―día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos―,
sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos
encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín
interior de la casa donde nos hospedábamos […]. Y abríamos la boca de
nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que
hay en ti […]. Y mientras estamos hablando y suspirando por ella [la
sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón
[…] de modo que fuese la vida sempiterna cual fue este momento de intuición
por el cual suspiramos»[27].
Conclusión

En este trabajo práctico sobre la Santidad más bien basándose en la ulltima


exhortación apostólica del papa Francisco, Gaudete et exsultate, desarrolla –
con estilo llano y directo– la noción de santidad como llamado personal a la
configuración con Cristo, mediante la participación en sus actitudes profundas
(las bienaventuranzas) y de la práctica énfasis destinado a dar mayor espacio
al discernimiento espiritual.
El objetivo de la exhortación, según el Papa, fue la de “hacer resonar una vez
más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con
sus riesgos, desafíos y oportunidades”
Lo primero que llama la atención es la convicción del Papa en sostener que la
santidad pertenece al “paciente pueblo de Dios”, es decir, a las personas que
tienen una vida ordinaria, sembrada de cosas sencillas
La santidad de la que nos habla el Papa, no es sólo para héroes/heroínas o para
personas extraordinarias. Más bien, es una santidad que se puede encontrar en
existencias cristianas silenciosas. En efecto, no hay vida cristiana posible fuera
de este marco apasionante. La cosa es que no hay otro modo de ser cristiano;
la manifestación de la “santidad cotidiana” no hay que buscarla en la éxtasis
mística o en fenómenos fuera de lo ordinario, sino en las personas que hacen
de las bienaventuranzas su credencial de identidad y que viven según la gran
regla de comportamiento del capítulo 25 del Evangelio de Mateo, o sea: “la
misericordia hacia el pobre”. Únicamente las personas que viven “con amor y
ofrecen, cada día, su testimonio en las ocupaciones diarias, son las que nos
dejan ver el rostro del Señor” (n. 63). Aquel que vive la santidad en el don de
sí mismo reproduce, virtuosamente, la Palabra de Jesús y evita la tentación de
considerar las bienaventuranzas nada más como literatura poética. La verdad
es que ellas actúan contracorriente y marcan, con el amor, un estilo de vida
diverso de aquel “del mundo”.
Bibliográfica

[1] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24
abril 2005): AAS 97 (2005), 708.
[2] Supone de todos modos que haya fama de santidad y un ejercicio, al
menos en grado ordinario, de las virtudes cristianas: cf. Motu
proprio Maiorem hac dilectionem (11 julio 2017), art. 2c: L’Osservatore
Romano (12 julio 2017), p. 8.
[3] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.
[4] Cf. Joseph Malègue, Pierres noires. Les classes moyennes du Salut, París
1958.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.
[6] S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001),
56: AAS 93 (2001), 307.
[7] Const. Dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
[8] Cf. Catequesis (19 noviembre 2014): L’Osservatore Romano, ed. Semanal
en lengua española (21 noviembre 2014), p. 16.
[9] S. Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, VIII, 11.
[10] Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.
[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.
[12] Ibíd., 516.
[13] Ibíd., 517.
[14] Ibíd., 518.
[15] Ibíd., 521.
[16] Benedicto XVI, Catequesis (13 abril 2011): L’Osservatore Romano, ed.
Semanal en lengua española (17 abril 2011), p. 11.
[17] Ibíd.
[18] S. Juan Pablo II, Homilía en la Misa de canonización (1 octubre 2000),
5: AAS 92 (2000), 852
[19] Homilía en la Misa de la Casa Santa Marta (11 noviembre
2016): L’Osservatore Romano (12 noviembre 2016), p. 8.
[20] Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 40: AAS 105
(2013), 1037.
[21] Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 94: AAS 105
(2013), 1059.
[22] Cf. S. Buenaventura, Las seis alas del Serafín 3, 8: «Non omnes omnia
possunt». Cabe entenderlo en la línea del Catecismo de la Iglesia
Católica, 1735.
[23] Desde los tiempos patrísticos, la Iglesia valora el don de lágrimas, como
se puede ver también en la hermosa oración Ad petendam compunctionem
cordis: «Oh Dios omnipotente y mansísimo, que para el pueblo sediento
hiciste surgir de la roca una fuente de agua viva, haz brotar de la dureza de
nuestros corazones lágrimas de compunción, para que llorando nuestros
pecados, obtengamos por tu misericordia el perdón» (Missale Romanum, ed.
Typ. 1962, p. [110]

[24]Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 49: AAS 93 (2001), 302
[25] Bula Misericordiae Vultus (11 abril 2015), 9: AAS 107 (2015), 406.
[26] Exhort. Ap. Postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 110: AAS 108
(2016), 354.
[27] Cautelas, 15.

Webgrafia

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papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html.

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