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El reloj de arena mágico de Elena

Cuento corto
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El misterio del reloj de arena

En un pequeño pueblo escondido entre las montañas, vivía una joven llamada
Elena. Era conocida por su curiosidad insaciable y su amor por los objetos
antiguos. Un día, mientras exploraba el desván polvoriento de la vieja casa de
su abuela, encontró un reloj de arena extraño. Su marco estaba tallado con
intrincados patrones y en lugar de arena, parecía contener pequeñas partículas
doradas que brillaban suavemente en la penumbra.
Elena, intrigada, llevó el reloj de arena a su habitación y lo colocó sobre su
escritorio. Observó cómo las partículas doradas caían lentamente de un
extremo al otro, y cuando terminaron de caer, algo asombroso sucedió. La
habitación a su alrededor comenzó a distorsionarse, como si el tiempo mismo
estuviera retorciéndose.
De repente, Elena ya no estaba en su habitación. Se encontraba en un bosque
frondoso, con árboles altos que parecían tocar el cielo. El aire estaba lleno de
una fragancia dulce, y un sendero se extendía ante ella, invitándola a seguirlo.
Sin dudarlo, Elena comenzó a caminar, fascinada por el nuevo mundo que se
abría ante sus ojos.
El sendero la llevó a un claro en el que se encontraba una cabaña de madera.
La puerta estaba entreabierta, y desde el interior emanaba una luz cálida y
acogedora. Elena se acercó con cautela y, al entrar, encontró a una anciana
sentada junto al fuego. La mujer levantó la vista y sonrió.
—Te estaba esperando, Elena —dijo la anciana, con una voz suave pero firme.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Elena, sorprendida.
—Este reloj de arena te ha traído hasta aquí —respondió la mujer—. Es un
objeto mágico que pertenece a mi familia desde hace generaciones. Solo
aparece ante aquellos que tienen el corazón puro y el deseo de descubrir los
secretos del tiempo.
Elena escuchó con atención mientras la anciana le contaba la historia del reloj
de arena. Según la leyenda, el reloj podía transportar a su dueño a diferentes
momentos en el tiempo, permitiéndole presenciar eventos pasados o futuros.
Pero había una advertencia: el reloj solo funcionaba tres veces. Después de
eso, desaparecería para siempre.
—Tienes una gran responsabilidad, Elena —dijo la anciana—. Debes elegir con
sabiduría cuándo usar el reloj. Cada viaje puede cambiar el curso de tu vida.
Elena asintió, sintiendo el peso de la decisión que tenía por delante. La anciana
le entregó un pequeño libro con instrucciones sobre cómo usar el reloj y la
despidió con una sonrisa.
De vuelta en su habitación, Elena miró el reloj de arena con una mezcla de
asombro y respeto. Sabía que tenía en sus manos un poder inmenso, pero
también comprendía que debía usarlo con cuidado. Guardó el reloj y el libro en
un lugar seguro, prometiéndose a sí misma que solo lo utilizaría cuando fuera
realmente necesario.
Pasaron los años, y Elena vivió su vida con el conocimiento de que tenía un
secreto extraordinario guardado en su hogar. Aunque a veces la tentación de
usar el reloj era fuerte, siempre recordaba las palabras de la anciana. Y así, el
reloj de arena permaneció en su lugar, esperando el momento adecuado para
revelar su magia una vez más.

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