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La misión de Lyra en Lunaris

otro cuento

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Había una vez, en una tierra lejana llamada Lunaris, un reino donde el cielo siempre

estaba iluminado por dos lunas plateadas que brillaban con una luz suave y mágica. Este
reino era conocido por sus vastos bosques de árboles centenarios, montañas que tocaban
las estrellas y ríos que fluían con agua tan cristalina que parecía líquida. En el corazón
de Lunaris se encontraba un pequeño pueblo llamado Solstia, donde vivía una joven
llamada Lyra.

Lyra era una muchacha especial, no solo por su belleza, con cabellos oscuros como la
noche y ojos que reflejaban la luz de las lunas, sino también por un don que pocos en el
reino poseían: podía comunicarse con las estrellas. Desde pequeña, Lyra había pasado
noches enteras en el tejado de su casa, observando las estrellas y escuchando sus
susurros. Las estrellas le contaban historias del pasado, profecías del futuro y secretos
que ningún otro humano conocía.

Un día, mientras Lyra se encontraba en su lugar favorito, un viejo roble en lo alto de


una colina que dominaba todo el pueblo, notó que una estrella en particular brillaba con
una intensidad inusual. La estrella comenzó a moverse, algo que Lyra nunca había visto
antes, y bajó del cielo hasta posarse frente a ella en forma de un pequeño fragmento
luminoso.

"Lyra", susurró la estrella, "necesitamos tu ayuda".

Intrigada, Lyra tomó la estrella entre sus manos y escuchó con atención. La estrella le
contó que las lunas de Lunaris, que habían brillado por milenios, estaban perdiendo su
luz. Sin su brillo, el reino quedaría sumido en la oscuridad eterna, y todo lo que crecía y
vivía bajo su luz perecería. "Solo tú puedes salvarlas", le dijo la estrella, "pero para
hacerlo, deberás embarcarte en un viaje al otro lado del mundo, donde el sol nunca se
pone, y encontrar el Cáliz de Luz. Con él, podrás devolverles su resplandor a las lunas".

Sin dudarlo, Lyra aceptó la misión. Sabía que el destino de su hogar dependía de ella.
Preparó un pequeño bolso con lo esencial y se despidió de su madre, quien, aunque
preocupada, entendía la importancia del viaje de su hija.

El camino fue largo y lleno de desafíos. Lyra cruzó bosques encantados, donde los
árboles hablaban en lenguas antiguas y las sombras cobraban vida. Subió montañas
donde los vientos aullaban con fuerza, como si quisieran derribarla de su camino. Cruzó
desiertos de arena dorada, donde el calor era tan intenso que parecía derretir el aire
mismo. Pero en cada paso, la pequeña estrella la guiaba, brillando en la dirección
correcta y susurrando palabras de aliento.

Una noche, mientras descansaba en un valle cubierto de flores luminosas, Lyra fue
despertada por un extraño sonido. Al abrir los ojos, vio ante ella a un ser de luz, una
criatura etérea con alas de plumas doradas y ojos que brillaban como el fuego. "Soy
Solara", dijo la criatura, "un guardián de la antigua Orden del Sol. He venido a ayudarte
en tu misión".

Solara le explicó que el Cáliz de Luz estaba protegido por tres pruebas, cada una más
difícil que la anterior. "Pero no temas", le dijo, "yo estaré contigo para guiarte". Con
Solara a su lado, Lyra se sintió más segura y juntas continuaron su viaje.

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