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Blanca Sol

Una de las grandes obras de la literatura peruana

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SAL

7146

105
SAL 7146.7105

HARVARD COLLEGE

LIBRARY

VERI

TAS

From the Bequest of


MARY P. C. NASH
IN MEMORY OF HER HUSBAND
BENNETT HUBBARD NASH
Instructor and Professor of Italian and Spanish
1866-1894
1
1
1
ERCEDES CABELLO DE CARBONERA

sey

BLANCA SOL

( NOVELA SOCIAL )

4
SEGUNDA EDICIÓN

C.P.

LIMA

CARLOS PRINCE , IMPRESOR Y LIBRERO- EDITOR


CALLE DE LA VERACRUZ NUM. 71

1889
MERCEDES CABELLO DE CARBONERA

BLANCA SOL

( NOVELA SOCIAL )

SEGUNDA EDICIÓN

LIMA

IMPRENTA Y LIBRERIA DEL UNIVERSO


DE CARLOS PRINCE
CALLE DE LA VERACRUZ NOM. 71

1889
1
UN PRÓLOGO

QUE SE HA HECHO NECESARIO

Siempre he creído que la novela social es de tan


ta ó mayor importancia que la novela pasional .
Estudiar y manifestar las imperfecciones , los de
fectos y vicios que en sociedad son admitidos , san
cionados , y con frecuencia objeto de admiración y
de estima, será sin duda mucho más benéfico que es
tudiar las pasiones y sus consecuencias .
En el curso de ciertas pasiones , hay algo tan fa
tal, tan inconsciente é irresponsable, como en el cur

so de una enfermedad , en la cual , conocimientos y

experiencias no son parte á salvar al que, más que

dueño de sus impresiones, es casi siempre , víctima de


ellas. No sucede así en el desarrollo de ciertos vicios

sociales, como el lujo, la adulación, la vanidad , que


-

son susceptibles de refrenarse, de moralizarse, y


quizá también de extirparse , y á este fin dirije sus
esfuerzos la novela social.

Y la corrección será tanto más fácil , cuanto que


estos defectos no están inveterados en nuestras cos

tumbres, ni inoculados en la trasmisión hereditaria .


Pasaron ya los tiempos en que los cuentos invero
símiles y las fantasmagorías quiméricas, servían de

embeleso á las imaginaciones de los que buscaban

en la novela lo extraordinario y fantástico como


deliciosa golosina,

Hoy se le pide al novelista cuadros vivos y natura

les , y el arte de novelar, ha venido á ser como la cien

cia del anatómico : el novelista estudia el espíritu del


hombre y el espíritu de las sociedades, el uno pues
to al frente del otro, con la misma exactitud que el

médico , el cuerpo tendido en el anfiteatro. Y tan vi


vientes y humanas han resultado las creaciones de la

fantasía, que mas de una vez Zola y Daudet en


Francia, Camilo Lemoinnier en Bélgica y Cambace
res en la Argentina , hanse visto acusados, de haber

trazado retratos cuyo parecido, el mundo entero reco

nocía, en tanto que ellos no hicieron más que crear

un tipo en el que imprimieron aquellos vicios ó de


fectos que se proponían manifestar,
Por más que la novela sea hoy obra de observa
ción y de análisis, siempre le estará vedado al novelis
ta descorrer el velo de la vida particular , para expo
len
De l'al
ner á las miradas del mundo, los pliegues mas ocultos
de la conciencia de un individuo. Si la novela estu
viera condenada á copiar fielmente un modelo , sería

necesario proscribirla como arma personal y odiosa.

No es culpa del novelista , como no lo es del pintor,


si después de haber creado un tipo , tomando diversa.
mente, ora sea lo más bello, ora lo más censurable

que á su vista se presenta, el público inclinado siem


pre á buscar semejanzas , las encuentra, quizá sin
razón alguna, con determinadas personalidades .

Los que buscan símiles como único objetivo del


intencionado estudio sociológico del escritor , tuercen
malamente los altísimos fines que la novela se propo
ne en estas nuestras modernas sociedades .
1
Ocultar lo imajinario bajo las apariencias de la
vida real, es lo que constituye todo el arte de la no
vela moderna.

Y puesto se trata de un trabajo meditado y no de


un cuento inventado , precisa tambien estudiar el de

terminismo hereditario, arraigado y agrandado con


la educación y el mal ejemplo: precisa estudiar el
medio ambiente en que viven y se desarrollan aque

llos vicios que debemos poner en relieve, con hechos


basados en la observación y la experiencia . Y si es
cierto, que este estudio y esta experiencia no pode
N

mos practicarlos sino en la sociedad en que vivimos


y para la que escribimos , también es cierto, que el

novelista no ha menester copiar personajes determi


nados para que sus creaciones, si han sido el resul
tado de la experiencia y la observación , sean todo un
proceso levantado , en el que el público debe ser juez
de las faltas que á su vista se le manifiestan.

Los novelistas dice un gran crítico frances, ocupan

en este momento el primer puesto en la literatura


moderna . Y esta preeminencia se les ha acordado,

sin duda, por ser ellos el lazo de unión entre la lite

ratura y la nueva ciencia experimental; ellos son los


llamados á presentar lo que pueda llamarse el pro
ceso humano, foleado y revisado, para que juzgue y
pronuncie sentencia el hombre científico.

Ellos pueden servir á todas las ciencias que van á


la investigación del ser moral , puesto que á más de
estudiar sobre el cuerpo vivo el caprichoso curso de

los sentimientos , pueden también crear situaciones

que respondan á todos los movimientos del ánimo.

Hoy que luminosa y científicamente se trata de

definir la posibilidad de la irresponsabilidad indivi


dual en ciertas situaciones de la vida, la novela está

llamada á colaborar en la solución de los grandes

problemas que la ciencia le presenta . Quizá si ella


llegará á deslindar lo que aun permanece indeciso y
• -

oscuro en ese lejano horizonte en el que un día se re


solverán cuestiones de higiéne moral .

Y así mientras el lejislador se preocupa más de la

corrección que jamás llega á impedir el mal , el no


velista se ocupará en manifestar, que solo la educa
ción Ꭹ el medio ambiente en que vive y se desarro

lla el ser moral , deciden de la mentalidad que for


ma el fondo de todas las acciones humanas .

El novelador puede presentarnos el mal , con to


das sus consecuencias y peligros y llegar á probar

nos, que si la virtud es útil y necesaria , no es solo


por ser un bien, ni porque un día dará resultados

finales que se traducirán en premios y castigos allá


en la vida de ultratumba, sino más bien, porque la

moral social está basada en lo verdadero, lo bueno y

lo bello , y que el hombre como parte integrante de


la Humanidad, debe vivir para el altísimo fin de ser
el colaborador que colectivamente contribuya al per
feccionamiento de ella,

Y el novelista no solo estudia al hombre tal cual

es: hace más , nos lo presenta tal cual debe ser. Por
eso, como dice un gran pensador americano : « El arte
vá mas allá de la ciencia . Esta ve las cosas tales

cuales son, el arte las ve ademas como deben ser. La

ciencia se dirije particularmente al espíritu ; el arte


sobre todo al corazón .
VI -

Y puesto que de los afectos más que de las ideas

proviene en el fondo la conducta humana, resulta

que la finalidad del arte es superior à la de la ciencia .

Con tan bella definicion, vémos manifiestamente

que la novela no solo debe limitarse á la cópia de la


vida sino además á la idealización del bien.

Y aquí llega la tan debatida cuestión del natura

lismo , y la acusación dirijida á esta escuela de llegar

á la nota pornográfica, con lo cual dicen parece no

haberse propuesto sino la descripción, y tambien


muchas veces, el embellecimiento del mal .

No es pues esa tendencia la que debe dominar á los

novelistas sud- americanos , tanto mas alejados de ella

cuanto que, si aquí en estas jovenes sociedades , fuera

mos á escribir una novela completamente al estilo


zólaniano, lejos de escribir una obra calcada sobre

la naturaleza , nos veriamos precisados á forjar una

concepción imajinaria sin aplicación práctica en


nuestras costumbres . Si para dar provechosas ense

ñanzas la novela ha de ser cópia de la vida, no ha


ríamos más que tornarnos en malos imitadores , co
piando lo que en países extraños al nuestro puede

que sea de alguna utilidad , quedando aqui en esta


joven sociedad, completamente inútil, esto cuando no

fuera profundamente perjudicial.


VII -

Cumple es cierto al escritor , en obras de mera re


creación literaria, consultar el gusto de la inmensa

mayoría de los lectores, marcadamente pronun

ciado á favor de ciertas lecturas un tanto pican


tes y aparentemente lijeras , lo cual se manifiesta en

el desprecio ó la indiferiencia con que reciben las

obras sérias y profundamente moralizadoras .


Hoy se exije que la moral sea alegre, festiva sin

consentirle el inspirarnos ideas tristes , ni mucho


menos llevarnos á la meditación y á la reflexión ,

Es así como la novela moderna con su argumento

sencillo y sin enredo alguno, con sus cuadros siem


pre naturales, tocando muchas veces hasta la triviali

dad; pero que tienen por mira si no moralizar, cuan

do menos manifestar el mal , ha llegado á ser como

esas medicinas que las aceptamos tan solo por tener

la apariencia del manjar de nuestro gusto .

Será necesario pues en adelante dividir á los no

velistas en dos categorías, colocando á un lado á los

que, como decía Cervantes, escriben papeles para


entretener doncellas, y á los que pueden hacer de la
novela un medio de investigación y de estudio , en que

el arte preste su poderoso concurso á las ciencias

que miran al hombre, desligándolo de añejas tradi


ciones y absurdas preocupaciones .

El Arte se ha ennoblecido, su misión no es ya can


VIII

tar la grandiosidad de las catedrales góticas ni llorar


sobre la fé perdida, hoy tal vez para siempre ; y en

vez de describirnos los horrores de aquel Infierno


imaginario , describiranos el verdadero Infierno, que

está en el desordenado curso de las pasiones . Nuevos

ideales se le presentan á su vista ; él puede ser cola


borador de la Ciencia en la sublime misión de pro

curarle al hombre la Redención que lo libre de la


ignorancia, y el Paraíso que será la posesión de la

Verdad científica .

Mercedes Cabello de Carbonera.

$5


a
ta
gu
BLANCA SOL

La educaron como en Lima educan á la mayor parte de


las niñas : mimada , voluntariosa , indolente , sin conocer
más autoridad que la suya , ni más límite á sus antojos ,
que su caprichoso querer.
Cuando apenas su razón principió á discernir, el amor
propio y la vanidad estimuladas de continuo , fueron los
móviles de todas sus acciones , y desde las acostumbradas
é inocentes palabras con que es de uso acallar el llanto
de los niños y refrenar sus infantiles desmanes, todo con
tribuyó á dar vuelo á su vanidad , formándole pueril el
carácter y antojadiza la voluntad. Y hasta aquellos conse
jos que una madre debe dar, el dia que por primera vez
va su hija á entrar en la vida mundanal, fueron para ella
otros tantos móviles que encaminaron por torcida senda
sus naturales inclinaciones . Procura - habíale dicho la
madre á la hija, cuando confeccionaba el tocado del pri
mer baile al que iba asistir vestida de señorita - procura
que nadie te iguale ni menos te sobrepase en elegancia y
belleza , para que los hombres te admiren y las mujeres
te envidien , este es el secreto de mi elevada posición so
cial.
Su enseñanza en el colegio, al decir de sus profesoras
fué sumamente aventajada, y la madre abobada con los
adelantos de la hija, recogía premios y guardaba medalli
tas , sin observar que la sabiduría alcanzada era menor
que las distinciones concedidas.
Todas las niñas la mimaron y la adularon, disputando
se su compañía como un beneficio ; porque, al decir de sus
amigas, Blanca era picante , graciosa y muy alegre.
Además de lo que la enseñaron sus profesoras, ella
aprendió. prácticamente muchas otras cosas, que en su al
ma quedaron hondamente grabadas; aprendió, por ejem
plo, á estimar el dinero sobre todos los bienes de la vida:
hasta vale más que las virtudes y la buena conducta , decía
ella , en sus horas de charla y comentarios con sus amigas.
Y á arraigar esta estimación, contribuyó grandemente el
haber observado que las Madres (olvidé decir que era un
colegio de monjas) trataban con marcada consideración á
las niñas ricas , y con menosprecio y hasta con acritud á
las pobres . Y estas pagan con mucha puntualidad sus
mesadas - observaba Blanca . De donde dedujo, que el di
nero no sólo servía para satisfacer las deudas de la casa ,
sino además para comprar voluntades y simpatías en el
colegio.
Ella entre las educandas y profesoras, disfrutó de la
envidiable fama , de hija de padres acaudalados , sin más
fundamento, que presentarse su madre los Domingos, los
dias de salón, lujosamente ataviada , llevando vestidos y
sombreros estrenados y riquísimos, los que ella sabía que
donde hizo su madre no había podido pagar, por falta de
dinero; de esta otra deducción : que la riqueza aparente va
lía tanto como la verdadera.

Despues del salón, sus amigas , comentaban con entu }


siasmo el buen gusto y las ricas telas que usaba su madre,
y las niñas pobres, mirábanla con ojos envidiosos: las ri
cas como ella, formaban corro, y disputábanse ansiosas su
amistad.
Un día una de las niñas , la más humillada por la po
breza con que ella y su madre vestían , la dijo: -Oye Blan
ca: mamá me ha dicho que la tuya se pone tanto lujo,
por que el señor M. la regala vestidos. -Calla candida
observó otra- si es que la mamá de Blanca no paga á los
comerciantes y vive haciendo roña, eso lo dicen todos.
Blanca tornóse encendida como la grana, y con la vehe
mencia propia de su carácter, saltó al cuello de una de
las niñas , (de la que dijo que su madre les hacia roñá á
los comerciantes, ) y despues de darle de cachetes y arran
carle los cabellos , escupióle en el rostro diciéndole :-¡To
ciga

ma ! pobretona , sucia, si vuelves á repetir eso, te he de


matar.
Sus amigas la separarón á viva fuerza, y desde ese día
fué enemiga acérrima de aquella niña. En cuanto á la que
dijo ser el señor M. el que la regalaba los vestidos á su
madre, ella no lo encontró tan grave como lo de la roña.
Y luego, ¿qué había de malo en que el señor M. que era
tan amigo de mamá, le regalara los vestidos? cuando ella
fuera grande tambien había de buscar amigos que la ob
sequiaran del mismo modo.
En las horas de recreo , y en las muchas robadas á las
de estudio, sus amigas referíanle cosas sumamente intere
santes . La una decíale, que una hermana suya había roto
con su novio por asuntos de familia, y su hermana depique
se íba á casar con un viejo muy rico, que le procuraría
mucho lujo, y la llevaría al teatro, á los paseos y había de
darle tambien coche propio. ¿Qué importa que sea viejo?
Mamá ha dicho que lo principal es el dote, y asi cuando
el viejo muera se casará con un joven á gusto de ella.
Blanca saboreaba con ansia estos relatos : imaginábase
estar ella en lugar de la joven, que había de tener coche
propio, y llegar á lucir ricos vestidos en teatros , bailes y
fiestas, y ella como la joven en cuestión, decidíase por el
viejo con dinero, mejor que por el novio pobre.
Algunas veces estas historietas, venían seguidas de
acaloradas discusiones . Muchas niñas opinaban que
el joven (con tal que fuera buen mozo) era preferible con su
pobreza , al rico, si había de ser viejo . Blanca fué siempre
de la opinión contraria. Y á favor de la riqueza del futuro
marido, ella argumentaba manifestando todo el caudal de
experiencia adquirida en esa vida ficticia, impuesta por
las necesidades en completo desequilibrio con las limita
das rentas de la familia: necesidades que para los suyos
fueron eterna causa de sinsabores y contrariedades.
Cuando su madre llegaba á conocer algunos de estos
precoces juicios de su hija, reía á mandibulas batientes , y
exclamaba:-Sí esta muchacha sabe mucho.
Y no se diga que la madre de Blanca fuera, alguna ton
ta ó mentecata, de las que las niñas del colegio clasificaban
en el número de las que le deben al santo; no , era una señora
muy sensata; pero que por desgracia, estaba empapada
en ciertas ideas, que la llevaban á pensar como su hija.
R

Blanca hacía desternillar de risa á sus amigas, cuando


subida sobre una silla, remedaba al señor N. el predicador
del colegio, que con su acento francés, más que francés
patoi, les decía: Es necesario hijitás míás vivir en el santu ti
mur de Dios. porque en el mundo tinemos dimuñios por aden
tro y dimuñios por afuera . Y luego como el señor N. ella
les explicaba á las niñas , que los demonios de adentro
eran nuestras malas pasiones y los demonios de afuera,
eran las tentaciones del mundo. Jamás Blanca paró mien
tes en estas tentaciones , y si retuvo las palabras en la me
moria, era solo para costearles la risa á sus compañeras,
que no se cansaban de repetir: -No hay quien tenga la
gracia de Blanca.
Ella vivía muy contenta en el colegio, sólo si se fasti
diaba por las horas tan largas de capilla, á las que también
al fin, concluyó por acostumbrarse, y ya ni el cansancio
del arrodillamiento, ni la fatiga de espíritu , que antes sin
tiera, presentáronsele después; pero ¡cosa más rara ! acon
tecíale ahora en la capilla, que la imaginación traviesa y
juvenil; emprendía su vuelo, y con abiertas alas, iba á per
derse en un mundo de ensueños, de amores, de esperan
zas, de todo, menos de cosas que con sus rezos ó con la
religión se relacionaran. ¿Sería ella víctima de alguno de
los dimuñios de que hablaba el Señor N?
¡Vaya! Si parecía en realidad tentación del enemigo:
á tal punto , que el monótono murmullo formado por ma
dres y educandas, cuando rezaban como es de uso á me
dia voz, los rosarios y demás oraciones ; parecía contribuir
á dar mayor impulso á su imaginación, sin que por esto
dejara ella de rezar en alta voz. Así adquirió la costum
bre de la oración automática, sin el más pequeño vestigio
de unción, sin imajinarse jamás , que las oraciones tuvie
ran otro fin, que llenar el templo de ruidos, como podía
haberse llenado de otra cosa cualquiera .
La madre de Blanca se asombraba de que su hija, en
cerrada en el colegio, estuviera tan ilustrada en asuntos
que no debiera conocer y diera cuenta de la crónica escan
dalosa de los salones mejor que ella, que como decían las
niñas, vivía en el mundo. Pero aquello no dejaba de tener
su fácil explicación . Cada niña relataba de su parte lo que
había oído en su casa, y así formaban todas ellas la his
toria completa de los escándalos sociales .
andagan 7 -

Eso sí, era un contento ver como al fin de año, salía del
colegio cargada de premios y distinciones, que regocija
ban á la amorosa madre, imaginándose ver á su hija por
tento de sabiduría, y modelo de buenas costumbres.
Diez años estuvo Blanca en el Colegio . Cuando salió
corría el año de 1860, lo que prueba que no fué educada
en el nuevo colegio de San Pedro, en el cual, reciben hoy
las niñas, educación verdaderamente religiosa, moral y
muy cumplida.
Su madre no hallándose satisfecha con lo aprendido en
el colegio, acudió á un profesor de piano, para que per
feccionara á su hija en el difícil arte de Mozart y Go
thchalk, pero bien pronto las invitaciones, las recepcio
nes, las fiestas, las modas, absorvieron todo su tiempo , y
se entregó por completo á este género de vida.
Los enamorados de sus lindos ojos , más que los pre
tendientes de su blanca mano , sucedíanse con gran asom·
bro de las mamás con hijas feas de problemático dote, que
decían indignadas : - Pero que le encuentran á Blanca
Sol? quitándole la lisura y el disfuerzo, no queda nada : si
parece educada entre las cocottas francesas.
Exageraciones y hablillas de mamás envidiosas, y por
cierto las únicas envidias y las únicas maledicencias ex
cusables: ellas son hijas del santo amor maternal, que co
mo todos los amores verdaderos, es ciego y apasionado.
Porque, si bien es cierto que Blanca jóven vivaracha,
picarezca en sus dichos, y aguda en sus ocurrencias, te
nía toda la desenvoltura de una gran coqueta ; distaba
mucho entonces de ser el tipo de la cocotte francesa.
La censura se cebaba no sólo en su conducta , sino tam .
bién hasta en su vestido. Verdad es que ella gustaba mu
cho llevar trajes de colores fuertes, raros, de formas ca
prichosas y muchas veces extravagantes ; pero siempre
se distinguía por el sello de elegancia y buen gusto que
imprimía á todas sus galas.
Una cinta, una flor, un tul prendido al pecho , sabía ella
darles el chic inimitable de su artístico gusto.
Blanca decía que se privaba de risa cuando alguna de
sus amigas le imitaba sus modas, «sin agregar nada de
su propio cacumen. Y las que eran cursis ¿cuánta risa no
le daban á ella? Y estas risas muchas veces fueron impru
dentes y estrepitosas, en presencia de la mamá ó del her
mano de la burlada.
Las ofendidas, que al fin fueron muchas, diéronle el
dictado de malcriada y criticona ; pero ella despreciaba á
las cándidas y se alzaba de hombros, con burlona son
risa. Este modo de ser, le trajo el odio de algunas y la
censura de todas.
Decían que Blanca al bajar del coche ó al subir el pel
daño de una escalera se levantaba con garbo y lisura el
vestido para lucir el diminuto pié, y más aun la torneada
pantorrilla. ¡Mentira ! Blanca se levantaba el vestido para
lucir las ricas botas de cabritilla, que por aquella época
costaban muy caro , y sólo las usaban las jóvenes á la mo
da de la más refinada elegancia. Gustaba más exitar la
envidia de las mujeres con sus botas de abrocadores con
calados , traídas directamente de París, que atraer las mi
radas de los hombres con sus enanos piés y robustas
pantorrillas.
Decían que Blanca , con su descocada coquetería , había
de descender, apesar de su alta alcurnia, hasta las últimas
esferas sociales .
Señalaban á un gran señor, dueño de pingüe fortuna,
como el favorecido por las caricias de la jóven , las cua
les, diz que el pagaba con generosas dádivas que llena
bán las fastuosas exigencias de la jóven y su familia.
A no haber poseído esa fuerza poderosa que da la her
mosura, el donaire y la inteligencia, fuerzas suficientes
para luchar con la saña envidiosa y la maledicencia co
barde, que de continuo la herian; Blanca hubiera caído
desquiciada como una estátua para pasar oscurecida y
triste al número de las que, con mano severa , la sociedad
aleja de su seno.

II

No obstante ser esa mujer educada más para la socie


dad que para sí misma, no por eso dejó de sentir las
atracciones de la naturaleza.
La edad, el instinto y tal vez otras causas desconoci
das, fueron levantando lentamente la temperatura ordina
ria de su sangre, y las ansiedades de su corazón, y al fin
tuvo su preferido y su novio.
9

Fué este un gallardo joven que brillaba en los salones


por su clara inteligencia y su expansivo carácter, por la
esbeltez de su cuerpo y la belleza de su fisonomía, por
la delicadeza de sus maneras y la elegancia de sus trajes.
En su trato con la joven, mostrábale profundo cariño y
estremada delicadeza . Como se decía que prosperaba ex
traordinariamente en sus negocios, Blanca juzgó que era
el hombre predestinado para procurarla cuanto ambicio
naba y le amó con la decisión y la vehemencia propias de
su carácter.
La madre de Blanca demostrábale con frecuencia que
una fortuna por formar no vale lo que una fortuna ya for
mada y trataba de alejarla de sus simpáticos sentimien
tos, y con gran contentamiento de la madre, la hija fué
de esta misma opinión .
Contribuyó no poco en estas positivistas reflexiones de
Blanca, el haber visto que la suerte principiaba á serle
adversa á su novio; varios de sus negocios que él con me
jores esperanzas emprendiera no llegaron á feliz término .
En poco tiempo se vió adendado y enredado en desgracia
das empresas y Blanca informada por él mismo de las di
ficultades y las luchas que sostenía, en vez de consolarlo
y alentarlo, se dió á considerar que si su novio la
ofrecía mucho amor, en cambio la ofrecía pocas esperan
zas de fortuna.
Estas crueles reflexiones tradujéronse luego en aleja
miento y frialdad de parte de ella, y, contribuyeron á
perturbar más y más al desgraciado amante que al fin
desatendió sus negocios y sufrió considerables pérdidas .
Y Blanca que presenciaba las angustias financieras de su
familia, llegó á esta fria observación:-El amor puede ser
cosa muy sabrosa cuando llega acompañado de lucientes
soles de oro; pero amor á secas, sábeme á pan duro con
agua tibia. Yo necesito, pues , novio con dinero, y en úl
timo caso, tomaré dinero con novio: de otra suerte, con
toda mi belleza y mis gracias, iré á desempeñar el papel
de oscura ama de llaves .
Y sin más vacilaciones, ni cavilosidades, ella, con la
impasibilidad de un Vocal de la Corte Suprema ; desahu
ció á su amoroso y antiguo novio, diciéndole que esta su
resolución sería inapelable. Tanto más inapelable debía
ser, cuanto que, acababa de presentarse un nuevo preten
BLANCA BOL
10 -

diente, que lucia un par de millones de soles, heredados


que, á los ojos de la hermosa Blanca, brillaron con res
plandores de seductora felicidad . Este era don Serafin
Rubio.
Con tan cruel desengaño, el antiguo y apasionado no
vio de la jóven, se dió á la pena, y en el colmo de su
desesperación , fulminó su cólera contra Blanca , con los más
hirientes denuestos , y acerbos improperios, llamándola
pérfida, traidora, infame, desleal; pero ella, que al tomar
esa su firme resolución, había previsto la tempestad; rió
desdeñosamente diciendo :-Después de los rayos y los
truenos sale el sol color de oro.
Para consolar á su desventurado novio, y quizá tam
bién para consolarse á sí misma, un día, golpeándole con
gracia y lisura el hombro díjole :- Calla cándido cuan
do yo sea la esposa de Rubio, podré darte toda la fe
licidad que hoy ambicionas.
A lo que él, indignado y furioso , habíale contestado:
¡ Infamel si yo no hubiera sido caballero, serías hoy mi
querida. ¿Recuerdas aquella noche que tú, acompañada
de una criada, fuiste loca de amor á buscarme á mis ha
bitaciones? ¿Recuerdas que temiendo que alguien te hu
biera visto y mancillara tu honra, no consentí que dieras
un paso adelante de la puerta de entrada? ¡ Ay ! y es así co
mo pagas mi amor, mis sacrificios y toda suerte de con
sideraciones y respectos ...?
Blanca alzóse de hombros é hizo - Pihst ! y acompa
ñando esta especie de silbo con una mueca llena de gracia
y coquetería agregó: -Eres un hombre intratable, me pa
reces uu chiquillo de cuatro años. Oye, escúchame: el
amor debe acomodarse á las circunstancias , y no te
ner exigencias feroces, inconsideradas , que concluirán
por matar nuestra felicidad .
-¡Ah !—dijo él-yo sólo aspiro sólo anhelo que cum
plas tus compromisos y seas mi esposa.
Ven, hablemos razonablemente, supongamos que
yo cumpliera mi compromiso y fuera tu esposa; crees que
pudieras ser feliz, si al día siguiente te vinieran los acree
dores, el uno con las cuentas de la modista por dos mil
soles, otro con las del florista por quinientos soles , las de
Delpí y Lacroix. por mas de tres mil soles , las del pul
pero de la esquina por quinientos soles, las del .....
11
- 11

-¡Calla ! calla, tienes una aritmética aterradora- con


testó desesperado el novio de Blanca.
Déjame concluir, aun me falta lo principal . Figúrate
que al día siguiente, pueden venir á arrojarnos de la

990A
US
casa en que vivimos, que la hemos hipotecado en trein

MIDA
ta mil soles, y la sentencia del juez, de remate de la

DR
MAA4
finca, está ya ejecutoriada, y si no se ha cumplido , es
porque con los empeños de mamá y los mios , hemos al
canzado por las influencias del señor ....
-Está bien no quiero saber más; me basta con lo que
me dices-¡Adios !
--
-Espera; á tí también te debemos ....
-A mi sólo me debes la felicidad que un día me pro
metiste .
—Sí, te debemos los diez mil soles que...
-Has destrozado mi alma; ¡ Ah ! infame ....!
Tu deuda será la primera que yo haga pagar por
Rubio.
- Nada me debes. Adiós para siempre.
Y el romántico novio de Blanca , salió de la casa resuel
to á no volver jamás .
Ella mirándolo con indefinible expresión de amorosa
pena y gozosa esperanza, repitió entre recitando y cantan
do esta linda cuartetilla:

Que las bellas ¡Vive Dios


Por cada cual que las deje
Deben sin que las aqueje
En su lugar poner dos.

III.

Toda esta descarnada relación de las deudas de la casa;


era expresión fiel de la verdad . La madre de Blanca y
dos tías solteronas con más campanillas que una procesión
de pueblo; vivían en fastuoso lujo ,sin contar con otra ren
ta , que el producto de un pequeño fundo rústico , admi
nistrado por un hermano natural de la señora, que muy
inprudentemente decía, que el tal fundo no le daba á su
lujosa hermana ni para los alfileres . Y esta renta que no
12

alcanzaba, según el decir de su administrador, ni para al


fileres , debía llenar las exigencias de cuatro mujeres, que
no juzgaban factible suprimir uno solo de sus gastos, cual
și á mengua tuvieran ajustar su rumboso lujo á sus exi
güas entradas, y los préstamos á interés crecido se suce
dían uno tras otro, sin llegar jamás á cancelar sus deudas,
que de más en más iban creciendo.
Blanca era de2 las cuatro la más derrochadora y exigente.
Cuando algun acredor cansado de esperas y evasivas,
llamaba á la madre, ante los Tribunales de Justicia ; los
empeños é influencias de sus amigos , cansaban al recla
mante,que al fin érale forzoso conformarse con ofertas , las
que Blanca apoyaba diciendo para sí:-Ya me casaré con
algún hombre rico, que pague todas nuestras deudas.
Paseos, saraos , banquetes , visitas, todo ese movimiento
que forma la atmósfera en que viven y se agitan las per
sonas de cierta posesión social, sucedíanse en casa de
Blanca; sin que ninguna de las cuatro mujeres que com
ponían la familia, tuviera en cuenta, que para sostener
esta falsa situación necesitaban dinero, mucho dinero .
Pero ¡ qué hacer ! No era posible renunciar á esa vida , que
no sólo cuadraba á sus gustos é inclinaciones , si que tam
bien contribuía á realzar el lustre de su elevada posición
social .
Al fin llegó el novio con dinero, ó como Blanca decía,
el dinero con novio .
D. Serafin Rubio, que acababa de heredar de su avaro
padre un par de millones de soles, adquiridos á fuerza de
trabajo y economía ; fué la vistima elegida para pagar las
deudas de Blanca Sol.
No obstante, fuerza es que paladinamente digamos , que
ni sus ambiciosas aspiraciones ni el positivismo de su cal
culadora inteligencía, fueron parte á acallar las fantasías
femeniles de su alma de veinte años .
Empapada en las aristocráticas tradiciones de su orgu
llosa familia, se daba á pensar y consideraba con profun
do disgusto la oscura procedencia de la fortuna de su no
vio y la no menos oscura procedencia de su nacimiento .
El padre de D. Serafin fué un soldado colombiano del
ejército libertador, traído al Perú por el gran Bolívar, en
su campaña contra la dominación española. Casado en Li
ma con una mujer del pueblo, llegó á adquirir inmensa
--- 18 -

fortuna , debida á sus hábitos de economía, llevados has.


ta la avaricia
Como las alimañas, los avaros tienen pocos hijos : asi,
el señor Rubio padre, como buen avaro, por no dar mu
cho , no dió vida á más de un hijo.
Este fué D. Serafin.
Este nombre algo raro, le vino de amorosa exclamación
de su madre, un día que le vió dormido.
-¡Ah! que lindo es; si parece un serafin, -había dicho
la madre.
-Pues se llamará Serafin, contestó el padre.
- Y será un serafin rubio-observó la madre .
He aquí como, un hombre feo de cara , rechoncho de
cuerpo, y con màs condiciones para llamarse Picio , vino
por casual combinación , á llamarse, Serafin Rubio.
Entre las encopetadas abuelas de las amigas de Blanca,
no faltaban alguna de esas que son como el archivo de un
escribano , donde puede irse con avisores ojos á registrar
la ilegitimidad de ciertas aristocracias limeñas; y entre
estas , decíase que el señor Rubio padre, había allegado
su inmensa fortuna, principiando por vender cintas y ba
rajitas eu una tendezuela de la calle de Judíos, en la cual
él desempeñaba el triple papel de patrón, dependiente y
criado.
Este pasado, si bien podía enorgullecer á un hombre
sensato, que viera en él, el trabajo honrado y la austera
economía, que nuestras instituciones republicanas enalte
cen: no halagaba la vanidad de Blanca, que sólo alcanza
ba á encontrarle sabor plebeyo, muy distante de la ran
cia aristocracia de su elevado linaje .
Pero ¡qué hacer ! decía Blanca, no es posible conciliar
lo todo, y se daba á pensar que, dinero y aristocracia
eran difíciles de hermanar, en los difíciles tiempos que á
la sazón corrían.
Para colmo de infortunios , D. Serafin, era de poca sim
pática figura.
Rechoncho de cuerpo , de hombros encaramados , como
si quisieran sublevarse de verse condenados á llevar una
cabeza, que si bien era grande en tamaño, era muy pe
queña en su contenido .
Ojos de color indefinible, lo que daba lugar á que Blan
ca pensara, que si los ojos son espejos del alma, la de D.
14 L

Serafin debía ser alma incomprensible. Afirmábase más


en esta persuación, al notar en él ciertas anomalías de ca
rácter, que para ella, de poco observadora inteligencia,
no pasaron, empero, desapercibidas y estas geniali
dades, ella se contentó con llamarlas «rarezas de D. Se
rafin Y sondeando las profundidades del espíritu de su
novio, decía como dice el marino después de haber son
deado el Océano: -¡No hay cuidado ! puedo aventurarme
sin temor .
D. Serafin tenía las vehemencias tímidas, si así puede
decirse, del que con la conciencia de su escasa valía, quie
re en desagravio , ejercer su derecho de maldecir de los
que, con su ineludible superioridad , humillaban , su po
bre personalidad.
Y para no dejar incompleto el retrato físico del novio
de Blanca, diré que su pelo también como sus ojos de
color indefinible, ni negro ni castaño , enderezábase con
indómita dureza , dejando descubierta la estrecha frente y
el achatado cráneo, signos frenológicos de escaso meollo.
Las patillas espesas, duras y ásperas , por haberlas someti
do prematuramente á la navaja ; cuando el temió ser como
su padre, barbi-lampiño ; formaban un marco al rededor
de los carrillos , los que, un si es no es mofletudo , se osten
tanban rozagantes con su color ligeramente encendido, lo
que , sin disputa, denotaba la buena salud y el tempera
mento sanguineo de D. Serafin .
La nariz ni grande ni pequeña , eso sí un tantico carno
sa y colorada, diríase por lo poco artístico de sus líneas ,
colocada allí tan sólo para desempeñar el sentido del
olfato.
Su voz tenía modulaciones atipladas, y algunas veces
fuera de la gamma de toda entonación natural : esto sólo
cuando la cólera ú otra pasión violenta le acometía con
inusitado ímpetu .
Sus manos , aunque siempre mal cuidadas, eran finas,
denotando, que si su sangre no era azul, su educación
había corregido los defectos de su nacimiento .
Pero de todas estas incorrecciones, ninguna disgustaba
tanto á Blanca, como la pequeña estatura de D. Serafin.
Ella era de la misma opinión de Arsene Houssaye, que
dice, que al apoyarse una mujer en su amante debe poder
él besarla en la frente , pero joh desgracia ! D. Serafin al
- 15 -

lado de Blanca, apenas si alcanzaba á besarla en la punta


de la nariz.
En sus horas de dulce fantasear, cuando dejaba correr
su imaginación por los dorados horizontes de lo porvenir;
Blanca miraba con cierta amargura esos defectos , que
por desgracia, no alcanzaban á desaparecer, ni en los mo
mentos en que ella se sentía más deslumbradora por los
resplandores del oro.
Cuando hablaba de esto, ocultaba su disgusto, dicien
do con chispeante gracia, que su novio era una letra de
cambio mal escrita ; pero con buena firma.
Blanca apesar de sus muchos defectos, sabía conquis
tarse simpatias por su caracter de ordinario alegre, mu
chas veces dulce compasivo; tambien era decidora , lo
cuaz, expansiva, llena de chispa , por más que no siempre
fuera la chispa del ingenio que alumbra sin quemar y
corrige sin herir. Sus amigos, aun aquellos que eran blan
co de sus sátiras, perdonàbanle esa flagelación de sus pa
labras y conceptos, en gracia de su donairosa chispa y
gracejo en el decir.
Cuando sus cálculos , ni lo apremiante de sus deudas
aun no la habian llevado hasta la temeraria resolución de
hacer del misero D. Serafin, el objetivo de sus ambicio
nes de mujer á la moda; fué él la víctima hacia donde
ella dirijió sus más hirientes y amargas sátiras .
Decia que D. Serafin, era como los camarones: feo,
chiquito , colorado, pero rico.
No sabremos decir, si por haber oído ó por haber leído
la "Fisiología del matrimoL io" de Balzac, decia que D. Se
rafin pertenecería algún dia, al número de los predestina
dos, que como los santos pintados , merecía llevar una au
reola, la cual sin duda se la imaginaba que debia ser
de algo tan feo, que no se atrevía a mencionar . Decía que
los méritos de D. Serafin, debian valorizarse con rela
cion á sus escudos y no á su persona.
Más de una vez estas sátiras, llegaron á oidos de su
rendido y amoroso pretendiente; sin que él se atreviera
á darles otra contestación , que la socarrona sonrisa del
que dice: -Necesito soportarlo todo.
Es que D. Serafin, si bien era lerdo de inteligencia y
obtuso de ingenio ; tenía en cambio la lengua ligera, agu
da, hiriente, como la de las víboras, y hubiera podido
C 16

devolver estas sátiras, sino con la misma agudeza y grace.


jo, con mucha mayor cantidad de ponzoña.
Pero él jamás se dió por aludido y soportó los dardos
de las sátiras de Blanca, esperando herirla, á su vez, con
los dardos de Cupido.
D. Serafin poseia ese cálculo frío, esa mirada certera ,
y esa inexplicable sensatez del hombre de escasa imagi
nación y tranquilas pasiones , que casi siempre acierta,
con mejor tino, que el hombre de verdadero talento .
Y discurriendo cuerdamente pensó, que Cupido podía
herir mejor con pesadas flechas de oro, que con las flexi
bles y agudas flechas, que de antiguo ha usado .
Despues de tan sólido raciocinio, abrió sus arcas, y
principió por pagar todas las deudas contraídas por Blan
ca por su madre y las dos tías .
Decían las malas lenguas que también habia pagado
los diez mil soles que Blanca, fué en deber á su novio,
pero los que conocían el caracter caballeroso del joven ,
dudaban de que él aceptara la devolución de dineros, que
jamás ningún hombre delicado puede aceptar.
Cuando llegaba el cumple-años de la madre , ó de al
guna de las solteronas tías de Blanca. D. Serafin se por
taba á lo príncipe; y los ricos pendientes y los magnífi
cos anillos de brillantes, ocultos en gigantezcos ramos de
flores, eran los presentes con que él daba testimonio de
su buena amistad .
Las encopetadas solteronas, que se daban humos de
ser delicadas como la sensativa y puras como azucenas ,
no dejaban de hacer sus melindres y andarse en repulgos
para recibir tan valiosos regalos ; pero parece que consul
taron el asunto como caso de conciencia , con persona de
respeto y autoridad. Y este sabio concejero díjoles que ,"
puesto que las pretenciones del señor Rubio eran honradas
y se encaminaban al santo matrimonio , sus regalos no po
dían empañar la excelsa y mirífica personalidad , de tan en
cumbradas señoras ; que por ende , debian titularse ya tías
del joven pretendiente. No obstante de que este razona
miento llevaba trazas de ser un sofisma; las pudibundas
tías de Blanca , aceptáronlo y tranquilizada su conciencia ,
no tuvieron ya reparos en recibir los valiosos obsequios
de D. Serafin .
swing 17

De esta suerte, la especulación llevada hasta el más


innoble tráfico, fué puesta en juego por la madre, las tìas,
y más aún, por la misma Blanca.
Sin embargo, como el amor es ciego, D. Serafin, quedó
encantado del desprendimiento y la generosidad de la
hermosa Blanca. el dia que tuvo con ella el diálogo si
guiente:
-Yo- decía ella -ambiciono encontrar por esposo un
hombre que me ame apasionadamente , y que sea esclavo
de mi voluntad .
-Nada más desea U?- preguntó D. Serafin , trémulo
de emoción y de esperanza .
-Y que más se puede desear? El dinero es metal vil ,
que brilla mucho en la calle; pero que en la casa oscure set
1
ce el verdadero brillo del amor .
D. Serafin , arrojó un suspiro más largo que el resuello
de una ballena, diciéndose á si mismo :-¡cuánto me ha
bía equivocado respecto á la nobleza del alma de esta
mujer !
-Y si hallara U. un hombre que la amara apasionada
mente, y fuera esclavo de su voluntad y á más pusiera á
sus pies dos millones de soles?
-¡¡ Oh yo no me casaría jamás con él .
-No se casaría U. con él-repitió D, Serafin tornándo
se mortalmente pálido.
-No, porque el mundo entero y él mismo, creerian
que me habia casado por interés, por amor al dinero y
no al novio .
-¡Quién puede creer eso conociendo su alma noble y
generosa !-exclamó D. Serafin en el tono más sincero
que le fué dado emplear.
-¡Ah ! el mundo es tan ruin y las mujeres somos siem
pre víctimas de sus juicios ! -dijo Blanca con tristeza y fin
giendo enternecerse hasta el llanto.
Y esta tristeza y este enternecimiento, fueron suficien
tes para que D. Serafin, pusiera mayor empeño en con
vencerla de que ella estaba equivocada en sus juicios y
exajerados temores, y esta vez D. Serafin estuvo elocueu
te , elocuentísimo, tanto que él quedó satisfecho de ha
ber salvado las justas resistencias del noble carácter de
la orgullosa joven, convenciéndola que, caso que ella se
casara con un hombre que poseyera dos milones, nadie
BLANCA SOL 8
18 -

en el mundo, y él menos que otro alguno , podría supo


ner que el vil interés manchara el corazon de tan hermo-
sa mujer.
Quince días después Blanca, prometía su linda mano
á su apasionado pretendiente, que, ébrio, loco de amor,
jurábale, que sería toda la vida su más sumiso y amante
esposo.

IV.

Aunque Blanca Sol, muy formalmente prometiera su


mano á D. Serafin Rubio , éste no estaba del todo tran
quilo: conocía el caracter voluble, caprichoso , y excén
trico de su futura esposa, y cada dia temblaba, temiendo
que ese fuera el que había de traerle inesperado cambio .
Largas horas se daba á pensar, cómo era que Blanca ,
mujer caprichosa fantástica, engreída con su belleza, y
orgullosa con su elevada alcurnia, podia aceptarlo á él
por esposo: á él, que aunque tambien blasonaba de su
noble prosapia. (muchos como D. Serafin blasonan de
lo mismo ,) no dejaba de comprender, que estaba muy le
jos de ser el tipo que la ambiciosa joven podía aceptar,
dada la disparidad de gustos, de educacion , de aspiracio
nes que entre ambos notaba él.
-
¿Será sólo por mi dinero: se preguntaba á sí mismo?
Y en este momento su frente se oscurecia y su fisonomia
tomaba angustiosa expresión.
Otra reflexión acudía á su mente, y esta era, quizá, la
mas cruel.
El primer amor de Blanca ; un compromiso de más de
cinco años: un novio con todas las condiciones del cum
plido caballero, todo había sido sacrificado en aras de ..
Aqui el pensamiento de D. Serafin, se detenia, sin atre
verse á decidir si era en aras del amor, ó del dinero .
Y luego reflexionaba que cuando una mujer dá la pre
ferencia á un hombre rico á quien no ama, dejando el
amor del amante pobre, es porque piensan realizar alguna
combinacion financiera-amorosa, con la cual, ganará el
dinero del rico, sin perder el amor del pobre, y D. Serafin,
que ni un pelo tenia de tonto, valorizaba con asombrosa
exactitud su dificil y peligrosa situación.
19 MADE

Y si bien estaba abobado de amor, ni un momento per


dió su buen criterio, y más de una vez , exhalando profun
dísimo suspiro, solía decir :-Si yo pudiera alejar para
siempre á ese hombre....
Y ese hombre ¿quién era? Nada memos que un apuesto
caballero, de cuyas relaciones de parentezco, se enorgu
llecía la madre, y no sólo la madre, sino tambien las lina
judas tías de Blanca.
Para colmo de angustias , llegó un día en que su mala es .
trella, İlevolo á presenciar escenas de un realismo aterra
dor.
Una noche, por ejemplo , mientras él filosóficamente di
sertaba sobre temas de alta conveniencia social , en com
pañía de la madre y las tías de Blanca ; oyó un ruido sua
ve, apenas perceptible, que no por eso dejó de producirle ,
el mismísimo efecto que descarga de poderosa pila eléc
triça.
¿Qué ruido era aquel, que tan inesperada conmoción
producía, en los poco excitable nervios de la sanguinea
naturaleza de D. Serafin? Diríase ruido de besos y mur
mullo de diálogo amoroso .
D. Serafin no pudiendo dominarse, salió á la puerta del
salón, que comunicaba con el patio exterior, de donde pa
recía venir aquel alarmante murmullo.
¡ Qué horror ! .... ¿ Es posible que tales cosas se vean en
la vida....?
Si él hubiese sido hombre menos prudente, aquella no
che la señorita Blanca, hubiese presenciado un lance, un
desafio .... quizá si un asesinato.
¿Qué había visto D. Serafin?
Vió á Blanca, reclinada amorosamente en el hombro de
su novio, asida por este, en estrecho abrazo y mirando
poéticamente la luna.
A pesar de que el cuadro , era bellfsimo y poético. D.
Serafin lo encontró atroz, detestable, tanto, que salió de
sesperado de la casa, y resuelto á no volver jamás.
Pero ¿cuál es el hombre que, cuando el termómetro del
amor marca cien grados sobre cero, cumple su propósito
de no ver más á su amada?
En honor de la verdad, diremos , que D. Serafin, sólo
volvió á la casa, llamado, atraido y casi rogado por la
madre de Blanca, y muy decidido á no presenciar por se
20

gunda vez el espantoso cuadro que su amada, al lado de


su antiguo novio, formaba.
Y como resultado de esta su firme resolución, un ami
go de la casa, dirigióse á donde el joven y á nombre del
señor Rubio, propúsole que fijara precio á su desistimien
to á la mano de la señorita Blanca Sol, con tal que el pri
mer vapor que zarpara del Callao, le llevara muy lejos de
Lima.
El desgraciado joven, en el colmo de la indignación di
jo: que no podía dar otra contestación que pedirle sus pa
drinos para arreglar un duelo á muerte.
Ya hemos visto de que manera tan elocuente y sencilla,
convenció Blanca á su novio, demostrándole, que no le
quedaba otro recurso, que renunciar á su compromiso,
ofreciéndole ella, en cambio, futura y regalada felicidad .
Blanca le juró á D. Serafin por un puñado de cruces que
aquella noche que él la vió abrazada amorosamente por su
novio; había sido violentamente cojida y estrechada muy á
pesar suyo, viéndose obligada á callar y no dar voces , por
temor al escándalo. D. Serafin si no creyó, finjió aceptar
estas disculpas, y pagó con creces esta generosa conducta
de Blanca Sol.

Una de sus mejores casas heredadas de su padre, fué


en pocos días convertida en espléndido palacio .
Veinte tapiceros, otros tantos grabadores, empapelado
res, pintores, todo un ejército de obreros y artistas, en
cargáronse de decorar la casa con lujo extraordinario.
Y este lujo que todos llamaban extraordinario, él lo con
ceptuó deficiente, como manifestación de su amor á esta be
lleza, que había descendido hasta él.
Toda la historia de Francia, en sus épocas de mayor es
plendor, se encontraba allí representada . Había salón á
lo Luis XIV, saloncito á lo Luis XVI , bouduoir á la Pom
padour, comedor del tiempo del Renacimiento .
Los espejos de Venecia, los mosaicos venidos del mis
mo Paris; los cuadros originales de pintores célebres ; el
cristal de Bohemia ; toda una contribución en fin, recogida
del mundo artístico y del mundo industrial, llegó á embe
llecer la que debía ser morada de la orgullosa Blanca Sol.
Lo que sobre todo maravilló á la familia y á las amigas ,
fué el lujosísimo canastillo de novia, que D. Serafin, con
tra la costumbre establecida, quiso regalar á Blanca, y
21

digo contra la costumbre, por ser bien sabido, que de an


tiguo está establecido en Lima , que los padres de la novia
la obsequien el ajuar.
Todo lo que el arte manufacturero ha producido de
más delicado, de más perfecto, de más artístico; todo se
encontraba en el ajuar de la novia.

MONTAJIV VULLLDI, Kuteuli


Encajes de Inglaterra , de Chantilly , de Alençon, de

CONTAININ
Malinas , de Venecia ; paños de León, telas italianas , chi
nas, y de todas partes del mundo; aquello fué una especie
de Exposición, en pequeño, que maravilló á la familia y á
las amigas de Blanca.
Ella estaba ebria de placer y de contento .
Lucir, deslumbrar, ostentar, era la sola aspiración de
su alma .
Ya no vería más , la cara engestada, la expresión insul
tante, y el aire altanero del acreedor, que por la centési
ma vez llegaba, á recibir siempre una excusa , un efugio,
ó á conceder un nuevo plazo , que era nueva humillación ,
cruel sarcasmo, lanzado á su vida fastuosa y derrochadora.
Los amigos de D. Serafin , quedaron asombrados, al ver
lo derramar el dinero, con largueza tal, que dejaría atrás
al más despilfarrado calavera. Hasta entonces estaban
ellos persuadidos, que, si D. Serafin había heredado á su
padre la fortuna, había también heredado sus hábitos de
economía llevados hasta la avaricia.
Pero esos amigos no pensaron , sin duda, que de todas
las pasiones, el amor es la que mayores y más radicales
cambios opera en el espíritu humano.
Pocos días antes del matrimonio, la casa que debían
ocupar los novios, convirtióse en romería, de los que an
siaban admirar las maravillas encerradas allí , por la ma
no de un futuro marido.
Sus amigos, aquellos que con más envidia que afecto,
miraban esa prodigalidad de riquezas, no le escasearon al
novio las sátíras, y los burlescos equívocos .
No faltó quién, con tono de profunda amargura, dijera :
¡ Ah si el señor Rubio resucitara, volvería á caerse muer
to! Y para extremar la vida sujeta á toda suerte de priva
ciones , del señor Rubio, padre, cada cual refería un epi
sodio ó un suceso referente á este punto.
Y el lujo presente, y la economía pasada , y el amor del
novio , y la incierta fidelidad de la novia; fueron el blanco,
- 22

donde todos creyeron que debían asestar sus sangrientos


dardos , y malévolos comentarios .
Si los que de esta suerte censuraban ensañándose con
tra las prodigalidades de D. Serafin, hubieran podido pre
senciar y valorizar la suprema dicha de su alma, la prime
ra noche de sus bodas ; cuando él después de haber pasea
do á Blanca por todos los lujosos salones de la casa, llevola
á la alcoba nupcial, donde ella de una sola mirada abarcó
y midió todo el lujo y esplendidez, con que estaba decorada
y volviéndose á él , lánzose á su cuello ebria de alegría ex
clamando :-¡Oh que feliz soy !-si ellos hubiesen presen
ciado esta escena ; lejos de censurarlo, hubieran dicho , co
mo en ese momento dijo él: -El único dinero bien gastado
es el que nos acerca á los brazos de la mujer amada.
Los primeros días de su matrimonio, no cesaba de refle
xionar como era posible que existieran hombres tan estú
pidos, que llamaran á este mundo valle de lágrimas ¡ In
felices ! Bien se conocía que no habían hallado una mujer
que embelleciera su vida, una mujer como Blanca. No , la
vida es eden delicioso , puesto que la posesión del ser ama
do, llegaba á ser hermosa realidad .
Pero ¿era en verdad una realidad? ¿No estaría él soñan
do? Ser el esposo, el dueño , el amado de ella , de la altiva
y orgullosa Blanca Sol .... ¡ Oh! ninguna dicha igualaba ,
ni encontraba siquiera comparable á esta .
Y D. Serafin con íntima y deleitosa satisfacción se dete
nía á considerar que, cuando él hablara de ella, podía de
cirle familiarmente esta; es decir, esta mitad de mi sér ,
mitad de mi cuerpo, del cuerpo de él , del mísero, que
había vivido en la casta abstinencia á que lo obligara la
exígua propina que su padre le daba, no siquiera para ci
garros , sino para dulces, como á un chiquillo de diez años ,
obligándole así al retraimiento de los amigos y de los pla
ceres . Y su naturaleza robusta y sanguínea, habíase do
blegado á duras penas ante tan cruel necesidad .
Pero jah! llegaba, al fin, el día de satisfacer todas sus
ansias juveniles , todas sus necesidades de hombre.
Allí, al alcance de su mano, estaría siempre ella, her
mosa, seductora, complaciente, con sus ojos de garza y
sus labios atrevidamente voluptuosos .
Sí, ya él podía llamarla suya , su mujer, y al pronunciar
#
28

estas palabras, su alma, bañábase en infinito deleite, y su


sangre se encendía en inextinguible voluptuosidad.
Qué lejos estaba él de pensar, que á las mujeres, aún
aquellas que se casan por pagar deudas y comprar vesti
dos, les horroriza el matrimonio, cuya síntesis , es , un

MARK
cuerpo entregado á la saciedad de un apetito.
Qué lejos estaba él de imaginarse, que Blanca, aunque

PANTAI
mujer calculadora, vana y ambiciosa , era como las demás
mujeres, esencialmente sentimental y un tanto romántica,
y había de sentir, como consecuencia, repugnancia, asco,

pog
para este marido que no le ofrecía sino los vulgares tras

VULLLUI Entsult!
portes del amor sensual.
¿Pero qué sabía él de estas cosas? Si alguien le hubiera
ido á perturbar en medio de sus alegrías y embriagueces,
para poner ante sus ojos la realidad de su situación, le
hubiera tomado por un loco ó por un impertinente.
Qué sabía él , si las mujeres aman con el corazón y los
hombres con los sentidos; si el amor del alma es para ellas
cuestión de naturaleza y el amor del cuerpo es para ellos
cuestión de salud; y esta antitésis es abismo donde se hun
de la felicidad del matrimonio , el cual sólo el amor abne

NOMONTA
gado de la mujer puede salvar.
Don Serafin era de esos hombres de quienes se ha di
cho que el matrimonio los engorda.
Y sin metáfora, ocho días después, sentía que comía
con mayor apetito, dormía con mejor sueño, reía con
hilaridad interminable, y por consecuencia, su cuerpo
adquirió en tejido grasoso, todo lo que perdió en agili
dad y elegancia.

V.

Blanca Sol , llegó á ser lo que en Lima se llama una


gran señora, por más que la gente murmuradora dijera
que sólo había grandeza de sus defectos y quizá también
en sus vicios .
A pesar de su matrimonio sus amigos continuaron lla
mándola Blanca Sol, sin jamás acordarse que era señora
de Rubio.
Esta particularidad de conservar la mujer casada su
nombre y apellido, peculiar sólo de nuestras costumbres,
merece explicación.
A 24

Hay mujeres , que al otro día de su matrimonio, pierden


su apellido y pasan á ser la señora de D. Fulano, como si
su pequeña personalidad desapareciera ante la de su es
poso . Otras hay, que conservan toda la vida su apellido ,
sucediendo muchas veces , que el marido llega á no ser
más , que la adición de su mujer.
Así sucedió con Blanca. Ella no pasó á ser la señora de
Rubio; pero sí ocurrió, que al millonario D. Serafin, lo
designaran con frecuencia , llamándole el marido de Blanca
Sol.
Esta manera de ser de la mujer casada, que entre no
sotros se establece con inexplicable expontaneidad, sin que
en el público nadie dé la señal, ni se encuentre regla fija
que seguir ; parece no depender, sino de la individualidad ,
más ó ménos acentuada de ambos esposos.
Antes de su matrimonio D. Serafin, no fué más que un
partido codiciable por su dinero entre las niñas casaderas :
cuando perdió esta cualidad , forzoso era concederle la
única que le quedaba: ser esposo de Blanca Sol .
Ella, por su parte, continuó su vida de soltera, repar
tiendo su tiempo entre las fiestas los saraos y las tertu
lias íntimas, ya fuesen dadas en su casa, ó en la de algu
na amiga suya,
Si alguna innovación quiso introducir en sus costum
bres, fué sólo la de ser lujosamente devota: con la devo
ción de la mujer del gran mundo, como ella decía:
Vivía persuadida de que la " gente de tono" debe pro
teger la religión, y era muy dada á las prácticas religio
sas del culto externo, con sus ruidosas manifestaciones de
aparatoso efecto. Creía que una señora como ella, desem
peña desairado papel en sociedad, si no es directora de
asociaciones de las que se llaman de caridad , ó promoto
ra de grandes fiestas de las que se llaman religiosas.
Ser virtuosa á la manera de la madre de familia, que vi
ve en medio de los dones de la fortuna, rodeada de priva
ciones y zozobras, cuidando de la educación de sus hijos ,
y velando por la felicidad de su esposo, sin más fiesta
religiosa, que la plegaria elevada á Dios sobre la frente
de su hijo dormido; sin más pompa, que el óbolo deposi
tado en silencio, en la mano del desgraciado, ni más tem
plos, que la alcoba, jamás profanada ni aún con el pen
samiento de la esposa fiel y la madre amorosa; ser de esta
- 25

suerte virtuosa, hubiera sido para Blanca, algo que ella


hubiese encontrado muy fuera de tono y de todo en todo
impropio á la mujer del gran mundo.
En las primeras épocas de su matrimonio, D. Serafin,
sufrió cruelísimos celos y desconfianzas horribles ; pero así
que vió á su esposa entregada á sus místicas devociones
y ruidosas fiestas mundanales , sus celos se calmaron y
disipáronse sus angustias .
En la época que la presentamos nuevamente, cinco hijos
habidos en diez años, vinieron á aumentar las felicidades de
D. Serafin, que era tan tierno papá como afectuoso marido.
Blanca, quejábase amargamente de esta fecundidad , que
engrosaba su talle, é imperfeccionaba su cuerpo, impidién
dola ser como esas mujeres estériles, que dan todo su tiem
po à la moda, y conservan la independencia y libertad de
la joven soltera.
La moda era diosa tiránica á la cual ella sacrificábale
salud , afectos , y todo lo más caro de la vida.
Para formarnos idea de esta su pasión, asistamos á una
escena de Blanca con su modista,
Las doce del día daban en un rico reloj de sobremesa,
cuando entró muy de prisa Faustina, la criada de prefe
rencia, para saber si la señora podía recibir á su modis
ta, que acababa de llegar , y venía á probarle un vestido .
-Dile que pase adelante.
-Mi querida madama Cherí-dijo Blanca extendiendo
la mano que la modista se apresuro á estrechar cariñosa
mente.
-Vengo á medirle el vestido de baile.
Blanca se puso de pie, y quitándose su rica bata de ca
chemir bordada, dejó descubiertos sus torneados y blan
quísimos hombros.
La modista presentóle un corpiño de razo color pálido,
que se preparaba á medirla.
-Aguarde U. , es necesario que me ajuste algo más el
corsé.
A nna señal de Blanca , acercóse Faustina, y con admi
rable destresa, logró que los extremos del corsé, queda
ran unidos, dejando el flexible talle, delgado y esbelto co
mo el de una sílfide .
Blanca, miróse al espejo y sonrió con satisfacción , sin
notar que mortal palidez acababa de cubrir sus mejillas .
BLANCA SOL
- 26 G

La modista principió su tarea de prender alfileres, pa


ra entallar y ajustar al cuerpo el corpiño, cuando con gran
asombro, vió, que la señora Rubio, después de dar dos
pasos adelante cayó sin sentido.
-¡Dios mio! La señora se ha puesto mala, llame U. al
señor Rubio- dijo dirigiéndose à Faustina.
-No puedo llamarlo : la señorita me ha prohibido dé
aviso al señor cuando ella tenga uno de estos desmayos.
-Y qué haremos? -preguntó angustiada madama Cherí.
-No es de cuidado - observó Faustina-como la seño¬
rita está de cinco meses de embarazo, el corsé ajustado le
produce estos desmayos : ya yo estoy acostumbrada á ellos .
¡Oh qué horrible ! exclamó asombrada la modista.
Como si ya fuera bien conocidò el remedio , Faustina se
acercó y cortó los abrochadores del corsé.
Después de propinarle algunos remedios y darle á oler
algunas sales , Blanca abrió los ojos y miró en torno.
¿Qué sucede? ¡ Dios mío ! -y aún desfallecida reclinó
la hermosa cabeza en el hombro de madama Cherí
Pero cual si al volver á la razón, hubiese pensado que
no debía dar importancia á este pasajero accidente con
el que ya estaba ella familiarizada; sacudió la cabeza , pa
só repetidas veces la mano por la frente y sonriendo con
gracia, dijo:
-Déme U. la mano para levantarme, no es nada, pasa
luego.
Restablecida del todo de su corto síncope , insistió con
la modista para que le midiera nuevamente el corpiño .
-Necesito- decia- ver el escote. U. madama me cubre
el pecho con más empeño que si fuera U. un marido ce
loso .

-Ha visto U. el último figurín?
-Si, y veo que el escote se lleva abierto hasta cerca del
talle .
Después de haber dado algunos recortes madama Che
rí preguntó :
-Está bien así?
-Oh! mucho más : ahora se usa llevar la espalda toda
descubierta .
-¿Así? -preguntó madama Cherí, dando con mano atre
vida un tijeretazo que dejó descubiertas las mórbidas es
palda de Blanca.
27

-Eso es y mirándose al espejo, agregó:


-En la mujer casada es feísimo, ese escote subido que
apenas es soportable en una chicuela de quince años.
-Ya sabrá U. que los vestidos de baile se llevan sin
mangas- dijo madama Cherí.
-Sí, y esta moda me viene á mí muy bien-y Blanca
miróse el brazo que en ese momento llevaba desnudo.
-Sin duda, lucirá U. los brazos más lindos y mejortor
neados que hay en Lima.
Blanca guardó silencio y sonrió con satisfacción: mada
ma Cherí continuó diciendo :
-
Esta moda de los corpiños sin mangas, ha dado oca
sión á grandes disgustos en muchos matrimonios: ya se vé
pocos son los maridos que puedan mirar con paciencia
que su esposa vaya luciendo lo que ellos creen debe ocul
tarse.
-¡Bah !-exclamó Blanca, con desdeñoso tono, -qué
sería de la moda si las mujeres fuéramos á sujetarnos á
las exigencias de los maridos; todas anduviéramos vesti
das de cartujas ocultándonos hasta los ojos.
Blanca y la modista rieron alegremente.
-Felizmente mi buen marido conoce demasiado mi ca
rácter y sabe, que el día que me prohibiera lucir el pecho
y los brazos , sería capaz de lucir ... Blanca se detuvo,
sin atreverse á terminar la frase. Luego agregó :
-No sé lo que iba á decir; pero sería muy capaz de co
meter una estupenda locura.
Largamente hablaron ambas sobre arreglo y combina
ciónes de vestidos .
Blanca pidió á su modista seis vestidos serios; pero muy
elegantes y lujosos . Esto era lo menos que creía necesi
tar para la asistencia á algunas fiestas religiosas de her
mandades de las que era ella presidenta .

VI.

Sobre elegante mesa de rica madera tallada, que forma


ba juego con el resto del mueblaje del dormitorio de Blan
ca, escribía un joven, y luego se ocupaba en ordenar al
gunas esquelas, colocándolas bajo la cubierta con nom
bre y dirección.
28

A corta distancia y sobre lujoso diván veíanse esparci


dos diversos objetos á primera vista de indefinible clasi
ficación,
Blanca revisaba complacida, esta , al parecer aglomera
ción de fruslerías , dejando alguna vez escapar monosíla
bos y palabras como si dialogara consigo misma : -Todo
está muy bien - decía -hasta hoy nadie ha hecho tanto;
este año quedarán confundidas esas mezquinas presiden
tas ; ya verán ....
En este momento llegó Faustina y con acento de grande
regocijo anunció .
- -El señor Venturoso acaba de venir y quiere hablar
con la señorita.
-¡Oh ! que felicidad , dile que pase al momento -y Blan
ca alborozada y risueña dirigióse á la puerta á recibirlo.
-Mi querido padre- dijo, estrechando con jubilo
mano de un sacerdote .
-
-Buenos dias hija mía -contestó él , y se dirigió á una
silla que ella se apresuró á acercarle con gran solicitud .
-Aquí me tiene U. , mi padre, ocupadísima en los arre
glos para las distribuciones y la fiesta del Mes de María.
-Me complace verte entregada á ocupaciones que te
enaltecerán á los ojos de la Virgen .
-Gracias, mi padre. Me propongo con gran entusias
mo este año que soy presidenta de la hermandad , darle á
nuestras distribuciones, la pompa y el esplendor , dignos
de la asociación que presido.
-Me parece muy bien -dijo complacido el señor Ven
turoso.
-Mire U. mi padre-y Blanca tomando algunos de los
objetos allí esparcidos mostrábalos diciendo : -estas son
las medallas que repartiré el último día de la fiesta.
-¡Oh ! este es un lujo estupendo ! -exclamó el señor Ven
turoso mirando algunas medallas adornadas con cintas y
briscados en forma de flores .
De este modo - continuó diciendo - daremos á nues
tra hermandad gran realce, y aumentará el número de las
Hijas de María.
-En estos dias, dijo Blanca , deben llegarme de Paris,
mil quinientas estampas de la Virgen , que se repartirán
en la puerta, á los que nos den limosnas. También he
mandado hacer un número crecidísimo de escapularios y
- 29

pastillas que repartiremos con profusión á todos los asis


tentes . Lo que es la música no dejará nada que desear:
he contratado á las mejores artistas, sin reparar en con
diciones ni precios . En cuanto á los demás gastos ya sa
be U. que siempre me he portado á la altura de mi posi
ción. Todo esto sirve de gran aliciente para atraer la con
currencia y dar mayor lucimiento á la fiesta.
El señor Venturoso guardó silencio contentándose con
sonreír bondadosamente.
Blanca continuó diciendo :
-Supongo que ya estará U. preparando esos espléndi
dos sermones , que el año pasado le han valido la reputa
ción del primer predicador de la ciudad más religiosa de
América.
-Algo se hace- contestó con modestia el señor Ven
turoso.
-Y qué le parecen estas esquelas que pienso pasar á
todos mis amigos?-Y cogiendo una de las esquelas pre
sentóla mirando con interés el semblante del señor Ven
turoso .
Este se colocó los anteojos y leyó la esquela cuyo ob
jeto era invitar á sus amigos para que asistieran á las dis
tribuciones, y á la fiesta del mes de María.
La esquela traía una notita que decía: La presidenta ,
señora Blanca Sol de Rubio, recibirá en la puerta las li
mosnas que sus amigos quieran darle.
Esta nota, era una de las extravagancias de Blanca.
El señor Venturoso devolvió la esquela diciendo :
--No me parece mal . Ya sabes que todo lo que contri
buya á dar mayor realce al culto de María, alcanza siem
pre mi aprobación.
-Yo espero que con estas esquelas, obtendremos la
concurrencia de todo lo más selecto de la sociedad mas
culina; porque es preciso que sepa U. que he determina
do , que al que no concurra al Mes de María á darnos una
limosna, no lo invitaré jamás á mis tertulias semanales ,
que como U. sabe, gozan de gran prestigio entre la ju
ventud distinguida .
¡ Oh ! esta es una medida atrevida-dijo sonriendo con
dulzura el señor Venturoso .
-Es que las señoras necesitamos de todos estos artifi
cios para atraer á los hombres al culto.
80

-Es verdad. ¿Qué sería de nuestras ceremonias reli


giosas, sin las mujeres? —exclamó con amargura el señor
Venturoso.
-Si, mi padre. Y este año espero que no se quejará U.
de nosotras.
-No, hija mía, nunca me he quejado de la religiosidad
1 de la mujer limeña.
-¡Oh ! es increíble el tiempo que nos quitan todos es
tos preparativos . Yo hace más de cinco días que no reci
bo visitas, ni veo á mis hijos, ni atiendo á mi casa, ocu
pada solo en lo que es preciso hacer para celebrar el Mes
de María.
-Te perdono lo de no recibir visitas, en cuanto á de
satender á tus hijos, y tus deberes de madre de familia ,
te lo repruebo enérgicamente.
-¡Qué quiere U. mi padre ! En Lima no hay de quien
valerse, y si personalmente no hacemos estas cosas, nos
exponemos á quedar desairadamente, Pastillas, escapula
rios , medallitas, nada he economizado ; además el dia de
la fiesta habrá también muchas flores que caerán de la
cúpula del templo en el momento de alzar. Mesquinda
des ! yo no las puedo sufrir. A propósito ha visto U. el
manto que le he regalado á la Virgen? Quinientos soles
me ha costado ! yo pensaba ponérsolo desde el primer dia ;
pero me aconsejan que lo guarde, para el dia de la fiesta ,
y le viene muy bien á la Virgen, estrenar manto nuevo
ese dia. Me dicen que U. lo ha aplaudido mucho, de lo
que estoy muy satisfecha.
El señor Venturoso no parecía muy complacido con la
vanidosa charla de la señora Rubio, y guardaba silencio.
Ella continuó :-Y tengo esperanzas de hace muchas otras
cosas más: ya verá U. Todos mis amigos me conocen
que soy muy devota de la Virgen y me han ofrecido ir
todas lar noches que yo me siente a la mesa, y segura estoy
que hasta libras esterlinas veremos lucir en el azafate.
Qué vergüenza debe ser lo que le pasó á la señora Marga
rita L... ¿no le parece señor Venturoso?
-¿Qué cosa? No se á que aludes.
-¡Cómo ! ¿no se acuerda U. ? que el año pasado la pri
mera noche que ella pidió en la mesa no recogió sino dos
soles y siete centavos. ¡ Ese si que debe ser chasco pesa
du ! Desde entonces hemos tomado la medida de compro
- 81 ‫ܝ‬

meter á nuestros amigos la noche que nos toca pedir : así


que, la que más amigos generosos cuenta , es la que sale
más lucida en su limosna .
-¡ Triste situación á la que hemos llegado ! - exclamó
con amargura el señor Venturoso.
-Cierto, muy triste. Los hombres no creen ya en nada,
y cuando en los círculos de confianza se habla de religión ,
hacen chacota y befa de todo.
- Desgraciados ! ¡ No quieren tener ningun freno á sus
pasiones !
-La noche pasada me hicieron renegar á mí hasta que
los hice callar á todos, enojándome muy seriamente.
-No consientas jamás discusiones religiosas en tus sa
lones, no olvides este consejo mio.
-¿Yó? ¡ Vaya ! U. no me conoce mi padre, por poco el
bastón de Rubio, le fué á uno de ellos por la cabeza: con
que había de sufrir yo heregías ! No se dirá jamás que en
la casa de la señsra de Rubio se habló mal de los sacerdo
tes ni de los templos.
-Dios te conserve en su santa gracia.
-Gracias mi padre- contestó ella con aire distraido y
nada contrito .
Se cambió de conversación: se habló de lo poco concur
ridas que son en verano las fiestas de las Iglesias.
Ahora tomarán su fisonomía de Invierno : la emigración
de la aristocracia convierte en el Verano los templos en
aglomeraciones de chusma, que despiden olor nauseabun
do; por esta razón la señora de Rubio no iba en Verano
sino á misa .
El señor Venturoso era lo que llamamos un buen sacer
dote: moral, ilustrado, cumplidor de su deber, y aunque
tal vez en el curso de esta historia no volveremos á en
contrarlo; preciso es que conste, que si transigía bondado
samente con las vanidosas prácticas de la religiosidad de
la señora de Rubio; era porqne comprendía que para co
rregirla había llegado él demasiado tarde . Largo tiempo
fuá el confesor do Blanca; hasta que ella le dejó por «ser
demasiado severo, y à más el confesor no debe ser amigo
de la casa Blanca buscó un confesor elegante , joven, que
comprendiera que una mujer de su clase no puede dejar
de asistir escotada á un baile de etiqueta ni dejar de ir al
teatro á oir «La Mascotta» y «Bocaccio»
32

VII.

-Yo soy una inquilina de la casa de ............ así decía


llorando en presencia de Blanca una infeliz mujer, de en
fermizo y demarcado aspecto .
-
¡ Ah! sí, y hace tres meses que no me paga U.
-
-Me han arrojado de la casa y han puesto candado á
mis habitaciones ....
-¿Y qué quiere U. que haga?
-Estoy enferma. Todos los dias arrojo sangre por la
boca. Tengo tres hijos, soy viuda ....
-Es muy triste la situación de U. pero ....
-Señora tenga U. compasión de mí!- exclamó la mu
jer con desesperación.
Blanca staba verdaderamente enternecida , y endnlzan
do el acento de su voz, dijole.
No se aflija U. yo procuraré conseguirle un cuarto en
un hospicio de pobres.
-¡Ah ! señora Dios la bendecirá ! ¿Y qué es necesario
hacer para merecer ese beneficio?
-Lo primero que necesita U. hacer, es pedirle á su
confesor un comprobante con el cual pueda Ü. acreditar
que frecuenta sacramentos y vive bajo la dirección de un
padre de espíritu.
La mejor palideció visiblemente.
-¿Es esto indispensable?-preguntó angustiada.
-Si U. no se confiesa ni comulga todos los meses no
espere U. de mí protección ninguna.
-¡Ah señora ! El confesar y comulgar es un lujo que no
podemos darnos los pobres !-exclamó la infeliz con pro
funda amargura.
-Y qué piensa U? Una mujer que no es virtuosa no
merece nuestro interes -- dijo la señora Rubio con as
pereza .
-Yo bien quisiera, señora, confesar y comulgar como
lo hacen los ricos y la gente desocupada; pero ¡ Dios mío !
tengo tres hijos , el menor tiene solo dos años , mi hija
mayor, que es linda, tiene perseguidores que atisban mis
salidas, para dirigirle seductoras palabras . ¿Quién cuida
rá de ellos mientras voy yo á la Iglesia?
38 M

-¡Oh ! entonces renuncie U. á vivir en ningun Hospicio


de pobras .
Después de este diálogo, Blanca despidió á la desgra
ciada mujer, y mirando al reloj levantóse presipitadamen
te diciendo :
-¡Las dos de la tarde ! Y la novena de Nuestra Señora
de las Lágrimas habrá ya principiado en San Pedro ! ....
Mientras se vestía aprosuradamente hablaba consigo
misma :
-Esta gente cree que los ricos tenemos obligación de
darles todo. Qué sería de nosotros si á los gastos indis
pensables, agregáramos el déficit de lo que los pobres no
pueden pagarnos. ¡ Lucidos quedaríamos ! Y yo que en
los preparativos para las distribuciones y la gran fiesta del
Mes de María , llevo gastados cerca de tres mil soles ....
¡ Bah ! no quiero pensar en esto ! ....
Y dirigiéndose á Faustina la dijo:
-
- Apresúrate á vestirme quiero salir á las dos en punto.
-¿Va la sañorita á San Pedro?
-Sí, pero antes iré donde madama Cherí.
-¿Qué vestido quiere U. ponerse?
-Sácame el más oscuro de todos el......¡ ah ! Olvidaba
que antes debo rezar el rosario que el señor me dió en
penitencia; pero .... puedo ir rezando y vistiéndome. Reza,
Gloria al padre, gloria al Hijo , gloria ...Dime; desco
siste los encajes de Chanbtilly de mi vestido color perla?
--Si señorita aquí están.
-Padre nuestro que estás en los cielos , santificado .......
Quién creeria que en todo Lima no haya encajes más ri
cos que esos ...... Venga á nos tu reino ... .. hágase tu
voluntad, Y tendré que llevar encanjes que ya me han vis
to .....asi en la tierra como en el cielo .....Mucho me temo
que madama Cheri se guarde parte del encaje ...... Si
tal cosa hiciera la estrangularia buena estoy yo para ro
bos ! Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdo
namos . Sácome la mantilla dr encajes : Quizá veré á Alci
des !....y no nos dejes caeer en la tentación más líbranos de
¡Vaya ! estoy tan procupada que no puedo rezar mi
rosario. Lo rezaré en San Pedro .
Al tenor de este rosario eran las devociones de la seño
ra de Rubio .
Ella, tan inteligente, tan viva, tan aguda en los salones
BLANCA SOL 5
34 -

en materia religiosa cumplía sus prácticas con deplorable


ignorancia y risible lijereza .
Verdad es, que importábale muy poco el fondo moral
ó los elevados principios que pudiera encontrar en su re
ligión ; ella se decía devota, por vanidad, por lujo, porque
de esta suerte encontraba ocasiones de lucir, de ir, de ve
nir, de disipar el hastío que embargaría su espíritu en las
horas que no eran de visitas ni de recepciones.
Y luego, había tantas hermandades de las que ella tenía
á honra ser la presidenta , y también era protectora de al
gunos conventos, donde las buenas monjitas, hablaban de
ia virtud y la religiosidad de la señora de Rubio, con el
mismo entusiasmo con que en el Club de la Unión , co
mentaban los jovenes elegantes , las coqueterías y los es
cándalos de Blanca Sol.
También por inspiraciones de su esposa , D. Serafin,
llegó á ser muy dado á las prácticas religiosas , del culto ,
externo; y para complacerla , presentábase en las procesio
nes de Santa Rosa y en las de Corpus, muy peripuesto y
currutaco, llevando el Gion ó algún estandarte de cofradía.
Los jovenes que se precian de liberales . le miraban con
desprecio, endilgándole algunas sátiras burlescas, con las
que herían, no las creencias religiosas de D. Serafin ; pe
ro si algo más delicado y también más sagrado: su honor
y el de su esposa.
Y aunque muy poco se cuidaba ella de la opinión pú
blica, estaba bien lejos de imaginarse , que sus alardes y
ostentaciones religiosas , eran nada más que oportunida
des para que la maledicencia la hiriera .
Y por lo mismo que esta devoción casi inconsciente y
poco moralizadora, influye débilmente en el corazón de la
mujer; no nos ocuparemos de ella sino accidentalmente,
como cosa superficial y sin importancia alguna en la vida
de la señora de Rubio .
Asistir á un baile con el mismo entusiasmo que á una
fiesta religiosa; institnirse presidenta y colectora de una
obra de caridad, ú organizadora de un baile de fantasía ;
eran todas cosas que ella miraba por una sola faz, ésta era
la de la vanidad.
Dejáremos , pues, á Blanca dada al misticismo vanido
so, de la mujer mundana, con el mismo fervor que á los
devaneos de sus locas coqueterías.
C 35 Suns

VIII.

Un día ocurrióle á Blanca meditar sobre que D. Serafin


desempeñaba papel demasiado insignificante y azás oscu
ro, al lado de los altos personajes y eminentes magistra
dos con quienes diariamente rolaba , sintiendo reflejarse
en ella, la pequeñez de su esposo .
-Y ¿por qué mi marido no ha de ser como cualquiera
de ellos?-se dijo á sí misma , con esa su antojadiza vo
luntad , que ella acostumbraba imponer no sólo á las per
sonas, sino tambien á los acontecimientos.
Estaba cansada de oir llamarle señor Rubio , limpio y pe
lado , ni más ni menos que el primer quidam que se pre
sentara, en tanto que á su lado se pavoneaban Ministros ,
Vocales , Generales .... ¡ Vaya ! Qué desgracia vivir en Re
pública, que de otra 薪suerte ella había de ser Condesa, Du
quesa, ó algo mejor. Ser la esposa de D. Serafin, de un
don nadie, que en sociedad valía tanto como el primero que
llegaba á su casa ! ………. ¿ Qué importaban sus propios mé
ritos y valimientos , si llegada cierta situación , era fuerza
cederle el puesto de preferencia á la esposa del Ministro,
del Presidente, ó á otra que ocupara rango más elevado
en sociedad .
Su orgullo, su vanidad de reina de los salones , sentían
se lastimados y ese día ella resolvió con enérgica resolu
ción, que D. Serafin sería Ministro de .... Aquí llegó el
punto dificil de resolver, atendidas las aptitudes de su es
poso.
A pesar de sus extravagancias , sus fantasías y caprichos ;
Blanca poseía el criterio necesario para valorizar los mé
ritos y cualidades de su amoroso esposo, y si como tal , le
reconocía altas cualidades, no se le ocultaba que éstas
eran nulas, ocupando la curul ministerial.
Pero ¿sería acaso D. Serafin el primer Ministro que bri
llara por ausencia intelectual y carencia de aptitudes po
líticas? Bah ! él sería Ministro y ya vería como se las ha
bía de componer .
Una hora después Blanca, decíale al pacífico D. Serafin ,
con tono cariñoso muy pocas veces usado:
-Mira Rubio, tengo un gran proyecto.
—Cuál -preguntó él, algo alarmado , comprendiendo
86

que los grandes proyectos de su esposa, iban siempre di


rigidos contra sus caudales.
-Quiero que tu seas Ministro.
-¿Ministro yo? -observó él asombrado y casi espantado
por tal ocurrencia .
—Sí, tú, ¿y por qué nó? Vales tú acaso menos que otros
muchos que lo han sido?
-Déjate de proyectos disparatados -dijo él desechan
do la idea de su esposa.
-Pues te aseguro que no desistiré de mi proyecto y que
tú serás Ministro muy pronto .
-¿Te imaginas, acaso, poder mandar hacer Ministros
con la misma facilidad con que mandas hacer vestidos
donde tu modista? dijo D. Serafin riendo.
Y que dirás cuando seas Ministro por mi voluntad y
mis influencias?
-Cuentas tal vez con influencias para mí desconocidas?
-preguntó él sin poder ocultar sus celosos temores.
¡ Bah ! ¿Cuándo hé querido yo algo y no lo he conse
guido?
-Desiste de tus descabellados proyectos, ellos no ha
rían más que perjudicarme si se realizaran .
2
-No comprendo .... observó Blanca.
-Si, indudablemente, un Ministerio me absorvería
tiempo y atenciones necesarias á mis intereses los que,
día a día van menoscabándose con espantosa rapidez.
--Déjate de cálculos mezquinos : un Ministerio puede
enriquecerte como á muchos otros.
Y Blanca sin desistir un momento de su idea, prome
tióse á sí misma, que su esposo sería Ministro , ó cosa se
mejante con, ó sin su gusto.
Pensando y meditardo concluyó por dilucidar cuál Mi
nisterio cuadraba mejor con las aptitudes y disposiciones
de D. Serafin : Blanca no trepidó en decidirse por el de
Justicia. Pero aquí se presentó otra dificultad casi insal
vable. Para que D. Serafin llegara á este puesto designa
do por ella ; era necesario que cayera el actual Ministro,
y no podía caer estando en buen predicamento con el Jefe
del Estado, sino por un cambio total de todo el Ministerio,
quizá un conflicto entre los Ministros y las Cámaras que
a la sazón funcionaban . Era preciso conmover las cum
bres del poder y dar lugar á que surgieran dificultades ,
87

cayo resultado fuera la renuncia de todo el Ministerio....


Un trastorno, un conflicto en la alta política ...
Pues todo esto sucedió, sin más causa sin más motor,
que la voluntad y el querer de Blanca Sol.
Un mes solamente hacía, desde el día que Blanca se
propuso realizar el raro capricho de ser esposa de Minis

PUNTAK
tro, cuando un día D. Serafin, muy lejos de esperar tal
sorpresa, encontróse sin más ni más con su nombramien
to entre las manos .
¿Cómo realizó su atrevido y valiente proyecto?

MULTIS **
Bien quisiera entrar en detalles , no fuera más que pa
ra poner en relieve , mejor que en otra ocasión, el carácter
de la señora de Rubio; pero con gran pena desisto de es
te intento, en el temor de extraviarme en el intrincado dé
dalo de la política, de la que con cuidado y estudiosamen •
te debo huir.
Que la belleza, el amor , la amistad, desempeñaron su
cometido , en esa danza macabra de las influencias políti
cas, lo comprenderán mejor que otros, los lectores pe **
1
ruanos . Como en la lejión de adoradores y esperanzados,
que rodeaban á la señora de Rubio, habían diputados, :
senadores, ministros, jueces, periodistas, y todos estos
poderosos fueron otros tantos elementos que ella muy as
1
tutamente puso en juego para conseguir que á D. Serafin 1
lo consideraran, insinuándolo como ministro posible pri
mero, como ministro probable en seguida, y como minis
tro verdadero al fin, el juego de influencias y empeños
fué maestramente desempeñado .
En puridad de verdad, diré que el señor Rubio desem
peñó el Ministerio, con plausible honradez , con juicio rec
to y hasta con innovaciones provechosas en el ramo de su
gobierno, captándose la admiración , no sólo de sus ami
gos, sino aún, de los que, en el primer momento, miraron
su nombramiento con indignación y desprecio, conside
rándole hechura de faldas, según el decir de las lengua.
races.
D. Serafin , preciso es que conste, era todo un caballe
ro, limpio de manchas y muy delicado en su proceder.
En esta circunstancia, como en otras muchas de su
vida, sus honradas intenciones, suplieron la escasez de su
inteligencia.
38

Desgraciadamente, las ambiciones de Blanca no se de


tuvieron aquí, y cuando vió que D. Serafin desempeñó
el Ministerio cón el aplauso general de sus amigos, y
hasta mereciende que algunos periódicos le endilgaran
calificativos tan honrosos como el de estadista , hombre
público y demás palabritas de cajón , con las que suelen
adular los periódicos gobiernistas á sns cofrades , cuando
vió todo esto, aspiró á algo más, y meditó en que D. Se
rafin bien podría llegar á ocupar puesto más alto . Vocal
de la Córte Suprema ó Presidente de la República .
--Y ¿por qué no? -se decía á si misma -Si tantos otros
tan ineptos como mi marido y además pícaros , han་ llega
do hasta la silla presidencial por qué él que es un caba
llero y muy honrado, (y esta palabra la acentuaba como si
esa fuera entre nosotros cualidad extraordiuaría) no ha
de llegar allá?
Luego pensó que en el Perú, todas las anomalías son,
en el terreno de la política , hechos ordinarios.
Hasta es posible- decia-que aquí se le dé la Presiden
cla de la República, en tiempo de guerra á un seminaris
ta fanático y en tiempo de paz á un soldado valiente,
(Cualquiera diría que desde aquella época la señora de
Rubio adivinaba lo que había de acontecernos .)
Pues si todas las anomalías han de realizarse en el Pe
rú, ella pondría en práctica una que no sería de las ma
yores, y esta no sería otra, que ver á D. Serafin llevando
la banda presidencial de la República. Y sus vanidosas
ambiciones sentíanse hondamente halagadas con tan bella
ilusión, y ya imaginábase verse entrando triunfalmente al
vestuto palacio de Gobierno en compañía de D, Serafin,
(al pensar en esta compañía, hacía ella un mohín de dis
gusto.)
Por aquella época no muy lejana á la nnestra, era más
díficil que hoy, llegar al alto puesto que Blanca le desig
naba á su esposo .

Para desempeñar la Vocalía de la Suprema , Blanca te


nia en cuenta que su esposo era doctor en Leyes . El
padre de D. Serafin obligólo á estudiar los códigos , asegu
rándole que allí se conocen los subterfugios y las tretas
de que se valen los pícaros y trampistas.
Y mientras ella acariciaba locamente estos proyectos ,
39

la envidia de las mujeres, y la maledicencia de los hom


bres, formando á su alrededor como un círculo de hierro,
iban estrechándola más y más.
Anécdotas y chascarrillos sin fin , amenizaban las deso
cupadas horas de los que llegaron á conocer sus preten
siones de llevar á su esposo á la Presidencia de la
República .
Ď. Serafin el intachable Ministro , el cumplido caballe
ro era el blanco de las sátiras de los maldicientes y deso
cupados.
No salía mejor librado el honor de la señora de Rubio,
en esta cruzada contra sus ambiciosas pretensiones . Los
unos dabánle por amantes altos personajes de la escala
política de aquella época, con cuyo apoyo contaba para
realizar sus descabeliados planes : otros decían que Alci
des Lescanti , un joven á la moda, conocido por ser del
número de sus adoradores, era el dueño de tan codiciado
tesoro.
Asi, pues, la maledicencia que se ensañaba contra la
reputación de la señora de Rubio, era el resultado fatal é
inexplicable, no de sus verdaderas faltas é infidelidades,
sino más bien, de su despreocupación , y atrevida desen
voltura, para cuidarse del qué dirán: esa mano invisible
de la opinión pública , que tantas veces hiere, ciega y es
túpidamente.
No faltaba quien buscara y hallara , saltantes y semejan
zas entre sus hijos y sus supuestos amantes. Y por en
tonces ella tenía ya seis hijos ! Uno por barba - decían
¡ Méntira ! Los hijos de Blanca, por desgracia de ellos ,
eran extraordinariameute parecidos á D. Serafin , es decír,
eran feos , trigueños y regordetes.
¿Sería esta la causa por qué, Blanca, era madre tan poco
cariñosa para ellos?

IX . +

Alcides Lescanti, como su apellido lo demuestra, lleva


ba en sus venas sangre italiana, sin dejar por esto de ser
tipo esencialmente americano .
El padre de Alcides , fué uno de los muchos italianos ,
que han arribado á nuestras playas, sin más elementos de
40

fortuna, que sus hábitos de trabajo, su excesiva frugali


dad, y su extraordinaria economía.
Sus primeros trabajos, los hizo en uno de los asientos
mineros del Cerro de Pasco. Allí contrajo matrimonio
con una de esas jóvenes, que si confiesan llevar sangre
indígena, es por que pueden probar, que fue la mismísima
que circuló por las venas del gran Huaina-Capac.
Cansado de la vida de peón minero, que le cupo llevar
en el Cerro de Pasco, dirigióse á Lima, para explotar la
más rica mina, que por antitésis han hallado en el Perú ,
los hijos de la artística Italia; las pulperías .
La Nación modelo , la maestra inimitable de las bellas
artes, donde los pintores, los músicos, los escultores, son
hoy todavia, como en la autigua Grecia, los modelos per
fectos del arte ; esta no sabemos por qué, representada en
el Perú por la inmensa mayoría de italianos pulperos, que
viven entre la manteca, el petroleo y otros mal- olientes
objetos, que forman el conjunto de su comercio.
En honor de la verdad y de nuestras liberales constum
bres, diremos . que, apesar de este pasado azás, prosaico,
todos damos buena acogida á los que, debido á su
honradez y su constancia en el trabajo, hánse levantado
desde la condición de míseros pulperos, ó buhoneros , has
ta la de grandes señores, no solamente de nuestra elegan
te sociedad, sino también de la aristocrática sociedad de
su patria, donde han necesitado un título comprado, para
tener derecho de rolar con las clases nobles : derecho que
nosotros les concedemos, sin más título que su honradez
y su fortuna.
Cuando Alcides vino del Cerro de Pasco á Lima , en
compañía de su padre, contaba ya doce años ; de aquí pa
só á estudiar á un colegio de Paris, donde como la mayor
parte de los jóvenes, enviados á Europa, estudió poco y
mal.
A la muerte del padre de familia, Alcides como hijo
primogénito, se vió en la dura necesidad de suspender sus
estudios, para venir á manejar la inmensa fortuna del Sig
nore Lescanti. Aquí obtó por seguir la carrera de abogado ,
que le facilitaría el manejo de los complicados negocios
en que giraba la casa de Lescanti y C.a
Este nacimiento y esta educación dierón al joven Alci
des, el sello que solo poseen esas organizciones vigoro
G 41

sas, que han debido la vida en medio de una naturaleza


pródiga de todos los elementos que la fortifican y vi
gorizan.
Su color moreno , parecía teñido con los abrasadores
rayos del sol americano, y sus ojos de un negro profun
do ; diríase que retrataban las abructas montañas que
cobijaror su cuna .
Su carácter bien acentuado, manifestaba la mezcla
felicísima del italiano con el americano del Sur.
La pasión arrebatada del romano y el sentimentalismo
idealista del hombre nacido en estos templados climas ,
disputabánse en dulce consorcio, el dominio de su alma.
Era franco, expansivo, afectuoso , pero llegada la oca
sión , sabía también ser astuto, mañoso, llevando la suti
leza de sus ardides, hasta un extremo que no era dable
suponer.
En el momento que lo presentamos, frisaba gallarda
mente en sus treinta y cinco años , y ya algunas hebras de
plata, brillaban sobre su frente,
De apuesta figura, y disponiendo de inmensa fortuna;
fácil es comprender, que Alcides bebiera á grandes tra
gos, en la copa que Venus brinda á los favorecidos de la
fortuna.
No obstante, había llegado á sus treinta y cinco años,
con el corazón lleno de bríos y el alma llena de ilusiones.
Es que, en su papel de cazador de alto rango , jamás
descendió á las esferas sociales en las que el hombre se
pierde entre zarzales, y se unde en los pantanos , dejando
allí, las más bellas ilusiones de su alma , los más nobles
sentimientos de su corazón , y toda la fuerza viril de su
cuerpo .
A los treinta años, Alcides Lescanti se había batido
con dos maridos celosos - por celos injustos - decía él
riendo, aludiendo sin duda á que, de los dos amantes, él
era el que menos había amado ; pero si un hombre tiene
derecho á matar al que le roba el amor de su esposa, esos
maridos debieron matar al joven Lescanti. 3
A los treinta años, habia desdeñado á dos niñas her
mosas, la primera por encontrarla demasiado vulgar,
demasiado prosáica, é incapaz de levantarse á las elevadas
regiones donde él comprendía que debían vivir los enamo
BLANCA SOL 6
42 Cate

rados; á la segunda, porque sabía hablarle muy bien de


finanzas y muy mal de ilusiones.
Algunas veses riendo, solía decir, que en los jardines
sociales, él solo cazaba aves canoras de lindo plumaje,
sin descender jamás, donde sólo descienden cazadores de
baja ralea, en pos de animales inmundos, que se alimen
tan de las putrefacciones sociales.
Alcides era, lo que podríamos llamar un epicureo per
feccionado, con todos los refinamientos y exigencias del
epicureo, unidas al más elevado sentimentalismo .
Un goloso del amor , que quería alimentarse con man
jares escogidos.
De todos los discípulos de Epicuro, esta secta es la más
peligrosa para los maridos .
Con el triple atractivo de su hermosa figura, su gran
fortuna y su bello carácter ; había sido por largo tiempo
el León de la mejor sociedad limeña.
Sin embargo, de poco tiempo á esa parte, sin que na
die pudiera explicarse la causa, veíasele, retirarse ais
lándose cada día más, como si alguna profunda pena, le
trajera contrariado y abatido.
Una sola casa, frecuentó desde entonces con asiduo
empeño: esta era la de Blanca.
Sus amigos creyendo columbrar los primeros síntomas
de una gran pasión , que veían crecer con alarmantes pro
porciones ; mucho más alarmantes, para los que conocian
el corazón de la señora Rubio , poco sensible al amor, y
siempre inclinada á la mas irritante volubilidad ; sus ami
gos, aconsejábanle que huyera prudentemente, de esta,
que ellos temían pudiera convertirse en inmensa pasión ,
y á la que él no queria dar más importancia, que uno de
los muchos amoríos que amenizaban su vida.
Algunas veces solia decirles:
-No os alarmeis, amigos mios, estoy acostumbrado á
domar muchos caballos bravos y muchas mujeres coquetas ,
Entre las bellas cualidades que adornaban al joven
Lescanti, y que todos, amigos y enemigos le reconocían ,
siendo estas sin duda las que le daban faz simpática á los
ojos del sexo débil, mencionaremos su patriotismo y su
valor. Y estas cualidades que tanto apasionan á las mu
jeres, eran en él como la aureola de su personalidad, por
otros títulos ya muy estimables.
GEMEEN 48

Aloides, habia desempeñado altos y honrosos puestos,


como la Alcaldía de la Municipalidad de Lima, y la di
rección de la Sociedad de Beneficencia, alcanzando siem
preel aplauso de propios y extraños, por su honrado
comportamiento.
Apoyado en tan meritorios antecedentes , él acariciaba
secretamente, la halagadora esperanza de subir muy alto,
el día que lanzara su candidatura en la arena política para
conquistar el primer puesto en la magistratura del Estado.
Estas pretensiones adivinadas, y para todos mal encu
biertas le trajeron la sensura, y más de una vez, el odio
de sus émulos y enemigos .
Alcides dejaba correr su rumbo á los acontecimientos,
juzgando con atinado juicio, que aun no era llegada la
época de emprender luchas y sostener batallas , en el ter
reno demasiado candente de la política activa
Mientras llegaba ese día, demasiado lejano, para sus
ambiciones, se daba en cuerpo y alma á la vida galante
y de sociedad ; quizá tambien pensando , que en el Perú
los hombres que se conquistan las simpatías y el amor
de las mujeres, son los que más probabilidades cuentan
de subir muy alto.
Esta manera de ser de Alcides , era causa de que su na
tural inteligencia, fuese juzgada por extremada torpeza y
su versación eu sociedad , no alcanzara á ocultar su caren
cia de ilustración. De aquí, la sensura apasionada que lo
desposeía hasta de sus propios y altísimos méritos.
Respecto á los demás pormenores de la vida de nuestro
héroe; diremos, que su fortuna administrada con discre
ción y talento , había crecido inmensamente, duplicándo,
se la herencia recibida de su padre.
Entre las acciones generosas de Alcides, una le carac
teriza poniendo en relieve el lado noble de su alma.
Muerto su padre, un hijo natural , quedó privado de su
herencia por falta de requisitos lagales. Alcides prohijó
á su hermano, y le reconoció la parte de herencia que la
ley le acordaba.
Estas cualidades de Alcides , contribuyeron, sin duda
para que todos en la sociedad que él frecuentaba, olvida
ran su pasado, y nadie recordara jamás al peón minero que
en su metamórfosis de gran comerciante, después de pa
sar por el transitorio estado de misero pulpero; había
Harding 44 give

fundado una familia'á cuya cabeza se hallaba Alcides, el


patriota abnegado y ciudadano honrano, á quien estima
ban tanto sus amigos , lo adulaban los periódicos, lo mi
maban las mujeres, y perseguíanlo las mamás con hijas
casaderas.
3. Alcides contaba muchos amigos: entre estos uno mani
festaba grande empeño en llegar á ser amigo preferido
de Alcides Lescanti : este era Luciano R. á quien daremos
á conocer, notanto por el importante papel que desempe
ña, cuanto por ser un tipo social digno de conocerse , y
además era amigo de Blanca.
1
X.

Las recepciones de Blanca Sol! Los salones aristocrá


ticos de la mujer de moda! El palenque del lujo de la
elegancia, donde se realizaban las justas de la belleza y
de las gracias, que acreditaban el buen nonbre de sus
.... ¿Quién no desearía, quién no ambicio
convidados ....
naría como grande honor, como singular distinción , ser
del número de los elejidos , de los favorecidos con sus in
vitaciones y su amistad? ..
Decían que Blanca gustaba reunir en sus salones á las
jóvenes bonitas y á las señoras hermosas, y que manifesta
ba disgusto, cuando se veía obligada á invitará alguna fea.
Una mujer fea le producía á ella el mismo efecto que
una obra de arte imperfectamente trabajada .
Y luego las feas no tienen piquines y la señora de la
casa se ve obligada á cuidar de que las hagan bailar. En
contraba altamente ofensivo á la dignidad de su sexo,
el verse obligada á dirigirse donde un caballero , para
con toda la gracia y desenfado que ella usaba , decirle:
Saque Ud . á bailar & Fulanita, que hace tres bailes que
me la han dejado , y está comiendo un pavo horrible. Y para
desempavarla, el caballero en cuestión, hacía bailar á la
aludila. Por evitarse estos desagradables compromisos,
invitaba mayor número de caballeros que de señoras .
Jamás ella conoció esas rivalidades mezquinas de mn
jeres vulgares , que han menester rodearse de lo pequeño
y lo feo para erguirse ellas mejor. No necesitaba de este
astuto recurso, en su conducta había siempre cierta no
bleza y gallardía, jamás desmentidas .
45 S

Ella en medio de las beldades que llenaban sus lujosos


salones, se destacaba como destacaría el Sol en un cielo
poblado de estrellas.
Blanca era alta de esa estatura que diz que hacía dis
tinguir á Diana entre otras ninfas. La morbidez de sus
carnes, había llegado solo al punto en que se redondean
los contornos y se suavizan las líneas ; muy distante de
la excesiva gordura , que en estos climas meridionales
suele ser el escollo de la esbeltez y la elegancia, de las 4
señoras casadas .
Sus rubios cabellos, y sus negras cejas, formaban el
más seductor contraste, que el tipo de la mujer americana
puede presentar. No era el rubio desteñido de la raza
sajona, sino más bien , el rubio ambarino, que revela el
cruzamiento de dos razas de tipo perfecto .
Su cútiz moreno, y lijeramente sonrosado , tenia la deli
cadez aterciopelada de la mujer de complexión sana, que
posee la belleza que le dan los glóbulos rojos henchidos de
hierro, que circulan por sus venas .
La nariz delgada y algo levantada, y la boca de labios
muy finos, eran indicio de su energía de carácter .
Esta particularidad del cabello rubio y la cútis trigueña,
dábale sello de originalidad , aun entre las mujeres lime
ñas , donde con más frecuencla se ve este aro contraste.
De ordinario su graciosa boca de correctas líneas, estaba
por sardónica sonrisa entreabierta, cual si pretendiera
lucir blanquísimos y agudos dientes, que parecían mani
festar, que al salir de las palabras de su boca, tanto po
dían herír como halagar.
Para un fisonomista, Blanca hubiera pasado por la
mujer esencialmente voluptuosa.
En su mirada incisiva, penetrante, llena de relámpagos
y en su manera de gesticular siempre vehemente y apa
sionada, creeríase encontrar el tipo de la gran cocotte
parisiense, más bien que el tipo de la gran señora limeña .
Sus modales, aunque no eran delicados , tampoco po
dían llamarse groseros, ni menos vulgares . En toda su
manera de ser, se traducía ese que se me dá á mí de la mu
jer, que en sociedad es engreída y adulada.
La concurrencia que asistía á las tertulias de la señora
Rubio, sino lo más linajudo de la aristocracia, era lo más
encumbrado de la sociedad limeña .
46 •

Ministros extranjeros y Ministros de Estado , la aristo


cracia del dinero y la aristocracia del éxito, oportunistas
sociales : mujeres á la moda, más o menos separadas de
sus maridos: jóvenes solteras de las que esperan asegurar
bailando el porvenir: tales eran los concurrentes á estas
recepciones semanales .
Cuando el baile era de gran fuste . Blanca invitaba á
los cronistas de los periódicos, y ellos cumpliendo su
cometido, no dejaban sin mencionar ni el vestido que
llevaba Faustina, la doncella de la casa.
-Qué sería de nuestros salones si no hubieran escrito
res y periódicos: los ricos deben tener el talento de saber
lucir su riqueza, y los pobres el de saberla describir, solía
decir ella, mirando desdeñosamente á algunos de esos
emisarios de su fama.
En esta ocasión , aunque sin grandes invitaciones , la
afluencia de concurrentes, daba aspecto de gran baile, á
esta recepción semanal .
Aquella noche, Blanca vestía sencillamente. Cuando la
señora de la casa - decía ella-se presenta luciendo el
más rico vestido; manifiesta ser uua cursí, que aprovecha
las ocasiones poco frecuentes para esa clase de gentes de
lucir joyas y vestidos . Y luego, como en su casa había
competencias y emulaciones, entre las señoras, justo era
quitar todo estimulo.
A las once dió principio el baile. Esta es la hora en
que los hombres se agrupan para hablar de política, las
mamás para hablar de las cualidades revelantes de sus
hijas y las niñas que no bailan, para disertar sobre modas
y vestidos.
Al decir de los amigos de la casa allí, estaba reunido la
crema de la crema limeña. No debiera ser muy exacta
esta afirmación , cuando al pasar la señora N. por delante
de uno de los grupos de jóvenes que charlaban, reían
y más que todo cortaban, uno de ellos dijo:
-Hé aquí una mujer que no debería estar en nuestra
sociedad.
-Calle U. si es la esposa del Señor ... .....
-Lo sé, un hombre que no tiene más méritos que sus
respetables ochenta años.
-Y de ella que dice U?
-Que es una Madaglena con todas las culpas de esta ;
ules 47 G

pero sin haber llegado al periodo del arrepentimiento.


-Se ha fijado U. en los brillantes que lleva.
-Si veo que brillan más que sus ojos , lo que prueba
que los brillantes son de primera agua y los ojos de cua
renta y cinco años.
-Por lo que infiero, U. en caso de poder elejir entre
robarle los ojos ó los brillantes elejiría...
-Los brillantes sin trepidar.
Pocos días más tarde, este diálogo le fué referido á
Blanca, por los amigos, agregando, que un jóven que fe
lizmente no era limeño, habia manifestado con su con
ducta el mismo gusto que ellos , pudiendo robarle á la se
ñora N. los ojos junto con el corazón, había preferido
robarle los brillantes
Blanca rió con su alegre y satírica risa y luego dijo :
-La señora N. es una Mesalina vestida de gran seño
ra, ya verán ustedes como el día menos pensado la echó
de mi casa á sombrillazos.
Sus amigos rieron y festejaron la broma, sin que á
ninguno le quedara duda, de que Blanca cumpliría su
palabra de echar de su casa á la señora N. á sombrillazos.
Generalmente censuraba á la señora Rubio de ser
atrevidamente libre en sus acciones, y temerariamente
franca en sus palabras ; pero si bien es cierto, que estos
"
defectos causaban estupendos daños á sus amigos, no
siempre la injusticia ni la malevocencia eran móviles de
sus acciones .
Echar á la señora N. de la casa; por supuesto si era
mujer cínica y al concepto de sus amigos indigna de
rolar con la gente de la buena sociedad. La señora N.
tenia además pasiones groseras y apetitos desenfrenados,
que le producían antipatías invencibles, y Blanca que se
entusiasmaba con lo bueno como los niños con los jugue
tes, sin darse más cuenta, que lo bueno le gustaba más
que lo malo, sentía repugnancia por la señora N. por la
Mesalina á la cual se aprestaba á arrojar de sus salones
sino á sombrillazos , como muy graciosamente decía , cuan
do menos á abanicazos , como ella era muy capaz de eje
cutarlo.

El grupo de jóvenes continuó comentando y criti


cando, como suele suceder en los salones, donde más de
- ―

una vez, la maledicencia se cierne sobre las cabezas de


los que alegremente se entregan á sus espanciones .
-Silencio ! allí viene la señora H ...... siempre hermo
sa y lujosísima !
-¡Calle ! yó conozco ese vestido ¡ hombre ! si es el que
yó compré de donde R. y se lo regalé á ......
-Tu adorada Dulcínea, la conozco.
-Si , á quien yó pago con vestidos todo lo que ella me
dá en amor.
-Quizá te equivocas hijo no seas tan lijero, hay tantos
vestidos semejantes , que bien puede suceder que este
fnera igual al que tú compraste para M.
--Es que hay una coindidencia. Mientras estábamos
hoy juntos, sorprendí esta esquelita que dice así:
"Esta noche debo asistir á la tertulia de Blanca Sol, y
como allá, todas van lujosísimas y además hay tanta com
petencia para llevar vestido extrenado ; te suplico me
prestes tu vestido , el que te regaló H. y que me dijiste
que no te lo pondrías por temor de que tu marido sospe
chara algo de su procedencia. Dispensa hijita la "" franque
za, qué si el vestido se mancha yo te lo pagaré.'
El joven despues de guardar la esquela que acababa de
16A agregó:
sí es el lu de al se , qu ll ve
jo g ño e ev st
como éste, que cuesta undoscientos
a
ra soles, cuandoa n la id
renta
del marido no es sino de sochenta ssoles mensuales. os
--- Y digame U. —dijo uno - si esa señora hubiera ve
nido pobremente vestida, con su traje de percal , que es
lo que buenamente podría llevar; cree U. que todos esos
que en este momento le doblan la espina dorsal , más que
á sus méritos personales , á su elegante toilette cree U.
se acercarían siquiera donde ella?
-Phist! eso es cierto; pero.........
-Amigo mio: nosotros rendimos homenaje más que á
las virtudes, al lujo de las mujeres, y luego queremos que
no sacrifiquen la virtud para alcanzar el lujo.
-Vaya, que razona U. como todo uu moralista.
-Le diré más : hace pocos días que la señora O. que
como U. sabe es esposa de un agente en el Callao, y en
cuyo escritorio podría poner un rótulo que con toda pro
piedad dijera: Ageneia de Contrabandos me decia: -Uste
des nos estiman por los trapos más que por los méritos :
49

hasta en la calle el saludo que nos dirijen está en re


lación con nuestro vestido: cariñoso , entusiasta, si el ves
tido es rico y el sombrero flamante; frío y casi obligado
si vamos con nuestra manta sencilla y nuestro vestido ne
gro, y ¿quieren ustedes que las mujeres no exijamos á
nuestros maridos dinero en lugar de honradez ....?
-He aquí un tema que se prestaría para escribir un li
bro entero de moral social.
-¡Cuidado ! alli viene Blanca Sol.
-Y ¿qué me dice U. de esta belleza soberana?
-Digo que el día menos pensado , vamos á ver á un al
cornoque Rubio llevando la banda presidencial del Perú.
-Calle , no moje hombre !
-Acuerdese U. de lo que yo le digo .
-Piensa U. acaso que los peruanos estamos condena
dos como les hijos de la maldita Babilonia á llorar eter
namente nuestra desgracia.
-- A llorarla cada día mayor.
-Pero amigo mío ¿qué datos tiene U. para creer en ta
les despropósitos?......
-¡Pues qué ! no sabe U. que Blanca Sol es ...... Y acer
cándose al oído de su interlocutor, dijo algunas palabras
que los demás no alcanzaron á oír.
En este punto se interrumpió la charla murmuradora de
este grupo. Acababan de llegar otros altos personajes á
los que fué necesario cederles el asiento.
Entre los concurrentes al baile , habían muchos de esos
jovencitos que en los salones desempeñan el papel de ena
morados perpetuos, y creen que en calidad de tales , deben
rendir su corazón á los piés de las mujeres como Blanca.
Cuántos de esos son como ciertos fanáticos : se arrodi
llan á los piés de un santo, sin esperanza de alcanzar el
milagro.
Desde que Blanca conquistó el codiciado puesto de mu
jer á la moda, diríase que sus atractivos se habían aumen
tado, su inteligencia había crecido, llegando el prestigio
de su nombre á tal y tanta altura, que ninguna otra hu
biérase atrevido á disputarle la preeminencia.
Casi todos los concurrentes á sus tertulias eran pues ,
poco ó mucho , algo enamorados de ella ; pero como esos
espadachines que manejan diestramente las armas, Blan
BLANCA SOL 7
50 BARNES

ca se batía con todos, sin que ninguno pudiera decirle la


palabra convencional touché con que se designa al vencido.
Cuando la lucha tomaba el ardor de la pasión, ó el tono
sentimental del amor; se batía defendiéndose, hasta que
acudía á lo que, en ella, era supremo recurso: la risa y el
sarcasmo ; esos dos congeladores del amor, que cuando no
lo hielan , paralizan por el momento su ardor.
En medio de esta atmósfera cálida y saturada de per
fumes , y si es posible la metáfora, dirémos también de
pasiones; allí Blanca respiraba á pleno pulmón, y pare
cía vivír en el elemento que necesitaba su alma.
Alcides Lescanti uno de los más sériamente enamorados
de Blanca, y por consiguiente el más cruelmente herido
con sus coqueterías; después de algunas estocadas dadas
en falso habíale dicho .
-Blanca, para las mujeres como U. debería la sociedad
levantar un presidio, en que se les condenara á cadena
perpetua, ó lo que para ellas sería lo mismo , á amor per
petuo
-¡Amor perpetuo ! -repitió ella--he aquí una palabra
que yo sólo comprendería en galeras .
Y Blanca díjole á Alcides, que si al amor lo pintaban
niño y con alas, era por ser esencialmente voluble y lijero ,
estando siempre dispuesto á cambiar y á huír.
En vano quiso Alcides dirigirle apasionada declaración,
la cual, como de buen abogado , hubierala principiado en
*.***>
toda forma de ley, concluyendo con por ser de justicia....
Blanca era para él, algo como una golondrina, que cuan
do creía tenerla mejor asida, escapabasele de las manos,
dejándole siempre la esperanza de cojerla de nuevo .
Y mientras ella jugaba al amor, D. Serafin jugaba á las
cartas , aunque siempre disgustado, y horriblemente con
trariado , pensando que su esposa estaría bailando y co
queteando con sus numerosos adoradores.
¡ Ah ! cuánto daría él por saborear tranquilamente la vi
da íntima del padre de familia, rodeado tan sólo de sus
hijos y de su esposa.
¡ Sus hijos ! Algunas veces en medio del regocijo gene
ral de una fiesta, sentía que le daban ganas de liorar ; se
acordaba de ellos entregados á manos mercenarias que
nunca pueden reemplazar los cuidados de la madre.
Pero ¡qué hacer ! La sociedad tiene exigencias ineludi
51

bles, " y él que había tenido la dicha de ser el esposo de


una mujer de tan alta posición social , se veía condenado
á sufrir resignadamente este eterno martirio de ver que
antes que esposa ó madre , Blanca debía ser gran señora.
De estas sus crueles angustias desahogábase sólo con
la madre de Blanca, con su snegra, la que siempre fué pa
ra él la más cariñosa mamá ; pero lejos de hallar consuelo ,
ó esperanza de mejoría, la aristocrática señora , hundía en
el corazón del amoroso esposo más profundamente el dar
do que lo hería.
¡ Pues qué ! cómo era posible que Blanca fuera madre de
sus hijos? Las personas de su elevada posición social , se
deben á la sociedad antes que á la familia ; ella tambien
en su matrimonio había sufrido grandes pesares, no tanto
por los vicios de su esposo, cuanto por sostener su rango
en sociedad.
Y luego pasaba á referirle cómo había perdido varios
hijos, no por otra causa , que por verse obligada á dejar
los muchas veces enfermos, entregados al cuidado de las
criadas, la peor ralea que hay en el mundo .
¡ Oh ! las qersonas de nuestra condición somos víctimas
de nuestros deberes sociales !-esclamaba muy amarga
mente la orgullosa madre de Blanca.
D. Serafin suspiraba con honda tristeza, sin resignarse
jamás con los poco razonables argumentos de su aristocrá
tica suegra.

XI .

Si el gran D'Orbgny, hubiera conocido á ciertos joven


citos de la sociedad limeña , su grande obra sobre las ra
zas de la América meridional , no sólo se hubiera consa·
grado al estudio del hombre oriundos de América , sinó
también á la decadencia de la raza blanca del Perú , en la
qué, el raquitismo del cuerpo, va produciendo mayor ra
quitismo del espíritu. Empero hoy son ya pocos estos ca
sos, y ya se piensa en que es posible correjír esta imper
fección, resultado de incompleta y viciosa educación.
¡Ah ! si las mujeres comprendieran cuánto influye la ma
dre en la constitución fisica y moral del hombre ; ellas so
las podrían cambiar la faz de las naciones !
Luciano R. era uno de esos jovenes : su cuerpo endeble,
52
1
su afeminada expresión, y su acicalado vestido, aveníanse
á maravilla con el amaneramiento de sus modales y lo es
tudiado de su lenguaje. Usaba corbatas de formas extra
vagantes y colores abigarrados , los que no se iban en za
ga con los de chalecos y pantalones.
Deprimir á los hombres y adular á las mujeres, era uno
de los mas grandes recursos que ponía él muy sabiamen
te en juego para ocultar la deficiencia de sus propios mé
ritos . Comprendía que la escasez de su inteligencia lo
condenaba á triste figura entre los hombres, y esperaba
erguirse mejor, entre el vulgo de las mujeres .
Donde quiera que se rendía culto á la vanidad, al dine
ro, y á todo lo que en sociedad , sin méritos reales , brilla
con el fulgor que le prestan los que componen el público;
ese público veleidoso, ligero que se apasiona de lo supér
fluo , como es la moda, de lo fascinador como es el brillo
de los salones ; allí estaba él, como el favorito, no de los
hombres de talento, ni de las mujeres de mérito, sinó de
toda esa multitud que forma número en sociedad .
Blanca trataba á Luciano con esa familiaridad con que
las mujeres de gran tacto social tratan á los que, dema
siados pequeños para llamarlos amiges 6 enemigos los co
locan en el número de los iudiferentes. Luciano par Blan
ca no era más que un indiferente .
No obstante en el público decíase, que en el banquete
de las concesiones, la señora del Ministro, había servido
profusamente á sus adoradores y amantes, y entre estos
estaba Luciano. Y en prueba de esta aserción, citábase
ciertas concesiones alcanzadas en negociados en los que
él aparecía de testa.
De esta suerte la voz pública repitiendo una impostura ,
concluyó por hacer ascender á Luciano de adorador á ver
dadero amante de la señora Rubio.
Ella miraba con desprecio á Luciano, al que solo acep
taba en su casa como un porta-noticias, que necesitaba
para amenizar su vida; él, por su parte, contribuía á con
firmar esas calumnias, y con toda la ruindad de sus inten
ciones , llevaba su perfidia hasta decir que Blanca, le reci
bía en traje de mañana y en su dormitorio .
Era asiduo y constante parroquiano de todos los esta
blecimientos públicos, frecuentados por la juventud ele
gante y alegre , donde, con daño de la salud y mengua de
la buena digestión, se venden con nombres de aperitivos,
brebajes, que no abren el apetito, y si enferman el estó
mago, y á más , van generalizando el horrible vicio de la
embriaguez y por ende enfermedades que la medicina co
noce con el nombre de alcoholismo.
En el cachito, Luciano había monopolizado los ases del
dado, con los que alcanzaba beber doble y gastar sencillo.
No se diga por esto, que Luciano era dado á la adora
ción del dios Baco; esto lo despretigiaría ante la buena
sociedad á la cual pertenecia .
Luciano era, pues , hombre á la moda.
Cuáles eran sus méritos? Hay hombres que en socie
dad suben muy alto como la raposa de la fábula, á fuerza
de arrastrarse.
Bailes, conciertos, banquetes, reuniones íntimas , todo
un diluvio de invitaciones, llegaban á su morada, y hubo
vez, que como los cirujanos dentistas , necesitó apuntar
en su cartera, los días y las noches que ya contaba com
prometidas .
Luciano pertenecía á una de esas familias , que sin bie
nes de fortuna , aspiran á ocupar alto puesto en sociedad ,
y á esta aspiración sacrifican , no solo las comodidades de
la vida íntima, sino también, los sagrados deberes de la
educación de los hijos.
Aquí en Lima, donde hasta los artesanos aspiran que
sus hijos sean doctores, ya sea en jurisprudencia ó en me
dicina, los padres de Luciano , se conformaron con ense
ñarle á maltratar un poco el francés y un poco más á su
propio idioma.
Pero ¿qué importa los títulos de sabiduría, cuando se
posee el don de saber vivir en sociedad? ..
Luciano conocía el arte de la adulación, llevado al úl
timo grado de perfección . Sabía saludar bajando el som
brero más o menos, no según él grado de amistad que lo
unía á una señora, sino según eran pingües los caudales
de la saludada.
Sabía al dedillo la cantidad á que ascendía la fortuna
de todas las niñas casaderas de Lima . Y cuando algún
amigo suyo, estremaba la riqueza de la señorita Tal, él
con tono despreciativo decía:
-Quia ! si no tiene más que la hacienda de .... y
esa es puro monte.
·64

Conocía con pelos y señales, la genealogía de las más


encopetadas señoras de Lima. De la una decía que su
madre había vivido en alegre tiendecita, en la que, al decir
de las gentes, vendía cigarrillos; pero que en realidad ven
día algo mejor, que le dejaba, sin gastar la mercadería ,
inmensas utilidades. Y á este tenor eran los apuntes ge
nealógicos, dados por Luciano , de la mayor parte de las
que lo invitaban y lo honraban con su amistad.
En presencia de esas mismas señoras, él sabía decir
cosas muy graves, sin que se le pudiera llamar maldi
ciente.
En los grandes bailes y recepciones públicas, era sin
disputa uno de los elegidos para las comisiones de recep
ción: estas comisiones las desempeñaba él con delicadeza
y distinción.
Acontecíale con frecuencia , el verse mortificado, al dar
le el brazo á alguna señora de alta estatura, que presen
tando el término de comparación resultaba él demasiado
pequeño, casi ridículo . Pero él soportaba estas mortifica
ciones , hallándose bien compensado, siempre que , á pesar
de su pequeña estatura, ocupara el punto más visible de
la reunión .
Su conversación al decir de sus amigas, era amena y
ertretenida. Nadie como él sabía y refería cosas tan inte
resantes, como por ejemplo, que los brillantes de la seño
ra R. no eran comprados de la joyería sino de relance, y
por consiguiente, había pagado sólo la cuarta parte de su
precio . Que los de la señora M. eran regalados . ¿De dón
de tendría ella para comprar esos brillantes? Conocía la
procedencia de los ricos encajes de la señora H. ¡ Bah ! si
los compró de una artista que en sus apuros de viaje, se
desprendió á vil precio de sus encajes .
Ah ! que de cosas interesantes sabía Luciano . Y en la
política?........ Y en las finanzas .........
Qué falta podía hacerle la instrucción. ¿Para qué la ne
cesitaba? Las niñas decía él , se quedarían dormidas, si
yo fuese á hablarles de cosas pesadas. Y estas cosas pe
sadas, según el entender de Luciano, abarcaban todo lo
que no fuera la chismografia de los salones.
Con los amigos hablaba de mujeres , de música, de toros ,
de caballos , y más que de todo esto , hablaba él de política,
que la política es entre nosotros, el grau recurso de los
65 cy

ignorantes, de los ociosos y de los que no saben de qué


hablar.
Todos decían, y el mundo entero repetía, que Luciano
era rico : pero nadie conocía ni sus propiedades ni sus ren
ts . A pesar de esto ¿quién puso en tela de juicio los cau
dales de Luciano?
Como hombre á la moda , él era codiciado por los pa
pás con hijas cosaderas y viudas jóvenes , que deseaban
sacrificarle a Cupido su , para ellas , querida libertad .
Luciano se dejaba mimar, y cumplía con suma galan
tería su cometido de adorador perpétuo del sexo llama
do bello.
Desde muy temprano llegó á descubrir , que este papel
de euamorado podría traerle grandes ventajas y especuló
á maravilla, su condición de soltero y de partido codiciable.
Cuando el necesitaba un empeño, [y es necesario no
olvidar, que si el diccionrrio dá á esta palabra un signifi
cado natural y lógico , entre nosotros es algo más ; es la
gran palanca , de poder incalculable con que se remueve
todo el mundo social) cuando él necesitaba un empeño
para uno de los Ministros de Estado, ó para algún otro
personaje influyente de la sociedad ; hacía esta sencilla
pregunta. ¿Tiene hijas casaderas?
¡ Si¡ pues el campo es mio.
Y Luciano, desde este día, se declaraba pretendiente
de la hija del Ministro, ó de otro á quien necesitara.
No importaba que la niña, con la altivez y el buen tino
de la mujer limeña , despreciara á Luciano : el papá que
veía en él, un partido codiciable, lo agasajaba, y desde ese
día le tomaba bajo su protección .
Con esta práctica de pretendiente de unas y enamorado
de otras, había él conseguido puestos honoríficos y des
tinos codiciables .
Pero , que mucho que las papas lo protegieran y las ma
más los mimaran , si hasta las Corporaciones literarias
más respetables que honran á nuestro país, como era el
Olub Literario de Lima , le nombró socio, con gran asom
bro del mismo Luciano , que vino un día á caer en la cuen
ta, que él escribía hombre sin h y ojos con h? ......
Pero ¡ qué hacer ! Luciano era hombre á la moda, y
hasta las corporaciones más sabias, suelen dejarse arras
trar por la irresistible corriente de la moda .
56 Conte

Otra recomendación , contaba Luciano ; y esta era de


gran valia para las niñas juiciosas , y las mamás timoratas;
oía misa los domingos y días feriados, y en la iglesia sa
bía golpearse el pecho y doblar la espina dorsal con tan
ta ó mayor gracia que en los salones. Es verdad que los
templos, eran campos de batalla, donde él esgrimía sus
armas de enamorado y adorador del sexo femenino .
MILLKE

¿En qué iglesia oye Ud. misa los domingos? era la


LARERA

pregunta infalibie que él dirigía á una joven cuando que


ría declarársele su rendido adorador.
WK

Y las misas, y las novenas, eran otros tantos medios de


how
w-

que él se valía para llevar á cabo sus amorosas conquistas.


Eso si , tratándose de principios, él no cedía el puesto
de liberal del mejor cuño, que entre nosotros se precian
de liberales hasta los sacristanes de las Iglesias.
A la sazón Luciano se había declarado furiosamente
enamorado de la señora Rubio.
Llevaba entre manos un asuntito en el que debía enten
der el Ministro de Justicia y Obras Públicas, y aunque
en este asuntito como ya se dijo, él no era más que testa
esperaba ganar, debido á sus influencias, algunos reale
jos.
Sabía que el verdadero Ministro no era el caballeroso
D. Serafin, sino su esposa, Blanca Sol, y juzgó que con
su papel de enamorado oficioso y noticioso, conseguiría de
la señora del Ministro, lo que indudablemente no hubie
ra alcanzado de don Serafin , el austero cumplidor de su
deber.
Blanca se servía de Luciano , como se sirven los Gobier
nos, de esa ralea vil que desempeña el oficio de policía
secreta .
Luciano era para ella, como un agente de la policía
chismográfica-amorosa.
¿Cuántas ventajas esperaba él cosechar en este su inte
resante y honorífico rol?
¿Quién podía asegurarle si andando los tiempos , no se
ría él , el verdadero amante de la altiva Blanca Sol?
¿Qué más podía ambicionar Luciano? ¿No era acaso el
joven mimado de los salones de Lima?
Si una señora quería mudar el mueblaje de su casa,
Luciano era llamado á dar su parecer sobre el color, y su
aprobación sobre la forma de los muebles.
57 -

Se trataba de un ministerio que caía y otro que se le


vantaba (esto sucede entre nosotros cada quincena) Lu
ciano sabía, por qué caían los antiguos ministros y daba
su fallo sobre los nuevos. Esto de dar su fallo el primer
pelafustan que se presenta ; ya sabemos que no es de no
vedad, aquí entre nosotros , donde hasta el cocinero y
la fregona, censuran los actos del Gobierno, y condenan
magistralmente al Ministro de Hacienda.
Cuando una de las amigas de Luciano, daba un baile,
él era el que tomaba los apuntes para los cronistas de los
periódicos , él sabía conocer y distinguia perfectamente el
surah del damasée, el gró del paño de Lión, y en cono
cimiento de encajes y brillantes, era más ducho que un
mercader de estos artículos.
Los periodistas que, tratándose de descripciones de
bailes , manifiestan entusiasmo tal, que más no sería, si
se discutiera la preponderancia política y militar del Pe
rú en América ; apoderabánse de esos datos y para corres
ponderle tan señalado servicio, agregaban :-«Entre las
personas notables que asistieron á tan suntuoso baile , vi
mos al señor Luciano R. , que nombrado en la comisión
de recepción atendía galantemente á sus amigas . ».
Y Luciano quedaba persuadido que él pertenecía al nú
mero de los notables. Y ¿ cuánto más no lo sería, si él se
hubiera consagrado al foro , á la diplomacia, ó á otra car
rera en que luciera sus dotes intelectuales? ....
Cuando la polémicas de los diarios se enardecían y
amenazaban un conflicto , como mas de una vez ha sucedi
do , tratándose de saber si el vestido de la señora Tal fué
color patito 6 color pavo real; entónces, Luciano era el
llamado á zanjar la cuestión y su autorizada palabra re
solvía el problema , serenaba los ánimos, y restablecía la
armonía , próxima á romperse entre los escritores , que no
llegaban á entenderse sobre tan delicado asunto .
No hay duda; donde quiera que el periodismo rinde
homenaje al dinero, los necios son autoridades.

XII.

Una noche que Alcides en compañia de sus más ínti


mos amigos cenaba alegremente en uno de los hoteles de
BLANCA SOL 8
- 58
RECIPIUMALNNT

Lima, uno de los jóvenes púsose de pié y tomando la sen


tésima copa de las ya apuradas, levantola en alto, diciendo :
-Brindo por Blanca Sol la única mujer que ha encadena
do el corazón de Alcides Lescanti.
TRUäic

Alcides palideció y con voz un tanto alterada, dijo :—


Jamás, una coqueta que ha convertido su corazón en mo
neda feble , para repartirla á sus adoradores , será la mujer
!

que encadene mi corozón.


Esta contestación fué para sus amigos no negativa, sino
confesión de lo que por su corazón pasaba. ?
Cuando un hombre se indigna con la coquetería de al
guna mujer, es por ser él una de sus víctimas.
Sus amigos comprendieron cuán verdadero es este prin
cipio , rieron de la indignación de Alcides, la que no al
canzaba á disipar esta, para ellos íntima convicción: que
el estaba locamente enamorado de Blanca .
Cada cual decía un chiste, 6 una sátira adecuada á esa
situación:-Paréceme mentira que estuvieras enamorado
al extremo de enfurecerte contra las coqueterias de Blanca,
observa uno.
Otro , al parecer un literato, decía: -Toda la dificultad
en conquistar el corazón de una coqueta, está, como en
las novelas de complicado argumento, en escribir la se
gunda parte . En el corazón de las coquetas muchas lle
gan á escribir sólo la primera parte, por eso nunca alcan
zan el desenlace .
Lescanti estaba pálido y profundamente contrariado,
parecía que furiosa tempestad se desencadenaba en su
alma.
El champaña, habíase libado hasta el punto en que se
arrebatan las pasiones y se cometen los más grandes
desvíos .
Uno de los presentes, aludiendo á las picantes palabras
del que había hablado como literato, dijo: -Que dices
de esto Alcides; parece que tú no llegarás á escribir la
segunda parte en tus amores con Blanca .
-Qué ha de escribirla --observó otro -- si Blanca Sol
se ríe de Alcides como se ha reído de todos nosotros .
Alcides dió un golpe con el puño en la mesa , y con to.
no resuelto y casi furioso dijo :
-Juro á fé de Alcides Lescanti que antes de un mes
seré dueño de Blanca Sol
P 59 ―

-Bravísimo !-Exclamaron entuciasmados todos sus


amigos.
-Si tal alcanzas, te regalo mi yegua Mascotta que ga
nó en las últimas carreras.
-Y yo, te regalo mi colección de huacos que tú tanto
codicias.
-Y yo-dijo un tercero-te doy un almuerzo en los
jardines de la Exposición, y te corono de mirto y de lau
rel, como á los antiguos vencedores .
Todos hicieron apuestas interesantes y valiosas más
6 menos como las anteriores, dándole á las palabras de
Alcides , el carácter de un reto importante.
Alcides arrugó el ceño y con tono disgustado contestó :
-¿Creen Uds. que yo soy de esos hombre, que con
quistan á una mujer para lucirla, como lucen soles de oro ,
ciertos jovencitos , que llevan toda su fortuna en el bolsillo?
Uno de los presentes , sin dar importancia á las palabras
de Alcides , Señores -dijo - hoy es doce de Agosto y por
tanto el doce de Setiembre, nos reuniremos aquí, en la
misma intimidad de hoy y premiaremos al gran vencedor,
al héroe de la apuesta.
Los ¡Hurras! y ios ¡Brabos! atronadores , seguidos de
largos palmoteos respondieron á las palabras de los dos
jóvenes, que acababan de dar tan feliz idea.
Todos se miraron los unos á los otros como para ase
gurarse una vez más, que estaban entre amigos de confian
za, y en un cuarto reservado donde nadie podía escu
charlos.
Uno de los jóvenes acercóse á Alcides y hablándole muy
quedo , díjole :
-Imprudente! Te has olvidado que está entre nosotros
Luciano, el enamorado oficioso de Blanca. ¡ Cuidado ! ……..
Alcides alzóse de hombros .
-Mira, con estos dos dedos puedo yo extrangular á
Luciano . No temas, los cobardes son siempre prudentes y
discretos.
-
-Cuidado, pues, ya sabes que Blanca es mujer venga
tiva, y puede hacerte algun daño .
Qué puede hacer una débil mujer !
-Las mujeres pueden mucho cuando quieren .
Despues de un momento se retiraron todos, preocupa
dos con la apuesta de Alcides, pero sin ver en ella más ,
60 W

que una de las jactanciosas balandronadas con que mu


chos de ellos, menos Alcides, solían amenizar sus báqui
cas cenas .
FROINA
HW

Alcides arrepentido de su apuesta y contrariado de ha


M

llarse en tal situación, salió de allí con el propósito fir


AWAD
CONT

me de no volver á hablar más de ella, considerando sus


palabras, no más que como el resultado de la exaltación ,
traida por el champaña, y quizá tambien , por su amor
propio herido,
Alcides esperaba la discreción y el secreto, contando
que todos los presentes eran amigos suyos .
Pero los hombres suelen ser buenos amigos entre si ,
siempre que mútuamente se halaguen el amor propio, y
no se toque jamás sus intereses.
Así eran amigos , Luciano y Alcides.
Pero más que amigo de Alcides, Luciano quería ser
enamorado de Blanca, enamorado oficioso que le valió el
título de amigo Reporter , con el que ella quería significar
le, que él no debía llegar á su casa sino como llegan á
las oficinas de los periódicos los repporters.
Luciano cumplía su cometido y se consideraba remu
nerado si ella le decía.
-Es U. mi mejor y más útil amigo ,
-Soy más que su amigo, su esclavo .
-Qué dicha tener amigos como U.
-Qué dicha amar mujeres como U.
-No me hable de amor, concluirá U. por malograr
nuestra buena amistad .
-No me hable de amistad , concluirá U. por matar las
más bellas esperanzas de mi vida.
-¿Cuales son?
-Ser algun día el hombre que llegue á encender ese
corazón de hielo.
-¡Cuidado! que puede quemarse en la llama.
Esa es mi ambición, ¿no la realizaré jamás?
-Atrevida es la pregunta .
-Perdone U ....
.... .... brota del alma.
-Pero no llega á la mia .
-¿No llegará algun día?
Quien sabe .......
-Me enloquece la esperanza.
61 -

Blanca acercóse á Luciano y con voz cariñosa á la par


que burlona díjole:
-Bienaventurados los que han hambre y sed de justi
cia, porque de ellos es el reino de los cielos .. y ha
ciendo una mueca llena de gracia y lisura, se alejó dejan
do á Luciano ébrio de amor y esperanza .
Estos y otros semejantes, eran los diálogos, que Blanca
sostenía con frecuencia, para mantener, como las virgenes
de Vesta, el fuego sagrado del amor, en el corazón de sus
adoradores.
Así daba pábulo á las pretensiones de los vanidosos ,
de los necios , de los pequeños que necesitaban del nom
bre de amantes de ella, como de un pedestal, para levan
tarse algo más arriba del suelo .
Ninguno de sus enamorados se consideraba ser él , el
único excluido de los favores de la señora de Rubio; léjos
de esto , esperaban su turno, para cuando ella se "can
sara del preferido" del que todos miraban con envidiosos
ojos. Por entonces el preferido era, al decir de ellos , un
Ministro de Estado, un señor de muy altas campanillas,
que Blanca como en los tiempos de su soltería, aceptaba
tan sólo por intéres, por especulación, y puesto que Al
cides era hombre acaudalado no le sería difícil realizar su
propósito.
Si la noche de la cena se dijo , que Blanca se reía de
Alcides como se había reído de todos los presentes , fué
tan sólo como medio de herír su amor propio.

XIII

Luciano se frotaba las manos de contento . Estaba en


posesión de un gran secreto que debía llenar de asombro
á la señora de Rubio .
Què diría cuando él la dijera .- Su honor está en peli
gro; yo poseo la clave para salvarlo, para descubrir el
complot urdido contra U. Yo que la amo y en servicio de
U. traiciono la amistad á cambio de una mirada cariño
sa, de una palabra de afecto .
¡ Oh ! que dicha! de fijo que ella retornaría tan señalado
62 Mutisias

servicio con elocuentes manifestaciones de cariño , que


excitarían la envidia de sus numerosos adoradores .
Y aquella noche había gran baile en casa de Blanca.
¡ Que feliz casualidad !
El pasaría toda la noche en íntimas confidencias con
ella. Lo principal en este caso era darle á su revelación el
tono solemne y misterioso que despertara interês y asom
bro en su ánimo .
Bien pensado el asunto lo merecía. Una apuesta lanza
da en uno de los hoteles de Lima, ni más ni menos que
si de una jugada de gallos ó de una carrera de caballos se
tratara ! .... Y era él quien debía divulgar tal infamia,
tal deslealtad !
A Luciano se le hacía agua la boca, pensando que esta
vez și merecería el título de Reporter con que lo favorecia
su querida amiga.
Pero cual sería su asombro cuando aquella noche de
gran baile, Blanca por toda contestación á las primeras
palabras de la misteriosa revelación de Luciano había
prorrumpido en estrepitosas carcajadas :
-¡Bah ! ¡ ja ! ........ ja........ ja ! que inocente es U......
Luciano palideció. La risa de la señora de Rubio era
de aquellas que hielan la sangre.
-Señora su honor está verdaderamente en peligro , en
tan poco lo estima U. que rie como si se tratara de algo
muy pequeño .
Blanca miró á Luciano con aire de supremo desden, y
marcando con intención sus palabras díjole :
-¡Pues que! no sabe U. que las mujeres como yo guarda
mos el honor en la caja de fierro, en que nuestros mari
dos guardan sus escudos? y la sociedad no ataca el honor
de la mujer, sino cuando la caja del marido está vacía.
-Blanca no diga U. eso ! -habíale dicho Luciano estu
pefacto y pasmado por más que conociera las ideas en que
abundaba ella .
-Cuando la caja está bien repleta, como está la de Ru
bio; no hay cuidado de que se pierda el honor, -habíale
contestado con altanería.
Después de oír estas pal abras. Luciano hizo una cor
téz reverencia resuelto á retirarse.
Blanca lo detuvo diciêndole: de esta advertencia, quiero
que me diga U. ese secreto, y no se irá sin revelármelo .
68

- Señora ....no me atrevo ....


-Hable U. se lo pido en nombre de nuestra buena
amistad .
-Es algo muy grave .
-No conozco nada grave si es que puede remediarse.
Luciano cumplió su cometido de enamorado oficioso y
noticioso, refiriendo con todos sus detalles, la escena que
ya conocemos, en que Alcides pronunció este atrevido
juramento :
-Juro á fé de Alcides Lescanti que antes de un mes ,
seré dueño de Blanca Sol.
La señora Rubio palideció, no de rabia é indignación,
sino de emoción. ¿Presentía tal vez su corazón, que el ju
ramento de Alcides debía cumplirse?
Un momento después , Blanca, ajitada, buscaba algo que
la distrajera y calmara la impresión recibida con tan ines
perada noticia . En su espíritu las emociones violentas
necesitaban neutralizarse con otras nuevas.
Quizá si solo en ese momento comprendió cuanto ama
ba á Alcides .
¡ Cuántas veces una pasión necesita para adquirir toda
su vehemencia , del choque violento de difíciles y com
plicadas situaciones !
Hay mujeres para quienes el amor solo principia con
la lucha, con el combate ; como esos marinos que gustan
ver desatarse la tempestad , aunque ella los envuelva en
sus encrespados torbellinos.
Bajo la influencia de estas emociones, más de pasión
que de odio , acercose á una mesa donde algunos fuertes
jugadores , jugaban el muy conocido rocambor; estos eran
fuertes, no tanto por la maestría de su juego, cuanto por
las gruesas sumas que cruzaban en las apuestas .
Vengo á ilustrarles su monótono rocambor-dijo diri
giéndose á uno de los jugadores .
Magnifico !-exclamó éste poniéndose de pié.
-Un montesito viene muy bien de las manos de U.
observó otro , dirijiéndole una reverencia.
-Si, voy á tallarles un monte ; pero ha de ser con apues
tas gruesas dijo Blanca con la voz vibrante de emo
ción.
Blanca acostumbraba jugar á las cartas, como jugaba
64

al amor, buscando en ambos juegos, no más que las fuer


tes emociones que su turbulento espíritu necesitaba.
Bien pronto un numeroso círculo de amigos, rodeaban
á la señora de Rubio, que principió à tallar con maestría
tal , que mejor no lo haría el más sereno y avesado ju
gador .
Auque muchas personas le exigian que ocupara un
asiento, ella lo rehusó, y quiso permanecer de pié, como
si asi pudiera dominar mejor á los demás jugadores .
La suerte principió á favorecerla notablemente.
Blanca doblaba las cartas, y recogia el dinero con gran
desenbarazo y donaire, dirigiendo alguna palabra aguda
ó alguna expresión chistosa, á cada uno de los presentes .
En ese momento se acercó á la mesa Alcides .
Entre las cartas, que Blanca acababa de tirar sobre el
tapete, apareció un rey de espadas.
Blanca miró á Alcides y en tono de desafio díjole :
Señor Lescanti ¿cuánto va U. á este rey de espadas?
El con tranquila y risueña expresión contestó:
-Voy cien soles al rey de espadas .
-Nada más? -preguntó con tono despreciativo .
-Pues van quinientos soles-dijo él algo picado .
Ella acentuando con intención sus palabras agregó :
--Fíjese U. que el rey representa el número 12.
Alcides palideció, recordando la fecha que sus amigos
fijaron para declararlo amante de Blanca, y acercándose
con vivo interés á la mesa dijo:
-Pues bien; van dos mil soles .
-Ese es su último esfuerzo?-preguntó ella riendo con
aire desdeñoso.
-Tan segura está Ud . de ganar? dijo él mirando con
fiereza y atrevimiento á Blanca, la que con burlona son
risa contestó .
-El número 12 me traerá siempre el triunfo.
-El número 12 me lo dará á mi tambien .
-La suerte me proteje con descaro , decididamente,
—Tambien á mi me ha protejido siempre del mismo
modo .
-Ha cerrado Ud . su apuesta?
- No ; quiero doblarla: van cuatro mil soles .
Al escuchar esta apuesta todos se miraron asombrados .
65

No obstante de ser toda gente acostumbrada á perder


y ganar gruesas sumas; no estaban del todo familiarizados
á verá una señora, cruzando apuestas de cuatro mil
soles.
La mirada profunda , centellante, fascinadora de Alcides
envolvia, si asi puede decirse, á Blanca, en su fluídica
atracción .
Sin saber por qué, ella sintió gran perturbación , cual si
esa especie de fuerza magnética que se desprenden del ju
gador que está en suerte, hubiérala repentinamente aban
donado.
Como mujer nerviosa é impresionable, sintió la influen
cia de la mirada de Alcides.
Están concluidas las apuestas? proguntó algo tur
bada.
-
—Sí, puede U. correr el naipe, dijo Alcides .
-Me voy- dijo Blanca , usando del tecnicismo propio
de jugadores, y con visible emoción , principió á pasar
con gran lentitud las cartas; diríase que cada una dete
nía por un instante las palpitaciones de su corazón.
También Alcides, con la mirada lúcida, la respiración
agitada, y mordiéndose con faria los labios, miraba las
cartas que ella corría lentamente.
}
Después de haber pasado diez 6 doce, Alcides con
ademán de involuntaria sorpresa y con gozosa arrogancia
exclamó:
¡ Rey, he ganado !
Las palabras de Alcides produjeron en ella el mismo
efecto que una descarga eléctrica.
Quizá si más que la pérdida de cuatro mil soles, sen
tía la impresión de los amorosos brazos de Alcides , que
la estrechaban apasionadamente.
El, con la galantería del hombre de mundo, díjole:
Aun le queda el desquite.
-
Si- dijo ella en tono de desafio - aun me queda el
desquite .
Blanca continuó jugando; pero Alcides se abstuvo de
tomar parte en las apuestas.
La suerte continuó siendo cada ves más adversa, para
la desdeñosa esposa de don Serafin.
Como si las emociones del fuego contribuyeran á
BLANCA SOL 9
66

disipar, ó euando menos á amenguar las del amor, aquella


noche, contra su costumbre, quiso jugar largo y fuerte.
Cuando el juego hubo terminado, dirigióse á su esposo
y con tono de mando, díjole :
-Vé á la mesa de juego y paga diez mil soles que he
perdido.
-¡Diez mil soles !- repitió aterrado don Serafin, que
aunque estaba habituado á pagar algunas de las deudas
contraídas en el juego por su esposa, nunca la suma ha
bía subido hasta tan alta cifra.
D. Serafin , se retorció con furia los bigotes, y hubiera
cometido la imprudencia de rehusar el pago , á no haber
acudido á su mente, salvadora reflexión, cuya virtud, co
mo un cordial, corroboró y confortó su espíritu, serenan
do sus iras , próximas á estallar á causa de esos malditos
diez mil soles , perdidos por Blanca.
1 D. Serafin reflexionó, pues , que diez mil soles, debía él
mirarlos como una patarata, siempre que su esposa per
diera dinero en vez de perder algo de más valor, el cora
zón por ejemplo.
No obstante estas reflexiones, cuando los convidados
hubierónse retirado y ellos quedaron solos, D. Serafin
acercóse á Blanca y con acento que procuró endulzar
cuanto le fué posible, y asiéndola cariñosamente por la
mano, díjole:

Mira, hijita mía , es necesario que tengas un poco
más de juicio.
-Y ¿qué llamas tú , tener juicio?
-Esta noche llevas perdidos diez mil soles.
-Bien, ¿qué hay de nuevo en eso?
Que estas pérdidas, concluirán por traerme sérios
quebrantos en mi fortuna.
-Siempre la misma canción ! --dijo Blanca algo enfa
dada.
-Te disgustas cuando te hablo de esto ; pero es pre
ciso que tú sepas, que de largo tiempo , mis rentas no son
ya suficientes para sostener tus gastos, y digo gastos, por
no decir derroches , que es la verdadera palabra, agregó
D. Serafin, tomando aire azás imponente, que al sentir de
Blanca, veníale muy mal .
-Te propones disgustarme? -interrogó ella con el to
no desdeñoso con que acostumbraba hablarle .
- 67 -

-No hijita -dijo él endulzando su voz de ordinario


algo chillona- quiero que pienses, que tenemos seis hijos ,
que tú y yo estamos aun muy jóvenes y podemos tener
otros seis más,
-Dios mío ! seis hijos más ! exclamó Blanca horrorizada
como si hasta ese momento no le hubiera ocurrido la idea
de que podía muy bien tener, como decia su esposo, seis
hijos más.
D. Serafin, juzgó haber herido la cuerda patética de la
situación y continuó :
-Si, seis hijos más, y al paso que vamos, tú y tus doce
hijos, llegarán un día á verse pidiendo limosna de puerta
en puerta, y nadie se compadecerá de tí, recordando, que
derrochaste la fortuna que mi buen padre alcanzó á reu
nir, á fuerza de economía y trabajo.
Blanca sacudió su cabeza con altivez, como si temiera
que esta relación pudiera mancharla, y luego poniéndo
se de pié, y con acento de tranquila convicción dijo :
-Al escuchar el tono melodramático que empleas pa
ra pintar mi futura miseria, cualquiera juzgaría, que nos
encontramos en vísperas de un fracaso irreparable.
-¡Quién sabe sino está léjos !-exclamó D. Serafin con
profética entonación.
-Escúchame Rubio- dijo ella con gracia y dulzura
tengo fé en el porvenir : mi estrella jamás se ha nublado :
no temas y ya verás que siempre nos sonreirá la fortuna.
Y risueña, tranquila, bellísima, dirigióse á sus habita
ciones.
D. Serafin mirándola partir, esclamó.
¡ No hay remedio, mi ruina es inevitable! ....
Un momento después ambos estaban en el lecho. Ella
pensando en la apuesta del rey de espadas; él en la próxi
ma y espantosa ruina de su fortuna.
Blanca se revolvía en el lecho, agitada, nerviosa, sintien
do deseos de levantarse é ir á respirar el aire libre de los
balcones, necesario para calmar en ese momento el fuego
del pensamiento que enardecía su frerte . De vez en cuan
do hondo y largo suspiro se exhalaba de su pecho .
Don Serafin, que también estaba como ella desvelado,
regocijábase con las angustias y agitaciones de su esposa,
las que él tradujo con estas palabras: Es el arrepentimien
to por los diez mil soles que ha perdido.
68

¡ Tonto ! Blanca no volvió á pensar en la pérdida del


dinero; pero sí pensaba en la apuesta de Alcides., .
Y D. Serafin para dar mayor gravedad á la situación y
acentuar más profundamente aquel supuesto arrepenti
miento hablole así:
Blanca ! ¿estás dormida?
-No , estoy horriblemente desvelada .
-Es natural .
Natural ¿por qué?
-¿Crees que después de haber perdido diez mil soles
se puede dormir tranquilamente?
¡Ah ! lo había olvidado .
-No la confiesa-se dijo él y agregó:
-Mañana me despertarás muy temprano, si es que me
duermo.
-Está bien-contestó ella disgustada de haber sido
interrumpida en sus amorosas reflecciones .
-Mañana necesito salir temprano para buscar los diez
mil soles que.....
-Cierto , no lo olvides, si fuera cantidad más pequeña
podíamos hacer como otras veces.
-¿Qué?
-No pagar.
-¡Oh imposible! Qué se diría de mí ahora que soy Mi
nistro. Mañana antes de las doce del día pagaré esos diez
mil soles .
¡ Qué hacer ! Y Blanca después de esta esclamación,
finjió dormir tranquilamente. El continuó hablando:
-Tendré que hipotecar por segunda vez mi casa de la
calle de ....
-Cómo! ¿también esa la tienes ya hipotecada?
- -Esa
y todas. ¿ Lo ignoras? ¡Ah! es que solo yo com
prendo la ruina que se me espera, solo yo sé hasta donde
alcanza esta série de deudas é hipotecas que tú te empeñas
en ignorar ..........
-¡Calla! déjame dormir! -contestó ella.
Aquí estallaron las iras de D. Serafin. Encendió la luz
pareciéndole que así podrían producir mejor efecto sus
palabras.
Pagar diez mil soles del juego , cuando las rentas no
alcanzaban para los gastos ordinarios de la casa; esto no
era posible soportarlo en silencio !
69 GORAD

Habló, vociferó, maldijo de su suerte. Su cariño y sus


condescendencias eran causa de esta situación . Para vivir ·
así valía más morir ; pero ya pondría remedio á esta situa
ción cada día más insoportable. Apenas salía de una deu
da que ya otra más apremiante llegaba ; y todas eran re
sultados de gastos supérfluos , todos eran en la casa der
roches, despilfarros ; á seguir así él concluiría por levan
tarse la tapa de los sesos .... Solo por sus hijos , podía
arrostrar trances tan amargos y situaciones tan violentas.
¡ Oh ! aquello fué borbotones de palabras y escupitajos
de bilis ...........
Pero, en lo más acalorado de su monólogo, fué preciso
callar ..
¿Para qué continuar hablando? Sería lo mismo que ha
blarle á las sombras ......Blanca se había dormido! ....Si ,
no podía dudarlo ; estaba dormida!
Cuando alguno de estos ímpetuos coléricos acometían
á D. Serafin , su esposa tenía el buen tino de guardar si
lencio y esta vez hasta finjió dormirse.
Y luego aquella palabrería insustancial la desviaba del
punto donde ella quería fijar su pensamiento.
¡ Alcides ! Maldita apuesta que no se separaba un mo
mento de su recuerdo.
Cualquiera diría que había bastado conocer la osadía
con que él había jurado poseerla para que ella se enamo
rara, y quizá también lo amara apasionadamente.
Lejos de sentir indignación , vergüenza, deseo de ven
garse, sentía deseo de ver Alcides, de coquetear con él,
de incitarlo al amor con toda la astucia y el artificio con
que ella sabía seducir.
El día siguiente fué para D. Serafin, de grandes apu
ros, de premiosas idas y venidas, de mirar el reloj con
tando los minutos trascurridos . Habíase propuesto pagar
las deudas de su esposa antes de las doce del día. Y ...
las pagó !! ...... Sí, las pagó!!! . . . .

XIV .

En este medio ambiente cargado de galanterías, de lison


jas y requiebros, en el que vivía la señora Rubio, siendo
L
Bes 70 -

ella la más coqueta, la más despreocupada y quizá tam


bién la que menos amaba á su esposo; ¿quién no había de
juzgar que ella hubiera llegado con su andar atrevido
hasta penetrar en el abismo del adulterio? Y en la des
preocupación de su carácter, imaginarse que aquello fué
no más que pasajera caída, una de las muchas que se dan
en el vertijinoso vals de dos tiempos.
¿Qué fué aquello? Nada! Un resbalón en el tapiz del
salón. Asi pudo ella muy bien haber dicho .
Pues bien, téngase muy en cuerta, que en los diez años
de matrimonio que han trascurrido, Blanca no le fué nun
ca infiel á D. Serafin.
¿Por qué ha sucedido así? ¿Puede realizarse esta anti
tesis del sentimiento moral?
Es acaso cierto aquel pensamiento de Victor Hugo, en
que dice, hablando de la caída de una mujer : «Hay ciertas
naturalezas generosas que se entregan, y una de las mag
nanimidades de la mujer es el ceder».
De donde será forzoso inferir , que la mujer egoista,
calculadora, vana, será la menos expuesta á caer.
Si, cierto, hay magnanimidades que llevan á una caída,
como hay egoísmos que llevan á una virtud.
Preciso es confesarlo resueltamente, muchas virtudes
sociales provienen de grandes imperfecciones del alma;
así como muchas culpas nacen , de grandes cualidades del
corazón .
Cuántas mujeres caídas simbolizan una alma generosa,
amante, tierna, abnegada......... ?
Cuántas fidelidades conyugales simbolizan, y por otra
parte, vanidad, egoismo, frivolidad, futileza?
Veis aqulla mujer? Es una joven. Lleva severo vestido
negro de rigurosa sencillez, y parece arrastrar el duelo
de sus muertas ilusiones .
¡Ah! Es una alma que ha amado; ha amado tanto; que
juzgó, que sacrificar familia, honra , porvenir, todo en
aras de su amor , aún era poco . No importa que á cambio
de sus sacrificios, sólo cosechará abandono, olvido, des
precio: ella guarda en su alma como en su santuario, el
recuerdo de su desgraciado amor.
En contraposición á esta, miremos á una gran señora,
es admirada y adulada en todos los círculos sociales.
Desde muy temprano aprendió á servirse del amor como
71

de un motor, para remover obstáculos, alcanzar influen


cias, y realizar proyectos , personificando una de esas
figuras que Balzac ha trazado con mano maestra en "Las
mujeres sin corazón" ¿ Cuáles son pues sus cualidades? Es
vana superficial , frívola, orgullosa; ha consagrado todo su
tiempo á la moda, al fausto, y ha alcanzado por la extra
vagancia de su tocado y el lujo de sus vestidos que la
proclamen reina de la moda . Sus amigos, aquellos que
con los mismos defectos de ella, la encuentran modelo de
perfecciones, la admiran sin alcanzar á descubrir que to
das sus grandes cualidades, provienen de grandes defor
midades del espíritu .
No nos extrañe, pues , que Blanca, con iguales defectos
é imperfecciones, tal vez sin darse ella misma cuenta de
que procedía bien, fuera esposa fiel , no tanto por amor á
su esposo, cuanto por falta de amor á otro hombre, no
por virtud, sino por ......¿que diré .... ? Preciso es con
fesarlo: el tipo de Blanca aunque real y verdadero, se es
capa á toda definición.
¿Será que en ciertas naturalezas, la lisonja, la vanidad,
el ruido de las fiestas, les sirve como de antídoto contra
el amor?
O ¿será acaso que absortas en la contemplación de la
propia belleza, han alcanzado acallar la vibradora fibra
que el corazón de la mujer amante , jamás deja de ser he
rida por la mano del amor?
Sin que con ninguna de esas suposiciones, crea pueda
satisfacerse al observador que estudia los fenómenos so
ciales , que á su vista se presentan; continuaré la historia

de la señora Rubio, en la que encontraremos uno de los
tipos más indefinibles que en la alta sociedad se ven.
Y en muchos casos , ni la moral religiosa, ni la moral
social, puede decirse que encaminan los pasos de esa
esposa .
Qué viene, á ser pues, la virtud , sin la idea moral, sin
el principio religioso , sin el guía del bien , y sin la con
ciencia de sí misma .... ? +
Si Blanca no le ha sido infiel á D. Serafin en los diez
años trascurridos. ¿podremos asegurar que no lo será
muy pronto? tan pronto como desaparezcan las causas
fútiles y pasajeras que hasta hoy la han salvado? Quizá
- 72 ―

si ella misma no se atrevía , llamase virtuosa, apesar


de su constante fidelidad .
Mucho tiempo hacía que pensaba en un amante , como
en algo que contribuiria á amenizar su vida, y miraba á
Alcides como el único hombre que llegaría á conquistar
su corazón. Otras veces llevaba su recuerdo hácia su an
tiguo novio, al que tan amorosamente dijole un día:
Cuando yo sea la esposa de Rubio, te daré toda la felici
dad que hoy deseas.
Pero este joven que tan sincera y caballerosamente
la amaba, no pudo resistir el pesar de verla casada con
D. Serafin, y partió del Perú, dos días antes del ma
trimonio, resuelto á no volver jamás .
Si Blanca hubiese llevado vida solitaria, aislada de la
alegre sociedad que la rodeaba, hubiera sin duda consa
grado todos sus recuerdos y sus afectos á su primer
amor, á aquel joven que ella verdaderamente amo; pero
en medio de la agitada vida de gran señora, » y más
aún, de gran coqueta, apenas si podía entregarse á sí
misma, y evocar los más dulces recuerdos de sus amores ;
entonces veía surgir en su mente la figura gallarda y
siempre seductora de su antiguo novio, é involuntaria
mente le comparaba á D. Serafin, á su marido, y exhalan
do amorosísimo suspiro, solía decir : -¿cuanto le hubiera
yo amado si él hubiese querido vivir cerca de mí .. . !
Y esta idea la entristecía , á ella que tan poco suscepti
ble era á la tristeza.
Sentía el vacío de su vida, y anhelaba algo como un
ideal, que refrescaba la árida sequedad del fondo de su
existencia y del fondo de su alma; algo como una gota de
rocío sobre el abrasado desierto de su corazón.
Tal vez se dirá: ¿por qué Blanca, en diez años de
matrimonio, con un hombre á quien no amaba, no ha
sentido antes esa imperiosa necesidad . . . ? A lo que
será preciso contestar dando esta razón poderosísima :
Blanca acababa de cumplir treinta años.
Edad temible, que los maridos celosos, y las mujeres.
que no aman á su poco simpático conyugue, deben mirar
come el Rubicón del matrimonio .
¡ Cuánta diferencia, entre un hombre de treinta años , y
una mujer de la misma edad!
1
- 78

El uno ha derrochado sn corazón junto con su cuerpo,


la otra ha atesorado afectos y ha atesorado vida.
Por eso el hombre dirá eternamente con el poeta : Fu
nesta edad de amargos desengaños. Y la mujer eternamen
te dirá: Funesta edad de espantosas tentaciones.
Hasta ahora Blanca se ha salvado ¿se salvará después?
Con esa volubilidad propia de los caracteres vehemen
tes impresionables, más de una vez sintió que esas cor
rientes simpáticas que son como alboradas del amor ;
estremecieron su alma, y la llevaron á sentir las primeras
vibraciones del amor ; pero las emociones sucedíanse de
tal suerte, que la impresión recibida hoy, era por otra
borrada mañana.
Aquí debemos hacer una observación : ciertos maridos
aseguran la fidelidad de su esposa por los muchos adora
dores de ella, más que por los propios méritos de ellos.

XV.

Un diálogo amoroso entre Blanca y Alcides ! ... Hé


aquí algo digno de copiarse, si todos los diálogos amoro
sos no fueran parecidos en la forma y en el fondo .
Todos los hombres finjen sentir con el mismo ardor ;
todos las mujeres finjen huír con el mismo empeño .
Si el autor de la leyenda bíblica , hubiera querido en
trar en detalles, como lo hacemos los novelistas ; hubiera
nos referido , cómo, en el primer momento , huyó Eva
cuando Adan le dijo :-Yo te amo . Si, debió huír; pero
no tanto que él no pudiera alcanzarla .
No culpemos por ello al hombre ni á la mujer. La Na
turaleza ha confiado la conservación y perfeccionamiento
de las razas á sentimientos invencibles . Y si el primer im
pulso del pudor , es huir , otro más poderoso acerca á la
mujer, hácia el ser que la ha de acompañar en su misión
sobre la tierra.
Blanca y Alcides departieron amorosamente.
Cuando una mujer y un hombre hablan de amor; una
mano invisible traza en ese momento el camino fatal que
ambos deben seguír, Cuantas veces se resuelve el destino
BLANCA SOL 10
― ―――
74

de un individuo por el sesgo que toma un diálogo amoro


so que la casualidad le llevó á entablar ! ....
Blanca no había llegado todavía á la época de la pasión
verdadera: de la pasión que ella era aún susceptible de
ir; más que amar quería coquetear con Alcides : gusta
ba que fuera mejor con él , que contro, por razones de
amorosa simpatía. No estaba decidida á que é fuera lo
que ella hubiera llamado su amante oficial, impuesta á la
sociedad y aún á su propio marido . No : ella gustaba del
amor como de las joyas, como de los vestidos.
Entregarse á un hombre le parecía rebajamiento de su
dignidaĭ, no de esposa, ni aún de mujer, sino de gran
señora.
La aureola de la mujer á la moda, creía que debían
formarla no solo los aduladores, nada pretensiosos, si
que también, los aduladores, los que mucho solicitan .
Ella despreciaba á esas mujeres que aceptan por amante
⚫al hermano de su esposo ó al amigo íntimo de la casa, y
los tres forman una trinidad, que dá por resultado el ri
dículo y la burla para el marido.
Y si don Serafin, como individualidad aislada sin su
cualidad de esposo modelo , poco le interesaba; comprendía
que la marca con que la sociedad soñala al hombre que
va al lado del amante de su mujer, si lo desprestigia mu
cho á él, la deshonra mucho más á ella.
No era pues, ni la idea moral ni el sentimiento del bien
lo que la mantenía en ese estado de fidelidad conyugal ,
que no podía llamarse virtud , pues que á ella concurrían
móviles indignos de la mujer verdaderamente virtuosa.
Aquel día, mas que otros , Blanca y Alcides hablaron
largamente de amor, y después de largo diálogo semi-ro
mántico, Alcides estrechando atrevidamente el talle de
Blanca , intentó besarle el cuello , postrándose luego á
sus piés.
Blanca, no era de la misma opinión, de aquel que ha
dicho: á una mujer se le ofende hasta arrodillándose ante
ella.
No fué pues por sentirse ofendida, por lo que , con un
brusco movimiento se desació de él, y poniéndose de pié
dijo:
verbio Vaya no sea cándido ! Qué se ha vuelto U. loco? Dé
jese de romanticismo novelescos , y riendo burlona á la
75

par que satíricamente, desaciose de los brazos del joven


que amorosamente la enlazaban.
También Alcides levantándose de su arrodillamiento
miró sorprendido á Blanca.
El diálogo amoroso sostenido entre ambos , había sido
tan apasionado, tan ardiente, que las palabras y la risa de
Blanca, cayeron en el corazón del enamorado joven cual
frío líquido sobre enrojecido hierro..
Y como si solo hubiera alcanzado á comprender una
palabra de las de Blanca con tono indignado exclamó :
-Loco! sí, U. concluirá por volverme loco.
Blanca permaneció en silencio . Quizá si esa risa sar
cástica y esas palabras hirientes, no habían sido más
que recurso de mujer astuta, que antes de caer rendida,
se gozaba en escaramuzas, con las que esperaba incitar
á su perseguidor .
Pero Alcides que se encontraba en uno de esos mo
mentos de excitación nerviosa y de ofuscamiento intelec
tual, pensó que había perdido el cuarto de hora propicio
en que las mujeres como Blanca dejan de ser coquetas,
lijeras, burlonas para ser mujeres , es decir para saber
amar. Recordó que había ido allá no á sostener diálogos
amorosos, más ó menos románticos, sino muy resuelto á
dar solución definitiva, á su situación, largo tiempo ya ,
para él, insoportable.
Recordó aquella maldita apuesta, aquel juramento de
llegar á ser el dueño , es decir el amante feliz de Blanca
Sol. Este cuasi desafio que si bien hubiera querido él ol
vidar, su amor propio le recordaba diciéndole : perderás
tu prestigio de galán afortunado y tus amigos te obsequia
rán barlas y sátiras dignas de un alardeador badulaque,
indigno de alcanzar lo que cualquiera de ellos juzga muy
posible obtener.
Alcides sentía los ímpetus más que amorosos, rabiosos ,
del hombre que ha tiempo incitado y siempre burlado,
siente el coraje de la desesperación : su sangre italiana re
bulló en sus venas: miró á Blanca que con la sonrisa
provocativa de sus labios rojos , fuertemente incitantes,
y sus ojos, en ese momento lánguidos, le miraban , y sus
nervios se estremecierón de rabía y de amor.
Sin darse cuenta de sus acciones lanzóse rápido como el
C 76 C

león sobre su presa, y estrechando con acerados brazos á


Blanca, la atrajo hacía sí, sin que ella pudiera evitarlo.
-
-Te tengo en mi poder !-díjole confundiendo su alien
to con el de ella .
-Sería U. un infame! -exclamó ella intentando desa
sirse de Alcides enrojecida de cólera.
Una lucha se trabo entre ambos. En ese momento com
prendió Alcides el papel indigno y también ridículo que
desempeñaba, y dominando su propia exaltación dejó libre
á Blanca .
Ella furiosa y con amenazador ademán díjole:
Yo vengaré como merese esta infamia.
Y con la altivez de una reina y la desenvoltura de una
coqueta, dirigióse á la alcoba.
Alcides bajo la influencia de su nerviosa excitación,
pusóse de pié, resuelto á seguirla.

En ese momento un vértigo pasó por su cerebro: llevo,
se ambas manos á la frente , asió con rabia sus cabellos
y extremeciéndose, de amor é indignación , cayó como si
una oleada de sangre , hubierále inundado el cerebro.
Blanca antes de salir de la alcoba, miró desdeñosamen.
te á Alcides que acababa de caer, y sonriendo con impa
sible serenidad dijo .
-
-He aquí una escena muy dramática.
Después de un momento Alcides, volvió en sí, y al en
contrarse solo , procuró serenarse, ordenó sus cabellos lo
mejor que pudo , y luego mirando en torno suyo, como si
recordara la escena que acababa de pasar dijo :
-¡He sido un bárbaro! ¡ Que locura!....
En la alcoba contigua decía casi al mismo tiempo
Blanca :
--¡Tonto! pudiendo llegar al Cielo , se ha ido al Infier
no , Ya pagará caro su tontería !
Las mujeres como Blanca, se vengan como de una ofen
sa, del hombre que no ha sabido seducirlas.
Alcides , tomó su sombrero para retirarse ; pero al colo
cárselo, sintió dolorosa impresión, y un ligero cosquilleo
en la mejilla; llevóse la mano á la frente y volvió á reti
rarla.
Era sangre de una pequeña herida , que al caer contra
uno de los muebles de agudas talladuras, había recibido
en el sobrecejo .
C - 77

Alcides sacó su pañuelo, enjugó repetidas veces la he


rida; pero la sangre continuó saliendo, y fuéle preciso sa
lir á la calle comprimiendo la herida con su pañuelo .
Un momento después, llegó don Serafin, tranquilo y
satisfecho como estaba de ordinario.
Al pasar por el sitio en el cual Alcides , acababa de caer
detuvose y miró al suelo asombrado. Luego se inclinó
y tocando con los dedos una pequeña mancha roja, que
en el rico alfonbrado de fondo blanco, con flores selestes
resaltaba notablemente,
-Esta es sangre, - observó:
Y luego, como si dudara de lo que sus ojos veían, vol
vió á pasar la mano por la mancha roja, se acercó á la
puerta como para mirar á toda luz.
-Si, no hay duda, esta es sangre, -repitió ; pero esta
vez ya bastante alarmado.
Luego se dirigió á la habitación á donde estaba Blanca ,
y con voz algo agitada llamó , diciendo:
-Blanca! hija mia, ven, mira, acabo de descubrir una
mancha de sangre y está todavía caliente.
Estas palabras de don Serafin excitaron la risa de Blan
ca, recordándole el calor de la escena que acababa de pa
sar. Luego con su imperturbable serenidad, acercose al
lugar de la mancha, y con sonrisa llena de malicia quedó
sela mirando, mientras don Serafin decía:
-Pues qué ! ¡ praece cosa increible ! una mancha de san
gre y tú ignoras de donde viene ....
Blanca con su adorable coquetería dijo:
-¡Ah ! ya recuerdo: es una palomita herida que me tra
jeron, y allí le dió una convulsión que crei que muriera.
-Una palomita herida- repitió don Serafin como si
dudara de las palabras de su esposa.
¡ Ah ! si tu hubieses visto; te hubiera inspirado com
pasión : estaba herida en el corazón.
-Pobrecita ! contestó don Seraflin del todo convencido .
Y ambos se retiraron, no sin que ella dirigiera á su es
poso una mirada de supremo desprecio.

XVI

Desde que don Serafin alcanzó á ser Ministro, parecia


le haber crecido cuando menos diez pulgadas más.
78-

Caminaba con más lentitud, pensando que todo un se


ñor Ministro, no puede andar asi, como un simple mor
tal .
Nunca más volvió á suceder, lo que antes con tanta fre
cuencia le acontecía, que su esposa le observara el cuello
de la camisa de dudosa limpieza, y las uñas de las manos
de medio luto.
Y cosa rara ! 6 mas bien diremos, cosa muy común á la
seguera de la vanidad del hombre. D. Serafin se olvidó
muy pronto, que su nombramiento para llevar la cartera
del Ministerlo de Justicia, era obra pura y exclusivamente
de Blanca ; y siguiendo esa vanidad lógica del amor pro
pio, discurrió, que sus merecimientos, no podían haberle
conducido á otro puesto, que aquel tan magistralmente
desempeñado .
Blanca por su parte pensaba :
-Si yo llego á levantar á este hombre hasta la Presi
dencia de la Republica, como lo he elevado hasta el de
sempeño de una cartera, diré que yo Blanca Sol, puedo
con sólo mi poderoso querer, remover las cordilleras de
los Andes.
Y Blanca indujo á su esposo para obligarlo á dirigirse
á los Prefectos y demás hombres influyentes , de los de
partamentos, iniciándolos en sus proyectos de lanzar en
las próximas elecciones su candidatura para la Presiden
cia de la República.
Esta vez don Serafin no manifestó asombro, ni le causa
ron novedad, las pretensiones de su esposa , como sucedió
la vez primera , cuando ella le manifestó sus aspiraciones
á un Ministerio.
Y D. Serafin muy sériamente se dió á tramar toda una
série de proyectos trazándose la línea de conducta con la
cual debía llegar directamente al elevado puesto designa
do por su esposa y también por su conciencia , como mere
cimiento de su gran valia.
También Blanca en sus vanidosas aspiraciones espera
ba llegar á ser en la escala política, lo que era en la esca
la social; la cima mas elevada á que puede subir una mu
jer en la alta sociedad.
De esta suerte dando pábulo á sus ambiciosas pasiónes
se desviaba y retenía el crecimiento de una pasión que
arraigando y desarrollándose, lenta, pero poderosamente ,
79 N

como planta nacida en rico terreno , ocupaba ya el corazón


de la señora de Rubio .
Esta era su amor á Alcides .
No basta que la mujer vea elevarse á su esposo á la
más encumbrada posición social; es necesario para que
ella lo estime y lo ame, que lo juzgue digno de esa posición .
D. Serafin, Ministro y futuro candidato á la Presidencia
de la República, con todos sus humos de estadista y gran
político; no alcanzó á elevarse ni un palmo á los ojos de
su esposa. Era siempre el mismo de antes, el hijo del sol
dado colombiano, del avaro vendedor de cintas y sedas
de la calle de Judios. Era el mismo sér de inteligencia ob
tusa y espíritu apocado, que sin la iniciativa de ella, sin
sus atrevidas aspiraciones y su distinción en sociedad ,
sería nada más que uno de tantos, uno de los muchos , que
ella miraba en esa sociedad con desprecio y que, según
decía, no alcanzaban á brillar, ni aún con el reflejo del
brillo de sus escudos.
Y á medida que crecía la vanidad de don Serafin, de
crecia la estimación de Blanca, y como consecuencia, su
corazón buscaba el amor de otro hombre, que llenara el
vacío que había principiado á sentir en su alma.
Hasta la honradez y rectitud de don Serafin, llegó á
desestimarlas.
¡ Honrado ! --decía--por incapacidad de poder ser pícaro.
Para lo primero, juzgaba que sólo necesitaba ser un buen
hombre, un pobre de espíritu; para lo segundo, creía que
se necesitaba talento, mucho talento .
Y Blanca se indignaba, al ver que su esposo había si
do incapaz de hacer negocios, en el Ministerio, como otros
muchos , decía.
D. Serafin por su parte estaba tranquilo, satisfecho de sí
mismo y del cariño de su esposa.
Sus celos se disiparon, precisamente en el momento en
que debían haber principiado; en el momento en que
Blanca quería dejar de ser el ídolo del amor de muchos
hombres, para ser la adoratriz, esclava del amor de uno
solo
Alcides, por su parte, había entrado al periodo de amor
tranquilo y esperanzado .
Hacía largo tiempo que estaba él acostumbrado á neu.
tralizar los desdenes de una mujer con las caricias de otra.
80 G

Decía que asi como todos los venenos tienen su antí


doto, todos los amores deben encontrar el suyo. Y busca
ba tranquilamente á la mujer que había de darle el antí
doto contra el amor de Blanca.
Con esa experiencia del hombre de mundo, y el cono
cimiento de los más ocultos resortes de las pasiones , Al
cides fingió en presencia de Blanca, glacial frialdad .
Su amor parecía no sólo haberse disipado , sino tam
bién haberse borrado de sus recuerdos .
-Ah ! estaba Ud . allí! dispense Ud. señora no la había
visto. -Qué de días que no tengo el gusto de verla .
¡ Como! si hace dos noches que nos vimos en el teatro.
Ah ! verdad lo había olvidado - Ayer pasó Ud. por esta
calle y no miró Ud . una sola vez á mi balcón. - Ší, cierto
pasé tan distraido que no me dí cuenta de ello.
Estos diálogos y otros semejantes , repetíanse frecuente
mente con intenciones premeditadas de parte de Alcides.

XVII.

¡ D. Serafin ! Qué sér tan prosáico para tan fantástica


mujer!
Cuando en las mañanas él se levantaba el primero,
Blanca lo veía en paños menores , yendo y viniendo del
lavabo al lecho: y muchas veces en ese mismo traje, se
sentaba allí, en la alcoba, en la mesa de mármol con ta
lladuras é incrustaciones de metal, á tomar el desayuno
que le servía Faustina joh! entonces ella se cubría la ca
ra con las sábanas para no verlo , y exclamaba . —¡ Dios
mio ! que hombre tan vulgar.
Si le hubieran dicho á él, que con esa conducta ganaba
en ridículo lo que perdía en amor : él se hubiera asombra
do más que si le dijeran que con su desaliñado traje y su
desayuno, iba á asesinar á su esposa.
¡Como ! pues qué , ¿el matrimonio no es así? Para qué se
casa un hombre, sino es para estar en completa libertad
con su mujer. Si se ha de guardar miramientos y tener
pulcritudes molestas y embarazosas, preferible es no ca
sarse y vivir en completa libertad . Todo esto hubiera él
dicho á otra que no fuera Blanca; para ella don Serafin
Gen 81 G

no podía rendirle sino obediencia y amor, amor sin lí


mites.
Un día ocurrió á Blanca, separar dormitorios, don Sera
fin se quedó espantado . Recurrió á la autoridad de mari
do y á sus derechos adquiridos , para oponerse á tan au
toritativa medida. Por fin recurrió á la súplica, á la cari
cia á la desesperación ....No hubo remedio ! El humo del
cigarro molestaba á Blanca y le traía insomnios horribles .
En verdad, largo tiempo hacía, que él notaba con fre
cuencia desvelada á su esposa . !
¿Estaría acaso en cinta? No era posible. Muy poco tiem
po había trascurrido después del último vástago, que vino
á acreces las satisfacciones del esposo y las contrarieda
des de la esposa . #:
D. Serafin ofreció humildemente dejar el cigarro: esto
era demasiado, para él que, al decir de Blanca, fumaba
tanto, que se asemejaba, á cañón de chimenea.
Pero ruegos, ofrecimientos, indignaciones, sospechas,
todo fué vano, y la tiránica resolución , que á desesperan
te alejamiento le condenaba , llevóse á efecto, con gran.
aflicción del amoroso marido, que se veía separado por
todo un girón de habitaciones , muchas de ellas ocupadas
por los niños, con sus nodrizas ó sus ayas .
Tan inesperada determinación , fué causa de que el se
ñor Ministro diera al traste con la política y se entregara
á sus más amargas meditaciones . Eso sí, siguiendo añe
jas tradiciones, aferróse fuertemente á la amada cartera.
¡ Cómo! Cuando él se consideraba más digno del amor
de su esposa, por baberse encumbrado debido á sus mé
ritos ( asi juzgaba él) á una altísima posición social ; ella
no podía sufrirlo ni en su propio dormitorio ! ......
Para que tal sucediera , poderosa, muy poderosa causa
debiera haber. ¿Cuál podía ser? D. Serafin, apesar de su
atinado juicio, y la suspicacia de su carácter, no alcanzó
por esta vez á descubrir la causa verdadera de los capri
chosos desdenes de su esposa, y lejos de dirijir sus sos
pechas hacia Alcides , dirigiólas hacia Luciano y dijo :
-A las mujeres les gustan los hombres á la moda, los
petimetres como Luciano .
¡ Error grave ! Los petimetres afeminados , son y serán
siempre los tipos más antipáticos para las mujeres .
Alcides visitaba á Blanca con frecuencia, continuando
BLANCA SOL 11
82 -

siempre, en sus astutos planes de seducción y esperando


la sazón, en que sólo necesitaba , el llamado cuarto de hora
sicológico de la caída.
Algunas noches don Serafin, su esposa , Alcides y al
gún otro amigo , jugaban el familiar rocambor; ella era
fuerte en este juego, D. Serafin apenas si conocía el ma
nejo de las cartas, pero gustaba él , como de todo lo que
se aprende tarde.
D Serafin reía alegremente cuando llegaba á darle un
codillo á Alcides .
-Qué tal , le corté su juego .
-Sí me lo ha cortado Ud. irremediablemente-y mira
ba intencionalmente á Blanca .
Mientras Blanca y Alcides, mútuamente enamorados ,
jugaban á las cartas, la voz pública, elevaba á éste de su
condición de admirador, á la de verdadero amante de la
señora de Rubio.
Había más; la escena de la apuesta aquella de la cena
en el hotel, y la otra del rey de espadas, corrían de boca
en boca horriblemente desfiguradas y aumentadas con de
talles y pormenores ofensivos, no para él, que es propio
• de la injusticia humana, echar todo el peso de estas fal
tas sobre el sér más débil , sobre la mujer.
Bien pronto nuestra culta sociedad, poco fácil para es
candalizarse, cuando el escándalo viene de arriba, se es
candalizó por esta vez, al conocer los pormenores de la ce
na, y hasta se decía que Blanca , al saber la noticia de la
apuesta, había festejado el lance, diciendo ; -Con tal que
la lleve á cabo le perdono su atrevimiento .
¡ Qué es esto ! ¿ á donde vamos á parar? exclamaban .
-Y á esto llaman la nata de la aristocracia de Lima!
¡Vaya ! Si debiera estar en un cuartito de la calle de la
Puerta falsa del Teatro .
Se decía, que los cuatro mil soles perdidos por Blanca
en el juego, habían sido cuatro mil libras esterlinas, pues
tas en una carta , con el fin de incitar á Alcides á Ílevar
á delante su apuesta .
La murmuración y la calumnia cual furioso huracán se
arremolinaron en torno á la señora de Rubio; y los lan
ces burlescos y las historietas amorosas, circulaban dan
do pávulo á la maledicencia de unos y la mogigatería de
otras.
83 -

Y algunas empingorotadas señoronas de ostentosa vir


tud , clamaron á grito herido, contra estos escándalos. Á
sus ojos Blanca no era más que un monstruo de corrup
eión y liviandad , merecedor de colosal castigo , nunca tan
colosal como la culpa. Y el sin ventura don Serafin con
sus dos millones de soles , y su cartera de Ministro , antojá
baseles complaciente marido, 6 como dicen los italianos
un marido gentil , que sabía mirar del lado opuesto al en
que se hallaba el amante de su mujer : 6 como dicen los
franceses un marido molieresco.
¡ Ah ! si ellos hubieran podido comprender la acerba
amargura del amoroso esposo y delicado caballero, hubie
ran detenido sus temerarios juicios.
Ofreció dejar de fumar á cambio de sn permanencia en
la alcoba de su esposa, y hubiera ofrecido dejar de vivir ,
antes que resignarse á perder su amor.
Qué culpa tenía él de ser vulgar, prosáico, como decía
Blanca: de comer con glotonería, y luego, con el bigote
todavía oliendo á caldo, venir á besar á su esposa, lo que
le producía á esta, nauseas y repugnancia. Y en la noche
regoldando con los restos de su digestión, laboriosa y di
ficil, por lo suculento de los potages , venía hacia ella con
más aire de hambriento lobo, que de amoroso marido ....
Poseer dos millones de soles, y no ser dueño siquiera
de la mujer á quien en día no lejano, se arrancó de un in
fierno de acreedores que am enazaban llevarse hasta los
muebles de la casa .... ..
¡ Oh! esto es horrible, cuando se cae en la desgracia de
amar á esa mujer como don Serafin, amaba á su esposa.
Por lo que toca á Blanca, ella creía que no podía con
tinuar viviendo de tal manera modo. La asfixia del alma,
la misma que le sobreviene al cuerpo por falta de aire ó
por respirar el aire mal sano de los pantanos la amenaza
ba: parecíale sentir olores nauseabundos que le produ
cían vértigos .
D. Serafin estaba desesperado .
Cada día al levantarse del lecho, de ese lecho que esta
ba separado del de su esposa por todo un girón de pie
zas, ocupadas por sus hijos con sus ayas; cada día frun
ciendo el ceño pensaba que debía poner término á tan
tirante situación.
-Es necesario que esto termine, hoy mismo, hoy le
84

hablaré á Blanca, y si no accede a admitirme en su dor


mitorio, haré llevar á viva fuerza mi cama. Si , decia es
necesario que yo sea en mi casa el hombre que mande,
el que posee la fuerza y el dominio , para eso soy su ma
rido. ¡ Qué diablos ! Un hombre no debe someterse así á
los caprichos de una mujer.
Y don Serafin pensaba con desesperación en las muchas
noches que había pasado sofocado, agitado, sin poder
dormir, y salía de su alcoba ceñudo colérico, resuelto á
todo menos á continuar soportando tiránicas imposiciones.
Y tan abstraido andaba en sus reflexiones, y tan preocu
pado con su desesperante situación, que muchas veces
acontecíale que alguna de las criacas le dijera: -Mire se
ñor tiene usté los pantalones sin abotonar !
Y en efecto, don Serafin , salía muchas veces con los
pantalones á medio abotonar: otras veces era la corbata
la que olvidaba.
--Qué diablos si estoy tan preocupado- decía él abo
toníndose apresuradamente, ó regresando á ponerse la
corbata.
Sí, cierto, él estaba horriblemente preocupado, y lo más
atroz de esta situación, era el no encontrarle término ;
pues cuando él más resuelto iba, á reñir, á mandar , y si
era preciso también, á castigar. acontecíale que en pre
sencia de Blanca no podía ser más que el mísero lebrel ,
que lame la mano de su despiadado castigador.
-Cómo has pasado la noche? ¿Cómo están los nervios?
¿Qué tienes? Hoy estás algo pálida. Supongo que Josesi
to no te haya dado mala noche. Para eso pago bien á la
nodriza y á la ama seca, pero esta gente es tan descuida
da que.....
-Blanca contestaba á estas afectuosas palabras de su
esposo, con monosílábos . -Si - no, estoy bien , ya lo sé ..
Ella que con todos usaba de tanta locuacidad, de gra
cia tanta y donairoso decir, para él, solo guardaba los mo
nosílabos secos, ásperos, afilados y cortantes, como si
fueran golpes de puñal .
Qué arte infernal ó de magia, poseía ella que asi le do
minaba en su presencia? Acaso él no tenía todos los de
rechos que las leyes humanas y un sacramento divino (D.
Serafin consideraba divino el sacramento del matrimonio)
le acoreaban? ....Por qué en presencia de ella, no le era
1 85

dable, ejercer todos los derechos de marido y todas las


prerogativas que dos millones de soles pueden dar? El,
de quien el mundo entero decía que era pérfido, egoista
y más que todo de génio violento , intransigente y de len
gua clasicamente viperina, por lo mordaz y maldiciente.
¿Qué iba á hacer? si en presencia de ella no brotaban
de sus labios sino palabras de cariño , de tieno afectó y
hasta más de una vez sintió impulsos de arrodillarse y
pedirle perdon. Pero luego reflexionaba y se decía. - Per
dón, de qué, á no ser de que ella sea tan cruel conmigo.
Luego rememoraba las épocas felices de su vida ma
trimonial. Cuando Blanca en medio de la embriaguez
producida con la satisfacción de su loca pasión por el lu
jo yla ostentación, le acariciaba á él, con la misma incons
ciencia con que hubiera acariciado no sólo á otro hom
bre , pero aun hasta á otra cosa.
Y don Serafin, que en achaques amorosos , era poco
ducho ; suspiraba, imaginándose que aquello fué verdade
ro amor, peidido hoy, tal vez para siempre.
Por fin llegó el día de una explicación . Don Serafin es
taba desesperado y las situaciones violentas, no son so
portables viendo de contínuo al sér que las causa. Ella
se explicó así.
-Estamos unidos por un lazo que tú jusgas indiso
luble : me casé contigo por .... Blanca trepidó ... por
amor. Es que yo creía en la duración de ese afecto, ó me
jor diré, yo creia que tú supieras cultivarlo : me figuraba
que serías apasionado , espiritual, vehemente , con la vehe
mencia delicada del amor , no con la que tú tienes ....
D. Serafin exhaló en este punto un hondo suspiro.
-No me quejo de que tú no me ames, de lo que me
quejo es de que tú no sepas amarme. ¡Ah! siento un vacío
tan hondo en mi alma. Mira yo quiero que cambies , que no
seas como eres . Tus torpezas concluirán por hacerte anti
pático , y yo deseo quererte. ¡Vaya ! No te enojes, si te digo
estas cosas, es porque en mi corazón hay mucho cariño
para tí. Quiero que seas feliz; porque es preciso que
sepas, que yo no sé, ni quiero fingir, y si tu llegas á serme
odioso, nada en el mundo tendrá fuerza suficiente para
obligarme á vivir cerca de ti: ¿lo oyes?
D. Serafin pálido escuchaba las palabras de Blanca
como si cada una de ellas le llegara al corazón . Apoyados
86 -

los codos en las rodillas, ocultaba la cara entre ambas


manos, posición azás prosáica para escuchar un no me
nos prosáico diálogo.
Blanca continuó .
-Te he hecho Ministro, y pensaba hacerte Vocal de
la Córte Suprema, y quizá tambien Presidente de la Repú
blica....
Aquí don Serafin dió un brinco y se puso de pié.
¿ Te causa asombro este lenguaje? ¿ A quién sino
á mi debes tu nombramiento para desempeñar la cartera
de Justicia ....
-Y crees que si yo no tuviera las dotes necesarias
para tan elevado cargo, lo hubieras tú conseguedo?
Blanca, hizo una mueca de desprecio y continuó: -Mul
titud de hombres hay en Lima, de verdadero mérito,
que han pasado la vida aspirando un Ministerio, y no lo
han alcanzado. ¿Cómo puedes tú creer que lo debes á tus
merecimientos .

Con este argumento, don Serafin guardó silencio.


-Pero, en el caso, que tú Ministro y próximo Vocal
de la Suprema, y no lejano Presidente del Perú, no has
crecido ni un punto, y más bien parece que hubieras per
dido tu buena reputación de hombre honrado .
D. Serafin no osaba replicar una sola palabra ni aun
siquiera levantar la frente ; anodado parecia oir en las
palabras de su esposa, las de su propia conciencia.
La superioridad de espíritu de Blanca, se imponía en
todas las situaciones difíciles ; aun que no siempre estu
viera de su parte la verdad .
-Yo creía que siendo tú Ministro , llegaría á estimarte
más y tal vez, á amarte más ; pero no es culpa mía, tú
eres siempre el mismo....
-Sí, caprichos tuyos. Tú fuiste la que quisiste á todo
trance que fuera yo Ministro. Y ahora quiero yo saber
¿qué hemos sacado con este Ministerio? Nada más sino
que tú me eches en cara faltas que no dependen de mí.
-Ciertamente: nada hemos ganado; ni el que tú cam
bies de aire y te des la importancia que debe darse un
Ministro aplaudido y bien aceptado por todos los par
tidos .
-Los partidos -repitió él con acerba entonación, —
87 -

bien sabes lo que es entre nosotros ese monstruo que de


vora á sus propios hijos.
-Sí, los devora, porque todos son raquíticos , porque
todos son hijos del favor, y quizá también de algo peor.
-Pues bien , mañana mismo presentaré mi renuncia y
suceda lo que suceda no seré ya más Ministro .
-Hazlo como mejor te plazca,
Asi terminó esta explicación , dada con tanta insolencia
por parte de ella, como fué grande para escucharla la
recignación de él. Es que don Serafin estuvo en una de
sus horas de buen humor, y de buen decir, cosa muy rara
para todos , menos para su esposa , que hablando de él ,
solía decir:-Mi marido es un cordero, yo hago de él lo
que quiero.
Poco adelantó , pues, don Serafin, con esta explicación,
á no ser el pensar en salir del Ministerio por su desgracia
con Blanca, así como había entrado por gracia y favor de
ella.
Mientras tanto una evolución , una metamorfosis operá
base en el corazón de la señora de Rubio .
¡ Un amante ! Esta palabra principió á tener todo el
atractivo de lo que para ella simbolizaba, agitaciones,
impresiones, placeres, verdadero drama, donde se desem
peña en la vida, como en el teatro, un papel lleno de in
cidentes, de sustos, de temores, de luchas entre la pasión
y el deber.
Un amante, le traerfa todo aquello que necesitaba pa
ra sazonar su insípida y monótona viða,
Lucir, deslumbrar, excitar la envidia de las mujeres y la
admiración de los hombres, magnífico seductor , bellísimo;
pero es que ella frisaba ya en los treinta años, y el corazón
á esta edad, encuentra sin aliciente ninguno aque! bulli
cio mundanal. No podía conformarse con pasar la vida así,
como un meteoro social, sin sentir ni producir más que
impresiones pasajeras . Había llegado á la edad en que el
sentimiento y la pasión se despiertan y hablan vigorosa
mente, y entonces la mujer, más que nunca , es mujer.
Alcides llegó pues, en la hora precisa, en el cuarto de
hora en que las mujeres menos sensibles al amor, dejan
en su corazón un punto accesible al sentimiento y á la
pasión , llegó cuando el recuerdo de su antiguo novio, prin
cipiaba á borrarse de su memoria, ese recuerdo que hasta
4
88

entonces, quizá habíale servido de verdadero antídoto


contra alguna rara emosion que ajitó su corazón.
Y Alcides, el triunfador en antiguas lides amorosas , el
astuto enamorado , que con ardides tantos, era osado á
mirarla finjiendo haber cesado de amarla , mostrándose
frío, indiferente, desdeñoso, él era el que reunía el grande
incentivo de una conquista, el irresistible atractivo que
para los caracteres como el de ella, encierra todo aquello
que presenta resistencias, lucha, tempestad , triunfo defi
nitivo ...¡Oh! Alcides era el hombre ante quien se rindiera
ella, no vencida, sino vencedora.

XVIII.

La casualidad, esa diosa que los antiguos debieron colo


car entre las divinidades , que más caprichosa é inexplica
blemente influyen, en el destino del hombre; la casuaidad
llevó un día á la señora de Rubio á casa de una jóven
costurera, la cual era á la vez florista , oficios que escasa
mente alcanzaban á subvenir á las necesidades más apre
miantes de su vida.
Josefina , este era su nombre, pertenecía al número de
esas desgraciadas familias, que con harta frecuencia , ve
mos víctimas del cruel destino, que desde las más eleva
das cumbres de la fortuna y la aristocracia , vense, por fa
tal sucesión de acontecimientos , sepultadas en los abismos
de la miseria y condenadas á los más rudos trabajos .
Entre los muchos adornos con que sus orgullosos pa
dres, quisieron embellecer su educación, la enseñaron á
trabajar flores de papel y de trapo, y á esta habilidad ,
poco productiva y de dificil èxplotación, recurrió Josefi
na en su pobreza.
Un dia Blanca, quiso regalar las flores de papel , con
que es costumbre decorar las Iglesias, con motivo de al
guna de sus grandes festividades .
Josefina era admirable artista para este género de tra
bajos , y á ella acudió la señora Rubio, en dema ida de
esta obra.
El aspecto humilde, casi miserable de la casa , en que
vivia Josefina, dejóle comprender, que allí moraba la vir
89

tud y el trabajo de la mujer, espantosamente mal remune


rados y desestimados, en estas nuestras mal organizadas
sociedades .
El menaje de la casa , era tan pobre, que á pesar del
aseo y esmero que en todos los muebles se veía; Blanca
sufrió la ingrata impresión del que penetra á lóbrega y
triste mansión.
El aire húmedo y pesado de las habitaciónes bajas y
estrechas, respirábase allí ; péro cargado con los olores de
las vianda, condimentadas en la misma habitación .

MALI
Blanca halló en Josefina un nuevo motivo de simpatía:
parecíale estar mirando en un espejo tal era el parecido
que notó entre ella y la joven florista, pero enflaquecida,
pálida y casi demacrada. Josefina era la representación
de las privaciones y la pobreza, Blanca la de la fortuna y
la vida regalada.
Los infortunios sufridos, y el trabajo mal retribuido ,
aleccionan el espíritu ; pero también envejecen el cuerpo.
Sólo el trabajo metodizado y productivo , que siempre es
tá acompañado de la vida cómoda y el bienestar , fortifican
el cuerpo y el espíritu .
Josefina, aunque sólo contaba 24 años, diríase ser mu
jer de 30 años , no sólo por su aspecto reposado, medita
bundo y reflexivo; sinó , más aún, por la experiencia ad
quirida, experiencia de la vida, aprendida en la escuela
del infortunio, que tan rudamente alecciona á los que caen
bajo su terrible férula .
La señora Alva, abuela de Josefina, y dos niños peque
ños , hermanos de esta , vivían todos en familia , sin contar
con más recuros que el producto del trabajo de la joven
florista.
La señora Alva, decía con suma gracia, que las flores
brotaban de las manos de su nieta, como brotan en los
campos las flores primaverales .
Cuando Blanca con esa indolencia de la mujer de mun
do la dijo :
-He sabido que la jóven nieta de Ud . es modelo de vir
tudes; ella contestole:
-La gente que trabaja mucho es siempre muy virtuosa .
Y con el gracejo de la autigua limeña y la altivez de la
mujer, que a á pesar de sus miserias , conserva todo el or
gullo de su noble linaje; la señora Alva refirió á Blanca
BLANCA SOL 12
- 90

de qué modo su hija, trabajaba día y noche, y ella apesar


de sus achaques, cuidaba de la casa y de los niños.
--Trabajar cuando se ha nacido y se ha crecido en me
dio de la riqueza, es muy duro .... dijo la señora Al
va, enjugando una lágrima que humedecía sus empañadas
pupilas.
Todo un cuadro de mútuos sacrificios, de virtudes do
mésticas , de abnegaciones casi sobrenaturales , se presen
tó á los ojos de la señora de Rubio , de la disipada y mal
versadora Blanca Sol.
Después de ajustar el precio y la calidad del trabajo ,
quedó cerrado el trato. Josefina trabajaría más de dos
mil flores con sus correspondientes hojas en el trascurso
de tres días.
-Y no teme Ud . faltar á su compromiso .
-No señora, es que yo cuento también con las noches ,
con no dormir en la noche, hago seis días .
Blanca quedó asombrada , mirando las resignación con
que decía estas cosas Josefina. Su habitual curiosidad des
pertóse, y sin temor de llevar su imprudente palabra
hasta la impertinencia , dirigió á la joven mil indagadoras
preguntas, y cada vez más conmovida, penso en tomar á
Josefina bajo su protección.
Blanca era sensible y compasiva , y el papel de protec
tora de la joven florista , halagó su vanidad y también su
corazón.
Un mes después de esta primera entrevista, Blanca y
Josefina eran dos personas, unidas por el cariño y la gra
titud de una parte y el interés y la curiosidad de otra.
La señora Alva y su nieta , vivían ambas alimentando
la ardiente esperanza de la reivindicación de su pasada
felicidad y antigua fortuna. Conservaban la más arraigada
fé, en esa especie de mesianismo de ciertas orgullosas fa
milias, que esperan la fortuna, en otro tiempo poseída, la
cual según ellas , Dios , quiso arrebatarles , tan sólo para
probar su inquebantable virtud y devolvérselas luego .
Estas ideas fueron para la señora Alva y su nieta con
suelo y aliento en medio á los rudos contrastes que ator
mentaron su vida .
Siete años hacía que Josefina encerrada en el estrecho
circuito del hogar, vivía sin impresiónes , sin distracciones
91 -

casi sin más afectos qee el de su orgullosa abuela y sus


dos pequeños hermanos .
A sostener esta vida austera y rodeada de privaciones,
habían contribuido dos poderosos móviles , que en el co
razón de la mayor parte de las mujeres, obtienen decisiva
influencia : la esperanza y el orgullo, jamás desvanecidos
en el corazón de la aristocrática señora Alva.
Josefina iba todos los días á casa de la señora de Rubio,
y ocupaba sus horas, ya en costuras y bordados , ya en el
trabajo de algunas flores para adornar los salones .
Con su natural sensibilidad , Blanca , habíase compade
cido de Josefina, y la dió su decidida protección.
-Desde hoy- habíale dicho- no trabajará U. sino pa
ra mí sola, y la abuela de U. recibirá una mesada con la
cual podrá llenar las necesidades de los dos hermanos
de U.
A esta generosa oferta, Josefina sólo contestó con el
silencio : la emoción y el júbilo embargaron su voz; tomó
entre las suyas la mano de Blanca , y llevándola á sus
labios, dejó caer sobre ella , dos gruesas lágrimas que por
sus mejillas rodaban .
Pocos días bastaron para que la pálida y macilenta
costurera, recuperara su natural aspecto juvenil, adquirien
do esa expresión de satisfacción y contento que enbellece
tanto á la mujer.
En sus contínuas visitas á casa de Blanca, Alcides, ha
bía visto muchas veces á Josefina ; casual ó intencional
mente, él habíase dado trazas de estudiar y valorizar,
cuantos delicados y esquisitos sentimientos , se anidaban
en el corazón de la joven florista.
Josefina, también con la inocencia de la virginidad ,
miraba con amorosos ojos al travieso conquistador de co
razones, y esperaba el amor, como el advenimiento de su
felicidad .
Un día que Alcides, salía del salón de Blanca, vió lo
que ya otras veces había visto ; que una puerta se entrea
bría y unos ojos brillaban, mirándole todo el tiempo que
tardaba en bajar la escalera.
Pocos días despues repitióse la misma escena. Esta vez
Alcides retrocedió y se dirigió á la puerta.
Alcides era de esos hombres, que aunque enamorados
92 -

de una mujer, no pierden la ocasión de cortejar y galan


tear á otra.
La puerta se cerró al acercarse él.
-Mañana seré más feliz-dijo en voz alta.
Y Josefina que le escuchaba, se estremeció de amor y
de esperanza .
Al siguiente día, Alcides se dirigió á la puerta en lu
gar de ir á la escala.
Esta vez Josefina no tuvo tiempo de cerrarla, y se con
tentó con hacer un ademán como para ocultarse.
Josefina, no se oculte U.; no sabe U. que yo solo ven
go por verla. "
-U. viene porque ama á la señora de Rubio.
-
-Yo no puedo amar á una señora casada, yo la amo
á U.
Josefina rió con esa risa nerviosa de la emoción, y no
contestó una palabra .
-
- Nos veremos aquí todos los días , cuando yo salga
del salón .
-No , aquí no .
-Quiere U. que vaya á su casa.
-U. enamora á todas las mujeres .
-Pero sólo amo á una , y esa una es U. -dijo Alcides
queriendo tomar la mano de la joven para besarla. Josefi
na que estaba apoyada en la puerta se retiró precipitada
mente.
Alcides besó la puerta en el sitio donde tuvo ella la
mano y con suma gracia dijo:
-Hago de cuenta que he besado la mano de U.
Estas escenas , frecuentemente repetidas, exaltaron la
ya ardorosa pasión de la joven , que confiada y expansiva
se manifestaba con todo el afecto atesorado en su alma ,
en esa alma no tocada por ninguna innoble pasión ni
mezquino interés.
Alcides recibió con alegría estas inocentes manifesta
ciones de tierno afecto. Tal vez si en el amor de la joven
costurera, hallaría un medio de curarse de su amor á
Blanca: tal vez si esta alma sinceramente afectuosa , le
daría el lenitivo, á sus amarguras y el bálsamo á sus he
ridas.
Mas que enamorado, Alcides se sentía desesperado : su
papel de amante desgraciado, que tan malamentecreía es
98

tar desempeñando, causábale risa; pero era la risa del des


pecho, del encono, al sentirse humillado, lastimado en su
vanidad de afortunado conquistador. Y de la risa pasaba
á la irritación al enfurecimiento contra sí mismo, al con
siderarse inhábil, para contrarrestar sus propias pasiones,
cuando ellas no podían conducirle á su verdadera felici
dad .
Y colérico, desesperado, llevaba trémulo de indignación
su mano al revolver, pensando que el hombre que tau
miserablemente cede al impulso de inconveniente y des
cabellada pasión , debe morir desbaratadamente, como
mueren los tontos , y la risa más de una vez tornóse en
estallido de lágrimas y lágrimas, muy amargas.
Lo trágicamente risible, eso era lo que él veía en esta
pasión que á su pesar le dominaba.
Quién había de creerlo , él , Alcides Lescanti, que tan
vanidosamente aseguraba estar acostumbrado á domar
muchos caballos bravos y muchas mujeres coquetas, era
víctima del amor á una coqueta. Y-¡ amor desgraciado ! —
decía riendo convulsiva y sarcásticamente.
Pero ¿qué remedio? Diariamente prometíase á sí mismo
con inquebrantable propósito no volver más á casa de ella
más, así que trascurrían algunos días sin verla , sentía el
hastío que le poseía y el amargor de profunda contrarie
dad.
¿Qué podía él hallar en el mundo, que le produjera
emociones tan vivas como las que experimentaba cerca de
Blanca?
Ya no fingía indiferencia y desdén. ¿Para qué? Para
caer tal vez á los pies de ella, más rendido , más apasiona
do y abatido en su altivez !...Vivía desazonado mortifica
do, y sus esperanzas de felicidad se dirigían más á librar
se de este amor, que como un tormento llevaba en su al
ma, que á conquistar el corazón de la mujer amada .
Y en esos momentos, él convertía la mirada hacia Jose
fina, hacia la hermosa costurera de la señora de Rubio,
que á más le ofrecía el raro atractivo, de ser por su tipo,
y la corrección de líneas de su rostro, extraordinaria
mente parecido á Blanca.
¡Ah ! si él pudiera amar á Josefina cuán feliz sería ! Cuan
ta diferencia entre el tierno y abnegado amor de ella, y la
irritante coquetería de Blanca.
94 -

Y á más, había llegado á la edad en que el hombre de


be pensar sériamente en establecer una familia que fuera
centro de todos sus afectos y aspiraciones. Y volvía á sus
propósitos de buscar en nuevas impresiones, el olvido á
su ya obstinada pasión.
Y en tanto que se daba á estas reflexiones, Blanca, esti
mulaba la pasión de Alcides, con todo el incentivo de la
esperanza, y próxima cumplida felicidad , que ella dejába
le entrever.
Desde aquel famoso día en que Alcides intentó usar de
sus pulsos para alcanzar lo que no alcanzaran sus ruegos ,
Blanca se precaucionaba de su osadía, escusándose de
recibirlo siempre que debía estar sola con él . Para reali
Zar este plan, que fué para la señora de Rubio , como un
gran plan de campaña; fuéle forzoso valerse de mil efu
gios y artimañas, que provocaron la risa de Alcides, de
jándole comprender cuán insegura de sí misma estaba su
amada.
Sí, cierto, ella no estaba segura de sí misma; ella como
Alcides, más que él, sentía, que despues de haber alimen
tado su alma de vana coquetería é insípidos galanteos ,
que son al corazón , lo que la luz artificial, á la planta,
que necesita para vivir el calor y la luz del Sol ; sentía
hambre, sed, sed inextingible de amor verdadero , de
amor apasionado , y ese sólo él , soló Alcides Lescanti po
día inspirárselo .
Si don Serafin, no hubiera sido hombre incapaz de
inspirar amor, de fijo que su esposa hubiese principiado
á amarlo desde aquella época; pero el futuro Presidente
de la República, con todas sus ineptitudes, sus nulidades,
y su absoluta carencia de condiciones apropiadas para
tan elevado puesto; podía , no obstante, contar con la posi
bilidad de llegar á la silla presidencial , más bien que al
corazón de su esposa.

XIX

Era el doce de Agosto.


Un año había trascurrido desde la noche aquella de la
cena, en la cual Alcides, aventuró la famosa apuesta , lan
zada en un círculo de amigos íntimos, y que le fué referida
95 .GOND

á Blanca por Luciano, dando ocasión á la otra apuesta del


rey de espadas.
Este aniversario despertó en ella el deseo de realizar uno
de sus extravagantes proyectos, con el cual se prometía en
esta vez castigar á Alcides , exhibirlo ante sus amigos en
posición ridícula y risible como pretendiente burlado , y
quedar ella dominando la situación, terminando así aquella
pasión que día por día iba absorviendo su pensamiento y
sobreponiéndose á su voluntad.
Repetidas veces Lescanti exijióle citas misteriosas antes
de ahora esperando vencer las resistencias de Blanca; pero
ella se escusaba siempre con evasivas y argusiosos amaños .
Mas ahora quiso cambiar de táctica. Se mostró rendida;
parecia acceder á las exijencias de él , consintió en dejarlo
en casa la primera ocasión propicia , y esta sería el día que
hubiesen invitados á comer. Entonces aprovecharían los
momentos en que los comensales estubiesen fumando y la
servidumbre alejada en las piezas interiores .
Aquel día habían llegado á combinar una entrevista , llena
de peligros al concepto de Alcides y de encantos al de
Blanca. El se retiraría sin tomar el café, so pretesto de obli
gacines políticas , é iría á ocultarse en el cuarto de vestirse
de ella que estaba contiguo al dormitorio . Ella saldría del
comedor aprovechándose de la primera oportunidad para
ir á buscarlo á él .
Toda aquella combinación era algo rara ,é irregular; pero
Alcides hombre afortunado juzgó que no debía dudar de
estas amorosas promesas, y consintió apesar de sus descon
fianzas en asistír á aquella cita dada por Blanca y por tan
to tiempo solicitada por él.
El doce de Agosto , quiso pues ella dar un gran banquete
para sus íntimos amigos.
Don Serafin no alcanzaba á explicarse este capricho de
su esposa, de preparar invitación de tanto aparato en
día ordinario, sin causa conocida; pero esta causa no po
día faltarle á una mujer imaginativa y de grandes recur
sos como Blanca.
A las primeras objeciones ó reparos de don Serafin,
ella tomando el tono del reproche, habíale dicho :
-¡Calla ingrato ! no recuerdas esta fecha.
- ¿Es algo que se refiere á tí?
---Sí , precisamente á nuestro amor.
- 96 C

-Es raro que no lo recuerde.


-Es el día que tú por primera vez me dijiste que me
amabas.
-
-¿El doce de Agosto? -y don Serafin coordinó en su
memoria fechas y acontecimientos .
-Sí lo recuerdo muy bien y me admira que tú lo ha
yas olvidado.
Después de permanecer un momento pensativo mor
diéndose el extremo de los bigotes y moviendo pausada
mente la cabeza, contestó :
-Yo diría que por el mes de Agosto de aquella época
yo no te había hablado una palabra de amor.
--Cándido! Qué mala memoria tienes : el doce de
Agosto, es una fecha que tú y yo debemos celebrar.
¡ Cosa más rara ! Una fecha feliz que él habia olvidado !
Pero qué importaba que no coincidiera con sus recuerdos ,
si ella la recordaba. Se complació amorosamente , al con
siderar que Blanca celebraba aniversarios que se referían
á él, á sus pasados amores: sintió deseos de arrodillarse
ante ella y besarle las plantas.
Qué lástima que su mala memoria la hubiera hecho cam
biar la fecha y el mes. Fué el 15 de Mayo , cumple-años de
la señora mamá de Blanca; lo recordaba él muy bien . Lo
convidaron á comer y se excedió un poco en el vino , á no
haber sido asi ¿cuándo hubiera tenido valor para declararle
su pasión á la orgullosa señorita Blanca Sol .
¡El 15 de Mayo ! Bendito día que él muchas veces había
querido celebrar y el temor al ridículo, temor á la risa de
ella, que hubiérale dicho : -¡Eh ! déjate de aniversarios,
después de tantos años de matrimonio , era la causa por qué
no se había atrevido à aventurar su proyecto .
¡ Qué hacer ! Hoy haría él de cuenta que era el 15 de Mayo ,
y festejaría esta fecha, con tanta mayor alegría, cuanto que
los últimos sucesos acaecidos , le llevaban meditabundo y
desazonado.
Cuando él menos lo esperaba salía ella con esta novedad
de celebrar aniversarios amorosos .
¿Quién diablos entiende á las mujeres? -pensaba don
Serafin, y á la suya mucho menos.
Todas estas ideas pasaban por la mente de don Serafin,
mientras llegaba la hora de la comida.
Alcides Lescanti fué de los primeros en llegar.
- 97 -

¡ Siempre él ! Pero ¿por qué odiarlo? Si amaba á Blanca


tanto peor para él: ella se reiría de su amor, como se ha,
bía reido de tantos otros ,
Estuvo contentísimo en la comida : Blanca se manifestó
afectuosa. Tomaron ambos una copa, que ella acompañó
con un movimiento de cabeza lleno de expresión , que él tra
dujo así: ¡ Por el 15 de Mayo ! Estaba hermosísimamente,
tenía todos los encantos de la mujer graciosa, y la belleza
de una estátua.
Cuán feliz se consideraba al pensar que él, era el dueño
de tan codiciado tesoro.
Durante la comida , había reinado la alegria , la franque
za la cordialidad entre los comensales , siendo Blanca el
centro y el alma de todos los presentes. En estos casos ella
estaba encantadora ; los dichos agudos, las sátiras pican
tes y todo el esprit francés , rebullían en su alma, derramán
dose como ambiente que embriagaba y seducían á cuantos
la rodeaban .
Alcides y Blanca se miraron muchas veces con miradas
de pasión y de elocuente decir. Quizá si Blanca mejor
que sus proyectos de venganza que en ese momento aca
riciaba en su mente , hubiera preferido un perdón, que la
llevara á los brazos de Alcides , del hombre á quien ya
verdaderamente amaba.
Antes que se hubieran retirado todos los comensales,
Alcides escurriéndose cautelosamente salió del comedor
aprovechando de la animación y el contento que reinaba
en la mesa.
Eran las diez de la noche
Alcides se acercó á Blanca y con cierto aire misterioso
se despidió de ella , como si esto fuera de antemano con
venido, ella le estrechó la mano sin dirigirle ninguna ob
servación á su intempestiva retirada.
Desde este momento, Blanca , como si una idea halaga
dora, le sonriéra en la imaginación , tornóse alegre, chis
peante decidora, hasta el punto de fijar la atención de
muchos de los presentes.
Hacía cerca de dos horas de la salida de Alcides del
comedor; los convidados habían pasado ya al salón de re
cibo, cuando Faustina apareció dando voces y diciendo :
¡Ladrones ! ladrones!
-¡Ladrones !-repitieron á una
BLANCA SOL 13
98

Dios mío !-esclamó Blanca-¿Donde están?


-En el dormitorio de la señora he sentido pasos, y
creo que hay una partida de ladrones.
Aunque nadie pareció alarmarse con esta novedad poco
usada entre nosotros ; de entrar ladrones á una casa llena
en ese momento de convidados ; todos se dirigieron guia
dos por la señora Rubio al lugar donde dijo Faustina en
contrabánse los ladrones .
D- Serafin no estuvo á la altura de su situación: se
acorbadó miserablemente, Iba y venía en diversas direc
ciones y en sus movimentos algo automáticos , dejaba co
nocer estar poseido de estupendo miedo. ¡ Desventurado!
su mala estrella le colocaba de contínuo en estas situa
ciones que trasparentaban la pequeñez de su alma.
Blanca aunque también parecía algo asustada , tuvo
tiempo suficiente para dirigirle desdeñosa mirada y en
picaresco aparte exclamó: -Este hombre es ridículo hasta
en los momentos más difíciles de su vida.
La mujer perdona fácilmente al hombre sus vicios, sus
rudezas, hasta sus depravaciones ; pero no le perdona ja
más su cobardía.
Es que entre la mujer y el hombre, hay algo instintivo ,
como entre la yedra y el árbol. Cuando el árbol por su
debilidad no alcanza ni la gallardía ni el atrevimiento pa
ra levantar sus ramas al cielo , la yedra no vá jamás á
apoyar en él sus lustrosas y lozanas hojas.
El hombre cobarde le produce á la mujer , el mismo
efecto que debe producirle, al hombre delicado y humano ,
la desalmada y cruel mujer.
Los vicios esencialmente varoniles , como los defectos
igualmente femeniles, son los únicos que mútuamente se
perdonan ambos.
No debió estar ella muy tranquila , pnes que, con el fin
de alejar de allí á su esposo , díjole con angustiado , pero
imperioso acento: -Anda inmediatamente á traer á la
policía.
Y como si en su medroso espíritu no hubiera apareci
do este supremo recurso , salió don Serafin, apresurada
mente, y bajando de dos en dos los tramos de la escalera,
dirigióse en pos del comisario del barrio.
Cuando ella le vió alejarse respiró con entera libertad
Ꭹ sonrió con picarezca risa.
99

Qué felicidad tener un marido que se asusta de ladro


nes ! A no haber sido así, hubiera él quedado espantado
al ver salir á Alcides de tras de un espejo, del espejo de
vestir de ella, donde parecía haberse escondido como un
amante sorprendido en amorosa cita.
Ella reía y festejaba el lance dejándolos comprender á
sus amigos, los que un tanto sorprendidos miraban á Al
cides, que aquella escena era resultado de la apuesta del
12 de Agosto y de la resolución de premiar al que ella les
presentaba como enamorado burlado.
1 Cuando D. Serafin regresó venía acompañado de gran
número de celadores y con el revólver amartillado , muy
resuelto á batirse si fuera preciso con toda una legión de
de malhechores .
--Nadie........ni una alma, ni un rastro .
-¿Donde están los ladrones?
Esta pregunta dirigíanse los unos á los otros , sonrien
do maliciosamente , cual si adivinaran que aquello no po
día tener más significación , que el de un lance burlesco
preparado por Blanca Sol.
Cada cual decía algo apropiado á la situación , y como
sucede en estos casos , todos por tácito convenio , parecían
concertarse para engañar al marido .
Cuando volvieron al salón , los cuchicheos burlescos
las confidencias misteriosas, los equívocos de toda suerte
se sucedieron como granizada lluvida , quizá sobre el úni
co que en ese momento era inocente : sobre el mal aven
turado D. Serafin.
La sociedad que con tanta frecuencia es injusta para
juzgar á la mujer , lo es también en un sólo caso para
juzgar al hombre , y con este caso se hallaba don Serafin,
cargando con las infidelidades de Blanca, como con un
sanbenito; y aunque infidelidades supuestas, debían der
ramar todo el ridículo con que la sociedad castiga á la
víctima, juzgándola con la ciega injusticia de los juicios
humanos .
D. Serafin no quedó del todo tranquilo después de es
te inexplicable lance
Recorró á la mancha de sangre, que un día no muy leja
no había él descubierto en el alfombrado, y aunque en el
primer momento pareció satisfecho con la explicación que
su esposa le diera ; aquel recuerdo habíasele presentado
-100

más de una vez, y la mancha roja, parecíale demasiado


grande y demasiado roja , para ser de una palomita herida.
Y D. Serafin, cejijunto y cariacontecido, hacía esta
cruel reflexión : Ayer fué una palomiia herida , hoy es una
partida de ladrones . ¿Si será algún día .... D . Serafin se
estremeció y luego dijo: un amante de Blanca?
XX .
¿Qué fué de Alcides en el tiempo trascurrido desde que
salió del comedor hasta que se vió sorprendido por sus
amigos en el dormitorio de la señora de Rubio? ...
¡ Ah ! si la altiva , la coqueta Blanca, hubiera podido ver
le mientras ella se lo imaginaba furiosamente enamorado,
contando los segundos que ella tardaba en llegar, ó quizá
maldiciendo de su negra estrella , que le condenaba á es
perar sin ver llegar á la hermosa y amada mujer; si ella
hubiese alcanzado á verle ; hubiera sin duda exclamado :
Por grande que sea la ingratitud de las mujeres, va siem
pre más allá la perfidia de los hombres !.....
Alcides de convenio con Blanca , salió del comedor para
ir á la alcoba . Una cita en la propia alcoba cuando la ca
1 sa estaba llena de convidados ! Esto sólo podía ocurrirse
le á ella, y sólo de ella , podía ser aceptado por un hom
bre como Alcides, que no dejó de recordar que era el doce
de Agosto , el día fijado por sus amigos para premiarlo ;
y á más, Blanca , conocía esta apuesta y era mny capaz
de cometer una estupenda locura .
Pero después de todas estas reflexiones, concluyó por
alzarse de hombros diciendo : Adelante! Sería ridículo en
mí acobardarme ! En último caso representaré una escena
digna de Foblás.
Y sin más trepidaciones penetró sin obstáculo ninguno
en el dormitorio de Blanca, cuya puerta encontró entor
nada .
Dirigióse á un diván y se recostó tranquilamente.
Ella vendría luego. Un beso y nada más habíale dicho .
Por cierto que sería imprudente exigir más . Un beso el
doce de Agosto, era prenda de reconciliación, y promesa
de futuras felicidades.
¡Cuanto tardaba ! ......El más leve ruido le producía
estremecimiento.
Esperó quince ......veinte ......cuarenta minutos . ¡ La
ingrata no llegaba !. ………… .Una hora ! ......
- 101

Entonces le avino la concepción clara y precisa de su


situación.
Blanca pretendía burlarlo dejándolo esperarla en vano !
Y al hacer esta exclamación su corazón latió con violen
cia y frio sudor inundó su frente.
Resolvió esperar un momento más antes de retirarse.
Rememoró su conducta, trajo á cuentas su proceder en
su condición de enamorado de la señora de Rubio. No se
juzgó digno de este castigo , ella sola, ella había sido la
causante de su desesperación y su despecho, que le con
dujeron hasta el punto de lanzar ese atrevido juramento.
Ella no era merecedora del amor constante, apasionado
que él le consagrara, renunciando en su favor, y sólo por
halagarla, su condición altamente codiciable de león de
los aristocráticos salones de la sociedad limeña.
Ella, mujer voluble y ligera, que con su conducta había
dado márgen á ser conceptuada, más que como coqueta
como la mas desleal esposa y liviana mujer; no merecía
ser amada sino como se ama á esa clase de mujeres, con
el amor de una hora, que pasa así que termina el va's que
se ha brilado con ella, respirando su perfume y estrechan
do su talle.
En este punto de sus reflexiones sintió pasos en la ha
bitación contigua .
Entreabrió la puerta con cuidado y miró con gran an
siedad. ¡ Ah ! es Blanca ! ¡ Me esperaba ! .. Pero no, ese no
es su vestido ....¡ Ah ! es Josefina ! ..¡Oh ! Venganzas ó fe
licidades yo os acepto ! ...... bien venidae seais !....
¡ Josefina tú me salvarás !.
En lugar de la coqueta, voy á encontrarme con la mujer
de corazón, con la verdadera mujer que yo debo de amar.
Bendita seas, casualidad ! ...
Todas estas exclamaciones hacía él , contemplando á Jo
sefina, y adelantando lentamente . Ella sentada delante de
una mesa, con los codos apoyados y el rostro casi oculto
entre ambas manos , estaba tan absorta en sus pensamien
tos, que no sintió el ligero ruido de los pasos de Alcides .
La honrada y modesta costurera de la señora de Rubio,
oyendo el chocar de las copas, y la algazara producida
por los alegres comensales , meditaba , reflexionando sobre
su triste vivir.
Su corazón, largo tiempo adormecido ; con ese adorme
102

cimiento que trae el trabajo, cuando su incesante afán


aniquila la fuerza fícica y abate la fuerza moral; su cora
zón, parecía erguirse cual si sus derechos y prerogativas
raclamara.

Y por una de esas reacciones del espíritu, ella paran


gonó su vida pasada á su vida presente, y su condición
de ayer á su situación de hoy.
Si hasta entonces había vivido uncida á la máquina de
coser y á sus instrucciones de florista, preciso era que
llegara el día de la tregua, del descanso, preciso era que
pensara en el amor . ¿Acaso la sociedad le ha dejado otra
puerta de salida á la mujer?
La vida tal cual la había pasado quedaba allá abajo y
las gentes, que como ella, sufrían y trabajaban, se le
presentaron como un hormiguero humano.
En la morada de Blanca, alegre y hermosa como la
mansión soñada para el placer , se respiraba tan bien ; el
espíritu se holgaba como si hubiera nacído allí. Cuán
distinto de vivir en esos entre -suelos de la calle del Sau
ce, oscuros , húmedos , donde ella se veía en la necesidad
de dormir con sus dos hermanos en la misma habitación.
Mientras la señora de Rubio vivía feliz , rodeada de
admiradores , de amantes, y de toda clase de considera
ciones, ella trabajaba día y noche, sin alcanzar á darles
siquiera lo indispensable, á su anciana abuela y sus pe
queños hermanos . Llamábanla virtuosa , y nadie se atreve
ría á darle un asiento en medio de esa gente feliz que reía
y se alegraba, mientras ella sufría y trabajaba. Ura cos
turera ! Una artesana ! ¿ Cuando ha ocupado un lugar en
tre la gente distinguida ? ....
Después de un momento de reflexión , como si recorda,
ra algo consolador en su situación pensó en su madre
su madre antes de morir, habíale dicho: -Josefina , es vir
tuosa, la virtud lleva en sí misma la recompensa. Cuando
se ha vivido practicando el bien, se arrostra la desgracia
con resignación y se llega á la muerte, mirando la mano ,
de Dios que nos dá su bendición. No le robes tu tiempo
al trabajo, ni aun para consagrarlo á oraciones demasiado
largas . Trabaja y espera. La recompensa de los buenos
se encuentra no sólo en la otra vida , sino también en
esta ....
108

En este punto de sus reflexiones volvió la cabeza y vió


á Alcides .
Señor, nececita Ud . algo?
Y Josefina, de pié, mirábale pálida y temblorosa.
-Sí, necesito hablar con tigo.
Josefina calló, sintiéndose ofendida por este familiar
tratamiento.
-He salido del comedor porque sospechaba que tú
estarías aquí.
-Pero pueden notar su ausencia, y no creerían que yo
soy inocente.
-No temas, linda mia. Todos hemos apurado sendas
copas, y la alegría es atronadora.
En este momento la algazara del comedor parecía au
mentarse notablemente .
Alcides se encontraba bajo la influencia del champaña,
que como acababa de decir, habíase apurado profusamente.
Estaba mas que nunca hermoso. El color lijeramente
sonrosado, los ojos húmedos , brillantes , los labios rojos,
y la fina nariz dilatada , dábanle aspecto atrevido y se
ductor.
Con la voz vibrante y apasionada habló:
-Mira Josefina, mientras tú aquí sola y triste te en
tregas á tus amargas reflexiones , otros allá, gozan y
rien, sin pensar mas que en su alegría.
Josefina, movió con profunda amargura su linda cabeza,
cual si se dijera á si misma : cierto, verdad .
-¿Sabes cual es la causa de esto? Es que ellos miran
la vida sin cuidarse de saber cual es el bueno ni el mal
camino, porque no conocen mas gufa que el placer. Quie
res pertenecer al número de los felices? ven, yo te guiaré.
Y Alcides se acercó á la joven intentando tomarla por
la mano .
-No, yo quiero ser feliz, pero honrada.
-Deja esas pretensiones que son tontas .
-La pobreza sin virtudes es doblemente despreciable
-dijo Josefina con dignidad.
-Qué te importa la estimación del mundo si yo te doy
la mía
-No, los hombres no estiman á las mujeres que ellos
mismos han perdido .
-Vaya , que me hablas como un oráculo pesimista.
104

-Soy joven, pero he sufrido mucho- dijo con tristeza


Josefina, como si con estas palabras, quisiera significar
cuanta experiencia había adquirido en sus desgracias .
-Esa misma desgracia te dá derecho á buscar tu feli
cidad, á toda costa , aun avasallando tus preocupaciones .
-¡Ah si supiera Ud . cuán desgraciada soy! Ustedes los
que gozan de los bienes de la fortuna, no alcanzan á com
prender lo que es la pobreza . No saben lo que es ver una
familia amanecer el día, y saber que no hay en la casa,
ni un mendrugo de pan , cuando dos niños sienten ham
bre, y una anciana siente frio . Y no hay más que una de
esas cuatro personas que pueda aplacar el hambre de los
niños y calmar el frio de la anciana; y esa persona es una
mujer, que muchos días se siente sin fuerzas para traba
jar, porque el sufrimiento y el trabajo aniquilan y
enferman.
Alcides miró enternecido á Josefina, Este atrevido Lo
velace, no era insensible á la compasión.
-Pobre Josefiina ! y tú te encuentras en esa situación
¿no es verdad?
-Si, yo que sufro y trabajo sin tregua, sin descanso ;
yo que no tengo derecho á amar, porque el hombre que
yo amara, no querria aceptarme por esposa,
Tú mereces ser la esposa de un príncipe, que ponga á
tus piés sus tesoros.
Josefina sin atender á la galantería demasiado vulgar
de Alcides, continuó diciendo .
Yo no soy más que la pobre costurera de la calle del
Sauce, que vive hoy de la caridad de la señora Rubio.
-Pobre Josefina ! ¿Quiéres admitir mi protección ? Te
prometo ser tu protector desinteresadamente.
-Gracias la protección de Ud . sería mal interpretada :
no la admito.
-Josefina, se tú mi ángel tutelar, tú puedes regenerar
me y comvertirme ............ yo seré tu esclavo, sé tú mi
reina .
Y Alcides con la delicadeza del caballero besó la mano
que le abandonaba , y ella con la sinceridad de la virtud
desgraciada, le refirió á Alcides, sus trabajos sus penas,
sus angustias, su vida toda .
¡ La virtud desgraciada ! Hay acaso nada más interesan
te y conmovedor ! ......
- 105 -

En lo mas importante, y más patético de este diálogo,


en el que, Josefina refirió á Alcides la triste historia de sus
penurias; fueron ambos sorprendidos por un diálogo en el
que creyeron reconocer la voz de la señora Rubio.
Como movidos por un resorte Josefina y Alcides , pu
siéronse de pié; y se dirigieron hacia el lugar d- donde pa
recía venir la voz.
Prestaron atención , conteniendo ambos hasta la respi
ración, que en ese momento era irregular y ajitada
Alcides con un movimiento instintivo tomó á Josefina
por una mano, ella llevó la otra al pecho , como si quisie
ra detener los tumultuosos latidos de su corazon .
Con gran asombro oyeron que Blanca le decía á Faus
tina .
-Ya es hora. Cierra esta puerta para que él no pueda
salir por aquí. Grita mucho y finge gran miedo .
-Ya verá U. que bien hago mi papel, el señor Alcides
caerá en la trampa.
Lescanti ; como hombre de mundo muy corrido en aven
turas complicadas y atrevidas, comprendió en el acto el
verdadero propósito de las órdenes que acababa de escu
char y mesándose los cabellos con la más profunda indig
nacion esclamó : -Infame, infame ! Esta es una celada
que me ha tendido Blanca Sol.
Josefina que al pronto no se dió cuenta de las palabras
de Alcides, se imajinó que ella tambien podia ser vícti
ma de este peligroso lance, y trémula y casi llorosa ha
blaba :
-Estoy perdida ¡ Dios mio Dios mio ! Que va á ser de
mí si me encuentran aquí con el señor Lescanti .
-Nada tema U. le dijo Lescanti estrechándole las ma
nos. Josefina, el golpe va dirijido solo contra mí.
-Pero ¿qué sucede ? ¡ Ay Señor ! yo no comprendo una
sola palabra de todo esto.
Alcides como si hablara consigo mismo continuó, di
ciendo . Todo lo adivino . Blanca me ha dado una falsa ci
ta en su dormitorio para exhibirme como amante burla
do , desempeñando el ridículo papel de ser sorprendido
por sus amigos y su marido , ¡ Ah ! hoy es el 12 de Agosto !
....No importa, yo voy á arrostrar ese ridículo .
Al escuchar estas palabras ella, deteniendo á Alcides le
decía:
BLANCA SOL 14
- 106 -

-No, yo no quiero, yo no puedo, consentir en que lo


humillen á U.
Josefina con ese instinto delicado de la mujer que ama,
comprendió el peligro que le amenazaba á Alcides, y tem
bló á la idea de que él arrostrara el ridículo delante de
tantas personas y mas aun delante de otra mujer, de la que
ella miraba ya como su rival . Y arrebatada por tierno y
generoso afecto se asió de los brazos de su amante é im
pidiéndole la salida deciale con ardoroso afecto:
-No, no salga U. Quedese aquí. Poco importa lo que
digan de mí. U. sabe que soy inocente y eso me basta.
Lescanti sumamente conmovido sintiendo subírsele la
sangre al cerebro, y seducido su corazon por aquella ma
nifestacion de bondad, de ternura y de audacia para sacri
ficarse por él, la estrechó contra su pecho con efusivo
afecto, y bésandole respetuosamente los cabellos, levan
tó los ojos al cielo, diciendo : Josefina: le juro por la me
moria de mi madre, que si llegara á comprometerse la
reputación de U. mi nombre, mi honor, mi vida serán res
ponsables de la honra y del porvenir de U. Si antes le he
prometido ser su protector, desde este momento le asegu
ro que U. ocupará un puesto muy alto en mi corazón. La
indigna conducta de Blanca al lado del generoso despren
di nuto de U, me prueba que no hay comparacion entre
los seres egoistas y pervertidos y los ángeles del cielo.
En este momento Alcides, separándose violentamente
de Josefina, que le tenia asido de la mano , salió de la ha
bitacion de esta y pasó á la alcoba de Blanca, donde, co
mo ya queda narrado, fué sorprendido, por los amigos
que le prometieron premiarlo como al gran vencedor, al
amante de Blanca Sol.

XXI.

Alcides era algo fatalista; y vió la mano de su destino ,


en ésta feliz entrevista que la casualidad , y sin duda su
buena estrella, le presentaban. Y tal fué la fuerza y el do
minio de sus convicciones, que sentíase radicalmente cu
rado de esa su malhadada pasión por Blanca.
Despues de esta escena rara en que la señora de Ru
bio obedeciendo á un plan bien combinado, ó mejor, mal
combinado para su honor ; llevó à sus amigos para que se
- 107 -

divirtieran sorprendiendo á Alcides en su alcoba ; él ba


bía salido de la casa indignado y resuelto á no volver ja
más; pero muy luego cayó en cuenta que podía saborear
el placer de referirle él mismo la entrevista que, cua ' ra
ya de luz celestial, había llegado hasta él, para embelle
cer los crueles momentos que ella le deparaba.
Así vendría un rompimiento definitivo, dejándole ma
yor libertad, y quizá tambien, tranquilidad de ánimo pa
ra pensar solo en Josefina; en la virtuosa jóven á quien
él quería amar, como un medio de salvarse de aquella es
clavitud que há tiempo le mortificaba.
Principiaba á sentir en su corazón, esos momentos de
resfrio que preceden á la completa extinción del amor, y
resolvió ir donde Blanca, no á pedirle explicaciones, que
entre ellos bien pudieran, en vez de llegar al duelo , Ile
gar á la caricia, sino que fué, resuelto á darle cruel lanza
da que terminaría por eterna despedida.
Se detuvo á meditar sobre tan atrevida resolución .
¿No perjudicaría con esta resolución á la hermosa cos
turera que tanto lo amaba? y que tan generosamente ha
bia querido sacrificarle su reputación con tal de salvarlo
del lance ridículo, que como un lazo le tendió Blanca?
Pensó desistir á este proyecto; pero reflexionó que la
salida de Josefina de la casa de la señora Rubio, léjos
de perjudicarla , favorecería sus proyectos de protejerla,
de amarla, y quizá también de darla su nombre.
Josefina al lado de Blanca, no sería más que la oscura
costurera de la señora de Rubio, en tanto que, bajo su
protección, él llegaría á darla, si nó su nombre, cuando
menos , desahogada condición.
Dirigióse, pues á casa de Blanca, para saboerar el pla
cer de la venganza, hiriéndola en su amor propio, único
punto vulnerable donde juzgaba que podría herirla él .
Elijió la hora en que don Serafin, acostumbraba salir
de la casa , y las visitas de Blanca, no habían aún princi
piado á llegar.
Ella le recibió cariñosamente, quiso darle amorosas es
cusas , pretendió convencerlo que todas sus desgracias
provenian de la torpeza de Faustina: dijole que la salida
de él del comedor, fué algo intempestiva, y hubiera lla
mado la atención, no solo de sus convidados , sino más aun
de su esposo, caso que ella le hubiera seguido después,
-- 108 -

como convinieron, se extendió largamente dándole expli


caciones para manifestarle que cuando los comensales
dejaron la mesa y pasaron á las otras habitaciones, don
de acostumbraban fumar, y jugar á las cartas le fué á
ella imposible salir .
Alcides se negó repetidas veces á escucharla, y mani
festando suma indiferencia y grande serenidad , díjola:
-Yo señora no he venido á pedir explicaciones de ex
travagancias, que viniendo de U. todas me parecen acep
tables.
-Eestá U. muy enojado?
-No, al contrario, he venido á manifestarle cuánto
agradecimiento le debo á U.
-Agradecimiento ¿de qué?
-De las dos horas deliciosas que pasé en su alcoba.
-¡Ah ! ya comprendo, se entretendría U. en mirar los
magníficos cuadros que hay en mi dormitorio.
-No, me ocupé en algo mejor.
-Se pondría U. á registrar mi álbum de recuerdos?
-Nada de eso iguala á la felicidad que he gustado allá.
-No comprendo ¿qué es lo que hizo U?
-
-Amé como nunca he amado, como sólo se puede amar
á la mujer pura y virtuosa.
-Quiá ! ¿cree U. que puede darme celos?
-No, quiero decirle que entre nosotros no habrá en
adelante más que una buena amistad : amo á Josefina, cu
yas virtudes sólo anoche en las dos horas que pasé en el
dormitorio de U. al lado de ella, he podido valorizar.
-¡Como ! Es verdad lo que U. está diciendo.
-¿Por qué lo duda U?
-Pero eso es una infamia inaudita .
-Nunca como la de U. , señora y sepa U. que anoche
he recibido pruebas de ser Josefina tan noble y generosa,
cuanto U. es desleal y péifida .
Y para no desafiar los arrebatos coléricos de la señora
de Rubio, Alcides , con tranquilo ademán y sonrisa desde
ñosa , dirigiose, á la puerta de salida , después de una ligera
y cortez vénia de despedida .
Blanca, enfurecida al ver que con su intempestiva reti
rada la privaba de desahogarse hablando, tanto cuanto era
capaz de hablar en estas situaciones, dirigióse á él para
C 109 C

apostrofarlo diciéndole :-Es U. un pérfido, un infame, un


caralla, un ... ¡ Díos mío ! ¡Ya no me oye!
Descubrir una infamia inaudita y no poder dar pábulo
á la indignación, no poder desahogar la cólera, hablando,
insultando , riñendo ....
Y además ¿quién podía asegurarle, si Alcides no estaba
ya verdaderamente, enamorado de Josefina? ¡ Ah ! si tal
sucediera, se interpondría entre ellos y reconquistaría el
amor de Alcides.
Su mayor indignación era contra Josefina , contra su
costurera , y con esa rapidéz de acción con que resolvía
todos los actos de su vida , dirigióse donde Josefina para
arrojarla de su casa como un animal dañoso . Antes quiso
informarse de la verdad por medio de Faustina .
Ella que fué la encargada de salir dando voces, y pi
diendo socorro, sabría sin duda lo que hacían en su alcoba.
Faustina informó á la señora de Rubio , aunque con es
casos detalles , de la escena entre Josefina y Alcides .
Faustina oyó que hablaban en tono declamatorio ; pa
recía que él rogaba y ella se escusaba : no pudo ver nada,
por temor á que los amantes se apercibieran que los es
cuchaban. Y luego como se trataba de dar una sorpresa
y tomarlos por ladrones, no quiso ni respirar, y limitóse á
cumplir al pié de la letra , las órdenes recibidas .
Blanca cada vez más furiosa hartó á insultos á Faus
tina.
-¡Animal ! ¡ estúpida ! parecíale imposible que no hu
biera comprendido, que si Alcides hablaba con Josefina,
cosa no prevista por ella, no debía haberlos dejado una
hora entera, sin dar la voz de alarma, que le fué ordenada
muy de antemano.
Y como sucede siempre en esas circunstancias , otra
criada, la niñera del último vástago de D. Serafin, declaró
muy escandalizada, que ella había presenciado muchas
entrevistas de la costurerita, de la señorita Josefina, con
el señor Alcides .
-Raro que la señora no los haya visto , si hablan lar
go y teniendo en el corredor : ella del lado de adentro , y
él apoyado en la puerta, que Josefina , abre sólo cuando lo
vé llegar .
Con que ella lo amaba! La infame, la pérfida, ya paga
rá caro sus culpas ! ....decía llena de impetuoso coraje la
-110 P

señora de Rubio , dirigiéndose á la habitación en la cual


Josefina. ocupada en trabajar un lindo ramo de flores,
estaba muy ajena á la tempestad, que en ese momento se
desataba sobre su cabeza .
-¿Con qué U. se atreve á dar citas á sus amantes en
mi propia casa?
-¡Señora... yo ....¡ Ah ! eso no es cierto !...
-Es U. una muchacha pervertida. Salga U. ahora mis
mo de mi casa y vaya á morirse de hambre, como lo es
tuvo antes que yo le diera á U. mi protección.
-¡Señora tenga U. compasión de mi !
-Salga U. sino quiere que la arroje con mis propias
manos, y Blanca airada y furiosa, dirigióse hacia la jo
ven, que aterrada con esa amenazante espresión, púsose
de pié y tomó su manta de calle.
En los caracteres vehementes las impresiones violentas
se manifiestan siempre, por explosiones de cólera y furio
sa impaciencia.
Aquel día Blanca dió de cachetes á Fauetina por ....
porque sí.
Riñó por distintas causas con el malaventurado don
Serafin, que en sus adentros se consolaba, diciendo: -Así
es ella. Qué mujer tan rara ; ya le pasará ! ....Y yo que
cada día la amo más !
Luciano que vino á visitarla, no salió mejor librado de
la animosidad colérica de Blanca. Le dijo que era un
adulón sin dignidad, que pasaba la vida'mendigando invita
ciones y engalanándose con los méritos de sus amigos por
carecer él de los propios: le dijo que si era buscado y con
vidado, no era porque miraran sus cualidades personales
sino porque en sociedad, se necesita de los hombres pe
queños , como en los empedrados de las piedras menudas,
para que llenen los huecos.
Luciano que no sabía enojarse con ninguna mujer cuya
amistad le era indispensable para su papel de joven á la
moda; tomó á broma las injurias de Blanca, y fingiendo
risa y festejando los conceptos ofensivos, de la que él lla
maba su amiga, apresuróse á despedirse diciendo en un
aparte muy expresivo : Hoy está la señora Blanca, con
toda una legión de demonios en el cuerpo.
Sí, cierto, ella sentía una legión de demonios que le
devoraban el alma.
111 -

¡ Los celos ! ¡Ella celosa ! Y ¿de quién? de Josefina, de la


desarrapada costurera que había vivido en un cuchitril
donde ella sintió sofocación, nauseas, producidas por el
aire viciado de las habitaciones, que son á la vez cocina ,
dormitorio y comedor ...... Oh ! esto era horrible ! ....
Su dignidad y su altivez, sintiéronse hoy más que nunca
heridas.
Pero luego llególe la reflexión y después que su indigna
ción y su rabia, desbordadas en torrente de palabras, ha
llarón el desahogo necesario, serenóse un tanto su ánimo,
y por reacción natural del espíritu , dió á su pensamiento
más alagüeño rumbo.
Alcides la amaba, estaba furiosamente enamorado de
ella. ¿Por qué desesperar? Las entrevistas con Josefina,
quízá si no eran más que pasatiempos , recursos de ena
morado desgraciado . Ya mandaría ella á llamarlo y esta
ba segura que él regresaría más rendido, más humilde y
más amante que nunca.
Ella, Blanca Sol, se consideraba ridícula, y hasta digna
de burla, sintiendo celos .... y de Josefina!
¡ Vaya ! Valía más que se ocupara del vestido que había
de llevar el Lunes á la recepción de su amiga, la señora C.
Mientras Blanca hacía estas reflexiones, Josefina, triste
y llorosa encaminábase á la casa de su abuela, donde los
desvelos y el trabajo serían como antes los compañeros
de su vida.
En medio á su aflicción , una idea consoladora acudió á
su mente: si la señora Rubio la arrojaba de su casa, era
porque veía en ella rival temible y digna de atención .
¡ Rival de una gran señora!
Al hacer esta esclamación, sus lágrimas cesaron de cor
rer y su corazón regocijóse dulcemente.
Rival de Blanca Sol ! Ella, la oscura costurera de la calle
del Sauce ! ....No debiera estar la señora Rubio muy
segura del amor de su amante, cuando así se alarmaba
con la presencia de una pobre costurera, y Josefina que
al salir expulsada de la casa, columbraba horrorizada, no
tanto la miseria que le aguardaba , cuanto el probable ol
vido de Alcides, sintióse algo más confortada y esperan
zada.
En concepto de Josefina, Alcides era el amante de la
señora de Rubio.
- 112

XXII.

Cuando Josefina llegó á su antiguo domicilio , más tris


te hoy que antes, salio, como de ordinario á recibirla su
abuela, la señora Alva .
-Qué temprano has regresado hoy, querida hijita .
Luego, mirando á Josefina, agregó: -Y estás horrible
mente palida ! ¿Te sientes ma!? Me parece que hubieras
llorado. ¿Te aflije alguna pena?
-No, nada tengo, ninguna pena me aflije.
-Vaya , sería cosa curiosa, que ahora que todos esta
mos en la casa, contentos como unas pascuas, vinieras tú
á ponerte triste . Mira ; ven, te voy á enseñar algo que te
gustará.
Y la señora Alva, queriendo distraer á Josefina, llevóla
para mostrarle algunos objetos , cuyo arreglo la ocupaban
días há.
-Mira-dijo -ya tus hermanos tienen cama blanda y
abrigada para estos meses de invierno . Desde mañana
principiarán á ir al colegio. ¡ Qué felicidad ! Ya puedo ver
que mis nietos reciben educación digna de su elevado
nacimiento. Mira, les he comprado estos dos vestidos....
¿que te parece? y también estos zapatos. Ya no sucedará
como el día pasado, que los arrojaron del colegio, no
por faltas que cometían, sino por los vestidos demasiado
viejos . ¡ Oh cuanto debemos agradecerle su protección á
la señora de Rubio !
-¡Ah mamá, muy desgraciadas somos ! -exclamó Jose
fina sin poder ocultar su emoción .
-Si, hemos sido muy desgraciadas; pero Dios se ha
compadecido al fin de nosotros . Yo, aunque antes pare
cía estar muy contenta, no lo estaba; no podía estarlo ,
viéndote á tí, hijita mía , trabajar más de doce horas al
día . En la noche , cuando nadie me veía , lloraba mucho;
lloraba pensando que tú no resistirías ese trabajo ince
sante, y que morirías como tu madre ......Y entonces
pensaba, que sería de mí , qué sería de tus dos hermanos ,
si te perdíamos á tí ....ellos son dos criaturas , que no
pueden trabajar , yo una anciana, que no sirvo para nada .
En este punto Josefina no pudo resistir más, y lanzán
113

dose al cuello de la señora Alva, prorrumpió en amargo


llanto .
-¡ Madre !... .¡Madre! estamos otra vez solas en el
mundo!
Ambas quedaron por un momento estrechamente uni
das y llorando . La señora Alva parecía no haber com
prendido las palabras de su nieta, y la miraba asombrada.
¿Qué es lo que quieres decirme? ¿Has perdido acaso
la proteción de la Señora Rubio? Ya sabes que para re
sistir el infortunio, siempre hay fuerzas en mi alma. ¿Ha
bla, qué ha sucedido?
Josefina no podía contestar, los sollozos embargaban su
VOZ.
-Ya lo comprendo: esas grandes señoras creen que
los pobres debemos quedar al nivel de los animales do
mésticos de su casa-observó la señora Alva, con toda la
altivez que su sangre y su alcurnia le inspiraban.
-Hoy mismo-dijo Josefina enjugando sus lágrimas
es necesario que vayas donde todas mis parroquianas , y
les avises que vuelvo á coser vestidos y á trabajar flores.
-Pero dime ¿qué es lo que ha sucedido?
-Mamá, no me exijas que te revele lo que debo callar;
es un secreto .
-Josefina: - dijo con solemne acento la señora Alva
mientras más rudas son las pruebas á las que Dios somete
la virtud, mayor es el premio que debemos esperar, Ten
valor no desesperes ; si hoy la señora Rubio nos retira su
protección , mañana la Providencia nos enviará , lo que
perdemos con ella , si es que hemos sacrificado bienes ma
teriales á los grandes bienes del alma .
Y la señora Alva , con ese espíritu templado en el in
fortunio , y alentada por su aristocráticas aspiraciones ,
recibió tranquila y resignada la cruel noticia , de que su
nieta volvería á trabajar sin tregua ni descanso , y la es
casez y la pobreza , volverían á morar entre los suyos hoy
tan felices .
Llegada la hora de comer, Josefina estuvo muy triste,
parecíale impasable el frugal alimento que su abuela le
presentaba.
¡ Dios mío ! Era posible que en tan poco tiempo ella se
hubiese acostumbrado á los suculentos potajes de la mesa
de la señora Rubio ! ............
BLANCA SOL 15
114 -

Dejó los platos sin haber logrado pasar un sólo bocado .


Se dirigió á su dormitorio; quería pensar con entera li
bertad en Alcides .

XXIII.

Blanca Sol había principiado á amar á Alcides, preci


samente porque comprendía que él había cesado de amar
la. Sin darse ella misma cuenta, él fué adquiriendo gran
des méritos é inmensos atractivos , que antes no llamaron
su atención, como si el amor hubiera llegado á iluminar
la parte más bella del alma de Alcides , aquella parte que
sólo podía estimarla hoy que le amaba.
Y luego, para que Alcides se elevara como si vientos
amigos le llevaran á las nubes; tenía á su lado, á la vista,
el término de comparación, ¡ Qué diferencia ! Alcides y
D. Serafin !
Por primera vez, antojósele hacer la autopsia moral de
su esposo Más como la disección se verificaba partiendo
del punto de vista de lo bello ó lo simpático, resultó mi
D. Serafin, conceptuado por su esposa, sin ninguna buena
cualidad moral .
Muchas veces ocurrióle , antes de ahora , calificarlo,
contentándose con estas sintéticas palabras : tiene el alma
atravesada; pero hoy no, hoy no se contentaba con este ,
que juzgó incompleto calificativo, y fué más allá : y como
si su corazón necesitara disculpas, quiso poner en relieve
los defectos de su esposo .
Así á medida que decrecía su estimación para él crecía
su pasión para Alcides; pero con su natural coquetería,
había retardado con amaño y sagacidad el día de una de
claración que fuera inevitable caída.
Por fin, llegó la violenta despedida de Alcides , y ese
fué el día que puede llamarse estallido de la pasión .
Entonces Blanca Sol amó y amó con verdadera pasión ;
como sólo amara á los veinte años.
Entonces pensó renunciar á la sociedad , al lujo, y vivir
vida aislada, modesta, sin más felicidad , sin más alegría
que la que él pudiera darle.
Y¡cosa rara ! también á sus hijos, á los hijos de D. Sə
115

rafin, principió á amarlos con ternura hasta entonces por


primera vez sentida.
Y D. Serafin, presenció la escena singular para él , de
ver á Blanca, pasar horas enteras , entretenida con las gra
cias de sus hijos pequeños, prodigándoles caricias y pa
labras de maternal afecto . Y ¡ cosa más rara todavía ! de
jaba de asistir á tertulias y fiestas , dadas por algunas de
sus amigas, prefiriendo quedarse en casa muchas veces
sola y triste ,
¿ Sería que Blanca iba á principiar á ser amadre de sus
hijos y amorosa esposa de él? » Con esta idea su corazón se
henchia de regocijo y esperanza . Pero luego recordó
esa maldita cama, separada por todo un girón de piezas,
que hasta entonces Blanca se empeñaba en alejar de la
suya, y suspiró triste y desconsoladamente.
Si D. Serafin hubiera sido capaz de un tantico más de
perspicacia, hubiese observado, que en los bailes y paseos
la ausencia de su esposa, coincidía con la ausencia de
Alcides, y que ella, dejaba de asistir á fiestas y tertulias,
solo por estar bien informada de que no había de encon
trarlo á él allá.
Qué felicidad es contar con amigos como Luciano:
ellos prestan servicios importantísimos , y en caso de ne
cesidad, hasta descienden de su condición de adoradores
apasionados , á la de terceros . Así Blanca llegó á obtener
datos exactos y sabía si Alcides asistiría á tal ó cual in
vitación, ó frecuentaría esta ó la otra amistad .
Blanca, después de la riña con Luciano, riña á la que
él no dió importancia alguna , quiso hacer las paces, pen
sando que en esa circunstancia, necesitaba más que nun
ca de su reporter .
Luciano, no vió en tal conducta sino uno de los raros
caprichos de su amiga, y cumplía con informarla hasta
de los menores detalles de la vida de Alcides, no sin dejar
de asombrarse al comprender que Blanca, amaba verda
deramente.
Un día D. Serafin decíale á su esposa:

Parecéme que llevas vida demasiado triste, si tú
quieres, iremos esta noche al teatro .
-La compañía que trabaja ahora , es tan mala, que ....
Cierto; pero como tenemos el palco abonado , te dis .
traerás allá algo más que en casa.
116

-Veré á Alcides, pensó Blanca, y convino en asistir por


la noche al teatro .
Allí estuvo él.
Blanca le contempló amorosamente; hasta llegó á ima
ginarse, que le sería posible vivir así, completamente
dichosa, sin más alegría que verlo aunque fuera á la dis
tancia.
Había, entrado de lleno, totalmente, al amor apasiona
do y resignado ,
Vió con inmenso regocijo , que Alcides, fijó en ella más
de una vez sus gemelos de teatro.
-Me ama aún -pensaba con íntima satisfacción.
D. Serafin también estuvo sumamente contento : parti
cipaba de la ya rara, alegría de su esposa.
De regreso del teatro, ella se dirigió á su alcoba, él la
siguió resueltamente.
Había concebido un atrevido proyecto .
Blanca había estado tan hermosa tan seductora que....
¡Vaya ! ¿pues qué? no era el acaso su marido? ....
Blanca estaba contentísima, era preciso aprovechar tan
propieia ocasión ,
Acababa de ver Orfeo en los Infiernos y estas óperas
bufas impresionaban mucho á D. Serafin .
Blanca se dirigió directamente á su espejo. Quería mi
rarse para cerciorarse una vez más de que estaba hermosa .
Alcides había fijado muchas veces en ella su mirada .
¡Ah ! él volvería á caer pronto á sus piés ! ...
Sentíase rejuvenecida , hermoseada .
¡ Treinta años ! No, ella no tenía treinta años. Solo á los
quince se ama así con tanto ardor
No quiso llamar á Faustina ; ella sola pensaba desvestirse.
Principió á desatarse el peinado , y sin dejar de mirarse
al espejo hablaba con D. Serafin; éste desde el sitio en
que estaba, veía la imágen de su esposa reproducida en
el espejo.
No te parece que el cerquillo me asienta mejor así en
rizado como lo he llevado esta noche.
-Sí, esta noche, has estado muy bien.
Y sin volverse á mirarlo , Blanca, arreglaba y desarre
glaba el undoso cabello , que como nube dorada por un
rayo de sol, llevaba en la frente, prestando mayor hechizo
á su lindo rostro .
1
117

-No sé que tienes esta noche ; los ojos te brillan como


nunca.
-Es que estoy contenta, muy contenta.
-¡Albricias ! mumuró don Serafin ,
-Cuanto me alegra verte así.
-Sí, estoy contenta, y pienso ir á la primera tertulia
á que me conviden. Este traje granate que he tenido esta
noche no te parece que me sienta mejor que los otros,
-Sí, has estado muy bien esta noche,
De pronto Blanca se volvió con intenciones de senterse
en el diván á esperar que su esposo se retirara á sus ha
bitaciones, para poderse acostar ella y quedóse pasmada
mirando á don Serafin .
Estaba instalado definitiuamente .

Qué es eso ¿ piensas acaso quedarte aquí ?
D. Serafin tuvo tentaciones de decir:
¡ No ! Pero ....tuvo que rendirse á la evidencia y dijo.
-Sí y con amorosa sonrisa, balbució entre dientes algu
nas palabras más, que ella no llegó á escuchar .
Blanca sin manifestar enojo por aquel inesperado asal
to al lecho nupcial, hizo una mueca llena de gracia y con
tinuó riendo maliciosamente .
Después de haberse despojado de sus joyas y adornos
díjole á su esposo :
-Espérame que ya vuelvo luego--y dirijióse á las ha
bitaciones de sus hijos.
--Cada día está más corregida . Vendrá presto. Habrá
ido á ver á sus hijos --pensaba don Serafin .
Pero pasaron diez, veinte, cuarenta minutos.
De seguro que esta era una de las estravagancias de
Blanca . Qué demonios ! No hay como entender á las mu
jeres ! Cuando él se imaginaba que la suya estaba más
contenta, más satisfecha, salía con alguna novedad capaz
de sacar de quicio al mismísimo Job
Se vistió apresuradamente. Lllamó : ¡ Blanca ! .......
Blanca .
Donde diablos se habrá ido esta mujer.
Se dirigió á las habitaciones de sus hijos.
- La señora, pasó hace poco para el dormitorio de Ud.
-le dijo una de las ayas de sus hijos .
-¿A mi dormitorio? Esto si que sería gracioso ! ......
118

Y era verdad. Blanca estaba en el dormitorio de él con


la puerta muy bien cerrada.
D. Serafin sintió ímpetuos coléricos , y estuvo á punto
de echar abajo, á viva fuerza, esa puerta, cerrada sólo
para él.
Pero dominó su cólera y se volvió decidiéndose á sí
mismo: Lo que no ha de ser bien castigado, que sea bien
callado .
Y volvió á acostarse en la cama de Blanca, rabioso y
desesperado .
Este estado de ánimo no fué parte á impedir, que un
momento después , él durmiera profundamente.
Y mientras D. Serafin dormía, Blanca agitada, nervio
sa no llegaba á conciliar el sueño .
Y en esas horas de insomnio se entregaba á reflexio
nes tan sérias y profundas, que nadie diría brotadas en el
cerebro de la veleidosa y superficial Blanca Sol.
Su condición de mujer casada , y casada con un hombre
al cual hoy menos que nunca , podría amar, presentósele
con toda la espantable realidad de su vida.
Pensaba, que el matrimonio sin amor, no era más que
la prostitución sancionada por la sociedad : esto cuando
no era el ridículo en acción, como era su matrimonio ridí
culo que para ella era ya tortura constante de su corazón.
¿Qué sucesión de acontecimientos pudo llevarla hasta
casarse con D. Serafin?
Y ahora ¿qué remedio? ahora que menos que nunca
quería ser esposa de él .
Antes, cuando aun no amaba á ningun hombre, encon
traba más fácil , más hacedero tolerar, lo que hoy le era
insoportable y repugnante .
Si Alcides la amara como antes , si quisiera consagrarle
su vida y su porvenir, ella pensaría en una separación
definitiva, llevándose á su lado á sus hijos.
¡ Mis hijos! Por primera vez al pronunciar estas pala
bras sentía arrasarse sus ojos en lágrimas .
¡Ah ! ellos solos, podrían obligarla á aceptar el sacrifi
cio de vivir al lado del hombre ridículo, que de más en
más, tornábasele antipático.
Por dicha de ambos esposos, la escena aquella del dor
mitorio no volvieron á recordarla y D. Serafin llevando
adelante su principio de que, lo que no ha de ser bien
119 --

castigado , debe ser bien callado , manifestóse al día si


guiente atinadadamente tranquilo y sereno como si tal hu
biese sucedido.
Así ella continuó amando á Alcides y él amándola á
ella, resignadamente.
Esta situación de amante olvidada y desdeñada, era la
menos apropiada al carácter vehemente y apasionado de
Blanca, y un día resolvió hablar con Alcides, segura de
reconquistar aquel corazón , que por tan largo tiempo vió
á sus piés .
Bajo pretesto cualquiera , el primero que le ocurriera,
mandó llamar á Alcides, por medio de una esquelita muy
perfumada y muy afectuosa.
El, apesar de sus enérgicos propósitos de olvidar para
siempre á Blanca ; llevó á sus lábios la esquela, aspiró su
maléfico perfume, y besó el papel donde ella había posado
su mano.
En ese momento su amor á Josefina del que creía estar
tan seguro, se disipó como nube arrastrada por el huracán.
Dos horas después de recibida la esquela, Alcides atu
zaba sus largos mostachos, perfumaba su siempre hermo
sa cabellera , sembrada ya de hilos de plata, y mientras
se vestía, pensaba que, en el amor de ciertas mujeres hay
maleficio, algo que es más poderoso que la voluntad y más
imperioso que la razón .
Bien sabía, que Blanca le llamaba para principiar de
nuevo sus escaramuzas llenas de astucia y coquetería,
que no harían sino encadenarlo más y más sin esperanza
de llegar á la meta de su felicidad .
Conocía el juego siempre falso y mañoso de ella, é
iba persuadido de que, más que el amor lo llevaba allá un
capricho, ó quizá más bien , la debilidad de su voluntad
para resistir á sus seducciones.
Desde la noche que prometió á Josefina, ser su pro
tector y su amigo , Alcides huía de acercarse á Blanca,
con el mismo empeño que se huye de la desgracia . De
sechaba el recuerdo de Blanca como un mal, y acariciaba
la imágen de Josefina, como la imágen de la felicidad .
Quería persuadirse á así mismo de que su amor á ésta,
era un sentimiento que nacía de su corazón, en tanto que
su pasión á la otra, era un amorio que él debía borrar de
su recuerdo.
-120

Antes de tomar su sombrero se detuvo á reflexionar


sobre su última resolución. Lo que su conciencia, su razón
le dictaban, era no volver donde la señora de Rubio.
Pero .... sucedió lo de siempre ....Alcides no supo do
minarse.
Cuando Blanca le vió llegar, le sonrió cariñosamente y
con su voz de sirena y su mirada de hechicera ,le tendió la
mano, diciéndole. -Estamos de paz ¿no es verdad?
-¿Quién puede estar de guerra con U? :
-Vaya ! confieselo U. pensó darme celos no es
cierto?
-¿De qué modo?
-Diciéndome que amaba U. á Josefina.
-Y ¿qué le importa á U. que yo ame á Josefina?
-Cierto, que no debiera importarme, pero ....
—Qué, ¿diga U?
--
-Pero no puedo prescindirlo ; tengo celos.
-Celos , ¿U. que no sabe amar?
-El amor llega cuando el amante se escapa.
-Y el amor se va, señora , cuando el amante se cansa.
-Yo creía que el vocabulario amoroso, no conocía la
palabra cansancio.
—Sí, la conoce, cuando es el cansancio de la burla y el
escarnio .
-Vaya, Alcides , no hablemos de eso .
Y Blanca le tendió la mano , que él se apresuró á es
trechar y besar apasionadamente.
Un momento después , siguiendo su costumbre , de ve
terano de las filas de Cupido, Alcides arrodillado á los
pies de Blanca, le juraba con eficacia y fervorosamente
que su amor no había disminuido un punto, y que si estu
vo aquella noche con Josefina, fué para olvidarse un mo
mento de la ingratitud de ella , la única mujer que él
amaba.
Las palabras dichas entre ruido de besos, los besos
cortados tan sólo para dar paso al suspiro, que el exceso
de respiración les hacía exhalar . Promesas dichas al oído,
.......
para que ni el aire al pasar las pudiera sorprender ..
¡ Ah ! quién había de creer ; que aquella mujer tan tier
na tan apasionada, era la misma de otros tiempos, la burlo
na y satírica Blanca Sol ! ........ Quién había de creer ,
tampoco, que el corazón de aquel hombre, maldecía en
121

ese momento su suerte, que de nuevo le encadenaba á los


pies de Blanca, y acariciando á ésta , pensaba en Josefina,
en la virtuosa joven, cuyo amor le traía la única ventura
que él esperaba en lo porvenir: los goces tranquilos de la
familía y la dicha serena del amor que le ofrecía, la mo
desta costurera.
Así, pues , las palabras de Alcides, no fueron como las
de ella , expresión de amor y la pasión verdadera ; él habló
muy bien; pero habló sin convicciones . Frases empena
chadas, y románticas, que sonaban á huecas: ampulosida
des teatrales, más propias para dichas en un salón de bai
le, que en diálogo amorosamente íntimo.
Y para que, lo trágicamente ridículo de la vida, tuvie
ra su complemento, quizá necesario , faltaba sólo que el
destino del malaventurado don Serafin, trajérale en ese
momento, para sorprender la primera escena, verdadera
mente amorosa entre su esposa y Alcides.
En lo más apasionado de este diálogo, apareció él, en
trando , no por la puerta que daba al corredor, que á esa
cuidó Blanca de ponerle picaporte, sino por la puerta
que comunicaba con las piezas interiores. D. Serafin pe
netró en la habitación , distraidamente , sin imaginarse
que espectáculo tan estupendo, por su espantable reali
dad le esperaba .
Ella que le vió, no tan pronto como hubiera sido pre
ciso, para que él no se diera cuenta de lo que pasaba , dió
un grito, y arrojó violentamente á Alcides lejos de sí,
D. Serafin, adelantóse á largos pasos trémulo de rabia.
y con los crispados puños en actitud amenazante.
Alcides algo inmutado, pero tranquilo le esperó de pié.
Blanca, también de pié , estaba menos pálida que Al
cides .
-Infames ! vociferó don Serafin furioso .
Caballero estoy á las ordenes de U.
Sí, es necesario que yo lo mate á U.
-Será un duelo á muerte.
-Y á tí tambien , ¡ adúltera !-gritó don Serafin levan
tando las manos para lanzar sobre su esposa este horrible
apóstrofe.
Blanca, con su habitual serenidad recurrió á su inago
table astucia, y parodiando aquella escena, inventada por
Dumas, en la cual, María Antonieta sorprendida por Luis
BLANCA SOL 16
--122 -

XVI, en el momento en que su amante estaba postrado á


sus piés; ella, como la Reina de Francia dijo :-Pero que
significa todo esto? si el señor se ha arrodillado á mis
piés, sólo para pedirme la mano de Josefina, de mi pobre
protegida. 15
Alcides, halló la astucia de Blanca como uua salida
aceptable y dijo :
-Señor Rubio , si cree U. que con esto he ofendido á
su esposa, le repito estoy á las órdenes de U.
-Eso es mentira, yo quiero matarlo á U.
- Ahora mismo, si U. gusta.
-Qué haré ¡ Dios mío ! Mira Rubio te juro que el se
ñor me hablaba de Josefina, y me pedía de rodillas su mano
Quita de aquí infame !
Y don Serafin rechazó tan violentamente á su esposa
que la obligó á retroceder dando traspiés.
-Señor Rubio: entre dos caballeros como nosotros , no
hay necesidad de testigos ; estoy á sus órdenes.
-Sí , ahora mismo, no necesitamos de testigos para
romperle á U. el alma.
Alcides sin dar importancia á la fanfarronesca brabata
de don Serafin, salió él primero y bajó las escaleras , mi
rando con aire risueño el ademán amenazador de don Se.
rafin . Este sin tardar más tiempo que el necesario para
tomar su rica caja de pistolas de desafío , que por lo fla
mante y lustrosas , manifestaban que por primera vez
iban á perder su virginal pureza, bajó apresuradamente
las escaleras.
Ambos se encontraron en la puerta de calle.
Entre dos hombres que quieren matarse por una mujer,
siempre hay uno , que no debía ser sino el matador.
Antes de haber concluido de descender las escaleras,
don Serafin alcanzó á escuchar que su esposa lloraba
con agudísimos y desconsolados gemidos.
-Tal vez mañana estará viuda-pensó sintiendo aflo
jársele un tanto los músculos tensivos de su cuerpo.
El coche de Blanca estaba casualmente enganchado .
D. Serafin subió cometiendo la distracción de sentarse al
lado opuesto de la testera, lo que le valió una observa
ción de su cochero, que muy cortesmente le dijo: Va U.
señor de espaldas .
—¡Ohl…………… ¡Ah!. ... ..Oierto y cambió de sitio
128 N

Las lágrimas de su esposa enjugáronse más pronto de


lo que él pudo imaginarse . Cuando sintió que partían los
dos coches, recordó el susto aquel de marras, cuando fué
él á llamar á la policía para aprehender á los ladrones , lan
ce risible que sólo pudo acobardar el pusilámine espíritu
de su esposo. Después de recordar los detalles de aque.
lla escena con aire de íntima convicción dijo:-El no se
batirá ! … … …. ……….
Y mientras ella hacía esta exclamación, él en su car
ruaje, tirado por un par de briosos bayos , se dirigía á la
Pampa de Amancaes , órden que don Serafin muy enfáti
camente había dado á su cochero.
--Siga U , á ese carruaje-había ordenado á su vez Al
cides, subiendo á un coche de alquiler, que acertó á pasar
en ese momento.
Y ambos carruajes se dirigieron á la Pampa de Aman
caes, que más de una vez ha sido teatro de algunos due
los, y ese día lo sería del de un Ministro de Justicia , del
futuro candidato á la presidencia de la República.
En el tiempo que duró el viaje, que no puede ser me
nos de media hora, don Serafin como hombre prudente y
previsor , meditó larga y profundamente . t
Pensó que Alcides, era un tirador de primera fuerza ,
que sin más ni más , iba á clavarle una onza de plomo en
el cráneo. Se arrepintió de su ligereza en aceptar este de
safío, sin todas las formalidades del caso.
Y después de todo , —dijo - si este perillán me mata,
quién me dice que de aquí no se irá á donde Blanca , y ya
sin impedimento ninguno los dos se amarán...... se.....
oh ! .... .... no ! .... .jamás ... .... !
Luego recordó haber oído la relación de aquellos dos
duelos de Alcides, de los cuales, había resultado uno de
los contendientes muerto, y este fué como él un marido
celoso . 1

En este punto sintió que horrible escalofrío, helaba to


dos sus mienbros,
¡ Qué diablos ! un hombre no está obligado á dejarse
matar por el primer traga-cureñas que quiera ponerlo de
blanco de su revólver. De seguro que el que inventó los
desafíos no fué un hombre casado y con hijos . Y bien
pensado, es la mayor tontería, cuando no se va con entera
seguridad de matar, aceptar estos lances, que tal vez en
-- 124

tran en el plan de las felicidades , que con la muerte del


marido , ha de realizar el rival.
Y don Serafin en el colmo de su rabiosa desesperación ,
se mordía los puños y se retorcía de furor.
A su vez, Alcides, también se dió á cavilar, que tal vez iba
á morir. Y morir por una coqueta sin corazón, debe ser
cosa risible - decía, dando al diablo la hora en que acep
tó este desafío. Y si, como era probable, él mataba a ese
ridículo marido, que al fin y al cabo, era todo un Ministro
de Estado, ¿cuántos sinsabores podían venirle? Y luego ,
Josefina, ¿qué diría, al saber que se había batido con el
espose de Blanca?
Bajo la influencia de estas sérias reflexiones , llegaron
ambos á la hermosa Pampa de Amancaes .
D. Serafin, con su caja de pistolas bajo el brazo , des
cendió de su coche. Estaba mortalmente pálido , frio sudor
humedecía su frente y sus manos trémulas, estrechaban
fuertemente la rica caja de sus pistolas.
-Creo que hemos parado en el sitio más apropiado ,
dijo Alcides bajando del coche.
-Sí-contestó el mísero, pudiendo apenas articular
+23
esta sílaba .
Luego abrió la caja y presentando las pistolas , con tem
bloroso acento :
-No tenemos padrinos que carguen las armas -ob
servó.
-Cada cual cargará la suya.
Las armas se cargaron, las distancias se midieron , las
condiciones se ajustaron.
¡ Dios mío ! A don Serafin no le quedaba más que
una esperanza; que Blanca mujer fantástica y muy dada
á las escenas de efecto y dramáticamente raras, se le pre
sentara y cayendo de rodillas en medio de los dos , implo
rara el perdón de su falta.
A cada instante, imaginábase sentir el ruido de un co.
che, que velozmente traía á una mujer, (á la suya) que pá
lida, despeluznada, sacaba la cabeza por el ventanillo
del coche, agitando en la mano un pañuelo blanco , con el
que quería decirles : --Esperad , no os mateis !..
A medida que Alcides veía crecer el terror de don Se
rafin, mayor empeño manifestaba él en llevar á cabo el
125

desaffo . No obstante, quizá él deseaba menos realizar es


te lance.
Todo estaba ya listo y solo falqaba, que ambos comba
tientes tomaran sus respectivos sitios . Un momento más,
y la bala de la pistola de Alcides atravesaría el corazón
de D. Serafin .
Pero él, acercándose á Alcides, preguntó.
-¿Verdaderamente U. desea casarse con Josefina?
-¿Por qué lo duda U. señor Rubio?
-Me parecía que esto no era verdad.
-A fé de caballero se lo juro á U.
--
-Entonces ¿por qué nos batimos?
-Porque U. lo desea.
-Yolll...
Un momento después , los dos coches regresaban, tra
yendo á los dos contendientes, aunque no muy amigos,
muy satisfechos de verse libres de un grave peligro .
¡ Y eran dos hombres !!!..........
¡ Ah si hubieran sido dos leones ó dos gallos, uno de
ellos hubiera quedado valientemente dueño del campo.
Aquí se debe decir como Juan Jacobo Rousseau: «El
hombre que piensa es un animal degradado...

XXIV.

Siguiendo la tradicional costumbre de menguados y


cobardes, que muy bonitamente terminan sus lances de
honor, refocilando el acobardado ánimo con un suculento
almuerzo, D. Serafin y Alcides, debieron ir al Americano
á terminar su desafío; pero no fué así, y aunque en el
primer momento diéronse la mano amistosamente, muy
luego cada cual se dió á urdir la manera mejor de asir á
su rival por el cuello. 7. {
Si antes Alcides, fué valeroso y atrevido en los distintos
lances de honor, én que debió cruzar el acero con algún
ofendido marido, ahora que su amor á Blanca había lle
gado á ese grado en que la razón principia á argumentar;
porque al fin después de furiosa lucha, se siente ella más
poderosa que el amor ; el sereno raciocinio, sugirióle este
dilema: Ser valiente ante el marido de la mujer que no
M 126 -

se ama, es ser doblemente cobarde ante la propia con


ciencia: yo no debo, pues , matar á este desgraciado ma
rido . C

De aquí la falta de valor de Alcides, nunca comparable


á la cobardía de don Serafin , del señor Ministro de Jus
ticia, Culto y Obras Públicas .
D. Serafin regresaba de este raro desaffo, mny medita
bundo; pero no muy triste.
¡ Cosa más rara ! Parecíale que un peso inmenso habían
le quitado de sobre el corazón. Pensaba con íntimo regocijo
que Blanca mujer astuta y artificiosa , había de procurar
halagarlo, mimarlo, quizá acariciarlo para hacerle olvidar
la escena aquella que él vió perfectamente, y que estaba
muy lejos de ser una petitoría de la mano de Josefina.
En adelante sus derechos de marido ofendido le darían
valor para exigir muchas cosas, que él tanto deseaba y
que humildemente le era forzoso callar.
Sí, todo cambiaría en adelante. De víctima iba á pasar
á verdugo , de tiranizado á tirano.
Se presentaría siempre muy sério, muy altivo . Y ella
de fijo que tendría que ser muy amable, muy cariñosa,
muy condescendiente.
¿No era él el ofendido? ¿No era ella la culpable?
Apesar de sus furiosos celos, que tantas amarguras le
hicieran apurar; él prefería esta situación de marido ofen
dido, á la otra de marido desdeñado.
Las tiránicas y caprichosas arbitrariedades de su es
posa tiempo há pesaban sobre su amoroso corazón , con
insoportable pesadumbre.
En esos momentos, cuando iba á presentarse de nuevo
ante Blanca, bajo esta nueva faz, recorrió en su memoria
las distintas épocas de su vida.
Su juventud había sido muy triste, casi solitaria y ais
lada. El fué un joven moral, no por convicción ni por
principios, sino porque su padre le decía á todas horas,
que debía acostumbrarse á la vida metódica, la única que
conserva la salud y asegura la fortuna contra las asechan
zas de los que, con el nombre de amigos, no son más que
ruines especuladores de los ricos. ‫ܕ܂‬

Una querida, él no la tuvo jamás. Qué había de poder
sostener mujer el hombre que por toda renta , no llega á
127

contar más, que con aquella peseta, dada para dulces por
su avaro padre !....
Por eso su amor á Blanca fué como estallido de todas
sus pasiones y afectos,
La muerte de su padre, que le puso en condiciones de
llegar á la posesión de su inmensa fortuna; sólo acaeció
cuando él estaba ya encadenado á los piés, de la que de
bía ser su diosa y también su tirana.
Su padre, que siempre le hablara del matrimonio, como
medio de orden y economía, jamás hubiera consentido
que él tomara por esposa á la mujer que, en su concepto,
era la más derrochadora que existía en Lima.
Después de pasar revista á todos estos acontecimientos ,
rememeró las deliciosas horas de su pasada vida matri
monial,
Y volviendo la mirada hacia al presente, antojósole que
todo podía volver á su primitivo estado.
Por su parte, si Blanca se enmendaba , él estaba llano,
á perdonarla esta su primera falta.
Su situación la encontraba de mucho más fácil com
postura hoy , que lo que estuvo pocos días antes .
Por lo pronto, esa misma noche con todo el imperio y
los derechos de un marido celoso , volvería á la alcoba, de
la cual por tanto tiempo estuvo, caprichosamente alejado .
¡Ah! al fin iba á realizar este justísimo anhelo de su amo
roso corazón ¡ Qué felicidad ! ....
Y D. Serafin frotándose las manos, sonrióse con toda
la alegría que esta esperanza le trajera.
La verdad es, que después de haber sorprendido á su
esposa en medio á esta escena, significativamente amoro
sa; él estaba más contento, más tranquilo y más esperan
zado de volver á ser como antes, dichoso marido.
Lo que indudablemente le convenía, era llevar adelan
te la ingeniosa invención de Blanca, y dejarle creer, qae
el no dudaba que Alcides , estaba arrodillado á los piés
de ella, sólo para pedirle la mano de Josefina.
Bajo la influencia de estas conciliadoras ideas , llegó á
su casa; Blanca, aunque abrigando el humillante conven
cimiento de que su esposo no se bátiría, esperábale an
siosa y agitada .
Pero asi que le vió llegar, de una sola mirada, adivinó
1 128

lo que pasaba en el corazón de don Serafin, y corriendo


hacia él con ei rnstro iluminado por juvilosa expresión,
dijole :
-Gracias a Dios, que te veo llegar sano y salvo !
Blanca estrechó entre sus dos manos las de su esposo.
El tuvo necesidad de hacer grande esfuerzo para no abrir
le los brazos
Sintió impulsos generosos, hubiera querido poderle
decir:-Conozco tu falta, pero te perdono.
¡Ah! si ella hubiese podido ver en ese momento el cora
zón de su esposo, no se hubiera atrevido á esteriotiparlo.
diciendo , como dijo en otro tiempo : Tiene el alma atrave
zadá.
Y para ocultarle el triste concepto que ella tenía for
mado de su valor, aventuró tímidamente esta pregunta:
-Y Alcides ¿ha salido herido?
-No , él está como yo, sano y salvo.
Pues qué! ¿no os habéis batido?
Naturalmente ¿como había yo de ir á matar al novio
de Josefina?
-Si , cierto; pero ¿qué te ha dicho él?
-Me ha dado toda clase de explicaciones, que al fin he
tenido que convencerme, y suspender el duelo .
-¡Habla ! ¿que dice?
-Me ha jurado , que su matrimonio con Josefina se
realizaría dentro dos meses.
-¡Imposible ! exclamó ella con imprudente angustia.
Como ! tú no dices que él te pedía de rodillas la mano
de Josefina?
-Sí, es verdad ....pero...
-Pues, si señor , Alcides me ha dado la más cumplida
satisfacción, y en prenda de la veracidad de sus palabras,
me ha pedido que tú y yo seamos padrinos de su matri
monio con Josefina.
-Y tú ¿qué piensas? Autorizarás con tu presencia un
matrimonio que será el escándalo de la sociedad?
-Y ¿por qué no? Josefina es una muchacha bien naci
da y virtuosa.
-¡Virtuosa! Pues sabe que la he arrojado de mi casa,
porque la he sorprendido en citas con Alcides
-Que tal mosquita muerta; así son estas beatitas.
129

¿Quién había de creerlo? Muy bien has hecho. Con que


en citas ¿eh? Con razón el pícaro de Alcides nos visitaba
con tanta frecuencia ¿Y como es que has llegado á tan
in teresante descubrimiento?
-Aquella noche que Faustina dió de voces diciendo
que había ladrones en mi dormitorio ; eran ellos que
aprovecharon de la oportunidad para estar juntos.
—Ja, ja, ja ! qué tales pícaros ! ....
Y el señor Ministro, que estaba contentísimo, reía con
la naturalidad del hombre satisfecho .
Sí, don Serafin estaba contentísimo; acababa de salvar
de un desafio lleno de peligros , y luego venía á saber que
Alcides, verdaderamente amaba á Josefina.
Y mucho más lo estaría, si adivinara hasta que punto
el amor de Alcides para Blanca , había principiado á
evaporarse, dejando lugar á la reflexión y al razonamien
to. Y cuando un enamorado reflexiona, es porque está
desandando el camino del amor : ó lo que es lo mismo , ha
cambiado de rumbo, y avanza hacía más halagüeña y
seductora senda.
Como si la razón, apoyada por la indignación, por la
conveniencia y por la reflexión, hubiera sido el adalid ar
mado que valerosamente combatía contra de la señora de
Rubio, y á favor de Josefina; asi día á día fué desapare
ciendo el amor para la una y arraigándose el naciente
amor para la otra.
Blanca Sol iba á ser pues vencida por la oscura costure
ra de la calle del Sauce !.. ...
Y Alcides para evitar toda explicación fingió un gran
enojo, como resultado del ridículo desafio entre él y don
Serafin.
Enojo ¿de qué? De que ella hubiera desafiado las iras
de don Serafin, agregando la mentira á trueque de sal
varlo á él?
No le había mimado, acariciado, besado, en esos cortos
instantes, que precedieron á la desgraciada aparición de
su esposo?
Y para colmo de males en las naturalezas como la de
Blanca , las desgracias en el amor, sobreexcitan el orga
nismo, y avivan horriblemente la pasión , por lo mismo que
el amor propio, es el punto más vulnerable de su corzón.
¿Cómo era posible , que lo que ella había considerado
BLANCA SOL 17
180

como gran pasión, como una de esas pasiones , que en


ciertos hombres , resisten á todas las pruebas y sobrevi
ven á todas las decepciones , viniera al fin á encontrarse
con que no era más que un sueño, un poco de humo eva
porado?.... Cómo era posible que todo no hubiera sido
más que un capricho, uno de aquellos caprichos, que á
los hombres como Alcides pueden ocurrirles al doblar la
esquina de una calle?......
¡ Oh ! esto era horrible. Y para venir á parar en tanta
indiferencia, la había perseguido, casi acediado tanto
tiempo y con afán tanto.
Había acaso esperado verla rendida, amante, apasiona
da, para vengarse de los desdenes, resignadamente sufri
dos por él, y cruelmente inferidos por ella ! ....
Blanca no sabía qué pensar.
Alcides después del día aquel en que salió de la casa
para desafiarse con don Serafin , no había vuelto más, ni
aun había concurrido á ninguna tertulia de aquellas don
de ella iba sen'analmente.
En este estado de lucha y sufrimiento, vió la señora de
Rubio trascurrir una tras otras las horas de los días y los
meses.
Y ella que esperó ver á Alcides llegar furtivamente , en
momentos en que el no estuviera en casa, para decirle.
¡He salvado ! Te amo hoy más que nunca. Cúmpleme tus
promesas y seamos eternamente felices ! ....
¡ Dios mío ! pero ésto era agregar la burla al desamor .
Si había habido un desafio, tanto mejor. Un amante
que se bate con el marido de su amada, adquiere méritos
inmensos, incalculables.
Ella no había creido, no creería jamás , que Alcides, se
hubiera portado como decía D. Serafin, cobardemente. El
sí, el miserable, el debió ser el que temblaría en presencia
de Alcides .
Por su parte D. Serafin había vuelto á ser feliz. Qué
importaba haber visto á uno de los enamorados, postrado
á los piés de Blanca. ¡ Bah! Demasiado lo sabía él, que
Alcides, era uno de los fanáticos adoradores de ella.
Mientras tanto cuantas ventajas había alcanzado en su
nueva posición de marido ofendido.
Ya había vuelto á vivir como antes, es decir, ya era el
181

marido de su mujer. Ya no se le antojaba á Blanca decir


que el humo del cigarro la desvelaba.
Con tal que ella no volviera á cometer otra falta seme
jante, él la perdonaría de todo corazón .
Por el momento, lo que más necesitaba , era desechar
toda preocupación ó mortificación que ofuscara su inteli
gencia ó perturbara su espíritu .
Sus caudales amenazados de próxima quiebra, deman
dábanle, entera serenidad de ánimo y completa consagra
ción á sus negocios.
Principió por renunciar la cartera de Ministro, que tan
honradamente llevara, y en cuyo desempeño , si alguna
vez tuvo fragilidades ó cometió faltas, fue sólo por ceder
á las influencias, siempre irresistibles de su querida es
posa.
Se prometió á sí mismo, no volver á recordar jamás la
escena, de Blanca con Alcides , este maldito recuerdo le
trastornaba la cabeza y le producía grande perturbación
mental.
Observó con regocijo que Blanca , secundaba sus planes
de economía y de orden tan necesarios en sus difíciles cir
cunstancias.
Sólo si, le mortificaba el ver que ella, de ordinario tan
alegre, tan risueña , tan expansiva, estuviera ahora, de
contínuo meditabunda, disgustada, muchas veces colérica
y hasta alguna vez parecióle notar en sus ojos , indicios
inequívocos de llanto.
¡Llorar Blanca ! Esto conceptuábalo él imverosimil . A
no ser que llorara presintiendo la bancarrata que les ame
nazaba, única causa, á su juicio, aceptable para explicarse
las lágrimas de su esposa.
Si Alcides hubiera continuado visitándolos, tal vez
hubiera llevado sus sospechas al terreno sentimental amo
roso.
Pero ¿cómo había de imaginarse, que su esposa llorara
por un hombre, al que no había vuelto á ver más hacía
ya seis meses ; y para mayor_abundamiento , sabía con
evidencia que era el novio de Josefina?
Porque precisa saber, que esta vez D. Serafin , no de
sempeñó el papel de ciego y bobalías, que diz que es
propio de maridos desgraciados . No, él tomó muy sérias
medidas.
182 -

Un día llamó al mayordomo de servicio, al que entraba


con más libertad á los salones de recibo , y poniéndole un
billete de cien soles en la mano, díjole: Te pagaré muy
bien, sí cada día que yo regrese de la calle, me das por
escrito la lista de las personas que han venido á visitar á
la señora .
-Pierda cuidado el señor, que en eso, soy yo muy lis
to , -habíale contestado el criado.
Y en esta lista que le fué entregada puntualmente todos
los días, jamás veía el nombre de Alcides .
Respecto á salidas de calle, también obtuvo noticias
fidedignas y llegó á informarse, de que esas salidas eran
para ir de visitas ó de tiendas, lugares en los cuales , Blanca ,
se presentaba con sombrero y en talle, traje poco adecua
do, al concepto de D. Serafin, para asistir á citas amo
rosas.
Blanca se retraía día á día, con inexplicable insistencia
de fiestas y saraos. ¿Para qué ir á esos lugares, si ya de
autemano sabía que él no estaría allá? Hasta para las fies
tas de Iglesia , por la que antes manifestara entusiasmo
y deferencia, ahora apenas si llamaban su atención.
En esos días , vinierón á solicitarla para la colecta de
una pomposa obra piadosa, nada menos que para la re
construcción del templo de....
Una suscripción con la que ella hubiera dejado pasma
das y confundidas á las demás colectoras ; puesto que se
trataba de entregar por mensualidades una cantidad que,
aunque crecida, ella entre sus numerosos amigos, habfa
de reunirla en un santiamén, de cuatro papirotazos.
Pues así y todo Blanca Sol, rehusó el honrroso puesto
de Presidenta, que las señoras reunidas , con tan noble fin,
le designaron.
Lo cual dió por resultado , que gran número de las cursis
que quisierón ser colectoras, tan sólo por pertenecer á la
sociedad que ella había de presidir ; decepcionadas con
este fiasco, dieron al traste con la suscripción y la obra
piadosa abandonada y desesperada ocultó su rostro entre los
escombros de la antigüa derruida iglesia.
Muchas de las que se decían, señoras del gran mundo ,
juzgando este eclipse como completa decadencia, preten
dieron imitarla, esperando elevarse y ocupar el puesto de
Blanca en sociedad; pero como ninguna poseía las dotes
183 -

físicas é intelectuales, ni el chic de ella, no hubieran lle


gado ni con mucho , á destronarla.

XXV .

Como un medio de dominar la difícil situación, creada


por los últimos acontecimientos entre Blanca, don Sera
fin y Alcides; este último compró todos los créditos y
valores, que directa ó indirectamente, pudieran servirle
en contra de aquel.
La fortuna de don Serafin, estaba á punto de desapare
cer. Sus gastos, tiempo há que superaban en mucho á
sus entradas .
Para llenar este deficit, recurrió á los préstamos con rui
nosos intereses, y estos fueron como el agua, que entran
do_gota á gota en una nave, concluye por hacerla handir.
Las escrituras hipotecarias de don Serafin, estaban todas
con plazo vencidos; así pues, fácil fué para Alcides, com
prar esos créditos , que, mal pagados los intereses, y peor
asegurado el pago del capital, le endozaron los documen
tos, creyendo los acredeores, salir de un deudor casi insol
vente.
La fortuna de Alcides apesar de la vida regalada y de
los numerosos gastos que la recargaban, no había sufrido
el menor desfalco ; lejos de esto, distintos y atinados ne
gociados, habían casi duplicado el capital, recibido en he
rencia, á la muerte de su padre.
Después que Alcides hubo adquirido la transferencia de
la mayor parte de los documentos, eligiendo los de fácil
cobro, y también los que gravaban las fincas hipotecadas
por don Serafin ; llevó su atención á otro punto y pensó
en Josefina, en la hermosa florista, que debía ser para él ,
ángel custodio que le resguardara de las irresistibles se
ducciones de Blanca Sol.
En vano fué que Alcides, esperara por muchos días 1
recibir de Josefina, alguna misiva , anunciándole su salida
de la casa de la señora de Rubio y llamándole para pre
sentarlo á su abuela, como á su amigo y protector. La po
bre Josefina estaba muy lejos de pensar en buscar á Al
cides.
f

184 und

En el estado de miseria en que vivia, su amor propio y


su dignidad impusiéronle silencio. Una mujer tan pobre
como ella no podía, buscar á un joven como Alcides ,
sino para entregarle su honor, á cambio de su protec
ción.
Y para colmo de infortunios, en sus apremiantes nece
sidades, su abuela se vió obligada á llevar á la casa de prés
tamo, los únicos muebles de la pieza que servía de salita
de recibo.
La señora Alva , contando con la protección de Blanca,
cometió la imprudencia de notificar á las antiguas parro
quianas de Josefina, que su nieta no trabajaría ya, sino para
la señora Rubio; asi fué que á pesar de haber participado á
todas aquellas que volvía á ser la costurera y florista de
otro tiempo, nadie acudió á darle trabajo . Necesitaba que
trascurriera algun tiempo, y este tiempo sería de insalva
bles angustias .
Blanca, además , había cometido la grave injusticia de
no devolverle los vestidos , ni ninguna prenda de vestir
de las que ella dejó al salir de su casa. Los celos la lleva
ron hasta ese extremo .
Tres meses despnés de haber dejado la casa de Blanca,
Josefina, principió á ver que los zapatos estaban ya dema
siado usados, y el vestido negro, el de salir á la calle,
estaba tambien algo raido .
Como por efecto de economía, fuéles forzoso despedir
á la única criada que servía para compras de la pulpería,
los hermanos de Josefina, dejaron de asistir al colegio pa
ra prestar su pequeño continjente de servicios , desempe
ñando el oficio de mandaderos.
Entre los pesares que afligieron el corazón de la seño
ra Alva, ninguno tan hondo, como el de ver á sus nietos
«educándose como hijos de sirvientes. ¡ Ah ! y no había
remedio! La miseria con sus enflaquecidas manos amena
zaba ahogarlos á todos.
Cada día, cada hora , la situación tomaba aspecto más
alarmante , y el porvenir presentóseles á cada una de las
personas que componían la familia, sombrío y aterrador,
cual jamás le vieron en su vida.
Al fin Josefina , resolvió ir á buscar trabajo á casa de una
modista de fama : allí trabajando todo el día, ganaba ape
nas para la subsistencia de sus hermanos y de su abuela.
-
185

El orgullo de la señora Alva, sintióse cruelmente lasti


mado al ver á su nieta , á la hija de un acaudalado hacen
dado, de peona de un taller de costura.
Entre los muchos recursos, que para remediar la angus
tiosa situación de la familia, pudieron haber aceptado, ca
si todos tocaban con la insalvable valla de las ideas aristo
cráticas de la señora Alva.
Ir los niños á una escuela municipal á rolar con la
gente del pueblo ! ¡oh ! nó, imposible. Consentía en que Jo
sefina trabajara flores y vestidos, y esto era ya demasiado ,
para su orgullo y sus antecedentes de gran señora.
Apesar de su recto criterio, y sus austeras virtudes, no
cedía un punto, asi que se trataba de sostener su nombre
y su condición, que la colocaban en la primera clase.
Aun en medio de esta pobreza, ella esperaba confiada,
en Dios que premiaría sus virtudes y le devolvería su
perdida fortuna. Cada día que pasaba asombrábase de
que ese no fuera el que le anunciara su rehabilitación en
la sociedad. - Nó , esto no puede durar así: ¿acaso mi for
tuna fué mal adquirida? Díos se acordará de nosotros; es
peremos , --decíale á Josefina.
Y ambas, esperaban, si no tranquilas , esperanzadas y re
signadas con sus desgracias.
¿Qué era mientras tanto de Alcides? ¿El, el causante
de la desgraciada situación de Josefina, y el sólo llamado
á prestarle su apoyo y cumplirle el juramento pronunciado
la noche aquella, de angustiosa situación para él, y de no
ble y abnegada resolucion para ella.
Alcides buscaba desesperadamente á la jóven costure
ra; pero sucedió que había perdido su huella.
Recordaba que Josefina, un día de los muchos que ha
blaba con él, en el corredor de la casa de la señora de Ru
bio, habíale dícho :-Ya mi abuela ha dejado las estrechas
y húmedas habitaciones de la calle del Sauce, ahora vive
en otras, situadas en la calle de ...... es una casita más
aseada y mejor ventilada.
Desgraciadamente, después que perdió Josefina la pro
tección de Blanca, no pudiendo pagar su nueva y cómoda
morada, se vió en la necesidad de ir á ocupar otra en apar
tada calle más pobre y más triste que la primera.
Alcides preguntó, inquirió sin que persona alguna lle
gara á darle noticias ciertas de la joven.
-136 -

Sucedió, que habiendo en corto tiempo ocupado tres


domicilios en distintas calles , los vecinos últimos, ni aún
conocían de vista á la jóven costurera.
Seis meses habían ya trascurrido , y Alcides no se de
cepcionaba en sus pesquisas é indagaciones, para conocer
el paradero de Josefina .
Días enteros pasaban los espías asalariados por Alcides,
apostándose en la esquina de esta ó la otra calle, donde
vivía alguna jóven, que según noticias recibidas , poseía las
condiciones fisicas , por él designadas,
Alcides no alcanzaba á explicarse, cómo era posible que
en Lima no se pudiera conocer el domicilio de una per
sona que, aunque pobre, era de las que se llaman decentes.
Desesperaba ya de descubrir á la hermosa florista,
que día á día cautivaba su corazón con el incentivo que
para el amor posée, todo lo difícil lo misterioso, lo desco
nocido ; cuando al fin llegó á presentarse feliz oportunidad
para realizar sus ansiados descubrimientos; y esta oportu
nidad no debía ser otra, que una de las famosas procesio
nes de Lima.
Cada país, cada ciudad, cada pueblo tiene sus costum
bres, sus tradiciones, sus preocupaciones , que en el tras
curso del tiempo, llegan á imprimirle lo que puede lla
marse su fisonomía moral y característica.
Esta fisonomía característica de Lima, hase delineado
mejor que en otras de sus raras costumbres, en la de cier
tas procesiones que, como la del Señor de los Milagros,
es propia sólo de Lima.
Desde que Alcides bucaba á la costurera de la calle del
Sauce, no había dejado de asistir á ningún espectáculo
ó fiesta en que se congregara gran multitud de gente ;
atisbando con mayor cuidado, los lugares donde concur
ren muchachas bonitas y pobres.
La procesión del Señor de los Milagros, es concurri
dísima por la clase que en Lima está representada por la
gente de color : negros, mestizos, indios; pero todos ves
tidos con esmero, y llevando la flamante levita, comprada
expresamente.
Las criadas de casa grande y toda la gente del palo,
también se presentan emperejiladas ataviadas, con trajes
y mantas flamantes, desplegando en este día lujo inusita
C 137 -

do, que á mengua tendrían no estrenar rico vestido en tal


procesión.
Si el extranjero que pisa nuestras playas, hubiera de
juzgarnos solamente por la híbrida concurrencia que vie
ra en este día; apuntaría en su cartera algo semejante á
esto : En el Perú por cada cara blanca que se vé, hay diez
de color..
Pero si el tipo de la raza blanca , es escaso , en cambio,
parece que las más guapas y lindas jóvenes se dieran cita
para ir allá; pero cubriéndose con la tradicional manta pe
ruana; que coquetería de la mujer limeña , en todo tiempo
ha sido, ocultar su rostro, dejando, solamente visible lo
suficiente para que descubran qus es hermosa y seduc
tora.
Sin saber por qué, vago presentimiento llevó á Alcides
á la popular procesión, para buscar allá á su encantadora
aunque humilde dama.
Un sabueso husmeando la presa perdida en el bosque,
sería apenas comparable á Alcides, buscando á la joven
en medio de ese bosque de cabezas humanas , que se api
ñan y se agrupan, oscureciendo la atmósfera con el humo
del incienso, de las mil sahumadoras, que van delante
del anda del Señor de los Milagros .
Jamás acostumbraba Josefina , asistir á ninguna fiesta
pública, ni procesión religiosa ; fué pues la casualidad , ó
como dicen los fatalistas , su destino, que envolviéndola
en el torbellino de acompañantes , llevola allá .
Venía ella de entregar algunos trabajos, ansiosa de re
cibir la paga, que siempre llegaba á la casa, para llenar
urjentes necesidades : cuando sin poder evitarlo se dió con
la popular procesión , que , después de haber comido y be
bido en los Huérfamos venía á la Encarnación ; por que
es fama que Nuestro Señor, come y bebe en una Iglesia,
duerme en la otra , y va al siguiente día á refocilarse con
el almuerzo en la vecina parroquia.
Los que conocemos el significado de estos dichos vul
gares, sabemos, y el que no lo sepa, de fijo que ha de
adivinarlo, que no es nuestro Señor, el que come bebe y
duerme; sino sus acompañantes , que se corroboran y con
fortan con los apetitosos potajes nacionales, prepara
dos ad hoc, entre los que figuran, en primer término, los
turrones de miel .
BLANGA SOL 18
-188 -

En el momento en que A'cides , observaba con mayor


afán, vió que algunas mujeres , se dirigían á un punto co
mo si trataran de socorrer á una persona , dirigióse allá ,
con natural curiosidad, y divisó que sostenida por pobre
mujer del pueblo, estaba una joven, que había caído al
suelo, privada de sentido.
Al pronto no pudo verle el rostro; pero alcanzó á ver
blanca, delicada mano, que debía pertenecer á distingui
da señora.
El corazón le dió un vuelco, cual si alguien hubiérale
dicho al oído: esa es la mano de la mujer que amas y bus
cas.
Atropellando, y arrollando á los que le impedían el pa
so, llegó á colocarse al lado de la desconocida.
En ese momento otra mujer descubría el rostro de la
joven, agitando al aire con su pañuelo y diciendo : -Es el
calor de la concurrencia, lo que debe haberla producido
este desmayo .
Al mismo tiempo Alcides, profundamente impresiona
do exclama:-¡Es ella, es ella ! ¡Josefina !
Y pasando por entre la multitud, pudo llegar hasta co
locarse delante de la joven.
-Es mi hermana, permítanme llevármela, es necesario
sacarla de aquí.
Y diciendo y haciendo, Alcides levantó á la joven en
sus robustos brazos , como lo haría con una criatura, diri
giéndose luego al primer coche que se presentó por allí.
Una mujer del pueblo mirándole decía : -¡Caramba ! por
las ganas con que le aprieta, yo diría que no es su herma
na sino su conocía.
-Así son estos blancos, más pícaros que nosotros , y
luego con quebrantarse pa atrás, creen que lo tapan todo.
-Jéje je ¡ que buena cosa ! Y adelante del Señor
de los Milagros, nosotras le hemos entregau á la mucha
cha pa que...
-Calla hombre, no hableis indecencias .
― Con razó los comercios, dicen que deben quitar las
procisiones pa que no hayga lugar á escándalos.
-Si los blancos no vinieran á meterse aquí, nada malo
se viera.
-Y se la lleva de veras - dijeron algunos mirando
asombrados á Alcides, que con gran dificultad, lograba
189 W

abrirse paso por entre la compacta multitud, formada en


su mayor parte por zahumadoras, que con lujosos pebete
ros, van delante del anda, del Señor de los Milagros.
En ese momento un individuo, vestido con la extraña
túnica morada ; acercose á este grupo, y con voz pedigüe
ña y gangosa decía: Para la cera de mi Amo y Señor de
los Milagros .
El ruido de algunas monedas , caídas en el platillo res
pondía á la demanda de éstos, que se dicen devotos del
Señor de los Milagros .

XXVI .

Después que Alcides subió al coche, llevando en bra


zos su preciosa carga, encontróse perplejo, sin saber que
determinación tomar.
– Hé aquí un trance dificil é inesperado , decía, mirando
á la joven, que pálida, inerte, con la cabeza reclinada, y
la frente cubierta con algunas guedejas de pelo, estaba
allí asemejándose más, á una muerta, que á un sér lleno
de vida y juventud como era ella .
Llevarse á la propia casa, á una mujer desmayada, es in
digno de un caballero: entregarla á manos extrañas y de
cir que había sido recogida como una desconocida; hu
biera sido lo más expedito . pero Alcides no quería ni pen
saba abandonar á la que en ese momento, era para él , te
soro de inapreciable valor .
Tiempo hacía que miraba á la modesta costurera como
áncora de salvación á la que él quería asirse, como único
arbitrio para huír de Blanca , de ella, á quien ya principia
ba á temerla, mas que amarla. Josefina que tan noble y
generosamente quiso sacrificarse por salvarlo del ridículo
que Blanca le deparaba la noche aquella del 12 de Agos
to ; Josefina la casta doncella que podía brindarle todo el
sentimentalismo y la ternura de su vírgen y amante cora
zón, estaba allí, en su poder, suya era y nadie podría
arrebatársela .
Y Alcides contemplaba amorosamente el desmayado
cuerpo de la joven.
Mientras hacía todas estas reflexiones , el coche toman
140 MAAG

do la dirección opuesta á la que traía la procesión, había


doblado para la calle de Belén, y se dirigía á la de Boza
donde vivía Alcides .
Hay hechos casuales , que la mano del destino parece
combinar con un fin preconcebido.
¡Qué hacer !....No hubo remedio ...
Alcides hizo detener el coche, y como en la procesión
él mismo llevola en brazos á sus habitaciones .
Un momento después, Josefina, siempre desmayada,
estaba recostada en uno de los ricos divanes del salón de
recibo, de la casa de Alcides .
Contemplola un momento. El parecido del rostro de Jo
sefina con el de Blanca , avivó el recnerdo de ella . Pero
jah! cuánta distancia entre la una y la otra ! La misma
que entre Luzbel y el ángel que huella su cuerpo .
Desechó estas reflexiones. Principiaba á alarmarse por
este ya largo sincope . ¡ Sería situación tremenda y de gra
ves consecuencias si Josefina estuviese muerta ! Se apre
suró á aspergear con agua fría su rostro; colocó su mano
sobre el pecho de la joven , y observaba atentamente. ¡ El
corazón latía ! Llamóla sacudiéndole el cuerpo . -¡ Josefina
¡señorita Josefina ! ..
Al fin ella exhaló largo y angustioso suspiro, y recobran
do el conocimiento miró asombrada la elegante y lujosa
alcoba de Alcides , luego fijando en él sus ojos , abiertos
desmesuradamente en señal del asombro que la poseía,
exclamó : ¡ Dios mío ! ¿ Qué ha sido de mí? Donde estoy? ....
Alcides , con el más sincero y afectuoso tono que le fué
dable emplear, díjola: Está usted en mi casa en la casa de
un caballero, que sabrá respetar como merece á la seño
rita Josefina .
Ella intentó con un brusco movimiento , ponerse de pié,
pero su cuerpo no obedeció á su voluntad, y volvió á mi
rar á Alcides, cual si dudara de sus palabras .
-Lo que necesitamos ahora es , que usted recobre sus
fuerzas para llevarla lnego á su casa. ¿No le parece bien?
-Sí ahora mismo - y Josefina haciendo un nuevo es
fuerzo, se incorporó y púsose de pié en actitud de partir .
-Espero señorita Josefina, que me concederá usted un
sincero perdón por mi osadía al traerla á mi casa; pero es
el caso que yo no conocía la dirección de la casa de us
ted y ...
GOLD 141 {

¡Ah ! es verdad yo vivo en la calle de....


Josefina, se ruborizó sin atreverse á dar la dirección y
las señas de las pobres y humildes habitaciones, que ella
con sus dos hermanos y su abuela , ocupaban, en una de
las más retiradas calles de Lima.
El tono afectuoso y caballerosamente ingenuo de las
palabras de Alcides, devolviéronle su natural confianza
y su habitual tranquilidad. Y á más, aquel usted, acom
pañado de la palabra señorita, eran pruebas de respeto
que debía llevar en consideración .
Josefina tomó de nuevo asiento .
¡ Ella en las habitacionnes de Alcides ! ....Lo veía y no
podía creerlo !
¿Cómo saldría de allí? Qué diría para no alejarse tan
presto como su conciencia y su dignidad lo exijian? Por
que era la verdad, que ella no pensaba ni deseaba retirarse
sin llevar alguna esperanza, que alentara su enamorado
corazón .
Encontrose indecisa sin decidirse á aceptar ninguno
d los recursos que su mente le sugería .
Manifestarse agradecida, cariñosa , estando sola con él ,
no le pareció propio ni digno, y á más , pudiera ser peli
groso.
Ella nunca se había encontrado sola con un hombre, y
menos en sus propias habitaciones, como estaba ahora.
Felizmente el momento de silencio que dió lugar á to
das estas reflexiones, no fué largo, y Alcides vino á sa
carla de tan embarazosa situación ; él se complació en re
ferirle cómo fué que asistió á la procesión impulsado sólo
por la esperanza de encontrar á una persona, nó, no era
solo una persona era más ; era un tesoro que él buscaba
hacía largo tiempo. Y luego con sencillez y naturalidad le
refirió cómo el corazón le palpitó , cuando en medio al tu
multo formado por las zahumadoras, alcanzó á ver una ma
no blanca y delicada , que él adivinó debía ser la de ella.
En este punto Josefina , exhaló largo y doloroso suspiro.
Recordó que esa mano blanca y delicada de que habla
ba Alcides , estaba llena de callosidades, producidas por el
uso constante de la tijera y de algunos instrumentos de
florista.
-Mucho tiempo hace que me ocupo de usted señorita
Josefina .
148

-De mi !!...¿es cierto eso?


Si; yo la he buscado desesperadamente.
-¡Gracias ! -dijo ruborizándose sin atrever á pregun
tarle para qué podía él buscarla.
Luego Alcides le habló de amistad de amor, de los
afectos puros y elevados , que sólo puede inspirar la mu
jer buena Ꭹ virtuosa .
Sin alardes de conquistador le hizo la narración de cómo
él había formado muchas veces el proyecto de contraer
matrimonio, dando siempre con la amarga decepción de
hallarse, con alguna joven vana , superficial y sin corazón.
Es que había cometido la ligereza de esperar hallar en los
aristocráticos salones que él frecuentaba, á la que debía
ser su esposa .
Y Alcides riendo se preseutaba : ¿Cómo es que he podido
olvidar, que hay prendas morales, que sólo pueden hallar
se en la mujer modesta y virtuosa? ....
Alcides, estuvo atinado y hasta elocuente en estas ín
timas confidencias .
-Ahora espero no me sucecerá otro tanto ; al fin creo
haber hallado á la mujer soñada y esperada.
A Josefina le parecía que el corazón quería romperle el
pecho, tan violentos y acelerados eran sus latidos .
Y Alcides decía :-A medida que más se conoce el
mundo, más se estiman ciertas cualidades morales, y con
cluimos por convencernos de que nada hay comparable á
una mujer buena y virtuosa.
Dios mio ! ¿Sería verdad lo que estaba oyendo? Ella
valía algo, valía mucho, puesto que se sentía buena y vir
tuosa como decía Alcides .
En ese momento, hubiera apostado y sostenido, que
llevaba en la frente una diadema , no material como la de
las reinas, sino una diadema de luz, que iluminaba su al
ma. Sentía vértigo, como cuando se siente uno elevarse
repentinamente á inconmensurable altura.
Josefina, concluyó por reirse franca y alegremente de
algunas historietas con que Alcides , quiso amenizar esos
momentos de íntima comunicación .
-Qué bello pasar toda la vida así, al calor de los más
dulces afectos del alma !
Y estas palabras las decía Alcides , no fingiendo la feli
cidad que no sentía , sino inspirado por aquella situación
deliciosamente tranquila y risueña.
- 148 -

Josefina, tambien estuvo locuaz, expansiva, como si


se hallara en completa seguridad : hasta llegó á olvidarse
que estaba en la habitación de un hombre soltero, y que
á más, era su enamorado.
Asi que fué llegada la hora de retirarse , Alcides llevó á
Josefina á la habitación contigua, al cuarto de vestirse.
-Venga usted Josefina, se arreglará usted un poco el
peinado y se prenderá la manta.
Y ella le siguió resueltamente y ¿por qué nó? Iba escu
dada por el título que Alcides acababa de darle. Era una
mujer virtuosa 5 Josefina sentía humillos vanidosos con
siderándose persona de punto .
Alcides salió un momento; fué á dar orden que traje
ran un carruaje.
Josefina le esperó tranquilamente, y se entretenía en
examinar las habitaciones de Alcides .
Cuánto lujo para un hombre solo ! ......Aunque esta
ba acostumbrada á ver el rico mueblaje de la casa de la
señora de Rubio, encontró, tanto ó mejor amuebladas
las habitacianes de Alcides .
¿Sería posible que ella llegara á vivir algún día con esos
cortinajes, con esas alfombras y con todo ese boato? ....
Y vivir con Alcides, al lado del hombre amado, en cu
ya compañía la más oscura choza había de parecerle un
palacio ! ..... Sería posible que ella con sus flores de tra
po, con sus ayunos por necesidad , con sus desvelos por
trabajar, sufriendo resignadamente sus miserias , sus an
gustias, su abandono ; sería posible que con todo esto se
pudiera conquistar la riqueza, el lujo, un palacio, y más
que el palacio, el corazón del hombre que ha tiempo ella
amaba y le amaba sin esperanza ! ......
Perojah ! pensando en estas cosas, había olvidado que
era necesario, antes que viniera el señor Lescanti arre
glarse el pelo y prenderse su manta: esa manta que ni
siquiera era de vapor, como la de la jente rica, sino de
cachemir, que ella usaba «asi de cualquier modo como la
llevan las beatas, sin un solo alfiler ..
Josefina se sonrió pensando cuan súbitamente podría ese
pobre y raído vestido, trocarse por el elegante y lujoso
que llevaría, si por acaso llegaba el día, que ella fuera una
gran señora, la señora de Lescanti .
Alcides volvió y miró complacido á Josefina ; ella se
A 144 -

arreglaba tranquilamente como si estuviera en su propia


alcoba.
-Será preciso, señorita Josefina, cuidar de que no la
vean salir de mi casa.
Esta advertencia le produjo el efecto de rudo golpe dado
por la realidad .
¡Ah ! cierto, había allá, en la calle, un público que no la
conocia, que al verla salir de la casa de un hombre sol
tero , á ella que iba tan pobremente vestida, la tomaría, ó
por la sirvienta ó quizá por una mujerzuela, que había ido
á vender su honor. ¡ Ah ! y ella que se imaginaba llevar
en ese momento aquella diadema de luz, que deslumbraría
á cuantos la mirasen!
-¿Qué haré? ¿será preciso cubrirme con la manta para
que no me conozcan? -preguntó con tristeza Josefina .
-No, será mas seguro que salga yo al balcón, y cuan
do no se vea en toda esta calle una persona conocida, le
daré aviso .
Estos detalles la preocuparon. Así se comportaría Al
cides con otras, con las que venían donde él, no traídas
desmayadas, como había llegado ella, sino traídas por sus
propios pies, y llevadas por su propia voluntad .
En casa de Blanca, en los aristocráticos salones de la
señora de Rubio, es donde había oído ciertas historias , que
le revelaron la posibilidad de muchas cosas, que antes hu
biera ella juzgado como inverosímiles y absurdas .
Muchas veces en la época que había vivido al lado de
la señora de Rubio, ocurriole comparar sus sentimientos,
sus ideas, sus aspiraciones, con los sentimientos, las ideas,
y aspiraciones, de Blanca, y aunque siempre estuvo de su
parte la nobleza, la rectitud, la abnegación y todo lo que es
propio de un espíritu superior ; nunca se había atrevido á
considerarse superior á una gran señora, á la señora de
Rubio; pero hoy sí , hoy que era amada y respetada ima
ginaba estar á incomensurable altura, más arriba aún que
la señora de Rubio .
En este punto llegó Alcides á decirle, salga usted seño
rita. ahora no hay cuidado.
—Adios, señor Alcides.
-Hasta mañana.
Y ambos diéronse cordial apretón de manos .
145

Qué poder tienes tú¡oh virtud ! que asi te impones á las


conciencias mas despreocupadas ! ..
Asi exclamaba Alcides , viendo alejarse á Josefina, á la
honrada costurera, que había tenido entre sus brazos, es
tando él solo en sus propias habitaciones , sin sentir por
ella más que cariño, respeto, anhelo de labrar su felicidad.
Y la semejanza del rostro de Josefina, con el de Blan
ca, era un nuevo incentivo para el amor de Alcides .
Si él fuera á referirles á sus amigos esta escena, entre
él y Josefina; habían de juzgarla inverosímil , y más propia
de una novela romántica, que de la vida de él , de Alcide s
Lescanti, que amaba á Josefina con ese amor , mezcla de
voluptuosidad y delicadeza, que lo llevaba á estimar en
mayor valía , las cualidades físicas y morales de la mujer,
con ese refinamiento del hombre, que ha libado el amor
hasta sentir el cansancio y tal vez el hastío, quedándole
solo, el frio análisis, que le convierte en una especie de
catador de lo bueno y muy bueno,
Al día siguiente Alcides , sentía anhelo por ir á casa de
Josefina, Temía , que su abuela, la señora Alva , tuviera
concimiento del incidente de la víspera, y comprendía,
que el hombre que lleva á su propia alcoba á una joven
desmayada, puede aparecer como un villano ó un infame,
si no se presenta á la casa de ella, á dar cumplida expli
cación, y Alcides que en asuntos de caballorisidad, creía
medir los puntos más altos conocidos, quería que esta
explicación fuera muy cumplida.
A la hora que él acostumbraba visitar á las de su clase,
á las de su alcurnia, á la hora de las visitas de etiqueta,
á las cinco de la tarde , se acicaló y vistió con el mayor
esmero, para ir á casa de Josefina, á la calle de Maravillas,
esto como si dijera al otro mundo al mundo de los desva
lidos .
Qué lejos es necesario ir á buscar á la verdadera vir
tud -pensaba Alcides , recordando la apartada calle en
que vivia la pobre costurera.
Y mientras Alcides, alegremente se preparaba para ir
á visitar á Josefina; ella, allá en los dos cuartos que ser
vían de única morada á las cuatro personas que com
ponían su familia ; había caído en profunda melancolía.
Cuándo volvería á verle ! Hasta mañana le había dicho
BLANCA SOL 19

S
- 146

él, al despedirse; pero aquello no podía ser más que vans


promesa, que no debía cumplirse.
Cómo era posible esperar que fuera él, el señor Lescanti,
hasta la calle de Maravillas, buscando unos cuartos, que
por más señas , ni siquiera daban á la calle, sino que esta
ban como escondidos en el interior de una casa derrui
da y mal parada ! Cómo sería dable, que el señor Lescanti
llegara hasta allá , atravesando mil callejuelas, y luego el
patio de una casa, sucio polvoroso, sin veredas , para llegar
á entrar por el callejon, y pasar por un sitio próximo del
botadero, donde se sentía malos olores , como que era casa
de vecindad....
¡ Dios mio ! cómo era dable que ardiendo tanto amor
en el corazón y bullendo tantas ideas poéticas en la mente
se pueda vivir, esperar la felicidad rodeada de lo más pro
sáico y horrible que presenta la miseria ! ....
Josefina contemplando el triste cuadro de su misérrima
situación, sentía desfallecimientos y dolor indecibles .
Pero apesar de todas estas reflexiones, ella procuró es
tar lo mejor que le fué posible . Se vistió con el único
vestido elegante que le quedaba; y en el peinado , desple
go todas sus dotes artísticas, de florista y modista del me
jor gusto .
En cuanto á la habitación que le servía de salita de re
cibo, empleó en su arreglo sumo cuidado y diligencia,
para presentarla tan limpia y decente cuanto era posibe
exigir de los pobres trastos que la ocupaban .
Felizmente habían tocado con una señora muy caritativa,
que al saber que los muebles de la salita, estaban en casa
del prestamista, les dió el dinero necesario para desem
peñarlo, á condición de que entregaran cada domingo
un sol.
Sin este bendecido recurso, ella no hubiera contado ni
con una silla para convidarle un asiento al señor Les
canti.
Gompró un ramillete de flores, con margaritas y juncos
que perfumaban deliciosamente la atmósfera . Primero lo
colocó en un vaso del comedor, pero luego vió que esto
chacía mal efecto y cambió de idea; desató el ramillete y
lo arregló en un pequeño azafate, á manera de misturero
para que así se lucieran todas las fiores .
-¡Jesús ! hija , hoy estás fantástica y derrochadora lo
- 147

menos has gastado veinte centavos en ese ramo de flores.


-Es preciso algún día darle gusto al gusto- decía
- Josefina casi alegre principiando á acariciar fundadas es
peranzas de que Alcides, había de venir á buscarla.
Y Alcides llegó , sí, llegó , y muy categóricamente pidió
la mano de la señorita Josefina .
La señora Alva que conocia á Alcides y sabía que él
era uno de los más ventajosos partidos que alcanzar pu
diera la más distinguida joven de la aristocrática socie
dad limeña; estaba a punto de perder el juicio de alegría.
No se cansaba de hablar y comentar tan fausto aconte
cimiento, no obstante aseguraba que no le causaba á ella
novedad, pues bien segura estaba de que, la virtud də su
nieta, había de recibir el justo premio, que Dios depara á
los buenos.
A pensar de otra suerte, era preciso ser como los
ateos, que no creen en premio ni castigo, cuando la justicia
de Dios, si tarda no olvida jamás .
Alcides había vuelto al día siguiente á advertirles, que
no pensaran en gasto ninguno para el ajuar de la novia.
¡Ah ! risible advertencia, que hirió el orgullo de la aris
tocrática señora Alva.
El señor Lescanti pediría á Paris , un ajuar completo para
Josefina, no de otra suerte pensaba obsequiar á la virtuo
sa costurera, á la que esperaba ver convertida en gran se
ñora .
Tres días después la señora de Alva con sus tres nie
tos, ocupaban , aseada y elegante casita, perfectamente
amueblada. Allí permanecerían en tanto que ss corrian
las diligencias matrimoniales y se terminaban los prepa
rativos de mudanza de ajuar, en la casa de Alcides .
La señora de Alva, continuó diciendo todos los días
con acento profundamente convencido: -Yo siempre espe
ré que Dios premiara á la virtud modesta, y al trabajo
honrado.

XXVII.

La pendiente de la desgracia , es rápida y casi siempre


inevitable . Blanca sentía el vértigo que produce el curso
de acelerada y violenta caída. En esta situación el espíritu
más templado se siente desfallecer y postrarse: las adver
- 148 -

sidades de la suerte, parecían darse cita para abatir su al


tivo carácter.
Los acreedores , los escribanos, los agiotistas, entraban
y salían á su casa, con el aire insolente , y el tono desco
medido, del que no espera ya, sacar en dinero, lo que
dá en consideraciones y respetos .
Blanca , sabía que, Alcides, compraba con gran empeño
los créditos y las deudas hipotecárias de dou Serafin, sin
duda para apremiarlo y obligarlo á una inevitable quiebra.
Sabía también, que éste en venganza , propalaba la
specie , aunque no muy acreditada, sí muy repetida, de
eue, habiendo tenido ambos un duelo, Alcides habíase
qortado cobardemente.
Para darle mayor viso de verdad, aseguraba, don Serafin,
que Alcides habíale dado cumplida satitfación , jurándole
casarse con Josefina, la joven florista protegida de su es
posa, y seducida por Alcides , y por cuya causa, había que
rido batirse , para obligar á su seductor á darle su nombre
y reparar su falta .
Los mendigos no gustan tanto alardear de sus imagi
narios caudales, como gustan los cobardes alardear de
su pretendido valor.
Si don Serafin, no se hubiera manifestado tan cobarde
en el duelo aquel de la Pampa de Amancaes , tal vez hu
biera guardado secreto de ese malhadado desafio . Pero él,
el timorato magistrado, el amoroso marido , el cumplido
caballero, cometió la imperdonable falta de ser pueril y
mentiroso, en un lance de honor en el que, estaba com
prometida la reputación de su esposa y la circunspección
de su conducta.
El pobre hombre estaba desesperado .
Principiaba á comprender, cuán fácil es pasar de caba
llero á villano , de honrado á pícaro , de pundonoroso á
desvergonzado ; tan fácilmente- decía-como se pasa de
rico á pobre.
Había necesitado mentir, tal vez si pronto necesitaría
robar, defraudar, estafar, para salvar la ruina que lo
amenazaba .
Cada día, cada hora, se le presentaba trayéndole su
contingente de reclamos, demandas , apremios .... Y, no
solamente él, tambien su esposa , vióse envuelta en este
cúmulo de desgracias y descalabros.
149

Una demanda judicial, fué más que otras, la que vino


á llenar de vergüenza y oprobio á la señora de Rubio.
En las contínuas y apremiantes necesidades de Blan
ca, para satisfacer sus deudas , originadas por su excesivo
lujo, recurrió á sus joyas y las envió en varios lotes á una
casa de préstamo , recibiendo por ella cinco mil soles .
En estas circustancias, necesitó asistir á un baile.
Presentarse sin un solo brillante, cuando el mundo en
tero hablaba de la próxima ruina de su esposo , hubiera
sido confirmar estas suposiciones , y tal vez precipitar su
caída.
Además, ella para no aflijir á su esposo y complicar
más aún su dificil situación, habíale ocultado que sus
brillantes estaban todos en casa de un prestamista.
En esta circunstancia presentose este gran baile, al que
ella debía asistir, Blanca, pues, no halló otro arbitrio, que
dirigirse al actual poseedor de las joyas, y manifestarle sus
angustias por haberlas llevado á la casa de préstamo, sin
el consentimiento de su esposo.
Luciano, el reporter de Blanca, había venido á decirle
que, informada la sociedad toda, de la próxima ruina del
señor Rubio, suponían con manifiesto regocijo , que ella
no asistiría al baile.
-¿Y quiénes son las que tal suposición hacen?
-Sus amigar, ó mejor dicho, sus rivales, aquellas á quie
nes tanto ha humillado U.
-Pues bien, ya les haré ver que esa es deducción falsa
y que yo iré al baile, más lujosa y mejor vestida que
nunca .
- Por eso me gustan las mujeres como U. - dijo entu
siasmado Luciano , al escuchar el tono arrogante con que
Blanca pronunció las anteriores, enérgicas palabras.
Aquel día Blanca fué donde su modista á pedirle el más
lujoso y elegante vestido , que jamás hubiera salido de sus
manos .
El precio, no importaba cual fuera , ella necesitaba estar
esa noche deslumbradora.
Luego resuelta, convulsa , agitada , dirigiose á la calle de
...á casa del prestamista, donde estaban pignoradas
sus halajas .
-Sálveme U. se lo ruego; Rubio me mataría si supie
-- 150

ra que en vez de pedirle á él , el dinero, que nunca me ha


negado, he venido á empeñar mis alhajas.
-Señora lo que U , me pide es imposible .
-
- Imposible , cuando sólo quiero que me preste U. las
alhajas para unasola noche y al día siguiente se las devuel
vo. ¡ Oh ! Qué desgraciada soy ...
-Yo, señora tengo un socio, á quien debo darle cuen
ta del dinero invertido, y de las prendas pignoradas, este
ha encontrado excesiva la cantidad de cinco mil soles que
yo he dado sobre los brillantes de U. y todavía quiere U.
que yo se los preste ¡ oh ! no, señora, no puedo.
-Esa es su última palabra?
-Sí, irrevocable.
Blanca llevando á los ojos su pañuelo de rica batista,
prorumpió en amarguísimos sollozos:
¡ Dios mio !....Qué va á ser de mi ! ....Yo voy á volver
me loca !.... Qué le diré á él……..Esto es horrible ! .... ¡ oh !
En este punto el prestamista miró fijamente á Blanca .
El llanto de una mujer joven y hermosa, puede ablan
dar á las piedras y tambien á los agiotistas.
-No se aflija U. señora, aun podemos hacer alguna
combinación.
-¿Cual? preguntó ella con imprudente rapidéz, dejándo
conoces que en su llanto , había mayor dósis de ficción , que
de verdadera angustia .
El agiotista, era un judio inglés de complexión robusta
y aire simpático, apesar de sus cincuenta años. Miró á la
señora Rubio, con ojos codiciosos, y acercándose á ella ,
díjole :-Señora, usted puede hacer lo que quiera de un
hombre como yo: no necesita usted llorar, sino pedir, ó
mejor mandar.
Blanca, sonrió con gracia y coquetería y el sectario de
Israel, tomóle la mano y la llevó á sus lábios ,
¡ Vaya! que atrevido es nsted -y retiró precipitada
mente su mno.
¿Se ha enojado usted?
-No me enojo, si usted me presta las alhajas.
-
-Si usted me las pide así, como esa sonrisa que me en
loquece, ne sólo las alhajas, sino también la viđa.
-Gracias, las alhajas, sólo por veinticuatro horas.
-¿Volverá usted á traermelas personalmente mañana?
y acentuó esta palabra.
151

Y el flemático hijo de Albion , frotábase las manos de


contento con la esperanza de recibir al siguiente día las
alhajas, traídas personalmente por la señora de Rubio.
¡ Oh ! que linda es usted-y mirando con ojos amorosos
á Blanca, acercó su silla á la de ella.
-Quiere usted prestarme las alhajas? -preguntó ella
enfadada , aunque no resuelta á irse sin realizar su pro
pósito de llevarse los brillantes.
Y el judio inglés, para asegurar no sólo las alhajas que
iba á prestar, sino también, la vuelta de la señora Rubio;
exijiole firmara un documento en el cual de clarara que,.
llevaba sus propios brillantes , para usarlos aquella noche,
obligándose á traerlos al día siguiente, por haber recibido
cinco mil soles sobre ellos.
Blanca, después de haber firmado el documento, salió
humillada, avergonzada de haber necesitado recurrir á las
lágrimas finjidas, aceptando sin contestar con una bofeta→
da, como ella lo hubiera hecho, en otras circunstancia , los
galanteos de un prestamista, que además había osado to
marle el brazo y oprimírselo, como si tratara con una mo
zuela de tres al cuarto .

Para colmo de males, Blanca no pudo devolverle los bri


llantes. Don Serafin se los había pedido al siguiente día
del baile con estas palabras :
-
-Querida mia , hoy necesito que, para salvar mi crédi
te, hagas tú un pequeño sacrificio .
Blanca, palideció como si presintiera, aquel nuevo golpe
que debía herirla.
-¿Cual? ....¿habla qué hay?
Dentro de tres días debo entregar una suma que para mi,
debía ser sagrada : es un depósito de menores que, caso de
no entregarlo, me traería un juicio criminal y tal vez
algo más.
- Y que piensas hacer?
--Yo, ir á la cárcel ó poner en remate los muebles de
la casa, que es lo único que nos queda .
-¡Imposible! esa sería la mayor humillación que pu
diera venirnos .
-Estoy arruinado y no tengo como pagar esa deuda,
no me quedan más que dos recursos: 6 la faga ó el sui
çidio ¿habla , que prefieres?
152

Y don Serafin con los ojos arrasados en lágrimas y la


expresión angustiada miraba á su esposa.
--Y ¿qué es lo que yo puedo hacer para salvarte?
-Tus brillantes, serían suficientes para pagar esa deuda ,
-¡Imposible ! Yo no puedo vender mis brillantes .
Don Serafin , que no esperó recibir esta contestación,
palideció y con voz agitada y colérica díjole :
-Tú sola eres la causa de mi ruina, y prefieres verme
en la cárcel á desprenderte de lo que te será ya inútil , por
que es preciso que sepas que, en adelante, no tendrás no
sólo para bailes y gastos superfluos ; pero ni aun para los
gastos más indispensables de la casa.
Sulda
Hace tiempo que vienes repitiéndome la misma can
tinela .
-Sí, porque hace mucho tiempo, que vivo ficticiamen
te, pagando las deudas de unos , con dinero que tomo de
otros , á intereses más crecidos.
-¡Dios mío ! ¡ Dios mío ! sálvame de esta espantosa rui
na! Y Blanca cubrióse el rostro con ambas manos.
¡ No hubo remedio ! Era preciso vender las joyas para
pagar esta deuda que, con el requisito de ser depósito de
bienes de menores , hubiera dado el resultado de llevar á
su esposo, irremisiblemente á la cárcel.
El judío inglés, que con este fiasco se consideró burla
do, no sólo en sus esperansas amorozas, sino más aún en
la cantidad de dinero entregada por las alhajas; no tre
pidó en llevar á la señora de Rubio ante los Tribunales
de Justicia, acusándola de estafa, y presentándose crimi
nalmente contra ella. Y, convencido de que no debía es.
perar ni brillantes ni amor, desahogó su rabioso despe
cho, difamando á la señora Rubio, y relatando con calum
niosos detalles la escena en que ella fué á suplicarle, que
le prestara sólo para veinticuatro horas, las prendas pig .
noradas.

XXVIII .

La noche del baile de la señora M. , Blanca estaba ver


daderamente hermosísima.
En el momento, que , ella de pié, delante de un gran es
158

pejo de vestirse, daba la última mirada á su elegante y


lujoso tocado; don Serafin quedóse contemplándola un mo
mento, y acercándose á ella, imprimió apasionadamente
sus labios, en la mórbida, descubierta espalda de su es
posa .
-Cuando te veo así , me figuro que aun somos felices,
y olvido los quebrantos de mi fortuna y la pobreza que
muy pronto nos acompañará.
-No pienses en eso.
Y ella alejó ds su memoria tan importuno recuerdo.
Don Serafin, quedóse por un momento pensando, que
la fortuna que se vá, suele llevarse influencias, admiracio
nes , simpatías, amigos, y todo lo que constituía su eleva
da posición social. Y esta cruelísima realidad había de
herir más que á él á su querida esposa.
Cuando Blanca llegó al salón de baile, un murmullo
bastante perceptible, dejose oír en los distintos grupos
de señoras y caballeros.
Todos estaban poco ó mucho, algo informados, que el
señor Rubio, no llevaba en su gabeta, un solo real que
suyo fuera.
Por todos los ámbitos del salón , oíanse estas ó seme
jantes palabras .
-Hoy viste de gran lujo, y mañana tal vez no tenga
un real para la plaza.
-Es natural . El Banco de Londres dicen que le ha
protestado letras por más de cincuenta mil soles .
Las calaveradas y derroches de esa mujer, hubieran da
do fin con la fortuna del mismo Creso.
-Dicen que ella sostenía á varios amantes : es natural
que tuviera este fin:
-Justo castigo de la Providencia.
En otro grupo decían :
-¡Pobre hombre aquel ! -y señalaban á D. Serafin
víctima de esa mujer sin corazón.
- Cuando él se casó con ella, tenía cuatro millones de
soles esto me consta.
-Ella tiene todos los vicios de un hombre corrompido
y además, todos los defectos de la mujer mala.
Con esa perspicacia y penetración ; propia de su clara
inteligencia ; Blanca, si no escuchó, adivinó lo que á su
alrededor pasaba.
BLANCA SOL 20
- 154-

Notó que en el trato de hombres y mujeres, se operaba


tal cambio que, á medida que se acentuaba, mayor mor
tificación traía á su vanidad de mujer y de señora . Los
hombres casados y sérios, la miraron con desprecio é in
dignación, alejándose de ella , como si les causara repug
nancia; en cuanto á las mujeres , solteras y casadas, la mi
raban con extrañeza, y en el aire desdeñoso con que la tra
taban traducíanse estos conceptos:-Ya tú estas abajo y
nosotras arriba; ya tú, Blanca Sol , dejaste de ser la mujer
á la moda para pasar á ser la vergüenza de los salones :
Qué hay de común entre tú y nosotras ? Quita allá, tú no
mereces rolar con la gente de alto tono.
Y las que así pretendían despreciar á Blanca, eran las
mismas que un día no lejano fueron donde ella á valerse de
la amistad y el favor, para llegar á obtener el codiciado
destino objeto de las aspiraciones de esa multitud que vive
en sociedad , como la tenía en el organismo, chupando los
jugos sociales .
Ší, allí entre esas señoras, muchas de ellas afirmaban
que en el despacho ministerial de D. Serafin, 6 quizá so
bre las faldas de Blanca y bajo sus influencias habíanse
firnado los despachos del favorecido hermano del no me
nos favorecido esposo , poseidos todos de lo que entre nos
tros no es ya empleomania , siuo furor, que los lleva á
convertirse en perseguidores perpetuos de las personas
influyentes .
Sólo los jóvenes solteros, los calaveras que van en pos
de fáciles conquistas, rodearon con mayor empeño á la se
ñora de Rubio.
Pero ¡Dios mio ! ¡ qué cambio ! Su lenguaje tenía la fa
miliaridad insultante del que no teme ofender á una gran
señora ; no era la galantería de otros tiempos , sino la pe
tulancia del que se cree con derecho á decir, con los ojos ,
ya que no con la boca:- Eres mujer fácil, no debo temer
un rechazo.
Ella, la altiva, la orgullosa Blanca Sol !
En el primer momento , tuvo la suficiente serenidad pa
ra mirar desdeñosamente á esa turba de aduladores , que
no ha mucho la aplaudían y admiraban, y que hoy la vol
vían las espaldas .
¿Y Alcides? Tambien él huía de ella, como de un verda.
dero mal.
155

Por primera vez, Blanca se quedó sin bailar la primera


cuadrilla; es decir, la cuadrilla oficial, que ella acostum
braba bailar en el puesto de preferencia .
¿Dónde estaban sus amigos? Aquellos que se disputa
ban el honor de alcanzar, no sólo un baile , sino una sonri
sa, una mirada ...
Los amigos de Alcides , en otro tiempo también de
Blanca, fueron donde él á participarle, que no pensaban
bailar esta noche con ella.
-Haceis mal en decírmelo ó creeis que acaso que voy á
hacerle guerra de alfilerazos? decíales él, desaprobando su
conducta .
Desde que en el público comprendieron la inevitable
ruina de la fortuna de don Serafin; todas las iras sociales
como amenazadora tromba, se arremolinaron al rededor
de Blanca.
La envidia de las mujeres, la maledicencia de los hom
bres , les rivalidades y emulaciones de las unas, y las pre
tenciones rechazadas de los otros, largo tiempo sufridas,
estallaron al fin, con explosivo furor,
El aura halagadora de la adulación iba á convertirse en
furiosa y destructora tempestad.
Cuando el brillo del oro, 6 la grandeza del poder, no
subyugan y deslumbran á la Adulación , ella, como Satur
no, devora á sus propios hijos .
Blanca, la reina de los salones, la orgullosa y altiva jo
ven, que ayer era admirada, buscada, adulada; quedará
hoy oscurecida y anonadada, cual si caido hubiera en un
abismo .
Lo que eran excentricidades, caprichos , agudezas, exce
so de gracia, de imaginación, turbulencias de una inteli
gencia fantástica; serán hoy faltas inexcusables , aberra
ciones de una alma torcida , vicios horribles , apenas per
donables en un hombre y por ningún motivo, disimulables
en una señora de alta alcurnia.
Todos estos juicios, todas estas ideas se agitaban al re
dedor de Blanca, formando como horrible anatema que
pesaba sobre su frente.
Y Alcides, que él sólo podría consolarla, de tantas des
venturas, también él huía de ella, mirándola con adusto
ceño, y pensando sólo en Josefina.
Aquella noche, Blanca aprovechando de estar Alcides
156

solo y recostado en el alfeizar de una ventana, acercose á


él con la intención de hablarle.
Si la hubiese visto venir, se hubiera alejado de ella.
Pero Blanca, se le presentó delante, de una manera im
prevista, y con aquel aire lleno de gracia y coqueteria ,
con que ella, en sus mejores tiempos, cautivara á sus nu
merosos adoradores , dijole :
-Alcides: ¿todavía le duran á usted sus resentimientos?
De pronto él no supo que contestación dar; mas, presto,
tomando el tono de esquisita galantería que érale habi
tual :-Señora -dijo - entre una reina y su vasallo no ca
ben resentimientos posibles .
-Reina destronada , que viene hoy á implorar com·
pasión !......
Y estas palabras las decía profundamente conmovida,
casi llorosa .
-Una mujer como usted, señora, jamás debe darse por
vencida.
-A no ser que un hombre como usted sea el vence .
dor.
-Yo, señora, hace mucho tiempo que he abandonado
la arena donde usted esgrime sus armas, saliendo siempre
vencedora.
-Sí, lo sé, que usted como todos mis amigos me aban
dona y huye de mi.
-Siempre he huido de la desgracia , cuando puedo al
canzar la felicidad .
-La felicidad sin el amor es irrealizable . ¿No lo cree
ustod así, Alcides?
-Antes creía como usted , ahora creo que la felicidad
sin la virtud es imposible .
Blanca vió en estas palabras, cruel alusión dirigida á ella
y se mordió los lábios, esforzándose para dominar su emo
ción .
-Pero ¿cuál es la causa de ese cambio en sus ideas?—y
Blanca procuró reir alegremente .
Y Alcides refirióle á Blanca una historia , en la que figuraba
un joven, no -dijo -era ya un hombre, que peinaba canas ,
y por eso, era más grave lo que iba á referirle. Un día ese
hombre, amó á una mujer, la amó tanto que, ciego , loco
de amor, cifró en ella su felicidad y puso á sus piés su
fortuna, su vida, y todo cuanto poseía, sintiendo tan sólo ,
157

ser tan mezquina la ofrenda que podía rendir á las plantas


de su amada.
Y cuando el esperó, haber alcanzado la dicha de ver
realizarse las falaces promesas, con que alentaba su pa
sión; ella esa pérfida mujer le tomó como instrumento de
sus estravagantes coqueterías ; y una noche le llevó á su
alcoba, para que fuera el objeto de la risa y el escarnio de
sus amigos. Por fortuna aquella noche, conoció de cerca á
una joven; ella le salvó del suicidio ,cuando él desesperado ,
miraba la muerte como la única salida por donde pudie
ra huir de la influencia malefica de ella, de esa, mujer sin
corazón, que pretendía herirlo con la arma terrible del
ridículo , que si no mata el cuerpo, mata irremisiblemente
el alma; pero no fué así y queriendo hacerle el mayor mal,
le procuró el bien mas apreciado de la vida, el que puede
ser fuente de inagotables alegrías, y este fué, el de conocer
y tratar íntimamente á una mujer buena y amante, que le
había ofrecido su corazón, como refugio contra las coque
terías de ella, revelándole al mismo tiempo su amor puro
y desinteresado.
Y Alcides fué hasta preguntarle á Blanca. -Y dígame
usted señora, no creo usted que él, sólo dándole su nom
bre, y labrando la felicidad de esa joven le retornará lo
que le debe, lo que es justo tributo por el bien recibido?...
Blanca guardó silencio : pálida y temblorosa, se respald
en un sillón, como si temiera caer. Después de un mo
mento, con breve y agitado acento preguntó:
-Ama usted á Josefina ¿ no es verdad?
Si, la amo y muy pronto será mi esposa .
Aquella noche, Blanca, salió del baile llorosa, humillada ,
abatida en su altivez, y amando más que nunca á Alcides .
El amor puro, desinteresado, noble, lleno de mútuas
abnegaciones y recíprocos sacrificios , deja en la memoria
un reguero de gratos y queridos recuerdos, que son como
un reguero de estrellas, que alumbran la existencia, aun
después que las sombras de los años derraman su triste
lobreguez. No así el amor lleno de luchas , de sinsabores,
de falsías y perfidias que vierten su amargor sobre todos
los recuerdos que evoca la memoria, y cuando la pasión
se calma y el ánimo se serena, sobreviene la indiferiencia
y muchas veces el odio : odio implacable para aquel ser
L.
158

ingrato que envenenó, que acibaró, el sentimiento más


dulce y más bello que existe en el alma.
Así, Alcides había principiado á odiar á Blanca, des
pués de haberla amado largo tiempo con verdadera pasión .
¿Qué importaba que él comprendiera que al fin Blanca
correspondía á su amor? Su corazón, fatigado de luchas ,
y decepciones , sólo apetecía los afectos tranquilos, apaci
bles, que curan las heridas del alma, y aseguran la dicha
del porvenir; y esos afectos , Josefina, sólo ella, podría
ofrecérselos .
Y así, de una á otra reflexión, y de una á otra deducción,
llegó hasta ver la mano de la Providencia que lo designa
ba á él, como el castigador de las culpas de la coqueta y
malversadora Blanca Sol.
Y juzgándose elejido para tan altos fines, aceptó el erro
neo concepto de los que se imaginan que Dios ha menes
ter de un hombre para castigar á otro hombre , á seme
janza de ciertos enamorados, que necesitan de una mujer
para seducir á otra.
El castigaría, pues, á Blanca, la castigaría no en ven
ganza ni en desagravio de los desdenes sufridos; sino co
mo medio de corrección , como medio de quitar de la so
ciedad la piedra de toque del escándalo.
Blanca en la pobreza se vería obligada á cuidar de sus
hijos, y consagraría sus horas al trabajo y á las atencio
nes domésticas.
No era el odio, no , lo que le llevaría á precipitar la rui
na de don Serafin.
Y en el último caso, traida por él , 6 por otro , la ban
carrota de la casa, mucho tiempo hacía que él la veía
inevitable.
Y tan inevitable fué, que las joyas que ella quiso llevar
al baile pretendiendo ocultar asi la ruina de su fortuna ,
dieron márjen á los acreedores para presentarse en deman
da de esos brillantes con los que esperaban saldar en
parte sus cuentas.
Ya hemos visto que antes que los acreedores D. Serafin ,
pidió los brillantes para poder devolver un depósito de
bienes de menores .
- 159

XXIX.

Ocho días despues Don Serafin, azorado y balbuciente,


acercóse á su esposa, y estrechándola en sus brazos, con
extrema desesperación :
-Ya no hay remedio !-exclamaba-estamos arruina

dos ! ......Todas mis entradas estan embargadas...
mañana no contaremos con un real seguro . .¡Oh !
mis hijos !..... tú........ en la misería .. .. que va
á ser de mi ! ......Yo no resisto este golpe ...... Dios
mio !..
Ella aterrada, mirábale sin poder proferir una sola pa
labra .
Don Serafin sollozaba, y hablaba al mismo tiempo y, to
mando á Blanca por una mano, llevóla á su escritorio pa
ra mostrarle sus libros de cuentas .
No había duda: todas sus propiedades estaban hipoteca
das, y los intereses no pagados , habían agrandado las deu
das, hasta el punto de sobrepasar al valor de la propiedad
hipotecada.
Alcides era el acreedor más temible, por lo mismo que
representaba la mayor cuantía de sus deudas: él era el que
había trabado embargo y pedido judicialmente el remate
de las fincas gravadas con hipotecas: él era dueño de la
mayor parte de los créditos de don Serafin.
Blanca no podía darse cuenta , cómo era que Alcides de
quien referian tantos actos de generoso desprendimiento
y caballeroso comportamiento , fuera para ellos tan ruin y
cruel acredor.
Entonces recordó las inepcias propaladas por D. Serafin,
presentándo á Alcides como infame seductor de su costu
rera, y Blanca comprendió que Alcides realizaba una ven
ganza, algo cobarde á su juicio ; pero al fin , como vengan
za encontrola justificable.
Ella no podía imajinarse, que Alcides más que castigar
á D. Serafin, proponíase correjirla á ella, quitándole la
fortuna como medio de convertir á la gran coqueta, y
gran señora en buena y honrada madre de familia.
Bianca volvióse á su alcoba ; necesitada estar sola.
B 160 S

¡ Cuántas reflexiones á cual más dolorosas 'y aflictivas,


acudieron entonces á la mente de la señora de Rubio !
¡ Dios mio ! Ella pobre como Josefina, más quizá que ella ;
y con seis hijos !
Seis hijos, que si hoy apenas le ocupaban algunes ins
tantes, robados á sus compromisos sociales, mañana, cuan
do no tuviera dinero para pagar nodrizas, ayas y sirvien
tas, había de verse ella obligada á servirlos , á cnidarlos y
á amamantarlos ....... Ella, que tanto se fastidiaba y tan
cruelmente se aburría desempeñando los quehaceres do
mésticos, para los que sólo deben haber nacido mujeres
vulgares y de mísera condición .
¡ Seis hijos y en la miseria ! ¡ Oh ! esto era más espantoso
que todo lo que ella había visto hasta entonces .
Haber gastado , derrochado , lucido, haberse encumbra
do hasta la altura que produce vértigo, para luego caer;
y caer , no donde antes estuvo , no en su antigua posición
social , cuando tenía acreedores que no la apremiaban y
amigos que la servían; sino á las profundidades de un
abismo, del abismo de la miseria .
¡ Qué diferencia ! Ayer todavía era ella la reina de los
salones; ayer disponía de influencia, gozaba de considera
ciones, contaba con amigos , y poseía toda lo que en so
ciedad vale tanto como el oro, más aún que el oro.
¡ Qué diferencia ! Ayer todavía podía coquetear, reirse,
burlarse de los tontos y coste ársela con los inocentes , con
los mentecatos , como Luciano, que ¡ sandios ! imagínanse
posible y hasta fácil el conquistar el corazón de una mu
jer y una mujer como ella.
¿Quién era el causante de todo este brusco y horrible,
cambio? ¿Quién? Mi marido pensó B'anca; pero luego
con esa lógica clara de su raciocinio , desvió de allí su pen
samiento , y juzgó con mejor criterio su situación.
No, no era su esposo el causante de su caida y de su
próximo eclipce social: en opinión de Blanca era la so
ciedad, esa sociedad estúpida que rinde homenaje sólo al
dinero .
¿En qué había cambiado ella? No era ahora la misma
de ayer, la misma de cuando todos creían que los dos mi
llones de soles de su esposo, habíanse duplicado y juz
gaban que, resguardada por cuatro millones, nadie se
atrevería á herirla? ....
― 181 wal

¡ Miserables ! En el último baile, mirábanla con mira


das despreciativas ; parecía que se ho gaban de no llevar
ya sobre la conciencia, el peso de cuatro millones, que
continuamente los obligaba á la admiración y á la ser
vil adulación .
Ellos , á los que tanto había ella despreciado, se atrevían
á despreciarla !
Pensó no volver jamás al seno de esa sociedad; pero
allí estaba él ; allí estaba Alcides, el hombre que ella ama
ba, el que era causa de sus penas, de sus contrariedades
y hasta de sus lágrimas . Sólo por verlo á él, por hablarle
una vez más, aceptaría el sacrificio de asistir á bailes y
fiestas que ya la cansaban.
Luciano, vino á visitar á su amiga Blanca Sol.
Desde el primer momento comprendió ella, que Lucia
no era portador de alguna noticia de bulto, como si se
dijera un notición.
¿Qué hay de nuevo? ¿ qué dice el mundo?
Malas nuevas traigo hoy.
-Hable usted ya adivino lo que es.
-Alcides Lescanti se casa con la costurera de usted.
-Pensará abrir un taller de costura .
-Lo cierto y positivo es que se casa con Josefina .
-No sea usted crédulo, lo que Alcides se propone, es
cazarla, no casarse .
-Mucho me temo que usted se equivoque por esta vez.
Y Luciano refirió con pelos y señas todos los datos que
él tenía en tan importante asunto.
Blanca conceptuaba como absurdo estupendo, como
negación de todas las leyes sociales, el matrimonio de
Alcides con Josefina.
Sería posible que él pudiera amarla hasta el punto de
darle su nombre. No, imposible ! ......Y Josefina, la flo
rista que ganaba tres reales trabajando día y noche, pa 1
saría á ser la señora de Lescanti , dueño de una de las
mejores fortunas de Lima.- Si yo pudiera impedir este
matrimonio--pensaba la señora Rubio - se salvaría mi for
tuna y mi felicidad ....Esperamos, aun no está todo per
donado ..
Y después de estas palabras, Blanca se dió á proyectar
la manera y forma cómo pudiera impedir el matrimonio
BLANCA BOL 21
-- 162 -

de Alcides con Josefina , resuelta á aceptar todos los me


dios con tal de llegar á término sus proyectos .
Lo más eficáz, indudablemente, era, ir á la casa de él:
ir á buscarle en sus propias habitaciones . Se estremeció
al pensar que tuviera que aceptar tan desdorosa resolución
ir ella Blanca Sol , á buscar á un hombre, y á un hombre
que no la amaba y quizá la despreciaba ; ¡ oh! esto era hor
rible: preferible sería morir de miseria, de amor , de de
sesperación, de todo , menos de vergüenza, sufriendo hu
millaciones, desprecios, ignominia! ....
Después de mil indecisiones , y vacilaciones, de larga y
tenaz -lucha de su dignidad, de su orgullo, que sentíanse
lastimados; después de vestirse, primero con rico traje
color de bronce, luego con otro negro más sencillo para
no llamar la atención , desechando aquél por muy lujoso,
después de ir de venir, deseando que algún acontecimien
to , algún inesperado impedimento viniera á frustrarle su sa
lida.........al fin llevóse ambas manos al pecho diciendo:
- -Mi corazón y mí destino me llevan allá ! ...
En los corredores encontró á una pordiosera :
- Una caridad por amor de Dios señorita.
-Toma, y pidele á Dios por mí - y arrojó en la mano
de la mendiga un sol de plata, que la dejó alelada mirando
largo tiempo la moneda.
Daban las nueve de la mañana , cuando ella salió, en
vuelta elegantemente en su manta.
Esta salida fuera de las horas de visitas , no inspiró sos
pechas, Blanca acostumbraba salir al templo todos los
días, y esta era la hora de misa en San Pedro.
Cuando llegó á la casa de Alcides , subió los escaleras,
y en el salón principal que estaba abierto, encontró á José,
un viejo criado, ocupado en limpiar y arreglar los mue
bles .
Blanca preguntó :
¿El señor Alcides Lescanti está en casa?
-No señora acaba de salir,
Y volverá luego .
-Es casi seguro que no volverá hasta la noche .
Blanca con la impaciencia que la caracterizaba , arrugó
el ceño y llevose con ademán desesperado una mano á la
frente exclamando :
-¡Oh que desgracia !
Tam 168

José fijó en ella su atención. Quizá si estaba en presen


cia de alguna señora amiga íntima de su amo. Era tan her
mosa ! tan simpática ! ... ...
-Si la señora gusta esperar, pudiera ser que llegara
dentro de media hora.
Blanca aceptó este ofrecimiento. Necesitaba no tanto
esperar, cuanto descansar , tomar aliento.
En la esperanza de descubrir algo nuevo en la vida del
·
hombre que era ya dueño de su corazón, y á quién la suer
te había colocado en condición de ser también dueño de
su fortuna ; dirigió la conversación con todo el artificio que
ella poseía; pero José con la reserva propia de sus años,
no dejó escapar un solo concepto, que pudiera comprome
ter á su antiguo y amado patrón.
En este momento sonó el timbre , cuyo botón quedaba
á la entrada del corredor.
—¿Será alguna visita para el señor?-- preguntó detenien
do á José para que no saliera de allí.
-No, debe ser algún importuno que viene donde mi
amo y salió á informarse.
Blanca oyó larga disputa sostenida por el visitante con
José.
Así que se vió sola, miró con ojos curiosos el dormito
rio de Alcides.
Tal vez si allí encontraría algún papel, algún indicio,
que le revelara lo que aun esperaba que fuera no más que
artificiosa ficción de Alcides.
Tal vez iba á descubrir una prenda, tal vez un retrato,
un rizo, quizá de ella, que Alcides guardaba en oculto si
tio, y que esperaba hallar.
A todo evento , preferible era la realidad á la horrible
duda que le torturaba el alma.
Es tan cruel dudar, cuando tanto se ama !
Blanca penetró con paso apresurado hasta el centro de
la alcoba y se detuvo sin atreverse á pasar adelante. Esta
ba pálida, helada, temblorosa.
Nadie al verla, hubiese reconocido en ella á la altiva y
coqueta Blanca Sol.
Llevose ambas manos al corazón : le parecía que de to
dos los objetos inanimados se desprendía, algo como el
fluido magnetico, ó mejor amoroso, que tiempo há , sentía
á la vista de Alcides; aunque no fuera sino viéndolo à la
- 164

distancia. Allí en aquella habitación , hubiera ella querido


pasar el resto de su vida ! ....
¡ El dormitorio del hombre amado ! Mirolo ella con esa
curiosidad, con ese afán , nunca hasta entónces sentidos.
Le avino el deseo de recostarse en los cojines donde él dia
riamente se rescostaría, de besar aquellos almohadones,
donde aún se conservaba el lijero hundimiento, producido
por la cabeza de él . Sentía un bienestar intenso : parecíale
que la cadena de males que hacía tiempo pesaba sobre su
vida, con inmensa pesadumbre; hubiérase como por en
canto disipado. Un pañuelo vió allí , y tendría su pefume,
el perfume que él usaba : Blanca, llevólo á los labios y as
piró con delicia, sintiendo el inenarrable placer que pro
duce vértigos.
Despues de corto momento, miró en torno suyo con mi
rada investigadora.
Un cuadro bellísimo colocado á la cabecera del lecho ,
llamó su atención . Acercóse á mirarlo .
Estaba agitada y temblorosa, como si temiera llegar á
un descubrimiento para ella muy horrible. Era un cuadro
al óleo. El marco fijó su ansiosa mirada. Con gran sor
presa reconoció, uno de esos cuadros , que el refinamiento
del arte ha ideado, para ocultar un retrato bajo la apa
riencia de un cuadro. Comprendió que había algo que ella
necesitaba ver.
Blanca conocía todos los secretos y resortes y compri
miendo un pequeño botón, oculto entre las talladuras del
marco, este se dividió en dos , y pronto quedó á su vista
un retrato de mujer ; era el de Josefina.
Esto era más de lo que ella necesitaba para compren
der su desgracia al lado de la dicha de Josefina.
El corazón le dió un vuelco, y un vértigo pasó por su
cerebro. De la palidez cadavérica pasó al rojo encendido,
color de amapola .
Pretendió arrancar el cuadro ; pero los cordones que lo
sujetaban á la pared resistieron ; entonces con un golpe
violento, separó el retrato de Josefina, lo dividió con fuer
za inaudita en mil pedazos , y arrojándolo al suelo lo pi
soteaba, cual si fuera, no el retrato sino el cuerpo mismo
de Josefina. -Asi quiero despedazar á esa infame, á esa
pérfida mujer que me ha traicionado!...¡ Oh ! Dios mio, es
to es más de lo que yo puedo soportar.
G 165

Y ébria, loca de indignación y rabia, cayó extenuada


casi desfallecida, en el sillón que estaba colocado á los
piés de la cama.
José, que al fin había terminado su larga disputa con el
impertinente visitante; volvió á entrar al salón, y al no
encontrar á Blanca allí , miró al dormirorio de su amo, y
vió á la señora reclinada en el sillón cubierto el rostro
con ambas manos.
No debió estar José muy acostumbrado á estas mudas
y elocuentes escenas ; pues que, después de mirar largo
rato, como si dudara de lo que sus ojos veían, decía :
--- Ajá........... ajá ! ¿Esas teníamos?-y luego movió la
cabeza con intencional malicia, juzgando haber llegado al
más estupendo descubrimiento.
-¡Quién había de creerlo! Si parecía una gran señora,
y había sido una de tantas . ¡ Pobrecita ! Y parece muy
desconsolada. Cuando se casará mi patrón, para que en
tre en el buen camino, y no se ande en estos descarreos .
Y Josè dirigióse al interior de la casa â continuar sus
ocupaciones, sin abrigar temor alguno de haberse equi
vocado, respecto á las amorosas intencioues de esta mis
teriosa visitante .
Después de corta meditación, Blanca, se irguió, y ya
algo más tranquila, pásose de pié, resuelta á retirarse es
perando no haber sido vista por el criado. Antes de sa
lir, miró hácia un pequeño escritorio de alcoba, y vió una
carta principiada en la que sólo estaba escrita la fecha, y
el nombre de la persona á quien iba dirigida.
Era carta para un amigo .
Blanca tomó la pluma y con pulsó trémulo, escribió estas
apasionadas lîneas :
Alcides : te amo y tú me odias . Te propones castigar fal
tas muy pequeñas con castigos inmensos. La ruina de mi
fortuna, que tu quieres labrar, sería para mí poca cosa si
no viniera acompañada de tu desprecio. He venido aquí
á implorar tu perdón, á pedirte mi felicidad . ¿No podré
esperar algo, ya que todo mi porvenir depende de tí?......
Mañana ¿me esperarás? El corazón me dice que sí.
Y este papel en el que derramó tan sólo algunas gotas
de la hiel que se desbordaba de su corazón, escribiólo con
Pulso nervioso y al correr de la pluma.
Quiso volver á leerlo, para corregir 6 agregar algo más,
-- 166 -

pero luego tiró el papel sobre el escritorio diciendo :


Cuando uno dá una caída, no puede estar pensando que
postura le conviene mejor. No hay remedio, es necesario
ir adelante !.........
Y salió de casa de Alcides, no sin haber enjugado al
guna lágrima rebelde, que más de una vez, asomó á sus
hermosos ojos.

XXX.

Asi que se vió en la calle, parecióle sontir que su dig


nidad de mujer y su orgullo de gran señora, habían sufri
do enorme y espantable decrecimiento.
Caminaba dando traspies, cual si los transeuntes que
la miraban, leyeran en su frente, que acababa de salir de
casa de un hombre, y del hombre que amaba á otra mu
jer ! .........
Al pasar por delante del templo de la Merced , le vino
el deseo de orar : de elevar á Dios la plegaria más fervien
te de su vida, la primera quizá que brotaba de su alma .
Su situación la encontraba tan desgraciada, tan horri
ble. que solo un milagro de la Vírgen, podría salvarla.
Blanca entró al tempio y oró.
¿Qué le pedía á la Vírgén? Que Alcides la amara; que
su acreedor fuera mañana su amante, no encontraba otro
recurso, i contra su próxima miseria, ni contra su pro
pio corazón .
Le habló á Dios, y á la Madre de Dios, presentándoles
su vida. Ella no era culpable: no se arrepentía de ninguna
falta: ¿Acaso jamás le había sido infiel á su esposo? Su
conciencia no la acusaba del crímen de adulterio . Verdad
que acababa de salir de la casa del hombre que ella se
proponía conquistar, no sólo como un medio de recuperar
su fortun ; sino más aún , como un medio de satisfacer una
necesidad de su alma; pero Dios que veía su corazón la
perdonaría.
A qué otro recurso podía ella apelar en tan aflictiva
situación : los hombres son tan interesados, tan egoistas,
que no había que esperar de Alcides concesión ninguna,
sino era á cambio de grandes favores .
¡ La miseria ! Qué cosa tan espantosa, cuando se ha vi
vido en la holgura y el bienestar; cuando ya la costumbre
- 167

arraigada, obliga á mirar como necesidades indispensables


lo que otras miran como lujo excesivo.
Cómo podría ella vivir sin coche ni criados, sin el con
fortable para ella y sus seis hijos : sus pobres hijos que ya
veía en la miseria! Lloró tanto que sintió enrojecidos los
ojos y horriblemente descompuesto el rostro, tanto que
determinó permanecer allí más tiempo del que había pen
sado.
Felizmente su esposo estaría en su escritosio , y no se
ocuparía de ella .
Oyó que el reloj de la Iglesia daba la hora . ¡ Las doce
del día y ella había salido desde las nueve ! Se asombró
de que fuera tan tarde; no creía haber permanecido tanto
tiempo en casa de Alcides.
De seguro que don Serafin la estaría esperando para
almorzar.
Iba ya á ponerse de pié, para partir, cuando le vino
una feliz idea.
Arrodillóse nuevamente, y con el fervor más sincero
dijo : -Vírgen Santísima, si salvas mi fortuna, te prometo
vestir el hábito de los Dolores por el resto de mi vida;
te prometo, con toda mi alma, renunciar al lujo y á todas
las fiestas del mundo, y entregarme al cuidado de mis
hijos, como la madre más amorosa, como tú lo fuiste con
tu Hijo, mi Redentor: escucha Madre mia esta plegaria
que desde el fondo de mi alma te dirije esta pecadora. Te
premeto además , hacer todos los años el mes de María con
tanto ó mayor lujo que el que hasta ahora te he dado. Y si
mi destino es que Alcides me salve, que el sea mi.......
amante ...
Aquí la señora de Rubio se estremeció, hubiera querido
recoger la palabra .—No, mi amante no será, si tu me pro
tejes ...... Pero sí , te pido, que Alcides no se case con
Josefida, con esa pérfida muchacha que yo protegía y que
me ha traicionado. Que un rayo de tus manos la partiera,
ya que ha sido tan infame. En tus manos Virgen Madre,
pongo mi destino ; guíame por el camino de mi felicidad,
que será el de mi salvacion eterna....
Después de esta plegaria, salió del templo algo más tran
quila, con mil propósitos de enmienda y casi segura de
que Dios y su Madre, habían de intervenir para impedir
Excude 168 30

el matrimonio de Alcides , y quizá también para que se sal


vara su fortuna aunque fuera por medio del adulterio.
Se dirigió á su casa, iba pensando en la figura que ha
ría ella, vestida con hábito de los Dolores : con una correa
de hule á la cintura, y el vestido llano , sin adornos ni
plegados.
Se sonrió imaginándose su estrafalaria figura, con el há
bito y el escudo prendido en el saco que había de ser hol
gado. Casi estuvo á punto de arrepentirse de su temera
ria promesa. Qué diría el mundo qué dirían sus adorado
res, cuando la vieran vestida de beata, con hábito y correa
de hule?....Pero luego recordó que muchas otras como
ella habían llevado el mismo traje, sin que nadie manifes
tara grande admiración. Y en fin, con tal que la Vírgen le
hiciera el milagro pedido; ella se resignaría á todo, lo
esencial era impedir el matrimonio de Alcides.
Se proponía además, realizar grandes economías en el
manejo de su casa, único medio de salvarse de la ruina
que la amenazaba.
Los doscientos soles mensuales , que el sostenimiento
de su carruaje le demandaba, bien podía economizarlos.
Ella no caería jamás en el ridículo de cierta señora, de la
cual ella tanto se había burlado , por haberla oído decir
que « con tal de sostener el coche particular, ella economi
zaba un plato en la mesa y un traje en el vestido » Y Blan
ca riendo estrepitosamente, decía, que esa señora econo
mizaba á favor del coche particular, el lavado de la ropa
blanca.
No, ella era bastante inteligente, y comprendía , que si
el lujo dá brillo y realce á la persona, es sólo cuando se le
lleva con buen gusto y sin ridiculeces .
El jardinero que cuidaba de las plantas de los corredo
res y del salón de fumar, podía suprimirse: ella vigilaría
que el mayordomo regara las begonias y las demás plan
tas delicadas.
Muchos otros gastos como estos pensó que bien podría
omitirlos.
Cuando llegó á su casa, llevaba las mejores intenciones
de regeneración económica; y todo un plan de reforma para
implantarlo desde luego ; pero también oculto como un mal
pensamiento, llebaba el propósito de ir al día siguiente
donde Alcides, segura como estaba de alcanzar concesio
- 169

nes tantas, que ya veía recuperada su fortuna, y realiza


das sus amorosas esperanzas.
Bajo la benéfica influencia, de tan halagueñas ideas, su
espíritu un tanto confortado, principió á abrigar la espe
raza de ver trocarse los negros nubarrones que con espan
tosa rapidez, iban oscureciendo el cielo de su porvenir, en
nubecillas doradas por el sol de la felicidad .
Pero ¡ Dios mio ! Qué había sucedido en su ausencia !
Don Serafin estaba pálico, tembloroso, y salía á recibirla
con aire amenazador, como si la hubiera visto salir de la
casa de Alcides .
No le dijo más que estas palabras
¡ Ven ! ¡Infame !
Y asiéndola fuertemente por el brazo, la llevó á su al
coba, casi arrastràndola.
-Qué es esto Rubio: suéltame me haces daño; pero qué
sucede? ¡Calmate ! ....
-
-¡Mira ! Y don Serafin presentó ante los ojos de Blan
ca, una carta que ella miró, fría y atentamente: era carta
de Alcides .
"
Una ligera palidez cubrió su rostro ; procuró dominar
se y con voz tranquila dijo :
-Bien, y ¿qué hay? ¿esto es todo ?
-Si , esto es todo ; lée y muérete de vergüenza -y le ha
bló con inacostumbrado tono , y con resuelto ademán puso
ante los ojos de su esposa una carta que decía así:
«Sra.: No venga U. mañana á mi casa; vendría U. de
masiado tarde . El retrato que acaba U. de romper y que
ha visto U. á la cabecera de mi cama, pertenece á la que
esta noche será mi esposa . Saluda á usted respetuosamen
te. Alcides ,
Lo que no consiguieron las iras de don Serafin consi
guiole la carta de Alcides .
Blanca perdió su serenidad y tembló de rabia Ꭹ deses
peración, acercose á su esposo y con la voz opaca por la
emoción dijo :
-Y bien ¿quieres explicación de esa carta?
-Sí, quiero saberlo para matarte .
-El que ha perdido estúpidamente su fortuna, no tiene
derecho á herirme á mí, que quiero recuperarla, -contes
tó llena de indignación y rabia la señora de Rubio :
-170 -

D. Serafin que delante de su esposa siempre fue manso


Cordero: sintióse con el coraje del león, herido cruelmen
te por su tiránico domador, y como la fiera que se lanza
sobre su presa, así él asiéndole fuertemente por el cuello
la arrojó contra uno de los muebles, pretendiendo extran
gularla.
-¡Canalla ! ¿quieres asesinarme ?
Sí, quiero matarte- decía èl fuera de sí, encendido el
rostro de furor.
Era la explosión de sufrimientos largo tiempo compri
midos : era el amor siempre rendido y jamás correspondi
do; era el esposo amante, que no pidió màs que fidelidad,
y al fin encuentra que, ni aun esto, érale concedido. Sí,
aquello fué verdadera explosión de resentimientos, de pe
nas , de celos , de todo lo que él había sufrido, y sufrido
en vano, para que al fin se le dijera, que él había perdido
estúpidamente su fortuna; dejándole la resignación, como
unico recurso á tan espantosa situación .
La muerte, sí, sólo la muerte, podría castigar tantas
injusticias y crueldades tantas
Lucha tremenda, desesperada , trabóse entre ambos . D.
Serafin, con los ojos llameantes, el rostro lívido , y los la
bios cubiertos de espuma, pretendía estrechar con ambas
manos el cuello de su esposa, diciendo: -Tú no mereces
vivir....
' . . . . . . . . muere yá que me has traicionado.
Nunca acentos tan indignados y furibundos, salieron de
los labios de tan amoroso marido.
Blanca, comprendió que verdaderamente D. Serafin
trataba de extrangularla, y dió voces, pidiendo socorro.
Faustina llegó presurosa, seguida de toda la servidumbre
de la casa, y volvió á salir despavorida, gritando :
-El señor va á matar á la señorita ¡ auxilio ! ¡ auxilio !
Blanca huyó desalada, dejando en poder de los criados
á D. Serafin, que con su atiplada voz, hablaba y gritaba
desaforada mente ,
Este suceso, dió lugar á grande alboroto y movimiento
en la casa. Los vecinos " de los bajos" acudieron temero
sos de algún acontecimiento, que demandara su auxilio.
Todos los circunstantes impusiéronse de lo acaecido ; y
esto era inaudito .
El señor Rubio había pretendido extrangular á su es
posa, sin duda por el delito de adulterio.
171 - >

Y D. Serafin que estaba fuera de sí , y á más , era vio


lento é imprudente en todas las situaciones de su vida,
no se guardó de vociferar, de gritar y echar á los cuatro
vientos su deshonra.
Puso de jueces y testigos á los vecinos y criados ; les
refirió cómo él había amado á esa mujer, cómo jamás
pensó en otra cosa que en complacerla, en verla feliz, y
todo ¿para que? para que ella le dijera que había perdido
estúpidamente su fortuna, la fortuna de él, si señor, por
que ella vino á su poder sin un Cristo, ó más claro, con
mucho dinero que ella debía y que él pagó á sus acreedores.
Un señor gordo, que por más señas, le debía tres me
ses de arrendiamento de la tienda, que ocupaba; trató
de consolarlo diciéndole: -Asi son todas las mujeres, mien
tras más se desea agradarlas, más ingratas se muestran .
Ud . señor Rubio, es un hombre de muchos méritos , y
debe U. ponerse muy por encima de estas pequeñeces de
la vida.
D. Serafin se paseaba en la habitación con fuertes y
acelerados pasos .
Largo rato permaneció allí, retorciéndose con furia los
bigotes y acriciando en la mente siniestros planes de ven
ganza y tremendos castigos para la culpable esposa.
Lenta y gradulmente recuperó la calma y la serenidad
de ánimo .
Pasado el primer ímpetu colérico y que siempre era cie
go y arrebatado , fácilmente se disipaban sus iras.
Se retiró á sus habitaciones .
Esperaba que Blanca llegaría á darle explicaciones de
sus palabras , ó quizá á pedirle perdón de su falta.
Se recostó en el diván de su escritorio y exaló largo y
doloroso suspiro.
En este momento sintió languidez en el estómago, re
cordó no haber aun almorzado.
Y eran las dos de la tarde !....
Llamó tocando al timbre.
-Traigame de almorzar aquí-dijo [Link] del
servicio; que acudió á la señal dada.
El criado se apresuró á servirlo, no sin asombrarse,
que despues de la escena que acababa de pasar, estuviera
el señor pensando en almorzar.
D. Serafin, almorzó con no mal apetito, eso sí , suprimió
- 172 -

los huevos fritos por ser alimento demasiado bilioso , y


para neutralizar su biliz, tomó una copita de pose café.
Cuando se levantó de la mesa, su espíritu había sufrido
completa metamorfosis .
¿Donde estaban sus siniestras ideas. su sed de vengan
za y todo aquel estado del alma, producida por su exalta
ción nerviosa.
Recordó haber leído, no sabría decir donde, lo que al
concepto de los materialistas era el alma : combinaciónes ,
vibraciones de la materia; secreciones del cerebro , idén
ticas á cualquiera otra secrecion del cuerpo. Y á pesar
del misticismo de sus creencias, que más de una vez le
llevaron á presentarse como porta-guión en las procesiones
religiosas; estuvo á punto de pensar como piensan los ma
terialistas , y negar la existencia del alma.
Lo que sí podía asegurar prácticamente, era que, el
estado del alma, depende directamente de las funciones
del estómago .
Encendió un habano legítimo . El humo del buen ci
garro, contribuye en gran parte á disipar las penas de la
vida-peusaba don Serafin .
Quiso volver á leer la carta de Alcides . Recordó que
después de haberla leído, Blanca, él volvió á apoderarse
de ella, pensando que no debía desprenderse de lo que era
el cuerpo del delito .
Sacó la carta del bolsillo del pantalón, estaba plegada ,
arrugada echa un burujón: la desarrugó con cuidado , la
leyó dos veces, antes no tuvo tiempo de leerla más de una
ᏙᎾᏃ .
¡Que barbaridad ! Pero si es que la carta de Alcides,
era la mejor justificación de su esposa ! ....
¿Qué decía ese documento? Que Alcides debía casarse
aquella noche con Josefina ! ....
Luego era lógico y terminante, que si se casaba con la
costurera de su mujer, no había de ser porque prefiriera
el amor de la una al de la otra; esto conceptuábalo él, co
mo la más estupenba insensatez.
Si Alcides hubiera tenido la más remota esperanza de
conquistar el corazón de su esposa . no había de ir á ca
sarse con la costurera .
D. Serafin secolocó en esta disyuntiva; 6 Alcides era un
tonto digno de exhibirlo como el mayor que puede exis
d 174 -

su esposa, y recuperada en ambos, la serenidad de espí


ritu, deber suyo era, ir donde ella.
Al tomar tal resolución acobardóse horriblemente, y se
llenó de terror . Su situación dificilísima, presentósele
clara y distintamente.
¿ Qué excusas podría darle á su esposa?
¿Qué satisfacción cabía, cuando Blanca se había defen
dido de él, que ciego, loco, trataba de extrangularla?
¡ Ah! y después de todo , Blanca era inocente, lo adivi
naba, lo presentída , casi estaba convencido de no equivo
carse.
La idea de que ella pudiera pensar en recurrir á alguna
medida violenta, tal vez en una separación judicial , alegan
do haber sido víctima de un conato de homicidio ....¡Oh! 2
esta horrible idea le ofuscaba la razón.
Perder á su esposa, después de haber perdido su for
tuna ! ........ ¿Qué podía haber en la Tierra ni en el In
fierno, comparable a esta desgracia? ....
Pronto, pronto una reconciliación, y si era necesario,
le pediría de rodillas perdón por haber dudado un momen
to, sí, nada más que un momento de su fidelidad ,
Desechó todos sus temores y se dirigió resueltamente
á las habitaciones de ella.
Encontró á Faustina .
La señora está en su dormitorio?
-No señor salió temprano.
-¡Cómo ! ¿á qué hora ha salido?
-Antes de almorzar salió .
-¿No dijo á la hora que volvería?
-No, pero dejó una carta escrita.
-¡Una carta! Ahora mismo, dámela .
D Serafin azorado , trémulo tomó de manos de Fausti
na esa carta de su esposa.
Abrió, leyó , mortal palidez se extendió en su rostro, y
un lijero temblor del lábio inferior, denotaba, cuánta an
gustia había en su alma.
Mi sombrero , dame mi sombrero ... ...se ha fugado
con él.... Yo debo matarlos ....¡Ah ! ya es tarde !.....ya es
tarde !! ....
Y don Serafin, después de dar algunos pasos desconcer
tado y tembloroso , cayó como herido por un rayo .
178 MASSAAD

tir en el mundo, ó Blanca era inocente y digna de admi


ración, justo que el matrimonio de su más ferviente adora
dor implicaba el más terminante rechazo dado á las pre
tensiones de él.
Hasta le ocurrieron dudas sobre si efectivamente , aquel
día que él sorprendió á Alacides arrodillado á los pies de
su esposa, estaría verdaderamente pidiéndole la mano
de Josefina.
Volvió á leer de nuevo la carta, meditando cada una
de las palabras , y queriendo descubrir, no solo el sentido
que Alcides había querido darles , sino tambien la in
tención con que habian sido escritas.
Verdad que también de esa carta se desprendía, la hor
rible verdad de haber ido Blanca, á buscar á Alcides á
sus propias habitaciones , y que, al darse con el retrato
de Josefina, habialo destrozado en mil pedazos, lo que
bien pudiera ser por celos ......
Pero en conclusión , lo claro y lógico que él deducia de
todo aquello era, no haber sido jamás, Alcides , el aman
te de Blanca.
Luego hubo injusticia en sus palabras y mayor injus
ticia en sus acciones .
¡El intentando extrangular á su esposa !!! ....
¡ Dios mio ! A qué extremos pueden conducir los celos
y la indignación ....
Y lo más grave del caso, era que, Blanca, mujer vani
dosa, altiva y engreida, sería muy capaz de cualquier locu
ra con tal de vengarse y castigarlo .
Pensó dejar pasar algunas horas, hasta la noche, para
ir á buscarla, y á pretexto de pedir explicación de las
crueles palabras de ella, llegar á una sincera y eterna re
conciliación ,
¡ Ah ! hoy más que nunca lo necesitaba ; hoy que la
suerte despiadadalle arrastraba hasta el borde de un abis
mo, del abismo de la miseria!
Se dirigió á su escritorio; quiso darle otro curso á sus
ideas, ocupándose en arreglar algunas cuentas y recibos
algo desordenados .
A duras penas llegó á fijar su atención en otro asunto
que no fnera aquel, que embargaba su inteligencia,
A las siete de la noche pensó, que calmado el ánimo de
173

Y la carta que tal trastorno le causara, era simplemente


resultado de las extravagancias y astucias de Blanca.
Quiso castigarlo, vengarse de su osadía, diciéndole :
-Nuestro matrimonio está para siempre disuelto . Voy á
unirme al único hombre que amo. Adios para siempre.
¡ Bárbara ! mejor elección hiciera hundiéndole afilado pu
ñal en el corazón !
Y en vez de irse á casa de Alcides, como supuso él,
Blanca, no había hecho más que irse á casa de su madre ,
á donde estaba segura iría su esposo á pedirle mil perdo
nes, y retornarla al desierto hogar.
Ir á buscará Alcides . ni aun como tentación se le ocur
rió tal idea, para qué, sino para morir de desesperación
y dolor, podía ir ella á donde el novio de Josefina !
Castigarlo á él, muy justo, puesto que se había atrevi
do á llevar sus manos á la garganta de su esposa con in
tenciones de extrangularla .
Pero es el caso que Blanca , no contaba que tan estupen
do efecto pudiera producirle á don Serafin, ese eterno
adiós dado sín más fin que traerle un buen susto.
¡ Ah ! dos horas más tarde él, presa de fiebre violentísi
ma, deliraba con todos los síntomas de la locura.
Su razón herida de muerte con la pérdida de su fortu‫ی‬
na, no halló apoyo al encontrar perdido también el amor
de su esposa.
Ocho días después, los médicos declararon que don Se
rafin, era víctima de incurable enajenación mental, y pasó
á ocupar una celda entre los locos furiosos de la casa de
insanos .
En su violentísima desesperación , pedia á gritos el cas
tigo de su culpable esposa , y pretendía forcejando furiosa
mente ir á extrangularla .

XXXI.

Algunos dias habían ya trascurrido despues de aquel en


que, el señor Rubio , por orden de una junta de facultati
vos, había pasado á ocupar una celda en la Casa de Insa
nos ; Blanca iba por las solitarias y polvorientas callejuelas
- 176 L

que conducen al Cercado ; sola meditabunda llorosa , cuan


do vió venir un lujoso coche, tirado por un par de briosos.
alazanes .
Espesas nubes de polvo, levantadas por el coche, envol
vieron en sus remolinos, á la en otro tiempo, altiva señora
de Rubio. Nó por esto ella dejó de ver á dos personas que
iban en el coche :-¡Es ella ! Ella en coche lujoso y yo á
pié, por estos callejones, asfixiándome con el polvo de su
coche !... ¡Yo en la miseria ! ......ella en el más fas
tuoso lujo . ¡Dios mio ! qué crimen he cometido que así me
castigais !....y el llanto ahogó su voz.
A su vez Josefina decía á Alcides :
-Pobre Blanca! Irá á ver á don Senafin, que según dicen
ha venido á ocupar una celda entre los locos furiosos .
-¡Desgraciada mujer ! Hoy vive humillada, deshonrada
cuando en realidad ella no ha cometido sino faltas muy
leves.
-Como ! ¿insistes en negarme que tú has sido uno de
los amantes de la señora de Rubio?
-Sí insisto , y te lo juro á fé de caballero .
-Sin embargo , era la voz pública.
-Te diré más, abrigo el intimo convencimiento , que ni
uno solo de los que han sido designados como amantes
de ella, ha alcanzado ni aun, á besar la orla de su vestido .
-Pero cómo es posible que sucedan tales absurdos y
tan estupendas injusticias .
Entonces Alcides explicó á Josefina, cómo las excentri
sidades, la despreocupación y el qué se me dá á mí, con que
Blanca desafiara al qué dirán , esa mano invisible de la
opinión pública, que tantas veces hiere ciega y estúpida
mente; eran las causas de la deshonra de la señora de
Rubio .
A la opinión de Alcides, Blanca no había cometido otra
falta que jugar con eso que se llama la reputación , palabra
elástica y acomodaticia , que unas veces es frágil y quebra
diza, cual si fuera de pobre cristal, y otras es fuerte y resis
tente cual si fuera de rico y maciso oro
Para los que conocían como Alcides , íntimamente la vida
de Blanca , las desgracias y la deshonra que la acompaña
ban; no era sino el resultado fatal de aquella excepcionalísi
ma manera de ser que ella tuvo en sociedad.
Alcides lacondenaba como coqueta, disipada, malver
Ci 177 w

sadora; pero jamás la juzgó adúltera, ni mucho menos' co


mo liviana y fácil mujer.
La caída de Blanca Sol fué sonada y estrepitosa como
la caída de un astro, del astro más brillante y esplendo
roso que lucía el aristocrático cielo de la sociedad limeña.
Y las que la odiaban , porque siempre se vieron inferio
res á ella; las que, como la señora N. á la cual Blanca llegó
á arrojar de su casa por indigna de rolarse con las señoras
de su sociedad; ellas en venganza de las ofensas , y humi
llaciones sufridas; propalaban calumnias é inventaban his·
torietas, holgándose grandemente con la ruina, y el total
eclipse de la que por tan largo tiempo fué reina de los sa
lones y tipo perfecto del buen gusto y la elegancia.
Larga y enérgicanente lucho Blanca contra la miseria,
que abriendo sus horribles fauces, acercábasele amenazan
do devorarla á ella con sus seis hijos .
Pero ........ no hubo remedio. Los agiotistas se lle
varon los muebles y los acreedores se apropiaron de las
fincas.
Ante la fuerza de los acontecimientos , se vió obligada
á dejar su lujosa y elegante morada, para ir con sus hijos
á ocupar modestas habitaciones , que sólo le costaban quin
ce soles: eran de las llamadas piezas de reja.
Su menaje de casa, quedó reducido á algunos modes
tos muebles y otros menesteres indispeneables para su
vida de indijente á la que tan bruscamente había llegado .
Instalada en su nuevo y modesto domicilio , cuidó es
pecialmente de procurarles á sus hijos, cuantas comodi
dades y desahogos pudieran prestarles en la triste con
dición á la cual quedaba reducida ,
Aunque estaba aturdida, desconcertada, sin darse cuen
ta de aquella sucesión espantosa de acontecimientos ; pres
taba atención á los quehaceres de su hogar.
Diariamente erale forzoso , para llenar urgentes necesi
dades , llevar algun objeto, á la casa de préstamo, llenando
ella misma estas diligencias, que le ocasionaban grandes
contrariedades .
Cuando en la calle encontraba alguna persona conocida ,
volvia la cabeza del lado opuesto y fingía no haberla visto .
Lentamente como recupera la razón un aletargado, así
principió ella á volver de su estupor, de su atonía, reflexio
nando friamente sobre su situación . Entonces una reso
BLANCA SOL 28
178

-
lución enérgica se acentúo en su espíritu, y horrorizada es
clamaba joh ! y no hay remedio!
Pensaba que tenía seis hijos á los que ella debía alimen
tar, vestir educar .... ¡Ah ! y para llenar estos deberes
necesitaba dinero, mucho dinero.
Del estupor del aturdimiento, pasó al dolor extremado, é
la desesperación, y su vida llena de penurias , se le presen
taba con sus contínuos apuros , con su creciente desdicha
en la que iría mal pasando su irremediable situación.
A qué recurso apelaría, á qué arbitrio se acogería, cuan
do hubiera vendido todo lo que poseía vendible ! Cómo era
posible que ella , sintiéndose sin fuerzas para ganar su pro
pia subsistencia, pudiera subvenir á las necesidades ine
ludibles, apremiantes de sus hijos ! ....
J Entonces se cubría el rostro con ambas manos y llora
ba, lloraba amargamente .
Dias hacía que tomaba algunas copitas de pisco , el
aguardiente le reincorporaba el ánimo, y disipaba las
horribles ideas que se amontonaban en su cerebro .
La primera copa la tomó, el día aquel que vió á Josefi
na y á Alcides, en lujoso coche, mientras ella iba á pié að
Cercado .
Dos espectáculos horribles ! Josefina al lado de Aloi des
del esposo amado del mismo hombre que ella amaba ! ....
y luego, otro espetáculo más horrible. Don Serafin , en
cerrado en una celda , loco furioso, pidiendo , demandan
do á gritos una arma , un puñal, un revólver para ir á ma
tarla á ella .
Cada vez que este recuerdo se le presentaba, corria y
tomaba la botella, llenaba una copa y con la risa nerviosa
y el acento de indecible amargura decía .
-A la prosperidad de mi porvenir --y se vaciaba de un
solo trago toda la copa .
Al principio acompañaba estas desmedidas libaciones..
con estremecimientos y gestos, producidos por la impre
sión del alcohol , pero luego, fué disminuyendo la impre
sión recibida, y había llegado á saborearlo , tomándolo &
cortos sorbos para gustar mejor de él.
Sus acostumbradas palabras, al tomar por la prósperi
dad de su porvenir, repetíanse con harta frecuencia, á me
dida que más sombrias eran las lontananzas de su mísera
vida.
179 CE

Su pobreza fué día á día tomando más alarmante as


pecto, y después de haber vendido sus ricos y lujosos ves
tidos , lo último que de sus pasadas grandezas le quedara;
fué preciso principiar á vender la ropa blanca. Ÿ en sus
apremiantes apuros, vendía á vil precio objetos valiosos .
Así, la prenda que había costado cuatrocientos soles se
desprendía de ella por cuarenta , y á este tenor fueron to
das sus ventas .
Cuarenta soles , sobre los que era preciso echar cuentas
para que al canzaran siquiera para ocho días.
Tanto para la lavandera, tanto para zapatos , tanto para
la casa ; y después de cuatro ó seis tantos, le sucedía que
perdía la cuenta , y se le calentaba la cabeza.
Ella estaba acostumbrada álas cifras redondas, cuantro,
cinco mil soles , pagados por una alhaja por unajuar de mue
bles; pero aquello de dividir una cantidad para repartirla
en porciones pequeñas, haciendo al fin el milagro de que
alcanzara para todas sus necesidades ¡ oh ! eso era horrible,
casi irrealizable.
Al fin un día le faltaron los vestidos . Los había vendi
do todos ! ..
Ese día tomó más de una copa, acompañándolas con esa
indescriptible risa, con la risa del angel caido . - Por la
prosperidad de mi porvenir- decía -y temblaba cual si en
su mente se le presentara un cuadro horrible, que le espan
taba.
En todo el tiempo trascurrido, desde que ocupaba esas
piezas de reja; se había negado á recibir visitas . Sólo una
visita hubiera ella recibido, y esa no la esperaba : era la
de Alcides .
De su antigua servidumbre sólo le quedaba una criada
esta era Faustina , que fielmente la acompañaba, horrori
zada también ella, al ver , cuán rápidamente es posible pa
sar, del lujo, del fausto, á lo que ya más que pobreza, era
miseria.
Faustina, entendía en el manejo de la casa, y Blanca
cuidaba de los niños El último contaba solo un año y
nueve meses. La edad de las gracias, y de los más dulces
encantos.
Por qué fatal sucesión de acontecimientos, había podi
do vivir sin comprender, sin adivinar, que á su lado, col
gada de sus faltas , había tenido á la verdadera á la imper
180

durable felicidad de la mujer !...Por qué no había seguido


los consejos de su esposo, cuando le decía , que debía con
sagrarles algo más de atención á sus hijos y un poco menos
á la sociedad ! ........
Y después de estas tristes reflexiones, estrechaba con
tra su corazón y acariciaba con mayor fervor á su hijito ,
el menor, al que más frecuentemente estaba con ella.
Otras veces miraba enternecida á sus hijas; eran dos ;
las mayores . Ellas si que eran dignas de compasión ! ¡ Mu
jeres ! Pobrecitas ! .... • y las contemplaba arrasados los
ojos en lágrimas .
Algunas veces pensando en el porvenir de sus hijas, se
sentía con fuerza, con gran valor , para arrostrar las pena
lidades de la miseria, y volver á la senda del deber , del
bien, para poder llegar á llamarse mujer virtuosa . Pero
luego , aquella risa llena de hiel y despecho , asomaba á sus
labios, y concluía por prorrumpir en una risotada dicien
do:-Me había olvidado que la virtud no es un potaje que
puedo poner á la mesa, para que coman mis hijos ! ......
-
-Y pensaba que recobrar su antigua posición social le
sería ya tan imposible como pretender tomar el cielo con
sus manos. Sabía con cuanta publicidad se comentaban
mil historietas referentes á ella , todas á cual mas deni
grantes para su honor y su buen nombre de señora. Sabía
que la escena aquella con el ajiotista inglés, horriblemen
te desfigurada y aumentada, corria de boca en boca. Fué
decian á robarle las alhajas, ofreciéndole pagarle con su
amor. Y á este tenor mil otros lances, que en las oficinas
ministeriales y en los establecimientos donde se reunen
los jóvenes alegres y desocupados, servían de tema á los
que, regocigábanse quizá demasiado , al ver cuán irreme
diable era la caida y la total ruina de la que, hasta enton
ces, creian que había insultado á la moral y desafiado á la
opinion pública.

XXXII .

Al fin llegó un día en que Blanca Sol , se vió sola desam


parada, humillada , hundida en la miseria , y sin más recur
sos que sus propias fuerzas, ó mejor, su propia belleza, y
181 -

entonces profunda reacción operóse en su alma. Y con mi


rada fria , calculadora , dirigió su vista hacia el pasado y
también hacia el porvenir .
¿Qué culpa tenía ella, si desde la infancia, desde el co
legio enseñáronla á amar el dinero y á considerar el bri
llo del oro como el brillo más preciado de su posición
social? ...
.......
¿Qué culpa tenía de haberse casado con el hombre ridí
culo; pero codíciado por sus amigas, y llamado á salvar la
angustiosa situación de su familia?
¿Qué culpa tenía si, siendo una joven casi pobre , la ha
bían educado creándole necesidades,que la vanidad aguijo.
neada de contínuo por el estímulo , consideraba como ne
cesidades ineludibles , á las que era forzoso sacrificar,
afectos y sentimientos generosos?
¿Qué culpa tenía, si en vez de enseñarla, la moral reli
giosa que corrige el carácter y modera las pasiones , sólo
la enseñaron la oración inconsciente, el rezo automático y
las prácticas externas de vanidosas , é impias manifesta
ciones?
¿Qué culpa tenía ella de haber aprendido en la escuela
de la vida á mirar con menosprecio las virtudes domésti
cas, y con admiración y codicia las ostentaciones de la va
nidad?
¡La sociedad ! Qué consideraciones merecía una socie
dad , que ayer no más, cuando ella se presentaba como
úna gran cortesana, rodeada de sus admiradores los que
eran conceptuados por amantes de ella, la adulaba, la mi
maba, la admiraba, dejándole comprender, cuánta indul
gencia tiene ella, para las faltas que se cometen acompa
ñadas del ruido que producen, los escudos de oro?
Y después de dirijirse á sí misma estas crueles pregun
tas: la señora de Rubiɔ, miró sus manos delicadas que
jamás se sirviiron de la aguja ni el dedal, miró su cuerpo
siempre gentil y donairoso ; miró sus labios rojos , aunque
finos y delicados , rebosantes de voluptuosidad, y sus ojos
grandes llenos de vida y de pasión, y volvió á sonreir con
la risa del angel caido , que desafía todas las iras divinas
y todas las fuerzas humanas .
En adelante ya sabría lo que debía hacer.
Necesitaba otro género de vida , puesto que era ya otra
la atmósfera social en que debía vivir.
182

Si antes no tuvo más que muchos adoradores á quienes


había despreciado, hoy tendría muchos amantes á quienes
despreciaría aún más .
La vejez que paga bien la caricia vendida, y la juven
tud que rodea entusiasmada á la mujer hermosa , que quie
re, no huir del vicio , sino precipitarse en sus brazos ; y
busca aliados que la sigan y la impulsen adelante; esos y
no otros, serían en el porvenir , sus recursos y sus ele
mentos de vida.
Y ¿quién sabe, si muriendo don Serafin, como era muy
posible, ella llegaría á casarse con algunos de esos viejos
ricos ; llegados à la caducidad, que han menester de la ju
ventud, para llenar la tonicidad de su organismo?
No tenía ella en sociedad más de un ejemplo de algunas
de las que habían subido por este camino á la más alta
posición social?
Si la sociedad la repudiaba, porque ya no podía arras
trar coche, ni dar grandes saraos y semanales recepcio
nes, ella se vengaría, despreciando á esa sociedad , y es
carneciendo á la virtud y á la moral,
Quiso hacer un exámen de conciencia, y rememoró to
da su vida, sometió á juicio los acontecimientos y las per
sonas, que hubieran de alguna manera contribuido á lan
zarla en su desgraciada caida.
Y cual si de tan justiciero proceso mental al que su con
ciencia la sometiera , resultaran otros culpables, y ella so
la inocente; de sus indignados labios, brótó esta cruel es
olamación :
-¡Miserables! si yo poseyera hoy mis cuatro millones
de soles, nadie se atreviera á pedirme otra virtud , que la
de mi riqueza !.
Una lágrima humedeció sus hermosas pupilas, lágrima
que ella se apresuró á enjugar con rabiosa indignación,
como si á mengua tuviera llorar, como si el llanto fuera,
en esa circunstancia, signo de debilidad y no signo de
arrepentimiento, Su ceño se arrugó y su expresión_som
bría, manifestaba que por su alma pasaban pensamientos
amargos y proyectos horribles .
Llorar para qué y por qué? Era acaso ella culpable?
No sentia el dolor del arrepentimiento sólo sí, el coraje.
la indignación de la víctima , que se considera castigada
con bárbara crueldad é inmensa injusticia.
188

Sentíase irresponsable de las faltas cometidas y fatal


mente lanzada en la única senda, que le fué dable seguir.
Recordaba á todas aquellas amigas suyas, que como ella
habían brillado en la misma sociedad , y conservaban siem
pre las consideraciones y homenajes que antes les tributa
ron . Y esas habían cometido faltas muy graves y muy ver
daderas, y no como las suyas, supuestas y leves : leves, sì ,
puesto que ella jamás le fué infiel á don Serafin .
¿Por qué sucedía ésto?
La señora de Rubio, no trepidaba en definir esa ano
malía con esta amarga frace:
-Yo he perdido mi fortuna y ellas la conservan toda
vía !! ......
Luego pensó, que á seguir en la vertiginosa caída, ha
cia donde la arrastraba la ruina irreparable de su fortu
na, llegaría bien pronto hasta no encontrar más recurso
que la mendicidad.
¡ Vivir de limosna ! ¡ Qué horror ! ¡ Oh ! nunca , jamás des
cendería hasta ese extremo! Preferible era ir por otra sen
da á ........ En este punto el pensamiento de Blanca, se
detuvo sin atreverse á pronunciar ni aun mentalmente la
palabra, que definía su porvenir, tal cual ella quería acep
tarlo, y prorrumpió en una de esas carcajas estridentes ,
henchidas de indignación é impotente coraje.
Y volvió á su mente la comparación de otro día. Ella
pobre como Josefina, más que Josefina , la mísera costure
ra, que un día ella sacó de un entresuelo de la calle del
Sauce ....
Y en la altivez de su carácter, juzgábase mas degrada
da, muy más envilecida, recogiendo humildemente las li
mosnas que sus amigas quisieran darle, que buscando la
riqueza por la senda en que ella se proponía buscarla .
Pués qué ! ¿acaso había llegado á la edad en que la
mujer, deja de ser un poder, nna fuerza, una voluntad ,
que se impone como ella estaba acostumbrada á imponer
se? No, aun estaba joven, aun estaba hermosa, y no llega
ría jamás á humillarse ante aquellas á quien ella tanto
humillara y otro tanto deslumbrara .....
Largas horas pasaba urdiendo y combinando planes ,
para el porvenir, para ese porvenir, por cuya prosperidad
tantas copas apurara , no de hiel, sino de pisco, comprado
de la pulpería , á veinte centavos la botella; y uno de sus
184

proyectos era, reunir en una sola noche á todos sus anti


guos amigos, á sus más apasionados adoradores, para de
cirles: -Aquí está Blanca Sol, la gran señora que tanto ad
mirábais y codiciábais ; aquí está, flagelada por todas las
infamias del gran mundo y contaminada de todas las Ila
gas sociales . No he salvado de mi naufragio más que mi
belleza ; yo os la doy; nó, es que necesito dinero y la ven
do ; la vendo al mejor postor ..
Í aquí sus ojos centellaban llenos de cruel despecho é
indignación.
Y ellos, los que la elevaron cuando la juzgaban muy ri
ca, para después hundirla porque la veían pobre; ellos,
pagarían con su propio dinero sus veleidades é injusticias.
Yese dinero, que tal vez provendría de las economías,
largo tiempo reunidas por algún enamorado, próximo á
ser un buen esposo, un padre de familia, pasaría á sus ar
cas, á las arcas de ella, para que pudiara satisfacer sus
hábitos de lujo, contraidos desde la infancia, y que por
largo tiempo fueron la aureola radiosa de su codiciada
posición social .
Y con esa especie de peroración , que llegaría á ser co
mo gran campanazo que tendría horrible resonancia en
todos los salones de Lima; y pasando de boca en boca
repetida por todas las de su clase, las de su alcurnia; lle
garía á los oídos de Alcides , y tal vez él, hastiado de la
insipida belleza de Josefina, vendría á buscarla á ella .
¡Oh ! entonces quedaría vengada, quitándole el marido á
Josefina y arrojando un poco de fango, sobre esa sociedad
que la repudiaba ! .......
Otro día pensó, que antes de lanzarse en la nueva vida ,
que como resultado de su caida le era forzoso aceptar ,
debía probar, si aun era posible reconquistar el corazón
de él, de Alcides , al que, apesar de todos los aconteci
mientos, amaba entonces más que nunca .
Los hombres son tan volubles, tan inclinados al mal ,
que bien pudiera suceder, que á pesar de su amor á Jose
fina, quisiera sazonar su vida, aceptando una querida .
Y de querida de Alcides, se imaginaba estar menos
prostituida que lo estuvo de esposa de D. Serafin .
El amor, sólo el amor, podía á su concepto, purificar,
ennoblecer su vida.
Escribió una carta dirijida á Alcides, carta apasionadí
185 -

sima, romántica, llena de sentimiento , de súplicas , de rue


gos; le pedía que viniera á verla, una vez, una sola vez. Le
reprochaba su volubilidad, recordándole su amor al que
ella por su mal dió crédito, y concluía diciéndole: que
Blanca Sol, aquella mujer que un día él juzgara como
coqueta sin corazón, era la misma que hoy le llamaba,
para caer en sus brazos , rendida , ébria, loca de amor .
Alcides recibió la amorosa misiva, leyóla con la sonri
sa de la compasión , y la indolencia del desinterés, y des
pués de romperla en mil pedazos, echó en olvido las sú
plicas de Blanca.
Ella no desesperó con esta nueva decepción , y luego se
dió á combinar otro nuevo proyecto, aun más atrevido: di
rigirse personalmente á él, buscar ocasión para hablarle .
Si antes , cuando todavía se creía una gran señora, tuvo
valor para ir á buscarlo, cnánto más no debía de ir hoy,
que ya no era la misma de ayer .
Blanca sabía que Alcides salía todas las noches , unas
veces solo, otras con Josefina, para ir de visita á casa de
algún amigo .
Pues bien, allá, á la puerta de su casa iría ella á espe
rarle cuando saliera.
Siguiendo este proyecto , á las nueve de la noche se
dirigió á la calle de Boza .
Alcides salió aquella noche con Josefina.
¿Cómo fue que pudo dominarse hasta el punto de no
arrojarse sobre su antigua costurera, y morderia, destro
zarla, comérsela viva ! ....¡ Oh ! ella misma no podía expli
cárselo .
Su corazón, aquel corazón que el mundo juzgaba insen
sible al amor ; parecióle que iba á romperle el pecho tan
violentos fueron sus latidos . Alcides hablaba con Josefi
na, y aunque Blanca no llegó á percibir las palabras, oyó
aquellas modulaciones de su voz. ¡Ay! eran las mismas
con que él tantas veces le había hablado de amor! ....
¡ Cuantos acontecimientos desde la última vez, que ella
le tuvo arrodillado á sus piés , aquel día que fué sorpren
dida por su esposo ! Cuántos acontecimientos y cuán des
graciados todos para ella !....
Miró fijamente á Alcides; podía verlo sin ser vista.
Le pareció que había engrosado algo; pero conservando
siempre su elegancia y gallardía .
BLANCA SOL 24
186 -M

A la noche siguiente volvió; pero algo mas tarde; pen


saba esperarlo, no á su salida de la casa, sino á su regre
so á las once.
Era el mes de Julio , y densa y menuda lluvia , caía sin
interrupción .
Blanca, llegó á la puerta de la calle y se reclinó , recos
tando el cuerpo contra el muro de la casa : estaba yerta
de frío y mojada por la lluvia .
Apesar de la expresión angustiada de su semblante ;
diríase tan hermosa como en sus felices y mejores dias.
Cuando entre los transeuntes , veía alguna persona de
aspecto de gente decente, echaba á caminar , y luego
volvía á su apostadero.
Esperó media hora; eran las once y media, él no debía
tardar.
Alcides llegó una hora más tarde que de ordinario; no
importaba, ella le hubiera esperado toda la noche . Blan
ca iba preparada á hablar mucho, á manifestarle cuán fe
lices podían ser, si él consentía en seguirla, iba á abrirle
su corazón, á pedirle su felicidad , á entregarle su porve
nir. También se preparaba á exponerle toda una série de
ideas, algo subversivas contra el matrimonio; contra esa
obligación impuesta al amor á la que sólo almas vulgares
pueden someterse. ¡Ah! ella desplegaría toda su astucia,
toda su inteligencia para seducirlo y .... ¿quién sabe?.
Aun era posible salvar su porvenir y labrar su felicidad !
Por desgracia la elocuencia, ni el bien decir, jamás han
sido manifestaciones propias del amor ardiente y apasio
nado, y apesar de sus largos y estudiados proyectos, no
llegó Blanca á decirle á Alcides, ni poco ni mucho de lo
que ella ansiaba, ó hubiera podido hablar, si el amor no
hubiera paralizado su lengua.
Y lejos de conquistar el amor de Alcides, solo llegó al
más cruel rechazo.
Es que Alcides, no estaba muy seguro de sí mismo , y
al sentirse débil para resistir á las seducciones de la mujer
que tan tiránicamente lo dominara ; quiso levantar entre
los dos un muro, y ese muro, no pudiendo ser su enérgi
ca voluntad, sería su cólera, su indignación, su temor de
caer nuevamente á los piés de ella, y ver perdida su feli
cidad , malogrado su matrimonio; de aquí el que él le ha
blara con la matadora elocuencia de la indignación, de}
G
187

desprecio, llevando su temeridad hasta decirle que, pues


to que se andaba en pos de hombres con quienes prosti
tuirse, buscara á otros, no á los que como él, tenían una
esposa amada , que les ofrecía cumplida felicidad.
¡ Ah! y es posible que tales palabras puedan oirse , ver
tidas por el hombre á quien se ama, como ella amaba á
Alcides, y oírlas sin morir de dolor y desesperación ! ....
Blanca se alejó de aquel sitio con el semblante indig
nado y el aire resuelto, del que ve tocar á su término, y
resolverse definitivamente, una situación de largo tiempo
insostenible.
Iba jurándose á si misma, no pensar jamás, ni pronun
ciar una vez sola en el resto de su vida, el nombre de Al
cides; de ese infame, que había esperado verla abatida
por las desgracias para insultarla y despreciarla.
Sentía que las lágrimas desbordadas del corazon, iban
á llegar á los ojos ; pero ella las dominaba, y en vez de
llorar reía.
Pues, no faltaba más, que ella, Blanca Sol, llorara y
¿por qué? porque á un hombre, á un miserable, le había
dado en gana insultarla. ¡ Llorar por él ! cómo si no hubie
ra en el mundo otros hombres !.........
Aquella noche tomó, no una, sino muchas copas repi
tiendo: -A la prosperidad de mi porvenir !
Y cuando se fué á su lecho , la casa daba vueltas : le pa
recía que todo danzaba á su alrededor, y sin poder desves
tirse, cayó como desplomada sobre su lecho .
Al día siguiente Faustina, al ver que la señorita no se
había acostado y adivinando lo sucedido , contentóse con
este triste comentario : -La desgracia es capaz de esto y
mucho más .
Nuevos sinsabores aumentaron aquel día las penas de
Blanca ; Faustina , muy conpunjida y llorosa le participó
que, con gran pena, ella tambien dejaría la casa por serle
del todo imposible seguir viviendo sin tener con qué com
prar zapatos y pagar el lavado de la ropa limpia.
-Te vas porque no he podido pagarte tus sueldos! ....
-No , señorita ; pero ya U. ve que ..
-Tienes mucha razón; pero quédate hoy y mañana ten
dremos ya dinero .
-¿Es verdad lo que está U. diciendo?
—Sí, sí, quédate .
188

¿Van á devolverle su fortuna?


-No me preguntes más, mañana tendremos mucho di
nero:
-i Ah ! Gracias a Dios ! ....
Entonces Faustina le refirió muchas cosas, que por no
afligirla, le había ocultado antes.
No era por falta de pago de sus salarios por lo que ella
quería irse, no, es que el pulpero de la esquina, la amena
zaba con llevarla á la Intendencia de Policía; caso que
ella no llegara á pagarle cincuenta soles , que le debía; y es
ta enorme deuda , provenía de las mil necesidades que
diariamente se originaban en la casa; era el pan, eran las
velas, que muchas veces eran de sebo; eran las menestras
para la comida, y todo aquello que había necesitado y pe
dido al fiado .
Cuando en la noche los niños lloraban, diciendo que
tenían hambre, no se había atrevido á pedirle dinero á la
señorita ¡ ay ! ella sabía que muchas veces no tenía ni un
centavo, y entonces pedía el pan á la pulpería.
Y á este tenor fueron las revelaciones de Faustina.
-Mañana pagaremos todas nuestras deudas contes
tóle Blanca.
Y al día siguiente, pidió á un fondista peruano, le pre
parara una cena criolla, queriendo así dar su primer pro
testa, contra todo lo que llevara el sello de su nobleza, de
su aristocrácia, Los licores quiso que fueran buenos y
abundantes ; las cuentas de la cena como del servicio de
mesa, que fué preciso alquilar, serían pagados dos días
más tarde .
Y así la señora Rubio , con la expresión de profunda
desesperación, con el pulso trémulo y mordiéndose los
lábios , más como quien va á realizar crueles venganzas,
que como quien va á llegar á un fin deseado; escribió va
rias cartas: la primera era para un viudo rico, un ex-mi
nistro que le había rendido homenajes , furiosamente ena
morado : otros muchos como este fueron tambien llama
dos : los invitaba á su casa para una cena de íntima
confianza .
Blanca no dudaba un momento que sus invitados lle
garían alegres y esperanzados . ¡ Pues que ! Acaso los lla
maba pidiéndoles auxilio; demandándoles amparo, y su
plicando le tendieran la mano para lavantarse de su cai
189

da ! ...... Ella estaba bien segura que por el tenor de sus


cartas , dejaba adivinar bien claro, que ella no decía:
Ven, ayudame á salvarme !-sino al contrario : -Ven,
acompañame á perderme......
Y con su acostumbrada sonrisa decía :-Nos perdere
remos todos !.........
También hubieron mujeres invitadas : las vecinas del
segundo piso: jóvenes y bonitas, que según informes reci
vidos, eran mujeres de vida alegre..
-¿Se habrá vuelto loca Blanca Sol?-se preguntaban
unas á las otras mirando y remirando una esquelita de la
señora de Rubio, en la cual las invitaba á tomar «una ta
sita de té en compañía de amigos íntimos.
No, ella no había perdido el juicio: pero sí se preparaba
á hacerle perder el juicio y la fortuna á muchos hombres.
Blanca no se equivocó, todos sus invitados acudieron
presurosos. Y ella los esperó vestida sencillamente con
bata de casa, como si quisiera manifestarles que esa invi
tación no era mas que el principio de otras muchas que
diaria mente daría ella en su casa.
En la expresión de su semblante y en todo su porte, ha
bía algo insólito, algo extraordinario; era el descaro, la in
solen cia de la mujer que quiere expresar con sus acciones
lo que no puede decir con el lenguaje hablado.
Ya llegará el momento que lo diga todo pensaba ella: y
sus palabras fueron tomando el tinte subido que retrataba
su pensamiento y sus designios.
Y durante la cena ella dirijiase esta pregunta. ¿Qué pier
do esta noche? Y se contestaba á sí misma: ¡ Nada; pues
to que el honor y mi reputación los he perdido ya! Pero
si no pierdo nada puedo ganar mucho, mucho ...
Mañana habrá dinero para pagar mis deudas !.
Y después de la cena hubo grande algazara , loca ale
gría, cristales rotos. palabras equívocas y Blanca llegó
hasta.. .¡ Silencio! ....
No se debe describir el mal sino en tanto que sirva de
ejemplo para el bien.

FIN
#2
OBRAS DE LA MISMA AUTORA

NOVEL A S

"Sacrificio y Recompensa, " premiada con medalla


de oro en el Concurso Internacional del Ateneo de

Lima, (segunda edición) "Eleodora"


"Amores de Hortencia"

"Influencia de las bellas letras en el progreso mo

ral y material de los pueblos .". Trabajo premiado

con Medalla de Oro por la Municipalidad de Lima.

"Independencia de Cuba, " premiado en el Certá

men Literario con el primer premio.

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Caton cristiano. Castellana, por Arosemena.
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gia Práctica. Aritmética y Sistema Métrico, por
Lecciones elementales de Ortología. Juan E. Díaz (1.3 y 2.ª parte).
Silabario Enciclopédico. Aritmética de 2.0 y 3.0 grado, por
Tablitas de cuentas. Vasquez.
Catecismo de la Doctrina cristiana. Curso de Aritmética Práctica. por
Libros
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de Mandevil. Compendio de Aritmética Práctica,
Libros de lectura 1. , 2.ºy 3.° de Man por García Godos .
tilla. Curso de Aritmética Práctica, por id.
Libro Primero de la Infancia, por De Curso completo de Geografía, de Re
lapalme. nites.
Libro Primero de la Adolesencia, Curso do Geografía, por Maticorena.
por id. 25 € Novísima Geografía elemental, por
Explicaciones Intuitivas de la Histo Veitelle.
ria Santa, por Galindo. Geografía ilustrada, por Aşa Smith.
Historia Santa en cuadros, por id. Nuevo Atlas de Geografía Universal,
Historia Santa, por Salazar, por Bourret.
Religion, por Santistevan, Compendio del Manual de Urbanidad
Elementos de Religion, por Valdivia. y buenas maneras, por Carreño.
Catecismo Dogmático , por Lorente. Manual de Urbanidad, por id.
Vida de Nuestro Señor Jesucristo, por Moral y Urbauidad de la Infaucia,
Salazar. por Osma.
Catecismo histórico dogmático, por Moral, Virtud yUrbanidad, Trujillo,
Navarrete. Moral y Urbanidad por Urcullu.
Compendio de Gramáica Castellana , Filosofía de la Infancia, por Antonio
por Salazar. Varela.
Gramática Castellana, por id. Compendio
Catecismo de Gramatica Castellana, Salazar. de Historia Antigua.S
por
por Arosemena. Compendio de la Historia de la Edad
Rudimentos de Gramática castellana, Media, por id.
por Saumartí. Compendio de la Historia Romana,
Epítome de la Gramática Castellana, por id.
por id. Compendio de la Hist. Griega. por id.
Gramática y Ortografía de la Acade Compendio de Mitología, por id.
mia Española, edicion de 1885. Mosaico Literario Epistolar, por Bas
Gramática Filosófica de la Lengua tinos y Puig.
Castellana, por Arosemena. El Nuevo Mosaico por Toro y Gomez.
Diccionario Ortográfico , por id. Mosaico Peruano.
Compendio de Gramática Castellana, Colecciones completas de estampas de
por J. M. del Rio. la Historia Sagrada y de Nuestro
Gramática Elemental de la Lengua Señor Jesucristo.
Castellana, por Raimundo de Mi Cuadernos de dibujo, por J. Cousin.
guel. Cuadernos de cálculo (las 4 reglas).
- MÉTODO GAR
Cuadernos de Escritura.-
NIER, que consta de 8 cuadernos , y MÉTODO ADler,
que comprende 12 cuadernos: todos en pape ' superior.
Cuadernos en blanco, rayados.

3
12
11
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. 5

ver : p 7,
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