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Alejandro Montiel

Shut my eyes
I'm not here
There must be some mistake
Low roar - Don’t be so serious

Mirando al abismo: Psicoanálisis del breakdown

Con motivo de la X Jornada Académica Internacional “Mirando al abismo: Duelos,


melancolías y los nuevos rostros de la depresión” se presentó la ponencia titulada:
“Mirando al abismo: Psicoanálisis del breakdown”. El siguiente trabajo representa un
extracto de las ideas principales que se abordaron ese día.

Me centraré en plantear una problemática muchas veces observada en nuestra


práctica clínica y sobre la que podemos sin duda encontrar puntos de a nidad y
diferencia con el abordaje que nuestros colegas han elaborado en las distintas
ponencias, conservatorios y mesas clínicas. La problemática que se plantea no es una
nueva categoría diagnóstica ni una variante patológica de la depresión; al contrario, es
una presencia cotidiana en la historia de la humanidad y un temor que acompaña a las
personas a lo largo de su vida y que cuando ocurre su realización representa la mayor
parte de las veces un parteaguas en el que la corriente vital, espontaneidad e
identidad de la persona se ve de nitivamente alterada. Con frecuencia encontramos
manifestaciones de “aspectos depresivos” y vacío en nuestros pacientes que en
mayor o menor medida se caracterizan por la obligación a dejar de vivir, a ceder lo vital
en pos de una existencia condenada a suspenderse eternamente en una no vida en el
abismo de la omnipotencia. A partir de las ideas de Christopher Bollas y Winnicott
hablaré del breakdown, del temor al derrumbe, acerca del self roto, del self destrozado
y de la exposición del verdadero self que se presenta habitualmente en todas las
personas en el curso del desarrollo pero con especial atención a aquellas ocasiones en
las que un evento vital traumático los precipita a convertirse en aquello que no son.
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Comencé mi participación en las Jornadas académicas con la lectura de un fragmento
del relato “En el desierto”, un relato de Douglas Coupland perteneciente al libro “La
vida después de Dios” (1997) en el que se trata de manera literaria el desamparo, la
desilusión y la potencialidad que embargó a la población norteamericana ante la
muerte de dios. En el relato un hombre le cuenta de manera íntima al lector una
experiencia en la que se vio varado en el desierto californiano inmerso en un gran
clima de persecución y desamparo. El narrador se detiene por un momento en medio
del desierto, pensando que pronto conducirá a casa y se olvidará de una fuerte
transgresión que acaba de cometer para poder festejar su cumpleaños. Tras abordar
de nuevo su auto se percata de que éste no arranca. Sin alimento ni agua y bajo el
calor abrasante del sol decide ponerse en marcha en la dirección que le parece
conduce a su destino, sin embargo privado de referentes con los cuales orientarse
pronto empieza a encontrar sus propias huellas titubeantes grabadas en la arena.

Sobreviene la vivencia de un breakdown en ese clima de desamparo, abandono y


temor a la muerte.

“ Tenía los brazos cruzados, soltaba improperios por lo bajo y al cabo de un rato
me limité a cerrar la boca, intentando caminar con la mente en blanco; trataba
de conseguir que desapareciera el tiempo, ngiendo que ya no existía. Y esta
falsa técnica zen continuó hasta que me di cuenta, puede que al cabo de una
hora, de que no iba a ningún sitio, que había tomado un desvío equivocado;
había caminado quién sabe cuánto por quién sabe donde. Era el tipo más
acabado del mundo. Ni siquiera podía volverme loco. Gemí de desesperación,
sin saber siquiera si me serviría de algo desandar el camino, porque no estaba
seguro de dónde estaba el desvío correcto”.

El protagonista cae preso de su imaginación y se ve invadido por fantasías


catastró cas:
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“ Además de la incomodidad que me causaban los picotazos de los insectos y
de lo aburrida e interminable que se me hacía la caminata, la elemental
oscuridad de las noches me asustaba. Imagine todas las situaciones con que
uno puede toparse en el desierto: moteros drogados que lo destrozan todo;
películas gore en pleno rodaje, con escopetas apuntando a los visitantes
indeseados; serpientes de cascabel deslizándose sobre fríos cadáveres
abandonados. Pensé en lo poco atractivo que resultaba el nal de mi vida aquí
en el vacío. Quería estar en una ciudad o en un pueblo —en una comunidad—
en cualquier comunidad. Así me encontraba, en este lamentable estado, cuando
ocurrió algo que me dejó sin respiración: tomé conciencia de que otra persona
caminaba detrás de mí” (Coupland, 1997).

El caminante anónimo camina tras nuestro protagonista, quien cada vez más asustado
y débil, se debate en la centre la esperanza de un encuentro que le salve la vida y el
terror de la indefensión ante el enemigo desconocido. El caminante resulta ser un
vagabundo que recorre el desierto inmerso en su delirio. Conforme la conversación se
desarrolla nuestro protagonista reconoce en “esta rata pirada” que habla de una lluvia
que nunca acaba de llegar el posible desenlace de su propia crisis.

"Y luego me sentí triste porque me di cuenta de que una vez que una persona
está destrozada en ciertos aspectos ya no tiene solución, y esto es algo que
nadie te dice cuando eres joven y nunca deja de sorprenderte al crecer,
mientras ves cómo las personas que te rodean se van destrozando una a una.
Te preguntas cuándo te llegará el turno, o si ya ha pasado”.

“… Pero hablo demasiado. Sin embargo, ¿cuántas veces nos salva un


desconocido, si eso llega a ocurrir? ¿Y en cuántas ocasiones nuestras vidas
quedan privadas de la posibilidad del perdón y la amabilidad; tanto que incluso
un pequeño acto clemente se convierte en un recuerdo intenso? ¿Cómo
alcanzan nuestras vidas tales momentos?”
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“Con esos pensamientos en la mente veo la cara del vagabundo curtida por el
viento, mientras considero mi existencia; su rostro me recuerda que todavía hay
algo en lo que creer después de que toda esperanza haya desaparecido. Una
cara para personas como yo, que fuimos empujadas al borde del abismo de la
soledad, que, a lo mejor, caímos, y que cuando volvimos a enderezarnos,
nuestro mundo ya nunca nos pareció igual” (Coupland, 1997).

Durante la práctica clínica encontramos en los pacientes manifestaciones de que les


“ha ocurrido algo”, algo malo, algo que mas allá de las características de su estructura
clínica parece anunciarse ante nosotros con la fuerte impresión de “haberse roto”, de
haber alterado su manera de ser y de vivir, de haber experimentado un breakdown
(Bollas, 2013). Pero cuando nos acercamos al análisis de aquello que nos parece un
semblante de la depresión encontramos la gran ausencia de batallas internas, un
ámbito en el que el con icto entre amor y odio resulta insigni cante para la persona,
cuando exploramos los rígidos aspectos narcisistas mediante los que se oponen al
devenir del mundo nos es imposible encontrar identi caciones profundas que articulen
su persona. En el análisis no se encuentran avances, cuando el analista interpreta, el
paciente se mantiene silencioso o habla como si no se le hubiera dicho nada. Cuando
se les presiona a que se a rmen, por desesperación del analista, responden sin hacer
uso de la introspección. No abordan el trabajo analítico con espontaneidad y
perseveran constantemente en problemas sin solución, en asuntos intrascendentes de
la vida cotidiana en los que no se sienten genuinamente implicados o en bloqueos
insuperables al plantearse lo que desean hacer, optando las más de las veces por
abandonar el territorio del deseo y volver continuamente a a rmar la inutilidad de
hacer, pensar, soñar, elaborar o ilusionar. Sin embargo asisten a la “terapia” de manera
regular, dan la impresión de adherirse más que involucrarse emocionalmente en la
relación analítica, frecuentemente dan la impresión de ampararse ante una futura
ruptura traumática. La transferencia es mansa y estática, se carece de propósito e
interés en su propia vida y aunque nos hablan de gran dolor son incapaces de sentirlo
y comunicarlo dándole al analista la sensación de encontrarse ante un dolor idealizado
como coartada para permanecer inmóvil debido a que revivir ese dolor involucra un
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gran peligro. Se comportan con pasividad y con una marcada tendencia a acomodarse
con resignación a circunstancias desfavorables limitando su potencial y a menudo
siendo incapaces de desarrollarse al ritmo de sus pares (Bollas, 2013).

Considero que ha aumentado la frecuencia con que estos sujetos buscan tratamiento
cada vez a menor edad, generalmente movidos por algún familiar cercano que ve al
joven con preocupación ante la dislocación vital o por encontrarse alienado en un
pretencioso mundo de sueños de éxito sin éxito. Sueños y ambiciones inalcanzables,
disociados de sus circunstancias actuales y sus posibilidades de cumplimiento. Suelen
identi carse con alguien famoso pero no se muestra interés real hacia el personaje ni
hacia su mundo, se las arreglan para permanecer lejos del uso cultural de los objetos y
de la posibilidad de nutrirse de la experiencia que aquel ha vivido en su vida. Llegan
frecuentemente jóvenes al consultorio que se han enfrentado a pérdidas o a ciertos
desalientos en la adultez temprana o que se desvinculan emocionalmente de sus
familias debido a la desilusión acerca de la humanidad de sus padres, a quienes
perciben igualmente rotos y redundantes como autómatas descompuestos y alienados
en rutinas y mentalidades alienantes. Con frecuencia abandonan sus estudios para
soñar tener “la actitud” de personas como Tarantino, Gaspar Noé, Donald Trump o el
Joker para apropiarse de la “mentalidad” de escritores y músicos malditos, o mártires
de redes sociales con la nalidad de triunfar, despreciar y ridiculizar los actos vitales de
quienes se interesan por ellos, ambicionando dar una cruel y desapasionada lección
de vida a quienes se encuentran inmersos en la vida. Sin embargo no desarrollan gusto
por el cine, no escriben, no se interesan en los asuntos del mundo y dan apenas unos
cuantos pasos en dirección al cumplimiento de sus sueños pero pronto se desalientan
por el trabajo y tiempo necesario para la consecución de sus proyectos. Lejos de vivir
un proceso transformativo en el que éstos sueños de gloria se maticen y puedan
crearse ilusiones más realistas y objetivas, la persona los sustituye por un nuevo sueño
inmortal, aún más grandioso e inalcanzable que augura la repetición traumática del
descalabro de la realidad. Para Christopher Bollas (2013) estos sueños perdidos
operan como proyecciones del self roto, un Boulevard de los sueños rotos que
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comunica persistentemente la imposibilidad de conservar la esperanza sin verla
hacerse añicos de nuevo ante la restitución del vínculo humano.

Estos pacientes describen, sin detectar la importancia de lo que dicen, algo que pudo
llevarlos a un quiebre. Un quiebre asociado con las vicisitudes del vivir, en algunas
ocasiones el evento traumático es claramente inesperado y avasallante, sea este una
pérdida vinculada a la separación, a la muerte de un objeto de dependencia, a las
frustraciones, la muerte de de compañeros de escuela que se encuentran en la or de
la vida o que caen tras la desilusión ante sus capacidades para insertarse en la vida
laboral. El evento traumático puede en otras ocasiones inocuo: una di cultad en los
trámites de la vida cotidiana, la pérdida o daño a un objeto atesorado, una traición
entre amigos o un accidente vergonzoso. En ocasiones la persona es capaz de
distinguir el evento pero no la repercusión que ha tenido su reacción ante el trauma,
que fue vivido en soledad, lejos del amparo y comprensión. La persona nos habla
como si siempre hubiera sido de esta manera siendo incapaz de atestiguar el cambio
que ha operado en la organización de su self. En otras ocasiones la persona es capaz
de distinguir que antes hubo un estado de asuntos que permitía mayor holgura vital
pero es incapaz de “recontactar con aquello que había sido”.

En la vivencia traumática que lleva al estado de desamparo la persona se encuentra


ante un afecto desorbitado. Si bien el evento puede comportar un grado inmenso de
ansiedad, la vivencia actual y la crisis a la estructura del self trae de vuelta un afecto
pasado de magnitud ilimitada. La persona sufre la intrusión de un recuerdo congelado,
la intrusión de un self arcaico y preverbal que ahoga al self adulto en funcionamiento
regresivo y angustia primitiva. El self en el que la vivencia se originó no puede ser
expresado en palabras ni ser pensado, no puede ser distinguido como objeto debido
al desmantelamiento de cualquier posibilidad observadora del self producto de las
defensas primitivas y a la intensidad del dolor mental que lleva a la sensación de
inexistencia real del self que uno habita. La reminiscencia violenta traspasa al self a la
manera de una ventisca de agonía que sepulta y congela aquello que existía para
preservarlo de la muerte, una tumba helada de defensas omnipotentes que lo
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resguarde de una tormenta que ya no esta ahí. Esta intrusión implica el retorno de un
recuerdo de algo que no ocurrió. Es decir, el recuerdo de algo que fue experimentado
antes de que existiera un self capaz de experimentarlo o recordarlo. Dicho de otra
manera, algo que puso n a versiones incipientes del self y que fue repugnado de la
experiencia vital pero incluído estructuralmente como defensa en la reestructuración
de versiones posteriores del self (Winnicott, 1945).

Estamos ante una variante de crisis existencial vinculada a las formaciones de carácter
tempranas. Una formación defensiva que busca preservar intacto y privado el núcleo
vital de la persona alienándolo mediante el despliegue de una gran omnipotencia. Para
Donald Winnicott el estado de asuntos en la primera relación con la madre está
caracterizada en torno al encuentro de la verdadera persona del bebé. Un bebé que
aún no existe como bebé, sino como un organismo inmerso en un marco de
dependencia total, una dependencia absoluta en la que es incapaz de reconocer y
representar las experiencias provenientes del campo de la relación con la madre. Una
madre que no es objeto de amor ni es objeto de dependencia, imposible de conocer
salvo a partir de los efectos que su presencia, sus cuidados y sus descuidos provocan
en la continuidad existencial del niño. La preocupación maternal primaria le permite a
la madre identi carse con las necesidades del niño, proceso que pone en marcha una
transformación temporal a una madre su cientemente buena en el que brinda
tiernamente aquello que el infante requiere para seguir siendo aquello que la madre
observa en él. En el mejor de los casos le brinda sostén a la continuidad existencial del
pequeño al presentar en el campo de la dependencia total aquellos objetos que el niño
está dispuesto a encontrar. Eventualmente la existencia sin forma que es el infante
toma forma de acuerdo a su patrón instintivo natural en pugna, algo siente hambre. La
madre alimenta oportunamente y le brinda al niño un sentimiento caracterizado como
ilusión de omnipotencia. Le permite al niño la continuación de su existencia mediante
la ilusión de que aquello que la madre ha dado ha sido creado por el niño. Visto
objetivamente la madre alimenta al niño y el niño lo recibe, subjetivamente desde el
punto de vista del incipiente self éste ha modi cado su estado existencial mediante el
movimiento, la ilusión de que el objeto que el niño busca desde su self más arcaico
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existe en la realidad al alcance justo de sus posibilidades de movilidad (Winnicott,
1945).

La posibilidad de recibir este ambiente facilitador le permite al niño aun seguir siendo
sin estar sujeto a una presión instintiva. Dice Winnicott que es importante comer, pero
más importante no tener que comer. Antes de la disolución del incipiente self y su
retorno a la no integración queda un campo de existencia que permite establecer lo
que André Green llama una estructura encuadrante (Urribarri, 2012). El campo que
permite que el self establezca relaciones objetales. Si este proceso de ilusión de
omnipotencia es oportuno, el niño, por decirlo de alguna manera, terminará por desear
desde su ser vital objetos que efectivamente forman parte de la realidad accesible.
Tras la repetición de este proceso que oscila entre tener forma y no tener forma se
produce el sentimiento de que no importa la circunstancia siempre podrá volver a ser
aquello que ha sido en el pasado.

Desde luego el retorno de un recuerdo congelado o la revivencia de una agonía


primitiva capaz de transformar la existencia del infante encuentra su predisposición en
la espantosa realidad sufrida por el infante cuando la madre es incapaz de presentar el
objeto que permitirá la continuidad del self del pequeño. Por una parte los aspectos
deseantes emanados del verdadero self no encontrarán el objeto de su ilusión. Incapaz
de contener las experiencias físicas dolorosas se verá traspasado por una agonía
primitiva que sólo encontrará momentáneo alivio en el despedazamiento de la
organización que había conseguido, en vez de retornar natural y apaciblemente a un
estado de no integración, el niño se verá forzado a emprender una maniobra de
desintegración tras la cual será difícil que el impulso que demandaba grati cación
pueda ser integrado y adquirir realidad viviente, lejos de eso será el deseo y el
movimiento emprendido en búsqueda de satisfacción lo único que quede asociado a
la experiencia de desintegración.

En consecuencia ocurrirá una mutilación del self y será sustituida por una serie de
mecanismos omnipotentes mediante los que se buscará evitar las intrusiones del
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ambiente. Donde debía imperar la herencia del vínculo de la madre, la dependencia a
un mundo de objetos y la con anza vital, imperan en cambio la negación omnipotente
de las relaciones de dependencia. Ahí donde el infante necesitaba de la madre que no
apareció éste se vio forzado a colocar una nueva disposición acomodada a un objeto
omnipotente del cual se depende incondicionalmente. La ansiedad de caer
eternamente, de no ser sostenido, es combatida no mediante la presencia del objeto
vivo sino mediante la negación de su dependencia. El niño ha de crear una red
omnipotente que lo sostenga de su caída al abismo desde la que contempla su propia
versión del mundo y el sufrimiento.

Hablamos pues de una ruptura del rostro de la represión. La falta de alguien que opere
como yo auxiliar en el momento del evento traumático lleva a que se instile en el self
una progresiva transformación que convierte a la persona en reactiva robándole su
espontaneidad y que lo lleva a sustituir los axiomas básicos de las relaciones basadas
en la dependencia humana por otros diseñados especí camente para negarla. Vemos
con frecuencia a las personas alinearse profundamente y con obstinación a axiomas
condenados a la incomunicación y a la negación de su deseo y sus necesidades. La
persona se circunscribe a esquemas vitales en el que no buscará ayuda en los demás
o la rechazará ostentando su refugio en su propia solución omnipotente. Se puede
tomar la postura de negar o embotar la sensibilidad ante la posibilidad de que se
despierte la vulnerabilidad y el desamparo. Se puede adoptar una posición reservada y
al margen de las necesidades y los deseos. En otros casos se rechaza la investidura o
la relación con aspectos problemáticos de la realidad. Otras personas salvaguardan su
capacidad para la dependencia marginándose en comunidades conformadas por
personas rotas inscribiendo la paradoja de aferrarse fuertemente al primer lugar en
donde no fue necesaria la comprensión y en donde no hay un sostenimiento real como
llegamos a observar en las personas que hacen su vida en el mundo otante de la
esta y el consumo de sustancias.

Muchos de estos pacientes son referidos para recibir medicación ante la angustia que
pueden causar en el analista el semblante de su depresión. Analistas que interpretan
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sistemáticamente la transferencia negativa pueden encontrarse con la di cultad de
percibir el breakdown en sus pacientes. El modelo de comprensión de las di cultades
subyacentes implica poder tolerar desarrollos transferenciales, permitir el uso del
analista por parte del paciente, dejarse impresionar y permitir que la manera de ser
pueda ser sentida por el analista como una continuidad que eventualmente se rompe
en el lento transcurrir del tiempo. Se recomienda la reserva y el silencio para que las
asociaciones y los movimientos del carácter puedan articularse. En palabras de
Christopher Bollas el paciente será incapaz de estos desarrollos si se encuentra
absorbido en la construcción de )una transferencia en términos del analista como
principal punto de enfoque (Bollas, 2013).

La recuperación implica un largo periodo en el paciente para que pueda efectuar el


proceso denominado por Winnicott como “Regresión en la transferencia”. Esto
permitirá que el paciente abandone la dependencia en sus mecanismos omnipotentes
y tome al analista y al proceso analítico como un ambiente facilitador en el que pueda
comenzar a emerger un vínculo del verdadero self pertrechado lejos del contacto con
la realidad. Eventualmente ocurrirá una crisis en el análisis. El paciente sentirá que el
analista le falla a pesar de estar recorriendo con el paciente el mismo proceso
regresivo pero desde el lado de la identi cación con las necesidades del paciente.
Estas crisis deben ser interpretadas y entendidas. El odio y la rabia del paciente, así
como sus mecanismos de defensa omnipotentes se pondrán de mani esto. El analista
intentará reconducir la ira del paciente hacia los axiomas vitales que lo tienen
sometido. El repudio y expulsión de los axiomas diseñados omnipotentemente para
negar el con icto y la dependencia suele resolverse en una especie de rabia hacia el
orden vital en el que el paciente se encuentra pertrechado. Implica un “mandar a la
goma” (Fuck it!, Fuck it all!) los presupuestos que fuerzan a la persona a vivir de
manera alterada o a permanecer en un estado de inhibición constante de las fuerzas
de la agresión al servicio de la satisfacción (Williams, 2022). Es una resolución análoga
a la que encontramos en algunos pacientes que viven en un estado de sometimiento al
narcisismo de los padres que les impone condiciones de éxito imposibles, que son
incapaces de dar un siguiente paso en sus elaboraciones vitales hasta lograr proscribir
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el gobierno de esa forma de vida que impide su crecimiento en pos de axiomas vitales
más profundos, vitales y espontáneos desde los que sea posible realizar una
resigni cación retroactiva de la que emerja el cambio psíquico.

La posibilidad de sentir enojo, vivenciarlo y poder repudiar de una situación a la que la


persona se encuentra sometida inconscientemente es un paso esperanzador hacia un
horizonte en donde pueda recuperarse de aquello que alienó al falso self y lo orilló a
vivir dónde no era, suspendido sobre el abismo.

Bibliografía

Bollas, C. (2013). Catch them before they fall. Cap. 1 Broken selves. Cap. 2 Signs of
breakdown. Cap 3. The guidelines. Routhledge: Nueva York

Coupland, D. (1997) La vida después de Dios. Relato “En el desierto”. Ediciones B:


Barcelona

Bouhsira, J. (2004). Winnicott insólito. Análisis de Guntrip con Winnicott Pp.58-71.


Nueva Visión

Urribarri, F. (2012) André Green. El pensamiento clínico. Revista uruguaya de


Psicoan lisis (en l nea) (114): 154-173 issn 1688 - 7247

Williams, P. (2022) The authority of tenderness. Cap. 9 Fuck it. Cap 10. Fuck it all.
Routhledge: Nueva York

Winnicott, D. (1945) Desarrollo emocional primitivo. Escritos de pediatría y psicoaná-


lisis. Cap. 2.

Winnicott, D. (1956) Preocupación maternal primaria.. Escritos de pediatría y psicoa-


nálisis. Cap. 14.
fi


Winnicott, D. (1971) Sueños, fantasía y vida. Realidad y juego. Cap. 2.

Winnicott, D. (1967). Papel de espejo de la madre y la familia en el desarrollo del niño.


Realidad y juego. Cap. 9.

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