Precariedades
Una etnografía sobre las formas de
provisión en un barrio popular de
Montevideo
Edición al cuidado de Maura Lacreu y Silvia Rodríguez Gadea
de la Unidad de Comunicación y Ediciones,
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República
Foto de portada: equipo de investigación.
© María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola y Marcelo Rossal, 2022
© Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República,
2023
Uruguay 1695
11200, Montevideo, Uruguay
(+598) 2 409 1104-06
<[Link]>
isbn: 978-9974-0-2057-3
Precariedades
Una etnografía sobre las formas de
provisión en un barrio popular de
Montevideo
María Noel Curbelo
Gonzalo Gutiérrez Nicola
Marcelo Rossal
Fondo Sectorial Seguridad Ciudadana
Montevideo, 2022
Agradecimientos
Al Fondo Sectorial de Seguridad Ciudadana de la Agencia
Nacional de Innovación e Investigación (ANII), que, junto con el
Ministerio del Interior, resolvieron financiar este proyecto en su
convocatoria de 2019.
Al funcionariado administrativo y técnico de la Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación y de la ANII.
A Silvia Rodríguez Gadea por la edición del texto y a Maura
Lacreu por la diagramación del libro.
A Fanny Rudnitzky por el registro fílmico.
A colegas, amigos y amigas, fundamentales en el proceso de
interlocución, vida en el campo y escritura.
A los vecinos y las vecinas de Tres Ombúes y La Teja, en
particular a quienes formaron parte directa o indirectamente de
esta investigación.
Contenido
9 Prólogo
17 Introducción
25 I. Recorrido
57 II. La vivienda
67 III. La experiencia del delito
83 IV. Ganarse la vida
141 V. Las mercancías
155 VI. Estado, solidaridad, política
185 VII. Conclusiones
191 VIII. Referencias bibliográficas
199 Los autores
Prólogo
Andrea Vigorito1
Este libro recoge los resultados de un cuidadoso trabajo etnográfico
llevado a cabo en un barrio de Montevideo por un equipo que desde
hace ya varios años desarrolla investigaciones sobre las condiciones
de vida de los sectores populares urbanos capitalinos. Su trabajo, con
una perspectiva novedosa y a la vez profunda, aporta a la comprensión
de las desigualdades económicas y sociales de la sociedad uruguaya.
Dos de los tres investigadores que escribieron este libro residieron
durante un año en una zona límite entre La Teja y Tres Ombúes.
Allí, participaron de la vida del barrio de diversas formas, intercam-
biaron con los vecinos, compraron en los comercios locales y las
ferias vecinales, fueron al gimnasio, entre otras acciones. En sínte-
sis, desplegaron actividades que les permitieron apreciar de cerca
las múltiples facetas de la vida cotidiana de la zona, de la cual, sin
intención alguna de mimetizarse, formaron parte a lo largo de esos
meses. Según sus autores, «esta investigación es una etnografía ba-
sada en la máxima inmersión posible en el terreno de investigación,
en el abandono a las circunstancias cotidianas de la vida en una
comunidad» (p. 3), pero, advierten, «sin amplificarla y sin procurar
una pornografía de la precariedad» (p. 8). El resultado es una apro-
ximación vívida al entramado de moralidades sobre la precariedad,
1 Profesora titular en el Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y
de Administración, Universidad de la República. Actualmente integra los grupos de
investigación «Desigualdad y pobreza» y «Ética, justicia y economía». Ha realizado
numerosas investigaciones en las temáticas de la desigualdad, la pobreza y las
políticas públicas.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 9
la forma como se vive la mezcla de lazos de solidaridad, mandatos
sociales y múltiples privaciones, ejemplificadas en la insuficiencia y
la inestabilidad de ingresos, las viviendas inadecuadas, las carencias
médicas, la presencia del delito o la contaminación ambiental.
De los innumerables aspectos que aborda, quisiera destacar los
aportes del libro con respecto a la conceptualización de la precarie-
dad y el estigma a la pobreza, la interpretación de sus posibles causas
y las visiones que emergen sobre las políticas públicas.
El trabajo profundiza en las formas que adopta la precariedad y
en las narrativas sobre esta de los habitantes del barrio, y contribuye
en un terreno en el que trabajos anteriores del equipo y de otros
autores (por ejemplo, Filardo y Merklen, 2019; Rossal et al., 2020) han
ahondado en los últimos años. Para ello, se entretejen con sutileza la
observación de campo, las transcripciones de las libretas de registro
de los investigadores y la discusión e interpretación teórica, que pone
de relieve la insuficiencia de los conceptos disponibles y la necesidad
de adaptarlos o transformarlos. Así, el trabajo evidencia el dinamis-
mo de las transiciones y las formas de inestabilidad que encierran
las expresiones reales de la precariedad o de la vulnerabilidad, que
no podrían captarlas clasificaciones estáticas basadas en un análisis
descontextualizado de las estadísticas oficiales (Qizilbash, 2003).
El libro da cuenta de aspectos difícilmente abarcables desde en-
foques o disciplinas que abordan estas problemáticas con base en
metodologías no inmersivas, y muestra la necesidad del abordaje de
las privaciones desde disciplinas variadas, evitando el predominio
de enfoques específicos (Hulme y Toye, 2006). Devuelve preguntas
y posibles caminos a las búsquedas desde la economía y la sociolo-
gía que intentan capturar la multidimensionalidad del bienestar, la
desigualdad o la pobreza (Sen, 1995; Sumner, 2004; Vu, 2010).
Desde el contexto de un barrio que enfrenta numerosas priva-
ciones, esta investigación también contribuye a visibilizar los logros
y los límites de la caída de la pobreza monetaria que experimentó
‹ 10 Precariedades
Uruguay en las últimas dos décadas y el posterior efecto de la crisis
económica originada en la pandemia, particularmente en las trayec-
torias vitales de adultos y jóvenes. Las experiencias de estos sectores
traducen los límites de la caída de la pobreza sobre el bienestar que
muestran numerosos estudios: si bien se aliviaron privaciones en el
corto plazo, las vulnerabilidades frente a contextos de menor creci-
miento económico no se redujeron de manera sustancial.
Al presentar un caso de compartimentación del espacio urba-
no actual, el estudio jerarquiza la importancia de la perspectiva
territorial, que muchas veces no se considera en el análisis de las
desigualdades económicas. Se señala que difícilmente ingresen en
este barrio personas de otras partes de la ciudad, en particular de
las zonas céntricas. A la vez, debido al conocimiento mutuo, muchas
estrategias de provisión solo son viables en ese contexto. Esta cons-
tatación se refleja también en varios estudios cuantitativos sobre
Montevideo que indican que, luego de la crisis de 2002, la segregación
residencial se acentuó como resultado de la interacción de diversos
factores, entre los que se cuentan el valor del suelo, políticas públicas
de vivienda, privaciones habitacionales.
Un punto de particular interés es la problematización de la defi-
nición del barrio por parte de sus habitantes, que fluctúa en pocas
cuadras entre La Teja, Tres Ombúes, Cachimba del Piojo y Cantera del
Zorro. La Teja se asocia a un pasado obrero, estructurado en torno al
trabajo industrial, la sirena de la fábrica como organizadora del día y
la ética del trabajo como elemento de identidad barrial. Por eso, sus
habitantes no siempre concuerdan en qué barrio están y atribuyen
los problemas de la zona a vecindarios inmediatos que consideran
peores. Una conversación con el equipo de investigación en la que
intervienen una mujer y una niña ilustra bien este aspecto. Vale la
pena detenerse en ese extracto del libro.
Arjun Appadurai (2004) y Garance Genicot y Debraj Ray (2017)
alertan sobre las limitaciones en la formación de puntos de referencia
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 11
y aspiraciones en sociedades polarizadas, en las que las ventanas por
las que se mira al mundo son limitadas para todos los sectores socia-
les, se reduce el horizonte de opciones disponibles y se compromete
aún más la posibilidad de reversión de las desigualdades económicas.
Desde las ventanas estrechadas por la segregación residencial, las
personas se esfuerzan por diferenciarse de quienes habitan en el
mismo lugar, pero que, desde su punto de vista, se ganan la vida
de formas indignas. Se presentan estos matices en las formas de
provisión y obtención de ingresos en las historias de Aníbal, Cata,
Julio, Pablo, Diego, Elías, Karina y Vanesa.
Aparece entonces el estigma de ciertas formas de vida, usos del
dinero y formas de obtenerlo («malos pobres»), consumos («malos
consumidores de sustancias»), donde el modelo consumista per-
mea, pero también está muy presente la falta de niveles básicos de
consumo. Como se señala en el texto, esta estratificación centrada
en el barrio agudiza diferencias, que podrían resultar imperceptibles
para los habitantes de otros barrios de Montevideo.
Si bien se hace referencia a varias iniciativas de participación so-
cial, el trabajo subraya que la búsqueda de la diferenciación desdibuja
los problemas comunes y entorpece las posibilidades de organización
colectiva, que, según algunas entrevistadas, habrían posibilitado las
experiencias de relaciones laborales asalariadas y formales.
Robert Walker (2014) sugiere que el estigma y la vergüenza aso-
ciados a la pobreza se originan en la norma social de las sociedades
capitalistas actuales, en las que se espera que las personas sean
autosuficientes en términos económicos. Por ende, quienes no lo
logren pueden ser cuestionados por su falta de esfuerzo individual. La
condición de pobreza indicaría que la norma social fue transgredida
y por lo tanto se constituye en una marca de fracaso personal. Ello
se asocia con el planteo de los autores en cuanto a que el sujeto
popular convive con otro, neoliberal, utilitarista, y a que la lógica del
trabajador fue sustituida por la del proveedor.
‹ 12 Precariedades
El trabajo es una excelente ilustración de cómo se construye y
manifiesta el estigma en términos relacionales y con referencia a
los puntos de partida. Ello se manifiesta tanto en las trayectorias
pasadas de trabajo familiar con residuos, cría de cerdos, etc., que se
traducen en distintas valoraciones sobre estos trabajos, como en la
reminiscencia de un pasado fabril, con empleo formal y estable para
todos, que se opone a un presente en el que esas fábricas se cerraron
y las oportunidades de trabajo estable son escasas.
Aunque es difícil determinar en qué medida ese ideal de pleno
empleo estable y formal que refieren los entrevistados refleja las
épocas que vivieron las generaciones de sus padres, más allá de lo
ocurrido en esta zona específica, lo cierto es que que se trata de una
zona con una fuerte percepción de movilidad económica descenden-
te. En estas percepciones se reflejan la rigidez de la estructura social
y económica, la falta de oportunidades de movilidad intergeneracio-
nal, la preocupación de los adultos por el futuro de los jóvenes. Los
mayores ven crecer a los niños y lamentan una historia que se repite,
agravada en muchos casos. En su relato, han visto deteriorarse el
barrio y ponen la responsabilidad en la falta de trabajo y en la droga.
Otro aporte del trabajo radica en detallar las formas en que la po-
blación del barrio obtiene sus ingresos, su pasaje fluido de una forma
de provisión a otra, en situaciones de precariedad, de insuficiencia
de ingresos y de inestabilidad laboral. Esta mirada es especialmente
reveladora para identificar los límites de las categorías de empleo,
trabajo, ingreso que habitualmente se hacen desde los estándares de
las encuestas. Por ello, los autores diferencian el trabajo de «ganarse
la vida», observan la fluidez en el tránsito entre las formas ilegales y
legales para conseguir dinero cuando no es alcanzable el ideal del
trabajo estable, formal y bien remunerado.
Así, reelaborando interpretaciones sobre los efectos de la impo-
sibilidad de los varones de estratos bajos de cumplir con el rol de
proveedores, descritos en los trabajos de Carlos Filgueira y Rubén
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 13
Kaztman de la década del noventa, en el libro se los asocia con las
precariedades laborales, el surgimiento del mercado ilegal de drogas
y el delito amateur, el habitus furibundo, el vínculo de muchas perso-
nas con el sistema penal y el trato habitual con formas delictivas de
provisión. Al visibilizar esta espiral, difícilmente aprehensible en otros
formatos de investigación, los autores afirman que «esta etnografía
puede aportar a los debates en torno a las moralidades en pugna
en un mismo barrio, con énfasis en conocer la vida cotidiana y los
mecanismos de subsistencia que desarrollan personas en situaciones
de precariedad, consideradas de extrema vulnerabilidad» (p. 56).
Las visiones predominantes sobre el origen de estas situaciones
de precariedad, privación o desigualdad y, en particular, el rol que
se asigne al esfuerzo en los logros socioeconómicos individuales, así
como los discursos públicos en torno a las políticas redistributivas y
su implementación podrían moldear las autopercepciones de quie-
nes se encuentran en condiciones de privación o reciben asistencia
estatal (Walker, 2014), así como el apoyo a estas políticas.
En conexión con lo anterior, surge el rol de las políticas públicas,
en especial, las de asistencia social y seguridad, y la forma en que su
amplificación en medios de comunicación y discursos públicos se
percibe y opera en el barrio, al tiempo que proyectan una imagen
del barrio al resto de la ciudad. Al respecto, el trabajo continúa el
análisis planteado en el libro anterior (Rossal et al., 2020). Al mismo
tiempo, se subraya la falta de Estado, su reciente retracción y la rotura
de vínculos de proximidad. Específicamente, la percepción sobre las
políticas de seguridad, los operativos policiales, planes como el Siete
Zonas avivan la imagen de Tres Ombúes como «zona roja». Con res-
pecto a las políticas de asistencia social, si bien contribuyen al sostén
económico de los hogares y se intercambian conocimientos sobre
requerimientos, formas de acceso, etc., muchas veces no está claro
a quiénes les corresponden prestaciones, al tiempo que el acceso a
requisitos tecnológicos para ser parte de las políticas es dificultoso.
‹ 14 Precariedades
Se indica una oposición entre saberes locales y centralización en el
formato de las políticas que abre preguntas para trabajos futuros de
cara al rediseño del sistema de protección social.
La focalización y las visiones legitimadoras del trabajo como única
fuente de ingreso contribuyen a crear la categoría «los del mides».
Por las razones antes mencionadas, las personas en condición de
pobreza y, específicamente, quienes reciben algún tipo de asistencia
estatal, son uno de los grupos sociales potencialmente proclives a la
vergüenza. Walker (2014) resalta que los programas gubernamenta-
les destinados al alivio de la pobreza podrían propagar este tipo de
vergüenza, ya que no solo señalizan a las personas que experimentan
privaciones, sino que además vuelven notorio su carácter de recep-
tores de ayuda estatal. En el caso uruguayo, ello es particularmente
visible en los formatos de canastas, tarjetas prepagas con logos, etc.
Por lo tanto, si las personas dejan de solicitar los beneficios a los que
tienen derecho, la vergüenza asociada a la pobreza puede empeorar la
situación y se constituye en un factor de perpetuación de la pobreza,
que agudiza sus causas y socava el impacto de las políticas públicas
diseñadas para abatirla.
Al indagar en las formas de la precariedad, el libro no solo contri-
buye a la distinción entre sus formas y grados, sino que abre preguntas
sobre las no precariedades, la coexistencia de realidades que no se
tocan, el alcance de la segregación residencial y en qué medida la
experiencia de ciudad es compartida (Romero Gorski, 2020).
Finalmente, es importante recordar que, si bien la precariedad y
la vulnerabilidad permiten miradas más abarcativas que el concepto
de pobreza, su transformación requiere considerar las desigualdades
en general y abarcar también a la población que no experimenta
precariedades. Contribuir a mitigar las variedades de la precariedad
en las formas de provisión económica de las personas y la trama
de relaciones sociales que se teje a su alrededor no solo involucra
políticas públicas y soluciones específicas, sino que requiere una
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 15
transformación de la sociedad uruguaya que también afecte a los
sectores medios y altos para lograr mayores niveles de igualdad y
justicia social.
Referencias bibliográficas
Appadurai, A. (2004). The capacity to aspire: Culture and the terms of recognition.
Culture and Public Action, 59, 62-63.
Filardo, V., y Merklen, D. (2019). Detrás de la línea de pobreza. La vida en los barrios
populares de Montevideo. Colección Etnografía de los Sectores Populares.
Buenos Aires: Gorla.
Genicot, G., y Ray, D. (2017). Aspirations and inequality. Econometrica, 85(2), 489-519.
Hulme, D., y Toye, J. (2006). The case for cross-disciplinary social science research
on poverty, inequality and well-being. The Journal of Development Studies,
42(7), 1085-1107.
Qizilbash, M. (2003). Vague language and precise measurement: the case of poverty.
Journal of Economic Methodology, 10(1), 41-58.
Romero Gorski, S. (2020). Reseña Detrás de la línea de la pobreza. La vida en los
barrios populares de Montevideo de Verónica Filardo y Denis Merklen. Revista
Uruguaya de Antropología y Etnografía, 5(2), 115-123.
Rossal, M., Bazzino, R., Castelli Rodríguez, L., Gutiérrez Nicola, G., y Zino García, C.
(2020). La pobreza urbana en Montevideo. Apuntes etnográficos sobre dos
barrios populares. Colección Etnografías de los Sectores Populares. Buenos
Aires: Pomaire, Montevideo: Gorla.
Sen, A. (1995). Nuevo examen de la desigualdad. Madrid: Alianza Editorial.
Sumner A. (2004). Economic Well-being and Non-economic Well-being. Understanding
Human Well-Being. Basingstoke: Palgrave MacMillan.
Vu, C. M. (2010). The influence of social science theories on the conceptualization of
poverty in social welfare. Journal of Human Behavior in the Social Environment,
20(8), 989-1010.
Walker, R. (2014). The shame of poverty. Oxford: Oxford University Press.
‹ 16 Precariedades
Introducción
En este documento se presenta el trabajo etnográfico de un equipo
integrado por dos antropólogos y una antropóloga. Entre diciembre
de 2020 y junio de 2021, dos de nosotros vivimos en una casa que, de
acuerdo a muchos de nuestros interlocutores, se encuentra en una
zona límite entre los barrios La Teja y Tres Ombúes, a tres cuadras
de la Cachimba del Piojo, uno de los asentamientos más antiguos
y de mayor precariedad económica del oeste de Montevideo, y a
siete cuadras de Cantera del Zorro, otro asentamiento histórico de la
ciudad. De todas formas, toda esa zona del oeste montevideano, sea
considerada Tres Ombúes o La Teja, tiene las características de un
barrio popular, habitado principalmente por familias trabajadoras
de baja escolarización y escasa formalidad laboral.
Esta investigación procura exponer y comprender la trama
de moralidades1 que conviven en un barrio popular del oeste de
Montevideo en relación con las formas de acceso a la vivienda y los
modos de provisión de sus habitantes, los intercambios solidarios
entre los vecinos del barrio y las distintas formas de ganarse la vida,
sean formales o informales, lícitas o ilícitas.
Este estudio se acerca a una etnografía de corte clásico, estando
allí. Una antropóloga y un antropólogo, con la coordinación de otro
profesional de la misma disciplina, alquilaron una casa en el barrio y
participaron de su vida cotidiana durante la mayor parte del tiempo
de trabajo de campo.
1 En el sentido de Jarrett Zigon (2013), entendemos moralidad(es) como ensamblaje
que se hace carne en la trayectoria de cada sujeto, interpelándolo con relación a
sí mismo y a los otros. Cada espacio social, cada sujeto son territorio de disputa
y convivencia de moralidades de distintos orígenes.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 17
Esta inmersión en el campo nos permite ver los cruces entre la
historia del barrio, los espacios de fronteras, el conocimiento directo
de personas que lo habitan, la observación cotidiana de los modos
de provisión y nuestro propio proceso de acceso a la vivienda: as-
pectos centrales para nuestro anclaje teórico-metodológico y nuestra
producción de distintas textualidades (Da Rocha y Eckert, 2008).
Etnografía
Esta investigación es una etnografía basada en la máxima inmersión
posible en el terreno de investigación, en el abandono a las circuns-
tancias cotidianas de la vida en una comunidad (Descola, 2010).
Este enfoque permitió estar en contacto diario con el barrio, dando
especial atención a los sentidos que sus habitantes les dan a sus
modos de proveerse. Es decir, cómo viven y de qué viven. Indagamos
para ello en ciertas trayectorias de vida de personas en el barrio, lo
que fue fundamental cuando la emergencia sanitaria por la pande-
mia de covid-19 nos obligó a mantenernos en nuestras casas y las
actividades y los encuentros barriales se vieron en pausa durante el
transcurso de gran parte de la investigación. De todas formas, una
buena inmersión etnográfica debe eludir una tematización excesiva
en las interacciones etnográficas, ya que las interacciones temati-
zadas podrían resultar negativas para la construcción de vínculos
sólidos con los interlocutores.2
2 La reflexión sobre la tematización la iniciamos los integrantes del equipo cuando
formamos parte del Taller II de la Licenciatura en Antropología Social de la Facultad
de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República,
donde Gonzalo Gutiérrez y María Noel Curbelo eran estudiantes y Marcelo Rossal
era docente junto con Nicolás Guigou, responsable del curso y principal propiciador
‹ 18 Precariedades
Desde el inicio del vínculo con nuestros interlocutores, informa-
mos de los temas de interés de la investigación, de nuestras preguntas,
pero ello no implica restringir las interacciones, por el contrario, se
trata de situar estas temáticas de interés (asunto, objetivos y pre-
guntas del proyecto) en un contexto más general que posibilite su
comprensión.
Se procura el desarrollo del intercambio a modo de un pensa-
miento situado a la vez que trascendente: la idea es reflexionar junto
con nuestros interlocutores y descubrir el mutuo interés por abordar
ciertos asuntos, partiendo del interés por comprender un mundo
que nos es inherente. Cada experiencia de trabajo de campo nos
ha brindado el encuentro con la idea gramsciana de que cada ser
humano es filósofo, de que es posible el intercambio a profundidad
luego de atravesadas las barreras impuestas por los prejuicios. Y
también sabemos que es necesario registrar cuando el intercambio no
es posible, cuando el sujeto se expresa como un grito (Hinkelammert,
1998) o cuando una persona considera a otras como «bichos» (Gatti,
2022). Nadie es ajeno a la experiencia de la más extrema precariedad
provocada por el dolor (afectivo o corporal), como tampoco somos
ajenos a la experiencia de la eficacia simbólica, corporal (Lévi-Strauss,
1961), que unas palabras o unas caricias pueden tener para dar sen-
tido al grito o incluso al aullido que algunas veces queda como único
recurso expresivo del sujeto.
Para comprender determinadas cuestiones entrelazadas —la
provisión cotidiana o la vivienda—, se requiere cierto nivel de con-
fianza entre los etnógrafos y los interlocutores de la investigación,
de estas reflexiones metodológicas. Tener cuidado en evitar la tematización del
trabajo de campo implica, en términos prácticos, una coincidencia con la crítica a
las antropologías de, por ejemplo, la religión, la economía, el trabajo, etcétera, que
realizan Pablo Wright y César Ceriani (2007).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 19
así como la vivencia del espacio físico de vida, razón por la cual un
supuesto central del planteo metodológico fue vivir en la zona. Al
modo más tradicional (Malinowski, 1986), vivimos buena parte del
tiempo etnográfico en el barrio.
Esta metodología, como fue dicho, supone abandono e inmersión,
ponernos a nosotros mismos en juego, generando espacios dialógicos
donde nuestras propias percepciones de la cotidianeidad se desa-
rrollen en un territorio nuevo y un universo de interlocución diario
reconocido en tanto alteridad, el espacio etnográfico como espacio
del otro. Una otredad objetivable en forma dialógica. En este punto,
recordamos la objetivación participante de Pierre Bourdieu (1999),
la comprensión compartida como herramienta y la reflexividad
sistemática como parte del ejercicio etnográfico. Además de poner
nuestros cuerpos como herramientas de percepción (Esteban, 2004),
también nuestras concepciones se tornan fuentes de conocimiento
en tanto campo de representaciones a intercambiar con nuestros
interlocutores.
Por ello, hay un especial énfasis en dar cuenta de momentos en
que las personas, en su vida cotidiana, hablan y llevan adelante sus
distintas prácticas de provisión, afectivas, lúdicas, etc., teniendo en
cuenta que la consideración de distintas prácticas es a los efectos
analíticos, ya que, por lo general, las prácticas no son unívocas,
instrumentales ni unifuncionales, sino que abarcan emociones,
moralidades y sentidos ensamblados de formas diversas que se
despliegan en el contexto de una metodología participante, como
es la etnografía. De comprar en la feria del barrio, arreglar una ca-
nilla junto con un interlocutor o conseguir una cita con el médico
para otro se pasa a diálogos morales, a reflexiones sobre la vida y
el amor, a la discusión política o al juego identitario que excita las
identidades futbolísticas. Con algunos interlocutores, para obtener
un conocimiento, nos relacionamos de forma estrecha, violando
todos los cánones de la investigación positivista (Bourgois, 2010),
‹ 20 Precariedades
con otros interlocutores nos saludamos, hablamos del estado del
tiempo, intercambiamos sobre la inseguridad en el barrio o el uso
del pasto que crece en la vereda para la alimentación de los caballos.
El trabajo etnográfico nos permitió ser parte de los eventos co-
tidianos del lugar y conocer de primera mano los secretos a voces
vecinales, los movimientos de solidaridades barriales y sus relaciones
con una estructura de gestión de la pobreza a nivel municipal, nacio-
nal y, en términos analíticos, también global. Es que los modos de
gestión de la pobreza, incluso los discursos que la rigen, exceden a las
oficinas de intendencias y ministerios y se entroncan con una agenda
que incluye organismos y fundaciones transnacionales. Así, puede
cambiar el gobierno nacional y, con él, los énfasis y los presupuestos,
pero hay continuidades que responden a políticas de Estado que se
entroncan con agendas y discursos globales sobre comunidad, des-
centralización, participación y líneas de pobreza (Fraiman y Rossal,
2012; Filardo y Merklen, 2019; Rossal, Bazzino, Castelli Rodríguez,
Gutiérrez Nicola y Zino García, 2020). De igual forma, la historia se
exhibe en todo su presente en el cuerpo y el discurso de hombres y
mujeres veteranos de un mundo industrial desaparecido y también
en las carcasas de fábricas que hoy son achiques3 y espacios desistidos
de un tiempo posindustrial que para algunos jóvenes no ha ofrecido
3 Un achique es un espacio para pasar al abrigo de la intemperie, pero también
un lugar peligroso (Fraiman y Rossal, 2011), especialmente para una mujer. Una
usuaria de pasta base dijo en una entrevista que ir a un achique o a una boca de
pasta base implica donarse: «Te estás donando» (Rossal, 2017). Llama la atención
lo preciso del término usado para explicitar los riesgos de un espacio donde «estás
regalada», en riesgo de la integridad física y afectiva. En enero de este año fue asesi-
nada y prendida fuego una mujer en una de las grandes fábricas abandonadas de la
zona. Ni el nombre de esta mujer trascendió en el «supuesto» femicidio. Disponible
en [Link]
prendida-fuego-en-la-teja-y-se-investiga-si-se-trata-de-un-femicidio/.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 21
otras oportunidades que las de un mercado ilegal, a veces violento,
ya que su capital de fuerza corporal hoy no es tan requerido por el
mercado laboral formal, por lo que quedan destinados a bucear en
una omnipresente precariedad de la que solo están a salvo quienes
han logrado jubilarse. Pero esto último también hay que relativizarlo,
porque hemos visto cómo las derivas de la precarización de algunos
jóvenes arrastran a todos los integrantes de sus hogares.
Entre nuestro acceso a la casa donde vivimos, la llegada al barrio,
los acontecimientos como robos o tiroteos, las categorías con las
que somos catalogados en el barrio por sus habitantes, los gastos de
servicios básicos y de alimentación, los vínculos que tejemos en el
propio lugar de residencia, entre otras tantas cuestiones de la propia
vida diaria en el lugar, hacen de la etnografía un trabajo constante
de escritura de diarios, registros y fotos de las experiencias de un
antropólogo y una antropóloga con una diferencia de casi veinte años.
Esto es relevante en los dos aspectos que planteamos: las diferen-
cias entre ser mujer y ser varón en un barrio popular, pero además
la diferencia etaria, en el entendido de que las cuestiones de género
y edad son relacionales y se tornan relevantes en este y todos los
contextos de investigación.
Mediante nuestros relatos de campo, basados en el acceso a la
vivienda donde desarrollamos la investigación, las conversaciones
con vecinas y vecinos, la objetivación continua de nuestras obser-
vaciones y nuestros diálogos como equipo de investigación, este
informe analiza la experiencia etnográfica de inmersión con relación
al entramado que fuimos conociendo en el barrio vinculado a las
modalidades de provisión como el objeto base de análisis de esta
etnografía y las moralidades vinculadas a cómo proveerse.
Por esto, expondremos algunos hechos significativos que, como
escenas etnográficas (Katzer y Samprón, 2011), nos permiten situar
el proceso de trabajo de campo que venimos llevando adelante
en la compleja red de relaciones barriales, territoriales, morales
‹ 22 Precariedades
y económicas de nuestro universo de estudio, que es un universo
de interlocución y objetivación participante. Y el abandono en la
inmersión etnográfica implica (re)conocer los olores del barrio, los
ladridos de los perros, los barullos de las fiestas de cumpleaños y
también los tiros, los gritos de una madre que no puede controlar a
sus niños, las bromas de los lunes por los partidos de fútbol del fin de
semana, el muchacho que pasa las tardes vendiendo copos de azúcar,
el camioncito del gas que anuncia su presencia con «Para Elisa» a
todo volumen. Las condiciones de la casa, el moho que aparece entre
los muebles y se va extendiendo rápidamente, los cuartos húmedos
y la propia condensación de toda la casa que, a merced del otoño,
va agravando su humedad. Las visitas que recibimos, las que otros
reciben y las visitas que hacemos. Los cambios en los colores del
barrio cuando llueve o cuando hay sol; las novedades y lo que se
repite, lo que para nosotros era novedad y se fue naturalizando, lo
que fuimos aprendiendo y pasó a ser cuerpo en cada uno, y también
etnografía.
Hay una coexistencia temporal y espacial con el otro, y hay dis-
continuidades que permiten la comprensión, la reflexividad y el
pensamiento. No se trata de registrarlo todo, como lo haría Funes,4 se
trata de un juego de inmersión y abandono en el campo etnográfico,
junto con el ejercicio de objetivar, a veces con el equipo de investi-
gación y con otros colegas, así como con los propios interlocutores.
El famoso «distanciamiento» no es, necesariamente, una cuestión
física, sino analítica y reflexiva, un ejercicio del pensamiento, siempre
colectivo. La cotidianeidad se realiza en tanto continua actividad
corporal perceptiva, visual, espacial, de memoria, mientras que
la discontinuidad necesaria para el pensamiento es central en el
4 El personaje de Jorge Luis Borges no tiene discontinuidad en su proceso cognitivo,
es pura memoria, por tanto no puede pensar.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 23
proceso etnográfico en tanto praxis colaborativa y relacional. Esta
discontinuidad —entendemos que podría resultar paradojal— per-
mite el descubrimiento-establecimiento de relaciones significativas
entre acontecimientos, corporalidades, normas, infraestructuras,
moralidades, conflictos, que se (re)ensamblan en discursos, pensa-
mientos, textualidades.5
Así, en nuestro estudio, buscamos construir un diálogo que piense
la precariedad —exhibida en la cotidianeidad hasta en formas obs-
cenas—, sin amplificarla y sin procurar, parafraseando a Philippe
Bourgois (2010), una pornografía de la precariedad, sino un ejerci-
cio que vaya más allá de la denuncia o el utilitarismo, una serie de
encuentros reflexivos que permitan el ejercicio de la solidaridad en
el diálogo y el pensamiento, a modo de intercambio de dones que
rearmen un lazo social, un mundo en común.
5 Bruno Latour y Pierre Bourdieu plantean la centralidad de lo relacional para
pensar e investigar cualquier asunto. Habitualmente se confrontan los planteos
de estos autores. Incluso Latour dedica un texto a desacreditar lo que llama la
sociología de lo social, la sociología de Bourdieu, entre otras. Sin embargo, en
la teoría del actor red, en las asociaciones que busca el planteo de Latour, como
dice Bourdieu, «lo real es relacional» (Vandenberghe, 2010; Rossal, 2017).
‹ 24 Precariedades
I. Recorrido
Nuestra unidad de análisis no es únicamente el barrio, ya que Tres
Ombúes es multifacético e inabordable en su totalidad. Además, sus
límites responden a configuraciones identitarias que sus vecinos
definen de formas diversas: incluso para algunos el barrio es La Teja,
y Tres Ombúes sería algo nuevo e inconsistente. De todas formas,
nuestra mirada se enfoca en las relaciones entre vecinos y vecinas
entre sí y con el mundo que los rodea, en sus prácticas, en sus formas
de ganarse la vida y en lo que dicen sobre ellas. Parafraseando a
Clifford Geertz, quien sostuvo que «los antropólogos no estudian
aldeas (tribus, pueblos, vecindarios…); estudian en aldeas» (2003,
p. 33), en nuestro caso no estudiamos un barrio, sino en un barrio
o, mejor dicho, en una zona liminar entre dos barrios. Pero esto no
solo es un dato a mencionar, la configuración histórica, simbólica y
territorial que se denomina barrio adquiere una relevancia que será
discutida a lo largo del libro.
La Teja
La Teja es uno de los barrios tradicionales de Montevideo, ubicado al
oeste de la ciudad, sobre la bahía y recostado sobre el margen oriental
del arroyo Pantanoso. Durante el siglo XVIII, el terreno perteneció a
la Compañía de Jesús y fue adquirido por el Estado en 1814, cuando
ya se lo conocía con el nombre de La Teja. En 1841, el empresario
inglés Samuel Lafone adquirió los terrenos e instaló un saladero en
el sitio denominado Rincón de La Teja, que funcionaba con mano
de obra esclava. En 1842, Lafone fundó Pueblo Victoria.
A principios del siglo XX, los saladeros de la zona habían ido
cerrando y comenzaron a instalarse frigoríficos del otro lado del
Pantanoso: Artigas, Swift, EFCSA (integrado por los dos anteriores
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 25
luego de su cierre), Castro, Frigorífico Nacional. Además, del lado
de La Teja existían hornos de ladrillos, una fábrica de almidón, dos
tambos y una carpintería (Barrios Pintos, 1971, p. 36).
A partir de la década del treinta, las políticas de sustitución de impor-
taciones promovieron el desarrollo industrial (Anichini, 1969; Lecomte,
Rebella y Suárez, 1987; Arnabal, Bertino y Fleitas, 2011). Montevideo
fue por lejos el lugar que alcanzó el mayor desarrollo industrial del país
y el oeste de la ciudad fue el lugar que concentró el mayor número de
fábricas y emprendimientos. En 1934, se instaló en La Teja la refinería
de petróleo de Ancap, en el predio donde había funcionado el primer
Frigorífico Nacional, que fue trasladado al Cerro. A lo largo de los años
se fueron instalando numerosos emprendimientos, como curtiembres,
metalúrgicas, carpinterías y muchos otros, por ejemplo, la fábrica Bao
(jabones), Ferrosmalt (metalúrgica), Vidplan (vidrio), Codarvi (envases
de vidrio), Lustrino (cerámicas), Reciplast (envases).
Esta concentración fabril favoreció la llegada a la capital de mano
de obra proveniente de distintos lugares del país. La Teja y barrios
aledaños, como el Cerro, Belvedere, Nuevo París, Paso Molino y
Capurro, recibieron a un importante contingente de trabajadores
y trabajadoras que, con sus familias, se establecieron en el lugar, y
así se fue delineando el oeste de la ciudad, transformándolo a partir
de un doble proceso de industrialización y urbanización (Lefebvre,
1978, p. 23).
«La vocación industrial de la zona se multiplicó. Lejos del ajetreo
urbano surgió el humo de sus plantas fabriles y una población mo-
desta y numerosa de obreros marginó estas sedes» (Barrios Pintos,
1971, p. 36).
En 1944, cuando tenía diez años de edad, Juan Carlos Mechoso —
quien luego sería uno de los fundadores de la Federación Anarquista
Uruguaya— llegó al barrio con su familia, originaria de la ciudad de
Trinidad. Su padre, peluquero de profesión, comenzó a trabajar en
la fábrica de vidrios Ganchou y luego en el frigorífico Swift.
‹ 26 Precariedades
El barrio estaba lleno de comercios. De alguna manera era el efecto
de un consumo que crecía. También era el arrastre de la ocupación
que proporcionaban los frigoríficos y las muchas fábricas de la
zona. El laburante comenzaba a construir su casita, entonces había
ferreterías, barracas, vidrierías, carpinterías. Los almacenes y los
bares también tenían mucha vida (Jung y Rodríguez, 2006, p. 27).
Foto 1. Publicidad de la compañía Bao
Fuente: [Link]
Según relata Mechoso, en esos años el ingreso al mundo del tra-
bajo se daba tempranamente y por eso muchos niños y adolescentes
abandonaban los estudios: «En esa época y en esos barrios, la mayoría
de los chicos trabajaban y […] era raro un negocio que no tuviera un
cartelito que dijera “Se precisa muchacho”» (Gilio, 2001, p. 22). En
su caso, abandonó la escuela al finalizar cuarto año.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 27
Foto 2. El edificio de la fábrica Bao en la actualidad
Fuente: Foto del equipo investigador.
La presencia de frigoríficos y fábricas de distinto tipo, junto con
la creación de los Consejos de Salarios, en 1943, favorecieron el de-
sarrollo de la actividad política y sindical, a la que el componente
migratorio había traído las ideas anarquistas, socialistas y comunis-
tas.6 Así, con trabajadores provenientes de distintos puntos del país
y también del exterior, se fue configurando lo que Rodolfo Porrini
(2005) denominó «nueva clase obrera» uruguaya, que surgió a partir
de la década del cuarenta.
6 Desde fines del siglo XIX, el aporte de inmigrantes italianos, españoles y franceses,
principalmente anarquistas, fue fundamental para el surgimiento de asociaciones de
trabajadores y la formación de la conciencia obrera (Daverio, Geymonat y Sánchez,
1987, p. 25).
‹ 28 Precariedades
Fotos 3 y 4. Las estructuras fabriles que aún quedan en el barrio
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 29
En esos espacios se fue formando una nueva clase obrera y con
ella se fueron desarrollando nuevos espacios de sociabilidad: vi-
viendas, clubes barriales, mercados locales e instituciones públicas.
En esos lugares, donde se concentraba un número importante de
trabajadores, se forjó su subjetividad, que también se extendió al
barrio y a los hogares.
El desarrollo industrial de la zona se sustentó en la proletarización
de importantes segmentos de la población y también en el trabajo
invisibilizado de las mujeres que, a través de su esfuerzo cotidiano en
el trabajo doméstico —llamado en su tiempo labores—, lograron no
solo reproducir la vida, sino poner a disposición del capital la fuerza de
trabajo que este requería, porque «el trabajo doméstico es mucho más
que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física,
emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día»
(Federici y Cox, 2013, p. 55). A su vez, muchas mujeres trabajaban en
fábricas, como en el caso de alguna de nuestras interlocutoras, pero,
por lo general, ganando menos y trabajando con menor formalidad
laboral que sus compañeros varones, y obligadas a desarrollar la doble
jornada de trabajo (dentro y fuera del hogar) y a veces incluso una
triple jornada que incluía la militancia sindical o política.
Junto con esa nueva clase trabajadora, muchos de quienes llega-
ron desde el interior del país con ánimo de integrarla, de conseguir
trabajo en las fábricas, en el comercio o en los servicios, no pudieron
hacerlo y quedaron en sus bordes, en la informalidad, con trabajos
zafrales, de menor remuneración, o utilizando sus conocimientos y
oficios rurales para criar cerdos, producir corderos y manejar caballos
para recorrer la ciudad, recolectando residuos para alimento de sus
animales y otras formas tempranas del reciclaje. En el libro Se vive
como se puede, este proceso se describe así:
El índice de industrialización no pudo compensar el de urbani-
zación. Por lo tanto, ese alto número de personas —hombres y
‹ 30 Precariedades
mujeres, adultos y niños— que procuraba un mejor destino para
sus vidas se vio obligado a quedar al margen de la vida normal de
los medios urbanos. Sin trabajo seguro, dependió de las changas
que pudo conseguir, o de quehaceres clandestinos, o no tuvo más
remedio que intentar ganar algunos pesos por medio del azar o a
través de acciones indebidas (Anónimo, 1969, p. 116).
De este modo, la urbanización, así como la formación y la consoli-
dación de asentamientos, se produjeron en relación con el desarrollo
industrial y comercial de la ciudad, pero esa relación se dio tanto en
el auge de ese desarrollo (por la llegada de migrantes internos que
no lograron acceder a los empleos formales) como en su declive
(por la pérdida de los empleos formales tras el cierre de las fábricas).
Otro factor que se debe tener en cuenta tiene que ver con los
cambios en las políticas municipales de tratamiento de los residuos,
sumados a las nuevas modalidades de consumo de las clases me-
dias (Rossal et al., 2020). A principios de la década del cincuenta, la
Intendencia de Montevideo cerró las plantas incineradoras de resi-
duos urbanos y abrió vertederos a cielo abierto en antiguas canteras
para su disposición final; eso propició que muchas familias vivieran
de la recuperación y la venta de residuos.
Estos trabajadores informales establecieron asentamientos
irregulares, denominados cantegriles,7 muchos de ellos vivían en
«microfundios» (Bon Espasandín, 1963) junto a sus animales, se
relacionaban con los más pobres de quienes vivían en la capital del
país, y formaron, como contracara de esa nueva clase trabajadora,
una nueva pobreza suburbana, marginal —en términos de estar en
7 María José Bolaña (2018) hace una reconstrucción histórica del surgimiento de los
cantegriles en Montevideo y de la forma en que ese fenómeno fue conceptualizado
por la academia en diferentes períodos.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 31
los márgenes de la ciudad—, que desafiaba a las políticas urbanas y
a las políticas sociales, que en esos tiempos hacían del orden urbano
moderno y el empleo formal su núcleo duro y su enfoque principal,8
desafiando también los controles policiales y municipales que, con-
forme pasaban los gobiernos de turno, aumentaban o disminuían
la represión sobre ellos.
En ese proceso, y en paralelo con los trabajadores de la industria
y el comercio, estos trabajadores informales fueron formando sus
cuerpos y moralidades, adquiriendo y resignificando sus saberes, y
transmitiéndolos de generación en generación. Así encontramos hoy
en los asentamientos de la zona a familias de criadores de cerdos de
varias generaciones, que aprendieron el oficio al acompañar a sus
padres en carros de caballo o que empezaron a salir de niños con
carros de mano a ofrecerles puerta a puerta a los vecinos llevarse
sus residuos a cambio de una moneda. En barrios donde no existía
el servicio de recolección municipal o donde el camión recolector
pasaba una o dos veces por semana, era común que hubiese niños
y adolescentes (aunque también podían ser adultos) que se despla-
zaban con chatas y carros de mano y ofrecían llevarse los residuos
domiciliarios a cambio de dinero, que por lo general era a criterio
del vecino. De esos residuos luego se recuperaba lo que se podía
8 Las asignaciones familiares muestran la impronta de las políticas sociales de dos
tiempos distintos. Ambas formas de apoyo a la infancia y la adolescencia conviven,
y existen las denominadas «contributivas» y «no contributivas». Había asignacio-
nes familiares para hijos de trabajadores, eran de carácter contributivo, parte del
sistema de protección social en el marco del Banco de Previsión Social. El monto
era una pequeña contribución para materiales escolares de niños y adolescentes
en edad escolar, hijos de trabajadores y trabajadoras con ingresos medios y bajos.
Las asignaciones familiares que se desarrollaron en el marco del Plan de Equidad,
luego de la creación del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), alcanzan a los
niños y adolescentes de las familias más pobres, más allá del trabajo formal.
‹ 32 Precariedades
vender o reciclar, y lo que servía para alimento de los cerdos y otros
animales de cría; el resto era descartado en basurales ilegales que
se encontraban en esquinas o en baldíos en el propio entramado
urbano. La recorrida puerta a puerta servía también para llevarse
otras cosas que los vecinos pudieran ofrecer: comida, ropa, muebles,
electrodomésticos, al tiempo que brindaba la oportunidad de con-
seguir trabajos puntuales en jardinería, limpieza, pintura u otras de
las «mil pequeñas changas» con que describe Daniel Vidart (1969) al
«sieteoficios» urbano. De este modo, a edades tempranas se aprendía
a «ganarse el peso» con el carro, algo que persiste en vecinos y vecinas
de asentamientos hasta el presente.
En Antía Arguiñarena, Luisina Castelli, Gonzalo Gutiérrez, Marcelo
Rossal y Camilo Zino (2019a, pp. 155-157) recogemos testimonios de
vecinos de Cantera del Zorro que narran cómo comenzaron, cuando
eran niños, a recuperar residuos. Un vecino relata que, tras tener
un incidente en la escuela, su madre decidió que no estudiara más,
el mismo día le compró un carro de mano y le hizo comprar tres
lechones, luego le dijo: «Ahora dales de comer». Al año siguiente ya
salía con un carro de caballo. Eso fue a fines de los años setenta, pero
hasta la fecha ese vecino y su familia se ganan la vida con su carro. A
su vez, en el libro colectivo Se vive como se puede se muestra el deseo
del niño de un cantegril de tener chanchos para obtener dinero con
la venta de los lechones (Anónimo, 1969, p. 42).
Los límites entre la nueva clase trabajadora y esta nueva pobreza
urbana no siempre estaban claros, y esta última actuaba como un re-
servorio de mano de obra disponible para el capital, al influjo del cual
las personas podían «entrar» y «salir» de una y otra, o incluso ser parte
de ambas. En la medida en que crecía la demanda de trabajo en las
fábricas, en los comercios o en los servicios, muchos de estos nuevos
pobres accedían a empleos que les garantizaban un ingreso estable
y —por lo general, aunque no siempre— mayor del que tenían en la
informalidad. Esto no siempre conllevaba la posibilidad de «salir»
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 33
del cantegril, ya fuera porque el salario que proporcionaba el empleo
no permitía cambiar el lugar de residencia o porque no implicaba
una estabilidad y una continuidad en el tiempo que favorecieran el
abandono de las formas de subsistencia de la informalidad —como
la cría de animales y el reciclaje de residuos—, que, en gran medida,
estaban ligadas al lugar de residencia. Para muchas familias de los
asentamientos, renunciar a esas formas de trabajo, renunciar a tener
el carro y el caballo podía significar renunciar a una forma de ganarse
la vida que les brindaba una cierta seguridad ante lo cambiante de la
situación económica. A su vez, en muchos casos el trabajo asalariado
podía coexistir con ocupaciones informales, como la cría de animales,
la venta en ferias, las changas, entre otros.
Foto 5. La fábrica hoy
Fuente: Foto del equipo investigador.
‹ 34 Precariedades
En Rossal et al. (2020), se presentan casos recientes de resistencia
de clasificadores y clasificadoras de residuos de Montevideo a aban-
donar su oficio y a deshacerse de sus carros y sus caballos, no obstante
los bajos precios del mercado de materiales reciclables y los cambios
en las disposiciones municipales sobre los residuos urbanos que im-
piden su acceso a las zonas de mayor poder adquisitivo de la ciudad.
El carro y el caballo proporcionan la seguridad de que, con menor
o mayor esfuerzo, al final de la jornada se va a obtener el sustento
que requiere la familia. Por su parte, Débora Gorbán (2014) muestra
que, para algunas mujeres del Gran Buenos Aires, salir a cartonear es
más que una actividad económica: les permite salir de sus hogares y
tener «un tiempo y un espacio particular que es vivido como propio»
(p. 90). Como sostiene Mariano Perelman (2021), comprender estas
actividades —y por qué se continúan haciendo— requiere tener una
visión más amplia que la dimensión económica.
Foto 6. Microfundio en Cantera del Zorro
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 35
Tres Ombúes
Como fue dicho, es difícil establecer el límite entre La Teja y Tres
Ombúes; para unos vecinos, es la calle Alaska, para otros, es Zubillaga,
otros dicen no tenerlo claro. Por lo pronto, Tres Ombúes fue fundado
en 1957, ubicado al norte de La Teja e igualmente recostado sobre el
margen oriental del arroyo Pantanoso. No obstante su fecha de funda-
ción, el proceso de población y urbanización del barrio fue más lento
que el de La Teja. Fue poblado con familias de clase obrera, algunas
españolas o italianas y muchas venidas del interior del país. Muchos
hombres y algunas mujeres de estas familias trabajaban en fábricas,
curtiembres y chacras de la zona. En la medida en que el barrio fue
creciendo y expandiéndose hacia el norte, la urbanización coexistió
con áreas semirrurales, donde tenía lugar la cría de animales y el
cultivo hortifrutícola, tanto para el autoconsumo como para la venta
en ferias y comercios de la zona. De este modo, el barrio creció con
una fuerte conexión con La Teja, tanto porque ahí estaba el trabajo
como porque estaban los compradores de lo que allí se producía.
Cantera del Zorro es un asentamiento que forma parte de Tres
Ombúes. Ya en el siglo XXI, Tres Ombúes y, en particular, Cantera del
Zorro fueron lugares priorizados dentro del Plan Siete Zonas, creado
en 2012, que incluyó cuatro zonas de Montevideo y tres de Canelones.
El plan se dio en un contexto en el que se valoró la necesidad de
focalizar la intervención en «territorios» donde había un «núcleo
duro de la pobreza», así como una serie de problemas vinculados
a la falta de servicios públicos e infraestructura, la inseguridad, la
presencia de jóvenes en «situación de riesgo», etc., lo que requería un
abordaje específico, de «proximidad»,9 que involucrara distintas áreas
9 A partir de ello, se crearon tres programas específicos de proximidad: Jóvenes en
Red, Uruguay Crece Contigo y Cercanías. Territorio, núcleo duro de la pobreza,
‹ 36 Precariedades
del Estado (tanto su «mano izquierda» como su «mano derecha», al
decir de Bourdieu [1999]). El plan tuvo entre sus ejes el mejoramiento
de la infraestructura urbana, junto con el despliegue de programas
sociales y de iniciativas en seguridad en los territorios seleccionados.10
En el marco del Plan Siete Zonas, el Estado marcaría una impor-
tante presencia en el barrio, principalmente con la construcción
del Centro Cívico y la plaza Tres Ombúes, inaugurados en 2014 con
la coordinación de la Intendencia de Montevideo, el Municipio A11
y el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES). En el Centro Cívico
funciona una oficina del MIDES, entre otros servicios, y hay espacios
para distintas actividades sociales y culturales. En la plaza hay una
cancha de fútbol, otra de básquetbol y zonas de juegos, además de
un escenario donde se llevan a cabo eventos artísticos. La plaza es
un espacio que suele ser utilizado por las generaciones más jóvenes,
situación de riesgo y estrategias de proximidad son categorías usadas como parte
de las estrategias del Estado uruguayo en aquellos años.
10 El Plan Siete Zonas fue liderado por Presidencia de la República, el Ministerio del
Interior y el MIDES en conjunto con las Intendencias de Montevideo y Canelones.
El plan se conformó en tres ejes: 1) Mejoramiento urbano: desarrollo de infraes-
tructura, equipamiento y servicios sociales básicos; construcción de plazas de
convivencia, espacios deportivos y centros cívicos. 2) Profundización de los progra-
mas sociales orientados a niños, jóvenes y adultos: ampliación de la cobertura del
Plan CAIF (Centros de Atención a la Infancia y la Familia) a partir de la construcción
de nuevos centros; priorización de la intervención de programas (Uruguay Crece
Contigo, Cercanías y Jóvenes en Red), y del Programa de Alfabetización de Adultos.
3) Fortalecimiento de la seguridad: nuevo sistema de patrullaje, despliegue de
unidades especiales para el combate del crimen organizado y presencia de la
Policía Comunitaria.
11 La Teja y Tres Ombúes están comprendidos dentro del territorio del Municipio
A y, dentro de este, en el Centro Comunal Zonal 14.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 37
pero también, cuando el tiempo está agradable, por familias que van
allí a tomar mate y a disfrutar del entorno.
En el barrio hay distintos centros educativos, CAIF, policlínica
de ASSE y locales de instituciones, como el colegio Montserrat, y
organizaciones sociales que funcionan desde hace bastante tiempo
en la zona. Esta configuración da cuenta del ensamblaje entre orga-
nizaciones que ya estaban en el barrio desde varias décadas atrás
y la llegada con mayor énfasis del Estado, que implicó una trans-
formación que se percibe cuando se transita por algunas cuadras.
Al barrio ingresan dos líneas de ómnibus urbanos: la 524, que
conecta la plaza Tres Ombúes con el Centro, y la L38, que se sumó a
fines de 2021 y hace el trayecto entre la plaza y la terminal del Cerro.
Foto 7. La línea 524 próxima a llegar a su destino
Fuente: Foto del equipo investigador.
La avenida Carlos María Ramírez conecta el Cerro con el Paso
Molino. En esa avenida hay un centro comercial y también funcionan
distintos servicios públicos. Es un lugar de referencia para los vecinos
y las vecinas tanto de La Teja como de Tres Ombúes, ya que también
es una vía de acceso hacia otras zonas de la ciudad. Para el caso de
este último, también la avenida Luis Batlle Berres cumple esa función.
‹ 38 Precariedades
Hacia el sureste de ambos barrios, el Paso Molino (a lo largo de la
avenida Agraciada) es la principal área comercial del oeste montevi-
deano y un lugar bastante frecuentado por los vecinos tanto de La Teja
como de Tres Ombúes, ya sea porque allí trabajan, compran, hacen
trámites o porque hacen trasbordos para ir a otros barrios de la capital.
Mapa 1. El límite entre Tres Ombúes y La Teja que se muestra
en el mapa no coincide con lo que sostienen los vecinos
Fuente: Sistema de Información Geográfica del MIDES con base en Open
Street Map.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 39
Se puede decir que un trayecto usual de vecinos y vecinas de
Tres Ombúes y del norte de La Teja que deben salir del barrio para
trabajar, formal o informalmente, es trasladarse hasta Carlos María
Ramírez o hasta Agraciada. Para muchos, ese es un recorrido casi
diario, según pudimos observar, mientras que conocimos a vecinos
y vecinas que no han salido del barrio en mucho tiempo.
El barrio
Lo que llamamos el barrio tiene ciertas complejidades, por lo que
el relato de nuestros interlocutores sobre la cuadra donde vivíamos
resultó fundamental para entender que muchos de ellos no conside-
raban estar viviendo en Tres Ombúes, sino en La Teja. Tres Ombúes es
denominado con frecuencia en los medios como una zona roja, con
lo cual se equipara simbólicamente a cante. Por otra parte, La Teja es
un barrio tradicional de Montevideo que, de alguna forma, contiene
dos barrios más: Pueblo Victoria y Tres Ombúes, además de dos
asentamientos: la Cachimba del Piojo y Cantera del Zorro (radicada
de modo inequívoco en Tres Ombúes). De La Teja fueron originarios
un presidente y un vicepresidente de la República,12 de La Teja es el
Club Atlético Progreso13 y de ahí provienen murgas importantes del
carnaval uruguayo. Tres Ombúes, claramente, tiene una identidad
menos consolidada, que ha ganado visibilidad en los últimos años
también por haber sido parte del Plan Siete Zonas, por lo que se
12 Tabaré Vázquez fue presidente en los períodos 2005-2010 y 2015-2020; Hugo Batalla
fue vicepresidente en el período 1995-1998, y falleció antes de finalizar su mandato.
13 Se trata de un club tradicional del fútbol uruguayo, con una fuerte identificación
con el barrio, donde es frecuente ver pintadas y camisetas con los colores rojo y
amarillo.
‹ 40 Precariedades
equipara a los otros barrios que reúnen aquello que estigmatiza en
la ciudad: pobreza y delito.
Dos términos estigmatizantes, pichi y lumpen, aúnan delito y
pobreza en personas concretas. «Está lleno de pichis» o «está lleno
de lúmpenes» son expresiones sinónimas. Sin embargo, una persona
de cultura popular vinculada a la izquierda política y social de La Teja
difícilmente usará el término pichi (Rossal, 2018a). Lumpen, por otra
parte, vinculado a la tradición marxista derivó en una utilización
estigmatizante, configurándose como un término nativo de nuestras
clases populares. Por esa razón, no usamos el concepto de Bourgois
(2010) y de Bourgois, Fernando Montero Castrillo, Laurie Hart y
George Karandinos (2013) de subjetividades lumpenizadas para
pensar las derivas hacia delitos e insolidaridades entre personas de
clases populares cuyos padres y abuelos eran trabajadores formales.
Así, mientras La Teja es identificado como un barrio de clase
trabajadora, Tres Ombúes es un barrio estigmatizado. Esto se debe
a que en los últimos años se ha ido perfilando como una de las «zo-
nas rojas» de Montevideo, dado que su aparición en los medios de
comunicación suele estar relacionada con hechos de violencia que
ocurren allí. Y todo esto incide en la forma en que los vecinos se
identifican con uno u otro barrio y en cómo desplazan la fuente de
los problemas: para quienes son de La Teja, algunos de los problemas
del barrio vienen de la Cachimba y de Tres Ombúes; para quienes
son de Tres Ombúes, los problemas vienen del lado de Cantera. E
incluso tiene incidencia en cómo son percibidos en otros ámbitos:
conocimos personas de Tres Ombúes que si bien tienen claro que
son de ese barrio, cuando están buscando trabajo o incluso ante sus
compañeros de trabajo, prefieren decir que viven en La Teja para
desvincularse del estigma asociado al barrio.
Según datos del Observatorio Nacional sobre Violencia y
Criminalidad del Ministerio del Interior, entre el 1.º de enero y el
31 de diciembre de 2021 se produjeron ocho homicidios en Tres
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 41
Ombúes-Pueblo Victoria (un 4,7 % del total de homicidios en la
capital en ese período) y uno en La Teja (un 0,6 %). Es así que Tres
Ombúes se ubica en cuarto lugar entre los barrios con mayor cantidad
de homicidios consumados en el año (lugar que comparte con otros
barrios: La Paloma-Tomkinson, Nuevo París y la Unión, también con
ocho cada uno) y por detrás de Casabó-Pajas Blancas, con 12 homici-
dios (7,1 % del total), Casavalle, con 11 (6,5 %), Peñarol-Lavalleja, con
diez (5,9 %) y Villa García-Manga Rural, con nueve (5,3 %) (Ministerio
del Interior, 2022a, p. 48).
Si se consideran los datos por jurisdicción policial, en el período
comprendido entre el 1.º de enero y el 31 de diciembre de 2021 en
la zona de la Seccional Policial 19 (correspondiente a La Teja, Tres
Ombúes, Nuevo París y Conciliación) se produjeron 17 homicidios
(10,1 % del total), por lo que comparte el tercer lugar con la Seccional
18, con igual número de homicidios en el mismo período, y se ubica
por detrás de la Seccional 17, con 22 homicidios (13 % del total), y de
la 24, con 20 (11,8 %) (Ministerio del Interior, 2022a, p. 43).
En 2020, en el territorio correspondiente a la Seccional 19 se pro-
dujeron 22 homicidios, lo que la había ubicado en segundo lugar en
cantidad de homicidios por seccional, detrás de la Seccional 17, con
25 homicidios en el período (Ministerio del Interior, 2022a, p. 46).
Esta zona se ubica en lo que Gabriel Tenenbaum, Mauricio Fuentes,
Nilia Viscardi, Ignacio Salamano y Fabiana Espíndola (2021) llaman
«cinturón de homicidios».
En lo que refiere a denuncias por rapiñas, en el período com-
prendido entre el 1.º de enero y el 31 de diciembre de 2021, en Tres
Ombúes-Pueblo Victoria hubo 385 denuncias (corresponden a 1,9 %
del total de denuncias por ese motivo en Montevideo), en tanto
en La Teja hubo 334 denuncias (1,6 % del total). Con esas cifras,
ambos barrios se ubican lejos de la cantidad de denuncias en otros
barrios; ese ranking en 2021 es encabezado por Casavalle, con 1.152
denuncias (5,6 % del total), seguido por Colón centro y noroeste,
‹ 42 Precariedades
con 787 (3,8 %) y la Unión, con 781 (3,8 %) (Ministerio del Interior,
2022b, p. 15).
En cambio, si se consideran las seccionales policiales, en 2021 la
Seccional 19 se ubicó en segundo lugar, con 2.081 denuncias reci-
bidas por rapiña (10,1 % del total), detrás de la Seccional 17, donde
hubo 2.185 denuncias (10,7 %) (Ministerio del Interior, 2022b, p. 16).
Este cambio se debe a que se suman las denuncias en otros barrios
que corresponden a la Seccional 19, que tuvieron mayor número de
denuncias, como Conciliación y Nuevo París.
Por su parte, en lo que refiere a denuncias por hurtos en el período
1.º de enero a 31 de diciembre de 2021, en Tres Ombúes-Pueblo
Victoria hubo 774 denuncias (1,3 % del total) y en La Teja, 735 (1,2 %)
(Ministerio del Interior, 2021b, p. 28). Con esas cifras, ambos barrios
quedan próximos a los últimos lugares en el ranking de denuncias
de hurtos en 2021 en barrios de Montevideo.
Pero, nuevamente, si se consideran las seccionales policiales, la
Seccional 19 recibió en 2021 un total de 3.699 denuncias por hurtos
(6,2 % del total), lo que la ubica en tercer lugar en el ranking de
denuncias por hurto en seccionales policiales de Montevideo, por
detrás de la Seccional 9, con 4.243 (7,2 %) y muy cerca de la Seccional
13, con 3.809 denuncias (6,4 %) (Ministerio del Interior, 2022b, p. 29).
Los números presentados muestran que la imagen de Tres
Ombúes como un «barrio peligroso» se sustenta, antes que en las
cifras de delitos, en que en los últimos años han tenido lugar homi-
cidios por conflictos vinculados al narcotráfico, que han ocupado
titulares en los medios de comunicación, al tiempo que también
tenían lugar noticias sobre operativos policiales en el barrio. En 2018,
el Ministerio del Interior llevó a cabo el operativo Mirador IX con el fin
de desestructurar una red vinculada al narcotráfico en Tres Ombúes,
que tenía su base en Cantera del Zorro. La noticia salió en varios
medios de alcance nacional, y en esa oportunidad se destacó que la
organización criminal tenía instaladas cámaras de videovigilancia en
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 43
columnas del alumbrado público y seis animales exóticos, además de
un importante control del territorio. Noticias como esas reforzaban
la idea de que Tres Ombúes era una «zona roja», pero además con
una delincuencia que contaba con mayor poder organizativo que el
de otras zonas de la ciudad.14
Durante nuestra vivencia, en el barrio nos enteramos de algunos
episodios de robos, además de sonidos de tiros que se escuchaban
durante la noche, también de una fuerte presencia policial por tierra
y aire. Al convivir con ello, también fuimos parte de numerosos lazos
de solidaridad y de un complejo entramado de moralidades alrede-
dor de qué es vivir en el barrio y cómo se vive allí. También fuimos
testigos de la experiencia cotidiana del hambre, de la precariedad
de las viviendas, de la falta de atención médica ante situaciones que
exigían soluciones inmediatas y que se solventaban solo con dinero,
de humedades propias de vivir en una zona baja y próxima a un
bañado que fue urbanizado, de atravesar una emergencia sanitaria,
como fue la pandemia de covid-19, en extrema vulnerabilidad, donde
las cuestiones de higiene básicas eran difíciles de sostener.
El costo del desarrollo
El desarrollo industrial del oeste de la ciudad, que se originó en la pri-
mera mitad del siglo XX, dejó un impacto ambiental que persiste hasta
el día de hoy. En un par de décadas quedaron muy contaminados los
arroyos Pantanoso y Miguelete, debido principalmente al volcado de
efluentes industriales sin tratamiento. Ambos arroyos desembocan en
la bahía de Montevideo, que también se vio seriamente afectada por
14 Véase, por ejemplo, [Link]
tivo-contra -el-narcotrafico-tres-ombues-n520433
‹ 44 Precariedades
la contaminación de la planta de Ancap y otras industrias. La playa
de Capurro, que había sido un lugar de veraneo para las clases altas
hasta bastante entrado el siglo XX, quedó inutilizable.
Las márgenes de los arroyos, al ser zonas bajas, también sufrie-
ron los impactos de la contaminación. En algunos casos, se trataba
de ecosistemas de bañado que por sus características dificultaron
la ocupación humana, en cambio, otras zonas de más fácil acceso
fueron ocupadas y se transformaron en cantegriles. En otros casos,
se generaron vertederos ilegales de residuos, tanto por la utilización
de vecinos que se dedicaban a la clasificación como por la acción de
empresas que hacían sus descargos.
Los suelos y las aguas se vieron contaminados por cadmio, cloro,
plomo y otros metales pesados. La contaminación del aire también
pasó a ser una característica de la zona y era fácilmente percibida
por el olor y el aire espeso, producto de la combustión de industrias
y de actividades informales, como la quema de residuos.
Además del aire, el suelo y las aguas, la contaminación tuvo su
efecto en las personas. En febrero de 2001, cobró estado público el
problema de la plombemia, un problema que afectaba principalmen-
te a niños y niñas de La Teja y otros barrios del oeste montevideano.
Según estudios que se elaboraron sobre el origen del plomo en
Montevideo, se concluyó que se debía al uso de nafta con adición
de tetraetilo de plomo en vehículos a motor;15 pero, además de ello,
en zonas como La Teja se sumaban diversas fuentes, entre las que
se encontraban
terrenos contaminados con residuos de fundición como pa-
sivos ambientales, la exposición por actividades laborales
informales contaminantes, la presencia de cañerías de plomo
15 Ancap dejó de producir naftas sin plomo en 2004 (PNUD-PNUMA, 2010, p. 10).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 45
para abastecimiento de agua, el recuperado de plomo a partir de
baterías, la quema de cables para obtener cobre (PNUD-PNUMA,
2010, p. 10, cursivas en el original).
La contaminación por plomo afectó durante décadas a distintas
generaciones que debieron convivir con ese «enemigo invisible»,
que se va acumulando en el cuerpo y que origina efectos para toda la
vida, entre los que se pueden incluir problemas cognitivos, orgánicos,
trastornos comportamentales e incluso discapacidad intelectual.
La eclosión de esa problemática y la inacción estatal en torno a ella
motivaron asambleas barriales que dieron lugar a la conformación,
entre los vecinos, de la Comisión Vivir sin Plomo (CVSP), donde se
congregaron vecinos y organizaciones sociales de la zona. La plom-
bemia movilizó las redes preexistentes de militancia y solidaridad
barrial que, por su articulación entre la visión ambiental, de salud y
de democratización del conocimiento, dieron lugar a un movimiento
de justicia ambiental (Renfrew, 2011).
El rápido proceso de transformación del oeste de la ciudad y las
consecuencias sociales y ambientales, como la contaminación de la
bahía y de los dos principales arroyos que desembocan en ella, así
como los efectos sobre la salud de las personas fueron consecuencia
del rápido desarrollo industrial.16 Henri Lefebvre denominó como
«asalto de la industrialización a la ciudad» (1978, p. 29) al proceso
de implantación de industrias que arrasan con la vida urbana y rural
preexistente. Más recientemente, Michael Truscello (2020) denominó
«brutalismo infraestructural» a esta implantación acelerada de in-
dustrias y grandes emprendimientos que subsumen la vida humana
y la naturaleza a las ganancias capitalistas.
16 En 1930 Uruguay tenía una de las economías más industrializadas de la región,
solo superada por Argentina, México y Brasil (Porrini, 2005, p. 75).
‹ 46 Precariedades
La industrialización no se propuso dañar intencionalmente el
ambiente, pero el compromiso con el crecimiento económico y el
desarrollo17 estuvo por encima de todo (Mosley, 2010, p. 109). La
protección de la naturaleza no fue prioridad de los gobiernos locales y
nacionales, y tampoco los sindicatos tuvieron una visión crítica sobre
los impactos ambientales que conllevaba el desarrollo industrial. Si
bien, como sostiene Stefania Barca (2012), los trabajadores son la
interfaz entre sociedad y naturaleza, y la conciencia política de los
daños al ambiente y a la salud humana causados por la industrializa-
ción comienza en el entorno laboral y se materializa en los cuerpos
de los trabajadores, ese fue un proceso que llevó varias décadas, y,
en el caso que estamos considerando, el ambiente ya se encontra-
ba severamente deteriorado y la salud de muchos trabajadores y
trabajadoras, así como vecinos y vecinas del barrio ya acumulaban
años de exposición a la contaminación cuando sus efectos cobraron
estado público.
Ocupación del suelo
Al descender desde Carlos María Ramírez hacia el norte se observa
que las viviendas comienzan a cambiar su calidad. A pocas cuadras
ya se puede observar una diversidad de viviendas y más adelante es
necesario caminar por la calle, ya que no hay vereda o no es tran-
sitable. En una misma cuadra pueden coexistir distintas formas de
tenencia de viviendas: habitadas por sus propietarios, habitadas
17 La idea de progreso que predominaba en la clase política y en la intelectualidad del
país se conectaba con la idea de desarrollo (Bury, 2009, p. 340). En los sectores de
izquierda, ello también se conectaba con la necesidad de lograr transformaciones
sociales profundas y el fin de las injusticias y la desigualdad social.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 47
por sus propietarios que a su vez subarriendan en el mismo predio,
habitadas por arrendatarios (de manera formal e informal) y habita-
das por ocupantes. Asimismo, se pueden encontrar terrenos baldíos
dispersos en el entramado urbano.
A tres cuadras de donde vivíamos, recostada sobre el arroyo
Pantanoso, está la Cachimba del Piojo, un asentamiento que tiene
ese nombre porque, a mediados del siglo XIX, de allí se extraía agua
para abastecer al oeste de la ciudad. La Cachimba es uno de los
cantegriles históricos de Montevideo. En la década del sesenta allí
se gestó uno de los embriones del surgimiento del Movimiento de
Liberación Nacional-Tupamaros.18 Esto ubica a la Cachimba del Piojo
como uno de los lugares históricos de la izquierda uruguaya.
Hacia el norte, también junto al Pantanoso, se encuentra Cantera
del Zorro, otro asentamiento de larga data. Está ubicado junto a un
bañado contiguo al arroyo, rodeando el lugar ocupado por la antigua
cantera de balasto que le da nombre. La calle Alaska lo atraviesa
de forma transversal. Si bien no hay registros claros de cuándo se
formó, en una nota publicada en 1962 en el semanario Marcha, un
periodista relata una visita a un lugar de cría informal de cerdos
«ubicado en la calle Alaska al cierre» (Jaurena, 1962). Cuando la
cantera de balasto fue abandonada debido a que se inundó, el gran
lago era utilizado por vecinos de la zona para bañarse, pero luego
de varios ahogamientos se resolvió rellenarla. Una vecina nos contó
que «le decían “el campo de la pena” porque se tiraban a nadar en
la cantera y murieron muchos ahí. Mi padre y otros vecinos se iban
a bañar ahí. Se ahogaron unos cuantos muchachos».
El terreno donde está ubicado el asentamiento presenta altos
niveles de contaminación producto de distintas fuentes, en primer
18 [Link]
-educativo-en-la-teja
‹ 48 Precariedades
lugar, de los distintos vertidos industriales arrastrados por el arroyo,
que se fueron acumulando durante décadas en el bañado contiguo.
Además, los materiales con que se rellenaron los terrenos, los resi-
duos que fueron arrojados ilegalmente por empresas, la actividad
de clasificación de residuos, la cría informal de cerdos que se desa-
rrolló en la zona y las aguas residuales de los hogares agravaron la
contaminación local.
Durante años, camiones de empresas de servicios de recolección
de residuos y de volquetas hicieron sus descargas en áreas contiguas
al asentamiento. En algunos casos, esto posibilitó que algunos vecinos
recuperaran esos residuos para su venta o para alimentar a los cerdos
y otros animales de cría. Incluso algunos eran consumidos por los
propios habitantes del lugar (Arguiñarena et al., 2019a).
«Acá antes nos organizábamos la vida
por las bocinas de las fábricas»
Por muchos lados se ven hoy en día los testimonios materiales que
dan cuenta de un pasado que le asignó a La Teja su impronta de
barrio obrero: edificios de antiguas fábricas dispersos en las cuadras,
fácilmente identificables en algunos casos, en otros no tanto porque
su fisonomía fue cambiando. Algunos presentan un gran deterioro,
otros son usados como viviendas, otros fueron reacondicionados y
funcionan como depósitos de mercaderías de empresas.
Pero también los testimonios de aquella época están vivos en la
memoria de los vecinos más veteranos, hijos e hijas de aquellos que
forjaron la nueva clase trabajadora. Fábricas, curtiembres y comercios
daban trabajo a miles de familias: «Acá antes nos organizábamos
la vida por las bocinas de las fábricas», dice Gloria, una vecina que
nació en el barrio, pero su familia llegó del interior en la década del
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 49
cuarenta.19 Las bocinas marcaban los turnos de trabajo y se escucha-
ban en varias cuadras a la redonda.
Foto 8. La vida comunitaria en torno al trabajo fabril
Fuente: [Link]
En los recuerdos, aquello siempre se valora como una buena
época, no solo porque permitía obtener ingresos a los hogares, tam-
bién por toda la dimensión social y comunitaria que implicaba una
19 Los nombres, al igual que algunas referencias, fueron modificados para preservar
la identidad de las personas. Todos nuestros interlocutores fueron informados
del alcance de esta investigación.
‹ 50 Precariedades
vida que estaba muy marcada por la organización del trabajo fabril.
De madrugada se veía a los vecinos y las vecinas salir de sus casas,
juntarse para ir caminando a las paradas, encontrarse allí o arriba
del ómnibus y compartir el mate y los bizcochos. Héctor, otro vecino
veterano, recuerda que viajaba en el 129, un ómnibus de línea que ya
no existe, que en su época llevaba gente hasta el Frigorífico Nacional.
Allí, quienes se encontraban eran todos conocidos.
Surgen así también los recuerdos de la vida comunitaria, de los
vínculos en el trabajo y en el barrio. Las historias familiares dan cuen-
ta de ello, historias como la de Gloria, que comienzan con «mi padre
se vino del interior a trabajar en el frigorífico», o de familias que se
formaron a partir de que un hombre y una mujer que provenían de
distintas partes del país se conocieron al cruzarse en el barrio o en
las instalaciones de una fábrica.
Con Mónica y Gabriel conversamos una tarde, a pocos metros de
una de esas antiguas fábricas que hoy se encuentra fraccionada y
donde se crearon habitaciones que se arriendan informalmente.
Mónica tiene setenta años y Gabriel, poco más de sesenta. Ambos
trabajaron allí y concuerdan en que la fábrica cerró en la década
del setenta. Fabián también se suma a la conversación y dice que
no puede ser, que él tiene cuarenta y recuerda haberla visto fun-
cionando, por tanto, no puede haber cerrado cuando ellos dicen.
Pero Mónica y Gabriel siguen enfrascados en su conversación;
una vez que se pusieron de acuerdo en que la fábrica cerró en la
década del setenta, intentan ponerse de acuerdo en qué año fue
exactamente. Para ello buscan puntos de referencia: situaciones
(un incendio), personas que trabajaron ahí, y así continúan or-
denando acontecimientos y buscando mojones en su memoria
que les permitan ubicarse en aquel pasado. Fabián los interrumpe
intentando una vez más hacer valer su argumento, pero está lejos
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 51
de disuadirlos de su viaje al pasado, así que finalmente se queda
callado y escucha lo que los otros dicen.
Fabián nació a fines de los setenta, así que si tiene recuerdos,
efectivamente son a partir de la década del ochenta. Sus recuer-
dos, o mejor dicho él mismo, podían ser el mojón que Mónica y
Gabriel buscaban aquella tarde para ordenar sus recuerdos, pero
no lo escucharon (Registro de campo de Gonzalo).
Pero más allá de su precisión temporal, esos recuerdos cada tanto
forman parte de las conversaciones entre los vecinos con más años.
Muchos de ellos trabajaron en aquellas fábricas, y si no lo hicieron,
de alguna forma su vida estuvo marcada por las dinámicas de aquella
época, que le dieron al barrio su carácter de obrero.
A medida que la distancia temporal con aquella época es mayor,
los recuerdos se decantan hacia los aspectos más positivos. No solo
porque había trabajo asalariado y la vida barrial en gran medida
se organizaba en torno a ello, sino también por el contraste de ese
tiempo con la actualidad,20 cuando el trabajo estable escasea y a
ello se asocia que la vida comunitaria ha ido perdiendo terreno y se
han instalado una serie de «males» que afectan principalmente a las
nuevas generaciones.21
20 En su tesis de maestría en antropología, Francisco Abella López (2019) analiza
las memorias colectivas en el marco del proceso de desindustrialización de la
localidad de Juan Lacaze, en el departamento de Colonia.
21 En gran medida, esta reivindicación del mundo del trabajo se vio potenciada por
el hecho de que la visión predominante de la izquierda idealizaba una sociedad
de trabajadores. Anselm Jappe (2011) y otros autores de la denominada escuela
crítica del valor sostienen que en Marx hay una ambigüedad con relación al trabajo
«entre el programa de una liberación del trabajo (en consecuencia, a través del
‹ 52 Precariedades
En muchos aspectos del barrio se ve ese contraste entre un pasado
más o menos reciente con una fuerte impronta en el trabajo fabril y un
presente en el que el trabajo ha ido perdiendo ese lugar centralizador
de la vida, dando lugar a mayor presencia de trabajos informales y
precarizados. De mañana se ven vecinos y vecinas que van hacia
Carlos María Ramírez o hacia la parada del 524 y se escuchan los
ruidos de carros de mano y de caballo que van en el mismo sentido.
El trabajo sigue siendo un organizador de la vida barrial, pero ya no
son las bocinas de las fábricas las que marcan los tiempos de cada
jornada, ahora es cada vecino o vecina quien lo hace por su cuenta,
sea porque concurre a otro barrio donde es empleado o porque sale
a ganarse el peso por cuenta propia.
De este modo, se procesa un pasaje del trabajo como algo colecti-
vo al empleo como algo privatizado e individual. Surgen entonces las
dificultades para pensar el trabajo como algo colectivo. Los proble-
mas emergentes se ven como específicos de un determinado trabajo,
y no como problemas del trabajo. Y esto implica tanto a quienes
logran acceder a empleos como a quienes no, porque, como sostiene
Kathi Weeks (2020),
el trabajo es crucial no solo para quienes organizan su vida en
torno a él, sino también, en una sociedad que supone que la gente
trabajo) y el de una liberación con respecto al trabajo (en consecuencia, liberán-
dose del trabajo)» (Jappe, 2011, p. 140, itálicas en el original). Si bien la tradición
predominante del marxismo adscribió a la primera concepción, que consideraba
una centralización y un elogio del trabajo, otras corrientes, entre ellas la escuela
de Frankfurt, los situacionistas y vertientes del marxismo autonomista, fueron
críticos de esta perspectiva, haciendo énfasis en aspectos como la alienación y
la pérdida de libertad a la que conduce el trabajo. Para una visión crítica del rol
del trabajo se puede consultar el libro de Kathi Weeks (2020).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 53
tiene que trabajar por un salario, para quienes han sido expulsa-
dos o excluidos del trabajo y han quedado marginados (p. 17).
Foto 9. Los caballos son parte del paisaje del barrio
Fuente: Foto del equipo investigador.
Si en las décadas anteriores la tendencia en el barrio se había
expresado en la proletarización de importantes segmentos de la
población, a partir de los años ochenta y noventa, con el avance de
políticas de corte neoliberal, comenzó a producirse un movimiento
inverso de desproletarización. Este proceso está signado por la pre-
carización, fenómeno complejo que implica diversos factores que
hacen a la reproducción de la vida: factores económicos se ensam-
blan complejamente a cuestiones morales y políticas.
‹ 54 Precariedades
Foto 10. Pareja de clasificadores desde la reja de
entrada a nuestra casa. Los cuidados y las decoraciones
de los caballos y los carros son variados
Fuente: Foto del equipo investigador.
Tras el fracaso del llamado socialismo real, el horizonte colectivo
situó su perspectiva en la posibilidad de vivir entre distintas versiones
del capitalismo —donde la mejor propuesta era una menos salvaje
o más humana—, pero, sobre todo, en buscar una salida individual.
En ese contexto, la emigración fue una alternativa de muchos jó-
venes que buscaron más allá de las fronteras el trabajo estable que
no lograban conseguir en el país, desandando el camino que sus
abuelos y abuelas habían andado décadas antes. En otros casos, fue
la incorporación de esos jóvenes al trabajo precario, con ingresos
bajos y fluctuantes, y con pocas perspectivas de futuro.
La historia de este barrio, de estos barrios, es la historia de su trans-
formación industrial favorecida por acontecimientos internacionales,
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 55
de su poblamiento y urbanización, de la proletarización de impor-
tantes sectores de sus pobladores, del desarrollo de la conciencia de
clase, del despliegue de las luchas sindicales y sociales por mejorar
las condiciones de vida de la gente, de la puesta en práctica de la
sociabilidad obrera, del surgimiento de una identidad barrial que
encontró en expresiones artísticas como las murgas un canal donde
narrarse, y de la génesis local de una forma de vida y de una forma
de entender y habitar el mundo asociadas a distintas corrientes de
la izquierda (anarquistas, socialistas, comunistas). Y es también la
historia del cierre de las fábricas, de la formación de cantegriles, de
la precarización del trabajo, de la resistencia frente al autoritarismo,
del avance del deterioro ambiental que se percibe en el aire y que
silenciosamente se acumula en los cuerpos, y es, además, la historia
de múltiples solidaridades barriales que emergieron una y otra vez
para dar cuenta de los más perjudicados durante las últimas crisis de
nuestra historia reciente, como lo son las ollas populares que surgieron
tanto en la crisis de 200222 como en la pandemia de 2020. En definitiva
es, como otras, una historia de conexiones (Wolf, 2005): una historia
ligada al devenir de la ciudad y del país, y a acontecimientos mundiales
que llevaron a que esa zona fuera el locus en un determinado período
de un importante desarrollo industrial para las dimensiones del país.
22 En 2002 tuvo lugar una de las mayores crisis de la historia uruguaya. Si bien su origen
es multicausal, la insolvencia financiera alcanzó a una parte importante del sistema
bancario y terminó con el cierre de algunas instituciones. Las consecuencias de la
crisis fueron el aumento del desempleo, la emigración y el incremento de la pobreza
y la marginalidad, entre otras. En Arguiñarena, Gutiérrez Nicola, Mariana Matto
Urtasún y Rossal (2019b), describimos el surgimiento de los bolseros, personas que
pasaron a vivir de la recuperación de residuos, principalmente en zonas céntricas
de Montevideo, como resultado acumulado de la crisis social, el ingreso de la pasta
base al país y la introducción del sistema de contenedores de residuos.
‹ 56 Precariedades
II. La vivienda
En este apartado ilustraremos, a través de una narrativa etnográfica,
lo que fue el proceso de búsqueda de casa en el barrio, la llegada allí
y nuestras experiencias como investigadores en cuanto cuerpos y
moralidades que se ensamblan con este universo de investigación
que hemos venido presentando.
Como bien nos trae Bourgois, entrevistado por Álvaro Garreaud
y Darío Malventi (2006):
Hay una intensidad emocional muy fuerte en la experiencia etno-
gráfica, los lazos afectivos tienen un papel bastante importante.
Yo creo que uno se protege parcialmente a través del análisis
etnográfico, pues la crisis no deja de estar allí. Me parece que
toda la subjetividad y los sentimientos que implica este tipo de
experiencia pasa a formar parte del análisis mismo, porque el
relato antropológico es parte de un proceso de producción de
subjetividad, un proceso colectivo de conocimiento. El conoci-
miento es parte de una producción tanto de sentido emocional
como analítico, y, en la etnografía, los acontecimientos diarios
superan constantemente las categorías de análisis antropológico,
ya que afectan la vida y la muerte. Esta es para mí la magia de la
etnografía, te enfrenta en carne propia» (p. 104).
Un sábado de agosto de 2020, iniciamos la búsqueda de vivienda
para alquilar en el barrio. Era nuestra segunda recorrida, la anterior
la habíamos hecho hacía menos de un año atrás, cuando estábamos
trabajando en la formulación del proyecto de investigación.
En el ómnibus venían pocos pasajeros, pero poco a poco por
Agraciada fue subiendo más gente (con tapabocas) y en el Paso
Molino algunas personas más. Luego comenzaron a descender
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 57
con más frecuencia hasta que, cuando nos bajamos, a poco
de llegar al destino, éramos menos de diez personas las que
quedábamos.
Sobre las 12.30 bajamos en Pedro Giralt y Alagoas. El día estaba
soleado y la temperatura era bastante agradable para ser invierno.
La única visita que pudimos concertar fue con Vanesa, una vecina
de Cantera del Zorro que conocimos en febrero de 2019, cuando
formaba parte de un emprendimiento cooperativo. Hicimos algo
de tiempo en la plaza del Centro Cívico esperando que nos con-
testara el mensaje y nos confirmara que estaba. Ni bien lo hizo,
nos dirigimos hacia su casa.
En la plaza, un muchacho de unos veinte años tomaba mate al
sol y fumaba recostado sobre la pared del Centro Cívico. Algunos
niños estaban en el parque de juegos, un hombre jugaba a la pe-
lota con dos niños en la cancha de fútbol, y en la de básquetbol no
había nadie. El guardaparques de la plaza conversaba con gente
que estaba sentada allí, cerca del centro. Dos muchachos jóvenes
también conversaban al sol sentados cerca del edificio del centro
y uno pasaba y los saludaba. El ambiente era tranquilo, cálido.
Cuando le comentamos a Vanesa sobre nuestro proyecto y nuestra
intención de mudarnos al barrio, nos dijo que había una casa
en alquiler frente al Centro Cívico, así que allá fuimos, pero, tras
recorrer la zona buscando una casa con cartel de alquiler, no la
encontramos. «Es la zona más linda del barrio, por decirlo así»,
dijo. Vanesa luego nos avisó que ya había sido alquilada por una
familia a la que le están construyendo una casa. Alquilaron por
pocos meses hasta que terminen de construir la otra, pero no
podemos saber cuánto tiempo será, así que la descartamos. Nos
‹ 58 Precariedades
despedimos, recorrimos el barrio y luego fuimos a la parada del
524 para retornar. Frente al Centro Cívico hay una casa que tiene
un cartel de «olla popular».
Una mujer mayor nos saludó y se sentó también a esperar el
ómnibus. De pronto se escucharon cuatro detonaciones y vimos
venir por Pedro Giralt, desde la esquina de Alagoas, a un hombre
joven vestido con un buzo de jogging que parecía que traía un
revólver en el bolsillo. Caminaba rápido, se lo veía nervioso. Se
fue caminando rápido por Giralt hacia abajo. Dos jóvenes se le
sumaron y se fueron caminando juntos. Todo pasó muy rápido.
Luego la mujer que estaba en la parada nos dijo: «Tiró cuatro
balazos», mientras intentábamos procesar lo que había ocurrido.
Ella nos comentó que lo conocía desde chico, había sido su vecino,
pero hacía años que no lo veía y que no sabía que andaba en
«esas cosas». Desde una casa de enfrente salió un hombre y le
gritó algo a una mujer que estaba en la plaza. Ella cruzó y se llevó
a unos niños que estaban ahí. Otros niños seguían en la plaza
como si nada hubiera ocurrido. Enseguida vino el 524 (Registro
de campo conjunto).
Búsqueda de casa
Para continuar la búsqueda de casa, nos juntamos para ver qué había
en internet. Para comenzar la búsqueda en Mercado Libre, tuvimos
primero en cuenta que el barrio no es un buen motor. El estigma de
su nombre hace que los propietarios y las inmobiliarias que tengan
opciones de vivienda ahí prefieran «ubicarlas» en La Teja, barrio con
una identidad fuerte que no carga con el estigma de Tres Ombúes.
Buscamos una vivienda de dos dormitorios y que estuviera dentro
de Tres Ombúes. Hay alguna opción que alquila solo un cuarto, varios
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 59
depósitos y algunas viviendas del complejo habitacional.23 Decidimos
no ver apartamentos, sino casas. Algunas muestran, ya en sus fotos,
condiciones precarias de habitabilidad. Todas rondan entre 9.000
y 13.000 pesos mensuales, y exigen variadas garantías. Anotamos
algunas opciones y mandamos mensajes de consulta para visitarlas.
Al recorrer el barrio, también nos dimos cuenta de que hay pocos
carteles de casas que se alquilen. El entramado del barrio incluye
algunas unidades relativamente segregadas de otras. Hay grandes
complejos de viviendas hacia la zona norte del barrio; ya en sus con-
fines, está la zona circundante a la gran plaza y el Centro Cívico, una
zona indistinguible del barrio amanzanado de La Teja, con casas en
estado variado, que en su mayoría siguen el patrón de producción
familiar e informal de la vivienda que se ha observado en otros barrios
(Di Paula y Romero, 2008).
Luego de varios intentos y visitas a casas en alquiler, encontramos
una que no solo nos permitía condiciones contractuales adecuadas,
sino unas condiciones generales en la construcción que parecían
razonables para su inmediata habitabilidad.
A esta casa se entra por una reja que da a un espacio de cochera
grande y, desde ahí, a la izquierda se encuentra la puerta al interior
de la vivienda, que tiene de frente la cocina-comedor, un cuarto
grande a la derecha, con una ventana hacia el frente, y otro cuarto
más chico a la izquierda, con una ventana hacia el patio o cochera.
Entre la cocina y el cuarto grande está el baño.
En ese patio estuvimos bastante tiempo porque la reja grande
permitía ver qué y quién pasaba por la calle. Niños jugando en las ve-
redas, jóvenes sentados en los cordones, solos o con otros, gente que
camina por la calle, ya que a esa altura las veredas no son transitables.
23 En Uruguay también se le denomina vivienda a los apartamentos que son producto
de políticas habitacionales del Estado.
‹ 60 Precariedades
Fotos 11 y 12. La entrada a nuestra casa. Por el
día, desde adentro. Por la noche, desde afuera
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 61
Alquilar
El alquiler de la casa costaba 12.000 pesos mensuales, lo que es sen-
siblemente menor al valor que tendría esa casa en otros barrios de
la ciudad; incluso diríamos que es entre dos tercios y poco más de
la mitad del costo de alquiler que tendría en los barrios de donde
provenimos (Aguada y Reducto). Si bien la negociación fue directa
con el propietario, la garantía de alquiler fue a través de una ase-
guradora, que nos cobró unos 11.000 pesos por darnos la garantía,
con los requisitos de no estar en el Clearing,24 tener un mínimo de
un año de antigüedad laboral y, por el monto de alquiler exigido,
tener un ingreso mensual mínimo de 40.000 pesos entre quienes
habitarían la casa.25
El contrato de alquiler fue de un año, que era el plazo que ne-
cesitábamos a efectos de cumplir con el tiempo del proyecto. Una
dificultad que tuvimos a la hora de alquilar por la vía formal fue
que tanto las inmobiliarias como los propietarios querían firmar
contrato por dos años. Con estos últimos intentamos negociar, les
explicamos que queríamos alquilar por un año porque éramos parte
de un proyecto universitario que tenía esa duración, pero no tuvimos
suerte. Así, con cierta pena, tuvimos que descartar otras opciones
que nos parecían buenas.
En la última casa que fuimos a ver, aunque el contrato era por
dos años, el propietario accedió a firmar por uno. Si bien no vive
24 Es una base privada de datos crediticios que revelan el grado de cumplimiento o
incumplimiento de contratos comerciales, crediticios y la capacidad de pago de
las personas. Dependiendo del comportamiento financiero que revela esta base,
se otorgarán o no créditos y se harán o no negocios con esa persona.
25 El alquiler de la casa no fue financiado por el proyecto, sino que se pagó con los
ingresos del equipo de investigación.
‹ 62 Precariedades
en el barrio, también es dueño de otras casas en la manzana, todas
bajo el régimen de alquiler. Durante el tiempo en que estuvimos allí,
mantuvimos bastante contacto con él y con un albañil de su con-
fianza, dado que tuvimos varios problemas con la casa. La vivienda
es una de las de aspecto más saludable de la cuadra. Sin embargo,
tuvo diversos problemas, algunos particulares y otros que comparte
con todo el barrio, como la humedad general, que se hizo sentir
con fuerza al empezar el otoño, y los defectos de fabricación, con
materiales de baja calidad.
Mudanza
Una de las categorizaciones que se le ha atribuido a la definición de
barrio es «opuesto al centro de la ciudad»:
El centro de la ciudad se concibe diferente a la categoría de barrio,
categoría que se conforma alrededor de un conjunto de valores o
paradigma de lo barrial. Algunos de ellos son la «tranquilidad»,
el carácter distintivo de lo obrero (de «gente de trabajo»), la soli-
daridad vecinal, la confianza y el conocimiento mutuos (lo que
llamamos relacionalidad), la pobreza como rasgo reivindicativo
de tipo moral, etcétera (Gravano, 1995, p. 55).
Para uno de los fleteros que contratamos para la mudanza, el
barrio La Teja supone una fuerte relación con la historia de su padre,
ya fallecido, hincha de Progreso y cuyas cenizas fueron esparcidas en
el estadio de ese club. Para otro, parte de una empresa de mudanzas,
ese barrio «es complicado», pero también explicita que en realidad
«está en todos lados así», refiriéndose a la inseguridad.
La muerte de Tabaré Vázquez, que a la que referimos en un si-
guiente apartado, provocó un aplauso en la noche del domingo.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 63
Oímos algunos ruidos y salimos. Nos juntamos con gente que había
en el comité del Frente Amplio que está en la cuadra de enfrente.
Después fuimos hasta la esquina, donde encontramos a una mujer
que estaba aplaudiendo con tres niños: una de unos 11 años y otros
dos de entre tres y cuatro.
Las bengalas se veían en el cielo y se escuchaban algunas boci-
nas. Mucha gente del barrio se había ido al Club Progreso, donde el
expresidente era ovacionado.
Nos acercamos a la mujer e iniciamos una conversación:
—¿Son nuevos acá? —nos pregunta.
—Sí, nos mudamos ayer.
—¿Y de dónde vienen?
—De la Aguada y Reducto.
—¿Y hasta acá se vinieron, teniendo todo a la mano ahí?
—¿Qué a la mano?
—Se vinieron acá, que está bravo, lleno de tiros.
—¿Hay tiroteos acá?
—Sí, bueno, alguno hay.
—¿Y qué es acá? ¿Tres Ombúes?
—Noo, acá es La Teja.
La niña interrumpe la charla y dice que no, que donde estamos es
Tres Ombúes, que el límite es Zubillaga. La mujer no dice nada. Luego
nos cuenta que hace treinta años que vive acá, que tiene cuarenta,
que sus primeros diez años los vivió en Los Bulevares y que era más
tranquilo allí.
Ella nos deja entrever una percepción del barrio como «com-
plicado», en línea con lo que nos había dicho uno de los fleteros
durante la mudanza, poniendo énfasis en los tiroteos que a veces se
escuchaban. Luego, viviendo ahí, los vecinos nos dicen que los tiros
vienen «del lado de la Cachimba», lo cual no es fácil de constatar. A
‹ 64 Precariedades
veces escuchamos un tiro perdido, pero otras veces son verdaderas
ráfagas, «esa es una Glock, son las mismas que usa la Policía, no sabés
cómo escupe balas», nos dijo un vecino una vez que escuchamos
juntos un tiroteo. Los tiros no son cosa de todos los días, pero son una
realidad angustiante. Principalmente son en la madrugada. Algunas
veces, al otro día buscamos en las noticias si había personas heridas o
muertas, pero en la prensa no había publicado nada. La información,
más que nada, circulaba por los propios vecinos, que nos contaban
que habían herido a alguien a unas cuadras de ahí, pero la mayor
parte de las veces no nos enterábamos de cuál era el motivo de esos
disparos ni su resultado. Tampoco los vecinos lo sabían, incluso
nos decían que no habían escuchado nada. A nosotros mismos nos
pasaba que uno los había escuchado de madrugada y el otro no.
Estamos a tres cuadras de la Cachimba, pero la distancia con ese
asentamiento parece que fuera mayor. La distancia es más simbólica
que física. Algunas actividades delictivas que ocurren en el barrio se
atribuyen al asentamiento: «Andan rapiñando en moto, son los del
cante». También conocimos vecinos que habían nacido o que tenían
familiares viviendo allí. Además del intercambio de objetos que se
dan en la Cachimba y Cantera: materiales de construcción, animales,
posibilidad de vivienda en momentos de conflicto o ruptura de pareja,
y el mercado de las drogas, que está presente en todo el barrio, pero
que tiene mayor densidad en los asentamientos.
Definidos mediáticamente como «lugares de malvivir» o «refugio
de delincuentes» (estigma con el que cargan estos espacios desde
su surgimiento, en los años cuarenta), los cantes son conjuntos
de viviendas muy precarias en zonas marginalizadas de la ciudad
(Rossal, 2013).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 65
III. La experiencia del delito
Entrar al campo
Existió cierta complejidad al identificar los fenómenos que pautaron
la entrada al campo de esta investigación etnográfica. Complejidad
como parte de un entramado que tiene su debate antropológico y que
nos plantea diversas interrogantes sobre cuándo se entra al campo,
qué significa en el marco de la investigación —con el agregado de
las limitaciones de hacer etnografía en contexto de pandemia—,
así como la metodología etnográfica como proceso y texto para la
comprensión de las relaciones en un barrio popular.
Nos mudamos al barrio un sábado de los primeros días de diciem-
bre de 2020. Un día después falleció Tabaré Vázquez, expresidente
de la república de dos gobiernos del Frente Amplio, coalición de
partidos de izquierda fundada en 1971, que en 2004 obtenía su pri-
mera victoria electoral, rompiendo la alternancia en el gobierno
de los dos partidos tradicionales del país: el Partido Nacional y el
Partido Colorado. Además de la relevancia política de Vázquez, en el
barrio esta muerte tuvo implicancias importantes: nacido en La Teja,
había sido fundador del Club Arbolito y presidente del Club Atlético
Progreso cuando llegó a ser campeón uruguayo de fútbol en 1989,
a la vez que mantuvo una fuerte presencia militante allí, por lo que
su muerte provocó una gran conmoción barrial y vecinal. Banderas
del Frente Amplio comenzaron a verse desde el domingo temprano
en nuestra cuadra, también vimos gente arrimarse a los comités del
barrio y una multitud que llegaba en caravana para el entierro en el
cementerio de La Teja, a 12 cuadras de nuestra casa.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 67
Fotos 13 y 14. Entierro de Tabaré Vázquez
en el cementerio de La Teja
Fuente: Foto del equipo investigador.
‹ 68 Precariedades
A las 21 horas, se escucharon bombas desde la plaza Lafone y
vecinos salieron de sus casas a aplaudir. La pandemia no permitiría
muchas más formas de manifestarse que el aplauso en la vereda.26
Este primer acontecimiento en el barrio fue muy importante:
La Teja volvió a la escena nacional por medio de su vecino más re-
nombrado, pero el contexto de pandemia redujo las posibilidades de
encuentro personal con nuestros potenciales interlocutores.
Pero fue otro acontecimiento, el robo a la casa de una vecina, el
que puede ser considerado como aquello que nos presentó al barrio
como vecinos, lo que inauguró nuevos lazos, más fuertes y duraderos.
Claro que desde que llegamos al barrio habíamos tenido ciertos
encuentros aleatorios con algunas vecinas y vecinos que comenza-
mos a ver seguido y a saber dónde vivían, pero la oportunidad de
reflexionar junto a ellos sobre un acontecimiento en tanto evento
que se sale de la rutina, que marca un hito en los sujetos y del cual
devienen variadas interpretaciones, versiones y relatos, además de
una objetivación con nosotros como etnógrafos y vecinos, nos la
ofreció el robo a la casa de una vecina.
Consideramos entonces el estar ahí no solo como una vivencia
física que pasa por el cuerpo del etnógrafo, sino que se hace etnografía
si este está poniendo en relación lo que vive y experimenta en el
campo con las complejas redes en las que se encuentran él y sus
interlocutores.
26 Los aplausos y los caceroleos (golpear una cacerola con algo, haciendo mucho
ruido) se convirtieron en formas de expresar apoyos y descontentos durante
la pandemia, momento en el que estaba restringida la circulación en lugares
públicos, lo que impedía manifestarse de la forma tradicional.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 69
Robo y entrada al campo
El robo como acontecimiento permitió conocer personas y una red
de relaciones en la cuadra, cosa que no sucedió el día de la mudanza
porque no inauguró vínculos en el lugar. Fue este hecho lo que per-
mitió la salida a la calle y la entrada al barrio, y, con ello, al campo.
Eran las 11 de la mañana del lunes. La noche había sido rara:
había escuchado algunos ruidos, pero rápidamente terminaron.
Cuando me levanto, me encuentro a Gonzalo en la cocina, que
me comenta que anoche escuchó muchos ruidos, como pasos
en el techo y en la casa de al lado. Le comento que yo también,
pero que no habían sido muchos de mi lado. Enseguida, escucho
que alguien me llama desde la reja:
—¡Vecina!
Veo a alguien de refilón en la reja del lado de afuera. Es una mujer.
Salgo.
Me pregunta si tengo el número de quien alquila estas casas,
porque le robaron a Lola, la vecina de al lado. Le levantaron la
puerta y ella está afuera y no contesta el celular, y hay que ver si el
dueño puede arreglar la puerta, porque le van a seguir entrando y
robando. La vecina cuenta que volvía recién de hacer mandados
y vio cómo un hombre quería entrar de nuevo «¡en pleno día!»
y ella lo corrió. Hay que ver cómo cerrar esa casa hasta que Lola
vuelva. Todo me lo cuenta rápido, como si quisiera concentrar
en estos pequeños minutos todo lo que había pasado, todas las
soluciones posibles y todas las justificaciones para venir a golpear
nuestra puerta.
‹ 70 Precariedades
Le digo que sí, que tengo el número, que me comunico, claro.
Mientras hablamos, vamos, casi sin saberlo, hasta la casa de Lola.
La puerta está levantada por la parte de abajo, como una pollera
que se levanta con el viento. Con una palanca levantaron, además,
una gran parte del marco que sostiene la puerta de metal, y pica-
ron un costado de la pared que la enmarca. No se ve demasiado
para adentro, pero la vecina me dice que seguramente le robaron
el televisor y el microondas, que Lola está afuera, que se fue por
varios días, que ella se dio cuenta hace poco de que ya le habían
robado una ropa que había dejado colgada, que «pobre, es retra-
bajadora», hacen feria juntas y ella le ha dicho varias veces que se
mude al apartamentito más chiquito de atrás porque «es sola» y
los hijos vienen cada tanto, pero no mucho, pero que Lola no se
quiere mudar porque tiene estufa a leña.
La vecina me dice que el barrio es tranquilo, que ella vive acá de
toda la vida, que «no te digo que no me han robado, porque, sí,
me han robado», pero esto así no. Pasa que Lola se fue muchos
días y en la vuelta anda un pibe que roba «porque está pasado».
Nos empezamos a ir de la puerta de la casa de Lola y nos acerca-
mos a la mía: le digo que me comunico con el dueño a ver qué
se puede hacer y que si quiere darme su número. Me lo da y de
paso le pregunto por su nombre y la vecina pasa a ser Sandra,
con su número agendado en mi teléfono (Diario de María Noel).
El robo, en tanto evento fuera de la cotidianeidad, se hace público,
se vuelve un hecho barrial desde el que emergen diversas inter-
pretaciones y versiones. Al pasar a esa esfera de lo público, se hace
un acontecimiento de todos, del que todos fuimos partícipes como
integrantes de este territorio.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 71
En el trabajo etnográfico no solo es estar ahí, sino que se trata de
estar ahí en la máxima expresión que dos antropólogos pueden estar:
objetivando, poniendo en relación las distintas versiones del hecho,
aprendiendo de lo que dicen los vecinos y las vecinas al respecto,
pero además siendo parte del barrio: ese día nos volvimos una parte
del acontecimiento, nos volvimos un canal de comunicación entre
Lola y el dueño de la casa, y el hermano de Lola, Sandra y Pablo: nos
volvimos vecinos.
Mientras estoy conversando con tres vecinas en la vereda, se
acerca Lola, la vecina a la que robaron. Ella dice que «no sabía
que el barrio era así» cuando se mudó, de haberlo sabido, no se
hubiese mudado. Cuando le responden, noto que las tres vecinas
se sienten ofendidas por la forma en que se refiere al barrio, y
necesitan relativizar sus palabras, aunque lo hacen con cuidado
porque entienden que Lola se siente afectada por lo que acaba
de sucederle.
Esther le responde que los vecinos son «buenas personas», que
«hay algunos que desentonan, pero la mayoría es gente de traba-
jo», que en todos lados está brava la situación y que lo que le pasó
a ella no es algo que pase con frecuencia en la cuadra.
Otra de las vecinas recuerda que una vez le quisieron robar, habían
amontonado cosas en el patio, pero ellos justo llegaron y no se
las pudieron llevar; pero eso pasó una vez y vive ahí desde hace
varias décadas.
Luego hablan de Lucas, el muchacho que algunos señalan como
el posible autor del robo. Esther dice que conoce a la familia de
toda la vida, que fue a la escuela con el padre del muchacho y que
lo ha visto deteriorarse. La otra vecina dice que ya ni quiere pasar
‹ 72 Precariedades
por la esquina porque cada vez que pasa le pide plata. La otra le
responde que cuando le pide a ella le contesta: «Salí de acá». Él
le dice: «No me hable así, tía». Pero Esther ya perdió la paciencia
con él, dice que «si lo veo en la vereda, lo saco cagando». Mabel
se suma diciendo que ella haría lo mismo, aunque ninguna de
ellas tuvo problemas con él, solamente lo ven todos los días en
la vuelta o se enteran de cosas que hace.
Lola nos dice que habló con la madre, que habló con otros con-
sumidores de pasta. Les dijo que no quiere que el problema pase
a mayores. Pero nada surtió efecto.
En sus relatos se nota que han perdido la paciencia con Lucas, lo
conocen desde chico y han ido viendo su trayectoria, saben que
es difícil que el muchacho cambie, mientras tanto, no es mucho
lo que pueden hacer más que evitarlo.
Por otra parte, Mabel le dice a Lola que no debió dejar la ropa
colgada tantos días, que así se dieron cuenta de que no había
nadie en la casa. Lo que Mabel le dice es algo que varios vecinos
comentaron luego del robo. Lola, que ahora es la ofendida, dice
que ella trabaja, que igual se dan cuenta de que no hay nadie
porque «están vigilando todo el día» (Diario de campo de Gonzalo).
A diferencia de la vecina que nos cruzamos en la calle la noche
del aplauso a Tabaré Vázquez, quien de entrada nos dijo que el barrio
era «complicado», estas vecinas más veteranas, si bien comentaban
y reconocían lo mismo entre ellas, también sentían la necesidad de
relativizarlo frente a personas que no eran originarias de ahí, como
era el caso de Lola. Así pudimos ver que muchos de los problemas se
atribuían a Lucas y a «unos pocos» que están severamente afectados
por el consumo de pasta base. Una vez, mientras caminábamos,
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 73
vimos a una mujer joven increpar a Lucas en plena calle, le pregun-
taba por algo que supuestamente había robado, y este respondió:
«[De] todo me echan la culpa a mí».
También las vecinas relativizaban el hecho, dejando entrever
un comportamiento «incauto» de Lola al dejar la casa sola y la ropa
colgada. De este modo, la forma en que se producen, pero sobre todo
en cómo se procesan determinados hechos y en lo que los vecinos
y las vecinas dicen en torno a ello nos revela mucho del barrio, pero
también de las distintas formas de ver las cosas.
En nuestro proceso etnográfico, nuestros vecinos-interlocutores
construyen narrativas en torno al barrio en el barrio mismo. Esto
se convierte en una gran fortaleza de la etnografía, ya que permite
elucidar de forma constante las variaciones del campo-territorio y de
pertenencia en tanto la propia narrativa en el propio lugar, además
de ser parte del entramado barrial de (des)confianza que se adquiere
en la rutina diaria barrial.
Lo anterior se profundizó por una cuestión temporal: nos muda-
mos antes del comienzo del verano, lo que hace que la gente pase
más tiempo afuera y nosotros, también. Respecto a esto, una cuestión
importante es que nuestra casa tiene la entrada por una cochera
donde estamos en varios momentos del día y podemos vincularnos
con lo que pasa en la calle observando o forjando vínculos desde el
saludo vecinal.
Techo
El techo de nuestra casa es de chapa, eso permite una vía de comu-
nicación con el exterior a partir de los ruidos. Con los días pudimos
identificar el origen de los distintos sonidos, ya fueran de los picos
de los pájaros que al amanecer comen los insectos o las semillas que
caen, de las corridas cortas de gatos que hemos visto deambular por
‹ 74 Precariedades
las azoteas y hacen de los techos su coto de caza de roedores (que
también hemos visto), de las gotas de lluvia que, a juzgar por el ruido
que hacen al repiquetear la chapa, parecen de mayor entidad de lo
que es afuera. Pero, luego de un tiempo, identificamos los ruidos
de pisadas humanas en el techo y al otro día comprobamos que
nos habían robado dos sillas plegables que teníamos en la cochera.
Alguien trepó por el techo, bajó a nuestro fondo y sacó las sillas a
través de la reja del frente.
De mañana fui al almacén y al regresar a la casa estaba María
Noel en una reunión por Zoom. Me abrí un yogur, me fui a sentar
afuera y ahí vi que no estaban las sillas. Eso significa que anoche
alguien subió al techo y saltó a nuestro patio. Luego vimos que
también se llevó el jabón líquido de lavar ropa que estaba sin
abrir. Revisamos si se habían llevado algo más, pero nos pareció
que no.
Tal vez otras veces ya habían entrado, cuando la casa estaba en
refacción y no se quedaba nadie de noche; es probable que hayan
escalado por los techos y ya conozcan nuestro patio. El albañil nos
había contado que, cuando estaban reparando la casa, a ellos les
robaron un alargue que habían dejado colocado; nos dijo que lo
habían robado desde afuera y no entendía cómo habían hecho
para destornillarlo, pero ahora me doy cuenta de que es probable
que lo hayan robado desde adentro.
También es probable que otras veces hayan ingresado a nuestro
patio con nosotros adentro de la casa. La pinza que no encuentro
por ningún lado tal vez quedó en el patio y se la llevaron. Y es
posible que nos falten otras cosas menores, incluso ropa, y no nos
hayamos dado cuenta (Diario de campo de Gonzalo).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 75
Luego de ese episodio, que esta vez nos ubicó a nosotros como
«incautos», no dejamos nada afuera. Pero también nos dimos cuenta
de que nuestro techo era transitado con asiduidad. Una vecina nos
dijo que había visto a alguien en su techo, y a partir de ahí habló con
el dueño de la casa para que colocara alambres de púas.
El robo nos llevó a sentir lo que sienten otros vecinos, y de este
modo también sentirnos vecinos, y a la vez darnos cuenta de que
habíamos sido imprudentes al dejar cosas en el patio.
La cuestión del robo nos hizo replantearnos algunas cosas. Lo
primero fue tomar algunas precauciones para que no nos robaran
de nuevo. Siempre tiene que estar al menos uno de los dos en
la casa. Si estamos en los cuartos o en la ducha, hay que cerrar
la puerta de la casa con llave. El problema parece ser más bien
durante la noche, pero no está de más tomar algunos recaudos
durante el día. No dejar cosas afuera, lo que se pueda entrar hay
que entrarlo. Tampoco, durante el día, hay que dejar cosas que
se puedan ver desde la vereda (Diario de campo de Gonzalo).
Si bien nos pareció que se trataba de personas que intentaban
encontrar algo rápido y fácil para vender en la boca,27 sin buscar otros
problemas, entendimos que era prudente tomar esas precauciones
para evitar males mayores. También nos replanteamos lo que con-
siderábamos objetos que podían ser robados: botellas retornables,
macetas, una manguera, distintas cosas que dejábamos en el patio
podían justificar que alguien quisiera entrar a llevárselos.
Es así que se comprende cómo se van delineando determinados
comportamientos defensivos de los vecinos, como no dejar nunca
la casa sola, y cómo también se van delineando las fachadas y los
27 Expendio de drogas ilícitas, en general, casas de familia.
‹ 76 Precariedades
contrafrentes de las casas para evitar que se ingrese o que se vea
desde afuera. En un contexto donde casi cualquier objeto es pasible
de intercambiarse por droga, casi todo puede llamar la atención de
un consumidor.
Así, el comportamiento de Esther, que echa a Lucas cuando lo
ve cerca de su casa, es porque ella entiende que Lucas anda todo
el tiempo mirando qué robar. A veces, incluso, cuando pasan otros
consumidores, ella les sostiene la mirada y ellos miran para otro lado.
Se conocen desde hace años y ella sabe en qué andan, por eso no
alcanza con cerrar la puerta de su casa, también con esa mirada les
está diciendo que se vayan de la cuadra, que no roben ahí. Y ellos
saben que ella sabe, y entonces siguen hasta la otra cuadra, o hasta
la otra, y así van, hasta que encuentran a algún «incauto».
La reacción de estos jóvenes ante la mirada de una vecina —no
de cualquier vecina, sino de una que los vio crecer— nos muestra
que, al contrario de discursos que subrayan la «falta de códigos» y de
«valores» de algunos jóvenes, hay una moral que sostener. No es solo
que intenten disimular lo que están haciendo, intentan disimular en
lo que se convirtieron, y eso solo puede ser porque hay una moral
que les dice que están haciendo algo que no está bien.
Por otra parte, en algún sentido, el robo que sufrimos nos hizo
salir de una cierta inocencia a un costo bajo, porque el costo de las
sillas no nos significaba gran cosa. El tema era que hasta ese momento
sentíamos que teníamos un espacio privado en nuestra casa, donde
podíamos bajar la guardia, desconectarnos de lo que sucedía afuera.
La reja del frente nos transmitía esa seguridad. Pero los pasos en el
techo, que cada tanto escuchábamos, nos recordaban que estábamos
en un barrio donde los fondos de las casas se comunican, donde es
fácil acceder a los techos y donde las noches son una oportunidad
para que algunos asuman el riesgo de obtener aquel objeto que pueda
garantizar una dosis. Y sobre todo que, al estar viviendo ahí, nuestro
campo etnográfico también seguía por las noches.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 77
Niño
Es una mañana fría de otoño y jugamos con Agustín en el patio de
casa a pasarnos la pelota. Agus es un niño atento, sobrino de Damián,
un vecino del barrio. El sol nos pega en la cara y hablamos mientras
la pelota va y viene desde nuestros pies. Tomamos mate cada tanto
y conversamos de fútbol cuando veo su mano que toca la pelota
para bajarla a sus pies: «Esa manito es para roja directa», le digo
bromeando. Veo otra mano que pasa sutilmente cuando la pelota
pasa por encima de su cuerpo aún en crecimiento y yo pienso que
es muy sutil: «La tiró tan, tan sutil que hay que ir al VAR», le comento
a su tío, que me mira y me dice: «Este no sabés lo que es». No es la
primera vez que Damián remarca lo bien que juega Agus al fútbol.
Aunque ahora no está pudiendo ir a la escuela y tampoco va a ningún
cuadro a jugar, va a la cancha de la esquina, donde juega con otros
amigos del barrio.
Aunque los espacios de la práctica del fútbol sigan siendo mayo-
ritariamente masculinos, hay una creciente normalización de que
las mujeres podamos también jugarlo y hablar sobre el deporte a la
par que los varones. Lo noto en Agustín cuando me cuenta de una
amiga suya con la que juega habitualmente al fútbol en el barrio,
y también cuando no toma ningún discurso reactivo a que sea yo,
mujer, quien lo acompañe a jugar en nuestro patio. No hace tantos
años, en la década de los noventa, cuando yo hice la escuela, la
niña que jugaba al fútbol era considerada «machona», por ser un
deporte cuya exclusividad masculina refiere a lo «macho» que se
debe ser al jugarlo: tener fuerza, valor y correr riesgos no aptos para
«el sexo débil», que debe no solo mantener su feminidad para su
hipersexualización, sino también su moral de madre en potencia
(Castelli, 2015; Garton e Hijós, 2018).
Al rato nos sentamos y Agus me dice que lo que quisiera es irse
para otro país, jugar al fútbol y ser millonario, tener mucha plata.
‹ 78 Precariedades
Damián agregó que en ese caso le gustaría que le comprara tremen-
da casa. Pero a Agus lo rodea la pobreza en sus expresiones más
violentas. La falta de todo: desde las medias que no tiene hasta los
remedios para una enfermedad resistente que está cursando. Sus
referencias masculinas exageran las configuraciones morales exclu-
sivas de los varones, y las mujeres de su familia tienen un relato de la
masculinidad que se debe seguir. En una conversación entre Agustín,
Damián y su pareja, esta le dice al niño en reiterados momentos que
es un «marica» por tenerle miedo a la oscuridad. Asimismo, en esta
masculinidad que se le exige a Agus desde la valentía, también se le
exige desde la conformación de su moralidad proveedora.
Foto 14. Niño jugando a la pelota en el patio de nuestra casa
Fuente: Foto del equipo investigador.
Uno de sus hermanos adolescentes hizo «una movida» hace poco
que si salía bien, «dejaba parada a toda la familia». Pero no sucede
eso: lo que se ganan son unos pesos para comprarse ropa, unos
championes, comer bien y gustoso un par de días, y no mucho más.
Sí puede ganarse un relato, una forma inmediata de proveerse ante
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 79
esa falta de todo. Y también un prestigio de masculinidad basado en
el honor y la valentía.
Una noche de sábado voy al almacén y Damián se ofrece a acom-
pañarme. Me cuenta que Agustín estaba insoportable pidiendo
plata para comprarse figuritas para el álbum de la Copa América y
que él le dijo que «si no hay plata, no hay», que no va a salir a robar
por plata. Estaba su hermano adolescente y le dice que sí, que si
no hay plata, hay que salir a robar. Discuten. Damián se enoja por
la imagen que le está dando al niño y le dice que, como hermano,
debe darle «buenos ejemplos» (Registro de campo de María Noel).
¿Cómo es el paso de la niñez a la adolescencia y la juventud entre
los más pobres de las clases populares? Para los varones, puede estar
acompañado de cierta conformación de violencia y de «habitus furi-
bundo» (Bourgois et al., 2013): saber andar la calle, saber defenderse de
otros, insertarse rápidamente en mercados informales y desprotegidos.
En estas construcciones de masculinidad con un fuerte capital
de violencia,
la importancia fundamental de los ingresos de la venta de drogas
y el aprecio por el capital cultural de la violencia generan una
dinámica de violencia simbólica […]que equipara la dignidad
masculina con la avidez por absorber los riesgos que debiera
asumir un bichote en defensa de su monopolio sobre su punto
de drogas (Bourgois et al., 2013, p. 215).
En el siguiente relato podemos ver cómo «el capital de violencia
se torna útil» porque es valorado en vínculos de familia, amigos y
porque sirve para saber cómo andar en espacios de violencias, pero
también podemos ver cómo se vuelve destructivo físicamente, sobre
todo para los varones (Bourgois et al., 2013).
‹ 80 Precariedades
Pibe
Al poco tiempo de mudarnos al barrio, comenzamos a saludarnos
con el Pibe: un muchacho flaco de no más de 20 años, que muchas
veces vemos en una esquina solo. A la vuelta, sin embargo, hay con
frecuencia unos cuatro o cinco jóvenes charlando y casi siempre
hay algún auto. Los hemos visto subirse e irse en él. Pero al Pibe lo
vemos siempre solo, sentado en la entrada de su casa o caminando
por la calle. Siempre saluda.
—¿Cómo andás? —le digo.
—Bien, ¿y usted? —me responde.
El usted sugiere un señora.
Desde entonces nos saludamos siempre en forma afectuosa. De
un momento para otro, lo dejamos de ver y luego nos enteramos de
que al Pibe lo habían baleado y estaba internado. Si lograba salir, sería
en silla de ruedas porque ya no podría caminar. El relato que nos hace
un vecino del hecho es complejo y, aunque para él es reprochable
que haya sido en un contexto de delito, asegura que «eso no se le
desea a nadie».
Una negociación no llegó a buen puerto y recibió tiros en su
cuerpo. La construcción como hombre joven en ciertos contextos
se produce con la acumulación de valor (en el sentido de osadía y
de utilidad). En cuanto productores de riqueza, el Pibe y sus com-
pañeros tienen valor en sí mismos: sus cuerpos son útiles en tanto
sean cuerpos jóvenes.28
28 Los delitos violentos contra la propiedad son cometidos, en su gran mayoría, por
varones jóvenes (Kerouglian, Ramírez y Suárez, 2019).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 81
Pero hay otras formas de producir valor con el cuerpo: la profesora
en el gimnasio del barrio lo hace y la muchacha que nos corta el pasto,
también. Otro vecino, Pablo, produce un valor distinto, sumido en
el ser hombre, no joven y usuario de pasta base: su cuerpo debe, es
una carga castigable.
Dos días después vemos que pusieron un comercio en la esquina
donde habitualmente veíamos al Pibe y a los muchachos con autos
que se juntaban allí. Es un establecimiento aún sin nombre. Dos
carteles anuncian que estará abierto 24 horas. Nos cuenta una vecina
que lo pusieron las hermanas y la madre del Pibe, para ver si podían
«sacarlo del delito» y dejar de tener vínculos con el mercado de las
drogas.
De este modo, vemos cómo son las mujeres las que actúan para
restaurar las consecuencias del despliegue de ese habitus furibundo,
las que cuidan y reorganizan la vida del Pibe ante esta nueva realidad
que debe afrontar. El despliegue de este cuidado también tiene un
fuerte componente moral.
Vemos cómo el paisaje del barrio, también construido de las for-
mas de provisión de las personas, va cambiando. Hace poco trajeron
al Pibe de nuevo a su casa y lo vemos pasar. Ahora va en una silla de
ruedas, donde se oculta, pero en la que se puede distinguir su gorrito.
‹ 82 Precariedades
IV. Ganarse la vida
En este apartado veremos algunas de las formas que tienen las per-
sonas de generar ingresos para sustentarse día a día en el barrio.
En el sentido de Perelman (2021), hacemos énfasis en las formas de
ganarse la vida antes que en el trabajo y lo económico, considerando
esto último en un sentido amplio; allí están en juego valoraciones y
moralidades de los sujetos insertos en tramas de significado. Durante
el tiempo de la investigación, observamos varias formas de conse-
guir ingresos que resultan excluyentes de trabajos formales, que
originan, entre otros efectos, el paso por «economías subterráneas»
(Bourgois, 2010).
Desde el patio y por la reja vemos pasar gente que vive sus vidas:
pasa un hombre con un carrito de supermercado lleno de cosas, pasan
dos jóvenes con una máquina de cortar pasto, pasan adolescentes en
grupos de tres o cuatro amigas, pasan niños, pasa un hombre con una
niña en un monopatín eléctrico que viene tocando una bocina muy
fuerte, pasa un muchacho en una bicicleta, pasan varias personas
en moto, pasa algún taxi libre y otro que no, pasan autos modernos y
antiguos, pasa un delivery, pasa un hombre en una patineta.
Veremos, a través de varias trayectorias, cómo se transitan for-
mas legales e ilegales de conseguir dinero (estas últimas son más
excepciones que actividades diarias). Sin embargo, esa posibilidad
de recurrir a formas de «delito amateur» (Kessler, 2006) o «delito
precario» (Fraiman y Viscardi, 2014) muestra la ambigua legitimidad
de cometer delitos para cumplir con deseos y necesidades, y esto va
más allá del uso de drogas o actividades motivadas por el consumo
de bienes más o menos básicos. Pero este delito precario, que a
priori parecería ser lo contrario del crimen organizado que supone
la participación en la cadena productiva de las drogas ilícitas, está
en la base del mercado de las drogas: buena parte de quienes son
formalizados y privados de libertad participan del mercado de drogas
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 83
ilícitas como clientes, como vendedores, como intermediarios. Entre
las personas privadas de libertad, más de un tercio de los varones
lo están por delitos que implican, de una forma u otra, las drogas
ilícitas, y las mujeres tienen una participación creciente en dicho
mercado (Keuroglian, Ramírez y Suárez, 2019). Es decir, es claro
que ni la pasta base ni la «pérdida de valores» explican el aumento
del delito, como diría cierto sentido común, pero sí resulta signifi-
cativa la asociación de: i) precariedades laborales; ii) la existencia
de un mercado próspero, ilegalizado por las leyes inspiradas en el
prohibicionismo, que proporciona mercancías que son objetos de
deseo para muchos consumidores; iii) una masculinidad anclada
en los valores más tradicionales del varón proveedor y dotada de un
habitus furibundo, y iv) el vínculo creciente de muchas personas con
el sistema penal y el trato habitual con formas delictivas de provisión.
Gabriel Kessler (2006) plantea el paso de una lógica del trabajador
a una lógica del proveedor que habilita estos delitos. Ricardo Fraiman
y Rossal (2009) plantean una moralidad de la provisión que es, prin-
cipalmente, masculina y no se opone a la moralidad del trabajo.
Bourgois (2010) habla de «subjetividades lumpenizadas» y, directa-
mente, de una «lumpenización» (Bourgois, 2010) de vastos sectores
de las clases populares que encuentran en el mercado de las drogas
la oportunidad para proveerse, impactando en las moralidades de
los sujetos y sus comunidades. De esta forma, el complejo prohibi-
cionista (Rossal, 2018b) que justifica y lleva adelante la guerra contra
las drogas provoca la expansión criminal de delitos muy violentos en
buena parte del planeta. Se trata de una economía que reproduce
formas de acumulación violentas en toda su cadena productiva, así
como vínculos que lumpenizarían a empresarios, agentes estatales,
pequeños emprendedores del narcomenudeo y usuarios que partici-
pan del mercado de drogas, en especial de la cocaína y la pasta base
de cocaína. Está claro que a esa lumpenburguesía, sobre la que ha
escrito André Gunder Frank (1973), no le sería difícil participar de la
‹ 84 Precariedades
trama que incluye transporte de drogas, acumulación, exportación,
coimas a autoridades estatales que, como ha mostrado Michel Misse
(2005), detentan «mercancías políticas» que facilitan el flujo de las
mercancías ilegales por el territorio de los Estados. Si usamos esta
categoría nativa de las clases populares, todos los agentes de esta
cadena comercial se lumpenizan, pero por efectos del prejuicio solo
puede verse como lumpen al andrajoso usuario de drogas o al peque-
ño «emprendedor» local que se las vende, ya que, como fue dicho,
en Uruguay lumpen es tan estigmatizante como pichi, en lo que se
muestra como un éxito paradojal de la contrahegemonía marxista
desarrollada en Uruguay desde la primera mitad del siglo XX.29
29 Karl Marx y Friedrich Engels introducen el concepto de lumpenproletariado en La
ideología alemana y en el Manifiesto del Partido Comunista, en cuya edición en
inglés aparece traducido como «la clase peligrosa’». En ambos casos discuten con
autores anarquistas, como Max Stirner y luego con Mijaíl Bakunin, ya que estos
consideraban a ese sector marginado de la sociedad como una clase revolucionaria.
Por el contrario, Marx y Engels lo veían como un instrumento de la reacción y, por
tanto, contrario a los intereses históricos de la clase obrera. El término luego fue
retomado en obras como La lucha de clases en Francia y El Dieciocho Brumario de
Luis Bonaparte, donde Marx y Engels señalan el papel reaccionario que jugó el lum-
penproletariado al brindar su apoyo a la dictadura de Luis Bonaparte, conformando
milicias para combatir a trabajadores e intelectuales radicales (Barrow, 2020).
Desde la óptica de Marx y Engels, si bien el lumpenproletariado tuvo un papel
reaccionario durante las revoluciones del siglo XIX, el desarrollo de la industriali-
zación iba a derivar en la consolidación de dos clases antagónicas, la burguesía y el
proletariado, y en la consiguiente desaparición de las demás clases sociales, entre
ellas el lumpenproletariado. Esta fue, con matices, la visión que prosperó dentro
del marxismo durante gran parte del siglo XX. A partir de la década del sesenta,
las revoluciones anticoloniales del denominado Tercer Mundo y el alzamiento de
minorías dentro de los países desarrollados propiciaron el surgimiento de sujetos
revolucionarios, como el movimiento afro, indígena y otros, que cuestionaron
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 85
En general, las políticas progresistas en el gobierno desarrollaron
un discurso contrario a la estigmatización de los más pobres. De todas
formas, este no es un asunto totalmente resuelto en la izquierda política:
el exministro del Interior Eduardo Bonomi30 (Tagliaferro, 2016) utilizó
el término lumpen para referirse a la «mentalidad de delincuente»:
Nos dicen «esos muchachos son consecuencia de un problema
social», ¡claro que lo son! Y yo vengo combatiendo ese proble-
ma social desde los 18 años, pero hay consecuencias que no se
pueden tolerar. Yo leí sobre el burgués y el proletario, y leí que
también existe el lumpen. Y leí que el lumpen es enemigo de la
revolución. Y es enemigo de la gente también.
Efectivamente, la lectura marxista del exministro le permite ejercer
sin culpa la autoridad para proteger a los verdaderos trabajadores de
los lúmpenes. Para teorías más contemporáneas de la vulnerabilidad,
la precariedad o «los derechos» (Fonseca y Cardarello, 2005), esta
visión nativa uruguaya de inspiración marxista del lumpen es inad-
misible. Es que si el lumpen es «enemigo de la gente», el exministro
el lugar del proletariado como única vanguardia revolucionaria. En 1961, tras la
publicación de Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, resurge la discusión
en torno al potencial revolucionario del lumpenproletariado. Para saber más sobre
esta discusión que Clyde Barrow denomina «el problema del lumpenproletariado»,
véase Barrow (2020), también Fanon (1983) y Peter Worsley (1972).
30 Eduardo Bonomi (1948-2022) fue ministro durante los tres gobiernos del Frente
Amplio: en el período 2005-2010 fue ministro de Trabajo y Seguridad Social, y
en los dos períodos que van de 2010 a 2020 fue ministro del Interior. Su actividad
política comenzó de forma clandestina en el Movimiento de Liberación Nacional-
Tupamaros, por lo cual fue detenido en 1972 y liberado en 1985, tras la apertura
democrática. Falleció en febrero de 2022, cuando se desempeñaba como senador
por el Frente Amplio.
‹ 86 Precariedades
asume que hay en nuestra sociedad seres humanos que no son gente.
Y, para entender la complejidad de este fenómeno, la relativización
comprensiva que ofrece la etnografía es central: el joven que disparó
un arma en la plaza Tres Ombúes sería un lumpen, claramente incu-
rre en prácticas «enemigas» de la gente, pero también es hijo de una
familia, con parientes queridos, fue un niño que jugó con hijos de
otros vecinos muy pocos años atrás, pero además es un joven con sus
derechos vulnerados desde su nacimiento. En el barrio estas cosas se
visualizan desde esa complejidad que permite la proximidad, pero,
cuando las acciones son del orden de lo intolerable (ciertos crímenes
sexuales, secuestros extorsivos, etc.), sí llegamos a la posibilidad de
que se trate de un sujeto «matable», un «enemigo de la gente» al que
se puede linchar o incendiarle la casa, pero no ocurre esto con otros
delitos, como los vinculados a la propiedad, al mercado de las drogas
o a la violencia interpersonal, que bajo ciertas circunstancias pueden
resultar comprensibles, tolerables o, incluso, legítimos. Al igual que
entre las clases altas, en las que, para muchos sujetos, podría resultar
tolerable defraudar al fisco o evadir impuestos, aunque para ganar
más dinero algunos grandes empresarios y profesionales brinden
asistencia al narcotráfico o directamente participen del transporte,
almacenamiento y exportación de, básicamente, cocaína, como es
el caso de los denominados narco sojeros.31
En la citada entrevista, Bonomi también refiere a la legitimidad
del robo mediante un ejemplo muy claro:
Yo salí en libertad en marzo del 85. El 17 de mayo empecé a tra-
bajar en una planta pesquera y una de las primeras discusiones
que tuvimos en el sindicato fue qué debía defender el sindicato.
31 Véase [Link]
prision-para-el-productor-sojero-detenido-por-cargamento-de-droga-uc756086.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 87
Algunos compañeros decían: «Todo». Algunos decíamos que
el robo no se podía defender, que era la solución individual a
problemas colectivos y no era admisible. La resolución, por
amplia mayoría, fue que no se defendía el robo. Ningún robo.
Muchas veces, quienes pasamos por situaciones de ilegalidad
confundimos las ilegalidades: una cosa es por motivos políticos
y otra para el beneficio individual (Tagliaferro, 2016).
Es que, si seguimos a los propios Karl Marx y Friedrich Engels
(1980), no es posible imaginar un cambio en las condiciones de vida
de las personas que no tenga efecto en sus concepciones:
¿Acaso se necesita una gran perspicacia para comprender que,
con toda modificación en las condiciones de vida, en las relacio-
nes sociales, en la existencia social, cambian también las ideas,
las nociones y las concepciones, en una palabra, la conciencia
del hombre? (p. 67).
Es decir, es esperable que quienes integran a su vida prácticas de
conflicto con la ley penal, en algunos casos, confundan las ilegalidades
o desarrollen una ambigüedad moral en relación con el delito, como
también es comprensible que quienes sufren cotidianamente ver las
antiguas fábricas transformarse en lugares desistidos donde se cometen
delitos y al barrio todo en un lugar afectado por prácticas delictivas de
algunos de sus hijos puedan tener demandas de mayor represión hacia
el delito, aunque también ambiguas, que oscilen entre la comprensión
y la estigmatización descalificante implicada en el término lumpen.
Mujeres y hombres de este barrio, como los de tantos otros barrios
de las zonas que fueron industriales en Occidente, están atravesando
por procesos semejantes, sufriendo las nuevas precariedades en
carne propia o viendo a sus hijos y nietos sufrirlas. Como en el caso
de un interlocutor, antiguo obrero de varias fábricas de La Teja, que
‹ 88 Precariedades
hoy es jubilado y propietario de su casa, pero se encuentra cuidando y
proveyendo a su sobrino adolescente para que no caiga en actividades
delictivas, para que estudie, para que no atraviese por lo que él sabe
que son dolores para propios y ajenos, para que no se vuelva, en su
propia concepción, un irremediable «lumpen».
Así, ocurre lo siguiente:
Desde discursos socialmente validados, como el periodístico
y el policial, se entiende que los usuarios de PBC [pasta base
de cocaína] desarrollan prácticas ilegales —y por consiguiente
ilegítimas, desde su mirada— para proveerse del consumo; ello
puede corresponderse con hechos de la realidad, pero no en todos
los casos, ni de forma exclusiva. […] ciertas manifestaciones de
lo ilegal pueden adquirir carácter legítimo entre estos sujetos
(Albano, Castelli, Martínez y Rossal, 2015, p. 3).
Esta ambigüedad de la legitimidad de lo ilegal, pero también
acerca de la represión, es un comprensible efecto de la proximidad
social y afectiva entre los habitantes del barrio y una constatación
central de nuestro estudio.
En este sentido es que esta etnografía puede aportar a los debates
en torno a las moralidades en pugna en un mismo barrio, con énfasis
en conocer la vida cotidiana y los mecanismos de subsistencia que
desarrollan personas en situaciones de precariedad consideradas
de extrema vulnerabilidad social.
Las formas dignas de ganarse la vida se construyen intergene-
racionalmente, y así encontramos en el barrio a sujetos con una
moralidad muy conectada con la del mundo del trabajo, aun cuando
hace tiempo que no consiguen un trabajo formal, si es que alguna vez
lo tuvieron. El pasaje de un contexto donde la forma de ganarse la
vida está centrada en el trabajo, o más bien en una forma particular
de trabajo, que es el asalariado y fabril, a un contexto en que el trabajo
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 89
escasea demanda a los sujetos encontrar las formas de dignificar
otros modos de ganarse la vida.
En particular, dejar de lado una forma digna de sustentarse para
hacerlo en algo que no se considera digno debe elaborarse simbó-
licamente, se debe encontrar las formas de procesarlo y justificarlo
frente a uno mismo y frente a los demás.
Por ejemplo, para personas y familias que nunca vivieron de la
clasificación de residuos, iniciarse en ese oficio puede resultarles un
paso difícil de dar. Perelman (2021) cita el caso de nuevos recicladores
que surgieron durante la crisis de 2001 en Buenos Aires, a quienes les
daba vergüenza ese trabajo, lo que los diferenciaba de los antiguos
cirujas,32 que sentían orgullo de su oficio.
Por el contrario, como mencionamos en Rossal et al. (2020),
a las familias clasificadoras de residuos a veces les cuesta dar el
paso inverso de dejar de clasificar, no porque no puedan aprender
otros oficios, sino porque clasificar es lo que tradicionalmente les
ha brindado no solo una forma de ganarse la vida, sino una forma
digna de hacerlo.
En cambio, trabajar con basura —ya no residuos— es visto como
algo no digno por otras personas, y a veces puede no ser considerado
trabajo, e, incluso, en formas más extremas, quien lleva adelante esa
tarea no es un reciclador ni un clasificador, sino un pichi. Si bien no
es el único factor, la transferencia intergeneracional en las propias
familias es un componente fundamental de sedimentación de lo que
son formas dignas y no dignas de proveerse.
En lo que refiere a formas ilegales de ganarse la vida, al principio
algunos sujetos encuentran justificaciones en que «esta es la única
vez que lo hago», y luego en que «esta es la última vez», y así se
32 En Argentina, indigente que vive de distintas changas o recolección de objetos
tomados de la basura.
‹ 90 Precariedades
irán reelaborando justificaciones en la medida en que se persista
en actividades ilícitas.
Aníbal —hoy en situación de calle— nos contaba que por efecto
de la crisis de 2002 había tenido que dejar de convivir con su mujer,
la que había retornado a la casa de su madre en Paysandú, mientras
él se mantenía en una pensión en la capital buscando un trabajo
que les permitiera volver a alquilar y a vivir juntos. Luego de meses
de no conseguir trabajo, y tras un tiempo de deliberaciones internas
sobre lo que implicaba dar ese paso, comenzó a cometer rapiñas en
pequeños comercios. Eso le permitió poder viajar los fines de semana
al interior y reencontrarse con su compañera.
Por lo general, viajaba los viernes; enseguida después de una
rapiña se iba a Tres Cruces, compraba el pasaje para el ómnibus
más próximo en salir, hacía un surtido de comestibles y, si podía,
guardaba dinero para darle a su compañera (porque también hay
formas dignas e indignas de gastar el dinero). En Paysandú, le decía
a su mujer que estaba trabajando, pero que aún no era un trabajo
firme que le permitiera alquilar una casa para ambos.
Esa distancia que tomaba enseguida de la rapiña era, por su-
puesto, para alejarse lo más posible de la escena del delito, pero
fundamentalmente era una forma de tomar distancia de lo que había
hecho. De algún modo, se decía a sí mismo: «Yo no soy aquello que
hice en Montevideo, yo soy esto que está acá en Paysandú», y también
se decía todo el tiempo que «esta es la última vez», en tanto seguía
tensionado internamente por la moralidad del trabajador en la que
se había formado y la del lumpen —que siempre había rechazado—
en la que se veía transformado. Finalmente fue detenido y terminó
privado de su libertad.
En el caso de Aníbal, quien había sido empleado durante gran
parte de su vida, no es que se «lumpenizó» porque se hizo adicto
a la pasta base o porque se incorporó al «mundo del delito», sino
que se «lumpenizó» porque era la forma de sostener la dignidad
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 91
en un contexto de implosión del esquema laboral tradicional para
el que fue preparado (Willis, 2017). Y eso implicaba no solo man-
tener el rol de varón proveedor, sino mantener el nivel de vida que
hasta ese momento había construido. Con la crisis de 2002 había
visto cómo su mundo se desarticulaba —perdió trabajo, familia y
casa—; sus delitos fueron el intento desesperado de recuperar lo
que había tenido.
En el caso de muchos jóvenes del barrio en el que estamos, el
cierre de las fábricas y el avance del desempleo estructural, con todos
sus efectos, son preexistentes al ingreso de cualquiera de esos hijos y
nietos de familias trabajadoras al mercado de las drogas o a delinquir.
Pero la cuestión no es que no pueden ingresar a ese mundo obrero
para el que fueron «preparados», sino que ese mundo ya no existe
y, en cambio, lo que hay es un escenario que incentiva la obtención
de dinero fácil, donde el esfuerzo no está bien visto, donde evadir
las reglas no es un problema, sino que el problema es que te des-
cubran haciéndolo. El varón proveedor y los mandatos masculinos
se ensamblan con los nuevos mandatos, y así se vuelve aceptable y
deseable asumir riesgos, «andar jugado», demostrar la fuerza, valorar
poco la propia vida y la de los demás. «Estar de vivo» se vuelve algo
deseable, porque a muchos que «están de vivos» les va bien, les va
bien aunque sea por poco tiempo, les va bien aunque terminen mal.
La emergencia de estos lúmpenes se debe entender en este contexto.
Cierto sentido común dice que estos jóvenes no trabajan porque son
lúmpenes, pichis, vagos, pero en realidad ya no hay aquel trabajo
obrero, sino changas y empleos precarios, así como una seducción
permanente por mandatos que los llevan a ser emprendedores de
su propia vida, más allá de lo legal o lo ilegal.
Branko Milanovic (2020) refiere a que ya no hay una moralidad
interiorizada, sino que hay una exteriorización de los mandatos
morales bajo la forma de leyes o normas, lo que hace que
‹ 92 Precariedades
las personas pretendan que han actuado de la manera más ética
posible por haberse mantenido apenas en el lado bueno de la ley o
que, si han incurrido en alguna ilegalidad, pretendan que es cosa
de los demás pillarlos y demostrar que han infringido la ley. Los
controles internos, fruto de la fe que tiene uno en lo que es moral
y lo que no, ya no parecen desempeñar papel alguno (p. 182).
Habría que ver hasta dónde esto es válido para ciertos sectores
sociales (Milanovic lo sostiene para toda la sociedad, aunque cita
algunos ejemplos, como el de políticos y deportistas que infringen las
normas, que no tienen un condicionamiento interno para su desem-
peño, y queda a criterio de los tribunales —o de los árbitros— hacer
cumplir la ley), pero, en el caso que nos ocupa, sostenemos que no se
trata de que la moral haya sido exteriorizada, sino que lo que hay son
moralidades tradicionales reensambladas con nuevas, a veces muy
exigentes, que tensionan e interpelan a los sujetos. Claro, el resto de
la sociedad puede desconocer esto, ya que lo que importa es lo que
los individuos hacen y no lo que piensan, pero cualquier intento de
transformación social debería considerar lo que los sujetos dicen y
piensan sobre lo que hacen, porque es ahí, en la comprensión de esas
moralidades —que vienen sedimentadas intergeneracionalmente,
pero que todavía operan—, donde hay elementos para trabajar con
algunas personas. Si en algún caso cobra sentido el término activar, en
el sentido de ciertas políticas sociales de la gubernamentalidad neo-
liberal, es en activar esos valores, pero también es necesario hacerlo
en el marco de una transformación total de la vida de las personas.
El destino de muchos de estos jóvenes era ingresar al mundo del
trabajo, como lo habían hecho décadas atrás sus abuelos y sus padres.
Pero lo que queda de las fábricas son edificios deteriorados que ahora
sirven para achique de los usuarios de pasta base. Mientras, las bocas
dan trabajo a algunos de estos jóvenes y concentran gran parte del
dinero que entra y sale del barrio. La economía política de las drogas
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 93
ilícitas (en especial la pasta base) permea con su dinámica a gran
parte del barrio. Los pequeños robos, de poco valor, como el que
sufrimos en nuestra casa, no son un gran problema en sí mismos, el
problema se produce cuando esos robos se vuelven sistemáticos, y
cuando hay sujetos que, si no están consumiendo, están viendo qué
conseguir para poder hacerlo, y cuando hay vecinos y vecinas que
están cuidándose de que a ellos no les toque. Cualquier intento de
parar con eso, para el sentido común punitivista, demandará más
patrullaje, más penas en los delitos, más internación compulsiva.
Pero no hay patrullaje ni «inflación» penal que pueda disuadir a un
consumidor desesperado por obtener una dosis de pasta base que
no intente subirse al techo de una casa para ver si encuentra algo.
La mirada sostenida de Esther puede tener algún efecto, pero no
alcanza y se va diluyendo, en tanto es lo que va quedando de una
sociabilidad que se deteriora sin ser sustituida por otra mirada. Tal
vez las políticas sociales de proximidad ensayaron otras formas de
mirada colectiva, pero, más allá de su alcance y efectos, están siendo
desmanteladas sin nada que las sustituya.
Cata, obrera y militante
Sus abuelos paternos llegaron al barrio en la primera década del siglo
XX desde Rincón de la Bolsa,33 cuando su padre era niño. Su padre
fue estibador en el puerto, falleció en 1956, a los 46 años. Su madre
vino de Cerro Largo.
Ahora Cata tiene 76 años y es de las mayores en la cuadra: «De
los vecinos más viejos, quedamos poquitos». Vivió toda su vida en
33 Actualmente Ciudad del Plata, departamento de San José, pero parte del área
metropolitana de Montevideo.
‹ 94 Precariedades
el barrio y recuerda los cambios. Dos cuadras para abajo había unos
zanjones que atravesaban los terrenos y un puentecito para salir que
terminaban en el caño que está en Gowland. La calle terminaba en
Vaillant, después no había más calle, «recién en la década del sesenta
hicieron las calles».
Había gente que tenía caballos, gallinas, cerdos, vacas, ovejas, y
también cultivaban. «Comprábamos la leche a vecinos que vendían,
y también había muchos verduleros que pasaban con los carros y
vendían.» Su familia también tuvo una pequeña chacra para el auto-
consumo, pero en algunas épocas vendían parte de lo que producían.
En la década del cincuenta, el barrio en el que ahora estamos
era una zona semirrural, que se fue transformando debido a las
necesidades de una población que iba creciendo en la medida en
que llegaban más familias de distintas zonas del país al influjo del
creciente desarrollo industrial. La urbanización fue avanzando hacia
el norte, desplazando la frontera hasta lo que hoy es Tres Ombúes.
Cuando Cata tenía diez años, su padre falleció y eso implicó que
su madre debiera hacerse cargo de mantener a la familia, por lo que
comenzó a trabajar como empleada doméstica y también salía con
un carro de caballo a clasificar residuos. Cata, por ser la hija mayor,
debió dejar la escuela en quinto año y encargarse de cuidar a sus
diez hermanos.
Por eso mismo, también debió empezar temprano a trabajar. Sus
primeros trabajos fueron hacer mandados para los vecinos: iba con
un carro de mano y bidones vacíos a buscar agua a una canilla que
estaba a dos cuadras para traerles a los vecinos.34 Luego también
34 En el libro Se vive como se puede, se menciona el esfuerzo que implicaba proveerse
de agua potable en las canillas públicas de la OSE. En el verano, cuando la demanda
crecía, se podía ver colas de vecinos hasta las dos y tres de la madrugada (Anónimo,
1969, p. 8). Si bien en el libro no se indica a qué barrio se refiere, esa situación fue
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 95
comenzó a hacer limpiezas dentro y fuera del barrio. Con su primera
pareja tuvo a su única hija, pero también se hizo cargo de dos sobrinos
cuando falleció su madre.
Luego comenzó a trabajar en una curtiembre a la vuelta de su
casa, y más tarde en la Reciplast, una fábrica que estaba en la esquina
de Ascasubi y Vaillant. Allí Cata tuvo sus primeras experiencias de
trabajo fabril, hasta que en 1979, en plena dictadura, ingresó en La
Aurora, una fábrica textil ubicada en el barrio Capurro.
«La Aurora para mí fue una escuela de lucha.» Había muchas
personas trabajando ahí, y algunas desde hacía muchos años.
Cuando yo entré ahí, ni hablaba… A mí me abrió la cabeza. Yo
hasta ese momento lo único que tenía en la mente era el lamento
por lo que no había conseguido, por el fracaso de pareja, por la
falta de trabajo.
Entrar a la fábrica fue entrar a un mundo que le cambió la forma
de pensar. Si bien cuando entró en La Aurora ya era militante de
izquierda —se había afiliado al Partido Comunista en plena dicta-
dura—, a partir de ahí comenzó la militancia activa y participó en
pintadas en la clandestinidad. Con la apertura democrática de 1985
participó del sindicato. En 1989 estuvo 14 días en huelga de hambre
junto a otros seis compañeros.
Cata recuerda que fueron años muy intensos de movilización:
fueron protagonistas de varias huelgas, hacían peajes para recaudar
dinero, sostenían una olla popular, hacían pintadas, subían a los
común a varios barrios populares de la ciudad, y de ahí que fuera frecuente el
hecho de pagarle a niños y niñas para que hicieran la cola de acceso a las canillas
e incluso que acarrearan los bidones de agua hasta los hogares.
‹ 96 Precariedades
ómnibus, ella participaba semanalmente en un programa de radio
del sindicato.
En La Aurora no había estabilidad laboral, se trabajaba de marzo
a noviembre y después todo el mundo iba al seguro de paro. «Ahora
diríamos zafral, pero no era zafral; el tema era que se exportaba, de
repente eran seis meses que hacías 17 o 18 horas por día, y después
estabas seis meses con extensión del seguro de paro.» En 1989 recla-
maban que no se cerrara la empresa, que finalmente se cerró en 1995.
Tras el cierre de La Aurora, Cata tuvo varios trabajos, hasta que
se hizo feriante, actividad que siguió llevando adelante hasta 2021,
cuando, por la pandemia, decidió dejar de ir.
El cierre de fábricas afectó a muchos vecinos del barrio: «La gente
pasó de trabajar treinta años en un lugar a hacer changas y a vivir de
diferentes trabajos. La gente fue tomando otra modalidad de vida,
pasó a hacer lo que se podía».
La trayectoria de Cata nos muestra a una mujer que desde niña
debió ocuparse de cuidar a sus hermanos y poco después tuvo que
salir a trabajar. Luego debió criar sola a su hija y a dos sobrinos. Pasó
por distintas experiencias de trabajo en curtiembres y en fábricas
de la zona, pero su ingreso a una gran textil como La Aurora y su
participación en las movilizaciones y en la actividad sindical fueron
fundamentales para transformar su subjetividad.
Cuando se refiere a La Aurora como «una escuela», se refiere a lo
que allí aprendió trabajando, pero también a lo que aprendió en las
asambleas, en las huelgas, en la calle, en la solidaridad barrial. De
algún modo, si bien ya tenía una conciencia de izquierda, fue en La
Aurora donde, al influjo de un momento de gran movilización social
que significó la apertura democrática, vivenció ese pasaje «de clase
en sí» a «clase para sí», propio del marxismo tradicional.
Desde 1985, Cata es participante activa de un comité del Frente
Amplio que funciona junto a su casa, y nunca abandonó la militancia
política ni la preocupación por los problemas de la comunidad. Desde
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 97
ahí desarrollaron varios proyectos de inclusión social para jóvenes
del barrio y en 2021 organizaron una merienda para apoyar a los
vecinos en los momentos más duros de la pandemia.
Ha visto las fábricas cerrar una tras otra, mientras los vecinos
quedaban desempleados y los hijos y nietos de esa generación no
lograban conseguir un empleo formal. Las perspectivas no son
buenas y basta mirar alrededor para darse cuenta, pero aún cree
que se pueden cambiar las cosas y que la política es el instrumento,
por eso cada sábado se reúne en el comité y trabajan en el próximo
proyecto.
Julio, el Veterano
El Veterano, de cabello blanco y lacio, nariz colorada y grande, panta-
lón deportivo con billetera en un bolsillo y llaves en el otro, camiseta
blanca de la que se ve solo una hilera en el cuello tapada por un buzo
de abrigo azul oscuro, tiene más de 70 años y vive en el barrio desde
fines de los años sesenta. De oficio albañil, emigró desde Treinta
y Tres, ciudad donde nació, hacia Montevideo. Con 21 años dejó
las guitarreadas y la caña blanca en el Olimar para venir a levantar
cimientos en las casas que hoy con orgullo muestra que construyó.
El barrio le ha definido su vida y su hacer memoria. En la época
de frigoríficos y fábricas, el barrio estaba lleno de trabajadores que
vivían en la zona. Los patrones, además, los querían cerca.
El Veterano llegó al barrio cuando había más baldíos que gen-
te, pero también cuando el trabajo obrero era la opción principal.
Convivían con ello la carneada y la venta clandestina en la esquina
que señala. En esa esquina comienza hoy, y ya estaba entonces, uno
de los cantegriles más precarios de Montevideo.
Vive solo. Hace muchos años que se separó y tiene tres hijas, a
quienes les ha construido casas en el barrio. Su relato está marcado
‹ 98 Precariedades
por el lugar, pero también por su tierra natal. En su forma de nombrar-
se y presentarse también está su trayectoria de hombre trabajador,
de hacedor de barrios pobres en la ciudad rica.
Los caminos recorridos en los interiores del país son múltiples,
van y vienen con la propia necesidad de trabajar. A veces en familia,
a veces separados. A veces, los hombres sueltos.35 Y en estos viajes,
entre ciudad y ciudad en búsqueda de trabajo, los hombres se mueven
y las mujeres están siempre al cuidado de los hijos, los propios y, a
veces, también como forma de proveerse, los ajenos.
Hace años que el Veterano tiene un puesto en las ferias del barrio.
Para él, no todas las formas de obtener dinero son admisibles. Él
encarna al sujeto popular trabajador: si no trabajás, sos un bandido.
El sujeto popular funda la vida digna en el trabajo y convive con la
moralidad de género tradicional, en la que las ausencias de los padres
y sus incumplimientos los termina resolviendo la mujer.
Parejas y familias pueden conformar negociaciones que, mal
que bien, se ajustan a modelos tradicionales de amor en los que los
viajes resultan en un amplio y diverso paisaje de opciones laborales
y una búsqueda constante de un mejor vivir asociado al consumo,
manteniendo los patrones de mujeres cuidadoras que se quedan en
el hogar y hombres proveedores que salen a buscar trabajo afuera.
El trabajo se torna central, y es lo que todo avala y todo permite.
Con este aval, para el hombre suele ser más sencillo desplazarse
entre lugares, hacerse cargo de hijos que no son suyos, formar nuevas
familias en paralelo, ausentarse, incluso ejercer violencias.
35 Gerardo Caetano (2019) se refiere a los «hombres sueltos de la campaña» como
aquella mayoría de la población predecesora al surgimiento del Estado oriental
que presentaba «una realidad caudillesca desafiante para las ciudades» donde se
pretendía el orden en todo el territorio mediante la creación de un «país legal».
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 99
Foto 15. Paño sobre el suelo en la feria de los domingos
Fuente: Foto del equipo investigador.
Pablo
Pablo es un referente36 de la cuadra, así nos lo mencionaron un par de
vecinos, ambos casi en los mismos términos morales: lo describieron
36 Referente, en este sentido, es un concepto interesante para pensar la represen-
tatividad. Ser alguien reconocido por otros, ser una persona capaz de hablar en
representación de otros más allá de lo formal, estar presente, ubicable en el barrio,
incluso llegar a ser reconocido por autoridades públicas locales y técnicos de las
políticas sociales. Referente no es sinónimo de líder comunitario, como ocurre
‹ 100 Precariedades
como un «consumidor, pero una persona de confianza», querido por
todos, cuidador de los vecinos, incapaz de hacer algo malo, excepto
para sí mismo con su consumo.
Pablo anda mucho tiempo caminando por la cuadra. Tiene 44
años, es alto, flaco, tiene ojos muy claros y le faltan varios dientes.
Anda despacio, paciente, como cuidando la cuadra todo el tiempo,
como mostrando que camina seguro de la cuadra que lo cobija, como
si fuera su cuarto, su espacio. Saluda y conversa con todos.
Respecto a sus discursos sobre las drogas, Pablo ha transitado de
un lugar a otro en los distintos momentos de interlocución desde
que lo conocimos. Comenzó a usar sustancias de adolescente y es
el alcohol lo que consume diariamente y desde la mañana, y lo que
le permite seguir desarrollando sus actividades diarias de búsque-
da de sustento, además de mantener sus vínculos de solidaridad y
lazos sociales. También consume marihuana de forma esporádica y
comenzó a usar pasta base de cocaína desde 2002, cuando ingresó
esta sustancia al país.
La ampliación del mercado de las drogas y, especialmente, el
aumento de los consumidores pobres de drogas con el ingreso
de la PBC a Uruguay han generado un importante mercado ilícito
que […] produjo una serie de «puestos de trabajo» que proveen
económicamente a unas familias que, a su vez, son puestas en
mayor riesgo (Rossal, 2013, p. 64).
Antes consumía cocaína y afirma: «Dicen que es la droga de los
ricos, pero no, la droga de los ricos es la pasta base; con todo lo que
yo tomé, ya era para tener una Ferrari. Bueno, una Ferrari capaz que
en otros contextos, pero si hubiera líderes comunitarios en nuestro contexto, sin
duda serían referentes (Fraiman y Rossal, 2012).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 101
no, pero otro auto». Nos cuenta que en el barrio se consigue el gramo
de «merca» por 100, 200 y 500 pesos, «merca, no cocaína, porque
cocaína acá no hay». Su relato habla también de una normalización
de su participación en el mercado de las drogas, del que ha entrado
y salido en varias ocasiones. Cuando aún estábamos en el barrio y
mientras compartíamos con él varias conversaciones, muchas veces
le ofrecieron incorporarse a la venta de sustancias, pero él prefería
mantenerse alejado de esa actividad y obtener sus ingresos diarios
a partir de changas.
«Con la pasta base el efecto te dura poco, te fumás un chasqui,
quedás así [gesto], pasó uno y te saludó y cuando querés acordar ya
está. Entonces tenés que comprar otro más y otro más y así». Por esto
dice que «quedás buscando a Nemo,37 porque te pueden llamar al
lado y vos estás en la tuya cuando estás bajo el efecto de la pasta».
Sujeto de ese mercado, Pablo no está «buscando a Nemo» en estos
momentos. Pero sí busca modos de conseguir dinero en forma diaria y
constante, muchas veces gracias a los lazos de solidaridad con vecinos.
La trayectoria de Pablo es interesante, ya que oscila entre posiciones
discursivas que Mauricio Sepúlveda (2011) llama «conversos, perver-
sos y subversos» y que se vincula con un proceso de normalización
37 Película animada infantil (2003) cuyo argumento refiere a un pez payaso naranja
y blanco —Nemo— buscado por su padre, que quedó soltero y cuya única familia
es este hijo con una atrofia en una de sus aletas, causada por el mismo accidente
donde murió la madre y una cantidad de huevos. Acompaña al padre en la búsqueda
una pez cirujana con un problema de falta de memoria a corto plazo. Es elocuente
que Pablo haga referencia a esta película cuando alude al uso de pasta y a lo central
que se puede volver proveerla en momentos de consumo abusivo. Con otros o
solo, buscar a Nemo es buscar las formas de comprar la pasta en forma continua,
porque su efecto dura poco tiempo. Sin embargo, Pablo, cuando nos cuenta de su
consumo de esta sustancia en particular, relata cierto cuidado en fumar uno o dos
chasquis e irse a dormir para no quedar embretado «buscando a Nemo».
‹ 102 Precariedades
respecto al uso de sustancias en el país, pero también a cierto alcance
a la generación a la que Pablo pertenece: de trayectoria en un barrio
urbano del oeste de Montevideo que vivió su juventud en la década de
los ochenta. Este proceso también implica en Pablo la normalización
de la participación en el mercado de las drogas de manera intermitente
como vendedor y de manera diaria como usuario.
Por momentos se posiciona en un discurso converso y considera
que el uso de pasta base es malo, plata mal gastada y moralmente
interpelante (sobre todo cuando habla de mujeres madres usuarias).
Sin embargo, en este marco discursivo también muestra su consumo
diario de alcohol y por momentos de marihuana sin tapujos, porque
estas son drogas legales.38 Su discurso converso se enmarca en una
legislación y un marco normativo (Sepúlveda, 2011).
El Veterano encarna este discurso, como vimos, de manera muy
elocuente.
En otros momentos, Pablo pasará por un discurso perverso y nos
contará las ofertas que recibe, de forma bastante seguida, para hacer-
se vendedor esporádico de sustancias, sobre todo de pasta base de
cocaína. «Hacer la plata fácil» es, en un principio, parte de ese marco
discursivo que luego abatirá al decir que en realidad no es fácil y que
corre muchos riesgos por un bajo monto que costeará algunos días
de consumo, pero también una compra de alimentos para su familia.
Pablo nos relata algunas ocasiones de mucho consumo y exaltación
38 La Ley de Regulación y Control del Cannabis, aprobada en 2013 por el Parlamento
uruguayo durante el gobierno de José Mujica, ofrece tres alternativas para el
aprovisionamiento de cannabis: la compra en farmacias habilitadas, el autocultivo
con registro previo o ser parte de un club cannábico. En cualquiera de las tres
formas hay restricciones en la cantidad de cannabis que se puede obtener. Pablo
no se encuentra en ninguna de estas tres maneras reguladas de obtención de
cannabis, pero aun así tiene un discurso ligado a la legalidad de la sustancia.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 103
del uso de drogas, no sin interpelar moralmente esas prácticas. En
este plano discursivo es que siempre nos cuenta que él consume y
que a veces se va «de gira», por lo que no lo vemos durante varios días.
Sin marcar una contradicción, sino mostrando los múltiples cami-
nos que elegimos los sujetos en nuestras afirmaciones respecto a las
sustancias que consumimos, Pablo nos expone un discurso también
subverso, con un pensamiento crítico sobre el uso de sustancias, la
criminalidad respecto a sus mercados, las moralidades familiares y los
cuidados, pero que, asimismo, avala y normaliza el uso de sustancias
legales a las que no impugna con una interpelación moral.
El sujeto popular y el mundo del trabajo
Es cierto que la moralidad del trabajador es dominante entre los
sectores populares, incluso entre los «bandidos» o «chorros», a los
que también Pablo interpela. Con la llegada del mercado de las drogas
y la capacidad de proveerse de forma más o menos inmediata, la
cantidad de gente que asume el delito como forma de provisión se
percibe más que antes.
La incapacidad de muchos hijos (como Pablo) y nietos de trabaja-
dores (como sus sobrinos adolescentes) de proveerse en el mercado
formal y además el rechazo por parte de la educación pública dejan
ociosa su fuerza de trabajo muscular, que puede funcionar o no, en
el marco de un habitus furibundo.
La relación con el bandido o chorro (sea entendido como lumpen
o como pichi) es ambigua, dado que el honor se relaciona con el
trabajo: el que roba bien, con quien no se hace explícita una violencia,
porque también ese honor se vincula a la valentía y al uso de ese ha-
bitus, si es que hay situaciones que lo habilitan. Asimismo, se vincula
con la edad y la relación con la normalización del uso-mercado de las
‹ 104 Precariedades
drogas. La relación, entonces, puede ser de comprensión, tolerancia,
aceptación e, incluso, legitimidad.
Esta mirada del mercado y los usos de drogas varían con la edad
del sujeto en gran medida, ya que en Uruguay el proceso de norma-
lización respecto a las sustancias es más reciente que en otros países
de la región, pero ha tenido una trayectoria no totalmente inserta
en la concepción de guerra contra las drogas. Por ello, entre sujetos
más jóvenes, el impacto de esta normalización produce, en general,
una mirada más comprensiva acerca de los usos de drogas, pero
también acerca del mercado, aunque siempre con distintas formas
de ambigüedad acerca de la venta, a veces legítima, pero también
demonizada por la misma persona.
Por normalización del uso de drogas se entienden cuatro sentidos:
[…] el primero, la normalización sociocultural; el segundo, la
normalización como banalización de los consumos de drogas;
el tercero, la normalización de los drogodependientes, y el cuar-
to, la normalización criminológica. Cada uno de los sentidos
es producto de unas situaciones sociohistóricas determinadas.
La primera, estudiada por la antropología y la sociología, es el
resultado del asentamiento cultural de las sustancias, donde las
drogas han dejado de circular por los márgenes sociales para
ser aceptadas como compatibles en determinados contextos y
tiempos. La segunda constituye una reacción moral al proceso de
normalización sociocultural; en las últimas dos décadas, deter-
minados profesionales «antidrogas», especialmente del ámbito
médico, al observar cómo las sustancias se normalizaban entre
la población, han trabajado para alarmar sobre la peligrosidad
de la normalización, aunque el motivo para el rechazo es de tipo
ideológico y político. La tercera se creó en el contexto de asistencia
de los drogodependientes, donde se trabajaba para sacarlos de la
marginalidad e inserirlos sociolaboralmente, por tanto, este tipo
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 105
de normalización se debe entender como integración social. La
cuarta procede de la criminología y considera la normalización
como un proceso de práctica política mediante el cual los res-
ponsables de las políticas de drogas deben abandonar respuestas
estigmatizantes y alarmantes para dar una respuesta sensata a
la «cuestión de las drogas», con base en los principios y libertades
propios del Estado social y democrático de derecho, a la vez que
se estimula a la opinión pública para que aumente su tolerancia
hacia los consumidores (Martínez Oró y Arana, 2015, p. 38).
Foto 16. Vecino dándole de comer a un caballo.
En el carro lleva cosas para vender
Fuente: Foto del equipo investigador.
‹ 106 Precariedades
Historias de «hacer el peso» en la calle
Para algunos de nuestros interlocutores, hay formas dignas e indignas
de ganarse la vida, y en gran medida eso depende de si en la forma de
hacerlo se engaña o no a la gente, o si se le hace algún mal. Trabajar
o pedir dinero a transeúntes son formas dignas de «hacer el peso»,
excepto que se hagan mediante engaños. Los engaños son inacepta-
bles, por ejemplo, si se pide dinero a base de mentiras, aunque esto
suele observarse con mayor detalle y rigurosidad en lo que hacen
los otros, en tanto se es más permisivo con lo propio, «porque hay
mentiras y mentiras».
Diego me cuenta que unos años atrás tenía un conocido del barrio
que vivía de pedir dinero en los ómnibus. Usaba un casco de
la construcción y una lata de galletitas con un cartel que decía
«Desocupado». Se subía a los ómnibus, decía que trabajaba en
la empresa tal y que lo habían despedido junto con otros traba-
jadores. Contaba «que sus hijos no sé qué, que su mujer no sé
cuánto y armaba todo un argumento. Sacaba buena plata, con
eso compraba unas pocas cosas para hacer un guiso y después se
iba para la boca». Le pregunto: «¿Pero había trabajado ahí?». «No,
nunca», me responde (Registro de campo de Gonzalo).
A Diego esto le parecía mal: por un lado, porque está mal «abusar»
de la buena actitud de la gente, pero además porque en esa época
había varias fábricas que estaban en conflicto y los trabajadores su-
bían a los ómnibus a pedir dinero para sustentarse, entonces también
era una manera de perjudicar a los «verdaderos» trabajadores que
habían sido despedidos, que no estaban pidiendo para ellos, sino
para un fondo común del sindicato.
En el caso de este hombre, Diego dice que su discurso y su presen-
cia generaban confianza en la gente, confianza en que lo que decía era
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 107
cierto, pero, de todos modos, «siempre hay algo que te hace dudar»
de lo que dicen: «A veces te das cuenta por el olor de la persona;
el tipo que consume pasta base tiene un olor que lo caracteriza, lo
mismo que el que consume alcohol». Otras veces Diego ha hecho
comentarios que refieren a cosas que él ve o entiende de las personas
y el resto no. Dice haber logrado este conocimiento porque él hizo
esas cosas o las vio hacer, o simplemente porque es más perspicaz
observando a la gente, todo lo cual remite a lo que se conoce como
«tener calle».
Un caso que conocimos de cerca fue el de Elías, un hombre ve-
terano que llegó un día a la puerta de nuestra vivienda ofreciendo
alfajores artesanales. Está jubilado por enfermedad y se gana la vida
vendiendo puerta a puerta y a los transeúntes. Una tarde pasó por
nuestra casa:
Pasó por la calle un veterano que había visto un par de días atrás
vendiendo alfajores caseros. Escuché que le ofreció a un vecino
que enseguida le dijo que no. Cuando le ofreció le comentó «soy
jubilado», pero no siguió el intercambio ya que el otro lo inte-
rrumpió con su negativa.
Al rato volvió a pasar y cuando me vio se acercó a conversar. Me
dijo que estaba difícil «la cosa». Yo le dije que escuché que era
jubilado y me dijo que sí, que trabajaba de chofer, pero luego de
un choque quedó imposibilitado de trabajar, así que lo jubilaron
por anticipado.
Me mostró el torso y tenía cicatrices de operaciones. También
me mostró el recibo de lo que cobra, 15 mil pesos nominales,
pero tiene préstamos por los que le descuentan nueve mil. «Te
lo muestro para que veas que es cierto», me dijo el hombre, que se
llama Elías.
‹ 108 Precariedades
Alquila con su esposa en Tres Ombúes; ella, que tiene una enfer-
medad crónica, elabora los alfajores y él los vende. La situación
que están atravesando es difícil. Él a veces prefiere no comer.
Me dijo que el pantalón antes le quedaba justo y ahora le baila;
cuando me mostró las cicatrices del torso vi que estaba muy flaco.
Cuando se estaba por ir le compré unos alfajores, le di cien pesos
y le dije que se quedara con el vuelto. Cuando Elías vio el billete
se le iluminó el rostro y me dijo: «Ya con esto por hoy terminé
la jornada, me vuelvo a casa para comprar comida». En ese mo-
mento pasó Diego, me saludó y me dijo que no le comprara «a
cualquiera». Pensé que era en broma, pero noté que Elías se vio
sorprendido, aunque enseguida sonrió y lo saludó: «¿Cómo andás,
Diego?»; y este respondió: «¿Cómo andás, Elías?», pero se mantuvo
serio y siguió caminando. Luego Elías me dijo que lo conoce de
hace pila, que Diego es buena gente. Cuando se despidió me dijo
que un día de estos pasaba para mostrarme fotos de cómo había
quedado el auto cuando tuvo el accidente.
Más tarde le pregunté a Diego por qué había hecho eso y me dijo
que, si bien lo que me había contado Elías era cierto, esa no era
«toda» la verdad. Elías es consumidor de pasta base y parte de lo
que vende se lo gasta en la boca; aunque también lleva dinero a
su casa, la prioridad para él es asegurarse el consumo diario. Si
bien es su mujer la que trabaja fabricando los alfajores, él se gasta
parte de los ingresos en su adicción. Eso no le parece correcto y
tampoco le parece bien que mienta.
Además, Diego se lo encontró en situaciones que lo hacen dudar
más de la buena fe de Elías: una vez andaba con una nieta y la dejó
esperando en la vereda mientras entraba a comprar a la boca. Todo
eso hace que, a los ojos de Diego, la situación de Elías, si bien es
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 109
complicada, no merece respeto, y se lo demuestra tratándolo se-
camente o haciendo comentarios como el que hizo aquella tarde.
Le muestra que no cree en lo que dice y le molesta que se haya
abusado de mi confianza. No quiere que me tomen por gil, porque
me considera buena gente, o porque me considera su amigo.
Otro día, mientras conversábamos en una esquina, pasó Alexis
y le quiso vender un celular, pero Diego le dijo amablemente:
«Me querés vender eso a mí, somos amigos y a un amigo no se
lo engaña» (Registro de campo de Gonzalo).
Elías es un trabajador y sale a diario a hacer el peso; recorre
cuadras y cuadras a pie, con alfajores en un bolso y su historia a
cuestas. A efectos de la venta en calle, tiene un buen producto y una
buena historia, con pruebas materiales que la sustentan: el recibo de
jubilación, fotos del accidente (aunque ese día no las traía consigo)
y su cuerpo, que por un lado muestra las heridas del pasado, hoy
cicatrizadas, pero que le impiden seguir trabajando formalmente ya
que está jubilado, y por otro lado la delgadez del presente.39 Además,
39 La delgadez se transforma en un «bien corporal» en el momento de pedir dinero:
primera muestra de pasar hambre. En otros momentos, se transforma en un ar-
gumento para el estigma: si se está muy delgado, puede ser que se esté abusando
de sustancias (mayormente pasta base) y se vincule a esa persona con el delito,
aunque su «búsqueda a Nemo» pueda derivarlo o no a ello. La delgadez es parte
de un capital para pedir y argumentar hambre, así como algo que colabora con el
estigma. Más adelante veremos cómo la delgadez también puede tornarse un signo
de confianza y amor propio en el discurso actual de autosuficiencia en mujeres de
sectores populares: si no podés mantener en línea tu cuerpo, ¿cómo vas a poder con
otra cosa? ¿Cómo vas a querer estar bien si no te querés a vos misma? Discursos
que, como veremos, pueden avalar los modelos hegemónicos de belleza y que
muchas veces dejan a mujeres gordas y pobres fuera del mercado laboral.
‹ 110 Precariedades
es bueno contando su historia, pero tiene que captar la atención del
otro y los primeros segundos del encuentro son fundamentales para
eso. Algunos saben que «si lo escucho, después le tengo que dar algo
para sacármelo de encima», como una vez me dijo una vecina en
una parada de ómnibus cuando alguien se acercó a pedirle dinero
que le faltaba para el boleto. Eso puede ser porque el relato se puede
extender en el tiempo o porque la situación sea realmente crítica y
uno se puede quedar con remordimiento si no ayuda a la persona.
Por eso, el vecino que estaba en la vereda cuando Elías lo interceptó
enseguida le dijo que no y canceló el relato, que apenas comenzaba.
Diego no empatizaba con Elías; desde su óptica, es un caso más de
hombres que «están para la joda» mientras sus familias están atrave-
sando una situación difícil. En cambio, empatiza con la situación de su
mujer, que, a pesar de estar enferma, «es la que realmente trabaja». Es
probable que los cien pesos que se llevó esa vez Elías se hayan trans-
formado la mitad en un par de chasquis y el resto lo llevó para su casa.
Diego me dice: «Yo si le pido plata a un vecino, si es para comer,
le digo, o pido comida, y si es para comprar medio litro de vino o
para un chasqui, también le digo, porque después igual me van
a ver entrando a una boca o me van a sentir aliento a alcohol»
(Diario de campo de Gonzalo).
Si bien nos ha pasado que nos pidan dinero para comprar un vino,
nunca nos pasó que nos interceptara alguien que no conocemos
para pedirnos dinero para comprar un chasqui. La pasta base es
portadora de un estigma que difícilmente logre la empatía de un
ocasional transeúnte. Según esta «moralidad de ocasional transeúnte
interceptado», dar dinero para comida estaría bien (aunque lo mejor
sería dar directamente la comida), dar dinero para alcohol no estaría
tan bien, dar dinero para fumar pasta base estaría mal. Por eso, lo que
dice Diego de explicitar lo que se va a hacer con el dinero solo puede
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 111
funcionar en un lugar donde los vecinos ya lo conocen y le tienen
confianza; saben que es consumidor, saben que parte del dinero que
le van a dar es para consumir (no es necesario que él lo explicite) y
saben también que otra parte la va a utilizar para comer. Esto explica
por qué para conseguir dinero Diego se mueve exclusivamente dentro
del barrio y, sobre todo, en un radio de pocas cuadras. Más allá de
ese límite es un consumidor más, con una historia que podrá ser
«buena» o no, pero que no muchos querrán escuchar.
No obstante, alguien como Elías, que recorre la ciudad, difícilmen-
te pueda obtener algo si, como exige Diego, cuenta «toda» la verdad,
incluyendo que todo o parte del dinero se va a utilizar para comprar
pasta; eso sería lo que se llama un sincericidio. Pero, en la moralidad
de Diego, el bien triunfa sobre el mal y la verdad en algún momento
sale a luz: «La mentira tiene patas cortas», es lo que parece sugerir
su comentario. A Elías le puede ir bien y un día llevarse cien pesos
en una venta, pero «todos nos conocemos» y al final se sabe quién
es quién: al final lo van a ver entrando en la boca.
Esto lo experimentamos con la situación de Tony, un muchacho
que llegó una vez al portón a contarnos su historia.
Cuando estábamos en el patio pasó un joven de unos veinte años
y se acercó a la reja, pidió disculpas y nos dijo si podía hablar.
Se llama Tony, hace poco que vive en Tres Ombúes, es de una
pequeña localidad del interior. Se mudó acá con su compañera,
de 17 años, tienen en común un hijo de dos y ella tiene otro de
seis, al que Tony considera su hijo. Con María Noel después nos
quedamos comentando que la chica tuvo un hijo a los 11 y otro
a los 15.
Tony nos dijo que están pasando una situación difícil. Primero nos
ofreció vendernos ropa que traía en la mochila y luego nos pidió
si teníamos cuarenta pesos para comprar comida para los niños.
‹ 112 Precariedades
Está viviendo en una casa de bloques que se armó al lado de
donde viven la madre y los hermanos de su compañera. Ellos
volquetean;40 él también lo ha hecho, pero entiende que no es lo
más digno que le puede dar a sus hijos. «Ellos no eligieron venir
al mundo y no les puedo dar eso.»
Nos dijo que no consume pasta base, pero los hermanos de su
compañera, sí, y eso ha generado varios problemas. Lo más
reciente es que le vendieron pañales y cosas que habían comprado
con la tarjeta del MIDES. Se quedaron sin pañales y no tienen
dinero para comprar. También se estaba construyendo una casa
con bloques y se los vendieron. Un día llegó y los materiales no
estaban: los hermanos de su compañera los estaban vendiendo
o intercambiando en el mismo barrio.
Él quiere irse con su familia a su pueblo, pero la madre de su
compañera dijo que no la autoriza porque ella es menor, lo que se
complica aún más porque acá no consigue trabajo. Nos dijo que
tiene diploma de mecánico automotriz y de carpintero, también
hace trabajos de lo que sea.
Le dimos cincuenta pesos. Nos dijo que nos iba a devolver la
plata. Nos pareció convincente lo de Tony, pero también abri-
mos un margen de dudas a su relato. Quedamos en esperar lo
que sucediera en los próximos días, porque era probable que
volviéramos a verlo. Así fue, otro día pasó y nos dijo que tenía
que ir a la terminal de Río Branco a tomar un ómnibus para ir a
su pueblo porque le había surgido un trabajo.
40 También requechear: buscar alimentos u objetos en las volquetas para vender.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 113
Diego lo vio uno de esos días y nos preguntó si era pastabasero.
Él no lo conocía del barrio, pero lo había visto hablar con vecinos
contando la misma historia, de hecho, también le había pedido a
él y quería saber si estaba diciendo la verdad o andaba engañando
a la gente (Registro de campo de Gonzalo).
Tony volvió un par de veces más. Una de esas veces se ofreció a
cortar gratis el pasto de la vereda de nuestra casa, aunque necesitaba
algo de dinero para comprar combustible para una cortadora de
césped que le prestaban, pero nosotros ya habíamos hablado con
una vecina para hacer ese trabajo. Otra de las veces llegó corriendo,
con el torso desnudo y en situación de desesperación. Nos dijo que
alguien le disparó a su suegra y que la habían llevado en la ambu-
lancia, entonces necesitaba dinero para un boleto para poder ir al
sanatorio. Esa vez le dimos para dos boletos y también dijo que iba
a volver a devolvernos el dinero, pero no lo hizo.
No sabemos cuántas de las historias de Tony eran ciertas, pero es
probable que muchas no lo fueran. Posiblemente estaba en días de
mucho consumo de pasta base y el dinero era usado para comprarla.
Tanto en su caso como en el de Elías, decidimos darles alimentos
cuando venían a pedir dinero, pero también sabíamos que esas cosas
se podían transformar fácilmente en chasquis en una boca donde se
intercambia mucho más que dinero a cambio de sustancias.
En el caso de Elías, como en el de Tony, es claro que su situación
es difícil. En el primer caso, un hombre mayor, que ya no puede
acceder al mercado de trabajo formal, con una esposa enferma, que
requiere medicación y atención médica permanente, ambos con
bajos ingresos fijos. En el caso de Tony, un muchacho joven, que ya
tiene dos hijos que mantener, que no consigue trabajo y si lo hace,
le es difícil de sostener. Que además debe lidiar con el consumo de
sus cuñados, que le venden lo poco que tiene.
‹ 114 Precariedades
Es elocuente lo que decía Diego de que en cierto punto estos
consumidores «quemaban» a quienes en un momento les brinda-
ban ayuda. De ese modo, no solo se cerraban las puertas de ayuda
a ellos mismos, también generaban desconfianza respecto a otras
personas que igualmente necesitaban y pedían dinero o vendían
objetos puerta a puerta.
Por eso, él necesitaba diferenciarse de Tony y de Elías. Loïc
Wacquant (2007) sostiene que, en la marginalidad avanzada, se
incrementa la denigración lateral y el distanciamiento mutuo entre
los pobres (p. 277). Esto reduce las posibilidades de las alternati-
vas colectivas y refuerza las individuales. No solo hay «buenos» y
«malos» pobres, también hay «buenos» y «malos» consumidores de
pasta. Estos últimos perjudican a sus familias, se aprovechan de los
«buenos» vecinos y de los «buenos» pobres. En lo que dice Diego,
no se enfatiza el problema común que él comparte tanto con Elías
como con Tony: la pobreza, la falta de trabajo, la imposibilidad de
sostener a sus familias, el consumo abusivo. Tampoco señala que
los tres tienen formas de ganarse la vida que a un vecino de otra
parte de la ciudad no le resultarán muy distintas. No obstante, en
este punto su posición no era la de alguien que solo mira su propio
interés, sino que le preocupaba cómo eso afectaba la vida del barrio
y el buen vínculo entre vecinos.
La casa de una antigua familia obrera
Ángel tiene poco más de cuarenta años y vivió toda su vida en el barrio,
excepto seis meses que estuvo privado de libertad en el Compen.41
41 Unidad N.º 4 del Instituto Nacional de Rehabilitación con mayor población privada
de libertad del país, Complejo Penitenciario Santiago Vázquez, antiguo Complejo
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 115
Vive en la casa que heredó de sus padres, que murieron hace unos
años. Su padre era panadero, oficio por el que Ángel también pasó en
su juventud cuando trabajó en una panadería en La Unión y por el que
le dieron su apodo en la cárcel. Su madre, que enfermó y murió hace
menos años que su padre, era empleada doméstica. El matrimonio
tuvo seis hijos, de los cuales tres mujeres viven con sus respectivas
familias en barrios cercanos, pero con quienes Ángel no mantiene
relación. La muerte de su madre desató enconos familiares sobre
los derechos para usufructuar la vivienda que quedaba de herencia
para los hermanos. Las disputas derivaron en una separación y ale-
jamiento de sus hermanas. En la casa quedaron sus dos hermanos
y él. Uno de ellos, el mayor, ha seguido también la profesión de su
padre y ha trabajado en varios lugares como pastelero. Además, en
el tiempo en que vivimos en el barrio, también se dispuso a tener
su propio negocio de venta de comida, al que Ángel promocionaba.
Le compramos varias veces roscas saladas y dulces, que vendía a 50
pesos cada una y eran muy ricas. Para Ángel, el consumo abusivo de
sustancias de su esposa alejaba a su hermano de algunas opciones
laborales. Una vez nos contó que su cuñada, Fernanda, había vendido
toda la mercadería que su hermano había comprado para cocinar.
Ángel interpreta esto desde una moralidad de género tradicional,
recriminando que ella era una mujer incapaz de cuidar su familia y
que su comportamiento no era propio de una mujer con dignidad.
El hermano de Ángel y su esposa tienen dos hijos, uno de 14
años y otro de nueve. Esta familia vive en la parte de adelante de la
Carcelario (Comcar). Para abril de 2022, según el informe anual del Comisionado
Parlamentario Penitenciario (2021), la cantidad de población privada de libertad
en Uruguay era de 14.347 personas, de las cuales 13.293 eran varones, 1023 mujeres,
siete varones trans y 24 mujeres trans. La tasa de prisionización es de 404 personas
por cada cien mil habitantes, ubicándose entre las 15 más altas del mundo.
‹ 116 Precariedades
casa. Hacia un costado de la entrada a la vivienda, pero con entrada
independiente, vive el otro hermano de Ángel con su esposa y sus
dos hijos: una niña de 11 años y otro de tres. Esta familia se mantiene
distanciada de la otra y sostiene una fuerte moralidad tradicional:
hombre proveedor y mujer cuidadora de forma extrema. Esto impide
que los niños (primos) se junten a jugar con frecuencia y los padres
mantienen ciertas medidas estrictas de circulación por el barrio.
Ángel vive solo en el fondo de la casa con algunas intermitencias de
compañías: a veces su pareja, que lo viene a visitar, y a veces otros
hombres a los que les brinda alojamiento por un tiempo.
Caminamos con Ángel hasta su casa y entramos por la puerta que
está más a la derecha, no la otra que se ve, que es la principal y
tiene unas ventanas con cortinas rojas. En esa casa vive uno de sus
hermanos con su esposa y sus dos hijos. Por la puerta que entramos
vive el niño de nueve años con sus padres, y más atrás Ángel y otro
muchacho más que ha pasado alguna vez a vender trapos de piso.
Luego de subir unas escaleras de hormigón, entramos a la casa. Al
entrar veo un sillón a la izquierda de un marrón desgastado. En el
suelo, un charco de agua traspasa un piso sin baldosas. Pasada esa
pequeña entrada, veo hacia atrás un lugar oscuro y un fondo de
luz detrás que parece ser un patio. El olor a humedad me invade
y me queda impregnado en la nariz por un tiempo (Registro de
campo de María Noel).
Familia y moralidades
Fernanda es una mujer muy flaca, con la piel del rostro arrugada. No
llega a los cuarenta años, pero su apariencia denota mucha más edad
de la que tiene. Ángel nos ha contado de su consumo de pasta base
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 117
y de su «mal comportamiento» como madre. En algunas ocasiones,
él también atribuye la responsabilidad de los cuidados a su herma-
no, padre del niño, pero siempre bajo una moralidad de hombre
proveedor y madre cuidadora: «Yo le dije a mi hermano que haga
algo por su hijo, pero también que le diga algo a ella que haga algo:
te dije que no miraras la mugre cuando entramos a casa porque ella
no es capaz ni de limpiar».
Cuando Ángel ha hablado de Mariela, su compañera de hace más
de veinte años con la que tiene tres hijos, pero con quien no convive,
ha dicho que ella a su hijo de 15 años lo ha criado muy bien, muy
educado, que él no tiene nada que decir de esa madre. Ahora su hijo
está de novio con una adolescente de 15 años y contó Ángel hace
unos días que él le dijo que le diera algún nieto: «No seas malo —le
decimos—, son muy chiquitos». «Sí, pero así se acomodan», dice.
Este hijo adolescente de Ángel hace poco estuvo en su casa y
quería vender marihuana, lo que hizo enfurecer a su padre porque
eso «es justo» lo que no quiere que su hijo haga. Por eso cuando vio
que se había puesto de novio se alegró, como si esto formalizara una
moralidad hegemónica de varón proveedor y cuidador que no pasara
por la ilegalidad en las formas de provisión y fuera la consolidación
de un hombre por tener una familia a la que proveer.
Maternidades
Tanto Fernanda como la otra cuñada que comparte vivienda con
Ángel tienen una fuerte interpelación moral con relación al ejercicio
de su maternidad y, si bien a simple vista pueden parecer opuestas,
en la práctica no resultan tan disímiles. Comparten la precariedad
de su vivienda, la informalidad de sus trabajos o la búsqueda intensa
de uno de mayor formalidad con la crianza de sus hijos expuestos
a los riesgos de la disponibilidad y el alcance de redes violentas de
‹ 118 Precariedades
intercambio. En una primera visión pudimos ver cómo ambas esta-
ban distanciadas por ser una de ellas «botona»42 del comportamiento
maternal de la otra, pero con el paso del tiempo etnográfico pudimos
ver cómo ambas tienen fuertes presiones morales sobre cómo ser
madres en su contexto de extrema pobreza cotidiana.
En un caso, tenemos una usuaria de pasta base que hace convivir
su consumo con la maternidad. En el otro, una madre con un fuerte
discurso moral a los y, particularmente, las usuarias de pasta base y
madres, en las que incluye a su concuñada, con la que convive en el
mismo predio, pero en habitaciones separadas. Ambas, sin embar-
go, comparten la precariedad de sus viviendas y la búsqueda de un
trabajo con características similares desde una experiencia similar ya
vivida: limpiar en alguna institución o casa familiar, también cuidar
ancianos o personas dependientes. En todos los casos, el trabajo que
buscan (y al que pueden aspirar, debido a una escasa formación)
parece ser el referido a los cuidados, trabajos mayoritariamente fe-
meninos, de histórica informalidad y profunda violencia estructural
de género respecto, por ejemplo, a los salarios.
Asimismo, es claro que quien más sufre el estigma y la violencia
continua en su cuerpo de mujer madre es la usuaria, cuyo consumo
por momentos puede abandonar, pero el juicio moral hacia el ejer-
cicio de su maternidad es constante.
En un trabajo etnográfico sobre maternidad y uso de pasta base,
Castelli (2015) nos muestra las exigencias morales sobre las mujeres,
que no pueden ser colmadas debido a las condiciones precarias en
las que viven:
42 El término botón se refiere comúnmente a la Policía, pero en este caso alude a
una actitud de buchona, de contar algo fuera del ámbito de lo privado a personas
que no lo integren, moralizando cierto comportamiento.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 119
Si entre los hombres suele interpelarse el honor y la valentía, la
agresión hacia las mujeres se configura principalmente a través
de la subordinación, física y simbólica, de su sexualidad —por
transitiva de la agresión a sus cuerpos— y su rol social en tanto
madres. La violencia se construye con base en un sistema sexo/
género en el que los cuerpos de las mujeres son hipersexualizados
y moralizados, reafirmándose así el régimen androcéntrico de las
redes del mercado ilícito (p. 95).
Foto 17. Mural en una pared de una fábrica cerrada en La Teja
Fuente: Foto del equipo investigador.
‹ 120 Precariedades
De amores43
Ángel y Mariela están en pareja hace veinte años. Tienen una hija de
veinte y un hijo de quince, pero hace unos años que viven en casas
separadas. Mariela vive con sus padres en un barrio del oeste, aún
más alejado del centro de la ciudad, pero todas las semanas viene a
visitar a Ángel y se queda un par de días en su casa.
Ambos viven distintas cotidianeidades, pero vienen de una trayec-
toria común que los hace familia, con una moralidad de fuerte carga
tradicional según la cual el hombre debe proveer y la mujer cuidar. Sin
embargo, esto puede manejarse en el discurso, pero convertirse en algo
difícil de mantener en la práctica. Sobre todo, para Ángel. El cuidado
fue tomado por Mariela, quien se ha encargado de criar a sus hijos, que
cada tanto visitan a Ángel, pero sin exigirle la provisión económica, al
menos en la práctica, porque es una pareja que vive separada. Aun
así, Mariela siguió por este tiempo viendo en Ángel la posibilidad de
rearmar una familia con valores tradicionales de heterosexismo, pa-
peles claros asignados a cada uno y convivencia. Es Mariela quien ha
insistido con casarse, volver a vivir juntos y en la posibilidad de tener
otro hijo. Ángel, inmerso en la economía diaria de la inmediatez y el
consumo de sustancias, ve con reticencia estas ideas, pero termina
cediendo y en su discurso de pareja refleja esa multiplicidad moral que
en general tenemos: muchas veces queremos hacer cosas que sabemos
muy difíciles de sostener, y a veces las hacemos nomás.
Jarrett Zigon (2013) dice:
El amor aquí es un evento que, una vez que ocurre, da forma a
la manera de pensar y vivir sus vidas. En este sentido, el amor es,
43 Sobre este tema el semanario Brecha, en una edición especial, publicó un artículo
escrito por María Noel Curbelo (2021).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 121
como todas las experiencias morales, singular y particular, y debe
ser sostenido por medio de una fidelidad a la trayectoria de vida
establecida por su exigencia de acontecimiento fundador. De
igual forma, el amor implica lucha y riesgo, y por lo tanto el amor
es la experiencia moral quintaesencial. Porque en su singularidad
y particularidad, el amor conlleva la lucha para rehacerse a sí
mismo frente a una demanda inevitable, cuya respuesta tiene
consecuencias tanto para uno mismo como para los otros (p. 201).
Así, vemos también cómo el amor puede darse en cortos períodos
de tiempo con cierta intensidad y puede dejar consecuencias en los
cuerpos de las personas.
Ángel enumera las veces que se enamoró mostrando sus tatuajes:
la materialidad del amor romántico que expone con pruebas, con su
cuerpo marcado con los nombres de cada una de sus novias, de sus
amores. Dice que su primer amor fue su madre y después el de la
pierna, la mano, el brazo, que no lo pudo borrar «porque sale caro y
entonces me corté» y lo muestra con marcas de cuchillo de un lado
a otro, como callecitas imborrables. Su brazo también muestra su
tiempo en la cárcel.
La eternidad del tatuaje es más fácil de llevar adelante que la idea
de amor eterno. A pesar de que en Ángel cada tatuaje representa un
amor, también representa un breve período de tiempo en el que se
exigió cierta subjetividad moral de rehacerse mediante una pareja,
de rearmarse en un continuo de violencia estructural y simbólica
que se hace en su cuerpo.
Amores y mujeres
El incumplimiento de estos patrones morales de género dominan-
tes en las parejas también lleva a constantes separaciones y nuevos
‹ 122 Precariedades
ensamblajes familiares con otras personas que ubican otra vez estas
posibilidades desde el inicio de la relación.
El amor como acontecimiento transforma la cotidianeidad y la
economía moral que atraviesa las moralidades tradicionales de varón
proveedor y mujer cuidadora a la que Mariela, por ejemplo, aspiraba
con Ángel.
El tiempo entre «salir con alguien» y que pase a ser «el marido» es
corto e indispensable para lograr esta posibilidad de reestablecerse
moralmente (Zigon, 2013).
No solo se vuelve necesario colmar los deseos de «mujer reali-
zada», sino también continuar con la reproducción del modelo de
cuidadora y hombre proveedor instaurado, en el que la economía
se vuelve un tema sustancial en la forma de armar y estar en pareja.
La pareja de Ángel y Mariela mantuvo constantes desencuentros
en los últimos meses que estuvimos viviendo en el barrio y se sepa-
raron unos meses luego de irnos.
Para Mariela, esto supuso una fuerte «crisis moral», que en
términos de Zigon (2013) se define como «una experiencia de au-
torreflexión durante la cual las personas deben trabajar éticamente
en sí mismos para transformar su subjetividad moral, aunque muy
ligeramente, para que puedan volver a la cotidianeidad de su tra-
yectoria de vida» (p. 211).
Sus lazos sociales logran definirse en relación con un hombre. Al
ponerse de nuevo en pareja, Mariela vuelve a tener una moralidad
que cumplir y, con ello, ciertas posibilidades económicas que surgen
cuando el hombre es capaz de proveer.
Mariela, fuerte interpelante del consumo de Ángel, de su falta de
provisión y ayuda para la crianza y manutención de sus hijos, recurrió
rápidamente a la construcción de otra pareja con un hombre que,
«aunque toma alcohol, lo hace con la comida y me da todo para la
casa, me ayuda con todo».
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 123
Constituir una pareja y volverse una madre cuidadora se percibe
como un logro moral en estos contextos de adhesión profunda a los
valores tradicionales de los vínculos amorosos, y esto claramente
choca con una frecuente idea de generar vínculos de otras maneras.
«Chonguear»,44 por ejemplo, salir con alguien, con varios o varias,
el ejercicio del llamado poliamor, entre otras formas de vincularse
que cuestionan las relaciones heteronormativas y asimétricas; son
ejercicios difíciles de llevar adelante en estos espacios de precariedad
extrema. Incluso el término chongo (o chango para las mujeres) en
estos contextos se asocia al ejercicio de la prostitución (tanto de
hombres como de mujeres), donde el discurso moral emerge de la
dicotomía de género, porque si te prostituís para darles de comer
a tus hijos, está bien, pero no se justifica si lo hacés para comprar
drogas; otra exigencia moral que se carga a quienes menos pueden
satisfacerla.
Mujeres en el gimnasio
En este apartado trataremos algunas de las relaciones entre estética,
cuidados y dimensión de género en un gimnasio del barrio al que
María Noel, integrante del equipo investigador, comenzó a ir en enero
de 2021 y al que solo asisten mujeres. Las implicancias que tiene la
posición social de las mujeres, sus trabajos y sus moralidades de géne-
ro se relacionan con las prácticas en torno a su cuerpo y cómo esto se
44 El término chongo es interesante: en el Montevideo de los años noventa se equipara-
ba al de taxiboy, el equivalente a miché brasileño: trabajadores sexuales masculinos
de San Pablo, que estudió Néstor Perlongher (1999) en la década del ochenta en
sus investigaciones de antropología en Brasil. Actualmente, chongo se refiere a
cualquier pareja sexual masculina no regida bajo la idea clásica de amor romántico.
‹ 124 Precariedades
vincula con las posibilidades de acceso a ellas. El involucramiento en
una rutina de ejercicios físicos está ligado a concepciones de género,
cuidados de sí y de otros u otras, estéticas y accesos particulares que
veremos en una aproximación de trabajo etnográfico que aún está
en desarrollo.
En enero de 2021, pasadas las fiestas de fin de año, comencé
a ir a un gimnasio exclusivo para mujeres a unas siete cuadras
de la casa y que queda por la principal avenida del barrio. En
ese entonces, no cobraban matrícula y el costo mensual era de
1.100 pesos, el costo por tres meses de 2.400 y de seis meses valía
4.600 pesos. Actualmente, casi un año después, los costos han
subido doscientos pesos en cada precio. En todos los costos, el
pase al gimnasio es total, a menos que quieras hacer también la
actividad de boxeo, que tiene un costo aparte que se acumula a
la cuota mensual.
En el gimnasio hay clases en la mañana, de 9 a 14 horas, y en la
tarde, de 17 a 21. Yo he preferido ir en la tarde a clases de aeróbica
todos los días de 18 a 19 horas, y los martes y jueves me quedo a
la siguiente clase, de zumba,45 de 19 a 20 horas. Es un espacio de
encuentro de mujeres y varias de ellas son de La Teja y algunas
de Tres Ombúes (Registro de campo de María Noel).
Podemos preguntarnos qué lugar tienen en la actividad diaria
de muchas de estas mujeres las dimensiones morales en torno al
género como estructuras que configuran sus experiencias cotidianas
45 Conocida también como fiesta fit, la zumba es una disciplina creada en 1990 que
combina ritmos latinos (salsa, reguetón, bachata, música brasileña) con ejercicios
aeróbicos.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 125
con sus cuerpos y sus lógicas de cuidado domésticas, además de sus
espacios laborales. Si el hecho de que sea un gimnasio exclusivo para
mujeres puede colaborar o no en el involucramiento de mujeres que
de otra forma no podrían estar y sentirse cómodas en un contexto
de moralidades de género tradicionales.
La dueña, Laura, tiene algo más de cuarenta años y abrió este gim-
nasio hace cinco en un local que alquila y que durante la pandemia
se le ha dificultado mucho mantener. Cuando yo comencé a ir, había
estado cerrado por meses, cuando estaba prohibido que abrieran
por una medida del gobierno. Luego la medida se flexibilizó, con
varias manifestaciones de quienes trabajan en estos establecimientos,
pero también por medio de un discurso sobre la salud. Abrió con
varias medidas sanitarias y luego, en abril de 2021, volvió a cerrar por
casi dos meses. En esos meses, las cuentas que la dueña tenía que
pagar subieron exponencialmente, ya que no tenía ningún ingreso
de cuotas que las solventara.
Además de mantener el gimnasio, Laura vende ropa femenina
en un cuartito dentro del establecimiento, pero también, hace poco,
empezó a sacar percheros con remeras, ropa interior y trajes de baño
a la entrada del lugar, dando acceso a las personas que pasan por allí
y no necesariamente asisten al gimnasio.
Para cuando reabrió teníamos nuevos profesores y habían pintado
varios lugares del gimnasio. El profesor de zumba, conocido en el
ámbito de esa disciplina y de los gimnasios en general, llevó a que
muchas mujeres comenzaran a ir a sus clases, y otro profesor de
aeróbica, también conocido en ese ámbito, tuvo igual efecto.
Hay mujeres que van desde que el gimnasio abrió, hace cinco
años. Mujeres del barrio, madres en su mayoría y trabajadoras.
Una de ellas, con quien entablé una relación más cercana, vive a
tres cuadras de mi casa. Tiene 46 años, tres hijos grandes que ya no
viven con ella y un compañero que vivió toda su vida en el barrio.
Como la han robado varias veces en el camino a su casa, intenta
‹ 126 Precariedades
que él vaya siempre a buscarla cuando sale a la noche del gimnasio.
Varios días, como yo iba en bicicleta y en menos de cinco minutos
ya estaba en casa, la acompañaba hasta su hogar y seguía. En ese
tránsito caminábamos y conversábamos. Trabaja en una confitería
en un barrio lejano, por lo que le lleva más de dos horas ir y volver del
trabajo. Dice que el gimnasio la salva y que va todos los días mientras
pueda porque le hace bien, «no solo para adelgazar».
Otra mujer, Analía, tiene 36 años, un hijo de 12 y otra de tres.
Vende ropa en la feria de La Teja los domingos y entre semana estudia
enfermería. Lleva adelante el cuidado de sus hijos y por momentos
deja de ir al gimnasio porque no tiene quien cuide al pequeño. Su
esposo es chofer de ómnibus.
Carla tiene más de 45 años y tiene un puesto de fiambres en la
misma feria a la que va Analía y en otra de los sábados por la avenida
principal del barrio. Herencia de su padre, se ganó muchos clientes
por mantener el puesto abierto, donde vende, sobre todo, una gran
variedad de quesos. Va al gimnasio con mucha frecuencia y vive
también en La Teja.
Marta tiene cerca de cincuenta años, trabaja en una panadería
de la zona y tiene tres hijos, dos de ellos en la adolescencia. Va al
gimnasio con mucha frecuencia y dice que para ella es lo mejor, ya
que hace tres años tuvo un accidente que la dejó en la cama inmo-
vilizada por seis meses y, cuando empezó a hacer ejercicio, sintió
que se recuperaría. Y lo hizo.
Los lunes, me cuenta una tarde, es difícil que vaya a clase porque
trabaja todo el día. Los fines de semana se va a Atlántida y cuando
llega, a la tarde, tiene que dedicarle tiempo a su casa. Algo así había
visto en Marisol, parecida a Ana en edad, que ha justificado su salida
temprano de clases porque tiene que hacer de comer.
En el gimnasio pudimos ver algunas cuestiones interesantes:
a) la conformación de una importante red social de mujeres, en su
mayoría pertenecientes a lo que podemos llamar clases populares,
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 127
b) el involucramiento de sus dimensiones de género y estéticas en
juego con estereotipos de cómo debe ser un cuerpo femenino y c)
cómo se desarrolla eso con las prácticas de cuidado y las formas de
provisión que llevan adelante estas mujeres, en su mayoría madres
y trabajadoras.
Si bien las mujeres que asisten al gimnasio conforman un grupo
heterogéneo, podemos vincularlas con sectores medios y medios
bajos, en su mayoría de barrios del oeste de Montevideo y que oscilan
entre los 35 y los cincuenta años. Unas pocas con trabajos formales
(vinculados a la gastronomía, el cuidado de enfermos y la atención
al cliente en supermercados y farmacias). La mayoría sin secunda-
ria completa y muy pocas con experiencias universitarias, pero sí
de tecnicaturas (como el caso de la dueña del gimnasio). Una gran
mayoría son hijas de padres obreros de la época fabril del barrio y
la gran mayoría tiene madres que fueron empleadas domésticas y
amas de casa. Ellas también se encargan del trabajo doméstico de
sus hogares.
El espacio ha tejido una red de mujeres que pueden dividirse entre
quienes van con mucha asiduidad y quienes van por cortos períodos
de tiempo y abandonan la actividad física que allí se desarrolla. En
este sentido, también podemos ver una heterogeneidad entre quienes
van a conseguir un «cuerpo de verano» y quienes van todo el año
porque les hace bien.
Sobre los ejercicios, también hay una heterogeneidad de prácticas
entre quienes van a ejercitarse en solitario (máquinas, pesas, bici-
cletas fijas, sala de musculación) y quienes asisten a clases grupales
(aeróbica, aerobox, boxeo y zumba).
En esta multiplicidad de prácticas vemos la importancia que estas
mujeres le dan al ejercicio físico y a la asistencia al gimnasio en busca
del potencial cuerpo hegemónico al que aspiran, pero también a un
involucramiento en un espacio único de mujeres y de sociabilidad
diaria.
‹ 128 Precariedades
Cuerpos que no van al gym
Pensamos, junto con Judith Butler (1990), que
que el cuerpo sea un conjunto de posibilidades significa: a)
que su aparición en el mundo, para la percepción, no está de-
terminada por ninguna suerte de esencia interior y b) que su
expresión concreta en el mundo se debe entender como el poner
de manifiesto y el volver específico un conjunto de posibilidades
históricas (p. 299).
Así, pondremos en relación con el anterior apartado otras formas
de ser mujer en las clases populares, pero en condiciones de mayor
precariedad económica. Poder pagar la cuota del gimnasio, la ropa
deportiva, las dietas para adelgazar, el acceso a ciertos alimentos
son cuestiones que interceptan no solo la capacidad económica de
las mujeres, sino también la disponibilidad para hacer de esto una
experiencia diaria.
En el barrio también pudimos compartir momentos con mujeres
que no tenían la posibilidad de acceder a estas prácticas de autocui-
dado y eso no significa que las concepciones sobre el cuerpo y sus
posibilidades, así como la idea de cuidado que reproduce patrones
hegemónicos, no interpelen sus configuraciones en torno a sus cuer-
pos y la posición social.
Estoy yendo al barrio, donde, al llegar, me encuentro con Fede,
un niño de diez años que me cuenta que está mal del estómago,
que estuvo vomitando porque en la tarde anterior había tomado
mucha leche chocolatada. Horacio, su padre, me dirá luego que
fue porque comió panchos con mayonesa y que en verdad era
mayonesa con panchos.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 129
En las mañanas veía a Horacio ir a buscar el pan y algún fiambre,
como leonesa o paleta. A Fede la mortadela no le gusta y Horacio
lo ha bromeado diciendo que es «un exquisito». La mortadela es
uno de los embutidos más baratos.
Ese día ambos me acompañan a la parada y cuando estamos
allí llega Fabiana, la pareja de Horacio, que, según sus propias
palabras, es gorda y no le gusta serlo (Registro de campo de María
Noel).
El cuerpo de Fabiana es un «cuerpo improductivo» para este
mundo: es gordo y pobre, parte de este «neoliberalismo magro» que
autores del activismo gordo postulan. Nos referimos a lo que traen
Laura Contrera y Nicolás Cuello (2016):
… explicitan la conexión entre el cuerpo gordo entendido como
una corporalidad improductiva, que molesta y que no sirve para
nada. También es el cuerpo de los pobres (ser flaca y tener todo
firme cuesta un montón), que encima derrochan: además de
ser pobres tienen el descaro del exceso. Al mismo tiempo que
dejan en claro el componente clasista de la gordofobia, mues-
tran también el valor moral que nuestra sociedad le adjudica a
la delgadez, incluso en términos políticos: una persona gorda
no inspira confianza ni para ejercer un cargo público ni en una
entrevista de trabajo. «Si no puede con su cuerpo, mirá si va a
poder con otra cosa» (Tenembaum, 2019, p. 57).
En el gimnasio relucen en las paredes los mensajes de superación:
vos podés, sacrificio, sudor, éxito, «bajar la pancita», dice la profesora
cuando vamos cada vez más rápido subiendo y bajando del step
mientras escuchamos un reguetón motivador. Las redes sociales
son, también, las paredes del gimnasio hablando.
‹ 130 Precariedades
Discursos que se reafirman en los cuerpos de las mujeres, a quie-
nes se nos exige mucho más la delgadez y la belleza, porque también
por ahí pasa su valor mercantil.
En la tarde llego al gimnasio y las chicas conversan sobre sus
nuevos tratamientos en el pelo. Dos de ellas asumen que se han
teñido el pelo color champán (como dice el Mago en uno de sus
tangos) porque es el color que se usa. Me pregunto cuánto cues-
tan estos tratamientos, en tiempo, en dinero, en disponibilidad.
¿Hacerlo sería quererse, valorarse, aumentar el amor propio?
¿Hacerlo sería parte de una cuestión de salud que puede esconder
algún que otro estándar de ser cuerpo en el mundo? (Registro de
campo de María Noel).
La grasa como cosa que se extiende por los cuerpos populares y la
gordura como pandemia a exterminar deben ser vistas desde una
perspectiva de clase. Siempre la gordofobia tiene como latencia la
criminalización de la pobreza, el devenir gordo pobre (Contrera
y Cuello, 2016, p. 128).
Si en clases medias y medias bajas hay mujeres que pueden cos-
tear los gastos del gimnasio y tienen la disponibilidad de hacerlo,
mujeres de clases bajas y muy bajas podrían no tener la posibilidad
de involucrarse, no solo por la materialidad que eso implica, sino
porque también hay cierta moralidad de género que reafirma que
la mujer pertenece al ámbito de lo doméstico y que su rol marcado
es seguir siendo cuidadora y jefa de hogar.
El cuerpo de Fabiana no solo está devaluado, sino también el más
exigido ante un mundo discursivo que parece proponer una inge-
nuidad: si te querés, podés lograr lo que quieras, aun en la pobreza.
Incluso logrando esto, la discusión se ampliaría. ¿Desaparecen con
ese amor los estándares de belleza y el cuerpo esculpido?
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 131
En el caso de Karina que proponemos a continuación, vemos
otro uso del cuerpo, como herramienta de trabajo, parte de su forma
de provisión diaria y parte también de la biografía de las cosas que
dialoga con las posiciones sociales que estas mujeres van transitando.
Karina
Karina tiene 39 años. Es una mujer alta y flaca, con una espalda caída
como si tuviera una cuerda que la cinchara hacia abajo y la condenara
a estar encorvada. La vimos cortar el pasto por la cuadra y le dijimos
que viniera a hacerlo en nuestra vereda. Varios hombres se habían
arrimado estos días ofreciéndonos cortarlo, pero nosotros decidimos
que le diríamos a ella. La vimos cortar el pasto de la vereda de enfrente
y ahora habían pasado varios días de lluvia, por lo que supusimos
que no pudo hacer ese trabajo por un tiempo. El clima constituye un
factor determinante en estos modos de conseguir dinero.
Antes de venir a cortar el pasto, vendría a ver las dimensiones y
ahí podría poner un precio. Cerca de las 21.30 oigo su moto que llega
a la vereda de casa y salgo. Mira el pasto y me dice que serían 400
pesos, no solo el corte, sino carpir lo que hay entre el cemento de la
vereda. Queda en venir al otro día a las diez de la mañana.
La esperamos a la mañana siguiente con dinero en efectivo para
pagarle y armamos una bolsa con ropa que María Noel ya no usaba:
un par de remeras, un vestido de verano, un short de jean, un par de
championes que están en buen estado y algo de ropa interior sin usar.
Karina tiene una hija comenzando la adolescencia y dos niños
en edad preescolar.
Llega a las 11.45 y nos pide disculpas por la demora porque estaba
haciendo otro corte. Al mediodía, el sol atraviesa la tierra como una
mordida intensa que traspasa la piel. A Karina esto no le impide
trabajar. ¿Cómo evitaría replegarse de los rayos del sol y no hacer un
‹ 132 Precariedades
corte de 400 pesos? ¿Cómo decirle a Karina que por recomendación
médica no trabaje en ese horario?
Karina viste un vaquero rasgado, una remera blanca y una especie
de suecos negros. Vino en su moto roja sin asiento acolchonado.
Comienza a cortar el pasto, que al desprenderse de la máquina levan-
ta un poco de vuelo por el impacto y vuelve al piso, que ahora lo ve
morir. El ruido de la máquina es ensordecedor, pero Karina no cubre
sus oídos. Solo se pone unos lentes transparentes que la protegen de
ese pasto que vuela y un gorro blanco y fucsia con una inscripción
que resalta dos palabras que nos dicen que viene de una fiesta de
despedida de soltera y que lo mandaron a hacer específicamente
para esa ocasión única: el gorro dice en grande y en mayúsculas:
«ME CASO».
Sara Ahmed (2019), en su propuesta de «analizar los mecanismos
por medio de los cuales la felicidad hace que ciertas cosas sean bue-
nas» (p. 40), dice que, aún en este mundo, donde la importancia del
matrimonio ha sido relativizada, «uno de los principales indicadores
de felicidad es el matrimonio» y el gorro del momento feliz que le
pertenecía a otra persona lo promociona de esa forma, como una
manera de causar felicidad, en un momento en el que la propia feli-
cidad parece volverse un deber para uno y para los demás: «que sean
muy felices» o «tu felicidad es la mía» son casi una exigencia moral
en este momento en el que parece difícil complejizar la felicidad.
Dice Ahmed (2019) que «la felicidad puede funcionar como una
economía moral: un modo de hacer que lo bueno se instale en cosas
que puedan circular como bienes» (p. 290). En esta interpretación
utilitarista, dice la autora, se considera que maximizar la felicidad
constituye la medida del bien social.
Es en estos intercambios que se instauran lazos sociales y los
objetos fluyen; va en ello la promesa de que un objeto puede hacerte
feliz. Pero estos dones son bienes heteronormativos, blancos y con
privilegios de clase: el gorro de la despedida de soltera fue usado por
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 133
una y precisa noche o día (el festejo también suele hacerse de día,
alquilando casas afuera y mostrando fotos de todas las invitadas en
la piscina, en contraposición a la tradicional despedida de soltería
masculina, de noche). Al llegar este gorro a las manos de Karina,
luego de quedar inhabilitado como elemento con valor como parte
de esa fiesta, en su cabeza se transforma en un objeto valioso para
su cuidado y un elemento de su trabajo: un bien que no promete
felicidad, sino que ayuda a que pueda seguir trabajando y le otorga
un estado saludable para seguir cortando el pasto al sol a horas en
que hacerlo no sería recomendable. En la fiesta el gorro tenía valor
por su inscripción, en Karina tiene valor como gorro.
«Sucede que, si las formas de felicidad más elevadas son aquellas
que se siguen de ser determinada clase de ser, no cuesta demasiado
reconocer que ese ser de la felicidad es burgués» (Ahmed, 2019, p. 38).
Karina se va un rato y vuelve. Vive a la vuelta de casa y viene ahora
con sus dos niños chiquitos, que juntan el pasto con una pala y con
las manos, a modo de juego. Estar con ellos, traerlos a su trabajo es
también una forma de cuidarlos. Luego de eso, nos cuenta que el más
chiquito tiene fonoaudiólogo y el otro, psicólogo. Había ido a darle
de comer a su abuela, que vive con ella. «Soy sola», nos dice. Y no
le preguntamos nada al respecto, pero sabemos a qué se refiere con
eso: no tiene pareja, compañero o marido. La soledad es referida al
estado de sus vínculos amorosos y no a la compañía o convivencia
con otras personas: tiene tres hijos y, además, su abuela vive con ella.
Nos cuenta que «hace feria», además de cortar el pasto. La máqui-
na es de ella y la compró con una de las pensiones de su marido. «Soy
viuda», nos dice, como reafirmando la soledad de su estado anterior
dicho con un estado civil, con una formalidad: está sola porque es
viuda. Me dice que la plata no le alcanza y que consigue los trabajos
porque la gente la conoce y sabe que ella los hace.
El valor que se le da a esos bienes varía para las personas depen-
diendo del momento de la «vida social» del objeto: una mercancía
‹ 134 Precariedades
que tiene su valor económico y su vida social. Por ello, «debemos
seguir a las cosas mismas, ya que sus significados están inscritos en
sus formas, usos y trayectorias» (Appadurai, 1986, p. 19).
El gorro de la despedida de soltera que ahora usa Karina para
cortar el pasto, así como los championes y la ropa que le dimos, tie-
nen, como vimos, un valor económico y una vida social. La situación
de estos objetos varía en sus intercambios, se vuelven bienes con
implicaciones diversas en las formas de uso y según el momento de
vida que acompañan, como uniéndose a una trayectoria y variando
su valor, entendiendo que lo que nosotros podemos asimilar con
determinado uso, valor económico o significado varía al llegar a
otras manos y más aún en clases precarizadas donde el universo
de las cosas se vuelve objeto de trabajo, mercancía, feria, comida:
la vida social «como la situación en la cual su intercambiabilidad
(pasada, presente o futura) por alguna otra cosa se convierta en su
característica socialmente relevante» (Appadurai, 1986, p. 29).
En estos intercambios que hacen a las biografías de las cosas y
las personas, «no todas las partes comparten los mismos intereses
en ningún régimen de valor específico, ni los intereses son idénticos
para cualquiera de las dos partes involucradas en un intercambio
determinado» (Appadurai, 1986, p. 78).
Como vemos con el gorro y las cosas que le hemos dado a Karina
para que intercambie en la feria o use, los «regímenes de valor» varían
en los distintos momentos por los que pasan en su «biografía»: «El
individuo con frecuencia está atrapado entre la estructura cultural
de la mercantilización y los esfuerzos personales por establecer un
orden de valor en el universo de cosas» (Kopytoff, 1986, p. 103).
En la vida de Karina, las máquinas, como su moto y la cortadora
de pasto, son esenciales para trasladar a sus niños, llevar sus herra-
mientas, ir de un lado a otro, cuidar, trabajar, proveer, cumplir con
sus exigencias maternales y laborales de la mejor forma posible,
dejando su propio cuerpo en un plano secundario.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 135
Noches después, vamos al almacén de la vuelta de nuestra casa
y pasa Karina en la moto, con un cigarro en la mano, y hablamos de
que quizás ahí esté su momento feliz, tal vez liberada de un mundo
que le exige maternar, trabajar y cuidar en la soledad de su viudez
cuando se quita el gorro de su cabeza porque no es su despedida de
soltera ni su casamiento.
Ante las exigencias de ser feliz de determinada forma, Karina
ejerce una práctica de libertad individual en una moto sin asiento,
desteñida, sin luces, ni hijos, ni abuela, y quizás sea esa la soledad
que le guste, y no la que la obliga a justificar que está sola porque su
marido falleció, aunque su cabeza al sol diga que se casa.
Vanesa, una emprendedora
Vanesa es una vecina de Cantera del Zorro que conocimos a prin-
cipios de 2019, cuando era parte de un grupo de mujeres de Tres
Ombúes que estaban formando una cooperativa de trabajo. El origen
fue una convocatoria de dos técnicas sociales (una psicóloga y una
trabajadora social) a personas del barrio para conversar sobre distin-
tos temas. Quienes concurrieron fueron mujeres y así se conformó
un grupo que se reunía todas las semanas en el Centro Cívico; de allí
surgió la idea de desarrollar un emprendimiento productivo.
Si bien el rubro principal era el catering, elaboraban bandejas de
alfajores, ojitos y pastafrola, y lo alternaban con otras actividades,
como la venta de ropa en las ferias del barrio. El emprendimiento
contó con el apoyo de los vecinos, que les llevaban ropa para vender
o les decían que pasaran por sus casas a retirarla. Cuando había
actividades barriales, siempre llevaban una mesa para vender las ban-
dejitas. Luego incorporaron la venta de tortas fritas, que al principio
hacían por pedidos y las llevaban a domicilio, hasta que consiguieron
una esquina en el barrio para venderlas.
‹ 136 Precariedades
Con el espacio que brindaba el Centro Cívico para las reuniones
y el acompañamiento de las dos técnicas sociales, el grupo fue avan-
zando en la conformación del proyecto. Se turnaban para cuidar a los
hijos, se apoyaban en todo lo que podían, por ejemplo, en situaciones
de violencia de género que sufrieron algunas de las integrantes. No
obstante, en la medida en que el grupo fue dejando de ser un espacio
de reuniones para ser un emprendimiento productivo, se produjeron
algunas deserciones.
Un año después, cuando estábamos buscando casa para mudar-
nos al barrio, fuimos a visitar a Vanesa. Era plena pandemia, así que
salió a recibirnos a la vereda, con el tapabocas puesto, y nos saludó
con el codo. Del lado de adentro, junto a la cerca, estaba uno de sus
hijos.
Vanesa tiene 39 años. Su padre trabajó en la fábrica Codarvi hasta
que se jubiló y compró el terreno donde viven. La casa está bastante
retirada del frente, sobre el costado hay otra casa que ella definió
como galpón, luego una casa más, donde viven sus padres, y al fondo
hay otra, que es donde vive ella con su compañero y sus dos hijos.
Tuvo varios trabajos, uno de ellos fue en una empresa financiera.
Allí ingresó en el call center, pero llegó a un punto en que le faltaban
estudios para ascender de puesto, entonces se propuso terminar el
liceo (hizo nocturno en el Dámaso) y luego estudió Administración.
Más adelante, entró a trabajar en una importadora de alimentos; ahí
se decantó hacia la parte de ventas, así que estudió Marketing, pero
la despidieron poco después de que naciera su hijo menor porque
en la empresa tercerizaron los servicios.
Sumarse a la cooperativa fue una alternativa para conseguir un
ingreso en un momento en que se vio con dificultades para reinte-
grarse al mercado laboral. No obstante, cuando la fuimos a ver, ya nos
había adelantado por Whatsapp que la cooperativa no existía más.
Hasta marzo de 2021, venían trabajando muy bien, pero al comenzar
la pandemia, su marido y su hijo se enfermaron de tos convulsa y
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 137
tuvieron que hacer cuarentena. El resto de las integrantes del grupo
no quisieron seguir y se separaron. Nos contó que del proyecto ori-
ginal, que era formar una cooperativa social, terminaron optando
por que cada una tuviera un monotributo social. El requisito de un
número mínimo de integrantes y otras exigencias de la cooperativa
las hicieron optar por esta vía.
Vanesa nos contó que después de la cuarentena tuvo distintos
trabajos vinculados con lo gastronómico, en organizaciones sociales
de la zona y además comenzó un emprendimiento que nos describe
por Whatsapp como «una tienda online second hand, pero no es solo
ropa, vendo de todo un poco». Nos dijo que le está yendo bien con
el proyecto y ha logrado varias ventas: «Hoy vendí un cuatriciclo y
una caminadora, un éxito. Soy como un Mercado Libre más perso-
nalizado». Ese día nos mostró el cuatriciclo, que estaba en su jardín
porque todavía no lo habían ido a buscar.
Más adelante vimos que continuó avanzando con su emprendi-
miento, aceptando pagos por débito y crédito. La venta online fue
un acierto cuando las condiciones de la pandemia exigían reducir
la presencialidad.
Si bien la experiencia de Vanesa nos muestra que pudo sobrepo-
nerse al fracaso del proyecto grupal y reconvertirse en un momento
difícil como ha sido la pandemia, su trayectoria laboral y educati-
va evidencia que estaba en una situación distinta que la de otras
integrantes del grupo. Vanesa ya había negociado en su hogar la
posibilidad de trabajar afuera y estudiar de noche.
La experiencia para otras integrantes del grupo fue muy distinta,
en algunos casos desmotivante, y podría llevar a que no vuelvan
a intentar formar parte de un proyecto así. Eso no implica que el
fracaso del proyecto colectivo necesariamente sea asumido como un
fracaso individual (dependerá de cada caso e incluso puede suceder
lo contrario), pero las formas en que se procesan los fracasos en estas
iniciativas colectivas deberían ser un asunto a considerar.
‹ 138 Precariedades
Si bien el grupo consideró que algunas bajas se debían a compañe-
ras que no veían colmadas sus expectativas o que «antes de enfrentar
un problema preferían irse» —en lo que refiere a las dificultades para
afrontar lo grupal o la organización del trabajo—, las causas de que
la cooperativa no se haya podido consolidar son varias y muchas
exceden al grupo.
Las distintas alternativas de formalización que se ofrecen para los
sectores más pobres (cooperativas sociales, monotributo social, etc.),
aun cuando tienen menores exigencias y ofrecen ciertas facilidades,
constituyen obstáculos y constriñen las formas más creativas de
organización y funcionamiento que se dan en los grupos. Por otra
parte, representan la posibilidad de contar con capital para comprar
materias primas para elaborar los productos y, finalmente —y sobre
todo—, la importancia de lograr un ingreso en dinero que justifique
el trabajo y todo lo que implica ser parte del grupo.
Sujetas y empoderadas
Podemos llamar empoderadas a las mujeres que
desafían las construcciones y determinaciones de la estructura.
Sin embargo, el poder de expresión y libertad de estas mujeres
a la vez puede ser ilusorio, ya que no son elecciones totalmente
independientes, sino que obedecen a una serie de factores e
influencias sociales, culturales y mercantiles (Garton e Hijós,
2018, p. 40).
En el caso de Vanesa, su formación educativa y su acceso a polí-
ticas del Estado que intervinieron en su trayectoria la convierten en
un sujeto válido para el mercado: hoy tiene un negocio donde vende
artículos variados de segunda mano por vía virtual. Parecido a este
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 139
«empoderamiento empresarial» (Tenembaum, 2019) encontramos
el caso de muchas de las chicas que van al gimnasio o de la propia
dueña, que no solo tiene su cuerpo como valor al dar clases y enseñar,
sino también su venta de ropa para mujeres, tanto en el gimnasio
como en ferias de la ciudad.
Respecto a las asistentes al gimnasio, vemos una especie de em-
poderamiento físico por el que gran cantidad de mujeres salen de sus
espacios domésticos y de trabajo para ir a un lugar que les es propio,
ajeno a la presencia masculina sobre sus cuerpos, pero inmersas en
un relato de autosuperación según el cual «con voluntad podés lograr
el cuerpo terso, joven, flaco y suave que deseamos».
Vinculado a ello, encontraríamos en Karina un empoderamiento
de proveedora (que sostiene en buena medida gracias a sus relaciones
vecinales) que se suma a su obligación instalada de cuidadora (no
solo de sus hijos, sino de su abuela).
En Mariela, quizás, podemos pensar en un empoderamiento
respecto a sus vínculos amorosos: pasó de una relación a otra sin
mayor interpelación moral.
Todas ellas transitan, en mayor o menor medida, la precariedad,
así como lo que podemos considerar una individuación empodera-
da, propia del imaginario de una era neoliberal que obligaría a un
(auto)gobierno de los cuerpos y produciría sujetos supuestamente
autosuficientes.
‹ 140 Precariedades
V. Las mercancías
Comercios
Hacia el norte de Carlos María Ramírez, zona comercial formalizada,
existen pequeños comercios informales, principalmente almacenes
que funcionan en domicilios y que cuentan con poca variedad de
productos y un escaso stock. Estos comercios venden solo en efectivo.
Algunos han implementado algún tipo de defensa para evitar los
robos, por ejemplo, atienden detrás de una reja. También desarrollan
estrategias de autocuidado para el ingreso de mercadería, como
cuando llegan los proveedores —aunque muchos de estos alma-
cenes gestionan por sí mismos su abastecimiento—, ya que es una
circunstancia que suele ser aprovechada por los asaltantes. A veces
un determinado producto ya no se consigue en un almacén porque
«el proveedor no viene más, se cansó de que lo robaran»; otros, en
cambio, ingresan y asumen el riesgo.
Además de los productos que traen los proveedores, los almacenes
incorporan otros de elaboración propia, en particular los que tienen
que ver con el rubro alimentación: tartas, milanesas, pasteles, etc.,
que suelen ser muy económicos con relación al precio que tendrían
en otros lugares de la ciudad.
Otras veces los almaceneros fraccionan los productos para su
venta, por ejemplo, cigarrillos, vino, yerba y fideos. El fracciona-
miento de productos es una forma que comerciantes y vecinos han
encontrado para hacer posible la venta y el acceso a esas mercancías.
De esta forma, las monedas y los billetes de escaso valor se pueden
transformar en un almuerzo o en un trago.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 141
Foto 18. Una casa cercana a la avenida principal
del barrio ofrece masas, pastafrolas y alfajores
Fuente: Foto del equipo investigador.
Foto 19. Una casa cercana a Tres Ombúes ofrece
ñoquis todos los días 29. Ambos negocios (fotos 18
y 19) surgieron en nuestros meses en el barrio.
Fuente: Fotos del equipo investigador.
‹ 142 Precariedades
Foto 20. Además de lavado de autos y otros
medios de transporte, esta casa tiene venta de
muebles y electrodomésticos usados
Fuente: Foto del equipo investigador.
El comercio informal posibilita el consumo microlocal, no solo
por la cercanía, sino por la forma en que se adapta al dinero en
efectivo con que cuentan los vecinos y las vecinas del barrio. Esto
nos recuerda a lo que Sol Tax (1963) denominó «capitalismo del
centavo» (penny capitalism). De este modo, las pocas monedas y
billetes que los vecinos hicieron en la jornada se quedan en el barrio
y hay toda una dinámica económica en torno a ello, de la que viven
muchas familias.
Con estas estrategias, los pequeños almacenes no solo posibilitan
que los vecinos obtengan productos de primera necesidad, también
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 143
garantizan su propia supervivencia como comercios y la de las fami-
lias que están por detrás.
En esos almacenes, también existe la venta a crédito, pero es
selectiva y restringida a vecinos y vecinas con quienes se mantienen
vínculos desde hace mucho tiempo y con quienes se ha construido
confianza. En parte debido a esos lazos de confianza preexistentes
o surgidos a partir del intercambio, algunos de estos pequeños co-
mercios logran fidelización de parte de los vecinos y las vecinas.
El pequeño comercio de barrio compite en inferioridad de con-
diciones con la diversidad y los precios de los productos que ofrecen
los comercios más grandes, en particular las grandes superficies
comerciales. En años recientes, las transferencias monetarias del
MIDES (Tarjeta Uruguay Social y Cupón Canasta de Emergencia)
han recibido el interés de parte de los grandes comercios, que co-
menzaron a desarrollar acciones para captar al público beneficiario
de estas prestaciones, por ejemplo, ofreciendo promociones. En
algunos lugares también se ven comercios medianos y pequeños
formalizados, que colocan carteles que indican que reciben la tarjeta
del MIDES.
Los pequeños comercios familiares que están en el barrio se
ven impedidos de captar esa porción del ingreso de las familias del
barrio, debido a que, por su informalidad, no están en condiciones
de acceder a la llamada inclusión financiera.
No obstante, la proliferación de pequeños comercios familiares en
el interior del barrio da cuenta de que existe un público que necesita
de sus servicios, en parte por la proximidad a los domicilios, en parte
por su adaptación a las necesidades de consumo y a la capacidad de
compra de los pobladores.
‹ 144 Precariedades
Foto 21. Carnicería del barrio
Fuente: Foto del equipo investigador.
Foto 22. Entrada a taller que repara bicicletas en el barrio
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 145
Entramos por primera vez a la granja: un almacén bastante com-
pleto, pero que no llega a ser un supermercado. En la granja hay
dispuestos cajones de frutas y verduras afuera. También varias
heladeras donde lucen refrescos y cervezas variadas: algunas de
fabricación nacional y otras brasileñas y argentinas.
Compramos algunos tomates, una lechuga, unas galletas saladas,
pan, queso, manteca y vamos a la caja mientras entra un señor.
—No puede entrar sin tapabocas, señor —le dice la cajera.
—Quiero solo unos cigarros sueltos —dice el hombre mientras
muestra un billete que tiene en la mano—. ¿Cuánto salen? —agrega.
La mujer duda y pregunta a otro señor. Sacan una caja del dis-
pensador de cigarros.
La granja dispone de cosas que la hacen más abastecedora que
otros almacenes más chiquitos del barrio, pero también convive
con ciertas prácticas de venta de negocios, como la venta de ciga-
rros sueltos.46 A unos metros de nuestra casa, un kiosquito ofrece
en su cartel dos cosas: cigarrillos y vino. Adentro, una señora espera
en la puertita de una especie de galpón verde de plástico (hemos
visto esa estructura en Mercado Libre, que se vende como galpón
armable para guardar herramientas, como un depósito). En este
caso, es un kiosco.
46 La ley n.º 18.256, sobre control del tabaquismo, aprobada en 2008, en el gobierno
de Tabaré Vázquez, prohíbe la venta de cigarros sueltos o de cajas que contengan
más de diez unidades.
‹ 146 Precariedades
A la vuelta, hay un almacén muy pequeño donde un hombre atien-
de detrás de una reja. Nos dijo que le habían robado muchas veces.
No cuenta con la opción de pagar con débito y tiene de cada cosa
una marca. A una cuadra, yendo hacia la avenida principal, otro
almacén sí tiene débito, pero una variedad muy limitada de pro-
ductos. Más arriba, está el Macromercado, un supermercado que
tiene convenio con varios trabajos y si conseguís por ello la tarjeta
del Macro, obtenés todos los productos a un precio descontado,
como si fuera una compra al por mayor. El Macromercado es el
lugar donde convergen variadas personas que, en busca de mejores
precios, van hasta allí y compran en cantidades mayores. Cuando
hemos ido, con frecuencia hay gente haciendo grandes surtidos.
Foto 23. Pequeño almacén del barrio
que aclara dos formas de pago
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 147
La calle Carlos María Ramírez, además de variados comercios,
tiene muchos puestitos de venta de distintas cosas en las vere-
das: allí conseguíamos algunos productos a menor precio que
lo habitual en almacenes y supermercados: la pasta de dientes
grande a un precio de 150 pesos dos de ellas, un paquete de café
brasileño para hacer en máquina o en cafetera a 200, un champú
y un acondicionador a 300 y un paquete de 16 rollos de papel
higiénico a 200 pesos. Precios habituales de feria todos los días
en esos puestitos (Diario de campo de María Noel).
Foto 24. Cartel que anuncia la reapertura de un
depósito de materiales reciclables, donde figuran
los precios que pagan por kilo en cada caso
Fuente: Foto del equipo investigador.
‹ 148 Precariedades
Las ferias
Las ferias dinamizan la vida barrial y eso es algo que se percibe
incluso viviendo a varias cuadras del lugar donde se desarrollan.
Los sábados y los domingos de mañana, el trayecto hacia el otro
lado de Carlos María Ramírez es más intenso. Desde temprano se
escuchan los carritos que pasan cargados de mercadería y un poco
más tarde vemos a los vecinos salir a pie con sus chismosas. Después
del mediodía, primero los clientes y luego los vendedores desandan
el camino a sus hogares.
Silvia es una vecina que tiene un empleo, y vende artesanías y
ropa. En su caso, la feria es un complemento del ingreso que percibe
en el otro trabajo. Karina, que, como dijimos, trabaja cortando el
césped, hace feria los fines de semana, donde vende ropa y otros
objetos que recibe en donación. Para ella, la feria también es un
complemento de su trabajo, pero es más importante en su economía
que para Silvia. Por su parte, Jenny, una vecina que es ama de casa,
vende ropa los sábados y los domingos, lo que es un complemento
del ingreso que su compañero obtiene trabajando en un remise.
Silvia recibe donaciones de ropa y las lleva a vender, de hecho,
me dijo que hace tiempo que no se compra ropa porque usa la
que le dan, es ropa buena. Dice que cada vez que va saca unos
mil pesos. No tiene ningún gasto, así que lo que vende en la feria
«es todo ganancia».
Me estuvo contando sobre las diferencias entre ambas ferias. La
feria de los sábados es mejor, hay buen vínculo entre feriantes.
Ella llegó un día y le dijeron que se podía ubicar, le indicaron que
había un lugar libre y desde entonces ahí se quedó. La feria de los
domingos es distinta y la primera vez que fue le hicieron pagar
por el puesto (Registro de campo de Gonzalo).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 149
Para otras personas, las ferias constituyen la única oportunidad
de obtener un ingreso. Así, las vemos poner un paño en el suelo y
vender dos o tres objetos que es difícil pensar que alguien quiera
comprarlos, o exhibir libros amarillos que casi con seguridad llegaron
hasta ahí luego de haber pasado por varias manos que los fueron
desestimando. Si los objetos son pequeños, en lugar de establecerse
en un lugar, pueden caminar ofreciendo su producto, sean curitas,
atados de perejil o tapabocas.
Para algunos varones, madrugar es una oportunidad para con-
seguir una changa en el armado de puestos y también lo es esperar
hasta última hora para el desarmado. Para ellos es importante hacerse
conocer, transmitir confianza en el puestero de que el próximo fin de
semana estarán ahí para bajar cajones cargados de verduras y, por
supuesto, tener rapidez para el trabajo. Es una tarea para la que hay
muchos oferentes en la vuelta, así que es mejor destacarse.
Otros aprovechan que es un lugar concurrido para la mendicidad
y piden dinero a transeúntes y puesteros. También están quienes
aprovechan los descartes de los puestos de frutas y verduras para
llevarse algo de comer a sus casas. Como pudimos ver, son varias
personas las que recorren los puestos una vez que se levantan y cargan
las cosas que se hayan tirado.47
Una vecina que es feriante desde hace décadas nos dijo que con la
pandemia se empezaron a ver situaciones que dan cuenta de lo difícil
que está todo, hay más gente pidiendo o vendiendo comida, y «van
mujeres que se ve que están vendiendo su guardarropas; además,
tienen cara de demacradas. ¿Después de eso qué van a vender?».
47 En Arguiñarena et al. (2019b), relatamos una observación de personas que re-
cuperaban descartes de puestos en las ferias de Larravide, Piedra Alta y Tristán
Narvaja.
‹ 150 Precariedades
De mañana fui a la feria, estuve recorriendo más por las calles
laterales. Se veían muchos puestos con ropa, fierros, de todo. Poca
gente comprando. Vi algunas personas que se arrimaban a ver
algo y enseguida quienes vendían les decían: «Agarre, vecino»,
«está barato», «pregunte lo que quiera». En los puestos pude ver
de todo, hombres solos, mujeres solas, familias, grupos de mujeres
con niños, algunos de ellos, muy chicos. Todos esperando que
apareciera alguien a comprar; era la hora pico y se veía poca gente
comprando. Por la calle principal de la feria (Giralt), la situación
es distinta, está lleno de gente, los puesteros se mueven de un
lado para otro para atender con rapidez. Hay puestos de frutas y
verduras bien surtidos, hay otros puestos que son como pequeños
supermercados (Registro de campo de Gonzalo).
Durante los momentos más críticos de la pandemia de covid-19, la
reducción de la movilidad social tuvo un impacto negativo en las ferias.
Ya al principio de la pandemia, las intendencias suspendieron las ferias
no alimentarias y establecieron una serie de protocolos a cumplir por
parte de las que venden productos alimentarios. Una nota del diario
El Observador del 23 de marzo de 202048 daba cuenta de que se habían
producido aglomeraciones en algunas ferias. Desde la Intendencia de
Montevideo sostenían que era difícil hacer cumplir los protocolos, pero
que estaban en contacto con la Asociación de Feriantes del Uruguay
para alcanzar acuerdos, aunque también afirmaban que había muchos
feriantes que no eran parte de esa asociación. En la nota se señalaba
que varios feriantes que comercializaban productos alimenticios se
estaban organizando para ofrecer sus servicios a domicilio y así mitigar
el impacto económico de la reducción de público en las ferias.
48 Recuperado de [Link]
cumplieron-decreto-por-coronavirus-estamos-atados-de-manos--2020323191539.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 151
La salud y los intercambios
Con varios de nuestros interlocutores mantuvimos —y mantenemos—
una relación de afecto mediada por los dones y los contradones (Mauss,
1971) que cualquier relación personal supone, pero en la que se hacía
evidente (y nos los hacían saber) la ausencia de dones envenenados
(Rossal, 2013). Con Pablo, en particular, nos dijimos siempre las cosas
con honestidad y respeto: desde nuestras cercanías morales, pero tam-
bién en las diferencias, los intercambios que teníamos eran de índole
personal, pero muchas veces versaron sobre cuestiones vinculadas al
ejercicio de la ciudadanía, como veremos en el siguiente fragmento:
Hace unos días encontré a Pablo y estaba con un jean y una remera
de manga larga. La vestimenta ya había cambiado para estos
días en los que estaba refrescando y en que la llegada del otoño
se hacía sentir.
La agenda para darse las vacunas del covid-19 estaba abierta y
pensé que estaría bien preguntarle si quería vacunarse y anotarlo
porque había pensado en las posibilidades que tenía de hacerlo
y me di cuenta que a él le sería muy difícil.49
Converso con él del asunto:
—Pablo, ¿vos te querés vacunar?
49 Para acceder a la vacunación contra el covid-19 había que agendarse a través de
una página web y era necesario ingresar, además de un número de cédula, un
número de celular o un correo electrónico en el que las personas recibían la fecha
y la hora que se les había asignado.
‹ 152 Precariedades
—¡Sí! Justito hoy un compañero que fuma, ¿viste?, me dijo que él
se había vacunado ya y que estaba esperando la segunda dosis.
Pasa que yo no tengo cédula.
—No importa. Dame el número y yo te anoto.
Me da su número de cédula, el del celular no lo recuerda. Le
pregunto si quiere que ponga mi celular y yo le aviso, y me dice
entusiasmado que sí, que mucho mejor.
—Buenísimo, yo te agendo ahora y te aviso. Van a demorar en
darnos fecha, también me agendé y no me han dado.
—Sí, sí. Yo después veo dónde voy a vacunarme y si total tengo a
veces para drogarme, para ir a vacunarme consigo.50
—No te preocupes, lo arreglamos de alguna forma.
—Muchas gracias, de verdad, sin palabras, muchas gracias
(Registro de campo de María Noel).
En el espacio del barrio y de nuestra cuadra, Pablo despliega sus
redes de intercambios personales, las propias de ser un sujeto del
mercado y las que se vinculan a su ser ciudadano. Como plantea
Rossal (2013), Pablo puede verse como
un actor inmerso en distintas redes, unas basadas principalmente
en el intercambio-don (redes personales, basadas en una morali-
dad del don), otras basadas en el mercado (redes de individuos),
otras propias al Estado, a las formas de gubernamentalidad con-
temporánea y al espacio público (redes en las cuales las normas,
los discursos sobre lo público, la política y las políticas cobran
50 Se refiere a conseguir dinero para trasladarse hasta el lugar de vacunación.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 153
sentido y resitúan en otra posición a cada sujeto). Todo ello en-
samblado complejamente en cada sujeto (p. 87).
La creencia que equivale la compra de sustancias a plata mal
gastada y, en oposición, la que equipara el gasto en cuestiones de
salud —como ir a vacunarse o adquirir medicamentos— a plata bien
gastada es corriente en Pablo.
En el trabajo de campo vimos también una serie de conversiones
que circulaban por las redes del mercado de sustancias ilícitas: un
muchacho con el torso desnudo llegó un domingo a nuestra casa con
su cuerpo castigado y notoriamente fisurado51 a pedir para un boleto:
un boleto de ómnibus es también una medida de valor.
Las bocas también pueden ser lugares del mercado donde se inter-
cambian objetos —incluso alimentos— por sustancias. Pero también
tienen otras utilidades, como hacer cambio, convertir billetes en mo-
nedas para poder tener mejor manejo de un dinero escaso, que puede
comprar azúcar por 100 gramos, cigarros sueltos, un cuarto litro de
vino y dos chasquis de pasta base, entre muchas otras cosas que son
«necesarias» para la vida. Este hipermenudeo, que hace muy caras
las cosas, paradójicamente permite el acceso a ellas. Como nos han
dicho muchos usuarios de pasta base, se trata de una droga muy cara,
en la que se gasta mucho dinero a lo largo de los días, meses y años,
pero al chasqui es posible acceder. En este hipermenudeo también son
caros pero accesibles el azúcar, los cigarrillos, el vino. Así, los muchos
pequeños comercios que existen en los barrios populares, así como
las propias bocas de venta de drogas, ofrecen acceso a las mercancías
a precios muy altos mediante fraccionamientos ínfimos. Este mercado
se reproduce y resulta sostenible a base de transacciones repetidas
que tensionan confianzas y estresan las relaciones personales.
51 Deseo de consumo equivalente a craving. Véase Rossal y Suárez (2014).
‹ 154 Precariedades
VI. Estado, solidaridad, política
Entre las formas de provisión económica de quienes viven en el
barrio, las transferencias monetarias desde el Estado —sean bajo
la forma de Tarjeta Uruguay Social, de asignaciones familiares, de
pensiones, de Cupón Canasta de Emergencia, entre otras— ocupan
un lugar importante, aun cuando no siempre constituyan el mayor
ingreso de los hogares.
La creación del MIDES, en 2005, significó un cambio en las políticas
sociales, lo que implicó no solo el desarrollo de programas específi-
cos para abordar las problemáticas de los sectores más pobres de la
sociedad, sino también un nuevo encare en la forma de abordarlas.
En 2012, la creación de los llamados programas de proximidad
(Uruguay Crece Contigo, Jóvenes en Red y Cercanías) implicó una
inversión de los mecanismos tradicionales de atención del Estado,
que ahora «salía al encuentro» de las personas y las familias que
se encontraban en las situaciones más difíciles (Filardo y Merklen,
2019; Rossal et al., 2020).
A partir de ese año, la implementación del Plan Siete Zonas,
que tuvo como uno de sus territorios de intervención la Cantera del
Zorro y parte de Tres Ombúes, contribuyó con la construcción de
infraestructura, como el Centro Cívico, la plaza Tres Ombúes y centros
educativos, en una importante transformación del espacio barrial.
Con ese plan, que enfatizaba el abordaje territorial, los programas
de proximidad priorizaron la zona, destinando equipos técnicos
para trabajar allí.
En marzo de 2020, asumió un nuevo gobierno, con una orienta-
ción política distinta a la del gobierno anterior. A su vez, esta nueva
gestión implicó un cambio en la orientación de las políticas sociales,
que, entre otras cosas, definió el cierre de algunos programas, así
como la apertura y la reformulación de otros. A poco de asumir, la
nueva gestión del MIDES debió enfrentarse a la situación social creada
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 155
por la pandemia de covid-19, que motivó ajustes y la definición de
protocolos para que no hubiera atención presencial o para que fuera
mínima, así como la implementación de ayudas específicas dirigidas
a quienes habían sido más afectados por la baja en la movilidad social.
En el período en que hicimos este estudio, la presencia de equipos
técnicos en el barrio se vio disminuida por la pandemia. Los equi-
pos en el Centro Cívico siguieron funcionando con restricciones. Lo
mismo pasó con la oficina del MIDES que funciona en Belvedere y
que es referencia para gran parte del oeste montevideano. Por varios
meses, se atendió con agenda previa y se priorizó la atención en las
oficinas a través de modalidades no presenciales como Whatsapp y
por vía telefónica con respuesta automática.
Una de las medidas adoptadas por el MIDES durante la pandemia
fue la del Cupón Canasta de Emergencia: una transferencia de dinero
a través de una aplicación (TuApp) que se descarga en el celular.
Quienes no cuenten con un celular, o su celular no sea un smartphone,
pueden optar por recibir una canasta física que contiene alimentos.
Para ser beneficiarias de la prestación, las personas no debían tener
actividad registrada en el Banco de Previsión Social (BPS) por salarios,
jubilaciones o pensiones y tampoco contar con otros ingresos, como
la Tarjeta Uruguay Social.
Las políticas que el Estado destina a los más pobres entre las clases
populares son recursos que se vuelcan al barrio y que circulan entre
las personas y los comercios. Esos recursos, como las transferencias
monetarias, son parte importante de las formas de provisión y con-
tribuyen a que muchas familias puedan tener su sustento. Las fechas
de cobro suelen ser esperadas con expectativa, ya que a veces es el
único ingreso fijo con el que se cuenta.
Como señalamos antes, los comercios de mediano y pequeño
porte han ido incorporando estas formas de pago, que antes solo
se utilizaban en grandes comercios, y de este modo logran captar
parte del dinero que perciben los vecinos y las vecinas del barrio.
‹ 156 Precariedades
No obstante, persiste un importante sector de pequeños almacenes
que están por fuera de este sistema.
En los supermercados de la zona vimos a muchas personas com-
prar con TuApp. En algunos momentos eran tantas que se destinaron
cajas específicas para su atención. Otras veces vimos que al llegar a
la caja les decían que tenían que gastar todo el monto que tenían,
entonces las personas empezaban a buscar cosas para completar
el saldo del que disponían en la aplicación. Esto ocasionó algunas
molestias en clientes que estaban esperando para pagar y comen-
tarios por lo bajo referidos a que quienes generaban las demoras
eran «los del MIDES».
La incorporación de trámites online en organismos públicos que
atienden a los sectores más empobrecidos, así como la automatiza-
ción de las respuestas, han tenido un rápido incremento durante la
pandemia. En muchos casos constituyen alternativas que les facilitan
a las personas poder evacuar una consulta o acceder a una determi-
nada prestación. Si bien es verdad que la mayoría de las personas
cuentan con posibilidades de acceder a esas modalidades, en el barrio
pudimos observar las dificultades de algunos vecinos y vecinas para
interactuar con ellas, ya fuera por no tener un celular, por no tener
un smartphone o por no tener saldo ni datos móviles para conectarse
a internet. Pero, aun cuando se cuente con todo eso, pueden existir
dificultades para interactuar con estas herramientas, por ejemplo,
en el caso de personas que no saben leer o que no saben manejar
los aparatos. Una vez más se confirma que las brechas tecnológicas
no se saldan solamente con la incorporación de dispositivos ni con
la conectividad, también debe existir una capacidad de interactuar
con esos dispositivos.52
52 Un temprano estudio en favelas de Río de Janeiro mostró que la exclusión digital
es un fenómeno multifacético y no se reduce a tener computadoras y conexión a
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 157
En algunas oportunidades, ayudamos a personas con estos
trámites; en un par de casos, debimos hacer el trámite por ellas: a
una vecina de cuarenta años le hicimos el registro para que su hija
pudiera renovar su cédula de identidad ya que, si bien contaba con
un smartphone, no tenía datos para acceder a la página web de la
Dirección Nacional de Identificación Civil ni sabía cómo hacerlo. Lo
había intentado otras veces a través de la internet pública en la plaza
Tres Ombúes, pero tuvo dificultades y desistió. A un vecino lo regis-
tramos para la vacunación contra el covid-19. En su caso, contaba
con un celular, pero no tenía saldo ni sabía cómo hacer el registro.
Pudimos ver además cómo circula un conocimiento de las po-
líticas sociales y aun de las lógicas burocráticas asociadas cuando,
por ejemplo, alguien de la familia o alguna vecina —generalmente
se trata de mujeres— es consultada por una fecha de cobro o qué
prestación se puede tramitar y en qué consiste el trámite. La capa-
cidad de lidiar con las distintas oficinas del Estado se adquiere en la
práctica. No se trata solo de conocer que existe una prestación y cuáles
son los requisitos, sino de cómo acceder de la manera más sencilla:
poder trasladarse a una oficina que está distante o contar con una
determinada documentación se puede volver una gran dificultad
para algunas familias.
Como se señaló antes, los sistemas de gestión automatizada
facilitan el acceso a respuestas preexistentes. Existe un conjunto
internet (Sorj y Guedes, 2005). En el barrio pudimos ver las dificultades de algunos
niños para poder seguir las clases virtuales durante la pandemia, aun teniendo
dispositivos y conectividad pública, debido a las condiciones múltiples de su hogar.
No obstante, entendemos que contar con las herramientas tecnológicas (sea con
computadoras o con el acceso a internet) es un paso fundamental, como en Uruguay
se hizo con el Plan Ceibal. Este plan permitió la continuidad de las clases en forma
virtual de gran parte de los escolares y liceales durante la emergencia sanitaria.
‹ 158 Precariedades
de prestaciones y las personas deben acceder a ellas en la medida
que les correspondan, según los criterios en cada caso, o pueden
consultar sobre una determinada prestación o servicio. Pero estos
sistemas dificultan un abordaje de la complejidad de la situación de
la persona y de su hogar. La entrevista con un técnico o una técnica
del área social no puede ser reemplazada con estos sistemas, ya que
en la entrevista se puede comprender la situación de manera integral,
se puede preguntar y repreguntar, y, a su vez, se pueden identificar
emergentes a abordar que no son los que la persona inicialmente
fue a plantear. En función de ello, se pueden definir estrategias de
trabajo y, para ello, establecer consentimientos que contemplen las
especificidades de la situación identificada.
En la medida en que la situación de algunas familias se agrava,
como sucedió durante la pandemia de covid-19, pero también en
contextos de incremento del desempleo y de la pobreza, las res-
puestas automatizadas pueden resultar una tentación para abordar
con rapidez esas situaciones, pero sin abordarlas en sus aspectos
sustanciales y acarreando otros problemas, como la obtención de
datos de las personas. Como sostiene Virginia Eubanks (2021), «las
tecnologías de gestión de la pobreza no son neutrales» (p. 21), y en
realidad ninguna tecnología lo es, pero estas tecnologías en particular
se están imponiendo de forma tan rápida como acrítica, tomando
por buenas todas sus supuestas virtudes y sin la participación ni el
consentimiento de quienes son sus destinatarios.53
53 Si bien en este caso nos estamos refiriendo a las tecnologías en su rol de mediación
y no en la toma de decisiones, la incorporación de algoritmos para la gestión de la
pobreza es un fenómeno que crece en la región. Para un análisis más detallado sobre
las implicancias e impactos de las tecnologías de automatización de la pobreza,
véase Eubanks (2021).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 159
Asimismo, los sistemas de respuesta automatizada presuponen la
existencia de una ciudadanía que está informada de las prestaciones y
los servicios, pero esto no siempre es así. En algunos intercambios con
vecinos y vecinas del barrio pudimos constatar que las prestaciones
y otras políticas sociales muchas veces resultan confusas para las
personas. No siempre les queda claro a quién le corresponde una
determinada prestación ni por qué, y esto se ve agudizado porque
los criterios de esas prestaciones y políticas sociales suelen cambiar
cada tanto y esos cambios no siempre se anuncian o esos anuncios
no siempre resultan claros. De igual forma, la existencia de distintos
programas y prestaciones complejiza esto y puede ocurrir que no
se sepa bien qué se está tramitando e incluso qué se está cobrando.
A su vez, pudimos ver cómo las lógicas burocráticas realmente se
vuelven obstáculos que afectan la vida de las personas y las familias.
El hecho de no poder resolver un determinado trámite puede ser
motivo de gran frustración. Esto se refuerza para el caso de familias
que, desde su óptica, están en igual condición que otras que son
beneficiarias de prestaciones sociales, pero desde la óptica del Estado
no lo están; entonces, el hecho de que una prestación le corresponda
a una familia y a otra no puede generar desconfianza —tanto respecto
al sistema como respecto a las familias que sí lograron acceder— e
incluso frustración cuando se adjudica el hecho de no obtener esa
prestación o servicio a no haber sabido presentar su caso o a no haber
efectuado correctamente el trámite.
De este modo, para quienes acceden a las transferencias se da una
inversión de la deuda social que los transforma en «población MIDES»
y con ello pasan de ser víctimas de un sistema que genera pobreza a
beneficiarios del esfuerzo generado por otros sectores sociales, que
son los que trabajan y pagan impuestos. La pandemia ofreció una
oportunidad para marcar un cambio en las políticas dirigidas a la
pobreza y en cierta medida esto se hizo, pero, en lugar de aumentar la
presencia de equipos técnicos de proximidad, se recortaron programas.
‹ 160 Precariedades
Saberes locales y participación vecinal
Una tarde me sumo a una conversación entre vecinos y aprovecho
para contar que estamos haciendo un estudio en el barrio. A partir
de eso, la conversación deriva en la historia del barrio. Varios
nacieron aquí o están hace muchos años y se ofrecen para ayudar.
La conversación va conectando temas del pasado y del presente.
Las monjas de Montserrat54 tuvieron un rol importante «al prin-
cipio», allá por los años ochenta y noventa. Ellas proporcionaron
gran ayuda, sobre todo en Tres Ombúes y en Cantera del Zorro.
Luego las organizaciones sociales del barrio tuvieron un prota-
gonismo importante, «de 2000 para acá». Pero con la creación
del mides la cosa cambió, «ya no era asistencialista». Con el Plan
Siete Zonas, la creación del Centro Cívico y el despliegue de los
programas de proximidad, dicen que la situación fue mejoran-
do, pero también entienden que un problema fue que se cortó
el diálogo con los comités y con las organizaciones barriales,
«hubo mucha distancia entre las autoridades y la base». Y así se
produjeron «injusticias», porque «venían técnicos de otros lados
que no conocían el barrio en el que trabajaban». Entienden que
«le daban al que no había que darle y no le daban al que había
que darle».
54 Se refieren al colegio Nuestra Señora de Montserrat, perteneciente a la congre-
gación teresiana, que se encuentra ubicado en la calle Alaska esquina Ascasubi.
Desde su fundación, en la década del sesenta, el colegio ha tenido una participa-
ción activa en la vida barrial. Vecinas veteranas de Cantera del Zorro recordaban
el trabajo que hacían las monjas y vecinos del lugar han estado becados en el
colegio (Arguiñarena et al., 2019a).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 161
Algunos de quienes están presentes en la conversación participan
del comité del Frente Amplio, pero tienen una postura crítica
respecto a algunos aspectos de los gobiernos progresistas, en
particular, en el último período «no se trabajó bien en el barrio».
No se tuvo en cuenta a los comités y a las organizaciones barria-
les, que son los que conocen las problemáticas de los vecinos
(Registro de campo de Gonzalo).
En la conversación hay una tensión entre quienes, desde su lugar
de vecinos, pero en algunos casos también como militantes, cono-
cen de primera mano una realidad y quienes poseen un saber que
viene de afuera, sostenido por personas que vienen de afuera, que
no necesariamente significa que les parezca mal, pero que no es
suficiente para entender de manera cabal la realidad del barrio. Ese
saber puede ser muy calificado, pero termina provocando errores,
incluso torpezas, dado que los vecinos aprenden a interactuar con los
técnicos: «Algunos aprendieron a mentir y los técnicos les creían».
Una vecina comenta que hace unos años fue un intendente con
su equipo a Cantera del Zorro y había unos niños comiendo naranjas,
y a los integrantes de la delegación les pareció simpática la imagen,
pero ella enseguida se acercó y les comentó que esas naranjas eran
descartes de empresas que tiraban productos ilegalmente en el lugar.
La imagen de los niños con las naranjas daba cuenta de una situación
de fondo, que era un problema endémico del asentamiento, como
lo eran los volcados ilegales de residuos por parte de empresas que,
de ese modo, evitaban pagar por la disposición de sus residuos en
un vertedero municipal.
El problema es que lo que los vecinos reclaman —es decir, que se
tengan en cuenta los saberes locales— puede redundar en prácticas
clientelares, algo que no ha sido ajeno a los vínculos entre política y
pobreza en la historia del país. Pero a veces ha ocurrido que el celo
por evitar caer en esas prácticas terminó por desestimar los saberes
‹ 162 Precariedades
locales, cuando no terminó en algo aun peor, como la desmotivación
y el abandono del involucramiento de los vecinos en los espacios de
participación.55
En una conversación con vecinos un sábado de tarde, me cuentan
sobre varias iniciativas en las que están o estuvieron trabajando.
Unas vecinas están apoyando varias ollas populares del barrio
juntando donaciones para llevarles.
En 2012 se juntaron varias vecinas y lograron poner un FPB [pro-
grama de formación profesional básica] en un antiguo salón de
fiestas que funcionaba en Ascasubi casi Carlos María Ramírez.
Eso después terminó siendo una UTU que actualmente funciona
en el lugar.
Comentan lo difícil que fue lidiar con toda la burocracia de ANEP
[Administración Nacional de Educación Pública] para que el pro-
yecto se concretara. Otra vecina recuerda el deterioro en que se
encontraba ese lugar, que hacía años que estaba abandonado;
ellas tuvieron que ir a limpiar. Marianela, otra vecina que tam-
bién está presente en la conversación, fue parte de la primera
generación que egresó de esa UTU.
55 Raúl Zibechi analizó cómo, a partir del primer gobierno progresista (2005), con
el despliegue de distintas iniciativas territoriales —en particular, los SOCAT— se
introdujo un saber técnico y con disponibilidad de recursos llegado «desde fuera»
del «territorio», que sostiene espacios de participación social, lo que implicó una
subordinación de las comisiones barriales y otros espacios preexistentes (Zibechi,
2007, pp. 262-271).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 163
En 2013 hicieron un proyecto educativo para jóvenes en el Club
Vencedor, ubicado junto a la Cachimba, en Inclusa y Heredia.
En otro proyecto que tuvo lugar en el Club Tricolor, se dictaron
cursos de UTU de Albañilería y de Introducción a la Mecánica.
Además llegaron a entregar ochenta computadoras refaccionadas
(Registro de campo de Gonzalo).
Esos son algunos proyectos que recordaron en ese momento, pero
hubo muchos más. En ese grupo con el que conversamos aquel sábado,
la mayoría eran mujeres veteranas, que venían de años de experien-
cia de militancia barrial, así como en sindicatos y en organizaciones
políticas (algunas de ellas eran parte del comité del Frente Amplio).
En muchos de esos proyectos, no se trató solamente de trasladar
una idea a un organismo o a una institución, se encargaron de lidiar
con la burocracia para que esa idea se concretara, se encargaron
de convencer a jóvenes del barrio para que se inscribieran, luego
buscaron los medios para que efectivamente concurrieran a las
clases, a veces yendo a buscarlos a sus casas o hablando con sus
padres, incluso se ocuparon de que algunas veces a esos jóvenes no
les faltara alimentación.
En la forma en que describen estos proyectos se deja ver que
todos ellos requirieron de tiempo y, sobre todo, de mucho esfuerzo.
La militancia barrial para lograr ciertas concreciones debe aprender
a moverse en espacios y lógicas que trascienden el ámbito barrial. Y
si bien eso implica entender ciertas lógicas de las instituciones —e
incluso de la política—, no significa subordinarse a ellas. Como lo
puntualizó una vecina: «Hay que insistir, hay que ser rompepelo-
tas, si no, las cosas no salen», pero también adelantarse a posibles
obstáculos que puedan hacer que una iniciativa se pare o fracase.
Por los distintos proyectos que han surgido por parte de vecinos
y vecinas del barrio pasaron decenas, tal vez cientos de jóvenes;
las experiencias han sido muy variadas, incluso muchos quizá
‹ 164 Precariedades
desconozcan el esfuerzo que implicó conseguir el docente con el
que tuvieron clase una tarde.
Docente y vecina: Patricia y los gurises del liceo
Patricia tiene cincuenta años, es docente de un liceo de La Teja, barrio
en el que vivió durante toda su vida, excepto en la adolescencia, que
pasó en el exilio de su familia durante la dictadura. En 1985 regresa
al país y vuelve a vivir al barrio. Recuerda la fábrica Bao, una fábrica
de pinturas que cree que ahora es una maderera, el supermercado
que estaba antes del Macromercado, que ahora queda cruzando el
liceo. Asegura que cuando volvió del exilio, con 17 años, el barrio no
había cambiado mucho. Recuerda el liceo donde ahora trabaja: era
una casona antigua, los salones eran de chapa, no había ventilación
y, según ella, era un «sauna gratis». Trabaja allí desde que tiene 18
años y en 2021 cumplió treinta años de trabajo.
Asegura que la docencia es su vocación. Al hablar de los estudian-
tes se refiere a «la gurisada» y asegura que siempre fueron hijos de
obreros y luego, desde los noventa, hijos de vendedores, de clasifica-
dores, provenientes de diversos barrios, como Santa Catalina, Casabó,
Cerro, Cerro Norte, Tres Ombúes, Paso Molino. Patricia cuenta que
de La Teja hay muy pocos alumnos.
La pandemia le ha recordado los años noventa, cuando con otros
docentes armaban una olla de leche con cocoa y los gurises hacían
fila para poder recibir su vasito. Se juntaba dinero entre los profesores
y se compraban hasta bizcochos, que en ese entonces no eran tan
caros como ahora. «Hoy eso sería un lujo», dice.
Actualmente asegura que los gurises van con hambre al liceo. Hace
unos días, una alumna se sintió mal y le dijeron que se fuera a su casa.
Patricia la interceptó para ver si le sucedía algo en particular y la alumna
le dijo que no se quería ir, que se sentía mal porque tenía hambre.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 165
A Patricia esa situación la erizó y asegura que ella vivió eso cuando
tenía veinte años, pero volver a vivirlo ahora con cincuenta es otra
cosa, dice con sus ojos llenos de lágrimas. Pensó en ir al supermer-
cado para comprarle algo, que saldría también de su bolsillo, pero
había una comida de tutoría en el liceo: esa comida es de los gurises
que van la mitad del turno para una tutoría y reciben algo de comer.
«Y, la verdad, estoy segura de que fue lo que esa gurisa comió en todo
el día», dice Patricia.
Cuenta que, luego del año de educación virtual por la emergencia
sanitaria, los estudiantes volvieron con más ganas de socializar y no
tanto de estudiar. Que ese año fue muy duro para muchos que no
solo no tenían a sus compañeros para hablar, sino a sus profesores,
muchos de los cuales son sus adultos referentes, ya que hay padres
que trabajan todo el día afuera: hay muchos hijos de padres que
venden en la calle, en los ómnibus, que alimentan a sus familias en
las ollas populares.
Los de ayer y los de hoy
Cuando se habla con vecinas y vecinos mayores sobre la actualidad,
un tema recurrente es la situación de los jóvenes. De algún modo la
juventud es identificada como un problema que debería requerir
una atención especial.
Para hablar de juventud(es), es necesario generar lazos con las
concepciones de género, con la clase y la posición social de nuestro
universo de investigación. El espacio de la juventud es un espacio
amplio y heterogéneo, y el barrio donde estamos no escapa a eso,
aunque en algunos casos veamos que, desde la perspectiva adulta,
la juventud puede ser algo homogéneo y problemático.
Pero no es lo mismo una transición de la niñez a la adultez con
ciertas estructuras económicas y educativas estables que impliquen
‹ 166 Precariedades
una moratoria social efectiva que cubra entera la adolescencia que
la transición basada en un «capital cultural» de la calle o incluso esa
estructura incorporada que, como se mencionó, Bourgois et al. (2013)
llaman «habitus furibundo» y que muchos varones forjan desde niños.
Tampoco es lo mismo una niña en este tránsito que un niño:
se forjan moralidades de género distintas con base en las distintas
trayectorias sociales que atraviesan, en la moratoria social que tie-
nen. En esos años en los que hay algún nivel de protección contra
las exigencias de la vida adulta, la moralidad tradicional de mujer
cuidadora (adolescentes mujeres que empiezan a desvincularse de
la enseñanza media para dedicarse a cuidar) y hombre proveedor
(esos adolescentes varones que anhelan tener dinero en el bolsillo
y mayores niveles de autonomía) modelan en buena medida, moral
y corporalmente, sus trayectorias hacia la adultez.
En todo caso, las moratorias sociales son diversas y son varias las
etnografías que indagan sobre la asociación entre juventud, aban-
dono escolar, vida en la calle e incluso delitos en los universos de
mayor precariedad (Fraiman y Rossal, 2009, 2011; Castelli, 2019).
Los vecinos y vecinas de mayor edad nos refieren que en su época
tuvieron un pasaje rápido a la adultez, que se dio al final de la niñez
o durante la adolescencia, cuando debieron abandonar la escuela
y empezar a trabajar o alternar los estudios con otras actividades
vinculadas al mundo del trabajo. Esto estaba muy marcado por el
género: las mujeres aprendían temprano que el ámbito doméstico
era su espacio, y así colaboraban con las tareas domésticas, como el
cuidado de hermanos menores, la limpieza del hogar y la preparación
de la comida. Los varones podían ayudar a sus padres o colaborar en
tareas que requerían estar más lejos del hogar, como llevar a pastar
a los caballos, pero también solían ser los primeros en trabajar para
otros a cambio de una remuneración, con lo cual tempranamente
comenzaban a manejar su propio dinero, aun cuando tuvieran que
aportar parte de lo que ganaban al hogar.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 167
Si bien esto se daba tanto en los sectores que provenían de fami-
lias de asentamientos como en las familias del barrio obrero, estas
últimas podían retrasar algunos años ese ingreso al mundo laboral.
Testimonios como el de Mechoso —citado antes— dan cuenta de que
había en el barrio una demanda de mano de obra barata (y joven)
para pequeños comercios y otros rubros vinculados a servicios. Desde
el punto de vista de los hogares, esos trabajos, aun cuando fueran
de baja remuneración, cumplían un doble propósito: proporcionar
ingresos al hogar y preparar a los jóvenes para una vida de trabajo
formal. Así, al ver a sus referentes adultos, pero sobre todo en la propia
experiencia del trabajo, era como se forjaban hombres y mujeres
como trabajadores.56
Para los mayores, son frecuentes las referencias a los jóvenes
como «el hijo de fulana» o «la nieta de fulano»; en las conversaciones
es más fácil identificarlos de ese modo antes que por sus nombres o
apodos, que no necesariamente conocen o recuerdan. A la mayoría
de ellos los vieron crecer y, en muchos casos, vieron un ciclo que se
repite y que comienza con el abandono educativo, el consumo de
sustancias, alternado con algunas experiencias de trabajo precario y
56 Paul Willis (2017) analizó para el caso de la Inglaterra de fines de la década del
setenta la transformación de jóvenes provenientes de familias de clase obrera en
trabajadores. En ese proceso encontró la relación entre el pasaje de los jóvenes
por las instituciones educativas, su relación con sus pares y con las autoridades y
docentes, así como su temprana incorporación al mercado de trabajo y su relación
con los trabajadores mayores, todos elementos centrales en la formación de su
subjetividad de clase trabajadora. A diferencia del caso que aquí nos ocupa, en
la Inglaterra de los setenta, los jóvenes de esas familias tenían como destino casi
inexorable trabajar en algunas de las fábricas en las que también habían trabajado
o aún lo hacían sus referentes adultos; en tanto, en el barrio en el que estamos
las posibilidades de encontrar trabajo formal son inciertas.
‹ 168 Precariedades
eventualmente en la incursión en la venta de drogas, o en la perpe-
tración de hurtos, arrebatos e incluso rapiñas y el encarcelamiento.
Así se refería Sonia, una vecina veterana, a un joven que vio crecer
en el barrio y que hoy «anda robando para la pasta»:
Lo conozco desde que nació, y ahora lo ves flaquito, consumido
por la pasta base, te da lástima… No sabés, era un niño tan lindo…,
pero a mí me trata con mucho respeto, me saluda, incluso si me
ve de noche, me acompaña para que no me pase nada.
Sonia pone la responsabilidad en los padres que no condujeron
a sus hijos por el buen camino: «A mí que me disculpen, pero ahí los
que fallaron son los padres; yo a mis hijos los eduqué y salieron bien».
Como sostiene Norma Fuller (2018), «el orden de los géneros se
encarna en el cuerpo a través de la fuerza, porque la autoridad y el
dominio emanarían de los cuerpos fuertes» (p. 31). Si los cuerpos y la
vestimenta son «el indicador más preciso y común de la posición de
los sujetos en la escala social», algo así como «vitrinas del prestigio
y del valor social» (p. 34), los cuerpos flacos, desarreglados, dete-
riorados por el consumo de PBC son testimonio de vidas precarias.
Jóvenes y adultos que viven en el barrio son fácilmente identificables
porque se los ve entrando a bocas, consumiendo, yendo de un lado
a otro procurando hacer dinero para pagar una dosis. Luego esto se
hace identificable en el cuerpo, más allá de lo que el sujeto haga.
A veces, las deudas, los conflictos por drogas, la búsqueda de un
mejor lugar para consumir o incluso para dejar de hacerlo hacen
que se vayan del barrio. Como observan Fraiman y Rossal (2011),
«la “fisura” marginaliza, los fisurados queman los espacios» (p. 77).
Muchos de estos jóvenes dejan de ser visibles solo para el barrio
y pasan a ser visibles en otros barrios cuando se desplazan a zonas
céntricas para vivir en la calle o pernoctar en un refugio. Así, se da un
desplazamiento de ser el hijo de fulana o de fulano a ser un «persona
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 169
en situación de calle», a volverse un «ocupante del espacio públi-
co», a ocasionar «problemas de convivencia», a ser o no —según
la valoración externa— capaz de decidir por sí mismo en qué lugar
quiere estar. Desde esta perspectiva, la «producción» de personas
en situación de calle es también una forma de invisibilización de
todo un trasfondo de pobreza y desempleo estructurales que están
particularmente instalados en algunos barrios, de los que habitar la
calle y consumir PBC son lo visible y sobre lo que se actúa (o se dice
que se debería actuar).
Cada tanto, estos jóvenes vuelven al barrio, achican por un tiempo,
vuelven a sus casas o vuelven a restablecer sus redes. Pero el barrio
cambia rápido sin cambiar mucho, y no suelen encontrar ahí algo
que les permita cambiar su vida, entonces vuelven a la calle con la
experiencia adquirida de haber estado allí.
Por su parte, Celeste, otra vecina del barrio, se refiere a un joven
que «ya de niño te dabas cuenta de que no iba a terminar bien»; y
así fue, ahora está en prisión por cometer varias rapiñas. Pero, en
este caso, «¿los padres qué iban a hacer? No podían con él». Y la
cárcel «tampoco es solución; cuando vuelven están en la misma o
están peor».
En las tardes del comité del Frente Amplio muchas veces se inter-
cambia sobre la situación del barrio. A veces el disparador es algún
acontecimiento cercano en el tiempo, otras veces alguien trae un
tema. Quienes participan de las reuniones son principalmente mu-
jeres y el promedio de edad es de unos sesenta años, la gran mayoría
nacieron en el barrio o llegaron a una edad temprana con sus padres.
Se trata de un barrio que han visto deteriorarse y ponen la respon-
sabilidad sobre todo en la falta de trabajo y de oportunidades para los
jóvenes; y en la droga, la droga como un problema en sí mismo y como
un problema que agrava todo lo demás, ya que provoca la ruptura
familiar, es un obstáculo para estudiar y trabajar, al tiempo que propicia
«malos vínculos» y la comisión de delitos para seguir consumiendo.
‹ 170 Precariedades
Suelen ser los mayores quienes están preocupados por los temas
barriales y por los asuntos políticos, o al menos quienes los expresan
en intercambios de forma pública.
Un sábado, al salir del comité, ya era de noche, gran parte de la
tarde soleada la pasamos ahí adentro, compenetrados en una
discusión que transcurrió entre el informe del último congreso
y los problemas actuales del barrio. A media cuadra, dos jóvenes
consumidores de PBC revisan un contenedor de residuos.
En la reunión, Ricardo había dicho que había que trabajar para
cambiar las cosas, aunque era algo difícil y que llevaría mucho
tiempo, y que por su edad —más de setenta años— él no iba a
llegar a ver los resultados.
Mientras los veteranos del comité se iban a sus respectivas ca-
sas pensando en que se volverían a ver al día siguiente en una
actividad en la plaza Tres Ombúes, en el barrio se empezaban a
ver las siluetas de jóvenes que iban y venían. La preocupación
de Ricardo por el futuro contrasta con la preocupación de los
jóvenes del contenedor, más compenetrados en la inmediatez
de conseguir algún objeto para vender que les permita seguir
consumiendo (Registro de campo de Gonzalo).
La militancia política es una herramienta que obliga a pen-
sar el futuro, lleva a planificar, a poner el deseo en el colectivo,
es un remedio contra ese aspecto de la precariedad que es vivir
permanentemente sin futuro. Pensar el futuro desprecariza, pero
no se trata de pensar meramente, sino del vínculo inevitable con
prácticas cotidianas, puesto que concebir futuros es una práctica
del pensamiento, pero con la necesidad extrema (el hambre, la
adicción, las deudas, las amenazas) el futuro es siempre inmediato
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 171
y el pensamiento se ocupa en la táctica (Aguiar, Montealegre, Pérez
y Rossal, 2021).
Transitando por las ollas populares
Tanto La Teja como Tres Ombúes —aunque más el primero que el se-
gundo— son barrios donde hay una importante presencia de distintos
espacios de participación: organizaciones sociales, clubes barriales,
comisiones, sindicatos, etc. Todos ellos tuvieron su momento de auge
y en los últimos años tal vez algunos de ellos hayan decaído, aunque
no fue así en todos los casos. De todos modos, durante la pandemia
del covid-19, esas organizaciones y espacios de participación tuvieron
un rol protagónico en estructurar rápidamente una red de solidari-
dad barrial para brindar ayuda a las personas que estaban en una
situación más comprometida. Eso demuestra, como también pasó
en otros barrios, que cuando el Estado no está, o cuando lo que hace
es insuficiente, hay vecinos y vecinas que están dispuestos a destinar
tiempo y esfuerzo en construir espacios colectivos que aborden las
problemáticas más urgentes de la comunidad.
Los sábados de tarde se brinda una merienda en el Centro Cívico
de Tres Ombúes. Llegué poco después de las 16, que es la hora
en que se comienza. La plaza estaba concurrida, había varones
jugando al fútbol, mientras otras personas estaban sentadas
conversando, aprovechando que la tarde de abril estaba muy
agradable. También vi que la gente iba llegando al Centro Cívico
a levantar su merienda, no había una cola, pero llegaban todo el
tiempo cargando recipientes para llevarse la cocoa.
Me senté sobre un costado de la plaza para observar y enseguida
llegaron dos varones, uno de cerca de cuarenta años y otro de
‹ 172 Precariedades
veintipocos. Los dos venían con una botella con leche y bolsas
con cosas para comer, recién habían levantado sus meriendas.
El mayor (Germán) le preguntó al otro (Darío) si quería sentarse
ahí, a la sombra, o ir al sol. Darío dudó, pero al final se quedaron
ahí y me saludaron cuando se sentaron.
Mientras comieron intenté mirar hacia otro lado y concentrarme
en mi celular para no incomodarlos. Estábamos a metro y medio
de distancia. En un momento llegó un perro con una botella de
plástico en la boca, aparentemente estaba buscando a alguien
que le tirara la botella para luego ir a buscarla. Ellos sonrieron
con la llegada del perro y empezaron a interactuar con él y lo
acariciaron. Darío intentó sacarle la botella, pero el perro rezongó,
entonces Germán le dijo que tuviera cuidado, y enseguida me
preguntó si sabía de qué raza era el perro, porque no se acordaba.
Le dije «labrador». Luego me dijo que me conocía de algún lado,
que creía que ya me había visto por ahí. Le dije que vivía hacia el
lado de La Teja-Tres Ombúes, pero que a veces andaba por ahí.
No supimos qué quería el perro, pero nos dio pie para empezar
la conversación.
Me dijo que hacía 35 años que vivía en el barrio. Luego nos pusi-
mos a conversar sobre la plaza y el Centro Cívico; él no recordaba
cuánto hacía que estaba, me dijo que capaz estaba ahí desde los
noventa, pero le dije que el Centro Cívico había sido inaugurado
en 2013. Se sorprendió de que hiciera «tan poco», pero después
me dijo que sí. Darío también comentó que de niño se trepaba a
uno de los ombúes de la plaza, que daban buena sombra y a los
que era fácil trepar.
Luego nos pusimos a hablar de las ollas. Ellos van a la olla que
está frente al Centro Cívico que funciona un par de días a la
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 173
semana. También van a otras ollas de la zona, hay una en el
[Estadio Parque] Salus, pero les queda un poco lejos. Estuvieron
yendo a la de Liverpool, aunque les queda lejos, pero la calidad
de la comida bajó notoriamente: al final era solo polenta con
un poquito de tuco, entonces dejaron de ir. Además, en la cola a
veces hay problemas porque van muchas personas que viven en
la calle o que son consumidoras de pasta base. También fueron
a otras ollas que ya cerraron.
Germán estaba preocupado por la situación de la gente que vende
en la calle, que no puede laburar por la pandemia. Me dijo que le
preocupaba la gente en las ferias. Le pregunté si trabajaba y me
dijo que no, que hacía mucho que estaba sin trabajo. Su madre y
su tío murieron hace unos años y a él le vino una depresión que le
llevó mucho tiempo superar. Lo que lo ha salvado es que vive en
un apartamento en las viviendas de Luis Batlle Berres, pero sabe
que en un tiempo lo van a desalojar. De momento subalquila una
habitación a un hombre «que tiene una pensión a la vejez, o algo
así, debe ganar como 15 mil pesos». Luego me dijo: «Sabés cómo
me vendría esa plata a mí…». Su único ingreso son los tres mil
pesos que le paga el hombre por la habitación; pero lo que pasó
fue que el hombre le pagó 1.500 al comenzar el mes y le dijo que
le iba a dar los otros 1.500 al terminar el mes. Germán me dijo
que, en ese momento, «me bloqueé, estuve lento, porque además
precisaba la plata, así que le agarré, pero después le voy a decir
que no me sirve, porque si no, me está pagando 1.500 por mes».
Me dijo que está «colgado» de la luz porque tiene una deuda muy
grande con la UTE, así que no le van a restablecer el servicio: «No
sé cómo voy a pagar eso». Dice que la pandemia «de última» le
vino bien porque se retrasó lo de su vivienda, ya le han llegado
avisos por la deuda que tiene y que quieren que se presente en
‹ 174 Precariedades
un lugar para eso. Pero es evidente que no va a poder pagar, así
que en algún momento probablemente lo desalojen.
Le pregunté en qué había trabajado antes, pero me dijo que hacía
mucho que no trabajaba y que la última vez había sido en una
imprenta, pero no pareció interesado en hablar sobre eso.
Le pregunté si tenía algún otro ingreso y me dijo que solo recibía
la canasta del MIDES. Él no tiene celular, pero en el Centro Cívico
se la tramitaron (Registro de campo de Gonzalo).
La historia de Germán y Darío es la de muchos hombres y muje-
res que transitan por distintas ollas y meriendas para garantizar su
alimentación diaria. A veces caminan 25 o 30 cuadras para obtener
su plato. Con otras personas que también concurren a las ollas se
conocen y se pasan la información sobre cuál está mejor, o a cuál
conviene ir más temprano porque está yendo mucha gente. En su
caso, van a procurar la cena para cada uno, pero hemos visto personas
cargando viandas para toda una familia. En muchos casos son las
mujeres, incluso los niños, quienes van a retirar la comida.
En Germán identificamos a una persona que atraviesa problemas
de salud mental; tal vez no haya superado la depresión que dice que
tuvo cuando falleció su tía. Por su forma de expresarse y por algu-
nas palabras que utiliza, nos damos cuenta de que tiene un capital
cultural mayor que el de otras personas con las que hemos hablado
en el barrio. Pero, a pesar de eso, las posibilidades de reinsertarse
en el mercado laboral son cada vez menores a medida que pasa el
tiempo. Sus ingresos son mínimos y es casi seguro que en un futuro
más o menos próximo lo desalojen del lugar donde vive.
La deuda que arrastra lo lleva a resignarse en su condición de
«hombre endeudado» (Lazzarato, 2013). Esa deuda, que es prin-
cipalmente con el Estado —con la UTE, con la OSE, con el BPS—, es
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 175
una deuda económica y también moral.57 Su imposibilidad, no ya
de mejorar, sino de sostener lo que ha heredado, que en definitiva
es sostener lo que su familia ha conseguido, lo deja en una situación
difícil ante sí mismo y ante la memoria de sus seres queridos; más
difícil aún por su dificultad de cumplir con el mandato de hacerse
«emprendedor» (más allá de lo formal, lo legal o lo ilegal del empren-
dimiento), incluso diríamos de «activarse», usando una expresión
corriente en ciertas políticas de combate a la pobreza. Mientras
tanto, se sostiene en la solidaridad barrial y la ayuda que recibe del
Estado. En un momento comentó que estaba contento porque en
esos días habían dado la noticia de que el MIDES iba a dar apoyo a las
ollas populares. Eso podía significar que mejorara la comida, que no
tuvieran que caminar tanto para conseguir un buen plato o que se
postergara el momento en que el regreso a la «normalidad» hiciera
que se cerraran las ollas.
Memoria y solidaridad
Cada 20 de mayo, la organización Madres y Familiares de Uruguayos
Detenidos Desaparecidos durante la última dictadura civil-militar
en el país convoca a una movilización llamada Marcha del Silencio.
57 «“Uno debe pagar sus deudas.” La razón por la que [esa frase] es tan poderosa es
que no se trata de una declaración económica: es una declaración moral. Al fin y al
cabo, ¿no trata la moral, esencialmente, de pagar las propias deudas? Dar a la gente
lo que le toca. Aceptar las propias responsabilidades. Cumplir con las obligaciones
con respecto a los demás como esperaríamos que los demás las cumplieran hacia
nosotros. ¿Qué mejor ejemplo de eludir las propias responsabilidades que renegar
de una promesa, o rehusar pagar una deuda?» (Graeber, 2014, pp. 10-11).
‹ 176 Precariedades
En mayo de 1996 fue la convocatoria pública de Madres y Familiares
de Uruguayos Detenidos Desaparecidos y otras organizaciones a
la Primera Marcha del Silencio: «Por verdad, memoria y nunca
más marchamos en silencio el día 20 de mayo en homenaje a las
víctimas de la dictadura militar y en repudio a las violaciones de
los derechos humanos. Nos concentraremos a las 19 horas en
la plaza a Los Desaparecidos en América, en Jackson y Avenida
Rivera, para desde allí partir hacia la plaza Libertad con flores y
el pabellón nacional. El homenaje a las víctimas no puede ser
otro que el reconocimiento a través de la verdad de los hechos,
la recuperación de la memoria y la exigencia de que en Uruguay
nunca más existan la tortura, las ejecuciones y la desaparición
forzada de personas…». Desde entonces, cada 20 de mayo, miles
de personas comparten la Marcha del Silencio en Montevideo y
también en ciudades del interior.58
En 2020, debido a las restricciones en las aglomeraciones para
impedir la circulación masiva del covid-19, la convocatoria fue a
realizar por primera vez una marcha virtual donde cada persona
que quisiera asistir publicara en sus redes alguna consigna, imagen,
video o proclama alusiva. También se incentivaban intervenciones
alusivas en las casas y las plazas como forma de expresar el apoyo
en forma pública.
En 2021, con una pandemia que ya venía de alguna forma norma-
lizándose en los espacios públicos, la convocatoria fue a continuar
con la vía virtual, pero integrar actividades descentralizadas y que
cada barrio tuviera una actividad en la fecha.
En Tres Ombúes, la convocatoria fue en el Centro Cívico.
58 Recuperado de [Link]
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 177
Vamos con Gonzalo hasta la plaza Tres Ombúes por el 20 de
Mayo. Cuando llegamos, vemos una pared pintada de colores
donde hay dibujada una olla y dice «Olla popular Tres Ombúes».
Hay algunas señoras sentadas a la derecha tomando algo y veo
cómo algún hombre sale con una botella de dos litros de lo que
fue un agua nativa, con leche con cocoa dentro. En la mesa hay
pastafrola de dulce de membrillo, un cartel del 20 de Mayo y
muchos para firmar en apoyo al referéndum para anular los 135
artículos de la Ley de Urgente Consideración (LUC).59 La mesa
está cubierta por un gazebo azul que la colorea del mismo color.
Enfrente, en la plaza, muchas margaritas sin un pétalo, tal como
la imagen representativa de Madres y Familiares de Uruguayos
Detenidos Desaparecidos.
Donde están las señoras, un grafiti debajo, en un muro blanco,
dice «Memoria, Verdad y Justicia» y al costado un nailon grande
cuelga de una cuerda sosteniendo fotos de detenidos desapare-
cidos (Registro de campo de María Noel).
59 La LUC fue aprobada en marzo de 2020 como la primera ley del gobierno de coali-
ción recién asumido, liderado por Luis Lacalle Pou. A dos años de esta iniciativa,
el 27 de marzo de 2022 se celebró el referéndum para derogar 135 artículos de
dicha ley luego de que se juntaran casi ochocientas mil firmas para lograr que se
llegara a esa instancia electoral. Varias organizaciones sociales y la fuerza política
opositora del Frente Amplio llevaron adelante esta campaña. Madres y Familiares
de Uruguayos Detenidos Desaparecidos se sumaron también en contra de esta ley
y apoyaron la juntada de firmas para llegar al referéndum. El 20 de mayo que aquí
se relata se dio en ese contexto de juntada de firmas. Finalmente, la ley resultó
ratificada en el referéndum.
‹ 178 Precariedades
Fotos 25 y 26. El 20 de Mayo frente a la plaza Tres Ombúes
Fuente: Foto del equipo investigador.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 179
Estamos en la casa de Sandro, hijo de Adalberto Soba, de quien
hay un monumento sobre la calle Carlos María Ramírez en La Teja.
Sandro y su familia tuvieron que irse a Buenos Aires en 1972, y
en 1976, cuando comenzó la dictadura en Argentina, detuvieron a
su padre y lo llevaron al centro de detención y tortura Orletti. Sandro
tenía ocho años cuando pasó esto y dice que no se acuerda de caras,
pero que tiene imágenes de lo más jodido.
La casa en la que vive era de su madre. Antes de comprarla, nos
cuenta que ahí asesinaron a dos compañeros,60 cuyas fotos se pueden
ver pegadas en algunas columnas y Sandro se encarga de pasarnos
un par de ellas: un hombre y una mujer.61 La mujer es la fotocopia
que me toca en la repartida de Sandro y veo que tiene 23 años y se
llama María Luisa. Sandro dice que ahí militares los fusilaron a ambos
y que lo increíble fue que uno de ellos, el jefe de ese operativo, se
quedó un tiempo en la casa hasta que uno de sus hijos se suicidó.
Luego de esto, el hombre vendió y se fue.
Sandro quiere que esta historia se sepa, que sea algo que el barrio
tome como propio. Dice que esto aún no ha sucedido, que no se
conoce la historia de los dos compañeros asesinados allí. También, y
lo recalca, dice que los gobiernos no han hecho nada por la memoria
en el barrio.
La olla está los lunes y los jueves. Nos cuenta de las ollas que hay
en la vuelta: la merienda de los sábados en el Centro Cívico, la de
la murga Diablos Verdes en La Teja, que es los sábados, la de una
señora en Ameghino y Vaillant que da una merienda y que es una
señora sola que arrancó a hacer la olla por su cuenta.
60 Véase en [Link] y [Link]
smlg-uymo-69.
61 Para más información véase [Link]
-maria-luisa.
‹ 180 Precariedades
Foto 27. Un cartel que anuncia la olla popular
en la entrada de la casa de una vecina
Fuente: Foto del equipo investigador.
Al bajar hacia Cantera del Zorro, encontramos el cartel que
anuncia una olla popular en una esquina. El local funciona como
almacén y depósito, también hay maquinitas tragamonedas. Un
señor está afuera sentado y nos saluda. Una señora sale y nos
ponemos a hablar con ella. Susana nos cuenta que esta olla co-
menzó a funcionar hace poco con su propio dinero. Cuenta que
al principio eran cerca de treinta personas las que asistían, pero
que la última vez que dio fueron trescientas, en su mayoría niños.
Cuenta que le sorprende mucho la pobreza que hay, que ella, sin
tener mucho, tiene para un plato de comida, pero no imagina
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 181
cómo llegan a esa comida los demás. Nos invita a pasar a su casa.
Hacia la izquierda está el almacén y nos muestra una olla gigante
donde hace la comida. La olla funciona lunes, miércoles y viernes
y hace meriendas también, con un vaso de leche y un pan. Dice
que lo que más le falta es leche y que vienen niños a pedirle con
frecuencia que haga comida (Registro de campo de María Noel).
En momentos de crisis económica como los que acarrea la pan-
demia por el covid, las ollas han proliferado en los barrios populares,
cubriendo la necesidad alimentaria de miles de personas que se
quedaron sin formas suficientes de proveerse alimentos. Las ollas
tienen su heterogeneidad y varían en recursos, personas que las ges-
tionan y ayudas económicas, pero han sido organizadas por vecinos
y colectivos sociales donde el Estado no estuvo lo suficientemente
presente.62 Para el caso de la merienda en el Centro Cívico Tres
Ombúes, la llevan adelante, sobre todo, vecinas del barrio y personas
que trabajan o trabajaron en alguna institución local. Reciben la
colaboración del municipio y cocinan allí desde días antes para
recibir cada sábado a más de trescientas personas, representantes
de familias enteras.
62 La presencia del Estado se ve en toda su ambigüedad con las ollas populares.
Las ollas muestran desde la sociedad civil un déficit del Estado, pero el propio
Estado, en distintos niveles de gobierno, con distintos partidos políticos al man-
do, colabora para que las ollas puedan desarrollarse. Esta relación de crítica y
colaboración entre Estado y sociedad civil se produce en distintos niveles y con
diferentes asuntos. Por otra parte, un gobierno de lo social donde la comunidad
y los individuos se ocupen de sí mismos es un postulado central de la llamada
gubernamentalidad del liberalismo avanzado (Rose, 2007), así como la participa-
ción y la autogestión son postulados tradicionales de buena parte de la izquierda
política.
‹ 182 Precariedades
En la cancha frente al Centro Cívico, donde están repartiendo la
merienda solidaria, niños juegan al fútbol en distintas canchas.
Más acá, algunas mujeres buscan su merienda, la de sus hijos y
la de sus casas. Al rato, algunos hombres. Otras personas llegan
con bolsas y botellas de dos litros de refresco o agua que se van
cargando con leche y cocoa. Dos mujeres más esperan la fila de
la merienda de cocoa y bizcochos, y de bolas de fraile que están
cocinando otras dos mujeres que se mantienen hacendosas detrás
de la mesa improvisada (Registro de campo de María Noel).
Sin embargo, la demanda aumenta y la pobreza cada vez se hace
más presente en la cantidad de gente que va a pedir su alimento a las
ollas, así como en el trabajo, de mujeres, en su amplia mayoría, que
llevan adelante la tarea de gestionar y cocinar en grandes cantidades.
En la plaza también nos encontramos con Patricia, una guar-
daparques que nos cuenta que han agregado un día más de
merienda solidaria. Además de los sábados, sumaron los días
miércoles.
Patricia es parte de una cooperativa que lleva adelante los cuida-
dos de varias zonas verdes de Montevideo. Ella, además, colabora
en el armado de las ollas populares. Los sábados termina su turno
a las 14 horas, pero se queda a colaborar con la cocina de la me-
rienda, que comienza a las 16 y que está llegando a dar más de
trescientas meriendas, una por familia. Nos cuenta que el sábado
pasado hizo cien tortas fritas porque se quedaron sin pan. Reciben
donaciones del municipio sobre todo y otras donaciones que se
reparten con otras ollas del barrio, porque es muchísimo lo que ha
crecido esa demanda. Cuenta que han pedido las cédulas de cada
integrante de la familia que pide comida, ya que ha ocurrido que
se han llevado varias porciones, más de las personas que hay para
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 183
comer. Pero asegura que no lo hacen de manera estricta porque
eso no estaría bien, sino más bien para saber a cuántas personas
está cubriendo esa merienda (Registro de campo de María Noel).
Como planteamos en Curbelo, Gutiérrez Nicola y Rossal (2022),
las ollas populares son una estrategia de protección para las
personas que viven en el mercado informal, que son las más
afectadas por las medidas tomadas durante la pandemia. Ofrecen
una alternativa al dilema de cómo garantizar la alimentación ante
la imposibilidad de trabajar y obtener un ingreso.
Para los sectores populares que viven del mercado informal, que-
darse en casa no es una alternativa, pero la movilidad en gran
medida se ve reducida y ahí es cuando la solidaridad del barrio
cobra relevancia. No se sale a «buscar el peso» afuera, sino que
el peso, cada vez más escaso, circula en forma muy restringida
entre los más pobres (p. 58).
‹ 184 Precariedades
VII. Conclusiones
La precariedad como signo de nuestros tiempos
En nuestro trabajo, precariedad no solo refiere a la falta de forma-
lización en la organización laboral: nuestros interlocutores, por lo
general, no pueden asociarse a un sindicato ni luchar por mejores
condiciones laborales, como entienden algunos teóricos de la pre-
cariedad y el proletariado (Casas-Cortés, 2021). De todas formas,
en la precariedad surgen otras asociaciones, como una olla popular
o producir un colectivo, como Ni Todo Está Perdido (NITEP),63 de
personas en situación de calle (Aguiar et al., 2021). La solidaridad
produce sujetos de intercambios que van más allá del mero utilita-
rismo y junto con las cosas que se comen o a las cosas que abrigan
circulan afectos y sentido social.
Pero la precariedad se vuelve extrema cuando las personas quedan
«caminando solas» (Rossal y Suárez, 2014) no únicamente a merced
de riesgos y daños, sino también con la «identidad deteriorada», el
estigma, para Erving Goffman (2006), y los lazos sociales desgarrados.
Algunos de nuestros interlocutores viven en la precariedad que
les produjo, entre otras cosas, una formalización del mercado la-
boral y unas políticas sociales de las que quedaron fuera. Hay una
precariedad masculina que se ve en la calle, en las cárceles y en el
mercado informal. Hombres que trabajan con sus músculos, a los que
se puede ver aún estibando cajones en las ferias, arrastrando carritos
con variados objetos recolectados en las calles o como esmirriados
bolseros que van a la boca. Mientras trabajan en las ferias, están bien
63 El colectivo NITEP nuclea a personas en situación de calle y se formó en 2018.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 185
alimentados, cuando arrastran objetos por la calle, suele sumarse el
efecto del mal dormir, de la pasta base, de la soledad. Otros hombres
precarios suelen poner un kiosco, vender cosas en sus casas o poner
un paño en una feria para vender cualquier objeto obtenido de formas
diversas. Hablamos de hombres que son hijos y nietos de la nueva
clase obrera surgida en los cuarenta o de la vieja o nueva pobreza,
esa que nunca terminó el liceo y que tampoco cuenta con el capital
para comprarse un auto y hacerlo Uber, y a veces ni siquiera una moto
para ser repartidor. Esos hombres están en el umbral más extremo
de la precariedad, en la posibilidad cierta de quedarse sin casa, sin
la libertad ambulatoria u obligados a andar y andar para obtener el
sustento día a día.
El muchacho veinteañero tensa sus músculos bajo un pesado
pedazo de columna. Camina sonriente atrás de la carcasa de la
vieja fábrica. Otros tres jóvenes le festejan su fuerza. No sé qué
valor económico tendrá ese objeto, pero lo lúdico parece ser lo
central en ese momento: se juega y se gana el sustento con el cuer-
po, pero de la fábrica solo queda una carcasa y están la esquina,
la boca, las infinitas deudas y unas ganas de vida que no pueden
parar ni esperar. Las cosas se trasmutan en la chatarrería, esos
pequeños emporios del reciclaje al que acuden los más precarios.
Y los objetos tornados dinero se van en bocas que comen las
sobras y no se quejan y en bocas que saben cobrar sus deudas
a los cuerpos más castigados (Registro de campo de Marcelo).
Hemos visto que no hay un tipo ideal de trabajador o trabajadora.
La persona que vive en la precariedad encarna una multiplicidad
de aspectos que van más allá de las condiciones de trabajo formal.
El número de trabajadores informales parece mayoritario en el
barrio, hay toda clase de emprendimientos pasajeros y changas di-
versas por doquier, por ello, consideramos la precariedad como una
‹ 186 Precariedades
de las expresiones más claras de la sociedad contemporánea. En tal
sentido, no es que caigamos en la precariedad, la amplia mayoría de
los ciudadanos vivimos en ella, en sus distintos niveles y nos relacio-
namos en formas cada vez más precarias. Esa otra expresión de la
sociedad contemporánea que es el individuo resulta una expresión
extrema de la precariedad, aunque sea, la mayor parte de las veces,
una imagen. Pero la precariedad de nuestros interlocutores más
pobres no suele ser individual más que cuando el sujeto ha perdido
sus lazos, cuando ha quedado caminando solo.64
La precariedad en las clases populares activa una multiplicidad
de acciones: desde gente que tiene el impulso de migrar en busca de
experiencias laborales favorables hasta otros que están en permanen-
te movimiento, pero sin salir de los confines de su zona, como Pablo
o Karina, que abordan su vida cotidiana en el barrio y obtienen su
sustento con sus allegados y vecinos. Es que no hay otra opción que
proveerse. Para los hombres, es una cuestión moral, para las mujeres,
también, aunque a ellas se les sume el cuidado. En los varones, con
proveer alcanza, pero muchos de los más precarios no alcanzan a
proveerse a sí mismos, algo moralmente inadmisible que extrema
prácticas de riesgo.
La precariedad también permite un espacio de «oportunidades
fluidas» en la experiencia cotidiana de muchas de estas personas,
cuyos medios de vida se mantienen en una constante incertidumbre
(Casas-Cortés, 2021).
El sujeto popular convive con otro, dentro de sí mismo: una suerte
de individuo utilitario, neoliberal. A este sujeto le puede resultar
más fácil asumir nuevos arreglos de familias y parejas, nuevas fugas
y alianzas, obtener el dinero de una forma u otra. En este punto,
64 En una forma extrema, el suicidio es muchas veces el punto final de estas versiones
extremas de precariedad, como muestra Víctor Hugo González (2014).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 187
quienes escribimos el grueso de estas palabras también tenemos
encarnada esa multiplicidad: actuamos impelidos por formularios
y plazos, recibimos fondos a término y carecemos por completo de
capacidad de ahorro, tener una vivienda propia está muy lejano a
nuestros salarios, mucho más lejos de lo que estaba a aquellos obreros
que construyeron sus casas en Tres Ombúes o La Teja. Y si no tenemos
resuelta la vivienda, el alquiler se llevará una porción sustantiva de
unos ingresos que varían en función de proyectos inciertos, que
podremos ganar en fondos concursables, o no. Buena parte de estas
páginas se han escrito de manera precaria y de prisa: algunas llevan
un año y medio de trabajo y otras se escribieron al ritmo de nuestros
corazones, que se aceleran al leer los materiales del trabajo de campo,
al sacar fotos en el barrio o al leer las noticias dolorosas que confirman
hallazgos e interpretaciones de esta investigación.
Como dijimos, la precariedad es signo de nuestros tiempos;
nuestros interlocutores están signados por la precariedad. No tener
vivienda propia ni ingresos regulares definibles a futuro permite
apreciar un primer umbral. Luego, los umbrales de precariedad se
extreman a medida que no hay un capital educativo significativo ni
acceso al mercado laboral formal, a medida que hay enfermedades
o consumos problemáticos y participación en el mercado ilegal. Lo
que provee económicamente también puede ser un factor de pre-
carización. Según Guy Standing (2013), asistimos al advenimiento
del precariado en tanto una nueva clase sufre pérdida de derechos
con relación al proletariado urbano, a pesar de que, en general, tiene
mayor capital educativo que el proletariado del siglo XX.
Es necesario aclarar que en este trabajo no se parte de una
concepción nostalgiosa de la vida social, más allá de los recuerdos
dulcificados de nuestros interlocutores veteranos del barrio, que
contrastan con un presente cargado de violencias y consumos que
son una amarga novedad para ellos. Añorar la bocina de la fábrica
supone olvidar los versos de José Carbajal en «Grillo cebollero»: «A
‹ 188 Precariedades
buscar jornales/ salen mis viejitos/ Se termina el hombre/ cuando
suena el pito».
Una perspectiva nostalgiosa, además, llevaría a olvidar que ge-
neraciones de niños quedaron marcados por la contaminación de
ese tiempo industrial (Renfrew, 2011). En nuestro presente tenemos
más derechos que antes, la desigualdad y la violencia de género son
parte de la agenda pública y nuevos intolerables incluyen el abuso
contra niños, niñas y adolescentes, así como el trabajo infantil. Por
otra parte, el mercado laboral formal nunca fue tan grande como
en los años que pasaron, más allá de la pérdida de tantos trabajos
industriales en las últimas décadas del siglo XX. Es cierto que la pre-
cariedad marca nuestro tiempo, que son muy pocas las personas que,
fuera de una parte de los empleos públicos, puede imaginar su vida
en la seguridad de un futuro predecible, con una carrera pautada
por escalones esperables. También es cierto que hay precariedades
más totales, que abarcan todos los planos de la vida del sujeto, es-
pecialmente cuando el sujeto vive al día la experiencia del desgarro
de sus relaciones personales: cuando hombres y mujeres quedan
desacreditados ante sus colectivos.
Para las mujeres, la precariedad tiene tensiones diversas que las
atan a quienes deben cuidar. Vanesa o Karina no tienen la opción
de huir, deben obtener los recursos para proveerse y cuidar a sus
familias, y en general lo logran. Es cierto que las políticas sociales
se han enfocado en ellas, puesto que son, por amplia mayoría, las
encargadas de la infancia y la familia. Las mujeres que cometen
delitos violentos quedan viviendo en la calle, desarrollan usos de
drogas incapacitantes o se suicidan son muchísimas menos que los
varones (la relación está en el entorno de nueve a uno en todos estos
casos). Pero empezamos a observar que muchas mujeres tienen una
participación creciente en la formalización y el encarcelamiento por
comercio de drogas.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 189
El mercado de drogas ilícitas ha traído posibilidades de provisión
a muchas familias, pero, debido al hipermenudeo de las bocas de
venta de drogas, viven en una precariedad constante, a merced de la
Policía, de robos y otras agresiones. Y también la sufren sus clientes,
los deudores más precarios, que solo cuentan con sus cuerpos como
garantía.
En estos contextos de precariedad, las moralidades (valores) más
tradicionales resisten en unos planos (la masculinidad violenta, útil
para ciertos trabajos) y sufren cambios en otros (especialmente en el
plano del género y las disidencias sexuales), y las éticas locales (los
códigos) se alteran y rompen en función de utilitarismos evanescen-
tes. Es claro que el contexto que incluía la posibilidad de desarrollar
un trabajo corporal desde la adolescencia llevaba a muchos varones
a creer sin ambages en la moralidad del trabajo y a rechazar con
claridad la el delito como forma de ganarse la vida. En tiempos en que
los adolescentes no tienen esas oportunidades de obtener provisión
económica en forma legal, las ambigüedades con relación a hacer
el dinero mediante delitos van haciéndose cada vez más presentes.
Las moralidades cambian, inevitablemente, en vínculo con las es-
tructuras socioeconómicas.
La persona o los grupos de personas del delito precario y el indi-
viduo solo que hurga en el contenedor son tal vez los más precarios
entre los precarios. Proveerse de esas formas, sea en abundancia o
en la más extrema escasez, lleva a una inseguridad permanente que
dificulta alzar la mirada, pensar futuros y desarrollar colectivos que
trasciendan el reino de la necesidad.
‹ 190 Precariedades
VIII. Referencias bibliográficas
Abella López, F. (2019). Adiós a las chimeneas. Memorias obreras, sociales y colectivas
bajo los efectos de la desindustrialización en Juan Lacaze (Tesis de maestría
inédita, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad
de la República, Montevideo).
Aguiar, S., Montealegre, N., Pérez, L., y Rossal, M. (2021). Violencias institucionales,
estrategias individuales y respuestas colectivas de personas en situación de
calle en Montevideo. Ichan Tecolotl, 32(349). Recuperado de [Link]
[Link]/16621-2/.
Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la
alegría. Buenos Aires: Caja Negra.
Albano, G., Castelli, L., Martínez, E., y Rossal, M. (2015). Legal, ilegal, legítimo.
Usuarios de pasta base de cocaína en Montevideo. Gazeta de Antropología,
31(1). Recuperado de [Link]
uploads/GA-31-1-08-GiancarloAlbano_-[Link]
Anichini, J. J. (1969). El sector industrial. Montevideo: Nuestra Tierra.
Anónimo. (1969). Se vive como se puede. Montevideo: Alfa.
Appadurai, A. (1986). La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías.
Ciudad de México: Grijalbo.
Arguiñarena, A., Castelli, L., Gutiérrez Nicola, G., Rossal, M., y Zino, C. (2019a).
Estudio cualitativo: inclusión social en territorios vulnerables de Uruguay.
Resumen ejecutivo e informe final de investigación. Manuscrito inédito.
Ministerio de Desarrollo Social-Banco Mundial, Montevideo.
Arguiñarena, A., Gutiérrez Nicola, G., Matto Urtasún, M., y Rossal, M. (2019b).
Desechos. El uso y recuperación de objetos entre personas sin techo. En S.
Aguiar, V. Borrás, P. Cruz, L. Fernández Gabard, L. y M. Pérez Sánchez (Coords.),
Habitar Montevideo: 21 miradas sobre la ciudad (pp. 577-603). Montevideo:
Intendencia de Montevideo-Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la
República-Fundación Friedrich Ebert en Uruguay.
Arnabal, R., Bertino, M., y Fleitas, S. (2011). Una revisión del desempeño de la indus-
tria en Uruguay entre 1930 y 1959. Serie Documentos de Trabajo. Montevideo:
Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración,
Universidad de la República.
Barca, S. (2012). On Working-class Environmentalism: A Historical and Transnational
Overview. Interface, 4(2), 61-80.
Barrios Pintos, A. (1971). Montevideo. Los barrios I. Montevideo: Nuestra Tierra.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 191
Barrow, C. (2020). The Dangerous Class. The Concept of the Lumpenproletariat.
Míchigan: University of Michigan Press.
Bolaña, M. J. (2018). Cantegriles montevideanos 1946-1973. Montevideo: Rumbo.
Bon Espasandín, M. (1963). Cantegriles. Montevideo: Tupac Amaru.
Bourdieu, P. (1999). La miseria del mundo. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
Bourgois, P. (2010). En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem. Buenos Aires:
Siglo Veintiuno Editores.
Bourgois, P., Montero Castrillo, F., Hart, L., y Karandinos, G. (2013). Habitus
furibundo en el gueto estadounidense. Espacio abierto, 22(2), 201-220.
Bury, J. (2009). La idea del progreso. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, J. (1990). Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre
fenomenología y teoría feminista. En S. -E. Case (Ed.), Performing Feminisms:
Feminist Critical Theory and Theatre (pp. 296-314). Baltimore: Johns Hopkins
University Press.
Caetano, G. (2019). Historia mínima de Uruguay. Ciudad de México: El Colegio de
México.
Casas-Cortés, M. (2021). Precarious Writings: Reckoning the Absences and Reclaiming
the Legacies in the Current Poetics/Politics of Precarity. Current Anthropology,
62(5), 510-538.
Castelli, L. (2015). Mujeres-madres-usuarias de pasta base. Maternidad y consumo en
contextos de pobreza. En M. Moraes Castro, G. González Rabelino, L. Castelli
Rodríguez, E. Umpiérrez y C. Sosa Fuertes, Consumo de pasta base de cocaína
y cocaína en mujeres durante el embarazo (pp. 77-136). Montevideo: Espacio
Interdisciplinario, Universidad de la República.
Castelli, L. (2019). Una etnografía de Pueblo Gallinal. Juventudes rurales y vínculos
generacionales: entre el desarrollo agroindustrial, MEVIR y las transiciones
a la adultez. Montevideo: Comisión Sectorial de Investigación Científica,
Universidad de la República.
Comisionado Parlamentario Penitenciario (2021). Informe anual. Versión preli-
minar. Situación del sistema carcelario y de medidas alternativas. Montevideo:
Parlamento del Uruguay.
Curbelo, M. N. (2021, marzo 5). Las cosas del querer. Brecha. Recuperado de https://
[Link]/las-cosas-del-querer/.
Curbelo, M. N., Gutiérrez Nicola, G., y Rossal, M. (2022). El país modelo y su
sombra. La gestión de la pandemia en Uruguay. En E. Bosco, R. Lemos Igreja
y L. Valladares (Coords.), A América Latina frente ao governo da covid-19.
‹ 192 Precariedades
Desigualdades, crisis, resistências (pp. 45-67). Brasilia: FLACSO Brasil-UAM
Iztapalapa-Colégio Latino-americano de Estudos Mundiais.
Contrera, L., y Cuello, N. (Eds.) (2016). Cuerpos sin patrones: resistencias desde las
geografías desmesuradas de la carne. Buenos Aires: Madreselva.
Da Rocha, A. L. C., y Eckert, C. (2008). Etnografia: saberes e práticas. Iluminuras,
9(21), 1-23.
Daverio, A., Geymonat, R., y Sánchez, A. (1987). Bases de la Historia Uruguaya: n.º 12.
La población. De quiénes provenimos. Cómo nos formamos., (12). Recuperado
de [Link]
Descola, P. (2010). Las lanzas del crepúsculo. Relatos jíbaros. Alta Amazonia. Buenos
Aires: Fondo de Cultura Económica.
Di Paula, J., y Romero, S. (2008). Producción familiar, intergeneracional e informal
de vivienda. Estudio interdisciplinario. Montevideo: Red de Asentamientos
Humanos, Hábitat y Vivienda, Universidad de la República.
Esteban, M. L. (2004). Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, iden-
tidad y cambio. Barcelona: Edicions Bellaterra.
Eubanks, V. (2021). La automatización de la desigualdad. Madrid: Capitán Swing.
Fanon, F. (1983). Los condenados de la tierra. Ciudad de México: Fondo de Cultura
Económica.
Federici, S., y Cox, N. (2013). Contraatacando desde la cocina. En S. Federici, Revolución
en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (pp. 51-69).
Madrid: Traficantes de Sueños.
Filardo, V., y Merklen, D. (2019). Detrás de la línea de la pobreza. Buenos Aires-
Montevideo: Gorla-Pomaire.
Fonseca, C., y Cardarello, A. (2005). Derechos de los más y menos humanos. En S.
Tiscornia y M. V. Pita (Eds.), Derechos humanos, tribunales y policías en Argentina
y Brasil. Estudios de antropología jurídica (pp. 9-41). Buenos Aires: Antropofagia.
Fraiman, R., y Rossal, M. (2009). Si tocás pito te dan cumbia. Esbozo antropológico
de la violencia en Montevideo. Montevideo: Ministerio del Interior-Agencia
Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo-Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo.
Fraiman, R., y Rossal, M. (2011). De calles, trancas y botones. Una etnografía sobre
pobreza, violencia y solidaridad urbana. Montevideo: Ministerio del Interior,
Banco Interamericano de Desarrollo.
Fraiman, R., y Rossal, M. (2012). Violencia estatal y construcción de la(s) juventud(es).
Conocimiento etnográfico de algunos continuos de violencia. En R. Paternain
y Á. Rico (Coords.), Uruguay: inseguridad, delito y estado (pp. 153-171).
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 193
Montevideo: Comisión Sectorial de Investigación Cientítfica, Universidad de
la República-Trilce.
Fraiman, R., y Viscardi, N. (2014). Entre fierros y plata dulce: consideraciones acerca
de las trayectorias de adolescentes privados de libertad. Diálogos Possíveis,
13(1), 216-246. Recuperado de [Link]
dialogospossiveis/article/view/373/363
Fuller, N. (2018). El cuerpo masculino como alegoría y como arena de disputa del
orden social y de los géneros. En Difícil ser hombre. Nuevas masculinidades
latinoamericanas (pp. 25-45). Lima: Fondo Editorial Pontificia Universidad
Católica del Perú.
Garreaud, Á., y Malventi, D. (2006). Viaje al centro de la ciudad opaca. Diálogos
con Philippe Bourgois. Alteridades, 16(32), 93-110.
Garton, G., e Hijós, N. (2018). «La deportista moderna»: género, clase y consumo
en el fútbol, running y hockey argentinos. Antípoda. Revista de Antropología
y Arqueología, (30), 23-42.
Gatti, G. (2022). Desaparecidos. Cartografías del abandono. Madrid: Turner Noema.
Geertz, C. (2003). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.
Gilio, M. E. (2001, julio 27). Con Juan Carlos Mechoso. «Los anarquistas eran más
combativos». Brecha, pp. 22-23.
Goffman, E. (2006). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.
González. V. H. (2014). Suicidio y precariedad vital en Montevideo. En busca de una
vida digna de ser vivida. 2002-2010 (Tesis de maestría en Psicología Social,
Facultad de Psicología, Universidad de la República, Montevideo).
Gorbán, D. (2014). Las tramas del cartón. Trabajo y familia en los sectores populares
del Gran Buenos Aires. Buenos Aires: Gorla.
Graeber, D. (2014). En deuda. Una historia alternativa de la economía. Barcelona:
Planeta.
Gravano, A. (1995) Miradas urbanas. Visiones barriales. Diez estudios de antropolo-
gía urbana sobre cuestiones barriales en regiones metropolitanas y ciudades
intermedias. Montevideo: Nordan-Comunidad.
Gunder Frank, A. (1973). Lumpenburguesía: lumpendesarrollo. Dependencia, clase
y política en Latinoamérica. Buenos Aires: Ediciones Periferia.
Hinkelammert, F. J. (1998). El grito del sujeto. Del teatro-mundo del evangelio de Juan
al perro-mundo de la globalización. San José de Costa Rica: Departamento
Ecuménico de Investigaciones.
Jappe, A. (2011). El «lado oscuro» del valor y del don. En Crédito a muerte. La descompo-
sición del capitalismo y sus críticos (pp. 135-164). Logroño: Pepitas de Calabaza.
‹ 194 Precariedades
Jaurena, E. (1962, octubre 6). La sucia historia de los criaderos clandestinos. Marcha,
XXIV(1127), p. 9.
Jung, M. E., y Rodríguez, U. (2006). Juan Carlos Mechoso, anarquista. Montevideo:
Trilce.
Katzer, L., y Samprón, A. (2011). El trabajo de campo como proceso. La «etnogra-
fía colaborativa» como perspectiva analítica. Revista Latinoamericana de
Metodología de la Investigación Social, 1(2), 59-70.
Kessler, G. (2006). Sociología del delito amateur. Buenos Aires: Paidós.
Keuroglian, L., Ramírez, J., y Suárez, H. (2019). Desarmando tramas: aproximaciones
cuantitativas. En L. Castelli, M. Rossal, L. Keuroglian, J. Ramírez y H. Suárez
(Coords.), Desarmando tramas: dos estudios sobre consumo de drogas y delito
en población privada de libertad. Aproximaciones cuantitativas y etnográficas
(pp. 15-136). Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,
Universidad de la República-Secretaría Nacional de Drogas.
Kopytoff, I. (1986). La biografía cultural de las cosas: la mercantilización como pro-
ceso. En A. Appadurai (Comp.), La vida social de las cosas. Perspectiva cultural
de las mercancías (pp. 89-122). Ciudad de México: Grijalbo.
Lazzarato, M. (2013). La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición
neoliberal. Buenos Aires: Amorrortu.
Lefebvre, H. (1978). El derecho a la ciudad. Barcelona: Península.
Lecomte, L., Rebella, C., y Suárez, A. (1987). La economía nacional. Su evolución
histórica. Bases de la Historia Uruguaya, (14), 1-36.
Lévi-Strauss, C. (1961). Antropología estructural. Buenos Aires: Eudeba.
Malinowski, B. (1986). Los argonautas del Pacífico occidental. Barcelona: Planeta-De
Agostini.
Martínez Oró, D., y Arana, X. (2015). ¿Qué es la normalización en el ámbito de los
usos de las drogas? Revista Española de Drogodependencias, 40(13), 27-42.
Marx, K., y Engels, F. (1980). Manifiesto del Partido Comunista. Obras escogidas,
tomo 1. Moscú: Progreso.
Mauss, M. (1971). Sociología y antropología. Madrid: Tecnos.
Milanovic, B. (2020). Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el
mundo. Barcelona: Taurus.
Ministerio del Interior (2022a). Homicidios (2020-2021). Montevideo: Observatorio
Nacional sobre Violencia y Criminalidad, División de Estadísticas y Análisis
Estratégico, Ministerio del Interior. Recuperado de [Link]
[Link]/observatorio/images/pdf/2022/HC_-__31_de_Diciembre_2021.pdf.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 195
Ministerio del Interior (2022b). Denuncias de rapiña y hurto (2020-2021).
Montevideo: Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad, División
de Estadísticas y Análisis Estratégico, Ministerio del Interior. Recuperado de
[Link]
HURTOS_2020_vs_2021.pdf.
Misse, M. (2005). Sobre la construcción social del delito en Brasil. Esbozos de una in-
trepretación. En S. Tiscornia y M. V. Pita (Eds.), Derechos humanos, tribunales y
policías en Argentina y Brasil (pp. 117-132). Buenos Aires: Antropofagia-Facultad
de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
Mosley, S. (2010). The Environment in World History. Nueva York: Routledge.
Perelman, M. (2021). Más allá de lo económico. Abordajes etnográficos sobre las formas
de ganarse la vida. En A. Pérez Castro, R. Contreras Román y J. Contreras Vargas
(Eds.), Ganarse la vida. La reproducción social en el mundo contemporáneo
(pp. 239-261). Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo-Programa de las Naciones
Unidas para el Medio Ambiente (PNUD-PNUMA) (2010). Montevideo 2010:
la dimensión ambiental de la pobreza urbana. Montevideo: PNUD-PNUMA.
Perlongher, N. (1999). El negocio del deseo. La prostitución masculina en San Pablo.
Buenos Aires: Paidós.
Porrini, R. (2005). La nueva clase trabajadora uruguaya (1940-1950). Montevideo:
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la
República.
Renfrew, D. (2011). Uruguay: el plomo y la justicia ambiental. Ecología Política, (41),
82-89. Recuperado de [Link]
Rose, N. (2007). ¿La muerte de lo social? Reconfiguración del territorio de gobierno.
Revista Argentina de Sociología, 5(8), 111-150.
Rossal, M. (2013). Dispositivos estatales, moralidades y dones envenenados: aproxi-
maciones etnográficas a las relaciones de intercambio de pasta base de cocaína
(Tesis de la Maestría en Ciencias Humanas, Opción Antropología de la Cuenca
del Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad
de la República, Montevideo).
Rossal, M. (2018ª). El Uruguay progresista: entre la soberanía y el biocontrol. Athenea
digital, 18(1), 71-89.
Rossal, M. (2018b). Social Effects of Prohibitionism in the Americas and New Drug
Policies. En T. M. Ronzani (Org.), Drugs and Social Context (pp. 27-45). Cham:
Springer Nature.
Rossal, M. (2017). Tutelar a los pobres. Entre el paternalismo y la gubernamentalidad
del liberalismo avanzado en la atención y tratamiento a personas que usan pasta
base de cocaína en Montevideo (Tesis de Doctorado en Antropología, Facultad
‹ 196 Precariedades
de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República,
Montevideo).
Rossal, M., Bazzino, R., Castelli Rodríguez, L., Gutiérrez Nicola, G., y Zino
García, C. (2020). La pobreza urbana en Montevideo. Apuntes etnográficos
sobre dos barrios populares. Buenos Aires-Montevideo: Gorla-Pomaire.
Rossal, M., y Suárez, H. (2014). Fisuras. Dos estudios sobre pasta base de cocaína en el
Uruguay. Aproximaciones cuantitativas y etnográficas. Montevideo: Facultad
de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República-
Observatorio Uruguayo de Drogas, Junta Nacional de Drogas.
Sepúlveda, M. (2011). El riesgo como dispositivo de gobierno en el campo de las drogas:
exotización, vicio y enfermedad (Tesis doctoral, Departamento de Antropología,
Filosofía y Trabajo Social, Universidad Rovira i Virgili, Tarragona).
Sorj, B., y Guedes, L. (2005). Digital Divide: Conceptual Problems, Empirical Evidence
and Policy Making Issues. En G. Lovink y S. Zehle (Eds.), Incommunicado Reader
(pp. 30-49). Ámsterdam: Institute of Network Cultures.
Standing, G. (2013). O precariado. A nova classe perigosa. Belo Horizonte: Autêntica
Editora.
Tagliaferro, G. (2016, junio 14). En guardia. Eduardo Bonomi canto las 40.
Montevideo Portal. Recuperado de [Link]
Eduardo-Bonomi-canto-Las-40-uc311318.
Tax, S. (1963). Penny Capitalism. A Guatemalan Indian Economy. Chicago: The University
of Chicago Press.
Tenembaum, T. (2019). El fin del amor. Buenos Aires: Paidós.
Tenenbaum, G., Fuentes, M., Viscardi, N., Salamano, I., y Espíndola, F. (2021).
Relatos de muerte. Homicidios de jóvenes montevideanos en ajustes de cuentas y con-
flictos entre grupos delictivos. Montevideo: Observatorio del Sur, Agencia Nacional
de Investigación e Innovación-Facultad de Ciencias Sociales y Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República.
Truscello, M. (2020). Infrastructural Brutalism. Art and the Necropolitics of Infrastructure.
Cambridge: Massachusetts Institute of Technology.
Vandenberghe, F. (2010). O real é relacional: uma análise epistemológica do es-
truturalismo gerativo de Pierre Bourdieu. En Teoria social realista: um diálogo
franco-britânico. Belo Horizonte-Río de Janeiro: Universidad Federal de Minas
Gerais-Instituto Universitario de Pesquisas de Río de Janeiro.
Vidart, D. (1969). Tipos humanos del campo y la ciudad. Serie Nuestra Tierra 12. Montevideo:
Nuestra Tierra.
Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado. Buenos
Aires: Siglo Veintiuno Editores.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 197
Willis, P. (2017). Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen
trabajos de clase obrera. Madrid: Akal.
Weeks, K. (2020). El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo
e imaginarios más allá del trabajo. Madrid: Traficantes de Sueños.
Wolf, E. (2005). Europa y la gente sin historia. Ciudad de México: Fondo de Cultura
Económica.
Worsley, P. (1972). Frantz Fanon and the «Lumpenproletariat». Socialist Register, 9,
193-230.
Wright, P., y Ceriani, C. (2007). Antropología simbólica: pasado y presente. Relaciones
de la Sociedad Argentina de Antropología, 32, 319-348.
Zibechi, R. (2007). Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento. Lima:
Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional
Mayor de San Marcos.
Zigon, J. (2013). On love: remaking moral subjectivity in post-rehabilitation Russia.
American Ethnologist. Journal of the American Ethnologist Society, 40(1), 201-215.
‹ 198 Precariedades
Los autores
María Noel Curbelo Otegui: Antropóloga. Estudiante del Doctorado
en Antropología. Becaria de doctorado de la Comisión Académica
de Posgrados. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
(FHCE). Universidad de la República (Udelar).
Gonzalo Gutiérrez Nicola: Antropólogo. Estudiante de la maestría
en Ciencias Humanas. Opción Antropología de la Cuenca del Plata.
FHCE, Udelar.
Marcelo Rossal: Antropólogo. Docente en régimen de dedicación
total de la Universidad de República. Integrante del Sistema Nacional
de Investigadores.
María Noel Curbelo, Gonzalo Gutiérrez Nicola, Marcelo Rossal‹ 199