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Reflexiones sobre el instante en Lispector

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CLARICE LISPECTOR

AGUA VIVA

2013

Título del original en portugués “Agua viva”


Clarice Lispector, 1973.

Impreso en MICASA, algún día de algún mes de


2013.

2
Es con una alegría tan profunda. Es un tal
aleluya. Aleluya, grito yo, aleluya que se funde con
el más oscuro rugido humano del dolor de la
separación pero que es el grito de una felicidad
diabólica. Porque nadie me prende más. Continúo
con capacidad de raciocinio —estudié matemáticas,
que es la locura del raciocinio— pero ahora quiero
el plasma —quiero alimentarme directamente de la
placenta. Tengo un poco de miedo: miedo todavía
de entregarme, pues el próximo instante es el
desconocido. ¿El próximo instante es el
desconocido? ¿El próximo instante está hecho por
mí? ¿o se hace solo? Lo hacemos junto con la
respiración. Y con una desenvoltura de torero en la
arena.
Te digo: estoy intentando captar la cuarta
dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo no lo
es más porque ahora se tornó un nuevo instante-ya
que tampoco es más. Cada cosa tiene un instante
en que ella es. Quiero apoderarme del es de la

3
cosa. Esos instantes que transcurren en el aire que
respiro; en fuegos de artificio ellos estallan mudos
en el espacio. Quiero poseer los átomos del tiempo.
Y quiero capturar el presente que por su propia
naturaleza me está interdicto: el presente me huye,
la actualidad me escapa, la actualidad soy yo
siempre en el ya. Sólo en el acto del amor —por la
límpida abstracción de estrella del que se siente—
cáptase la incógnita del instante que es duramente
cristalina y vibrante en el aire, y en la vida es ese
instante incontable, mayor que el acontecimiento
en sí; en el amor el instante de joya impersonal
refulge en el aire, gloria extraña del cuerpo, materia
sensibilizada por el escalofrío de los instantes —y lo
que se siente es al mismo tiempo que inmaterial
tan objetivo que sucede como fuera del cuerpo,
brillando en lo alto, alegría, alegría es materia de
tiempo y es por excelencia “el instante”. Y en el
instante está el es de él mismo. Yo quiero captar mi
es. Y canto aleluyas hacia los aires, como hace el
pájaro. Y mi canto es de nadie. Pero no hay pasión
sufrida en dolor y amor a la que no continúe un
aleluya.
¿Mi tema es el instante? mi tema de vida.
Procuro estar a la par de él, me divido millares de
veces en tantas veces como son los instantes que
transcurren, fragmentaria como soy y precarios los

4
momentos, sólo me comprometo con la vida que
nazca con el tiempo y con él crezca: sólo en el
tiempo hay espacio para mí. Te escribo toda entera
y siento un sabor especial en ser y el sabor-a-ti es
abstracto como el instante. Es también con el
cuerpo todo que pinto mis cuadros y en la tela fijo
lo incorpóreo, yo cuerpo a cuerpo conmigo misma.
No se comprende la música: se la escucha.
Escúchame entonces con tu cuerpo entero. Cuando
vengas a leerme preguntarás por qué no me limito
a la pintura y a mis exposiciones, ya que escribo
toscamente y sin orden. Es porque ahora siento la
necesidad de palabras — y es nuevo para mí lo que
escribo porque mi verdadera palabra fue hasta
ahora, intocada. La palabra es mi cuarta dimensión.
Hoy acabe la tela de la que te hablé: líneas
redondas que se interpenetran en trazos finos y
negros, y tú, que tienes el hábito de querer saber
por qué —y porque no me interesa, la causa es
materia de pasado— preguntarás ¿por qué los
trazos negros y finos? es por causa del mismo
secreto que me hace escribir ahora como si fuese a
ti, y escribo redondamente, ennovillado y tibio, pero
a veces frígido como los instantes frescos, agua de
riacho que tiembla siempre por sí misma. ¿Lo que
pinté en esa tela es pasible de ser fraseado en
palabras? Tanto cuanto pueda ser implícita la

5
palabra muda en el sonido musical.
Veo que nunca te dije cómo escucho música;
apoyo levemente la mano en el combinado y la
mano vibra difundiendo ondas por el cuerpo todo:
así escucho la electricidad de la vibración, substrato
último en el dominio de la realidad, y el mundo
tiembla en mis manos.
Y he ahí que percibo que quiero para mí el subs-
trato vibrante de la palabra repetida en canto
gregoriano. Estoy consciente de que todo lo que sé
no puede ser dicho por mí, sólo lo sé pintando o
pronunciando sílabas ciegas de sentido. Y si aquí
tengo que usarte, palabras, ellas tienen que cumplir
un sentido casi únicamente corpóreo, estoy en
lucha con la última vibración. Para decirte mi
substrato hago una frase de palabras hechas
apenas de los instantes-ya. Lee entonces , mi
invento de pura vibración sin otro significado sino el
de cada sibilante sílaba, lee lo que ahora sigue:
“con el correr de los siglos perdí el secreto de
Egipto, cuando yo me movía en longitud, latitud y
altura con la acción energética de los electrones,
protones, neutrones, en esa fascinación que es la
palabra y su sombra”. Eso que te escribí es un
diseño electrónico y no tiene pasado ni futuro: es
simplemente ya.
También tengo que escribirte porque tu siembra

6
es la de las palabras discursivas y no el derecho de
mi pintura. Sé que son primarias mis frases, escribo
con demasiado amor por ellas y ese amor suple las
faltas, pero demasiado amor perjudica los trabajos.
Este no es un libro porque no es así como se
escribe. ¿Lo que escribo, es solamente clímax? Mis
días son un solo clímax: vivo a la orilla. Al escribir
no puedo fabricar como en la pintura, cuando
fabrico artesanalmente un color. Pero estoy
intentando escribirte con todo el cuerpo, enviando
una saeta que se clave en el punto tierno y
neurálgico de la palabra. Mi cuerpo incógnito te
dice: dinosaurios, ictiosauros y plesiosauros, con
sentido apenas auditivo, sin que por eso se tornen
paja seca, sino húmeda. No pinto ideas, pinto lo
más intangible “para siempre”. O “para nunca”, es
lo mismo. Antes que nada, pinto pintura. Y antes
de más nada te escribo dura escritura. Quiero algo
así como poder tomar con la mano la palabra. ¿La
palabra es el objeto? Y a los instantes yo les arrojo
jugo de fruta. Tengo que destituirme para alcanzar
entraña del leño y simiente de vida. El instante es
simiente de vida.
La armonía secreta de la desarmonía: quiero no
lo que está hecho, sino lo que tortuosamente aún
se hace. Mis desequilibradas palabras son el lujo de
mi silencio. Escribo por acrobáticas y aéreas

7
piruetas — escribo por querer profundamente
hablar. Aunque escribir solamente me esté dando la
gran medida del silencio.
Y si yo digo “yo” es porque no oso decir “tú”, o
“nosotros”, o “una persona”. Estoy obligada a la
humildad de personalizarme empequeñeciéndome
pero soy el eres-tú.
Sí, quiero la última palabra que también es tan
la primera que ya se confunde con la parte
intangible de lo real. Todavía tengo miedo de
alejarme de la lógica porque caigo en lo instintivo y
en lo directo, y en el futuro: la invención del hoy es
mi único medio de instaurar el futuro. Desde ya es
futuro, y cualquier hora es hora marcada. ¿Qué mal
hay, sin embargo, en que yo me aleje de la lógica?
Estoy lidiando con la materia-prima. Estoy atrás de
lo que queda atrás del pensamiento. Es inútil querer
clasificarme: yo simplemente huyo no dejando,
género que no me sujeta más. Estoy en un estado
muy nuevo y verdadero, curioso de sí mismo, tan
atrayente y personal al punto de no poder pintarlo o
escribirlo. Se parece a momentos que tuve contigo,
cuanto te amaba, más allá de los cuales no pude ir
pues fui a lo hondo de los momentos. Es un estado
de contacto con la energía circundante y me
estremezco. Una especie de loca, loca armonía. Sé
que mi mirada debe ser la de una persona primitiva

8
que se entrega toda al mundo, primitiva como los
dioses que sólo admiten vastamente el bien y el
mal y no quieren conocer el bien ennovillado como
en cabellos en el mal, un mal que es bueno.
Fijo instantes súbitos que traen en sí la propia
muerte y otros nacen — fijo los instantes de meta-
morfosis y es de terrible belleza su secuencia y su
concomitancia.
Ahora está amaneciendo y la aurora está hecha
de neblina blanca en las arenas de la playa. Todo es
mío, entonces. Apenas toco los alimentos, no quiero
despertarme más allá del despertar del día. Voy
creciendo con el día que al crecer me mata cierta
vaga esperanza y me obliga a mirar cara a cara al
duro sol. El viento sopla y desarregla mis papeles.
Oigo ese viento de gritos, estertor de pájaro abierto
en oblicuo vuelo.
Y yo aquí me obligo a la severidad de un
lenguaje tenso, obligándome a la desnudez de un
esqueleto blanco que está libre de humores. Pero el
esqueleto está libre de vida y mientras vivo me
estremezco toda. No conseguiré la desnudez final. Y
ahora no la quiero, me parece.
Esta es la vida vista por la vida. Puedo no tener
sentido pero es la misma falta de sentido que tiene
la vena que late.
Quiero escribirte como quien aprende.

9
Fotografío cada instante. Profundizo en las palabras
como si pintase, más que un objeto, su sombra. No
quiero preguntar por qué, se puede preguntar
siempre por qué y siempre continuar sin respuesta:
¿conseguiré entregarme al expectante silencio que
sigue a una pregunta sin respuesta? Aunque adivine
que en algún lugar o en algún tiempo existe la gran
respuesta para mí.
Y después sabré cómo pintar y escribir, después
de la extraña pero íntima respuesta. Escúchame,
escucha el silencio. Lo que te hablo nunca es lo que
te hablo y sí otra cosa. Capta esa cosa que se me
escapa y sin embargo vivo de ella y estoy ante la
brillante oscuridad. Un instante me lleva
insensiblemente a otro y el tema atemático se va
desarrollando sin plano pero geométrico como las
figuras sucesivas en un caleidoscopio.
Entro lentamente en mi dádiva a mí misma, es-
plendor dilacerado por el último cantar que parece
ser el primero. Entro lentamente en la escritura así
como ya entré en la pintura. Es un mundo enmara-
ñado de enredaderas, sílabas, madreselvas, colores
y palabras — comienzo de entrada de ancestral
caverna que es el útero del mundo y de él voy a
nacer.
Y si muchas veces pinto grutas es porque ellas
son mi sumergirme en la tierra, oscuras pero

10
nimbadas de claridad, y yo, sangre de la naturaleza,
grutas extravagantes y peligrosas, talismán de la
tierra, donde se unen estalactitas, fósiles y piedras,
y donde los bichos que se enloquecen por su propia
naturaleza maléfica buscan refugio. Las grutas son
mi infierno. ¿Gruta siempre soñadora con sus
nieblas, recuerdo o nostalgia? espantosa,
espantosa, esotérica, verdeada por el lodo del
tiempo. Dentro de la caverna oscura centellean
colgados los ratones con alas en forma de cruz de
los murciélagos. Veo arañas peludas y negras.
Ratones y ratas corren asustados por el suelo y por
las paredes. Entre las piedras, el escorpión. Cangre-
jos, iguales a ellos mismos desde la prehistoria, a
través de muertes y nacimientos, parecerían
bestias amenazadoras si tuviesen el tamaño de un
hombre. Cucarachas viejas se arrastran en la
penumbra. Y todo eso soy yo. Todo está pesado de
sueño cuando pinto una gruta o te escribo sobre
ella — de afuera de ella viene el tropel de decenas
de caballos sueltos pateando con cascos secos las
tinieblas, y de la fricción de los cascos en el suelo el
júbilo se liberta en centellas: heme ahí, yo y la
gruta, en el tiempo que nos pudrirá.
Quiero poner en palabras pero sin descripción la
experiencia de la gruta que hace algún tiempo pinté
— y no sé cómo. Sólo repitiendo su dulce horror,

11
caverna de terror y de las maravillas, lugar de
almas afligidas, invierno e infierno, substrato
imprevisible del mal que está dentro de una tierra
que no es fértil. Llamo a la gruta por su nombre y
ella pasa a vivir con su miasma. Entonces tengo
miedo de mí que sé pintar el horror, yo, bicho de
cavernas repletas de ecos que soy, y me sofoco
porque soy palabra pero también soy su eco.
Pero el instante-ya es una luciérnaga que se
enciende y se apaga, se enciende y se apaga. El
presente es el instante en que la rueda del
automóvil en alta velocidad toca apenas el suelo. Y
la parte de la rueda que todavía no tocó, ya tocará
el suelo en un inmediato que absorbe el instante
presente y lo torna pasado. Yo, viva y brillante
como los instantes, me enciendo y me apago, me
enciendo y me apago, me enciendo y me apago.
Sólo que aquello que capto en mí tiene, cuando
está ahora siendo trasladado a lo escrito, la
desesperación de las palabras ocupando más
palabras que un lanzamiento de miradas. Más que
un instante, quiero su flujo.
Nueva era, ésta mía, y ella me anuncia para ya.
¿Tengo coraje? Mientras tanto estoy teniendo: por-
que vengo del sufrimiento lejano, vengo del infierno
de amor pero ahora estoy libre de ti. Vengo de lejos
— de una pesada ancestralidad. Yo que vengo del

12
dolor de vivir. Y no lo quiero más. Quiero la
vibración de lo alegre. Quiero lo eximio de Mozart.
Pero también quiero la inconsecuencia. ¿Libertad?
es mi último refugio, me obligué a la libertad y la
soporto no como un don pero con heroísmo: soy
heroicamente libre. Y quiero el flujo.
No es cómodo lo que te escribo. No hago confi-
dencias. Antes, me metalizo. Y no te soy ni me soy
cómoda: mi palabra estalla en el espacio del día. Lo
que sabrás de mí es la sombra de la flecha que se
clavó en el blanco. Sólo pegaré inútilmente a una
sombra que no ocupa lugar en el espacio, y lo que
apenas importa es el dardo. Construyo algo exento
de mí y de ti — he ahí mi libertad que lleva a la
muerte.
En ese instante-ya, estoy envuelta por un vago
deseo difuso de maravillarme y millares de reflejos
del sol en el agua que corre de la canilla en el
césped de un jardín todo maduro de perfumes,
jardín y sombras que invento ya y ahora, y que son
el medio concreto de hablar en éste mi instante de
vida. Mi estado es el de jardín con agua corriendo.
Describiéndolo intento mezclar palabras para que
se haga el tiempo. Lo que te digo debe ser leído
rápidamente como cuando se mira. Ahora ya es día
hecho y de repente nuevamente domingo en
erupción inopinada. El domingo es un día de ecos —

13
calientes, secos, y en todas partes zumbidos de
abejas y avispas, gritos de pájaros y eco lejano de
los martillazos acompasados— ¿de dónde vienen
los ecos del domingo? Yo, que quiero la cosa
primera porque es fuente de generación —yo que
ambiciono beber agua en la naciente de la fuente—
yo que soy todo eso, debo por sino y trágico destino
solamente conocer y experimentar los ecos de mí,
porque no capto el mí propiamente dicho. Estoy en
una expectativa estupefacta, trémula, maravillada,
de espaldas hacia el mundo, y en alguna parte huye
el inocente “esquilo”, mamífero roedor. Plantas,
plantas. Me quedo dormitando en el calor estival del
domingo que tiene moscas volando en torno de la
azucarera. Alarde colorido el del domingo, y
esplendidez madura. Todo eso lo pinté hace algún
tiempo y en otro domingo. Y he ahí aquella tela
antes virgen, ahora cubierta de colores maduros.
Moscas azules centellean delante de mi ventana
abierta hacia el aire de la calle entorpecida. El día
parece la piel estirada y lisa de una fruta que en
una pequeña catástrofe rompe los dientes, y su
jugo corre. Tengo miedo del domingo maldito que
me licuifica.
Para rehacerme y rehacerte vuelvo a mi estado
de jardín y sombra, fresca realidad, mal existo y si
existo es con delicado cuidado. Alrededor de la

14
sombra hace calor de sudor abundante. Estoy viva.
Pero siento que aún no alcancé mis límites,
¿fronteras con qué? sin fronteras, la aventura de la
libertad peligrosa. Pero me arriesgo, vivo
arriesgando. Estoy llena de acacias balanceándose
amarillas, y yo que mal y mal comencé mi jornada,
la comienzo con un sentido de tragedia, adivinando
hacia qué océano perdido van mis pasos de vida. Y
locamente me apodero de los desvaríos de mí, mis
desvaríos me sofocan por tanta belleza. Yo soy
antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo gané
al dejar de amarte.
Te escribo como ejercicio de esbozos antes de
pintar. Veo palabras. Lo que hablo es puro presente
y este libro es una línea recta en el espacio. Es
siempre actual, y el fotómetro de una máquina
fotográfica se abre e inmediatamente se cierra,
pero guardando en sí el flash. Aunque yo diga “viví”
o “viviré”, es presente porque yo lo digo ya.
Comencé estas páginas también con el fin de
prepararme para pintar. Pero ahora estoy tomada
por el gusto de las palabras, y casi me libero del
dominio de las tintas: siento una voluptuosidad en ir
creando lo que te voy a decir. Vivo la ceremonia de
la iniciación de la palabra y mis gestos son
hieráticos y triangulares.
Sí, ésta es la vida vista por la vida. Pero de

15
repente olvido cómo captar lo que sucede, no sé
captar lo que existe sino viviendo aquí cada cosa
que surge y no importa qué: estoy casi libre de mis
errores. Dejo que el caballo libre corra fogoso. Yo,
que troto nerviosa, y a quien sólo la realidad limita.
Y cuando el día llega al final escucho los grillos y
me torno toda repleta e ininteligible. Después vivo
la madrugada azulada que viene con su vientre
lleno de pajaritos —¿te estaré dando una idea de lo
que una persona pasa en vida?— Y cada cosa que
me ocurre yo la anoto para fijarla. Pues quiero
sentir en las manos el nervio agitado y vivaz del ya
que me rehaga ese nervio como bulliciosa vena. Y
que se rebele, ese nervio de vida, y que se
contonee y lata. Y que se derramen zafiros,
amatistas y esmeraldas en el oscuro erotismo de la
vida plena: porque en mi oscuridad en fin, tiembla
el gran topacio, palabra que tiene luz propia. Estoy
escuchando ahora una música selvática, casi
“batuque” 1 y ritmo que viene de una casa vecina
donde jóvenes drogados viven el presente. Un
instante más de ritmo incesante, incesante, y me
sucede algo terrible.
¿Es que pasaré a causa del ritmo en su
paroxismo, pasaré, digo, hacia el otro lado de la
vida? ¿Cómo decirte? Es terrible y me amenaza.
Siento que no puedo más detenerme y me asusto.
1
“Batuque”, danza negra acompañada por instrumentos de percusión.

16
Trato de distraerme del miedo. Pero ya hace mucho
que se detuvo el martillear real: estoy siendo el
incesante martillear en mí. Del que tengo que
liberarme. Pero no lo consigo: el otro lado de mí me
llama. Los pasos que escucho son los míos.
Como si arrancara de las profundidades de la
tierra las nudosas raíces de un árbol descomunal,
así te escribo, y esas raíces son como si fueran
poderosos tentáculos, como voluminosos cuerpos
desnudos de fuertes mujeres envueltas en
serpientes y en carnales deseos de realización, y
todo eso es una oración de misa negra, y un pedido
inquisidor de amén: porque aquello que es ruin está
desprotegido y precisa de la anuencia de Dios: he
ahí la creación.
¿Habré pasado sin sentirlo, hacia el otro lado? El
otro lado es una vida palpitantemente infernal. Pero
existe la transfiguración de mi terror: entonces me
entrego a una pesada vida toda en símbolos pesa-
dos como frutas maduras. Escojo parecidos errados
pero que me arrastran por lo ennovillado. Una parte
mínima de recuerdo del buen sentido de mi pasado
me mantiene rozando aún el lado de acá. Ayúdame
porque algo se aproxima y se ríe de mí. De prisa,
sálvame.
Pero nadie me puede dar la mano para que yo
salga: tengo que usar la gran fuerza — y en la pesa-

17
dilla en arranque súbito caigo finalmente de bruces
del lado de acá. Me dejo estar arrojada en el suelo
agreste, exhausta, el corazón aún salta
enloquecido, respiro a borbotones. ¿Estoy a salvo?
me enjugo la frente mojada. Me incorporo
lentamente e intento dar los primeros pasos de una
convalecencia débil. Estoy consiguiendo
equilibrarme.
No, todo esto no sucede en hechos reales pero
sí en el dominio de —¿de un arte?— sí, de un
artificio por medio del cual surge una realidad
delicadísima que pasa a existir en mí: la
transfiguración me ha sucedido.
Pero el otro lado, del que apenas escapé, se
tornó sagrado y a nadie cuento mi secreto. Me
parece que en sueño hice en el otro lado un
juramento, un pacto de sangre. Nadie sabrá nada:
lo que sé es tan volátil y casi inexistente que queda
entre mí y yo.
¿Soy uno de los débiles? ¿una débil de la que se
apoderó un ritmo incesante y loco? ¿si yo fuese só-
lida y fuerte, ni siquiera habría escuchado el ritmo?
No encuentro respuesta: soy. Y esto apenas es lo
que me viene de la vida. Pero, ¿soy qué? la
respuesta es apenas: soy el qué. Aunque a veces
grite: ¡¡no quiero más ser yo!! pero yo me pego a
mí e inexplicablemente se forma una tesitura de

18
vida.
Quien me acompaña, que me acompañe: la
caminata es larga, es sórdida pero también es
vivida. Porque ahora te hablo seriamente: no estoy
jugando con palabras. Me encarno en las frases
voluptuosas e ininteligibles que se ovillan más allá
de las palabras. Y un silencio se eleva sutil del
entrechoque de las frases.
Entonces, escribir es el modo de quien tiene la
palabra como anzuelo: la palabra pescando lo que
no es palabra. Cuando esa no-palabra —la
entrelinea— muerde el anzuelo, algo se escribió.
Una vez que se pescó la entrelinea, con, alivio se
podrá arrojar la palabra afuera. Pero cesa la
analogía: la no-palabra, al morder el anzuelo, la
incorporó. Lo que entonces salva es escribir
distraídamente.
No quiero tener la terrible limitación de quien
vive apenas de lo que es pasible de hacer sentido.
Yo no: lo que quiero es una verdad inventada.
¿Qué te diré? te diré los instantes. Me exorbito y
sólo entonces existo, y de un modo febril. Qué fie-
bre: ¿conseguiré un día dejar de vivir? ay de mí,
que tanto muero. Sigo el tortuoso camino de las
raíces reventando la tierra, tengo por don la pasión,
en la quemazón de troncos secos me contorsiono
con las llamas. A la duración de mi existencia le doy

19
una significación oculta que me sobrepasa. Soy un
ser concomitante: reúno en mí el tiempo pasado, el
presente y el futuro, el tiempo que late en el tictac
de los relojes.
Para interpretarme y formularme preciso de
nuevas señales y articulaciones nuevas en formas
que se localicen más aquí y más allá de mi historia
humana. Transfiguro la realidad y entonces otra
realidad, soñadora y sonámbula, me crea. Y toda
yo, entera, ruedo y a medida que ruedo en el suelo
voy creciendo en hojas, yo, obra anónima de una
realidad anónima, solamente justificable mientras
dura mi vida. ¿Y después? después todo lo que viví
será de una pobreza superflua.
Pero mientras tanto estoy en el medio de lo que
grita y pulula. Y es sutil como la realidad más intan-
gible. Mientras tanto el tiempo es cuanto dura un
pensamiento.
Es de una tal pureza ese contacto con el
invisible núcleo de la realidad. Sé lo que estoy
haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y
son gruesos de sangre.
Sé lo que estoy haciendo aquí: estoy
improvisando. ¿Pero qué mal hay en eso? improviso
como en el jazz improvisan música, jazz en furia, e
improviso delante de la platea.
Es tan curioso ese haber substituido las tintas

20
por esa cosa extraña que es la palabra. Palabras —
me muevo con cuidado entre ellas que pueden
tornarse amenazadoras; puedo tener la libertad de
escribir lo siguiente: “peregrinos, mercaderes y
pastores guiaban sus caravanas rumbo al Tíbet y
los caminos eran difíciles y primitivos”. Con esta
frase hice nacer una escena, como en un flash
fotográfico.
¿Qué dice este jazz improvisado? dice brazos
enredados en piernas y las llamas subiendo y yo
pasiva como una carne que es devorada por el pico
agudo de un águila que interrumpe su vuelo ciego,
Exprésome a mí y a ti con mis deseos más ocultos y
consigo con las palabras una orgiástica belleza
confusa. Me estremezco de placer por entre la
novedad de usar palabras que forman intenso
bosque espeso. Lucho por conquistar más
profundamente mi libertad de sensaciones y de
pensamientos, sin ningún sentido utilitario: soy
sola, yo y mi libertad. Es tan inmensa la libertad,
que puede escandalizar a un primitivo pero sé que
no te escandalizas con la plenitud que consigo y
que carece de fronteras perceptibles. Esta
capacidad mía de vivir lo que es redondo y amplio
— me cerco de plantas carnívoras y animales
legendarios, todo bañado por la tosca e izquierda
luz de un sexo mítico. Voy hacia adelante de un

21
modo intuitivo y sin procurar una idea: soy
orgánica. Y no me interrogo sobre mis motivos. Me
sumerjo en el casi dolor de una inmensa alegría — y
para adornarme nacen entre mis cabellos hojas y
ramas.
No sé sobre lo que estoy escribiendo: soy oscura
para mí misma. Sólo tuve inicialmente una visión
lunar y lúcida, y entonces prendí en mí el instante
antes que él muriese y que perpetuamente muere.
No es un mensaje de ideas que te transmito y sí
una instintiva voluptuosidad de aquello que está
escondido en la naturaleza y que adivino. Y ésta es
una fiesta de palabras. Escribo en signos que son
mucho más un gesto que una voz. Todo eso es lo
que me habitué a pintar metiéndome en la
naturaleza ínfima de las cosas. Pero ahora llegó la
hora de parar la pintura para rehacerme, y me
rehago en estas líneas. Tengo una voz. Así como
me lanzo en el trazo de mi diseño, éste es un
ejercicio de vida sin planeamiento. El mundo no
tiene orden visible y yo sólo tengo el orden de la
respiración. Me dejo suceder.
Estoy dentro de los grandes sueños de la noche:
pues el ahora-ya es de noche. Y canto el paso del
tiempo: soy todavía la reina de los medas y los
persas y soy también mi lenta evolución que se
lanza como un puente levadizo en un futuro cuyas

22
nieblas lechosas ya respiro hoy. Mi aura es misterio
de vida. Yo me sobrepaso abdicando de mí y
entonces soy el mundo: sigo la voz del mundo, yo
misma de súbito con voz única.
El mundo: una maraña de hilos telegráficos en
erizamiento. Y la luminosidad sin embargo oscura:
ésta soy yo delante del mundo.
Equilibrio peligroso, el mío, peligro de muerte
del alma. La noche de hoy me mira con
entorpecimiento, herrumbre y planta. Quiero,
dentro de esta noche que es más larga que la vida,
quiero, dentro de esta noche, vida cruda y
sangrienta y llena de saliva. Quiero la siguiente
palabra: esplendidez, esplendidez es la fruta en su
suculencia, fruta sin tristeza. Quiero longitudes. Mi
salvaje intuición de mí misma. Pero lo mío principal
está siempre escondido. Soy implícita. Y cuando voy
a explicitarme pierdo la húmeda intimidad.
¿De qué color es el infinito espacial? es del color
del aire.
Nosotros — delante del escándalo de la muerte.
Escucha apenas superficialmente lo que digo y
de la falta de sentido nacerá un sentido como de mí
nace inexplicablemente una vida alta y leve. La
densa selva de palabras envuelve espesamente lo
que siento y vivo, y transforma todo lo que soy en
alguna cosa mía que queda fuera de mí. La

23
naturaleza es envolvente: ella me ovilla toda y es
sexualmente viva, apenas esto: viva. También yo
estoy truculentamente viva — y lamo mi hocico
como el tigre después de haber devorado al
venado.
Te escribo en la hora misma en sí propia. Me
desenrollo apenas en lo actual. Hablo hoy —no ayer
ni mañana— pero hoy y en este mismo instante
perecible. Mi libertad pequeña y encuadrada me
une a la libertad del mundo — ¿pero qué es una
ventana sino aire enmoldurado por ángulos rectos?
Estoy ásperamente viva. Me voy — dice la muerte
sin agregar que me lleva consigo. Y me estremezco
en respiración agitada por tener que acompañarla.
Yo soy la muerte. Y en éste mi ser mismo que se da
a la muerte — ¿cómo explicarte? es una muerte
sensual. Como muerta ando por entre el pasto alto
en la luz verdosa de las astas: soy Diana la
Cazadora de oro y solamente encuentro osamentas.
Vivo de una camada subyacente de sentimientos:
estoy mal y mal viva.
Pero esos días de alto verano de sufrimiento me
soplan la necesidad de renuncia. Renuncio a tener
un significado, y entonces el dulce y doloroso que-
branto se apodera de mí. Formas redondas y
redondas se entrecruzan en el aire. Hace calor de
verano. Navego en mi galera que arrostra los

24
vientos de un verano hechizado. Hojas aplastadas
me recuerdan el suelo de la infancia. La mano
verde y los senos de oro — así es como pinto la
marca de Satanás. Aquellos que nos temen a
nosotros y a nuestra alquimia desnudaban
hechiceras y magos en busca de la marca recóndita
que era casi siempre encontrada aunque sólo se
supiera de ella por la mirada pues esta marca era
indescriptible e impronunciable aun en la negrura
de una Edad Media — Edad Media es mi oscura
subyacencia y al claro de las hogueras los
marcados danzan en círculos cabalgando gajos y
follajes que son el símbolo fálico de la fertilidad: aun
en las misas blancas se usa la sangre y ella es
bebida. Escucha: te dejo ser, déjame ser, entonces.
Pero eternamente es una palabra muy dura:
tiene una “t” granítica en el medio. Eternidad: pues
todo lo que es, nunca comenzó. Mi pequeña cabeza,
tan limitada, estalla al pensar en alguna cosa que
no comienza y no termina — porque así es lo
eterno. Felizmente ese sentimiento dura poco
porque yo no aguanto que demore y si
permaneciera me llevaría al desvarío. Pero la
cabeza también estalla al imaginar lo contrario:
algo que hubiera comenzado ¿por dónde
comenzaría? Y que terminara — ¿pero, qué vendría
después de terminar? Como ves, me es imposible

25
profundizar y apoderarme de la vida, ella es aérea,
es mi leve hálito. Pero bien sé lo que quiero aquí:
quiero lo inconcluso. Quiero el profundo desorden
orgánico que sin embargo da a presentir un orden
subyacente. La gran potencia de la potencialidad.
Éstas mis frases balbuceadas son hechas, en la
misma hora en que están siendo escritas y crepitan
de tan nuevas y aun verdes como son. Ellas son el
ya. Quiero la experiencia de una falta de
construcción. Aunque este texto mío esté todo
atravesado de punta a punta por un frágil hilo
conductor — ¿cuál? ¿el de sumergirse en la materia
de la palabra? ¿el de la pasión? Hilo lujurioso, soplo
que calienta el transcurrir de las sílabas. La vida
mucho y mal se me escapa aunque me venga la
certeza de que la vida es otra y tiene un estilo
oculto.
Este texto que te doy es para ser visto de cerca:
gana su secreta redondez antes invisible cuando es
visto desde un avión en alto vuelo. Entonces se
adivina el juego de las islas y se ven canales y
mares. Entiéndeme: te escribo una onomatopeya,
convulsión del lenguaje. Te transmito no una
historia sino apenas palabras que viven del sonido.
Te digo así:
“Tronco lujurioso.”
Y me baño en él. Él está ligado a la raíz que

26
penetra en nosotros en la tierra. Todo lo que te
escribo es tenso. Uso palabras sueltas que son en sí
mismas un dardo libre: “salvajes, bárbaros, nobles
decadentes y marginales”. ¿Esto te dice algo? A mí
me habla.
Pero la palabra más importante del idioma tiene
una única letra: “é”. Es.2 Estoy en su esencia.
Todavía estoy.
Estoy en el centro vivo y flojo.
Todavía.
Brilla con luz trémula y es elástico. Como el
caminar de una negra pantera lustrosa que vi y que
caminaba suavemente, lenta y peligrosamente.
Pero enjaulada no— porque no quiero. En cuanto a
lo imprevisible — la próxima frase me es
imprevisible. En la esencia donde estoy, en la
esencia del Es, no hago preguntas. Porque cuando
es — es. Soy limitada únicamente por mi identidad.
Yo, entidad elástica y separada de otros cuerpos.
En verdad todavía no estoy viendo bien el hilo
de la trama de lo que te estoy escribiendo. Me
parece que nunca lo veré — pero admito lo oscuro
donde refulgen los dos ojos de la pantera blanda. La
oscuridad es mi caldo de cultivo. La oscuridad
feérica. Voy hablándote y arriesgándome a la
desconexión: soy subterráneamente incomprensible

2
En portugués, “es” se escribe y pronuncia “é”; de ahí este juego de palabras. (N. de la
Trad.)

27
por mi conocimiento.
Te escribo porque no me entiendo.
Pero me voy siguiendo. Elástica. Es un misterio
esta floresta donde sobrevivo para ser. Pero ahora
me parece que va a ser. Es decir: voy a entrar.
Quiero decir: en el misterio. Yo misma misteriosa y
en la entraña en que me muevo nadando, como un
protozoario. Un día, dije, infantilmente: yo lo puedo
todo. Era la antevisión de poder un día largarme y
caer en el abandono de cualquier ley. Elástica. La
profunda alegría: el éxtasis secreto. Sé cómo
inventar un pensamiento. Siento el alborozo de la
novedad. Pero bien sé que lo que escribo es apenas
un tono.
En esa entraña tengo la extraña impresión de
que no pertenezco al género humano. Hay muchas
cosas para decir que no sé qué decir. Faltan las
palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas:
las que existen ya deben decir lo que se consigue
decir y lo que es prohibido. Y yo adivino lo que es
prohibido. Si hay fuerzas. Atrás del pensamiento no
hay palabras: se-es. Mi pintura no tiene palabras:
queda atrás del pensamiento. En ese terreno del se-
es soy puro éxtasis cristalino. Se-es. Me-soy. Tú te-
eres.
Y estoy asombrada por mis fantasmas, por lo
que es mítico, fantástico y gigantesco: la vida es

28
sobrenatural. Y camino llevando un paraguas
abierto sobre una cuerda tensa. Camino hasta el
límite de mi sueño grande. Veo la furia de los
impulsos viscerales: vísceras torturadas me guían.
No me gusta lo que acabo de escribir, pero estoy
obligada a aceptar todo el trecho porque él me
sucedió. Y respeto mucho lo que yo me sucede. Mi
esencia es el inconsciente de sí misma y es por eso
que ciegamente me obedezco.
Estoy siendo antimelódica. Me complazco con la
armonía difícil de los ásperos contrarios. ¿Para
dónde voy? y la respuesta es: voy.
Cuando yo muera entonces no habré ya nunca
nacido y vivido: la muerte borra los trazos de
espuma del mar en la playa.
Ahora es un instante.
Ya es otro ahora.
Y otro. Mi esfuerzo: traer ahora el futuro para
ya. Memuevo dentro de mis hondos instintos que se
cumplen a ciegas. Siento entonces que estoy en las
proximidades de fuentes, lagunas y cascadas, todas
de aguas abundantes. Y yo, libre.
Me oye, escucha mi silencio. Lo que hablo nunca
es lo que hablo y sí otra cosa. Cuando digo “aguas
abundantes” estoy hablando de la fuerza de un
cuerpo en las aguas del mundo. Capta esa otra cosa
de que en verdad hablo porque yo misma no puedo.

29
Lee la energía que está en mi silencio. ¡Ah! tengo
miedo de Dios y de mi silencio.
Me-soy.
Pero también está el misterio de lo impersonal
que es el “it”3: yo tengo lo impersonal dentro de mí
y no es corrupto ni podrecible por lo personal que a
veces me encharca: pero me seco al sol y soy un i
algo impersonal de carozo seco y germinativo. Lo
mío personal es humus en la tierra y vive de la
podredumbre. Mi “it” es duro como una piedra-roca.
La trascendencia dentro de mí es el “it” vivo y
blando y tiene el pensamiento que tiene una ostra.
¿Acaso la ostra, cuando es arrancada de raíz,
sentirá ansiedad? queda inquieta en su vida sin
ojos. Yo acostumbraba a rociar limón encima de la
ostra viva y veía con horror y fascinación cómo ella
se contorsionaba toda. Y yo estaba comiendo el it
vivo. El it vivo es Dios.
Voy a detenerme un poco porque sé que Dios es
el mundo. Es lo que existe. ¿Yo rezo para lo que
existe? No es peligroso aproximarse a lo que existe.
La oración profunda es una meditación sobre la
nada. Es el contacto seco y eléctrico consigo
mismo, un consigo mismo impersonal.
Lo que no me gusta es cuando rocían limón en
mis profundidades y hacen que yo me contorsione

3
“It” (del inglés), encanto, magnetismo personal.

30
toda. ¿Los hechos de la vida son el limón en la
ostra? ¿Acaso la ostra duerme?
¿Cuál es el elemento primero? en seguida tuve
que ser dos para que exista el secreto movimiento
íntimo del cual chorrea la leche.
Me dijeron que la gata después de parir se come
la propia placenta y durante cuatro días no come
más nada. Solamente después bebe leche. Déjame
hablar puramente de amamantar. Se habla de
la subida de la leche. ¿Cómo? No serviría para nada
explicarlo porque la explicación exige otra
explicación que exigiría otra explicación y que se
abriría de nuevo hacia el misterio. Pero sé de cosas
it sobre el amamantamiento de criaturas.
Estoy respirando. Para arriba y para abajo. Para
arriba y para abajo. ¿Cómo respira la ostra
desnuda? Si respiro no veo. ¿Lo que no veo, no
existe? Lo que más me emociona es que lo que no
veo sin embargo existe. Porque entonces tengo a
mis pies todo un mundo desconocido que existe
pleno y lleno de rica saliva. La verdad está en
alguna parte: pero es inútil pensar. No la descubriré
y sin embargo vivo en ella.
Lo que te escribo no viene mansamente,
subiendo de a poco hasta la cima para después ir
muriendo mansamente. No: lo que te escribo es de
fuego como los ojos en brasa.

31
Hoy es noche de luna llena. Por la ventana la
luna cubre mi cama y deja todo de un blanco
lechoso azulado. El claro de luna es zurdo. Queda
del lado izquierdo de quien entra. Entonces huyo
cerrando los ojos. Porque la luna llena es de un
insomnio leve: entorpecida y durmiente como
después del amor. Y yo había resuelto que iba a
dormir para poder soñar, estaba con nostalgia de
las novedades del sueño.
Entonces soñé una cosa que voy a intentar
reproducir. Se trata de un film que yo vi. Había un
hombre que imitaba a artistas de cine. Y todo lo que
ese hombre hacía era a su vez imitado por otros y
otros. Cualquier gesto. Y estaba la propaganda de
una bebida llamada Zerbino. El hombre tomaba la
botella de Zerbino y la llevaba a la boca. En medio
el hombre que imitaba artistas de cine decía: “Ésta
es una película de propaganda de Zerbino y Zerbino
en realidad no sirve”. Pero eso era al final. El
hombre retomaba la bebida y bebía. Y así hacían
todos: era fatal. Zerbino era una institución más
fuerte que el hombre. A esa altura las mujeres
parecían azafatas. Las azafatas son deshidratadas
— es necesario agregarles al polvo bastante agua
para que se vuelvan leche. Es una película de
personas automáticas que saben aguda y grave-
mente que lo son y que no hay escapatoria. Dios no

32
es automático: para Él cada instante es. Él es it.
Pero hay preguntas que me hice cuando niña y
que no fueron respondidas, quedaron haciendo eco,
llorosas: ¿el mundo se hizo solo? ¿Pero dónde se
hizo? ¿en qué lugar? Y si fue a través de la energía
de Dios, ¿cómo comenzó? ¿será como ahora cuando
estoy siendo y al mismo tiempo haciéndome? Y por
esta ausencia de respuesta es que me siento tan
confundida.
Pero 9 y 7 y 8 son mis números secretos. Soy
una iniciada sin secta. Ávida del misterio. Mi pasión
por la esencia de los números, en los cuales adivino
el interior del leño de su propio destino rígido y
fatal.
Y sueño con lujuriantes grandezas profundizadas
en tinieblas: alborozo de la abundancia, donde las
plantas aterciopeladas y carnívoras somos nosotros
que acabamos de brotar, agudo amor, lento
desmayo.
¿Esto que te estoy escribiendo, estará detrás del
pensamiento? Raciocinio no es. Quien sea capaz de
dejar de razonar —lo que es terriblemente difícil—
que me acompañe. Pero por lo menos no estoy imi-
tando a artistas de cine y nadie necesita llevarme a
la boca o tornarse azafata.
Voy a hacerte una confesión: estoy un poco
asustada. Es que no sé adónde me llevará esta

33
libertad mía. No es arbitraria ni libertina. Pero estoy
suelta.
De vez en cuando te daré una leve historia —
aria melódica y cantabile para quebrar este mi
cuarteto de cuerdas: un trecho figurativo para abrir
un claro en mi nutridora selva.
¿Estoy libre? Hay algo que aún me sujeta. ¿O yo
me sujeto a ese algo? También es así: no estoy
totalmente suelta por estar en unión con todo. Por
otra parte, una persona es todo. No es pesado de
cargar porque simplemente no se carga: se-es todo.
Me parece que por primera vez estoy sabiendo
estas cosas. La impresión es que no voy más allá de
las cosas solamente para no sobrepasarme. Tengo
cierto miedo de mí, no soy de confianza, y
desconfío de mi falso poder.
Y éste es la palabra de quien no puede.
No dirijo nada. Ni mis propias palabras. Pero no
es triste: es humildad alegre. Yo, que vivo de lado,
estoy a la izquierda de quien entra. Y en mí se
estremece el mundo.
¿Esta palabra, a ti te es promiscua? Me gustaría
que no lo fuese, porque yo no soy promiscua. Pero
soy caleidoscópica: me fascinan mis mutaciones bri-
llantes que caleidoscópicamente aquí registro.
Ahora voy a detenerme un poco para
profundizar más. Después vuelvo.

34
Volví. Fui existiendo. Recibí una carta de San
Pablo de una persona a quien no conozco. La carta
postrera de un suicida. Telefoneé a San Pablo. El
teléfono no respondía, sonaba y sonaba como en un
departamento en silencio. Murió o no murió. Hoy de
mañana telefoneé de nuevo: continuaba sin
responder. Murió, sí. Nunca lo olvidaré.
Ya no estoy más asustada. ¿Me dejas hablar, sí?
Nací así: sacando del útero de mi madre la vida que
siempre fue eterna. ¿Esperaba por mí, sí? A la hora
de pintar o escribir soy anónima. Mi profundo anoni-
mato que nunca nadie tocó.
Tengo una cosa importante para decirte. Y no
estoy jugando: it es elemento puro. Es material del
instante del tiempo. No estoy cosificando nada:
estoy teniendo el verdadero parto del it. Me siento
mareada como quien va a nacer.
Nacer: ya vi una vez a una gata pariendo. Sale
el gato envuelto en una bolsa de agua y todo
encogido adentro. La madre lame tantas veces la
bolsa de agua que ésta finalmente se rompe y he
ahí a un gato casi libre, preso solamente por el
cordón umbilical. Entonces la madre-gata-creadora
rompe con los dientes ese cordón y aparece otro
hecho en el mundo. Este proceso es it. No estoy
jugando. Estoy grave. Porque estoy libre. Soy tan
simple.

35
Estoy dándote la libertad. Antes rompo la bolsa
de agua. Después corto el cordón umbilical. Y tú
estás vivo por cuenta propia.
Y cuando nazco, quedo libre. Ésta es la base de
mi tragedia.
No. No es fácil. Pero “es”. Comí mi propia
placenta para no tener que comer durante cuatro
días. Para tener leche para darte. La leche, que es
un “esto”. Y ninguno es yo. Ninguno eres tú. Ésta es
la soledad.
Estoy esperando la próxima frase. Es cuestión
de segundos. Hablando de segundos me pregunto si
tú soportas que el tiempo sea hoy, y ahora y ya. Yo
aguanto porque comí mi propia placenta.
A las tres y media de la madrugada me
desperté. Y luego, elástica, salté de la cama. Vine a
escribirte. Quiero decir: ser. Ahora son las cinco y
media de la mañana. No tengo voluntad de nada:
estoy pura. No te deseo esta soledad. Pero yo
misma estoy en la oscuridad creadora. Lúcida
oscuridad, luminosa estupidez.
Muchas cosas no puedo contarte. No voy a ser
autobiográfica. Quiero ser “bio”. Escribo al correr de
las palabras. Antes de la aparición del espejo la
gente no conocía su propio rostro sino cuando se
reflejaba en las aguas de un lago. Después de cierto
tiempo cada uno es responsable de la cara que

36
tiene. Ahora voy a mirar la mía. Es un rostro
desnudo. Y cuando pienso que no existe otro igual
al mío en el mundo, vivo un susto alegre. Ni nunca
lo habrá. Nunca es lo imposible. Me gusta el nunca.
También me gusta el siempre. ¿Qué hay entre
nunca y siempre que los liga tan directamente, y
tan íntimamente?
En el fondo de todo está el aleluya.
Este instante es. Tú que me lees eres.
Me cuesta creer que yo vaya a morir. Pues estoy
germinando en una frescura frígida. Mi vida va a ser
larguísima porque cada instante es. La impresión es
de que estoy por nacer y no lo consigo.
Soy un corazón latiendo en el mundo.
Tú que me lees ayúdame a nacer.
Espera: está poniéndose oscuro. Más.
Más oscuro.
El instante es de una oscuridad total.
Continúa.
Espera: comienzo a vislumbrar una cosa. Una
forma luminiscente. ¿Una barriga lechosa con
ombligo? Espera, pues saldré de esta oscuridad
donde tengo miedo, oscuridad y éxtasis. Soy el
corazón de la tiniebla.
El problema es que en la ventana de mi cuarto
hay un defecto en la cortina. Y ella no corre, y por lo
tanto no se cierra. Entonces la luna llena entra toda

37
y viene a fosforescer de silencios el cuarto: es
horrible.
Ahora las tinieblas se van disipando.
Nací.
Pausa.
Maravilloso escándalo: nazco.
Estoy con los ojos cerrados. Soy pura
inconsciencia. Ya cortaron el cordón umbilical: estoy
suelta en el universo. No pienso pero siento el it.
Con ojos cerrados procuro ciegamente el pecho:
quiero leche gorda. Nadie me enseñó a querer. Pero
yo quiero. Me quedo acostada con los ojos abiertos
mirando el techo. Por dentro está la oscuridad. Un
yo que late ya se forma. Hay girasoles. Hay trigo
alto. Yo soy. Escucho el tronador eco del tiempo. Es
el mundo formándose sordamente. Si yo escucho es
porque existo antes de la formación del tiempo. “Yo
soy” el mundo. Mundo sin tiempo. Mi conciencia
ahora es leve y es el aire. El aire no tiene lugar ni
época. El aire es el no-lugar donde todo va a existir.
Lo que estoy escribiendo es música del aire. La
formación del mundo. Poco a poco se aproxima lo
que va a ser. El que va a ser ya es. El futuro es para
el frente y para atrás y para los costados. El futuro
es lo que siempre existió y siempre existirá.
¿Aunque sea abolido el Tiempo? Lo que te estoy
escribiendo no es para leerse, es para ser. La

38
trompeta de los ángeles-seres resuena en el sin
tiempo. Nace en el aire la primera flor. Se forma el
suelo que es tierra. El resto es aire y el resto es
lento fuego en perpetua mutación. ¿La palabra
“perpetua” no existe porque no existe el tiempo?
Pero existe el trueno. Y la existencia mía comienza
a existir. ¿Comienza entonces el tiempo?
De repente se me ocurrió que no es necesario
tener orden para vivir. No hay padrón a seguir ni
hay el propio padrón: nazco.
Aún no estoy pronta para hablar de “él” o “ella”.
Demuestro “aquello”. Aquello es ley universal. Naci-
miento y muerte. Nacimiento. Muerte. Nacimiento
es como una respiración del mundo.
Yo soy puro it que latía rítmicamente. Pero
siento que en breve estaré pronta para hablar de él
o de ella. No te prometo aquí una historia. Pero
tiene it. ¿Quién lo soporta? It es mole y es ostra y es
placenta. No estoy jugando pues no soy un
sinónimo — soy el propio nombre. Hay una línea de
acero atravesando todo esto que te escribo. Está el
futuro. Que es hoy mismo.
Mi vasta noche se pasa en lo primario de un
latido. La mano se posa en la tierra y escucha
caliente pulsar a un corazón. Veo el gran gusano
blanco con senos de mujer: ¿el ente humano? Lo
quemo en hoguera inquisitorial. Tengo el misticismo

39
de las tinieblas de un pasado remoto. Y salgo de
esas torturas de víctima con la marca indescriptible
que simboliza la vida. Me rodean criaturas
elementales, enanos, gnomos, duendes y genios.
Sacrifico animales para cogerles la sangre que
necesito para mis ceremonias de sortilegio. En mi
saña hago la ofrenda del alma en su propia negrura.
La misa me aterra, a mí que la ejecuto. Y la turbia
mente domina la materia. La fiera muestra los
dientes y galopan a lo lejos en el aire los caballos
de los carros alegóricos.
En mi noche idolatro el sentido secreto del
mundo. Boca y lengua. Y un caballo suelto de una
fuerza libre. Le guardo el casco en amoroso
fetichismo. En mi honda noche sopla un loco viento
que me trae hilos de gritos.
Estoy sintiendo el martirio de una inoportuna
sensualidad. De madrugada despierto llena de
frutos. Quién vendrá a coger los frutos de mi vida.
Si no tú, ¿yo misma? ¿Por qué es que las cosas un
instante antes de suceder parecen ya haber
sucedido? Es una cuestión de simultaneidad del
tiempo. Y he ahí que te hago preguntas y éstas
serán muchas. Porque soy una pregunta.
Y en mi noche siento el mal que me domina. Lo
que se llama bello paisaje no me causa sino
cansancio. Lo que me gusta son los paisajes de

40
tierra tostada y seca, con árboles contorsionados y
montañas hechas de roca y con una luz alba y
suspendida. Allí, sí, está la belleza recóndita. Sé que
tampoco gustas del arte. Nací dura, heroica,
solitaria y en pie. Y encontré mi contrapunto en el
paisaje sin pintoresquismo y sin belleza. La fealdad
es mi estandarte de guerra. Yo amo lo feo con un
amor de igual a igual. Y desafío a la muerte. Yo, yo
soy mi propia muerte. Y nadie va más lejos. Lo que
hay de bárbaro en mí busca lo bárbaro cruel fuera
de mí. Veo en claros y oscuros los rostros de las
personas que vacilan a las llamas de la hoguera.
Soy un árbol que arde con duro placer. Sólo una
dulzura me posee: la connivencia con el mundo. Yo
amo mi cruz, la que doloridamente cargo. Es lo
mínimo que puedo hacer de mi vida: aceptar
conmiserativamente el sacrificio de la noche.
Lo extraño me toma: entonces abro el paraguas
y me alborozo en una fiesta de baile donde brillan
las estrellas. El nervio rabioso dentro de mí es lo
que me retuerce. Hasta que la noche alta viene a
encontrarme exangüe. La noche alta es grande y
me devora. El viento me llama. Lo sigo y me
despedazo. Si yo no entro en el juego que se
desdobla en vida perderé la propia vida en un
suicidio de mi especie. Protejo con el fuego mi juego
de vida. Cuando la existencia de mí y del mundo

41
quedan insustentables por la razón, entonces me
suelto y sigo una verdad latente. Quizá yo
reconocería la verdad si ésta se comprobara.
Estoy haciéndome. Me hago hasta llegar al
carozo.
De mí en el mundo, quiero decirte de la fuerza
que me guía y me trae al propio mundo, de la sen-
sualidad vital de estructuras nítidas, y de las curvas
que están orgánicamente ligadas a otras formas
curvas. Mi grafismo y mis circunvoluciones son
potentes y la libertad que sopla en el verano tiene
en sí misma la fatalidad. El erotismo propio del que
está vivo aparece derramado en el aire, en el mar,
en las plantas, en nosotros, derramado en la
vehemencia de mi voz, yo te escribo con mi voz. Y
hay un vigor de tronco robusto, de raíces
entrañadas en la tierra viva que reacciona dándoles
grandes alimentos. Respiro de noche la energía. Y
todo esto en lo fantástico. Fantástico: el mundo por
un instante es exactamente lo que mi corazón pide.
Estoy presta a morirme y a constituir nuevas
composiciones. Estoy expresándome muy mal y las
palabras ciertas se me escapan. Mi forma interna
está finamente depurada y sin embargo mi conjunto
con el mundo tiene la crudeza desnuda de los
sueños libres y de las grandes realidades. No conoz-
co la prohibición. Y mi propia fuerza me libera, esa

42
vida plena que se me transborda. Y nada planeo en
mi trabajo intuitivo de vivir: trabajo con lo indirecto,
lo informal y lo imprevisto.
Ahora, de madrugada, estoy pálida y agitada y
tengo la boca seca frente a lo que alcanzo. La natu-
raleza en cántico coral y yo muriendo. ¿Qué canta
la naturaleza? la propia palabra final que no es
nunca más yo. Los siglos caerán sobre mí. Pero
mientras tanto una truculencia de cuerpo y alma
que se manifiesta en el rico escaldar de palabras
pesadas que se atropellan unas en las otras — y
algo salvaje, primario y enervado se yergue de mis
pantanos, la planta maldita que está próxima a
entregarse a Dios. Cuando más maldita, más hasta
Dios. Yo me profundicé en mí y encontré que yo
quiero la vida sangrienta, y el sentido oculto tiene
una intensidad que posee luz. Es la luz secreta de
una sabiduría de la fatalidad: la piedra fundamental
de la tierra. Es más un presagio de vida, que vida
misma. Yo la exorcizo excluyendo a los profanos. En
mí mundo poca libertad de acción me es concedida.
Soy libre apenas para ejecutar los gestos fatales. Mi
anarquía obedece subterráneamente a una ley
donde lidio oculta con la astronomía, la matemática
y la mecánica. La liturgia de los exámenes
disonantes de los insectos que salen de los panta-
nos neblinosos y pestilentes. Insectos, sapos, piojos,

43
moscas, pulgas y chinches; todos nacidos de una
corrupta germinación malsana de larvas. Y mi
hambre se alimenta de esos seres putrefactos en
descomposición. Mi rito es purificador de fuerzas.
Pero existe malignidad en la selva. Bebo un trago
de sangre que me plenifica toda. Oigo címbalos y
trompetas y tamborines que llenan el aire de
barullos y marejadas sofocando entonces el silencio
del disco del sol y su prodigio. Quiero un manto
tejido con hilos de oro solar. El sol es la tensión
mágica del silencio. En mi viaje a los misterios
escucho a la planta carnívora que lamenta tiempos
inmemoriales: y tengo pesadillas obscenas bajo
vientos enfermizos. Estoy encantada, seducida,
arrebatada por voces furtivas. Las inscripciones
cuneiformes casi ininteligibles hablan de cómo
concebir y dan fórmulas sobre cómo alimentarse de
la fuerza de las tinieblas. Hablan de las hembras
desnudas y rastreras. Y el eclipse del sol causa
secreto terror que sin embargo anuncia un
esplendor del corazón. Pongo sobre mis cabellos la
diadema de bronce.
Atrás del pensamiento —más atrás aún— está el
techo que yo miraba cuando niña. De repente
lloraba. Ya era amor. O ni siquiera lloraba. Quedaba
a la expectativa. Escrutando el techo. El instante es
el enorme huevo de vísceras tibias.

44
Ahora es madrugada nuevamente.
Pero al amanecer yo pienso que nosotros somos
los contemporáneos del día siguiente. Que Dios me
ayude: estoy perdida. Necesito terriblemente de ti.
Nosotros tenemos que ser dos. Para que el trigo
quede alto. Estoy tan grave que voy a detenerme.
Nací hace algunos instantes y estoy ofuscada.
Los cristales tintinean y brillan. El trigo está
maduro: el pan es repartido. ¿Pero repartido con
dulzura? Es importante saberlo. No pienso, así como
el diamante no piensa. Brillo toda límpida. No tengo
hambre ni sed: soy. Tengo dos ojos que están
abiertos. Para la nada. Para el techo.
Voy a hacer un adagio. Léelo lentamente y con
paz. Es un largo refrescar.
Nacer es así:
Los girasoles lentamente vuelven sus corolas
para el sol. El trigo está maduro. El pan se come
con dulzura. Mi impulso se liga al de las raíces de
los árboles. Nacimiento: los pobres tienen una
oración en sánscrito. Ellos no piden: son pobres de
espíritu. Nacimiento: los africanos tienen la piel
negra y opaca. Muchos son hijos de la reina de Saba
y del rey Salomón. Los africanos, para
adormecerme, yo recién nacida, entonan una
historia primaria donde cantan monótonamente que
la suegra, en seguida que ellos salen, viene y les

45
roba un cacho de bananas.
Hay una canción de amor de ellos que dice
también monótonamente el lamento que hago mío:
¿por qué te amo si no respondes? envío mensajeros
en vano; cuando te saludo tú escondes el rostro;
¿por qué te amo si ni siquiera me notas? También
existe una canción para acunar elefantes que se
van a bañar al río. Soy africana: un hilo de lamento
triste y ancho y selvático está en mi voz que te
canta. Los blancos les pegaban a los negros con
chicotes. Pero así como el cisne segrega un óleo
que impermeabiliza la piel, así el dolor de los
negros no puede entrar, y entonces los golpes no
duelen. El dolor se puede transformar en placer,
basta un “clic”. ¿Cisne negro?
Pero están los que mueren de hambre y yo nada
puedo hacer sino nacer. Mi monótona historia es:
¿qué puedo hacer por ellos? Mi respuesta es: pintar
un fresco en adagio. Podría sufrir el hambre de los
otros en silencio pero una voz de contralto me hace
cantar — un canto opaco y negro. Es mi mensaje de
persona sola. La persona come a otra de hambre.
Pero yo me alimenté con mi propia placenta. Y no
voy a roer mis uñas porque esto es un tranquilo
adagio.
Paré para beber agua fresca: en este instante el
vaso ya es de grueso cristal facetado y con millares

46
de chispas de instantes. ¿Los objetos son tiempo
detenido?
Continúa la luna llena. Los relojes se detuvieron
y el sonido de un carillón ronco se trepa por el
muro. Quiero ser enterrada con el reloj en la
muñeca para que algo en la tierra pueda pulsar el
tiempo.
Estoy tan amplia; soy tan coherente: mi cántico
es profundo. Lento. Pero in crescendo. Está
creciendo más aún. Si crece mucho se volverá luna
llena y silencio, y fantasmagórico suelo lunar. A la
expectativa del tiempo que se detiene. Lo que te
escribo es serio. Va a transformarse en duro objeto
imperecedero. Lo que viene es imprevisto. Para ser
inútilmente sincera debo decir que ahora son las
seis y quince de la mañana.
El riesgo — estoy arriesgando descubrir tierra
nueva. Donde jamás hayan resonado pasos
humanos. Antes tengo que pasar por lo vegetal
perfumado. Tengo una “dama-de-noche” en mi
terraza. Voy a comenzar a fabricar mi propio
perfume: compro alcohol apropiado y la esencia del
que ya viene macerado y sobretodo el fijador que
tiene que ser de origen puramente animal. Almizcle
pesado. He ahí el último acorde grave del adagio.
Mi número es el 9. Y el 7. Y el 8. Todo detrás del
pensamiento. Si todo eso existe, entonces yo soy.

47
¿Pero por qué ese malestar? Es porque no estoy
viviendo del único modo que existe para cada uno
de vivir y ni siquiera sé cuál es. Desconfortable. No
me siento bien. No sé lo que hay. Pero alguna cosa
está equivocada y produce malestar. Sin embargo
estoy siendo franca y mi juego es limpio. Abro el
juego. Lo único que no cuento son los hechos de mi
vida: soy secreta por naturaleza. ¿Qué pasa,
entonces? Sólo sé que no quiero la impostura. Me
niego. Yo me profundicé pero no creo en mí porque
mi pensamiento es inventado.
Ya puedo prepararme para el “él” o “ella”. El
adagio llegó a su final. Entonces comienzo. No
miento. Mi verdad brilla como un cairel de araña de
cristal.
Pero ella está oculta. Yo aguanto porque soy
fuerte: comí mi propia placenta.
Aunque todo sea tan frágil. Me siento tan
perdida. Vivo de un secreto que se irradia en rayos
luminosos que me ofuscarían si yo no los cubriera
con un manto pesado de falsas certezas. Que Dios
me ayude: estoy sin guía y de nuevo está oscuro.
¿Tendré qué morir de nuevo, para de nuevo nacer?
Acepto.
Voy a volver hacia lo desconocido de mí misma
y cuando nazca hablaré de “él” o de “ella”. Mientras
tanto lo que me sustenta es el “aquello” que es un

48
“it”. Crear de sí mismo un ser es muy grave. Estoy
criándome. Y andar en la más completa oscuridad
en busca de nosotros mismos es lo que hacemos.
Duele. Pero es dolor de parto: nace una cosa que
es. Se-es. Es duro como una piedra seca. Pero la
entraña es it blanda y viva, perecedera, periclitante.
Vida de materia elemental.
Como el Dios no tiene nombre voy a darle a Él el
nombre de Simptar. No pertenece a ninguna
lengua. Yo me doy el nombre de Amptala. Que yo
sepa no existe tal nombre. Quizá en lengua anterior
al sánscrito, lengua it. Escucho el tictac del reloj:
me apresuro entonces. El tictac es it.
Creo que no voy a morir en el instante siguiente
porque el médico que me examinó detenidamente
dijo que tengo una salud perfecta. ¿Estás viendo? el
instante pasó y yo no morí. Quiero que me entierren
directamente en la tierra aunque adentro del cajón.
No quiero ser encajonada en la pared como en el
cementerio San Juan Bautista que ya no tiene más
lugar en tierra. Entonces inventaron esas diabólicas
paredes donde uno queda como en un archivo.
Ahora es un instante. ¿Lo sientes? yo sí lo
siento.
El aire es “it” y no tiene perfume. También me
gusta. Pero me gusta mi dama-de-noche, almizcle-
ña porque su dulzura es una entrega a la luna. Ya

49
comí jalea de rosas pequeñas y escarlatas: su gusto
nos bendice al mismo tiempo que nos acomete.
¿Cómo reproducir en palabras el gusto? El gusto es
uno y las palabras son muchas. ¿En cuanto a la
música, después de tocada, adonde va ella? La
música tiene de concreto solamente el instrumento.
Bien atrás del pensamiento tengo un fondo musical.
Pero aún más atrás está latiendo el corazón. Así el
más profundo pensamiento es un corazón latiendo.
Quiero morir con vida. Juro que sólo moriré lu-
crando el último momento. Hay una oración
profunda en mí que va a nacer no sé cuándo.
Querría tanto morir de salud. Como quien explota.
Éclater es mejor: j’éclate. Mientras tanto continúo el
diálogo contigo. Después será monólogo. Después
el silencio. Sé que habrá un orden.
El caos de nuevo se prepara como instrumentos
musicales que se afinan antes de comenzar la
música electrónica. Lo que estoy improvisando y la
belleza de lo que improviso es fuga. Siento latir en
mí la oración que aún no veo. Siento que voy a
pedir que los hechos apenas se deslicen sobre mí
sin mojarme. Estoy lista para el silencio grande de
la muerte. Voy a dormir.
Me levanté. El tiro de misericordia. Porque estoy
cansada de defenderme. Soy inocente. Hasta
ingenua, porque me entrego sin garantías. Nací por

50
Orden. Estoy enteramente tranquila. Respiro por
Orden. No tengo estilo de vida: alcancé lo personal,
lo que es tan difícil. Dentro de poco el Orden me va
a mandar sobrepasar lo máximo. Sobrepasar lo
máximo es vivir el elemento puro. Hay personas
que no aguantan: vomitan. Pero yo estoy habituada
a la sangre.
Qué música bellísima escucho en lo profundo de
mí. Está hecha de trazos geométricos
entrecruzándose en el aire. Es música de cámara.
Música de cámara es la que carece de melodía. Es
una manera de expresar el silencio. Lo que te
escribo es de cámara.
Y esto que intento escribir es la manera de
debatirme. Estoy asustada. ¿Por qué en esta Tierra
hubo dinosaurios? ¿Cómo se extingue una raza?
Verifico que estoy escribiendo como si estuviese
entre el sueño y la vigilia.
He ahí que de repente veo que hace mucho que
no estoy entendiendo. ¿El filo de mi cuchillo está
quedando ciego? Me parece que lo más probable es
que no entiendo porque lo que veo ahora es difícil:
estoy entrando mañeramente en contacto con una
realidad nueva para mí que aún no tiene
pensamientos correspondientes y mucho menos
aún alguna palabra que la signifique: es una
sensación del pensamiento.

51
He ahí que mi mal me domina. Soy aún la cruel
reina de los medas y de los persas y soy también
una lenta evolución que se lanza como puente
levadizo a un futuro cuyas nieblas lechosas ya
respiro. Mi aura es de misterio de vida. Yo me
sobrepaso abdicando de mi nombre, y entonces soy
el mundo. Sigo la voz del mundo con voz única.
Lo que te escribo no tiene comienzo: es una
continuación. De las palabras de este canto, canto
que es mío y tuyo, elévase un halo que trasciende
las frases, ¿lo sientes? Mi experiencia viene de que
yo ya conseguí pintar el halo de las cosas y de las
palabras. El halo es vertiginoso. Clavo la palabra en
el vacío descampado: es una palabra como fino
bloque monolítico que proyecta sombra. Y es
trompeta que anuncia. El halo es it.
Preciso sentir de nuevo el it de los animales.
Hace mucho tiempo que no entro en contacto con la
vida primitiva animal. Estoy necesitando estudiar a
los bichos. Quiero captar lo it para poder pintar, no
una águila o un caballo, pero sí un caballo con las
alas abiertas de una gran águila.
Me estremezco toda al entrar en contacto físico
con bichos o con la simple visión de ellos. Los
bichos me fascinan. Ellos son el tiempo que no se
cuenta. Parece existir cierto horror de aquella
criatura viva que no es humana y que tiene mis

52
propios instintos aunque libres e indomables. Un
animal nunca substituye una cosa por otra.
Los animales no ríen. Aunque a veces el perro
ríe. Más allá de la boca jadeante la sonrisa se
transmite por los ojos que se tornan brillantes y
más sensuales, mientras el rabo abanica en alegre
perspectiva. Pero el gato no ríe nunca. Un “él” que
conozco no quiere saber más nada de gatos. Se
hartó para siempre porque tenía cierta gata que se
encolerizaba periódicamente. Eran tan imperativos
sus instintos que en la época de celo, después de
largos y llorosos maullidos, se arrojaba del tejado y
se hería en el suelo.
A veces me electriza ver animales. Ahora estoy
oyendo el grito ancestral dentro de mí: parece que
no sé quién es más la criatura, si yo o el bicho. Y
me confundo toda. Me parece que quedo con miedo
de encarar instintos sofocados que frente al animal
estoy obligada a asumir.
Conocí una “ella” que humanizaba a los
animales conversando con ellos y prestándoles sus
propias características. No humanizo al animal
porque es una ofensa —hay que respetarles la
naturaleza—, pero yo me animalizo. No es difícil y
viene simplemente. Lo que hay que hacer es no
luchar, sólo entregarse.
Nada existe más difícil que entregarse al

53
instante. Esta dificultad es un dolor humano. Es
nuestro. Yo me entrego en palabras y me entrego
cuando pinto.
Tomar pajaritos en la concha medio cerrada de
la mano es terrible, es como si tuviese los instantes
trémulos en la mano. El pajarito despavorido se
debate desordenadamente en millares de alas y de
repente se tiene en la mano semicerrada las alas
finas debatiéndose y de repente se torna intolerable
y se abre de prisa la mano para liberar la presa
leve. O se lo entrega de prisa al dueño para que él
le dé la mayor libertad relativa de la jaula. Pájaros
— yo los quiero en los árboles o volando lejos de
mis manos. Quizá cierto día llegue a estar íntima de
ellos y a gozarles la levísima presencia del instante.
“Gozarles la levísima presencia” me da la sensación
de haber escrito una frase completa para decir
exactamente lo que es: la levitación de los pájaros.
No se me ocurriría tener una lechuza, aunque yo
las haya pintado en las grutas. Pero una “ella”
encontró en tierra, en la mata de Santa Teresa, al
hijuelo de una lechuza, solo, sin madre. Lo llevó
para su casa. Lo abrigó. Lo alimentó y le daba
murmullos y terminó descubriendo que a él le
gustaba la carne cruda. Cuando estuvo fuerte era
de esperar que huyese inmediatamente, pero se
demoró en ir a buscar el propio destino que sería el

54
de reunirse a los de su loca raza: esa diabólica ave
se había encariñado con la muchacha. Hasta que en
un arranque —como si estuviera en lucha consigo
mismo— se liberó con un vuelo hacia la profundidad
del mundo.
He visto caballos sueltos en el pasto donde de
noche el caballo blanco —rey de la naturaleza— lan-
zaba hacia el alto aire su largo relincho de gloria.
Tuve perfectas relaciones con ellos. Me recuerdo de
pie, con la misma altivez del caballo pasando la
mano por su pelo desnudo. Por su crin agreste. Yo
me sentía así: la mujer y el caballo.
Sé historia pasada pero que ya se renueva. Él
me contó que vivió durante algún tiempo con parte
de su familia radicada en una pequeña aldea en un
valle de los altos Pirineos nevados. En el invierno
los lobos hambrientos bajaban de las montañas
hasta la aldea para cazar su presa. Todos los
habitantes se trancaban atentos en la casa para
abrigar en la sala a ovejas y caballos y perros y
cabras, el calor humano y el calor animal — todos
alertas para oír el arañar de las garras de los lobos
en las puertas cerradas. Escuchando. Escuchando.
Estoy melancólica. Es de mañana. Pero conozco
el secreto de las mañanas puras. Y descanso en la
melancolía.
Conozco la historia de una rosa. ¿Te parece

55
extraño hablar de la rosa cuándo me estoy
ocupando de animales? Pero ella reaccionó de tal
modo que me recuerda a los misterios animales.
Cada dos días yo compraba una rosa y la colocaba
en agua dentro de la jarra hecha especialmente
estrecha para abrigar el largo tallo de una sola flor.
Cada dos días la rosa se marchitaba y yo la
cambiaba por otra. Hasta que hubo una
determinada rosa. Color de rosa sin colorante o
injerto del más vivo rosado por la naturaleza
misma. Su belleza ensanchaba en ampliaciones el
corazón. Parecía tan orgullosa de la hinchazón de
su corola toda abierta y de los propios pétalos, que
era altivamente como se mantenía casi erecta.
Porque no quedaba totalmente erecta: con mucha
gracia se inclinaba sobre el tallo, que era fino y
quebradizo. Una íntima relación se estableció entre
yo y la flor: yo la admiraba y ella parecía sentirse
admirada. Y tan gloriosa estuvo en su hechizo y con
tanto amor era observada que pasaban los días y
ella no se marchitaba: continuaba con la corola toda
abierta y dilatada, fresca como una flor recién
nacida. Duró en belleza y en vida una semana
entera. Sólo entonces comenzó a dar muestras de
algún cansancio. Después murió. Casi con
reluctancia la cambié por otra. Y nunca la olvidé. Lo
extraño es que la empleada me preguntó un día a

56
quemarropa: “¿y aquella rosa?” Ni pregunté cuál. Lo
sabía. Aquella rosa que vivió por amor largamente
era recordada porque la mujer había visto el modo
con que yo mirara a la flor transmitiéndole en ondas
mi energía. Había intuido ciegamente que algo
había pasado entre yo y la rosa. Ésta —tuve deseos
de llamarla “joya de la vida” pues les doy muchos
nombres a las cosas— tenía tanto instinto de la
naturaleza que ella y yo habíamos podido vivirnos
una y otra profundamente, como sólo sucede entre
el animal y el hombre.
No haber nacido animal es una de mis secretas
nostalgias. Ellos a veces claman desde lejos muchas
generaciones y yo no puedo responder sino
quedando inquieta. Es el llamado.
Ese aire suelto, ese viento que me golpea en el
alma del rostro dejándola ansiosa en una imitación
de un angustiante éxtasis cada vez nuevo,
nuevamente y siempre, cada vez lo sumerjo en
alguna cosa tan sin fondo donde caigo siempre
cayendo sin parar hasta morir y adquirir finalmente
el silencio. Oh viento siroco, yo no te perdono la
muerte, tú que me traes un recuerdo machucado de
cosas vividas que, ay de mí, siempre se repiten, aun
bajo otras y diferentes formas. La cosa vivida me
asusta así como me espanta el futuro. Éste, como lo
ya pasado, es intangible, una mera suposición.

57
Estoy en este instante en un vacío blanco
esperando el próximo instante. Contar el tiempo es
apenas una hipótesis de trabajo. Pero lo que existe
es perecedero y esto obliga a contar el tiempo
inmutable y permanente. Nunca comenzó y nunca
va a terminar. Nunca.
Supe de una “ella” que murió en la cama pero a
los gritos: “¡estoy apagándome!” Hasta que tuvo el
beneficio del coma dentro del cual ella se liberó del
cuerpo y no tuvo ningún miedo de morir.
Para escribirte yo antes me perfumo toda.
Yo te conozco todo por vivirte toda. En mí la
vida es profunda. Las madrugadas vienen a
encontrarme pálida de haber vivido la noche de los
sueños hondos. Aunque a veces yo sobrenade en
un raso aparente que tiene debajo de sí una
profundidad de azul oscuro casi negro. Por eso te
escribo. Por soplo de las gruesas algas y en el tierno
naciente del amor.
Yo voy a morir: existe esta tensión como la de
un arco presto a disparar la flecha. Recuerdo el
signo sagitario: mitad hombre y mitad animal. La
parte humana en rigidez clásica asegura el arco y la
flecha. El arco puede disparar en cualquier instante
y alcanzar el blanco. Sé que voy a alcanzar el
blanco.
Ahora voy a escribir al correr de la mano: no

58
interferiré en lo que ella escriba. Ése es un modo de
que no exista desfasaje entre el instante y yo: actúo
en la entraña del propio instante. Pero de cualquier
modo hay algún desfasaje. Comienza así: cómo el
amor impide la muerte, y no sé lo que estoy
queriendo decir con esto. Confío en mi
incomprensión, que me ha dado vida liberada de
entendimiento, perdí amigos, no entiendo la
muerte. El horrible deber es el de ir hasta el fin. Y
sin contar con nadie. Vivirse a sí misma. Y para
sufrir menos embotarme un poco. Porque no puedo
más cargar los dolores del mundo. ¿Qué hacer
cuando siento totalmente lo que otras personas son
y sienten? Las vivo pero ya no tengo más fuerzas.
No quiero contarme ni a mí misma ciertas cosas.
Sería traicionar el es-se. Siento que sé algunas
verdades. Que ya presiento. Pero las verdades no
tienen palabras. ¿Verdades o verdad? No voy a
hablar de Dios, Él es un secreto mío. Está haciendo
un día de sol. La playa estaba llena de viento bueno
y de libertad. Y yo estaba sola. Sin necesitar a
nadie. Es difícil porque preciso repartir contigo lo
que siento. El mar calmo. Más a la expectativa y en
sospecha. Como si tal calma no pudiera durar. Algo
está siempre por suceder. Lo imprevisto
improvisado y fatal me fascina. Ya entré en
comunicación contigo, y tan fuerte, que dejé de

59
existir, siendo. Tú te transformaste en un yo. Es tan
difícil hablar y decir cosas que no pueden ser
dichas. Es tan silencioso. ¿Cómo traducir el silencio
del encuentro real entre nosotros dos? Dificilísimo
de contar: te miré fijamente por unos instantes.
Tales momentos son mi secreto. Hubo lo que se
llama comunicación perfecta. Yo llamo a esto un
estado agudo de felicidad. Estoy terriblemente
lúcida y parece que alcanzo un plano más alto de
humanidad. El de la deshumanidad — el it.
Lo que hago por involuntario instinto no puede
ser descrito.
¿Qué estoy haciendo al escribirte? estoy
intentando fotografiar el perfume.
Te escribo sentada junto a una ventana abierta
en lo alto de mi atelier.
Te escribo este facsímil de libro, el libro de
quien no sabe escribir; pero es que es en el dominio
más leve del habla donde casi no sé hablar. Sobre
todo hablarte por escrito, yo que me habitué a que
fueses el oyente, aunque distraído, de mi voz.
Cuando pinto respeto el material que uso, respeto
su primordial destino. Entonces cuando te escribo
respeto las sílabas.
Nuevo instante en que veo lo que va a seguir.
Aunque para hablar del instante de visión yo
tenga que ser más discursiva que el instante:

60
muchos instantes pasarán antes que yo desdoble y
agote la complejidad una y rápida del nuevo pase
de un torero.
Te escribo a la medida de mi aliento. ¿Estaré
siendo hermética, como en mi pintura? Porque
parece que se debe ser terriblemente explícita.
¿Soy explícita? Poco me interesa. Ahora voy a
encender un cigarrillo. Quizá vuelva a la máquina o
tal vez me detenga aquí mismo para siempre. Yo,
que nunca me adecuó a las cosas.
Volví. Estoy pensando en tortugas. Una vez dije
yo por pura intuición que la tortuga era un animal
dinosáurico. Después vine a leer que es lo mismo.
Tengo cada cosa. Un día voy a pintar tortugas. Ellas
me interesan mucho. Todos los seres vivos, que no
el hombre, son un escándalo de maravillosos:
fuimos modelados y sobró mucha materia prima —it
— y entonces se formaron los animales. ¿Para qué
una tortuga?
Tal vez el título de lo que estoy escribiéndote
debiera ser un poco así y en forma interrogativa:
“¿Y las tortugas?” Tú que me lees dirías: es verdad
que hace mucho tiempo que no pienso en las
tortugas.
De repente quedé tan afligida que soy capaz de
decir ahora fin y terminar lo que te escribo, más
sobre la base de palabras ciegas. Aun para los

61
descreídos existe el instante de la desesperación,
que es divino: la ausencia del Dios es un acto de
religión. En este mismo instante estoy pidiendo a
Dios que me ayude. Estoy necesitando su ayuda.
Precisando de ella más que de la fuerza humana.
Soy fuerte pero también destructiva. Dios tiene que
venir a mí ya que no he ido a Él. Que Dios venga:
por favor. Aunque yo no lo merezca. Que venga. O
tal vez los que menos merecen sean los que más
necesiten. Soy inquieta y áspera y desesperanzada.
Aunque tenga amor dentro de mí. Sólo que no sé
usar el amor. A veces me araña como si fuesen
zarpas. Si recibí tanto amor dentro de mí y sin
embargo continúo inquieta es porque necesito que
Dios venga. Que venga antes de que sea dema-
siado tarde. Corro peligro como toda persona que
vive. Y la única cosa que me espera es exactamente
lo inesperado. Pero sé que tendré paz antes de la
muerte y que experimentaré un día lo delicado de
la vida. Lo percibiré, así como se come y se vive el
gusto de la comida. Mi voz cae en el abismo de tu
silencio. Tú me lees en silencio. Pero en ese
ilimitado campo mudo abro las alas, libre para vivir.
Entonces acepto lo peor y entro en el amago de la
muerte y para eso estoy viva. El amago sensible. Y
me vibra ese it.
Ahora voy a hablar de la dolencia de las flores

62
para sentir más el orden de lo que existe. Antes te
doy con placer el néctar, jugo dulce que muchas
flores contienen y que los insectos buscan con
avidez. El pistilo es el órgano femenino de la flor
que generalmente ocupa el centro y contiene el
rudimento de la semilla. El polen es el polvo
fecundante producido en los estambres y contenido
en las anteras. El estambre es el órgano masculino
de la flor. Está compuesto por estilete y por la
antera en la parte inferior contorneando el pistilo.
La fecundación es la unión de dos elementos de
generación —masculino y femenino-— del que
resulta el fruto fértil. “Y plantó Javeh Dios un jardín
en el Edén que queda en el Oriente y colocó en él al
hombre que formara” (Gen. 11-8).
Quiero pintar una rosa.
La rosa es la flor femenina que se da toda, y
tanto, que para ella sólo resta la alegría de haberse
dado. Su perfume es un loco misterio. Cuando es
aspirada profundamente toca en el fondo íntimo del
corazón y deja el interior del cuerpo enteramente
perfumado. El modo en que ella se abre en mujer es
bellísimo. Los pétalos tienen un delicioso sabor en
la boca — basta con probarlo. Pero la rosa no es it.
Es ella. Las encarnadas son de gran sensualidad.
Las blancas son la paz de Dios. Es muy raro
encontrar en las florerías rosas blancas. Las

63
amarillas son de una alarma alegre. Las rosadas son
en general más carnudas y tienen el color por
excelencia. Las naranjadas son producto de injerto
y son sexualmente atrayentes. Presta atención, y es
un favor: estoy invitándote a mudarte al reino
nuevo.
Ya el clavel, en cambio, tiene una agresividad
que viene de cierta irritación. Son ásperas y
respingadas las puntas de sus pétalos. El perfume
del clavel es de algún modo mortal. Los claveles
rojos gritan en violenta belleza. Los blancos
recuerdan el pequeño cajón de una criatura difunta:
el olor entonces se torna doloroso y la gente desvía
la cabeza hacia un costado, con horror. ¿Cómo
trasplantar el clavel a la tela?
El girasol es el gran hijo del sol. Tanto, que sabe
doblar su enorme corola hacia el lado de quien lo
creó. No importa si es padre o madre. No sé. ¿Acaso
el girasol será una flor femenina; o será masculina?
La violeta es introvertida y su introspección es
profunda. Dicen que se esconde por modestia. No
es así. Se esconde para poder captar su propio
secreto. Su “casi-no-perfume” es una gloria
sofocada que exige que la gente lo busque. No grita
nunca su perfume. La violeta dice cosas leves que
no se pueden decir.
La siempreviva está siempre muerta. Su

64
sequedad tiende a la eternidad. El nombre en
griego quiere decir: sol de oro. La margarita es una
florecita alegre. Es simple y a flor de piel. Sólo tiene
una camada de pétalos. El centro es un juego
infantil.
La hermosa orquídea es extraña y antipática. No
es espontánea. Requiere una redoma. Pero es una
mujer esplendorosa y eso no se puede negar.
Tampoco se puede negar que es noble porque es
epífita. Las epífitas nacen sobre otras plantas pero
sin quitarles a ellas su alimento. Estaba mintiendo
cuando dije que era antipática. Adoro las orquídeas.
Ya nacen artificiales, ya nacen arte.
El tulipán sólo es tulipán en Holanda. Un único
tulipán simplemente no lo es. Necesita de campo
abierto para ser.
La flor de los trigales sólo se da en medio del
trigo. En su humildad tiene la osadía de aparecer en
diversas formas y colores. La flor del trigal es
bíblica. En los pesebres de España no se separa de
los ramos de trigo. Es un pequeño corazón
golpeando.
Pero la angélica es peligrosa. Tiene perfume a
capilla. Trae éxtasis. Recuerda la hostia. Muchos
tienen deseos de comerla y llenarse la boca con el
intenso olor sagrado.
El jazmín es de los enamorados. Da deseos de

65
poner puntos suspensivos ahora. Ellos caminan
tomados de la mano, balanceando los brazos y se
dan besos suaves casi al son perfumado del jazmín.

La estrelicia es masculina por excelencia. Tiene


una agresividad de amor y de sano orgullo. Parece
tener cresta de gallo, y de él su canto. Sólo que no
espera a la aurora. Tiene la violencia de tu belleza.
La dama-de-noche tiene perfume de luna llena.
Es fantasmagórica y un poco asustadora, y es para
quien ama el peligro. Sale solamente de noche con
su perfume mareador. La dama-de-noche es
silenciosa. Y también de la esquina desierta y en
tinieblas, y de los jardines de casas de luces
apagadas y ventanas cerradas. Es peligrosísima: es
un silbido en la oscuridad, algo que nadie soporta.
Yo sí lo aguanto porque amo el peligro. En cuanto a
la suculenta flor de cactus, es grande y olorosa y de
color brillante. Es la venganza sumaria que hace la
planta desértica. Es el esplendor naciendo de la
esterilidad despótica.
Tengo pereza de hablar de la edelweiss. Se la
encuentra a tres mil cuatrocientos metros. Es blan-
ca y lanosa. Raramente alcanzable: es la aspiración.
El geranio es una flor de cantero de ventana. La
encontramos en San Pablo, en el barrio de Grajaú, y
en Suiza.

66
La victoria-regia está en el Jardín Botánico de
Río de Janeiro. Enorme, hasta casi dos metros de
diámetro. Acuática, es como para morirse por ella.
Es lo amazónico: el dinosaurio de las flores. Esparce
una gran tranquilidad. A un tiempo majestuosa y
simple. Y a pesar de vivir en el nivel de las aguas
ella da sombra. Esto que estoy escribiéndote es en
latín: de natura florum. Después te mostraré mi
estudio ya transformado en diseño lineal.
El crisantemo tiene una alegría profunda. Habla
a través del color y del despeinado. Es una flor que
despernadamente controla su propio salvajismo.
Creo que voy a tener que pedir permiso para
morir. Pero no puedo, es demasiado tarde. Escuché
el “Pájaro de fuego”, y me ahogué entera.
Tengo que interrumpir porque —¿No te lo dije?
¿no te dije que un día iba a sucederme alguna cosa?
Pues acaba de suceder ahora. Un hombre llamado
Joáo habló conmigo por teléfono. Él se crió en las
profundidades de la Amazonia. Dice que allá corre
la leyenda de una planta que habla. Se llama “tajá”.
Dice que siendo mistificada, mistificada de un modo
ritualista por los indígenas, ella eventualmente dice
una palabra. Joáo me contó una cosa que no tiene
explicación: una vez entró tarde por la noche a su
casa y cuando estaba pasando por el corredor
donde estaba la planta escuchó la palabra “Joáo”.

67
Entonces pensó que era su madre que lo llamaba y
respondió: ya voy. Subió pero encontró a la madre y
al padre roncando profundamente.
Estoy cansada. Mi cansancio viene mucho
porque soy una persona extremadamente ocupada:
me apodero del mundo. Todos los días miro por la
terraza el pedazo de playa con mar y veo las
espesas espumas más blancas y que durante la
noche las aguas avanzan inquietas. Veo esto por la
marca que las olas dejan en la arena. Miro los
almendros de la calle donde vivo. Antes de dormir
me apodero del mundo y veo si el cielo de la noche
está estrellado y azul-marino porque en ciertas
noches en vez de negro el cielo parece azul- marino
intenso, color que ya pinté en un vitral. Me gustan
las intensidades. Me ocupo del niño que tiene nueve
años de edad y que está vestido con trapos y es
flaquísimo. Tendrá tuberculosis si es que ya no la
tiene. En el Jardín Botánico me quedo agotada.
Tengo que apoderarme con la mirada de millares de
plantas y árboles y sobre todo de la victoria-regia.
Ella está allá. Yo la miro.
Repara en que no menciono mis impresiones
emotivas: lúcidamente hablo de algunas de los
millares de cosas y personas de las que me
apodero. Tampoco se trata de emplear dinero,
porque no gano para eso. Apenas quedo sabiendo

68
cómo es el mundo.
Sí, apoderarse del mundo da mucho trabajo. Por
ejemplo: me obliga a recordar el rostro inexpresivo
y por eso mismo asustador de la mujer que vi en la
calle. Con los ojos me apodero de la miseria de los
que viven apoyados, encima.
Tú me preguntarás por qué me apodero del
mundo. Es que nací para ello.4
Cuando era niña tomé en cuenta una fila de hor-
migas: ellas andan en fila india cargando como
mínimo una hoja. Lo que no impide que cada una
comunique alguna cosa a la que viene en dirección
opuesta. Las hormigas y las abejas ya no son it. Son
ellas.
Leí el libro sobre las abejas y desde entonces
me intereso sobre todo por la reina-madre. Las
abejas vuelan y tratan con flores. ¿Es eso banal? Yo
misma lo constaté. Forma parte del trabajo de
registrar lo obvio. En la pequeña hormiga cabe todo
un mundo que se me escapa si yo no tomo cuidado.
Por ejemplo: cabe el sentido instintivo de
organización, el lenguaje más allá de lo
supersónico, y los sentimientos de sexo. Ahora no
encuentro, una sola hormiga para mirar. Que no
hubo matanza yo lo sé porque sino lo habría sabido.
Tomar cuenta del mundo también exige mucha

4
En portugués la frase permite un juego de palabras, que en castellano no puede
traducirse. (N. de la T.).

69
paciencia: tengo que esperar por el día en que me
aparezca una hormiga.
Solamente no encontré aún a quién rendirle
cuentas. ¿O no? Pues te estoy prestando cuentas
aquí mismo. Ahora mismo voy a prestarte cuenta
de aquella primavera que fue bien seca. La radio
estallaba al captarle la estática. La ropa erizábase
al dejar escapar la electricidad del cuerpo y el peine
levantaba los cabellos imantados; ésta era una dura
primavera. Ella estaba exhausta del invierno y
brotaba toda eléctrica. De cualquier punto en que
se estuviera se partía hacia lo lejos. Nunca se vio
tanto camino. Hablamos poco, tú y yo. Ignoro por
qué todo el mundo estaba tan enojado y
electrónicamente apto. ¿Pero apto para qué? El
cuerpo pesaba de sueño. Y nuestros grandes ojos
inexpresivos como ojos de ciego cuando están bien
abiertos. En la terraza estaba el pez en el acuario y
tomamos refresco en aquel bar de hotel mirando
hacia el campo. Con el viento venía el sueño de las
cabras: en la otra mesa un fauno solitario.
Mirábamos el vaso de refresco helado y soñábamos
estáticos dentro del vaso transparente. “¿Qué es lo
que dijiste?”, preguntaste. “No dije nada.” Se
pasaban días y más días y todo en aquel peligro y
los geranios tan encarnados. Bastaba un instante
de sintonización y de nuevo se captaba la estática

70
asta de la primavera al viento: el sueño imprudente
de las cabras y el pez todo vacío y nuestra súbita
tendencia al robo de frutas. El fauno ahora
coronado en saltos solitarios. “¿Qué?” “Yo no dije
nada.” Pero yo percibía un primer rumor como el de
un corazón latiendo debajo de la tierra —”¡nada, yo
no dije nada!”— y sentía la paciente brutalidad con
que la tierra cerrada se abría por dentro en un
parto, y sabía con qué peso de dulzura el verano
maduraba cien mil naranjas y sabía que las
naranjas eran mías. Porque yo quería.
Me enorgullece siempre presentir los cambios
del tiempo. Hay cosas en el aire, y el cuerpo avisa
que vendrá algo nuevo y yo me alborozo toda. No
sé para qué. En aquella misma primavera me
regalaron una planta llamada prímula. Es tan
misteriosa que en su misterio está contenido lo
inexplicable de la naturaleza. Aparentemente no
tiene nada de singular. Pero el día exacto en que
comienza la primavera las hojas mueren y en lugar
de ellas nacen flores cerradas que tienen un
perfume femenino y masculino extremadamente
mareador.
La gente está sentada cerca y mirando
distraída. He ahí que ellas perezosamente van
abriéndose y entregándose a la nueva estación bajo
nuestra mirada asustada: es la primavera que

71
entonces se instala.
Pero cuando viene el invierno yo doy y doy y
doy. Albergo mucho. Abrigo nidadas de personas en
mi pecho tibio. Y se escucha el ruido barullento de
quien bebe sopa caliente. Ahora estoy viviendo días
de lluvia: ya se aproxima el yo dar.
¿No ves que esto, aquí, es como un hijo
naciendo? Duele. Dolor es vida exacerbada. El
proceso duele. Viene a ser un lento y lento dolor
bueno. Es el amplio desperezamiento hasta donde
la persona puede estirarse. Y la sangre agradece.
Respiro, respiro. El aire es it. El aire con viento ya
es un “él” o “ella”. Si yo tuviera que esforzarme
para escribirte me quedaría triste. A veces no
soporto la fuerza de la inspiración. Entonces pinto
sofocadamente. Es tan bueno que las cosas no
dependan de mí.
He hablado mucho de muertes. Voy a hablarte
del soplo de la vida. Cuando la persona ya está sin
respiración se hace la respiración bucal: se pega la
boca a la boca del otro y se respira. Y el otro
comienza a respirar. Ese cambio de aspiraciones es
una de las cosas más bellas que ya escuché decir
en mi vida. En verdad la belleza de este boca a
boca me está ofuscando.
Oh, cómo es de incierto todo. Y sin embargo
dentro del Orden. No sé siquiera lo que voy a

72
escribir en la frase siguiente. La gente nunca dice la
última verdad. Quien la sepa entonces que venga. Y
que hable. Escucharemos contritos.
...yo lo vi de repente y era un hombre tan
extraordinariamente bello y viril que sentí una
alegría de creación. No porque yo lo quisiera para
mí así como no quiero para mí al niño que vi con
cabellos de arcángel corriendo detrás de una
pelota. Yo quería solamente mirar. El hombre me
miró un instante y sonrió calmo: él sabía qué bello
era y sé que sabía que yo no lo quería para mí.
Sonrió porque no sintió ninguna amenaza. Es que
los seres excepcionales en cualquier sentido están
sujetos a más peligros que el común de las
personas. Crucé la calle y tomé un taxi. La brisa me
erizaba los cabellos de la nuca. Y yo estaba tan feliz
que me encogí en el rincón del taxi, de miedo,
porque la felicidad duele. Y todo esto causado por la
visión del hombre hermoso. Yo continuaba sin
quererlo para mí — me gustan las personas un poco
feas y al mismo tiempo armoniosas, pero él en
cierto modo me había dado mucho con la sonrisa de
camarada que se extiende entre personas que se
entienden. Todo eso yo no lo entendía.
El coraje de vivir: dejo oculto lo que precisa ser
ocultado y precisa irradiarse en secreto.
Me callo.

73
Porque no sé cuál es mi secreto. Cuéntame el
tuyo, enséñame sobre el secreto de cada uno de
nosotros. No es un secreto difamante. Es apenas
eso: secreto.
Y no tiene fórmulas.
Pienso que ahora tendré que pedir permiso para
morir un poco. Con permiso, ¿sí? No demoro.
Muchas gracias.
...No. No conseguí morir. ¿Termino aquí esta
“cosa-palabra” por un acto voluntario? Aún no.
Estoy transfigurando la realidad —-¿qué es lo
que se me está escapando? ¿por qué no extiendo la
mano y lo cojo? Porque apenas soñé con el mundo
pero jamás lo vi.
Esto que te estoy escribiendo es en contralto. Es
un negro-espiritual. Tiene coro y velas encendidas.
Ahora estoy sintiendo un vértigo. Tengo un poco de
miedo. ¿A qué me llevará mi libertad? ¿Qué es esto
que estoy escribiéndote? Eso me deja solitaria. Pero
voy y rezo y mi libertad es regida por el Orden— ya
estoy sin miedo. Lo que me guía apenas es un
sentido de descubrimiento. Atrás de lo atrás del
pensamiento.
Ir siguiéndome es en verdad lo que hago cuando
te escribo y ahora mismo: me sigo sin saber a lo
que me llevará. A veces ir siguiéndome es muy
difícil. Por estar siguiendo lo que aún no pasa de

74
una nebulosa. A veces termino desistiendo.
Ahora estoy con miedo. Porque te voy a decir
una cosa. Espera que pase el miedo.
Pasó. Es lo siguiente: la disonancia me es armo-
niosa. La melodía a veces me cansa. Y también el
llamado “leitmotiv”. En la música y en lo que te
escribo y en lo que pinto quiero trazos geométricos
que se cruzan en el aire y forman una desarmonía
que yo entiendo. Es puro it. Mi ser se embebe todo
y levemente se embriaga. Esto que estoy
diciéndote es muy importante. Y yo trabajo cuando
duermo: porque es entonces cuando me muevo en
el misterio.
Hoy es domingo de mañana. En este domingo
de sol y de Júpiter estoy sola en casa. De repente
me doblé en dos y hacia adelante como en
profundo dolor de parto, y vi que la niña en mí
moría. Nunca olvidaré este domingo sangriento.
Para cicatrizar llevará tiempo. Y heme aquí dura y
silenciosa y heroica. Sin niña adentro de mí. Todas
las vidas son vidas heroicas.
La creación me escapa. Y no quiero saber tanto.
Me basta con que mi corazón lata en el pecho. Me
basta lo impersonal vivo del it.
Ahora mismo siento el corazón latiendo
desordenadamente dentro del pecho. Es la
reivindicación porque en las últimas frases estuve

75
pensando solamente sin razón de mí. Entonces el
fondo de la existencia se manifiesta para bañar y
borrar los trazos del pensamiento. El mar borra los
trazos de las olas en la arena. Oh, Dios, qué feliz
estoy siendo. Lo que arruina la felicidad es el
miedo.
Quedo con miedo. Pero el corazón late. El amor
inexplicable hace al corazón latir más de prisa. La
única garantía es que yo nací. Tú eres una forma de
ser yo, y yo una forma de serte: he ahí los límites
de mi posibilidad.
Estoy sumergida en una delicia de morirse de
ella. Dulce quebranto al hablarte. Pero está la
espera. La espera es sentirme veraz con relación al
futuro. Un día dijiste que me amabas. Finjo creer y
vivo, de ayer hacia hoy, en un amor alegre. Pero
recordarse con nostalgia es como despedirse de
nuevo.
Un mundo fantástico me rodea y me es. Escucho
el canto loco de un pajarito y destrozo mariposas
entre mis dedos. Soy una fruta roída por un gusano.
Y espero el apocalipsis orgásmico. Una chusma
disonante de insectos me rodea, luz de lámpara
encendida, eso soy. Me exorbito entonces para ser.
Estoy-soy en trance. Penetro en el aire circundante.
Qué fiebre: no consigo parar de vivir. En esta densa
selva de palabras que envuelven espesamente lo

76
que siento y pienso y vivo y transforma todo lo que
soy en alguna cosa mía que sin embargo queda
enteramente fuera de mí. Quedo asistiéndome a
pensar. Lo que me pregunto es: ¿quién es que está
en mí, fuera hasta de pensar? Te escribo todo eso
pues es un desafío que estoy obligada a aceptar
con humildad. Estoy asombrada por mis fantasmas,
por lo que es mítico y fantástico — la vida es
sobrenatural. Y yo camino sobre una cuerda floja
hasta el límite de mi sueño. Las vísceras torturadas
por la voluptuosidad me guían, furia de los
impulsos. Antes de organizarme tengo que
desorganizarme internamente. Para experimentar
el primer y pasajero estado primario de libertad. De
la libertad de errar, caer y levantarme.
Pero si yo espero comprender para aceptar las
cosas — nunca se realizará el acto de entrega.
Tengo que sumergirme una sola vez, un
sumergirme que comprende la comprensión y sobre
todo la incomprensión. ¿Y quién soy yo para osar
pensar? Lo que debo hacer es entregarme. ¿Cómo
se hace? Sé sin embargo que sólo caminando es
que se sabe marchar, y —milagro— se camina.
Yo, que fabrico el futuro como una araña
diligente. Lo mejor de mí es cuando nada sé y
fabrico no sé qué.
He ahí que de repente veo que no sé nada. ¿El

77
filo de mi cuchillo está quedándose ciego? Me
parece que lo más probable es que no entiendo
porque lo que veo ahora es difícil: estoy entrando
astutamente con una realidad nueva para mí y que
aún no tiene pensamientos correspondientes, y
mucho menos aún alguna palabra que la signifique.
Es una sensación más detrás del pensamiento.
¿Cómo explicarte? Voy a intentarlo. Es que estoy
percibiendo una realidad puesta al bies. Vista a
través de un corte oblicuo. Sólo ahora presentí lo
oblicuo de la vida. Antes sólo veía a través de
cortes rectos y paralelos. No percibía el tonto trazo
al bies. Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir
no es sólo desarrollar sentimientos gruesos — es
algo más sortilégico y más grácil, sin por eso perder
su fino vigor animal. Sobre esa vida insólitamente
atravesada tengo puesta mi pata que pesa,
haciendo así que la existencia fenezca en lo que
tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo
tiempo sutilmente fatal. Comprendí la fatalidad del
acaso y en eso no existe sino contradicción.
La vida oblicua es muy íntima. No digo más
sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir
con palabras secas. Para dejar eso, oblicuo, en su
independencia desarrollada.
Y conozco también un modo de vida que es
suave orgullo, gracia de movimientos, frustración

78
leve y continua, de una habilidad de esquivamiento
que viene de largo camino antiguo. Como señal de
rebelión apenas una ironía sin peso y excéntrica.
Tiene un lado de la vida que es como en el invierno
tomar un café en la terraza dentro del frío y
abrigada en lana.
Conozco un modo de vida que es sombra leve
desatada al viento y balanceándose levemente en
el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y
sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas
personas escogidas por la fatalidad del acaso
probaron de la libertad esquiva y delicada de la
vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón:
una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de
vida no debe ser jamás olvidada: debe estar
presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de
ella que un vivir directo. Parece una suave
convalecencia de algo que sin embargo podría
haber sido absolutamente terrible. Convalecencia
de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida
entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está
en el instante-ya: se come la fruta en su vigencia.
¿Acaso ya no sé más de lo que estoy hablando y
todo se me ha escapado sin yo sentirlo? Sé, sí —
pero con mucho cuidado porque sino por un triz no

79
sé más. Me alimento delicadamente de lo cotidiano
trivial y tomo café en la terraza en la finalización de
este crepúsculo que parece enfermizo solamente
porque es dulce y sensible.
¿La vida oblicua? Bien sé que hay un
desencuentro entre los seres que se pierden unos a
otros entre palabras que casi no dicen nada más.
Pero casi nos entendemos en ese leve
desencuentro, en ese casi que es la única forma de
soportar la vida de lleno, pues un encuentro brusco
rostro a rostro con ella nos asustaría, espantaría sus
delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de
soslayo, para no comprometer lo que presentimos
de infinitamente otro en esa vida de que te hablo.
Y yo vivo de lado — lugar donde la luz central no
me tuesta. Y hablo bien bajo para que los oídos
sean obligados a estar atentos y a escucharme.
Pero conozco aún otra vida. La conozco y la
quiero y la devoro truculentamente. Es una vida de
violencia mágica. Es misteriosa y hechizante. En
ella las cobras se enlazan mientras las estrellas
tiemblan. Gotas de agua chorrean en la oscuridad
fosforescente de la gruta. En esa oscuridad las
flores se entrelazan en un jardín feérico y húmedo.
Y yo soy la hechicera de esa muda bacanal. Me
siento derrotada por mi propia corruptibilidad. Y veo
que soy intrínsecamente mala. Apenas por pura

80
bondad es que soy mala. Derrotada por mí misma.
Que me llevo a los caminos de la salamandra, genio
que gobierna el fuego y en él vive. Y me doy como
ofrenda a los muertos. Hago encantamientos en el
solsticio, espectro de dragón exorcizado.
Pero no sé cómo captar lo que sucede ya sino
viviendo cada cosa que ahora y ya me ocurra, no
importa qué. Dejo el caballo libre que corra fogoso
de pura alegría noble. Yo, que corro nerviosa y a la
que sólo la realidad me limita. Y cuando el día llega
al fin escucho a los grillos y me torno toda llena e
ininteligible. Después la madrugada viene con su
vientre pleno de millares de pajaritos barullentos. Y
cada cosa que me ocurra yo la vivo aquí
anotándola. Pues quiero sentir en mis manos
inquisidoras el nervio vivo y tembloroso de hoy.
Detrás del pensamiento alcanzo un estado. Me
niego a dividirlo en palabras — y lo que no puedo y
no quiero expresar queda siendo el más secreto de
mis secretos. Sé que tengo miedo de momentos en
los cuales no uso el pensamiento y es un
momentáneo estado difícil de ser alcanzado y que,
todo secreto, no usa más las palabras con las que
se producen pensamientos. ¿No usar palabras es
perder la identidad? ¿Es perderse en las esenciales
tinieblas dañinas?
Pierdo en mí la identidad del mundo y existo sin

81
garantías. Realizo lo realizable pero yo vivo lo irrea-
lizable y el significado de mí y del mundo y de ti no
es evidente. Es fantástico y lidio conmigo misma en
esos momentos, con intensa delicadeza. ¿Dios es
una forma de ser? ¿es la abstracción que se
materializa en la naturaleza de lo que existe? Mis
raíces están en las tinieblas divinas. Raíces
somnolientas. Vacilando en las oscuridades.
Y he ahí que siento que en breve nos
separaremos. Mi verdad espantada es que yo
siempre estuve solamente de ti y no lo sabía. Ahora
lo sé: ahora soy. Yo y mi libertad que no sé usar.
Gran responsabilidad la de la soledad. Quien no
está perdido no conoce la libertad y no la ama. En
cuanto a mí, asumo mi soledad. Que a veces se
extasía como delante de fuegos artificiales. Estoy
sola y tengo que vivir una cierta gloria íntima que
en la soledad se puede tornar dolor. Y el dolor,
silencio. Guardo su nombre en secreto. Preciso
secretos para vivir.
¿Para cada uno de nosotros —y en algún
momento perdido en la vida— se anuncia una
misión a cumplir? Empero, yo me niego a cualquier
misión. No cumplo nada: apenas vivo.
Es tan curioso y difícil substituir ahora el pincel
por esa cosa extrañamente familiar pero siempre
remota que es la palabra. La belleza extrema e

82
íntima está en ella. Pero es inalcanzable — y
cuando está a nuestro alcance es ilusoria porque de
nuevo continúa inalcanzable. Elévase de mi pintura
y de estas palabras mías acodadas en un silencio
que también es como el substrato de los ojos. Hay
una cosa que se me escapa todo el tiempo. Cuando
no escapa, tengo una certeza: la vida es otra. Tiene
un estilo subyacente.
¿En el instante de morir acaso forzaré a la vida
intentando vivir más de lo que puedo? Pero yo soy
hoy.
Te escribo desordenadamente, bien que lo sé.
Pero es así como vivo. Yo sólo trabajo con lo
encontrado y lo perdido.
Pero escribir para mí es frustrante: al escribir
lidio con lo imposible. Con el enigma de la natura-
leza. Y del Dios. Quien no sabe lo que es Dios,
nunca podrá saberlo. Del Dios, es en el pasado que
se lo sabe. Es algo que ya se sabe.
¿Yo no tengo tema de vida? soy inopinadamente
fragmentaria. Soy de a poco. Mi historia es vivir. Y
no tengo miedo del fracaso. Que el fracaso me
aniquile, quiero la gloria de caer. Mi ángel lisiado
que se desparrama esquivo, mi ángel que cayó del
cielo para el infierno donde vive gozando el mal.
Eso no es historia porque no conozco una
historia así, pero sólo sé ir diciendo y haciendo: es

83
la historia de instantes que huyen como las vías
fugitivas que se ven desde las ventanillas del tren.
Hoy por la tarde nos encontraremos. Y ni
siquiera te hablaré de esto que te escribo y que
contiene lo que soy y que te doy de regalo sin que
lo leas. Nunca leerás lo que escribo. Y cuando yo
tenga anotado mi secreto de ser, lo arrojaré fuera
como si fuese el mar. Te escribo porque no llegas a
aceptar lo que soy. ¿Cuando destruya mis
anotaciones de instantes, volveré a mi nada de
donde extraje un todo? Tengo que pagar el precio.
El precio de quien tiene un pasado que sólo se
renueva con pasión en el extraño presente. Cuando
pienso en lo que ya viví me parece que fui dejando
mis cuerpos por los caminos.
Son casi las cinco de la madrugada. Y la luz de
la aurora en desmayo, frío acero azulado y con
amargor y acidez del día naciendo de las tinieblas.
Y que emerge a la toma del tiempo, lívida también
yo, yo naciendo de las oscuridades, impersonal, yo
que soy it.
Voy a decirte una cosa: no sé pintar ni mejor ni
peor de lo que lo hago. Yo pinto un “esto”. Y escribo
un “esto”: es todo lo que puedo. Inquieta. Los litros
de sangre que circulan en las venas. Los músculos
contrayéndose y retrayéndose. El aura del cuerpo
en plenilunio. Parambólica — lo que quiera decir esa

84
palabra. Parambólica soy. No me puedo resumir
porque no se puede sumar una silla y dos
manzanas. Yo soy una silla y dos manzanas. Y no
me sumo.
De nuevo estoy de amor alegre. Yo respiro de
prisa lo que eres sorbiendo tu halo de maravilla
antes de que se muera en el aire evaporado. ¿Mi
fresca voluntad de vivirme y de vivirte es la tesitura
misma de la vida? ¿La naturaleza de los seres y de
las cosas, es Dios? ¿Tal vez entonces, si yo pido
mucho a la naturaleza, dejo de morir? ¿Puedo
violentar a la muerte y abrirle una ventana para la
vida?
Y en este instante-ya, veo estatuas blancas
dispersas en la perspectiva de las distancias largas
a lo lejos — cada vez más lejos en el desierto
adonde me pierdo con mirada vacía, yo misma una
estatua para ser vista desde lejos, yo que siempre
estoy perdiéndome. Estoy disfrutando lo que existe.
Callada, aérea, en mi gran sueño. Como no
entiendo nada — entonces adhiero a la vacilante
realidad móvil. Yo alcanzo lo real a través del
sueño. Yo te invento, realidad. Y te escucho como
remotas campanas sordamente sumergidas en el
agua, dando trémulas campanadas. ¿Estoy en la
entraña de la muerte? ¿Y para eso estoy viva? La
entraña sensible. Y me vibra ese it. Estoy viva.

85
Como una herida, flor en la carne, está en mí
abierto el camino de la dolorosa sangre. Con el
directo y por eso mismo inocente erotismo de los
indios de la Lagoa Santa5. Yo, expuesta a la
intemperie, yo, inscripción abierta en el dorso de
una piedra, dentro de los anchos espacios
cronológicos legados por el hombre de la
prehistoria. Sopla el viento caliente de las grandes
extensiones milenarias y quema mi superficie.
Hoy usé el ocre rojizo, el ocre amarillento, el
negro, y un poco de blanco. Siento que estoy en las
profundidades de fuentes, lagunas y cascadas,
todas de aguas abundantes y frescas para mi sed. Y
yo, salvaje al fin y al fin libre de los secos días de
hoy: troto hacia el frente y para atrás sin fronteras.
Presto cultos solares en los flancos de altas
montañas. Pero soy tabú para mí misma, intocable
por estar prohibida. Soy el héroe que lleva consigo
la antorcha de fuego en una carrera, ¿y para
siempre?
Ah, Fuerza de lo que Existe, ayudadme, vos al
que llaman Dios. ¿Por qué lo horrible y terrible me
llama? ¿qué quiero con el horror mío? porque mi
demonio es asesino y no teme al castigo: pero el
crimen es más importante que el castigo. Yo me
vivifico toda en mi instinto feliz de destrucción.
Intenta entender lo que pinto y lo que escribo
5
Lagoa Santa: Laguna Santa.

86
ahora. Voy a explicar: en la pintura como en la
escritura trato de ver estrictamente en el momento
en que veo — y no ver a través de la memoria de
haber visto en un instante pasado. El instante es
éste. El instante es de una inminencia que me quita
el aliento. El instante es en sí mismo inminente. Al
mismo tiempo que yo vivo, me lanzo en su pasaje
hacia otro instante.
Así fue como vi el portal de la iglesia que pinté.
Tú discutiste el exceso de simetría. Deja que te
explique: la simetría fue la cosa más conseguida
que obtuve. Perdí el miedo de la simetría, después
del desorden de la inspiración. Es necesario
experiencia o coraje para revalorizar la simetría,
cuando fácilmente se puede imitar la falsa
asimetría, una de las originalidades más comunes.
Mi simetría en los portales de la iglesia es
concentrada, conseguida, pero no dogmática. Está
traspasada por la esperanza de que dos asimetrías
se encontrarán en la simetría. Ésta como tercera
solución: la síntesis. De ahí tal vez el aire despojado
de los portales, la delicadeza de cosa vivida y
después revivida, y no un cierto arrojo
inconsecuente de los que no saben. No, no es
propiamente tranquilidad lo que está allí. Hay una
dura lucha por la cosa que a pesar de corroída se
mantiene en pie. Y en los colores más densos hay

87
una lividez de aquello que aunque torcido
permanece de pie. Mis cruces están torcidas por
siglos de mortificación. ¿Los portales ya son un
preanuncio de los altares? El silencio de los
portales. Lo verdoso de ellos toma un tono de lo
que estuviera entre la vida y la muerte, una
intensidad de crepúsculo.
Y en los colores quietos hay bronce viejo y acero
— todo ampliado por un silencio de cosas perdidas
y encontradas en el suelo de la ardua entrada.
Siento un largo camino y polvo hasta llegar al
puerto del cuadro. Aunque los portales no se abran.
¿O ya es iglesia el portal de la iglesia, y delante de
él ya se llegó?
Lucho para no transponer el portal. Son muros
de un Cristo que está ausente, pero los muros están
allí y son tocables: pues las manos también miran.
Creo el material antes de pintarlo, y la madera
se torna tan imprescindible para mi pintura como lo
sería para un escultor. Y el material creado es
religioso: tiene el peso de vigas de convento.
Compacto, cerrado como una puerta cerrada. Pero
en el portal fueron abiertos espacios, rasgados por
uñas. Y es a través de esas brechas que se ve lo
que está dentro de una síntesis, dentro de la
simetría utópica. Color coagulado, violencia,
martirio, son las vigas que sustentan el silencio de

88
una simetría religiosa.
Pero ahora estoy interesada por el misterio del
espejo. Procuro un medio de pintarlo o hablar de él
con la palabra. ¿Pero qué es un espejo? No existe la
palabra espejo, sólo existen espejos, pues uno y
único es una infinidad de espejos. ¿En algún lugar
del mundo debe haber una mina de espejos? Un
espejo no es una cosa creada, pero sí nacida. No
son necesarios muchos para tener la mina brillante
y sonambúlica: bastan dos, y uno refleja el reflejo
de lo que el otro reflejó, en un temblor que se
transmite en mensaje telegráfico intenso y mudo,
insistente, liquidez en que se puede sumergir la
mano fascinada y retirarla chorreando reflejos de
esa dura agua que es el espejo. Como la bola de
cristal de los videntes, él me arrastra hacia el vacío
que para el vidente es su campo de meditación, y
en mí el cambio de silencios y silencios. Y apenas
puedo hablar, de tanto silencio desdoblado en
otros.
¿Espejo? Ese vacío cristalizado que tiene
adentro de sí espacio para irse para siempre al
frente sin parar: pues el espejo es el espacio más
hondo que existe. Y es una cosa mágica: quien
tiene un trozo quebrado podría ir al desierto con él
a meditar. Verse a sí mismo es extraordinario.
Como un gato de lomo erizado, me erizo delante de

89
mí. Del desierto volvería también vacía, iluminada y
traslúcida, y con el mismo silencio vibrante de un
espejo.
Su forma no importa: ninguna forma consigue
circunscribirlo y alterarlo. El espejo es luz. Un
pedazo mínimo de espejo es siempre todo el espejo.
Quítese su moldura o la línea de su recortado, y
él crece así como el agua se derrama.
¿Qué es un espejo? Es el único material
inventado que es natural. Quien mira un espejo,
quien consigue verlo viene de verse, quien entiende
que su profundidad consiste en ser vacío, quien
camina hacia adentro de su espacio transparente
sin dejar en él el vestigio de la propia imagen — ese
alguien, entonces percibió su misterio de cosa. Para
eso ha de sorprenderlo cuando está solo, cuando
está colgado en un cuarto vacío, sin olvidar que la
más tenue aguja frente a él podría transformarlo en
simple imagen de una aguja, tan sensible es el
espejo en su cualidad de levísimo reflejo, sólo
imagen y no cuerpo. Cuerpo de la cosa.
Al pintarlo necesité de mi propia delicadeza para
no atravesarlo con mi imagen, pues espejo en el
que yo me vea ya soy yo, sólo un espejo vacío es un
espejo vivo. Sólo una persona muy delicada puede
entrar en el cuarto vacío donde hay un espejo
vacío, y con tal levedad, con tal ausencia de sí

90
misma, que la imagen no marca. Como premio, esa
persona delicada habrá entonces penetrado en uno
de los secretos inviolables de las cosas: vio al
espejo propiamente dicho.
Y descubrió los enormes espacios helados que él
tiene en sí, apenas interrumpidos por uno u otro
bloque de hielo. El espejo es frío y helado. Pero hay
una sucesión de oscuridades dentro de él —percibir
esto es un instante muy raro— y es necesario
quedar a la expectativa días y noches, en ayuno de
sí mismo, para poder captar y sorprender la
sucesión de oscuridades que hay dentro de él. Con
colores de negro y blanco recapturé en la tela su
luminosidad trémula. Con el mismo negro y blanco
recapturo también, en un estremecimiento de frío,
una de sus verdades más difíciles: su gélido
silencio, sin color. Es preciso entender la violenta
ausencia de color de un espejo para poder
recrearlo, así como si recrease la violenta ausencia
de gusto del agua.
No, yo no describí el espejo — yo fui él. Y las
palabras son ellas mismas, sin tono de discurso.
Tengo que interrumpir para decirle que “X” es lo
que existe dentro de mí. “X”, yo me baño en ese
esto. Es impronunciable. Todo lo que no sé está en
“X”. ¿La muerte? la muerte es “X”. Pero también
mucha vida, pues la vida es impronunciable. “X”

91
que me estremece, me produce miedo de su
diapasón: vibra como una cuerda de violoncelo,
cuerda tensa que cuando es tañida emite
electricidad pura, sin melodía. El instante
impronunciable. Una sensibilidad distinta es la que
se apercibe de “X”.
Espero que vivas “X” para experimentar a
través del sueño creador que se despereza a través
de las velas. “X” no es ni bueno ni malo. Siempre
independiente. Pero sólo sucede al que tiene
cuerpo. Aunque inmaterial, necesita del cuerpo
nuestro y del cuerpo de la cosa. Hay objetos que
son ese misterio total de “X”. Como lo que vibra
mudo. Los instantes son astillas de “X” reventando
sin parar. El exceso de mí llega a doler y cuando
estoy excesiva tengo que dar de mí como si fuera
leche que si no fluye revienta el seno. Me libro de la
presión y vuelvo al tamaño natural. La elasticidad
exacta. Elasticidad de una pantera blanda.
Una pantera negra enjaulada. Una vez miré bien
en los ojos de una pantera y ella me miró bien
adentro de mis ojos. Nos transmutamos. ¡Aquel
miedo! Salí de allí toda ofuscada por dentro, el “X”
inquieto. Todo había pasado detrás del
pensamiento. Tengo nostalgia de aquel terror que
me dio cambiar de mirada con la pantera negra. Sé
causar terror.

92
¿”X” es el soplo del it? ¿es su irradiante
respiración fría? ¿”X” es palabra? La palabra apenas
se refiere a una cosa y ésta es siempre inalcanzable
por mí. Cada uno de nosotros es un símbolo que
lidia con símbolos — todo apenas un punto de
referencia a lo real. Tratamos desesperadamente
de encontrar una identidad propia y la identidad de
lo real. Y si nos entendemos a través del símbolo es
porque tenemos los mismos símbolos y la misma
experiencia de la cosa en sí: pero la realidad no
tiene sinónimos.
Estoy hablándote en abstracto y me pregunto:
¿soy un aria cantabile? No, no se puede cantar lo
que te escribo. ¿Por qué no abordo un tema que
fácilmente podría descubrir? pero no: camino
apoyada en la pared, escamoteo la melodía
descubierta, ando en la sombra, en ese lugar donde
tantas cosas suceden. A veces me escurro por el
muro, en el lugar donde nunca pega el sol. Mi
madurez de un tema ya sería una aria cantabile —
otra persona que haga otra música entonces— la
música de la madurez de mi cuarteto. La melodía
sería el hecho. ¿Pero qué hecho tiene una noche
que se pasa entera en un atajo donde no hay nadie
y mientras dormimos sin saber nada? ¿Dónde está
el hecho? Mi historia es de una oscuridad tranquila,
de raíz adormecida en su fuerza, de olor que no

93
tiene perfume. Y en nada de eso existe lo abstracto.
Es lo figurativo de lo innombrable. Casi no existe
carne en este cuarteto mío. Es una pena que la
palabra “nervios” esté ligada a vibraciones
dolorosas, sino sería un cuarteto de nervios.
Cuerdas oscuras que, tocadas, no hablan de “otras
cosas”, no cambian de tema — son en sí y de sí,
entréganse iguales como son, sin mentira ni
fantasía.
Sé que después de leerme será difícil reproducir
de oído mi música, no es posible cantarla sin
haberla aprendido de memoria. ¿Es como aprender
de memoria una cosa que no tiene historia?
Pero te acordarás de alguna cosa que también
sucedió en la sombra. Habrás compartido esa
primera existencia, muda, te habrás, como en
tranquilo sueño de noche tranquila, escurrido con la
resina por el tronco del árbol. Después dirás: no
soñé nada. ¿Eso bastará? Sí, basta. Y sobre todo en
esa existencia primera hay una falta de error y un
tono de emoción de quien podría mentir pero no
miente. ¿Basta? Sí, basta. Pero yo también quiero
pintar un tema, quiero crear un objeto. Y ese objeto
será un guardarropas, porque ¿qué hay de más
concreto? Tengo que estudiar el guardarropas antes
de pintarlo. ¿Qué veo? Veo que el guardarropas
parece penetrable porque tiene una puerta. Pero al

94
abrirla, se ve que se retrasó el penetrar: pues
dentro también es una superficie de madera, como
una puerta cerrada. Función del guardarropas:
conservar en la oscuridad a los travestis.
Naturaleza: la de la inviolabilidad de las cosas. Rela-
ción con las personas: la gente se mira en el espejo
de la parte de adentro de la puerta, la gente se
mira siempre en la luz inconveniente porque el
guardarropas nunca está en el lugar adecuado:
desacomodado, se queda de pie donde puede,
siempre descomunal, jorobado, tímido y
desastrado, sin saber cómo ser más discreto, pues
tiene demasiada presencia. El guardarropas es
enorme, intruso, triste y bondadoso.
Pero he ahí que se abre la puerta-espejo — y he
ahí que al movimiento que hace la puerta, y en la
nueva composición del cuarto en sombra, en esa
composición, entran frascos y frascos de vidrio de
claridad fugitiva.
Entonces puedo pintar la esencia de un guarda-
rropas. La esencia que nunca es cantabile. Pero
quiero tener la libertad de decir cosas sin nexo
como profunda forma de alcanzarte. Sólo lo
equivocado me atrae, y amo el pecado, la flor del
pecado. Pero cómo hacer si no te enterneces con
mis defectos, mientras que yo amé los tuyos. Mi
candidez fue pisada por ti. No me amaste, eso yo lo

95
sé. Estuve sola. Sola de ti. Escribo para nadie y se
está haciendo una improvisación que no existe. Me
despegué de mí.
Y quiero la desarticulación, sólo así soy yo en el
mundo. Solamente así me siento bien.
Siéntete bien. Yo en mi soledad casi voy a
explotar. Morir debe ser una muda explosión
interna. El cuerpo no aguanta más ser un cuerpo ¡Y
si morir tuviera el gusto de la comida cuando se
está con mucha hambre! Y si morir fuera un placer,
un placer egoísta.
Ayer yo estaba tomando el café y escuché a la
mucama en las dependencias de servicio, colgando
ropa en la cuerda y cantando una melodía sin pala-
bras. Una especie de cantilena extremadamente
llorosa. Le pregunté de quién era la canción, y ella
respondió: “es una tontería mía, no es de nadie”.
Sí, lo que te escribo no es de nadie. Y esa
libertad de nadie es muy peligrosa. Es como el
infinito que tiene color de aire.
Todo esto que estoy escribiendo es tan caliente
como un huevo caliente que uno pasa de prisa de
una mano a otra y de nuevo de ella a la primera
para no quemarse — ya pinté un huevo. Y ahora
como en la pintura solamente digo: huevo, y basta.
No, nunca fui moderna. Y sucede lo siguiente:
cuando me llama la atención una pintura, he ahí

96
que es pintura. Y cuando me llama la atención la
palabra ahí es cuando ella alcanza el sentido. Y
cuando me llama la atención la vida ahí comienza la
vida. Me cuido para no sobrepasarme. Hay en todo
esto, aquí, una gran contención. Y entonces me
pongo triste solamente para descansar. Llego a
llorar bajito de tristeza. Después me levanto y de
nuevo recomienzo. Solamente ahora no te contaría
una historia porque en este caso sería una
prostitución. Y no escribo para agradarte.
Principalmente a mí misma. Tengo que seguir la
línea pura y mantener sin contaminarse a mi it.
Ahora te escribiré todo lo que me venga a la
mente con el menor cuidado posible. Es que me
siento atraída por lo desconocido. Pero mientras me
tenga a mí no estaré sola. Va a comenzar: voy a
tomar el presente en cada frase que muere. Ahora:
Ah, si yo hubiera sabido que era así, yo no
nacía. Ah, si yo lo hubiera sabido no nacía. La locura
es vecina de la más cruel sensatez. Esto es una
tempestad de cerebro y una frase poco tiene que
ver con otra. Trago la locura que no es locura — es
otra cosa. ¿Me entiendes? Pero voy a tener que
detenerme porque estoy tan, pero tan cansada que
solamente morir me quitaría este cansancio. Me
voy.
Volví. Ahora intentaré actualizarme de nuevo

97
con lo que me sucede en este momento — y así me
crearé a mí misma. Es así:
El anillo que tú me diste era de vidrio y se
quebró y el amor acabó. Pero a veces en su lugar
viene el hermoso odio de los que se amaron y se
devoraron entre ellos. La silla que está ahí enfrente
es un objeto. Inútil mientras lo miro. Dime por favor
qué hora es para yo saber que estoy viviendo en
esta hora. Me estoy encontrando conmigo misma: y
eso es mortal porque solamente la muerte me
concluye. Pero yo soporto hasta el final. Voy a
contarte un secreto: la vida es mortal. Voy a tener
que interrumpir todo para decirte lo siguiente: la
muerte es lo imposible y lo intangible. De tal forma
la muerte es apenas futura, y por eso hay quien no
la soporta y se suicida. Es como si la vida dijera lo
siguiente: y simplemente no hubiese lo siguiente.
Sólo los dos puntos a la espera. Nosotros
mantenemos este secreto en mutismo para
esconder que cada instante es mortal. El objeto silla
me interesa. Yo amo a los objetos en la medida que
ellos no me aman. Pero si no comprendo lo que
escribo la culpa no es mía. Tengo que hablar porque
hablar salva. Pero no tengo ninguna palabra para
decir. ¿Qué cosa se diría a sí misma una persona en
la locura de la franqueza? Pero sería la salvación.
Aunque el terror de la franqueza venga de parte de

98
las tinieblas que me ligan al mundo y a la creadora
inconsciencia del mundo. Hoy es noche de muchas
estrellas en el cielo. Paró de llover. Yo estoy ciega.
Abro bien los ojos y apenas veo. Pero el secreto — a
éste no lo veo ni lo siento. ¿Estaré haciendo aquí
una verdadera orgía de detrás del pensamiento?
¿una orgía de palabras? El tocadiscos está roto.
Miro la silla y esta vez fue como si también ella
hubiese mirado y visto. El futuro es mío — mientras
yo viva. Veo las flores en el jarrón. Son flores del
campo y que nacieron sin plantarse. Son amarillas.
Pero mi cocinera dice: “¡Qué flores feas!”
Solamente porque es difícil amar lo que es
franciscano. Detrás de mi pensamiento está la
verdad que es la del mundo. Lo ilógico de la
naturaleza. Qué silencio. “Dios” es de tan enorme
silencio que me aterroriza. ¿Quién habrá inventado
la silla? Es preciso tener coraje para escribir lo que
viene a mí: nunca se sabe lo que puede venir y
asustar. El monstruo sagrado murió. En su lugar
nació una niña que era huérfana de madre. Bien sé
que tendré que parar. No por falta de palabras sino
porque estas cosas —y sobre todo las que
solamente pienso y no escribí— no se dicen. Voy a
hablar de lo que se llama la experiencia. Es la
experiencia de pedir socorro y que el socorro sea
dado. Quizá valga la pena haber nacido para que un

99
día, mudamente se implore y mudamente se reciba.
Yo pedí socorro y no me fue negado. Entonces me
sentí como si yo fuera un tigre con una flecha
mortal clavada en la carne y que estuviese
rondando lentamente a las personas asustadizas
para descubrir quién tendría el coraje de
aproximarse y quitarle el dolor. Y entonces hay una
persona que sabe que un tigre herido es apenas tan
peligroso como una criatura. Y aproximándose a la
fiera, sin miedo de tocarla, arranca la flecha
clavada.
¿Y el tigre? No puede agradecer. Entonces yo
doy unas vueltas lentas frente a la persona y dudo.
Lamo una de las patas y después, como no es la
palabra lo que entonces tiene importancia, me alejo
silenciosamente.
¿Qué soy en este momento? Soy una máquina
de escribir haciendo sonar las teclas secas en la
húmeda y oscura madrugada. Hace mucho ya que
no soy gente. Quisieron que yo fuera un objeto. Soy
un objeto. Un objeto sucio de sangre. Soy un objeto
que crea otros objetos y la máquina nos crea a
todos nosotros. Ella exige. El mecanismo exige y
exige mi vida. Pero yo no obedezco totalmente: si
tengo que ser un objeto, que sea un objeto que
grita. Hay una cosa adentro de mí que duele. ¡Ah,
cómo duele y cómo grita pidiendo socorro! Pero

100
faltan lágrimas en la máquina que soy. Soy un
objeto sin destino. ¿Soy un objeto en las manos de
quién? tal es mi destino humano. Lo que me salva
es grito. Yo protesto en nombre del que está
adentro del objeto, detrás del pensamiento-
sentimiento. Soy un objeto urgente.
Ahora — silencio y leve espanto.
Porque a las cinco de la madrugada de hoy, 25
de julio, caí en estado de gracia. Fue una sensación
súbita, pero suavísima. La luminosidad sonreía en el
aire: exactamente esto. Era un suspiro del mundo.
No sé explicarlo así como no se sabe contar algo
sobre la aurora a un ciego. Es indecible lo que me
sucedió en forma de sentir: necesito rápidamente
de tu simpatía. Siente conmigo. Era una felicidad
suprema.
Pero si tú ya conoces el estado de gracia
reconocerás lo que voy a decirte. No me refiero a la
inspiración, que es una gracia especial que tantas
veces sucede a los que lidian con arte.
El estado de gracia de que hablo no es usado
para nada. Es como si viniera apenas para que se
supiera que realmente se existe y existe el mundo.
En ese estado, además de la tranquila felicidad que
se irradia de personas y cosas, hay una lucidez que
llamo solamente leve porque en la gracia todo es
leve. Es la lucidez de quien no precisa adivinar nada

101
más: sin esfuerzo, sabe. Simplemente esto: sabe.
No me preguntes qué, porque sólo puedo responder
del mismo modo: se sabe.
Y hay una bienaventuranza física que a nada se
compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se
siente que es un don porque se está sintiendo, en
fuente directa, la dádiva de repente indubitable de
existir milagrosa y materialmente.
Todo gana una especie de nimbo que no es
imaginario: viene del resplandor de la irradiación
matemática de las cosas y del recuerdo de
personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe
respira y exhala un finísimo resplandor de energía.
La verdad del mundo, sin embargo, es impalpable.
No es ni de lejos lo que mal imagino que debe
ser el estado de gracia de los santos. Jamás conocí
este estado y ni siquiera consigo adivinarlo. Es
apenas la gracia de una persona común que la
torna de súbito real porque es común y humana y
reconocible. Los descubrimientos en ese sentido
son indecibles e incomunicables. E impensables. Es
por eso que en la gracia yo me mantuve sentada,
quieta, silenciosa. Como en una anunciación. No
siendo, .sin embargo, precedida por ángeles. Pero
es como si el ángel de la vida me viniese a anunciar
el mundo.
Después, lentamente salí. No como si estuviera

102
en estado de trance —no hay ningún trance—, salí
despacio, con un suspiro de quien tuvo todo como
el todo es. También es ya un suspiro de nostalgia.
Pues habiendo experimentado el ganar un cuerpo y
una alma, se quiere más y más. Inútil quererlo: sólo
viene cuando quiere y espontáneamente.
Yo quise tornar eterna esa felicidad por
intermedio de la objetivación de la palabra. Poco
después fui a buscar en el diccionario la palabra
beatitud que detesto como palabra y vi que quiere
decir gozo del alma. Habla de felicidad tranquila —
sin embargo, yo hablaría de transporte o de
levitación. Tampoco me gusta la continuación en el
diccionario, que dice: “de quien se absorbe en
contemplación mística”. No es verdad: yo no
estaba, de manera alguna, en meditación, no hubo
en mí ninguna religiosidad. Había terminado de
tomar café y simplemente estaba viviendo allí
sentada con un cigarrillo quemándose en el
cenicero.
Vi cuando comenzó y me tomó. Y vi cuando se
fue desvaneciendo y terminó. No estoy mintiendo.
No había tomado ninguna droga y no fue una
alucinación. Yo sabía quién era yo y quiénes eran
los otros.
Pero ahora quiero ver si consigo prender lo que
me sucedió, usando palabras. Al usarlas estaré

103
destruyendo un poco lo que sentí — pero es fatal.
Voy a titular lo que sigue “Al margen de la
beatitud”. Comienza así, muy lentamente:
Cuando se ve, el acto de ver no tiene forma — lo
que se ve a veces tiene forma, y otras no. El acto
de ver es inefable. Y a veces lo que es visto
también es inefable. Y es así cierta especie de
pensar-sentir que llamaré “libertad”, sólo para darle
un nombre. La libertad —en cuanto acto de
percepción— no tiene forma. Y como el verdadero
pensamiento se piensa a sí mismo, esa especie de
pensamiento alcanza su objetivo en el propio acto
de pensar. No quiero decir con eso que es
vagamente o gratuitamente. Sucede que el
pensamiento primario —en cuanto acto de pensa-
miento— ya tiene forma y es más fácilmente
transmisible a sí mismo, o mejor, a la propia
persona que lo está pensando: y por eso tiene —por
tener forma— un alcance limitado. En cuanto al
pensamiento dicho, “libertad”, es libre como acto
de pensamiento. Es libre hasta el punto que al
propio pensador ese pensamiento le parece sin
autor.
El verdadero pensamiento parece no tener
autor.
Y la beatitud tiene esa misma marca. La
beatitud comienza en el momento en que el acto de

104
pensar se liberó de la necesidad de forma. La
beatitud comienza en el momento en que el pensar-
sentir sobrepasó la necesidad de pensar del autor
— éste ya no necesita pensar y se encuentra ahora
cerca de la grandeza de la nada. Podría decir del
“todo”. Pero “todo” es cantidad, y cantidad es algo
que tiene límite en su propio comienzo. La
verdadera inconmensurabilidad es la nada, que no
tiene barreras y es donde una persona puede
explayar su pensar-sentir.
Esa beatitud no es en sí laica o religiosa. Y todo
eso no implica necesariamente el problema de la
existencia o no existencia de un Dios. Estoy
hablando de que el pensamiento del hombre es el
modo como ese pensar-sentir puede llegar a un
grado de incomunicabilidad — que, sin ser sofisma
o paradoja, es al mismo tiempo para ese hombre, el
punto de comunicabilidad mayor. Él se comunica
con él mismo. Dormir nos aproxima mucho a ese
pensamiento vacío y sin embargo pleno. No estoy
hablando del sueño que, en ese caso, sería un
pensamiento primario. Estoy hablando de dormir.
Dormir es abstraerse y explayarse en la nada.
Quiero también decirte que después de la
libertad del estado de gracia también sobreviene la
libertad de la imaginación. Ahora mismo estoy libre.
Y encima de la libertad, encima de cierto vacío

105
creo olas musicales calmadísimas y repetidas. ¿La
locura del invento libre? ¿Quieres verte conmigo?
¿El paisaje donde transcurre esa música? aire, tallos
verdes, el mar extendido, el silencio del domingo
por la mañana. Un hombre delgado, con un pie solo,
tiene un gran ojo transparente en medio de la
frente. Un ente femenino se aproxima gateando,
habla con una voz que parece venir de otro espacio,
una voz que suena no como la primera voz sino en
eco de la voz primera que no se escuchó. La voz es
desacompasada, eufórica y dice por fuerza del
hábito de vida interior: “¿quiere tomar té?” Y no
espera respuesta. Toma una espiga delgada de
trigo de oro, y la pone entre las encías sin dientes y
se aleja gateando con los ojos abiertos. Ojos
inmóviles como la nariz. Es necesario mover toda la
cabeza sin huesos para mirar un objeto. ¿Pero qué
objeto? El hombre delgado mientras tanto se
adormeció sobre el pie y adormeció su ojo sin
cerrarlo, empero. Adormecer el ojo se refiere a no
querer ver. Cuando no ve, él duerme. En el ojo
silente se refleja la planicie en arco iris. El aire es de
maravilla. Las olas musicales recomienzan. Alguien
se mira las uñas. Hay un sonido que de lejos hace:
¡chist! ¡chist!... Pero el hombre-de-un-solo-pie
nunca podría imaginar que lo están llamando. A un
costado se inicia un sonido como la flauta que

106
siempre parece tocar de lado — se inicia un sonido
que atraviesa las olas musicales sin temblor, y se
repite tanto que termina por cavar con su gota
ininterrumpida la roca. Es un sonido elevadísimo y
sin frisos. Un lamento alegre y pausado y agudo
como el agudo no-estridente y feliz que una
vibración podría dar. Ningún hombre de la tierra
podría escucharlo sin enloquecer y comenzar a
sonreír para siempre. Pero el hombre de pie sobre
su único pie, duerme recto. Y el ser femenino
extendido en la playa no piensa. Un nuevo
personaje atraviesa la planicie desierta y
desaparece rengueando. Se escucha: ¡chist! ¡chist!
Se llama a alguien.
Se acabó ahora la escena que mi libertad creó.
Estoy triste. Un malestar que viene del éxtasis
no cabe en la vida de los días. Al éxtasis debería
seguir el dormir, para atenuar su vibración de
cristal con eco. El éxtasis tiene que ser olvidado.
Los días. Me quedé triste por causa de esta luz
diurna de acero en que vivo. Respiro el olor de
acero en el mundo de los objetos.
Pero ahora tengo deseos de decir cosas que me
reconforten y que son un poco libres. Por ejemplo:
el jueves es un día transparente como el ala de un
insecto a la luz. Así como el lunes es un día
compacto. En el fondo, bien detrás del

107
pensamiento, yo vivo de esas ideas, si es que son
ideas. Son sensaciones que se transforman en ideas
porque tengo que usar palabras. Usarlas aunque
sea apenas mentalmente. El pensamiento primario
piensa con palabras. La “libertad” se libera de la
esclavitud de la palabra.
Y Dios es una creación monstruosa. Yo tengo
miedo de Dios porque él es total y demasiado para
mi tamaño. Y también tengo una especie de pudor
con relación a Él: hay cosas mías que ni Él sabe.
¿Miedo? Conozco a una “ella” que se asustaba de
las mariposas como si éstas fueran sobrenaturales.
Y la parte divina de las mariposas es realmente
para inspirar terror. Y conozco a un “él” que se
estremece de horror ante las flores — cree que las
flores son asombros delicados como un suspiro de
nadie en la oscuridad.
Yo soy quien está escuchando el silbido en la
oscuridad. Yo que estoy enferma de la condición
humana. Yo que me revuelvo: no quiero más ser
persona. ¿Quién? ¿quién tiene misericordia de
nosotros que sabemos sobre la vida y la muerte
cuando un animal que yo envidio profundamente —
es inconsciente de su condición? ¿Quién tiene
piedad de nosotros? ¿Somos unos abandonados?
¿unos entregados a la desesperación? No, tiene que
haber un consuelo posible. Juro: tiene que haberlo.

108
Yo no tengo el coraje de decir la verdad que
nosotros sabemos. Hay palabras prohibidas.
Pero yo denuncio. Denuncio nuestra franqueza,
denuncio el horror alucinante de morir —y respondo
a toda esa infamia con exactamente esto que ahora
va a quedar escrito — y respondo a toda esa
infamia con alegría. Purísima y levísima alegría. Mi
única salvación es la alegría. Una alegría atonal
dentro del it esencial. ¿No tiene sentido? Pues tiene
que tenerlo. Porque es demasiado cruel saber que
la vida es única y que no tenemos como garantía
sino la fe en tinieblas — porque es demasiado cruel,
entonces respondo con la pureza de una alegría
indomable. Me niego a quedar triste. Seamos
alegres. Quien no tenga miedo de ponerse alegre y
probar siquiera una vez la alegría loca y profunda
tendrá lo mejor de nuestra verdad. Yo estoy —a
pesar de todo, oh, a pesar de todo— estoy siendo
alegre en este instante-ya que pasaría si yo no lo
fijara con palabras. Estoy siendo alegre en este
mismo instante porque me niego a ser vencida:
entonces te amo. Como respuesta. Un amor
impersonal, un amor it, es alegría: aun el amor que
no termina bien, aun el que tiene final. Y mi propia
muerte y la de los que amamos tiene que ser
alegre, aún no sé cómo, pero tiene que serlo. Vivir
es esto: la alegría del it. Y conformarse no como

109
alguien vencido, sino en un allegro con brío.
Por otra parte, no quiero morir. Me niego
poniéndome contra “Dios”. ¿Como desafío, vamos a
no morir?
No voy a morir, ¿escuchaste, Dios? No tengo
coraje, ¿oíste? No me mates, ¿oíste? porque es una
infamia nacer para morir no se sabe cuándo ni
dónde. Voy a ponerme muy alegre, ¿escuchaste?
Como respuesta, como insulto. Una cosa te
garantizo: nosotros no somos culpables. Es preciso
entender esto mientras estoy viva, ¿oíste? porque
después será muy tarde.
Ah, este flash de instantes nunca termina. ¿Mi
canto de it nunca termina? Voy a terminarlo delibe-
radamente por un acto voluntario. Pero él continúa
en constantes improvisaciones, creando siempre y
siempre el presente que es futuro.
Esta improvisación, es.
¿Quieres ver cómo continúa? Esta noche —es
difícil explicarte— esta noche soñé que estaba
soñando. ¿Será qué sucede así después de la
muerte? ¿el sueño del sueño de un sueño de un
sueño?
Soy hereje. No, no es verdad. ¿O lo soy? Pero
algo existe.
Ah, vivir es tan desconfortable. Todo aprieta: el
cuerpo exige, el espíritu no se detiene, vivir parece

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tener sueño y no poder dormir — vivir es incómodo.
No se puede andar desnudo ni de cuerpo ni de
espíritu.
¿Yo no te dije que vivir es difícil? Pues fui a
dormir y soñé que te escribía un largo majestuoso,
y era más verdad aún de lo que escribo: era sin
miedo. Me olvidé que en el sueño no escribí, todo
volvió hacia la nada, volvió hacia la Fuerza de lo
que Existe y que a veces se llama Dios.
Todo acaba pero lo que te escribo continúa. Lo
que es bueno, muy bueno. Lo mejor aún no fue
escrito. Lo mejor está en las entrelineas.
Hoy es sábado, un sábado, hecho del más puro
aire, solamente aire. Te hablo como un ejercicio
profundo, y pinto como un ejercicio profundo de mí.
¿Qué quiero ahora escribir? Quiero alguna cosa
tranquila y sin modas. Alguna cosa como el
recuerdo de un monumento alto que parece más
alto porque es recuerdo. Pero de paso quiero haber
tocado realmente al monumento. Voy a detenerme
porque es sábado.
Continúa el sábado.
Aquello que aún va a ser después — es ahora.
Ahora es el dominio de ahora. Y mientras dura la
improvisación yo nazco.
Y he aquí que después de una tarde de “quién
soy yo” y de despertarme a la una de la madrugada

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aún en desesperación — he ahí que a las tres de la
madrugada me desperté y me encontré. Fui al
encuentro de mí misma. Calma, alegre, plenitud sin
fulminación. Simplemente yo soy yo. Y tú eres tú.
Esto es amplio, vasto, va a durar.
Lo que te escribo es un “esto”. No va a parar:
continúa.
Mira hacia mí y ámame. No: tú miras hacia ti y
te amas. Eso es lo que es cierto.
Lo que te escribo continúa y estoy hechizada.

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