Para hablar de casa, refugiémonos en la etimología del término.
Los diccionarios
etimológicos que abundan la internet nos muestran que la palabra casa, de origen latina,
provino del hebreo kisá, que significaba tejer, cubrir. Más cerca de lo que entendemos
hoy como chozas, el término designaba las construcciones hechas “de estacas y ramas”
para “protegerse del frío o calor”. La casa es, en su primera acepción, refugio,
protección. Techo que nos abriga de las intemperies del cielo, que nos salvaguarda de
la violencia del viento, piel que nos cubre de los incesantes golpes del sol. Tejido cosido
las tejas permiten que prosigamos tejiendo las redes de nuestras historias.
Refugio y protección, la casa también es el ambiente singular. Las paredes separan
lo público de lo privado – hoy ellas ya no pueden cumplir tal función, tan invadidas por
el mundo de los pixeles. El adentro es espacio del yo, al contrario del afuera de uso
común.
El signo casa y sus elementos constitutivos están repletos de referencias a la
pertenencia e identidad: “tener un techo”, “cerrarse una puerta y abrirse una ventana”.
La idea de estar protegido por un techo es, a la vez, alentador y aterrador:
protegerse es también apartarse. Las paredes más gruesas y seguras componen la cárcel.
Por eso, la sensación de aprisionamiento es siempre un riesgo cuando se satura el
encierro.
Guarda inagotable, la casa guarda. Y guardar es estar atento al objeto guardado, por
eso el “ángel de la guarda” nos guarda. Porque está por nosotros. A mirarnos. Guardar
es tener la cosa a la vista, como dice el poeta Antonio Cícero. Y por eso más se guarda
“el vuelo de un pájaro que un pájaro sin vuelos”. Dentro de ese razonamiento, guardar
no es prender. Sino liberar. Franquear. Pero acá es la casa que nos mira, sin ser mirada.
No admiramos constantemente la casa.
El guardar franco es el que mantiene el contacto con el mundo de afuera. Aunque
sea un contacto sutil, simbólico, pero es siempre la relación posible y permitida.
Decoramos la casa. Decorar es hacer algo “de corazón”, dar cuerda a la inmovilidad del
interior, cor cordis, activar por la memoria lo vivido. Las fotos, los objetos cargados de
biografía, la disposición de una butaca. Adentro de la casa hay mucho del mundo
recorrido afuera. Las ventanas son más que la apertura por donde entra el viento, por
donde el sol atisba y asoma, son vislumbres del exterior y , por eso, son contacto sutil
con el otro. Por las ventanas también se descubre lo indiscreto. Es por las ventanas de
los ojos que uno muestra su alma, dice el adagio.
La función de la casa, entretanto, es acoger. Amparar el ser del ininterrumpido
moverse de la ciudad. Dentro de sus paredes, bajo su techo, contenidos por su tejado
podemos relajar los nervios siempre activos, siempre excitados por las informaciones
persistentes de lo urbano. Las tejas asaltadas por las tormentas bajos las cuales tejemos
nuestro sosiego no solo nos tapan, nos velan.
Estar en casa es también por eso un estar en sí. Como extensión de nuestro cuerpo
mismo, en el interior de las paredes-piel uno puede al fin encontrarse a sí mismo. El ser
tantas veces diluido en la multitud de las calles atiborradas de apuro se reencuentra en la
soledad silenciosa del hogar.
La casa concreta gana, así, su cualidad positiva diferenciadora: el sujeto puede
exigir su existencia. Al espejo vemos los efectos del mundo. En la casa podemos dormir
y si no es posible recuperar, al menos podemos maquillar cubriendo la fachada del
rostro.
La casa que guarda, separa, aísla también recupera, refuerza, rehace el ser perdido,
apagado, diluido por la ciudad.
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Ítaca siempre alcanzada tarde, por pocos minutos. La casa es retorno, porque al fin
y al cabo ella es más fin que medio. Sin embargo, siempre de pasaje por ella, apenas
cruzamos el umbral que señala el cambio de espacio abierto a cerrado sacamos las
marcas del día, los excesos del afuera, respiramos levemente más despacio para, tomado
el aliento necesario para otra salida, dejarla de nuevo.
Sísifos modernos nunca estamos en casa. Y, cuando estamos, no estamos en ella,
buscamos estar en nosotros, en esa manera de reencuentro con el interior que su espacio
permite. Miramos al espejo, nos quejamos del día, planificamos el siguiente paso. La
miramos en su destrucción, en su suciedad, en el trabajo que nos delega, en el descanso
que también no robará. Salimos y sabemos que el tiempo hará el trabajo clandestino de
sacar las cosas del lugar, de echar polvo sobre la mesas y aparadores. Raras veces la
miramos en su belleza, en sus puntos fuertes, en su posición auxiliadora. Estamos en
casa para mirarnos a nosotros mismos, como una pintura se miraría dentro del marco
que delimita el arte de la vida, el arte de la pintura ausente de estética. El marco solo es
mirado por los que tienen tiempo de mirarlo.
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Ese tal vez haya sido uno de los cambios y resignificaciones promovidos por la
pandemia. Condenados a estar en casa, nos cansamos de mirarnos a nosotros, saturados
de tanto yo y, teniendo narciso ahogado en el eco tan reincidente, pasamos a verla de
nuevo. A entender que aquella silla ocupa un espacio innecesario, que le falta color a la
maceta, que sigue sin flores, que las ventanas son chicas, que hay demasiada
información colgada e indiferente a nuestra historia y más indiferente aún a nuestro
presente. Al mirarla y verla, reparamos. Reparar, arreglar. Arreglamos la pileta, el
control de la tele. La cocina gana importancia fundamental, la comida gana casi una
mitología, llena de ritos culinarios. La tele aburre, las redes sociales aburren, las
películas aburren. Con el tiempo todas las herramientas artificiales de ligación con el
exterior nos cansan. Y la casa omnipresente reclama nuestra atención. Más que reposo,
reflejo. Limpiamos cajones como quien limpia la conciencia. La materialidad de la casa
mil veces reciclada sigue fuerte, inmóvil. La casa somos nosotros. Pasamos a comer
mejor, dormir más y aún así nos cansamos más que antes. Percibimos que el cuerpo de
la casa necesita de la sangre de las calles, su inmovilidad necesita tránsito.