CAPITULO 1
“LA BRUJA CHINA”
—…Y así concluimos esta larga travesía, una de las etapas más hermosas y a la vez
complicadas de la vida, llena de buenos y malos momentos —decía el director—.
Donde forjamos nuestro valor y aprendemos a tomar nuestras primeras decisiones,
donde nos enamoramos y sufrimos decepciones, donde ganamos amigos para toda
la vida, conocidos con los que compartimos buenos momentos, y donde también
conocemos las diferencias, que algunas veces nos alejan de los demás —Se enjugó
una lágrima, los demás también estaban muy conmovidos—. El día de hoy, ya no
tengo ante mí al mismo grupo de niños raros y temerosos que recibí en este mismo
patio otrora, el día de hoy tengo delante mío a una generación de jóvenes hombres
y mujeres que están listos para enfrentar al mañana —hizo unos segundos de
pausa, intentaba no quebrarse—. Y si bien hemos tenido muchos cambios en la
convivencia, en algunos casos he sufrido un buen par de dolores de cabeza —giró
en dirección a un alumno en particular, sonriendo—. Y sí, te estoy mirando a vos,
Romero —todos estallaron en una carcajada conmovida. Agustín Romero, el terror
de la clase, también se reía, pero al poco se quebró y comenzó a llorar de la
emoción—. Quiero que sepan que fue un verdadero honor y un privilegio para mí
y para todo el cuerpo docente, el haberlos conocido y pasado tanto tiempo con
todos ustedes, espero que el recuerdo que se llevan de este lugar sea el mejor
posible. Sepan que las puertas del colegio siempre van a estar abiertas para todos,
se ganaron nuestra admiración.
Algunos docentes estaban llorando a lágrima viva. Comenzaron a aplaudir de pie
en dirección a los alumnos, lo que provocó que el grupo de graduados ya no
pudiera contenerse más, ahora todos estaban llorando—. Y para ir concluir la
ceremonia, les agradecemos por habernos elegido como la institución donde
formado parte de su educación. Esperamos haber cumplido sus expectativas y les
deseamos a todos una muy feliz navidad. A medida que nos acercamos al 2017,
esperamos que sea el primero de muchos buenos años para todos. ¡Muchísimas
gracias! ¡Ahora, salgan a festejar, que se les está haciendo tarde!
Un aplauso general inundó el patio de la institución y concluyó una hermosa
ceremonia de graduación, que daba inicio formal a la vida adulta de los (ahora) ex
alumnos, fotos, abrazos, saludos, llantos y despedidas por doquier, y en medio de
todo, ella, ajena de la realidad, conmovida sí, pero por motivos muy diferentes a los
de los demás, “¿Dónde se habrá metido?”, pensó mientras esquivaba las hordas de
personas, fingiendo una sonrisa alegre mientras se abría paso entre los grupos de
amigos y conocidos, dando excusas tontas para no detenerse a hablar con nadie.
¿Dónde estaba? La había vigilado muy de cerca durante casi toda la jornada, pero
no había podido hablar con ella en ningún momento, ya que fue la encargada de
leer un discurso al principio del acto y, por eso mismo, pasó mucho tiempo con el
grupo organizador. “No puede ser que se me haya escapado”, pensaba, enojada…
no, no era enojo; era más bien desesperación. Estaba exasperada por toda la
situación y sentía la fuerte presencia casi constantemente a sus espaldas, “Tengo
que…”, pensaba, llenándose de lágrimas.
—¡Lira! ¿Cómo estás? —preguntó una voz conocida, deteniéndola con una mano
en el hombro. Lira Gonzales dio un respingo nervioso y casi se cae de bruces,
afortunadamente un muchacho la contuvo.
—Hola Vale… —contestó Lira algo nerviosa, mientras miraba a todos lados—.
Estoy bien, muy… muy conmovida por todo.
—¿Viste? ¡Es verdad! —dijo Vale, al borde del llanto—. ¡Ahora nos vamos a hacer
viejas! ¡Mi mamá dice que después de los 20 los años se te vienen encima de golpe!
¡No quiero llegar a eso! —se lamentó de forma infantil.
—Sí, es verdad… —contestó ella sin prestarle mucha atención.
—¿Te pasa algo? ¿Estás bien? —preguntó Vale.
—Sí, estoy bien. Escuchame, Valeria ¿De casualidad no la viste a la “Bruja China”
por acá?
—¿A “Chin-chu-lin”? La vi recién —Vale señaló al otro lado del recinto—. Anda
con el papá y una nena, parece que es la hermanita… o el clon, ¡No sabés, es
idéntica, boluda! ¡Un limoncito! —se reía emocionada—. Lira, ¿Para qué…? —al
darse vuelta, se encontró hablando sola, miró a todos lados y la sonrisa se le
desdibujó, confundida—. ¿Lira…?
—Boluda de mierda… —susurraba Lira con bronca, abriéndose paso con
determinación entre la multitud, no iba a permitir que ella se le escapara; la
necesitaba con suma urgencia. “¿Por dónde se habrá ido?” se preguntó. Al llegar
al portón del patio, que estaba abierto, la vio de espaldas al otro lado de la reja
¡Era ella! Se dirigía hacia una camioneta, abrazada a su papá. A su lado, una chica
más bajita la acompañaba.
—¡ESPERÁ! —gritó Lira mientras intentaba abrirse paso entre la gente, pero
padres, alumnos y profesores se amontonaban en grupos numerosos, impidiéndole
un fácil acceso—. ¡LIMÓN! —gritó. “Limón”, así como “Chin-chu-Lin” eran dos
de los apodos que le habían puesto para molestarla—. ¡LIMOOOOON! —“¿Cómo
se llamaba?”, pensaba Lira, “Algo con “Ta” o con “To”, Tamago, Tamara,
Totamono, ¿Cuál era?” dijo lo primero que se le ocurrió—. ¡HEY, TOMACO! —
para colmo de males, la música, los coches y las risas de los demás ahogaban sus
gritos.
Para cuando logró llegar a la vereda, la camioneta ya había doblado la esquina y se
perdía de vista. “No te vayas…”, pensó Lira, desesperada y exhausta. Se dejó caer
en la vereda y comenzó a llorar de impotencia. Ni siquiera sabía dónde vivía para
poder ir a buscarla. Estaba perdida… a menos que…
“Chicos, ¿Alguno sabe si Limón va a ir a la fiesta o dónde vive? ¿Alguno tiene su
número?” preguntó en el chat grupal del curso, pero nadie contestó, estaban todos
ocupados en la reunión. Se quitó los zapatos de tacón y reposó un poco los pies en
la vereda fría, los tenía algo doloridos tras la última carrera a través de todo el
recinto. “Qué porquería…”, pensó resignada.
—¿Qué onda Lira? ¿Está todo bien? —preguntó un muchacho, acompañado de
una chica.
—Hola Maxi, hola Karen, sí, todo bien… por ahora… —recuperó un poco la
compostura y se secó las lágrimas—. ¿Cómo la están pasando ustedes?
—¡Bien! ¡Genial! —contestó Karen con entusiasmo, dándole un beso bastante
apasionado a Maxi.
—Se nota… —contestó Lira, sonrojándose un poco y apartando la mirada,
sintiéndose incómoda.
—¿Vas a ir a la fiesta? —preguntó Maxi, ni bien sus labios fueron liberados.
—La verdad, no sé… —contestó ella, mirando las rejas de las casa vecinas.
—¡Dale, vamos juntos los tres! ¡Te hace falta!—urgió Karen—. Mirá que Fer anda
por ahí diciendo que te tiene ganas, así que ¡guarda! —la chica se reía, animando
un poco a Lira, quien sonrió.
—¿Cuál? ¿Fer el gordito, o Fer el del otro curso? —preguntó.
—¡Fer el conserje! —respondió Maxi. Estallaron en carcajadas, Lira se tapó los
ojos avergonzada mientras comenzaba a reírse.
—¡Ay no, por favor! —decía, de bastante mejor humor—. ¡Cualquiera menos ese!
—los tres se calmaron luego de unos segundos, y Lira, notablemente más animada,
aceptó—. Sí, vamos nomas, quiero olvidarme de todo un rato —dijo, mirando la
fila de coches. Su gesto cambió de repente; parecía haber visto algo que la perturbó
bastante—. Pero ¿Les parece bien si me quedo con ustedes hasta la fiesta? No
quiero ir a mi casa para volver a salir después.
—Lira, ¿Te pasa algo? —preguntó Maxi, extrañado.
—No, no es nada. Solo que no tengo ganas de estar en mi casa. ¡Hoy es un día para
festejar! —dijo ella, mostrándose de mejor humor que antes.
—Dale, por mí no hay problema —contestó Maxi.
—A mi tampoco me molesta —agregó Karen—. Podemos ir a comer y después a la
fiesta. ¿Qué les parece?
—¡Buenísimo, muchas gracias! ¡Son lo más! —agradecida con los dos, Lira los
abrazó un momento, y luego, de mucho mejor humor llamó por teléfono a Vale,
invitándola a ir con ellos a comer hamburguesas, sintiéndose mucho mejor consigo
misma de lo que podría haber imaginado.
…
—¡CUIDADO, INFELIZ! —gritó el conductor del colectivo que los llevaba a la
fiesta, justo antes de dar un volantazo para evitar chocar con un coche particular
que intentaba adelantarlo en una esquina, asustando a todos los pasajeros,
incluyendo a Lira y sus amigos.
—Cada imbécil hay suelto en la calle… —dijo Maxi.
—Sí, mal… —apoyó Karen—. Está jodido hoy en dia.
—Ah, hablando de locos. Lira —intervino Valeria—. ¿Para qué buscabas a
Limón?
—Para nada. —respondió Lira.
—¿A Limón? Ah sí, vi que preguntaste por ella —comentó Karen—. Contanos,
¿Qué pasó?
—Nada, es una boludez, pero… —el gesto de la chica se ensombreció un poco—.
¿Nunca tuvieron la sensación de que hay extraño rondándolos?
—Yo sí, a mi me sigue un bicho muy raro —dijo Karen, seria—. Se llama Maxi,
pero en el barrio lo conocen como “El sátiro de los pañuelos” —esbozó una sonrisa
burlona y Valeria estalló en carcajadas, incluso Lira sonrió.
—¡Hey! —se quejó Maxi—. Cortala, estamos hablando en serio. —Luego, miró a
Lira—. ¿Viste o viviste alguna experiencia así, algo inusual?
—No lo sé, la verdad… —Lira suspiró y apoyó la cabeza en el respaldo, cansada—.
Por eso quería hablar con la china, a ver qué me podía decir… dicen que ella y el
padre pueden ver a los muertos.
—Escuché algo de esa historia, sí —concordó Valeria—. Dicen que son
descendientes de videntes o algo así. Antes, el padre trabajaba para la policía,
encargándose de casos que no podían ser resueltos por las investigaciones
normales, pero eso fue antes de lo de la esposa.
—¿Qué le pasó? —preguntó Maxi.
—Murió—contestó Valeria.
—Eso ya lo sé, genia, pero pregunto ¿De qué se murió?
—No sé, algunos dicen que el tipo se volvió loco y la mató; otros afirman que en
realidad ella se suicidó, o que ya no soportaba la relación y se fue, dejándolos solos
padre e hija.
—Anda saber qué pasó… —comentó Karen.
—No creo que te convenga juntarte con esa rarita, me da mala espina —dijo Vale.
—Ah mira, hablando de Roma… —comentó Maxi y les mostró su celular; alguien
le había contestado el mensaje a Lira: una foto de Limón sentada en la barra del
boliche, con varias copas vacías.
—Y borracha —dijo Vale sorprendida—. ¿Qué estará tomando?
—“Vino de arroz mezclado con veneno de escorpión y tinta de calamar” —se reía
Maxi, imitando el acento chino.
—Cortala, idiota —lo regañó Karen—. ¿Estará acostumbrada a tomar?
—Ni idea, espero que sí. Hablando en serio, no creo que le convenga tomar tanto.
Denme una mano para ayudarla si llega a necesitar —comentó Lira, medio
alarmada por la cantidad de alcohol que parecía haber bebido. Por suerte, ya
estaban a una cuadra del boliche; sin duda, iría a ver cómo estaba.
…
La música sonaba fuerte y la multitud disfrutaba la noche mientras el grupo de
amigos, encabezados por Lira, avanzaba con la intención de encontrar a Limón.
Saludaban a unos y hablaban un poco con otros, pero estaban centrados en buscar
por todas partes. Gracias a algunas indicaciones de conocidos, la encontraron sola,
tal como mostraba la foto: tambaleándose y sentada en un taburete alejado de los
demás.
—¡Limón! ¿Estás bien…? —preguntó Lira, pero la muchacha no respondía—.
Hey, Limón… —extendió la mano hacia ella y, al tocar su hombro, ambas sintieron
un escalofrío tremendo. Lira tuvo la sensación de que algo pesado salió de su
interior y embistió a la muchacha, quien apenas pudo mantenerse sentada y
aferrarse a la mesa. Lira terminó sentada en el suelo, sufriendo un temblor peor
que el de Limón.
—¡Lira! —Vale, Karen y Maxi se aproximaron para asistirla.
—¿Y vos quién sos? —murmuró Limón con mucha dificultad—. ¡No me toques!
—hizo un gesto de manotazo al aire, como intentando espantar una mosca—. No
me obligues a usarlo —extendió su mano en dirección a las botellas—. “Alma, tu
que… vives en la oscuridad… errante… vete… con… ” —su voz se perdió, estaba
realmente embriagada.
—¿Limón? ¿Con quién estás hablando? —preguntó Vale, asustada.
Tomoe Yamato se levantó de su asiento, visiblemente molesta, y se giró
tambaleándose para mirar a su compañera. Tenía los ojos enrojecidos, estaba
claramente ebria. Levantó un dedo y apuntó hacia la chica.
—Con fuerzas que tu mente… no podría comprender…
—Limón, escuchame —dijo Lira, intentando levantarse por sí misma—. Necesito
tu ayuda, tengo que hablarte de algo… —Tomoe no respondió y, de repente,
agarró la última copa de líquido naranja y se la bebió de un trago. Luego,
dejándose escapar la copa, que terminó en el suelo, miró a Lira de muy mal humor
y le dijo:
—Yo soy… Tomoe… ¿Entendiste nena? TO-MO-E —casi se resbala, Lira la
atrapó y la ayudo a estabilizarse, Karen también la ayudó a mantenerse en pie—.
¿Qué me queres decir…? No tengo… todo… el día…
“En serio está mucho peor de lo que pensaba ”, reflexionó Lira. No se la imaginaba
de esta manera, siempre parecía ser una niña tranquila, callada y sumisa. “Quizás
no sea buena idea hablarle ahora… tal vez debería buscar a otra persona o
hablarle más tarde”, Lira no sabía que hacer, pero tenía que tomar una decisión.
Además de la extraña sensación que ambas habían experimentado, algo en
particular que Tomoe había dicho llamó su atención. … “¿Qué puedo hacer?”.
A) Contarle todo de inmediato… B) Esperar al día siguiente…