EL EVANGELIO
SEGÚN EL ESPIRITISMO
EL EVANGELIO
SEGÚN EL ESPIRITISMO
CONTIENE
LA EXPLICACIÓN DE LAS MÁXIMAS MORALES DE CRISTO
SU CONCORDANCIA CON EL ESPIRITISMO
Y SU APLICACIÓN A LAS DIVERSAS SITUACIONES DE LA VIDA
Por
Allan Kardec
Sólo es inquebrantable la fe que puede mirar a la razón
cara a cara, en todas las épocas de la humanidad.
Traducción de Gustavo N. Martínez y Marta H. Gazzaniga
Copyright © 2020 by
FEDERAÇÃO ESPÍRITA BRASILEIRA – FEB
Derechos licenciados por el Consejo Espírita Internacional a la Federación Espírita Brasileña.
CONSELHO ESPÍRITA INTERNACIONAL – CEI
SGAN Quadra 909 – Conjunto F
70790-090 – Brasília (DF) - Brasil
1ª edición – 9/2021
ISBN 978-65-5570-235-4
Título del original francés:
L’ÉVANGILE SELON LE SPIRITISME
(Paris, 1864)
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida,
almacenada o transmitida, total o parcialmente, por cualquier método o proceso, sin
autorización del poseedor del copyright.
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(Federação Espírita Brasileira – Biblioteca de Obras Raras)
K18e Kardec, Allan, 1804–1869
El Evangelio según el Espiritismo: contiene la explicación de las máximas
morales de Cristo su concordancia con el Espiritismo y su aplicación a las diversas
situaciones de la vida / por Allan Kardec; traducción de Gustavo N. Martínez y
Marta H. Gazzaniga. – 1ª edición – Brasília (DF), Brasil: FEB; CEI, 2021.
492 p.; 21 cm
Título del original: L’évangile selon le Spiritisme
ISBN 978-65-5570-235-4
1. Jesus Cristo - Interpretações espíritas. 2. Espiritismo. I. Federação Espírita
Brasileira. II. Título.
CDD 133.9
CDU 133.7
CDE 85.02.00
Índice*
Consideraciones acerca de la traducción............................... 13
Prólogo de la presente edición.............................................. 15
Prefacio................................................................................ 19
Introducción........................................................................ 21
I. Objetivo de esta obra. II. Autoridad de la doctrina
espírita. Control universal de la enseñanza de los Espíritus.
III. Noticias históricas. IV. Sócrates y Platón : precursores
de la idea cristiana y del espiritismo. Resumen de la doctrina
de Sócrates y Platón.
Capítulo I. No he venido a derogar la ley............................. 53
Las tres revelaciones: Moisés; Cristo; el espiritismo (1 a 7).
Alianza de la ciencia con la religión (8). Instrucciones de los
Espíritus: La era nueva (9 a 11).
Capítulo II. Mi reino no es de este mundo........................... 65
La vida futura (1 a 3). La realeza de Jesús (4). El punto
de vista (5 a 7). Instrucciones de los Espíritus: Una realeza
terrenal (8).
Capítulo III. Hay muchas moradas en la casa de mi Padre.....73
Diferentes estados del alma en la erraticidad (1 y 2). Diferentes
categorías de mundos habitados (3 a 5). Destino de la Tierra.
* Los números entre paréntesis corresponden a los parágrafos de cada capítulo. (Nota de
Allan Kardec.)
Causas de las miserias humanas (6 y 7). Instrucciones de los
Espíritus: Mundos inferiores y mundos superiores (8 a 12).
Mundos de expiaciones y de pruebas (13 a 15). Mundos
regeneradores (16 a 18). Progresión de los mundos (19).
Capítulo IV. Nadie puede ver el Reino de Dios si no
nace de nuevo....................................................................... 85
Resurrección y reencarnación (1 a 17). La reencarnación
fortalece los lazos de familia, mientras que la unicidad de la
existencia los rompe (18 a 23). Instrucciones de los Espíritus:
Límites de la encarnación (24). Necesidad de la encarnación
(25 y 26).
Capítulo V. Bienaventurados los afligidos........................... 101
Justicia de las aflicciones (1 a 3). Causas actuales de las
aflicciones (4 y 5). Causas anteriores de las aflicciones (6 a
10). Olvido del pasado (11). Motivos de resignación (12
y 13). El suicidio y la locura (14 a 17). Instrucciones de los
Espíritus: Sufrir bien y sufrir mal (18). El mal y el remedio
(19). La felicidad no es de este mundo (20). Pérdida de
las personas amadas. Muertes prematuras (21). Si fuese
un hombre de bien, habría muerto (22). Los tormentos
voluntarios (23). La verdadera desgracia (24). La melancolía
(25). Pruebas voluntarias. El verdadero cilicio (26). ¿Debe
ponerse término a las pruebas del prójimo? (27). ¿Será lícito
abreviar la vida de un enfermo que sufre sin esperanza de
curarse? (28). Sacrificio de la propia vida (29 y 30). Provecho
de los padecimientos para el prójimo (31).
Capítulo VI. El Cristo Consolador..................................... 135
El yugo ligero (1 y 2). Consolador prometido (3 y 4).
Instrucciones de los Espíritus: Advenimiento del Espíritu de
Verdad (5 a 8).
Capítulo VII. Bienaventurados los pobres de espíritu......... 143
Lo que debe entenderse por pobres de espíritu (1 y 2). El que
se eleve será rebajado (3 a 6). Misterios ocultos a los sabios y
a los sagaces (7 a 10). Instrucciones de los Espíritus: El orgullo
y la humildad (11 y 12). Misión del hombre inteligente en
la Tierra (13).
Capítulo VIII. Bienaventurados los limpios de corazón...... 159
Dejad que los niños vengan a mí (1 a 4). Pecado de
pensamiento. Adulterio (5 a 7). Verdadera pureza. Manos no
lavadas (8 a 10). Escándalos. Si vuestra mano es motivo de
escándalo, cortadla (11 a 17). Instrucciones de los Espíritus:
Dejad que los niños vengan a mí (18 y 19). Bienaventurados
los que tienen los ojos cerrados (20).
Capítulo IX. Bienaventurados los que son mansos
y pacíficos.......................................................................... 173
Injurias y violencias (1 a 5). Instrucciones de los Espíritus: La
afabilidad y la dulzura (6). La paciencia (7). Obediencia y
resignación (8). La cólera (9 y 10).
Capítulo X. Bienaventurados los que son misericordiosos.....181
Perdonad para que Dios os perdone (1 a 4). Reconciliarse
con los adversarios (5 y 6). El sacrificio más agradable a Dios
(7 y 8). La paja y la viga en el ojo (9 y 10). No juzguéis para
que no seáis juzgados. El que esté sin pecado, que le arroje la
primera piedra (11 a 13). Instrucciones de los Espíritus: Perdón
de las ofensas (14 y 15). La indulgencia (16 a 18). ¿Está
permitido reprender al prójimo, observar sus imperfecciones
y revelar el mal que comete? (19 a 21).
Capítulo XI. Amar al prójimo como a sí mismo................. 197
El mayor mandamiento. Hacer por los otros lo que
quisiéramos que ellos hiciesen por nosotros. Parábola de los
acreedores y los deudores (1 a 4). Dad al César lo que es del
César (5 a 7). Instrucciones de los Espíritus: La ley del amor (8
a 10). El egoísmo (11 y 12). La fe y la caridad (13). Caridad
para con los criminales (14). ¿Debemos exponer la vida por
un malhechor? (15).
Capítulo XII. Amad a vuestros enemigos........................... 213
Retribuir el mal con el bien (1 a 4). Los enemigos
desencarnados (5 y 6). Si alguien te golpea en la mejilla
derecha, ofrécele también la otra (7 y 8). Instrucciones de los
Espíritus: La venganza (9). El odio (10). El duelo (11 a 16).
Capítulo XIII. No sepa tu mano izquierda lo que da
tu mano derecha................................................................. 229
Hacer el bien sin ostentación (1 a 3). Los infortunios ocultos
(4). La ofrenda de la viuda (5 y 6). Invitar a los pobres y a los
lisiados. Dar sin esperar retribución (7 y 8). Instrucciones de los
Espíritus: La caridad material y la caridad moral (9 y 10). La
beneficencia (11 a 16). La piedad (17). Los huérfanos (18).
Beneficios que se pagan con ingratitud (19). Beneficencia
exclusiva (20).
Capítulo XIV. Honra a tu padre y a tu madre..................... 255
Piedad filial (1 a 4). ¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos? (5 a 7). Parentesco corporal y parentesco espiritual
(8). Instrucciones de los Espíritus: La ingratitud de los hijos y
los lazos de familia (9).
Capítulo XV. Fuera de la caridad no hay salvación.............. 269
Lo que es necesario para salvarse. Parábola del buen
samaritano (1 a 3). El mayor mandamiento (4 y 5). Necesidad
de la caridad según san Pablo (6 y 7). Fuera de la Iglesia
no hay salvación. Fuera de la verdad no hay salvación (8 y
9). Instrucciones de los Espíritus: Fuera de la caridad no hay
salvación (10).
Capítulo XVI. No se puede servir a Dios y a Mamón......... 279
Salvación de los ricos (1 y 2). Preservarse de la avaricia (3). Jesús
en casa de Zaqueo (4). Parábola del rico malo (5). Parábola de
los talentos (6). Utilidad providencial de la riqueza. Pruebas
de la riqueza y de la miseria (7). Desigualdad de las riquezas
(8). Instrucciones de los Espíritus: La verdadera propiedad (9 y
10). Empleo de la riqueza (11 a 13). Desprendimiento de los
bienes terrenales (14). Transmisión de la riqueza (15).
Capítulo XVII. Sed perfectos.............................................. 301
Caracteres de la perfección (1 y 2). El hombre de bien (3).
Los buenos espíritas (4). Parábola del sembrador (5 y 6).
Instrucciones de los Espíritus: El deber (7). La virtud (8). Los
superiores y los inferiores (9). El hombre en el mundo (10).
Cuidar el cuerpo y el espíritu (11).
Capítulo XVIII. Muchos son los llamados, y pocos
los escogidos....................................................................... 317
Parábola del festín de bodas (1 y 2). La puerta estrecha (3 a
5). No todos los que dicen: ¡Señor! ¡Señor!, entrarán en el
reino de los Cielos (6 a 9). Mucho se pedirá a quien mucho
recibió (10 a 12). Instrucciones de los Espíritus: Se dará al que
tiene (13 a 15). Se reconoce al cristiano por sus obras (16).
Capítulo XIX. La fe transporta montañas........................... 331
Poder de la fe (1 a 5). La fe religiosa. Condición de la fe
inquebrantable (6 y 7). Parábola de la higuera estéril (8 a 10).
Instrucciones de los Espíritus: La fe, madre de la esperanza y de
la caridad (11). La fe divina y la fe humana (12).
Capítulo XX. Los obreros de la última hora....................... 341
Instrucciones de los Espíritus: Los últimos serán los primeros
(1 a 3). Misión de los espíritas (4). Los obreros del Señor. (5).
Capítulo XXI. Habrá falsos cristos y falsos profetas............ 349
Se conoce al árbol por su fruto (1 a 3). Misión de los
profetas (4). Prodigios de los falsos profetas (5). No creáis a
todos los Espíritus (6 y 7). Instrucciones de los Espíritus: Los
falsos profetas (8). Caracteres del verdadero profeta (9). Los
falsos profetas de la erraticidad (10). Jeremías y los falsos
profetas (11).
Capítulo XXII. No separéis lo que Dios ha unido.............. 363
Indisolubilidad del matrimonio (1 a 4). El divorcio (5).
Capítulo XXIII. Moral extraña........................................... 369
Odiar al padre y a la madre (1 a 3). Dejar al padre, a la
madre y a los hijos (4 a 6). Dejad a los muertos el cuidado de
enterrar a sus muertos (7 y 8). No he venido a traer la paz,
sino la división (9 a 18).
Capítulo XXIV. No pongáis la lámpara debajo del celemín...381
La lámpara debajo del celemín. Por qué Jesús habla en
parábolas (1 a 7). No vayáis en busca de los gentiles (8 a 10).
Los sanos no necesitan al médico (11 y 12). La valentía de
la fe (13 a 16). Cargar la propia cruz. El que quiera salvar su
vida, la perderá (17 a 19).
Capítulo XXV. Buscad y hallaréis....................................... 393
Ayúdate, y el Cielo te ayudará (1 a 5). Contemplad las aves
del cielo (6 a 8). No os pongáis en trabajos para tener oro
(9 a 11).
Capítulo XXVI. Dad de gracia lo que de gracia recibisteis.....401
El don de curar (1 y 2). Oraciones pagadas (3 y 4). Mercaderes
expulsados del templo (5 y 6). Mediumnidad gratuita (7 a 10).
Capítulo XXVII. Pedid y se os dará.................................... 407
Cualidades de la oración (1 a 4). Eficacia de la oración (5 a
8). Efecto de la oración. Transmisión del pensamiento (9 a
15). Oraciones inteligibles (16 y 17). Acerca de la oración
por los muertos y por los Espíritus que sufren (18 a 21).
Instrucciones de los Espíritus: Modo de orar (22). Felicidad
que la oración proporciona (23).
Capítulo XXVIII. Compilación de oraciones espíritas........ 425
Preámbulo (1) .......................................................................425
I – Oraciones generales..........................................................427
Oración dominical (2 y 3). Reuniones espíritas (4 a 7).
Para los médiums (8 a 10).
II – Oraciones para sí mismo.................................................440
A los ángeles de la guarda y a los Espíritus protectores
(11 a 14). Para alejar a los Espíritus malos (15 a 17).
Para corregirse de un defecto (18 y 19). Para resistir a
una tentación (20 y 21). Acción de gracias por la victoria
obtenida sobre una tentación (22 y 23). Para pedir un
consejo (24 y 25). En las aflicciones de la vida (26 y 27).
Acción de gracias por un favor obtenido (28 y 29). Acto
de sumisión y de resignación (30 a 33). Ante un peligro
inminente (34 y 35). Acción de gracias por haber salido
de un peligro (36 y 37). En el momento de dormirse
(38 y 39). Cuando se prevé la proximidad de la muerte
(40 y 41).
III – Oraciones para el prójimo..............................................456
Para los que están en la aflicción (42 y 43). Acción de
gracias por un favor concedido a otro (44 y 45). Para
nuestros enemigos y para los que nos quieren mal (46 y
47). Acción de gracias por el bien concedido a nuestros
enemigos (48 y 49). Por los enemigos del espiritismo
(50 a 52). Para un niño recién nacido (53 a 56). Para un
agonizante (57 y 58).
IV – Oraciones para los que ya no están en la Tierra..............464
Para los recién fallecidos (59 a 61). Para las personas que
amamos (62 y 63). Para las almas que sufren y piden
oraciones (64 a 66). Para un enemigo muerto (67 y
68). Para un criminal (69 y 70). Para un suicida (71 y
72). Para los Espíritus arrepentidos (73 y 74). Para los
Espíritus empecinados en el mal (75 y 76).
V – Oraciones para los enfermos y los obsesos........................477
Para los enfermos (77 a 80). Para los obsesos (81 a 84).
Nota Explicativa................................................................. 485
CONSIDERACIONES GENERALES
ACERCA DE LA TRADUCCIÓN
La presente traducción se basa en la tercera edición del ori-
ginal francés L’Évangile selon le spiritisme. Según reza el sello al pie
de la portada, el libro fue editado en París, Francia, por les Éditeurs
du Livre des Esprits (35, quai des Augustins); Dentu, Fréd. Henri,
libraires, en el Palais-Royal y en la oficina de la Revue Spirite (59,
rue et passage Sainte-Anne), en el año 1866. La edición fue impre-
sa por P. A. Bourdier et Cie. (rue des Poitevins, 6).
Nos valimos de un ejemplar que pertenece a la mencionada
tercera edición, cuya reproducción facsimilar fue realizada por la
Federação Espírita Brasileira, en 1975.
La primera edición de esta obra vio la luz, también en
París, en abril de 1864, con el título de Imitation de l’Évangile
selon le spiritisme.
La tercera edición se considera definitiva, pues ha sido revi-
sada, corregida y modificada por el autor, conforme a las indicacio-
nes de los Espíritus. Al respecto, Allan Kardec señala, en la Revista
Espírita de noviembre de 1865 (Año VIII, Vol. 11), que “en esta
edición la obra ha sido objeto de una reorganización comple-
ta. Además de algunos agregados, las principales modificaciones
consisten en una clasificación más metódica, clara y cómoda de
las materias. Esto permite que la obra sea de más fácil lectura, y
también facilita las consultas”.
13
Consideraciones generales acerca de la traducción
En cuanto a las citas bíblicas, dado que el autor empleó la
versión francesa de Isaac Lemaître de Sasy (La Bible de Sacy-Port
Royal), hemos optado por traducirlas tal como se las ha fijado, sin
perjuicio de que el lector pueda consultar las versiones españo-
las ya existentes, y hacer los estudios comparativos que considere
adecuados. (Véase la Introducción, § I.)
En suma, el criterio que seguimos en el presente trabajo no
ha sido otro que mantener una absoluta fidelidad al contenido
del texto original.
Los Traductores
Buenos Aires, 31 de marzo de 2009.
14
PRÓLOGO DE LA PRESENTE EDICIÓN
Una nueva traducción de “El Evangelio según el
Espiritismo”, de Allan Kardec, es sumamente oportuna y muy
valiosa en este momento de aflicciones individuales y colectivas,
teniendo en cuenta la grandiosidad de esa magnífica Obra.
No obstante el significado teológico y teleológico del
Evangelio de Jesús, este ha sufrido, a lo largo de los siglos, adul-
teraciones, adaptaciones a los intereses obscuros de copistas y
religiosos vanos, así como alteraciones hechas a propósito, que
le amputaron el supremo contenido resultante de las enseñanzas
sublimes del Maestro.
Orígenes, por ejemplo, en el siglo III, ya lamentaba al
respecto las diferencias entre los manuscritos, que se hicieron abe-
rrantes por la negligencia de los copistas o por la insolencia perversa
de otros…
A su vez, Celso, Dionisio, Rufino y muchos otros cristianos
primitivos, desde épocas muy remotas, manifestaban su preocu-
pación por las modificaciones de los textos originales, adaptados
a propósito por los caprichos de personas sospechosas que así die-
ron lugar al surgimiento de los dogmas, cambiando completa-
mente el sentido sublime de las enseñanzas de Jesús.
Por ello, el noble codificador Allan Kardec eligió la
enseñanza moral, pues esta posee un contenido superior que se
mantuvo auténtico pese a las conductas impropias de los copistas
e impresores.
15
Prólogo de la presente edición
En razón de esa belleza impar, que se encuentra en las pa-
labras iluminativas del Maestro, el Evangelio permanece como
sublime código de ética e incomparable tratado psicoterapéutico
para las angustias y dolores contemporáneos.
En su condición de ciencia experimental, el Espiritismo
comprueba la inmortalidad del alma y su comunicabilidad con
los seres humanos, presentándolas de manera clara e inconfun-
dible en toda su plenitud, resultante de la investigación severa y
noble de los hechos.
Como filosofía, ofrece las explicaciones racionales y lógicas
para los complejos problemas humanos al respecto del ser, del
destino y del dolor, como ninguna otra lo ha producido.
Empero, en su valioso contenido ético-moral alcanza el
auge de su significado, porque dignifica al ser humano y lo libe-
ra de la ignorancia religiosa, de los atavismos ancestrales que lo
inducían al miedo, así como le ofrece una inapreciable contribu-
ción para el logro de la felicidad en la Tierra y en el Más Allá…
Constituyendo el más complejo código moral de la huma-
nidad, el Evangelio de Jesús es, indudablemente, un especial gra-
nero de bendiciones iluminativas y libertadoras.
La moral evangélica es única, sin excepciones, actual en to-
dos los tiempos, e invita a una conducta recta y a la adquisición
de la conciencia noble, de la responsabilidad del ser humano en
relación a sí mismo, a su prójimo y a Dios.
Gracias a sus sublimes conceptos, la vida propicia la adqui-
sición de la alegría de luchar y de sufrir, transformando dolores en
sonrisas, y angustias en esperanzas de mejores días, por considerar
que todo cuanto acontece tiene razones soberanas para suceder.
La Ley de Causa y Efecto se encuentra presente en todo el
historial del ser humano.
De acuerdo con su conducta actual, él siembra la futura
cosecha que le está destinada.
16
Prólogo de la presente edición
Además del estudio realizado por Allan Kardec acerca de
la cultura de la época de Jesús, de las costumbres y de las dife-
rencias sociales, así como de las agrupaciones religiosas, el maes-
tro se dedicó a interpretar las enseñanzas más significativas del
Hombre de Nazareth, de acuerdo con las necesidades evolutivas
de cada quien.
Penetrando la sonda investigadora en las palabras y en los
conceptos emitidos por Jesús, descubre el significado trascenden-
te que es siempre nuevo en todas las épocas de la humanidad. Por
eso, su Evangelio solamente puede ser entendido en espíritu y en
verdad, conforme él mismo lo dijo.
La criatura humana consiguió conquistar las estrellas e in-
troducir la investigación en las micropartículas, descifrando algu-
nos de los enigmas cruciales que permanecían aflictivos. Sin em-
bargo, no tuvo la valentía de conquistarse a sí mismo, marchando
evolutivamente con la inteligencia, pero sin el apoyo del senti-
miento superior. Por ello, el siglo de las conquistas científicas y
tecnológicas, también lo es del sufrimiento y de la desesperación,
lo que demuestra la falencia moral de las doctrinas materialistas
y nihilistas.
El mundo es rico en conocimientos, pero pobre en amor.
Las guerras, el terrorismo, las revoluciones y discrimina-
ciones de todo orden –particularmente la xenofobia, que retorna
en muchos países que se consideran civilizados–, las injusticias
sociales, la violencia urbana, la desesperación y las enfermeda-
des pandémicas que destruyen muchedumbres, demuestran la
falencia de la cultura sin Dios y sin la certeza de la inmortalidad
del Espíritu…
Hoy, más que nunca, el hombre y la mujer necesitan
creer, tener certezas, directrices seguras para conquistar la fe-
licidad, que no se encuentra fuera de ellos, sino dentro, en la
intimidad de su ser.
17
Prólogo de la presente edición
El Evangelio según el Espiritismo, por lo tanto, en razón de
la profundidad moral, filosófica y espiritual de sus contenidos
sublimes, es portador de la esperanza, de los recursos hábiles para
la adquisición de la plenitud, de la realización interior.
Verdadero faro de bendiciones, confirma la promesa de
Jesús acerca de que enviaría al Consolador, para que erradicara
las causas de los sufrimientos humanos, liberando a todos, de esa
manera, de las lágrimas y los dolores.
Saludamos, pues, esta nueva traducción al español, con en-
tusiasmo y alegría, confiando en los beneficios que habrá de pro-
porcionar a todos aquellos que tienen sed de Dios y de la Verdad.
José María Fernández Colavida
(Página psicografiada en español por el médium Divaldo Pereira Franco, el día 21 de
febrero de 2009, en el Centro Espírita “Camino de la Redención”, en Salvador, Bahía, Brasil).
18
PREFACIO
Los Espíritus del Señor, que son las virtudes de los Cielos, como
un inmenso ejército que se pone en movimiento tan pronto como ha
recibido la orden de su comandante, se esparcen por la superficie de la
Tierra y, semejantes a estrellas que caen de lo Alto, vienen a iluminar
el camino y a abrir los ojos de los ciegos.
En verdad os digo que han llegado los tiempos en que todas las
cosas deben ser restablecidas en su verdadero sentido, a fin de disipar
las tinieblas, confundir a los orgullosos y glorificar a los justos.
Las poderosas voces del Cielo resuenan como el son de la trom-
peta, y a ellas se suman los coros de los ángeles. Hombres, os invitamos
al concierto divino. Pulsen la lira vuestras manos, únanse vuestras
voces, y en un himno sagrado difúndanse y vibren de un extremo al
otro del universo.
Hombres, hermanos a quienes amamos, estamos junto a voso-
tros. Amaos también unos a otros, y desde el fondo de vuestros cora-
zones decid, en cumplimiento de la voluntad del Padre que está en
el Cielo: “¡Señor! ¡Señor!”, y podréis ingresar al reino de los Cielos.
El Espíritu De Verdad
NOTA. La instrucción precedente, transmitida por vía mediúmnica, resume al mismo
tiempo el verdadero carácter del espiritismo y el objetivo de esta obra, razón por la cual
fue colocada aquí como prefacio. (N. de Allan Kardec.)
19
INTRODUCCIÓN
I. Objetivo de esta obra
Las materias que los Evangelios contienen pueden divi-
dirse en cinco partes: los hechos comunes de la vida de Cristo, los
milagros, las predicciones, las palabras que sirvieron de base para
establecer los dogmas de la Iglesia, y la enseñanza moral. Si bien
las cuatro primeras partes han sido objeto de controversias, la
última ha permanecido inatacable. Ante ese código divino, hasta
la incredulidad se inclina. Es el terreno donde pueden reunirse
todos los cultos, el estandarte bajo el cual todos pueden resguar-
darse, sean cuales fueren sus creencias, puesto que jamás ha sido
objeto de las disputas religiosas que, en todos los casos y en todas
partes, fueron suscitadas por las cuestiones relativas al dogma.
Además, si la hubieran discutido, las sectas habrían encontrado
en esa enseñanza su propia condenación, pues en su mayoría se
aferran preferentemente a la parte mística antes que a la moral,
que exige a cada uno su propia reforma. Para los hombres ese
código es, en especial, una regla de conducta que abarca todas
las circunstancias de la vida privada y pública; es el principio de
todas las relaciones sociales basadas en la más rigurosa justicia.
Constituye, en último término y por encima de todo, el camino
infalible de la felicidad venidera, y levanta un extremo del velo
que nos ocultaba la vida futura. Esta parte será el objeto exclusivo
de la presente obra.
21
Introducción
El mundo todo admira la moral evangélica; todos procla-
man su excelencia y su carácter de indispensable, pero muchos
lo hacen porque confían en lo que han escuchado al respecto, o
porque tienen fe en algunas de sus máximas, que se han vuelto
proverbiales. Con todo, pocos la conocen a fondo, y más escasos
aún son los que la comprenden y saben deducir sus consecuen-
cias. La razón de esto reside, en buena medida, en la dificultad
que presenta la lectura del Evangelio, que resulta ininteligible
para la mayor parte de las personas. La forma alegórica y el mis-
ticismo intencional del lenguaje contribuyen a que la mayoría lo
lea para descargar la conciencia y como si se tratara de un deber,
del mismo modo que leen las plegarias: sin comprenderlas, es
decir, sin que les aporte beneficio alguno. Los preceptos morales,
diseminados aquí y allá, intercalados en el conjunto de las na-
rraciones, pasan desapercibidos. Por consiguiente, es imposible
comprenderlos cabalmente y adoptarlos como objeto de lecturas
y meditaciones especiales.
Por cierto, se han escrito tratados de moral evangélica, pero
su presentación en estilo literario moderno les ha quitado la sen-
cillez primitiva que constituye, al mismo tiempo, su encanto y
su autenticidad. Algo similar sucede con las máximas sacadas de
contexto, reducidas a su más simple expresión proverbial: no son
más que aforismos despojados de una parte de su valor e interés,
pues les faltan los complementos y las circunstancias en que fue-
ron enunciados.
Para evitar esos inconvenientes hemos reunido en esta obra
los textos que se hallan en condiciones de constituir, hablando
con propiedad, un código de moral universal, sin distinción de
cultos. En las citas hemos conservado lo que era útil para el desa-
rrollo de la idea, y suprimimos únicamente lo que resultaba aje-
no al tema. Por otra parte, hemos respetado escrupulosamente la
traducción original de Sacy, al igual que la división en versículos.
22
Introducción
No obstante, en lugar de atenernos a un orden cronológico, lo
que habría sido imposible y además no ofrecería ninguna ventaja
efectiva para este asunto, hemos agrupado y clasificado metódi-
camente las máximas según su naturaleza, de modo que pudieran
deducirse unas de otras tanto como fuera posible. La inclusión de
los números de orden de los capítulos y de los versículos permite
recurrir a la clasificación tradicional, en caso de que se lo consi-
dere necesario.
Con todo, ese sería un trabajo material que de por sí
tendría solamente una utilidad secundaria. Lo esencial era po-
ner el Evangelio al alcance de todos, mediante la explicación
de los pasajes oscuros y el desarrollo de todas las consecuen-
cias, con el fin de aplicarlas a las diversas situaciones de la
vida. Eso hemos intentado hacer, con la ayuda de los Espíritus
buenos que nos asisten.
Muchos pasajes del Evangelio, de la Biblia y de los auto-
res sagrados en general, son incomprensibles, e incluso algunos
parecen irracionales, solamente porque falta la clave que permi-
ta comprender su verdadero sentido. Esa clave se encuentra por
completo en el espiritismo. De eso han podido convencerse los
que lo estudiaron con seriedad, y todos habrán de reconocerlo,
mejor aún, más adelante. El espiritismo se encuentra por doquier,
tanto en la Antigüedad como en las diferentes épocas de la hu-
manidad. Por todas partes encontramos vestigios de él: en los
escritos, en las creencias y en los monumentos. Por eso, así como
abre nuevos horizontes para el porvenir, también arroja una luz
no menos intensa sobre los misterios del pasado.
Como complemento de cada precepto hemos añadido al-
gunas instrucciones escogidas entre las que dictaron los Espíritus
en diversos países, a través de diferentes médiums. Si esas ins-
trucciones hubiesen emanado de una sola fuente podrían haber
sufrido una influencia personal o del medio, mientras que la
23
Introducción
diversidad de orígenes es una demostración de que los Espíritus
imparten sus enseñanzas en todas partes, y que al respecto nadie
goza de privilegios.1
Esta obra es para uso de todos. Cada uno puede extraer de
ella los medios para adecuar su conducta a la moral de Cristo.
Además, los espíritas encontrarán aquí las aplicaciones que les
conciernen de modo especial. Gracias a las comunicaciones esta-
blecidas a partir de ahora y en forma permanente entre los hom-
bres y el mundo invisible, la ley evangélica que los Espíritus ense-
ñan a todas las naciones ya no será letra muerta, porque todos la
comprenderán y porque los consejos de sus guías espirituales los
inducirán incesantemente a ponerla en práctica. Las instruccio-
nes de los Espíritus son en verdad las voces del Cielo que vienen
a instruir a los hombres y a invitarlos a la práctica del Evangelio.
II. Autoridad de la doctrina espírita
Control universal de la enseñanza de los Espíritus
Si la doctrina espírita fuese una concepción meramente hu-
mana no tendría otra garantía que las luces de quien la hubiera
concebido. Ahora bien, nadie en este mundo podría abrigar la
1
Sin duda hubiéramos podido ofrecer acerca de cada asunto una mayor cantidad de
comunicaciones, entre las obtenidas en muchas ciudades y centros espíritas, además
de las citadas. Sin embargo, ante todo hemos tratado de evitar la monotonía de las
repeticiones inútiles, de modo que limitamos nuestra selección a las que, tanto por el
fondo como por la forma, se encuadran más específicamente en el contexto de esta
obra. Asimismo, hemos reservado para posteriores publicaciones las que no han tenido
un espacio aquí.
En cuanto a los médiums, nos abstuvimos de nombrarlos. En la mayoría de los casos,
no los hemos mencionado porque ellos mismos lo solicitaron, de modo que no
convenía hacer excepciones. Por otra parte, los nombres de los médiums no hubieran
agregado valor alguno a la obra de los Espíritus. Mencionarlos sólo hubiese sido una
satisfacción para su amor propio, a la que los médiums verdaderamente serios no
atribuyen la menor importancia. Dado que su rol es meramente pasivo, comprenden
que el valor de las comunicaciones en nada realza su mérito personal, y que sería
pueril envanecerse por un trabajo intelectual al que sólo aportan su colaboración
mecánica. (N. de Allan Kardec.)
24
Introducción
pretensión fundada de poseer sólo para sí la verdad absoluta. Si
los Espíritus que la han revelado se hubiesen manifestado a un
hombre solamente, nada garantizaría su origen, pues sería preciso
creer en la palabra del que dijera haber recibido de ellos su en-
señanza. En caso de que se admitiera una absoluta sinceridad de
su parte, a lo sumo podría convencer a las personas con quienes
estuviera relacionado; conseguiría adeptos, pero nunca llegaría a
congregar a todo el mundo.
Dios ha querido que la nueva revelación llegase a los hom-
bres por un camino más rápido y de mayor autenticidad. Por
eso encargó a los Espíritus que la transportaran desde uno a otro
polo, y que se manifestaran en todas partes, sin conceder a nadie
el privilegio exclusivo de oír su palabra. Es posible engañar a un
hombre, incluso este puede engañarse a sí mismo, pero no hay
lugar a dudas cuando millones de personas ven y oyen lo mismo:
eso es una garantía para cada uno y para todos. Por otra parte, es
posible hacer que un hombre desaparezca, pero no se puede hacer
que desaparezcan las masas; es posible quemar los libros, pero no
se puede quemar a los Espíritus. Aun así, aunque se quemaran
todos los libros, no por ello la fuente de la doctrina dejaría de
ser inagotable, puesto que no se encuentra en la Tierra, sino que
brota en todas partes y todos pueden apagar su sed en ella. A falta
de hombres para difundirla, siempre habrá Espíritus, que llegan a
todos sin que nadie pueda llegar hasta ellos.
En realidad son los propios Espíritus quienes hacen la pro-
paganda, con la ayuda de innumerables médiums a los que ellos
estimulan en todas partes. Si sólo hubiera habido un único in-
térprete, por más favorecido que estuviese, el espiritismo apenas
se conocería. Incluso, ese intérprete, sea cual fuere la clase a la
que perteneciera, habría sido objeto de prevenciones por parte
de muchas personas, y no todas las naciones lo habrían aceptado.
En cambio, como los Espíritus se comunican en todas partes,
25
Introducción
en todos los pueblos, así como en la totalidad de las sectas y de
los partidos, todo el mundo los acepta. El espiritismo no tiene
nacionalidad, no forma parte de ningún culto en particular, ni
es impuesto por ninguna clase social, porque cualquier persona
se halla en condiciones de recibir instrucciones de sus parientes
y de sus amigos de ultratumba. Era preciso que así fuera, para
que pudiese convocar a todos los hombres a la fraternidad. Si el
espiritismo no hubiese permanecido en un terreno neutral habría
alimentado las disensiones, en vez de apaciguarlas.
La universalidad de la enseñanza de los Espíritus consti-
tuye el poder del espiritismo. Ahí reside también la causa de su
rápida propagación. Mientras que la palabra de un solo hombre,
aunque este contara con el concurso de la prensa, tardaría siglos
para llegar a los oídos de todos, ocurre que millares de voces se
hacen oír simultáneamente en todos los lugares de la Tierra, para
proclamar los mismos principios y trasmitirlos tanto a los más
ignorantes como a los más sabios, a fin de que nadie sea deshere-
dado. Se trata de una ventaja de la que no ha gozado ninguna de
las doctrinas que aparecieron hasta ahora. Por consiguiente, dado
que el espiritismo es una verdad, no le teme al desprecio de los
hombres, ni a las revoluciones morales, ni a los cataclismos físicos
del globo, porque nada de eso puede afectar a los Espíritus.
Sin embargo, esa no es la única ventaja que deriva de su
excepcional posición. El espiritismo encuentra en ella una garan-
tía todopoderosa contra los cismas que podrían suscitarse, tanto
por la ambición de algunos como por las contradicciones de de-
terminados Espíritus. Sin duda, esas contradicciones constituyen
un escollo, pero un escollo que lleva consigo el remedio para su
propio mal.
Es sabido que los Espíritus, a causa de la diferencia que
existe entre sus capacidades, lejos están en lo individual de poseer
la verdad absoluta; que no a todos les está dado el penetrar ciertos
26
Introducción
misterios; que el saber de cada uno es proporcional a su purifica-
ción; que los Espíritus vulgares no saben más que los hombres, e
incluso saben menos que ciertos hombres; que entre ellos, tanto
como entre los hombres, los hay presuntuosos y pseudocientíficos
que pretenden saber lo que ignoran; sistemáticos que adoptan sus
propias ideas como verdades; por último, que sólo los Espíritus
de la categoría más elevada, los que ya están absolutamente des-
materializados, son los que se han despojado de las ideas y de
los prejuicios terrenales. No obstante, también se sabe que los
Espíritus engañadores no tienen reparo en adoptar nombres que
no les pertenecen, a fin de que se acepten sus utopías. De ahí
resulta que, en lo atinente a todo lo que esté fuera del ámbito de
la enseñanza exclusivamente moral, las revelaciones que cada uno
pueda recibir tendrán un carácter individual, sin la certeza acer-
ca de su autenticidad; y deben ser consideradas como opiniones
personales de tal o cual Espíritu, de modo que sería imprudente
admitirlas y propagarlas a la ligera como verdades absolutas.
El primero de los controles es, con toda seguridad, el de la
razón, a la que es necesario someter sin excepciones todo lo que
proviene de los Espíritus. Una teoría en evidente contradicción
con el buen sentido, con una lógica rigurosa y con los datos po-
sitivos que se poseen, debe ser rechazada, por más respetable que
sea el nombre con que esté firmada. Sin embargo, en muchos
casos ese control resultará incompleto debido a los deficientes
conocimientos de ciertas personas, como también a la tendencia
de muchos a considerar su propia opinión como juez exclusivo
de la verdad. En semejante caso, ¿qué hacen los hombres que no
depositan una confianza absoluta en sí mismos? Buscan el vere-
dicto de la mayoría y adoptan como guía la opinión de esta. Así se
debe proceder respecto a la enseñanza de los Espíritus, pues ellos
mismos nos proporcionan los medios para hacerlo.
27
Introducción
La concordancia en la enseñanza de los Espíritus es, pues,
el mejor control. Con todo, es necesario realizarlo conforme a de-
terminadas condiciones. La menos segura de todas es que el pro-
pio médium interrogue a Espíritus diferentes acerca de un punto
dudoso. Evidentemente, si él estuviera bajo el dominio de una
obsesión o tratara con un Espíritu engañador, ese Espíritu podría
manifestarle la misma cosa con nombres diferentes. Tampoco hay
una garantía suficiente en la conformidad que haya en lo que se
puede obtener a través de varios médiums en un mismo centro,
porque es posible que todos estén bajo la misma influencia.
La única garantía seria en relación con la enseñanza de los
Espíritus está en la concordancia que debe existir entre las revelacio-
nes hechas espontáneamente, a través de un número importante de
médiums de lugares diferentes, que no se conozcan entre sí.
Se entiende que no se trata aquí de comunicaciones relati-
vas a intereses secundarios, sino de las referidas precisamente a los
principios de la doctrina. La experiencia demuestra que cuando
se debe revelar un principio nuevo, este es enseñado espontánea-
mente en diferentes puntos, al mismo tiempo y de una manera
idéntica, si no en cuanto a la forma, al menos en lo relativo al
fondo. Por consiguiente, si satisface a un Espíritu formular un
sistema excéntrico, basado exclusivamente en sus ideas y ajeno a
la verdad, téngase por seguro que ese sistema quedará circunscrito
y caerá ante la unanimidad de las instrucciones que se proporcio-
nen en todas partes, como ha quedado demostrado en abundan-
tes ejemplos. Precisamente, a la unanimidad se debió el fracaso
de los sistemas parciales que surgieron en los orígenes del espi-
ritismo, cuando cada cual explicaba los fenómenos a su modo,
antes de que se conociesen las leyes que rigen las relaciones entre
el mundo visible y el mundo invisible.
Esa es la base en que nos apoyamos cuando enunciamos
un principio de la doctrina. No se debe a que por estar conforme
28
Introducción
con nuestras ideas lo tomamos por verdadero. No nos coloca-
mos, en absoluto, como juez supremo de la verdad, ni tampoco
decimos a nadie: “Creed en tal cosa porque nosotros lo decimos”.
Desde nuestro punto de vista, nuestra opinión sólo es una opi-
nión personal, que puede ser verdadera o falsa, puesto que no nos
consideramos más infalibles que otros. Tampoco consideramos
que un principio sea verdadero por el hecho de que nos lo hayan
enseñado, sino porque ha recibido la sanción de la concordancia.
En la posición en que nos encontramos, dado que recoge-
mos comunicaciones de cerca de mil centros espíritas serios, dise-
minados por los más diversos puntos del globo, estamos en con-
diciones de analizar los principios en que se basa la concordancia.
Ese análisis nos ha guiado hasta hoy, y habrá de guiarnos en los
nuevos campos que el espiritismo está llamado a explorar. Así,
mediante el estudio atento de las comunicaciones provenientes
de diferentes lugares, tanto de Francia como del extranjero, reco-
nocemos, por la naturaleza absolutamente especial de las revela-
ciones, que el espiritismo tiende a ingresar en un nuevo camino, y
que le ha llegado el momento de dar un paso hacia adelante. Esas
revelaciones, formuladas a veces con palabras veladas, a menudo
han pasado desapercibidas a muchos de los que las han obtenido.
Muchos otros creen que son los únicos que las poseen. Tomadas
en forma aislada, no tendrían ningún valor para nosotros; sólo la
coincidencia les confiere autoridad. Más adelante, cuando llegue
el momento de darlas a publicidad, cada uno recordará haber
obtenido instrucciones en el mismo sentido. Ese movimiento ge-
neral, que analizamos y estudiamos con la asistencia de nuestros
guías espirituales, es el que nos ayuda a determinar la oportuni-
dad para que realicemos o no alguna cosa.
Ese control universal constituye una garantía para la uni-
dad futura del espiritismo, y anulará todas las teorías contradic-
torias. De ese modo se buscará en el porvenir el criterio de la
29
Introducción
verdad. Lo que determinó el éxito de la doctrina formulada en
El Libro de los Espíritus y en El Libro de los Médiums, fue que en
todas partes todos pudieran recibir, directamente de los Espíritus,
la confirmación acerca del contenido de esos libros. Si de todas
partes los Espíritus hubieran venido a contradecirlo, haría mucho
tiempo que esos libros habrían sufrido la suerte de las concepcio-
nes fantasiosas. Ni con el apoyo de la prensa se hubieran salvado
del naufragio, mientras que, privados incluso de ese apoyo, no
han dejado de abrirse camino y de avanzar rápidamente. Esto
se debe a que han recibido el apoyo de los Espíritus, cuya buena
voluntad no sólo compensó sino superó la mala disposición de
los hombres. Del mismo modo sucederá con todas las ideas que,
emanadas de los Espíritus o de los hombres, no puedan superar la
prueba de dicho control, cuyo poder nadie puede discutir.
Supongamos, por lo tanto, que ciertos Espíritus quieran
dictar, bajo cualquier denominación, un libro en sentido con-
trario; supongamos además que con una intención hostil y con
el propósito de desacreditar la doctrina, la malevolencia suscitase
comunicaciones apócrifas; ¿cuál sería la influencia que podrían
ejercer esos escritos, si en todas partes fueran desmentidos por
los Espíritus? Necesitamos como garantía la adhesión de estos
últimos, antes de lanzar algún sistema en su nombre. Del sistema
de uno solo, al sistema de todos, existe la misma distancia que
va desde la unidad al infinito. ¿Qué podrán conseguir los argu-
mentos de los detractores, por encima de la opinión de las masas,
cuando millones de voces amigas provenientes del espacio llegan
de todas partes del universo, para combatir tenazmente tales ar-
gumentos en el seno de cada familia? Al respecto, ¿la teoría no
ha sido confirmada ya por la experiencia? ¿Qué ha sido de todas
esas publicaciones que, según decían, pretendían aniquilar al es-
piritismo? ¿Cuál es la que siquiera ha frenado su marcha? Hasta
el presente no se había enfocado esta cuestión desde ese punto
30
Introducción
de vista: uno de los más importantes, sin duda. Cada uno contó
consigo mismo, pero no contó con los Espíritus.
El principio de la concordancia es también una garantía
contra las alteraciones que, para su propio provecho, podrían
introducir en el espiritismo las sectas que quisieran apoderarse
de él y adaptarlo a su voluntad. Quien intentara desviarlo de su
objetivo providencial fracasaría, por la sencilla razón de que los
Espíritus, en virtud de la universalidad de su enseñanza, echarían
por tierra cualquier modificación que se apartara de la verdad.
De todo esto se desprende una verdad fundamental: cual-
quiera que intentara oponer trabas al curso de las ideas, ya esta-
blecido y sancionado, podría por cierto provocar una pequeña
perturbación local y momentánea, pero nunca dominaría al con-
junto, ni siquiera en el presente, pero menos todavía en el futuro.
También se desprende de esto que las instrucciones que
han suministrado los Espíritus, acerca de los puntos de la doctri-
na que aún no se han dilucidado, no se convertirán en ley mien-
tras esas instrucciones permanezcan aisladas, de modo que no
deben ser aceptadas sino con todas las reservas y exclusivamente
a título informativo.
De ahí la necesidad de tener la mayor prudencia al darlas
a publicidad; y en caso de que se considerase conveniente publi-
carlas, sólo deben ser presentadas como opiniones individuales
más o menos probables, pero que en todos los casos necesitan
ser confirmadas. Esa confirmación es la que se debe aguardar
antes de presentar algún principio como verdad absoluta, a me-
nos que se exponga a recibir la acusación de liviandad o de cre-
dulidad irreflexiva.
Los Espíritus superiores proceden en sus comunicaciones
con suma sabiduría. Sólo abordan las cuestiones principales de la
doctrina en forma gradual, a medida que la inteligencia es apta
para comprender verdades de un orden más elevado, y cuando las
31
Introducción
circunstancias son propicias para la emisión de una idea nueva.
A eso se debe que no hayan dicho todo desde el comienzo, ni
que lo hayan hecho hasta el día hoy, pues jamás ceden a la im-
paciencia de las personas demasiado apresuradas que pretenden
cosechar los frutos antes de que hayan madurado. Sería, pues,
superfluo querer precipitar el tiempo que la Providencia asignó
a cada cosa, porque entonces los Espíritus realmente serios ne-
garían decididamente su colaboración, y los espíritus frívolos, a
quienes poco les preocupa la verdad, responderían a todo. Esa
es la razón por la que las preguntas prematuras siempre reciben
respuestas contradictorias.
Los principios precedentes no son el resultado de una teo-
ría personal, sino la consecuencia forzosa de las condiciones en
que se manifiestan los Espíritus. Es evidente que si un Espíritu
dice una cosa en un lugar, mientras millones de Espíritus dicen
lo contrario en otro, la presunción de verdad no puede hallarse
de parte de aquel que es el único, o poco menos que el único,
que sostiene esa opinión. Ahora bien, que alguien pretendiera
tener razón contra todos sería tan ilógico de parte de un Espíritu
como de parte de los hombres. Los Espíritus que en verdad son
sabios, si no se consideran debidamente ilustrados sobre una
cuestión, jamás la resuelven en forma terminante; declaran que
sólo la tratan desde su punto de vista y aconsejan que se aguarde
la confirmación.
Por grande, bella y justa que sea una idea, resulta imposible
que desde un principio congregue a la totalidad de las opiniones.
Los conflictos que de ella derivan son la consecuencia inevitable
de la conmoción que se produce; son necesarios incluso para ha-
cer que la verdad resalte mejor, y es conveniente que tengan lugar
al comienzo, a fin de que las ideas falsas sean pronto dejadas de
lado. Los espíritas que alimenten algún temor al respecto pueden,
pues, permanecer absolutamente tranquilos. Las pretensiones
32
Introducción
aisladas fracasarán, por la fuerza de las circunstancias, ante el im-
portante y poderoso criterio del control universal.
No será a la opinión de un hombre que se aliarán los demás,
sino a la voz unánime de los Espíritus. No será un hombre, ni
nosotros ni cualquier otro, quien implantará la ortodoxia espírita.
Tampoco será un Espíritu quien venga a imponerse a quienquiera
que sea: será la universalidad de los Espíritus que se comunican
en toda la Tierra por orden de Dios. Ese es el carácter esencial de
la doctrina espírita; esa es su fuerza, su autoridad. Dios ha queri-
do que su ley se apoyara en una base inconmovible, por eso no le
dio como fundamento la frágil cabeza de uno solo.
Ante tan poderoso areópago, que no conoce bandos ni ri-
validades celosas, ni sectas, ni naciones, caerán todas las oposicio-
nes, todas las ambiciones, todas las pretensiones de supremacía
individual, pues nos destruiríamos a nosotros mismos si quisiéramos
sustituir sus decretos soberanos por nuestras propias ideas. Sólo él re-
solverá los litigios, acallará las disidencias y dará la razón a quien
le corresponda. Ante ese imponente acuerdo de todas las voces del
Cielo, ¿cuánto puede la opinión de un hombre o de un Espíritu?
Menos que una gota de agua que se pierde en el océano, menos
que la voz de un niño sofocada por la tempestad.
La opinión universal: ese es el juez supremo, que se pro-
nuncia en última instancia. Esa opinión está constituida por
las opiniones individuales. Si alguna de ellas es verdadera, sólo
tiene en la balanza un peso relativo. Si es falsa, no puede pre-
valecer sobre las demás. En ese inmenso conjunto las indivi-
dualidades se extinguen, lo que representa un nuevo fracaso
para el orgullo humano.
Ese conjunto armonioso ya se esboza. No pasará este siglo
sin que brille en todo su esplendor, a fin de disipar las incer-
tidumbres; porque desde ahora hasta entonces, voces poderosas
habrán recibido la misión de hacerse oír, de modo de reunir a los
33
Introducción
hombres bajo el mismo estandarte, tan pronto como el campo
esté suficientemente labrado. Mientras tanto, aquel que fluctúe
entre dos sistemas opuestos podrá observar en qué sentido se or-
dena la opinión general: ese será el indicio cierto del sentido en
que se pronuncia la mayoría de los Espíritus en los diferentes
sitios en que se comunican, y una señal no menos segura de cuál
de los dos sistemas prevalecerá.
III. Noticias históricas
Para comprender adecuadamente ciertos pasajes de los
Evangelios es necesario conocer el valor de diversas palabras que
a menudo se emplean en ellos, y que caracterizan el estado de las
costumbres y de la sociedad judía de aquella época. Como para
nosotros esas palabras no tienen el mismo sentido, muchas veces
han sido mal interpretadas, lo que ha generado una especie de
incertidumbre. La comprensión de su significado explica, ade-
más, el sentido verdadero de ciertas máximas que a primera vista
parecen ininteligibles.
SAMARITANOS. Después del cisma de las diez tribus,
Samaria se convirtió en la capital del reino disidente de Israel.
Destruida y vuelta a construir varias veces, la ciudad fue, bajo el
dominio romano, la sede administrativa de la Samaria, una de las
cuatro divisiones de la Palestina. Herodes, llamado el Grande, la
embelleció con suntuosos monumentos y, para halagar a Augusto,
le dio el nombre de Augusta, en griego: Sebaste.
Los samaritanos casi siempre estuvieron en guerra con los
reyes de Judá. Una aversión profunda, que databa de la época
de la separación, se perpetuó entre ambos pueblos, que evitaban
todas las relaciones recíprocas. Los samaritanos, a fin de ahondar
la separación y para no tener que ir a Jerusalén con motivo de
la celebración de las fiestas religiosas, construyeron un templo
particular y adoptaron algunas reformas. Solamente admitían el
34
Introducción
Pentateuco, que contenía la ley de Moisés, y rechazaban los libros
que posteriormente se le anexaron. Sus libros sagrados estaban
escritos en caracteres hebreos de la mayor antigüedad. Para los
judíos ortodoxos, los samaritanos eran herejes y, por eso mismo,
despreciados, anatematizados y perseguidos. El antagonismo de
las dos naciones tenía, pues, como único motivo la divergencia de
las opiniones religiosas, aunque sus creencias tuviesen el mismo
origen. Eran los protestantes de aquel tiempo.
Aún hoy se encuentran samaritanos en algunas regiones
del Mediterráneo oriental, especialmente en Nablus y en Jaifa.
Observan la ley de Moisés con mayor rigor que el resto de los
judíos, y sólo contraen matrimonio entre ellos.
NAZARENOS. Nombre dado en la antigua ley a los judíos
que hacían votos, de por vida o transitorios, de conservar una
absoluta pureza. Se comprometían a permanecer castos, a abste-
nerse de bebidas alcohólicas y a conservar su cabellera. Sansón,
Samuel y Juan el Bautista eran nazarenos.
Posteriormente los judíos dieron ese nombre a los primeros
cristianos, en alusión a Jesús de Nazaret.
Ese fue también el nombre de una secta herética de los
primeros siglos de la era cristiana, que, al igual que los ebionitas,
de los que adoptaron ciertos principios, mezclaban las prácticas
mosaicas con los dogmas cristianos. Esta secta desapareció en el
siglo cuarto.
PUBLICANOS. En la antigua Roma, se llamaba así a los
caballeros arrendatarios de las contribuciones públicas, encarga-
dos de la cobranza de los impuestos y las rentas de toda clase, ya
fuera en la misma Roma, o en las demás partes del Imperio. Eran
semejantes a los arrendatarios generales y a los rematadores de
impuestos del antiguo régimen en Francia, que aún existen en
algunas comarcas. Por los riesgos que corrían se cerraban los ojos
ante las riquezas que a menudo conseguían y que, para muchos,
35
Introducción
eran producto de exacciones y lucros escandalosos. El nombre de
publicano se extendió más tarde a todos aquellos que administra-
ban el dinero público y a los agentes subalternos. Hoy el término
se emplea, en sentido peyorativo, para designar a los financistas y
a los agentes de negocios poco escrupulosos. En algunas ocasio-
nes se dice: “ávido como un publicano” o “rico como un publica-
no”, en referencia a una fortuna mal habida.
De la dominación romana, el impuesto fue lo que los ju-
díos aceptaron con mayor dificultad, y lo que les provocó mayor
irritación. Debido a él se produjeron numerosos motines, y se
hizo de esto una cuestión religiosa, porque era considerado con-
trario a la ley. Se constituyó incluso un partido poderoso, cuyo
jefe era un tal Judá, llamado el Gaulonita, que había establecido
como principio no pagar el impuesto. Por lo tanto, los judíos
sentían horror por el impuesto y, en consecuencia, por todos los
que se encargaban de recaudarlo. De ahí su aversión a los publica-
nos de todas las categorías, entre los cuales podía haber personas
muy estimables, pero que en razón de sus funciones eran menos-
preciadas, al igual que sus allegados, y se las incluía en el mismo
rechazo. A los judíos distinguidos les resultaba comprometedor
tener trato con ellos.
PEAJEROS. Eran los recaudadores de baja categoría, en-
cargados principalmente del cobro de los derechos de entrada a
las ciudades. Sus funciones correspondían, poco más o menos,
a las de los empleados de aduana. Estaban incluidos en la re-
pulsión dirigida a los publicanos en general. Por esa razón, en
el Evangelio se encuentra con frecuencia el nombre de publica-
no asociado a la expresión gente de mala vida. Esta calificación
no implicaba la de disolutos o vagos, sino que era un término
despreciativo, sinónimo de gente de mala compañía, indigna de
convivir con personas distinguidas.
36
Introducción
FARISEOS. (Del hebreo parasch: división, separación.) La
tradición constituía una parte importante de la teología judaica.
Consistía en una compilación de las interpretaciones sucesivas
del sentido de las Escrituras, que se convirtieron en artículos de
dogma. Entre los doctores, era motivo de interminables discusio-
nes, la mayoría de las veces sobre simples cuestiones de palabras
o de forma, del tipo de las disputas teológicas y las sutilezas es-
colásticas de la Edad Media. De ahí nacieron diferentes sectas,
cada una de las cuales pretendía tener el monopolio de la verdad,
mientras se detestaban cordialmente las unas a las otras, como
sucede a menudo.
Entre esas sectas, la más influyente era la de los fariseos, que
tuvo por jefe a Hillel, doctor judío que nació en Babilonia, fun-
dador de una escuela célebre, en la que se enseñaba que la fe sólo
se basaba en las Escrituras. Su origen se remonta a 180 ó 200 años
antes de Jesucristo. Los fariseos fueron perseguidos en diversas
épocas, especialmente bajo el poder de Hircano –soberano pon-
tífice y rey de los judíos–, de Aristóbulo y de Alejandro, rey de
Siria. Sin embargo, como este último les restituyó sus honores y
sus bienes, los fariseos recobraron su poder y lo conservaron hasta
la ruina de Jerusalén, en el año 70 de la era cristiana, época en que
desapareció su denominación a consecuencia de la dispersión de
los judíos.
Los fariseos tomaban una parte activa en las controversias
religiosas. Serviles observantes de las prácticas exteriores del culto
y de las ceremonias, caracterizados por su dedicación ferviente
al proselitismo, enemigos de los innovadores, aparentaban una
gran severidad de principios. Con todo, bajo las apariencias de
una devoción meticulosa, ocultaban costumbres disolutas, gran
orgullo y, sobre todo, un excesivo anhelo de dominación. Para
ellos, la religión era más un medio para alcanzar sus fines, que
objeto de fe sincera. De la virtud sólo conservaban la ostentación
37
Introducción
y las exteriorizaciones, aunque de ese modo ejercían una gran
influencia sobre el pueblo, ante cuya mirada pasaban por santos.
Por esa causa eran muy poderosos en Jerusalén.
Creían o, por lo menos, fingían que creían en la Providencia,
en la inmortalidad del alma, en la eternidad de las penas y en la
resurrección de los muertos (Véase el Capítulo IV, § 4). Jesús, que
apreciaba por sobre todo la sencillez y las cualidades del corazón,
que prefería en la ley el espíritu que vivifica, a la letra que mata,
se dedicó durante su misión a desenmascarar su hipocresía y, por
consiguiente, los transformó en enemigos encarnizados. Por eso
ellos se aliaron a los príncipes de los sacerdotes a fin de amotinar
al pueblo en contra de Jesús y eliminarlo.
ESCRIBAS. Nombre que al principio se daba a los secre-
tarios de los reyes de Judá, y a ciertos intendentes de los ejérci-
tos judíos. Posteriormente se aplicó en particular a los doctores
que enseñaban la ley de Moisés y la interpretaban para el pueblo.
Hacían causa común con los fariseos, de cuyos principios parti-
cipaban, así como de su antipatía contra los innovadores. Por eso
Jesús los incluía en la misma reprobación.
SINAGOGA. (Del griego synagogé: asamblea, congrega-
ción.). En Judea sólo había un templo: el de Salomón, en Jerusalén,
donde se celebraban las grandes ceremonias del culto. Los judíos
se dirigían hacia allí todos los años, en peregrinación, con motivo
de las principales fiestas, tales como las de la Pascua, la Dedicación
y los Tabernáculos. En ocasión de dichas fiestas Jesús viajó algunas
veces hacia allá. Las otras ciudades no tenían templos, sino sinago-
gas, edificios donde se reunían los judíos los días sábado para hacer
oraciones públicas, bajo la dirección de los ancianos, de los escribas
o los doctores de la ley. En ellas también se hacían lecturas extraídas
de los libros sagrados, seguidas de explicaciones y comentarios, en
los que todos podían tomar parte. Por eso Jesús, sin ser sacerdote,
enseñaba los sábados en las sinagogas.
38
Introducción
A partir de la ruina de Jerusalén y de la dispersión de los
judíos, las sinagogas, en las ciudades donde vivían, les servían de
templos para la celebración del culto.
SADUCEOS. Secta judía que se constituyó alrededor del
año 248 antes de Jesucristo, denominada así a causa de Sadoc, su
fundador. Los saduceos no creían en la inmortalidad del alma, ni
en la resurrección, ni en los ángeles buenos y malos. No obstan-
te, creían en Dios, pero como no esperaban nada después de la
muerte, sólo lo servían con la expectativa de obtener recompensas
transitorias, a lo que, según ellos, se limitaba su providencia. Por
ese motivo, la satisfacción de los sentidos constituía para ellos el
objetivo esencial de la vida. En lo que respecta a las Escrituras,
se atenían al texto de la antigua ley, y no admitían ni la tradición
ni ninguna de las interpretaciones. Colocaban las buenas obras y
la observancia pura y simple de la ley por encima de las prácticas
exteriores del culto. Como se ve, eran los materialistas, los deístas
y los sensualistas de la época. Esa secta era poco numerosa, pero
contaba en su seno con personajes importantes, y se transformó
en un partido político permanentemente opuesto a los fariseos.
ESENIOS o ESENOS. Secta judía fundada hacia el año
150 antes de Jesucristo, en tiempos de los macabeos, y cuyos
miembros, que habitaban en una especie de monasterios, for-
maban entre sí una clase de asociación moral y religiosa. Se
distinguían por las costumbres moderadas y las virtudes aus-
teras; enseñaban el amor a Dios y al prójimo, así como la in-
mortalidad del alma, y creían en la resurrección. Vivían en ce-
libato, condenaban la esclavitud y la guerra, ponían sus bienes
en comunidad y se dedicaban a la agricultura. Opuestos a los
saduceos sensuales, que negaban la inmortalidad, así como a los
fariseos de rígidas prácticas exteriores y de virtudes sólo aparen-
tes, los esenios nunca tomaron parte en las querellas que habían
dividido a esas dos sectas. Su género de vida era semejante al
39
Introducción
de los primitivos cristianos, y los principios morales que profe-
saban indujeron a algunas personas a suponer que Jesús había
sido parte de esa secta, antes del comienzo de su misión pública.
Es cierto que el Maestro debe de haberla conocido, pero nada
prueba que se hubiese afiliado a ella, de modo que todo lo que
se ha escrito a ese respecto es hipotético.2
TERAPEUTAS. (Del griego therapeutai, derivado de thera-
peuein, servir y cuidar, es decir: servidores de Dios, o curadores.)
Eran sectarios judíos contemporáneos de Cristo, establecidos
principalmente en Alejandría, Egipto. Tenían estrecha relación
con los esenios, cuyos principios profesaban, y se entregaban
como estos últimos a la práctica de las virtudes. Su alimentación
era en extremo frugal. Devotos del celibato, la contemplación y la
vida solitaria, constituían una verdadera orden religiosa. Filón de
Alejandría, filósofo judío platónico, fue el primero que habló de
los terapeutas: los consideró una secta del judaísmo. Eusebio, san
Jerónimo y otros Padres de la Iglesia, piensan que eran cristianos.
Ya fuesen judíos o cristianos, es evidente que, del mismo modo
que los esenios, representan la línea de unión entre el judaísmo y
el cristianismo.
IV. Sócrates y Platón: precursores de la
idea cristiana y del espiritismo
Del hecho de que Jesús haya conocido la secta de los ese-
nios sería erróneo sacar la conclusión de que Él extrajo de esa
secta su doctrina, y que si hubiese vivido en otro ámbito habría
profesado otros principios. Las grandes ideas jamás irrumpen
súbitamente. Las que se basan en la verdad tienen siempre pre-
cursores que preparan parcialmente el camino. Después, cuando
2
El libro La Muerte de Jesús, supuestamente escrito por un hermano esenio, es una obra
completamente apócrifa, escrita para servir a una determinada opinión, y lleva en sí
misma la prueba de su origen moderno. (N. de Allan Kardec.)
40
Introducción
llega el momento, Dios envía a un hombre con la misión de re-
sumir, coordinar y completar los elementos esparcidos, y formar
con ellos un cuerpo de doctrina. De ese modo, como la idea no
surge bruscamente, cuando hace su aparición encuentra espíritus
dispuestos a aceptarla. Así ha sucedido con la idea cristiana, pre-
sentida muchos siglos antes de Jesús y los esenios, y cuyos princi-
pales precursores fueron Sócrates y Platón.
Sócrates, al igual que Cristo, no escribió o al menos no ha
dejado ningún escrito; al igual que Él, murió como los criminales,
víctima del fanatismo, por haber atacado las creencias aceptadas
y por haber colocado la virtud real por encima de la hipocresía y
del simulacro de las formas; en una palabra, porque combatió los
prejuicios religiosos. Así como Jesús fue acusado por los fariseos
de corromper al pueblo con sus enseñanzas, también Sócrates fue
acusado por los fariseos de su tiempo, pues los ha habido en todas
las épocas, de corromper a la juventud, al proclamar el dogma de
la unicidad de Dios, de la inmortalidad del alma, y de la vida fu-
tura. Del mismo modo que sólo conocemos la doctrina de Jesús
por los escritos de sus discípulos, sólo conocemos la de Sócrates
por los escritos de su discípulo Platón. Creemos de utilidad re-
sumir aquí sus conceptos más importantes, para demostrar su
concordancia con los principios del cristianismo.
A los que consideren este paralelo como una profanación, y
pretendan que no puede haber paridad entre la doctrina de un pa-
gano y la de Cristo, les responderemos que la doctrina de Sócrates
no era pagana, puesto que su objetivo era combatir el paganismo;
que la doctrina de Jesús, más completa y más depurada que la de
Sócrates, no pierde nada en la comparación; que la trascendencia
de la misión divina de Cristo no puede verse disminuida por ello,
y que por otra parte se trata de un hecho histórico que no puede
ignorarse. El hombre ha llegado a la época en que la luz sale por
sí misma de debajo del celemín, y él está maduro para mirarla de
41
Introducción
frente. Tanto peor para los que no se atrevan a abrir los ojos. Ha
llegado el tiempo de mirar las cosas en forma amplia y elevada, ya
no desde el punto de vista mezquino y limitado de los intereses
de sectas y de castas.
Por otra parte, estas citas probarán que, así como Sócrates y
Platón presintieron la idea cristiana, también se encuentran en su
doctrina los principios fundamentales del espiritismo.
Resumen de la doctrina de Sócrates y Platón
I. El hombre es un alma encarnada. Antes de su encarnación, el alma
existía unida a los arquetipos primordiales, a las ideas de lo verdadero, del
bien y de lo bello. De ellas se separa al encarnar y, recordando su pasado,
está más o menos atormentada por el deseo de volver a él.
No se puede enunciar más claramente la distinción y la
independencia del principio inteligente y del principio material.
Además, se trata de la doctrina de la preexistencia del alma, de la
vaga intuición que ella conserva de otro mundo al cual aspira, de
su supervivencia al cuerpo, de su salida del mundo espiritual para
encarnar, y de su regreso a ese mundo después de la muerte. Es,
por último, el germen de la doctrina de los ángeles caídos.
II. El alma se extravía y se turba cuando se sirve del cuerpo para considerar
algún objeto. Siente vértigo, como si estuviera ebria, porque se apega a
cosas que por su naturaleza están sujetas al cambio. Por el contrario,
cuando contempla su propia esencia, se dirige hacia lo que es puro, eterno
e inmortal, y como es de la misma naturaleza, permanece allí tanto tiempo
como puede. Entonces sus extravíos cesan, porque está unida a lo que es
inmutable. Ese estado del alma es lo que se llama sabiduría.
Así, el hombre que considera las cosas de la Tierra con poca
elevación, desde el punto de vista material, vive de ilusiones. Para
apreciarlas con exactitud, es preciso verlas desde lo alto, es decir,
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Introducción
desde el punto de vista espiritual. La verdadera sabiduría debe,
pues, aislar hasta cierto punto el alma del cuerpo, para ver con
los ojos del Espíritu. Esto es lo que enseña el espiritismo. (Véase
el Capítulo II, § 5.)
III. Mientras tengamos nuestro cuerpo y el alma se encuentre sumergida en
esa corrupción, nunca poseeremos el objeto de nuestros deseos: la verdad. En
efecto, el cuerpo nos suscita mil obstáculos, por la necesidad que tenemos
de cuidarlo. Además, nos llena de deseos, de apetitos, de temores, de mil
quimeras y de mil tonterías, de manera que con él es imposible que seamos
sabios, ni por un instante. Con todo, si no nos es posible conocer nada con
pureza mientras el alma está unida al cuerpo, entonces ha de suceder una de
estas dos cosas: o jamás conoceremos la verdad, o sólo la conoceremos después
de la muerte. Es de esperar que, una vez desembarazados de la locura del
cuerpo, conversaremos como hombres igualmente libres, y conoceremos por
nosotros mismos la esencia de las cosas. Por eso los verdaderos filósofos se
preparan para morir, y la muerte no les parece espantosa en absoluto. (El
Cielo y el Infierno, Primera parte, Cap. II, y Segunda parte, Cap. I.)
Ahí radica el principio de las facultades del alma, obnubi-
ladas por la intermediación de los órganos corporales, así como el
de la expansión de esas facultades después de la muerte. No obs-
tante, aquí se trata solamente de las almas de elite, ya purificadas,
pues no sucede lo mismo con las almas impuras.
IV. El alma impura, en ese estado, se encuentra entorpecida, y se ve
arrastrada de nuevo hacia el mundo visible por el horror que tiene a lo
invisible e inmaterial. Dicen entonces que se mantiene errante alrededor
de los monumentos y de los sepulcros, cerca de los cuales se han visto a veces
tenebrosos fantasmas, tal como deben de ser las imágenes de las almas que
han dejado el cuerpo sin estar completamente purificadas, y que conservan
algo de la forma material, lo que hace que puedan ser percibidas por la
vista humana. Esas no son las almas de los buenos, sino las de los malos,
que están obligadas a vagar en esos parajes, adonde llevan consigo la pena
43
Introducción
de su primera vida y en donde permanecen errantes hasta que los apetitos
inherentes a la forma material con que estuvieron revestidas vuelvan a
conducirlas a un cuerpo. Entonces vuelven, sin duda, a adoptar las mismas
costumbres que eran objeto de sus predilecciones durante su primera vida.
No solamente está expresado aquí con claridad el principio
de la reencarnación, sino que está descrito, del mismo modo que
lo muestra el espiritismo en las evocaciones, el estado de las almas
que aún están bajo el imperio de la materia. Hay más, pues se
afirma que la reencarnación en un cuerpo material es una conse-
cuencia de la impureza del alma, mientras que las almas purifica-
das están dispensadas de hacerlo. El espiritismo no dice otra cosa;
añade solamente que el alma que ha tomado buenas resoluciones
en la erraticidad, y que posee conocimientos adquiridos, trae al
renacer menos defectos, más virtudes y más ideas intuitivas que
las que tenía en su precedente existencia. De ese modo, cada exis-
tencia determina para ella un progreso intelectual y moral. (El
Cielo y el Infierno, Segunda parte, “Ejemplos”.)
V. Después de nuestra muerte, el genio (dáimon, demonio) que se nos había
asignado durante la vida, nos lleva a un paraje en el que se reúnen todos
aquellos que deben ser conducidos al Hades, para ser juzgados. Las almas,
después de haber permanecido en el Hades el tiempo necesario, vuelven a
ser conducidas a esta vida en múltiples y prolongados períodos.
Esta es la doctrina de los Ángeles de la guarda o Espíritus
protectores, y de las reencarnaciones sucesivas después de interva-
los más o menos prolongados de erraticidad.
VI. Los demonios ocupan el espacio que separa el Cielo de la Tierra. Son el
lazo que une al Gran Todo consigo mismo. Dado que la Divinidad nunca
entra en comunicación directa con el hombre, los dioses se comunican y
hablan con él por intermedio de los demonios, sea en el estado de vigilia o
durante el sueño.
44
Introducción
En la Antigüedad, al contrario de lo que sucede en los
tiempos modernos, la palabra dáimon, de la que se ha formado
el término demonio, no se tomaba en mal sentido. No se aplicaba
exclusivamente a los seres malévolos, sino a todos los Espíritus
en general, entre los cuales se distinguía a los Espíritus superio-
res, denominados dioses, y a los Espíritus menos elevados, o de-
monios propiamente dichos, que se comunicaban directamente
con los hombres. El espiritismo afirma también que los Espíritus
pueblan el espacio; que Dios sólo se comunica con los hombres
por intermedio de los Espíritus puros, encargados de transmitir
su voluntad; que los Espíritus de comunican con ellos durante
la vigilia y durante el sueño. Sustituid la palabra demonio por la
palabra Espíritu, y tendréis la doctrina espírita; poned la palabra
ángel, y tendréis la doctrina cristiana.
VII. La preocupación constante del filósofo (tal como la comprendían
Sócrates y Platón) consiste en tener sumo cuidado con el alma, no tanto
en lo que respecta a esta vida, que sólo dura un instante, sino con miras a
la eternidad. Si el alma es inmortal, ¿no será prudente vivir con el fin de
alcanzar la eternidad?
El cristianismo y el espiritismo enseñan esto mismo.
VIII. Si el alma es inmaterial, debe pasar después de esta vida a un mundo
igualmente invisible e inmaterial, del mismo modo que el cuerpo, cuando
se descompone, vuelve a la materia. Sólo que conviene distinguir bien el
alma pura, verdaderamente inmaterial, que se alimenta como Dios de
la ciencia y de las ideas, del alma más o menos manchada de impurezas
materiales, que le impiden elevarse hacia lo divino y la retienen en los
lugares de su morada terrestre.
Sócrates y Platón, como se ve, comprendían perfectamen-
te los diferentes grados de desmaterialización del alma. Insisten
en la diferencia de situación que resulta para ellas de su mayor o
menor pureza. Lo que ellos decían por intuición, el espiritismo lo
45
Introducción
prueba con numerosos ejemplos que pone al alcance de nuestra
vista. (El Cielo y el Infierno, Segunda parte.)
IX. Si la muerte fuese la completa disolución del hombre, sería muy
ventajosa para los malos, pues después de la muerte se verían libres,
al mismo tiempo, de su cuerpo, de su alma y de sus vicios. Sólo aquel
que atavió su alma, no con elementos extraños, sino con los que son
inherentes a ella, podrá esperar tranquilamente la hora de su partida
al otro mundo.
En otros términos, esto significa que el materialismo, que
proclama la nada para después de la muerte, constituye la anula-
ción de toda responsabilidad moral ulterior y, por consiguiente,
representa un estímulo para el mal. Significa también que con la
nada el malo tiene todo para ganar, y que sólo el hombre que se
ha despojado de sus vicios y se ha enriquecido con virtudes puede
esperar tranquilamente el despertar en la otra vida. El espiritis-
mo nos enseña, con los ejemplos que pone todos los días ante
nosotros, cuán penoso es para el malo el tránsito de una vida a la
otra, así como el ingreso en la vida futura. (El Cielo y el Infierno,
Segunda parte, cap. I.)
X. El cuerpo conserva los vestigios bien pronunciados de los cuidados
que se le han dispensado y de los accidentes que experimentó. Lo mismo
sucede respecto al alma. Cuando esta se despoja del cuerpo, lleva consigo
las señales evidentes de su carácter, de sus afecciones, y las marcas que cada
uno de los actos de su vida le dejaron. De ese modo, la mayor desgracia que
puede sucederle al hombre es irse al otro mundo con el alma cargada de
crímenes. Ya ves Calicles, que ni tú, ni Polo, ni Gorgias podéis probar que
deba llevarse un modo de vida distinto al que propongo, que también nos
resulta útil después de la muerte. De tantas opiniones diversas, la única que
permanece inquebrantable es la de que vale más sufrir una injusticia que
cometerla, y que por encima de todo debe uno dedicarse, no a parecer un
46
Introducción
hombre de bien, sino a serlo. (Conversaciones de Sócrates con sus discípulos,
en la prisión.)3
Aquí encontramos otro punto capital, confirmado hoy por
la experiencia: que el alma no purificada conserva las ideas, las
tendencias, el carácter y las pasiones que tenía en la Tierra. La
máxima: Más vale sufrir una injusticia que cometerla, ¿no es acaso
completamente cristiana? Es el mismo pensamiento que Jesús ex-
presa con esta imagen: “Si alguien te hiere en una mejilla, ofrécele
también la otra”. (Cap. XII, §§ 7 y 8.)
XI. Una de dos cosas: la muerte consiste en la destrucción absoluta o es el
tránsito del alma a otro lugar. Si debe aniquilarse todo, la muerte será como
una de esas noches raras que pasamos sin soñar y sin ninguna conciencia
de nosotros mismos. En cambio, si la muerte sólo es un cambio de morada,
si es el tránsito hacia un lugar donde los muertos deben reunirse, ¡qué
felicidad sería encontrar allí a los que hemos conocido! Mi mayor placer
sería examinar de cerca a los habitantes de esa morada para distinguir, al
igual que aquí, a los que son sabios de aquellos que creen serlo y no lo son.
Pero ya es hora de separarnos, yo para morir, vosotros para seguir viviendo.
(Sócrates a sus jueces.)4
Según Sócrates, los hombres que han vivido en la Tierra
se vuelven a encontrar después de la muerte y se reconocen.
El espiritismo nos demuestra que continúan las relaciones que
hubo entre ellos, de manera que la muerte no es una interrup-
ción ni la cesación de la vida, sino una transformación sin solu-
ción de continuidad.
Si Sócrates y Platón hubiesen conocido las enseñanzas que
Cristo impartió 500 años después, así como las que imparten
actualmente los Espíritus, no habrían hablado de otro modo. En
esto no hay nada que deba sorprendernos, si consideramos que
3
Véase Platón, Gorgias 522e; 524b a 527b. (N. del T.)
4
Véase Platón, Apología de Sócrates 40c a 42. (N. del T.)
47
Introducción
las grandes verdades son eternas; que los Espíritus adelantados
deben de haberlas conocido antes de venir a la Tierra, hacia don-
de las trajeron; que es posible que Sócrates, Platón y los grandes
filósofos de su tiempo hayan estado, más tarde, entre los que se-
cundaron a Cristo en su divina misión, y que fueron elegidos para
ese fin precisamente porque estaban, más que otros, en condicio-
nes de comprender sus sublimes enseñanzas; por último, que hoy
pueden formar parte de la pléyade de los Espíritus encargados de
venir a enseñar a los hombres esas mismas verdades.
XII. Nunca se debe devolver injusticia con injusticia, ni hacer mal a nadie,
sea cual fuere el daño que nos haya hecho. No obstante, pocas personas
admitirán este principio, y las que no concuerdan con él, no hacen más que
despreciarse unas a otras.
¿Acaso no es este el principio de la caridad, que nos enseña
a no devolver mal por mal y perdonar a nuestros enemigos?
XIII. Por los frutos se conoce el árbol. Es preciso calificar cada acción según
lo que produce; es decir, llamarla mala, cuando de ella provenga el mal, y
buena, cuando dé origen al bien.
Esta máxima: “Por los frutos se conoce el árbol”, se halla
repetida textualmente en muchos pasajes del Evangelio.
XIV. La riqueza es un gran peligro. Todo hombre que ama la riqueza no
se ama a sí mismo ni a lo que es suyo, sino que ama algo que le es aún más
extraño que aquello que le pertenece. (Cap. XVI.)
XV. Las más hermosas plegarias y los más bellos sacrificios agradan menos a
la Divinidad que un alma virtuosa que se esfuerza en hacerse semejante a
ella. Sería grave si los dioses dispensaran más atención a esas ofrendas que
a nuestras almas. Por ese medio, los más culpables podrían conquistar sus
favores. Pero no; sólo son verdaderamente justos y sabios los que, tanto por
sus palabras como por sus actos, cumplen con sus deberes para con los dioses
y los hombres. (Cap. X, §§ 7 y 8.)
48
Introducción
XVI. Llamo hombre vicioso a ese amante vulgar que ama al cuerpo más
que al alma. El amor está por doquier en la naturaleza, que nos invita a
ejercer nuestra inteligencia. Se encuentra hasta en el movimiento de los
astros. El amor embellece la naturaleza con sus ricos tapices; se engalana y
fija su morada allí donde encuentra flores y fragancias. Es también el amor
el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y alivio
al dolor.
El amor, que habrá de unir a los hombres con un lazo fra-
ternal, es una consecuencia de esa teoría de Platón acerca del amor
universal como ley de la naturaleza. Cuando Sócrates afirmó que
“el amor no es un dios, ni un mortal, sino un gran demonio”, es
decir, un gran Espíritu que preside al amor universal, esa propo-
sición se le imputó sobre todo como un crimen.
XVII. La virtud no puede enseñarse; viene como un don de Dios a los que
la poseen.
Esta es, con pocas diferencias, la doctrina cristiana de la
gracia. No obstante, si la virtud es un don de Dios, entonces
es un favor. Por consiguiente, podemos preguntar por qué no la
concede a todos. Por otra parte, si es un don, no existe mérito
alguno en quien la recibe. El espiritismo es más explícito, pues
dice que el que posee la virtud, la ha adquirido por sus esfuerzos
en existencias sucesivas, despojándose poco a poco de sus imper-
fecciones. La gracia es la fuerza que Dios concede al hombre de
buena voluntad para despojarse del mal y hacer el bien.
XVIII. Hay una disposición natural en cada uno de nosotros: percibimos
mucho menos nuestros defectos que los ajenos.
El Evangelio dice: “Veis la paja en el ojo de vuestro vecino,
y no veis la viga en el vuestro”. (Cap. X, §§ 9 y 10.)
49
Introducción
XIX. Si los médicos fracasan en la mayor parte de las enfermedades, es
porque cuidan el cuerpo sin cuidar el alma, y porque, dado que el todo no
está en buen estado, es imposible que una parte funcione bien.
El espiritismo ofrece la clave de las relaciones que existen
entre el alma y el cuerpo, y prueba que entre ambos hay una reac-
ción continua. De este modo, abre un camino nuevo a la ciencia.
Al mostrarle la verdadera causa de ciertas afecciones, le propor-
ciona los medios para combatirlas. Cuando la ciencia tome en
cuenta la acción del elemento espiritual en la armonía del con-
junto, fracasará con menos frecuencia.
XX. Todos los hombres, a partir de la infancia, hacen mucho más mal
que bien.
Esta máxima de Sócrates toca la grave cuestión del pre-
dominio del mal en la Tierra, cuestión irresoluble sin el conoci-
miento de la pluralidad de los mundos y del destino de la Tierra,
en la que sólo habita una fracción muy pequeña de la humani-
dad. Sólo el espiritismo brinda la solución, que se desarrolla más
adelante, en los capítulos II, III y V.
XXI. La sabiduría consiste en que no creas saber lo que no sabes.
Esto se dirige a las personas que critican aquello de lo que
a menudo no saben ni una palabra. Platón completa ese pensa-
miento de Sócrates cuando dice: “Procuremos antes, si es posible,
hacerlas más honestas en sus palabras. Si no lo fueran, no nos
preocupemos por ellas, y sólo busquemos la verdad. Procuremos
instruirnos, pero no nos injuriemos”. Así deben obrar los espíritas
en relación con sus opositores, sean estos de buena o de mala fe.
Si Platón reviviera hoy, encontraría las cosas más o menos como
en su tiempo, y podría usar el mismo lenguaje. Sócrates tam-
bién encontraría personas que se burlarían de su creencia en los
Espíritus y lo tratarían de loco, así como a su discípulo Platón.
50
Introducción
Por haber profesado estos principios, Sócrates primero fue
ridiculizado; después, acusado de impiedad y condenado a beber
cicuta. No cabe duda de que las grandes verdades nuevas, al su-
blevar en contra de ellas los intereses y los prejuicios a los que han
atacado, no pueden establecerse sin lucha y sin crear mártires.
51
CAPÍTULO I
No he venido a
derogar la ley
• Las tres revelaciones: Moisés; Cristo; el espiritismo.
• Alianza de la ciencia con la religión.
• Instrucciones de los Espíritus: La era nueva.
1. “No penséis que he venido a derogar la ley o los profetas: no he venido
a derogarlos, sino a darles cumplimiento. Porque en verdad os digo que
el cielo y la tierra no pasarán sin que todo lo que está en la ley se haya
cumplido perfectamente, y mientras quede una sola jota y un solo punto.”
(San Mateo, 5: 17 y 18.)
Moisés
2. La ley mosaica se compone de dos partes distintas: la ley
de Dios, promulgada en el monte Sinaí; y la ley civil o disciplina-
ria, establecida por Moisés. Una es invariable; la otra, apropiada a
las costumbres y al carácter del pueblo, se modifica con el tiempo.
La ley de Dios está formulada en estos diez mandamientos:
53
Capítulo I
I. Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la casa de servidumbre.
– No tendrás dioses ajenos delante de mí. – No harás escultura ni imagen
alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra,
ni de lo que hay en las aguas debajo de de la tierra. – No las adorarás ni
les darás culto.
II. No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios.
III. Acuérdate de santificar el día de descanso.
IV. Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas mucho tiempo en la
tierra que el Señor tu Dios te dará.
V. No matarás.
VI. No cometerás adulterio.
VII. No hurtarás.
VIII. No levantarás falso testimonio contra tu prójimo.
IX. No desearás la mujer de tu prójimo.
X. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey,
ni su asno, ni cosa alguna de las que son de él.
Esta ley es de todos los tiempos y de todos los países, y
por eso mismo tiene carácter divino. Las demás leyes han sido
establecidas por Moisés, obligado a contener, a través del miedo,
a un pueblo naturalmente turbulento e indisciplinado, en el cual
tenía que combatir abusos arraigados y prejuicios adquiridos en
la servidumbre de Egipto. Para revestir de autoridad sus leyes,
debió atribuirles un origen divino, como lo hicieron todos los
legisladores de los pueblos primitivos. La autoridad del hombre
debía apoyarse en la autoridad de Dios. No obstante, sólo la idea
54
No he venido a derogar la ley
de un Dios terrible podía impresionar a hombres ignorantes, en
quienes el sentido moral y el sentimiento de una justicia recta
estaban aún poco desarrollados. Es evidente que el que había es-
tablecido entre sus mandamientos: “No matarás; no harás daño
a tu prójimo”, no podía contradecirse haciendo del exterminio
un deber. Las leyes mosaicas propiamente dichas tenían, pues, un
carácter esencialmente transitorio.
Cristo
3. Jesús no vino a derogar la ley, es decir, la ley de Dios.
Vino a darle cumplimiento, esto es, a desarrollarla, a darle su ver-
dadero sentido y adecuarla al grado de adelanto de los hombres.
Por eso se encuentra en esa ley el principio de los deberes para
con Dios y para con el prójimo, que es la base de su doctrina. En
cuanto a las leyes de Moisés propiamente dichas, por el contrario,
Jesús las modificó profundamente, tanto en el fondo como en la
forma. Combatió constantemente el abuso de las prácticas exte-
riores y las falsas interpretaciones, de modo que no podía hacer
que esas leyes sufrieran una reforma más radical que mediante su
reducción a estas palabras: “Amar a Dios por sobre todas las cosas
y al prójimo como a sí mismo”5, añadiendo: Esta es toda la ley y
los profetas.
Con estas palabras: “El cielo y la tierra no pasarán sin que
todo se haya cumplido, y mientras quede una sola jota…”, Jesús
quiso decir que era preciso que la ley de Dios recibiera cumpli-
miento, es decir, que fuese practicada en la Tierra en toda su pu-
reza, con todo su desarrollo y todas sus consecuencias. Porque,
¿de qué serviría haber establecido esa ley, si debía quedar como
privilegio de algunos hombres o, a lo sumo, de un solo pueblo?
Dado que todos los hombres son hijos de Dios, sin distinciones,
todos ellos son objeto de la misma solicitud.
5
Véase Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18. (N. del T.)
55
Capítulo I
4. Pero el rol de Jesús no fue simplemente el de un legisla-
dor moralista, sin más autoridad que su palabra. Él vino a cum-
plir las profecías que anunciaron su llegada. Su autoridad pro-
venía de la naturaleza excepcional de su Espíritu y de su misión
divina. Vino a enseñar a los hombres que la verdadera vida no
está en la Tierra, sino en el reino de los Cielos; vino a enseñarles
el camino que conduce a ese reino, los medios para reconciliarse
con Dios, y la manera de presentir esos medios en la marcha de
las cosas futuras, para el cumplimiento de los destinos humanos.
Sin embargo, no lo dijo todo, y sobre muchos puntos se limitó
a presentar el germen de verdades que, según Él mismo declaró,
aún no podían ser comprendidas. Habló acerca de todo, pero en
términos relativamente explícitos. Para captar el sentido oculto
de determinadas palabras de Jesús era preciso que ideas nuevas
y nuevos conocimientos vinieran a aportar la clave, y esas ideas
no podían venir antes de que el espíritu humano alcanzara cierto
grado de madurez. La ciencia debía contribuir poderosamente al
nacimiento y al desarrollo de esas ideas. Así pues, había que dar a
la ciencia el tiempo necesario para que progresara.
El espiritismo
5. El espiritismo es la ciencia nueva que viene a revelar a
los hombres, con pruebas irrecusables, la existencia y la natura-
leza del mundo espiritual, así como sus relaciones con el mundo
corporal. Nos muestra ese mundo, no ya como algo sobrenatu-
ral, sino, por el contrario, como una de las fuerzas vivas y que
incesantemente obran en la naturaleza, como el origen de una
multitud de fenómenos incomprensibles hasta ahora y relegados,
por esa razón, al dominio de lo fantástico y lo maravilloso. A esas
relaciones Cristo hace alusión en diferentes circunstancias, y por
eso muchas de las cosas que dijo son todavía ininteligibles o han
56
No he venido a derogar la ley
sido falsamente interpretadas. El espiritismo es la clave con cuya
ayuda todo se explica fácilmente.
6. La ley del Antiguo Testamento está personificada en
Moisés; la del Nuevo Testamento está personificada en Cristo. El
espiritismo es la tercera revelación de la ley de Dios, pero no está
personificado en ningún individuo, porque es producto de la en-
señanza impartida, no por un hombre, sino por los Espíritus, que
son las voces del Cielo, en todos los lugares de la Tierra y a través
de una multitud innumerable de intermediarios. El espiritismo
es, en cierto modo, un ser colectivo que comprende el conjunto
de los seres del mundo espiritual, cada uno de los cuales trae a los
hombres el tributo de sus luces para hacerles conocer ese mundo
y la suerte que en él les espera.
7. Así como Cristo dijo: “No vengo a derogar la ley, sino a
cumplirla”, el espiritismo dice también: “No vengo a derogar la
ley cristiana, sino a cumplirla”. No enseña nada contrario a lo que
Cristo enseñó, pero desarrolla, completa y explica, en términos
claros para todo el mundo, lo que sólo se dijo con una forma ale-
górica. El espiritismo viene a cumplir, en los tiempos predichos,
lo que Cristo anunció, y a preparar el cumplimiento de las cosas
futuras. Por consiguiente, es la obra de Cristo, que Él mismo pre-
side, así como preside lo que también anunció: la regeneración
que se opera y que prepara el reino de Dios en la Tierra.
Alianza de la ciencia con la religión
8. La ciencia y la religión son las dos palancas de la inteli-
gencia humana. Una revela las leyes del mundo material; la otra,
las leyes del mundo moral. Con todo, dado que ambas tienen
el mismo principio, que es Dios, no pueden contradecirse. Si una
fuera la negación de la otra, entonces necesariamente una estaría
equivocada, y la otra tendría razón, porque no es posible que
57
Capítulo I
Dios quiera destruir su propia obra. La incompatibilidad que se
ha creído ver entre esos dos órdenes de ideas se debe a una falta de
observación y al sobrado exclusivismo de una y otra parte. De ahí
el conflicto del que han nacido la incredulidad y la intolerancia.
Han llegado los tiempos en que las enseñanzas de Cristo
deben recibir su complemento; en que el velo arrojado a propósi-
to sobre algunas partes de esa enseñanza debe ser levantado. Han
llegado los tiempos en que la ciencia deje de ser exclusivamente
materialista y tome en cuenta el elemento espiritual; en que la
religión deje de ignorar las leyes orgánicas e inmutables de la ma-
teria, y en que ambas fuerzas, apoyadas la una en la otra y avan-
zando en armonía, se presten mutuo apoyo. Entonces, como la
religión ya no será desmentida por la ciencia, adquirirá un poder
inquebrantable, porque estará de acuerdo con la razón y porque
ya no se le opondrá la irresistible lógica de los hechos.
La ciencia y la religión no han podido ponerse de acuerdo
hasta hoy porque, como cada una miraba las cosas desde su ex-
clusivo punto de vista, se rechazaban mutuamente. Faltaba algo
que llenara el vacío que las separaba, un lazo de unión que las
aproximara. Ese lazo de unión está en el conocimiento de las le-
yes que rigen el mundo espiritual y las relaciones de este con el
mundo corporal, leyes tan inmutables como las que regulan el
movimiento de los astros y la existencia de los seres. Una vez
que esas relaciones fueron constatadas mediante la experiencia, se
hizo una nueva luz: la fe se dirigió a la razón, la razón no encontró
nada ilógico en la fe, y el materialismo fue derrotado. No obstan-
te, en esto, como en todo, hay personas que quedan rezagadas,
hasta que las arrastra el movimiento general, que las aplastaría si
quisieran resistirse en vez de acompañarlo. En este momento se
produce una verdadera revolución moral, que incide sobre los es-
píritus. Después de haberse preparado durante más de dieciocho
siglos, alcanza su plena realización, y señalará una nueva era para
58
No he venido a derogar la ley
la humanidad. Las consecuencias de esa revolución son fáciles de
prever: habrá de introducir inevitables modificaciones en las rela-
ciones sociales. Nadie tendrá fuerzas para oponerse a ellas, porque
forman parte de los designios divinos y son la consecuencia de la
ley del progreso, que es una ley de Dios.
Instrucciones de los Espíritus
La era nueva
9. Dios es único, y Moisés es el Espíritu que Dios envió en
misión para darlo a conocer, no sólo a los hebreos, sino también
a los pueblos paganos. El pueblo hebreo fue el instrumento del
que Dios se valió para hacer su revelación a través de Moisés y los
profetas, y las vicisitudes de ese pueblo tenían el propósito de im-
presionar la vista de los hombres y rasgar el velo que les ocultaba
a la Divinidad.
Los mandamientos que Dios comunicó por intermedio
de Moisés contienen el germen de la más amplia moral cris-
tiana. Sin embargo, los comentarios de la Biblia restringían su
sentido, porque si esa moral se hubiese practicado en toda su
pureza, no habría sido comprendida. Con todo, los diez man-
damientos de Dios no dejaron por ello de ser su brillante fron-
tispicio, como un faro destinado a iluminar el camino que la
humanidad debía recorrer.
La moral que Moisés enseñó era apropiada al estado de
adelanto en que se encontraban los pueblos que esa moral es-
taba llamada a regenerar; y esos pueblos, casi salvajes en cuan-
to al perfeccionamiento de su alma, no hubiesen comprendido
que se pudiera adorar a Dios de otra manera que por medio de
holocaustos, ni que se debiera perdonar a un enemigo. La inte-
ligencia de esos pueblos, notable respecto a las cosas materiales
59
Capítulo I
y aun respecto a las artes y las ciencias, estaba muy atrasada en
moralidad, y no se hubiese sometido al dominio de una religión
absolutamente espiritual. Necesitaban una representación semi-
material, tal como la que ofrecía entonces la religión hebraica.
Así, los holocaustos hablaban a sus sentidos, mientras que la idea
de Dios hablaba a su espíritu.
Cristo fue el iniciador de la más pura moral, la más subli-
me: la moral evangélica cristiana que habrá de renovar al mundo,
que reunirá a los hombres y los hermanará; que hará brotar de los
corazones humanos la caridad y el amor al prójimo, y establecerá
entre los hombres una solidaridad común; una moral que habrá
de transformar la Tierra y que la convertirá en una morada de
Espíritus superiores a los que hoy habitan en ella. Así se cum-
plirá la ley del progreso, a la que está sometida la naturaleza, y
el espiritismo es la palanca de que Dios se sirve para hacer que la
humanidad avance.
Han llegado los tiempos en que las ideas morales habrán de
desarrollarse para que se realicen los progresos que forman parte
de los designios de Dios. Deben seguir el mismo camino que
han recorrido las ideas de libertad, sus precursoras. Con todo,
no creáis que ese desarrollo se realizará sin luchas. No, esas ideas
necesitan, para llegar a la madurez, conmociones y disputas, a fin
de que llamen la atención de las masas. Cuando eso se logre, la
belleza y la santidad de la moral impresionarán a los espíritus, y
ellos se dedicarán a una ciencia que les da la clave de la vida futura
y les abre las puertas de la eterna felicidad. Moisés abrió el cami-
no; Jesús continuó la obra; el espiritismo habrá de concluirla. (Un
Espíritu israelita. Mulhouse, 1861.)
10. Cierto día, Dios, en su caridad inagotable, permitió
al hombre que viera cómo la verdad atravesaba las tinieblas. Ese
fue el día del advenimiento de Cristo. Después de la luz viva,
volvieron las tinieblas. Después de las alternativas de verdad y
60
No he venido a derogar la ley
oscuridad, el mundo se perdía de nuevo. Ahora, los Espíritus,
semejantes a los profetas del Antiguo Testamento, se ponen a ha-
blar y a advertiros. El mundo está conmovido en sus cimientos.
El trueno rugirá. ¡Estad firmes!
El espiritismo es de carácter divino, pues se basa en las leyes
mismas de la naturaleza, y creed que todo lo que es de carácter
divino tiene un objetivo importante y útil. Vuestro mundo se
perdía. La ciencia, desarrollada a expensas de lo que es de natura-
leza moral, si bien os conducía al bienestar material, redundaba
en provecho del espíritu de las tinieblas. Vosotros lo sabéis, cris-
tianos, el corazón y el amor deben marchar unidos a la ciencia. El
reino de Cristo, por desgracia, después de dieciocho siglos y a pe-
sar de la sangre de tantos mártires, aún no ha llegado. Cristianos,
volved al Maestro que quiere salvaros. Todo es fácil para el que
cree y ama, pues el amor lo colma de un goce inefable. Sí, hijos
míos, el mundo ha sido conmovido. Los Espíritus buenos os lo
dicen con frecuencia. Inclinaos ante el viento precursor de la tem-
pestad, a fin de que no os derribe; es decir, estad preparados y no
os parezcáis a las vírgenes locas que fueron tomadas desprevenidas
a la llegada del esposo.
La revolución que se prepara es más bien moral que ma-
terial. Los grandes Espíritus, mensajeros divinos, inspiran la fe
para que todos vosotros, obreros ilustrados y ardorosos, hagáis oír
vuestra humilde voz. Porque vosotros sois como granos de arena,
pero sin granos de arena no habría montañas. Así pues, que la
expresión “somos pequeños” ya no tenga sentido para vosotros. A
cada uno su misión, a cada uno su trabajo. ¿Acaso no construye la
hormiga el edificio de su república? Y los animálculos impercep-
tibles, ¿no erigen continentes? La nueva cruzada ha empezado.
Apóstoles de la paz universal y no de la guerra, san Bernardos
modernos, mirad y marchad hacia adelante. La ley de los mundos
es la ley del progreso. (Fenelón. Poitiers, 1861.)
61
Capítulo I
11. San Agustín es uno de los más importantes divulgado-
res del espiritismo. Se manifiesta en casi todas partes, y la razón
de ello está en la vida de ese gran filósofo cristiano. Pertenece
a esa vigorosa falange de los Padres de la Iglesia, a los cuales la
cristiandad debe sus más sólidos cimientos. Como muchos otros,
fue rescatado del paganismo, o mejor dicho, de la impiedad más
profunda, por el resplandor de la verdad. Cuando en medio de
sus mayores excesos sintió en su alma aquella vibración extraña
que lo hizo volver en sí, a fin de que comprendiera que la felici-
dad estaba en otra parte y no en los placeres agotadores y efíme-
ros; cuando, en fin, en su camino de Damasco oyó también la
voz santa que le gritaba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”,
entonces exclamó: “¡Dios mío! ¡Dios mío! Perdóname, creo, ¡soy
cristiano!” Y desde entonces se convirtió en uno de los más fir-
mes defensores del Evangelio. En las notables Confesiones que este
Espíritu eminente nos dejó, se pueden leer las palabras, caracte-
rísticas y proféticas al mismo tiempo, que pronunció después de
haber perdido a santa Mónica: Estoy convencido de que mi madre
volverá a visitarme y a darme consejos, revelándome lo que nos espera
en la vida futura. ¡Cuánta enseñanza hay en esas palabras, y qué
brillante previsión de la futura doctrina! Por eso, hoy, al ver que
ha llegado la hora de divulgar la verdad que en otro tiempo pre-
sintió, san Agustín se ha vuelto su ardiente divulgador, y se mul-
tiplica, por decirlo así, para responder a todos los que lo llaman.
(Erasto, discípulo de san Pablo, París, 1863.)
Nota. ¿Acaso san Agustín viene a echar abajo lo que edificó?
Por cierto que no. Sin embargo, como tantos otros, ahora ve con
los ojos del espíritu lo que no veía como hombre. Su alma, des-
prendida, entrevé nuevas claridades y comprende lo que no com-
prendía antes. Nuevas ideas le han revelado el verdadero sentido
de ciertas palabras. En la Tierra, san Agustín juzgaba las cosas
según los conocimientos que poseía; pero cuando se hizo para él
62
No he venido a derogar la ley
una nueva luz, pudo juzgarlas más sensatamente. Así, abandonó
su creencia respecto de los Espíritus íncubos y súcubos, y el ana-
tema que había lanzado contra la teoría de las antípodas. Ahora
que el cristianismo se le presenta en toda su pureza, puede pensar
sobre ciertos puntos de otro modo que cuando vivía, sin dejar de
ser un apóstol cristiano. Puede, sin renegar de su fe, hacerse di-
vulgador del espiritismo, porque en él ve el cumplimiento de las
cosas predichas. Al proclamarlo hoy, no hace otra cosa que con-
ducirnos a una interpretación más sensata y lógica de los textos.
Lo mismo sucede con otros Espíritus que se encuentran en una
posición análoga.
63
CAPÍTULO II
Mi reino no es de
este mundo
• La vida futura. • La realeza de Jesús. • El punto de vista.
• Instrucciones de los Espíritus: Una realeza terrenal.
1. Entonces Pilato entró de nuevo en el palacio, llamó a Jesús y le dijo:
“¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le respondió: “Mi reino no es de este
mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido para
que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”.
Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?” Jesús le respondió: “Tú lo dices; yo
soy rey. Para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de
la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. (San Juan, 18:
33, 36 y 37.)
La vida futura
2. Con estas palabras, Jesús designa claramente a la vida
futura, que Él presenta en todas las circunstancias como la meta
hacia donde se dirige la humanidad, y como aquello que debe
65
Capítulo II
ser el objeto de las principales preocupaciones del hombre en la
Tierra. Todas las máximas de Jesús se refieren a este importante
principio. En efecto, sin la vida futura, la mayor parte de sus
preceptos de moral no tendrían ninguna razón de ser. Por eso,
los que no creen en la vida futura, como piensan que Él sólo
habla de la vida presente, no comprenden esos preceptos, o les
resultan pueriles.
Por consiguiente, ese dogma puede ser considerado como
la base de la enseñanza de Cristo. Por esa razón está colocado
entre los primeros, al principio de esta obra, porque debe ser el
punto de mira de todos los hombres. Sólo él puede justificar las
anomalías de la vida terrenal y ponerlas en concordancia con la
justicia de Dios.
3. Los judíos tenían ideas muy imprecisas acerca de la vida
futura. Creían en los ángeles, a quienes consideraban los seres pri-
vilegiados de la creación. Con todo, no sabían que los hombres
pudiesen un día convertirse en ángeles y participar de la felicidad
de esos seres. Según ellos, la observancia de las leyes de Dios era
recompensada con los bienes de la Tierra, con la supremacía de
su nación y con las victorias sobre sus enemigos. Las calamida-
des públicas y las derrotas eran el castigo que recibían por su
desobediencia. Moisés no podía decir otra cosa a un pueblo de
pastores ignorantes, que necesitaba ser conmovido, ante todo,
por las cosas de este mundo. Más tarde, Jesús vino a revelarle que
existe otro mundo, donde la justicia de Dios sigue su curso. Ese
es el mundo que promete a los que observan los mandamientos
de Dios, y en el que los buenos encontrarán su recompensa. Ese
mundo es su reino. Allí es donde Cristo reside en toda su gloria,
y a donde regresó al dejar la Tierra.
Sin embargo, Jesús, al adaptar su enseñanza al estado en
que se hallaban los hombres de su época, no creyó convenien-
te brindarles una luz completa, que los habría deslumbrado en
66
Mi reino no es de este mundo
vez de iluminarlos, pues no la hubieran comprendido. En cierto
modo, se limitó a enunciar la vida futura como un principio,
como una ley de la naturaleza, que nadie puede eludir. Así pues,
todos los cristianos creen, necesariamente, en la vida futura; pero
la idea que muchos se forman de ella es vaga, incompleta y, por lo
mismo, falsa en muchos aspectos. Para una importante cantidad
de personas sólo es una creencia que carece de certeza absoluta.
De ahí proceden las dudas, e incluso la incredulidad.
El espiritismo ha venido a completar, en ese punto como
en muchos otros, la enseñanza de Cristo. Lo hizo cuando los
hombres se han mostrado lo suficientemente maduros para com-
prender la verdad. Con el espiritismo, la vida futura ya no es un
simple artículo de fe, una hipótesis, sino una realidad material
demostrada por los hechos; porque son los testigos oculares los
que vienen a describirla en todas sus fases y en todos sus detalles.
Así, no sólo ya no es posible la duda, sino que hasta la inteligencia
más común puede representarse la vida futura en su verdadero
aspecto, del mismo modo que nos representamos un país acerca
del cual se lee una descripción detallada. Ahora bien, esa descrip-
ción de la vida futura es tan pormenorizada, y las condiciones de
existencia, feliz o desdichada, de los que se encuentran en ella son
tan racionales, que resulta forzoso decir que no puede ser de otro
modo, y que constituye realmente la verdadera justicia de Dios.
La realeza de Jesús
4. Todos comprenden que el reino de Jesús no es de este
mundo. Con todo, ¿no tiene Él también una realeza en la Tierra?
El título de rey no siempre implica el ejercicio del poder tempo-
ral. Se le otorga, por consentimiento unánime, a aquel que por
su genio accede al primer lugar dentro de un determinado orden
de ideas, que predomina en su siglo y ejerce una influencia en el
67
Capítulo II
progreso de la humanidad. En tal sentido se dice: el rey o el prín-
cipe de los filósofos, de los artistas, de los poetas, de los escrito-
res, etc. Esa realeza, nacida del mérito personal y consagrada por
la posteridad, ¿no suele tener una preponderancia mucho mayor
que la que confiere una diadema? La primera es imperecedera,
mientras que la otra es juguete de las vicisitudes. Aquella siempre
recibe la bendición de las generaciones futuras, mientras que esta
otra algunas veces es maldecida. La realeza terrestre se acaba con
la vida; la realeza moral gobierna sin cesar, sobre todo, después de
la muerte. En este sentido, ¿no es Jesús un rey más poderoso que
muchos potentados? Con razón, entonces, le decía a Pilato: “Soy
rey, pero mi reino no es de este mundo”.
El punto de vista
5. La idea clara y precisa que nos formamos acerca de la
vida futura nos otorga una fe inquebrantable en el porvenir, y esa
fe tiene inmensas consecuencias en la moralización de los hom-
bres, ya que cambia por completo el punto de vista desde el cual
ellos contemplan la vida terrenal. Para el hombre que se coloca
con el pensamiento en la vida espiritual, que es ilimitada, la vida
corporal no es más que un pasaje, una breve estancia en un país
ingrato. Las vicisitudes y tribulaciones de la vida sólo son inci-
dentes que afronta con paciencia, porque sabe que duran poco y
que habrá de seguirlas un estado más dichoso. La muerte ya nada
tiene de atemorizante; no es la puerta hacia la nada, sino la puer-
ta de la liberación, que permite al desterrado el ingreso en una
morada de felicidad y de paz. Como sabe que habita en un lugar
transitorio y no definitivo, el hombre toma las preocupaciones de
la vida con más indiferencia, y de ello resulta para él una calma
de espíritu que alivia sus amarguras.
68
Mi reino no es de este mundo
Con la simple duda acerca de la vida futura, el hombre
concentra todos sus pensamientos en la vida terrenal. Inseguro
en cuanto al porvenir, todo lo dedica al presente. Como no en-
trevé bienes más preciosos que los de la Tierra, se comporta como
un niño que nada ve más allá de sus juguetes, y hace todo para
procurárselos. La pérdida del menor de sus bienes le causa un
disgusto pungente. Una equivocación, una esperanza frustrada,
una ambición insatisfecha, una injusticia de la que es víctima, el
orgullo o la vanidad heridos, son otros tantos tormentos que ha-
cen de su vida una angustia perpetua, de modo que se condena vo-
luntariamente a una auténtica e incesante tortura. Desde el punto
de vista de la vida terrenal, en cuyo centro se coloca, todo asume
alrededor suyo vastas proporciones. El mal que lo alcanza, así
como el bien que llega a los otros, todo adquiere para él una gran
importancia. Pasa lo mismo que con aquel que se encuentra en
el interior de una ciudad: todo le parece grande, tanto los hom-
bres que ocupan elevadas posiciones, como los monumentos. No
obstante, si subiera a una montaña, los hombres y las cosas le
parecerían muy pequeños.
Esto último sucede al hombre que mira la vida terrenal des-
de el punto de vista de la vida futura: la humanidad, al igual que
las estrellas del firmamento, se pierde en la inmensidad. Entonces
percibe que grandes y pequeños están juntos, como las hormigas
sobre un montículo de tierra; que proletarios y potentados son de
la misma estatura, y se compadece de esas criaturas efímeras que
se toman tantas molestias para conquistar una posición que las
elevará tan poco y que por tan poco tiempo conservarán. Por eso,
la importancia que se otorga a los bienes terrenales está siempre
en razón inversa a la fe en la vida futura.
6. Se alegará que si todo el mundo pensara del mismo
modo, nadie se ocuparía de las cosas de la Tierra y en ella todo
correría peligro. No es así. El hombre busca instintivamente su
69
Capítulo II
bienestar, y aun con la certeza de que estará por poco tiempo en
un lugar, quiere permanecer allí lo mejor o lo menos mal que
le sea posible. No existe nadie que, si encuentra una espina en
la palma de su mano, deje de quitarla para no pincharse. Ahora
bien, la búsqueda del bienestar obliga al hombre a mejorar todas
las cosas, impulsado por el instinto del progreso y de la conserva-
ción, que forma parte de las leyes de la naturaleza. Trabaja, pues,
por necesidad, por gusto y por deber, y de ese modo cumple los
designios de la Providencia, que con ese fin lo ha colocado en la
Tierra. Solamente quien toma en consideración el porvenir otor-
ga al presente una importancia relativa, y se consuela fácilmente
de sus fracasos, pues piensa en el destino que lo espera.
Por consiguiente, Dios no condena los goces terrenales,
sino el abuso de tales goces en perjuicio de las cosas del alma.
Contra ese abuso están prevenidos los que aplican a sí mismos
estas palabras de Jesús: Mi reino no es de este mundo.
El que se identifica con la vida futura es semejante a un
hombre rico que pierde una pequeña cantidad sin perturbarse
por ello. En cambio, el que concentra sus pensamientos en la vida
terrenal, es como un hombre pobre que pierde todo lo que posee
y se desespera.
7. El espiritismo amplía el pensamiento y le abre nuevos
horizontes. En lugar de esa visión estrecha y mezquina, que lo
concentra en la vida presente, y que hace del instante que pasa-
mos en la Tierra el único y frágil fundamento del porvenir eterno,
el espiritismo enseña que esa vida sólo es un eslabón en el con-
junto armonioso y extraordinario de la obra del Creador; enseña
la solidaridad que reúne todas las existencias de un mismo ser,
todos los seres de un mismo mundo, así como los seres de todos
los mundos. De ese modo, aporta una base y una razón de ser a
la fraternidad universal, mientras que la doctrina de la creación
del alma en el momento del nacimiento de cada cuerpo, hace
70
Mi reino no es de este mundo
que los seres sean extraños unos a otros. Esa solidaridad entre las
partes de un mismo todo explica lo que es inexplicable si sólo se
considera un solo aspecto. En el tiempo de Cristo, los hombres
no hubieran podido comprender un conjunto semejante, razón
por la cual Él reservó ese conocimiento para más adelante.
Instrucciones de los Espíritus
Una realeza terrenal
8. ¿Quién mejor que yo puede comprender la verdad de
estas palabras de Nuestro Señor: “Mi reino no es de este mundo”?
En la Tierra, el orgullo me perdió. Así pues, ¿quién mejor que yo
comprendería la insignificancia de los reinos del mundo? ¿Qué
me he traído de mi realeza terrenal? Nada, absolutamente nada. Y
como para que la lección fuese más terrible, ¡ni siquiera la conser-
vé hasta la tumba! Reina entre los hombres, como reina creí en-
trar en el reino de los Cielos. ¡Qué desilusión! ¡Qué humillación
cuando, en vez de ser recibida aquí como una soberana, encontré
por encima de mí, y muy por encima, hombres a quienes consi-
deraba inferiores y a los que despreciaba porque no eran de sangre
noble! ¡Oh! ¡Entonces comprendí la esterilidad de los honores y
de las grandezas que con tanta avidez se buscan en la Tierra!
Para conquistar un lugar en este reino son necesarias la ab-
negación, la humildad, la caridad en toda su celestial práctica, así
como la benevolencia para todos. No se os pregunta qué habéis
sido, a qué categoría pertenecisteis, sino el bien que habéis hecho,
las lágrimas que habéis enjugado.
¡Oh! Jesús, tú lo has dicho, tu reino no es de este mundo,
porque es preciso sufrir para llegar al Cielo, y los escalones del
trono no nos aproximan a él. Sólo los senderos más penosos de
71
Capítulo II
la vida conducen al reino de Jesús. Buscad, pues, el camino del
Cielo, a través de las zarzas y los espinos, y no entre las flores.
Los hombres van detrás de los bienes terrenales como si
debieran conservarlos para siempre. Con todo, aquí ya no hay
ilusiones. Pronto perciben que sólo se aferraron a una sombra
y que despreciaron los únicos bienes auténticos y duraderos, los
únicos que les sirven en la morada celestial, los únicos que pue-
den franquearles las puertas del Cielo.
Tened piedad de los que no se ganaron el reino de los Cielos.
Ayudadlos con vuestras plegarias, porque la oración aproxima al
hombre al Altísimo. La oración es el vínculo que une el Cielo con
la Tierra; no lo olvidéis. (Una reina de Francia. El Havre, 1863.)
72
CAPÍTULO III
Hay muchas moradas
en la casa de mi Padre
• Diferentes estados del alma en la erraticidad.
• Diferentes categorías de mundos habitados.
• Destino de la Tierra. Causas de las miserias humanas.
• Instrucciones de los Espíritus: Mundos inferiores y mundos
superiores. – Mundos de expiaciones y de pruebas.
– Mundos regeneradores. – Progresión de los mundos.
1. “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. Hay
muchas moradas en la casa de mi padre. Si así no fuera, yo os lo habría
dicho, pues me voy a prepararos un lugar. Y después de que me haya ido y
os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde
yo esté, también estéis vosotros.” (San Juan, 14:1 a 3.)
Diferentes estados del alma en la erraticidad
2. La casa del Padre es el universo. Las diferentes mo-
radas son los mundos que giran en el espacio infinito y
73
Capítulo III
ofrecen, a los Espíritus encarnados, estancias apropiadas a
su adelanto.
Independientemente de la diversidad de mundos, esas pa-
labras de Jesús pueden también entenderse como una referencia
al estado feliz o desdichado del Espíritu en la erraticidad. Según
se halle más o menos purificado y desprendido de los lazos ma-
teriales, el medio en que se encuentra, el aspecto de las cosas, las
sensaciones que experimenta y las percepciones que posee varían
hasta lo infinito. Mientras que unos no pueden alejarse de la es-
fera en que vivieron, otros se elevan y recorren el espacio y los
mundos. Mientras que ciertos Espíritus culpables andan errantes
en las tinieblas, los felices gozan de una claridad resplandeciente
y del sublime espectáculo de lo infinito. En fin, mientras que el
malo, atormentado por remordimientos y pesares, muchas ve-
ces solo, sin consuelo, separado de los objetos de su afecto, gime
bajo el peso de los padecimientos morales, el justo, reunido con
los que ama, saborea las delicias de una indescriptible felicidad.
También esas son otras tantas moradas, aunque no estén circuns-
criptas ni localizadas.
Diferentes categorías de
mundos habitados
3. De la enseñanza impartida por los Espíritus resulta que,
en cuanto al grado de adelanto o de inferioridad de sus habi-
tantes, los diversos mundos se encuentran en condiciones muy
diferentes unos de otros. Así, entre ellos los hay cuyos moradores
son aún más inferiores que los de la Tierra, física y moralmente.
Otros están en la misma categoría que el nuestro; y otros son más
o menos superiores en todos los aspectos. En los mundos infe-
riores la existencia es enteramente material, las pasiones reinan
en ellos con soberanía, la vida moral es casi nula. A medida que
74
Hay muchas moradas en la casa de mi Padre
esta se desarrolla, la influencia de la materia disminuye, a punto
tal que en los mundos más adelantados la vida es, por decirlo así,
absolutamente espiritual.
4. En los mundos intermedios hay una combinación de
bien y de mal, con predominio de uno u otro, según el grado de
adelanto de quienes habitan en ellos. Aunque no se puede ha-
cer una clasificación absoluta de los diversos mundos, es posible,
conforme a su estado y a su destino, y con base en los matices
más sobresalientes, dividirlos de modo general como sigue: mun-
dos primitivos, destinados a las primeras encarnaciones del alma
humana; mundos de expiaciones y de pruebas, donde el mal pre-
domina; mundos regeneradores, donde las almas que aún tienen
que expiar adquieren nuevas fuerzas y descansan de las fatigas de
la lucha; mundos felices, donde el bien prevalece sobre el mal;
mundos celestiales o divinos, morada de los Espíritus purificados,
donde el bien reina por completo. La Tierra pertenece a la cate-
goría de los mundos de expiaciones y de pruebas, por eso en ella
el hombre está expuesto a tantas miserias.
5. Los Espíritus que encarnan en un mundo no están su-
jetos a él indefinidamente, ni tampoco cumplen allí todas las
fases del progreso que deben recorrer para llegar a la perfección.
Cuando han alcanzado el grado de adelanto que ese mundo
les permite, pasan a otro más adelantado, y así sucesivamente,
hasta que llegan al estado de Espíritus puros. Esos mundos son
otras tantas estaciones, en cada una de las cuales encuentran
elementos de progreso proporcionados a su adelanto. Pasar a
un mundo de orden más elevado es para ellos una recompensa,
del mismo modo que constituye un castigo prolongar su per-
manencia en un mundo desdichado, o ser relegados a otro aún
más infeliz que aquel que se ven obligados a abandonar cuando
se obstinan en el mal.
75
Capítulo III
Destino de la Tierra. Causas
de las miserias humanas
6. Nos asombramos de encontrar en la Tierra tanta maldad
y malas pasiones, tantas miserias y enfermedades de todo tipo, e
inferimos de ahí que la especie humana es una triste cosa. Este
juicio proviene del punto de vista limitado en que nos colocamos,
y que nos da una falsa idea del conjunto. Es preciso considerar
que en la Tierra no se ve toda la humanidad, sino una muy pe-
queña fracción de ella. En efecto, la especie humana comprende
todos los seres dotados de razón que pueblan los innumerables
mundos del universo. Ahora bien, ¿qué es la población de la
Tierra comparada con la población total de esos mundos? Mucho
menos que la de una aldea en relación con la de un gran imperio.
La situación material y moral de la humanidad terrestre nada tie-
ne de extraordinario si se toma en cuenta el destino de la Tierra y
de la naturaleza de quienes habitan en ella.
7. Nos formaríamos una idea muy falsa de los habitantes de
una gran ciudad si los juzgáramos por la población de los barrios
más ínfimos y sórdidos. En un hospital sólo se ven enfermos y
lisiados; en un presidio se ven todos los vicios y todas las torpezas
reunidos; en las comarcas insalubres la mayor parte de los habi-
tantes están pálidos, enfermizos y achacosos. Pues bien, figuré-
monos que la Tierra es un arrabal, un hospital, una penitenciaría,
una región malsana, porque es todo eso a la vez, y se comprenderá
por qué las aflicciones prevalecen sobre los goces, ya que no se
destina al hospital a las personas que tienen buena salud, ni al
correccional a las que no han hecho daño, pues ni los hospitales
ni los correccionales son lugares de delicias.
Ahora bien, así como en una ciudad la población no está
toda en los hospitales o en las cárceles, tampoco la humanidad
está toda en la Tierra. Y del mismo modo que uno sale del hospital
76
Hay muchas moradas en la casa de mi Padre
cuando está curado y de la cárcel cuando ha completado su con-
dena, el hombre deja la Tierra por mundos más felices cuando se
ha curado de sus enfermedades morales.
Instrucciones de los Espíritus
Mundos inferiores y mundos superiores
8. La clasificación de los mundos en inferiores y superio-
res es más relativa que absoluta. Un mundo es inferior o supe-
rior en relación con los que están encima o debajo de él en la
escala progresiva.
Si tomamos la Tierra como punto de comparación, pode-
mos formarnos una idea del estado de un mundo inferior me-
diante la suposición de que sus habitantes se encuentran allí a
nivel de las razas salvajes o de las naciones bárbaras que aún per-
manecen en la superficie terrestre, y que son restos del estado pri-
mitivo de nuestro planeta. En los mundos más atrasados, los seres
que habitan en ellos son de algún modo rudimentarios. Tienen la
forma humana, pero sin ninguna belleza. Sus instintos no están
templados por ningún sentimiento de delicadeza o de benevo-
lencia, ni por las nociones de lo justo y lo injusto. Allí la única
ley es la fuerza bruta. Sin industria ni invenciones, los habitantes
emplean su vida en la conquista de su alimento. Con todo, Dios
no abandona a ninguna de sus criaturas. En lo profundo de las
tinieblas de la inteligencia yace, latente y más o menos desarrolla-
da, la vaga intuición de un Ser supremo. Ese instinto basta para
hacer que unos sean superiores a otros y para preparar su eclosión
en una vida más completa, porque no son seres degradados, sino
niños que crecen.
Entre esos grados inferiores y los más elevados hay innu-
merables escalones, y entre los Espíritus puros, desmaterializados
77
Capítulo III
y resplandecientes de gloria, cuesta reconocer a los que animaron
a esos seres primitivos, de la misma manera que en el hombre
adulto es difícil reconocer al embrión.
9. En los mundos que han llegado a un grado superior, las
condiciones de la vida moral y material son muy distintas a las de
los mundos inferiores. Incluso difieren de las condiciones propias
de la Tierra. Si bien la forma del cuerpo es, invariablemente y
como en todas partes, la forma humana, esta se encuentra embe-
llecida, perfeccionada y, sobre todo, purificada. El cuerpo carece
por completo de la materialidad terrestre y, por consiguiente, no
está sujeto a las necesidades, ni a las enfermedades o al deterio-
ro que derivan del predominio de la materia. Los sentidos, más
refinados, tienen percepciones a las que la naturaleza de nues-
tros órganos embotan. La levedad específica de los cuerpos hace
que la locomoción sea rápida y no ofrezca dificultades: en vez de
arrastrarse penosamente por el suelo, se deslizan, digámoslo así,
sobre la superficie, o permanecen suspendidos en la atmósfera
sin otro esfuerzo que el de la voluntad, de la misma manera que
se representa a los ángeles, o como los antiguos concebían a los
manes de los Campos Elíseos. Los hombres conservan de buen
grado las facciones de sus migraciones pasadas, y se aparecen a sus
amigos tal como estos los conocieron, pero iluminados por una
luz divina, transfigurados por las impresiones interiores, que son
siempre elevadas. En vez de rostros deslucidos, demacrados por
los padecimientos y las pasiones, la inteligencia y la vida irradian
ese resplandor que los pintores han traducido en diadema o au-
reola de los santos.
La escasa resistencia que la materia ofrece a los Espíritus
ya muy adelantados, hace que los cuerpos se desarrollen rápido y
que la infancia sea corta o casi nula. La vida, exenta de preocupa-
ciones y angustias, es proporcionalmente mucho más prolongada
que en la Tierra. En principio, la longevidad es relativa al grado
78
Hay muchas moradas en la casa de mi Padre
de adelanto de los mundos. La muerte no tiene ninguno de los
horrores de la descomposición, y lejos de ser un motivo de es-
panto, se la considerada una transformación feliz, porque en esos
mundos la duda acerca del porvenir no existe. Durante la vida,
como el alma no se encuentra encerrada en una materia compac-
ta, irradia y goza de una lucidez que la coloca en un estado casi
permanente de emancipación, lo que permite la libre transmisión
del pensamiento.
10. En esos mundos felices, las relaciones entre los pue-
blos, siempre amistosas, nunca son perturbadas por la ambición
de esclavizar al vecino, ni por la guerra, que es la consecuencia
de aquella. Allí no hay amos ni esclavos, ni privilegiados por el
nacimiento. Sólo la superioridad moral e intelectual establece la
diferencia de condiciones y confiere la supremacía. La autoridad
es siempre respetada, porque únicamente se concede al mérito y
porque siempre se ejerce con justicia. El hombre no procura ele-
varse sobre el hombre, sino sobre sí mismo, perfeccionándose. Su ob-
jetivo es alcanzar la categoría de los Espíritus puros, y ese deseo
incesante no es un tormento, sino una noble ambición que lo
hace estudiar con ardor para llegar a igualarse con ellos. Todos
los sentimientos tiernos y elevados de la naturaleza humana se
encuentran allí aumentados y purificados. Los odios, los celos
mezquinos y las bajas codicias de la envidia son desconocidos.
Un lazo de amor y fraternidad une a todos los hombres, y los más
fuertes ayudan a los más débiles. Poseen bienes en mayor o menor
cantidad, según lo que han adquirido mediante su inteligencia,
pero nadie sufre por la falta de lo necesario, porque nadie está allí
en proceso de expiación. En una palabra, en esos mundos el mal
no existe.
11. En vuestro mundo tenéis necesidad del mal para sen-
tir el bien; de la noche, para admirar la luz; de la enfermedad,
para apreciar la salud. En cambio, en los mundos felices esos
79
Capítulo III
contrastes no son necesarios. La eterna luz, la eterna belleza, la
eterna serenidad del alma proporcionan una dicha eterna, que
no es perturbada por las angustias de la vida material ni por el
contacto con los malos, que allí no tienen acceso. Es esto lo que
el espíritu humano tiene mayor dificultad en comprender. Ha
sido ingenioso para pintar los tormentos del Infierno, pero nun-
ca pudo imaginarse los goces del Cielo. ¿Por qué? Porque al ser
inferior, sólo ha sufrido penas y miserias, y jamás ha entrevisto
las claridades celestiales. Sólo puede hablar de lo que conoce. No
obstante, a medida que se eleva y se purifica, su horizonte se am-
plía y comprende el bien que está delante de sí, como ha com-
prendido el mal que dejó atrás.
12. Con todo, esos mundos afortunados no son mundos
privilegiados, porque Dios no es parcial con ninguno de sus hijos.
A todos confiere los mismos derechos y las mismas facilidades
para llegar a ellos. A todos hace partir de un mismo punto, y no
dota a unos más que a otros. Los primeros puestos son accesibles
a todos: a ellos corresponde conquistarlos por medio del trabajo;
a ellos corresponde alcanzarlos lo antes posible, o languidecer du-
rante siglos y siglos en la hondonada de la humanidad. (Resumen
de la enseñanza de todos los Espíritus superiores.)
Mundos de expiaciones y de pruebas
13. ¿Qué podría deciros de los mundos de expiaciones, que
vosotros no sepáis ya, puesto que os basta con considerar la Tierra
en que habitáis? La superioridad de la inteligencia, presente en
un gran número de sus habitantes, indica que la Tierra no es un
mundo primitivo, destinado a la encarnación de Espíritus recién
salidos de las manos del Creador. Las cualidades innatas, de las
que esos Espíritus son portadores, ofrecen la prueba de que ya han
vivido y de que han realizado un cierto progreso. No obstante, al
mismo tiempo, los numerosos vicios a los que se inclinan son
80
Hay muchas moradas en la casa de mi Padre
indicio de una considerable imperfección moral. Por esa razón,
Dios los ha colocado en un mundo ingrato, para que en él expíen
sus faltas mediante un trabajo penoso y sufriendo las miserias de
la vida, hasta que sean merecedores de ir a un mundo más feliz.
14. Sin embargo, no todos los Espíritus encarnados en la
Tierra son enviados allí en proceso de expiación. Las razas que
vosotros llamáis salvajes son Espíritus recién salidos de la infan-
cia, y que están en ese mundo, por decirlo así, para educarse y
desarrollarse mediante el contacto con Espíritus más adelantados.
Luego vienen las razas semicivilizadas, formadas por esos mismos
Espíritus en vías de progreso. Estas son, en cierto modo, las ra-
zas indígenas de la Tierra, que se han desarrollado poco a poco
al cabo de largos períodos seculares, y algunas de las cuales han
alcanzado la perfección intelectual de los pueblos más ilustrados.
En la Tierra, los Espíritus en proceso de expiación son, si
podemos expresarlo de este modo, exóticos. Vivieron ya en otros
mundos, de los que han sido excluidos a consecuencia de su obs-
tinación en el mal, y porque eran una causa de perturbación para
los buenos. Fueron relegados, por un tiempo, entre los Espíritus
más atrasados, con la misión de hacerlos adelantar, porque lleva-
ban consigo la inteligencia desarrollada y el germen de los cono-
cimientos adquiridos. Ese es el motivo por el cual los Espíritus
castigados se encuentran en el seno de las razas más inteligentes.
También son estas razas las que padecen con más amargura las
miserias de la vida, porque en ellas hay más sensibilidad, y porque
las contrariedades y los disgustos las afectan más que a las razas
primitivas, cuyo sentido moral se encuentra más embotado.
15. La Tierra nos ofrece, pues, uno de los tipos de los mun-
dos expiatorios, cuyas variedades son infinitas, pero que tienen
como carácter común el hecho de servir de lugar de destierro a los
Espíritus rebeldes a la ley de Dios. Allí, esos Espíritus tienen que
luchar, a la vez, contra la perversidad de los hombres y contra la
81
Capítulo III
inclemencia de la naturaleza, doble trabajo penoso que desarrolla
al mismo tiempo las cualidades del corazón y las de la inteligencia.
De ese modo, en su bondad, Dios hace que el castigo redunde en
provecho del progreso del Espíritu. (San Agustín. París, 1862.)
Mundos regeneradores
16. Entre esas estrellas que resplandecen en la bóveda azu-
lada del firmamento, ¡cuántos mundos habrá, como el vuestro,
destinados por el Señor a la expiación y la prueba! Con todo,
también los hay más miserables, y mejores, así como los hay tran-
sitorios, que podemos denominar regeneradores. Cada torbellino
planetario, al desplazarse en el espacio alrededor de un centro
común, lleva consigo sus mundos primitivos, de destierro, de
prueba, de regeneración y de felicidad. Se os ha hablado de esos
mundos en los que es situada el alma recién nacida, cuando aún
ignora el bien y el mal, pero con la posibilidad de marchar hacia
Dios, dueña de sí misma, en posesión de su libre albedrío. Se os
ha dicho también cuán amplias son las facultades de que ha sido
dotada el alma para practicar el bien. Sin embargo, por desgracia,
hay almas que sucumben, y dado que Dios no quiere aniquilar-
las, les permite ir a esos mundos en los que, de encarnación en
encarnación, se purifican y se regeneran, para regresar dignas de
la gloria a la que están destinadas.
17. Los mundos regeneradores sirven de transición entre
los mundos de expiación y los mundos felices. El alma que se
arrepiente encuentra en ellos la calma y el reposo, mientras con-
cluye su purificación. No cabe duda de que en esos mundos el
hombre aún se encuentra sujeto a las leyes que rigen la materia.
La humanidad experimenta sensaciones y deseos como los vues-
tros, pero está liberada de las pasiones desordenadas de las que
sois esclavos. En ella ya no existe el orgullo que hace callar al co-
razón, la envidia que lo tortura y el odio que lo ahoga. La palabra
82
Hay muchas moradas en la casa de mi Padre
amor está escrita en todas las frentes. Una equidad plena rige las
relaciones sociales. Todos reconocen a Dios y procuran dirigirse a
Él mediante el cumplimiento de sus leyes.
Con todo, en esos mundos aún no existe la perfecta felici-
dad, sino la aurora de la felicidad. El hombre todavía es de carne
y, por eso mismo, está sujeto a vicisitudes de las cuales sólo están
eximidos los seres completamente desmaterializados. Aún tiene
que sufrir pruebas, pero sin las punzantes angustias de la expia-
ción. Esos mundos, comparados con la Tierra, son muy felices, y
muchos de vosotros estaríais satisfechos de quedaros allí, porque
representan la calma después de la tempestad, la convalecencia
después de una cruel enfermedad. En ellos, el hombre, menos
absorbido por las cosas materiales, entrevé mejor que vosotros
el porvenir; comprende que hay otros goces que el Señor pro-
mete a los que se hacen merecedores de ellos, cuando la muerte
haya segado de nuevo sus cuerpos para darles la verdadera vida.
Entonces, el alma libre sobrevolará todos los horizontes. Ya no
tendrá sentidos materiales y groseros, sino los sentidos de un pe-
riespíritu puro y celestial, que aspira las emanaciones de Dios en
los aromas del amor y la caridad que brotan de su seno.
18. No obstante, por desgracia, en esos mundos el hombre
todavía es falible, y el espíritu del mal no ha perdido completa-
mente su dominio. No avanzar equivale a retroceder, y si el hom-
bre no se mantiene firme en el camino del bien, puede volver a
caer en los mundos de expiación, donde lo esperan nuevas y más
terribles pruebas.
Contemplad, pues, esa bóveda azulada, por la noche, a la
hora del descanso y la oración. Entonces, ante esas innumerables
esferas que brillan sobre vuestras cabezas, preguntaos cuáles son
las que conducen a Dios, y rogadle que un mundo regenerado os
abra su seno después de la expiación en la Tierra. (San Agustín.
París, 1862.)
83
Capítulo III
Progresión de los mundos
19. El progreso es una de las leyes de la naturaleza. Todos
los seres de la creación, sean animados o inanimados, están so-
metidos a él por la bondad de Dios, que desea que todo crezca
y prospere. La destrucción, incluso, que parece a los hombres el
término de las cosas, sólo es un medio de llegar, a través de la
transformación, a un estado más perfecto, puesto que todo muere
para volver a nacer, y nada concluye con el aniquilamiento.
Al mismo tiempo que los seres vivos progresan moralmen-
te, los mundos en que ellos habitan progresan materialmente.
Quien pudiera acompañar a un mundo en sus diversas fases, des-
de el instante en que se aglomeraron los primeros átomos desti-
nados a constituirlo, lo vería recorrer una escala incesantemente
progresiva, pero de grados imperceptibles para cada generación, y
ofrecer a sus habitantes una morada más agradable a medida que
estos avanzan en el camino del progreso. De ese modo, marchan
paralelamente el progreso del hombre, el de los animales, que
son sus auxiliares, el de los vegetales y el de la habitación, porque
nada permanece estacionario en la naturaleza. ¡Cuán inmensa y
digna de la majestad del Creador es esta idea! Mientras, por el
contrario, ¡qué ínfima e indigna de su poder es aquella que con-
centra su solicitud y su providencia en el imperceptible grano
de arena que es la Tierra, y restringe la humanidad a los escasos
hombres que habitan en ella!
Conforme a esa ley, la Tierra ha existido material y moral-
mente en un estado inferior a aquel en que se encuentra en la ac-
tualidad, y alcanzará en ese doble aspecto un grado más elevado.
Ha llegado ya a uno de sus períodos de transformación, en el que
de mundo de expiaciones va a convertirse en un mundo regene-
rador. Entonces, los hombres serán felices en la Tierra, porque en
ella reinará la ley de Dios. (San Agustín. París, 1862.)
84
CAPÍTULO IV
Nadie puede ver el Reino de
Dios si no nace de nuevo
• Resurrección y reencarnación. • La reencarnación fortalece los
lazos de familia, mientras que la unicidad de la
existencia los rompe. • Instrucciones de los Espíritus:
Límites de la encarnación. – Necesidad de la encarnación.
1. Llegado Jesús a las cercanías de Cesarea de Filipo, preguntó a sus
discípulos, diciendo: “¿Qué dicen los hombres acerca del Hijo del Hombre?
¿Quién dicen que soy yo?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan
el Bautista; otros, que eres Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas”.
Jesús les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro, tomando
la palabra, le dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le
respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no fue la
carne ni la sangre que te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los
Cielos”. (San Mateo, 16:13 a 17; San Marcos, 8:27 a 30.)
2. Herodes el tetrarca oyó hablar de todo lo que hacía Jesús, y su espíritu se
hallaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los
muertos; otros, que Elías había aparecido; y otros, que uno de los antiguos
85
Capítulo IV
profetas había resucitado. Entonces Herodes dijo: “A Juan, yo mandé que
le cortaran la cabeza; ¿quién es, pues, ese de quien oigo decir tan grandes
cosas?” Y buscaba verle. (San Marcos, 6:14 y 15; San Lucas, 9:7 a 9.)
3. (Después de la transfiguración.) Entonces sus discípulos le preguntaron,
diciendo: “¿Por qué, pues, los escribas dicen que es preciso que Elías
venga primero?” Jesús les respondió: “Es verdad que Elías ha de venir y
restablecerá todas las cosas; pero yo os declaro que Elías ya vino, y ellos no
lo reconocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también
harán padecer al Hijo del Hombre”. Entonces sus discípulos entendieron
que les había hablado de Juan el Bautista. (San Mateo, 17:10 a 13; San
Marcos, 9: 10 a 12.)
Resurrección y reencarnación
4. La reencarnación formaba parte de los dogmas de los ju-
díos bajo el nombre de resurrección. Sólo los saduceos, que pensa-
ban que todo concluye con la muerte, no creían en ella. Las ideas
de los judíos acerca de este punto, como sobre muchos otros, no
estaban claramente definidas, porque sólo tenían nociones vagas
e incompletas respecto al alma y su vínculo con el cuerpo. Creían
que un hombre que ha vivido podía volver a vivir, sin explicarse
con precisión de qué manera eso podía suceder. Designaban con
la palabra resurrección lo que el espiritismo llama, más razonable-
mente, reencarnación. En efecto, la resurrección supone la vuelta a
la vida del cuerpo que está muerto, pero la ciencia demuestra que
eso es materialmente imposible, sobre todo cuando, desde mu-
cho tiempo antes, los elementos de ese cuerpo se hallan dispersos
y han sido absorbidos. La reencarnación es el regreso del alma o
Espíritu a la vida corporal, pero en otro cuerpo, nuevamente for-
mado para él, y que no tiene nada en común con el antiguo. Así,
la palabra resurrección podía aplicarse a Lázaro, pero no a Elías ni
a los otros profetas. Según sus creencias, pues, si Juan el Bautista
86
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
era Elías, entonces el cuerpo de Juan no podía ser el de Elías,
puesto que se había visto a Juan de niño, y se conocía a su padre
y a su madre. Por consiguiente, Juan podía ser Elías reencarnado,
pero no resucitado.
5. Había un hombre entre los fariseos, llamado Nicodemo, senador de los
judíos, que vino a encontrar a Jesús de noche, y le dijo: “Maestro, sabemos
que viniste de parte de Dios para instruirnos como un doctor; porque nadie
podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él”.
Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: Nadie puede ver el reino
de Dios si no nace de nuevo”.
Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer si ya es viejo? ¿Puede
volver a entrar en el seno de su madre, para nacer una segunda vez?”.
Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: si un hombre no renace
del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es
nacido de la carne, es carne; y lo que es nacido del Espíritu, es Espíritu.
No te maravilles de que te haya dicho que es necesario nacer de nuevo. El
Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni
adónde va; así es todo hombre nacido del Espíritu”.
Nicodemo le respondió: “¿Cómo puede suceder eso?” Jesús le dijo: “¡Cómo!
¿Tú eres maestro en Israel, e ignoras estas cosas? En verdad, en verdad te
digo, que no decimos más que lo que sabemos, y que sólo damos testimonio
de lo que hemos visto. Con todo, no aceptáis nuestro testimonio. Pero si
no me creéis cuando os hablo de las cosas de la Tierra, ¿cómo me creeréis
cuando os hable de las cosas del Cielo?” (San Juan, 3:1 a 12.)
6. La idea de que Juan el Bautista era Elías y que los profe-
tas podían volver a vivir en la Tierra se encuentra en muchos de
los pasajes de los Evangelios, particularmente en los que han sido
transcriptos más arriba (§§ 1 a 3). Si esa creencia hubiese sido
una equivocación, Jesús no habría dejado de combatirla, como
combatió tantas otras. Lejos de ello, Él la sanciona con toda su
87
Capítulo IV
autoridad y la coloca como un principio y como una condición
necesaria cuando dice: Nadie puede ver el reino de los Cielos si no
nace de nuevo. E insiste, al agregar: No te maravilles de que te haya
dicho que es NECESARIO nacer de nuevo.
7. Estas palabras: si un hombre no renace del agua y del
Espíritu, han sido interpretadas en el sentido de la regeneración
mediante el agua del bautismo. No obstante, el texto primitivo
dice simplemente: no renace del agua y del Espíritu, en tanto que
en algunas traducciones las palabras del Espíritu han sido susti-
tuidas por del Santo Espíritu, lo que ya no se corresponde con el
mismo pensamiento. Este punto fundamental se destaca en los
primeros comentarios hechos sobre el Evangelio, lo que un día se
verificará sin posibilidad de equívoco6.
8. Para que se comprenda el verdadero sentido de esas pala-
bras, es preciso referirse a la significación de la palabra agua, que
no se empleaba en la acepción que le es propia.
Los conocimientos que los antiguos tenían acerca de las
ciencias físicas eran muy imperfectos. Creían que la Tierra había
salido de las aguas, y por eso consideraban al agua como el ele-
mento generador absoluto. En ese sentido, en el Génesis se lee:
“El Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas; flotaba sobre la
superficie de las aguas”; “Que el firmamento sea hecho en medio
de las aguas”; “Que las aguas que están debajo del cielo se junten
en un solo lugar, y que el elemento seco aparezca”; “Que las aguas
produzcan animales vivientes que naden en el agua, y pájaros que
vuelen sobre la tierra y bajo el firmamento”.
6
La traducción de Ostervald está conforme al texto primitivo; dice: no renace del agua y
del Espíritu. La de Sacy dice: del Santo Espíritu. La de Lammenais: del Espíritu Santo. (N.
de Allan Kardec.) En la primera edición de Le Nouveau Testament de Sacy, publicado en
1667, uno de cuyos ejemplares se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, se lee:
de l’Efprit (“del Espíritu”), sin la palabra Saint, es decir, tal como figura en la transcripción
del § 5. (N. del T.)
88
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
Según esa creencia, el agua se había convertido en el símbo-
lo de la naturaleza material, así como el Espíritu era el símbolo de
la naturaleza inteligente. Estas palabras: “Si el hombre no renace
del agua y del Espíritu”, o “en agua y en Espíritu”, significan,
pues: “Si el hombre no vuelve a nacer con su cuerpo y su alma”.
En ese sentido fueron comprendidas al principio.
Por otra parte, esa interpretación queda justificada con es-
tas otras palabras: Lo que es nacido de la carne, es carne; y lo que
es nacido del Espíritu, es Espíritu. Jesús hace aquí una distinción
positiva entre el Espíritu y el cuerpo. Lo que es nacido de la carne,
es carne indica claramente que sólo el cuerpo procede del cuerpo,
y que el Espíritu es independiente del cuerpo.
9. La frase El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero
no sabes de dónde viene, ni adónde va, puede entenderse como
una referencia al Espíritu de Dios, que da la vida a quien quiere;
o bien, al alma del hombre. En esta última acepción, la frase “no
sabes de dónde viene, ni adónde va” significa que no se conoce lo
que ha sido el Espíritu, ni lo que será. Si el Espíritu, o alma, fuese
creado al mismo tiempo que el cuerpo, se sabría de dónde vino,
puesto que conoceríamos su comienzo. Sea como fuere, ese pasaje
es la consagración del principio de la preexistencia del alma y, por
consiguiente, del de la pluralidad de las existencias.
10. “Desde el tiempo de Juan el Bautista hasta el presente, el reino de
los Cielos se toma por la violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque,
hasta Juan, todos los profetas, lo mismo que la Ley, profetizaron. Si queréis
comprender lo que os digo, él mismo es Elías, el que iba a venir. El que
tenga oídos para oír, que oiga.” (San Mateo, 11:12 a 15).
11. Si bien el principio de la reencarnación expresado en
San Juan podría, en rigor, ser interpretado en un sentido pura-
mente místico, no sucede lo mismo con este pasaje de San Mateo,
en el que no hay posibilidad de equivocarse: ÉL MISMO es Elías,
89
Capítulo IV
el que iba de venir. Aquí no hay figura ni alegoría: es una afir-
mación positiva. “Desde el tiempo de Juan el Bautista hasta el
presente, el reino de los Cielos se toma por la violencia.” ¿Qué
significan esas palabras, puesto que Juan el Bautista vivía aún en
ese momento? Jesús las explica al decir: “Si queréis comprender
lo que os digo, él mismo es Elías, el que iba a venir”. Ahora bien,
dado que Juan no era otro más que Elías, Jesús hacía alusión a la
época en que Juan vivía con el nombre de Elías. “Hasta el presen-
te el reino de los Cielos se toma por la violencia” es otra alusión a
la violencia de la ley mosaica, que ordenaba el exterminio de los
infieles para ganar la Tierra Prometida, el Paraíso de los hebreos;
mientras que, según la nueva ley, el Cielo se gana mediante la
caridad y la dulzura.
Después añade: El que tenga oídos para oír, que oiga. Esas
palabras, que Jesús repite con tanta frecuencia, expresan clara-
mente que no todos se hallaban en condiciones de comprender
ciertas verdades.
12. “Aquellos de vuestro pueblo a quienes hicieron morir, vivirán de
nuevo. Los que eran muertos en medio de mí, resucitarán. Despertad de
vuestro sueño y cantad alabanzas a Dios, vosotros que habitáis en el polvo.
Porque el rocío que cae sobre vosotros es un rocío de luz, y porque arrasaréis
la Tierra y el reino de los gigantes.” (Isaías, 26:19.)
13. Este pasaje de Isaías también es muy explícito: “Aquellos
de vuestro pueblo a quienes hicieron morir, vivirán de nuevo”.
Si el profeta hubiese pretendido hablar de la vida espiritual, si
hubiese querido decir que aquellos que habían sido ejecutados
no estaban muertos en Espíritu, habría dicho: aún viven, y no:
vivirán de nuevo. En el sentido espiritual, esas palabras serían ab-
surdas, puesto que implicarían una interrupción en la vida del
alma. En el sentido de regeneración moral, serían la negación de
90
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
las penas eternas, puesto que establecen, en principio, que todos
los que están muertos revivirán.
14. “Pero cuando el hombre ha muerto una vez, cuando su cuerpo,
separado de su espíritu, es consumido, ¿en qué se convierte?” – “Si el
hombre ha muerto una vez, ¿podría revivir de nuevo? En esta guerra en
que me encuentro todos los días de mi vida, espero que llegue mi cambio.”
(Job, 14:10 y 14. Traducción de Le Maistre de Sacy.)
“Cuando el hombre muere, pierde toda su fuerza, expira. Después, ¿dónde
está él? – Si el hombre muere, ¿revivirá? ¿Esperaré todos los días de mi
combate, hasta que me llegue algún cambio?” (Ibíd. Traducción protestante
de Ostervald.)
“Cuando el hombre ha muerto, vive siempre. Al concluir los días de mi
existencia terrenal, esperaré, porque volveré de nuevo aquí.” (Ibíd.
Versión de la Iglesia griega.)
15. El principio de la pluralidad de existencias se encuen-
tra claramente expresado en esas tres versiones. No se puede su-
poner que Job pretendía aludir a la regeneración por medio del
agua del bautismo, que por cierto no conocía. “Si el hombre ha
muerto una vez, ¿podría revivir de nuevo?” La idea de morir una
vez y de revivir, implica la de morir y revivir muchas veces. La
versión de la Iglesia griega es aún más explícita, si es eso posible:
“Al concluir los días de mi existencia terrenal, esperaré, porque
volveré de nuevo aquí”, es decir, volveré a la existencia terrenal.
Está tan claro como si alguien dijera: “Salgo de mi casa, pero a
ella regresaré”.
“En esta guerra en que me encuentro todos los días de mi
vida, espero que llegue mi cambio.” Job pretende, evidentemente,
referirse a la lucha que sostenía contra las miserias de la vida.
Espera su cambio, es decir, se resigna. En la versión griega, espe-
raré parece aplicarse más bien a una nueva existencia: “Cuando
mi existencia terrenal haya concluido, esperaré, porque volveré de
91
Capítulo IV
nuevo aquí”. Job parece colocarse, después de la muerte, en el in-
tervalo que separa una existencia de otra, y dice que allí aguardará
el momento de volver.
16. Así pues, no cabe duda de que, bajo el nombre resu-
rrección, el principio de la reencarnación era una de las creen-
cias fundamentales de los judíos, y que ese principio fue con-
firmado por Jesús, así como por los profetas, de una manera
formal. De ahí se sigue que negar la reencarnación implica
renegar de las palabras de Cristo. Un día sus palabras cons-
tituirán autoridad en relación con ese punto, así como sobre
muchos otros, cuando se reflexione acerca de ellas sin ideas
preconcebidas.
17. Con todo, a esa autoridad, desde el punto de vista re-
ligioso, viene a sumarse, desde el punto de vista filosófico, la de
las pruebas que resultan de la observación de los hechos. Cuando
de los efectos queremos remontarnos a las causas, la reencarna-
ción aparece como una necesidad absoluta, como una condición
inherente a la humanidad; en una palabra, como una ley de la
naturaleza. Por sus resultados, se revela de un modo, por decirlo
así, material, de la misma forma que el motor oculto se revela por
el movimiento que genera. Sólo la reencarnación puede decir al
hombre de dónde viene, adónde va y por qué está en la Tierra, así
como justificar todas las anomalías y todas las injusticias aparen-
tes que presenta la vida.7
Sin el principio de la preexistencia del alma y de la plura-
lidad de las existencias, la mayoría de las máximas del Evangelio
son ininteligibles. Por esa razón dieron origen a interpretaciones
tan contradictorias. Ese principio es la clave que habrá de resti-
tuirles su verdadero sentido.
7
Para los desarrollos acerca del dogma de la reencarnación, véase Allan Kardec, El Libro
de los Espíritus, caps. IV y V; ¿Qué es el Espiritismo?, cap. II.; y Pezzani, La Pluralidad de las
Existencias. (N. de Allan Kardec.)
92
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
La reencarnación fortalece los lazos
de familia, mientras que la unicidad
de la existencia los rompe
18. Los lazos de familia no son destruidos en modo alguno
por la reencarnación, a diferencia de lo que piensan ciertas per-
sonas. Por el contrario, se fortalecen y se estrechan. El principio
opuesto es el que los destruye.
En el espacio, los Espíritus forman grupos o familias uni-
dos por el afecto, la simpatía y la semejanza de inclinaciones.
Esos Espíritus, felices de estar juntos, se buscan unos a otros. La
encarnación sólo los separa momentáneamente, porque, cuan-
do vuelven a la erraticidad, se reencuentran como lo hacen los
amigos al regresar de un viaje. Muchas veces, incluso, se siguen
unos a otros en la encarnación, donde se los reúne en una mis-
ma familia, o en un mismo ámbito, a fin de que trabajen juntos
para su mutuo adelanto. Si unos encarnan y otros no, no por
eso dejan de estar unidos mediante el pensamiento. Los que es-
tán libres velan por los que se encuentran en cautiverio. Los más
adelantados se esfuerzan por hacer que progresen los rezagados.
Después de cada existencia, han dado un paso en el camino de
la perfección. Cada vez menos apegados a la materia, su afecto es
más vivo, precisamente porque es más puro, y ya no lo perturban
el egoísmo ni la sombra de las pasiones. Por consiguiente, los
Espíritus pueden, de ese modo, recorrer un número ilimitado de
existencias corporales, sin que ningún golpe perjudique el mutuo
afecto que los une.
Quede bien claro que aquí se trata del afecto real, de alma a
alma, el único que sobrevive a la destrucción del cuerpo, porque
los seres que en la Tierra se unen solamente por los sentidos, no
tienen ningún motivo para buscarse en el mundo de los Espíritus.
Sólo son duraderos los afectos espirituales. Los de índole carnal se
93
Capítulo IV
extinguen junto con la causa que les dio origen. Ahora bien, esa
causa no existe en el mundo de los Espíritus. El alma, en cambio,
existe siempre. En cuanto a las personas unidas tan sólo por un
motivo de interés, no son realmente nada la una para la otra; la
muerte las separa en la Tierra y también en el Cielo.
19. La unión y el afecto que existen entre los parientes son
un indicio de la simpatía anterior que los aproximó. Por eso se
suele decir, cuando se habla de una persona cuyo carácter, gustos
e inclinaciones no tienen ninguna semejanza con los de sus alle-
gados, que esa persona no es de la familia. Al decir eso, se enuncia
una verdad más grande de lo que se supone. Dios permite, en las
familias, esas encarnaciones de Espíritus antipáticos o extraños,
con el doble objetivo de servir de prueba para unos y de medio
de progreso para otros. Además, los malos mejoran poco a poco
al establecer contacto con los buenos y por efecto de los cuidados
que de ellos reciben. Su carácter se suaviza, sus costumbres se
depuran, las antipatías se disipan. Así se establece la fusión entre
las diferentes categorías de Espíritus, del mismo modo que se da
en la Tierra entre las razas y los pueblos.
20. El temor al aumento ilimitado de la parentela como
consecuencia de la reencarnación es un temor egoísta, que de-
muestra en quien lo experimenta una falta de amor suficiente-
mente amplio para abarcar a un gran número de personas. Un
padre que tiene muchos hijos, ¿los ama menos de lo que amaría a
uno de ellos, si fuese único? No obstante, tranquilícense los egoís-
tas, pues ese temor no tiene sustento. El hecho de que un hombre
haya tenido diez encarnaciones, no significa que en el mundo de
los Espíritus habrá de encontrar diez padres, diez madres, diez
esposas y un número proporcional de hijos y de nuevos parientes.
Allá encontrará siempre a los que han sido objeto de su afecto y
que estuvieron ligados a él en la Tierra, con grados de parentesco
diferentes, o tal vez con el mismo.
94
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
21. Veamos ahora las consecuencias de la doctrina de la no-
reencarnación. Esta doctrina anula necesariamente la preexisten-
cia del alma. Al ser creadas al mismo tiempo que los cuerpos, no
existe entre las almas ningún lazo anterior; son completamente
extrañas unas a otras. El padre es extraño a su hijo. Así, la filiación
de las familias se encuentra reducida exclusivamente a la filiación
corporal, sin ningún lazo espiritual. Por consiguiente, no hay
motivo alguno para vanagloriarse de haber tenido por antepasa-
dos a tales o cuales personajes ilustres. Con la reencarnación, en
cambio, antepasados y descendientes pueden haberse conocido,
haber vivido juntos, haberse amado y, más tarde, reunirse a fin de
estrechar sus lazos de simpatía.
22. Eso en cuanto al pasado. En cuanto al porvenir, se-
gún uno de los dogmas fundamentales que se deducen de la no-
reencarnación, el destino de las almas queda irremediablemente
determinado después de una sola existencia. La fijación definitiva
del destino implica la cesación de todo tipo de progreso, porque
si existe algún progreso, ya no hay destino definitivo. Conforme
hayan vivido bien o mal, las almas van de inmediato a la morada
de los bienaventurados o al infierno eterno. De ese modo, quedan
inmediatamente separadas, para siempre, sin la esperanza de volver
a unirse nunca más. Padres, madres e hijos, maridos y esposas,
hermanos, hermanas y amigos, ya no pueden tener la certeza de
volverse a ver. Eso constituye la ruptura inexorable de los lazos
de familia.
Con la reencarnación, en cambio, y con el progreso que
es su consecuencia, los que se han amado vuelven a reunirse en
la Tierra y en el espacio, y marchan juntos para llegar a Dios. Si
algunos desfallecen en el camino, retrasan su adelanto y su feli-
cidad, pero la esperanza no está perdida. Mediante el auxilio, el
estímulo y el amparo de los que los aman, habrán de salir un día
del cenagal en que se sumergieron. Con la reencarnación, por
95
Capítulo IV
último, existe solidaridad perpetua entre los encarnados y los des-
encarnados y, por consiguiente, los lazos de afecto se estrechan.
23. En resumen, cuatro alternativas se presentan al hombre
en relación con su porvenir de ultratumba: 1.ª) la nada, según la
doctrina materialista; 2.ª) la absorción en el todo universal, según
la doctrina panteísta; 3.ª) la individualidad con fijación definitiva
del destino, según la doctrina de la Iglesia; y 4.ª) la individualidad
con progreso ilimitado, según la doctrina espírita. Conforme a
las dos primeras, los lazos de familia se rompen al producirse la
muerte, sin que haya esperanza alguna de que las almas se vuel-
van a encontrar en el porvenir. Con la tercera, pueden volverse
a ver, siempre que estén en la misma región, que tanto puede
ser el Infierno como el Paraíso. Finalmente, con la pluralidad de
las existencias, que es inseparable del progreso gradual, existe la
certeza de la continuidad de las relaciones entre los que se han
amado, y eso es lo que constituye la verdadera familia.
Instrucciones de los Espíritus
Límites de la encarnación
24. ¿Cuáles son los límites de la encarnación?
Para hablar con propiedad, si nos referimos a la envoltura
que constituye el cuerpo del Espíritu, la encarnación no tiene
límites marcados con precisión, puesto que la materialidad de
esa envoltura disminuye a medida que el Espíritu se purifica.
En algunos mundos, más adelantados que la Tierra, ese cuerpo
es menos compacto, menos pesado y menos denso y, por con-
siguiente, se halla menos sujeto a vicisitudes. En un grado de
mayor elevación, es diáfano y casi fluídico. De grado en grado
se desmaterializa y concluye por confundirse con el periespíritu.
96
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
Según el mundo en que debe vivir, el Espíritu toma la envoltura
apropiada a la naturaleza de ese mundo.
Incluso el periespíritu sufre transformaciones sucesivas. Se
vuelve cada vez más etéreo, hasta la purificación completa que
caracteriza a los Espíritus puros. Si bien hay mundos especiales
destinados a la estadía de los Espíritus muy adelantados, estos
no se encuentran sujetos a aquellos, como sucede en los mundos
inferiores. El estado de desprendimiento en que se encuentran les
permite trasladarse a todos los lugares a donde los convoquen las
misiones que se les confían.
Si se considera la encarnación desde el punto de vista ma-
terial, tal como tiene lugar en la Tierra, se puede decir que está
limitada a los mundos inferiores. Por consiguiente, depende del
Espíritu liberarse de ella con mayor o menor celeridad, mediante
el trabajo destinado a su purificación.
También es preciso considerar que en el estado errante, es
decir, en el intervalo de las existencias corporales, la situación
del Espíritu guarda relación con la naturaleza del mundo al que
lo liga su grado de adelanto. De modo que, en la erraticidad, el
Espíritu es más o menos feliz, libre e ilustrado, según se halle más
o menos desmaterializado. (San Luis. París, 1859.)
Necesidad de la encarnación
25. La encarnación, ¿es un castigo? ¿Sólo los Espíritus culpa-
bles están sujetos a ella?
El paso de los Espíritus por la vida corporal es necesario
para que estos puedan cumplir, con el auxilio de una acción mate-
rial, los designios cuya ejecución Dios les confía. La encarnación
también es necesaria para ellos mismos, porque la actividad que
están obligados a desplegar contribuye al desarrollo de su inteli-
gencia. Dado que Dios es soberanamente justo, debe hacer una
distribución equitativa entre sus hijos. Por eso asigna a todos ellos
97
Capítulo IV
el mismo punto de partida, la misma aptitud, las mismas obliga-
ciones que cumplir y la misma libertad para obrar. Cualquier privi-
legio sería una preferencia; y cualquier preferencia, una injusticia.
Con todo, la encarnación, para la totalidad de los Espíritus, no es
más que un estado transitorio. Es una tarea que Dios les impone
cuando dan comienzo a su vida, como prueba inicial del uso que
harán de su libre albedrío. Los que cumplen esa tarea con esmero
trasponen rápidamente y con menos pesares los primeros esca-
lones de la iniciación, y gozan más pronto del fruto de su labor.
Por el contrario, los que emplean indebidamente la libertad que
Dios les concede, retardan su progreso. Así, por su obstinación,
pueden prolongar indefinidamente la necesidad de reencarnar, y
en ese caso la encarnación se convierte en un castigo. (San Luis.
París, 1859.)
26. Nota. Una comparación vulgar permitirá que se com-
prenda mejor esta diferencia. El estudiante sólo llega a los grados
superiores de la ciencia después de haber recorrido la serie de
clases que lo conducirán hasta allí. Esas clases, sea cual fuere el
trabajo que exijan, son un medio para alcanzar el objetivo, y no
un castigo. El estudiante esforzado abrevia el camino y encuentra
en él menos espinos. Diferente es lo que sucede con aquel cuya
negligencia y pereza lo obligan a repetir determinadas clases. No
es, por lo tanto, la tarea de la clase lo que constituye un castigo,
sino la obligación de volver a comenzar la misma tarea.
Algo similar sucede con el hombre en la Tierra. Para el
Espíritu del salvaje, que está casi al comienzo de la vida espiritual,
la encarnación es un medio para que desarrolle su inteligencia.
En cambio, para el hombre esclarecido, cuyo sentido moral se
encuentra ampliamente desarrollado, que está obligado a recorrer
de nuevo las etapas de una vida corporal llena de angustias, cuan-
do ya podría haber alcanzado el objetivo, la encarnación es un
castigo, por la necesidad que tiene de prolongar su permanencia
98
Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo
en los mundos inferiores y desdichados. Por el contrario, aquel
que trabaja activamente por su progreso moral, no sólo puede
abreviar la duración de la encarnación material, sino también su-
perar de una sola vez los grados intermedios que lo separan de los
mundos superiores.
Los Espíritus, ¿no podrían encarnar sólo una vez en el mis-
mo planeta, y cumplir sus diferentes existencias en esferas tam-
bién diferentes? Esta opinión sería admisible si todos los hombres
de la Tierra estuviesen exactamente en el mismo nivel intelectual
y moral. Las diferencias que existen entre ellos, desde el salvaje
hasta el hombre civilizado, ponen de manifiesto los grados que
están llamados a recorrer. Por otra parte, la encarnación debe te-
ner un objetivo útil. Ahora bien, ¿cuál sería el objetivo de las en-
carnaciones efímeras de los niños que mueren en edad temprana?
Habrían sufrido sin provecho para ellos ni para los demás. Dios,
cuyas leyes son soberanamente sabias, no hace nada que no tenga
un fin útil. Mediante la reencarnación en el mismo planeta, Él
ha querido que los mismos Espíritus, al encontrarse de nuevo y
ponerse en contacto, tuviesen la ocasión de reparar sus errores
recíprocos. Por medio de esas relaciones anteriores, Dios ha que-
rido además que los Espíritus establezcan los lazos de familia en
una base espiritual, así como sustentar en una ley de la naturaleza
los principios de solidaridad, fraternidad e igualdad.
99
CAPÍTULO V
Bienaventurados
los afligidos
• Justicia de las aflicciones. • Causas actuales de las aflicciones.
• Causas anteriores de las aflicciones. • Olvido del pasado.
• Motivos de resignación. • El suicidio y la locura.
• Instrucciones de los Espíritus: Sufrir bien y sufrir mal. – El mal
y el remedio. – La felicidad no es de este mundo. – Pérdida de
las personas amadas. Muertes prematuras. – Si fuese un hombre
de bien, habría muerto. – Los tormentos voluntarios. – La
verdadera desgracia. – La melancolía. – Pruebas voluntarias.
El verdadero cilicio. – ¿Debe ponerse término a las pruebas
del prójimo? – ¿Será lícito abreviar la vida de un enfermo
que sufre sin esperanza de curarse? – Sacrificio de la propia
vida. – Provecho de los padecimientos para el prójimo.
1. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ello serán
saciados. Bienaventurados los que padecen persecuciones por la justicia,
porque de ellos es el reino de los Cielos.” (San Mateo, 5:5, 6 y 10.)
101
Capítulo V
2. “Bienaventurados vosotros, los que sois pobres, porque vuestro es el
reino de los Cielos. Bienaventurados vosotros, los que tenéis hambre ahora,
porque seréis saciados. Felices vosotros, los que lloráis ahora, porque reiréis.
(San Lucas, 6:20 y 21.)
”Mas ¡ay de vosotros, los ricos!, porque tenéis vuestro consuelo en el
mundo. ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados!, porque tendréis hambre.
¡Ay de vosotros, los que reís ahora!, porque gemiréis y lloraréis.” (San
Lucas, 6:24 y 25.)
Justicia de las aflicciones
3. Las compensaciones que Jesús promete a los afligidos
de la Tierra sólo pueden tener lugar en la vida futura. Sin la cer-
teza del porvenir, esas máximas serían absurdas; más aún, serían
un engaño. Incluso con esa certeza, difícilmente comprende-
mos la utilidad de sufrir para ser felices. Se dice que así sucede
para conseguir más mérito. Pero en ese caso nos preguntamos:
¿por qué algunos sufren más que otros? ¿Por qué algunos nacen
en la miseria y otros en la opulencia, sin que hayan hecho nada
que justifique esa situación? ¿Por qué a algunos nada les sale
bien, mientras que a otros todo parece sonreírles? Sin embargo,
lo que se comprende menos aún es ver los bienes y los males tan
desigualmente distribuidos entre el vicio y la virtud; así como
ver que los hombres virtuosos sufren al lado de los malos que
prosperan. La fe en el porvenir puede consolar y aportar pacien-
cia, pero no explica esas anomalías que en apariencia desmien-
ten la justicia de Dios.
No obstante, siempre que se admita la existencia de Dios,
no es posible concebirlo sin la infinitud de las perfecciones. Dios
debe ser todo poder, todo justicia, todo bondad, pues sin eso no
sería Dios. Ahora bien, si Dios es soberanamente bueno y justo,
no puede obrar por capricho ni con parcialidad. Las vicisitudes
102
Bienaventurados los afligidos
de la vida tienen, pues, una causa, y puesto que Dios es justo, esa
causa debe ser justa. Esto es lo que todos debemos asimilar correc-
tamente. Dios orientó a los hombres hacia el descubrimiento de
esa causa mediante las enseñanzas de Jesús, y en la actualidad, al
juzgar que se hallan suficientemente maduros para comprenderla,
la revela por completo a través del espiritismo, es decir, mediante
la voz de los Espíritus.
Causas actuales de las aflicciones
4. Las vicisitudes de la vida son de dos clases o, si se pre-
fiere, tienen dos orígenes muy diferentes que conviene distinguir.
Las hay cuya causa está en la vida presente; otras la tienen fuera
de esta vida.
Si nos remontamos al origen de los males terrenales, se re-
conocerá que muchos de ellos son una consecuencia natural del
carácter y de la conducta de quienes los padecen.
¡Cuántos hombres caen por su propia culpa! ¡Cuántos son
víctimas de su imprevisión, de su orgullo y de su ambición!
¡Cuántos terminan en la ruina por falta de orden, de perse-
verancia, porque no tienen conducta o porque no supieron poner
un límite a sus deseos!
¡Cuántas uniones desdichadas, porque son fruto de un cál-
culo de intereses o de la vanidad, y en las cuales el corazón no ha
participado en modo alguno!
¡Cuántas disensiones y querellas funestas habrían podido
evitarse con mayor moderación y menos susceptibilidad!
¡Cuántas dolencias y enfermedades son consecuencia de la
intemperancia y de los excesos de toda clase!
¡Cuántos padres son infelices debido a sus hijos, porque
no combatieron en ellos las malas tendencias desde el principio!
Por debilidad o indiferencia dejaron que se desarrollaran en ellos
103
Capítulo V
los gérmenes del orgullo, del egoísmo y de la torpe vanidad, que
vuelven insensible al corazón. Después, más tarde, cuando reco-
gen lo que sembraron, se sorprenden y se lamentan de la falta de
respeto y la ingratitud de sus hijos.
Todos aquellos cuyo corazón ha sido lastimado por las vi-
cisitudes y los desengaños de la vida, interroguen con serenidad a
su conciencia; remóntense paso a paso hasta el origen de los males
que los afligen, y descubrirán que la mayoría de las veces pueden
afirmar: Si hubiese hecho o si hubiese dejado de hacer tal cosa, no me
encontraría en esta situación.
¿A quién, pues, debemos responsabilizar de todas esas aflic-
ciones, sino a nosotros mismos? Por consiguiente, el hombre es,
en un gran número de casos, el artífice de sus propios infortu-
nios. No obstante, en vez de reconocerlo, encuentra más sencillo
y menos humillante para su vanidad acusar de ello a la suerte,
a la Providencia, a la falta de oportunidades, a su mala estrella,
cuando en realidad su mala estrella reside en su propia incuria.
Los males de esa naturaleza aportan, con toda seguridad,
una significativa contribución a las vicisitudes de la vida. El hom-
bre habrá de evitarlas cuando trabaje para su mejoramiento moral
tanto como lo hace para su mejoramiento intelectual.
5. La ley humana contempla ciertas faltas y las penaliza. El
condenado puede, pues, reconocer que sufre la consecuencia de
lo que ha hecho. Con todo, la ley no abarca, ni puede abarcar,
todas las faltas. Reprime más especialmente a las que causan per-
juicio a la sociedad, pero no a las que sólo perjudican a quienes las
cometen. Sin embargo, Dios quiere el progreso de todas sus cria-
turas, y por eso no deja impune ninguno de los desvíos del cami-
no recto. No existe una sola falta, por mínima que sea, ni una sola
infracción a la ley de Dios, que no tenga consecuencias forzosas
e inevitables, más o menos molestas. De ahí se sigue que, tanto
en las cosas de menor significación como en las importantes, el
104
Bienaventurados los afligidos
hombre siempre es castigado por donde pecó. Los padecimientos
que resultan de su falta constituyen para él una advertencia de
que ha obrado mal. Le sirven de experiencia, le hacen sentir la
diferencia entre el bien y el mal, así como la necesidad de mejorar
con el fin de evitar, en lo sucesivo, aquello que se transformó para
él en una fuente de pesares. Si no fuera así, no tendría ningún
motivo para enmendarse. Confiado en la impunidad, retardaría
su adelanto y, por consiguiente, su felicidad futura.
Pero algunas veces la experiencia llega un poco tarde.
Cuando la vida ha sido desperdiciada y perturbada, cuando las
fuerzas se han debilitado y el mal no tiene remedio, el hombre
exclama: “Si al principio de la vida hubiese sabido lo que sé aho-
ra, ¡cuántos pasos en falso habría evitado! Si tuviera que volver a
empezar, me conduciría de muy distinto modo. ¡Pero ya no queda
tiempo!” Así como el obrero perezoso dice: “Perdí el día”, él dice
también: “He perdido mi vida”. No obstante, del mismo modo
que para el obrero el sol sale al día siguiente, y empieza una nueva
jornada que le permite recuperar el tiempo perdido, también para
el hombre, después de la noche de la tumba, resplandecerá el sol
de una nueva vida, en la que podrá aprovechar la experiencia del
pasado y las resoluciones acertadas que tomó para el porvenir.
Causas anteriores de las aflicciones
6. Pero si bien en esta vida existen males cuya causa prin-
cipal es el hombre, hay otros a los que es ajeno por completo, al
menos en apariencia, y que parecen afectarlo como por obra de
la fatalidad. Son ellos, por ejemplo, la pérdida de los seres queri-
dos y la de los que constituyen el sostén de la familia. También
son los accidentes que ninguna previsión hubiera podido evitar;
los reveses de fortuna que frustran todas las medidas de pru-
dencia; las plagas naturales, las enfermedades de nacimiento,
105
Capítulo V
particularmente aquellas que quitan a tantos desdichados los me-
dios de ganarse la vida con su trabajo: las deformidades, la idio-
tez, el cretinismo, etc.
Los que nacen en semejantes condiciones, seguramente no
han hecho nada en esta vida para merecer, sin compensación al-
guna, una suerte tan triste, que no pudieron evitar, que están en
la imposibilidad de cambiar por sí mismos y que los deja a mer-
ced de la conmiseración pública. ¿Por qué, pues, existen esos seres
tan infortunados, mientras que a su lado, bajo un mismo techo y
en la misma familia, hay otros favorecidos en todos los sentidos?
¿Qué diremos, por último, de esos niños que mueren en
edad temprana, que no conocieron de la vida más que los pade-
cimientos? Se trata de problemas que ninguna filosofía ha podido
aún resolver, anomalías que ninguna religión ha podido justificar,
y que serían la negación de la bondad, de la justicia y de la provi-
dencia de Dios, en la hipótesis de que el alma sea creada al mismo
tiempo que el cuerpo, y que su suerte esté irremediablemente fija-
da después de una permanencia de algunos instantes en la Tierra.
¿Qué han hecho esas almas, que acaban de salir de las manos del
Creador, para sufrir tantas miserias en este mundo, así como para
merecer en el porvenir una recompensa o un castigo cualquiera,
cuando no han podido hacer ni bien ni mal?
Con todo, en virtud del axioma según el cual todo efecto tie-
ne una causa, esas miserias son efectos que deben tener una causa;
y desde el momento en que admitimos la existencia de un Dios
justo, esa causa también debe ser justa. Ahora bien, como la causa
precede siempre al efecto, si aquella no está en la vida actual, debe
ser anterior a esta vida, es decir, debe pertenecer a una existencia
precedente. Por otra parte, como no es posible que Dios castigue
a alguien por el bien que ha hecho ni por el mal que no ha hecho,
si somos castigados, es porque hemos obrado mal. Si no hemos
hecho el mal en esta vida, lo hicimos en otra. Nadie puede evadir
106
Bienaventurados los afligidos
esta alternativa, en la que la lógica determina de qué lado está la
justicia de Dios.
Por consiguiente, el hombre no es castigado siempre, o
completamente castigado, en su existencia presente, pero nunca
escapa a las consecuencias de sus faltas. La prosperidad del malo
sólo es momentánea, pues si no expía hoy, expiará mañana, mien-
tras que el que sufre está expiando su pasado. La desgracia que
en un principio parece inmerecida tiene, pues, su razón de ser, y
el que sufre puede decir en todos los casos: “Perdóname, Señor,
porque he pecado”.
7. Los padecimientos que se deben a causas anteriores sue-
len ser, al igual que los derivados de las faltas actuales, la conse-
cuencia natural de las faltas cometidas. Esto significa que, por
una justicia distributiva rigurosa, el hombre sufre lo que ha hecho
sufrir a otros. Si ha sido duro e inhumano, podrá a su vez ser
tratado con dureza e inhumanidad. Si ha sido orgulloso, podrá
nacer en una condición humillante. Si ha sido avaro, egoísta, o ha
hecho mal uso de su fortuna, podrá carecer de lo necesario. Si ha
sido mal hijo, los suyos lo harán sufrir, etc.
Así se explican, mediante la pluralidad de las existencias y
el destino de la Tierra como mundo expiatorio, las anomalías que
presenta la distribución de la felicidad y de la desgracia entre los
buenos y los malos en este mundo. Esas anomalías sólo existen
en apariencia, porque se las considera solamente desde el punto
de vista de la vida presente. No obstante, aquel que se eleve con
el pensamiento, de modo de abarcar una serie de existencias, verá
que a cada uno se le ha dado la parte que merece, sin perjuicio de
la que le corresponderá en el mundo de los Espíritus, y descubrirá
que la justicia de Dios nunca cesa.
El hombre jamás debe olvidar que se halla en un mun-
do inferior, en el que sólo lo retienen sus imperfecciones. Ante
cada vicisitud debe decirse que, si perteneciera a un mundo más
107
Capítulo V
adelantado, no le sucedería eso, y que de él depende no volver
más aquí, trabajando para su mejoramiento.
8. Las tribulaciones de la vida son impuestas a los Espíritus
empedernidos, o bien a los Espíritus demasiado ignorantes, que
no pueden hacer una elección con conocimiento de causa. En
cambio, son elegidas libremente y aceptadas por los Espíritus
arrepentidos, que quieren reparar el mal que han hecho y se pro-
ponen obrar mejor. Lo mismo sucede con el que ha desempeña-
do mal su tarea y solicita empezarla de nuevo, para no perder el
beneficio de su trabajo. Por consiguiente, esas tribulaciones son,
al mismo tiempo, expiaciones que castigan el pasado, y pruebas
que preparan el porvenir. Demos gracias a Dios porque, en su
bondad, concede al hombre la facultad de la reparación y no lo
condena irremediablemente por una primera falta.
9. Con todo, no debe creerse que los padecimientos que se
soportan en la Tierra son necesariamente el indicio de una falta
determinada. A menudo son simples pruebas que el Espíritu elige
para acabar su purificación y acelerar su adelanto. Así, la expia-
ción sirve siempre de prueba, pero la prueba no siempre es una
expiación. No obstante, tanto las pruebas como las expiaciones
son siempre señales de una inferioridad relativa, porque quien es
perfecto no tiene necesidad de ser puesto a prueba. Es posible,
pues, que un Espíritu haya adquirido cierto grado de elevación y
que, si quiere adelantar aún más, solicite una misión, una tarea
que cumplir, por la que, en caso de que salga victorioso, será
tanto más recompensado cuanto más penosa haya sido la lucha.
Tales son, en especial, esas personas de instintos naturalmente
buenos, de alma elevada, de nobles sentimientos innatos, que pa-
rece que no trajeron nada malo de sus existencias precedentes,
y que sufren con resignación cristiana los más grandes dolores
y sólo piden a Dios sobrellevarlos sin quejarse. Por el contrario,
108
Bienaventurados los afligidos
podemos considerar expiaciones las aflicciones que provocan
quejas e impulsan al hombre a revelarse contra Dios.
El sufrimiento que no provoca quejas, sin duda puede ser
una expiación, pero eso indica que ha sido escogida voluntaria-
mente y no impuesta, y que constituye la prueba de una firme
resolución, lo que es un signo de progreso.
10. Los Espíritus sólo pueden aspirar a la perfecta felicidad
cuando son puros: toda mancha les impide el ingreso en los mun-
dos dichosos. Son como los pasajeros de una nave afectada por la
peste, a los que les está prohibido entrar en una ciudad hasta que
se hayan curado. Los Espíritus se despojan poco a poco de sus
imperfecciones en las diversas existencias corporales. Las pruebas
de la vida contribuyen a su adelanto cuando se sobrellevan bien.
En calidad de expiaciones, borran las faltas y purifican. Son como
el remedio que limpia las llagas y cura al enfermo. Cuanto más
grave es el mal, tanto más enérgico debe ser el remedio. Por consi-
guiente, el que sufre mucho debe reconocer que tenía mucho que
expiar, y alegrarse de que pronto estará curado. Depende de él,
por medio de su resignación, hacer que ese sufrimiento sea pro-
ductivo, y no perder el fruto con sus quejas, pues de lo contrario
tendrá que volver a empezar.
Olvido del pasado
11. En vano se alega que el olvido constituye un obstácu-
lo para que se pueda aprovechar la experiencia de las existencias
anteriores. Si Dios ha juzgado conveniente echar un velo sobre el
pasado, es porque eso resulta útil. En efecto, el recuerdo traería
inconvenientes muy graves. Podría, en ciertos casos, humillar-
nos sorprendentemente, o bien exaltar nuestro orgullo, y por lo
mismo poner trabas a nuestro libre albedrío. En todos los casos,
ocasionaría una perturbación inevitable en las relaciones sociales.
109
Capítulo V
El Espíritu renace a menudo en el mismo medio en que ha
vivido ya, y establece relaciones con las mismas personas, a fin
de reparar el mal que les ha hecho. Si reconociera en ellas a las
personas que ha odiado, tal vez su odio se despertaría otra vez. De
todos modos, se sentiría humillado por la presencia de aquellos a
los que hubiera ofendido.
Dios nos ha dado, para que mejoremos, precisamente
lo que nos es necesario y suficiente: la voz de la conciencia y
nuestras tendencias instintivas. Asimismo, nos quita lo que
podría perjudicarnos.
Al nacer, el hombre trae consigo lo que ha adquirido. Nace
siendo lo que él hizo de sí mismo. Cada existencia es para él un
nuevo punto de partida. Poco le importa saber lo que fue antes. Si
es castigado, se debe a que ha hecho el mal. Sus tendencias malas
actuales son indicio de lo que le falta corregir en él, y en eso debe
concentrar toda su atención, porque de aquello de lo que se ha
corregido completamente, no quedará rastro alguno. Las buenas
resoluciones que ha tomado son la voz de la conciencia, que le
advierte acerca de lo que está bien y de lo que está mal, y le da
fuerzas para resistir a las tentaciones.
Por lo demás, ese olvido sólo tiene lugar durante la vida
corporal. Cuando regresa a la vida espiritual, el Espíritu recobra
el recuerdo del pasado. Sólo se trata, pues, de una interrupción
momentánea, semejante a la que se produce en la vida terrenal
durante el sueño, que no nos impide recordar al día siguiente lo
que hemos hecho en la víspera y en los días precedentes.
Incluso no sólo después de la muerte el Espíritu recobra el
recuerdo de su pasado. Se puede decir que no lo pierde nunca,
pues la experiencia demuestra que, aunque esté encarnado, du-
rante el sueño del cuerpo y mientras goza de cierta libertad, el
Espíritu tiene conciencia de sus actos anteriores. Sabe por qué
sufre, y sabe que ese sufrimiento es merecido. El recuerdo sólo se
110
Bienaventurados los afligidos
borra durante la vida exterior de relación. Con todo, a falta de un
recuerdo preciso, que podría resultarle penoso y perjudicar sus
relaciones sociales, el Espíritu toma nuevas fuerzas en esos instan-
tes de emancipación del alma, en caso de que sepa aprovecharlos.
Motivos de resignación
12. Con estas palabras: Bienaventurados los afligidos, porque
serán consolados, Jesús indica, al mismo tiempo, la compensación
que aguarda a los que sufren, y la resignación que hace bendecir
al sufrimiento como preludio de la curación.
Esas palabras también pueden traducirse de este modo:
“Debéis consideraros felices de sufrir, porque vuestros dolores en
este mundo son el pago de la deuda que habéis adquirido me-
diante vuestras faltas pasadas, y esos dolores, cuando se soportan
con paciencia en la Tierra, os ahorran siglos de padecimientos
en la vida futura. Así pues, debéis sentiros felices de que Dios
reduzca vuestra deuda y os permita que la saldéis ahora, pues eso
os garantizará tranquilidad en el porvenir”.
El hombre que sufre es semejante al deudor de una canti-
dad importante, y a quien su acreedor propone: “Si hoy mismo
me pagas la centésima parte de tu deuda, te condonaré el resto y
quedarás libre. Si no lo haces, te perseguiré hasta que hayas paga-
do el último centavo”. El deudor, ¿no se sentiría feliz de soportar
toda clase de privaciones para liberarse mediante el pago de tan
sólo la centésima parte de lo que debe? En vez de quejarse de su
acreedor, ¿no le daría las gracias?
Ese es el sentido de estas palabras: “Bienaventurados los
afligidos, porque serán consolados”. Son felices porque pagan sus
deudas, y porque después de hacerlo quedarán libres. No obstan-
te, si por un lado pagan y por el otro vuelven a endeudarse, nun-
ca se liberarán. Ahora bien, cada nueva falta aumenta la deuda,
111
Capítulo V
puesto que no hay una sola, sea cual fuere, que no lleve consigo
su castigo necesario e inevitable. Si no es hoy, será mañana. Si no
es en esta vida, será en otra. Entre esas faltas es preciso colocar
en primer lugar la ausencia de sumisión a la voluntad de Dios.
Entonces, si en las aflicciones nos quejamos, si no las aceptamos
con resignación y como algo que tenemos merecido, si acusamos
a Dios de ser injusto, contraemos una deuda nueva, que nos hace
perder el beneficio que habríamos podido obtener del sufrimien-
to. Por esa razón tendremos que empezar de nuevo, como si a un
acreedor que nos presiona, le pagásemos una cantidad a cuenta, y
la tomáramos en préstamo de nuevo.
A su ingreso en el mundo de los Espíritus, los hombres aún
se encuentran como los obreros que se presentan el día de pago.
A unos dirá el patrón: “Aquí tenéis el pago de vuestros días de tra-
bajo”. A otros, a los felices de la Tierra, a los que hayan vivido en
la ociosidad y que hayan cifrado su felicidad en la satisfacción del
amor propio y en los goces mundanos, les dirá: “Nada os queda
por recibir, porque ya habéis recibido vuestro salario en la Tierra.
Id y comenzad de nuevo la tarea”.
13. El hombre puede disminuir o aumentar la amargura
de sus pruebas según el modo como encare la vida terrenal. Sufre
tanto más cuanto más prolongada considera la duración del su-
frimiento. Ahora bien, el que se coloca desde el punto de vista de
la vida espiritual, abarca con una sola mirada la vida corporal. La
ve como un punto en el infinito, comprende su brevedad y reco-
noce que ese momento penoso pasa muy pronto. La certeza de un
porvenir próximo, que será más feliz, lo sostiene y lo anima, y en
lugar de quejarse da gracias al Cielo por los dolores que lo hacen
adelantar. En cambio, para aquel que sólo toma en cuenta la vida
corporal, esta le parece interminable, y el dolor pesa sobre él con
toda su fuerza. El modo espiritual de considerar la vida corporal
disminuye la importancia de las cosas de este mundo, incita al
112
Bienaventurados los afligidos
hombre a moderar sus deseos y a conformarse con su posición sin
envidiar la de los otros, al mismo tiempo que atenúa la impresión
moral de los reveses y los desengaños que experimenta. Con ello
se obtiene la calma y la resignación, tan útiles para la salud del
cuerpo como para la del alma, mientras que con la envidia, los
celos y la ambición, el hombre se entrega voluntariamente al tor-
mento y, de ese modo, incrementa las miserias y las angustias de
su corta existencia.
El suicidio y la locura
14. La calma y la resignación que se logran mediante el
modo espiritual de considerar la vida terrestre, así como la fe en
el porvenir, otorgan al Espíritu una serenidad que es la mejor
prevención contra la locura y el suicidio. En efecto, es cierto que
la mayor parte de los casos de locura se deben a la conmoción
producida por las vicisitudes que el hombre no tiene coraje para
soportar. Por consiguiente, si por la manera como el espiritismo
le hace considerar las cosas de este mundo, el hombre toma con
indiferencia, y aun con alegría, los reveses y los desengaños que
en otras circunstancias lo habrían llevado a la desesperación, es
evidente que esa fuerza, que lo coloca por encima de los aconteci-
mientos, preserva su razón de las conmociones que, a no ser por
dicha fuerza, lo habrían perturbado.
15. Lo mismo ocurre con el suicidio. Si exceptuamos los
suicidios que tienen lugar en estado de embriaguez o de locura, a
los que se puede denominar inconscientes, es evidente que, cua-
lesquiera que sean los motivos particulares alegados, la causa del
suicidio siempre es el descontento. Ahora bien, aquel que está
convencido de que sólo es desdichado por un día y que los días si-
guientes serán mejores, fácilmente se armará de paciencia. Sólo se
desespera en caso de que no vea el término de sus padecimientos.
113
Capítulo V
Pero ¿qué es la vida humana con respecto a la eternidad, sino
mucho menos que un día? Con todo, el que no cree en la eter-
nidad, el que considera que todo en él concluye con la vida y
que, además, es agobiado por la tristeza y el infortunio, sólo en
la muerte ve la solución para sus desventuras. Como no espera
nada, encuentra muy natural, e incluso muy lógico, abreviar sus
miserias mediante el suicidio.
16. La incredulidad, la simple duda acerca del porvenir, en
una palabra, las ideas materialistas, son las más grandes instiga-
doras del suicidio, pues engendran la cobardía moral. Cuando ve-
mos a algunos hombres de ciencia, que apoyados en la autoridad
de su saber se esfuerzan en demostrar, a quienes los escuchan o
leen, que el hombre nada tiene que esperar después de la muerte,
¿no están tratando de convencerlos de que, si son desdichados, lo
mejor que pueden hacer es matarse? ¿Qué podrían decirles para
desviarlos de esa consecuencia? ¿Qué compensación pueden ofre-
cerles? ¿Qué esperanza pueden darles? Ninguna, sino la nada. De
ahí es preciso concluir que si la nada es el único remedio heroico,
la única perspectiva, más vale caer en ella cuanto antes y no más
tarde, y de ese modo sufrir durante menos tiempo.
La propagación de las ideas materialistas es, por consiguien-
te, el veneno que inocula la idea del suicidio en una gran cantidad
de personas, y aquellos que se convierten en sus apóstoles asumen
una tremenda responsabilidad. Dado que con el espiritismo no
queda lugar para la duda, el concepto acerca de la vida cambia.
El creyente sabe que la vida se prolonga indefinidamente más
allá de la tumba, pero en muy diferentes condiciones. De ahí la
paciencia y la resignación, que lo desvían naturalmente de la idea
del suicidio. De ahí, en una palabra, el valor moral.
17. El espiritismo produce además, en ese aspecto, otro re-
sultado también positivo, y tal vez más concluyente. Nos presenta
a los propios suicidas, que acuden a explicarnos la desdichada
114
Bienaventurados los afligidos
situación en que se encuentran, lo cual demuestra que nadie viola
impunemente la ley de Dios, que prohíbe al hombre abreviar su
vida. Entre los suicidas encontramos aquellos cuyos padecimien-
tos, aunque sean transitorios y no eternos, no dejan de ser menos
terribles. La naturaleza de esos padecimientos invita a reflexionar
a todo aquel que esté tentado de partir de aquí antes de que Dios
lo disponga. El espírita tiene, pues, varios motivos para contra-
poner a la idea del suicidio: la certeza de una vida futura, en la
cual sabe que será tanto más feliz cuanto más desdichado y más
resignado haya sido en la Tierra; la certeza de que, si abrevia su
vida, obtendrá un resultado enteramente opuesto al que espera-
ba; que se libera de un mal para caer en otro peor aún, más pro-
longado y más terrible; que se equivoca si cree que al matarse irá
más pronto al Cielo; que el suicidio es un obstáculo para reunirse
en el otro mundo con los seres que son objeto de su afecto y que
esperaba encontrar allí. La consecuencia de todo eso es que el
suicidio sólo le reserva decepciones, razón por la cual es contrario
a sus propios intereses. Por eso el número de suicidios que ha
evitado el espiritismo es considerable, y de ello podemos inferir
que cuando todos los hombres sean espíritas ya no habrá suici-
dios conscientes. Por lo tanto, si comparamos los resultados de la
doctrina materialista con los de la doctrina espírita, sólo desde el
punto de vista del suicidio, verificamos que la lógica de aquella
conduce a él, mientras que la lógica de esta lo impide. Eso es lo
que la experiencia confirma.
Instrucciones de los Espíritus
Sufrir bien y sufrir mal
18. Cuando Cristo dijo: “Bienaventurados los afligidos,
porque de ellos es el reino de los Cielos”, no se refería de modo
115
Capítulo V
general a los que sufren, pues todos los que están en la Tierra
sufren, tanto quienes ocupan un trono como los que duermen
sobre la paja. No obstante, desgraciadamente, pocos son los que
sufren bien. Pocos comprenden que sólo las pruebas que se so-
portan bien son las que conducen al reino de Dios. El desaliento
es una falta. Dios se rehúsa a brindaros consuelo cuando os falta
valor. La oración es un sostén para el alma, pero no basta: es
preciso que se apoye en una fe viva en la bondad de Dios. Se os
ha dicho a menudo que Él no deposita una pesada carga sobre
espaldas débiles. La carga es proporcional a las fuerzas, así como
la recompensa será proporcional a la resignación y al valor. La
recompensa tendrá tanto más valor cuanto más penosa haya sido
la aflicción. Pero esa recompensa debe ser merecida, por eso en la
vida abundan las tribulaciones.
El militar que no es enviado a las líneas de fuego no está
satisfecho, porque el descanso en el campamento no es propicio
para su ascenso. Sed, pues, como el militar, y no anheléis un des-
canso con el que se entorpecería vuestro cuerpo y se embotaría
vuestra alma. Cuando Dios os envíe a la lucha, poneos alegres.
Esa lucha no consiste en el fuego de la batalla, sino en las amar-
guras de la vida, en las que a veces se necesita más valor que en
un combate sangriento, pues quien se mantiene firme ante el ene-
migo puede flaquear bajo el peso de una pena moral. El hombre
no recibe recompensa alguna para esa clase de valor, pero Dios le
reserva la palma de la victoria y un lugar glorioso. Cuando tengáis
un motivo para el sufrimiento o la contrariedad, intentad supe-
rarlo, y cuando lleguéis a dominar los impulsos de la impaciencia,
de la cólera o la desesperación, decíos a vosotros mismos, con
justa satisfacción: “He sido más fuerte”.
Bienaventurados los afligidos puede, por consiguiente, tra-
ducirse de este modo: “Bienaventurados los que tienen ocasión de
poner a prueba su fe, su firmeza, su perseverancia y su sumisión
116
Bienaventurados los afligidos
a la voluntad de Dios, porque obtendrán centuplicada la alegría
que les falta en la Tierra, y a continuación del trabajo vendrá el
descanso”. (Lacordaire. El Havre, 1863.)
El mal y el remedio
19. ¿Acaso vuestra Tierra es un lugar de alegrías, un paraíso
de delicias? ¿No resuena aún en vuestros oídos la voz del profeta?
¿No proclamó que habría lágrimas y crujido de dientes para los
que nacieran en este valle de dolores? ¡Vosotros, que venís a vivir
en él, esperad, por lo tanto, lágrimas ardientes y penas amargas, y
por más agudos y profundos que sean vuestros dolores, levantad
los ojos hacia el Cielo y bendecid al Señor porque ha querido
probaros!… ¡Oh, hombres! ¿Acaso sólo reconoceréis el poder de
vuestro Señor cuando Él haya curado las llagas de vuestro cuerpo
y coronado vuestros días de beatitud y de gozo? ¿Acaso sólo reco-
noceréis su amor cuando haya adornado vuestro cuerpo con todas
las glorias y le haya devuelto su resplandor y su blancura? Imitad a
aquel que se os dio como ejemplo. Cuando llegó al grado extremo
de la abyección y de la miseria, tendido en un estercolero8, dijo
a Dios: “¡Señor, he conocido todos los goces de la opulencia, y
me habéis reducido a la miseria más profunda; gracias, gracias,
Dios mío, porque has querido poner a prueba a vuestro servidor!”
¿Hasta cuándo vuestras miradas se detendrán en los horizontes
delineados por la muerte? ¿Cuándo querrá vuestra alma lanzarse
por fin más allá de los límites de una tumba? Con todo, aunque
tuvierais que llorar y sufrir toda una vida, ¿qué representaría eso
al lado de la gloria eterna que se reserva al que haya soportado
la prueba con fe, amor y resignación? Buscad, pues, el consuelo
para vuestros males en el porvenir que Dios os prepara, y buscad
la causa de esos males en vuestro pasado. Y vosotros, los que más
sufrís, consideraos los bienaventurados de la Tierra.
8
Véase Job, 1:8. (N. del T.)
117
Capítulo V
En el estado de desencarnación, cuando hacíais planes en
el espacio, elegisteis vuestras pruebas porque os considerasteis su-
ficientemente fuertes para soportarlas. ¿Por qué os quejáis ahora?
Vosotros, que habéis pedido la fortuna y la gloria, lo hicisteis para
sostener la lucha contra la tentación y derrotarla. Vosotros, que
habéis pedido luchar con el cuerpo y el alma contra el mal mo-
ral y físico, sabíais que cuanto más difícil fuese la prueba, tanto
más gloriosa sería la victoria, y que si triunfabais, aunque vuestro
cuerpo fuese arrojado a un estercolero, a su muerte dejaría esca-
par de él un alma resplandeciente de blancura, purificada por el
bautismo de la expiación y el sufrimiento.
Así pues, ¿qué remedio hemos de prescribir a los aqueja-
dos por crueles obsesiones y males lacerantes? Sólo uno es infali-
ble: la fe, la mirada puesta en el Cielo. Cuando en el apogeo de
vuestros más crueles padecimientos cantéis alabanzas al Señor, el
ángel que se halla a vuestra cabecera os indicará con su mano la
señal de la salvación y el lugar que habréis de ocupar un día... La
fe es el remedio apropiado para el sufrimiento. Enseña siempre
los horizontes del infinito, ante los cuales se diluyen esos escasos
días sombríos del presente. Ya no nos preguntéis, pues, cuál es el
remedio necesario para curar tal úlcera o tal llaga, tal tentación o
tal prueba. Tened en cuenta que el que cree se fortalece con el re-
medio de la fe, y que el que duda un instante de su eficacia recibe
de inmediato su castigo, porque a continuación experimenta las
punzantes angustias de la aflicción.
El Señor ha marcado con su sello a todos los que creen en
Él. Cristo os dijo que con la fe se trasportan las montañas, y por
mi parte os digo que aquel que sufre y tiene la fe como resguardo,
será puesto bajo su égida y ya no sufrirá. Los momentos de más
intensos dolores serán para él las primeras notas de la dicha eter-
na. Su alma se desprenderá de tal modo del cuerpo que, mien-
tras este se retuerza entre convulsiones, aquella planeará sobre las
118
Bienaventurados los afligidos
regiones celestiales, entonando con los ángeles himnos de recono-
cimiento y de gloria al Señor.
¡Felices los que sufren y lloran! Que haya alegría en sus
almas, porque Dios las colmará de bendiciones. (San Agustín.
París, 1863.)
La felicidad no es de este mundo
20. ¡Yo no soy feliz! ¡La felicidad no se ha hecho para mí!
Eso exclama por lo general el hombre, cualquiera que sea su po-
sición social. Eso, queridos hijos, prueba mejor que todos los ra-
zonamientos posibles, la verdad de esta máxima del Eclesiastés:
“La felicidad no es de este mundo”. En efecto, ni la fortuna, ni el
poder, ni siquiera la juventud en flor, son condiciones esenciales
de la dicha. Os digo más: tampoco lo es la reunión de esas tres
condiciones tan deseadas, puesto que sin cesar se escucha, en el
seno de las clases más privilegiadas, a personas de todas las edades
que se quejan amargamente de la situación en que se encuentran.
Ante ese resultado, es inconcebible que las clases trabaja-
doras y militantes deseen con tanta avidez la posición de aquellos
que aparentemente han sido favorecidos por la fortuna. En este
mundo, por más que se esfuerce, cada uno tiene su porción de
trabajo y de miseria, su cuota de padecimientos y de desengaños,
por lo que es fácil llegar a la conclusión de que la Tierra es un
lugar de pruebas y de expiaciones.
Así pues, los que predican que la Tierra es la única morada
del hombre, y que sólo en ella y en una única existencia se le
permite alcanzar el más alto grado de la felicidad inherente a su
naturaleza, se equivocan y engañan a los que los escuchan, puesto
que está demostrado, por una experiencia multisecular, que este
planeta sólo excepcionalmente presenta las condiciones requeri-
das para la absoluta felicidad del individuo.
119
Capítulo V
Como tesis general, se puede afirmar que la felicidad es una
utopía, a cuya conquista las generaciones se lanzan sucesivamen-
te, sin que nunca puedan alcanzarla. Porque si bien el hombre
sabio es una rareza en este mundo, el hombre absolutamente feliz
no se ha encontrado jamás.
Lo que constituye la felicidad en la Tierra es algo tan efí-
mero para aquel que no se deja guiar por la sabiduría, que por
un año, un mes, una semana de plena satisfacción, el resto de su
vida transcurre en una serie de amarguras y desengaños. Y notad,
queridos hijos, que me refiero a los felices de la Tierra, aquellos a
quienes la multitud envidia.
Por consiguiente, si la morada terrestre se halla destinada
a ser un lugar de pruebas y de expiaciones, es preciso admitir
que en otra parte existen moradas más favorecidas, en las que
el Espíritu del hombre, aunque sigue aprisionado en un cuerpo
material, disfruta en su plenitud de los goces inherentes a la vida
humana. Por eso Dios ha sembrado, en vuestro torbellino, esos
hermosos planetas superiores, hacia los cuales vuestros esfuerzos y
vuestras tendencias os impulsarán un día, cuando estéis suficien-
temente purificados y perfeccionados.
Con todo, no deduzcáis de mis palabras que la Tierra esté
condenada a perpetuidad para ser una prisión. ¡Por cierto que no!
Porque de los progresos realizados podéis deducir fácilmente los
progresos futuros; y de las mejoras sociales conquistadas, nuevas
y más fecundas mejoras. Esa es la inmensa tarea que debe cumplir
la nueva doctrina que los Espíritus os han revelado.
Así pues, queridos hijos, que una sublime emulación os
anime, y que cada uno de vosotros se despoje con energía del
hombre viejo. Consagraos todos a la propagación del espiritismo,
que ya ha dado comienzo a vuestra propia regeneración. Tenéis el
deber de hacer que vuestros hermanos participen de los rayos de
esa luz sagrada. ¡Manos a la obra, entonces, mis queridos hijos!
120
Bienaventurados los afligidos
Que en esta reunión solemne vuestros corazones aspiren al objeti-
vo grandioso de preparar para las generaciones futuras un mundo
donde la felicidad ya no sea una palabra vana. (François-Nicolas-
Madeleine, Cardenal Morlot. (París, 1863.)
Pérdida de las personas amadas. Muertes prematuras
21. Cuando la muerte acude a segar en vuestras familias,
y se lleva sin contemplación a los jóvenes antes que a los viejos,
soléis decir: “Dios no es justo, porque sacrifica al que es fuerte y
tiene un gran futuro, para conservar a los que ya han vivido mu-
chos años llenos de decepciones; porque arrebata a los que son
útiles y deja a los que no sirven para nada más, y porque destroza
el corazón de una madre, al privarla de la inocente criatura que
era toda su alegría”.
Humanos: en ese aspecto necesitáis elevaros por encima de
las pequeñeces de la vida terrenal, a fin de que comprendáis que
el bien está muchas veces allí donde vosotros creéis ver el mal, y
que la sabia previsión está allí donde creéis ver la ciega fatalidad
del destino. ¿Por qué medís la justicia divina con la medida de
la vuestra? ¿Acaso podéis suponer que el Señor de los mundos
quiera, por un simple capricho, imponeros penas crueles? Nada
se hace sin un objetivo inteligente, y sea lo que fuere que suce-
da, todo tiene su razón de ser. Si indagarais mejor acerca de los
dolores que os atormentan, en ellos encontraríais siempre la ra-
zón divina, la razón regeneradora, y vuestros miserables intereses
merecerían una consideración de tal modo secundaria, que los
relegaríais al último plano.
Creedme, es preferible la muerte de una encarnación de
veinte años a esos desarreglos vergonzosos que causan la desola-
ción de familias respetables, que hieren el corazón de una madre
y hacen encanecer antes de tiempo el cabello de los padres. La
muerte prematura es, por lo general, un gran beneficio que Dios
121
Capítulo V
concede al que se va, que de ese modo queda preservado de las
miserias de la vida, o de las seducciones que hubieran podido
arrastrarlo a la perdición. Aquel que muere en la flor de la edad
no es víctima de la fatalidad; su muerte se debe a que Dios juzga
que no le conviene permanecer más tiempo en la Tierra.
¡Es una terrible desgracia –decís vosotros– que una vida tan
llena de esperanza haya sido truncada tan pronto! ¿De qué espe-
ranza habláis? ¿De la de la Tierra, donde el que se fue habría po-
dido brillar, abrirse camino y hacer fortuna? ¡Siempre esa mirada
estrecha, que no puede elevarse por encima de la materia! ¿Sabéis
cuál habría sido la suerte de esa vida, tan llena de esperanza según
vuestra opinión? ¿Quién os dice que no estaría saturada de amar-
gura? ¿Acaso no tomáis en cuenta la esperanza de la vida futura,
a tal punto que preferís la de la vida efímera que arrastráis en la
Tierra? ¿Acaso suponéis que vale más ocupar una posición eleva-
da entre los hombres, que entre los Espíritus bienaventurados?
Regocijaos, en vez de quejaros, cuando sea grato a Dios
retirar a uno de sus hijos de este valle de miserias. ¿No sería egoís-
mo desear que él se quede para sufrir junto con vosotros? ¡Ah!
Ese dolor se concibe en el que no tiene fe, que ve en la muerte
una separación eterna. Pero vosotros, espíritas, sabéis que el alma
vive mejor cuando se ha desembarazado de su envoltura corporal.
Madres, sabed que vuestros amados hijos están cerca de vosotras.
Así es, están muy cerca. Sus cuerpos fluídicos os envuelven, sus
pensamientos os protegen, y el recuerdo que de ellos conserváis
los embriaga de alegría. No obstante, vuestros dolores infundados
también los afligen, porque denotan falta de fe y constituyen una
rebelión contra la voluntad de Dios.
Vosotros, que comprendéis la vida espiritual, escuchad los
latidos de vuestro corazón, que llama a esos seres queridos, y si
rogáis a Dios que lo bendiga, sentiréis tan intenso consuelo que
se secarán vuestras lágrimas; sentiréis aspiraciones tan grandiosas
122
Bienaventurados los afligidos
que os mostrarán el porvenir prometido por el soberano Señor.
(Sanson, ex miembro de la Sociedad Espírita de París, 1863.)
Si fuera un hombre de bien, habría muerto
22. Con frecuencia decís, cuando habláis de un hombre
malo que escapó de un peligro: Si fuera un hombre de bien, habría
muerto. ¡Pues bien! Al decir eso, estáis en lo cierto. En efecto,
muchas veces sucede que Dios concede a un Espíritu, joven aún
en el camino del progreso, una prueba más prolongada que la
que asigna a uno bueno, que recibirá, como una recompensa a
su mérito, la gracia de que su prueba sea tan corta como resulte
posible. Con todo, cuando os servís de ese axioma, no os quepa
duda de que estáis blasfemando.
Cuando muere un hombre de bien, que tiene por vecino a
un malvado, os apresuráis a decir: Habría sido mejor que le tocara
a ese otro. Os engañáis sobremanera, porque el que se va concluyó
su tarea, y el que se queda tal vez no ha comenzado la suya. ¿Por
qué, pues, pretendéis que el malo no disponga de tiempo para
llevarla a cabo, y que el bueno quede sujeto a la gleba terrenal?
¿Qué diríais de un prisionero que a pesar de haber concluido su
condena queda retenido en la cárcel, mientras que se devuelve
la libertad a uno que no tiene ese derecho? Sabed, pues, que la
verdadera libertad consiste en el desprendimiento de los lazos que
mantienen al Espíritu unido al cuerpo, y que durante el tiempo
en que estéis en la Tierra habréis de permanecer en cautiverio.
Habituaos a no censurar lo que no podéis comprender, y
creed que Dios es justo en todas las cosas. Muchas veces, lo que os
parece un mal es un bien. Esto se debe a que vuestras facultades
son tan limitadas que el conjunto del gran todo escapa a vuestros
sentidos obtusos. Esforzaos por salir, mediante el pensamiento,
de vuestra estrecha esfera, y a medida que os elevéis, la impor-
tancia de la vida material disminuirá ante vosotros. Entonces esa
123
Capítulo V
vida no os resultará más que un simple incidente en el trayecto
infinito de vuestra existencia espiritual, la única verdadera exis-
tencia. (Fenelón. Sens, 1861.)
Los tormentos voluntarios
23. El hombre vive incesantemente en busca de la felici-
dad, que se le escapa a cada instante, porque la felicidad perfecta
no existe en la Tierra. Sin embargo, a pesar de las vicisitudes que
forman el cortejo inevitable de la vida terrenal, podría gozar, por
lo menos, de una felicidad relativa, si no fuera porque la busca en
las cosas perecederas y sujetas a esas mismas vicisitudes, es decir,
en los goces materiales, en vez de buscarla en las satisfacciones
del alma, que son un goce anticipado de las alegrías celestiales,
imperecederas. En vez de buscar la paz del corazón, única felici-
dad real en este mundo, está ávido de todo lo que puede excitarlo
y perturbarlo. Además, ¡cosa curiosa! el hombre pareciera crear
para sí mismo, deliberadamente, tormentos que sólo de él depen-
de evitar.
¿Habrá mayores tormentos que los causados por la envidia
y los celos? Para el envidioso, al igual que para el que sufre de
celos, no existe el sosiego: ambos padecen un perpetuo estado
febril. Lo que ellos no tienen, y que otros poseen, les produce
insomnio. La prosperidad de sus rivales les causa vértigo. Sólo los
estimula el deseo de eclipsar a sus vecinos. Todo su placer consiste
en excitar, en los insensatos como ellos, la rabia y los celos que
los devoran. ¡Pobres insensatos! No piensan, en efecto, que tal vez
mañana tendrán que dejar todas esas futilidades, cuya codicia les
envenena la vida. Por cierto, a ellos no se aplica esta sentencia:
“Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados”, pues
sus preocupaciones no son de aquellas que reciben su compensa-
ción en el Cielo.
124
Bienaventurados los afligidos
Por el contrario, ¡cuántos tormentos se ahorra el que
sabe contentarse con lo que tiene, que mira sin envidia lo que
no tiene, que no pretende parecer más de lo que es! Siempre es
rico, porque si mira hacia abajo, en vez de mirar hacia arriba,
siempre verá personas que tienen menos que él. Vive tranqui-
lo, porque no se crea necesidades quiméricas. Así, la calma en
medio de las tempestades de la vida, ¿no es acaso la felicidad?
(Fenelón. Lyon, 1860.)
La verdadera desgracia
24. Todos hablan acerca de la desgracia, todo el mundo la
ha experimentado y cree conocer su carácter múltiple. Por mi par-
te, vengo a deciros que casi todos se equivocan, y que la verdadera
desgracia de ninguna manera es lo que los hombres, es decir, los
desdichados, suponen. Ellos la ven en la miseria, en el fogón sin
combustible, en el acreedor que amenaza, en la cuna sin el ángel
que antes sonreía, en las lágrimas, en el féretro que se acompaña
con sentimiento reverente y el corazón destrozado, en la angustia
por la traición, en la rebeldía del orgullo, que aspiraba a vestirse
con púrpura y apenas oculta su desnudez bajo los harapos de la
vanidad. A todo eso, y a muchas otras cosas, se aplica el nombre
de desgracia en el lenguaje humano. En efecto, se trata de la des-
gracia para los que sólo ven el presente. Con todo, la verdadera
desgracia reside en las consecuencias de un hecho, más que en el
hecho en sí mismo. Decidme si el acontecimiento más feliz por
el momento, pero que acarrea consecuencias funestas, no es, en
realidad, más desgraciado que aquel que al principio causa una
viva contrariedad y acaba por producir un bien. Decidme si el
huracán que arranca vuestros árboles, pero que purifica el aire al
disipar los miasmas insalubres que hubiesen causado la muerte,
no es más bien una felicidad que una desdicha.
125
Capítulo V
Por consiguiente, para juzgar una cosa es necesario tomar
en cuenta sus consecuencias. De ese modo, para apreciar lo que
es verdaderamente feliz o desgraciado para el hombre, debemos
transportarnos hacia más allá de esta vida, porque allí se hacen
sentir las consecuencias. Ahora bien, todo lo que recibe el nom-
bre de desgracia según la corta visión humana, cesa con la vida
corporal y encuentra su compensación en la vida futura.
Voy a revelaros la desgracia con un nuevo aspecto, con el
aspecto agradable y florido que acogéis y deseáis con todas las
fuerzas de vuestras almas equivocadas. La desgracia es la alegría,
el placer, el ruido, la vana agitación, la loca satisfacción de la vani-
dad, que acallan la conciencia, oprimen la acción del pensamien-
to y aturden al hombre en relación con su porvenir. La desgracia
es el opio del olvido, al que buscáis con el más ferviente deseo.
¡Aguardad, vosotros los que lloráis! ¡Temblad, vosotros los
que reís, porque vuestro cuerpo está satisfecho! No se engaña
a Dios. No se elude el destino. Y las pruebas, acreedoras más
despiadadas que la jauría desencadenada por la miseria, acechan
vuestro descanso ilusorio para sumergiros sorpresivamente en la
agonía de la verdadera desgracia, aquella que sorprende al alma
debilitada por la indiferencia y el egoísmo.
Así pues, ¡que el espiritismo os esclarezca y vuelva a ubicar
bajo su auténtica luz a la verdad y el error, tan extrañamente des-
figurados por vuestra ceguera! Entonces procederéis como bravos
soldados que, lejos de huir del peligro, prefieren las luchas de los
combates arriesgados antes que la paz que no puede darles ni glo-
ria ni ascensos. ¡Qué le importa al soldado perder en la reyerta sus
armas, sus bagajes y su uniforme, con tal de que salga vencedor y
con gloria! ¡Qué le importa, al que tiene fe en el porvenir, dejar
en el campo de batalla de la vida su fortuna y su envoltura car-
nal, con tal de que su alma ingrese radiante en el reino celestial!
(Delphine de Girardin. París, 1861.)
126
Bienaventurados los afligidos
La melancolía
25. ¿Sabéis por qué una vaga tristeza se apodera a veces de
vuestros corazones y os hace encontrar la vida tan amarga? Es
vuestro Espíritu que aspira a la felicidad y a la libertad y que, li-
gado al cuerpo que le sirve de prisión, se agota en vanos esfuerzos
para salir de él. No obstante, al reconocer que esos esfuerzos son
inútiles, cae en el desaliento, y como el cuerpo sufre su influencia,
se apoderan de vosotros la languidez, el abatimiento y una especie
de apatía, que hacen que os consideréis desdichados.
Creedme, resistid con energía esas impresiones que debi-
litan vuestra voluntad. Esas aspiraciones a una vida mejor son
innatas en el alma de todos los hombres, pero no las busquéis en
la Tierra. Ahora, que Dios os envía a sus Espíritus para instruiros
en la felicidad que Él os reserva, esperad con paciencia al ángel de
la liberación que habrá de ayudaros a desatar los lazos que man-
tienen cautivo a vuestro Espíritu. Recordad que, durante vuestra
prueba en la Tierra, debéis cumplir una misión que no sospecháis,
ya sea consagrándoos a vuestra familia, ya atendiendo las diversas
obligaciones que Dios os ha confiado. Y en caso de que, en el cur-
so de esa prueba, al dar cumplimiento a vuestra tarea, veáis caer
sobre vosotros los sobresaltos, las inquietudes y los pesares, sed
fuertes y valerosos para soportarlos. Afrontadlos con resolución.
Duran poco tiempo, y habrán de conduciros junto a los amigos a
quienes lloráis, que se alegrarán de vuestra llegada y os tenderán
los brazos para conduciros a un lugar donde no tienen acceso las
aflicciones de la Tierra. (François de Genève. Burdeos.)
Pruebas voluntarias. El verdadero cilicio
26. Preguntáis si se permite al hombre aliviar sus propias
pruebas. Esa pregunta conduce a esta otra: Al que se ahoga, ¿se
le permite tratar de salvarse? Al que se clava una espina, ¿quitár-
sela? Al que está enfermo, ¿llamar al médico? Las pruebas tienen
127
Capítulo V
por objeto ejercitar la inteligencia, al igual que la paciencia y la
resignación. Un hombre puede nacer en una situación penosa y
complicada, precisamente para obligarlo a que busque los medios
de vencer las dificultades. El mérito consiste en soportar, sin que
se queje, las consecuencias de los males que no es posible evitar,
en perseverar en la lucha, en no desesperarse si no triunfa, pero
nunca consiste en la omisión, que más sería pereza que virtud.
Esa pregunta da lugar, naturalmente, a esta otra. Puesto
que Jesús dijo: “bienaventurados los afligidos”, ¿habrá algún mé-
rito en que vayamos en busca de las aflicciones, agravando nues-
tras pruebas mediante padecimientos voluntarios? A eso contes-
taré con mucha claridad: Así es, existe un gran mérito cuando
los padecimientos y las privaciones tienen por objeto el bien del
prójimo, porque se trata de la caridad a través del sacrificio. Por
el contrario, el mérito no existe cuando el objeto de esos padeci-
mientos y esas privaciones es tan sólo el bien propio, porque se
trata del egoísmo a través del fanatismo.
Aquí debe hacerse una distinción precisa. En lo que os ata-
ñe personalmente, contentaos con las pruebas que Dios os envía
y no aumentéis su carga, ya de por sí muy pesada algunas veces.
Aceptadlas sin quejas y con fe; es todo lo que Él os pide. No de-
bilitéis vuestro cuerpo con privaciones inútiles y maceraciones sin
sentido, porque tenéis necesidad de todas vuestras fuerzas para
cumplir en la Tierra la misión de trabajo que se os ha encomen-
dado. Torturar y martirizar voluntariamente vuestro cuerpo equi-
vale a transgredir la ley de Dios, que os provee de los medios para
sustentarlo y fortalecerlo. Debilitarlo sin necesidad es un verda-
dero suicidio. Utilizad, pero no abuséis: tal es la ley. El abuso
de las cosas buenas lleva consigo el castigo, en las consecuencias
inevitables que acarrea.
Muy diferente es la situación cuando el hombre se impo-
ne padecimientos para alivio del prójimo. Si sufrís frío y hambre
128
Bienaventurados los afligidos
para abrigar y alimentar al que tiene necesidad, y vuestro cuerpo
padece por ello, hacéis un sacrificio que Dios bendice. Vosotros,
los que dejáis vuestros perfumados aposentos para ir a los desva-
nes infectos a llevar consuelo; vosotros, los que ensuciáis vues-
tras delicadas manos curando llagas; vosotros, los que os priváis
del sueño para velar a la cabecera de un enfermo que no es más
que vuestro hermano en Dios; vosotros, en fin, los que consu-
mís vuestra salud en la práctica de las buenas obras, ya tenéis allí
vuestro cilicio, un verdadero y bendito cilicio, porque los goces
del mundo no han secado vuestro corazón, ni os habéis dormi-
do en el seno de las voluptuosidades enervantes de la fortuna,
sino que os habéis convertido en los ángeles consoladores de los
pobres desheredados.
Vosotros, en cambio, los que os retiráis del mundo para
evitar sus seducciones y vivir en el aislamiento, ¿para qué servís
en la Tierra? ¿Dónde está vuestro valor ante las pruebas, puesto
que huís de la lucha y desertáis del combate? Si queréis un cili-
cio, aplicadlo a vuestras almas y no a vuestros cuerpos, mortifi-
cad vuestro Espíritu y no vuestra carne, fustigad vuestro orgullo,
recibid las humillaciones sin quejaros, martirizad vuestro amor
propio, fortaleceos contra el dolor que provocan la injuria y la
calumnia, más punzante que el dolor físico. Ese es el verdadero
cilicio, cuyas heridas os serán tomadas en cuenta, porque atesti-
guarán vuestro valor y vuestra sumisión a la voluntad de Dios.
(Un Ángel de la guarda. París, 1863.)
¿Debe ponerse término a las pruebas del prójimo?
27. ¿Debe ponerse término a las pruebas del prójimo cuando
eso sea posible, o por respeto a los designios de Dios hay que dejar que
sigan su curso?
Os hemos dicho y repetido muchas veces que estáis en esta
Tierra de expiación para poner fin a vuestras pruebas, y que todo
129
Capítulo V
lo que os sucede es la consecuencia de vuestras existencias ante-
riores, constituye el interés de la deuda que debéis pagar. No obs-
tante, esa idea provoca en ciertas personas reflexiones que deben
ser combatidas, porque podrían acarrear funestas consecuencias.
Algunos piensan que, desde el momento en que estamos en
la Tierra para expiar, es necesario que las pruebas sigan su curso.
Los hay también que llegan a creer que no solamente no debe
hacerse nada para atenuarlas, sino que, por el contrario, se debe
contribuir a que sean más provechosas, haciéndolas más pesadas
aún. Es un gran error. En efecto, vuestras pruebas deben seguir
el curso que Dios les ha trazado, pero ¿conocéis acaso ese curso?
¿Sabéis hasta qué punto deben llegar, y si vuestro Padre miseri-
cordioso no habrá dicho al sufrimiento de tal o cual de vuestros
hermanos: “De aquí no pasarás”? ¿Sabéis si su providencia no os
ha elegido, no como un instrumento de suplicio para agravar los
padecimientos del culpable, sino como el bálsamo de consuelo
que debe cicatrizar las llagas que su justicia abrirá? Por consi-
guiente, cuando veáis que alguno de vuestros hermanos sufre,
no digáis: “Es la justicia de Dios, y es preciso que siga su cur-
so”. Decid, por el contrario: “Veamos qué medios nuestro Padre
misericordioso ha puesto a mi alcance para aliviar el dolor de
mi hermano. Veamos si mi consuelo moral, mi apoyo material y
mis consejos pueden ayudarlo a sobrellevar esta prueba con más
fortaleza, paciencia y resignación. Veamos, incluso, si Dios ha
puesto en mis manos los medios para hacer cesar ese dolor; si me
permite, también como prueba o quizás como expiación, poner
fin al mal y reemplazarlo por la paz”.
Así pues, ayudaos siempre, mutuamente, en vuestras prue-
bas, y nunca os consideréis instrumentos de tortura. Esa idea
debería sublevar al hombre de corazón, en especial al espírita,
porque el espírita, mejor que cualquier otro, debe comprender
la extensión infinita de la bondad de Dios. El espírita tiene la
130
Bienaventurados los afligidos
obligación de pensar que su vida entera debe ser un acto de amor
y de abnegación, y que sea lo que fuere que haga para oponerse a
las decisiones del Señor, la justicia de Él seguirá su curso. Puede,
pues, sin temor, emplear todos los esfuerzos para atenuar la amar-
gura de la expiación. Con todo, sólo a Dios le compete interrum-
pirla o prolongarla, según lo juzgue conveniente.
¿No existiría en el hombre un gran orgullo si creyera,
por decirlo de algún modo, que tiene derecho a revolver el
arma en la herida? ¿A aumentar la dosis de veneno en el pecho
del que sufre, con el pretexto de que se trata de su expiación?
¡Oh! Consideraos siempre como un instrumento elegido para
hacerla cesar. Resumamos: todos vosotros estáis en la Tierra
para expiar; pero también todos, sin excepción, debéis esforza-
ros al máximo para aliviar la expiación de vuestros hermanos,
de acuerdo con la ley de amor y caridad. (Bernardin, Espíritu
protector. Burdeos, 1863.)
¿Será lícito abreviar la vida de un enfermo
que sufre sin esperanza de curarse?
28. Un hombre agoniza, presa de crueles dolores. Se sabe que
su estado es desesperante. ¿Será lícito ahorrarle algunos instantes de
angustia, precipitando su fin?
¿Quién os concedería el derecho de prejuzgar los designios
de Dios? ¿Acaso no puede Él conducir a un hombre hasta el bor-
de del sepulcro, y luego sacarlo de allí, a fin de hacerlo volver en
sí y modificar sus pensamientos? Aunque un moribundo haya lle-
gado al último extremo, nadie puede decir con certeza que haya
llegado su última hora. ¿Acaso la ciencia no se ha engañado algu-
na vez en sus previsiones?
Sé muy bien que hay casos que, con razón, pueden ser con-
siderados desesperantes. Sin embargo, aunque no quede ninguna
esperanza fundada de un regreso definitivo a la vida y a la salud,
131
Capítulo V
¿no hay innumerables ejemplos en los que el enfermo, en el mo-
mento mismo de exhalar el último suspiro, se reanima y recobra
sus facultades por algunos instantes? Pues bien, es posible que
ese momento de gracia que se le concede sea para él de suma
importancia, porque ignoráis las reflexiones que ha podido hacer
su Espíritu durante las convulsiones de la agonía, y cuántos tor-
mentos puede ahorrarle un instante de arrepentimiento.
El materialista, que sólo ve el cuerpo y a quien nada le im-
porta el alma, no comprende estas cosas. En cambio, el espírita,
que sabe lo que sucede más allá de la tumba, conoce el valor de
un postrer pensamiento. Atenuad los últimos dolores tanto como
podáis; pero guardaos de abreviar la vida, aunque sólo sea en un
minuto, porque ese minuto puede evitar muchas lágrimas en el
porvenir. (San Luis. París, 1860.)
Sacrificio de la propia vida
29. Aquel que está hastiado de la vida, pero no quiere abreviar-
la con sus propias manos, ¿será culpable si busca morir en un campo de
batalla, con el propósito de que su muerte tenga alguna utilidad?
Ya sea que el hombre se dé muerte o bien permita que otro
lo mate, el objetivo es siempre abreviar su vida y, por consiguien-
te, hay suicidio de intención, si no de hecho. La idea de que su
muerte servirá para algo es ilusoria. No es más que un pretexto
para disimular su acción y disculparla ante sí mismo. Si tuviera
seriamente el deseo de servir a su país, procuraría vivir para de-
fenderlo, en lugar de morir, porque una vez que haya muerto no
le servirá para nada más. La verdadera abnegación consiste en
no temer a la muerte cuando se trata de ser útil, en afrontar el
peligro, en ofrecer por anticipado y sin quejarse el sacrificio de la
propia vida, si fuera necesario. No obstante, la intención premedi-
tada de buscar la muerte exponiéndose a un peligro, aunque sea
132
Bienaventurados los afligidos
para prestar un servicio, anula el mérito de la acción. (San Luis.
París, 1860.)
30. Si un hombre se expone a un peligro inminente para sal-
var la vida de uno de sus semejantes, sabiendo por anticipado que eso
le costará la muerte, ¿puede ese acto considerarse un suicidio?
Desde el momento en que no existe la intención de buscar
la muerte, no hay suicidio, sino sacrificio y abnegación, aunque
se tenga la certeza de perecer. Pero ¿quién puede tener esa certeza?
¿Quién podrá asegurar que la Providencia no reserva un medio
inesperado de salvación para el momento más crítico? ¿Acaso no
podría ella salvar incluso a alguien que esté frente a la boca de un
cañón? Muchas veces la Providencia quiere llevar la prueba de la
resignación hasta su límite extremo, y entonces una circunstancia
inesperada desvía el golpe fatal. (San Luis. París, 1860.)
Provecho de los padecimientos para el prójimo
31. Aquellos que aceptan sus padecimientos con resignación,
por sumisión a la voluntad de Dios y con miras a su felicidad futura,
¿trabajan sólo para sí mismos? ¿No pueden hacer que sus padecimien-
tos sean provechosos para otros?
Esos padecimientos pueden resultar provechosos para
otros, tanto material como moralmente. Materialmente, si a tra-
vés del trabajo, las privaciones y los sacrificios que esas personas
se imponen, contribuyen al bienestar material de su prójimo.
Moralmente, por el ejemplo que brindan de sumisión a la volun-
tad de Dios. Ese ejemplo del poder de la fe espírita puede incitar
a los desdichados a resignarse, y salvarlos de la desesperación y de
sus funestas consecuencias en el porvenir. (San Luis. París, 1860.)
133
CAPÍTULO VI
El Cristo Consolador
• El yugo ligero. • Consolador prometido.
• Instrucciones de los Espíritus: Advenimiento
del Espíritu de Verdad.
El yugo ligero
1. “Venid a mí, todos los que estáis afligidos y cargados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es
suave y mi carga ligera.” (San Mateo, 11:28 a 30.)
2. Todos los padecimientos –miserias, desengaños, dolo-
res físicos, pérdida de seres queridos– encuentran su consuelo
en la fe en el porvenir, en la confianza en la justicia de Dios,
que Cristo vino a enseñar a los hombres. Por el contrario, so-
bre aquel que nada espera después de esta vida, o que simple-
mente duda, las aflicciones caen con todo su peso, y ninguna
esperanza viene a endulzar su amargura. Eso es lo que hizo
135
Capítulo VI
decir a Jesús: “Venid a mí, todos los que estáis cansados, que
yo os aliviaré”.
Sin embargo, Jesús pone una condición tanto para su asis-
tencia como para la felicidad que promete a los afligidos. Esa
condición está en la ley que Él enseña. Su yugo es la observancia
de esa ley; pero ese yugo es ligero y la ley es suave, puesto que
impone como deber el amor y la caridad.
Consolador prometido
3. “Si me amáis, guardad mis mandamientos; y yo rogaré a mi Padre
y Él os enviará otro consolador, para que permanezca eternamente con
vosotros: El Espíritu de Verdad, al que el mundo no puede recibir,
porque no lo ve, ni lo conoce. Pero vosotros lo conoceréis, porque morará
con vosotros, y estará en vosotros. Pero el consolador, que es el Santo
Espíritu, que mi Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las
cosas, y os hará recordar todo lo que yo os he dicho.” (San Juan, 14:15
a 17 y 26.)
4. Jesús promete otro consolador: el Espíritu de Verdad, al
que el mundo no conoce aún, porque no tiene la suficiente ma-
durez para comprenderlo; el consolador al que el Padre enviará
para enseñar todas las cosas y para recordar lo que Cristo ha di-
cho. Por consiguiente, si el Espíritu de Verdad debía venir más
tarde a enseñar todas las cosas, es porque Cristo no lo dijo todo;
y si viene a recordar lo que Cristo dijo, es porque su enseñanza ha
sido olvidada o mal comprendida.
El espiritismo viene, en el tiempo señalado, a cumplir la
promesa de Cristo: el Espíritu de Verdad preside su estableci-
miento. Convoca a los hombres a la observancia de la ley; en-
seña todas las cosas haciendo comprender lo que Cristo sólo
dijo mediante parábolas. Cristo dijo: “Que oigan los que tienen
136
El Cristo Consolador
oídos para oír”. El espiritismo viene a abrir los ojos y los oídos,
porque habla sin figuras ni alegorías. Levanta el velo que inten-
cionalmente había sido lanzado sobre ciertos misterios. Viene,
en definitiva, a traer un consuelo supremo a los desheredados
de la Tierra y a los que sufren, atribuyendo una causa justa y un
objetivo útil a todos los dolores.
Cristo dijo: “Bienaventurados los afligidos, porque serán
consolados”. Pero ¿cómo puede alguien sentirse feliz de sufrir,
si no sabe por qué sufre? El espiritismo enseña que la causa de
los padecimientos se encuentra en las existencias anteriores y
en el destino de la Tierra, donde el hombre expía su pasado.
También enseña el objetivo de los padecimientos, pues explica
que son como las crisis saludables que conducen a la curación,
y que constituyen un medio de purificación que garantiza la
felicidad en las existencias futuras. El hombre comprende que
ha merecido sufrir, y el sufrimiento le parece justo. Sabe que ese
sufrimiento contribuye a su adelanto, y lo acepta sin quejarse,
así como el obrero acepta el trabajo que habrá de asegurar su
salario. El espiritismo le infunde una fe inquebrantable en el
porvenir, y la duda punzante ya no invade su alma. Como el
espiritismo le hace ver las cosas desde lo alto, la importancia de
las vicisitudes terrenales se pierde en el vasto y espléndido hori-
zonte que le devela, y la perspectiva de la felicidad que lo espera
le confiere la paciencia, la resignación y el valor necesarios para
avanzar hasta el final del camino.
De este modo, el espiritismo realiza lo que Jesús dijo acerca
del consolador prometido: el conocimiento de las cosas, que hace
que el hombre sepa de dónde viene, hacia dónde va y por qué está
en la Tierra; una convocatoria a los verdaderos principios de la ley
de Dios, y el consuelo mediante la fe y la esperanza.
137
Capítulo VI
Instrucciones de los Espíritus
Advenimiento del Espíritu de Verdad
5. Vengo, como en otros tiempos, hacia los hijos desca-
rriados de Israel, a traeros la verdad y a disipar las tinieblas.
Escuchadme. El espiritismo, como en el pasado lo hizo mi
palabra, debe recordar a los incrédulos que por encima de ellos
reina la inmutable verdad: el Dios bondadoso, el Dios pode-
roso que hace que germinen las plantas y se eleven las olas.
Yo revelé la doctrina divina. Como el segador, até en haces el
bien esparcido en la humanidad, y dije: “¡Venid a mí, todos
los que sufrís!”.
Pero los hombres, ingratos, se desviaron del camino recto y
amplio que conduce al reino de mi Padre, y se han extraviado en
los ásperos senderos de la impiedad. Mi padre no quiere aniquilar
a la raza humana; quiere que, ayudándoos unos a otros, muertos
y vivos –es decir, muertos según la carne, porque la muerte no
existe–, os socorráis mutuamente, y que no se haga oír la voz de
los profetas o la de los apóstoles, sino la de aquellos que ya no vi-
ven en la Tierra, exclamando: “¡Orad y creed!” Porque la muerte
es la resurrección, y la vida es la prueba elegida, durante la cual
las virtudes que hayáis cultivado habrán de crecer y desarrollarse
como el cedro.
Hombres débiles, que comprendéis las tinieblas de vuestra
inteligencia, no rechacéis la antorcha que la clemencia divina de-
posita en vuestras manos para iluminar vuestro camino y condu-
ciros, como niños perdidos, al regazo de vuestro Padre.
Estoy embargado de compasión por vuestras miserias, por
vuestra inmensa debilidad, para no tender una mano caritativa a
los infelices extraviados que, aunque miren al Cielo, caen en el
abismo del error. Creed, amad, meditad acerca de las cosas que se
138
El Cristo Consolador
os revelan. No mezcléis la cizaña con las buenas simientes, ni las
utopías con las verdades.
¡Espíritas! Amaos, esta es la primera enseñanza. Instruíos,
esta es la segunda. Todas las verdades se encuentran en el cris-
tianismo. Los errores que se han arraigado en él son de origen
humano. Y he aquí que desde más allá de la tumba, a la que con-
siderabais la nada, brotan voces que os advierten: “¡Hermanos!
Nada perece. Jesucristo es el vencedor del mal, sed vosotros los
vencedores de la impiedad”. (El Espíritu de Verdad. París, 1860.)
6. Vengo a enseñar y a consolar a los pobres desheredados.
Vengo a decirles que eleven su resignación al nivel de sus prue-
bas; que lloren, pues el dolor fue consagrado en el huerto de los
Olivos. Pero también vengo a decirles que aguarden, porque los
ángeles consoladores vendrán a enjugar sus lágrimas.
Obreros, trazad vuestro surco. Comenzad otra vez al día
siguiente la ruda jornada de la víspera. El trabajo de vuestras ma-
nos proporciona el pan terrenal a vuestros cuerpos, pero vuestras
almas no han sido olvidadas. Yo, el divino jardinero, las cultivo
en el silencio de vuestros pensamientos. Cuando haya llegado la
hora del reposo, cuando la trama de la vida se caiga de vuestras
manos y vuestros ojos se cierren a la luz, sentiréis brotar y germi-
nar en vosotros mi preciosa semilla. Nada se pierde en el reino
de nuestro Padre, y vuestros sudores y miserias forman el tesoro
que habrá de haceros ricos en las esferas superiores, donde la luz
reemplaza a las tinieblas y donde el más desprovisto de vosotros
será, tal vez, el de mayor resplandor.
En verdad os digo: los que llevan su carga y socorren a
sus hermanos son mis bienamados. Instruíos en la preciosa doc-
trina que disipa el error de las rebeliones y os enseña el objeti-
vo sublime de las pruebas humanas. Así como el viento barre el
polvo, el soplo de los Espíritus disipe vuestra envidia hacia los
ricos del mundo, que a menudo son muy miserables, porque sus
139
Capítulo VI
pruebas son más peligrosas que las vuestras. Estoy con vosotros,
y mi apóstol os instruye. Bebed en el manantial vivo del amor y
preparaos, cautivos de la vida, a lanzaros un día, libres y felices, en
el seno de Aquel que os ha creado débiles para haceros perfecti-
bles, y que desea que vosotros mismos modeléis vuestra maleable
arcilla, a fin de que seáis los artífices de vuestra inmortalidad. (El
Espíritu de Verdad. París, 1861.)
7. Soy el gran médico de las almas, y vengo a traeros el
remedio que habrá de curarlas. Los débiles, los que sufren y los
enfermos son mis hijos predilectos, y vengo a salvarlos. Venid,
pues, a mí, todos los que sufrís y estáis cargados, y seréis alivia-
dos y consolados. No busquéis en otra parte la fuerza y el con-
suelo, porque el mundo es impotente para daros esas cosas. Por
medio del espiritismo, Dios hace un supremo llamamiento a
vuestros corazones. Escuchadlo. Que la impiedad, la mentira, el
error y la incredulidad sean extirpados de vuestras almas dolori-
das. Son monstruos que absorben vuestra más pura sangre, y os
abren llagas casi siempre mortales. Que en el futuro, humildes
y sumisos al Creador, practiquéis su ley divina. Amad y orad.
Sed dóciles a los Espíritus del Señor. Invocadlo desde el fondo
de vuestros corazones. Entonces, Él os enviará a su Hijo bien-
amado para instruiros y deciros estas buenas palabras: “Aquí
estoy; vengo a vosotros porque me habéis llamado”. (El Espíritu
de Verdad. Burdeos, 1861.)
8. Dios consuela a los humildes y confiere fuerzas a los afli-
gidos que las solicitan. Su poder cubre la Tierra. En todas partes,
al lado de una lágrima, Él ha colocado un bálsamo de consuelo.
El sacrificio y la abnegación constituyen una plegaria continua y
encierran una enseñanza profunda. La sabiduría humana reside
en esas dos palabras. Que todos los Espíritus que sufren puedan
comprender esa verdad, en vez de clamar contra los dolores y los
padecimientos morales que son vuestra herencia en este mundo.
140
El Cristo Consolador
Así pues, adoptad por divisa estas dos palabras: sacrificio y abnega-
ción, y seréis fuertes, porque ellas resumen todos los deberes que
tanto la caridad como la humildad os imponen. El sentimiento
del deber cumplido brindará reposo a vuestro espíritu, además de
resignación. El corazón late mejor, el alma se tranquiliza y el cuer-
po ya no desfallece, pues el cuerpo sufre tanto más cuanto más
profundamente herido se halla el espíritu. (El Espíritu de Verdad.
El Havre, 1863.)
141
CAPÍTULO VII
Bienaventurados los
pobres de espíritu
• Lo que debe entenderse por pobres de espíritu. • El que se eleve
será rebajado. • Misterios ocultos a los sabios y a los sagaces.
• Instrucciones de los Espíritus: El orgullo y la humildad.
– Misión del hombre inteligente en la Tierra.
Lo que debe entenderse por
pobres de espíritu
1. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
Cielos.” (San Mateo, 5:3.)
2. La incredulidad se ha burlado de esta máxima:
Bienaventurados los pobres de espíritu, así como de muchas otras
cosas que no comprende. Por pobres de espíritu Jesús no alude a los
hombres desprovistos de inteligencia, sino a los humildes. Él dice
que el reino de los Cielos es para ellos y no para los orgullosos.
143
Capítulo VII
Los hombres sabios y experimentados, según el mundo,
por lo general tienen tan alta opinión de sí mismos y de su supe-
rioridad, que consideran que las cosas divinas son indignas de su
atención. Como concentran la mirada en su propia persona, no
pueden elevarla hasta Dios. Esa tendencia a creerse por encima
de todo, con frecuencia sólo los conduce a negar aquello que, por
no estar a su alcance, podría rebajarlos. Incluso niegan a la propia
Divinidad, o bien, si consienten en admitir su existencia, refutan
uno de sus más bellos atributos: su acción providencial sobre las
cosas de este mundo, pues están persuadidos de que sólo ellos
bastan para gobernarlo convenientemente. Toman su inteligencia
para medir la inteligencia universal, y se consideran aptos para
comprenderlo todo, razón por la cual no creen en la posibilidad
de lo que no comprenden. Cuando han pronunciado una senten-
cia, no admiten la apelación.
Si se resisten a admitir el mundo invisible y un poder extra-
humano, no es porque eso esté fuera de su alcance, sino porque
su orgullo se subleva ante la idea de que haya algo por encima
de lo cual no puedan colocarse, algo que los haría descender de
su pedestal. Por ese motivo, sólo tienen sonrisas desdeñosas para
todo lo que no pertenece al mundo visible y tangible. Se atribu-
yen suficiente experiencia y sabiduría como para creer en cosas
que, según ellos, son buenas para las personas simples, y conside-
ran pobres de espíritu a los que las toman en serio.
Con todo, digan lo que digan, tendrán que ingresar, como
los demás, en ese mundo invisible del que se mofan. Allí se les
abrirán los ojos y reconocerán su error. Dios, que es justo, no
recibe de la misma manera al que no ha reconocido su poder y al
que se ha sometido humildemente a sus leyes, así como tampoco
los retribuye con partes iguales.
Al decir que el reino de los Cielos es para los simples,
Jesús dio a entender que nadie será admitido en ese reino sin la
144
Bienaventurados los pobres de espíritu
simplicidad del corazón y la humildad del espíritu, y que el igno-
rante que posea esas cualidades será preferido al sabio que cree
más en sí mismo que en Dios. En todas las circunstancias, Jesús
coloca a la humildad en la categoría de las virtudes que aproximan
a Dios, y al orgullo entre los vicios que de Él alejan. Esto es así
por una razón muy natural: la humildad es un acto de sumisión a
Dios, mientras que el orgullo constituye una rebelión contra Él.
Más vale, pues, para su felicidad futura, que el hombre sea pobre
de espíritu, en el sentido del mundo, y rico en cualidades morales.
El que se eleve será rebajado
3. En ese mismo momento los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron:
“¿Quién es el mayor en el reino de los Cielos?” Jesús llamó a un niño, lo
puso en medio de ellos y dijo: “En verdad os digo, que si no cambiáis y os
volvéis como niños, no entraréis en el reino de los Cielos. Cualquiera, pues,
que se humille y se haga pequeño como este niño, ese será el mayor en
el reino de los Cielos, y el que recibe a un niño en mi nombre, tal como
acabo de decir, a mí me recibe”. (San Mateo, 18:1 a 5.)
4. Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos,
y lo adoró para dar a entender que quería pedirle algo. Él le dijo: “¿Qué
quieres?” Dijo ella: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino,
el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. Pero Jesús le respondió: “No
sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo habré de beber?”. Ellos
le dijeron: “Podemos”. Jesús les respondió: “Es cierto que beberéis el cáliz
que yo beberé. Pero en lo que respecta a que os sentéis a mi derecha o a mi
izquierda, no me corresponde a mí concederlo, sino que es para aquellos a
quienes mi Padre lo ha preparado”. Cuando los otros diez apóstoles oyeron
eso, se llenaron de indignación contra los dos hermanos. Jesús los llamó y
les dijo: “Sabéis que los príncipes de las naciones las dominan, y que los
grandes las oprimen. No debe ser así entre vosotros. Por el contrario, aquel
145
Capítulo VII
que quiera ser el mayor, sea vuestro servidor; y aquel que quiera ser el
primero entre vosotros, sea vuestro esclavo; del mismo modo que el Hijo
del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida por la
redención de muchos”. (San Mateo, 20: 20 a 28.)
5. Jesús entró un día sábado en casa de uno de los principales fariseos,
para comer; y los que estaban allá lo observaban. Entonces, notando cómo
los invitados elegían los primeros lugares en la mesa, les propuso una
parábola, y dijo: “Cuando seáis convidados a bodas, no toméis el primer
lugar, para que no suceda que, habiendo entre los invitados una persona
más importante que vosotros, aquel que os haya convidado venga a deciros:
‘Dad el lugar a este’, y entonces os veáis obligados a ocupar, llenos de
vergüenza, el último lugar. Por el contrario, cuando seáis convidados, id
a colocaros en el último lugar, a fin de que, cuando aquel que os convidó
llegue, os diga: ‘Amigo, ven más cerca’. Entonces ese será para vosotros un
motivo de gloria delante de los que estén con vosotros a la mesa. Porque
todo el que se eleve, será rebajado; y todo el que se rebaje, será elevado”.
(San Lucas, 14: 1 y 7 a 11.)
6. Estas máximas son la consecuencia del principio de hu-
mildad que Jesús no cesa de presentar como condición esencial
de la felicidad prometida a los elegidos del Señor, y que Él ha
enunciado con estas palabras: “Bienaventurados los pobres de es-
píritu, porque de ellos es el reino de los Cielos”. Jesús toma un
niño como el modelo de la simplicidad de corazón y dice: “Será
el mayor en el reino de los Cielos aquel que se humille y se haga
pequeño como un niño”, es decir, que no alimente ninguna preten-
sión de superioridad o infalibilidad.
Encontramos la misma idea fundamental en esta otra
máxima: Aquel que quiera ser el mayor, sea vuestro servidor, así
como en esta otra: Todo el que se rebaje, será elevado; y todo el que
se eleve, será rebajado.
146
Bienaventurados los pobres de espíritu
El espiritismo viene a sancionar la teoría mediante el
ejemplo, cuando nos muestra que los grandes en el mundo de
los Espíritus son los que eran pequeños en la Tierra, y que a
menudo los muy pequeños en el mundo de los Espíritus son los
que en la Tierra eran los más grandes y poderosos. Sucede que
los primeros se llevaron consigo, al morir, sólo aquello que hace
la verdadera grandeza en el Cielo, y que jamás se pierde: las vir-
tudes. En cambio, los otros tuvieron que dejar lo que constituía
su grandeza terrenal, que no se puede llevar a la otra vida: la
fortuna, los títulos, la gloria, la nobleza. Como no poseían otra
cosa, llegan al otro mundo desprovistos de todo, como náufra-
gos que perdieron hasta la ropa. Sólo conservan el orgullo, que
hace que su nueva posición sea aún más humillante, porque
ven por encima de ellos, resplandecientes de gloria, a aquellos a
quienes oprimieron en la Tierra.
El espiritismo nos muestra otra aplicación de ese principio
en las encarnaciones sucesivas, mediante las cuales los que ocu-
paron las más elevadas posiciones en una existencia, son rebaja-
dos a una ínfima condición en una existencia posterior, en caso
de que hayan sido dominados por el orgullo y la ambición. Por
consiguiente, si no queréis ser obligados a descender, no busquéis
el primer puesto en la Tierra, ni pretendáis poneros por encima
de los otros. Buscad, por el contrario, el lugar más humilde y
modesto, porque Dios sabrá daros uno más elevado en el Cielo,
si lo merecéis.
Misterios ocultos a los sabios y a los sagaces
7. Entonces Jesús dijo estas palabras: “Os doy gloria, Padre mío, Señor del
cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y a los sagaces, y
las revelaste a los simples y a los pequeños”. (San Mateo, 11:25.)
147
Capítulo VII
8. Puede parecer extraño que Jesús dé gracias a Dios por ha-
ber revelado estas cosas a los simples y a los pequeños, que son los
pobres de espíritu, y por haberlas ocultado a los sabios y a los sagaces,
más aptos, aparentemente, para comprenderlas. Sucede que es pre-
ciso entender por los primeros a los humildes, que se humillan ante
Dios y no se creen superiores a todo el mundo; y por los segundos
a los orgullosos, envanecidos con su saber mundano, que se creen sa-
gaces porque niegan o tratan a Dios de igual a igual, en caso de que
no lo repudien. En la antigüedad, sabio era sinónimo de científico.
Por eso Dios les concede investigar los secretos de la Tierra, y revela
los del Cielo a los simples y a los humildes que se inclinan ante Él.
9. Lo mismo sucede hoy con las grandes verdades que el
espiritismo revela. Algunos incrédulos se admiran de que los
Espíritus realicen tan pocos esfuerzos para convencerlos. Eso
se debe a que estos últimos se ocupan de los que buscan la luz
de buena fe y con humildad, de preferencia a los que suponen
que poseen toda la luz e imaginan, al parecer, que Dios debería
estar muy feliz de conducirlos hacia Él, dándoles la prueba de
su existencia.
El poder de Dios se pone de manifiesto tanto en las co-
sas más pequeñas como en las más grandes. Él no pone la luz
debajo del celemín, sino que la esparce a raudales por todas
partes, de modo que solamente los ciegos no la ven. Dios no
quiere abrirles los ojos a la fuerza, puesto que les place mantenerlos
cerrados. Ya les llegará su hora, pero antes es preciso que experi-
menten las angustias de las tinieblas y reconozcan a Dios, y no al
acaso, en la mano que hiere su orgullo. Dios emplea, para vencer
a la incredulidad, los medios más convenientes según los indi-
viduos. No le corresponde al incrédulo prescribirle lo que debe
hacer, y decirle: “Si quieres convencerme, debes proceder de esa
o de aquella manera, en tal momento y no en tal otro, porque
esa ocasión me conviene más”.
148
Bienaventurados los pobres de espíritu
Por consiguiente, no se asombren los incrédulos de que ni
Dios ni los Espíritus, que son los agentes de su voluntad, se so-
metan a sus exigencias. Tendrían que preguntarse a sí mismos
qué dirían si el último de sus servidores quisiera impartirles ór-
denes. Dios establece sus condiciones pero no se somete a las de
los hombres. Escucha con bondad a los que se dirigen a Él con
humildad, y no a los que creen que son más que Él.
10. Habrá quien se plantee esta pregunta: ¿No podría Dios
advertir a los incrédulos mediante señales evidentes, ante las cua-
les hasta los más obstinados tendrían que inclinarse? No cabe
duda de que podría, pero entonces, ¿dónde estaría el mérito de
ellos y, por otra parte, para qué serviría eso? ¿No vemos todos los
días a los que rechazan la evidencia, diciendo incluso: “Aunque
viese, no creería, porque sé que es imposible”? Si se niegan a re-
conocer la verdad, es porque su espíritu aún no está maduro para
comprenderla, ni su corazón para sentirla. El orgullo es la venda
que les tapa la vista. ¿De qué sirve mostrarle la luz a un ciego? Así
pues, es preciso que se cure antes la causa del mal. Por eso, como
médico hábil que es, Dios castiga primero el orgullo. No aban-
dona a sus hijos extraviados, porque sabe que tarde o temprano
sus ojos se abrirán; pero quiere que sea por su propia voluntad.
Entonces, doblegados por los tormentos de la incredulidad, se
arrojarán por sí mismos en los brazos de Él y, tal como hacen los
hijos pródigos, le pedirán perdón.
Instrucciones de los Espíritus
El orgullo y la humildad
11. ¡La paz del Señor sea con vosotros, queridos amigos!
Vengo a infundiros valor para que sigáis en el camino del bien.
149
Capítulo VII
A los pobres Espíritu que en otras épocas han habitado en
la Tierra, Dios les confía la misión de esclareceros. Bendito sea
Él, por la gracia que nos concede de poder contribuir a vuestro
perfeccionamiento. ¡Que el Espíritu Santo me ilumine y me ayu-
de, a fin de que mi palabra sea comprensible, y que me conceda
la gracia de colocarla al alcance de todos! En cuanto a vosotros,
encarnados, que estáis afligidos y buscáis la luz, ¡que la volun-
tad de Dios venga en mi ayuda para hacer que resplandezca ante
vuestros ojos!
La humildad es una virtud muy postergada entre vosotros.
Los grandes ejemplos que se os han dado no son tenidos en cuen-
ta como correspondería. Sin embargo, sin humildad, ¿podéis ser
caritativos para con el prójimo? ¡Oh! no, porque ese sentimiento
nivela a los hombres; les dice que son hermanos, que deben ayu-
darse mutuamente, y los conduce al bien. Sin la humildad, os
adornáis con virtudes que no tenéis, como si os pusierais un ves-
tido para ocultar las deformidades de vuestro cuerpo. Acordaos
de Aquel que nos salvó; recordad su humildad, que lo hizo tan
grande y lo elevó por encima de los profetas.
El orgullo es el terrible adversario de la humildad. Si Cristo
prometía el reino de los Cielos a los más pobres, se debe a que
los grandes de la Tierra se imaginan que los títulos y las rique-
zas son recompensas acordes con sus méritos, y que su esencia
es más pura que la del pobre. Consideran que tienen derecho a
esas cosas, razón por la cual, cuando Dios se las quita, lo acusan
de cometer una injusticia. ¡Oh! ¡Escarnio y ceguera! ¿Acaso Dios
os reconoce por el cuerpo? La envoltura del pobre, ¿no es de la
misma esencia que la del rico? El Creador, ¿ha hecho dos especies
de hombres? Todo lo que Dios hace es grande y sabio. Nunca le
atribuyáis las ideas que vuestros cerebros orgullosos conciben.
¡Oh, rico! Mientras tú duermes en tus aposentos dorados,
al resguardo del frío, ¿no sabes que miles de hermanos tuyos, que
150
Bienaventurados los pobres de espíritu
valen tanto como tú, yacen sobre la paja? El desdichado que pa-
dece hambre, ¿no es tu igual? Cuando escuchas eso tu orgullo se
subleva, bien lo sé. Consentirás en darle una limosna, ¡pero jamás
le estrecharías fraternalmente la mano! “¡Cómo! –pensarás– ¡Yo,
de noble estirpe, uno de los grandes de la Tierra, seré igual a ese
miserable cubierto de harapos! ¡Vana utopía de los que pretenden
ser filósofos! Si fuésemos iguales, ¿por qué Dios lo habría colo-
cado tan abajo y a mí tan arriba?” Es verdad que vuestras vesti-
mentas no son semejantes. Con todo, si ambos se desnudaran,
¿qué diferencia habría entre vosotros? “La nobleza de la sangre”,
dirás. Pero la química no ha encontrado diferencia alguna entre
la sangre de un gran señor y la de un plebeyo, ni entre la del amo
y la del esclavo. ¿Quién te garantiza que tú no has sido miserable
y desdichado como él? ¿Que no has pedido limosna? ¿Que no se
la pedirás un día a ese mismo al que hoy desprecias? ¿Acaso son
eternas las riquezas? ¿No se acaban cuando se extingue el cuerpo,
envoltura perecedera de tu Espíritu? ¡Oh! ¡Imprégnate de humil-
dad! Pon finalmente la mirada en la realidad de las cosas de este
mundo, en lo que da lugar al enaltecimiento o a la humillación
en el otro. Piensa que la muerte no te respetará, como tampoco
respetará a los demás hombres; que los títulos no te preservarán
de su ataque; que ella puede herirte mañana, hoy, en cualquier
momento. Y si te encierras en tu orgullo, ¡oh, cómo te compadez-
co, porque serás digno de piedad!
¡Orgullosos! ¿Qué erais antes de ser nobles y poderosos? Es
posible que estuvieseis por debajo del último de vuestros criados.
Inclinad, pues, vuestras altivas frentes, pues Dios puede bajarlas
en el momento en que más las levantáis. Todos los hombres son
iguales en la balanza divina. Sólo las virtudes los distinguen ante
Dios. Todos los Espíritus son de la misma esencia, y todos los
cuerpos son modelados con la misma arcilla. Vuestros títulos y
vuestros nombres en nada os modifican; quedan en la tumba, y
151
Capítulo VII
no son ellos los que os darán la felicidad prometida a los elegidos.
La caridad y la humildad son sus títulos de nobleza.
¡Pobre criatura! Eres madre y tus hijos sufren: sienten frío,
tienen hambre. Y tú acudes, doblada bajo el peso de tu cruz, a
humillarte para conseguirles un pedazo de pan. ¡Oh, yo me incli-
no ante ti! ¡Cuán noble, santa y grande eres a mis ojos! Aguarda y
ruega. La felicidad aún no es de este mundo. A los pobres y opri-
midos que confían en Él, Dios les concede el reino de los Cielos.
Y tú, jovencita, pobre niña entregada al trabajo y a las pri-
vaciones, ¿por qué esos tristes pensamientos? ¿Por qué lloras? Que
tu mirada, piadosa y serena, se eleve hacia Dios: Él da alimento
a las avecillas. Ten confianza en Él, que no te abandonará. La al-
garabía de las fiestas y los placeres del mundo agitan tu corazón.
Quisieras también adornar tu cabello con flores y mezclarte con
los felices de la Tierra. Piensas que podrías, como esas mujeres a
las que ves pasar alegres y risueñas, ser rica también. ¡Oh! ¡Cállate,
niña! Si supieses cuántas lágrimas y dolores indescriptibles se
ocultan bajo esos vestidos bordados, cuántos sollozos son aho-
gados por el ruido de esa alegre orquesta, preferirías tu humilde
refugio y tu pobreza. Mantente pura ante Dios, si no quieres que
tu ángel de la guarda se eleve hacia Él, con el rostro oculto bajo
sus blancas alas, y te deje con tus remordimientos, sin guía, sin
amparo, en este mundo donde estarías perdida, mientras esperas
tu castigo en el otro.
Y vosotros, los que sufrís las injusticias de los hombres, sed
indulgentes para con las faltas de vuestros hermanos, reconocien-
do que tampoco estáis exentos de culpas: en eso consiste la cari-
dad, y también la humildad. Si sufrís por las calumnias, inclinad
la frente ante esa prueba. ¿Qué os importan las calumnias del
mundo? Si vuestra conducta es pura, ¿acaso Dios no puede re-
compensaros por ello? Soportar con valor las humillaciones de
152
Bienaventurados los pobres de espíritu
los hombres implica ser humilde y reconocer que sólo Dios es
grande y poderoso.
¡Oh, Dios mío! ¿Será preciso que Cristo venga por segunda
vez a la Tierra para enseñar a los hombres tus leyes, porque las
olvidan? ¿Deberá Él expulsar otra vez del templo a los mercaderes
que corrompen tu casa, destinada exclusivamente a la oración?
¡Oh, hombres! ¡Quién sabe si, en caso de que Dios os concediera
la gracia de enviaros nuevamente a Jesús, no renegaríais de Él
como lo hicisteis antes! ¡O si no lo llamaríais blasfemo, porque
abatiría el orgullo de los fariseos modernos! Es posible que lo
hicierais recorrer de nuevo el camino del Gólgota.
Cuando Moisés subió al monte Sinaí para recibir los man-
damientos de Dios, el pueblo de Israel, entregado a sí mismo,
abandonó al verdadero Dios. Hombres y mujeres se desprendie-
ron de su oro y sus alhajas para que se hiciera un ídolo, al que
adoraron. Hombres civilizados, vosotros os comportáis del mis-
mo modo que ellos. Cristo os confió su doctrina; os dio el ejem-
plo de todas las virtudes, pero lo habéis abandonado todo, tanto
el ejemplo como los preceptos. Cada uno de vosotros contribuyó
con sus pasiones, y os habéis hecho un Dios a la medida de vues-
tra voluntad: según algunos, terrible y sanguinario; según otros,
indiferente a los intereses del mundo. El Dios que fabricasteis
sigue siendo el becerro de oro que cada uno adapta a sus gustos
y a sus ideas.
Reflexionad, hermanos y amigos míos. Que la voz de los
Espíritus conmueva vuestros corazones. Sed generosos y carita-
tivos sin ostentación, es decir, haced el bien con humildad. Que
cada uno derribe poco a poco los altares que habéis erigido al
orgullo. En una palabra, sed verdaderos cristianos, y alcanzaréis el
reino de la verdad. No dudéis más de la bondad de Dios, cuando
Él os da tantas pruebas de ello. Los Espíritus venimos a preparar
el camino para que las profecías se cumplan. Cuando el Señor
153
Capítulo VII
os dé una manifestación más resonante de su clemencia, que el
enviado celestial os encuentre formando una gran familia; que
vuestros corazones afables y humildes sean dignos de oír la pala-
bra divina que Él habrá de traeros; que el elegido no encuentre en
su camino otra cosa que las palmas que vosotros hayáis dispuesto
por vuestro retorno al bien, a la caridad, a la fraternidad, y en-
tonces vuestro mundo se convertirá en el paraíso terrenal. Por el
contrario, si permanecierais insensibles a la voz de los Espíritus
enviados para purificar y renovar vuestra sociedad civilizada, rica
en ciencias, pero tan pobre en buenos sentimientos, entonces,
¡ay!, sólo nos quedará llorar y gemir por vuestro destino. Pero
no, no sucederá de ese modo. Volved a Dios, vuestro Padre, y en
ese caso nosotros, que habremos contribuido al cumplimiento de
su voluntad, entonaremos el cántico de acción de gracias, para
agradecer al Señor su inagotable bondad, y para glorificarlo por
los siglos de los siglos. Así sea. (Lacordaire. Constantina, 1863.)
12. Hombres, ¿por qué os quejáis de las calamidades que
vosotros mismos habéis acumulado sobre vuestras cabezas?
Habéis despreciado la santa y divina moral de Cristo. No os
asombréis, pues, de que la copa de la iniquidad haya desborda-
do por todas partes.
El malestar se generaliza. ¿A quién acusar sino a vosotros
mismos, que sin cesar procuráis aniquilaros unos a otros? No po-
déis ser felices si falta la mutua benevolencia. Pero ¿cómo puede
la benevolencia coexistir con el orgullo? El orgullo: ahí está el
origen de todos vuestros males. Aplicaos, pues, a destruirlo, si no
queréis ver perpetuadas sus funestas consecuencias. Disponéis de
un solo medio para hacerlo, pero que es infalible: adoptar como
regla invariable de vuestra conducta la ley de Cristo, ley que ha-
béis rechazado, o falseado en su interpretación.
¿Por qué tenéis en tan grande estima lo que brilla y fascina
a la vista, en vez de lo que llega al corazón? ¿Por qué hacéis del
154
Bienaventurados los pobres de espíritu
vicio, que crece en la opulencia, el objeto de vuestras adulaciones,
mientras que sólo dedicáis una mirada de desdén para el verda-
dero mérito, que permanece oculto en la oscuridad? Si un rico
libertino, perdido en cuerpo y alma, se presenta dondequiera que
sea, todas las puertas se le abren, todas las consideraciones son
para él, mientras que se desdeña conceder un saludo protector al
hombre de bien, que vive de su trabajo. Cuando la consideración
que se otorga a las personas se mide conforme al peso del oro que
poseen o según el nombre que llevan, ¿qué interés pueden tener
ellas en corregir sus defectos?
Muy distinto sería si la opinión general fustigara al vicio
dorado tanto como al vicio andrajoso. Pero el orgullo es indul-
gente para con todo lo que lo adula. “Siglo de codicia y de dine-
ro”, diréis. Sin duda. No obstante, ¿por qué habéis permitido que
las necesidades materiales prevalezcan sobre el buen sentido y la
razón? ¿Por qué quiere cada uno elevarse por encima de su her-
mano? La sociedad sufre hoy las consecuencias de esa situación.
No olvidéis que ese estado de cosas constituye siempre una
señal de decadencia moral. Cuando el orgullo llega al límite, es
indicio de una caída próxima, porque Dios castiga siempre a los
soberbios. Si algunas veces los deja subir, es para darles el tiempo
necesario para que reflexionen y se enmienden bajo los golpes
que, de cuando en cuando, lanza a su orgullo como advertencia.
Con todo, en vez de humillarse, se revelan. Entonces, cuando la
medida está colmada, Dios los derriba por completo, y la caída
les resulta tanto más terrible cuanto más alto han subido.
Pobre raza humana, cuyo egoísmo ha corrompido todos los
caminos. Ten valor, a pesar de todo. En su misericordia infinita,
Dios te envía un poderoso remedio para tus males, un socorro
inesperado para tu aflicción. Abre los ojos a la luz: aquí están las
almas de los que ya no viven en la Tierra, que vienen a convocarte
al cumplimiento de tus verdaderos deberes. Ellas te dirán, con la
155
Capítulo VII
autoridad de la experiencia, cuán poca cosa son las vanidades y las
grandezas de tu pasajera existencia, en comparación con la eterni-
dad. Te dirán que, en el Más Allá, el más grande es quien ha sido
el más humilde entre los pequeños de este mundo; que el que
más ha amado a sus hermanos será también el más amado en el
Cielo; que los poderosos de la Tierra, si abusaron de su autoridad,
se verán obligados a obedecer a sus servidores; que, en definitiva,
la caridad y la humildad, esas hermanas que siempre van tomadas
de la mano, son los títulos más eficaces para obtener gracia ante
el Eterno. (Adolfo, obispo de Argel. Marmande, 1862.)
Misión del hombre inteligente en la Tierra
13. No presumáis de lo que sabéis, porque ese saber tiene
límites muy estrechos en el mundo en que habitáis. Aun en la
suposición de que poseáis una de las inteligencias más brillantes
del globo, no tenéis ningún derecho de envaneceros por ello. Si
Dios, en sus designios, os ha hecho nacer en un medio donde
habéis podido desarrollar vuestra inteligencia, es porque desea
que la empleéis para el bien de todos. Se trata de una misión que
Dios os confía, al depositar en vuestras manos el instrumento con
cuya ayuda podéis desarrollar, por vuestra parte, las inteligencias
atrasadas y conducirlas hacia Él. La naturaleza de la herramienta,
¿no indica, acaso, el uso que debe hacerse de ella? La azada que el
jardinero pone en las manos de su ayudante, ¿no le indica a este
que debe cavar la tierra? ¿Qué diríais si ese ayudante, en lugar
de trabajar, levantara la azada para herir a su patrón? Diríais que
es horrible y que merece ser expulsado. Pues bien, ¿no sucede
lo mismo con aquel que se sirve de su inteligencia para destruir
la idea de Dios y de la Providencia entre sus hermanos? ¿No le-
vanta contra su patrón la azada que se le ha dado para carpir el
terreno? ¿Tiene derecho al salario prometido? ¿No merece, por el
contrario, ser expulsado del jardín? Será expulsado, no lo dudéis,
156
Bienaventurados los pobres de espíritu
y cargará consigo existencias miserables, llenas de humillaciones,
hasta que se incline ante Aquel a quien le debe todo.
La inteligencia es fecunda en méritos para el porvenir, pero
con la condición de que se haga buen uso de ella. Si los hombres
que la poseen se sirvieran de la inteligencia conforme a la volun-
tad de Dios, la labor de los Espíritus que hacen progresar a la
humanidad sería mucho más sencilla. Lamentablemente, muchos
la convierten en un instrumento del orgullo y de perdición para
sí mismos. El hombre abusa de su inteligencia tanto como de sus
demás facultades, pese a que no le faltan lecciones que le advier-
ten que una mano poderosa puede quitarle lo que ella misma le
ha dado. (Ferdinando, Espíritu protector. Burdeos, 1862.)
157
CAPÍTULO VIII
Bienaventurados los
limpios de corazón
• Dejad que los niños vengan a mí. • Pecado de pensamiento.
Adulterio. • Verdadera pureza. Manos no lavadas.
• Escándalos. Si vuestra mano es motivo de escándalo, cortadla.
• Instrucciones de los Espíritus: Dejad que los niños vengan
a mí. – Bienaventurados los que tienen los ojos cerrados.
Dejad que los niños vengan a mí
1. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”
(San Mateo, 5: 8.)
2. Entonces le presentaron a unos niños, para que Él los tocara; y como sus
discípulos apartaban con palabras ásperas a quienes los presentaban, Jesús,
al ver eso, se disgustó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no
se lo impidáis, porque el reino de los Cielos es para los que se les parecen.
En verdad os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no
159
Capítulo VIII
entrará en él”. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos
sobre ellos. (San Marcos, 10:13 a 16.)
3. La pureza del corazón es inseparable de la simplicidad y
de la humildad. Excluye todo pensamiento de egoísmo y de orgu-
llo. Por eso Jesús toma a la infancia como emblema de esa pureza,
del mismo modo que la tomó como el de la humildad.
Esa comparación podría parecer injusta, si se considera que
el Espíritu del niño puede ser muy antiguo, y que trae, al renacer
a la vida corporal, las imperfecciones de las que no se ha despo-
jado en las existencias precedentes. Sólo un Espíritu llegado a la
perfección podría darnos el ejemplo de la verdadera pureza. No
obstante, la comparación es exacta desde el punto de vista de la
vida presente; porque el niño, dado que aún no ha podido ma-
nifestar ninguna tendencia perversa, nos ofrece la imagen de la
inocencia y del candor. Por otra parte, Jesús no dice de un modo
absoluto que el reino de los Cielos es para ellos, sino para los que
se les parecen.
4. Puesto que el Espíritu del niño ha vivido ya, ¿por qué
no se manifiesta tal cual es desde el nacimiento? En las obras de
Dios todo irradia sabiduría. El niño necesita cuidados delicados
que sólo la ternura maternal puede prodigarle, ternura a la que
se suma la debilidad y la ingenuidad del niño. Para una madre,
su hijo es siempre un ángel, y es preciso que así sea para que con-
quiste su dedicación. Ella no habría podido dispensarle la misma
devoción si, en vez de la gracia ingenua, hubiese encontrado bajo
las facciones infantiles un carácter viril y las ideas de un adulto, y
menos aún si llegara a conocer su pasado.
Por otra parte, hacía falta que la actividad del principio in-
teligente estuviese proporcionada a la debilidad del cuerpo, por-
que este no habría podido resistir una actividad demasiado inten-
sa del Espíritu, como se observa en los individuos muy precoces.
Por eso, cuando el Espíritu se aproxima a la encarnación, entra
160
Bienaventurados los limpios de corazón
en un estado de turbación y pierde poco a poco la conciencia de
sí mismo. Entonces permanece, durante un determinado lapso,
en una especie de sueño, durante el cual sus facultades se hallan
en estado latente. Ese estado transitorio es necesario para que el
Espíritu tenga un nuevo punto de partida, y para que olvide, en
su nueva existencia terrenal, las cosas que hubieran podido obs-
taculizarlo. Con todo, su pasado reacciona sobre él. El Espíritu
renace a la vida más grande, más fuerte, tanto moral como inte-
lectualmente, sustentado y secundado por la intuición que con-
serva de la experiencia que ya ha adquirido.
A partir del nacimiento, y a medida que se desarrollan los
órganos corporales, el Espíritu recupera gradualmente la amplitud
de sus ideas. Se puede decir, pues, que durante los primeros años,
el Espíritu es en realidad un niño, porque las ideas que forman
la base de su carácter todavía se encuentran embotadas. Durante
el tiempo en que sus instintos están adormecidos, el Espíritu es
más flexible y, por eso mismo, más accesible a las impresiones que
puedan modificar su naturaleza y hacerlo progresar, lo que hace
más sencilla la tarea impuesta a los padres. Así pues, el Espíritu se
cubre, en forma transitoria, con la túnica de la inocencia, y Jesús
expresa una verdad cuando, a pesar de que el alma es anterior,
toma al niño como símbolo de la pureza y la simplicidad.
Pecado de pensamiento. Adulterio
5. “Habéis oído que fue dicho a los antepasados: ‘No cometeréis adulterio’.
Pero yo os digo que aquel que haya mirado a una mujer para desearla, ya
cometió adulterio con ella en su corazón.” (San Mateo, 5: 27 y 28.)
6. La palabra adulterio no debe entenderse aquí en el sen-
tido exclusivo de la acepción que le es propia, sino en un senti-
do más amplio. Jesús la empleó a menudo por extensión, para
161
Capítulo VIII
designar el mal, el pecado y cualquier pensamiento malo, como
por ejemplo en este pasaje: “Porque quien se avergüence de mí y
de mis palabras, en medio de esta generación adúltera y pecadora,
el Hijo del hombre también se avergonzará de él cuando venga
acompañado de los santos ángeles, en la gloria de su Padre”. (San
Marcos, 8:38.)
La verdadera pureza no reside solamente en los actos; tam-
bién está en el pensamiento, porque quien tiene el corazón puro
ni siquiera piensa en el mal. Eso es lo que quiso decir Jesús. Él
condena el pecado, hasta de pensamiento, porque constituye una
señal de impureza.
7. Ese principio nos conduce en forma natural a la siguien-
te pregunta: ¿Sufre uno las consecuencias de un pensamiento malo,
aunque este no se haya realizado a través de los actos?
Aquí debemos hacer una distinción importante. A medida
que el alma, que está comprometida en el camino del mal, avanza
en la vida espiritual, poco a poco se instruye y se despoja de sus
imperfecciones, de conformidad con la mayor o menor buena
voluntad que demuestre, en virtud de su libre albedrío. Así pues,
los pensamientos malos son el producto de la imperfección del
alma. No obstante, según el deseo que el alma ha concebido de
purificarse, incluso ese pensamiento malo se convierte para ella
en una ocasión de adelanto, porque lo rechaza con energía. Se
trata de un indicio del esfuerzo que realiza para borrar una man-
cha. Si se presentara la ocasión de satisfacer un deseo malo, no
cederá. Y después de que haya resistido, se sentirá más fortalecida
y satisfecha con su victoria.
Por el contrario, aquella alma que no adoptó buenas reso-
luciones busca la ocasión de realizar un acto malo, y si no llega
a concretarlo, no es por obra de su voluntad, sino porque le ha
faltado la ocasión. Por consiguiente, es tan culpable como si lo
hubiera cometido.
162
Bienaventurados los limpios de corazón
En resumen, en la persona que ni siquiera concibe el pen-
samiento del mal, el progreso ya se ha realizado. En aquella en la
que surge ese pensamiento, pero lo rechaza, el progreso está en
vías de cumplirse. Por último, en la que tiene un pensamiento
malo y en él se complace, el mal existe todavía con toda su fuerza.
En la primera, el trabajo está concluido; en la última, está por
hacerse. Dios, que es justo, toma en cuenta todos esos matices
relativos a la responsabilidad de los actos y de los pensamientos
del hombre.
Verdadera pureza. Manos no lavadas
8. Entonces algunos escribas y fariseos provenientes de Jerusalén se acercaron
a Jesús, y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos violan la tradición de los
antepasados?; pues no se lavan las manos cuando toman los alimentos”.
Jesús les respondió: “¿Por qué violáis vosotros el mandamiento de Dios,
para seguir vuestra tradición? Porque Dios estableció este mandamiento:
Honrad a vuestro padre y a vuestra madre; y este otro: El que maldiga a
su padre o a su madre sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís:
Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Todo aquello con que pueda
ayudarte es ofrenda que hago a Dios y satisface a la ley’; ese no tendrá que
honrar ni asistir a su padre o a su madre. De ese modo habéis hecho vano
el mandamiento de Dios, por vuestra tradición.
”Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo
me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me
honran, pues enseñan doctrinas y mandamientos de hombres.”
Después, habiendo convocado al pueblo, les dijo: “Oíd y comprended bien
esto: No es lo que entra en la boca lo que ensucia al hombre, sino lo que sale
de la boca, eso es lo que ensucia al hombre. Lo que sale de la boca proviene
del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre; porque del corazón salen
los pensamientos malos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los
163
Capítulo VIII
robos, los falsos testimonios, las blasfemias y la maledicencia. Esas son las
cosas que vuelven impuro al hombre. En cambio, comer sin haberse lavado
las manos, no es eso lo que lo hace impuro”.
Entonces se aproximaron a Él sus discípulos y le dijeron: “¿Sabes que los
fariseos se han escandalizado, cuando oyeron lo que acabas de decir?”. Pero
Él respondió: “Toda planta que mi Padre celestial no haya plantado, será
arrancada. Dejadlos, son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro
ciego, ambos caen en el pozo”. (San Mateo, 15:1 a 20.)
9. Mientras hablaba, un fariseo le rogó que fuese a comer a su casa. Y
habiendo entrado, Jesús se sentó a la mesa. Entonces el fariseo comenzó
a decirse a sí mismo: “¿Por qué Él no se lavó las manos antes de comer?”
Y el Señor le dijo: “Vosotros, fariseos, tenéis mucho cuidado en limpiar el
exterior del vaso y del plato; pero el interior de vuestros corazones está lleno
de rapiña y de maldad. ¡Qué insensatos sois! Aquel que hizo lo que está por
fuera, ¿no hizo también lo que está por dentro?”. (San Lucas, 11: 37 a 40.)
10. Los judíos habían descuidado los verdaderos man-
damientos de Dios, para observar la práctica de los reglamen-
tos establecidos por los hombres, y habían hecho del riguroso
cumplimiento de esos reglamentos una cuestión de conciencia.
El fondo, muy sencillo, había finalmente desaparecido bajo la
complicación de la forma. Como era más fácil respetar los actos
exteriores que reformarse moralmente, es decir, lavarse las manos
que limpiarse el corazón, los hombres se engañaron a sí mismos, y
se consideraron dispensados por Dios porque se ajustaban a esas
prácticas, mientras seguían siendo tal como eran, pues se les había
enseñado que Dios no exigía más que eso. Por esa razón el profeta
dijo: En vano ese pueblo me honra con los labios, pues enseñan doc-
trinas y mandamientos de hombres.
Lo mismo sucedió con la doctrina moral de Cristo, que ter-
minó relegada a un segundo plano, lo que condujo a que muchos
cristianos, a ejemplo de los antiguos judíos, consideraran que su
164
Bienaventurados los limpios de corazón
salvación estaba más asegurada mediante las prácticas exteriores
que a través de las de la moral. Jesús alude a esos agregados que
los hombres hicieron a la ley de Dios, cuando dice: Toda planta
que mi Padre celestial no haya plantado, será arrancada.
El objetivo de la religión es conducir al hombre hacia Dios.
Ahora bien, el hombre sólo llega a Dios cuando alcanza la perfec-
ción. Por consiguiente, la religión que no hace al hombre mejor,
no consigue su objetivo. Aquella religión en la cual alguien con-
sidere que puede apoyarse para hacer el mal, es falsa o ha sido fal-
seada en sus principios. Tal es el resultado de todas las religiones
en que la forma supera al fondo. La creencia en la eficacia de los
signos exteriores es nula si no impide que se cometan asesinatos,
adulterios y robos, que se calumnie, que se haga daño al prójimo,
de cualquier modo que sea. Esas religiones crean supersticiosos,
hipócritas o fanáticos; pero no hombres de bien.
No basta, pues, tener la apariencia de la pureza; ante todo
es preciso tener la pureza del corazón.
Escándalos. Si vuestra mano es
motivo de escándalo, cortadla.
11. “¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Porque es necesario que
vengan escándalos; pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!
”Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor será que
cuelguen de su cuello una de esas piedras de molino que un asno hace girar,
y que lo arrojen al fondo del mar.
”Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; os declaro que, en el
Cielo, sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los
Cielos; porque el Hijo del hombre vino a salvar lo que estaba perdido.
165
Capítulo VIII
”Si vuestra mano o vuestro pie es motivo de escándalo, cortadlos y arrojadlos
lejos de vosotros; porque mejor será para vosotros que entréis en la vida con
un solo pie o una sola mano, a que tengáis dos y seáis arrojados en el fuego
eterno. Y si vuestro ojo es motivo de escándalo, arrancadlo y arrojadlo lejos
de vosotros; porque será mejor para vosotros que entréis en la vida con un
solo ojo, a que tengáis dos y seáis precipitados en el fuego del Infierno.” (San
Mateo, 18: 6 a 10.)
12. En la acepción común, se denomina escándalo a toda
acción que choca con la moral o el decoro de una manera osten-
sible. El escándalo no está precisamente en la acción, sino en la
repercusión que esta pueda tener. La palabra escándalo implica
siempre la idea de un cierto ruido. Muchas personas se contentan
con evitar el escándalo, porque con él se resentiría su orgullo, y
la consideración que le dispensan los hombres quedaría empa-
ñada. Mientras sus torpezas sean ignoradas, con eso les alcanza
para que su conciencia permanezca en paz. Estos son, según las
palabras de Jesús: “Sepulcros blanqueados por fuera, pero llenos
de podredumbre por dentro; recipientes limpios en su exterior y
sucios en el interior”.
En el sentido evangélico, la acepción de la palabra escánda-
lo, empleada con tanta frecuencia, es mucho más general, motivo
por el cual en ciertos casos no se comprende su significado. Ya
no es sólo lo que choca a la conciencia ajena, sino todo lo que
deriva de los vicios y las imperfecciones de los hombres, todas las
reacciones perjudiciales de un individuo hacia otro, tengan o no
repercusión. El escándalo, en ese caso, es la consecuencia efectiva
del mal moral.
13. Es preciso que haya escándalo en el mundo, dijo Jesús,
porque los hombres, a causa de su imperfección, se inclinan a
practicar el mal, y porque los malos árboles dan frutos malos.
Se debe entender, pues, por esas palabras, que el mal es una
166
Bienaventurados los limpios de corazón
consecuencia de la imperfección de los hombres, y no que tengan
ellos la obligación de practicarlo.
14. Es necesario que venga el escándalo, porque como los
hombres se encuentran en expiación en la Tierra, se castigan a sí
mismos al mantenerse en contacto con sus vicios, cuyas primeras
víctimas son ellos mismos, y cuyos inconvenientes terminan por
comprender. Cuando se hayan cansado de sufrir por causa del
mal, buscarán el remedio en el bien. Por consiguiente, la reacción
de esos vicios sirve, al mismo tiempo, de castigo para unos y de
prueba para otros. De ese modo Dios hace que el bien surja del
mal, y los propios hombres aprovechan las cosas malas o sin valor.
15. Si es así, se dirá, el mal es necesario y durará para siem-
pre; porque si desapareciera, Dios estaría privado de un poderoso
medio para castigar a los culpables. Así pues, es inútil tratar de
mejorar a los hombres. A eso respondemos que, si ya no hubie-
se culpables, tampoco habría necesidad de castigos. Supongamos
que la humanidad se transforme y llegue a estar constituida por
hombres de bien: nadie pensará en hacer mal al prójimo, y to-
dos estarán felices, porque serán buenos. Ese es el estado de los
mundos adelantados, de los que el mal ha sido excluido. Y ese
llegará a ser el de la Tierra, cuando haya progresado lo suficiente.
Con todo, mientras ciertos mundos adelantan, otros se forman,
habitados por Espíritus primitivos; mundos que, además, sirven
de habitación, de exilio y de lugar de expiación para los Espíritus
imperfectos, rebeldes y obstinados en el mal, que son expulsados
de los mundos que han llegado a ser felices.
16. Pero ¡ay de aquel por quien el escándalo viene! Esto
quiere decir que como el mal siempre es el mal, aquel que,
incluso sin saberlo, ha servido de instrumento para la justicia
divina, aquel cuyos malos instintos fueron utilizados, no por
eso ha dejado de hacer el mal, de modo que merece ser casti-
gado. Así, por ejemplo, un hijo ingrato constituye un castigo o
167
Capítulo VIII
una prueba para el padre que sufre por eso, porque es posible
que ese padre haya sido también un mal hijo, que hizo sufrir
a su padre. En ese caso, experimenta la pena del talión. Sin
embargo, esa circunstancia no puede servir de excusa para el
hijo, quien, a su vez, se hará merecedor de un castigo a través
de sus propios hijos, o de algún otro modo.
17. Si vuestra mano es motivo de escándalo, cortadla. Esta
enérgica figura sería absurda si se tomara al pie de la letra, pues
significa simplemente que cada uno debe destruir en sí mismo
toda causa de escándalo, es decir, de mal; arrancar de su corazón
todo sentimiento impuro y todo principio vicioso. Quiere decir
también que, para el hombre, más vale que se le corte una de
sus manos, a que esa mano sirva de instrumento para una mala
acción; más vale que quede privado de la vista, a que sus ojos le
sirvan para concebir pensamientos malos. Jesús no dijo nada ab-
surdo para quien sepa interpretar el sentido alegórico y profundo
de sus palabras. No obstante, muchas cosas no pueden compren-
derse sin la clave que el espiritismo provee.
Instrucciones de los Espíritus
Dejad que los niños vengan a mí
18. Cristo dijo: “Dejad que los niños vengan a mí”. Estas
palabras, profundas pese a su sencillez, no contenían una simple
convocatoria dirigida a los niños, sino a las almas que gravitan en
las regiones inferiores, donde la desdicha no sabe nada acerca de
la esperanza. Jesús llamaba hacia Él a la infancia intelectual de la
criatura formada: a los débiles, a los esclavizados, a los viciosos.
No podía enseñar nada a la infancia física, prisionera de la mate-
ria, sometida al yugo del instinto, que aún no estaba integrada en
168
Bienaventurados los limpios de corazón
el orden superior de la razón y de la voluntad, que se ejercen en
función de ella y para ella.
Jesús quería que los hombres se acercaran a Él con la misma
confianza de esos pequeños seres de pasos vacilantes, cuya con-
vocatoria atrae hacia Él al corazón de las mujeres, porque todas
son madres. De ese modo, sometía a las almas a su tierna y mis-
teriosa autoridad. Jesús fue la antorcha que disipa las tinieblas,
el clarín de la mañana que toca a despertar. Fue el iniciador del
espiritismo, que debe a su vez atraer hacia Él, no a los niños, sino
a los hombres de buena voluntad. La acción viril ha comenzado.
Ya no se trata de creer instintivamente, ni de obedecer en forma
maquinal; es preciso que el hombre siga la ley inteligente, que le
es revelada en su universalidad.
Amados míos, han llegado los tiempos en que, explicados,
los errores se convertirán en verdades. Nosotros os enseñaremos
el sentido exacto de las parábolas, y os mostraremos la correlación
poderosa que existe entre lo que fue y lo que es. En verdad os
digo: la manifestación espírita se amplía en el horizonte, y aquí
está su enviado, que habrá de resplandecer como el sol en la cima
de los montes. (Juan Evangelista. París, 1863.)
19. Dejad venir a mí a los niños, porque yo poseo el ali-
mento que fortifica a los débiles. Dejad venir a mí a aquellos que,
tímidos y cansados, tienen necesidad de apoyo y de consuelo.
Dejad venir a mí a los ignorantes, para que yo los instruya. Dejad
venir a mí a todos los que sufren, a la multitud de los afligidos
y los desventurados. ¡Yo les enseñaré el gran remedio para aliviar
los males de la vida! ¡Yo les revelaré el secreto para curar sus he-
ridas! ¿Cuál es, amigos míos, ese bálsamo soberano que posee la
virtud por excelencia, ese bálsamo que se aplica a todas las llagas
del corazón y las cicatriza? ¡Es el amor, es la caridad! Si tenéis ese
fuego divino, ¿a qué temeréis? Diréis en todos los instantes de
vuestra vida: “Padre mío, hágase tu voluntad y no la mía. Si te
169
Capítulo VIII
complace probarme mediante el dolor y las tribulaciones, ben-
dito seas, pues sé que es por mi bien que tu mano pesa sobre
mí. Si es de tu agrado, Señor, tener piedad de tu frágil criatura,
si concedes a su corazón los goces puros, bendito seas también.
Con todo, ¡haz que el amor divino no se adormezca en su alma,
sino que sin cesar la estimule a que la voz de su reconocimiento
se eleve hasta tus pies!”.
Si tenéis amor, poseeréis todo lo que se puede desear en la
Tierra, poseeréis la perla por excelencia, que ni los acontecimien-
tos ni las fechorías de los que os aborrecen y os persiguen podrán
arrebataros. Si tenéis amor, habréis colocado vuestro tesoro allí
donde las polillas y la herrumbre no pueden alcanzarlo, y veréis
borrarse gradualmente de vuestra alma todo lo que pueda man-
char su pureza. Sentiréis que el peso de la materia se aligera día a
día y, semejante al ave que surca los aires y no se acuerda ya de la
Tierra, ascenderéis sin cesar, ascenderéis siempre, hasta que vues-
tra alma, embriagada, pueda saciarse de su elemento de vida en el
seno del Señor. (Un Espíritu protector. Burdeos, 1861.)
Bienaventurados los que tienen los ojos cerrados9
20. Mis buenos amigos, ¿para qué me habéis llamado? ¿Ha
sido para que imponga las manos sobre la pobre que aquí sufre,
y la cure? ¡Ah! ¡Qué sufrimiento, buen Dios! Ha perdido la vista
y se halla entre tinieblas. ¡Pobre hija! Que ruegue y aguarde. No
sé hacer milagros sin la voluntad del buen Dios. Todas las cura-
ciones que he podido obtener, y de las que habéis tenido noticia,
sólo debéis atribuirlas a Aquel que es el Padre de todos nosotros.
En vuestras aflicciones, elevad siempre los ojos al Cielo y decid
desde el fondo de vuestro corazón: “Padre mío, curadme, pero
haz que mi alma enferma se cure antes que mi cuerpo. Que mi
9
Esta comunicación fue dada en relación con una persona ciega, a favor de la cual se
había evocado al Espíritu de J. B. Vianney, cura de Ars. (N. de Allan Kardec.)
170
Bienaventurados los limpios de corazón
carne sea castigada, si es necesario, para que mi alma se eleve
hacia ti con la blancura que poseía cuando la creaste”. Después
de esa plegaria, mis buenos amigos, que el buen Dios escuchará
siempre, recibiréis la fuerza y el valor, y quizá también la curación
que vosotros habréis pedido temerosamente, en recompensa de
vuestra abnegación.
Sin embargo, ya que estoy aquí, en una reunión que ante
todo se propone realizar estudios, os diré que los que están pri-
vados de la vista deberían considerarse como los bienaventurados
de la expiación. Acordaos que Cristo dijo que era preciso que
arrancaseis vuestro ojo si era malo, y que valía más que lo echarais
al fuego que permitir que se convirtiera en causa de vuestra con-
denación. ¡Ah! ¡Cuántos hay en vuestra Tierra que un día malde-
cirán, en las tinieblas, por haber visto la luz! ¡Oh, sí, qué felices
son aquellos que, en su expiación, son afectados en la vista! Sus
ojos no serán causa de escándalo o de pecado. Pueden vivir por
completo la vida de las almas. Pueden ver más que vosotros, que
veis claramente... Cuando Dios me permite abrir los párpados a
alguno de esos pobres que sufren, y devolverles la luz, me digo:
“Alma querida, ¿por qué no conoces todas las delicias del Espíritu
que vive en la contemplación y el amor? Si lo hicieras, no solici-
tarías que te fuera concedido ver imágenes menos puras y menos
delicadas que las que te es dado entrever en tu ceguera”.
¡Oh, sí, bienaventurado el ciego que quiere vivir con Dios!
Más feliz que vosotros que estáis aquí, él siente la felicidad, la
palpa, ve las almas y puede elevarse con ellas a las esferas espiri-
tuales, que ni los predestinados de la Tierra consiguen divisar. El
ojo abierto siempre está listo para hacer caer en falta al alma. El
ojo cerrado, por el contrario, siempre está dispuesto a hacer que
ascienda hacia Dios. Creedme, mis buenos y queridos amigos, la
ceguera de los ojos suele ser la verdadera luz del corazón, mientras
que la vista suele ser el ángel tenebroso que conduce a la muerte.
171
Capítulo VIII
Ahora, algunas palabras para ti, mi pobre sufridora.
¡Aguarda y ten valor! Si yo te dijera: “Hija mía, tus ojos van a
abrirse”, ¡cuánto te alegrarías! Pero ¿quién sabe si esa alegría no
te ocasionaría un fracaso? ¡Confía en la bondad de Dios, que ha
hecho la felicidad y también permite la tristeza! Haré por ti cuan-
to me esté permitido. No obstante, a tu vez, ruega y, sobre todo,
reflexiona acerca de lo que acabo de decirte.
Antes de que me retire, todos los que estáis aquí reunidos,
recibid mi bendición. (Vianney, cura de Ars. París, 1863.)
21. Nota. Cuando una aflicción no es la consecuencia de los
actos de la vida presente, es preciso buscar su causa en una vida
anterior. Lo que se denomina caprichos de la suerte, no son otra
cosa que los efectos de la justicia de Dios. Él no aplica castigos ar-
bitrarios, pues quiere que la pena siempre esté en correlación con
la falta. Si bien, en su bondad, ha echado un velo sobre nuestros
actos pasados, por otro lado nos muestra el camino, cuando nos
dice: “El que ha herido con la espada, perecerá por la espada”,
palabras estas que pueden traducirse así: “Siempre somos castiga-
dos por donde hemos pecado”. Por consiguiente, si alguien está
afligido por la pérdida de la vista, es porque la vista ha sido la
causa de su falta. También puede ser que él haya sido la causa de
que otro perdiera la vista, o de que alguien haya perdido la vista a
consecuencia del exceso de trabajo que él le impuso, o por malos
tratos, por falta de cuidados, etc. En ese caso, sufre la pena del
talión. Probablemente, él mismo, en su arrepentimiento, haya
escogido esa expiación, aplicando a sí mismo estas palabras de
Jesús: “Si tu ojo es motivo de escándalo, arráncalo”.
172
CAPÍTULO IX
Bienaventurados los que
son mansos y pacíficos
• Injurias y violencias. • Instrucciones de los
Espíritus: La afabilidad y la dulzura. – La paciencia.
– Obediencia y resignación. – La cólera.
Injurias y violencias
1. “Bienaventurados los que son mansos, porque ellos poseerán la Tierra.”
(San Mateo, 5:4.)
2. “Bienaventurados los que son pacíficos, porque ellos serán llamados hijos
de Dios.” (San Mateo, 5:9.)
3. “Habéis oído que fue dicho a los antepasados: No matarás, y aquel
que mate merecerá ser condenado ante el tribunal. Pero yo os digo que
todo aquel que se encolerice contra su hermano, merecerá ser condenado
ante el tribunal; que aquel que llame a su hermano Racca, merecerá
ser condenado ante el concejo; y el que le diga Estás loco, merecerá ser
condenado al fuego del Infierno.” (San Mateo, 5:21 y 22.)
173
Capítulo IX
4. Por medio de estas máximas, Jesús convirtió en ley la
dulzura, la moderación, la mansedumbre, la afabilidad y la pa-
ciencia. Por consiguiente, condena la violencia, la cólera e incluso
toda expresión descortés para con los semejantes. Racca era, entre
los hebreos, una palabra despectiva que significaba hombre que no
vale nada, y se pronunciaba escupiendo y volviendo la cabeza a
un lado. Pero Jesús va más lejos aún, puesto que amenaza con el
fuego del Infierno al que diga a su hermano: Estás loco.
Es evidente que en esta, como en cualquier otra circuns-
tancia, la intención agrava o atenúa la falta. No obstante, ¿cómo
puede tener tanta gravedad una simple palabra, para merecer una
reprobación tan severa? Sucede que toda palabra ofensiva es la ex-
presión de un sentimiento contrario a la ley de amor y de caridad
que debe regir las relaciones entre los hombres y mantener entre
ellos la concordia y la unión. Es también un atentado a la benevo-
lencia recíproca y a la fraternidad, y alimenta el odio y la animo-
sidad. Sucede, en suma, que después de la humildad hacia Dios,
la caridad para con el prójimo es la primera ley de todo cristiano.
5. Pero ¿qué entiende Jesús por estas palabras:
“Bienaventurados los que son mansos, porque ellos poseerán la
Tierra”, puesto que Él mismo ha recomendado a los hombres que
renunciaran a los bienes de este mundo y les ha prometido los
del Cielo?
Mientras aguarda los bienes del Cielo, el hombre tiene ne-
cesidad de los de la Tierra para vivir. Jesús sólo le recomienda que
no atribuya a estos últimos más importancia que a los primeros.
Con esas palabras, Jesús quiso decir que, hasta ahora, los
bienes de la Tierra son monopolizados por los violentos, en per-
juicio de los que son mansos y pacíficos, y que a estos les falta
muchas veces lo necesario, mientras que los otros tienen lo su-
perfluo. Jesús promete que a los mansos se les hará justicia, así en
la Tierra como en el Cielo, porque serán llamados hijos de Dios.
174
Bienaventurados los que son mansos y pacíficos
Cuando la humanidad se someta a la ley de amor y de caridad,
ya no habrá egoísmo; el débil y el pacífico ya no serán explotados
ni pisoteados por el fuerte y el violento. Ese será el estado de la
Tierra cuando, según la ley del progreso y la promesa de Jesús, se
haya transformado en un mundo feliz, en virtud de la expulsión
de los malos.
Instrucciones de los Espíritus
La afabilidad y la dulzura
6. La benevolencia para con los semejantes, fruto del amor
al prójimo, produce la afabilidad y la dulzura, que son sus formas
de manifestarse. Sin embargo, no siempre debemos confiar en las
apariencias. La educación y el trato social pueden dar al hombre
el barniz de esas cualidades. ¡Cuántos hay cuya fingida hombría
de bien sólo es una máscara para el exterior, un traje cuyo corte
esmerado disimula las deformidades que hay debajo! El mundo
está lleno de esas personas que tienen la sonrisa en los labios y
el veneno en el corazón; que son dulces con tal de que nada las
incomode, pero que muerden a la menor contrariedad; esas personas
cuya lengua, dorada cuando hablan cara a cara, se convierte en un
dardo envenenado cuando están detrás.
A esa clase pertenecen también los hombres que fuera de
su casa parecen benignos, pero que dentro de ella son tiranos
domésticos, que hacen sufrir a su familia y a sus subordinados el
peso de su orgullo y de su despotismo, como si quisieran com-
pensar la opresión que a sí mismos se imponen afuera. Como
no se atreven a hacer uso de la autoridad para con los extraños,
que los llamarían al orden, quieren al menos hacerse temer por
los que no pueden resistirse. Se envanecen de poder decir: “Aquí
175
Capítulo IX
mando yo y se me obedece”, sin pensar que podrían añadir: “Y
me detestan”.
No es suficiente con que de los labios broten leche y miel. Si
el corazón no participa de algún modo, sólo se trata de hipocresía.
Aquel cuya afabilidad y dulzura no son fingidas, nunca se contra-
dice: es el mismo tanto ante el mundo como en la intimidad. Sabe,
por otra parte, que si con las apariencias consigue engañar a los
hombres, no puede engañar Dios. (Lázaro. París, 1861.)
La paciencia
7. El dolor es una bendición que Dios envía a sus elegidos.
No os aflijáis, pues, cuando sufrís. Por el contrario, bendecid a
Dios todopoderoso, que mediante el dolor en este mundo os ha
señalado para la gloria en el Cielo.
Sed pacientes. La paciencia también es un tipo de caridad,
y debéis practicar la ley de caridad que enseñó Cristo, el enviado
de Dios. La caridad que consiste en la limosna que se da a los
pobres, es la más fácil de todas. Pero hay una mucho más peno-
sa y, por consiguiente, mucho más meritoria: la de perdonar a
aquellos que Dios ha colocado en nuestro camino para que sean los
instrumentos de nuestras aflicciones y para poner nuestra paciencia
a prueba.
La vida es difícil, ya lo sé. Se compone de mil frioleras que
son otros tantos alfilerazos que acaban por herir. Pero si estamos
atentos a los deberes que se nos han impuesto, a los consuelos y
las compensaciones que por otra parte recibimos, entonces habre-
mos de reconocer que las bendiciones son mucho más numerosas
que los dolores. La carga parece menos pesada cuando miramos
hacia lo alto que cuando doblamos la frente hacia el suelo.
Ánimo, amigos, Cristo es vuestro modelo. Él sufrió más
que ninguno de vosotros, y no tenía nada que reprocharse, mien-
tras que vosotros tenéis que expiar vuestro pasado y fortificaros
176
Bienaventurados los que son mansos y pacíficos
para el porvenir. Así pues, sed pacientes, sed cristianos. Esta pala-
bra lo resume todo. (Un Espíritu amigo. El Havre, 1862.)
Obediencia y resignación
8. La doctrina de Jesús enseña, en todos sus conceptos, la
obediencia y la resignación, dos virtudes compañeras de la dul-
zura y muy activas, aunque los hombres las confunden equivo-
cadamente con la negación del sentimiento y de la voluntad. La
obediencia es el consentimiento de la razón; la resignación es el con-
sentimiento del corazón. Ambas son fuerzas activas, porque car-
gan el fardo de las pruebas que la insensata rebeldía dejó caer.
El cobarde no puede ser resignado, de la misma manera que el
orgulloso y el egoísta no pueden ser obedientes. Jesús fue la en-
carnación de estas virtudes, que la antigüedad materialista des-
preció. Él vino en el momento en que la sociedad romana perecía
en los estertores de la corrupción. Vino a hacer que brillasen, en
el seno de la humanidad agobiada, los triunfos del sacrificio y de
la renuncia carnal.
Cada época lleva, pues, el sello de la virtud que habrá de
salvarla o del vicio que determinará su fracaso. La virtud de vues-
tra generación consiste en la actividad intelectual; su vicio radica
en la indiferencia moral. Y sólo digo actividad, porque el genio
se eleva de repente y descubre por sí mismo los horizontes que la
multitud sólo llegará a ver más tarde, mientras que la actividad
consiste en la reunión de los esfuerzos de todos para alcanzar un
objetivo menos brillante, es cierto, pero que pone en evidencia
la elevación intelectual de una época. Someteos al impulso que
venimos a dar a vuestros espíritus; obedeced a la gran ley del
progreso, que es la palabra de vuestra generación. ¡Desdichado el
espíritu perezoso, que cierra su entendimiento! ¡Ay de él! Porque
nosotros, que somos los guías de la humanidad en marcha, lo
fustigaremos y forzaremos su voluntad rebelde, por medio del
177
Capítulo IX
doble efecto del freno y la espuela. Toda resistencia orgullosa ha-
brá de ceder, tarde o temprano. Bienaventurados, entre tanto, los
que son mansos, porque prestarán oídos dóciles a las enseñanzas.
(Lázaro. París, 1863.)
La cólera
9. El orgullo os conduce a creeros más de lo que sois, a no
soportar una comparación que pueda rebajaros; a que os con-
sideréis, por el contrario, de tal modo por encima de vuestros
hermanos, sea en cuanto a la inteligencia o en la posición social,
o incluso en lo que atañe a ventajas personales, que el menor pa-
ralelo os irrita y os disgusta. ¿Qué sucede entonces? Os entregáis
a la cólera.
Buscad el origen de esos accesos de demencia pasajera que
os asemejan al bruto, y os hacen perder la sangre fría y la razón.
Buscad, y casi siempre encontraréis en la base el orgullo herido.
¿Acaso no es el orgullo, herido por una contradicción, el que os
hace invalidar las observaciones justas, y rechazar, encolerizados,
los más sabios consejos? Aun la impaciencia, que tiene origen
en contrariedades a menudo triviales, es consecuencia de la im-
portancia que cada uno atribuye a su personalidad, ante la cual
considera que todos deben inclinarse.
En su frenesí, el hombre encolerizado se enoja con todo:
con la naturaleza bruta, con los objetos inanimados, a los cuales
rompe porque no lo obedecen. ¡Ah! ¡Si en esos momentos pu-
diera observarse fríamente, se horrorizaría de sí mismo, se vería
muy ridículo! Con esto puede evaluar la impresión que produce
en los demás. Aunque no fuese más que por respeto a sí mismo,
debería esforzarse por vencer una inclinación que lo hace objeto
de piedad.
Si pensara que la cólera no remedia nada, que perjudica su
salud e incluso compromete su vida, reconocería que él mismo
178
Bienaventurados los que son mansos y pacíficos
es la primera víctima de ella. No obstante, sobre todo, otra con-
sideración debería detenerlo: la de pensar que hace desdichados
a todos los que lo rodean. Si tiene corazón, ¿no será un motivo
de remordimiento para él hacer sufrir a los seres que más ama?
¡Y qué pena mortal si, en un arrebato de furia, cometiese un acto
que tuviera que reprocharse el resto de su vida!
En suma, la cólera no excluye ciertas cualidades del co-
razón, pero impide hacer mucho bien y puede contribuir a que
se haga mucho mal. Esto debe bastar para inducir al hombre a
esforzarse en dominarla. El espírita, además, es instigado por otro
motivo: la cólera es contraria a la caridad y a la humildad cristia-
nas. (Un Espíritu protector. Burdeos, 1863.)
10. Según la muy falsa idea de que no puede reformar su
propia naturaleza, el hombre se cree dispensado de realizar es-
fuerzos para corregir los defectos en los que se complace volun-
tariamente, o que le demandarían demasiada perseverancia si se
propusiera extirparlos. Así, por ejemplo, el hombre inclinado a
la cólera se justifica casi siempre con su temperamento. En vez
de confesarse responsable, atribuye la culpa a su organismo y,
de ese modo, acusa a Dios de sus propias faltas. Esto es, además,
una consecuencia del orgullo que se halla mezclado con todas sus
imperfecciones.
Por cierto, existen temperamentos que se prestan más que
otros a los actos violentos, como hay músculos más flexibles, que
se prestan mejor a los movimientos que requieren fuerza. Pero
no creáis que sea esa la causa principal de la cólera, y persuadíos
de que un Espíritu pacífico, aunque esté en un cuerpo bilioso,
siempre será pacífico; y que un Espíritu violento, en un cuerpo
linfático, no por eso será más dócil; sino que la violencia adoptará
otro carácter. Al no disponer de un organismo apropiado para
secundar su violencia, la cólera se concentrará; mientras que en el
otro caso se expandirá.
179
Capítulo IX
El cuerpo no confiere la cólera al que no la tiene, así como
tampoco confiere los demás vicios. Las virtudes y los vicios son
inherentes al Espíritu. Si no fuera así, ¿dónde estaría el mérito y la
responsabilidad? El hombre contrahecho no puede enderezarse,
porque el Espíritu no toma parte en eso; pero sí puede modificar
lo que pertenece al Espíritu, cuando tiene la firme voluntad de
hacerlo. ¿No os muestra la experiencia, espíritas, por medio de
las transformaciones verdaderamente milagrosas que se produ-
cen ante vuestros ojos, hasta dónde puede llegar el poder de la
voluntad? Reconoced, pues, que el hombre sólo se mantiene vicioso
porque así lo quiere. En cambio, el que desea corregirse siempre
puede hacerlo. De lo contrario, la ley del progreso no existiría
para el hombre. (Hahnemann. París, 1863.)
180
CAPÍTULO X
Bienaventurados los que
son misericordiosos
• Perdonad para que Dios os perdone. • Reconciliarse con los
adversarios. • El sacrificio más agradable a Dios.
• La paja y la viga en el ojo. • No juzguéis para que no seáis
juzgados. El que esté sin pecado, que le arroje la primera
piedra. • Instrucciones de los Espíritus: Perdón de las ofensas.
– La indulgencia. – ¿Está permitido reprender al prójimo,
observar sus imperfecciones y revelar el mal que comete?
Perdonad para que Dios os perdone
1. “Bienaventurados los que son misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.” (San Mateo, 5:7.)
2. “Si perdonáis a los hombres las faltas que ellos cometen contra vosotros,
vuestro Padre celestial también os perdonará vuestros pecados; pero si no
perdonáis a los hombres cuando os ofenden, vuestro Padre tampoco os
perdonará vuestros pecados.” (San Mateo, 6:14 y 15.)
181
Capítulo X
3. “Si tu hermano pecó contra ti, vete y hazle ver su falta en privado, a
solas con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.” Entonces, Pedro
se aproximó a Él y le dijo: “¿Señor, cuántas veces perdonaré a mi hermano,
cuando haya pecado contra mí? ¿Hasta siete veces?” Jesús le respondió: “No
te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete veces”. (San Mateo,
18:15; 21 y 22.)
4. La misericordia es el complemento de la mansedumbre,
porque el que no es misericordioso no puede ser manso ni pacífi-
co. La misericordia consiste en el olvido y el perdón de las ofensas.
El odio y el rencor denotan un alma sin elevación ni grandeza. El
olvido de las ofensas es propio del alma elevada, que está más allá
del alcance de los golpes que se pretenda lanzar sobre ella. Una
siempre está ansiosa, su susceptibilidad es sombría y desbordante
de hiel; la otra es serena, plena de mansedumbre y caridad.
Desdichado el que dice: “Jamás perdonaré”, porque si no
lo condenan los hombres, por cierto Dios lo hará. ¿Con qué de-
recho reclamaría el perdón de sus propias faltas, si él mismo no
perdona las de los otros? Cuando Jesús manifiesta que se debe
perdonar a un hermano, no siete veces, sino setenta veces siete
veces, nos enseña que la misericordia no debe tener límites.
Sin embargo, hay dos maneras muy diferentes de perdonar:
la primera es grande, noble, verdaderamente generosa, sin segun-
das intenciones, y evita con delicadeza herir el amor propio y la
susceptibilidad del adversario, aunque este último se encuentre
completamente equivocado. La segunda, en cambio, se verifica
cuando el ofendido, o el que cree haber sido ofendido, impone al
otro condiciones humillantes y le hace sentir el peso de un per-
dón que irrita en vez de calmar. Si tiende la mano a su ofensor,
no lo hace con benevolencia, sino con ostentación, a fin de poder
decir a todo el mundo: “¡Mirad qué generoso soy!” En esas cir-
cunstancias, es imposible que la reconciliación sea sincera, tanto
de una como de otra parte. No, allí no hay generosidad, sino un
182
Bienaventurados los que son misericordiosos
modo de satisfacer el orgullo. En toda contienda, el que se ma-
nifiesta más conciliador, el que demuestra más desinterés, más
caridad y verdadera grandeza de alma, captará siempre la simpatía
de las personas imparciales.
Reconciliarse con los adversarios
5. “Ponte cuanto antes de acuerdo con tu adversario, mientras estás en el
camino con él, no sea que tu adversario te entregue al juez, y que el juez
te entregue al guardia, y te metan en la cárcel. En verdad te digo, que no
saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último óbolo.” (San Mateo,
5: 25 y 26.)
6. En la práctica del perdón, al igual que en la del bien en
general, existe algo más que un efecto moral: hay también un
efecto material. Se sabe que la muerte no nos libera de nuestros
enemigos. Los Espíritus vengativos persiguen muchas veces con
su odio, más allá de la tumba, a aquellos contra quienes conservan
rencor. Por esa razón, el proverbio que dice: “Muerto el perro, se
acabó la rabia”, es falso cuando se aplica al hombre. El Espíritu
malo espera que aquel a quien quiere mal se encuentre encadena-
do a su cuerpo y, de ese modo, disponga de menos libertad, a fin
de atormentarlo más fácilmente y perjudicarlo en sus intereses o
en sus afectos más preciados. En este hecho puede verse la causa
de la mayor parte de los casos de obsesión; sobre todo de aquellos
que presentan cierta gravedad, como la subyugación y la pose-
sión. Así pues, tanto el obseso como el poseso son, casi siempre,
víctimas de una venganza anterior, a la que probablemente dieron
lugar con su conducta. Dios lo permite para castigarlos por el
mal que han hecho o, si no lo han hecho, por haber faltado a la
indulgencia y a la caridad, al no perdonar. Conviene, pues, desde
el punto de vista de nuestra futura tranquilidad, que cada uno
183
Capítulo X
repare, cuanto antes, los daños que haya podido causar a su pró-
jimo, que perdone a sus enemigos, a fin de que se extinga, antes
de que le llegue la muerte, todo motivo de disensiones, toda causa
fundada de animosidad ulterior. Así, de un enemigo obstinado
en este mundo, podemos hacer un amigo en el otro o, al menos,
colocarnos del lado de la justicia. En ese caso, Dios no permite
que quien perdonó quede expuesto a la venganza. Cuando Jesús
recomienda que nos reconciliemos cuanto antes con nuestro ad-
versario, no es sólo con el propósito de apaciguar las discordias
durante la existencia actual, sino para evitar que se perpetúen en
las existencias futuras. Él dijo: “no saldrás de la cárcel hasta que
no hayas pagado el último óbolo”, es decir, mientras no hayamos
satisfecho por completo la justicia de Dios.
El sacrificio más agradable a Dios
7. “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu
hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, al pie del altar, y ve
primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve para presentar tu
ofrenda.” (San Mateo, 5:23 y 24.)
8. Cuando Jesús dice: “Ve a reconciliarte con tu hermano,
antes de presentar tu ofrenda en el altar”, enseña que el sacrificio
más agradable al Señor es el que el hombre hace de su propio re-
sentimiento; que antes de presentarse ante Él para ser perdonado
es preciso que haya perdonado él mismo, y que haya reparado
el daño que ha podido causar a sus hermanos. Sólo entonces la
ofrenda será aceptada, porque provendrá de un corazón puro,
exento de todo pensamiento malo. Como los judíos ofrecían sa-
crificios materiales, Jesús materializó ese precepto. Él debía adap-
tar sus palabras a las costumbres de ese pueblo. El cristiano, por su
parte, no ofrece bienes materiales; ha espiritualizado el sacrificio,
184
Bienaventurados los que son misericordiosos
razón por la cual el precepto tiene más fuerza. El cristiano ofrece
su alma a Dios, y esa alma debe estar purificada. Al entrar en el
templo del Señor, debe dejar fuera todo sentimiento de odio y de
animosidad, todo pensamiento malo contra su hermano. Sólo en ese
caso los ángeles llevarán su plegaria a los pies del Eterno. Eso es
lo que enseña Jesús con estas palabras: Deja tu ofrenda al pie del
altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, si quieres ser
agradable al Señor.
La paja y la viga en el ojo
9. “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no miras
la viga que hay en tu propio ojo? ¿O cómo dices a tu hermano: ‘Déjame
sacar la paja de tu ojo’, tú que tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, quita
primero la viga de tu ojo, y entonces verás cómo sacar la paja del ojo de tu
hermano.” (San Mateo, 7: 3 a 5.)
10. Uno de los defectos de la humanidad consiste en ver
el mal del otro antes de que veamos el mal que está en no-
sotros. Para juzgarse a sí mismo, sería preciso que el hombre
pudiera verse en un espejo, transportarse en cierto modo fuera
de sí, a fin de considerarse como otra persona, y preguntarse:
¿Qué pensaría yo si viese hacer a otro lo que yo hago? No cabe
duda de que es el orgullo el que hace que el hombre disimule
sus propios defectos, tanto morales como físicos. Ese defecto es
esencialmente contrario a la caridad, porque la verdadera cari-
dad es modesta, sencilla e indulgente. La caridad orgullosa es
un absurdo, puesto que ambos sentimientos se neutralizan uno
a otro. En efecto, ¿cómo es posible que un hombre, suficiente-
mente presuntuoso para creer en la importancia de su perso-
nalidad y en la supremacía de sus cualidades, tenga al mismo
tiempo la abnegación necesaria para hacer resaltar en los demás
185
Capítulo X
el bien que podría eclipsarlo, en lugar del mal que lo realzaría?
Si bien el orgullo es el padre de muchos vicios, es también la
negación de muchas virtudes. Se lo encuentra en el fondo y
como móvil de casi todas las acciones. Por eso Jesús se empeñó
en combatirlo como al principal obstáculo del progreso.
No juzguéis para que no seáis
juzgados. El que esté sin pecado,
que le arroje la primera piedra
11. “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados según
el modo como hayáis juzgado a los otros; y se empleará para con vosotros la
misma medida que halláis empleado para con ellos.” (San Mateo, 7:1 y 2.)
12. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer que había sido
sorprendida en adulterio; la pusieron de pie en medio del pueblo, y dijeron
a Jesús: “Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en adulterio. Ahora
bien, Moisés nos ordenó en la ley que se lapide a las adúlteras. ¿Cuál es tu
opinión acerca de eso?”. Y esto lo decían para tentarlo, a fin de tener de
qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la
tierra. Y como ellos insistían en preguntarle, Él se levantó y les dijo: “Aquel
de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. Luego,
se inclinó de nuevo, y continuó escribiendo en la tierra. Ellos, al oír que
Jesús habló de ese modo, se retiraron uno tras otro, y los ancianos se alejaron
primero. Y así, Jesús quedó a solas con la mujer, que estaba en medio de
la plaza.
Entonces Jesús se incorporó y le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusan?
¿Ninguno te condenó?”. Ella le dijo: “No, Señor”. Jesús le respondió:
“Tampoco yo te condenaré. Vete, y en adelante no peques más”. (San Juan,
8:3 a 11.)
186
Bienaventurados los que son misericordiosos
13. “Aquel que esté sin pecado, que le arroje la primera
piedra”, dijo Jesús. Esta máxima hace de la indulgencia un deber,
porque no hay nadie que no la necesite para sí mismo. Nos en-
seña que no debemos juzgar a los otros con mayor severidad que
aquella con la que nos juzgamos a nosotros mismos, ni condenar
en los demás lo que absolvemos en nosotros. Antes de reprochar
una falta a alguien, miremos si no podría recaer sobre nosotros la
misma reprobación.
La reprobación de la conducta ajena puede tener dos mo-
tivos: reprimir el mal o desacreditar a la persona cuyos actos se
critican. Este último propósito nunca tiene disculpa, porque en
ese caso sólo existe maledicencia y maldad. El primero puede ser
loable, e incluso constituye un deber en ciertos casos, porque de
ahí puede resultar un bien, y porque de no ser así, el mal jamás
sería reprimido en la sociedad. Por otra parte, ¿no debe el hombre
cooperar en el progreso de su semejante? Así pues, este principio
no debe ser tomado en su sentido absoluto: “No juzguéis si no
queréis ser juzgados”, porque la letra mata, mientras que el espí-
ritu vivifica.
Jesús no podía prohibir la reprobación de lo que está mal,
puesto que Él mismo nos dio el ejemplo de ello, y lo hizo en
términos enérgicos. Con todo, quiso decir que la autoridad de la
reprobación está en razón directa de la autoridad moral del que la
pronuncia. Ser culpable de aquello mismo por lo que se recrimi-
na a otro, implica abdicar de esa autoridad. Además, es arrogarse
el derecho de represión. La conciencia íntima, por otra parte, nie-
ga todo respeto y toda sumisión voluntaria a aquel que, investido
de algún poder, viola las leyes y los principios que está encargado
de aplicar. Para Dios, la única autoridad legítima es la que se apoya
en el ejemplo que ella misma da del bien. Eso es igualmente lo que
se destaca de las palabras de Jesús.
187
Capítulo X
Instrucciones de los Espíritus
Perdón de las ofensas
14. ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano? Lo perdona-
rás no siete veces, sino setenta veces siete veces. Aquí tenéis una
máxima de Jesús que debe impresionar a vuestra inteligencia y
hablar más alto a vuestro corazón. Comparad esas palabras mise-
ricordiosas con la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, tan
sencilla, tan resumida y tan grande en sus aspiraciones, y encon-
traréis siempre el mismo pensamiento. Jesús, el justo por excelen-
cia, responde a Pedro: Perdonarás, pero sin límites; perdonarás
cada ofensa que se te haga; enseñarás a tus hermanos ese olvido
de sí mismo que hace al hombre invulnerable contra el ataque, los
malos procederes y las injurias; serás dulce y humilde de corazón,
y nunca medirás tu mansedumbre; harás, en suma, lo que deseas
que el Padre celestial haga por ti. ¿No te perdona Él a menudo?
¿Cuenta Él, acaso, las veces que su perdón desciende para borrar
tus faltas?
Prestad atención, pues, a esa respuesta de Jesús y, como
Pedro, aplicadla a vosotros mismos. Perdonad, sed indulgentes,
caritativos, generosos y hasta pródigos de vuestro amor. Dad,
porque el Señor os retribuirá. Perdonad, porque el Señor os per-
donará. Rebajaos, porque el Señor os elevará. Humillaos, porque
el Señor os hará sentar a su derecha.
Id, mis bienamados, estudiad y comentad estas palabras
que os dirijo de parte de Aquel que, desde lo alto de los esplendo-
res celestiales, mira siempre hacia vosotros, y prosigue con amor
la tarea ingrata que empezó hace dieciocho siglos. Perdonad a
vuestros hermanos, como tenéis necesidad de que ellos os perdo-
nen a vosotros. Si sus actos os han perjudicado personalmente,
mayor motivo tenéis para ser indulgentes, porque el mérito del
188
Bienaventurados los que son misericordiosos
perdón se halla proporcionado a la gravedad del mal. No ten-
dríais ningún merecimiento al perdonar los errores de vuestros
hermanos si sólo os hubiesen hecho pequeñas heridas.
Espíritas, no olvidéis nunca que tanto en palabras como en
acciones, el perdón de las injurias no debe ser un término vano.
Si os llamáis espíritas, sedlo realmente. Olvidad el mal que os
hayan hecho y no penséis sino en una cosa: el bien que podéis
dar a cambio. El que ha ingresado en este camino no debe apar-
tarse de él, ni siquiera con el pensamiento, porque también sois
responsables de vuestros pensamientos, que Dios conoce. Haced,
por consiguiente, que estén despojados de todo sentimiento de
rencor. Dios conoce lo que habita en el fondo del corazón de cada
uno. Feliz, pues, aquel que cada noche puede dormirse diciendo: “No
tengo nada contra mi prójimo”. (Simeón. Burdeos, 1862.)
15. Perdonar a los enemigos es pedir perdón para uno
mismo. Perdonar a los amigos es darles una prueba de amistad.
Perdonar las ofensas es mostrarse mejor de lo que se era. Perdonad,
pues, amigos míos, a fin de que Dios os perdone, porque si sois
rígidos, exigentes e inflexibles, si empleáis el rigor hasta por una
ligera ofensa, ¿cómo pretenderíais que Dios olvide que cada día
tenéis mayor necesidad de indulgencia? ¡Oh! Desdichado el hom-
bre que dice: “Nunca perdonaré”, porque pronuncia su propia
condena. Además, ¿quién sabe si, al descender hasta el fondo de
sí mismo, no reconocería que ha sido el agresor? ¿Quién sabe si,
en esa lucha que empieza por un alfilerazo y concluye en una
ruptura, no fue él mismo quien dio el primer golpe? ¿Si no se
le ha escapado alguna palabra ofensiva? ¿Si ha procedido con la
moderación necesaria? Sin duda, su adversario comete un error
al manifestarse tan susceptible, pero esa es una razón más para
ser indulgente con él y para que no merezca los reproches que
se le dirigen. Admitamos que aquel hombre haya sido realmente
ofendido en alguna circunstancia: ¿quién le dice que él mismo no
189
Capítulo X
envenenó la situación con represalias, y que hizo que degenerara
en una querella formal lo que fácilmente hubiera podido quedar
en el olvido? Si dependía de él impedir las consecuencias de esa
acción y no lo hizo, es culpable. Admitamos, por último, que no
tenga absolutamente ningún cargo que hacerse: en ese caso, ten-
drá mucho más mérito si se muestra clemente.
Con todo, hay dos maneras muy diferentes de perdonar:
está el perdón de los labios y también el del corazón. Muchas
personas dicen acerca de su adversario: “Lo perdono”, mientras
que interiormente experimentan un placer secreto por el mal
que le ocasionan, y alegan que eso es lo que se merece. ¿Cuántos
dicen: “Yo perdono”, y añaden: “Pero no me reconciliaré nunca;
no lo volveré a ver en mi vida”? ¿Acaso es ese el perdón según
el Evangelio? No; el verdadero perdón, el perdón cristiano, es
aquel que echa un velo sobre el pasado; es el único que os será
tomado en cuenta, porque Dios no se contenta con las aparien-
cias: sondea el fondo de los corazones y los pensamientos más
secretos. Nadie se impone a Él con palabras vanas ni con apa-
riencias. El olvido completo y absoluto de las ofensas es propio
de las almas grandes. El rencor es en todos los casos una señal
de bajeza y de inferioridad. No olvidéis que el verdadero perdón
se reconoce mucho más en los actos que en las palabras. (Pablo,
apóstol. Lyon, 1861.)
La indulgencia
16. Espíritas, hoy queremos hablaros de la indulgencia, ese
sentimiento tan dulce y fraternal que todo hombre debe tener
para con sus hermanos, pero que muy pocos ponen en práctica.
La indulgencia no ve los defectos del prójimo, o si los ve,
evita hablar de ellos o divulgarlos. Por el contrario, los oculta con
el fin de que sólo ella los conozca, y si la malevolencia los descu-
bre, siempre tiene a mano una excusa para disimularlos, es decir,
190
Bienaventurados los que son misericordiosos
una excusa plausible, formal, y no de aquellas que, con la apa-
riencia de atenuar la falta, la hacen resaltar con pérfida maestría.
La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los
demás, a menos que sea para prestar un servicio; y aun así tiene
cuidado de atenuarlos tanto como le sea posible. No hace ob-
servaciones que choquen, ni tiene reproches en los labios, sino
solamente consejos, lo más a menudo velados. Cuando criticáis,
¿qué consecuencia debe extraerse de vuestras palabras? La de que
vosotros, que pronunciáis una censura, no haréis lo que repro-
cháis, y que valéis más que el culpable. ¡Oh, hombres! ¿Cuándo
juzgaréis a vuestros corazones, a vuestros propios pensamientos,
a vuestros propios actos, sin ocuparos de lo que hacen vuestros
hermanos? ¿Cuándo dirigiréis vuestra severa mirada sólo hacia
vosotros mismos?
Sed, pues, severos para con vosotros e indulgentes para con
los demás. Recordad a Aquel que juzga en última instancia, que
ve los pensamientos secretos de cada corazón, y que, por consi-
guiente, disculpa a menudo las faltas que vosotros censuráis, o
condena las que disculpáis, porque conoce el móvil de todos los
actos. Recordad que vosotros, que exclamáis tan alto la palabra
¡anatema!, quizás habéis cometido faltas más graves.
Sed indulgentes, amigos míos, porque la indulgencia atrae,
calma, rescata; mientras que el rigor desalienta, aparta e irrita.
(José, Espíritu protector. Burdeos, 1863.)
17 Sed indulgentes para con las faltas del prójimo, cuales-
quiera que sean. Sólo juzgad con seriedad vuestras propias ac-
ciones, y el Señor empleará la indulgencia para con vosotros, así
como vosotros la habéis empleado para con los demás.
Sostened a los fuertes y animadlos a la perseverancia.
Fortaleced a los débiles y enseñadles la bondad de Dios, que toma
en cuenta hasta el menor arrepentimiento. Mostrad a todos el án-
gel de la penitencia, que extiende sus blancas alas sobre las faltas
191
Capítulo X
de los humanos, y las oculta de ese modo ante aquel que no pue-
de tolerar lo que es impuro. Comprended la misericordia infinita
de vuestro Padre, y no os olvidéis jamás de decirle con vuestro
pensamiento, y sobre todo con vuestros actos: “Perdona nuestras
ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofen-
dido”. Comprended el valor de esas sublimes palabras, pues no
sólo la letra es admirable, sino también la enseñanza que encierra.
¿Qué solicitáis al Señor cuando le imploráis que os perdo-
ne? ¿Es sólo el olvido de vuestras ofensas? Ese olvido os dejaría en
la nada, porque si Dios se contentase con olvidar vuestras faltas,
Él no castigaría, pero tampoco recompensaría. La recompensa no
puede ser el precio del bien que no se ha hecho, y menos aún el
del mal que se ha causado, aunque ese mal haya sido olvidado. Al
pedir a Dios perdón para vuestras transgresiones, le pedís el favor
de su gracia para que no volváis a caer, así como la fuerza nece-
saria para entrar en un camino nuevo, el de la sumisión y el del
amor, en el que al arrepentimiento podréis añadir la reparación.
Cuando perdonéis a vuestros hermanos, no os contentéis
con correr el velo del olvido sobre sus faltas, pues ese velo suele
ser muy transparente a vuestra mirada. Cuando los perdonéis,
ofrecedles al mismo tiempo vuestro amor; haced por ellos lo que
quisierais que el Padre celestial hiciera por vosotros. Reemplazad
la cólera que mancha por el amor que purifica. Predicad con el
ejemplo esa caridad activa, infatigable, que Jesús os ha enseñado.
Predicadla como Él mismo lo hizo durante todo el tiempo que
vivió en la Tierra, visible a los ojos del cuerpo, y como la predica
también sin cesar desde que sólo es visible a los ojos del espíritu.
Seguid ese divino modelo; no os apartéis de sus huellas; ellas os
conducirán al refugio donde encontraréis el reposo después de
la lucha. Cargad vuestra cruz, como Él lo hizo, y subid penosa-
mente, pero con valor, vuestro calvario, pues en su cima está la
glorificación. (Juan, obispo de Burdeos, 1862.)
192
Bienaventurados los que son misericordiosos
18. Queridos amigos, sed severos para con vosotros mis-
mos e indulgentes para con las debilidades de los otros. Esta es
también una práctica de la santa caridad que muy pocas personas
observan. Todos tenéis malas inclinaciones que vencer, defectos
que corregir, costumbres que modificar. Todos tenéis que des-
prenderos de una carga más o menos pesada, para ascender a la
cima de la montaña del progreso. ¿Por qué, pues, sois tan clari-
videntes en relación con el prójimo, y tan ciegos en relación con
vosotros mismos? ¿Cuándo dejaréis de advertir en el ojo de vues-
tro hermano la paja que lo molesta, para ver en vosotros la viga
que os ciega y os hace andar de caída en caída? Creed en vuestros
hermanos, los Espíritus. Todo hombre suficientemente orgulloso
para considerarse superior, en virtud y en mérito, a sus hermanos
encarnados, es insensato y culpable, y Dios le castigará en el día
de su justicia. El verdadero carácter de la caridad es la modestia y
la humildad, que consisten en no ver, más que superficialmente,
los defectos del prójimo, así como en esforzarse para hacer que
prevalezca lo que en él hay de bueno y virtuoso. Porque aunque
el corazón humano sea un abismo de corrupción, siempre existirá
en algunos de sus pliegues más recónditos el germen de los bue-
nos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.
¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita! ¡Felices los
que te conocen y hallan provecho en las saludables enseñanzas
de los Espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y al re-
correrlo pueden leer estas palabras, que les indican el medio de
llegar a destino: caridad práctica, caridad del corazón, caridad
para con el prójimo como para uno mismo; en una palabra,
caridad para con todos y amor de Dios por encima de todas las
cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes, y por-
que es imposible amar realmente a Dios sin practicar la caridad,
de la que Él ha hecho una ley para todas sus criaturas. (Dufetre,
obispo de Nevers. Burdeos.)
193
Capítulo X
¿Está permitido reprender al prójimo, observar
sus imperfecciones y revelar el mal que comete?
19. Puesto que nadie es perfecto, ¿se sigue de ahí que nadie
tiene derecho a reprender al prójimo?
Por cierto que no, pues cada uno de vosotros debe trabajar
por el progreso de todos y, sobre todo, de aquellos cuya tutela se
os ha confiado. No obstante, por esa misma razón, debéis hacerlo
con moderación, con un fin útil, y no como se hace la mayor
parte de las veces, por el placer de denigrar. En este último caso,
la reprobación es una maldad. En el primero, es un deber que
la caridad ordena cumplir con todos los miramientos posibles.
Más aún, la reprobación que alguien haga a otro debe también
dirigirla a sí mismo, procurando averiguar si la merece. (San Luis.
París, 1860.)
20. ¿Será reprensible observar las imperfecciones del próji-
mo, cuando de eso no resulte ningún provecho para él, y aunque
no las divulguemos?
Todo depende de la intención. Por cierto, no está prohibi-
do ver el mal, cuando el mal existe. Sería incluso inconveniente
ver en todas partes solamente el bien, pues esa ilusión perjudica-
ría al progreso. El error consiste en hacer que esa observación re-
dunde en detrimento del prójimo, y lo desacredite, sin necesidad,
ante la opinión de los demás. También sería reprensible hacerlo
sólo para complacerse uno mismo con un sentimiento de male-
volencia y de satisfacción por encontrar a los otros en falta. Todo
lo contrario sucede cuando, al echar un velo sobre el mal, para
ocultarlo a los demás, nos limitamos a observarlo para provecho
personal, es decir, para ejercitarnos en evitar lo que reprobamos
en el prójimo. Por otra parte, esa observación, ¿no es útil para el
moralista? ¿Cómo podría él describir los males de la humanidad,
si no estudiara los modelos? (San Luis. París, 1860.)
21. ¿Habrá casos en los que sea útil revelar el mal ajeno?
194
Bienaventurados los que son misericordiosos
Esta cuestión es muy delicada, y aquí es preciso que haga-
mos un llamado a la caridad bien entendida. Si las imperfecciones
de una persona sólo la perjudican a ella misma, no habrá ningu-
na utilidad en darlas a conocer. En cambio, si pueden ocasionar
perjuicio a otros, debemos preferir el interés del mayor número al
interés de uno solo. Según las circunstancias, desenmascarar la hi-
pocresía y la mentira puede constituir un deber, porque más vale
que caiga un hombre, y no que muchos lleguen a ser sus víctimas.
En un caso así, es necesario evaluar la suma de las ventajas y de los
inconvenientes. (San Luis. París, 1860.)
195
CAPÍTULO XI
Amar al prójimo
como a sí mismo
• El mayor mandamiento. Hacer por los otros lo que
quisiéramos que ellos hiciesen por nosotros. Parábola de
los acreedores y los deudores. • Dad al César lo que es del
César. • Instrucciones de los Espíritus: La ley del amor. –
El egoísmo. – La fe y la caridad. – Caridad para con los
criminales. – ¿Debemos exponer la vida por un malhechor?
El mayor mandamiento. Hacer por
los otros lo que quisiéramos que ellos
hiciesen por nosotros. Parábola de
los acreedores y los deudores.
1. Cuando los fariseos se enteraron de que Él había tapado la boca a los
saduceos, se reunieron. Y uno de ellos, que era doctor de la ley, le hizo esta
pregunta, para tentarlo: “Maestro, ¿cuál es el mayor mandamiento de la
197
Capítulo XI
ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu mente; este es el mayor y el primer mandamiento.
Y el segundo es semejante a ese: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Toda la ley y los profetas se hallan contenidos en esos dos mandamientos”.
(San Mateo, 22:34 a 40.)
2. “Haced a los hombres todo lo que quisierais que ellos os hiciesen,
porque ésta es la ley y los profetas.” (San Mateo, 7:12.)
“Tratad a todos los hombres de la misma manera que quisierais que ellos os
tratasen.” (San Lucas, 6:31.)
3. “El reino de los Cielos es comparable a un rey que quiso arreglar cuentas
con sus servidores; y habiendo comenzado a hacerlo, le presentaron uno
que le debía diez mil talentos. Pero como no tenía recursos para pagar,
su señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y a todo
lo que tenía, como pago de la deuda. Entonces el servidor se arrojó a sus
pies, y le rogaba, diciendo: ‘Señor, ten un poco de paciencia, y te pagaré
todo’. Entonces el señor de aquel servidor, movido a compasión, lo dejó ir y
le perdonó la deuda. Pero ese servidor, al salir de allí, se encontró con uno
de sus compañeros, que le debía cien denarios; lo tomó por la garganta
y lo estrangulaba, diciendo: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero,
arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten un poco de paciencia,
y te pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue e hizo que
lo metieran en la cárcel, para que estuviera preso hasta que pagase lo que
le debía.
”Los otros servidores, sus compañeros, al ver lo que pasaba, sumamente
afligidos, fueron a contar a su señor todo lo que había pasado. Entonces
el señor mandó llamar a aquel servidor y le dijo: ‘Servidor malo, te había
perdonado todo lo que me debías, porque me lo pediste. ¿Acaso no debías
tú también compadecerte de tu compañero, como yo me compadecí de ti?’.
Y su señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo
que debía.
198
Amar al prójimo como a sí mismo
”Del mismo modo os tratará mi Padre, que está en el Cielo, si no perdonáis
desde el fondo de vuestros corazones las faltas que vuestro hermano haya
cometido contra vosotros.” (San Mateo, 18:23 a 35.)
4. “Amar al prójimo como a sí mismo; hacer por los otros
lo que quisiéramos que los otros hiciesen por nosotros”, es la ex-
presión más completa de la caridad, porque resume todos los de-
beres del hombre para con el prójimo. Al respecto, no se puede
tener una guía más segura que tomar como medida de lo que
debemos hacer a los otros, aquello que deseamos para nosotros
mismos. ¿Con qué derecho exigiríamos a nuestros semejantes un
mejor proceder, mayor indulgencia, benevolencia y devoción que
los que tenemos para con ellos? La práctica de esas máximas tien-
de a la destrucción del egoísmo. Cuando los hombres las adopten
como regla de conducta y como base de sus instituciones, com-
prenderán la verdadera fraternidad, y harán que reine entre ellos
la paz y la justicia. Ya no habrá odios ni disensiones, sino unión,
concordia y benevolencia mutua.
Dad al César lo que es del César
5. Entonces los fariseos se retiraron y consideraron entre sí cómo habrían
de sorprenderlo en algunas palabras. Y le enviaron a sus discípulos, junto
con los herodianos, a decirle: “Maestro, sabemos que eres veraz y que
enseñas el camino de Dios a través de la verdad, sin que tengas en cuenta
a quienquiera que sea, porque en los hombres no consideras a la persona.
Dinos, pues, tu opinión sobre esto: ¿Nos está permitido pagar el tributo al
César, o no?”
Pero Jesús, que conocía la malicia de ellos, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué
me tentáis? Mostradme la moneda que se da en pago del tributo”. Y cuando
ellos le presentaron un denario, Jesús les dijo: “¿De quién es esta imagen y
199
Capítulo XI
la inscripción?” Le respondieron: “Del César”. Entonces, Jesús les respondió:
“Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Y cuando lo oyeron hablar de ese modo, se maravillaron de su respuesta y,
dejándolo, se retiraron. (San Mateo, 22:15 a 22; San Marcos, 12:13 a 17.)
6. La cuestión propuesta a Jesús estaba motivada por la
circunstancia de que los judíos detestaban el tributo que les im-
ponían los romanos, razón por la cual habían hecho del pago de
ese tributo una cuestión religiosa. Habían formado un partido
numeroso contrario al impuesto. Por consiguiente, el pago del
tributo era para ellos un tema de irritante actualidad, sin lo cual
no hubiera tenido ningún sentido la pregunta formulada a Jesús:
“¿Nos está permitido pagar o dejar de pagar el tributo al César?”.
Esta pregunta escondía una trampa, porque, según la respuesta
que diera Jesús, los fariseos esperaban excitar en contra de Él a
la autoridad romana, o bien a los judíos disidentes. No obstan-
te, “Jesús, que conocía la malicia de ellos”, eludió la dificultad
impartiéndoles una lección de justicia, al decir que a cada uno
debe dársele lo que le corresponde. (Véase, en la Introducción, el
artículo “Publicanos”.)
7. Esta máxima: “Dad al César lo que es del César”, no debe
ser entendida de una manera restrictiva ni absoluta. Como todas
las enseñanzas de Jesús, se trata de un principio general, resumido
en una forma práctica y usual, y deducido de una circunstancia
particular. Ese principio es la consecuencia de aquel otro según
el cual debemos obrar, en relación con los demás, como quisié-
ramos que los demás obrasen en relación con nosotros. Condena
todo perjuicio material y moral que se pueda causar al prójimo,
toda violación de sus intereses. Prescribe el respeto a los derechos
de cada uno, así como cada uno desea que se respeten los suyos.
Se extiende al cumplimiento de los deberes contraídos para con
200
Amar al prójimo como a sí mismo
la familia, la sociedad y la autoridad, tanto como para con los
individuos en general.
Instrucciones de los Espíritus
La ley del amor
8. El amor resume toda la doctrina de Jesús, porque es el
sentimiento por excelencia, y los sentimientos son los instintos
elevados a la altura del progreso realizado. El hombre, en su ori-
gen, sólo tiene instintos; más avanzado y corrompido, sólo tiene
sensaciones; más instruido y purificado, tiene sentimientos; y el
punto primoroso del sentimiento es el amor. No el amor en el
sentido vulgar de la palabra, sino ese sol interior que conden-
sa y reúne en su ardiente foco todas las aspiraciones y todas las
revelaciones sobrehumanas. La ley del amor sustituye la perso-
nalidad por la fusión de los seres; aniquila las miserias sociales.
¡Feliz aquel que, elevándose sobre su condición humana, ama
con amplio amor a sus hermanos en sufrimiento! ¡Feliz aquel que
ama, porque no conoce la miseria del alma ni la del cuerpo; sus
pies son livianos, y vive como transportado fuera de sí mismo!
Cuando Jesús pronunció esa divina palabra: “amor”, se estreme-
cieron los pueblos, y los mártires, embriagados de esperanza, des-
cendieron a la arena del circo.
El espiritismo, a su vez, viene a pronunciar la segunda
palabra del alfabeto divino. Estad atentos, porque esa palabra
levanta la lápida de las tumbas vacías, y la reencarnación, que
triunfa sobre la muerte, revela al hombre deslumbrado su patri-
monio intelectual. La muerte ya no lo conduce al suplicio, sino
a la conquista de su ser, elevado y transfigurado. La sangre ha
rescatado al Espíritu, y hoy el Espíritu debe rescatar al hombre
de la materia.
201
Capítulo XI
He dicho que, en su origen, el hombre sólo tiene instin-
tos. Así pues, aquel en quien dominan los instintos está más
cerca del punto de partida que de la meta. Para avanzar hacia
la meta es preciso vencer los instintos en provecho de los senti-
mientos, es decir, perfeccionar estos últimos y sofocar los gér-
menes latentes de la materia. Los instintos son la germinación
y los embriones del sentimiento. Llevan consigo el progreso,
como la bellota contiene en sí al roble, y los seres menos adelan-
tados son los que, como emergen poco a poco de sus crisálidas,
permanecen esclavizados a sus instintos. El Espíritu debe ser
cultivado como un campo. La riqueza del porvenir depende del
trabajo del presente, y más que bienes terrenales, ese trabajo os
hará conquistar la gloriosa elevación. Entonces, cuando com-
prendáis la ley de amor que une a todos los seres, buscaréis en
ella los sutiles goces del alma, que son el preludio de la dicha
celestial. (Lázaro. París, 1862.)
9. La esencia del amor es divina, y vosotros, del primero
al último, tenéis en el fondo del corazón la chispa de ese fuego
sagrado. He aquí un hecho que habéis podido constatar muchas
veces: todo hombre, incluso el más abyecto, vil y criminal, dis-
pensa a un ser o a un objeto cualquiera un afecto vivo y ardiente,
a prueba de todo lo que tienda a disminuirlo, y que a menudo
alcanza proporciones sublimes.
He dicho “a un ser o a un objeto cualquiera”, porque
entre vosotros hay individuos que prodigan tesoros de amor,
de que están rebosantes sus corazones, a los animales, a las
plantas y aun a los objetos materiales. Son una especie de mi-
sántropos que, mientras se quejan de la humanidad en gene-
ral y se resisten a la tendencia natural de sus almas, buscan
alrededor suyo afecto y simpatía. En realidad, rebajan la ley
del amor al estado de instinto. Con todo, por más que hagan,
no conseguirán sofocar el germen vivo que Dios, al crearlos,
202
Amar al prójimo como a sí mismo
depositó en sus corazones. Ese germen se desarrolla y crece
con la moralidad y con la inteligencia, y aunque muchas veces
se encuentre oprimido por el egoísmo, es la fuente de santas y
dulces virtudes que constituyen los afectos sinceros y perdura-
bles, y os ayudan a superar el camino escarpado y árido de la
existencia humana.
Hay algunas personas a quienes la prueba de la reencar-
nación causa verdadera repugnancia, dada la posibilidad de que
otros compartan sus simpatías afectuosas, de las que sienten celos.
¡Pobres hermanos! Vuestro afecto os hace egoístas. Vuestro amor
se halla restringido a un círculo íntimo de parientes y amigos, y
todos los demás os resultan indiferentes. Pues bien, para practicar
la ley de amor tal como Dios la entiende, es preciso que lleguéis
poco a poco a amar a todos vuestros hermanos, indistintamente.
La tarea será prolongada y difícil, pero se cumplirá. Dios así lo
quiere, y la ley de amor constituye el primero y más importante
precepto de vuestra nueva doctrina, porque un día ella habrá de
matar al egoísmo, sea cual fuere el aspecto con que se presente,
puesto que además del egoísmo personal existe también el egoís-
mo de familia, de casta, de nacionalidad. Jesús dijo: “Ama a tu
prójimo como a ti mismo”. Ahora bien, ¿cuál es el límite en rela-
ción con el prójimo? ¿Será, acaso, la familia, la creencia religiosa,
la nación? No; es la humanidad entera. En los mundos superio-
res, el amor mutuo armoniza y rige a los Espíritus adelantados
que en ellos habitan; y vuestro planeta, destinado a un progreso
inminente, en virtud de la transformación social que experimen-
tará, habrá de ver que sus habitantes practican esa sublime ley,
reflejo de la Divinidad.
Los efectos de la ley de amor son el mejoramiento moral de
la raza humana y la felicidad durante la vida terrenal. Los más re-
beldes, al igual que los más viciosos, habrán de reformarse cuan-
do vean los beneficios producidos por la puesta en práctica de
203
Capítulo XI
esta máxima: “No hagáis a los otros lo que no quisierais que ellos
os hiciesen”; hacedles, por el contrario, todo el bien que podáis.
No creáis en la esterilidad ni en la dureza del corazón hu-
mano. Este, a pesar suyo, cede al amor verdadero, que es un imán
al que no se puede resistir. El contacto de ese amor vivifica y
fecunda los gérmenes de esa virtud, que se encuentra en vuestro
corazón en estado latente. La Tierra, morada de pruebas y de
exilio, será entonces purificada por ese fuego sagrado, y en ella
se practicará la caridad, la humildad, la paciencia, la devoción, la
abnegación, la resignación, el sacrificio y las demás virtudes hijas
del amor. No os canséis, pues, de escuchar las palabras de Juan,
el Evangelista. Como sabéis, cuando la enfermedad y la vejez lo
obligaron a suspender el curso de sus predicaciones, sólo repetía
estas dulces palabras: “Hijitos míos, amaos los unos a los otros”.
Amados hermanos, aprovechad esas lecciones. Su práctica
es difícil, pero el alma extrae de ellas un bien inmenso. Creedme,
haced el esfuerzo sublime que os pido: “Amaos”, y muy pronto
veréis a la Tierra transformada en el Elíseo donde vendrán a repo-
sar las almas de los justos. (Fenelón. Burdeos, 1861.)
10. Mis queridos condiscípulos, los Espíritus aquí presen-
tes os dicen por mi intermedio: “Amad mucho, a fin de que seáis
amados”. Ese pensamiento es tan exacto que encontraréis en él
todo lo que consuela y calma las penas de cada día. O, más bien,
si practicáis ese sabio consejo, habréis de elevaros de tal modo por
encima de la materia, que os espiritualizaréis antes de abandonar
vuestra envoltura terrenal. Dado que los estudios espíritas habrán
desarrollado en vosotros la comprensión del porvenir, tendréis
una certeza: la del adelanto hacia Dios, con el cumplimiento de
todas las promesas que responden a las aspiraciones de vuestra
alma. Por eso, debéis elevaros lo suficiente para juzgar sin las res-
tricciones de la materia, a fin de que no condenéis a vuestro pró-
jimo antes de haber dirigido vuestro pensamiento hacia Dios.
204
Amar al prójimo como a sí mismo
Amar, en el sentido profundo de la palabra, implica ser
leal, probo, de conciencia recta, a fin de que hagáis a los otros lo
que quisierais para vosotros mismos. Amar es buscar alrededor
vuestro el sentido íntimo de todos los dolores que abruman a
vuestros hermanos, para llevarles alivio. Amar es considerar como
propia la gran familia humana, porque volveréis a encontrar a esa
familia, dentro de un cierto período, en mundos más avanzados,
y porque los Espíritus que la componen son, tanto como voso-
tros, hijos de Dios señalados en la frente para elevarse hacia lo
infinito. Por eso no podéis negar a vuestros hermanos lo que Dios
os concede con tanta prodigalidad, puesto que, por vuestra parte,
estaríais muy felices de que vuestros hermanos os diesen lo que os
hiciera falta. Así pues, para cada sufrimiento tened siempre una
palabra de esperanza y de amparo, a fin de que seáis todo amor,
todo justicia.
Confiad en que esta sabia exhortación: “Amad mucho, a fin
de que seáis amados”, abrirá un camino. Son palabras revolucio-
narias y siguen una senda segura e invariable. No obstante, voso-
tros, los que me escucháis, ya habéis ganado. Sois infinitamente
mejores que hace cien años. Habéis cambiado de tal modo, para
vuestro beneficio, que aceptáis sin discusión una infinidad de
ideas nuevas sobre la libertad y la fraternidad, que en otro tiempo
hubierais rechazado. Ahora bien, de aquí a cien años aceptaréis
con la misma facilidad otras ideas que aún no han podido pene-
trar en vuestro cerebro.
Hoy, cuando el movimiento espírita ha dado un gran paso,
veis con qué rapidez las ideas de justicia y de renovación, conteni-
das en los dictados de los Espíritus, son aceptadas por el promedio
del mundo inteligente. Eso se debe a que tales ideas responden
a todo lo que hay de divino en vosotros; a que estáis preparados
por una siembra fecunda: la del siglo pasado, que implantó en la
sociedad las grandes ideas de progreso. Y como todo se eslabona
205
Capítulo XI
bajo la supervisión del Todopoderoso, aquellas lecciones recibi-
das y asimiladas se completarán en este intercambio universal
del amor al prójimo. Gracias a Él, los Espíritus encarnados, que
habrán de juzgar y de sentir mejor, se tenderán las manos desde
los confines de vuestro planeta. Se reunirán para entenderse y
amarse, para destruir todas las injusticias, todas las causas de des-
inteligencia entre los pueblos.
Extraordinario pensamiento de renovación mediante el es-
piritismo, tan bien descrito en El Libro de los Espíritus, habrás
de producir el gran milagro del siglo venidero, el de conciliar
todos los intereses materiales y espirituales del hombre, mediante
la aplicación de esta máxima bien comprendida: “Amad mucho,
a fin de que seáis amados”. (Sanson, ex miembro de la Sociedad
Espírita de París. 1863.)
El egoísmo
11. El egoísmo, esa llaga de la humanidad, debe desapa-
recer de la Tierra, porque impide el progreso moral. Al espiritis-
mo está reservada la tarea de hacerla ascender en la jerarquía de
los mundos. El egoísmo es, pues, el objetivo hacia el cual todos
los verdaderos creyentes deben apuntar sus armas, sus fuerzas,
su valor. Digo valor, porque es necesario mucho más valor para
vencerse a sí mismo que para vencer a los otros. Por consiguiente,
ponga cada uno el mayor empeño para combatirlo en sí mismo,
pues ese monstruo devorador de las inteligencias, ese hijo del or-
gullo, es la fuente de todas las miserias de la Tierra. El orgullo es
la negación de la caridad y, en consecuencia, el más grande obstá-
culo para la felicidad de los hombres.
Jesús os ha dado el ejemplo de la caridad, y Poncio Pilato
el del egoísmo, porque cuando el Justo va a recorrer las san-
tas estaciones de su martirio, Pilato se lava las manos diciendo:
“¡Qué me importa!” Y dice a los judíos: “Este hombre es justo,
206
Amar al prójimo como a sí mismo
¿por qué queréis crucificarlo?” Sin embargo, permite que lo
conduzcan al suplicio.
A ese antagonismo entre la caridad y el egoísmo, a la inva-
sión de esa lepra del corazón humano, se debe que el cristianismo
todavía no haya cumplido por completo su misión. A vosotros,
nuevos apóstoles de la fe, a quienes los Espíritus superiores ilu-
minan, incumbe la tarea y el deber de extirpar ese mal, para dar
al cristianismo toda su fuerza y despejar el camino de los obstá-
culos que entorpecen su marcha. Echad el egoísmo de la Tierra,
para que ella pueda ascender en la escala de los mundos, pues
ya es tiempo de que la humanidad vista la toga viril. Para eso es
necesario que primero expulséis al egoísmo de vuestro corazón.
(Emmanuel. París, 1861.)
12. Si los hombres se amaran con un mutuo amor, la cari-
dad se practicaría mejor. Con todo, para eso sería preciso que os
esforzarais por desembarazaros de esa coraza que cubre vuestros
corazones, a fin de que fueran más sensibles para con los que su-
fren. El rigor mata los buenos sentimientos. Cristo no se desani-
maba. No rechazaba al que iba en busca de Él, fuera quien fuese.
Socorría tanto a la mujer adúltera como al criminal. Nunca temió
que su reputación fuera perjudicada por eso. ¿Cuándo, pues, ha-
bréis de tomarlo como modelo de vuestras acciones? Si la caridad
reinara en la Tierra, el malo no predominaría en ella: huiría aver-
gonzado, se ocultaría, pues se hallaría desubicado en cualquier lugar.
En ese caso, el mal desaparecería; estad convencidos de ello.
Comenzad vosotros mismos por dar el ejemplo. Sed cari-
tativos para con todos indistintamente. Esforzaos por no prestar
atención a los que os miran con desdén, y dejad a Dios la tarea
de hacer justicia, porque cada día, en su reino, Él separa la cizaña
del trigo.
El egoísmo es la negación de la caridad. Ahora bien, sin
caridad no habrá paz en la sociedad. Os digo más, no habrá
207
Capítulo XI
seguridad. Con el egoísmo y el orgullo dándose la mano, la vida
será siempre una carrera en la que triunfa el más astuto, una lucha
de intereses en la que son pisoteados los más puros afectos, en la
que ni siquiera se respetan los sagrados lazos de la familia. (Pascal.
Sens, 1862.)
La fe y la caridad
13. Os dije hace poco tiempo, queridos hijos, que la cari-
dad sin la fe no basta para mantener entre los hombres un orden
social capaz de hacerlos felices. Debería haber dicho que la cari-
dad es imposible sin la fe. Por cierto, podéis encontrar impulsos
generosos incluso en personas que no tienen religión. Pero esa ca-
ridad austera, que sólo se ejerce por abnegación, por el sacrificio
constante de todo interés egoísta, únicamente puede ser inspirada
por la fe, porque sólo ella puede hacernos cargar con valor y per-
severancia la cruz de esta vida.
Así es, hijos míos; en vano el hombre ávido de goces pro-
cura hacerse ilusiones acerca de su destino en la Tierra, afirman-
do que sólo debe ocuparse de su felicidad. Es verdad que Dios
nos creó para que seamos felices en la eternidad. No obstante, la
vida terrenal debe servir exclusivamente para nuestro perfeccio-
namiento moral, que se conquista con más facilidad con la ayuda
de los órganos corporales y del mundo material. Sin tener en
cuenta las vicisitudes ordinarias de la vida, la diversidad de vues-
tros gustos, de vuestras inclinaciones y necesidades es también un
medio para perfeccionaros, mediante el ejercicio de la caridad.
Porque sólo a costa de concesiones y de sacrificios mutuos podéis
mantener la armonía entre elementos tan dispares.
Sin embargo, tendríais razón si afirmarais que la felicidad
está destinada al hombre en este mundo, siempre que la busquéis
en el bien, y no en los goces materiales. La historia de la cristian-
dad se refiere a los mártires que iban al suplicio con alegría. Hoy,
208
Amar al prójimo como a sí mismo
en vuestra sociedad, para ser cristianos no hace falta el holocausto
del martirio, ni el sacrificio de la vida, sino única y exclusivamen-
te el sacrificio de vuestro egoísmo, de vuestro orgullo y de vuestra
vanidad. Triunfaréis, si la caridad os inspira y la fe os sostiene.
(Espíritu protector. Cracovia, 1861.)
Caridad para con los criminales
14. La verdadera caridad es una de las más sublimes ense-
ñanzas que Dios ha impartido al mundo. Entre los verdaderos
discípulos de su doctrina debe existir una fraternidad absoluta.
Debéis amar a los desdichados, a los criminales, como criaturas
de Dios a las cuales se les concederá el perdón y la misericordia
si se arrepienten, al igual que se os concederá a vosotros mismos
por las faltas que cometéis contra su ley. Pensad que vosotros sois
más reprensibles, más culpables que aquellos a quienes rehusáis
el perdón y la conmiseración, puesto que muchas veces ellos no
conocen a Dios como vosotros lo conocéis, y por eso se les pedirá
menos que a vosotros.
No juzguéis, ¡oh!, no juzguéis de ningún modo, queridos
amigos, porque el juicio que vosotros pronunciéis os será aplica-
do aún con mayor severidad, y tenéis necesidad de indulgencia
por los pecados que cometéis sin cesar. ¿No sabéis que hay mu-
chas acciones que son crímenes delante del Dios de pureza, y a las
que el mundo ni siquiera considera como faltas leves?
La verdadera caridad no consiste solamente en la limosna
que dais, ni en las palabras de consuelo con que podéis acompa-
ñarla. No, no es sólo eso lo que Dios exige de vosotros. La caridad
sublime que Jesús enseñó consiste también en la benevolencia que
empleéis siempre y en todas las cosas para con vuestro prójimo.
Incluso podéis ejercitar esa sublime virtud en relación con seres
que no tienen necesidad de vuestras limosnas, pero a quienes las
palabras de amor, de consuelo y de estímulo conducirán al Señor.
209
Capítulo XI
Se acercan los tiempos, os lo repito, en que la gran frater-
nidad reinará en este globo, y en que los hombres obedecerán la
ley de Cristo, la única ley que constituirá el freno y la esperanza, y
conducirá a las almas a la morada de los bienaventurados. Amaos,
pues, como los hijos de un mismo padre. No hagáis diferencia
entre los otros desdichados, porque Dios quiere que todos sean
iguales. No despreciéis a nadie. Dios permite que haya entre vo-
sotros grandes criminales, a fin de que os sirvan de enseñanza.
Muy pronto, cuando los hombres sean inducidos a respetar las
verdaderas leyes de Dios, ya no habrá necesidad de esas enseñan-
zas, y todos los Espíritus impuros y rebeldes serán expulsados hacia
mundos inferiores, en armonía con sus inclinaciones.
Debéis a aquellos de quienes hablo el socorro de vuestras
oraciones: en eso consiste la verdadera caridad. Nunca digáis de
un criminal: “Es un miserable. Hay que eliminarlo de la Tierra.
La muerte que se le impone es demasiado benigna para un ser
de esa calaña”. No, no es así como debéis hablar. Contemplad a
Jesús, vuestro modelo. ¿Qué diría Él si viese a ese desdichado a su
lado? Se compadecería de él. Lo consideraría como un enfermo
digno de lástima. Le tendería la mano. Realmente, vosotros no
podéis hacer lo mismo que Jesús, pero al menos podéis rogar por
ese criminal y asistir a su Espíritu durante los pocos instantes que
aún deba pasar en la Tierra. El arrepentimiento puede conmover
su corazón, si rogáis con fe. Es vuestro prójimo, al igual que el
mejor de los hombres. Su alma descarriada y rebelde fue creada,
como la vuestra, para perfeccionarse. Así pues, ayudadlo a salir
del cenagal, y orad por él. (Elizabeth de Francia. (El Havre, 1862.)
¿Debemos exponer la vida por un malhechor?
15. Un hombre se encuentra en peligro de muerte. Para sal-
varlo, debemos exponer nuestra vida. Sin embargo, sabemos que
ese hombre es un malhechor y que, si lo libráramos de la muerte,
210
Amar al prójimo como a sí mismo
podría cometer nuevos crímenes. A pesar de eso, ¿debemos exponer-
nos para salvarlo?
Esta es una cuestión muy delicada, que naturalmente pue-
de presentarse al entendimiento. Responderé según mi adelanto
moral, pues se trata de saber si se debe exponer la propia vida,
incluso por un malhechor. La abnegación es ciega. Del mismo
modo que se presta socorro a un enemigo personal, se debe so-
correr a un enemigo de la sociedad, en una palabra, a un mal-
hechor. Pues no creáis que ese desgraciado sólo se librará de la
muerte. Es probable que se libre de todo su pasado. En efecto,
imaginad que en esos breves instantes que le arrebatan los últimos
minutos de su vida, ese hombre perdido recapacita acerca de su
pasado, o mejor aún, que toda su vida se presenta delante de él.
Tal vez la muerte le llegue demasiado pronto, y en ese caso su
próxima reencarnación podría ser terrible. ¡Salvadlo, pues, hom-
bres! Vosotros, a quienes la ciencia espírita ha iluminado, ¡sal-
vadlo! Arrojaos para librarlo de su perdición. Y entonces, tal vez,
ese hombre, que hubiera muerto blasfemando contra vosotros,
se arroje en vuestros brazos. Con todo, no debéis preguntaros si
lo hará o no. Id en su auxilio, porque al salvarlo obedecéis a esa
voz del corazón que os dice: “Puedes salvarlo, ¡sálvalo entonces!”
(Lamennais. París, 1862.)
211
CAPÍTULO XII
Amad a vuestros enemigos
• Retribuir el mal con el bien. • Los enemigos desencarnados.
• Si alguien te golpea en la mejilla derecha,
ofrécele también la otra. • Instrucciones de los
Espíritus: La venganza. – El odio. – El duelo.
Retribuir el mal con el bien
1. “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tus enemigos’.
Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os
odian, y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos
de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace que salga el sol sobre los
malos y los buenos, y que llueva sobre los justos y los injustos. Porque, si sólo
amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo
mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué
hacéis con eso más que los otros? ¿No hacen lo mismo los gentiles? – Os digo
que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y los fariseos, no
entraréis en el reino de los Cielos.” (San Mateo, 5:43 a 47 y 20.)
213
Capítulo XII
2. “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores
también aman a quienes los aman. Si solamente hacéis el bien a los que os
lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores también
hacen lo mismo. Si sólo prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir el
mismo favor, ¿qué mérito tenéis? Puesto que también los pecadores se prestan
ayuda unos a otros, para recibir otro tanto. Mas, en cuanto a vosotros,
amad a vuestros enemigos; haced el bien a todos, y prestad sin esperar
nada a cambio. Entonces, vuestra recompensa será muy grande, y seréis
hijos del Altísimo, porque Él es bueno aun con los ingratos y los malvados.
Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Dios es misericordioso.”
(San Lucas, 6:32 a 36.)
3. Si el amor al prójimo es el principio de la caridad, amar a
los enemigos es su aplicación sublime, porque esa virtud es una de
las más grandes victorias obtenidas contra el egoísmo y el orgullo.
Sin embargo, en esta circunstancia, por lo general se co-
mete una equivocación en cuanto al sentido de la palabra amar.
Jesús no pretendió, mediante esas palabras, que tengamos para
con el enemigo la misma ternura que para con un hermano o un
amigo. La ternura presupone confianza. Ahora bien, no pode-
mos confiar en una persona cuando sabemos que nos quiere mal.
No podemos tener para con ella las expansiones de la amistad,
porque sabemos que sería capaz de abusar de esa actitud. Entre
las personas que desconfían recíprocamente no pueden existir los
impulsos de simpatía que hay entre los que mantienen una co-
munión de pensamientos. En fin, nadie puede experimentar, al
encontrarse con un enemigo, el mismo placer que se siente en
compañía de un amigo.
Incluso, ese sentimiento es el resultado de una ley física:
la de la asimilación y la repulsión de los fluidos. El pensamiento
malévolo emite una corriente fluídica cuya impresión es penosa.
El pensamiento benévolo nos envuelve en un efluvio agradable.
De ahí resulta la diferencia de las sensaciones que se experimentan
214
Amad a vuestros enemigos
ante la proximidad de un amigo o de un enemigo. Por lo tan-
to, no es posible que “amar a los enemigos” signifique que no
debemos hacer ninguna diferencia entre ellos y los amigos. Este
precepto sólo parece difícil, y aun imposible de practicar, porque
se considera falsamente que prescribe dar a ambos, amigos y ene-
migos, el mismo lugar en el corazón. Si la pobreza de las lenguas
humanas nos obliga a servirnos de la misma palabra para expresar
los diversos matices de un sentimiento, corresponde a la razón
establecer la diferencia, según los casos.
Amar a los enemigos no significa, pues, dispensarles un
afecto que no está en nuestra naturaleza, porque el contacto
con un enemigo nos hace latir el corazón de muy diferente
modo que el contacto con un amigo. Amar a los enemigos es
no sentir por ellos ni odio, ni rencor, ni deseos de venganza; es
perdonarles sin segundas intenciones e incondicionalmente el mal
que nos hacen; es no poner ningún obstáculo para la reconci-
liación; es desearles el bien en lugar del mal; es alegrarse, en vez
de afligirse, con el bien que les sucede; es tenderles una mano
caritativa en caso de necesidad; es abstenerse tanto en palabras
como en acciones de todo lo que pudiera perjudicarlos; es, en
definitiva, retribuirles el mal con el bien, sin intención de hu-
millarlos. Cualquiera que haga esto reúne las condiciones del
mandamiento: “Amad a vuestros enemigos”.
4. Para los incrédulos, amar a los enemigos es un absurdo.
Aquel para quien la vida presente lo es todo, sólo ve en su enemi-
go un ser pernicioso que perturba su tranquilidad, y cree que sólo
la muerte puede librarlo de él. De ahí proviene su deseo de ven-
ganza. No tiene ningún interés en perdonar, salvo que sea para
satisfacer su orgullo ante el mundo. Perdonar, en ciertos casos, le
parece incluso una debilidad indigna de él. Si no responde con la
venganza, no dejará por eso de guardarle rencor y de alimentar un
secreto deseo de perjudicarlo.
215
Capítulo XII
Para el creyente, pero sobre todo para el espírita, la manera
de ver es muy diferente, porque fija su mirada en el pasado y en
el porvenir, entre los cuales la vida presente es apenas un punto.
Sabe que, por el destino mismo de la Tierra, no habrá de encon-
trar en ella más que hombres malvados y perversos; que las mal-
dades a que está expuesto forman parte de las pruebas que debe
sufrir, y el punto de vista elevado en que se coloca contribuye a
que las vicisitudes le resulten menos amargas, ya sea que estas
provengan de los hombres o de las cosas. Si no se queja de las prue-
bas, tampoco debe quejarse de aquellos que les sirven de instrumento.
Si, en vez de quejarse, da gracias a Dios porque lo puso a prueba,
también debe dar gracias a la mano que le proporciona la ocasión
de demostrar su paciencia y su resignación. Ese pensamiento lo pre-
dispone naturalmente al perdón. Siente, además, que cuanto más
generoso es, más se engrandece ante sí mismo y se ubica fuera del
alcance de los dardos malévolos de su enemigo.
El hombre que en el mundo ocupa una posición elevada no
toma como una ofensa los insultos de aquel a quien considera in-
ferior. Lo mismo sucede con el que se eleva, en el mundo moral,
por encima de la humanidad material. Comprende que el odio y
el rencor lo envilecerían y lo rebajarían. Ahora bien, para que sea
superior a su adversario, es preciso que tenga el alma más grande,
más noble y más generosa.
Los enemigos desencarnados
5. El espírita tiene también otros motivos para ser indul-
gente con sus enemigos. En primer lugar, sabe que la maldad
no es un estado permanente de los hombres, sino que se debe a
una imperfección momentánea y que, de la misma manera que
el niño se corrige de sus defectos, el hombre malo reconocerá un
día sus errores y se volverá bueno.
216
Amad a vuestros enemigos
Sabe además que la muerte sólo lo libera de la presencia
material de su enemigo, porque este puede perseguirlo con su
odio aun después de que haya dejado la Tierra. Así, la venganza
no consigue su objetivo, sino que, por el contrario, tiene por efec-
to producir una irritación más grande, que puede prolongarse de
una existencia a la otra. Correspondía al espiritismo probar, por
medio de la experiencia y de la ley que rige las relaciones entre el
mundo visible y el mundo invisible, que la expresión extinguir el
odio con sangre es radicalmente falsa, y que la verdad, en cambio,
es que la sangre alimenta el odio, incluso más allá de la tumba.
Correspondía al espiritismo, por consiguiente, dar una razón de
ser efectiva y una utilidad práctica tanto al perdón como a la
sublime máxima de Cristo: Amad a vuestros enemigos. No hay co-
razón tan perverso que, aun sin saberlo, no se conmueva ante una
buena acción. Con el buen proceder se quita, por lo menos, todo
pretexto para las represalias, y de un enemigo se puede hacer un
amigo, antes y después de la muerte. Por el contrario, con el mal
proceder se irrita al enemigo, que entonces sirve él mismo de instru-
mento a la justicia de Dios para castigar a quien no ha perdonado.
6. Podemos, pues, tener enemigos entre los encarnados
y entre los desencarnados. Los enemigos del mundo invisible
manifiestan su malevolencia a través de las obsesiones y las sub-
yugaciones, de las que son víctimas tantas personas, y que re-
presentan una variedad en las pruebas de la vida. Tanto estas
pruebas, como las otras, contribuyen al adelanto del ser y deben
ser aceptadas con resignación y como consecuencia de la natu-
raleza inferior del globo terrestre. Si no hubiese hombres malos
en la Tierra, no habría Espíritus malos alrededor de ella. Así
pues, si debemos ser indulgentes y benevolentes para con los
enemigos encarnados, del mismo modo debemos proceder en
relación con los que están desencarnados.
217
Capítulo XII
En el pasado se sacrificaba a víctimas sangrientas para apa-
ciguar a los dioses infernales, que no eran otra cosa que Espíritus
malos. A los dioses infernales los han sucedido los demonios, que
son lo mismo. El espiritismo viene a probar que esos demonios
no son sino las almas de los hombres perversos, que todavía no
se han despojado de los instintos materiales; que nadie consigue
apaciguarlos a no ser con el sacrificio de su odio, es decir, mediante
la caridad; que la caridad no tiene sólo por efecto impedir que
hagan el mal, sino conducirlos nuevamente al camino del bien,
con lo cual contribuye a su salvación. Por consiguiente, la máxi-
ma: Amad a vuestros enemigos no se halla circunscripta al círculo
estrecho de la Tierra y de la vida presente, sino que forma parte de
la magna ley de la solidaridad y la fraternidad universal.
Si alguien te golpea en la mejilla
derecha, ofrécele también la otra.
7. “Habéis oído que se dijo: ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os
digo que no resistáis al mal que os quieran hacer; sino que, si alguien te
ha golpeado en la mejilla derecha, ofrécele también la otra; y si alguien
quiere pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto;
y si alguien te obliga a caminar mil pasos junto a él, camina dos mil. Al
que te pida, dale; y al que quiera pedirte prestado, no lo rechaces.” (San
Mateo, 5:38 a 42.)
8. Los prejuicios del mundo, sobre lo que se convino en de-
nominar pundonor, producen esa susceptibilidad sombría, naci-
da del orgullo y de la exaltación de la personalidad, que conduce
al hombre a devolver una injuria con otra injuria, una herida con
otra herida, lo que es considerado justo por aquel cuyo sentido
moral no se eleva por encima de las pasiones terrenales. A eso se
debe que la ley mosaica prescribiera: “Ojo por ojo, diente por
218
Amad a vuestros enemigos
diente”, ley en armonía con la época en que vivió Moisés. Cristo
vino y dijo: “Retribuid el mal con el bien”. Y dijo además: “No
resistáis al mal que os quieran hacer; si te golpean en una mejilla,
preséntale la otra”. Al orgulloso esta máxima le parece una co-
bardía, pues no comprende que haya más valor en soportar un
insulto que en vengarse. Esto le sucede siempre debido a que
su vista no llega más allá del presente. Con todo, ¿es preciso to-
mar literalmente esa máxima? No, como tampoco se debe tomar
literalmente la que ordena que nos arranquemos el ojo que ha
sido causa de escándalo. Llevada hasta sus últimas consecuencias,
aquella máxima equivaldría a condenar toda represión del mal,
incluso legal, y dejar el campo libre a los malos, que se verían
liberados de todo motivo de temor. Si no se pusiera un freno
a las agresiones de los malos, muy pronto los buenos serían sus
víctimas. Hasta el instinto de conservación, que es una ley de la
naturaleza, impide que pongamos benévolamente el cuello a dis-
posición del asesino. Con esas palabras, pues, Jesús no prohibió
la defensa, sino que condenó la venganza. Al decir que presentemos
la otra mejilla cuando nos golpean, quiso decir, de otra forma,
que no hay que retribuir el mal con el mal; que el hombre debe
aceptar con humildad todo lo que tienda a rebajar su orgullo; que
es más glorioso para él ser golpeado que golpear, y soportar con
paciencia una injusticia que cometerla él mismo; que vale más ser
engañado que engañar, ser arruinado que arruinar a los demás.
Al mismo tiempo, esto implica la condena del duelo, que no es
otra cosa que una manifestación de orgullo. Sólo la fe en la vida
futura y en la justicia de Dios, que nunca deja el mal impune,
puede infundirnos fuerzas para soportar con paciencia los ataques
que se dirigen a nuestros intereses y a nuestro amor propio. Por
eso repetimos sin cesar: Dirigid vuestra mirada hacia adelante;
cuanto más os elevéis con el pensamiento por encima de la vida
material, tanto menos os afligirán las cosas de la Tierra.
219
Capítulo XII
Instrucciones de los Espíritus
La venganza
9. La venganza es uno de los últimos restos de las cos-
tumbres bárbaras que tienden a desaparecer entre los hombres.
Constituye, al igual que el duelo, uno de los postreros vestigios
de las costumbres salvajes por efecto de las cuales se debatía la
humanidad al comienzo de la era cristiana. A eso se debe que la
venganza sea un indicio cierto del estado de atraso de los hombres
que se entregan a ella, así como de los Espíritus que todavía la
inspiran. Por consiguiente, amigos míos, ese sentimiento jamás
debe hacer vibrar el corazón de quien se diga y se proclame espí-
rita. Vengarse, bien lo sabéis, es tan contrario a esta prescripción
de Cristo: “Perdonad a vuestros enemigos”, que quien rehúsa
perdonar no sólo no es espírita sino que tampoco es cristiano.
La venganza es una inspiración tanto más funesta cuanto que la
falsedad y la bajeza son sus asiduas compañeras. En efecto, aquel
que se entrega a esa fatal y ciega pasión casi nunca lo hace a cielo
descubierto. Cuando es el más fuerte, se lanza como una fiera
sobre el que considera su enemigo, puesto que la presencia de este
enciende su pasión, su cólera, su odio. No obstante, la mayoría
de las veces asume una apariencia hipócrita, porque oculta en lo
más hondo de su corazón los malos sentimientos que lo animan.
Elije caminos sesgados, persigue entre las sombras a su enemigo,
que no desconfía, y aguarda el momento propicio para atacarlo
sin peligro. Se oculta de él, pero lo acecha en forma permanente.
Le tiende trampas aborrecibles; y si encontrara la ocasión, vertería
veneno en su copa. En el caso de que su odio no llegue a tales ex-
tremos, lo ataca entonces en su honor y en sus afectos. No retro-
cede ante la calumnia, y sus insinuaciones pérfidas, hábilmente
desparramadas por todas partes, crecen a su paso. De ese modo,
220
Amad a vuestros enemigos
cuando el perseguido se presenta en los lugares por donde pasó
el aliento envenenado de su perseguidor, se lleva la sorpresa de
encontrar rostros indiferentes donde otras veces lo recibían sem-
blantes amistosos y benévolos, y queda estupefacto cuando las
manos que antes se le tendían, ahora se niegan a tomar las suyas.
Por último, se siente anonadado cuando verifica que sus más que-
ridos amigos y parientes se apartan y lo evitan. ¡Ah! El cobarde
que se venga de esa manera es cien veces más culpable que aquel
que enfrenta a su enemigo y lo insulta cara a cara.
¡Acabemos, pues, con esas costumbres salvajes! ¡Acabemos
con esos hábitos perimidos! El espírita que hoy pretendiese ejer-
cer el derecho de vengarse, sería indigno de pertenecer por más
tiempo a la falange que eligió para sí esta divisa: ¡Fuera de la ca-
ridad no hay salvación! Pero no, no debo detenerme en la idea de
que un miembro de la gran familia espírita sea capaz, en lo suce-
sivo, de ceder al impulso de la venganza, sino, por el contrario, al
de perdonar. (Jules Olivier. París, 1862.)
El odio
10. Amaos unos a otros y seréis felices. Procurad, sobre
todo, amar a los que os inspiran indiferencia, odio o desprecio.
Cristo, a quien debéis considerar vuestro modelo, os dio ese
ejemplo de abnegación. Misionero de amor, Él amó hasta dar su
sangre y su vida. El sacrificio que os obliga a amar a los que os
ultrajan y os persiguen es penoso; pero eso es precisamente lo que
os hace superiores a ellos. Si los aborrecieseis, como ellos os abo-
rrecen, no valdríais más que ellos. Amarlos es la hostia sin man-
cha que ofrecéis a Dios en el altar de vuestros corazones, hostia de
agradable aroma cuya fragancia asciende hasta Él. Aunque la ley
de amor prescriba que amemos indistintamente a todos nuestros
hermanos, no protege al corazón contra los malos procederes. Por
el contrario, esa es la prueba más penosa, bien lo sé, pues durante
221
Capítulo XII
mi última existencia terrenal experimenté esa tortura. Con todo,
Dios existe, y castiga tanto en esta vida como en la otra a los que
transgreden la ley de amor. No olvidéis, queridos hijos, que el
amor os aproxima a Dios, mientras que el odio os aparta de Él.
(Fenelón. Burdeos, 1861.)
El duelo
11. Sólo es en verdad grande aquel que, dado que conside-
ra la vida como un viaje que debe conducirlo a un determinado
lugar, presta poca atención a las asperezas del recorrido, y no deja
ni por un instante que sus pasos se desvíen del camino recto.
Con la vista permanentemente dirigida hacia la meta, poco le
importa que los abrojos y las espinas del sendero amenacen con
producirle arañazos, pues ambos lo rozan sin herirlo ni impedirle
que prosiga su curso. Exponer sus días para vengarse de una inju-
ria equivale a retroceder ante las pruebas de la vida. Eso siempre
es un crimen ante Dios, y si vosotros no fueseis, como lo sois,
engañados por vuestros prejuicios, sería también una ridícula y
suprema locura ante los hombres.
El homicidio cometido en un duelo es un crimen. Incluso
vuestra legislación lo reco